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FIAIZ

OTROS TEXTOS

Triduo san Antonio

 

LA AUDACIA PROFÉTICA DE LA PREDICACIÓN

DE SAN ANTONIO DE PADUA

(Tres reflexiones para un triduo a san Antonio)

 

            Las reflexiones que vamos a ir haciendo en este triduo de preparación a la fiesta de san Antonio podrían llevar un título común para los tres días: LA AUDACIA PROFÉTICA DE LA PREDICACIÓN DE SAN ANTONIO DE PADUA. De eso queremos hablar. Resulta que nosotros conocemos un san Antonio, sobre todo el de los milagros, el cercano a la necesidad humana y engendrador de una gran devoción popular. Eso, lo sabemos, tiene cosas valiosas y otras más cuestionables. Pero nosotros este año queremos hablar del otro san Antonio, más desconocido para el gran público, pero presente en su vida y sus escritos. Sería el san Antonio social, el de alto componente profético, el lector crítico de la realidad que le rodea, el predicador a favor de la justicia. Como decimos, eso está en las fuentes. 

 

1. Cuando la mentira se vende como verdad (11 de junio)

 

a) La palabra del Evangelio: Mt10,7-13

 

            Hemos escuchado la palabra del Evangelio, las orientaciones que Jesús da a sus discípulos para hacer la misión. Ha de ser una misión hecha desde la generosidad que cura (curad enfermos), desde los trabajos por restaurar a las personas (echad demonios), desde la osadía por estar con quienes el sistema desecha (limpiad leprosos), desde los trabajos infalibles por crear vida (resucitad muertos). Además, es una misión que tendrá que hacerse en modos de total generosidad (dadlo gratis), en un despojo confiado (ni  oro, ni plata, ni calderilla), en modos alejados de la consideración social (dos túnicas, sandalias con las que firmar contratos) y en maneras pacíficas (sin bastón, que es un arma). Y, sobre todo, ha de ser una misión de paz: Este texto impresionó tanto a Francisco de Asís que lo constituyó, tal cual, en uno de los capítulos de su regla: así han de ir los hermanos por el mundo. Antonio de Padua fue uno de aquellos que marcharon de esta manera. Por eso, no nos ha de extrañar que predicara desde la verdad evangélica y que fustigara la mentira vendida como verdad.

 

b) La palabra de san Antonio 

 

Recibida de su  provincial la misión de evangelizar, escribe el primer biógrafo, «comenzó a recorrer ciudades y castillos, aldeas y campiñas, diseminando por doquier la simiente de vida con generosa abundancia y con ferviente pasión». En Antonio, como en Francisco,  predicaba la persona y la vis profética de su mensaje. Ofrecía la vida con la fuerza y el vigor de los profetas verdaderos.

 

A través de sus sermones, escritos mucho tiempo después de haberlos predicado y para destinatarios cultos, es difícil hacernos una idea de lo que fue la predicación de Antonio. Ha sido proclamado Doctor Evangélico por Pío XII. «Heraldo del Evangelio» es el apelativo que le da muchas veces el primer biógrafo. Un heraldo evangélico es, ante todo, un testigo y un enviado, un profeta. En esos mismos sermones, Antonio traza repetidas veces los rasgos del auténtico predicador: es un enviado, un simple portavoz, ministro de la Palabra, la cual posee eficacia en sí misma; ha de basarse siempre en la Palabra de Dios, estudiada, meditada, asimilada;  el predicador ha de predicarla primero a sí mismo y después a los demás, nunca en nombre propio, sino siempre en nombre de Dios. Se puede ser predicador eficacísimo también callando…

 

Pero, de una u otra manera, y como Jesús, el hombre del Evangelio ha de ser testigo de la VERDAD, mártir de su propio mensaje. Dejó escrito en uno de sus sermones: «La verdad engendra odio; por esto algunos, para no incurrir en el odio  de los demás, echan sobre su boca el manto del silencio. Si predicaran la verdad tal como es y la misma verdad lo exige y la divina Escritura abiertamente lo impone, ellos incurrirían en el odio de las personas mundanas… Jamás se debe dejar de decir la verdad, aun a costa de provocar escándalo» (Sermones, I, 332).

 

c) Palabra para hoy

 

            Todos sabemos que, hoy también, la mentira se sigue vendiendo como verdad. A puro repetir mentiras, terminan siendo aceptadas como verdades. Nos sugieren que no hay alternativa económica más que reflotar bancos para que, como dicen, el sistema financiero no falle. Pero todos sabemos que en los consejos de administración de esos bancos se sientan los políticos de turno y sus amigos. Nuestros impuestos financian sus perdidas y quieren hacernos creer que ese es nuestro mayor beneficio.

            El poder político nos vende la idea de que sin armas no es posible la convivencia y de que las guerras son la mejor manera de tener estabilidad en las relaciones entre países. Y todos sabemos que no, que la guerra engendra guerra y la violencia más violencia. La verdad de la guerra es la mentira de la crueldad.

            Nos dicen que es posible erradicar la peste del hambre sobre la tierra pero que no hay dinero disponible para ese cáncer que mata más que cualquier enfermedad. Y todos sabemos que hay dinero, porque el negocio de las armas prospera y las ganancias de cualquier multinacional de segundo nivel es mucho más que el presupuesto para hacer desaparecer el hambre.

            Y la lista sería interminable. Y en esa lista habríamos de incluirnos también nosotros que vendemos la mentira, pequeña o grande, como verdad y nos alejamos de aquel sí que es sí y de aquel no que es no, tal como lo dice el Evangelio.

 

Conclusión

 

            A san Antonio le solemos pedir milagros. Pues bien, pidámosle esta tarde el gran milagro de que la verdad brille en nuestra sociedad, en nuestras vidas, cada vez con más esplendor. Y a la vez que se lo pedimos, hagámosle propósito sincero de colaborar a una vida en creciente verdad. 

 

2. Contra la fuerza devastadora del poder (12 de junio)

 

            Estamos viendo ese “otro lado” de la figura de san Antonio, más social, de contenido más ligado a la vida y que, por lo mismo, encierra valores vivos para nuestro comportamiento de hoy.

 

a) La palabra del Evangelio: Mt 5,13-16

 

            El evangelio de hoy nos ha propuesto dos pequeñas parábolas: la sal de la tierra y la lámpara que alumbra. La primera alude no tanto a la sal que da sabor al alimento, sino aquella que hace arder el horno. Efectivamente, en la antigüedad, época de difícil logro de materiales combustibles, parece que se empleaba la sal para, por su alto poder combustible, hacer arder los hornos de las humildes casas de Galilea que no eran, en muchos casos, sino un mero agujero en el suelo. La sal avivaba el fuego, pero una vez quemada, no servía para nada, solamente para tirarla en el camino. En ese caso, ser sal es mantener vivo y ardiendo el fuegote la justicia, de la humanidad, del reino. Para que esto sea así, más allá de un mero deseo, es preciso poner rostro a esa sal que hace arder y uno de ello es la lucha contra el poder omnímodo que tiende a deshumanizar a la persona. Luchar contra la opresión es sal viva que hace arder el fuego de la dignidad humana.

            La parábola de la lámpara que se pone en lugar adecuado para que alumbre alude, en una época donde hacer luz en la casa era un trabajo arduo e imprescindible, a la lucha denodada que el seguidor de Jesús habría de hacer contra toda tiniebla. La lucha contra el poder opresor, en cualquiera de sus variantes, es la que puede traer luz a los, con frecuencia, caminos de oscuridad humana

 

b) La palabra de san Antonio

 

En el texto latino de sus sermones se percibe la vehemencia profética con que arremetía contra la prepotencia, la opresión y la violencia, contra todos los delitos sociales del tiempo. Nadie escapa a la libertad evangélica con que denuncia a príncipes, señores feudales, prelados de la Iglesia, dueños burgueses, usureros sin entrañas, magistrados, leguleyos… Todos son citados ante el tribunal del Dios justo y recto, el cual «no hace discriminación de personas», como repite muchas veces.

Ante una sociedad estructurada según la desigualdad de la pirámide feudal —príncipes, nobles, plebeyos, siervos de la gleba— él proclama la igualdad entre los hombres: «Todos los fieles son reyes, por ser miembros del Rey supremo… Cualquier  hombre es príncipe, teniendo por palacio la propia conciencia.»

Alza la voz contra los nobles que «despojan a los pobres de sus bienes insignificantes y necesarios, a título de que son sus vasallos». Y contra los prelados y grandes del mundo, los cuales, «después de haber hecho esperar a los necesitados a la puerta de sus palacios, implorando una limosna, una vez que ellos se han saciado opíparamente, les hacen distribuir algunos residuos de su mesa y el agua de fregar».

      Se muestra particularmente duro con los ricos avaros y con los usureros, «pajarracos rapaces», «las siete plagas de Egipto», «reptiles al acecho», «árboles infructuosos, que chupan la tierra», «posesión del demonio», «sordos que tienen los oídos taponados por el dinero», «gentuza maldita que infesta la tierra», «raza de hombres cuyos dientes son armas; roban y despojan a los pobres indefensos que no pueden resistirles con la violencia».

      La emprende con leguleyos y abogados: «idumeos, sanguijuelas que chupan la sangre de los pobres». «Como los que trabajan en la lana, cardan y tejen sutilezas y argucias» para engarbullar a sus clientes. No calla los vicios de los pobres, pero trata de excusarlos. Denuncia la marginación a que se hallan relegados, «alejados por medio de estacadas de palos afilados y de espinos, que significan los aguijones, los dolores y las enfermedades que tienen que soportar». Y hace oír su grito de profeta: «¡Ay de los que poseen depósitos llenos de vino y de grano y dos o tres pares de vestidos, mientras los pobres de Cristo imploran a sus puertas con el estómago vacío y con los miembros desnudos, a los cuales si se les da alguna cosa, es muy poco y no de las cosas mejores, sino todo de desecho!...¡Llegará, llegará la hora en que ellos implorarán de pie, fuera de la puerta: Señor, señor, ábrenos!, y oirán lo que no quisieran oír: ¡En verdad, en verdad os digo, no os conozco!»

 

c) Palabra para hoy

 

            San Antonio hoy seguiría censurando a una Estructura eclesiástica y a unos jerarcas en quienes, como algunas veces vemos, anida la sed de poder. Les diría una y mil veces que su postura nada tiene que ver con el seguimiento de Jesús. Incitaría constantemente a una comunidad de iguales, donde nadie es más que nadie y nadie es menos que nadie, donde la comunión y el diálogo son los caminos para la más inmediata igualdad.

            Se dirigiría también a los gobernantes que emplean un lenguaje populista, que dicen estar a favor del pueblo, pero lo esquilman, que se burlan a las barbas de sus convecinos con frases y comportamientos hirientes, que, tras hablare de lo duro de la crisis, banquetean, viajan y viven de las tarjetas de crédito de su cargo, a costa del humilde contribuyente. Se dirigiría a quienes, diciéndose servidores del pueblo, elegidos por el pueblo tienen sueldos y retribuciones que jamás tendrá nadie del pueblo sencillo.

            San Antonio levantaría su voz contra muchos adinerados y banqueros que tienen sueldos gigantes, que ganan siempre aunque la crisis golpee a los pueblos, que llevan un tren de vida que en nada desmerece a los grandes emperadores, que no reparten jamás sus ganancias y socializan sus pérdidas que enjuaga el Estado, o sea el ciudadano sencillo.

            Tendría que decir también una palabra fuerte a los juristas que persiguen a sus propios compañeros por rivalidades, que postergan los juicios de los ricos hasta que prescriben sus causas, que no tienen valor para encausar a los poderosos, que dilapidan los bienes de todos en auténticas francachelas aparadas por los secretos oficiales.

            También diría una palabra a los sencillos, a nosotros, en quienes anida el deseo de mando y de ambición como en todos, aunque no tengamos mucha posibilidad de darle cuerpo. Sois como ellos, nos diría, por eso tened cuidado ala hora de juzgarlos.

 

d) Conclusión

 

            “Cada uno tiene dentro a su propio enemigo”, dice san Francisco. Eso mismo nos diría san Antonio: mirémonos dentro y también miremos fuera. Que el ansia de poder y de dominio, eterno acompañante del caminar humano, no nos corroa o, al menos, tenga el menor espacio posible en nuestra vida.

 

3. Cuando otra economía es posible (13 de junio)

 

            Estamos desgranando en estos días en torno a la figura de san Antonio su pensamiento social, su implicación como creyente y como franciscano en la construcción del reino. No podemos mirar a los santos únicamente como objetos de veneración, sino también como ánimo para suscitar en nosotros actitudes creyentes.

 

a) La palabra del Evangelio: Mt 5,17-19

 

            No nos cabe duda de que el Jesús histórico fue, a la vez, un piadoso judío cumplidor de la Ley y, a la vez, una persona radical, en el sentido de llevar a la raíz de la vida, a los cimientos, el anhelo de Dios sobre Israel. Por eso dice que no ha venido a abolir la Ley sino a darle cumplimiento. ¿Qué pretendía la Ley, lo que san Pablo llama “la Ley santa”? Que Israel fuera pueblo alternativo, que tuviera unas relaciones basadas en la fraternidad, no en las tensiones del poder; que tuviera una economía solidaria, lejos de todo egoísmo; que entendiera la política como el arte del buen gobierno para todos. Un pueblo distinto a los otros pueblos. ¿Lo logró? Parece que en gran medida no, porque fue, al decir del libro de Samuel, “como los otros pueblos, tan cuestionable en sus comportamientos sociales, humanos, como cualquier pueblo. ¿El anhelo de Dios, pues, se frustró? No del todo porque hubo personas que persistieron en esos caminos de alternatividad humana. Uno de ellos, y en manera eximia, fue Jesús de Nazaret. Él creyó que el reinado de Dios, el gobierno de quien nos ama, habría de llevar a relación es de igualdad, de solidaridad, de amparo del débil, de economía compartida. Por ese ideal vivió y murió.

 

b) La palabra de san Antonio

 

Y el mismo anhelo ha anidado en muchos creyentes que han creído que otra realidad social, otra economía era posible, como hoy decimos. Uno de ellos, sin duda, san Antonio de Padua. San Antonio defiende el principio cristiano de la función social de la propiedad, en  virtud del cual los bienes que no son necesarios al rico para las exigencias fundamentales de la vida, pertenecen al pobre que se halla en necesidad. Un buen conocedor de los escritos del santo ha hecho notar que, mientras son constantes las invectivas contra los delitos de orden social, no se halla mención del pecado sexual. Pero se sabe que, como efecto de su predicación, muchos libertinos de ese desorden se convertían.

      La Legenda Assidua resume en esta forma el éxito de la última campaña de Antonio en Padua: «Devolvía la paz fraterna a los desunidos, la libertad a los detenidos; hacía restituir lo que había sido robado con la usura o la violencia. Llegó a tanto que, hipotecando casas y tierras, se ponía el precio a los pies del santo y, con el consejo de él, se restituía a los perjudicados cuanto les había sido quitado por las buenas o por las malas. Libraba a las prostitutas del torpe mercado. Lograba que ladrones famosos por sus fechorías se abstuvieran de meter mano a los bienes ajenos.»

      Si entendemos bien estos testimonios, podríamos decir que san Antonio es uno de quienes hoy creen que otro tipo de relación social y económica es posible, que la dura situación de los pobres no es una casualidad, sino que hay causas de la pobreza que sería preciso atajar para que el flujo creciente de la pobreza social menguara.

 

c) Palabra para hoy

 

De ahí que quienes celebramos a san Antonio como gran creyente y gran santo habríamos de alegrarnos de que, por todo el mundo, se corra la voz de que otra economía de corte humano, sostenible, consciente, es posible. Tendríamos que alegrarnos de que la espiritualidad del decrecimiento, de vivir con menos para vivir mejor, vaya cuajando en la vida de muchas personas e instituciones.

            San Antonio elevaría hoy la voz al unísono con miles de indignados en la puerta del Sol o en la Plaza Sintagma de Atenas para gritar la enorme injusticia que es la economía de mercado y las terribles consecuencias que una política neoliberal acarrea en la vida de los sencillos. Ofrecería alternativas basadas en la sensatez, en el buen uso de las cosas y en el sentido solidario de la economía.

            San Antonio sería muy crítico contra una ley hipotecaria que despoja de la vivienda a quien no puede pagar su hipoteca, a la vez que mantiene intacta la deuda con el banco. No sabemos cómo, pero san Antonio intentaría que quienes meten mano en el dinero público no lo hicieran. Tendría trabajo. Nos diría que, a pesar de todo, es deber cívico, moral y cristiano colaborar con nuestros impuestos a la hacienda común y que, quien no lo hace, que no pretenda llamarse cristiano. Puede parecernos todo esto estridente, pero, bien leídas las fuentes antonianas, es lo que fácilmente se desprende tal lectura.

 

d) Conclusión

 

            Sabiamente dice san Francisco que no haríamos nada con cantar las glorias de los santos si, de alguna manera, no los imitáramos nosotros. Por eso, hemos querido presentar un lado de la personalidad de san Antonio, su lado social, como instancia de ánimo para cualquiera de nosotros. Aquí también podríamos escuchar aquel dicho del Evangelio: “¡Ve tú y haz lo mismo!” (Lc 10,37).

 

 

Cuaresma franciscana

 

           

 

LA CUARESMA FRANCISCANA,

UNA CUARESMA COMO LA DE JESÚS

 

 

La Cuaresma tiene sentido cuando se la llena de contenido, no solamente cuando se la celebra porque toca, porque el calendario dice que es Cuaresma. Corremos el peligro de lo cíclico, de lo superficial. Una espiritualidad, la cristiana, la franciscana, vale si se la recrea, si se la hace nueva cada día. Hay que animarse a que la Cuaresma de este año no pase sin pena ni gloria. Francisco puede ayudarnos a vivir una Cuaresma con sentido.

 

1. La luz de los textos franciscanos

 

            Vamos a tomar un texto de las Florecillas. Aunque es un texto tardío, conserva muy bien en el fondo el espíritu franciscano. Quizá nos dé pistas para vivir bien la Cuaresma al estilo franciscano.

 

Capítulo VII de las Florecillas de san Francisco

Cómo San Francisco pasó una cuaresma en una isla del lago de Perusa
con sólo medio panecillo

Al verdadero siervo de Dios San Francisco, ya que en ciertas cosas fue como un segundo Cristo dado al mundo para la salvación de los pueblos, quiso Dios Padre hacerlo, en muchos aspectos de su vida, conforme y semejante a su Hijo Jesucristo, como aparece en el venerable colegio de los doce compañeros, y en el admirable misterio de las sagradas llagas, y en el ayuno continuo de la santa cuaresma, que realizó de la manera siguiente:

Hallándose en cierta ocasión San Francisco, el último día de carnaval, junto al lago de Perusa en casa de un devoto suyo, donde había pasado la noche, sintió la inspiración de Dios de ir a pasar la cuaresma en una isla de dicho lago. Rogó, pues, San Francisco a este devoto suyo, por amor de Cristo, que le llevase en su barca a una isla del lago totalmente deshabitado y que lo hiciese en la noche del miércoles de ceniza, sin que nadie se diese cuenta. Así lo hizo puntualmente el hombre por la gran devoción que profesaba a San Francisco, y le llevó a dicha isla. San Francisco no llevó consigo más que dos panecillos. Llegados a la isla, al dejarlo el amigo para volverse a casa, San Francisco le pidió encarecidamente que no descubriese a nadie su paradero y que no volviese a recogerlo hasta el día del jueves santo. Y con esto partió, quedando solo San Francisco.

Como no había allí habitación alguna donde guarecerse, se adentró en una espesura muy tupida, donde las zarzas y los arbustos formaban una especie de cabaña, a modo de camada; y en este sitio se puso a orar y a contemplar las cosas celestiales. Allí se estuvo toda la cuaresma sin comer otra cosa que la mitad de uno de aquellos panecillos, como pudo comprobar el día de jueves santo aquel mismo amigo al ir a recogerlo; de los dos panes halló uno entero y la mitad del otro. Se cree que San Francisco lo comió por respeto al ayuno de Cristo bendito, que ayunó cuarenta días y cuarenta noches, sin tomar alimento alguno material. Así, comiendo aquel medio pan, alejó de sí el veneno de la vanagloria, y ayunó, a ejemplo de Cristo, cuarenta días y cuarenta noches.

Más tarde, en aquel lugar donde San Francisco había hecho tan admirable abstinencia, Dios realizó, por sus méritos, muchos milagros, por lo cual la gente comenzó a construir casas y a vivir allí. En poco tiempo se formó una aldea buena y grande. Allí hay un convento de los hermanos que se llama el convento de la Isla (3). Todavía hoy los hombres y las mujeres de esa aldea veneran con gran devoción aquel lugar en que San Francisco pasó dicha cuaresma.

En alabanza de Cristo bendito. Amén.

Subrayamos los siguientes puntos:

 

1)      La Cuaresma de Francisco es como la de Jesús, tiene a Jesús dentro. Lo importante no es tanto la penitencia que hace, sino el deseo de Jesús, el afán por ponerlo en modos reales en centro de la vida.

2)      Para lograr esta “Cuaresma cristológica” habrá que usar, como Francisco, los medios del aislamiento (silencio) y la sencillez de vida. No son un fin en sí mismos, sino una herramienta ya que a Francisco no le interesa tanto la penitencia sino la realidad de Jesús.

3)      Cuando dice el texto que Francisco comió medio pan es que quiere decir que está huyendo de un ayuno orgulloso, y que quiere vivir el ayuno humilde de la vida que ha sido el ayuno del mismo Jesús que ha vivido una vida humilde y entregada.

4)      Dice el texto que se formó en aquella isla una aldea grande y buena, una comunidad. El ayuno cristiano, el que hacen Jesús y Francisco tiene que llegar a crear comunidad.

 

2. Derivaciones para nuestra vida franciscana

 

            Sacamos algunas derivaciones que nos ayuden a vivir la Cuaresma de este año al estilo franciscano:

 

1)      Lo más importante de la penitencia franciscana, no hay que olvidarlo, es crecer en el seguimiento y amor de Jesús. El franciscano/a no es tanto un penitente cuanto un seguidor. Que en la Cuaresma de este año crezca nuestro deseo de seguir a Jesús.

2)      Francisco nos enseña que el silencio y el ayuno se orientan a la contemplación, al ahondamiento de la fe. No son un fin, sino un medio para adentrarse en la realidad hermosa del Jesús que nos salva.

3)      La Cuaresma franciscana ha de ser Cuaresma solidaria. No es tanto la Cuaresma de quien no come, sino la del que comparte. Vivir sencillamente para que otros, sencillamente, puedan vivir.

4)      El ayuno cuaresmal ha de llevar a crear comunidad, a hacer más fuertes nuestros lazos creyentes y humanos. El ayuno franciscano no es una práctica ascética individual, sino una escuela de fe y de solidaridad comunitaria, fraterna.

 

3. Una Cuaresma en el contexto de la ESEF

 

            No todos los contextos son iguales. Este año es el de la ESEF. Hay que mezclar esta espiritualidad cuaresmal franciscana con la vida en la ESEF:

 

  • Hacer del estudios de los escritos de Francisco y Clara un trabajo de descubrimiento de Jesús: Porque ellos nos dirían eso: mis textos no son importantes; yo mismo no soy importante. El importante es ÉL. Descúbrelo a través de mis textos.
  • El silencio del estudio como un silencio cuaresmal: Fecundo, por tanto, aunque tenga también su lado duro. Habitar gozosamente el silencio del estudio con un trabajo honrado, ordenado, tenaz, fiel, disfrutante.
  • Hacer del estudio y del compartir un camino de entrega: No solamente un camino de aprendizaje académico. Aprender de Francisco y Clara la hermosa lección de la entrega, lección cuaresmal y pascual.
  • La comunidad de la ESEF como una comunidad cuaresmal: Es decir, una comunidad que camina tras la Pascua, que la prepara, que la quiere vivir, que se ayuda en lo poco que se pueda a que sea realmente una pascua distinta.

 

Conclusión

 

            Animémonos a una Cuaresma con espiritualidad franciscana. Puede ayudarnos a descubrir a Jesús en modos nuevos, “alimentados”, cultivados. Es una oportunidad que tenemos por el don del amor del Padre.

Los "otros sacramentos" en el Evangelio de Juan

LOS “OTROS SACRAMENTOS”

EN EL EVANGELIO DE JUAN

 

        La tradición de la Iglesia ha fundamentado su práctica sacramental dirigiendo su mirada, entre otros ámbitos, al evangélico. En ciertos pasajes, a veces de una forma algo tosca desde el punto de vista bíblico, ha entrevisto la razón de los sacramentos oficiales. Pero si entendemos los sacramentos de una manera más amplia, más flexible, como signos elocuentes que nos llevan a una profundidad mayor de vida y de fe, puede vislumbrarse en las páginas bíblicas una multitud de “otros sacramentos” que nos hablan elocuentemente de la hermosa realidad de Dios y de la no menos bella realidad humana. Vamos a proponer al lector una travesía sacramental a través del evangelio de Juan. Las peculiaridades de este texto, su innegable capacidad de sugerencia pueden sernos de mucha utilidad en este empeño.

  1. El sacramento del “vino guardado” que da color a la vida: En Jn 2,10 se dice que el vino nuevo ha sido un vino “guardado” hasta ahora, como el Mesías. Es decir, el vino ha sido ya “descorchado”. O sea, el tiempo de la alegría, de la libertad, del gozo, de la mirada positiva sobre lo creado ha llegado con Jesús. Tener esta visión positiva de la existencia es beber el vino nuevo de Jesús. Lo contrario es no haber abierto ni escanciado la botella.
  2. El sacramento increíble de los encuentros en el cuerpo amado: Cuando Juan polemiza sobre el lugar del verdadero encuentro con Dios, dice que sabemos, desde Jesús, que el verdadero “santuario” es el cuerpo (Jn 2,21). San Pablo retomará a su manera esta imagen (1 Cor 6,19). Encontrarse con amor en los cuerpos, en las vidas de los otros. Tanto acíbar que se ha vertido a la corporalidad…Cuidar los cuerpos es tarea de humanidad y de fe.
  3. El sacramento del viento inasible: Según Jn 3,8, el espíritu es como un viento que nadie podrá atrapar. Mientras haya viento que sople, nos recordará que hay espíritu de libertad. De ahí que el viento refirma la certeza del fracaso de quien quiere atrapar el viento de la vida, del amor y de la libertad y el triunfo de quien enmarca su vida en el respeto, en la flexibilidad y en la pluralidad.
  4. El sacramento del agua que quita toda sed: No solamente un agua que limpia (como en la espiritualidad tradicional de los bautismos), sino, más todavía, apaga la honda sed de la existencia. Mientras el murmullo del agua llegue a nuestros oídos, pervivirá la certeza de que hay aguas, como el amor de Jesús, capaces de calmar la sed profunda de nuestras resecas gargantas, de nuestras vidas abrasadas.
  5. El sacramento de la camilla dominada: La camilla de Jn 5 es símbolo de todas las ataduras que sufre y a las que se pliega la existencia humana. La palabra de Jn 5,8 viene a decir que, si puedes llevar tú a la camilla y no ella a ti, es que puedes, de alguna forma, escoger tu vida, ser dueño de tus pasos, capitán de tu alma.
  6. El sacramento del pan multiplicado por la solidaridad: Todos sabemos que los panes se multiplican no por una magia mesiánica, sino por la generosidad de quien, aunque es un “muchacho”, un pobre, está dispuesto a compartir. El milagro comienza en el momento en que alguien abre su zurrón con la disposición de compartir. Es entonces cuando comen todos y sobra (Jn 6,13). ¿Es creíble esta práctica “sacramental”, significativa, de modo de vida económico que el Evangelio propone?
  7. El sacramento del barro que abre a la luz: El barro es símbolo de suciedad, de pérdida, de pobreza. Pero en Jn 9,6 hay un barro que abre a la luz, que ilumina el horizonte humano. Es el barro del cuidado del otro, de la certeza de que la persona, sea quien sea, puede hacer parte del horizonte de amor de otra persona. El amor volcado al otro, como el de Jesús, es, por pobre que sea, por “barro” que sea, sacramento de luz y de hermosura.
  8. El sacramento del pastor distinto que se entrega: No se capta bien la paradoja de Jn 10 si no se da uno cuenta de que el mayor enemigo del rebaño es el pastor, ya que él se lucra de todas las ovejas, porque de ellas vive. Pero el “pastor distinto” no se lucra, sino que se entrega por ellas, les da todo, no las juzga ni les quita nada, no se aprovecha jamás. El pastor es sacramento de un Dios que no vive a costa de los humanos, sino justo al revés.
  9. El sacramento de las lágrimas que se conduelen: Así son las lágrimas de Jesús en Jn 11,35: unas lágrimas que significan sacramentalmente el compartir del camino humano en sus lados más difíciles. Las lágrimas de Jesús son las lágrimas de Dios, su condolerse con nosotros en los lados más duros de la existencia.
  10. El sacramento del grano en lo oscuro: En las raíces, en lo que no se aprecia porque no se ve. En esas honduras a las que parece no llegar la luz es donde germina la vida. El grano que muere y vive es sacramento, signo, de que las zonas más oscuras de la existencia, de la persona, no son totalmente densa oscuridad. Hay en ellas un germen de vida y de luz que tal vez puedan llegar a convertirse en realidad fecunda, como lo ha sido en el caso de Jesús y de tantas otras personas.
  11. El sacramento del servicio necesario: Ya que el servicio no es, según san Juan, un derivado de la fe, sino la imprescindible ley que fundamenta la comunidad. De tal manera que, si no hay servicio, no hay comunidad, no se tiene “nada que ver” con Jesús (Jn 13,8). La identidad del grupo cristiano no viene por el lado de la adscripción religiosa, sino por la evidencia o no de una comunidad servidora.
  12. El sacramento del pan untado: Que no significa otra cosa que el gesto de ultimidad con Judas y con todos (Jn 13,26). Es como si Jesús dijese: “Me traicionas, pero te sigo amando. Por eso, como una madre cariñosa unta el pan y lo da a su pequeño, con el mismo amor te lo doy yo”. Es el “sacramento” que contiene la certeza de que la puerta del corazón de Jesús siempre estará abierta en cualquier circunstancia.
  13. El gran sacramento de Dios en el fondo de la vida: Es, sin duda, el mayor de todos los “sacramentos”: la certeza de que el Padre y Jesús han puesto su morada en la historia con la intención de no irse nunca más porque, de hecho, siempre han estado ahí (Jn 14,23). La cumbre de la mística joánica es sacramento esencial en la comprensión del mensaje evangélico.
  14. El sacramento de la cruz asumida: Únicamente el cuarto evangelio dice que Jesús mismo llevara su cruz (Jn 19,16). Así, la cruz se convierte en símbolo del dolor asumido, la certeza de que es posible encajar los sufrimientos históricos llevándolos personalmente, es decir, asumiéndolos de tal manera que el dolor no ocupe el todo de lo que somos, de que los situemos bien para no ser solamente dolor.
  15. El sacramento de la piedra movida: Ya que esa humilde señal que certifica Jn 20,1 es el dato más fidedigno, y más en la penumbra, de que “algo ocurre” en la resurrección. Incluso con Jn 11,41 en la mano se puede tener la certeza de que, ya desde ahora, puede el creyente en Jesús vivir en parámetros resurreccionales si quita losas, si hace obra de humanidad, de liberación.
  16. El sacramento de los nombres pronunciados con amor: Porque la escena de reconocimiento de Jn 20,11-18 se resuelve cuando Jesús pronuncia con amor el nombre de “María” (Jn 20,6). Entonces lo reconoce, ya que Jesús pronunciaba los nombres con amor. El nombre del otro dicho y vivido con amor se convierte en sacramento de la presencia del resucitado en el camino histórico.

¿Es correcto este tipo de lectura “sacramental” de un Evangelio? Si somos flexibles y no extremamos nuestros principios dogmáticos, quizá sí. Queda claro que los relatos evangélicos y sus figuras tienen un lenguaje “sacramental” porque llevan indefectiblemente a la hondura de la experiencia de Jesús y de la experiencia creyente. Y lo que se hace con uno de los Evangelios, se puede hacer con todos ellos.

 

Fidel Aizpurúa Donazar

COMUNIDADES ALTERNATIVAS AL MODELO ACTUAL ECONÓMICO

COMUNIDADES ALTERNATIVAS

AL MODELO ACTUAL ECONÓMICO

 

            Estos planteamientos tienen que ver con lo que los autores, tanto sociólogos como teólogos, llaman “cambio de paradigma”. El término, que viene de la ciencia, significa en las ciencias sociales el conjunto de experiencias, creencias y valores que afectan la forma en que un individuo percibe la realidad y la forma en que responde a esa percepción. O sea, es la manera de mirar la vida, el marco de referencias por el que una persona, y una colectividad, funcionan.

            Pues bien, en la VR, y grosso modo, el paradigma afecta a tres aspectos: espiritualidad, relación comunitaria y misión:

  • Antiguamente no había fisuras en la espiritualidad identificada entre nosotros con la actividad religiosa. Aunque hay grupos que, por inercia o por aferrarse a algo “seguro” siguen en ello, lo cierto es que en la sociedad laica esto está bajo mínimos. La espiritualidad de hoy tiene que ser laica, global, básicamente humana antes de, en nuestro caso, ponerle el “apellido” de cristiana.
  • La relacionalidad comunitaria era antiguamente de componente jerárquico y estaba marcada por una cierta rigidez social. Eso también ha caído porque el modelo patriarcal se ha resquebrajado (este modelo existía hasta en los grupos femeninos). Por eso, la relacionalidad se vuelve menos jerárquica (aunque quedan muchos vestigios) y más flexible, amigable, cercana.
  • La misión religiosa la ha entendido la VR como apostolado. Ahora se entiende como trabajo, como sentido de la apuesta común, como modo de relacionalidad con el entorno social del que se hace parte abiertos a todas las preguntas del entorno.

Los estilos de una posible comunidad de vida alternativa al modelo actual económico que se sugieren demandan un cambio de paradigma. He ahí su problema (como su correlato de la pertenencia sistémica, verdadero problema a tener en cuenta). Demandan una idea de la VR de espiritualidad laica, de componente ajeno al mundo jerárquico y de misión en conexión con el devenir social. Si esto no se da, la posibilidad disminuye. Nos inspiramos y citamos a J. EIZAGUIRRE, Una vida sobria, honrada y religiosa. Propuesta para vivir en comunidad, Ed.Narcea, Madrid.

 

1. Comunidades para evidenciar las falacias del sistema

 

            “¿Conocemos alguna comunidad de buscadores de Dios consagrados a esto, a recordar las condiciones de vida de los últimos del mundo y a explorar, adoptar y consagrarse a propagar un estilo de vida desarrollado proféticamente solidario, sostenible y religioso? ¿Y no sería bueno –y nuevo- que hubiera al menos una? (p.134).

 

            Se trataría de una comunidad dedicada al tema de “los 40 últimos de la tierra”, difundir su increíble situación, hacer las denuncias en contraste con los países ricos, elaborar espiritualidad en torno al tema (como lo hace Eizaguirre en Cuaresma), más allá de aspectos exclusivamente orantes.

            Las notas de tal comunidad está ahí marcadas: estilo de vida desarrollado (no se trata de volver a la época de las cavernas sino de usar los cauces de esto que llamados desarrollo con cordura, austeridad y equidad), proféticamente solidario (con gestos creativos que empujaran a sumar sinergias con personas sensibles al asunto), sostenible (cuidando los detalles en el estilo de vida concreto: comidas, viajes, compras, estilos de relación, etc.) y religioso (con una mística creyente, evangélica, más que “religioso”).

            Habría que hacerse “experto práctico” en analizar las falacias del sistema (alejándose de los modos sistémicos, como primer requisito). Tendría que se ayudada esta comunidad por quienes son más agudos en los análisis. Habría que hacer ejercicios continuados y prácticos de documentos que ponen delante ese tipo de falacias.

 

2. Comunidades para un nuevo modelo de desarrollo

 

            “De entre todas las necesidades humanas que encontramos hoy en el mundo globalizado, ésta es la más básica y la más urgente: dar respuesta al abismo escandaloso que está sumiendo en la miseria y en la muerte a tantísimos y tantísimos y tantísimos (de verdad que son muchísimos) hermanos y hermanas nuestros, junto con la gravedad de la cuestión medioambiental, que está poniendo en serio peligro la habitabilidad de nuestra ‘casa común’, cuyas consecuencias desastrosas recaen además sobre los más pobres” (p.56).

            ¿Cómo estos datos pueden ser el cimiento de una mística comunitaria creyente? Es decir, ¿cómo construir una mística partiendo de lo que ocurre, no de postulados religiosos? Y lo que ocurre es justamente lo que se dice ahí: una crueldad social que no hemos moralizado, un maltrato a la tierra que no nos hiere, un cargar con las consecuencias de nuestro proceder a los más débiles.

            ¿Se puede soñar una comunidad asentada sobre una mística de nuevo modelo de desarrollo? Sería: humano, realmente globalizado, primando a los débiles sociales y distanciándose claramente del sistema social opresor. ¿Qué tipo de comunidad surgiría de ahí? ¿Son capaces nuestras estructuras de intuir algo de eso, o hemos de alejarnos también de nuestro sistema estructural? ¿Cómo persistir, entonces, en la fraternidad?

            Tal vez se podría comenzar por modos de vida simples para ir respondiendo a las cuestiones que se presentan no desde preguntas previas, sino desde caminos andados. Trabajar el “abismo” económico en base a gestos; trabajar en tema medioambiental en base a gestos.

 

3. Comunidades sostenibles

 

            “Una comunidad que se propusiera organizar deliberadamente su vida para consagrarse a la causa de la Integridad de la Creación (y de sus criaturas), empezando por vivir de forma sostenible. La comunidad sostenible(p.89).

            El tema de la sostenibilidad es tan amplio que habría que acotar: energía, agua, residuos. Podría ser un buen comienzo. Una comunidad que controla el tema de energías, ya que el acceso a ella es el abismo de la globalización. Entran ahí: electricidad, coches, ascensores, calefacciones, medios de comunicación, iluminación, viajes, etc. Agua, que es la “batalla” del futuro: aprecio, uso diario, control, modos actuales cuestionables (aguas embotelladas). Residuos: todo el tema de residuos domésticos y otros, embalajes, modo de comprar, control de volumen de residuos.

            La comunidad habría de ser una “experta” en conocimiento, medición, evaluación y difusión del terma de la huella ecológica, reflejo de nuestra actitud de sostenibilidad. Lo modesto de un planteamiento así, lo “doméstico” de cualquier opción no habría de ser óbice para lanzarse a un camino así.

 

4. Comunidades volcadas a los trabajos por la paz

 

            “Hoy, como siempre, el mundo está necesitado de paz, de personas, comunidades y organizaciones que trabajen por la paz y sean testimonio de paz. En un mundo herido, dividido por las guerras y las discordias, maltratado por la violencia gratuita, se necesitan ámbitos y v testimonios de fraternidad y sanación” (p.108).

            Quizá suene a cosa (hasta la expresión es repetitiva). Pero, de hecho, ¿existen comunidades religiosas “volcadas” al tema de la paz? No comunidades que recen por la paz (todas) sino que el proyecto comunitario esté asentado sobre el sueño de la paz y sus avatares. Es cosa distinta y ciertamente complicada.

            Tal vez se podría proponer tres ámbitos: información ahondada y difundida (pertenencia a colectivos que estudian y trabajan el tema), proyecto compartido de acción sencilla en trabajos de paz en el ambiente social en que está inserta la comunidad, creatividad para generar un pacifismo cristiano serio que no existe en el ámbito de la vida religiosa

            En concreto: ¿puede aún la vida religiosa española aportar algo al tema de la paz política en nuestro país frente al problema del terrorismo aún no desaparecido? ¿Puede una comunidad (vasca o no vasca) “dedicarse” a esto?

 

5. Comunidades de mediación y elaboración pacífica de conflictos

 

            “Una comunidad que se proponga expresar la compasión por las víctimas de la pobreza, de la miseria y de la violencia poniendo intensidad en el estilo de vida debe ser en sí misma un laboratorio de convivencia pacífica y feliz. Esto, como sabemos, no significa ausencia de conflictos sino empeño por resolverlos por medio del diálogo y la aceptación de las diferencias en un clima de fraternidad. Y empeño por apoyar todas las iniciativas sociales y políticas encaminadas a la resolución pacífica de conflictos” (p.109).

            La comunidad religiosa, como modo relacional de vida, experimenta el conflicto interno y social. El asunto es si una comunidad puede tomar ese campo como elemento aglutinador de su proyecto de vida. El anhelo básico ante los conflictos es poder solucionarlos. Si no se logra eso, el desaliento nos hace abandonar la empresa. Pero podría pensarse en un grupo de vida dedicado a elaborar conflictos y a poner en pie la eficaz herramienta de la mediación.

            Elaborar conflictos no es solucionarlos, es sentar en la misma mesa del diálogo a los contendientes para que se escuchen en sus posiciones encontradas y para que, asumiéndolas, se vea loa posibilidad de acciones conjuntas aun manteniendo la diferencia. Desde ahí, el conflicto puede ser trampolín para una actuación humanizadora y no tormenta en la que indefectiblemente se naufraga.

            La comunidad que se lanzara  este proyecto habría de experimentar la dinámica elaboradora en el seno del propio grupo. Pero habría que apuntar con dedicación alo ancho y complicado mundo de los conflictos sociales (y hasta políticos). El aprendizaje de los laberintos del conflicto es imprescindible, la paciencia por el escaso logro, necesaria, el ánimo de que son seguidores fieles de Jesús quienes construyen la paz siempre habría de estar presente.

            Desde el viejo paradigma teológico y espiritual, la vida religiosa ha engendrado carismas que, digamos lo que digamos, son casi iguales (iguales también en el cansancio en el que han caído). Aquí habría novedad, si se creyera en la eficacia de la elaboración de los conflictos y de la mediación como caminos que apuntan al logro de una paz eficaz.

 

6. Comunidades de acogida y de comunicación interpersonal

 

            “Éste puede ser también uno de los aspectos de la Vida Consagrada que más siga atrayendo en nuestra cultura posmoderna. La propuesta de una vida fraterna en comunidad puede ser más fácilmente aceptable hoy que la de la ascesis en la búsqueda de Dios, la sobriedad profética o la participación ciudadana y política. Sí, la búsqueda de ámbitos de acogida y comunicación interpersonal es hoy un signo de los tiempos a los que debemos seguir la pista, descubriendo lo mucho de Dios que hay en ella” (p.110).

            Muchas comunidades masculinas han  practicado la acogida y la comunicación interpersonal en el marco del sacramento de la penitencia y en la llamada dirección espiritual. Hoy, más allá de intentos restauracionistas, estos marcos están no devaluados, sino casi desaparecidos. Se podría pensar en comunidades que tomaran como trabajo la acogida y la comunicación interpersonal. Para ello se necesita una preparación (terapias, psicología) y unas cualidades de escucha y de consejo. Una comunidad de acogida y comunicación en el confesionario, ni siquiera en el despacho, sino en el ámbito mismo de la comunidad. Lógicamente esto se podría practicar en comunidades de ambos géneros.

            El horizonte de esta clase de comunidades sería el de las carencias de comunicación, las soledades urbanas (150 ancianos han muerto solos este año en Madrid), los aislamientos sociales. Y todo ello inserto en el estilo de la comunidad, no en simples técnicas terapéuticas (y para nada necesariamente religiosas). Huelga decir que los miembros de esta comunidad habrías de ser personas ágiles para su mutua a cogida y comunicación.

 

7. Comunidades de análisis de las causas

 

            “No basta con decir que no podemos hacer nada porque las causas del abismo de la pobreza mundial están en las estructuras de pecado presentes en el mundo, como si nada tuvieran que ver con nosotros…si seguimos la pista a estas estructuras no tardamos en darnos cuenta de que están sustentadas en una determinada forma de vida de una porción de la población mundial, ese 20% de la humanidad que consume –o consumimos- el 80% de los recursos del planeta” (p.62-63).

            Esto le resulta extraño a la vida religiosa (aunque sea fácil de entenderlo). La VR ha trabajado desde siempre con los “efectos” de la pobreza, con los pobres. Ahí ha tratado de poner remedio. Mientras tanto, las causas de la pobreza siguen verdeantes, produciendo “efectos”, “náufragos”, pobres en definitiva. Con ingenuidad y buena voluntad hemos “picado” en los anzuelos que calman nuestro sentido de la injusticia pero hacen que todo siga igual (0,7, Objetivos del Milenio, ONGs, etc.). Creemos que el tema de las causas (de alto componente social y político) no es cosa nuestra.

            Y sin embargo no es así porque gran parte de la VR hace parte del 20% del grupo que consume y que es causa de las pobrezas sociales (la misma VR del tercer mundo, por su dependencia económica del primero, entra a hacer parte del 20%). Por lo tanto, el tema de las causas le incumbe.

            Una comunidad religiosa podría caer en la cuenta de esto, tomar conciencia y dedicarse, en la medida de sus fuerzas a analizar, difundir y sugerir pequeños caminos de actuación en el tema de las causas (que tendrá que ver con hábitos de consumo, prácticas económicas y posicionamientos políticos). Su misma vida diaria habría de visualizar su preocupación por el tema de las causas. Todo habría de quedar pensado desde ahí.

 

8. Comunidades de opción por los sin papeles

 

            “¿No es indudable que la atención a los inmigrantes es un imperioso campo de acción que reclama hoy una respuesta urgente y organizada?...Una respuesta desde la acción y la cercanía personal cara a cara y también desde la intervención política y la divulgación a la opinión pública, a la vez que se crean lugares de encuentro y redes de apoyo” (p.18-19).

            La VR española está dando continuas muestras de trabajo con la inmigración masiva. Generalmente se vehicula a través de ayuda espontánea o de proyectos de apoyo inmigrantes. Todo lo que se haga es poco. Es un modo de misión y de solidaridad nuevo que encaja con el paradigma clásico de la VR.

            Pero al proponer la opción de los sin papeles damos un paso más porque se trata del sector más débil de la inmigración ya que su posible integración está bloqueada o entorpecida por las trabas burocráticas y administrativas.

            Una comunidad que optara como misión y como elemento básico de identidad comunitaria este sector de la inmigración tendría que hacerlo, necesariamente, desde la “cercanía personal cara a cara” porque tendría que conocer, albergar temporalmente, ocultar, seguir los itinerarios difíciles de estas personas. Además, habría de intervenir “políticamente” sobre todo en el ámbito de la calle, de los lugares jurídicos, en acompañamientos en que se vea que se ha tomado una opción por ellos sin fisuras. Y en cuanto a la difusión tendría un ancho campo tanto fuera como dentro de la estructura de la VR porque lo normal es que miremos para otro lado.

 

9. Comunidades de denuncia social sensata y razonada

 

            “La palabra hablada, bien utilizada, ha sido siempre un gran medio de divulgación de ideas y de emociones. También puede serlo en nuestro caso. Yo me imagino una comunidad comprometida en charlas, cursillos, talleres, retiros y todo tipo de actividades de difusión directa. Nada como la fuerza del propio testimonio, oralmente compartido” (p.148).

            La VR se siente “indignada” ante las tropelías de una sociedad insostenible (aunque haga parte de esa insostenibilidad). Pero manifiesta su indignación en ámbitos meramente privados, de puertas adentro, todo lo más. Sería estupendo soñar un tipo de comunidad que mezclara a la denuncia la sensatez y la razón (además de su testimonio), porque cuando la denuncia va mezclada a ellas adquiere una dimensión útil y alentadora.

            Si esa denuncia sensata y razonada, crítica con la misma VR, se difunde, se multiplica, se hace llegar, se da a conocer, la tarea puede ser hermosa. Podría crear un tejido profético que hiciera que las iniciativas sociales no se quebraran al primer embate del sistema. Más aún, podría ser instancia de animación para las instituciones de la VR, muy timoratas a la hora de practicar la denuncia (porque no se sabe elaborar bien “los intereses” que tiene el sistema).

 

10. Comunidades de información en lo alternativo

 

            “No podemos conocer quién está detrás de todos los productos y servicios que consumimos. En muchas ocasiones no sabemos cuál es la pauta más respetuosa con otros pueblos y con el medio ambiente. Pero si hubiera una comunidad de personas de la que nos fiamos cuya misión sea precisamente la de informarse, poner en práctica y divulgar estas cosas, ¿no nos prestaría un servicio utilísimo? (p.91-92).

            Como dice Eizaguirre, no puede uno por sus propios medios conocer qué y quién está detrás de cada producto, de cada banco, de cada organización, de cada propuesta de consumo. Por eso, si alguien nos ayuda a percibir los trasfondos de esas realidades nos está haciendo el gran favor de hacer luz para nuestras actuaciones. Además, hace añicos la excusa de que “nosotros no sabíamos”.

Hay muchos religiosos y religiosas que, con gusto, harían cosas en la dirección de un estilo de vida sostenible. Pero sus actuales estilos de vida no les permiten tener acceso a una información asequible. Esta comunidad se la podría proporcionar de maneras asimilables.

            Y lo mismo habría que decir de cara a la sociedad porque tampoco el ciudadano normal (que no lee mucho y se informa por encima) tiene posibilidades de ahondar de manera razonada en los problemas en los que está involucrado, en los torbellinos de estos tiempos. Una comunidad así podría ser una ayuda.

 

11. Comunidades que se preocupen por el futuro de los jóvenes y del mundo

 

            “Sin buscadores es difícil que la Iglesia encuentre caminos para evangelizar al mundo de hoy. Mientras tanto, los jóvenes tienen derecho a saber si en la Iglesia nos preocupamos del futuro y del mundo nuevo en el que van a tener que vivir” (J.A.Pagola) (p.121).

            La VR tiene suficientes preocupaciones con sus propios asuntos. Sin embargo, si la fraternidad y la profecía son entrega, una comunidad puede hacer suyas (y de hecho hace) los problemas que no son suyos. Por eso, para ejer la profecía y la fraternidad podría haber comunidades con la preocupación por el futuro de los jóvenes y del mundo como marco de identidad y de misión.

            Esto habría de llevarles a acercarse, estudiar, compartir y trabajar el futuro del para la VR (y para otras instancias también) “impenetrable” mundo de los jóvenes (piénsese, por ejemplo, en el interpelante asunto de los jóvenes en la noche). Y desde ahí, dando un formidable salto (verdadero sueño profético) preguntarse por el futuro del mundo (ahí es nada). ¿Cómo ayudar a dejar un mundo más habitable a las generaciones futuras, es decir, un mundo más humano?

            Puede parecer que esto no es competencia de la VR. Pero, ¿cómo podrá ella ser signo de “las realidades futuras” si el futuro no le inquieta? ¿De qué futuro, entonces, se pretender ser avanzadilla?

 

12. Comunidades de colaboración con el movimiento altermundista

 

            “Hemos hablado también de los que trabajan en los movimientos altermundistas: el Foro Social Mundial, las organizaciones de Derechos Humanos…A estos, como a nosotros, también les mueve la pasión por la humanidad, la indignación por las injusticias y la denuncia pública y valiente de éstas” (p.150).

            Muchos religiosos y religioso firmarían estas afirmaciones. Pero algo nos dice que la desconexión real con estos movimientos es evidente. ¿Qué presencia de la VR hay en ellos? ¿Qué colaboración real? Por eso, sería estupendo que una comunidad tomara como marco de vida y de identidad la participación en este movimiento altermundista de manera humilde y colaboradora (además de hacer luego trabajo de difusión en las comunidades, que buena falta nos hace).

            El libro de Eizaguirre ha sido escrito antes del movimiento del 15-M. ¿Qué opinión han manifestado nuestras comunidades ante ese movimiento? ¿Qué sintonía, qué aprecio, que amanecer de un sueño, qué despertar de conciencias, o lo contrario? ¿Cuántos religiosos y religiosas se han acercado a Sol, al menos acercarse? ¿Qué impresión les ha causado? ¿Qué comunidad ha llevado el tema a la mesa del discernimiento fraterno a la simple oración?

 

13. Comunidades de trabajo político

 

            “De eso se trata, de ser como Jesús: testigos de la verdad, sin tener miedo de pregonarla desde las azoteas (Lc 12,3). Entramos así en un nuevo ámbito, el de la participación ciudadana y política en la vida social. Como ciudadanos y como comunidades podemos intervenir en ella apoyando los programas y acciones que más defienden el medio ambiente, el comercio justo, la condonación de la deuda externa, los derechos humanos…y denunciando las políticas, las instituciones y las empresas que se oponen a ello. A ello nos referíamos antes al hablar de una vida honrada (o en justicia, siguiendo otras traducciones). Una vida que contribuya a la justicia y a la transformación de las estructuras injustas que cercenan la vida de nuestros semejantes” (p.82).

            Como se suele decir, “que ponga las reglas quien juegue”. Es decir, no podemos hablar de intervención o de denuncia en el ámbito de lo público si no jugamos en esa misma arena. O sea: hay que mojarse en el terreno político para poder decir algo sobre ese mismo terreno.

            Por eso, se podría pensar en alguna comunidad cuyos miembros, con formación necesaria, intervinieran en el terreno político y sindical como afiliados o como agentes que se mezclan a los problemas sociales y políticos reales. No es fácil, pero tiene que haber algún modo sensato de poner esto en pie. Ahí se podría ser instancia de humanización y aun de espiritualidad. Hoy esto está en la lejanía (además de que las trabas del Derecho eclesiástico son evidentes). Pero, al menos se podría pensar.

 

Conclusión

 

            Quizá todo esto sea ciencia ficción, al menos mientras no se abandone o se flexibilice el viejo paradigma en el que está enmarcada la VR en general. Pero como la profecía no muere, se puede generar pensamiento. Y dado el irrefutable hecho de que minorías en la VR caminan por estas sendas, no parece improcedente el soñar que, un día, se pueda ir de forma más decidida por estas sendas. Y si, como solemos decir, está naciendo un tipo nuevo de VR (visto que el antiguo parece que coincide con un fin de era), quizá sea en el ámbito social donde la VR encuentre una salida.

 

 

Casi el olvido

CASI EL OLVIDO

En Grecia y recordando a Pablo de Tarso

 

 

ATENAS I

 

Se desborda el sol

en la Atenas herida

y escuece su calor

hasta en el vuelo de las moscas.

 

Las cariátides han huido

sin contener la risa

y bailan inquietas

en la plataforma del metro.

 

Hipatia revive

en los ojos profundos

de una griega hermosa

de años iniciados.

 

La bella Atenea

levanta las manos

en la plaza Syntagma

ante la burla de la policía.

 

Todo el Olimpo

sigue vivo

en las calles de Atenas

hasta en el turbio camino

de los yonkis.

 

ATENAS II

 

Un ejército de rostros,

de gorras,

de cámaras,

de pantalones mínimos

asalta la Acrópolis.

 

Nada puede hacer

contra esa marea

el proverbial valor

de los aqueos.

 

Pasa la riada,

llega el silencio

y Atenea suspira

añorando los viejos tiempos,

bárbaros y recios

pero más vivos.

 

Por eso la Acrópolis

empieza a vivir

cuando la cierran

y se escucha el último cerrojazo

del lento portero.

 

ATENAS III

 

El tráfico tonante,

tormenta de humos y ruido,

apaga el sonido (¿existió?)

de las mandolinas

del Pireo.

 

La voz ronca y rota

del marinero comunista

que vocea sus panfletos

es la melodía que sobrevive

en este caos.

 

Parece que nadie la escucha,

pero es el grito con futuro

de este país “levantado”.

 

CORINTO

 

La misma canícula

que caía, tenaz,

sobre la calva de Pablo

quema, a fuego lento,

las ruinas de Corinto.

 

Debajo de alguna de estas piedras

de esta cuidad fantasma

tienen que esconderse

sus lágrimas y sus risas.

 

Las vendedoras de recuerdos

no se inquietan por ello;

su mirada está fija

en los números de su caja registradora,

casi exangüe.

 

DELFOS

 

Ruinas,

casi nada,

una pizca de nostalgia

en la admiración obligada

del turista.

 

El canto de los pájaros

en los barrancos de Delphi

que el mar escucha quieto

es lo más antiguo

que llega nuevo cada día.

 

Ni la belleza de Antinoo

se le puede comparar.

 

KAVALA

 

El olor a pintura

del patrón que repinta su barco

embriaga tanto

como el salitre

que desparraman

las gaviotas.

 

Acogedora ciudad,

mar amable.

no extraña que el errante Pablo

aceptara la invitación

del macedonio.

 

La falsa belleza

de los hoteles para turistas

no puede eclipsar el deterioro

de la otra Kavala,

la más verdadera,

la más viva.

 

FILIPOS

 

Allí sigue,

impertérrito,

el recodo del río

donde Pablo

bautizó a Lidia.

 

Los palacios imperiales han caído;

las grandes basílicas

exhiben sus muñones a lo alto.

Todo es ruina,

casi olvido.

 

Los visitantes van rápidos,

de ruina en ruina.

 

Pero allí sigue el recodo,

el arroyo humilde,

y la hermosura

de la valiente Lidia.

 

TESALÓNICA I

 

Las catacumbas

de Agios Demetrios

huelen a religión vieja,

en la concha oculta

de caracoles deshabitados.

 

La vida está fuera

en el estridente mitin

de Teodorakis

y sus secuaces,

en la plaza Aristotelous.

 

¿Cómo salir de la humedad,

del rancio olor a viejo,

hasta aposentarse

en la vida vibrante?

 

Es lo que Pablo,

mirando a la calle

con sus ojos de fuego

se habría preguntado.

 

TESALÓNICA II

 

Las raíces de la vieja Salónica

están en las cuestas empinadas

de su Albaicín griego.

 

La guardiana

del pequeño monasterio

de Vladatôn;

la señora que riega sus geranios

sin hacer caso

a tus preguntas de turista;

las refulgentes buganvillas,

los nemorosos huertecillos.

 

Allí están las raíces.

Los cafés,

los center Shopping,

las tiendas rutilantes

la tormenta trepidante de la motos

es follaje,

puro follaje.

 

1-10 de junio de 2011

El que no sueña, no vive

EL QUE NO SUEÑA, NO VIVE

El sueño de una comunidad que quiere vivir

 

            Esta frase pertenece al discurso de Ana Mª Matute al recibir el premio Cervantes en la pasada edición de los mismos. Sin soñar, se está muerto. Los sueños, los “inventos” mueven el corazón y la vida de las personas. Eso es un dinamismo. ¿Puede hablar una comunidad de “soñar” cuando ha palpado la fragilidad de sus personas y de su propio proyecto? La debilidad es compatible con los sueños, siempre que se sea mínimamente realista. Más aún, los sueños refuerzan la mística comunitaria cuando se intenta llenarlos de contenido. Abandonar los sueños lleva a enmudecer el proyecto de vida común. Y si el proyecto enmudece ya no queda como salida más que el sálvese quien pueda. Por el contrario alimentar sueños, compartirlos, perseguirlos, acariciarlos, asumir su desinfle cuando se desinflan son cosas que unen fuertemente a una comunidad.

 

  • No es de ingenuos tener sueños: Hablamos de sueños, no de ensoñaciones por las que no se mueve un dedo para que se hagan realidad. El dinamismo del sueño ha de ir acompañado de un evidente arremangarse para tratar de ir tras él. No importa si el sueño se cumple o no. Tenerlo ya es una suerte. Por eso, tiene sentido acariciar sueños, aunque no terminen de cumplirse del todo, o poco (o nada incluso). Mejor si se comparten, porque todo lo compartido sale potenciado. Son necesarios grandes y pequeños sueños.  Éstos nos son más cercanos, personales, cotidianos. Pero aquellos son también necesarios (el futuro del mundo, del Evangelio, de la solidaridad, etc.).

 

¿Cómo una comunidad adulta puede mantener vivos los sueños? Ha de ser tarea deseada, diaria, mezclada a lo social, mirando en la dirección del corazón, de lo vivo de la persona. Habría que apuntar a sueños “imposibles”: que la valla del corazón sea cada vez menos obstáculo, que los anhelos del otro saquen brillo a mis ojos, que  creamos 8ahec falta “fe”) que los sueños brotan cuando se es sensible y “jugoso” por dentro. Para ello, no sucumbir a la sequedad del alma, no ponerse en actitud de saberlo todo, de haberlo visto todo, no ir con el prejuicio por delante.

 

  • ¿No estamos para utopías?: Eso es lo que dicen algunos: que impera el pensamiento único, que el neoliberalismo arrasa, que la colonización cultural llega a todos los rincones de la tierra, etc. Y es verdad en parte. Pero la utopía sigue echándose al monte, que diría Serrat, y es necesaria como el pan de cada día. ¿Para qué sirve? Como dice Galeano, para andar, para no quedarse quieto, para no dormirse en el sueño de las potencias, para no arruinar la ilusión. Algo debe tener la utopía cuando el sistema la teme. Si fuera inocua, no la temería. Para nosotros puede ser un antídoto contra la rutina, que, quedamente, lo amenaza todo.

 

Es cierto que nuestros “sistemas” de vida comunitaria dan lo que dan (como todo “sistema”). Y, a veces, palpamos con fuerza los límites de esos sistemas. Pero también es cierto que la vida común vivida con alma puede alimentar nuestras más elementales utopías: la vida en bondad y disfrute, la libertad responder a las cuestiones elementales de la vida, la gozada de construir un camino de fe más allá de los meros parámetros de lo religioso, la posibilidad de vivir lo social con lucidez y humanidad hermanadas, una cierta vida “adespótica” a pesar de todo, en libertad.

 

  • El berbiquí de las preguntas: Un síntoma de tristeza y de muerte es que no se hagan preguntas (ya lo dice Jn 16,6). La pregunta, en sí misma, es ya un valor. Si hay respuesta, mejor; si no la hay, la pregunta nos espolea a buscar. Por eso, la pregunta tiene un valor en sí misma. Una persona, un grupo, una sociedad que no pregunta, es una realidad opaca, gris, casi muerta. No habría que cansarse de preguntar. Es síntoma y test de “juventud”. Por supuesto, habrá que preguntar con respeto y alejados de cualquier violencia o trampa.

 

La vida comunitaria puede ser un buen marco para las preguntas (no sé si tanto para las respuestas). La vida fraterna puede ayudarnos a la estimable tarea de mantener vivas y en pie las preguntas que no tienen respuesta 8empenzando por muchas de las actuaciones personales). Puede también colaborar a situar delante las preguntas interesantes: ¿por qué somos tan frágiles y como amar con la fragilidad incluida? ¿Por qué necesitamos tanta luz para iluminar lo oscuro? ¿Por qué cuesta tanto que brote la justicia para los náufragos?

 

  • La “loca” imaginación: Porque eso se nos ha dicho siempre, que era “la loca de la casa”: Algo de verdad tiene la cosa. Pero no es solamente locura, es también previsión por agradar, amar, ponerse en la persona del otro, preparar para que el otro viva mejor. Es, en definitiva, ponerse en el lugar del otro no solamente porque se le compadece, sino porque se le ama. Sin imaginación no se puede amar y tampoco creer (la fe si imaginación es algo un realidad muerta que mata).

 

Una vida común imaginativa, escapando siempre de la paralizante rutina. Una imaginación puesta al servicio del disfrute común, del bienestar común. Una falta de pudor para trabajar detalles que pueden parecer insignificantes pero a los que el amor llena de algún significado. Una actitud de fondo siempre previsora ante el otro, porque se piensa en él, se ora por él, se quiere que él viva en disfrute sosegado. Imaginación para imaginar una vida común en fácil sintonía con la realidad de los que tienen alguna dificultad.

 

  • Educar el deseo: Para que el deseo no sea mero capricho. Sin deseo estamos muertos. Hay que educarlo para que sea un deseo humano y social (aquello de que “el reino venga). Los deseos compartidos engendran amor; no compartidos, pueden derivar en caprichos inaceptables.

 

Compartir deseos es hacer comunidad en el cimiento de lo que somos. ¿Por qué no se puede soñar en un tipo de relación comunitaria donde compartir deseos sea posible? Una vivencia de Jesús como deseo compartido, una vivencia de lo social como deseo sintonizado por todos, una vivencia de la espiritualidad como anhelo e intuición común, una percepción de lo creado como casa común que se disfruta y ampara a la comunidad.

 

  • Las buenas pasiones: Porque casi siempre se nos ha dicho que son malas. Y las hay; pero también las hay buenas: la pasión por la belleza, por la justicia, por la espiritualidad, por el trabajo, por el deporte, etc. La mejor pasión es la pasión por lo humano; es la madre de todas las buenas pasiones. Cuando la pasión es fiel, mantenida, constante, “añeja” pero viva, es de buena calidad. La pasión de un momento tiene un interrogante encima. Y cuando la pasión se traduce en entrega y generosidad, la repera.

 

Una comunidad con un cierto apasionamiento, sin caer en las garras del desaliento. Un aire de libertad que, a veces, se pone por montera a la sensatez. Una intensidad en lo que se vive cada día que no deja mucho resquicio a los cansancios deteriorantes. Alimentar pasiones en comunidad, puede ser un hermosísimo sueño.

 

¿Puede esta “mística” ayudar a revitalizar una comunidad? Mirando la cruda realidad podría parecer todo esto “música celestial”. Pero, por lo menos, hablemos de ello, pongámosle el rostro de la palabra, compartámoslo. Y luego, que sea lo que Dios quiera. Pero renunciar a estos horizontes sería empobrecer mucho nuestra vida comunitaria. No lo hagamos en pro de la sensatez. Porque si lo anterior es insensato, ¿a qué nos vamos a agarrar?

NOS HIZO DE SU FAMILIA

NOS HIZO DE SU FAMILIA

(Materiales para una Pascua Juvenil Franciscana)

 

INTRODUCCIÓN

 

            Cuando decimos por ahí, a nuestros amigos, a nuestra familia, que vamos a celebrar la Pascua enseguida piensan en misas, en rezos, en procesiones, en cosas así. Los más profundos dicen que la Pascua es el “misterio” de la salvación. Pero, en realidad, la cosa es más simple: celebrar la Pascua es, simplemente, entender que Jesús nos hizo de su familia.

            Tú tendrás experiencias, y las podrás contar, de familias que, sin ser la tuya biológica, te admitieron como de su familia: comías con ellos, ibas a su casa, participabas de sus alegrías, te tenían por uno más del grupo, hasta, quizá, tenías o tienes llave de su casa. A veces hemos experimentado que alguna de estas familias era tan importante como la familia propia. Es que “ser de la familia” es realmente un hermoso misterio. Es el misterio de la relación, del amor.

            Pues bien, has venido a esta Pascua Juvenil para celebrar este misterio de una familia de verdad que acoge a toda persona, aunque sea distinta, diversa, diferente. No es una familia estilo hippie con un líder al que todos veneran y unas normas raras que todos obedecen. No es eso. En la familia de Jesús nadie pierde lo que es, se le acoge como es. Se le respeta en su libertad y en su diferencia. Es una familia de ancho abrazo, no una secta rara.

            Los mayores suelen decir que Jesús murió para salvarnos. Pero, en realidad se podía decir que empeñó su vida para hacer ver que somos familia, que los humanos somos familia, que somos familia incluso con las cosas, con los animales, con la creación. No es poesía barata, sino una verdad básica.

            Francisco de Asís llegó a tenerlo muy claro: cuando él llamaba “hermanos” no solo a las personas, sino incluso a los cosas, creía de verdad que había una cierta hermandad, un vínculo familiar. Por eso, no toleraba la violencia entre quienes son familiares, de ahí que respetase siempre la manera de ser de las personas y se admirase de la diversidad y hermosura de las cosas. Él sí que entendió lo que era “ser familia”.

            ¿No te parece que, viniendo a esta convivencia, con estos amigos y amigas tuyas a los que, sin vergüenza puede llamar “hermanos”, estás haciendo parte de una familia básica? No mires a quien tienes delante solo como un colega de convivencia. Intenta mirarlo como si fuera de tu familia. Verás que la cosa cambia.

            La Palabra de Dios nos va a ir guiando estos días. Si la lees con cuidado, si la piensas, si la acoges, verás que, en el fondo, lo que quiere decirte es justamente algo de esto: Jesús te ha hecho de su familia, a ti y a tus amigos y amigas. Disfruta de esta casa en la que se acoge y se te quiere. Ese es el fondo y el sentido de la entrega de Jesús.

 

Para preguntarse:

 

  1. ¿Te has sentido “como en casa” en una familia o grupo distinto al tuyo?
  2. ¿Te parece interesante eso de que el “misterio” de Jesús es hacernos parte de su familia?
  3. ¿Cómo decir a la gente de hoy que la tienes por hermana?

 

 

 

 

 

JUEVES SANTO: MI CASA ES TU CASA

 

            Te puede parecer ciencia ficción, pero si lees con atención el texto del Evangelio que hoy utilizaremos en la celebración de la tarde (Jn 13,1-15), hay en la penumbra un personaje que en Mt 26,18 se menta: “Id a la ciudad a casa de Fulano y dadle este recado: El Maestro quiere celebrar la Pascua en tu casa con sus discípulos”. Imaginad un poco: yo soy ese “Fulano”. Llamadme, si os parece, Yohanán, Juan. Muchos nos llamábamos así en aquella época. Jesús quiso cenar en mi casa. Hizo de mi casa su casa, aunque, en realidad, luego vi que era él quien me admitía a su familia.

            Yo le vi lavar los pies a sus discípulos. Aquello les contrariaba. ¡Qué Mesías de nada era aquel que lavaba los pies como un siervo! Percibí que no le entendían. Ellos querían un Mesías potente, milagroso, brillante, a cuya sombra ellos iban a sacar algo en limpio. ¡Y se ponía a lavar pies! No entendían que les estaba diciendo: si soy capaz de lavarte los pies con cariño, es que mi corazón, mi vida, puede ser casa tuya. No estás desamparado, no tienes que hundirte cuando las cosas no van bien, tienes una casa donde se te quiere como eres. No lo entendían, pero él seguía lavándoles los pies con el mismo cuidado.

            La repera fue cuando se acercó a Pedro: él no se dejaría lavar los pies jamás. Eso era denigrante para Jesús y, de rebote, para él, porque, ya decimos, ¿qué se podía esperar de un Mesías que lava pies? Sin que se le alterase un músculo, aunque la procesión iba por dentro, Jesús dijo a Pedro la frase más “amenazadora” que hay en todo el Evangelio: Si no te dejas lavar, no tienes nada que ver conmigo. Algo se iluminó en la cabeza de Pedro: entendió que lo de menos era el tema de los pies, que le estaba abriendo la puerta de su alma, de su vida, de su casa. Por eso reaccionó con aquella desmesura de siempre: entonces, lávame todo.

            Con el tiempo yo, Yohanán, estuve con aquel grupo de seguidores de Jesús cuando se rehicieron del hachazo de la muerte violenta de Jesús. Ellos comentaban aquel episodio del lavatorio de los pies que les marcó. Decían que ahora veían que les estaba abriendo la puerta de su casa, que les estaba invitando a una profunda amistad, que lo suyo no era salvar a nadie, sino abrazar a todos, fueran como fuera. Que su gran empeño era que viéramos que no estábamos solos, que nunca quedaríamos a la intemperie, que en algún lugar siempre nos esperaba alguien, él siempre nos esperaba.

            Esto de “mi casa es tu casa” nos suena un poco a E.T. Y hacemos un chiste. Pero, en realidad, todos anhelamos tener una o varias casas, porque la sed de amparo y de abrazo de los humanos es insaciable. Hay un dicho castellano que suena así: “¡Qué se puede esperar de quien no tiene hogar!”. Pongámoslo en positivo: Lo mejor de nosotros se puede esperar porque tenemos hogar (varios hogares cálidos).

            Hoy es Jueves Santo: trata de ser hogar para otros, aunque sea un poco. Abre tus “puertas” sin miedo. Escucha, acompaña, sé paciente. Mira lo de dentro de la persona, no te quedes en las apariencias. Todas estas cosas es como “lavar los pies”, decir con el lenguaje de la vida que mi casa puede ser la tuya, si quieres.

 

Para pensar y dialogar:

 

  1. Cuéntanos alguna experiencia personal de haber tenido “una casa” (además de la tuya natural).
  2. ¿Qué hay que hacer en nuestros grupos para sentirse en ellos como en casa?
  3. Francisco de Asís quería que sus seguidores fuesen “hermanos”. ¿Está trasnochado este anhelo?

 

VIERNES SANTO: UNA FAMILIA DONDE SIEMPRE SE AMA

 

            Yo me llamo Lidia. Soy aquella “criada que hacía de portera” que recordaréis de pasada esta tarde cuando leáis el relato de la pasión (Jn 18,17). Le puse en un gran apuro a Pedro por dos veces. Él, “echando maldiciones” (Mt 26,74) negó varias veces que era discípulo de aquel preso. Resultaba peligroso significarse. Y no tuvo empacho en abandonarlo a su suerte. Miraba yo a Pedro y me decía: ¡Hombres! Cuando más falte hacen, no los encuentras. Me di cuenta de que el preso, cuando salió del interrogatorio miró a Pedro a los ojos y éste, escabulléndose, salió fuera. Me percaté que estaba llorando (Lc 22,16).

            Seguí luego el cortejo, pobre y triste, de aquel que iban a crucificar. Solamente un grupo de mujeres aguantó hasta el final. Había dicho Jesús que “lo iban a dejar solo” (Jn 16,32). Y así fue. Ninguno de su grupo, excepto aquellas pocas mujeres, apareció por allí. Ni de lejos. Lo dejaron solo con su pena y su triste destino.

            Pero luego, frecuenté el grupo de cristianos y muchas veces les escuché decir: siempre nos amó. Incluso cuando lo abandonamos, él nos siguió amando. Lo comprobaron porque lo sentían vivo junto a ellos. Les apenaba el no poder decirle ahora: Gracias porque nos amaste siempre. Pero ellos tenían aquella certeza en su corazón, como un tesoro.

            Un día la cosa fue más lejos. Alguien dijo: ¿Por qué nos amó siempre? Y fue muy buena la respuesta de una mujer: el amor verdadero hace pocas preguntas. No habría que preguntarse tanto ¿por qué nos amó? , sino si nosotros seríamos capaces de amar como él.

            A quien Jesús ha hecho de su familia, nunca le dejará de amar. Eso decían nuestras antiguas Escrituras cuando hablaban de la alianza: nunca os dejaré, decían los profetas. En Jesús lo vimos, nos amó siempre, incluso con nuestra traición. Muchas veces nos preguntábamos extrañados: ¿Cómo pudo dar a Judas el “pan untado”, como pudo besarle si le traicionaba? Nunca dejó de amarlo. Quizá ese amor fue su casa y las cosas no ocurrieron del modo en que nos contaron (que “se ahorcó” y todo eso).

            A Clara de Asís le preguntaban los compañeros de san Francisco qué pensaba ella de aquel asunto raro de las llagas que tenía en su cuerpo. Y ella decía que las curó sin hacer preguntas y que el amor había hecho con él una copia del Amado. Y añadía: “Me pregunto muchas veces si seré capaz de amar tanto”.

            Hoy vas a leer el relato de la pasión. En la forma quizá sea un relato de pena, de sufrimiento, de humillación. Pero, en el fondo, es un relato de amor, la evidencia de que siempre nos amó, incomprensiblemente, genialmente. La familia de quien ama a Jesús ha de aspirar a amar siempre. Aunque haya fallos y caídas, hay que volver al amor siempre. Ojalá nuestros días, como los de Jesús, no se alejen nunca de un amor sencillo y vivo.

 

Para pensar y dialogar:

 

  1. ¿Crees que “amar siempre” es imposible?
  2. ¿Cómo amar al otro cuando las cosas no van bien?
  3. ¿Te parece interesante leer la pasión de Jesús como un relato de amor?
  4. ¿Es una ingenuidad hablar de un Jesús que te ama hoy?

 

 

 

 

SÁBADO SANTO: SER FAMILIA SIN TEMOR

 

     Yo acompañé a María Magdalena al sepulcro. El Evangelio me denomina como “la otra María” (Mt 28,1). La acompañé y tuve el mismo temblor cuando vimos que lo que vimos. Muchos estudiosos del Evangelio harán sesudos análisis de “lo que vimos”. Siempre quedará la cosa un poco en la penumbra, como deben quedar las cosas del amor. Pero a mí, lo que se me metió en el alma fue aquello que repitieron tanto el ángel como el mismo Jesús: No temáis.

      Luego lo dirá claramente otro escritor del Nuevo Testamento: el amor echa fuera al temor (1 Jn 4,18). Eso me pasó a mí: eché fuera el temor porque me inundó el amor. Me decía: si lo amo, ¿por qué voy a tener miedo? Y una fuerza me nació dentro.

      Entonces entendí por qué ese sonsonete de “no temáis” lo repitió tantas veces Jesús en su vida. Lo contrario de la fe y del amor no son las ideas que uno puede tener, lo contrario es el miedo. Con miedo, con desconfianza, con reticencias, no se puede amar.

      Él quería que en su grupo no hubiera temor, porque de lo contrario no habría amor. De ahí que animara tanto a echar fuera el temor. Porque cuando hay amor no hay sitio para el temor y al revés.

      Habrá quien explique esto de su resurrección con palabras profundas y hará bien porque la cosa es de hondo calado. Pero yo entendí que lo de la resurrección tiene que ver mucho con el temor echado fuera. Creer en el resucitado es vivir sin temor, entender al otro sin temor, no creer que los demás, aunque sean distintos, me van a hacer daño siempre.

      Una familia de gente sin temor, así es la familia de Jesús, el grupo de quienes lo aprecian. Incluso, aunque el corazón tiemble, se puede hacer parte de la familia de Jesús. Él y los amigos se encargarán de ayudarnos a que el temor se vaya quedando a la puerta.

      Francisco de Asís le hizo una vez una confidencia a Clara. Le dijo: Yo, ya no tengo miedo; el único miedo es que a ti te pase algo por seguirme en pobreza. Y Clara, como siempre, fue contundente: si tienes miedo, aún no eres cristiano. Toma.

      Te interesa formar con tus amigos y amigas, con toda persona, la familia de Jesús, pues tienes que confiar más, tienes que intentar sobreponerte a los miedos, no puedes obrar siempre con desconfianza.

      Cuando esta noche en la Vigilia de Pascua leas el relato que habla de mí, de “la otra María”, que cale en tu corazón el mensaje del ángel y del mismo Jesús resucitado: tranquilo, tranquila, no tengas miedo.

 

Para pensar y dialogar:

 

  1. ¿Te cuesta controlar tus miedos? ¿Qué te ayudaría?
  2. ¿Te parece interesante que la familia de Jesús esté hecha por gente “sin miedo”?
  3. ¿Te gusta que Clara de Asís sea una mujer valiente, sin miedo?
  4. ¿Crees que la resurrección puede entenderse como un vivir sin miedo?

 

 

 

 

 

DESIERTO: FAMILIA DE DIVERSOS

 

     El “desierto” es hacer silencio fuera para que dentro haya ebullición, vida, pensamiento, amor. Es algo raro: por fuera soledad, silencio, tranquilidad, sosiego. Por dentro miradas, pensamientos, vida, movimiento. Así han sido siempre los “desiertos”. Así fue incluso el desierto de Jesús.

      Estás reflexionando estos días en el marco de la convivencia de los grupos franciscanos sobre esa maravilla que es ser familia para otros, construir los caminos bonitos, pero difíciles, de una relación humana y cristiana saludable. Da un paso más: ¿Cómo ser familia si somos tan distintos, si pensamos tan distinto, si nuestros gustos son tan diversos, si provenimos de regiones y de familias alejadas, si nuestra manera de ver la vida es, con frecuencia, muy diferente? ¿Se puede ser familia con estos materiales tan dispares?

      Se puede por dos razones: una, porque por muy distintos que seamos, tenemos un mismo denominador común: nos queremos, nos apreciamos, nos miramos bien. Nos interesan las vidas de nuestros amigos, nos preocupamos por ellos, sus alegrías nos alegran y sus penas nos entristecen. Si hay amor, la diversidad queda superada, englobada, asumida. Y además por otra razón: porque lo diverso nos enriquece. Si todos fuéramos iguales es fácil entender que la cosa sería muy aburrida: todos con los mismos gustos, con la misma ropa, con las mismas ideas, con los mismos sueños. Como robots.

      La familia de quienes apreciamos a Jesús de Nazaret y a Francisco y Clara es una familia hecha con gente diversa que se aprecia y se enriquece en la diversidad. Francisco nunca puso condiciones iguales para todos, caso de que quisieran pertenecer a la fraternidad franciscana. La única condición es que consideraras al otro como hermano, fuera como fuera.

      Una vez Francisco quiso mandar a sus frailes a que anunciaran el Evangelio. Y para elegir el lugar les hizo dar vueltas sobre sí mismos, como hacen los niños cuando quieren marearse. Donde caía la cabeza, por ahí tenían que ir a predicar. No es un chiste. Francisco está queriendo decir a los hermanos que, caiga la cabeza donde caiga, ahí pueden tener una casa, una familia, un amor. Porque todo el mundo es casa de amor para el hermano menor.

      Esto resulta imposible si te quedas en lo externo, en lo que nos diferencia, en los gustos y manías que nos hacen distintos. Es preciso bajar al corazón que nos une, que nos asemeja, porque todos los corazones funcionan igual: quieren amar y ser amados. Así de simple, aunque a veces no lo parezca.

      En la tranquilidad de tu “desierto” piensa en las personas con las que te relaciones. Mira si puedes ir asimilando poco a poco las diferencias. Entiéndelas como una gran suerte, como una riqueza. Y sobre todo piensa: puedo amar al otro aunque sea diferente. Así de simple.

 

Para pensar y dialogar:

 

  1. ¿Tienes mucha dificultad para aceptar las diferencias de los otros?
  2. ¿Te parece posible que en los grupos franciscanos se acepte con facilidad al diferente?
  3. ¿Te resulta fácil ver a un Jesús que acoge a los distintos?
  4. ¿Se puede ser persona que aprecia a Francisco queriendo solamente a quienes me caen bien?

 

Taller de jubilación 2011

Taller de jubilación

Vitoria 19 de febrero de 2011

 

EL HORIZONTE ES BRUMA,

ES CIELO Y ES ESCARCHA

La misión en la etapa adulta de la Vida Religiosa

 

Cuando la persona adulta encara el tramo final de su vida quizá en su horizonte (esa línea hacia la que se camina pero nunca se alcanza) haya bruma, cielo y escarcha. Bruma en la medida en que muchas quedan en lo oscuro, en lo no explicado, en la pregunta que no ha tenido respuesta. Es preciso encajar esto con la mayor humanidad posible. También hay cielo, logros, pequeños éxitos, valores conseguidos, lugares y corazones a los que se ha llegado. Y, cómo no, hay en ese horizonte escarcha que habla de amaneceres, de posibilidades, de escalofríos que buscan soles, de caminos andados. Los poetas tienen la virtud de hacer elocuentes a sus bellas palabras, de sugerir lo que, de una u otra manera, todos sentimos. El regalo de este título viene en un poema de Elisa Martín Ortega que reza así:

 

Desierto de Judea

 

Hoy el sol de la tarde tiene un nombre escondido.
Se oculta en el abismo
de nuestras manos,
acompaña al silencio de las dunas.
El horizonte es bruma, es cielo y es escarcha,
mientras la tierra, azul y sinuosa,
acoge nuestras sombras, y las borra
entre sus pliegues.

 

Sólo respira el aire:
mi cuerpo a la intemperie.
Y sin embargo,
una voz me reclama
donde acaba la piel,
donde la arena duerme,
la misma voz que sorprende en secreto
a mis ingenuos ojos,
y presta me ha traído
a este valle de ausencias,
a este hermoso campo
que aún guarda el dolor
del paraíso.

 

            Al plantear el tema de la misión en la etapa adulta de la vida religiosa estamos situándonos, lejos de lamentos y de pérdidas, en el terreno de lo realmente posible: la etapa adulta de la vida religiosa es un marco interesante para un replanteamiento de la misión cristiana, para conjurar el fantasma de que los años sean causa o excusa para apearse de la misión, para descreer de una sociedad que piensa que ser mayor y no tener nada que hacer es lo mismo.

            Un taller con este tema puede ser una pequeña ayuda para animarse a retomar las riendas de la propia vida y lanzarse a una misión fecunda o, más modestamente, para iluminar la “acción misionera” del religioso/a adulto y contribuir a darle más contenido.

 

1. Una nueva vivencia de la misión cristiana

 

            La vieja idea de misión (convertir infieles, dicho de una forma tópica) fue fuertemente sacudida y reorientada por el Vaticano II cuando habló de inculturación, de semillas del verbo, de diálogo interreligioso, etc. Fueron conceptos “revolucionarios” que afectaron mucho a los agentes de evangelización de la época (recordemos a Alejandro Labaka, por ejemplo). Pero la realidad es que de aquello hemos derivado en una acción evangelizadora mucho más moderada y resuenan los viejos conceptos de antaño: evangelización explícita, confesión directa, recristianización de Europa, raíces cristianas, etc. Los viejos dinamismos de fondo (la supremacía cultural y  la universalización de la fe) vuelven a sonar de nuevo.

            Pero, por otra parte, algo nos dice a los cristianos de a pie y a los religiosos/as con ellos que se ha ampliado el concepto estrecho de misión y aunque la misión “ad gentes” quede como paradigma excepcional, nos hemos percatado que las vidas sencillas de cada uno de nosotros/as, en la medida en que sean significativas (más que relevantes) puede ser y son marco para la misión. Se puede hacer misión en el marco fraterno y social en el que me muevo cada día. Este sí que es un concepto “revolucionario” en la idea de misión, por muy sencillo que se vea. Aquí es donde queremos decir cómo la vida religiosa adulta puede hacer misión, porque ese ámbito de vida sencilla es normalmente el suyo.

a)       La misión en lo cotidiano de la vida: Toda persona puede hacer misión independientemente de sus circunstancias personales y vitales. La misión engarza a lo que uno vive, sea lo que sea. Esto desbanca la idea de misión como algo excepcional. Es en lo corriente donde habrá que aplicar la espiritualidad de la misión cristiana. Por lo tanto, los trabajos de misión son trabajos comunes, para toda persona interesa por el Evangelio, no para gente con un perfil determinado.

b)       Una misión no proselitista sino testimonial: La misión no consiste en conseguir más adeptos para una determinada confesión (¿para qué necesitamos ser más?), ni de convertir a nadie, sino de lo que se trata es de ofrecer el testimonio de un cierto estilo de vida (bondad de corazón y vida sencillo) que dimanan de haber incorporado a la propia vida un estilo evangélico. Y, por lo mismo, no deriva de aquí ninguna imposición u obligación, sino que se hace en los modos de la oferta, del compartir, del ofrecer lo que uno cree que es bueno.

c)        Una misión que va más allá del concepto de lo útil: Porque muchas “misiones” que lleva entre manos la vida religiosa se justifican por su utilidad: la enseñanza, la sanidad, la solidaridad con las pobrezas, la cultura, etc. La misión de la vida adulta, dado que con frecuencia le es vetado el trabajar en lo útil, tiene que situarse más allá de eso. No es una misión únicamente para el desarrollo de ciertas facetas del hecho humano, sino para la construcción de una sociedad más humana, más sensible al débil (núcleo de la misión), una misión para el logro de una mayor felicidad (preocupación de Jesús, no tanto preocupación por el pecado), misión para una trascendencia no religiosa sino espiritual.

d)       Una misión de diálogo incansable y de acogida apacible: Porque sin diálogo las ideologías esgrimen sus espadas y sin acogida un mensaje es pura frialdad. La vida religiosa adulta puede hacer un acto de fe en el diálogo (¡cuántas personas mayores inflexibles!) y practicar la humilde acogida siendo el “saco” donde las personas quieren vaciar sus propias tribulaciones.

e)        Una misión de amor a flor de piel: Porque misión y amor han estado a veces alejadas (han estado cerca misión e ideologías). Los religiosos/as adultos/as no habríamos de temer que nos vea a flor de piel actitudes, palabras y comportamientos de hondo amor, de ternura, de sensibilidad amable. No se trata de ñoñerías, sino de hacer ver que un estilo de vida evangélico es de los más cálidos. La misión habría de deshacer el hielo en que, con frecuencia, va vertido el hecho creyente.

¿Se puede plantear así la misión de la vida religiosa corriente? De hecho se está ya viviendo en muchas vidas. Muchas personas han llegado a la conclusión de que un talante así puede ser “misionero”, puede cumplir aquel empujarnos de Jesús a anunciar que el reino ha sobrevenido a nosotros y que está en el interior de la vida, en la profundidad de los días, por muy anodinos que se los quiera.

 

2. La continua vuelta a la misión evangélica

 

            Esta espiritualidad de la misión se debe, claro está, a su raíz evangélica, a la manera como Jesús ha planteado el hecho de la misión cristiana. Siempre habrá que tenerla como referente. Como un breve apunte reflexivo, voy a tomar un texto de la regla franciscana porque Francisco de Asís que no tuvo obras propias, las rechazó siempre (aunque luego los franciscanos hayamos ido por otros derroteros) deja ver de forma nítida cómo es esa misión en la vida sencilla y cotidiana.

            En su regla él escribió un capítulo insólito: “De cómo los hermanos han de ir por el mundo”. En su tiempo, siglo XIII, un monje que leyera esto abría los ojos de par en par: ¡Cómo, diría, un buen religioso lo que tiene que hacer es justamente lo contrario, quedarse quieto en su convento! Pero Francisco, como Jesús, es hombre de caminos y cree que es en los caminos, en el ir y venir de la vida, donde hay que hacer la misión del Reino.

            El texto en cuestión es el siguiente:

 

Cuando los hermanos van por el mundo, nada lleven para el camino: ni bolsa, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni bastón (cf. Lc 9,3; 10,4; Mt 10,10). Y en toda casa en que entren digan primero. Paz a esta casa. Y, permaneciendo en la misma casa, coman y beban lo que haya en ella (cf. Lc 10,5.7). No resistan al mal, sino a quien les pegue en una mejilla, vuélvanle también la otra (cf. Mt 5,39). Y a quien les quita la capa, no le impidan que se lleve también la túnica. Den a todo el que les pida; y a quien les quita sus cosas, no se las reclamen (cf. Lc 6,29 - 30). (1 Regla cap.14).

 

Para asimilar un texto así (como para hablar de misión cristiana) quizá haya que dejar de lado el rubor que nos causa el poner sobre la mesa de la vida (lo dejamos para la capilla o el estudio) el texto evangélico. Lo que dice el Evangelio puede hacer parte de los caminos diarios del creyente. De lo contrario, ¿para qué sirve el Evangelio?

  • Caminar sin nada o la cuestión de la confianza: El Evangelio tiene como uno de sus criterios la confianza: ¿tú en quién confías realmente? Una misión en la desconfianza se orienta a apoyarse en valores seguros (dinero, despensa, comida, bienes, armas), mientras que la misión del reino se apoya en el corazón de las personas. Si no confías en el corazón el otro, hablar de misión del reino es música celestial.
  • De la misión tiene que brotar automáticamente un sentimiento de paz y de gozo: Si la misión provoca tensión, confrontación, dialéctica o cosas peores, esa no puede ser la misión del reino. La buena señal de la misión es que si aquellos con los que te relaciones (e incluso les hablas de fe) se muestran tranquilos y tranquilamente siguen con su vida (aunque con un poquito más de luz), buena señal.
  • La misión tiene que hacer entender que toda casa puede ser tu casa: Es decir, que, si entregas el corazón, cualquier lugar, cualquier situación, cualquier ámbito, puede ser de algún modo casa tuya. Porque lo importante es ser albergado por un corazón, no tanto estar de acuerdo con unas ideas o funcionar en parámetros aceptados por la moral más sistémica.
  • La misión no encaja por ningún lado con el litio, con la disputa sobre algo: Si se disputan adeptos, bienes, privilegios, honores, no puede hacerse ahí la misión cristiana. Todas las energías se van en la disputa y el Evangelio queda totalmente desplazado.
  • Sin generosidad no es posible la misión: La generosidad es otra de los ingredientes evangélicos que están en todas sus salsas. Mientras se ande mirando con lupa lo que gasto, lo que doy, lo que invierto, es muy difícil hacer misión evangélica. Si apunto todo lo que hago, si quiero pasar siempre factura, si no incluyo en mi vocabulario real la palabra “gratis” es muy difícil la cosa.

 

3. La misión en la etapa de una vida religiosa adulta

 

            Ya hemos dicho que la etapa de la vida religiosa adulta es óptima para este tipo de misión en lo cotidiano, en el marco de una vida normal. Hay hermanos/as que en esta etapa han descubierto como una “segunda vocación”, un camino de entrega en cosas que, con frecuencia, no son propias de su carisma pero que sí lo son de un comportamiento cristiano. Y aunque no tuviera ese carácter de segunda vocación, la misión en la vida religiosa adulta es una realidad al alcance de la mano.

            Quizá para eso haya que cambiar un poco de parámetros, de paradigma y hasta de una cierta ideología. Habrá que ser más eclesial, más social y, indefinitiva, más humano porque la razón de la misión es una razón de humanidad. Con los parámetros fijos de siempre, con el interior intocable, es difícil atisbar este tema de la misión adulta.

            Además, quizá sea en muchos casos necesario el ir más allá de los estereotipos carismáticos: yo, que pertenezco a la enseñanza, no sé hacer otra misión que enseñar, etc. La vida demuestra de mil maneras que eso (además de que ciertas edades ya no es posible) no es así: uno/a, con anhelo y buena voluntad, puede hacer cosas sencillas pero maravillosas. Vamos a sugerir algunas de ellas en general (la concreción tendría que hacerla cada uno/a).

1)      Misión de escucha: Hay mucha gente que quiere hablar, que se le escuche, nada más. Saben que sus problemas no tienen soluciones, tampoco las buscan. Pero quieren ser escuchadas no solamente por desahogarse, sino porque son personas. Escuchar, sobre todo, a gente que lo pasa mal. Las puertas de casa habrían de estar abiertas para quien quiera hablar.

2)      Misión de acompañamiento: Es una misión divina: Dios nos acompaña siempre, como lo decía Jesús (Jn 16,32). Acompañar es pasar un ratito con alguien que está mordido por la soledad. Pero también puede ser una vocación, una dedicación explícita. Y las personas que demandan acompañamiento son muchas, lo sabemos.

3)      Misión de cercanía: Hacerse presente en lugares de vida, en ámbitos ciudadanos, no solamente en marcos religiosos. Mirar cómo vive la gente con dificultad. La lejanía nos lleva a la insensibilidad y desde ahí es imposible hacer misión cristiana de ninguna clase.

4)      Misión de consuelo: De recoger lágrimas, de encajar llantos y lamentos, de hacerse cargo de vidas y situaciones que no son las mías. Nuestra respuesta ante el dolor ajeno nos constituye en sujetos morales, nos dice qué tipo de personas somos. Y el ámbito de sufrimiento es inmenso en hospitales, casas de salud, enfermerías, personas impedidas, enfermos de toda índole.

5)      Misión de trascendencia ofrecida, de espiritualidad: No misionar tanto desde lo religión, desde el catolicismo, sino desde la sed de Dios que uno experimenta y que experimentan muchos. Vivir y vibrar ante el Dios oculto, ante el silencio de Dios, ser apóstoles de ese silencio como prueba de amor, de libertad para que no se le manipule. No cansarse de decir que Dios hace parte de nuestra existencia, sobre todo cuando ésta se duele más. Enseñar no tanto a rezar, sino a buscar a Dios. Ofrecer no tanto oraciones, cuanto búsquedas compartidas.

6)      Misión de silencio lleno: Porque se llega a edades adultas en la vida religiosa sin haber tenido tiempo para leer, para orar, para pasar en la naturaleza, para disfrutar de la belleza sencilla. Todo esto son técnicas de ahondamiento, de recuperación de la profundidad, contemplativas. La edad adulta puede ser tiempo óptimo para estos reconfortantes trabajos. Llenar el silencio hace que el fantasma de la soledad (muy propio de la edad adulta) sea conjurado.

7)      Misión de oración ahondada, redescubierta: Porque se llega a la edad adulta habiendo rezado mucho y sabiendo rezar mucho. Pero orar es otra cosa. Aprender el ahondamiento, el disfrute, el tiempo sosegado, la oración de presencia, demanda redescubrir el camino de la oración personal. ¿Nos vamos a ir al otro mundo sin haber dado con  un camino fecundo de oración? ¿Cómo vamos a hacer la misión de la oración ahondada si nosotros no somos los primeros “consumidores”? ¿Vamos a enseñar sin haber aprendido?

8)      Misión de amparo fraterno: De opción renovada, elegida a diario, por la comunidad en la que vivo: amparar a los hermanos/as más débiles, amparar a quien anima a la comunidad, amparar los proyectos que surgen, aparar todo tipo de colaboraciones sencillas. Desterrar el sentimiento de que como soy mayor todos me deben servir.

9)      Misión de libertad conquistada: Porque los mayores habríamos de ser personas de libertad, ya que no tenemos nada que perder. No deberíamos ser tan “pudorosos” a la hora de poner encima de la mesa el Evangelio. No habríamos de temer los riesgos innecesarios. Gente libre que controla sus miedos. Estos/as sí que son buenos “misioneros/as”.

10)  Misión de resistencia lúcida: La adultez tendría que habernos enseñado a no quebrar a la primera contrariedad. En la resistencia habita la esperanza, dice Galeano. La misión se hace en la resistencia: “cuando os despidan de una ciudad, marchad a otra”. Para hacer misión hay que estar vacunado contra el desaliento.

La conclusión de todo esto parece clara: hay que salir más a la calle porque ahí se cuece la vida y ese debe ser el marco de la misión. Es preciso que lo que aquí se ha dicho genéricamente se vaya concretando porque uno de los riesgos de la vida cristiana es la inconcreción y dejar las cosas para la semana que no tenga jueves. Y hay que insertar estos anhelos en el marco de lo comunitario porque no hago misión únicamente desde mis búsquedas, sino desde la comunidad. Es raro que si comunidad y personas vibren por los mismos anhelos evangélicos no lleguen rápidamente a un acuerdo.

 

4. Taller: La misión más allá de los 65

 

1. Objetivo

 

            Como hemos dicho, para conjurar el riesgo de inconcretez hay que hacer trabajos de acercamiento a la realidad. Es en ella donde habrá que plantear la misión de la vida religiosa adulta.

            En concreto, se trataría deponer sobre la mesa experiencias sencillas de misión que tengan estas características:

  • Que sean “nuevas”: que tengan algún punto de novedad respecto a la vida que uno/a ha llevado antes (si antes era enseñante, ahora va a la prisión, por ejemplo).
  • Que sean “concretas”: no vale decir que se reza por los pobres, algo más concreto y con perfiles definidos.
  • Que sean “compartibles”: es decir, que no sean tan peculiares que no las pueda hacer más que uno/a y nadie más.

 

2. Trabajo en grupos

 

            Se hacen los grupos y se reúnen durante una hora. Una “secretaria/o” toma nota de lo esencial para colaborar luego en la puesta en común.

 

3. Puesta en común

 

            Los secretarios/as de cada grupo exponen únicamente dos experiencias, las que ellos consideren oportunas. Luego, si hay tiempo en el diálogo, se pueden ampliar las experiencias.

 

5. Conclusión de la jornada: memorial

 

            Se trataría de poner en común unos pocos rasgos, unas pocas frases, en torno al tema de la misión en la vida religiosa adulta que quedaran como unos lemas para el recuerdo y para la práctica (eso es un “memorial”).

 

 

Fidel Aizpurúa Donazar