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CONFERENCIAS

Volveremos a encontrarnos

VOLVEREMOS A ENCONTRARNOS

El Señor nos da hermanos. La fraternidad: un sueño que se cumple

 

         Quiero comenzar recordando el párrafo inicial del discurso de Charles Chaplin en la película “El Gran Dictador”, discurso pronunciado en tiempos de ideologías atroces: “Lo siento, pero no quiero ser emperador. Eso no me va. No quiero gobernar o conquistar a nadie. Me gustaría ayudar a todo el mundo, si fuera posible: a judíos y gentiles; a negros y blancos. Todos queremos ayudarnos mutuamente. Los seres humanos somos así. Queremos vivir para la felicidad y no para la miseria ajena. No queremos odiarnos y despreciarnos mutuamente. En este mundo hay sitio para todos. Y la buena tierra es rica y puede proveer a todos”. Los seres humanos somos así. Por encima de desamparos, nuestro horizonte es la fraternidad.

         A los franciscanos nos encanta hablar del tema de la fraternidad y la trabajamos cuanto podemos. Es una gran parte de nuestras señas de identidad. Hablemos, pues de lo que nos gusta. Hablemos y construyamos los caminos de la fraternidad.

 

1. Hay muchos que sueñan con la fraternidad

 

         Podría parecer que esto de la fraternidad es únicamente para gente creyente, religiosos o franciscanos. Pero no, existe un caudaloso río que atraviesa y riega las raíces del mundo. Mucha gente sueña con un mundo fraterno de relaciones nuevas. Como muestra, un botón:

         En el año 2010 recibió el premio príncipe de Asturias de humanidades y comunicación el anciano sociólogo polaco, judío y represaliado, Zigmunt Bauman, el de la “modernidad líquida”. Éste había dicho que convivir con los otros ha sido un problema omnipresente de la sociedad occidental, y que las principales estrategias utilizadas de oposición a la convivencia son la separación del otro excluyéndolo (estrategia émica), la asimilación del otro despojándole de su otredad (estrategia fágica) y la invisibilización del otro que desaparece del mapa mental. Pues bien, escuchemos tres frases del discurso que Bauman dijo en la recepción del dicho premio príncipe de Asturias: “Toda mi vida he intentado hacer sociología del modo en que mis dos profesores de Varsovia, Stanisław Ossowski y Julian Hochfeld, me enseñaron hace ya sesenta años. Y lo que me enseñaron fue a tratar la sociología como una disciplina de las humanidades, cuyo único, noble y magnífico propósito es el de posibilitar y facilitar el conocimiento humano y el diálogo constante entre humanos… Para ello es necesario hacer pedazos los velos hechos con remiendos de mitos, máscaras, estereotipos, prejuicios e interpretaciones previas; velos que ocultan el mundo que habitamos y que intentamos comprender… Y es esto: que estamos destinados a intentar, una y otra vez y siempre de forma inconclusa, comprendernos a nosotros mismos y comprender a los demás, destinados a comunicar y de ese modo, a vivir el uno con y para el otro”.

Vivir el uno con y para el otro.  Ese es el sueño hermoso y básico de la fraternidad por el que muchos seres humanos ha vivido, han sufrido, han incluso muerto. Por eso nos decimos que hablar y vivir la fraternidad es participar de ese gran río que atraviesa el subsuelo de la historia y del que, modestamente, podemos hacer parte. No pensemos nunca que estamos solos en el sueño hermoso de la fraternidad.

 

2. Francisco, el hermano

 

         Lo sabemos, no quería otro título, ni otra denominación para sí y sus hermanos: “Quiero que esta fraternidad se llame Orden de Hermanos menores” (1C 38). Francisco, como muchos laicos medievales, había descubierto, en el oscuro mundo de aquella época, el brillo luminoso y atrayente de la fraternidad. Quizá fue algo que le cogió con el pie cambiado: él quería vivir el Evangelio y he aquí que, para su sorpresa, se le juntaron pronto un buen grupo de jóvenes de Asís tan decididos o más que él (recordemos a Bernardo de Quintaval, por ejemplo). Pero el colmo fue cuando hubo mujeres, con Clara a la cabeza, que querían también “ser hermanos”, comunidad franciscana. Francisco buscó el Evangelio; la fraternidad le buscó a él.

         Vamos a subrayar algunos de los modos simples con los que Francisco tejió la delicada tela de la vida fraterna:

  • Miró con otros ojos: Cambió la manera de mirar a las personas y a las cosas. “Pasé de los ojos de mi caballo Omar a los amorosos ojos de Francisco”, dice en la película Francisco el hermano Rufino cuando cuenta su entrada en la fraternidad. El cambio de mirada es el cambio de la persona. Mirar como siempre y pretender la fraternidad es imposible.
  • Gozó de la primavera: Y lo hizo con hermanos. Cuando volvieron de la “aprobación” que les dio el papa y anduvieron exultantes y dichosos por el valle de Rieti. Un gozo común y simple. Sin ese ingrediente del disfrute, la fraternidad se hace cuesta arriba.
  • Anduvo por caminos: Porque Francisco, como Jesús, es un hombre de caminos y se alegra y dicen que los menores han de alegrarse de quienes andan por los caminos (1R 9,2). Una fraternidad que no sabe de caminos es una fraternidad encorsetada.
  • Comió con alegría: Porque le gustaban las comidas humildes en fraternidad, aunque fuera un pan robado a los conejos (como se dice en Francesco cuando se cuenta la escena de 2C 22). Comer es mejor que ayunar cuando la comida alegra el cuerpo y el alma del hermano.
  • Disfrutó de lo bello: De la música, del canto loco en francés, de la  música “celestial” aunque los estrictos crean que esto es disipación y mal ejemplo (2C 126). Un disfrute contagiado, eso es la vida en fraternidad, más allá de limitaciones.
  • Dejó de ser el centro: Para que los hermanos, la fraternidad, hagan su camino, aunque a él no le convenciera mucho. Dejó de ser el líder, dejó de estar en el punto de mira, dejó casi de hablar (como los señala la Crónica  de J. de Giano, n.19). Llegó a creer que el centro no era él, sino la comunidad como tal. La fraternidad necesita hermanos animosos, no líderes que arrastren.
  • Cantó en la noche: Porque, al final, la fraternidad fue para él una noche. Pero no dejó de “cantar” (como diría Brecht), no dejó de ser hermano. Así lo vemos en VerAl.
  • Aportó profecía hasta el final: Con aquellos duros gestos que los hermanos recibían con el ceño fruncido (nombramiento de Bernardo de Quintaval como ejemplo de la Orden, nombramiento de la Porciúncula como ejemplo de la Orden, deseo de morir desnudo como profecía contra el tráfico de reliquias, etc.). No fue su forma de hacer fraternidad algo siempre lírico. Tuvo su dureza y la encajó como pudo.

 

3. Hermanos “franciscanos” sin hábito y hasta sin fe

 

         Antes hemos dicho que no estamos solos en el sueño de la fraternidad, que hacemos parte de un gran río. Francisco mismo es una partecita de ese gran caudal. Queremos mostrar, dando un quiebro, una pequeña galería de personas que, a su manera, están en este tema de la fraternidad humana. El ponerlas aquí delante quiere ser un modo de animarse a esta hermosa labor.

 

 

 

         Esta mujer es Virginia Castelló, una cantante a quien la vida le ha llevado a ofrecer su música en ámbitos hospitalarios para hacer más benigna la situación de quien sufre mucho en tales lugares. Dice que “una punción medular con Diana Krall es otra cosa”. Y por eso ha ideado el plan “música en vena” para aliviar la tensión y el dolor de quienes sufren.. Estas personas hacen realidad eso de que en las situaciones de pobreza hay recursos ocultos que es hermoso desvelar. Obra de fraternidad con el débil.

 

 

 

         Esta otra mujer es Inmaculada Pimentel, una odontóloga que se ha volcado en la salud de los niños de África y que considera colaborar en esa obra social como una suerte para ella. Dice: “Voy a África a que me ayuden. De allí vuelvo nueva”. Son personas (las hay muchas) que tocan las llagas de los empobrecidos no con sentimientos de paternalismo o superioridad, sino con agradecimiento. Esa es la manera correcta de tocar llagas para curarlas.

 

 

         Este señor es Carlos Cristos, médico de familia que murió joven por causa de una enfermedad degenerativa y que optó por vivir hasta el último suspiro “a ser posible con una sonrisa”, como él decía. Dio pie a la hermosa película “Las alas de la vida”. Son personas que, aun con grandes limitaciones, aman la vida y estrujan sus posibilidades y disfrute al máximo. Enriquecen el tesoro de la vida a la que aman. Generan fraternidad

 

 

 

Estos son los niños de una clase del colegio de Camposoto de San Fernando de Cádiz. En el centro, abajo, un niño con parálisis cerebral, Antonio, al que sus compañeros llaman “Super Antonio”. Unas maestras que alcanzan el rango de heroínas hicieron posible lo imposible: que ese niño estudie con sus compañeros “normales”, quienes recurren a él para preguntarle cosas que no entienden, para jugar y que lloran cuando “Súper Antonio” falta a clase. “Si Antonio se va, yo me voy”, dice un niño en un video hecho por la escuela. Este es uno de esos pequeños pero impactantes bocados de realidad que saltan a la palestra y nos arrancan a todos una sonrisa, ejemplo de esa alegría que a veces, afortunadamente, trae vivir en este mundo y en este tiempo.

 

 

 

         Este es el hermano Manuel Amunárriz, un franciscano capuchino médico que durante 31 años nada menos ha estado en un hospital perdido en la selva de la amazonía ecuatoriana a más de 12 horas de canoa de cualquier centro humano poblado. Durante todos esos años ha abrazado, como Jesús, el dolor de los más olvidados de la tierra. Ha hecho operaciones de todo tipo, increíbles a veces. Pero, sobre todo, ha tenido una relación humanizadora con cada uno de sus pacientes. Y nadie se ha enterado. El silencio es la envoltura de su bondad. Pero ese silencio no merma en nada la calidad humana del abrazo.

 

 

 

Estas monjas son las clarisas de Ávila, una sencilla comunidad franciscana contemplativa. Ellas han creído que, además de rezar por los parados, tenían que hacer algo concreto. Han puesto una parte de sus ahorros a funcionar en forma de microcréditos para gente en apuros del barrio. La trabajadora social del mismo es la que gestiona el dinero. El resultado ha sido positivo: muchos casos se resuelven, el dinero se devuelve, la gente aporta dinero a ese fondo de socorro. Quizá pueda parecer que no es propio de una comunidad contemplativa andar en estas; pero han hecho lo mismo que Jesús: intentar abrir camino a quien se le cierran las puertas, dar testimonio de la verdad evangélica de que los humanos tenemos salida.

 

 

 

Esta niña es la paquistaní Malala Yousufzai. Fue tiroteada y ha estado al borde de la muerte por propugnar, a su corta edad, la escolarización de las niñas de su país. Los talibán la atacaron porque piensan que la cultura de la mujer es un peligro para el Islam, cuando, en realidad, es un peligro para su poder cavernícola y dictatorial. Esta niña es, tan joven, una bienhechora de la vida, una hermana generosa.

 

 

 

         Este señor es un juez: José M. Almenar. Con otros compañeros, y por encargo del CGPJ, han elaborado un informe demoledor sobre la inquidad de los desahucios en España: “No se trata de cifras frías. Cada procedimiento encierra un auténtico drama que lleva casi inexorablemente a la exclusión social de familias que, impotentes tras haber quedado en el paro o sufrir una drástica reducción de sus ingresos, se ven incapaces de satisfacer las cuotas de unos préstamos que concertaron en época de bonanza económica (por tanto no con fines especulativos o por pura pretensión suntuaria), simplemente para adquirir una vivienda digna que tras el estallido de la crisis no pueden pagar”. El CGPJ que les encargó el informe ha mirado para otro lado y lo ha rechazado. No quieren estar a mal con los banqueros.

 

 

 

         Este muchacho es Moncho Ferrer, hijo del filántropo y misionero, Vicente Ferrer. Por su apariencia sería alguien anodino, cuando no un poco extraño, con su pelo largo y sus abalorios de estilo hippi. Pero es una persona entregada a la causa de los más débiles. Ha prendido en él la llama de la filantropía y del amor social de su padre. Quienes se acercan a él se quedan extrañados de que con tan pocos medios pueda llegar a tantos. No es lo que puede parecer. Anida en su verdad el amor al otro, aunque las formas no sean las oficiales.

 

 

 

         Este señor es Iosu Cabodevilla, un psicólogo que ha trabajado 19 años al frente de la atención psicológica en el hospital de san Juan de Dios de Pamplona. Ahora le han despedido “porque no da el perfil”. Pero él ha ayudado a muchas personas a morir con más dignidad. Ha contribuido decisivamente en la vida de muchas familias a hacer más ligero el duro peso de la losa de la muerte. La incomprensión hacia su persona no rebaja el valor de su obra. Ha quitado muchas losas. Hermano como Jesús.

 

4. Don del Señor…y labor humana

 

         Los franciscanos citamos con mucha facilidad una frase emblemática de Francisco: “El Señor me dio hermanos” (Test 14). Y esto es cierto, los hermanos, las personas las vemos como don de Dios. Pero hay una labor humana que realizar: construir la hermandad. Don y labor se entremezclan en este sueño de la fraternidad:

  • El don de la diversidad y la tarea del proyecto común: Porque Dios nos hace diversos, hijos cada cual de una madre. Y esa diversidad, más allá de su problematicidad, es una riqueza. Pero ¿cómo insertar la diversidad en el proyecto común? Esa es la tarea, el duro trabajo de creer que el proyecto común no solamente no va en contra del personal, sino que es su verdadero sentido.
  • El don del corazón del hermano y la tarea de saltar su valla: Porque no hay duda que el corazón hermoso, el arcaico corazón, de cada hermano/a es un don. Pero ¿cómo saltar la valla con que está rodeado? ¿Cómo permitir que el otro salte la valla de nuestro propio corazón tan celosamente cercado?
  • El don de la dignidad inalienable y la tarea de mantenerla viva: Ya que es un don creacional la dignidad que acompaña a cada creatura. Quizá el más grande de los dones con que Dios capacita a cada persona, a cada realidad. Pero viene la tarea de mantener viva esa dignidad a toda creatura, sobre todo cuando esa dignidad está oscurecida por la pobreza, por la negatividad moral, por el menosprecio.
  • El don del perdón y la tarea de elaborar el conflicto: Porque Dios nos dota de un corazón generoso, capaz de perdonar hasta límites enormes. Pero está la tarea cotidiana de elaborar nuestros propios conflictos humanos, fraternos, para que estos no sean un muro infranqueable que nos endurezca y nos imposibilite para perdonar.
  • El don de la palabra y la tarea de construir palabras buenas: Porque Dios dota a cada hermano de la palabra, del concepto, de la expresión, de la capacidad de decir que amamos y que queremos amar. Pero, a renglón seguido, viene la tarea,  fácil al parecer, pero no tanto,  de construir palabras buenas, de alejarse del cáncer de la palabra hiriente. Si no, la fraternidad naufraga.
  • El don de los brazos y la tarea de engendrar abrazos universales: Ya que con dos brazos se nos crea. Pero está la tarea de emplear los abrazos para construir lo fraterno y de extender esos abrazos hasta límites universales, aquellos que son capaces de abrazar a quien nadie abraza.
  • El don de la tierra y la tarea de ser tierra: Ya que la tierra es hermana y madre para nosotros. Sin ese don no seríamos nada, si haber sido hechos tierra, nada vendría después. Hay que llegar no solamente a saber de la tierra, sino a ser tierra, a creer que algo nos hermana profundamente con esta tierra en la que vivimos, de la que hacemos parte.
  • El don de la vida y la tarea de vida: Porque vivos estamos por la obra creadora de Dios, a pesar de nuestras limitaciones. Y con el enorme don de la vida viene la tarea de dar vida, de engendrar vida para otros. Por eso nuestra respuesta ante el dolor humano nos hace sujetos morales y sujetos franciscanos: la manera,  cantidad y entusiasmo para ser causa de vida desvela qué tipo de franciscanos somos.

 

5. La fraternidad más amplia

 

         La fraternidad, ya lo hemos dicho, es un sueño. Y, como tal, los sueños son inabarcables. No es una ensoñación, porque ésta es una realidad soñada pero en la que no muevo un dedo para que se realice. No, la fraternidad es un sueño, algo que me implica. Pero, aun con implicaciones modestas, limitadas, el sueño de la fraternidad es amplísimo.

         Hay franciscanos que hablan de una fraternidad cósmica una manera de entender la relación con el cosmos en modos directamente fraternos. Ya lo decía E. Leclerc: “Rehusar la fraternidad con la naturaleza es también, en definitiva, hacernos incapaces de fraternizar entre humanos”. Una persona capaz de experimentar vitalmente la fraternidad cósmica es un ser reconciliado, consigo mismo, con sus raíces y con los demás hombres: ¿Acaso fraternizar con todas las criaturas no es optar por una visión del mundo en la cual la conciliación triunfe sobre el enfrentamiento? ¿No es abrirse por encima de todas las separaciones y las soledades, a un universo de comunión, en un gran hálito de perdón y paz? El mundo pasa, de este modo, de ser un objeto a dominar y poseer, a conformarse como una realidad maravillosa en la que la persona es admitida para vivir y cooperar en la creación con todo lo que vive. Cuando al depuesto y carismático obispo J.Gaillot le preguntaban cuáles eran sus sueños, respondía: "Sueño con ver a la fraternidad abarcando a todos los vivientes de la naturaleza. Porque somos habitantes de la tierra. Pertenecemos al cosmos. Fraternidad humana y fraternidad cósmica están ligadas".

            L.Boff ha escrito profundas reflexiones sobre la evidencia de nuestro ser tierra, una nueva manera de enfocar nuestra pertenencia a la tierra. Él dice que esa nueva manera no podrá surgir sin tener una experiencia eco-espiritual: "Vivir en la globalidad del ser, en el sentimiento que se estremece, en la inteligencia que se ensancha infinitamente, en el corazón que queda inundado de conmoción y ternura: eso es hacer una experiencia eco-espiritual".

         Se habla, incluso, del sueño de una civilización realmente planetaria. Así lo decía aquel pionero llamado Robert Müller, alto funcionario de la ONU, que fue llamado el “padre de la educación global”. El ideó aquel “Nuevo Génesis” que comienza así: «Y vio Dios que todas las naciones de la Tierra, negras y blancas, pobres y ricas, del Norte y del Sur, del Oriente y del Occidente, de todos los credos, enviaban sus emisarios a un gran edificio de cristal a orillas del río del Sol Naciente, en la isla de Manhattan, para estudiar juntos, pensar juntos y juntos cuidar del mundo y de todos sus pueblos”. Puede pensarse que estas son utopías no solo inalcanzables, sino ingenuas. Pero recordemos aquella frase de Oscar Wilde: «Un mapa del mundo que no incluya la utopía no es digno de ser mirado, pues ignora el único territorio en el que la humanidad siempre atraca, partiendo enseguida hacia una tierra todavía mejor... El progreso es la realización de utopías».

 

6. 30 años son muchos años

 

         Cuando participamos en una boda todos estamos encantados de estar ante una promesa de amor. Es bonito, pero las promesas son nada más que eso, promesas. Luego viene el duro y hermoso camino, la fatiga, el sudor, la caminata, los días y su malicia, los días y su bondad. Por eso, cuando celebramos unas bodas de plata y no digamos unas bodas de oro, todos percibimos que estamos ante la realización de un sueño. Los años, más allá de los costurones que da la vida, son la verdad del amor que vive.

         Pues bien, las comunidades del Grupo de san Francisco de Granada cumplen nada menos que treinta años de existencia fraterna. Ignoramos el camino en sus detalles y, seguramente que habrá habido sus más y sus menos. Pero treinta años y seguir vivos es una prueba evidente de que el sueño de la fraternidad es un sueño que se cumple.

         Y por eso, no solamente nuestra felicitación, sino también el acoger la parte de profecía que tiene una cosa así: la fraternidad humana, la fraternidad franciscana, son posibles. Más allá de los límites que se quiera poner a esto, la evidencia es que el, para muchos, lejano sueño de la fraternidad es realizable por personas y para personas de carne y hueso.

         Por eso, los actos de esta XXVII Semana de Franciscanos por la Paz que organizáis este año son la rúbrica de la verdad de este sueño.

 

Conclusión

 

         La fraternidad, como el perdón, necesita de los “regalos”, los que brotan del corazón, no los de los comercios. Queremos regalaros sobre todo a los Grupos Franciscanos de Granada un poema del recientemente fallecido José Luis Sampedro, un franciscano sin hábito y hasta sin fe, pero franciscano al cabo. Es el anhelo de llegar a encontrarse como hermanos en esa casa del corazón del otro que todos añoramos:

 

Volveremos a encontrarnos, tal vez
cuando la materia se junte de nuevo,
en la próxima contracción del universo.

Seremos, entonces, átomos compatibles.
Porque llevamos grabada en la memoria
un mensaje irrefrenable de sentirnos poseídos y poseer.
Un mismo deseo y una misma voluntad,
que los prejuicios impidieron unirse cuando nos miramos.

Volveremos desde el principio a vivir y amar
sin prejuicios, sin pecado, sin miedo, sin pudor,
para purificarnos de todo desatino.

Volveremos, tal vez, a encontrarnos,
por la fuerza universal del amor.

 

Fidel Aizpurúa Donazar

 

El anuncio de un nuevo amanecer

EL ANUNCIO DE UN NUEVO AMANECER

Nuestro tiempo como momento bueno para la fe

 

            Es voz común, y quizá sea verdad, que nuestro tiempo no es bueno para la fe, que ser cristiano en nuestra sociedad resulta complicado, que mantenerse en opciones creyentes es ir contracorriente. Quizá por eso, y con un afán algo prometeico, quieren las altas instancias eclesiales que este sea un “año de la fe” encontrando razones, ánimos y métodos para hacer de nuevo una propuesta que, no estamos muy seguros, vaya a tener acogida.

            Lo primero que habrá que decir que un año de fe es una propuesta no solamente para otros, sino también para cada uno de nosotros. Proponer sin proponerse es algo que no funcionará. Además, quizá no sean buenos tiempos para la religión, para la fe oficial, para los modos tradicionales de creer. Pero el deseo de espiritualidad está ahí. Por eso, la propuesta sobre la fe tendría que ir por el canal de la espiritualidad. Si no, muy difícil.

            Y finalmente, cuando se quiere hacer una propuesta de fe hay que ver hasta qué punto queremos  hacer una propuesta de ideología, de moral, de religión, normativa. ¿Y si hiciéramos la propuesta de “un nuevo amanecer”, de las posibilidades que tiene la existencia, del abrazo universal, de la espiritualidad común? San Pablo cuenta tres veces en los Hechos su conversión y su vocación. En la tercera dice que él ha predicado siempre que “el mesías tenía que padecer y que, siendo el primero en resucitar de la muerte, anunciaría un nuevo amanecer lo mismo para el pueblo que para los paganos” (Hech 26,23). Es decir, Jesús lo que quiere anunciar es “un nuevo amanecer”, una nueva posibilidad, un gozo renacido, una fraternidad cada día construida, la certeza de que la vida tiene salida. ¿Es ese el contenido de la fe que queremos vivir y ofrecer?

 

 

1. Una reflexión inicial

 

            Antes de entrar a la Palabra, luz que ilumina el caminar del creyente, queremos traer al recuerdo una breve reflexión de José A. garcía de hace años:

 

“Dios emerge de la mismísima densidad de las cosas, personas y acontecimientos, y es ahí donde se siente que quiere ser escuchado, servido y amado. El mundo y la historia, lejos de ser obstáculo para el encuentro con Dios, se convierten en mediación obligada”.            

 

  • Una propuesta de fe que no brota de la densidad de las cosas, personas y acontecimientos, sino que brota de anhelos religiosos tiene su cuestionamiento dentro. Una propuesta de fe desde planteamientos religiosos (la gente no viene a la Iglesia) resulta equívoca. ¿Cómo hacer una propuesta desde la misma densidad de las en la lejanía de esas “cosas”, de esas personas, de esos acontecimientos? ¿Cómo sería una propuesta de espiritualidad desde ahí?
  • El mundo y la historia son nuestra gran asignatura pendiente, el componente político del seguimiento, nuestra pertenencia ciudadana, nuestro compromiso social. Intentar vivir y proponer la fe sin solucionar ese punto deriva necesariamente en propuestas religiosas que la sociedad difícilmente escucha.

 

2. La luz de la Palabra: Hech 27,13-28

 

Cuando comenzó a soplar un moderado viento del sur, creyendo que habían logrado su propósito, levaron anclas y navegaban costeando a Creta. Pero no mucho después, desde tierra comenzó a soplar un viento huracanado que se llama Euroclidón , y siendo azotada la nave, y no pudiendo hacer frente al viento nos abandonamos a él y nos dejamos llevar a la deriva. Navegando al abrigo de una pequeña isla llamada Clauda, con mucha dificultad pudimos sujetar el esquife. Después que lo alzaron, usaron amarras para ceñir la nave; y temiendo encallar en los bancos de Sirte, echaron el ancla flotante y se abandonaron a la deriva. Al día siguiente, mientras éramos sacudidos furiosamente por la tormenta, comenzaron a arrojar la carga; y al tercer día, con sus propias manos arrojaron al mar los aparejos de la nave. Como ni el sol ni las estrellas aparecieron por muchos días, y una tempestad no pequeña se abatía sobre nosotros, desde entonces fuimos abandonando toda esperanza de salvarnos. Cuando habían pasado muchos días sin comer, Pablo se puso en pie en medio de ellos y dijo: Amigos, debierais haberme hecho caso y no haber zarpado de Creta, evitando así este perjuicio y pérdida. Pero ahora os exhorto a tener buen ánimo, porque no habrá pérdida de vida entre vosotros, sino sólo del barco. Porque esta noche estuvo en mi presencia un ángel del Dios de quien soy y a quien sirvo, diciendo: "No temas, Pablo; has de comparecer ante el César; y he aquí, Dios te ha concedido todos los que navegan contigo." Por tanto, tened buen ánimo amigos, porque yo confío en Dios, que acontecerá exactamente como se me dijo. Pero tenemos que encallar en cierta isla. Y llegada la decimocuarta noche, mientras éramos llevados a la deriva en el mar Adriático, a eso de la medianoche los marineros presentían que se estaban acercando a tierra. Echaron la sonda y hallaron que había veinte brazas; pasando un poco más adelante volvieron a echar la sonda y hallaron quince brazas de profundidad. Y temiendo que en algún lugar fuéramos a dar contra los escollos, echaron cuatro anclas por la popa y ansiaban que amaneciera. Como los marineros trataban de escapar de la nave y habían bajado el esquife al mar, bajo pretexto de que se proponían echar las anclas desde la proa, Pablo dijo al centurión y a los soldados: Si éstos no permanecen en la nave, vosotros no podréis salvaros. Entonces los soldados cortaron las amarras del esquife y dejaron que se perdiera. Y hasta que estaba a punto de amanecer, Pablo exhortaba a todos a que tomaran alimento, diciendo: Hace ya catorce días que, velando continuamente, estáis en ayunas, sin tomar ningún alimento. Por eso os aconsejo que toméis alimento, porque esto es necesario para vuestra supervivencia; pues ni un solo cabello de la cabeza de ninguno de vosotros perecerá. Habiendo dicho esto, tomó pan y dio gracias a Dios en presencia de todos; y partiéndolo, comenzó a comer. Entonces todos, teniendo ya buen ánimo, tomaron también alimento. En total éramos en la nave doscientas setenta y seis personas. Una vez saciados, aligeraron la nave arrojando el trigo al mar.

 

            En el “camino a la cruz” de Pablo y sus compañeros, en el lugar mismo de la derrota, en el naufragio de la vida, ahí se ofrece un pan de ánimo, de aliento, de reconfortamiento. No se ofrece una religión, sino un ánimo para la resistencia, una eucaristía en la solidaridad náufraga de la existencia, una promesa de luz, de amanecer. Es una oferta de espiritualidad desde el lugar mismo donde se cuecen los miedos y los anhelos humanos.

 

3. Ahondamiento

 

  • Una vivencia de fe más evangélica que normativa: Quizá desde ahí se pueda pretender novedad en la vivencia y en la oferta. ¿Cómo colaborar a que lo que realmente oriente la acción evangelizadora sea el Evangelio y sus criterios y no la normativa jurídica? Plantear la fe como una realidad nueva demanda una postura profética y de libertad a la hora de vivir lo cristiano.
  • Una vivencia más experiencial que ideológica: Porque hacemos propuestas de fe desde la ideología y menos desde la experiencia y desde los proyectos vividos. Catequizar desde la ideología tiene hoy muchas dificultades. Proponer desde la experiencia, por pobre y humilde que sea, puede tener otra salida. 
  • Una oferta de misericordia desde la humildad: Porque la misericordia es la medida de Jesús, del mismo Dios y de la persona. Salirse de la misericordia es bloquear la novedad de la propuesta evangélica.
  • Una oferta posteísta: A la que no interese tanto la vuelta a la religión que la vuelta a los valores evangélicos, humanos.

 

4. Caminos concretos

 

            Vamos a señalar algunos caminos más concretos que serían aún previos a una oferta de fe:

a)       Volver a Jesús: Este es el gran previo. En él insiste mucho Pagola diciendo que es un tiempo bueno para ello. Volver a lo más primigenio y sencillo del Evangelio. Volver en comunidad (puesto que en el ciclo C se lee a Lucas, ¿por qué no estudiar el librito de Pagola El camino abierto por Jesús. Lucas?).

b)       Buen corazón y vida simple: Decía el Hno Roger que con esos dos ingredientes se entendía que Dios era amor y solamente amor. Lo dice un cristiano autorizado. Son posibilidades que están a la mano.

c)       Una respuesta al dolor ajeno: El dolor ajeno nos hace sujetos morales, dice R. Mate. El dolor de hoy es el desastre humano de la crisis. ¿Cómo vamos a hacer una oferta de fe si no hacemos, a la vez y antes, un intento de respuesta a alguno de los quebrantos de esta situación?    

d)      Recuperar los caminos: El Evangelio es un libro de caminos porque en ellos se encuentra la gente y sus situaciones de vida. Hemos de recuperar la calle como escenario social. Ahí iremos calibrando las posibilidades y caminos que hay para una determinada oferta de fe.

 

Conclusión: Dos inversiones cuaresmales

 

  • De evangelizadores a evangelizados: pensar en caminos de evangelización propia más que en los de una evangelización ajena.
  • De oferentes a acompañantes y colaboradores: no se trataría tanto de ofrecer nosotros, sino de acompañar y colaborar con la “evangelización” que ya se hace (con el ancho campo de los valores y derechos humanos)

Evangelizar y ser evangelizados por el Resucitado es entrar en el ámbito de un amanecer nuevo. Que lo vayamos viendo y viviendo.

 

Fidel Aizpurúa Donazar

¿QUÉ QUEREMOS SER?

¿QUÉ QUEREMOS SER?

La VR desde el Vat.II hasta hoy

 

         El 11 de octubre de 1962 inauguraba Juan XXIII el Concilio Vaticano II. Han transcurrido, exactamente, 50 años. Objetivamente muchos años; para nuestra modernidad, siglos. De tal manera que, tanto por el tiempo transcurrido, como por el desplazamiento efectuado, hay que hacer un esfuerzo para “recordar” al Vat.II. Algo se habla; algo se escribe; las entidades académicas organizan eventos que confirman que lo celebrado está fuera de la realidad cotidiana. Y en esta evocación, el tema de la VR aparece, a nuestro juicio, más bien poco (en el libro de J. Espeja,  A 50 años del Concilio,  prácticamente ninguna alusión a la VR). Esto es lo que hay; honradez con lo real.

         Por otra parte, a muchos cristianos adultos y jóvenes, lo mismo a que a los religiosos de cincuenta años para abajo, el Vat.II, por mucho que se lo expliquemos, les suena a arqueología. No vivieron la peculiar y traumática época anteconciliar; no experimentaron el aleteo del Espíritu en la génesis hermosa y tumultuosa de cada una de las sesiones conciliares; no han luchado en la vorágine de los cambios, en el vendaval del posconcilio que hizo alborear tantas esperanzas, que engendró tantas experiencias y que se llevó por delante a tantas personas. Ellos hacen parte, como luego diremos, de la época de la “vuelta de las aguas a su cauce”. Esto es lo que hay; honradez con lo real.

         Por otro lado, a nada que uno mire las cosas con un poco de perspectiva histórica, tanto la época anteconciliar, como la conciliar, la posconciliar y la nuestra de hoy (no estamos en época de posconcilio, explícitamente hablando), con rostros diversos, se mantiene en pie la dialéctica que ha acompañado a la fe desde los inicios (quizá sea algo inherente al camino humano): la relación entre profecía y sistema. No se trata, como han sugerido algunos eclesiásticos, de entender el Vat.II en la oposición continuidad-ruptura (entendiendo que la profecía sería la ruptura). No, la profecía se inscribe en el esfuerzo de “una renovación creativa en lo que pertenece la fe…porque la verdadera fidelidad al concilio consiste en avanzar el proceso iniciado en octubre de 1962” (J. PEREA, Fidelidad,  p.32).

         Globalmente hablando, cada época tiene un ingrediente principal y ello influye en los grandes comportamientos de las organizaciones humanas y en las decisiones y estilos de vida personales de vida. La época anterior al Concilio estuvo marcada en la Iglesia por una férrea organización (recordar el pontificado de Pío X, por ejemplo, con todo el asunto del modernismo); allí predominó, como luego diremos, de forma pesada y tóxica, el sistema. De ahí venimos.  La época del Concilio fue, en boca del mismo Juan XXIII, un “nuevo Pentecostés”, un momento de profecía, de prevalencia sobre lo sistémico, aunque este elemento estuvo siempre presente y de forma muy fuerte incluso en las sesiones conciliares. El posconcilio fue época de posibilidad profética, de logro al alcance de la mano, de aceptación resignada, aunque no de corazón, por parte del sistema de los anhelos nuevos por construir una vida cristiana más orientada al sueño de Jesús. En nuestra época de hoy asistimos, desde muchos lados, a una vuelta y casi pensamiento único en estructuras de sistema. La profecía sigue estando ahí (porque nunca muere) pero en modos de dificultad, de sufrimiento, de desprestigio incluso. De nuevo, el sonsonete: honradez con lo real.

         ¿Podemos hablar hoy en modos de profecía a la VR de hoy, reducida, cariacontecida, perpleja, pero esperanzada, siempre viva, animosa en medio de limitaciones? El sistema nos dice de mil formas qué tenemos que ser los religiosos. Y para ello elabora pensamiento, normativa y disciplina. ¿Podríamos decirnos qué queremos ser, cuáles son nuestros anhelos, qué deseamos aportar a la sinfonía de la sociedad y de la Iglesia, ser “capitanes de nuestra alma”, erguidos en toda la talla de lo humano dentro de nuestras comunidades? ¿Es aceptable que, a nuestra edad y con nuestro recorrido vital y espiritual nos digan qué tenemos que hacer? ¿No hemos podido lograr que, personal y colectivamente, nuestro itinerario vital esté tan claro como para que se respete y se integre en el proyecto común que es la VR?  Estas inquietudes son las que subyacen a la presente reflexión.

 

1. Un pasado pesado y tóxico

 

         Para hacer ver la dificultad que supone el cambio e incluso para fundamentar el abandono de cualquier trabajo profético, muchos religiosos y religiosas alegamos que “fuimos formados” en otro tipo de vida y en otra mentalidad. Es cierto. Más aún, demonizar aquella época es insensato. Tuvo cosas buenas, nadie lo duda; hubo hermanos y hermanas de una notable valía. Es algo que queda fuera de duda. Pero, colectivamente hablando, ese origen de experiencia religiosa nos ha dejado en el fondo del alma un material pesado y tóxico difícil de elaborar, activo como los desechos radiactivos, que en épocas de fuerte carga sistémica como la nuestra vuelve a percibirse con fuerza: un estar siempre a expensas de lo que marque el sistema, entendiendo eso como comunión; una no integración del yo en el programa común del nosotros; un paradigma teológico y de pensamiento espiritual que no sabe librarse de la semilla sembrada en aquella época, querida y amada; una carencia de vigor para poner a funcionar los dinamismos espirituales (imaginación, anhelo, pregunta, pasión, búsqueda, experiencia, etc.) sustituyéndolos por el viejo intervencionismo de Dios y su providencia. Son las marcas de una época teísta de la que no sé si lograremos zafarnos alguna vez.

         Cuando se habla de lo que queremos ser y si se piensa que hay que construir ese anhelo con el ingrediente imprescindible de la profecía, es preciso imaginar (pensar, si se puede) en una experiencia creyente post-teísta: “Me arriesgo a entrar en este nuevo terreno con una profunda sensación no de miedo, sino de alivio. Ya no necesito gastar tanta energía defendiendo aquel Dios teísta que parecía actuar caprichosamente y violaba los patrones de la justicia constantemente; ya no necesito elaborar explicaciones teológicas elocuentes como las que han sostenido esta imagen a través de los siglos. Estoy libre del Dios que estaba destinado a estar insatisfecho si no recibía constantemente nuestras interminables alabanzas; el Dios que exigía que reconozcamos haber nacido en pecado y, por lo tanto, estar totalmente necesitados de ayuda; del Dios que parecía deleitarse en castigar a los pecadores; el Dios que, conforme nos enseñaban, se vanagloriaba de nuestra dependencia infantil y humillante. Alabar este tipo de Dios no nos permitía desarrollarnos y transformarnos en una nueva humanidad que ahora reclamamos, sino que nos mantenía como barro que busca pasivamente ser moldeado por el divino alfarero” (J.SHELBY SPONG, Un cristianismo nuevo, p. 78-79).

         ¿Es esto posible en nuestras comunidades sencillas, marcadas por una fuerte limitación histórica? En teoría es posible; depende mucho del tipo de estructuras en que se inserte. Pero también depende del interior de las personas. Y por ello observamos a muchas personas religiosas que, en su alta edad, han adquirido una mentalidad abierta y unas prácticas renovadas. Personas que han llegado a una evidente conclusión: no estamos dispuestas a volver al tiempo anterior al Concilio del que tanto nos costó salir; no queremos que lo mejor de nosotros vuelva a situarse en lo ya sabido de los viejos esquemas; no queremos volver a aquella minoría de edad a la que nos quiere someter todo sistema, el de antes y el de ahora; no queremos volver a los paradigmas consagrados que no nos alejaron del Dios del miedo, que no nos abrieron a la hermosura del amor, que no lograron a meternos el corazón la atracción de un proyecto de vida en grupo. Si esta resistencia sigue viva, hay esperanza; si se ha quebrado ya, la cosa es más complicada.

 

2. Celebremos lo logrado

 

         Cincuenta años es un espacio de tiempo válido para hacer un balance sobre lo logrado. Hay personas, incluso notables, que hablan directamente del fracaso del Concilio. Se percibe el mal humor con que lo dicen. Pero hay que aplicar principios claros a estas actitudes. No podemos hablar solo ni sobre todo de fracaso, porque donde hay amor, no hay fracaso. Y si de algo estamos seguros es que la vida de muchas religiosas y religiosas del posconcilio ha sido una entrega y una experiencia de amor. Y lo dicho: si hubo amor, no podemos hablar de fracaso. Por otra parte, es verdad lo que dice Adorno que lo importante en la vida no es lo que tenemos, sino aquello que nos falta. Pero hagamos un sencillo y superficial balance de los logros que hemos experimentado, de lo que indudablemente tenemos:

  • Hemos crecido en buena relación: poco tiene que ver nuestro estilo real de relacionarnos (incluso a nivel obediencial) con lo vivido en épocas pasadas. Hemos ido descubriendo, siquiera un poco, el corazón real del hermano.
  • Hemos disfrutado de una experiencia creyente no meramente ritual: porque las reformas litúrgicas y la actual espiritualidad nos ha llevado a descubrir el meollo de lo que celebramos poniendo en segundo plano el componente ritual. Esto ha hecho que disfrutemos realmente de nuestras celebraciones.
  • Hemos atisbado que puede haber maneras libres de vida: y por eso, a veces en modos cuestionables, hemos aumentado el nivel real de ejercicio de la libertad personal. Quizá nos falte aún cómo encajar mejor esa prerrogativa intocable con el proyecto de vida en común que hemos elegido.
  • Hemos ido aprendiendo una espiritualidad del aprecio a la corporalidad: porque, herederos de un negativismo extremo, hemos comprendido que lo creado es bueno, la corporalidad incluida. Estamos aprendiendo a amar los cuerpos, lo que, percibimos, no nos hace menos espirituales sino todo lo contrario.
  • Hemos entrado en el cauce de la Palabra: porque nunca como ahora la VR ha tenido mejor formación bíblica. Y aunque, aún nos falte mucho para entrar en el secreto vivo de la Palabra, ha prendido en muchos de nosotros el gusto por el Mensaje leído vivamente.
  • Nos hemos sacudido de muchos prejuicios impuestos: aunque aún quede ahí, como hemos dicho, un fondo tóxico y pesado. Pero el natural sentido común que todos poseemos nos ha llevado a relativizar muchos aspectos que antes se consideraban inamovibles y estamos trabajando por convenir en aquello que es esencial.
  • Hemos respirado el aire tonificante de la diversidad: ya que la uniformidad en la que hemos sido educados es un truco falso para generar fraternidad. Por eso, aunque los caminos comunes sean más tortuosos, pesados, y lentos, hemos optado por ellos. Aún tenemos que hacer más esfuerzo por incorporar el discernimiento como herramienta de sentido.
  • Hemos ampliado nuestra mentalidad, la hemos universalizado: y no solamente por el fenómeno social de la globalización, sino por el aprendizaje de que el corazón de toda persona está llamado a ser un corazón hermano. Estamos redescubriendo nuestra fe en la fraternidad universal, núcleo y corazón del reinado de Dios

¿No son ciertos, en parte, estos logros y otros que no mencionamos? ¿Cómo podemos hablar de volver a épocas donde estos caminos estaban cuestionados cuando no bloqueados? ¿No merece la pena mantenerse en esta línea de profecía humanizadora? ¿No habría que pensar un tipo de vida comunitaria que fuera más allá de estas vivencias humildes hacia terrenos de más anchura? Vuelve terca la pregunta base de esta reflexión: ¿qué queremos, realmente, ser?

 

3. El caso ilustrativo y “dramático” de la LCWR

        

Hace pocas semanas ha salido en los periódicos la noticia de que el Vaticano ha hecho pública una nota titulada Evaluación doctrinal de la Conferencia de Liderazgo de Mujeres Religiosas de Estados Unidos. En esa nota se afirma que: “Reconociendo que este análisis doctrinal se refiere sólo a una asociación de superiores mayores y, por eso, no pretende hacer un juicio sobre la fe y la vida de las religiosas pertenecientes a las congregaciones miembros de esa asociación, sin embargo este análisis pone de manifiesto serios problemas doctrinales que afectan a muchas religiosas. En el nivel doctrinal esta crisis se caracteriza por una atenuación de la dimensión cristológica que es centro y objetivo de la consagración religiosa, lo que conduce a su vez a una pérdida de un constante y vivo sentido eclesial entre algunas religiosas.” ¿Qué ha podido pasar para que el Vaticano llegue a manifestarse así frente a una asociación de superiores mayores de congregaciones religiosas femeninas de los Estados Unidos?

Las primeras religiosas llegaron a USA acompañando a la población emigrante de sus mismos países. Llevaron consigo el estilo de vida religiosa de entonces. Reprodujeron en Estados Unidos lo que habían aprendido y vivido en sus países de origen. Hábitos, tradiciones, oraciones, costumbres. La mayoría de las comunidades trabajaban en la escuela parroquial. A las órdenes de la superiora y del párroco. Pero hay un momento en que se empieza a producir un cambio en una parte relativamente grande de las congregaciones femeninas en Estados Unidos. Se produce poco antes del Concilio Vaticano II. Ese momento se podría centrar en el Congreso de Vida Religiosa celebrado entre el 9 y el 12 de agosto de 1953 en la universidad Notre Dame de la Congregación de Holy Cross. Lo presidió el claretiano P. Arcadio Larraona, más tarde cardenal y entonces secretario de la Congregación de Religiosos. En ese congreso el P. Larraona, al ver el cambio económico y social que se había producido en el país y que no tenía parangón en Europa, animó a las religiosas a prepararse y educarse bien para ser más competentes profesionalmente en sus trabajos (educativos la mayoría, pero también asistenciales u hospitalarios). Eso en la práctica significaba que había que conseguir títulos civiles y/o eclesiásticos del mayor nivel posible. Las consecuencias no tardaron en verse. La universidad era ya entonces, posiblemente lo ha sido siempre, un lugar donde no sólo se aprenden determinadas materias. Lo más importante es que la gente aprende a pensar por sí misma, a investigar, a esforzarse por formular sus propias ideas. Las religiosas entraron en esa dinámica. Y, de repente, comenzaron a ver su propia vida religiosa de una manera diferente, mucho más crítica. Decidieron que convenía asociarse para compartir experiencias e ideas. De ahí surgió la Leadership Conference of Women Religious, Conferencia de Líderes Religiosas) que hoy aglutina al 80% de las religiosas estadounidenses. Otro grupo de religiosas fundaron el Council of Major Superiors of Women Religious (CMSWR, Consejo de Superiores Mayores Religiosas). Los dos grupos se han ido alejando progresivamente. Digamos que unos han evolucionado hacia delante (LCWR) y otros hacia atrás (CMSWR).

La historia de esta evolución de las congregaciones que están integradas en la LCWR es apasionante. Para verla en detalle se puede leer en un libro interesantísimo escrito por Joan Chittister Tal como éramos. Una historia de cambio y renovación. En él, la autora relata su experiencia en la comunidad benedictina a la que pertenece. Vivió los tiempos anteriores al Concilio Vaticano II, los tiempos convulsos del cambio posterior, cuando hubo que replantearse todo en la vida religiosa, cuando muchas abandonaron pero otras decidieron seguir con renovado entusiasmo pero, eso sí, dispuestas a lanzarse por caminos nuevos e inexplorados. Al final del libro, Chittister relata el momento en el que la comunidad toma la decisión de que cada religiosa debe ser responsable de su propia vida hasta el punto de tener que buscarse su trabajo y decidir por su cuenta donde vivir. Para entender este, por ahora, punto de llegada, es necesario entrar en cada una de las páginas en las que Chittister va relatando con pasión vital su propia biografía y la de su comunidad.

Este grupo de religiosas ha ido asumiendo, llevadas por su propia reflexión y por su deseo de ser fieles al Evangelio, posiciones muy arriesgadas y comprometidas al servicio de la justicia y de los derechos humanos. Por eso muchas son feministas y no entienden la supremacía masculina que todavía impera en la Iglesia. Como han estudiado teología, saben que las razones teológicas no son muy consistentes. Defienden públicamente sus ideas y creen que eso forma parte de su compromiso religioso.

         En este telón de fondo aparece el documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe titulado Evaluación Doctrinal de la LCWR de abril de 2012. Uno lee y relee el intrincado y oscuro proceso hecho de alusiones, informes secretos, conversaciones no publicadas, etc., y, de salida, saca las siguientes conclusiones:

  • Una reacción de asombro: no puede entender cómo estas religiosas, formadas, de probada experiencia creyente, grandes sustentadoras de la fe católica en aquel país, personas de edad adulta (se las ve en las fotos mayores, con su cabello cano, sonrientes), uno no puede entender cómo estas personas pueden haber montado un tipo de vida religiosa “más allá de la Iglesia” o, incluso, “más allá de Jesús”. No puede uno entender cómo estas mujeres han llegado a una “atenuación de la dimensión cristológica” o a una “pérdida de un constante y vivo sentido eclesial”. Las expresiones tienen que encerrar otra cosa.
  • Una reacción de sorpresa: ¿No puede llamar un grupo de religiosas a quien lo desee para su formación, su aliento o su iluminación? El Vaticano arremete fuerte contra las reuniones de estas monjas y sobre los ponentes de su pensamiento. Quieren que los textos pasen antes un control de calidad, una censura. ¿A qué se debe esto? Díganmelo.
  • Cierto que estas hermanas parece que se han posicionado en formas no oficiales al tema de la ordenación de las mujeres o el ministerio de personas homosexuales. Pero uno se pregunta ¿se puede desautorizar el liderazgo de una conferencia tan numerosa por “cuestiones socialmente disputadas” (aunque para el staff sean cuestiones “zanjadas”)?
  • Sí que nos parece más conflictivo el tema del aborto y de la contracepción sobre el que la LCWR ha tomado, a veces, una posición políticamente abierta, apoyando, por ejemplo, la reforma sanitaria de Barack Obama que va un poco en una línea de cierta apertura. Pero quizá haya que hacer dos preguntas aparentemente inocuas: ¿quién está más cerca de las mujeres? ¿quién trabaja realmente en el conflictivo mundo de la sexualidad y sus consecuencias? O de otra manera: ¿tiene el mismo peso una opinión manifestada desde la teoría u otra hecha desde la dura arena de la vida?
  • Tampoco nos hacemos mucho a la idea cómo las acusaciones de feminismo radical pueden llevar a “interpretaciones teológicas que corren el riesgo de distorsionar la fe en Jesús y su amado Padre que envió a su Hijo para la salvación del mundo”. Sí que nos aclaran más las cosas cuando, desprendiéndose de antifaces, explicita el documento: “Algunos comentarios sobre el ‘patriarcado’ distorsionan el modo en que Jesús ha estructurado la vida sacramental de la Iglesia”. ¿Estamos hablando de la “vida sacramental” o de la “estructura jerárquica”?
  • Lo que nos deja boquiabiertos es pensar que este colectivo tiene opiniones que “incluso socavan las doctrinas reveladas de la santísima Trinidad, de la divinidad de Cristo y la inspiración de las Sagradas Escrituras”. Se nos antoja inusitado.

Lee uno y relee la Evaluación y cada vez más aflora un sentimiento: hay aquí un problema de poder, una dificultad enorme para articular una iglesia de comunión real, un afán casi manifiesto de decir dónde sigue estando el centro de la cristiandad, de la ideología y de la norma, una imposibilidad muy grande para hacer un ejercicio de flexibilización y de búsqueda, una rigidez de pensamiento que manifiesta fuertemente su inadecuación con una sociedad cambiante.

Quizá, más a la base, está algo que se subraya muy bien en el discurso presidencial de respuesta a la Evaluación que en agosto pasado hizo la hna Pat Farrel, presidenta de la Conferencia: “Muchas instituciones, tradiciones y estructuras parecen estar marchitándose. ¿Por qué? Yo creo que los fundamentos filosóficos por los cuales hemos organizado la realidad ya no se sostienen. La familia humana no está siendo servida por el individualismo, el patriarcado, una mentalidad mezquina o la competencia.  El mundo está superando las construcciones dualistas de superior / inferior, ganar / perder, bueno / malo, y dominación / sumisión.   En su lugar está brotando la igualdad, la comunión, la colaboración, la sincronización, lo integral, la abundancia, la plenitud, la reciprocidad, el conocimiento intuitivo, y el amor. Este cambio, aunque doloroso, ¡es una buena noticia!”.   

 

4. Las propuestas de la LCWR para ser lo que queremos ser

 

         La respuesta a la Evaluación, al menos desde el punto de vista público, ha llegado en el citado discurso presidencial de Pat Farrell titulado en español Navegando en los cambios. Llama la atención, a primera vista, el modo y el tono. No tiene el aire de esos documentos defensivos de los teólogos que, por lo que se ve, no tienen ninguna eficacia. El obispo Blair (uno de los dos investigadores de la Evaluación) ya lo había dicho bien claramente: “Las doctrinas de la iglesia no son negociables”. Ellas han tomado otro derrotero: reflexionar con lucidez y apertura sobre lo que aman y anhelan, incluyendo un cierto aire lírico que anime a la resistencia, a la espiritualidad y a la búsqueda (cita varios textos poéticos). La actitud a la que invita queda bien clara en estos párrafos: “Considerando otra vez los cambios grandes y pequeños de nuestro tiempo, ¿cuál sería la respuesta profética a la valoración doctrinal? Creo que sería humilde, pero no sumisa; arraigada en un sólido sentido de nosotras mismas, pero no farisaica; veraz, pero gentil y sin miedo absoluto. Haría preguntas sagaces. ¿Estaremos invitadas a ser podadas apropiadamente, y estaríamos abiertas a ello? ¿Es esta valoración doctrinal una expresión de preocupación o una manera de controlar? La preocupación se basa en el amor e invita a la unidad. El control a través del miedo e intimidación sería un abuso de poder. La institucionalización legitima de reconocimiento canónico, ¿nos empodera para vivir proféticamente? ¿Nos permite cuestionar con libertad  en una Iglesia que pretende honrar el sensus fidelium, el sentir de los fieles?”.

         Vamos a proponer los seis caminos que ofrece el citado documento para “navegar” en este tiempo de cambios. En realidad, como se verá, no son caminos ignorados. Pero al subrayarlos cuando ruge el vendaval, adquieren un valor añadido.

1)   El camino de la oración profunda: algo más que el simple rezar. Es cuestión de trabajar el deseo de Dios, la atracción del Misterio, la germinación en el silencio. La oración semillero de una vida profética. Seguir creyendo en el valor y sentido de una oración buscada y querida, una oración que descubre a Dios como “no otro” de mí (M. Corbí, Carta a Dios, 125). 

2)   El camino de la voz profética: “No hay garantía de que simplemente y en virtud de nuestra vocación, seamos proféticas...Nuestro arraigo de Dios tiene que ser lo suficientemente profético y nuestra lectura de la realidad lo suficientemente clara para que seamos una voz de conciencia”, dice Farrell. Estamos hablando de una profecía lúcida.

3)   El camino de la solidaridad real con los marginados: Una solidaridad indolora no sería real. “La experiencia de Dios desde el lugar de las pobrezas es una de misericordia completamente gratuita y de amor empoderador. Las personas en los márgenes que tienen menos posibilidad e invierten menos en mantener apariencias, a menudo tienen la habilidad extraordinaria de nombrar las cosas como son.  Estar con ellos y ellas nos ayudará a situarnos en la verdad y a mantenernos honestas. Necesitamos ver lo que ellas ven a fin de ser voces proféticas para nuestro mundo e Iglesia, aun cuando estemos luchando por balancear nuestra vida en la periferia con la fidelidad al centro”.

4)   El camino de la comunidad: “En nuestras congregaciones hemos pasado de manera eficaz, de un estilo de vida jerárquicamente estructurado a un modelo más horizontal. Y ello es bastante sorprendente, teniendo en cuenta la rigidez en la que nos formamos. Las estructuras de participación y modelos de liderazgo desde la colaboración que hemos desarrollado nos han empoderado y vivificado. Estos modelos pueden muy bien ser el regalo que ahora aportamos a la Iglesia y al mundo”.  Esto lleva a un modo nuevo de comprensión y vivencia de la obediencia más como “discipulado atento” que como sumisión jerárquica.

5)    El camino de la no-violencia: “¿Qué significa la no-violencia para nosotras? Ciertamente, no es la pasividad de la víctima. Supone resistencia en vez de ser cómplice con el poder abusivo.  Sin embargo, sí significa aceptar el sufrimiento en lugar de transmitirlo. Se niega a avergonzar, culpar, amenazar o satanizar. De hecho, la no-violencia requiere que acojamos nuestra propia oscuridad y quebrantamiento en lugar de proyectarlo”. En la resistencia habita la esperanza, decía E. Sábato. La resistencia no violenta es imprescindible para navegar nuestro hoy.

6)    El camino de la esperanza gozosa: Porque “la esperanza nos hace estar atentas a los signos del reino de Dios”, aunque se nos acuse de “mala hierba”, que también la mostaza es mala hierba, invasora, y anunciadora de un reino para todos sin exclusivismos ni prerrogativas. “Vivimos en la esperanza gozosa, dispuestas a ser, una y todas, hierba mala”, dice vigorosamente Farrell.

 

Conclusión

 

         ¿Qué quiere ser nuestra VR en España? No hay fórmulas, si se dijera lo que tendría que ser nos habríamos situado en el terreno de siempre, lejos de la profecía, cazados por la norma. Por eso mismo, si algún fruto habría de tener en este auditorio la reflexión de hoy sería el de meter en el fondo del alma la pregunta de qué queremos ser, de irnos con ese aguijón inoculado, de trasladarlo a nuestras comunidades, de pensarlo mucho antes de tomar una opción, por pequeña que sea.

  • ¿Qué quiere ser la VR de España con su enorme cantidad de instituciones educativas en las que ya no es posible la presencia material de hermanos porque no los tenemos? ¿Dará un paso de trasformación real o se alargará la agonía mediante fórmulas costosas que, a la larga, sabemos que no van a resolver el problema?
  • ¿Qué quiere ser la VR contemplativa de España con el montón de pobres comunidades que, más allá de su generosa entrega, agonizan lentamente no solamente por falta de vocaciones, sino por falta de un planteamiento contemplativo que se adapte a la realidad de hoy?
  • ¿Qué quiere ser la VR de España con la multitud de conventos que vegetan en un tipo de apostolado sacramental o religioso heredado pero que, lo vemos, ya no tienen, desde hace años, el lugar propio y el dinamismo por el que brotaron?
  • ¿Qué quiere ser la VR española con la multitud de inmuebles infrautilizados, con las posesiones que se van quedando sin finalidad y que duermen largos años el sueño de los justos?
  • ¿Qué quiere ser de verdad la VR española cuando, en estos tiempos, trata de reorganizarse en multitud de unificaciones y fusiones? ¿Se busca la reorganización solamente o también la revitalización real?
  • ¿Qué quiere ser la VR de España ante las pobrezas, de una manera coordinada y eficaz? ¿Qué conciencia quiere poner la VR a su dinero, tarea todavía muy lejana? ¿Qué quiere aportar la VR al concierto ciudadano, qué estaría dispuesta a hacer por la paz? ¿Qué sentido real de la justicia quiere cultivar nuestra VR?
  • ¿Qué aportación real pretende ser la VR española a la profecía, en la sociedad y en la Iglesia? ¿Hasta dónde está dispuesta a llegar en la denuncia clara, en la dura tarea de mostrar la injusticia, en el alejamiento real de los poderes fácticos hacia los que insensiblemente tiende?

Podríamos seguir con el riesgo de que las preguntas nos abrumaran tanto que nos llegaran a paralizar. Por eso mismo, detengámonos. Pero, para animarnos recordemos que estos trabajos búsqueda de sentido en épocas turbulentas han sido un leitmotiv en la historia de la fe. Baste que recordemos aquella ardiente pregunta de quienes escucharon el encendido discurso de Pedro en los Hechos de los Apóstoles: “¿Qué tenemos que hacer, hermanos?” (Hech 2,37) y lo transformemos, como hemos dicho, en algo más humano, más ennoblecedor, más espiritual: “¿Qué queremos hacer quienes decimos ya seguir a Jesús?”. Si las comunidades se reunieran en torno a esta pregunta, se habría ya dado un gran paso hacia la renovación profética de nuestra VR.

 

 

BIBLIOGRAFÍA DE REFERENCIA:

 

  1. M.CORBÍ, Carta a Dios, el guía de nuestro caminar,  en AA.VV., Cicuenta cartas a Dios,  Ed. PPC, Madrid 2006.
  2. SHELBY SPONG, J., Un cristianismo nuevo para un mundo nuevo. Por qué la fe tradicional está muriendo y cómo una nueva fe está naciendo,  Ed. Abya Yala, Quito 2011.
  3. CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE,  Doctrinal Assessment of the Leadership Conference of Women Religious (Traducción castellana: Evaluación Doctrinal de la LCWR).
  4. ESPEJA, J., A 50 años del Concilio. Camino abierto para el siglo XXI, Ed. San Pablo, Madrid 2012.
  5. PEREA GONZÁLEZ, J., “Qué dice el espíritu a las Iglesias” (apoc 2): Fidelidad creativa al Concilio,  en  Iglesia Viva,  250 (abril-junio 2012) 31-60.

Agua profunda

 

Curso de Teología

Para sacerdotes y laicos

Curso: 2011-2012

1 de mayo de 2012

 

 

“AGUA PROFUNDA

QUE EN MIL FORMAS ME ENCUENTRAS”

La experiencia cristiana en el lugar de la profundidad

 

 

 

Hay un poema de la escritora mexicana Carmen Boullosa con el que queremos abrir esta reflexión:

Agua profunda,
corriente que, sin ver jamás el monte,
sin conocer la selva,
diriges a tierra el mar,
el ciego.
Agua en que mil formas me encuentras
siempre más libre que la luz del sol.

 

         Hay en la vida unas corrientes profundas que subyacen a lo que se ve, al más elemental fenómeno. Son corrientes que nos nutren, nos encuentran, nos sostienen. Y lo hacen de mil formas, de maneras insospechadas, por caminos no marcados. Es que en esta reflexión queremos decir algo de esas “aguas profundas que en mil formas nos encuentran”. Queremos hablar de espiritualidad, de experiencia cristiana situada en lo profundo.

         Paul Tillich escribió inspiradamente en aquel librito llamado La dimensión perdida aquellas frases tantas veces citadas (Desclée, Bilbao 1970, p.101): “El nombre de esta profundidad infinita e inagotable y el fondo de todo ser es Dios. Esta profundidad es lo que significa la palabra Dios. Y si esta palabra carece de suficiente significación para vosotros, traducidla y hablad entonces de las profundidades de vuestra vida, de la fuente de vuestro ser, de vuestro interés último, de lo que os tomáis seriamente, sin reserva alguna. Para lograrlo, quizá tendréis que olvidar todo lo que de tradicional hayáis aprendido acerca de Dios, quizás incluso esta misma palabra. Pero si sabéis que Dios significa profundidad, ya sabéis mucho acerca de Él. Entonces ya no podréis llamaros ateos o incrédulos. Porque ya no os será posible pensar o decir: la vida carece de profundidad, la vida es superficial, el ser mismo no es sino superficie. Si pudierais decir esto con absoluta seriedad, seríais ateos; no siendo así, no lo sois. Quien sabe algo acerca de la profundidad, sabe algo acerca de Dios”.

         Efectivamente, el gran trabajo de la espiritualidad, quizá de las religiones, es recuperar la dimensión “perdida” (siempre por encontrar) de la profundidad. Es que el mayor enemigo de nuestras vidas y de nuestra fe es la superficialidad y sus epígonos el individualismo y la rutina. De esta manera, los trabajos de espiritualidad se convierten en tarea de profundidad.

         Por eso mismo, si todos los males le vienen a la experiencia creyente de ahí, de la superficialidad, de la falta de silencio, del consumismo, del ruido, es justamente por eso por lo que es preciso hacer un esfuerzo de ahondamiento, de contemplación, de profundización.

 

1. Herramientas hermenéuticas

 

         El logro de situar la experiencia cristiana en la profundidad no es posible sin algún tipo de herramientas hermenéuticas que ayuden al éxito de tal empresa. Proponemos tres:

a)    Nuevo lenguaje: Todos sabemos que lo que se dice y cómo se dice es un factor decisivo de comprensión y vivencia de una espiritualidad.  A veces se acusa a los teólogos más buscadores de que con su lenguaje innovador hacen mucho daño al pueblo sencillo. En realidad es justamente con el lenguaje rutinario, oficializado, esclerotizado, cansino con el que se hace mucho daño. No les falta algo de razón a quienes afirman que una de las causas de la descristianización de Occidente son justamente las homilías de las misas por su lenguaje de siempre, por sus latiguillos inamovibles, por sus referencias fosilizadas, por sus tópicos cansinos. Una siembra semanal de superficialidad. Eso lleva a la superficialización de la experiencia religiosa, a su destrucción. De ahí que sea imprescindible el llegar a construir lenguajes nuevos que han de tener como ingredientes el componente social, la visión siempre nueva de la Palabra y hasta una pizca de lírica, tan ausente y tan necesaria de nuestras catequesis espirituales. Creen los forofos del marco dogmático que con una buena doctrina es suficiente. Pero si esa doctrina tiene los ingredientes de lo repetitivo, de lo escuetamente oficial, de lo religiosamente correcto, es muy posible que la asamblea desconecte, se aburra y hasta “maldiga” en su interior del cansino predicador. Lenguajes nuevos para entrar al corazón de la persona por la senda de la novedad.

b)    Nueva cosmología, nueva antropología: Que ajuste nuestras conductas y maneras de pensar a la lógica del universo. Esa lógica no es otra que aceptar la expansión del universo lleva a la diferenciación y con ella a la complejización, a la subjetividad y de ahí a la interiorización, a la interdependencia y a la comunión. Si no se acepta la pluralidad, la complejidad, se vive en una masa homogénea; si no se acepta la subjetividad se muere el interior de la persona; si no se acoge la interdependencia no hay comunión y caemos en el aislacionaismo. Esto es lo que sigue pretendiendo la teología de la liberación hoy tan silenciada. Dice L. Boff en una de sus últimas páginas de Koinonía: “En términos del principio cosmológico, liberación personal significa liberarse de amarras para sentirse en comunión con todos los seres y con el universo, fenómeno que los budistas llaman «iluminación» (satori), una experiencia de no dualidad, y que San Francisco vivió en el sentido de una hermandad abierta con todos los seres. En términos sociales, la liberación a la luz del principio cosmogénico es la creación de una sociedad sin opresiones donde las diversidades son valoradas y expandidas (de género, de culturas y caminos espirituales). Esto implica dejar atrás la cultura del pensamiento único en la política, la economía y la teología oficial. Éste es el principal factor de opresión y de homogeneización. La liberación requiere también una profundización en la interioridad. Ésta ya no se satisface con el mero consumo de bienes materiales; pide valores ligados a la creatividad, a las artes, a la meditación y a la comunión con la madre Tierra y con el universo. La liberación resulta del esfuerzo de la «matriz relacional» especialmente con aquellos que sufren injusticias y son excluidos. Esta matriz nos hace sentirnos miembros de la comunidad de vida e hijos de la madre Tierra, que a través de nosotros siente, ama, cuida y se preocupa por el futuro común.  Por último, la liberación en la perspectiva cosmogénica demanda una nueva conciencia de interdependencia y de responsabilidad universal. Estamos llamados a reinventar nuestra especie, como lo hicimos en el pasado en las distintas crisis por las cuales pasó la humanidad. Ahora es urgente porque no tenemos mucho tiempo y debemos estar a la altura de los desafíos de la actual crisis de la Tierra”.

c)     Nueva perspectiva: Eso supone un situarse en otro ángulo de visión, en otro paradigma. Es aquella que hace de lo humano el lugar mismo de la comprensión, veneración y vivencia de la realidad de Dios. Es la mística horizontal, de ojos abiertos, que entiende que no es preciso salirse del marco de lo humano, sino de ahondar en él, para tener una verdadera experiencia espiritual, para colocarse ante el misterio, para apuntar al Trascendente. Pretender una experiencia espiritual nueva si moverse un palmo del terreno que se ha pisado siempre es pretender lo imposible. Trabajar por suscitar experiencia creyente teísta en una época y en personas en parte posteístas es muy difícil.

 

2. Ofertas

 

         Todos sabemos que las personas y la misma realidad son complejas. En ellas conviven espiritualidades antiguas y nuevas, búsquedas de caminos no hollados y persistencia terca en andar los caminos de siempre, esfuerzo por tender hacia horizontes nuevos y, a la vez, situarse en los términos de lo ya sabido. Por eso, junto a evidencias de secularidad, hay rebrotes increíbles de religiosidad de otra época, junto a creyentes que preguntan al futuro incansablemente tenemos a personas que frecuentan el pasado, se instalan en él y lo toman por el verdadero futuro. ¿Qué hacer en este marasmo? Nosotros optamos por un camino minoritario: hacer ofertas a quien quiera vivir una espiritualidad nueva, un estilo de fe mezclado al hecho social, una espiritualidad más que una religión, una coincidencia con los fondos comunes de toda experiencia trascendente más que un delimitar y marcar lo específico de la ideología cristiana. Es una opción, tan digna al menos como las demás. Decimos que es minoritaria pero, en realidad, es la única manera de poder hablar con la mayor parte del mundo de hoy que respira secularmente.

         Desde esta opción pensamos que sería bueno hacer algunas ofertas y participar cordialmente en ellas:

a)    Oferta de reflexión: Porque el sistema religioso apela más a la obediencia que a la reflexión, ya que la considera peligrosa. Todo lo más fomentará una reflexión en el marco mismo de los postulados oficiales y sin salirse de ellos. Pero la espiritualidad, que viene, no lo olvidemos, de un Espíritu “que sopla donde quiere”, demanda libertad, aire fresco, ambientes en los que se pueda respirar. Ahí ha de enmarcarse la saludable reflexión. Ese tipo de reflexión habrá que practicar y ofrecer en la medida en que se pueda. Esa reflexión será un camino bueno para una espiritualidad saludable, para una vivencia de lo cristiano en modos de cabalidad, de adultez.

b)    Oferta de silencio: Porque el ruido logra banalizar lo más denso de la vida. De ahí que haya que volver al silencio habitado ya que tal silencio nos resitúa, nos rehace, nos confronta a nosotros mismos, nos desvela poco a poco los valores de fondo, nos pone desnudos y gozosos ante el misterio. Las comunidades de creyentes habría de ser incansables en hacer ofertas de silencio, de retiro, de oración, de contemplación de la naturaleza. Ya lo dice bien y con cierta sorna aquel dicho de Pirqué Abbot: “Toda mi vida me la pasé entre los sabios y sus doctrinas y aprendí que nada hay más importante que el silencio”. Es preciso meter cuñas a la “oferta sacramental” que es, todavía, no solo la mayor sino prácticamente la única en nuestras comunidades cristianas.

c)     Oferta de vida simple: Porque, como decía el Hno Roger, se puede decir al ciudadano secular de hoy que Dios es amor y solamente amor con comunidades de buen corazón y de vida simple. La sencillez de vida es un dique al tsunami del consumismo. Espiritualidades laicas, como la del decrecimiento que pretende vivir mejor con menos, habrían de ir teniendo cabida en nuestros sistemas espirituales si queremos, además de predicar en desierto contra el consumo, generar caminos de vida alternativos que pongan el acento en lo que la persona es no en lo que tiene, compra o usa.

d)    Oferta de comunidad: Porque, se diga lo que se diga, nuestros modos religiosos no han necesitado de comunidad para que pervivieran. Todos lo más se ha apelado a ella en maneras oficiales, nunca personales (únicamente cuando se trata de temas económicos es cuando se recurre fuertemente a la idea). Es preciso ir generando estilos de vida cristiana donde lo comunitario se viva en cercanía, gozo y libertad (porque puede haber modos de vida que subrayen la comunidad pero como un todo, como un ejército, como un colectivo dirigido). La espiritualidad mezclada a la comunidad es la manera no solo de que se resista en el embate diario que tiende a despistar a la persona creyente, sino de que los logros sean más duraderos, eficaces y profundos. La vivencia de caminos espirituales en modos exclusivamente personales (aunque, evidentemente, la espiritualidad tiene un componente personal ineludible) resulta arriesgado.

 

3. Un plan de recuperación de la fe

 

         Un sector mayoritario de nuestra sociedad española ha pasado por una experiencia cristiana de componente básicamente religioso. Y, en parte, la sigue pasando. La misma reacción anticlerical de jóvenes que no han pisado la iglesia tiene, de alguna manera, un componente sociológico religioso, aunque sea antirreligioso. ¿Hay posibilidades de “volver a la fe”, a otra vivencia de fe? Parece que hay programas de pastoral que apuntan a ello (recordar el cuadernito Porqué volvía a la fe. Cuatro testimonios de Cristianisme i justìcia). Por eso la pregunta es aguda: ¿Cómo suscitar una experiencia espiritual en gente que ha tenido una “mala” (o superficial, o sociológica) experiencia religiosa?

         Vamos a dar algunas pistas partiendo de un relato real:

 

         La hermana de una amiga del sacerdote le pide que le acompañe y ayude en el tema de su boda. Aunque lleva viviendo cinco años con su novio, han decidido casarse porque los padres de ella, creyentes, van siendo mayores y si quieren disfrutar de la boda de su hija hay que moverse. Tienen tres reuniones el chico y la chica con el cura. Hay tiempo de hablar antes que nada de por qué han decidido casarse ahora (la razón de los padres mayores) y de su manera de sentir el hecho religioso y también su visión espiritual de la vida. Son profesionales geógrafos pero también cantan en un grupo de música regional y lo poético, lo bello, les va. Se prepara la celebración que desea se haga en una humilde ermita de su pueblo, en el Teruel profundo. Hay un intercambio de emails, además de las reuniones, que dejan perfilada la cosa: celebración sin misa, sin comunión aunque en ambiente religioso, textos hermosos, una música de sus compañeros de grupos, evangelio y explicación, ambiente acogedor y festivo (iluminan la ermita, flores, ponen megafonía).

         El día señalado, caluroso, se hace la celebración. El fresco de la ermita, limpia y adornada, invita a estar en lo que se celebra. Celebración modesta, corta de tiempo (un poco más de media hora), textos hermosos, evangelio explicado, consentimiento cálido, padrenuestro, emoción sencilla. La gente parece que disfruta. Se explica el Evangelio del “joven rico” que parece que no pega en una boda: “vete, vende y dalo a los pobres”. Es preciso que os “vendáis” el uno para la otra y que os déis a vuestras pobrezas. Ese es el significado del amor.

         Reacciones: a) Nada más terminar la celebración, en la campa que hay junto a la ermita se abalanzan sobre el sacerdote dos tíos de la novia, un señor mayor y una religiosa mayor, e increpan al sacerdote diciéndole si es matrimonio lo que ha hecho o no, si el Papa permitiría una cosa así. El sacerdote dice que cómo no va a ser sacramento, que comprendan que es la forma como han querido casarse sus sobrinos. Disgusto de las personas católicas. b) Por la noche, en el baile que hay en el polideportivo de la aldea donde se ha celebrado la boda un joven ve al cura sentado al fondo de la nave y le pregunta si puede hablar “de lo de la mañana”. Se sientan allí y comienzan con lo de siempre: “yo fui a colegio religioso, pero…”. Nos ven dos chicas y piden sentarse. Al tiempo ¡ocho personas jóvenes! Están con el cura en lo que parece un “concilio de ateos”. Se habla de todo, de los curas, del Vaticano, de los Obispos, más o menos lo de siempre. Pero de ahí se pasa a hablar de Jesús, del Evangelio, de rezar, de experiencias hermosas que les han llegado dentro, de otras maneras que habría de presentar lo cristiano. Allí, en medio del follón, se está dando una experiencia de espiritualidad.

 

         ¿Qué está indicando todo esto?

 

1)    Escucha y acompañamiento: No hay posibilidad de ofrecer un cauce de espiritualidad nuevo para gente marcada negativamente por lo religioso si no se ejercita el apostolado de la escucha y del acompañamiento, como decía Casaldáliga. Esto requiere, de salida, no ponerse en contra, no situarse en plan legalista, no censurar comportamientos morales discutibles, sino, al contrario, ser paciente, escuchar, acompañar, que se perciba que se está dispuesto a hacer un camino en la medida en que ellos lo quieran.

2)    Seriedad y racionalidad: A la hora de hacer ofertas éstas no pueden ser tomadas a broma, tienen que ser tratadas con seriedad. Pero también con racionalidad, sentido común y hasta un cierto humor. De lo contrario nos sale la veta clerical y nos ponemos trascendentes, cuando no censuradores. Saltarnos también los “miedos” morales, religiosos, administrativos. Que perciban que los cristianos podemos ser flexibles y acompañantes.

3)    Estar dispuestos a celebraciones o acciones  de cierta libertad: Porque si uno pone su fuerza en la fidelidad hasta la norma más irrelevante que pueda haber sobre estos temas tendrá que cerrarse a este tipo de posibilidades. Será fiel, pero todo quedará fuera. ¿Qué fidelidad es una que deja fuera a quienes no entran en los moldes del sistema? ¿Es la fidelidad de Jesús?

4)    Leer la Palabra en modos distintos: Si siempre se recurre a los mismos textos y siempre en el mismo tono, la gente se los “sabe” de antemano, se aburre, se duerme y deserta. Sorprender a la asamblea con textos releídos desde otra perspectiva, hacer lecturas humanizadoras, incluyentes, iluminadoras del hecho humano elemental. Comprobaremos la fuerza de la Palabra para abrir horizontes.

5)    Unirse efectiva y afectivamente a la celebración: No estar como al margen, como si uno “oficiara” por oficio. Bajar a la arena, meterse en harina y disfrutar como cualquiera de un momento espiritual hermoso.

6)    No ser el centro: Porque, al menos en una boda, lo importante no es el cura, ni su homilía, ni su verbo. Lo importante es el amor de quien se casa, la hermosura de todo amor puesto en carne en la persona de quien se casa. Visualizar, incluso, la centralidad de ellos, dejando el sitio del centro que siempre lo ocupan los clérigos. Como en los partidos de futbol: que no se note la presencia del “árbitro”. Ese es el buen árbitro, el buen animador de la celebración, el que lleva ala asamblea a disfrutar del amor celebrado de quienes tiene delante. De tal manera que es a los novios a quienes habría que felicitar de la hermosa celebración, no al cura.

7)    Estar dispuestos a compartir lo vivido: No encerrarse en lo vivido. Si hay oportunidad, en la mesa, en la conversación, en el encuentro posterior, volver a hablar de ello con los novios, con los familiares, con los amigos. Una visita o encuentro “postboda” sería buenísimo para volver a rumiar la espiritualidad vertida en la celebración.

 

¿Puede llevar esto a una recuperación de la fe? Directamente quizá no. Haría falta algo más sistemático, pero quizá sea necesario partir de ahí. Eso más sistemático podría comprender estos pasos:

  • Sintonía y comprensión con la situación real: Tratar de entrar en el confuso mundo de la espiritualidad sin una evidencia de sintonía y comprensión es casi imposible. Dirigirse al otro, al “débil espiritual”, como si uno mismo fuera un no afectado, un profeta que baja del monte, uno que se las sabe todas, es bloquear el camino de la novedad. Es preciso que el otro sienta que uno mismo anda en parecidas zozobras, búsquedas y deseos. Si se presenta uno como dechado de coherencia, de doctrina y de seguridad, es posible que no haya esa sintonía necesaria.
  • Análisis y discernimiento sobre los caminos de búsqueda: Porque hay un barullo en todo este mundo de la búsqueda espiritual y religiosa. Tratar de analizar sus componentes, intentar discernir y separar el grano de la paja, aclararse lo más posible, es muy beneficioso. Las búsquedas espirituales, lógicamente, están unidas a las oscuridades. Hacer el esfuerzo reflexivo por aclarar lo más posible se convierte en una necesidad.
  • La propuesta de Jesús desde presupuestos sociales, integradores, trascendentes: No tanto desde presupuestos religiosos o dogmáticos, menos desde los inamovibles presupuestos de los códigos jurídicos. Hacer la propuesta desde su posibilidad de conexión con la vida social e, incluso, con la base antropológica de la persona en maneras integradoras. Esto sanea mucho. Y, desde ahí, dar el salto a una trascendencia de componente intrahistórico compatible con un mundo autónomo y bueno éticamente.
  • Dibujar la posibilidad de una vivencia de lo cristiano en maneras alternativas: Haciendo ver que la vida cristiana no se vive en formas tan sistémicas como las de un ejército. Que siempre hay margen para la imparable libertad, que hay comunidades plurales, aunque no sean mayoritarias, que el pensamiento libre tiene sus márgenes más allá de cualquier persecución y condena, que subyace al subsuelo de la ciudad una red de comunidades, grupos, parroquias que viven su fe en modos liberadores.

 

4. Aprovechar los cauces actuales

 

         ¿Hay alguna manera de poner esto en práctica, siquiera de modo significativo, en los cauces actuales que maneja cada día la pastoral normal? Los hay, siempre que estén animados por un verdadero anhelo de caminar por sendas de una cierta novedad, siempre que estemos dispuestos a frecuentar el futuro:

a)    En los sacramentos de iniciación: Porque para muchas personas, incluso de las que frecuentan esporádicamente el hecho religioso, son sacramentos “de iniciación” de comienzo de un proceso que empieza o que, con el correr de los años, no termina nunca de despegar:

  • Bautismos con contexto: ya que normalmente se hace “sin contexto”: una familia pide bautizar a su hijo y “familiarmente” se le bautiza (aun con una catequesis previa, más o menos formal). ¿No podrían celebrarse los bautismos en la comunidad de bautizados, en la misa “mayor” parroquial, con un afán porque toda la comunidad cristiana vaya haciendo un proceso de recuperación de un bautismo que, lógicamente, no significó nada en su día para ellos? Lo irrecuperable del bautismo quizá tenga alguna salida si hay contexto.
  • Eucaristías alternativas: ¿No se puede ofrecer a algunos grupos de la parroquia unas eucaristías alternativas, paralelas, que les “cojan” más desde el punto de vista espiritual? Eucaristías fuera del templo, más “laicas”, con mayor participación, con mayor disfrute, donde el rito no sea el plato fuerte sino la vivencia común de algo deseado. Eucaristías más cercanas a la cena de Jesús, donde no haya que explicar demasiado las cosas (como decía Rhaner).
  • Celebraciones del perdón en comunidad: Hasta donde se pueda, rozando siempre ese tema de lo jurídico, pero dando énfasis al gozo del perdón, a la liberación de esos trasfondos amargos y de resaca que ha provocado la confesión en épocas pasadas, haciendo un proceso, un camino de adentramiento en la espiritualidad hermosa del perdón. 

b)    Funerales de acogida en un momento duro de la vida: Trabajar el tema de los funerales con delicadeza. No hacer de enterrador cristiano y poco más. Cercanía y sintonía con el dolor ajeno. Homilías simples pero lo más sentidas posible. Intentar ponerse en la piel de quien ha perdido a un familiar o amigo. Tratar de verter ahí más consuelo que doctrina, más acompañamiento que catequesis. Es una siembra de sal en el campo de la espiritualidad aprovechar la mucha afluencia de fieles para denunciar al “enemigo” y su poca religiosidad. De juzgado de guardia.

c)     Prácticas religiosas tradicionales leídas desde otro lado: No solamente desde el lado de la piedad, sino desde el de la justicia y el de la búsqueda humana del misterio. Porque si se hace solo desde el lado de la piedad se termina, con frecuencia, en el puro y superficial folclore religioso (siempre respetable, pero superficial, a nivel de fe). Pero si se mezcla ahí la justicia, la cosa queda más salvaguardada, más recia, más profunda. Y luego, la búsqueda del misterio: ¿Cómo leer el hecho, por ejemplo, de una creciente práctica de la peregrinación a Santiago? El Camino interroga en este tiempo secular. Ofrecer espacios de espiritualidad en esos esfuerzos de búsqueda “confusa” quizá sea una luz para alguien.

d)    ¿Sólo museos?: Hay entidades religiosas, parroquias incluso, que albergan un pequeño museo. ¿Por qué no, sin ser unos pesados, ofrecer una lectura espiritual de esas obras de arte? ¿Por qué no, sin hacer catequesis a la fuerza, hablar con pasión de la experiencia creyente vivida por otras generaciones? Tal vez lo que es una mera oferta cultural, ya de por sí buena, se puede convertir en un pequeño cauce de espiritualidad.

 

Conclusión

 

         En esta época nuestra el hecho religioso es comparable a una especie de gran explosión, a un big bang multidireccional: crece la increencia, pero también la credulidad; arrecia la pertenencia al sistema religioso, pero también la imparable libertad; renacen las formas religiosas tradicionales arrumbadas ya y brotan planteamientos de total novedad; crece el moralismo rígido y la liberación más grande de la culpa que nunca haya existido en la cultura occidental. Dios está hasta en la sopa, en las decisiones políticas y aun en las económicas y nunca como ahora se siente su ausencia. Se sabe casi todo sobre religión y nunca como ahora se ignora el misterio. Hay una vuelta a unas ciertas formas de religión y jamás como ahora un alejamiento de la mecánica religiosa por personas interesadas por el hecho espiritual.

         ¿Cómo sobrevivir en este caos? Quizá haya alguna salida por la puerta de la espiritualidad entendida esta como valor básico del fondo de lo humano, de sus raíces, de sus estructuras elementales. Y de ese fondo pueden hacer parte todas las espiritualidades, también la evangélica, como puertas de acceso a Dios: “Cristo es mi puerta de acceso a Dios. Tal vez no sea la puerta que todos usen y ciertamente no es la única puerta, pero es mi puerta. Una vez que entro por esa puerta, descubro que hay una gran tradición de fe, quizás hasta infinita, para ser explorada, que rompe con los límites del pasado. No necesito rechazar sin más esta puerta de mi pasado religioso; solo necesito relativizar las reivindicaciones exclusivistas”, dice J. Shelby Spong.

         Que la pasión por la espiritualidad evangélica y su hermosa oferta, agua profunda que en mil formas nos encuentra, arraigue cada vez con más fuerza en la vida de los creyentes en Jesús.

 

Fidel Aizpurúa Donazar

Madrid

La tarea de la reconciliación

CUANDO LA REALIDAD SE RECONCILIA CON EL DESEO.

UNA VISIÓN CRISTIANA DE LA RECONCILIACIÓN

 

            Trabajar en temas como el de la reconciliación puede producir, de salida, una sensación de hartazgo, de cosa ya sabida y de realidad que lleva a una situación sin salida. Sin embargo, lo ocurrido es distinto: en este país, y en cualquiera, los trabajos por la reconciliación social han sido siempre productivos, aunque el deseo no coincida con la realidad. Por eso, habrá que intentar reconciliar a ese anhelo con la cruda realidad, pero sabiendo siempre que el trabajo de quien construye la paz y propicia la reconciliación es siempre útil.

            El escritor, recientemente malogrado, A. Tabucchi dice, por boca del doctor Cardoso, al protagonista de Sostiene Pereira, tentado de desaliento y de conservadurismo: “Deje de situarse en el pasado; frecuente usted el futuro”. Eso habría que decir, una y mil veces, a nuestra sociedad: no se instale en el agravio, frecuente la reconciliación. Es cierto que la reconciliación ha de incluir, como pieza clave, la memoria. Pero el reto no está en la memoria, sino en la reconciliación, en la mirada nueva, humanizadora sobre un contexto de desencuentro.

            Cuando se pone un problema árduo sobre la mesa, y este lo es, los cristianos tendemos a volver la mirada sobre aquel que puede iluminar nuestros comportamientos sociales: la persona de Jesús. Y adelantamos que, para nosotros, es comprendido, en contra de ciertas tendencias sociales o bíblicas (como aquella de Cullmann en Jesús y los revolucionarios de su tiempo), como un pacifista activo. Usando la imagen del indignado, ahora tan de moda, la actividad reconciliadora de Jesús encaja mejor en el marco de la indignación que en el de un revolucionario violento.

            El volcánico Nietszhe que calificó a Dios como de “nuestra más larga mentira” o a los evangelios como “testimonio de la ya incontenible corrupción existente dentro de la primera comunidad” hace de Jesús una especie de pacifista que huye de la quema y se instala en una religión conformista que nada ni nadie turba. Pero nada más lejos de la realidad. “Jesús fue un indignado que adoptó una actitud de rebeldía frente al sistema y se comportó como un insumiso frente al orden establecido. El conflicto, nacido de la indignación, define su modo de ser, caracteriza su forma de vivir y constituye el criterio ético de su práctica liberadora. La insumisión y la resistencia fueron las opciones fundamentales durante los años de su actividad pública, tanto en el terreno religioso como en el político, ambos inseparables en una teocracia y la clave hermenéutica que explica su trágico final”[1].

            Nos hemos extendido en este punto preliminar porque esta es nuestra baza a la hora de proponer caminos de reconciliación desde el lado cristiano. De lo contrario, ¿desde dónde un cristiano va a poder argumentar? ¿Desde una Palabra, la Biblia, que es para muchos un libro violento que fomenta actitudes violentas? ¿Desde una historia cargada de sucesos violentos a los que, con frecuencia, ha contribuido la Iglesia? ¿Desde nuestras propias actitudes conformistas, huidizas, contemporizadoras, cobardes? Nosotros argumentamos desde Jesús y con Jesús. Desde ahí mismo nos miramos hoy para seguir preguntándonos, sin ceder al cansancio, por la tarea principal de la comunidad cristiana que es, como lo veremos, una tarea de reconciliación.

            José Saramago tiene en su obra El evangelio según Jesucristo un pavoroso capítulo donde, como en una visión, a Jesús se le revela todas las consecuencias que va a tener su religión en el mundo: todos los sufrimientos inútiles, las ofrendas, ayunos, penitencias que no han llevado a nada, los martirios insensatos, y luego la destrucción que acarrea el hecho religioso, la contribución a la muerte de quienes dicen creer en el Dios de la vida. Quizá pueda parecer exagerado, pero uno no se puede sustraer a una dura sensación de verdad. Pero como la verdad, la nuestra, nunca es absoluta, quiere uno colocar en ese terrible fresco a todas aquellas personas, creyentes o no, que no han desistido de un camino humano reconciliado y fraterno: el utópico sueño de paz de Francisco de Asís que viaja a las cruzadas desarmado y amigable, por citar algo de otros tiempos; el pacifismo profético de un Charles Chaplin que sabe descubrir la vergüenza y la insensatez de toda dictadura en medio mismo de la vorágine, como lo hace en El gran dictador; el sueño profético y proverbial de Lutero King cumplido en parte en estos tiempos nuestros, tan excluyentes, que, mal que bien, no dudan en tener a un presidente de color negro en la primera potencia mundial; el anhelo de paz ante la avasalladora violencia que imbuyó al obispo vasco Labaka alanceado por los Tagaeri, siendo así que era él quien los salvaba del exterminio; la muerte humilde por la paz y por la bondad humana que sufrieron hace bien poco los monjes trapenses de Thiberine.  No se trata de justificarse con las obras de otros, sino de encontrar ánimos para no desistir de los trabajos artesanales de la paz, de no sucumbir al terrible desaliento de que soñar la paz y la reconciliación sea un sueño inútil. Con esta mística de resistencia en la que, como decía E. Sábato, anida la esperanza, afrontamos esta reflexión.

 

 

1. La luz de la Palabra

 

            Los textos del segundo Pablo (Efesios y Colosenses), textos de la tercera generación cristiana, ahondan en actitudes elementales de la vida para tratar de imbuirlas de la mística evangélica. Por eso, no es de extrañar que miren la inevitable realidad del conflicto humano y elaboren toda una espiritualidad de la reconciliación como comprensión básica del Evangelio y como tarea esencial de la comunidad de seguidores.

 

1. Reconciliados por un pobre puesto en cruz (Col 1,20)

 

            Si fuéramos a tratar el tema de la reconciliación en el segundo Pablo, habría que comenzar, desde el punto de vista literario, por Efesios ya que Colosenses tiene que ver con Efesios. Efectivamente, de los 155 versículos que componen Ef, 73 tienen paralelismos verbales con Col. Muchos contenidos teológicos y sus derivaciones son similares. Por eso, no ha de extrañar que ambos textos se abran con un punto de partida similar: la gran idea de la reconciliación de todo en Cristo, la anakephalaiôsis de Ef 1,10 y el apokatallassô de Col 1,20. Esta certeza es la que da sentido a la obra de Jesús y a la de la comunidad. Pero en Col se añade un dato más: la reconciliación se hará “después de hacer la paz por su sangre derramada en la cruz” (Eirênopoiêsas dia touto haimatos tou staurou autou, 1,20). Es decir, la reconciliación no se lleva a efecto mediante una gran maniobra espiritual, por caminos de gloria religiosa u otra, sino a través de la obra de un pobre puesto en cruz. Esto marca ya una perspectiva: la pretendida supremacía de Cristo sobre los seres angélicos o demoníacos no obvia su pobreza histórica. Más aún, es en esa pobreza donde habrá que descubrir la plenitud que es capaz de salvar.

            Así es Jesús “imagen de Dios invisible” (Hos estin eikôn tou Theou tou aoratou, 1,15). No lo es por un camino extrahistórico y sublime que ningún humano haya podido alcanzar jamás, sino por la más vulgar y dolorosa de las sendas que se puedan tomar: la muerte injusta, la violencia que sufre una víctima. Mirar al crucificado (como en Jn 3,13ss) desvela el rostro de Dios y su mano trabajadora que reconcilia la historia.

            Jesús ha hecho toda una obra de reconciliación desde el madero de la cruz:

  • Ha llevado al creyente a la verdadera circuncisión “una circuncisión no hecha por hombres” (Peritomê akheiropoiêtô, 2,11), la verdadera circuncisión en la vida que lleva a un reordenamiento de las estructuras básicas poniendo coto a los “bajos instintos”, a las más hondas contradicciones del subsuelo personal (En tê apekdusei tou sômatos tês sarkos, 2,11).
  • Además, ha asociado al creyente a su resurrección, a dinamismo salvífico más vivo, “por la misma fuerza con que Dios lo resucitó a él de la muerte” (En hô  kai synêgerthête dia tês pisteôs tês energeias tou Theou tou egeirantos auton ek nekrôn, 2,12). El dinamismo resurreccional pasa al creyente con la misma fuerza que ha obrado en la persona de Jesús.
  • En tercer lugar, ha dado vida por un hondo y definitivo perdón: “Dios os dio vida con él, cuando nos perdonó a nosotros todos nuestros delitos” (Sunezôopoiêsen hymas syn autô kharisamenos hêmin panta ta paraptômata, 2,13). Es un perdón que nunca se vuelve atrás porque está asociado a la verdad de Jesús y su hecho resurreccional.
  • Así, la exigencia de la Ley ha sido igualmente clavada en la cruz, crucificada como lo es un criminal, “barrida de en medio clavándola en la cruz” (Kai auto êrken ek tou mesou prosêlôsas auto tô staurô, 2,14). Ha sido descalificada y ha suprimido la obligación que imponía aquella Ley “cancelando el recibo que nos pasaban los preceptos de la Ley” (Exaleipsas to kath’hêmôn kheirographon tois dogmasin ho ên hypenantion hêmin, 2,14a).
  • Todos los poderes que pretendían esclavizar a la persona han sido despojados de su vigor, ofreciéndolos “en espectáculo público” (Edeigmatisen en parrêsia, 2,15b).
  • En definitiva, el pobre crucificado se ha convertido en un auténtico triunfador, uno que justamente por asumir los fondos de su historia pobre ha encontrado para sí y para nosotros el camino de la plenitud. La paradoja que supone la pobreza de la cruz entendida como total posibilidad cobra aquí la categoría de cimiento de la experiencia de Jesús que se describirá después.

  

2. Lo fundamental: tarea reconciliadora de la comunidad humana (Ef 1,10)

 

            Iniciemos nuestra lectura sincrónica por lo fundamental: según Efesios, lo que Dios quiere realizar en la historia, y en lo que la comunidad cristiana ha de jugar un papel activo, es poner en pie una gran obra de reconciliación. Viene dicho desde el himno-pórtico de la carta: Dios “nos ha revelado su designio secreto” (Gnôrisas hêmin to mystêrion tou thelêmatos autou, 1,9), su sueño más querido: “llevar la historia a su plenitud, haciendo la unidad del universo por medio del Mesías Jesús, de lo terrestre y de lo celeste” (Eis oikonomian tou plêrômatos tôn kairôn, anakephalaiôsasthai ta panta en tô Khristô, ta epi tois ouranois kai ta epi tês gês en autô, 1,10). Esta es la gran obra que Jesús y su Espíritu van haciendo en la historia: una unificación que apunte a la plenitud. Incluso lo cósmico, “lo celeste” entra en esta dinámica. Resuenan como llenos de sentido los planteamientos del P.Teilhard de Chardin cuando hablaba en sus obras del famoso “punto Omega” en el que confluirá el universo teniendo por centro a Cristo (Cf P.Teilhard de Chardin, Himno al universo,  p.16-22). De ahí que, como luego se dirá, los esfuerzos de la comunidad creyente tienen que estar orientados en esa misma dirección: hacer obra de reconciliación de confluencia, de unificación, de fraterna globalización.

            Para mostrar la posibilidad y hasta la evidencia de esta gran certeza creyente, Efesios recurre a lo que ha ocurrido en la misma comunidad cristiana: de dos pueblos (el pagano y el judío), Jesús ha hecho un solo pueblo: “de los dos pueblos hizo uno y derribó la barrera divisoria…así, con los dos, creó en sí mismo una humanidad nueva” (Hina tous duo ktisê en autô eis hena kainon anthrôpon poiôn eirênên, 2,15b). Esta evidencia de la humanidad nueva, reconciliada, ha de ser la gran aspiración de la comunidad. Su gran tarea, trabajar en la línea de la reconciliación social.

            La herramienta y el fruto de esta tarea de reconciliación es, sin duda, el logro de la paz. Efesios actualiza una frase de Isaías: Por Jesús, Dios “anunció la paz a los que estabais lejos y la paz a los que estaban cerca” (Is 57,19; Euêngelisato eirênên hymin tois markan kai eirênên tois engys, 2,15). La paz es el rostro de la reconciliación y ésta la certeza de que la comunidad camina en la línea del secreto designo, del sueño de Dios sobre la historia. Esa es la manera de tener “acceso al Padre” (Pros ton patera, 2,18b). Todo se nubla cuando se pierde esta orientación reconciliadora; el camino histórico de la comunidad se ilumina cuando se camina en esa dirección.

            Este es el cimiento sobre el que se construye el verdadero “cuerpo” de la comunidad y de la sociedad. Así se construye el verdadero templo, el “templo consagrado al Señor” (Naon hagion en kyriô, 2,21b), el edificio de una vida humanizada. Esta obra nueva y magnífica no la construye únicamente la comunidad cristiana, sino que ha de hacerlo “con los demás”, con toda persona. Evidentemente no estamos hablando de templos religiosos (hasta la metáfora está superada, aunque tiene su novedad al plantear un templo no religioso), sino de un tipo de relación social armónica, respetuosa, pacificada y, en suma, fraterna. Anidan aquí los mejores sueños de la utopía cristiana y de Dios mismo. Relegarlos por inalcanzables es renunciar a lo mejor del horizonte evangélico.

 

2. Derivaciones

 

            Estos rasgos básicos de los textos deuteropaulinos nos ayudan a verter luz sobre nuestros comportamientos sociales. Hagamos algunos subrayados:

 

  • La cruz de una vida entregada: Tendemos a pensar que la cruz por la que Jesús reconcilia a la historia es un acto, algo absurdo en su tremendismo, de entrega final. Pero en realidad, la cruz, el “seguir con la cruz” (Lc 9,23-26) es una realidad que acompaña todo el camino humano. Es decir, la reconciliación por la pobreza de la cruz es la reconciliación por todo el camino vital generoso y entregado. ¿Cómo ver lo que hay detrás de la cruz que reconcilia al hecho humano? ¿Qué es lo que puede impactar de una vida hecha para la reconciliación de tal manera que uno se anime a ir copiando ese programa? Respondemos con un párrafo de J. Sobrino: “De Jesús impactaba la misericordia y la primariedad que le otorgaba: nada hay más acá ni más allá de ella, y desde ella define la verdad de Dios y del ser humano. De Jesús impactaba su honradez con lo real y su voluntad de verdad, su juicio sobre la situación de las mayorías oprimidas y de las minorías opresoras, ser voz de los sin voz y voz contra los que tienen demasiada voz, e impactaba su reacción hacia esa realidad: ser defensor de los débiles y denuncia y desenmascaramiento de los opresores. De Jesús impactaba su fidelidad para mantener honradez y justicia hasta el final en contra de crisis internas y de persecuciones externas. De Jesús impactaba su libertad para bendecir y maldecir, acudir a la sinagoga en sábado y violarlo, libertad, en definitiva, para que nada fuese obstáculo para hacer el bien. De Jesús impactaba que quería el fin de las desventuras de los pobres y la felicidad de sus seguidores, y de ahí sus bienaventuranzas. De Jesús impactaba que acogía a pecadores y marginados, que se sentaba a la mesa y celebraba con ellos, y que se alegraba de que Dios se revelaba a ellos. De Jesús impactaban sus signos -sólo modestos signos del reino- y su horizonte utópico que abarcaba a toda la sociedad, al mundo y a la historia. Finalmente, de Jesús impactaba que confiaba en un Dios bueno y cercano, a quien llamaba Padre, y que, a la vez, estaba disponible ante un Padre que sigue siendo Dios, misterio inmanipulable”[2]. ¿Se puede recuperar este impacto en nuestro hoy social? Sin ninguna duda. Quizá por él la figura de Jesús sigue atrayendo más allá de deformaciones y de traiciones.
  • La imperiosa necesidad de un trabajo de reconciliación, confluencia y unificación: Es el trabajo al que están llamadas las religiones, también la cristiana. Así lo ha visto, o al menos presentido, el autor de Efesios. Es una necesidad imperiosa, ya que llevamos muchos siglos bajo la insoportable certeza de que las religiones, en general, están contribuyendo a lo contrario. Posiblemente todas, y la cristiana en particular, tienen en su origen, en sus fundadores, el anhelo de un mundo en paz, confluyente, fraterno. Pero algo hace que esa utopía inicial no sepa encontrar, hablando de un modo general, los cauces adecuados. ¿Es únicamente el hecho de haberse echado en brazos del mecanismo peligroso de la religión? ¿O es algo más profundo? ¿No habrá que intentar humanizar la animalidad que hace parte de las estructuras más hondas de la persona, el “cainismo” que, con excesiva frecuencia, es el dinamismo por el que funcionan las personas y las culturas?[3]. Las religiones están llamadas a descender a ese sótano profundo y desmontar los mecanismos que bloquean todo proceso de unificación. A nivel personal se trata de controlar el mecanismo de juicio, el de apropiación, y el de responder con rechazo al amor rechazado. A nivel social habría que desactivar el mecanismo de “la caverna” (mi casa, mi cultura, mi religión, mi país, es el mejor, quizá el único; los demás son potencialmente peligrosos), el mecanismo del dominio como sistema de vida y el de la ignorancia de la pertenencia a lo universal que nos descuelga de la realidad. Aun con todo esto, los trabajos de confluencia, recapitulación, orientación común, plenitud social siempre serán arduos en esta fase inicial de la historia humana en la que aún estamos.
  • La necesidad de trabajar los perdones sociales: Cuando Juan Pablo II trazó en la Novo Millennio Ineunte los objetivos pastorales del nuevo milenio, puso, como uno de ellos el sacramento de la reconciliación (nº 37). Sin desdeñar ese planteamiento, ¿no estaría llamada la comunidad cristiana al cultivo, anhelo y colaboración para el logro de perdones sociales, más que religiosos? Efesios tiene como núcleo el anhelo de una reconciliación universal que supera el ámbito de las limitaciones morales o religiosas. Su marco referencial es la historia misma. Si se quiere ir caminando, siquiera modestamente, en la dirección de una reconciliación histórica los perdones sociales son pasos decisivos que nos acercan a ella. El perdón político, la justicia laboral, la relación Norte-Sur con su cúmulo enorme de injusticias, los desequilibrios culturales, la exclusión de la información, la manipulación mediática que vende la mentira como verdad, etc., son grandes pecados estructurales que es preciso trabajar en pro de la humanización y del acercamiento, por modesto que sea, a la confluencia universal, a la dicha común. El perdón religioso es camino menor al lado de estos grandes perdones. Ahí habrían de estar en primera fila todas las religiones.
  • El reto específico de la paz: Porque ese es el signo visible, según Efesios, de que se ha comprendido bien la finalidad elemental de la comunidad cristiana. Si la paz está ausente, se puede deducir que esta u otra religión no está atinando en su objetivo fundamental. La gran pregunta que el futuro hará a todas las religiones es, sin duda, ésta: ¿Qué hicisteis por la paz? Las religiones, salvo honrosas excepciones, no han logrado dar respuesta colectiva a esta pregunta. Aún es tiempo siempre que este reto sea encajado. Quizá haya que comenzar por valorar los pequeños logros en ese camino, más que por el estéril lamento o el anhelo de indudable buena voluntad pero de dudosa eficacia. Señalamos tres logros relativamente recientes: En mayo de 2007 se forma un gobierno de paz en Irlanda del Norte. Cuarenta años de guerra fratricida; más de tres mil muertos, miles y miles de heridos, innumerables familias destrozadas. Y, sin embargo, tras un calvario tan largo, ¡se llega a la paz! ¿Qué comunidad cristiana celebró ese día este acuerdo, quién agradeció al Señor por los “artífices” de esta paz? Aquel día el corazón del Padre, ansioso de paz, se estremeció de amor por sus hijos los hombres que, a pesar de todo, siguen buscando la paz. El segundo logro viene adherido a este primero: en enero de 2011 ETA declaró su alto el fuego. Es cierto que todo está en el aire, que toda la obra de reconciliación está por hacer; pero también es cierto que las pistolas están en silencio. ¿De dónde brotan tantas reticencias, incluso en medios cristianos, para celebrar este logro? ¿De la mera desconfianza hacia los que hasta ahora han asesinado o también de nuestra fragilidad para anhelar e idear caminos de paz? En noviembre de 2007 se firmó en la ONU una moratoria de la pena de muerte, rogando a los países que aún la tienen en la legislación que no la apliquen, cosa que, evidentemente, aún no hacen. Pero imaginemos que llegamos a la abolición de la pena de muerte legal. Un paso enorme hacia aquel mundo nuevo soñado por Ap 21,4 en que ya no habrá “ni muerte ni luto ni llanto”. Si abolimos una causa de muerte, quizá podamos soñar con abolir todas.  ¿Cuántas de nuestras comunidades se estremecieron de júbilo ante una noticia así? No creamos que estamos hablando de poca cosa: a pesar del secretismo que rodean estos hechos (¡por qué será!) se sabe que en el 2006 fueron ajusticiadas legalmente más de dos mil quinientas personas en el mundo. En el 2007 parece que fueron unas mil doscientas setenta.  Es cierto que hay otras muchas causas de muertes (guerras, terrorismo, violencias de género, etc.). Pero si “taponamos” una de las bocas de la muerte, su dentellada será menos dura, el día del Reino estará más próximo. La implicación en estos caminos hace verificable el tema de la paz porque, si no se “palpara”, ¿cómo íbamos a estar ciertos de que caminábamos hacia la plenitud del cosmos? ¿Cómo íbamos a pensar que la obra de reconciliación del pobre crucificado no estaba frustrándose?

 

 

3. Trabajos de reconciliación social

 

            Tratando de apuntar a la realidad y siempre en el marco del discernimiento y de la reflexión, queremos proponer, desde el lado cristiano, algunos caminos de reconciliación social que consideramos no solamente útiles sino, en algunos casos, imprescindibles.

 

1)      Los urgentes trabajos de los cristianos de una reconciliación existencial-social: A veces se tiene la fuerte sensación, e incluso la percepción, de que ciertas instancias cristianas, sea con su discurso o con sus actuaciones concretas en materia social y sobre todo moral generan no solamente un indudable desasosiego sino, más al fondo, una fractura social de fuerte calado[4]. Como estamos persuadidos de que ese desencuentro que afecta tanto a la vida de un país es evitable por el camino de la reconciliación, nos parece lícito desear que, por medio del respeto a la indudable diversidad social, el diálogo como medida siempre más efectiva que la condena, la discusión leal como ejercicio de responsabilidad cívica, y el no hacer manifestaciones desde la realidad de los propios fantasmas o desde trayectorias que no se quieren abandonar serían herramientas para una reconciliación social. Esto llevaría a un bienestar existencial del hecho ciudadano como ente vivo y sensible que es.

2)      Los trabajos de los amantes de la paz evangélica siempre necesarios para construir la reconciliación en la sociedad vasca: Nos parece que las instancias cristianas, por mero imperativo evangélico, no han de cansarse de intentar colaborar a la efectiva reconciliación de la sociedad vasca, trabajo, que como todos los de esta clase, van siempre para largo. No creemos que esto se pueda logar en una especie de bandería sobre los posicionamientos de una u otra instancia religiosa en un lado o en otro del conflicto[5]. Primero porque creemos que, de una u otra forma, siempre se ha estado del lado la víctima y en contra del victimario aunque no siempre se haya sabido solucionar el enorme dilema social, moral y político que esto acarrea con frecuencia en el momento preciso. De ahí que nos parezca que colaborar a la construcción de la paz evangélica, paz que está fuera y más allá de marcos religiosos, quizá pase por situar la participación de los creyentes en el marco de lo cívico, de lo ético, de lo humano. Y, aun valorando todos los trabajos realizados en orden a esta reconciliación por personas creyentes individuales, nos parece que es la comunidad cristiana como tal la que está llamada a esta tarea[6]. Y, por ello, las respuestas y aportaciones a estos trabajos han de provenir de instancias comunitarias que son más fiables y más seguras en este mundo espinoso y nada fácil de la reconciliación social.

3)      El decidido apoyo a quienes básicamente son constructores de la paz: Porque, en todo hecho humano, no se puede pedir una coherencia y una ausencia de toda sospecha, consideramos que es preciso que los cristianos, si quieren ser comunidad reconciliadora desde el punto de vista social, apoyen a colectivos populares que se han significado, desde diversos lados del espectro social, por los trabajos en torno a la paz social en nuestro país[7]. El apoyo no significa comunión con sus objetivos sociales o políticos, sino una “ingenuidad” evangélica para unirse a quienes tienen en su horizonte el sueño de una sociedad pacificada, respetuosa con la vida y las personas, amante de los derechos fundamentales. Todos nos percatamos de que un anhelo de paz social que no sobrepasa la frontera de la oración, del discurso o de la proclamación de principios queda muy incompleta.

4)      La valoración de los colectivos que hacen siembra de paz: Son colectivos que apuntan, sobre todo, a la ciudadanía del futuro, a los más jóvenes, y tratan de hacer ahí una siembra de paz por medio, entre otros métodos, de la difusión de la espiritualidad de elaboración de conflictos[8]. El conflicto que está a la base de lo humano y de lo social puede ser encarado, trabajado, situado de modo que, aunque no haya solución, se convierta en trampolín para un posible acercamiento y convivencia de las partes en litigio. El apoyo de las entidades cristianas a estas iniciativas debería ser generoso, institucional incluso, de modo que no se tambaleen por falta de medios humanos. Los recursos empleados en el apoyo a estos colectivos son recursos benditos.

5)      El impagable apoyo a los “seminarios para la paz”: Porque aunque ese tipo de seminarios suelen, con frecuencia, dedicarse a estudios “teóricos” sobre los conflictos en el mundo, sus ponderadas opiniones son parte del cimiento de la futura ciudad de la paz[9]. El apoyo por parte de las comunidades cristianas habría de concretarse en cercanía afectiva y efectiva real, oferta de personas preparadas para colaborar en esta clase de tareas, disponibilidad y acogidas a sus iniciativas en orden a su difusión. La “oscuridad” en la que, con frecuencia, trabajan estos colectivos merece que, en los ámbitos cristianos, encuentren un eco y un altavoz que colabore a que sus trabajos lleguen al mayor número posible de ciudadanos.

6)      Una escuela cristiana de mediación social: La Iglesia tiene multitud de centros de formación teológica en los que se enseñan las ciencias eclesiásticas en programas prácticamente similares. Pero el difícil tema de la mediación social (y no digamos nada de la mediación política) no tiene, que sepamos, una “escuela” especializada que pueda preparar a algunas personas, laicas o clérigos, en la mediación social. Y lo peor no es que no se tenga, sino que no parezca haber demanda, que no se sienta esto con la urgencia que proviene del sueño mismo del Jesús evangélico. El anhelo por una institución así, el sentimiento de su necesidad, el contagio de ese deseo quizá pueda hacer surgir un día la persona o la comunidad cristiana que se anime a impulsar un proyecto concreto de este talante.

7)      La creación, tanto a nivel diocesano, como parroquial o de comunidad cristiana concreta de comisiones específicas de Justicia y Paz: Ya que resulta excepcional que en el organigrama de una Diócesis y, menos todavía de una parroquia, haya una comisión de Justicia y Paz. Los trabajos de un colectivo así, además de contribuir, siquiera modestamente, al gran sueño de Jesús del “reino de Dios y su justicia”, son un elemento catequizador del colectivo cristiano no solamente en torno a temas concretos de justicia sino, más básicamente, a la reconciliación. Efectivamente, todos sabemos que la reconciliación sin el elemento esencial de la justicia y de la paz es un a entelequia. Trabajar esto a nivel de base eclesial sería una magnífica contribución a la reconciliación social y un aire fresco a la espiritualidad cristiana a veces envejecida por sus prácticas religiosas atrapadas en la rutina.

 

Conclusión

 

            Dice taxativamente 2 Cor 5,18: “Dios nos reconcilió consigo a través del Mesías y nos encomendó la tarea de la reconciliación”. Efectivamente, esa es la tarea de la comunidad cristiana, no una tarea más. Ese ha de ser el test por el que medir el nivel real de nuestra adhesión a Jesús. Y, justamente, eso es lo que nos está demandando la sociedad. Que la tarea vaya adelante y que la obra de Jesús no se frustre en nosotros.

 

Fidel Aizpurúa Donazar

 

 



[1] J.J.TAMAYO, Jesús indignado. Por eso lo mataron,  en El País, viernes 5 de abril de 2012, p.23.

[2] J. SOBRINO, La fe en Jesucristo, Ensayo desde las víctimas, Madrid 2007, p. 207.

[3] A. WENIN, La Bible ou la violence surmontée, Paris 2008, pp.62-66.

[4] Nos referimos a asuntos como el de la homosexualidad denunciada en términos socialmente hirientes en la homilía del viernes santo de 2012 por el señor Obispo de Alcalá: R.MONTERO, Empeorando, en El País martes 10 de abril de 2012, p.56; Gais, prostitución e infierno, en Ibid., p.28; E. LINDO, Sermoneando, en El País, miércoles 11 de abril de 2012, p.56; Un obispo en su estela,  en Ibid.,  p.26.

[5] Hacer de las misas por las víctimas un asunto de posicionamiento político nos parece un falseamiento del sentido de la eucaristía y un terreno muy peligroso el tema de la reconciliación social: C.S. MACÍAS, Justicia en la Iglesia vasca. Por primera vez se dedicarán oraciones a la víctimas de ETA, en La Razón, viernes 5 de abril de 2012, p.46.

[6] Trayectoria que queda resumida en notas como la publicada en el artículo de M. CEBERIO, El obispo Uriarte visita en prisión a Díaz Usabiaga,  en El País, lunes 9 de abril de 2012, p.18 en relación con los trabajos mediadores de D, Juan María Uriarte.

[7] Nos referimos a grupos como Lokarri, Gesto u otros.

[8] Estamos hablando de centros como Baketik de Aránzazu.

[9] Pensamos en colectivos como el Seminario para Investigación de la Paz (SIP) de Zaragoza.

Descubrir a Clara, hermana luna

 

 

DESCUBRIR A CLARA, HERMANA LUNA

 

         El apelativo de “hermana luna” no le va mal a Clara de Asís (ya lo decía la película de Zefirelli). Tanto la luna como la tierra giran en torno al sol. Para Francisco y Clara, Jesús es el sol, a él le quieren seguir ambos. Y cada uno a su manera, apoyándose y animándose, pero cada uno tiene su camino. Quizá el de Clara sea más oculto, pero no menos interesante. Tal vez el de Francisco sea más conocido, no en vano es hombre y la historia (la de la Iglesia también) ha sido escrita por hombres. Pero Clara está ahí como una figura y un mensaje por descubrir. La parroquia nos da esa oportunidad este año que se cumplen 800 años del comienzo del camino evangélico de Clara en comunidad. Ochocientos años y su valor sigue casi intacto porque Clara es de esas personas cuyo valor crece con el futuro.

 

1

VIDA

 

         La vida de Clara es apasionante. No podemos resaltar más que algunos elementos:

 

a) Algunas fechas elementales

 

-         1194: nacimiento de Clara (Francisco nace en 1182 con lo que Clara es 12 años más joven que él).

-         1212: Comienzo de la vida fraterna de Clara el 28 de marzo, domingo de Ramos en que se escapó de casa (Esto es lo que celebramos este año y el que viene).

-         1216: le aprueban el “Privilegio de la Pobreza” (permiso del Papa para poder vivir una vida fraterna humilde sin que le den la lata; en 1228 lo confirmará otro Papa. En ese año se funda el monasterio de damianitas de Pamplona, primero fuera de Italia).

-         1234: Comienza a escribir las cartas a su amiga Inés de Praga (tenemos cuatro de ellas)

-         1240: Ataque de los sarracenos a san Damián (pasaron mucho miedo).

-         1253: El 9 de agosto el Papa aprueba la regla de santa Clara (primera regla escrita por una mujer en la Iglesia). El 11 de agosto muere clara. Mayor para aquella época, 60 años, más o menos.

 

b) Algunos rasgos sencillos de su vida familiar

 

-         Físico: dicen los documentos que era “bella de rostro” (Francisco parece que era más canijo).

-         Familia: era una familia noble, de muchos miembros. Parece que quedó huérfana de padre pronto, como a los 6 años (la orfandad es un dato a tener en cuenta, lo contrario que Francisco). Su ti Monaldo cogió las riendas del clan (el que fue a buscarla cuando se escapó de casa). Su madre se llamaba Ortolana. Junto con sus hermanas Catalina, Beatriz e Inés, las cuatro se fueron monjas con Clara (debía tener mucho empuje para convencerlas a todas. Francisco no convenció a su hermano Ángel). 

-         Vivienda: Tiene sus consecuencias. Al ser nobles maiores (siempre estaban en pugna con los del pueblo, lo minores) vivían en una casa torre, baluarte defensivo. Vivir en una casa torre era peor que en un monasterio cerrado. Las ansias de libertad que anidan en una mujer despierta que vive ahí. Clara se hace monja para ser más libre, no para encerrarse más. La de Clara no es una vida para la clausura sino para la libertad (por eso no es clarisa, sino damianita).

-         Vida social: Quisieron casarla en una boda apañada probablemente, como las de aquella época. El afortunado se llama Rainerio de Bernardo. No lo aceptó, aunque parece que era buena persona (testificó en el proceso de canonización, porque le sobrevivió). Clara entiende que la mujer medieval que quiera ser libre tiene que ser monja u otra cosa menos aceptada socialmente. Su vocación tiene mucho de liberación social.

-         Cultura: A diferencia de Francisco que sabe un poco de latín comercial y nada más, Clara es una mujer culta. Quizá porque las mujeres de la nobleza tenían preceptores (clérigos) que les enseñaban latín y con él la Biblia. Sus cartas denotan buen conocimiento del mismo y de los textos bíblicos. Supo escribir una regla a su manera, aun acatando la rigidez de las normas canónicas.

-         Religión: Da la impresión, y eso dicen los documentos, que Clara era una mujer religiosa. Por eso, a diferencia de Francisco, su camino vocacional es sencillo y directo. O, por lo menos, no aparecen grandes dificultades  personales. Pero se ve que su fe era recia, nada imitativa, sensata, libre (tema de la “clausura”).

 

c) Algunos rasgos de su vida en comunidad

 

-         Aventura común: Da la impresión de que la opción de Clara es una especie de aventura común, de una serie de mujeres excepcionales, aunque no nos haya llegado casi nada. Lo de Francisco fue inicialmente más personal, aunque pronto fue fraterno. Lo de Clara apunta más a lo común. Da la impresión de que con las mujeres de su familia hay planes comunes.

-         Vida valiente: Todos, el mismo Francisco, se quedaron a cuadros cuando vieron que aquellas mujeres, con menos posibilidades que los hermanos para defenderse en una vida pobre, lograban aguantar el pulso con toda entereza. Un grupo valiente. ¿Dónde encontraron ese arrojo? En la mística cristiana, en la evidencia de que habían dado con un camino posibilitador.

-         Ternura a raudales: Porque sin ternura no hubieran podido aguantar. Más que una vida monacal, los textos traslucen una vida en gran familia, con rasgos entrañables (todas las monjas testifican que Clara se encargaba todos los días de vaciar los orinales de las enfermas. Decir esto en un Proceso…).

-         Vida luchadora: Porque no se le entendió: no le entendía el Papa y los jerifaltes que creían que ese modo de vida humilde no tenía futuro; no le entendían a veces ni los mismos hermanos que querían hacerlas tan “grandes” como ellos, tampoco le entendieron otros monasterios que pronto empezaron a acumular campos, tierras, viñas, molinos, etc. Ella lucho por el “privilegio de la pobreza”, por no apartarse de un estilo de vida simple y de buen corazón. Lograron mantenerse difícilmente. Luego las cosas tomaron otro rumbo. El valor de las utopías.

-         Gente sensata: Como se demuestra cuando habla a Inés del tema de los “ayunos” en la tercera carta. Personas que aprendieron a poner el acento en lo importante: el aspecto “revolucionario” del Evangelio.

-         Personas disfrutantes: Por encima de su pobreza, con el canto (san Francisco llegó a escribirles letrillas), con la Palabra y la oración, con la creación (“Gracias, Señor, porque me has creado”). Personas a las que la vida en estrechez no les amargó el alma ni suscitó una ambición mayor.

 

d) El sueño de Clara

 

            Seguir a Jesús siendo “hermano” franciscano, por el mismo cauce que había descubierto Francisco: vida bondadosa, fraterna, y sencilla. Quien aprecia a Clara habría de valorar eso.

 

2

ESCRITOS

 

            No deja de ser una gran suerte que de una santa de la Edad Media (mujer, además) tengamos una serie de escritos personales y de otro autores. De grandes personajes, como santo Domingo de Guzmán, contemporáneo de Clara, por ejemplo, no hay casi nada personal y no tanto de otros autores. Los escritos de Clara son para los franciscanos un tesoro.

            No sabemos hasta dónde Clara es autora material de sus propios escritos ya que están bien estructurados e “iluminados” con textos bíblicos. Pero ya hemos dicho que su cultura era mayor que la de Francisco. No obstante, seguramente, que se hizo ayudar de hermanos secretarios, sobre todo en cuestión bíblica y jurídica.

 

a) Clases de escritos de santa Clara

 

-         Personales: Son los más importantes. Son ocho: La Regla, el Testamento, la Bendición y cinco cartas (cuatro a Inés de Praga y una a una tal Ermentrudis de Brujas).

-         Documentos sobre su vida escritos pro autores de la época: Proceso de Canonización, Carta sobre su muerte, Leyenda versificada, Bula de canonización, Leyenda de santa Clara. La primera y la última son las más interesantes.

-         Documentos que los Papas dieron a santa Clara: Privilegio de la pobreza de Inocencio II y de Gregorio IX: Siempre luchando por este asunto.

-         Textos legislativos dados por la Curia romana a las Clarisas: Regla de san Benito, Regla de Hugolino, Regla de Inocencio IV, Regla de Urbano VI. Ninguna gustaba a Clara. Siempre el mismo tema: querían que fueran monjas de clausura como todo el mundo: grandes casas, grandes tierras, muchos bienes.

-         Escritos de san Francisco a santa Clara y a las hermanas de san Damián: Forma de Vida, Última voluntad, Canto “Escuchad pobrecillas”.

-         Cartas a santa Clara y a las damas pobres: Del Cardenal Hugolino, de Gregorio IX, del Cardenal Reinaldo, De su hermana Inés.

 

b) Traducción de una carta

 

            Vamos a leer una de las Cartas, la tercera, a Inés de Praga. Hacemos una traducción libre adaptándola a nuestro lenguaje:

 

Querida Inés: te escribo a ti y a tus hermanas con todo el cariño. Todas las hermanas de aquí os envían saludos. Vosotras y nosotras estamos unidas en este empeño loco de vivir un seguimiento de Jesús que nos mantenga enamoradas de él, más allá de nuestra edad que avanza.

Sabes que te quiero mucho. Si no te he escrito antes es porque no he tenido con quien mandarte la carta. Dicen que los caminos están peligrosos. Pero ahora que puedo lo hago con gusto. Es una manera de que te llegue parte de mi corazón.

Tú y yo, digámoslo sin rubor, estamos enamoradas de Jesús. Nos atrae la hermosura de su alma, nos anima su manera benigna de mirarnos y su recuerdo a través de su Palabra nos hace vivir.

Jesús, querida Inés, es como un espejo: mirémonos todos los días en él. Pongámonos hermosas para él. Y sabes que nuestra “belleza” es la vida bondadosa y sencilla vivida con nuestras hermanas y con todos.

En ese espejo que es Jesús descubrirás la hermosura de su nacimiento pobre, de su vida modesta y de su muerte dura. Asentar la vida sobre la persona de un Jesús hondamente humano será el mejor cimiento de nuestra experiencia espiritual. No te apartes nunca del modesto camino humano. Ahí ha puesto Jesús su casa.

Tendrías que alegrarte por Él en lo profundo de tus entrañas: ¿cómo oler su perfume? ¿Cómo sentir sus abrazos y besos? ¿Te parece todo esto fuera de tono? Yo lo siento y lo anhelo así. ¿Crees que esto es algo vacío, que no tiene sentido una fe que enamora?

Quizá no debería decir estas cosas. Tú las entenderás no como “cosas de monja”, sino como algo que brota de lo más vivo de mi opción cristiana. Te deseo a ti y a tus hermanas lo mejor y te abrazo.

Te mando esta carta con los hermanos Amado y Bonagura. Adiós

 

Subrayemos algunos aspectos:

 

  • Una fe que engendra amistad: Nosotros creemos que la fe y sus actividades engendran creencia, pero también engendran amistad. Eso lo vemos también en nosotros. Trabajar lo cristiano con un poco de hondura nos acerca unos a otros, se entrelazan nuestras vidas.
  • Una fe cálida, no fría: La de Clara es muy cálida. Una fe que no nos entusiasma un poco, que no nos reconforta, que no nos alegra, no es una fe calidad.
  • Una relación viva con Jesús: No tanto de dogmas, de cosas aprendidas en el catecismo, de verdades que aceptamos. Una fe, sobre todo, de vida, de gozo, de búsqueda de Jesús, de no cansarnos de mirarlo en la Palabra, de ahondar en ella porque siempre nos puede decir cosas valiosas.
  • Redescubrir a Jesús en su honda humanidad: Ninguno como él podría ser tan Dios porque quizá nadie como él fue tan humano. Amar la historia pobre y humilde, pero hermosa, de Jesús. No cansarse de descubrir aspectos de su persona que han quedado velados o no han sido mostrados.
  • Una mística de signos cordiales con Jesús: Abrazos, besos, cordialidad, mirada continua a Jesús. Eso puede ayudarnos a ser menos fríos en nuestras mismas relaciones humanas, parroquiales.

 

c) Textos vivos

 

            Hay textos vivos. El Evangelio y los escritos de personas carismáticos pertenecen a esa clase. Si se los lee con interés, siempre tienen cosas que decirnos, siempre “hablan”. No cansarse de mirarlos, de leerlos.

            Los humildes textos de Clara pueden ayudarnos en ese sentido. Despojados de su “cáscara” medieval, son muy útiles. En Francisco pasa lo mismo, con la ventaja de que muchos de sus textos casi no tienen “cáscara”. Son elocuentes en sí mismos.

            De Francisco y Clara tenemos sus textos. Es, no lo dudemos, su mejor herencia. Sin ellos, el franciscanismo se habría perdido. En épocas pasadas se miró más bien poco a los textos y, aun así, el franciscanismo aguantó. Mucho más ahora que miramos más a esos textos.

            Estos textos tienen que llevarnos a una convicción: para ser franciscano no hay que ser fraile o monja. Todo el mundo puede serlo, cada uno a su manera. Lo importante es estar adheridos a Francisco y Clara, o mejor, estar adheridos al Jesús de Francisco y Clara que es el Jesús del Evangelio. ¿Podríamos formar un colectivo los “adheridos” a Francisco y Clara?

 

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ESPIRITUALIDAD

 

La espiritualidad es un componente de la realidad humana básica. No es prerrogativa de las religiones. Toda persona, sea religiosa o no, puede ser espiritual. Una sociedad espiritual es una sociedad mejor (como una sociedad culta es mejor). Por eso, el cultivo de la espiritualidad es un acto de enriquecimiento humano, antes que de enriquecimiento cristiano.

            Hay quien dice que estos tiempos nuestros, tan materialistas y consumistas, no son tiempos buenos para la espiritualidad. Pero se equivocan: hoy se puede ser espiritual (aunque quizá cueste un poco más). Y de hecho muchas personas lo son y buscan la espiritualidad. ¿Qué significa, por ejemplo, el fenómeno del camino de Santiago que vemos a diario? Hay gente que busca en otro lado que el consumo y el ir tirando.

Clara de Asís puede ayudarnos porque la de Clara puede ser una espiritualidad “moderna”, salvadas las distancias. Vamos a subrayar algunos aspectos más básicos:

 

  • Espiritualidad del decrecimiento: Es la que dicen algunos de que se puede vivir con menos para vivir mejor. No se trata de volver a la pobreza, sino de disminuir el consumo, la productividad y sus tremendos desajustes para volver a una vida más sosegada, mejor relacionada, más humana. Los bienes pasan a un segundo lugar y la persona y sus necesidades de humanidad se sitúan en el primero.

Así habría que entender la dura pobreza que Clara y sus hermanas han vivido en san Damián. No ha sido ni por austeridad (ella tiene otra visión, recordar lo del ayuno), ni siquiera por solidaridad con los empobrecidos (aunque ha estado presente también: los panes que dio a los frailes), sino por llegar a tocar el corazón de las hermanas y del mismo Jesús, por vivir esa vida mejor de un seguimiento hermoso y lúcido. Por eso, la pobreza ha sido soportable y ha tenido sus “beneficios”: vivir mejor la fraternidad y el Evangelio.

  • Elogio de la lentitud: Es la espiritualidad que propugnan algunos en medio de esta sociedad que va a mil por hora, sin capacidad para gestar nada, en una sociedad de la obsolescencia programada: nada está hecho para durar. Dicen estos que hay que volver a los modos de vida que van más despacio, que se fijan en la suerte de los demás, que rumian lo que pasa y lo que nos pasa, que meditan y “contemplan”.

La contemplación de Clara ha sido algo de eso: llevar a la vida una “lentitud” deseada para poder contemplar, para mirar con detalle al “espejo” que es Jesús. A Francisco le decían sus propios compañeros que era muy lento rezando. Y él decía que también hay que comer lento para que haga provecho la comida. Clara es una persona que contempla con lentitud, que mira a Jesús en los detalles, que no le importa pasar tiempo con la Palabra y que no cree que sea tiempo perdido.

  • La espiritualidad de la resiliencia: La resiliencia (del verbo latino resilio: rebotar) es una magnitud que cuantifica la cantidad de energía por unidad de volumen que almacena un material al deformarse elásticamente debido a una tensión aplicada; en psicología, es la capacidad de las personas o grupos de sobreponerse al dolor emocional para continuar con su vida. Hay muchas personas que quieren vivir esta espiritualidad para sobreponerse a los palos que da la vida.

Clara ha sido una resiliente, una resistente, porque ha luchado muchísimo para llevar adelante el ideal de una vida en seguimiento de Jesús en maneras sencillas y bondadosas. Ha luchado contra los jerarcas que, con buenas intenciones, querían que formara un movimiento potente, poderoso y fuerte (rico); ha luchado contra visitadores que, con buena voluntad, querían darle una espiritualidad más “oficial”; luchado contra papas que le daban reglas que ella no quería porque todas apuntaban a lo mismo: una vida organizada y controlada por el sistema (ella, en su pobreza, encuentra la libertad. Dios es su Padre, no el Papa).

  • Espiritualidad transpersonal: Porque más allá de lo físico hay elementos de la persona que nos componen: historia familiar, traumas infantiles, visiones de la realidad, certezas que no podemos en duda (entre ellas las religiosas), modos de ver al otro, etc.

Da la impresión de que en la comunidad de Clara esto cuenta. No se tiene la certeza de que es una comunidad de monjas que rezan, sino un grupo de personas que quiere crecer en un ideal y que por eso unen sus vidas en tal empeño. Hay una vida familiar en san Damián que se aleja de nuestros esquemas habituales de comunidad religiosa (arropar a quienes duermen, consolar a quien anda mal, cariños de madre. Quizá lo habría aprendido de Francisco. De ahí todos los rasgos de ternura, de amparo, de apoyo, de acoger las situaciones débiles del otro.

  • Espiritualidad ecológica: Algo a lo que es cada vez más sensible un sector de la población. Personas que no solamente cuidan de la tierra porque la respetan, sino porque se saben tierra. Han aprendido que hacemos parte de un gran coro, lo creado, que vamos en la misma barca, que dependemos unos de otros, sobre todo los humanos, en grados elementales.

Clara vive esto aprendido de Francisco que tiene realmente a las criaturas por hermanas, ya que tienen el mismo Padre (origen común). Clara celebra que Dios la haya creado porque con la creación le vienen todos los dones. Entienden lo que dicen los teólogos modernos que la verdadera, básica, única vocación primordial es vivir y dar vida. La espiritualidad de Clara, a pesar de la época oscura en la que vive, es una espiritualidad vitalista y luminosa.

  • Espiritualidad laica: Es la que dicen algunos que, basados en que la espiritualidad es patrimonio de lo humano, consideran que también las personas no religiosas pueden ser espirituales porque sus vida están orientadas a eso que no se oye, a lo que subyace a las apariencias y buscan los elementos espirituales (silencio, meditación, aprecio a las palabras hondas, descanso, mirada) en la vida cotidiana sin más.

No se puede decir que Clara tenga una espiritualidad laica. Ella es religiosa en una época religiosa. Pero su estilo de fe y de vida conectaría con facilidad con quien, no teniendo fe, aspira a una vida profunda. La evidencia de su casa abierta, de su lucha por la libertad, de su modo fraterno de entender la relación, de humanizar el desconsuelo, apuntan en esa dirección.

 

¿Es todo esto forzar demasiado? Creemos que en las grandes personas espirituales hay un sustrato común, más allá de los tiempos en que vivieron, que conecta con la gran corriente de vida y de espiritualidad que corre en los fondos de la vida. Quizá por eso su espiritualidad sigue siendo elocuente tras tantos siglos. Son personas que, como Jesús, alimentan el incendio del anhelo de algo distinto y bueno para todos, aquel cielo nuevo y tierra nueva en que habite la justicia (2 Pe 3,15).

 

 

Profesores/as del corazón

“PROFESORES/AS DEL CORAZÓN”

Los educadores franciscanos ante los problemas éticos

 

            La ESEF tiene en su ideología una preocupación actualizante. Creemos que un carisma vive en la medida en que se lo vive en maneras actualizadas. Por eso, en casi todos los cursos que propone está presente el componente actualizador. Eso es lo que queremos hacer en esta tercera jornada.

            Para ello hemos tomado el tema de los problemas éticos, ya que, aunque parezca un tema tangencial en el mundo educativo, de hecho, tiene una incidencia muy fuerte en las personas de los alumnos y de los mismos educadores franciscanos.

            Queremos comenzar, de la mano de un artículo de Julián Casanova (El valor de la educación, en EL PAIS, 15-9-2011, p.27) haciendo unas reflexiones que, en estos momentos de movida educativa (por los recortes en la pública…cuando las barbas de tu vecino veas pelar…). Son reflexiones que es preciso aplicar al conjunto de la tarea educativa. Si no, construimos sobre falso:

  • Se hablan, eso sí, de formación, pero, en realidad, se quiere decir preparación, adquirir crédito profesional a través de un título, ganar dinero fácil y con rapidez. La formación es otra cosa. Si esta distinción no está vigente, hablar de formación al estilo franciscano es hablar de una entelequia.
  • Hay un acuerdo bastante unánime entre los educadores en decir que la educación comporta tres cosas:
  1. 1.      el desarrollo integral de los individuos más allá de la preparación profesional, algo que incluye necesariamente comprender la naturaleza de las cosas y el mundo que nos rodea
  2. 2.      una guía imprescindible para captar los entresijos de la sociedad tan compleja que hemos creado
  3. 3.      conocimiento, respeto por las personas buscando ampliar los estrechos horizontes de la pequeña comunidad de vecinos, familia y amigos en la que cada uno habitamos.
  • La formación franciscana, como verdadera formación, no está reñida con el logro de un sentido crítico de la vida: Una buena educación, además, debe proporcionar una apreciación crítica de las formas en que obtenemos el conocimiento y la comprensión de la sociedad, conocimientos básicos de los métodos experimentales de las ciencias, de los logros sociales, artísticos y literarios del pasado, de las principales concepciones religiosas y filosóficas que han guiado la evolución de la humanidad.
  • Y una apreciación que toca nuestro tema: De una persona educada, en fin, se espera que tenga algún conocimiento sobre los problemas éticos y morales, en constante cambio, que pueda ayudarle a formarse un juicio sólido y elegir entre las diferentes opciones.

Me he extendido un poco en este artículo pero creo que la cosa merecía la pena. Esta es la base de la que es necesario partir en nuestra reflexión. Somos conscientes de que el ámbito de lo que llamamos problemas éticos es muy resbaladizo. Temas como la sexualidad en todas sus variantes, la problemática en torno a la muerte, el ancho y entrecruzado mundo de la afectividad, el interrogante cada vez más agudo de la nueva ingeniería genética, etc., son realidades de una complejidad que se nos escapa. Cuando hablamos de que el franciscanismo ha de aceptar este difícil reto de nuestra cultura de hoy queremos situarnos en otro terreno, en el acompañamiento, la comprensión, el socorro fraterno y, en definitiva, la ternura.

Y aunque luego me extenderé un poco más, desvelo ya de entrada cuál es, a nuestro juicio, la actitud y la postura básica del educador franciscano (de todo franciscano) ante los problemas éticos: una actitud de misericordia, una actitud samaritana. Es posible que, de entrada, esto no diga mucho, pero, en realidad, estamos buscando un espacio propio, el de la espiritualidad franciscana, para interpretar la vida en sus lados más delicados. No entramos a otros espacios, legales, sociales, morales, eclesiales. Sabiendo que esos espacios existen y están ahí (también participamos de ellos) el franciscano cree que tiene un lugar propio a la hora de leer la realidad. Ese lugar, lo repetimos, es la misericordia entrañable. Desde ahí se puede tener un enfoque interesante de los problemas éticos.

Creemos que, efectivamente, una de las maneras de tratar de responder a este complejo reto es situarse en el terreno de la escucha, la cercanía, el acompañamiento sin juicio, aun cuando no se entiendan ni se compartan posturas o experiencias. Necesitamos hacerlo desde la ternura, desde ese sentimiento en que, quizá sin muchos argumentos, el interior conecta con la situación complicada de una persona y se establece una sintonía de acogida, de amparo y de aprecio. Más aún, esta ternura no brota de un sentimiento paternalista de superioridad, sino de la percepción de que, de alguna manera, todos estamos en la misma situación y que, salvadas las distancias, toda persona está necesitada de similar amparo. La verdadera ternura lleva a la sintonía porque percibe la igualdad de situaciones. Por eso se libra de todo orgullo, menosprecio o sentimiento de superioridad.

Todos conocemos las posturas oficiales de la Iglesia en esta clase de temas que se caracterizan, globalmente hablando, por una gran claridad y una no menos notable rigidez. El franciscano/a no quiere entrar en conflicto con ellas. Las respeta, pero se sitúa en otro terreno, el de la profecía de la fraternidad y la ternura sin las que su vocación franciscana no tendría sentido

Tocaremos aquellos problemas éticos que confluyen también en el centro escolar: los problemas de pareja, los temas relativos al nacimiento de la vida (nuevas técnicas genéticas, el tema del aborto), y a su terminación (muerte digna, eutanasia) etc. Son asuntos que inciden en el hecho educativo.  ¿Cómo situarse en ese mundo desde la misericordia entrañable? Esta reflexión apunta al mundo del profesorado, al disco duro de cada profesor que, más temprano que tarde, se topa con esta clase de cuestiones.

Hemos tomado para esta reflexión el título de una de las canciones de L.Cohen Teachers donde se habla del anhelo de ser “profesores del corazón”. De algo de eso se trata en la formación franciscana: moldear el corazón para adecuarlo a la honda humanidad de Jesús, de Francisco y de la persona.

 

a) El torbellino de la sexualidad

 

                        Dicen los analistas de nuestra sociedad de hoy que una de sus notas es que la sexualidad ha entrado en un torbellino que ha hecho saltar por los aires los antiguos modelos patriarcales vigentes e intangibles hasta ahora. Y esto es cierto. Lo vemos en nuestras propias familias, en nuestra misma mentalidad y sensibilidad. Vivir en una sociedad en tan fuerte cambio y querer mantener principios rígidos de otra época puede llevar a una paranoia dramática. No se trata de contemporizar sin más en todos los aspectos, algunos cuestionables, de una manera de enfocar la realidad de la sexualidad humana. Sí se demanda una cierta flexibilidad para atisbar planteamientos nuevos, respuestas nuevas o, al menos, una nueva comprensión que, en el caso de los franciscanos, como hemos dicho, habría de estar dominada por un sentimiento de escucha y de respeto. Pongamos encima de la mesa algunos aspectos:

  • Una nueva concepción de las relaciones sexuales: Existe una diversidad de orientaciones, identidades y comportamientos sexuales (gays, lesbianas, transexuales, bisexuales), una vivencia de la sexualidad en la tercera edad, en el mundo de la discapacidad, en la prostitución, en las diferentes formas de valorar el cuerpo. Entender la homosexualidad, la bisexualidad, etc.,  como desviaciones o, peor, como enfermedades, es cerrarse a cualquier posibilidad de comprensión: es innegable el derecho a vivir la sexualidad en las tendencias que cada uno/a vaya descubriendo en su persona y en las opciones que vaya construyendo en su vida. Por su parte, habría que distinguir entre la  prostitución forzada y la que se ejerce por decisión propia, de tal manera que, situadas en sus contextos sociales, económicos y personales, lleguen a ser entendidas en una sociedad que siempre ha recurrido a ellas. Finalmente, partir de una valoración negativista del cuerpo humano es incapacitarse para cualquier avance en todo este mundo. No habría que recurrir únicamente a argumentos espirituales (cuerpo creado por Dios), sino sencillamente a la evidencia de que dependemos de nuestro cuerpo y que éste se halla destinado al disfrute y no al trabajo o a su negación. Quizá en esta clase de raíces se halla la respuesta a no pocos de nuestros planteamientos éticos.
  • Variantes para los modos de relación humana: Hasta ahora casi la única variante oficial en nuestra cultura era la del matrimonio (ya que la soltería era como un apéndice en este terreno). Pero hoy, además de la soltería deliberada, se evidencia, por muchas razones, la realidad de un cierto número (dos, tres o más) relaciones matrimoniales en la vida de una persona. Además, adquieren una cierta carta de ciudadanía las relaciones de pareja más o menos estables (parejas de hecho, parejas que viven juntas “sin papeles”), el mundo de los “singles” o impares, cuya bandera es la libertad, la independencia, con relaciones más o menos estables, Internet como forma de entrar en contacto, de manera que las fronteras de la relación se diversifican y diluyen. Todo este mundo está ahí. Cerrar los ojos es insensato, como lo es querer situarse en maneras anteriores que ya no existen. Hay que mirar de frente la realidad de una relación humana que se diversifica cada vez más.
  • El señorío sobre la muerte: Es algo que nuestra cultura no ha trabajado en exceso. Siempre se ha creído que la muerte terminaba por enseñorearse de la vida. Pero se está dando una variante en el amplio campo de la lucha por lograr un cierto señorío sobre la muerte. El complicado tema de la muerte digna, de las diversas eutanasias (pasiva, activa), del suicidio asistido, etc., están hablando de los esfuerzos de muchos ciudadanos por avanzar en el señorío sobre la muerte, haciendo de esta realidad no algo meramente fatal e ineludible, sino también una realidad asumida y encajada en la voluntad humana de vivir. Recurrir a argumentos religiosos para intentar paralizar esta corriente es, pensamos, querer poner puertas al campo. Por eso, vale más mirar de frente este anhelo de nuestra cultura y tratar de racionalizarlo, encauzándolo lo más posible en los básicos parámetros de la dignidad humana.
  • El estremecedor mundo de la ingeniería genética: Estremecedor por desconocido y porque se abre a variantes múltiples de las que no podemos hacernos idea de cuáles van a ser sus límites. Si mezclamos al atávico temor a tocar las estructuras de la vida, el temor que suscita una cierta manera de entender el hecho religioso y el miedo a lo desconocido intuido como algo estremecedor, es posible que la respuesta más fácil sea intentar paralizar estos vertiginosos procesos. Pero el afán de la ciencia, la verdadera y también la interesada, no van a parar, ya que la sed del conocimiento humano es insaciable. De ahí que sea mejor hacer un esfuerzo por entender, por analizar riesgos, por legislar parámetros de seguridad, por establecer un pensamiento que ilumine los pasos que se van dando en lugar de otro que, simplemente, condene a priori cualquier tipo de investigación.

Ya lo decimos: es todo esto un mundo de vértigo, pero no haría bien el franciscano/a encerrándose en sus viejos parámetros morales y funcionando desde ahí con menosprecio o condenando otro tipo de planteamientos. Además de llevarle a un aislamiento creciente, le conduciría igualmente a situaciones sin salida. Y lo que es peor: le incapacitaría para arbitrar caminos de amparo y de fraternidad, su cometido vocacional.

 

            b) Ternura franciscana

 

¿Puede ayudarnos la figura de Francisco de Asís a redescubrir la vida desde el lado de la ternura, elemento necesario para enfocar problemas difíciles? Sin duda puesto que él, hombre dotado de una gran sensibilidad, vivió en los parámetros de la ternura las relaciones con sus hermanos, con las personas e incluso con las cosas. Esto puede hacernos a los franciscanos más disponibles para generar un interior dispuesto a mirar las realidades complicadas de una ética nueva desde lados más humanizadotes. Veamos:

  • De todos es sabida su predilección por las alondras a las que, según EP 113, quería con un “entrañable amor”,  un amor que surge del corazón. El porte externo y el comportamiento de esta pequeña ave le sugería el modo sencillo y oculto que debía ser el del hermano menor. Por eso, le tenía un cariño especial. La florecilla franciscana dice que en la hora de la muerte fueron ellas las que revolotearon cantando y anunciado su tránsito. Hace falta un interior “ingenuo”, simple, cándido incluso, si se quiere captar ciertos movimientos del corazón humano.
  • Pero era, sobre todo en las relaciones con sus propios hermanos cuando derramaba ternura y comprensión. De todos es conocida aquella escena descrita en LM 5,7 en que un hermano exageradamente austero siente un hambre enorme por la noche y Francisco organiza una especie de fraterna comida para que tal hermano pueda saciar su hambre sin vergüenza. Según este texto “no era partidario de una severidad intransigente, que no se reviste de entrañas de misericordia ni está sazonada con la sal de la discreción”. En esas “entrañas de misericordia” es donde anida la ternura que hace falta para salir al paso del hermano sin humillar a quien es víctima de su propia imprudencia. La dificultad para entender problemas éticos brota, con frecuencia, de un sentimiento de superioridad no tratado. Si no se trabaja, la posibilidad de un enfoque nuevo es muy limitada.
  • No es de extrañar que este modo fraterno y hondamente tierno de entender al hermano asomara hasta en su propio lenguaje. En Flor 8 Francisco da al hermano León el llamativo calificativo de “ovejuela de Dios”.  Era una manera tierna de nombrar a quien amaba. En Francesco  de L. Cavani, León se preguntará: “¿Cómo pudo llamarme así si únicamente era mi madre quien me daba ese nombre?”. En la CtaL vuelve a asomar ese aire de ternura cuando dice a fray León: “Te hablo, hijo mío, como una madre… si te es necesario para tu alma otro consuelo y quieres venir a verme, ven, León”. Es la ternura que se desborda y se sobrepone a cualquier fricción, a cualquier diferencia, a cualquier malentendido. Esta ternura es la que hace pasar por encima de diferencias que alejan y lleva a encontrarse en lo más elemental, en la indudable sed de amor que anida en toda persona.
  • Como no podía ser menos, Francisco trató con respeto y ternura a Clara y sus hermanas. Y aunque, porque así era costumbre en el tiempo, no ha trascendido ningún gesto explícito de esa ternura, hemos tenido la suerte de conocer tardíamente un escrito breve de Francisco a sus hermanas, la ExhCl, dirigido a las “pobrecillas” en que les ruega “con gran amor” que sean fieles a su vocación franciscana en contemplación y fraternidad ya que les aguarda la plenitud y el gozo. El texto rezuma gozo contenido, aprecio evidente y cariño sincero. La Leyenda Perusina dice que compuso este texto con música “para mayor consuelo de las Damas Pobres de san Damián”. Son los gestos que llevan el gozo a situaciones y vidas envueltas en pobreza. Porque si la relación no engendra gozo, sino únicamente tensión, no puede ser tenida tal relación como verdaderamente humana ni franciscana.

No son más que unos pocos rasgos, pero desvelan el interior, amable y cortés, tierno y afectuoso de Francisco para con las personas con las que convivió. Su estilo de vida es un ánimo para nosotros hoy. Y aunque la ternura no entre en los valores oficiales, en las encuestas sociológicas, hemos de tener por seguro que hay muchas personas que sienten y viven tiernamente las relaciones. Siempre nos inquietará una hermosa pregunta: ¿De dónde brota la ternura, más allá de los lugares de más odio? Es que el corazón humano no es una piedra y tiene por componente el de la ternura, aunque a veces nos empeñemos en sofocarla y encerrarla para que no salga al exterior, como si fuera un desdoro cuando, en realidad, es un valor inigualable.

 

c) Profecía de misericordia entrañable

 

            Tal habría de ser la profecía del franciscano/a en esta hora nuestra y, con más razón, por más necesaria, en el mundo de los problemas éticos. Por eso, si queremos percatarnos del vigor de nuestra vida franciscana, quizá no haya que mirar al número y valor de nuestras obras o la multitud de nuestras presencias, sino, más bien, a estos valores elementales como el de la ternura que configuran nuestra opción franciscana. Enumeremos algunos campos que nos llevarían a aceptar el reto de acompañar con ternura los problemas éticos:

  • Profecía de cercanía a quien no ha tenido buena suerte en sus relaciones matrimoniales: Porque es lógico que el fracaso acompañe a la relación. El amor no es una realidad inamovible; más bien, es casi volátil. Por eso, no es de extrañar que muchas relaciones fracasen. ¿Cómo estar cerca de quien ha tenido esa experiencia en su vida? No, ciertamente, poniendo cortapisas a su participación en la vida ciudadana e incluso en la cristiana. Más bien, habría que tratar de echar bálsamo sobre los, con frecuencia, duros costurones que dejan las heridas del amor roto; habría que animarles diciéndoles que la vida no se acaba con su fracaso y que existen otras posibilidades que lleven a la dicha; sería preciso, como creyentes, hacerles percibir que no son excluidos de la comunidad, sino que su dolor los hace más cercanos a la persona de Jesús, próximo él a los sufrientes de la vida.

Un número creciente de alumnos/as viene de familias con una cierta desestructura. El cuidado del educador/a franciscano se ha de verte sobre ellos no para distinguirlos con ningún favor especial, pero sí para acompañar un camino que no es, a veces, nada fácil. Lo mismo habría que decir cuando algunos padres en estas situaciones se acercan a él. Eliminar juicios negativos y hacer obra de acompañamiento es tarea educativa. Esto habría de ser considerado en los Consejos Escolares a la hora de los conflictos.

 

  • Profecía de aprecio a las diversas orientaciones, identidades y comportamientos sexuales: Aunque no sean las opciones que uno personalmente tomaría. Aprecio a los homosexuales y otras variantes de los caminos de la sexualidad para poder decirles que sus caminos de amor nos gustan porque creemos, con el viejo canto litúrgico, “que donde hay amor, allí está Dios”. Y también está el componente humano. Sería preciso animarles con nuestro aprecio manifiesto y solidario a sus propias opciones como opciones valiosas, dentro de su discutibilidad (como son discutibles otras opciones más tradicionales).

 

Cada vez son más frecuentes los casos de alumnos/as con una orientación sexual diversa a la habitual. La comprensión y la acogida pueden ser decisivas en estas épocas en que se gesta la futura personalidad. Ahí sería preciso poner el bálsamo y el abrazo de quien tiene a toda persona por hermano, contando con orientación sexual, sea cual sea.

 

  • Profecía de sintonía con opciones de relación que no están normalizadas: Todas las relaciones de pareja sin papeles, o de parejas de hecho u otras. Sintonía quizá no en sus formas, que pueden ser discutibles, sino en su fondo, ya que ese fondo no es otro, sino el mismo amor. Sintonizar en los caminos del amor es una manera hondísima de humanizar. Sin esa sintonía es muy difícil hablar de las consecuencias personales y sociales que puede tener una relación vivida en esa clase de parámetros.

 

Trabajar con esas personas, padres o familiares de alumnos, con acogida y normalidad. Eliminar los tratamientos verbales irónicos o faltos de respeto. Acoger todo lo bueno y positivo que encierran esas personas. Mantener alejados los elementos de juicio negativos que brotan de una sociedad cruel con el que toma posiciones diferenciadas.

 

  • Profecía solidaria de los matrimonios que ejercen con lucidez su derecho a una planificación familiar: Porque quizá se está volviendo, desde la iglesia oficial, a viejos planteamientos donde, entendiendo la finalidad del matrimonio como “engendrar hijos”, queda poco espacio, excepto en casos extraordinarios, a la planificación familiar en modos que, de una manera u otra, echan mano de la contracepción. Una profecía de solidaridad, porque son muchas las parejas cristianas (y otras) que emplean dichos métodos. Esta solidaridad puede abrir un diálogo útil sobre los pros y los contras de tal situación. Y, además, en modos que no buscan ninguna clase de polémica, sería una manera de empujar a la búsqueda de la dicha en la relación de pareja, base de cualquier buena planificación familiar, fuera la que fuere.

 

Porque muchos de los alumnos son fruto de tal planificación; contrapesar el aún axioma vigente de que “los hijos los da Dios”. Animar a ejercer este derecho con sensatez y humanidad.

 

  • Profecía de honda humanidad ante el mundo de la prostitución: Primero para extinguir el viejo afán de “tirar la piedra” a quien, desde siempre, es socialmente más débil (Jesús ya conjuró este peligro). Además, para no funcionar con viejos parámetros que gravan una profesión que, por otra parte, es requerida por la misma sociedad, aunque lo haga en modos de notable hipocresía. Pero, sobre todo, honda humanidad para sintonizar con un trabajo con frecuencia duro, expuesto, arriesgado, muchas veces mal remunerado, desprotegido socialmente, descalificado en todos los ámbitos sociales, estigmatizado y menospreciado tanto por sus usuarios como por muchos que no lo son.

 

Tolerancia verbal cero en nuestros centros; quizá habría que llevar alguna vez este asunto (estas personas) a los ámbitos escolares adultos para tratar de entender algo que resulta duro para todos, aunque haya gente que se lo tome a broma.

 

  • Profecía de colaboración con quienes sueñan con el señorío sobre la muerte: Profecía que ha de manifestarse en ayudar a encajar el para todos duro trance de la muerte. Ayuda que los cristianos habríamos de dar generosamente facilitando despedidas de rebajado componente religioso y de más alto componente humanizador. Colaboración en temas que nos parecen vidriosos, como el de la muerte digna o el suicidio asistido, no poniendo trabas a quienes en los centros médicos franciscanos quieren abrir caminos nuevos. Es un gran riesgo, pero, ya lo hemos dicho varias veces, aceptar retos, ejercer la profecía, nunca ha sido fácil y aceptado por todos. El franciscano/a habría de colaborar, desde el valor del la ternura, en todos los debates, incluso a nivel sencillo, que tratan de iluminar este duro momento de la vida para hacerlo más benigno y más humano.

 

Porque este mundo de los mayores terminales (o no tan mayores) se hace presente, a veces, en la vida de los alumnos (recordar la presencia infantil tanto en “Mar adentro” como en “Las alas de la vida”).

 

  • Profecía de compasivo respeto ante las decisiones en torno al aborto: Porque el tema es muy complejo, tanto desde el punto de vista médico como desde el ético y religioso. Precisamente por eso la profecía compasiva ha de huir de aplicar en directo imaginarios estereotipados. No olvidemos que la víctima es, inicialmente y en muchos casos, la misma madre y que su feto es suyo y ella carga con la mayor parte del peso. Pero conviene repartir responsabilidades con el autor masculino del embarazo que casi siempre sale indemne de las censuras de los moralistas. Aún así, la mirada compasiva descubrirá el lugar mejor en el que situarse, mejor para los padres, mejor para un hijo futuro si esa fuera la decisión y mejor para los afectados (para la misma sociedad), si no lo fuera.

 

Dado que este asunto tampoco está lejos de la vida de los alumnos y alumnas. Mostrar el lado más humanizador en estas situaciones, siempre duras.

 

No queremos entrar en las muchas discusiones técnicas que suscitan estos complejos problemas. Ni siquiera deseamos litigar, ya lo hemos dicho, con las posiciones de la iglesia oficial. Nosotros queremos proponer una profecía de ternura desde la espiritualidad franciscana. Si esto lleva a ciertas complicaciones, es preciso estar dispuesto a aceptarlas con anchura de corazón y de espaldas. Creemos que, de alguna forma, el hermano Francisco, hombre de honda ternura, nos anima en esta dirección.

 

            d) Decálogo para profesores/as

 

            Muchos teóricos de la fe cristiana han hablado del “principio misericordia” o de la “iglesia samaritana” como verdaderas directrices de la experiencia creyente. En ese tipo de espiritualidad se asienta la ternura franciscana ante los problemas éticos. Queremos terminar de un modo más familia con una especie de decálogo para profesores/as ante los problemas éticos que la vida y el trabajo educativo pone delante:

 

  1. Tu mirada es el reflejo de tu misericordia. Cuida tu manera de mirar.
  2. Tus palabras curan o hieren. Que sean bálsamo en las vidas heridas.
  3. Para acompañar el camino del distinto, trata de calzar sus zapatos, de ponerte en su situación.
  4. No te agarres a las limitaciones de las personas. Tras ellas está el hermoso huerto de su corazón.
  5. No toleres el menosprecio, la palabra hiriente, el tópico que hace daño, el estereotipo que desfigura la realidad, la máscara que encubre otras intenciones.
  6. Pon de relieve lo positivo que subyace a cualquier situación cuestionable.
  7. No te duela ser defensor de quien socialmente no es aceptado.
  8. Apoya con decisión a las personas “distintas”. Llevan un peso de injusticia que no han merecido.
  9. No te avergüences de pertenecer a un centro educativo donde tienen sitio los marcados por la sociedad. Esa es la verdadera “q” de calidad.
  10. Además de profesor/a tendrás que hacer, a veces, de educador social (o cosa parecida).

 

Estos diez mandamientos se resumen en uno solo: no dejes nunca de responder ante el dolor ajeno. Esto es lo que te constituye en sujeto moral y en buen educador/a.

 

 

Conclusión

 

            Es más que probable que, cuando firmasteis el contrato con un colegio de ideario franciscano, no os dijeron nada de esto. Pero vuestro interés por la espiritualidad de san Francisco os va llevando a estaos planteamientos. Quizá esto sea más importante que saber mucho de su biografía o de sus escritos, aunque eso lleva a esto. Adquirir actitudes franciscanas, de misericordia entrañable, es el fruto de una vida que se va acercando a Francisco y a Clara, personas que hicieron vivas en su tiempo las actitudes de Jesús.

Valores y actitudes para una crisis que dura

 

 

 

VALORES Y ESTRATEGIAS

PARA UNA CRISIS QUE DURA

 

                Para hablar de la crisis habría que sufrirla en carne propia. Muchos de nosotros hablamos de ella frecuentemente, pero nuestro lenguaje delata una cruda realidad: no sufrimos la crisis, quizá un tímido ajuste. Utilizamos la crisis para justificar actuaciones muchas veces inconfesables (mucho del ajuste laboral tiene como fondo este mecanismo). Hablar de la crisis sin sufrirla es casi una maldad. A pesar de todo, hablemos; quien debería realmente hablar, el sector social más débil (ampliado por este tremendo tsunami económico) no tiene voz. Démosle lo que le pertenece.

                Todo el mundo coincide en que estamos en una crisis de valores. Por eso, todos dicen que los valores son imprescindibles para salir de esta aquí. Los economistas dicen que hay que reintroducir valores éticos a nivel mundial (Camdessus, exdirector del FMI), los políticos, que abogan por “moralizar el capitalismo” (Sarkozy, Merkel), por supuesto, los clérigos de todo rango que proclaman la necesaria renovación ética de la vida social y económica (Mons. Osoro, obispo de Valencia) y los intelectuales que, con agudeza, han elaborado y firmado un manifiesto por “Otra política y otros valores para salir de la crisis”.

                Pero, aun a riesgo de que tal melodía se escuche la semana sin jueves, es preciso hablar, para uno mismo y para los demás, de esos valores que puedan hacernos salir de la crisis. No obstante, hay una consideración inicial ineludible que es preciso responder: ¿salir de la crisis hacia dónde? Cualquiera entiende que si se quiere salir al lugar del que provenimos, al punto en que estábamos cuando “no había crisis” (una economía descontrolada, capitalista a rabiar, depredadora, inhumana), mejor sería no colaborar a tal empresa. Hay muchos ciudadanos que quieren ir a otro lugar a otra economía, a una manera distinta de entender el mundo y las relaciones económicas. Si no vamos hacia ese “otro lugar”, quizá sería mejor que esta crisis durara sin fin y nos sumiera en una pobreza general. Tal vez desde la derrota comenzaríamos a aprender, ya que desde esta injusta prosperidad no aprendemos ni a tiros.

                No nos extrañe que haya gente que diga que para hablar de este tema hay que recuperar el sentimiento de indignación (ya J. Sobrino hablaba hace tiempo de esto). Es el ¡basta ya! de quien acumula experiencias de injusticia y se planta. Algo de esto nos es necesario (recordar aquel artículo de Reverte en el año 1998 “Los amos del mundo”). Si todo nos parece “normal”, si no tenemos más recurso interior que el socorrido “qué le vamos a hacer”, si algo de la situación no nos “muerde” dentro, es que todavía no hemos llegado al principio del asunto.

                Por otra parte, esta situación crítica se prolonga y, como dice todo el mundo, no vamos a levantar cabeza en mucho tiempo. Cuando las cosas se prolongan nos acecha el cansancio y el olvido. El cansancio que bloque y el olvido que tiene la propiedad de hacernos creer que la tormenta ha pasado (si se tiene tal sensación es que no estamos en el torbellino de la crisis). Es preciso apelar a la resistencia en la que habita la esperanza (como decía Sábato). Resistir para animar a quien lleva mucho tiempo sufriendo; resistir para no cejar en el empeño de estar ante esta dura situación; resistir en nuestras pequeñas opciones; resistir en el anhelo no tanto de salir de esta crisis pro vía de la vuelta al consabido neoliberalismo, sino por el sueño de la justicia. Cuanto más tiempo pasa, con más ahínco habría que situarse ante el problema.

                Vamos a reflexionar sobre dos ámbitos: sobre la espiritualidad y sobre las actitudes. La espiritualidad social es muy útil para un redescubrimiento del Evangelio y de las pobrezas (la cosa cambia mucho cuando se le añade a la pobreza un “s”). Y sobre las actitudes porque hay que apuntar a lo concreto, aunque nos quedemos cortos, aunque lo logrado sea cosa de poca relevancia. No importa. Lo pero, quedarse quieto, dejarse atrapar por la rutina, enmohecerse y hacerle el caldo gordo al sistema.

 

1. Valores

 

                Los valores que vamos a proponer apuntan, al menos en deseo, a una realidad distinta. Por eso, digámoslo, son valores “espirituales” (no religiosos) ya que afectan al espíritu, al alma, a los adentros, tanto del sistema como los de cada persona. Si no se cree en esto, mejor no perder el tiempo y seguir clamando por lo que resulta imposible. ¿Cuáles serían esos valores?

  1. 1.        La tenaz utopía: Malos tiempos para la utopía, dicen. No tan malos porque la utopía vive en el anhelo de mucha gente. No hay que abandonar la idea de que otro mundo, otra economía, otra banca, otra empresa, otro mercado es posible. No hay que apearse del terco sueño de que tú y yo, criados en una economía de devastación y lucro, podamos entender las relaciones económicas con lo humano por delante. Los economistas hablan de “economía inteligente”, “economía sostenible”. En el fondo están hablando del sueño de una economía humana. Si algunos economistas se han echado al monte de la utopía será que es necesaria y útil.
  2. 2.        La economía inclusiva: Quiere decir que esta economía que sueña en mi riqueza a la vez que genera pobreza en otros habría de ser suplantada por la certeza de que toda persona tiene derecho a sentarse en el banquete de la vida, a tener cubiertas las necesidades básicas (educación, sanidad, vivienda, trabajo, etc.). Cuando decimos “toda” persona, ha de creerse en eso como en un dogma de fe. Por eso, ningún matiz sociológico (ni moral, ni religioso, ni histórico, etc.) que afecte a una persona puede ser causa de exclusión.
  3. 3.        La mirada distinta: No la de la rapiña que mira desconfiada al otro porque lo ve como un competidor y no como una persona, como un hermano. Una mirada relacional que transforme la mirada económica y que, por ello, no repare en razas, colores, lenguas, religiones, países. Globalizar la relación para que no haya relaciones privilegiadas, consagradas. La mirada de los países llamados desarrollados está viciada por su propio desarrollo. ¿Cómo mirar sin el menosprecio, la condicionalidad, la superioridad de unos ojos que pertenecen a una persona satisfecha a costa de otros?
  4. 4.        El gozo de ver crecer al otro: A todo otro, no solamente a los míos, a mi familia, a los de mi región, a los paisanos, a los de mi país. Si no se sabe de esa alegría rara que es gozarse de que el débil, sobre todo, vaya saliendo a flote, hablar de salir de esta crisis es música celestial. Por eso mismo, la base de una economía nueva está en esa mirada nueva que derrite el hielo de la desconfianza, más allá de cualquier fallo evidente. Quizá sea una buena terapia comenzar por aprender a compartir las alegrías de los extraños, de los distintos, de los alejados. Mientras únicamente me alegren mis propias alegrías correré el riesgo de invertir en exceso engendrar tales alegrías privando a los demás de ese potencial. La alegría compartida del crecimiento ajeno puede ser mi propia alegría.
  5. 5.        La tolerancia siempre progresiva: Porque una economía nueva necesita, además de mejor organización y mayor control, dosis increíbles de tolerancia, dosis cada vez mayores. Sin tolerancia, respeto y acompañamiento, las relaciones económicas devienen en una lucha de tiburones que se matan por la supervivencia a costa del otro. El neoliberalismo económico es una forma de colonialismo más fuerte que la política de épocas pasadas. Este neocolonialismo es, de por sí, intolerante, aunque se revista de legalidad.    
  6. 6.        La humilde racionalidad: Si alguna característica puede dibujar al modelo económico en que hemos sido educados, que persiste en muchos de nosotros y que sigue funcionando a todo trapo es la irracionalidad. Y no solamente nos referimos a la irracionalidad cósmica de los magnates de este mundo que manejan el principio, sin rubor, de que lo que yo me pueda pagar está permitido. Sino a la cotidiana irracionalidad de mis viviendas innecesarias, de mis coches que me dan prestancia, de mis convites que miden su nivel por el precio del cubierto, de mis prácticas consumistas diarias que están reñidas con la reflexión. Del mismo modo que el ansia de poder echa fuera la racionalidad, también el consumo y la prepotencia económica (que son, en el fondo, formas de poder) echan fuera a la racionalidad.
  7. 7.        La imprescindible austeridad: No solamente para que los números de nuestra cuenta no mermen sin sentido sino, sobre todo, para poder acercarnos a la situación y a los sentimientos de los empobrecidos, de aquellos que han sido echados del lujoso y luminoso trasatlántico del consumo, mundo duro y creciente de náufragos, por nuestras absurdas prácticas económicas. No se trata de vivir peor, sino de equilibrar, de aprender la hermosa espiritualidad del decrecimiento porque es posible vivir mejor con menos. Las razones del decrecimiento son la justicia y el logro de una felicidad verdaderamente humana. La primera tanto como la segunda.
  8. 8.        Las nuevas relaciones con la naturaleza: Porque no estamos haciendo poesía. Muchos de los desvaríos de la actual economía derivan de una relación con lo creado despótica y, por ello, blasfema. Una economía distinta espera el momento en que consagremos esfuerzos explícitos a cuidar de la tierra, sabiendo que ese camino es la senda buena de una economía distinta. La certeza evidente, y un poco ramplona, de que la tierra no es una despensa inagotable habría de ser suficiente. Pero, además, y desde el punto de una ecología saludable, la evidencia de que somos parte de una entidad amplia, el cosmos, que nos engloba a todos habría de suscitar en nosotros sentimientos de hermandad, de democracia cósmica. Tener esto por simples teorías de moda es empobrecer nuestro camino histórico.
  9. 9.        La igualdad que se resiste tanto: Se resiste porque no nos hacemos a la idea de que la igualdad es rentable desde el punto de vista económico, porque lo es desde el punto de vista humano. Esto es evidente con los pobres y con las mujeres. Con los pobres porque la desigualdad endémica deja de serlo cuando se la encara con ánimo de igualar. Con las mujeres porque el machismo, en modos sutiles y consagrados, o en maneras brutales, sigue ondeando por encima de todas las cabezas. Por eso la pobreza se feminiza a pasos agigantados en el planeta.  Pensar en una economía nueva desde parámetros adquiridos de desigualdad es anhelar un sueño irrealizable.
  10. 10.     El amor a lo público: Como espacio adecuado para devolver a la actividad política el aval que regule los mercados y las finanzas en una dirección totalmente nueva. Amar lo público para erradicar todo tipo de fraude económico. Mientras nuestra mente elabore automáticamente que lo privado (y privatizado) es mucho mejor, más eficaz, más productivo, con más sentido económico, pensar en una salida de crisis para la totalidad de la población, resulta imposible. Esta certeza del valor superior de lo privado está muy próxima al lucro indiscernido, a la ganancia por encima de todo y, en definitiva, al egoísmo cainita.

Habrá quien se sonría, bostece, muestre fatiga o, incluso, fustigue esta clase de planteamientos. Pero tal vez en esta espiritualidad se halle lo mejor de nuestra dignidad humana, de nuestros sueños y, en definitiva, de nuestra humanidad. Construir una economía distinta no es, únicamente, una tarea de economistas. Es un trabajo de personas que quieren vivir en un mundo nuevo y de quienes anhelan dejar a las generaciones venideras unas ciudades y pueblos más respirables. El reto no es el crecimiento económico sino la expansión del espíritu humano. Quizá para eso andemos errantes desde hace millones de años y tengamos por delante otros tantos.

El mismo Evangelio muestra en muchas de sus páginas que su utopía no apunta a la producción, sino al reparto (Jn 6,1ss: multiplicación de los panes). Jesús parece que tiene bien asimilada la certeza de que compartiendo sobre la base del todo llega, no siendo obstáculo la pobreza. Compartir exige un cambio de corazón. Por eso el Evangelio apunta al reparto. No dar fe a estas certezas de Jesús y decir que se cree en él y que se le sigue parece una contradicción. El seguimiento de Jesús es creer con él en lo que él creyó. Y la certeza del reparto que llega parece que pertenece al núcleo de sus creencias.

 

Para un diálogo en sala o un pequeño taller:

 

  1. 1.       ¿Qué arraigo real tienen estos valores en nuestras comunidades religiosas? ¿Hay hermanas que respiran en esta dirección? ¿Dónde está la mayor dificultad?
  2. 2.       Toma uno de los diez puntos y ponle un nombre, un rostro, una situación concreta para que se entienda, a modo de ejemplo.

 

 

2. Actitudes

 

                Quizá sean actitudes que llevan a poco. Y son evangélicas, por humanas. La VR tendría que ir haciéndolas suyas, en una u otra medida. ¿Cómo vamos a proponer los valores del Reino en un “aquí y ahora” que no nos preocupa. Es preciso conjurar el peligro de una espiritualidad sin carne, verdadera fantasía. Las que vamos a proponer son cosas que decimos con frecuencia. Digámoslas una vez más. Tal vez así se vaya creando conciencia y actitudes.

 

1)      Que el Evangelio y sus criterios pinten algo en nuestros discernimientos: Porque seguimos con la impresión de que nuestros comportamientos sociales y económicos van por un camino y el Evangelio por otro (no en confrontación, pero tampoco en coordinación). Si quitamos los criterios evangélicos de la vida real de nuestros carismáticos (fundadores, personas relevantes en nuestra historia fraterna) ¿qué queda? Sería bueno que en la mesa de la discusión de nuestros asuntos económicos, pequeños y grandes, sonara, explícita, la palabra del Evangelio. Puede parece que economía y Evangelio son inmezclables. Pero es un error: están llamadas la una al otro (leamos, por ejemplo, san Marcos desde esa perspectiva).

2)      Que pensemos en qué tipo de sociedad queremos, qué modelo de sociedad soñamos: Ya que da la impresión de que nuestro posicionamiento común (de “derechas”) anhela una sociedad bien estratificada, poco igualitaria. ¿Cómo el Evangelio no modifica esto? ¿Cómo el sueño de la fraternidad (núcleo de la espiritualidad de la VR) no se trasvasa a lo social? ¿Por qué uno entra a la VR con una mentalidad social y permanece en ella, inalterable, toda la vida? ¿Por qué las posiciones económicas más neoliberales encuentran en los grupos religiosos unos buenos aliados?

3)      Que no decaigamos en el tema del destino social de nuestros bienes y de la orientación de nuestras inversiones fraternas: Ya que se ha tratado mucho, pero, en realidad, los pasos que se han dado no son tantos. Nos frena el mal momento económico, el miedo a un futuro en desamparo económico o la misma comodidad. Empleamos mucha energía en defender nuestros bienes. No tanta en buscar vías racionales de socialización. Quizá a la base sea una cuestión de verdadera y profunda generosidad (para el Evangelio la generosidad como elemento clarificador de posturas de fe es decisivo). Habiendo hecho voto de pobreza, lo que parece que hemos conseguido mucho es ser guardianes celosos de nuestros bienes. ¿Cómo le habría ido a la VR sin en lugar de hacer voto de pobreza hubiera hecho voto de generosidad? ¿Es esto solamente una frase más o menos ingeniosa?

4)      Que nos animemos a una visión distinta de la economía porque eso es lo que hemos elegido: Nadie nos ha obliga a venir a este estilo de vida económico que habría de ir en otra dirección. Hemos elegido la pobreza con espíritu como dinamismo de una tipo de sociedad distinto, fraterno (es lo que Jesús llamaba el “reinado de Dios”). Habría que entenderlo y vivirlo como una suerte, no como una carga. ¿Cómo llegar a descubrir ese tipo de alegría o, al menos, a entreverla? Tendrá que ir acompañada del descubrimiento de gozos hondos, humanos, espirituales que mitiguen el escozor del compartir económico y sus siempre duras consecuencias.

5)      Austeridad, limpieza, estética simple, detalle: Valores que es preciso trabajar en nuestras casas, en nuestro atuendo, en nuestras maneras de personas solteras. Tendríamos que ser personas que han descubierto “la belleza de la pobreza” (aunque la expresión, al estilo de U. von Balthasar, sea un poco exagerada). La economía del compartir no está reñida con el buen gusto, la higiene, y la humilde belleza de quien aspira a un mundo hermoso. La VR no puede ser un lugar de descuidada aspereza, porque huiremos, sin darnos cuenta, hacia lugares más “bellos”, más amparados, más cuidados. El sistema ofrece eso pero a cambio de que te rindas a sus postulados. Por eso hay que inventar modos cálidos de vida que no sean sistémicos, que no exijan pagar, que su único deseo es descubrir algo tan simple como que estamos destinados a la dicha y que ese es el mayor anhelo de Dios sobre nosotros.

6)      Apertura, la clave: Porque cerrar y cerrarse es la manera de poner un velo oscuro a cualquier modificación y progreso en el campo social Apertura de casa, de corazón, de ideas, de sentimientos. Jesús fue hombre de caminos; los carismáticos también lo han sido con frecuencia. La casa cerrada a cal y canto indica que, en eso, una comunidad está desconectada de la realidad. La oración hecha en parámetros de pura religiosidad sin la preocupación de hacerla ofertable al mundo de hoy indica desconexión espiritual crónica. La mente cerrada a cualquier proceso histórico y, sobre todo, cerrada a los postulados de vida de los débiles bloque el sueño de la sociedad nueva. Hablar de superación de crisis económica desde parámetros de cerrazón es contradictorio.

7)      Hay hermanos que se mezclan con las pobrezas con más facilidad: Apoyémosles, animémosles, agradezcámosles, aunque nosotros no nos sintamos llamados a sus mismos caminos. El ideal, hay que reconocerlo, es que toda la fraternidad encare el mundo de las pobrezas. Porque, como decía León Felipe, lo importante no es que uno llegue primero, sino llegar todos a tiempo. Pero que el colectivo fraterno sea sensible a la problemática de las pobrezas quizá sea mucho pedir. Pero en todas las comunidades suele haber personas más sensibles y conectadas (por lo que sea ¿Por qué?) con el hecho social. No los bloqueemos, zancadilleemos, desprestigiemos. Al contrario, agradezcámosles explícitamente y, en lo que podamos, facilitémosles su tarea. Nos hacen a todos un bien aunque sea ellas únicamente las adelantadas en la trinchera.

8)      Soñemos con una vida religiosa interesada por las pobrezas: Ya que el sueño de la pobreza a secas se ha visto que no ha funcionado en exceso (hace falta mucho “valor” para decir sin rubor que somos pobres). Quizá el otro camino pueda ser más viable. Atrevámonos a mirar de cara a las pobrezas sabiendo que, tanto personal como colectivamente (esto sobre todo), contamos con muchos recursos que otros grupos sociales no tienen. Si supiéramos ponerlos en manos de los débiles, muchas situaciones de debilidad social tomarían otro color. Cuando esto se ha hecho (y se hace) se ha percibido que la posibilidad de cambio amanece.

9)      Creer en el valor de los gestos: Todo lo que se haga en la dirección de las pobrezas, por minúsculo que sea, tiene un valor. El gesto nos catequiza, aunque no expolie las cavernas de Alí Babá. Porque la espiritualidad de la vida religiosa se asienta en “la fuerza de lo menos y de los pocos”. Los gestos muestran, de manera palpable (no solamente en ideas), que la realidad es transformable. Esta convicción es necesaria para cualquier planteamiento social y económico que apunte a una economía fraterna. No apaguemos el “fueguito” (como diría Galeano) de un gesto. Porque, si lo apagamos, el frío se hace más denso.

10)   Creer que lo incambiable se puede cambiar y que lo incuestionable se puede cuestionar: Jesús lo ha hecho así: ha cuestionado la tradición, el poder, la economía de las familias saduceas, al mismo Moisés (que ya era cuestionar). Los carismáticos lo han hecho así.  De manera que se puede hacer si nos damos a la tarea. No cedamos a la dura evidencia de que el muro del sistema parece infranqueable. La realidad demuestra que cosas y situaciones que parecían inamovibles han dejado de serlo cuando alguien (generalmente gente escasa en número, pero ilusionada) ha intentado abrir otros caminos

 

Mientras este tipo de reflexiones, más allá de su acierto o no, no produzca en nosotros la sensación de respirar un aire nuevo, oxigenante, sugerente, quizá no hayamos dado aún en el clavo. Si nos aproximamos algo, hemos hecho bastante. Puede ser que, en ciertos momentos, este tipo de reflexiones nos resulte lacerante, molesta, impropia. ¡Buena señal! Si logramos encajar ese “escozor” quizá estemos en el buen camino. De cualquier manera, proponerlo como un tema de formación permanente ya es un paso a nuestro favor. Necesitamos ablandar la costra de nuestros modos económicos marcados por el egoísmo para abrirnos al gozo de la generosidad y la donación.

 

Para un diálogo en sala o un pequeño taller:

 

  1. 1.       ¿Qué sensación te surge al reflexionar en estas actitudes? ¿Respiro, posibilidad, ilusión? ¿Pesadumbre, desconcierto, cansancio?
  2. 2.       Comenta un punto concreto de los diez expuestos en que creas que tu comunidad tiene campo para trabajar.

 

 

¡Oh pobreza, fuente de riqueza!

¡Señor, siémbranos alma de pobre!

(Taizé)

 

 

 

Fidel Aizpurúa Donazar