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FIAIZ

Juan 67

CVJ

Domingo, 6 de febrero de 2011

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

 

67. Jn 9,35-38

 

Introducción:

 

                Dar adhesión a una persona es mucho más que creer lo que dice. Es hacer camino juntos, compartir ideales y planes, sufrir los mismos malos tragos, ir incorporando su manera de pensar a la nuestra. Y todo hasta llegar a ver que la vida con esa persona es, más allá de las limitaciones, una suerte y un enriquecimiento para uno/a mismo/a. Es decir, el itinerario de la adhesión desemboca en el corazón. Cuando se ha llegado ahí se verifica que nunca más uno/a se apartará de la persona a la que se ha adherido. La fidelidad acompaña a la adhesión, aunque haya fallos. Por eso, la vida es un maravilloso misterio de adhesión a personas, que es lo mismo que decir un misterio de amor.

                El Evangelio quiere suscitar seguimiento a Jesús y, para ello, es imprescindible generar adhesión a su persona. Dar adhesión a Jesús es mucho más y cosa distinta de profesar unas verdades religiosas, de creer en unos dogmas. Es haber descubierto que la vida propia sale enriquecida con el contacto con Jesús y que el Evangelio, simplemente, nos hace bien. Es llegar a la certeza que, más allá de las circunstancias que depare la vida, uno/a ya no abandonará los planteamientos del Evangelio porque no piensa abandonar al Jesús que le ha cautivado. Es ir desvelando un rostro y un corazón tan atrayente que, con el tiempo, no merma la atracción y el gusto por Jesús, sino que madura y, de alguna forma, aumenta. La adhesión a Jesús pasa por las mismas fases que la adhesión a cualquier persona. Y, además, es el cimiento del seguimiento, porque un seguimiento sin adhesión resulta sencillamente imposible.

 

***

 

Texto:

 

35Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:

-¿Crees tú en el Hijo del hombre?

36Él contestó:

-¿Y quién es, Señor, para que crea en él?

37Jesús le dijo:

-Lo estás viendo: el que te está hablando ése es.

38Él dijo:

                -Creo, Señor.

                Y se postró ante él.

 

***

 

Ventana abierta:

 

 

                Esta es una de las muchas fotos del asentamiento El Gallinero, cerca de la Cañada Real, un inframundo, una ciudad de miseria, donde las personas, los niños, conviven “fraternamente” con las ratas. Los desheredados del mundo a cinco kilómetros de Madrid. Allí trabaja y vive la hna. Magdalena, una franciscana anónima. La única presencia de cristianos. Hace lo que puede. Sobre todo trabaja el tema de escolarizar a los niños porque piensa que es el único eslabón por donde se puede romper la cadena de la miseria. Es una persona anónima, ni una foto en Internet, ni una entrada en Google, pero está ahí. Ha dado su adhesión a un mundo de enorme debilidad. Un milagro que no vemos pero que existe.

                Oramos: Gracias, Señor, por quienes dan una adhesión callada a los débiles; gracias por quienes andan solidariamente  los caminos duros de la exclusión; gracias por quienes sostienen las ilusiones frágiles de los pobres.

 

***

Desde la persona de Jesús:

 

                La adhesión a Jesús no es algo etéreo. Es adhesión a uno “que habla contigo”, que se manifiesta en lo cotidiano de cada día, que cobra rostro en el rostro de los demás. Una adhesión de pensamiento no deja de ser algo peligroso. Por eso, hay que construir la adhesión en lenguaje humano, en las maneras de relacionarnos cada día, en los acontecimientos que nos van asaltando en nuestros caminos normales. Ahí es donde se cuece la adhesión, en la cotidianeidad de la vida. Jesús los hizo así. No habríamos de ser nosotros distintos.

                Oramos: Tú, Señor, te adheriste al Padre en el encuentro diario con él; tu, Señor, te adheriste a las personas en las relaciones normales con ellas; tú, Señor, te adheriste a los débiles cuando los abrazabas.

 

***

 

Ahondamiento personal:

 

                La adhesión es, como el amor, una realidad viva. Crece en la medida en que se cultiva y decrece si se la da por supuesta y se deja lleca. Por eso el ciego pregunta anhelante cuando se dice si está dispuesto a dar adhesión a quien le ha curado: “¿Quién es, Señor, para dársela?”. Es la buena disposición para hacer el trabajo de la adhesión, porque ésta no es algo que nos va a caer llovido del cielo sino que habrá de construirse poco a poco. Anhelar la adhesión a Jesús (y a las personas) y no estar dispuesto/a a un trabajo fiel por construir tal adhesión es pedir peras al olmo.

                Oramos: Que construyamos pacientemente la adhesión; que vivamos fielmente la adhesión; que seamos pacientes en el lento quehacer de construir la adhesión.

 

***

 

Desde la comunidad virtual:

 

                Dice el texto evangélico que el ciego se “postró” ante quien le había devuelto la vista y al que decía querer adherirse. No puede haber adhesión sin postración que es lo mismo que decir que no puede haberla sin servicio, sin ofrenda, sin ponerse a disposición de aquel cuya adhesión se pretende. Por eso, cualquier pequeño servicio (de la índole que sea) que se haga en el marco de nuestra comunidad virtual se inscribe en esa “postración” que engendra adhesión. Sea bienvenida por ello.

                Oramos: Que nos “postremos” sirviéndonos para generar adhesión; que seamos serviciales para que brote el amor; que nos ayudemos en cosas pequeñas para que la alegría surja.

 

***

 

Poetización:

 

Él también dio adhesión.

no solamente se la dieron a él,

él también la dio.

Dio adhesión a su pueblo,

aunque maldijera de él

y lo abandonara el día del fracaso.

Dio adhesión a su familia,

aunque tuviera que aguantar

sus ansias de poder y de medre.

Dio adhesión a sus amigos y amigas discípulos,

aunque muchas veces no entendieran

los mecanismos del reino

y les corroyera la ambición.

Dio  adhesión a su religión judía,

aunque con frecuencia la fustigara

porque había abandonado

la senda de la humanidad.

Y, sobre todo,

dio adhesión al Padre

porque llegó a la certeza

de que era un Dios bueno y abrazante

el que acompañaba sus pasos,

el que guiaba sus anhelos.

Cada noche, en el silencio,

cuando se retiraba a la oración,

volvía a poner su corazón

en las manos de su Padre,

renovaba su adhesión.

Eso le mantuvo

en los días oscuros

y en los momentos de las lágrimas.

 

***

 

Taller de jubilación 2011

Taller de jubilación

Vitoria 19 de febrero de 2011

 

EL HORIZONTE ES BRUMA,

ES CIELO Y ES ESCARCHA

La misión en la etapa adulta de la Vida Religiosa

 

Cuando la persona adulta encara el tramo final de su vida quizá en su horizonte (esa línea hacia la que se camina pero nunca se alcanza) haya bruma, cielo y escarcha. Bruma en la medida en que muchas quedan en lo oscuro, en lo no explicado, en la pregunta que no ha tenido respuesta. Es preciso encajar esto con la mayor humanidad posible. También hay cielo, logros, pequeños éxitos, valores conseguidos, lugares y corazones a los que se ha llegado. Y, cómo no, hay en ese horizonte escarcha que habla de amaneceres, de posibilidades, de escalofríos que buscan soles, de caminos andados. Los poetas tienen la virtud de hacer elocuentes a sus bellas palabras, de sugerir lo que, de una u otra manera, todos sentimos. El regalo de este título viene en un poema de Elisa Martín Ortega que reza así:

 

Desierto de Judea

 

Hoy el sol de la tarde tiene un nombre escondido.
Se oculta en el abismo
de nuestras manos,
acompaña al silencio de las dunas.
El horizonte es bruma, es cielo y es escarcha,
mientras la tierra, azul y sinuosa,
acoge nuestras sombras, y las borra
entre sus pliegues.

 

Sólo respira el aire:
mi cuerpo a la intemperie.
Y sin embargo,
una voz me reclama
donde acaba la piel,
donde la arena duerme,
la misma voz que sorprende en secreto
a mis ingenuos ojos,
y presta me ha traído
a este valle de ausencias,
a este hermoso campo
que aún guarda el dolor
del paraíso.

 

            Al plantear el tema de la misión en la etapa adulta de la vida religiosa estamos situándonos, lejos de lamentos y de pérdidas, en el terreno de lo realmente posible: la etapa adulta de la vida religiosa es un marco interesante para un replanteamiento de la misión cristiana, para conjurar el fantasma de que los años sean causa o excusa para apearse de la misión, para descreer de una sociedad que piensa que ser mayor y no tener nada que hacer es lo mismo.

            Un taller con este tema puede ser una pequeña ayuda para animarse a retomar las riendas de la propia vida y lanzarse a una misión fecunda o, más modestamente, para iluminar la “acción misionera” del religioso/a adulto y contribuir a darle más contenido.

 

1. Una nueva vivencia de la misión cristiana

 

            La vieja idea de misión (convertir infieles, dicho de una forma tópica) fue fuertemente sacudida y reorientada por el Vaticano II cuando habló de inculturación, de semillas del verbo, de diálogo interreligioso, etc. Fueron conceptos “revolucionarios” que afectaron mucho a los agentes de evangelización de la época (recordemos a Alejandro Labaka, por ejemplo). Pero la realidad es que de aquello hemos derivado en una acción evangelizadora mucho más moderada y resuenan los viejos conceptos de antaño: evangelización explícita, confesión directa, recristianización de Europa, raíces cristianas, etc. Los viejos dinamismos de fondo (la supremacía cultural y  la universalización de la fe) vuelven a sonar de nuevo.

            Pero, por otra parte, algo nos dice a los cristianos de a pie y a los religiosos/as con ellos que se ha ampliado el concepto estrecho de misión y aunque la misión “ad gentes” quede como paradigma excepcional, nos hemos percatado que las vidas sencillas de cada uno de nosotros/as, en la medida en que sean significativas (más que relevantes) puede ser y son marco para la misión. Se puede hacer misión en el marco fraterno y social en el que me muevo cada día. Este sí que es un concepto “revolucionario” en la idea de misión, por muy sencillo que se vea. Aquí es donde queremos decir cómo la vida religiosa adulta puede hacer misión, porque ese ámbito de vida sencilla es normalmente el suyo.

a)       La misión en lo cotidiano de la vida: Toda persona puede hacer misión independientemente de sus circunstancias personales y vitales. La misión engarza a lo que uno vive, sea lo que sea. Esto desbanca la idea de misión como algo excepcional. Es en lo corriente donde habrá que aplicar la espiritualidad de la misión cristiana. Por lo tanto, los trabajos de misión son trabajos comunes, para toda persona interesa por el Evangelio, no para gente con un perfil determinado.

b)       Una misión no proselitista sino testimonial: La misión no consiste en conseguir más adeptos para una determinada confesión (¿para qué necesitamos ser más?), ni de convertir a nadie, sino de lo que se trata es de ofrecer el testimonio de un cierto estilo de vida (bondad de corazón y vida sencillo) que dimanan de haber incorporado a la propia vida un estilo evangélico. Y, por lo mismo, no deriva de aquí ninguna imposición u obligación, sino que se hace en los modos de la oferta, del compartir, del ofrecer lo que uno cree que es bueno.

c)        Una misión que va más allá del concepto de lo útil: Porque muchas “misiones” que lleva entre manos la vida religiosa se justifican por su utilidad: la enseñanza, la sanidad, la solidaridad con las pobrezas, la cultura, etc. La misión de la vida adulta, dado que con frecuencia le es vetado el trabajar en lo útil, tiene que situarse más allá de eso. No es una misión únicamente para el desarrollo de ciertas facetas del hecho humano, sino para la construcción de una sociedad más humana, más sensible al débil (núcleo de la misión), una misión para el logro de una mayor felicidad (preocupación de Jesús, no tanto preocupación por el pecado), misión para una trascendencia no religiosa sino espiritual.

d)       Una misión de diálogo incansable y de acogida apacible: Porque sin diálogo las ideologías esgrimen sus espadas y sin acogida un mensaje es pura frialdad. La vida religiosa adulta puede hacer un acto de fe en el diálogo (¡cuántas personas mayores inflexibles!) y practicar la humilde acogida siendo el “saco” donde las personas quieren vaciar sus propias tribulaciones.

e)        Una misión de amor a flor de piel: Porque misión y amor han estado a veces alejadas (han estado cerca misión e ideologías). Los religiosos/as adultos/as no habríamos de temer que nos vea a flor de piel actitudes, palabras y comportamientos de hondo amor, de ternura, de sensibilidad amable. No se trata de ñoñerías, sino de hacer ver que un estilo de vida evangélico es de los más cálidos. La misión habría de deshacer el hielo en que, con frecuencia, va vertido el hecho creyente.

¿Se puede plantear así la misión de la vida religiosa corriente? De hecho se está ya viviendo en muchas vidas. Muchas personas han llegado a la conclusión de que un talante así puede ser “misionero”, puede cumplir aquel empujarnos de Jesús a anunciar que el reino ha sobrevenido a nosotros y que está en el interior de la vida, en la profundidad de los días, por muy anodinos que se los quiera.

 

2. La continua vuelta a la misión evangélica

 

            Esta espiritualidad de la misión se debe, claro está, a su raíz evangélica, a la manera como Jesús ha planteado el hecho de la misión cristiana. Siempre habrá que tenerla como referente. Como un breve apunte reflexivo, voy a tomar un texto de la regla franciscana porque Francisco de Asís que no tuvo obras propias, las rechazó siempre (aunque luego los franciscanos hayamos ido por otros derroteros) deja ver de forma nítida cómo es esa misión en la vida sencilla y cotidiana.

            En su regla él escribió un capítulo insólito: “De cómo los hermanos han de ir por el mundo”. En su tiempo, siglo XIII, un monje que leyera esto abría los ojos de par en par: ¡Cómo, diría, un buen religioso lo que tiene que hacer es justamente lo contrario, quedarse quieto en su convento! Pero Francisco, como Jesús, es hombre de caminos y cree que es en los caminos, en el ir y venir de la vida, donde hay que hacer la misión del Reino.

            El texto en cuestión es el siguiente:

 

Cuando los hermanos van por el mundo, nada lleven para el camino: ni bolsa, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni bastón (cf. Lc 9,3; 10,4; Mt 10,10). Y en toda casa en que entren digan primero. Paz a esta casa. Y, permaneciendo en la misma casa, coman y beban lo que haya en ella (cf. Lc 10,5.7). No resistan al mal, sino a quien les pegue en una mejilla, vuélvanle también la otra (cf. Mt 5,39). Y a quien les quita la capa, no le impidan que se lleve también la túnica. Den a todo el que les pida; y a quien les quita sus cosas, no se las reclamen (cf. Lc 6,29 - 30). (1 Regla cap.14).

 

Para asimilar un texto así (como para hablar de misión cristiana) quizá haya que dejar de lado el rubor que nos causa el poner sobre la mesa de la vida (lo dejamos para la capilla o el estudio) el texto evangélico. Lo que dice el Evangelio puede hacer parte de los caminos diarios del creyente. De lo contrario, ¿para qué sirve el Evangelio?

  • Caminar sin nada o la cuestión de la confianza: El Evangelio tiene como uno de sus criterios la confianza: ¿tú en quién confías realmente? Una misión en la desconfianza se orienta a apoyarse en valores seguros (dinero, despensa, comida, bienes, armas), mientras que la misión del reino se apoya en el corazón de las personas. Si no confías en el corazón el otro, hablar de misión del reino es música celestial.
  • De la misión tiene que brotar automáticamente un sentimiento de paz y de gozo: Si la misión provoca tensión, confrontación, dialéctica o cosas peores, esa no puede ser la misión del reino. La buena señal de la misión es que si aquellos con los que te relaciones (e incluso les hablas de fe) se muestran tranquilos y tranquilamente siguen con su vida (aunque con un poquito más de luz), buena señal.
  • La misión tiene que hacer entender que toda casa puede ser tu casa: Es decir, que, si entregas el corazón, cualquier lugar, cualquier situación, cualquier ámbito, puede ser de algún modo casa tuya. Porque lo importante es ser albergado por un corazón, no tanto estar de acuerdo con unas ideas o funcionar en parámetros aceptados por la moral más sistémica.
  • La misión no encaja por ningún lado con el litio, con la disputa sobre algo: Si se disputan adeptos, bienes, privilegios, honores, no puede hacerse ahí la misión cristiana. Todas las energías se van en la disputa y el Evangelio queda totalmente desplazado.
  • Sin generosidad no es posible la misión: La generosidad es otra de los ingredientes evangélicos que están en todas sus salsas. Mientras se ande mirando con lupa lo que gasto, lo que doy, lo que invierto, es muy difícil hacer misión evangélica. Si apunto todo lo que hago, si quiero pasar siempre factura, si no incluyo en mi vocabulario real la palabra “gratis” es muy difícil la cosa.

 

3. La misión en la etapa de una vida religiosa adulta

 

            Ya hemos dicho que la etapa de la vida religiosa adulta es óptima para este tipo de misión en lo cotidiano, en el marco de una vida normal. Hay hermanos/as que en esta etapa han descubierto como una “segunda vocación”, un camino de entrega en cosas que, con frecuencia, no son propias de su carisma pero que sí lo son de un comportamiento cristiano. Y aunque no tuviera ese carácter de segunda vocación, la misión en la vida religiosa adulta es una realidad al alcance de la mano.

            Quizá para eso haya que cambiar un poco de parámetros, de paradigma y hasta de una cierta ideología. Habrá que ser más eclesial, más social y, indefinitiva, más humano porque la razón de la misión es una razón de humanidad. Con los parámetros fijos de siempre, con el interior intocable, es difícil atisbar este tema de la misión adulta.

            Además, quizá sea en muchos casos necesario el ir más allá de los estereotipos carismáticos: yo, que pertenezco a la enseñanza, no sé hacer otra misión que enseñar, etc. La vida demuestra de mil maneras que eso (además de que ciertas edades ya no es posible) no es así: uno/a, con anhelo y buena voluntad, puede hacer cosas sencillas pero maravillosas. Vamos a sugerir algunas de ellas en general (la concreción tendría que hacerla cada uno/a).

1)      Misión de escucha: Hay mucha gente que quiere hablar, que se le escuche, nada más. Saben que sus problemas no tienen soluciones, tampoco las buscan. Pero quieren ser escuchadas no solamente por desahogarse, sino porque son personas. Escuchar, sobre todo, a gente que lo pasa mal. Las puertas de casa habrían de estar abiertas para quien quiera hablar.

2)      Misión de acompañamiento: Es una misión divina: Dios nos acompaña siempre, como lo decía Jesús (Jn 16,32). Acompañar es pasar un ratito con alguien que está mordido por la soledad. Pero también puede ser una vocación, una dedicación explícita. Y las personas que demandan acompañamiento son muchas, lo sabemos.

3)      Misión de cercanía: Hacerse presente en lugares de vida, en ámbitos ciudadanos, no solamente en marcos religiosos. Mirar cómo vive la gente con dificultad. La lejanía nos lleva a la insensibilidad y desde ahí es imposible hacer misión cristiana de ninguna clase.

4)      Misión de consuelo: De recoger lágrimas, de encajar llantos y lamentos, de hacerse cargo de vidas y situaciones que no son las mías. Nuestra respuesta ante el dolor ajeno nos constituye en sujetos morales, nos dice qué tipo de personas somos. Y el ámbito de sufrimiento es inmenso en hospitales, casas de salud, enfermerías, personas impedidas, enfermos de toda índole.

5)      Misión de trascendencia ofrecida, de espiritualidad: No misionar tanto desde lo religión, desde el catolicismo, sino desde la sed de Dios que uno experimenta y que experimentan muchos. Vivir y vibrar ante el Dios oculto, ante el silencio de Dios, ser apóstoles de ese silencio como prueba de amor, de libertad para que no se le manipule. No cansarse de decir que Dios hace parte de nuestra existencia, sobre todo cuando ésta se duele más. Enseñar no tanto a rezar, sino a buscar a Dios. Ofrecer no tanto oraciones, cuanto búsquedas compartidas.

6)      Misión de silencio lleno: Porque se llega a edades adultas en la vida religiosa sin haber tenido tiempo para leer, para orar, para pasar en la naturaleza, para disfrutar de la belleza sencilla. Todo esto son técnicas de ahondamiento, de recuperación de la profundidad, contemplativas. La edad adulta puede ser tiempo óptimo para estos reconfortantes trabajos. Llenar el silencio hace que el fantasma de la soledad (muy propio de la edad adulta) sea conjurado.

7)      Misión de oración ahondada, redescubierta: Porque se llega a la edad adulta habiendo rezado mucho y sabiendo rezar mucho. Pero orar es otra cosa. Aprender el ahondamiento, el disfrute, el tiempo sosegado, la oración de presencia, demanda redescubrir el camino de la oración personal. ¿Nos vamos a ir al otro mundo sin haber dado con  un camino fecundo de oración? ¿Cómo vamos a hacer la misión de la oración ahondada si nosotros no somos los primeros “consumidores”? ¿Vamos a enseñar sin haber aprendido?

8)      Misión de amparo fraterno: De opción renovada, elegida a diario, por la comunidad en la que vivo: amparar a los hermanos/as más débiles, amparar a quien anima a la comunidad, amparar los proyectos que surgen, aparar todo tipo de colaboraciones sencillas. Desterrar el sentimiento de que como soy mayor todos me deben servir.

9)      Misión de libertad conquistada: Porque los mayores habríamos de ser personas de libertad, ya que no tenemos nada que perder. No deberíamos ser tan “pudorosos” a la hora de poner encima de la mesa el Evangelio. No habríamos de temer los riesgos innecesarios. Gente libre que controla sus miedos. Estos/as sí que son buenos “misioneros/as”.

10)  Misión de resistencia lúcida: La adultez tendría que habernos enseñado a no quebrar a la primera contrariedad. En la resistencia habita la esperanza, dice Galeano. La misión se hace en la resistencia: “cuando os despidan de una ciudad, marchad a otra”. Para hacer misión hay que estar vacunado contra el desaliento.

La conclusión de todo esto parece clara: hay que salir más a la calle porque ahí se cuece la vida y ese debe ser el marco de la misión. Es preciso que lo que aquí se ha dicho genéricamente se vaya concretando porque uno de los riesgos de la vida cristiana es la inconcreción y dejar las cosas para la semana que no tenga jueves. Y hay que insertar estos anhelos en el marco de lo comunitario porque no hago misión únicamente desde mis búsquedas, sino desde la comunidad. Es raro que si comunidad y personas vibren por los mismos anhelos evangélicos no lleguen rápidamente a un acuerdo.

 

4. Taller: La misión más allá de los 65

 

1. Objetivo

 

            Como hemos dicho, para conjurar el riesgo de inconcretez hay que hacer trabajos de acercamiento a la realidad. Es en ella donde habrá que plantear la misión de la vida religiosa adulta.

            En concreto, se trataría deponer sobre la mesa experiencias sencillas de misión que tengan estas características:

  • Que sean “nuevas”: que tengan algún punto de novedad respecto a la vida que uno/a ha llevado antes (si antes era enseñante, ahora va a la prisión, por ejemplo).
  • Que sean “concretas”: no vale decir que se reza por los pobres, algo más concreto y con perfiles definidos.
  • Que sean “compartibles”: es decir, que no sean tan peculiares que no las pueda hacer más que uno/a y nadie más.

 

2. Trabajo en grupos

 

            Se hacen los grupos y se reúnen durante una hora. Una “secretaria/o” toma nota de lo esencial para colaborar luego en la puesta en común.

 

3. Puesta en común

 

            Los secretarios/as de cada grupo exponen únicamente dos experiencias, las que ellos consideren oportunas. Luego, si hay tiempo en el diálogo, se pueden ampliar las experiencias.

 

5. Conclusión de la jornada: memorial

 

            Se trataría de poner en común unos pocos rasgos, unas pocas frases, en torno al tema de la misión en la vida religiosa adulta que quedaran como unos lemas para el recuerdo y para la práctica (eso es un “memorial”).

 

 

Fidel Aizpurúa Donazar

Juan 66

CVJ

Domingo, 30 de enero de 2011

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

 

66. Jn 9,29-34

 

Introducción:

               

                Desde niños se van forjando en nuestro interior tremendos clichés, fuertes prejuicios, maneras estereotipadas de enfocar al otro, sobre todo si es distinto, de otro país, de otra cultura, de otra manera de pensar. Como no ande uno/a listo, los prejuicios le comen el pan del morral y termina por ser una persona cerrada, impasible a la situación del otro, justificándose con prejuicios que no son razones por mucho que se las quiera disfrazar. Los prejuicios están hechos de desconocimiento, de lejanía, de desdén, de sentimientos infundados de superioridad, de clichés no contrastados, de ignorancia. ¿Cómo romper ese muro granítico? Mirando a los ojos del otro con una mirada humana, pensando que su corazón late y siente como el nuestro, que sus afectos y sentimientos son muy parecidos a los nuestros. Y esto se logra con cercanía y cariño.

                Las autoridades judías, según este relato con el que venimos orando, son gente cargada de prejuicios (prejuicios que esconden sus ambiciones, su estatus). No saben de dónde viene Jesús y eso lo desautoriza. En Mc 6,3 se dice lo contrario: se le desautoriza porque “sus hermanos y hermanas viven entre nosotros”. No hay quien se aclare. En uno y otro modo la razón (si es que la hay) no es la que manda en el discernimiento; son los prejuicios. No se entiende a uno que en lugar de cumplir las normas del sistema (no curar en sábado) opta por la persona y conculca la ley. No se ha entendido lo de siempre: que la persona es lo más importante, el único absoluto. Y abandonando esta certeza, los prejuicios ocupan el centro de la situación. La pregunta que tendrían que haberse hecho, antes de enjuiciar a Jesús, sería: ¿por qué tengo tantos y tales prejuicios? Como esa pregunta no se hace, el discernimiento en torno a Jesús resulta fallido.

 

***

 

Texto:

 

29Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ése no sabemos de dónde viene.

                30Replicó él:

                -Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene, y, sin embargo, me ha abierto los ojos. 31Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es religioso y hace su voluntad. 32Jamás se oyó decir que nadie abriera los ojos a un ciego de nacimiento. 33Si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder.

                34Le replicaron:

                -Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?           

Y lo expulsaron.

 

***

 

Ventana abierta:

 

            Esta foto pertenece a la película “El Visitante” (The Visitor) en la que un aburrido profesor universitario lleno de prejuicios y complejos se topa con dos jóvenes extranjeros sin papeles y en esa fortuita relación se vienen abajo todos los prejuicios hasta llegar a ver a quien es tan diferente no con desdén sino con implicación y con amor.  Es una hermosa parábola de lo humana que podría ser la vida cuando caen los prejuicios y de lo cruel e injusta que es cuando la gobiernan los miedos, las ideas predeterminadas, los prejuicios en fin.

                Oramos: Gracias, Señor, por quienes hacen pedazos los prejuicios del corazón; gracias por quienes valoran a las personas con ternura; gracias por quienes son ágiles para sentarse a la mesa de quienes son diferentes.

 

***

 

Desde la persona de Jesús:

 

                Las autoridades confiesan que Jesús “no sabemos de dónde procede”. No ven la conexión de Jesús con el Padre. Les parece excesivo que un paria tenga conexión con “su” Dios de poder. Pero, al menos, podrían haber percibido o intuido esa conexión por las obras de amor y solidaridad que Jesús hace, ya que la Escritura se cansa de repetir que Dios es bueno con todas sus criaturas. Por la bondad podrían haber deducido su origen, su raíz, su centro. Pero los prejuicios con los que se mueven bloqueen la bondad y la anulan. De ahí que no sepan de dónde procede.

                Oramos: Tu amor, Señor, habla de tu conexión con el Padre; tu bondad desvela tu origen divino; tu abrazo cálido es tu mejor identidad.

 

***

 

Ahondamiento personal:

 

                Las autoridades judías, despechadas, no admiten lecciones del miserable ciego: “¡vas tú a darnos lecciones a nosotros?” Una de las notas típicas de quien está atiborrado de prejuicios es que no acepta lecciones de nadie, se cree que lo sabe todo y nadie puede leerle la cartilla. Con esa cerrazón está demostrando su incapacidad para conectar con la persona diferente. Para derribar prejuicios es preciso estar dispuesto a recibir continuamente “lecciones” de los demás, de cualquiera, porque de cualquier persona se pueden aprender cosas valiosas.

                Oramos: Que seamos ágiles para acoger lecciones que humanizan; que nunca menospreciemos a quien quieren enseñarnos a ser humanos; que creamos que los débiles pueden enseñarnos el amor.

 

***

 

Desde la comunidad virtual:

 

                El origen de Jesús es, como decimos, la bondad. Él viene del Dios bueno. Lo mismo pasa en las personas: su patria y su horizonte es la bondad. Su verdadero carné de identidad es su vida bondadosa. Por eso, desde la comunidad virtual podemos ayudarnos a ser nosotros mismos si nos ayudamos a ser buenos, aunque sea en cosas muy humildes y de poca relevancia. Enseñarnos la bondad, valorarla, practicarla, ser fieles a ella, amarla es la manera de descubrir nuestro verdadero origen (la bondad creadora de Dios) y nuestra meta (la mesa común del reino).

                Oramos: Que nos enseñemos la bondad con sencillez; que valoremos lo bueno con aprecio; que practiquemos el bien de modo sencillo.

 

***

 

Poetización:

 

Vivió sin prejuicios.

Por eso se lanzó a cualquier camino,

se abrió a cualquier vida,

miró cualquier corazón con amor.

No podía ser de otra manera

porque si hubiera tenido prejuicios

la bondad se habría alejado de su vida.

Desde el principio

le vieron como “divino”.

Pero eso no fue

por imperativo dogmático,

ni por tradición religiosa,

ni por la nobleza de su sangre,

ni siquiera por sus modestos milagros.

Les parecía divino

porque lo veían bueno.

No es de extrañar que dijeran

que pasó haciendo el bien.

De ahí que quienes funcionaban

con los duros y rígidos mecanismos de los prejuicios

ignoraran su procedencia.

Y  eso hacía que desconfiaran de él.

Si se hubieran descabalgado de sus prejuicios,

que es lo mismo que decir

de sus intereses,

habrían podido entrever en su bondad

el origen de Jesús,

su cercanía al Padre,

su humana divinidad.

No supieron hacer trizas

el velo de sus prejuicios.

 

***

 

Para la semana:

 

                Trata de controlar los prejuicios esta semana. Que tengan el menos sitio posible en tu comportamiento diario.

 

***

 

 

Estudiar para encontrar vida

 

 

 

ESTUDIAR PARA ENCONTRAR VIDA

Importancia del estudio en la vida franciscana

(Retiro al inicio del Curso de la ESEF)

 

 

            “Vosotros estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas vida definitiva” (Jn 5,39): esta frase de la polémica joánica entre el judaísmo y el cristianismo naciente a propósito de los testigos que avalan el mesianismo de Jesús nos viene muy bien para comenzar esta jornada de retiro en la semana inicial del Curso de la ESEF de este año. Estudiamos para encontrar vida.

Todo nuestro esfuerzo personal y fraterno, nuestro afán por acomodar nuestro Curso al Plan de Bolonia, nuestro volcarnos a las páginas de los textos franciscanos, nuestro interrogarnos por el lugar del franciscanismo en la sociedad actual no tiene otra finalidad sino la de acrecentar el caudal de vida, no tanto el de nuestra sabiduría.

Estudiar para vivir con más sentido es cumplir aquella vocación primordial que Dios ha puesto en todo ser creado: vivir y dar vida. Es vivir un poco aquella “santidad de vivir” (como diría J. Sobrino) que desata la ternura del corazón de Dios. Él quiere que vivamos en la mayor plenitud y gozo posibles. El estudio, modestamente, podría colaborar a encontrar ese sentido y gozo que da a la vida otro color.

Estudiar para encontrar vida, para llenar de más sentido la vida, para disfrutar más de la vida, para ser más conscientes del donde la vida, para entregar más vida a otros. Desde ahora nos hacemos conscientes de esta intención básica del esfuerzo, del trabajo y del recorrido que iniciamos esta semana.

 

1. Y uno aprende

 

Antes de recurrir a la Palabra de Dios y a la de los textos franciscanos ponemos delante un hermoso poema de J.L.Borges que, por sí solo, daría pie a una profunda reflexión. Se titula “Y uno aprende”:

 

Después de un tiempo,

uno aprende la sutil diferencia

entre sostener una mano

y encadenar un alma,

y uno aprende

que el amor no significa acostarse

y una compañía no significa seguridad

y uno empieza a aprender...

 

Que los besos no son contratos

y los regalos no son promesas

y uno empieza a aceptar sus derrotas

con la cabeza alta y los ojos abiertos

y uno aprende a construir

todos sus caminos en el hoy,

porque  el  terreno  de  mañana

es demasiado inseguro para planes...

y  los futuros tienen una forma de

caerse en la mitad.

 

Y después de un tiempo

uno aprende que si es demasiado,

hasta el calorcito del sol quema.

Así que uno planta su propio jardín

y decora su propia alma,

en lugar de esperar a que alguien le traiga flores.

 

Y uno aprende que

realmente puede aguantar,

que uno realmente es fuerte,

que uno realmente vale,

y uno aprende y aprende...

y con cada día … uno aprende.

 

  • Aprender para “no encadenar”: Para entenderse y vivirse en la mayor libertad posible, para no apropiarse de nadie, para no juzgar a nadie, para sentir en el rostro la brisa fresca de la libertad
  • Aprender a “construir en el hoy”: Con generosidad y con el humilde realismo de saberse limitado pero llamado a la hermosa tarea de la vida.
  • Aprender a “decorar” la vida: Hacerlo valorando la moderación y el amor a lo bello aunque esto sea sencillo y humilde.
  • Aprender a “aguantar”: A resistir sabiendo que la fortaleza está en el fondo del corazón.

 

2. La luz de la Palabra

 

            “Buscaba palabras tuyas y las devoraba; tus palabras eran mi gozo y la alegría de mi corazón, porque tu nombre fue pronunciado sobre mí” (Jer 15,16).

 

  • Devorar es algo más que comer: es el modo como los animales comen, devoran, rasgan, trituran, porque comen por mero instinto. El profeta dice que come la palabra como un animal devora: con ansia de identificarse pronto y del todo con esa palabra. Comer así es muy distinto del comer por convencimiento, por obligación, por costumbre, por pasar el tiempo. Así habría que comer la Palabra y las palabras de Francisco: como quien devora, como quien lleva dentro un fuego que quiere apagar. Estudiar por obligación, por costumbre o por ser más que otros no es la manera mejor de hacerlo, no lo habría de hacer así un franciscano/a. “Mi alma tiene sed del Dios vivo” dice el Sal 41.
  • El profeta dice que esas palabras no se las encuentra por casualidad, sino que las busca. Está anhelante y deseoso y busca la palabra luminosa de Dios en todas las circunstancias. Y cuando las encuentra, las devora. Es un “buscador de la Palabra”, uno que pregunta a todo y todos por esa palabra que sana y da sentido. Estudiar sin querer buscar es arriesgarse a no encontrar. Pensar que las búsquedas de otros me van a servir a mí sin que yo me dé la pena de buscarlas es engañarse. “Gente buscadora”, no estaría mal que se pudiera definir así a este grupo.
  • La Palabra es alegría y gozo de corazón. No es, en primera instancia, algo para armar la cabeza, para enriquecer la mente, para acrecentar el saber. Es, ante todo, alegría y gozo para el corazón. Si el estudio de la Palabra y de las palabras de Francisco nos dejan el corazón impasible, frío, como estaba antes, quizá no hayamos dado con la clave. “¿No ardía nuestro corazón mientras nos explicaba las Escrituras?”, dicen los de Emaús (). Jesús tenía una manera de explicar que hacía “arder”. No solamente era interesante lo que explicaba, sino que “quemaba”. No hubiera sido posible si el corazón de los de Emaús, aunque cansado, dolorido y abatido no tuviera dentro el rescoldo del deseo, el fuego del amor de quienes le “habían amado desde el principio”, como decía Flavio Josefo de los primeros seguidores de Jesús. El estudio habría de llevarnos al hermoso logro de un corazón más gozoso, que es lo mismo que decir un corazón más fraterno, más franciscano.
  • Y el mayor gozo de la Palabra es que encierra la palabra de nuestro nombre, que Dios no nos da la Palabra (ni las palabras de Francisco) para que aprendamos en ellas argumentos de teología o doctrinas espirituales, sino para decirnos simplemente que las letras de la Palabra conforman las letras de tu propio nombre, que la Palabra es una palabra de amor con tu nombre. María Magdalena reconoce al resucitado cuando pronuncia su nombre: “Él le dijo: ‘María’. Ella se volvió y exclamó en su propia lengua: ‘Rabbuni” (que equivale a “maestro mío del alma”)” (Jn 20,16). Si al final de nuestro trabajo en este curso de la ESEF no tuviéramos la certeza más segura de que Jesús pronuncia nuestro nombre, no habríamos conseguido el fruto espiritual, aunque logremos el fruto académico.

 

3. La palabra de Francisco

 

            “Al hermano Antonio, mi obispo, el hermano Francisco: salud. Me agrada que enseñes la sagrada teología a los hermanos a condición de que, por razón de este estudio, no apagues el espíritu de oración y devoción, como se contiene en la regla” (CtaAnt).

 

  • Todos sabemos que Francisco siempre tuvo “miedo” a los estudios no por ellos mismos, sino porque quien estudia, con frecuencia se cree más, se cree “señor” (la ciencia que hincha) y con ello se pierde la minoridad, la relación de sencilla igualdad. Pero al final de su vida (esta cartita es de 1224) “cedió” a los hechos de que la orden había aumentado y con ello el número de los “estudiosos”. Pero cede sin ceder al decir que las cosas deben estar claras: el estudio de la teología es del “agrado” de Francisco (lo suponemos sincero), pero entre los franciscanos se mantiene el primado de “la oración y devoción”. Es decir, es más importante la experiencia espiritual, el proceso creyente que uno va construyendo, la verdad de su adhesión a Jesús, que su saber teológico. No se trata de oponer oración (como actividad religiosa) y teología, sino saber espiritual sin experiencia (?) y saber espiritual con experiencia. A este habría de llevar el trabajo que comenzamos todos este Curso de la ESEF.
  • Hay un poquito de ironía franciscana en eso de “mi obispo”. Pero para Francisco, quien sabe de teología es como un obispo, como alguien cualificado, como alguien que quiera hondar en su fe para contagiarla, del modo que sea, a sus hermanos/as. Es una “sagrada teología de cara a los hermanos”. Esa responsabilidad ha de estar presente: se te envía a esta Escuela no para que te luzcas al volver a tu casa con un “título” o una experiencia que no van a tener otros hermanos/as tuyos. De alguna manera esto tiene que redundar en beneficio de la experiencia creyente de tus hermanos/as.
  • El estudio de la teología no ha de ser un elemento que “apague” el espíritu de devoción-oración. Hay muchos “apagafuegos” en las comunidades (muchos “bomberos”). El estudio de la teología franciscana habría de provocar “incendios”, o si se prefiere, como dice Galeano, “pequeños fueguitos” que alumbren el caminar de las comunidades. Si la nuestra es una teología sosa, aburrida, sin enganche con la realidad, sin capacidad para suscitar sorpresa, sin brillo en los ojos, quizá sea una teología que apaga. Que no apague el fuego de la experiencia creyente, así ha de ser la teología franciscana.
  • La referencia a la regla es la referencia al Evangelio. Por eso, el Evangelio propicia esta teología orientada a los hermanos para “incendiar” el camino cristiano, para generar luz. La autoridad de Francisco, su sancionar positivamente la teología viene del mismo Evangelio, de la regla.
  • Quizá queda más en la penumbra la espiritualidad de la praxis cristiana. Pero francisco tiene claro que “tanto sabe el hombre cuanto hace” (EP 4) y que “vale más dar que leer” (LP 93). Al final, el éxito de este camino de estudio deriva en comportamientos cotidianos de servicio, de amor al hermano, y de trabajos por la fraternidad. Lo demás es echarse tierra a los ojos.

 

4. Derivaciones

 

Terminamos con algunas derivaciones para intentar conectar mejor con la realidad cotidiana a la hora de iniciar nuestro camino de estudio:

 

  • Trabajos en las raíces: Valoramos un árbol por sus hermosos frutos o por su florido follaje. Pero sin unas buenas raíces sería nada. No valoramos las raíces porque están en lo oscuro. Los trabajos de formación son trabajos en las raíces. Permanecen en lo oscuro (quizá por eso no son muy valorados, ya que nos gusta la luz como a las mariposas), pero son imprescindibles para la salud del “árbol”, de la persona, de la comunidad, de la congregación. Trabajemos las raíces con tesón.
  • Huir de la superficialidad: O, recuperar la profundidad. Vivir en la superficialidad es muy fácil (dónde va Vicente, donde va la gente), pero nos hace muy vulnerables. Es preciso trabajar caminos de recuperación de la profundidad: silencio, lectura personal, oración, paseo, escucha, contemplación. La profundidad nos hace fuertes, nos conecta con la realidad misma de Dios: “Quien sabe de la profundidad, sabe también de Dios” (P. Tillich). El estudio es otra estrategia de recuperación de profundidad.
  • Enriquecer y cambiar (si es necesario) el paradigma: El paradigma es el marco de referencia existencial que tiene toda persona. En el nuestro ocupa un lugar importante la espiritualidad y con ella la teología y el franciscanismo. El paradigma si no se lo trabaja envejece, se anquilosa y se esclerotiza. Así se corre el riesgo de perder la conciencia de minoridad por inflexibilidad. Por eso, quien estudia con mente abierta tiene que estar dispuesto a enriquecer y, si fuera necesario, a flexibilizar su paradigma vital. Si sale uno/a con las mismas ideas con las que entró, mal asunto.
  • De cabeza y de corazón: Ya lo hemos dicho en la referencia a los textos meditados: el estudio tiene que afectar a la cabeza y también al corazón. Ambos habrían de ir en un cierto equilibrio (aunque, por tradición carismática, quizá haya de prevalecer un tanto el corazón). Uno/a habría de tener la sensación de que, al final del Curso, su mente y su corazón se han visto “afectados”.
  • La osadía de palpar el “textum” franciscano: “Textum” significa tejido. Del mismo modo que cuando vamos a comprar una prenda, para cerciorarnos de su calidad, la palpamos, los escritos franciscanos son “textos”, tejidos de espiritualidad que hemos de tener la osadía de palpar personalmente. No podemos aprender únicamente por lo que otros (profesores/as, compañeros/as) me digan. Yo mismo/a tengo hacer el esfuerzo de palparlos, de desentrañarlos, de personalizarlos para poder decir una palabra con la “autoridad” de quien se ha metido en ellos.
  • Una aventura común: El Curso de la ESEF tiene un componente colectivo, fraterno. No es solamente una exigencia académica, sino comunitaria. Aunque una gran parte del trabajo es personal, otra parte nada desdeñable es común. El trabajo de este Curso ha de llevarnos a ahondar aún más la convicción de que vivir para nosotros tiene sentido en que vivimos y somos “con y para el otro” (como decía Z. Bauman). Hemos de tratar de rasgar los velos, ideológicos y personales, que oscurecen esa sencilla convicción que es el núcleo de la experiencia de fraternidad franciscana.

 

Conclusión

 

No se pone una mañana de retiro en la semana inicial del Curso de la ESEF para que quede bien. Creemos que es necesario aprestarse a “escuchar la voz” de Jesús y de Francisco y Clara que se nos hacen presentes en esta mediación.  El silencio, el paseo, la oración, la fraternidad compartida pueden ayudarnos en estas horas iniciales. A Jesús, el del “método ardiente” para explicar la Palabra nos acogemos con el amparo del hermano de Asís.

 

 

 

           

 

Fidel Aizpurúa Donazar

Juan 65

CVJ

Domingo, 23 de enero de 2011

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

 

65. Jn 9,24-28

 

Introducción:

 

                La sociedad, sus leyes, la justicia, la misma economía, están siempre más preocupadas por buscar los culpables de las situaciones anómalas de vida que por la felicidad de las personas. Se gasta mucho dinero en que no haya delitos, en perseguir a los delincuentes, en arrestarlos y tenerlos a buen recaudo, que en posibilitar la felicidad. Más aún, cuando la sociedad se pregunta por el grado de felicidad de sus ciudadanos, casi siempre pone el acento en los bienes materiales que poseen, deduciendo que de ellos depende directamente la felicidad. Sin embargo, no se apaga en la sociedad el simple anhelo quizá no tanto de ser felices, sino, al menos, de caminar en la dirección de la felicidad. “Sea moderadamente feliz” solía decir un locutor al despedirse de su programa. Ese anhelo está inscrito en el fondo de la persona.

                Por raro que nos parezca, el Jesús de los Evangelios está mucho más preocupado por la felicidad de las personas que por sus pecados. El sistema religioso ha acentuado todo lo relativo al pecado, pero la intención de Jesús es hacer ver a la persona que, sea como sea, ha sido llamada a la dicha. El ciego del relato lo muestra claramente: si Jesús se hubiera preocupado de sus pecados (o de los de sus padres) le habría impuesto una penitencia para provocar la conversión. Pero no fue ese el camino: se preocupó de darle luz, de iluminar su sendero vital para hacerle comprender que su vida, por pobre que fuera, tenía sentido y valor y que, por lo mismo, no debía renunciar jamás a una parcela de dicha. Eso demuestra la evidencia de los hechos: “una cosa sé, que yo era ciego y ahora veo”. La certeza de que la dicha ha ocupado el primer plano de la vida.

 

***

 

Texto:

 

24Llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron:

                -Confiésalo ante Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.

                25Contestó él:

                -Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo.        

26Le preguntan de nuevo:

                -¿Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?

                27Les contestó:

                -Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso: ¿para qué queréis oírlo otra vez?, ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?  

28Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron:

                -Discípulo de ése lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés.

 

***

 

Ventana abierta:

 

                Aunque no lo parezca, esto es un hospital, el “Sister Philomena Cólera Center Daily Report” de Haití: 16 tiendas de campaña donde, con muy pocos medios (sin rayos x, sin laboratorio) un puñado de médicos, enfermas y voluntarios tratan de arrebatar el mayor número de personas (niños, sobre todo) al cólera. Y parece que lo consiguen. Puede entenderse que luchan por una causa médica, pero, en realidad, luchan por la felicidad que les es debida a los pobres y que la pobreza y el olvido les arrebatan. Son como Jesús.

                Oramos: Gracias, Señor, por quienes se preocupan por la suerte de los olvidados; gracias por quienes aportan felicidad al caminar humano, gracias por quienes luchan por restituir a los débiles la felicidad que el olvido les arrebata.

 

***

 

Desde la persona de Jesús:

 

                El ciego curado da una soberbia lección de teología: no hay que mirar si Jesús es pecador o no (quizá el pecado hizo también mella en él), sino si está preocupado por aportar luz al camino humano. “Si es pecador o no, yo no lo sé”. No debería importarnos mucho eso, sino percibir con claridad que el sentido de la vida de Jesús ha sido colaborar un poco a la dicha del duro caminar humano y sembrar la certeza de que hemos nacido para la felicidad, no para el trabajo ni para la condena.

                Oramos: Tú, Señor, nos haces felices sembrando amor en nuestro camino; tú nos haces felices suscitando ilusión en el corazón; tú nos haces felices amándonos sin ninguna desconfianza.

 

***

 

Ahondamiento personal:

 

                Quien no está ilusionado por la felicidad se convierte automáticamente en uno que fustiga el pecado, la conculcación de lo establecido, las costumbres. Más aún, se hace juez implacable y seguro: “A nosotros nos consta que ese hombre es pecador”. La única manera de romper ese maleficio es ponerse a nivel de quien anhela felicidad y no la puede tener por imposición de los demás. Se trata de hacer causa cada vez más con quienes no reciben en esta vida su cupo de felicidad al que tienen derecho como criaturas. Alineándose con ellos se puede vislumbrar la orientación básica del hecho humano al horizonte de la felicidad.

                Oramos: Que bajemos al camino de los despojados de felicidad para colaborar a su gozo; que aprendamos que la felicidad deriva del compartir el corazón; que nos animemos a construir la senda de la felicidad enturbiando lo menos posible el gozo de las personas.

 

***

 

Desde la comunidad virtual:

 

                Al ciego le espetan las autoridades: “Discípulo de ese lo serás tú”. Para ellos, ser discípulo es tener connivencia con el pecado. Pues bien, que no nos importe ser discípulos (aunque no tengamos resuelto el tema del pecado en nuestra vida, por nuestra debilidad o incoherencia), porque siendo discípulos hacemos una apuesta por la felicidad. Por lo mismo, la comunidad virtual puede darnos y nos da algunas pequeñas dichas, personales y comunes, que nos acercan al horizonte soñado de la felicidad. Contribuyen a iluminar la vida como lo hizo Jesús.

                Oramos: Que más allá de nuestra debilidad nos animemos a la dicha; que por encima de nuestros pecados creamos en nuestra felicidad; que aunque tengamos incoherencias sigamos anhelando el gozo.

 

 

***

 

Poetización:

 

Quizá fuera pecador,

no lo sabemos,

aunque no tenía reparos

en situarse al lado del pecado

cuando estaba en juego

la dicha de la persona

(como en el asunto del sábado).

No sabemos si fue pecador,

aunque les constara que sí a las autoridades.

Pero sí sabemos que anheló la dicha,

que sembró la felicidad,

que nunca se cansó de decir a los débiles:

tenéis derecho al gozo,

al amor,

a la risa,

al disfrute.

Más aún, vieron en él un peligro

porque intuían que, al decir eso,

establecía un ineludible derecho

ya que la dicha que sembró en las personas

no era ninguna limosna ni un regalo

sino una cuestión

de estricta justicia.

Esto fue lo que hizo que las autoridades

lo vieran como un peligro.

por eso fue perseguido,

porque sabía que el anhelo de felicidad

es peligroso:

deriva de la justicia y de la dignidad.

Por eso fue acosado,

aunque ningún tribunal lograr

apagar el fuego encendido

del derecho a la felicidad.

 

***

 

Para la semana:

 

                Trata de ser moderadamente feliz con las personas y situaciones que vives cada día.

 

***

 

Juan 64

CVJ

Domingo, 16 de enero de 2011

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

 

64. Jn 9,18-23

 

Introducción:

 

                Se atribuye a Thomas Hobbes aquella famosa frase: “El miedo y yo nacimos gemelos”. Es que, constitucionalmente una parte de nosotros, muy honda, está hecha de miedo, de inerradicable temor. Añadir a eso los diversos miedos que se van sumando a lo largo de la vida. Es una realidad tan compacta que tener controlado el miedo es cosa de poca gente, al menos en maneras totales. Sin embargo, es posible plantarle cara a ese fantasma, mirarle a los ojos. Lo hemos dicho en alguna otra ocasión: el miedo gana la partida porque agiganta el fantasma del temor. Si nos acercáramos a él, algunas veces lo venceríamos. Dicen algunos que David venció a Goliat porque se atrevió a acercarse a él. De cerca no parecía tan invencible.

                Es que el pasaje de esta semana describe una situación de mucho miedo: los padres del ciego curado son llamados a declarar y, por miedo al sistema sociorreligioso del judaísmo, declinan cualquier testimonio a favor de su propio hijo. Más allá de los anacronismos que el texto revela (la expulsión de los cristianos palestinos de la sinagoga no se pudo dar en tiempos de Jesús, sino mucho más tarde), el texto deja entrever a un Jesús que, al curar, al devolver la luz al interior de la persona, hace el gran milagro de eliminar miedos anclados en los pliegues del alma. Uno de los síntomas de que la Palabra va haciendo mella en nosotros/as es que los miedos, siquiera en pequeña parte, van retrocediendo. Jesús, la persona que ha controlado sus miedos, infunde valor en quien le sigue y hace camino con él. El valor que infunde Jesús no es mera temeridad, sino coraje para enfrentarse a la limitación y, desde ahí, levantar los hombros y seguir adelante.

 

***

 

Texto:

 

18Pero los judíos no se creyeron que aquél había sido ciego y había recibido la vista, hasta que llamaron a sus padres 19y les preguntaron:

                -¿Es éste vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?

                20Sus padres contestaron:

                -Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego; 21pero cómo ve ahora, no lo sabemos nosotros, y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que ya tiene edad y puede explicarse.   

22Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos: porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. 23Por eso sus padres dijeron: “Ya tiene edad, preguntádselo a él”.

 

***

 

Ventana abierta:

 

            Esta foto puede pertenecer a cualquier clase de manifestaciones en la calle porque el miedo inunda muchas parcelas de nuestro vivir diario. Es gente mayoritariamente joven la que porta la pancarta, porque quizá con los años uno sucumbe a los miedos aunque, por lógica humana y evangélica, cuantos más años, más valentía. Así podía ser. Además esas personas proclaman su anhelo de vivir sin miedos a cara descubierta, no se esconden. Es que la manera de hacer frente al miedo es hacerlo confrontándolos, plantándoles cara, aguantando su embate que no resulta ser tan fiero como lo pintan.

                Oramos: Gracias, Señor, por quienes se arman de valor ante sus miedos; gracias por quienes ayudan a encarar temores; gracias por las personas valientes que permanecen firmes ante los asaltos del temor.

 

***

 

Desde la persona de Jesús:

 

                Los dirigentes del tribunal preguntan: “¿Cómo es que ahora ve?”. Es la pregunta de quien quiere imponerse con miedo. No preguntan qué es lo que la nueva situación ha aportado al ciego, cómo ha cambiado su vida, qué beneficios le ha traído la visión, qué gozos nuevos han nacido en él. No. Lo que importa dilucidar es cómo ve para ir luego hacia quien le ha dado la visión en sábado. Es un interrogatorio para engendrar miedo, para retroceder en la dicha. No saben que detrás está uno, Jesús, que funciona sin temores y que se planta ante su inicuo tribunal. No lo saben, pero algo de eso intuyen.

                Oramos: Señor Jesús, gracias por tu vida sin temor; Señor Jesús, gracias por quitarnos los temores elementales; Señor Jesús, gracias por llenar de luz nuestros días.

 

***

 

Ahondamiento personal:

 

                Los padres del ciego curado dicen, para quitarse el marrón de encima, que “ya es mayor”. No se quiere entrar en conflicto con quien tiene poder y con quien me atemoriza. Es una manera diplomática de huir, pero es proclamar que se sigue bajo un régimen de terror. Las fugas ante los problemas que suscitan temor no arreglan nada. Creer que el temor no nos va a dar de dentelladas porque lo puenteemos, porque demos un rodeo, es una equivocación. Lo mejor es, paciente y fraternamente, tratar de darle cara. A la larga, los resultados son mucho más positivos.

                Oramos: Que nos demos coraje para afrontar algunos de nuestros miedos; que nos demos aliento para minimizar el impacto del miedo; que nos demos amparo para ser fuertes ante los miedos de la vida.

 

***

 

Desde la comunidad virtual:

 

                El miedo a la exclusión, a ser expulsados del lugar social (de la sinagoga) es lo que, muchas veces, nos hace ceder a las presiones de quienes tienen poder para hacernos temer. Por eso, una manera de generar valor es incluir, no excluir. La comunidad virtual es un pequeño ejemplo de inclusión. Nada se exige ni para estar ni para no estar; no se pide ningún requisito; no hay condiciones previas. Quien quiera, puede hacer parte de este camino. Esta inclusión elemental es la que puede ayudarnos un poquito a sentirnos más incluidos, menos temerosos.

                Oramos: Gracias por la mesa común y la vida compartida; gracias por el camino común y los días disfrutados con hermanos; gracias por los anhelos comunes y los sueños compartidos.

 

***

 

Poetización:

 

Llegó a vivir sin miedos.

Era como cualquier persona

cercada de temores.

pero supo ponerles coto,

atenuarlos,

hacerlos desaparecer,

al menos muchos de ellos.

¿Cómo logró vivir sin miedos?

Anduvo dos caminos:

entendió de manera directa

que si Dios era Padre,

no podía ser sino solamente amor

y que, por lo mismo,

el temor y Dios no eran compatibles.

Además, al echarse a los caminos,

experimentó algo simple:

el corazón humano era bueno,

básicamente bueno

y anhelante de la bondad.

Y, como quien se lanza al mar,

decidió confiar en las personas.

Así, teniendo la certeza

de que un Padre bueno estaba con él

y de que las personas eran

fundamentalmente buenas,

los miedos se difuminaron

como la niebla cuando sale el sol.

Y a partir de ahí sus días,

aunque sencillos y pobres,

fueron confiados.

El temor se alejaba

y la alegría entraba a raudales en su vida.

 

***

Para la semana:

 

                Trata de vivir confiadamente; pon a raya a tus miedos de cada día. Anima a quien tenga miedo.

 

***

 

Juan 63

CVJ

Domingo, 19 de diciembre de 2010

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

 

63. Jn 9,13-17

Introducción:

 

                Hay personas que están convencidas de que todo tiene un precio, que todo, hasta lo más sagrado se puede comprar y vender. Sin embargo, hay una realidad que escapa a toda negociación porque no tiene precio: la persona y su dignidad. Cuanto más ahonda uno en la realidad de lo que somos, más se convence que todo se podrá comprar y vender pero  que negociar con personas es inadmisible por inhumano. No hay precio para comprar a nadie. En estas horas nuestras de turbulencias sociales y económicas hay que volver a lo esencial: todo aquello que atente contra la persona y su dignidad no es de recibo (por muy consagrado que se lo quiera); todo aquello que favorece a la persona es valioso, aunque eso bueno sea cuestionado por el sistema. Es que sigue habiendo gente que, por sus propios intereses y no por otra cosa, continúa poniendo a la norma por delante incluso de la dignidad de las personas. Nada tienen que ver con el sentido humano de la vida y con el mismo Evangelio.

                Porque si algo estremece del texto que tenemos para esta semana es que los fariseos pongan por delante la norma religiosa del sábado (que les beneficia) al bien de la persona débil que ha sido curada. A ellos no les interesa si la vida del ciego cambia después de su curación, si mejora su calidad, si se puede ganar mejor el sustento, si su relación afectiva se hace más gozosa. A la gente del sistema no le importa nada de eso. Su único interés es que se cumpla la norma, que se guarde el sábado, que el sistema que les sustenta no queda cuestionado en nada. Lo demás, la dignidad de la persona no les interesa. Es el rostro más perverso de todo sistema; por esto queda, sin más, desautorizado, por mucha religión o poder con que se consagre la norma.

 

***

 

Texto:

 

                13Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. 14(Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos).

 15También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.

                Él les contestó.

                -Me puso barro en los ojos, me lavé y veo.

16Algunos de los fariseos comentaban:

                -Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.

                Otros replicaban:

                -¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?

                Y estaban divididos.

 17Y volvieron a preguntarle al ciego

                -Y dado que te ha abierto los ojos, ¿tú qué dices de él?

                Él contestó:

                -Que es un profeta

 

***

 

Ventana abierta:

 

 

                En su artículo 3 la Declaración Universal de los Derechos Humanos dice: “Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad”. Sin embargo, hay una cualidad que está por encima de todo y de la que se derivan los Derechos Humanos. Es la dignidad. La dignidad no es un valor caído del cielo, no es una ley natural que nos hemos encontrado colgada de la rama de un árbol, o una virtud propia de las personas que siguen las prescripciones sociales. No. La dignidad es una creación humana, una invención portentosa de la inteligencia.

                Oramos: Que celebremos la dignidad con la que tú, Señor, has creado a las personas y a las cosas; que valoremos siempre a la persona como realidad innegociable; que acojamos con calidez a toda realidad creada.

 

***

 

Desde la persona de Jesús:

 

                Dice el ciego que Jesús es un “profeta”. Y ¿qué profetiza Jesús? Que la vida es digna, que el horizonte de la historia es la fraternidad; que la persona nunca podrá ser despojada de su dignidad; que somos más que nuestro mal; que nuestro valor radica en el amor en que hemos sido creados y con el que podemos construir la vida. Estos o similares son los contenidos de la profecía de Jesús, profecía de honda humanidad. Alegrémonos por el “profeta” Jesús.

                Oramos: Que nos alegremos por el corazón bueno y humano de Jesús; que disfrutemos de su profecía de humanidad; que cantemos su canto alegre a la bondad de la vida.

 

***

 

Ahondamiento personal:

 

                El ciego curado argumenta desde el sentido común: “¿Cómo puede un hombre, siendo pecador, realizar semejantes señales?”. El Evangelio nos pone en nuestro sitio: si haces el bien si te interesa el dolor ajeno, si eres básicamente bueno, no tienen por qué importarte en exceso tus debilidades morales y, desde luego, menos te ha de importa situarte fuera de la ley oficial. Aquellos valores son decisivos, constituyentes; estos otros, muy relativos y hasta prescindibles. Las posturas de Jesús sanean la vida, la humanizan, ayudan a llenarlas de contenido. Quizá todo ello provenga de su honda humanidad y de su increíble libertad.

                Oramos. Que no nos cansemos de hacer el bien; que siempre nos interese el dolor ajeno; que seamos básicamente buenos, más allá de toda ley o norma.

 

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Desde la comunidad virtual:

 

                Jesús puso “barro” en los ojos del ciego. Es un barro que no mancha, que no ennegrece, que no ofusca, sino que libera, da luz, abre horizontes. Con el barro de nuestra humanidad, de nuestra debilidad podemos dar luz siempre que miremos a la persona como sujeto de dignidad. Decimos esto porque nos sentimos débiles, pero podemos poner a los demás el barro de la luz y del amor, eso poco con lo que la vida del otro/a pueda ser un poco más gozosa y cercana a la dicha. Podemos hacer lo que hizo Jesús.

                Oramos: Que pongamos el barro del cariño en los ojos y el corazón de quien se siente mal; que pongamos el barro del aprecio en los ojos y el alma de quien no cuenta; que pongamos el barro de la alegría en quien lo pasa mal y llora.

 

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Poetización:

 

Ponía barro en los ojos de los ciegos

y se podría pensar

que era el modo curativo

de quien no tiene otros medios.

Pero, en realidad,

era como una nueva creación

 

hecha desde el barro,

porque el barro que ponía Jesús

tenía dentro el mismo Espíritu

que aleteaba en la primera creación.

Ese Espíritu no era sino el amor

en toda su vivacidad

en su bullente abrazo.

Ponía barro

y, en realidad,

estaba poniendo amor.

Por eso el ciego vio,

no tanto porque se abrieran sus ojos,

sino porque entendió

que, pobre como era,

estaba siendo amado

profundamente,

tiernamente,

hondamente.

El amor fue la verdadera luz

que prendió en sus ojos

y en su corazón cansados.

Con ello se estaba diciendo algo hermoso:

si quieres eliminar cegueras

enciende la llama del amor,

si quieres alejar oscuridades,

alumbra la lámpara ardiente

de un amor vivo.

Ese es el secreto,

tan sencillo

 tan posible.

 

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Para la semana:

 

                Ama estos días sin alharacas, sencillamente, conscientemente, agradecidamente.

 

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Valores y actitudes para una crisis que dura

 

 

 

VALORES Y ESTRATEGIAS

PARA UNA CRISIS QUE DURA

 

                Para hablar de la crisis habría que sufrirla en carne propia. Muchos de nosotros hablamos de ella frecuentemente, pero nuestro lenguaje delata una cruda realidad: no sufrimos la crisis, quizá un tímido ajuste. Utilizamos la crisis para justificar actuaciones muchas veces inconfesables (mucho del ajuste laboral tiene como fondo este mecanismo). Hablar de la crisis sin sufrirla es casi una maldad. A pesar de todo, hablemos; quien debería realmente hablar, el sector social más débil (ampliado por este tremendo tsunami económico) no tiene voz. Démosle lo que le pertenece.

                Todo el mundo coincide en que estamos en una crisis de valores. Por eso, todos dicen que los valores son imprescindibles para salir de esta aquí. Los economistas dicen que hay que reintroducir valores éticos a nivel mundial (Camdessus, exdirector del FMI), los políticos, que abogan por “moralizar el capitalismo” (Sarkozy, Merkel), por supuesto, los clérigos de todo rango que proclaman la necesaria renovación ética de la vida social y económica (Mons. Osoro, obispo de Valencia) y los intelectuales que, con agudeza, han elaborado y firmado un manifiesto por “Otra política y otros valores para salir de la crisis”.

                Pero, aun a riesgo de que tal melodía se escuche la semana sin jueves, es preciso hablar, para uno mismo y para los demás, de esos valores que puedan hacernos salir de la crisis. No obstante, hay una consideración inicial ineludible que es preciso responder: ¿salir de la crisis hacia dónde? Cualquiera entiende que si se quiere salir al lugar del que provenimos, al punto en que estábamos cuando “no había crisis” (una economía descontrolada, capitalista a rabiar, depredadora, inhumana), mejor sería no colaborar a tal empresa. Hay muchos ciudadanos que quieren ir a otro lugar a otra economía, a una manera distinta de entender el mundo y las relaciones económicas. Si no vamos hacia ese “otro lugar”, quizá sería mejor que esta crisis durara sin fin y nos sumiera en una pobreza general. Tal vez desde la derrota comenzaríamos a aprender, ya que desde esta injusta prosperidad no aprendemos ni a tiros.

                No nos extrañe que haya gente que diga que para hablar de este tema hay que recuperar el sentimiento de indignación (ya J. Sobrino hablaba hace tiempo de esto). Es el ¡basta ya! de quien acumula experiencias de injusticia y se planta. Algo de esto nos es necesario (recordar aquel artículo de Reverte en el año 1998 “Los amos del mundo”). Si todo nos parece “normal”, si no tenemos más recurso interior que el socorrido “qué le vamos a hacer”, si algo de la situación no nos “muerde” dentro, es que todavía no hemos llegado al principio del asunto.

                Por otra parte, esta situación crítica se prolonga y, como dice todo el mundo, no vamos a levantar cabeza en mucho tiempo. Cuando las cosas se prolongan nos acecha el cansancio y el olvido. El cansancio que bloque y el olvido que tiene la propiedad de hacernos creer que la tormenta ha pasado (si se tiene tal sensación es que no estamos en el torbellino de la crisis). Es preciso apelar a la resistencia en la que habita la esperanza (como decía Sábato). Resistir para animar a quien lleva mucho tiempo sufriendo; resistir para no cejar en el empeño de estar ante esta dura situación; resistir en nuestras pequeñas opciones; resistir en el anhelo no tanto de salir de esta crisis pro vía de la vuelta al consabido neoliberalismo, sino por el sueño de la justicia. Cuanto más tiempo pasa, con más ahínco habría que situarse ante el problema.

                Vamos a reflexionar sobre dos ámbitos: sobre la espiritualidad y sobre las actitudes. La espiritualidad social es muy útil para un redescubrimiento del Evangelio y de las pobrezas (la cosa cambia mucho cuando se le añade a la pobreza un “s”). Y sobre las actitudes porque hay que apuntar a lo concreto, aunque nos quedemos cortos, aunque lo logrado sea cosa de poca relevancia. No importa. Lo pero, quedarse quieto, dejarse atrapar por la rutina, enmohecerse y hacerle el caldo gordo al sistema.

 

1. Valores

 

                Los valores que vamos a proponer apuntan, al menos en deseo, a una realidad distinta. Por eso, digámoslo, son valores “espirituales” (no religiosos) ya que afectan al espíritu, al alma, a los adentros, tanto del sistema como los de cada persona. Si no se cree en esto, mejor no perder el tiempo y seguir clamando por lo que resulta imposible. ¿Cuáles serían esos valores?

  1. 1.        La tenaz utopía: Malos tiempos para la utopía, dicen. No tan malos porque la utopía vive en el anhelo de mucha gente. No hay que abandonar la idea de que otro mundo, otra economía, otra banca, otra empresa, otro mercado es posible. No hay que apearse del terco sueño de que tú y yo, criados en una economía de devastación y lucro, podamos entender las relaciones económicas con lo humano por delante. Los economistas hablan de “economía inteligente”, “economía sostenible”. En el fondo están hablando del sueño de una economía humana. Si algunos economistas se han echado al monte de la utopía será que es necesaria y útil.
  2. 2.        La economía inclusiva: Quiere decir que esta economía que sueña en mi riqueza a la vez que genera pobreza en otros habría de ser suplantada por la certeza de que toda persona tiene derecho a sentarse en el banquete de la vida, a tener cubiertas las necesidades básicas (educación, sanidad, vivienda, trabajo, etc.). Cuando decimos “toda” persona, ha de creerse en eso como en un dogma de fe. Por eso, ningún matiz sociológico (ni moral, ni religioso, ni histórico, etc.) que afecte a una persona puede ser causa de exclusión.
  3. 3.        La mirada distinta: No la de la rapiña que mira desconfiada al otro porque lo ve como un competidor y no como una persona, como un hermano. Una mirada relacional que transforme la mirada económica y que, por ello, no repare en razas, colores, lenguas, religiones, países. Globalizar la relación para que no haya relaciones privilegiadas, consagradas. La mirada de los países llamados desarrollados está viciada por su propio desarrollo. ¿Cómo mirar sin el menosprecio, la condicionalidad, la superioridad de unos ojos que pertenecen a una persona satisfecha a costa de otros?
  4. 4.        El gozo de ver crecer al otro: A todo otro, no solamente a los míos, a mi familia, a los de mi región, a los paisanos, a los de mi país. Si no se sabe de esa alegría rara que es gozarse de que el débil, sobre todo, vaya saliendo a flote, hablar de salir de esta crisis es música celestial. Por eso mismo, la base de una economía nueva está en esa mirada nueva que derrite el hielo de la desconfianza, más allá de cualquier fallo evidente. Quizá sea una buena terapia comenzar por aprender a compartir las alegrías de los extraños, de los distintos, de los alejados. Mientras únicamente me alegren mis propias alegrías correré el riesgo de invertir en exceso engendrar tales alegrías privando a los demás de ese potencial. La alegría compartida del crecimiento ajeno puede ser mi propia alegría.
  5. 5.        La tolerancia siempre progresiva: Porque una economía nueva necesita, además de mejor organización y mayor control, dosis increíbles de tolerancia, dosis cada vez mayores. Sin tolerancia, respeto y acompañamiento, las relaciones económicas devienen en una lucha de tiburones que se matan por la supervivencia a costa del otro. El neoliberalismo económico es una forma de colonialismo más fuerte que la política de épocas pasadas. Este neocolonialismo es, de por sí, intolerante, aunque se revista de legalidad.    
  6. 6.        La humilde racionalidad: Si alguna característica puede dibujar al modelo económico en que hemos sido educados, que persiste en muchos de nosotros y que sigue funcionando a todo trapo es la irracionalidad. Y no solamente nos referimos a la irracionalidad cósmica de los magnates de este mundo que manejan el principio, sin rubor, de que lo que yo me pueda pagar está permitido. Sino a la cotidiana irracionalidad de mis viviendas innecesarias, de mis coches que me dan prestancia, de mis convites que miden su nivel por el precio del cubierto, de mis prácticas consumistas diarias que están reñidas con la reflexión. Del mismo modo que el ansia de poder echa fuera la racionalidad, también el consumo y la prepotencia económica (que son, en el fondo, formas de poder) echan fuera a la racionalidad.
  7. 7.        La imprescindible austeridad: No solamente para que los números de nuestra cuenta no mermen sin sentido sino, sobre todo, para poder acercarnos a la situación y a los sentimientos de los empobrecidos, de aquellos que han sido echados del lujoso y luminoso trasatlántico del consumo, mundo duro y creciente de náufragos, por nuestras absurdas prácticas económicas. No se trata de vivir peor, sino de equilibrar, de aprender la hermosa espiritualidad del decrecimiento porque es posible vivir mejor con menos. Las razones del decrecimiento son la justicia y el logro de una felicidad verdaderamente humana. La primera tanto como la segunda.
  8. 8.        Las nuevas relaciones con la naturaleza: Porque no estamos haciendo poesía. Muchos de los desvaríos de la actual economía derivan de una relación con lo creado despótica y, por ello, blasfema. Una economía distinta espera el momento en que consagremos esfuerzos explícitos a cuidar de la tierra, sabiendo que ese camino es la senda buena de una economía distinta. La certeza evidente, y un poco ramplona, de que la tierra no es una despensa inagotable habría de ser suficiente. Pero, además, y desde el punto de una ecología saludable, la evidencia de que somos parte de una entidad amplia, el cosmos, que nos engloba a todos habría de suscitar en nosotros sentimientos de hermandad, de democracia cósmica. Tener esto por simples teorías de moda es empobrecer nuestro camino histórico.
  9. 9.        La igualdad que se resiste tanto: Se resiste porque no nos hacemos a la idea de que la igualdad es rentable desde el punto de vista económico, porque lo es desde el punto de vista humano. Esto es evidente con los pobres y con las mujeres. Con los pobres porque la desigualdad endémica deja de serlo cuando se la encara con ánimo de igualar. Con las mujeres porque el machismo, en modos sutiles y consagrados, o en maneras brutales, sigue ondeando por encima de todas las cabezas. Por eso la pobreza se feminiza a pasos agigantados en el planeta.  Pensar en una economía nueva desde parámetros adquiridos de desigualdad es anhelar un sueño irrealizable.
  10. 10.     El amor a lo público: Como espacio adecuado para devolver a la actividad política el aval que regule los mercados y las finanzas en una dirección totalmente nueva. Amar lo público para erradicar todo tipo de fraude económico. Mientras nuestra mente elabore automáticamente que lo privado (y privatizado) es mucho mejor, más eficaz, más productivo, con más sentido económico, pensar en una salida de crisis para la totalidad de la población, resulta imposible. Esta certeza del valor superior de lo privado está muy próxima al lucro indiscernido, a la ganancia por encima de todo y, en definitiva, al egoísmo cainita.

Habrá quien se sonría, bostece, muestre fatiga o, incluso, fustigue esta clase de planteamientos. Pero tal vez en esta espiritualidad se halle lo mejor de nuestra dignidad humana, de nuestros sueños y, en definitiva, de nuestra humanidad. Construir una economía distinta no es, únicamente, una tarea de economistas. Es un trabajo de personas que quieren vivir en un mundo nuevo y de quienes anhelan dejar a las generaciones venideras unas ciudades y pueblos más respirables. El reto no es el crecimiento económico sino la expansión del espíritu humano. Quizá para eso andemos errantes desde hace millones de años y tengamos por delante otros tantos.

El mismo Evangelio muestra en muchas de sus páginas que su utopía no apunta a la producción, sino al reparto (Jn 6,1ss: multiplicación de los panes). Jesús parece que tiene bien asimilada la certeza de que compartiendo sobre la base del todo llega, no siendo obstáculo la pobreza. Compartir exige un cambio de corazón. Por eso el Evangelio apunta al reparto. No dar fe a estas certezas de Jesús y decir que se cree en él y que se le sigue parece una contradicción. El seguimiento de Jesús es creer con él en lo que él creyó. Y la certeza del reparto que llega parece que pertenece al núcleo de sus creencias.

 

Para un diálogo en sala o un pequeño taller:

 

  1. 1.       ¿Qué arraigo real tienen estos valores en nuestras comunidades religiosas? ¿Hay hermanas que respiran en esta dirección? ¿Dónde está la mayor dificultad?
  2. 2.       Toma uno de los diez puntos y ponle un nombre, un rostro, una situación concreta para que se entienda, a modo de ejemplo.

 

 

2. Actitudes

 

                Quizá sean actitudes que llevan a poco. Y son evangélicas, por humanas. La VR tendría que ir haciéndolas suyas, en una u otra medida. ¿Cómo vamos a proponer los valores del Reino en un “aquí y ahora” que no nos preocupa. Es preciso conjurar el peligro de una espiritualidad sin carne, verdadera fantasía. Las que vamos a proponer son cosas que decimos con frecuencia. Digámoslas una vez más. Tal vez así se vaya creando conciencia y actitudes.

 

1)      Que el Evangelio y sus criterios pinten algo en nuestros discernimientos: Porque seguimos con la impresión de que nuestros comportamientos sociales y económicos van por un camino y el Evangelio por otro (no en confrontación, pero tampoco en coordinación). Si quitamos los criterios evangélicos de la vida real de nuestros carismáticos (fundadores, personas relevantes en nuestra historia fraterna) ¿qué queda? Sería bueno que en la mesa de la discusión de nuestros asuntos económicos, pequeños y grandes, sonara, explícita, la palabra del Evangelio. Puede parece que economía y Evangelio son inmezclables. Pero es un error: están llamadas la una al otro (leamos, por ejemplo, san Marcos desde esa perspectiva).

2)      Que pensemos en qué tipo de sociedad queremos, qué modelo de sociedad soñamos: Ya que da la impresión de que nuestro posicionamiento común (de “derechas”) anhela una sociedad bien estratificada, poco igualitaria. ¿Cómo el Evangelio no modifica esto? ¿Cómo el sueño de la fraternidad (núcleo de la espiritualidad de la VR) no se trasvasa a lo social? ¿Por qué uno entra a la VR con una mentalidad social y permanece en ella, inalterable, toda la vida? ¿Por qué las posiciones económicas más neoliberales encuentran en los grupos religiosos unos buenos aliados?

3)      Que no decaigamos en el tema del destino social de nuestros bienes y de la orientación de nuestras inversiones fraternas: Ya que se ha tratado mucho, pero, en realidad, los pasos que se han dado no son tantos. Nos frena el mal momento económico, el miedo a un futuro en desamparo económico o la misma comodidad. Empleamos mucha energía en defender nuestros bienes. No tanta en buscar vías racionales de socialización. Quizá a la base sea una cuestión de verdadera y profunda generosidad (para el Evangelio la generosidad como elemento clarificador de posturas de fe es decisivo). Habiendo hecho voto de pobreza, lo que parece que hemos conseguido mucho es ser guardianes celosos de nuestros bienes. ¿Cómo le habría ido a la VR sin en lugar de hacer voto de pobreza hubiera hecho voto de generosidad? ¿Es esto solamente una frase más o menos ingeniosa?

4)      Que nos animemos a una visión distinta de la economía porque eso es lo que hemos elegido: Nadie nos ha obliga a venir a este estilo de vida económico que habría de ir en otra dirección. Hemos elegido la pobreza con espíritu como dinamismo de una tipo de sociedad distinto, fraterno (es lo que Jesús llamaba el “reinado de Dios”). Habría que entenderlo y vivirlo como una suerte, no como una carga. ¿Cómo llegar a descubrir ese tipo de alegría o, al menos, a entreverla? Tendrá que ir acompañada del descubrimiento de gozos hondos, humanos, espirituales que mitiguen el escozor del compartir económico y sus siempre duras consecuencias.

5)      Austeridad, limpieza, estética simple, detalle: Valores que es preciso trabajar en nuestras casas, en nuestro atuendo, en nuestras maneras de personas solteras. Tendríamos que ser personas que han descubierto “la belleza de la pobreza” (aunque la expresión, al estilo de U. von Balthasar, sea un poco exagerada). La economía del compartir no está reñida con el buen gusto, la higiene, y la humilde belleza de quien aspira a un mundo hermoso. La VR no puede ser un lugar de descuidada aspereza, porque huiremos, sin darnos cuenta, hacia lugares más “bellos”, más amparados, más cuidados. El sistema ofrece eso pero a cambio de que te rindas a sus postulados. Por eso hay que inventar modos cálidos de vida que no sean sistémicos, que no exijan pagar, que su único deseo es descubrir algo tan simple como que estamos destinados a la dicha y que ese es el mayor anhelo de Dios sobre nosotros.

6)      Apertura, la clave: Porque cerrar y cerrarse es la manera de poner un velo oscuro a cualquier modificación y progreso en el campo social Apertura de casa, de corazón, de ideas, de sentimientos. Jesús fue hombre de caminos; los carismáticos también lo han sido con frecuencia. La casa cerrada a cal y canto indica que, en eso, una comunidad está desconectada de la realidad. La oración hecha en parámetros de pura religiosidad sin la preocupación de hacerla ofertable al mundo de hoy indica desconexión espiritual crónica. La mente cerrada a cualquier proceso histórico y, sobre todo, cerrada a los postulados de vida de los débiles bloque el sueño de la sociedad nueva. Hablar de superación de crisis económica desde parámetros de cerrazón es contradictorio.

7)      Hay hermanos que se mezclan con las pobrezas con más facilidad: Apoyémosles, animémosles, agradezcámosles, aunque nosotros no nos sintamos llamados a sus mismos caminos. El ideal, hay que reconocerlo, es que toda la fraternidad encare el mundo de las pobrezas. Porque, como decía León Felipe, lo importante no es que uno llegue primero, sino llegar todos a tiempo. Pero que el colectivo fraterno sea sensible a la problemática de las pobrezas quizá sea mucho pedir. Pero en todas las comunidades suele haber personas más sensibles y conectadas (por lo que sea ¿Por qué?) con el hecho social. No los bloqueemos, zancadilleemos, desprestigiemos. Al contrario, agradezcámosles explícitamente y, en lo que podamos, facilitémosles su tarea. Nos hacen a todos un bien aunque sea ellas únicamente las adelantadas en la trinchera.

8)      Soñemos con una vida religiosa interesada por las pobrezas: Ya que el sueño de la pobreza a secas se ha visto que no ha funcionado en exceso (hace falta mucho “valor” para decir sin rubor que somos pobres). Quizá el otro camino pueda ser más viable. Atrevámonos a mirar de cara a las pobrezas sabiendo que, tanto personal como colectivamente (esto sobre todo), contamos con muchos recursos que otros grupos sociales no tienen. Si supiéramos ponerlos en manos de los débiles, muchas situaciones de debilidad social tomarían otro color. Cuando esto se ha hecho (y se hace) se ha percibido que la posibilidad de cambio amanece.

9)      Creer en el valor de los gestos: Todo lo que se haga en la dirección de las pobrezas, por minúsculo que sea, tiene un valor. El gesto nos catequiza, aunque no expolie las cavernas de Alí Babá. Porque la espiritualidad de la vida religiosa se asienta en “la fuerza de lo menos y de los pocos”. Los gestos muestran, de manera palpable (no solamente en ideas), que la realidad es transformable. Esta convicción es necesaria para cualquier planteamiento social y económico que apunte a una economía fraterna. No apaguemos el “fueguito” (como diría Galeano) de un gesto. Porque, si lo apagamos, el frío se hace más denso.

10)   Creer que lo incambiable se puede cambiar y que lo incuestionable se puede cuestionar: Jesús lo ha hecho así: ha cuestionado la tradición, el poder, la economía de las familias saduceas, al mismo Moisés (que ya era cuestionar). Los carismáticos lo han hecho así.  De manera que se puede hacer si nos damos a la tarea. No cedamos a la dura evidencia de que el muro del sistema parece infranqueable. La realidad demuestra que cosas y situaciones que parecían inamovibles han dejado de serlo cuando alguien (generalmente gente escasa en número, pero ilusionada) ha intentado abrir otros caminos

 

Mientras este tipo de reflexiones, más allá de su acierto o no, no produzca en nosotros la sensación de respirar un aire nuevo, oxigenante, sugerente, quizá no hayamos dado aún en el clavo. Si nos aproximamos algo, hemos hecho bastante. Puede ser que, en ciertos momentos, este tipo de reflexiones nos resulte lacerante, molesta, impropia. ¡Buena señal! Si logramos encajar ese “escozor” quizá estemos en el buen camino. De cualquier manera, proponerlo como un tema de formación permanente ya es un paso a nuestro favor. Necesitamos ablandar la costra de nuestros modos económicos marcados por el egoísmo para abrirnos al gozo de la generosidad y la donación.

 

Para un diálogo en sala o un pequeño taller:

 

  1. 1.       ¿Qué sensación te surge al reflexionar en estas actitudes? ¿Respiro, posibilidad, ilusión? ¿Pesadumbre, desconcierto, cansancio?
  2. 2.       Comenta un punto concreto de los diez expuestos en que creas que tu comunidad tiene campo para trabajar.

 

 

¡Oh pobreza, fuente de riqueza!

¡Señor, siémbranos alma de pobre!

(Taizé)

 

 

 

Fidel Aizpurúa Donazar