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FIAIZ

Retos del franciscanismo (Esef 2012)

 

RETOS DEL FRANCISCANISMO

PARA EL SIGLO XXI

 

                Los términos retos, desafíos, encrucijadas, etc., son muy frecuentes en el vocabulario de la vida franciscana de hoy. Siempre se tiene la sensación de que es ella quien reta y desafía a la sociedad. Pocas veces da la impresión de que sea la vida franciscana quien ha de hacer esfuerzo por encajar los retos que le vienen de la sociedad, de la secularidad. Muchos de esos retos no “suenan” a cuestión religiosa. Por eso da la impresión de que la vida franciscana no se siente concernida por ellos.

                Si se quiere ser anuncio de las realidades futuras, hemos de cambiar la perspectiva: es cuestión, simplemente, de comenzar por escuchar los retos que la sociedad nos plantea hoy, de creer que desde el lado secular se ejerce la profecía tanto como desde perspectivas religiosas. Se trata de creer que el Espíritu actúa en la mediación de nuestra concreta hora histórica. Para ello, como decimos, es preciso comenzar por escuchar. Escuchar requiere andar caminos comunes, no situarse fuera del marco general, no creerse en posesión de la verdad y de la luz, bajar de la montaña santa y situarse en el llano de la generalidad. Por eso, hablar sobre retos es hablar sobre cosas concretas, sobre planteamientos comunes, sobre vivencia vecinales. No sirve para esta tarea el apalancarse en la mera teoría, por muy sublime que esta sea.

                Escuchar pide el salir de la burbuja religiosa, burbuja que se retroalimenta con sus propios planteamientos pero que se aleja cada vez más del marco común de la ciudadanía. Quien enfoca todo desde lo religioso llega a pensar que el mundo gira en torno a sus presupuestos. Pero, a nada que asome la cabeza a la plaza pública, se dará cuenta de que lo religioso tiene su sitio en la ciudad secular (cada vez menos, eso sí), pero que el centro de las preocupaciones humanas está en lados muy otros. Hablar siempre de religión, valorar siempre desde la religión, pensar lo religioso como decisivo es, con frecuencia, una forma de incapacitarse para escuchar los retos de la sociedad secular en la que vivimos. El franciscanismo ha sido proclive a escuchar los retos sociales y a tratar de aportar alguna respuesta (aunque en la mayoría de casos poniendo por delante el tema religioso). La sociedad secular nos puede ayudar a situarnos mejor, siempre que mantengamos la fraternidad con ella, aunque no respire en maneras estrictamente religiosas.

                Escuchar queriendo mezclarse lleva también a ser valientes para aceptar riesgos. El viento de la secularidad es, a veces, frío y helador. Las situaciones nuevas de vida nos desbordan porque no estamos acostumbrados a planteamientos de novedad. Entonces, la tentación es cerrarse en el marco religioso y creer que, por él mismo, tiene sentido. Salir a la plaza pública de la secularidad tiene sus riesgos. Pero una vida franciscana sin riesgo es algo extraño. La fraternidad habría de ser la garantía para que el hermano que se arriesgua no se extravíe.

                Por otra parte, no es posible encajar retos si no se interioriza y se apasiona uno por la mera justicia, que es el denominador común de los sueños que alimentan los retos. La interiorización demanda reflexión, lectura sosegada, incluso estudio. No podremos acceder a los retos de hoy si no media un acercamiento reflexivo a los problemas que plantean. La evidente dificultad de algunos de los temas se suaviza, en parte, en la medida en que uno se informa. Esta información no demanda, en muchos casos, un conocimiento altamente técnico, sino, sobre todo vivencia apasionada. Además la reflexión se potencia cuando se comparte, cuando la comunidad se vuelca sobre un problema de hoy y trata de entenderlo para poder, tal vez, articular algún tipo de respuesta. Dejar todo esto al mero albedrío personal es condenarlo, en la mayoría de los casos, al ostracismo. Y, sobre todo, la reflexión ha de llevarnos a compartirla con grupos sociales que, desde perspectivas distintas, reflexionan sobre lo mismo. Si no, se corre el riesgo de volver a hacer una reflexión religiosa sobre un problema secular, con el peligro de que se vuelva muda e ineficaz.

                Además de lo dicho, la comprensión y vivencia de los retos que plantea la secularidad requiere un indudable apasionamiento por todo aquello que toque y afecte a la justicia. Viene la vida franciscana de una cultura religiosa donde la pasión por la justicia solamente ha tomado rostro en la vida de algunos hermanos y hermanas más sensibles con estos asuntos. Pero la gran parte de la comunidad ni ha sido adoctrinada, ni empujada, ni animada a tomar esto de la justicia con pasión. La falta de pasión es el gran obstáculo, hasta el punto de que hay quien piensa que sin la tal pasión resulta inútil hablar de estos temas. No ha tomado cuerpo social la evidencia evangélica de que “buscar primero el reino de Dios y su justicia” es la tarea básica del seguidor. Desplazando este anhelo al campo de lo religioso, el celo por las cosas de Dios, por lo católico ha anidado en la vida y en el corazón de muchos hermanos, mientras que los temas sociales no han sido tan elocuentes hasta creerlos ámbito de otros colectivos humanos, no de los frailes o monjas. La recuperación de la pasión demanda una terapia específica que solamente puede venir de una mirada nueva sobre el Evangelio como libro de contenidos sociales más que religiosos y de una perspectiva altamente fraterna sobre los gozos y esperanzas de los humanos.

                La enorme envergadura de no pocos de los actuales retos de la sociedad lleva a muchos hermanos a la inmediata conclusión de que son problemas que nos superan y ante los que no podemos dar una respuesta eficaz. Es preciso creer entonces en el valor de los signos como lenguaje de futuro y de verdad. Los signos dicen que las cosas podrían ser de otra manera si nos diéramos a la tarea de querer cambiarlas. Y, desde luego, es la única manera que tenemos de comprobar que, efectivamente, la realidad es cambiable. Por eso mismo, la vida franciscana ha de creer en el valor de sus signos sociales, por sencillos y modestos que estos sean. El franciscano no pretende cambiar el sistema de un plumazo, sino aportar su grano de arena a la nueva sociedad de la fraternidad, sueño primero de Jesús de Nazaret y de sus seguidores Francisco y Clara.

                Sería de una utilidad enorme que toda la fraternidad tuviera esta mística común. Por suerte, siempre ha habido hermanos y hermanas franciscanos de componente profético ante los retos sociales. Pero no se soluciona el asunto con individualidades sino con respuestas comunes, fraternas. De ahí que el problema de cómo responder a los retos sociales de hoy es un asunto de fraternidad. Todos los elementos de la fraternidad, superiores, ecónomos, educadores, pastoralistas, hermanos en general, etc., han de verse implicados en este asunto. De lo contrario, volveremos a entender los retos de hoy como algo que realmente no afecta a nuestras estructuras reales de vida. Y, con ello, no podremos ser respuesta adecuada ni ser oferta de vida para nadie.

                Así será más fácil que la fraternidad conecte con ámbitos sociales seculares preocupados por los mismos temas. El problema de desconexión es muy grande en nuestras comunidades, en muchas zonas del planeta, reducidas y envejecidas. Pero también lo es en zonas de más prósperas de vocaciones porque, con alguna frecuencia, esa prosperidad vocacional se enmarca fuertemente en el marco exclusivamente religioso. La evidencia de que esta visión social de la vida cuesta mucho a los jóvenes franciscanos nos acompaña en los últimos tiempos. Habría que animarles, con el ejemplo, a percibir lo social como marco privilegiado no solamente de evangelización sino de simple vida franciscana.

                ¿Y no podría la vida franciscana proponer, ella también, sus retos a la sociedad secular de hoy? Podría y debería, siempre desde la modestia y la fraternidad. Habrían de ser retos que antes han sido experimentados, caminos transitados por los menores. Proponer retos teóricos, no experimentados, no vividos de alguna manera es un fraude. También habrían de ser retos que se vea que van con decisión en la dirección de lo humano porque esa es la plataforma común de convergencia con la sociedad secular. Si el componente humano no está en primer plano, la posibilidad de diálogo y de conexión se difumina. Y, finalmente, habrán de ser retos de componente evangélico y franciscano, de valores esenciales como lo son los del Evangelio y los de los textos franciscanos. Si se hace desde el afán de humanidad y desde la benignidad, la conexión es posible.

                Vamos a proponer algunos de los retos que hoy nos parecen más esenciales, más urgentes.

 

I. RETOS A LA ESPIRITUALIDAD FRANCISCANA

 

                Son retos que el franciscanismo a sufrido desde siempre pero que, como el de la itinerancia, vuelven con fuerza. Desafíos espirituales como el de una manera nueva de acercarse a la Palabra o los nuevos caminos del ecumenismo franciscano traen un cierto aire de novedad junto con la vuelta, en maneras renovadas, al viejo concepto de la gratuidad compasiva puede ayudarnos a vivir “después de Asís”

 

1. El gran reto de la itinerancia

 

                Creemos que uno de los grandes retos que recibe la vida franciscana de hoy, quizá el más inmediato, es el de asumir la itinerancia, un elemento de nuestra espiritualidad que pocas veces ha sido tenido en cuenta. ¿Qué es la itinerancia? Viene de la palabra latina iter que significa “camino”: andar de camino, estar siempre dispuesto al cambio. Es una especie de actitud interior que le lleva a uno al convencimiento de que el mundo es su casa, la familia humana la suya, la creación su hermana.  En un mundo crecientemente globalizado la itinerancia de personas y sociedades, de trabajos y producción, de trasvase de religiones y culturas, ha alcanzado cotas inimaginables hace cien años. Desde el comienzo de su existencia, la vida franciscana se ha querido itinerante, aunque históricamente haya podido desechar este componente por poco productivo. Pero en los genes de lo franciscano se encuentra el valor de la itinerancia.

Toda la precaución de Francisco hacia los libros (1R 8,3), los estudios (SC 6), el dinero (1R 14,1), las casas (Test 24), la ropa (Test 16), etc., probablemente no tiene otra finalidad, sino la de prevenir contra la instalación que termina por ahogar la vida itinerante, aquella que llevaron Jesús y los apóstoles. La itinerancia se convierte así no sólo en el rostro externo de un indudable estilo de vida, sino también en la verdad de una opción. La vida de Francisco ha estado urdida en esa itinerancia: su andar por los caminos (1R 9,2), su manera de trabajar (1R 7,1-2), su estilo de vivienda (1R 8,8), hasta su modo de orar (2C 96) han dependido de su opción itinerante de vida.

Habrá que aprender la movilidad en lugares, ideas, culturas para que lleguemos a creer, como Francisco, que el franciscano tiene en cualquier parte su casa. La instalación no es solamente un fenómeno geográfico, sino cultural, por eso, se precisa una apertura a la cultura moderna, una itinerancia benigna hacia los modos de entender la vida de la sociedad de hoy, abandonando posiciones de instalación que derivan de modos culturales de “centro”, sistémicos. “El concepto de inmovilismo no es solamente físico. Un inmovilismo más radical se encuentra en los hábitos de pensamiento y de valoración, que con frecuencia se convierten en obstáculos para la verdadera conversión. Estos obstáculos pueden estar constituidos por un pensamiento teológico rígido, una mentalidad incapaz de cambiar, el fundamentalismo teológico, y pueden impedir a las personas el encontrar a Dios ‘fuera del campamento’ (Éx 19, 17; 33, 7-11)” (VII Consejo Plenario de la Orden Capuchina, nº 24).

Francisco nos demanda tener una actitud positiva, de apertura, de acogida para lo que pasa y lo que nos pasa. Esta actitud es lo que llamamos itinerancia. Hay una hermosa y antigua canción de Mercedes Sosa que habremos escuchado. Se titula “Todo cambia”. Y viene a decir que, en la vida, hay que estar dispuestos a cualquier cambio. Lo único que permanece siempre es, dice el canto, “mi amor, el recuerdo y el dolor de mi pueblo y de mi gente”. Si el amor permanece, estamos dispuestos a cualquier cambio.

 

2. El reto de una Palabra palpitante

 

Cuentan que en una antigua escuela rabínica los maestros, para enseñar a leer la Ley a los niños, dejaban caer sobre las letras un hilo de miel. Los chiquillos debían pasar por ellas su pizarrín y llevárselo a los labios. Así, al tiempo que aprendían a memorizar las letras, saboreaban la miel que había en sus trazos.

                Es que reflexionar sobre la Palabra es algo más que una mera abstracción religiosa. Es atreverse a comer, devorar con ansia el texto. Con qué pasión lo dice Jer 15,16 en sus “confesiones” cargadas de pathos vital: “Cuando encontraba tus palabras, las devoraba; tus palabras eran mi gozo y mi alegría íntima”. Devorar la Palabra porque ella es fuente de gozo y alegría íntimos. He ahí el presupuesto y la meta a la que había de llegar la vida franciscana cuanto se vuelca a la Palabra.

                En realidad, no es sino la continuación de viejas experiencias que la misma Escritura desvela. ¿No dice Ez 3,3 que cuando comió el rollo “supo en la boca dulce como la miel? ¿No afirma Ap 10,9 que el librillo “en la boca te sabrá dulce como la miel y amargo en el estómago? Aluden estos textos a experiencias hondamente personales, dulces, impactantes, ardientes incluso. Así queda reflejado también en Lc 24,32 cuando aquellos dos de Emaús sintieron que “su corazón se abrasaba” mientras les hablaba por el camino.

                Hablar de la Palabra sin pasión, sin dulzura, sin sentir dentro su cosquilleo; hablar de ella atrapados en la coraza de hierro de la rutina o de la costumbre; querer verla como fundamento y ánimo de la vida desde meras perspectivas ideológicas es quitarle su verdadero dinamismo. Una Palabra leída sin pasión, sin deslumbramiento, sin contener la respiración podrá ser una manera de construir mensajes religiosos, pero le faltará la chispa que genere el incendio en que arda el corazón. Con razón decía Mme. De Chatêlet que había que pedir pasiones a Dios. Más que nunca a la hora de hablar de la Palabra.

                Ésta es la manera profética con que la vida franciscana habría de plantear el reto de la Palabra en el conjunto de la Iglesia: cómo vivir y trabajar la Palabra en maneras “ardientes”, palpitantes, deseadas. Si no, el peligro de la rutina, de la lectura precientífica, de la manera de entender la Biblia separada de la vida se apropiará de la misma Palabra, la domesticarán, la empobrecerán. Es cierto que no somos nosotros quien damos vida a la Palabra; ella misma tiene la vida dentro y nos la ofrece a nosotros. Pero si no se la recibe, propaga, y ofrece en modos palpitantes, el corazón de la Palabra “deja de latir” y su vigor queda prácticamente estéril. La Palabra habría de ser para la Iglesia una profecía que late al mismo ritmo de la vida para, precisamente, ser causa de vida plena.

               

3. El reto de un ecumenismo franciscano

 

                Lo que ocurre en la familia franciscana probablemente ocurre también en el resto de las familias religiosas. Por un lado, observamos una fuerte fragmentación. Desde los comienzos, y por razones muy diversas, los grupos han sido numerosos y diferenciados. Por otro lado, ha pervivido y se ha cultivado un indudable espíritu de pertenencia y de familia. Más que las estrategias comunes, lo que realmente ha mantenido el sentido de familia ha sido la convicción del valor del carisma franciscano, único para todos/as. Modernamente incluso, no pocos grupos de inspiración franciscana han reencontrado el cauce para entrar en la gran familia de los seguidores/as de Francisco y Clara no por vía de acuerdos o de leyes, sino por el hermoso camino del redescubrimiento de la espiritualidad franciscana. Cada vez se impone más la sensación de que, en esta relación dialéctica entre lo diverso y lo común, es esto último lo que va tomando más cuerpo. Efectivamente, numerosos grupos franciscanos se sienten cada vez más una única familia. Esto es un filón que hay que explotar, tanto en relación con la espiritualidad como con las estrategias evangelizadoras de cara al mundo de hoy.

                Esta constatación de la elevación del nivel familiar en la realidad franciscana nos lleva a subrayar la necesidad de la coordinación, que es la gran asignatura pendiente de todos los grupos eclesiales. Decir que somos cada vez más familia por redescubrimiento carismático es algo que puede quedarse en agua de borrajas si no lleva a una coordinación explícita, no solamente en estrategias de evangelización sino, incluso, en perspectivas de vida. Una de las peculiaridades del franciscanismo, ya desde los viejos tiempos de fray Junípero, es el mantenimiento de nuestras maneras de vivir, a veces un tanto pintorescas. Eso ha dado pie a que franciscanos/as concretos hayan abierto brechas nuevas en la historia de la fe. Pero, sin restar fuerza a esos anhelos individuales, lo cierto es que hoy, por múltiples razones, eclesiales y sociales, se impone la coordinación, el trabajo en grupo, la conciencia de que el futuro habla más en el ámbito de lo múltiple que en el de lo particular.

                Este sentimiento del valor de lo común y de lo coordinado puede ser una formidable herramienta para hacer frente a los retos de la cultura secular de hoy, uno de ellos, del todo cercano, el de la globalización. Éste es un asunto de tal magnitud, incluso en estos comienzos en los que lo estamos viviendo, que esbozar respuestas no puede estar al alcance de una sola persona o de un grupo reducido. Cuanto más coordinado esté el colectivo, mayores posibilidades de respuestas adecuadas. Bien lo saben quienes quieren utilizar el fenómeno de la globalización para su exclusivo lucro. Por eso tienden no solamente a anular los efectos de quienes piensan en maneras distintas, más cargadas de humanismo, sino a dispersarlos. Es el viejo “divide y vencerás” siempre vigente. Caer en esa trampa del particularismo es hacer el juego a los modernos explotadores de lo humano. La historia del franciscanismo nos dice que ésta, en su lado oscuro, ha sido la historia de muchos alejamientos, divisiones, desconexiones, haciendo cada grupo un poco “la guerra” por su cuenta (cuando no en contra de otro grupo). La evidencia de nuestros encuentros interfranciscanos demuestra que esos tiempos han pasado definitivamente y que los rescoldos que quedan han de ser tratados para llegar a que la profecía de la fraternidad, núcleo del franciscanismo, se viva ya en los mismos grupos franciscanos.

 

4. El reto de la gratuidad compasiva

 

                Es de esos retos menores, ocultos, pero profundos que envuelven el todo de la vida, que proporcionan una perspectiva para enfocar el todo de la realidad. La gratuidad, para que sea agradable al alma de la persona y aceptable por cualquiera ha de ser compasiva. Una gratuidad altanera, soberbia, displicente, pierde valor y, con frecuencia, es rechazada, ante el asombro de quien la otorga (le doy algo y me lo devuelve, hago caridad con él y me muerde la mano).

                Los franciscanos/as hemos pretendido ser especialistas en la pobreza, tratando de imitar al pobre de Asís. Pero quizá nos habría ido mejor si nos hubiéramos especializado en la gratuidad compasiva. La voz “gratuidad” no está en ninguno de los índices que acompañan a los escritos franciscanos. Sin embargo, puede decirse que la vida de Francisco ha estado amasada en esa gratuidad compasiva de la que hablamos. Basta asomarse al compendio de su pensamiento que son los llamados Avisos espirituales  o Admoniciones.

                Ahí queda claro que, para Francisco, la fuente de la gratuidad compasiva es “el Cuerpo de Cristo”. Así se muestra desde el primero de los “avisos”. Él cree que mediante el Cuerpo de Cristo “el Señor está siempre con sus fieles”, la vida está acompañada. De esta gratuidad compasiva de Dios brota similar actitud en el hermano franciscano. Por eso, dice, es una insensatez apropiarse de los valores que uno tiene porque vienen del Señor y su generosidad. Y porque eso se refleja en cada hermano/a, ha de “obedecer caritativamente”, es decir, se ha de poner a disposición del hermano sin pedir nada a cambio. Esta gratuidad ha de estar hecha de renuncia al propio lucro y a la propia gloria porque si estas entran en el espacio de la persona desplazan a la gratuidad y a la compasión. La gratuidad ha de tener el rostro de las obras contantes y sonantes, no solamente de los buenos deseos, no ha de ser envidiosa, alterable, sino paciente y sencilla. Uno de los rostros elementales de la gratuidad es que no se hable mal de un hermano que no está presente. Se ha demostrar sobre todo cuando el hermano está en fragilidad y no puede devolverte el bien que le haces. Y un elemento que jamás puede faltar es que ha de ser humilde, porque la altanería la hace polvo. Si el lector franciscano se asoma a los Avisos desde esta perspectiva, comprobará su hondura de pensamiento.

La fe celebra habitualmente la resurrección, y así debe ser, como triunfo de Jesús y esperanza de nuestro propio triunfo. Pero también podría celebrarse al modo franciscano como tiempo de gratuidad compasiva. Porque no otra cosa es la resurrección de Jesús: el tiempo de ahora en que Dios se nos ha dado en Jesús gratuita y compasivamente.

                Dice el escritor Manuel Vicent: “Si el mundo está tan mal hecho, queda al alcance de cualquiera la posibilidad de reinventarlo. Basta con crear ante la muerte un instante de belleza o de compasión a cambio de nada”.

 

5. El reto de vivir “después de Asís”

 

                La dura e innegable realidad de Auschwitz, el horror que se llevó por delante a cinco millones de personas, ha marcado el imaginario colectivo de Europa y su pensamiento. Desde el pensador Adorno de la Escuela de Frankfort, hasta el teólogo J. B. Metz pasando por premios nobel de literatura como Imre Kertész todos se han preguntado cómo se podía, pensar, vivir, escribir, hacer teología, etc., “después de Auschwitz”. Esa devastación ha marcado el alma del mundo y ha obligado a que superáramos, sin olvidar, la mayor tragedia de la historia humana.

                El año 2011 se conmemoró el 25 aniversario de lo que se llamó “el espíritu de Asís”. El 27 de octubre de 1986 el Papa Juan Pablo II convocó en Asís a los líderes de las principales religiones del mundo para una oración por la paz y para lograr el compromiso de que las religiones nunca participarían en acciones de violencia.

                El escritor ortodoxo Olivier Clement se pregunta en uno de sus últimos libros: “Después de Asís, ¿qué? Me parece que el movimiento que se ha creado podría desarrollarse en dos direcciones. En primer lugar, un servicio concreto a los hombres, pero yendo en profundidad espiritual. Introduciendo en las relaciones nacionales e internacionales un elemento de arrepentimiento y de perdón. Desarrollando un acercamiento real entre Norte y Sur. Favoreciendo las religiones que se sitúan en un marco universal y suscitando así redes a nivel mundial capaces de inventar soluciones en el ámbito económico y social y, quizá aún más, en el ámbito ecológico” (Dios es simpatía,  p.47).

                La trayectoria histórica de Francisco de Asís apunta en esta dirección: la suya no ha sido una vida especialmente orante por la paz sino, más bien, actuante en ese camino. Ha hecho obra de pacificación explícita en Bolonia, en Arezzo, en el mismo Asís (en el conflicto entre el podestà y el Obispo). El mismo episodio de Gubbio, más allá de su forma literaria parece estar indicando a la solución de un conflicto comunal con algún sector social problemático. Francisco ha sido “instrumento de paz” en concreto, en el arduo y con frecuencia estéril camino de la mediación política.

                ¿Cómo pudo hacerlo? Fue una persona reconciliada. “Una reconciliación que solo ha sido posible por una gran desapropiación interior. Francisco renunció a acaparar al mundo y a poseerlo para él. Y por eso se abrió al amor del Creador en su obra. Así, el mundo se hizo para él la realidad espléndida en cuyo seno el hombre está llamado, no solo a vivir, sino también a participar de la creación” (E. Leclerc, Un maestro de oración, p.63).

 

 

II. RETOS A LA ESTRUCTURA PERSONAL DE LOS FRANCISCANOS

 

                También los retos de la cultura de hoy apuntan a la estructura personal de cada franciscano/a ya que un reto que deja indemne a la persona es un reto en el aire. De ahí que la superación de los miedos, el hacer propio el dolor ajeno hasta convertir la vida en una radiante aventura, el reto de rasgar los velos que acompañan el caminar humano son trabajos necesarios para aceptar desafíos. De esa manera se abrirán paso los sueños, caminando sin prisa con capacidad para aceptar con humanidad hasta el tránsito de la propia muerte.

 

1. El reto de controlar el miedo para que brote la esperanza

 

Como dice J.A.Marina, el miedo es un sentimiento proliferante y contagioso que varía según la experiencia, que afecta a ámbitos individuales y también colectivos en indudable interacción, que puede ser innato y adquirido, normal y patológico. El miedo se basa en la ignorancia, en el desconocimiento; se teme aquello que se ignora, con lo cual temer puede ser como una forma de preguntar. Pero también resulta evidente que el miedo va emparejado con la esperanza (J.A.Marina, Anatomía del miedo. Un tratado sobre la valentía,  pp.13-41). No es fácil controlar el miedo, vivir en valor y fortaleza. El temor anida en las estructuras más elementales de lo humano, se ha filtrado en los componentes básicos de la intimidad más personal.

El Evangelio que estaba hecho para ahuyentar miedos, mediante el mecanismo religioso, ha podido exacerbarlos. Jesús ha vivido sin ningún miedo a las personas, ni siquiera ante quien llegó a traicionarle. Por eso, es llamativo que el Evangelio no opone la fe a la increencia, sino que lo contrario a la fe es el miedo. De ahí que Jesús no se canse de decir a los suyos: “No tengáis miedo” (Mt 10,26-31; Mc 4,40). Para él, quien tiene miedo, tiene débil la adhesión a él; quien mira al otro con aprecio y lo trata sin temor está demostrando que ha entendido que el reino es la nueva relación entre las personas, sin temor, sin rechazo, con acogida constante. Por eso, para el Evangelio alejar el temor es sinónimo de crecer en la fe.

Francisco de Asís es una persona que ha llegado a controlar sus miedos porque ha mirado al otro como hermano, no como enemigo que acecha a la puerta. Por eso ha escrito en su 1 R 7,14: “Y todo aquel que venga a los hermanos, amigo o adversario, ladrón o bandido, sea acogido benignamente”. Esto también lo ha aprendido Francisco de Jesucristo. Él ha acogido a todos sin temor porque veía más allá de las apariencias sociales o morales. ¿Cómo ha llegado Francisco a vivir sin temor? Ciertamente porque ha copiado en su vida las actitudes de Jesús. Y, como decimos, la vida de Jesús ha sido una vida valiente no por un arrojo especial, sino por su inquebrantable fe en el valor y dignidad de toda persona. Pero, además, Francisco ha logrado superar el miedo porque ha eliminado de su vida todo juicio condenatorio sobre las personas, porque no ha tratado nunca con desdén a nadie, porque ha controlado el afán de apropiarse del otro, porque ha conseguido sobrepasar las meras apariencias de las personas para ver qué hay más allá de ellas descubriendo el rostro de una persona amable a quien era necesario acoger, amparar, abrazar. Vivir así tiene que ser una maravilla. Por eso nos atrae tanto la vida, insignificante y pobre, del hermano Francisco.

Quizá sea imposible vivir sin el sentimiento de miedo, pero ¿por qué no aspirar a un cierto control? ¿Por qué no trabajar por aquellos mecanismos sociales que, utilizando el miedo, hacen su agosto? ¿Por qué no intentar construir un tipo de espiritualidad y un estilo de vida donde la confianza sea el elemento directivo y el miedo tenga que someterse a él? ¿Por qué no entender la espiritualidad franciscana como una escuela donde controlar los miedos para que brote más límpida la esperanza? Entonces, calladamente, brotará la hermosa planta de la esperanza sin la que la vida se vuelve dura y amarga.

 

 

 

2. El reto de hacer nuestro el dolor ajeno

 

                El filósofo español Reyes Mate tiene una frase clarividente: “El dolor ajeno nos constituye en sujetos morales”. Eso quiere decir que la respuesta que damos al dolor de los demás desvela qué tipo de persona somos: ¿nos interesa ese dolor y hacemos algo por aliviarlo?, somos buenas personas. ¿No nos interesa y no hacemos nada por aliviarlo?, no somos buenas personas. Así de simple.

                La vida de Jesús de Nazaret confirma este pensamiento del filósofo. ¿Qué quedaría del Evangelio si suprimimos todo lo que Jesús ha hecho por quienes sufren? ¿Qué sentido tendría la misma vida de Jesús si no estuviera en el centro de sus preocupaciones su salir al paso del dolor ajeno para, en la medida de lo posible, mitigarlo, asumirlo y tratar de darle un sentido nuevo? Nada sería igual, nada tendría sentido. Por lo que la actitud de Jesús ante el dolor ajeno desvela el sentido de su vida, su verdadera vocación.

                Francisco de Asís fue también una persona que hizo suyo el dolor ajeno. Asumió el dolor de una Iglesia que se “derrumbaba” y ante la que se sintió llamado a sostenerla en la medida de sus posibilidades. Más que criticarla o condenarla (que motivos había) intentó mitigar el dolor que la aquejaba. También reorientó el dolor de una vida religiosa poderosa, mezclada a los intereses de los grandes señores, aliada con el poder, creando una fraternidad de vida sencilla donde los hermanos se quisieran con buen corazón. Era, para la época, una verdadera “revolución” porque el éxito de esa comunidad era acoger al hermano débil “como una madre ama a su hijo”, así lo decía. Encajó el dolor de los humildes, de los excluidos, a los que había que “abrazar como a Jesucristo” y con los cuales había que estar contento aunque anduviesen por los caminos como transeúntes sin techo. Hizo suyo el dolor de las ciudades en guerra hasta lograr que en Siena, Bolonia, Arezzo y en el mismo Asís las diversas facciones recompusieran la paz. Asimiló, como pudo, el dolor de su propia fraternidad que, a ojos vistas, se alejaba del ideal primero. Su dolor logró que, al menos en lo esencial, se mantuviera cercana al Evangelio.

                Muchos franciscanos y franciscanas, a lo largo del mundo y en todos los tiempos, han sido de ese grupo de personas que ha hecho suyo el dolor ajeno. No los conocemos. Sus nombres los ha cubierto el olvido o el silencio. Pero han estado ahí, están ahí haciendo suyo el dolor de los excluidos.

                Médicos Sin Fronteras lanzó, hace poco, una campaña de ayuda para erradicar enfermedades raras de países pobres vendiendo en las farmacias al simbólico precio de 1 € una cajita de caramelos de menta con el rótulo “Pastillas contra el dolor ajeno”. No estaría mal que, de vez en cuando, tomaran los franciscanos una o varias de esas pastillas que les recuerden que el dolor ajeno tiene que ver con ellos si quieren decirse afines a Jesús de Nazaret y a Francisco de Asís.

 

3. El reto de hacer de la vida una radiante aventura

 

                En el famoso discurso del final de la película de Charles Chaplin El gran dictador se dice una frase hermosa: “Vosotros, el pueblo, tenéis el poder para crear una vida libre y espléndida, para hacer de la vida una radiante aventura”. Hablar de aventura parece que nos retrotrae en los tiempos de la infancia cuando soñábamos con pequeñas aventuras inverosímiles o, si no, hablar de grandes descubrimientos y hazañas al estilo de Al filo de lo imposible. Por eso, muchos de nosotros, cargados ya de años y también de realismo, pensamos que la aventura y nuestra vida corriente nada tienen que ver.

                Pero quitar a nuestra vida ese componente espiritual de la aventura es empobrecerla. Se suele decir que se nos ha creado con vocación de águila, no de ave de corral. Lo duro de la vida nos ha empujado con frecuencia a abandonar esos sueños nunca alcanzados. Y con la muerte de los sueños ha perecido nuestra sed de aventura. ¿Podríamos devolver a nuestros días, por humildes que fueran, el brillo, el color, el anhelo y el dinamismo de la aventura? ¿Podríamos entender nuestros caminos, por modestos que fueran, como una aventura de verdad? Incluso, ¿podríamos comprender nuestra vida cristiana, nuestro seguimiento a Jesús como el camino de una increíble aventura, la de creer con Él en lo que Él creyó?

                Vivir la aventura no es hacer cosas raras. Es ser sensible por dentro, tener capacidad de admiración, ser ágiles para el cambio, conservar la alegría por encima de las penas, mantener viva la ilusión, no caer en la rutina ni en el desencanto, admirarse por lo bueno que hay en la vida (que lo hay), sentirse con suerte por haber sido creado, vivir cada instante como quien disfruta de un gran regalo.

                Francisco de Asís ha sido, no lo dudemos, un aventurero. Fue tremenda aventura romper con su familia y lanzarse a una vida evangélica incierta en un molde nuevo que no existía hasta entonces; fue una aventura comunitaria hacer una fraternidad con personas tan distintas, con sus fallos, con sus anhelos; fue una aventura arriesgada lanzarse a ofrecer el Evangelio por los caminos, sin más amparo que el del Padre y sin más respaldo que la bondad del corazón de la gente; fue una aventura difícil vivir en paz y sosiego, en comprensión y respeto en una Iglesia convulsa y llena de asuntos oscuros; fue una tremenda aventura escribir una Regla que reflejara el Evangelio para todo franciscano; fue una entrañable aventura llegar a entender y amar la creación como a una hermana; fue una aventura, finalmente, lanzarse a los brazos del Padre con la confianza de que siempre lo habían acompañado y que “le rodearían los justos cuando le alcanzase el favor de Dios” como cantó en su muerte con las palabras del Salmo. No es una exageración calificar a Francisco de aventurero del Evangelio.

                Cuando le decían a Alejandro Labaka, obispo capuchino muerto por los indígenas en las selvas amazónicas de Ecuador, que era un aventurero, él solía replicar con una sonrisa en los labios: “Y si le quitas al Evangelio la aventura, ¿qué queda?”. Y tenía razón. Un Evangelio sin aventura es una mediocridad, algo que no merece la pena vivirse.

 

4. El reto de rasgar los velos

 

                Nuestra vida, nuestra sociedad, nuestras personas están envueltas en velos, velos hechos con remiendos de mitos, de máscaras, estereotipos, prejuicios e interpretaciones previas; velos que ocultan lo que realmente somos y lo que es la realidad. A veces nuestros caminos se mueven en lo borroso, en lo confuso, en lo oculto. Estamos aquejados de miopía y no vemos más que lo que tenemos a dos palmos de la nariz como si el resto del mundo no importara; somos daltónicos y vivimos la vida sin color, sin alegría, de manera insípida; tejemos un velo de tinieblas, de trampas, de encubrimientos, de verdades que son mentira, etc. Saramago decía que somos un mundo de ciegos que dicen ver. Y ya dijo Jesús en el Evangelio que “si un ciego guía a otro ciego…” (Mt 15,14).

                Por eso, hay un reto vital, profundo, en intentar rasgar esos velos, esas ataduras, esos telones que nos encubren y con  los que envolvemos a los demás y a las mismas cosas. Hay que trabajar el esforzado, continuado y apasionado esfuerzo para comprender el mundo como una progresiva conquista de la vista esclarecida. Y ¿qué hay más allá de los velos? La certeza de que estamos destinados a vivir el uno con y para el otro. Más allá de todo velo está la buena relación, la vida fraterna, la certeza de que el horizonte de la existencia es llegar a una hermandad universal, cósmica, incluso.

                Dice la cantante Carla Bruni que “todo el mundo tiene rincones de vida devastados”, desvanes oscuros cuyo interior casi nadie conoce. El agudo escritor vallisoletano Gustavo Martín Garzo describe en una de sus más bellas novelas, El pequeño heredero, la vida de un pueblo castellano, Villabrágima, desde el lado de esos “desvanes”, esos trasfondos que están llenos de situaciones ocultas. El resultado es estremecedor y la pregunta como un dardo: ¿Podemos vivir sin esos desvanes? ¿Se puede tener una relación saludable con esos velos?

                Francisco de Asís ha sido una persona que ha logrado rasgar todo velo y vivir en la hermosura de una vida entregada al otro, a la creación y a Dios. ¿Cómo lo ha logrado? Por el camino de la sencillez, de la simplicidad, de la claridad de vida. Cuando rememora los primeros tiempos en su Testamento dice que “éramos indoctos y estábamos sometidos a todos”. Y afirma con claridad que el espíritu del Señor “se afana por la humildad y la paciencia, la pura y simple paz del espíritu” (1 Regla 17,16). Y dice también en otro texto que la sencillez “confunde a la sabiduría de este mundo” (Saludo a las Virtudes 10). Mucha de la enorme fuerza espiritual que anida la persona de Francisco radica, paradójicamente, en su sencillez.

                El Hermano Roger, fundador del Monasterio de Taizé, en Francia, tiene una frase hermosa: “Pienso que desde mi juventud nunca me ha abandonado la intuición que una vida cristiana pudiese ser el signo que Dios es amor y solamente amor. Poco a poco surgió en mí la convicción que era esencial crear comunidad con personas que buscasen comprenderse y reconciliarse siempre: una comunidad donde la bondad del corazón y la simplicidad estuviesen al centro de todo”. Con la bondad del corazón y con la vida sencilla se puede mostrar a la persona de hoy que Dios es amor y que la persona está destinada a una vida en amor.

 

5. El reto de dejar paso a los sueños

 

                El obispo francés Jacques Gaillot se hacía estas preguntas en una entrevista concedida a un diario parisino de ámbito popular: “¿Podremos soñar con un gran viento de Pentecostés para la Iglesia católica? ¿Un viento que la libre del miedo al cambio y la ilusione con la libertad creadora?” Verse libres del miedo y aumentar el caudal de ilusión quizá sea únicamente posible si se deja paso a los sueños en la vida de las personas.

                Hablamos de sueños, no de ensoñaciones. Éstas son fantasías que se tienen sin poner los pies en el suelo, sin mover una paja de su sitio para que se hagan realidad. Los sueños están hechos de otra pasta. Hay que tenerlos con los pies bien asentados en el suelo pero con la ilusión en el horizonte. Para que sean auténticos es preciso intentar ponerlos en pie, ofrecer la personal colaboración, a riesgo de lo que sea, para que tales sueños cobren cuerpo.

                Shakespeare nos recuerda que estamos hechos de la misma materia que nuestros sueños, y Hölderlin dice que la persona es como un dios cuando sueña y como un mendigo cuando piensa.

                Francisco de Asís fue un soñador. No se le aplica corrientemente este adjetivo, pero si miramos el índice de materias de cualquier concordancia de los textos franciscanos veremos que el vocablo “sueños” tiene muchas entradas. Puede decirse que es la manera de escribir de los autores medievales, gentes pertenecientes a una época preindustrial donde los sueños tienen un lugar que, más tarde, ocupará la razón. Es posible, pero lo cierto es que no se puede dudar que la vida de Francisco ha estado amasada en los sueños.

                Francisco soñó una pobreza que no era mero empobrecimiento sino fuente de riqueza. Su alma de pobre creyó que por ese camino se llegaba derecho al corazón del Evangelio y a la verdad de la persona. Por eso sus sueños de la pobreza no son amargos, sino animadores. Soñó una Iglesia distinta que sabía recuperarse de sus evidentes ruinas, en la que el Evangelio fuera el centro y la persona de Jesús el mayor anhelo. Soñó y puso en pie, cuando no había patrones de referencia, un estilo de vida fraterno sencillo y bondadoso que venía a demostrar que el hondísimo sueño de poder vivir los humanos como hermanos era una realidad alcance de la mano. Soñó una paz posible en las duras confrontaciones ciudadanas y en el inicio del imperio del dinero y lo hizo pasándose con decisión total de una mentalidad belicista a un pacifismo militante hasta ir al mayor escenario de violencia de la época, las cruzadas, con las únicas “armas” de la palabra, el respeto y el amor. Soñó que su camino evangélico estaba siempre acompañado por el amor del Padre y que elegía a la pobrecilla Porciúncula y a los más despojados como lugar de su presencia viva. Un soñador que trabaja por sus sueños, eso fue Francisco.

                Todo el mundo recuerda a uno de los famosos soñadores modernos, Martín L. King, y su famoso sermón “Yo tuve un sueño”. Leerlo, aun hoy día, produce un estremecimiento. Su sueño se ha ido haciendo costosamente realidad. Este gran soñador decía: “Tengo un sueño, un solo sueño: seguir soñando. Soñar con la libertad, soñar con la justicia, soñar con la igualdad y ojalá que no tuviera ya necesidad de soñarlas”. También fue un soñador que trabajó por sus sueños, hasta costarle la vida.

El sueño de una sociedad nueva y de una Iglesia libre de miedos y con ilusión no será posible si nosotros no empeñamos algo de nuestra vida en ello.

 

 

6. El reto de caminar sin prisa

 

                Llevamos ya muchos años con un ritmo de vida tan frenético que quien no se acomode a él queda automáticamente desfasado. La prisa nos reconcome y de esa manera cuesta engendrar algo. Estamos en la cultura del instante: si algo no vale para ahora mismo, consideramos que no sirve para casi nada. Una prisa como de azogue se ha apoderado de nuestra cultura moderna. Es la cultura del usar y tirar, de la brevedad puesta de antemano como un principio. Es cierto que, al parecer, este ha sido un mal que siempre ha acompañado al hecho humano que tiene dificultad para el disfrute y la vivencia sosegada de las cosas. Pero ahora, la prisa ha cobrado unas dimensiones cósmicas. ¿Habría aún manera de intentar vivir esto de otra manera?

                Posiblemente sí en la medida en que aceptemos el reto sencillo de caminar sin prisa. No quiere decir que haya que pararse como un  pazguato ante un escaparate deslumbrante. Hay que caminar siempre, tenazmente, esforzadamente. Pero no quiere decirse que haya de hacerse con el frenesí metido en el alma. Caminar sin prisa demanda disfrutar los detalles cada día, valorar el presente como una oportunidad siempre a la mano, dejarse llevar también por la belleza que nos rodea aparcando el afán por intervenir siempre en ella, valorar el silencio como terapia de ahondamiento y de sosiego, relacionarse bien con las personas empleando tiempo en mirarlas y en acogerlas.

                ¿Fue Francisco de Asís alguien que supo caminar despacio? Es cierto que su época el ritmo de vida era mucho más moderado que en la nuestra. Pero, como decimos, la prisa ha sido patrimonio de la humanidad desde siempre. Él se tomaba el tiempo necesario de oración y de silencio porque el alimento espiritual había que tomarlo despacio, decía. No tenía prisa en la relación con las personas y, aunque diera un asunto por zanjado, siempre dejaba la puerta abierta por si el hermano quería volver a ello, como demuestra la maternal cartita que escribió a Fray León. Aprendió en lenguaje de los disfrutes sencillos y el arte de vivir con poco, de tal manera que su corta vida (42 años nada más) fue suficiente para colmarle el alma de dicha, más allá de sus limitaciones. Precisamente por este caminar sosegado su propuesta de vida fue atrayente, ya que él no ofrecía a nadie grandes obras, inmensas conquistas o beneficios que aumentaban día a día. Como diría el cantante Jorge Drexler “amó la trama más que el desenlace”, el don que Dios le hacía cada día más que un final forzado, un llegar a término sin haber pasado cada día ante su Dios.

Disfrutar, rezar, caminar, relacionarse, guardar de vez en cuando un silencio contemplativo frena el ritmo trepidante de los días. Es lo que hace a la persona más espiritual.

 

7. El reto de aceptar humanamente a la hermana muerte

 

                La manera como la cultura occidental sigue entendiendo la muerte es muy histérica: muere una persona joven y nos conmovemos, muere un anciano y decimos que cuando quiera era hora; muere alguien de accidente y nos estremecemos, muere uno en su cama y nos parece normal; muere alguien de dura enfermedad y nos sobrecogemos, muere alguien de muerte “natural” y nos parece lógico. En definitiva, siempre estamos ante el misterio del morir. ¿Por qué nos sobrecogen tanto las circunstancias y no el hecho mismo de tener que morir?

Pasan los años y avanzamos poco a la hora de entender de manera humana nuestra muerte. La adornamos, la ocultamos, la alejamos, no queremos hablar de ella. Pero ella sigue ahí. ¿No habría una manera humana de entender y vivir el morir? Más aún, muchas de las tendencias actuales en torno a la muerte (testamento vital, muerte digna, etc.), ¿no van en la línea de querer morir como personas que han amado la vida y que entienden su muerte como parte de ella?

Francisco de Asís ha tenido una actitud singular ante el hecho de la muerte. Ponemos a la vista algunos rasgos peculiares. Según dice 1C 109 Francisco quiso recibir a la muerte cantando. Mandó a sus hermanos “que cantaran en voz alta las alabanzas de Dios por la muerte que se avecinaba”, el Cántico de las Criaturas. Y él mismo “entonó con la fuerza que pudo el salmo de David que dice: Con mi voz clamé al Señor”. ¿Quién recibe a la muerte cantando sino quien ha vivido su vida de manera reconciliada?

En LP 100 dice que Francisco insistió en que el médico le dijera la situación real de su salud. Y cuando le dijo que le quedaban pocos días de vida, él exclamó: “Bienvenida sea mi hermana la muerte”. Cuando Francisco llama “hermana” a la muerte desvela la realidad de una persona totalmente pacificada por dentro, capaz de asumir su último trance como algo valioso y positivo, como culminación de su vida y como paso a su plenitud.

2C 217 dice que Francisco quiso morir desnudo sobre la tierra. Se suele decir que es para imitar a Cristo pobre y desnudo. Pero Manselli, gran estudioso del franciscanismo, dice que es un gesto profético: los frailes ambicionaban reliquias de Francisco porque veían que el pueblo las demandaba. Francisco, contrario a este “tráfico”, hace el gesto profético de despojarse de todo. Su muerte era, como su vida, profecía pura hasta el final. No es una muerte en la derrota. Muerte siempre unida a la vida

Bastan estos pocos rasgos para intuir que el santo de Asís vivió en modos nuevos el tránsito de su vida. No hemos avanzado mucho en la reconciliación y el entendimiento con un hecho importante de la vida como es la propia muerte. La separamos de la vida y no la entendemos. Si la uniéramos a ella, si la viéramos como culminación de nuestro humilde pero hermoso camino, si la percibiéramos como posibilidad más que como castigo, habríamos dado un paso de gigante en la comprensión y en el gozo de vivir.

Quizá el hermano Francisco, con su muerte hermosa y simple, podría ayudarnos a reconciliarnos con ese paso que sentimos y vivimos de formas tan rígidas.

 

 

III. RETOS A LA MANERA DE MIRAR LA SOCIEDAD

 

                La manera de mirar es decisiva para una buena comprensión de la realidad social. Ésta demanda al franciscano de hoy una manera distinta de considerarla. El fenómeno de la globalización propone un escenario social radicalmente nuevo y el reto de la no-violencia sigue más vigente que nunca y su correlato de la paz. Habrá que mirar a las causas de la pobreza, razón de muchas de las migraciones de hoy hasta creer que nadie es ilegal por carecer de papeles. Para mirar de manera distinta habrá que pensar en comenzar por construir la amistad cívica. Con esta clase de elementos se puede aspirar a una nueva mirada sobre la sociedad.

 

1. La fraternidad franciscana ante la globalización

 

Los grandes retos sociales, y quizá el de la globalización sea el mayor, requieren respuestas interaccionadas, de comunión, de elemental coordinación. Por eso, para construir en modos adecuados la respuesta a este reto que, como familia franciscana, se nos exige hoy será preciso generar pensamiento y, sobre todo, caminos comunes, por modestos que sean.  Pensar la globalización es tarea actual, y los pasos que se van dando en esta materia son muchos. Quizá nuestro esfuerzo radique en trasvasar este pensamiento a lo cotidiano de nuestra vida, tarea, en no pocos casos, aún por hacer. Aquí, cualquier intento es válido, incluso el del gesto, porque los gestos hablan el lenguaje del futuro y son la verificación en el hoy de que las cosas realmente pueden cambiar. En estos momentos, lo importante no está en la capacidad real que los franciscanos pueda tener para incidir en el enorme fenómeno de la globalización, que, sin duda, ha de ser modesta, sino en la disposición que manifestamos para apuntarnos a este trabajo. En esta actitud que cambia la cuestión de “qué podemos hacer” por la de “qué estamos dispuestos/as a hacer” se halla el quid de la cuestión.

Cuanto más nos adentramos en el mensaje franciscano, tanto más nos vamos convenciendo de que la mejor aportación de Francisco y Clara a la sinfonía de la vida eclesial y a la misma historia no es sino su ingenua e increíble utopía de la fraternidad universal. Es la fraternidad que crea relaciones nuevas, definitivas, no solamente entre las personas sino con el resto de los seres creados. Cuando Francisco derrama profusamente en sus escritos la expresión “hermano/a” dirigida no solo a las personas, sino al cosmos entero no lo hace como quien usa un latiguillo más o menos poético. Francisco cree que el hermano débil es hermano, y que lo son también el bandolero, la muerte, la piedra, el sol, el agua, el gusano, etc. No hace poesía sino que cree en una extraña hermandad. Esto solamente puede provenir de una persona que ha captado profundamente el “origen común” de todo el hecho creacional (LM 8,6). Francisco cree que si tenemos el mismo origen común, el corazón del Padre que tiene características maternas, entonces toda criatura es hijo o hija. Esta mirada solamente puede brotar si uno/a logra librarse del instinto de posesión. Él se siente verdaderamente hermano porque puede acoger las cosas sin los intereses de la posesión, del lucro y de la eficacia como valor exclusivo. “Desde esa posición puede reconciliarse con todas las cosas e inaugurar una democracia verdaderamente cósmica” (L.Boff, Ecología, p.268).

Los franciscanos/as que se sientan cada vez más tocados por esta problemática serán aquellos que se pregunten cada vez más y con mayor seriedad por el futuro de nuestro planeta. Esa pregunta podría llevar a hacer una especie de “voto”, como dice el hermano H. Schalük: el voto de servir a la vida, la paz, la justicia, la lucha contra la pobreza, el triunfo de los derechos humanos y la conservación de nuestra ‘Madre tierra’ y su biosfera.

 

2. El reto cotidiano de la paz

 

La vida cotidiana es el espacio donde se manifiesta en cada acción y cada comportamiento las relaciones que hemos establecido con los demás y con la naturaleza para satisfacer nuestras necesidades en un momento histórico determinado. Es el ámbito donde la vida se concreta en mil acciones que se repiten a diario y que tomamos como algo tan familiar y conocido que no nos paramos a pensar que es lo que se esconde detrás de esta realidad tan normalizada y naturalizada, incluso hasta el punto de que la vivamos como la única realidad posible.

Pero la cotidianidad oculta detrás de esa aparente normalidad un campo lleno de conflictos y malestares invisibilizados que no solemos analizar más allá de sus efectos. Solamente una actitud crítica frente a esa "normalidad" nos puede proporcionar claves de comprensión sobre la génesis de este espacio de lo cotidiano donde se funden y se concretan los procesos macro y micro sociales de nuestra formación social y donde somos simultáneamente producto y productor de nuestro entorno. La vida cotidiana representa por tanto un campo idóneo para, desde una concepción multidisciplinar intervenir, investigar y trabajar para una transformación social profunda hacia la construcción de una Cultura de Paz.

Por eso, no nos ha de extrañar que situemos el tema de la paz en el marco de los retos cotidianos. Es en lo diario donde hay que ir verificando si esa cultura de la paz va haciéndose vida en nuestras actuaciones personas y comunitarias. Francisco de Asís no ha elaborado ninguna teoría sobre la paz ciudadana y social. Él, simplemente, ha actuado en conflictos ciudadanos tratando de aportar un poco de cordura y de sosiego para que brotara la rara planta de la paz. Francisco de Asís se llega hoy hasta nuestras calles, entra en nuestras casas impregnadas de violencia, en nuestros estadios de fútbol tan agresivos, en nuestras asambleas sociales tan crispadas, en nuestro propio interior tan extraño a veces y nos anima a alejarnos lo más posible de los modos de la violencia, a tener por una certeza inconmovible que la paz es más productiva que la violencia y que el destino de lo humano es la fraternidad, cosa que se logra en el trabajo por erradicar toda suerte de violencia. Si por algo sigue viva la figura de Francisco en nuestra sociedad es por haber sido hombre de paz, que es lo mismo que decir hermano de todos sin distinción. Esa ha sido su mejor aportación al caudal de vida de la historia.

Es preciso salir de una situación de pasividad que nos hace, sí, lamentar la violencia pero no movernos en maneras prácticas en dirección de la paz. Hay que contagiarse esa decisión y saber que, mientras no actuemos, el edificio de la paz no progresa. La simple decisión irá desvaneciendo la paralizante pregunta de “yo qué puedo hacer”, para dejar ver que siempre hay posibilidad de colaboración en esta tarea enorme de construir una vida pacificada. “Bienaventurados quienes construyen la paz”. Ésa es la mejor bienaventuranza que nos propone hoy el mensaje franciscano.

 

 

3. El reto de la no-violencia activa

 

A estas alturas resulta obvio afirmar que la mayor fuente de sufrimiento en toda la historia de la humanidad ha sido la violencia. Desde las heridas más ocultas hasta los mayores desastres que ha debido encajar el género humano tienen como raíz común la violencia en todas sus variantes. El largo camino de lo humano, de más de cuatro millones y medio de años ha estado mezclado a la violencia, engendrando infinitos sufrimientos. Solamente en períodos muy breves, en personas muy concretas, ha anidado la paz y el gozo. Quizá eso haya sido suficiente para poder alimentar la utopía de un mundo sin violencia en el que la fuente del sufrimiento pueda secarse para siempre.

                De los datos de los escritos franciscanos se desprende que la reacción de Francisco ante la violencia del sistema, y en la que él mismo ha llegado a participar, es la que hoy denominaríamos como no violencia activa.  La opción de Francisco, en efecto, no puede diluirse en un pacifismo interior que no se concreta en nada. Es cierto que quizá fuera más pacífico que pacifista, en el moderno sentido de la palabra. Como dice José A. Merino, Francisco desarrolló una especie de estrategia pacifista. Así queda mostrado en la Regla de la Tercera Orden en la que prohíbe a los franciscanos seglares, llevar ninguna clase de armas, hacer juramentos de componente bélico y les anima a testar para evitar el abintestato que contribuya a engrosar las arcas de los señores de la guerra.

                Francisco y Clara de Asís han vivido en el oscuro y violento mundo del medievo. Quien leyera la realidad de sus vidas superficialmente pensaría que la amargura y el sufrimiento no les han tocado. Nada más lejos de la realidad. Sólo personas como ellas, que no han temido bajar al sótano del dolor humano, han podido engendrar cantos a la vida tan hermosos como el Cántico de las criaturas. Dice el poeta C. Mestre, en tonos algo dramáticos, que “en lo aullado da inicio la fragancia”. Podríamos decir que Francisco ha “aullado”, permítasenos la expresión, ha gritado su dolor y el dolor de la misma creación viviendo una densa noche oscura. Es entonces cuando ha brotado la fragancia del amor y de la amplia fraternidad. Como dice L. Boff, “se sintió en el reino, símbolo de la total reconciliación del ser humano con su corazón, con los demás, con el cosmos y con Dios. Se levantó. Se detuvo a meditar por un momento. Y entonó el himno a todas las criaturas” (Ecología,  p.270). ¿Cómo una vivencia tal no va a resultarnos paradigmática, iluminadora, apoyo para nuestras búsquedas?

                Quienes quieren vivir en modos franciscanos esta existencia, don de Dios, que les ha sido regalada no pueden menos de intentar repetir en nuestro hoy los valores hondos de aquella utopía que soñaba la hermosa realidad de una fraternidad universal ajena a cualquier sufrimiento. Desde ahí habrán de interrogarse sobre las situaciones de violencia que les rodean y sobre su propia violencia. Quizá puedan contribuir no solamente a hacer que disminuya el caudal de sufrimiento que hoy anega la tierra sino a ofrecer una alternativa de paz y de no violencia que vaya secando las marismas del mal hasta hacer que brote la tierra firme, el jardín hermoso a que están llamadas a ser esta pobre tierra, nuestra hermana, y esta familia única que es la familia humana, aunque ambas estén hoy tan heridas.

 

4. El reto de las causas de la pobreza

 

                Es viejo y verdadero el aforismo escolástico de que “no hay efecto sin causa”. La pobreza ha sido una acompañante del caminar humano, en variadas modalidades y con consecuencias distintas, siempre adversas. Muchas entidades humanitarias han trabajado denodadamente para paliar los devastadores efectos de la pobreza. Su mérito es grande, aunque los resultados hayan sido pequeños. Pero pocas de esas personas se han preguntado con seriedad sobre las causas de la pobreza, sobre los mecanismos sociales estructurales que generan pobrezas y pobres. El sistema se frota las manos cuando ve que mucha gente trabaja con denuedo contra la pobreza pero no apunta sus dardos a los causantes reales de tales pobrezas. Los afectados por la pobreza se manifiestan y hasta se revuelven contra sus respectivos gobiernos exigiéndoles que arreglen tamaña injusticia. Pero en realidad, hoy en día, los causantes de la pobreza no son los gobiernos, aunque con su mala gestión puedan incrementarla, sino las grandes multinacionales, las enormes empresas alimenticias, las grandes corporaciones petrolíferas, los fabricantes y vendedores de armas, etc. Estas personas-entidades salen indemnes de cualquier vaivén y generalmente aumentan sus beneficios a resultas de las crisis que ellos mismos provocan. Cuando la crisis alimenticia mundial es más álgida y muchos gobernantes de todo el mundo se reúnen en Roma auspiciados por la FAO en 2008 para tratar el problema, se sabe, antes de que termine la reunión, que los alimentos acaban de encarecerse más. Cuando la crisis se recrudece, los ejecutivos siguen repartiéndose pingües beneficios. Parece un sarcasmo, pero es una realidad.

                Hay quien apunta en la dirección de las causas, como lo hizo el suizo J. Ziegler en la citada reunión de la FAO: “Las instituciones de Bretton Woods (Banco Mundial y FMI), con el gobierno de Estados Unidos y la Organización Mundial del Comercio, incluso se niegan a reconocer la existencia de un derecho humano a la alimentación e imponen a los Estados más vulnerables el consenso de Washington que favorece la liberalización, la desregulación, la privatización y la reducción de los presupuestos nacionales de los Estados. Este modelo, que genera aún más desigualdades, (…) tiene consecuencias especialmente catastróficas en el derecho a la alimentación en tres de sus aspectos: la privatización de las instituciones y servicios públicos, la liberalización del comercio agrícola y el modelo de reforma de la propiedad de la tierra basado en el mercado”. Pero la gran parte de quienes podrían decir una palabra en este tema, miran para otro lado.

                ¿Y la Iglesia? ¿Y los franciscanos/as? Hay que reconocer que, en general, también la vida cristiana, a veces incluso en connivencia con el sistema, ha trabajado con denuedo en los efectos de la pobreza, pero ha ignorado las causas. Quizá se piense que ese campo no es el nuestro, pero, como decimos, ahí está la fuente de los mayores dolores de la humanidad. Se cree, con cierta ingenuidad, que el hambre mata, pero lo que realmente mata es la desigualdad que lo provoca. ¿Estamos todavía a tiempo para escuchar este reto? Sí lo estamos, aunque necesariamente nuestras actuaciones hayan de ser modestas. La magnitud del reto no habría de oscurecer la exigencia de respuesta.

 

5. El persistente reto de las migraciones

 

Aunque le emigración siempre se ha dado en la historia humana porque, como dijo el sabio, los hombres no son como los árboles que no tienen pies, lo cierto es que, debido a la creciente diferencia entre los países del Norte y del Sur, asistimos hoy a un boom de la emigración de alcance universal, porque no solamente vienen de África sino de América, del Este de Europa, de todo Asia. La misma crisis financiera que sufrimos no frenará el flujo migratorio, ya que la necesidad y la pobreza empujan en la dirección de emigrar a ganarse la vida. Creemos que para entender un poco todo esto, para empezar a asimilarlo, para prestar apoyo sobre todo, la espiritualidad franciscana puede ser una gran ayuda.

                Hay que constatar que este tema de la extranjería tiene en Francisco, por así decirlo, un arraigo cristológico. Para él, que ha descubierto en modos verdaderamente innovadores la humanidad de Jesús, no es de extrañar que conceptúe a este como “pobre y huésped” (1R 1,9). No se trata de que Jesús haya “pasado” por este mundo como un huésped sino que efectivamente lo ha sido, experimentando el desarraigo, la itinerancia, incluso la transeúncia, como lo han hecho tantos pobres de todas las épocas. Pertenece a su vida el vivir en modos de hospedaje. Esto fundamenta las opciones concretas del estilo de vida que propondrá Francisco a sus seguidores.

                Francisco y Clara hacen de 1 Pe 2,11 un lema de su vida: “Amigos míos, como peregrinos y extranjeros que sois...portaos honradamente”. La 1 Pe es una carta que trata de decir a los creyentes emigrados a países paganos que tienen en la comunidad su verdadera patria, pero que han de aceptar su ser extranjero tratando de vivir con honradez para que la integración con su nuevo contexto social se haga con el menor precio posible. Y si sienten la herida de su ser extranjero, la comunidad será su bálsamo y su amparo. Quizá más al fondo de todo esto hay un sentimiento de fuerte itinerancia histórica que afecta a todo ser humano. El AT ya lo había formulado a su manera: “La tierra no se venderá sin derecho a retracto: porque es mía, y en lo mío sois forasteros y extranjeros”, dicen las leyes levíticas del año jubilar (Lev 25,23). Hay aquí como una fuerte experiencia de humanidad: la aventura humana es “pasar”, ir hacia algún sitio, hacia alguna plenitud. La fuerte aventura de lo humano, vieja ya de 4,4 millones de años, es una aventura de formidable paso, de mutación increíble, de suma no cerrada de itinerancias y caminos siempre abiertos. Quizá en Francisco haya algo de esta profunda experiencia, y en sus escritos dos veces y en los de Clara una aparece explícitamente el texto de 1 Pe 2,11.

Las conclusiones son claras: Los franciscanos/as habríamos de situarnos en este problema en maneras proféticas. Las gentes de orden ya trabajarán por sus ideas. Pero nosotros/as habríamos de estar sin más al lado de quienes vienen en todas sus reivindicaciones. Habríamos de hacer campaña para recibirlos sin prejuicios, no sólo para paliar el derecho del que han sido despojados, sino para que sacudan nuestras certezas y resitúen nuestras maneras de entender la realidad y la misma fe. De alguna manera habríamos de hacer nuestro el lema “Nosotros también somos emigrantes”, porque en el fondo lo somos. Finalmente, éste es un momento decisivo para la historia de nuestros pueblos. Esto no va a ir a menos porque las diferencias Norte-Sur van a más. No nos cerremos a este momento de profecía social. Sería como cerrarse al Evangelio. Toda una tarea por delante.

 

6. El reto de no tener a nadie por ilegal

 

                Ocurre con alguna frecuencia que los vecinos de un barrio de emigrantes se levantan en “armas” ante las redadas que la policía hace contra algunos ‘sin papeles’. Una protesta espontánea y decidida de la gente hace que la policía se vuelva a meter en las furgonetas en las que se había desembarcado en el barrio y se bata en retirada. Al grito de “ningún ser humano es ilegal” el vecindario logra formar un muro infranqueable a las fuerzas del orden y su discutible actuación.

                Es que la ciudadanía ha comprendido que con los llamados “sin papeles” hay, sí, un problema administrativo, pero no tiene que haber un problema humano. Hay que tener presente que toda persona es digna y que a esa dignidad le son inherentes los derechos básicos de la salud, la alimentación, el trabajo, la vivienda, la educación. Luego se verá cómo se articulan esos derechos en la vida concreta de un país. Pero aplicar a algunas personas es calificativo de “ilegal” es totalmente inaceptable. La dignidad inherente al ser humano hace toda persona legal. Y, por lo mismo, no se puede discriminar a quien no tiene papeles como si su dignidad fuera de rango inferior.

                ¿Apoya esta visión de las personas la espiritualidad franciscana? Decididamente. En su Primera Regla (VII,14) Francisco lo dice bien claramente: “Y todo aquel que venga a los hermanos, amigo o adversario, ladrón o bandido, sea acogido benignamente”. Cuánto más si quien viene a nosotros no es ni ladrón, ni bandido, ni adversario: es una persona como nosotros, con nuestras mismas necesidades, con los mismos derechos. Y, si cabe, con alguno más porque vienen de la pobreza y de la injusticia que les hemos inferido con nuestros abusos colonialistas (aún vivos).

                Quizá para acoger esta espiritualidad haya que bajar al sótano de nuestra verdad y aplicarnos aquel saludable principio del hermano Francisco: “Cuanto es el hombre delante de Dios, tanto es y no más”, dice la Admonición 19. O sea, que nosotros no somos ni nuestra riqueza, ni nuestro desarrollo, ni nuestro bienestar, ni nuestro llamado progreso, ni nuestra influencia política (cosas de las que carecen los emigrantes pobres). Estamos, como ellos, necesitados de comprensión y de amparo, somos mendigos de amor, anhelamos tener una casa en el corazón de las personas, deseamos que nuestras lágrimas sean respetadas y consoladas. Aquí nos igualamos con toda persona, sea de esta tierra o de cualquiera otra.

                Bien lo dice la hermosa canción de Rafael Amor: “No me llames extranjero, por que haya nacido lejos, o por que tenga otro nombre la tierra de donde vengo. No me llames extranjero, porque fue distinto el seno o porque acunó mi infancia otro idioma de los cuentos. No me llames extranjero si en el amor de una madre tuvimos la misma luz en el canto y en el beso con que nos sueñan iguales las madres contra su pecho”.

El franciscano, no habría de considerar a nadie ilegal. Y aún más: tendría que tratar con benignidad a quien viene a nosotros buscando una vida que sea más humana y más capaz de derramar dicha en las casas de los pobres.

 

7. El reto de construir la amistad cívica

 

                Con demasiada frecuencia el panorama político nos muestra el espectáculo de personas que, perteneciendo al mismo país, a la misma cultura, al mismo pueblo, incluso a veces a la misma familia, no solamente discrepan en ideas y palabras, sino que escenifican una ruptura y un rechazo que nos dejan perplejos. ¿Cómo siendo conciudadanos, vecinos, familiares, se tratan tan mal? ¿Cómo vamos a enseñar a los niños el respeto, los valores de la convivencia, el lenguaje moderado, las actitudes sosegadas si los adultos, incluso los de más prestancia social, van por caminos opuestos?

                La catedrática de ética de la Universidad de Valencia, Adela Cortina, ha acuñado el concepto de “amistad cívica”. La define así: “La amistad cívica sería más bien la de los ciudadanos de un Estado que, por pertenecer a él, saben que han de perseguir metas comunes y por eso existe ya un vínculo que les une y les lleva a intentar alcanzar esos objetivos, siempre que se respeten las diferencias legítimas y no haya agravios comparativos.” La evidencia de la mera convivencia habría de llevar a un vínculo de unidad y, por lo mismo, de respeto y de una cierta amistad que excluyera la deslegitimación, el menosprecio y el rechazo.

                ¿Fue Francisco una persona en la línea de la amistad cívica? Sí, a la manera de su época. Él participó en las luchas sociales de su ciudad entre “mayores” y “menores”, aliado, claro está del lado de los “menores” porque él no era de origen noble. Esa lucha insensata, como toda lucha, le dejó clara una cosa: había que ponerse del lado de los “menores” pero no con las armas, sino con la fraternidad. A ello dedicó el esfuerzo de toda su vida. Respetó sin juzgar a quienes eran de otra clase social, a “quienes llevan vestiduras blandas y de color”. Pero eso no quería decir que sus posturas de opresión social las considerara justas. Nunca hizo migas con poderosos opresores. Creyó, como dice la obra Sacrum Commercium de san Buenaventura que “el mundo era su claustro”, porque consideró que en cualquier parte del mundo podía vivir un franciscano al sentirse hermano de todos. Subrayó, sobre todo, su amistad cívica con los excluidos, con los que el menor habría de “estar contento”. Porque esos tales son los más necesitados de amistad.

                A los franciscanos se les ha identificado muchas veces como “gente del pueblo” por su cercanía a los estratos populares. No estaría mal que, en esta época, se les calificara como buenos ciudadanos, personas que están interesadas en que la convivencia ciudadana marche por sendas de respeto y aprecio, ya que todos estamos en la misma barca. Hay en París un movimiento contemplativo de reciente fundación que se llama “Monjes ciudadanos”. Definen su carisma como “monjes en el corazón de la ciudad”. La vida franciscana, sin ser monástica, también quiere estar en el corazón de la ciudad para generar ciudadanía, que es un rostro actual de la fraternidad.

 

 

IV. RETOS EN LA FRONTERA

 

                Es lógico que el terreno de muchos de los retos sea el de la frontera, como lo es el de la profecía. Por eso hay que acoger el desafío de las generaciones jóvenes y sus aporías y cómo acompañar a la persona en el resbaladizo terreno de los problemas éticos. Todo ello animará al franciscano/a a frecuentar más el futuro y sus interrogantes.

 

1. El reto de la frontera

 

Actualmente hay una zona que está densamente poblada por personas que se siente confusas, perdidas y solas. Las respuestas que dieron los gurús de ayer no iluminan ni dan seguridad. Se necesita una nueva sabiduría para nuestro tiempo. Esa nueva sabiduría está lejos del sistema, en la frontera, en los lugares donde se cuece la vida, en los mismos márgenes.

Hay franciscanos que trabajan denodada e infructuosamente para que nada cambie y siguen viviendo como si no fuera a cambiar nada. Se desentienden de los procesos, aunque en realidad se percatan, cómo no, de lo que se avecina, de lo que ya ha llegado. Otros, de una u otra forma se hacen la pregunta del futuro de la fe y piensan si situarse en la frontera, en las “lindes del día”, en las preguntas no será un buen lugar para responder a la pregunta del futuro de la fe.

¿Se puede aplicar a Francisco el concepto de frontera? ¿Han sido sus actuaciones fronterizas? Quizá sea excesivo. Pero espigando en los episodios de su vida se advierte un innegable componente fronterizo que puede iluminar nuestras actuaciones de hoy. Veamos: La conversión de Francisco ha estado marcada por un éxodo fuera de las murallas de Asís. Allí encontró a los pobres y allí encontró el sentido. Además, Francisco rompió con la sociedad del poder. No fue un marginado social por principio, sino que la vida le hizo ver que en los márgenes había más posibilidad de vida que en el centro del sistema. El hermano Francisco supo aceptar se desechado por los hombres, colocándose en el centro mismo de la exclusión que sufrió Jesucristo doce siglos antes.

Las voces desde la frontera son quedas, sofocadas a veces, pero tenaces. Los franciscanos/as tendríamos que poner hoy a la escucha de esa llamada desde la frontera para poder encajar mejor el reto que nos viene del margen. Ahí está la llamada de los náufragos del sistema que empuja a una vida franciscana lejos del derroche de una sociedad deliberadamente consumista que menosprecia y olvida el número de náufragos que habitan el ancho mundo. La llamada de los persistentemente despojados de derechos, porque a más de sesenta años de la Declaración de la Carta de Derechos Humanos de la ONU la constatación es la de un gran fracaso en su cumplimiento, ya que amplias capas de población del mundo no han atisbado aún la posibilidad de que sus vidas estén amparadas por tales derechos.

Sigue ahí la llamada de quienes no tienen tribunal alguno al que acudir. Es la llamada de todas las personas a quienes la justicia humana no da ningún tipo de respuesta para sus anhelos de justicia. La llamada de quienes no tienen dónde comer, dónde dormir, dónde estudiar, dónde ser curados.  La llamada de quienes tienen peligro de caer en el abismo de la soledad y del olvido, llamada que se agudiza en las macrociudades modernas donde cuantos más millones de personas se juntan, más aumenta el nivel de soledad de cada una de ellas. La llamada de quienes no renuncian a su voz, aunque los acallen, sofoquen y enmudezcan. Inmigrantes, transeúntes, estigmatizados sociales, desposeídos, desestructurados, gentes que no cuentan en el concierto social. La llamada de todos los crucificados, de pueblos enteros que sufren hoy el peso de la exclusión en todo el mundo, singularmente en el continente africano.

A algo de eso está llamado el franciscano. Ahí es donde se pone a prueba su utopía, su tenacidad creyente, su reciedumbre y su capacidad de resistencia.

 

2. El reto de acercarse a las generaciones jóvenes

 

                               ¿Qué les queda por probar a los jóvenes? La pregunta denota ya una cierta desconfianza y lejanía. Pero es bueno plantearla. La radiografía de la juventud que ofrecen los estudios sociológicos más recientes presenta curiosas paradojas. Por una parte, nunca han tenido tantas posibilidades formativas, alternativas de diversión, capacidad económica o menores restricciones a la libertad. Las encuestas señalan el sorprendente hecho de que algunos jóvenes manifiestan que tienen “demasiada libertad”. Por otra parte, la desorientación, la falta de motivación y un distanciamiento escéptico respecto a las grandes causas, las preguntas existenciales o el bien común, parecen indicar que esa libertad “de” no acaba de convertirse –para muchos de ellos- en una libertad “para” como diría Erich Fromm. Cuando se les pregunta si son felices, las contestaciones muestran también una curiosa disparidad: la mayoría manifiesta estar bastante o muy satisfecho con su vida pero, al mismo tiempo, cuando se describen a si mismos ofrecen un panorama, más bien poco estimulante. Según señala Javier Elzo, “en los estudios llevados a cabo desde 1999 hasta la actualidad, entre el 81% y el 89% de los jóvenes se dicen felices (muy o bastante). Pero: En los datos de 2005 los jóvenes señalan que los rasgos que más les caracterizan son ser “consumistas”, “pensando sólo en el presente”, “egoístas” y “con poco sentido del deber y del sacrificio”. Por contra parece que los rasgos que menos mencionan son “maduros”, “generosos”, “tolerantes”, “trabajadores”, “solidarios” y “leales en la amistad” (Los jóvenes, p.175).

Para los jóvenes actuales, es difícil encontrar la verdad (muchos dudan que exista) por eso prefieren descubrir lo verdadero, es decir, aquello que haya pasado por el criterio de verificación de la propia experiencia. Sólo dan por bueno lo que ellos mismos hayan comprobado que enriquece su vida. En la actualidad, desde una perspectiva cristiana, el problema de la evangelización de los jóvenes presenta al menos dos desafíos. El primero viene de la sociedad, que sólo ofrece un horizonte de sentido centrado en el disfrute de un bienestar cada vez más elevado vivido en clave individualista. El clima social hace muy difícil descubrir la dimensión trascendente de la vida y comprender que el verdadero acierto en la realización de la existencia consiste en entregarse al amor y a la justicia, en lugar de vivir centrado en uno mismo y las propias necesidades. El segundo reto, se encuentra en el interior mismo de la comunidad eclesial: ¿dónde pueden experimentar los jóvenes “en directo” la verdad, alegría, fecundidad y belleza del Evangelio? ¿Cómo podrán descubrir el “tesoro” que vale más que la vida si se encuentra, tantas veces formulado en unas categorías teóricas e instituciones prácticas tan alejadas de la sensibilidad juvenil?

Estamos hablando de un reto que parece que nos supera (siempre son así los desafíos). Pero, en realidad, hay maneras de encajarlo siempre que hagamos acopio de benignidad, aprecio y acogida. No queremos que los jóvenes sean como nosotros. Lo que deseamos es caminar con ellos para un mutuo enriquecimiento. Por eso, mientras el colectivo de la juventud se halle lejos de la comunidad franciscana no habremos logrado formar la comunidad humana que nos nutre y nos apoya. Además, nos parece que la espiritualidad franciscana, cuando se la concreta en planes de vida, es ofertable a los jóvenes de hoy. Pensamos que la minoridad, aunque aparentemente no demandada por la sociedad, es un valor que no pocos jóvenes aprecian en el fondo de su ser. Desvelar este anhelo es parte del reto que nos ocupa.

 

3. El reto de acompañar con ternura en los problemas éticos

 

                Somos conscientes de que el ámbito de lo que llamamos problemas éticos es muy resbaladizo. Temas como la sexualidad en todas sus variantes, la problemática en torno a la muerte, el ancho y entrecruzado mundo de la afectividad, el interrogante cada vez más agudo de la nueva ingeniería genética, etc., son realidades de una complejidad que se nos escapa. Cuando hablamos de que el franciscanismo ha de aceptar este difícil reto de nuestra cultura de hoy queremos situarnos en otro terreno, en el acompañamiento, la comprensión, el socorro fraterno y, en definitiva, la ternura.

Creemos que, efectivamente, una de las maneras de tratar de responder a este complejo reto es situarse en el terreno de la escucha, la cercanía, el acompañamiento sin juicio, aun cuando no se entiendan ni se compartan posturas o experiencias. Necesitamos hacerlo desde la ternura, desde ese sentimiento en que, quizá sin muchos argumentos, el interior conecta con la situación complicada de una persona y se establece una sintonía de acogida, de amparo y de aprecio. Más aún, esta ternura no brota de un sentimiento paternalista de superioridad, sino de la percepción de que, de alguna manera, todos estamos en la misma situación y que, salvadas las distancias, toda persona está necesitada de similar amparo. La verdadera ternura lleva a la sintonía porque percibe la igualdad de situaciones. Por eso se libra de todo orgullo, menosprecio o sentimiento de superioridad.

En las relaciones con sus propios hermanos cuando Francisco derramaba ternura y comprensión. De todos es conocida aquella escena descrita en LM 5,7 en que un hermano exageradamente austero siente un hambre enorme por la noche y Francisco organiza una especie de fraterna comida para que tal hermano pueda saciar su hambre sin vergüenza. Según este texto “no era partidario de una severidad intransigente, que no se reviste de entrañas de misericordia ni está sazonada con la sal de la discreción”. En esas “entrañas de misericordia” es donde anida la ternura que hace falta para salir al paso del hermano sin humillar a quien es víctima de su propia imprudencia. La dificultad para entender problemas éticos brota, con frecuencia, de un sentimiento de superioridad no tratado. Si no se trabaja, la posibilidad de un enfoque nuevo es muy limitada.

No queremos entrar en las muchas discusiones técnicas que suscitan estos complejos problemas. Ni siquiera deseamos litigar, ya lo hemos dicho, con las posiciones de la iglesia oficial. Nosotros queremos proponer una profecía de ternura desde la espiritualidad franciscana. Si esto lleva a ciertas complicaciones, es preciso estar dispuesto a aceptarlas con anchura de corazón y de espaldas. Creemos que, de alguna forma, el hermano Francisco, hombre de honda ternura, nos anima en esta dirección.

 

4. El reto de frecuentar el futuro

 

                En la famosa novela de A. Tabucchi Sostiene Pereira, el tal Pereira es una persona mansa que para huir de la cruda realidad se instala cada vez más en el pasado y en sus rígidas normas próximas al fascismo. El doctor Cardoso que se cruza en su camino le da un consejo: “Deje ya de frecuentar el pasado, frecuente el futuro”.

                Frecuentar el futuro, he ahí un reto más que un consejo. Ante la barahúnda de este confuso momento en que se mueve nuestro mundo, muchas personas se inclinan a frecuentar el pasado: aquellos eran buenos tiempos, aquella familia de siempre es la que vale, aquella Iglesia de antes tan fuerte y bien reputada es la que habría de tener ahora, aquellos políticos de mano dura que tenían controlado el país habrían de surgir ahora, aquella moral que ponía a cada uno en su sitio lo quisiera o no debería regir ahora. Y así hasta el infinito. La nostalgia del pasado en un calmante para la dureza del presente.

                Sin embargo, algo nos dice dentro que ese movimiento hacia atrás, ese pensar, como decía el clásico que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, es un suicidio por la puerta de atrás. Y esto es así porque hasta el más necio ve que, además de lo inexorable del tiempo, el pasado no vuelve nunca y que la vida verdadera se juega en el futuro, sea cual sea su catadura. El futuro es el futuro, valga la tautología. De ahí que más vale encarar lo resulta difícil que encastillarse en lo que es irreal.

                Francisco de Asís, no lo dudemos, fue alguien que miró con fijeza al futuro y se instaló en él frecuentándolo. Efectivamente, frecuentó el futuro cuando, sin tener referentes a la mano, ideó un estilo de vida fraterno desconocido hasta entonces en los parámetros de la simplicidad. Frecuentó el futuro cuando creyó, a pie juntillas, que la fraternidad era el verdadero horizonte de la vida, por muchas que fueran las heridas que se hacen los humanos. Frecuentó el futuro cuando mantuvo vivo el sueño de “otra Iglesia es posible” por el camino de la benignidad, la buena relación y el perdón. Frecuentó el futuro cuando entendió y vivió el camino de la sencillez y la pobreza no solamente como un gesto de austeridad, sino como un deber de justicia para los pobres a quienes, según él, había que “devolver” lo que Dios nos había dado. Frecuentó el futuro haciendo con decisión una obra de paz entre los contendientes de las ciudades de su entorno porque estaba convencido de que el camino de la paz era el único camino de futuro para los humanos. Frecuentó el futuro cuando miró con hondura a la realidad de Dios haciendo ver que el futuro de la vida encuentra su plenitud en el abismo amoroso del corazón del Padre.

                El escritor Eduardo Galeano tiene una sencilla “carta al futuro” en uno de cuyos párrafos dice: “Yo le pido, nosotros le pedimos, que no se deje desalojar. Para estar, para ser, necesitamos que usted siga estando, que usted siga siendo. Que usted nos ayude a defender su casa, que es la casa del tiempo”. Sí, necesitamos del futuro mucho más que del pasado. Los franciscanos y franciscanas habríamos de ser personas proclives a frecuentar el futuro, no gente instalada en las cavernas del pasado.

 

Conclusión

 

                En la larga historia del franciscanismo muchos hermanos y hermanas han vuelto la mirada a las fuentes como dinamizador de una indudable renovación. A veces esto se ha plasmado en un mimetismo externo que no ha producido grandes frutos. Creemos que una mirada a la sociedad desde la perspectiva de los valores franciscanos podría producir una posibilidad de renovación de gran envergadura. La mezcla del franciscanismo y del hecho social es hoy una asignatura pendiente.

                El haber espigado en los que consideramos principales retos de la sociedad de hoy a la vida franciscana  ha querido ser un intento de acercamiento. El hermoso camino de un franciscanismo moderno está ante nosotros.

 

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