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FIAIZ

Juan 97

CVJ

Domingo, 15 de enero de 2011

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

 

97. Jn 14,7-11

 

Introducción:

 

Nos atrae lo extraordinario. De tal manera que descubrir valores en lo cotidiano, en lo común, en lo de todos los días no nos resulta fácil. Esto está también muy unido a nuestra superficialidad que valora todo por lo que aparece, por lo externo. Y, sin embargo, los valores reales de la vida están en lo diario, en lo simple, en lo que acontece cada día. Es preciso tener una mirada aguda para verlos y una paciencia de santo para no desistir de caminar con ilusión en lo cotidiano, en lo más común, en lo que vive todo el mundo. De hecho, los valores que sustentan nuestra vida están anclados en lo cotidiano: la fidelidad, el amor, la tenacidad en el bien, la bondad, la benignidad, la cordura, etc., están mezclados a las acciones más irrelevantes, a los caminos repetidos, a los gestos de cada día. Para ello, como decimos, además de una mirada que ve dentro es preciso saber sobreponerse al escándalo de la pobreza, la imperfección y el fallo que acompañan a lo cotidiano. Pero, más allá de ello se encierra la clave de una vida con sentido y en la dicha. De ahí que haya que mirar a lo cotidiano como una enorme posibilidad.

                Felipe ha tenido cada día a Jesús delante, pero no ha sabido ver en él al Padre, el sentido más profundote la realidad. El hecho de que Jesús pertenezca a lo cotidiano, a lo común, a lo imperfecto, a lo herido incluso, le lleva a concluir que ahí no está el Padre, que ahí no se halla respuesta a los grandes anhelos de la persona. Siempre la “carne” de Jesús ha sido un obstáculo para el creyente. Y sin embargo, mirarlo a él con profundidad y con benignidad nos llevaría a toparnos con el Padre. El Evangelio sostiene que lanzarse a fondo a la realidad cotidiana y humilde de Jesús lleva a conectar con el anhelo mayor del creyente, la realidad de un Dios que ama.  Por eso la frase de Jesús (“Tanto tiempo que llevo con vosotros ¿y no me conoces?”) lleva dentro, más que una extrañeza, un dolor: ¿cómo no has sido capaz de ver en esto mío, tan pobre y limitado, pero tan humano, la realidad del Dios en el que buscas?

 

***

 

Texto:

 

7Si habéis llegado a conocerme, conoceréis también a mi Padre. Aunque ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.

                8Felipe le dice:

                -Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta.

                9Jesús le replica:

                -Hace tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y no me has conocido, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto ya al Padre. ¿Cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’? 10¿No crees que yo estoy con el Padre y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. 11Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.

 

***

 

Ventana abierta:

 

Esta es una foto anodina de un grupo grande de ciudadanos. No es fácil descubrir los valores de la ciudadanía porque eso demanda el cultivo de la amistad cívica, de la buena vecindad, del aprecio a los valores comunes. Huimos de la ciudadanía por sus desvalores: la masificación, la pérdida de identidad propia, la vulgaridad. Y esos peligros existen. Pero desvelar los valores humanos en la ciudadanía es camino para encontrarse con el Dios que camina al lado y mezclado a los grupos humanos, al coro de lo creado.

                Oramos: Que apreciemos los valores comunes; que construyamos la buena vecindad; que vivamos la amistad cívica.

 

***

 

Desde la persona de Jesús:

 

Jesús dice que el Padre está unido, mezclado a él. ¿Cómo desvelar la presencia de un Dios mezclado a la más cruda realidad? Aunque Israel tenía en su tradición la hermosura de un Dios que se había puesto de parte de los esclavos, con los siglos se había posicionado en el lado opuesto: Dios y su gloria estaban en el brillo, en el poder, en la fuerza, en la hermosura inasequible. Por eso era lógico que Felipe no viera en la vida humilde de Jesús la gloria del Dios anhelado. Tenían que convertirse a Jesús, a la hermosura y posibilidad de la historia pobre.

                Oramos: Que la historia pobre de Jesús no vele su hermosura; que las penas y lágrimas de Jesús no oculten su brillo; que las manos ásperas y los pies cansados de Jesús no nos parezcan distintos de los del Dios que camina con nosotros.

 

***

 

Ahondamiento personal:

 

Dice el texto que el Padre realiza en Jesús su propias obras. Él ha dado acogida al Dios humilde en su vida. ¿Cómo construir una espiritualidad de la humildad esencial, esa manera de mirar la realidad con benignidad y acogida? Ya dijimos que la humildad es un valor de gente fuerte porque, en el fondo, es el valor que es preciso tener para traspasar la cáscara de lo débil y descubrir la hermosura del amor oculto. Todo un trabajo espiritual.

                Oramos: Que ahondemos con aprecio en lo común de la vida; que hagamos crecer en nuestra vida la humildad esencial; que la benignidad sea la herramienta imprescindible para desvelar al Padre en nuestros caminos.

 

***

 

Desde la comunidad virtual:

 

                Afirma el texto que se puede creer que Dios está en el fondo de la vida sencilla, de lo común, por las obras. ¿A qué obras se refiere? A las obras de amor, a las obras de abrazo y de acogida, a las obras de profecía y de amparo, a las obras de novedad y de búsqueda. Esas obras, lo sabemos, las podemos hacer cualquiera de nosotros. No servirá de nada un discurso religioso que anima a buscar a Dios si las obras hablan otro lenguaje. Habríamos de animarnos a ellas.

                Oramos: Que nuestras obras de amor hablen del Dios de amor; que nuestras obras de acogida hablen del Dios de la acogida; que nuestras obras de amparo hablen del Padre que nos ampara.

 

***

 

Poetización:

 

Su vida era esencialmente humilde,

mezclada a lo común,

oscura entre los oscuros.

¿Cómo iban a ver en ese lugar tan común

el rostro brillante de Dios?

Su pobre vida,

su palabra sin brillo,

su pertenencia a lo más tirado

nada tenían que ver

con el Dios soñado,

con el anhelo religioso.

No es de extrañar

que el cándido Felipe le espetara:

¿Por qué no nos llevas al Padre?

No olía el perfume

del Dios escondido en lo común,

el brillo opaco

del Dios que se mezcla con lo bajo,

el abrazo apenas sentido

del Dios que hace suya nuestra casa.

De ahí la clara respuesta:

lo mío y lo del Padre es lo mismo.

No te aleje mi pobreza,

no te haga mirar a otro lado

mi vida sin relevancia,

no te deje helado la evidencia

de que el Padre se mezcla con esta pena

que es, a veces, nuestra vida.

Lo común es lo santo,

lo de todos es lo del Padre,

lo más normal es lo más excelso.

¿Se puede creer?

 

***

 

Para la semana:

 

                Agradece tu vida de cada día. Disfruta con el misterio de lo cotidiano.

 

***

 

Juan 95

CVJ

Domingo, 18 de diciembre de 2011

 

VIDA ACOMPAÑADA

Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

 

95. Jn 14,1-3

 

Introducción:

 

En casi todas las lenguas hay una clara distinción entre casa y hogar. Si no se especifica más una casa es un edificio y un hogar la relación que entablan los habitantes de esa casa. Muchos suspiran, cómo no, por tener una casa, pero todos sabemos que lo realmente importante es llegar a tener un hogar, una relación satisfactoria, de cariño y confianza, con unas personas. Porque lo que realmente define el hogar y sus comportamientos peculiares es la cálida confianza. En un buen hogar hay una confianza que no se tiene en otro tipo de relaciones. En la intimidad del hogar se mueve uno de una manera distinta a todas las demás. Es el amor el que posibilita la confianza y ésta deriva en comportamientos libres y sin dobleces. Eso demuestra el viejo lema de que el verdadero hogar de una persona es el corazón de otra persona. La vida hogareña, cuando se da, es realmente una fusión de corazones, por cursi que parezca la cosa.

                Es que Jesús dice que nos va a preparar un “hogar”. Es decir, la relación con el Padre y con Jesús habría de ser hogareña. No se nos ha orientado por ese camino. Nos resulta difícil entender nuestras relaciones con Dios y con Jesús en los modos de la cálida confianza, aunque vamos avanzando en esa dirección. Confiar en él conlleva desterrar para siempre el temor a lo sagrado; supone saber que nuestra limitación, por grande que sea, no constituye un obstáculo para amarle y saberse amado; implica la conciencia de que lo importante en nuestro camino creyente es cultivar esta confianza, no tanto el cumplir con determinados modos religiosos. Entender y vivir al Padre y a Jesús como en un hogar habría de llevarnos a mirar la vida y las personas con una confianza similar. Es una utopía hoy por hoy irrealizable, pero uno podría soñar un mundo, una sociedad, una ciudad hogareños. La desconfianza hacia Dios la hemos emparejado con la desconfianza hacia la persona. Pero eso no es algo intocable; se puede caminar en otra dirección.

 

***

 

Texto:

 

14,1No estéis intranquilos; mantened vuestra adhesión a Dios manteniéndola a mí. 2En el hogar de mi Padre hay vivienda para muchos; si no, os lo habría dicho. Voy a prepararos un sitio. 3Cuando vaya y os lo prepare, vendré de nuevo y os acogeré conmigo; así, donde estoy yo estaréis también vosotros.

 

***

 

Ventana abierta:

 

 

           

Esta es la “aldea infantil” de Zaragoza, que está ubicada en Villamayor. Las aldeas infantiles tratan de ofrecer un hogar a niños con problemática social. Es otro modo de hacer familia, de hacer hogar. La solidaridad siempre se las ha ingeniado para multiplicar el efecto “hogareño” en personas que tienen difícil acceso a él. Hay gente que niega que eso sean familias, pero lo son. Porque lo básico y principal de una familia no es la consanguinidad sino la “hogareidad”, la cálida confianza que se mete en los entresijos del corazón. Y este tipo de organización lo consiguen.

                Oramos: Gracias, Señor, por quienes construyen hogares, relaciones de confianza; gracias por quienes se entregan, como Jesús, a quien tienen más dificultad para tener hogar; gracias por quienes aman con generosidad.

 

***

 

Desde la persona de Jesús:

 

Promete Jesús a los suyos, a toda persona, que  “os acogeré conmigo”. Si llegamos a considerar segura la acogida de Jesús nuestra vida habría de tener otro color: sin grandes miedos, sin sobresaltos excesivos, sin desamparos y soledades que nos amarguen el día. Por el contrario, seguros como estamos de la acogida de Jesús nuestra vida habría de ser crecientemente sosegada, fácil para la alegría y el disfrute sencillo, propensa a compartir el corazón. La nuestra no es una vida desamparada sino siempre en las manos cálidas, en el corazón generoso, de un Jesús que acoge. Esta clase de “verdades” no deberían nunca abandonarnos. Son las verdades verdaderas.

                Oramos: Gracias, Señor, por acogernos sin reparos; gracias por ampararnos sin medida; gracias por alegrarnos y llevarnos a la dicha.

 

***

 

Ahondamiento personal:

 

Dice el texto que en el hogar del Padre “hay vivienda para muchos”, para todos. La pega de nuestros hogares es que, con frecuencia, son realidades cerradas. No ocurre así en el del Padre: cabe todo el mundo, sobre todo aquellos que más desamparo han sufrido. Nadie queda excluido, nadie es echado fuera, nadie está a la puerta. Ese hogar de inmensa acogida es el que habría de motivarnos a crecer, nosotros/as también, en amparo y acogida. Una de las pruebas de salud de un hogar y de una persona es ver que su nivel de acogida es alto.

                Oramos: Que acojamos sin poner excesivas condiciones; que abramos las puertas de la casa y, sobre todo, las del corazón a la persona que nos demanda amor; que seamos universales para ver que toda persona puede tener un poco de calor si nos animamos a dárselo.

 

***

 

Desde la comunidad virtual:

 

En nuestra comunidad virtual hay, no lo dudamos, un buen nivel de confianza. Pero todos sabemos que esos niveles pueden crecer. Hacer el trabajo orante con la Palabra tendría que predisponernos a crecer en confianza. Cualquier cosa, por pequeña que sea, puede servir a la hora de demostrar confianza. Quizá es en los momentos duros de los otros donde hay que hacer acopio de confianza. Si en ocasiones no damos esa confianza no es porque no estemos dispuestos a ello, sino porque no nos fijamos. La confianza demanda abrir bien los ojos de los demás para ofrecernos a echarles una mano. Siempre se puede hacer camino en esa dirección.

                Oramos: Que confiemos y nos confiemos; que miremos en dirección del otro para ofrecernos a él; que aumentemos nuestra confianza en modos realistas y cercanos.

 

***

 

Poetización:

 

Cuando hablaba del Padre

como de un hogar

sabía de qué hablaba.

A Dios le llamaba abbá,

padre querido,

papá, aitá, papi,

cosas así.

La seriedad de los doctores de la ley

sonreiría ante tal simpleza.

Pero es que él creía

que Dios era su hogar,

el lugar del sosiego,

la casa de la dicha.

Disfrutaba con el Padre,

se alegraba con él,

se confiaba a él.

¿Nos ha de extrañar

que ofreciera ese hogar

a toda persona?

Para prepararnos ese hogar

tuvo que darse por entero,

tuvo que empeñar su vida.

No le pareció ser un precio alto

porque lo que se ofrecía

era lo más hermoso.

Desde entonces,

quien mira a sus ojos

descubre esa promesa,

viva y sugerente.

¿Cómo habríamos de decir

en nuestro desasosiego

que estamos dejados

de la mano de Dios?

Nunca lo estamos

porque tenemos la suerte

de ser de su hogar.

Esta es nuestra cierta certeza.

 

***

 

Para la semana:

 

Mantén tu casa y tu corazón lo más abiertos posible en estos días de la Navidad.

 

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Noticias del grupo:

 

Juan 96

CVJ

Domingo, 15 de enero de 2012

 

VIDA ACOMPAÑADA

Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

 

96. Jn 14,4-7

 

Introducción:

 

Muchas veces tenemos la sensación de andar perdidos en la vida. Decimos que no es fácil encontrar el camino. En realidad, el camino, como dice el poema, se va haciendo al paso que se anda. Pero hay que reconocer que, con frecuencia, no es fácil. ¿Cómo lograr dar con él y dónde tener la fuerza para andarlo? El camino se hace posible cuando uno descubre lo más básico: que su verdadera y única vocación es vivir y dar vida. Mientras haya una especie de contencioso, de rechazo incluso, a la hermosura de esta vida nuestra que nos parece tan pobre, los caminos se oscurecerán. Pero si nos vamos dando cuenta de que, más allá de las limitaciones, esta vida merece la pena, los caminos se abrirán ante nosotros. Y además, si no nos percatamos que hay muchos que pueden recibir vida de nosotros, los caminos comunes se vuelven oscuros. Pero si nos convencemos de que juntos podemos ser más luminosos, más creativos, más humanos, los caminos de la vida se diversifican y muestran ante nosotros toda su hermosura. Podría parecernos todo esto una bonita teoría sin arraigo histórico, pero la certeza de que esto funciona en las personas queda fuera de duda. La vida lo confirma.

                Jesús se presenta como camino. ¿Qué títulos le avalan para ello? Ha vivido con intensidad y ha dado la vida a raudales, todo lo que podía. Las páginas del Evangelio desvelan que Jesús es, como diría el libro de la Sabiduría, un “amigo de la vida”. No hay ninguna queja contra la vida en el Evangelio, ninguna frase dura contra la dura vida que a Jesús le ha tocado. Él consideró que era una suerte vivir, haber sido creado. Y, además, se dedicó a dar vida a raudales, en maneras humildes, pero efectivas. Lo de menos son sus curaciones o aquella resurrección del hijo de la viuda. Todos sus caminos fueron una oferta de vida, una propuesta de felicidad, un abrir horizontes a la esperanza. Por eso se puede proponer como camino, porque vivió con intensidad y porque contagió vida. Su vida no es una oferta de doctrina sino una oferta de vida.

 

***

 

Texto:

 

4Para ir adonde yo voy, ya sabéis el camino.

                5Tomás le dijo:

                -Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?

                6Respondió Jesús:

                -Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie se acerca al Padre sino por mí. 7Si llegáis a conocerme del todo, conoceréis también a mi Padre; aunque ya ahora lo conocéis y lo estáis viendo presente.

 

 

***

 

Ventana abierta:

 

 

                Este es el logotipo de “Españoles en el mundo”. Últimamente abundan los programas de esta índole: Españoles en el mundo, Aragoneses en el mundo, Riojanos en el mundo, etc. Nos hemos dado cuenta de que el mundo está sembrado de españoles que tratan de abrirse camino. Es cierto que lo que nos muestra la TV es a la gente que ha triunfado, o casi. Se supone que también hay gente a la que no le ha ido bien. Pero de todos modos, queda claro que las personas se abren camino donde sea y como sea. Es un valor de la existencia: buscar incansablemente el camino.

                Oramos: Te damos gracias, Señor, por quienes buscan camino para sí y para otros; te bendecimos por quienes ayudan a buscar caminos; te alabamos por quienes logran dar con su camino en la vida.

 

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Desde la persona de Jesús:

 

                Jesús se propone como camino porque ha vivido con intensidad y ha dado vida con generosidad. “Él se hizo por nosotros caminos”, decía san Francisco. Y es verdad. Con Jesús nuestros caminos están menos solos y menos oscuros. Lo suyo no es darnos doctrina, sino luz para el camino hasta lograr, como decía san Pablo, que tuviéramos nuevo “un amanecer”, un horizonte más despejado, una posibilidad más abierta. Muchas personas lo han percibido así y lo han vivido como una suerte. El camino supone una meta y esa no puede ser otra que la dicha conseguida, el amor logrado. Creemos que Jesús puede contribuir decisivamente a ese hermoso logro.

                Oramos: Te bendecimos, Señor, camino que nos conduce a la dicha; te bendecimos, camino que nos abre a un amanecer nuevo; te bendecimos camino que nos orienta a la bondad.

 

 

***

 

 

 

 

Ahondamiento personal:

 

El Evangelio dice que Jesús es camino porque es verdad y es vida. Es verdad en cuanto que saca a flote nuestra más honda verdad personal: que estamos destinados al amor y a la plenitud, por encima de limitación. Es vida en cuanto que nos va convenciendo que nuestra verdadera vocación es ser llamados a la vida para hacer que la vida se multiplique. De ahí que trabajar por la felicidad, propia y ajena, y por la vida, propia y ajena, es la manera de andar un camino de ahondamiento vital que nos puede llevar al sentido. Jesús apoya esta propuesta.

                Oramos: Que colaboremos a que toda persona perciba que vivir es una suerte; que seamos fecundos dando vida a quien esté necesitado de ella; que mantengamos vivo el deseo de una existencia fraterna para toda persona.

 

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Desde la comunidad virtual:

 

Nuestra comunidad se podría entender como personas que hacen un largo camino de años. Y, como es lógico, hemos conocido a muchas personas. Algunas se han ido quedando en el camino, aunque las recordamos. Otras han hecho pocas etapas con nosotros. Algunos seguimos empeñados en un trabajo espiritual de fondo que lleva ya, como decimos, muchos años. A través de nuestra relación vamos comprobando que Jesús, en la Palabra, se nos hace camino. Quizá no caemos en la cuenta de que ahí se está dando Jesús de manera sencilla y cercana. Ahí se nos está haciendo camino.

                Oramos: Que disfrutemos del camino compartido y vivido juntos; que recordemos con aprecio a quienes han hecho camino con nosotros; que descubramos en el camino de la oración el camino que es Jesús.

 

***

 

Poetización:

 

La suya había sido

una vida en los caminos.

Ahí se encontró

con la vida,

con el corazón de las personas.

Ahí entendió que,

más allá de cualquier limitación,

que vivir era una suerte,

el mejor don,

don de amor, del Padre.

En los caminos derramó la vida,

en ellos vertió calor,

en ellos construyó el amor.

¿Cómo no iba a decir

que él era camino?

Así lo entendieron los suyos:

anduvieron con él,

disfrutaron con él,

lloraron con él,

amaron con él.

Ellos también se hicieron

caminos con él.

Y así, juntos,

atisbaron la dicha de la meta,

el horizonte de la fraternidad,

la esperanza colmada,

el amor a punto.

Caminaron

y se hicieron camino.

Y eso, aún sigue

porque los caminos del amor

nunca se cierran del todo.

 

***

 

Para la semana:

 

Ten por una suerte estar en el camino de la vida. Trata de vivir cada día dando vida a quien anda más débil.

 

***

 

Retos del franciscanismo (Esef 2012)

 

RETOS DEL FRANCISCANISMO

PARA EL SIGLO XXI

 

                Los términos retos, desafíos, encrucijadas, etc., son muy frecuentes en el vocabulario de la vida franciscana de hoy. Siempre se tiene la sensación de que es ella quien reta y desafía a la sociedad. Pocas veces da la impresión de que sea la vida franciscana quien ha de hacer esfuerzo por encajar los retos que le vienen de la sociedad, de la secularidad. Muchos de esos retos no “suenan” a cuestión religiosa. Por eso da la impresión de que la vida franciscana no se siente concernida por ellos.

                Si se quiere ser anuncio de las realidades futuras, hemos de cambiar la perspectiva: es cuestión, simplemente, de comenzar por escuchar los retos que la sociedad nos plantea hoy, de creer que desde el lado secular se ejerce la profecía tanto como desde perspectivas religiosas. Se trata de creer que el Espíritu actúa en la mediación de nuestra concreta hora histórica. Para ello, como decimos, es preciso comenzar por escuchar. Escuchar requiere andar caminos comunes, no situarse fuera del marco general, no creerse en posesión de la verdad y de la luz, bajar de la montaña santa y situarse en el llano de la generalidad. Por eso, hablar sobre retos es hablar sobre cosas concretas, sobre planteamientos comunes, sobre vivencia vecinales. No sirve para esta tarea el apalancarse en la mera teoría, por muy sublime que esta sea.

                Escuchar pide el salir de la burbuja religiosa, burbuja que se retroalimenta con sus propios planteamientos pero que se aleja cada vez más del marco común de la ciudadanía. Quien enfoca todo desde lo religioso llega a pensar que el mundo gira en torno a sus presupuestos. Pero, a nada que asome la cabeza a la plaza pública, se dará cuenta de que lo religioso tiene su sitio en la ciudad secular (cada vez menos, eso sí), pero que el centro de las preocupaciones humanas está en lados muy otros. Hablar siempre de religión, valorar siempre desde la religión, pensar lo religioso como decisivo es, con frecuencia, una forma de incapacitarse para escuchar los retos de la sociedad secular en la que vivimos. El franciscanismo ha sido proclive a escuchar los retos sociales y a tratar de aportar alguna respuesta (aunque en la mayoría de casos poniendo por delante el tema religioso). La sociedad secular nos puede ayudar a situarnos mejor, siempre que mantengamos la fraternidad con ella, aunque no respire en maneras estrictamente religiosas.

                Escuchar queriendo mezclarse lleva también a ser valientes para aceptar riesgos. El viento de la secularidad es, a veces, frío y helador. Las situaciones nuevas de vida nos desbordan porque no estamos acostumbrados a planteamientos de novedad. Entonces, la tentación es cerrarse en el marco religioso y creer que, por él mismo, tiene sentido. Salir a la plaza pública de la secularidad tiene sus riesgos. Pero una vida franciscana sin riesgo es algo extraño. La fraternidad habría de ser la garantía para que el hermano que se arriesgua no se extravíe.

                Por otra parte, no es posible encajar retos si no se interioriza y se apasiona uno por la mera justicia, que es el denominador común de los sueños que alimentan los retos. La interiorización demanda reflexión, lectura sosegada, incluso estudio. No podremos acceder a los retos de hoy si no media un acercamiento reflexivo a los problemas que plantean. La evidente dificultad de algunos de los temas se suaviza, en parte, en la medida en que uno se informa. Esta información no demanda, en muchos casos, un conocimiento altamente técnico, sino, sobre todo vivencia apasionada. Además la reflexión se potencia cuando se comparte, cuando la comunidad se vuelca sobre un problema de hoy y trata de entenderlo para poder, tal vez, articular algún tipo de respuesta. Dejar todo esto al mero albedrío personal es condenarlo, en la mayoría de los casos, al ostracismo. Y, sobre todo, la reflexión ha de llevarnos a compartirla con grupos sociales que, desde perspectivas distintas, reflexionan sobre lo mismo. Si no, se corre el riesgo de volver a hacer una reflexión religiosa sobre un problema secular, con el peligro de que se vuelva muda e ineficaz.

                Además de lo dicho, la comprensión y vivencia de los retos que plantea la secularidad requiere un indudable apasionamiento por todo aquello que toque y afecte a la justicia. Viene la vida franciscana de una cultura religiosa donde la pasión por la justicia solamente ha tomado rostro en la vida de algunos hermanos y hermanas más sensibles con estos asuntos. Pero la gran parte de la comunidad ni ha sido adoctrinada, ni empujada, ni animada a tomar esto de la justicia con pasión. La falta de pasión es el gran obstáculo, hasta el punto de que hay quien piensa que sin la tal pasión resulta inútil hablar de estos temas. No ha tomado cuerpo social la evidencia evangélica de que “buscar primero el reino de Dios y su justicia” es la tarea básica del seguidor. Desplazando este anhelo al campo de lo religioso, el celo por las cosas de Dios, por lo católico ha anidado en la vida y en el corazón de muchos hermanos, mientras que los temas sociales no han sido tan elocuentes hasta creerlos ámbito de otros colectivos humanos, no de los frailes o monjas. La recuperación de la pasión demanda una terapia específica que solamente puede venir de una mirada nueva sobre el Evangelio como libro de contenidos sociales más que religiosos y de una perspectiva altamente fraterna sobre los gozos y esperanzas de los humanos.

                La enorme envergadura de no pocos de los actuales retos de la sociedad lleva a muchos hermanos a la inmediata conclusión de que son problemas que nos superan y ante los que no podemos dar una respuesta eficaz. Es preciso creer entonces en el valor de los signos como lenguaje de futuro y de verdad. Los signos dicen que las cosas podrían ser de otra manera si nos diéramos a la tarea de querer cambiarlas. Y, desde luego, es la única manera que tenemos de comprobar que, efectivamente, la realidad es cambiable. Por eso mismo, la vida franciscana ha de creer en el valor de sus signos sociales, por sencillos y modestos que estos sean. El franciscano no pretende cambiar el sistema de un plumazo, sino aportar su grano de arena a la nueva sociedad de la fraternidad, sueño primero de Jesús de Nazaret y de sus seguidores Francisco y Clara.

                Sería de una utilidad enorme que toda la fraternidad tuviera esta mística común. Por suerte, siempre ha habido hermanos y hermanas franciscanos de componente profético ante los retos sociales. Pero no se soluciona el asunto con individualidades sino con respuestas comunes, fraternas. De ahí que el problema de cómo responder a los retos sociales de hoy es un asunto de fraternidad. Todos los elementos de la fraternidad, superiores, ecónomos, educadores, pastoralistas, hermanos en general, etc., han de verse implicados en este asunto. De lo contrario, volveremos a entender los retos de hoy como algo que realmente no afecta a nuestras estructuras reales de vida. Y, con ello, no podremos ser respuesta adecuada ni ser oferta de vida para nadie.

                Así será más fácil que la fraternidad conecte con ámbitos sociales seculares preocupados por los mismos temas. El problema de desconexión es muy grande en nuestras comunidades, en muchas zonas del planeta, reducidas y envejecidas. Pero también lo es en zonas de más prósperas de vocaciones porque, con alguna frecuencia, esa prosperidad vocacional se enmarca fuertemente en el marco exclusivamente religioso. La evidencia de que esta visión social de la vida cuesta mucho a los jóvenes franciscanos nos acompaña en los últimos tiempos. Habría que animarles, con el ejemplo, a percibir lo social como marco privilegiado no solamente de evangelización sino de simple vida franciscana.

                ¿Y no podría la vida franciscana proponer, ella también, sus retos a la sociedad secular de hoy? Podría y debería, siempre desde la modestia y la fraternidad. Habrían de ser retos que antes han sido experimentados, caminos transitados por los menores. Proponer retos teóricos, no experimentados, no vividos de alguna manera es un fraude. También habrían de ser retos que se vea que van con decisión en la dirección de lo humano porque esa es la plataforma común de convergencia con la sociedad secular. Si el componente humano no está en primer plano, la posibilidad de diálogo y de conexión se difumina. Y, finalmente, habrán de ser retos de componente evangélico y franciscano, de valores esenciales como lo son los del Evangelio y los de los textos franciscanos. Si se hace desde el afán de humanidad y desde la benignidad, la conexión es posible.

                Vamos a proponer algunos de los retos que hoy nos parecen más esenciales, más urgentes.

 

I. RETOS A LA ESPIRITUALIDAD FRANCISCANA

 

                Son retos que el franciscanismo a sufrido desde siempre pero que, como el de la itinerancia, vuelven con fuerza. Desafíos espirituales como el de una manera nueva de acercarse a la Palabra o los nuevos caminos del ecumenismo franciscano traen un cierto aire de novedad junto con la vuelta, en maneras renovadas, al viejo concepto de la gratuidad compasiva puede ayudarnos a vivir “después de Asís”

 

1. El gran reto de la itinerancia

 

                Creemos que uno de los grandes retos que recibe la vida franciscana de hoy, quizá el más inmediato, es el de asumir la itinerancia, un elemento de nuestra espiritualidad que pocas veces ha sido tenido en cuenta. ¿Qué es la itinerancia? Viene de la palabra latina iter que significa “camino”: andar de camino, estar siempre dispuesto al cambio. Es una especie de actitud interior que le lleva a uno al convencimiento de que el mundo es su casa, la familia humana la suya, la creación su hermana.  En un mundo crecientemente globalizado la itinerancia de personas y sociedades, de trabajos y producción, de trasvase de religiones y culturas, ha alcanzado cotas inimaginables hace cien años. Desde el comienzo de su existencia, la vida franciscana se ha querido itinerante, aunque históricamente haya podido desechar este componente por poco productivo. Pero en los genes de lo franciscano se encuentra el valor de la itinerancia.

Toda la precaución de Francisco hacia los libros (1R 8,3), los estudios (SC 6), el dinero (1R 14,1), las casas (Test 24), la ropa (Test 16), etc., probablemente no tiene otra finalidad, sino la de prevenir contra la instalación que termina por ahogar la vida itinerante, aquella que llevaron Jesús y los apóstoles. La itinerancia se convierte así no sólo en el rostro externo de un indudable estilo de vida, sino también en la verdad de una opción. La vida de Francisco ha estado urdida en esa itinerancia: su andar por los caminos (1R 9,2), su manera de trabajar (1R 7,1-2), su estilo de vivienda (1R 8,8), hasta su modo de orar (2C 96) han dependido de su opción itinerante de vida.

Habrá que aprender la movilidad en lugares, ideas, culturas para que lleguemos a creer, como Francisco, que el franciscano tiene en cualquier parte su casa. La instalación no es solamente un fenómeno geográfico, sino cultural, por eso, se precisa una apertura a la cultura moderna, una itinerancia benigna hacia los modos de entender la vida de la sociedad de hoy, abandonando posiciones de instalación que derivan de modos culturales de “centro”, sistémicos. “El concepto de inmovilismo no es solamente físico. Un inmovilismo más radical se encuentra en los hábitos de pensamiento y de valoración, que con frecuencia se convierten en obstáculos para la verdadera conversión. Estos obstáculos pueden estar constituidos por un pensamiento teológico rígido, una mentalidad incapaz de cambiar, el fundamentalismo teológico, y pueden impedir a las personas el encontrar a Dios ‘fuera del campamento’ (Éx 19, 17; 33, 7-11)” (VII Consejo Plenario de la Orden Capuchina, nº 24).

Francisco nos demanda tener una actitud positiva, de apertura, de acogida para lo que pasa y lo que nos pasa. Esta actitud es lo que llamamos itinerancia. Hay una hermosa y antigua canción de Mercedes Sosa que habremos escuchado. Se titula “Todo cambia”. Y viene a decir que, en la vida, hay que estar dispuestos a cualquier cambio. Lo único que permanece siempre es, dice el canto, “mi amor, el recuerdo y el dolor de mi pueblo y de mi gente”. Si el amor permanece, estamos dispuestos a cualquier cambio.

 

2. El reto de una Palabra palpitante

 

Cuentan que en una antigua escuela rabínica los maestros, para enseñar a leer la Ley a los niños, dejaban caer sobre las letras un hilo de miel. Los chiquillos debían pasar por ellas su pizarrín y llevárselo a los labios. Así, al tiempo que aprendían a memorizar las letras, saboreaban la miel que había en sus trazos.

                Es que reflexionar sobre la Palabra es algo más que una mera abstracción religiosa. Es atreverse a comer, devorar con ansia el texto. Con qué pasión lo dice Jer 15,16 en sus “confesiones” cargadas de pathos vital: “Cuando encontraba tus palabras, las devoraba; tus palabras eran mi gozo y mi alegría íntima”. Devorar la Palabra porque ella es fuente de gozo y alegría íntimos. He ahí el presupuesto y la meta a la que había de llegar la vida franciscana cuanto se vuelca a la Palabra.

                En realidad, no es sino la continuación de viejas experiencias que la misma Escritura desvela. ¿No dice Ez 3,3 que cuando comió el rollo “supo en la boca dulce como la miel? ¿No afirma Ap 10,9 que el librillo “en la boca te sabrá dulce como la miel y amargo en el estómago? Aluden estos textos a experiencias hondamente personales, dulces, impactantes, ardientes incluso. Así queda reflejado también en Lc 24,32 cuando aquellos dos de Emaús sintieron que “su corazón se abrasaba” mientras les hablaba por el camino.

                Hablar de la Palabra sin pasión, sin dulzura, sin sentir dentro su cosquilleo; hablar de ella atrapados en la coraza de hierro de la rutina o de la costumbre; querer verla como fundamento y ánimo de la vida desde meras perspectivas ideológicas es quitarle su verdadero dinamismo. Una Palabra leída sin pasión, sin deslumbramiento, sin contener la respiración podrá ser una manera de construir mensajes religiosos, pero le faltará la chispa que genere el incendio en que arda el corazón. Con razón decía Mme. De Chatêlet que había que pedir pasiones a Dios. Más que nunca a la hora de hablar de la Palabra.

                Ésta es la manera profética con que la vida franciscana habría de plantear el reto de la Palabra en el conjunto de la Iglesia: cómo vivir y trabajar la Palabra en maneras “ardientes”, palpitantes, deseadas. Si no, el peligro de la rutina, de la lectura precientífica, de la manera de entender la Biblia separada de la vida se apropiará de la misma Palabra, la domesticarán, la empobrecerán. Es cierto que no somos nosotros quien damos vida a la Palabra; ella misma tiene la vida dentro y nos la ofrece a nosotros. Pero si no se la recibe, propaga, y ofrece en modos palpitantes, el corazón de la Palabra “deja de latir” y su vigor queda prácticamente estéril. La Palabra habría de ser para la Iglesia una profecía que late al mismo ritmo de la vida para, precisamente, ser causa de vida plena.

               

3. El reto de un ecumenismo franciscano

 

                Lo que ocurre en la familia franciscana probablemente ocurre también en el resto de las familias religiosas. Por un lado, observamos una fuerte fragmentación. Desde los comienzos, y por razones muy diversas, los grupos han sido numerosos y diferenciados. Por otro lado, ha pervivido y se ha cultivado un indudable espíritu de pertenencia y de familia. Más que las estrategias comunes, lo que realmente ha mantenido el sentido de familia ha sido la convicción del valor del carisma franciscano, único para todos/as. Modernamente incluso, no pocos grupos de inspiración franciscana han reencontrado el cauce para entrar en la gran familia de los seguidores/as de Francisco y Clara no por vía de acuerdos o de leyes, sino por el hermoso camino del redescubrimiento de la espiritualidad franciscana. Cada vez se impone más la sensación de que, en esta relación dialéctica entre lo diverso y lo común, es esto último lo que va tomando más cuerpo. Efectivamente, numerosos grupos franciscanos se sienten cada vez más una única familia. Esto es un filón que hay que explotar, tanto en relación con la espiritualidad como con las estrategias evangelizadoras de cara al mundo de hoy.

                Esta constatación de la elevación del nivel familiar en la realidad franciscana nos lleva a subrayar la necesidad de la coordinación, que es la gran asignatura pendiente de todos los grupos eclesiales. Decir que somos cada vez más familia por redescubrimiento carismático es algo que puede quedarse en agua de borrajas si no lleva a una coordinación explícita, no solamente en estrategias de evangelización sino, incluso, en perspectivas de vida. Una de las peculiaridades del franciscanismo, ya desde los viejos tiempos de fray Junípero, es el mantenimiento de nuestras maneras de vivir, a veces un tanto pintorescas. Eso ha dado pie a que franciscanos/as concretos hayan abierto brechas nuevas en la historia de la fe. Pero, sin restar fuerza a esos anhelos individuales, lo cierto es que hoy, por múltiples razones, eclesiales y sociales, se impone la coordinación, el trabajo en grupo, la conciencia de que el futuro habla más en el ámbito de lo múltiple que en el de lo particular.

                Este sentimiento del valor de lo común y de lo coordinado puede ser una formidable herramienta para hacer frente a los retos de la cultura secular de hoy, uno de ellos, del todo cercano, el de la globalización. Éste es un asunto de tal magnitud, incluso en estos comienzos en los que lo estamos viviendo, que esbozar respuestas no puede estar al alcance de una sola persona o de un grupo reducido. Cuanto más coordinado esté el colectivo, mayores posibilidades de respuestas adecuadas. Bien lo saben quienes quieren utilizar el fenómeno de la globalización para su exclusivo lucro. Por eso tienden no solamente a anular los efectos de quienes piensan en maneras distintas, más cargadas de humanismo, sino a dispersarlos. Es el viejo “divide y vencerás” siempre vigente. Caer en esa trampa del particularismo es hacer el juego a los modernos explotadores de lo humano. La historia del franciscanismo nos dice que ésta, en su lado oscuro, ha sido la historia de muchos alejamientos, divisiones, desconexiones, haciendo cada grupo un poco “la guerra” por su cuenta (cuando no en contra de otro grupo). La evidencia de nuestros encuentros interfranciscanos demuestra que esos tiempos han pasado definitivamente y que los rescoldos que quedan han de ser tratados para llegar a que la profecía de la fraternidad, núcleo del franciscanismo, se viva ya en los mismos grupos franciscanos.

 

4. El reto de la gratuidad compasiva

 

                Es de esos retos menores, ocultos, pero profundos que envuelven el todo de la vida, que proporcionan una perspectiva para enfocar el todo de la realidad. La gratuidad, para que sea agradable al alma de la persona y aceptable por cualquiera ha de ser compasiva. Una gratuidad altanera, soberbia, displicente, pierde valor y, con frecuencia, es rechazada, ante el asombro de quien la otorga (le doy algo y me lo devuelve, hago caridad con él y me muerde la mano).

                Los franciscanos/as hemos pretendido ser especialistas en la pobreza, tratando de imitar al pobre de Asís. Pero quizá nos habría ido mejor si nos hubiéramos especializado en la gratuidad compasiva. La voz “gratuidad” no está en ninguno de los índices que acompañan a los escritos franciscanos. Sin embargo, puede decirse que la vida de Francisco ha estado amasada en esa gratuidad compasiva de la que hablamos. Basta asomarse al compendio de su pensamiento que son los llamados Avisos espirituales  o Admoniciones.

                Ahí queda claro que, para Francisco, la fuente de la gratuidad compasiva es “el Cuerpo de Cristo”. Así se muestra desde el primero de los “avisos”. Él cree que mediante el Cuerpo de Cristo “el Señor está siempre con sus fieles”, la vida está acompañada. De esta gratuidad compasiva de Dios brota similar actitud en el hermano franciscano. Por eso, dice, es una insensatez apropiarse de los valores que uno tiene porque vienen del Señor y su generosidad. Y porque eso se refleja en cada hermano/a, ha de “obedecer caritativamente”, es decir, se ha de poner a disposición del hermano sin pedir nada a cambio. Esta gratuidad ha de estar hecha de renuncia al propio lucro y a la propia gloria porque si estas entran en el espacio de la persona desplazan a la gratuidad y a la compasión. La gratuidad ha de tener el rostro de las obras contantes y sonantes, no solamente de los buenos deseos, no ha de ser envidiosa, alterable, sino paciente y sencilla. Uno de los rostros elementales de la gratuidad es que no se hable mal de un hermano que no está presente. Se ha demostrar sobre todo cuando el hermano está en fragilidad y no puede devolverte el bien que le haces. Y un elemento que jamás puede faltar es que ha de ser humilde, porque la altanería la hace polvo. Si el lector franciscano se asoma a los Avisos desde esta perspectiva, comprobará su hondura de pensamiento.

La fe celebra habitualmente la resurrección, y así debe ser, como triunfo de Jesús y esperanza de nuestro propio triunfo. Pero también podría celebrarse al modo franciscano como tiempo de gratuidad compasiva. Porque no otra cosa es la resurrección de Jesús: el tiempo de ahora en que Dios se nos ha dado en Jesús gratuita y compasivamente.

                Dice el escritor Manuel Vicent: “Si el mundo está tan mal hecho, queda al alcance de cualquiera la posibilidad de reinventarlo. Basta con crear ante la muerte un instante de belleza o de compasión a cambio de nada”.

 

5. El reto de vivir “después de Asís”

 

                La dura e innegable realidad de Auschwitz, el horror que se llevó por delante a cinco millones de personas, ha marcado el imaginario colectivo de Europa y su pensamiento. Desde el pensador Adorno de la Escuela de Frankfort, hasta el teólogo J. B. Metz pasando por premios nobel de literatura como Imre Kertész todos se han preguntado cómo se podía, pensar, vivir, escribir, hacer teología, etc., “después de Auschwitz”. Esa devastación ha marcado el alma del mundo y ha obligado a que superáramos, sin olvidar, la mayor tragedia de la historia humana.

                El año 2011 se conmemoró el 25 aniversario de lo que se llamó “el espíritu de Asís”. El 27 de octubre de 1986 el Papa Juan Pablo II convocó en Asís a los líderes de las principales religiones del mundo para una oración por la paz y para lograr el compromiso de que las religiones nunca participarían en acciones de violencia.

                El escritor ortodoxo Olivier Clement se pregunta en uno de sus últimos libros: “Después de Asís, ¿qué? Me parece que el movimiento que se ha creado podría desarrollarse en dos direcciones. En primer lugar, un servicio concreto a los hombres, pero yendo en profundidad espiritual. Introduciendo en las relaciones nacionales e internacionales un elemento de arrepentimiento y de perdón. Desarrollando un acercamiento real entre Norte y Sur. Favoreciendo las religiones que se sitúan en un marco universal y suscitando así redes a nivel mundial capaces de inventar soluciones en el ámbito económico y social y, quizá aún más, en el ámbito ecológico” (Dios es simpatía,  p.47).

                La trayectoria histórica de Francisco de Asís apunta en esta dirección: la suya no ha sido una vida especialmente orante por la paz sino, más bien, actuante en ese camino. Ha hecho obra de pacificación explícita en Bolonia, en Arezzo, en el mismo Asís (en el conflicto entre el podestà y el Obispo). El mismo episodio de Gubbio, más allá de su forma literaria parece estar indicando a la solución de un conflicto comunal con algún sector social problemático. Francisco ha sido “instrumento de paz” en concreto, en el arduo y con frecuencia estéril camino de la mediación política.

                ¿Cómo pudo hacerlo? Fue una persona reconciliada. “Una reconciliación que solo ha sido posible por una gran desapropiación interior. Francisco renunció a acaparar al mundo y a poseerlo para él. Y por eso se abrió al amor del Creador en su obra. Así, el mundo se hizo para él la realidad espléndida en cuyo seno el hombre está llamado, no solo a vivir, sino también a participar de la creación” (E. Leclerc, Un maestro de oración, p.63).

 

 

II. RETOS A LA ESTRUCTURA PERSONAL DE LOS FRANCISCANOS

 

                También los retos de la cultura de hoy apuntan a la estructura personal de cada franciscano/a ya que un reto que deja indemne a la persona es un reto en el aire. De ahí que la superación de los miedos, el hacer propio el dolor ajeno hasta convertir la vida en una radiante aventura, el reto de rasgar los velos que acompañan el caminar humano son trabajos necesarios para aceptar desafíos. De esa manera se abrirán paso los sueños, caminando sin prisa con capacidad para aceptar con humanidad hasta el tránsito de la propia muerte.

 

1. El reto de controlar el miedo para que brote la esperanza

 

Como dice J.A.Marina, el miedo es un sentimiento proliferante y contagioso que varía según la experiencia, que afecta a ámbitos individuales y también colectivos en indudable interacción, que puede ser innato y adquirido, normal y patológico. El miedo se basa en la ignorancia, en el desconocimiento; se teme aquello que se ignora, con lo cual temer puede ser como una forma de preguntar. Pero también resulta evidente que el miedo va emparejado con la esperanza (J.A.Marina, Anatomía del miedo. Un tratado sobre la valentía,  pp.13-41). No es fácil controlar el miedo, vivir en valor y fortaleza. El temor anida en las estructuras más elementales de lo humano, se ha filtrado en los componentes básicos de la intimidad más personal.

El Evangelio que estaba hecho para ahuyentar miedos, mediante el mecanismo religioso, ha podido exacerbarlos. Jesús ha vivido sin ningún miedo a las personas, ni siquiera ante quien llegó a traicionarle. Por eso, es llamativo que el Evangelio no opone la fe a la increencia, sino que lo contrario a la fe es el miedo. De ahí que Jesús no se canse de decir a los suyos: “No tengáis miedo” (Mt 10,26-31; Mc 4,40). Para él, quien tiene miedo, tiene débil la adhesión a él; quien mira al otro con aprecio y lo trata sin temor está demostrando que ha entendido que el reino es la nueva relación entre las personas, sin temor, sin rechazo, con acogida constante. Por eso, para el Evangelio alejar el temor es sinónimo de crecer en la fe.

Francisco de Asís es una persona que ha llegado a controlar sus miedos porque ha mirado al otro como hermano, no como enemigo que acecha a la puerta. Por eso ha escrito en su 1 R 7,14: “Y todo aquel que venga a los hermanos, amigo o adversario, ladrón o bandido, sea acogido benignamente”. Esto también lo ha aprendido Francisco de Jesucristo. Él ha acogido a todos sin temor porque veía más allá de las apariencias sociales o morales. ¿Cómo ha llegado Francisco a vivir sin temor? Ciertamente porque ha copiado en su vida las actitudes de Jesús. Y, como decimos, la vida de Jesús ha sido una vida valiente no por un arrojo especial, sino por su inquebrantable fe en el valor y dignidad de toda persona. Pero, además, Francisco ha logrado superar el miedo porque ha eliminado de su vida todo juicio condenatorio sobre las personas, porque no ha tratado nunca con desdén a nadie, porque ha controlado el afán de apropiarse del otro, porque ha conseguido sobrepasar las meras apariencias de las personas para ver qué hay más allá de ellas descubriendo el rostro de una persona amable a quien era necesario acoger, amparar, abrazar. Vivir así tiene que ser una maravilla. Por eso nos atrae tanto la vida, insignificante y pobre, del hermano Francisco.

Quizá sea imposible vivir sin el sentimiento de miedo, pero ¿por qué no aspirar a un cierto control? ¿Por qué no trabajar por aquellos mecanismos sociales que, utilizando el miedo, hacen su agosto? ¿Por qué no intentar construir un tipo de espiritualidad y un estilo de vida donde la confianza sea el elemento directivo y el miedo tenga que someterse a él? ¿Por qué no entender la espiritualidad franciscana como una escuela donde controlar los miedos para que brote más límpida la esperanza? Entonces, calladamente, brotará la hermosa planta de la esperanza sin la que la vida se vuelve dura y amarga.

 

 

 

2. El reto de hacer nuestro el dolor ajeno

 

                El filósofo español Reyes Mate tiene una frase clarividente: “El dolor ajeno nos constituye en sujetos morales”. Eso quiere decir que la respuesta que damos al dolor de los demás desvela qué tipo de persona somos: ¿nos interesa ese dolor y hacemos algo por aliviarlo?, somos buenas personas. ¿No nos interesa y no hacemos nada por aliviarlo?, no somos buenas personas. Así de simple.

                La vida de Jesús de Nazaret confirma este pensamiento del filósofo. ¿Qué quedaría del Evangelio si suprimimos todo lo que Jesús ha hecho por quienes sufren? ¿Qué sentido tendría la misma vida de Jesús si no estuviera en el centro de sus preocupaciones su salir al paso del dolor ajeno para, en la medida de lo posible, mitigarlo, asumirlo y tratar de darle un sentido nuevo? Nada sería igual, nada tendría sentido. Por lo que la actitud de Jesús ante el dolor ajeno desvela el sentido de su vida, su verdadera vocación.

                Francisco de Asís fue también una persona que hizo suyo el dolor ajeno. Asumió el dolor de una Iglesia que se “derrumbaba” y ante la que se sintió llamado a sostenerla en la medida de sus posibilidades. Más que criticarla o condenarla (que motivos había) intentó mitigar el dolor que la aquejaba. También reorientó el dolor de una vida religiosa poderosa, mezclada a los intereses de los grandes señores, aliada con el poder, creando una fraternidad de vida sencilla donde los hermanos se quisieran con buen corazón. Era, para la época, una verdadera “revolución” porque el éxito de esa comunidad era acoger al hermano débil “como una madre ama a su hijo”, así lo decía. Encajó el dolor de los humildes, de los excluidos, a los que había que “abrazar como a Jesucristo” y con los cuales había que estar contento aunque anduviesen por los caminos como transeúntes sin techo. Hizo suyo el dolor de las ciudades en guerra hasta lograr que en Siena, Bolonia, Arezzo y en el mismo Asís las diversas facciones recompusieran la paz. Asimiló, como pudo, el dolor de su propia fraternidad que, a ojos vistas, se alejaba del ideal primero. Su dolor logró que, al menos en lo esencial, se mantuviera cercana al Evangelio.

                Muchos franciscanos y franciscanas, a lo largo del mundo y en todos los tiempos, han sido de ese grupo de personas que ha hecho suyo el dolor ajeno. No los conocemos. Sus nombres los ha cubierto el olvido o el silencio. Pero han estado ahí, están ahí haciendo suyo el dolor de los excluidos.

                Médicos Sin Fronteras lanzó, hace poco, una campaña de ayuda para erradicar enfermedades raras de países pobres vendiendo en las farmacias al simbólico precio de 1 € una cajita de caramelos de menta con el rótulo “Pastillas contra el dolor ajeno”. No estaría mal que, de vez en cuando, tomaran los franciscanos una o varias de esas pastillas que les recuerden que el dolor ajeno tiene que ver con ellos si quieren decirse afines a Jesús de Nazaret y a Francisco de Asís.

 

3. El reto de hacer de la vida una radiante aventura

 

                En el famoso discurso del final de la película de Charles Chaplin El gran dictador se dice una frase hermosa: “Vosotros, el pueblo, tenéis el poder para crear una vida libre y espléndida, para hacer de la vida una radiante aventura”. Hablar de aventura parece que nos retrotrae en los tiempos de la infancia cuando soñábamos con pequeñas aventuras inverosímiles o, si no, hablar de grandes descubrimientos y hazañas al estilo de Al filo de lo imposible. Por eso, muchos de nosotros, cargados ya de años y también de realismo, pensamos que la aventura y nuestra vida corriente nada tienen que ver.

                Pero quitar a nuestra vida ese componente espiritual de la aventura es empobrecerla. Se suele decir que se nos ha creado con vocación de águila, no de ave de corral. Lo duro de la vida nos ha empujado con frecuencia a abandonar esos sueños nunca alcanzados. Y con la muerte de los sueños ha perecido nuestra sed de aventura. ¿Podríamos devolver a nuestros días, por humildes que fueran, el brillo, el color, el anhelo y el dinamismo de la aventura? ¿Podríamos entender nuestros caminos, por modestos que fueran, como una aventura de verdad? Incluso, ¿podríamos comprender nuestra vida cristiana, nuestro seguimiento a Jesús como el camino de una increíble aventura, la de creer con Él en lo que Él creyó?

                Vivir la aventura no es hacer cosas raras. Es ser sensible por dentro, tener capacidad de admiración, ser ágiles para el cambio, conservar la alegría por encima de las penas, mantener viva la ilusión, no caer en la rutina ni en el desencanto, admirarse por lo bueno que hay en la vida (que lo hay), sentirse con suerte por haber sido creado, vivir cada instante como quien disfruta de un gran regalo.

                Francisco de Asís ha sido, no lo dudemos, un aventurero. Fue tremenda aventura romper con su familia y lanzarse a una vida evangélica incierta en un molde nuevo que no existía hasta entonces; fue una aventura comunitaria hacer una fraternidad con personas tan distintas, con sus fallos, con sus anhelos; fue una aventura arriesgada lanzarse a ofrecer el Evangelio por los caminos, sin más amparo que el del Padre y sin más respaldo que la bondad del corazón de la gente; fue una aventura difícil vivir en paz y sosiego, en comprensión y respeto en una Iglesia convulsa y llena de asuntos oscuros; fue una tremenda aventura escribir una Regla que reflejara el Evangelio para todo franciscano; fue una entrañable aventura llegar a entender y amar la creación como a una hermana; fue una aventura, finalmente, lanzarse a los brazos del Padre con la confianza de que siempre lo habían acompañado y que “le rodearían los justos cuando le alcanzase el favor de Dios” como cantó en su muerte con las palabras del Salmo. No es una exageración calificar a Francisco de aventurero del Evangelio.

                Cuando le decían a Alejandro Labaka, obispo capuchino muerto por los indígenas en las selvas amazónicas de Ecuador, que era un aventurero, él solía replicar con una sonrisa en los labios: “Y si le quitas al Evangelio la aventura, ¿qué queda?”. Y tenía razón. Un Evangelio sin aventura es una mediocridad, algo que no merece la pena vivirse.

 

4. El reto de rasgar los velos

 

                Nuestra vida, nuestra sociedad, nuestras personas están envueltas en velos, velos hechos con remiendos de mitos, de máscaras, estereotipos, prejuicios e interpretaciones previas; velos que ocultan lo que realmente somos y lo que es la realidad. A veces nuestros caminos se mueven en lo borroso, en lo confuso, en lo oculto. Estamos aquejados de miopía y no vemos más que lo que tenemos a dos palmos de la nariz como si el resto del mundo no importara; somos daltónicos y vivimos la vida sin color, sin alegría, de manera insípida; tejemos un velo de tinieblas, de trampas, de encubrimientos, de verdades que son mentira, etc. Saramago decía que somos un mundo de ciegos que dicen ver. Y ya dijo Jesús en el Evangelio que “si un ciego guía a otro ciego…” (Mt 15,14).

                Por eso, hay un reto vital, profundo, en intentar rasgar esos velos, esas ataduras, esos telones que nos encubren y con  los que envolvemos a los demás y a las mismas cosas. Hay que trabajar el esforzado, continuado y apasionado esfuerzo para comprender el mundo como una progresiva conquista de la vista esclarecida. Y ¿qué hay más allá de los velos? La certeza de que estamos destinados a vivir el uno con y para el otro. Más allá de todo velo está la buena relación, la vida fraterna, la certeza de que el horizonte de la existencia es llegar a una hermandad universal, cósmica, incluso.

                Dice la cantante Carla Bruni que “todo el mundo tiene rincones de vida devastados”, desvanes oscuros cuyo interior casi nadie conoce. El agudo escritor vallisoletano Gustavo Martín Garzo describe en una de sus más bellas novelas, El pequeño heredero, la vida de un pueblo castellano, Villabrágima, desde el lado de esos “desvanes”, esos trasfondos que están llenos de situaciones ocultas. El resultado es estremecedor y la pregunta como un dardo: ¿Podemos vivir sin esos desvanes? ¿Se puede tener una relación saludable con esos velos?

                Francisco de Asís ha sido una persona que ha logrado rasgar todo velo y vivir en la hermosura de una vida entregada al otro, a la creación y a Dios. ¿Cómo lo ha logrado? Por el camino de la sencillez, de la simplicidad, de la claridad de vida. Cuando rememora los primeros tiempos en su Testamento dice que “éramos indoctos y estábamos sometidos a todos”. Y afirma con claridad que el espíritu del Señor “se afana por la humildad y la paciencia, la pura y simple paz del espíritu” (1 Regla 17,16). Y dice también en otro texto que la sencillez “confunde a la sabiduría de este mundo” (Saludo a las Virtudes 10). Mucha de la enorme fuerza espiritual que anida la persona de Francisco radica, paradójicamente, en su sencillez.

                El Hermano Roger, fundador del Monasterio de Taizé, en Francia, tiene una frase hermosa: “Pienso que desde mi juventud nunca me ha abandonado la intuición que una vida cristiana pudiese ser el signo que Dios es amor y solamente amor. Poco a poco surgió en mí la convicción que era esencial crear comunidad con personas que buscasen comprenderse y reconciliarse siempre: una comunidad donde la bondad del corazón y la simplicidad estuviesen al centro de todo”. Con la bondad del corazón y con la vida sencilla se puede mostrar a la persona de hoy que Dios es amor y que la persona está destinada a una vida en amor.

 

5. El reto de dejar paso a los sueños

 

                El obispo francés Jacques Gaillot se hacía estas preguntas en una entrevista concedida a un diario parisino de ámbito popular: “¿Podremos soñar con un gran viento de Pentecostés para la Iglesia católica? ¿Un viento que la libre del miedo al cambio y la ilusione con la libertad creadora?” Verse libres del miedo y aumentar el caudal de ilusión quizá sea únicamente posible si se deja paso a los sueños en la vida de las personas.

                Hablamos de sueños, no de ensoñaciones. Éstas son fantasías que se tienen sin poner los pies en el suelo, sin mover una paja de su sitio para que se hagan realidad. Los sueños están hechos de otra pasta. Hay que tenerlos con los pies bien asentados en el suelo pero con la ilusión en el horizonte. Para que sean auténticos es preciso intentar ponerlos en pie, ofrecer la personal colaboración, a riesgo de lo que sea, para que tales sueños cobren cuerpo.

                Shakespeare nos recuerda que estamos hechos de la misma materia que nuestros sueños, y Hölderlin dice que la persona es como un dios cuando sueña y como un mendigo cuando piensa.

                Francisco de Asís fue un soñador. No se le aplica corrientemente este adjetivo, pero si miramos el índice de materias de cualquier concordancia de los textos franciscanos veremos que el vocablo “sueños” tiene muchas entradas. Puede decirse que es la manera de escribir de los autores medievales, gentes pertenecientes a una época preindustrial donde los sueños tienen un lugar que, más tarde, ocupará la razón. Es posible, pero lo cierto es que no se puede dudar que la vida de Francisco ha estado amasada en los sueños.

                Francisco soñó una pobreza que no era mero empobrecimiento sino fuente de riqueza. Su alma de pobre creyó que por ese camino se llegaba derecho al corazón del Evangelio y a la verdad de la persona. Por eso sus sueños de la pobreza no son amargos, sino animadores. Soñó una Iglesia distinta que sabía recuperarse de sus evidentes ruinas, en la que el Evangelio fuera el centro y la persona de Jesús el mayor anhelo. Soñó y puso en pie, cuando no había patrones de referencia, un estilo de vida fraterno sencillo y bondadoso que venía a demostrar que el hondísimo sueño de poder vivir los humanos como hermanos era una realidad alcance de la mano. Soñó una paz posible en las duras confrontaciones ciudadanas y en el inicio del imperio del dinero y lo hizo pasándose con decisión total de una mentalidad belicista a un pacifismo militante hasta ir al mayor escenario de violencia de la época, las cruzadas, con las únicas “armas” de la palabra, el respeto y el amor. Soñó que su camino evangélico estaba siempre acompañado por el amor del Padre y que elegía a la pobrecilla Porciúncula y a los más despojados como lugar de su presencia viva. Un soñador que trabaja por sus sueños, eso fue Francisco.

                Todo el mundo recuerda a uno de los famosos soñadores modernos, Martín L. King, y su famoso sermón “Yo tuve un sueño”. Leerlo, aun hoy día, produce un estremecimiento. Su sueño se ha ido haciendo costosamente realidad. Este gran soñador decía: “Tengo un sueño, un solo sueño: seguir soñando. Soñar con la libertad, soñar con la justicia, soñar con la igualdad y ojalá que no tuviera ya necesidad de soñarlas”. También fue un soñador que trabajó por sus sueños, hasta costarle la vida.

El sueño de una sociedad nueva y de una Iglesia libre de miedos y con ilusión no será posible si nosotros no empeñamos algo de nuestra vida en ello.

 

 

6. El reto de caminar sin prisa

 

                Llevamos ya muchos años con un ritmo de vida tan frenético que quien no se acomode a él queda automáticamente desfasado. La prisa nos reconcome y de esa manera cuesta engendrar algo. Estamos en la cultura del instante: si algo no vale para ahora mismo, consideramos que no sirve para casi nada. Una prisa como de azogue se ha apoderado de nuestra cultura moderna. Es la cultura del usar y tirar, de la brevedad puesta de antemano como un principio. Es cierto que, al parecer, este ha sido un mal que siempre ha acompañado al hecho humano que tiene dificultad para el disfrute y la vivencia sosegada de las cosas. Pero ahora, la prisa ha cobrado unas dimensiones cósmicas. ¿Habría aún manera de intentar vivir esto de otra manera?

                Posiblemente sí en la medida en que aceptemos el reto sencillo de caminar sin prisa. No quiere decir que haya que pararse como un  pazguato ante un escaparate deslumbrante. Hay que caminar siempre, tenazmente, esforzadamente. Pero no quiere decirse que haya de hacerse con el frenesí metido en el alma. Caminar sin prisa demanda disfrutar los detalles cada día, valorar el presente como una oportunidad siempre a la mano, dejarse llevar también por la belleza que nos rodea aparcando el afán por intervenir siempre en ella, valorar el silencio como terapia de ahondamiento y de sosiego, relacionarse bien con las personas empleando tiempo en mirarlas y en acogerlas.

                ¿Fue Francisco de Asís alguien que supo caminar despacio? Es cierto que su época el ritmo de vida era mucho más moderado que en la nuestra. Pero, como decimos, la prisa ha sido patrimonio de la humanidad desde siempre. Él se tomaba el tiempo necesario de oración y de silencio porque el alimento espiritual había que tomarlo despacio, decía. No tenía prisa en la relación con las personas y, aunque diera un asunto por zanjado, siempre dejaba la puerta abierta por si el hermano quería volver a ello, como demuestra la maternal cartita que escribió a Fray León. Aprendió en lenguaje de los disfrutes sencillos y el arte de vivir con poco, de tal manera que su corta vida (42 años nada más) fue suficiente para colmarle el alma de dicha, más allá de sus limitaciones. Precisamente por este caminar sosegado su propuesta de vida fue atrayente, ya que él no ofrecía a nadie grandes obras, inmensas conquistas o beneficios que aumentaban día a día. Como diría el cantante Jorge Drexler “amó la trama más que el desenlace”, el don que Dios le hacía cada día más que un final forzado, un llegar a término sin haber pasado cada día ante su Dios.

Disfrutar, rezar, caminar, relacionarse, guardar de vez en cuando un silencio contemplativo frena el ritmo trepidante de los días. Es lo que hace a la persona más espiritual.

 

7. El reto de aceptar humanamente a la hermana muerte

 

                La manera como la cultura occidental sigue entendiendo la muerte es muy histérica: muere una persona joven y nos conmovemos, muere un anciano y decimos que cuando quiera era hora; muere alguien de accidente y nos estremecemos, muere uno en su cama y nos parece normal; muere alguien de dura enfermedad y nos sobrecogemos, muere alguien de muerte “natural” y nos parece lógico. En definitiva, siempre estamos ante el misterio del morir. ¿Por qué nos sobrecogen tanto las circunstancias y no el hecho mismo de tener que morir?

Pasan los años y avanzamos poco a la hora de entender de manera humana nuestra muerte. La adornamos, la ocultamos, la alejamos, no queremos hablar de ella. Pero ella sigue ahí. ¿No habría una manera humana de entender y vivir el morir? Más aún, muchas de las tendencias actuales en torno a la muerte (testamento vital, muerte digna, etc.), ¿no van en la línea de querer morir como personas que han amado la vida y que entienden su muerte como parte de ella?

Francisco de Asís ha tenido una actitud singular ante el hecho de la muerte. Ponemos a la vista algunos rasgos peculiares. Según dice 1C 109 Francisco quiso recibir a la muerte cantando. Mandó a sus hermanos “que cantaran en voz alta las alabanzas de Dios por la muerte que se avecinaba”, el Cántico de las Criaturas. Y él mismo “entonó con la fuerza que pudo el salmo de David que dice: Con mi voz clamé al Señor”. ¿Quién recibe a la muerte cantando sino quien ha vivido su vida de manera reconciliada?

En LP 100 dice que Francisco insistió en que el médico le dijera la situación real de su salud. Y cuando le dijo que le quedaban pocos días de vida, él exclamó: “Bienvenida sea mi hermana la muerte”. Cuando Francisco llama “hermana” a la muerte desvela la realidad de una persona totalmente pacificada por dentro, capaz de asumir su último trance como algo valioso y positivo, como culminación de su vida y como paso a su plenitud.

2C 217 dice que Francisco quiso morir desnudo sobre la tierra. Se suele decir que es para imitar a Cristo pobre y desnudo. Pero Manselli, gran estudioso del franciscanismo, dice que es un gesto profético: los frailes ambicionaban reliquias de Francisco porque veían que el pueblo las demandaba. Francisco, contrario a este “tráfico”, hace el gesto profético de despojarse de todo. Su muerte era, como su vida, profecía pura hasta el final. No es una muerte en la derrota. Muerte siempre unida a la vida

Bastan estos pocos rasgos para intuir que el santo de Asís vivió en modos nuevos el tránsito de su vida. No hemos avanzado mucho en la reconciliación y el entendimiento con un hecho importante de la vida como es la propia muerte. La separamos de la vida y no la entendemos. Si la uniéramos a ella, si la viéramos como culminación de nuestro humilde pero hermoso camino, si la percibiéramos como posibilidad más que como castigo, habríamos dado un paso de gigante en la comprensión y en el gozo de vivir.

Quizá el hermano Francisco, con su muerte hermosa y simple, podría ayudarnos a reconciliarnos con ese paso que sentimos y vivimos de formas tan rígidas.

 

 

III. RETOS A LA MANERA DE MIRAR LA SOCIEDAD

 

                La manera de mirar es decisiva para una buena comprensión de la realidad social. Ésta demanda al franciscano de hoy una manera distinta de considerarla. El fenómeno de la globalización propone un escenario social radicalmente nuevo y el reto de la no-violencia sigue más vigente que nunca y su correlato de la paz. Habrá que mirar a las causas de la pobreza, razón de muchas de las migraciones de hoy hasta creer que nadie es ilegal por carecer de papeles. Para mirar de manera distinta habrá que pensar en comenzar por construir la amistad cívica. Con esta clase de elementos se puede aspirar a una nueva mirada sobre la sociedad.

 

1. La fraternidad franciscana ante la globalización

 

Los grandes retos sociales, y quizá el de la globalización sea el mayor, requieren respuestas interaccionadas, de comunión, de elemental coordinación. Por eso, para construir en modos adecuados la respuesta a este reto que, como familia franciscana, se nos exige hoy será preciso generar pensamiento y, sobre todo, caminos comunes, por modestos que sean.  Pensar la globalización es tarea actual, y los pasos que se van dando en esta materia son muchos. Quizá nuestro esfuerzo radique en trasvasar este pensamiento a lo cotidiano de nuestra vida, tarea, en no pocos casos, aún por hacer. Aquí, cualquier intento es válido, incluso el del gesto, porque los gestos hablan el lenguaje del futuro y son la verificación en el hoy de que las cosas realmente pueden cambiar. En estos momentos, lo importante no está en la capacidad real que los franciscanos pueda tener para incidir en el enorme fenómeno de la globalización, que, sin duda, ha de ser modesta, sino en la disposición que manifestamos para apuntarnos a este trabajo. En esta actitud que cambia la cuestión de “qué podemos hacer” por la de “qué estamos dispuestos/as a hacer” se halla el quid de la cuestión.

Cuanto más nos adentramos en el mensaje franciscano, tanto más nos vamos convenciendo de que la mejor aportación de Francisco y Clara a la sinfonía de la vida eclesial y a la misma historia no es sino su ingenua e increíble utopía de la fraternidad universal. Es la fraternidad que crea relaciones nuevas, definitivas, no solamente entre las personas sino con el resto de los seres creados. Cuando Francisco derrama profusamente en sus escritos la expresión “hermano/a” dirigida no solo a las personas, sino al cosmos entero no lo hace como quien usa un latiguillo más o menos poético. Francisco cree que el hermano débil es hermano, y que lo son también el bandolero, la muerte, la piedra, el sol, el agua, el gusano, etc. No hace poesía sino que cree en una extraña hermandad. Esto solamente puede provenir de una persona que ha captado profundamente el “origen común” de todo el hecho creacional (LM 8,6). Francisco cree que si tenemos el mismo origen común, el corazón del Padre que tiene características maternas, entonces toda criatura es hijo o hija. Esta mirada solamente puede brotar si uno/a logra librarse del instinto de posesión. Él se siente verdaderamente hermano porque puede acoger las cosas sin los intereses de la posesión, del lucro y de la eficacia como valor exclusivo. “Desde esa posición puede reconciliarse con todas las cosas e inaugurar una democracia verdaderamente cósmica” (L.Boff, Ecología, p.268).

Los franciscanos/as que se sientan cada vez más tocados por esta problemática serán aquellos que se pregunten cada vez más y con mayor seriedad por el futuro de nuestro planeta. Esa pregunta podría llevar a hacer una especie de “voto”, como dice el hermano H. Schalük: el voto de servir a la vida, la paz, la justicia, la lucha contra la pobreza, el triunfo de los derechos humanos y la conservación de nuestra ‘Madre tierra’ y su biosfera.

 

2. El reto cotidiano de la paz

 

La vida cotidiana es el espacio donde se manifiesta en cada acción y cada comportamiento las relaciones que hemos establecido con los demás y con la naturaleza para satisfacer nuestras necesidades en un momento histórico determinado. Es el ámbito donde la vida se concreta en mil acciones que se repiten a diario y que tomamos como algo tan familiar y conocido que no nos paramos a pensar que es lo que se esconde detrás de esta realidad tan normalizada y naturalizada, incluso hasta el punto de que la vivamos como la única realidad posible.

Pero la cotidianidad oculta detrás de esa aparente normalidad un campo lleno de conflictos y malestares invisibilizados que no solemos analizar más allá de sus efectos. Solamente una actitud crítica frente a esa "normalidad" nos puede proporcionar claves de comprensión sobre la génesis de este espacio de lo cotidiano donde se funden y se concretan los procesos macro y micro sociales de nuestra formación social y donde somos simultáneamente producto y productor de nuestro entorno. La vida cotidiana representa por tanto un campo idóneo para, desde una concepción multidisciplinar intervenir, investigar y trabajar para una transformación social profunda hacia la construcción de una Cultura de Paz.

Por eso, no nos ha de extrañar que situemos el tema de la paz en el marco de los retos cotidianos. Es en lo diario donde hay que ir verificando si esa cultura de la paz va haciéndose vida en nuestras actuaciones personas y comunitarias. Francisco de Asís no ha elaborado ninguna teoría sobre la paz ciudadana y social. Él, simplemente, ha actuado en conflictos ciudadanos tratando de aportar un poco de cordura y de sosiego para que brotara la rara planta de la paz. Francisco de Asís se llega hoy hasta nuestras calles, entra en nuestras casas impregnadas de violencia, en nuestros estadios de fútbol tan agresivos, en nuestras asambleas sociales tan crispadas, en nuestro propio interior tan extraño a veces y nos anima a alejarnos lo más posible de los modos de la violencia, a tener por una certeza inconmovible que la paz es más productiva que la violencia y que el destino de lo humano es la fraternidad, cosa que se logra en el trabajo por erradicar toda suerte de violencia. Si por algo sigue viva la figura de Francisco en nuestra sociedad es por haber sido hombre de paz, que es lo mismo que decir hermano de todos sin distinción. Esa ha sido su mejor aportación al caudal de vida de la historia.

Es preciso salir de una situación de pasividad que nos hace, sí, lamentar la violencia pero no movernos en maneras prácticas en dirección de la paz. Hay que contagiarse esa decisión y saber que, mientras no actuemos, el edificio de la paz no progresa. La simple decisión irá desvaneciendo la paralizante pregunta de “yo qué puedo hacer”, para dejar ver que siempre hay posibilidad de colaboración en esta tarea enorme de construir una vida pacificada. “Bienaventurados quienes construyen la paz”. Ésa es la mejor bienaventuranza que nos propone hoy el mensaje franciscano.

 

 

3. El reto de la no-violencia activa

 

A estas alturas resulta obvio afirmar que la mayor fuente de sufrimiento en toda la historia de la humanidad ha sido la violencia. Desde las heridas más ocultas hasta los mayores desastres que ha debido encajar el género humano tienen como raíz común la violencia en todas sus variantes. El largo camino de lo humano, de más de cuatro millones y medio de años ha estado mezclado a la violencia, engendrando infinitos sufrimientos. Solamente en períodos muy breves, en personas muy concretas, ha anidado la paz y el gozo. Quizá eso haya sido suficiente para poder alimentar la utopía de un mundo sin violencia en el que la fuente del sufrimiento pueda secarse para siempre.

                De los datos de los escritos franciscanos se desprende que la reacción de Francisco ante la violencia del sistema, y en la que él mismo ha llegado a participar, es la que hoy denominaríamos como no violencia activa.  La opción de Francisco, en efecto, no puede diluirse en un pacifismo interior que no se concreta en nada. Es cierto que quizá fuera más pacífico que pacifista, en el moderno sentido de la palabra. Como dice José A. Merino, Francisco desarrolló una especie de estrategia pacifista. Así queda mostrado en la Regla de la Tercera Orden en la que prohíbe a los franciscanos seglares, llevar ninguna clase de armas, hacer juramentos de componente bélico y les anima a testar para evitar el abintestato que contribuya a engrosar las arcas de los señores de la guerra.

                Francisco y Clara de Asís han vivido en el oscuro y violento mundo del medievo. Quien leyera la realidad de sus vidas superficialmente pensaría que la amargura y el sufrimiento no les han tocado. Nada más lejos de la realidad. Sólo personas como ellas, que no han temido bajar al sótano del dolor humano, han podido engendrar cantos a la vida tan hermosos como el Cántico de las criaturas. Dice el poeta C. Mestre, en tonos algo dramáticos, que “en lo aullado da inicio la fragancia”. Podríamos decir que Francisco ha “aullado”, permítasenos la expresión, ha gritado su dolor y el dolor de la misma creación viviendo una densa noche oscura. Es entonces cuando ha brotado la fragancia del amor y de la amplia fraternidad. Como dice L. Boff, “se sintió en el reino, símbolo de la total reconciliación del ser humano con su corazón, con los demás, con el cosmos y con Dios. Se levantó. Se detuvo a meditar por un momento. Y entonó el himno a todas las criaturas” (Ecología,  p.270). ¿Cómo una vivencia tal no va a resultarnos paradigmática, iluminadora, apoyo para nuestras búsquedas?

                Quienes quieren vivir en modos franciscanos esta existencia, don de Dios, que les ha sido regalada no pueden menos de intentar repetir en nuestro hoy los valores hondos de aquella utopía que soñaba la hermosa realidad de una fraternidad universal ajena a cualquier sufrimiento. Desde ahí habrán de interrogarse sobre las situaciones de violencia que les rodean y sobre su propia violencia. Quizá puedan contribuir no solamente a hacer que disminuya el caudal de sufrimiento que hoy anega la tierra sino a ofrecer una alternativa de paz y de no violencia que vaya secando las marismas del mal hasta hacer que brote la tierra firme, el jardín hermoso a que están llamadas a ser esta pobre tierra, nuestra hermana, y esta familia única que es la familia humana, aunque ambas estén hoy tan heridas.

 

4. El reto de las causas de la pobreza

 

                Es viejo y verdadero el aforismo escolástico de que “no hay efecto sin causa”. La pobreza ha sido una acompañante del caminar humano, en variadas modalidades y con consecuencias distintas, siempre adversas. Muchas entidades humanitarias han trabajado denodadamente para paliar los devastadores efectos de la pobreza. Su mérito es grande, aunque los resultados hayan sido pequeños. Pero pocas de esas personas se han preguntado con seriedad sobre las causas de la pobreza, sobre los mecanismos sociales estructurales que generan pobrezas y pobres. El sistema se frota las manos cuando ve que mucha gente trabaja con denuedo contra la pobreza pero no apunta sus dardos a los causantes reales de tales pobrezas. Los afectados por la pobreza se manifiestan y hasta se revuelven contra sus respectivos gobiernos exigiéndoles que arreglen tamaña injusticia. Pero en realidad, hoy en día, los causantes de la pobreza no son los gobiernos, aunque con su mala gestión puedan incrementarla, sino las grandes multinacionales, las enormes empresas alimenticias, las grandes corporaciones petrolíferas, los fabricantes y vendedores de armas, etc. Estas personas-entidades salen indemnes de cualquier vaivén y generalmente aumentan sus beneficios a resultas de las crisis que ellos mismos provocan. Cuando la crisis alimenticia mundial es más álgida y muchos gobernantes de todo el mundo se reúnen en Roma auspiciados por la FAO en 2008 para tratar el problema, se sabe, antes de que termine la reunión, que los alimentos acaban de encarecerse más. Cuando la crisis se recrudece, los ejecutivos siguen repartiéndose pingües beneficios. Parece un sarcasmo, pero es una realidad.

                Hay quien apunta en la dirección de las causas, como lo hizo el suizo J. Ziegler en la citada reunión de la FAO: “Las instituciones de Bretton Woods (Banco Mundial y FMI), con el gobierno de Estados Unidos y la Organización Mundial del Comercio, incluso se niegan a reconocer la existencia de un derecho humano a la alimentación e imponen a los Estados más vulnerables el consenso de Washington que favorece la liberalización, la desregulación, la privatización y la reducción de los presupuestos nacionales de los Estados. Este modelo, que genera aún más desigualdades, (…) tiene consecuencias especialmente catastróficas en el derecho a la alimentación en tres de sus aspectos: la privatización de las instituciones y servicios públicos, la liberalización del comercio agrícola y el modelo de reforma de la propiedad de la tierra basado en el mercado”. Pero la gran parte de quienes podrían decir una palabra en este tema, miran para otro lado.

                ¿Y la Iglesia? ¿Y los franciscanos/as? Hay que reconocer que, en general, también la vida cristiana, a veces incluso en connivencia con el sistema, ha trabajado con denuedo en los efectos de la pobreza, pero ha ignorado las causas. Quizá se piense que ese campo no es el nuestro, pero, como decimos, ahí está la fuente de los mayores dolores de la humanidad. Se cree, con cierta ingenuidad, que el hambre mata, pero lo que realmente mata es la desigualdad que lo provoca. ¿Estamos todavía a tiempo para escuchar este reto? Sí lo estamos, aunque necesariamente nuestras actuaciones hayan de ser modestas. La magnitud del reto no habría de oscurecer la exigencia de respuesta.

 

5. El persistente reto de las migraciones

 

Aunque le emigración siempre se ha dado en la historia humana porque, como dijo el sabio, los hombres no son como los árboles que no tienen pies, lo cierto es que, debido a la creciente diferencia entre los países del Norte y del Sur, asistimos hoy a un boom de la emigración de alcance universal, porque no solamente vienen de África sino de América, del Este de Europa, de todo Asia. La misma crisis financiera que sufrimos no frenará el flujo migratorio, ya que la necesidad y la pobreza empujan en la dirección de emigrar a ganarse la vida. Creemos que para entender un poco todo esto, para empezar a asimilarlo, para prestar apoyo sobre todo, la espiritualidad franciscana puede ser una gran ayuda.

                Hay que constatar que este tema de la extranjería tiene en Francisco, por así decirlo, un arraigo cristológico. Para él, que ha descubierto en modos verdaderamente innovadores la humanidad de Jesús, no es de extrañar que conceptúe a este como “pobre y huésped” (1R 1,9). No se trata de que Jesús haya “pasado” por este mundo como un huésped sino que efectivamente lo ha sido, experimentando el desarraigo, la itinerancia, incluso la transeúncia, como lo han hecho tantos pobres de todas las épocas. Pertenece a su vida el vivir en modos de hospedaje. Esto fundamenta las opciones concretas del estilo de vida que propondrá Francisco a sus seguidores.

                Francisco y Clara hacen de 1 Pe 2,11 un lema de su vida: “Amigos míos, como peregrinos y extranjeros que sois...portaos honradamente”. La 1 Pe es una carta que trata de decir a los creyentes emigrados a países paganos que tienen en la comunidad su verdadera patria, pero que han de aceptar su ser extranjero tratando de vivir con honradez para que la integración con su nuevo contexto social se haga con el menor precio posible. Y si sienten la herida de su ser extranjero, la comunidad será su bálsamo y su amparo. Quizá más al fondo de todo esto hay un sentimiento de fuerte itinerancia histórica que afecta a todo ser humano. El AT ya lo había formulado a su manera: “La tierra no se venderá sin derecho a retracto: porque es mía, y en lo mío sois forasteros y extranjeros”, dicen las leyes levíticas del año jubilar (Lev 25,23). Hay aquí como una fuerte experiencia de humanidad: la aventura humana es “pasar”, ir hacia algún sitio, hacia alguna plenitud. La fuerte aventura de lo humano, vieja ya de 4,4 millones de años, es una aventura de formidable paso, de mutación increíble, de suma no cerrada de itinerancias y caminos siempre abiertos. Quizá en Francisco haya algo de esta profunda experiencia, y en sus escritos dos veces y en los de Clara una aparece explícitamente el texto de 1 Pe 2,11.

Las conclusiones son claras: Los franciscanos/as habríamos de situarnos en este problema en maneras proféticas. Las gentes de orden ya trabajarán por sus ideas. Pero nosotros/as habríamos de estar sin más al lado de quienes vienen en todas sus reivindicaciones. Habríamos de hacer campaña para recibirlos sin prejuicios, no sólo para paliar el derecho del que han sido despojados, sino para que sacudan nuestras certezas y resitúen nuestras maneras de entender la realidad y la misma fe. De alguna manera habríamos de hacer nuestro el lema “Nosotros también somos emigrantes”, porque en el fondo lo somos. Finalmente, éste es un momento decisivo para la historia de nuestros pueblos. Esto no va a ir a menos porque las diferencias Norte-Sur van a más. No nos cerremos a este momento de profecía social. Sería como cerrarse al Evangelio. Toda una tarea por delante.

 

6. El reto de no tener a nadie por ilegal

 

                Ocurre con alguna frecuencia que los vecinos de un barrio de emigrantes se levantan en “armas” ante las redadas que la policía hace contra algunos ‘sin papeles’. Una protesta espontánea y decidida de la gente hace que la policía se vuelva a meter en las furgonetas en las que se había desembarcado en el barrio y se bata en retirada. Al grito de “ningún ser humano es ilegal” el vecindario logra formar un muro infranqueable a las fuerzas del orden y su discutible actuación.

                Es que la ciudadanía ha comprendido que con los llamados “sin papeles” hay, sí, un problema administrativo, pero no tiene que haber un problema humano. Hay que tener presente que toda persona es digna y que a esa dignidad le son inherentes los derechos básicos de la salud, la alimentación, el trabajo, la vivienda, la educación. Luego se verá cómo se articulan esos derechos en la vida concreta de un país. Pero aplicar a algunas personas es calificativo de “ilegal” es totalmente inaceptable. La dignidad inherente al ser humano hace toda persona legal. Y, por lo mismo, no se puede discriminar a quien no tiene papeles como si su dignidad fuera de rango inferior.

                ¿Apoya esta visión de las personas la espiritualidad franciscana? Decididamente. En su Primera Regla (VII,14) Francisco lo dice bien claramente: “Y todo aquel que venga a los hermanos, amigo o adversario, ladrón o bandido, sea acogido benignamente”. Cuánto más si quien viene a nosotros no es ni ladrón, ni bandido, ni adversario: es una persona como nosotros, con nuestras mismas necesidades, con los mismos derechos. Y, si cabe, con alguno más porque vienen de la pobreza y de la injusticia que les hemos inferido con nuestros abusos colonialistas (aún vivos).

                Quizá para acoger esta espiritualidad haya que bajar al sótano de nuestra verdad y aplicarnos aquel saludable principio del hermano Francisco: “Cuanto es el hombre delante de Dios, tanto es y no más”, dice la Admonición 19. O sea, que nosotros no somos ni nuestra riqueza, ni nuestro desarrollo, ni nuestro bienestar, ni nuestro llamado progreso, ni nuestra influencia política (cosas de las que carecen los emigrantes pobres). Estamos, como ellos, necesitados de comprensión y de amparo, somos mendigos de amor, anhelamos tener una casa en el corazón de las personas, deseamos que nuestras lágrimas sean respetadas y consoladas. Aquí nos igualamos con toda persona, sea de esta tierra o de cualquiera otra.

                Bien lo dice la hermosa canción de Rafael Amor: “No me llames extranjero, por que haya nacido lejos, o por que tenga otro nombre la tierra de donde vengo. No me llames extranjero, porque fue distinto el seno o porque acunó mi infancia otro idioma de los cuentos. No me llames extranjero si en el amor de una madre tuvimos la misma luz en el canto y en el beso con que nos sueñan iguales las madres contra su pecho”.

El franciscano, no habría de considerar a nadie ilegal. Y aún más: tendría que tratar con benignidad a quien viene a nosotros buscando una vida que sea más humana y más capaz de derramar dicha en las casas de los pobres.

 

7. El reto de construir la amistad cívica

 

                Con demasiada frecuencia el panorama político nos muestra el espectáculo de personas que, perteneciendo al mismo país, a la misma cultura, al mismo pueblo, incluso a veces a la misma familia, no solamente discrepan en ideas y palabras, sino que escenifican una ruptura y un rechazo que nos dejan perplejos. ¿Cómo siendo conciudadanos, vecinos, familiares, se tratan tan mal? ¿Cómo vamos a enseñar a los niños el respeto, los valores de la convivencia, el lenguaje moderado, las actitudes sosegadas si los adultos, incluso los de más prestancia social, van por caminos opuestos?

                La catedrática de ética de la Universidad de Valencia, Adela Cortina, ha acuñado el concepto de “amistad cívica”. La define así: “La amistad cívica sería más bien la de los ciudadanos de un Estado que, por pertenecer a él, saben que han de perseguir metas comunes y por eso existe ya un vínculo que les une y les lleva a intentar alcanzar esos objetivos, siempre que se respeten las diferencias legítimas y no haya agravios comparativos.” La evidencia de la mera convivencia habría de llevar a un vínculo de unidad y, por lo mismo, de respeto y de una cierta amistad que excluyera la deslegitimación, el menosprecio y el rechazo.

                ¿Fue Francisco una persona en la línea de la amistad cívica? Sí, a la manera de su época. Él participó en las luchas sociales de su ciudad entre “mayores” y “menores”, aliado, claro está del lado de los “menores” porque él no era de origen noble. Esa lucha insensata, como toda lucha, le dejó clara una cosa: había que ponerse del lado de los “menores” pero no con las armas, sino con la fraternidad. A ello dedicó el esfuerzo de toda su vida. Respetó sin juzgar a quienes eran de otra clase social, a “quienes llevan vestiduras blandas y de color”. Pero eso no quería decir que sus posturas de opresión social las considerara justas. Nunca hizo migas con poderosos opresores. Creyó, como dice la obra Sacrum Commercium de san Buenaventura que “el mundo era su claustro”, porque consideró que en cualquier parte del mundo podía vivir un franciscano al sentirse hermano de todos. Subrayó, sobre todo, su amistad cívica con los excluidos, con los que el menor habría de “estar contento”. Porque esos tales son los más necesitados de amistad.

                A los franciscanos se les ha identificado muchas veces como “gente del pueblo” por su cercanía a los estratos populares. No estaría mal que, en esta época, se les calificara como buenos ciudadanos, personas que están interesadas en que la convivencia ciudadana marche por sendas de respeto y aprecio, ya que todos estamos en la misma barca. Hay en París un movimiento contemplativo de reciente fundación que se llama “Monjes ciudadanos”. Definen su carisma como “monjes en el corazón de la ciudad”. La vida franciscana, sin ser monástica, también quiere estar en el corazón de la ciudad para generar ciudadanía, que es un rostro actual de la fraternidad.

 

 

IV. RETOS EN LA FRONTERA

 

                Es lógico que el terreno de muchos de los retos sea el de la frontera, como lo es el de la profecía. Por eso hay que acoger el desafío de las generaciones jóvenes y sus aporías y cómo acompañar a la persona en el resbaladizo terreno de los problemas éticos. Todo ello animará al franciscano/a a frecuentar más el futuro y sus interrogantes.

 

1. El reto de la frontera

 

Actualmente hay una zona que está densamente poblada por personas que se siente confusas, perdidas y solas. Las respuestas que dieron los gurús de ayer no iluminan ni dan seguridad. Se necesita una nueva sabiduría para nuestro tiempo. Esa nueva sabiduría está lejos del sistema, en la frontera, en los lugares donde se cuece la vida, en los mismos márgenes.

Hay franciscanos que trabajan denodada e infructuosamente para que nada cambie y siguen viviendo como si no fuera a cambiar nada. Se desentienden de los procesos, aunque en realidad se percatan, cómo no, de lo que se avecina, de lo que ya ha llegado. Otros, de una u otra forma se hacen la pregunta del futuro de la fe y piensan si situarse en la frontera, en las “lindes del día”, en las preguntas no será un buen lugar para responder a la pregunta del futuro de la fe.

¿Se puede aplicar a Francisco el concepto de frontera? ¿Han sido sus actuaciones fronterizas? Quizá sea excesivo. Pero espigando en los episodios de su vida se advierte un innegable componente fronterizo que puede iluminar nuestras actuaciones de hoy. Veamos: La conversión de Francisco ha estado marcada por un éxodo fuera de las murallas de Asís. Allí encontró a los pobres y allí encontró el sentido. Además, Francisco rompió con la sociedad del poder. No fue un marginado social por principio, sino que la vida le hizo ver que en los márgenes había más posibilidad de vida que en el centro del sistema. El hermano Francisco supo aceptar se desechado por los hombres, colocándose en el centro mismo de la exclusión que sufrió Jesucristo doce siglos antes.

Las voces desde la frontera son quedas, sofocadas a veces, pero tenaces. Los franciscanos/as tendríamos que poner hoy a la escucha de esa llamada desde la frontera para poder encajar mejor el reto que nos viene del margen. Ahí está la llamada de los náufragos del sistema que empuja a una vida franciscana lejos del derroche de una sociedad deliberadamente consumista que menosprecia y olvida el número de náufragos que habitan el ancho mundo. La llamada de los persistentemente despojados de derechos, porque a más de sesenta años de la Declaración de la Carta de Derechos Humanos de la ONU la constatación es la de un gran fracaso en su cumplimiento, ya que amplias capas de población del mundo no han atisbado aún la posibilidad de que sus vidas estén amparadas por tales derechos.

Sigue ahí la llamada de quienes no tienen tribunal alguno al que acudir. Es la llamada de todas las personas a quienes la justicia humana no da ningún tipo de respuesta para sus anhelos de justicia. La llamada de quienes no tienen dónde comer, dónde dormir, dónde estudiar, dónde ser curados.  La llamada de quienes tienen peligro de caer en el abismo de la soledad y del olvido, llamada que se agudiza en las macrociudades modernas donde cuantos más millones de personas se juntan, más aumenta el nivel de soledad de cada una de ellas. La llamada de quienes no renuncian a su voz, aunque los acallen, sofoquen y enmudezcan. Inmigrantes, transeúntes, estigmatizados sociales, desposeídos, desestructurados, gentes que no cuentan en el concierto social. La llamada de todos los crucificados, de pueblos enteros que sufren hoy el peso de la exclusión en todo el mundo, singularmente en el continente africano.

A algo de eso está llamado el franciscano. Ahí es donde se pone a prueba su utopía, su tenacidad creyente, su reciedumbre y su capacidad de resistencia.

 

2. El reto de acercarse a las generaciones jóvenes

 

                               ¿Qué les queda por probar a los jóvenes? La pregunta denota ya una cierta desconfianza y lejanía. Pero es bueno plantearla. La radiografía de la juventud que ofrecen los estudios sociológicos más recientes presenta curiosas paradojas. Por una parte, nunca han tenido tantas posibilidades formativas, alternativas de diversión, capacidad económica o menores restricciones a la libertad. Las encuestas señalan el sorprendente hecho de que algunos jóvenes manifiestan que tienen “demasiada libertad”. Por otra parte, la desorientación, la falta de motivación y un distanciamiento escéptico respecto a las grandes causas, las preguntas existenciales o el bien común, parecen indicar que esa libertad “de” no acaba de convertirse –para muchos de ellos- en una libertad “para” como diría Erich Fromm. Cuando se les pregunta si son felices, las contestaciones muestran también una curiosa disparidad: la mayoría manifiesta estar bastante o muy satisfecho con su vida pero, al mismo tiempo, cuando se describen a si mismos ofrecen un panorama, más bien poco estimulante. Según señala Javier Elzo, “en los estudios llevados a cabo desde 1999 hasta la actualidad, entre el 81% y el 89% de los jóvenes se dicen felices (muy o bastante). Pero: En los datos de 2005 los jóvenes señalan que los rasgos que más les caracterizan son ser “consumistas”, “pensando sólo en el presente”, “egoístas” y “con poco sentido del deber y del sacrificio”. Por contra parece que los rasgos que menos mencionan son “maduros”, “generosos”, “tolerantes”, “trabajadores”, “solidarios” y “leales en la amistad” (Los jóvenes, p.175).

Para los jóvenes actuales, es difícil encontrar la verdad (muchos dudan que exista) por eso prefieren descubrir lo verdadero, es decir, aquello que haya pasado por el criterio de verificación de la propia experiencia. Sólo dan por bueno lo que ellos mismos hayan comprobado que enriquece su vida. En la actualidad, desde una perspectiva cristiana, el problema de la evangelización de los jóvenes presenta al menos dos desafíos. El primero viene de la sociedad, que sólo ofrece un horizonte de sentido centrado en el disfrute de un bienestar cada vez más elevado vivido en clave individualista. El clima social hace muy difícil descubrir la dimensión trascendente de la vida y comprender que el verdadero acierto en la realización de la existencia consiste en entregarse al amor y a la justicia, en lugar de vivir centrado en uno mismo y las propias necesidades. El segundo reto, se encuentra en el interior mismo de la comunidad eclesial: ¿dónde pueden experimentar los jóvenes “en directo” la verdad, alegría, fecundidad y belleza del Evangelio? ¿Cómo podrán descubrir el “tesoro” que vale más que la vida si se encuentra, tantas veces formulado en unas categorías teóricas e instituciones prácticas tan alejadas de la sensibilidad juvenil?

Estamos hablando de un reto que parece que nos supera (siempre son así los desafíos). Pero, en realidad, hay maneras de encajarlo siempre que hagamos acopio de benignidad, aprecio y acogida. No queremos que los jóvenes sean como nosotros. Lo que deseamos es caminar con ellos para un mutuo enriquecimiento. Por eso, mientras el colectivo de la juventud se halle lejos de la comunidad franciscana no habremos logrado formar la comunidad humana que nos nutre y nos apoya. Además, nos parece que la espiritualidad franciscana, cuando se la concreta en planes de vida, es ofertable a los jóvenes de hoy. Pensamos que la minoridad, aunque aparentemente no demandada por la sociedad, es un valor que no pocos jóvenes aprecian en el fondo de su ser. Desvelar este anhelo es parte del reto que nos ocupa.

 

3. El reto de acompañar con ternura en los problemas éticos

 

                Somos conscientes de que el ámbito de lo que llamamos problemas éticos es muy resbaladizo. Temas como la sexualidad en todas sus variantes, la problemática en torno a la muerte, el ancho y entrecruzado mundo de la afectividad, el interrogante cada vez más agudo de la nueva ingeniería genética, etc., son realidades de una complejidad que se nos escapa. Cuando hablamos de que el franciscanismo ha de aceptar este difícil reto de nuestra cultura de hoy queremos situarnos en otro terreno, en el acompañamiento, la comprensión, el socorro fraterno y, en definitiva, la ternura.

Creemos que, efectivamente, una de las maneras de tratar de responder a este complejo reto es situarse en el terreno de la escucha, la cercanía, el acompañamiento sin juicio, aun cuando no se entiendan ni se compartan posturas o experiencias. Necesitamos hacerlo desde la ternura, desde ese sentimiento en que, quizá sin muchos argumentos, el interior conecta con la situación complicada de una persona y se establece una sintonía de acogida, de amparo y de aprecio. Más aún, esta ternura no brota de un sentimiento paternalista de superioridad, sino de la percepción de que, de alguna manera, todos estamos en la misma situación y que, salvadas las distancias, toda persona está necesitada de similar amparo. La verdadera ternura lleva a la sintonía porque percibe la igualdad de situaciones. Por eso se libra de todo orgullo, menosprecio o sentimiento de superioridad.

En las relaciones con sus propios hermanos cuando Francisco derramaba ternura y comprensión. De todos es conocida aquella escena descrita en LM 5,7 en que un hermano exageradamente austero siente un hambre enorme por la noche y Francisco organiza una especie de fraterna comida para que tal hermano pueda saciar su hambre sin vergüenza. Según este texto “no era partidario de una severidad intransigente, que no se reviste de entrañas de misericordia ni está sazonada con la sal de la discreción”. En esas “entrañas de misericordia” es donde anida la ternura que hace falta para salir al paso del hermano sin humillar a quien es víctima de su propia imprudencia. La dificultad para entender problemas éticos brota, con frecuencia, de un sentimiento de superioridad no tratado. Si no se trabaja, la posibilidad de un enfoque nuevo es muy limitada.

No queremos entrar en las muchas discusiones técnicas que suscitan estos complejos problemas. Ni siquiera deseamos litigar, ya lo hemos dicho, con las posiciones de la iglesia oficial. Nosotros queremos proponer una profecía de ternura desde la espiritualidad franciscana. Si esto lleva a ciertas complicaciones, es preciso estar dispuesto a aceptarlas con anchura de corazón y de espaldas. Creemos que, de alguna forma, el hermano Francisco, hombre de honda ternura, nos anima en esta dirección.

 

4. El reto de frecuentar el futuro

 

                En la famosa novela de A. Tabucchi Sostiene Pereira, el tal Pereira es una persona mansa que para huir de la cruda realidad se instala cada vez más en el pasado y en sus rígidas normas próximas al fascismo. El doctor Cardoso que se cruza en su camino le da un consejo: “Deje ya de frecuentar el pasado, frecuente el futuro”.

                Frecuentar el futuro, he ahí un reto más que un consejo. Ante la barahúnda de este confuso momento en que se mueve nuestro mundo, muchas personas se inclinan a frecuentar el pasado: aquellos eran buenos tiempos, aquella familia de siempre es la que vale, aquella Iglesia de antes tan fuerte y bien reputada es la que habría de tener ahora, aquellos políticos de mano dura que tenían controlado el país habrían de surgir ahora, aquella moral que ponía a cada uno en su sitio lo quisiera o no debería regir ahora. Y así hasta el infinito. La nostalgia del pasado en un calmante para la dureza del presente.

                Sin embargo, algo nos dice dentro que ese movimiento hacia atrás, ese pensar, como decía el clásico que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, es un suicidio por la puerta de atrás. Y esto es así porque hasta el más necio ve que, además de lo inexorable del tiempo, el pasado no vuelve nunca y que la vida verdadera se juega en el futuro, sea cual sea su catadura. El futuro es el futuro, valga la tautología. De ahí que más vale encarar lo resulta difícil que encastillarse en lo que es irreal.

                Francisco de Asís, no lo dudemos, fue alguien que miró con fijeza al futuro y se instaló en él frecuentándolo. Efectivamente, frecuentó el futuro cuando, sin tener referentes a la mano, ideó un estilo de vida fraterno desconocido hasta entonces en los parámetros de la simplicidad. Frecuentó el futuro cuando creyó, a pie juntillas, que la fraternidad era el verdadero horizonte de la vida, por muchas que fueran las heridas que se hacen los humanos. Frecuentó el futuro cuando mantuvo vivo el sueño de “otra Iglesia es posible” por el camino de la benignidad, la buena relación y el perdón. Frecuentó el futuro cuando entendió y vivió el camino de la sencillez y la pobreza no solamente como un gesto de austeridad, sino como un deber de justicia para los pobres a quienes, según él, había que “devolver” lo que Dios nos había dado. Frecuentó el futuro haciendo con decisión una obra de paz entre los contendientes de las ciudades de su entorno porque estaba convencido de que el camino de la paz era el único camino de futuro para los humanos. Frecuentó el futuro cuando miró con hondura a la realidad de Dios haciendo ver que el futuro de la vida encuentra su plenitud en el abismo amoroso del corazón del Padre.

                El escritor Eduardo Galeano tiene una sencilla “carta al futuro” en uno de cuyos párrafos dice: “Yo le pido, nosotros le pedimos, que no se deje desalojar. Para estar, para ser, necesitamos que usted siga estando, que usted siga siendo. Que usted nos ayude a defender su casa, que es la casa del tiempo”. Sí, necesitamos del futuro mucho más que del pasado. Los franciscanos y franciscanas habríamos de ser personas proclives a frecuentar el futuro, no gente instalada en las cavernas del pasado.

 

Conclusión

 

                En la larga historia del franciscanismo muchos hermanos y hermanas han vuelto la mirada a las fuentes como dinamizador de una indudable renovación. A veces esto se ha plasmado en un mimetismo externo que no ha producido grandes frutos. Creemos que una mirada a la sociedad desde la perspectiva de los valores franciscanos podría producir una posibilidad de renovación de gran envergadura. La mezcla del franciscanismo y del hecho social es hoy una asignatura pendiente.

                El haber espigado en los que consideramos principales retos de la sociedad de hoy a la vida franciscana  ha querido ser un intento de acercamiento. El hermoso camino de un franciscanismo moderno está ante nosotros.

 

Bibliografía

 

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Retiro en Navidad 2011

MYSTERIUM HUMILITATIS

La Navidad como tiempo propicio para trabajar la humildad esencial

 

La palabra “misterio” nos pone ante planteamientos religiosos. Pero se puede entenderla en marcos normales de vida: es un auténtico misterio llegar a ser (es un proceso) una persona humilde, con una visión humanista y acogedora de la propia realidad y de lo que uno vive. Ser humilde es entenderse y entender la realidad desde la benignidad y la fraternidad.

Esta incompleta “definición” deja de lado la humildad entendida como virtud propia solamente de personas de alto nivel religioso o moral. Queda descartada, así mismo, la humildad entendida en esos modos empalagosos e hipócritas de las personas sistémicas que aluden a ella pero que, en el fondo, nada tienen que ver con ella. Y, claro está, queda excluida esa otra visión de la humildad que la entiende como una humillación. No tienen nada en común la humildad (camino de vida elegido y construido) con la humillación (camino impuesto por la fuerza y con dosis increíbles de inhumanidad y dolor).

Huelga decir que, desde el lado cristiano, Dios nos quiere humildes (benignos con la realidad) y no humillados (hundidos en las propia culpa). La humildad es un valor de fuertes y de hermanos. De fuertes porque es un mirar la vida de frente tratando de encajar las limitaciones; de hermanos porque la humildad está construida sobre la acogida.

La humildad, se decía, es la verdad. Y es la bondad, los modos hondamente humanos de ir entendiendo el hecho histórico. Copiamos unas frases lúcidas de García Paredes: La humildad nos permite conocer y aceptar todas las cualidades positivas del cuerpo, la mente y el espíritu de otra persona. La humildad desactiva esa voz que nos vuelve competitivos con los demás y nos quiere colocar siempre en primer lugar. La humildad es un poderoso escudo para el alma que nos defiende de la egolatría, del ansia excesiva de poder. La persona humilde no se siente amenazada por las cualidades de otra persona y, por eso, la elogia y reconoce, pero tampoco se siente sedienta de elogios y reconocimientos.  La humildad es un poder. No son muchos los que tienen el poder de ser humildes. Ese poder nos concede un equilibrio vital que resulta admirable: no nos desequilibrará no ser reconocidos como quisiéramos, no ser atendidos los primeros, no formar parte de la élite… El humilde no necesita ganar siempre, ni tener la última palabra.

Corremos el riesgo de banalización al entender la Navidad como un “misterio de humildad”. Nada tiene que esto que ver  con el caramelo que le hemos echado al asunto, ni con humillaciones tópicas de un Jesús en el pesebre y cosas así. Nos preguntamos si no puede ser la Navidad un momento bueno del año para adentrarnos en el misterio de humildad de la persona (de Jesús y de nosotros) y de aportar algo a ese proceso de humanización y de bondad que es el núcleo de la humildad. Quizá naufrague nuestra pretensión en el marasmo de unos días festivos finales de año que no lograr sobrevivir al follón del consumo. Pero intentarlo es ya una puerta abierta a la esperanza.

 

1. ¿Sólo una “victoria sobre lo que perdimos”?

 

            Hay unos inspirados versos del argentino H. Mújica que nos hablan de la victoria perdida de eso que no somos, con lo que la persona se lanza a un camino de verdad. Eso lo requiere el proceso para construir una vida humilde. Pero ¿es solamente eso? Lo versos aludidos dicen:

 

Después, después de tanto,

el miedo se pierde

al renunciar a lo que jamás se tuvo:

soy mi victoria sobre lo que perdí,

soy lo que ya no espero.

 

            Es cierto: un paso necesario en el desvelamiento y la construcción de una vida en la humildad esencial es perder el miedo y renunciar “a lo que jamás se tuvo”. La insensata soberbia en la que está amasada nuestra vida nos quiere hacer creer que tenemos cosas que, en realidad, no poseemos. No pasa nada por aceptarse en los límites de lo que uno es que, con frecuencia, tienen el rostro de la pobreza. La humildad esencial trabaja sobre lo que hay. Es lo que Jon Sobrino llama “la honradez con lo real” que, por cierto, Jesús tuvo en grado máximo y que demostró con creces cuando se admitió a sí mismo débil y tentado y cuando no tuvo empacho en ofrecer el reino a pecadores y en sentarse con ellos a disfrutar de la mesa y la acogida.

            Por eso mismo, es verdad, la persona de humildad esencial se entiende como una “victoria sobre lo que perdí”, aunque, como luego diremos, es algo más que esa victoria de ningún botín. Es verdad, sí, que ser “lo que no se espera” libra de las fantasías insensatas de la persona vanamente soberbia que lleva a una sobrevaloración que se asienta sobre nada. Este primer paso, cura de realismo total, es imprescindible para poder forjar dentro una persona humilde sobre la base de la humanidad y la acogida.

            Por eso, permítasenos la licencia, queremos “completar” los versos de H. Mújica con estos otros:

 

Y es en esa pérdida

donde la bondad halla su casa

y la humanidad su cueva.

Ahí está el misterio de lo humilde

brillando sin que nadie

pueda empañar sus destellos.

 

            La humildad esencial es más que la pérdida de la falsedad que somos; es el lugar de la bondad sensata y ofrecida, libre de cualquier ribete de imposición y de soberbia. Ahí está su casa, en esa cueva poco grata de los contornos reales (pobres tantas veces) de lo que uno es. Y ahí también brilla el misterio de lo humilde con destellos que nadie logra empañar y que, aunque la humildad sea poco valorada socialmente, nos atrae.

            En algo de esto creemos que se asienta el misterio de humildad del Jesús histórico al que se asoma la Navidad. No es la pobreza del niño o de sus padres tantas veces cantada en la lírica navideña. Se trata de percibir los límites de lo real (la pobreza sociológica de Jesús) y la hermosura de la bondad y de la acogida que queda representada en el amor de sus padres pobres (y hasta de los animales, como cantaba la vieja antífona  O magnum mysterium).

 

2. Humilde con un Dios humilde

 

            El profeta Miqueas tuvo aquellas palabras inspiradas: “¿Con qué me presentaré al Señor, inclinándome al Dios del cielo? ¿Me presentaré con holocaustos, con becerros añojos? ¿Aceptará el Señor un millar de carneros o diez mil arroyos de aceite? ¿Le ofreceré mi primogénito por mi culpa o el fruto de mi vientre por mi pecado? -Hombre, ya te he explicado lo que está bien, lo que el Señor desea de ti: que defiendas el derecho y ames la lealtad, y que seas humilde con tu Dios” (Miq 6,6-8).

            El profeta es lúcido: Dios no quiere sacrificios que, de acuerdo con el mecanismo religioso, pretendan hacer valer al hombre ante Dios. La cantidad de lo ofrecido, la intensidad de lo cúltico no añade nada. Ni siquiera el insensato pero tremendo sacrificio de la vida de un hijo puede hacer valer a la persona ante Dios. Lo que quiere Dios es que la persona “camine humilde” con un Dios que, él también, camina humilde al unirse por amor al camino de la historia pobre.

            Dos humildes, Dios y la persona, reconociendo sus límites y construyendo la humanidad y la acogida. El horizonte de la historia está en los humildes caminantes, Dios y el hombre, capaces de encajar la debilidad de lo creado a la vez que siembran en ese terreno la humanidad y la bondad que hará distinto este mundo (el reino de Dios, que decía Jesús). La humildad esencial es, por todo ello, test real de la verdad de lo cristiano en nuestra vida. Medir por otros parámetros es siempre más arriesgado.

 

3. Iconos de humildad esencial

 

            Vamos a leer los conocidos relatos de la infancia del Evangelio de Lucas como iconos de esta humildad esencial, hecha de verdad-humanización-bondad, de la que venimos hablando. Los relatos evangélicos son polisémicos, admiten muchas lecturas, y desde la perspectiva de la bondad esencial pueden colaborar a construir una espiritualidad cristiana atractiva y valiosa:

  • El icono de la anunciación del Bautista (1,5-25): Zacarías es la figura de un culto y de una observancia que  no han propiciado la fe; una relación con Dios puramente formal. Es un “mudo”. La no aceptación de los límites le bloquea para una relación humilde y agradecida con Dios más allá de los límites de la pobreza. Todavía hay mucho que purificar. Su mujer ve también que su esterilidad es una “vergüenza”. Aceptar la esterilidad de la vida es muy necesario para el caminar humilde. Dios, el más humilde y bueno, otorga el don de la vida de un hijo al que no se hacían acreedores. La vida como signo de encarnación humilde, más allá de nuestras soberbias seculares.
  • El icono de la anunciación de Jesús (1,26-38): La humildad esencial de María que (más allá del asunto de la virginidad que en el relato es cosa secundaria) acepta con mucha dificultad, como es lógico, que uno nacido de hombre y mujer pueda ser “Hijo del Altísimo”, que cualquier nacido tenga acceso a ese mundo. Para aceptar esto hay que creer en la bondad radical de Dios y de la persona, en la capacidad inagotable de acogida de Dios en el anhelo de la persona por hacer de sus caminos sendas de acogida. Una encarnación sin humildad esencial, sin aceptación de los límites y de las posibilidades hermosas que Dios siembra en la vida, no es posible.
  • El icono de la visita a Isabel (1,39-56): De nuevo la humildad esencial de María siempre a contrapelo de sus propios anhelos porque ella también esperaba un mesías de poder para Israel y en parte, aún persiste (“a favor de Abrahán y su descendencia”). El logro de la humildad esencial requiere un trabajo duro. Pero atisba lo hermoso de una vida en esa dirección: “Derriba del trono a los poderosos y ensalza a los humildes”. Es el mundo nuevo, el horizonte de la humildad, la globalización de la misma. Esto solamente puede entenderse y aceptarse como noticia buena si se ha cubierto muchas etapas en el camino de la humildad.
  • El icono del nacimiento del Bautista (1,57-80): Persiste la dificultad para entender la humildad esencial porque eso supone renunciar a privilegios supuestamente pertenecientes a Israel por cuestiones raciales (“la promesa que juró a nuestro padre Abrahán”). Pero va venir un “sol nacido de lo alto”, uno que no va a tener que recorrer todo el trayecto que va del oriente hasta el mediodía. Viene directamente de lo alto, el mediodía en acto. Porque este sol no mira los títulos que uno pueda aducir sino si uno está dispuesto a recibir esa luz o no. Se muestra así el trabajo grande que es la construcción de una estructura de humildad esencial.
  • El icono del nacimiento de Jesús (2,1-7): La señal de la humildad histórica (pañales, pesebre, casa cueva) unida a la verdad de que el caminar de Dios (lo alto) y el humano (la tierra) se entrelazan. La humildad esencial se hace posible en la historia humana. Jesús es su desvelador, por él sabemos que esto queda al alcance de la mano de los humanos y de la creación.
  • El icono de los pastores (2,8-20): Los humildes-humillados (los pastores que quedaban excluidos por oficio del ámbito de la Ley) son los que perciben esto con nitidez. Una evidencia más de que los caminos de la humildad son posibles. La meditación de María está hecha de perplejidad y de esperanza: el salvador no ha nacido como correspondía a sus títulos. El hecho de conservar la memoria de estos hechos posibilitará un día su comprensión.
  • El icono de la circuncisión y presentación (2,21-40): Una espada va a truncar los anhelos de María que aún se resiste, como es lógico (como nosotros), a los caminos de la humildad esencial. Acepta bajar a Nazaret y ponerse al amparo del “favor de Dios”, de su Espíritu de humildad total para ir entendiendo el camino de Jesús y el propio camino. Trabajos y logros.
  • El icono de Jesús que se queda en el templo (2,41-52): Jesús se queda en el templo porque le quema la realidad del Padre. Él quiere hacer de su vida un camino de humildad esencial que no le va a ser fácil, pero que le dará sentido a su existencia, más allá de sus duros riesgos. Se ha producido la ruptura con aquellos caminos del viejo testamento que bloqueaban el camino de la humildad. La senda está abierta.

 

4. Caminos de humildad esencial hoy

 

            Vamos a sugerir algunos caminos por los que hoy puede transitar la humildad esencial. Quizá lo más interesante sea sugerir. Luego, concretar será otra cosa:

1)      El camino humilde de un Dios echado fuera de la aldea: Porque, tal como lo predijo Bonhoeffer, Dios es cada vez más echado fuera de la aldea, cada vez se prescinde más de él, aunque cada vez estemos más necesitados de ese horizonte. Él camina humilde con nosotros más allá de nuestro rechazo.

2)      El camino humilde de un Jesús deshumanizado y deformado: Ya que ahondar en la humanidad de Jesús sigue siendo asignatura pendiente de la espiritualidad cristiana. Los mecanismos religiosos siguen imponiendo su ley que envuelve en brillo y poder todo lo cristiano. Jesús camina humilde en la dirección del no-poder, del no-brillo, de la profundidad, de ese sótano de lo humano donde está nuestro frío y también nuestro posible amor.

3)      El camino humildísimo y silencioso de los millones de humillados: Los que soportan el tren de vida de quienes se han llevado la mayor parte de la tarta. Los que ignoran que sus derechos siguen intactos aunque hayan sido unos expoliados. Los que nunca pensarán que tenía derecho a sentarse en el banquete de la vida. Su caminar humildísimo vale tanto que, aunque casi nadie se lo reconozca, el futuro del mundo se asienta en él.

4)      El camino humilde de las entregas sin ecos: Propio de quienes creen que las entregas nunca se pierden, independientemente del aplauso y del premio. Gente de los silencios y del amor que raramente salen a la luz pública. Personas de extraño amor que no pide nada a cambio.

5)      El camino humilde de las vidas que abrazan el don: Caminos de contemplación entendida como ahondamiento, como sosiego compartido, como estar-con, como quedar atrapados en el torbellino del deseo. Todo el mundo de quienes contemplan la creación, la bondad de los humanos, los movimientos sociales que liberan de verdad. El mundo de quienes “oran” en modos no específicamente religiosos.

6)      El camino humilde las vidas que se abren sin temor: Porque no han perdido la confianza básica, porque saben mirar al corazón saltándose el muro de las duras apariencias, porque siguen creyendo que en el fondo de la realidad se esconde el amor y a él apunta. Gentes de valor porque confían.

7)      El camino humilde de quien tiene sed de humanidad y de profecía: Las dos cosas juntas porque la profecía sin humanidad es el anuncio de una tiranía y porque la humanidad sin profecía es el preludio de la banalidad. Humildes que saben mezclar profecía y humanidad, visión de futuro y equilibro, horizontes hermosos nunca logrados y compasión por la pobreza que es nuestra acompañante.

8)      El camino humilde de quien mira y ama desde las soledades: Y lo hace queriendo ser amparo desde su propio desamparo. Gente que no se amarga por su tremenda soledad (aunque tendría motivos para ello), sino que la convierte en mirada de amor, en amparo eficaz, en esa sabiduría que entiende que un amparo es mucho aunque cuantitativamente parezca poco.

9)      El camino humilde de quien aprende a acompañar las pobrezas: No solamente a remediarlas según sus posibilidades sino a acompasar su pasos con aquellos que han sido despojados de sus inalienables derechos, aquellos que no han tenido la cuota de dicha que les corresponde. Con esa compañía se mantienen más vivos sus sueños de justicia.

10)  El camino humilde de quienes van sintiéndose tierra: No solamente miran y respetan a la tierra, sino que se saben parte de esta tierra, de este cosmos, de este inmenso coro en el que nadie debe dominar ni apropiarse. Ser tierra para ser persona hermana. Camino humilde, camino de mera tierra.

11)  El caminar humilde de quienes regresan a la senda de lo humano: De quienes regresan al perdón y la compasión. Camino humilde y doloroso que implica, muchas veces, el decir “lo siento” desde lo hondo del corazón, el rectificar los locos pasos del desamor, el volverse de las palabras que abrieron profundas heridas. Camino humilde pero imprescindible para crear humanidad.

12)  El camino humilde de quienes andan sobre el saberse perdido: De quienes viven sin tener todo atado y bien atado, de quienes vislumbran luz por encima de la dura tiniebla, de quienes levantan los hombros con facilidad y siguen adelante viviendo y dando vida.

13)  El camino humilde quienes van unificando todas sus orillas: De quienes ya no piensan ni viven en modos tan dualistas, tan dispersos, tan atomizados. Gentes que tienen a unificar lo que viven, lo que siente, lo que son, lo que creen y no hacen mundos separados, caminos  distintos para cada actividad humana. Personas que van centrando todo sobre la simple bondad del corazón y sobre la vida simple y solidaria.

 

 

5. Un itinerario espìritual navideño para trabajar la humildad esencial

 

            Se podría meditar, en el tiempo litúrgico de la Navidad, los ocho iconos de humildad esencial del Evangelio de Lucas, tal como antes han sido descritos, uno o dos cada día. Repasar el texto de cada uno de ellos. Buscar en Internet algún icono o dibujo que represente la idea. Imprimirlo y tenerlo delante.

  • Ante el icono de la anunciación del Bautista (1,5-25) poner delante los límites no aceptados de la persona con paz. No pedir que desaparezcan, sino que los asumamos con la mayor paz posible. Que la paz de la Navidad toque nuestros límites.
  • Ante el icono de la anunciación de Jesús (1,26-38) disfrutar de la posibilidad que abre a la vida el que seamos “hijos e hijas del Altísimo”. Intuir el concepto “revolucionario” de un planteamiento así. Asentar ahí la alegría navideña, no en otras cosas más externas.
  •  Ante el icono de la visita a Isabel (1,39-56) animarse porque un camino de humildad esencial es posible incluso para todo el hecho social. Alegrarse por la globalización de la posibilidad de la humildad.
  • Ante el icono del nacimiento del Bautista (1,57-80) anhelar despojarse cada día más de cualquier privilegio, título o merecimiento de los que uno se crea acreedor para dar salida a la bondad común, a la cogida a todos, a la universalidad de la familia humana. Anchos horizontes.
  • Ante el icono del nacimiento de Jesús (2,1-7) alegrarse de la posibilidad de la hermosa humildad en medio de las limitaciones históricas. Dar gracias simplemente por haber sido creados.
  • Ante el icono de los pastores (2,8-20) mirar en la dirección de los humildes y humillados. Establecer una sintonía interior y poner carne a esa sintonía en gestos tocables.
  •  Ante el icono de la circuncisión y presentación (2,21-40) saber que se puede vivir a gusto sin dar pábulo a falsas expectativas sobre nuestra vida, esas que entienden nuestro camino como un medre, como un ser más, como un litigio con la persona para ver quien “triunfa” en la vida.
  • Y ante el icono de Jesús que se queda en el templo (2,41-52) animarse a ir rompiendo con estilos de vida que nos impiden y bloquean la humildad esencial, la humanización, la dicha elemental.

 

Conclusión

 

            Es posible que todo esto no toque el núcleo de la realidad, que sean balbuceos que no llegan a decir lo que realmente se intuye. Pero en el misterio de humildad que es la navidad hay algo hermoso, algo que se ofrece a nuestra vida. Sería bueno, por el camino que fuere, que pudiésemos siquiera tocarlo con nuestros dedos o, al menos, que viéramos la puerta entreabierta.

Juan 94

CVJ

Domingo, 11 de noviembre de 2011

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

 

94. Jn 13,33.36-38

 

Introducción:

 

                Cuando las limitaciones se ceban en nosotros, muchas veces optamos por dos caminos: ignorarlas como si no existiesen o rechazarlas con amargura. Son, en realidad, dos caminos que no llevan a nada, ya que por mucho que las ignoremos están ahí y aunque las rechacemos con rabia no desaparecen. Puede haber otro camino: tratar de asumirlas lo más pacíficamente que se pueda y luchar contra ellas con tesón. Si las asumimos con paz no desaparecen, pero su poder maléfico y desalentador mengua. Si luchamos contra ellas con tenacidad y paciencia no las derrotamos del todo, pero ponemos coto a su acción destructora. Desde siempre se ha dicho que la medida real de la persona se ve cuando ésta se enfrenta a la adversidad. Y es cierto, aunque sea difícil y haya que ser benigno cuando naufragamos en la tormenta de la limitación.

                Pedro es uno, ciertamente, adherido a Jesús. Lo ama de corazón, pero no sabe medir sus evidentes limitaciones. Jesús se las hace ver con toda claridad, pero él, que dice estar dispuesto a dar la vida por Jesús, no será capaz de decir en el momento de la dificultad simplemente que le conoce. Por eso el “gallo” (animal “diabólico” que canta en la noche oscura) le hará ver su litación y él ciertamente la verá. Como lo muestran los siguientes escritos del Nuevo Testamento, Pedro también luchará contra sus limitaciones y llegará a ser un seguidor de Jesús entregado y dispuesto.

 

***

 

Texto:

 

33Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Me buscaréis, pero aquello que dije a los judíos: “Adonde yo voy, vosotros no sois capaces de venir”, os lo digo también a vosotros ahora.

36Le preguntó Simón Pedro:

-Señor, ¿adónde te vas?

Le repuso Jesús:

-Adonde me voy no eres capaz de seguirme ahora, pero, al fin, me seguirás.

 

37Le dice Pedro:

-Señor, ¿por qué no soy capaz de seguirte ya ahora? Daré mi vida por ti.

38Replicó Jesús:

-¿Qué vas a dar tu vida por mí? Pues sí, te lo aseguro: Antes de que cante el gallo me habrás negado tres veces.

 

 

***

 

Ventana abierta:

 

                Este muchacho es Juanjo Menéndez, campeón del mundo de ciclismo este año, en categoría C1. Todo un portento. No ha sido impedimento el que le falten un brazo y una pierna. En su rostro y en todo su cuerpo se dibuja el esfuerzo titánico y la capacidad de superación de quien asume y lucha contra sus limitaciones. Los atletas paralímpicos son ejemplo vivo de dificultad asumida y de trabajo de superación. Un estímulo para quien quiera ir por esos mismos caminos en la vida en general, no únicamente en el deporte.

                Oramos: Te alabamos, Señor, por quienes trabajan con amor y fuerza sus limitaciones; te bendecimos por quienes no se amargan quedándose en sus limitaciones; te damos gracias por quienes son optimistas y alegres más allá de los fracasos.

 

***

 

Desde la persona de Jesús:

 

                Cuando Jesús dice a Pedro “¿Qué vas a dar tu vida por mí?” no está menospreciándole. Jesús le agradece su adhesión y su amor. Pero está queriendo hacerle ver que tiene que aprender a medir y acoger sus limitaciones. El seguimiento de Jesús no es para santos, es para gente limitada. Por eso, dentro de esos trabajos de seguimiento debe incluirse el tratamiento que damos a nuestras limitaciones para que el tal seguimiento no sea una ficción.

                Oramos: Que como tú, Señor, demos cara a nuestras limitaciones; que como tú seamos benignos cuando fallamos; que como tú seamos animosos para volver a intentarlo.

 

***

 

Ahondamiento personal:

 

                Dice Jesús por dos veces a sus discípulos y a Pedro que “no son capaces” de seguirle del todo en este momento. Las capacidades humanas son limitadas. Eso no hace a la persona menos valiosa y menos hermosa, todo lo contrario. Es en esa limitación donde podemos encontrar una fuente de energía. Dice H. Mújica: “Después, después de tanto, el miedo se pierde al renunciar a lo que jamás se tuvo: soy mi victoria sobre lo que perdí, soy lo que ya no espero”. Si se es capaz de animarse a seguir después de esta cura de realismo y de humildad, el fruto vendrá.

                Oramos: Que seamos humildes y enteros ante nuestras limitaciones; que creamos que la pérdida de nuestros anhelos vanos es ganancia; que seamos comprensivos cuando nos muerde el desaliento.

 

***

 

Desde la comunidad virtual:

 

                Muchas veces en nuestras reuniones de oración o en nuestras reuniones generales compartimos nuestras propias limitaciones. Es un signo enorme de fraternidad porque compartir lo bueno es hermoso y más fácil. Compartir lo limitado es más difícil y más costoso. Pero es signo de fraternidad, porque eso no se puede hacer sin confianza y, en definitiva, sin amor.

                Oramos: Gracias, Señor, porque somos capaces de compartir nuestras limitaciones; gracias porque se nos acoge con respeto y aprecio; gracias porque el compañero no merma en su hermosura cuando se le ve débil.

 

***

 

Poetización:

 

Conocía los secretos del corazón

y los recovecos del alma.

Por eso sabia

que la debilidad

hacía parte inevitable

del caminar humano.

Él mismo la había experimentado

en su propia persona.

No era uno ajeno a lo débil,

un dios que está en el monte

sin experimentar la zozobra,

sin sentir la dentellada del mal personal.

De ahí que, con todo amor,

quisiera hacer ver a Pedro

la necesidad de encarar

su propia limitación.

Pedro no lo veía

y decía estar dispuesto

a la entrega final por Jesús.

Pero el gallo impuso

su dura ley:

no tuvo valor

para decir, simplemente,

que le conocía.

Desde aquel día

Pedro tuvo que hacer un camino nuevo,

el camino de las lágrimas humildes,

el camino de la entrega sin ruido,

el camino hermoso

del corazón ofrecido en silencio.

Hizo el camino.

***

 

Para la semana:

 

                Trata de mirar con benignidad tus limitaciones personales y las de las otras personas. Ten buen ánimo ante ellas.

 

***

 

 

Juan 93

CVJ

Domingo, 4 de diciembre de 2011

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

 

93. Jn 13,34-35

 

Introducción:

 

                No hay que extrañarse de que los humanos estemos siempre dando vueltas al tema del amor. Darle tantas vueltas, es cierto, indica, con frecuencia, lo lejos que estamos de ese amor y lo mucho que de él carecemos. Pero también muestra cuánto anhelamos poder vivir una vida en amor. Es el sueño, explícito o no, de casi todas las personas aunque ese sueño quede, casi siempre, lejos. Una variante del amor que podría acercarnos a ese horizonte es amar al distinto. Normalmente nos tira más amar al que, de algún modo, es igual a nosotros y que nos devuelve el amor que le damos. Amar al distinto, aunque no nos devuelva nuestro amor, es una maravilla, el amor sin esperanza, el amor más brillante.

                Es que cuando Jesús nos propone amarnos “como él nos ha amado” es esa clase de amor del que habla. Efectivamente, su amor con nosotros ha sido asimétrico, en distinto plano porque, como dice san Pablo, “estábamos sin fuerzas” (Rom 5,6). Así es, no podíamos devolverle amor y él nos amó sin pensárselo dos veces. El suyo ha sido un amor al completamente distinto. Por eso es un amor esencial, fundamental. Más aún, dice, échale hilo, que ese amor asimétrico ha de ser el distintivo de quienes se dicen adheridos a él, seguidores y seguidoras suyos. ¿Es mucho pedir? Quizá sí, pero quitar esto del horizonte de lo humano es empobrecerlo. Más aún, todos sabemos que este tipo de amor está al alcance de nuestra mano. Hoy mismo lo podríamos practicar.

 

***

 

Texto:

 

34Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; que como yo os he amado, también vosotros os améis mutuamente. 35La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros.

 

***

 

Ventana abierta:

 

 

                Esta foto en que una muchacha besa cariñosamente a un chico “distinto” (aunque sea como todos) hace parte del logotipo de Anfas, una asociación Navarra que trabaja con diferentes (como Atades en Aragón o ANPACE en La Rioja, etc.). Es cierto que en todas estas asociaciones hay un elemento social y hasta empresarial. Pero todos sabemos que sin haber descubierto el valor del respeto y del amor al socialmente distinto esto no puede funcionar. Por eso hay que alegrarse de que en nuestra sociedad crezca, siquiera un poco, la certeza de que el amor al distinto es un amor debido y por ello necesario.

                Oramos: Gracias, Señor, por quienes son sensibles a la diferencia y son capaces de amar; gracias por quienes meten la solidaridad en su plan de vida; gracias por quienes aman sin pasar siempre factura.

 

***

 

Desde la persona de Jesús:

 

                Dice Jesús que el mandamiento del amor al distinto es un “mandamiento nuevo”. En realidad es un mandamiento viejo (hasta los homínidos ayudaban a sus congéneres desdentados a devorar la caza). Pero ha de ser “renovado” cada día. En ese sentido es nuevo. En cada situación hay que volver a optar por él ya que si no se opta por él se muere y se evapora.

                Oramos. Que optemos todos los días por la novedad del mandamiento del amor; que hagamos nuevo el amor con nuestra solidaridad diaria; que creamos en la novedad y en la fuerza indudable del amor.

 

***

 

Ahondamiento personal:

 

                El camino del amor, de la buena relación, contiene dosis indudables de fracaso. No se puede pretender éxitos totales en la construcción de la buena relación. Asumir esa dosis de fracaso y seguir adelante es síntoma de indudable madurez. Jesús mismo que, es obvio, fue un fracasado, a pesar de ello siguió creyendo en el amor. Y esa tenacidad produjo, a la larga, su fruto.

                Oramos: Que miremos más allá de nuestro fracaso en la relación; que creamos que las semillas de amor nunca se pierden del todo; que levantemos los hombros con facilidad cuando nos ronde el desaliento de la relación.

 

***

 

Desde la comunidad virtual:

 

                Podemos decir que, en parte, la razón de nuestra pervivencia en la comunidad virtual ha sido el habernos querido sabiéndonos diferentes en nuestras maneras de pensar, en nuestros planes de vida, en nuestras situaciones concretas. Nadie tiene algo que reprochar al otro; al contrario, lo diferente nos ha enriquecido. Este ha sido parte de nuestro “secreto”.

                Oramos: Que creamos que la diferencia nos enriquece; que respetemos a quien vive y piensa de manera diferente; que miremos siempre el fondo del corazón de la persona.

 

***

 

Poetización:

 

Había bajado

al sótano de la vida.

Por eso no se extrañaba

de los raros caminos del corazón.

Y aun conociéndonos,

no dudó en amarnos.

Aprendió que amar al distinto

era la manera de amar del Padre.

De ahí que no dudara en amar

a los marcados,

a los heridos,

a los negados,

a los que estaban

al borde del abismo.

Eran los distintos,

los excluidos de la dicha.

Se dedicó a ellos

con una extraña entrega.

Les decía a los suyos muchas veces:

“Ésta es la señal,

éste es el distintivo.

Si os reconocen por esto,

sois de verdad discípulos míos”.

No le entendían,

se les hacía muy cuesta arriba.

Pero, con el tiempo,

comprendieron el secreto

de este amor a tumba abierta,

sin esperanza.

 

***

 

 

Para la semana:

 

                Trata de mirar con más cercanía y aprecio al distinto social. Tiéndele la mano.

 

***

 

Juan 92

CVJ

Domingo, 27 de noviembre de 2011

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

 

92. Jn 13,21-31

 

Introducción:

 

                Es síntoma de humanidad el tener capacidad para agotar todos los recursos antes de romper una relación humana. Es preciso controlar esa tendencia natural a echar todo por la borda a la primera dificultad que surge en una relación. Agotar los recursos no quiere decir alargar innecesariamente las situaciones delicadas. Quiere decir, simplemente, mantener abiertas las puertas para hacer posible el “milagro” de volver al cauce de la buena relación. Hay quien dice que ese dejar abiertas las puertas no sirve de nada, no arregla nada. Quizá sea cierto, pero si se rompen todas las amarras, la reanudación de la relación herida resulta prácticamente imposible.

                Algo de eso vemos en este relato del “pan untado” que Jesús da a Judas. Es un “gesto de ultimidad” con el que quiere captar, en un último intento, el corazón de quien le traiciona. Es como si, con ese gesto, se le dijese: me traicionas, pero yo sigo amándote. Este dejar abierta la puerta de la relación desvela una de las fibras más humanas, más “divinas”, de la persona de Jesús: nunca nos dejará en la estacada, por muchas que sean nuestras “traiciones” siempre podremos contar con él, más allá de nuestros incomprensibles alejamientos. Una suerte.

***

Texto:

            21Dicho esto, Jesús, profundamente conmovido, declaró y dijo:

                -Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.

                22Los discípulos se miraron unos a otros perplejos, por no saber de quién lo decía.

23Uno de ellos, al que Jesús tanto amaba, estaba a la mesa a su derecha. 24Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía. 25Entonces él, sin más, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó:

                -Señor, ¿quién es?

                26Le contestó Jesús:

                - Aquel a quien yo le dé un trozo de pan untado.

Y untando el pan se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote. 27Detrás del pan, entró en él Satanás.

                Entonces Jesús le dijo:

                -Lo que tienes que hacer hazlo enseguida.

                28Ninguno de los comensales entendió a qué se refería. 29(Como Judas guardaba la bolsa, algunos suponían que Jesús le encargaba comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres).

30Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche.             

31Cuando salió dijo Jesús:

                -Ahora es glorificado el Hijo del Hombre y Dios es glorificado en él. 32Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará.

 

***

 

Ventana abierta:

 

 

                Este es el niño protagonista de aquella película La lengua de las mariposas de José L. Cuerda. Es la imagen de un menor que, instigado por su familia y su ambiente, “traiciona” a su maestro que le ha abierto las puertas del conocimiento. La mirada del viejo profesor cuando lo meten al camión y la piedra que arroja el niño son la versión de la incomprensible traición de la que somos capaces los humanos. Para pensarlo:

                Oramos: Que seamos fuertes y generosos para no traicionar a nadie; que responsamos con aprecio a quien se ha entregado por nosotros; que guardemos el amor al otro como un tesoro que no se vende.

 

***

 

Desde la persona de Jesús:

 

                Dice Jesús que, cuando Judas tomó el pan untado y salió, comenzaría a “manifestarse su gloria”. La gloria de Jesús no es la que brota del brillo y del triunfo, sino del amor que no pone condiciones: Jesús no condiciona su “triunfo” a nuestra respuesta. Es fruto, simplemente, de su indefectible amor. Así es él.

                Oramos. Gracias, Señor, por tu amor que no falla; gracias por tu fidelidad que nunca se desalienta; gracias por tu comprensión que siempre nos envuelve.

 

***

 

Ahondamiento personal:

 

                La pregunta del discípulo predilecto, “Señor, ¿quién es?”, parece excluir de la traición a quien pregunta. Pero, en realidad, toda persona lleva dentro la posibilidad de convertirse en un traidor. Esto habría de hacernos, por un lado, estar siempre vigilantes sobre nosotros mismos para tener a la traición lo más alejada posible. Y, además, habría de mantenernos en modos de vida generosos para no cerrar nunca las puertas a quien quiera reanudar la relación deteriorada.

                Oramos: Que estemos vigilantes para alejar de nuestra vida la traición; que seamos generosos para no cerrar nunca la puerta a quien desee reanudar la relación; que seamos sensibles al dolor de quien es traicionado y le animemos a no cerrarse en sí mismo.

 

***

 

Desde la comunidad virtual:

 

No existe entre nosotros el peligro de grandes traiciones. Pero sí puede haber comportamientos que apuntan en esa dirección: el olvido por descuido; la no participación por comodidad; el desentendimiento por pérdida de interés; las alegrías y penas guardadas para uno solo porque no se cree que el compartirlas puede ser algo bueno. Son comportamientos cotidianos que sería preciso controlar para que brille la buena relación.

Oramos: Que crezca cada día la preocupación por los caminos de los demás; que nos respetemos sin desentendernos; que compartamos cada vez más los gozos y las penas.

 

***

 

Poetización:

 

Nunca excluyó a nadie

de su amistad,

de su mesa,

de la oferta del Reino.

Por eso Judas

participó, él también,

de aquella cena última,

de su amor vivo, aunque herido.

Por eso también

le ofreció el trozo de pan,

gesto de amor último,

intento desesperado de mantenerlo

en el camino del amor.

Era como si le dijera:

por mucho que me traiciones

yo seguiré amándote.

Porque su hondo amor

no estaba atado

al cariz de la respuesta.

Él amaba sin condiciones,

aunque se le traicionase.

Había entendido

que así amaba el Padre.

Y él quería que aquel amor

se repitiera en todos.

Por eso mismo

cuando salió

a la oscuridad de la noche

la mirada amorosa de Jesús

fue tras él.

Nunca lo dejó,

aunque él le volviera la espalda.

Luego, en el huerto,

lo besaría con afecto

aunque no hubiera respuesta

para aquel amor fiel.

***

 

Para la semana:

 

                No contribuyas a romper ninguna relación. Haz de puente entre quien vive alejado de quien debería estar cerca.