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FIAIZ

Juan 119

CVJ 

Domingo, 14 de octubre de 2012

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

119. Jn 17,24-26

 

Introducción:

 

                Cuando se habla de amor casi siempre se entiende que estamos refiriéndonos a cuestiones muy personales, muy del interior de cada uno. Y, efectivamente, el amor toca las fibras más personales de lo que somos. Pero también podemos hablar de un amor social, tan importante o más que el amor personal. El amor social es algo que se nutre del gran sueño de una sociedad nueva, del anhelo de la fraternidad común, de la fe inquebrantable de creer que, como se dice ahora, otro mundo, otra realidad es posible. Es un amor de una enorme trascendencia y el que hace avanzar y crecer el nivel de humanidad y de esperanza entre las personas. No está reñido con el amor personal pero le otorga a éste el horizonte que lo hace posible. Por eso es tan decisivo el amor social.

                El Evangelio, como ocurre en el pasaje de esta semana habla con frecuencia de amor. Se ve que era una palabra que acudía fácilmente a los labios de Jesús (“De lo que abunda el corazón, hablan los labios”, llegó a decir). ¿Cómo es el amor de Jesús? Tiene todos los componentes del amor personal, pero también todos los del amor social. Lo hermoso y extraño del amor de Jesús no es que quisiese solamente a quienes se cruzaban en su camino, sino que pretendiera que toda la realidad social estuviera imbuida de ese amor respetuoso y fraterno. Su terco sentido de la utopía, su afán porque la totalidad sea transformada es, tal vez, lo que hace más llamativo el mensaje de Jesús. Por eso, se puede decir que el suyo fue, sobre todo, un amor social, amor que englobaba a todos los amores de los humanos y aun de las cosas.

 

***

 

Texto:

 

24Padre, quiero que también ellos –eso que me has entregado- estén conmigo donde estoy yo, para que contemplen mi propia gloria, la que tú me has dado, porque me has amado antes de que existiera el mundo.

25Padre justo, el mundo no te ha reconocido; yo, en cambio, te he reconocido, y estos han reconocido que tú me enviaste.

26Ya le he dado a conocer tu persona, pero aún se la daré a conocer, para que ese amor con el que tú me has amado esté en ellos y así esté yo identificado con ellos.

 

***

Ventana abierta:

 

 

                Esta oscura foto pertenece a las manifestaciones del 25S: ante un nutrido grupo de policías antidisturbios se arrodilla con los brazos levantados, desarmado ante los armados hasta los dientes, desarmado y vulnerable. Este tipo de gestos, y las consecuencias que conllevan, solamente puede ser tomados por quien ama a la sociedad, por quien se siente concernido ante las lacras sociales de nuestro sistema, por quien sueña con un mundo mejor y quiere dejar a sus hijos una sociedad más saneada. Es un símbolo de lo que es un amor social.

                Oramos: Gracias, Señor, por quienes sueñan con un mundo nuevo; gracias por quienes no se apean de la convicción de que otro mundo es posible; gracias por quienes defienden las ideas con humanidad. 

 

***

 

Desde la persona de Jesús:

 

                El anhelo de Jesús, según el texto que nos toca esta semana, es que su seguidor/a “esté conmigo donde estoy yo”. Eso será la prueba del amor. ¿Dónde está Jesús? En los amores sociales, en la utopía de un mundo nuevo, en el sueño hermoso de la fraternidad común, en el anhelo de que la comunidad que comparte es el mejor camino de humanización. Ahí es, justamente, donde Jesús quiere que estén quienes sienten como él, quienes piensan como él, quienes quieren poner sus pies en las huellas del mismo Jesús.

                Oramos: Que estemos en los amores sociales en los que está Jesús, que tengamos los sueños que anidaron en el corazón de Jesús; que disfrutemos con los logros sociales como disfrutaba Jesús.

               

***

 

Ahondamiento personal:

 

                No hay que dividir entre amor social y amor personal. Si se trata de amor, son cosas relacionadas y complementarias. Pero quizá haya que insistir más en el valor y la hermosura del amor social porque somos menos sensibles a él. Sin embargo, podemos estar seguros de que si trabajamos el amor social, el personal va a salir potenciado. Con frecuencia se observa que las personas que aman la sociedad nueva son también sensibles al amor personal, cercano. Amores que se potencian.

                Oramos: Que amemos el hecho social para potenciar nuestros amores personales; que nos brillen los ojos ante los logros sociales; que nos enamoremos de la sociedad para potenciar nuestros propios amores.               

 

***

 

Desde la comunidad virtual:

 

                A lo largo de nuestro itinerario de comunidad virtual, nos trasvasamos muchas inquietudes, muchas convicciones y no pocas experiencias sociales vividas en el día a día. Nos hacemos un gran bien y nos contagiamos el amor social, del que venimos hablando. No dejemos de hacerlo. No creamos que son cosas que no interesan a los demás. Los amores se contagian y por eso, cuanto más hablemos de esas experiencias sociales, más amaremos a la sociedad de la que hacemos parte. Beneficio neto.

                Oramos: Que nos comuniquemos para potenciar nuestro amor social; que apreciemos las experiencia sociales de los demás; que veamos como un camino hacia el bien los anhelos sociales de nuestro entorno.

               

***

 

Poetización:

 

Era bueno y amable,

tierno incluso,

cuando se ponía

ante el corazón de la persona.

Ese corazón le cautivaba,

le impresionaba,

le motivaba.

Pero en el fondo del alma

llevaba siempre un gran anhelo:

que lo vivido en particular

fuera patrimonio de todos,

que el gozo de cada corazón

constituyera el mundo de la alegría,

que los sueños pequeños de cada uno

pudieran alimentar el gran sueño

de la comunidad humana.

Este era el gran dinamismo

de su amor: el anhelo siempre vivo

de un mundo de corazón tocados,

trasvasados,

entreverados.

Por eso, cuando animaba a

“estar donde estoy yo”

quería decir

que lo que más le interesaba

era el acercarse al logro de su gran sueño:

un mundo hermanado en un corazón común.

Ahí quería estar

y ahí deseaba que estuvieran

quienes decían amarle.

 

***

 

Para esta semana:

 

                Intenta mirar los acontecimientos sociales de la semana como el largo camino hacia un mundo de corazón hermanado.

 

***

 

 

 

 

 

Juan 118

CVJ 

Domingo, 7 de octubre de 2012

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

118. Jn 17,20-23

 

Introducción:

 

                Hoy más que nunca nos acecha el llamado “pensamiento único”, cuyo máximo representante es el neoliberalismo. Todo el mundo tiene que pensar igual, sentir igual, comportarse igual. Y, eso sí, siempre dentro de los parámetros del sistema. Nunca hubo tanto peligro de “ser uno” siendo nadie a la vez. Pero frente a esta terrible orientación, hay muchas personas que no se resignan a perder su diferencia, su diversidad, su manera alternativa de entender la vida, su visión diferente de la política, su idea de sociedad de corte social. Los movimientos sociales que recorren las calles de los países atropellados por el pensamiento único y por la economía única son más fuertes que nunca. Ser uno al precio del olvido de la diferencia personal es un suicidio social.

                Y he aquí que el Evangelio habla de “ser uno” y de que para ello ruega Jesús al Padre. ¿Qué quiere decir esto? Por supuesto nada tiene que ver con el planteamiento del pensamiento único del que hemos hablado. Quiere decir que Jesús aspira a sque seamos uno en humanidad, lo que conlleva el mantenimiento y el respeto a la diversidad. Ser uno en humanidad demanda mirar en la dirección del otro, postula respetar las características y modos de vivir del otro. Más todavía: pide que acojas y en alguna forma hagas tuya la vida, tan diversa, del otro. Ser uno en humanidad no se va a lograr uniformando e imponiendo un pensamiento único, sino respetando la manera de ser y uniendo las diversidades para que el bien de todos prospere. Cuando Jesús pide y sueña con “ser uno” está apuntando a la realidad fraterna de una sociedad respetuosa, valorativa del otro, en creciente buena relación. Un sueño que todavía sigue vivo en muchos corazones

 

***

 

Texto:

 

20No sólo por ellos te ruego,

sino también por los que creen en mí

por la palabra de ellos,

21para que todos sean uno,

como tú, Padre, en mí y yo en ti,

que ellos también lo sean en nosotros,

para que el mundo crea que tú me has enviado.

22También les di a ellos la gloria que me diste,

para que sean uno,

como nosotros somos uno:

23yo en ellos y tú en mí,

para que sean completamente uno,

de modo que el mundo sepa que tú me has enviado

y los has amado como me has amado a mí.

 

 

***

 

Ventana abierta:

 

 

 

                Este es el conocido grupo de percusión MAYUMANÁ. Quien haya asistido a alguno de sus espectáculos habrá comprobado cómo son un ejemplo gráfico de unidad respetando la diversidad. Su unidad está en la obra común que realizan; todo está en función de ella, todos sirven al mismo fin, todos colaboran en un logro común. Pero ahí se integra la diversidad: visten distinto, se peinan distinto, sonríen de forma diversa, se mueven en libertad, hasta a veces se equivocan y eso también queda integrado en el conjunto. Quizá la frescura del espectáculo viene justamente por ese toque de respeto a la diversidad. Quizá por eso su obra común resulta atrayente.

                Oramos: Gracias, Señor, por quienes respetan lo diverso y aman lo común; gracias por quienes se ofrecen a lo común relativizando su diversidad; gracias por quienes aman la alegría común.

 

***

 

Desde la persona de Jesús:

 

                Jesús habla en su oración de que seamos “completamente uno”. Porque, por lo visto, se puede ser uno a medias, con desgana, con rutina, en plan pasota. Pero Jesús quiere que seamos uno, que seamos comunidad, con alma, con anhelo, con gusto, con entrega, hasta anhelar ser completamente uno. Para ello es preciso ser generoso y estar dispuesto a compartir con el otro algo de lo más valioso de mi vida. Mientras que  elafán de darse no esté activado, ser completamente uno resultará muy difícil.

                Oramos: Que nos entreguemos cada vez más más para ser uno; que nos apoyemos cada vez más para ser uno; que salgamos de la rutina cada vez más para ser uno.

               

***

 

Ahondamiento personal:

 

                La aceptación de la diversidad es un ejercicio que hay que hacer diariamente, es una opción de todos los días, sobre todo con aquellas personas y realidades que viven más cerca de nosotros/as. Es una gimnasia dura pero muy saludable. Quizá una manera de hacerlo sea no dar importancia a lo que es relativo y centrarse en lo que es esencial. Efectivamente, muchos disgustos a la hora de la aceptación del otro vienen porque nos molestan ciertas maneras de ser que, en definitiva, no son esenciales. Relativicémoslas, y demos importancia a lo esencial en lo que, probablemente, estaremos unidos.

                Oramos: Que valoremos lo esencial y seamos flexibles con lo relativo; que no nos enzarcemos en disputas estériles; que disfrutemos de lo que nos une con sencillez.

               

***

 

Desde la comunidad virtual:

 

                No podemos negar que en nuestra comunidad virtual hay una indudable unidad y un respeto por la diversidad. A lo largo de estos años ha habido unidad en la cercanía, en la Palabra compartida, en las convivencias. Y, a la vez, hemos sabido respetar la diversidad de ritmos, de presencias, de cercanías, sin imponer absolutamente nada. Es una manera práctica de confirmar el anhelo de Jesús de ser uno en el respeto al diverso.

                Oramos: Que no nos cansemos de respetar al diverso; que valoremos nuestros caminos de unidad; que sintamos el gozo de ser comunidad en la virtualidad.

               

 

***

 

Poetización:

 

Siempre soñó en la nueva humanidad,

en el tiempo del gozo común,

en la enorme alegría del gozo compartido,

en el anhelo de la vida entrelazada.

Nunca le abandonó ese sueño.

Y  por ello se enfrentó

a quienes oprimían en nombre de las leyes,

a quienes se imponían con la fuerza de las armas,

a quienes unificaban con tradiciones inhumanas.

No había oído hablar del pensamiento único,

pero su espiritualidad de respeto y amor

era un muro contra tal pensamiento.

Sus discípulos no le entendían

porque, a su manera,

ellos pretendían también

imponerse para medrar.

Por eso, tuvo que rezar por ellos

para que fueran uno sin avasallar,

para que fueran uno amando,

para que fueran uno respetando,

para que fueran uno compartiendo llantos y gozos,

para que fueran uno

en la sinfonía de la diversidad de corazones.

Todavía nos es útil su oración

porque aún nos cuesta ser uno

respetando la diversidad.

 

 

***

 

Para esta semana:

 

                Trata de ser flexible y tolerante con la manera de ser diversos de quienes viven contigo.

 

***

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Juan 117

CVJ 

Domingo,

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

117. Jn 17,6-19

 

Introducción:

 

                Hay una palabra que, últimamente, vuelve con mucha frecuencia: el sistema. El sistema es ese entramado normativo, social, político, religioso, que conforma la vida de las sociedades. En teoría debería ser algo al servicio de la persona; pero, en realidad, es el sistema quien acaba imponiéndose a la persona y sojuzgándola. Es la versión moderna de aquel “el sábado para el hombre o el hombre para el sábado”. Hay quien no sufre nada por este asunto: hace parte del sistema y lo encaja; parece que está a gusto con él, aunque haya de pagar precios enormes. Hay quien sufre al sistema calladamente o desesperadamente. Hay quien no se resigna y lucha, ante la mirada incrédula de muchos, para que este sistema no devore a la persona. Sea como sea, ahí está una realidad a la que hay que mirar de frente.

                El pasaje evangélico de esta semana habla del “mundo”. Se refiere no al planeta como tal, sino a los mecanismos inicuos de la vida, del sistema. Eso es el “mundo”, lo inhumano de la vida. Jesús pide que sus seguidores, que están en el mundo, el corazón de la vida, no hagan parte del “mundo” de tales mecanismos inicuos con los que, con frecuencia, urdimos los humanos nuestra existencia. ¿Es posible un sueño así, estar en la vida sin hacer parte de su iniquidad? Jesús reza por eso. ¿Será su oración inútil, o es que habrá alguna posibilidad de entender y vivir la vida en maneras crecientemente humanas? Quien abre las páginas del Evangelio cree, de alguna manera, que existe una posibilidad.

 

***

 

Texto:

 

6He manifestado tu calidad de Padre a las personas que me diste en medio del sistema.

Tuyos eran y tú me los diste,

y ellos han guardado mi palabra.

7Ahora han conocido

que todo lo que me has dado procede de ti,

8porque yo les he comunicado

las palabras que tú me diste,

han conocido verdaderamente

que yo salí de ti,

y han creído que tú me has enviado.

9Te ruego por ellos:

no ruego por el sistema,

sino por éstos que tú me diste y son tuyos.

10Sí, todo lo mío es tuyo

y lo tuyo es mío;

y en ellos he sido glorificado.

11aYa no voy  a estar en el mundo,

pero ellos están en el mundo mientras yo voy a ti.

12Cuando estaba con ellos,

yo guardaba en tu nombre a los que me diste,

y los custodiaba;

y ninguno de ellos se perdió,

sino el hijo de la perdición,

para que se cumpliera aquel pasaje.

13Ahora voy a ti,

y digo esto en medio del mundo,

para que en ellos mismos tengan mi misma alegría cumplida.

14Yo les he dado tu Palabra,

y el sistema los ha odiado porque no son del sistema,

como tampoco yo soy del sistema.

15No te ruego que los retires del mundo,

sino que los guardes del malo.

16No pertenecen al sistema,

como tampoco yo pertenezco al sistema.

17Santifícalos en la verdad;

tu Palabra es verdad.

18Como tú me enviaste al mundo,

así los envío yo también al mundo.

19Y por ellos me santifico yo,

para que también se santifiquen ellos en la verdad

***

 

Ventana abierta:

 

 

 

            Uno de los peores “crímenes” que se acaban de cometer en nuestro país es la exclusión de casi un millar de personas inmigrantes (con papeles o sin ellos) del sistema público de salud. Dice tomarse esta medidas por razones de ahorro (aunque en realidad es ahorrar las aceitunas del banquete). Pero, en el fondo, obran razones sistémicas: los emigrantes nos “sobran” en esta época de crisis (los utilizamos cuando nos conviene), son un “peso” para nuestra economía (cuando en realidad el peso son los banqueros extorsionadores y sus adláteres), no tiene derecho a una sanidad pública (cuando estamos hablando de salud, derecho básico de toda persona). Crímenes del sistema.

                Oramos: Que percibamos las actuaciones del sistema y que nos posicionemos en contra; que crezca nuestra solidaridad con quien sufre; que tendamos la mano a quien suplica. 

 

***

 

 

 

Desde la persona de Jesús:

 

                Jesús ora para que nos veamos libres del “Perverso” y así poder estar en el mundo sin aceptar los postulados crueles del sistema. ¿Quién es el Perverso? Es demasiado infantil decir que es el diablo, o cualquier agente externo del mal. Uno lleva dentro de sí mismo al enemigo de lo humano. Por eso, conviene percibir a un Jesús que ora para que el fondo de lo nuestro se sanee. Porque desde una posición de mal personal, de inhumanidad de cada uno, hablar de escapar de los mecanismos del sistema es hablar de música celestial.

                Oramos: Gracias, Señor, por orar por nosotros; gracias porque nos quieres libres de inhumanidad; gracias porque apoyas nuestros esfuerzos pos ser personas compasivas.        

***

 

Ahondamiento personal:

 

                Dice el Evangelio que el “consagrado en la verdad” tiene más posibilidades de salir airoso ante un sistema opresor. La verdad es un arma formidable para el triunfo contra el sistema. Caminar en la verdad es aceptar la vida con sus luces y sobras, con sus dolores y gozos, pero teniendo siempre la intención de que las luces y los gozos sean un poco mayores por mi trabajo continuado por ser persona compasiva, respetuosa, amparadora. Ahí se gesta la verdad que nos hace fuertes.

                Oramos: Que seamos verdadero siendo cada vez más humanos; que seamos verdaderos amparando cada vez con más corazón; que seamos verdaderos abrazando cada día con más calor.

 

***

 

Desde la comunidad virtual:

 

                Cuando Jesús reza para que el sistema no nos devore busca, como el mismo dice, que lleguemos a estar “colmados de alegría”. La batalla contra el sistema no pretende ganancias, sino alegría para todos. Una lucha, o incluso una victoria contra el sistema que nos deje amargor y pena no es la victoria de Jesús. Por eso, una manera de medir nuestra lucha contra el sistema opresor será verificar si van subiendo nuestros niveles de alegría honda.

                Oramos: Que la alegría sea cada vez más compañera de nuestra vida; que no derrotemos a nadie para humillarle; que nuestros ojos cobren nuevo brillo con la alegría de los humildes.

                 

 

***

 

Poetización:

 

No era un iluso,

no era un inconsciente.

Se daba perfectamente cuenta

de que el “mundo”,

el sistema inicuo,

era fuerte y terrible.

Pero él se empeñó

en plantarle cara,

en mirar de frente

a la opresión que olvida

la suerte de los humildes.

Su pobre vida no fue sino una lucha

contra los mecanismos trituradores

del sistema que devora pobres.

De ahí su gran anhelo de que los suyos

se implicaran en tan desigual batalla.

Por eso, rezó con toda su alma,

con una oración que salía del fondo de sus deseos.

Quiso que sus amigos creyeran en la posibilidad

de vencer al sistema

o, al menos, de ponerle coto.

Por eso les animó a vivir en verdad

y a creer que, al final,.

habrá un día de alegría

del que no participará el sistema inicuo,

sembrador de pena y de tristeza.

Esa es la buena semilla

de la oración de Jesús.

 

 

***

 

Para esta semana:

 

                Trata de ser consciente de cómo el sistema social deja de lado a personas concretas que viven cerca de ti.

 

 

 

 

 

 

 

 

¿QUÉ QUEREMOS SER?

¿QUÉ QUEREMOS SER?

La VR desde el Vat.II hasta hoy

 

         El 11 de octubre de 1962 inauguraba Juan XXIII el Concilio Vaticano II. Han transcurrido, exactamente, 50 años. Objetivamente muchos años; para nuestra modernidad, siglos. De tal manera que, tanto por el tiempo transcurrido, como por el desplazamiento efectuado, hay que hacer un esfuerzo para “recordar” al Vat.II. Algo se habla; algo se escribe; las entidades académicas organizan eventos que confirman que lo celebrado está fuera de la realidad cotidiana. Y en esta evocación, el tema de la VR aparece, a nuestro juicio, más bien poco (en el libro de J. Espeja,  A 50 años del Concilio,  prácticamente ninguna alusión a la VR). Esto es lo que hay; honradez con lo real.

         Por otra parte, a muchos cristianos adultos y jóvenes, lo mismo a que a los religiosos de cincuenta años para abajo, el Vat.II, por mucho que se lo expliquemos, les suena a arqueología. No vivieron la peculiar y traumática época anteconciliar; no experimentaron el aleteo del Espíritu en la génesis hermosa y tumultuosa de cada una de las sesiones conciliares; no han luchado en la vorágine de los cambios, en el vendaval del posconcilio que hizo alborear tantas esperanzas, que engendró tantas experiencias y que se llevó por delante a tantas personas. Ellos hacen parte, como luego diremos, de la época de la “vuelta de las aguas a su cauce”. Esto es lo que hay; honradez con lo real.

         Por otro lado, a nada que uno mire las cosas con un poco de perspectiva histórica, tanto la época anteconciliar, como la conciliar, la posconciliar y la nuestra de hoy (no estamos en época de posconcilio, explícitamente hablando), con rostros diversos, se mantiene en pie la dialéctica que ha acompañado a la fe desde los inicios (quizá sea algo inherente al camino humano): la relación entre profecía y sistema. No se trata, como han sugerido algunos eclesiásticos, de entender el Vat.II en la oposición continuidad-ruptura (entendiendo que la profecía sería la ruptura). No, la profecía se inscribe en el esfuerzo de “una renovación creativa en lo que pertenece la fe…porque la verdadera fidelidad al concilio consiste en avanzar el proceso iniciado en octubre de 1962” (J. PEREA, Fidelidad,  p.32).

         Globalmente hablando, cada época tiene un ingrediente principal y ello influye en los grandes comportamientos de las organizaciones humanas y en las decisiones y estilos de vida personales de vida. La época anterior al Concilio estuvo marcada en la Iglesia por una férrea organización (recordar el pontificado de Pío X, por ejemplo, con todo el asunto del modernismo); allí predominó, como luego diremos, de forma pesada y tóxica, el sistema. De ahí venimos.  La época del Concilio fue, en boca del mismo Juan XXIII, un “nuevo Pentecostés”, un momento de profecía, de prevalencia sobre lo sistémico, aunque este elemento estuvo siempre presente y de forma muy fuerte incluso en las sesiones conciliares. El posconcilio fue época de posibilidad profética, de logro al alcance de la mano, de aceptación resignada, aunque no de corazón, por parte del sistema de los anhelos nuevos por construir una vida cristiana más orientada al sueño de Jesús. En nuestra época de hoy asistimos, desde muchos lados, a una vuelta y casi pensamiento único en estructuras de sistema. La profecía sigue estando ahí (porque nunca muere) pero en modos de dificultad, de sufrimiento, de desprestigio incluso. De nuevo, el sonsonete: honradez con lo real.

         ¿Podemos hablar hoy en modos de profecía a la VR de hoy, reducida, cariacontecida, perpleja, pero esperanzada, siempre viva, animosa en medio de limitaciones? El sistema nos dice de mil formas qué tenemos que ser los religiosos. Y para ello elabora pensamiento, normativa y disciplina. ¿Podríamos decirnos qué queremos ser, cuáles son nuestros anhelos, qué deseamos aportar a la sinfonía de la sociedad y de la Iglesia, ser “capitanes de nuestra alma”, erguidos en toda la talla de lo humano dentro de nuestras comunidades? ¿Es aceptable que, a nuestra edad y con nuestro recorrido vital y espiritual nos digan qué tenemos que hacer? ¿No hemos podido lograr que, personal y colectivamente, nuestro itinerario vital esté tan claro como para que se respete y se integre en el proyecto común que es la VR?  Estas inquietudes son las que subyacen a la presente reflexión.

 

1. Un pasado pesado y tóxico

 

         Para hacer ver la dificultad que supone el cambio e incluso para fundamentar el abandono de cualquier trabajo profético, muchos religiosos y religiosas alegamos que “fuimos formados” en otro tipo de vida y en otra mentalidad. Es cierto. Más aún, demonizar aquella época es insensato. Tuvo cosas buenas, nadie lo duda; hubo hermanos y hermanas de una notable valía. Es algo que queda fuera de duda. Pero, colectivamente hablando, ese origen de experiencia religiosa nos ha dejado en el fondo del alma un material pesado y tóxico difícil de elaborar, activo como los desechos radiactivos, que en épocas de fuerte carga sistémica como la nuestra vuelve a percibirse con fuerza: un estar siempre a expensas de lo que marque el sistema, entendiendo eso como comunión; una no integración del yo en el programa común del nosotros; un paradigma teológico y de pensamiento espiritual que no sabe librarse de la semilla sembrada en aquella época, querida y amada; una carencia de vigor para poner a funcionar los dinamismos espirituales (imaginación, anhelo, pregunta, pasión, búsqueda, experiencia, etc.) sustituyéndolos por el viejo intervencionismo de Dios y su providencia. Son las marcas de una época teísta de la que no sé si lograremos zafarnos alguna vez.

         Cuando se habla de lo que queremos ser y si se piensa que hay que construir ese anhelo con el ingrediente imprescindible de la profecía, es preciso imaginar (pensar, si se puede) en una experiencia creyente post-teísta: “Me arriesgo a entrar en este nuevo terreno con una profunda sensación no de miedo, sino de alivio. Ya no necesito gastar tanta energía defendiendo aquel Dios teísta que parecía actuar caprichosamente y violaba los patrones de la justicia constantemente; ya no necesito elaborar explicaciones teológicas elocuentes como las que han sostenido esta imagen a través de los siglos. Estoy libre del Dios que estaba destinado a estar insatisfecho si no recibía constantemente nuestras interminables alabanzas; el Dios que exigía que reconozcamos haber nacido en pecado y, por lo tanto, estar totalmente necesitados de ayuda; del Dios que parecía deleitarse en castigar a los pecadores; el Dios que, conforme nos enseñaban, se vanagloriaba de nuestra dependencia infantil y humillante. Alabar este tipo de Dios no nos permitía desarrollarnos y transformarnos en una nueva humanidad que ahora reclamamos, sino que nos mantenía como barro que busca pasivamente ser moldeado por el divino alfarero” (J.SHELBY SPONG, Un cristianismo nuevo, p. 78-79).

         ¿Es esto posible en nuestras comunidades sencillas, marcadas por una fuerte limitación histórica? En teoría es posible; depende mucho del tipo de estructuras en que se inserte. Pero también depende del interior de las personas. Y por ello observamos a muchas personas religiosas que, en su alta edad, han adquirido una mentalidad abierta y unas prácticas renovadas. Personas que han llegado a una evidente conclusión: no estamos dispuestas a volver al tiempo anterior al Concilio del que tanto nos costó salir; no queremos que lo mejor de nosotros vuelva a situarse en lo ya sabido de los viejos esquemas; no queremos volver a aquella minoría de edad a la que nos quiere someter todo sistema, el de antes y el de ahora; no queremos volver a los paradigmas consagrados que no nos alejaron del Dios del miedo, que no nos abrieron a la hermosura del amor, que no lograron a meternos el corazón la atracción de un proyecto de vida en grupo. Si esta resistencia sigue viva, hay esperanza; si se ha quebrado ya, la cosa es más complicada.

 

2. Celebremos lo logrado

 

         Cincuenta años es un espacio de tiempo válido para hacer un balance sobre lo logrado. Hay personas, incluso notables, que hablan directamente del fracaso del Concilio. Se percibe el mal humor con que lo dicen. Pero hay que aplicar principios claros a estas actitudes. No podemos hablar solo ni sobre todo de fracaso, porque donde hay amor, no hay fracaso. Y si de algo estamos seguros es que la vida de muchas religiosas y religiosas del posconcilio ha sido una entrega y una experiencia de amor. Y lo dicho: si hubo amor, no podemos hablar de fracaso. Por otra parte, es verdad lo que dice Adorno que lo importante en la vida no es lo que tenemos, sino aquello que nos falta. Pero hagamos un sencillo y superficial balance de los logros que hemos experimentado, de lo que indudablemente tenemos:

  • Hemos crecido en buena relación: poco tiene que ver nuestro estilo real de relacionarnos (incluso a nivel obediencial) con lo vivido en épocas pasadas. Hemos ido descubriendo, siquiera un poco, el corazón real del hermano.
  • Hemos disfrutado de una experiencia creyente no meramente ritual: porque las reformas litúrgicas y la actual espiritualidad nos ha llevado a descubrir el meollo de lo que celebramos poniendo en segundo plano el componente ritual. Esto ha hecho que disfrutemos realmente de nuestras celebraciones.
  • Hemos atisbado que puede haber maneras libres de vida: y por eso, a veces en modos cuestionables, hemos aumentado el nivel real de ejercicio de la libertad personal. Quizá nos falte aún cómo encajar mejor esa prerrogativa intocable con el proyecto de vida en común que hemos elegido.
  • Hemos ido aprendiendo una espiritualidad del aprecio a la corporalidad: porque, herederos de un negativismo extremo, hemos comprendido que lo creado es bueno, la corporalidad incluida. Estamos aprendiendo a amar los cuerpos, lo que, percibimos, no nos hace menos espirituales sino todo lo contrario.
  • Hemos entrado en el cauce de la Palabra: porque nunca como ahora la VR ha tenido mejor formación bíblica. Y aunque, aún nos falte mucho para entrar en el secreto vivo de la Palabra, ha prendido en muchos de nosotros el gusto por el Mensaje leído vivamente.
  • Nos hemos sacudido de muchos prejuicios impuestos: aunque aún quede ahí, como hemos dicho, un fondo tóxico y pesado. Pero el natural sentido común que todos poseemos nos ha llevado a relativizar muchos aspectos que antes se consideraban inamovibles y estamos trabajando por convenir en aquello que es esencial.
  • Hemos respirado el aire tonificante de la diversidad: ya que la uniformidad en la que hemos sido educados es un truco falso para generar fraternidad. Por eso, aunque los caminos comunes sean más tortuosos, pesados, y lentos, hemos optado por ellos. Aún tenemos que hacer más esfuerzo por incorporar el discernimiento como herramienta de sentido.
  • Hemos ampliado nuestra mentalidad, la hemos universalizado: y no solamente por el fenómeno social de la globalización, sino por el aprendizaje de que el corazón de toda persona está llamado a ser un corazón hermano. Estamos redescubriendo nuestra fe en la fraternidad universal, núcleo y corazón del reinado de Dios

¿No son ciertos, en parte, estos logros y otros que no mencionamos? ¿Cómo podemos hablar de volver a épocas donde estos caminos estaban cuestionados cuando no bloqueados? ¿No merece la pena mantenerse en esta línea de profecía humanizadora? ¿No habría que pensar un tipo de vida comunitaria que fuera más allá de estas vivencias humildes hacia terrenos de más anchura? Vuelve terca la pregunta base de esta reflexión: ¿qué queremos, realmente, ser?

 

3. El caso ilustrativo y “dramático” de la LCWR

        

Hace pocas semanas ha salido en los periódicos la noticia de que el Vaticano ha hecho pública una nota titulada Evaluación doctrinal de la Conferencia de Liderazgo de Mujeres Religiosas de Estados Unidos. En esa nota se afirma que: “Reconociendo que este análisis doctrinal se refiere sólo a una asociación de superiores mayores y, por eso, no pretende hacer un juicio sobre la fe y la vida de las religiosas pertenecientes a las congregaciones miembros de esa asociación, sin embargo este análisis pone de manifiesto serios problemas doctrinales que afectan a muchas religiosas. En el nivel doctrinal esta crisis se caracteriza por una atenuación de la dimensión cristológica que es centro y objetivo de la consagración religiosa, lo que conduce a su vez a una pérdida de un constante y vivo sentido eclesial entre algunas religiosas.” ¿Qué ha podido pasar para que el Vaticano llegue a manifestarse así frente a una asociación de superiores mayores de congregaciones religiosas femeninas de los Estados Unidos?

Las primeras religiosas llegaron a USA acompañando a la población emigrante de sus mismos países. Llevaron consigo el estilo de vida religiosa de entonces. Reprodujeron en Estados Unidos lo que habían aprendido y vivido en sus países de origen. Hábitos, tradiciones, oraciones, costumbres. La mayoría de las comunidades trabajaban en la escuela parroquial. A las órdenes de la superiora y del párroco. Pero hay un momento en que se empieza a producir un cambio en una parte relativamente grande de las congregaciones femeninas en Estados Unidos. Se produce poco antes del Concilio Vaticano II. Ese momento se podría centrar en el Congreso de Vida Religiosa celebrado entre el 9 y el 12 de agosto de 1953 en la universidad Notre Dame de la Congregación de Holy Cross. Lo presidió el claretiano P. Arcadio Larraona, más tarde cardenal y entonces secretario de la Congregación de Religiosos. En ese congreso el P. Larraona, al ver el cambio económico y social que se había producido en el país y que no tenía parangón en Europa, animó a las religiosas a prepararse y educarse bien para ser más competentes profesionalmente en sus trabajos (educativos la mayoría, pero también asistenciales u hospitalarios). Eso en la práctica significaba que había que conseguir títulos civiles y/o eclesiásticos del mayor nivel posible. Las consecuencias no tardaron en verse. La universidad era ya entonces, posiblemente lo ha sido siempre, un lugar donde no sólo se aprenden determinadas materias. Lo más importante es que la gente aprende a pensar por sí misma, a investigar, a esforzarse por formular sus propias ideas. Las religiosas entraron en esa dinámica. Y, de repente, comenzaron a ver su propia vida religiosa de una manera diferente, mucho más crítica. Decidieron que convenía asociarse para compartir experiencias e ideas. De ahí surgió la Leadership Conference of Women Religious, Conferencia de Líderes Religiosas) que hoy aglutina al 80% de las religiosas estadounidenses. Otro grupo de religiosas fundaron el Council of Major Superiors of Women Religious (CMSWR, Consejo de Superiores Mayores Religiosas). Los dos grupos se han ido alejando progresivamente. Digamos que unos han evolucionado hacia delante (LCWR) y otros hacia atrás (CMSWR).

La historia de esta evolución de las congregaciones que están integradas en la LCWR es apasionante. Para verla en detalle se puede leer en un libro interesantísimo escrito por Joan Chittister Tal como éramos. Una historia de cambio y renovación. En él, la autora relata su experiencia en la comunidad benedictina a la que pertenece. Vivió los tiempos anteriores al Concilio Vaticano II, los tiempos convulsos del cambio posterior, cuando hubo que replantearse todo en la vida religiosa, cuando muchas abandonaron pero otras decidieron seguir con renovado entusiasmo pero, eso sí, dispuestas a lanzarse por caminos nuevos e inexplorados. Al final del libro, Chittister relata el momento en el que la comunidad toma la decisión de que cada religiosa debe ser responsable de su propia vida hasta el punto de tener que buscarse su trabajo y decidir por su cuenta donde vivir. Para entender este, por ahora, punto de llegada, es necesario entrar en cada una de las páginas en las que Chittister va relatando con pasión vital su propia biografía y la de su comunidad.

Este grupo de religiosas ha ido asumiendo, llevadas por su propia reflexión y por su deseo de ser fieles al Evangelio, posiciones muy arriesgadas y comprometidas al servicio de la justicia y de los derechos humanos. Por eso muchas son feministas y no entienden la supremacía masculina que todavía impera en la Iglesia. Como han estudiado teología, saben que las razones teológicas no son muy consistentes. Defienden públicamente sus ideas y creen que eso forma parte de su compromiso religioso.

         En este telón de fondo aparece el documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe titulado Evaluación Doctrinal de la LCWR de abril de 2012. Uno lee y relee el intrincado y oscuro proceso hecho de alusiones, informes secretos, conversaciones no publicadas, etc., y, de salida, saca las siguientes conclusiones:

  • Una reacción de asombro: no puede entender cómo estas religiosas, formadas, de probada experiencia creyente, grandes sustentadoras de la fe católica en aquel país, personas de edad adulta (se las ve en las fotos mayores, con su cabello cano, sonrientes), uno no puede entender cómo estas personas pueden haber montado un tipo de vida religiosa “más allá de la Iglesia” o, incluso, “más allá de Jesús”. No puede uno entender cómo estas mujeres han llegado a una “atenuación de la dimensión cristológica” o a una “pérdida de un constante y vivo sentido eclesial”. Las expresiones tienen que encerrar otra cosa.
  • Una reacción de sorpresa: ¿No puede llamar un grupo de religiosas a quien lo desee para su formación, su aliento o su iluminación? El Vaticano arremete fuerte contra las reuniones de estas monjas y sobre los ponentes de su pensamiento. Quieren que los textos pasen antes un control de calidad, una censura. ¿A qué se debe esto? Díganmelo.
  • Cierto que estas hermanas parece que se han posicionado en formas no oficiales al tema de la ordenación de las mujeres o el ministerio de personas homosexuales. Pero uno se pregunta ¿se puede desautorizar el liderazgo de una conferencia tan numerosa por “cuestiones socialmente disputadas” (aunque para el staff sean cuestiones “zanjadas”)?
  • Sí que nos parece más conflictivo el tema del aborto y de la contracepción sobre el que la LCWR ha tomado, a veces, una posición políticamente abierta, apoyando, por ejemplo, la reforma sanitaria de Barack Obama que va un poco en una línea de cierta apertura. Pero quizá haya que hacer dos preguntas aparentemente inocuas: ¿quién está más cerca de las mujeres? ¿quién trabaja realmente en el conflictivo mundo de la sexualidad y sus consecuencias? O de otra manera: ¿tiene el mismo peso una opinión manifestada desde la teoría u otra hecha desde la dura arena de la vida?
  • Tampoco nos hacemos mucho a la idea cómo las acusaciones de feminismo radical pueden llevar a “interpretaciones teológicas que corren el riesgo de distorsionar la fe en Jesús y su amado Padre que envió a su Hijo para la salvación del mundo”. Sí que nos aclaran más las cosas cuando, desprendiéndose de antifaces, explicita el documento: “Algunos comentarios sobre el ‘patriarcado’ distorsionan el modo en que Jesús ha estructurado la vida sacramental de la Iglesia”. ¿Estamos hablando de la “vida sacramental” o de la “estructura jerárquica”?
  • Lo que nos deja boquiabiertos es pensar que este colectivo tiene opiniones que “incluso socavan las doctrinas reveladas de la santísima Trinidad, de la divinidad de Cristo y la inspiración de las Sagradas Escrituras”. Se nos antoja inusitado.

Lee uno y relee la Evaluación y cada vez más aflora un sentimiento: hay aquí un problema de poder, una dificultad enorme para articular una iglesia de comunión real, un afán casi manifiesto de decir dónde sigue estando el centro de la cristiandad, de la ideología y de la norma, una imposibilidad muy grande para hacer un ejercicio de flexibilización y de búsqueda, una rigidez de pensamiento que manifiesta fuertemente su inadecuación con una sociedad cambiante.

Quizá, más a la base, está algo que se subraya muy bien en el discurso presidencial de respuesta a la Evaluación que en agosto pasado hizo la hna Pat Farrel, presidenta de la Conferencia: “Muchas instituciones, tradiciones y estructuras parecen estar marchitándose. ¿Por qué? Yo creo que los fundamentos filosóficos por los cuales hemos organizado la realidad ya no se sostienen. La familia humana no está siendo servida por el individualismo, el patriarcado, una mentalidad mezquina o la competencia.  El mundo está superando las construcciones dualistas de superior / inferior, ganar / perder, bueno / malo, y dominación / sumisión.   En su lugar está brotando la igualdad, la comunión, la colaboración, la sincronización, lo integral, la abundancia, la plenitud, la reciprocidad, el conocimiento intuitivo, y el amor. Este cambio, aunque doloroso, ¡es una buena noticia!”.   

 

4. Las propuestas de la LCWR para ser lo que queremos ser

 

         La respuesta a la Evaluación, al menos desde el punto de vista público, ha llegado en el citado discurso presidencial de Pat Farrell titulado en español Navegando en los cambios. Llama la atención, a primera vista, el modo y el tono. No tiene el aire de esos documentos defensivos de los teólogos que, por lo que se ve, no tienen ninguna eficacia. El obispo Blair (uno de los dos investigadores de la Evaluación) ya lo había dicho bien claramente: “Las doctrinas de la iglesia no son negociables”. Ellas han tomado otro derrotero: reflexionar con lucidez y apertura sobre lo que aman y anhelan, incluyendo un cierto aire lírico que anime a la resistencia, a la espiritualidad y a la búsqueda (cita varios textos poéticos). La actitud a la que invita queda bien clara en estos párrafos: “Considerando otra vez los cambios grandes y pequeños de nuestro tiempo, ¿cuál sería la respuesta profética a la valoración doctrinal? Creo que sería humilde, pero no sumisa; arraigada en un sólido sentido de nosotras mismas, pero no farisaica; veraz, pero gentil y sin miedo absoluto. Haría preguntas sagaces. ¿Estaremos invitadas a ser podadas apropiadamente, y estaríamos abiertas a ello? ¿Es esta valoración doctrinal una expresión de preocupación o una manera de controlar? La preocupación se basa en el amor e invita a la unidad. El control a través del miedo e intimidación sería un abuso de poder. La institucionalización legitima de reconocimiento canónico, ¿nos empodera para vivir proféticamente? ¿Nos permite cuestionar con libertad  en una Iglesia que pretende honrar el sensus fidelium, el sentir de los fieles?”.

         Vamos a proponer los seis caminos que ofrece el citado documento para “navegar” en este tiempo de cambios. En realidad, como se verá, no son caminos ignorados. Pero al subrayarlos cuando ruge el vendaval, adquieren un valor añadido.

1)   El camino de la oración profunda: algo más que el simple rezar. Es cuestión de trabajar el deseo de Dios, la atracción del Misterio, la germinación en el silencio. La oración semillero de una vida profética. Seguir creyendo en el valor y sentido de una oración buscada y querida, una oración que descubre a Dios como “no otro” de mí (M. Corbí, Carta a Dios, 125). 

2)   El camino de la voz profética: “No hay garantía de que simplemente y en virtud de nuestra vocación, seamos proféticas...Nuestro arraigo de Dios tiene que ser lo suficientemente profético y nuestra lectura de la realidad lo suficientemente clara para que seamos una voz de conciencia”, dice Farrell. Estamos hablando de una profecía lúcida.

3)   El camino de la solidaridad real con los marginados: Una solidaridad indolora no sería real. “La experiencia de Dios desde el lugar de las pobrezas es una de misericordia completamente gratuita y de amor empoderador. Las personas en los márgenes que tienen menos posibilidad e invierten menos en mantener apariencias, a menudo tienen la habilidad extraordinaria de nombrar las cosas como son.  Estar con ellos y ellas nos ayudará a situarnos en la verdad y a mantenernos honestas. Necesitamos ver lo que ellas ven a fin de ser voces proféticas para nuestro mundo e Iglesia, aun cuando estemos luchando por balancear nuestra vida en la periferia con la fidelidad al centro”.

4)   El camino de la comunidad: “En nuestras congregaciones hemos pasado de manera eficaz, de un estilo de vida jerárquicamente estructurado a un modelo más horizontal. Y ello es bastante sorprendente, teniendo en cuenta la rigidez en la que nos formamos. Las estructuras de participación y modelos de liderazgo desde la colaboración que hemos desarrollado nos han empoderado y vivificado. Estos modelos pueden muy bien ser el regalo que ahora aportamos a la Iglesia y al mundo”.  Esto lleva a un modo nuevo de comprensión y vivencia de la obediencia más como “discipulado atento” que como sumisión jerárquica.

5)    El camino de la no-violencia: “¿Qué significa la no-violencia para nosotras? Ciertamente, no es la pasividad de la víctima. Supone resistencia en vez de ser cómplice con el poder abusivo.  Sin embargo, sí significa aceptar el sufrimiento en lugar de transmitirlo. Se niega a avergonzar, culpar, amenazar o satanizar. De hecho, la no-violencia requiere que acojamos nuestra propia oscuridad y quebrantamiento en lugar de proyectarlo”. En la resistencia habita la esperanza, decía E. Sábato. La resistencia no violenta es imprescindible para navegar nuestro hoy.

6)    El camino de la esperanza gozosa: Porque “la esperanza nos hace estar atentas a los signos del reino de Dios”, aunque se nos acuse de “mala hierba”, que también la mostaza es mala hierba, invasora, y anunciadora de un reino para todos sin exclusivismos ni prerrogativas. “Vivimos en la esperanza gozosa, dispuestas a ser, una y todas, hierba mala”, dice vigorosamente Farrell.

 

Conclusión

 

         ¿Qué quiere ser nuestra VR en España? No hay fórmulas, si se dijera lo que tendría que ser nos habríamos situado en el terreno de siempre, lejos de la profecía, cazados por la norma. Por eso mismo, si algún fruto habría de tener en este auditorio la reflexión de hoy sería el de meter en el fondo del alma la pregunta de qué queremos ser, de irnos con ese aguijón inoculado, de trasladarlo a nuestras comunidades, de pensarlo mucho antes de tomar una opción, por pequeña que sea.

  • ¿Qué quiere ser la VR de España con su enorme cantidad de instituciones educativas en las que ya no es posible la presencia material de hermanos porque no los tenemos? ¿Dará un paso de trasformación real o se alargará la agonía mediante fórmulas costosas que, a la larga, sabemos que no van a resolver el problema?
  • ¿Qué quiere ser la VR contemplativa de España con el montón de pobres comunidades que, más allá de su generosa entrega, agonizan lentamente no solamente por falta de vocaciones, sino por falta de un planteamiento contemplativo que se adapte a la realidad de hoy?
  • ¿Qué quiere ser la VR de España con la multitud de conventos que vegetan en un tipo de apostolado sacramental o religioso heredado pero que, lo vemos, ya no tienen, desde hace años, el lugar propio y el dinamismo por el que brotaron?
  • ¿Qué quiere ser la VR española con la multitud de inmuebles infrautilizados, con las posesiones que se van quedando sin finalidad y que duermen largos años el sueño de los justos?
  • ¿Qué quiere ser de verdad la VR española cuando, en estos tiempos, trata de reorganizarse en multitud de unificaciones y fusiones? ¿Se busca la reorganización solamente o también la revitalización real?
  • ¿Qué quiere ser la VR de España ante las pobrezas, de una manera coordinada y eficaz? ¿Qué conciencia quiere poner la VR a su dinero, tarea todavía muy lejana? ¿Qué quiere aportar la VR al concierto ciudadano, qué estaría dispuesta a hacer por la paz? ¿Qué sentido real de la justicia quiere cultivar nuestra VR?
  • ¿Qué aportación real pretende ser la VR española a la profecía, en la sociedad y en la Iglesia? ¿Hasta dónde está dispuesta a llegar en la denuncia clara, en la dura tarea de mostrar la injusticia, en el alejamiento real de los poderes fácticos hacia los que insensiblemente tiende?

Podríamos seguir con el riesgo de que las preguntas nos abrumaran tanto que nos llegaran a paralizar. Por eso mismo, detengámonos. Pero, para animarnos recordemos que estos trabajos búsqueda de sentido en épocas turbulentas han sido un leitmotiv en la historia de la fe. Baste que recordemos aquella ardiente pregunta de quienes escucharon el encendido discurso de Pedro en los Hechos de los Apóstoles: “¿Qué tenemos que hacer, hermanos?” (Hech 2,37) y lo transformemos, como hemos dicho, en algo más humano, más ennoblecedor, más espiritual: “¿Qué queremos hacer quienes decimos ya seguir a Jesús?”. Si las comunidades se reunieran en torno a esta pregunta, se habría ya dado un gran paso hacia la renovación profética de nuestra VR.

 

 

BIBLIOGRAFÍA DE REFERENCIA:

 

  1. M.CORBÍ, Carta a Dios, el guía de nuestro caminar,  en AA.VV., Cicuenta cartas a Dios,  Ed. PPC, Madrid 2006.
  2. SHELBY SPONG, J., Un cristianismo nuevo para un mundo nuevo. Por qué la fe tradicional está muriendo y cómo una nueva fe está naciendo,  Ed. Abya Yala, Quito 2011.
  3. CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE,  Doctrinal Assessment of the Leadership Conference of Women Religious (Traducción castellana: Evaluación Doctrinal de la LCWR).
  4. ESPEJA, J., A 50 años del Concilio. Camino abierto para el siglo XXI, Ed. San Pablo, Madrid 2012.
  5. PEREA GONZÁLEZ, J., “Qué dice el espíritu a las Iglesias” (apoc 2): Fidelidad creativa al Concilio,  en  Iglesia Viva,  250 (abril-junio 2012) 31-60.

Ejercicios 2012

¡CUÁNTO HE DESEADO CENAR CON VOSOTROS! (Lc 22,15)

Las confidencias de Jesús. Retiro en 2012

         El tema de retiro de este año tiene que ver con el del año pasado (“La cena que recrea y enamora”). Allá decíamos que, incomprensiblemente, Jesús (y el padre) se autoinvita a la cena de su propia criatura. Y decíamos, así mismo, que él se contenta con servirnos en esa cena. Pero podemos dar un paso más: Jesús, en un momento dado, invitado o no, se sienta a nuestra mesa no solamente para escucharnos, sino también para hablar. Él quiere hablarnos desde el corazón en la mesa de la cordialidad y de la confidencia. Acercarse a un Jesús de trasfondos, de sensibilidad, de dinamismos, no tanto de perspectivas dogmáticas. Hay que hacer un esfuerzo imaginativo, anhelante. Si no, imposible.

            Pero queremos “construir” estas confidencias sin apartarnos del Evangelio. No se trata de “inventar” nada, sino de ahondar en el Evangelio desde un lado distinto. Creemos que esto puede ser provechoso para contribuir a un reverdecimiento de nuestra experiencia evangélica. ¿No ha de servir una semana de retiro para este fin?

            Este tipo de trabajo adquiere una posibilidad si lo enmarcamos en un ambiente contemplativo. Entendamos contemplación como silencio y ahondamiento. Silencio para dejar espacio a la confidencia de Jesús. Ahondamiento para mirar en la dirección de la profundidad de Jesús. No habríamos de pensar que la profundidad de Jesús nos es inaccesible cuando la nuestra propia nos es, con frecuencia, desconocida, al menos en parte. El anhelo, que es el Espíritu, puede ayudarnos en este empeño espiritual.

            En otro contexto, en el de la cena de Pascua (Lc 22,15), desvela Jesús sus tremendas ganas de cenar con sus amigos: “¡Cuánto he deseado cenar con vosotros en esta Pascua!”.  Esos deseos hondos los tiene intactos en esta cena que “recrea y enamora”. Y sus ganas son grandes porque quiere poner sobre la mesa de la amistad su corazón en toda su desnudez y su hermosura, en toda su calidez. Acojámoslo así, con similar amor, para que nos cautive su temblor y su brillo.

            El hacer este trabajo en marcos fraternos puede ayudarnos mucho. El silencio, la sencilla celebración, la evidencia de que estamos en una tarea común puede ser un apoyo útil para llegar al estremecimiento ante las confidencias de Jesús. Démonos a la tarea con buen ánimo.

 

1. La mía fue una vida tentada

a)      Texto: Mt 16,13-23:

“Cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Ellos respondieron: Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o alguno de los profetas. El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro dijo. Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Jesús le respondió: Bienaventurado eres, Simón hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que atares sobre la tierra quedara atado en los Cielos, y todo lo que desatares sobre la tierra, quedará desatado en los Cielos. Entonces ordenó a los discípulos que no dijeran a nadie que él era el Cristo. Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y padecer mucho de parte de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser muerto y resucitar al tercer día. Pedro, tomándolo aparte, se puso a reprenderle diciendo: Lejos de ti, Señor; de ningún modo te ocurrirá eso. Pero él, volviéndose, dijo a Pedro.- ¡Apártate de mi, Satanás! Eres escándalo para mí, pues no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres”.

              Para hablar de la vida tentada de Jesús podríamos haber recurrido el clásico texto de Mt 4,1-11. Pero hemos preferido tomar este otro: Jesús acepta el testimonio de Pedro sobre su ser “Hijo de Dios vivo”. Eso se lo ha revelado el Padre. Pero le va a a mostrar su interior desvelándole cómo Jesús entiende y vive el ser “Cristo”, Mesías: ir a Jerusalén…padecer…ser muerto…resucitar”. Eso es lo que Pedro, que, aunque adherido a Jesús, no entiende los mecanismos del reino, rechaza: “Lejos de ti, Señor”. La contundente reacción de Jesús (“Apártate de mí, Satanás”) habla de la convulsión que anida en el corazón de Jesús y que el buen deseo de Pedro ha tocado: está tentado de poder, de fuerza, y por ello el camino que le muestra el Padre, camino aceptado, es duro y siempre está tentado de abandono.

 

b)      Confidencia:

            Siempre me habían inculcado, desde niño, que el Mesías que esperábamos estaría investido de fuerza y de brillo, que llegaría el día hermoso de la liberación de Israel echando del país al opresor. Por eso, cuando el designio del Padre apuntaba por los derroteros de la entrega, yo no lo entendía. Creía que ese no era el camino del Mesías, ni siquiera el camino de nadie que ansiara la dicha. Hablar de entrega me producía dentro una convulsión. Por eso, cuando mi familia (Jn 7,3-5), los discípulos (Jn 14,22) o la gente (Jn 6,15) querían hacer de mí el Mesías glorioso, huía de ellos ya que, en el fondo, yo también anhelaba la gloria. Muchas noches me levantaba al alba para verificar si el camino de la entrega era el correcto (Mc 1,35). Muchas veces subí al monte para dialogar con la Palabra, con el silencio, con el Padre sobre “lo que iba a ocurrir en Jerusalén” (Mt 17,1-8).

            Por eso, cuando Pedro quería alejarme del camino de la entrega, yo lo consideraba como un “Satán” para mí (Mc 8,33). Es que una parte profunda de mí pensaba y sentía como Pedro. Yo mismo era el peor Satán para mí. En la derrota del huerto lo reconocí con claridad: mi camino y el del Padre iban por lados opuestos (Mc 14,36). Aún no sé muy bien cómo pude aceptar el designio del Padre. Aún no entiendo cómo pude encajar con equilibrio la tentación del honor y la gloria. Todavía no comprendo cómo pude superar los empujones de la gente que me encumbrara en el trono de la gloria.

            La mía fue, sí, una vida tentada y, por ello, frágil, débil, al borde del abismo. ¿Podréis dar adhesión, amar, a uno que ha sido tentado tan a fondo, a uno que, con mucha dificultad encajó su propia tentación? A quienes de mí habéis hecho un Dios ¿no os resultará esto insufrible, disgustante, rechazable? Y, sin embargo, por esa razón, porque fui hondamente tentado, tendríais que perdonarme y amarme. Así tal vez entenderías mejor vuestras propias tentaciones y las verías con más benignidad y comprensión.

 

c)      Para orar:

Crepita la floresta y desmorona

toda su verde historia sin techumbre.

La savia en las cenizas se amontona

y el fuego no consigue hacerse lumbre.

 

Llama llevada por su propio viento,

pájaro azul, recado de la tarde,

arde bajo la fiebre el pensamiento,

toda la vida en ciega espera arde.

 

La carretera ya no es más camino.

Y este hijo del hombre, agobiado

por las voces del pueblo y su destino,

 

llama y ceniza al viento desolado,

va a celebrar su Pascua, sin más vino

que el mosto de la sangre derramado.

P. Casaldáliga

 

2. Me costó mucho ir a los paganos

a)     Texto: Mc 7,24-31:

24 Y levantándose de allí, se fue á los términos de Tiro y de Sidón; y entrando en casa, quiso que nadie lo supiese; mas no pudo esconderse. 25 Porque una mujer, cuya hija tenía un espíritu inmundo, luego que oyó de él, vino y se echó á sus pies. 26 Y la mujer era griega, sirofenicia de nación; y le rogaba que echase fuera de su hija al demonio. 27 Más Jesús le dijo: Deja primero hartarse los hijos, porque no es bien tomar el pan de los hijos y echarlo á los perrillos. 28 Y respondió ella, y le dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos debajo de la mesa, comen de las migajas de los hijos. 29 Entonces le dice: Por esta palabra, ve; el demonio ha salido de tu hija. 30 Y como fue á su casa, halló que el demonio había salido, y á la hija echada sobre la cama. 31 Y volviendo á salir de los términos de Tiro, vino por Sidón a la mar de Galilea, por mitad de los términos de Decápolis.

            Viajar “al extranjero” en aquella época era difícil. Que un judío lo hiciera por motivos ajenos al comercio, muy raro. Jesús va, impelido por la urgencia del reino. Se encuentra allí la posibilidad de que el reino agarra por causa de la necesidad humana. Ésta es vehículo para una correcta implantación de los valores del reino. Las razones religiosas no aparecen. Es una oferta desde la situación misma de los paganos.

 

b)     Confidencia:

            Vosotros lo sabéis tan bien como yo: a los judíos no se nos había perdido nada en tierra de paganos. Estaban, por nacimiento, destinados al infierno. Eso nos habían enseñado desde siempre y yo lo había aprendido como todos. La tierra de paganos era para nosotros una antesala de la gehenna. No íbamos allá más que para negociar. Por eso, se me hizo muy cuesta arriba cuando en mis noches de oración empecé a entrever que el designio del Padre que hace salir su sol sobre buenos y malos (Mt 5,45) también lo hacia salir sobre judíos y paganos.

            Me costó mucho ir a tierra de paganos a ofrecer el Reino. Los pies no me seguían; mi corazón se quedaba en la tierra de Israel cuando enfilaba a la región de Tiro y de Sidón. Los mismos discípulos no lo entendían: ¿qué pinta un Mesías en tierra de paganos? Les descolocaba cuando les decía: “Vamos al otro lado” (Mc 4,35). Y eso que los del “otro lado”, la Decápolis, eran medio paganos, gente de alguna manera vinculada a Israel, aunque de costumbres próximas a los gentiles. Eso les descolocaba. Imaginad cuando les dije: iremos a Tiro y a Sidón. Sus ojos se abrieron incrédulos y su corazón se llenó del agrio sabor del disgusto.

            Pero fuimos, porque, no sé muy bien cómo, yo intuía que eso hacía parte del Dios desconcertante que ama a quien no sabe distinguir “su mano izquierda de la derecha”, como dijo la vieja profecía (Jonás 4,11). Nada más entrar en el territorio de Fenicia, en un pueblo nos salió al paso aquella mujer gritona (Mc 7,24-31). Yo me hacía el loco, no la quería escuchar. Los mismos discípulos tuvieron que decirme que ya estaba bien de aguantar aquella tenaz queja, aquel lamento que, como un berbiquí, nos molía los sesos. Me salió automáticamente: “No está bien echar el pan de los hijos a los perros” (Mc 4,27). Lo desabrido de la frase tendría que haber sido suficiente para hacer desistir a aquella mujer inasequible al desaliento. Pero el amor por su hija puso una rápida respuesta en sus labios: “También los perrillos se comen la migas que tiran los chiquillos bajo la mesa” (Mc 4,28).

            Me desconcertó. No tuve más remedio que admitir, entre regocijado y confuso, que aquella era una fe “de las grandes” (Mt 15,28), difícil de encontrar en mis paisanos de Israel. Volvimos dando un rodeo por la Decápolis. Íbamos en silencio. Seguíamos sin aceptar que el Reino, nuestro sueño grande, fuera también para los paganos. Pero algún día aquella semilla sería la que fructificaría en una misión entre los paganos de consecuencias decisivas. ¿Podría esto ayudaros a desprivatizar el Evangelio, cosa que habéis hecho vinculándolo a una religión? ¿Sería el recuerdo de esta aventura suficientemente fuerte para soñar en una espiritualidad laica, propiedad de todos, más allá de los estrechos límites de una dogmática? ¿Seguís también vosotros con la vieja mentalidad de “tierra de Israel” u os habéis animado a comenzar el “viaje a los paganos”, el  viaje al corazón de toda persona?

 

c)      Para orar:

Te pongo aquí

rodeado de nombres: merodeo.

 

Te pongo aquí cercado

de palabras y nubes: me confundo.

 

Como un ladrón me acerco: tú me llamas,

en tus límites cierto, en

tu exactitud conforme.

                                       Vuelvo.

                                                     Toco

(el ojo es engañoso)

hasta saber la forma. La repito,

la entierro en mí,

la olvido, hablo

de lugares comunes, pongo

mi vida en las esquinas:

no guardo mi secreto.

                                      Yaces

y te comparto, hasta

que un día simple irrumpes

con atributos

de claridad, desde tu misma

manantial excelencia.

 

José Ángel Valente

 

3. Una certeza que nunca me abandonó

a)     Texto: Jn 16,32:

Mirad, se acerca la hora, y ya está aquí, de que os disperséis cada uno por vuestro lado y a mí me dejéis solo; aunque yo no estoy solo, porque el Padre está conmigo.

            Pocas veces abre Jesús las ventanas de su alma; esta es una de ellas. Él tiene siempre la certeza de que el padre sostiene su vida. Esa certeza se agudiza cuando las cosas no van bien, como ahora en el momento del abandono de sus amigos. La vida de Jesús sustentada por el padre es lo que le dio solidez, fidelidad, tenacidad, amor probado, estabilidad, sensatez dentro de la profecía, valor.

 

b)     Confidencia:

            Nunca tuve las cosas del todo claras. La luz para saber discernir el designio del Padre venía a rachas. Unas veces la cosa estaba clara (Mt 17,2), otras se oscurecía al límite (Mc 14,34). Pero, en cualquier caso, siempre tuve anclada en el corazón una certeza: “el Padre siempre estaba conmigo” (Jn 16,32). Puede ser que nos os parezca cosa decisiva, pero para mí era, a veces, la única tierra firme que pisaban mis pies, la casa segura donde me rehacía y encontraba ánimo.

            Quizá fuera porque mi vida estuvo amasada al desamparo y a una cierta soledad: mi familia no me apoyó (Mc 3,21), mi gente no fue un aliento (Mc 3,31), mis mismos discípulos se quedaban, a veces, lejos de mi alma (Mc 9,32). Algo me decía que el Padre siempre estaba ahí, que el suyo era un regazo al que podía volver cuando mordía la soledad.

            Sé que algunos de vosotros se han quedado desconcertados y hasta escandalizados de que, en la cruz, manifestara con tanta violencia el abandono de Dios (Mc 15,34). Sí, me vi abandonado, perdido, en una espantosa oscuridad. Se quebró la vasija de mi vida. Pero ahora lo sé: nunca el Padre estuvo más cerca de mi vida como cuando me creí abandonado. Nunca jamás sus caricias fueron más intensas que entonces; jamás lloraron tanto los inconmensurables ojos de Dios como cuando mi sangre se derramaba en aquel patíbulo. Ahora lo he sabido. Y el saberlo, acrecienta mi certeza, aunque entonces fuera noche cerrada.

            Aun me sosiega su presencia, aún me apacigua. Quizá vosotros no buscáis esta clase de remedios en vuestro tremendo frenesí moderno. Pero en esta clase de certezas anida la calma porque anida el amor. Alguno de vuestros poetas lo ha dicho: si confiarais atravesarías la vida con la tranquilidad de los grandes ríos. Eso me ha pasado a mí.

 

c)      Para orar:

Como se sentiría David
Al ver al gran Goliat parado frente allí?
Me imagino que tembló con ansiedad
Pero Tu mano le dio tranquilidad
 
Tú estabas allí
En lo difícil de hacer
Tú estabas allí, siempre
Cuando la batalla a veces es difícil de vencer
Oh siempre, Tú estabas allí
Siempre estabas Tú allí
 
Allí parado en un altar
Abraham su único hijo a sacrificar
Mas Dios en Su sabiduría lo detuvo
Y el sacrificio él le dio
 
Tú estabas allí
En la confusa oscuridad
Tú estabas allí, siempre
Cuando obedecer a veces es
Difícil de hacer
Oh siempre, Tú estabas allí
Siempre estabas Tú allí
 
¿Sería que yo todavía no he entendido?
Que lo que tienes para mí
Es lo que yo necesito hoy
Tú eres Dios y aunque
No te entendimos
Tú estabas allí
 
Inocente en una cruz
Preferías morir en vez de dejarnos
Sin Tu luz
Cada paso, cada lágrima caer
Me hace entender
Lo que tenías que hacer
 
Tú estabas allí
En tiempos de necesidad
Tú estabas allí
Siempre
Como el Padre,
Siempre allí.
 

Ana Laura 


4. Necesité de amigos

a)     Texto: Mc 3,13-14:

Subió al monte, convocó a los que él quería y se acercaron a él. Este constituyó a los doce, para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, con autoridad para expulsar demonios.

            Más que una elección es una convocatoria: de Jesús es la decisión, de él viene el sentido. Convoca a quien quiere, por razones de amor, no de eficacia. El amor compartido hace que se acerquen, que compartan con él vida y destino. La primera razón de esta convocatoria es “para que estén con él”. La más básica necesidad de hacer comunidad, de tener relación humana, antes que necesidades de la misión. Luego, en segundo lugar, para hacer una obra de liberación, de “expulsión de demonios”, de ir transformando las ideologías opresoras en mentalidad servidora.

 

b)     Confidencia:

            Después los llamaron apóstoles e hicieron de algunos de ellos los cimientos de la Iglesia. Pero yo, no quería más que amigos y amigas que paliaran un poco el amargo cáliz que fue para mí la relación familiar en la última fase de la vida, aquella en que me dediqué a proponer la utopía del Reino (Lc 8,1-3). Quería y anhelaba “otra familia”, la de quienes entienden el designio del Padre (Lc 8,19-21). Pero, más a la base, quería paliar la herida de mi corazón herido, como el de tantos.

            Fueron tres años intensos de amistad honda, dura, herida, pero gozosa. Podría pensarse que acabó en un fracaso, pero no fue así, porque donde hay amor no hay fracaso. Y allí hubo amor. Su abandono fue el rostro de su fragilidad, no de su amor (Mt 26,56). Yo los escogí para que estuvieran conmigo (Mc 3,14), para hacer grupo humano, porque había descubierto, en mis ratos de oración y de silencio, que, como dice uno de vuestros pensadores, más allá de cualquier velo, el sentido de la vida, es vivir con y para el otro.

            Tuvimos momentos de sufrimiento (Lc 4,1ss), de perplejidad (Mc 2,16), de desamparo (Jn 16,32), pero también de gozo (Lc 10,26), de dicha (Lc 10,21), de intimidad (Mc 4,10-25). Sin ellos y ellas no habría podido entender el extraño modo de vida que me marcaba el Padre: de aldea en aldea ofreciendo la paradójica propuesta del Reino.

            Como dijo un historiador de la época, ellos me amaron desde principio (Josefo, AJ XVIII, 63-64). Eso les hizo aguantar el trallazo de la muerte y por eso dijeron que mi muerte afrentosa no había sido solamente una injusticia, sino que seguía vivo junto a ellos. Fueron amigos más allá de la salvaje herida del desarraigo y de la muerte. Su amor nunca se quebró. ¿Hace falta prueba mayor de amistad? Una vida sin amigos y amigas oscurece el sentido de lo humano. Por eso los necesité tanto, por eso los necesitáis tanto.

 

c)      Para orar:

Se necesita un amigo. 

No es necesario que sea hombre,
basta que sea humano,
basta que tenga sentimientos,
basta que tenga corazón.

Se necesita que sepa hablar y callar,
sobre todo que sepa escuchar.

Tiene que gustar de la poesía,
de la madrugada, de los pájaros, del Sol,
de la Luna, del canto, de los vientos
y de las canciones de la brisa.

Debe tener amor, un gran amor por alguien,
o sentir entonces, la falta de no tener ese amor.
Debe amar al prójimo y respetar el dolor que
los peregrinos llevan consigo.
Debe guardar el secreto sin sacrificio.
Debe hablar siempre de frente y
no traicionar con mentiras o deslealtades.

No debe tener miedo de enfrentar nuestra mirada.
No es necesario que sea de primera mano,
ni es imprescindible que sea de segunda mano.
Puede haber sido engañado,
pues todos los amigos son engañados.
No es necesario que sea puro,
ni que sea totalmente impuro,
pero no debe ser vulgar.

Debe tener un ideal, y miedo de perderlo,
y en caso de no ser así,
debe sentir el gran vacío que esto deja.
Tiene que tener resonancias humanas,
su principal objetivo debe ser el del amigo.
Debe sentir pena por las personas tristes
y comprender el inmenso vacío de los solitarios.
Se busca un amigo para gustar
de los mismos gustos,
que se conmueva cuando es tratado de amigo.

Que sepa conversar de cosas simples,
de lloviznas y de grandes lluvias y
de los recuerdos de la infancia.
Se precisa un amigo para no enloquecer,
para contar lo que se vio de bello y
de triste durante el día, de los anhelos
y de las realizaciones, de los sueños y de la realidad.

Debe gustar de las calles desiertas,
de los charcos de agua y los caminos mojados,
del borde de la calle, del bosque después de la lluvia,
de acostarse en el pasto.
Se precisa un amigo que diga que vale la pena vivir,
no porque la vida es bella, sino porque estamos juntos.

Se necesita un amigo para dejar de llorar.
Para no vivir de cara al pasado,
en busca de memorias perdidas.
Que nos palmee los hombros,
sonriendo o llorando,
pero que nos llame amigo,
para tener la conciencia de que aún estamos vivos
.

 

Vinicius de Moraes 

 

5. Conocí la alegría

a) Texto: Jn 16,19-23ª:

19Comprendió Jesús que querían preguntarle y les dijo:

            -¿Estáis discutiendo de eso que os he dicho “Dentro de poco ya no me veréis, pero poco más tarde me volveréis a ver”? 20Pues sí, os aseguro que lloraréis y os lamentaréis vosotros, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría.

21La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza porque ha llegado su hora; pero en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre. 22También vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría.

23aEse día no me preguntaréis nada.

            El discipulado no entiende el “irse” de Jesús (su muerte y resurrección) y sus decisivas consecuencias. Siempre reacios para comprender los mecanismos del Reino. Es en medio de esa zozobra donde se hace un anuncio de alegría. La alegría de Jesús está mezclada a la debilidad histórica, pero se sobrepone a ella. La imagen viva de la mujer que da a luz, su dolor intenso pero breve, es imagen de la vida misma, una vida en cuyas aguas procelosas puede sobrenada la alegría que nadie puede arrebatar.

 

b) Confidencia:

           A pesar de que nací en el grupo de los desheredados sociales, a pesar de que, en una sociedad del honor, el deshonor fue compañero hasta el final, a pesar de que las fauces de la pobreza nunca soltaron su presa, a pesar de todo ello, conocí la alegría. No lo han reflejado mucho los Evangelios porque nacen de un tronco cultural donde la alegría es casi siempre mirada de reojo, con suspicacia. Pero conocí la alegría, la que viene envuelta en amistad (Jn 11,5), en confidencia (Lc 7,36), en descubrimiento de la hermosura del otro (Mt 8,10).

            Conocí los estremecimientos del corazón (Jn 20,15), la alegría que se abre paso entre las lágrimas (Jn 11,35), el gusto dulce del abrazo y del beso (Mc 9,36). Oré con alegría (Lc 10,26), comí con alegría (Lc 15,1-10), canté con alegría (Jn 3,29). Es difícil que en la vida los pobres brote la alegría, pero en la mía sí que brotó, aunque fuera modestamente.

            Eso me hizo soñar y hablar de una alegría “inarrebatable”, que nadie puede quitar (Jn 16,22). Esa alegría es susceptible de mezclarse al sabor acre de las lágrimas y al desconsuelo pesado del corazón. Pero existe. Ahora me dedico a fomentar en las personas loa alegría que nadie puede arrebatar. Es tarea ardua, pero se consigue, porque hay personas que logran sonreír a través de las densas nubes de su mal. Ellos son sembradores de gozo tanto o más que yo, tenedlo por seguro.

 

c) Para orar:

 No habites esta tierra

como mero pasajero,  

como quien pasa una temporada  

en un lugar que no es suyo.  

Vive en el mundo  

como si fuera lo que es:  

la casa de tu padre, de tu madre,  

la casa común de unos hermanos.  

Confía en las semillas,  

en la Historia y su Futuro.  

Pero, ante todo, confía en las personas.  

Ama paisajes, máquinas, libros.  

Pero, ante todo, ama a las personas.  

Duélete con la rama seca,  

con el planeta que se apaga,  

con el animal herido.  

Pero, ante todo,  

combate las penas de las personas.  

Que todos los bienes terrenos  

te colmen de alegría.  

Que la sombra y la claridad  

te colmen de alegría.  

Que las cuatro estaciones  

te colmen de alegría...  

Pero que sean las personas  

-cada hombre, cada mujer- 

quienes, ante todo, te colmen de alegría.  

Que el interés de tus intenciones  

-y el destino de tus acciones- 

sea la alegría de las personas.

Y, ante todo, la de quienes la tienen perdida.

Confía, cree, espera...

en la mujer y en el hombre.

 

Luis Enrique Hernández

 

6. Mi vocación fue el pueblo

a)      Texto: Jn 1,24-27:

24Entre los enviados había fariseos 25y le preguntaron:

            -Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el profeta?

            26Juan les respondió:

            -Yo bautizo con agua; pero en medio de vosotros hay uno que no conocéis, 27el que viene detrás de mí, que existía antes que yo y al que yo no soy quién para desatarle la correa de la sandalia.

            Es un texto de no fácil comprensión. Alude a la ley del levirato.  Un buen levir era el que se llevaba a casa a la mujer sola (viuda, por ejemplo) en tiempos en que ésta no era sujeto legal. Si no se lleva a la mujer, si no cumplía la ley, se le imponía una multa, se le escupía en el rostro y se le desataba la correa de la sandalia. A Jesús no ha habido que soltarle la correa porque ha sido un buen levir, se ha llevado a casa a la mujer sola, ha hecho suyo el sufrimiento de su pueblo. Un buen marido para el pueblo necesitado.

 

b)      Confidencia:

            Fue mi gran anhelo. No sé cómo lo descubrí, porque la vocación de una Mesías era siempre religiosa, aunque no estaba lejos del componente político. De cualquier manera yo descubrí que mi vocación era el pueblo y sus sufrimientos, su lado débil. Por eso quise escenificar el comienzo de mi andadura mesiánica con un escenario popular y de pecado (Lc 3,21).

            Era la mejor forma de decir que yo quería amparar al pueblo herido, a los ojloi que estaban en la orilla de los excluidos sociales. Me agrada cuando los Evangelios dicen que Juan el Bautista no es quién para desatar la correa  de mi sandalia, porque eso habría significado que no había sido un buen levir, que no me había llevado a casa a la mujer sola, al pueblo desamparado (Jn 1,27). No, yo fui un buen “marido” para el pueblo. Yo puse carne al sueño de la profecía vieja: “Tu tierra tendrá marido” (Is 62,2).

            Por eso me enternecía ante la gente, me daba pena su abatimiento social (Mc 6,34). Por eso cultivé y les ofrecí el mejor de mis sueños, un Reino para los pobres (Mt 5,3). Yo creía firmemente que las desventuras de los débiles sociales tendrían fin un día (Mt 10,23). Su sufrimiento no iba a ser para siempre.

            Me dolió que me abandonaran cuando vinieron mal dadas. Me dolieron sus palabras de exclusión y de muerte (Lc 23,21). Pero yo sabía bien que el pueblo es débil y manipulable, pero que es difícil arrebatarle su amor. Y puedo creer que el pueblo, la gente como yo, llegó a amarme. Por eso me recordarían después, por eso me recordáis ahora. 

 

c) Para orar:

Con un callo por anillo,

monseñor cortaba arroz.

¿Monseñor "martillo

y hoz"?

Me llamarán subversivo.

Y yo les diré: lo soy.

Por mi pueblo en lucha, vivo.

Con mi pueblo en marcha, voy.

Tengo fe de guerrillero

y amor de revolución.

Y entre Evangelio y canción

sufro y digo lo que quiero.

Si escandalizo, primero

quemé el propio corazón

al fuego de esta Pasión,

cruz de Su mismo Madero.

Incito a la subversión

contra el Poder y el Dinero.

Quiero subvertir la Ley

que pervierte al Pueblo en grey

y al Gobierno en carnicero.

(Mi pastor se hizo Cordero.

Servidor se hizo mi Rey).

Creo en la Internacional

de las frentes levantadas,

de la voz de igual a igual

y las manos enlazadas...

Y llamo al Orden de mal,

y al Progreso de mentira.

Tengo menos Paz que ira.

Tengo más amor que paz.

...! Creo en la hoz y el haz

de estas espigas caídas:

una Muerte y tantas vidas!

! Creo en esta hoz que avanza

- bajo este sol sin disfraz

y en la común Esperanza -

tan encorvada y tenaz!

Pedro Casaldáliga

 

7. Hice mío el sufrimiento ajeno   

a)      Texto: Mc 10, 46-52

Llegan a Jericó. Y al salir él de Jericó con sus discípulos y Una gran multitud, el hijo de Timeo, Bartimeo, ciego, estaba sentado junto al camino pidiendo limosna. Y al oír que era Jesús Nazareno, comenzó a gritar y a decir: Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí. Y muchos le reprendían para que se callase. Pero él gritaba mucho más: Hijo de David, ten compasión de mí. Se detuvo Jesús y dijo: Llamadle. Llaman al ciego diciéndole: ¡Animo!, levántate, te llama. El, arrojando su manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús, preguntándole, dijo: ¿Qué quieres que te haga por ti? El ciego le respondió: Rabboni, que vea. Entonces Jesús le dijo: Anda, tu fe te ha salvado. Y al instante recobró la vista, y le seguía por el camino.

            En esto se halla la gran pregunta de la misericordia, del reino: “¿Qué quieres que haga por ti?”. Jesús no se ha significado por grandes obras humanas, sino por su misericordia. Desde ella entiende la realidad de Dios y la de la persona. No hay para él nada más allá de ella. Por eso, el sufrimiento del otro fue para él su propio sufrimiento. Sus curaciones eran curaciones del alma, del sentido, de la justicia, de las raíces.

 

b) Confidencia:

            Uno de los vuestros lo ha dicho tajantemente: “El dolor ajeno nos constituye en sujetos morales”. Valoradme por mi respuesta al dolor ajeno. Si quitáis de mi vida el sufrimiento del otro, lo mío se reduce a cenizas.

            Por eso mismo no me eché atrás ante las lágrimas (Jn 11,33), anduve los caminos del dolor común (Lc 8,40-56), bebí el trago amargo de la muerte de otros (Lc 7,11-17). Puede pareceros una nadería, pero la gran pregunta que podía decir a los débiles era ésta: “¿Qué puedo hacer por ti?” (Mc 10,51). Veían que en lo poco que yo podía hacer se encerraba la mayor de las solidaridades. Quizá eso hizo que los débiles se me acercaran o que yo me acercara a ellos, más que las soluciones que podía aportarles que eran, en realidad, muy pequeñas.

            Me interesaron los enfermos (Mc 1,32-34), los poseídos (Mc 9,14-27), los heridos (Jn 5,1ss), hasta los mismos muertos (Jn 11): Hice mío su dolor de manera normal, con la solidaridad básica del amparo que se dan los pobres

            A pesar de todo y por ello mismo, tiene que quedar claro que lo que me a mí me interesaba, más que el sufrimiento y el pecado, era la dicha de las personas. Por eso, quise hacer ver que más allá del duro sufrir hay lugar para la dicha (Mt 5,3ss), y que esa dicha es para ahora mismo, sin esperar a postergaciones del más allá. Cuando la dicha asomaba entre las lágrimas, yo saltaba de gozo. Quizá la dicha sea imposible sin la solidaridad en la herida. Pero, no hay que olvidarlo, estamos hechos para la dicha, no para la pena y el trabajo. Así lo creo yo.

 

c) Para orar:

Tengo miedo a perder la maravilla

de tus ojos de estatua y el acento
que de noche me pone en la mejilla
la solitaria rosa de tu aliento.

Tengo pena de ser en esta orilla
tronco sin ramas; y lo que mas siento
es no tener la flor, pulpa o arcilla,
para el gusano de mi sufrimiento.

Si tu eres el tesoro oculto mio,
si eres mi cruz y mi dolor mojado,
si soy el perro de tu señorío,
no me dejes perder lo que he ganado
y decora las aguas de tu río
con hojas de mi otoño enajenado.

F.G.Lorca

 

8. Me costó entender a un Dios menor

a)      Texto: Mc 5,21-43:

Pasando otra vez Jesús en una barca a la otra orilla, se reunió alrededor de él una gran multitud; y él estaba junto al mar. Y vino uno de los principales de la sinagoga, llamado Jairo; y luego que le vio, se postró a sus pies, y le rogaba mucho, diciendo: Mi hija está agonizando; ven y pon las manos sobre ella para que sea salva, y vivirá. Fue, pues, con él; y le seguía una gran multitud, y le apretaban.  Pero una mujer que desde hacía doce años padecía de flujo de sangre, y había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía, y nada había aprovechado, antes le iba peor, cuando oyó hablar de Jesús, vino por detrás entre la multitud, y tocó su manto. Porque decía: Si tocare tan solamente su manto, seré salva. Y en seguida la fuente de su sangre se secó; y sintió en el cuerpo que estaba sana de aquel azote. Luego Jesús, conociendo en sí mismo el poder que había salido de él, volviéndose a la multitud, dijo: ¿Quién ha tocado mis vestidos? Sus discípulos le dijeron: Ves que la multitud te aprieta, y dices: ¿Quién me ha tocado? Pero él miraba alrededor para ver quién había hecho esto. Entonces la mujer, temiendo y temblando, sabiendo lo que en ella había sido hecho, vino y se postró delante de él, y le dijo toda la verdad. Y él le dijo: Hija, tu fe te ha hecho salva; ve en paz, y queda sana de tu azote.

            La mujer siempre “menstruante” representa un estado continuado de impureza. La curación de Jesús, curación social y religiosa más que sanitaria, la convierte en “hija”: ella, con todas sus limitaciones, con su género, con su vida, es hija como toda persona. La filiación no depende de la santidad, de la pureza, sino de la dignidad. Dios está del lado de la dignidad, del lado de la persona, sobre todo de aquella que sufre más las constricciones legales, religiosas o históricas.

 

a) Confidencia:

            Aunque mi religión, a la que amaba, también hablaba de un Dios menor a nuestro servicio (Os 11,12), no nos educaron para ello. Lo propio de Dios era el brillo, la gloria, como diría Ezequiel (Ez 10,18-19). Es cierto que había una gloria humilde, oculta (Sal 18), pero, normalmente, un judío soñaba con la gloria poderosa del Dios que brilla y se impone. Yo fui uno de los que así lo creyó. Por eso os digo que me costó entender a un Dios menor.

            Pero comencé a entenderlo cuando acompasé mi paso y mi vida a la de los menores de la sociedad, a los sin honor, a los desposeídos. Me daba cuenta de que el Dios que estos esperaban era tan menor que había mezclado su suerte y su futuro con el de ellos. Un Dios que no exige nada, que no demanda nada, que lo da todo. Se lo hice ver en parábolas tan entrañables como aquella del Padre que perdona siempre (Lc 15,11-32), o aquella otra de la generosidad extraña de Dios con los jornaleros de última hora (Mt 20,1-16).

            La mejor forma que tuve de mostrar la hermosa realidad de un Dios menor fue no catalogar a las personas como buenas o malas, sino creerlas siempre dignas. La dignidad creacional era la base de la manera de mirar que Dios tenía. Yo también lo hice así. Por eso, no tuve empacho en ofrecer el reino a pecadores (Mt 9,9-13), en sentarme a su mesa (Mt 11,19), en considerarlos personas dignas de amor (Mt 9,18-26). Si Dios las veía así, ¿cómo yo las iba a tratar de otra manera?

            A veces quería hacerlo ver a mis amigos y amigas de manera especial. No una, sino muchas veces lavé los pies a mis discípulos. Se les revolvían las tripas, a Pedro sobre todo. Para ellos era un desdoro que un Mesías se pusiera a lavar pies  (Jn 13,6-11). ¿Cómo iba a reclutar adeptos un Mesías tal? Pero yo les quería decir que no era yo quien les lavaba los pies, quien les servía, sino el Padre del cielo, el Dios menor que no puede mover una paja de sitio, pero que fundamenta el amor y la belleza.

            Me costó entenderlo, como les costó a mis amigos, como os cuesta a vosotros y vosotras. Pero quizá ahí se halla una de las claves de la verdadera espiritualidad evangélica, esperando aún que sea un camino ancho recorrido por los creyentes en el Dios que yo os propuse.

 

b)      Para orar:

Aunque sea un instante, deseamos

descansar. Soñamos con dejarnos.
No sé, pero en cualquier lugar
con tal de que la vida deponga sus espinas.

Un instante, tal vez. Y nos volvemos
atrás, hacia el pasado engañoso cerrándose
sobre el mismo temor actual, que día a día
entonces también conocimos.

Se olvida
pronto, se olvida el sudor tantas noches,
la nerviosa ansiedad que amarga el mejor logro
llevándonos a él de antemano rendidos
sin más que ese vacío de llegar,
la indiferencia extraña de lo que ya está hecho.

Así que a cada vez que este temor
el eterno temor que tiene nuestro rostro
nos asalta, gritamos invocando el pasado
-invocando un pasado que jamás existió-

para creer al menos que de verdad vivimos
y que la vida es más que esta pausa inmensa,
vertiginosa,
cuando la propia vocación, aquello
sobre lo cual fundamos un día nuestro ser,
el nombre que le dimos a nuestra dignidad
vemos que no era más
que un desolador deseo de esconderse.

 

Gil de Biedma y Alba, Jaime

 

9. A mí también me mordió la soledad

a)      Texto: Mc 14,43-50

Todavía estaba hablando Jesús cuando de repente llegó Judas, uno de los doce. Lo acompañaba una multitud armada con espadas y palos, enviada por los jefes de los sacerdotes, los maestros de la ley y los ancianos. 

El traidor les había dado esta contraseña: «Al que yo le dé un beso, ése es; arréstadlo y lleváoslo bien asegurado”. Tan pronto como llegó, Judas se acercó a Jesús.

—¡Rabbí! —le dijo, y lo besó.
Entonces los hombres prendieron a Jesús. Pero uno de los que estaban ahí desenfundó la espada e hirió al siervo del sumo sacerdote, cortándole una oreja.  —¿Acaso soy un bandido[a] —dijo Jesús—, para que vengan con espadas y palos a arrestarme? Día tras día estaba con ustedes, enseñando en el templo, y no me prendieron. Pero es preciso que se cumplan las Escrituras. Entonces todos lo abandonaron y huyeron.

            Una multitud, el pueblo sometido a los dirigentes; se mencionan las tres categorías que constituían el Consejo. Judas deseaba que Jesús no rompiera la tradición que legitima la injusticia; el beso de Judas realiza el texto de Is 29,13. Intento de defender a Jesús con la violencia: no han orado, sucumben a la tentación. El prendimiento muestra la mala conciencia de las autoridades, que no se han atrevido a detener a Jesús en público. Defección de todos los discípulos, como había sido anunciado en 14,27: pero habrá un más allá después de la muerte.

 

b) Confidencia:

            Porque es cierto que tuve familia, amigos y amigas, personas cercanas que me acompañaron y me quisieron. Pero la soledad me mordía. Me levantaba por las mañanas “cuando todavía estaba oscuro” (Mc 1,35). No solamente era para rezar. También era para gritar al silencio mi propia soledad, las preguntas elementales y hondas, sin respuesta, del sentido de mis pasos.

            Me ayudó mucho descubrir que Dios tiene un “designio” (Mc 3,35). Vosotros le habéis llamado la voluntad de Dios. En nombre de ella, incluso, se han hecho disparates. Pero yo le llamaba el “designio”. Y creí que no era sino este: que todo lo creado viva en fraternidad, que la comunidad humana funcione como buena familia. La mía, como la vuestra, fue una época de violencias. ¿Cómo hablar ahí de buena relación, de familia, de tolerancia, de amor? El designio de Padre era ese: que todos seamos miembros de una sola familia, que miremos con ojos nuevos al otro y a lo otro hasta verlo como hermanos (Mt 23,8).

            Por extraño que parezca, darme a esa tarea me ayudó a encajar ni radical soledad. Cuando ese designio brillaba ante mis ojos, mi vida se hacía más ligera, levantaba los hombros con más facilidad. Cuando, debido a las heridas de los humanos, las mías y las ajenas, el designio se oscurecía, la soledad afilaba sus garras.

            Por eso creo que el secreto de una vida sosegada y dichosa, dentro de sus límites, es percibir con mirada profunda la hermandad que anida en todo lo creador. Algunos de los vuestros, como Francisco de Asís, han tenido una agudeza especial para mirar de ese modo.

 

c) Para orar:

Vida, mi vida, déjate caer, déjate doler, mi vida, 

déjate enlazar de fuego, de silencio ingenuo, de
piedras verdes en la casa de la noche, déjate
caer y doler, mi vida.

Alejandra Pizarnick

 

10. Creí en la posibilidad de una nueva relación

a) Texto: Mt 6,25-34:

Por eso os digo, no os preocupéis por vuestra vida, qué comeréis o qué beberéis; ni por vuestro cuerpo, qué vestiréis. ¿No es la vida más que el alimento y el cuerpo más que la ropa? Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros, y sin embargo, vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No sois vosotros de mucho más valor que ellas?¿Y quién de vosotros, por ansioso que esté, puede añadir una hora al curso de su vida? Y por la ropa, ¿por qué os preocupáis? Observad cómo crecen los lirios del campo; no trabajan, ni hilan; pero os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de éstos. Y si Dios viste así la hierba del campo, que hoy es y mañana es echada al horno, ¿no hará mucho más por vosotros, hombres de poca fe? Por tanto, no os preocupéis, diciendo: "¿Qué comeremos?" o "¿qué beberemos?" o "¿con qué nos vestiremos?"Porque los gentiles buscan ansiosamente todas estas cosas; que vuestro Padre celestial sabe que necesitáis todas estas cosas. Pero buscad primero su reino y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.  Por tanto, no os preocupéis por el día de mañana; porque el día de mañana se cuidará de sí mismo. Bástele a cada día sus propios problemas.

            Se explica el segundo miembro de la primera bienaventuranza (5,3), cómo se manifiesta el reinado de Dios sobre los que hacen opción de pobreza. La preocupación por lo material cuando es única y central despista. El Padre es generoso con sus criaturas, ése es el argumento que sostiene el sueño del reino. Por eso, la preocupación prioritaria es que sea realidad la justicia del reino, la fidelidad a Dios que se muestra en la fidelidad a la persona. Vivir en el presente sabiendo que no faltará en el mañana la solicitud del Padre.

 

b)      Confidencia:

            Si me hubieran preguntado si entraba en mis planes fundar una nueva religión les habría mirado sorprendido, no les habría comprendido: ¿para qué quería una nueva religión si ya tenía la mía, a la que amaba, a la que, si la fustigaba, era porque, a mi parecer, no iba por donde debía? No necesitaba una nueva religión; lo que se dice necesitar, quizá no necesitemos de ninguna religión, aunque los humanos no sepamos cómo vivir sin ellas. Pero sí era necesaria una nueva relación, la del amor total, la del amor asimétrico (Jn 13,34-35).

            Ese amor era el que yo quería para mi propia religión (Mc 7,14-23) e incluso para los paganos (Mc 7,24-31). Si ese amor triunfaba, era posible el reinado de Dios. Si ese amor fracasa, mi vida no habría valido de nada.

            La nueva relación fue mi sueño más querido. Le llamé “reinado de Dios”, para indicar el nuevo orden al que en el fondo aspiraba. No os extrañe que eso era lo que había que buscar con ahínco y que el resto de la vida, por importante que sea, vendría “por añadidura” (Mt 6,33). Alguno de vosotros ha ironizado con esa frase y le ha dado la vuelta diciendo “procuraos primero comida y vestimenta, y se os dará por sí mismo el reino de Dios” (Hegel). Pero yo sabía que esto no era así, que siendo imprescindible la comida y la vestimenta el anhelo del Reino, el sentido de la vida, es decisivo para los humanos.

            Por eso, quien me entiende bien ha de estar más preocupado por el futuro del sueño del reino que el futuro de la religión. Y quien no se sienta preocupado, ilusionado, buscador, anhelante de mi sueño del reino es que ha renunciado a lo mejor de mí mismo. Y entonces, ¿qué sentido tiene seguirme?

 

c)      Para orar:

Quisiera un canto

que hiciera estallar en cien palabras ciegas
la palabra intocable.
Un canto.
Mas nunca la palabra como ídolo obeso,
alimentado
de ideas que lo fueron y carcome la lluvia.

La explosión de un silencio.

Un canto nuevo, mío, de mi prójimo,
del adolescente sin palabras que espera ser
nombrado,
de la mujer cuyo deseo sube
en borbotón sangriento a la pálida frente,
de éste que me acusa silencioso,
que silenciosamente me combate,
porque acaso no ignora
que una sola palabra bastaría
para arrasar el mundo,
para extinguir el odio
y arrasarnos
...

 

José A. Valente

 

11. Cuestioné lo incuestionable

a) Texto: Mt 5,17-19:

En aquel tiempo dijo Jesús: "No penséis que yo he venido a poner fin a la ley de Moisés y a las enseñanzas de los profetas. No he venido a ponerles fin, sino a darles su verdadero sentido. Porque os aseguro que mientras existan el cielo y la tierra no se le quitará a la ley ni un punto ni una coma, hasta que suceda lo que tenga que suceder. Por eso, el que quebrante uno de los mandamientos de la ley, aunque sea el más peque­ño, y no enseñe a la gente a obedecerlos, será considerado el más pe­queño en el reino de los cielos. Pero el que los obedezca y enseñe a otros a hacer lo mismo, será considerado grande en el reino de los cielos.

            La misión de Jesús no es echar abajo el AT, la profecía del reinado de Dios, sino dar cumplimiento a esa promesa. La Ley tenía por eje el éxodo de Egipto y la entrada en la tierra prometida. El éxodo definitivo comenzará con la muerte de Jesús y quedará abierto para toda la humanidad. De ahí la necesidad de practicar las bienaventuranzas que reemplazan a las antiguas normas. Es insuficiente el legalismo para ir a la raíz. Si ese legalismo se interpone, es preciso cuestionarlo.

 

            b) Confidencia:        

            Esto fue lo más duro, lo que me acarreó la ruina. No fui un cuestionador por principios, por mero inconformismo, por deporte. Cuestionaba por amaba. Sí, cuando cuestionaba las costumbres religiosas de mi pueblo, lo hacía porque amaba unas costumbres que hubieran debido tener como centro a la persona (Mc 7,1-13).

            Cuando cuestionaba a las autoridades, lo hacía no porque tuviera una mentalidad anárquica y adespótica, sino porque sentía en mis carnes de hombre del pueblo la opresión que sufrían los pobres del pueblo. Por eso mismo proponía que se alejaran de las instancias políticas que esquilman a los pobres (Mc 12,13-17).

            Cuando cuestionaba el sábado, no era porque no lo amase, sino porque se había puesto por encima del bien de la persona en necesidad, y eso era más de lo que podía tolerar mi corazón que había echado su suerte con los pobres de la tierra (Mt 12,1-8).

            Cuando cuestionaba el templo, no lo hacía porque no lo amara. No, en él yo sentía el mismo gozo que sienten todos los israelitas nada más pisar sus umbrales (Sal 54). Cuestionaba su instrumentalización y, sobre todo, su inicuo mercado, en manos de las grandes familias que hacían su “agosto” en la semana sagrada de la Pascua (Jn 2,13-22).

            Incluso al cuestionar a Moisés, el fundador de nuestra religión, un hombre bueno, el más humilde de los hijos de los hombres, aquel a quienes los israelitas amargaron el corazón por su terca oposición, no lo hacía por oponerme a él, sino por hacer ver que el tiempo de gracia que yo representaba era un paso más allá de Moisés en la línea del amor (Mc 10,1-12).

            No me entendieron; interpretaron mis cuestionamientos como una destrucción y ese vendaval me llevó a mí por delante. Pero, ya lo digo, mi intención era ampliar los horizontes de la vida, caminar más lejos en la dirección del amor, abrir cauces nuevos a la experiencia espiritual, aumentar el caudal de dicha de los humanos. Porque mi verdadera preocupación es que fuerais más felices. No otra.

 

            c) Para orar:

Puedo darte mas aun

de este amor que por ti siento
puedo bajar del firmamento
luceros y bellas estrellas
llenarte de primaveras
de flores, lluvias y vientos
y podré morir contento
cuando se agote la aurora
de mis tantas y tantas horas
pensándote en mis adentros.

David F.F.

 

12. Nunca dejé de amar

a) Texto: Mt 11,25

         En aquella ocasión exclamó Jesús: -Bendito seas, Padre, Señor del cielo y tierra, porque si has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, se las has revelado a la gente sencilla; sí, Padre, bendito seas, por haberte parecido eso bien.

            Los doctos no entienden la obra de un mesías humilde, pero sí las personas sencillas. Es la ausencia de todo interés torcido la que permite discernir el plan  de Dios. Los sabios y entendidos inutilizan su ciencia por sus intereses mezquinos. Jesús disfruta con los sencillos que entran en modos humanos en el paradigma del reino.

 

b) Confidencia:

            De esto estoy cierto y así me gustaría que me entendierais: siempre os amé. Como la antigua Sabiduría, mis delicias erais vosotros (Prov 8,31), por más que, a veces, llegarais a irritarme hasta provocar en mí miradas de ira (Mc 3,5).

            Siempre amé a mi familia, aunque yo veía que sus intereses estaban puestos en las ganancias que pensaban sacar de mis pobre signos de cercanía a los débiles (Jn 7,3-5). Con el tiempo, lograrían entrar en los mecanismos humildes, despojados y generosos del mi reino.

            Siempre amé a mis discípulos. Por eso quise que estuvieran conmigo (Mc 3,13). Nunca los despedía, aunque tuviera motivo para ello (Mc 6,30-34). Los eché en falta en mis horas de gran soledad (Mc 14,43-52). Por eso, fue un gozo encontrarme con ellos en esa otra dimensión que llamáis resurrección (Jn 21,1-14).

            Siempre amé a la gente de mi pueblo, de mi humilde aldea, aunque no me entendieran, aunque tuviera que exilarme al vecino pueblo de Cafarnaún (Mt 9,1). Eran pobres de solemnidad y querían sacar partido de mí. Lo entiendo. Pero fue a ellos a quienes anuncié el “año de gracia” como mejor regalo para los que me vieron nacer, crecer y vivir con ellos (Lc 4,1ss).

            Amé a las personas espirituales, a los mismos fariseos que, a veces, me defendieron (Lc 13,31-35). Amé alas autoridades, por extraño que os parezca, y mi forma de amar fue la censura a sus desvergüenzas para con los pobres (Lc 22,24-27).

            Amé a los paganos, aunque fuera esto muy difícil para un judío, porque desde niños nos habían enseñado que estaban destinados al infierno. Pero yo vi en ellos la humanidad y la fe que anida en el fondo de toda persona (Lc 7,1-10).

            Pero, sobre todo, amé a los pobres, a las viudas, a los marginados, a los estigmatizados, a los ojloi, a los habitantes de los caminos, a los desolados, a los desplazados. El corazón se me iba detrás de ellos y disfruté con ellos. Las comidas que tuve con ellos fueron una delicia y sus caminos compartidos un aprendizaje. Mi vida sin ellos, no tendría ningún sentido. A ellos fui enviado y con ellos maduré mi vida y mi fe. Les debo mucho, más que ellos a mí (Mt 11,25).

            Si algo puedo decir de mi vida es que nunca dejé de amar y que la dura muerte me encontró amando, aunque mi desconsuelo fuera grande. Cuando el Padre me acogió comprendí que no me había equivocado.

 

c) Para pensar:

 

Porque morirse está dentro del orden natural de las cosas no me da miedo morir. Me da miedo no vivir, no permitirme sentir la brisa de la tarde, la mirada profunda y enigmática de un gato, la risa sin sentido, las lágrimas de desilusión. Me da miedo no tener valor para vivir, no entender que si la muerte es segura, la vida entonces es un regalo que debo gozar hasta el último instante. Comer lo que me guste, amar a quien yo quiera, dejar que la vida me toque el alma, sentir el dolor y la angustia, nadar contra corriente y a veces simplemente no moverme. Vivir, reír, amar, todo con intensidad, nada a medias, como entendiendo -por fin- que el mañana no existe. Quiero que la muerte me encuentre riendo, amando, sintiendo, saboreando, tan feliz y plena que por un segundo se sienta arrepentida de tener que llevarme. No me da miedo la muerte, me da miedo estar muerta en vida

 

Conclusión

            Si estos días han sido de un acercamiento cordial al interior de Jesús, hemos dado un paso valioso.

            Si la Palabra ha sido una casa de amparo y una nueva luz en los caminos personales, también hemos acertado.

            Si el silencio y la contemplación han reconfortado el corazón y han dado fuerza al alma, también hemos conseguido algo importante.

            Si hemos vuelto a comprobar que la fraternidad nos puede ayudar en el camino de la fe y en la construcción de la espiritualidad, hemos acertado.

            Demos gracias al padre, a Jesús y a los hermanos/as.

Ejercicios 2011

LA CENA QUE RECREA Y ENAMORA

 

 

“Mira que estoy a la puerta llamando.

Si uno escucha mi llamada y abre la puerta,

entraré en su casa

y cenaré con él y él conmigo”

(Ap 3,20)

 

Resulta algo extraño dedicar toda una semana de retiro a un texto tan breve como Ap, 3,20, por mucho que sea un texto hermoso: parece que la capacidad inspiradora de la Palabra no da para tanto y por eso solemos tomar textos de mayor amplitud. Pero alguna vez conviene ahondar, trabajar en la dirección de la profundidad, gustar el texto desde todas las perspectivas espirituales posibles. Los resultados son siempre evidentes: un pequeño texto tratado con hondura parece inagotable.

Por otra parte, muchos autores coinciden en la centralidad de este texto en el conjunto del NT: “Puede decirse, sin ningún asomo de osadía y sin hipérbole, que la Biblia entera se decanta en Ap 3,20; pues toda la historia de la revelación bíblica ha consistido en una larga visita de Dios a la humanidad; ahora esa visita, como la de un amigo necesitado, que está en pie a la puerta, aldabonando y alzando su voz para que se le abra, asume dimensión personal con la venida de Jesucristo, el Hijo de Dios, quien quiere establecer con la humanidad una alianza de amor y una compañía permanente, ratificada con la cena más íntima” (F. Contreras).

Es que en este pasaje asistimos al estremecedor misterio de la autoinvitación de Dios a la “casa” de su propia creatura, al banquete de su obra histórica. Esto es algo inusitado: parece que Dios tendría “derecho” a participar en ese banquete en el que, al parecer, no se le ha invitado. Pero él demanda ser aceptado y acogido a esa mesa. Es la transitividad de Dios expuesta en los modos de la cordialidad.

Las consecuencias que de ahí se derivan tanto para la comprensión del Dios de la Palabra como del caminar humano en relación de amor son incalculables. Y pondremos algunas de ellas sobre la mesa de la reflexión y la oración. Al final, nosotros somos los beneficiarios de ese banquete de vida del que Jesús quiere hacer parte. Como era de esperar, nosotros somos su beneficio.

San Juan de la Cruz hablaba en su Cántico espiritual 70 de la cena que “recrea y enamora”: Esta es la cena en que la que Jesús se invita. Ojalá que estos días nos sirvan para “recreo” espiritual, para disfrute creyente, y, sobre todo, para “enamoramiento”, para crecer en la dimensión del amor que es el núcleo de la propuesta de Jesús.

 

 

PRIMERA PARTE

 

 

  1. 1.      MIRA

 

Ap 3,20 se abre con un toque de atención aparentemente irrelevante: Mira (Idou). Muchas veces se da este aviso en el NT (Mt 28,20): la expresión conlleva la idea de mirar y contemplar un descubrimiento maravilloso, una sorpresa inesperada. Lo que se va a proponer (la cena a la que Dios y Jesús se autoinvitan) solamente se puede captar en la mirada profundizada, en la contemplación sostenida. De lo contrario, la extraña pretensión pasa desapercibida (la misma amenaza con la que se ha envuelto la cosa ha velado su hermosura). Se quiere hablar de un formidable descubrimiento que cada uno tiene que volver a descubrir para que aparezca en su hermosa pretensión, de una sorpresa para que uno quede sobrecogido y maravillado con los ojos brillantes.

 

a)      Reflexión

 

Quizá caigamos en la profundidad de la maravilla que aquí se quiere presentar si modificamos nuestra manera de entender a Dios acompasándola a este extraño modo que tiene el autor de Ap de entender a Dios cuando lo muestra autoinvitándose a nuestra cena.

  • Dios transitivo: Dios ha abandonado su casa, su cielo hermético y se ha echado a nuestra calle, a nuestra búsqueda. La idea de un cielo cerrado, morada de Dios, no sirve. Si hay cielo, se da en la fecunda y especial relación de amor con Dios que se establece en nuestra casa, en nuestra historia. Son maneras de hablar, pero es preciso quedarse maravillado de ese Dios que transita de su cielo a nuestra historia para encontrar ahí su lugar de amor. 
  • Dios menor: No tiene rubor en autoinvitarse, con el riesgo de que se le rechace, como a todo aquel que, por la cara, se autoinvita a una cena. Y se autoinvita porque necesita nuestro amor para “sobrevivir” como Dios de amor. Sin nuestro amor no se vería que es Dios de amor. ¿Cómo serlo si no logra nuestro amor? Es extraño y maravilloso que Dios hambrea nuestro amor; siempre lo habíamos creído al revés. ¿Te imaginas a un Dios que te dice “te quiero querer”?
  • Un Dios mendigo: Mendigo nada menos que de su propia creatura. ¿es creíble un Dios así? ¿Sería correcto poner en nuestros hermosos retablos catedralicios el cuadro de un Dios mendigo, cargado de harapos, con su mano tendida hacia nosotros y su mirada suplicante colgada de la nuestra? ¿Por qué lo hace? Porque nos ama sin sentir en su carne de Dios la vergüenza del desamor que le tememos, el desprecio que le podemos hacer, el rechazo al que se arriesga. Ha tragado su “orgullo de Dios”. ¡Qué bien sabía de esto Oseas, cuando él también tuvo que tragar su orgullo de macho herido! Mendigo que no tiene vergüenza de serlo. Así es el extraño modo de amar de Dios.
  • Un Dios que renuncia a su cielo: Y cree que su mejor cielo es nuestra acogida, nuestro amor a él. Por eso, no teme presentarse en la destartalada casa de nuestra vida herida y pedir amparo y asilo, demandar el calor de nuestro abrazo y la sonrisa de nuestra mirada. Ése es su verdadero cielo, no el empíreo repleto de ángeles y santos. No tiene sentido anhelar un cielo que Dios ha abandonado. Sí tendría sentido anhelar su mismo cielo, el amor que cobija a otro amor.
  • Un Dios que disfruta: Porque quiere un encuentro de gozo, de disfrute, de cena amigable, de comida reconfortante, de conversación afable, de risas y cantos. Un Dios que no entiende de amenazas ni de dogmas, sino de honda convivencia, de amor jugoso, de ternura compartida. Se apunta a una cena en la que el reloj no cuenta, en la que las horas pasan rápidas, en las que el corazón bebe sin saciarse y sale de ella anhelando la próxima cena, una cena promesa de todas las caricias.
  • Un Dios de intimidad: No únicamente ceñida a una sola persona, como sugiere el mismo texto (cenaré con él). Porque Pablo ya dijo que Jesús había conseguido la dicha para todos. La cena que Dios hambrea es común, caben todos y el número no merma la intimidad y el disfrute, sino que lo aumenta. Su gozo pasa a muchos; el nuestro pasa también a muchos y pasa a él.
  • Un Dios enamorado y enamoradizo: No un Dios impasible, frío, ataráxico, que tiene todo controlado. Se duele con nuestra lejanía y nuestro desdén; se alegra con nuestra ternura y nuestra generosidad. Por eso se enamora de lo nuestro, porque es un Dios enamoradizo, inclinado a quedar prendado de la persona, de la historia que ha creado con amor.

 

b)      Concreciones

 

-         Cae en la cuenta: Que las cosas hermosas de la fe no pasen como si nada, que los textos vivos de la Palabra reverberen ante tu corazón, que “arda” tu corazón en los textos en que la misma Palabra “arde”.

-         Valora bien: Que es lo mismo que decir valora con novedad, fuera de los caminos trillados de la rutina. Valora detalles, sugerencias. No importa echar un poco de imaginación a los caminos que no pueden ser andados sin imaginación. Así son los caminos del amor.

-         Elabora caminos alternativos: No pienses a Dios ni sobre Dios a piñón fijo, en los estrechos moldes del catecismo o de la mera dogmática. Deja volar al amor, anda los caminos de lo nuevo, elabora un pensamiento vivo sobre del Dios vivo, piensa con amor a quien amas.

-         Pulsa teclas vivas: No las que ya sabes su sonido de siempre, no con las respuestas previas a las mismas preguntas. Teclas vivas, sonidos distintos sobre Dios para entender sus raros caminos de amor y de entrega.

-         Mantén el enamoramiento: Sin sentir vergüenza, sin “pudor”. Porque los caminos vivos de la fe son más caminos de amor que de ideas. Por eso, enfocar la realidad de Dios en el que se cree desde la perspectiva del amor no es mal enfoque.

-         Atraviesa la costra de los días: Porque los días, con su rutina y sus maneras cíclicas terminan por meter a la persona en ese gris sobre gris que todo lo adormece. Valora estos días especiales que se te ofrecen para acercarte a la realidad del increíble amor del Padre con pequeñas herramientas de novedad.

-         Baja al misterio: Porque el misterio no es solamente lo comprensible desde la razón, sino lo maravilloso desde el amor. Entiende la autoinvitación de Dios a nuestra mesa como un misterio realmente profundo y hermoso. Acércate a él no para entenderlo, sino para quedar envuelto en el mismo.

-         Contempla con gozo: Que el gozo del Dios que nos busca y quiere compartir nuestra mesa de la bondad te inunde de alegría. Que sean días de alegría honda, espiritual, amable y buena.

 

c)      Para orar

 

Para que mi amor se descubra en la fe, tu amor se ha ocultado en el silencio de tu quietud. Me has abandonado para que yo te encuentre. Porque si estuvieras conmigo siempre me encontraría sólo a mí al buscarte a ti. Debo salir de mí si he de encontrarte allí donde Tú puedes ser Tú mismo. Porque tu amor es infinito, únicamente puede vivir en tu infinitud, y porque me quieres mostrar tu amor infinito, me lo has escondido en mi finitud y me llamas para que salga de ella. Y mi fe en ti no es otra cosa que el oscuro camino en la noche, entre la casa desamparada de mi vida, con sus reducidas y pobremente iluminadas estancias, y la luz de tu vida eterna. Tu silencio en este tiempo de mi vida terrena no es otra cosa que la manifestación terrena del Verbo eterno de tu amor.  (K.Rahner)

 

 

2. ESTOY A LA PUERTA

 

            Queremos comenzar con un texto del profeta Oseas: Mi corazón se conmueve dentro de mí y se inflama toda mi compasión. No cederé al ardor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraín, pues yo soy Dios y no hombre, yo soy el Santo que vive en ti y no enemigo a la puerta(Os 11,8-9). Dios no está a la puerta como un enemigo amenazante, sino como alguien benévolo que demanda asilo y amparo. Por eso la profecía soñó con un Dios sin cólera (no la corrijamos). Y en Jesús se ha comprobado que es así. Desde esa simple constatación se nos hará más creíble la posibilidad de un Dios que se autoinvita al banquete que enamora.

 

  • ·        Dios de incansable espera: Incansable y terca. El verbo histamai está indicando que alguien llama con los pies plantados en tierra, tercamente, con la intención de no irse, en la certeza de que no le va a mover de ahí ni un ciclón. Incansable como el Jesús que recibió a Nicodemo de noche (Jn 3). Le estaba esperando aunque era de noche. Como el padre del pródigo que salía, terco, al camino (Lc 15,11-32). Un Dios que no conoce la fatiga cuando se trata de amar a su creación.
  • Dios que se cuela por la rendija de la ternura: Es la puerta que él espera que se abra. Por eso, mientras hay ternura, Dios tiene esperanza sobre nuestro camino humano. Hasta Dios tiene necesidad de la ternura, dice K. Tsiropoulos. Si la dureza envuelve la vida de la persona, el banquete común con la realidad de Dios se hace imposible.
  • Dios de tenaz amor: No le importa que la puerta esté cerrada a cal y canto. Él llama porfiadamente, como asegura Lope de Vega (“¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?”). Con respeto, sin ser un pesado, pero siempre está ahí llamando, no dejando que pase el tiempo sin más. Su tenacidad está movida por su amor imparable, por la sed que tiene de nosotros, porque le importamos totalmente. Si no, ¿a qué llamar tanto? ¿Cómo encajar la realidad de un Dios tan dependiente de su criatura? Él depende de nosotros ¿cómo nos suena esto?
  • Dios afuera de las puertas: En el lado del frío, de la intemperie, del riesgo de no ser acogido. Por lo mismo, Dios que conecta con quien está en las puertas, de quien no tiene acceso al amor, de quien el camino para vivir en mínima humanidad está sembrado de obstáculos.
  • Dios que no violenta las puertas: Que no da la patada para derribar la puerta que está cerrada. Un Dios que, al contrario de lo que dice la dogmática popular, no está en todas partes, nos guste o no, sino que está allá donde nuestro amor le deja estar. Y si no le dejamos estar, él espera a que la rendija de la puerta se abra cediendo al peso de la ternura y la compasión.
  • Dios sin pretensiones de apropiación: Al estar a la puerta, como un mendigo, está a lo que quieran darle. Ha suprimido de él toda ansia de apropiación. No necesita fieles, ni seguidores obligados, sino personas que quieran estar con él y que consideren interesante e ilusionante su propuesta del reino. No roba nada a nadie, sino que aguarda a que le abran para entregarlo todo.
  • Dios transeúnte: Con todas las limitaciones del transeuntismo: sin casa (por esto anda a nuestra búsqueda para poner ahí su cielo: Jn 14,23), con problemas con la justicia, porque hay quien considera impropia e injusta una situación así de un Dios tan pobre (Jn 16,8), con problemas de salud porque fuera hace frío y “mi cabeza está llena de rocío” (Cant 5,2), con problemas afectivos porque no se considera Dios plenificado, Hijo, sin nuestro amor. Un verdadero transeúnte.

 

b) Concreciones

 

-         Aumentar la capacidad de espera: Porque suele ser muy limitada (como la paciencia), pero siempre susceptible de ser aumentada. Hacerlo poniendo al otro en el horizonte vital y real de uno mismo, entendiendo que la respuesta a su dolor me constituye en sujeto moral, que cuando lo suyo me preocupa se multiplican los panes del amor y de la vida.

-         Aumentar el nivel de ternura: Ya que ser tierno con los demás es también serlo con uno mismo. Quizá haya que comenzar a amarse a sí mismo, por obvio que parezca. “¿Cómo puede el hombre sentir ternura por otro hombre, por todas las criaturas, por la naturaleza de la tierra y de los cielos, si no consigue sentirse tierno con respecto a sí mismo?” (K.Tsiropoulos).

-         Activar la tenacidad en la relación por razones de amor: No por razones de lucro o de querer tener más razón que los demás. Una tenacidad que se mezcla al amor no es nociva, no cansa, no produce rechazo. No quebrarse al primer fracaso en las relaciones con la persona. Dar segundas oportunidades (o terceras).

-         Desplazarse hacia el mundo de quien está en las puertas: Hacia el mundo de las pobrezas, para que estas no sean siempre una maldición, sino también un lugar de encuentro. Creer que ese mundo nos es asequible porque el amor potencia los recursos, aunque sean escasos.

-         No violentar voluntades: Porque eso no lleva a nada, de no ser a la destrucción de la relación, de la comunidad. Tener por una suerte real la pluralidad; creer que es asimilable en el proyecto común y que eso lo enriquece.

-         No apropiarse personas: No robar voluntades, opiniones, corazones, apoyos. Dejar que el otro sea otro, creyendo que esa es la mejor forma de amarlo. No hacer apropiaciones por razones religiosas o por causas que consagre el sistema.

-         Asimilar situaciones de transeuncia: De disponibilidad, de agilidad física y mental, de flexibilidad para creer que es posible vivir fuera del campamento, del lugar habitual, de la propia y exclusiva caverna. Para aprender globalidad y, en definitiva, fraternidad humana.

 

c) Para orar

 

 “Que cuando venga encuentre, pues, tu puerta abierta, ábrele tu alma, extiende el interior de tu mente para que pueda contemplar en ella riquezas de rectitud, tesoros de paz, suavidad de gracia. Dilata tu corazón, sal al encuentro del sol de la luz eterna que alumbra a todo hombre. Esta luz verdadera brilla para todos, pero el que cierra sus ventanas se priva a sí mismo de la luz eterna. También tú, si cierras la puerta de tu alma, dejas afuera a Cristo. Aunque tiene poder para entrar, no quiere, sin embargo, ser inoportuno, no quiere obligar a la fuerza… (S. Ambrosio, Com. Sal.118).

 

3. Y LLAMO

 

            Queremos comenzar esta reflexión con un texto del Cantar al que Ap 3,20 alude directamente: “Yo dormía, pero mi corazón velaba.  Es la voz de mi amado que llama: ábreme, hermana mía, amiga mía, paloma mía, perfecta mía, porque mi cabeza está llena de rocío, mis cabellos de las gotas de la noche. Me he desnudado de mi ropa; ¿cómo me he de vestir? He lavado mis pies; ¿cómo los he de ensuciar? Mi amado metió su mano por la ventanilla, y mi corazón se conmovió dentro de mí. Yo me levanté para abrir a mi amado, y mis manos gotearon mirra, y mis dedos mirra, que corría Sobre la manecilla del cerrojo. Abrí yo a mi amado; pero mi amado se había ido, había ya pasado (Cánt 5,2-6).

            Hay una diferencia en Ap y Cánt: en éste el amado se ha ido después de haberle hecho estremecer a la amada que sale a abrir; en Ap el amado llama con insistencia, no se va de ningún modo, mientras que la amada, la persona que está dentro, parece no darse prisa en abrir, se mantiene el interrogante de si abrirá o no. En cualquier caso, abra o no, el amado (Dios, Jesús) sigue llamando sin desaliento.

 

            a) Reflexión

 

  • Llamada a una puerta que se abre por dentro: Es que la puerta no es la de una casa, sino la del corazón. Y, ciertamente, la puerta del corazón se abre por dentro. Depende de la criatura que la puerta de la cena que enamora se abra. Ni aun el supuesto de que Dios pudiera abrirla la abriría. Él espera a que la mano (a veces indolente) de la persona se anime a agarrar el pomo y abrir la puerta.
  • Llamada con insistencia pero sin exigencia: Porque es una llamada que demanda la voluntariedad, una cierta libertad, porque el amor obligado es un amor muerto. La llamada de Jesús es una llamada de amor; por eso es amorosamente insistente pero nunca exigente en base a la divinidad de quien llama o a supuestas exigencias de excelsitud.
  • Llamada con el corazón en vilo: Puede ser que no se responda; eso está entre las probabilidades y Jesús lo tiene en cuenta. Pudiera ser que le menospreciara, que se le rechazara explícitamente. El amor de Jesús es un amor arriesgado y, por lo mismo acepta el reto del posible fracaso.
  • Llamada aunque no haya sido invitado: Ya que él mismo tiene que autoinvitarse. De salida no se le ha invitado a su propia creación, por extraño que parezca. Él quiere hacerse presente en su obra para recordar que es una realidad de amor y que por ello le sigue acompañando. Pero no se le ha invitado, no se le ha considerado imprescindible.
  • Llamada desde el total respeto: Sin invocar los derechos de Dios, si es que los tuviere, sobre su propia obra. Él ha hecho un regalo con todas las consecuencias, incluida la del mal uso del mismo. Dios se duele de ese mal uso, pero lo respeta esperando incansablemente a que la criatura vea que hay que rectificar y encajando el alto precio de los errores humanos.
  • Llamada sabiendo que alguien está dentro: No es una llamada en el vacío: Jesús sabe que llama al lugar donde vive la criatura. Y en ese lugar quiere tener el puesto de servidor. No le amedrenta el silencio, la opacidad, la negrura de lo creado cuando está estropeado por la persona. Sabe que en esa niebla de lo creado corrompido está la persona queriendo vivir y Él quiere estar ahí sirviendo.
  • Llamada sin saber quién está dentro: Porque a Jesús no le interesa en primera instancia la catadura moral de quien está dentro, si es bueno o lo es menos. Se sentó muchas veces con pecadores sin exigir, como algo previo, un cambio de vida. Por eso llama quien quiera que esté dentro, más allá de cualquier debilidad, que él mira al fondo de la persona, no tanto a sus comportamientos, cuestionables muchas veces.

 

b) Concreciones

 

-         ¿Por dentro o por fuera?: El corazón también se abre por fuera, los demás hacen que se abra. Por eso, la comunidad puede ayudarnos a que abramos a Jesús y le hagamos sitio en el banquete sencillo de nuestra cuestionable existencia. Ayudarnos a hacer sitio a Jesús, una manera espiritual de definir el núcleo de la fraternidad.

-         Menos exigentes, más amantes: Porque la exigencia sin amor es casi estéril. Y el amor sin exigencia puede convertirse en un folclore vacío. La exigencia que proviene del amor está llena de cuidado, respeto y aprecio de la pluralidad.

-         El amor arriesgado: Siempre hay un riesgo en amar, bastante riesgo. Pero sin ese riesgo el amor es pura teoría. Para asumir ese riesgo es preciso estar preparado para asimilar el, a veces, inevitable fracaso del amor, las heridas de la relación.

-         Mirar a los invisibles: A los que no tienen parte en el banquete de la vida. Existe, pero como no los vemos decimos que son invisibles. Minorías castigadas al exilio por una mayoría que se hace fuerte en el número no en la razón de amor. Quien entiende la llamada de Jesús entiende así mismo la llamada de los invisibles.

-         Regalo sin condiciones: Así habría de ser el regalo de la buena relación. Cuantas más condiciones, menos hermosura tiene el regalo. Cuantas menos condiciones, más hermosura y más riesgo. El verdadero amor asume esos riesgos, aunque duelan.

-         Planeta de náufragos: Los que no tienen acceso al banquete. Los que, como Jesús, llaman desde fuera; los que como él no son, muchas veces, invitados a sentarse. Generar náufragos es lo que vela la hermosura del banquete común al que Jesús llama y en el que estamos todos.

-         Temamos al desamor: No solo y no sobre todo a la “inmoralidad”, sino al desamor. Porque este puede mantenernos en la moralidad, pero nos aleja del amor. Y si así fuera, habríamos perdido la oportunidad de disfrutar del banquete de la vida.

 

c) Para orar

 

Si no hablas, llenaré mi corazón de tu silencio, y lo tendré conmigo. Y esperaré, quieto, como la noche en su desvelo estrellado, hundida pacientemente mi cabeza. Vendrá sin duda la mañana. Se desvanecerá la sombra, y tu voz se derramará por todo el cielo, en arroyos de oro. Y tus palabras volarán, cantando, de cada uno de mis nidos de pájaros, y tus melodías estallarán en flores,  por todas mis profusas enramadas.

 

R. Tagore

 

4. SI ALGUIEN ESCUCHA MI VOZ

 

Comenzamos rememorando un texto hermoso de Jeremías: ``Y haré cesar de ellos la voz de gozo y la voz de alegría, la voz del novio y la voz de la novia, el sonido de las piedras de molino y la luz de la lámpara” (Jer 25.10). En el Evangelio de Juan se dice que “el amigo del novio se alegra de oír su voz” (Jn 3,22-30). La vieja maldición que pesaba sobre el Israel infiel de no poder escuchar la voz del novio se ha roto con Jesús: ahora sí se puede escuchar esa voz de gozo y bodas.

      Escuchar la voz de quien está a la puerta no es fácil porque queda ahogada por otros muchos sonidos, incluso por el con frecuencia agobiante sonido de ciertas prácticas religiosas, tan ruidosas. Hace falta silencio, espacio, amplitud y hondura para poder escuchar la voz de quien habla en susurros, en sugerencias, el lenguaje “callado” del amor.

 

a) Reflexión

 

  • La voz humilde de un Padre “dogmatizado”: Un Padre al que se ha despojado del calor de la paternidad para ser “dogmatizado”, llenado de atributos divinos. Su voz se ha vuelto fría, alejada de la realidad, poco reconfortante. Es preciso redescubrir la voz del Padre amable que atrae a la persona con palabras cálidas y con gestos de amor (Os 11), el Padre que nos alienta, sostiene y respeta.
  • La voz humilde de una Padre sin “libertad”: Maniatado por quienes se apropian de él, por quienes dicen saber qué piensa Dios, qué manda Dios, qué exige Dios. Como si tuvieran hilo directo con él. Personas que no dejan a Dios que sea Dios, que obre con la increíble y extraña libertad de su Espíritu. Escuchar un Dios humilde pero libre, creativo, inesperado.
  • La voz humilde de un Jesús “deformado”: Adaptado a la fuerza a la mecánica religiosa alejándolo, a veces, del marco evangélico. Un Jesús de fuerte componente normativo y de escaso elemento liberador. Un Jesús fácil para la condena y no tanto para el perdón. Escuchar a un Jesús que se arriesga a ser malinterpretado pero que quiere poner por delante el más elemental amor que se mezcla a nuestros extraños caminos.
  • La voz humilde de un Jesús deshumanizado: Hecho “demasiado Dios”, demasiado excelso, excesivamente divino. Un Pantocrator excelso y amenazante (como el de U. Eco). Escuchar la voz humilde y tenaz de Jesús que clama por su propia libertad, libertad de la que depende la nuestra.
  • La voz humilde de un Espíritu que trabaja en los subsuelos de la vida: Como se afirma en Jn 16. Un Espíritu a nuestro servicio, que va por donde quiere, pero que en todos los casos desea suscitar amor. Un Espíritu callado que actúa en los silencios más profundos y más necesitados de luz de la estructura humana (Jn 14,23).
  • La voz humilde de un Espíritu “apropiado”: Porque hay muchos que detentan por oficio, por consagración, por rango, la posesión del Espíritu. Escuchar la voz de ese Espíritu que clama libertad, ya que cuanto más libre, más beneficio para la historia.
  • La voz humilde de la Palabra al servicio de la vida: Ayuda para el caminar humano, más que objeto de liturgias o de estudio. Una Palabra que se mezcla con la vida y que quiere ser vida para quien la lea.

 

b) Concreciones

 

-         La voz humilde de los signos de los tiempos: De los que casi nadie habla ya pero que es preciso seguir leyéndolos para desvelar ahí la voz de Dios que sigue hablando en los carriles de nuestros días.

-         La voz humilde de las comunidades cristianas de base: Olvidadas, ninguneadas, desatendidas, pero que siguen ahí deseando encarnar un Evangelio mezclado a la vida, en relación estrecha con las vidas sencillas de quien se mueve en la sociedad real.

-         La voz humilde de una VR en reducción: Que carece de brillo e incluso de aprecio por parte del sistema. Pero, a su manera, sigue estando en las trincheras de la vida y de las pobrezas o, cuando menos, sigue anhelando a Jesús y buscando un camino nuevo para la vida cristiana.

-         La voz humilde y acallada de quienes anhelan caminos nuevos: Porque no son buenos tiempos para ellos, ya que lo nuevo es la recreación de lo de siempre con los modernos métodos de los medios de comunicación actual. Voz que sigue clamando en el desierto, pero que está ahí.

-         La voz humilde una espiritualidad que no quiere estar anclada en las normas: De una epistemología no mítica, una espiritualidad para otro tiempo axial, para un momento distinto de la historia. Una espiritualidad marcada por la universalidad (todos pueden ser espirituales) y por el pluralismo.

-         La voz humilde de quien disfruta con lo pequeño: Que es la manera sabia de disfrutar. Voz que nos dice que una vida cristiana sin disfrute no puede ser una realidad jugosa y deseada.

-         La voz humilde de quien canta en la noche: Más allá de limitaciones y pérdidas. Porque quien canta en la noche (como decía Brecht) habla el lenguaje del Espíritu. Cantar en la noche sabiendo que tras ella luce un brillante sol.

 

c) Para orar

 

Cállate ya
y escucha.
Escucha en paz humillada
—en humos de libertad—
la voz contraria de tantos.
Escucha Su Voz opaca,
la voz ambigua del pueblo.
Escucha también tus voces,
borbor de pozo confuso
que cifra toda su vida. VIVIR
Vivir es ir poniendo
el corazón y un pie detrás del otro
sobre el camino que se vaya abriendo.

 

                                    P. Casaldáliga

 

 

5.  VENDRÉ A ÉL

 

            La expresión (eiseleusomai pros auton) es la misma que en Jn  14,23, cumbre de la espiritualidad joánica. Se quiere decir que el Padre y Jesús han tomado una decisión de vértigo: venir a poner la morada a perpetuidad en el fondo de la historia, en el lugar de la necesidad de la persona, de tal manera que eso que llamamos cielo, el ámbito del amor de Dios, se halla incrustado en la historia, en la base de la realidad. Es el pacto de amor que Dios ha hecho con la historia, la alianza que ha tomado carne en la persona de Jesús.

            La autoinvitación de Dios al banquete de la historia conlleva su venir a nosotros, su hacer nuestro camino, su situarse en el fondo de la vida. No solamente es la kenosis de Jesús, sino la del mismo Dios. No solamente es un Dios menor, sino “abajado”, vaciado en lo nuestro y a nuestro favor.

 

            a) Reflexión

 

  • Una sola dimensión: De una manera popular decimos que la vida cristiana consta de dos dimensiones: una vertical (la relación de la persona con Dios) y otra horizontal (la relación del hermano con el hermano). Según este afán de venir de Dios a la historia, no hay más que una dimensión, la horizontal, la fraterna en la que se metido Dios. Dios quiere que le amemos amando la historia en la que él habita. Así se evita el peligro de antropofagia de toda dimensión vertical. Dios nos habita con la intención de no irse de esta casa “prestada” (que es la que nos ha dado).
  • No hay que hacer ningún éxodo: Porque así se había dibujado el afán creyente: hacer un éxodo en busca de Dios. Pero si él ha tomado la historia como casa, no hace falta ningún éxodo. Lo que es preciso hacer es una búsqueda hacia dentro, apuntando al fondo de la vida, de la realidad, porque ahí ha puesto el amor del Padre su morada. La mirada a la historia es la mirada al Dios que habita en ella.
  • En la zona oscura: La persona tiene como tres zonas: una superficie en la que está mucho de nuestra vida y de nuestros comportamientos habituales; otra que son como las raíces que explican los comportamientos de la superficie; y una tercera, una zona oscura, que sabemos de su existencia por el mal que hacemos a quienes decimos amar, porque queriendo hacer el bien nos encontramos con el mal en las manos (como dice Pablo en Rom 7). Pues bien, es en esa zona de necesidad de luz y de amparo, en ese sótano frío de nuestra estructura histórica donde Dios ha puesto su morada. Y lo ha hecho ahí simplemente porque es donde más amparo y ayuda necesitamos. Así es el venir de Jesús a la vida. Estremecedor.
  • El “ir a” de Jesús y del Padre: Lo decía Jesús “Vamos al otro lado” y descolocaba a sus discípulos. Al lado de los paganos, de toda necesidad. Lo importante y maravilloso no es que nosotros vayamos a Jesús, sino que nos percatemos del increíble venir a nosotros de Jesús. ¿Por qué viene? No hay otra respuesta que por puro amor.
  • Dejarse encontrar: Más que encontrar al que viene. Dejarse encontrar como el pastor encuentra a su oveja extraviada. (Sal 118,176). Ponerse a tiro de quien viene con deseo de encuentro, con decisión total de conectar con lo nuestro. Entender esa “locura de amor” que es venir hacia abajo, ser más abajo.
  • Trabajos de amor mal pagados: Aquellos que intuyó la profecía (Os 2) y que el Padre y Jesús hacen en nuestro favor: no vienen porque se les vaya a pagar, sino porque hambrean amar y ser amados. El pago es el mismo amor que motiva su venir a la historia.
  • Un largo viaje: El que Dios realiza al fondo de corazón humano, fondo a veces poco tocable y poco dado a dejarse tocar. Un viaje de anonadamiento poco atractivo, aunque imprescindible para nosotros. Un viaje de consecuencias decisivas para nuestra felicidad. Hondo agradecimiento.

 

b) Concreciones

 

-         Equilibrio: Saber que Jesús viene a nuestra historia habría de producir en nosotros un saludable equilibrio, menos angustia ante las situaciones de incertidumbre, más fortaleza para no caer en las garras de ningún tipo de depresión.

-         Sosiego: Saber del viaje del Padre hacia nuestro fondo habría de tener como consecuencia el logro de un sosiego que necesitamos en muchas ocasiones para no sufrir sin causa, para ver con sensatez lo que nos pasa, para encajar con equilibrio nuestros evidentes fallos.

-         Visión positiva: Saber que Dios hace el viaje a lo nuestro nos tendría que animar a ver positivamente la realidad, más allá de su limitación, a emplear lenguajes laudatorios más que condenatorios, a poner en la balanza lo bueno de las actuaciones de las personas para contrarrestar lo malo que todo el mundo pone de relieve.

-         Confianza: Si sabemos que el Padre y Jesús están haciendo el largo viaje hasta nuestro fondo, tendríamos que activar la confianza que decimos tener en ellos. Y si hay confianza quedan conjurados muchos miedos, prevenciones, disgustos, zozobras que tienden a atenazarnos. Brota la paz.

-         Visión fraterna de la creación: Porque el viaje de Dios a lo nuestro afecta, claro está, a todo el hecho creacional. Viene al fondo de lo creado, de aquello que es nuestra familia. Y desde ahí nuestra visión de lo creado se vuelve fraterno y amable, como realidades que son familiares.

-         Agradecimiento: Al Padre y Jesús por hacer este viaje a lo profundo de lo que somos, a su enorme generosidad para no huir del frío de nuestro sótano, a su amor cálido que nos abraza por encima de nuestro fallo.

 

c) Para orar


Vienes a mí, Señor, sobre las aguas,
cuando arrecia en la noche la tormenta,
dueño del trueno, del rayo y la centella,
el que al mar agitado le das calma.

Cuando pienso que duermes te levantas,
si me siento abandonado ya regresas,
cuando el miedo y la duda se me acercan
con tu voz serena y firme los rechazas.

Soy Yo, no tengas miedo que en mi barca
estarás seguro en la tormenta,
ni las olas ni el viento te harán nada

Soy Yo el que en la noche te regala
una estrella que indica mi presencia
y señala el camino hacia mi casa.


6. CENARÉ CON ÉL Y ÉL CONMIGO

 

            Llegamos al culmen del anhelo de Dios: entrar a cenar con la creatura para que ésta cene con su Creador. Una relación no teológica, sino disfrutante, mística, amorosa. La expresión refleja el encanto de comer con quien se ama y que la Biblia también reseña: en Cant 1,4 el coro dice que la fiesta del amor tiene lugar en “la alcoba”; en 2,4 se habla de “la bodega”; en 3,4 se dice que el encuentro tendrá lugar “en la casa de mi madre”; en 5,1 el jardín es el lugar de una comida embriagadora. La cena de amor está llena de complicidades, de silencios sugerentes, de promesas. El tiempo se detiene y se centra uno en la persona del otro. La reciprocidad del corazón marca el decurso de la cena y se prolonga sin límites.

 

            a) Reflexión

 

  • Una cena en la que Jesús sirve y lava los pies: Es, ya lo dijo Jn 13, su manera de amar. No solamente para “enseñar” amor, sino porque él mismo ha entendido así el amor: se puede amar sirviendo, limpiando, haciéndole el favor al otro. No se avergüenza de ser un amante servidor y no tiene interés es ser un rey al que todos su siervos sirven.
  • Una cena en la que él se confía a la persona: Porque las confidencias brotan en la cena. Y le muestra sus “fragilidades” históricas, sus anhelos, sus sueños y sus logros finales en el amor del Padre. No solamente la persona se hace confidente del Jesús a quien acepta a su mesa, sino sobre todo viceversa. ¿Cómo acoger las confidencias de Dios, de Jesús?
  • Una cena que recrea: Que no cansa, que no amenaza, que no recuerda el pecado y los fallos, que no ahonda las heridas. Recrea, ayuda el disfrute, para hacer ver que la fe en Jesús, si es fe de amor, no puede ser un peso, un yugo inaceptable sino totalmente “ligero”, no obligatorio, no abrumador, como decía en Mt 11,30.
  • Una cena envuelta en encanto: En encadilamiento, en lenguaje y modos manifestativos, envolventes, cautivadores, enamoradores. Una cena de vida en la que el brillo de los ojos crece, no se apaga, siempre alumbra.
  • Una cena llena de promesas: De otras cenas, de un deseo inapagable de Jesús y el Padre de estar con nosotros, de la convicción por parte de Dios de que esta cena con la persona es su mejor disfrute y su opción más profunda.
  • Una cena donde los últimos son los primeros: Donde no hay rango porque ni Jesús mismo demanda ese rango. Una cena en la que toda persona es acogida y nadie es más que nadie y nadie es menos que nadie. Quizá si alguien es más, lo será el pobre porque su necesidad le da “derecho” al amor imparable del Padre.

 

b) Concreciones

 

-         No cansarse de servir la cena fraterna: Porque si algo está alejado del deseo de Jesús en esta cena es el cansancio. No se cansa de llamar, de servir, de amar. El amor lo hace incansable, no sus convicciones ni su “oficio” de Mesías. Ahuyentar la fatiga de la cena de las relaciones humanas; pasar por encima de fallos evidentes; no exigir que sean mejores para poderles servir.

-         Cenar con confianza: No con mirada aviesa, pensado por dentro en qué me pueden engañar, preguntándose por el segundo sentido de lo que me dice el hermano. Cenar, vivir, con las cartas sobre la mesa, sabiendo que pueden ser acogidas cuando son débiles y compartidas cuando son gozosas. La desconfianza en una bomba en la línea de flotación de la fraternidad.

-         Poner alegría y buenas palabras: Porque son los adornos mejores para una cena de fraternidad, de amor. La tristeza ensombrece la cena; las palabras duras amargan lo que uno come. El gozo y el buen decir liman las asperezas naturales de la relación fraterna.

-         Desear una cena, una relación fraterna, bella, delicada: No se trata de mojigaterías ni amaneramientos, sino de detalles pensados y queridos, de esa pequeña “grasilla” de las cosas sencillas que hacen que el carro de la fraternidad no chirríe.

-         Una cena fraterna que salte la valla del corazón del hermano: Y que deje cada vez más abierta la valla del propio corazón. Porque si ese último reducto de lo que uno es en el fondo queda intocado, aún nos falta la última estancia de la cena de amor, de la buena relación. Por eso, el “arcaico corazón” de la persona ha de ser el punto central de la diana de la buena relación, de la cena de amor.

-         Una cena en que siempre haya sitio para los débiles: Los lejanos y los cercanos, sobre todo estos últimos. Una cena, una relación hermética, cerrada, selectiva, privatizada no tiene nada que ver con la cena de amor del Padre que no pone ningún tipo de condición para cenar.

 

c) Para orar

 

Te invitas a nuestra mesa, Señor,

para acrecentar nuestro gozo,

para llevarnos al disfrute,

para animar nuestro canto,

para humanizar nuestra palabra,

para iluminar nuestra sonrisa.

De dónde brota tanta generosidad

sino de tu amor,

ése amor loco por nosotros.

¿Hasta cuándo no entenderemos

que nos amparas y nos abrazas?

 

 

SEGUNDA PARTE

 

1. AMAR ES MÁS IMPORTANTE QUE CREER

 

            Hay quien diría que no, que no se opone sino que se incluyen, que no hay contradicción entre una cosa y otra. Es posible. Pero es difícil negar que, desde niños (con el catecismo) hasta adultos (con el adoctrinamiento: teología, catequesis, espiritualidad) nuestro gran esfuerzo creyente ha estado en el tema del creer. Es cierto que hablar se hablado de amor. Pero lo importante es vivir en la “ortodoxia” del pensamiento y del sistema. Quien enmarca su vida ahí no tiene problemas, aunque sus trabajos de amor sean escasos. ¿Cómo pensar que lo que realmente cuesta es amar y que el creer ha de ser algo útil para engendrar amor?

 

            a) Reflexión

 

  • El claro primado de la ortopraxis: Porque claro está en el Evangelio. Para Jesús es prioritario el amor, incluso el amor a la persona (Jn 15,13) porque éste visibiliza el supuesto amor a Dios (1 Jn 3,17). Por eso, el amor cubre la totalidad de los pecados (1 Pe 4,8). Solamente puede entender esto quien ha amado mucho (Lc 7,36). Hay que dar cuerpo real a estas intuiciones básicas del Evangelio. Hay que hacerlo con “osadía”, desafiando al sistema establecido, a los planteamientos “consagrados”.
  • Nuestro problema no está en creer, sino en amar: Porque las decepciones en la vida fraterna no vienen del lado de la doctrina, sino del lado de la relación. Por eso, amar es nuestro problema y nuestra posibilidad. Es preciso entenderlo y vivirlo más como lo segundo que como lo primero.
  • La paradoja de estar unidos en el creer y menos en el amor: Porque eso ocurre, a veces, en nuestras comunidades: no nos cuesta manifestar la unidad en la doctrina; sin embargo, funcionar unidos en el proyecto fraterno, en la ilusión común, en las propuestas que nos ayudan a vivir con más ilusión, eso nos cuesta más. Por lo mismo, habría que hacer “inversiones” no tanto en la doctrina, sino en los caminos relacionales.
  • Un amor que englobe la fe: Y no al revés. Porque se cree que el amor relacional es un fruto, una consecuencia de la fe. Pero, en realidad, el núcleo de la experiencia cristiana es el amor, como lo demuestra el Evangelio (Jn 13,34-35). La doctrina común es una consecuencia de ese amor vivido previamente, básicamente.
  • Una amor que no envejece: Porque quizá la doctrina admite un cierto envejecimiento (aunque siempre habrá que estar renovándola). Pero un amor envejecido, esclerotizado, rutinizado, no se parece en nada al amor. Para que sea de calidad, el amor ha de ser vivo, avivado cada día. Y eso se puede hacer a cualquier edad.
  • Estremecidos ante la fragilidad del amor, no tanto de la creencia: Porque, como personas religiosas que somos, nos estremece la debilidad de la creencia (la poca gente que va a misa, el alejamiento de los jóvenes, el lenguaje ofensivo a Dios o a los símbolos religiosos, el descrédito de ciertas instituciones eclesiales, etc.). Pero lo que realmente habría de estremecernos es la fragilidad del amor en nuestra sociedad, en nuestra iglesia, en nuestras comunidades. Y con el estremecimiento, el propósito renovado de hacer un poco más fuerte ese camino de amor. Y eso se hace en gerundio, amando.
  • Un amor social y una fe social: Ya que el descrédito tanto del amor como de la misma fe proviene, en parte, de haberlos situado a ambos en una especie de intimismo que los priva de contenido. Para devolverles el vigor de un contenido nuevo se podría situar tanto a la fe como al amor en el marco de lo social. Desde las situaciones sociales de vida cotidiana el amor cobra cuerpo y también la fe.
  • Amar la corporalidad más que la ideología: En el amor a la corporalidad se encierra menos riesgo de vacío, de falsedad, de creerse lo que realmente uno no vive. Amar la corporalidad en todas sus variantes (los cuerpos, las sociedades, lo tocable de la naturaleza, las situaciones sociales que están ahí) es el mejor modo de llenar de contenido el amor y de tener a raya las ideologías invasoras (verdaderos “demonios” según el pensamiento evangélico).
  • Cuando se echa en falta los hermanos: Que suele coincidir con los momentos de dificultad. Echar en falta los hermanos es entonces síntoma evidente de que se los quiere. Decirles que los hemos echado en falta. No puede haber mejor “confesión de fraternidad”.

 

b) Concreciones

 

-         Cultivos diarios y sencillos de amor: Ya que la empresa del amor real se juega en las distancias cortas, en los caminos humildes de cada día, en los detalles. Un detalles suelto no es nada; un conjunto de detalles es un estilo de vida. Es preciso poner al amor el rostro de lo cotidiano. De lo contrario se arriesga uno a vivir un amor vacío (?).

-         No avergonzarse de amar a ojos vistas: Porque un extraño pudor se ha colado en la VR de la mano de muchos tópicos negativos en torno al afecto y a la sexualidad. Eso ha hecho que nuestro porte externo, nuestros signos de afecto sean, a veces, escasos. Dicen que se necesitan ocho abrazos para sobrevivir, doce para estar contento y no sé cuántos para ser feliz.

-         Hablar más de amor que de religión: Las personas religiosas, lógicamente, sabemos mucho de religión. Y siempre estamos hablando de ello (de obispos, del papa, de teologías, de intrigas eclesiásticas, etc.). No estaría mal que habláramos un poco más de amor y tal vez un punto menos de religión. Al fin y al cabo, nosotros no habríamos de ser expertos en cuestiones religiosas, sino en simple amor fraterno.

-         Amar con nombres: Es una buena forma de amar, incluso de rezar (Rom 1,9). Al rezar sin nombres se corre el riesgo de amar sin nombres. Y eso es totalmente imposible. Por el contrario, cuando se ponen los nombres a la plegaria, la oración se transforma en amor. Y viceversa.

-         Una casa donde el amor “se vea”: No solamente se dé por supuesto, se sobreentienda. Que se vea el amor en detalles, que lo palpemos quienes vivimos ahí y que lo noten quienes nos visitan y acompañan: lenguaje respetuoso, laudatorio, amable; gestos de acogida sin ninguna clase de desplante; huir del menosprecio al hermano como de la peste; valorar lo bueno que nos aportan los otros y hacerlo en voz alta, explícitamente; esforzarse por atender los pequeños gustos (incluso culinarios) que tiene nuestro hermano.

 

c) Para orar

 

Si quieres, peca: te lo dice Dios, y te lo dice seriamente. Peca, si quieres, peca. A mí no me hace daño ni ahogas mi gloria, ni le quitas nada a la inmensidad de mi gozo. Yo seré yo, plenamente yo, sin ti (En fin, un poquito menos sin ti, porque te llevo muy en el corazón, y me tiembla la voz al decir tu nombre). Yo solo quiero que seas feliz. Y que tus compañeros de casa y tierra, tus hermanos, sean felices también. Si pecando eres verdaderamente feliz, peca. Si pecado ayudas verdaderamente a la felicidad de los otros, peca. (M. Regal).

 

 

2. SÓLO EL AMOR RESISTIRÁ

 

            Así lo afirman los versos de G. Belli que ponemos al final. El amor quedará enhiesto y brillante sobren cualquier ruina. La relación humana está hecha de fragilidad y hermosura. Su hermosura nos atrae, su fragilidad nos desalienta. Es preciso construir una trayectoria de amor jugoso y resistente a la vez. Jugoso para que no caigamos en la aspereza que imposibilita la relación; resistente para que no se quiebre a la primera de cambio. Hay que empeñarse en desterrar el popular (e injusto, en parte) “viven si amarse” para dejar paso al “viven buscando amarse” más allá de las dificultades de la condición humana y de las notas peculiares de la vida en común.

 

            a) Reflexión

 

  • Maxima laetitia, vita communis: En contra de lo que tradicionalmente se decía: “Maxima poenitentia, vita communis”. Enfocar la vida fraterna como una “gran penitencia” (aunque tiene elementos “penitenciales” propios de cualquier opción) es ya un desenfoque inicial. ¿Por qué no entenderla siempre, incluso cuando muerde el desamor, como una vida en posibilidad de gozo y de disfrute humano? ¿Por qué no llegar a comprender que mi equilibrio personal depende de los hermanos y verlos como agentes de mi realización personal? ¿Es demasiado? ¿Y si esto no lo puede dar la VR, qué queda?
  • Asumir el mecanismo de la vida en grupo: Requisito imprescindible, primer paso en este camino de la buena relación. Si no se ha pasado a la orilla de la comunidad, todo serán obstáculos. La vida en grupo es un modo peculiar de relación humana, aquella que entiende que el crecimiento personal depende en parte de la otra persona. No es una mera organización para el mejor logro de los fines de un colectivo (por sagrados y apostólicos que se quieran), sino una manera de estar ante y con el otro.
  • Una mística fraterna: Porque se ha elaborado un mística religiosa muy fuerte (hasta límites, hasta el martirio). Pero quizá estemos necesitados de una mística de la vida en grupo que habría de descubrir la hermosura que es ser uno mismo ante el otro, y ser grupo que se acoge en la mutua aspiración al Otro.
  • Lo que queda, la fraternidad: Tras las muchas vueltas que da la vida, al final, lo que va quedando de positivo en el fondo del corazón es la buena relación que uno ha disfrutado en la vida fraterna, los caminos compartidos aunque sean humildes, los proyectos realizados en grupo, las experiencias de cercanía y de “tocarse el corazón” que la vida fraterna ha posibilitado. El mayor (y quizá único) activo vital de nuestro estilo de vida son los hermanos.
  • La dificultad de permanecer: Ya lo había advertido el Evangelio: es difícil permanecer (Jn 15,1ss). Vemos en un momento dado lo hermoso de la vida en común y nos entusiasma. Pero cuando se sufre la mordedura realista de los días, nos desalentamos. Permanecer es difícil. Hacen falta ayudas, pequeños socorros que nos animen: el ahondamiento, la reflexión, la oración, el disfrute, el buen humor, el aprendizaje de la relativización de lo que no es importante, la benignidad, el perdón, etc. Ayudar a permanecer en lo fraterno, un estupendo trabajo de amor fraterno.
  • En la resistencia habita la esperanza: Eso afirma E. Sábato. Y es verdad: cuando nos asaltan muchas preguntas no respondidas sobre nuestro incierto futuro, quizá la resistencia sea una respuesta real, la única tal vez. No se trata de aguantar sin más, sino de hacerlo creando cauces de fraternidad, por humildes que sean. Quizá ahí haya una clave.
  • Cuestión de confianza: Porque la desconfianza es el gusano que mina la relación (con razón o sin ella). Y los días se vuelven amargos cuando se mira aviesamente al corazón del hermano. La desconfianza es una siembra de sal sobre el campo de la fraternidad. Nada puede crecer mientras ella esté presente.
  • Mejorar es posible: Es preciso superar la sensación de que ya no hay remedio, de que estamos demasiado hechos para cambios, de que mi comunidad no tiene posibilidad de mejora. A veces los márgenes son pequeños; pero siempre hay una posibilidad esperando. Basta buscarla, anhelarla, intentarla. Y quizá surge con toda su lozanía. Tienen razón los que dicen que a la esperanza le basta una grieta para florecer.

 

b) Concreciones

 

-         Lectura positiva de los acontecimientos fraternos: Tratar de huir de dramatismos innecesarios, de exageraciones, de sensacionalismos raros. Leer lo que nos pasa desde su lado más positivo. Tener una mentalidad positiva y positivizante. El pesimismo y la dramatización juegan en contra de la buena relación.

-         Tratar de conservar un talante ecuánime: Porque eso ayuda mucho a resistir en la fraternidad sin inferirnos heridas innecesarias. No darle tantas vueltas a las pequeñas heridas diarias, no sacar de contexto los asuntos, ahondar con paz en lo que vamos viviendo.

-         Los compromisos fraternos como obra de amor: No entender tales compromisos como obligación, como lógica colaboración a la buena marcha del grupo. Son eso y mucho más: son la manera de mostrar, con carne y hueso, que la opción de vida por el grupo está funcionando. Son, en definitiva, un lenguaje de amor.

-         La comunicación, gesto necesario de amor: El mutismo, el irse al propio rincón, el meterse en el propio caparazón, el no compartir ni penas (para que mengüen) ni alegrías (para que crezcan) es un camino sin salida. Por eso, cuanto más se comunique uno con el hermano, mejor. Comunicarse es, sencillamente, tratar de mostrar lo que uno de verdad vive y cómo lo vive. Sin exageraciones y sin culpabilidades. Y dejarlo así en las manos del hermano porque se confía en él. Una fraternidad que se comunica tiene mejor futuro.

-         Momentos de amor: Hay que desearlos, hay que buscarlos: conversaciones, paseos, cultura compartida, disfrute en fraternidad, oración gustada entre todos, corporalidad participada, etc.  Esos momentos son la pequeña espina dorsal de la buena relación. Sin ellos, la cosa tiene el peligro de difuminarse.

-         Levantar los hombros con facilidad: Cuando las cosas no van bien, tratar de no hundirse en la miseria. Levantar los hombros y seguir adelante. Cantar en los tiempos oscuros, como decía Brecht. Porque todos tenemos experiencia de esa oscuridad. Pero el “canto” en la noche (el buen humor, el talante festivo, la ecuanimidad) aleja las tinieblas o, por lo menos, impide que se hagan más densas.

-         Construir el amor con materiales humildes: El propio material personal, las pequeñas actividades comunitarias, los trabajos que cada uno realiza haciéndolos lo mejor posible, las pequeñas búsquedas creyentes, los pasos dados al frente para responder al momento de cada grupo religioso, etc. Materiales humildes pero imprescindibles para esto tiempos nuestros de construir un futuro que no veremos.

 

c) Para orar

 

Sólo el amor resistirá

mientras caen como torres dinamitadas

los días, los meses, los años.

Sólo el amor resistirá

alimentando silencioso la lámpara encendida,

el canto anudado a la garganta,

la poesía en la caricia del cuerpo abandonado.

Algún día,

cualquier día,

doblará otra vez el recodo del camino

lo veré alto y distante,

acercándose,

oiré su voz llamándome,

sus ojos mirándome

y sabrá que el amor ha resistido

mientras todo se derrumbaba.

 

                                     G. Belli

 

3. LA VACUNA CONTRA EL DESAMOR

 

Porque todos sabemos que el desamor nos amenaza como una epidemia. ¿Hay vacuna contra él? La hay: una mezcla equilibrada de utopía y de realismo. Las dos cosas son necesarias a partes iguales (aunque por el desequilibrio real que padecemos, haya que potenciar un poco más la utopía). La utopía ha de ser buscadora y anclada en la realidad. El realismo ha de tener horizonte para que no se vuelva destructor y esterilizante.

 

            a) Reflexión

 

  • ·        Una VC en la que brote la utopía: Decimos que no estamos para estas historias, con el trabajo que tenemos, con los palos que nos ha dado la vida. Raramente se pone sobre la mesa de la comunidad temas que tienen que ver con el sueño, la utopía, el anhelo, los deseos. Pero, en realidad, son los grandes dinamismos de lo humano. Nos movemos más por deseos que por normas, por poner un ejemplo. No temer hablar de lo que anhelamos, de lo que desearíamos, de lo que buscamos. No temer hablar de ilusiones aún no cumplidas, etc. Tanto a nivel personal como comunitario.
  • Una utopía con carne histórica: Es decir, no se puede hablar de utopías, sueños y anhelos sin poner carne en el asador para que esos sueños se acerquen a la vida. No se puede hablar de la utopía de una vida en igualdad si no funcionas en modos de igualdad. No se puede hablar de un día mejor para los pobres si no trabajas pacientemente con ellos, si no consideras una “suerte” estar con ellos.
  • Una utopía que es fortaleza de los frágiles sociales: Por eso, habrían de interesarnos todas las fragilidades sociales. No hemos de caer en la tentación de hacer nuestro trabajo encomendado nada más, meternos en esas tareas habituales y despreocuparnos del resto de la sociedad. El cumplimiento de “las obligaciones”, cuando se convierten en rutina (y lo hacen fácilmente) pueden matar la utopía.
  • La utopía en momentos de reducción de la VC: Una razón más que esgrimen quienes se oponen a este tipo de reflexiones. Pero la utopía, como el seguimiento de Jesús, no depende del número ni de la edad, sino sobre todo de la ilusión, de la adhesión a Jesús y del sueño real por una sociedad más fraterna y justa. Por eso, nuestra época no está exenta del sueño de la utopía evangélica y social. Sería como negar lo más valioso que tenemos, lo que da sentido a nuestra profecía y, con ella, a nuestra propia opción.
  • Podemos más de lo que creemos: Porque se argumenta diciendo que, en estos tiempos (reducción, alta edad, etc.) nuestras posibilidades son escasas. Si las ponemos a trabajar son más de las que creemos. Hay muchos colectivos sociales activos que no tienen ni la décima parte de nuestros recursos. Realismo sí, ánimo también.
  • No caer en el engaño de creernos solidarios con la realidad estando lejos de ella: Porque esa lejanía deforma en todos los sentidos la realidad y la hace inasimilable. Para ser realista hay que ser, a la vez, persona cercana a lo duro de la existencia. Una solidaridad “desde lejos” nada tiene que ver con la de Jesús.

 

b) Concreciones

 

-         Utopía en la propia comunidad: Creer en los hermanos (que es más difícil que creer en Dios), creer que siempre se puede avanzar, creer que, siendo las que somos, podemos vivir bien, creer que de nosotros depende un poco la suerte de los débiles.

-         Utopía en los proyectos comunitarios: Creer que es el medio mejor de vivir con sentido la vida común, adherirse con facilidad a ellos, colaborar en todo, empujar en la dirección de lo común, no ceder al individualismo y a la rutina, soñar con un proyecto comunitario vivo y cordialmente aceptado.

-         Utopía con los pobres cercanos: Con esos con los que te encuentras y trabajas. Situar la utopía social en las distancias cortas. Tratar de envolver esas actividades en espiritualidad de la dignidad, de la justicia, se la sociedad nueva. Creer en la posibilidad de otro mundo y de una vida mejor para quienes lo tienen muy difícil.

-         Utopía en la sociedad en la que vives: No renegar de nuestra sociedad, no negativizarla porque sea laica, sentirse ciudadanos de verdad, mantener viva la amistad cívica (el respeto, la tolerancia, la humilde aceptación de quien piensa distinto).

-         Utopía en una misma: Vistas y comprobadas en estos años las limitaciones en las que se ha desarrollado y, previsiblemente, se va a desarrollar nuestra vida. No cansarse de uno mismo, como mejor forma de no cansarse de las hermanas. Creer firmemente que el día que Dios pone en nuestras manos es una oportunidad siempre nueva.

-         Realistas para creer en el amor: Aunque parezca cosa lírica. ¿Está reñido el realismo y el amor? Creemos que no. Tras estos largos de VC seguir creyendo en las posibilidades del amor (en todas sus variantes) no es carecer de realismo, sino todo lo contrario (la vida lo confirma, tanto o más que el fracaso del amor).

-         Realistas para mirar al fondo de la persona: Porque quedarse en lo de fuera no es ser más realista que intentar mirar más allá de las apariencias. Que no nos despiste lo exterior de la persona, de los pobres, de nosotros mismos. Lo bueno está dentro. Miremos ahí con realismo.

-         Realistas y lúcidos para no entrar nunca en terrenos de injusticia: Realistas para no hacer el juego al sistema social, ni siquiera el religioso, cuando se trata de asuntos peliagudos que rozan la injusticia, sea cual sea. Ser ahí fuertes para apelar a la justicia del Evangelio.

-         Realistas para apoyar todo camino que lleve a la renovación: No con el realismo malo de quien dice que no hay nada que hacer, antes de hacer nada. Pensar que cualquier intento de renovación puede dar algún fruto. Contagiar ánimo e ilusión creyendo en el amparo de Jesús y en la buena voluntad de las hermanas.

 

c) Para orar

 

"La utopía está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. ¿Para que sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar" (E. Galeano)

 

4. ¿SE PUEDE VIVIR SIN AMOR?

 

            En la encantadora novela La vida ante sí de Émile Ajar, el niño Momo pregunta al anciano señor Hamil: “¿Se puede vivir sin amor? Él no contestó y bebió un poco de té de menta, que es bueno para la salud”. El silencio del señor Hamil está indicando que sí, que se puede vivir sin amor. Malvivir, más bien. Por eso, hay que pretender vivir con amor y no ceder a la malvivencia del desamor. ¿Cómo hacerlo? El hermano Roger, antiguo prior de Taizé, tenía una frase que ilumina: “Pienso que desde mi juventud nunca me ha abandonado la intuición que una vida de comunidad pudiese ser el signo que Dios es amor y solamente amor. Poco a poco surgió en mí la convicción que era esencial crear una comunidad con hombres decididos a dar toda su vida y que buscasen comprenderse y reconciliarse siempre: una comunidad donde la bondad del corazón y la simplicidad estuviesen al centro de todo”. Es decir, con una vida bondadosa y sencilla se puede controlar la tentación de, ante la dificultad de una vida en buena relación, echarse a la cuneta y resignarse a vivir con el amor menguado.

 

            a) Reflexión

 

  • ·        Puerta abierta al amor: Así es la bondad. Entrar en el mundo del amor, en el trasfondo de la persona (de uno mismo) no resulta fácil. La bondad es una puerta para colarse en ese complicado y hermoso mundo interior. Las personas que trabajan la bondad (no solamente las que son buenas por carácter) tienen ante sí, con frecuencia, la senda que lleva a un amor real.
  • ·        Mirando en dirección del otro: Eso es la bondad: mirar no tanto en dirección a uno mismo y sus intereses (a esto tendemos por estructura humana), sino hacerlo también en la dirección de los intereses de los demás, hasta que ellos sean míos propios. Este cambio de mirada (un verdadero milagro) lo posibilita la bondad.
  • ·        Maravillarse ante el bien del otro: Agradecer y disfrutar de los valores del otro y de sus logros. Alegrarse por el otro es, no cabe duda, una de las mayores alegrías que puede tener otro hermano. Para ello hay que ser de buen corazón. De lo contrario, únicamente nos causará gozo nuestro propio bien y nuestro triunfo.
  • ·        El olvido del mal inferido: Es otra manera de hablar de la bondad. Porque ese olvido está hecho de comprensión, misericordia y magnanimidad. Sin olvidar es imposible ser básicamente bueno
  • ·        Descentrarse, hacer sitio al otro en nuestro centro: Eso es lo que posibilita la sencillez entendida como componente humano, no solamente como valor o virtud moral. Ser sencillo es creer que en tu centro hay sitio para otros y que eso no te despersonaliza o empobrece, sino que te enriquece más.
  • ·        Creer en el valor de las entregas: Condición necesaria para funcionar con sencillez. Porque si el valor de la entrega lo atribuyes al aplauso, premio, pago o reconocimiento, muchas veces se te oscurecerá el panorama. Ser persona básicamente sencilla es creer, como Jesús, que las entregas nunca se pierden porque tienen un valor en sí mismas.
  • ·        Renunciar al escaparate, el valor de las raíces: Por contagio social tendemos al brillo, a la fanfarria, al escaparate. Una vida básicamente sencilla habrá de renunciar a ello con toda decisión. Si no, el “brillo” de lo sencillo no le atraerá y correrá, como mariposa a la luz, tras el escaparate y el aplauso que parece llevar al reconocimiento social.

 

b) Concreciones

 

-         Sencillez y detalle en lo cotidiano: Porque ese es el marco mejor para lo sencillo. Lo extraordinario es más susceptible de deformación, aparte que, por definición, raramente ocurre. Enmarcar la sencillez en lo cotidiano es garantía de verdad y de hondura.

-         Sencillez en las formas y en el fondo: No solamente en las formas, que también. Sobre todo en el fondo, en ese estar ante la persona en maneras que no quieren ser siempre el centro, que no quieren imponer sus criterios por encima de todo, que detestan apropiarse del corazón de la persona.

-         Sencillez con los más sencillos: Con los más desvalidos con aquellas personas con las que los fuertes son fuertes (y no se atreven a serlo con quien es realmente fuerte). Sencillez para situarse a su nivel, para hablarles con respeto, para escucharles con detalle, para compartir sus puntos de vista, para creer que la razón y la verdad también se halla (en parte al menos) de su lado.

-         Sencillos y libres: Ya que la sencillez puede dejarnos con más libertad ante los poderosos, los influyentes, los opresores. Al no estar en su terreno, eso nos deja más libres, aunque hayamos de sufrir, lógicamente, sus iras. Por eso, la sencillez es una herramienta para los amantes de la libertad.

-         Buenos ciudadanos: Porque la bondad es expansiva y ha de tocar la ciudadanía. Apreciar la “amistad cívica”, esa actitud que te hace ser benévolo con tu conciudadano. Profundo respeto a las instituciones democráticas, aunque tengan fallos (intentar colaborar a subsanarlos, no a acrecentarlos).

-         Buenos con quienes no son oficialmente buenos: Porque en realidad siempre tienen algo de bueno, o mucho. Apoyarles para equilibrar el duro peso de quienes los censuran y denigran. Jesús fue bueno con esa clase de personas, arrostrando las consecuencias pertinentes.

 

c) Para orar

 

¿Quién escucha a Quién cuando hay silencio?
¿Quién empuja a Quién, si uno no anda?
¿Quién recibe más al darse un beso?
¿Quién nos puede dar lo que nos falta?

¿Quién enseña a Quién a ser sincero?
¿Quién se acerca a Quién nos da la espalda?
¿Quién cuida de aquello que no es nuestro?
¿Quién devuelve a Quién la confianza?

¿Quién libera a Quién del sufrimiento?
¿Quién acoge a Quién en esta casa?
¿Quién llena de luz cada momento?
¿Quién le da sentido a
la Palabra?

¿Quién pinta de azul el Universo?
¿Quién con su paciencia nos abraza?
¿Quién quiere sumarse a lo pequeño?
¿Quién mantiene intacta
la Esperanza?

¿Quién está más próximo a lo eterno:
el que pisa firme o el que no alcanza?
¿Quién se adentra al barrio más incierto
y tiende una mano a sus “crianzas”?

¿Quién elige a Quién de compañero?
¿Quién sostiene a Quién no tiene nada?
¿Quién se siente unido a lo imperfecto?
¿Quién no necesita de unas alas?

¿Quién libera a Quién del sufrimiento?
¿Quién acoge a Quién en esta casa?
¿Quién llena de luz cada momento?
¿Quién le da sentido a
la Palabra?

¿Quién pinta de azul el Universo?
¿Quién con su paciencia nos abraza?
¿Quién quiere sumarse a lo pequeño?
¿Quién mantiene intacta
la Esperanza?

 

5. MUCHOS HERMANOS, POCOS AMIGOS

            La espiritualidad ignaciana habla más de amigos que de hermanos. Parece que eso decía san Ignacio que debían ser los miembros de la Compañía, aunque tanto sus actuales constituciones como sus documentos hablan de ser hermanos, de no ser meros compañeros de trabajo. “Amigos que tienen al Señor por compañero común”, dice el P. Kolvenbach. Puede parecer que es poca cosa, que es más ser hermanos. Pero la cruda realidad es que, quizá, nuestra VR nos da muchos hermanos (todos los miembros de la Congregación) pero pocos amigos (aquellas personas con las que puedes contar). ¿Cómo construir un tipo de relación comunitaria que potencie la amistad para que brote la hermandad?

 

            a) Reflexión

 

  • Amistad estigmatizada: Así ha sido tradicionalmente y algo queda. La VR es temerosa ante el fenómeno de la amistad (cualquiera que sea). Una mentalidad abierta puede ser muy beneficiosa hasta tener por una suerte para la comunidad las amistades que tiene el corazón del hermano. Si son compartidas, como los gozos, acrecientan la alegría y el sentido correcto de la vida.
  • Filias y Fobias: Así funcionamos muchas veces, aunque sea un mal funcionamiento. Un hermano me cae bien, entra en mi círculo vital, de influencia e incluso de poder. Me cae mal, queda excluido y todo lo suyo está marcado de antemano. Este modo de funcionar no lleva a ninguna parte.
  • Del uno al todo, un camino: Porque las amistades han de ser “únicas”, pero no quiere decir cerradas. Desde el uno se puede ir abriendo al todo de la comunidad, del grupo humano. Hacer esta trayectoria de ensanchamiento de horizontes es imprescindible para la amistad.
  • Amistad transitiva: Todo el mundo puede transitar por ese camino. Vetar de antemano el paso a alguien va en contra de lo más elemental de la vida amigable. Hacer selección en base a valores o a intereses es, así mismo, cerrar la puesta a la amistad que recrea a la persona.
  • Amistad cultivada: Ya que no es un mero valor connatural al buen carácter, sino un trabajo en el camino de la humanización de las personas. Por eso hay que trabajarla, construirla día a día, artesanalmente, detalle a detalle.
  • Amistad creyente: Ya que los trabajos de la fe pueden ser un lugar común muy propicio para el cultivo de la amistad valiosa. Para que esto fuera eficaz, han de ser trabajos mezclados a otros del cotidiano vivir. De lo contrario se corre el riesgo de crear una superestructura de amistad que se venga abajo en el momento de la más elemental dificultad.
  • Amistad, base imprescindible de la hermandad: Porque pretender ser hermanos obviando los trabajos por la construcción de la amistad es querer ir por el atajo. Una hermandad sin amistad es, con frecuencia, una hiriente caricatura. La amistad es la que hará que la hermandad no nos desaliente en el momento de su inevitable debilidad.

 

b) Concreciones

 

-         Los duros trabajos por ser amigos de hermanos difíciles: No es nada fácil, pero quizá sea la única manera de que el hermano difícil (un poco lo somos todos) encuentre un lugar propicio para entender y vivir su limitación con un poco de humanidad y sosiego.

-         La amistad con los débiles llevando sus cargas: Como dice Pablo en Rom 15. Eso quiere decir que la amistad con los hermanos débiles no puede ser hacerles el juego y dejar que la comunidad se paralice. Hay que intentar que caminen, aunque sea su ritmo y a costa de que yo tenga que llevar alguna “carga” suya. No puede ser entendida la amistad como una cobertura para la inactividad y la desgana.

-         Más allá de la lentitud de la comunidad: Ya que esa lentitud hace trizas nuestra “amistad comunitaria”. Hay que situar más allá de ella: para no montarse en el carro de los lentos, para no desesperarse y colocarse desconectadamente en el carro de los rápidos. Amistad comunitaria sería, como hemos dicho, aquello de L. Felipe: llegar todos juntos y a tiempo.

-         Imprescindible delicadeza: Para no airear los asuntos de amistad con quienes no están en ese círculo, para no publicar lo que ha sido dicho en el ámbito de la confianza, para guardar como un secreto lo que en secreto se nos dijo. Ser amigo y lenguaraz a la vez es algo contradictorio.

-         Amistad fiel: Que pervive más allá de la mera convivencia física, que traspasa los años y las distancias, que pasa por encima de las situaciones y se sigue manteniendo.

-         Cada día más amigos, cada día más hermanos: Porque una cosa lleva a la otra y se entremezcla y vuelve sobre ella. Pretender ser hermanos sin amistad es complicado. Quedarse en la amistad sin anhelar la hermandad es quedarse corto en el horizonte y el anhelo.  

c) Para orar

Compañera/o
usted sabe
que puede contar
conmigo
no hasta dos
o hasta diez
sino contar
conmigo

si alguna vez
advierte
que le miro a los ojos
y una veta de amor
reconoce en los míos
no alerte sus fusiles
ni piense qué delirio
a pesar de la veta
o tal vez porque existe
usted puede contar
conmigo

si otras veces
me encuentra
huraño sin motivo
no piense qué flojera
igual puede contar
conmigo

pero hagamos un trato
yo quisiera contar
con usted
es tan lindo
saber que usted existe
uno se siente vivo
y cuando digo esto
quiero decir contar
aunque sea hasta dos
aunque sea hasta cinco
no ya para que acuda
presurosa en mi auxilio
sino para saber
a ciencia cierta
que usted sabe que puede
contar conmigo

Mario Benedetti

 

6. LA CASA DE LOS POBRES

            La casa a la que Jesús se autoinvita, la casa de la historia, es, para muchos, una casa de pobreza y marginación, de frialdad y carencias. Es la casa de los pobres. Queremos poner, siquiera al final, un tema “social” para que no entendamos que los trabajos del amor están desligados del mero hecho social, económico, histórico. Por eso queremos decirnos algo de la casa de los pobres que es, como dice Rilke, “como un sagrario”.

 

            a) Reflexión

 

  • Casa fría, casa humana: Ya que la frialdad, por mucha que sea, no puede erradicar la humanidad que le es connatural a toda casa de humanos, de creaturas. Es preciso saltar muchas veces por encima de la frialdad para percibir el fueguito del calor humano que anida en ella.
  • Casa egoísta, casa transitiva: Porque el pobre tiene muchas razones para ser egoísta, ya que la vida le atiza duro e injustamente. Pero, sin embargo, la casa de las pobrezas es una realidad transitiva, donde se puede entrar y tener amor y humanidad, aunque con frecuencia vaya esto velado en humildad y postergación.
  • Casa herida, casa utópica: Ya que las casas de las pobrezas están heridas de olvido, de menosprecio, de hiriente abandono. Pero la utopía se agazapa en ellas y ahí pervive, porque hace tiempo que se fue de las casas del poder y de la fuerza. Así que debemos muchos a las pobrezas porque ellas mantienen viva la utopía y el sueño de la justicia (aunque lo hagan “a la fuerza”).
  • Casa débil, casa fuerte: Porque la debilidad de las casas de las pobrezas es manifiesta y amplia en todas sus vertientes. Pero hay también en ella una fortaleza que nos beneficia mucho: la fortaleza de quien sobrevive por encima de injusticias, la santidad de vivir que hace que se cumpla la vieja y única vocación humana que se plasmó en aquel antiguo “creced y multiplicaos” de la Biblia.
  • Casa ninguneada, casa profética: Ninguneada por el poder que menosprecia, pero profética por la fuerza imparable de sus anhelos. Por eso, aunque el caminar sea lento, la profecía que viene de las pobrezas irá teniendo cada vez más sitio y los enormes diques del egoísmo no lograrán contenerla.
  • Casa despojada, casa con derechos: Ya que la pobreza es, ante todo, un despojo de derechos que son inherentes a la dignidad de las personas y de las creaturas. Pero aunque se intente despojarles de tales derechos y se haga menosprecio explícito de ellos, el reclamo de tales derechos, la voz que los demanda no podrá ser apagada del todo y, a la primera de cambio, resurgirá con toda su fuerza.
  • Casa de pena, casa de consuelo: Muchas son las penas que acompañan la vida de los pobres, lo sabemos. Pero también reciben consuelo, por minúsculo y hasta discutible que sea. Es un consuelo que deriva de la justicia debida. Por eso, hasta que no se colme, siempre habrá que intentar dárselo.

 

b) Concreciones

 

-         Poner el pie: Es muy peligroso hacer lírica de las pobrezas; es hiriente. Intentar no hacerlo. Poner el pie en los lugares de pobreza para, al menos, hablar con más cuidado.

-         Como elefante en cacharrería: Así vamos, a veces, a las casas de los pobres. Habría que ir con todo respeto, sin hacerles a ellos lo que a nosotros no nos gustaría, sin meternos en asuntos que son suyos, sin condicionar nuestro socorro a que se “desnuden” ante nosotros.

-         Comprender, excusar: Porque por ser pobres no son intachables, ni santos. Pero, a causa de su situación de debilidad social, merecen un plus de comprensión y hasta una excusa de la que el poderoso no puede ser acreedor. No cansarse de hacerlo.

-         Mezclar casas: Las nuestras y las suyas. Abrir mentalidad y puertas para que el tránsito se pueda hacer, al menos en parte. Pensar que de ese intercambio solamente pueden surgir beneficios. Creer que es el intercambio de Jesús cuando se apunta a nuestra cena de la historia.

-         ¿Y quienes no tienen casa?: ¿Cómo ser comprensivos con ellos para hacerles ver de algún modo que su desarraigo social, su transeuntismo, no les despoja ni de sus valores ni de sus derechos? Es a esa “casa” a la que se apunta Jesús. A ver nosotros.

 

c) Para orar

 

La casa del pobre es como un sagrario.
En su interior lo eterno se cambia en alimento,
y al anochecer regresa suave
hacia sí, en un anchuroso círculo,
y se acoge en sí, lento, pleno de resonancias.

La casa del pobre es como un sagrario.

La casa del pobre es como la mano de un niño.
No toma lo que los adultos piden,
le basta un escarabajo con ornadas pinzas,
una piedra ovalada de rodar por el río,
la corrediza arena y las conchas sonantes.
Es como una balanza suspendida,
sensible a la más leve recepción,
oscilando largamente entre los dos platillos.

La casa del pobre es como la mano de un niño.

Es como la tierra la casa del pobre:
esquirla de un venidero cristal,
ya claro, ya oscuro, en su huidiza caída;
pobre cual la cálida pobreza de un establo, -
y no obstante están los anocheceres: en ellos es ella todo,
y de ella vienen todas las estrellas.

R.M.Rilke

 

 

Ser humanas en los conflictos

 

 

SER HUMANAS EN LOS CONFLICTOS

 

I

LA ELABORACIÓN DE CONFLICTOS EN LA VIDA RELIGIOSA

 

Esta reflexión comparte la certeza de que los conflictos pueden derivar en elementos de crecimiento en humanidad para los grupos humanos. Es decir, los conflictos pueden ser vividos como trampolín para un aumento en hondura humana. Esta convicción atraviesa las páginas de esta reflexión y justo es decirla desde el primer instante de la misma.

            Cualquiera que mira la realidad de nuestras comunidades religiosas tiene la impresión de que son grupos que elaboran difícilmente los conflictos (existentes como en todo grupo humano) o que miran para otro lado queriendo hacer y hacerse ver que no existen tales conflictos, cuando en realidad, en el subsuelo, están como es natural y, a veces, en modos agudos. El trabajo de análisis de tal realidad demanda unas fuertes dosis de sentido crítico y de capacidad de revisión de vida. De ambas cosas ha adolecido, al menos hasta ahora, la VR tradicional, ya que se consideraban tales actitudes como indisciplina próxima a la desobediencia. Por eso se arrastra un déficit de análisis y de vigor de cara a un enfoque humanizador de la realidad conflictiva en la que se mueven las personas y los grupos religiosos.

            Quizá ha sonado la hora de encarar estos aspectos olvidados de la dinámica comunitaria porque las cotas de adultez a las que va accediendo la VR son crecientes. Efectivamente, elaborar conflictos con humanidad es una característica honda, trascendente, del ser humano. Él provoca la mayoría de sus conflictos y él ha de irlos solucionando con humanidad, cosa que contribuirá, sin duda, a que aminore el número de esos mismos conflictos.

            Trabajar estos cimientos tan básicos y tan elementales de la convivencia humana es poner las bases para una vivencia saneada de la propia vocación. Como lo demuestra la experiencia, ésta no flaquea generalmente por cuestiones teológicas o carismáticas, sino que se quiebra en cuestiones humanas, de convivencia y relación.

 

1. El conflicto en la Vida Religiosa

 

            a) Reflexión previa:

 

Toda la vida de la Iglesia, y la de la VR con ella, como la de cualquier grupo humano, han estado marcadas por el conflicto. Las raíces de la conflictividad en la vida de la fe vienen de lejos (recordemos los conflictos fraternos del Génesis o los de las primeras comunidades cristianas). Todo esto podría llevarnos a una consecuencia que, también en este caso, se convierte en hipótesis de trabajo más que en certeza indiscutible:Por muy paradójico que parezca, no se puede defender que el conflicto sea algo que, sin más, atente a la comunión fraterna. Esto puede ser un argumento por parte del poder que quiere imponer “su” comunión, su norma y su orden que no sabe encajar la dificultad histórica. Ser hermano/a como hermano con litigios puede ser una manera, dolorosa pero muchas veces fecunda, de encontrar el verdadero camino que la fe habría de seguir. El conflicto está ahí, ni es deseable ni deja de serlo, y tratarlo con humanidad puede llegar a convertirse en un dinamismo de crecimiento y de vida.

 

b) Tipología:

 

            1) Conflictos a nivel personal:

 

                        Además del cúmulo de conflictos personales, más o menos acentuados, que cada persona lleva como parte íntima de su estructura personal nos permitimos señalar tres conflictos de la persona con la realidad comunitaria:

  • Los votos como conflicto: Para muchos hermanos y hermanas los votos se han convertido más en un problema que una fuente de espiritualidad. El conflicto aflora pujante en torno al tema de la obediencia, porque apunta a la relación entre persona y comunidad. Quizá sea éste uno de los mayores pesos que hay que soportar y un ámbito de conflictividad muy fuerte. Eso está indicando que hay que repensar ese ámbito para que pase de la conflictividad a la ayuda.
  • La integración real en la comunidad: Lo muchos años de vida fraterna no llegan a veces a obrar en algunas personas su integración real en los planes comunitarios. La fraternidad sigue siendo percibida como un “enemigo” del que me tengo que defender. Es preciso asumir este conflicto para intentar pasar a la orilla de la comunidad.
  • Las diversas experiencias de fe: Nunca se ha vivido la fe en modos absolutamente iguales porque eso se mezcla a las experiencias vitales y éstas son harto diferentes.

 

2) Conflictos a nivel comunitario:

 

  • El persistente conflicto de la relacionalidad: Este asunto es connatural al camino de la vida fraterna, aunque se haya avanzado notablemente respecto a épocas anteriores. El hermano/a siempre será un “problema”, aunque es también nuestra posibilidad. El peligro es que transcurra la vida comunitaria sin que esa posibilidad aparezca como el sentido de la VR. Todo conflicto de relación, tratado, se puede convertir en un impulso; no tratado, es arena en el engranaje de la vida fraterna.
  • Déficit de confianza: Este conflicto viene también de lejos. Se debe, en parte (y más allá de indudables aspectos personales), a la evidencia de que la VR se ha organizado más como una estructura religiosa que como una familia de hermanos/as. El déficit de confianza genera una dinámica de “frialdad” en las relaciones comunitarias.

 

3) Conflictos a nivel institucional:

 

  • El conflicto que brota de la itinerancia: Tradicionalmente la VR ha sido entendida como una realidad para durar. Pero he aquí que la sociedad ha entrado desde hace años en el torbellino del continuo cambio. Las Congregaciones no se han hecho aún idea de pertenecer a una sociedad que tiene el cambio por componente estructural. Esto genera un conflicto entre una realidad social fuertemente cambiante y unas estructuras hechas para permanecer.
  • El conflicto del alejamiento social: Porque la VR tradicional ha encontrado un modo muy sencillo para que no se disturbe su plan, sus horarios, su recogimiento: el alejamiento de los torbellinos de la sociedad. Pero el alejamiento ha conllevado un desenfoque y una desconexión. La única manera de superar este conflicto se dará a través de una reorientación de la línea general de las Congregaciones en la medida que entiendan la sociedad como compañera de camino.
  • El conflicto de la relación con el laicado: Porque comienza a despejarse este conflicto a nivel teórico, pero en la práctica cotidiana la cosa está todavía muy en pañales. El único modo de ir solucionando este conflicto es llegar a entender que los laicos están llamados a compartir carisma, misión y vida con los religiosos/as y que esto ha de ir cobrando cuerpo en planes de vida efectivos.

 

He aquí todo un volumen de conflicto que es preciso tener presente a la hora de proponerse elaborar teorías y estrategias para encajar este lado débil, pero posibilitador, de la VR. Aquí se verifica aquello de que construir la vida fraterna es más difícil que hacer grandes obras de ingeniería: es construir el camino de acceso al otro/a con todas sus posibilidades y dificultades. La envergadura de la tarea no le resta hermosura.

 

2. Mecanismos de solución:

 

            Elaborar conflictos no es solucionarlos ni dictar sentencia entre los contendientes. Es empezar a caminar en direcciones comunes, a entrever la posibilidad de acuerdos elementales sobre bases compartidas. Es el comienzo de un posible entendimiento.

 

            a) Claves:

 

  • Bases éticas: Se trata de cambiar las bases éticas de un conflicto destructivo por las de un conflicto constructivo. Aquellas son: el valor absoluto de mi causa, el principio de que el fin justifica los medios, el objetivo de vencer y/o derrotar, el uso y abuso del ojo por ojo, el empleo de la fuerza como método, la percepción del enemigo sólo como enemigo despojado de su valor de persona. Estas bases habrían de ser cambiadas por las de un conflicto constructivo que son: ante todo, la premisa irrenunciable que es la del valor supremo de la dignidad humana. Además sería preciso mantener que la ética es lo que justifica el fin y los medios y entender que el objetivo no es vencer, sino convencer y/o acordar.
  • Dilemas: La acogida de conflictos plantea una serie de dilemas que han de ser preguntados y resueltos de forma positiva. He aquí algunos de esos dilemas: ¿Recibo el conflicto de manera receptiva o defensiva? Recibirlo de la primera manera abre las puertas a la posibilidad de un camino; recibirlo de la otra forma es cerrar las puertas a cualquier posibilidad de acogida y, por ello, de solución. ¿Es mi reacción ante el conflicto de ira o de paciencia? Los procesos conflictivos requieren altas dosis de paciencia. La ira agudiza el planteamiento negativo. ¿Entiendo el conflicto desde el prejuicio o desde la complejidad? Casi todos los conflictos son complejos; los prejuicios simplifican y desenfocan el planteamiento. ¿La intención de fondo es la de imponerse o la de dialogar? Porque el resultado del proceso será muy diverso en cada caso. ¿Trato el conflicto con rigidez o con flexibilidad? Ya que la flexibilidad es verdadero bálsamo para las heridas del conflicto.
  • Herramientas: Existen una serie de herramientas que pueden ayudar mucho a la hora de iniciar un proceso de tratamiento del conflicto. La primera de ellas es la escucha, ya que una actitud escuchante abre puertas y mitiga las aristas iniciales. Además es muy necesaria la mirada al sufrimiento del otro, ya  que en los conflictos todos sufren, también el otro. En tercer lugar es preciso escuchar a la propia conciencia porque, salvo patologías, nuestra conciencia siempre tiene a nuestra disposición y ante cualquier circunstancia una propuesta justa y ética. El problema es si somos capaces de escucharle y hacerle caso. En cuarto lugar es preciso mantener la esperanza en los conflictos, porque la esperanza no es creer que todo va a salir bien, sino saber que tiene sentido lo que hacemos al margen de los resultados. No sabemos si podemos lograr lo que nos proponemos, pero lo que sí sabemos es que podemos crear condiciones que lo hagan posible. Finalmente, la última herramienta es la reconciliación, que no significa volver a ser amigos, sino volver a respetarse. Significa recuperar la normalidad: una convivencia basada en el respeto y en la aceptación mutua implica hacer un sitio en mí a la verdad del otro. Y junto a la reconciliación, el perdón, porque este elemento juega un papel fundamental en un proceso de reconciliación, pero para no perder su esencia solamente puede ser sincero y voluntario y no debe plantearse como obligación o condición previa.

 

3. Estrategias útiles:

 

            La acogida y trabajo en el proceso de un conflicto es un esfuerzo muchas veces arduo que requiere el conjunto de algunas estrategias o cauces que sean, en la medida de lo posible, sencillos y al alcance de la mano de cualquier hermano/a de la comunidad. Proponemos tres:

 

            1) El diálogo:

 

                        “Conversar sobre las diferencias, desde las diferencias, y, sobre todo, a partir de las diferencias, no es fácil. Pero se ha de intentar. Entre pocos y entre muchos se trata de convivir, no de convencer y, menos aún, de convertir. Estamos condenados a relacionarnos; no a entendernos”, afirma A. Ortega. Por eso, la VR, vida en relación, demanda una “fe” inquebrantable en el diálogo. Si esa fe flaquea, la convivencia fraterna se hace literalmente imposible. Hay quien en la VR, dada la experiencia de fracaso que ha tenido en cuestiones de diálogo, piensa que la estrategia del diálogo no es buena, incluso cree que sus mecanismos encierran, a priori, una falsedad, un tratar de engañar al otro. Es el argumento de la desconfianza, los prejuicios o los juicios sobre las segundas intenciones. Incluso llegan a creer que el diálogo es contraproducente ya que, según ellos, fomenta la dispersión y la ineficacia a la hora de actuar. No faltan quien tache a esa estrategia de ingenua, porque piensa que, a la postre, el diálogo no conduce a nada positivo. No faltan, en el extremo, los que consideran que el diálogo es perfectamente inútil y aducen para ello que ya se ha dialogado otras veces y que no ha servido para nada, demostrando que las cosas no funcionan por mucho diálogo que haya, sino que es preciso recurrir a métodos más eficaces y expeditivos.

            Pero, tanto por las orientaciones de la espiritualidad eclesial, como por sentido común, la VR alberga un número mayoritario de personas que piensa que el diálogo no solamente es necesario, sino eficaz en la medida en que se practica con buena voluntad y deseo de entendimiento.

 

            2) La mediación:

 

                        Algo que casi no se practica en la VR pero que, en ciertos casos, podría ser una herramienta muy útil. La mediación no es un juicio en que se da la razón a uno y se le quita al otro. La mediación es un mecanismo por el que se pone en contacto civilizado y fraterno a dos partes que están encontradas y, además, se crea un espacio para que expongan su situación, valoren alguna cosa positiva del otro y vean la posibilidad de colaborar en algo, más allá de sus diferencias mantenidas. Quizá en la VR la mediación haya tenido poco espacio porque tampoco lo ha tenido mucho el acompañamiento. La mediación únicamente puede tener arraigo en vidas que experimentan un cierto acompañamiento, un cierto cuidado. Es en ese margen de amparo donde podría hacerse un trabajo de mediación.

            Todo este trabajo, necesario muchas veces y siempre productivo, recibe un impulso si quien quiere constituirse en tercer espacio se despoja de cualquier mentalidad salvadora, queriendo, simplemente, ayudar. También lo será si no es un veleta y mantiene claras sus posiciones, a la vez que tiene una constante discreción sobre las confidencias y los datos. El tercer espacio más que equidistante trata de ser independiente, sin impacientarse pero insistiendo todas las veces que sea preciso. Por supuesto, no habrá de buscar protagonismo sino perseguir el entendimiento. Para ello no habrá de creerse que ya lo sabe todo, sino que él también tendrá que escuchar y aprender. En modo alguno ha de juzgar a nadie y, sin pretender sacarse soluciones de la manga, se limitará a intentar crear condiciones de diálogo.

 

 

4. Actitudes personales ante los conflictos:

 

            Tratando de aterrizar de esta “teoría” en los caminos más cotidianos en los que se mueve la existencia de la VR vamos a esbozar algunas actitudes personales ante los conflictos que suelen ser comunes y de cuyo posicionamiento depende no poco el buen encauzamiento y aun la solución de los conflictos:

 

  • Facilitar, no agravar: Los conflictos tienen un lado dramático que, con frecuencia, tendemos a exagerar. Ya es suficiente con la gravedad que ellos mismos encierran. Resulta insensato cargar las tintas porque eso no hace sino desenfocar el asunto y no facilita en modo alguno la solución.
  • Incluir, no excluir: Ya que la solución de los conflictos mediante la exclusión de la “manzana podrida” dan poco resultado, sobre todo porque esa “manzana” es, con frecuencia, la persona del hermano.  La exclusión parece que remedia algo las cosas pero, con frecuencia, hace un desaguisado mayor.
  • Cooperar, no competir: Pues la competencia genera más conflicto, mientras que la cooperación engendra humanidad y, por ello, facilita la elaboración de los conflictos. No puede haber cooperación sin una mirada fraterna a la realidad del hermano. En ese cambio de mirada radica mucho del éxito en el tema de los conflictos fraternos y sociales.
  • Insistir, no desistir: Porque podría haber motivos para el desaliento al ver que los conflictos se enquistan hasta un punto que parece que el avance es imposible. Desistir no es el buen camino, ya que incluso eso es, a veces, lo que buscan los mismos litigantes. La moderada y sensata insistencia puede quebrar ese muro de inmovilismo con el que algunos contendientes quieren rodear los problemas.
  • Hablar, no enmudecer: Ya que el mutismo puede ser interpretado como un abandono del campo. Simplemente el exponer los personales sentimientos ante el conflicto puede ser algo de gran ayuda. Más aún, al hablar perfilamos nuestra situación ante los conflictos y eso ya es un gran logro para uno/a mismo/a.
  • Lanzarse a la arena, no quedarse en la barrera: Porque resulta muy fácil quedarse fuera y hablar, criticar, cuestionar, desautorizar a quien se mueve en la abrasadora arena del conflicto. Pero si se quiere colaborar a su encauzamiento y superación es preciso implicarse. Resulta desalentadora, desde el punto de la VR, la postura del hermano/a que, una vez que ha estallado el conflicto, dice que lo veía venir pero antes no dijo nada al respecto.
  • Sentirse afectado, no intocable: Ya que quien no es parte constitutiva del conflicto tiende a tratarlo como si a él no le tocase por ningún lado. Pero esto no es así, porque cualquier conflicto entre hermanos/as (e incluso entre la VR y la sociedad) afecta al conjunto de la fraternidad y, desde ese punto, hemos de sentirnos siempre concernidos por él.
  • Creer en la posibilidad de arreglo, no asentarse en la imposibilidad: Y más cuando la vida nos enseña que muchos conflictos, cuando son mínimamente elaborados y tratados, encuentran una cierta solución. Partir de la imposibilidad es abocarse al fracaso. Creer con realismo en la multiplicidad de soluciones que ofrece un conflicto es ya colaborar a su solución.
  • Mantener la adhesión, no la ruptura: Cuando ocurre que el conflicto no ha llegado a una solución satisfactoria, habríamos de mantener la adhesión a las personas considerándolas tan valiosas (aunque heridas) como antes del conflicto. Si tras él, rompemos con la persona afectada, le retiramos nuestra confianza, le desposeemos de la valía con la que antes le habíamos considerado, demostramos con ello no haber entendido los mecanismos de la fraternidad y, con ello, los de la misma humanidad.

 

5. Cauces comunitarios para el tratamiento de los conflictos:

 

            Existen en la mayoría de las comunidades espacios útiles para el tratamiento de los conflictos. No es necesario, en muchos casos, recurrir a procedimientos extraordinarios. Señalemos algunos de esos ámbitos:

 

  • Las reuniones de comunidad: Tienen mucho componente organizativo y en ellas no encuentran mucho espacio los conflictos. Pero cuando se pone sobre la mesa de la reunión común un aspecto conflictivo y sabe tratarse con un poco de moderación, los resultados que se logran son, a veces, espectaculares.
  • La revisión fraterna: Es un mecanismo que no ha entrado mucho en los grupos religiosos. Pero si se hace, es un ámbito muy apropiado para la elaboración de conflictos. La revisión se construye con discernimiento crítico y afán por leer bien la realidad. Estos elementos son campo abonado para el tratamiento de conflictos. La comunidad que dispone de este cauce tiene en su mano una de las mejores herramientas para esta tarea.
  • Las evaluaciones fraternas o provinciales: Hay colectivos en la VR que tienen la saludable costumbre de evaluar la marcha de la fraternidad o de la Provincia una vez al año, terminado el Curso. Dentro de los muchos aspectos que pueden ser tocados, puede haber ahí un sitio para la reflexión sobre los conflictos vividos y el modo de su resolución. Abundar en ello desde un deseo evaluador es dar madurez a los caminos que se van recorriendo.
  • Los cursos específicos sobre el tema: Sería bueno que, tal vez de vez en cuando, haya posibilidad de tener un curso específico sobre conflictos. Es un elemento importante de la vida relación de la fraternidad y, como tal, merece la pena ser tratado alguna vez. Llamar a técnicos que ayuden a la comunidad es una buena inversión de humanidad.
  • La participación en foros sociales: Porque en esos foros se dirimen, con frecuencia, serios conflictos sociales. Ahí se podrá ver qué es lo que la VR puede aportar al encauzamiento o posible solución de tales conflictos. Es algo que los grupos religiosos habríamos de tomarnos totalmente en serio acortando el alejamiento con el que aún tratamos esta clase de temas.
  • Los trabajos de Justicia y Paz: Son camino adecuado porque esos trabajos se sitúan en la conflictividad mundial de una convivencia que quiere estar cada vez más asentada sobre el valor innegociable de la dignidad humana. En sencillos trabajos de colaboración personal o comunitaria se va uno adentrando en la realidad de los conflictos mundiales y en la posibilidad de un aporte que contribuya a su posible solución.

 

Conclusión: ¿Dónde hay hermanos hay conflictos?

 

            Ése es un dicho común y cierto porque la hermandad conlleva una innegable conflictividad. Pero la VR, que tiende a mostrar con su estilo de vida la posibilidad de una forma de vida distinta (“las realidades escatológicas”), está llamada a hacer ver que el horizonte de la vida en fraternidad es no el conflicto, sino la paz, el sosiego, la comprensión y, en definitiva, la hermandad. De esta clase de utopías está necesitado el mundo de hoy y, cuando se materializan en estilos de vida, bien que las agradece.

                        Queremos terminar con una frase de José Saramago en el prólogo a la obra de Jonan Fernández: “No cambiaremos la vida, si no cambiamos de vida”. Este cambio de vida, personal y comunitario, puede experimentar un avance incalculable si los conflictos van siendo encauzados y así solucionados. Todo hasta llegar a aquel “único sentir” del que Pablo hablaba con añoranza y que nos dejó como un testamento de vida sobre todo a quienes hemos hecho opción de vivir en comunidad.

 

 

II

CONFLICTOS COTIDIANOS EN LA VIDA COMUNITARIA

 

            Resulta ingenuo pretender dar “recetas” para solucionar conflictos comunitarios. Pero si una Directora entiende su cargo desde una responsabilidad fraterna (no únicamente administrativa) y si ella es cada vez menos parte del conflicto y cada vez más parte de su solución, quizá le pueda servir de algo una reflexión como ésta. Además, hay que tener la certeza de que el 85% de nuestros conflictos fraternos pueden tener otro color si se los elabora, si se los encara, si se los trabaja.

1)       El conflicto de las palabras duras e hirientes: Hermanas que hablan cuando hieren, que son deslenguadas, que no se dan cuenta del daño que hacen al hablar con desprecio de sus hermanas. Es preciso, cuando estén tranquilas, el hacerles ver la importancia de las palabras en la comunidad. No transigir, no reírles las gracias, no hacerles el juego.

2)       El conflicto con quien tiene un arte grande para escaquearse de las tareas comunitarias: No arriman el hombro, huyen, se escabullen, dejan las cosas sin hacer. Es preciso animarles a colaborar, darles tareas de las que luego se les pide cuentas. No pasar por encima de lo que queda sin hacer como si se hubiera hecho.

3)       El conflicto con quien guarda un cierto dinero: Ser indulgentes con quien guarda un poquito, aunque no se esté en lo más correcto. No transigir con quien pretende controlar a su manera sus ingresos u otros. En ambos casos hacerles ver que la comunidad es la casa de todos. Y la comunidad (la superiora, la ecónoma) han de ser ágiles para tratar a sus hermanas en este terreno como personas adultas.

4)       El conflicto con quien no aguanta a una hermana concreta: Aligerar los ámbitos de fricción; no ponerlas en todo juntas; hacerles ver que la otra persona tiene valores, aunque una no los acepte; argumentar no por vías únicamente espirituales (somos hermanas), sino humanas (si os tendéis estaréis mucho mejor).

5)       El conflicto con quien no se siente querida: Derramar ahí no un cariño paternalista, sino respetuoso. Escuchar hasta agotarse y hacerlo con humanidad, no diciendo a todo que sí. Generar algún disfrute que le toque por algún lado (en cuestiones de comida, de gustos, de disfrutes).

6)       El conflicto con quien no quiere que le manden: Intentar hacerle ver que la obediencia no es un ordeno y mando (no obrar así), sino un modo de ser más libre en la comunidad, una manera de vivir como adultas. Confiar en la responsabilidad de esa persona; no estar metiendo siempre las narices para controlar todo.

7)       El conflicto con las “controladoras”: Personas que quieren enterarse de todo, que vigilan todo, que deducen todo, que saben todo de los demás. Aflojar la presión. No hacerles el juego y delegarlas para que así la superiora tenga todos los hilos atados. Construir comunidades donde se pueda respirar.

8)       El conflicto con quien tiene muchas amistades fuera: No ponerse, de salida, en contra de eso. Hacer ver que la dispersión afecta a la vida personal y comunitaria. Animarla a que se centre en menos número de personas. Decirle que invite a sus amistades a la comunidad.

9)       El conflicto con quien huye de las reuniones fraternas: Hablar alguna vez con ella personalmente; decirle que sus opiniones pueden ser valiosas; no argumentar desde la norma, desde la ley, sino desde la necesidad que la comunidad puede tener de ellas.

10)   El conflicto con quien no se siente motivado en la oración: Y va tarde, remoloneando, o ni siquiera va. Hablar con ella no tanto desde las normas, sino desde la suerte que es poder rezar con hermanas; pedirle si ella tiene otra idea u otra forma de orar que podría incorporarse a la comunidad. Ser flexibles en las formas de oración.

11)   El conflicto con quien siempre se hace notar con estridencias: Preguntarse por qué lo hará; tener paciencia, no ponerse demasiado nerviosa; disculparle ante los demás, ante los de fuera de la comunidad. Hablar con ella con paz de sus comportamientos, si se deja.

12)   El conflicto de quien no controla los celos, las envidias: Animar a la generosidad; poner un poco de humor en ciertas reacciones descontroladas, exageradas; tocar el lado bueno y generoso de esa persona haciéndoles ver que cuando es así sus celos y envidias no le hacen tanto daño.

13)   El conflicto de quien funciona por amiguismos: Por filias y fobias; no subirse a ese tren; tratar de hacer ver que eso divide y hace polvo al grupo; cultivar un mentalidad se “ser para el grupo”. No tener información, dádivas, favores, para las amigas y no para los demás.

14)   El conflicto con quien siempre anda con la cara amargada: Poner un poco de humor, de disfrute. Cogerle por el lado del estómago (comidas que gusten) o de la tarea que hace (apreciarla) o de la cercanía a sus familiares. Intentar hacerle ver que merece la pena pasar buenos ratos juntas.

15)   El conflicto con quien todo lo ve negativamente: Intentar hacerle ver que hay cosas buenas en el mundo, cercanas, al alcance de la mano. No echar leña al fuego de su disgusto. Tratar de aguantar el embate de su desilusión con buen ánimo.

16)   El conflicto con quien no dice las cosas con claridad: No seguirle el juego; “forzarle” a la claridad con firmeza y con tiento; respetar las pausas y silencios, pero sin renunciar a una vida lo más clara posible.

 

Fidel Aizpurúa Donazar

Logroño-Madrid

 

 

           

 

 

 

 

           

 

 

Juan 116

CVJ 

Domingo, 10 de junio de 2012

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

116. Jn 17,1-5

 

Introducción:

 

                Suele decirse que toda persona tiene en su vida “diez minutos de gloria”. Es que el hambre de gloria es connatural al ser humano. Con frecuencia construimos nuestra gloria a costa del otro: cuanto más en lo oscuro estén los demás, más brillaré yo.  No imaginamos una gloria compartida, fraterna, donde todos “brillen”. Eso nos parece que no es gloria. Y, sin embargo, los mejores momentos de una persona, los más “gloriosos”, coinciden muchas veces con un gozo colectivo, con un éxito común, con una empresa coronada por todos. Quizá llegue un día en que entendamos que el bien de todos, la gloria del conjunto, es el mejor éxito del caminar humano.

                Es que en el texto evangélico de esta semana Jesús habla de “su gloria”. Esta gloria no está hecha a costa de nadie, sino a favor de todos. Es una gloria que disfruta con que los humanos entendamos que nuestra situación tiene salida, que estamos hechos para la dicha, que el horizonte de lo humano es un gozo colectivo. Es, definitiva, una gloria para los demás, a nuestro favor. El Padre, dice el texto, está también por ese tipo de gloria porque su afán máximo, por el que ha hecho su mayor apuesta, es que la persona salga a flote. Y esto hasta el punto de tener por cierto que si lo nuestro triunfo él también triunfa y si lo nuestro fracasa él también fracasa. Una gloria sin coste para nosotros y con todas sus ventajas.

 

***

 

Texto:

 

17,1Así habló Jesús y, levantando los ojos al cielo, dijo:

                -Padre,

ha llegado la hora,

glorifica a tu Hijo,

para que tu Hijo te glorifique

2y, por ese vigor que tú le has dado sobre toda persona,

dé la vida plena a los que le confiaste.

3Esta es la vida plena:

que te conozcan a ti,  Dios de verdad,

y a tu enviado, Jesucristo.

4Yo te he glorificado sobre la tierra,

he rematado la obra que me encomendaste.

5Y ahora, Padre, glorifícame contigo,

con la gloria que yo tenía a tu lado

antes de que el mundo existiese.

 

 

***

 

Ventana abierta:

 

 

                Este montecillo es el monte Tabor. En él se halla instalada una comunidad terapéutica (ex drogadictos) del movimiento franciscano Mundo x, comunidades creadas por el hermano franciscano Eligio. Es un gozo ver cómo viven, cómo trabajan, como reconstruyen su vida. Una gloria para que el débil triunfe, para que salga a flote, para que sus valores de fondo oscurecidos y maltratados por la droga vuelvan a resurgir y a enseñorear la vida de la persona. Una gloria a favor del otro, como la de Jesús.

                Oramos: Te alabamos, Señor, por quienes piensan en la gloria del otro; te bendecimos por quienes trabajan por la gloria de los humildes; te damos gracias por quienes piensan en el valor de quienes no tienen reconocimiento social.

 

***

 

Desde la persona de Jesús:

 

                Dice el texto que Jesús manifiesta la gloria del Padre. ¿Cómo lo hace? Desvelando un perfil de Dios que el tiempo, y hasta la misma religión, ocultan: un Dios ante todo de misericordia y acogida; un Dios interesado por nuestra dicha y no por nuestro pecado; un Dios de libertad y nunca de opresión; un Dios patrimonio de los más desposeídos y nunca del lado de los poderosos. Cuando comprendemos que esto es así, la gloria de Dios comienza a brillar.

                Oramos: Gracias, Señor, por desvelarnos el perfil de un Dios a nuestro lado; gracias por amarnos con el mismo amor del Padre; gracias por querernos libres y en pie.

 

***

 

Ahondamiento personal:

 

                Se puede pensar en la posibilidad, como decimos, de una gloria colectiva, fraterna. Eso no debilita para nada la fuerza de la gloria ni le resta su brillo. Por eso dice el evangelio que es la obra a la que hay dar remate. Es decir, mientras haya una persona que no tenga su gloria, su certeza de que está llamado a la dicha, habrá que trabajar por la gloria del otro, no solo por la gloria de Dios. Si los antiguos decían que la gloria de Dios es que la persona, el pobre, viva, el campo de trabajo está marcado.

                Oramos: Que trabajemos con tesón por una gloria colectiva; que creamos que la gloria de Dios es que el débil levante la cabeza y viva; que demos por cierto el amparo del Padre a nuestro camino personal.

 

***

 

Desde la comunidad virtual:

 

                Nuestra comunidad es, ciertamente, una realidad modesta. Al tener, por otra parte, un componente de amistad y fraternidad no construimos nuestra “gloria” uno a costa de otro. Esa evidencia de que nos interesa el bien del colectivo es lo que quita el veneno del egoísmo y del brillo propio a nuestra relación. Si alguien quisiera hacer su gloria a base de los demás haría un mal servicio a nuestro grupo.

                Oramos: Que siempre nos relacionemos sin ambiciones; que nos alegre el bien del y el triunfo del otro; que nos alejemos de toda imposición y dominio.

 

 

***

 

Poetización:

 

Fue una persona humilde.

De ahí que nunca aspirara

a construir su gloria

a costa de nadie.

Sus alegrías más profundas

eran colectivas;

sus gozos

comunes;

sus disfrutes

compartidos.

Había aprendido

que esa era

la gloria del Padre,

el anhelo mayor de Dios:

una apuesta por lo común,

por el todo de lo creado.

Por eso mismo

nunca demandó dones,

nunca exigió aplausos,

jamás se quejó si no se le pagaba.

Tenía fe en la persona,

en el gozo de los caminos comunes,

en las alegrías repartidas.

De ahí que no dudara en decir

que la gloria del Padre

y la suya propia

era que la persona viviese,

que el pobre respirase,

que el oprimido levantase la cabeza,

que el postergado se sentara en el centro.

Los mayores esfuerzos de su vida los dedicó

a construir esa gloria colectiva.

Hay personas que aún hoy

siguen en el mismo empeño.

 

***

 

Para esta semana:

 

                Trata de ser motivo de alegría y sosiego para quien está pasándolo mal. Acércate.

 

***