Blogia
FIAIZ

OTROS TEXTOS

TRÁNSITO 2023

EL VASO PRECIOSO

Celebración del Tránsito de san Francisco

3 de octubre de 2023

 

Monición de entrada

 

         Como cada año, el 3 de octubre, víspera de la celebración de la fiesta de san Francisco, la familia franciscana se reúne para recordar el momento, decisivo y entrañable, de la muerte de san Francisco, de su tránsito al encuentro final con Jesús, al que siempre amó. Así lo hacemos nosotros esta tarde con toda devoción y alegría. Es una manera más de decir que seguimos teniendo al hermano Francisco en nuestro corazón y en nuestros caminos. Comenzamos cantando:

 

Canto

 

Alabado seas, mi Señor,
alabado seas, mi Señor.
El sol y las estrellas
proclaman tu grandeza,
las flores y la luna
nos cantan tu poder;
Las flores y la luna
nos cantan tu poder;

ALABADO SEAS, MI SEÑOR,
ALABADO SEAS, MI SEÑOR.
CANTANDO EL UNIVERSO
TE OFRECE SU HERMOSURA,
PUES TODA CRIATURA
ES CÁNTICO DE AMOR;
PUES TODA CRIATURA
ES CÁNTICO DE AMOR.

 

Oración

 

         Al contemplar, Señor, esta tarde la muerte del hermano Francisco danos la gracia de seguir a Jesús con el mismo anhelo que anidó en su corazón. Te lo pedimos por JCNS. Amén.

 

Lectura de 3 Cel 39

 

Deshecha en lágrimas  Jacoba, el vicario del Santo la hace entrar discretamente y, puesto en brazos de ella el cadáver de su amigo, le dice: "Helo aquí; ten después de su muerte al que has amado en vida". Con llanto más pronunciado aún y con lágrimas más ardientes, Jacoba lo abraza y besa entre sollozos y voces de lástima; levanta el paño que lo cubre para verlo, y contempla el vaso precioso en que se había escondido el precioso tesoro, y lo contempla enriquecido con cinco perlas; considera las cinceladas, que sólo la mano del Todopoderoso había verificado para asombro del mundo, y, no obstante la muerte del amigo, se siente envuelta en gozo desacostumbrado. Decide luego que no hay que disimular ni esconder por más tiempo el inaudito prodigio, sino ponerlo resueltamente a la vista de todos. Corren todos a porfía para admirar este espectáculo, y, llenos de estupor, comprueban y admiran que es verdad que Dios no hizo tal a nación alguna.

 

Reflexión: Sanador Herido

 

Hermano Francisco:

         Mucho se ha dicho y escrito sobre ti. Aún seguimos hablando y recordándote cada día. Fuiste, de verdad, una persona excepcional, un hermano querido, una luz entre la niebla, como dijo alguien. No nos cansamos de evocarte porque nos iluminas.

         Se han dicho cosas magníficas de ti, pero no se ha hablado demasiado de tus heridas, las que la vida te fue trayendo. Pensaron, quizá, que era rebajarte cuando, en realidad, tus heridas son tu corona, lo más vivo de ti.

         Tu herida profundísima del principio fue la guerra con Perusa. Quizá aún recuerdes el ruido sordo de la espada que manejabas entrando en el vientre de tu adversario. Perdiste esa guerra y, tras un año de prisión, volviste a Asís. Nunca serías el mismo. Aquella herida no se cerró nunca del todo.

         Y en los días iniciales fue una herida de hondo dolor el conflicto con tu padre. Os amabais, os amasteis siempre. Pero el evangelio te llevó a decirle: “Tengo otro Padre”. ¡Una puñalada en el corazón! Cuentan que acudiste a su lecho de muerte y que te recibió con una sonrisa. No lo sabemos.

         Y también fue una herida abierta la situación de la Iglesia. Para ti era algo querido, vivo, fraterno. Por eso, su desvarío y su ruina te pesaban, aunque no hubiera en tu actitud ni un atisbo de juicio.

         Tu sabiduría de pobre fue despreciada por los fieros guerreros de las cruzadas, aunque las muertes se contaran a millares. Fuiste, pacífico, al escenario de la violencia. Muchos piensan que aquello no sirvió para nada. ¿No sirvió para nada cuando el Papa Francisco y el gran imán Ahamad Al-Tayyeb firmaron su documento sobre “Fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común”?

         La herida del sentido que se aloja en los pliegues del alma también te tocó. Hubo momentos en que parecía que querías echar la vista atrás y quitar la mano del arado. Entonces Clara, la valiente, fue tu gran apoyo, ella que no dudó ni un instante del camino que tú mismo habías marcado. Acogió tu herida sin hacer demasiadas preguntas.

         Y luego estuvo la peor de todas tus heridas: la herida de la fraternidad que tanto te hizo sufrir, sobre todo al final. Creías que todo se venía abajo, que el evangelio había sido una ilusión vacía. ¡Cómo te agarraste a la cruz! Volviste otro de aquel durísimo retiro del Alvernia. El sosiego había llegado a tu corazón y aunque la fuente de tus heridas seguía manando, la paz las envolvía con su abrazo.

         ¿Entiendes ahora por qué nos parece que tus heridas nos curan? Nos alejan de la violencia, nos descubren el amanecer del evangelio, dulcifican nuestra mirada a la Iglesia, nos orientan cuando el sin sentido roe el alma y, sobre todo, nos siguen mostrando que la fraternidad es nuestro tesoro.

         Gracias, hermano Francisco, por tus heridas. Nos curan, nos alientan, nos sostienen.

 

 

Oramos juntos (Oficio de la Pasión 6)

 

Oh todos vosotros los que pasáis por el camino, atended y ved si hay dolor como mi dolor.

Porque me rodearon perros innumerables, me asedió el consejo de los malvados.

Ellos me miraron y contemplaron, se repartieron mis vestidos y echaron a suerte mi túnica.

Taladraron mis manos y mis pies, y contaron todos mis huesos.

Abrieron su boca contra mí, como león que apresa y ruge.


Estoy derramado como el agua, y todos mis huesos están dislocados.

Y mi corazón se ha vuelto como cera que se derrite en medio de mis entrañas.

Se secó mi vigor como una teja, y mi lengua se me pegó al paladar.

Y me dieron hiel para mi comida, y en mi sed me dieron vinagre.

Y me llevaron al polvo de la muerte y aumentaron el dolor de mis llagas.

Yo dormí y me levanté y mi Padre santísimo me recibió con gloria.

Padre santo, sostuviste mi mano derecha y me guiaste según tu voluntad y me recibiste con gloria.

Pues, ¿qué hay para mí en el cielo? y fuera de ti, ¿qué he querido sobre la tierra?

Mirad, mirad, porque yo soy Dios, dice el Señor; seré ensalzado entre las gentes y seré ensalzado en la tierra.

15Bendito el Señor Dios de Israel, que redimió las almas de sus siervos con su propia santísima sangre y no abandonará a ninguno de los que esperan en él.

Y sabemos que viene, que vendrá a juzgar la justicia.

 

Gloria al Padre…

 

Signo

 

         (Se enciende un cirio y se pone en la pequeña repisa ante el gran dibujo del altar a la izquierda…Mientras se canta)

 

Canto

 

ROSAS DE SANGRE HAN FLORECIDO,
REVIVEN EN TU CUERPO LA PASIÓN,
FRANCISCO, EN AMOR ESTÁS HERIDO,
LAS MANOS, LOS PIES Y EL CORAZÓN......

Tus manos acogen a los pobres,
comparte su pan con el mendigo,
Y quiero también amar a todos,
ya puedes señor, cantar conmigo.....

ROSAS DE SANGRE HAN FLORECIDO,
REVIVEN EN TU CUERPO LA PASIÓN,
FRANCISCO, EN AMOR ESTÁS HERIDO,
LAS MANOS, LOS PIES Y EL CORAZÓN.....

 

Sembrando la paz, y bien caminas,
yo sembrador, iré a tu lado,
en tí el evangelio carne viva,
Y Cristo vez crucificado.....

 

ROSAS DE SANGRE HAN FLORECIDO,
REVIVEN EN TU CUERPO LA PASIÓN,
FRANCISCO, EN AMOR ESTÁS HERIDO,
LAS MANOS, LOS PIES Y EL CORAZÓN......

 

Bendición y despedida

PERSPECTIVA FRANCISCANA DE LA FRATELLI TUTTI

PERSPECTIVA FRANCISCANA

DE LA FRATELLI TUTTI

 

            Tras haber visto la FT desde tres perspectivas (fraterna, eclesial y social), vamos a valorar este documento desde el lado franciscano. Es algo que resulta fácil porque todos sabemos la querencia de este papa por la figura de Francisco de Asís y porque sus textos están impregnados de alusiones a Francisco.  Será fácil concluir que estamos ante una “encíclica franciscana”.

 

1. Francisco de Asís en LS’

 

10. … Creo que Francisco es el ejemplo por excelencia del cuidado de lo que es débil y de una ecología integral, vivida con alegría y autenticidad… Él manifestó una atención particular hacia la creación de Dios y hacia los más pobres y abandonados. Amaba y era amado por su alegría, su entrega generosa, su corazón universal. Era un místico y un peregrino que vivía con simplicidad y en una maravillosa armonía con Dios, con los otros, con la naturaleza y consigo mismo. En él se advierte hasta qué punto son inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia con los pobres, el compromiso con la sociedad y la paz interior.

11. Su testimonio nos muestra también que una ecología integral requiere apertura hacia categorías que trascienden el lenguaje de las matemáticas o de la biología y nos conectan con la esencia de lo humano… Su reacción era mucho más que una valoración intelectual o un cálculo económico, porque para él cualquier criatura era una hermana, unida a él con lazos de cariño. Por eso se sentía llamado a cuidar todo lo que existe… La pobreza y la austeridad de san Francisco no eran un ascetismo meramente exterior, sino algo más radical: una renuncia a convertir la realidad en mero objeto de uso y de dominio.

12. Por otra parte, san Francisco, fiel a la Escritura, nos propone reconocer la naturaleza como un espléndido libro en el cual Dios nos habla y nos refleja algo de su hermosura y de su bondad.

 

2. Francisco de Asís en la FT

 

  • Desde el título está presente lo franciscano: Fratellitutti 1 (Adm 6,1), un sueño, un anhelo, una responsabilidad para quienes estamos en esta “órbita” de lo franciscano.
  • En FT 2 se califica a Francisco como “sembrador de paz”, no tanto como orante o predicador de la paz. Sembrar paz más con la vida que con la palabra.
  • En FT 3 se cita la Rnb 16,3.6 con el mandato explícito para evitar toda forma de agresión y de contienda. Merece la pena tener claro este criterio en la práctica comunitaria y social.
  • En FT 4 se dice que Francisco acogió la verdadera paz, liberándose del ansia de dominio y logrando una vida en armonía.
  • Un rasgo poco aplicado a Francisco es tenerlo por modelo de escucha:  “escuchó la voz de Dios, escuchó la voz del pobre, escuchó la voz del enfermo, escuchó la voz de la naturaleza”. Actitud necesaria para el logro de una vida en paz.

 

3. Temas de fondo

 

a)     Fraternidad y amistad social: “polos inseparables” (FT 142). Francisco en Arezzo: recuperan el código de la ciudadanía” (2Cel 108).

b)     Paz social: “la construcción de la paz social exige el compromiso de todos” (FT 232). “Dispuesto a daros completa satisfacción” (LP 101).

c)      Cultura del encuentro: “cultura del enfrentamiento, no; cultura del encuentro, sí” (FT 30). Esteban de Borbón (BAC 972).

 

4. Temas útiles para la fraternidad franciscana

 

  • La vida subsiste donde hay fraternidad (FT 87): muy útil para estos tiempos de reducción.
  • Los sueños se construyen juntos (FT 8): contra toda forma de individualismo y contra el mal de ir cada uno a lo suyo.
  • El milagro de una persona amable (FT 224): las relaciones ásperas o amables, los modos gratos o los hirientes.

 

5. Temas útiles para las FHM

 

  • Según FT 285, “la justicia y de la misericordia, fundamentos de la prosperidad y quicios de la fe”.
  • En FT 77 se dice que hemos de tener “el deseo gratuito, puro y simple de querer ser pueblo”. El tema de la ruralidad, de la cercanía a la gente sencilla.
  • A las FHM les corresponde coger el reto de FT para que “el sueño de fraternidad y de amistad social que no se quede en las palabras”.

 

Conclusión

 

  • Aunque sea llevar un poco lejos las cosas, podemos decir que estamos ante un encíclica franciscana (como LS’). Nunca habíamos tenido una suerte tal.
  • La oración de FT 254: “Pido a Dios que prepare nuestros corazones al encuentro con los hermanos más allá de las diferencias de ideas, lengua, cultura, religión; que unja todo nuestro ser con el aceite de la misericordia que cura las heridas de los errores, de las incomprensiones, de las controversias; la gracia de enviarnos, con humildad y mansedumbre, a los caminos, arriesgados pero fecundos, de la búsqueda de la paz».

 

 

¿QUÉ DIRÍA HOY SAN FRANCISCO?

¿QUÉ DIRÍA HOY SAN FRANCISCO?

 

 

            Os diría, hermanos y hermanas, cosas que ya sabéis, cosas que no debéis olvidar y cosas que os pueden ayudar a llevar una vida humana y feliz. Tales como éstas:

 

1. No olvidéis lo que da sentido: la fraternidad

 

            Lo que da sentido a la vida es vivir en y para el otro. Cada día hay que hacer el camino de regreso a la casa del otro. La base sobre la que se sustentan los sueños no es otra que la buena relación, lo que Jesús llegó a formular como “reinado de Dios”: la nueva relación de hermanos, la sociedad sin jerarquías, la convivencia de todos en paz y respeto. Eso está en la base de todos los trabajos de fe y del sueño evangélico. La vida relacional nos hace aterrizar, es la medida realista de la verdad de nuestros anhelos. No nos cansemos de volver a ella. Es la masa que aglutina el edificio de la vida.

Voy a decíroslo con un texto luminoso De la Fratelli Tutti. Harías bien en mirarlos, en sopesar cada palabra. No se puede decir mejor. Me gustaría que lo discutieseis en vuestro capítulo de Peñafiel. Es este: «Un ser humano está hecho de tal manera que no se realiza, no se desarrolla ni puede encontrar su plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás. Ni siquiera llega a reconocer a fondo su propia verdad si no es en el encuentro con los otros: sólo me comunico realmente conmigo mismo en la medida en que me comunico con el otro. Esto explica por qué nadie puede experimentar el valor de vivir sin rostros concretos a quienes amar. Aquí hay un secreto de la verdadera existencia humana, porque la vida subsiste donde hay vínculo, comunión, fraternidad; y es una vida más fuerte que la muerte cuando se construye sobre relaciones verdaderas y lazos de fidelidad. Por el contrario, no hay vida cuando pretendemos pertenecer sólo a nosotros mismos y vivir como islas: en estas actitudes prevalece la muerte» (FT 87).

He aquí un texto luminoso. Todas y cada una de las frases son útiles para generar espiritualidad en torno a la comunidad. Necesitamos luz y ánimo más que grandes documentos. Aprovechemos esta oportunidad rumiando el presente texto. Os digo la verdad: si yo hubiera escuchado estas palabras a Inocencio III en lugar de llamarle “señor papa”, le habría llamado “hermano papa”.

Mi herencia es la fraternidad: en la medida en que se es hermano y hermana se es franciscano. Sé que no lo olvidáis.

 

2. Enamoraos de Jesús

 

            Esta es la segunda cosa que os diría: de una u otra manera, enamoraos de Jesús. Parece bastante claro que quienes han seguido a Jesús han pasado por todas las etapas de cualquier colectivo humano. Comenzaron siendo un movimiento, algo indefinido, pero vital, en torno a Jesús, cautivados por su persona y su sueño. Quizá tras su muerte, rumiando dichos y experiencias, se fue conformando un grupo más definido, con una misión, con unos valores que preservar. Posteriormente nació una comunidad con un cierto componente estructural y con una ideología  que mantener. Y todo terminó en un esquema de Iglesia donde lo estructural comenzó a ser el centro de tal realidad pasando otros valores iniciales a un segundo plano. Cuando se habla de recrear el grupo no se está queriendo decir que haya que volver a algo pasado que ya no puede ser, sino de ver si en nuevos contextos se pueden construir experiencias de libertad, de gozo, de enamoramiento, de anhelo similares a las que surgieron en las horas iniciales, no por imitarlas, sino por ser más coherentes con la propuesta de Jesús.

            ¿Qué sería pues recrear hoy el movimiento de Jesús para que pudiera amanecer un nuevo estilo de ser grupo con él en nuestro marco social? Habría que suscitar, en primer lugar, el enamoramiento de Jesús y su programa: plantear la fe como una mera adscripción religiosa es cercenarla por la base. Además sería preciso revitalizar su sueño creyéndolo interesante para este mundo nuestro, por muy alejado que se lo crea por obra del sistema económico neoliberal. En tercer lugar, habría que recuperar una espiritualidad de caminos, de itinerancia, y un estructura eclesial (si se la puede llamar así) flexible, con gran capacidad de cambio y adaptación, abandonando viejos inmovilismos tanto ideológicos como legales. En cuarto lugar sería preciso hacer del sufrimiento ajeno el verdadero campo de misión del grupo de Jesús: lo que importa no es captar adeptos para la religión, sino  mitigar los dolores de los demás. También, por ingenuo que parezca, habría que des-divinizar la persona de Jesús creyéndolo, sobre todo, compañero de una existencia distinta, fraterna, igualitaria. Finalmente, sería necesario entender el itinerario creyente en comunión con el cosmos y su dinámica expansiva, en un tipo de fraternidad que sugiera realmente la interconexión de todo. ¿Es  esto posible? Soñarlo ya es una manera de ir abriéndole la puerta.

            Enamorarse de Jesús no es una futilidad, un deseo que se esfuma: es todo un anhelo que hay que construir.

 

3. Comprender las heridas de los humanos

 

            Yo sé de heridas, como vosotros. Por eso os digo que habría que comprender y acompañar las heridas de la persona. Dejadme que os hable de mis heridas. Mi herida profundísima del principio fue la guerra con Perusa. Aún recuerdo el ruido sordo de la espada que entrando en el vientre del adversario. Perdiste esa guerra y, tras un año de prisión, volviste a Asís. Nunca sería el mismo. Aquella herida no se cerró nunca del todo.

            Y en los días iniciales fue una herida de hondo dolor el conflicto con mi padre. Nos amábamos, nos amamos siempre. Pero el evangelio me llevó a decirle: “Tengo otro Padre”. ¡Una puñalada en el corazón!

            Y también fue una herida abierta la situación de la Iglesia. Para mí era algo querido, vivo, fraterno. Por eso, su desvarío y su ruina me pesaban, aunque no hubiera en mi actitud ni un atisbo de juicio.

            Mi sabiduría de pobre fue despreciada por los fieros guerreros de las cruzadas, aunque las muertes se contaran a millares. Fui, pacífico, al escenario de la violencia. Muchos piensan que aquello no sirvió para nada. ¿No sirvió para nada cuando el Papa Francisco y el gran imán Ahamad Al-Tayyeb firmaron su documento sobre “Fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común”?

            La herida del sentido que se aloja en los pliegues del alma también me tocó. Hubo momentos en quería echar la vista atrás y quitar la mano del arado. Entonces Clara, la valiente, fue mi gran apoyo, ella que no dudó ni un instante del camino que yo mismo habías marcado. Acogió mis heridas sin hacer demasiadas preguntas.

            Y luego estuvo la peor de todas mis heridas: la herida de la fraternidad que tanto te hizo sufrir, sobre todo al final. Creía que todo se venía abajo, que el evangelio había sido una ilusión vacía. ¡Cómo me agarré a la cruz! Volví otro de aquel durísimo retiro del Alvernia. El sosiego había llegado a mi corazón y aunque la fuente de mis heridas seguía manando, la paz las envolvía con su abrazo.

            ¿Entendéis ahora por qué nos parece que las heridas nos curan? Nos alejan de la violencia, nos descubren el amanecer del evangelio, dulcifican nuestra mirada a la Iglesia, nos orientan cuando el sin sentido roe el alma y, sobre todo, nos siguen mostrando que la fraternidad es nuestro tesoro.

 

4. Le ecología redescubierta

 

            Modernamente habéis redescubierto el valor de la ecología y el cuidado de la casa común. Eso pertenece al núcleo del franciscanismo.

Dice LS’ 10 que Francisco “era un místico y un peregrino que vivía con simplicidad yen una maravillosa armonía con Dios, con los otros, con la naturaleza y consigo mismo”. La unión entre mística e itinerancia es de una potencia explosiva porque habla de una vida con ebullición interior, con opciones que activan los proyectos, con anhelos que cobran cuerpo. La mística franciscana no es algo esotérico, es cuestión de armonía, de sencillo equilibrio, de atención compartida por todos. Esa armonía es la que respeta el nicho de cada realidad, la que agradece la pluralidad de lo creado, la que admira la diversidad de cada entidad. Una mística hecha de respeto, equilibrio y aprecio diferenciado. Tal mística se une al peregrinaje, a la itinerancia, a los caminos humanos dándoles un dinamismo y una benignidad que los hace amables alejando cualquier deseo de destrucción, explotación egoísta y dominio.

      Tenemos aquí una primera nota de la ecología franciscana: ésta ha de ser una realidad con alma y capaz de conectar con los caminos humanos. Sin esa alma, la andadura histórica termina por ser un cadáver, algo frío, un programa que solamente contempla números, ganancias, pretendidos logros. Si se tuviera tal alma pero no se conectara con los humildes caminos humanos sería algo estéril, improductivo, mero adorno, simple voz al viento. Ambas realidades unidas, dan como resultado un dinamismo capaz de humanizar las sendas de la vida y de amparar a cualquier criatura que se albergue en ella. Esta ecología mística e itinerante lleva a entender, incluso, la realidad del mismo Dios que se hace caminante en nuestras sendas (Lc 24,15).

Porque el interior disperso de la persona tiende a ejercer una obra así mismo dispersa y desparramada, la ecología que propone Francisco de Asís tiene a ser unificadora. Dice LS’ 10: “En Francisco se advierte hasta qué punto son inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia con los pobres, el compromiso con la sociedad y la paz interior”. Efectivamente, si estos cuatro elementos están desconectados, se hacen irrelevantes. Si la paz genera compromiso, la justicia medra y los pobres salen a flote. Son realidades concatenadas.

La ecología franciscana ha de intentar conectar estas cuatro realidades. Quizá haya de partir de una estructura personal lo más pacificada posible y de un compromiso humilde pero creciente. Desde ahí se podrán abordar con posibilidad de éxito los enormes problemas de la justicia y la honda preocupación por la naturaleza.  Se trata, en definitiva, de no perderse en planteamientos empequeñecedores y desligados, sino de dar coherencia a toda la acción ecológica franciscana.

Precisamente porque la ecología es no solamente un comportamiento social, sino también una espiritualidad, el testimonio ecológico de san Francisco “requiere apertura hacia categorías que trascienden el lenguaje de las matemáticas y conectan con la esencia de lo humano”, dice LS’ 11. La trascendencia que demanda la espiritualidad ecológica es intrahistórica, no extrahistórica. Se logra ahondando en la realidad, sobrepasándola, situándola en la dimensión perdida de la profundidad.

Así es la ecología franciscana: algo que conecta con la esencia de lo humano, que no se queda en la mera superficie, que percibe el hondo beneficio que es para el todo de la persona y de la creación la incorporación hábitos ecológicos la vida. Son las verdaderas raíces de la espiritualidad ecológica.

La tendencia al dominio y a la explotación de la naturaleza ha desterrado el asombro, el brillo en la mirada, el estupor de quien descubre cada día el color de cada cosa. Por eso dice LS’ 11: “Si nos acercamos a la naturaleza y al ambiente sin esta apertura al estupor y a la maravilla, si ya no hablamos el lenguaje de la fraternidad y de la belleza en nuestra relación con el mundo, nuestras actitudes serán las del dominador…incapaz de poner un límite a sus intereses inmediatos”. El asombro es el lenguaje del respeto y del amor. Quien se asombra, no invade ni explota, sino que agradece.

La ecología franciscana es la ecología del asombro sencillo, renovado cada día, simple pero profundo, exultante pero sensato. Sin ese asombro nos deslizaríamos al abismo del dominio, al pozo negro de la explotación, a la mirada que calcula todo sin admirarse de nada.

El Papa Francisco concluye la remembranza de san Francisco con este profundo aserto: “El mundo es algo más que un problema a resolver, es un misterio gozoso que contemplamos con gozosa alabanza” (LS’ 12). Es un misterio en cuyo fondo late el corazón del mismo Dios.

Por eso mismo, la ecología franciscana es una ecología creyente, conectada a la experiencia de Dios. Para el franciscano una creación sin la amorosa presencia de Dios sería una ecología sin alma. No se trata de “bautizar” nada, sino de descubrir el hálito que sostiene la universos y que el creyente sabe que es el modo con que Dios se hace vivo en la vida del cosmos.

Se escucha, a veces, la voz de algunos franciscanos o franciscanas que demandan un mayor contenido espiritual en el tratamiento de la ecología. Pues bien, estas notas que nos ofrece el Papa Francisco pueden colmar esas lagunas. Se dibuja en ellas el camino espiritual que el franciscano ha de seguir hoy en materia de ecología para dar a la acción ecológica una profundidad que la haga hondamente humana y fuertemente espiritual. Tenemos la suerte de vivir en un hoy social luminoso y clarificador. Que los trabajos de ecología se vean envueltos y mezclados a esta espiritualidad.

 

5. Un lugar para los animales

 

A muchas personas les parece una desproporción extender el tema de la dignidad a los animales o a las otras creaturas, a la tierra en su conjunto. Hay que decir que la dignidad es diversa en sus formas, pero única en su esencia. Y por ello, los humanos tendrán unos derechos, los animales otros, los árboles otros, pero el denominador común es la dignidad. Y ello, simplemente, porque el espacio es común y eso genera unas relaciones de convivencia que no se pueden eludir.

Se impone, pues, un reparto de la dignidad que no se puede obviar y que tampoco puede hacerse por ley, aunque las leyes puedan construirse siempre con ese presupuesto. El reparto de la dignidad supone el control y el reparto del poder, porque la negación de la dignidad común brota del antropocentrismo desviado de una parte que ve como lógico imponer su ley al resto.

Esto lleva a revisar el antropocentrismo como poder de intervención en el mundo y a superar el paradigma moral del sufrimiento de los animales en una ética animal respetuosa y liberadora. Y lo mismo habría que decir de la instauración de una ética de liberación cósmica. Un intervencionismo que considere obvio el enriquecimiento de lo humano saltándose los derechos de animales y cosas es una parte del imaginario occidental que habría de ser superado. Un intervencionismo desde la dignidad abriría caminos de novedad en la relación cósmica con el consiguiente beneficio para todos los intervinientes.

En todo esto, la espiritualidad franciscana tiene una enorme posibilidad y la familia franciscana una responsabilidad. En el franciscanismo primitivo se produjo un acontecimiento histórico nuevo: la obligación de hacer entrar en un mundo común, es decir, en una comunidad moral, la vida de los animales no humanos y a la naturaleza toda. El siglo XIII, con este acontecimiento, supuso una ruptura histórica fundamental en la ética animal y de la naturaleza. Que tal intuición pueda ser recuperada hoy es tarea, en parte, de la espiritualidad franciscana.

 

6. Mirar con lágrimas las lágrimas de los pobres

 

            En las últimas semanas los pobres han vertido muchas lágrimas: terremoto de Marruecos, inundaciones de Libia, ahogados en el Mediterráneo y las guerras que no cesan. No os acostumbréis a ellas. Mirar llorando a los pobres que lloran. Si no, os olvidaréis de su dolor.

Dice el Eclesiastés 4,1: «Me puse a considerar la peor de las opresiones perpetradas bajo el sol: vi llorar a los pobres sin que nadie los consolase; la violencia de los opresores, sin que nadie les detuviese».

La peor de las opresiones es la violencia y el menosprecio con los pobres, la génesis inhumana de situaciones  establecidas de pobreza, la división del mundo entre los que cuentan y los que no cuentan. Es muy difícil entender que las pobrezas son el lado más inhumano de la historia cuando no se pertenece a ese mundo, cuando se está lejos de las garras que destrozan y de las hambres que devoran. Dos absolutos: Dios y el hambre, decía Casaldáliga. Ni siquiera el primero; sólo el segundo.

Las lágrimas de los pobres que nadie recoge, que no importan a nadie, que se pierden en el mayor de los olvidos. Dios las recoge (Sal 56,8). Hacer llorar a un pobre es una iniquidad. Esa opresión se “perpetra”, igual que un crimen. De alguna manera,  es preciso generar consuelo, interés, preocupación.

La violencia que nadie detiene. Pero, en realidad, hay muchos  que se oponen tenazmente a la violencia con riesgo de sus vidas (obispo Rolando Álvarez). Sin esa oposición, la violencia habría destruido ya la tierra. La violencia contra los pobres supera la impunidad en la resistencia de los pacíficos. El silencio en el que discurren las lágrimas de los empobrecidos, se hace, algunas veces, clamor elocuente.

 

            Todo esto os diría en la alegría de reunirme con vosotros. Pero con vosotros estoy en vuestro recuerdo vivo y gozoso. Sed menores, sed compañeros, sed hermanos. 

 

 

 

 

 

 

LEYENDO A TOMÁS DE CELANO

LEYENDO A

TOMÁS DE CELANO

(Material de reflexión para

Laicos y Capuchinos

2023-2025) 

 

 

Comenzamos nuestra reunión, como siempre, con la oración ante el Cristo de san Damián: “Oh alto y glorioso Dios…”

 

En abril de 2023, en la reunión general de Laicos y Capuchinos tenida en Zaragoza, y después de un debate, se decidió tener como base de reflexión de los grupos las biografías primitivas de san Francisco. Como primer paso se quedó en tomar inicialmente la obra de Tomás de Celano como representante mayor de las vidas de san Francisco. Creemos que así, tras haber estudiado los Escritos, podremos introducirnos en los valores de la vida del santo de Asís.

Tomás de Celano fue un franciscano contemporáneo de san Francisco. Era un hombre culto; escribe bien en latín. No figura entre los “compañeros” íntimos de Francisco. Desde 1224 hasta su muerte en 1260 se dedicó a escribir sobre Francisco: 36 años. Solo por eso le hemos de estar agradecidos. Hay quien dice que era moralista, conservador y hasta oportunista. Puede que sí. Pero amaba a Francisco y dedicó toda vida a proponerlo como camino a seguir.

Celano escribió cinco vidas de Francisco y una de Clara. Nosotros veremos en el Curso 2023-2024 la llamada 1 Celano (1 Cel); en 2024-2025 la 2 Celano (2 Cel) y en 2025-2026 La Leyenda de Clara (LCl).

 

Todos estos textos están en el libro: SAN FRANCISCO DE ASÍS, Escritos, Biografías, Documentos de la época, Editorial BAC, Madrid 2006. Se puede decir que este libro es “la Biblia del franciscano”. Habría que ir pensando en hacerse con él.

 

 

 

1 CELANO (1 Cel)

 

 

         1 Cel era una vida de Francisco escrita por orden del Papa Gregorio IX para la canonización de san Francisco. Es una vida que persigue motivar la devoción a san Francisco. Por eso elimina todo aquello que puede sonar mal y recalca cosas excesivamente piadosas. Pero, aun así, tiene un fondo interesante.

 

Para este primer año (2023-2024) nosotros vamos a ver la 1 Cel hasta el episodio de Greccio. La segunda parte de la vida de Francisco la veremos leyendo a 2

Cel desde Greccio hasta la muerte..

 

 

1. ¿Un retrato poco favorable? (1 Cel 2)

 

         Los hagiógrafos (escritores de vidas de santos) tienden a hacer un retrato favorable de la persona sobre la que escriben, aunque digan aspectos negativos. Por otra parte, es lógico si lo que pretenden es presentarlo como modelo de creyente.

 

 

El texto:

 

         Celano, ciertamente, es un conservador negativizador: todo está corrompido desde la infancia. Y Francisco hace parte de esa sociedad pecadora. Pero, a la postre, esboza un perfil de Francisco interesante. Vamos a subrayar solamente los aspectos más positivos:

 

«Estos son los tristes principios en los que se ejercitaba desde la infancia este hombre a quien hoy veneramos como santo -porque lo es-, y en los que continuó perdiendo y consumiendo miserablemente su vida hasta casi los veinticinco años de edad. Más aún, aventajando en vanidades a todos sus coetáneos, mostrábase como quien más que nadie incitaba al mal y destacaba en todo devaneo. Cautivaba la admiración de todos y se esforzaba en ser el primero en pompas de vanagloria, en los juegos, en los caprichos, en palabras jocosas y vanas, en las canciones y en los vestidos suaves y cómodos; y aunque era muy rico, no estaba tocado de avaricia, sino que era pródigo; no era ávido de acumular dinero, sino manirroto; negociante cauto, pero muy fácil dilapidador. Era, con todo, de trato muy humano, hábil y en extremo afable, bien que para desgracia suya. Porque eran muchos los que, sobre todo por esto, iban en pos de él obrando el mal e incitando a la corrupción; marchaba así, altivo y magnánimo en medio de esta cuadrilla de malvados, por las plazas de Babilonia, hasta que, fijando el Señor su mirada en él, alejó su cólera por el honor de su nombre y reprimió la boca de Francisco, depositando en ella su alabanza a fin de evitar su total perdición. Fue, pues, la mano del Señor la que se posó sobre él y la diestra del Altísimo la que lo transformó, para que, por su medio, los pecadores pudieran tener la confianza de rehacerse en gracia y sirviese para todos de ejemplo de conversión a Dios».

 

  • Cautivaba la admiración de todos: tenía algún tipo de atractivo que cautivaba: “¿Por qué a ti?” (Flor 10).
  • No estaba tocado de avaricia: como lo demostrará toda su vida (el sacerdote Silvestre, que era muy agarrado, se hará fraile al ver la generosidad de Francisco)
  • Era de trato muy humano: siempre le gustará la cortesía y las buenas maneras (quiso que un caballero cortés fuese fraile por lo bien que les había recibido).
  • En extremo afable: siempre dirá a los frailes que sus palabras sean amables y cariñosas.
  • Iban muchos en pos de él: si no, ¿cómo se explica el desarrollo tan grande y rápido de su Orden?
  • Dios fijó en él su mirada: la oferta del reino mira más a la dignidad y los valores que a los fallos (como ocurre en el caso de los discípulos de Jesús).
  • Ayudó a rehacerse en gracia: fue persona decisiva para muchos que se miraron en él (entre ellos, para nosotros).

 

Derivaciones:

 

  • Huir del negativismo: algo que, por contraste, nos enseña este número. A la base del negativismo está la falta de confianza. Esto se aplica a las personas concretas y a la misma sociedad. El negativismo es algo tóxico y contagioso, envenena el ambiente y no resuelve nada. Francisco de Asís le tenía miedo a esto y decía que las negativizaciones y caras tristes hay que guardarlas para un mismo y no hacerlas sufrir a los demás.
  • Valores y contravalores: las personas tenemos valores positivos y contravalores de carga negativa. Es preciso poner el acento en los valores, lo que nos ayudará a encajar mejor los inevitables contravalores. Toda persona puede aportar algo positivo al hecho humano. Con los años habríamos de ser más valoradores de la persona, menos criticones. Si no ves lo bueno de aquel con quien convives, es que no lo amas aún suficientemente.
  • Lenguaje positivo: una de las mejores formas de valorar al otro es emplear con él un lenguaje positivo, decirle, de vez en cuando, que hace bien las cosas, que te agrada lo que propone. Somos parcos en alabar lo bueno. Para nuestra correcta autoestima, todos estamos necesitados de palabras animosas que nos reconforten. Francisco emplea siempre este tipo de palabras, como lo vimos en las Admoniciones.
  • La necesaria generosidad: para valorar bien al otro es necesaria, entre otras cosas, la imprescindible generosidad, el hacer un poco de sitio al otro en el propio corazón, salir de la agobiante enfermedad del yo. La fraternidad, núcleo de la vida franciscana, demanda ser generoso con el hermano por encima de debilidades, como lo muestra la CtaM que vimos en su día.
  • Podemos ser creyentes con Francisco: él también ejerce sobre nosotros una atracción. Su vida y sus palabras nos atraen, a pesar de los muchos años de distancia que nos separan de él. Es que su vida entregada al evangelio es una luz para nosotros en medio de la niebla, como dice san Buenaventura.

 

Dos preguntas:

 

  1. 1.     ¿Te cuesta ver lo positivo de las personas? ¿Por qué?
  2. 2.     ¿Qué te atrae más de la figura de Francisco?

 

Para saber más:

 

Tomás de Celano, hijo de los condes de Marsi o de CelanoBerardo y Margarita Gualtieri, nació por el año 1190. Recibió una excelente formación humanista con el estudio de las letras clásicas, de la Escritura y de los Padres de la Iglesia. En 1215, sintiéndose llamado por el Señor, profesó en manos de Francisco la Regla de los Hermanos Menores, aprobada oralmente por Inocencio III seis años antes. Tomás fue uno de los 90 religiosos que se ofrecieron a fray Elías para ser enviado a  Alemania, y uno de los 25 elegidos para fundar dicha provincia, con Cesáreo de Spira al frente de ellos. Tomás regresó en 1226 a Asís, a la Porciúncula, donde fue testigo de la muerte de san Francisco, como él mismo afirma y como lo demuestra su forma de relatar los últimos días del "Poverello". Dos años después, será también testigo excepcional de la canonización de Francisco y de la fundación de una basílica en su honor, por obra de Gregorio IX (16-17 de julio de 1228). Hacia el año 1256, después de haber redactado la segunda Vida y el Tratado de los Milagros, a petición de las clarisas se trasladó a Val de Varri, en calidad de director espiritual, y allí permaneció hasta su muerte en el 1260. Su cuerpo reposa en una urna en la iglesia de San Francisco de Tagliacozzo.

 

 

2. Heridas que conlleva la opción (1 Cel 12)

 

         Puede pensarse que lo de darse a la vida evangélica no le costó gran cosa a Francisco. Todo lo contrario: tuvo que lidiar con uno de los mayores sufrimientos, el de la oposición de su propia familia (a Clara y sus hermanas les pasó lo mismo, o peor). Una herida que nunca se cerró del todo, como vimos en TC.

 

El texto:

 

«Extendiéndose durante largo tiempo este rumor y bullicio por las plazas y villas del poblado y corriendo de aquí para allá la voz de los que se burlaban de él, llegó esta fama a oídos de mucha gente y, por fin, a los de su propio padre. Al oír éste el nombre de su hijo, y como si tales injurias de los conciudadanos recayeran sobre él, se levantó en seguida, no para librarlo, más bien para hundirlo; y, sin guardar forma alguna, se lanza como el lobo sobre la oveja, y, mirándolo fieramente y con rostro amenazador, lo apresa entre sus manos, y, sin respeto ni decoro, lo mete en su propia casa.Sin entrañas de compasión, lo tuvo encerrado durante muchos días en un lugar tenebroso, pensando doblegar la voluntad de su hijo a su querer; primero, a base de razonamientos, y luego, con azotes y cadenas. Mas el joven salía de todo esto más decidido y con más vigor para realizar sus santos propósitos, y no perdió la paciencia ni por los reproches de palabra ni por las fatigas de la prisión. Que no es posible doblegar, por medio de azotes y cadenas, los rectos propósitos del alma y su actitud. Ni puede ser arrancado de la grey de Cristo quien tiene el deber de alegrarse en la tribulación. Ni tiembla ante el diluvio de muchas aguas (Sal 31,6) quien tiene por refugio en los contratiempos al Hijo de Dios; para que no nos parezca áspero lo nuestro, nos pone ante los ojos lo que Él padeció, inmensamente mayor».

 

  • Extendiéndose este rumor: el rumor era que se había vuelto loco y que vivía en una cueva. ¿Por qué se le insultaba si había sido rey de las juergas? Lo cambiable de la opinión de la gente.
  • Como si tales injurias recayeran sobre él: el padre cree que el honor de la familia está en cuestión (sociedades de honor). Y lo toma como ofensa personal. No busca el bien de su hijo, sino el suyo, su honorabilidad de la que depende, en parte, su negocio. Pero también hay que considerar el sufrimiento del padre. Las opciones tienen, a veces, inevitables daños colaterales.
  • Lo apresa…y lo mete en su propia casa: el poder el padre en la época era omnímodo dentro del ámbito familiar. La casa se convierte en prisión.
  • Lo tuvo encerrado en un lugar tenebroso: algún lugar sin luz, sin ventanas, quizá bajo las escaleras (eso sugiere la nota de la BAC recordando a san Alejo).
  • Francisco no perdió la paciencia: algo se había pacificado por dentro. Y, además, nunca jamás litigó contra su padre porque, por raros que fueran sus caminos, Francisco amaba a su padre. Se querían; por eso el sufrimiento al ver que esos caminos se separaban fue mayor.
  • No doblegó los rectos propósitos de su alma: la opción no estaba aún clara, pero era firme. Quizá no tenía claro qué quería ser, pero sí sabía lo que no quería ser (un comerciante como su padre).
  • Tiene por refugio los contratiempos de Jesús: quizá este recurso a la persona de Jesús sea hagiografía. Pero puede que lo de Jesús, que siempre fue central en la vida de Francisco, hubiera arraigado desde estas épocas primeras de su camino evangélico.

 

Derivaciones:

 

  • Una fe incomprendida: la fe, la espiritualidad, siempre tiene un punto de incomprensión social (y, a veces, familiar). No es raro, porque estamos hablando de asuntos “que no se tocan”, que se diluyen. Es preciso encajarlo bien, con cierta paz y hasta una pequeña dosis de buen humor.
  • Ser cristiano con ánimo positivo: la vida está amasada en dificultades. No hay quien se las ahorre. Es ahí donde hay que tratar de vivir la fe de manera positiva y sin estar instalados en la queja (“vietato lamentarsi”, dice que pone en la puerta del cuarto del Papa en santa Marta). La espiritualidad tendría que ser un punto de apoyo para sobrenadar las dificultades y orientarlas bien.
  • La espiritualidad es un bien social: sería bueno tener la conciencia de que la espiritualidad es un bien social: una sociedad con espiritualidad (la que sea) es una sociedad más rica y valiosa. Por eso mismo, las personas que aportan espiritualidad son benefactoras sociales (se sles reconozca o no).
  • El amparo de los grupos de fe: puede ser un amparo muy bueno para la “intemperie” de la laicidad, para el viento frío de una sociedad que no comprende ni, a veces, valora el hecho religioso. El grupo de fe (laicos y capuchinos podría ser uno de ellos) ayuda a tirar para adelante cuando el camino de la fe se nubla.
  • Recurrir a la oración…y a Jesús: porque puede parece que la oración no soluciona las cosas, pero ayuda mucho. Y luego, recurrir siempre a la persona de Jesús, al Evangelio, puede ser algo muy terapéutico y animador.

 

Dos preguntas:

 

  1. 1.     ¿Cómo ve la sociedad a los cristianos?
  2. 2.     ¿Qué apoyos tienes para seguir siendo cristiano/a?

 

Para saber más:

 

         Francisco nació cerca de la plaza del ayuntamiento de Asís y allí transcurrió su infancia y su adolescencia. Pedro Bernardone, su padre, poseía allí, probablemente, dos casas muy próximas entre sí. En el lugar de una de ellas fue construida la actual iglesia “Nueva”, sobre la otra, el Oratorio titulado “San Francisco Piccolino”. En esta segunda casa parece que nació san Francisco en 1181. Recuerda el hecho una inscripción latina: “En este oratorio, en un tiempo establo de un buey y un asno, nació Francisco, espejo del mundo”.

 

 

3. Lo que yo quería (1 Cel 22a)

 

         Este pasaje es decisivo. Leer 1 Cel y pasarlo por alto sería imposible. Es el comienzo de la luz, el germen de lo que será la vida de Francisco y de la vida franciscana. Aunque luego habrá que andar el camino, estamos en el núcleo.

 

El texto:

 

«Cierto día se leía en esta iglesia el evangelio que narra cómo el Señor había enviado a sus discípulos a predicar; presente allí el santo de Dios, no comprendió perfectamente las palabras evangélicas; terminada la misa, pidió humildemente al sacerdote que le explicase el evangelio. Como el sacerdote le fuese explicando todo ordenadamente, al oír Francisco que los discípulos de Cristo no debían poseer ni oro, ni plata, ni dinero; ni llevar para el camino alforja, ni bolsa, ni pan, ni bastón; ni tener calzado, ni dos túnicas, sino predicar el reino de Dios y la penitencia, al instante, saltando de gozo, lleno del Espíritu del Señor, exclamó: «Esto es lo que yo quiero, esto es lo que yo busco, esto es lo que en lo más íntimo del corazón anhelo poner en práctica».

 

  • El evangelio de la misión: el texto de Celano hace relación a las instrucciones que Jesús da a los discípulos para la misión (Mt 10,5-15 y par.). Francisco adaptará este texto a los hermanos suavizándolo (mira Rb 2).
  • Pidió humildemente al sacerdote: Francisco no se fía de que su manera de leer el evangelio sea correcta y pide al sacerdote (humildemente) una explicación. Siempre serán mediación de  fe para  él los sacerdotes rurales, muchas veces poco cultos. El humilde como buen lector del evangelio.
  • Ni oro ni plata: esa será la llave que le abra los tesoros del evangelio: la vida sencilla, la relación menor, el situarse en el lado no brillante de la sociedad. Esto será una orientación fundamental de su vida y una lucha que tendrá que batallar siempre.
  • El reino de Dios y la penitencia: era el camino común del tiempo para ser creyente: la penitencia. Con el tiempo, Francisco aprenderá que la llave es Jesús y la fraternidad. Él no es un ayunante, sino un creyente.
  • Esto es lo que yo busco: ha sido una dura búsqueda que nunca cesará en su vida. Francisco es un buscador incansable; nunca se queda quieto y satisfecho con lo logrado. Buscar es su manera de creer.
  • En lo íntimo del corazón: algo del interior de Francisco conectó con el evangelio y se vio reconfortado por dentro. Cuando el evangelio conecta con lo de dentro, vamos bien. Si solamente son ideas, no hemos llegado al final.

 

Derivaciones:

  • Cuando el evangelio deslumbra: si el evangelio suena siempre a cosa religiosa, no deslumbra ni cautiva. Si cuando se lee se enciende una pequeña luz dentro, buena señal. Si suena al rollo de siempre, la cosa de queda fuera.
  • Aprender la Palabra: estar dispuesto a que alguien (un libro, una persona, un grupo, una circunstancia) me la enseñe. No creer ingenuamente que porque nos sabemos las historias de la Biblia ya conocemos el mensaje. Siempre será necesario profundizar.
  • Vida simple: sigue siendo un cauce de entrada al secreto del evangelio. Si llevamos una vida complicada y enredada es difícil vislumbrar las propuestas que nos hace el evangelio.
  • Una búsqueda: la actitud de búsqueda es siempre necesaria para vivir desde la fe cristiano. Si ya no buscas nada, si te los sabes todo, si crees que nada te va a sorprender, ¿cómo entender el evangelio como buena nueva?
  • Cuando se empeña el corazón: la fe es en parte racional; pero es también impulso, corazón, deseo, anhelo. Si no hay fuego dentro, el corazón está apagado. Y en un corazón apagado, la fe no arde, no brilla.

 

Dos preguntas:

 

  1. 1.     ¿Alguna vez te ha maravillado el evangelio?
  2. 2.     ¿Cómo llevar hoy una vida simple?

 

Para saber más:

 

         TC recuerda que en esos meses de crisis, Francisco desaparecía de la ciudad. En las afueras había una docena de centros religiosos. A los prioratos urbanos de los monjes, a los canónigos de san Rufino, a la residencia episcopal y a las parroquias hay que agregar nueve monasterios más pequeños y tres grandes abadías benedictinas (San Pedro, Subasio, Santa María). No faltaban centros religiosos. Francisco busca luz en la explicación de un cura rural anónimo.

 

4. Crítico y alternativo (1 Cel 43)

 

         Celano se explaya en números y números cantando las glorias de los primeros franciscanos. Todos unos santos, según él. Pero queremos reflexionar sobre un número que muestra un cierto sentido crítico propio de modos sociales de una cierta alternatividad. Es una escena que se sitúa en la estancia de los frailes en la cabaña de Rivotorto.

 

El texto:

 

«Les enseñaba no tan sólo a mortificar los vicios y reprimir los estímulos de la carne, sino también los sentidos externos, por los cuales se introduce la muerte en el alma. Acaeció que por aquellos días y por aquellos lugares pasó el emperador Otón, con mucho séquito y gran pompa, a recibir la corona del imperio terreno; el santísimo Padre y sus compañeros estaban en la aludida choza, junto al camino por donde pasaba; ni salió él a verlo ni permitió que saliera sino aquel que valientemente le había de anunciar lo efímero de aquella gloria.El glorioso Santo preparaba en su interior una morada digna de Dios, viviendo dentro de sí y moviéndose en los amplios espacios de su corazón; el barullo exterior no era capaz de cautivar sus oídos, ni voz alguna podía hacerle abandonar ni siquiera interrumpir el gran negocio que traía entre manos. Estaba investido de la autoridad apostólica, y por eso se resistía en absoluto a adular a reyes y príncipes».

 

  • Los sentidos externos: quizá sea lo más fácil. Pero el sosiego exterior puede ayudar mucho. Y eso que estamos en época de mucho menos ruido que la nuestra. Pero había ruido.
  • Pasó el emperador Otón: es el emperador Otón IV, emperador del sacro imperio gérmánico (1198-1218). El personaje político más importante de la época. No deja de llamar la atención que se le desdeñe.
  • No salió a verlo: ni a verlo, no ya a vitorearle. Como si no le interesase. ¿Por qué era alemán? ¿Por qué le hacía sombra al papa? ¿Por desinterés?
  • No permitió que saliera nadie: aquí vemos una actitud política más militante. Por lo que sea pero se aplica a este personaje una censura deliberada. Quizá porque no gustaban a Francisco sus argucias políticas que, al parecer, eran notables.
  • El que le anunció lo efímero de aquella gloria: se ve que no hermano salió y le anunció lo efímero de aquella gloria. O sea, que le echó en cara su despotismo. Hace falta valor…
  • El barullo exterior: la comitiva se ve que armaba mucho alboroto. Francisco y los suyos se abstraen de ello.
  • Se resistía a adular a reyes y príncipes: comportándose con corrección, pero se ve que los tenía enfilados. ¿Por qué? Queremos pensar que era por asuntos de minoridad, más que por otra cosa.

 

Derivaciones:

 

  • Ir a la profundidad: no quedarse en la superficie, analizar un poco profundamente lo que nos pasa. Informarse todo lo que se pueda. No funcionar con criterios de radio macuto.
  • Visión positiva de la política: no recurrir al tópico negativo de “los políticos” (recordar el nº 205 de “La alegría del evangelio”).
  • Lejos de la adulación: si son de mi cuerda, los valoro. Si no lo son, no. Saber valorar lo positivo de las acciones de gobierno.
  • No funcionar por intereses: si el jerarca me favorece, lo apoyo. Si tiene una visión distinta y no me favorece, lo denigro.
  • Devolver al César: no estar siempre a la sombra de la derecha creyendo que me favorece más. A veces sí, a veces no. Hay que tener siempre un poco de sentido crítico.

 

Dos preguntas:

 

  1. 1.     ¿Nos falta sentido crítico?
  2. 2.     Postura franciscana ante la clase política

 

Para saber más:

 

         Rivotorto es una riachuelo que serpea a través de la llanura a los pies de Asís. En un cierto punto había un “tugurio abandonado de todos” que el tiempo ha borrado por completo Lo que hoy se muestra nada tiene que ver con aquello. Ya no existen ni el tugurio ni los bosques que cubrían aquella región agreste. Pero ha quedado en las fuentes el recuerdo de aquella etapa inicial tan decisiva para la fraternidad franciscana.

 

5. Viajes frustrados (1 Cel55-56)

 

         Aunque Francisco se tuvo siempre por un ciudadano de Asís muy pegado a la ciudad, también viajó mucho para aquella época en que prácticamente no se viajaba. Se puede decir que fue un hombre de caminos y, como vemos en Rb 3, legisló, en contra del sentir de la época, para cuando los hermanos van por el mundo. Algunos de sus viajes se frustraron, pero los relatos muestran a dónde se quería ir y qué se pretendía con tales viajes.

 

El texto:

 

«Inflamado en divino amor, el beatísimo padre Francisco pensaba siempre en acometer empresas mayores. Mantenía vivo el deseo de alcanzar la cima de la perfección, caminando con un corazón anchuroso por la vía de los mandamientos de Dios. El año sexto de su conversión, ardiendo en vehementes deseos de sagrado martirio, quiso pasar a Siria para predicar la fe cristiana y la penitencia a los sarracenos y demás infieles. Para conseguirlo se embarcó en una nave; pero, a causa de los vientos contrarios, se encontró, con los demás navegantes, en las costas de Eslavonia. Viéndose defraudado en tan vivo deseo, poco después rogó a unos marineros que se dirigían a Ancona lo admitiesen en su compañía, pues aquel año apenas había nave que zarpara para Siria. Mas como ellos se negasen rotundamente a tal petición dada la insuficiencia de víveres, el santo de Dios, confiando plenamente en la bondad del Señor, se metió a escondidas en la nave con su compañero. Se presentó entonces, por divina providencia, uno que, sin que nadie lo supiera, traía alimentos; llamó a un marinero temeroso de Dios y le dijo: «Toma todo esto y, cuando surja la necesidad, entrégalo fielmente a los pobres que están ocultos en la nave». Sucedió, pues, que se levantó de improviso una furiosa tempestad, y, habiéndose prolongado los días de navegación, los marineros consumieron los víveres, y no quedaron más alimentos que los que tenía el pobre Francisco. Estos, por gracia y virtud divina, se multiplicaron de tal forma, que, aunque se dilató la travesía, cubrieron con abundancia las necesidades de todos hasta que llegaron al puerto de Ancona. Viéndose los marineros a salvo de los peligros del mar gracias al siervo de Dios Francisco, lo agradecieron al omnipotente Dios, que siempre se muestra admirable y amable con sus siervos. El siervo del Dios excelso, Francisco, dejó el mar y se puso a recorrer la tierra y a trabajar con la reja de la palabra, sembrando la semilla de vida que da frutos de bendición. Al punto, muchísimos hombres buenos e idóneos, clérigos y laicos, huyendo del mundo y rompiendo virilmente con el diablo, por gracia y voluntad del Altísimo, le siguieron devotamente en su vida e ideales. Mas si bien el sarmiento evangélico producía abundancia de frutos sabrosísimos, no por esto se enfrió su excelente propósito y ardiente deseo del martirio. Poco después se dirigió hacia Marruecos a predicar el Evangelio al Miramamolín y sus correligionarios. Tal era la vehemencia del deseo que le movía, que a veces dejaba atrás a su compañero de viaje y no cejaba, ebrio de espíritu, hasta dar cumplimiento a su anhelo. Pero loado sea el buen Dios, que tuvo a bien, por su sola benignidad, acordarse de mí y de otros muchos: y es que, una vez que entró en España, se enfrentó con él, y, para evitar que continuara adelante, le mandó una enfermedad que le hizo retroceder en su camino».

 

  • Ardiendo en vehementes deseos de martirio: Francisco, no cabe duda, estaba contagiado de la mística martirial de la época que veía en los “sarracenos” el lugar máximo del testimonio cristiano. Pero da la impresión de que esa mística no es avasalladora ni despectiva: se quiere llevar a los sarracenos lo que se cree que lo mejor, pero sin avasallar, alejados de toda imposición violenta. Si esto trae consecuencias, se afrontan, incluida la muerte en caso extremo (Francisco no busca la muerte, sino la oferta de la fe).
  • Defraudado en tan vivo deseo: Francisco intenta el viaje a Siria pero los vientos le llevan a Dalmacia (a poco más de 150 km de Ancona, de donde partió). Se frustra el viaje. A Francisco le cuesta leer algo tan simple como que el martirio no es camino de nada (una relación humana que termina en muerte no puede ser camino evangélico).
  • Los pobres ocultos en la nave: se ilustra el viaje con una especie del multiplicación de panes que hace Francisco y su compañero que van de polizones. La pobreza oculta germina en el fruto del compartir.
  • Dejó el mar…y se puso con la reja de la palabra: admira la libertad de Francisco y sus hermanos: sin institución que atender, sin obligaciones religiosas, sin propiedades que cuidar y defender. Libres como el viento. Y si el mar los echa a tierra, se trabaja espiritualmente el nuevo terreno. La Palabra como herramienta de trabajo cristiano. Un “reja” que puede trabajar el corazón, la estructura de la persona.
  • Le siguieron en la vida e ideales: puede parecer pintoresco este modo de andar por la vida sin muchas ataduras. Pero algo tiene que atrae a “muchísimos” Fraternidad y vida simple, esa es la receta.
  • Se dirigió hacia Marruecos: no escarmienta Francisco (tenaz buscador y “cabezón”) y por tierra, por España, quiere ir a Marruecos para ver al “jefe”, a Miramamolín. Es la mística martirial y sus delirios. Tendrá que aprender que el franciscano apunta a lo bajo, no a lo alto.
  • En España se enfrentó con él: ¿quién se enfrentó con él? Entendemos que Dios mismo que le está llevando a caminos no-martiriales, fraternos. No quiere el Espíritu que continúe por ahí. Eso le hará “retroceder en su camino”, abandonar sendas que, por muy transitadas que sean, no son caminos de evangelio.

 

Derivaciones:

 

  • Creados para la buena relación: por eso decimos que todo lo martirial es un fracaso. Hemos sido creados “benditos” y para la buena relación, no para el pecado y la condena. La buena relación es la cosecha de la siembra de lo humano. Si la relación no es buena, la cosecha de lo humano se ha frustrado.
  • Deseos que hay que discernir: a veces uno tiene deseos espirituales interesantes. Hay que discernirlos bien para que no sean fantasías  inútiles. Hay que ver si se está dispuesto a hacer algo o, simplemente, es una ensoñación (algo que se desea pero por lo que no se mueve un dedo).
  • No ir de polizón por la vida: no estar siempre a rebufo de los demás, de lo que digan o propongan. Tener iniciativa para lanzarse a caminos más personales. Decidirse  a ser uno mismo como persona y como creyente. Liarse la manta y hacer lo que uno desea hacer.
  • Roturar la fe con la Palabra: no cansarse de volver siempre a ella (leer el libro del evangelio de cada día). Animarse a leer un comentario “serio” del evangelio. Creer que la escucha atenta de la Palabra puede ayudarme a vivir con más gozo.
  • Seguir a Jesús o seguir a Francisco: el texto trabajado dice que muchos siguieron a Francisco. ¿Seguían a Jesús? Suponemos que sí, en el estilo de Francisco. Releer textos franciscanos ha de llevarnos a mantener más viva que nunca la ilusión por Jesús. Son cosas perfectamente compatibles. Pero no olvidemos: nosotros seguimos a Jesús en el molde de Francisco.
  • Viajes cuestionados: a veces, y con buena voluntad, haceos viajes “religiosos” (a Asís, a Israel, etc.). Están bien Pueden ayudar. Pero no olvidemos: nuestros viaje es a la vivencia de una fe adulta y de un franciscanismo fraterno.

 

Dos preguntas:

 

  1. 1.     ¿Qué te sugiere el que haya cosas cuestionables en las vidas de los santos?
  2. 2.     ¿Qué piensas de los viajes por motivos religiosos?

 

Para saber más:

 

         Muhámmadan-Násir (m. 1213) fue el cuarto emir de la dinastía almohade. El emir era conocido con el sobrenombre de Miramamolín en tierras cristianas, deformación del título árabe Amir al-Mu'minin o Príncipe de los Creyentes. Nació en la primavera del 1181.Era alto, de barba bermeja entrecana, ojos garzos y tenía un defecto en la lengua que le hacía persona de pocas palabras. En general cabizbajo, era benévolo, poco sanguinario, descuidado en lo que no le suscitaba interés y avaricioso. Joven tímido y solitario, heredó de su padre un imperio que mostraba señales de inestabilidad. Volcó entonces su atención para lidiar con la nueva amenaza en al-Ándalus, debida a la cruzada proclamada por el papa Inocencio III. El 16 de julio de 1212 los cristianos infligieron una pesada derrota al ejército musulmán en la batalla de las Navas de Tolosa.

 

6. Extrañas predicaciones  (1 Cel 59)

 

         Son pasajes pintorescos de la vida de san Francisco, de “florecillas”. Pero encierran mucha “metralla”, mucha espiritualidad. Conviene echarles un vistazo.

 

El texto:

 

«Un día llegó a una aldea llamada Alviano a predicar la palabra de Dios; subiéndose a un lugar elevado para que todos le pudiesen ver, pidió que guardasen silencio. Estando todos callados y en actitud reverente, muchísimas golondrinas que hacían sus nidos en aquellos parajes chirriaban y alborotaban no poco. Y era tal el garlido de las aves, que el bienaventurado Francisco no lograba hacerse oír del pueblo; dirigióse a ellas y les dijo: «Hermanas mías golondrinas: ha llegado la hora de que hable yo; vosotras ya habéis hablado lo suficiente hasta ahora. Oíd la palabra de Dios y guardad silencio y estad quietecitas mientras predico la palabra de Dios». Y las golondrinas, ante el estupor y admiración de los asistentes, al momento enmudecieron y no se movieron de aquel lugar hasta que terminó la predicación. Contemplando semejante espectáculo, la gente, maravillada, se decía: «Verdaderamente este hombre es un santo y amigo del Altísimo». Y con toda devoción se apresuraban a tocarle siquiera el vestido, loando y bendiciendo al Señor.En verdad, cosa admirable: las mismas criaturas irracionales percibían el afecto y barruntaban el dulcísimo amor que sentía por ellas».

 

  • Muchísimas golondrinas…alborotaban no poco: simbolizan la dificultad para acoger el Mensaje. Es el ruido externo, mediático, aumentado por la moderna tecnología. El alboroto de las golondrinas es símbolo de todo ruido que aleja del Mensaje.
  • No lograba hacerse oír del pueblo: el pueblo sale perjudicado por el ruido. Si él no recibe el Mensaje. No se ha llegado adonde se quería.  El pueblo destinatario de la Palabra.
  • Hermanas mías golondrinas: cuando Francisco llama “hermanas” a las golondrinas, cree que hay una cierta hermandad con ellas. Es una visión distinta del hecho creacional, una mirada desde otra perspectiva. Hay quien lo logra.
  • Enmudecieron y no se movieron: es el gusto medieval por los milagros. Pero ¿quién puede afirmar que los animales no “entiendan”? Hay vías de conexión con las creaturas más allá del lenguaje lógico.
  • Amigo del Altísimo: ser amigo del Altísimo conlleva ser hermano de las creaturas: es el mismo Padre para todos. El argumento de Francisco es claro: si el Padre es el mismo, somos hermanos.
  • Afecto y amor por las criaturas: todos esto pasa de ser considerado lírica barata si media un respeto y afecto real por las creaturas, una verdadera “admiración” por lo que nos rodea. Si no, todo parece exagerado y sacado de contexto.

 

Derivaciones:

 

  • Seguimiento y creación: dice el papa Francisco que hoy no se puede ser seguidor/a de Jesús sin resolver positivamente la relación con la creación, algo que nunca se nos había dicho. O sea: es preciso incorporar el tema de la ecología a la espiritualidad del seguimiento.
  • Lenguaje creatural: algo a lo que no estamos habituados: vemos las cosas, las creaturas, como algo fuera de nosotros, como algo ajeno. ¿Cómo verlas como algo propio, algo de lo que también nosotros hacemos parte? Realmente hace falta otra mirada. Hablar de las creaturas como quien habla de nosotros.
  • Hermandades amplias: la moderna física nos ayuda: hacemos parte de amplias hermandades, de mundos que nos resultan inabarcables. Más allá de la evidencia de nuestra pequeñez cósmica, hacemos parte de entramados enormes (galaxias que expanden a un millón de km por hora, universos múltiples, etc.). Si san Francisco hubiera conocido todo esto…
  • Creación acompañada: Francisco cree que la creación y Dios están profundamente conectados. La creación no puede ser una inmensa soledad, un insondable silencio (dicen que el universo es silencio). Para el franciscano la soledad honda se ve mitigada por la certeza de que el Padre acompaña cada uno de nuestros pasos en la vida.
  • Una suerte: así habríamos de llegar a entender la vida sobre la tierra, como una suerte de poder participar en este formidable proceso de la creación, aunque sea con algo tan efímero como nuestra vida histórica.

 

Dos preguntas:

 

  1. 1.     ¿Te parece que vale para algo tener otra mirada sobre la creación?
  2. 2.     ¿Cuándo has tocado tierra por última vez con tus manos?

 

Para saber más:

 

San Francisco vio en el pájaro el símbolo de elevación y espiritualidad. Distinguió a las alondras por su sublimación, elevación y plumaje en las que simbolizó la imagen ideal de lo que debía ser el fraile menor. La alondra común es un ave caracterizada por un tono marrón pardo general, salvo en el vientre, que es blanco; una banda blanquecina junto al borde externos de las alas; dos manchas negruzcas en la cola; y una cresta en la cabeza. Se distribuye por Europa (menos en Islandia), Asia y por las montañas del norte de África; las poblaciones orientales son más migratorias, moviéndose más al sur en invierno; cría en herbazales abiertos, en zonas agrarias, campos de cereales y pastos. En España habita de forma continua en la mitad norte de la península. Su voz es chirriante, con un reclamo agudo, corto, melódico. Maniobra en el aire con soltura, puede mantenerse quieta en el aire y ascender y descender con velocidad.

 

        

7. Orante declarado (1 Cel 71b)

 

Es interesante acercarse a esa manera de ser de Francisco: le gustaba rezar. Había en él una tendencia a lo contemplativo. Era la atracción del misterio.

 

El texto:

 

«Por esto escogía frecuentemente lugares solitarios (13), para dirigir su alma totalmente a Dios; sin embargo, no eludía perezosamente intervenir, cuando lo creía conveniente, en los asuntos del prójimo y dedicarse de buen grado a su salvación. Su puerto segurísimo era la oración; pero no una oración fugaz, ni vacía, ni presuntuosa, sino una oración prolongada, colmada de devoción y tranquilidad en la humildad. Podía comenzarla al anochecer y con dificultad la habría terminado a la mañana; fuese de camino o estuviese quieto, comiendo o bebiendo, siempre estaba entregado a la oración. Acostumbraba salir de noche a solas para orar en iglesias abandonadas y aisladas; bajo la divina gracia, superó en ellas muchos temores y angustias de espíritu».

 

  • Lugares solitarios: Greccio, Le Celle de Cortona, Le Carceri, el Alvernia, etc., jalonan los itinerarios del Francisco orante. Más de la mitad de su vida evangélica la pasó en esos lugares. Le atraía el tema. No le tenía miedo a la soledad.
  • Intervenir en los asuntos del prójimo: es interesante que se diga que la oración no le apartaba del camino cotidiano de la vida. Era un orante, pero no un enajenado de la realidad.
  • Puerto segurísimo: la oración se le convirtió en “puerto” donde se recompone la nave averiada, las velas rotas y se encuentran nuevos ánimos para seguir adelante. Resistencia y resiliencia.
  • Oración prolongada: a veces le decían que era demasiado prolongada y él argumentaba que los alimentos se toman despacio para puedan aprovechar.
  • Entregado a la oración: no solo rezaba, sino que se entregaba a esa actividad de fe. Entraba en el secreto del asunto, no se queda solamente en aspectos externos. Ahondaba.
  • En iglesias abandonadas: lugares donde se adensa el silencio externo para ver de lograr silencio por dentro, algo más difícil. Lugares donde lo sagrado ya no está y se descubre eso sagrado en el buceo interior, en el recuerdo vivo de Jesús.
  • Superó temores y angustias: porque han abundado esos temores en la vida de Francisco. Los pasó por el tamiz de la oración. Unas veces se aclararon, otras no tanto. Pero seguramente que la oración fue instancia de luz en sus oscuridades.

 

Derivaciones:

 

  • Rezar u orar: no es exactamente lo mismo, aunque tengan que ver. Una cosa es rezar (actividad religiosa) y otra orar (actividad de fe). En aquella el centro es el orante, en esta el centro es Dios. En aquella se repiten plegarias, en esta se confronta la vida con el evangelio.
  • Esporádicamente o con cierta continuidad: todos rezamos de vez en cuando. Lo interesante sería darle a eso una cierta continuidad: dedicar un espacio concreto al día a rezar un poco (antes de dormir, por ejemplo) o algún día a la semana (rezar el domingo antes de misa leyendo y meditando el evangelio, por ejemplo).
  • Un plan: no a lo que salga, sino con un plan. Por ejemplo: rezar todos domingos un rato leyendo el texto del evangelio que corresponde. Otro ejemplo: orar algunos días con la app que se llama “Rezando voy”.
  • Lugares adecuados: puede ser una iglesia tranquila, una capilla silenciosa. O puede ser también un “rincón orante” en tu casa, con la Biblia, una vela, un algo que te lleve a Jesús. No es que estas cosas sean imprescindibles, pero ayudan mucho.
  • Algo saludable: el mejor fruto de la oración es que hace más feliz nuestra vida, que nos ayuda a disfrutar de lo que tenemos cada día, que nos ayuda a “respirar” mejor.

 

Dos preguntas:

 

  1. 1.     ¿Cómo es tu oración?
  2. 2.     ¿Cómo ayudarnos en este tema de la oración?

 

Para saber más:

 

         Tomás de Celano describe con una imagen sugestiva, la oración de San Francisco: “No era tanto un hombre orante, sino más bien él mismo transformado en oración” (2Cel 95 - FF 692). ¿Qué nos dice a nosotros esta imagen? ¿Es algo que pertenece a una historia edificante de un santo o es capaz de suscitar en nosotros el deseo de vivir una relación profunda y filial con el Dios vivo y verdadero? Comparto con vosotros una simple afirmación, pero al mismo tiempo profunda, de un santo monje del Monte Athos: “¡La oración le es dada a quien ora!”. Quien reza con humildad y fidelidad se da cuenta de que “es estar a solas con Él”, no es más una búsqueda fundada en el propio esfuerzo, sino que es el buen alimento de la propia cotidianeidad. La oración será esa respiración de la que hablan nuestras Constituciones al inicio del tercer Capítulo: “La oración a Dios, como respiración de amor, comienza con la moción del Espíritu Santo por la que el hombre se pone interiormente a la escucha de la voz de Dios que habla al corazón” (45,1). Esta respiración del amor, se hace cada vez más pura y auténtica si se sostiene por la fidelidad cotidiana. Recuerdo haber leído un libro de un joven rabino, el cual contaba que todos los días estaba una hora en silencio delante de Dios. Con el tiempo se dio cuenta de que no podía dejarlo, el silencio orante no era más un esfuerzo sino un momento esperado (Mauro Jörhi).

 

 

8. Que los pobres no sean despreciados (1 Cel 76c)

 

         San Francisco no es un enamorado de la pobreza líricamente. Para él la pobreza es el rostro de los pobres. A su manera los frecuentó y los defendió hasta de los mismos frailes.

 

El texto:

 

«No podía sufrir que algún pobre fuese despreciado, ni tampoco oír palabras de maldición contra las criaturas. Ocurrió en cierta ocasión que un hermano ofendió a un pobre que pedía limosna, diciéndole estas palabras injuriosas: «¡Ojo, que no seas un rico y te hagas pasar por pobre!» Habiéndolo oído el padre de los pobres, San Francisco, se dolió profundamente, y reprendió con severidad al hermano que así había hablado, y le mandó que se desnudase delante del pobre y, besándole los pies, le pidiera perdón. Pues solía decir: «Quien dice mal de un pobre, ofende a Cristo, de quien lleva la enseña de nobleza y que se hizo pobre por nosotros en este mundo».

 

  • Que ningún pobre fuese despreciado: el menosprecio de los pobres en aquella sociedad sin clases medias era más evidente y más injusto aún. Francisco es pobre siendo solidario con las pobrezas (eso quieren mostrar los tratados de milagros que escribió profusamente Celano como complemento de sus biografías).
  • Ofendió a un pobre con palabras injuriosas: los pobres, en su humildad forzada (como dice san Vicente de Paúl), tienen que apechugar con los discursos hirientes que, a veces, les dirigimos. Para Francisco la cosa es clara: si se ofende al pobre, se ofende a Jesucristo.
  • Que se desnudase...que le besara los pies…que le pidiera perdón: pedir perdón a los pobres (recibir su “bautismo”) es quizá el primer paso para empatizar con su dura situación (como lo hizo el papa Francisco cuando visión a los rohinyas en Bangladesh).
  • Ofende a Cristo: las peores ofensas a Cristo no son las religiosas, sino las sociales. Los pobres son el único absoluto. Ofenderles es lo que el evangelio llama la blasfemia contra el espíritu santo (Mt 12,22-37).
  • Cargaba sobre sus hombros: no solo se trata de empatizar anímicamente, sino de echar una mano para reorientar las pobrezas. Hablar de los pobres sin colaborar algo a la erradicación de la pobreza es planta sin raíz.

 

Derivaciones:

 

  • Discernimiento sin desprecio: no se trata de dar la razón a los pobres sin más, sino de discernir sin menosprecio, sin superioridad. Hay que resistir a su “acoso” pero no hay que desentenderse, sino ser eficaz siendo lo más humano posible.
  • Cómo se habla de los pobres: hablar es una cosa y hacer otra. Pero tienen relación. Habrá que cuidar mucho lo que se dice de los pobres: que sea verdadero, que no se exagere, que no haya prejuicios, que los veamos como humanos, como parte de la misma familia, con dignidad.
  • El perdón de los pobres: ya lo hemos dicho, quizá haya que comenzar por ahí. Toda relación con ellos debe comenzar por cómo nos gustaría que nos trataran si estuviéramos en la misma situación. ¿Nos agradaría que nos pidieran perdón?
  • Cristo en ellos: sin espiritualismos pero con verdad evangélica: los pobres han de tener un sitio en la vida cristiana y social no porque sean mejores, sino por su situación de necesidad.
  • Echar una mano: al fin la cosa cobra realismo no tanto en lo que se piensa y se dice, sino en lo que se hace, por poco que sea. Hay que pasar de una actitud limosnaria a otra solidaria.

 

Dos preguntas:

 

  1. 1.     ¿Cómo te sitúas ante las pobrezas?
  2. 2.     ¿Observas algún cambio en el trato con los frágiles sociales?

 

Para saber más:

 

         Se ve que el mero contacto con los pobres no es suficiente; es preciso entroncar eso con el evangelio. Flor 1 y Jordán de Giano 13 nos hablan de un hermano llamado Juan de Campelo que dio en la excentricidad de fundar una orden mixta de leprosos y leprosas. Flor 1 dice que abandonó la Orden y, como Judas, terminó ahorcado (?). Posible exageración…

 

 

9. Un extraño belén (1 Cel 85)

 

         Es algo muy celebrado en la vida popular de Francisco: se le cree fundador de los belenes. El suceso ocurrió en 1223. Estamos en su octavo centenario. Quizá sea un momento para replantear de nuevo el tema central de la encarnación de Jesús.

 

 

El texto:

 

«Llegó el día, día de alegría, de exultación. Se citó a hermanos de muchos lugares; hombres y mujeres de la comarca, rebosando de gozo, prepararon, según sus posibilidades, cirios y teas para iluminar aquella noche que, con su estrella centelleante, iluminó todos los días y años. Llegó, en fin, el santo de Dios y, viendo que todas las cosas estaban dispuestas, las contempló y se alegró. Se prepara el pesebre, se trae el heno y se colocan el buey y el asno. Allí la simplicidad recibe honor, la pobreza es ensalzada, se valora la humildad, y Greccio se convierte en una nueva Belén. La noche resplandece como el día, noche placentera para los hombres y para los animales. Llega la gente, y, ante el nuevo misterio, saborean nuevos gozos. La selva resuena de voces y las rocas responden a los himnos de júbilo. Cantan los hermanos las alabanzas del Señor y toda la noche transcurre entre cantos de alegría. El santo de Dios está de pie ante el pesebre, desbordándose en suspiros, traspasado de piedad, derretido en inefable gozo. Se celebra el rito solemne de la misa sobre el pesebre y el sacerdote goza de singular consolación».

 

  • Hermanos…hombres y mujeres: la celebración se hace fuera del convento, en un lugar ajeno a los hermanos, aunque asisten. Ese visibiliza el problema final con la fraternidad.
  • Para iluminar la noche: es época de noches oscuras (leemos desde contextos sociales distintos). Hacer luz en la noche física y la espiritual: Francisco no está en el mejor momento de su vida.
  • Pesebre, buey y asno: dicen que Francisco es el fundador de los belenes. Pero aquí no es el belén tradicional. No está María ni José. Francisco reproduce una antífona que se cantaba en la liturgia: “¡Oh gran misterio y admirable sacramento! Unos animales miraban al Señor puesto en el pesebre”. El “no hay quien lo entienda” de la encarnación.
  • La pobreza es ensalzada: para Francisco la Navidad es un misterio de alegría pero, antes que nada, un misterio de pobreza: el pobre nacimiento de un humano en toda su fragilidad, un niño que llora sin que sepamos por qué (así lo pinta el primer film de Cavani).
  • Las rocas responden: Dice Benedetti que el silencio de las rocas es su manera de decirnos que están vivas. El anhelo de siempre de Francisco de que la naturaleza participe de la alegría de la creación y aun de la Navidad.
  • Entre cantos de alegría: por encima de todo termina prevaleciendo la alegría. Una alegría que es conjugable con las lágrimas y la pobreza (“Vuestra alegría no os la quitará nadie”, dice Jn 16,23).
  • La misa sobre el pesebre: extraño altar para una peculiar celebración. Encarnación y eucaristía se unen: en la eucaristía descubrimos a diario la certeza de fe del Dios encarnado en la historia.

 

Derivaciones:

 

  • Escenario infrecuente: a veces habría que celebrar la fe en marcos no religiosos (en el campo, en las casas, etc.) para indicar que fe y vida van mezcladas. Como ocurre en Greccio.
  • Las pobrezas siempre ahí: no hay manera de desprenderse de ellas. Y ello por una razón sencilla: ocupan el centro del reino y el del corazón del mismo Jesús. Mientras históricamente estén ahí, han de tener su sitio en la celebración.
  • Encarnación áspera: misterio abrupto, le llamaba Rahner. Nosotros la hemos “dulcificado”, domesticado. Pero tiene algo de duro: ¿cómo es posible que Dios se mezcle a la historia, a su creación? La respuesta tiene que ser evidente: sólo por amor.
  • Gozos hondos: los que se captan si se aparta uno un poco de la corriente general para que ésta no nos engulla. Hace falta un poco de perspectiva, de distancia, de silencio.
  • Más allá de los belenes: que son cosas simpáticas, pero con frecuencia anecdóticas. Husmear lo que hay dentro; contemplar lo incomprensible de un Dios que comparte tus camino, que “duerme en tu colchón” (“Dos que duermen en el mismo colchón se hacen de la misma condición”, dice el refrán: Dios duerme en nuestro colchón, algo de eso es la encarnación).

 

Dos preguntas:

 

  1. 1.     ¿Por qué a unos gusta y a otros disgusta la Navidad?
  2. 2.     ¿Cómo explicar de modo sensato la encarnación?

 

Para saber más

 

         Quiera el Señor que el octavo centenario de la celebración del misterio de la Encarnación en Greccio, con la ayuda del Espíritu Santo, permita que la realidad filial de Jesús se encarne en cada uno de nosotros y en todas nuestras fraternidades, para que finalmente engendremos y demos a luz al hijo de Dios que cada uno de nosotros somos (Roberto Genuin).

 

 

10. El hombre y su enfermedad (1 Cel 98b)

 

         Raramente se habla de Francisco enfermo, como si los santos no enfermasen. Francisco murió a los 44 años, aquejado de varias dolencias.

 

El texto:

 

«Los hermanos le aconsejaban frecuentemente e insistentemente le rogaban que tratara de restablecer, con la ayuda de los médicos, su cuerpo, enfermo y debilitado en extremo. Él, empero, hombre de noble espíritu, dirigido siempre al cielo, que no ansiaba otra cosa que morir y estar con Cristo (Flp 1,23), se negaba en redondo a tal plan. Y como no había cumplido en su carne lo que faltaba a la pasión de Cristo, aunque llevase en su cuerpo las llagas, le acometió una gravísima enfermedad de ojos al tiempo que Dios multiplicaba sobre él su misericordia. El mal iba creciendo de día en día y, al parecer, la falta de cuidado lo agravaba. Por fin, el hermano Elías, a quien había escogido para sí como madre, y para los demás hermanos como padre, le indujo a que no rechazara la medicina, sino que la aceptara en el nombre del Hijo de Dios, por quien fue creada, según está escrito: El Altísimo creó en la tierra la medicina, y el varón prudente no la desechará. El santo Padre asintió amablemente, y con toda humildad se sometió a quien se lo aconsejaba».

 

  • La ayuda de los médicos: es necesaria, aunque limitada por su saber. Se puede pensar cómo estaría la medicina en  la edad media y no sabemos por qué conducto llegaba hasta los frailes. Quizá en esa época en que eran numerosos había algún hermano médico.
  • Se negaba en redondo: por pobreza o por manera de ser. Francisco es uno que se queja poco. Tal vez no le viera mucho sentido cuando su cuerpo se desmoronaba por muchas grietas, además de la vista (alguna dolencia digestiva fuerte, etc.). Aunque, en realidad, su mayor “enfermedad” fue la desnutrición, como la de todos los pobres de la época.
  • La gravísima enfermedad de los ojos: como diremos luego, quizá un tracoma. Lo cierto es que Francisco murió prácticamente ciego. Los remedios que le aplicaron (según 2Cel 66 la cauterización del nervio óptico) fueron peor que la enfermedad.
  • Elías…como madre: sobre Elías caerá una maldición franciscana (porque  esquilmó a los conventos para construir el sacro convento de Asís) pero era muy apreciado por Francisco y por Clara (2CtaCla 15).
  • Según está escrito: como en muchas situaciones de la vida de Francisco, la Palabra es instrumento de discernimiento. Por ella se anima, se decide y cambia de parecer.
  • Con toda humildad: sin hacer aspavientos de deja tratar por el médico, sin dar lecciones a nadie, sin sermones de ninguna clase.

 

Derivaciones:

 

  • Nos dan la salud: en la medida que saben son los médicos quienes nos dan la salud. No la da Dios, sino ellos (o si se quiere: Dios a través de ellos). Habría de ser respetados. Ni “adorados”. Ni mal considerados. Hermanos necesarios.
  • Hemos de colaborar: hay que colaborar con sus indicaciones, con sus diagnósticos, con sus tratamientos. Hemos de colaborar con nuestro comportamiento fiscal, para que mejore la sanidad pública.
  • Cuidarnos en la fragilidad: es el gran trabajo de las sociedades que se entienden como familia. No podemos desentendernos de nadie. No puede haber descartados. Cuidar es una actitud profundamente evangélica.
  • La Palabra y su consuelo: puede ser realmente un consuelo en la enfermedad (por ejemplo, los Salmos). La Palabra está hecha para animar y consolar.
  • Humildes ante la enfermedad: sabiéndonos en la cuerda floja, pero también afortunados por poder asistir cada día a este milagro que es vivir.

 

Dos preguntas:

 

  1. 1.     ¿Vamos adquiriendo mentalidad de “cuidadores”?
  2. 2.     ¿Somos equilibrados en nuestras dolencias?

 

 

 

 

Para saber más:

 

         «No encontramos en los escritos biográficos informaciones científicas que expliquen el origen y la naturaleza de esta enfermedad de los ojos. Algunos profesionales médicos han tratado de realizar un diagnóstico de la enfermedad, tal como nos informa O.Schmucki . Th Cotelle indica las áreas dañadas por la enfermedad: párpados, conductos lacrimales, conjuntiva ocular y palpebral y la córnea, sin atreverse a determinar la etiología de estas alteraciones. O. Parisotti piensa en un glaucoma inflamatorio agudo. J. Strebel habla de una iritis con dolores neurálgicos sobre la base de una tuberculosis general y unas cataratas. G. Lobato, Talbot y C. Andresen son los primeros que hablan del “mal egipcio”, es decir, una conjuntivitis tracomatosa. En la actualidad el tracoma es considerado como una de las enfermedades oculares más importantes que azota a la población mundial. Más de 84 millones de personas la están padeciendo y la OMS afirma que esta enfermedad es la principal causa de la ceguera en el mundo. Sus orígenes están señalados en el Antiguo Egipto, donde adquirió una relevancia muy grande, hasta el punto que  ha recibido el triste sobrenombre de Oftalmía egipcia» (M. Amunárriz).

 

CAMINAR COMO AQUEL CAMINÓ

 “CAMINAR COMO AQUEL CAMINÓ” (1 Jn 2,6b) 

Notas para una semana de reflexión

 

         La edad nos va enseñando que la tarea de los humanos es caminar, crecer, acumular experiencias, sumar ocasiones de amor. La misma es la tarea de la fe. Por eso, quien quiera vivirla ha de caminar siempre, estar dispuesto al cambio, al enriquecimiento, a sumar vivencias.

         Esta tarea habrá que hacerla mirando siempre al que es  modelo de caminante en la fe: Jesús de Nazaret. Por eso tomamos como lema de estas jornadas: “Quien quiera permanecer en él tiene que caminar como aquel caminó” (1 Jn 2,6b). Es, y no otra, es nuestra intención.

         Sin renunciar a un cierto nivel formativo, queremos hacer este trabajo de manera vivencial, como quien se sitúa bajo la mirada de Jesús. No queremos ni creemos en un cristianismo sin alma. Por eso, a través de nuestra reflexión, nunca perderos de vista la mirada de Jesús.

         Hacer esta clase de trabajos de fe en grupo, en comunidad es tener garantizado el éxito de los mismos porque la se vive y se engendra en la comunidad. En eso creemos.

 

1

HERRAMIENTAS DE TRABAJO

 

  1. 1.    Una lectura social del Nuevo Testamento, Ed. Verbo Divino, Estella 2019.

 

Una lectura social es aquella que mira a la realidad y desde la realidad con el texto bíblico en la mano. Más que de un método se trata de una sensibilidad que intuye que la mezcla de la Palabra ahondada con la realidad social discernida puede ser altamente provechosa. Es cuestión, así mismo, del logro de una perspectiva que conecte con facilidad el imaginario del texto leído con el del mundo que vive el agente lector; sin esta conexión, el texto arriesga la infecundidad. Es, en fin, un anhelo, aquel que pretende hacer que el texto llegue a lo más profundo de la intimidad personal y ese pueda ser el cauce para una vivencia recreada del Mensaje.

         ¿Cuáles serían los contenidos de una lectura social del NT? Dado que, como hemos dicho, se trata, ante todo, de una sensibilidad y una perspectiva, a una lectura social le antecede cualquier método de análisis textual, siempre que éste sea compatible con los postulados y las exigencias de una conexión viva con la realidad de hoy. Se trata de hacer una obra de doble ahondamiento tanto en el texto como en el ámbito y porqué del hecho social. Incluso este trabajo ha de manejar como uno de sus presupuestos globales que el texto bíblico, sobre todo el del NT, no es tanto un texto orientado a creyentes sino a cualquiera que conecte con la oferta de Jesús. Más aún, como lo muestra la dinámica de la primitiva misión cristiana en la narración de la obra de Lucas, el objetivo del Evangelio es, de algún modo, el paganismo a quien va dirigida la oferta. Pero también este trabajo tiene su utilidad para los creyentes, ya que siempre habrá que hacer un esfuerzo integrador de lo cristiano en la vida para que el trabajo de la fe no termine siendo una superestructura.

 

  1. 2.    Aún es tiempo. En búsqueda de caminos nuevos para la fe, Ed. Feadulta, Madrid

 

La fe necesita ser pensada si se la quiere viva. La fe languidece cuando se esclerotiza su pensamiento, cuando se menosprecia lo pensado y al pensante. Podría argumentarse, nada más iniciar este camino, que los evangelios no son un libro de pensamiento, un tratado de filosofía, sino una sencilla propuesta de vida. Y eso es cierto. Pero tal propuesta, por sencilla que se la conciba, está anclada en un sólido pensamiento espiritual. Se arguye diciendo: “el evangelio es para sencillos; los biblistas y teólogos lo complican”. Puede que sea esto cierto en parte. Pero quizá haya que decir que el evangelio es para personas que piensan, que profundizan, que ahondan. La superficialidad, el mayor enemigo de la vida, es también el mayor enemigo de la fe. Quien no  sabe de la profundidad, no puede saber de Dios.

         Para pensar la fe de una manera viva es preciso sacudirse el peso del no-pensamiento, esa manera frecuente de los creyentes, incluso entre los cultos, que no incluyen entre sus trabajos de fe el de  pensar lo que se cree. Se vive la fe con buena intención, pero sin necesidad de ser pensada. El empobrecimiento que de aquí se deriva es incalculable y también incalculado, por lo que es más peligroso. ¿Cómo sacudirse de encima el hábito de no pensar la fe? ¿Cómo escapar a la pereza de no pensar, aunque esta conlleve una malcreencia evidente: se predican, se escriben, se dicen, se rezan cosas en las que en el fuero interno no se cree? ¿Cómo desbloquear la idea de que pensar la fe lleva al ateísmo y no a una experiencia creyente más acendrada?

         No es fácil explicarlo, pero el pensamiento más que doctrina ha de generar horizonte. Una doctrina sin horizonte termina convirtiéndose en un código normativo que tiene el peligro de ser algo sin alma. El horizonte es lo que crea respiro, luz, ánimo para el diario caminar. No es una quimera tras la que se corre al abismo, sino una luz que alumbra las zonas oscuras y un brazo que sostiene en los titubeos. Se trata de inventar mares y lejanías que no maten los sueños y posibiliten las utopías. Si el pensamiento carece de esta mística, terminará, como decimos, por volver a la trillada senda de las normas, al cansino repetir lo sabido y, peor todavía, a hacer de ello norma principal de comportamiento. Por eso, este libro pretende ser algo que sugiera, no tanto algo que sostenga la normativa que ya poseemos.

 

 

 

  1. 3.    Crees como hablas. En busca de un lenguaje nuevo para la fe cristiana (sin publicar).

 

Una de las dificultades mayores para hablar de espiritualidad es irse desligando del discurso religioso. Ese discurso es una realidad tan compacta, tan invasiva, que genera en nosotros la certeza de que, para hablar de asuntos espirituales, es preciso emplear necesariamente un discurso así, que no hay otro camino que el lenguaje oficializado. Es la pretensión de querer controlar la ideología controlando el lenguaje. No resulta fácil transitar por caminos nuevos. Pero quizá todo comienza por pensar que es posible otros modos expresivos. No se trata de condenar esos lenguajes, sino de percibir que nos han llevado a la irrelevancia por su desconexión social. Tiene que haber otros caminos para la expresión de la fe.

         Tal vez el peligro está en cerrarse al lenguaje secular, creer que no es posible mezclarlo al lenguaje de la espiritualidad. Puede que mantenerse dentro de los parámetros del lenguaje secular y hablar desde ahí insufle al lenguaje espiritual un aire fresco que lo haga más audible para la persona de hoy. ¿Cómo articular discursos para una era posindustrial, para la época del metaverso? ¿Cómo creer que el lenguaje laico es útil para la expresión espiritual y no es necesario crear códigos lingüísticos específicos para hablar de Dios?

         Una de las  dificultades que derivan en un lenguaje oficialista es el empobrecimiento lector de muchos cristianos. Se lee poco, incluso si se es trabajador de la enseñanza o párroco o profesor de teología. Se lee poco ensayo, poca novela, casi nada poesía. Pensar en un lenguaje nuevo sin el bagaje de un lenguaje literario elaborado es muy difícil. Muchos creen que la lectura es tiempo perdido y no la echan en falta. Cuando elaboran el discurso de la espiritualidad, al no tener armas expresivas, terminan en el espacio literario de siempre, cansino, alejado, desconectado. ¿Cuántos nombres de escritores, de poetas, podría citar de memoria un pastoralista? ¿Qué uso se hace en pastoral de los textos de los grandes cantantes de hoy, texto que escuchan y cantan miles de jóvenes?

         Otra dificultad, sutil pero muy real, es calibrar qué contienen realmente las muchas expresiones del lenguaje teológico que se dan por admitidas sin más.  ¿Qué hay detrás de expresiones como que la autoridad en la comunidad cristiana es «el servicio mismo ejecutado por obra del Espíritu» (H. Küng)? ¿Qué arraigo teológico contienen estas frases? ¿Cómo evitar caer en el “manicomio de la teología”, en expresión de Feuerbach? El lenguaje tiene un papel preponderante en ello. Si pierde el arraigo antropológico se desliza por la pendiente del desvarío.

         Como ya hemos insinuado, el casi total alejamiento de la razón poética puede ser una causa de empobrecimiento lingüístico. Pervive en el imaginario la idea de que la poesía es un divertimento para desocupados. Pero, como dice J. M. Esquirol, «Poeta es quien sabe curvar la acción sobre la herida infinita. Es quien, de la herida infinita, extrae la pasión para crear más vida, más mundo y más sentido. Poeta es quien, en el surco de la herida y en la palma de la mano, mantiene y junta tanto cuanto puede».

        

Preguntas para los grupos:

 

  1. 1.    ¿Por qué nos cuesta hacer lecturas sociales del Evangelio?
  2. 2.    ¿Pensamos suficientemente nuestra fe?
  3. 3.    ¿Qué hay detrás de expresiones litúrgicas como “Palabra de Dios. Te alabamos, Señor”?

 

 

 

 

 

 

 

 

2

RECREAR LA PROPUESTA DE JESÚS

 

AÚN ES TIEMPO…

de recrear la propuesta de Jesús

 

         Posiblemente, gran parte de las religiones incluyan, de una u otra manera, una cierta espiritualidad en torno a la misión y con ella un cierto nivel de proselitismo más o menos activo. No hay que recurrir a la historia lejana. Basta asomarse a la calle para toparse con la realidad de los predicadores ambulantes que buscan adeptos. Esta misión en directo es, para algunos, una exigencia de su fe religiosa y la ejercen con un énfasis digno de mejor causa. Ese énfasis está alimentado por dos certezas peligrosas: si mi religión es la verdadera, las otras son falsas; y si es verdadera para mí lo es también para los demás, lo que de alguna manera me autoriza a imponerla. Esto ha sido un leitmotiv en la historia de las religiones.

         En lo que concierne a la Iglesia católica uno de los logros más sonados del Vat.II fue, en medio de un ambiente conservador, elaborar las bases de una idea nueva de misión. Recuperando planteamientos ya existentes, como los de las Semina Verbi de Justino, se dio un paso de gigante en la adecuación de la espiritualidad misionera a un tiempo de globalización. De ahí vino todo el esfuerzo de inculturación, de diálogo con las religiones, de oferta que no se impone sino que se ofrece, de colaboración con las iglesias locales, etc. Los peligros sempiternos de la misión, la creencia en la bondad única del mensaje cristiano y de ahí su imposición universal, quedaban en parte frenados y reorientados.

         Pero quizá su logro más modesto pero más interesante fue el hacer ver al pueblo cristiano que la misión es inherente al hecho de creer y que, por ello, todo cristiano es misionero. Se elaboró con vigor la espiritualidad de la misión en la vida cotidiana, aun con el peligro de querer meter ahora toda actividad religiosa en el rango de misión. Esto llevó a descubrir que lo que uno hace en su dimensión evangelizadora es ámbito de fe y, por lo mismo, realidad susceptible de sumarse a cualquier otro elemento en la construcción del edificio de la experiencia cristiana. Se estaba hablando de otra misión donde la propuesta de una fe vivida tenía más peso que la de una ideología religiosa que se quisiera difundir.

         Podrá argüirse que los textos evangélicos hablan de “misión” (Mt 28,19-20). Pero incluso más allá de la elaboración evangélica, la idea de misión tal como la hemos entendido nosotros no aparece clara en los evangelios. Entendemos que algo que ha tenido un fuerte enraizamiento eclesial lleve a una determinada lectura de los textos. Pero es preciso serenarse y tratar de deslindar lo vivido en la historia por la comunidad creyente de los textos primitivos. Habrá, además, que leer estos textos desde una renuncia explícita a ideologías que han conformado la espiritualidad cristiana habitual. Creemos que esa lectura no ha de redundar en perjuicio de una comprensión mejor de los evangelios y, por ello, de un enriquecimiento de la espiritualidad cristiana.

         Aunque el término “misión” no es neotestamentario, el tema del envío y de los enviados es muy importante en los textos evangélicos. El verbo “enviar” es propio de los evangelios y sobre todo de los Hechos. El sustantivo “enviado” es antes que nada lucano y después, en menor medida, paulino. Esto quiere decir que el grueso de este vocabulario y la consiguiente espiritualidad es básicamente posterior a la primitiva misión cristiana con lo que, sea cual sea su alcance, quizá se halla lejos de una misión en sentido estricto. Que hubiere un anuncio del reino en las aldeas y lugares de marginación, parece que sí. Que ese anuncio conllevara en algunos casos una propuesta de seguimiento, puede que también. Pero que detrás de eso estuviera una ideología de misión, un plan de cristianización eso queda más lejos. Por eso mismo, aunque resulte imposible incluso en la mayor parte de las explicaciones exegéticas de los evangelios, quizá sería interesante desvincular del anuncio del reino y de la propuesta de seguimiento el vocablo y la idea de misión.

         Además, también habría que separar de los textos de oferta la idea de misión religiosa. A un Jesús, judío piadoso, no se le podía pasar por la cabeza la idea de ofrecer una nueva religión, teniendo como tenía la suya y amándola, como buen judío que parece ser. Es otra la propuesta de Jesús y no entra para nada en colisión con el judaísmo, de no ser en aquellos aspectos en que la norma religiosa choca con el valor de la persona. Pero los textos en que da instrucciones para la “misión” (Mt 10,5-15; Lc 10,1ss) no incluyen ningún componente religioso teniendo como núcleo el anuncio de la paz y la proximidad del reinado de Dios.

         ¿Cuál es, pues, el contenido general de la propuesta de Jesús? Es, por grandilocuente que suene, la propuesta de una humanidad nueva, renacida, recreada. Jesús es de los  humildes utópicos que siguen creyendo en las posibilidades de la bondad del corazón humano, capaz de producir frutos buenos. No se vislumbra en él la decepción de quien piensa que las personas y la sociedad vamos al abismo. Es una propuesta de honda confianza. Es también una propuesta de fraternidad social, no partidista ni religiosa. Él cree, contra las evidencias cotidianas, que los humanos podremos vivir con hermanos. La propuesta de Jesús es la que considera imprescindible llegar a una economía igualitaria que entienda y ponga en pie el mecanismo del compartir sobre la base del todo no siendo obstáculo la pobreza. No es una propuesta en el aire, sino bien enraizada en los mecanismos sociales. Es una propuesta que se hace en base a la dignidad de la persona más allá de su condición moral, algo que aleja el juicio, la utilización y la imposición de condiciones a quien es débil. Es una propuesta de relaciones de entrega porque se tiene la certeza de que las entregas siempre rentan en beneficio común. Es, en definitiva, ir en la dirección del viejo sueño de Dios sobre lo humano que estaba ya escrito en las páginas del AT y en el caminar humano desde sus inicios.

         La propuesta de Jesús apunta a nuevo horizonte humano, a una sociedad alternativa. A muchos cristianos esto les parece poco. Creen que si no entra en la propuesta de Jesús el tema de la salvación eterna la cosa está coja. Pero, en realidad, lo dicho es, justamente, la senda de toda salvación. Además, se aduce como argumento en contra que muchos filósofos, pensadores, filántropos, personas lúcidas han tenido y tienen sueños similares. ¿Es argumento en contra o a favor? Jesús se suma, se encarna, en la gran corriente del caminar humano hacia su plenitud. No se diferencia de las grandes personas de la historia por lo que le distingue de ellas, sino por lo que le une a ellas. Su asumir el fondo de lo humano lo une a la gran fraternidad de las personas en su lado más humanizador. No es Hijo por su diferencia con lo humano, sino por su hondísima comunión con ello. Y tampoco se puede aducir que una manera tal de entender la propuesta de Jesús sea algo carente de fe. No, es una propuesta de honda fe en los planes de Dios sobre lo humano, aunque no pide, de inmediato, como respuesta los modos religiosos. Quizá por estas sendas se podría superar algo el descrédito social que sufre la realidad de Dios.

         Se percibe que la propuesta de Jesús es una oferta porque, incluso a través del testimonio de los evangelios, las palabras de Jesús son, en general, sin amenazas, sin maldiciones, sin condenas. El mismo despecho profético de textos como Mc 4,12 significan justamente lo contrario de lo que dicen: Jesús anhela que la propuesta del reino sea acogida. En las escenas evangélicas Jesús no demanda como requisito la conversión, ni siquiera el cambio de vida al que, a veces, anima; si lo hay, él se alegra; y si no lo hay, espera.

Es el evangelio de Juan, de alta elaboración, el que habla más de vida “definitiva”, algo no solamente permanente en el tiempo sino de calidad distinta (Jn 3,14s). La propuesta de Jesús tiene aspiraciones de plenitud, por modesta que se quiera en el contexto social en el que se ha movido. Saberlo es útil para sumarse a un dinamismo que se expande en la misma dirección que el cosmos. Esa plenitud es compatible con un acabar pleno, por paradójico que resulte.

         ¿Cómo la propuesta se ha transformado en misión? El proceso ha sido enormemente complejo. Ya desde el inicio, desde el mismo Pablo, se observan motivos por los que la espiritualidad de la misión comienza a brotar: el temor a que lo cristiano, ya de por sí un movimiento marginal, termine esfumándose en la total marginalidad; el echarse en brazos del mecanismo religioso, lugar común para todo movimiento espiritual; la sed de presencia social y el natural deseo de influir en el devenir ciudadano; la mística martirial que elabora una espiritualidad no de derrota, sino de triunfo, etc. Misionar para sobrevivir, quizá ese fuera el denominador común de no pocos de los movimientos eclesiales de los siglos primeros.

         Todos sabemos que esos planteamientos iniciales tomaron un rumbo definitivamente nuevo con el cambio de política imperial romana cuando la religión cristiana entra en la corriente general del Estado. Para generar un marco adecuado a la misión se destruyó sistemáticamente el mundo clásico; esta época de penumbra no ha sido considerada.  Solo se han tenido en cuenta los avances positivos de la difusión del cristianismo, que también los hubo. Pero la misión se amasó en la imposición y hasta en la violencia. La lejanía de la propuesta de Jesús era inmensa.

         Todo el resto, hasta la recreación del concepto y modos de misión del Vat.II puede ser englobado como la era del descontrol misionero. Nadie duda de la buena voluntad y del bien hacer de muchos misioneros durante siglos. Pero tanto la ideología, como la mística, como los procedimientos conllevaron tal cantidad de abusos que el modo de sanar todo eso se hace inimaginable. Es cierto que hubo creyentes lúcidos que cuestionaron y se apartaron de tales modos. Pero fueron minoría, aunque fueran auténticos profetas. La gran corriente eclesial seguía por los cauces de una misión de europeos y de vencedores. Poco de este enorme movimiento es conectable con la propuesta de humanización de Jesús. Las secuelas de este desconcierto evangélico todavía se hacen sentir en el cuerpo eclesial.

         Esta mística misionera sufrió un fuerte cambio con el Vat.II en el documento Ad Gentes. En todas las culturas ha depositado Dios el sentido del bien, de la dignidad y la justicia. La espiritualidad es un bien repartido, no puede ser privatizado. Por ello, se precisa abandonar el localismo secular que hace de la propia cultura la cultura y de la propia creencia la creencia. Las puertas de entrada al misterio son muchas y el río que fluye en el subsuelo de la vida alimenta de muchos modos el camino humano. En consecuencia, no se puede entender la relación con otras culturas en modos de diferencia y menos aún de litigio. La identidad nos viene por la comunión humana, no por aquello que nos separa. Por eso mismo, ya no se puede hablar de misiones, sino de iglesias locales, por humildes y fronterizas que estas sean. Eso quiere decir que el viejo planteamiento misionero ha de quedar suplantado por el afán de colaborar con las iglesias locales en los modos y búsquedas de las mismas.

Toda esta mística se va abriendo paso con avances y retrocesos. Quedan muchos vestigios de la vieja espiritualidad, ya que esta no desaparece por la publicación de un documento pontificio. Resta el viejo imaginario de la misión que entiende la propagación de la religión como un deber del cristiano (apoyándose en 1 Cor 9,16). Quedan vestigios en las campañas misioneras que se siguen celebrando aunque hayamos cambiado de siglo, por más que, a veces, se les cambien los nombres. Permanecen resabios en los viejos misioneros que no han evolucionado y en los jóvenes misioneros que han sido formados en una idea clásica y conservadora de misión. Hay también que considerar que, aunque  en centros especializados haya entrado el nuevo imaginario de misión, muchas facultades de teología y no pocos predicadores siguen moviéndose en parámetros anteriores al Vat. II por más que se cite el decreto Ad Gentes. No resulta fácil el tema con el peso histórico que soporta la estructura eclesiástica.

 

Preguntas para los grupos:

 

  1. 1.    ¿Cómo hacer la propuesta de Jesús en modos razonables?
  2. 2.    ¿Hay que llevar la fe a todos los pueblos?
  3. 3.    ¿Pueden entrar en la propuesta de Jesús los que no tienen fe?

 

 

CUÁNDO FUNCIONA LA PROPUESTA

(Mt 25,31-46)

 

Todos los autores, aun proponiendo estructuras diversas del Evangelio de Mateo, coinciden en que la sección 24,1-25,46 es un bloque de componente apocalíptico que quiere presentar al lector del Evangelio, por medio de la catequesis a los discípulos, el horizonte al que tiende la propuesta de Jesús, el horizonte del reino. “No se trata, como en Marcos, de una enseñanza esotérica reservada sólo a algunos discípulos, sino que se dirige a todos ellos y, a través de ellos, a los lectores del evangelio”. Este gran bloque tiene tres partes: los signos precedentes a la venida del Hijo del hombre (Mt 24,1-31); las tres parábolas de personajes que esperan a alguien que se retasa (Mt 24,32-25,30); la escena final sobre el alborear del reino (Mt 25,31-46).

Esta escena final es una composición propia de Mateo y secularmente soporta la denominación de “juicio final”. Sin embargo nosotros creemos que, aunque el autor no cuestione para nada el imaginario del juicio final que le viene muy bien para desarrollar su construcción literaria, yendo más al fondo, se trata de una “profecía ética”: “Mateo evoca aquí la venida del Hijo del hombre para señalar la importancia ‘última’ de los actos de amor, es decir, de la ayuda prestada a los más pequeños”. La ética pone a su servicio la cristología y la escatología por lo que “la presencia de Jesús en cada ser humano es la clave de la ética de Mateo”.

En consonancia con la línea de esta reflexión, nosotros veremos en esta narración singular el alborear del reino, el momento en que, si se dan las condiciones de amparo necesarias, el reino comienza a funcionar. Adelantando lo que diremos en las derivaciones de este texto podemos decir que tiene que ver con temas relativos a la misericordia económica, a los comportamientos relativos a la solidaridad, a los planteamientos socializadores de los bienes que se tenga. Esta perspectiva económica, en sentido amplio, es decisiva para la correcta comprensión de un texto de componente ético. De lo contrario, tal ética se vacía de contenido.

La nota inicial de que en la escena se ven concernidas “todas la naciones” (Panta ta ethnê: Mt 25,32) está indicando la amplitud del planteamiento que supera las fronteras de lo religioso. La ética económica de la compasión no es algo privativo de tal o cual religión, sino que afecta a toda persona y de toda persona se espera. Es decir, el alborear del reino no es una cuestión religiosa, sino social.

La figura del rey que habla de “heredar el reino preparado” (Klêronomêsate ten hêtoimasmenên hymin basileian: Mt 25,34) está indicando que se alude a la finalidad del Evangelio: ¿cómo se hereda el reino? ¿Cuándo la herencia del reino comienza a ser efectiva? La respuesta es clara: cuando funcionan los mecanismos de amparo económico humano. Efectivamente, el paradigma “hambre…comer/ sed…beber/ forastero…acogida/ desnudez…vestido/ enfermedad…visita/ cárcel…visita” dibuja un mapa donde se ordenan las necesidades físicas  (hambre, sed, desnudez,) y las sociales (extranjería, cárcel). Hay que decir que la doble serie (física, física, social) pone el acento sobre la social: extranjería, cárcel. Quizá se esté apuntando al necesario cambio de estructuras sociales para que el reino alboree.

         Un dato sorprendente que sugiere una cristología al servicio de la ética es que los agentes de humanidad no lo han hecho por razones religiosas. No han “visto” en el socorrido a Jesús ni a Dios, sino que han visto, simplemente, a la persona necesitada. De ahí su extrañeza y su pregunta: “¿Cuándo te vimos?” (Pote se eidomen: Mt 25,37). La razón de la actuación ética es, únicamente, la persona. Por eso, el rey tiene que desvelar el misterio de lo humano: tras toda actuación humanitaria el “beneficiario” no es solamente la persona en necesidad, sino que, de alguna manera, se socorre al mismo Dios, o a Jesús que asume aquí la representación de lo divino. Esto es decisivo para configurar una ética económica humanizadora.

         El desvelamiento del misterio del socorro al débil es el desvelamiento del misterio del reino: hacer el bien a los hermanos “insignificantes” (Tôn elajistôn: Mt 25,40) es hacerlo al Dios que promueve la nueva sociedad del reino. Es decir, contribuir a que los “insignificantes” signifiquen algo es hacer que el reino alboree. Este comienza a funcionar cuando se ponen en pie mecanismos de amparo social y económico que lleven a que toda persona, por razones de dignidad, tenga un sitio justo e igualitario en el banquete de la vida. Esto no va a venir por su pie, sino que es preciso construir estilos de vida económicos y sociales que posibiliten este logro inmenso. Se trata de descubrir algo que pertenece al querer de Dios y que es una conquista de lo humano: la evidencia de que la vida da derecho a la dicha histórica, por muchas que sean las limitaciones con las que tenga que luchar.

         La repetición en la cara negativa del relato con los de “izquierda” contribuye a ayudar a la comprensión pedagógica del relato y a mantenerlo en la memoria con más facilidad (vv.41-46). La pedagogía negativa que manejan, sobre todo en el v.46, ha de ser traducida hoy por una decidida catequesis en favor de la opción por las pobrezas, dejando de lado el tradicional hincapié que se ha hecho en el tema del juicio como herramienta de conversión por vía del temor.

 

 

         Derivación: Hacia unas estructuras económicas de  amparo

 

         Posiblemente nunca hayan existido arcadias felices donde cualquier persona, por el hecho de serlo, sea considerada en su dignidad. Lo más probable es que el logro de la igualdad, por consideración de la dignidad, sea un constructo social. Con lo que se quiere decir que, si se anhela tal consideración para toda persona, hay que trabajar afanosamente para que, al final, se pueda ir llegando a ese nivel de relación humana. El Evangelio, desde la perspectiva de Jesús, quiere aportar su parte a tal logro. Por eso, cuando decimos que en el texto bíblico la escatología y aun la cristología se supeditan a la ética no las estamos rebajando sino haciéndolas motor del trabajo ético.

         Trabajar los mecanismos sociales de amparo tiene el riesgo de que tales mecanismos se conviertan en un fin en sí mismos. Eso pasa, con frecuencia, con los planteamientos religiosos. Es fácil que a una actitud así acompañe un paternalismo que  impide el amparo real que se pretende. Al estar lejana la espiritualidad de la dignidad y al poner como centro las exigencias religiosas, el amparo se transforma en algo que complace a quien lo obra y no dignifica a quien lo recibe. A pesar de tales riesgos, la necesidad de amparo social sigue acompañando el camino humano.

         Otro riesgo que hay que sortear es aquel que considera el amparo económico como una realidad menor o incompleta respecto al amparo espiritual. Es lo que glosan ciertos autores descontextualizando textos papales como EG 200 donde se dice que “la opción preferencial por los pobres debe traducirse principalmente en una atención religiosa privilegiada y prioritaria”. Con ser esto cierto, la aporía de la aporofobia no se trabaja en modos estancos sino globales, considerando el todo de la existencia y, desde ahí, la necesidad mejora de las estructuras económicas de las que depende la vida humana.

         Para conjurar ese personalismo es por lo que habrá que ampliar la lectura de esta clase de textos con el componente social y económico que, quizá, no está en primera línea de preocupación del texto mateano que glosamos. Esta ampliación no desvirtúa el sentido del texto sino que lo subraya y lo amplía acentuando su valor.

         Las nuevas teorías económicas (la economía del bien común, la de la sobriedad feliz, la del decrecimiento, etc.) pueden ser herramientas de amparo que den solidez a los anhelos mateanos. La certeza de que son teorías que se cumplen, aunque sea en niveles aún pequeños, ha de confirmar que los anhelos de amparo social a los que apunta la utopía de Jesús son realidades alcanzables para el trabajo humano.

 

Preguntas para los grupos:

 

  1. 1.    ¿Por qué se sigue leyendo este testo principalmente como una escena de juicio?
  2. 2.    ¿Son correctas las estructuras económicas de amparo de la Iglesia (Cáritas, Manos Unidas, etc.)?
  3. 3.    ¿Cómo hacer un sitio en la espiritualidad cristiana a las nuevas economías?

 

 

UNA PROPUESTA DE CAMBIO DE IMAGINARIO

“Tú no eres ‘otro’ de mí”

 

«Tuve que comprender, y esta vez fue más difícil, que, mientras me acercara a ti con anhelos y deseos, no podría entender jamás que tú no eres “otro” de mí, ni yo “otro” de ti».

(M. Corbí)

 

 

         Aunque llevamos décadas machacando sobre el mismo clavo, el imaginario parece seguir intacto. Pero es la secularidad, no la teología, la que está metiendo variantes en esto. Nos referimos a la idea de un Dios omnipotente. Décadas diciendo que Dios no está fuera sino dentro, que solamente es poderoso para amar, que no puede ser entendido como un tapagujeros, que no es un rey mago que da dones a quien le apetece, etc. Y el imaginario sobre Dios se sigue pensando, orando, pidiendo, como si fuera omnipotente. Por supuesto, las oraciones del misal siguen abriéndose frecuentemente con esa apelación al Dios omnipotente. Se sigue sembrando el imaginario, irreal, del Dios de la filosofía.

         Este Dios que alimenta la teología es omnipotente por pura oposición al ser creatural. Pero ese no es el Dios de Jesús. Ni el Dios de la Palabra. Éste, al relacionarse con la historia, acepta como suya esta limitación. Por lo que se puede decir que pierde la cualidad de omnipotencia al abrazar, por amor, nuestra impotencia. Suele citarse como una máxima evangélica a favor de la omnipotencia el texto de Mc 10,27 que ha de entenderse como “con Dios todo es posible” subrayando «las posibilidades que se abren al hombre cuando este se apoya en Dios» (J.Mateos), no tanto su posible omnipotencia.

         La vaciedad de una idea de Dios omnipotente queda de manifiesto en la evidencia de que por ese camino no se ha llegado a ver que la causa de los pobres es la causa de Dios porque ambos se mueven en los torbellinos de la pobreza. Quienes analizan la relación entre estas dos causas a través de la historia llegan a un balance descorazonador: «Ello nos plantea a todos una cuestión ineludible: la de si el cristianismo no ha cometido en este tema tan central (la relación entre la causa de los pobres y la de Dios) una gran infidelidad a su Señor; y qué influjo ha tenido esa infidelidad en la aparición del ateísmo moderno y en la infame configuración del mundo actual. Dicho en forma de un latigazo simplificador pero fácil de retener: o no hay Dios o el cristianismo le ha sido infiel» (Cristianismo y justicia). El recurso a la omnipotencia no ha servido a la causa de los pobres. Quizá el recurso a la pobreza de Dios pueda dar otro resultado.

         Todo esto demuestra que no estamos hablando de bagatelas de vocabulario para pasar el tiempo. Por eso mismo, el vocabulario teológico y, sobre todo, litúrgico que hace referencia a la omnipotencia de Dios habría de ser reelaborado, cuando no lisa y llanamente desechado. No se puede hacer creer a los cristiano lo que no es. Ya lo decía Sócrates: “El mal uso del lenguaje introduce el mal en el alma”. Hacer este desmonte lingüístico es una tarea casi imposible. Pero los intentos abren horizontes nuevos.

         Basados en textos tan taxativos como 1 Jn 4,8 decimos con facilidad que Dios es amor y que ama a todos los seres. Eso no nos lleva a elaborar vocabulario. No nos suena la expresión “Dios todoamoroso” o, menos forzadamente, “Dios de amor”. Ninguna de las oraciones litúrgicas comienza así. Hay teólogos que lo enuncian sin tapujos: «Además de nunca más decir Dios te castigahay que aprender a decir en lugar de todopoderoso un Dios, Todoamoroso» (Fray Marcos). Probablemente queda desechado de salida porque la expresión, tan cándida, conlleva graves problemas añadidos: ¿cómo amar a quien hace el mal? ¿Cómo amar desde una experiencia de mal?

         Porque, en el fondo, ese es el gran escollo: ¿cómo amar desde la experiencia del mal, desde la herida humana, desde una historia marcada por la culpa? El evangelio dice que, aun siendo malos, damos cosas buenas a nuestros hijos. «¡Cuánto más el Padre dará el Espíritu» (Lc 11,13). En ese “cuánto más” está el asunto. Si nuestros limitados mecanismos de amor son capaces de envolver el mal en amor, y eso, a veces, lo hacemos, ¿no podrá haber en Dios un mecanismo de envolvimiento de amor donde, cumpliendo con la justicia, se resuelva en los parámetros del amor? Es complicado el pensarlo; es pretencioso el darlo por hecho. Pero decir que Dios es “todoamoroso” no es una fruslería meliflua; es un artículo de fe de más calado que cualquier otro componente del credo.

         Por eso no es inconveniente la herida, la limitación, el pecado en sus múltiples variantes, para que ese amor brote pujante. Va por otro camino. Más aún: en la herida está situada la salud. Es la paradoja del poeta: “La gracia está en el fondo de la pena y la salud brotando de la herida” (Himno “Crux fidelis”). O como lo dicen autores de hoy: «Estas heridas no piden ser cicatrizadas, sino acompañadas….De tal manera que la cura, paradójicamente, no va en la dirección de suturar y taponar, sino de moverse acompañado creando» (J. M. Esquirol).

         Podría parecer que todo esto es una espiritualidad sin terreno real, sin arraigo antropológico. Hay quien ha sabido concretarlo: «Siempre, desde mi juventud, he querido decir al ciudadano de hoy que Dios es amor y solamente amor. Y he sabido que eso se logra construyendo comunidades buenas de corazón y de vida simple» (Hno. Roger).

         Pudiera parecer que la bondad sea uno de la lista de “valores negados” de nuestra sociedad. Pero no es así. Por oculta que se halle, la bondad está ahí y sigue siendo apreciada. Sigue siendo verdad que el verdadero misterio del mundo es de dónde proceden, a pesar de todo, el bien y la dulzura. Trasladar esto al imaginario de lo religioso puede darle una gran hondura.

         Efectivamente, aplicar a Dios el calificativo de “todobondadoso” conlleva, en primer lugar, un formidable desmonte, incluso desde el punto de vista bíblico, del Dios castigador que ha sido elemento componente de primer orden en la idea de Dios de muchas religiones. De tal manera esto resulta difícil que, si se hace, no solamente se tambalea el perfil del Dios, sino que entran en danza elementos que todavía tienen sitio en el mosaico de las verdades religiosas: el Dios remunerador, el infierno como topos religioso del castigo divino, la interpretación de situaciones de dificultad personal o social como represalias de un Dios airado. Y lo que es más complicado, algo a lo que hemos aludido, como lo es la compatibilidad entre justicia y misericordia. De tal manera, que funcionar con el presupuesto de un Dios exclusivamente bondadoso parece propio de creyentes cándidos o de pretender vivir con aprioris imposibles.

         Sin embargo, si a nivel de lenguaje se quiere llegar a alguna certeza, se requiere el uso continuado de un término. ¿Cómo se ha llegado a la convicción de un Dios omnipotente? Con un lenguaje continuado de siglos. ¿Cómo lograr un cambio? Con largos tiempos de uso lingüístico. No entramos a valorar si los contenidos son verdaderos o no; esa es la segunda parte.  Estamos hablando del uso. Pero el uso lleva al contenido diferente. De lo contrario, no lo temería tanto el sistema.

         Dice P. Casaldáliga que una comprensión nueva de la Iglesia y de la misma sociedad requiere un cambio de Dios, un cambio en los cimientos. También se requiere, como herramienta hermenéutica, la construcción de un vocabulario distinto, Por eso mismo, la manera de hablar de Dios más que una opción lingüística es, en el fondo, una opción de fe.

         Entre los calificativos aplicados a Dios que no han tenido éxito está el de “Dios acompañante”. Podrían aducirse muchos textos bíblicos, desde Gen 3,8 y Sal 15 hasta Ap 3,20, pasando por textos evangélicos sobre el Jesús que acompasa su paso al de la persona en el relato de Lc 24,13-35. A veces se han pretendido acompañamientos “forzados” (Sal 60,10; 108,11). El caso es que el creyente de a pie no ha llegado a percibir a Dios como acompañante, no lo ha imaginado ni nombrado como vecino del barrio.  Dios en su ámbito celestial; nosotros en el terrenal.

         Con ese acompañamiento es cómo la persona es concreadora con Dios, no mera creatura suya. Quizá sea necesario superar la dialéctica creador-creatura, no porque no sea cierta, sino porque vela la condición de mediadores necesarios en el hecho creacional, siquiera en el mínimo exponente de la historia humana. Esa concreación es la certeza del mutuo acompañamiento entre Dios y la persona que, según la Palabra, cobra rostro para nosotros en el simple socorro humano. «Dios nunca ‘acontece’ tan honda, intensa y puramente como cundo un hombre o una mujer acuden en ayuda de otro hombre o de otra mujer. No podía ser de otro modo, dado que ‘Dios es amor’, y en las personas culmina su movimiento creador» (A. Torres Queiruga). En las personas y, no olvidemos, con ellas.

         Desde esta espiritualidad se puede entender que el Dios acompañante no retira su acompañamiento ni siquiera en días de desvarío y lejanías. El suyo es un amor sin esperanzas. Por eso, no es que espere siempre, sino que no se va nunca. Porque el suyo es un acompañamiento sin pretensiones. Eso lo libera de cualquier “ambición” que pudiera anidar en él.  Acompañante por encima de lejanías, olvidos y menosprecios. Sabe tragarse su “orgullo” de Dios por causa de un amor loco necesario para ser él en nosotros.

 

Preguntas para los grupos

 

  1. 1.    ¿Cómo ayudarnos a modificar nuestro imaginario religioso?
  2. 2.    ¿Cómo hablar de Dios en modos poco religiosos?
  3. 3.    ¿Cómo proponer la fe en un lenguaje de calle?

 

 

2

RECREAR EL ESPÍRITU INCLUSIVO DE JESÚS

 

EL ESPÍRITU INCLUSIVO DE JESÚS

 

Una de las cosas que más cuesta entender es cómo Jesús pudo tener un cierto nivel de mentalidad incluyente en una sociedad como la suya tan exclusora. Así es, los esclavos, los jornaleros, los que trabajaban en oficios despreciados (pastor, buhonero, médico, usurero, recaudador, publicano, barbero, etc.), los israelitas ilegítimos, las mujeres bajo sospecha, los extranjeros pobres, los niños incluso. Una legión de colectivos que no solo no gozaba de ciudadanía, sino que prácticamente no contaba en el devenir social. Y todo ello, con frecuencia, amparándose en leyes, como la de la pureza ritual, que pesaban sobre todo sobre los hombros de los frágiles sociales, en las mujeres. No dejarse aprisionar por una coraza de hierro tal y mirar por la inclusión de los más postergados es algo que resulta sorprendente.

         ¿Dónde aprendió Jesús lo necesario para hacer este giro en su comprensión del mundo? Creemos que en el aprendizaje social de la elaboración de su propia situación de pobre. Y desde ahí lo iría trasladando a sus experiencias humanas y espirituales. Es cierto que el AT está tachonado de afirmaciones que dicen que Dios es de los pobres y sencillos. Pero la manipulación religiosa de Dios en la religión judía, como en las demás, tiende a obviar esa manera de ver y nos sitúa en el Dios del brillo, del poder y de los vencedores. Sería mucho decir, quizá, que hay en Jesús una especie de opción de clase al estilo de la filosofía marxista. Pero Jesús no fue una excepción en el duro aprendizaje de la pobreza que, a la fuerza, han de hacer los empobrecidos. Aunque los evangelios no subrayen esto porque un Mesías pobre sigue siendo algo difícil de asimilar, su vida, desde sus pobres orígenes hasta su desastroso final, está enmarcada en la experiencia de la pobreza.

         El trato de Jesús con los excluidos tiene un componente de militancia que raramente se subraya. Relatos como el de la curación del hombre con el brazo atrofiado en Mc 3,1-7a son más relatos de inserción social que de curación: el excluido ha de ocupar su lugar natural que no es otro sino el del centro de la comunidad humana (“ponte en medio”). En el pasaje de la curación de un leproso en Lc 5,12-16 se percibe con claridad la militancia de Jesús en contra de la exclusión: se ordena al leproso ofrecer lo que prescribió Moisés “como prueba contra ellos”, contra los sacerdotes que han legislado mal al declarar como ley la exclusión de leproso. Tendría que haber sido al revés: el enfermo dentro de la comunidad, dentro del campamento, acogido por el amor social. Incluso en relatos como el de la multiplicación de los panes, en Mc 6,32-44, se percibe el afán militante de Jesús de establecer mecanismos económicos distintos a los de uso social corriente: se quiere decir que compartiendo llega para todos, no siendo obstáculo la pobreza. Hablar de exclusión sin una militancia en el terreno práctico es casi hablar en el vacío.

         ¿Cómo  ha sido el trato de Jesús con los excluidos? De los relatos evangélicos se deduce que Jesús no ha juzgado a quien la sociedad excluye; ha tenido otro tipo de valoración; ha sabido superar con normalidad el muro de la debilidad moral; y, por lo mismo, no han salido de su boca las palabras de condena que la sociedad emplea para valorar-juzgar-condenar a quien ya lleva encima su propia condena. Además, no ha sacado beneficio de la exclusión, no ha funcionado con una mentalidad paternalista que, a la postre, persigue la gloria del donante más que el beneficio del receptor. No ha funcionado con el presupuesto de la condicionalidad y, por lo mismo, no ha puesto requisitos para ser acogido y aceptado. Ni siquiera, por ello, ha exigido ninguna conversión o cambio de vida: si se cambia, mejor; si no, se aguarda. Nunca se ha puesto Jesús como referente moral ante los excluidos: él ha empatizado con ellos porque, de algún modo, pertenecía a su ámbito.

         Posiblemente no todo fue fácil. Hubo aspectos de la relación con la exclusión muy costosos para Jesús. Por ejemplo, la aceptación de la dignidad básica de los extranjeros. Parece que la presencia de extranjeros en Jerusalén era conocida. Pero Jesús era un hombre de aldea donde las modas ciudadanas, y más en aquella época de menos movilidad, casi no llegaban. Ya hemos hablado de que su trabajo por convencer a su grupo que también había que ir “al otro lado” (Mc 4,35), a la Decápolis, fue un caballo de batalla. Y el desasosiego que muestra la frase de Mt 15,26 indica el tremendo esfuerzo realizado por valorar de otra manera al extranjero. Leer en las fuerzas de ocupación romana la posibilidad de que hubiera personas creyentes, era algo incomprensible (Mt 8,10). Tuvo que ser complicado ver desde esta perspectiva a los corruptos recaudadores y a los adinerados opresores de los pobres.

         Así llegó a ir completando el perfil de un Dios de excluidos que no excluye. Porque ahí está el problema: es lógico que quien se siente excluido ponga en funcionamiento recíprocamente un mecanismo de exclusión con quien le rechaza. Jesús se ha empeñado en hacer ver que, aunque su Dios es parcial, Dios de pobres, no excluye a nadie si es capaz de, en la medida de sus fuerzas, desplazarse hacia los valores del reino. De ahí su oferta de desplazamiento a ricos: “vete y vende” (Mc 10,21), puedes entrar en los dinamismos del reino si te desplazas. Responder a la exclusión con otra exclusión habría sido entrar en un bucle sin salida.

         ¿Cómo sería, pues, la inclusión en la perspectiva de la propuesta de Jesús? Deriva, en primer lugar, de la centralidad del pobre. En los evangelios de Jesús el pobre hace parte del núcleo de la propuesta, no es una mera consecuencia de la misma. Por eso, desplazar al pobre es salirse de la propuesta. Además los excluidos encuentran sentido en el excluido Jesús, el crucificado. Ese sentido no es sobre todo martirial, sino liberador. De ahí se deriva la gran tarea de bajar a los crucificados de la cruz para unirlos a su triunfo. Finalmente, la consecuencia para la comunidad de seguidores es clara: cuanto más cerca se esté de una Iglesia orientada a las pobrezas, tanto más próxima estará a la propuesta de Jesús.

         Ahondando en la reflexión, ¿cuáles serían los principios evangélicos de inclusión? ¿Con qué mecanismos se elabora la espiritualidad de la inclusión? Por más que el término “dignidad”, como tal, no aparezca en los evangelios, el concepto de dignidad común es esencial. De no ser así, ¿en base a qué va A hacerse la propuesta a gente marcada? En el grupo de Jesús hay personas ambiciosas, violentas, corruptas, desconfiadas, capaces de traicionar, etc. Si a ellas se les propone la oferta es que Jesús salta el muro de la debilidad moral y conecta con la dignidad de fondo que hay en toda persona. Por eso, toda persona, por el mero hecho de serlo, es candidata al programa. No hay una teoría evangélica explícita sobre la dignidad. Pero su siembra es en ese campo lo que da una idea de cómo Jesús pudo forjar un hermoso mecanismo de inclusión.

         Ya hemos indicado que esta propuesta basada en la dignidad ha saltado el muro de la moralidad. Al evangelio, lógicamente, le interesa subrayar el valor del buen comportamiento moral. Pero eso no impide que la oferta del programa se haga a personas de dudosa vida moral o directamente inmoral. El evangelio no es para buenos, sino para gente animosa. El tratamiento de lo moral vendrá después. Saltar ese muro ha tenido que ser un gran esfuerzo espiritual para Jesús, perteneciente a una cultura de fuerte componente moralista. De hecho, en los evangelios siempre persigue a Jesús un cierto menosprecio por su supuesta laxitud en temas de moral, lo que le hace granjearse fama de “comilón y borracho, amigo de pecadores” (Mt 11,19). El hecho religioso refuerza el moralismo; saltarse éste era saltarse aquel. Con esta clase de mecanismos se hacía posible la inclusión de los rechazados por cualquier normativa moral. De lo contrario, el muro siempre estaría ahí.

         Otro principio evangélico de inclusión podría ser la mirada distinta. No es fácil expresarlo, pero sabemos que en la manera de mirar que tenemos los humanos se encierra toda una declaración de intenciones. La mirada puede quedar atrapada en las apariencias y, generalmente, queda envuelta en engaños si no se desprende de tales apariencias. La realidad profunda de las personas y las cosas ha de ser vista con una mirada igualmente profunda. El evangelio habla a veces de miradas profundas en una fuerte intensificación de los verbos: le vio al borde del camino (Lc 18,40), se fijó estando en la camilla (Jn 5,6), lo vio bajo la higuera (Jn 1,48), le miró con amor (Mc 10,21), etc. Sin esa otra mirada que la persona percibe, la propuesta no prende. Por eso mismo, para incluir hay que desarrollar al máximo la capacidad de mirar al fondo, sin detenerse en superficialidades.

         Un elemento más que nos parece necesario para desarrollar principios evangélicos de inclusión es haber participado de las alegrías de los humildes. No son muy expresivos los relatos evangélicos en este asunto. Pero hay pequeños rasgos que desvelan la certeza de que Jesús disfrutara de las alegrías de los excluidos: sus comidas (Mc 2,16), sus fiestas (Jn 2,1), sus conversaciones (Jn 3,1ss), sus hospedajes (Lc 19,1ss), su fe (Mt 15,28), sus cantos (Mc 14,26). La vida de los humildes tiene pequeñas grietas de luz y breves treguas de dicha. Jesús compartió y conectó con esas alegrías. Desde ahí hizo la propuesta de dicha y de gozo que era la suya. ¿Cómo decir que la fiesta era también para ellos sin disfrutar del breve margen de dicha que también está en el camino de los desventurados? La alegría compartida influye más que muchos programas ideológicos.

         La certeza de un Dios parcial, a la que hemos aludido algunas veces, constituyó también un mecanismo de inclusión. Si la propuesta hubiera hablado de un Dios de todos y de nadie quizá no habría sido un dinamismo útil. Israel también había desarrollado una teoría espiritual de un Dios parcial: Dios es Dios de Israel, “nuestro Dios”, bondad para nosotros y furor para los que le abandonan (Esd 8,22), y no de los otros pueblos porque Israel es pueblo elegido. La novedad de Jesús estriba en que la parcialidad de Dios no está asentada sobre conceptos como el de elección, tan excluyentes, sino sobre un amor inclusivo pero desde la perspectiva de las pobrezas: si se quiere conectar con el Dios de Jesús es necesario el desplazamiento hacia las pobrezas porque ese es el objetivo de la propuesta. Este desplazamiento necesario lo pueden hacer todas las personas. Es, pues, un principio incluyente, pero en una determinada dirección.

 

LA IGUALDAD QUE INCLUYE

(Mc 10,1-12)

No cabe duda de que el marco narrativo de este pasaje es el de una cierta casuística matrimonial, a la que el judaísmo del tiempo de Jesús era muy aficionado. Las relaciones humanas siempre han sido complejas, tanto a nivel personal como jurídico y social. Y esto queda reflejado ya desde las culturas antiguas.

         Sin embargo, para construir una lectura social habrá que desviarse un poco de tal casuística y de las supuestas derivaciones morales que han pivotado sobre textos como éste, tales como la indisolubilidad del matrimonio. Este ha sido un pilar de la moral cristiana, pero no lo es en el contexto social del NT, ya que el judaísmo permite el divorcio, a veces por cosas que hoy nos parecen nimias, como dejarse quemar la comida. Por lo tanto, cuesta pensar en el caso de Jesús en una mentalidad de indisolubilidad. Hay que intentar otra salida. Es preciso buscar un marco de comprensión más general.

         Ese marco no es otro que la relación de géneros. La cuestión del v.2, “Si está permitido al marido repudiar a su mujer” (Ei exestin andri gynaika apolysai), no es, en el fondo una cuestión de casuística matrimonial, sino de relación de géneros: quién debe mandar en la sociedad, cómo solucionar la dialéctica del poder entre los géneros. O más crudamente: cómo el hombre, verdadero y único gestor social, ha de seguir conservando el poder patriarcal que se le atribuye desde siempre. Es preciso leer en el sustrato de las preguntas.

         La referencia a Moisés en Dt 24,1-4 queda desactivada. Se ha acomodado a lo ya existente. La Ley no ha sabido mantener la profecía de la igualdad ya que ese camino era inviable en una sociedad donde quienes legislan e interpretan lo legislado son hombres. Esa “obstinación” social, verdadera esclerosis del corazón, (Pros tên sklêrokardian hymôn: Mc 10,5) es la que ha condicionado el texto de la Ley. Por lo tanto, y en este caso, la Ley no puede ser referencia de comportamiento. Jesús recupera la profecía por encima de la misma Ley, del mismo Moisés. Su visión de la sociedad fraterna e igualitaria pasa por encima de condicionamientos sociales que la misma Ley consagra. Es preciso recurrir a otro modelo.

         Ese modelo que puede encajar en la propuesta de Jesús no es otro que el de la igualdad: varón y hembra en igualdad social por encima de diferencias biológicas. Defender la igualdad como parte del programa de Jesús ha de conducir a planteamientos tan elementales como estos: hombre y mujer son socialmente iguales. Y si no lo son, eso choca con la propuesta de Jesús. Esto es así “desde el principio” (Apo de arkhês: Mc 10,6), desde el querer santo del Dios volcado a la historia, desde el alma de Dios, desde el inicio del camino humano. Y si no lo es, hay que volver a ese principio.

         Jesús propone un camino para recuperar ese “principio”: “que el hombre deje a su padre y a su madre” (Heneken toutou kataleipsei anthrôpos ton patera autou kai tên mêtera: Mc 10,7). Es decir, es el hombre quien debe abandonar su posición de privilegio social, el lugar, la familia, el clan, donde se hace fuerte e iniciar un desplazamiento hacia el lugar de la mujer, porque socialmente es el lugar de la debilidad. Si no se da tal desplazamiento, hablar de igualdad resulta imposible.

         Por eso “lo que Dios ha emparejado, no lo despareje un hombre” (Ho oun ho Theos synezeuxen anthrôpos mê khôrizetô: Mc 10,9). La metáfora es antigua y algo tosca para nuestro gusto: uncidos al mismo “yugo” (Zeugos), el de la igualdad social, no deben ser separados y, con ello, desigualados. Si uno de los “bueyes” se erige en amo, se ha destruido la igualdad de la pareja.

         Esto lo reafirma el aserto sobre el repudio: repudie quien repudie, sin el consentimiento del otro, incurre en desigualdad. Lo malo del adulterio no es, pues, su connotación moral negativa, sino, más a la base, la desigualdad que genera toda una serie de lacras sociales, entre ellas, el derecho a repudiar con el que se arroga una de las partes, sea quien sea. Atentar contra la igualdad es rechazar la propuesta de Jesús asentada sobre ella. Quien tal hiciere se sitúa fuera de la propuesta del Reino.

 

         Derivación social: Una creciente y cuidadosa mentalidad de género

 

         El tema del género, y sobre todo la ideología de género, es un gran fantasma para muchas personas y entidades: Creen ver en ello la disolución de la sociedad, la modificación inaceptable de los planes del Creador y la perversión de la juventud en todos sus niveles. Si se despoja el tema de cargas ideológicas previas, quizá la cosa no sea tan grave y derive hacia algo de corte fantasmal. Se trataría de crear un equilibrio social entre dos realidades que, desde el neolítico, parecen haber estado desequilibradas: los géneros. Volvemos a decirlo: no se trata de una lucha por la supremacía, sino por el equilibrio. El Evangelio, en textos como Mc 10,1ss, parece sumarse a tal movimiento.

         El primer ámbito, el más básico, es lograr una igualdad mutua entre géneros desde el lado social: lo que es de todos, ha de ser participado igualmente por todos. La imposibilidad de ciertas culturas y de ciertas mentes para percibir los géneros en una igualdad esencial es proverbial y sigue verdeante. Mientras este paso renquee, hablar de otros es una fantasía. Esta no es la panacea de todos los males sociales, pero abre la puerta a la posibilidad de crecer en igualdad de géneros.

         Pero es preciso dar un paso más: se necesita una actitud de cuidado también esencial ya que los dos géneros están amasados en fragilidad y no hay otra instancia de cuidado ajeno a ellos. Cuidar no es un mero acto puntual, es una actitud, una forma de comportamiento continuado, un camino que se va andando. Los géneros necesitan ser cuidados en sus elementos comunes y en su peculiaridad, con todas las variantes. El cuidado allana muchas dificultades que se han instalado en el caminar histórico de las personas.

         Puede parecer algo previo que va de sí, pero la vivencia bien relacionada de géneros demanda una dosis continuada de respeto a la diversidad, tanto en orientación sexual, como en opciones de vida. Si hay leyes, normas o costumbres que no incluyen de modo efectivo tal respeto, quedan contradichas por este elemento esencial. El respeto, correctamente situado y discernido, sabe que su valor se mide por su índice de humanidad. Si este indicador no aparece, el respeto puede convertirse en una trampa de desigualdad y de inhumanidad. El respeto mira a la conjunción con el otro, no a su distanciamiento.

         Por lo que hace a la comunidad cristiana, sigue vigente el trabajo por salir de “un pecado de injusticia continuada” en el tema de la relación de géneros que aún no se ha sabido asimilar. Esto tiene que llevar a que la mujer entre en la relación de géneros no solamente con la entrada del pensamiento o en órganos de gestión sino en el todo del entramado eclesial.

 

IGUALDAD DESDE LA FRAGILIDAD

 

"La fragilidad humana,

en lugar de ser lo que se debería vencer, e incluso eliminar,

puede convertirse en la grieta o en la gracia que la transfigura". 

 

J. L. CHRÉTIEN

 

 

         Puede que suene fuerte, pero los cristianos, desde antiguo, han estado atenazados por el pecado. No solamente la ideología, sino la misma experiencia de fe ha sobrellevado, muchas veces a duras penas, la dura carga del pecado. Detallar esta situación no nos llevaría a nada. Cada creyente lleva en su historial de fe la huella, muchas veces pesada y tóxica, de su relación con el pecado. La liberación de la “confesión de boca” en las celebraciones comunitarias de la penitencia es signo y lenguaje elocuente del anhelo de escapar de algo que resulta pesado y de difícil digestión para muchos creyentes de hoy.

         De ahí la comprensible pervivencia del tema en la normativa eclesiástica, en los textos orantes, en la predicación y en la catequesis. Hay que entenderlo: no se puede desembarazar uno de algo tan compacto, con tanto peso histórico, religioso y existencial. Muchos creen que es insuperable y hay también quien colabora, por más que consideremos eso como batalla perdida, a que todo siga como siempre. Cerrados a cualquier cambio, metidos deliberadamente en la burbuja religiosa, imponen su ley a quien entra en contacto con ellos. Su pertinacia es el lenguaje de las batallas perdidas.

         Es sobre todo en el tema de la moral sexual donde se ha experimentado mayor liberación, ya que era ahí donde la opresión había resultado más densa. El cristiano de a pie ha llegado a entender que el gestor de su sexualidad es él mismo sin injerencias clericales, tan habituales en el asunto. Ha visto que el evangelio no estaba reñido con el disfrute y el gozo que provienen de las relaciones sexuales humanizadoras. Ha comprendido que este, como todos los caminos humanos, ha de ser andado, corregido y experimentado desde las propias vivencias personales. Ha entendido que la estructura eclesiástica camine en esta materia a otro ritmo y, con ello, se ha lanzado a búsquedas que van más allá de la normativa eclesial.

         La pandemia de Covid-19 ha recordado al mundo de forma dramática que somos vulnerables. La vulnerabilidad se lee e interpreta siempre como un déficit de la existencia, como un desvalor. El mundo y la persona heridos son reflejo de la honda vulnerabilidad de la existencia histórica. Herido mientras te llega la muerte. Sin embargo, hay pensadores que muestran que la “herida infinita” que alberga el ser humano es su más honda posibilidad porque muestra su necesidad y posibilidad de apertura. Todo esto contribuye a mirar la vulnerabilidad no con los ojos rechazadores de quien lee en ella la realidad del pecado, sino con la mirada benigna y esperanzada de quien percibe una enorme posibilidad de vida.

         Entre los cristianos ha constituido un valor tener una fe “sólida”, de convicciones firmes, asentada sobre la roca de Pedro, se solía decir. La fe dubitativa, perpleja, zarandeada era un contravalor. Sin embargo hemos visto a grandes creyentes caminar en la duda y a fanáticos simples hacer gala de una fe rocosa. Nuestra fe no está asentada sobre certezas indiscutibles, sino sobre la adhesión del corazón. Y este se ve, a veces, zarandeado y perplejo. Sobrenadar el mar de la incertidumbre puede hacernos más fuertes y consigue una fe resiliente y flexible.

         El lenguaje de la vulnerabilidad es el de la in-certidumbre, no porque no se tengan convicciones, sino porque no se las entienden como universales y prestas para la imposición a todos. Es también lenguaje de in-firmeza, de “enfermedad”, para saber que no tiene terreno asignado como propio, sino que su tierra es el mundo compartido en el sobresalto y lo imprevisible que acarrea la carencia de salud. Es, además, lenguaje de in-seguridad, teniendo a raya la acumulación de bienes o de ideas que nos puede llevar a creernos invulnerables, siendo así que amanecemos cada día asomados al precipicio de la existencia.

         Para entender correctamente la fragilidad hay poner en marcha el principio de benignidad crítica. No es un principio exculpatorio, sino de componente empático. Se trata de, siendo honrados con lo real, leer la realidad y los caminos humanos desde la perspectiva de la comprensión, la empatía y la mirada bondadosa. Anida en ese principio el afán de establecer sintonías de amor, más que el interés explícito por una mejoría del comportamiento moral. La benignidad crítica está animada por el amor fraterno y no desespera de la bondad de la persona, por notables que sean sus fallos morales. Y desde ahí cuestiona lo incuestionable, creyendo en su posible reorientación.

         De lo que se desprende que, necesariamente, la fragilidad ha de ser acompañada. Así como el pecado deja en desamparo al pecador, la vivencia de las limitaciones como fragilidad apunta al acompañamiento como remedio único para ellas. No nos referimos tanto a un acompañamiento técnico, cuanto a la actitud personal de estar siempre al lado del hermano y no a su margen. Acompañar como actitud es haber logrado vivir fuera de la coraza de hierro que es la autorreferencialidad.

         De todo esto se desprende que nosotros optamos por el abandono paulatino del término pecado sustituyéndolo por el de fragilidad. Posiblemente este cambio no ofenderá a nadie y ayudará a posibilitar otra lectura de la debilidad humana distendiendo las nocivas nociones de la culpa y del temor que acompañan a la espiritualidad del pecado. Generará, además, prácticas de perdón que no conllevarán las exigencias incumplibles de una praxis pastoral montada sobre el pecado, para dar paso a otra asentada sobre la gracia.

         El barro cocido se vuelve fuerte. Todavía lo usamos en vajillas y utensilios de cocina, aunque haya otros materiales, el plástico sobre todo. La fragilidad pasada por la prueba se vuelve resistente y útil para el servicio. Una vida zarandeada puede terminar en naufragio, pero también puede salir fortalecida. De ahí que la fragilidad pueda ser entendida como una posibilidad. El pecado imposibilita, bloquea, desalienta. La fragilidad descubre nuevas fuerzas, termina dando con nuevos horizontes, suscita alegrías impensables. No es solo cuestión de distinto vocabulario, sino también de perspectiva vital diferente

         Podría pensarse que se excluye de todo esto la lucha contra la fragilidad. En modo alguno. Esa lucha es parte de sus posibilidades. Pero ya no es la lucha muchas veces estéril contra el pecado, sino el trabajo por superar lo superable desde una visión empática de la fragilidad. Es otra manera de encarar la limitación, más eficiente, más fraterna, más benigna.

         Esta perspectiva es la que va unida a la espiritualidad del cuidado. «En una sociedad sorda a los abrazos, el cuidado se convierte en una reivindicación permanente. Laas relaciones no se fundan en una historia de dominio, sino de respeto y de conciencia de cuidado, mostrarse conscientes de que en la vulnerabilidad hay que saber ser, al tiempo, cuidado y cuidarse», afirma L. García Montero.

         Así como la espiritualidad basada en el pecado destila una indudable hosquedad, la de la fragilidad es compatible con una indudable amabilidad. Envolver la fragilidad en amabilidad es disponerla a ser acogida y valorada de una manera humana. Más aún: la amabilidad es puerta de acceso al corazón frágil puesto que desencadena la confianza necesaria para que, por dentro, se abra la puerta del corazón. Se accede así al misterio de lo frágil, materia de la que está hecho el fondo de la persona.

 

Preguntas para los grupos:

 

  1. 1.    ¿Perviven los síntomas de exclusión en las comunidades cristianas?
  2. 2.    ¿Qué pasos posibles de igualdad se pueden dar en la Iglesia?
  3. 3.    ¿Cómo crecer sencillamente en la igualdad de género?

 

 

3

RECREAR LAS BÚSQUEDAS DE JESÚS

 

RECREAR LA FE BUSCADORA DE JESÚS

 

Puede parecer que, de salida, se atribuyen a las búsquedas de Jesús un horizonte excesivamente humano, cuando la teología le ha atribuido horizontes de otro calado (la salvación, la reconciliación de todo, la vida eterna, etc.). Un horizonte humano expandido (en la forma en que el caos que se autoorganiza llegue a determinar) puede ser, a priori, un horizonte para la búsqueda de Jesús y para las del grupo que le da adhesión. No es esto rebajar los componentes divinos o mesiánicos de Jesús, sino ponerlos en otro escenario. De este modo las búsquedas de Jesús y las del creyente no se desgajan de la historia ni se las sitúa en terrenos que conllevan una carga excesiva de inverificabilidad.

         Efectivamente, las búsquedas de Jesús entran en conexión con los anhelos humanos y no solamente no pierden sentido, sino que se insertan en el subsuelo de la vida para colaborar en el logro de su sentido pleno. Así es: la intemporalidad atribuida a la persona de Jesús ha llegado a oscurecer sus búsquedas. De ahí que atribuir a Jesús el papel de “buscador” resulta un tanto extraño, máxime cuando el exagerado proceso de divinización lo ha considerado como sabedor de todo y, por lo mismo, ajeno a la necesidad de buscar. Sin embargo, como diremos, él ha trabajado fuertes búsquedas posiblemente porque su vida se ha movido en un fuerte pathos espiritual, social y ético.

         Las búsquedas de Jesús se han amasado en los silencios y en las vivencias sociales. Son el componente místico y político de toda gran búsqueda humana. En el primer elemento se encontraría la oración de noche, el recurso a la Ley como lugar de encuentro con Dios, la misma celebración sinagogal, el retiro como técnica de ahondamiento. Y en el segundo elemento entrarían ahí los caminos, los dolores ajenos, las situaciones de injusticia, la lectura del momento social en que vivió. Todo mezclado, mística y política, habría sido escenario propicio para una búsqueda que apuntaba a lo nuevo más como anhelo de verdad que como interés por desmarcarse de lo establecido. Esto fue consecuencia de su  buscar la verdad, el sentido, el secreto de los días, la razón de vivir de una determinada forma social.

         ¿Se vieron cumplidas sus búsquedas? En la medida en que pueden ser, quizá sí. Pero eso no significa iluminar toda la zona de sombras. Sus logros fueron históricos, es decir mezclados a la limitación personal y social de él y su momento. Pero pueden ser paradigmáticos para quienes quieran ser de su grupo no tanto por los logros, como por la mística que subyace al trabajo de buscar: tendría sentido apuntarse a una tarea buscadora porque eso nos aproxima a la verdad de lo que somos, aquello que anida en los pliegues del alma y que da sentido a nuestros pasos. Ese impulso es la traducción del amor de Dios volcado, mezclado, unido a la historia desde dentro y que lleva a superar la negativización de la historia propiciando la reconciliación con ella.

         La mayoría de los grandes tratados sobre el Jesús histórico de los que hoy disponemos no dedican un solo apartado a la fe de Jesús. Hablar de aquel a quien se considera Hijo de Dios como de un creyente se considera obvio, superfluo o, mejor incluso, inapropiado. Aplicar a Jesús los trabajos, esfuerzos y dudas del creer no parece lo más adecuado. Sin embargo, dejar de lado este aspecto no es solamente negar de alguna manera el camino humano de Jesús, su ser persona histórica, sino que es despojarle de su más profundo itinerario interior. Así es: Jesús no es solo creyente para otros, sino también creyente para sí mismo; no solamente ofrece el mensaje a otros sino que él elabora mensaje para su propia necesidad espiritual. Comprender a Jesús como un creyente no  es solo afirmar lo evidente, sino que es asomarse y valorar maravillados los trabajos de fe de quien es revelador de la relación con Dios. 

         Aunque parezca una obviedad, hay que tener en cuenta que el Jesús histórico no es cristiano en sus elaboraciones de fe, sino judío. Por lo tanto, su camino creyente está enmarcado en la espiritualidad judía. Jesús amaba su religión; nunca renegó de ella; hubiera sido una impiedad inconcebible. Si la cuestiona en determinados puntos, algunos importantes, no fue porque no la amase sino porque, a su juicio, no funcionaba en los parámetros humanizadores de la espiritualidad de la alianza. Pero su búsqueda espiritual, por muy novedosa que se la quiera, habrá de ser compatible con el fondo mismo de la Ley, quizá no tanto con las formas que es donde se sitúa el litigio con el sistema religioso. Otra cosa es la visión que, posteriormente, nos brindan los evangelios tras la caída de Jerusalén y la época de un judaísmo en diáspora y un cristianismo en expansión. La búsqueda creyente de Jesús, como no podía ser de otro modo, se enmarca en el judaísmo muy anterior a Yamnia vivido con amor y cuestionado con sentido crítico. La novedad espiritual de Jesús tiene que ver sobre todo con la profundidad, con planteamientos de fondo.

         Algo con lo que los evangelios han tenido que lidiar es con todo el tema del mesianismo porque quizá el mismo Jesús y su entorno han tenido mucho que ver con él. ¿Cómo entender su búsqueda espiritual desde esa perspectiva? Las respuestas son muchas y puede que sean bastantes las que contengan elementos de verdad. Pero creemos que Jesús ha elaborado su fe en el trabajo por configurar, en su corazón y en sus caminos, un mesianismo pobre. Ahí está el quid: para la tradición mesiánica judía, el mesianismo se resuelve en el poder y la gloria ya que ser mesías desde la pobreza es una contradicción en los términos. Algo de eso pasa con la atribución mesiánica de los títulos cristológicos cristianos: se entiende y se celebra a Jesús como mesías de la humanidad desde el brillo y poder religioso, desde el anhelo de reconocimiento por todos los pueblos de la tierra. Si fuera esto así, ¿cómo Jesús habría logrado unir, en su corazón y en su vida, mesianismo y pobreza? Solo se nos ocurre una respuesta: en su convivencia directa con la pobreza, en su opción por escapar de algo que atosiga tanto, hasta entender que en un Dios de pobres y en el fondo último de las pobrezas anida un sueño inagotable de justicia que da sentido a la utopía de los pobres: la sociedad distinta.

         Además, es un rasgo del trabajo creyente hacer, de mil maneras, la pregunta sobre Dios, de lanzar, desde todos los ángulos, preguntas a Dios, cuestiones que casi nunca tienen respuesta. Los trabajos de fe de Jesús han sustituido las preguntas por la certeza, simple pero sosegante, de que Dios hacía camino con él en cualquier vicisitud por la que pasara su vida. O, al menos, así lo ha comprendido la tradición evangélica cuando, a su manera, nos ha querido abrir un poco la puerta del alma de Jesús. Quizá se dé esta situación porque preguntar a Dios de modo directo, y más si se hace exigentemente, puede parecer una impiedad. Pero la tradición veterotestamentaria está llena de preguntas, a veces duras, a Dios. Da la impresión, incluso en la posterioridad de los evangelios, que Jesús acoge a Dios lejos de las preguntas, con la fe de quien ama sin preguntas y sin esperanzas interesadas. Un Dios que se acoge en un amor que se entiende bueno y liberador, todo bien.

         Cuando se analizan los trabajos de fe de Jesús, y extrañamente a la realidad social y religiosa de la época, se percibe un estilo de fe que podríamos decir secular, poco religioso. Es verdad que, según los evangelios, Jesús ora, aparece por la sinagoga y el templo, respeta la normativa religiosa y las tradiciones aunque cuestione, a veces, su inhumanidad, etc. Pero no se respira un ambiente religioso, sino más bien laico. No se percibe a Jesús como un recitador de salmos o un inventor de oraciones. Sus experiencias primigenias, como la del bautismo, no son propiamente religiosas, sino de contenidos sociales. Sorprende este componente de laicidad que haría parte de la primera experiencia, aunque luego tomará otros derroteros.

         La fe de Jesús apunta a la verdad de la persona, a lo que es uno realmente ante Dios, no a lo que su vida tiene de representación en el escenario social. Por eso, con su manera de creer, hizo ver a quienes eran tenidos por descreídos que su no-fe era algo de más calidad que la pretendida fe de quien se situaba en el sistema. Su manera de creer abrió una puerta a la supuesta increencia de los excluidos del sistema. Hizo ver que la mística, el amor que anhela, no es patrimonio de la religión, sino que pertenece al tesoro de la vida, por muy herida que esta se halle. Esta increíble novedad abre un camino a los comportamientos del grupo de Jesús en una sociedad como la nuestra.

 

EL ICONO DE LA BÚSQUEDA INAPAGABLE

DE LA JUSTICIA

(Lc 18,1-8)

 

         El relato corrientemente denominado “parábola de la viuda y el juez” se inserta, como los anteriores, en el largo viaje lucano de Jesús hacia Jerusalén. En tal viaje hay lugar para instrucciones sobre temas diversos, incluido el de la oración. Pero el contexto de tal viaje imprime una perspectiva nueva a este clásico tema de la piedad religiosa.

         Efectivamente, más que el tema de la oración como tal, lo que se quiere subrayar es el anhelo de la justicia esencial. Así es, el texto que antecede (Lc 17,20-37) habla de la expectación sobre el día de la llegada del reino y el que sigue (Lc 18,9-14) más que de dos modelos de oración de lo que habla en el fondo es de dos maneras de situarse ante la promesa del reino. Es en este marco de anhelo del reino donde se plantea el tema de la justicia esencial. Ésta, la justicia, es el dinamismo de fondo de la realidad del reino.

         Desde esta perspectiva ideológica es preciso entender la relación dialéctica entre el juez injusto “que ni temía a Dios ni le importaban los hombres” (Ton theon mê phoboumenos kai anthrôpon mê entrepomenos: Lc 18,2) y la viuda tenaz que pide justicia “frente a su adversario” (Apo tou antidikou mou: Lc 18,3). El primero, lógicamente, no puede ser tipo de la justicia de Dios. Así es, la justicia del juez es lenta (“por bastante tiempo”: Meta de tauta: Lc 18,4), comodona (“me está amargando la vida”: Dia ge to parejein moi kopon tên khêran tautên: Lc 18,5), deseosa de acabar de una vez para que se le deje en paz (“que venga continuamente a darme esta paliza”: Hina mê… hypôpiazê me: Lc 18,5). Es una justicia podrida en su fondo porque no escucha los anhelos de justicia que brotan de las situaciones de pobreza.

         Por eso, el antitipo de este juez venal  es un Dios que responde a los anhelos de quien hambrea un mundo de justicia: a) Dios “reivindicará a sus elegidos” (Ou mê poiêsei tên ekdikêsin tôn eklektôn autou: Lc 18,7), se pondrá de su parte, un Dios parcial; b) “no les dará largas” (Kai makrothymôn ep’autois: Lc 18,7) porque hacer esperar al anhelante de justicia es aumentar el nivel de injusticia; c) escuchará a los que le “gritan día y noche” (Tôn boôntôn pros auton hêmeras kai nyktos: Lc 18,7), porque, desde antiguo, es una Dios que escucha los gritos de los sojuzgados.

La “reivindicación sin tardanza” (Hoti poiêsei tên ekdikêsin autôn en tajei: Lc 18,8) es sello del anhelo de la justicia del reino. No es algo que se pueda posponer sine die. Ahora bien, la gran pregunta queda en el aire: “Cuando llegue el hombre, ¿qué?, ¿va a encontrar en esa fe en la tierra?” (Ho huios tou anthrôpou elthôn ara eurêsei tên pistin epi tês gês: Lc 18,8). Es decir, ¿van a ser capaces los seguidores de Jesús que hacen camino con él de mantener vivo el anhelo de la justicia a pesar del bombardeo de la injusticia y de todas las técnicas disuasorias de una sociedad anclada y asentada en la injusticia?

 

Derivación: Una ética para la justicia esencial

 

En nuestra sociedad da casi vergüenza hablar de justicia. Es como si éste valor sustancial produjera malestar al ciudadano de a pie. Hablar de justicia, demandarla, gritar en su nombre resulta trasnochado, como si uno estuviera anclado en mayo del 68. Quizá sea esto así porque lo individual ha copado el todo del ámbito humano moderno y la justicia tiene que ver, sobre todo, con planteamientos colectivos. “La necesidad de equilibrar lo individual con lo colectivo es uno de los grandes dilemas de la ética. El valor de la autonomía y de la libertad individual ha sido lo más desarrollado, y a medida que eso evoluciona resulta más difícil hacer al individuo partícipe de lo colectivo, que piense en los demás, pero no cabe duda de que hay que tender a esa armonía y a un concepto de justicia que viene de los griegos. Al fin y al cabo, la ética busca lo universal. El relativismo absoluto, aunque suene a contradicción, es opuesto a la ética”. Este anhelo de lo universal justo es un elemento insustituible de la experiencia de fraternidad social.

         La justicia es  el componente “político” del seguimiento, su participación en el devenir social desde una honda compasión histórica. Este componente es insustituible y, de alguna manera, da sentido al componente “místico”  ya que lo hace visible y, por ello, verdadero. De ahí que una experiencia espiritual que no parta y no aboque al anhelo de la justicia se pierde en el marasmo de lo religioso.

         Por lo mismo, hasta la tarea orante ha de nacer y llevar al logro de la justicia esencial. J. Chittister muestra en páginas muy luminosas el cambio que supone en una comunidad contemplativa poner el horizonte de la justicia como algo tomado en serio. “La oración cambió para incluir una nueva conciencia sobre la política nuclear y sus amenazas”. Son cosas, aparentemente, incompatibles. Pero no. El camino de inocular la preocupación y el compromiso con la justicia puede que sea la “salvación” de la oración y de la misma liturgia para que éstas no queden atrapadas en la rutina, en el rito. El cristianismo en general tiene que andar todavía un gran trecho si anhela este horizonte. Y sin embargo, como decimos, existe en ello una gran oportunidad de revitalización. Las palabras del profeta D. Bonhöffer siguen sonando veraces: “Nuestra iglesia que durante años solo ha luchado por su existencia, como si esta fuera una finalidad absoluta, es incapaz de erigirse ahora en portadora de la Palabra que ha de redimir y reconciliar a todos los hombres y al mundo… Por esta razón, las palabras antiguas han de marchitarse y enmudecer y nuestra existencia de cristianos solo tendrá, en la actualidad, dos aspectos: orar y hacer justicia entre los hombres». La oración mezclada a la justicia, ambas realidades unidas.

         Estos son los caminos de la justicia esencial. Ésta no consiste, inicialmente, en meras estrategias, políticas o económicas, para el logro de la justicia. Se trata de una actitud que anida en los trasfondos de lo humano, en la base de lo que somos. Es más, pues, algo que hace relación a la espiritualidad. En ese dominio es donde emparenta con la oración. Una oración por la justicia no es una mera actividad religiosa sino una manera de leer e interpretar los anhelos profundos de la historia, un transitar la búsqueda del sentido. No deja de ser algo que se escapa de nuestras manos. Por eso resulta pertinente la pregunta del texto lucano: “Cuando llegue el Hombre, ¿qué?, ¿va a encontrar esa fe en la tierra?” (Lc 18,8). Se refiere a la fe en las posibilidades de la justicia para revertir la órbita de la historia.

 

LA BÚSQUEDA DE LA LUZ

 

«Estoy siempre persiguiendo la luz.

La luz convierte en mágico lo ordinario»

 

Trent Parke

 

 

         El discurso teológico suele hablar de Dios con contundencia, diciendo qué es y qué no es, qué quiere y qué no quiere. En realidad, habla de algo que se escapa al discurso humano y, cuanto más se le encasilla, menos probablemente se atina. Por eso hay quien postula el cambio mismo del vocablo “Dios”, por patriarcal y reaccionario. No hay que olvidar que los vocablos los creamos los humanos. Y, por ello, son susceptibles de cambio, siempre que tal variante deje más claro lo que queremos decir. No hay que temer tocar el vocablo “Dios”.

         Efectivamente, queremos hablar de algo que se esconde y huye. Y queremos hacerlo con los argumentos de una pretendida ciencia que encasilla todo en beneficio de una supuesta claridad y comprensión. Por más que las bibliotecas de teología y espiritualidad sean inmensas, eso no aumenta el conocimiento del misterio de Dios que escapa en la metáfora de un “ciervo” huidizo, según san Juan de la Cruz. Solo la mística ha caminado anhelante tras un Dios que no se deja atrapar.

         No renegamos del lenguaje teológico, sino de su increíble inmodestia.  Si hubiera sido elaborado con la levadura de quien duda, de quien tantea y sugiere, en lugar de quien dictamina, define y condena, tal vez habría hecho un beneficio mayor a la fe. Que haya quien vigila el lenguaje, quien acumula dosieres inculpatorios, quien excluye y condena por la inadecuación de un concepto, indica el abismo en el que hemos caído. Pero siempre se podrá salir de ahí no tanto por el camino de la discusión dialéctica, sino por la ofrenda de las propias experiencias de búsqueda espiritual. Se pueden compartir los derroteros que van tras el misterio, incluso los extraviados.

         En esta línea, se podría nombrar la realidad de Dios como “el misterio”. Por de pronto, la indeterminación de la expresión es compatible con la libertad de un Dios que no puede ser encasillado. Además, el vocablo sugiere una hondura que no se puede alcanzar por métodos absolutamente racionales, aunque la razón no quede desterrada en este camino hacia lo que huye. Incluso el vocablo “misterio” deja abierta la puerta a la posibilidad de compartirlo, ya que eso no se consigue por vía académica, sino por los incomprensibles vericuetos del amor.

         El Jesús evangélico tiene que ver con el misterio más que con el discurso teológico explícito. Da la impresión de ser alguien que, usando los moldes sencillos de su propia religión, ha entrado en el misterio que envuelve la vida y lo ha sabido plasmar en actitudes y comportamientos que abrían a una realidad nueva. Algo de eso parece que han sentido las gentes que, sobre todo al principio de sus andanzas por Galilea, han entrevisto. Superando las constricciones culturales y religiosas parece que ha percibido de manera bastante nítida la conexión del misterio con la vida. Y da la impresión de que el camino usado para lograr tal conexión no ha sido el mecanismo religioso, algo externo, sino una experiencia de tipo personal que tiene que ver con lo profundo, con la simple verdad de lo que uno es.

         El creyente en Jesús se ve arrastrado con él al misterio. Igual que él, también intuye que la realidad de Dios se le escapa. Pero, a la vez, percibe, más allá de los años y de una historia muchas veces alejada del evangelio, que Jesús le muestra y le entreabre las puertas del misterio. Ya no se exclusiviza la experiencia creyente en planteamientos ideológicos, sino que la vivencia se abre paso y el horizonte que se dibuja es el de la novedad de un amanecer. No es fácil construir un lenguaje nuevo, pero hay balbuceos.

         Aunque más mitigada que en épocas pasadas, sigue abierta la polémica sobre la conciencia mesiánica de Jesús. Nosotros no entramos en ese terreno. Si nos parece difícil entendernos en nuestra propia entidad, mucho más arduo es pretender entrar en la conciencia de Jesús a través de unos textos tan mediatizados como los evangelios. Ante nosotros no pierde nada el perfil revelador de Jesús porque él se entienda de una manera u otra y porque nosotros lo sepamos o no. Gran parte de nuestra vida y de nuestra experiencia cristiana la vivimos desde el no saber lo que somos. Sigue vigente el viejo consejo de los sabios griegos “conócete a ti mismo”, aun sabiendo que nuestros limites son muchos.

         Nuestra mirada a Jesús percibe sus trabajos por revelar un nuevo perfil de Dios como condición necesaria para acoger su propuesta de vida nueva. Efectivamente, sus esfuerzos han querido revelar, desvelar, rasgar los velos, prejuicios, tópicos consagrados, encubrimientos interesados, temores infundados, ideas esclerotizadas, con los que se ha envuelto y ocultado el perfil de Dios. Y ha logrado hacerlo en maneras de comportamiento pegadas a la vida como, por ejemplo, comiendo con pecadores. Dice J. A, Pagola: «Lo que más escandaliza de Jesús no es verle en compañía de gente pecadora, sino observar que se sienta con ellos a la mesa. Estas comidas con “pecadores” son uno de los rasgos más sorprendentes y originales de Jesús, quizá el que más le diferencia de todos sus contemporáneos y de todos los profetas y rabinos del pasado». Estos trabajos de desvelamiento constituyen su conciencia-para-nosotros, su saberse llamado a lo nuestro. Somos nosotros quienes lo percibimos así: revelador, desvelador.

         Por eso mismo, los cristianos no creemos en Dios en general, sino en la manera precisa del Dios revelado por Jesús. Viendo los comportamientos cotidianos de Jesús deducimos el perfil de su Dios: Jesús acoge a pecadores, el Dios de Jesús acoge a pecadores; Jesús elogia la generosidad, el Dios de Jesús es generoso; Jesús ofrece segundas oportunidades, el Dios de Jesús abre la posibilidad de una nueva oportunidad; Jesús sueña con el fin de las penas de los pobres, el Dios parcial de Jesús empuja en la dirección del señorío de los pobres. Y así sucesivamente. En esta traslación de las actitudes de Jesús al perfil de Dios se palpa el carácter revelatorio de la persona de Jesús,

         Muchos cristianos creen que esto no es suficiente para creer con fe “sólida” (¿quién y cómo se mide la solidez de la fe?). Pero ¿no es suficiente para generar adhesión a Jesús, para amarle, para enamorarse de él, para seguir con él? ¿No es justamente en esa adhesión donde el evangelio pone su interés? Desde ahí puede entenderse que el ámbito de lo humano y el de la revelación confluyan: el Dios de Jesús se nos revela para ahondar en humanidad. Así el objetivo de la revelación no es una creencia, sino una hermandad en lo humano. ¿Por qué un planteamiento tal decepciona y no entusiasma? ¿Qué espera realmente el cristiano de Jesús?

     

Si, con lo que antecede, se propone irse alejando del lenguaje de Jesús como Hijo de Dios y sustituirla por la de revelador del Padre, no es porque se niegue aquella, sino porque se elige un modo lingüístico que se considera más concorde con la espiritualidad evangélica. Efectivamente, consideramos que la frase “Jesús es hijo de Dios” pertenece más al ámbito del pensamiento griego, mientras que la de “Jesús es el revelador del amor de Padre” es más compatible con el pensamiento bíblico. Sabemos que una opción de lenguaje, por más que sea algo provisional, es importante para conformar la fe.

         Entender y adherirse a Jesús como revelador del amor del Padre es reconocer su papel de mediador en el camino de la fe. Cuando los evangelios acuñan la frase “tu fe te ha salvado”, se refieren a la fe en Dios, necesaria para transformar un suceso de vida en signo de fe. Él es quien activa, con palabras y hechos, la fe necesaria para acceder al misterio. Si los evangelios demandan una cierta fe en Jesús es como cauce de acceso al Padre, como senda que se orienta hacia lo incognoscible, hacia lo divino. Él es camino porque es verdad y vida su valiosa mediación.

Toda la realidad de Jesús apunta al misterio.  Él es uno que persigue la luz para sí mismo y para los demás. El objetivo es entrever la luz y llegar a ella. Esa mediación revelatoria es el decisivo papel de Jesús en el proceso de la experiencia cristiana. No es, pues, extraño que se tome ese derrotero lingüístico aunque no esté perfilado del todo. No rebaja para nada el valor espiritual de la persona de Jesús y realza su capacidad de revelador de un perfil de Dios que envuelva y “deslumbre” al creyente para generar una feviva.

Según la expresión primojoánica, la revelación ha de tener lugar “en la carne”, en la historia. Fuera de ese ámbito, lo revelatorio pierde sentido. De manera que si lo histórico no cobra una dimensión nueva, más luminosa, en su relación con Jesús, no ha cumplido su función. Iluminar la vida, ser lámpara para nuestros titubeantes pasos, norte para nuestros extravíos, ésa es la tarea asignada al revelador del amor del Padre. Algo que va más lejos que la mera asignación de un título cristológico.

 

 

Preguntas para los grupos:

 

  1. 1.    ¿Qué sería hoy una “fe buscadora”?
  2. 2.    ¿Cómo buscar la justicia en nuestro contexto social?
  3. 3.    ¿Cómo habría que revelar el amor del Padre al ciudadano/a de hoy?

 

 

4

RECREAR EL SUEÑO DE JESÚS

 

EL COMPONENTE ECONÓMICO DEL SUEÑO DE JESÚS

 

¿Vieron a Jesús como un soñador aquellos que compartieron su marcante experiencia itinerante? Probablemente no. Más aún, se observa en el NT una cierta desconfianza hacia los sueños. De ahí que hablar de Jesús como soñador es demasiado. Cualquier otro apelativo le iría mejor. Además podría aducirse que el nivel social en el que Jesús pareció moverse no es propicio para muchos sueños. Bastante se tiene con sobrevivir día tras día. Todo ello tiene sentido, pero los desplazados sociales albergan sueños, los que sean, en su dura trayectoria histórica. Otra cosa es que afloren, que alguien los haga aflorar, o no.

         No habrá gran dificultad en admitir que Jesús hizo soñar a los pobres con su programa de dicha para ellos y su tenacidad en recordarles su invitación al banquete de la vida. Más aún, les hizo soñar con la certeza de que ellos son los únicos que tienen un sitio de “privilegio” en la sociedad nueva no porque sean mejores que otros, sino porque son pobres. Nunca se termina de responder a la cuestión de por qué los más bajos en la pirámide social seguían a Jesús, al menos en la primera época de la predicación en Galilea. ¿No podría ser una respuesta que la propuesta de Jesús y los sueños de los pobres, humildes, ocultos y casi enterrados, conectaron con ella y volvieron a resurgir? ¿No habrá que volver a la cuestión de la centralidad del pobre como esencial a la hora de recrear el sueño y la propuesta de Jesús?

         Podríamos decir, si no pareciera exagerado, que, además de a los pobres, Jesús hizo soñar al mismo Dios. Éste, según la Palabra muchas veces reiterada, tiene un sueño: que la historia se plenifique en el amor y, para ello, el signo histórico para las personas  es llegar a la fraternidad igualitaria, a la economía del cuidado, a la lógica del reino opuesta a la lógica neoliberal. Aquí se ancla su sueño de vivir en este mundo como se vivirá en el mundo pleno. Para ello, hay que desplazarse del sistema neoliberal hacia un sistema de hermandad, de la economía del lucro que mata  a la de la fraternidad que engendra vida.

No importa que el fracaso de Jesús y de tantos otros empeñados en causa similar se esgrima como razón para el abandono de este hermoso sueño. También puede esgrimirse como semilla de esperanza. Y los sueños sembrados terminan por germinar, aunque sea en tiempos futuros. Por eso, podría ocurrir que el sueño de la sociedad nueva urdido en el alma Jesús haya sido postergado, incluso en ocasiones abandonado. Puede volver a resurgir con fuerza, ya que la semilla se echó en el surco con vocación de futuro. Por eso, la fidelidad a Jesús no se medirá por el vigor de comportamientos religiosos o morales sino, más bien, por la fe en su sueño. El seguidor de Jesús persigue, en el fondo, un sueño.

         Tradicionalmente el evangelio ha sido situado en terrenos ajenos a la economía. Se ha entendido que, por más que los evangelios hablen de comportamientos “económicos”, lo relativo al dinero y lo concerniente a Jesús iban por caminos distintos. Sin embargo, es cosa asumida desde hace tiempo entre los católicos que el evangelio ha de entrar en la economía. Quizá cuesta un poco más percibir que el mismo evangelio, el sueño de Jesús, comporta un “sueño de economía fraterna”. No se trata de establecer distintas economías. No hay más que una, aquella que se urde en las relaciones humanas. Lo que interesa es si esa economía puede alcanzar cotas de humanidad y, por ello, pueda considerarse que hace parte del sueño hermoso de Jesús. De cualquier manera, si la economía no hiciera parte del sueño de Jesús, éste  correría el riesgo de ser una fantasía.

         No conocemos bien los modos de vida económica del mismo Jesús. El calificativo de tekton (el obrero en trabajos con madera) tiene en la historia del cristianismo primitivo un cierto matiz de menosprecio: trabajar con las manos no es una buena carta de presentación de quien pretende hacer la oferta de un sueño que seduzca. En los evangelios no se aprecia ese matiz denigratorio. Quizá esa perspectiva de un trabajador manual unida a la de un cierto componente “aldeano”, de baja ruralidad, ha dado una orientación a la visión económica de los evangelios: una economía desde la vertiente de las pobrezas apoyada en la certeza de un Dios que está del lado de los pobres. Por eso mismo, se observa una cierta acidez en la manera de ver la relación de las diferentes clases económicas: el evangelio sería para los pobres con un cierto matiz de exclusividad.

         De ahí que la propuesta económica de Jesús tenga esos matices que vienen de la experiencia de marginación económica: desencanto hacia las posiciones económicas de los poderosos, desestimación de la acumulación, solidaridad que logra que llegue para todos no siendo obstáculo la pobreza, reordenamiento del hecho social desde la centralidad del valor peculiar de las pobrezas. Jesús propone una economía desde la perspectiva de la reversión de las pobrezas históricas para llegar al logro de una economía de igualdad o, mejor, de equidad. Sin perderse en los matices, siempre valiosos, lo importante es percibir este desasosiego económico, ese sentimiento de rebelión, que late en la propuesta económica de Jesús porque tal sentimiento puede ser engendrador hoy de una resistencia lúcida ante un sistema financiero que sofoca los anhelos de vida de grandes masas del planeta. Ese desasosiego puede ser determinante para mantener vivo un sueño que, hoy más que nunca (por el simple crecimiento poblacional), sigue planteado con todo su vigor.

         Desde aquí se puede medir la dificultad del grupo de seguidores para entender una propuesta de seguimiento tras un sueño motivado por un desasosiego de desigualdad. Mezclado el sueño de poseer a la idea del mesianismo da como resultado el disgusto que se percibe cuando el soñado mesías no cumple las expectativas económicas: ¿qué se puede esperar de un mesías que lava pies, que habla de entrega y de servir, que hace de la desacumulación uno de los principios de cambio económico, que cree en el extraño mesianismo del compartir? ¿Qué beneficios se pueden obtener de un mesías antieconómico, desestabilizador, desprendido y no sujeto a los modos de patronazgo de la época?

         Los evangelios podrían haber sido para los creyentes en Jesús una herramienta de cambio económico y social. Pero, todo lo contrario, han sido entendidos como un apaciguador de propuestas económicas reivindicativas. Por eso hoy, el sueño económico de Jesús experimenta la cercanía a todas las teorías económicas que nos ofrece la sociedad y no tienen el ánimo de lucro como primer objetivo: la economía del bien común, de la sobriedad feliz, del decrecimiento, de la economía colaborativa, etc. Son movimientos sociales que se aproximan más al sueño económico del evangelio que los modos neoliberales que aún se mantienen, en la práctica, en maneras consagradas por las leyes y la misma moral religiosa.

         Este componente económico del sueño de Jesús descrito de esta manera es tachado, con frecuencia, de una enorme ingenuidad cuando no de una absoluta ignorancia. En su desacreditación está su fuerza porque nadie se empeña en el descrédito si no teme algo. El valor del sueño de Jesús no está en sus argumentos técnicos, que siempre serán necesarios, sino en una mística, aquella que sigue soñando, más allá de connotaciones históricas, en un mundo donde es posible una economía de igualdad y de equidad. Es el sueño que, según la Palabra, alberga el mismo Dios.

 

EL SIGNO DE LO ALTERNATIVO

(Jn 2,1-12)

 

         De salida, es preciso superar dos perspectivas de lectura: la historicista y la sacramentalista. La primera trata el texto como una historia ocurrida a Jesús y su familia. Más allá de cualquier posibilidad, esa lectura es estrecha e improductiva de cara al Mensaje. La segunda es un evidente anacronismo difícil de sustentar. Hay que intentar alguna otra variable de sentido.

         El marco esponsal , es apropiado para hablar de cambios de una alternatividad que proviene de la adhesión, del amor. Efectivamente, el amor será el motor para tomar una postura alternativa. No se plantea esto por razones ideológicas, sino por los ignotos caminos del corazón. La invitación a la boda a Jesús y a sus discípulos genera el mejor marco posible para la alternatividad (“Hubo una boda en Caná de Galilea”: Gamos egeneto en Kana tês Galilaias: Jn 2,1).

         La primera parte del diálogo entre “la madre” (Hê mêtêr) y Jesús desvela la dificultad inicial para situarse en planos de comprensión equivalente. El modismo “¿Quién te mete a ti en esto, mujer?” (Ti emoi kai soi gynai: Jn 2,4) está indicando la diferencia de plano de los actantes: la mujer entiende desde el mesianismo potente, Jesús desde la entrega del reino que es un camino de alternatividad.

La madre y lo que representa, el Israel fiel que quiere dar un paso hacia la nueva comunidad, tiene hartas dificultades para entender los mecanismos del reino como cambio de adhesión, como alternatividad. Lo entiende en los modos mesianistas de la potencia, modos que afianzan la vieja adhesión pero que no abren a otras posibilidades. De ahí que la propuesta de la mujer “a los sirvientes” (Tois diakonois), cae en el vacío como apuntando a otra expectativa.

El paso a lo alternativo ha de darse cayendo en la cuenta de qué es aquello que se quiere abandonar, la vieja adhesión. En ese sentido, el v.6 es paradigmático: encierra en un verso “tallado” todo lo que para el cuarto Evangelio supone la vieja adhesión, la alianza primera desde la que es preciso desplazarse hacia la nueva comunidad.

Efectivamente, la metáfora de las tinajas vacías refleja esa realidad que ha quedado superada por la propuesta del reino. Se trata de una realidad fija, estática, inamovible, incapaz de adaptarse a los nuevos tiempos: “Estaban allí colocadas”, clavadas, estáticas, inamovibles (Êsan de ekei). Eran tinajas “de piedra” (Lithinai), que tienen que ver, idiomáticamente incluso, con las realidades expresadas en una Ley inscrita en las “losas de piedra”. Es una realidad destinada “a la purificación de los Judíos” (Kata ton katharismon tôn ioudaiôn). Lo bueno de la purificación es, sin duda, el acercarse a Dios en condiciones de máxima pureza ritual. Pero la debilidad histórica demuestra que la persona es falible y debe recurrir constantemente al rito de purificación. Es decir, las tinajas pueden purificar, pero no solucionan la situación de la conexión con lo divino de raíz. O sea, purifican, pero no salvan. Además, la purificación está en manos de los Judíos, de los dirigentes; ellos controlan y manipulan la realidad religiosa. Dios ha perdido el “control” sobre los mecanismos religiosos. Estos, se apropian de Dios. Por otra parte, la enorme capacidad de las tinajas (Metrêtas duo ê treis cada una: unos seiscientos litros en total) está sugiriendo, con una cierta ironía, la ineficacia del viejo dinamismo: demasiada agua para un rito purificatorio que no consigue nada. Y además, como se deduce del v.7, están vacías. Estatismo, vieja alianza, ineficacia, manipulación, inutilidad,  vacío, etc…, estos son los ingredientes que mezcla la comprensión que de la vieja adhesión tiene el cuarto Evangelio. No solamente por razones históricas, sino incluso literarias, se extrema la situación que se quiere abandonar para llenar de más sentido la nueva propuesta que se propone.

Esa nueva perspectiva viene depara por “el vino de calidad guardado hasta ahora” (Ton kalon oinon heôs arti: Jn 2,10). El vino tiene una importancia decisiva como referente microcósmico en la antropología bíblica: simboliza la amistad compartida, el gozo participado, la alegría multiplicada. Y de ahí, la realidad de lo nuevo, el horizonte inesperado, la novedad que surge imparable, la utopía tocada con las puntas de los dedos. Todo eso está encarnado en el vino que es Jesús, Mesías guardado hasta ahora. Por eso la alternativa a las “tinajas”, a la alianza primera, es “el vino”, la realidad del Jesús que suscita vida, alegría y esperanza.

Tres personajes comienzan el itinerario nuevo de adhesión: los sirvientes que “habían sacado el agua” (Hoi êntlêkotes to hydôr: Jn 2,9), el maestresala que testifica ente “llamando al novio” (Phônei to nymphion: Jn 2,9) y los discípulos que “le dieron su adhesión” (Episteusan eis auton hoi mathêtai autou: Jn 2,11). El verdadero signo no es el agua cambiada en vino sino el cambio de adhesión que abre las posibilidades de una época nueva de la historia. Es el milagro de la posibilidad de un cambio de adhesión, una alternatividad que abre a la esperanza, un situarse ante la realidad con el lenguaje de lo nuevo.

 

Derivación: Las pobrezas como alternativa

 

         Aún persiste la maldición de la pobreza y acompañará al devenir humano por mucho tiempo. No es fácil reorientar el curso de la historia. Es imposible hablar de alternatividad a quien sufre la dentellada de la pobreza severa. De ahí que se lea como una maldición y no como un posible lugar de encuentro, mucho menos como una alternativa a otra manera de entender el hecho social.

         Y, sin embargo, el pensamiento moderno va elaborando “teorías”, paradigmas de novedad, que tratan de integrar a las pobrezas en el pensamiento humanista actual no solamente como una parte del mismo sino como un dinamismo que puede tener una cierta decisividad. Planteamientos como los de la civilización de la pobreza, la economía del bien común, la sobriedad feliz, el decrecimiento, etc., tienen a la base el anhelo de integrar el mundo de las pobrezas en la economía real, creyendo que todo ciudadano ha de tener el derecho a una vida digna. Es lo que el Papa Francisco llama la economía de inclusión.  Son profecías sociales que confluyen con el fondo mismo del Evangelio.

         A veces se dice que el cristianismo es propio de una sociedad de pobres que no ha sabido elaborar una mística compatible con una sociedad del bienestar. Quizá por eso haya que intentar una lectura de los textos bíblicos conectada a esta sociedad del llamado bienestar. En ese caso se podría intentar, al filo de textos como Jn 2,1-11, una lectura del bienestar desde la justicia debida a los empobrecidos. Y ello no solamente para censurar los indudables desmanes de tal bienestar, sino también para percibir la parte que se adeuda a los empobrecidos por razones de equidad, de justicia o de mera reparación histórica.

         Desde ahí podría entenderse el mundo de las pobrezas como un mundo positivamente alternativo: cuando las pobrezas entran en la dinámica de la economía real las posibilidades de un mundo humano se acrecientan; cuando los empobrecidos van ocupando el sitio que les corresponde en las estructuras económicas se genera un horizonte de más luz para lo humano. Así las pobrezas pueden ser alternativa social y económica saludable, no solamente un peso para una economía de mercado que, a la postre, se sacude la desagradable carga de los pobres.

         ¿Puede la sociedad encontrar salida por la aportación de las pobrezas? Sin duda, ya que su colaboración al horizonte de la justicia, a la utopía de lo humano, al sueño de la fraternidad social puede ser decisivo. Ese es, quizá, el “vino guardado hasta ahora”, el dinamismo en el cual no se termina de creer, el potencial menospreciado que espera a ser puesto en marcha, a ser considerado como una posibilidad para que la historia humana tome otros derroteros. Matar estos sueños, considerarlos “oxidados”, pasados de moda, inservibles, no puede ser sino una ceguera propia de personas que quieren ceder su secular parcela de poder.

 

EL SUEÑO DE MANTENER ACTIVADA LA PALABRA

 

         La Palabra es una realidad viva. Y, dependiendo del uso que se le dé, puede ser un dinamismo de vida puede ser una realidad muerta, desactivada.  La forma más habitual de desactivación es la banalización, el tratamiento superficial de la misma. Se escucha, se saben los relatos por fuera, se los trivializa, se hacen bromas y chistes con ella. Signo de ello es la proclamación litúrgica: sale un lector/a que no ha preparado la lectura, la lee con frecuencia sin tender lo que dice, la asamblea escucha estoicamente y se termina con el sello de “Palabra de Dios”. La lluvia de la Palabra no ha tocado la verdad de la persona.

         El mayor problema en la presentación y comprensión de la Palabra es el historicismo: se da peso a los relatos, se los valora, se cree en su contenido en la medida en que se piensa que son históricos. Esta  opción, vigente a tope, es la peor a la hora de valorar la Palabra no tanto porque no se crea que muchos de ellos  puedan tener un sustrato histórico, sino porque esa no puede ser la intención del relato bíblico. Son textos que contienen experiencias espirituales, no demostraciones de su veracidad histórica tal como entendemos hoy la historia. Esta orientación es demoledora y resulta casi imposible de superar. Solamente una formación bíblica continua puede llevar a derrotar ese obstáculo, un verdadero pre-juicio, que lo invade todo. La imposibilidad de mantener esta postura con un mínimo de racionalidad lleva a la desactivación del mensaje espiritual del texto.

         Otra manera de desactivar la Palabra que, además, se une a la autoridad religiosa es hacer de ella la “esclava del sistema religioso”. En lugar de activar, depurar, interpelar, reorientar el sistema, se toma a la Palabra como elemento de confirmación sacral de ese sistema. Esto se hace en virtud de la creencia de que la autoridad consagrada está por encima de la Palabra y se tiene la evidencia de que se puede definir, y manipular, su sentido. La Palabra queda desactivada en beneficio de una entidad que, con frecuencia, desvela la lejanía del evangelio. Es complicado devolver a la Palabra su componente profético y  cuestionar el uso fraudulento que de ella hace el sistema religioso. Quien lo haga, sabe que ha de aprestarse a consecuencias graves.

         Un modo de evidente desactivación de la Palabra se da en el uso que no pocos políticos hacen de la Biblia. Resulta inaceptable el enarbolamiento de la Biblia, como símbolo de la fe, para presentarse como aliado de la divinidad que apoya una concreta opción política. Se trata, en el fondo, de una manipulación burda de lo divino que, por lo visto, da pingües resultados electorales. El Dios manipulado, preso de maniobras políticas, nada tiene que ver con el Dios de Jesús y ni siquiera con el del AT. Coartar la libertad de Dios es máxima expresión de increencia. Quien enarbola la Biblia es, por ese motivo, un alejado de la fe bíblica. El poder que se aferra a la Biblia como símbolo a su favor sufre, en realidad, una constante y fuerte crítica a su gestión política. La palabra que juzga, lo hace en primera instancia a quien la manipula.

         Lo contrario a la Palabra desactivada podría denominarse, tomando la expresión de Francisco de Asís, como “palabras perfumadas”. El perfume es camino de amor hacia la persona querida, ensancha el ánimo y dinamiza la adhesión. A algo de eso apunta la experiencia creyente con la Palabra: la creación de un horizonte de amor donde quien ama se sabe amado. Eso da un sentido nuevo a su existencia. Palabras para vivir de otro modo.

         La rutina, con su tremenda capacidad de dilución, puede hacer que la Palabra pierda no solamente sus contornos, sino su poder de atracción, de tal manera que nada de ella nos resulte luminoso. ¿Cómo devolver a la Palabra su brillo, su fuerza atractiva, su capacidad de embelesar? ¿Cómo generar mecanismos de activación para palabras desactivadas? Quizás resida una posibilidad en lo que llamaríamos “lectura social” de la Palabra. ¿De qué se trata?

         Las maneras habituales de leer la Palabra son la moral y la espiritual. Leemos un pasaje de la Biblia y sacamos unas consecuencias morales (a veces moralistas) o espirituales (a veces espiritualistas). Son modos de leer que, hechos con una cierta profundidad, siguen siendo útiles y es preciso contar con ellos. Se podría leer la Palabra desde una perspectiva social. Una lectura social es aquella que mira a la realidad y desde la realidad con el texto bíblico en la mano. Más que de un método se trata de una sensibilidad que intuye que la mezcla de la Palabra ahondada con la realidad social discernida puede ser altamente provechosa. Es cuestión, así mismo, del logro de una perspectiva que conecte con facilidad el imaginario del texto leído con el del mundo que vive el agente lector; sin esta conexión, el texto arriesga la infecundidad. Es, en fin, un anhelo, aquel que pretende hacer que el texto llegue a lo más profundo de la intimidad personal y ese pueda ser el cauce para una vivencia recreada del Mensaje.

         ¿Cuáles serían los contenidos de una lectura social de la Palabra? Dado que como hemos dicho, se trata, ante todo, de una sensibilidad y una perspectiva, a una lectura social le antecede cualquier método de análisis textual, siempre que éste sea compatible con los postulados y las exigencias de una conexión viva con la realidad de hoy. Se trata de hacer una obra de doble ahondamiento tanto en el texto como en el ámbito y porqué del hecho social. Incluso este trabajo ha de manejar como uno de sus presupuestos globales que el texto bíblico no es tanto un texto orientado a creyentes sino a cualquiera que conecte con la oferta de Jesús.

         Por eso, la lectura social de la Palabra posibilita el diálogo con la postsecularidad y evita que el hecho creyente se fosilice y se sectarice. El hecho bíblico está muy desprestigiado. Para devolverle su capacidad de plataforma de diálogo con la persona de hoy es preciso encontrar un modo de lectura adecuado. Esa puede ser la chance de la lectura social. Inicialmente requerirá un evidente esfuerzo; pero, poco a poco, el hábito de leer desde perspectivas sociales se afianzará con facilidad.

 

Preguntas para los grupos

 

  1. 1.    ¿Cómo hablar hoy con seriedad de sueños y utopías?
  2. 2.    ¿Qué nos falta para vivir una fe alternativa?
  3. 3.    ¿Cómo contribuir a mantener activada la Palabra en nuestras comunidades?

 

UNA LECTURA SOCIAL DE LAS CARTAS DE SANTA CLARA

 

ESCRITOS DE SANTA CLARA DE ASÍS:

UNA LECTURA SOCIAL

(Clarisas de Girona, 23-27/1/2023)

 

 

Introducción

 

Comenzamos rezando:

«¡Oh piadosa pobreza

a la que, por encima de toda otra cosa,

se dignó abrazar el Señor Jesucristo

que gobierna el cielo y la tierra!».

 

 

         De Clara de Asís nos han llegado 8 escritos. Puede parecer poco, pero contando con que pertenece a la Edad Media de la que se guardan textos concretos, de que es una mujer, lo que reduce la posibilidad de escribir y guardar escritos, y contando con que, además, es monja de clausura, el que hayan llegado estos textos hasta nosotros, es un verdadero “milagro”.

         Además todos ellos son textos amplios (excepto la carta a Ermentrudis), con denso contenido ideológico, muy aprovechables. Además de ser un milagro es una suerte enorme para las clarisas en particular y para todos los del movimiento franciscano en general.

         Los textos de Clara son:

  • Las cuatro cartas a Inés de Praga.
  • La carta a Ermentrudis de Brujas (discutida)
  • La Regla.
  • El Testamento.
  • La Bendición.

Nosotros subrayaremos un poco más alguno de los contenidos sociales de las cartas intentando que la espiritualidad clariana aterrice en el marco de nuestra vida personal y comunitaria.

 

 

 

LAS CARTAS A INÉS DE PRAGA

 

1

Primera carta (1CtaCl)

 

La princesa Inés, hija del rey Prémysl Ottokar I de Bohemia fundó un monasterio a orillas del río Morava en Praga, la actual república Checa. Enterada de la fundación de san Damián por medio de los franciscanos, surgió con Clara de Asís una correspondencia de ida y vuelta que debió de ser abundante y densa como lo muestran las cuatro cartas de Clara que se conservan.

 

a)    Idea general: 

 

La 1CtaCl es una valoración de la vida cristiana desde la experiencia de pobreza hasta creer que el camino de una vida en minoridad, sencillez, pobreza, humildad, simplicidad, es el mejor camino para entender el fondo de la fe. Ser pobre no es para Clara no solamente no tener cosas (y eso que pasaban mucha miseria), sino sobre todo es centrarse en Jesús y en el hermano para que la vida tenga apoyos sólidos. Fe en Jesús y vida simple, ahí está el secreto.

 

b)    Fe apasionada en Jesús:

 

Esta expresada en modos de lenguaje amoroso muy vital y muy “sensual”, si podemos hablar así. Con pasión. Clara tiene todas las pintas de ser una mujer apasionada y con esa pasión entiende lo de Jesús. Creer en Jesús sin pasión es un empobrecimiento.

 

c)      Vida simple:

 

Que eso es la vida en pobreza: una vida lo más sencilla posible para estar centrados en lo esencial de la vida y de la fe. No se trata tanto de una idea, sino de un estilo de vida. Hoy diríamos: decrecimiento, sobriedad feliz, austeridad solidaria, cosas así.

 

Leer los vv.15-17 y preguntarse por el estilo de vida económico que llevamos. ¿Lo ponemos en relación con la fe? ¿O Evangelio y estilo económico de vida van por caminos separados?

 

d)    Perspectiva social: Las pobrezas sociales

 

Entendido el “seguir a Jesús pobre” como el voto de pobreza, su espiritualidad ha apuntado casi siempre a modos de comportamiento religioso ad intra del sistema. Ser pobre era ser austera, depender económicamente de otra (de la abadesa) y tender hacia una mística de pobreza espiritual. El tema de las pobrezas sociales era prácticamente algo ajeno. Los logros de esta mentalidad han sido, con frecuencia, escasos. Sin embargo, quizá haya una salida distinta: hacer propio el problema de la pobreza que es de otro, apropiarse de la situación carencial de otro para tratar de superarla con el empuje de ambos. De ahí que la gran cuestión de la vida franciscana ante el “sin nada propio” sea la respuesta que se da al tema de las pobrezas sociales. Eso es lo que puede dar sentido hoy al voto de pobreza y, quizá, a la misma vida religiosa en relación con la sociedad. Ante la vida franciscana se despliega el inmenso panel de las pobrezas sociales, cercanas y lejanas. De las respuestas que se den depende el sentido de la vida evangélica del hermano menor.

Desde ahí se interpela a la vida franciscana por si debiera acentuar más su componente social, ya que el contenido religioso ocupa casi todo el ámbito vital y laboral del menor. Tal vez no se ha planteado, ni personal ni comunitariamente, situarse en un terreno distinto al religioso. Las escasas comunidades que lo hacen, aunque son muy valoradas, no modifican la trayectoria general del gran grupo franciscano. Este incremento de lo sociológico equilibraría más los componentes del seguimiento de Jesús ya que hoy están en un cierto desequilibrio: prevalece el componente místico sobre el situacional o social.

Por su parte, el corazón ofrecido a la sociedad para poder vivir en estructuras de pobreza, demandaría el incremento del componente profético de la vida franciscana. Este, parece que es cosa adquirida en la espiritualidad de la vida religiosa. Y por eso se habla con frecuencia de él, de las periferias, los márgenes y expresiones similares. Pero aún se necesita más incidencia social que modifique los planes de vida de la comunidad. Para ello tal vez sea necesario percibir cómo la sociedad, mediante los aprendizajes sociales, puede ser fuente de inspiración (la bondad, la fraternidad social, el diálogo, la política preocupada por quien peor lo pasa, la economía y sus consecuencias decisivas, etc.). Efectivamente, no solo los componentes espirituales conforman la vida religiosa. También los sociales, como verdadero instrumento del Espíritu, modifican e influyen en nuestros comportamientos. Si no existe una actitud de corazón ofrecido a la sociedad, es muy difícil hablar de una pertenencia social en libertad.

 

Si hay tiempo, se podría leer la carta entera subrayando personalmente una frase que nos gusten más. La cosa puede llevar 15 minutos. Luego, se ponen en común los subrayados.

 

Para conocer más a Clara:

 

Fuga nocturna

 

«La decisión, reflejada ya en los primeros pasos de Clara en el seguimiento radical de Cristo, impresiona aún a los hermanos más escépticos. Con Francisco, Filipo y Bona, Clara programa un plan de alto significado simbólico, para su fuga de la vivienda torre. Su último día en Asís debería ser el Domingo de Ramos. Elegantemente vestida, Clara, rodeada de sus nobles, participa el 27 de marzo del 1211 en la liturgia pontifical de la fiesta. Asís celebra la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. La solemnidad es simultáneamente el inicio de la Semana Santa. Clara es consciente, como lo son los hermanos, de que su seguimiento de Jesús ha de comenzar, por de pronto, con un calvario. La confidente Bona se encuentra, en estos días decisivos, muy lejos. Se había ido a Roma como peregrina – sea por protegerse de la reacción del clan, sea porque no podría soportar la fuga de Clara por motivos emocionales, y prefería pedir por su joven amiga desde lejos. La misma noche, Clara de su torre-casa familiar, y, para ello, despeja, clandestinamente, la puerta posterior de las barricadas con que la atrancaron. Hasta hoy no ha podido ser esclarecido cómo pudo abandonar la ciudad cuyos portones estaban siempre cerrados. Octavio Schmucki ha desarrollado la tesis plausible de que Clara podía haber utilizado la puerta privada de la residencia episcopal en las murallas. De todos modos, el obispo Guido I animó en su propósito a la hija de la nobleza, en la liturgia de la mañana, con el leve signo de la entrega personal de una rama de palma. Junto al muro de la ciudad, han debido estar ya los hermanos esperando a Clara, para trasladarla, a través de la oscuridad nocturna de los bosques de robles, bien resguardada, a la capilla de la Porciúncula (LCl 7-8)» (Del libro de N. KUSTER, Francisco y Clara de Asís. Una biografía doble, Madrid 2014, p.68-69).

 

2

Segunda carta (2CtaCl)

 

Comenzamos con:

«Mira atentamente, considera, contempla, deseando imitarlo, a tu Esposo, el más hermoso de los hijos de los hombres».

 

Recordamos:

 

Inés era hija del rey Ottokar I de Bohemia y de la reina Constanza de Hungría. Nacida en 1205, fue prometida a la edad de tres años a Boleslau de Silesia, después en 1213 al hijo del emperador Federico II, Enrique, de diez años de edad. Los noviazgos fueron rotos en 1225. Inés fue pedida en matrimonio en 1227 por el mismo Federico II, que reiteró su petición en 1233. pero el propósito de Inés era diferente. Después de la llegada de los Hermanos Menores a Praga en 1232, Inés les construyó una Iglesia. Después ella misma fundó un hospital al cual agregó en 1233 el monasterio de San Salvador, en donde entró el 11 de junio de 1234. Obtuvo del papa Gregorio IX el envío de algunas Hermanas Pobres del monasterio de Trento para sostener su fundación. El propósito de Inés era vivir como Clara vivía con sus hermanas en San Damián. Murió en 1282.

 

Sobre las Cartas en general:

 

         Las cartas a Inés de Praga son un claro exponente de cómo Clara era una mujer de profunda oración, en las líneas que dirige a su amiga se refleja el rico mundo interior de Clara. El hilo conductor de estas cartas es la centralidad de la persona de Jesucristo en la propia vida, a Él hay que dedicar toda la existencia; se reitera también el tema de la pobreza, siempre vinculado al seguimiento de Jesús; por último, es constante la llamada a la fidelidad, una fidelidad tenaz y firme, a la cual Clara exhorta siempre a Inés.

 

a)    Idea general de la segunda carta:

 

El tema general es el seguimiento de Jesús. Clara no sigue a Francisco, sino a Jesús en los modos de Francisco. Esta centralidad de Jesús es lo que da sentido a la vida de Clara y sus hermanas.

 

Si la comunidad se anima, se puede leer la carta entera. No es muy larga. Leer subrayando lo que más nos dice al corazón. Al terminar, se pueden poner en común esos subrayados.

 

b)    Un punto en concreto:

 

Leer los versículos 19-20

 

         Clara descubre el lado humano de Jesús, su honda pobreza, su entrega total. No sigue a un ser divino, sino a alguien que se entrega. Clara propone todo un itinerario para lograrlo:

  • Mira: infórmate, aprende todo lo que más puedas sobre él.
  • Considera: reflexiona, comparte con otros tu experiencia de Jesús.
  • Contempla: ora para vivir de la fe en él.
  • Imítale: Porque en vivir como él vivió, con sus criterios y modos de comportamiento está la cosa.

c)     Perspectiva social: Un seguimiento ecológico

 

El papa Francisco viene a decir en LS’ 217 que el seguimiento con Jesús ha de incluir la conversión ecológica. Nunca se nos habría dicho semejante cosa. Y ¿por qué? Por razones de humanidad.

Los intentos personales y sociales por ir integrando una nueva mentalidad en relación con la naturaleza se saldan, con frecuencia, con un resultado menguado o, simplemente, con un fracaso. No por eso habrá que dejar de intentarlo. Y quizá sirva la razón de humanidad. Es decir, la tierra tiene un potencial regenerador muy fuerte. Por eso mismo, el daño que hacemos al planeta lo sufrimos los humanos en primera instancia. El resultado del maltrato a la tierra se vuelve, ante todo, contra los mismos humanos.

         Esta razón de humanidad, que puede parecer egoísta, se convierte en realidad en un elemento de control y en un acicate para generar una espiritualidad del cuidado de la tierra. Del mismo modo que en caso de agresión somos los perdedores, en la práctica del cuidado somos quienes más ganamos. La razón de humanidad es una ganancia para el planeta y, sobre todo, para los humanos.

         Por ello la tal razón se convierte en espejo de humanidad Quien entra por el cuidado de la tierra muestra que es alguien activo en la construcción de lo humano. Quien rechaza el cuidado de la tierra, hacer ver su escasez de humanidad.

Si esta espiritualidad no evocara nada en la vida contemplativa, habría que revisarla. Es verdad que sus maneras han de ser distintas. Pero tiene que haber cauces de compromiso ecológico por un seguimiento actualizado (mirar los planes de los monasterios cistercienses de Cataluña).

 

Para saber más de santa Clara:

 

El hospicio de san Damián

 

La estrecha relación de soledad y sociedad, silencio contemplativo y mundo urbano, búsqueda de Dios y amor a los hombres es lo que distingue a San Damián. La pequeña comunidad ante las puertas de Asís vive su estilo de imitación de Cristo no en itinerancia como los hermanos, sino sedentariamente. La investigación discute sobre si Clara renuncia a la vida itinerante conforme al paradigma evangélico por iniciativa propia o por presión de Iglesia y sociedad. Teniendo en cuenta la situación turbulenta de la Iglesia, la suerte del movimiento de los valdenses invita a la precaución. Mujeres vagabundas y evangelizadoras suscitan rápidamente, a principios del s. XIII, sospecha de herejía. Con todo, también entran en juego razones biográficas para una vida sedentaria: a diferencia de los comerciantes y caballeros en la fraternidad de Francisco, cuya vida, ya antes de su conversión se caracterizaba por su movilidad, las primeras compañeras de Clara eran damas de la nobleza, acostumbradas a llevar una vida sedentaria entre cuatro paredes. Con todo, no cambian ante los muros de Asís, de una clausura casera pasan a una monacal. San Damián carece durante años de estructuras monásticas. Todavía dos años después de la muerte de Francisco, el Papa Gregorio IX se dirigirá a sus “hijas, Clara y las demás siervas de Cristo, que conviven junto una iglesia de san Damián en el obispado de Asís”. Obligada a utilizar direcciones precisas y preocupada por perfiles canónicos claros, la Curia del Papa no puede, todavía en otoño del 1228, en referencia a la comunidad de Clara, hablar de monasterios, ni de monjas, ni de una abadesa, o de una vida propiamente regular (vita regularis). Esto nos obliga a estar atentos y nos insinúa la pregunta sobre el modelo de vida de santa Clara. En su odisea la hermana dejó tras sí tanto el estilo de vida clásico-monástico de las benedictinas de San Pablo como el estilo de una vida radicalmente alejada del mundo y harapienta de las semireligiosas en el bosque de San Ángel. San Damián busca la proximidad a la ciudad y se relaciona con los marginados que viven extramuros de Asís.

Si nosotros, los hermanos, seguimos “las huellas de Jesús” como los apóstoles sin un paradero fijo, las hermanas de Clara descubrieron otra forma no menos evangélica del seguimiento: el modelo de las dos hermanas de Betania, Marta y María. Amigas de Jesús, con casa abierta y hospitalaria en la proximidad de la ciudad de Jerusalén. Como el albergue familiar que el maestro encuentra en Betania y en el que viven las dos hermanas con su hermano Lázaro, así se desarrollaba también el escenario de vida de Clara: fraternalmente. Hasta cuatro hermanos vivían en chozas de madera cerca de ellas y se ponían a su disposición permanentemente, al servicio de nuestra comunidad de hermanas.

Las actas del proceso de canonización subrayan el carácter abierto de San Damián. Distintas clases de gentes llegaban de la ciudad y de todo el valle de Espoleto y se dirigían con sus problemas y urgencias a las hermanas. Estas afrontan con gran flexibilidad las solicitudes de las gentes, bien se trate de una madre desesperada o de un marido en crisis matrimonial o de un compañero psíquicamente débil de Francisco, bien se trate de enfermedades, conflictos humanos o preocupaciones materiales. Las hermanas de Clara se desviven por las necesidades de las gentes y confían, de su parte, en la solidaridad de la ciudad. La comida que no pueden cosechar de su propia huerta, esperan conseguirla como donación de la ciudad. A Clara le gusta, como a los demás pobres, vivir de los residuos. Sea lo que fuere lo que determinó la fórmula de vida de la comunidad de Clara – opción libre y vocación personal o prudencia social y eclesial –, en San Damián viven amigas de la soledad y hermanas de la ciudad.

 

3

Tercera carta (3CtaCl)

 

Comenzamos con las palabras de Clara: «Pon tu mente en el espejo de la eternidad, pon tu alma en el esplendor de la gloria (cf. Heb 1,3), pon tu corazón en la figura de la divina sustancia (cf. Heb 1,3), y transfórmate toda entera, por la contemplación, en imagen de su divinidad». 

 

Recordamos:

 

Inés se negó a tomar más parte en matrimonios políticos concertados, así que decidió dedicar su vida a la oración y las obras espirituales, por lo que buscó la ayuda del Papa Gregorio IX. En un terreno donado por su hermano, el rey Wenceslao I de Bohemia , fundó el hospital de San Francisco (ca. 1232-1233) ​ y dos conventos de los frailes franciscanos, que acababan de llegar a Bohemia por invitación de su hermano. A través de ellos se informó Inés sobre Clara de Asís y la Orden de las Hermanas Pobres, la contraparte monástica de los frailes. Ella comenzó una correspondencia con la hermana Clara (con quien se escribió durante más de dos décadas, pero nunca conoció en persona), lo que llevó a Clara al envío de cinco monjas del monasterio de Asís a Praga para comenzar una nueva casa de la orden. Esta fue la primera de la comunidad de Clarisas al norte de los Alpes.

 

Sobre las cartas en general:

 

Las cuatro cartas revelan la correspondencia de amistad entre dos mujeres. Su estilo es algo ampuloso y complicado pero el contenido es de un gozo profundo, un canto de alegría por el camino seguido. Esta alegría está suscitada por la entrega generosa de Inés a Dios, así como el gozo que siempre ha llenado la vida entregada de Clara. Las cartas nos revelan la experiencia de oración de Clara, sobre todo en su dimensión nupcial. Clara no habla nunca de ella misma, se refiere siempre a Inés, pero en sus líneas podemos entrever cómo era una persona de intensa vida de oración.

 

a)    Ideas principales de la 3ª carta:

 

Es un texto de muchas posibilidades. Ponemos las más importantes:

 

1)    La alegría (vv.3-4): Alegría exultante de Clara al ver que Inés sigue indefectiblemente en el camino de la pobreza: "en verdad puedo alegrarme, y nadie podrá arrancarme este gozo".

2)    La vocación eclesial de la clarisa (v.8): no tanto la contemplación como modo de identidad en la Iglesia, sino sostener a los miembros vacilantes de la misma.

3)    Itinerario contemplativo (v.12): Pon tu mente, pon tu corazón, pon tu alma, transfórmate.

4)    Contenidos sociales (vv.24-28): compartir, el valor de lo que uno es, reorientación de roles sociales.

5)    Respuesta a la cuestión del ayuno (vv.29ss): Clara le recomiendo prudencia y poner el acento en lo importante (la pasión por Jesús) y relativizar lo demás.

 

b)    Un punto concreto:

 

Se puede leer los vv.24-28 y hacer una lectura de sus contenidos sociales:

-         Se pueden entrever aquí las bases espirituales de la socialización de la economía: cuanto más se comparte, más se multiplica.

-         Hay una valoración del presente como momento propicio para la vivencia de una espiritualidad profunda que no depende de lo que se tiene, sino de lo que se es.

-         Desde la sencillez clariana se propone una reorientación de los roles sociales: los honores, el brillo, el rango social quedan muy cuestionados desde la identificación con el Jesús pobre.

 

 

Perspectiva social: Redistribuir en modos nuevos

 

Uno de esos intentos actuales de redistribución es el Ingreso Mínimo Vital. Este es un subsidio estatal dirigido a personas en situación de riesgo de pobreza y exclusión social con la intención de la erradicar parte de la pobreza social. Es una forma muy elemental y muy discutible de igualación económica por vía de una “desapropiación” asignada en los presupuestos generales del Estado.

El gran cuestionamiento que recae sobre el IMV es que se trata de un subsidio para suplicantes. Una vida digna no debe ser suplicada. Quien suplica pide algo con docilidad. La súplica, pues, supone sumisión. El IVM camina en la dirección de la desapropiación social que apunta a un horizonte de igualdad. Y hay que valorar la intención de adecuar el IMV a las familias con menores a cargo.

Otra cosa es el tema de la Renta Básica que es un reparto del beneficio económico del país a toda la ciudadanía por el hecho de serlo. La RB la recibe, pues, toda la población, pero no todos ganan. Con una financiación mediante reforma fiscal, el 20% más rico de la población la recibe, pero pierde. El otro 80% gana. La RB es incondicional, se refiere a los derechos sobre la economía de un país y, por lo mismo, tiene que ver simplemente con la ciudadanía. La RB es un programa en el que se hace una transferencia directa de dinero, de forma incondicional (se trabaje o no, te dediques a buscar empleo o a pasear por la playa), y es para toda la población. De este modo, la RB universal llega a todos los ciudadanos en forma de 'derecho ciudadano', sin que éstos tengan que cumplir ningún otro requisito.

Se argumenta en contra diciendo que la RB sería cara de financiar, puesto que cubre a toda la población de forma incondicional. La mayor parte de las ocasiones en que se ha puesto a prueba un programa así, la idea final era sustituir todas las prestaciones existentes por una renta básica universal, lo que reduciría los costes administrativos a la hora de gestionar decenas de prestaciones. Sin embargo, se podría quedar corta (en términos monetarios) para las personas que más lo necesitan, mientras que sería redundante para los ciudadanos con mayores ingresos, que también la percibirían.

Para muchos esto es soñar, pero  la creciente desigualdad de ingresos en los países desarrollados y la precariedad laboral están dando cada vez un mayor protagonismo a la RB, que podría ser un complemento para los empleados con trabajos más precarios, y un 'salvavidas' para las personas que han quedado expulsadas del mercado laboral (por la tecnología, la globalización...) y tienen escaso espacio para reciclar sus habilidades laborales. En definitiva, este sueño económico es el reflejo de una desapropiación económica y social que sana porque iguala. Creemos que Francisco de Asís la miraría con aprecio.

     ¿Qué dice una clarisa a todo esto? ¿A qué le suena? ¿Cómo trasladar algo de esto a la oración? ¿Qué nivel de ciudadanía hay en las comunidades? ¿Qué color daría todo esto a la oración común? Dice J. Chittister (benedictina contemplativa) que la oración de su comunidad empezó a cambiar cuando el monasterio se declaró públicamente como zona no nuclear. Si la oración (personal o comunitaria) no tiene algún tipo de arraigo antropológico, quizá estemos hablando de una planta sin raíz. Hablar de búsqueda de Dios lejos de los caminos históricos es “peligroso”, así como haber venido al monasterio justamente para verse libre de estas inquietudes.

 

Para saber más de santa Clara

 

Sarracenos en San Damián

 

La eficacia de la oración de las hermanas la documentan las fuentes en el caso de dos acontecimientos que, en los años siguientes, llenaron, de espantos y de terror el valle de Espoleto. El año 1240, el emperador Federico II, poco antes excomulgado de nuevo por Gregorio IX, se moviliza para la reconquista del antiguo ducado imperial de Espoleto. A este fin destaca para  Umbría tropas sicilianas con soldados islámicos, que no abrigaban sentimientos respetuosos por los lugares sagrados de la Cristiandad. Los soldados musulmanes fueron empleados también contra Asís, que, debido al sepulcro de Francisco es lugar preferido de peregrinación en el valle umbro. 

Las tropas imperiales no consiguieron conquistar la ciudad aliada del Papa, situada en la loma y segura dentro de sus murallas. En cambio, San Damián, distante 800 ms de la puerta de San Jorge, se halla, sin defensa alguna, expuesta a los atacantes. Cuando “los sarracenos y otros enemigos de Dios y de la Iglesia”, a lo largo de estas operaciones de guerra, amenazan al monasterio de Clara y los primeros soldados penetran en el claustro  (PCl 3), Clara se hace llevar, apoyada en sus hermanas, ante los agresores. Se presenta ante ellos, muestra  la píxide con el santísimo Sacramento de la Eucaristía que lleva consigo, y se postra en el suelo orando ante él (PCl 9). Rápidamente, los intrusos abandonan el campo. Un año después amenaza un  nuevo peligro de guerra. Clara se gana con todo derecho la fama de un defensor civitatis, de una protectora de la ciudad: un título que, en el imperio romano, correspondía al abogado de las clases más bajas, título al que el Papa León Magno, durante el victorioso rechazo de los hunos de Atila, dio un nuevo contenido, un título del que, de la Edad Media se hicieron merecedores en las guerras sobre todo obispos valerosos. En julio de 1241 Vital de Aversa comanda de nuevo tropas imperiales contra Asís y establece un estrecho cerco de asedio en torno a la ciudad. Las tropas cristianas perdonan a San Damián, pero amenazan con doblegar a Asís. Las compañeras de Clara recuerdan, ante el Tribunal del proceso bajo el obispo Bartolomeo, que “la ciudad estaba a punto de rendirse, cuando Clara convocó a todas las hermanas y les dijo: “Muchos bienes hemos recibido de esta ciudad, por eso debemos pedir a Dios que la preserve” (PCl 9). Asís se vio libre de toda capitulación y Vital tuvo que retirar sus tropas sin haber alcanzado el objetivo de la guerra. La ciudad se lo agradece a Clara y a sus hermanas hasta el día de hoy en un acto conmemorativo anual. El episodio es un testimonio vivo de la solidaridad entre Asís y sus hermanas vecinas. Mucho más presente que los hermanos, que recorren a pie Italia y media Europa, se nos impone Clara como un nuevo tipo de patronas. En otras ciudades, son las beguinas, penitentas y reclusas, las devotas en cuya oración se refugian los burgueses y las que encuentran veneración como “santas ciudadanas” (N. KUSTER, Francisco y Clara de Asís, p.181.182).

 

4

Cuarta carta (4CtaCl)

 

Comenzamos con esa ardiente oración de Clara: «¡Llévame en pos de ti, correremos al olor de tus perfumes (Cant 1,3), oh esposo celestial! Correré, y no desfalleceré, hasta que me introduzcas en la bodega (cf. Cant 2,4), hasta que tu izquierda esté debajo de mi cabeza y tu diestra me abrace felizmente (cf. Cant 2,6), hasta que me beses con el ósculo felicísimo de tu boca (cf. Cant 1,1)».

 

Recordamos:

 

Inés construyó un complejo de monasterio y convento adjunto al hospital. Allí residían los frailes franciscanos y las monjas clarisas que trabajaban en el hospital. Este complejo religioso fue uno de los primeros edificios góticos en Praga. En 1235, Inés dio la propiedad de los Caballeros Teutónicos en Bohemia al hospital. Ella misma se convirtió en un miembro de las clarisas franciscanas en 1236. Como monja, ella cocinaba y se encargaba de los leprosos y mendigos personalmente, incluso después de convertirse en abadesa de las clarisas de Praga el año siguiente. Como se puede ver en su correspondencia, Clara escribía con profundos sentimientos hacia Inés, aunque nunca se encontraron.

 

Sobre las cartas en general:

 

Se nota una evidente diferencia entre el estilo más bien elegante de las Cartas, que usan el lenguaje florido y elaborado, y el tono más sencillo y modesto del Testamento, que aun siendo un texto muy bello revela una menor elaboración retórica y menos cuidado literario. Es probable que esta diferencia dependa en gran parte de la diversidad de los géneros literarios. De hecho, en aquella época se usaban tres estilos diversos (uno llamado «alto» o grave, otro llamado «mediano» y otro llamado «bajo» o humilde), según las materias a tratar o las personas a las que se dirigían; en el caso de las Cartas nos hallamos ante un estilo «alto», el usado precisamente cuando uno se dirige a personas de condición elevada o se trata de argumentos notables. Y es legítimo pensar también en la intervención de alguna hermana o de alguna otra persona, que desempeñara las funciones de secretaria y que interviniera en la elaboración estilística de las Cartas de Clara.

 

a)    Idea general de 4CtaCl:

 

Es la carta que propone un camino de contemplación, de oración para el franciscano/a: mirar…considerar… contemplar.

  • Mira diariamente (v.15 y ss): El lugar mejor para “mirarle” es el espejo de la Palabra. Una vida colgada de la Palabra, la vida de la clarisa.
  • Acoge al Jesús que te da la Palabra (vv.24ss): Unirse a él en modos vivos, incansables, ardientes. Tenerlo delante siempre.
  • Quédate en él (vv.28ss): Estar con él como se está con quien se ama.

 

Un punto concreto: el contenido social de 4CtaCl 9-14:

 

-         El valor de la fidelidad mantenida: aunque socialmente parezca estar en declive, la fidelidad mantenida a las propias opciones es un valor social cotizable.

-         Las raíces cristianas, tan invocadas ahora por algunos políticos, no están en las formas culturas sino de las hondas experiencias en torno a Jesús, en torno al Evangelio.

-         La sociedad debe mucho a los utópicos, a los soñadores e, incluso, a los aventureros. Son los adelantados de caminos que luego son útiles para los demás. Son fruto de la utopía; por eso siguen saliendo aunque se les desprestigie.

 

b)    Perspectiva social: En busca de un sueño

 

Puede que los sueños estén desprestigiados. El viejo calificativo de “soñador” no dice bien de una persona. Y, sin embargo, no podemos vivir sin sueños. Es la señal de que uno está vivo. Solamente los muertos carecen de sueños. Es cierto que, con frecuencia, nuestros sueños están escondidos, agazapados. Diríase que no existen. Pero están ahí, debajo de la piel, callados a veces, activos otras. Pero siempre ahí.

Hablamos de sueños, no ensoñaciones. Los sueños son tales cuando se pone algo de nuestra parte para que puedan ser una realidad. Las ensoñaciones, por el contrario, nacen como sueños pero no podemos nada de nuestra parte para conseguirlos. Por eso se esfuman como la niebla; los otros persisten cada vez que damos un paso en la dirección que marcan.

Por experiencia sabemos que, generalmente, nuestros sueños son pequeños, se adaptan a lo cotidiano. Hay quien piensa que, de tan pequeños, son raquíticos. Pero, de cualquier manera, en esos sueños, en esos anhelos se urde nuestra vida. Son su esqueleto. Sin ellos, nuestra vida se derrumbaría como un castillo de arena. Por eso es preciso mirar con aprecio el mundo de nuestros sueños, incluso de los sueños que hace brotar el mundo de la fe.

Y dando un paso más se podría decir que Dios tiene sus sueños. Lo sabemos por Jesús (el gran sueño de la fraternidad, el reino), lo sabemos por los escritos del NT (reconciliar todo: Efesios, Colosenses). Y lo sabemos por el “misterio abrupto” (Rahner) de la encarnación. ¿Qué otra cosa puede querer decir este loco afán de Dios de querer mezclarse con lo nuestro, sino mostrar la evidencia del gran sueño del Dios de Jesús de unirse hasta el fondo a nuestro pobre camino humano?

     ¿Suena esto a una comunidad clarisa? ¿No existen en ella los sueños? ¿Se han apagado por el peso de la rutina? ¿Y los grandes sueños sociales: el triunfo de la justicia, el fin de las penurias de los pobres, el triunfo del amor? ¿Cómo es una vida con sueños, cómo es sin sueños?

 

Para saber más de santa Clara:

 

La arquitectura de San Damián

 

Hoy día, si llegamos a San Damián, tenemos que suprimir mentalmente la mayoría de los anejos y edificios si es que queremos tener una idea aproximada de cómo era el lugar cuando lo encontró nuestra prima en 1211. La iglesita tenía, en aquella época, exactamente las mismas dimensiones que la capilla de la Porciúncula. Su plano coincidía con el actual espacio del altar, y la entrada se hallaba situada justo a un metro del altar moderno. Naturalmente en aquella época no existía todavía la sillería de madera del coro (procede del año 1504) y la cruz – imagen pintada - se hallaba sobre el altar en el nicho del ábside. Las primeras hermanas se acomodaron en la abandonada casucha del sacerdote, cultivaron huertos, talaron los arbustos del asilvestrado entorno y, con un cerco, se aseguraron un espacio protegido de soledad. Igualmente ha de proceder Francisco un par de años después para los eremitorios de los hermanos. Al escribir su “Regla para los eremitorios”, hacia 1221, se orienta en el ritmo de vida y sabiduría de las hermanas, que habían acumulado ricas experiencias durante diez años de vida contemplativa.

A pesar de la evolución que experimentó el lugar a lo largo de medio siglo, San Damián conservó estas dos características: había hermanas que podían retirarse un tiempo para imitar la vida de María y estar totalmente a solas con el Hijo de Dios. Otras hermanas hacían el papel de Marta para el bienestar material y espiritual. Para ello, trabajaban también fuera en la huerta y en el campo - y se ponían asimismo al servicio de las gentes que llamaban a la puerta.

Cuando, en los años siguientes, aumentó la comunidad, ya no alcanzaban la capilla y la casa prestada. Las hermanas erigieron primeramente, con la activa cooperación de los hermanos sedentarios y de la ciudad, un pequeño dormitorio en el piso superior de la casa, y acomodaron su entresuelo en forma de refectorio - comedor y sala comunitaria de estar. Cuando el lugar volvió de nuevo a ser estrecho, ampliaron la iglesia el doble de sus dimensiones y pusieron una bóveda de cañón a la nave, de tal forma que encima se pudo acomodar una sala amplia para el descanso nocturno: el dormitorio que subsiste aún hoy día. San Damián, con este núcleo de edificios – todavía sin claustro y construcciones anejas - ni siquiera arquitectónicamente, no nos hace pensar en un monasterio. Era, en tiempos de Francisco, una iglesia rural con un espacio eremítico y una parte que funcionaba como hospicio de acogida. La única seguridad la ofrecía el dormitorio sobre la iglesia, cuya entrada era accesible por escalera y cuya abertura, a la izquierda, por encima del rosetón, se hallaba cerrada con una puerta pesada. En caso de amenaza o de peligro, las hermanas, para encerrarse, se encaramaban a este aposento superior, y elevaban la escalera. Cuando pienso en la seguridad de nuestras viviendas-torre, me admiro de la valentía de Clara al vivir en construcciones tan endebles, fuera de los muros de la ciudad.

Con cuánta flexibilidad administraban las hermanas los varios espacios de su hábitat, lo muestra la historia de la curación de Esteban de Narni, relatada por la hermana Bienvenida de Perusa en el proceso de canonización (PCl 2). Cuando Francisco ya no supo qué hacer con nuestro hermano atacado por una perturbación psíquica frenética, lo remitió a San Damián. Clara lo recibió, rezó con él y le hizo dormir hasta que descansara del todo en el lugar donde solía rezar ella personalmente. Reflexionad: un fraile perturbado, un hermano psíquicamente desequilibrado, fue recibido por las hermanas en las protegidas y familiares partes de su casa. Cuando despertó, Clara comió con él, e inmediatamente regresó curado. Esta hospitalidad, palpable y sincera, sin complicaciones de ningún tipo, en los espacios accesibles interiores, evidencia el carácter de “hospicio” del lugar. San Damián no era ante todo ningún monasterio, sino que las hermanas llevaban, en la proximidad de la ciudad, una vida sedentaria-contemplativa y, al mismo tiempo, caritativa y social. Las hermanas no “abrazaban a Cristo pobre” excluyendo a los pobres y necesitados de su vida religiosa. Hubo también huérfanos que crecieron allí, como la hermana Lucia de Roma (PCl 8).

 

5

Carta a Ermentrudis de Brujas (CtaEr)

 

Comenzamos con una oración: «Roguemos mutuamente a Dios por nosotras así, llevando la una la carga de la caridad de la otra cumpliremos más fácilmente la ley de Cristo. Amén».

 

Recordamos:

 

         Ermentrudis de Brujas es una figura muy difusa. Nacida de familia noble en la ciudad de Colonia, habría abandonado su tierra hacia 1240 y, tras una larga peregrinación, inicia una vida de retiro en Brujas. Conocedora de la forma de vida de Clara y sus hermanas viaja a Italia para encontrarse con ellas, sin que pueda precisarse si pudo hacerlo. Volvió a Brujas y fundó un monasterio bajo la regla de Clara.

 

Sobre las cartas en general:

 

«Tradicionalmente se le ha atribuido también una carta a Ermentrudis de Brujas sobre la cual la crítica actual se opone más bien a considerarla como auténtica, y lo mismo va dicho de una bendición para Inés y otra bendición para la propia Ermentrudis. Estos otros tres escritos que tradicionalmente se consideraron que podían ser clarianos hoy habitualmente no vienen considerados como tales. Pero, sin lugar a dudas, no son los únicos escritos de Clara. Es verdad que son los únicos que nos han llegado a nosotros pero, por otros múltiples caminos, intuimos y sabemos positivamente que realmente hubo más escritos en su vida: cartas presumiblemente con Ugolino, cartas tal vez también con Francisco y con las hermanas que salían de San Damián a fundar otros monasterios o a informar otros monasterios.» (Julio Herranz).

 

a)    Idea general de CtaEr:

 

Antes de comenzar, como es una carta tan breve, se puede leer entera.

 

         Más allá de una espiritualidad sobre el mundo y la historia que nosotros ya no tenemos (la historia es pasajera, el cielo es lo definitivo), una idea que articula todo el texto es la de la fidelidad (mirar cuántas veces aparece, de una u otra manera, ese tema). Cierto que siempre es la fidelidad a Jesús y no se habla de la fidelidad a la persona. Pero ambas fidelidades van unidas.

 

Se podría hablar un poco sobre el valor de la fidelidad, algo que parece estar oscurecido pero que quizá siga valorado.

 

b)    Un punto concreto:

 

Se puede leer el v.14 y hablar del empeño por crear procesos de fe. Cómo la fe no puede ir por meros impulsos religiosos sino que tiene que haber un “empeño”, un trabajo, un proceso. Algo de esto podría ser:

  • El trabajo orante: ¿Qué camino orante vamos haciendo? ¿Qué se pretende con él? ¿Qué itinerario orante lleva la comunidad?
  • El trabajo sacramental: ¿Cómo voy viviendo los sacramentos a lo largo de los años? Avances y retrocesos (personal y comunitariamente).
  • El trabajo relacional: ¿Cómo va mi relación, nivel e intensidad? ¿Qué ambiente hay  en la vida comunitaria?
  • El trabajo social: ¿Qué interés y qué respuesta suscitan los problemas sociales en la comunidad? ¿Hay oración “social” cultivada?

 

Perspectiva social: Pecados sociales

 

Conforme a la tradición religiosa, la familia franciscana tampoco ha incidido demasiado en los pecados sociales. Su sensibilidad de fe ha vibrado mayormente con los morales y religiosos. Pero hace ya tiempo que la moral social y el mismo Magisterio de la Iglesia han puesto en evidencia la gravedad de los pecados sociales. Otra cosa es que esto se haya interiorizado y se haya logrado ponerle carne. Tales fallos no brotan sin más; derivan de una serie de actitudes que, de no ser corregidas, llevarán a disfunciones sociales.

La irresponsabilidad es una de esas limitaciones. Es la actitud de quien voluntariamente se “empequeñece” creyendo e intentando hacer creer a los demás que él no puede influir en la marcha del mundo y que  éste no cuenta para nada con él. No es una actitud de humildad, sino una cortina de humo para justificar su desimplicación y para anular las llamadas a la acción que le salen al encuentro en el camino diario. No se cree que tenga algo que ver en la génesis y el desarrollo de los grandes problemas del mundo. Cuando se le hace ver su parte en asuntos como el cambio climático, cuestiona cualquier colaboración (el reciclaje entre ellas) e incluso se vuelve negacionista.

Otro pecado social ligado al anterior es la indiferencia. Es la actitud propia de quienes están situados en el lado de los “vencedores” de la sociedad, de los que tienen los medios necesarios y aun sobrantes de vida. Piensan que ellos no son en modo alguno la causa de las desgracias que contemplan en tiempo real en los medios informativos. Anestesiados por el consumismo, su mirada no se vuelve sobre los grandes problemas de la humanidad. Los ignoran y  tampoco les importan. Esta indiferencia cobra hoy proporciones globales de tal manera que muchas zonas del planeta (el África subsahariana, por ejemplo) caminan en una oscuridad y un desconocimiento total. El indiferente no hace ningún esfuerzo por acercarse a esas zonas de sombra.

Y un tercer fallo social que acecha a la espiritualidad franciscana es la carencia de alternatividad. Eso supone que la mística propia se ve uniformada con la común de otras místicas que tampoco se hacen significativas formando un conglomerado de pensamiento religioso común, rutinario, corporativo. Todos envueltos en la misma niebla, sin perfiles específicos, sin aportaciones luminosas.  Se piensa como todos, se habla como todos, se valora el dinero como todos, se posiciona uno políticamente como todos. Se termina por abandonar la posibilidad de caminos nuevos poniendo como dificultad la edad, el abandono de las generaciones jóvenes o, simplemente, que ya no se está para “experimentos”. Mientras tanto, la espiritualidad franciscana se diluye, se vuelve poco significativa y termina por no generar la alternatividad que caracteriza la vida evangélica.

Sentirse afectados (movilizados e implicados) por estos pecados sociales puede abrir la puerta a una nueva visión de pertenencia histórica y a un dimensión distinta del perdón. Una lectura social de CtaEr permite una ampliación del término “pecado” hasta las actitudes de base que, anteriores a los hechos morales, determinan los comportamientos humanos.  Los beneficios de una tal espiritualidad afectan al camino humano y a las opciones espirituales.

 

Para saber más de santa Clara:

 

Monjas: no - hermanas: sí

 

Francisco, de modo respetuoso, pero tajante, ante la Curia romana, rechazó la promoción de los hermanos menores a cargos directivos en la Iglesia. Que las olas se encresparon todavía alguna vez a mayor altura, se puso de manifiesto en un encuentro posterior con Hugolino, que quería conquistar a Francisco para su política de monjas. Nuestro compañero Esteban trasmite palabras drásticas del santo. Os las leo y os pido al mismo tiempo no malinterpretarlas precipitadamente: “El hermano Esteban repetía, que, manifiestamente, Francisco solo a Clara profesaba un profundo amor…Siempre estuvo preocupado por ella y por su convento. Y que nunca permitió que se fundara ningún otro convento, aunque en su tiempo surgieron también más conventos, creados por otros. Cuando se enteró de que las mujeres de aquellos conventos se llamaban “hermanas”, debió de gritar alborozado y nervioso: El Señor nos ha quitado esposas, pero el diablo nos regala hermanas. Pero el Señor Hugolino, obispo de Ostia, que era protector de la Orden de los minoritas, promovía aquellas hermanas con gran cariño. Cuando el señor Hugolino, en cierta ocasión, las recomendó a Francisco con las palabras: “Hermano, pongo en tus manos, de corazón, aquellas dignísimas señoras”, Francisco debió responder con regocijado semblante: “Ya, padre, ya no se llamarán menores, sino señoras”…Y, desde entonces, se les llamaba “dominae” y ya no hermanas (Stef).¿De qué se trata? Francisco distingue entre San Damián y aquellas hermanas que el Cardenal estimaba tanto. Sus conventos son fundados “por otros”. Francisco se distancia con toda energía de la política de Hugolino. De hecho, lo que pretendía el cardenal era que el creciente número de comunidades femeninas fueran reducidas, según su criterio personal, al claustro – y encomendarnos a nosotros tanto la pastoral como la vigilancia sobre ellas. Francisco se mantuvo firme. Se opuso a la idea de que se nos declarara pastores y señores tanto de las hermanas de San Damián, que pertenecen definitivamente a nuestro movimiento, como a la política de que lo fuéramos igualmente de las confederaciones de monjas agrupadas por el Papa.  El que Hugolino llamara “hermanas menores” a estas otras comunidades, obedecía a distintas razones. Algunas de estas comunidades surgieron en contacto con nosotros, se dejaron inspirar por nosotros, y se designaron a sí mismas como menores. Pero el cardenal, programada y políticamente, propuso el nombre de “hermanas menores” para todas las nuevas fundaciones. Con ello pensaba adularnos, brindándonos la oferta de añadir a nuestra Orden una rama de mujeres, como había ocurrido con los benedictinos, cartujos, cistercienses y premonstratenses - y como santo Domingo había previsto entonces para sus hermanos predicadores.

Si Francisco, en el capítulo de Pentecostés de 1223, hace incluir en la Regla, bajo “estricto mandato”, que ninguno de nosotros pueda ingresar en monasterios de monjas, excepto los autorizados por el Papa (1R 11), hay que entender la prohibición rigurosa a la luz de este forcejeo político. Permitidme haceros, con toda claridad, la observación de que esta prohibición de la Regla no tiene validez alguna respecto de san Damián; sencillamente por esto: porque la comunidad de Clara, en aquel entonces, no era ningún monasterio, ni canónicamente, ni de hecho.

A principios del año 1230 Hugolino, ya ascendido a la sede de Pedro, está dispuesto a determinar que también San Damián queda afectado por este artículo sobre monasterios. Ante ello, Clara amenaza con una huelga de hambre, lo que mueve al Papa a una rectificación.

 

 

6

La Regla (RCl)

 

Iniciamos con una oración: «Esta es aquella eminencia de la altísima pobreza, que a vosotras, carísimas hermanas mías, os ha constituido herederas y reinas del reino de los cielos, os ha hecho pobres de cosas, os ha sublimado en virtudes (cf. Sant 2,5). Esta sea vuestra porción, que conduce a la tierra de los vivientes (cf. Sal 141,6)».

 

Recordamos:

 

         Fue una batalla hasta el último día. Una batalla que ganó, perdió y ahora ha vuelto a ganar. Clara es la primera mujer que escribe su propia regla en la Iglesia. Antes siempre lo hacían los hombres. Con una tenacidad encomiable (Clara es tenaz) logró que el día anterior a su muerte se aprobara su género de vida (antes había logrado funcionar con los Privilegios de la Pobreza). Pero esa regla cayó en olvido, por la imposición de los clérigos, y durante siglos estuvo oculta. Ahora, la mayoría de las comunidades clarisas profesan esa regla. La tenaz Clara ha salido con la suya. No era una mera cabezonada, era la supervivencia de la primera experiencia franciscana que Clara quiso mantener contra viento y marea. Y algo de eso ha quedado en las comunidades de franciscanas (y también en el estilo de vida de los franciscanos y franciscanas). Clara diría: si queréis deteneros en algún texto mío, deteneos en la regla: es la que más me costó y donde puse mi alma.

 

Sobre la Regla en general:

 

  • La regla es el Evangelio: La regla no es sino una actualización del Evangelio. Actualizar el Evangelio, tarea constante (Cap. I).
  • Un estilo sencillo que brota de la percepción de la vida sencilla de Jesús y de su madre pobrecilla “que envolvió a Jesús en pañales y lo reclinó en el pesebre” (Cap. II).
  • Confesarse dos veces al año, comulgar siete (Cap. III). Cómo es relativo el modo y cómo habría que buscar siempre nuevos caminos para una celebración viva.
  • Abadesa y madre (Cap. IV). No al revés. Una que sirve realmente a las hermanas hasta en los signos (Según el Proceso, Clara se reservó hasta el final el oficio de limpiar los orinales de las enfermas).
  • Cap. V el silencio de las monjas como herramienta espiritual, no como imposición legal.
  • Cap: VI el núcleo de la regla: el recuerdo vivo de Francisco y, con ello, de la experiencia evangélica de la primera hora. Este es el texto más importante, más espiritual de toda la regla.
  • Cap: VII: el trabajo como medio normal de vida. La limosna viene después. Un trabajo que redunda en beneficio de todas las hermanas: se distribuye el trabajo y se distribuyen las ganancias “para la utilidad común”.
  • Cap. VIII: las hermanas enfermas: con solicitud…caritativa y misericordiosamente…amar como ama una madre…amorosamente”. Los enfermos como lugar explícito de fe evangélica: ahí se demuestra el nivel de evangelio que uno tiene.
  • Cap: IX: ¿Y cuando falla la hermana? No airarse. Cuidado con las malas palabras que destruyen la comunidad.
  • Cap: X: Corregir con familiaridad, como se corrige al padre o a la madre con amor. Por eso, lejos toda soberbia y murmuración.
  • Cap. XI: la clausura de las monjas que no es algo inflexible. Una cosa es la legislación pensada y otra la vivida (el llanto de las clarisas).
  • Cap: XII: Las ayudas de los hermanos. Personas que realmente ayude al ideal y a la vida cristiana (asunto de Felipe Longo).

 

a)     Idea general de la Regla:

 

Es un documento que habla de esfuerzos: el esfuerzo de ser mujer en una sociedad machista a tope; el esfuerzo de ser creyente en una iglesia totalmente piramidal; el esfuerzo de mantener vivo el sueño primero por mucho que haya fuerzas que lo quieran desvirtuar. Un documento de resistencia.

 

b)    Un punto concreto: RCl 6

 

El recuerdo vivo de Francisco que sostiene el sueño, la opción. La fidelidad de Clara al proyecto franciscano. Más franciscana que el mismo Francisco porque no cejó en el empeño de la primera hora. Era su ideal defendido por encima de toda prudencia humana. La herencia de su padre y amigo y, como tal, la opción por el evangelio.

 

c)     Perspectiva social: Fidelidad al mundo

 

La VR habría de ir mostrando con su estilo de vida que la creación, don mejor de Dios, está llamada a un gran pacto de hermandad entre los humanos y con las cosas. La VR habría de entender la fraternidad con el mundo en modos absolutamente inmediatos y evangélicos. Esto supone una mirada benevolente y acogedora, curativa incluso con las debilidades de la historia. Gente hermana, así habrían de ser los religiosos/as.

         Quizá el amor al mundo no se entiende bien si no se adquiere conciencia de la autonomía en la que Dios nos ha puesto por el hecho creador. No dependemos de nadie, tenemos una dignidad que Dios nos da y que nos hace personas con capacidad para llegar al todo de lo humano. Dios nos quiere autónomos, pero desconectados. Porque una visión autónoma de lo humano incluye la relación de Dios con nosotros. Cuando más abandonemos la heteronomía, más fácil será amar al mundo, incluso en sus lados débiles. La VR habría de ser “apóstol de la autonomía” y, desde ahí, generar un sentido de transcendencia de deseo del Absoluto desde el absoluto de lo humano.

Si se acepta la autonomía del mundo es preciso aceptar que Dios no interviene corrigiendo a cada minuto la trayectoria histórica de la creación. Dios no interviene, pero acompaña, sustenta, anima, empuja, colabora. Dios no interviene cambiando sin contar con nosotros sino empujando en la misma dirección que vamos nosotros. ¿Podría hacerse la VR una propagandista de un Dios que no interviene? ¿Podría decir al mundo de hoy que es posible ilusionarse con un Dios que no interviene? ¿Podríamos percibir las ventajas de este cambio de perspectiva?

Acostumbrados a lo estrecho de nuestra mentalidad cavernícola y exclusivista, el amor al mundo apunta a un universalismo creciente e incluso a un mestizaje. Cuando la VR se va abriendo a cualquier mestizaje enriquecedor siempre se enriquece. Con ello, además, demuestra que se puede ser hermano/a en el ancho mundo con cualquiera, ya que las conexiones en el fondo de la persona son siempre posibles por encima de cualquier diferencia. Una mentalidad universalista y de mestizaje que rompa las estrecheces y raquitismos en los que a veces hemos vivido nuestra VR.

Esas habrían de ser las notas del perfil de quien va siendo cada vez más fiel al mundo. Ser ciudadano como quien colabora activamente con el hoy social; ser creyente para aportar desde la fe un dinamismo humanizador. En ese sentido, y aunque parezca pobre, ser un buen vecino es todavía ideal de muchos estilos de VR.

El trabajo de lo político es un asunto tan poco desarrollado en el ámbito tradicional de la VR. Sin embargo, hacer progresar en el sentido de lo público, desear con avidez el don de la paz, creer que se puede vivir lo político en fraternidad en sosiego convergente, ayudar a creer en la bonhomía de la clase política, articular con paz los nacionalismos en modos no excluyentes, por cosas lejanas que parezcan son el lenguaje de la fidelidad al mundo, a la obra creadora en su devenir histórico.

 

Para saber más de Clara:

 

Proyecto de Regla propio de Clara

 

Al ver que Inés de Praga, en los primeros meses del pontificado de Inocencio IV, había fracasado en su nuevo intento de relanzar un bosquejo de Regla con la forma de vida de San Damián como núcleo y, al ver que también el Papa se encontró con la oposición a su propio experimento de Regla, Clara se decide a actuar. La idea de basar los monasterios de mujeres en la Regla de Francisco, inspiró a la Hermana una empresa innovadora. Si el Papa quiso declarar como obligatorios para toda la Orden de San Damián solo los tres votos de nuestra Regla, Clara asumió como fundamento nuestra Regla en toda su amplitud, y en ella fue entretejiendo, de forma creativa, la forma de vida de las hermanas.  Esto se llevó a efecto desde 1247 conjuntamente con sus hermanas y en diálogo con los hermanos. Pasajes que trataban de nuestra identidad de itinerantes, cedieron el puesto a párrafos que regulaban la intensa vida comunitaria del convento femenino. Clara modificaba la Regla de Francisco con sutil agudeza y fundió el nuevo texto, con la sublime intuición del arte de una tejedora, en una composición concéntrica. El primero y último capítulo acentúan, cada uno a su manera, los rasgos esenciales de la “Orden de las hermanas pobres”(RCl1 y 2): ellas viven, como nosotros, el Evangelio, como la Regla auténtica, pobremente, fraternalmente, solteras dentro de la Iglesia y del movimiento franciscano. El capítulo segundo regula el ingreso en un convento y el capítulo11 la protección de la comunidad contemplativa, sin que Clara tuviera que utilizar el tecnicismo de “clausura”. Los capítulos 3 al 4 y 9 al 10 hablan del ordenamiento interno de la comunidad y de sus fuentes espirituales. El próximo plano interno (capítulo 5 al 7 y 7 al 8) regula la vida en la real pobreza y en el espíritu interno de peregrinación, con el trabajo y el contacto con el entorno social. El núcleo de la Regla (Capítulo 6) encierra, semejante a una perla, la forma de vida que Francisco les redactó en los comienzos, en condensación genial, y que Clara defendió, durante cuatro decenios, sin estar ligada por compromiso alguno.

Nunca una mujer en la historia del cristianismo había logrado hasta entonces redactar una Regla de vida para mujeres y obtener la confirmación papal.

Esta singularidad de Clara es tanto más respetable cuanto que no se dejó desorientar por los conatos infructuosos de su amiga de Praga. Mientras Inés, al fin, solo había presentado una “forma de vida” y, con ella, fracasó a pesar del apoyo diplomático de su hermano Wenzel I, el de Gregorio IX y el de Inocencio IV, Clara se arriesga a presentar hacia 1250 una Regla de Orden ampliamente desarrollada y redondeada con multitud de detalles. La muerte del emperador Federico II despertó, aquel año, la esperanza de un retorno del Papa de su destierro francés. Pero Inocencio IV se tomó su tiempo. Solo dos años más tarde regresó a Génova  y, en la primavera de 1252, se instaló con su Curia en Perusa. Desde aquí el cardenal protector Rainaldo de Jenne entró, otra vez, en contacto directo con Clara y sus hermanas. Y solo estos primeros encuentros abren el camino para la aprobación de la Regla.

 

 

7

Testamento (TestCl)

 

Recordamos:

 

La enfermedad mantuvo postrada a Clara en el lecho durante varios años, haciendo temer, sobre todo en los últimos meses de su vida, que en cualquier momento le pudiera llegar la muerte y no viera cumplido el sueño de ver aprobada su Regla. Fue probablemente en el marco de alguna de las crisis de su enfermedad –en todo caso antes de la aprobación de la Regla por el cardenal protector, en septiembre de 1252–, cuando Clara dictó su Testamento, al que concede un cierto valor normativo (TestCl 79), tal vez como sustitutivo de una Regla para las Hermanas Pobres cuya aprobación no acababa de llegar.

 

Sobre el Testamento en general:

 

En la edad media había costumbre de hacer testamentos espirituales a la hora de la muerte dejando lo mejor del espíritu a los sucesores (Francisco lo hizo y hasta Pablo VI lo hizo). El testamento de Clara es más espiritual, menos biográfico que el de Francisco, pero tiene su valor. Distinguimos tres niveles:

  • Recuerdo de la primavera franciscana: ante todo, somos fraternidad. Así lo ha entendido Francisco y así habría que entender el sentido de lo franciscano.
  • Los centros de fidelidad según Clara: el evangelio, la pobreza, la fraternidad, la cercanía a los hermanos, la abadesa como hermana y madre, etc. Afirmar los centros para posibilitar una renovación
  • La profecía franciscana: el franciscanismo será hermano o no será nada.

 

a)    Idea central del Testamento

Se puede leer el punto 1 del Testamento (vv.1-23).

 

Se quiere presentar el conjunto de la vida de Jesús, desde su nacimiento hasta su muerte, como el marco de referencia vital de la hermana franciscana. Por eso, el acorde del nacimiento, vida y muerte en la existencia humana y obra redentora de Cristo resuena también en el Testamento de Clara, donde en densa poesía describe el camino terrenal de Cristo. Sus hermanas deben vivir su vocación

 

“en el amor de aquel Dios

que acostado pobre en un pesebre,

vivió pobre en la tierra

y murió desnudo en la Cruz”(Test Cl)

 

b)    Un punto concreto: vv.56-70:

 

Se lee el punto 4 del Testamento, vv.56-70

 

La vida fraterna, la buena relación, como piedra de toque del verdadero franciscanismo (y del verdadero cristianismo). Si esto no funciona es difícil hablar de vida franciscana.

  • Aprender a vivir en grupo
  • Cimiento: la colaboración
  • Rostro: el cariño
  • Vida en relación; encuentro
  • Evolución de la buena relación

 

c)     Perspectiva social: La cultura del encuentro:

 

En oposición al capítulo primero que hablaba de una sociedad “en sombras”, el tercer capítulo de FT habla de la posibilidad de un mundo abierto. Y para establecer los principios de la amistad social que no excluye a nadie (FT 94) se detiene el Papa, en primer lugar, en elaborar una espiritualidad relacional básica: no se puede vivir el amor sin rostros concretos porque el valor está en el otro (FT 87). Para ello hay que salir de sí mismo (FT 88) y dejarse completar e una relación ampliada (FT 89). Los mismos valores humanos son fecundos si tienden al otro (FT 91). Por eso, el Papa avisa a los creyentes: si falta el amor la fe no es tal (FT 92). Puede parecer algo elemental, pero es necesario recordarlo porque esos son los cimientos del edificio de la amistad social.

         El segundo principio sería el de activar el sentido de  pertenencia e interdependencia (FT 95-96), algo que aparece continuamente en el texto. Este principio queda cuestionado mientras haya  forasteros existenciales (FT 97), exiliados ocultos como los discapacitados y ancianos (FT 98) y si se pretende una globalización monócroma que es un globalismo en el que no cabe la vida de los frágiles (FT99-100).

         Podríamos decir que el tercer principio es no solo la potenciación de la fraternidad sino la certeza de que ella es lo que lleva a la libertad y a la igualdad (FT 103-104). Esto es imposible mientras la sociedad se estructure en modos societarios y no tanto en modos de integración (FT 101-102).

         El cuarto principio es que los derechos individuales están orientados al bien común más grande (FT 111) lo que da sentido a que la sociedad no solamente reconozca el derecho primero a vivir con dignidad, sino que un baremo certeros de amistad social es invertir en los frágiles (FT 108) que revierta la certeza de que vivir en un hogar pobre aminora grandemente las posibilidades de vivir con dignidad (FT 109-110).

         El cuarto principio, en línea con LS’ 93, es la función social de la propiedad privada (FT 120.123). Este es uno de los principios más sólidos de la carta y da estatus a una doctrina social que todavía la mentalidad eclesiástica no termina de asimilar. Esta es calificada en FT como “derecho secundario” (FT 120) porque nada hay por encima de la dignidad. Esto dimana del principio general de la amistad social que es el destino común de los bienes (FT 124).

         Creemos que todo este edificio ideológico, por más que contenga ideas ya aceptadas y otras del mismo pensamiento del Papa Francisco contribuye a poner la base de una nueva idea de sociedad, la de amistad social o la de la dignidad efectivamente vivida. Porque ese es el problema: cómo pasar del pensamiento elaborado a los planes concretos, a las experiencias sociales que marquen un nuevo estilo de sociedad. Pensamos que el lema del Papa Francisco “tierra, techo y trabajo para todos” no es un lema revolucionario pasado de moda, sino una realidad viva y lacerante en la vida de millones de personas.

 

Para saber más de Clara

 

Accidente en San Damián

 

Ya desde 1224, la salud de  Clara se halla persistentemente quebrantada. Modernas especulaciones sobre una anorexia no son sostenibles. La dolencia que a veces ata a Clara a su camastro y la reduce a enferma necesitada de atención, interesa sobre todo a su aparato cinegético. Martina Kreidler-Kos insinúa una tuberculosis. Podría ser también que se tratara de reuma. La circunstancia de que sus compañeras, con ocasión del proceso de canonización, pueden datar acontecimientos importantes tanto en los períodos de salud como en los largos de obligado reposo, nos permiten sospechar que la enfermedad se desarrolla por accesos. Un incidente que la hermana Angeluccia de Espoleto fecha al atardecer del domingo 1 de julio de 1246, nos muestra a la abadesa sorprendentemente activa. Lo mismo que en esos períodos en que se considera como una cualquiera de las sanas, “enciende las lámparas en la iglesia y con frecuencia repica las campanas para la oración nocturna” y “con sus gestos hace buscar a las hermanas, que no se levantaron al repique de la campana”(Pro2), así cierra, al anochecer del verano “la puerta del edificio”, el notario añade, “esto es, del monasterio” y continúa

 

“la puerta del edificio, al cerrase cayó sobre Clara y las hermanas creyeron que la había  matado. Al verla, las hermanas empezaron a llorar a gritos. Pero Clara no había recibido herida alguna y dijo que ni siquiera había sentido el peso de esa puerta, a pesar de ser era tan pesada que tres hermanos apenas la pudieron colocar en su sitio.

 

Cuatro años más tarde en noviembre de 1250, la enfermedad de Clara empeora de tal forma que “las hermanas creían que la bienaventurada Madre estaba muy, muy próxima a la muerte; y el sacerdote le dio la sagrada Comunión del Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo”, como relata la hermana Francisca (Pro 9)

 

8

Bendición (BenCl)

 

Comenzamos rezando: «Amad siempre a Dios amad vuestras almas y las de todas vuestras hermanas y sed siempre solícitas en observar lo que prometisteis al Señor».

 

Recordamos:

 

El original más antiguo hasta ahora encontrado remonta a 1393. Está escrito en alemán medieval y en él la bendición es dirigida a Santa Inés de Praga. Fue publicado por Walter Warren Seton, Benedíctio S. Claræ, en Archívum Franciscánum Históricum, VII (1914), págs. 189-190. Otro original antiguo presenta la bendición en latín y es dirigida a Ermentrudis de Brujas. En otro texto antiguo la bendición aparece dirigida a todas las hermanas. Es bien posible que Santa Clara en la hora de la muerte hubiese usado una fórmula para todas las hermanas, derivada de la que ya usara para algunas hermanas en particular. Pero puede ser que desde el principio la bendición haya sido compuesta para todos los monasterios.

 

Sobre la bendición en general:

 

La bendición es un texto breve. Se podría comenzar leyéndolo.

 

Retoma la de san Francisco (Num 6: bendición aaronítica). Clara le da una amplitud más universal. El deseo final es un deseo de una vida en amor y en una fidelidad creativa.

 

a)    Idea general de BenCl:

 

La bendición se recibe en la medida en que uno se cree bendito por el Padre de las misericordias. Bendecidos porque tenemos una bendición original (no tanto un pecado original).

 

b)    Un punto concreto: v.14

 

“Amad vuestras almas y las de vuestras hermanas” (v.14). La preocupación por la espiritualidad, por la interioridad, por las opciones que dan sentido al caminar humano.

 

c)     Perspectiva social: Benditos y bendecidores

 

Se puede decir que, más que con pecado original, nacemos y vivimos con bendición original: lo que Dios creó era bueno; todo lleva el alma incorruptible de Dios. La existencia demuestra la bendición, por lo que se podría afirmar que la maldición es la no creación. El don gratuito de vivir y respirar conlleva la certeza de la bendición: nadie que no fuera bendito recibiría ese admirable don. De esta manera, bendición y existencia va inseparablemente unidas. La bendición es el aliento de la existencia: desde ella y por ella vive.

Efectivamente, como lo demuestran los miles de millones de años transcurridos desde el bigbang, la bendición se une al proceso evolutivo de la creación y logra, paso tras paso, construir la bendición creada, porque eso es la bendición, no tanto algo dado de antemano sino un constante in fieri. Quien entiende esto, se responsabiliza de lo creado porque entiende que su horizonte depende, en parte, de él. Es preciso que hagamos más cercana la bendición.

         Para ello, tal vez sea necesario sintonizar cada vez más con la hermosura de cada día, con los valores cotidianos: ese don sagrado que  se percibe en el propio cuerpo y en el de los otros, en las obras hechas en común y en conexión con otros para el bien de todos, en la pertenencia cósmica en la casa común, en las huellas nimias de lo divino en las criaturas tan humildes. «Si nos volvemos incapaces de crear un clima de belleza en el pequeño mundo a nuestro alrededor y solo atendemos a las razones del trabajo, tantas veces deshumanizado y competitivo, ¿cómo podremos resistir? ¿Cómo podremos ser buenos?» (E. Sábato).

         Alabemos a Clara como la mujer bendita que bendice y pidámosle que nosotros, en nuestra vida diaria construyamos, poco a poco, la bendición para que esta vida y esta tierra en la que nos ha puesto el amor de Dios sea bendición para toda persona y para toda creatura.

 

 

Para conocer más a Clara: El proceso de Canonización de Clara (PCl)

 

El 18 de octubre de 1253, el Papa Inocencio IV inicia el proceso de canonización y encomienda, al obispo de Espoleto el procedimiento informativo. Ya a las cinco semanas, el 24 de noviembre, el obispo Bartolomé Acocorombani abre el interrogatorio de los testigos, que durará seis días. Como ayudantes en el tribunal le asisten el diácono Leonardo de Espoleto y el arcipreste Jacobo de Trevi, así como los hermanos menores León, Ángel,  Marco, capellán de las hermanas de San Damián. Un tal señor Martín, que no nos es conocido con mayor precisión, como notario, formaliza protocolariamente los testimonios. Como testigos, se presentan en primer lugar las hermanas de Clara. Se conservan las declaraciones de 15 hermanas, así como el voto compendiado de todo el convento del 28 de noviembre. En la iglesia del priorato benedictino de San Pablo, que se yergue inmediatamente después de la iglesia del mercado, son interrogados los naturales de Asís. Sólo se conserva parte de los testimonios: las declaraciones de tres honorables señores, la de una amiga de juventud de Clara y de un servidor de la familia. Las actas procesales trasmitidas nos guardan valiosos relatos de personas que vivieron con Clara. Sus descripciones, matizadas cada una con las respectivas particularidades personales, nos abren todavía visiones inmediatas del mundo de Clara, a pesar de que, hoy día, hay que tener en cuenta las múltiples vicisitudes de los procesos de traducción. El notario resume relaciones, que, oralmente duraron seis días, en actas que se pueden leer en menos de dos horas. En tal trabajo, el notario traduce las descripciones expresadas en el antiguo dialecto umbro al latín escrito. Y, de ahí, hacia el año 1490, vuelven a ser de nuevo trasladadas al dialecto umbro por la docta hermana clarisa Battista Alfani de Perusa. En esta versión, se encuentran los testimonios que los especialistas de hoy traducen a los idiomas mundiales modernos.

SALTERIO DE LAS SUBIDAS

 

¿HABRÁ CANTO EN LA NOCHE?

Una lectura actualizada de los “salmos de las subidas”

(Salmos 120-135)

 

 

         La Palabra es casa de acogida y se puede volver a ella desde cualquier situación personal o comunitaria. No  importa que se haya estado muy alejado de ella. Se puede, pues, volver a los Salmos siempre que se desee.

         A este trabajo anteceden dos introducciones: una más “descolgada” sobre la situación de la VR. Utilizaremos unas reflexiones del claretiano G. Fernández Sanz. Una segunda introducción versará sobre la situación de los salmos en general en nuestra vida cristiana.

         Como el Salterio es un texto enorme, se hace necesario acotar. Nosotros en esta semana nos vamos a situar en los salmos 120-135: Esta oferta de reflexión espiritual brota de una suposición y de un anhelo. El supuesto viene en Mc 10,32: “Iban por el camino, subiendo a Jerusalén, y Jesús iba delante; ellos estaban desconcertados, y los que le seguían iban con miedo”. Jesús sube por última vez a Jerusalén. Es meterse en la boca del lobo, como así fue. Jesús sube al frente de esa cordada de desalentados que son los discípulos, que van “desconcertados” y de la gente que le sigue que va “con miedo”. Jesús va delante. Y podemos suponer que, como sube a Jerusalén, va cantando, como hacían los peregrinos judíos, los “salmos de las subidas” (Sal 120-135). Canta delante para animar a los acobardados que van detrás. Cree que cantando se espantará o, al menos, se controlará el temblor de sus corazones y el deseo de salir corriendo en dirección contraria. Salmos para suscitar ánimo cuando el agujero negro del desaliento, del temor y de la pena lo absorbe todo.

         Pensamos que esta reflexión puede animarnos a releer los salmos con más gusto y deseo. El hacerlo en comunidad puede ser una gran ayuda.

 

INTRODUCCIÓN 1ª

ENCRUCIJADAS EN LA VIDA CONSAGRADA

 

La vida consagrada actual se enfrenta a varias encrucijadas. Según el camino que escojamos, así será nuestro porvenir. Escojo cuatro encrucijadas que considero muy significativas.

 

2.1. Interpretar el carisma desde el pasado o interpretarlo desde el futuro

 

Durante los años del posconcilio hemos hecho un enorme esfuerzo por volver al espíritu original de los Fundadores, de releer el carisma y de hacer las adecuadas adaptaciones (cf. decreto Perfectae caritatis). Hemos querido ser fieles a la Iglesia, a los fundadores, a las sanas tradiciones y a los signos de los tiempos. La “memoria Jesu” la hemos entendido, sobre todo, como una fidelidad creativa a nuestros orígenes carismáticos. Los institutos religiosos han adaptado sus constituciones y directorios, han escrito historias de los fundadores y reflexiones sobre el carisma, etc. Creo que este esfuerzo ha producido muchos frutos. Hoy tenemos una conciencia más nítida de nuestra identidad y un anclaje eclesial más lúcido.

Pero, sin pretenderlo, esta mirada agradecida y crítica al pasado tiene un riesgo. Podemos mitificar a los fundadores, convertirnos en personas nostálgicas de una supuesta “edad dorada” o prisioneros del “síndrome de la 16 mujer de Lot” (cf. Gn 19,26); es decir, podemos experimentar la tentación de mirar hacia atrás y de lamentar todo lo que tenemos que dejar y que consideramos casi sagrado: casas, obras, provincias, etc.

¿Qué pasaría si, en vez de comparar tanto el presente con el pasado, desplazáramos nuestra mirada al futuro? En realidad, no somos solo “memoria” del Jesús que vivió en la historia, sino del Jesús resucitado que nos atrae desde el final de la historia. Si viéramos así las cosas, la pregunta sería: ¿En qué medida lo que vivimos ahora está preparando un futuro nuevo? ¿Qué tenemos que dejar para que se abra paso el sueño de Dios, una nueva etapa de creatividad en la multisecular historia de la vida consagrada, siempre en evolución? La vida consagrada debe ser entendida en términos de un futuro anticipado. Tiene un pie adelantado a los tiempos. La misma naturaleza escatológica de la vida consagrada la invita a enraizarse en el futuro. Aquí se abre una perspectiva teológica insuficientemente explorada.

La teoría-U, por su parte, nos proporciona algunas claves para comprender mejor este proceso de transformación. Se trata de un proceso kenótico de dejar ir el pasado, el viejo yo, las formas de ver, juzgar y actuar y dejar venir un futuro emergente. Su creador, Otto Scharmer, escribe: “Todos los métodos tradicionales de aprendizaje organizativo funcionan con el mismo modelo de aprendizaje: aprender reflexionando sobre experiencias pasadas. Pero he visto una y otra vez que en las organizaciones reales la mayoría de los líderes se enfrentan a retos a los que no se puede responder simplemente reflexionando sobre el pasado. A veces las experiencias pasadas no son especialmente útiles. A veces son los propios obstáculos que impiden a un equipo mirar una situación con ojos nuevos. En otras palabras, aprender del pasado es necesario, pero no suficiente. Todos los retos perturbadores nos obligan a ir más allá. Nos exigen ir más despacio, detenernos, percibir las grandes fuerzas motrices del cambio, soltar el pasado y dejar que llegue el futuro que quiere surgir”.

 

2.2. Poner el acento en las obras o en la alternativa de vida

 

Aunque casi todos los institutos de vida consagrada estamos atravesando por una crisis estadística y de relevancia, las órdenes monásticas tienen una ventaja sobre los institutos apostólicos. Nosotros hemos identificado mucho nuestra misión en la Iglesia con las obras que hacemos: colegios, hospitales, centros sociales, parroquias, etc. Ellas (las órdenes monásticas) acentúan mucho un estilo de vida que se presenta 18 siempre como alternativa al estilo secular. Nosotros ponemos el acento en la encarnación (con el riesgo de caer en la mundanización); ellas, en la dimensión contemplativa y escatológica (con el riesgo de un cierto espiritualismo).      

 

         Es verdad que todas las formas tienen sus ángeles y demonios, pero es indudable que las formas apostólicas están más expuestas a los vaivenes de los tiempos, precisamente por su fuerte encarnación en las realidades seculares. Lo que hace un par de siglos se presentaba como una emergencia social hoy es cubierto por el estado o por muchos laicos comprometidos. La vida contemplativa, al no estar tan ligada a obras de apostolado, pone de relieve dimensiones perennes como la búsqueda de Dios, la armonía personal y comunitaria, etc.

Aquí se abre una encrucijada difícil. ¿Para qué existimos en la Iglesia? ¿Nuestra misión consiste en realizar obras especializadas (como si fuéramos una especie de caballería ligera eclesial) o, más bien, en mostrar un estilo de vida alternativo y, hasta cierto punto, paradójico? La constitución Lumen Gentium afirmaba que “el estado religioso, por librar mejor a sus seguidores de las preocupaciones terrenas, cumple también mejor, sea la función de manifestar ante todos los fieles que los 19 bienes celestiales se hallan ya presentes en este mundo, sea la de testimoniar la vida nueva y eterna conquistada por la redención de Cristo, sea la de prefigurar la futura resurrección y la gloria del reino celestial” (LG 44).

Es verdad que no podemos desgajar la tríada consagración-comunión-misión, pero es peligroso reducir la misión a un apostolado específico que puede estar muy condicionado por las necesidades sociales y eclesiales de un momento histórico y, por tanto, morir con él.

Hablando más concretamente del campo de la educación: ¿Cuál es la diferencia entre una profesora seglar que entiende su profesión como una vocación de servicio y una religiosa concepcionista? El estilo de vida marca la diferencia.

 

2.3. Poner el propio instituto en el centro o abrirnos a la eclesialidad

 

Se dice que hoy estamos viviendo un momento histórico caracterizado por la cultura “inter”: internacional, intercultural, interétnica, intercongregacional, interconfesional, interreligiosa, etc. Quizá durante mucho tiempo hemos puesto el acento en la propia identidad carismática, entendiendo esta como aquello que nos distinguía de los demás. En tiempos de “abundancia eclesiológica”, era comprensible esta actitud 20 un tanto autorreferencial. Hoy, en el marco de una Iglesia sinodal, no se entiende. Existimos en la Iglesia y al servicio de la misión de la Iglesia. Los institutos que se cierren en sí mismos perderán su razón de ser. Los que sean capaces de entrar decididamente en el cauce eclesial y se relacionen sanamente con las demás formas de vida, comprenderán mejor para qué existen y cómo pueden contribuir a la edificación de la Iglesia.

El camino sinodal que estamos siguiendo estos años es una oportunidad para abrirnos a la eclesialidad. Uno de los frutos que suele percibirse en los países donde la Iglesia católica es una minoría es la relación cordial y la colaboración fraterna entre los diversos institutos de vida consagrada, los pastores y los laicos. La fragilidad institucional que hoy vivimos en Europa es una “encrucijada de gracia” para relacionarnos más, aprender unos de otros y afrontar juntos los desafíos de la misión. Esto exige un cambio de paradigma para el que no siempre estamos preparados psicológica y espiritualmente. No se trata de defender a capa y espada los derechos y obras de mi instituto, sino de ver cómo podemos contribuir a una misión que nos desborda -¡es la “missio Dei”!- y que exige la colaboración de todos. 

 

2.4. Estar a la defensiva o irradiar alegría

 

El pasado jueves 6 de octubre, en el marco de los jueves del ITVR de Madrid, el profesor Miguel García Baró -filósofo, padre de siete hijos y coordinador del proyecto “Repara” para prevención de abusos y atención a las víctimas de abusos en la diócesis de Madrid- habló sobre lo que, en su opinión, dice la gente acerca de los consagrados. Quizás debido a su responsabilidad actual, cargó las tintas sobre las opiniones negativas. A menudo nos ven como personas reprimidas, autoritarias, incoherentes, abusadoras, etc. A la hora de hablar de su opinión personal, dijo: “Tengo que insistir en la cuestión de la felicidad. No se debería meter en un convento a nadie que no haya sido feliz fuera. Los conventos y monasterios no son lugares en donde se venga a lamer las heridas. Habría que tener más cuidado con quienes solicitan entrar. Quiero decir, precisamos que la vida religiosa arraigue en la realidad”.

Creo que este arraigo en la realidad nos libera de una actitud que es muy común entre los consagrados y que se caracteriza por estar a la defensiva. Nos sentimos criticados por los casos de abusos de conciencia, de poder y sexuales, acusamos el peso de la ridiculización y la irrelevancia, etc. A veces no se nos ocurre otra cosa que reaccionar como los niños: “Y tú más”. Una vida religiosa a la defensiva no es atractiva para nadie. Como decía el profesor García Baró, “la gente busca fuentes de sentido”. Si nosotros pudiéramos compartir con sencillez nuestra experiencia de encuentro con Jesucristo, “atraeríamos a la gente como la miel a las moscas”.

Quizá uno de los rasgos que hace de la vida consagrada un estilo de vida alternativo sea su capacidad de irradiar felicidad y alegría. La irradiación es el nuevo nombre de la misión. Un rostro iluminado remite a la luz. Una sonrisa habla de felicidad. Una comunidad unida testimonia la fraternidad. Una misión compartida provoca credibilidad.

¿Es posible que las comunidades de vida consagrada, formadas mayoritariamente por personas mayores, y a veces enfermas, irradien alegría? Sí, es posible, con tal de que nos abrevemos en las fuentes de la alegría. La alegría es un don del Espíritu Santo. En 2014, la CIVCSVA, nos dirigió una carta circular a los consagrados que llevaba por título “Alegraos”. Se abría con unas palabras del papa Francisco: “Donde están los consagrados, siempre hay alegría”. Y luego citaba unas palabras del número de Evangelii gaudium: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”. 

 

Conclusión

 

Si nos consideramos los últimos representantes de un estilo de vida que va a desaparecer, entonces adoptamos la moral del “enterrador”. Si, por el contrario, creemos que estamos en un período de transición o que somos los primeros de un nuevo modelo que se está gestando, entonces percibimos nuestra vocación de “parteros”. Nuestra preocupación no será tanto liquidar el pasado cuanto preparar el futuro. Los problemas son los mismos, pero la actitud personal y colectiva hace que los afrontemos de maneras muy diversas.

Gracias a Dios, lo que sorprende -y hasta escandaliza- a algunos es que los consagrados, a la vista de los números, no mostramos una moral de derrota, sino de serenidad, trabajo callado y esperanza. Lo que algunos tachan de actitud ilusa y de falta de responsabilidad, quizás nace de la fuerte convicción de que Dios sabe guiar la historia y darnos lo que nos conviene en cada momento. Si hoy permite la escasez y hasta la irrelevancia, quizás es porque prepara para su Iglesia una nueva estación de vida, porque quiere llevarnos a una nueva “tierra prometida”. A nosotros nos toca confiar con humildad e irradiar esta confianza, conscientes de que “si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles” (Sal 126,2).

 

 

 

INTRODUCCIÓN 2ª

CANTANDO PARA AVIVAR EL FUEGO

 

 

«Hacia la una de la madrugada pensé que estaba soñando:

oía una letanía en un ritmo semitonado.

Pero pronto me di cuenta de que era una realidad:

la dueña de la casa estaba cantando mientras avivaba el fuego desde su hamaca.

Sentí  una profunda sensación de respeto y admiración

que hizo brotar del mi alma una sincera plegaria».

 

  1. LABAKA, Crónica huaorani

 

1. Historia de un abandono

 

La historia de los Salmos en la Iglesia actual es la historia de un abandono. Es cierto que muchas comunidades siguen fieles al ordenamiento litúrgico de los Salmos. Pero gran parte del clero y de la vida religiosa han dejado de lado el Salterio. Además, el pueblo cristiano se ha adentrado tímidamente en los Salmos y de maneras no organizadas. De modo que se puede decir que nuestros tiempos no son los mejores para la espiritualidad sálmica.

No ha de extrañar esto viniendo de donde venimos. La lectura de los Salmos ha estado doblemente alejada del pueblo cristiano: se hacía en latín y se la apropiaron los clérigos. Con estos dos ingredientes, estaba destinada al abandono. Los intentos de conectar con el pueblo cristiano desde ahí resultaban rocambolescos.

Cuando el Vaticano II ha querido poner de nuevo el Salterio en las manos del cristiano se ha encontrado con un pacífico olvido o con la proliferación de otros salmos apócrifos, textos poéticos que conectaban mejor con la espiritualidad cristiana. El olvido se ha vivido sin ninguna conciencia de culpa y la creación de nuevos salmos se ha hecho con la simple finalidad de orar. En este segundo caso, aun se mantiene una cierta estructura similar a la que dispone la litúrgica de las horas.

¿Dónde se sitúan las raíces de esta historia de abandono? En primer lugar en una frágil formación bíblica porque, aunque esta ha mejorado notablemente respecto a otras épocas de la fe, aún queda mucho por hacer y la formación en torno al Salterio (requiere un tratamiento específico) aún está esperando. En segundo lugar porque no se ha logrado trasladar la vieja experiencia espiritual judía de los salmos a los odres nuevos del Evangelio. Es lo que llamaremos la lectura cristológica de los salmos, de la que luego hablaremos. Y finalmente por todos esos elementos (violencia, cólera de Dios, sangre derramada, etc.) que constituyen una evidente dificultad para la sensibilidad antropológica de la persona de hoy. Este tercer elemento suele ser definitivo para justificar el simple abandono de los Salmos.

Sea como fuere, parece que no ha sonado todavía en la Iglesia la hora de recuperar los Salmos aunque, desembarazos de prejuicios, hay cristianos que comienzan a preguntarse y a conectar con la espiritualidad que subyace en el subsuelo de los Salmos y que puede seguir nutriendo la del creyente de hoy. Hay que ser conscientes de que los itinerarios espirituales humanos ni son tan diferentes los unos de los otros según las épocas, ni son tan intransversales que no se pueda pasar de uno a otro. Si añadimos a esto una buena dosis de pertenencia antropológica, la posibilidad de reencuentro será mayor.

 

NOTAS: La comunidad cristiana en general usa los Salmos casi únicamente en el salmo responsorial de la misa; otros usos litúrgicos (laudes, vísperas) son minoritarios. Es rocambolesca y simpática la figura del sacristán de pueblo que canta en vísperas del domingo el salmo “Dixit Dominus domino meo…” si saber lo que dice. OGLH 8 dice que es oración destinada al pueblo  y en 20 dice que se haga la liturgia de las horas “en lo posible con la participación del pueblo”; ese “en lo posible” revela la dificultad. En OGLH 26 dice que los religiosos/as procuren hacerla con el pueblo. Todo esto sigue siendo un anhelo. Los “nuevos salmos” son, a veces, poéticamente cuestionables, además de largos y pesados, aunque incorporan más vivamente la espiritualidad evangélica (ver, por ejemplo: B. GONZÁLEZ BUELTA, Salmos para sentir y gustar internamente, Ed. Sal Terrae, Santander 2007). Dice OGLH 131: «En el curso del salterio se omiten los salmos 57, 82 y 108, en los que predomina el carácter imprecatorio. Asimismo se han pasado por alto algunos versos de ciertos salmos, como se indica al comienzo de cada uno de ellos. La omisión de estos textos se debe a cierta dificultad psicológica, a pesar de que los mismos salmos imprecatorios afloran en la espiritualidad neotestamentaria, Por ejemplo: Apoc. 6, 10, sin que en modo alguno induzcan a maldecir».

 

2. Una honda experiencia espiritual

 

Como todos sabemos, el Salterio es el libro más amplio de toda la Biblia (150 piezas o “capítulos”)  y abarca una amplitud en el tiempo que puede rondar los ocho siglos. Esto quiere decir que en esta obra han metido mano muchas personas, con talantes y anhelos distintos, con visiones de la sociedad contrapuestas, con valoraciones desencontradas. Han tenido parte los violentos y los excluyentes, los nacionalistas que solo ven el mundo desde su perspectiva, los racistas, incluso, y los supremacistas. Pero también han dejado huella los pacíficos, los perdonadores, los incluyentes y, sobre todo, los pobres y necesitados. El Salterio es la oración de todos, la discutible y la indiscutible, la aceptable y aquella otra que, sobre todo según los cánones del Evangelio, hoy nos resulta inaceptable.

Estas oraciones tan variopintas tienen un sustrato común: la certeza de que la vida de los humanos, cualesquiera que sean sus azarosos caminos, es una vida acompañada. Entre las categorías que los estudiosos descubren en los salmos, casi nunca aparece la de “salmos de acompañamiento”. Muchos de ellos tratan de paliar la soledad vital en la que el orante ve envuelta su vida. Podrían llamarse “salmos para mitigar la soledad honda”. En épocas de mayor desamparo, los creyentes han encontrado en la oración un último recurso, un dinamismo para seguir adelante. Por eso los Salmos son resilientes, tratan de que el orante salga fortalecido ante la dura adversidad. Su lenguaje es, con frecuencia, el de un luchador de la vida.

Al Salterio se le ha llamado también “libro de oración de los pobres”. No son los más pobres quienes han escrito estas piezas, máxime cuando los pobres de entonces eran prácticamente todos analfabetos y entre los Salmos hay textos de gran lirismo. Pero las duras experiencias de aquella época han dejado huella en estas plegarias. Muchas de esas experiencias siguen siendo compañeras del actual caminar humano. Y por ello los Salmos pueden ser útiles para recabar fuerza ante la inevitable dureza de la vida. El eco interior de bastantes de estas plegarias conecta con las situaciones vitales del orante de hoy y se emparejan con el núcleo del Evangelio. De ahí que puede ser una pérdida meter a todos los Salmos en el saco del rechazo.

La mayor pega que se pone a los Salmos es su fuerte y continua dosis de violencia que se vuelca en ellos. No se puede negar. Quizá podamos entenderlos por el contexto en el que nacieron, pero hoy no se pueden usar en directo como plegaria de un creyente en Jesús. Ese discernimiento hay que hacerla sí o sí. Con ello, el Salterio quedará muy menguado. Si se añade a ello el supremacismo de Israel que destilan muchos salmos y la exclusión correspondiente de los no judíos, la cosa se reduce más. Aún así, queda la mayor parte del salterio como ámbito utilizable de espiritualidad. Desechar todo un salmo por un solo versículo parece desproporcionado.

Solamente se podrá conectar con el subsuelo de muchos Salmos desde la plataforma común de la interioridad. En su aparente sencillez, los Salmos son plegarias de personas que han ahondado en el sentido de su vida y de su fe. Leer estas plegarias de manera superficial y despectiva es renunciar a alimentar la propia interioridad con vocabulario y vivencias de gente que se ha metido en el subsuelo de la vida y de la fe. Del mismo modo, defenderlos a priori, simplemente por ser oración “oficial” de la Iglesia, parecer ser también una banalidad.

 

NOTAS: Hay Salmos antiguos (Sal 28) y otros de la época helenística (Sal 146). El mejor comentario en castellano: L. ALONSO SCHÖKEL, Salmos (2 vol.); Ed. Verbo Divino, Estella 1992-1993. Los “salmos para mitigar la soledad” son abundantes: 6, 9, 23, 25, 31, 32, 34, 43, etc.  Ver la conexión del Sal 40 con Mt 5,4ss. Los salmos de violencia son abundantes: 5, 7, 11, 34, 40, etc. Ciertos sentimientos que rechazamos en los salmos siguen vigentes hoy, por ejemplo la venganza: el papa Francisco habla de ella repetidamente en FT (242, 251-252, 266, etc.).

 

3. Nueva orientación, nuevo lenguaje

 

Los Salmos se pueden leer desde perspectivas diversas: judía, cristiana, incluso atea. Los cristianos los leemos desde la perspectiva de Jesús. Esto aporta un sentido nuevo al Salmo que, sin abandonar el originario, le da otros elementos de  valor. Se evidencia que la superposición de espiritualidades es, sin duda, un enriquecimiento. Más allá de discrepancias religiosas, mucho del fondo de la oración sálmica conecta con la espiritualidad evangélica, aunque haya elementos en que ambos caminos divergen.  Las espiritualidades tienen la propiedad de ser sumables y, a la vez, mantener el sentido propio.

Los Salmos conectan con el Evangelio en el tenaz anhelo del rostro de Dios; los dos están devorados por una “sed” que se sacia bebiendo de la mirada insondable del Padre. Así mismo, más allá de condenas puntuales, comparten la certeza de lo insustituible de la compasión; para muchos salmistas como para Jesús la compasión es la verdadera medida de Dios y de la persona. También conectan en la primordial búsqueda de la justicia; así lo es para muchos salmos y para Jesús que pone a ese valor como el primero del reino. Es muy similar la primariedad del pobre; lo es para no pocos salmos que parten del reconocimiento de la propia pobreza y lo es para Jesús que considera bienaventurados a los que van echando su suerte del lado de las pobrezas. Confluyen Salmos y Evangelio en el amor a la Palabra; para ambos es camino imprescindible de acceso al corazón de Dios. Por encima de matices, coinciden ambos en el valor fundamental de la bondad; sin ella no se entienden los Salmos y tampoco se percibe la novedad de Jesús.

Es verdad que también disienten en puntos de relieve porque el contexto es diferente, la mentalidad distinta y las expectativas diversas. Tienen una visión distinta de Israel: algunos Salmos están afectados de una especie de supremacismo nacionalista. Es entendible en el contexto histórico. Los Evangelios tienen horizontes más universales. Divergen seriamente en las valoraciones morales: los Salmos tienden a excluir y condenar al malvado; los Evangelios, por el contrario, acogen explícitamente a los afectados de inmoralidad, a los pecadores. Se oponen diametralmente en el tema de la violencia religiosa: algunos Salmos parecen justificarla; el perfil general de Jesús es el de una persona de paz que sueña un reino de Dios en paz. Hay también diferencias en la manera de entender a Dios: algunos Salmos no saben liberarse del Dios del temor; para los Evangelios, Dios es el Padre que perdona y acoge sin condiciones.

Se dan en la historia de la fe cristiana ejemplos luminosos de confluencia entre Salmos y Evangelio. Uno de los más notables es el llamado Oficio de la pasión del Señor que escribiera san Francisco de Asís. En el marco de las horas canónicas, Francisco emplea el lenguaje sálmico para describir el interior de Jesús en la noche de su condena y en día que culmina en la resurrección. Francisco conocía ese lenguaje porque probablemente el latín que sabía se lo enseñaron los clérigos de la época teniendo como libro base el Salterio que rezaban a diario. Con ese conocimiento urde una profunda y matizada descripción el alma del Jesús que se entrega. El lenguaje de los Salmos encuentra en Jesús, según Francisco, su verdadero y profundo sentido.

En ningún caso se trata de “bautizar” los Salmos: son judíos en su lenguaje y en su contenido histórico. Su espiritualidad es judía. Pero, como hemos dicho, en una admirable expansión, la vieja espiritualidad sálmica, hermosa ella, explosiona en otra  que abre a horizontes nuevos sin perjudicar a los antiguos. De ahí que un creyente en Jesús puede encontrar en los Salmos una puerta abierta al misterio.

 

NOTAS: Para el sentido cristológico de los Salmos, ver: J. LATORRE, “Los Salmos, lugar cristológico de la liturgia”, en Phase 324 (2014) 601-624. El “oficio de la pasión” de san Francisco puede encontrarse en: FRANCISCO Y CLARA DE ASÍS, Escritos,  Ed. Editorial Franciscana Aránzazu, Vitoria 2015, pp.36-62. El aprecio, uso e importancia de los Salmos en la vida de Jesús quedan puestos de relieve en el documento de 2001 de la PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA, El pueblo judío y sus escrituras sagradas en la Biblia cristiana (Nº 49).

 

4.  Redescubrimiento

 

Por todo lo dicho, hoy es más necesario que nunca redescubrir el valor y sentido del lenguaje sálmico. Es preciso, en primer lugar, dejarse cautivar por su atmósfera. Lo que quiere decir: conectar con la mística de ojos abiertos que enfoca toda realidad desde Dios; una mística horizontal que ora desde la realidad y no necesita salirse de ella para estar ante Dios; una mística de lo cotidiano, la que sabe que es en el marco del día a día donde se va resolviendo  el dilema de creer o no creer; una mística de corazón abierto para dejarse leer por el Dios que habita en lo profundo y que es fuente del amor. En esta  clase de subsuelos anida el amor a los Salmos.

         En segundo lugar, tal vez se halle una clave de redescubrimiento en la ampliación del horizonte sálmico. Efectivamente, la piedad sálmica ha estado enmarcada casi siempre en las relaciones yo-tú con Dios, por más que hayan sido rezados los Salmos en comunidad. Pero si se los sitúa en un horizonte más social adquieren otro sentido. El orante comunitario encuentra nueva fuerza para asumir los desafíos espirituales que plantea la plegaria sin sacarle de la verdad de su realidad existencial. Es lo que podríamos denominar como una lectura social del Salterio. El mismo lenguaje cobra otra profundidad.

         Como siempre que se trabaja con textos antiguos, en tercer lugar, es preciso zafarse del lenguaje inmediato para sumergirse en una corriente interior, en las aguas profundas de la experiencia creyente. Tomar decisiones de abandono o menosprecio por un versículo hiriente de un Salmo no es la mejor decisión. Es preciso valorar el metalenguaje y situarse en un nivel de profundidad. Solamente de esa manera se verá uno capacitado para elaborar nuevos lenguajes sálmicos.

         De ahí que, finalmente, más que de traducir los Salmos, de lo que se trata es de respirar con ellos. Como todo lo que se ama, también aquí obran misterios de enamoramiento y de fidelidad. Puede que se encuentre excesivo hablar de “enamoramiento”, pero eso puede darse cuando se palpa su hondo latir y se acogen sus peculiares dinamismos. De ahí puede brotar una fidelidad que comprende y pasa por encima de detalles cuestionables para beber de las aguas limpias de una corriente de espiritualidad. El lenguaje sálmico pide, para ser bien valorado, un lenguaje de enamorado.

 

NOTAS: Los Salmos verifican claramente a conexión entre los dos componentes de la fe, el místico y el situacional o político. Recordar a aquella monja dominica de clausura que en 1994, cuando la guerra de Ruanda, describía cómo el Sal 141 cobraba un sentido social en el momento de aquella dura contienda. La obra de E. CARDENAL, Salmos ‎ Ed. Carlos Lohlé, Buenos Aires 1974 va en esa dirección.

 

5. Otros lenguajes sálmicos

 

         Hay ciertas sendas humanas que, en el fondo, conectan con los anhelos más hondos de los salmos. No tienen forma explícita de plegaria pero están hermanados en la  gran búsqueda de lo Otro que acompaña el caminar humano  hasta devorar, como un fuego, el alma de los humanos. Está, en primer lugar, el lenguaje balbuciente pero luminoso de quienes bucean en las honduras de la búsqueda de Dios. Se consideran objeto de un don y a la vez de un aguijón. Son místicos devorados, más allá de su adscripción religiosa o no. Hablan de Dios y con Dios en el lenguaje de quien conoce secretos que le envuelven.

         Están, en segundo lugar, los lenguajes del amor fiel que la muerte no puede quebrarlos. Son amores que mantienen el brillo de la fidelidad en tiempos de opacidad abrasados por un afecto que no conoce los límites del tiempo. Su lenguaje es  el del amor herido, vulnerado y deseoso de entregar lo más hondo del corazón, aquello que se transfiere solamente en entregas abisales.

         Puede considerarse, en tercer lugar, como nuevo lenguaje sálmico el de las plegarias pactadas entre orantes de distintas religiones que buscan un anhelo común, la paz por ejemplo. Solo en la historia moderna de las religiones se ha valorado más el sueño común que la propia posición religiosa. Pactar el lenguaje orante es ya, de alguna manera, aproximarse al sueño.

         Podría considerarse también, en cuarto lugar y en sentido amplio, un nuevo lenguaje sálmico la obra de los cantores que han acompañado durante décadas con sus cantos el devenir de un pueblo. Cantar la vida con el pueblo, proporcionarle una visión “trascendente” de su acontecer diario es algo que conecta con el fondo del Salterio que tiene intenciones similares, más allá del lenguaje religioso. Sus cantos son las plegarias de la persona secular que tiende hacia el misterio que se mezcla a los caminos cotidianos del ciudadano.

         Hasta podríamos hablar, finalmente, del nuevo lenguaje sálmico que nos proporciona la moderna física cuántica. «La música, las canciones, los conjuros, los salmos… encarnan este  potencial original que anima el orden creado. Entonces, no es accidental que los físicos modernos estén redescubriendo una corriente musical subterránea en nuestro universo creativo» (D. O’Murchu). Es la llamada “teoría de las supercuerdas” que postula «que la energía fundamental que da vida a todo el universo puede ser comparada a la energía vibrante que ocurre cuando movemos el arco sobre una cuerda musical, siendo la música el lenguaje ‘con voz’ de la energía silenciosa» (Ibid.). De esta manera el lenguaje sálmico abarca los mundos.

 

NOTAS: Hay “místicos devorados” conocidos (E. Hillesum, S. Weil, etc.) y otros no conocidos que pueblan la ciudad; sobre ellos, lo sepan o no, se asienta la búsqueda de Dios, la espiritualidad del encuentro amoroso. El lenguaje del amor fiel se palpa en el lirbode L. GARCÍA MONTERO, Un año y tres meses, Ed. Tusquets, Barcelona 2022. Ejemplo de oración pactada es el llamado “Espíritu de Asís”, jornada ecuménica de oración por la paz impulsada por Juan Pablo II en 1986. Cantor de la vida ha sido en España J. M. SERRAT que se ha despedido de los escenarios en 2023, ver: https://elpais.com/cultura/2021-12-02/joan-manuel-serrat-se-despide-de-ustedes.html (2023). Las citas de O’MURCHU  son de la obra Teología cuántica, Ed. Abya Yala, Quito 2014,  pp.71-72.

 

6. Para avivar el fuego

 

         Podría parecer que esta reflexión trata de mantener en vida lo que, es preciso reconocerlo, es poco menos que un cadáver. Hay quienes sienten y dicen: los Salmos han muerto y quedan vestigios de ellos solamente en grupos reducidos (monasterios, conventos, etc.). No es cierto: hoy más que nunca muchas comunidades eclesiales utilizan los salmos para su oración común. Muchos creyentes los emplean como soporte de su oración personal. Teniendo en cuenta que, antes del Concilio Vat. II, los Salmos era patrimonio casi exclusivamente de los clérigos, el que ahora los empleen comunidades laicas es un avance. Como hemos dicho, habrá que hacer un continuado discernimiento sobre ellos para adecuarlos mejor a la sensibilidad de hoy y, en el caso de los seguidores de Jesús, a una perspectiva cristológica.

         ¿Qué fuego habrían de avivar los Salmos? Fundamentalmente el fuego de la ilusión. Sin ilusión, el horizonte de la vida pierde sentido, todo se nubla y se cae en la grisura. La «fe en el futuro y la voluntad de vivir» se paralizan (V. Frankl). La ilusión es aquí sinónimo de sentido de la vida. Eso tratan de avivar los Salmos, el sentido, el deseo de vivir asimilando con la mayor humanidad que se pueda la dificultad del vivir.

         Por todo ello, sería preciso aplicar a los Salmos el lenguaje del avivamiento que los haga escapar de la rutina: no someterlos siempre el recurrente “a dos coros” que los hace monótonos. Ya que han sido hechos para el canto, cantarlos con novedad. Inocular la danza en los que están escritos para ser danzados. Usar modos de ahondamiento musical repetitivo para el texto baje a la zona de la intimidad. Recurrir a grabaciones musicales que han logrado dar con el fondo vivo del Salmo puede ser así mismo una ayuda de gran valor. El componente estético del salmo es compatible con una experiencia espiritual sencilla.

         En cualquier caso, el Salmo avivado apunta a una fe más sensible y a, a la vez, a una pertenencia social más responsable. No puede ser que la hermosura del Salmo derive en un solipsismo espiritual que aísle al orante de los caminos humanos para llevarlo a un “castillo de soledad interior”. El componente social de la espiritualidad sálmica no habría de estar nunca ausente del uso de los Salmos. Le da una dimensión nueva que lo ancla en la vida.

         La plegaria sálmica pone al orante en unión con todos los que avivan el fuego mediante la plegaria: la indígena que desgrana su letanía en su choza de la selva con la hermosura juvenil de la oración de Taizé , la polifonía embriagadora del coro cultivado con la salmodia pobre de un conventito de orantes mayores; el coro y la orquesta que desgrana el salmo en el Auditorio Nacional con la plegaria del creyente en la soledad del cuarto de estar de su casa. Todo un tejido orante que se entrelaza, dispuesto siempre a avivar la fe humilde y a sostener la certeza de que el camino humano es camino acompañado.

 

 

NOTAS. En la oración de algunas comunidades los Salmos han sido substituidos por salmos de hoy que son largas y pesadas composiciones de dudoso componente poético; los Salmos contienen otra experiencia, son más digeribles y más cortos. La cita de V. FRANKL es de su libro El hombre en busca de sentido, Ed. Herder, Barcelona 1991,  p.45. Muchas comunidades religiosas oran incansables por las vocaciones; pocas por mantener la ilusión a niveles satisfactorios. Músicas tan diversas como el “Super flúmina Babilonis” de Palestrina o el salmo 18A de Ain Karen pueden introducirnos en el subsuelo del Salmo. La expresión “castillo de soledad interior” pertenece al himno litúrgico “Padre nuestro, Padre de todos”.

 

                  Y de aquí la certeza de que estos salmos, releídos desde una experiencia actual de fe, quizá puedan servir para el mismo fin: animar nuestra fe en este hoy en el que tenemos muchos motivos para tirar la toalla y ceder a la imposibilidad de una fe actualizada o de volvernos a modos religiosos desconectados de la realidad. La Palabra de Dios nos puede ayudar a mantener viva la experiencia creyente en tiempos de dificultad. Por eso, intentaremos una relectura que pueda reconfortarnos. Lo necesitamos.

         Dice Bertolt Brecht: “Y en la noche ¿habrá canto? Sí, habrá canto en la noche”. Creemos que los salmos de las subidas pueden ser hoy también para nosotros un canto en la noche, en la dificultad, en el caminar, en el gozo trabajado de construir el camino de la fe. Démonos a la tarea.

 

 

LOS “SALMOS DE LAS SUBIDAS” (Sal 120-135)

 

I. SALMO 120: GUARDADOS POR DIOS

 

1Levanto mis ojos a los montes:
¿de dónde me vendrá el auxilio?
2El auxilio me viene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.

3No permitirá que resbale tu pie,
tu guardián no duerme;
4no duerme ni reposa
el guardián de Israel.

5El Señor te guarda a su sombra,
está a tu derecha;
6de día el sol no te hará daño,
ni la luna de noche.

7El Señor te guarda de todo mal,
él guarda tu alma;
8el Señor guarda tus entradas y salidas,
ahora y por siempre.

1. Jesús lee el salmo

 

  • Subíamos a Jerusalén. Todo era penumbra. Los corazones pesaban mucho. Habíamos vivido aquel momento de luz que fue la transfiguración donde, en el silencio y en la Palabra, descubrimos que había que ir a Jerusalén. Allá, en aquella luz, en aquella paz, cobramos ánimo por encima de los miedos. Iríamos a Jerusalén. Pero ahora, llegado el momento, nuestros pies pesaban como el plomo y nuestro corazón estaba sin luz. Era la subida temida.
  • Los míos iban detrás. De cerca los discípulos, en silencio. Solo se oían las pisadas sordas sobre el camino. Nadie decía nada. No quería mirarles para no entristecerme más. Detrás un buen grupo de “seguidores”. También en silencio. ¿Dónde habían quedado los cantos, el jolgorio de las subidas, las risas contagiosas? Silencio, nada más que silencio. Y el miedo, libre, circulando a sus anchas por encima de las cabezas y metiéndose en las venas. Silencio y miedo.
  • Avistamos los montes de Judá. Y empecé a cantar: “Levanto mis ojos a los montes”, aquellos montes que nos eran tan queridos a los judíos y de los que ahora, con gusto, huiríamos. Aquellos montes que encerraban el templo, la “joya”, la presencia densa de Dios, donde íbamos jolgoriosos entre el bullicio. Ahora la alegría había huido.
  • Por eso se nos hizo clara la pregunta del viejo canto: “¿De dónde nos vendrá el auxilio?". ¿Quién nos amparará ahora que nos sentimos tan desvalidos, tan en la rama cortada? Y la respuesta nos la dio el mismo salmo: “El auxilio nos viene del Señor, el que hizo el cielo y la tierra”. El que cuida de todo, nos cuidará; el que sostiene todo, nos sostendrá; el que cuida de los pájaros y de los lirios, nos cuidará. “El auxilio nos viene del Señor”, repetíamos una y otra vez. Las gargantas se desataron y más allá de las lágrimas repetíamos: el auxilio nos viene del Señor. No nos dejará en el desamparo, no nos soltará de la mano, aunque no lo sintamos, aunque nos parezca que está lejos y en silencio, aunque parezca que nos abandona. No, el auxilio viene de él.
  • Íbamos más seguros, pisábamos más fuerte: “No permitirá que resbale tu pie”. Caminábamos con más ligereza. Y otra frase del canto nos llenó: “Tu guardián no duerme”. Nuestro Dios velaba con nosotros, andaba con nosotros, sufría con nosotros. No estaba dormido, desentendido. No había que llamarle a gritos.
  • Y ya brotaba la fe como un torrente: “estamos a su sombra…a su derecha”. Por eso, ni el sol nos herirá, ni la luna nos extraviará. Todo lo creado vendrá a nuestro socorro, por más que llegue la sombra y la oscuridad. Caminábamos más ligeros.

 

2. La persona de hoy lee el salmo

 

  • Hemos puesto nuestra fuerza en nuestra ciencia, en nuestro dinero, en nuestra salud, en nuestra fuerza. Pero muchas veces experimentamos el desvalimiento, las situaciones sin salida, el desamparo que se pega al alma. ¿Cómo llevar esto de la mejor manera? Y hemos descubierto que la buena relación, la acogida de las personas, el débil amparo de los débiles, es algo que ayuda mucho. Generar amparo es  generar humanidad, abrir horizontes, hacer que sintamos menos la dentellada de la limitación.
  • Es verdad que esta vida nuestra tiene recursos limitados. Pero si tomamos conciencia de que nacemos con responsabilidades adquiridas, de que el sufrimiento del otro nos compete, de que la respuesta que damos al dolor ajeno nos hace sujetos morales, es entonces cuando, más allá de nuestra limitación, podemos generar amparo. Quien desconfía de lo humano, desconfía de las personas. Y si no confiamos en nosotros mismos, ¿cómo vamos a confiar en los otros, en el Otro?
  • Hay que velar por la vida del otro, por el camino del otro, por los itinerarios del otro. Los otros son mi tarea, no para inmiscuirme en sus asuntos, sino para participar en su crecimiento. Los otros no son mi “infierno”, sino el camino humilde para la dicha. Quienes viven sin reposo para el otro, terminan por encontrar reposo, sentido, para sí mismos.
  • La mejor manera de sortear los peligros que el caminar histórico encierra es guardarnos, cuidarnos, atendernos bien, aguantarnos con cariño. Ser, unos para con otros, casa de misericordia donde protegerse y animarse.

 

3. La creyente lee el salmo

 

  • El universo es una realidad en expansión. Nos movemos a dos millones de kilómetros por hora en el “tren” de nuestra Vía Láctea. Hay muchos universos. No conocemos la materia del universo, el 90% es materia oscura. Y en el fondo de ese mecanismo que no podemos abarcar, una fuerza que nuestra fe llama Dios, fuerza de amor. Esa fuerza nos engloba, nos ofrece vida, nos cuida, más allá de las enormes limitaciones que, a veces, sufrimos. No estamos solos. En verdad, el Padre y Jesús han puesto su morada en nosotros (Jn 14,23).
  • Dios nos cuida en la mediación de nuestros propios cuidados. No podemos pedir a Dios que nos cuide si nosotros no hemos descubierto que el cuidado, sobre todo el cuidado al frágil, no es consecuencia de la fe, sino su propio centro. Cantar este salmo sin comprometerse al cuidado fraterno es música celestial.
  • Sin reposo para el amor, sin cansarse, sin descreer a medida que avanzan los años. Mantener un interior amante, una interioridad jugosa. No secarse por dentro. Entonces es cuando sonarán vivas estas plegarias sálmicas, estos anhelos encerrados en las oraciones de las subidas. Si estamos cansados, desalentados, de vuelta de todo, descreídos, ¿con qué ojos ver las pisadas del Dios que camina a nuestro lado? ¿Cómo sentir el calor de la palma del Padre que coge nuestra mano?
  • Guardados por Dios, esa es la certeza que puede hacer que lleguemos bien vivos al final de nuestro caminar histórico. “Entre tus manos, llévanos”, dice el canto. “Adora y confía” decía la plegaria de Teilhard de Chardin.

 

4. Recreamos el salmo

 

Sé que Dios está

en el fundamento del ser,

en la fuente de la vida.

 

¿Cómo desconfiar de su cercanía,

de su amparo abrazador,

de su fuerza que reconforta?

 

Por encima de mis tropezones y caídas,

más allá de mis insomnios y desganas,

él me guarda.

 

No tengas miedo del sol que hiere

ni de la luna que extravía,

él sigue siendo luz para ti.

 

II. SALMO 121: ENCONTRAR LA PAZ

 

1¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
2Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.

3Jerusalén está fundada
como ciudad bien compacta.
4Allá suben las tribus,
las tribus del Señor,

según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
5en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David.

6Desead la paz a Jerusalén:
«Vivan seguros los que te aman,
7haya paz dentro de tus muros,
seguridad en tus palacios».

Por mis hermanos y compañeros,
voy a decir: «La paz contigo».
9Por la casa del Señor, nuestro Dios,
te deseo todo bien.

1. Jesús lee el salmo

 

  • Íbamos a la casa del Señor. Pero íbamos sin alegría. Sin embargo, a mí, como buen judío, me habían enseñado que la gloria de Dios, su presencia, se hacía densa en el templo. No podréis entenderme quienes no seáis judíos. Pero yo sabía que la presencia del Padre me envolvería, me protegería, saldría por mí. Por eso cantaba con fuerza: “Vamos a la casa del Señor”. Los que venían detrás no se contagiaban. Cuando nuestro pies pisaron las viejas piedras de la ciudad, yo me olvidé de lo que podía pasar. Estaba en su casa.
  • A quienes veníamos de la aldea, Jerusalén nos deslumbraba. Hoy os parecería a vosotros un humilde lugar, pero a nosotros nos parecía maravillosa. La llamábamos “la hermosa”. Aun hoy día, tan maltrecha, para muchos de los judíos sigue siendo así. Por eso, en lugar de defenderla con paz, la envuelven en guerras. Así les va.
  • Pero ella nos contagiaba la paz. Dentro de ella había paz. Por eso, le deseábamos la paz. Siempre nos había faltado. Por eso la deseábamos tanto. Un corazón pacificado era lo que nos hacía falta. Por eso, nuestro canto era una oración: Danos paz en estas horas de turbulencias grandes. Que no nos abandone la paz.
  • Me volví hacia el grupo atemorizado que nos seguía y después de cantar les dije: “Os deseo la paz”. Que Jerusalén os devuelva la Paz. Que saber a Dios cerca os envuelva en la paz. La necesitábamos tanto…

 

2. La persona de hoy lee el salmo

 

  • Huimos de la oscuridad y del dolor. Si aprendiéramos a abrazarlos, a trabajarlos, a encararlos, a mirarlos desde dentro, a no huir, a no poner la esperanza en que otros (en que Otro) nos resuelva la papeleta, la paz vendría al corazón, aunque costase tiempo. Muchas cosas hermosas suceden en la oscuridad. Lo que llamamos caos puede ser un reservorio de energía enormemente creativa.
  • Quizá podamos entender que la abnegación es una precondición de la realización; que la lucha es el camino a la felicidad; que la enfermedad es el lado oscuro de la salud; que el fracaso es el triunfo disfrazado; que la oscuridad da lugar a la luz. Tal vez el casos sea una parte integral del orden, como el conflicto para la armonía y la oscuridad para la luz. La vida no trata de un dualismo excluyente, o esto o aquello, sino de la integración de esto y aquello.
  • La paz no es solamente ausencia de turbación. Es también comprensión distinta de la realidad, mirada compasiva a los caminos humanos, contemplación del misterio de la vida. Tal vez la paz demande pararnos quietos, contemplar y observar la maravilla inherente al proceso de la vida misma. No solamente comprendemos lo que entendemos, sino también lo que contemplamos, lo que intuimos.
  • Para que la paz anide en el fondo del alma quizá haya que entender que la creación es buena y no mala. Que una “bendición original”, más que el pecado original, caracteriza la vida en su esencia fundamental. Nos hacen falta una serie de cualidades proféticas: coraje moral, enojo correcto, denuncia verbal, protesta y desafío, vigor vital, pasión. La paz florece en terrenos que bullen de humanidad.

 

3. La creyente lee el salmo

 

  • El universo está lleno de tu presencia. El ejercicio no es trabajar la presencia de Dios sino percibirla viva, acompañante, compasiva, amorosa, perdonadora. Vivir en la presencia en formas de honda humanidad, de ahondamiento, de contemplación hacia adentro. Una presencia que reconforte, que empuje, que genere fuerza cuando la debilidad nos cerca. 
  • Y, a la vez, necesitamos comunidades que reconforten, que generen gusto por la vida, que iluminen la oscuridad, que intuyan caminos, que desvelen posibilidades, no comunidades ancladas, esclerotizadas, que ya se sabe cómo funcionan. “Jerusalenes” de vida, más que lugares de arqueología, de normas, de referencias sabidas. 
  • Y luego, la aspiración de la paz honda, la que se vive incluso aunque haya turbulencias. Capacidad para recuperar la paz perdida y volver a la senda de la confianza. Saber que los tiempos de paz los construimos a diario en nuestro ambiente más cercano. Deseemos ardientemente la paz; colaboremos en su construcción. ¿Cómo hablar de fe sin vivir la paz? Y aprendamos a traducirla: respeto, comprensión, aguante cariñoso, dejar que el otro pueda ser él, aunque sus caminos no nos convenzan del todo.
  • Hagamos oferta de paz, oferta concreta. No solo de palabra, sino en comportamientos sencillos que hablan de paz. Elaboremos los conflictos mediante el diálogo incansable, la coincidencia en lo básico, la certeza de que podemos unirnos en algo, la seguridad de que todos sufrimos cuando la paz escasea.

 

4. Recreamos el salmo

 

Que nuestra mirada se agudice

para ver lo que no se ve;

que nuestro oído se afine,

para escuchar lo que no se oye.

tu presencia envolvente.

 

Que el ambiente se caldee,

que el frío se aleje de nuestros adentros,

que el amor abrace

lo que más cuesta abrazar,

el desamor.

 

Que la paz no deje de manar

como fuente de vida,

que la paz no deje de brotar

como la mejor cosecha.

 

Que adelantemos la mano desnuda

como las manos de los niños

que no pueden esconder ningún arma

de tan pequeñas y tan puras.

 

 

III. SALMO 123: UN DIOS DE TODOS

 

1Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte
-que lo diga Israel-,
2si el Señor no hubiera estado de nuestra parte,
cuando nos asaltaban los hombres,
3nos habrían tragado vivos:
tanto ardía su ira contra nosotros.

4Nos habrían arrollado las aguas,
llegándonos el torrente hasta el cuello;
5nos habrían llegado hasta el cuello
las aguas espumantes.

 

6Bendito el Señor, que no nos entregó
en presa a sus dientes;
7hemos salvado la vida, como un pájaro
de la trampa del cazador:
la trampa se rompió, y escapamos.

8Nuestro auxilio es el nombre del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.

 

1. Jesús lee el salmo

 

  • Nosotros creíamos, a pie juntillas, que Dios estaba de nuestra parte y solo de nuestra parte. Era el Dios de Israel. Pensábamos que era un axioma indiscutible que un Dios debe defender a sus fieles. Como muchas veces nos habíamos visto en desamparo, a veces pensábamos que nos había olvidado, pero que seguía de nuestra parte y nada más que de nuestra parte. Por eso cantábamos esta estrofa subiendo a Jerusalén con certeza indiscutible.  Sin embargo, yo me esforcé por hacerles entender que Dios era un Padre de todos que hace salir su sol sobre buenos y malos (Mt 5,45). Con el tiempo aprenderían; los paganos se lo enseñarían.
  • La ira de quienes nos querían mal estaba hirviendo. Pero no eran enemigos de fuera, sino de dentro. “Eras tú mi amigo y compañero a quien me unía una dulce intimidad” dice el Sal 54,14. Los de nuestro pueblo tramaban contra nosotros. No teníamos miedo a los paganos cuando íbamos hacia la ciudad, sino a aquellos que eran de nuestra familia, de nuestra casa, de nuestra fe. La ira de los que debían amarnos era doblemente hiriente. Los de la cordada lo intuían con claridad.
  • Éramos de secano, pero en nuestra tierra había un lago, a veces muy arisco. Por eso sabíamos qué era tener las aguas hasta el cuello. Los discípulos lo habían experimentado algunas veces. Esa situación entre el vivir y el morir, entre el ahogarse y el salvarse, entre bajar engullido al fondo o permanecer como sea en la superficie. Así nos sentíamos, en este momento de gravedad, de temblor, de ahogo. ¿Cómo verse libre ahora? ¿Se volvería a repetir la experiencia del Dios que libera in extremis? ¿Sería verdad aquello que decían de los padres antiguos que fueron librados de las aguas airadas del mar Rojo?
  • Como un pájaro, dejando unas plumas en la trampa, porque en el último momento falló la trampa. ¿Estaba Dios con nosotros en este momento tan delicado? Nos costaba verlo. Y cantar los viejos salmos nos ayudaba en nuestra debilidad. Muchas veces nos haríamos la pregunta que se hacen los creyentes en las horas de dura zozobra: ¿Dónde estás? Con qué quemazón en los labios y en el corazón lo diría yo horas más tarde en el palo de la cruz.
  • Pero la fe se abría camino, terca, entre las tinieblas: “Nuestro auxilio es el Señor de cielo y tierra”. ¿El Dios de todo cómo no iba a ser sensible a una de las partes, aunque fuera ínfima, irrelevante como aquella cordada de desalentados? El Señor del cosmos inabarcable estaría también a nuestro lado, pequeños “gusanos” que pueden desaparecer bajo la sandalia del opresor que los machaca. Estaría con nosotros porque estaba con todos.

 

2. La persona de hoy lee el salmo

 

  • Hay que desmantelar la exclusividad sobre Dios que, a veces, se arrogan algunos (jerarcas, teólogos) y abrir la espiritualidad a todos los que quieran comprometerse con una experiencia de un Dios que ampara todo, un Dios cósmico. Toda creatura puede sentir a Dios porque es Padre de todos, fuente común, origen familiar. Nadie tiene preeminencia sobre nadie cuando hablamos de Dios.
  • Aun en medio de una religión de encarnación como el cristianismo –con el enfoque puesto en el Dios que se hace humano en el medio de la creación- el Dios “que está en los cielos” frecuentemente tiene prioridad sobre el Dios que es inmanente en el mundo de nuestra experiencia. Y sin embargo, el Dios que está en todo, lo está, sobre todo, en el interior de la vida, en la raíz de lo que vive, en el cimiento de la historia. La realidad de un Dios dentro es más útil para conectarlo con un Dios de todos.
  • Nos haría bien demoler dualismos, tener un paradigma mental y existencial más unificado. Eso llevaría a consecuencias concretas, por ejemplo a eliminar esa parcelación que hacemos sobre Dios pensando que está del lado de los buenos y no de los malos, del lado de los creyentes y no de los ateos, del lado de las gente de orden y no de aquellos que viven en maneras un tanto “desordenadas”. El comportamiento de Jesús, y por él sabemos lo que es Dios, elimina tales dualismos.
  • Habríamos de dar el salto cualitativo de reconocer el mundo evolutivo como el escenario de la revelación divina. En ese escenario es más fácil comprender que Dios es de todos que si nos estancamos en una idea del mundo fija y estática. Puede parecer teoría, pero de estos elementos del “disco duro” dependen muchas actitudes de vida (por ejemplo esto de tener a Dios por Padre efectivo de toda criatura y la consiguiente responsabilidad familiar que de ello se deriva).

 

3. La creyente lee el salmo

 

  • Un Dios amplio, cobijante: Donde el todo del grupo comunitario, social, tiene amparo. Nada queda fuera, todo vale a sus ojos. Eso habría de llevarnos a tener una mirada flexible, englobante, libre lo más posible de exclusiones.
  • Descubrir a Dios en la fe del otro: porque el otro también cree y puede creer más. Su fe es ayuda y enriquecimiento de mi propia fe. Su trabajo por creer mejor alienta mis esfuerzos creyentes.
  • Creer con nombres: orar con nombres, poner nombres sobre la Palabra, hacer un camino creyente lleno de nombres.

 

4. Recreamos el salmo

 

Dios de todos,

Dios de todo

y de nadie.

 

Dios de vida,

Dios de amor

y de fuerza.

 

Dios de dentro,

Dios de abajo

y de luz.

 

Dios de amparo,

Dios de abrazo

y de calor.

 

Dios de canto,

Dios de vida

y de paz.

 

 

IV. SALMO 124: MENTALIDAD INTEGRADORA

 

1Los que confían en el Señor son como el monte Sión:
no tiembla, está asentado para siempre.

2Jerusalén está rodeada de montañas,
y el Señor rodea a su pueblo
ahora y por siempre.

3No pesará el cetro de los malvados
sobre el lote de los justos,
no sea que los justos extiendan
su mano a la maldad.

4Señor, concede bienes a los buenos,
a los sinceros de corazón;
5y a los que se desvían por sendas tortuosas,
que los rechace el Señor con los malhechores.
¡Paz a Israel!

 

1. Jesús lee el salmo

 

  • Cuando entonamos este salmo, los que iban detrás se animaron más. Ellos estaban convencidos de ser unos privilegiados de Dios, de aquel Dios que excluye a malvados y paganos. Ellos no eran ni una cosa ni otra. Por eso, por encima de su miedo, creían que el Dios de Israel estaba de su lado. Que aquel Dios les “debía” algo, amparo, amor, por su probada piedad y por su innegable pertenencia al pueblo elegido. Sin embargo a mí, que había llegado la humilde conclusión de que Dios hace salir su sol sobre buenos y malos, algo me decía que la cosa no iba bien.
  • Tenía por verdad que “los que confían en el Señor son como el monte Sión”, que la confianza en Dios era una roca firme, una esperanza que aguanta vendavales. Tenía por verdad que Dios rodeaba a su pueblo como las montañas de Judá rodean a Jerusalén (el Scopus, el Herzl, los Olivos, etc..). Pero ¿los que no confían tanto, los que no creen tanto, los que no son de aquí, aquellos que no reconocen al Dios de aquí, aquellos que, por culpa de los mismos creyentes, maldicen de él? ¿Están excluidos sin más? Algo me decía que no.
  • Por eso, se me atragantaban aquellas palabras que a mis acompañantes les parecían indudables, convincentes, totalmente ciertas: “No pesará el cetro de los malvados sobre el lote de los justos”. Nos veremos libres de ese peso. No encontrábamos caminos para integrar al mal, a los malos, en nuestros esquemas. Lo veíamos todo más claro cuando clasificábamos, cuando excluíamos, cuando los judíos nos sentíamos los privilegiados de Dios. Algo no iba bien.
  • De ahí que interiormente yo corregía la súplica final del salmo: concede bienes a todos, a los buenos, a los sinceros y a quienes no lo son tanto, a quienes no lo parecen, a quienes no son tenidos por tales. Y, desde luego, que no fueran rechazados los malhechores, sabiendo que Dios de alguna manera también los miraba: ¿No era un malhechor Zaqueo, no lo era el samaritano que iba por posadas, no era la mujer de mala fama que me lavó los pies, no era aquel pródigo que se marchó de casa, etc.? Yo que los había puesto como ejemplo de lo que Dios puede hacer en la vida de las personas, ¿cómo iba a decir ahora que estaban excluidos? No cantaba con los otros, pero me callaba para no hacer más grande su herida, porque tampoco yo sabía muy bien cómo consolarles.

 

2. La persona de hoy lee el salmo

 

  • Educados en un dualismo que persiste (buenos/malos) casi somos incapaces de permeabilizar esas fronteras. Sin embargo, ni los buenos son tanto como ellos lo dicen, ni los malos son tanto como nosotros lo decimos. La escala de grises es muy grande en la vida humana. Por eso, la flexibilidad es una herramienta que nos resulta del todo necesaria para poder entendernos y entender los, a veces, raros caminos de los humanos.
  • En un nivel profundo, cada ser vivo está implícito, implicado en todos los demás. Cada sufrimiento, cada extinción, nos afecta, nos empobrece, nos “mutila”, dice el papa Francisco. De la misma manera, participamos de la dicha y creatividad de cada organismo individual. En realidad, no son las especies individuales las que evolucionan, sino todos los sistemas vivos conectados de manera interdependiente, en el seno de la misma totalidad coherente.
  • Nosotros los humanos no somos los amos de la creación; somos participantes en un proceso co-creativo que es mayor que nosotros. Si hemos de influir  en la vida planetaria y global, lo haremos por medio de una interacción cooperativa más que por una lucha competitiva. No hemos sido creados para competir, sino para amar. ¿Cuándo vamos a desterrar cualquier mentalidad excluyente? Excluir y creer en Jesús es una contradicción.
  • Todos estamos afectados por todos los demás. Es preciso descubrir que somos familia, comunidad humana y cósmica, asamblea de diversos. Nos lo enseñó Jesús. Por eso hay que leer con cuidado salmos y pasajes bíblicos que, por evolución histórica, han elaborado poco el tema de la integración en el todo.

 

3. La creyente lee el salmo

 

  • No es posible caminar sin confianza. El salmo habría de llevarnos, un poco en su contra, a elaborar un modo de vida confiante. Atravesar un camino con el miedo en el cuerpo es una tortura. El creyente en Jesús habría de aprender a no vivir siempre con la mano en la guarda de la espada, temiendo a quien viene, al distinto, como quien me va a asestar una puñalada. Es tan bueno como yo, porque Dios ha sembrado en todos la bondad, por eso puedo empezar mi relación con él desde la bondad.
  • La mentalidad excluyente, elitista, no es cristiana. No somos elegidos de Dios en contra de quien no lo es. Jesús nos ha convertido a todos en hijos, por eso nadie queda fuera, más allá de sus peculiaridades sociales o religiosas. Rezar con mentalidad excluyente hace polvo la oración de la confianza, la oración evangélica.
  • Hay muchas puertas para entrar en el misterio de Dios. Nosotros tenemos una, Jesús, puerta querida y amada. Pero no es la única puerta porque al misterio se accede por los muchos caminos que suscita el Espíritu. Habríamos de alegrarnos de ello y ser mesurados y amables en la oferta de esta puerta nuestra que es Jesús. Una “misión” de oferta, no de convicciones ideológicas, no de captación de fieles.
  • Siendo Judío, Jesús se salió del marco de exclusión, durísimo, de la mentalidad de su pueblo. No resulta, pues, imposible pretender una mentalidad amplia, incluyente, abrazante. No perderíamos nada, no se diluirían los perfiles de la comunidad cristiana, no pondríamos en peligro la fe en Jesús. Nuestra fe no significa que lo tenemos todo claro. No significa que tenemos soluciones acabadas, respuestas últimas para todo. Tenemos la inestimable memoria de Jesús, la presencia activa de su espíritu, la compañía de una iglesia de hermanas y hermanos, pero ello no nos exime de la duda, la búsqueda, el diálogo. Somos caminantes.

 

4. Recreamos el salmo

 

Hemos querido, equivocados,

saber quienes somos

diferenciándonos de los demás,

cuando la verdadera identidad,

está en la comunión.

 

Somos casi idénticos

en anhelos,

en búsquedas,

en sufrimientos,

en preguntas.

 

¿Cómo asentar la vida

sobre las diferencias?

¿Cómo decir a quien tiene

un corazón similar,

no eres como yo?

 

Algún día aprenderemos

que la casa del corazón

es la casa de la persona

y que los corazones se asemejan

como las gotas del mismo océano.

 

 

V. SALMO 125: CAMBIOS EN LA VIDA

 

1Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía soñar:
2la boca se nos llenaba de risas,
la lengua de cantares.

Hasta los gentiles decían:
«El Señor ha estado grande con ellos».
3El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres.

4Que el Señor cambie nuestra suerte,
como los torrentes del Negueb.
5Los que sembraban con lágrimas,
cosechan entre cantares.

6Al ir, iba llorando,
llevando la semilla;
al volver, vuelve cantando,
trayendo sus gavillas.

1. Jesús lee el salmo

  • Siempre habíamos estado oprimidos, bajo el yugo del extranjero. Era un sino de Israel. Desde los tiempos de los Egipcios. Por eso, cuando subíamos cantando este salmo, la sangre nos hervía. Soñábamos con que el Señor cambiara la suerte de Sión. Los que me seguían no habían intuido aún que lo que yo pretendía era que cada uno tomara cartas en el asunto de cambiar el propio corazón, el camino personal, la manera concreta que cada uno tiene de ver la vida. Daría por bueno aquello que dijo uno de vosotros: “No cambiaremos la vida si no cambiamos de vida”.
  • La risa y el cantar volvía al grupo. Esperaban un cambio de fuera, no un cambio de dentro. Un cambio que tendrían que reconocer nuestros mismos enemigos, los gentiles. El anhelo de siempre, la superioridad que nos viene del dominio del otro. Si los gentiles doblaban el cuello y reconocían nuestra superioridad, nuestra alegría llegaría al colmo. No podíamos entender una alegría pura, a costa de nadie, inclusiva.
  • Alguna vez habíamos visto los torrentes del Negueb, cómo las lluvias repentinas creaban charcas en el desierto que llegaban a crear espacios verdes en medio de la aridez. Creíamos que en nuestra vida oprimida, desértica, Dios podría hacer surgir el verdor. Siempre esperando un verdor de fuera, venido de otro lado. No creíamos que la semilla estaba dentro.
  • No estábamos bien. Pero volveríamos cantando, trayendo gavillas. Viviríamos una vida serena y gozosa. El salmo ponía una sonrisa en el corazón de la cordada del desaliento. Las viejas promesas, aquellas leyendas que se inventaban para animar, aún producían su efecto. ¿Serían suficientes para contrarrestar el duro golpe que nos esperaba? Los hechos demostraron que no. Hacía falta mirar más adentro de uno mismo, creer que los cambios brotan de interiores renovados, de maneras nuevas de situarse en la realidad.

2. La persona de hoy lee el salmo

  • Los pensadores de hoy hace tiempo que hablan de un “cambio de paradigma”. Hay grupos que estudian, olfatean los “paradigmas emergentes”. Si nuestro marco de referencias sigue siendo el de siempre, si no dejamos sitio a los interrogantes, a las preguntas, siempre tendremos la misma respuesta, la de siempre, inflexible, incambiable. Vivir en cambio constante es duro para la persona, pero es la única manera de no ir hacia atrás, de no empobrecerse.
  • Los nuevos paradigmas hablan de una visión distinta del cosmos, el primer libro de fe, y de la persona. Una visión del cosmos ampliada al máximo ya que la nueva cosmología es la que más está haciendo por cambiar la visión de la humanidad. Y una nueva visión de la persona, más situada en la profundidad, aquella que ha aprendido a descentrarse, a hacer del otro el centro de uno, ha ir resituando el yo totalizante.
  • Esto nos demanda una visión menos “religiosa” de la vida, menos recurrente a Dios como agente externo (Él cambiará nuestra suerte), más implicativa con el hecho histórico (tratemos de cambiar la suerte). Somos herederos de una espiritualidad que conlleva una falta de responsabilidad histórica. Nuestra oración está adobada en ello. Somos seres acompañados, pero la pelota está en nuestro tejado.
  • No somos de otra naturaleza que la natural, estamos tejidos con los mismos aminoácidos comunes a todos los seres vivos, somos un producto de la evolución, el resultado de su recorrido. Venimos de dentro, no de fuera de la Tierra. Y estamos llamados a ir más adentro. En este marco evolutivo hay que situar la mentalidad de una vida en cambio.

3. La creyente lee el salmo

  • Una fe para cambiar, no para seguir siendo los mismos. El fracaso de la religión se mide en la dificultad para el cambio, en la poca agilidad para adquirir maneras nuevas ver, en el empecinamiento religioso que hace de la tradición una roca inamovible. Si nada nos cambia, ¿para qué sirve el Evangelio que quiere cambiar nuestras estructuras más elementales? Y si el Evangelio no puede tocarlas, si somos los mismos a pesar del Evangelio, ¿no habrá fracasado el Evangelio en nosotros?
  • Sirve de poco recurrir constantemente a la conversión constatando que no nos convertimos. Demos a la conversión metas posibles: conversión ecológica, conversión a la solitud, conversión a lo profundo, conversión a los caminos comunes, etc. Pedir a Dios un cambio sin modificar nuestros caminos es planta sin raíz.
  • La vida demuestra que el cambio es posible. Hay personas que lo han logrado (Helder Cámara, Romero, Agrelo, etc.). Podríamos conseguirlo en la medida en que flexibilicemos nuestro modo de ser, nuestra mirada a la realidad. Las pretensiones del Evangelio no son inútiles.
  • El cambio demanda un cierto despojo. Querer cambiar con el bagaje de siempre, muy pesado, resulta muy difícil. Ir haciendo la vida cada vez más simple, menos llena de necesidades creadas, más relativizadora de necesidad que son prescindibles, más pequeña en sus dimensiones externa y más amplia en las internas, saber ser en cada etapa de la vida lo que corresponde ser, etc., son caminos saludables de despojo que pueden facilitar la obra del Evangelio en nosotros. Cambiar la suerte de “Sión” es un trabajo hermoso, humanizador, espiritual, positivo. Apunta al cristiano adulto del que hablaba san Pablo.

 

4. Recreamos el salmo

 

Nos agobia el deseo

de ser otro.

Soñamos sin término

el camino que no hemos recorrido.

Queremos cantar la melodía

que no hemos escuchado.

 

Algún día aprenderemos

que el deseo se modela dentro,

que el camino se anda

nada más salir de casa,

que la melodía

lleva siglos

sonando

en el silencio del corazón.

 

No son necesarios grandes viajes

para dar con el país

donde mora el sentido.

 

Basta con dejar sitio

en la casa de dentro

a cualquier creatura

y a la criatura necesitada

que es cada uno.

 

 

VI. SALMO 126: CO-CREADORES CON DIOS

 

1Si el Señor no construye la casa,
en vano se cansan los albañiles;
si el Señor no guarda la ciudad,
en vano vigilan los centinelas.

2Es inútil que madruguéis,
que veléis hasta muy tarde,
que comáis el pan de vuestros sudores:
¡Dios lo da a sus amigos mientras duermen!

3La herencia que da el Señor son los hijos;
su salario, el fruto del vientre:
4son saetas en mano de un guerrero
los hijos de la juventud.

5Dichoso el hombre que llena 
con ellas su aljaba:
no quedará derrotado cuando litigue
con su adversario en la plaza.

 

  1. 1.    Jesús lee el salmo

 

  • Más allá de sus muchas limitaciones, nuestra espiritualidad judía se basaba en la confianza en Dios, por más que la norma luchara por acaparar todo el terreno posible. Por eso cantábamos confiados: “Si el Señor no construye la casa, en vano…si no guarda la ciudad, en vano…”. Creíamos que Jerusalén era una ciudad “guardada”, por mucho que hubiera sido arrasada tantas veces. Cantar la confianza nos hacía más confiados. Los nubarrones que teníamos delante se nos antojaban menos peligrosos.
  • Yo había dicho muchas veces que la semilla crece por sí sola, que el Padre le da el incremento. Había dicho aquellas parábolas ecológicas de los lirios y los pájaros. Dios estaba debajo de todo, por más que los pájaros, los humanos y hasta las flores tuvieran que trabajar para ganarse el sustento. Dios en el fondo, en la penumbra del surco, en el interior de lo que se ve.
  • La confianza la veíamos en los hijos, en el fruto del vientre. Ellos seguirían lo que nosotros habíamos comenzado; ellos lograrían lo que nosotros no habíamos conseguido; ellos vivirían el esplendor de Jerusalén que nosotros no habíamos conocido. Por eso, los más jóvenes de la cordada eran nuestra máxima esperanza. Ellos, quizá, se levantarían del foso en el que íbamos a caer.
  • Tocábamos, así, el misterio de la fecundidad de la vida que Dios alienta. La amenaza de infecundidad se alejaba y daba sentido a aquel viaje extraño que nos abrumaba y que llevábamos entre ceja y ceja desde hacía mucho. Ser fecundos, vivir, ir más allá de los estrechos límites de la vida. Aún latían estos pensamientos en aquella hora de zozobra.

 

2. La persona de hoy lee el salmo

  • Nos cuesta abandonar la visión de un mundo clásico:la creación nos ha sido dada, yo estoy fuera de ella, no puedo influir en nada, vive sin mí. Pero esto no es así: somos observadores que concrean, somos parte de la interdependencia que es lo creado. Ello nos lleva a una conciencia holística, global, interrelacionada.
  • En un nivel profundo, cada ser vivo está implícito, implicado en los demás. Cada sufrimiento, cada extinción, nos afecta. De la misma manera, participamos en la dicha y creatividad de cada organismo individual. Evolucionamos porque nos comunicamos. No son las especies las que evolucionan, sino los sistemas vivos que están conectados a una totalidad coherente. Esa “totalidad” es el Dios que subyace a lo creado, que lo potencia, que lo expande.
  • Nosotros los humanos no somos los amos de la creación, somos participantes de un proceso co-creativo que es mayor que nosotros y que puede subsistir sin nosotros. Si hemos de influir en la vida planetaria y global ha de ser por medio de una interacción cooperativa más que por una lucha competitiva. Es un proceso de aprendizaje de interdependencia mutua y no de explotación, combate o guerra.
  • Hemos de abandonar el determinismo y sumarnos a esa obra del Dios dentro que expande lo creado. Lo dicen los místicos: hay que estar abiertos a la naturaleza evolutiva en todos los niveles.

 

3. La creyente lee el Salmo

  • La confianza es un quicio del Evangelio. No se tiene sin más. Hay que trabajarla hasta el último aliento de la vida (quizá más en el último aliento). La confianza en las personas (para empezar) y en Dios puede ser cimiento de una sólida espiritualidad. Darla por cierta sin más, puede ser un error. Es un constructo, algo que se va experimentando.
  • La confianza va unida a la responsabilidad: si somos co-creadores con Dios no vale escaquearse. Hay que intentar hacer bien todo lo que se tiene que hacer. Y hay que darle horizonte a todo eso: no puedo hacerlo solo por obligación, por quedar bien, por ganar aprecio, por sacar algún beneficio. Hay una razón más de fondo: trabajamos con el Padre (como se dice en Jn 5).
  • Animarse a construir, a hacer caminos, procesos. No querer tenerlo todo enseguida y ya. Hacer caminos espirituales comprobados (de oración, de fraternidad, de ciudadanía). Romper esa dinámica empobrecedora de los actos puntuales, del pequeño momento.
  • Toda vida está amenazada de infecundidad. Fecundos en amor: esa es la vocación de toda persona, útil para cualquier opción de vida que se tome. Llenar el corazón del mayor número posible de nombres: he ahí la verdadera fecundidad, más allá de los límites físicos. Dichosa, sí, la persona que llena con estas “flechas” su aljaba, con los nombres en el corazón.

 

4. Recreamos el salmo

 

¿Quién nos enseñará

el camino intrincado

de la confianza?

 

¿Quién nos ayudará a creer

que nuestras pequeñas manos

crean con las de Dios?

 

¿Quién nos abrirá los ojos

para entendernos y vivirnos

como parte de un todo más grande?

 

¿Quién nos hará ver

que un corazón lleno de nombres

es el éxito de la vida?

 

Quién sino el terco

y abrazante amor.

 

 

VII. SALMO 127: MÁS ALLÁ DEL TEMOR

 

1¡Dichoso el que teme al Señor
y sigue sus caminos!

2Comerás del fruto de tu trabajo,
serás dichoso, te irá bien;
3tu mujer, como una vid fecunda,
en medio de tu casa;

tus hijos, como renuevos de olivo,
alrededor de tu mesa:
4ésta es la bendición del hombre
que teme al Señor.

5Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida;
6que veas a los hijos de tus hijos.
¡Paz a Israel!

 

1. Jesús lee el salmo

  • Nos habían enseñado a temer al Señor. Primicia de la sabiduría es el temor del Señor, afirmábamos con Prov 1,7. Pero yo fui descubriendo a un Dios de amor al que no había que temer, sino amar. No logré que esa intuición pasara a mis amigos, por eso seguían cantando al temor del Señor. Si hubieran descubierto al Dios del amor, si hubieran optado por él, quizá les habría sido más leve el hachazo que fue mi muerte violenta. Amar al Señor en lugar de temerle, como hacen todas las religiones. En eso está mucho de la clave para una manera distinta de entender y vivir la fe. Pero ello, aferrados a lo de siempre, cantaban al Dios a quien es necesario temer.
  • Ese temor reverencial a lo numinoso era el que posibilitaría la “bendición” que, en aquella época se sustanciaba en: trabajo, mujer e hijos. Así, el temor de Dios se visibilizaba en el temor al hombre que se adueñaba de todo. No se había descubierto el secreto de las relaciones igualitarias por el que tanto luché. Iguales hasta en lo más íntimo, por lo que el acaparador habría de renunciar a su padre y a su madre, a su posición de fuerza. Pero ellos seguían cantando a lo establecido, sin saber que por esa vía solamente podía llegar el desaliento y la huida, como así fue. Cantaban a lo de siempre, sin horizontes de novedad.
  • Por eso creían que la prosperidad de Jerusalén iba a ser su prosperidad, sin percatarse que “su” Jerusalén les ignoraba en el momento en que más necesitaban su amparo. No era tiempo para entender que el verdadero amparo del corazón no está en las estructuras sino en un corazón similar, en la solidaridad del interior humano. Más tarde abandonarían Jerusalén y el ancho mundo les brindaría mejor amparo.
  • Por eso, cuando gritaban “¡Paz a Israel!”, más que un grito de paz se parecía a un grito de guerra, el anhelo de defender a “su” Jerusalén para que ella, a su vez, les amparara. Pero aquel amparo nunca llegaría. Las puertas de aquella ciudad se habían cerrado a la paz y a quienes de verdad ansiaban la paz. Todavía siguen cerradas.

 

2. La persona de hoy lee el salmo

  • El temor, a Dios y a la persona, tiene como aliado el egoísmo, el exceso de individualidad. La individualidad está fuertemente unida a la independencia exagerada. Mientas que el amor se une a la interdependencia. Hay que trabajar por disolver las fronteras entre el “yo” y el “no yo”. Empezamos a darnos cuenta de que todos y todas las cosas se necesitan, no de una manera competitiva y manipuladora, sino en una interacción orquestada que busca extrapolar y utilizar lo mejor que cada persona y cada realidad tiene para darse, en beneficio del todo.
  • El círculo de la compasión humana, la propensión a la relacionalidad, es un deseo arquetípico profundamente asentado, una aspiración conferida divinamente que busca por siempre el paraíso paradójico de algo muy íntimo y, simultáneamente, algo que nos abra a las esferas de la posibilidad total.
  • El movimiento llamado de las “ciudades compasivas” es elocuente. Se orienta, sobre todo, a las personas de edad avanzada para humanizar su camino final. Pero se podría extrapolar a toda persona. Crear ciudades para la buena relación, colaborar en lo que se pueda,  amar la ciudad en la que la vida nos ha puesto. Construir una “nueva Jerusalén” como dice Ap 21 donde quepan todos.
  • Habrá que dejar de lado una cierta arrogancia personal que sustenta una gran cantidad de explotación ambiental y ecológica. El individualismo erosiona casi totalmente el sentido de interdependencia que debería existir entre humanos y otras formas de vida.

3. La creyente lee el salmo

  • El abandono paulatino del Dios del temor y de la omnipotencia puede propiciar otro perfil de Dios, más próximo al Dios de Jesús. No habríamos de ser reticentes por mantener lo aprendido, por ahorrarnos el trabajo de elaborar la doctrina oficial. En esta clase de descubrimientos se juega mucho de la experiencia creyente en una etapa adulta de la vida.
  • Las personas, en general, no experimentan la comunidad por medio de sus iglesias, y en consecuencia un número creciente busca en otro lugar para tener esa experiencia. Solamente una iglesia desinstitucionalizada, deslegalizada, y desclericalizadapuede tener la esperanza de captar este concepto central, sin la cual su existencia es en gran parte una charada.
  • Nunca fue el propósito de los sacramentos en su sentido prístino el ser actos rituales para poner al individuo frente a Dios, y a medida que han evolucionado en esta dirección han perdido proporcionalmente su poder de ser experiencias comunitarias y transformadoras. Tienen el peligro de convertirse en rituales insípidos en vez de ser experiencias vivificantes.
  • Ampliando la pequeña Jerusalén del salmista a una de más amplias dimensiones (cósmica incluso), hay que decir que el creyente se preocupa más por la Iglesia en el mundo que por la Iglesia contra el mundo. Negativizar el hecho social es algo opuesto a la dirección de la fraternidad. La benignidad crítica es la herramienta que nos puede llevar a la buena relación con la sociedad.

4. Recreamos el salmo

No hubo un paraíso

para el logro

de la buena relación.

El paraíso está delante.

 

No hubo un tiempo pasado

donde amar

fuera más fácil.

El amor vive en el hoy.

 

No hubo un camino sencillo

que nos llevara

al corazón del otro.

Habrá que desbrozarlo cada día.

 

No hubo una llave mágica

que nos abriera el secreto

de la comunidad.

La comunidad se abre por dentro.

 

VIII. SALMO 128: EL TRIUNFO DEL BIEN

 

1¡Cuánta guerra me han hecho desde mi juventud
-que lo diga Israel-,
2cuánta guerra me han hecho desde mi juventud,
pero no pudieron conmigo!
3En mis espaldas metieron el arado
y alargaron los surcos.
4Pero el Señor, que es justo,
rompió las coyundas de los malvados.

5Retrocedan avergonzados,
los que odian a Sión;
6sean como la hierba del tejado,
que se seca y nadie la siega;
7que no llena la mano del segador
ni la brazada del que agavilla;
8ni le dicen los que pasan:
"que el Señor te bendiga".


Os bendecimos en el nombre del Señor.

 

1. Jesús lee el salmo

 

  • Mi vida, lo sabéis, no fue fácil. Tan difícil como lo era la vida de los pobres, la casi totalidad de la sociedad. Por eso podíamos cantar a pleno pulmón: “¡Cuánta guerra desde la juventud!”. Toda la vida una lucha. Subíamos a Jerusalén para consolarnos de la dura guerra de la vida de los pobres, la dura guerra de los caminos, de los corazones desolados. El duro afán por subsistir.
  • Pero también estábamos seguros de que “no pudieron conmigo”. De que no triunfó el mal. De que no nos abandonara la certeza de que el Padre ha hecho morada en nuestra historia (Jn 14,23). El último canto no fue el de la tiniebla, el del gallo, sino el de la vida. Canté en mi sepulcro.
  • Para nosotros era una blasfemia que se odiara a Sión, la Santa. Pero yo había descubierto que era imperdonable el odio al pobre, verdadera Jerusalén de Dios. Por eso me dediqué a desbloquear el sinnúmero de prejuicios, a rasgar los velos que ocultan el sentido de la vida: que estamos hechos para vivir el uno con y para el otro.
  • Anhelaba la derrota de lo inhumano, la esterilidad del odio, la vaciedad del menosprecio al débil. Esa cosecha que no era más que humo se la deseábamos a quien no amara a Jerusalén. Yo no deseaba el mal, sino que anhelaba ardientemente el bien. Quizá ese ardor nos jugaba una mala pasada y tenía el peligro de convertirse en odio.
  • Puedo decirlo: a nadie negué una bendición. Más aún, me gustaba bendecir a quien nadie bendecía, a los niños, a las mujeres enfermas, a los recaudadores despreciados. Negar una bendición era lo contrario del Dios que siempre bendice. Por eso añadía yo a la frase última del salmo: “Os bendecimos A TODOS en el nombre del Señor”.

 

 

 

2. La persona de hoy lee el salmo

 

  • Para que el bien triunfe es preciso encarar con humanidad la oscuridad, el vacío, el caos. La gran oscuridad no viene de Dios, de él solo viene la luz. Nosotros engendramos una oscuridad sin luz a la que nos acomodamos con variedad de conductas cómplices. Nosotros mantenemos un vacío negativo que hace que nuestro paso por la vida sea un camino en el desierto. Nosotros generamos el caos negativo que destruye ignorando el caos positivo que se autoorganiza. No se trata de culpabilizarnos, sino de abrir los ojos.
  • Al abrazar el caos cósmico, fuerza que se autoorganiza, todos los humanos están invitados a reconocer la naturaleza interdependiente de la luz y la oscuridad, la enfermedad y la salud, la muerte y el renacimiento. Al aprender a tener amistad con el caos de nuestro mundo, interactuamos con él e integramos nuestro caos personal (pecaminosidad) en maneras más auténticas.
  • En vez de tratar de escapar de nuestro dolor por medio de conductas adictivas de negación, empezamos a afrontarlo, a escucharlo y a aprender de él. Nos hacemos corresponsables de la vida en su totalidad, y no de manera fragmentada y dualista.
  • Esta espiritualidad nos lleva a tratar mejor con la verdad que libera, aquella que, incluso con debilidades, admite lo que hay sin flagelarse, trabaja a partir de que lo que tenemos sin culpabilidad, mezcla la espiritualidad al realismo para que se llegue a mejorar lo que realmente se puede mejorar, sin frustraciones ni autocondenas.

 

3. La creyente lee el salmo

 

  • El triunfo del bien tendría que llegar a convertirse en una certeza profunda, en que el mal no tendrá la última palabra. Cuando la vida aprieta, ese tipo de certezas (en la medida en que lo sean) se convierten en auténticos agarraderos existenciales. Es la fuerza de la fe que se hace presente en la debilidad histórica. La espiritualidad se transforma en fuerza.
  • Odiar al pobre, al marcado por la sociedad, al agobiado por la vida, es una inhumanidad. Dividir el mundo entre buenos y malos es otra inhumanidad. Desear el mal a quienes consideramos malvados es también una inhumanidad. Leer la Palabra habría de irnos haciendo más sensibles a estas inhumanidades para no incurrir en ellas. Son actitudes que cierran el paso al Evangelio.
  • El creyente en Jesús nunca habría de negar una bendición, jamás habría de anidar en su corazón y salir de sus labios una maldición. La bendición habría de ser la marca de lo humano. Esto se traduce en buenas palabras, en buenas acciones, en buenos caminos, en buenos deseos. Bendecir es el reflejo del bien hacer. La renuncia a la bondad es el mayor empobrecimiento de la vida.
  • Al creyente se le demanda hoy resistencia y resiliencia. Resistencia en esta hora no fácil para la experiencia religiosa y búsqueda para hacer más creíble y razonable el camino de la experiencia de fe. Resiliencia para generar caminos nuevos, aunque fueren pequeños, donde la vida evangélica sea posible.

 

4. Recreamos el salmo

 

No hemos de temer

leer la Palabra

desde otras perspectivas

que nos iluminen más.

 

No hemos de temer

entrar en huertos

que siempre han estado

cerrados a cal y canto.

 

No hemos de temer abrir

puertas y ventanas

para que el aire puro

llene nuestros viejos pulmones.

 

No hemos de temer

el camino de los malos

sino el nuestro propio,

hermano de aquellos.

 

 

IX. SALMO 129: LIBRES DE LA CULPA

 

1Desde lo hondo a ti grito, Señor;
2Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica.

3Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
4Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.

5Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
6mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.

7Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
8y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.

1. Jesús lee el salmo

 

  • Nos sentíamos débiles. ¿Cómo no íbamos a tener temor ante los nubarrones que  se cernían sobre nuestra vida? No éramos ilusos. Veíamos que nos metíamos en la boca del lobo. ¿Cómo entender aquello? ¿Cómo seguir caminando sin que flaqueáramos y huyéramos? Por eso, el canto subía firme: “Desde lo hondo hasta ti grito”. Desde aquella hondura en la que el miedo había puesto su casa.
  • Suplicábamos a un Dios que, según creíamos, “llevaba cuenta de nuestros delitos”. Quizá mereciéramos aquello, pensaban los que me seguían. Pero yo recordaba lo de Miq 7,19: “Dios arroja nuestros pecados al fondo del mar”, al lugar al que nadie llega. Se olvida de nuestros delitos. ¿Cuándo nos veríamos libres de la culpa? Lo que nos ocurría no era por nuestras culpas, sino por nuestras bondades, por haber estado del lado débil, por haber cuestionado el sistema opresor, por habernos relacionado con colectivos débiles, por haber tocado leprosos. Lo que teníamos delante era el resultado de todo aquello, no el pago a nuestra culpa.
  • Por eso mismo la esperanza se agazapaba en los pliegues del alma: “Como el centinela la aurora”. Como el centinela temeroso ante el enemigo que agazapa en la tiniebla y que anhela que el horizonte comience a iluminarse y ve pasar lentísimos los minutos de la noche. No moría nuestra esperanza. Era más fuerte que el fuerte sentimiento de culpa que nos invadía y del que yo quería zafarme.
  • Por eso levantaba la voz cuando llegaba aquello de “la redención copiosa”. Dios no sería rácano con nosotros, no nos daría el socorro escueto a nuestra necesidad, sino algo sobreabundante. Lo diría Pablo años después: “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”. Por eso mismo, podíamos levantar la cabeza y percibir, tras las nubes, los hermosos y luminosos rayos de un sol de paz.

 

2. La persona de hoy lee el salmo

 

  • No estamos los humanos bajo el peso de un pecado original, sino bajo el gozo de una “bendición original”, por más que esté ahí la debilidad, el pecado. Pero lo que prima es la bendición, la certeza de que la creación, la persona, es buena, más allá, más al fondo de nuestras, a veces, horrendas limitaciones. Necesitamos una liberación de la culpa, textos litúrgicos y espirituales que resitúen la coacción del pecado, que hablen del gozo de la vida, más allá de sus enormes limitaciones, de ser apóstoles del gusto por la vida. Que brote, viva, la plegaria de Clara de Asís: “Gracias, Señor, por haberme creado.
  • Por eso mismo, no necesitamos víctimas propiciatorias que se sacrifiquen por nuestros pecados. Nosotros hemos de luchar para que la bondad ocupe el mayor espacio posible en nuestra vida. Es la obra que Dios va haciendo por nosotros. La comprensión de Jesús como víctima es más que cuestionable; habría de ser abandonada. Es el luchador por la bondad, el que nos anima a tomar nuestra parte en esa dura lid.
  • Los mayores pecados son aquellos que hacemos contra el cosmos, por etérea que parezca la cosa. No hemos moralizado esas limitaciones, pero son las decisivas. El pecado de un entendernos como partículas en el engranaje del cosmos y no valorar así la potencia expansiva del amor que es eso que llamamos Dios. El pecado de no ser tierra, de creer solamente que vivimos en la tierra, dejando así de lado responsabilidades que brotan del ser, del amor. El pecado de no entender la vida desde el señorío, sino desde el no tener más remedio que vivir. El pecado de ceguera que no sabe ahondar en los fundamentos de la existencia y se queda en la mera superficie de las cosas.
  • Quizá experimentaríamos una gran liberación si nos viéramos libres del más allá, de entender el más allá bajo los parámetros de premio o castigo, de poner definitivamente en entredicho el imaginario (tanto positivo como negativo) con que nos enfrentamos al interrogante del más allá. Vernos libres de eso generaría una vida más libre de la culpa que la que, hoy por hoy, aún manejamos.

 

3. La creyentelee el salmo

 

  • Como lo relativo a la culpa está en lo profundo, en los sustratos del alma, en ese mismo ámbito habrá que poner los trabajos por entender y situar bien tal culpa. Es decir, habrá que trabajar la espiritualidad desde lo profundo, en lo profundo, poniendo entre paréntesis toda esa maraña de formas superficiales con las que hemos tejido la vestidura, externa, de lo religioso. Si no se relativiza esa vestidura nos enzarzaremos en inacabables discusiones y no llegaremos percibir lo que hay dentro. Es preciso recuperar la dimensión perdida de la profundidad.
  • Dios es uno con “atención amante”, como diría el papa Francisco. No está dormido, no hay que rogarle lo mismo veces y veces. Él comparte nuestra cercanía más íntima, no está en ningún cielo empíreo. Basta de llamar a quien está. Comparte nuestra alegría y el peso de nuestra historia. Estamos en su presencia porque él nos envuelve, por mucho que nuestros días se alejen de él. No es una atención coactiva, sino amante.
  • La única manera de responder a las preguntas que brotan de la culpa, de la incertidumbre y del temor es activar la confianza. Solamente ella puede frenar esas preguntas e, incluso, desplazarlas. Es preciso trabajar la confianza, imaginarla, activarla, hacer ejercicios de la misma, hasta que aminore el aguijón de las pregunta temerosa, hasta que no importe tanto el más allá cuanto el más acá vivido en gozosa confianza.
  • Esto se logrará mejor si vamos construyendo una espiritualidad asentada más sobre la gracia que sobre el pecado, más sobre la suerte de creer que sobre las exigencias de la religión, más sobre el don que sobre la deuda, más sobre la esperanza que sobre las voces que aún quieren coaccionar con el castigo. La fe en Jesús es proporcional a la capacidad de irse viendo libres de la culpa porque “el amor echa fuera el temor” (1 Jn 4,18).

 

4. Recreamos el salmo

 

Libres de la culpa

podremos mirar

con ojos más limpios

la luz del sol que nace.

 

Libres de la culpa

podremos mirar con gozo

el brillo de los ojos

de la personas a la que amamos.

 

Libres de la culpa

podremos creer

que somos tierra,

sus hijos.

 

Libres de la culpa

podremos sentir en lo profundo

la llamada

a una vida de paz.

 

Libres de la culpa

podremos descubrir emocionados

el rostro de Jesús

que nos ama y libera.

 

 

X. SALMO 130: CORRECTA AUTOESTIMA

 

1Señor, mi corazón no es ambicioso,
ni mis ojos altaneros;
no pretendo grandezas
que superan mi capacidad;
2sino que acallo y modero mis deseos,
como un niño en brazos de su madre.

 

3Espere Israel en el Señor
ahora y por siempre.

 

1. Jesús lee el salmo

 

  • Caminábamos hacia Jerusalén con nuestra propia “mochila”, con nuestras maneras de vernos, con nuestra forma de estimarnos. A veces nos pasábamos por arriba, frecuentemente, creyéndonos sin más, sin discernimiento, gente justa. Pero en otras ocasiones, nos mirábamos pecadores, sorprendidos en fallo, detestables. Yo había descrito estas dos maneras “exageradas” de entenderse en aquel texto sobre el fariseo que se creía más cumplidor que lo que era y el publicano que se creía peor que lo que era. Por eso, en esta hora de verdad, ante Jerusalén, queríamos apelar a lo mejor de nuestro corazón, a su desprendimiento (no es ambicioso) y a su sencillez (sin grandezas).
  • Habíamos nacido entre los pobres, entre los ignorados, aquellos que no dejan huella en el devenir de la historia. Éramos una cordada de pobres que no cuentan. Si no hubiéramos ido a Jerusalén, si no hubiéramos hecho después la expulsión de los vendedores en el mercado del templo, nada nos habría ocurrido. Salimos del anonimato y eso nos perdió. El sistema no acepta que nadie le haga sombra. Y el humilde es desterrado de la vida. Eso nos ocurrió. Cuanto más nos acercábamos a Jerusalén, más claro lo veíamos. Por eso, la tentación era huir. Pero nuestros pasos seguían incomprensiblemente adelante. Las sendas extrañas de los humanos.
  • La imagen del niño que es incapaz de desconfiar de su madre nos serenaba. Creíamos que una “madre” velaba y amparaba nuestro caminar temeroso. En medio del temor brillaba, tenue, una llamita de esperanza. Los brazos de aquella “madre” nos envolvían. No podría dejarnos en desamparo. Nuestros deseos, nuestro temor, nuestros anhelos frustrados, nuestras heridas, nuestra “mochila” descansaba en los brazos de la “madre”, de quien más nos amaba.
  • Sí, Israel tenía motivos para mantener la esperanza. Y dentro de ese Israel global, los más pobres, cualquiera que levante la mirada desde su situación de dificultad. Podía uno mirarse y entenderse tal como era, tal como vivía, tal como temía, sabiendo que hay uno que nos comprende en nuestra justa medida, en nuestro exacto ser.

 

2. La persona de hoy lee el salmo

 

  • La sombra nos envuelve, nos compone. Para estimarse bien es preciso integrarla tanto a nivel individual como colectivo. La sombra es una dimensión real, poderosa, de toda la vida. No será lo mejor luchar contra ella, sino verla como parte de lo nuestro, la parte difícil, pesada, con la que hay que contar. Este abrazar la sombra es justamente lo contrario de sucumbir a ella. Es verla como parte y, por lo mismo, como ámbito de discernimiento, de trabajo, de mejora.
  • No podemos eliminar o erradicar la sombra, y cuanto más lo tratamos de hacer, mayor poder le damos sobre nosotros. Integrar es trabajar por aclarar su sentido, por discernir sus planteamientos. Para ello habrá que mirar con una cierta benignidad la propia sombra y la ajena, las grandes sombras de lo humano. Y luego, aprestarse a trabajar por iluminar su ámbito, porque la capacidad de iluminación es también algo componente de la estructura humana.
  • Efectivamente, la sombra se convierte en un fuerte potencial para la creatividad cuando nos comprometemos con ella en un espíritu de receptividad y de diálogo, cuando nos esforzamos por integrarla en el flujo y ritmo de la vida. Por eso la sombra no nos empequeñece, del mismo modo que no nos agranda el orgullo.
  • En nuestro tiempo, la energía de la sombra actúa con virulencia en las fuerzas estructurales mundiales como el comercio de armas, la globalización, la pobreza y desnutrición. Lo cual es mucho más amenazante para la sostenibilidad de la vida humana y planetaria que cualquier otro conjunto de delitos individuales.

 

3. La creyente lee el salmo

 

  • La correcta autoestima lucha contra la falsa humildad y el orgullo, también falso. La falsa humildad es una hipocresía, porque quiere vender a los demás lo que, en realidad, no existe. La hipocresía resulta difícilmente comprensible y perdonable hoy, porque con frecuencia encierra comportamientos contrarios a los que se presentan. El orgullo es un desenfoque notable porque, casi siempre, infla el currículum para pretender ser lo que no se es. Ambas posturas derivan en una estima incorrecta de la persona y en una visión deformada de la realidad.
  • La experiencia cristiana podría ser una verdadera escuela del deseo, ese gran motor de nuestra vida, para adecuarlo cada vez más al deseo de Jesús: que nada se pierda (Jn 6,39). Orientar los deseos al bien del otro, modificarlos para que el otro sobreviva, reorientarlos para que los caminos de los demás sean cada vez más humanos. Un deseo que sale de sí mismo porque la situación del otro se mira como propia.
  • La correcta autoestima tiene también una dimensión social. Por ello es importante generar confianza social, colaborar a una ciudadanía pacificada y solidaria, entender el entorno, incluso el cósmico, como realidad necesitada de paz y de confianza. “Adora y confía”, decía la plegaria de T. de Chardin. Unir adoración y confianza es la tarea del creyente en la sociedad. Colaborar a ello, unir mística y política, es una manera óptima de construir la necesaria autoestima social.
  • La mesura es un virtud antigua pero, hoy también, necesaria. La desmesura desenfoca la realidad personal y social y crea auténticos fantasmas, de terribles consecuencias a veces. La mesura es un valor de fondo, porque nos aleja del sempiterno y deformante yo y nos sitúa en el corazón de los otros, del Otro. La desmesura del místico es la desmesura del amor, no la de lo estrambótico. La desmesura del creyente es la pasión con rostro de humanidad, no las cosas extravagantes.

 

4. Recreamos el salmo

 

Ojos para vernos

necesitados y fuertes,

ambas cosas unidas.

 

Oídos para escuchar

nuestro llanto y nuestra risa,

ambas cosas unidas.

 

Manos para tocar

la herida y el abrazo,

ambas cosas unidas.

 

Lengua para comer

el pan amargo y el dulce pan,

ambas cosas unidas.

 

Olfato para oler

el hedor y el perfume,

ambas cosas unidas.

 

 

XI. SALMO 131,11-18: DONDE ESTÁ DIOS

 

11El Señor ha jurado a David
una promesa que no retractará:
«A uno de tu linaje
pondré sobre tu trono.

12Si tus hijos guardan mi alianza
y los mandatos que les enseño,
también tus hijos, por siempre,
se sentarán sobre tu trono».

13Porque el Señor ha elegido a Sión,
ha deseado vivir en ella:
14«Ésta es mi mansión por siempre,
aquí viviré, porque la deseo.

15Bendeciré sus provisiones,
a sus pobres los saciaré de pan,
16vestiré a sus sacerdotes de gala,
y sus fieles aclamarán con vítores.

17Haré germinar el vigor de David,
enciendo una lámpara para mi Ungido.
18A sus enemigos los vestiré de ignominia,
sobre él brillará mi diadema».

 

 

 

1. Jesús lee el salmo

 

  • Los judíos no lo dudábamos: Dios estaba en el templo de Jerusalén. Allí se hacía densa “su gloria”. Por eso subíamos cantando por encima de nuestro temor. Creíamos que allí encontraríamos un sosiego y una defensa que necesitábamos mucho. Pero interiormente yo pensaba: Dios está en los pobres. En ellos vi su rostro, en sus pobres huellas que el viento del olvido borra yo vi las huellas de Dios, en su calor de pobres yo reconocí el calor con el que Dios nos amaba. Como dirá uno de vuestros poetas: “La casa de los pobres es un sagrario” (Rilke). No se lo decía porque éramos pobres y no gusta a los humildes que les recuerden su pobreza. Pero a mí Dios se me hacía más cercano en aquella cordada de sencillos que en la supuesta gloria luminosa del templo. La vida me había enseñado que Dios está en lo humilde.
  • Otro signo indiscutible para los judíos de la presencia de Dios era la monarquía davídica. La monarquía, desde los tiempos de Saúl, no trajo a Israel más que desgracias, excepto contadas excepciones. Pero queríamos ser como los otros pueblos. Y tuvimos una monarquía en la que creímos ver el favor de Dios. Yo seguía con lo mío: los pobres eran mis verdaderos “reyes”. Por eso les anuncié la dicha que merecen y la justicia de la que son acreedores. Había que guardar la alianza para que la monarquía hubiese funcionado; no se guardó, por eso no funcionó. Pero los humildes eran los verdaderos actores de la alianza. Él había hecho una alianza con ellos para siempre. Me desgasté en hacerlo ver así. Muchas de mis mejores parábolas tenían ese tema. Recordad aquella del empobrecido Lázaro, sus desventuras y su grito de justicia escuchado.
  • Por eso mismo, porque el templo no sació a los pobres de pan, yo llevaba por dentro otro discurso cuando cantábamos “esta es mi mansión…a sus pobres le saciaré de pan”. No teníamos sitio en la estructura económica del templo. En él, por mucho que estuviera la gloria, seguíamos siendo pobres. La religión formal se aprovechaba de nosotros, de nuestras pobres ofrendas, como la de aquella viuda a la que vi echar su limosna en el cepillo del templo.
  • Y, por supuesto, cuando llegaba aquello de vestir de ignominia a los enemigos, yo añadía, por lo bajo, un “no”: Dios no vestirá a nadie de ignominia, y menos a los pobres, sean de la nación que sean. Pensaban los de la cordada que Dios era “suyo” y que, por serlo, les debía algo. Cuando salieran al mundo se percatarían de que Dios abrazaba a todos los pueblos, a la realidad entera. Dios estaba en todos porque estaba en el fondo de todo.

 

2. La persona de hoy lee el salmo

 

  • Dios está danzando. No podemos entender a Dios, fuente de energía que se expande, como una realidad quieta, sino en danza, como lo están las partículas subatómicas que son hervideros de actividad. Si nuestros sentidos fueran los suficientemente sensibles podríamos percibir el abismo silencio y, en él, al Dios que danza, porque la danza es un símbolo de la libertad, la creatividad y la espontaneidad. Desde la antigüedad, en la danza se vio algo de Dios, porque él es movimiento total, como se puede decir que es quietud total. Ambas cosas son verdad. Por eso hay que controlar los rituales formales que, con el tiempo, se convierten en estructuras sin espíritu, formalidades insípidas desprovistas de sentimiento e imaginación.
  • La danza es una metáfora científica porque la danza de la creación y de la destrucción es la base de toda la existencia de la materia ya que todas las partículas interactúan entre sí al emitir y reabsorber partículas virtuales. En ese torbellino se asienta la realidad espiritual de Dios. El cosmos es una estructura movible, dinámica, cambiante, que sufre modificación y transformación incesantemente. En ese volcán cósmico está el lugar del Dios de amor que crea y recrea.
  • Por eso estamos llamados a sumarnos a esa danza. Estamos llamados a proclamar con letra y música la historia a la que todos pertenecemos, el relato que ha tejido toda forma y estructura del universo observable. Estamos llamados a una vivencia de la fe dinámica, imaginativa, buscadora, como una danza que cambia de movimientos según la música que suena. El inmovilismo mental y espiritual son enemigos de una fe viva.
  • Y luego está la contemplación admirativa, esa actitud que adora lo que no comprende porque adorar es su forma de comprender. El silencio admirativo es, quizá, el mejor modo de conectarse con la fuente divina de pura posibilidad. Nuestro mundo tiene un potencial vasto, y todavía le falta muchísimo por manifestar en la danza creativa de la energía, la cual se desarrollará ciertamente por millones de años, hacia un futuro abierto, sin límite, tal vez para siempre. Ese es el gran “templo” donde venerar la gloria de Dios.

 

3. La creyente lee el salmo

 

  • Dios está dentro: “Vendremos a él y pondremos nuestra morada en él” (Jn 14,23). Jesús y el Padre han tomado una decisión de vértigo: venir a poner su morada en el fondo de nuestra vida con la intención de no quitarla nunca más. Han “abandonado” su cielo para hacer de la historia su verdadero cielo, su lugar de encuentro. Por eso hay que ir bajando a lo profundo, al “lugar” donde sea posible el encuentro. Bajar a lo profundo, adorar y amar la limitada perfección que somos.
  • Dios está debajo: “Jesús Mesías es el cimiento” (1 Cor 3,11). Un Dios que sustenta lo que somos y vivimos. Asentar la vida sobre ese cimiento es asentarla sobre el amor, asimétrico y generoso, hasta llegar a devolver amor aunque no se dé amor. Una vida entendida en el sosiego y la confianza de que hay tierra bajo nuestros pies, de que lo nuestro no es un camino inútil, de que nuestros días sencillos, destinados para el olvido, son un regalo de amor.
  • Dios es fuerza: “Te fortaleceré y ayudaré” (Is 41,10): Porque es cierto que palpamos nuestra debilidad, pero en esa debilidad hay una fuerza interna que nos hace sacar la cabeza a flote, respirar, levantar los hombros y seguir adelante. De esto estaba convencido san Pablo (2 Cor 12,9). Y fuerza en lo profundo del cosmos, fuerza capaz de expandir los universos de manera inimaginable para nosotros en una gigantesca danza creadora.
  • Dios es compañero: “Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos” (Lc 24,15). No estamos solos. En nuestros humildes, paradójicos y, a veces, perdidos caminos, Jesús sigue siendo compañero. Sus huellas van paralelas a las nuestras.De ahí que podamos responder con convicción a la inquietante pregunta religiosa: ¿Dónde está Dios? En nuestros mismos caminos. Feliz quien, en modos sencillos, sabe olfatear su presencia. Dichoso quien detecta el perfume de amor del Jesús que camina a su lado.

 

4. Recreamos el salmo

 

En la danza cósmica

de incomprensible vastedad

tienes tu casa.

 

En los cielos inabarcables

y en las distancias inimaginables

tienes tu casa.

 

En la tierra hermosa,

casa de todos

tienes tu casa.

 

En los caminos humanos

bellos y extraviados,

tienes tu casa.

 

En la casa de los humildes

para recoger sus lágrimas,

tienes tu casa.

 

En quien rendido de amor

te atisba cercano,

tienes tu casa.

 

 

XII. SALMO 132: AMOR MISTERIOSO

 

1Ved qué dulzura y qué delicia,
convivir los hermanos unidos.

2Es ungüento precioso en la cabeza,
que va bajando por la barba,
que baja por la barba de Aarón,
hasta la franja de su ornamento.

3Es rocío del Hermón, que va bajando
sobre el monte Sión.

Porque allí manda el Señor la bendición:
la vida para siempre.

 

1. Jesús lee el salmo

 

  • Nos gustaba cantar aquel salmo. Nos consolaba. Conectaba con lo mejor de nuestro corazón. Porque aquel salmo cantaba a la hermosura de hacer comunidad. Y habíamos hecho comunidad. Para eso los convoqué, para “que estuvieran conmigo” (Mc 3,13), más que para que ayudaran en la predicación por las aldeas. Los necesitaba no como discípulos de un maestro, sino como simples compañeros de vida. Los necesitaba por causa de la necesidad de amor de todo corazón. Hicimos comunidad en los caminos andados, en las noches compartidas, en las dificultades sufridas, en las alegrías comunes. Por eso nos sonaba muy bien este salmo.
  • Y nosotros entendíamos también la imagen del perfume que baja por la barba de Aarón, del sumo sacerdote. Este tenía una franja como ornamento con doce piedras preciosas que representaban a las doce tribus. El perfume les envolvía. Era el perfume de Dios. En realidad, era un anhelo porque la historia de las tribus fue muy poco edificante. Pero anhelábamos la comunidad. La endogamia de los judíos llevaba a la exclusión de los otros pueblos, pero también a una cierta comunidad. Yo fui aprendiendo que había que aspirar a un tipo de comunidad que no excluyera a nadie, amplia como el mar. ¿No se le había prometido algo así a Abrahán? ¿Por qué, entonces, ese afán por reducir la comunidad a “los nuestros”?
  • Entendíamos también la imagen del rocío del Hermón. Este monte estaba lejos de Sión, pero era el más alto del país, “los ojos de Israel”. Y sus nieves prolongadas refrescaban el país. Así era la vida en comunidad, una frescura, un solaz, un fresco en hora de bochorno. Decía Eclo 6,14 que quien encuentra un amigo encuentra un tesoro. Quien encuentra y construye una comunidad encuentra la isla del tesoro con todos sus cofres.
  • Por eso concluíamos con aquel grito: “Mándanos, Señor, esa bendición”. Quizá no poníamos el acento en lo trabajoso del asunto, porque construir la comunidad es más difícil que construir esos edificios modernos que os subyugan. Que Dios mande esa bendición allí y en todas partes, porque si la comunidad se construye florece lo humano y se destruye, no hay sitio allí para la vida.

 

2. La persona de hoy lee el salmo

 

  • La comunidad es una aspiración fundamental de la humanidad: el deseo de relacionarse más cercana e íntimamente con un círculo mayor de personas. Aunque el acento no habría de estar en el número sino en la intensidad, en la vibración de la relación, en la fuerza de los vínculos contraídos, en la capacidad para aguantar con amor los vaivenes y baches del hecho comunitario.
  • Hay que sortear el peligro de institucionalización de la comunidad, de creer que porque se pertenece a un colectivo, social o religioso, sin más ya se es hermano, ya se está en la comunidad. Cuanto más tratamos de entender y vivir la comunidad desde una legislación, desde unas normas predeterminadas, desde una costumbre consagrada, más ponemos en peligro la posibilidad misma de su existencia con sentido. La comunidad es novedad, descubrimiento, temblor gozoso, entrega silenciosa, bondad diaria, etc. Esas son sus “normas”.
  • La evidencia de que no estamos bien orientados en la vida comunitaria se percibe cuando el cansancio, el hastío, la rutina se instalan en nuestro diario caminar. La vida comunitaria no es para eso sino para re-entrar, renovados y refrescados, en la tarea continua de la regeneración humana, planetaria y cósmica. Si la vida comunitaria pierde esa frescura, si todo está predeterminado, si no hay nunca novedad en el día a día, la raíz de la vida comunitaria se está secando.
  • La búsqueda de la comunidad no es sólo la búsqueda de seguridad e intimidad para obviar nuestra soledad en un mundo anónimo e impersonal. Es mucho más que eso. Es la expresión de un deseo desde lo profundo dentro del mismo orden creado, un gemido que surge del corazón de la creación, como decía san Pablo (Rom 8,22), que busca reciprocidad y correspondencia. Nosotros los humanos absorbemos este anhelo y, en el nombre de la creación, le damos una expresión consciente, un sentido de comunidad terrenal y cósmica.

 

3. La creyente lee el salmo

 

  • Esta clase de salmos solamente se puede apreciar en la medida en que uno no descrea del amor. Si, debido a los costurones de la vida, uno está ya de vuelta, y cuando oye hablar de amor esboza una sonrisa de incredulidad, no le entusiasmará un salmo como éste. Pero si, a pesar de los años, sus entrañas no están secas, como las de Sara, podrá encontrar aquí una llamada, queda pero hermosa, a construir el trabajoso e interesante camino de la comunidad.
  • No hemos de extrañarnos que siempre estemos royendo este “hueso” de la comunidad, dando vueltas a la misma masa. Es que ahí se juega mucho del sentido de lo humano y del sentido del mismo cosmos. Por eso hay que volver siempre a esa senda. Permanecer vivos en la comunidad, no cansados y desalentados, es como permanecer insertos en Jesús: la única manera de que el bello fruto de una vida con sentido venga a nuestras manos.
  • Muchos han descubierto que el sentido de la vida es vivir con y para el otro. Vivir “con”, ahuyentando la tentación de exclusión, de individualismo, de cerrarse a la hermosa y trabajosa realidad de los demás, considerándolos un “infierno”, en lugar de un “cielo”, una posibilidad. Y vivir “para”, sabiendo que de la fuente de la buena relación es de donde brota el agua que puede calmar la diversa sed del corazón.
  • Para los creyentes la eucaristía es el sacramento de la comunidad. Pero hay que estar alerta. Dice Pikaza: “Siento pudor hacia una eucaristía convertida en espectáculo: algo que se puede exponer y ostentar ante los demás. Hay que valorar, sin duda, lo que se ha hecho en esa línea, sobre todo en la música y en la arquitectura barroca, que son un monumento a la presencia real de Cristo en los signos eucarísticos. Pero esos signos han corrido el riesgo de perder su referencia real: dejan de ser comida, expresión de un grupo de creyentes que se reúnen para entregarse en amor unos a otros, sacramento y promesa de la unidad final de todos los humanos”.

 

4. Recreamos el salmo

 

Los caminos de la comunidad

son tan sencillos

como una sonrisa.

 

Los caminos de la comunidad

son tan bondadosos

como una palabra buena.

 

Los caminos de la comunidad

son tan difíciles

como una gran obra de arte.

 

Los caminos de la comunidad

son tan profundos

como un misterio que no acaba.

 

Los caminos de la comunidad

son tan humanos

como una comunión.

 

Los caminos de la comunidad

son tan divinos

como los caminos

insondables

del Dios de amor.

 

 

XIII. SALMO 133: VIVOS POR DENTRO

 

1Y ahora bendecid al Señor,
los siervos del Señor,
los que pasáis la noche
en la casa del Señor.
2Levantad las manos hacia el santuario
y bendecid al Señor.

3El Señor te bendiga desde Sión,
el que hizo cielo y tierra.

 

1. Jesús lee el salmo

 

  • Nadie puede negar que nuestra espiritualidad judía era muy religiosa. Por eso, al subir a Jerusalén, cantábamos a los “siervos del Señor” que se pasaban la noche en la casa del Señor. Nos reconfortaba saber que, día y noche, había alguien en el santuario orando ante el Señor. Cuando todos descansábamos de la fatiga de nuestro viaje largo desde las tierras de Galilea, alzábamos la vista al templo y, de noche, se percibía la luz de las lámparas que alumbraban a los orantes. ¿Cómo no nos iba a defender el Dios ante el que se ora siempre? Eso también levantaba nuestro ánimo decaído, aunque yo había descubierto que el secreto de la plegaria estaba en la confianza, no en la cantidad o en el tiempo empleado en orar.
  • Yo había experimentado lo que era orar de noche. Lo hacía en descampado. Era dura, áspera, la oración en descampado y de noche. Pero allí descubrí y aprendí lo más gozoso y lo más difícil de mi proceso cristiano: que Dios es Padre de todos, buenos y malos; que también los paganos están llamados al reino; que también las mujeres son hijas de Abrahán; etc. El descampado fue mi templo de oración nocturna. Por eso, miraba con aprecio a los orantes de la noche y pensaba que no eran inútiles los esfuerzos de iluminación de quienes transitan en la noche de la historia. Vendría la luz.
  • Los orantes levantaban, incansables, las manos hacia el santuario. Yo quise decir que había que levantarlas hacia los pobres, para bendecirles, para tocar sus llagas y curarlas, para enjugar las lágrimas que resbalan de sus ojos. Tocar a quien nadie toca, acariciar a quien nunca ha sentido una caricia, abrazar a quien no conoce el calor de un abrazo.
  • Así, vivo por dentro, yo también, como los orantes del templo, pedía la bendición no solamente para los de Sión, sino para todo ser que transite por el camino de la vida. Entendía que todo ser merecía una bendición, por pequeño o infame que fuera. Y creía que la tarea de los orantes es recabar bendiciones, justicia, para los excluidos de la tierra, para los malditos. Orar por los descartados, diría el papa Francisco.

 

2. La persona de hoy lee el salmo

 

  • La búsqueda de iluminación acompaña desde siempre el camino humano. Los científicos, los poetas, los místicos, buscan, en definitiva, luz. Y no tanto para tener más conocimiento, sino para tener más amor. Por eso, quienes aportan luz son los mayores benefactores del hecho histórico que demanda raudales de luz para hallar el sentido de sus pasos.
  • La meditación ha prendido en millones de personas tanto en Oriente como en Occidente y parece asumir una profunda importancia cultural en nuestro tiempo. La meditación ha sido descrita como el arte del centramiento: poner juntas las diversas energías de atención para asentarnos en el centro de nuestro ser. Eso nos facilita la comunicación entre nuestro ser y el ser de la vida en el mundo que nos envuelve. Es una experiencia más transformadora que pasiva.
  • La luz es como un sacramento, no solamente una metáfora del ser de Dios o de la presencia del Resucitado. Percibir y percatarse de la decisividad de la luz en nuestra vida nos hace “tocar” la presencia de Dios en nuestro camino humano. Imaginar un mundo sin luz es como imaginar un mundo sin Dios.
  • De la luz viene la sabiduría innata colectiva que nos recuerda que toda acción fluye de la fuente interior; las palabras emergen del silencio; las cosas evolucionan de la nada; la comunión necesita soledad como valor complementario. Pueden abundar en nosotros sentimientos de dicha, intensa felicidad y confianza, pero muy raramente sin el sentido de vacío, transitoriedad y oscuridad acompañantes. Es la luz en la mezcla con lo oscuro. Y de ahí la necesidad de los trabajos de iluminación.

 

3. La creyente lee el salmo

 

  • La oración y el anhelo de iluminación provienen de vidas apasionadas. Las vidas apagadas consideran todo eso una pérdida de tiempo. Por eso, habría que pedir pasiones a Dios, vibración interior, mística de vida. Perder esa fuerza interior, apagarse y enredarse en las pequeñas cosas diarias es matar el anhelo y con él la espiritualidad, y con ella, el deseo de Jesús. Pasión por Dios y pasión por lo humano, ambas cosas irán entrelazadas.
  • Orar es una manera de creer, no solamente una actividad religiosa. Por eso, quien ora se pone vivo ante el Dios vivo y con ello reconoce el valor y la hermosura de su vida recibida como don. La vida de los orantes es vida de creyentes, no tanto vida de personas religiosas peculiares. La oración, el interior vivo, se llena de aquello que anhela y se va mezclando al sentido mismo de la historia, al Dios de amor que subyace como su fuente de amor.
  • Estar vivo por dentro es requisito para una fe viva. Los humanos podemos ser, en mayor o menor medida, cadáveres ambulantes: vamos caminando pero por dentro la vida es escasa. También podemos ser lo contrario, personas que aunque vayan envejeciendo y deteriorándose mantienen un vigor interior que hace que la muerte les encuentre bien vivas. El lector de la Palabra podría medir la obra que ella hace en él por este dato: la fuerza del vigor interior, más allá de la debilidad externa que se acumula con los años.
  • Ser persona de bendición es una manera de ser persona de oración. Orar y no bendecir es algo incomprensible. Por eso, quien ora ha de decir bien de personas y cosas, ha de moderar su lenguaje para que sea benigno, ha de depurar sus actitudes de hosquedad para que el bien brille, ha de actuar en bondad creciente para que se vea el sentido de su hacer orante.

 

4. Recreamos el salmo

 

Levantemos las manos

y el corazón

para acoger

el don de la luz.

 

Levantemos las manos

y el corazón

para vivir con pasión

cada instante del camino.

 

Levantemos las manos

y el corazón

para mantener encendida

la lámpara de la esperanza.

 

Levantemos las manos

y el corazón

para entrar en lo profundo

desde la lejana superficie.

 

Levantemos las manos

y el corazón

para orar amando

y para amar orando.

 

CONCLUSIÓN

 

         Finaliza aquí nuestro recorrido por el Salterio “de las subidas”, los textos que tantas veces desgranaron los peregrinos de Jerusalén, cuando subían a la ciudad, Jesús entre ellos. Los caminos que acceden a la ciudad, hoy autopistas, se empaparon muchas veces de aquellos gozos y aquellos temores, oyeron los gritos y los cantos fervorosos de quienes creían en maneras sencillas.

         Los hemos “manipulado”, no hemos querido limitarnos a la mera explicación exegética, creyendo que hoy también puede ser palabras de ánimo para cantar en la noche. ¿Qué persona, qué comunidad, qué Iglesia, que sociedad no está necesitada de una palabra de aliento? El corazón hambrea el ánimo como la planta la luz cálida del sol.

         Ojalá hoy, en pleno siglo XXI, estas viejas canciones puedan reconfortar el interior de los creyentes. Se habrá cumplido aquello que dijo otro salmo: “Lámpara es tu palabra para mis pasos” (Sal 118,105). Que esta lámpara no deje de brillar nunca, por tenue que pueda ser su luz.

REANIMAR EL ESPÍRITU DE ASÍS

 

REANIMAR EL ESPÍRITU DE ASÍS 

 

            En las indicaciones que se me dieron para esta reflexión, el título completo era: “Reanimar el espíritu de Asís, aquí y ahora, más necesario que nunca”.

  • Aquí: entre este grupito que nos hemos juntado esta tarde. Ya decía Saramago: “no cambiaremos la vida si nosotros no cambiamos de vida”. El mensaje franciscano de la paz se nos dice a nosotros. Si vemos la cosa como algo “de fuera”, no estamos bien situados.
  • Ahora: en la evolución de esta guerra que nos toca de cerca y que camina cada semana hacia abismos más oscuros. Ahí es donde habrá que hacerse las preguntas y el sentido de nuestra participación ciudadana.
  • Más necesario que nunca: porque como siempre, las guerras siguen atenazando el camino humano (aunque en realidad algo vamos “mejorando”: mueren hoy cuatro veces menos que en 1950). Siempre necesario hasta que no quede ni un conflicto. Las relaciones humanas con resultado de muerte son el mayor fracaso humano: “La guerra es un fracaso de la política y de la humanidad”.

¿Qué papel juega Asís y lo que representa? ¿Qué papel jugamos los franciscano?

 

1. La paz, en el núcleo central de la espiritualidad franciscana

 

Las primitivas biografías franciscanas han obviado el tema de la posible participación de Francisco en acciones violentas con resultado de muerte (la larga guerra contra Perusa). Eran biografías para la edificación espiritual de los fieles, o de los mismos frailes, de ahí que este aspecto nada edificante, en la medida en que existió, lo cubriera el silencio.

            ¿Qué ha pasado en ese proceso personal de Francisco para convertirse en un defensor de la paz después de, sin duda, haber matado? ¿Cuál ha sido el punto de inflexión? No son cuestiones de fácil respuesta. Que el encuentro con las pobrezas (leprosos) ha sido un factor de profundísima humanización a nivel emocional, es un dato. Que la mística martirial que le ha llevado a escenarios de violencia (Damieta) haya terminado en una cierta frustración, es otro dato. Que su contagio por ósmosis social con los movimientos pauperísticos que rechazaban la violencia sistémica y religiosa (las cruzadas), aporta mucha luz al tema. Y, por supuesto, que la asimilación del Evangelio, como propuesta de paz y como viniendo de un pacífico como fue Jesús de Nazaret, esto es indudable.           

Por eso, el tema de la paz ha pasado a ocupar un puesto central en el núcleo de la espiritualidad franciscana, junto con la pobreza, la minoridad, la fraternidad o la alegría. De esta manera, la paz adquiere rango espiritual de primer orden: no es solamente una virtud humana, sino el camino para el logro cristiano, para la “salvación”. «En toda predicación que hacía, antes de proponer la palabra de Dios a los presentes, les deseaba la paz, diciéndoles: “El Señor os dé la paz”. Anunciaba devotísimamente y siempre esta paz a hombres y mujeres, a los que encontraba y a quienes le buscaban. Debido a ello, muchos que rechazaban la paz y la salvación, con la ayuda de Dios abrazaron la paz de todo corazón y se convirtieron en hijos de la paz y en émulos de la salvación eterna» (1Cel 23).

Nunca Francisco se hubiera imaginado que el tema de la paz iba a adquirir tal decisividad. Era llegar al sustrato último de su debilidad, de su pecado, para transformar los movimientos de la violencia en los de la paz. Si eso se daba, se entendía que el Evangelio había arraigado en la persona.

Francisco de Asís es presentado, con razón, por su primer biógrafo como el «nuevo evangelista» de los últimos tiempos. Sin temor a equivocarnos se puede decir que el Evangelio que Francisco vive y ofrece es el Evangelio de la paz. Siendo esto así, su pasado violento se ha transformado en una fuerza creadora de paz. Se ha logrado lo que el Evangelio se propone: cambiar las estructuras personales hasta más allá de los límites predecibles por la razón humana.

 

2. Encuentros en Asís: 30 años de oración por la paz

 

            Los Encuentros de Asís nacieron en 1986 bajo el impulso del papa polaco Juan Pablo II (llevamos 37 años). En aquel mismo año convocó un encuentro en Asís que se celebró el 27 de octubre y unos días antes hizo un llamamiento a una tregua universal de combates para ese día que no se respetó. Se reunieron 124 representantes de las principales religiones del mundo. Desde entonces, con indudable empeño, se celebra el Espíritu de Asís a finales de noviembre.

            Hay que decir que la cosa no fue fácil. Aunque nadie corrigió públicamente a Juan Pablo II (excepto los lefrevianos que dijeron que aquello demostraba la perversidad del Vat.II) se dejaba claro que se quería que no se viera como una ONU de las religiones y que “que se eliminara no solo el sincretismo, sino la apariencia de sincretismo” (Ratzinger). En diciembre de 1992 convocó a una vigilia de oración y a una eucaristía a los episcopados de Europa. La cosa fue floja y los ortodoxos no fueron ya.

            En octubre de 2011 el papa Benedicto quiso dar un impulso y convocó de nuevo la jornada de oración. Acudieron 176 altos representantes de religiones. Los musulmanes han estado siempre y crecientemente presentes en estas convocatoria (aquello del sultán ha rendido sus frutos).

            En 2016 el Papa Francisco acudió  a la ciudad de Asís para rezar por la paz en compañía de numerosos representantes religiosos. Francisco describió este encuentro como una “jornada de oración, de penitencia, de llanto por la paz; jornada para sentir el grito del pobre”.

            Las Comunidades de san Egidio han sido decisivas en la propagación de esta espiritualidad. Durante mucho tiempo ellas han marcado el rumbo con sus lemas y su propaganda (¿por qué el franciscanismo no siente entusiasmo por ello?). Hay que agradecérselo.

            Los frutos de los Encuentros los describe San Egidio: El «Espíritu de Asís» sigue siendo un referente que libera a las religiones de la tentación de la violencia, fomenta el diálogo entre ellas y la búsqueda de la paz. Quizás hoy sea más necesario que nunca. El camino ha seguido, año tras año, por muchas ciudades del mundo. Ha despertado esperanza. Ha abierto procesos que han permitido poner fin a conflictos sangrientos. Ha roto el blasfemo binomio guerra-religión. En el encuentro que se celebró nuevamente en Asís en 2016, treinta años después de aquella primera Jornada, el papa Francisco habló de la «gran enfermedad de nuestro tiempo: la indiferencia. Es un virus que paraliza, que vuelve inertes e insensibles. No podemos permanecer indiferentes», dijo. «Hoy el mundo tiene una ardiente sed de paz. En muchos países se sufre por las guerras, con frecuencia olvidadas, pero que siempre son causa de sufrimiento y de pobreza. Solo la paz es santa, no la guerra. Nuestro futuro es el de vivir juntos», esperando que los creyentes de religiones diferentes «se encuentren, se reúnan y susciten concordia, especialmente donde hay conflictos».

            El icono de Asís, por así decirlo, es el icono de unos junto a otros en actitud de paz y no –como dijo Juan Pablo II– de unos contra otros. Su fuerza y su sugestión cabe buscarla también en la blasfemia radicalización de la violencia que instrumentaliza los símbolos religiosos para fomentar el terrorismo y el conflicto.

 

3. Propuesta franciscana sobre la paz

 

a)      El comprometido camino de la oración por la paz

 

Todo el mundo sabe que el don de la paz no es una dádiva graciosa que se ha de lograr sin el compromiso, verdadero trabajo espiritual, del creyente. Orar por la paz es comprometerse en los trabajos por la paz. Efectivamente, la oración constante por la paz supone un acercamiento a los conflictos humanos y, a la postre, una indudable implicación. La oración constante tiene la virtualidad de comprometer a los orantes que perciben que una oración sin compromiso es una oración sin raíces.

No es soñar si se piensa que las comunidades franciscanas pudieran ser casa de oración por la paz. A veces lo son por otras intenciones, loables también (vocaciones, enfermos, etc.). Pero la urgencia de la paz empuja a que los proyectos comunitarios reflejen tal urgencia e, incluso, a que se pueda pensar en construir fraternidades aglutinadas en torno al tema de la paz. Encajaría perfectamente con el núcleo de la experiencia franciscana.

Las comunidades franciscanas, por extraño que parezca, podrían ser adalides del anhelo de la justicia universal, realidad que sufre avances y retrocesos. Late en este tipo de espiritualidad la certeza de que para la ley no hay fronteras y que quien la viola no puede refugiarse en la impunidad de un territorio. Es paso decisivo en el camino por desenmascarar la arbitrariedad de la aplicación de la ley, y desmonta los subterfugios de quien se oculta en legislaciones inhumanas. No será fácil que una comunidad franciscana concrete este anhelo, pero puede ser un tema recurrente en la oración y en la reflexión.

Por todo ello se puede pensar que las casas franciscanas sean casas abiertas a los trabajos de la justicia. A veces, hay colectivos, religiosos o no, que trabajan por la paz pero necesitan un amparo, un lugar para reunirse, un cierto apoyo y comprensión. Podrían encontrar en las casas franciscanas ese cobijo que les mantenga en sus ideales y les ayude en la acción. Asumir las indudables complicaciones que esto conllevaría es parte de los trabajos por el logro la paz, concreción de la bienaventuranza de quien construye la paz.

 

b)     Propuesta de caminos éticos

 

Los caminos franciscanos por la paz pasan por un cambio de actitudes éticas: los otros también son dignos, los enemigos también sufren, nadie tiene siempre toda la razón, se puede llegar a acuerdos sobre mínimos, persistir en caminos de destrucción es algo que perjudica a todos. ¿Cómo trabajar en esa dirección?

  • A nivel personal: trabajar el arraigo antropológico de paz: “La paz que predicáis habite primeramente en vuestros corazones”.
  • A nivel social: hacer experiencias asequibles de trabajos explícitos por la paz (círculos del silencio, comisión de justicia y paz).
  • A nivel político: creación en la nueva universidad franciscana de Roma de un Observatorio Franciscano por la Paz.

 

c)      Propuesta franciscana para la gobernanza

 

El término “gobernanza”, como el de globalización, ha venido para quedarse y se asoma, con frecuencia, a las páginas del discurso político, social y, algunas veces, eclesial.

            Viene a significar el engranaje dinámico que une el marco normativo (el soporte legal) con la participación (el soporte democrático), los incentivos para vivir la realidad ciudadana, el correcto ordenamiento territorial y la información a la ciudadanía.

            Se trata, pues, de ejercer el gobierno en modo lo más horizontales posible, teniendo fe en la ciudadanía y poniendo como horizonte la fraternidad social (como dice la FT).

            ¿Cuál es la propuesta fraterna para este tipo de gobernanza? Su apoyo incondicional porque la fraternidad franciscana engloba todo tipo de gobernanza que se orienta en línea de igualdad. La utopía franciscana no descree de este sueño, por lejano que parezca.

            Más aún, su propuesta de gobernanza sostiene que la inclusión de los débiles en los programas sociales y políticos es nuclear para la ciudadanía, no un simple derivado de ella. Desde ahí mide el valor de las propuestas políticas a la hora de ejercer la ciudadanía (elecciones); desde ahí valora los profetas de las nueva gobernanza, propios y extraños (E. de Castro, por ejemplo; Rolando Álvarez).

            La contribución franciscana a la gobernanza se da en el cimiento de la espiritualidad. Ahí la fraternidad cobra una relevancia tal que se incrusta en el subsuelo de lo humano.

 

 

4. Trabajadores de la paz

 

Muchas y significativas denominaciones han recibido los franciscanos/as a lo largo de la historia: “Hombres y mujeres del pueblo”, “Hermanos y hermanas de los pobres”, etc. Habría sido muy hermoso (siempre estamos a tiempo) que nos hubiéramos hecho merecedores del honroso título de “trabajadoras y trabajadores de la paz”.

Ganarse ese título conlleva apuntarse con decisión a trabajos por la paz. Son tareas que están al alcance de nuestra mano: apoyo explícito a Franciscans international como ONG de todos los franciscanos en materia de paz universal; acogida de las orientaciones de la comisión de JPIC tanto en materia de reflexión como de acción pacifista; ánimo para mezclarse a acciones franciscanas, como los Círculos del Silencio, implantados ya en muchas ciudades y pueblos; sumarse a iniciativas ciudadanas en torno a la paz, aunque no tengan un componente cristiano explícito; etc. Todo un abanico de posibilidades.

Recordemos siempre las palabras de Jesús en Mt 5,9 donde dice que son bienaventurados los eirenêpoioi¸ los hacedores de la paz, los artesanos de la paz, los albañiles de la paz, los que la construyen artesanalmente, poco a poco, día a día, en tarea continua. Cansarse de esta tarea sería traicionar el mensaje de la paz, centro del Evangelio. Habría que lograr una resiliencia pacificadora, un no cansarse jamás de andar y buscar los caminos de la paz.

 

 

Para el diálogo:

 

  1. Resalta un aspecto positivo de esta reflexión.
  2. Completa la reflexión con alguna observación personal.
  3. ¿Cómo contagiar a nuestros grupos la mística de trabajar por la paz?
  4. ¿Qué cauces concretos de trabajos de paz tienes en tu ciudad?

 

 

APÉNDICE

 

POR QUÉ ESTE ES EL MOMENTO DE NEGOCIAR LA PAZ

 

Jürgen Habermas

El País, Domingo, 19 Feb/2023

 

La decisión de proporcionar tanques Leopard acababa de ser aclamada como “histórica” cuando la noticia ya había sido superada —y relativizada— por las sonoras reclamaciones de aviones de combate, misiles de largo alcance, buques de guerra y submarinos. Las llamadas de ayuda, tan dramáticas como comprensibles, de una Ucrania víctima de una invasión contraria al derecho internacional encontraron en Occidente el eco que cabía esperar. La única novedad en este caso ha sido la aceleración del conocido juego de exigencias cargadas de indignación moral de que se entreguen armas más potentes, y de la posterior mejora, efectuada una y otra vez, aunque no sin vacilaciones, de los tipos de armas prometidos.

Incluso en los círculos del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) se escucha ahora que no hay “líneas rojas”. Con la excepción del canciller y su entorno, el Gobierno, los partidos y la prensa hacen suyas de manera casi unánime las palabras suplicantes del ministro de Asuntos Exteriores de Lituania: “Debemos vencer el miedo a querer derrotar a Rusia”. Desde la incierta perspectiva de una “victoria” que puede significar cualquier cosa, parece sobrar otro debate sobre el objetivo de nuestra ayuda militar y sobre la forma de alcanzarlo. Así, el proceso de rearme parece adquirir un impulso propio empujado por la insistencia más que comprensible del Gobierno ucranio, pero alimentado en nuestro país [Alemania] por la actitud belicista de una opinión publicada casi sin fisuras que no da la palabra a la mitad de la población alemana con sus dudas y razones.

¿O tal vez no sea así del todo? Mientras tanto, surgen voces reflexivas que no solo defienden la postura del canciller, sino que instan a que se tome en consideración abiertamente el difícil camino hacia las negociaciones. Si me uno a estas voces es precisamente porque la frase “Ucrania no debe perder la guerra” dice la verdad. Lo importante para mí es el carácter preventivo de unas conversaciones a tiempo que eviten que una larga guerra se cobre aún más vidas, cause más destrucción y acabe enfrentándonos a una disyuntiva desesperada: intervenir activamente en el conflicto o abandonar a Ucrania a su suerte para no desencadenar la primera guerra mundial entre potencias con armas nucleares.

La guerra se prolonga; el número de víctimas y la devastación aumentan. ¿Debería el impulso de la ayuda militar que prestamos con buenas razones desprenderse ahora de su carácter defensivo porque el único objetivo posible es la victoria sobre Putin? Washington —en su postura oficial— y los gobiernos de los demás Estados miembros de la OTAN acordaron desde el principio parar en el punto de no retorno: la entrada en la guerra.

Las dudas del presidente estado­unidense, Joe Biden, justificadas no solo desde el punto de vista técnico, sino también estratégico, con las que se encontró el canciller alemán, Olaf Scholz, cuando los tanques estaban a punto de ser entregados, han ratificado esa premisa del apoyo occidental a Ucrania. Hasta ahora, la preocupación de Occidente se centraba en el problema de que serían únicamente los dirigentes rusos los que decidirían en qué momento el alcance y las características de las entregas de armas occidentales se considerarían una entrada en guerra.

Pero desde que China también se ha declarado contraria al uso de armas de destrucción masiva, esta preocupación ha pasado a un segundo plano. En consecuencia, los gobiernos occidentales deberían dirigir su atención a otro aspecto del problema. Desde la perspectiva de la victoria a toda costa, la mejora de la calidad de las armas que entregamos ha adquirido un impulso propio que podría empujarnos de manera más o menos inadvertida a traspasar el umbral de una tercera guerra mundial. Por eso, ahora “no se debería sofocar todo debate sobre en qué momento tomar partido podría convertirse en ser parte con el argumento de que solo con ello ya se le está haciendo el juego a Rusia” (en palabras de Kurt Kister en el suplemento del Süddeutsche Zeitung del 11-12 de febrero de 2023).

Caminar sonámbulo al borde del abismo se convierte en un peligro real sobre todo porque la alianza occidental no solo respalda a Ucrania, sino que no se cansa de asegurarle que apoyará a su Gobierno durante “el tiempo que sea necesario”, y que el Gobierno ucranio es el único que puede decidir el calendario y el objetivo de las posibles negociaciones. Puede que esta aseveración desanime al adversario, pero es incoherente y enmascara diferencias evidentes. Sobre todo, puede hacer que nos engañemos sobre la necesidad de emprender iniciativas propias para las conversaciones.

Por un lado, no tiene sentido que solo una de las partes implicadas en la guerra pueda determinar su objetivo bélico y, dado el caso, el calendario de las negociaciones. Por otro, el tiempo que Ucrania podrá resistir depende también del apoyo de Occidente.

 

Los intereses y las obligaciones de Occidente

 

Occidente tiene sus intereses legítimos y sus propias obligaciones. Los gobiernos occidentales operan en una esfera geopolítica más amplia y en esta guerra deben tener en cuenta otros intereses además de los de Ucrania. Tienen obligaciones legales con las necesidades de seguridad de sus ciudadanos y también —independientemente de lo que opine la población ucrania— una corresponsabilidad moral por las víctimas y la destrucción que causan las armas procedentes de sus países. Por lo tanto, no pueden trasladar al Gobierno ucranio la responsabilidad de las brutales consecuencias de una prolongación de las hostilidades que solo es posible gracias a su apoyo militar.

El hecho de que Occidente no puede evitar tomar sus propias decisiones importantes y responder de ellas se manifiesta también en su mayor temor: el escenario ya aludido en el que la superioridad militar rusa lo sitúe ante la disyuntiva de doblegarse o convertirse en parte beligerante. Otros motivos más inmediatos por los que el tiempo apremia para negociar son el agotamiento de las reservas de personal y de los recursos materiales necesarios para la guerra. El factor tiempo influye también en las convicciones y disposiciones de la población occidental. Asimismo, es demasiado sencillo reducir las posturas en relación con la controvertida cuestión del calendario de las negociaciones a la mera oposición entre moral e interés propio. Las razones que urgen a poner fin a la guerra son, sobre todo, morales.

Así pues, la duración de la guerra influye en las perspectivas desde las que las poblaciones la perciben. Cuanto más dura un conflicto armado, con más fuerza se impone la percepción de la violencia explosiva que caracteriza en particular a las guerras modernas y más determina la visión de la relación entre la guerra y la paz en general. Me interesan estas perspectivas por lo que atañen al debate que se está iniciando poco a poco en Alemania sobre el sentido y la posibilidad de las negociaciones de paz. Ya desde el principio de la guerra, dos perspectivas desde las que percibimos y evaluamos los conflictos bélicos encontraron expresión en la disputa sobre dos formulaciones vagas pero contrapuestas del objetivo de la guerra: ¿la finalidad de nuestras entregas de armas a Ucrania es que esta “no pierda” la guerra, o más bien lograr la “victoria” sobre Rusia?

Esta diferencia no aclarada en el plano conceptual tiene poco que ver con tomar partido a favor o en contra del pacifismo. Aunque es cierto que el movimiento pacifista surgido a finales del siglo XIX politizó la dimensión violenta de las guerras, el motivo que lo impulsó no fue la superación gradual de estas como medio de resolución de los conflictos internacionales, sino la negativa absoluta a tomar las armas. En este sentido, el pacifismo no tiene relevancia para estas dos perspectivas, que se diferencian una de otra por el peso que conceden a las víctimas de la guerra.

Esto es importante porque el matiz retórico entre las expresiones “no perder” y “ganar” la guerra ya no separa a los pacifistas de los no pacifistas. Hoy en día señala también las oposiciones dentro de la facción política que considera que la alianza occidental no solo está legitimada para apoyar a Ucrania, sino también obligada políticamente a prestarle ayuda con entregas de armas, apoyo logístico y asistencia civil en su valiente lucha contra un ataque, contrario al derecho internacional, a la existencia y la independencia de un Estado soberano, y manifiestamente criminal.

Esta toma de partido tiene que ver con la simpatía por la dolorosa suerte de una población que, tras muchos siglos de dominación extranjera polaca, rusa y austriaca, no obtuvo su independencia como Estado hasta la caída de la Unión Soviética. Entre las naciones europeas “tardías”, Ucrania es la más reciente. Podría decirse que es todavía una nación en ciernes.

Pero incluso en el amplio bando de los partidarios de Ucrania, las opiniones sobre el momento adecuado para las negociaciones de paz están divididas. Una parte se identifica con la demanda del Gobierno ucranio de que se aumente sin límites el apoyo militar para derrotar a Rusia y restaurar así la integridad territorial del país, incluida Crimea. La otra quiere impulsar los intentos de lograr un alto el fuego y unas negociaciones que al menos eviten una posible derrota y restablezcan el statu quo anterior al 23 de febrero de 2022. Los pros y los contras de esas posiciones son el reflejo de experiencias históricas.

No es casualidad que este conflicto latente reclame ahora con urgencia su resolución. Desde hace meses, la línea del frente está congelada. Con el titular ‘ La guerra de desgaste favorece a Rusia’, el Frankfurter Allgemeine, por ejemplo, informa sobre la guerra de posiciones en torno a Bajmut, en el norte de Donbás, con graves pérdidas para ambos bandos, y cita la desgarradora declaración de un alto funcionario de la OTAN: “Aquello parece Verdún”. Las comparaciones con esa horrible batalla, la más larga y mortífera de la Primera Guerra Mundial, solo guardan una relación remota con el conflicto de Ucrania, y únicamente en la medida en que, a diferencia del objetivo político que “da sentido” al choque bélico, una prolongada guerra de posiciones sin grandes cambios en la línea del frente nos hace conscientes del sufrimiento de las víctimas. El estremecedor reportaje de Sonia Zekri sobre el frente, que no oculta sus simpatías, pero tampoco dulcifica nada, recuerda de hecho a las descripciones del horror en el frente occidental en 1916. Los soldados “a degüello”, las montañas de muertos y heridos, los escombros de casas, clínicas y escuelas, en otras palabras, la obliteración de toda vida civilizada, reflejan el núcleo destructivo de la guerra, que sitúa bajo una luz diferente la declaración de nuestra ministra [alemana] de Exteriores de que “nuestras armas salvan vidas”.

En la medida en que las víctimas y la destrucción causadas por los combates nos obligan a verlas como lo que son, la otra cara del enfrentamiento armado pasa a primer plano, y ya no es solo un medio de defensa contra un agresor sin escrúpulos; el curso mismo de la guerra se experimenta como una violencia aplastante que debería cesar cuanto antes. Y cuanto más se desplazan los pesos de un aspecto al otro, más claramente se impone esa sensación de que la guerra no debería existir. En las guerras, el deseo de vencer al enemigo siempre ha ido acompañado del deseo de acabar con la muerte y la destrucción. Y en la medida en que la “devastación” ha aumentado junto con la potencia de las armas, el peso relativo de estos dos aspectos también se ha desplazado.

 

La experiencia previa

 

Las bárbaras experiencias de las dos guerras mundiales y de la tensión de la Guerra Fría a lo largo del siglo pasado dieron lugar a un cambio conceptual latente en las mentes de las poblaciones afectadas. A menudo de manera inconsciente, estas llegaron a la conclusión de que las guerras, esa forma hasta entonces evidente de conducir y resolver los conflictos internacionales, eran del todo incompatibles con las normas de la coexistencia civilizada.

El carácter violento de la guerra perdió en cierto modo su aura de naturalidad. Este cambio generalizado de conciencia también ha dejado su huella en el desarrollo legal. El derecho humanitario bélico ya había sido un intento no demasiado fructífero de domar el ejercicio de la violencia en la guerra. Pero al final de la Segunda Guerra Mundial, la violencia de la guerra en sí misma tenía que ser pacificada por medio del derecho y sustituida por la ley como único modo de resolución de los conflictos in­terestatales. La Carta de Naciones Unidas, que entró en vigor el 24 de octubre de 1945, y la creación de la Corte Internacional de Justicia de La Haya revolucionaron el derecho internacional. El artículo 2 obliga a todos los Estados a resolver sus controversias internacionales por medios pacíficos. La conmoción provocada por los excesos violentos de la guerra fue la que dio origen a esta revolución.

Las conmovedoras palabras del preámbulo reflejan el horror ante la visión de las víctimas de la Segunda Guerra Mundial. La frase clave es la que llama a “aunar esfuerzos para… establecer procedimientos que garanticen que la fuerza armada solo se utilice en interés común”, es decir, en interés de los ciudadanos de todos los Estados y de todas las sociedades del mundo tal y como establece el derecho internacional. Esta consideración por las víctimas de la guerra explica, por un lado, la abolición del ius ad bellum, el funesto “derecho” de los Estados soberanos a hacer la guerra a su antojo, pero también por qué la doctrina de la guerra justa basada en la ética no ha conocido ninguna forma de restauración, sino que ha sido abolida salvo en lo que respecta al derecho de legítima defensa del agredido. Las diversas medidas contra los actos de agresión que se enumeran en el capítulo VII se refieren a la guerra como tal, y exclusivamente en el lenguaje jurídico. Para ello basta el contenido moral inherente al propio derecho internacional moderno.

A la luz de estos hechos es como he entendido la formulación de que Ucrania “no debe perder la guerra”. Porque a partir de la moderación interpreto la advertencia de que tampoco Occidente, que permite que Ucrania siga la lucha contra un agresor criminal, debe olvidar ni el número de víctimas, ni el peligro al que se exponen las víctimas eventuales, ni la magnitud de la destrucción real y posible que se acepta con el corazón encogido en nombre del objetivo legítimo. Ni siquiera el partidario más altruista queda exonerado de la responsabilidad de ponderar esta proporcionalidad.

La vacilante formulación de que Ucrania “no debe perder” pone en entredicho una perspectiva amigo-enemigo que considera la solución bélica de los conflictos internacionales algo “natural” y sin alternativa, incluso en el siglo XXI. Una guerra, y con más razón la que ha iniciado Putin, es el síntoma de un retroceso con respecto al nivel de interacción civilizada entre potencias alcanzado a lo largo de la historia, especialmente entre aquellas potencias que han aprendido la lección de las dos guerras mundiales. Si el estallido de conflictos armados no puede evitarse con sanciones dolorosas incluso para los propios defensores del derecho internacional quebrantado, la alternativa necesaria —frente a una continuación de la guerra cada vez con más víctimas— es la búsqueda de compromisos tolerables.

La objeción es evidente: por el momento no hay indicios de que Putin vaya a emprender negociaciones. ¿No es esto razón suficiente para obligarle a dar su brazo a torcer por medios militares? Hay que añadir, además, que Putin ha tomado decisiones que hacen casi imposible entablar negociaciones prometedoras, ya que con la anexión de las provincias orientales de Ucrania ha creado hechos y cimentado reclamaciones inaceptables para los agredidos.

Por otra parte, esto quizá haya sido una respuesta, aunque desacertada, al error de la alianza occidental de dejar a Rusia deliberadamente a oscuras desde el principio en cuanto al objetivo de su apoyo militar, ya que ello dejaba abierta la perspectiva de un cambio de régimen, algo inaceptable para Putin. Por el contrario, el objetivo declarado de restablecer el statu quo anterior al 23 de febrero de 2022 habría allanado el camino posterior hacia las negociaciones. Pero ambas partes querían desalentar a la otra marcando posiciones muy ambiciosas y aparentemente inamovibles. Las condiciones no son prometedoras, pero tampoco desesperadas.

Porque, además de las vidas humanas que la guerra se está cobrando cada día que pasa, los costes en recursos materiales que no pueden reemplazarse a voluntad van en aumento. Y para la Administración de Biden, el tiempo corre. Solo esta idea ya debería invitarnos a presionar para que se hagan esfuerzos enérgicos de iniciar negociaciones y buscar una solución de compromiso que no otorgue a la parte rusa ninguna ganancia territorial posterior al inicio de la guerra, y que al mismo tiempo le permita salvar la cara.

Independientemente de que algunos jefes de Gobierno occidentales como el alemán Scholz y el presidente francés, Emmanuel Macron, tengan contacto telefónico con Putin, el Gobierno estadounidense, aparentemente dividido en este asunto, no puede mantener el papel oficial de espectador. Un desenlace negociado y sostenible no puede integrarse en el contexto de unos acuerdos de gran alcance sin la participación de Estados Unidos. Las dos partes beligerantes están interesadas en ello. Esto es válido para las garantías de seguridad que Occidente debe proporcionar a Ucrania, pero también para el principio de que el derrocamiento de un régimen autoritario solo es creíble y estable en la medida en que surge de su propia población, es decir, en que cuenta con apoyo desde dentro.

En general, la guerra ha dirigido la atención a la necesidad acuciante de una regulación en toda la zona de Europa Central y del Este que vaya más allá de los objetos de litigio entre las partes beligerantes. El experto en Europa del Este Hans-Henning Schröder, exdirector del Instituto Alemán de Asuntos Internacionales y de Seguridad de Berlín, señaló (en el Frankfurter Allgemeine) los acuerdos de desarme y las condiciones marco económicas sin los cuales no es posible un tratado estable entre las partes implicadas directamente. La disposición de Estados Unidos a entablar esta clase de negociaciones de alcance geopolítico sería un mérito que Putin podría atribuirse.

Precisamente porque el conflicto afecta a una red de intereses más amplia, no puede descartarse de entrada la posibilidad de encontrar la manera de poner de acuerdo unas exigencias por ahora diametralmente opuestas que salve la cara a ambas partes.