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FIAIZ

Juan 73

CVJ

Domingo, 20 de marzo de 2011

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

 

73. Jn 10,22-30

Introducción:

 

Parece que nuestra sociedad, nuestro sistema, se ha resignado a que haya pérdidas, a que un sector social ande siempre en la pobreza, a que países enteros nos miren como a un paraíso porque ellos viven en la noche de la marginación. Nuestro sistema produce pérdidas. Parece inevitable. Pero hay personas que tratan de hacer ver que eso no es una ley incambiable. Que se puede pensar en un tipo de vida en que las pérdidas sean menores y que, incluso, que lleguen a desaparecer. Quizá, se dice, hay que echarle mucha imaginación y utopía a la cosa. Pero lo cierto es que muchas personas se dejan la vida (a veces hasta literalmente) por aminorar las pérdidas. Generalmente son personas que permanecen en el más puro anonimato. Pero eso les da un plus de humanidad. Gracias a ellas lo mejor de lo humano sigue vivo.

                Como dice este pasaje con el que oramos en esta semana, Jesús ha sido uno de esos que ha soñado con una sociedad sin pérdidas: “no se perderán jamás ni nadie las arrancará de mi mano”. Jesús soñó una sociedad sin pérdidas. El Evangelio de Mt 18,14 lo decía bien claramente: “el Padre no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños”. ¿Cómo llegó a sumarse a quienes anhelan un mundo sin pérdidas? Porque bajó al sótano de lo humano y descubrió en medio de tanta oscuridad la hermosura de la luz de la dignidad inalienable. Y eso le llevó a descubrir el mayor anhelo del corazón de Padre: que no hubieren más pérdidas. Empeñó su vida en ello, aunque nos pueda parecer que lo logrado fue muy poco.

 

***

 

Texto:

 

22Se celebraba la fiesta de la Dedicación en Jerusalén. Era invierno, 23y Jesús se paseaba en el templo por el pórtico de Salomón.

24Los judíos, rodeándolo, le preguntaban:

-¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente.

25Jesús les respondió:

-Os lo he dicho y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ésas dan testimonio de mí. 26Pero vosotros no creéis, porque no sois ovejas mías. 27Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, 28y yo les doy la vida definitiva; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. 29Mi Padre, que me lo ha dado, supera a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. 30Yo y el Padre somos uno.

 

***

 

Ventana abierta:

 

 

                Este señor es Serge Latouche, un profesor de economía de la Universidad de París. En 1991 escribió un libro que se titulaba El planeta de los náufragos. Dice que el mundo rico es como un lujoso trasatlántico lleno de luz, de música, de alimentos, de bienestar. Pero, si te asomas por la borda, verás en las aguas oscuras una legión de personas que tratan de sobrevivir. Son los náufragos del sistema, porque, de vez en cuando, los marineros arrojan por la borda a algunos pasajeros a ese mundo de oscuridad y muerte. La imagen es impactante y da que pensar porque algo de eso está ocurriendo en nuestra sociedad. Caer en la cuenta no es poco; sumarse a alguna tarea que evite más pérdidas, lo mejor.

                Oramos: Gracias, Señor, por quienes luchan contra todo naufragio; gracias por quienes miran en la dirección de los náufragos; gracias por quienes sienten siempre viva la llamada de la solidaridad.

 

***

 

Desde la persona de Jesús:

 

Dice Jesús en este pasaje que el que no haya pérdidas “es lo que más importa”. Es lo que más le importa al Padre y lo que más le importa a él. Muchos/as otros/as han llegado también a la conclusión de que eso es lo más importante, que si uno logra evitar un solo naufragio o una parte de él está haciendo “lo que más importa”. Nunca se establecerá un premio Nobel para gente que haya evitado naufragios. Pero, desde la perspectiva del Evangelio es lo que más importa. De hecho, si quitamos esa motivación de la vida de Jesús no quedaría nada.

                Oramos: Tú, Señor, has sido, en la medida de tus posibilidades, un rescatador de náufragos; tú te has compadecido de quien andaba en los márgenes de la exclusión; tú has mantenido la dignidad a los marcados por el sistema.

 

***

 

Ahondamiento personal:

 

Rescatar náufragos es cosa más de obras que de ideas. Ya dice el texto evangélico que hay que “acreditarse por las obras”. Por eso, el final del proceso de acercamiento a los náufragos tiene que medirse por el asunto de las obras. Pero, ojo, no decimos por la envergadura de las obras, sino por el contenido humano de las mismas. Y sabemos que este contenido puede estar pujante en obras simples, calladas, pobres, consideradas por los grandes como intrascendentes. Las obras que evitan los naufragios son obras con mística, con la mística de quien poner por delante de todo la valoración ineludible de la dignidad del otro.

                Oramos: Que nuestras obras por el débil tengan dentro la mística de la dignidad; que nuestras palabras sea moderadas y nuestras acciones a favor del débil arriesgadas; que amemos sin esperar siempre recompensa a cambio.

 

***

 

Desde la comunidad virtual:

 

Dice Jesús que “yo y el Padre somos uno”. Esto, más que una formulación teológica que presuponga la divinidad de Jesús quiere decir que el Padre y Jesús están, codo con codo, en la misma tarea de trabajar porque nadie se pierda. Saber esto habría de animarnos a trabajar todo lo que se pueda en esa dirección. Si intuimos que podemos hacer algo por quien anda un poco despistado, no dejemos de hacerlo. Es la misma obra que hacen el Padre y Jesús, que la quieren hacer a través de nuestros brazos, de nuestros esfuerzos, de nuestro interés. Estos llamados a la misma obra de amor de ello. Una suerte.

                Oramos: Que nos ayudemos a no perdernos; que lo hagamos apoyándonos en todo lo que podamos; que nuestra cercanía no se debilite, sino que aumente.

 

***

 

Poetización:

 

Fue un soñador extraordinario.

Soñó un mundo sin pérdidas,

sin náufragos,

sin excluidos, sin desposeídos,

sin machacados.

Lo soñó tan vivamente

que toda su vida fue una entrega

a ese sueño.

Era el sueño loco de Dios

del que las Escrituras

avisaron tiempo ha:

“me extravié como oveja sin pastor,

busca, por favor, a tu siervo”,

decía el salmo 118.

Jesús se dio a esa tarea,

buscar para que no hubiere pérdidas.

¿Cómo llegó a esta certeza?

Por dos increíbles hallazgos:

llegó al convencimiento

de que toda persona

llevaba dentro una dignidad

que lo hacía único y valioso.

Nunca se apeó de ahí.

Y llegó a la conclusión

de que el Padre estaba haciendo lo mismo

desde los inicios de la historia.

Armado con esas dos convicciones

no hubo obstáculo que se le pusiera por delante

aunque tuvo que empeñar en ello su vida.

Si hubiéramos podido preguntarle

por qué lo hizo,

habría respondido

mirándonos a los ojos:

“era lo más importante”.

Así de sencillo,

así de profundo.

 

***

 

Para la semana:

 

Mira con aprecio a los “náufragos”. Si puedes, haz algo por ello, aunque no sea más que dirigirles una palabra amable.

 

***

 

Juan 72

CVJ

Domingo, 13 de marzo de 2011

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

 

72. Jn 10,19-21

 

Introducción:

 

                La tendencia a descalificar al otro, al diferente, al tenido como malo, al caído en desgracia, al pobre por fuera, al raro, es imparable. Lo descalificamos y lo demonizamos diciendo que de él nos vienen todas las desgracias. Sobre todo demonizamos a quien antes era tenido por bueno, honesto, digno, cariñoso y ahora, pillado en falta flagrante, pasa a ser lo contrario: malo, repugnante, odioso, rechazable, un demonio. Posiblemente ni antes era tan bueno como decía él y su coro de fans, ni ahora es tan malo y perverso como decimos de él. ¿Cómo mantener un equilibrio para no dejarse llevar por la corriente que ensalza o demoniza según las circunstancias? Es preciso mirar con profundidad, valorar con bondad, apreciar con sensatez, alejarse lo más posible de valoraciones externas. Con esos ingredientes quizá se pueda llegar a otra manera de valorar a las personas.

                Jesús era uno caído en desgracia para el estatus oficial: pobre, amigo de gente perdida, contraventor de las normas oficiales, sin apoyos entre los poderosos. Tenía todas las notas para que el poder dijera que estaba loco si no le daba la razón. Pero en realidad, sus únicas locuras fueron las hechas por amor: abrir ojos y oídos, desatar lenguas y almas heridas por la pena, acompañar duelos y decir que habrá futuro para los dolientes, proclamar la innegociable igualdad y la tiranía de quienes se lucran de los pobres. Esas fueron sus locuras. Justamente ahí se halla la hermosura de su vida, porque tales locuras dejan ver claramente que su manera de mirar al corazón de las personas era distinta, ecuánime, humanizadora, justa y compasiva. Para bien nuestro.       

***

 

Texto:

 

19Estas palabras causaron de nuevo división entre los dirigentes judíos. 20Muchos de ellos decían:

                -Está loco perdido, ¿por qué lo escucháis?

                21Otros, en cambio:

                -Esas no son palabras de loco; ¿acaso puede un loco abrir los ojos a los ciegos?

 

***

 

Ventana abierta:

 

 

         Esta es Marta Domínguez en sus días de gloria. Ahora pasa un infierno quizá debido a sus malas prácticas deportivas. ¿Quién es capaz en este momento de valorar su esfuerzo, su trabajo y sus indudables logros, más allá de sus debilidades? Resulta muy difícil. La prensa y la opinión general la han demonizado. Ni antes era tan buena, ni ahora es tan mala. Enfocar las cosas y, sobre todo, las personas con ecuanimidad es un modo humano y evangélico de comportarse. Hay que intentarlo, por encima de la opinión general.

                Oramos: Que valoremos a las personas con ecuanimidad; que miremos también el lado bueno de las personas “caídas”; que amemos por encima de debilidades manifiestas.

 

***

 

Desde la persona de Jesús:

 

                La evidencia del argumento que propone el texto es clara: un loco no se dedica a abrir los ojos a los ciegos, a hacer sin más el bien. Jesús es uno que hizo bien. No podía estar enajenado sino, por el contrario, identificado y enamorado por el bien. Aun en el supuesto que se hubiera equivocado, que hubiera tenido fallos, que sus comportamientos fueran extraños, en todo ello subyacía el bien y el bien transforma toda posible locura en salud, en amor. Manikós eros decían de Jesús los místicos medievales, loco de amor.

                Oramos: Tú, Señor, nos amas con locura; tú, Señor, nos amas sin medir las consecuencias; tu, Señors, nos amas en respeto y libertad.

 

***

 

Ahondamiento personal:

 

                Es fácil decir de una persona que está loca. Es más difícil hacerse un juicio equilibrado, sensato, razonable, que no eluda la debilidad manifiesta pero que también considere la bondad que hay en toda persona. Es preciso trabajar por ir adquiriendo esa manera equilibrada de valorar personas y situaciones abstrayéndose lo más posible de la corriente mediática que pasa del ensalzamiento a la condena en pocos segundos. Esa ecuanimidad tendrá para nosotros el beneficio de hacer más humano nuestro camino vital.

                Oramos: Que seamos ecuánimes con las personas; que valoremos con equilibrio los comportamientos de los demás; que nuestro modo de mirar al otro sea siempre compasivo.

 

 

***

 

Desde la comunidad virtual:

 

                En nuestra pequeña comunidad virtual no nos cuesta ver al otro desde el lado bueno. Quizá porque no conocemos a fondo las limitaciones de cada cual. Pero, aunque las conociéramos, tendríamos que ser benignos y pacientes para valorar a las personas no solamente por lo que hacen (a veces es difícil hacer otra cosa, andar otros caminos), sino también por lo que no hacen, por lo que quisieran hacer, por sus anhelos, sus sueños y sus indudables buenos deseos.

                Oramos: Que valoremos positivamente los anhelos de las personas; que tengamos en aprecio los intentos de caminar por el bien de quienes lo intentan; que nos resulte amable el corazón de las personas con sus debilidades encima.

 

***

 

Poetización:

 

Lo tuvieron por loco

porque contravenía

el orden establecido.

Lo tuvieron por loco

porque no daba la razón

a los amarrados a la ley.

Lo tuvieron por lo

porque ponía en cuestión

las actividades depredadoras

de quien se lucra de los demás.

Pero no estaba loco.

La prueba es que hacía el bien,

que consolaba en los llantos,

que acompañaba en los duelos,

que sostenía en las caídas,

que iluminaba las noches,

que abrazaba sin mirar lo externo,

que se ponía al lado de quien sufre,

que entendía de desamores,

que cantaba con los desesperados,

que exigía justicia para los débiles,

que anunciaba futuros mejores,

que soñaba la hermandad entre todos.

No estaba loco

porque, simplemente,

hacía el bien.

Que se lo dijeran al ciego

cuya vida se inundó de luz,

sobre todo por dentro,

cuando le hizo ver

que era una persona digna

y amada por el Padre.

Que se lo dijeran a tantos otros

que encontraron un aliento,

un resquicio de justicia y de dignidad,

una pequeña senda abierta ante ellos.

No estaba loco porque amó.

Si acaso hizo locuras de amor,

siempre hermosas.

 

***

 

Para la semana:

 

                No demonices a nadie esta semana. Trata de ver lo bueno de las personas, aunque sus debilidades esté patentes.

 

***

 

NOS HIZO DE SU FAMILIA

NOS HIZO DE SU FAMILIA

(Materiales para una Pascua Juvenil Franciscana)

 

INTRODUCCIÓN

 

            Cuando decimos por ahí, a nuestros amigos, a nuestra familia, que vamos a celebrar la Pascua enseguida piensan en misas, en rezos, en procesiones, en cosas así. Los más profundos dicen que la Pascua es el “misterio” de la salvación. Pero, en realidad, la cosa es más simple: celebrar la Pascua es, simplemente, entender que Jesús nos hizo de su familia.

            Tú tendrás experiencias, y las podrás contar, de familias que, sin ser la tuya biológica, te admitieron como de su familia: comías con ellos, ibas a su casa, participabas de sus alegrías, te tenían por uno más del grupo, hasta, quizá, tenías o tienes llave de su casa. A veces hemos experimentado que alguna de estas familias era tan importante como la familia propia. Es que “ser de la familia” es realmente un hermoso misterio. Es el misterio de la relación, del amor.

            Pues bien, has venido a esta Pascua Juvenil para celebrar este misterio de una familia de verdad que acoge a toda persona, aunque sea distinta, diversa, diferente. No es una familia estilo hippie con un líder al que todos veneran y unas normas raras que todos obedecen. No es eso. En la familia de Jesús nadie pierde lo que es, se le acoge como es. Se le respeta en su libertad y en su diferencia. Es una familia de ancho abrazo, no una secta rara.

            Los mayores suelen decir que Jesús murió para salvarnos. Pero, en realidad se podía decir que empeñó su vida para hacer ver que somos familia, que los humanos somos familia, que somos familia incluso con las cosas, con los animales, con la creación. No es poesía barata, sino una verdad básica.

            Francisco de Asís llegó a tenerlo muy claro: cuando él llamaba “hermanos” no solo a las personas, sino incluso a los cosas, creía de verdad que había una cierta hermandad, un vínculo familiar. Por eso, no toleraba la violencia entre quienes son familiares, de ahí que respetase siempre la manera de ser de las personas y se admirase de la diversidad y hermosura de las cosas. Él sí que entendió lo que era “ser familia”.

            ¿No te parece que, viniendo a esta convivencia, con estos amigos y amigas tuyas a los que, sin vergüenza puede llamar “hermanos”, estás haciendo parte de una familia básica? No mires a quien tienes delante solo como un colega de convivencia. Intenta mirarlo como si fuera de tu familia. Verás que la cosa cambia.

            La Palabra de Dios nos va a ir guiando estos días. Si la lees con cuidado, si la piensas, si la acoges, verás que, en el fondo, lo que quiere decirte es justamente algo de esto: Jesús te ha hecho de su familia, a ti y a tus amigos y amigas. Disfruta de esta casa en la que se acoge y se te quiere. Ese es el fondo y el sentido de la entrega de Jesús.

 

Para preguntarse:

 

  1. ¿Te has sentido “como en casa” en una familia o grupo distinto al tuyo?
  2. ¿Te parece interesante eso de que el “misterio” de Jesús es hacernos parte de su familia?
  3. ¿Cómo decir a la gente de hoy que la tienes por hermana?

 

 

 

 

 

JUEVES SANTO: MI CASA ES TU CASA

 

            Te puede parecer ciencia ficción, pero si lees con atención el texto del Evangelio que hoy utilizaremos en la celebración de la tarde (Jn 13,1-15), hay en la penumbra un personaje que en Mt 26,18 se menta: “Id a la ciudad a casa de Fulano y dadle este recado: El Maestro quiere celebrar la Pascua en tu casa con sus discípulos”. Imaginad un poco: yo soy ese “Fulano”. Llamadme, si os parece, Yohanán, Juan. Muchos nos llamábamos así en aquella época. Jesús quiso cenar en mi casa. Hizo de mi casa su casa, aunque, en realidad, luego vi que era él quien me admitía a su familia.

            Yo le vi lavar los pies a sus discípulos. Aquello les contrariaba. ¡Qué Mesías de nada era aquel que lavaba los pies como un siervo! Percibí que no le entendían. Ellos querían un Mesías potente, milagroso, brillante, a cuya sombra ellos iban a sacar algo en limpio. ¡Y se ponía a lavar pies! No entendían que les estaba diciendo: si soy capaz de lavarte los pies con cariño, es que mi corazón, mi vida, puede ser casa tuya. No estás desamparado, no tienes que hundirte cuando las cosas no van bien, tienes una casa donde se te quiere como eres. No lo entendían, pero él seguía lavándoles los pies con el mismo cuidado.

            La repera fue cuando se acercó a Pedro: él no se dejaría lavar los pies jamás. Eso era denigrante para Jesús y, de rebote, para él, porque, ya decimos, ¿qué se podía esperar de un Mesías que lava pies? Sin que se le alterase un músculo, aunque la procesión iba por dentro, Jesús dijo a Pedro la frase más “amenazadora” que hay en todo el Evangelio: Si no te dejas lavar, no tienes nada que ver conmigo. Algo se iluminó en la cabeza de Pedro: entendió que lo de menos era el tema de los pies, que le estaba abriendo la puerta de su alma, de su vida, de su casa. Por eso reaccionó con aquella desmesura de siempre: entonces, lávame todo.

            Con el tiempo yo, Yohanán, estuve con aquel grupo de seguidores de Jesús cuando se rehicieron del hachazo de la muerte violenta de Jesús. Ellos comentaban aquel episodio del lavatorio de los pies que les marcó. Decían que ahora veían que les estaba abriendo la puerta de su casa, que les estaba invitando a una profunda amistad, que lo suyo no era salvar a nadie, sino abrazar a todos, fueran como fuera. Que su gran empeño era que viéramos que no estábamos solos, que nunca quedaríamos a la intemperie, que en algún lugar siempre nos esperaba alguien, él siempre nos esperaba.

            Esto de “mi casa es tu casa” nos suena un poco a E.T. Y hacemos un chiste. Pero, en realidad, todos anhelamos tener una o varias casas, porque la sed de amparo y de abrazo de los humanos es insaciable. Hay un dicho castellano que suena así: “¡Qué se puede esperar de quien no tiene hogar!”. Pongámoslo en positivo: Lo mejor de nosotros se puede esperar porque tenemos hogar (varios hogares cálidos).

            Hoy es Jueves Santo: trata de ser hogar para otros, aunque sea un poco. Abre tus “puertas” sin miedo. Escucha, acompaña, sé paciente. Mira lo de dentro de la persona, no te quedes en las apariencias. Todas estas cosas es como “lavar los pies”, decir con el lenguaje de la vida que mi casa puede ser la tuya, si quieres.

 

Para pensar y dialogar:

 

  1. Cuéntanos alguna experiencia personal de haber tenido “una casa” (además de la tuya natural).
  2. ¿Qué hay que hacer en nuestros grupos para sentirse en ellos como en casa?
  3. Francisco de Asís quería que sus seguidores fuesen “hermanos”. ¿Está trasnochado este anhelo?

 

VIERNES SANTO: UNA FAMILIA DONDE SIEMPRE SE AMA

 

            Yo me llamo Lidia. Soy aquella “criada que hacía de portera” que recordaréis de pasada esta tarde cuando leáis el relato de la pasión (Jn 18,17). Le puse en un gran apuro a Pedro por dos veces. Él, “echando maldiciones” (Mt 26,74) negó varias veces que era discípulo de aquel preso. Resultaba peligroso significarse. Y no tuvo empacho en abandonarlo a su suerte. Miraba yo a Pedro y me decía: ¡Hombres! Cuando más falte hacen, no los encuentras. Me di cuenta de que el preso, cuando salió del interrogatorio miró a Pedro a los ojos y éste, escabulléndose, salió fuera. Me percaté que estaba llorando (Lc 22,16).

            Seguí luego el cortejo, pobre y triste, de aquel que iban a crucificar. Solamente un grupo de mujeres aguantó hasta el final. Había dicho Jesús que “lo iban a dejar solo” (Jn 16,32). Y así fue. Ninguno de su grupo, excepto aquellas pocas mujeres, apareció por allí. Ni de lejos. Lo dejaron solo con su pena y su triste destino.

            Pero luego, frecuenté el grupo de cristianos y muchas veces les escuché decir: siempre nos amó. Incluso cuando lo abandonamos, él nos siguió amando. Lo comprobaron porque lo sentían vivo junto a ellos. Les apenaba el no poder decirle ahora: Gracias porque nos amaste siempre. Pero ellos tenían aquella certeza en su corazón, como un tesoro.

            Un día la cosa fue más lejos. Alguien dijo: ¿Por qué nos amó siempre? Y fue muy buena la respuesta de una mujer: el amor verdadero hace pocas preguntas. No habría que preguntarse tanto ¿por qué nos amó? , sino si nosotros seríamos capaces de amar como él.

            A quien Jesús ha hecho de su familia, nunca le dejará de amar. Eso decían nuestras antiguas Escrituras cuando hablaban de la alianza: nunca os dejaré, decían los profetas. En Jesús lo vimos, nos amó siempre, incluso con nuestra traición. Muchas veces nos preguntábamos extrañados: ¿Cómo pudo dar a Judas el “pan untado”, como pudo besarle si le traicionaba? Nunca dejó de amarlo. Quizá ese amor fue su casa y las cosas no ocurrieron del modo en que nos contaron (que “se ahorcó” y todo eso).

            A Clara de Asís le preguntaban los compañeros de san Francisco qué pensaba ella de aquel asunto raro de las llagas que tenía en su cuerpo. Y ella decía que las curó sin hacer preguntas y que el amor había hecho con él una copia del Amado. Y añadía: “Me pregunto muchas veces si seré capaz de amar tanto”.

            Hoy vas a leer el relato de la pasión. En la forma quizá sea un relato de pena, de sufrimiento, de humillación. Pero, en el fondo, es un relato de amor, la evidencia de que siempre nos amó, incomprensiblemente, genialmente. La familia de quien ama a Jesús ha de aspirar a amar siempre. Aunque haya fallos y caídas, hay que volver al amor siempre. Ojalá nuestros días, como los de Jesús, no se alejen nunca de un amor sencillo y vivo.

 

Para pensar y dialogar:

 

  1. ¿Crees que “amar siempre” es imposible?
  2. ¿Cómo amar al otro cuando las cosas no van bien?
  3. ¿Te parece interesante leer la pasión de Jesús como un relato de amor?
  4. ¿Es una ingenuidad hablar de un Jesús que te ama hoy?

 

 

 

 

SÁBADO SANTO: SER FAMILIA SIN TEMOR

 

     Yo acompañé a María Magdalena al sepulcro. El Evangelio me denomina como “la otra María” (Mt 28,1). La acompañé y tuve el mismo temblor cuando vimos que lo que vimos. Muchos estudiosos del Evangelio harán sesudos análisis de “lo que vimos”. Siempre quedará la cosa un poco en la penumbra, como deben quedar las cosas del amor. Pero a mí, lo que se me metió en el alma fue aquello que repitieron tanto el ángel como el mismo Jesús: No temáis.

      Luego lo dirá claramente otro escritor del Nuevo Testamento: el amor echa fuera al temor (1 Jn 4,18). Eso me pasó a mí: eché fuera el temor porque me inundó el amor. Me decía: si lo amo, ¿por qué voy a tener miedo? Y una fuerza me nació dentro.

      Entonces entendí por qué ese sonsonete de “no temáis” lo repitió tantas veces Jesús en su vida. Lo contrario de la fe y del amor no son las ideas que uno puede tener, lo contrario es el miedo. Con miedo, con desconfianza, con reticencias, no se puede amar.

      Él quería que en su grupo no hubiera temor, porque de lo contrario no habría amor. De ahí que animara tanto a echar fuera el temor. Porque cuando hay amor no hay sitio para el temor y al revés.

      Habrá quien explique esto de su resurrección con palabras profundas y hará bien porque la cosa es de hondo calado. Pero yo entendí que lo de la resurrección tiene que ver mucho con el temor echado fuera. Creer en el resucitado es vivir sin temor, entender al otro sin temor, no creer que los demás, aunque sean distintos, me van a hacer daño siempre.

      Una familia de gente sin temor, así es la familia de Jesús, el grupo de quienes lo aprecian. Incluso, aunque el corazón tiemble, se puede hacer parte de la familia de Jesús. Él y los amigos se encargarán de ayudarnos a que el temor se vaya quedando a la puerta.

      Francisco de Asís le hizo una vez una confidencia a Clara. Le dijo: Yo, ya no tengo miedo; el único miedo es que a ti te pase algo por seguirme en pobreza. Y Clara, como siempre, fue contundente: si tienes miedo, aún no eres cristiano. Toma.

      Te interesa formar con tus amigos y amigas, con toda persona, la familia de Jesús, pues tienes que confiar más, tienes que intentar sobreponerte a los miedos, no puedes obrar siempre con desconfianza.

      Cuando esta noche en la Vigilia de Pascua leas el relato que habla de mí, de “la otra María”, que cale en tu corazón el mensaje del ángel y del mismo Jesús resucitado: tranquilo, tranquila, no tengas miedo.

 

Para pensar y dialogar:

 

  1. ¿Te cuesta controlar tus miedos? ¿Qué te ayudaría?
  2. ¿Te parece interesante que la familia de Jesús esté hecha por gente “sin miedo”?
  3. ¿Te gusta que Clara de Asís sea una mujer valiente, sin miedo?
  4. ¿Crees que la resurrección puede entenderse como un vivir sin miedo?

 

 

 

 

 

DESIERTO: FAMILIA DE DIVERSOS

 

     El “desierto” es hacer silencio fuera para que dentro haya ebullición, vida, pensamiento, amor. Es algo raro: por fuera soledad, silencio, tranquilidad, sosiego. Por dentro miradas, pensamientos, vida, movimiento. Así han sido siempre los “desiertos”. Así fue incluso el desierto de Jesús.

      Estás reflexionando estos días en el marco de la convivencia de los grupos franciscanos sobre esa maravilla que es ser familia para otros, construir los caminos bonitos, pero difíciles, de una relación humana y cristiana saludable. Da un paso más: ¿Cómo ser familia si somos tan distintos, si pensamos tan distinto, si nuestros gustos son tan diversos, si provenimos de regiones y de familias alejadas, si nuestra manera de ver la vida es, con frecuencia, muy diferente? ¿Se puede ser familia con estos materiales tan dispares?

      Se puede por dos razones: una, porque por muy distintos que seamos, tenemos un mismo denominador común: nos queremos, nos apreciamos, nos miramos bien. Nos interesan las vidas de nuestros amigos, nos preocupamos por ellos, sus alegrías nos alegran y sus penas nos entristecen. Si hay amor, la diversidad queda superada, englobada, asumida. Y además por otra razón: porque lo diverso nos enriquece. Si todos fuéramos iguales es fácil entender que la cosa sería muy aburrida: todos con los mismos gustos, con la misma ropa, con las mismas ideas, con los mismos sueños. Como robots.

      La familia de quienes apreciamos a Jesús de Nazaret y a Francisco y Clara es una familia hecha con gente diversa que se aprecia y se enriquece en la diversidad. Francisco nunca puso condiciones iguales para todos, caso de que quisieran pertenecer a la fraternidad franciscana. La única condición es que consideraras al otro como hermano, fuera como fuera.

      Una vez Francisco quiso mandar a sus frailes a que anunciaran el Evangelio. Y para elegir el lugar les hizo dar vueltas sobre sí mismos, como hacen los niños cuando quieren marearse. Donde caía la cabeza, por ahí tenían que ir a predicar. No es un chiste. Francisco está queriendo decir a los hermanos que, caiga la cabeza donde caiga, ahí pueden tener una casa, una familia, un amor. Porque todo el mundo es casa de amor para el hermano menor.

      Esto resulta imposible si te quedas en lo externo, en lo que nos diferencia, en los gustos y manías que nos hacen distintos. Es preciso bajar al corazón que nos une, que nos asemeja, porque todos los corazones funcionan igual: quieren amar y ser amados. Así de simple, aunque a veces no lo parezca.

      En la tranquilidad de tu “desierto” piensa en las personas con las que te relaciones. Mira si puedes ir asimilando poco a poco las diferencias. Entiéndelas como una gran suerte, como una riqueza. Y sobre todo piensa: puedo amar al otro aunque sea diferente. Así de simple.

 

Para pensar y dialogar:

 

  1. ¿Tienes mucha dificultad para aceptar las diferencias de los otros?
  2. ¿Te parece posible que en los grupos franciscanos se acepte con facilidad al diferente?
  3. ¿Te resulta fácil ver a un Jesús que acoge a los distintos?
  4. ¿Se puede ser persona que aprecia a Francisco queriendo solamente a quienes me caen bien?

 

Juan 71

CVJ

Domingo, 6 de marzo de 2011

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

 

71. Jn 10,11-18

 

Introducción:

 

                Si las ovejas fueran animales pensantes y se dijeran: quién es el que nos explota, quién es nuestro mayor enemigo. La respuesta sería clara: el mayor enemigo del rebaño es el pastor. El lobo roba las que puede, el ladrón arrambla con algunas, pero el pastor termina acabando con todas. Se lucra del rebaño: las cuida sí, pero les quita la leche, la carne, la lana, las crías, todo. Por eso, hay que tener mucho cuidado con los “pastores” de toda índole: religiosos, sociales, políticos, etc. Si se lucran del pueblo, ojo con ellos. Los buenos “pastores” son aquellos que encuentran placer en darse al pueblo, a la comunidad, sin pasar factura siempre, entregándose. Los hay. Con esos hay que colaborar; con los otros, cuidado.

                Jesús, lo dice el texto, es de los pastores auténticos que entregan la vida por las personas. Jesús no se lucra de nosotros, nos da todo, no nos quita nada. No busca su éxito; nuestro éxito es el suyo. No es el jefe de la orquesta y del coro que se lleva los aplausos del respetables, sino que es un humilde cantor que colabora con el conjunto para que el conjunto logre el éxito. Por mecanismos religiosos hemos endiosado al pastor (y con ello a los “pastores delegados”). Pero Jesús no quiere endosiamientos, quiere felicidad para las personas. Su alegría no es que se le reconozca como pastor y que se le venere como tal, sino que el conjunto de la historia llegue a la plenitud y a la dicha. Por eso, la imagen del pastor es equívoca: es un pastor distinto, auténtico, loco incluso porque hace “locuras de amor”, cosas raras y arriesgadas porque nos ama, porque se entrega sin pasar factura, porque se solidariza por haber andado nuestro mismo camino.

 

***

 

Texto:

 

11Yo soy el auténtico pastor. El pastor auténtico da la vida por las ovejas; 12el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estrago y las dispersa; 13y es que a un asalariado no le importan las ovejas.

                14Yo soy el auténtico pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen.

15Igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por mis ovejas.

16Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo pastor.

                17Por eso el Padre me demuestra su amor, porque yo entrego mi vida y así la recobro. 18Nadie me la quita, yo la entrego por decisión propia. Está en mi mano entregarla  y está en mi mano recobrarla. Éste es el mandamiento que recibí de mi Padre.

 

***

 

Ventana abierta:

 

 

 

                Dos modelos de “pastores”. A la izquierda el obispo dimisionario de Sucumbíos, en la selva ecuatoriana. Un hombre con carisma que ha acompañado a las comunidades cristianas durante 40 años dando mucha cancha los laicos y a las comunidades de base. A la derecha el nuevo obispo, Ramón Ibarguren, de los heraldos del Evangelio, con su media sotana, sus botas, su cruz de Calatrava dispuesto a la reconquista de la diócesis para la religión. Es difícil entender estas cosas, pero el Evangelio seguirá siendo elocuente: entregar la vida es la cualidad del pastor creyente, no mantener la ortodoxia.

                Oramos: Gracias, Señor, por quienes se entregan a fondo; gracias, por quienes sirven a los débiles; gracias por quienes abrazan al pueblo.

 

***

 

Desde la persona de Jesús:

 

                Dice Jesús que conoce a sus ovejas. No es nada excluyente: conoce a todas las ovejas, conoce a todas las personas, las mira mil veces, acompaña todos sus caminos (muchas veces errados), siente como suyas sus lágrimas y sus alegrías, participa como uno más de todas sus luchas, sostiene con ella todas las preguntas sin respuesta. Sí, es un extraño pastor, tanto que hasta el calificativo de “pastor” le va mal (tan mal como el de señor, Dios, salvador o cosas así). Él es simplemente un hermano entregado a fondo, un modelo de solidaridad total. Por eso puede conocer los vericuetos del corazón humano y sus extrañas andanzas.

                Oramos: Tú, Señor, nos amas y nos conoces; tú acompañas sin desfallecer nuestros caminos peculiares; tú amas en maneras totalmente desinteresadas. Te alabamos por todo.

 

***

 

Ahondamiento personal:

 

                La figura del asalariado nos habla del interés con que las personas hacemos las cosas, siendo capaces, a veces, de esquilmar al otro, de aprovecharnos del que es más débil. El Evangelio contesta radicalmente una actitud así y la censura alentando justamente al camino contrario: no valorar las cosas por el salario (siempre debido) sino, sobre todo por la generosidad. No medir el éxito de nuestras obras por el aplauso, sino por el socorro que dan al débil. No alegrarse sobre todo del premio otorgado, sino de la certeza de ver crecer al otro.

                Oramos: Que valoremos la generosidad aunque sea una virtud callada; que practiquemos el socorro al débil, aunque nadie aplauda; que nos alegre ver crecer al otro y que eso sea nuestro premio más deseado.

 

***

 

Desde la comunidad virtual:

 

                El texto evangélico habla de unas “ovejas que no son de este recinto”. Si algo está reñido con la entrega del corazón es el particularismo, el darme solamente a los míos, a los de mi familia, grupo o país. Por eso, la comunidad virtual ha de estar siempre abierta a quien quiera venir a ella, a quien le pueda interesar por la razón que fuera. Nos hace bien esa gimnasia de acoger, de vez en cuando, a personas que simplemente se acercan. Ya estamos haciendo con ellas un “único rebaño”, aunque no vengan a rezar. Es la comunidad de lo humano, la más valiosa.

                Oramos: Que tengamos siempre una mentalidad abierta; que acojamos sin preguntar demasiado; que nos alegremos de ensanchar los límites de nuestras tiendas.

 

***

 

Poetización:

 

Quería que lo entendieran.

Para ello tomó la vieja imagen

del pastor entregado.

Con gusto la habría abandonado

porque en sus pocos años de vida

vio muchas veces

que los pastores se ceban a sí mismo.

En lugar del buen pastor

les habría hablado

(y les habló)

del buen servidor,

del buen acompañante,

del dispuesto siempre a consolar,

del que comprende fácilmente,

del solidario total,

del entregado a fondo,

de quien no pasa factura.

Pero les habló del pastor,

no solo porque le entendieran,

sino porque quería poner

un toque de afecto.

Porque es cierto que el pastor

se lucra del rebaño,

pero conoce a sus ovejas,

las distingue una a una,

las mira mil veces

y no es raro que las quiera.

Él se entregó por amor,

quiso a las personas,

experimentó los gozos del corazón.

Su misión sin afecto

habría sido un témpano,

su entrega sin calor

habría sido hiriente.

Cuando decía que era buen pastor

ponía el acento en la bondad

más que en el pastoreo.

Fue bueno,

eso es todo.

 

***

 

Para la semana:

 

                Haz las tareas de cada día con entrega y sin esperar siempre un premio. Hazlo simplemente por amor y basta

***

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Juan 70

CVJ

Domingo, 27 de febrero de 2011

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

 

70. Jn 10,7-10

 

Introducción:

 

                La puerta como metáfora de apertura y de acogida sigue vigente. Abrir la puerta es una manera de decir que alguien acoge al otro. Cerrar la puerta es cerrar posibilidades. Uno de los síntomas de debilitamiento de lo humano en nuestra sociedad es toda la cultura de llamada “seguridad” que consiste en vigilar puertas, cerrarlas a cal y canto. Nunca nuestra sociedad ha sido más segura y, paradójicamente, nunca como ahora crece el negocio de la “seguridad”. Quizá se esté queriendo decir que la verdadera seguridad no va a venir de la capacidad para cerrar las puertas con mecanismos sofisticados o con un exceso de vigilantes. La seguridad va a venir más de la confianza, de la apertura, de la acogida. No es fácil hacer creíble hoy este mensaje, pero habrá que intentarlo.

                Jesús se define aquí como “puerta”. Es puerta de una casa que acoge a todos, sin preguntar en exceso, sin poner condiciones previas para la acogida, sin excluir a nadie. Y ¿qué hay tras esa puerta? Un espacio para el amor, una mesa que no excluye a nadie, un ánimo para hacernos ver que, más allá de nuestras limitaciones, estamos llamados a la vida, a la dicha, a la plenitud personal. Detrás de esa puerta está el Padre que se pone a nuestro nivel, que no pone ningún requisito para entrar en su casa, porque en ellas, como dirá más tarde el Evangelio” “hay vivienda para todos”. Entender a Jesús como puerta es, tal vez, más “productivo” que entenderlo como “hijo de Dios”. Puede ayudarnos más a adherirnos a él y a creer en sus mecanismos. Uno de ellos parece decir: que es decisivo ser puerta abierta para los demás. Y que en algo de eso consiste el ser amigo de Jesús y seguidor/a suyo.

 

***

 

Texto:

 

7Por eso añadió Jesús:

                -Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. 8Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.            

                9Yo soy la puerta: quien entre por mí estará seguro y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. 10El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante.

 

***

 

Ventana abierta:

 

 

                Esta es la puerta abierta del Centro “Tren La Estrella” que tiene Cáritas Diocesana en Logroño. Se llama así porque es un “tren” que tienen a mano los exreclusos de la prisión para iniciar un nuevo camino de inserción. Es novedoso su modelo educativo pues parte de la adultez y libertad de los expresos. Por ejemplo, no hay “vigilancia” de noche para que no parezca otra “cárcel”. La libertad de cada uno y su responsabilidad es la que se evaluará. Una casa abierta y con la acogida y calidez como meta, siendo éstas obra de todos los que se suben a este “tren”.

                Oramos: Gracias, Señor, por quienes brindan posibilidades a los débiles; gracias por quienes abren sus puertas a quienes anhelan días mejores; gracias por quienes acogen a quienes tienen dificultades fuertes en la vida.

 

***

 

Desde la persona de Jesús:

 

                Dice Jesús en el texto evangélico que ha venido “para que tengan vida”. Jesús está más preocupado por la vida de la persona que por su debilidad, por su pecado. Por eso, abre la puerta de su persona para dar vida. Con eso está marcando una línea espiritual para sus seguidores/as: apostar por la vida, por toda clase de vida, sin temor a ser señor de ella. El seguidor cree que el Padre le da vida para que haga buen uso de ella, pero con libertad y creatividad, aun a riesgo de equivocarse. Solamente de esa manera habrá vida cada vez más abundante.

                Oramos: Tú, Señor, nos das vida abundante, por eso te alabamos; tú, Señor, te preocupas por nuestros caminos, por eso te bendecimos; tú, Señor, nos quieres señores de la vida, por eso te damos gracias.

 

***

 

Ahondamiento personal:

 

                Dice el Evangelio que quien entre por la puerta que es Jesús “podrá entrar y salir y encontrará pastos”. Es decir, la puerta que es Jesús no es un aro por el que hay que pasar obligatoriamente, sino que se puede “entrar y salir”, hay total libertad porque la adhesión a él se asienta sobre la libertad. Una de las evidencias de que nuestra cogida es buena es si respeta la libertad de aquel a quien se acoge, aunque, a veces, sus comportamientos nos parezcan cuestionables. Si la acogida limita e impone leyes termina por ser acogida de baja calidad.

                Oramos: Que acojamos poniendo las menos condiciones posible; que acojamos en la mayor libertad posible; que acojamos en el abrazo lo más amplio posible.

 

***

 

Desde la comunidad virtual:

 

                Cuando la comunidad virtual se da acogida, aunque fuera en cosas muy sencillas, se da vida. La vida va apegada a la acogida, y viceversa. Por eso mismo, los trabajos de oración y nuestra misma relación habrían de tener, entre otras, la virtualidad de hacernos crecer en acogida. Esto solamente es posible en la medida en que se mira en la dirección del otro, en cuanto que las necesidades de los demás comienzan a ser un poco mías. Entonces brota la acogida y con ella la vida.

                Oramos: Que nos acojamos para tener más vida; que nuestra oración con la Palabra potencie nuestra acogida; que nos asomemos con más decisión a las necesidades de los demás para acogerlas.

 

***

 

Poetización:

 

Lo sentía la gente:

en Jesús veían una casa

siempre abierta,

una puerta

que nunca se cerraba,

un lugar en la mesa

siempre preparado.

Fue puerta abierta

para quien quisiera encontrarse

con un corazón,

el suyo, el del Padre,

el de toda persona generosa.

Fue puerta abierta,

sobre todo,

para quienes carecían de hogar,

de consuelo,

de reposo,

de consideración moral.

Por eso,

confundieron su casa

con un lupanar,

con una cueva de ladrones,

con una vivienda de mafiosos.

Pero en su casa

había acogida sin preguntas,

amor sin precio,

entrega sin demanda.

Por eso se acercaban

quienes no tenía

donde caerse

ni muertos ni vivos.

Y allí él les daba

algo de su vida

porque su anhelo era

que tuvieran vida

en abundancia.

 

***

 

Para la semana:

 

                Que las puertas de tu casa y de tu corazón estén esta semana lo más abiertas posible.

 

***

 

 

Juan 69

CVJ

Domingo, 20 de febrero de 2011

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

 

69. Jn 10,1-6

 

Introducción:

 

                Reconocer la voz de las personas que se mezclan a nuestra vida es una acción mecánica en la que no reparamos. Pero es una maravilla. Sería una pérdida enorme que no reconociéramos esa voz y nos perdiéramos en un laberinto de desconocidos. Pero lo que hace el cerebro, reconocer por los matices fonéticos, lo hace el corazón de otra manera: no reconocemos la voz de quienes aman por sus peculiaridades fónicas, sino por el amor que intuimos detrás de sus palabras. Por eso mismo, si queremos que se reconozca nuestra voz, que la aprecien, que la amen, habrá que cuidar el contenido de la voz, el amor. Una voz sin amor no pasa de ser un sonido más o menos educado. Una voz con  amor reconforta el espíritu y reconcilia a la persona con sus propias dolencias.

                La voz de Jesús, de la que se habla en el pasaje de esta semana es una voz con amor. No se la reconoce por sus contenidos ideológicos o por sus supuestas prerrogativas religiosas. Se la reconoce porque se desvelan en ella altos contenidos de amor. La voz de Jesús sin amor no deja de ser, en el mejor de los casos, la de un líder religioso. Esa misma voz con amor es la de un compañero, la de una persona viva más allá de los años, la de alguien que acoge tu vida y, de alguna manera, la hace suya. Por eso la voz de Jesús resulta reconfortante, amable y animadora. Esa voz se concretiza en su Palabra, en las mediaciones históricas, sobre todo en la voz de los débiles. Porque la voz de Jesús siempre ha estado del lado de la debilidad. Nunca ha sido la voz tonante del Dios del Sinaí, sino la humilde voz que acompaña los caminos humanos, siempre tortuosos. Esa voz es la que atrae cada vez más al seguidor/a.

 

***

 

Texto:

 

10,1Os aseguro que el que no entra por la puerta en el recinto de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; 2pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. 3A éste le abre el vigilante y las ovejas atienden su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. 4Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz: 5a un extraño no le seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.

                6Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba.

 

***

Ventana abierta:

 

 

                Hay una enfermedad que se llama fonoagnosia. Por ella “se sufren problemas de reconocimiento de voz como consecuencia de un derrame cerebral o de haber sufrido daños en el cerebro". No reconocer la voz es como no reconocer el rostro. Se pierden los caminos que llevan al corazón. Por eso mismo, habrá que cuidar esos caminos, amar las voces y los rostros de quienes nos rodean, de quienes comparten camino con nosotros. Únicamente así podremos encontrar la senda de su corazón.

                Oramos: Gracias, Señor, por la voz de quienes nos aman; gracias por el corazón de quienes se sienten solidarios de los demás; gracias por las vidas que se entrelazan y se unen en amor.

 

***

Desde la persona de Jesús:

 

                Dice el texto evangélico que a Jesús se le sigue porque se reconoce su voz amiga. Es difícil seguir a Jesús por planteamientos religiosos, por imperativos morales o doctrinales, por costumbres heredades. Ahí el seguimiento se convierte, a lo más, en una vivencia de doctrinas y de moral. Pero en esa vivencia no late el amor. Para seguirle con amor es preciso reconocer su voz como la de una persona querida y amiga, como aquella persona ante la que somos nosotros mismos, sin necesidad de excusas, de ocultamientos ni de trampas. Alguien en quien es fácil confiar y que reconforta y alienta en el camino concreto de la vida.

                Oramos: Que reconozcamos tu voz desde el amor; que te sigamos animosos desde el amor; que estemos ante ti confiados y seguros por tu amor.

 

***

 

Ahondamiento personal:

 

                Según el texto de esta semana los que entran saltando la barda, no por la puerta, son gente ladrona y silenciosa, no tienen voz. Es inútil que hablen porque su voz no es reconocida. Hay voces mudas que pretenden dominarnos: la voz muda del poder que anida en cada esquina; la voz muda del dolor que nos fustiga cuando menos lo esperamos; la voz muda del ocultamiento que engaña a quien nos mira; la voz muda de la ambición que no duda en destrozar a quien sea. Esas voces mudas son las de quienes nos roban el alma y el sentido. Haríamos bien en escucharlas lo menos posible.

                Oramos: Que no nos robe el alma la voz muda de la ambición; que no nos robe la fraternidad la voz muda del dominio del otro; que no nos robe el corazón la voz muda del desamor.

 

***

 

Desde la comunidad virtual:

 

                Una de las características de una voz humanizadora, y por lo tanto de la de Jesús, es que sea una voz acogedora, que no intuyamos que esa voz nos excluye. Nuestra comunidad virtual, de manera sencilla, puede poner en pie ese tipo de voz: acogernos como somos sin preguntar demasiado, sin escandalizarnos cuando descubrimos la debilidad, sin alejarnos cuando nos parece que lo que vemos no es de mucho nivel. Una voz acogedora genera a su vez, como los círculos en el agua, acogida en otras personas. Así se crece en humanidad.

                Oramos: Que nuestra voz sea siempre acogedora e incluyente; que nuestras palabras sean siempre amables y respetuosas; que nuestra manera de hablar engendre humanidad.

 

***

Poetización:

 

¿Cómo era su voz?

posiblemente fuera como todas,

pero había algo en ella

que la hacía atractiva,

cautivadora.

No era su modulación

ni sus inflexiones,

sino, simplemente,

su capacidad de amar.

La gente percibía

en su manera de hablar

que tenía delante

a uno que los amaba.

Por eso, en el fondo,

no era su voz la que atraía,

sino su corazón de amante.

Aquella voz se grababa

en los pliegues del alma

y por eso se la reconocía

aunque no estuviera presente,

aunque volviera

del lado de la muerte.

Así la reconoció

María Magdalena

cuando resucitó.

Era una voz

que acompañaba

a quienes le amaban

aunque no estuviera presente

porque resonaba en el cerebro

y en el fondo del alma.

Voz para acompañar,

voz para consolar,

voz para animar,

voz para amar.

***

 

Para la semana:

 

                Que tu manera de hablar en esta semana sea respetuosa y acogedora. Que tu voz esté lo más llena de amor posible.

 

***

 

Retiro Cuaresma 2011

 

Retiro en Cuaresma 2011

 

 

EL RETO DE FRECUENTAR EL FUTURO

La conversión entendida como mirada al futuro

 

        La tentación de instalarse en el pasado es constante. El pasado es la casa vieja y amada que nos parece mejor porque no nos complica. Incluso ciertas formas de futuro (formas religiosas nuevas, planes de hoy) tienen la pinta de querer poner collar nuevo al perro viejo del pasado. ¿Podría entenderse la conversión, ese cambio de mentalidad y de praxis, como los trabajos por frecuentar el futuro?

En la famosa novela de A. Tabucchi Sostiene Pereira, el tal Pereira es una persona mansa que para huir de la cruda realidad se instala cada vez más en el pasado y en sus rígidas normas próximas al fascismo. El doctor Cardoso que se cruza en su camino le da un consejo: “Deje ya de frecuentar el pasado, frecuente el futuro”.

        Frecuentar el futuro, he ahí un reto más que un consejo. Ante la barahúnda de este confuso momento en que se mueve nuestro mundo, muchas personas se inclinan a frecuentar el pasado: aquellos eran buenos tiempos, aquella familia de siempre es la que vale, aquella Iglesia de antes tan fuerte y bien reputada es la que habría de tener ahora, aquellos políticos de mano dura que tenían controlado el país habrían de surgir ahora, aquella moral que ponía a cada uno en su sitio lo quisiera o no debería regir ahora. Y así hasta el infinito. La nostalgia del pasado en un calmante para la dureza del presente.

        Sin embargo, algo nos dice dentro que ese movimiento hacia atrás, ese pensar, como decía el clásico que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, es un suicidio por la puerta de atrás. Y esto es así porque hasta el más necio ve que, además de lo inexorable del tiempo, el pasado no vuelve nunca y que la vida verdadera se juega en el futuro, sea cual sea su catadura. El futuro es el futuro, valga la tautología. De ahí que más vale encarar lo resulta difícil que encastillarse en lo que es irreal.

        El escritor Eduardo Galeano tiene una sencilla “carta al futuro” en uno de cuyos párrafos dice: “Yo le pido, nosotros le pedimos, que no se deje desalojar. Para estar, para ser, necesitamos que usted siga estando, que usted siga siendo. Que usted nos ayude a defender su casa, que es la casa del tiempo”. Sí, necesitamos del futuro mucho más que del pasado. Los cristianos y cristianas habríamos de ser personas proclives a frecuentar el futuro, no gente instalada en las cavernas del pasado.

        Acaba de empezar la Cuaresma. No estaría mal hacer el propósito de “convertirse al futuro”. Parece algo inconcreto, pero, en realidad, es activar una actitud interior que puede hacer que nazca en nosotros un horizonte nuevo hecho de confianza y de amor.

 

1. Calentando motores

 

Como en otras ocasiones, vamos a utilizar la buena poesía para “calentar motores”, para percibir que, por muchas razones, nos conviene frecuentar el futuro para que la vida cobre dinamismo. Tomaremos un poema inspirado de Francisco Brines:

 

Abrir los ojos, después de que la noche
recluyera los astros en su amplia cueva rasa,
y ver, tras del cristal,
ya visibles los pájaros
en el fanal aún pálido del sol,
moviéndose en las ramas.
Y cantos que hacen mía la bóveda del aire.
Y sentir que aún me late en el pecho
el corazón del niño aquel,
y amar, en la mañana, la vida que pasó,
y esta maga sorpresa
de amar aún el mundo en la mañana.
Y en el nombre del mar, que está lejano
y azul, siempre tendido
desde el remoto amanecer del mundo,
persignarme la frente, luego el pecho,
los delicados hombros que ahora rozo,
y besar, con los labios del niño rescatado,
este mundo tan viejo,
que hoy no alcanzo a saber
por qué, si el amor no se ha muerto,
me quiere abandonar.

 

        Subrayemos algunos puntos:

 

  • Abrir los ojos…aunque sea de noche: Porque la tentación es cerrarlos, aislarse, no querer ver, ponerse orejeras que nos impidan ver lo que acontece realmente. Si no se supera esto, la cerrazón puede ser enorme. “Abrir”, esa es la palabra clave.
  • Aún me late en el pecho el corazón: Hay vida dentro. Mientras haya ganas reales de vivir habríamos de anhelar el futuro. Instalarse en el pasado es, en el fondo, no querer vivir, o querer vivir de una manera esclerotizada, que es como no querer vivir.
  • Amar aún el mundo del mañana: Realismo (desde el “aún”) y utopía (el “mundo del mañana”). Entre esos dos polos nos movemos. No están reñidos, aunque creemos que hay que poner más carga en la utopía porque el realismo se confunde con el inmovilismo y, con él, llega la instalación en el pasado.
  • Persignarme la frente, luego el pecho: Tener conciencia de que en el fondo de la persona anida la espiritualidad, la misma fe, las capacidades para una lectura creyente de la realidad y del futuro. Precisamente el inmovilismo pone en riesgo la fe, aunque muchos crean que esa es la manera de mantenerla (se mantiene la religiosidad, la estructura religiosa, no tanto la fe).
  • Besar este mundo tan viejo: Para creer en el futuro es preciso amar esta realidad a pesar de su “vejez”. Pero no precisamente para consagrar esa vejez sino para decirle que, como dice Joel, “los viejos tendrán visiones”, que es posible siempre un renacer por encima de lo viejo.
  • El amor no ha muerto: Por eso, no nos abandonará. Mientras haya amor, habrá posibilidad de engendrar futuros. Quizá lo peor de instalarse en el pasado es que, en el fondo, se trata de una claudicación en el amor.

 

2. La luz de la Palabra: Una alianza fiel

 

         ¿Dónde encontrar en la Palabra luz y arrestos para encarar el futuro con optimismo, con buen ánimo? Quizá si ahondamos la espiritualidad de la alianza, pero no tanto desde parámetros meramente bíblicos sino también antropológicos. La alianza es el rostro bíblico de la mera confianza. Y la espiritualidad de la alianza sostiene la confianza. Y con ésta, hay posibilidad de abrirse sosegadamente al futuro.

        Vamos a tomar un texto de Apocalipsis que la liturgia “mutila” porque le quita, justamente, los versos que aluden a la alianza, a la confianza. Se trata de Ap 11,16-19:

 

        “Los veinticuatro ancianos que están sentados delante de Dios cayeron rostro en tierra rindiendo homenaje a Dios, y decían:

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,
el que eres y el que eras,
porque has asumido el gran poder
y comenzaste a reinar.

Se encolerizaron las gentes,
llegó tu cólera,
y el tiempo de que sean juzgados los muertos,
y de dar el galardón a tus siervos, los profetas,
y a los santos y a los que temen tu nombre,
y a los pequeños y a los grandes,
y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

Ahora se estableció la salud y el poderío,
y el reinado de nuestro Dios,
y la potestad de su Cristo;
porque fue precipitado
el acusador de nuestros hermanos,
el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero
y por la palabra del testimonio que dieron,
y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.
Por esto, estad alegres, cielos,
y los que moráis en sus tiendas.

   Se abrió en el cielo el santuario de Dios y en su santuario apareció el arca de la alianza; se produjeron relámpagos, estampidos, truenos, un terremoto y temporal de granizo”.

Después de la séptima trompeta, los veinticuatro ancianos entonan un cántico de acción de gracias a Dios por la reivindicación que va a verificarse. El himno utiliza motivos del AT (Sal 2,1; 115,13; etc.). A la cólera de las naciones se opone la cólera de Dios. Es la perspectiva del vidente: ha llegado “el momento” (ho kairos, Ap 19,18b). Es decir, ahora se va a hacer con nosotros la justicia que se nos debe; y tal justicia se ejercerá contra quienes nos han destruido. El vidente no logra salir de la justicia vindicativa y destructora: la destrucción de los malos va a ser pagada con otra destrucción mayor (“para destruir a los que destruyen la tierra”: Kai diaphtheirai tous diaphtheirontas tên gên”, Ap 19,18).

        Pero ocurre lo inesperado: “Se abrió en el cielo el santuario de Dios y en su santuario apareció el arca de la alianza” (Kai ênoigê ho naos tou Theou en tô ouranô, kai ôphthê hê kibôtos tês diathêkês autou en tô naô autou, Ap 19,19). Se esperaría un signo destructor por parte de Dios, su espada, su brazo fuerte, su relámpago, su cólera imparable. Pero no, aparece el arca de la alianza, el signo perenne de su fidelidad con la historia humana, su amor en suma, “de su vinculación con todos los humanos” (X. Pikaza, Apocalipsis,  p.138). Es cierto que el vidente puede arrimar el signo a su lado diciendo que es fiel con los elegidos y no lo es con los malvados. Pero la incomprensible fidelidad de Dios, tal como queda claro en el Evangelio, es “con buenos y malos” (Mt 5,45).

        Dios, aun sufriendo por ello, no abandona su alianza, ha echado su suerte a este lado de la historia y no se va a arrepentir jamás, por mucha que sea la maldad de los humanos, el daño que la historia ha acumulado, las heridas que los destructores de la tierra hayan infligido a la creación. Con Jesús, sabemos que se rompió para siempre el maleficio aquel que llevó a Dios de haberse “arrepentido” de crear a la persona sobre la tierra (Gén 6,6). Creer en un Dios fiel y a la vez vengador son realidades absolutamente incompatibles, porque la fidelidad y el amor no se mezclan con el odio y la venganza. ¿Lo ve así el autor de Apocalipsis? Quizá no en primera instancia narrativa, pero en un segundo plano creemos que esta lectura especular es lícita.

        Desde estas certezas cultivadas, desde una confianza que se sitúa por encima de toda limitación, se puede encarar el futuro con ánimo y equilibrio. Desde ahí se aleja el miedo, porque éste atenaza al inmovilista.

 

3. Ahondamiento espiritual

 

         Proponemos un breve ahondamiento para mezclar de manera más profunda la Palabra y la vida:

1)    El futuro de una vida con Dios dentro: Porque, según Jn 14,23, Dios (el Padre y Jesús) ha venido a poner su morada en el fondo de la historia. La nuestra no es una realidad desamparada. Tenemos “marido”, como diría Isaías. No podemos ceder al profundo desconsuelo existencial de vernos perdidos en el cosmos como si no existiera la gran casa de la vida a la que estamos destinados. Por eso, más allá de los avatares de los días, podemos tener la confianza de que el Padre nos acompaña, de que nunca nos deja solos (Jn 16,32). Esto debería ayudarnos a “levantar los hombros” y a seguir adelante con sosiego, con disfrute incluso, con paz, con alegría “inarrebatable” (Jn 16,22). Si este tipo de certezas espirituales no enganchan con el fondo del alma, hablar del futuro en épocas de dificultad es muy difícil y nuestro corazón, siempre añorante, se volverá a la casa cálida, aunque estéril, del pasado.

2)    El futuro de volver a Jesús: Parece paradójico, porque volver es siempre al pasado. Pero, dadas las circunstancias eclesiales que vivimos, volver a Jesús, a sus raíces históricas, a lo más primigenio, abandonando todo el lastre que la trayectoria histórica ha vertido sobre él, es una obra de futuro. Pagola insiste reiteradamente que estos tiempos nuestros son tiempos buenos para volver a lo elemental del Jesús histórico, a su sueño del Reino, a una idea de fraternidad, a su manera acogedora por encima de limitaciones, a su tremenda libertad. Volver al núcleo de Jesús es labrarse un futuro como creyentes y como personas. Quien se ancla en el pasado anhela el Jesús “de siempre”, el “nuestro”, el que sostiene el tinglado institucional, el que se piensa que fundamenta doctrinas “inamovibles”. Un Jesús así nos “castra” de cara al futuro. No nos conviene.

3)    El futuro de una comunidad cristiana de corazón bueno y de vida simple: Volvemos a citar aquella conocida frase del Hno. Roger: de Taizé: “Pienso que desde mi juventud nunca me ha abandonado la intuición que una vida de comunidad pudiese ser el signo que Dios es amor y solamente amor. Poco a poco surgió en mí la convicción que era esencial crear una comunidad con hombres decididos a dar toda su vida y que buscasen comprenderse y reconciliarse siempre: una comunidad donde la bondad del corazón y la simplicidad estuviesen al centro de todo”. Cuando nos preguntamos por el futuro de nuestras comunidades (parroquiales, religiosas, de base, etc.) quizá haya aquí una respuesta: la bondad del corazón y su vida sencilla son las “garantías” de su supervivencia. Y no solo és, como dice Roger, también de que se entienda hoy lo que queremos vivir y lo que queremos ofrecer a la sociedad (la realidad de un Dios humanizador).

4)    El futuro de una sociedad amigable: Una sociedad donde, al menos, brille la “amistad cívica”: “La amistad cívica no consiste en que los ciudadanos se vayan de tapas, porque éstas son cosas que se hacen con los amigos corrientes, con ésos a los que, según el diccionario, se tiene afecto personal desinteresado que se fortalece con el trato. La amistad cívica sería más bien la de los ciudadanos de un Estado que, por pertenecer a él, saben que han de perseguir metas comunes y por eso existe ya un vínculo que les une y les lleva a intentar alcanzar esos objetivos, siempre que se respeten las diferencias legítimas y no haya agravios comparativos (A. Cortina). Mirar a la sociedad como “enemigo”, como una realidad orquestada para “destruirnos”, cultivar sentimiento de persecución o “martirio” es algo que nos hipoteca respecto a un futuro fraterno, cuando no una rechazable hipocresía.

5)    El futuro de una persona integrada en la gran casa de la vida: Porque no se trata de cultivar solamente la fe en un “más allá”, prolongación singular de este más acá que vemos limitado. Se trata de cultivar la mística de una profunda pertenencia y la certeza de un hacer parte de un gran todo. Y ese todo está hecho de amor, de acogida, de amparo. Estas modos de integración que nos vienen, a veces, de la sociedad civil no son incompatibles con la mística cristiana y nos abren al sosiego y a la fe en el futuro total, cosa a la que, con frecuencia, nos ha cerrado el pensamiento religioso con su sistema de penas y culpas.

 

4. Derivaciones

 

        Tratando de acercar más esta espiritualidad a los caminos de la vida diaria nos permitimos unos subrayados:

1)    No añorar pasados, no recrearlos: Saberse librar de las gelatinosas ataduras (ideológicas, morales) de un pasado que no nos ha hecho más felices (de no ser con la condición de entregarse, de cerrar los ojos, de seguir el juego). Hacer ejercicios continuos de “futurización”, de fe en el futuro, de pequeñas apuestas cotidianas por lo nuevo. Relativizar lo de siempre (aunque haya cosas que se puedan mantener). No recrear pasados lavándoles la cara, poniendo al día tradiciones que ya no tienen sentido, echándose en brazos de una ideología que no pide más que ser repetida, nunca recreada 8con lo que eso conlleva de cuestionamiento).

2)    El arte de aprender a morir: El “ars moriendi” del que hablaba Metz y que, decía, es obra del Espíritu y propio de personas espirituales. Saber morir a lo que hay que morir (aunque duela) es una muestra de que uno cree en el futuro. Ser fraterno con las realidades “agonizantes”, pero serlo dejándolas morir, más aún, ayudando a que mueran. Es un rasgo de generosidad porque al morir, ciertamente, algo de lo nuestro muere. Pero si no muere, ¿cómo vamos a pretender lo nuevo?

3)    Un futuro unido a los disfrutes sencillos: Porque un futuro, un nuevo nacimiento, una realidad que hasta ahora no existía conlleva, en casi todos los casos, un sufrimiento (el dejar lo viejo), un riesgo (el lanzarse a lo nuevo). Esto produce en nuestro corazón una cierta “amargura y quemazón”. Y por eso huimos de ella. Quizá acogeríamos mejor el futuro y su “herida” si somos capaces de construir en nosotros la espiritualidad del disfrute sencillo, del gozo por lo pequeño, del valor de lo ignorado. Este disfrute podría ayudarnos a ver que el futuro nos conviene, que desde él se abren puertas que nos pueden ayudar al sentido.

4)    Preocupados por el futuro del mundo: Que es mucha preocupación porque uno está casi siempre, y casi únicamente, preocupado por su pequeño e inmediato futuro. Esto es normal. Pero, aunque nos parezca lejano, dependemos del mundo, de esta historia nuestra, de la gran familia de lo humano. La preocupación por el mundo habría de llevarnos a interesarnos por los grandes movimientos humanos: los caminos que llevan a la libertad, las opresiones a gran escala, las profecías que animan a la solidaridad, la presencia del bien en la vida de los demás. Preocupados por el futuro del mundo para tratar de dejar a quienes nos sigan una realidad un poco más humana, siquiera un poco.

5)    Los trabajos por los futuros cercanos: Es en las distancias cortas donde se juega realmente nuestro futuro. De ahí que los futuros cercanos han de estar en nuestro horizonte normal de preocupaciones: la suerte de los desheredados, el consuelo de los injustamente tratados, las hambres difíciles de saciar, la dignidad que no brilla, las pobrezas que humillan, las soledades que cuesta mucho mitigar. Ahí es donde habrá que aportar algo a un futuro mejor. Si no, todo queda en agua de borrajas.

6)    Amar el futuro aunque no aparezca claro: Ya que hay mil razones para verlo oscuro. Pero los cristianos habríamos de ser personas que apuntan, valora y subrayan más lo poco claro que lo mucho oscuro. No habría de ser obstáculo para ello, la lentitud con la que viene el futuro (“Lento viene el futuro, lento pero viene”, que decía Benedetti). Hacer algo porque el futuro vaya un poco más rápido es nuestro reto. Por eso, habría que animarse a dar pasos en una dirección de novedad aunque no se tengan todos los cabos bien atados. Confiemos en quien decimos confiar.

 

Conclusión

 

         Aquel gran visionario del futuro (y por ello sufrió lo suyo) que fue Teilhard de Chardin escribió esto: “…La verdadera llamada del cosmos, es una invitación a participar conscientemente en el gran trabajo que se lleva a cabo en él; no es volviendo a descender por la corriente de las cosas como nos uniremos a su alma única, sino luchando con ellas por algún término por venir…”. Participar en lo nuevo, siquiera un poco. Ahí está la clave. Esta sería una buena “conversión”: animarse a lo nuevo teniendo fe en un futuro mejor. Esto sería aplicable a cualquiera de nuestras situaciones de vida ordinaria. Lo importante es no dejarse llevar por “la corriente de las cosas”, por la rutina vital y religiosa que no lleva a ningún horizonte. La muerte de Jesús fue una lucha por un “por venir”, por el nuestro. Algo de eso vamos a celebrar en el misterio de su Resurrección.

 

Fidel Aizpurúa Donazar

Logroño-Madrid

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Juan 68

CVJ

Domingo, 13 de febrero de 2011

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

 

68. Jn 9,39-41

 

Introducción:

 

                En su “Ensayo sobre la ceguera” el escritor Saramago dibujó una formidable metáfora de lo que, según él, es la sociedad de hoy: ciegos que dicen ver. Puede ser que parezca un bastante pesimista. Pero si analizamos nuestro comportamiento social algo de eso aparece. ¿Qué es esta formidable crisis en la que seguimos sino una ceguera que se empeña en andar por los caminos de la injusticia creyendo que ahí está la solución? Cuando los analistas nos ofrecen sus datos, casi todos van en esa dirección. Y seguimos empeñados en caminar por lo oscuro. Ciegos que dicen ver. Bastaría que admitiéramos nuestra ceguera, que nos dijéramos que nos habíamos equivocado, que comenzáramos caminos de solidaridad y de humanidad para que la ceguera comenzara a disiparse. ¿Cómo librarse de esta contumacia que nos deja cada vez más a oscuras? ¿Quién nos enseñará la elemental humildad que nos vuelva a la luz? No son cosas lejanas. Nos afectan a cada uno/a en nuestros modos cotidianos de vida.

                Eso mismo dice con claridad el texto de esta semana: lo peor de la ceguera es que no se quiera ver. El Evangelio no lo dice de nuestra crisis, sino de nuestras personas. Tenemos el peligro de ser ciegos que no quieren ver porque no admiten su propia debilidad, que son ciegos, porque no entienden que un camino de humildad básica, de reconocimiento de los límites, de aceptación sencilla de los errores, nos iría encaminando a la luz de la verdad vital en la que entra la debilidad si se la asume. Si tomáramos este camino, abandonaríamos, poco a poco, la senda de la oscuridad.

 

 

***

 

Texto:

               

39Añadió Jesús:

                -Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos.

                40Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron:

                -¿También nosotros estamos ciegos?

                41Jesús les contestó:

                -Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís que veis, vuestro pecado persiste.

 

***

 

Ventana abierta:

 

                Esta es una foto cualquiera de una competición deportiva para ciegos. Éstos, con la ayuda de un guía hacen marcas tan notables como los atletas videntes. Eso demuestra lo que dice el Evangelio: que si uno admite su debilidad esta puede ser asumida y la ceguera superada, al menos en parte. Cuando uno no se deja guiar no puede conseguir ningún tipo de “marca”, ninguna meta que se proponga. El logro de la dicha de la persona depende mucho de esta actitud de humildad existencial que le abra a la verdad.

                Oramos: Gracias, Señor, por quienes reconocen con humildad sus límites; gracias por quienes acompañan a quien busca la luz; gracias por quienes viven siempre en actitud de búsqueda.

 

***

 

Desde la persona de Jesús:

 

                Dice el texto que Jesús ha venido a abrir un “proceso” contra el orden este que se empecina en una ceguera sin salida. Jesús no se cruza de brazos ante lo absurdo de un camino que lleva a la ruina. Él quiere colaborar a hacer ver que hay posibilidad de una vida en luz siempre que se acepte y trabaje la limitación que conlleva la vida. Es decir: Él ha sido un trabajador (en él mismo y en otros) de esa vida en luz y en verdad que puede ir siendo solución a nuestros males personales y sociales. Un trabajador de la luz, eso es lo que ha sido Jesús.

                Oramos: Tú, Señor, has buscado la luz con pasión; tú has ayudado a buscar la luz a quien tenía dificultad para asumir sus límites; tú, Señor, has sido luz para quien anda extraviado en la noche.

***

 

Ahondamiento personal:

 

                El Evangelio es claro: “como decís que veis, vuestro pecado persiste”. Hay en nosotros, lo hemos dicho otras veces, un misterio de terquedad que hace que nos empeñemos en andar sendas que no llevan a nada. Vemos que no llevan a nada, pero seguimos en ellas. ¿Cómo salir de ahí? Llegando a reconocer que admitir la debilidad no nos empequeñece ni degrada, sino que nos ayuda a tomar impulso para sobreponernos y dar con caminos de vida más luminosos.

                Oramos: Que tengamos agilidad para admitir con más facilidad nuestras debilidades; que tomemos impulso de nuestros límites para ir a lugares de más luz y gozo; que sepamos que no está reñida la debilidad con el éxito.

 

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Desde la comunidad virtual:

 

                El Evangelio dice en otro lugar, con indudable verdad que “si un ciego guía a otro ciego, ambos caen en el hoyo” (Mt 15,12-14). Pero también es verdad que quien reconoce su debilidad puede ser “guía” en cierta medida de quien anda en búsqueda. No necesitamos guías coherentes y supuestamente impecables, sino personas con ganas de ayudar que, ellas también, acepten sus fallos. Desde ahí, cualquiera de nosotros, podemos ser guías para otros, a la vez que nos resultará más fácil dejarnos ayudar por los demás. Cualquier ayuda que demos desde esta humildad básica estará libre del aguijón del orgullo.

                Oramos: Que nos ayudemos aunque nos veamos limitados; que aceptemos ayuda sin dejarnos morder por la soberbia; que nos ofrezcamos el brazo para sentirnos apoyados y amparados.

 

***

Poetización:

 

La vida le enseñó una verdad básica:

se podía ser guía de otros

si uno aceptaba su propia debilidad.

Le costó entender esto

porque toda la tradición religiosa de su pueblo

había puesto el acento sobre la santidad

no sobre la debilidad asumida.

Pero mirándose a sí mismo,

mirando a quien le ayudaba,

comprendió que ser débil y, a la vez,

ser ayuda para otros

es algo compatible.

Por eso que se desataba

contra quienes se constituían en guías de ciegos

siendo, ellos mismos, ciegos totales

ya que creían que ser ciego y débil

no iba con ellos.

Desde esa lejanía

de la humildad básica

extraviaban a los pobres

haciéndoles creer

que les llevaban a lugar seguro,

cuando, en realidad,

les llevaban al abismo.

Al fondo de una actuación así

estaba el afán de lucro,

el desatado instinto de poder

que quiere, en el fondo,

que el ciego guiado siga siendo ciego

y que no vea la luz.

De esa manera

podrían aprovecharse mejor de ellos.

De ahí su cólera, su condena,

sus duras palabras:

peor que si fuerais ciegos,

porque no queréis ver lo sois

y, encima,

lleváis a otros a la más oscura ceguera.

Hubiera bastado,

como el ciego del relato,

querer ver admitiéndose ciego,

poner la ceguera delante

y demandar ayuda.

Pero para eso hacía falta

un corazón sensato y abierto a la realidad,

humilde y fraterno.

Y no lo tenían.

 

***

 

Para la semana:

 

                Admite tus limitaciones y, más allá de ellas, cree que tu vida puede ser luminosa. Que esta certeza sosiegue los días de tu semana.

 

 

***