Blogia

FIAIZ

Juan 55

Domingo, 24 de octubre de 2010-10-23

 

55. Jn 8,31-32

 

Introducción:

 

                La “verdad” es una de esas palabras grandes que llena la boca de los filósofos, de los políticos, de los jueces, de los demagogos. Pero también puede ser una realidad pequeña, manejable, personal, sencilla. Esa verdad sencilla es aquello que nos lleva a cada uno a ser uno mismo, con nuestras cosas buenas y con las cuestionables. La verdad de uno mismo es reconciliarse con lo que uno/a es y reconciliarse con lo que es el otro. La verdad de uno/a mismo es percibir que esta vida, más allá de sus enormes limitaciones, es una aventura en la que yo he tenido la suerte de participar. La verdad de uno mismo se mezcla fácilmente con la verdad de los demás, no las desplaza, no las excluye. La verdad de uno mismo lleva a un gozo profundo.

                Jesús fue uno que comprendió y vivió la verdad de uno mismo. Por eso, cuando dijo que la verdad nos hará libres, se refiere justamente a eso: bajar al fondo de uno mismo y alegrarse por su vida y por la de los demás es haber tocado con los dedos la verdad de uno mismo. Jesús lo logró. Por eso su rostro y su persona reflejaban alegría, por eso le era fácil la compasión y el perdón, por eso no salió de su boca una palabra de condena a esta vida aunque la suya fuera dura, por eso entendía el lenguaje de las lágrimas y de los estremecimientos. Había dado con la verdad de sí mismo y de los demás. Desde entonces podemos creerle cuando nos dice que la verdad, la de uno/a mismo/a, nos hará libres.

 

Texto:

 

                31Entonces Jesús dijo a los dirigentes judíos que le habían creído:

                -Vosotros, para ser de verdad discípulos míos, tenéis que ateneros a ese mensaje mío; 32conoceréis la verdad y la verdad os hará libres.

 

Ventana abierta:

  

         Este es el actor Sean Penn de la película “Pena de muerte”. En ella le dice la monja que le acompaña espiritualmente la frase joánica “la verdad os hará libres”. El preso condenado a muerte dice que le gusta porque, en el fondo, anhela la verdad que pasa por la aceptación de su limitación y el descubrimiento del amor que subyace en él más allá de la costra de su ser criminal. Ese proceso se da y con la verdad de sí mismo se topa incluso con su capacidad de amar. Es que el fruto, el valor de la verdad no es la contundencia y claridad de unos planteamientos sino el descubrimiento de la capacidad de amar.

                Oramos: Que aprendamos la verdad aprendiendo a amar; que descubramos la verdad descubriendo el amor; que disfrutemos de la verdad disfrutando de la buena relación.

 

Desde la persona de Jesús:

 

                Dice Jesús que para acercarse a la verdad de uno mismo hay que “atenerse al mensaje”. No quiere decir que haya que acoger un mensaje filosófico, religioso o moral. Alude al mensaje verdadero de la realidad, la verdad que subyace al mensaje de Jesús, que toda persona tiene salida, que hay horizonte para todos, que ninguna limitación podrá impedir el logro de la dicha. Atenerse a ese mensaje de esperanza histórica y personal es la puerta que abre a la verdad. Jesús ha dedicado toda su vida a ofrecer ese mensaje de gozo y de horizonte, ese nuevo amanecer que le dé a uno/a valor y capacidad de disfrute ante la vida.

                Oramos: Que, como Jesús, podamos mirar al fondo de nuestra realidad; que, como él, podamos animarnos a vivir en disfrute sencillo y profundo; que, como Jesús, creamos que hay para nosotros y para toda persona un amanecer, un posibilidad.

 

Ahondamiento personal:

 

                La verdad, según Jesús, habría de conducir a la libertad. Una verdad que nos hace más dependientes, menos libres en los caminos de cada día, no puede ser una verdad interesante. Medir el valor de la verdad por la libertad es buena manera de hacerlo: cuanto más verdaderos, más libres y viceversa. Por eso, no hay que temer el frío, a veces hiriente, de la verdad porque, a su vez, conlleva el gozo y el disfrute de la libertad. ¿Son solamente palabras todo esto? Creemos que no cuando se las sabe situar en los caminos sencillos de cada jornada.

                Oramos: Que nos atraiga siempre la verdad y su hermana la libertad; que midamos nuestra verdad por nuestro nivel de libertad; que no creamos nunca que verdad y libertad nos son inasequibles.

 

Desde la comunidad virtual:

 

                Quizá sea mucho decir que nuestra comunidad virtual puede ayudarnos a conocer la verdad. Pero sí que puede hacerlo, de hecho lo hace, a aproximarnos a esa verdad humilde de cada uno/a. Al ponerla en común (en la medida que sea), al acercarnos a ella, podemos percibir que nos acercamos a nuestra verdad y, con ello, a la libertad y al gozo. Por eso, por modesta que sea, no menospreciemos la ofrenda de nuestra pequeña verdad vital. Es lo mejor que podemos darnos.

                Oramos: Que valoremos las pequeñas entregas que nos hacemos; que creamos que podemos ayudarnos en la hermosa tarea de encontrar nuestra verdad; que disfrutemos siempre de la libertad y la amistad, hermanas de la verdad.

 

Poetización:

 

Hablaba de la verdad

no como los filósofos,

sino como los sencillos,

como si fuera una hermana,

un sueño tocable,

una realidad cotidiana.

Creía que la verdad de uno/a mismo/

está escondida

en todo corazón

y que era asequible

a quien la anhela y la busca.

Pensaba que la verdad de uno/a mismo

pasa por la reconciliación

con el fondo del propio corazón

y del corazón del otro/a.

Intuía que la verdad de uno/a mismo

es la certeza de que toda persona,

toda realidad,

tiene un horizonte,

una posibilidad,

una meta gozosa.

No es de extrañar

que hermanara

verdad y libertad.

La una llevaba a la otra.

Y sabiéndose verdadero,

limitación incluida,

y libre,

también dentro de lo estrecho de la vida,

la dicha se aproximaba,

el gozo asomaba en el horizonte.

Estas certezas

no le abandonarían jamás.

Tampoco a nosotros...

 

Para la semana:

 

                Asómate a la verdad del otro apreciando sus maneras de pensar y de vivir, respetando sus camino y animándole al gozo.

 

 

Juan 54

CVJ

Domingo, 17 de octubre de 2010

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

 

54. Jn 8,28-30

 

Introducción:

 

                Dicen que la soledad es la más dura de nuestras actuales enfermedades sociales. La soledad que se pega a la piel en el caminar diario y la soledad radical, ésa con la que venimos a la vida como si fuera de serie. Lo cierto es que paliar, si no borrar, la soledad que a veces nos cerca como una tela de araña es una de las grandes tareas que ineludiblemente tenemos delante los humanos. Dicen que se puede lograr esa meta a base de comprensión, respeto, acompañamiento, solidaridad, amparo y, en definitiva, amor. Hacemos bromas con aquel eslogan televisivo de “lo que necesitas es amor”. Pero, en realidad, así es: si se quiere mitigar la dentellada de la soledad, la medicina del amor sencillo y profundo es el único recurso en nuestra mano. Si no, el fantasma de la soledad se adueña del escenario.

                Jesús ha llegado, como nos dice el texto de esta semana, a una convicción: nunca el Padre le ha dejado sólo, siempre ha estado ahí con su abrazo y su amparo, incluidos los momentos más duros (como será, sobre todo, el tiempo del abandono allá en el huerto antes de su muerte). Percibir la presencia cálida del Padre en los tiempos de tensión y de dureza (como lo muestra el escenario de este texto joánico) ha sido para Jesús un agarradero definitivo. Quizá haya sido eso lo que ha hecho posible que no sucumbiera al naufragio de la más tremenda soledad, tal vez por haber sentido el aliento del Padre envolviéndole cada día no ha tirado todo por la borda abandonando para siempre la dura tarea de sembrar la utopía del reino en el corazón y en los caminos de los humanos.

 

***

 

Texto:

 

                28Y entonces dijo Jesús:

                -Cuando levantéis al Hijo del hombre entonces sabréis que yo soy, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. 29El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada.

                        30Cuando les exponía esto, muchos creyeron en él.

 

***

 

Ventana abierta:

 

 

 

                Es una foto normal, pero sugerente. Una pareja de ancianos, él y ella, están sentados en un banco público. Aunque están fotografiados por detrás, da la impresión de que están mirando hacia delante, hacia su incierto futuro. La cercanía y la igualdad que muestran sus cabezas parece indicar que miran hacia ese futuro acompañándose, apoyándose, conteniendo con su amor el interrogante de la soledad. Quizá desde ahí la cosa, la pregunta simple y honda del sentido de la propia vida, adquiera una respuesta más apropiada o, por lo menos, sea más fácil conjurar la dureza de la soledad.

                Oramos: Que nos apoyemos para sentirnos apoyados; que acompañemos para sentirnos acompañados; que nos amparemos para mirar con más esperanza al futuro.

 

***

 

Desde la persona de Jesús:

 

                Jesús dice en este texto que “entonces sabréis que yo soy”. Jesús será relevador de la tascendencia de Dios (eso es ser “yo soy”, nombre de Dios en el Éxodo) cuando sea “levantado”, crucificado, cuando esté en la mayor de las soledades. ¿Por qué entonces mostrará lo qu es Dios? Porque, aunque él no lo vea ya que está cercados de tinieblas y de profunda soledad, el Padre nunca estará más cerca de él que en ese momento. Por paradójico que parezca, la soledad enorme de la cruz es un misterio de amparo y de acompañamiento: cuando estaba en el patíbulo, el abrazo del Padre fue más cálido que nunca; cuando todos los abandonaron, el Dios que acompaña estaba allí sosteniéndole. No estaba solo.

                Oramos: Te alabamos, Señor, porque el Padre te sostuvo; te bendecimos, Señor, porque el Padre te abrazó; te damos gracias, Señor, porque el Padre nunca te dejó solo.

 

***

 

Ahondamiento personal:

 

                Jesús dice que siempre hace lo que agrada al Padre. ¿Cómo podemos nosotros “agradar” a Dios? No, tal vez, ni principalmente por el cauce religioso (así se ha entendido normalmente), sino por el camino existencial: Dios se ve complacido cuando nosotros nos acompañamos en nuestros caminos históricos, cuando ponemos cerco a la soledad, cuando damos la batalla para que nadie tenga que hundirse en la negra tiniebla de la soledad, cuando ponemos un poco de luz en los caminos de quienes andan a tientas en la vida. Esa lucha a brazo partido contra la soledad de las personas es lo que desata la ternura del corazón de Dios.

                Oramos: Que agrademos a Dios compartiendo caminos; que agrademos a Dios interesándonos por los pasos de la persona; que agrademos a Dios sintiéndonos cercanos de quien tropieza.

 

***

 

Desde la comunidad virtual:

 

                La pertenencia, en el modo que sea, a nuestra “comunidad virtual” es una manera de acompañarnos y, por ello, de poner dique a la soledad que, en un grado o en otro, todos sentimos. Por eso, lo interesante de nuestra comunidad no es, tal vez, el trabajo explícito orante (que también), sino sobre todo la cercanía humana que nos demostramos, por modesta que sea. Con pequeños gestos podemos ayudarnos mucho. No los menospreciemos.

                Oramos: Que nos ayudemos en cosas sencillas; que nos demostremos cercanía; que nos ayudemos a caminar acompañados.

 

***

 

Poetización:

 

A él también lo mordió

la fiera de la soledad;

él también sintió el frío estremecedor

de quien piensa que ahí fuera no hay nadie;

él llegó a creer a veces

que nadie contaba sus lágrimas.

Pero la mayoría de las veces

no fue así:

notaba que el Padre

siempre estaba con él;

sentía sus pasos

acompasados a los suyos;

el calor del corazón del Padre

lo sentía sobre su nuca;

un amparo y un abrazo constante

envolvía sus días.

Por eso, tuvo a raya

la más dura de las soledades;

por eso no tiró la toalla

cuando había muchos motivos para el desaliento;

por eso siguió mirando con amor

a quien le atravesaba con miradas aviesas.

Nunca le abandonaría esta certeza,

ni siquiera en las horas amargas

de su soledad extrema

allá en el huerto.

Estaba en lo cierto:

el Padre no lo dejaba de su mano

ni un minuto.

Era el amor de su hondo corazón

¿cómo iba a dejarlo solo?

               

***

 

Para la semana:

 

                Intenta acercarte con sencillez y sin protagonismos a quien notas que lo está pasando mal.

 

***

Juan 53

CVJ

Domingo, 10 de octubre de 2010

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

 

53. Jn 8,25-27

 

Introducción:

 

                Practicar la denuncia no es algo que esté de moda. Quien denuncia es muchas veces considerado como un aguafiestas, alguien amargado que siempre está buscando las cosquillas. Por eso, ni a nivel personal ni a nivel social, hacemos trabajos de denuncia. Es más fácil dejar que las cosas sigan como están, no verse implicado en asuntos desagradables y tener la fiesta en paz. Mientras tanto, los opresores y aprovechados se frotan las manos. Incluso a nivel nacional no hay fuerza opositora que ejerza las verdaderas denuncias, sino solamente las que interesan a cada cual. Las únicas que ejercen la denuncia son algunas organizaciones civiles que, más o menos libres de presiones, plantan cara a lo que ocurre.

                Jesús se presenta en este pasaje del Evangelio que tomamos para la oración de la semana como alguien que “denuncia al mundo”, a las estructuras inhumanas del mundo. La suya no ha sido una vida siempre pacífica, lejos del conflicto, a bien con todo el mundo, sin buscarse follones. Los ha tenido y le han llevado a la ruina. La figura de Jesús no ha sido trasmitida a los cristianos como alguien con capacidad y fuerza para la denuncia. Si se hubiera hecho, hasta la misma Iglesia habría sido objeto de tal denuncia (como lo hacen organizaciones cristianas marginales). Recuperar a ese Jesús que denuncia lo inhumano puede ayudarnos no solamente a orar, sino también inyectar en nuestra vida una cierta dosis de capacidad de denunciar y a hacerlo con humanidad y fraternidad.

 

***

 

Texto:

 

                        25Ellos le decían:

                -¿Quién eres tú?

                Jesús les contestó:

                -Después de todo, ¿para qué seguir hablándoos? 26Podría decir y denunciar muchas cosas en vosotros; pero el que me envió es veraz y yo digo al mundo lo que he aprendido de él.

                        27Ellos no comprendieron que les hablaba del Padre.

 

***

 

Ventana abierta:

 

                Este minero es Luis Urzúa, el jefe de los mineros chilenos rescatados, el último en salir de la mina. Dentro del circo mediático que se ha montado en torno al suceso, se ha escuchado su voz de denuncia (algo rebajada, eso sí) para que no vuelva a suceder una cosa así en ninguna de las minas. Se les ha rescatado con tecnología del siglo XXI y eso está bien. Pero su mina tiene tecnología del siglo XIX. Y así pasa lo que pasa.  Es difícil hacer denuncia en medio del éxito popular, pero alguien tiene la cabeza fría y la hace.

                Oramos: Gracias, Señor, por quienes denuncia a favor de otros; gracias por quienes no se dejan contagiar de falsos triunfos y denuncia con lucidez; gracias por quien es solidario en todo momento.

 

 

***

 

Desde la persona de Jesús:

 

                Jesús no es solamente uno que denuncia al mundo sino que dice, además, que esa denuncia viene del Padre. Es decir, denunciar lo inhumano no solamente es un valor humano y evangélico sino que conecta con la realidad misma de Dios. Él también, desde su silencio, desde su acompañar silencioso a la historia, desde su entrega total, denuncia todo aquello que hace daño a las personas, sobre todo a las más débiles. Éstas tienen a él a un valedor fiel, porque nunca va a dejar de denunciar a quien hace daño a los pequeños.

                Oramos: Gracias, Padre, por tu denuncia de lo inhumano de la vida; gracias por tu denuncia a favor de los pequeños; gracias por tu denuncia que dignifica nuestros caminos.

 

***

 

Ahondamiento personal:

 

                Dice también el texto de esta semana que esa denuncia de Jesús apunta a “vosotros”: “Mucho tengo que decir de vosotros”. Es decir, quien denuncia recibe, él también, su parte de denuncias porque una denuncia que solamente va en la dirección del vosotros pero no en la dirección de mí mismo no es verdadera. Es preciso aceptar toda la cantidad de cosas denunciables que hay en nuestra vida. Desde esa sinceridad podrá tener valor la denuncia que podamos hacer otros. Si no, nuestra denuncia caerá en el vacío.

                Oramos: Que aceptemos nuestra limitación y que la denunciemos para mejorar; que aunque no seamos muy coherentes seamos, al menos, verdaderos; que antes de denunciar miremos bien nuestra vida y saquemos las consecuencias.

 

***

 

 

Desde la comunidad virtual:

 

                En nuestra comunidad hay poco espacio para la denuncia porque nuestra estructura es simple y flexible. Nadie tiene nada contra nadie. Pero sí que podemos ayudarnos a mejorar en nuestro espíritu crítico porque sin él la denuncia es imposible. Por eso, podemos animarnos a hacer lecturas de la vida social desde un lado fraterno y crítico. Ser lúcida y fraternamente críticos podrá ayudarnos a hacer denuncias que apunten al beneficio de los débiles.

                Oramos: Que nos ayudemos a tener mayor capacidad crítica; que leamos la realidad desde una perspectiva humana; que confiemos en los demás para poder hacer denuncias con fraternidad.

 

***

 

Poetización:

 

Quizá él también

tenía sus límites

y aun sus fallos.

Pero era una persona lúcida

y, además,

era alguien cercano al Padre.

Desde ahí,

armándose de valor,

hizo fuertes denuncias

que le acarrearon graves perjuicios.

Pero no se detuvo:

él tenía que denunciar,

sobre todo,

la dura carga

que se imponía

a los frágiles hombros del pobre;

la hipocresía religiosa y moral

que quiere vender

 lo malo como bueno;

la fuerza opresora

que encuentra normal

abusar de quien no tiene amparo.

Denunció con fuerza

ese fondo inhumano

que hay en toda persona

y que es preciso controlar.

Sus denuncias labraron su ruina.

Pero de esa ruina vivimos muchos

y el mundo es de más calidad humana,

aunque a él la cosa  le costara el pellejo.

Brote el agradecimiento.

 

***

 

Para la semana:

 

                Si tienes que hacerlo, ejerce la denuncia con fraternidad y lucidez.

 

***

Juan 52

CVJ

Domingo, 3 de octubre de 2010

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

 

52. Jn 8,21-24

 

Introducción:

 

                Hay palabras que vuelven a nuestra boca en circunstancias diversas. Una de ellas es sistema. El sistema es esa serie de normas que nos damos los humanos para poder convivir. En teoría son normas al servicio de la persona.  Pero en la práctica, las normas, el sistema, consiguen fácilmente ponerse por encima de la persona, dominarla, sojuzgarla. Es la vieja dialéctica evangélica de la persona para el sábado y viceversa. Pero hay gente que consigue zafarse en parte de ese sistema. Son personas que eligen la libertad, la honradez, la dignidad. No es nada fácil porque fuera del sistema hace frío y la intemperie es dura. Pero ellas arrostran toda dificultad para tratar de conservar una mínima integridad y dignidad. Les debemos mucho, aunque no tengamos vigor para imitarles.

                Jesús habla de un orden (el orden éste) que, según él, lleva a la muerte. Está hablando del sistema. Él fue llevado a la muerte por ese orden. Pero, en realidad, su muerte en libertad fue un triunfo sobre el sistema, por mucho que éste se frotara las manos pensando que había logrado derribar a un enemigo más. Le salió el tiro por la culata, ya que su muerte oscura no fue sino el comienzo de una eclosión imparable. Con Jesús, el sistema no salio triunfante por mucho que así lo creyera. Por eso mismo, quien quiere escapar, en la medida que pueda, de las garras sofocantes de los sistemas, encuentra en Jesús, en su palabra, un apoyo para resistir, para saber que siempre hay posibilidad de tirar hacia arriba y no hundirse en el fango tóxico, pesado, narcotizante que es todo sistema. No estamos haciendo filosofía, sino que estamos apuntando a situaciones de cada día.

 

***

 

Texto:

 

                21Entonces les dijo de nuevo:

                -Yo me voy y me buscaréis, y moriréis por vuestro pecado. Donde yo voy no podéis venir vosotros.

                        22Y los judíos comentaban:

                -¿Será que va a suicidarse, y por eso dice "donde yo voy no podéis venir vosotros"?

                        23Y él continuaba:

                -Vosotros sois de aquí abajo, yo soy de allá arriba: vosotros sois del orden éste, yo no soy de este orden. 24Con razón os he dicho que moriréis por vuestros pecados; pues si no creéis que yo soy, moriréis por vuestros pecados.

 

***

 

Ventana abierta:

 

                Este es José Arregui, franciscano que ha abandonado su Orden por las duras presiones a que lo ha sometido la autoridad eclesiástica de su Diócesis. Él dice que, sintiéndolo mucho, ha optado por la libertad por encima del sistema eclesiástico tan maleado. Dice que lo hace sin acritud, pero movido por un espíritu de libertad y dignidad. No es el primero. Pero, por eso, su caso no deja de ser estremecedor. El sistema lo considerará como un triunfo: ha logrado dejar fuera a un elemento molesto. Pero, en realidad, el Evangelio sale con más brillo. Estémosle agradecidos.

                Oramos: Gracias, Señor, por quienes sienten y siguen la llamada de la libertad; gracias por quienes mantienen vivo  el sentido de la dignidad; gracias por quienes no sucumben a los embates del sistema.

 

***

 

Desde la persona de Jesús:

 

                Jesús no es del “orden este”, no le ha hecho el juego al sistema, no ha cedido a los encantos del poder, no ha dado el brazo a torcer cuando el sistema se ha cebado en él. ¿Dónde pudo encontrar la fuerza, quién le enseñó? Muchas noches de oración, tal vez, sirvieron para proporcionarle la fuerza necesaria para aguantar en los momentos de la prueba. Precisamente por ser incombustible ante el sistema Jesús se ha hecho bandera y aliento para todas las personas que no se conforman con el estado de cosas de nuestro tiempo y creen firmemente que otro mundo es posible, que otra humanidad puede nacer cada día. Son los utópicos necesarios porque son los verdaderos triunfadores en contra del sistema.

                Oramos: Gracias por Jesús, que no se doblegó ante el sistema; gracias por Jesús, que cuestionó lo incuestionable; gracias por Jesús, que vivió en profunda libertad.

 

***

 

Ahondamiento personal:

 

                A veces andamos en la vida por caminos equivocados. Lo sabemos, pero, tercamente, seguimos por ellos. Uno de esos caminos es el que nos proporciona nuestro sistema de vida social: una economía de consumo, una relación superficial, una política interesada, una vida familiar individualista, un afán por brillar ante los demás….Caminos equivocados. El sistema se frota las manos de gusto porque esos son sus caminos. Nos tiene atrapados. ¿Cómo irse liberando? Proponiendo caminos alternativos de humanidad, poniendo el corazón de la persona como valor mayor, disfrutando con lo sencillo, sabiendo que tras las apariencias anida la verdad. Son caminos comunes, pero muy liberadores.

                Oramos: Que seamos crecientemente humanos/as para huir del sistema; que valoremos a la persona por su corazón, para no caer en garras del sistema; que disfrutemos de lo sencillo, para huir de los disfrutes deshumanizadores del sistema.

***

 

Desde la comunidad virtual:

 

                Cuando el Evangelio habla del “adonde yo voy” de Jesús se está refiriendo a su entrega. Cree Jesús que la entrega de la persona al hermano es la mejor manera de hacerse fuerte ante los embates del sistema. El Evangelio no nos demanda una fe ideológica, de dogmas y creencias. Nos pide que demos adhesión a uno (Jesús) que dice que si te entregas, te haces fuerte ante el sistema. ¿Es esto creíble? Pero quien lo experimenta en su vida ¿no comprueba que esto es así?

                Oramos: Que creamos en el valor de la entrega como lo creyó Jesús; que valoremos a quien se da al otro porque es como Jesús; que nos animemos a entregarnos en lo cotidiano porque eso nos hace fuertes. 

 

***

 

Poetización:

 

Fue un alternativo

y un osado.

Nunca temió al sistema,

Ni cuando este le acosaba

ni siquiera cuando lo derrotó.

Supo endurecer su rostro

ante el poder avasallador,

ante la tradición desalmada,

ante la doctrina injusta,

ante la sociedad hipócrita.

¿Dónde encontró fuerza para ello?

En las largas noches de oración,

en los descampados de Galilea,

se escuchaba, queda, su plegaria:

“Padre, hazme fuerte,

hazme justo,

hazme humano”.

El Padre le enseñó

a no ser del “orden este”,

a ser de un orden nuevo,

aquel que tiene a la persona

y al corazón

por centro de todo

y se aleja de los caminos

inicuos de todo sistema.

Su vigor nos sigue animando;

su utopía nos sigue iluminando;

su sueño alternativo nos ayuda,

aún hoy,

 a caminar.

 

***

 

Para la semana:

 

         Trata de controlar tu consumo y sé humano en la relaciones con tu familia.

 

***

 

 

Juan 51

CVJ

Domingo, 26 de setiembre de 2010

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

 

51. Jn 8,19-20

 

Introducción:

 

                Decir que, a veces, parece que tenemos “problemas de identidad” es, quizá, algo demasiado raro y hasta filosófico. Pero, en realidad, muchas veces tenemos la sensación de vivir un poco perdidos, de que la niebla nos coge y no sabemos dónde están las cosas, de que nuestros sentimientos se enturbian. Tal vez no nos pasa esto porque no nos paramos a pensarlo, pero si lo hiciéramos, las cosas no estarían muy claras. ¿Y es tan necesario saber quién es uno para vivir feliz? La respuesta es obvia: si no sabemos quienes somos, si andamos más o menos perdidos en la vida, nuestros caminos humanos se oscurecen y la vida comienza a tomar ese color de gris sobre gris en lo que todo da igual. Por el contrario, quien sabe cada día más quién es traduce esa sensación en ánimo, deseo de vivir, gozo, sentido de la realidad.

                Es que el Evangelio de Juan dice algo profundo e interesante: dice que Jesús sabe quién es y qué pinta en esta vida porque sabe quien es el Padre. Eso quiere decir que Jesús ha aprendido quién es el Padre, su honda humanidad, su amor vertido al camino humano, su generosidad imparable con lo creado, su amor al débil y, desde ahí, ha entendido que también ese era el sentido de su vida. El teólogo Torres Queiruga lo ha dicho muy bien: “En la compasión de Jesús  por todo el dolor, en su alienarse al lado de los pobres, en su defensa de los maltratados, marginados y oprimidos, se nos abre la actitud definitiva de Dios para  el hombre y su intención al ponerlo en el mundo”. O sea, cuando uno quiera saber quién es que piense: Como Jesús, el sentido de mi vida viene dado por mi entrega a los demás. Ahí está la medida.

 

***

 

Texto:

 

                        19Ellos le preguntaban:

                -¿Dónde está tu Padre?

                Jesús les contestó:

                -Ni me conocéis a mí ni a mi Padre: si me conocierais a mí,    conoceríais también a mi Padre.

                        20Jesús tuvo esta conversación junto al Tesoro, cuando enseñaba en el templo.

                Y nadie le echó mano, porque todavía no había llegado su hora.

 

 

***

 

Ventana abierta:

 

 

                La foto es un poco tópica: una familia española recibe a unas niñas saharauis para pasar el verano.  La dicha que aparece en el rostro de se señor y de la señora que está arrodillada muestra un indicio de la dicha con que hacen ese gesto de humanidad. Es como si dijeran: el favor nos lo hacen ellos a nosotros. Han encontrado sentido en la generosidad con los pequeños. La conclusión es clara: de los gestos de entrega brota el sentido. No se trata de magnificar ningún gesto de generosidad ni de ponerse medallas. Lo bueno es saber que si me entrego al otro, el sentido de mi vida se aclara. Nada más que eso y todo eso.

                Oramos: Gracias, Señor, por quienes acogen; gracias por quienes son generosos sin reparar en gastos; gracias por quienes se apuntan a la generosidad y se desapuntan al egoísmo.

 

***

 

Desde la persona de Jesús:

 

                Jesús es uno que ha aprendido quién es el Padre. No lo ha hecho por vía intelectual sino, seguramente, por caminos de profundización. Es muy posible que en las largas noches de oración, tanto le gustaban, se preguntara: ¿Quién eres Tú? Y llegó a saber que el Padre era simplemente amor, entrega, compañía, abrazo, calidez total. Y de ahí se le aclaró el sentido de su vida y, sabiendo quién era el Padre, llegó a saber con más claridad quién era él, qué pintaba en este mundo, qué sentido tenía su oscura y pobre vida.  Ése gozo le acompañó siempre, aunque alguna vez, como allá en el huerto, se le oscureciera.

                Oramos: Te admiramos, Señor, porque aprendiste cómo era el Padre; te admiramos porque de ese saber hiciste tu sentido; te admiramos porque tradujiste ese sentido en cercanía y amparo.

 

 

***

 

Ahondamiento personal:

 

                Dice el texto que Jesús habló de su conocer al padre y, desde ahí, conocerse a sí mismo ante el “tesoro” del templo. El peor lugar, a primera vista. Pues no, eso significaba que para hacer de la entrega el sentido de la propia vida es preciso ponerse frente a frente de cualquier lucro, deseo de gloria, anhelo de poder, intento de construir la vida a costa de los demás. Todo eso impide el sentido que brota de la entrega y, por ello, es requisito para adquirir la luz interior que haga gozosos los días.

                Oramos: Que no nos pueda el deseo de gloria; que no nos pueda el deseo de poder; que no nos pueda el deseo de lucro.

 

 

***

 

Desde la comunidad virtual:

 

                La comunidad virtual, por raro que parezca, pue3de ayudarnos, poco a poco, a responder con más precisión que muchos libros de teología a la gran pregunta de ¿dónde está Dios? En realidad, quizá la misma pregunta sea innecesaria. La buena pregunta es: ¿qué hace Dios? Y quizá veamos que lo que hace es acompañar, sostener, dolerse con nuestro mal, multiplicar nuestro gozo, ponerse a nuestra disposición, servirnos sin vergüenza, abrazarnos sin rechazo, sumarse a nuestra causa. Quien sabe algo de eso, sabe algo de Dios. Y si él hace lo mismo, el Evangelio le garantiza, por Jesús, el éxito, la luz, el sentido y el gozo.

                Oramos: Que creamos al Evangelio que dice que el Padre es entrega; que creamos al Evangelio entregándonos como Jesús; que creamos al Evangelio disfrutando de un Dios a nuestros lado.

 

***

 

Poetización:

 

Aprendió lo más difícil,

quién era el Padre.

Lo hizo por un camino simple,

lejos de teorías y de dogmas:

vio que el Padre era donación,

generosidad total,

amor sin fronteras,

y se dijo:

ése es justamente

el sentido de mi vida.

Nunca se apeó de esta convicción.

Por eso, crecían que,

cuando se daba al débil,

lo hacía por caridad,

por tendencia natural,

por gusto,

quizá por lucro.

Pero se equivocaban.

Lo hacía porque era lo que hacía su Padre

y eso generaba en él

tanta luz,

tanta alegría,

tanto sentido,

que los días cobraban

un color nuevo,

un frescor nuevo,

un perfume nuevo.

Ninguna tentación fue suficiente

para apartarle de esta senda.

Por eso mismo

no temía proclamar esta convicción

ni ante el “tesoro” del Templo.

La ambición y la gloria

jamás le procurarían

la satisfacción de su entrega.

Hasta el final.

***

 

Para la semana:

 

         Que tus gestos de entrega sean sencillos, silenciosos, amables, cotidianos. De ellos te viene la luz.

 

***

 

Diez valores para salir de la crisis

DIEZ VALORES PARA SALIR DE LA CRISIS

 

            Para hablar de la crisis habría que sufrirla en carne propia. Muchos de nosotros hablamos de ella frecuentemente, pero nuestro lenguaje delata una cruda realidad: no sufrimos la crisis, quizá un tímido ajuste. Utilizamos la crisis para justificar actuaciones muchas veces inconfesables (mucho del ajuste laboral tiene como fondo este mecanismo). Hablar de la crisis sin sufrirla es casi una iniquidad. A pesar de todo, hablemos; quien debería realmente hablar, el sector social más débil (ampliado por este tremendo tsunami económico) no tiene voz. Démosle lo que le pertenece.

            Todo el mundo coincide en que estamos en una crisis de valores. Por eso, todos dicen que los valores son imprescindibles para salir de esta aquí. Los economistas dicen que hay que reintroducir valores éticos a nivel mundial (Camdessus, exdirector del FMI), los políticos, que abogan por “moralizar el capitalismo” (Sarkozy, Merkel), por supuesto, los clérigos de todo rango que proclaman la necesaria renovación ética de la vida social y económica (Mons. Osoro, obispo de Valencia) y los intelectuales que, con agudeza, han elaborado y firmado un manifiesto por “Otra política y otros valores para salir de la crisis”. Hasta el “antiprogre” que pasea su cuerpo por los bares habla de valores, y si son absolutos, mejor que mejor, a juego con la camisa y los otros valores, claro está: los de la bolsa.

            Pero, aun a riesgo de que tal melodía se escuche la semana sin jueves, es preciso hablar, para uno mismo y para los demás, de esos valores que puedan hacernos salir de la crisis. No obstante, hay una consideración inicial ineludible que es preciso responder: ¿salir de la crisis hacia dónde? Cualquiera entiende que si se quiere salir al lugar del que provenimos, al punto en que estábamos cuando “no había crisis” (una economía descontrolada, capitalista a rabiar, depredadora, inhumana), mejor sería no colaborar a tal empresa. Hay muchos ciudadanos que quieren ir a otro lugar a otra economía, a una manera distinta de entender el mundo y las relaciones económicas. Si no vamos hacia ese “otro lugar”, quizá sería mejor que esta crisis durara sin fin y nos sumiera en una pobreza general. Tal vez desde la derrota comenzaríamos a aprender, ya que desde esta injusta prosperidad no aprendemos ni a tiros.

            Los valores que vamos a proponer apuntan, al menos en deseo, a una realidad distinta. Por eso, digámoslo, son valores “espirituales” (no religiosos) ya que afectan al espíritu, al alma, a los adentros, tanto del sistema como los de cada persona. Si no se cree en esto, mejor no perder el tiempo y seguir clamando por lo que resulta imposible. ¿Cuáles serían esos valores?

  1. La tenaz utopía: Malos tiempos para la utopía, dicen. No tan malos porque la utopía vive en el anhelo de mucha gente. No hay que abandonar la idea de que otro mundo, otra economía, otra banca, otra empresa, otro mercado es posible. No hay que apearse del terco sueño de que tú y yo, criados en una economía de devastación y lucro, podamos entender las relaciones económicas con lo humano por delante.
  2. La economía inclusiva: Quiere decir que esta economía que sueña en mi riqueza a la vez que genera pobreza en otros habría de ser suplantada por la certeza de que toda persona tiene derecho a sentarse en el banquete de la vida, a tener cubiertas las necesidades básicas (educación, sanidad, vivienda, trabajo, etc.). Cuando decimos “toda” persona, ha de creerse en eso como en un dogma de fe.
  3. La mirada distinta: No la de la rapiña que mira desconfiada al otro porque lo ve como un competidor y no como una persona, como un hermano. Una mirada relacional que transforme la mirada económica y que, por ello, no repare en razas, colores, lenguas, religiones, países. Globalizar la relación para que no haya relaciones privilegiadas, consagradas.
  4. El gozo de ver crecer al otro: A todo otro, no solamente a los míos, a mi familia, a los de mi región, a los paisanos, a los de mi país. Si no se sabe de esa alegría rara que es gozarse de que el débil, sobre todo, vaya saliendo a flote, hablar de salir de esta crisis es música celestial. Por eso mismo, la base de una economía nueva está en esa mirada nueva que derrite el hielo de la desconfianza, más allá de cualquier fallo evidente.
  5. La tolerancia siempre progresiva: Porque una economía nueva necesita, además de mejor organización y mayor control, dosis increíbles de tolerancia, dosis cada vez mayores. Sin tolerancia, respeto y acompañamiento, las relaciones económicas devienen en una lucha de tiburones que se matan por la supervivencia a costa del otro.    
  6. La humilde racionalidad: Si alguna característica puede dibujar al modelo económico en que hemos sido educados, que persiste en muchos de nosotros y que sigue funcionando a todo trapo es la irracionalidad. Y no solamente nos referimos a la irracionalidad cósmica de los magnates de este mundo que manejan el principio de que lo que yo me pueda pagar está permitido. Sino a la cotidiana irracionalidad de mis viviendas innecesarias, de mis coches que me dan prestancia, de mis convites que miden su nivel por el precio del cubierto, de mis prácticas consumistas diarias que están reñidas con la reflexión.
  7. La imprescindible austeridad: No solamente para que los números de nuestra cuenta no mermen sin sentido sino, sobre todo, para poder acercarnos a la situación y a los sentimientos de los empobrecidos, de aquellos que han sido echados del lujoso y luminoso transatlántico del consumo, mundo duro y creciente de náufragos, por nuestras absurdas prácticas económicas. No se trata de vivir peor, sino de equilibrar, de aprender la hermosa espiritualidad del decrecimiento porque es posible vivir mejor con menos.
  8. Las nuevas relaciones con la naturaleza: Porque no estamos haciendo poesía. Muchos de los desvaríos de la actual economía derivan de una relación con lo creado despótica y, por ello, blasfema. Una economía distinta espera el momento en que consagremos esfuerzos explícitos a cuidar de la tierra, sabiendo que ese camino es la senda buena de una economía distinta.
  9. La igualdad que se resiste tanto: Se resiste porque no nos hacemos a la idea de que la igualdad es rentables desde el punto de de vista económico, porque lo es desde el punto de vista humano. Esto es evidente con los pobres y con las mujeres. Con los pobres porque la desigualdad endémica deja de serlo cuando se la encara con ánimo de igualar. Con las mujeres porque el machismo, en modos sutiles y consagrados, o en maneras brutales, sigue ondeando por encima de todas las cabezas.
  10. El amor a lo público: Como espacio adecuado para devolver a la actividad política el aval que regule los mercados y las finanzas en una dirección totalmente nueva. Amar lo público para erradicar todo tipo de fraude económico.

Habrá quien se sonría, bostece, muestre fatiga o, incluso, fustigue esta clase de planteamientos. Pero tal vez en esta espiritualidad se halle lo mejor de nuestra dignidad humana, de nuestros sueños y, en definitiva, de nuestra humanidad. Construir una economía distinta no es, únicamente, una tarea de economistas. Es un trabajo de personas que quieren vivir en un mundo nuevo y de quienes anhelan dejar a las generaciones venideras unas ciudades y pueblos más respirables. El reto no es el crecimiento económico sino la expansión del espíritu humano. Quizá para eso andemos errantes desde hace millones de años y tengamos por delante otros tantos.

Fidel Aizpurúa Donazar

Los bandidos de Montecasale

LOS BANDIDOS DE MONTECASALE

O

LA BONDAD MÁS ALLÁ DE LA MORALIDAD

 

            Francisco, como Jesús, ha sido de esas raras personas que no han dividido a la gente entre buenos y malos, porque los buenos no son tan buenos como ellos dicen y los malos no son tan malos como nosotros decimos que son.

            He aquí en esta escena una florecilla franci8scana donde se dice que unos malos, ladrones feroces, escondían en el fondo una cierta bondad. Cuando alguien los trata bien, esa bondad termina por aflorar.

            Los textos franciscanos son ingenuos, pero encierran mucha “metralla”: hablan de lo que somos en el fondo cada uno. En este caso nos dice que nos equivocamos si no desvelamos la bondad del corazón incluso en gente que la sociedad califica como “mala”. Esto dice el relato:

 

En el eremitorio que los hermanos tienen encima de Borgo San Sepolcro (5), sucedió que venían, a veces, unos ladrones a pedir pan a los hermanos; vivían escondidos en los grandes bosques de la provincia, pero de vez en cuando salían de ellos para despojar a los viajeros en la calzada o en los caminos. Algunos hermanos del lugar decían: «No está bien que les demos limosnas, ya que son bandidos que infieren tantos y tan grandes males a los hombres». Otros, teniendo en cuenta que pedían limosna con humildad y obligados por gran necesidad, les socorrían algunas veces, exhortándoles, además, a que se convirtieran e hicieran penitencia.

Entre tanto llegó el bienaventurado Francisco al eremitorio. Y como los hermanos le pidieron su parecer sobre si debían o no socorrer a los bandidos, respondió: «Si hacéis lo que voy a deciros, tengo la confianza de que el Señor hará que ganéis las almas de esos hombres». Y les dijo: «Id a proveeros de buen pan y de buen vino y llevadlos al bosque donde sabéis que ellos viven y gritad: "¡Venid, hermanos bandidos! Somos vuestros hermanos y os traemos buen pan y buen vino". En seguida acudirán a vuestra llamada. Tended un mantel (6) en el suelo y colocad sobre él el pan y el vino y servídselos con humildad y buen talante. Después de la comida exponedles la palabra del Señor y por fin hacedles, por amor del Señor, un primer ruego: que os prometan que no golpearan ni harán mal a hombre alguno en su persona. Si pedís de ellos todo de una vez, no os harán caso. Los bandidos os lo prometerán al punto movidos por vuestra humildad y por el amor que les habéis mostrado. Al día siguiente, en atención a la promesa que os hicieron, les llevaréis, además de pan y vino, huevos y queso, y les serviréis mientras comen. Terminada la comida, les diréis: "¿Por qué estáis aquí todo el día pasando tanta hambre y tantas calamidades, maquinando y haciendo luego tanto mal? Si no os convertís de esto, perderéis vuestras almas. Más os valdría servir al Señor, que os deparará en esta vida lo necesario para vuestro cuerpo y luego salvará vuestras almas". Y el Señor, en su misericordia, les inspirará que se conviertan por la humildad y caridad que habéis tenido con ellos».

Se levantaron los hermanos y obraron según el consejo del bienaventurado Francisco. Los bandidos, por la gracia y la misericordia de Dios, que descendió sobre ellos, aceptaron y cumplieron a la letra punto por punto todas las peticiones hechas por los hermanos; y, agradecidos a la familiaridad y caridad que les mostraron los hermanos, empezaron a llevar a hombros leña para el eremitorio. Así, por la misericordia de Dios y gracias a la caridad y bondad que los hermanos tuvieron con ellos, unos ingresaron en la Religión, otros se convirtieron a la penitencia y prometieron ante los hermanos no cometer más tales fechorías y vivir en adelante del trabajo de sus manos.

Mucho se admiraron los hermanos y cuantos oyeron y conocieron lo sucedido con los ladrones; les hacía ver la santidad del bienaventurado Francisco: tan pronto se convirtieron al Señor quienes eran pérfidos e inicuos, según él lo había anunciado.

 

            Subrayemos algunos aspectos:

 

  1. A los ladrones les va mal el negocio. Pasan hambre. Recurren a los únicos que creen que les pueden ayudar. No es mala cosa que los “malos” vengan a los franciscanos.
  2. Los hermanos están divididos: unos dicen que no hay que ayudar a esos truhanes; otros dicen que pasan hambre y que hay que socorrerlos. Mientras tanto, no comen.
  3. Francisco traza un plan en dos “fases”:
    • Fase A: Cogéis una cesta, vais a donde están ellos (no tienen que venir a vosotros), poneis un mantel (solo los ricos comían entonces con mantel; para Francisco los ladrones son señores a los que hay que tratar con respeto), pan y vino y les servís con buena cara. Cuando hayan comido, hacéis una primera llamada a su corazón bueno: les decís que respeten la vida de la gente. Al menos eso, lo básico. Os harán caso por la humildad con que les habéis servido.
    • Fase B: Volvéis al tiempo con la cesta, el mantel, el pan, el vino y enriquecéis el menú: queso y huevos. Les volvéis a servir con buena cara y les hacéis un ruego de más calado: vuestra vida puede tener una salida, hay esperanza para vosotros, podéis ser personas nuevas aunque hayáis hecho daño, sois más que vuestras fechorías.
  4. Dice la florecilla que les hicieron caso, que se volvieron generosos y llevaron leña a los frailes e, incluso, de ahí surgieron vocaciones a la Orden.

 

Esto viene a decir:

 

-               Toda persona es más que su comportamiento moral. Éste puede ser malo (y eso es cuestionable), pero dentro de todo corazón existe el bien.

-               Si uno sabe mirar ese corazón bueno se puede esperar una determinada “conversión” incluso de los más contumaces.

-               Mirar el corazón es un arte franciscano. Todos somos, en el fondo, unos  ladrones necesitados de amparo, de que nos comprendan, de que nos quieran, de que nos consideren capaces de ser buenos.

 

Cantando en los tiempos oscuros

CANTANDO EN LOS TIEMPOS OSCUROS

            El ministerio presbiteral desde una lectura social de las bienaventuranzas

 

Y en los tiempos oscuros, ¿habrá canto?
Sí. Habrá canto sobre los tiempos oscuros.
(Bertolt Brecht)

 

Introducción:

 

            El sacerdocio ministerial goza hoy de buena salud, pese a la pretensión de quien lo cuestiona por sus grietas o por los errores y delitos de algunos de sus miembros. Sin embargo, un gran interrogante pende sobre él, sobre lo más nuclear de su sentido y de su praxis, y, por ello mismo, se hace necesaria, más que nunca una nueva reflexión. Esta reflexión ha de asentarse, de salida, sobre una mayor centralidad en Jesucristo y un amor más apasionado al mundo que nos ha tocado en suerte.

            La crisis vocacional del llamado primer mundo, la dificultad para huir de una concepción funcionarial del sacerdocio, los casos de abusos sexuales, la implicación de sacerdotes en temas de dudosa economía, caen como losas sobre en el sentido, no únicamente sobre la moralidad o la misma legalidad. Trabajar el sentido del ministerio presbiteral se hace más urgente que nunca como se reclama ya no únicamente desde instancias críticas, sino desde personas corrientes que sienten un amor vivo por la fe cristiana y su futuro.

            La respuesta que los sacerdotes dan a esta necesidad de sentido es diversa. Un colectivo mayoritario, tanto de jerarquía, como de sacerdotes de a pie, incluidos una buena parte de sacerdotes jóvenes responde, digámoslo así, pensando y viviendo lo de siempre con el peligro real de instalarse en una especie de funcionariado sacerdotal. Muchas iniciativas del “año sacerdotal”, incluso las mismas directrices oficiales, parecen ir en esa línea: asentar el sacerdocio sobre valores y vivencias de siempre, aunque se apele al hoy en el que, claro está, viven los sacerdotes. Con matices y con un indudable deseo de actualización, pero no se sale de lo de siempre. Sectores de jóvenes sacerdotes insisten deliberadamente en las formas, sobre todo, y en los contenidos de siempre. Quizá exista un “reducto” de sacerdotes de componente más profético, más sensible a lo despertado por el Vaticano II, que parece estar en ámbitos rurales, “esos hombres que se resisten a la despoblación y al abandono rural con una vida encarnada desde lo pequeño y lo sencillo junto a las gentes del campo” (AA.VV., Los curas de pueblo…, p.23). Pero, como el marco sociológico en el que se inscriben, no son realmente significativos ni marcan perspectivas.

            ¿Hay posibilidades de encontrar variables distintas? Una cosa parece ir quedando clara hasta en los mismos sacerdotes: como en otros asuntos, ha de ser del lado de los laicos de donde venga el empuje para elaborar un sentido nuevo. Desde los laicos que anhelan un nuevo modelo de comunión, que es lo mismo que decir un nuevo modelo de Iglesia. Estos laicos tampoco son mayoría, pero es una minoría más despierta a lo nuevo porque están menos en el sistema eclesiástico. Los sacerdotes y jerarcas que pretenden “domesticar” a los laicos, privan a la comunidad cristiana y a su propio ministerio del soplo nuevo del Espíritu.

            El modelo de comunidad cristiana que propugnan estos colectivos de laicos creyentes es, por decirlo de modo simple, una iglesia de comunión y de diálogo, de básica igualdad dentro de la pluralidad de funciones. Una iglesia donde nadie es más que nadie y donde no se funciona por roles sino por relación y por amor. Es justamente ahí donde ellos resitúan el ministerio del presbiterado: hermanos (y en el futuro hermanas) cualificadas, liberadas para el acompañamiento y la animación espiritual, ágiles para la solidaridad y la presencia en ámbitos necesitados de humanidad, místicos de ojos abiertos y horizontales. ¿Suponen estas intuiciones algún avance sobre el planteamiento anterior? Quizá sí porque se ahonda en el componente místico de lo cristiano y se toma en serio el componente político, ineludible de la fe. Este quedar “supeditado” a la comunidad no empobrece la realidad presbiteral sino que, como decimos, la resitúa y contribuye a aportar sentido. Los viejos fantasmas de la carencia de mística (no tanto de religiosidad) con excesiva presencia en las “realidades temporales” o de espiritualismo con un centrarse exclusivamente en lo religioso quedarían cuestionados. Tendremos ocasión de explayarnos en estos elementos de la nueva mística presbiteral.

            ¿Puede colaborar la reflexión bíblica en esta dirección? Eso es lo que pretende este trabajo desde la perspectiva de una lectura social de las bienaventuranzas. Cualquier nueva mística demanda una nueva lectura, un situarse más allá de las lecturas de siempre que producen los resultados de siempre. Si nuestra lectura no produce una luz sino que solamente abunda en lo ya iluminado, posiblemente no saldremos de la cansina espiritualidad de siempre. Ya lo dice E. Lledó: “Nadie recorrería las sendas del pasado, si no subyaciese a ese recorrido el irrefrenable deseo de reconocer, en él, todas aquellas semejanzas que nos llevan a entender nuestra situación y a aprender de otras experiencias”.” (E.Lledó, El silencio, p.30). Nuestros esfuerzo reflexivo intentar aportar alguna luz en este bosque lleno de niebla que hay que cruzar.

            Bertolt Brecht se preguntaba si en los tiempos oscuros habrá canto. Y se respondía, esperanzado, diciendo que sí, que en esos tiempos de sobrecogedora oscuridad sonará el canto animador y suscitador de confianzas. Jeremías, por su parte, profetizado en 7,34 que algún día volvería el canto de la novia y del novio y el Bautista dijo haberlo escuchado (Jn 3,29). Ojalá haya hoy también juglares que canten en las oscuridades de nuestro siglo, de nuestra iglesia y del ministerio presbiteral.

 

1. ¿Qué es una lectura social?

 

Una lectura social del texto es aquella que tiene un nivel explícito de arraigo antropológico y que manifiesta su deseo de conectar con el momento histórico en que vive el lector/a. Desde esos dos supuestos, la lectura puede ser instancia iluminadora del caminar humano en aspectos que el mismo texto no tiene en cuenta explícitamente en origen. Es algo de lo que el documento La interpretación de la Biblia en la Iglesia (IBI) entiende como acercamiento liberacionista cuando dice que “la realidad presente no debe ser ignorada, sino al contrario afrontada, para aclararla a la luz de la Palabra. De esta luz surgirá la praxis cristiana auténtica, que tiende a transformar la sociedad por medio de la justicia y del amor. En la fe, la Escritura se transforma en factor de dinamismo, de liberación integral” (p.62).

Se trata, pues, de una lectura, no de un método, ni siquiera una aproximación como entiende el IBI. Quiere esto decir que brota de una preocupación (el viejo anhelo de que la Palabra sea semilla en el campo de la vida) que tratar de convertir la Escritura en un dinamismo vital (dynamis: fuerza). Está anclada por una doble preocupación: la que huye de una lectura “arqueológica” del texto bíblico y la que se hace en actitud de apertura y hasta de amor ante la sociedad de la que el lector hace parte.

Es un tipo de lectura que postula la conexión del imaginario bíblico y el social, que trata de utilizar lenguajes comunes para ambos campos, que activa la conciencia de pertenencia común tanto al ámbito creyente como al social, que trata de iluminar situaciones y que impulsa al lector en la línea de la humanización haciendo un esfuerzo explícito por leer con corrección los signos de los tiempos, y que, finalmente, no descarta incidir en la modificación del hecho social dejándose interrogar por el mundo de las pobrezas. Esto nos llevará a hacer hincapié en el sustrato antropológico y social del texto como fundamentación de una espiritualidad que sea susceptible de ser utilizada por creyentes e, incluso, por no creyentes.

Es aquella que acoge las inquietudes que se abren paso en los fondos de nuestra cultura actual. Y la cuestión religiosa, en su variada amplitud, es una de ellas. Aquella que no se enquista, a priori, en posiciones tomadas ya que sabe que el fondo de la ideología muta y, por supuesto, también las formas. Sería una lectura que cada vez mira con más recelo a los planteamientos dogmáticos que no se cuestionan nunca, sino que es hija del no-saber, de la sospecha y del interrogante. Pero, a la vez, no renuncia a la búsqueda y experimentación de certezas que alimenten el dinamismo humano e iluminen la senda, nunca fácil, del caminar histórico.

Se trata, incluso, de una manera de leer que, por la capacidad inspiradora del Mensaje, ilumina el hoy social, siempre necesitado de luz; una lectura  que ayude al lector a creer en la bondad, ya que esta clase de fe (que demanda el Evangelio) es, con frecuencia, escasa en nuestros mercados de la vida; un tipo de lectura que nos aleje de la especie de vergüenza que parecen sentir las personas buenas a la hora de vivir su bondad en un contexto que, aparentemente al menos, menosprecia esa clase de valores; una manera de leer que nos haga percibir la verdad de que de las grandes catástrofes humanas no nos salva la fuerza, sino la humilde bondad. Ya lo dice E. Sábato: “Cada vez que hemos estado a punto de sucumbir en la historia nos hemos salvado por la parte más desvalida de la humanidad” (Antes del fin, p.181). Una lectura social de este nivel contribuye con decisión a mejorar el camino de la existencia, verdadero y primario interés del Mensaje.

 

2. Una lectura social de las bienaventuranzas/malaventuranzas: Lc 6,20-26

 

            Hay quien piensa que las bienaventuranzas han hecho mucho mal a la espiritualidad cristiana. ¿Cómo es posible que un texto tan central en el programa de Jesús, tan decisivo en la espiritualidad general de la comunidad cristiana, tan nuclear en las opciones creyentes (en el seguimiento de Jesús, en la acción social caritativa, en la práctica de la justicia política) haya “hecho mal” a quien aprecia el Evangelio? No es el texto en sí mismo el causante del desaguisado, sino la lectura concreta que se le ha dado.

            ¿Cuáles han sido las causas de este desajuste? Podríamos citar entre otras:

  • Deshistorización: Se ha situado el texto y su significado fuera de la realidad histórica, en un más allá religioso, incontrolable, donde no se pueden demandar responsabilidades. Deshistorizar el mensaje de Jesús es reducirlo a ideología y, con ello, a anhelos de difícil logro. Desposeer al Evangelio de su fuerte componente histórico y económico y cargarlo de espiritualismo y moralismo lleva a derivar en posturas religiosas muy alejadas del anhelo de Jesús.
  • Desde la irresponsabilidad histórica: En lógica relación con lo que antecede, las Bienaventuranzas no solamente no han contribuido a generar responsabilidad histórica ante el camino humano y sus aporías, sino que han llevado a un alejamiento y desconexión de consecuencias irreparables. Además, dado que los cristianos son ciudadanos como malquiera, la irresponsabilidad ante la historia ha generado mala conciencia, cuando no hipocresía: diciendo que aspiraban a los bienes celestiales a los que el Evangelio empuja, se han visto mezclados y embadurnados en “barros” económicos y políticos que no tienen posibilidad de justificación evangélica. La sociedad hace presa en tal hipocresía que deslegitima el mensaje de Jesús y sus pretensiones.
  • Desclasamiento: Han sido leídas desde un desclasamiento social, como si se pudieran entender, e incluso se debiera hacerlo, desde el limbo social de la no pertenencia ninguna clase (con lo que, de hecho, se leía desde la clase dominante). Tal actitud ha creado una espiritualidad que, en lugar de subvertir el orden social, ha logrado consagrarlo y justificarlo (Cf J. Saramago, Levantado,  pp.142-143). Las consecuencias han sido terribles para la vida de los pobres y para el devenir de la comunidad cristiana.
  • Privatización: El hecho religioso, todos lo sabemos, tiende a privatizar la salvación en general y sus componentes en particular. Israel ha sabido mucho de eso y tal afán privatizador de la experiencia religiosa ha llegado al tiempo de Jesús con toda su pujanza. El Evangelio y, ulteriormente, la primitiva experiencia cristiana han tratado de romper esa dinámica privatizadora. Las Bienaventuranzas han sufrido esa amenaza y han caído en la trampa de la privatización. De tal manera que la dicha ha sido ligada a la bondad religiosa, a la pertenencia a un colectivo creyente, a la manera de vivir de acuerdo con las prescripciones morales de una determinada religión. Para leer correctamente las Bienaventuranzas habrá que devolverles su componente universalizador basado en el más elemental componente de justicia que ellas demandan para toda persona. Cuando se privatiza el Mensaje se lo reduce y prácticamente se lo destruye.
  • Desinterés por la transformación del medio social: La lectura espiritualista de las Bienaventuranzas no ha necesitado apuntar a la transformación del medio social. Únicamente han interesando los efectos de la pobreza y la opresión, pero no sus causas fontales. Ello ha llevado a un cristianismo desimplicado, cuando no en connivencia con tales causas. Una lectura adecuada del texto habría de llevar implicada la conciencia de que la realidad es transformable y de la decisividad de las personas en tal proceso.
  • Desde una lírica carente de componente social: El texto es hermoso y ha sido leído muchas veces por el impacto de su belleza. Pero, al despojarlo de su componente social, ha quedado en mera expresión lírica que, a la hora de la verdad, se ha visto desmentida, con frecuencia, por el más tosco materialismo. Esta perspectiva choca frontalmente con la indudable aspereza del mensaje evangélico que conlleva unas exigencias ineludibles y quemantes, precisamente porque apuntan a fuertes transformaciones.
  • Ante todo, la salvación: Preocupada mayormente por la salvación, la espiritualidad cristiana ha situado el empuje y la meta de las Bienaventuranzas en el éxito de la salvación. Lograr salvarse, llegar al cielo, librarse del infierno, ha sido en muchas épocas el ideal popular de la fe. Las Bienaventuranzas, como todo el Evangelio, muestran que Jesús está más preocupado por la felicidad que por el pecado, por la dicha que por la salvación religiosa. “Lo que a Jesús le interesaba, antes que nada, era acabar con el sufrimiento de los seres humanos”, como mejor camino hacia la dicha (J.M.Castillo, Víctimas, p.48). Leer las Bienaventuranzas desde la preocupación por la salvación es minimizarlas; hacerlo desde el anhelo fundamental de dicha sembrado en el fondo de la estructura histórica es abrirles un horizonte inmenso.
  • La banalización de lo religioso: Porque lo religioso se mueve entre la banalización y el fundamentalismo, ambas realidades en conexión, por paradójico que parezca. Leer las Bienaventuranzas desde la superficialidad, denominador común tanto del fanatismo como de la canalización, es reducirlas a algo increíble y desprovisto de la espoleta que las hace “peligrosas”. El concepto de “recuerdo peligroso” del que suele hablar la teología le cuadra muy bien al programa de las Bienaventuranzas (Cf J.B.Metz, La fe en el mundo,  pp.100-110; 192-207). Por todo ello hay que decir que tiempos de secularidad, como los nuestros, son propicios para una lectura de este programa de Jesús desde una perspectiva renovada.

Todas estas actitudes están demandando otro tipo de lectura de este texto privilegiado del Evangelio que son las Bienaventuranzas. Una lectura social de las mismas con “mística”, sabiendo que apuntan a la dimensión escondida de la vida, a niveles profundos de la existencia, puede venir en ayuda nuestra. Efectivamente, la lectura social no es una lectura sociológica ni rastreramente cotidiana. Es la manera de quien lee con profundidad sin despegarse de la realidad. Más aún, es la de quien quiere hacer de la realidad el lugar único y necesario del descubrimiento del aliento espiritual del Evangelio. Esta actitud la definen algunos como “mística horizontal” o “de ojos abiertos”.

 

a) Establecimiento del texto:

 

                        Vamos a ofrecer una traducción razonada del texto lucano. En alguna de sus expresiones podría parecer arbitraria. Pero, con las consiguientes explicaciones, quizá nos acerque al sentido hondo, a otro sentido, más susceptible de generar espiritualidad. Nos hacemos eco de aquel criterio de traducción que tenían claro los autores del siglo XVI: “en el arte de traducir, el texto es rey, mientras que la traducción no es más que una sierva humilde y fiel, decidida a servir a su dueño” (citado en J.Mateos, NT, p.8).

 

            20Y dirigiendo la mirada a sus discípulos, dijo:

                        Felices los tenidos en poco

                        porque la nueva sociedad os pertenece.

            21Felices los ahora devorados por el hambre

                        porque os van a saciar.

                            Felices porque ahora lloráis

                        porque reiréis.

            22Felices vosotros cuando os odie la gente, os margine y os recrimine proscribiendo vuestro nombre como maldito por causa de la humanidad. 23Alegraos ese día y brincad de alegría; tened en cuenta que vuestro salario será muy grande. Así trataban sus antepasados a los profetas.

            24Pero, ¡ay de vosotros, los enriquecidos!

                        Os han saldado la deuda de consuelo.

            25¡Ay de vosotros, los entriparrados!

                        Os roerá el hambre.

            26Ay de vosotros, los juerguistas de ahora!

                        Os caerá encima la tristeza y el llanto.

            27¡Ay si la gente os adula!

                        Eso hacían sus antepasados con los profetas a sueldo.

 

            Subrayemos el texto con las notas siguientes:

 

  • V.20: Los tenidos en poco: El calificativo ptôkhoi proviene del verbo ptôssô, encogerse amilanarse, ser tenido en poco. La traducción hê basileia tou Theou por nueva sociedad apunta más al componente social del sueño de Jesús. Es cierto que el reino de Dios tiene una dimensión extrahistórica, escatológica; pero también (y a ésa apunta el Evangelio con insistencia) tiene otra dimensión de componente fuertemente histórico. El Evangelio quiere incidir en esta, apuntando finalmente a aquella. Por eso, la traducción nueva sociedad hace más justicia al anhelo del Jesús evangélico. Es preciso valorar también el hecho de que las Bienaventuranzas de Lucas están en segunda persona del plural, manera incisiva y participativa de exponer el mensaje: el seguidor está implicado directamente en el proceso que desencadenan las Bienaventuranzas.
  • V.21: Los ahora devorados por el hambre: Lucas insiste en el momento actual de vigencia de la verdad de las Bienaventuranzas. Es ahora (nyn) cuando se está ya efectuando lo que proclaman (vv.21ab.24.25). La expresión devorados por el hambre es más que hambrientos. El hambre en una sociedad de penuria como es la del siglo I en Palestina es muy distinta a la del mero “sentir hambre” en una sociedad de bienestar. El hambre es en aquella un monstruo que roe y devora las entrañas. Todos los autores coinciden en que la expresión pasiva khortasthêsete incluye la llamada fórmula de “pasivo divino”: es Dios mismo quien va a saciar a los devorados por el hambre. El verbo deriva de khortos, heno: va uno a ser saciado como se sacia el hambre de un animal hambriento que come mucha hierba. Quedar saciado como un animal indica la total saciedad.
  • V.22: Y os marginen: El verbo aphorizô incluye la idea de ser sacado de los límites, de la frontera, de los propios márgenes: apho-horos. La idea de marginación tiene hoy una fuerte connotación social de exclusión, de suma de toda clase de pobrezas. El verbo oneidizô conlleva un lexema de recriminación, condena injusta y manifiesta. El término ekballô significa echar fuera y, de ahí, proscribir, ya que la persona proscrita es la que siempre “está fuera”, sin casa, apátrida. Cuando el discípulo es considerado como maldito (hôs ponêron) se le aplica una maldición con carga de impureza, indecencia social, disgusto ante su mera presencia en el escenario humano
  •  V.23: Y saltad de alegría: El verbo skirtaô indica la acción del animal joven que da brincos de alegría en el campo. Al entender misthos como salario se está queriendo indicar que no se está hablando de algo que dimana de la generosidad del donante, sino de la justicia que se debe a quien ha hecho su trabajo. Al traducir la expresión polys en tô ouranô como será muy grande estamos entendiendo la invocación de lo celestial como modo aumentativo.
  • V.24: Los enriquecidos: No solamente son ricos de hecho, sino que se han  enriquecido a costa de los pobres. El dinamismo de enriquecimiento injusto sigue vigente porque una de las notas reales de ese tipo de enriquecimiento es que nunca termina de saciarse por mucho que se vea al pobre en la miseria. El cupo de consuelo: para el hombre del mediterráneo del siglo I hay cupos designados de antemano para la persona en cuestión de riqueza, de trabajo, de felicidad, de consuelo. Hay personas que, como dice Qoh 4,1, reúnen la suma de todas las opresiones en su llanto que nadie consuela. Estos tenían un cupo de consuelo, pero nadie se lo ha cubierto. La paraklêsis no prescribe, sigue exigiéndose aunque nadie haga caso.
  • V.25: Los ahora entriparrados: La expresión hoi empeplêsmenoi nyn traducida por el aragonesismo ahora entriparrados está indicando tanto el hecho de estar saciados como la injusticia y desfachatez de esa tripa llena ante la vacía de los hambrientos y desheredados. La desgarrada expresión conlleva una implícita censura por su honda injusticia. Al traducir el hambre os roerá se está indicando que en esa tripa llena habita un gusano devorador. Es más que un simple pasar hambre; es experimentar el roer de los gusanos de los cadáveres. En su injusta saciedad está sembrada la muerte.
  • V.26: Caerá encima de vosotros: La perífrasis indica que la tristeza y el llanto van a caer como una losa sobre la impúdica risa de los opresores. El futuro como acción no cumplida tiene una connotación de amenaza que indudablemente se cumplirá (penthêsete+klausete).
  • V.27: Si la gente os adula: La expresión “decir bien” (kalôs eipôsin) se traduce por adular, ya que el decir bien del poderoso no es a causa de su bondad, sino por el temor que inspira su poder. De ahí que la manera de hablar de ellos y con ellos sea aduladora (Cf Lc 11,47). Los profetas a sueldo: la expresión pseudoprophêtais no es solamente un falso profeta que hace profecías falsas, sino que su falsedad proviene de su connivencia con el rico que le paga, de cuya economía depende. Es un falso profeta por estar vendido a quien le contrata. Está detrás “el deseo de triunfar y de asegurarse una forma de vida” (J.L.Sicre, Los profetas,  p.28).

 

b) Trasfondos espirituales

 

                  Este sencillo acercamiento al texto permite ya desvelar algunos trasfondos espirituales que pueden arrojar luz. Se trata de ir apuntando a lo profundo para llevar este texto “a la playa de la intimidad” (E. Lledó). Es preciso tener siempre en cuenta que el hecho de lectura abarca al texto, casi inamovible, y al ojo que lo lee, verdadero padre de la página huérfana, que concita una gran movilidad personal, social y eclesial. Por eso mismo las lecturas “varían” y reflejan la luz en el prisma diverso de la pluralidad de lectores.

  • Evangelio de gracia: Así lo entienden algunos autores bíblicos (E. Kässemann). Las Bienaventuranzas dejan ver que adonde no pueden llegar las fuerzas humanas es Dios quien, con su aportación de gracia, hace posible el cambio soñado. ¿A qué apunta esa gracia? A lograr el señorío sobre la historia. Efectivamente, el problema principal de la teología es, aunque cueste admitirlo, el tema de la historia y su solución, el sentido de la existencia histórica. No es tanto la realidad de Dios, siempre inasible, sino, más bien el porqué del camino histórico y su horizonte de sentido. Desde ahí, las Bienaventuranzas animan a vivir esta realidad histórica, por pobre que sea, con auténtico señorío. Es un antídoto contra el riesgo siempre perviviente de desconexión, contra la tentación de intemporalidad (Cf J.B.Metz, La fe en la historia, p.181). Como todo señorío, éste también tiene sus riesgos y se cierne sobre él la posibilidad de error. Pero más valdría errar que no ejercer el señorío al que la gracia empuja. Esa misma gracia sería ayuda para reconocer los yerros y poner remedio en la medida que se pueda. Más aún, las Bienaventuranzas empujan al arduo camino teológico y espiritual de construir una teología sobre la gracia y no sobre el pecado que ha sido el camino tradicional. Se hace aún necesaria una espiritualidad cristiana (teología, espiritualidad, práctica pastoral) cristocéntrica y caritocéntrica (centrada en Cristo y en la caridad-justicia) eliminando la visión adamocéntrica y hamartiocéntrica (centrada en Adán y en su pecado) (A.Villalmonte, El pecado y la gracia,  p.16).
  • Una espiritualidad exigente y compasiva: Exigente en cuanto que demanda poner las cartas sobre la mesa. Por eso habla de la justicia y sus precios, de las pobrezas y sus raíces, de las hambres que podrían haber sido saciadas, de los llantos no consolados y de los odios irracionalmente inhumanos. Las Bienaventuranzas lanzan preguntas sobre esas realidades y no pararán hasta obtener una respuesta. Cualquier evasión, cortina de humo, excusa fácil o justificación religiosa quedan automáticamente desmontadas porque sería hacerlas enmudecer, privarlas de su aguijón. Pero también son Bienaventuranzas de la compasión porque su exigencia no se hace sin tener en cuenta la debilidad histórica del sujeto demandado. Y, no sabemos cómo, pero saben mezclar exigencia y compasión. Esa compasión es la que hace que nadie se sienta excluido de su cuestionamiento invocando su debilidad.
  • Espiritualidad parcial: Por este decantarse de las Bienaventuranzas en el anhelo de justicia, no ha de extrañar que contribuyan a una espiritualidad concreta, parcial. Provienen del sueño de un Dios de esclavos, que se pone de parte de ellos y que busca su liberación. Este anhelo divino le hace ser al mismo Dios también parcial, porque Dios ama, ciertamente, a todo el mundo, pero no del mismo modo: al injusto lo censura y le empuja al abandono de su inhumana crueldad; al pobre lo acoge y lo sostiene en el sufrimiento injusto que ha caído sobre sus hombros. Esta parcialidad de Dios es supuesto imprescindible para entender la carga “revolucionaria” del mensaje de las Bienaventuranzas. Transigir en esto es arriesgarse a desactivar el mecanismo último del programa de Jesús, porque, él también, optó decididamente por una “solidaridad parcial” (J.Castillo, El discernimiento,  p.148).
  • Pobreza con mística: El tratamiento que las Bienaventuranzas dan a las pobrezas históricas no es meramente sociológica. Llevan implícita una mística, un porqué espiritual. ¿Por qué las pobrezas y su tremenda injusticia quedan excluidas? Porque Dios tiene un sueño: crear una historia fraterna e igualitaria, justa por ende, donde no haya sistemas intocables, poderes que los defiendan ni religiones que los consagren. Los grandes anhelos de Israel, los sueños de la profecía, el mensaje de Jesús, la experiencia primigenia de la primitiva comunidad cristiana apuntan en la dirección de tratar de hacer ver que los afectados por la injusticia tienen que ser devueltos a la corriente de la vida con todos sus derechos intactos más los “intereses de demora” por las injusticias sufridas. Ese sueño de Dios, evidentemente, afecta a la realidad histórica, al ahora de quienes sufren la injusticia histórica. Su pobreza no es mera pobreza económica; lleva dentro la exigencia de la espiritualidad bíblica, el sueño mismo del Padre y de Jesús. Eso la dinamiza aún más y sus anhelos la lanzan a horizontes inabarcables, más amplio que el más inimaginable sueño. Desposeer a las Bienaventuranzas de esta mística es empobrecerlas hasta domesticarlas. Y unas Bienaventuranzas domesticadas llevan a un Evangelio inservible. Menospreciar esta mística porque estamos hablando de “sueños” es posiblemente no entender la dinámica antropológica que se nutre más de sueños que de ideas y la dinámica de lo divino que entiende a Dios y al mismo Jesús como quienes mejor han soñado el horizonte de la dicha de la historia. Un sueño por el que el mismo Jesús ha dado su vida.
  • Un problema teológico: La exclusión social no es únicamente un problema social. Podría ser comprendido como un problema teológico. Las grandes preguntas de la exclusión pueden convertirse en grandes cuestiones teológicas ¿Por qué hay pobres? ¿Por qué son tantos? Y desde ahí otras preguntas más concretas, aceradas y agudas porque encierran un tremendo anhelo de justicia: ¿Dónde dormirán hoy los pobres? (G. Gutiérrez). ¿A qué tribunal pueden acudir los pobres? (L. González de Carvajal). ¿Qué lado eliges entre el bien y el mal, entre los oprimidos y los opresores? (E. Schillebeeckx). Son preguntas elementales pero certeras como dardos. Habría que hacer de ellas motivo no solamente de discernimiento, sino de espiritualidad e incluso de teología. Desarrollar estas cuestiones tan elementales nos ha de llevar no solamente al discernimiento personal y comunitario, sino también a las raíces mismas del Evangelio. Porque, en el fondo, la trayectoria del Jesús evangélico no es sino el duro enfrentamiento con estas cuestiones. Por tratar de darles respuesta elaboró una vida de acompañamiento y ofrenda a los débiles e, incluso, no dudó en abrazar el duro cáliz de su muerte.Una teología que parta de las Bienaventuranzas no podrá eludir estas cuestiones sin correr el riesgo de convertirse en una teología de escuela que poco o nada tenga que ver con el azogue del mensaje de Jesús. Las grandes obras teológicas carentes de conexión social terminan por ser almacenes de ideología.
  • Hacia una experiencia de una espiritualidad de la dicha: Y de la felicidad. Porque si algo queda claro en las Bienaventuranzas es que la justicia exigida es en función de una dicha exigida, de una felicidad debida. La preocupación por la dicha ha de presidir la comprensión de este núcleo del Mensaje de Jesús. Preocupado por la salvación (y consiguientemente por el pecado) el cristiano ha creído que la dicha era un tema menor, cuando no “perjudicial”. Sin embargo, las Bienaventuranzas son una profecía sobre la dicha debida y soñada, sobre la felicidad histórica y su injusto fraude. Su promesa no es el trabajo, sino la dicha; su propuesta no es la salvación eterna, sino, ante todo, el gozo histórico.
  • Propuesta para todos: La base de toda esta mística es la que proviene de una mirada igualdadota sobre la realidad y las personas. Las Bienaventuranzas censuran directamente la desigualdad, los rolos, la jerarquización, los privilegios que vienen por la simple costumbre social. La inviabilidad del mensaje de Jesús quizá se deba a no haber cambiado la mirada desigualadota por una manera simplemente igualitaria a la hora de acercarse al otro. Y desde ahí se comprende que privatizar este mensaje es no haberlo entendido. Por mecanismos religiosos, los credos tienden a apropiarse de los textos bíblicos. Por dinámica evangélica, la propuesta de Jesús apunta al todo de lo humano, a la historia en general, por encima de credos religiosos. Esto pasa con las Bienaventuranzas que habrían de ser consideradas como “patrimonio de la humanidad” y, por ello, a la libre disposición de toda persona en situación de injustita, de opresión y deseosa de la dicha.

 

c) Resonancias sociales

 

                        De siempre la tradición bíblica considera la Palabra como “lámpara para los pasos” de los humanos (Sal 118,105). Esa luz se vierte sobre los tortuosos senderos de la vida. Apartarla de esas zonas de sombra que demandan luz sería quitarle a la palabra su propiedad principal. Por eso, las Bienaventuranzas iluminan ámbitos sociales de gran importancia para la persona.

  • De la pobreza a las pobrezas: No habría de extrañar que el Evangelio tenga como trasfondo de muchos de sus pasajes, de las Bienaventuranzas por ejemplo, el tema de la economía, entendiendo por tal toda la actividad productiva humana. La economía es un vector de más decisividad en el camino humano que la misma sexualidad y dependen de ella asuntos tan básicos como el de la simple supervivencia. No es raro, pues, que el Evangelio apunte en esa dirección. Hasta ahora se había enmarcado ese dinamismo en el planteamiento en torno a la pobreza, personal o colectiva. Quizá haya llegado la hora de superar ese marco cambiándolo por el de las pobrezas. Este plural incluye, cómo no, la problemática de la pobreza personal pero abre a una realidad más amplia y decisiva: toda clase de pobrezas y su dura problemática. Y de ahí, a la pregunta decisiva: las causas de la pobreza. Es viejo y verdadero el aforismo escolástico de que “no hay efecto sin causa”. La pobreza ha sido una acompañante del caminar humano, en variadas modalidades y con consecuencias distintas, siempre adversas. Muchas entidades humanitarias han trabajado denodadamente para paliar los devastadores efectos de la pobreza. Su mérito es grande, aunque los resultados hayan sido pequeños. Pero pocas de esas personas se han preguntado con seriedad sobre las causas de la pobreza, sobre los mecanismos sociales estructurales que generan pobrezas y pobres. El sistema se frota las manos cuando ve que muchas gente trabaja con denudo contra la pobreza pero no apunta sus dardos a los causantes reales de tales pobrezas. Los afectados por la pobreza se manifiestas y hasta se revuelven contra sus respectivos gobiernos exigiéndoles que arreglen tamaña injusticia. Pero en realidad, hoy en día, los causantes de la pobreza no son los gobiernos, aunque con su mala gestión puedan incrementarla, sino las grandes multinacionales, las enormes empresas alimenticias, las grandes corporaciones petrolíferas, los fabricantes y vendedores de armas, etc. Estas personas-entidades salen indemnes de cualquier vaivén y generalmente aumentan sus beneficios a resultas de las crisis que ellos mismos provocan. Cuando la crisis alimenticia mundial es más álgida y muchos gobernantes de todo el mundo se reúnen en Roma auspiciados por la FAO en 2008 para tratar el problema, se sabe, antes de que termine la reunión, que los alimentos acaban de encarecerse más. Parece un sarcasmo, pero es una realidad.

Hay quien apunta en la dirección de las causas, como lo hizo el suizo J. Ziegler en la citada reunión de la FAO: “Las instituciones de Bretton Woods (Banco Mundial y FMI), con el gobierno de Estados Unidos y la Organización Mundial del Comercio, incluso se niegan a reconocer la existencia de un derecho humano a la alimentación e imponen a los Estados más vulnerables el consenso de Washington que favorece la liberalización, la desregulación, la privatización y la reducción de los presupuestos nacionales de los Estados. Este modelo, que genera aún más desigualdades, (…) tiene consecuencias especialmente catastróficas en el derecho a la alimentación en tres de sus aspectos: la privatización de las instituciones y servicios públicos, la liberalización del comercio agrícola y el modelo de reforma de la propiedad de la tierra basado en el mercado”. Pero la gran parte de quienes podrían decir una palabra en este tema, miran para otro lado.

Hay que reconocer que, en general, también la vida cristiana, a veces incluso en connivencia con el sistema, ha trabajado con denuedo en los efectos de la pobreza, pero ha ignorado las causas. Quizá se piense que ese campo no es el nuestro, pero, como decimos, ahí está la fuente de los mayores dolores de la humanidad. Se cree, con cierta ingenuidad, que el hambre el que mata, pero lo que realmente mata es la desigualdad que lo provoca. ¿Estamos todavía a tiempo para escuchar este reto? Sí lo estamos, aunque necesariamente nuestras actuaciones hayan de ser modestas. La magnitud del reto no habría de oscurecer la exigencia de respuesta. La fidelidad a la propuesta de las Bienaventuranzas nos lleva a esta clase de planteamientos.

  • Apuntando a la transformación del medio social: El Evangelio en general y las Bienaventuranzas en particular apuntan a la transformación del medio social, ya que son semilla para la tierra de la historia. Muchas instancias sociales y políticas se han empeñado a lo largo de la historia en esta prometeica tarea de transformación del camino humano. Sus logros no han sido todavía muchos, aunque tampoco se pueda decir que su generoso esfuerzo haya sido estéril. Los métodos empleados han sido muy variados, incluyendo los de la coacción y aun la violencia. ¿Cómo pretende hacer esta transformación el programa de las Bienaventuranzas? Con los valores primordiales del Evangelio: la paz, el respeto, el amor, la verdad, el acompañamiento a los débiles, la sed de justicia, el servicio, etc. Son valores activos, no meras virtudes sin incidencia social. Si se piensa que, como tales valores, no son suficientes para transformar el medio, estaríamos diciendo que no damos fe a los dinamismos evangélicos ni al mismo Jesús del que proceden. Si, por el contrario, creemos que en esa clase valores que Jesús ha vivido y propuesto anida la fuerza trasformadora con que los ha dotado el amor del Padre, es fácil que puedan ser entendidos como fuerzas trasformadoras del devenir real de las personas. Estamos hablando de cambios estructurales que deriven en una comprensión distinta, humanitaria, del hecho humano.
  • A vueltas con la opción por los empobrecidos: Que quizá sea algo más que la opción por los pobres. Estos no son un producto natural nacido por generación espontánea en los caminos de la historia. Con frecuencia su pobreza es la de los empobrecidos, la de aquellas personas que han sido desposeídas de su natural e inalienable derecho a sentarse en el banquete de la vida, la de los expoliados, torturados y excluidos por otros poderes que se han impuesto en sus vidas. No son tanto pobres cuanto empobrecidos.

Ciertas teologías han querido poner el acento en esto hablando de una opción por los pobres (la Teologías de la Liberación, la Teología Política y otras). Por ello, por su supuesto análisis sociológico y hasta “marxista”, han sido descalificadas. Se ha rebajado la cota hablando de una opción “preferencial” por los pobres. La mitigación está hablando de la contradicción con la que se acepta el supuesto evangélico. Parece claro que las Bienaventuranzas de Lucas, más escuetas y quizá más cercanas globalmente a la fuente original, decían “Dichosos los pobres”, sin más addenda ni añadiduras. Quizá sería bueno recuperar esa elemental formulación, sin matices. Éstos los pondrá la actuación de cada cual.

  • Recuperación de los lugares sociales de la dicha: Con la finalidad no solamente de disfrutar, sino de hacer ver que el horizonte de la existencia humana es la dicha. La trayectoria histórica, llena de heridas y de dolor, encierra también logros de disfrute social que es preciso celebrar y poner de relieve: los gozos de quienes hasta ahora estaban excluidos de ellos (discapacitados, enfermos, clases pasivas), las alegrías celebradas en el contexto de lo popular (fiestas, celebraciones sociales), los logros de las asociaciones que han descubierto que vale la pena unirse para el beneficio común (conquistas sociales, cultura popular al alcance de todos, gratuidad en servicios culturales).

Quizá para ello haya que cambiar el sentido del disfrute humano porque, como dice E. Sábato “estamos tan desorientados que creemos que gozar es ir de compras” (E.Sábadot, La resistencia, p.68). Las Bienaventuranzas son familiares de los disfrutes sencillos, cotidianos, familiares y, por ello, profundos.

  • Contra la sacralidad de la propiedad: Era uno de los pilares de la antigua moral económica hoy ya superada. La propiedad no es sagrada, sino simple cuestionable. Ya lo dijo Juan XXIII: “...el derecho de todo hombre a usar de los bienes materiales para su decoroso sustento tiene que ser estimado como superior a cualquier otro derecho de contenido económico y, por consiguiente, superior también al derecho de propiedad privada.” (MM, 43). El liberalismo más duro habla de la redistribución de los recursos (nunca lograda) sin querer hablar de la propiedad. La cosa es casi imposible. Las Bienaventuranzas son una constante pregunta sobre la propiedad de los bienes, de los consuelos, de la justicia, de los medios productivos. Y su interrogante demanda una respuesta sobre la decisión de compartir o no tal propiedad. La única sacralidad, lo que el Evangelio “consagra” es el derecho a llevar un vida en creciente humanidad compartiendo, por derecho, los recursos de la tierra.
  • En diálogo con la secularidad: Las Bienaventuranzas no son, propiamente hablando, un credo religioso sino un camino de humanidad. Por lo tanto, a ese camino quedan convocados todos los humanos y la totalidad de las criaturas incluso. No puede ser una mística de separación religiosa, sino de mano tendida en la convicción de que la saludable secularidad es garantía para la misma religión. Hace muchos siglos, Tertuliano, prolífico y polémico autor del cristianismo primigenio, se hizo las siguientes preguntas: "¿Qué tiene que ver Atenas con Jerusalén? ¿Qué tienen que ver los herejes con los cristianos?". Conocido principalmente por haber establecido un contraste metafórico entre Atenas, patria del paganismo griego, y Jerusalén, escenario capital de la revelación divina, estaba convencido de que la fe cristiana y la sabiduría humana eran polos opuestos. Estamos en otra época, un tiempo para ver con más claridad cómo la espiritualidad de las Bienaventuranzas es una espiritualidad común, social, participativa, incluyente.

 

3. El ministerio presbiteral desde la espiritualidad social de las Bienaventuranzas

 

            Abríamos nuestra reflexión con la acuciante pregunta de B. Brecht y su sosegante respuesta: “Y en los tiempos oscuros, ¿habrá canto? Sí. Habrá canto sobre los tiempos oscuros”. Aplicamos esto a la situación del ministerio presbiteral que, más allá de su indudable vitalidad, sufre el interrogante que le plantea el momento presente: ¿Habrá posibilidad de proponer y vivir una mística presbiteral en estos tiempos no fáciles para la vida cristiana y para los ministerios? Sí, habrá posibilidad siempre que vayamos elaborando esa nueva mística, siempre que no se recurra a los tópicos de siempre, a la práctica indiscernida de siempre, al romanticismo religioso de siempre, al esquema institucional de siempre. Si se sabe salir de ahí, quizá haya posibilidad de entonar ese canto hermoso y nuevo en los tiempos oscuros. Si no, seguirá cayendo sobre el ministerio presbiteral el oscuro manto de la noche.

            Al hablar de una mística nueva no se trata de oponer un estilo de ministerio presbiteral a otro, una manera de ser cura a otra. No se trata de crear bandos en la fraternidad presbiteral que habría de ser una hermosa y verdadera fraternidad. Se trata de construir cimientos nuevos, de buscar porqués ilusionantes, de llegar a otros estremecimientos que los provocados por el simple sentimiento religioso. Eso es una mística, una motivación honda. De eso se trata, aun a sabiendas de que eso tiene consecuencias concretas. Lo importante no es la posición en la que cada uno se sitúe sino si, desde esa posición, se quiere caminar en la dirección de una nueva mística.

¿Y dónde encontraremos la ayuda para construir esa nueva mística? La espiritualidad evangélica leída desde una perspectiva más social quizá pueda ayudarnos por la característica de iluminación que posee el Mensaje. De cualquier manera, volver la mirada a la Palabra es ya garantía de éxito porque en ese “arca” de la Palabra podremos encontrar siempre los elementos de novedad precisos para vivir la fe en nuestro momento histórico. Señalemos algunos posibles aspectos de tal mística:

  • Necesario equilibrio: Hace tiempo que los teólogos nos dijeron que el seguimiento de Jesús tiene una estructura doble: un componente místico y otro político o situacional (Cf J.B.Metz, Las órdenes, pp.52-55). En el primero entraría toda la experiencia mística del creyente, la Palabra, la oración, los sacramentos, la experiencia personal de Jesús, la comunidad cristiana, los valores religiosos, etc. En el componente político se darían cita la colaboración en la ciudadanía, la inserción en el medio social, la participación política, la lectura de los signos de los tiempos, la vivencia de lo popular, etc. Ambos componentes habrían de estar equilibradamente presentes en la vida del presbítero, por creyente cualificado y por ciudadano. Hoy es el día, como ocurre en la vida cristiana en general, que entre ambos componentes se experimenta un indudable desequilibrio primando lo místico sobre lo situacional. Una lectura inserta del mensaje de las Bienaventuranzas está empujando a acentuar lo político para tratar de lograr un mayor equilibrio. Sin este afán explícito, no solo las experiencias místicas, sino las simples formas religiosas, ocuparán todo el terreno creyente sin dejar opción a ningún tipo de lectura social.
  • Ministerio y pobrezas: Puesto que en el mensaje de las Bienaventuranzas el tema de la pobreza es nuclear, al ministerio presbiteral no lo puede ser ahorrado el trabajo por reorientar continuamente este campo. Por lo mismo, habría de revisarse el “lugar” en que se enmarca el ministerio: un lugar cúltico o un lugar social. Hasta ahora parece que no hemos hallado la fórmula que integre ambos elementos. O el sacerdote se dedica con ahínco a sus tareas cultuales con el peligro de hacer de la vida cristiana un supermercado de lo religioso; o se sitúa en ámbitos de trabajo social que parecen hacer inútil toda la experiencia mística de la fe. ¿Hay manera de logra un equilibrio? En teoría sí: se trataría de que la experiencia mística impulsara de manera decidida los aspectos sociales de la vida de la comunidad cristiana. En ese caso, habría que hacer tanto un ahondamiento de lo espiritual (no un mero repetir en el molde de lo oficial) como de lo social (no un mero dejarse llevar por las circunstancias). Se halla aquí uno de los retos a solucionar más decisivos.

Además, entraría en esta revisión todo el mundo económico que maneja el presbítero a nivel personal. Es preciso volver sobre temas que se consideran “tabú” pero que necesitan ser revisados desde perspectivas cristianas y sociales: la necesidad de un trabajo remunerado para los presbíteros, o lo que es lo mismo, la profesionalización del sacerdote (esto supone un cambio copernicano en la concepción de la vida sacerdotal, pero alguna vez habrá que volver sobre ello, más allá del “fracaso” de los llamados sacerdotes obreros y sus ambivalentes experiencias); la necesidad de una gestión autonómica de los ingresos sacerdotales, o lo que es lo mismo, superar la situación de que los Obispos sean realmente quienes controlan el sueldo de los curas: se necesita un órgano dueño ajeno a la presidencia de la caridad eclesial que gestione este asunto para que el sacerdote experimente la libertad y el riesgo de ser gestor de sus propios bienes. Todo esto entra en el marco de lo que podríamos denominar opcionalidad: las propias decisiones económicas, laborales, incluso lo que afecta al celibato tiene que ser planteadas desde una autonomía y elección mayor por parte del presbítero. Pretender una mística nueva para tiempos nuevos sin separarse de los viejos esquemas es cosa imposible.

  • Cambiar de lado: Es cierto que, por suerte, siempre ha habido, y hoy los hay, sacerdotes que ha echado su parte en el lado de los más desfavorecidos. Gracias a ellos no muere la profecía. Pero el colectivo presbiteral entre nosotros no es visto por la ciudadanía como un segmento social en el lado de los tenidos en menos. Más aún, vemos el fuerte escándalo que arrastran los delitos sexuales cuando los comete un sacerdote. Pero no se ve como cuestionable la dirección y presencia de sacerdotes y hasta Obispos en entidades bancarias de criticable proceder (como pertenecientes al ámbito bancario). Para el Evangelio, el lugar del seguidor de Jesús es (como lo ha sido en su caso) el de los empobrecidos. Alejarse de ese ámbito es arriesgarse a desconectarse de lo vivo de Jesús e imposibilitarse para cualquier mística nueva que se pretenda. Los tiempos de hoy son buenos para volver a la centralidad de Jesús y su mensaje y a la centralidad de las pobrezas. Lo uno hay que tomarlo tan en serio como lo otro. Lo marginal, que no la marginalidad, puede ser vivida no sólo como lugar de caridad presbiteral (cosa loable), sino también como lugar de mística sacerdotal, de sentido (cosa necesaria para que suene la “música” del presbiterado en la “noche” de la secularidad).
  • ¿Es posible un trabajo ministerial en las causas de la pobreza?: Siempre lo es y siempre lo ha sido. Es preciso recordar que en épocas pasadas muchos sacerdotes dejaron la impronta cristiana y social en todo el mundo cooperativista. Muchas familias, comarcas enteras, han debido su desarrollo económico (cuando no su mera supervivencia) gracias a estas obras sociales promovidas e incluso gestionadas a veces por sacerdotes. Quizá hoy la fórmula ha de ser otra. Pero ver cómo el movimiento sacerdotal de hoy no solamente está poco interesado en estos campos sociales, sino que, apoyados por dirigentes de fuerte componente espiritualista, desconectan totalmente de este terreno nos hace pensar que el postulado transformador de la realidad que tiene el Mensaje se queda relegado a ámbitos meramente espirituales reproduciendo la dinámica ya conocida (desde la 1ª Juan) de un cristianismo gnóstico, ortodoxo más que ortopráctico. Si se pretende una mística nueva para el ministerio presbiteral es preciso volver sobre la presencia tal ministerio en ámbitos de desarrollo para los débiles sin descartar una especie de empresariado de inserción que se daría allí donde el tejido social es más frágil o prácticamente no existe.
  • Fraterno alejamiento y anhelo de justicia: La vida cristiana siempre ha insistido sobre el valor de la austeridad. Y efectivamente lo tiene para ayudarnos a convivir como personas, para acercarnos a los débiles e, incluso, para descubrir mejor el sentido de la cruz de Cristo. Pero al presbítero se le pide algo más que ser austero, cosa siempre a tener en cuenta. Se le demanda, en primer lugar, un fraterno alejamiento de los ámbitos de consumo que postulan una filosofía del compre-pague-conténtese-vuelva. Es la filosofía patente en los grandes centros de consumo actuales. Hablar de una nueva mística sacerdotal en los modos generales de un consumo indiscernido es cosa imposible. Pero, además, el presbítero habría de ayudar a ver que la insensatez de ese tipo de vida deriva sobre todo no de su irracionalidad, sino de su desconexión con la justicia. Efectivamente, es por causa de la justicia por lo que hay que replantear los modos de vida económicos. Por eso, el tema de la justicia, tan teórico, ha de ser dotado de un rostro cercano y visible. La nueva mística sacerdotal de la que hablamos tiene aquí un trabajo de primer orden.
  • Nueva manera de ejercer la denuncia profética: Los sacerdotes han ejercido en todas las épocas la denuncia profética. Lo han hecho desde planteamientos morales y jurídicos, sobre todo. Ese tipo de denuncia tiene hoy escasísimo eco en una sociedad adulta y laica. ¿Cómo ejercitar esa función profética que puede dejar claro qué perfil de ciudadano y de creyente es el del sacerdote? Habría de ser una denuncia desde el visible alejamiento del sistema imperante, del pensamiento único, de la oficialidad a ultranza. Tendría que hacerse en el lenguaje de la dureza y de la compasión. La dureza para recuperar la capacidad de insulto cuando la vida de los débiles es machacada sin piedad. De compasión para creer en la posibilidad de un encuentro en el ámbito humano sin negarlo, a priori, a nadie. Por extraño que parezca, la humildad es un valor necesario para un ejercicio cristiano de la denuncia. De esa humildad, tenaz y fiel, confiante en la persona pero aguda en la lectura de lo que ocurre, está necesitada la mística de la profecía.
  • Honda dicha, honda libertad: Una nueva mística del ministerio presbiteral está demandando esfuerzos gigantes por romper el molde de funcionariado sometido a sistema en el que perciben muchos ciudadanos de hoy al sacerdote. ¿Cómo hacerlo? Si se sabe elaborar un tipo de vida que trasluzca la libertad y la dicha. La organización eclesiástica a la que pertenece el presbítero ha generado mucha sumisión cuando, por razones evangélicas, estaba destinada a la libertad. Es preciso que la nueva mística recupere las cotas más altas de libertad personal en cuestiones afectivas (celibato opcional), económicas, organizativas u otras. Eso sí, se pertenece a un plan común, eclesial, fraterno. Por lo tanto, no se puede funcionar al gusto de cada cual. Pero ese plan común, en teoría al menos, habría de ser herramienta útil para potenciar la libertad y el riesgo por el Evangelio. Es también necesario ir construyendo un estilo de vida presbiteral mezclada a la dicha elemental y al disfrute de la vida en los modos fraternos y sencillos de quien ha aprendido el arte de disfrutar con poco. Una vida sombría con evidente componente de amargura difícilmente será un canto en la noche.
  • Lejos de toda adulación: Las Bienaventuranzas estigmatizan a los falsos profetas que profetizan para su propio lucro, que no tienen empacho en adular y decir que Dios está del lado de quienes les llenan el bolsillo. Por eso, una mística de acuerdo con el mensaje de Jesús huye de cualquier adulación, de ese plegarse al sistema que encierra en su fondo el lucro económico o el del honor. Una mística sacerdotal nueva cuestiona el servilismo al sistema en que no pocos sacerdotes enmarcan su actividad y vida; empuja a aceptar con el mayor equilibrio posible que, si se profetiza, el sistema no cuente con el profeta. Es preciso aprender a vivir en la marginación del sistema precisamente para que este se reoriente. Creer y vivir esto con paz no es fácil para los presbíteros sometidos a mil presiones y tendentes, como toda persona, a tener el honor social como una de las mayores satisfacciones.

 

Conclusiones

 

            ¿Es posible todo esto o pertenece a la ensoñación de lo que nunca se podrá lograr? El mensaje evangélico en general y las Bienaventuranzas en particular nos empujan en la decidida dirección de su posibilidad. Donde hay que hincar el diente es en el entramado organizativo que hemos ido tejiendo a lo largo de los siglos en torno al ministerio sacerdotal y que hoy, más que nunca, demanda una minuciosa revisión.

            Eso sí, no se pretende que todo el colectivo sacerdotal piense de la manera en que nos hemos expresado. Lo que nos proponíamos era ofrecer materia de reflexión para contribuir, si es posible, al nacimiento de una nueva mística. Esta, lo repetimos, demanda una revisión a fondo de nuestras experiencias espirituales y de nuestra situación social. Ambas cosas son necesarias si se ansía un saludable equilibrio entre ellas.

            I. Ellacuría llamó a las Bienaventuranzas “carta fundacional de la Iglesia de los pobres” (Conversión de la Iglesia, p.130). El ministerio presbiteral habría de trabajar incansablemente por este sueño evangélico de la iglesia de los pobres, no de la iglesia organizativa y, menos todavía, de la iglesia fuerte y poderosa. Quizá pueda ser que la sociedad de hoy no escucha la “música” del ministerio presbiteral precisamente por su alejamiento de los débiles sociales.

            Al menos, que no muera la profecía. Hay presbíteros que mantienen vivo ese fuego. Quizá no reciben el reconocimiento que la comunidad cristiana les debe. Viven sus opciones sacerdotales y sociales en el anonimato, en la controversia y, no pocas veces, en el menosprecio. Pero son quienes siguen cantando en la noche oscura de la secularidad y el futuro les pertenece. Nuestra gratitud les acompaña.

 

Bibliografía de referencia:

 

AA.VV., “Los curas rurales”: Sacerdotes en el mundo rural, en Vida Nueva nº 2.707 (mayo 2010), p.23-30.

CASTILLO, J.M., El discernimiento cristiano, Sígueme, Salamanca 1984; Víctimas del pecado,  Trotta, Madrid 2004.

ELLACURÍA, I., Conversión de la Iglesia al Reino de Dios, San Salvador 1985.

MATEOS, J.-ALONSO SCHÖKEL, L., Nuevo Testamento, El Almendro, Córdoba 20013.

METZ, J.B., Las órdenes religiosas, Herder, Barcelona 1978; La fe en el mundo y en la sociedad,  Cristiandad, Madrid 1979.

PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA, La interpretación de la Biblia en la Iglesia,  PPC, Madrid 1993.

SÁBATO, E., Antes del fin, Seix Barral, Barcelona 1999; La resistencia, Seix Barral 2006.

SARAMAGO, J., Levantado del suelo, Alfaguara, Madrid 2000.

SICRE, J.L., Los profetas de Israel y su mensaje, Cristiandad, Madrid 1986.

VILLALMONTE, Alejandro de, El pecado y la gracia en la cultura occidental,  Tenacitas, Salamanca 2010.

 

Fidel Aizpurúa Donazar