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FIAIZ

Juan 43

CVJ

Domingo, 25 de abril de 2010

 

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

43. Jn 7,25-31

 

Introducción:

 

                Una de las maneras de calibrar (aceptando o rechazando) a las personas es hacerlo por su origen: es de mi tierra, de mi país, de mi pueblo, es bueno; es de otro pueblo, de otro país, de otra tierra, ojo. Es  de mi grupo, de mi nivel, de mi religión, es bueno; es de otro grupo, de otra religión, de otro nivel social, ojo. El origen nos condiciona mucho y casi para siempre. Sin embargo, habría otras maneras de valorar: ¿es una persona?, venga de donde venga, es buena. ¿Es una persona espiritual?, sea de la religión que sea (o sin religión) es interesante. ¿Es una persona solidaria?, tenga su piel el color que tenga, es buena. Romper los prejuicios del origen es una tarea todavía necesaria, porque nos reconforta anclarnos en nuestros orígenes considerados como buenos a la vez que rechazamos los de los otros como dudosos o malos. ¿Y si calibráramos por la bondad, la humanidad, la solidaridad, el amor? Otro gallo nos cantaría.

                Jesús ha tenido muchas dificultades entre sus paisanos por causa de su origen: era pobre, casi un paria, humilde y oscuro, un origen de pobreza conocido por todos; era inculto, sin poder, ignorado, ¿cómo podía aportar algo positivo al progreso humano desde ese origen tan negativo? No entendían que su verdadero origen era el amor, la fuente del amor del Padre de la que bebía a borbotones. Y, desde ahí, tenía mucho que decir.  Pero su origen humilde les despistaba y los engañaba. Para saber que su origen era la fuente del amor habría que haberlo calibrado con amor. Entonces lo habrían entendido; desde ahí lo podremos entender. Si no, imposible.

***

Texto:

 

                        25Algunos vecinos de Jerusalén comentaban:

                -¿No es éste al que intentan matar? 26Pues mirad cómo habla abiertamente y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que éste es el Mesías? 27Pero éste sabemos de dónde viene, mientras que el mesías, cuando llegue, nadie sabrá de dónde viene.

                        28Entonces Jesús, mientras enseñaba en el templo, gritó:

                -¿A mí me conocéis y sabéis de dónde vengo? Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz: a ése vosotros no le conocéis; 29yo sí le conozco porque procedo de él y él me ha enviado.

                        30Entonces intentaban agarrarlo; pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora.

                        31Entre la gente, sin embargo, muchos le dieron su adhesión y decían:

                -Cuando venga el Mesías, ¿va a realizar más señales de las que éste ha realizado?

 

***

Ventana abierta:

 

                Es una fotografía desgarradora: un grupo de mujeres hindúes cristianas lloran los muertos producidos entre ellas por la violencia de algunos hindúes radicales. La pregunta es ¿por qué los persiguen, por ser cristianos o, tal vez, porque no creen en el régimen de castas que tan pingues beneficios ha traído siempre a las castas superiores? Es el drama evidente de una sociedad que engendra castas para el aprovechamiento de los poderosos. La fe cristiana considera que no hay nadie "intocable" por origen. De serlo, lo sería por su maldad. Y ni aún eso. Es preciso aliarse siempre con quienes no consideran aceptable una división, la que sea, por razones de origen.

                Oramos: Que nunca miremos el origen de una persona, sino su corazón; que nunca nos aprovechemos de personas que están en debilidad social; que nos aliemos con quien mantiene viva la dignidad de toda persona.

***

 

Desde la persona de Jesús:

 

                Jesús dice que hay uno que le ha enviado y que procede de él. Se refiere al Padre. Jesús no viene del Padre por vía de origen físico o dinástico, sino por el cauce del amor. Es enviado del Padre porque es cauce de amor para todos. Es hijo del Padre porque ha asentado su vida sobre el profundo amor a toda persona. Su origen es, en el fondo, un amor vivo e inapagable. Por eso "viene de Dios". Despojar a Jesús de su profundo y hondísimo amor sería como quitarle el amparo del Padre. Por eso, por su amor sin fisuras, Jesús es una persona de fiar. Por su amor asimétrico, a prueba de cualquier menosprecio es alguien que puede decirnos algo de Dios, que es amor y únicamente amor.

                Oramos: Gracias, Señor, por ser amor y solamente amor; gracias porque jamás te has apeado del amor, aunque no se te reconociera; gracias por haber creído en todos nosotros/as como sujetos capaces de amar.

 

***

Ahondamiento personal:

 

                Dice el texto que entre la multitud hubo muchos que le dieron su adhesión. Es que siempre hay gente que responde al amor con amor. La maldad humana, abundantísima, puede hacernos creer que nadie responde al amor con amor. No es así: hay muchas personas sensibles al amor y generosas para amar. Esto tendría que reconfortarnos en los momentos en que, por lo que sea, desconfiamos de la capacidad de amar de los demás. Saber que hay quien ama, quien nos ama, quien nos amará, tendría que animarnos en momentos de desaliento. Si esto no fuera así, la vida del mismo Jesús carecería de sentido.

                Oramos: Que nunca desconfiemos de quien nos ama; que valoremos a quien siembra amor en modo sencillos y cotidianos; que creamos que el amor pervivirá e irá a más.

 

***

 

Desde la comunidad virtual:

 

                Dice el texto que Jesús hablaba públicamente del amor que le sustentaba, del amor del Padre y de su amor. Hablarnos del amor, en maneras sencillas, verdaderas y realistas, es un gran bien que nos podemos hacer y que, de hecho, nos hacemos. Nuestros encuentros, nuestra relación en la comunidad, está, desde siempre, envuelta en aprecio, recuerdo cariñoso, escucha y, en definitiva, amor. Por eso nos damos mutuamente las gracias: porque permitirnos amar y recibir amor es hacer en nosotros/as la mejor obra de humanización que podemos pensar.

                Oramos: Que nos hablemos con amor sin miedo; que nos apreciemos con amor sin rubor; que nos sostengamos con amor sin desfallecer.

 

Para orar:

 

Cállate, corazón, son tus pesares
de los que no deben decirse, deja
se pudran en tu seno; si te aqueja
un dolor de ti solo no acíbares

a los demás la paz de sus hogares
con importuno grito. Esa tu queja,
siendo egoísta como es, refleja
tu vanidad no más. Nunca separes

tu dolor del común dolor humano,
busca el íntimo aquel en que radica
la hermandad que te liga con tu hermano,

el que agranda la mente y no la achica;
solitario y carnal es siempre vano;
sólo el dolor común nos santifica.

 Miguel de Unamuno

 

Juan 42

CVJ

Domingo, 18 de abril de 2010

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

42. Jn 7,19-24

 

 

Introducción:

 

                Los grandes enemigos "del alma" y del cuerpo son la superficialidad, la rutina y el individualismo. Sobre todo la primera. Ser superficial es muy fácil; basta con dejarse llevar por la corriente, por la costumbre, por el caudal de la sociedad. Es muy fácil, pero nos hace muy vulnerables, porque nos deja a merced de quien domina, de quien impone. Nos deja a merced de nuestros sentimientos dominantes, menos reflexivos, menos valiosos. La mejor manera de luchar contra la superficialidad es tratar de dar profundidad a nuestra vida. No son cosas extrañas: se trata de fijarse, de mirar más allá de las apariencias, de saber disfrutar con poco, de alegrarse con las pequeñas conquistas humanas, de ser resistente por fidelidad, etc. La profundidad es algo que está al alcance de nuestra mano.

                Jesús tuvo, según los textos que venimos orando, un gran conflicto con sus paisanos. En realidad, gran parte de ese conflicto venía porque lo miraban superficialmente: era pobre, de familia conocida, sin oficio ni beneficio ¿cómo iba a tener algo que decir de parte de Dios si era un paria? Lo superficial, la pobreza, los despistaba. Y, sin embargo, en su honda humanidad se ocultaba un resplandor, la luz misma del Padre que se vierte en el cauce humano. De ahí que su invitación era casi como una queda dolida: "No juzguéis superficialmente".

                Esa voz sigue dirigiéndose, como un dardo, a todo corazón humano y creyente: no juzguemos superficialmente si no queremos perdernos lo mejor de esta vida. No juzguemos nada incluso, porque el juicio hace siempre presa en lo superficial; lo profundo es el reino de la comprensión y la ternura, no del juicio.

 

***

 

Texto:

 

                        19¿No fue Moisés quien os dejó la Ley? Y, sin embargo, ninguno de vosotros cumple esa Ley. ¿Por qué tratáis de matarme?

                        20La gente reaccionó:

                -Estás loco, ¿quién trata de matarte?

                        21Les replicó Jesús:

                -Una obra realicé y todos seguís desconcertados. 22Por eso mismo os prescribió Moisés la circuncisión (no es que venga de Moisés, viene de los patriarcas) y en día de descanso circuncidáis al hombre. 23Si se circuncida al hombre en día de descanso para no quebrantar la Ley de Moisés, ¿os indignáis conmigo porque en un día de descanso le di la salud a un hombre entero?  24No juzguéis superficial­mente, dad la sentencia justa.

 

***

 

Ventana abierta:

 

 

                Este señor es Paul Tillich, un teólogo protestante que murió hace unos cuantos años. Fue muy lúcido. Escribió un librito que se titula "La dimensión perdida". Es la dimensión de la profundidad que, según él, la sociedad habría de recobrar huyendo de la superficialidad. Desde la profundidad se podría entender mejor el sentido de la vida y del mismo Dios. Por eso dice: "El que sabe de la profundidad, sabe también de Dios". Son personas que han puesto el dedo sobre lo esencial.

                Oramos: Gracias, Señor, por las personas que profundizan en la vida y la fe; gracias por quien nos ayuda a mirar en la dirección del corazón; gracias por quienes oran para desvelar el esplendor oculto en lo humano.

 

 

***

 

Desde la persona de Jesús:

 

                Jesús da la salud a "un hombre entero", a toda la realidad personal. El Evangelio no es para dar salud solamente a la parte espiritual, creyente, de la persona, sino a toda la persona. Jesús quiere que el Evangelio nos haga bien como personas completas. Si tenemos a la Palabra por una realidad buena (al menos tan buena como las otras que nos hacen bien) estamos dando en el clavo. El continuado trabajo con la Palabra tendría que hacernos ver con claridad que, desde que andamos con ella estamos mejor en todos los sentidos, aunque sea un poco nada más. Si el Evangelio nos hace bien, buena señal.

                Oramos: Gracias, Señor, porque el Evangelio nos hace bien; gracias porque, ante todo, quieres nuestro bien total; gracias por darnos a Jesús, bien grande para nosotros/as.

 

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Ahondamiento personal:

 

                La gente trata a Jesús de "loco". Quien hace el bien es tratado con frecuencia de esa manera. Pero, en realidad, esos "locos/as" son los grandes bienhechores del camino humano. Habríamos de apreciarlos, agradecerles, cuidarlos, valorarlos. Los tenemos cerca, en nuestro mismo ambiente: personas que, más allá de cualquier fallo, siguen siendo generosas; personas que hacen de familia para quien no cuenta aquí con familia; personas que miran con amor e igualdad a quien la sociedad trata en modos desigualadores; personas que, mirando al corazón, creen que muchas veces los que llamamos "débiles" son los verdaderos lectores de la realidad. Hace falta otra mirada para ver todo esto.

                Oramos: Danos, Señor, una mirada nueva sobre las personas y cosas; danos la mirada que va siempre envuelta en ternura; danos la mirada humanizadora que Jesús mismo ha tenido con toda persona.

 

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Desde la comunidad virtual:

 

                La comunidad virtual, a través del trabajo orante y de la relación, nos está ayudando a descubrir ese esplendor oculto de lo humano. Con ello nos está haciendo mucho bien porque aprendemos, poco a poco, la manera de valorar de otro modo a la persona. Ese modo está marcado por el aprecio, el respeto, la cercanía y la ternura. Así, la comunidad virtual, además de ser una "escuela de oración" está siendo, sin pretenderlo, una escuela de humanidad. Quizá esto segundo sea tan importante como lo primero o más.

                Oramos: Que construyamos entre todos una escuela de humanidad; que nuestra manera de orar nos lleve a valorar cada día más a la persona concreta; que disfrutemos de la relación que humaniza y nos enriquece.

 

***

 

Para orar:

 

Cierro los ojos y respiro profundo.

No tengo muchas palabras para decir y sin embargo hay tanto que muero por contarte.

Eres tú, tú eres.

Si te miro profundo (¿y porqué no?), si te miro profundo y me enciendo por dentro. Si lloro en las noches, si te busco,  si te amo, si te comparto o te guardo. Te siento vivo.

Tú no me mides. No me mides los sentimientos. Son míos, y yo los guardo, los atesoro o los reparto o me los quedo. Yo decido si regalar de ellos un centímetro o un cielo. Y a ti te los daría todos.

Tú no me entregues lo que no quieres, no me aceptes lo que no buscas. Aquí estoy, de todos modos. Te me entrego todo, completo, mortal. No me olvides.

¿Te olvidaré? Te tengo grabado en la piel, en el alma. Tuyo soy, desde el principio y hasta el fin.

Sueña conmigo.

 

***

 

 

Él es icono del Dios invisible

"ÉL ES ICONO DEL DIOS INVISIBLE" (Col 1,15)

Jesús como respuesta al interrogante de la invisibilidad de Dios

 

Introducción

 

            En la hermosa película de Majid Majidi, El color del paraíso, el protagonista Mohamed, un niño ciego de 10 años, formula entre lágrimas el profundo dolor que anida en su corazón de niño-adulto y dice a su maestro carpintero: "Nadie me quiere ¿sabe? Ni siquiera mi abuela. Todo el mundo se aleja de mí porque soy ciego. Si pudiera ver podría ir a la escuela del pueblo con los otros niños. Pero como no puedo ver, tengo que ir a la escuela para niños ciegos en el otro extremo del mundo. Nuestro profesor dijo que Dios ama a los ciegos porque no pueden ver y yo le dije que si fuera así no nos habría hecho ciegos, para que pudiéramos verlo a él. El me contestó, Dios no es visible, está en todas partes, puedes sentirlo cerca, lo ves a través de la punta de los dedos. Ahora tiendo las manos por todas partes buscando a Dios hasta que pueda tocarlo y pueda contarle todos los secretos de mi corazón". En realidad, he aquí una estremecedora metáfora de toda existencia humana: tender las manos por todas partes buscando a Dios anhelando tocarlo, entrar en conexión con él, y descargar en su abismal amor los pesares y gozos y de los que está hecho el núcleo del corazón y de la vida.

            Plantear el tema de la invisibilidad de Dios o de su posible visibilidad puede parecer un asunto altamente teórico que para nada interesa a la persona afanada cada día en sobrevivir con una cierta dignidad. Pero, en realidad, este anhelo de intentar ver al Invisible es tan viejo como el caminar humano sobre la tierra y, de alguna manera, existe desde el inicio de la primera criatura. Efectivamente, la antigua patrística formuló aquellos interrogantes irresolubles que acompañan a la realidad de Dios: Cur tam sero?, ¿por qué tan tarde? Es el grave problema del silencio de Dios. Y la teología no puede sino responder: "El límite a la revelación no está impuesto por Dios, sino por la imposibilidad de la criatura" (A.Torres Queiruga, La revelación, p.323). Cur tam cito?, ¿por qué tan pronto? Nos damos cuenta de que estamos en los principios de los caminos de la humanización, ¿por qué Dios se hizo visible (en Jesús, en las religiones, en los anhelos) tan pronto? Es el tema de la elección de lo humano por parte de Dios. Y de nuevo responde la teología: "La revelación definitiva de Jesús se produce justo en el tiempo en que se da el mínimo de condiciones de posibilidad para la inserción efectiva de su dinamismo en la corriente de la historia universal" (A. Torres Queiruga (La salvación, p.332). Cur tam infra?, ¿por qué tan abajo? Es el asunto de la humildad de Dios en el fondo de la historia. Y explica la teología: "La radical oposición de Jesús a particularizar la salvación, excluyendo de ella a cualquier grupo o individuo, fue refrendada y visualizada por su misma vida, escogiendo la única universalidad posible dentro de la historia: la del sufrimiento, la del no tener nada, la del darlo absolutamente todo" (A. Torres Queiruga,  La salvación,  p.334). Pues bien, podríamos añadir un cuarto interrogante: Cur tam invisibilis?, ¿por qué tan invisible? Es el tema del imparable anhelo de ver a quien se ama, a quien se busca, por quien se vive. "Descubre tu presencia, y máteme tu vista y hermosura; mira que la dolencia de amor, que no se cura sino con la presencia y la figura" (San Juan de la Cruz, Canciones). La teología hará un esfuerzo de visibilización que se concretará sobre todo en Jesús como anakephalaiosis,  como "recapitulación" de todos los "rostros" históricos de Dios" (Cf Ef 1,10).

            Podría parecer que este tipo de preguntas son producto de laboratorios ideológicos, cuestiones para pasar el tiempo o asuntos de gente desocupada. No es así. Cuando una tragedia de grandes proporciones sacude a la humanidad (Auschwitz o, más recientemente, Indonesia, Haití, Chile, Madeira, etc.) la pregunta por Dios, por sus modos de actuación o por su presencia se hace particularmente aguda. ¿Dónde estaba Dios?", es la pregunta del millón (la pregunta del personaje de E. Wiesel en La noche). La respuesta de la teología es más cauta que nunca: "Quizá la realidad de Dios ha de mirarse de otra forma; Él es Aquel que nos invita a entrar en el mal de este mundo, por dentro, como hace él, como ha hecho en Jesús, no para explicar filosóficamente los terremotos, sino para hacerse solidarios con los "terrementados", para compartir con ellos el dolor y el camino de superación de la desgracia". (X. Pikaza). Hay que decir que la pregunta por la invisibilidad de Dios demanda asimilar que muchas preguntas no tienen respuesta y que, sin embargo, son preguntas "útiles", aunque hagan sufrir. Es preciso aprender a sostener las preguntas sin respuesta, ya que éstas son motor de muchas actitudes vitales y creyentes.

            El NT en general, y Colosenses en particular, trata de de dar una respuesta a la pregunta secular por la invisibilidad de Dios: en el Jesús histórico vemos al Invisible, en él aparece Dios de manera constatable. Así es: en su misericordia inagotable, entendemos que a Dios hay que definirlo, ante todo, por su misericordia; en su manera de acoger percibimos la realidad de un Dios que acoge a todos; en su continuo perdón atisbamos la realidad de un Dios que fundamenta su "poder" en el perdón; en su trato con los sencillos, descubrimos la evidencia de un Dios que se mezcla a los débiles y se revela a ellos; en sus comidas con marginados, entendemos la realidad de un reino de Dios que incluye a todos. Cuando alguien se siente atormentado por la pregunta sobre Dios puede encontrar en Jesús una respuesta que le sosiegue. Lo diremos posteriormente: el rostro histórico de Jesús se convierte para la persona en rostro de Dios, certeza visible de la realidad Invisible.

            Este planteamiento lleva a un problema espiritual de mucho mayor calado y que a las religiones, en general, les cuesta resolver: es el tema de la humanización de Dios. Los mecanismos religiosos, en su afán espiritual, han utilizado la senda de la divinización de sus "dioses" como método no solamente de ensalzamiento, sino de exclusividad. Dios es lo que es por que es exclusivo, único, fuera de los parámetros humanos. Las religiones han visto en la humanización de los dioses (en las religiones paganas) un planteamiento tosco y primitivo, nada espiritual, en la forma de entender a Dios. Y, por eso mismo, lo han rechazado sin dignarse mirar en esa dirección. Sin embargo, esos caminos "paganos" encierran una evidente sabiduría: poner rostro a Dios es un afán imparable del espíritu humano. La diferencia con la persona de Jesús es que su humanización ni denigra a la divinidad ni empobrece a los humano. Al contrario, abre unas posibilidades infinitas a lo humano (tema de la filiación) y plenifica el amor de Dios que se culmina en su derramarse a la historia. "Lo que define a Dios no es su poder, como entre las divinidades paganas del imperio; tampoco su sabiduría, como en algunas corrientes filosóficas de Grecia. La realidad última de Dios, lo que no podemos pensar ni imaginar de su misterio, Jesús lo capta como bondad y salvación. Dios es bueno con él y es bueno con todos sus hijos e hijas. Lo más importante para Dios son las personas; mucho más que los sacrificios o el sábado. Dios solo quiere su bien. Nada ha de ser utilizado contra las personas, y menos aún la religión" (J.A.Pagola, Jesús,  p.321)-

Como explicaremos, el rechazo que experimenta el hecho religioso al mezclar lo divino y lo humano se resuelve en Jesús positivamente, tanto para uno como para otro. "la originalidad del cristianismo consiste, entre otras cosas, en que no se limita a hablar de la relación de Dios con el ser humano, sino que, además de eso, establece como punto de partida la unión de Dios con el ser humano" (J.M.Castillo, La humanización de Dios, p.11). Porque esa unión es un hondo misterio de amor, la "ganancia" para las partes implicadas está garantizada.

            Colosenses 1,15 dice que Jesús es "imagen de Dios invisible" (Eikôn tou Theou aoratou). En esa sencilla fórmula se halla concentrada la experiencia de la primitiva fe que ha mirado con una tenacidad amorosa la vida y rostro de Jesús para descubrir en cada gesto el rostro del Dios de amor volcado a la historia. Esta experiencia es la que hará exclamar a 1 Pe 1,8: "Vosotros no lo visteis, pero lo amáis; ahora, creyendo en él sin verlo, sentís un gozo indecible, radiantes de alegría". En la experiencia creyente se "ve" ese rostro que desvela el rostro del Otro. De esta manera la experiencia de "ver" continúa en la historia creyente con toda su pujanza caminando hacia el ver pleno del reino de Dios.

 

I. TODO EL DÍA TIENDO MIS MANOS HACIA TI

 

            El Sal 87,10, oración de alguien gravemente enfermo, dice con un pathos denso: "Todo el día te estoy invocando,/ tendiendo las manos hacia ti". Puede decirse, en su honor y con todos los respetos, que el esfuerzo espiritual de la primera Alianza queda dibujado en este fiel, ardoroso, profundo y, a veces, desasosegado tender las manos hacia el Invisible. Vamos a desgranar algunos textos de esta enorme y hermosa gesta espiritual porque tal aventura habla de algo que pertenece a la estructura humana, no únicamente a la de los creyentes: tender hacia lo Otro como ideal supremo de plenitud y de sosiego (es el famoso "Fecisti nos ad te..." de san Agustín):

 

            1) Más importante la misericordia que el rostro: Ex 33,18-23:

 

                        Es algo sabido que, según la antropología del AT, ver a Dios era cosa imposible, porque quien veía a la divinidad moría (Jue 14,22; Is 6,5; Job 15,16; Ex 33,20). Es la experiencia religiosa ante el mysterium tremendum et fascinans del que hablaba R.Otto. La dificultad para procesar la relación con el Otro. Se vehicula en el temor. Sin embargo, el anhelo de "ver el rostro" acompañó siempre la actividad espiritual de Israel (Sal 102,3). De ahí el propósito explícito que secunda las voces más íntimas del corazón: "Oigo en mi corazón: ‘Buscad mi rostro'.Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro" (Sal 26,8-9). Y cuando, por la razón que fuere, Dios aparta su rostro, el desconcierto cae sobre el creyente como una losa (Sal 29,8).

            Pero hay textos, como el que nos ocupa, en que el asunto toma un giro inesperado. Es preciso partir de que Moisés, el gran líder en la primera hora del pueblo, al que "los israelitas amargaron el corazón" (Sal 106,33; 78,40.56), inicialmente temió como todos ver el rostro de Dios (Ex 3,2-6), pero llegó a hablar con él "cara a cara, como habla un hombre con un amigo" (Ex 33,11). En el contexto de esta increíble intimidad es donde se puede explicar la extraña petición que dirige a Dios: "Enséñame tu gloria" (Ex 33,18). La gloria es la realidad de Dios manifestada en su rostro de fuego (Ez 1,28). Esta demanda no podía venir sino por el profundo y extraño cauce de la amistad.

            Dios promete que hará pasar ante Moisés no tanto el fulgor de su rostro, sino el de su misericordia: "Yo haré pasar ante ti toda mi riqueza y pronunciaré ante ti el nombre ‘Señor', porque yo me compadezco de quien quiero y favorezco a quien quiero" (Ex 33,19). La fórmula no es excluyente: no quiere decir que Dios se compadece y favorece a quien le da la gana y que no lo hace con quien no le apetece. No, Dios se compadece de todos porque ama a todos y no odia nada de lo que ha creado (Sab 11,23-26). Esa compasión total de Dios es la que va a pasar ante Moisés, porque percibir al Dios compasivo es más importante que ver su rostro fulgurante.

            La tradición yahvista, siempre pintoresca y colorista, añade que cuando Dios pase con su gloria, tapará los ojos de Moisés para que no vea su rostro, pero le permitirá ver su "espalda". Este tema ha dado mucho que hablar en la literatura judía. Pero el sentido general del pasaje queda claro: es más importante ver la misericordia de Dios que su rostro. Y el judío sabe que la misericordia de Dios se trasvasa en la misericordia entre humanos. Por eso mismo, quien anhele ver el rostro de Dios, que mire al caudal de misericordia que corre entre los humanos, que se apunte a la escuela de la misericordia, que vierta misericordia en los mínimos comportamientos cotidianos.

 

            2) Un rostro que perdona es como ver el rostro de Dios: Gen 33,1-25

 

                        Este hermoso pasaje es la culminación de todo un proceso, de una historia de fraternidad que ha encajado muchas heridas, pero que ha llegado a superarlas, al menos en parte, por el elemental mecanismo del perdón. Esaú y Jacob son hermanos que siempre riñen: desde el seno materno (Gen 25,22), en un parto difícil (Gen 25,26), en las tramposas relaciones fraternas que incluyen el engaño (Gen 25,31ss), en el robo de derechos (Gen 27,1ss). Toda la vida riñendo. De tal manera que la convivencia se hace imposible y Jacob debe exilarse a casa de su tío Laban, a más de mil kilómetros de distancia, una enormidad. Veinte años lejos de la patria; veinte años de odio acumulado para Esaú y veinte de nostalgia para Jacob. Éste, al fin, roído por esa nostalgia y por la certeza de que los derechos son suyos, decide volver a Canaán. Éste capítulo narra la escena.

            Jacob organiza la caravana en la medida de su interés y de su anhelo de perdón: manda regalos por delante que apacigüen a su airado hermano que sale con cuatrocientos soldados (todo un ejército para la época: 1 Sam 22,2). Luego coloca la caravana de menor importancia (esclavas y sus hijos) a lo más apreciado por él (Raquel y José). Posteriormente, se pone él delante asumiendo el riesgo que su propia decisión conlleva- Desarmado y en son de paz, inesperadamente, provoca el desconcierto de su belicoso hermano que, al encontrarse con Jacob, se echa a su cuello, lo besa y llora con él. Se ha producido una desconcertante reconciliación a causa de este amor desarmado.

            Y entonces suena una de las frases más hermosas de todo el AT, quizá la más bella: "He visto tu rostro benévolo y era como ver el rostro de Dios" (Ex 33,10). Para el autor, un rostro que perdona es un rostro como el de Dios, no un mero reflejo o representación, sino algo idéntico. De esta manera, el perdón se convierte en sacramento del encuentro y de la visibilización de Dios. En el capítulo anterior (Ex 32,31), Jacob cree haber visto el rostro de Dios en un sueño incubatorio en el que ha "luchado" con su ángel hasta lograr una bendición. Pero aquello era un sueño, por mucha densidad que la antropología hebrea le atribuya. Sin embargo, el rostro de su hermano que le perdona no es un sueño, es una realidad palpable. Y ahí se ve el rostro de Dios con una densidad que ningún sueño contendrá jamás.

            Esta "visión" del rostro de Dios es la que obra el "milagro" de la resurrección de la confianza que llevaba muerta tantos años. Esaú, persona generosa pero que no mide bien el alcance de sus actos, quiere que los hermanos reconciliados caminen de nuevo juntos. Pero Jacob, mejor analista de la realidad, sabe que si lo hacen volverán a reñir de nuevo, porque el litigio está en sus genes fraternos. Por eso, quiere que caminen separados. Pero Esaú ofrece, al menos, una escolta que custodie a su hermano. Y este responde con una hermosa frase: "¿Para qué esto? Halle yo gracia en los ojos de mi señor" (Gen 33,15). O sea: era a ti a quien temía; si me has perdonado, ya no temo a nadie. Es decir, la confianza yerta desde hace tantos años, revive con el perdón. El fruto de la "teofanía", del rostro del hermano que perdona, rostro de Dios, genera el nacimiento de la confianza.

 

            3) "Ahora te han visto mis ojos": Job 42,5:

 

                        El libro de Job culmina con un tipo de experiencia que dice "ver a Dios". La desgracia se ha abatido sobre el personaje. Lo peor es que, educado en la lógica del pecado-castigo, no puede entender el silencio de Dios cuando le cita a una confrontación que tiene como base la justicia. Por este silencio de Dios vive sin paz y sin descanso (3,26). Job cree que, injustamente, Dios lo ha tomado como un blanco (7,20) y si Dios no distingue entre inocentes y culpables, eso da ventaja a los malvados. Job no desiste de su certeza de justicia, decidido a ser un Invictus, el capitán de su alma que lleva en sus manos su vida (13,12). Más allá del silencio de Dios, él sabe que su go'el está vivo (19,25) y, por ello, decide mantener su honradez hasta el último día (27,5)

            Por fin, Dios habla "desde la tormenta", en modos tremendos, con divino enfado. Sus formas son las del Dios de la teofanía. Su requisitoria no había sido inútil. Podría parecer que solamente quería él señalar su omnipotencia, su ser todo. Por eso describe su acción creacional en las grandes e inatrapables obras del cosmos: tierra, mar, aurora, meteoros, constelaciones, animales a los que nadie pone la mano encima. Pero a lo que más cautiva es su acción en lo pequeño: su dar al gallo perspicacia y comida a los pollitos de cuervos, tan desamparados. Es increíble aquello de que asiste al parto de las ciervas (39,1). Se desvela ahí, en el fondo, su magnificencia, la verdad de su ternura. Y más aún, aunque en toda esa enorme descripción de la actividad divina no nombra a la persona, es como me dijera: "¡Qué tragedia ser hombre y tener que sufrir! ¡Qué maravilla ser hombre y poder descubrir!" (L.A. Schökel, Job,  p.182). Se estaba abriendo la perspectiva buscada: más allá de la profunda limitación con la que la vida está marcada, detrás de ella hay una promesa de plenitud. Prueba de ello es la posibilidad de vivir ya esta existencia con sentido. Se abren las compuertas de la ternura, para con Dios y para con la persona. Porque ¿cómo puede la persona sentir ternura por otra, por todas las criaturas, por la tierra y por los cielos, si no consigue sentirse tierna respecto consigo misma?

                Aquella fue una experiencia de acompañamiento y de ternura (42,5). Se percibe a través de aquellas viejas interrogaciones el hecho de que la vida es una realidad acompañada por ese gran Compañero que es Dios. Y con ello se entiende que ese acompañamiento solamente puede brotar del amor y de la ternura. La requisitoria en torno a la justicia de Job era válida, pero no había entendido que Dios mismo reclamaba justicia para él, no sabía que su sed de justicia era, con más razón, la suya. "Dios es el gran compañero, el camarada en el sufrimiento que comprende" (Whitehead, citado en: A. T. Queiruga, Recuperar la creación..., p.101). Así se percibe en modos hondamente experienciales. Dios es el camarada en el sufrimiento, porque el sufrimiento es la marca terrible de nuestra finitud, el lugar de los desamparos más radicales, el trance que prueba la fidelidad de las personas más amigas. El verdadero rostro estaba ahí. Y se comprende que la persona esté acompañada por Dios. Pero además se intuye que el acompañamiento de Dios a la vida estaba hecho de ternura, de preocupación por lo desvalido. Se hace realidad viva que "la ternura que constituye el aroma del amor, brota como perfume en los gestos, en las palabras, en un comportamiento que parte de profundidades indeterminadas del ser y rodea, antes que a nada, al mismo Dios" (K. Tsiropoulos, Sobre la ternura, p.29). Así es como Job ahonda en el secreto de la vida y los días cobran un nuevo rumbo.  El arrepentimiento de Job no fue tanto algo moral cuanto existencial: la vida, por pobre que fuera, tenía un sentido otorgado por el cuidado de Dios y su ternura. Desde ahí se podría envolver la dura realidad de los días, incluso en su lado injusto, con el amor que le otorga un horizonte nuevo.

            Esta es la manera de "ver" el rostro de Dios en la experiencia del sufrimiento histórico compartido. Comprender el dolor de Dios en su opción por la historia, el alto precio que paga con nosotros a la conquista de nuestra plenitud histórica es un modo profundo de teofanía espiritual. Despojar a este tipo de experiencias de contenidos reales es velar el rostro de Dios en los estratos más profundos de las vivencias personales y sociales.

 

            4) El esplendor del rostro desfigurado: Is 42-53:

 

                        En la estremecedora encrucijada histórica del antiguo pueblo de Israel, el exilio del 587, Dios suscitó a Isaías II y a Ezequiel quienes supieron, cada uno a su manera, mantener la conciencia de pueblo. Si no, aquel pequeño país, destruido, expoliado y deportado habría desaparecido del mapa. En el repertorio isaiano para hacer ese trabajo arduo de mantener viva la identidad nacional tiene una parte decisiva la figura del "siervo", un enigmático personaje, unas veces individual otras colectivo, unas veces creyente otras pagano, que, mediante la dura mecánica de la redención por el sufrimiento y sus posibilidades, trata de aportar aliento al pueblo destrozado. Israel no apreció nunca en exceso esta figura porque el mesianismo brillante, político, tenía muchos más adeptos que la extraña espiritualidad del siervo. "‘Siervo de Adonay' no fue un título de Mesías davídico ni del profeta semejante a Moisés ni hay restos de interpretación judía sobre los sufrimientos del Mesías" (E.Levine, Un judío lee el NT, p.153) Pero, bien leídos, en los poemas del Deuteroisaías la figura del siervo es clave.

            En la presentación de este personaje el tema del rostro es muy evocador. Así, en el primero de los cantos (42,1-9) se presenta la figura de uno que "no grita, ni clama" pero que "promueve el derecho". Alguien que controla sus expresiones gestuales, que no usa la voz tonante ni el gesto grandilocuente, de rostro, voz y mirada apaciguadoras pero tenaz buscador de la justicia. Es un "llamado para la justicia" y formado por Dios en modos cordiales. Desde ahí iluminará el rostro de los débiles dando luz a los ciegos y libertad a quien anda en tinieblas. Un siervo que ilumina vidas, que alumbra rostros oscuros. Es el anuncio nuevo, la "profecía del amanecer", como diría Pablo en Hechos 26,23.

            En el segundo de los cantos (49,1-13) el siervo es entendido en su rostro como una "boca de espada afilada". Se alude a la fuerza y agudeza de una profecía de justicia que se transformará en "luz y salvación para las naciones" y, sobre todo, una palabra de liberación para los cautivos: "salid". La boca del rostro de la profecía ilumina, libera y da esperanza.

            El tercer canto del siervo (50,4-9) es más explícito en el tema del rostro. Es un rostro mesado, escupido, endurecido. Como entre los griegos y romanos "mesar la barba" era una expresión proverbial que significaba "mofarse"; entre los latinos se hizo esta frase una socorrida expresión de los satíricos. Persio, por ejemplo, la emplea en varias ocasiones; en una de ellas una petulante prostituta se burla de un filósofo cínico, tirándole de la barba (Cynico barbam petulans nonaria vellat, Sat. I, 133). Horacio se mofa del rey estoico de quien dice que "los desvergonzados rapaces le tiran de la barba" (Vellunt tibi barbam lascivi pueri, Sat. I, 3, 133). Un rostro despreciado pero altivo, endurecido, como luego se dirá. Además es un rostro escupido, con todo lo que eso significa de menosprecio en casi todas las culturas, ya que se cree que el escupitajo contiene todos los malos humores del interior del cuerpo. Pero este rostro es "duro como el pedernal", es decir, firme en sus convicciones y en su denuncia. En el rostro humillado se esconde una indudable fuerza capaz de provocar incisiones e incendios como la piedra de pedernal. Por la misma época dice Dios al profeta Ezequiel: "He aquí he hecho tu rostro tan duro como sus rostros, y tu frente tan dura como sus frentes. Como esmeril, más duro que el pedernal, he hecho tu frente, no les temas ni te atemorices ante ellos, porque son casa rebelde. " (3,8-9). Es decir, el rostro del siervo no se amilana ante el sufrimiento y la incomprensión, sino que ésta le sirve de trampolín para un anuncio en firme novedad.

            Es, quizá, en el cuarto canto del siervo donde el tema del rostro aparece con trazos más claros (52,13-53,12). Es un rostro "desfigurado y sin aspecto humano", un rostro que parece poner en peligro la misma identidad de la persona, ya que sin el perfil del rostro bien claro la persona se diluye. "El rostro es necesario como el territorio del cuerpo donde se inscribe la distinción individual" (D. Le Breton, El rostro y lo sagrado,  p.143). Es un rostro que causa estupor por el maltrato al que, injustamente, ha sido sometido. Es el rostro de "los crucificados" de la historia, como dirá la teología actual (Moltmann, Sobrino, etc.). La desfiguración viene descrita de manera estremecedora: "no tenía presencia ni belleza, ni aspecto que cautivase". Es un rostro sin dignidad. "La negación del hombre se relaciona de manera ejemplar con la negativa de concederle dignidad a un rostro" (D. Le Breton, El rostro, p.146). Privado de rostro, se le rebaja mejor porque rompe la pertenencia a la especie. Sin embargo, este "triturado por el sufrimiento" no está abocado a la nada: "verá su descendencia, prolongará sus años y por su medio triunfará el plan del Señor". Es decir, el suyo no ha sido un sufrimiento sin sentido, una pérdida sin reparación, un oscurecimiento tragado por la oscuridad total.

            Más allá de esta visión herida de la estructura humana late en ella una profunda esperanza y un indudable esplendor: el sufrimiento histórico no es únicamente un formidable peso que aflige desde siempre las espaldas de la vida. Hay que luchar a brazo partido contra él, de eso no cabe duda. Pero, en su fondo, se puede hallar una mística de superación, de verdad, de justicia y de hermosura existencial (cosa compatible con la mordedura de su herida). Por eso, los rostros heridos son humanos y más si cabe porque encierran la otra hermosura, la de la justicia aún por cumplir, la del gozo guardado y aún no disfrutado.

 

            5) El rostro fascinante de Dios: Sab 13,1-7:

 

                        Hablando de manera un tanto simplista, podríamos decir que el libro de la Sabiduría es el más "moderno" del AT. La antigua alianza contiene, todos lo sabemos, un componente nacionalista que condiciona toda su espiritualidad. Caricaturizando, se puede decir que el judío piadoso cree que ellos serán salvados y que los paganos, en esencia, están destinados a la condena. Sabiduría es un poco más flexible. No hace grandes esfuerzos para intentar conciliar judaísmo y helenismo, aunque, al menos, se adapta. Intenta emplear un vocabulario más actualizado y se esboza en él un elemental y hermoso universalismo. La misma realidad histórica se encara de manera más positiva. La historia convertida en motivo de alabanza o aprendizaje es algo nuevo dentro de la sabiduría de Israel. Ahí es donde se puede desvelar el camino del universalismo, la manera nueva de enfocar al distinto, al extranjero, al de otra religión. No son más que atisbos, pero resultan iluminadores.

La última parte del libro de la Sabiduría (caps.11-19) es una gran homilía que tiene como tema  central el enfrentamiento de Israel con Egipto en los sucesos del Éxodo. Evidentemente, la dialéctica se resuelve a favor de Israel: Dios castiga con justicia a quienes han zaherido a Israel constantemente. Así se restablece el orden primigenio que incluye la preeminencia y sobrevaloración del pueblo elegido. Él se entiende como oprimido y Egipto y Canaán son comprendidos como opresores. Dios se pondrá de parte de Israel de manera decidida. Ésta es la manera de leer la historia que tiene Sabiduría.

            Es ahí donde argumenta de manera simple con el argumento de la fascinación: si los paganos se dejaron embelesar por la hermosura de las cosas creadas, con más razón se tendrían que haber quedado prendados de Dios, autor de la belleza. Es cierto que las criaturas les fascinaron, por eso declararon dioses "al fuego, al viento, al aire leve, a las órbitas astrales, al agua impetuosa, a las lumbreras celestes", etc. ¿Cómo fue que no quedaron fascinados por el "autor de la belleza"? La deducción es simple: no contemplaron la belleza del rostro de Dios, no consideraron que las criaturas podrían ser su "cuerpo" y de ahí la hermosa expresión histórica de su divinidad, mas allá de su debilidad porque "como ocurre con todos los cuerpos, a pesar de su belleza y valor inapreciable, este cuerpo es vulnerable y está en peligro: solo deleitará nuestros ojos si lo cuidamos; sólo nos alimentará si lo alimentamos" (S. McFague, Modelos de Dios, p.138).

Hay una indudable comprensión en el autor para con los paganos: "andan extraviados buscando a Dios y queriéndolo encontrar y su apariencia les subyuga porque es bello lo que ven. Pero...¿cómo no encontraron antes a su dueño?". De ahí la incomprensible idolatría y la certeza que dimana del rostro de Dios contemplado en él mismo: "conocerte a ti es justicia perfecta" (15,3). Es un conocimiento que no dimana de la razón ni de la misma religión, sino del quedar fascinado por la belleza de un Dios que ha creado lo bello de la historia, la estremecedora hermosura de lo que nos rodea.

 

II. Jesús, icono de Dios invisible

 

            Estos hermosos "tanteos" de la espiritualidad bíblica de la primera alianza encuentran en Jesús otro cauce de novedosas consecuencias: la contemplación del rostro de Dios en él adquiere una densidad y un realismo histórico que puede llegar a saciar la sed del buscador de Dios y dar respuesta al problema de la invisibilidad de Dios. La apuesta cristiana es clara: en el rostro de Jesús desvelamos el rostro del Invisible, de sus modos de comportamiento histórico deducimos el comportamiento del mismo Dios. Vamos a trazar un itinerario en el NT del camino que las primeras comunidades han recorrido para acercarse al Invisible a través del rostro de Jesús.

 

            1) Jesús, explicación de Dios: Jn  1,18:

 

                        Se abre el Evangelio de Juan con un prólogo-síntesis que trata de situar el hecho de Jesús dentro del gran marco de la Historia Plenificada leída desde el momento en que escribe el autor. Más allá de la probable múltiple autoría y plural fuente de las diversas partes del texto joánico, su situación en el edificio evangélico está denotando el afán de indicar el camino que la Buena Nueva abre ante el lector y la meta a la que le empuja. Por eso, este himno y su espiritualidad constituyen una promesa y una explicación a la vez del texto joánico. Para el compilador y editor del Prólogo, lo de Jesús es algo unido al designio plenificador del Padre. Sin esa conexión, no se entendería en absoluto. Eso es lo que da sentido en cualquiera de sus etapas y en la actividad de cualquiera de sus personajes. El designio creador del principio y el hecho plenificador de ahora, cumbre y corazón de aquel, empujan al creyente en la dirección de la totalidad. Todo esto desde una perspectiva revelatoria, no desde la pura información.

En Jn 1,18 se comienza diciendo que nadie ha visto jamás a Dios. Se conjuran todas las pretensiones religiosas (judías  y, sobre todo, gnósticas) de haber visto a Dios. Es preciso situarse con honestidad ante la evidencia de diferencia con el Invisible. No hay trucos que obvien la imposibilidad. Es el Hijo quien lo ha dado a conocer. Es un conocimiento detallado, experiencial, puesto que procede del actuar de Jesús en la línea salvífica del Padre, no tanto en base a sus conocimientos religiosos. Pero es un conocimiento lleno de verdad. Por Jesús, aun manteniendo la peculiaridad de cada entidad, las distancias entre el Invisible y la historia han desaparecido (como se dirá en el mensaje de la resurrección: Jn 20,17). No se trata de ninguna clase de extraño inmanentismo, sino de la evidencia de íntima y real conexión entre la humano y lo divino en la mediación histórica y salvífica de Jesús de Nazaret.

            Y esto se da porque Jesús conoce "el corazón" del Padre. Kolpos  es regazo con el matiz de intimidad, de acogida. El conocimiento que Jesús tiene del Padre va más por vía de "regazo", de corazón, que de inteligencia. El estar de Jesús en Dios no es meramente teológico, sino vital. Esa cercanía totalmente cordial es la que le habilita para ser "explicación" de Dios. Se está desde ahí abriendo un camino distinto de conocimiento: el religioso, por vía de la mecánica de religación, es discutible; el cordial, el místico, el hondamente experiencial, como el de Jesús, se perfila como más posibilitador.

            Quien desee explicar y explicarse de qué estamos hablando cuando hablamos de Dios, el NT dice que el Jesús histórico, por su honda y única cercanía a Dios, es referencia obligada. Sin él, la realidad luminosa de Dios se oscurece. Con él, la luz de Dios cobra todo su esplendor y, más aún, entra en los humildes parámetros de lo humano. Estamos en planteamos de vibrante mística que, aunque no exentos de una cierta racionalidad, se expanden hasta los ámbitos de la experiencia más peculiar y profunda del creyente.

 

            2) Palpar al invisible: 1 Jn 1,1-4:

 

                        El problema que plantea 1 Jn es que un grupo notable e influyente se ha marchado de la comunidad porque considera que el camino histórico de Jesús, su mesianismo, ha sido de inaceptable pobreza. Según ellos, para acceder a Dios hay que ir por caminos y filosofías de más sublimidad. ¿Tendencias gnósticas? El gnosticismo es, globalmente hablando, una manera ideológica de enfocar la realidad que afecta a todas las áreas del saber y de la experiencia, particularmente al mundo religioso. En este punto deriva en una religión de tipo sincretista, que integra elementos del cristianismo, judaísmo, neoplatonismo, religiones mistéricas, etc. Siempre el cristianismo primitivo estuvo tentado por estas corrientes espirituales y, en ciertos momentos, existió el peligro de ser englutido por ellas (J. Trebolle Barrera, La Biblia judía y la Biblia cristiana, pp.569-577. El autor trata de reafirmar la validez del camino histórico de la fe y sus consecuencias, la más engloblante, la de la solidaridad.

            Optar por Jesús es en 1 Jn 1,1-4 el detonador del todo el proceso de la fe. Para 1 Jn la realidad de Jesús visibiliza la de Dios hasta el punto de que se le puede "palpar", algo que haría "vomitar" a un gnóstico:"Lo que habíamos oído...visto...contemplado... lo que nuestras manos palparon". Palpar al Verbo de la vida está indicando la posibilidad total de comunión que posibilita el mismo marco para la persona y para Jesús. Ese marco no es sino la historia común que engloba la existencia. En ella se palpa al Verbo con toda su verdad. El verbo palpar (epsêlaphaô) está indicando la verdad de la acción de un modo casi "material".

Palpar da un conocimiento suplementario que no lo concede ni siquiera la visión. De ahí que el campo semántico de palpar hable de acciones relativas al conocimiento profundo y al amor: acariciar, abrazar, tocar, percatarse personalmente, honda conexión. Es un tipo de conocimiento que incluye lo intelectual pero que lo sobrepasa por un deslizamiento hacia conexiones de experiencia básicamente amorosa y mística. Todo eso se puede hacer con Dios palpando al Jesús histórico.

La consecuencia es clara: el anhelo de la persona por el Otro, por el Invisible encuentra en Jesús un cauce de conocimiento y de experiencia profunda que le permiten conectar con aquel a quien nadie ha visto nunca. Desde ese momento se ve al Invisible, más aún, se le abraza y ama.

 

3) Ver al Padre mirando a Jesús: Jn 14,8-9:

 

                        El pasaje se inscribe en el gran discurso de despedida del cuarto Evangelio (Jn 14-17). Se están poniendo los requisitos previos para poder entender el gran mensaje del Evangelio de Juan: que el Padre y Jesús han venido a instalarse en el fondo de la existencia (Jn 14,23). La exigencia básica es entender a Jesús como "camino" y lanzarse a él para poder toparse con la realidad de Dios (14,6). Ahí se inscribe la petición de Felipe: Muéstranos al Padre. Esta demanda puede tener como trasfondo a Ex 33,18 ("Por favor, muéstrame tu gloria"). Felipe es el personaje del "nos basta", la eficiencia corta de vuelo que mira al lado práctico y hasta egoísta de la existencia. El verbo arkein  aparece en Jn solamente aquí y en 6,7, ambas veces en boca de Felipe. La afirmación de Jesús quien me ha visto a mí ha visto ya al Padre, en paralelo con 12,45, denota un tipo de visión inmediata, sugerida por el "ya" de la traducción.

Los contenidos ideológicos del pasaje son profundos: la posibilidad que es Jesús como camino suscita el mayor de los anhelos: que la realidad de Dios aparezca en el marco de la vida de la persona (v.8). En realidad, es un anhelo que ya se cumple en la realidad histórica de Jesús: conocerle a él, es conocer al Padre. Efectivamente, por Jesús sabemos lo que el Padre puede ser; aquél es reflejo real de éste ("Si habéis llegado a conocerme, conoceréis también a mi Padre"). Más aún, este conocimiento no está reservado a la escatología extrahistórica; ya desde ahora, en el sencillo camino humano, por Jesús, aparece esa verdad del Padre asequible a la experiencia creyente ("Ya lo conocéis y lo habéis visto", v.7b). El anhelo podría ser colmado en la vivencia histórica de la comunión de vida con el Jesús del Mensaje. La intervención del discípulo (ahora Felipe) en la que se pide una revelación, una evidencia definitiva ("haz que veamos") que sacie a toda la persona ("nos basta") hace posible un segundo desarrollo declaratorio. El contacto experiencial con el Jesús histórico tendría que haber hecho posible un encuentro del todo valioso (sentido del perfecto egnôkas, "no me has conocido") con Jesús y, por mecánica salvífica, con el Padre (v.9). Todo lo que antecede, signos/discursos, todo el hecho de Jesús, es cauce revelador de la trascendencia de Dios para la historia. De ahí que, al haber una identificación Padre/Jesús en su realidad, haya también una identificación en las exigencias de la fe (v.10). O sea: cumplir el Mensaje de Jesús es el único modo de acceder al Padre. Ese camino es viable porque se identifica Jesús con el Padre a nivel de envío y el discípulo con Jesús al del cumplimiento de las exigencias de ese envío. En ese sentido, el hacer mesiánico de Jesús (las "obras") garantiza su identidad con el Padre y son, a su vez, motivo para demandar al discípulo una adhesión a las obras de Jesús, un estilo de vida como el suyo. De modo que el acceso al Padre no puede ser algo mecánico (vana pretensión de los sistemas religiosos), sino en la medida en que se anda el camino que es Jesús, una vida en seguimiento al estilo mismo de la vida del Maestro, bien perfilada en el Mensaje. La opción cristológica es una postura de vida orientada, apoyada e inspirada por Jesús. De ella dimana la seguridad de que quien se lanza al camino del seguimiento de Jesús termina topándose con la realidad del Padre que anhela su más hondo deseo.

      La figura histórica de Jesús, su entidad salvífica, ofrece a la persona la posibilidad real de "ver" al Padre, de entrar en la dinámica vertiginosa y embriagadora de lo divino, de participar en el gran sueño de fraternidad histórica que es el mismo sueño de Dios. Esa participación es la que elimina el sentimiento de orfandad histórica que acompaña el caminar humano y que puede ser superado por la adhesión a Jesús.

 

      4) Icono del Dios invisible: Col 1,15:

 

                        El problema de Colosenses es el problema conocido de todo mecanismo religioso: cómo tocar al Intocable asegurando así el camino hacia él. Colosenses, fiel a la experiencia esencial del Evangelio, propondrá un camino de vida ceñido a los valores del Evangelio, o si se quiere, a los de la misma historia animando a leer esta realidad más allá de los simples límites de lo que se ve pero sin salirse nunca del marco histórico. Pretender "la plenitud" para un hombre, pobre, es abrir el cauce a otra lectura de la vida y del mismo hecho social. Pero en esto el autor es firme: el punto central de su espiritualidad es tratar de mostrar que hemos sido reconciliados por un pobre puesto en cruz y que ese crucificado se convierte en "icono del Dios invisible"

Colosenses tiene que ver con Efesios. De los 155 versículos que componen Ef, 73 tienen paralelismos verbales con Col. Muchos contenidos teológicos y sus derivaciones son similares. Por eso, no ha de extrañar que ambos textos se abran con un punto de partida similar: la gran idea de la reconciliación de todo en Cristo, la anakephalaiôsis de Ef 1,10 y el apokatallassô de Col 1,20. Esta certeza es la que da sentido a la obra de Jesús y a la de la comunidad. Pero en Col se añade un dato más: la reconciliación se hará "después de hacer la paz por su sangre derramada en la cruz" (1,20). Es decir, la reconciliación no se lleva a efecto mediante una gran maniobra espiritual, por caminos de gloria religiosa u otra, sino a través de la obra de un pobre puesto en cruz. Esto marca ya una perspectiva: la pretendida supremacía de Cristo sobre los seres angélicos o demoníacos no obvia su pobreza histórica. Más aún, es en esa pobreza donde habrá que descubrir la plenitud que es capaz de salvar.

            Así es Jesús "imagen de Dios invisible" (1,15). No lo es por un camino extrahistórico y sublime que ningún humano haya podido alcanzar jamás, sino por la más vulgar y dolorosa de las sendas que se puedan tomar: la muerte injusta, la violencia que sufre una víctima. Mirar al crucificado (como en Jn 3,13ss) desvela el rostro de Dios y su mano trabajadora que reconcilia la historia.

Jesús ha hecho toda una obra de reconciliación desde el madero de la cruz:

  • Ha llevado al creyente a la verdadera circuncisión "una circuncisión no hecha por hombres" (2,11), la verdadera circuncisión en la vida que lleva a un reordenamiento de las estructuras básicas poniendo coto a los "bajos instintos", a las más hondas contradicciones del subsuelo personal (2,11).
  • Además, ha asociado al creyente a su resurrección, a dinamismo salvífico más vivo, "por la misma fuerza con que Dios lo resucitó a él de la muerte" (2,12). El dinamismo resurreccional pasa al creyente con la misma fuerza que ha obrado en la persona de Jesús.
  • En tercer lugar, ha dado vida por un hondo y definitivo perdón: "Dios os dio vida con él, cuando nos perdonó a nosotros todos nuestros delitos" (2,13). Es un perdón que nunca se vuelve atrás porque está asociado a la verdad de Jesús y su hecho resurreccional.
  • Así, la exigencia de la Ley ha sido igualmente clavada en la cruz, crucificada como lo es un criminal, "barrida de en medio clavándola en la cruz" (2,14). Ha sido descalificada y ha suprimido la obligación que imponía aquella Ley "cancelando el recibo que nos pasaban los preceptos de la Ley" (2,14a).
  • Todos los poderes que pretendían esclavizar a la persona han sido despojados de su vigor, ofreciéndolos "en espectáculo público" (2,15b).
  • En definitiva, el pobre crucificado se ha convertido en un auténtico triunfador, uno que justamente por asumir los fondos de su historia pobre ha encontrado para sí y para nosotros el camino de la plenitud. La paradoja que supone la pobreza de la cruz entendida como total posibilidad cobra aquí la categoría de cimiento de la experiencia de Jesús que se describirá después.

Jesús es, pues, icono de Dios invisible desde la evidencia de su sangre derramada en la cruz, desde su entrega total a la historia. No desvela al Padre en la gloria nimbada de la transfiguración religiosa, sino desde su "éxodo que sufre en Jerusalén" (Lc 9,31). Esta fidelidad extrema a lo histórico es prueba de que la conexión que establece con el Padre es auténtica.

 

5) Un rostro envuelto en misericordia: Lc 15,11-32:

 

                        La insondable parábola que denominamos del "hijo pródigo" o, mucho mejor, del "padre que perdona siempre" se puede hacer una lectura del rostro de Dios como de una realidad envuelta en la misericordia. Efectivamente, no habría manera de entender lo primigenio y estremecedor de tal relato si no se desvela en la figura prototípica del Padre que perdona siempre la evidencia de un Dios que acoge con misericordia entrañable por encima de categorías morales o sociales.

            Desde ahí se percibe el rostro de un Dios hondamente mezclado a la ternura: "su padre lo divisó y se enterneció". Su misericordia no es hosca ni amarga, más allá de cualquier razón, sino incasablemente acogedora. Además el suyo es un rostro de dignidad porque reconoce la dignidad en el pródigo por encima de sus hondos desvaríos. Por eso le devuelve el vestido, el anillo, las sandalias, atributos todos ellos de componente contractual: puede firmar contratos económicos como antes, porque su desvarío no le ha privado de su dignidad de hijo de la casa. Es también un rostro festivo y amable, por eso se sacrifica el ternero cebado y se hace fiesta. Es, lógicamente, un rostro con voz de justicia porque se le hace ver al hijo mayor que "todo lo mío es tuyo", es decir, que la misericordia no rebaja para nada las exigencias de la más elemental justicia. Y es también, finalmente, un rostro, una voz, de la honda compasión porque "este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, se había perdido y lo hemos encontrado":

            Si algo quiere dejar bien claro el mensaje evangélico es que el Dios de Jesús se entiende y se define por la misericordia. "De Jesús impactaba la misericordia y la primariedad que le otorgaba: nada hay más acá ni más allá de ella, y desde ella define la verdad de Dios y del ser humano" (J. Sobrino, La fe en Jesucristo, p.30). Despojar al rostro del Padre que Jesús muestra de la misericordia sería diluir sus perfiles, hacerle perder su identidad auténtica.

 

III. Un icono nuevo en torno a Col 1,15

 

            Como un complemento a todo lo expuesto, y antes de entrar a valoraciones teológicas o sociales, queremos glosar el icono pintado por María de Nazaret, pintora carmelita del Carmelo de Olza (Navarra) sobre la idea de Col 1,15. Es preciso partir de la certeza de que los moldes pictóricos de los iconos son muy fijos y preestablecidos. Por eso, al decir que este es un icono "nuevo" estamos poniéndonos ya un tanto al margen de la tradición pictórica de los iconos. Pero la "libertad de los hijos de Dios" también se manifiesta en esto, como lo muestra la gran variedad de iconos nuevos que pulula por las comunidades cristianas.

            Este icono, en concreto, está construido sobre un doble plano. En primer lugar se halla la clásica figura de Jesús con sus vestiduras mesiánicas, el rojo de su entrega y el azul de su espíritu. Su tez oscura habla de la vida y su cabello castaño de su pertenencia a la historia. En un segundo plano se encuentra la imagen que representa al Padre. Igualmente, tiene la tez oscura porque es una realidad viva, pero su cabello blanco habla no de su ancianidad (de hecho ambas imágenes representan la misma edad como equivalentes que son por el misterio trinitario), sino de su pertenencia al plano de la no historia fáctica, aunque sí por su opción a favor de la persona. Ambas imágenes se tocan los dedos pulgar y corazón que indican su conexión entre lo divino y lo humano y dejan libres los otros tres dedos que simbolizan el misterio trinitario. Únicamente está nimbado el Padre con lo que se quiere indicar su situarse en ese otro lado de la realidad histórica. La estola coloreada a rayas que tienen los dos personajes en su vestido está indicando su íntima conexión, así como la mirada de ambos en la misma dirección, de cara al espectador con el que forman una "familia" (Jn 20,15). La ausencia de elementos decorativos en el trasfondo de las imágenes (tema recurrente en los iconos) está hablando de la universalidad en que se sitúan las relaciones divinas. Como hemos dicho, la realidad del Espíritu queda tipificada en el manto azul, con toda la espiritualidad del manto y del agua que son metáforas bíblicas del Espíritu.

 

 

 

            Quizá, en una segunda edición, habría que hacer una rectificación a este planteamiento teológico-pictórico: como hemos indicado, Colosenses sostiene que Jesús es imagen de Dios invisible en la forma de un pobre que, en la cruz, reconcilia a todas las cosas de cara a Dios. Por eso, el primer plano del icono debiera, tal vez, ocuparlo no la imagen del Cristo glorioso, sino la del simple crucificado. Para Colosenses en esa imagen de pobreza es donde se reconoce la generosidad total de Dios con la historia.

 

IV. Reflexión antropoteológica sobre la relación entre rostro y fe

 

            Al amparo de los estudios de David Le Breton sobre la antropología del rostro podemos extraer algunas sugerencias que nos ayuden a profundizar en el tema de la respuesta que Jesús puede ser ante el problema de la invisibilidad de Dios.

           

•1)      El rostro como hierofanía: La persona percibe que en la complejidad del rostro aparece la identidad y, con ella, el favor de Dios que se vierte de manera específica en quien ama. De esa manera, las criaturas con rostro se sitúan como en un nivel superior. "El rostro aparece como un capital (capita) del cuerpo, una sutil hierofanía cuya pérdida (la desfiguración) priva con frecuencia de toda razón de vivir fisurando profundamente el sentimiento de identidad" (D.Le Breton, El rostro,  p.141). Hay que medir el alcance de una espiritualidad cristiana que priva de rostro a Dios por razones filosófico-teológicas. El "sucedáneo" de las imágenes (dicho sea con todo respeto) no soluciona el problema. Por eso dotar a Dios de un rostro en el rostro de Jesús, en su verdad histórica, es imprescindible para la correcta comprensión de la identidad cristiana.

•2)      Lugar de aparición de "Lo Otro": Así es el rostro por su capacidad revelatoria. La persona histórica de Jesús, rostro del Padre, la percibe el creyente en la Palabra: "El sentido, es el rostro del otro y cualquier recurso a la palabra se inserta en el interior del cara a cara original del lenguaje. Todo recurso a la palabra supone la inteligencia de la primera significación" (E. Levinas, Totalité et infini,  p.101).  Y aparece también el Otro en aquellas realidades (personas sobre todo) cuyo oscurecimiento de los perfiles de su rostro pone en riesgo su identidad de creaturas dignas. Es el tema del desvelamiento del rostro de Jesús, del Padre, en los rostros afrentados. Pero ahí, en la Palabra y en el rostro herido aparece el Otro de forma privilegiada.

•3)      Un rostro común: Aquí se halla la inflexión y la diferencia con la antropología cuando se habla del rostro de Dios en Jesús. Para ella, el rostro y la individualidad van en proporción directa: "La singularidad del rostro evoca la del hombre, es decir, la del individuo, átomo de lo social, indivis, consciente de sí mismo, amo relativo de sus decisiones, ante todo un ‘yo' y no un ‘nosotros'" (D.Le Breton, El rostro,  p.143). Pues bien, en el rostro de Jesús se concentran todos los yo individuales con los que se ha relacionado ya que su vida, su "ministerio", no tiene sentido sin ese nosotros, como no lo tendría el amor del Padre sin su opción por lo creado. El rostro de Jesús y por ello el del Padre es un "nosotros" totalmente común, colectivo, universal, casa de amparo para toda realidad que no se diluye ni se confunde con Dios, pero sí que se acoge a su mirada envolvente. Cuando un colectivo creyente concede importancia a la universalidad se topa con más facilidad con el rostro del Padre y de Jesús que basa su sentido en el amparo a todo otro rostro.

•4)      El rostro como condensado de valores: "De todas las zonas del cuerpo humano, el rostro es donde se condensan los valores más importantes: matriz de identificación donde se refleja el sentimiento de identidad, donde se fija la seducción y los matices innumerables de la belleza o de la fealdad. Valores tan elevados que la alteración del rostro es vivida como un drama, como una privación de la identidad" (D.Le Breton, El rostro,  pp.143-144). Efectivamente, también el rostro de Jesús es matriz de identidad pero, como hemos dicho, por ser rostro que ampara a todo otro rostro. Y, desde luego, se halla en él la seducción no por la belleza física, sino por su capacidad salvífica, amparadora, fraterna. El rostro de Jesús está hecho para seducir no por sus facciones, sino por su hondísimo amor en los sótanos mismos de la vida (la kénosis de Filp 2,6-11).

•5)      El rostro profanado: Es el drama de cualquier rostro, también lo es del rostro de Jesús-Padre. "La negación del hombre se relaciona de manera ejemplar con la negativa a concederle la dignidad de un rostro" (D.Le Breton, El rostro,  p.146). Algo de esto ocurre en la dinámica de la fe: privar a Jesús, al Padre, de rostro es relegarlo a la zona de las sombras. Por el contrario, elaborar una espiritualidad del rostro amparador de todos los rostros es descubrir el afán salvador de Jesús y el incontenible amor de Dios sobre la historia. Privar del rostro es convertir al individuo en un elemento intercambiable de categoría denigrada.

•6)      Amar mirando el rostro: "El rostro parece siempre el lugar donde la verdad está a punto de revelarse" (D.Le Breton, El rostro,  p.146). Por eso, la mística cristiana anhela el rostro del Jesús y cifra en ese anhelo su horizonte experiencial. Sabe que amar el rostro es la manera de entender el sentido de Jesús y el proyecto del Padre sobre la historia. El rostro es una fuente inagotable de significaciones nuevas o por descubrir, un mundo por explorar.

•7)      Un rostro que no muere ni envejece: Así es el rostro de Jesús-Padre porque no está sujeto a ningún tipo de deterioro histórico. Porque es cierto que "la relación íntima con el rostro se vuelve una fórmula sutil de memento mori" (D.Le Breton, El rostro,  p.151). No ocurre eso en Jesús: su rostro resucitado se ve libre del deterioro del envejecimiento y de la muerte. Es lo que en lenguaje teológico se llama la resurrección. De ahí, apoyado en él, puede aspirar el creyente a que la pérdida de identidad por la disolución de los perfiles reales del rostro no se dé y, no solo eso, sino que adquiera carta de plenitud.

•8)      Confesar un rostro: Que es algo más que confesar una fe, un corpus dogmático. "Lo sagrado de un rostro comienza o se acaba en los ojos del otro, en la proyección de sentido que lo pone frente al mundo o que lo rechaza" (D.Le Breton, El rostro,  p.153). Así es: los ojos del otro, su acogida o rechazo del rostro distinto, no es que otorguen el sentido pero sí la posibilidad de ser acogido o rechazado. La confesión de la fe puede ser entendida como un rostro, el nuestro, que acoge a otro rostro, el del Padre-Jesús. Y, desde ahí, la continua oferta de tal rostro amparador a toda persona, a toda realidad que esté necesitada de amparo.

 

V. Invisibilidad y humanización de Dios

 

            El recorrido planteado hasta ahora y las sugerencias de la antropología abocan a una serie de planteamientos de hondo calado teológico que vienen con indudable frecuencia sobre las páginas de los estudios y, lo que es más real, sobre la vida de las personas, sean creyentes o no lo sean. Esbocemos los más importantes:

 

•1)      La invisibilidad de Dios como problema: Ya lo hemos insinuado: puede parecer cosa harto teórica, pero, de maneras diversas y metamorfoseadas, vuelve constantemente a la vida de las personas. Los sociólogos hablan del eclipse de Dios, los teólogos de su muerte o de largos inviernos, los místicos claman por su presencia deseada. Pero es, sobre todo, la persona de la calle quien grita la pregunta cuando el agobio vital le acogota y atrapa su garganta hasta casi asfixiarlo.

      Por otra parte, hay que reconocer de salida la dificultad de todo diagnóstico histórico ya que estamos tironeados por los tiempos, las culturas, los movimientos sociales, las etapas biográficas personales, etc. Pero algo sí queda claro: la invisibilidad de dios es una realidad que se deriva de la misma estructura histórica, lo que no supone el abandono, sino todo lo contrario: el Dios que no vemos acompaña el camino histórico en el modo intenso de su silencio y de su invisibilidad. "El problema es, pues, difícil y nunca superable, porque obedece a una forzosidad estructural y no a una decisión divina. Es decir, no se trata de un ‘dios' que, de manera incomprensible y contradictoria con su amor, hubiera decidido no manifestarse o no hacerlo con claridad. Pero por eso mismo, por derivar de la estructura misma de lo real, el problema está alimentado por la esperanza. Obedeciendo al límite inevitable de la finitud, no sólo no es querido por Dios, sino que lo implica a Él mismo, como aquello que dificulta sobre nosotros: creándonos por amor, nos apoya en el esfuerzo por superar nuestros límites, tratando por todos los medios de dársenos y manifestársenos en la generosidad irrestricta de su gracia y en la paciencia incansable de su perdón. Éste es el verdadero dinamismo de toda la historia de la revelación. Por eso la fe cristiana sabe que no está ante un dios tacaño, que se oculta, sino ante el Abbá de Jesús, que ansía revelarse a todos y a todas, empezando por los más pequeños (Mt 11,25) y sin excluir siquiera a malos e injustos (Mt 5,43-48; Lc 6,35-36)" (A. Torres Queiruga, ¿Dónde está Dios?,  p.33).

      Es en el último dato donde nosotros queremos hacer hincapié: en el Dios de Jesús, en su manera de vivirlo y de expresarlo, en la evidencia de su amor y de su acompañamiento, en la manera desestabilizadora para los sistemas y apoyadora para los débiles, en su increíble universalidad y abrazo compartido, en la extrañísima imagen de un Dios loco de amor, es en ese "rostro" de múltiples facetas que con la vida y la Palabra de Jesús muestra al Padre donde el creyente quiebra la "forzosidad estructural" de la invisibilidad de Dios. Al cristiano le va quedando cada vez más claro que a ese rostro se accede por dos vías: por la Palabra creída y asumida y por los pobres amparados, reivindicados y desarrollados. Esas son las vías de accesibilidad al rostro de Dios.

      Más aún, la verdadera maravilla, aquello que deja boquiabierto al místico, animado al creyente en Jesús y sostenida la fe de la comunidad cristiana no es solamente la maravilla de mostrarnos su rostro a través de Jesús, sino que por eso sabemos que Dios comparte la suerte de la historia. "En realidad, cuando se reflexiona a fondo, lo admirable no es lo difícil que resulta captar a Dios, sino cómo, salvando el abismo de la diferencia infinita, logra hacerse presente en la vida y en la historia humanas" (A. Torres Queiruga, ¿Dónde está Dios?, p.35). A esto es a lo que nos lleva la contemplación del rostro de Dios en los rasgos propuestos por Jesús, su Palabra y su opción por los desfavorecidos.

•2)      El sempiterno problema de una gnosis no superada: La tentación gnóstica acompaña el devenir de la experiencia religiosa. De hecho, muchos movimientos espirituales, antiguos y recientes, se echan en brazos de ese mecanismo. La gnosis anhela el conocimiento y, mediante él, la conexión con Dios. Más allá de silencios, ocultamientos, oscuridades, el gnóstico cree que es posible encuentro con Dios. Pero su peculiaridad estriba en el camino que emplea para conseguirlo: puenteando la historia y mediante algunas técnicas ascéticas, orantes o similares, se puede conectar con lo divino. El problema radica en el puenteo de la historia. Eso da como resultado, además de una fuerte irresponsabilidad histórica con el descuido de la más elemental solidaridad, el nacimiento de irrefrenables fantasías religiosas, imposiciones dogmáticas y fanatismos ideológicos, desenfoques relaciones que pueden llevar a verdaderas aberraciones. Este peligro no ha estado alejado del camino cristiano, desde los tiempos de 1 Juan hasta hoy.

Aquí está la raíz del asunto de no pocos de nuestros desajustes. Esa raíz no es otra sino la comprensión de la propuesta cristiana más como una gnosis, como un conocimiento, como un conjunto de verdades que como una moral evangélica de actuación ética desde el presupuesto del amor. El modelo moral es más amplio y ajustado al mensaje de Jesús, ya que integra los dos aspectos que la historia separó (la ideología y la praxis). Jesús reveló la verdad, pero, como hemos dicho, esa verdad no era gnóstica, ideológica, sino práctica, no llamaba a la mera contemplación sino a la acción que integra la contemplación. "Creo que el cristianismo está a punto de cambiar de modelo, aunque tal vez sean las ganas que tengo lo que me hace ser optimista. El modelo ‘gnóstico', centrado en el credo proclamado, en las construcciones dogmáticas, en la fe como conocimiento, sería sustituido por el modelo ‘moral', centrado en la ágape, en la imitación de Jesús, en la construcción del Reino de Dios. La divinización del ser humano de la que tanto hablan los padres griegos resulta ser ahora una divinización funcional: convertirse en la providencia de Dios" (J. A. Marina, Por qué soy cristiano,  p.132). Es el viejo problema de la ortodoxia o la ortopraxis. La propuesta de Jesús, su mismo estilo de vida, se inclina por esta segunda: una praxis que no excluye una manera de pensar, una ideología, una contemplación, sino que las supedita a los comportamientos éticos, al amor actuante, a la solidaridad eficaz y real que imbuye la actuación cristiana. Mientras este dilema siga insoluble, el resultado será el mismo: la supremacía de lo ideológico, y con ello de la norma, sobre la vida en sus diversas formas de actuación.

Como dice 1 Jn 4,2, para saber que una inspiración viene de Dios, que estamos hablando de la fe cristiana entendida en los parámetros de la fe fundacional, es preciso confesar a Jesús "venido en carne", en los parámetros de una historia concreta y pobre. Si se olvida este requisito, la invisibilidad de Dios como atractor para el anhelante de Dios puede ser una formidable fuente de desviación religiosa y humana. A la fe cristiana le conviene no caer en estos parámetros si no quiere que los rasgos del rostro de Dios que Jesús manifiesta queden diluidos y desactivados.

•3)      ¿Peligro de "jesulogía"?: Hubo tiempos en que se habló de este peligro, de acentuar en exceso la realidad de Jesús en la concepción de la fe cristiana. En realidad, tal acentuación difícilmente llevará aun planteamiento equivocado porque Jesús es "camino" que aboca a la realidad del Padre indefectiblemente. Pero hay personas que aseveran que hablar en exceso del rostro de Jesús devalúa la realidad de Dios.   Habría que ver si todo ello proviene de un cierto miedo a Jesús: "En tiempos de Pablo, con el recuerdo de Jesús tan cercano, el apóstol podía hablar de Cristo como sinónimo de Jesús (cuando no lo decía significando "el Mesías"). Hoy en día, ambas palabras se han distanciado: Jesús (sin Cristo) puede aludir sencillamente a aquello que captamos, dejando sin expresar la toma de postura creyente o increyente ante Él" (J.I.González faus, ¿Miedo a Jesús?, p.26).

La valoración y contemplación de la persona, del "rostro" del Jesús histórico, no puede desembocar más que en una hondísima comprensión del rostro de Dios leído y amado por el creyente en el marco de la historia. No hay, pues, ningún riesgo derivado del ahondamiento en la persona del Jesús histórico y en la ponderación de su componente humano, de su ser humano. Quizá el miedo provenga de otros intereses que nada tienen que ver con el Mensaje cristiano. El mismo cardenal Ratzinger decía en octubre de 2001 que  "la aventura del cristiano es ver el rostro de Jesús" (Congreso de la santa Faz). No puede quedar esto en meras palabras: ver ese rostro en el hoy (se supone que no en una mera imagen) requiere una lectura hondamente espiritual del hecho histórico como lugar de ese rostro. Verlo desde la Palabra y desde los pobres es el camino correcto.

•4)      La humanización de Dios y la divinización de la persona: Llegamos, quizá, al núcleo de la cuestión. Los mecanismos religiosos, indudablemente llenos de buena voluntad (y de otros asuntos menos confesables), han utilizado, como mecánica de ensalzamiento a Dios (y al mismo Jesús, la técnica de la divinización. Y, como la religión es, con frecuencia, desmedida, lo ha hecho de manera exagerada. Eso ha dado como resultado, en el caso de Dios, una hondísima desconexión que impide percibir a Dios como compañero que acompaña el caminar humano y a Jesús como hermano real en nuestra aventura humana. El núcleo joánico de Jn 14,23 ("Vendremos a él y pondremos nuestra morada en él" queda situado en el ámbito del esencialismo, de la mística inasible de la llamada "inhabitación del Espíritu Santo". La teología contemporánea interpreta la realidad de la divinización no tanto en una perspectiva esencialista metafísica, sino más bien en una óptica marcadamente trinitaria y personalista. Partiendo del inaudito anuncio del Nuevo Testamento, se tiende a resaltar cómo el encuentro único entre la divinidad y la humanidad que se verificó en Cristo constituye el paradigma de la relación Dios-hombre; Jesús de Nazaret, verdadero Dios y verdadero hombre, muestra en su persona y en su historia que el hombre es tanto más auténticamente hombre cuanto más se diviniza. La comunión con Dios no es causa de aniquilamiento de lo humano, sino fundamento de su perfecta realización. Contra toda oposición entre antropocentrismo y teocentrismo, contra toda separación entre Dios y el hombre, se siente hoy la necesidad de reconocer y de afirmar que las antropologías sin teología eluden el problema de la dimensión suprema de la condición humana. Las teologías sin antropología falsean y desfiguran el misterio de Dios. Por eso, se impone una reformulación que recupere la humanización de Dios y la divinización de la persona. La espiritualidad del rostro reconsiderado puede ayudarnos.

      Efectivamente, un Dios deshumanizado es un Dios "sin rostro" y, por lo mismo, un Dios que ha perdido la capacidad de embelesar, de cautivar, enamorar. Un Jesús divinizado religiosamente (en exceso, si es que se puede hablar así) pierde igualmente la posibilidad de conexión histórica con la persona del creyente y, con ello, la capacidad de dinamizar la vida del seguidor desde su misma opción por Jesús. Por supuesto, los "rostros vicarios" de las imágenes (por venerables que sean) no logran solucionar el asunto.

      Más aún, una cierta corriente de la literatura bíblica actual intenta devolver a Jesús ese componente divino que engloba su realidad teológica y considera los excesos de humanización como un atentado a la persona de Jesús, a la dogmática y a la misma Iglesia. Numerosos contenciosos con los teólogos modernos tienen como trasfondo ese problema. De ahí que estudiosos como Berger pretendan constantemente en sus estudios presentar a un Jesús de irrenunciable componente divino en contra de lo que, pero razones de una excesiva humanización, consideran ataques a lo nuclear de la divinidad de Jesús y del mismo ser de la Iglesia: "Hace ya mucho tiempo que nos hemos acostumbrado a que el Jesús histórico sea utilizado en contra de la Iglesia. No sólo la exégesis y la historiografía de la Iglesia practican esta escisión; se trata más bien de algo que forma parte de nuestra conciencia cultural y es, desde hace más de doscientos años, un elemento de controversia ideológica...la Iglesia ha divinizado (dicen), traicionado, enromado y mundanizado a Jesús...en connivencia con los poderosos del mundo" (K. Berger, Jesús,  p.546). Pero hay que reconocer que en sus estudios raramente aparece el tema del rostro, tanto desde el punto de vista histórico como espiritual y, por lo tanto, el problema de la visibilidad de Dios lo resuelven por el olvido.

      Hay quien sencillamente propone como solución intentar "conocer a Dios desde Jesús y no a Jesús desde Dios" (J.M.Castillo, La humanización, p.348). Es decir, leer la realidad del Dios de Jesús que se relaciona con la historia desde la misma historia (la de Jesús, la nuestra y la del cosmos) daría como resultado la realidad de un Dios con rostro y no menos espiritual. Por supuesto, traería como consecuencia la imagen de un Dios que hace causa con la vida y, por lo mismo, "amigo de la vida" (como decía ya el viejo texto de Sab 11,26) y nunca aguafiestas sempiterno de este camino humano. La cosa no es banal. Es el problema de la teología ascendente o descendente de la que H.Küng ha hablado en tantas ocasiones.

      De aquí se deduce que "el cristianismo, que prolonga en la historia la presencia de Jesús, no tiene otra finalidad ni otra razón de ser que hacer presente y operativo el proceso de humanización que se inició en la encarnación" (J.M.Castillo, La humanización,  p.348). ¿Cómo se puede hacer presente ese proceso de humanización que no es sino poner rostro a Dios, a Jesús y a la misma fe? J.A.Marina dice que en la forma de la providencia. Por eso tomamos los seis asertos de su "confesión de confianza" (Por qué soy cristiano,  p.151):

 

1. La bondad -la acción amorosa, la agapé, la búsqueda de la justicia- es la manifestación y realización de la divinidad.

      Dios cobra rostro, y así lo ha demostrado Jesús, en la mera bondad: "Pasó haciendo el bien" (Hech 10,38). La bondad es para Jesús ideal mayor, por eso lo aplica solamente a Dios, ni siquiera a él mismo (Mc 10,18). Ser bueno es ideal de auténtica perfección ("sed buenos de todo...": Mt 5,48). Sin bondad, el rostro de Dios se diluye y el perfil del Jesús evangélico se convierte en otra cosa (maestro, pontífice, pantocrátor, juez, etc.). La bondad resitúa a Dios y a Jesús en el marco correcto de lo histórico porque ellos son buenos para nosotros, para la historia ("por nuestra salvación", dice el credo; "la salvación cristiana es la salvación de la deshumanización que produce el pecado", dice J.M.Castillo, La humanización, p.358).

 

2. Quién actúa creadoramente participa de la divinidad.

Porque es una evidencia para la teología que Dios nos hace concreadores con él. Es una concreación desde el lado del amor, no desde la potencia. De ahí que quien actúa con amor pone rostro a la divinidad ya que hace presente en el hoy cercano el misterio creador que es la base de toda fe.

 

3. Actuar creadoramente significa convertirse en la providencia de Dios.

            Esta concreación se verifica históricamente en comportamiento de pro-videncia, en el sentido más literal del término: preocuparse previamente de algo o de alguien. Este mecanismo de preocupación previa solamente puede brotar del amor. La providencia toma hoy la forma de la solidaridad y del desarrollo de los pueblos, rostros de la justicia de siempre.

 

4. Por ser el despliegue real de la divinidad, la agapé es todopoderosa.

            El poder no se manifiesta en obras milagrosas, sino en la certeza de que esta realidad histórica es transformable y que la meta de la dicha para toda realidad y la universal y cósmica fraternidad no son quimeras de personas espiritualistas o falsamente utópicas, sino metas legítimas que la fe en Jesús confirma.

 

5. El reino de la agapé, predicado por Jesús, es la salvación de la humanidad.

            La salvación por la ágape no puede ser sino un salvación en lo humano, en toda su amplitud y profundidad. Por eso es salvación para la humanidad, no únicamente para la parte religiosa de esa humanidad. Esta salvación es englobante y, como decimos, toma la forma de la felicidad y de la dicha, no tanto el logro de un cielo religioso.

 

6. La búsqueda del bien -de la justicia- es la gran tarea de la inteligencia, porque se identifica con la búsqueda de Dios.

            Dios mismo busca el bien y la justicia. Su tarea divina se hermana con la de la historia humanizada. Al percibir que estamos hermanados con Dios en su más divina tarea el rostro de Dios cobra rasgos de "humanidad plena", de apuesta total por lo nuestro y con nosotros, de tal manera que la adhesión no brota por motivos directamente religiosos, sino por la certeza de trabajar codo a codo por nuestro más íntimo anhelo, el logro de la dicha completa.

 

La conclusión resulta clara: humanizar es poner rostro a lo divino y al mismo Jesús de la historia (del que desconocemos sus rasgos físicos). Es un rostro espiritual e histórico a la vez porque apunta al secreto de Dios y se verifica en parámetros históricos. Estamos hablando de una "mística horizontal", aquella que engloba a la realidad de Dios en el marco de la historia, sin ninguna necesidad de abandonar dicho marco.

 

VI. Derivaciones

 

            No queremos terminar la reflexión sin apuntar algunas derivaciones que hemos ido anotando a lo largo del trabajo. Son, a modo de apuntes, pequeñas sugerencias que indican que el aparentemente teórico tema de la invisibilidad toca con facilidad las estructuras elementales del ser histórico de la persona.

 

•1)      Cuando el rostro de Dios aparece nítido en la misericordia: Cuando maría Zambrano habla de Benina, el personaje central de la novela Misericordia de B. Pérez Galdós, dice: "Encarna sin parecerlo, con una sutileza que sólo se permite la verdad más verdadera, eso tan maravilloso como la misma fuente de la vida que es la misericordia...Es en la vida, en la vida real, en los dolores y dificultades, en la angustia y desesperación del intrincado mundo que es España, el aceite de la misericordia, su riqueza, su esplendor...Su alegría suave, inextinguible como la luz misma, la transparencia de un alma a la que ninguna desgracia ni ningún crimen, por monstruoso que sea, puede oscurecer, es la esperanza, la última, la que jamás se pierde" (B. Pérez Galdós, Misericordia, p.24). La misericordia es "la misma fuente de la vida", por mucho que se halle oculta en la maraña de unas relaciones históricas vividas en inhumanidad; es un "aceite", eso que hace que las relaciones humanas, vividas con frecuencia en la fricción, no chirríen; es "la esperanza que jamás se pierde", a la que se agarran muchos náufragos que han sido expulsados del trasatlántico del sistema.

Es cierto que hasta el término misericordia suena hoy mal a los oídos del ciudadano actual. Pero, con otros nombres, es, en el fondo, el mismo mecanismo: la vida mirando al otro, providente con el ajeno. Por eso se habla hoy de justicia, sin la que la misericordia se convierte en un paternalismo inaceptable; se habla también de desarrollo, que es el nombre moderno de la justicia; suena, a veces, el nombre de equidad que postula no solamente el reparto igualitario, sino un reparto "desigualado" a favor del más débil; hay quien le da el nombre de "cuidado esencial", esa actitud de quien se preocupa del otro con acogida y ternura; es, dicen algunos, la vieja filantropía, la irresistible tendencia inscrita en los pliegues del alma a volcarse a la necesidad de quien ves sufrir; o, desde el lado más social, la inquietud por las causas de la pobreza, esas fuentes de donde dimanan todos los desajustes sociales.

En este marco es donde aparece nítida la misericordia de Dios. Situarla lejos de estas preocupaciones históricas es, además de inutilizarla, hacerla desaparecer. Los perfiles del Dios de bondad se borran en ausencia de misericordia. Por eso, la misericordia habría de ser la ley básica y real de cohesión de un grupo creyente. Pretender recuperar las "raíces cristianas" de nuestra sociedad sin replantear el tema de la misericordia, tanto a nivel social como eclesial, es pretender lo imposible.

•2)      El perdón social como verificación de la visibilidad del rostro de Dios: Las religiones han trabajado mucho el tema del perdón religioso, del creyente con su Dios. Pero han trabajado mucho menos el perdón social. En realidad, este segundo es de mucha más decisividad histórica que el otro. Y ello por una sencilla razón: porque el perdón social "se ve", mientras que el religioso no. Al verse, es evaluable, cuestionable, apreciable, etc. De ahí que digamos que el perdón social verifica la visibilidad del rostro de un Dios que perdona.

Para acercarnos de manera eficiente a ese perdón es preciso elaborar lo mejor posible los inevitables conflictos que acompañan el caminar humano. Un conflicto es la contraposición de necesidades, objetivos, intereses o percepciones entre dos o más partes. Intentar elaborar una teoría que apunte al trabajo por encajar el conflicto es ya un comienzo de solución. Efectivamente, elaborar conflictos no es solucionarlos ni dictar sentencia entre los contendientes. Es empezar a caminar en direcciones comunes, a entrever la posibilidad de acuerdos elementales sobre bases compartidas. Es el comienzo de un posible entendimiento. "La propuesta  de ‘elaboración ética' no es una fórmula de solución de conflictos, tampoco pretende dar una respuesta absoluta, exhaustiva y acabada de todas las vertientes y variantes de las contiendas. Sólo es un punto de partida... Sólo un punto de partida para suscitar procesos de cambio personales, colectivos o sociales aprovechando el escenario que nos brindan los conflictos...a modo de hilos de los que tirar" (J.Fernández, Ser humano en los conflictos, p.22).

En escenarios de violencia es imposible acercarse a los rasgos del Dios que perdona. La violencia borra cualquier vestigio del rostro del Dios de bondad. Una religión que engendra violencia o la justifica se aparta de la verdad de Dios. Y ello por una razón simple: a causa del origen común de todo lo creado. Si Dios ha creado todo por amor, todas las criaturas entran en una dinámica relacional, familiar. Y nunca puede estar justificada la violencia entre familiares. Únicamente el perdón ilumina y acerca el rostro de Dios a los caminos humanos.

•3)      Ver el rostro de Dios en el sufrimiento compartido para superar su inutilidad: Hay quien dice que el sufrimiento es inútil; no solamente es inútil, sino gratuito, cruel, inexplicable, absurdo. Por eso, queda claro que lo primero que es preciso hacer ante el sufrimiento es luchar a brazo partido contra él, para atenuar sus efectos perversos. Pero, aún así, él interrogante sigue ahí. Y una cosa aparece clara: el sufrimiento del otro me incumbe tanto como el mío. Y más, el sufrimiento de los más débiles. Es en ese compartir un sufrimiento general donde habrá que leer el rostro de Dios que participa de nuestros sufrimientos como el más interesado en que sean los menores posibles, ninguno como horizonte.

Hay pensadores que lo han visto con mucha claridad: "Este pensamiento elevado es la honra de una modernidad aún incierta y titubeante que se anuncia tras un siglo de sufrimientos innombrables pero en la cual el sufrimiento del sufrimiento, el sufrimiento por el sufrimiento inútil de otro hombre, mi justo sufrimiento por el sufrimiento injustificable de los demás, despeja la perspectiva ética de lo ínter-humano sobre el sufrimiento. En tal perspectiva se establece una diferencia radical entre el sufrimiento en otro, allí donde él está, que es imperdonable para mí y que me solicita e invoca, y el sufrimiento en mi, mi propia aventura del sufrimiento en la que su inutilidad constitutiva o congénita puede adquirir sentido, el único sentido del que es susceptible el sufrimiento: convertirse en sufrimiento por el sufrimiento -incluso inexorable- de otro. Esa atención prestada al sufrimiento de otro que, a través de las crueldades de nuestro siglo -a pesar de tales crueldades y a causa de ellas-, puede afirmarse como el nudo mismo de la subjetividad humana a punto de erigirse en un supremo principio ético -el único incontestable- y de gobernar las esperanzas y el disciplinamiento práctico de grandes agrupaciones humanas. Se trata de una atención y de una acción que incumbe a los hombres -a su yo- tan imperiosa y directamente que no les es posible sin el testimonio de un Dios omnipotente. La conciencia de esta obligación inexcusable, aunque ciertamente más difícil, está espiritualmente más cerca de Dios que la confianza en cualquier teodicea" (E. Lévinas, Entre nosotros, p.44).

Así es: el sufrimiento del otro nos constituye como sujetos morales (nos dice qué clase de persona somos en verdad) y, además, hace "visible" el rostro de un Dios que no solamente no envía sufrimiento, sino que comparte los sufrimientos estructurales (y los demás) del ser histórico. Dios da la posibilidad de ser dichosos y comparte el precio que eso conlleva. Evidentemente, esta imagen de Dios demanda un nuevo paradigma: aquel que acerca nuestra vida al rostro de un Dios que ha hecho del compartir humano el sentido de su amor.

•4)      El esplendor oculto del rostro de Dios en lo humano: Para los mecanismos religiosos lo humano vela el rostro de Dios. Pero puede ser entendido de otra manera: en el rostro de los humanos, de las criaturas, sobre todo cuando aman, se desvela el rostro amoroso de Dios. Las personas pueden ser entendidas como expresión del rostro de Dios. En esa dirección la conocida expresión de Abelardo: "Dios está en Eloísa". ¿Qué es lo que hace ver ese rostro en los rostros humanos? El amor del rostro y el amor al rostro. Puede que un rostro esté lleno de odio o con un amor olvidado; pero si alguien ama a ese rostro por encima de su negatividad, el rostro vuelve a cobrar humanidad y capacidad teofánica. Dios aparece en él.

            Hay personas que han captado esto con gran viveza. Una de ellas es Francisco de Asís. Francisco de Asís no ha sido ni un misionero al estilo moderno, ni un cooperante apasionado por el desarrollo, ni un entregado a proyectos de solidaridad en países empobrecidos. Un creyente humilde en una época oscura. Por eso, tal vez él mismo quedaría extrañado de verse en las páginas de una revista especializada en temas de caridad social. Sin embargo, su manera de vivir el Evangelio y su forma de mirar a las personas hacen que, a priori, pueda ser entendido como una persona de fuerte componente caritativo. Efectivamente, "el esplendor del hombre y su tragedia han debido encontrar en él a un intérprete privilegiado" (P.Lippert). El núcleo vital de Francisco está habitado por una mirada en profundidad a la realidad humana desde un encuentro directo con el Evangelio. Ahí se ha engendrado una palabra fundadora de humanidad. Desde ahí se ha redescubierto la historia de la persona como una historia de fraternidad, de solidaridad real, de amparo mutuo, de camino compartido. Quizá sin pretenderlo, Francisco ha colaborado decisivamente a desvelar el esplendor oculto de lo humano. Y con ello, ha generado un profundo movimiento de solidaridad, de caridad, de amor, de empatía que aún perdura en la historia. Despojado de todo poder, incluso entendiendo a Dios como a un Dios menor, ha engendrado un nuevo principio de interpretación social que apunta a la transformación de las estructuras sociales: una sociedad donde nadie es excluido, donde no tiene sentido que existan dominadores y dominados, donde sea creíble la soñada utopía de una fraternidad entre humanos y con la creación.

Las criaturas oscilan entre el ocultamiento de Dios, por su componente inhumano, y su desvelamiento del rostro divino, por su amor desinteresado. Es justamente el amor asimétrico, desinteresado, equitativo, generoso, el que hace posible la manifestación del rostro de Dios en las vicisitudes históricas.

•5)      Descubrir el rostro femenino de Dios: Una tarea pendiente que lleva a otra muchas tareas pendientes, tanto en la espiritualidad como en la organización de las comunidades cristianas. Hoy lo masculino y lo femenino están en acelerada mutación. Ya no son tan claros los atributos clásicos. Los modelos pasados ya no se sostienen en el presente. La cuestión es compleja. Hoy se habla de feminismo de la igualdad y feminismo de la diferencia. El hecho biológico es también cultural, no aislado. Es la cultura la que adjudica roles sociales. ¿De qué femenino estamos hablando? ¿del modelo occidental patriarcal? Hay muchas caras y muchas luchas del feminismo. Hay un feminismo teórico, de conceptos, y un feminismo en medios populares, con diferentes luchas: negras, lesbianas, trabajadoras, por la salud...La realidad es compleja. Hay muchas caras del feminismo. Todas esas caras habrían de reflejarse en el actual rostro de Dios (ese rostro muta también con las circunstancias). 

Pero no basta incorporar una imagen femenina de Dios y descartar otra (masculina). Estamos siempre construyendo nuestras identidades. No hay identidades fijas de hombre y mujer. Los roles masculinos y femeninos adquieren movilidad: hay muchos heteros-, muchos homos-, muchos trans-. Es la riqueza y el desafío de nuestro tiempo. No se trata de abolir las diferencias sino las injusticias, la abolición de los privilegios establecidos por un orden preexistente. Todas esas diferencias habrían de encontrar cobijo en el rostro de Dios que hoy miramos y presentamos.

"La historia de las relaciones entre las mujeres y la teología cristiana puede resumirse en una palabra: desencuentro. Donde había teología no estaba la mujer; donde estaba la mujer no había teología. Ésta era obra de los varones, que han pensado a Dios a su imagen y semejanza y han interpretado la palabra de Dios conforme a su lógica, la patriarcal. Lo expresa muy atinadamente el título de un número de la revista Concilium: ‘La mujer, ausente en la teología y en la Iglesia'. Al discurso teológico puede aplicársele con toda propiedad lo que Celia Amorós dice del discurso filosófico: que es ‘un discurso patriarcal, elaborado desde la perspectiva privilegiada, a la vez que distorsionada, del varón, y que toma al varón como destinatario en la medida en que es identificado como género en su capacidad de elevarse a la autoconciencia" (J.J.Tamayo Acosta, Los nuevos escenarios, p.40). Pues bien, he ahí una tarea necesaria: poner al Dios de Jesús los rasgos de la mujer, absolutamente compatibles con los del varón pero impregnados ambos de un requisito común, la mera igualdad.

 

Conclusión

 

            El rostro de Dios se percibe en Jesús a través de una lectura de la palabra con contenidos sociales y de las situaciones y avatares de los empobrecidos del mundo. Esta sería la conclusión más importante. Primeramente la necesidad de poner rostro a Dios para escapar del peligroso mecanismo religioso de un Dios sin rostro. Esto se logrará con un tipo de lectura de la Palabra de profundos contenidos sociales, ya que la lectura espiritual (necesaria pero amenazada del sempiterno peligro de espiritualismo) no es suficiente para percibir la necesidad del marco histórico como garante hermenéutico del texto bíblico. Y el rostro de Dios se adensa en las luchas de los empobrecidos, de los pueblos crucificados, de los ninguneados de la historia, de las víctimas. Es ahí donde hay que hacer un esfuerzo espiritual e histórico para desvelar el rostro de Dios, perdonador, misericordioso y anhelante de justicia.

            Para lograr este objetivo, será preciso educar la mirada, mirar de otra manera la realidad, mirarla con los ojos del rostro de Dios. ¿Cómo ha de ser tal mirada? Cargada de una hondísima humanidad. Una mirada "divinizada" en exceso a la realidad de Dios la despoja de rostro y la desconecta de la historia profunda. Una mirada "divinizada" a la realidad la sitúa en una dimensión que no es la suya. Por eso, en la humanización, de Dios y del hecho creacional (incluida la persona) se halla una clave.

            Para estos logros es necesario el desasimiento, el despojo de intenciones inconfesables y, por lo mismo, una cierta ascesis. No tanto porque se crea que la ascesis tenga un valor en sí misma, sino porque es necesario liberar el camino espiritual de todos los aditamentos que lo despistan y lo desenfocan.

            La precedente reflexión se daría por satisfecha si, tanto en el autor como en el lector, creciera el anhelo imparable de ver el rostro de Dios sabiendo que, en Jesús, se nos ha dado la posibilidad de poner rasgos reales a tal rostro.

 

Bibliografía de referencia:

 

 

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TREBOLLE BARRERA, J.,  La Biblia judía y la Biblia cristiana, Ed. Cristiandad, Madrid 1993.

TSIROPOULOS, K., Ed. Padilla Libros, Sobre la ternura, Sevilla 1997.

 

El esplendor oculto de lo humano

EL ESPLENDOR OCULTO DE LO HUMANO

La caridad en Francisco de Asís

 

Fidel Aizpurúa Donazar

Hermano Menor Capuchino (Madrid)

 

Introducción

 

            Por extraño que parezca, en nuestra época secular la caridad vivida con pasión sigue atrayendo a las gentes. Cierto que el mismo término, "caridad", sufre una cierta devaluación. Pero su contenido real, la entrega generosa al débil, sigue vigente. La Iglesia católica, en su aspecto estructural, está siendo muy cuestionada. Pero cuando se demanda ayuda y colaboración con quien hace obra de solidaridad (misioneros, cooperantes, etc.), el pueblo cristiano responde con evidente generosidad. Más allá de la denominación, la caridad, la entrega, el amparo al débil, sigue teniendo un fuerte eco en nuestra sociedad. Hay algo sembrado en el fondo de la estructura humana (la vieja "filantropía" de la que hablaba Aristóteles) que sigue vivo y pujante bastándole un pequeño soplo de aire fresco para que el fuego reavive las brasas que se ocultan bajo las cenizas de la mediocridad y el egoísmo.

            Francisco de Asís no ha sido ni un misionero al estilo moderno, ni un cooperante apasionado por el desarrollo, ni un entregado a proyectos de solidaridad en países empobrecidos. Un creyente humilde en una época oscura. Por eso, tal vez él mismo quedaría extrañado de verse en las páginas de una revista especializada en temas de caridad social. Sin embargo, su manera de vivir el Evangelio y su forma de mirar a las personas hacen que, a priori, pueda ser entendido como una persona de fuerte componente caritativo. Efectivamente, "el esplendor del hombre y su tragedia han debido encontrar en él a un intérprete privilegiado" (P.Lippert). El núcleo vital de Francisco está habitado por una mirada en profundidad a la realidad humana desde un encuentro directo con el Evangelio. Ahí se ha engendrado una palabra fundadora de humanidad. Desde ahí se ha redescubierto la historia de la persona como una historia de fraternidad, de solidaridad real, de amparo mutuo, de camino compartido. Quizá sin pretenderlo, Francisco ha colaborado decisivamente a desvelar el esplendor oculto de lo humano. Y con ello, ha generado un profundo movimiento de solidaridad, de caridad, de amor, de empatía que aún perdura en la historia. Despojado de todo poder, incluso entendiendo a Dios como a un Dios menor, ha engendrado un nuevo principio de interpretación social que apunta a la transformación de las estructuras sociales: una sociedad donde nadie es excluido, donde no tiene sentido que existan dominadores y dominados, donde sea creíble la soñada utopía de una fraternidad entre humanos y con la creación.

            La espiritualidad de la caridad, como toda espiritualidad, necesita de unos trabajos en las raíces. La hermosura de un árbol, sus bellos frutos y su feraz follaje, demanda, todos los sabemos, la existencia de unas raíces hondas, sanas, aunque ocultas. Sin raíces no hay árbol que aguante. La espiritualidad de la caridad es hoy árbol de hermosa envergadura y de frutos ricos y variados. Tal árbol postula un trabajo continuado, humilde, en las raíces. Es trabajo oculto, no aplaudido, no pagado, pero, por eso mismo, del todo necesario, imprescindible. La vieja aventura espiritual del santo de Asís puede colaborar a tal empresa.

            Dice san Francisco en una de sus máximas: "Donde hay caridad y sabiduría, no hay temor ni ignorancia" (Admoniciones 27,1). La caridad está hermanada con la sabiduría. No es la caridad una virtud "tonta", indiscernida, sin orientación, sino "sabia", con esa sabiduría que procede de la aguda lectura de la realidad y del corazón humano. Además, la caridad aleja el temor, como lo dice claramente 1 Jn 4,18. Una caridad temerosa es una contradicción; una caridad profética, arriesgada, valiente es la de quien entiende que la caridad es apuesta por el otro con todas sus consecuencias. Y, además, la caridad nos enriquece como personas, aleja la tremenda ignorancia de creerse el ombligo del mundo para enseñarnos que en la casa del otro es donde halla el corazón humano su más grato cobijo. Quiere decir Francisco que, en realidad, la persona de fuerte caridad es la primera beneficiada de su propia generosidad porque sus valores más constitutivos salen potenciados cuando ejerce la acción solidaria.

            La propuesta espiritual de Francisco de Asís brota en una historia que tanto en su originalidad como en su universalidad no pudo nacer más que del encuentro del Evangelio con la historia de los hombres. De ahí surge también su espiritualidad de la caridad. Su pretensión es, pues, doble: animar al encuentro con el Jesús del Evangelio desde una decidida opción por la persona en debilidad.

 

I. Un hombre nuevo para una sociedad nueva

 

            Aunque Francisco de Asís es bastante conocido, permítasenos un  apunte biográfico. Nace en 1182 en Asís, una villa de la Umbría italiana que se ve envuelta en luchas internas entre "mayores" y "menores", la nobleza feudal y el pueblo llano que culmina en la proclamación de la comuna en 1200. Francisco es hijo de un próspero comerciante de tejidos, Pedro Bernardone, que extiende su negocio al amparo del nacimiento de la nueva burguesía. Conocemos algo de su familia: su madre se llamaba Pica y sabemos de un hermano suyo, Ángel, que no compartió nunca su camino evangélico.

            La familia había puesto muchas ilusiones en Francisco, dotado para los negocios, ambicioso y jovial. La manera de lograr un "nombre" para la casa era embarcarse en acciones bélicas que le reportaran un blasón nobiliario. Francisco interviene en la guerra entre Asís y Perugia cayendo prisionero. Pasa un año en la cárcel hasta que su padre paga un rescate por él. Vuelve a casa quebrantado en su cuerpo y en su espíritu. La prisión le ha mostrado el lado más cruel de la persona, pero también le ha abierto una puerta a la búsqueda evangélica. No es suficiente. Al poco tiempo se embarca en una nueva aventura militar como mercenario a las órdenes del conde Gentile en su guerra contra La Pulla. Esta segunda y definitiva aventura guerrera termina a los pocos días con una extraña visión que le hace ver con toda claridad que su camino está totalmente equivocado.

            Se inicia un largo proceso de cambio personal, de conversión (aunque él nunca lo denomina así) que empieza por hacer obras de caridad con los pobres y los curas rurales, incluye mucho silencio y oración en lugares apartados y hasta un peregrinaje a Roma. Pero el punto de inflexión es lo que se llama "el abrazo con el leproso". El leproso seguía siendo en la Edad Media el prototipo de marginado social sin ningún tipo de asistencia y viviendo fuera de las ciudades. Este encuentro es desencadenante de una percepción distinta de las propias estructuras personales. No es un descubrimiento de la pobreza o del dolor en sí, sino un descubrir a la persona que sufre y percibir en forma muy aguda e inmediata que la situación del leproso y la suya propia no difieren mucho en el fondo. El hermano Francisco habla en su Testamento 3 de que el trato con los leprosos, inicialmente amargo, se le convirtió en "dulzura". "La dulzura en clave evangélica está también en los leprosos, hombres que sufren en el cuerpo y en el alma una enfermedad terrible, y que sin embargo son siempre positivamente hombres" (G.G.Merlo). A esta percepción personal acompaña otra social. El hermano Francisco descubre de manera insultante el reverso de la nueva sociedad que nacía con aspiraciones de igualdad y en la que él era un privilegiado. Esta nueva sociedad, su ciudad, mantiene y crea nuevas desigualdades y muros: los que viven fuera de las murallas no son personas al verse privados de todo derecho. Por eso Asís, el mundo al que pertenece, no es el lugar humano que pretende ser y de ahí que  sienta necesidad de dejarlo. Había descubierto fuera de Asís el lugar de la persona.

                        Esta nueva visión de la realidad personal se ve confirmada en la revelación que Francisco tiene en el diálogo con el Cristo de san Damián, una experiencia religiosa tenida ante una tabla bizantina que representa a Cristo crucificado y que se conserva hoy en el monasterio de santa Clara en Asís. El hermano Francisco ve en aquel grabado el rostro de la humanidad de Dios. Ese rostro no es semejante al de los socialmente privilegiados, ni al de los señores de la guerra o de la Iglesia; el rostro humano de Dios no es el de los "ciudadanos". Es más reconocible en el de los excluidos que muestran su sufrimiento y no logran implicar a la sociedad; está inmerso en su angustia y la ha tomado sobre sí. Incluso ve con claridad que su propia vida herida es acogida en la cruz de Cristo. La cruz de Jesús respaldaba su visión de la persona en exclusión y las decisiones concretas que de ello van a seguir: tomar el estado de penitente, dedicarse a la oración solitaria, incrementar la caridad con la venta de telas en Foliño, huir de casa temiendo las represalias paternas, terminar en los tribunales del Obispo de Asís hasta poder decir que tiene "otro padre".

            Es entonces cuando comienza a traducir el evangelio en modos sociales: caminar entre la gente pobre y sufriente queriendo indicar que ellos también tienen derecho a sentarse en el banquete de la vida, revelar al Dios bueno alejando el temor y recreando el amor y fomentar la reconciliación como camino para la paz, hacer de la exclusión y la pobreza no una maldición sino un lugar de encuentro.

            Esta obra de caridad social la inserta Francisco en la evidente realidad de una sociedad en fuerte cambio que tiene como horizonte la libertad y la igualdad civil. Nace el mundo de las ciudades, de la comuna libre de la tutela de los señores, de los comerciantes, de los negocios entre países, del mundo urbano. Pero la gran revolución de esta época es la entrada del dinero en el mundo de los hombres. El dinero lleva a la convicción de que la ansiada liberación de la tutela feudal se trasforma en una nueva opresión: la de las clases sociales adineradas sobre los empobrecidos de la ciudad.

            Es en este marco social donde Francisco enmarca su vivencia del Evangelio y la caridad. "Salido del mundo de las comunas, Francisco comparte su ideal de libertad y de asociación. Él mismo pertenece a la clase de los comerciantes que han llevado a cabo la revolución comunal. Sin embargo, pronto descubrirá la otra cara de la nueva sociedad: el dominio del dinero, con sus conflictos y miserias; y se irá abriendo al mundo de los pobres y de los excluidos. Es justamente en ese momento cuando el evangelio revela a Francisco el camino que conduce a una auténtica fraternidad humana. El hijo del rico comerciante da entonces la espalda al dominio del dinero y a la pasión por el poder, y decide seguir el ejemplo de Cristo humilde y pobre. Al hacerlo, asume espontáneamente las aspiraciones y las esperanzas de los hombres de su tiempo, pero purificándolas y liberándolas" (E. Leclerc). El dinero tiende a cerrar de nuevo las puertas a la fraternidad; Francisco trabajará por una fraternidad abierta a todos, donde toda persona, toda realidad, es hermana. Quizá se halle aquí el secreto de la rápida difusión de la espiritualidad franciscana.

                        Esto es lo que le lleva a realizar un itinerario personal de honda conversión social: el desencanto que experimenta respecto a todo lo que había amado y admirado hasta entones le abre los ojos, le da una nueva mirada sobre la realidad. Desde ahí descubre algo que no había visto o que no se había atrevido a mirar de frente: la desdicha del mundo, precisamente en este mundo de las nuevas comunas tan rico en promesas, pero tan decepcionante para muchos hombres y mujeres. La nueva sociedad, donde los comerciantes y sus hijos son los reyes, esconde muchas miserias. Y al mismo tiempo que aumenta su sed de Dios, Francisco se vuelve cada vez más sensible a esa miseria. Empieza a acercarse con compasión a los más desgraciados, a aquellos a quienes la sociedad de los comerciantes rechaza o ignora: los leprosos, los mendigos, el pueblo bajo de los talleres, del subsuelo.

            ¿En qué fuente ha bebido Francisco la mística para alimentar esta nueva visión de la realidad? En algo que, con la espiritualidad cristiana actual podríamos llamar la "humanización" de Dios. El Dios que descubre en la cruz no se parece en nada al de los señoríos eclesiásticos; no es el Dios de las contiendas feudales ni de las guerras santas. Tampoco es el Dios de los privilegiados del nuevo orden social, el Dios de los ricos mercaderes. No tiene nada que ver con el dinero y su nuevo poder. No es un  Dios dominador. Todo lo contrario: se halla en lo más bajo de la miseria del mundo; se ha sumergido en esa miseria, ha cargado con ella, desborda de ella. Cada uno de aquellos pequeños, aplastado por la sociedad de ayer y de hoy, puede reconocerse con facilidad en Él, pues es su hermano. Dice en una de sus Cartas: "Él (Jesús), que era rico sobremanera, quiso, con la bienaventurada Virgen María, escoger la pobreza". Aquel que compartía la gloria de Dios, compartió su vida con los pequeños y humillados, con los derrotados, los ahorcados y los crucificados de todos los tiempos.

            Desde esta manera de ver la realidad, surge en él un imparable deseo: participar en el espíritu del Señor, seguir a su Hijo en su humanidad, en su humildad y su pobreza; renunciar a querer estar por encima de los demás para estar con ellos, para convertirse en uno de ellos, en su hermano menor sin pretensiones de nada.

            Esta vía abierta tendrá un gran poder de atracción sobre sus paisanos. Francisco, que jamás pensó en fundar nada, sino en vivir simplemente el Evangelio con los pobres, se ve pronto rodeado de un grupo de amigos que se sienten tocados por ese mismo ideal de vida humilde. Esto "desconcertó" a Francisco y, más todavía, cuando unas mujeres jóvenes, con Clara al frente, decidieron ser "hermanos", vivir el mismo ideal de vida pobre y social. En realidad, había conectado con una gran convicción de toda persona: que lo importante es el corazón y que los bienes han de estar ordenados a ese corazón, es decir, a la justicia y a la solidaridad. Esto le llevó a creer que el ancho mundo podía ser su casa y que incluso el cosmos era lugar de fraternidad real. Su mirada decidida a las pobrezas fue el verdadero motor de su relación humana.

            Más aún, de alguna forma, él elaboró una serie de estrategias para escapar de la presión imparable del sistema de las que resaltamos algunas agrupándolas en dos aspectos centrales: ¿qué tipo de economía soñaba? ¿Cómo entendió y vivió el honor social? De ambos planteamientos se puede colegir su manera de entender su perspectiva sobre las pobrezas y la misma caridad:

  • En el apartado de la economía: propugnaba el rechazo de todo título de propiedad inmobiliaria e incluso mobiliaria, creyendo que no tener vivienda propia era una manera de vida asequible para su comunidad, como lo era en el caso de los desheredados o de quienes pagaban a un arrendatario. En cuanto al dinero, rechazo absoluto en modos exagerados que indican la enorme prevención contra los peligros que se derivan de su uso (acumulación, ostentación, poder). Prevención grande contra una concepción de la cultura entendida como instancia de superioridad y de poder y prevención también contra una actividad mercantil que exija inversiones a causa de la propiedad. En definitiva, la cuestión no parece estar en si Francisco permitía casas o no, libros o no, dinero o no, trabajos especializados o no. La originalidad estriba en tratar de vivir en modos no sistémicos las realidades en las que se apoya el sistema. Como no sabía elaborar una alternativa más precisa (quizá no era posible en la época) formula su visión diferente en los modos comunes de la prohibición, pero en el fondo palpita el anhelo de un estilo de vida libre, distinto, alternativo.
  • En el apartado del honor social: La prohibición de recurrir a la Curia Pontificia en busca de documentos que avalaran su identidad y la consiguiente aprobación social (en una época donde el documento religioso es el único modo de identificación) es entendida como el deseo de ofrecer otra posibilidad de insertarse en el hecho social. La no aceptación de cargos o mayordomías no solamente marca un distanciamiento del peligro que conlleva el manejo del dinero sino el deseo de decir en qué nivel social se quiere uno situar, fuera de los mecanismos de promoción y medre. El componente no clerical del inicio, más allá de discusiones históricas, con que la primera comunidad ha estado amasada, quiere situar a la opción franciscana en ese terreno no fácilmente comprensible por una estructura eclesial a la que el clericalismo le resulta connatural. Las maneras peculiares de evangelizar (tanto con el ejemplo como "no contra los clérigos"), están queriendo dibujar un modo de oferta que se sitúa más en la benignidad y en la complicidad del corazón que en la autoridad de quien puede enseñar; la resistencia a la formulación jurídica de una Regla, como lo muestra el tortuoso proceso que culmina en la regla bulada, indica la prevención para echarse en brazos de la consagración jurídica de un estilo de vida que estaba llamado a la alternatividad.

            Nunca se alejaría de esta vivencia básica, por muchas que fueron las vicisitudes de su vida. La penosa última etapa de su vida puede parecer que está centrada en la dificultad con sus hermanos para dar con una regla de vida adecuada. Pero, en realidad, como decimos, es el esfuerzo por preservar la intuición primera: que el descubrimiento de la hermandad con los débiles encaja con la amparadora humanidad de Jesús y con el designio de un Dios menor que quiere una economía de fraternidad, de igualdad y de justicia.

            En realidad, Francisco fue un hombre nuevo para una sociedad nueva. Su novedad no radica en el brillo de su discurso o en la fuerza de sus obras, sino en el descubrimiento de la dignidad que anida en el corazón de toda persona y de toda realidad, singularmente de aquellos que más sufren el peso de la opresión y que cargan con las cadenas injustas de una historia de exclusión. Despojar a la espiritualidad franciscana de este componente social de fondo y situarla en un lirismo facilón es hacerle un flaco favor y privar a la vida cristiana de uno de los apoyos importantes que pueden colaborar a una nueva mística de la caridad en nuestro mundo actual.

 

II. El lado humano y humanizador de la caridad

 

            No cabe duda, como lo hemos indicado, que la visión de la caridad de Francisco se engasta en su experiencia mística, creyente. Para él, como para los escritos del Nuevo Testamento, la caridad es Dios mismo ya que Él se vuelca con amor a la construcción de ese "sueño" (su voluntad) de la fraternidad igualadora. Pero queremos desvelar el lado humano y humanizador de la caridad a través de los comportamientos de Francisco que dejan ver los escritos de la época. Este lado humano puede resultar evocador para la persona de hoy:

 

1) La caridad política: Quizá pueda parecer excesivo aplicar a Francisco de Asís el tema de la caridad política ya que es un asunto de la moderna doctrina social de la Iglesia. Efectivamente, en  varias  de sus encíclicas, como Centesimus annus,   pero especialmente en Sollicitudo rei socialis,  Juan Pablo II se refiere a la solidaridad,  en cuanto virtuosa preocupación por el bien de todos, enunciada por León XIII como "amistad" y por Pío XI como "caridad social", y  que a su vez  Pablo VI redefiniría como "civilización del amor", un concepto que después de varias décadas de cierto ostracismo  ha sido reiteradamente recogido recientemente por el Compendio de la Doctrina social de la Iglesia, que le ha dedicado un entero y final capítulo conclusivo.  Juan Pablo II ha hablado, en el mismo sentido, de "amor social".

Se puede definir al amor social o caridad social como la afirmación y reconocimiento comunitario benevolente y sacrificado, tanto de los valores existentes en los vínculos y estructuras sociales, como de la participación del bien común correspondiente a los individuos y a los grupos. Esta dimensión pública de la caridad ha sido definida  con el concepto de caridad social o caridad  política, igualmente utilizado en el Compendio. Veamos este componente en la espiritualidad de Francisco en el concreto aspecto de su posición ante el hondo problema de la violencia política y social:

Francisco ha sufrido en sus propias carnes la violencia del sistema en una de sus formas más puras: contribuyendo a la guerra. Efectivamente, como hemos indicado más arriba, él participó de forma activa en la batalla de Collestrada en la que el ejército de Asís fue vencido en 1202, al comienzo de una larga guerra contra Perusa. A resultas de ella estuvo prisionero casi un año y volvió a su casa enfermo del cuerpo y derrotado en el alma. No obstante ese quebranto no fue suficiente para hacerle desistir en su insensata búsqueda del triunfo. A menos de dos años de estos hechos se unió a la expedición del conde Gualterio de Brienne, el llamado "conde Gentile", en la guerra contra la Pulla. Una fuerte experiencia de desorientación vital unida a la enfermedad le hizo volver rápidamente a Asís.

            A partir de ahí  su vida será una apuesta concreta y activa por el camino de la paz. Intervendrá en diversos conflictos de las ciudades de su entorno: Asís, Gubio, Perusa, Siena, etc. Su mediación se asienta sobre la certeza de que el único camino para solucionar diferencias ha de ser el diálogo, el respeto y la comprensión. Cuando, por ejemplo, hable de la violencia en la ciudad de Arezzo, tratará a los contendientes de "endemoniados" y la paz será similar a la expulsión de demonios.  Por otra parte, su opción por un pacifismo vital se plasmó en el saludo de Paz, firmemente recogido en la Regla y que Francisco defendió proféticamente cuando los hermanos creían que esa actitud no era salvaguarda realista contra los ataques de quienes les confundían con gente sospechosa. Todo ello está indicando su visión de un modo de vida anclado en la paz. Es proverbial y cosa conocida por todo franciscano el gesto profético que acompañó su participación en las Cruzadas cuando la toma de Damieta en febrero de 1219. Dice san Buenaventura que el consejo de Francisco a las tropas cristianas para que abandonasen el camino que les iba a llevar a la ruina no fue escuchado. El desastre fue total "de modo que el número de muertos y cautivos ascendió a seis mil". Se despreció la "sabiduría del pobre" y el resultado fue la ruina.

            De estos sucintos datos se desprende que la reacción de Francisco ante la violencia del sistema, y en la que él mismo ha llegado a participar, es la que hoy denominaríamos como no violencia activa.  La opción de Francisco, en efecto, no puede diluirse en un pacifismo interior que no se concreta en nada. Es cierto que quizá fuera más pacífico que pacifista, en el moderno sentido de la palabra. Como dice José A. Merino, Francisco desarrolló una especie de estrategia pacifista. Así queda mostrado en la Regla de la Tercera Orden en la que se prohíbe a los franciscanos seglares, llevar ninguna clase de armas, hacer juramentos de componente bélico y se les anima a testar para evitar el abintestato que lleve a engrosar las arcas de los señores de la guerra.

            Además, las fuentes franciscanas han sido prolijas al dibujar las actitudes de Francisco en relación con las comunidades de violencia, los grupos minoritarios en el medioevo. La relación con los leprosos, como hemos dicho, constituye el núcleo de su conversión. En la solidaridad con ellos, se da en Francisco un cambio de perspectiva vital, una especie de opción de clase. La sintonía con ellos indica la dirección del sufrimiento asumido y de la solución de liberación de la marginación que se proponía. Con los fuera de la ley su posición es clara: dice en su Regla que el franciscano ha de estar contento cuando vive  con gente de baja condición y despreciada, con los pobres y los débiles, y con los enfermos y leprosos, y con los mendigos de los caminos. La total solidaridad es la respuesta a los colectivos marcados por el sufrimiento que engendra la violencia social. Con la mujer, que ha sufrido en la Edad Media por el abuso de todos los instrumentos de poder, incluida la Iglesia, más allá de los documentos formales donde impera la sensibilidad opresora de la época, Francisco ha tenido un trato humanizador e igualitario. Con los herejes, ante los que Francisco ha tenido tanta prevención, no se encontrarán ni en él ni en sus compañeros (caso de san Antonio, paradójicamente canonizado como malleus hereticorum cuando en sus sermones no habla nada de ello) ninguna condena ni maltrato sino una actitud pacífica ante el hostigamiento ante el que a veces fueron objeto.  Con los sarracenos, ámbito de violencia y fuerte fundamentalismo en el medioevo, más allá de la reiteración de las fuentes, tanto propias como extrañas, en afirmar el fervor misionero ante los musulmanes y el consiguiente menosprecio de su religión, lo cierto es que tanto Francisco como la tradición franciscana más pura han guardado un manifiesto nivel de tolerancia y de aprecio al mundo islámico. Con los hermanos díscolos,  aunque les aplica la dura normativa vigente en sus documentos legales, en otros más fraternos, como la Carta a un Ministro,  deja ver el verdadero fondo de acogida y de tolerancia con quien anda por las sendas del extravío fraterno. Francisco nunca dejará de considerar hermano a quien se aleja del grupo.

            A nuestro modo de ver, todas estas actitudes tienen a la base una percepción de la persona que provoca un tratamiento novedoso: se mira al otro desde el lado de la dignidad y la igualdad.  Francisco cree que, dado que la dignidad la otorga el mismo Dios, no puede perderse ni siquiera por comportamientos cuestionables morales o religiosos. Y si la igualdad es piedra sobre la que se asienta la verdad de la vida, en el fondo, todos estamos hechos con los mismos componentes y autoafirmarse poniéndose por encima del otro no deja de ser una insensatez. Esta manera de pensar es la que le posibilita a Francisco una conexión con los colectivos minoritarios en los que se ceba la violencia social y lo que le hace tratar de vivir en maneras que mantengan la utopía de la dignidad y la igualdad en esos colectivos marcados y oprimidos.

            Concluimos, pues, que los parámetros en los que, según la espiritualidad franciscana, habría que encajar y vivir el sufrimiento que brota de la violencia son éstos: a) la no violencia activa que sabe conjugar la pasión por la paz y la conciencia de que siempre se puede aportar algo al logro hoy inabarcable de un horizonte de paz y de tolerancia; b) la dignidad y la igualdad como base irrenunciable en el tratamiento de los conflictos humanos para saber mirar la realidad de la persona por encima y más allá de sus comportamientos morales huyendo de una mentalidad justiciera y, a la postre, vengativa; c) la certeza de que la fraternidad es la vocación básica de la vida humana por muchos que sean los ultrajes que a nivel personal y cósmico infiramos a la familia humana y a la creación; d) la benignidad que sabe calibrar el fallo con lucidez y justeza, pero que sabe también envolver ese fallo en la dinámica del amor y darle una orientación nueva. Este camino es, lo reconocemos, una utopía que no pocos tacharán de angelismo. Pero ahí se halla justamente el desafío del franciscanismo.

            2) La caridad social: No cabe duda de que Francisco tiene una visión ahondada de las pobrezas sociales. No le despista la dureza histórica y sabe leer la inalienable dignidad que anida en toda realidad humana, sobre todo en las personas en las que tal dignidad está más oscurecida. De ahí que esté convencido de que "hablar mal de los pobres es hablar mal de Jesucristo". Por eso no toleraba ninguna puya contra los débiles sociales, más allá de sus evidentes limitaciones que podían dar pie a quejas o recriminaciones.

Además, tiene una gran lucidez en su escala de valores, ocupando el primer lugar la dura realidad de los empobrecidos, por encima de cualquier imperativo religioso. Es elocuente aquel pasaje en que, para ser fieles a la pobreza, lugar de encuentro con los pobres, y antes de acumular dinero, es preferible vender los manteles del altar. O aquel otro, todavía más sorprendente, en que se da a la madre pobre de dos religiosos el libro de los Evangelios para que lo venda y remedie así su necesidad: "Creo firmemente que agradará más al Señor que demos el Nuevo Testamento que el que leamos en él". Pone aquí Francisco el acento sobre lo esencial, que es la dignidad de la persona, por encima del culto y de la misma Palabra.

Hay en las antiguas fuentes franciscanas un relato ingenuo, pero profundo y aleccionador, que puede iluminar lo que decimos. Había, en tiempos de Francisco, una pequeña comunidad en la localidad de Borgo san Sepolcro. A ella solían venir con frecuencia unos ladrones de poco éxito a pedir comida, tan grande era su hambre. Los hermanos estaban divididos: unos decían que no había que darles de comer porque eran unos criminales; otros decían que sí había que darles, ya que pasaban mucha hambre y también eran personas. Un día que san Francisco vino a visitar aquella fraternidad, los hermanos le plantearon la cuestión. Francisco diseñó esta llamativa estrategia:

  • - Primera fase: hay que ir donde viven los ladrones, al bosque, no esperar a que ellos vengan azuzados por su necesidad. Tomáis una cesta, ponéis en ella un mantel, buen pan y buen vino. Vais al monte, extendéis el mantel como si fuera una mesa de "señores" (los frailes de la época jamás comían con mantel), les servís con rostro alegre y cuando hayan comido les pedís una cosa: que, aunque sigan robando, respeten, por favor, la vida de las gentes. Ellos, dice Francisco, por la humildad y afecto con que les habéis servido seguro que os harán caso.
  • - Segunda fase: al tiempo, sin que ellos hayan venido, volvéis a tomar la cesta, poniendo el mantel, pan vino y, enriqueciendo el menú, huevos y queso. Extendéis el mantel, les servís la comida con buena cara y, cuando hayan comido bien, les hacéis una segunda petición: que dejen esa vida inhumana que además no les renta nada, que crean de verdad que también para ellos hay una segunda oportunidad. Ellos, dice Francisco, os harán caso por el amor con que los habéis tratado.

La florecilla es ingenua y termina diciendo que aquellos temibles bandidos no solo abandonaron su mala vida, sino que algunos ayudaron al convento llevándoles, de vez en cuando, unas cargas de leña. Más aún, dice que alguno de aquellos truhanes entró en la Orden. Por encima de la anécdota se dibuja en todo este relato una forma de comportamiento con los empobrecidos que puede sernos útil a nosotros: Hay que encontrarse en su terreno, no estar siempre aguardando que vengan a nosotros. Hay que frecuentar sus inquietudes, sus valores. No es de recibo la actitud de quien piensa que son ellos quienes tienen que "volver al redil". Es preciso ser generosos con ellos no tanto en cosas materiales cuanto en actitudes interiores. Es necesario comprenderlas como personas absolutamente dignas en todo, completas, aunque no crean en Dios, con cualidades morales muy valiosas y útiles para nosotros los creyentes. El verdadero valor de la persona no es la religión a la que pertenece sino la humanidad de su corazón. Es preciso relacionarse con ellos en modos alegres, sin acritud, sin ningún tipo de recriminación, con palabras amables y, por supuesto, sin ninguna clase de superioridad. Quizá incluso, debido a que, en otras épocas, la religión ha sido una instancia opresora, será necesario también aguantar un poco las bromas a veces hirientes que nos dirigen percibiendo que es una justa reacción a un comportamiento, el nuestro, poco evangélico y por ello injusto. No hemos de abrumarles con sermones y tendremos que coincidir con ellos no tanto en el ámbito religioso cuanto en el de la humanización de la vida.

            3) La caridad cósmica: Puede ser que haya a quien esto de la "caridad cósmica" le suene a una especie de secta. Y no andará totalmente equivocado. Eugenio Siracusa fue un siciliano que fundó la "Fratellanza Cosmica", un movimiento cuyo lema era "non siamo soli" (no estamos solos), haciendo alusión a la relación de la persona con todo el universo. Pero nosotros queremos hablar de la espiritualidad franciscana. Efectivamente, se podría sintetizar el pensamiento de san Francisco diciendo que él pretendía construir la caridad cósmica, la integración de todos los elementos del coro de lo creado. El franciscano E.Leclerc ha escrito un comentario al Cántico de las Criaturas donde dice: "Rehusar la fraternidad con la naturaleza es también, en definitiva, hacernos incapaces de fraternizar entre humanos".  Así, un hombre capaz de experimentar vitalmente esa fraternidad cósmica es un ser reconciliado, consigo mismo, con sus raíces y con los demás hombres: ¿Acaso fraternizar con todas las criaturas no es optar por una visión del mundo en la cual la conciliación triunfe sobre el enfrentamiento? ¿No es abrirse por encima de todas las separaciones y las soledades, a un universo de comunión, en un gran hálito de perdón y paz? El mundo pasa, de este modo, de ser un objeto a dominar y poseer, a conformarse como una realidad maravillosa en la que el hombre es admitido para vivir y cooperar en la creación con todo lo que vive. Cuando al depuesto y carismático obispo J.Gaillot le preguntaban cuáles eran sus sueños, respondía: "Sueño con ver a la fraternidad abarcando a todos los vivientes de la naturaleza. Porque somos habitantes de la tierra. Pertenecemos al cosmos. Fraternidad humana y fraternidad cósmica están ligadas".

            L.Boff ha escrito profundas reflexiones sobre la evidencia de nuestro ser tierra, una nueva manera de enfocar nuestra pertenencia a la tierra. Él dice que esa nueva manera no podrá surgir sin tener una experiencia eco-espiritual: "Vivir en la globalidad del ser, en el sentimiento que se estremece, en la inteligencia que se ensancha infinitamente, en el corazón que queda inundado de conmoción y ternura: eso es hacer una experiencia eco-espiritual". No se trata de sentimentalismos superficiales. Esta actitud lleva implícita un gran cambio: "Durante siglos hemos pensado acerca de  la Tierra. Nosotros éramos el sujeto de pensamiento y la Tierra su objeto y contenido. Después de todo cuanto hemos aprendido de la nueva cosmología, es importante que pensemos en cuanto Tierra, que sintamos como Tierra y que amemos como Tierra. La Tierra es el gran sujeto vivo que siente, que ama, que piensa y que sabe que piensa, que ama y siente por nosotros y a través de nosotros". Esta honda experiencia espiritual es necesaria para avanzar en el camino de fraternidad cósmica.

 

            No nos cabe ninguna duda de que Francisco de Asís ha sido persona eximia y hasta pionera en esta manera de vivir en la globalidad del ser. Vamos a destacar algunos textos que nos iluminan:

  • Francisco, dicen sus fuentes, "se sentía arrastrado por el amor a las criaturas". Es una atracción irresistible. Sin grandes argumentos ni científicos ni teológicos, por vía de la intuición y del simple amor, Francisco ha descubierto la maravilla de pertenecer al conjunto de lo creado. Ha tenido una visión global, holística, de la creación. Y la ha vivido en formas simples, cotidianas, ingenuas incluso, pero profundamente experienciales. Por eso, a muchas personas no les ha producido estupor o risa una manera de vivir tal, sino que, por el contrario, ha generado en ellas una admiración y atracción capaz de reproducir en su propia vida aquel amor sencillo y hondo de Francisco por la creación y el gozo de hacer parte de esta aventura.
  • Como era propio de la espiritualidad medieval, los autores franciscanos quieren presentarnos la figura de un Francisco que "desprecia" al mundo, cuando en realidad era para él la evidencia del amor de Dios a la persona. En las mismas expresiones de menosprecio aparece esa experiencia admirativa y agradecida por la creación: "Este feliz viador, que anhelaba salir de este mundo, como lugar de destierro y purificación, se servía, y no poco por cierto, de las cosas que hay en él", dice su biógrafo Tomás de Celano. De modo que Francisco se servía de las cosas porque él sabía que el camino de las cosas es camino al secreto del amor del Padre. Si no hubiera creído eso habría abandonado la senda y el mismo uso de la creación. Por eso mismo, su utilización de las cosas fue moderado, respetuoso, amable y agradecido, como quien usa la ayuda que le ofrece la persona amada.
  • Cuando Francisco ensalzaba el valor de lo creado afirma taxativamente: "Debemos alabar especialmente al Creador por el don de las criaturas de las que nos servimos todos los días", afirma en cierto lugar. Las criaturas entran así en el coro de la alabanza. Es, por nuestra parte, como un pago, una gratificación agradecida, por el uso que hacemos de ellas. Y no solamente por eso, las criaturas son camino de alabanza a Dios, instancia de conexión con el Padre, certeza de que su amor se sigue derramando en nuestra existencia. Son ayuda para la experiencia creyente.
  • Animaba Francisco a que el hortelano de la casa cultivara también flores porque, aunque haya quien las crea inservibles, dicen con el lenguaje de su belleza, una verdad grande: "Toda criatura pregona y clama: ¡‘Dios me ha creado por amor tuyo, oh hombre!'". Francisco ve que la causa de tanta belleza es, justamente, el amor de Dios a la persona. Al descubrir esto, cualquier criatura, por inservible que se crea, es lenguaje de Dios para la persona.

Sabemos que el paso de la especie humana por la tierra tuvo un comienzo y que, con toda probabilidad, tendrá un fin. La creación estaba ya antes y quizá se quede sin nosotros en el futuro cuando nuestro ciclo vital se acabe. Pero lo cierto es que la orientación de la creación hacia su plenitud depende en gran parte de nuestras buenas relaciones con ella. Ojalá podamos vivir lo que Francisco nos enseña: que la tierra es nuestra casa, que ha puesto a nuestro servicio todo su potencial para que vivamos con ella en modos fraternos y respetuosos. Más aún, tal vez comprendamos un día que, junto con Jesús, la tierra ha sido la gran pedagoga de nuestra fe: nos ha enseñado que el amor del Padre se derramaba día a día, minuto a minuto, sobre nuestra vida.

 

III. Derivaciones

 

            Vamos a terminar tratando de hacer algunas derivaciones que puedan ayudar al lector de hoy a animar en su vida las tareas de caridad solidaria. Mucho del bienestar humano y material de la vida de los débiles sociales depende del grado de sensibilización que en materia de justicia y solidaridad vayamos adquiriendo. Son, como hemos dicho, trabajos en las raíces que, a su tiempo, pueden dar hermosos frutos.

  • Un lenguaje curativo: "Si las palabras curan, que hablen...", dice M. Rosell. Porque las palabras, cuando van llenas de verdad y de amor, tienen un gran valor terapéutico. Los caminos de la violencia y del hondo sufrimiento necesitan palabras ajustadas, verdaderas, amables, perdonadoras, curativas. Muchos de los conflictos humanos tienen en su origen la realidad de palabras duras e hirientes que activan el problema y desencadenan una ola de sufrimientos que amenaza con anegar el todo de la vida.
  • Una presencia participativa: Porque el daño solamente puede repararse allí donde se sufre ese daño, los cristianos no habrían de temer insertarse en esos lugares del mal necesitados de curación. La profecía solamente puede ejercerse desde los lugares de periferia en los que se instala la necesidad y en donde se descubren las posibilidades ocultas. Esa presencia colaboradora habría de apuntar, en principio, a todos los campos de la realidad social, incluido el político, cuya peligrosidad sería preciso desmitificar.
  • Con los crucificados de la historia: La espiritualidad cristiana y sobre todo la acción social dan resultados completamente distintos si se hace desde el afán por bajar de su cruz a las personas y pueblos que una historia injusta ha colocado en ese patíbulo. Las bienaventuranzas, el programa de Jesús, no pueden ser un narcótico para las situaciones de injusticia social, sino una bomba en la línea de flotación de un sistema que genera náufragos. Abandonar esta orilla es arriesgarse a que la propuesta de Jesús pierda su sentido y se diluya en una espiritualidad sin consecuencias que llegue a ser religión del sistema, justificadora de sus excesos. Como dice E. Schillebeeckx la pregunta decisiva es "¿qué lado eliges entre el bien y el mal, entre los oprimidos y los opresores?".
  • Desde una vida apasionada: A las grandes violencias no se les ataja con argumentos mediocres; los sufrimientos de hondo calado no se curan con rutinas. Por eso mismo, la pasión ha de animar todo el trabajo solidario de los cristianos. Por eso, mientras no abramos la cabeza, el corazón y nuestros planes de vida a esta espiritualidad, lo que podamos decir serán poco menos que palabras al aire. Aquí la pasión es la medida de nuestro verdadero interés y sin ella todo esto queda desleído.
  • La fuerza política del amor: Ninguna formación política incluirá en su propaganda el amor como eje central de su manera de ver la vida. Sería impopular y no produciría ningún voto. Y, sin embargo, el amor tiene una fuerza imparable y, de hecho, lo más válido del mundo se mueve gracias a él, aunque los opresores crean que es la fuerza y el dominio quienes controlan las vidas. El seguidor de Jesús habría de creer, como lo hicieron Gandhi y otros "políticos del amor", que amar no es solamente un acto de virtud sino de política. Es decir, activar el amor lleva a elaborar planes concretos de actuación capaces de perforar la coraza de la violencia y de limitarla disminuyendo así su capacidad destructora.
  • No temer la humanización de Dios: Ante la actual secularidad, hay una reacción típica entre creyentes: salir en defensa de la divinidad de Dios y de Jesús, como si eso dependiera de nosotros. Da la impresión de que la humanización de Dios es una traición a la espiritualidad cuando no es otra cosa que reafirmar el misterio de la encarnación de Jesús. Pero, para el trabajo social desde el lado creyente, la cuestión es decisiva. Así es, no percibir con agudeza la total apuesta por lo humano que Dios ha hecho en Jesús, su inmersión en los sótanos de la vida, su poner su tienda en las bases de la historia (Jn 14,23) es arriesgarse a pensar que la acción social es un derivado de las exigencias religiosas, cuando en realidad es el núcleo de la opción del mismo Dios por la historia. Nos parece que este cambio de paradigma resulta imprescindible para elaborar una nueva espiritualidad social desde el lado cristiano.
  • Ecumenismo social: Es otra forma de decir la fraternidad universal que constituye el sueño último de Jesús (lo que él llamaba "reinado de Dios") y de personas evangélicas como Francisco de Asís. Un tal ecumenismo es la actitud profunda de quien se siente bien siendo creatura y humano y eso le lleva, sin mediaciones, a considerar a las personas y a las creaturas como miembros reales de su familia contra quienes jamás estará permitido usar de ningún tipo de violencia. Mientras este sentimiento y perspectiva de fraternidad no llegue a adueñarse del creyente, las dificultades para colaborar con quienes se hallan más en los márgenes surgirán por doquier. Pero si uno se siente a gusto en la casa de lo creado, si tiene por una suerte la aventura humana, si desvela que todo corazón puede ser casa propia, es entonces cuando puede brotar una acción social humanizadora. Aparece nítido el esplendor oculto de lo humano y eso hace de motor principal de la acción social.
  • La lucha por la dignidad: Larga de siglos, llena de peripecias, de no muchos logros, pero siempre necesaria y más cuando el perfil de la dignidad humana corre el riesgo de desaparecer por causa de la inhumana violencia ejercida contra los pobres. Es entonces cuando resulta necesario reafirmar la certeza de que si se pierde la conciencia de dignidad (ya que la dignidad como tal no se pierde en ningún caso) el abismo se abre a los pies del hombre. Por el contrario, cuando la dignidad está presente, como ocurre en el caso del mismo Jesús, se puede hacer frente a cualquier opresión, incluso a aquellas que vienen consagradas por el sistema.
  • Profesión de amor a la tierra: Una "profesión de fe" que nos resulta tan necesaria o más que las que hacen referencia a cualquier credo religioso. ¿Cómo vamos a ser solidarios con quienes habitan una tierra a la que no amamos? ¿Cómo vamos a derramar afecto, ternura, y amparo si la pertenencia a la historia nos desata en nosotros el agradecimiento más hondo? Mucho vinagre se ha vertido sobre la tierra y sus heridas, agrandando con ello su dolor. Es hora de derramar bálsamo, comprensión, solidaridad y agradecimiento. En esta clase de "raíces" puede hallarse el secreto de ulteriores acciones sociales de nuevo signo.
  • Creadores/as de utopía: Hace tiempo que los augures del neoliberalismo vaticinaron la muerte de las ideologías y de las utopías. Pero lo cierto es que las utopías mantienen en vida este pobre cuerpo de la historia tan maltratado. Cierto que las utopías sin caminos concretos de vida serían un engaño y provocarían todavía un desaliento mayor. Pero la vida sin utopías está expuesta a las mayores opresiones. Por eso, quienes aprecian la espiritualidad franciscna, herederos de un legado, aquella "sabiduría del pobre" que tampoco en tiempos de Francisco tuvo mucho éxito, habrían de trabajar por el mantenimiento y puesta en práctica de cualquier utopía que lleve al hermoso logro de la erradicación de la violencia y a la extinción del sufrimiento.

 

            Mirando a Francisco y Clara de Asís vamos entendiendo que el verdadero núcleo de su espiritualidad no es ni la pobreza, ni la contemplación, ni la alegría, etc., con ser estos valores centrales de su carisma. Es en el anhelo de la fraternidad universal donde se halla la cota más alta de su mensaje. La certeza, verdadera fe, en que las personas podrían ser hermanas entre sí e incluso con la creación es lo que ha alimentado el sueño más íntimo de la vida evangélica de los hermanos primeros. Así lo han experimentado muchas personas sacudidas fuertemente por la duda de la imposibilidad de ese logro. "Este hombre luminoso, escribe el franciscano E. Leclerc que convivió con la muerte en largos años de prisión en los campos de concentración nazis, puso en mi corazón el sol y, junto con el sol, toda la creación. Yo me he vuelto hacia él y le he preguntado por el secreto de la verdadera fraternidad humana". Quizá ese secreto no sea otro sino aquel que cree en la enorme verdad del valor innegociable de toda persona dotada de dignidad por el amor del Padre.

            Desde ahí quizá sea posible mantener vivo el sueño increíble, y más increíble cuanto más se sufre, de una sociedad sin violencia y sin sufrimiento, sin llanto ni dolor, como dice y sueña Ap 21,4. Francisco y Clara de Asís nos empujan hoy en esa dirección. Y si queremos ir construyendo una acción solidaria de nuevo cuño, quizá haya que adentrarse más en la senda de la inagotable fraternidad que los santos de Asís anduvieron con una decisión que todavía nos estremece.

 

Conclusiones

 

            Hay personajes históricos que, desde diversos lados, han sido pioneros de la fraternidad y de la humana solidaridad con quienes son excluidos del justo banquete de la vida. Francisco de Asís, quizá sin pretenderlo explícitamente, ha sido uno de ellos elaborando una hermosa espiritualidad social por vía de una fe humanizadora. Así es, su mirada honda de fe y su percepción de las estructuras elementales de lo humano han tenido como consecuencia un indestructible pacto de familiaridad, amparo y decidida lucha a favor de quien está en condiciones sociales de desventaja. Este es el valor que hoy habría de poner en pie quien se siente admirador del pobre de Asís. Él mismo lo advertía con una agudeza que todavía nos admira cuando decía: "es grandemente vergonzoso para nosotros los siervos de Dios que los santos hicieron las obras, y nosotros, con narrarlas, queremos recibir gloria y honor". Este tipo de mística social no necesita tanto admiradores cuanto seguidores.

            Una espiritualidad como la descrita es muy útil para este "tiempo de torbellinos" en el que nos hallamos metidos. El peligro del torbellino es que uno quede absorbido por él. Pero la solidaridad que se basa en la dignidad y que la percibe con viveza en los lados ocultos de lo humano puede hacer frente al vértigo de cualquier torbellino. Le ampara la certeza de que esto ha funcionado en personas como Jesús, Francisco de Asís y tantos otros. Y tal certeza se ve reforzada por la evidencia de que el nivel de humanidad se eleva cuando la suerte de los pobres está más cerca de la justicia a la que es acreedora.

            El hermano de Asís es hermano de todos. Nadie tiene el privilegio de acapararlo. Es de todos porque se inscribe en el movimiento histórico de liberación que acompaña el caminar humano y cósmico desde sus orígenes. Es de todos porque apropiarse de él, como quien se apropia del amor, es arriesgarse a perderlo. Al ser de toda persona, los valores de la gran fraternidad humana y cósmica pueden ser lugar de encuentro para toda persona que se sienta atraída y enamorada por el simple hecho de ser creatura. Es entonces cuando el esplendor oculto en lo humano nos deslumbrará, hasta el punto de que tal resplandor nos llevará directos a aquella otra luz que da brillo al rostro del resucitado, Jesús de Nazaret.

 

 

 

Bibliografía de referencia:

 

  1. F. AIZPURÚA, Una luz entre la niebla. Respuestas franciscanas para preguntas de hoy, Ed. Aránzazu, Oñati 2005; Retos del franciscanismo para el siglo XXI, Ed. Tenácitas, Salamanca 2010.
  2. L. BOFF, Ecología. Grito de la tierra, grito de los pobres, Ed. Trotta, Madrid 1996.
  3. J.M.CASTILLO, La humanización de Dios. Ensayo de cristología, Ed. Trotta, Madrid 2009.
  4. E. LECLERC, Francisco de Asís. Un hombre nuevo para una sociedad nueva, Ed. Sígueme, Salamanca 2006.
  5. A: TORRES QUEIRUGA, La revelación de Dios en la realización del hombre, Ed. Cristiandad, Madrid 1987.

           

 

 

           

           

 

 

Juan 41

CVJ

Domingo, 11 de abril de 2010

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

 

41. Jn 7,14-18

 

Introducción:

 

                Hay gente que habla de oídas. Su discurso es superficial, aunque tenga la osadía de opinar de todo, de pontificar de lo humano y lo divino. A la larga, fatiga. Y la gente se da cuenta de que es un cántaro vacío, alguien que habla superficialmente y que, más allá de su ingeniosidad, no aporta nada, no enriquece a la persona. Pero hay otras personas que hablan de sus propias experiencias, de lo que han vivido, de lo que han aprendido, de lo que ha ido quedando en su corazón. Aunque su palabra no sea brillante, aunque no tengan grandes recursos intelectuales, aunque empleen maneas sencillas, la gente percibe que están hablando con verdad y esas palabras atraen, cautivan y alientan.

                Algo de esto pasa en el texto con el que hoy oramos: Jesús no había ido a la escuela, no citaba a los grandes sabios porque no los había estudiado, quizá su manera de hablar era sencilla, como lo hacen los campesinos de todas las épocas. Pero hablaba de sus experiencias con Dios y con las personas, de su profunda conexión con las realidades de la vida. Y la gente notaba que sus palabras estaban llenas de verdad, de continido, de amor. Sus palabras cautivaban porque hablaba desde su experiencia. El sistema oficial quiso denigrar su enseñanza porque no había estudiado. Pero la gente que estaba deseosa de escuchar algo distinto, con más valor, con auténtica vida, daba crédito a sus palabras. Jesús dice que no habla por cuenta propia. En el fondo no le interesaba rentabilizar sus palabras, sacarles partido, lograr bienes o fama con ellas. Simplemente hablaba de lo que vivía. Y como eso era interesante, causaba impacto. Era palabra viva.

 

***

 

Texto:

 

                        14Sin embargo, mediada ya la fiesta, subió Jesús al templo y se puso a enseñar. 15Los dirigentes judíos se preguntaban desconcer­tados:

                -¿Cómo sabe éste de Escritura si no ha estudiado?

                        16Les replicó Jesús:

                -Mi doctrina no es mía, sino del que me ha mandado. 17Quien desee realizar el querer de Dios apreciará si esta doctrina es de Dios o si yo hablo por mi cuenta. 18Quien habla por su cuenta busca su propia gloria; en cambio, quien busca la gloria del que lo ha mandado, ése es de fiar y en él no hay falsedad.

 

***

 

Ventana abierta:

 

                A este Obispo lo conocemos todos. Es Monseñor Romero. Se cumple el 30 aniversario de la muerte violenta. Las suyas eran palabras verdaderas. Al releerlas hoy, al cabo de los años, aún suenan vibrantes. Son palabras que tienen dentro la verdad de la experiencia. Recordemos estas: "Yo quisiera hacer un llamamiento de manera especial a los hombres del ejército y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles: hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que dé un hombre debe prevalecer la ley de Dios que dice "No matar". Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla". Por estas palabras llenas de dura verdad lo mataron.

                Oramos: Gracias, Señor, por quienes hablan con verdad porque viven con verdad; gracias por quienes no temen la muerte, sino la injusticia; gracias por quienes hablan palabras de vida.

***

 

Desde la persona de Jesús:

 

                Jesús se autocalifica a sí mismo como una persona de fiar porque no busca gloria propia, provecho alguno, beneficio para él. Si queremos saber si las palabras de alguien son de fiar, la prueba es muy sencilla: si quiere sacar algún beneficio de sus propias palabras, hay que sospechar. Pero si lo que pretende es ayudar, consolar, animar, dar fuerza, favorecer a los demás, esa clase de palabras son necesarias y buenas. Como las de Jesús:

                Oramos: Tú, Señor, tiene palabras de vida porque dan vida; tus palabras son de fiar porque buscan nuestro bien; hablas con amor porque vives con amor.

 

***

 

Ahondamiento personal:

 

                Los dirigentes atacan a Jesús porque dicen que si no tiene avales académicos, títulos, fama notoria, celebridad conseguida, su palabra no vale. No miran al interior, a la verdad de lo que se dice, sino al envoltorio en que van las palabras. Gente de superficie que juzga superficialmente. Habríamos de aprender a valorar las palabras de los demás (y las propias) por la carga de verdad real que contienen. Si están vacías de esa verdad, desconfiemos. Pero si alguien nos habla desde su experiencia de manera sencilla y fraterna, acojámonos a esas palabras que nos darán vida.

                Oramos: Gracias por los hermanos que nos dan palabras con experiencia; gracias por quienes hablan desde el corazón; gracias por quienes son siempre respetuosos cuando hablan.

 

***

 

Desde la comunidad virtual:

 

                En nuestras reuniones a veces hablamos palabras vacías, pero casi siempre lo hacemos desde nuestra experiencia, por pobre que sea. Hemos de agradecernos esas palabras que contienen vida, aunque sea una vida sencilla y cotidiana. No las menospreciemos porque no son extraordinarias ni vienen avaladas por grandes acontecimientos. Las palabras más verdaderas son aquellas que vienen envueltas y mezcladas a la sencillez. Por eso nos hemos de agradecer nuestras palabras que nos sostienen y alientan, que nos empujan más en la dirección de Jesús y en la de las personas.

                Oramos: Que nos agradezcamos las buenas palabras; que nos demos buenas palabras; que compartamos buenas palabras.

 

***

 

Para orar:

 

Oh Señor de mi vida,

estaré ante Ti

cara a cara.

 

Con las manos juntas,

oh Señor de todas las palabras,

estaré ante Ti

cara a cara.

 

Bajo tu gran cielo,

en soledad y silencio,

con humilde corazón,

estaré ante Ti

cara a cara.

 

En este mundo laborioso,

de herramientas y luchas

y multitudes con prisa,

¿estaré ante Ti

cara a cara?

           

            Rabindranath Tagore

 

***

 

 

Juan 40

CVJ

Domingo, 11 de abril de 2010

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

40. Jn 7,11-13

 

 

Introducción:

 

                El miedo paraliza e impide hablar. Hay personas que dirían muchas cosas, pero se callan por miedo. Hay cristianos que quisieran romper el "muro de incienso y de silencio" con el que se rodean las altas jerarquías, pero callan por miedo. Hay ciudadanos/as que podrían aportar algo al momento social, pero se callan por interés y por miedo. Hay mujeres que callan por miedo, niños maltratados que callan por miedo, obreros y trabajadoras que callan por miedo a un despido que los eche a la cuneta del desempleo. El miedo, se dice, es libre. Y también es abundante. Hablar sin miedo no es sinónimo de ser un descarado o un temerario. Es síntoma de que se está siendo dueño/a de la propia vida, de que importa más ser verdadero y bueno que ser aplaudido y rico.

                Quien va aprendiendo (es un largo aprendizaje) a vivir sin miedo, va aprendiendo a vivir como Jesús. Quizá no fuera excesivamente valiente, pero se tragó su miedo y habló, aunque eso le trajera fuertes complicaciones. El miedo que siembra a manos llenas el sistema no le impidió hablar. Por eso se recordarían posteriormente sus palabras, porque fueron palabras sin miedo, con el temor vencido.

                Podemos decir que la resurrección de Jesús es el tiempo de las palabras sin miedo, del miedo controlado y potencialmente vencido. Cuando hablamos de la resurrección no estamos hablando principalmente de dogmas o verdades inamovibles. Estamos hablando de valor, de superación, de amor a la verdad, de honradez con lo real, de victoria sobre cualquier opresión. Los cuchicheos temerosos están llamados a ser trasformados en palabra clara y alta, llena de luz. ¿No podemos aspirar a desterrar el miedo para siempre?

 

***

 

Texto:

 

                11Los dirigentes judíos lo buscaban, pues, durante la fiesta y decían:

                -¿Dónde estará ése?

                        12La gente hablaba mucho de él, cuchicheando. Unos decían:

                -Es bueno.

                Otros, en cambio:

                -No, que extravía a la gente.

                        13Pero nadie hablaba de él en público por miedo a los dirigentes.

 

***

 

Ventana abierta:

 

 

                Este muchacho es Pablo Fajardo. Un abogado humilde de la población de Lago Agrio (selva amazónica de Ecuador). Se ha puesto al frente de un colectivo de más de 30.000 colonos que demandan a la petrolera americana Texaco por un delito de ecología (el mayor del planeta) relacionado con vertidos incontrolados de petróleo y agua contaminada que ha destruido toda una selva. La demanda es, nada menos, que de 27.000 millones de dólares. Es David contra Goliat. Las amenazas han surgido pujantes, pero él habla sin miedo impulsado por la verdad. Ojalá no se pase "a mayores":

                Oramos: Gracias, Señor, por quienes tragan su miedo buscando la verdad y la justicia; gracias por quienes convierten su miedo en fuerza para superarse; gracias por quienes se amparan en su debilidad temerosa.

 

***

Desde la persona de Jesús:

 

                Los dirigentes logran controlar a la población con el látigo del miedo. Pero ese temor será vencido y se proclamará a los cuatro vientos una verdad elemental sobre Jesús: fue bueno e hizo el bien. Se le podría discutir otras cosas, pero no su indudable bondad, su honda comprensión del corazón y de los caminos humanos. Por esa bondad le han llamado divino; por ella se han sentido atraídas muchas personas a lo largo de la historia; por tal bondad tiene, aún hoy, gancho y atractivo la persona del Jesús histórico. Y sabiendo que es bueno, se puede hablar sin temor con él y de él.

                Oramos: Te alabamos, Señor, porque fuiste bueno sin temor; te alabamos porque fuiste bueno con sencillez; te alabamos porque fuiste bueno con valentía.

 

***

 

Ahondamiento personal:

 

                Los paisanos de Jesús hablan de él pero "cuchicheando", en secreto, no en público. Hay que reconocer que la persona es pronta para el cuchicheo y la conversación en lo oculto, y mucho más lenta para hablar con sencillez, a las claras, y delante de todo el mundo. No tendríamos que hablar de nada y con nadie en privado que no fuéramos capaces de decirlo delante de él con sencillez. Hablar en privado sin tener el coraje de hacerlo en público denota que todavía nos falta recorrer un camino para vivir con humanidad nuestra vida y nuestra fe.

                Oramos: Que hablemos con sencillez tanto delante como detrás de las personas; que pasemos del cuchicheo genera a la acción concreta; que siempre hablemos de las personas y cosas con benignidad.

 

***

 

Desde la comunidad virtual:

 

                En nuestro grupo hay libertad para comunicarnos sin temor a coacciones. Sabemos, además, que esa libertad está hecha de respeto, acogida y comprensión. El día que temiéramos hablar y expresarnos ante nuestra comunidad, habría que pensar que algo no iba del todo bien. Por el contrario, contar con la comprensión de nuestros amigos/as por adelantado es síntoma de que nuestra comunidad sigue "viva".

                Oramos: Que nunca temamos hablar con sencillez ante nuestros compañeros de viaje orante; que tengamos por cierto que la acogida a nuestras palabras va a ser cordial en la comunidad virtual; que nos agradezcamos las buenas palabras dichas con corazón.

 

***

 

Para orar:

Estuve caminando perdido bajo un cielo gris
Sueños desvaneciéndose en las estaciones
Pretendo ser fuerte y me lastimo como si nada me afectara
La débil imagen permanece en mis ojos
Bajo este cielo, sin importar donde me encuentre
Debería ser capaz de ver un mundo que nunca he visto

Déjalo Salir, no tienes que fingir ser fuerte
En el medio de un largo camino....
Perdiendo y recogiendo nuevos sueños...
Hay días repentinos en que la evidencia te vence
Te sientes solo y repentinamente lloras...

Cambiemos esas lágrimas y ese dolor por un cielo azul
Creemos esa luz que alumbre el mañana
Toma de mi mano y hagámoslo juntos
Aunque las estaciones cambien y desaparezca ese cielo
Toma mi mano y ayúdame a verlo de nuevo.

Aun si dudamos un poco, seguiremos caminando
Dejemos que caminar juntos... sea lo único que no cambie
Dirijámonos a un mundo que nunca he visto.

Sin tener miedo a nada
Volver a renacer, reforzar las fuerzas
Poder ver de frente el sol.

Nace una fuerza extraña de asustar mi miedo...
Se centra en mi pensamiento la sola idea de hacerme libre...
Anhelo el día de verme, volar con mis propias alas.

La esencia es fuego y frío, no le temas.
Todo se aprende con tiempo y medida:
Los inviernos de cada despedida,
Los veranos de amor con que te quemas.

Mi corazón me impulsa a continuar:
Si tu felicidad depende de la vida, ¡vive!
Vive, pero vívela bien, para que nada te la pueda
Arruinar, no hay nada peor que una vida
Mal vivida, que no la puedas ni contar
Vive, no importa con quien la quieras disfrutar
Sin hacer daño a la gente que te quiera de verdad,
Ser feliz es una condición humana, de la conciencia
Y nada más.

 

***

Retiro en Pascua de 2010

¿CÓMO FUE POSIBLE UN NUEVO COMIENZO?     

La resurrección entendida como posibilidad de iniciar caminos nuevos

 

            El peso de los años, unido a la rutina, hace que andemos nuestros caminos en la manera cansina del asno que, interminablemente, da vueltas a la noria. La posibilidad de iniciar caminos nuevos en nuestra vida se diluye y, con el tiempo, se la deja de considerar como una puerta abierta. Y cuando los caminos nuevos desaparecen de la vida, empieza una adormecedora cuenta atrás que lleva derecha a la esterilidad con sus crónicas desazones. ¿Se puede romper ese círculo vicioso peso de los años-rutina-olvido-esterilidad?

            La Resurrección de Jesús, si se la comprende y vive más como un dinamismo de vida que como una doctrina, puede ser la "prueba" de que siempre es posible iniciar nuevos caminos. Y esto, porque ella misma fue el camino de más novedad para el mismo Jesús. Es, ciertamente, el camino nuevo de la compañía cálida del Padre, del disfrute sin mezcla de tristeza amarga, de la presencia más amable con toda persona y con toda realidad.

            La teología, los estudiosos de la Palabra se han preguntado muchas veces cuando han pensado en la resurrección: ¿Cómo fue posible un nuevo comienzo? ¿Quién fue el primero (quizá la primera) que dijo: está vivo? Y más todavía, como lo hemos indicado, ¿qué supuso para el mismo Jesús comenzar su camino más nuevo, su comienzo más deslumbrador?

            Si nos acercamos a estas "preguntas sin respuesta" quizá podamos atisbar la "gloria de la Pascua" tras las celosías de los días. Podría ser entendido y vivido este tiempo de Pascua de 2010 como un tiempo bueno para renovar la certeza de que, a la sombra del camino nuevo de Jesús, nosotros/as también podríamos comenzar sendas nuevas que dieran una dimensión nueva a nuestros días.

 

1. Abre las puertas de par en par

 

            Vamos a comenzar, como lo hacemos en otras ocasiones, animándonos mediante un texto poético hermoso antes de recabar la luz de la Palabra.

 

Al fin, dulcemente,
dejando los muros de la fuerte mansión almenada,
el duro cerco de las cerraduras, tan bien anudado;
la guardia de las puertas seguras,
sea yo liberado en los aires.

Con sigilo sabré deslizarme;
pon tu llave suave en la cerradura y, con un murmullo,
abre las puertas de par en par, ¡alma mía!

Dulcemente -sin prisa-
(carne mortal, ¡oh, qué fuerte es tu abrazo!
¡oh amor! ¡cuán estrechamente abrazado me tienes!)

Walt Whitman - Postrera Invocación (Versión de Màrie Manent)

 

  • Dejando los muros de la mansión almenada: Es la vida histórica de Jesús, sometida, como toda vida, a mil limitaciones. La fuerza de la resurrección hace que él salte los muros almenados de su propia historia para adentrarse en el terreno de la pura luz. No fue la muerte más fuerte que él mismo.
  • El duro cerco de las cerraduras, tan bien anudado: Y que la muerte supo desanudar. Algo bueno había de tener su dura muerte. El cerco de la soledad, de la pobreza, de la incomprensión, del odio, de la maledicencia, de la exclusión, todo por los aires. Dijo que él entregaba su vida, que nadie se la quitaba. En el fondo, era verdad.
  • La guardia de las puertas seguras: La guardia de la piedra, de los guardias (según Mateo), del olvido, del velo denso de las lágrimas, del deshonor que lleva a esconderse. Todos esos "guardias" saltaron por los aires. Ya lo diría Pablo: ¿Dónde está, muerte, tu victoria? No hubo ninguna clase de guardias capaz de retener a quien caminaba hacia la luz.
  • Liberado en los aires: En los aires de la libertad, del amor, de la luz, del horizonte infinito. Libre ya de las peguntas sin respuesta, de las imposibilidades que ahogan, de los consuelos que no se sabe bien cómo dar. Libre en la cercanía total, en el abrazo cálido, en la caricia fácil.
  • Abre las puertas de par en par, alma mía: Que entre el aire, la vida, la luz, el gozo, hasta el fondo, hasta dentro. Que puedas salir sin obstáculo hasta el corazón del otro, hasta el lugar del encuentro, hasta la bodega del amor. Un alma libre para vibrar con más hondura, para respirar al unísono con todo lo creado. Un alma libre para abrazar todo, para sentir todo, para caminar con todos.
  • Dulcemente, sin prisa: Como una resurrección que se va haciendo poco a poco, en Él y en nosotros/as. El día nuevo que amanece lentamente porque cuesta mucho ver el alba. Una resurrección lejos de convulsiones religiosas o de rutinas mecánicas. Algo que se va colando dentro, poco a poco, sutilmente, amigablemente.
  • Carne moral...cuán estrechamente abrazado me tienes: Porque aún es preciso vivir en el abrazo de la carne, en los caminos mezclados a las sombras, en las palabras entrecortadas. Pero es preciso no renegar de esta carne, sino hacerla amiga hasta que comprenda el horizonte de luz que le aguarda. Y a través del amor mezclado ir caminando hacia el amor de calidad, vibrante y puro.

 

2. Una ráfaga de la Palabra: Lc 24,29-35

 

            "Cerca ya de la aldea de Emaús adonde iban hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le insistieron diciendo: -Quédate con nosotros que está atardeciendo y el día va ya de caída. Él entró para quedarse. Recostado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo ofreció. Se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció. Entonces comentaron: -¿No estábamos en ascuas mientras nos hablaba por el camino explicándonos las Escrituras? Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que decían: -Era verdad: ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón. Ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan".

 

  • Es, como sabemos, el final del relato de Emaús. Aquellos dos (discípulo y discípula) vuelven a Jerusalén: quieren ofrecer la novedad del camino del resucitado a quienes se han quedado instalados en el marco de lo viejo, de la ciudad de siempre, de la estructura de siempre.
  • Quieren ofrecer la novedad del pan repartido comenzando por los últimos. Ésa era la manera de repartir de Jesús por la que le reconocieron (ni siquiera lo reconocieron por el método "ardiente" de explicar la Palabra, sino por su manera de repartir el pan). Quieren decir a los de Jerusalén que la novedad del resucitado consiste en lazarse a repartir el pan a quienes son excluidos del banquete del reino, particularmente a los paganos.
  • Se topan con el bloque compacto de los Once y sus compañeros. Inamovibles sin entender el sentido de la muerte y de la resurrección de Jesús. Y antes de que abran la boca les ponen delante un aserto de ignorada verdad: el Señor se ha aparecido a Simón (nombre judío de Pedro). Es decir: el sentido de la resurrección lo conoce Simón y lo que representa, la autoridad. Por eso, cualquier cosa que digáis tiene antes que pasar Simón, por el cauce de "siempre" que es el judaísmo.
  • Ellos no se amilanan y plantean la novedad de frente: les dijeron lo que les había pasado por el camino y que lo reconocieron en su manera de partir el pan (comenzando por los últimos, los paganos, que serán primeros en el reino). Es la novedad puesta de frente. Costó mucho a la Iglesia primitiva encajar esta novedad. Pero de ella dependió la expansión del Mensaje. Y de su ulterior abandono la pérdida de frescura y la vuelta al mecanismo excluyente de lo religioso.

 

3. Para una espiritualidad de los caminos nuevos

 

            Vamos a dar algunas pistas que puedan sugerir que es posible ir construyendo una espiritualidad del recomenzar en los modos de los caminos nuevos, no de la rutina de siempre. A ese anhelo empuja la dinámica de la resurrección:

  • Los caminos nuevos van hacia horizontes nuevos: No miran hacia atrás, no sucumben a la nostalgia, se desprenden del paralizante bienestar de lo sabido, de lo de siempre. Los caminos nuevos no consideran inútil ir en la dirección del horizonte, aunque este se sitúe siempre un poco más lejos. Saben que, mientras se camine, vamos bien. Los caminos nuevos mantienen siempre activada la capacidad de soñar, de anhelar, de intuir un sol hermoso tras la niebla que hay que cruzar.
  • Los caminos nuevos necesitan pies y ojos nuevos: Pies, conductas, planteamientos de vida de componente nuevo. Los caminos nuevos se alejan, poco a poco, de los caminos trillados, de los recodos de un camino ya conocido de sobra. Los caminos nuevos, al andar, miran las cosas con ojos nuevos, redescubren valores que antes estaban ocultos, matices que antes se dejaban de lado. Por eso mismo, al mirar con novedad, descubren posibilidades insólitas. Y eso les anima enormemente.
  • Los caminos nuevos están hechos de confianzas nuevas: Porque si estamos en la confianzas de siempre, rutinarias, cansadas, estamos en realidad, próximos a la desconfianza. Por eso mismo, quien quiera andar por sendas nuevas ha de recrear la confianza, ha de apostar confiando en que los días venideros podrán ser mejores. Las confianzas nuevas hablan de amores nuevos, de corazones llenos de nombres hasta ahora desconocidos.
  • Los caminos nuevos necesitan amaneceres nuevos: Necesitan la certeza inquebrantable de saber que es una suerte tener una posibilidad nueva en las manos, de que pertenecer a la aventura de la vida es un don impagable. Los caminos nuevos se olvidan de los hermosos amaneceres de otras épocas que ya no existen y, sin  sucumbir a la nostalgia, creen que este amanecer de hoy, esta posibilidad, es la mejor que han tenido nunca. Por eso, quien quiera andar por caminos nuevos disfruta del momento presente como evidencia de la bondad de su mejor futuro.
  • Los caminos nuevos tienen que encajar riesgos nuevos: Porque el anhelo y el sueño están alimentados por el riesgo y el temor frena cualquier posibilidad de dar un paso en dirección a lo nuevo. De esta manera, el riesgo asumido por causa del anhelo pierde la temeridad que lo hace rechazable. Y, contra lo inesperado, encuentra resortes que hacen doblegarse a no pocas dificultades.
  • Los caminos nuevos entonan cantos nuevos: No las viejas melodías de siempre, la música que aquieta y paraliza, las razones anquilosadas, la letanía de la inflexibilidad. Un canto nuevo para un tiempo nuevo. Por eso miran a los poetas de la novedad, a los cantores que desgranan sueños nuevos, a los músicos que sugieren otro tipo de melodías. Una música nueva para un tiempo.
  • Los caminos nuevos abrazan con brazos nuevos: Una nueva cercanía del corazón porque se ha desvelado la hermosura de un corazón nuevo. Un amparo dotado de una calidez nueva. Un estar en comunión, en conexión honda, al verse en el ámbito de un amor vivo.

 

4. Reflexionando aún

 

            Ahondamos un poco en la reflexión para dar más cuerpo a esta espiritualidad de la posibilidad de recomenzar:

  • Recomenzar es posible: Porque son tales los obstáculos que se acumulan que llega a instalarse en el corazón la certeza de que innovar, recomenzar, es imposible. Es preciso quebrar esa sensación y pensar, con realismo, que siempre hay oportunidad de iniciar caminos nuevos, por modestos que sean. Que esa oportunidad es una realidad a la mano, que se puede comenzar hoy mismo.
  • Mejor con el amparo del grupo: Iniciar caminos es siempre difícil. Enfrentarse a ello individualmente es más duro. El amparo del grupo puede ser decisivo. De todos modos, es justamente ahí donde habría de verificarse la verdad de la fraternidad: no estamos en una vida en común para una mera organización administrativa, sino para contagiarnos ánimo a la hora de apostar por Jesús y sus valores.
  • Más allá de "peros" institucionales: Porque cuando se empiezan a proponer caminos nuevos, la institución despliega todo un abanico de "peros" que, generalmente, intentan frenar esos avances. ¿Por qué lo hace? Porque a la institución no le va la novedad, el cambio, la flexibilidad, la relativización, la búsqueda. Es preciso, pacientemente, contrarrestar tal empuje haciendo ver que los caminos en novedad han de ser una ayuda positiva incluso para la misma institución.
  • Apelando a lo mejor del propio interior: Porque la propuesta de un  camino nuevo demanda conectar con ese fondo positivo y creativo que toda persona alberga en su propio interior, dejando al margen el lado más "oscuro" de la persona. Por eso mismo, proponer caminos nuevos es, casi siempre, dar alas a lo mejor que anida en el interior de la persona, a su parte más "espiritual".
  • Una por una, comenzar: Porque ante planteamientos nuevos, nos puede la parálisis. Por eso y una por una, comenzar, aunque sea de forma modesta. Es en ese tipo de decisiones donde se ha de percibir la conexión con el Resucitado, la fuerza de la fe convertida en dinamismo de vida. Cuando se comienza, es más fácil ver por dónde hay que seguir. Si no se da el primer paso, el horizonte se obnubila.
  • Aunque nos perdamos a medio camino: Ya que el recomenzar no es garantía total para poder llegar a la meta. Pero perderse en el camino es mejor que quedarse seguro pero paralizado y sin comenzar nunca. Si hay que volverse atrás del camino comenzado porque se advierte un error cometido, siempre se tendrá la experiencia de haber iniciado una senda. Y esa experiencia será útil para animarse a iniciar otro derrotero.

 

5. Más en concreto

 

            Siempre con ese afán de poner rostro a las intuiciones espirituales, vamos a sugerir algunos caminos nuevos que amanecen y se presentan como una posibilidad:

  • Planteamientos nuevos en nuestra sociedad: Son, sobre todo, aquellos de dimanan de la solidaridad: las múltiples formas de acogida a niños con dificultades familiares, el progreso (aunque lento) de la ley de Dependencia, la solidaridad social en las grandes catástrofes (Haití, Chile, Turquía), los imparables trabajos en Derechos Humanos, la espiritualidad humanizadora del decrecimiento, etc. Son sendas nuevas hiladas con el día a día de la ciudadanía. Participar en alguna de ellas es andar en caminos de novedad.
  • Planteamientos nuevos en nuestra sociedad: El imparable anhelo de los laicos de hacer parte de la gestión eclesial, la adultez de comunidades cristianas que se autogestionan sin la tutela del clero, la vuelta a la centralidad de Jesús y su seguimiento poniendo en segundo lugar los temas de estructura eclesiástica. Caminos aún nuevos para muchos cristianos y transitados ya desde hace tiempo por otros.
  • Planteamientos nuevos en la VR: Todos aquellos que hablan de la relación entre los grupos religiosos: fusiones de grupos, provincias y comunidades; intercongregacionalidad; uniones para ser más eficaces en trabajos sociales; anhelos comunes sumados en torno a temas de justicia, paz y ecología. Son caminos ya "descubiertos", pero aún nuevos.
  • Planteamientos nuevos en las familias: Todos los temas de acogida, relación familiar, apertura a modos nuevos de familia. Todos los intentos de humanizar las situaciones familiares duras en materia de enfermos psiquiátricos, dependientes, etc.
  • Planteamientos personales nuevos: Todas las búsquedas, las preguntas sin resolver, los interrogantes que persisten con el paso de los años. Caminos de novedad aún no seguidos, pero atisbados.

 

Conclusión

 

            Si se entiende y vive la Resurrección más como un dinamismo que como un cuerpo de doctrina, quizá la Pascua de este año pueda ser impulso para los caminos de novedad, personales y comunitarios, que, como brotes de primavera, apuntan en nuestros días.

            Sabemos que la presencia del Resucitado acompaña estos anhelos. No basta con saberlo, es preciso hacer más densa esa presencia hasta que se constituya en impulso real para nuestras decisiones.

            Hacer viva la presencia de Jesús en la novedad de nuestros caminos, de nuestros planteamientos y opciones cotidianas puede ser lenguaje de resurrección en nuestros días.

Juan 39

CVJ

Domingo, 28 de marzo de 2010

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

39. Jn 7,1-10

 

 

Introducción:

 

                Hemos hablado alguna otra vez de ello: de la significatividad y de la relevancia. Ésta, la relevancia, es lo de siempre: salir en la foto, brillar, estar en el escaparate, hacerse notar, etc., creyendo que así se es alguien, que de ese modo se puede influir, que uno va a sacar provecho de su propio brillo. Luego está la significatividad que es lo contrario: hacer bien lo que uno tiene que hacer, aunque sea algo oculto, modesto, desconocido, no aplaudido. Hay quien piensa que este camino no es "productivo" porque no influye ni se saca nada en limpio de él. Pero no es así: se saca dicha, coherencia, disfrute, cercanía al otro, gozo por verle crecer, etc. Los valores de la significatividad son valores ocultos, pero son los verdaderos.

                Jesús en este relato de comienzos del capítulo 7 (Jn 7 y 8 son los capítulos más duros del Evangelio por el enfrentamiento de Jesús con las fuerzas del sistema), aparece como una persona que resiste la tentación de ser relevante, de subir a la fiesta en la pompa y el brillo de un "dios". Él es significativo: va en lo oculto, en la modestia del anonimato, en la forma de quien cree que lo que uno hace no necesita la fanfarria del bombo y platillo para anunciarse, para subrayar el valor de lo que propone. Este Jesús significativo es el que perderá la partida ante la fuerza opresora del sistema. Pero eso no indica que haya fracaso, sino que deja ver a la vista que lo significativo tiene futuro. Y se demuestra por el simple hecho de que hoy Jesús sigue siendo para nosotros/as un punto de referencia vital, una luz que ilumina nuestras sendas. Si hubiera cedido a la relevancia, quizá no estaríamos hoy hablando de él, orando con él.

 

***

Texto:

                7,1Inmediatamente después de esto, recorría Jesús la Galilea, pues no quería andar por Judea, porque los judíos buscaban matarlo. 2Se acercaba la gran fiesta judía de las tiendas.

                        3De modo que su gente le dijo:

                -Trasládate de aquí y márchate a Judea, así tus discípulos presenciarán esas obras que haces, 4pues nadie hace las cosas clandestinamente si busca ser conocido. Si haces estas cosas, manifiéstate al mundo. 5De hecho, tampoco su gente creía en él.

                        6Jesús les contestó:

                -Para mí, todavía no es el momento; para vosotros, en cambio, cualquier momento es bueno. 7El mundo no tiene motivo para odiaros; a mí, en cambio, me odia, porque de él yo denuncio que su modo de obrar es perverso. 8Subid vosotros a la fiesta, yo no subo a esta fiesta, porque para mí el momento no ha llegado aún.

                        9Dicho esto, él se quedó en Galilea; 10 sin embargo, cuando sus parientes habían subido a la fiesta subió él también; no abiertamente, sino clandestinamente.

***

Ventana abierta:

 

                Esta foto pertenece a esa lucha tenaz por la libertad que están haciendo las llamadas "Damas de blanco" en Cuba. Un régimen duro como el de los Castro encuentra oposición en un grupo de mujeres sin más armas que su palabra y su denuncia. ¿Dónde radica su fuerza? En su propia convicción que les lleva a superar cualquier miedo. Más allá de posiciones políticas, hay que reconocer que son personas "significativas", creen en el valor de lo que hacen y se lanzan a hacerlo. En ese sentido son envidiables.

                Oramos: Gracias, Señor, por quienes creen en lo que hacen; gracias por quienes viven de manera sencilla pero militante; gracias por quienes dan valor a las cosas humildes.

 

***

 

Desde la persona de Jesús:

 

                Jesús sube clandestinamente a Jerusalén. Esa clandestinidad no encierra ninguna segunda intención. Simplemente indica que el camino del Evangelio y el ruido, el aplauso, el alboroto no se llevan bien. A los trabajos de Evangelio, sean cuales sean, les van bien el silencio, lo sencillo, lo oculto incluso. Necesitamos unas fuertes dosis de modestia para que nos resulte significativo, valioso el seguimiento a Jesús. Tendríamos que huir de folclores que, en el fondo, encierran una dosis imparable de supremacía y superioridad.

                Oramos: Gracias, Señor, por encontrar sentido a vivir en lo oculto; gracias por creer en tus caminos aunque fueren modestos; gracias por encontrarle sentido a la vida moderada y austera.

 

***

Ahondamiento personal:

 

                A Jesús se le tienta con ser "una figura pública". Eso supone dominio, influencia, supremacía. Es muy difícil ser persona con humanidad (y con fe) si no se tiene bien controlado el ansia de poder, mecanismo metido muy en el fondo de toda persona. Renunciar al poder no quiere decir ser un don nadie. Quiere decir que se toma el camino de la libertad, de la fraternidad, del disfrute común como una senda más válida que ninguna opresión. Quiere decir que uno ha llegado a la conclusión de que no quiere apropiarse de nada ni de nadie. Quien vive en esa dirección hace suyo aquel dicho atribuido a san Francisco de Asís: "Tengo pocas cosas; y lo poco que tengo lo deseo poco".   

                Oramos: Que no nos pueda nunca el ansia de poder; que no nos perturbe el deseo de dominar al otro; que no nos apropiemos de nada ni de nadie.

 

***

Desde la comunidad virtual:

 

                Los pequeños trabajos de la comunidad virtual son trabajos en lo oculto, sencillos, de poca relevancia. A veces, cuando se quiere explicar todo esto a los demás, no sabemos hacerlo bien porque, en el fondo, todo esto es muy sencillo, muy poco relevante. Pero ¿es significativo? ¿No vale nada este tenaz camino de oración? ¿No significa nada el fiel deseo de querer vivir en la cercanía de Jesús? ¿No tiene ningún sentido el hacer más persona y más creyente a la vera del Mensaje? Estos valores ocultos son nuestros valores.

                Oramos: Que creamos en el valor de lo oculto; que seamos tenaces en nuestro deseo de Jesús; que nos demos cosas sencillas como signo de un amor profundo.

 

***

 

Para orar:

Padre nuestro,
Padre de todos,
Líbrame del orgullo
De estar solo.
No vengo a la soledad
Cuando vengo a la oración,
Pues sé, que estando contigo,
Con mis hermanos estoy;
Y sé que estando con ellos,
Tú estás en medio, Señor.

No he venido a refugiarme
Dentro de tu torreón,
Como quien huye a un exilio
De aristocracia interior.
Pues vine huyendo del ruido,
Pero de los hombres no.

Allí donde va un cristiano
No hay soledad, sino amor,
Pues lleva toda la iglesia
Dentro de su corazón,
Y dice siempre "nosotros",
Incluso si dice "yo".

 

***