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FIAIZ

Juan 109

CVJ

Domingo, 22 de abril de 2012

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

 

109. Jn 16,1-4a

 

Introducción:

 

                Uno de los lados más duros y crueles del comportamiento humano toma el rostro de la exclusión. Llevada al terreno social y político, la exclusión ha causado estragos en la historia de la humanidad: todas las luchas étnicas, todos los genocidios, todas la violencias que han herido la vida de los pueblos vienen de la raíz inhumana de la exclusión. En el terreno personal: todos los egoísmos, el mirar para el otro lado ante la necesidad ajena, la no implicación en la suerte de los pobres, el corazón cerrado a cal y canto ante el otro, todo esto proviene de un misterio de exclusión que siempre acecha al caminar humano. El antídoto, lo sabemos, es lo contrario: la inclusión, la acogida, el abrazo, el amparo, la conmoción por la necesidad y por la vida del otro, la certeza de que estamos ante un “familiar” y excluirlo de lo que sea carece totalmente de sentido.

                Jesús previene a los suyos de la exclusión que puede generar la pertenencia a su grupo. Lo habían sufrido en las carnes: los cristianos nacidos del tronco común del judaísmo eran considerados como unos “herejes” (así son denominados en los textos). Eso conllevaba una dura exclusión religiosa y social. Al prevenir, el Evangelio quiere que ese doloroso trago sea encajado con la mayor humanidad posible, sin responder, a modo de equivalencia, con idéntica exclusión. El rechazo puede llegar al límite inhumano, cainítico, de dar muerte al excluido. Ha ocurrido y ocurre. Es ahí donde habrá que sembrar humanidad denunciando tales atropellos y vertiendo bálsamo sobre las heridas de quien se siente excluido. De lo contrario, el Evangelio servirá para poco.

 

***

 

Texto:

 

16,1Os voy a hablar de esto, para que no se tambalee vuestra fe. 2Os excomulgarán de la Sinagoga; más aún, llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte, pensará que da culto a Dios. 3Y esto lo harán porque no han conocido al Padre ni a mí. 4Pero os he dicho esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho.

 

Ventana abierta:

 

Cuando pensamos en excluidos nos viene a la mente los sin techo que andan tirados por la ciudad. Pero hay excluidos por otras razones. Teresa se despertó una mañana de su matrimonio feliz y se encontró con que su pareja le había infectado de sida. "A mí y al bebé del que estaba embarazada. Lo mío me dolió, pero lo del niño me partió el alma", recuerda Teresa, alta, huesuda, ojeras y la voz firme. Corría el año 1993 y los seropositivos, aún más que ahora, tenían un estigma. Ella consiguió superar el bache gracias a la ONG Apoyo Positivo. "Menos mal, han sido mi punto de apoyo", dice. Ahora no tiene problema en hablar de su enfermedad, en cambio, su hijo, adolescente, tiene sida y no quiere "salir del armario". "Se lo tuve que contar con 10 años, el niño tomaba la medicación, veía en la tele cosas sobre el sida, y claro, no era tonto", explica su madre. Teresa tiene sida, al igual que Antonio. Pero ninguno quiere que su identidad quede oculta en unas iniciales o en una fotografía entre sombras. "Me llamo Teresa Rodríguez". "Y yo, Antonio Moraleda, soy homosexual, y también estoy enfermo de sida".

                Oramos: Que la oración nos lleve a mirar con aprecio a quien sufre exclusión; que nos lleva a implicarnos en algo; que nos lleve a ser humanos con todos.

 

***

 

Desde la persona de Jesús:

 

                Jesús previene contra la mordedura de la exclusión, la que él mismo ha sufrido fuertemente, para encajarla con humanidad. Eso quiere decir, para encajarla viendo la dignidad intacta en quien es excluido y captando la injusticia tremenda que es excluir a quien realmente necesita ser acogido más que nadie. Si no está encendida siempre la llama de la dignidad es fácil que se apague en aquellas vidas que son más frágiles. Si el anhelo de la justicia no está activo, fácilmente volveremos el rostro de aquellas personas que cargan más, injustamente, con el peso de la vida.

                Oramos: Te alabamos, Señor, por haberte mantenido en humanidad, a pesar de tu exclusión; te bendecimos por haber visto siempre la dignidad de la persona en quien era excluido; te damos gracias por no haber renunciado nunca a la parte de dignidad que toca a toda persona.

 

***

 

Ahondamiento personal:

 

                Excluir es un misterio de iniquidad. Hacerlo por motivos religiosos (se cree que ofrece un culto a Dios) es ya rizar el rizo de lo inhumano. Por eso, el lector del Evangelio y quien aprecie a Jesús se pone al otro lado de quienes excluyen por motivos religiosos, de quienes dicen que tal o cual colectivo no tiene acceso a los socorros de la fe por sus opciones sociales o sexuales. Eso no lo haría Jesús.

                Oramos: Que nunca excluyamos por motivos religiosos; que apoyemos a quienes son excluidos por tales motivos; que animemos a quien siente la mordedura de la exclusión de quien realmente tenía que acogerle.

 

***

 

Desde la comunidad virtual:

 

                Es un hecho que en nuestra comunidad virtual nunca se ha palpado la exclusión, porque nunca se ha dado. Más aún, siempre nos ha alegrado que venga gente, aunque no sea más que para pasar un día de convivencia. Si excluyéramos, quedaría en evidencia que no hemos entendido nada del Evangelio y que nuestro trabajo orante no tenía base. Por el contrario, laa cogida es la marca de verdad evangélica. Mientras acojamos, estamos cerca del Evangelio de Jesús.

                Oramos: Que no cejemos en acoger lo mejor que podamos; que nuestra alma y nuestro rostro se alegren cuando acogemos; que apreciemos y valoremos a quien tiene mucha capacidad de acogida.

 

***

 

Poetización:

 

Lo había experimentado

en sus propias carnes:

ser excluido

era lo más duro de la vida.

¿Cómo pudo encajarlo

sin que el corazón se le amargase?

¿Cómo pudo seguir amando

cuando se le negaba el amor?

Tuvo que mirar muchas veces,

muchas noches,

al rostro del Padre

para comprender que,

aunque uno sea rechazado,

el Padre jamás excluye a nadie.

Tuvo que mirar con piedad

el rostro y el corazón de las personas

para comprender

que la dignidad permanecía intacta

en quien era más rechazado.

Tuvo que caminar codo con codo

con los desvalidos

para entender que,

contra toda evidencia,

la justicia que se les negaba

no hacía que desapareciera

su exigencia de justicia.

Pudo prevenir contra toda exclusión

porque el sueño de su vida,

lo que llamaba “el reino”,

era una fiesta de total inclusión,

sin requisitos,

sin condiciones,

sin exigencias.

Toda persona estaba incluida

porque todos estamos necesitados

de amor y de dicha.

 

***

 

Para la semana:

 

                Trata de controlar esta semana los sentimientos y acciones de exclusión con los débiles. Hazles un sitio en tu vida. Acógelos.

 

***

 

Agua profunda

 

Curso de Teología

Para sacerdotes y laicos

Curso: 2011-2012

1 de mayo de 2012

 

 

“AGUA PROFUNDA

QUE EN MIL FORMAS ME ENCUENTRAS”

La experiencia cristiana en el lugar de la profundidad

 

 

 

Hay un poema de la escritora mexicana Carmen Boullosa con el que queremos abrir esta reflexión:

Agua profunda,
corriente que, sin ver jamás el monte,
sin conocer la selva,
diriges a tierra el mar,
el ciego.
Agua en que mil formas me encuentras
siempre más libre que la luz del sol.

 

         Hay en la vida unas corrientes profundas que subyacen a lo que se ve, al más elemental fenómeno. Son corrientes que nos nutren, nos encuentran, nos sostienen. Y lo hacen de mil formas, de maneras insospechadas, por caminos no marcados. Es que en esta reflexión queremos decir algo de esas “aguas profundas que en mil formas nos encuentran”. Queremos hablar de espiritualidad, de experiencia cristiana situada en lo profundo.

         Paul Tillich escribió inspiradamente en aquel librito llamado La dimensión perdida aquellas frases tantas veces citadas (Desclée, Bilbao 1970, p.101): “El nombre de esta profundidad infinita e inagotable y el fondo de todo ser es Dios. Esta profundidad es lo que significa la palabra Dios. Y si esta palabra carece de suficiente significación para vosotros, traducidla y hablad entonces de las profundidades de vuestra vida, de la fuente de vuestro ser, de vuestro interés último, de lo que os tomáis seriamente, sin reserva alguna. Para lograrlo, quizá tendréis que olvidar todo lo que de tradicional hayáis aprendido acerca de Dios, quizás incluso esta misma palabra. Pero si sabéis que Dios significa profundidad, ya sabéis mucho acerca de Él. Entonces ya no podréis llamaros ateos o incrédulos. Porque ya no os será posible pensar o decir: la vida carece de profundidad, la vida es superficial, el ser mismo no es sino superficie. Si pudierais decir esto con absoluta seriedad, seríais ateos; no siendo así, no lo sois. Quien sabe algo acerca de la profundidad, sabe algo acerca de Dios”.

         Efectivamente, el gran trabajo de la espiritualidad, quizá de las religiones, es recuperar la dimensión “perdida” (siempre por encontrar) de la profundidad. Es que el mayor enemigo de nuestras vidas y de nuestra fe es la superficialidad y sus epígonos el individualismo y la rutina. De esta manera, los trabajos de espiritualidad se convierten en tarea de profundidad.

         Por eso mismo, si todos los males le vienen a la experiencia creyente de ahí, de la superficialidad, de la falta de silencio, del consumismo, del ruido, es justamente por eso por lo que es preciso hacer un esfuerzo de ahondamiento, de contemplación, de profundización.

 

1. Herramientas hermenéuticas

 

         El logro de situar la experiencia cristiana en la profundidad no es posible sin algún tipo de herramientas hermenéuticas que ayuden al éxito de tal empresa. Proponemos tres:

a)    Nuevo lenguaje: Todos sabemos que lo que se dice y cómo se dice es un factor decisivo de comprensión y vivencia de una espiritualidad.  A veces se acusa a los teólogos más buscadores de que con su lenguaje innovador hacen mucho daño al pueblo sencillo. En realidad es justamente con el lenguaje rutinario, oficializado, esclerotizado, cansino con el que se hace mucho daño. No les falta algo de razón a quienes afirman que una de las causas de la descristianización de Occidente son justamente las homilías de las misas por su lenguaje de siempre, por sus latiguillos inamovibles, por sus referencias fosilizadas, por sus tópicos cansinos. Una siembra semanal de superficialidad. Eso lleva a la superficialización de la experiencia religiosa, a su destrucción. De ahí que sea imprescindible el llegar a construir lenguajes nuevos que han de tener como ingredientes el componente social, la visión siempre nueva de la Palabra y hasta una pizca de lírica, tan ausente y tan necesaria de nuestras catequesis espirituales. Creen los forofos del marco dogmático que con una buena doctrina es suficiente. Pero si esa doctrina tiene los ingredientes de lo repetitivo, de lo escuetamente oficial, de lo religiosamente correcto, es muy posible que la asamblea desconecte, se aburra y hasta “maldiga” en su interior del cansino predicador. Lenguajes nuevos para entrar al corazón de la persona por la senda de la novedad.

b)    Nueva cosmología, nueva antropología: Que ajuste nuestras conductas y maneras de pensar a la lógica del universo. Esa lógica no es otra que aceptar la expansión del universo lleva a la diferenciación y con ella a la complejización, a la subjetividad y de ahí a la interiorización, a la interdependencia y a la comunión. Si no se acepta la pluralidad, la complejidad, se vive en una masa homogénea; si no se acepta la subjetividad se muere el interior de la persona; si no se acoge la interdependencia no hay comunión y caemos en el aislacionaismo. Esto es lo que sigue pretendiendo la teología de la liberación hoy tan silenciada. Dice L. Boff en una de sus últimas páginas de Koinonía: “En términos del principio cosmológico, liberación personal significa liberarse de amarras para sentirse en comunión con todos los seres y con el universo, fenómeno que los budistas llaman «iluminación» (satori), una experiencia de no dualidad, y que San Francisco vivió en el sentido de una hermandad abierta con todos los seres. En términos sociales, la liberación a la luz del principio cosmogénico es la creación de una sociedad sin opresiones donde las diversidades son valoradas y expandidas (de género, de culturas y caminos espirituales). Esto implica dejar atrás la cultura del pensamiento único en la política, la economía y la teología oficial. Éste es el principal factor de opresión y de homogeneización. La liberación requiere también una profundización en la interioridad. Ésta ya no se satisface con el mero consumo de bienes materiales; pide valores ligados a la creatividad, a las artes, a la meditación y a la comunión con la madre Tierra y con el universo. La liberación resulta del esfuerzo de la «matriz relacional» especialmente con aquellos que sufren injusticias y son excluidos. Esta matriz nos hace sentirnos miembros de la comunidad de vida e hijos de la madre Tierra, que a través de nosotros siente, ama, cuida y se preocupa por el futuro común.  Por último, la liberación en la perspectiva cosmogénica demanda una nueva conciencia de interdependencia y de responsabilidad universal. Estamos llamados a reinventar nuestra especie, como lo hicimos en el pasado en las distintas crisis por las cuales pasó la humanidad. Ahora es urgente porque no tenemos mucho tiempo y debemos estar a la altura de los desafíos de la actual crisis de la Tierra”.

c)     Nueva perspectiva: Eso supone un situarse en otro ángulo de visión, en otro paradigma. Es aquella que hace de lo humano el lugar mismo de la comprensión, veneración y vivencia de la realidad de Dios. Es la mística horizontal, de ojos abiertos, que entiende que no es preciso salirse del marco de lo humano, sino de ahondar en él, para tener una verdadera experiencia espiritual, para colocarse ante el misterio, para apuntar al Trascendente. Pretender una experiencia espiritual nueva si moverse un palmo del terreno que se ha pisado siempre es pretender lo imposible. Trabajar por suscitar experiencia creyente teísta en una época y en personas en parte posteístas es muy difícil.

 

2. Ofertas

 

         Todos sabemos que las personas y la misma realidad son complejas. En ellas conviven espiritualidades antiguas y nuevas, búsquedas de caminos no hollados y persistencia terca en andar los caminos de siempre, esfuerzo por tender hacia horizontes nuevos y, a la vez, situarse en los términos de lo ya sabido. Por eso, junto a evidencias de secularidad, hay rebrotes increíbles de religiosidad de otra época, junto a creyentes que preguntan al futuro incansablemente tenemos a personas que frecuentan el pasado, se instalan en él y lo toman por el verdadero futuro. ¿Qué hacer en este marasmo? Nosotros optamos por un camino minoritario: hacer ofertas a quien quiera vivir una espiritualidad nueva, un estilo de fe mezclado al hecho social, una espiritualidad más que una religión, una coincidencia con los fondos comunes de toda experiencia trascendente más que un delimitar y marcar lo específico de la ideología cristiana. Es una opción, tan digna al menos como las demás. Decimos que es minoritaria pero, en realidad, es la única manera de poder hablar con la mayor parte del mundo de hoy que respira secularmente.

         Desde esta opción pensamos que sería bueno hacer algunas ofertas y participar cordialmente en ellas:

a)    Oferta de reflexión: Porque el sistema religioso apela más a la obediencia que a la reflexión, ya que la considera peligrosa. Todo lo más fomentará una reflexión en el marco mismo de los postulados oficiales y sin salirse de ellos. Pero la espiritualidad, que viene, no lo olvidemos, de un Espíritu “que sopla donde quiere”, demanda libertad, aire fresco, ambientes en los que se pueda respirar. Ahí ha de enmarcarse la saludable reflexión. Ese tipo de reflexión habrá que practicar y ofrecer en la medida en que se pueda. Esa reflexión será un camino bueno para una espiritualidad saludable, para una vivencia de lo cristiano en modos de cabalidad, de adultez.

b)    Oferta de silencio: Porque el ruido logra banalizar lo más denso de la vida. De ahí que haya que volver al silencio habitado ya que tal silencio nos resitúa, nos rehace, nos confronta a nosotros mismos, nos desvela poco a poco los valores de fondo, nos pone desnudos y gozosos ante el misterio. Las comunidades de creyentes habría de ser incansables en hacer ofertas de silencio, de retiro, de oración, de contemplación de la naturaleza. Ya lo dice bien y con cierta sorna aquel dicho de Pirqué Abbot: “Toda mi vida me la pasé entre los sabios y sus doctrinas y aprendí que nada hay más importante que el silencio”. Es preciso meter cuñas a la “oferta sacramental” que es, todavía, no solo la mayor sino prácticamente la única en nuestras comunidades cristianas.

c)     Oferta de vida simple: Porque, como decía el Hno Roger, se puede decir al ciudadano secular de hoy que Dios es amor y solamente amor con comunidades de buen corazón y de vida simple. La sencillez de vida es un dique al tsunami del consumismo. Espiritualidades laicas, como la del decrecimiento que pretende vivir mejor con menos, habrían de ir teniendo cabida en nuestros sistemas espirituales si queremos, además de predicar en desierto contra el consumo, generar caminos de vida alternativos que pongan el acento en lo que la persona es no en lo que tiene, compra o usa.

d)    Oferta de comunidad: Porque, se diga lo que se diga, nuestros modos religiosos no han necesitado de comunidad para que pervivieran. Todos lo más se ha apelado a ella en maneras oficiales, nunca personales (únicamente cuando se trata de temas económicos es cuando se recurre fuertemente a la idea). Es preciso ir generando estilos de vida cristiana donde lo comunitario se viva en cercanía, gozo y libertad (porque puede haber modos de vida que subrayen la comunidad pero como un todo, como un ejército, como un colectivo dirigido). La espiritualidad mezclada a la comunidad es la manera no solo de que se resista en el embate diario que tiende a despistar a la persona creyente, sino de que los logros sean más duraderos, eficaces y profundos. La vivencia de caminos espirituales en modos exclusivamente personales (aunque, evidentemente, la espiritualidad tiene un componente personal ineludible) resulta arriesgado.

 

3. Un plan de recuperación de la fe

 

         Un sector mayoritario de nuestra sociedad española ha pasado por una experiencia cristiana de componente básicamente religioso. Y, en parte, la sigue pasando. La misma reacción anticlerical de jóvenes que no han pisado la iglesia tiene, de alguna manera, un componente sociológico religioso, aunque sea antirreligioso. ¿Hay posibilidades de “volver a la fe”, a otra vivencia de fe? Parece que hay programas de pastoral que apuntan a ello (recordar el cuadernito Porqué volvía a la fe. Cuatro testimonios de Cristianisme i justìcia). Por eso la pregunta es aguda: ¿Cómo suscitar una experiencia espiritual en gente que ha tenido una “mala” (o superficial, o sociológica) experiencia religiosa?

         Vamos a dar algunas pistas partiendo de un relato real:

 

         La hermana de una amiga del sacerdote le pide que le acompañe y ayude en el tema de su boda. Aunque lleva viviendo cinco años con su novio, han decidido casarse porque los padres de ella, creyentes, van siendo mayores y si quieren disfrutar de la boda de su hija hay que moverse. Tienen tres reuniones el chico y la chica con el cura. Hay tiempo de hablar antes que nada de por qué han decidido casarse ahora (la razón de los padres mayores) y de su manera de sentir el hecho religioso y también su visión espiritual de la vida. Son profesionales geógrafos pero también cantan en un grupo de música regional y lo poético, lo bello, les va. Se prepara la celebración que desea se haga en una humilde ermita de su pueblo, en el Teruel profundo. Hay un intercambio de emails, además de las reuniones, que dejan perfilada la cosa: celebración sin misa, sin comunión aunque en ambiente religioso, textos hermosos, una música de sus compañeros de grupos, evangelio y explicación, ambiente acogedor y festivo (iluminan la ermita, flores, ponen megafonía).

         El día señalado, caluroso, se hace la celebración. El fresco de la ermita, limpia y adornada, invita a estar en lo que se celebra. Celebración modesta, corta de tiempo (un poco más de media hora), textos hermosos, evangelio explicado, consentimiento cálido, padrenuestro, emoción sencilla. La gente parece que disfruta. Se explica el Evangelio del “joven rico” que parece que no pega en una boda: “vete, vende y dalo a los pobres”. Es preciso que os “vendáis” el uno para la otra y que os déis a vuestras pobrezas. Ese es el significado del amor.

         Reacciones: a) Nada más terminar la celebración, en la campa que hay junto a la ermita se abalanzan sobre el sacerdote dos tíos de la novia, un señor mayor y una religiosa mayor, e increpan al sacerdote diciéndole si es matrimonio lo que ha hecho o no, si el Papa permitiría una cosa así. El sacerdote dice que cómo no va a ser sacramento, que comprendan que es la forma como han querido casarse sus sobrinos. Disgusto de las personas católicas. b) Por la noche, en el baile que hay en el polideportivo de la aldea donde se ha celebrado la boda un joven ve al cura sentado al fondo de la nave y le pregunta si puede hablar “de lo de la mañana”. Se sientan allí y comienzan con lo de siempre: “yo fui a colegio religioso, pero…”. Nos ven dos chicas y piden sentarse. Al tiempo ¡ocho personas jóvenes! Están con el cura en lo que parece un “concilio de ateos”. Se habla de todo, de los curas, del Vaticano, de los Obispos, más o menos lo de siempre. Pero de ahí se pasa a hablar de Jesús, del Evangelio, de rezar, de experiencias hermosas que les han llegado dentro, de otras maneras que habría de presentar lo cristiano. Allí, en medio del follón, se está dando una experiencia de espiritualidad.

 

         ¿Qué está indicando todo esto?

 

1)    Escucha y acompañamiento: No hay posibilidad de ofrecer un cauce de espiritualidad nuevo para gente marcada negativamente por lo religioso si no se ejercita el apostolado de la escucha y del acompañamiento, como decía Casaldáliga. Esto requiere, de salida, no ponerse en contra, no situarse en plan legalista, no censurar comportamientos morales discutibles, sino, al contrario, ser paciente, escuchar, acompañar, que se perciba que se está dispuesto a hacer un camino en la medida en que ellos lo quieran.

2)    Seriedad y racionalidad: A la hora de hacer ofertas éstas no pueden ser tomadas a broma, tienen que ser tratadas con seriedad. Pero también con racionalidad, sentido común y hasta un cierto humor. De lo contrario nos sale la veta clerical y nos ponemos trascendentes, cuando no censuradores. Saltarnos también los “miedos” morales, religiosos, administrativos. Que perciban que los cristianos podemos ser flexibles y acompañantes.

3)    Estar dispuestos a celebraciones o acciones  de cierta libertad: Porque si uno pone su fuerza en la fidelidad hasta la norma más irrelevante que pueda haber sobre estos temas tendrá que cerrarse a este tipo de posibilidades. Será fiel, pero todo quedará fuera. ¿Qué fidelidad es una que deja fuera a quienes no entran en los moldes del sistema? ¿Es la fidelidad de Jesús?

4)    Leer la Palabra en modos distintos: Si siempre se recurre a los mismos textos y siempre en el mismo tono, la gente se los “sabe” de antemano, se aburre, se duerme y deserta. Sorprender a la asamblea con textos releídos desde otra perspectiva, hacer lecturas humanizadoras, incluyentes, iluminadoras del hecho humano elemental. Comprobaremos la fuerza de la Palabra para abrir horizontes.

5)    Unirse efectiva y afectivamente a la celebración: No estar como al margen, como si uno “oficiara” por oficio. Bajar a la arena, meterse en harina y disfrutar como cualquiera de un momento espiritual hermoso.

6)    No ser el centro: Porque, al menos en una boda, lo importante no es el cura, ni su homilía, ni su verbo. Lo importante es el amor de quien se casa, la hermosura de todo amor puesto en carne en la persona de quien se casa. Visualizar, incluso, la centralidad de ellos, dejando el sitio del centro que siempre lo ocupan los clérigos. Como en los partidos de futbol: que no se note la presencia del “árbitro”. Ese es el buen árbitro, el buen animador de la celebración, el que lleva ala asamblea a disfrutar del amor celebrado de quienes tiene delante. De tal manera que es a los novios a quienes habría que felicitar de la hermosa celebración, no al cura.

7)    Estar dispuestos a compartir lo vivido: No encerrarse en lo vivido. Si hay oportunidad, en la mesa, en la conversación, en el encuentro posterior, volver a hablar de ello con los novios, con los familiares, con los amigos. Una visita o encuentro “postboda” sería buenísimo para volver a rumiar la espiritualidad vertida en la celebración.

 

¿Puede llevar esto a una recuperación de la fe? Directamente quizá no. Haría falta algo más sistemático, pero quizá sea necesario partir de ahí. Eso más sistemático podría comprender estos pasos:

  • Sintonía y comprensión con la situación real: Tratar de entrar en el confuso mundo de la espiritualidad sin una evidencia de sintonía y comprensión es casi imposible. Dirigirse al otro, al “débil espiritual”, como si uno mismo fuera un no afectado, un profeta que baja del monte, uno que se las sabe todas, es bloquear el camino de la novedad. Es preciso que el otro sienta que uno mismo anda en parecidas zozobras, búsquedas y deseos. Si se presenta uno como dechado de coherencia, de doctrina y de seguridad, es posible que no haya esa sintonía necesaria.
  • Análisis y discernimiento sobre los caminos de búsqueda: Porque hay un barullo en todo este mundo de la búsqueda espiritual y religiosa. Tratar de analizar sus componentes, intentar discernir y separar el grano de la paja, aclararse lo más posible, es muy beneficioso. Las búsquedas espirituales, lógicamente, están unidas a las oscuridades. Hacer el esfuerzo reflexivo por aclarar lo más posible se convierte en una necesidad.
  • La propuesta de Jesús desde presupuestos sociales, integradores, trascendentes: No tanto desde presupuestos religiosos o dogmáticos, menos desde los inamovibles presupuestos de los códigos jurídicos. Hacer la propuesta desde su posibilidad de conexión con la vida social e, incluso, con la base antropológica de la persona en maneras integradoras. Esto sanea mucho. Y, desde ahí, dar el salto a una trascendencia de componente intrahistórico compatible con un mundo autónomo y bueno éticamente.
  • Dibujar la posibilidad de una vivencia de lo cristiano en maneras alternativas: Haciendo ver que la vida cristiana no se vive en formas tan sistémicas como las de un ejército. Que siempre hay margen para la imparable libertad, que hay comunidades plurales, aunque no sean mayoritarias, que el pensamiento libre tiene sus márgenes más allá de cualquier persecución y condena, que subyace al subsuelo de la ciudad una red de comunidades, grupos, parroquias que viven su fe en modos liberadores.

 

4. Aprovechar los cauces actuales

 

         ¿Hay alguna manera de poner esto en práctica, siquiera de modo significativo, en los cauces actuales que maneja cada día la pastoral normal? Los hay, siempre que estén animados por un verdadero anhelo de caminar por sendas de una cierta novedad, siempre que estemos dispuestos a frecuentar el futuro:

a)    En los sacramentos de iniciación: Porque para muchas personas, incluso de las que frecuentan esporádicamente el hecho religioso, son sacramentos “de iniciación” de comienzo de un proceso que empieza o que, con el correr de los años, no termina nunca de despegar:

  • Bautismos con contexto: ya que normalmente se hace “sin contexto”: una familia pide bautizar a su hijo y “familiarmente” se le bautiza (aun con una catequesis previa, más o menos formal). ¿No podrían celebrarse los bautismos en la comunidad de bautizados, en la misa “mayor” parroquial, con un afán porque toda la comunidad cristiana vaya haciendo un proceso de recuperación de un bautismo que, lógicamente, no significó nada en su día para ellos? Lo irrecuperable del bautismo quizá tenga alguna salida si hay contexto.
  • Eucaristías alternativas: ¿No se puede ofrecer a algunos grupos de la parroquia unas eucaristías alternativas, paralelas, que les “cojan” más desde el punto de vista espiritual? Eucaristías fuera del templo, más “laicas”, con mayor participación, con mayor disfrute, donde el rito no sea el plato fuerte sino la vivencia común de algo deseado. Eucaristías más cercanas a la cena de Jesús, donde no haya que explicar demasiado las cosas (como decía Rhaner).
  • Celebraciones del perdón en comunidad: Hasta donde se pueda, rozando siempre ese tema de lo jurídico, pero dando énfasis al gozo del perdón, a la liberación de esos trasfondos amargos y de resaca que ha provocado la confesión en épocas pasadas, haciendo un proceso, un camino de adentramiento en la espiritualidad hermosa del perdón. 

b)    Funerales de acogida en un momento duro de la vida: Trabajar el tema de los funerales con delicadeza. No hacer de enterrador cristiano y poco más. Cercanía y sintonía con el dolor ajeno. Homilías simples pero lo más sentidas posible. Intentar ponerse en la piel de quien ha perdido a un familiar o amigo. Tratar de verter ahí más consuelo que doctrina, más acompañamiento que catequesis. Es una siembra de sal en el campo de la espiritualidad aprovechar la mucha afluencia de fieles para denunciar al “enemigo” y su poca religiosidad. De juzgado de guardia.

c)     Prácticas religiosas tradicionales leídas desde otro lado: No solamente desde el lado de la piedad, sino desde el de la justicia y el de la búsqueda humana del misterio. Porque si se hace solo desde el lado de la piedad se termina, con frecuencia, en el puro y superficial folclore religioso (siempre respetable, pero superficial, a nivel de fe). Pero si se mezcla ahí la justicia, la cosa queda más salvaguardada, más recia, más profunda. Y luego, la búsqueda del misterio: ¿Cómo leer el hecho, por ejemplo, de una creciente práctica de la peregrinación a Santiago? El Camino interroga en este tiempo secular. Ofrecer espacios de espiritualidad en esos esfuerzos de búsqueda “confusa” quizá sea una luz para alguien.

d)    ¿Sólo museos?: Hay entidades religiosas, parroquias incluso, que albergan un pequeño museo. ¿Por qué no, sin ser unos pesados, ofrecer una lectura espiritual de esas obras de arte? ¿Por qué no, sin hacer catequesis a la fuerza, hablar con pasión de la experiencia creyente vivida por otras generaciones? Tal vez lo que es una mera oferta cultural, ya de por sí buena, se puede convertir en un pequeño cauce de espiritualidad.

 

Conclusión

 

         En esta época nuestra el hecho religioso es comparable a una especie de gran explosión, a un big bang multidireccional: crece la increencia, pero también la credulidad; arrecia la pertenencia al sistema religioso, pero también la imparable libertad; renacen las formas religiosas tradicionales arrumbadas ya y brotan planteamientos de total novedad; crece el moralismo rígido y la liberación más grande de la culpa que nunca haya existido en la cultura occidental. Dios está hasta en la sopa, en las decisiones políticas y aun en las económicas y nunca como ahora se siente su ausencia. Se sabe casi todo sobre religión y nunca como ahora se ignora el misterio. Hay una vuelta a unas ciertas formas de religión y jamás como ahora un alejamiento de la mecánica religiosa por personas interesadas por el hecho espiritual.

         ¿Cómo sobrevivir en este caos? Quizá haya alguna salida por la puerta de la espiritualidad entendida esta como valor básico del fondo de lo humano, de sus raíces, de sus estructuras elementales. Y de ese fondo pueden hacer parte todas las espiritualidades, también la evangélica, como puertas de acceso a Dios: “Cristo es mi puerta de acceso a Dios. Tal vez no sea la puerta que todos usen y ciertamente no es la única puerta, pero es mi puerta. Una vez que entro por esa puerta, descubro que hay una gran tradición de fe, quizás hasta infinita, para ser explorada, que rompe con los límites del pasado. No necesito rechazar sin más esta puerta de mi pasado religioso; solo necesito relativizar las reivindicaciones exclusivistas”, dice J. Shelby Spong.

         Que la pasión por la espiritualidad evangélica y su hermosa oferta, agua profunda que en mil formas nos encuentra, arraigue cada vez con más fuerza en la vida de los creyentes en Jesús.

 

Fidel Aizpurúa Donazar

Madrid

La tarea de la reconciliación

CUANDO LA REALIDAD SE RECONCILIA CON EL DESEO.

UNA VISIÓN CRISTIANA DE LA RECONCILIACIÓN

 

            Trabajar en temas como el de la reconciliación puede producir, de salida, una sensación de hartazgo, de cosa ya sabida y de realidad que lleva a una situación sin salida. Sin embargo, lo ocurrido es distinto: en este país, y en cualquiera, los trabajos por la reconciliación social han sido siempre productivos, aunque el deseo no coincida con la realidad. Por eso, habrá que intentar reconciliar a ese anhelo con la cruda realidad, pero sabiendo siempre que el trabajo de quien construye la paz y propicia la reconciliación es siempre útil.

            El escritor, recientemente malogrado, A. Tabucchi dice, por boca del doctor Cardoso, al protagonista de Sostiene Pereira, tentado de desaliento y de conservadurismo: “Deje de situarse en el pasado; frecuente usted el futuro”. Eso habría que decir, una y mil veces, a nuestra sociedad: no se instale en el agravio, frecuente la reconciliación. Es cierto que la reconciliación ha de incluir, como pieza clave, la memoria. Pero el reto no está en la memoria, sino en la reconciliación, en la mirada nueva, humanizadora sobre un contexto de desencuentro.

            Cuando se pone un problema árduo sobre la mesa, y este lo es, los cristianos tendemos a volver la mirada sobre aquel que puede iluminar nuestros comportamientos sociales: la persona de Jesús. Y adelantamos que, para nosotros, es comprendido, en contra de ciertas tendencias sociales o bíblicas (como aquella de Cullmann en Jesús y los revolucionarios de su tiempo), como un pacifista activo. Usando la imagen del indignado, ahora tan de moda, la actividad reconciliadora de Jesús encaja mejor en el marco de la indignación que en el de un revolucionario violento.

            El volcánico Nietszhe que calificó a Dios como de “nuestra más larga mentira” o a los evangelios como “testimonio de la ya incontenible corrupción existente dentro de la primera comunidad” hace de Jesús una especie de pacifista que huye de la quema y se instala en una religión conformista que nada ni nadie turba. Pero nada más lejos de la realidad. “Jesús fue un indignado que adoptó una actitud de rebeldía frente al sistema y se comportó como un insumiso frente al orden establecido. El conflicto, nacido de la indignación, define su modo de ser, caracteriza su forma de vivir y constituye el criterio ético de su práctica liberadora. La insumisión y la resistencia fueron las opciones fundamentales durante los años de su actividad pública, tanto en el terreno religioso como en el político, ambos inseparables en una teocracia y la clave hermenéutica que explica su trágico final”[1].

            Nos hemos extendido en este punto preliminar porque esta es nuestra baza a la hora de proponer caminos de reconciliación desde el lado cristiano. De lo contrario, ¿desde dónde un cristiano va a poder argumentar? ¿Desde una Palabra, la Biblia, que es para muchos un libro violento que fomenta actitudes violentas? ¿Desde una historia cargada de sucesos violentos a los que, con frecuencia, ha contribuido la Iglesia? ¿Desde nuestras propias actitudes conformistas, huidizas, contemporizadoras, cobardes? Nosotros argumentamos desde Jesús y con Jesús. Desde ahí mismo nos miramos hoy para seguir preguntándonos, sin ceder al cansancio, por la tarea principal de la comunidad cristiana que es, como lo veremos, una tarea de reconciliación.

            José Saramago tiene en su obra El evangelio según Jesucristo un pavoroso capítulo donde, como en una visión, a Jesús se le revela todas las consecuencias que va a tener su religión en el mundo: todos los sufrimientos inútiles, las ofrendas, ayunos, penitencias que no han llevado a nada, los martirios insensatos, y luego la destrucción que acarrea el hecho religioso, la contribución a la muerte de quienes dicen creer en el Dios de la vida. Quizá pueda parecer exagerado, pero uno no se puede sustraer a una dura sensación de verdad. Pero como la verdad, la nuestra, nunca es absoluta, quiere uno colocar en ese terrible fresco a todas aquellas personas, creyentes o no, que no han desistido de un camino humano reconciliado y fraterno: el utópico sueño de paz de Francisco de Asís que viaja a las cruzadas desarmado y amigable, por citar algo de otros tiempos; el pacifismo profético de un Charles Chaplin que sabe descubrir la vergüenza y la insensatez de toda dictadura en medio mismo de la vorágine, como lo hace en El gran dictador; el sueño profético y proverbial de Lutero King cumplido en parte en estos tiempos nuestros, tan excluyentes, que, mal que bien, no dudan en tener a un presidente de color negro en la primera potencia mundial; el anhelo de paz ante la avasalladora violencia que imbuyó al obispo vasco Labaka alanceado por los Tagaeri, siendo así que era él quien los salvaba del exterminio; la muerte humilde por la paz y por la bondad humana que sufrieron hace bien poco los monjes trapenses de Thiberine.  No se trata de justificarse con las obras de otros, sino de encontrar ánimos para no desistir de los trabajos artesanales de la paz, de no sucumbir al terrible desaliento de que soñar la paz y la reconciliación sea un sueño inútil. Con esta mística de resistencia en la que, como decía E. Sábato, anida la esperanza, afrontamos esta reflexión.

 

 

1. La luz de la Palabra

 

            Los textos del segundo Pablo (Efesios y Colosenses), textos de la tercera generación cristiana, ahondan en actitudes elementales de la vida para tratar de imbuirlas de la mística evangélica. Por eso, no es de extrañar que miren la inevitable realidad del conflicto humano y elaboren toda una espiritualidad de la reconciliación como comprensión básica del Evangelio y como tarea esencial de la comunidad de seguidores.

 

1. Reconciliados por un pobre puesto en cruz (Col 1,20)

 

            Si fuéramos a tratar el tema de la reconciliación en el segundo Pablo, habría que comenzar, desde el punto de vista literario, por Efesios ya que Colosenses tiene que ver con Efesios. Efectivamente, de los 155 versículos que componen Ef, 73 tienen paralelismos verbales con Col. Muchos contenidos teológicos y sus derivaciones son similares. Por eso, no ha de extrañar que ambos textos se abran con un punto de partida similar: la gran idea de la reconciliación de todo en Cristo, la anakephalaiôsis de Ef 1,10 y el apokatallassô de Col 1,20. Esta certeza es la que da sentido a la obra de Jesús y a la de la comunidad. Pero en Col se añade un dato más: la reconciliación se hará “después de hacer la paz por su sangre derramada en la cruz” (Eirênopoiêsas dia touto haimatos tou staurou autou, 1,20). Es decir, la reconciliación no se lleva a efecto mediante una gran maniobra espiritual, por caminos de gloria religiosa u otra, sino a través de la obra de un pobre puesto en cruz. Esto marca ya una perspectiva: la pretendida supremacía de Cristo sobre los seres angélicos o demoníacos no obvia su pobreza histórica. Más aún, es en esa pobreza donde habrá que descubrir la plenitud que es capaz de salvar.

            Así es Jesús “imagen de Dios invisible” (Hos estin eikôn tou Theou tou aoratou, 1,15). No lo es por un camino extrahistórico y sublime que ningún humano haya podido alcanzar jamás, sino por la más vulgar y dolorosa de las sendas que se puedan tomar: la muerte injusta, la violencia que sufre una víctima. Mirar al crucificado (como en Jn 3,13ss) desvela el rostro de Dios y su mano trabajadora que reconcilia la historia.

            Jesús ha hecho toda una obra de reconciliación desde el madero de la cruz:

  • Ha llevado al creyente a la verdadera circuncisión “una circuncisión no hecha por hombres” (Peritomê akheiropoiêtô, 2,11), la verdadera circuncisión en la vida que lleva a un reordenamiento de las estructuras básicas poniendo coto a los “bajos instintos”, a las más hondas contradicciones del subsuelo personal (En tê apekdusei tou sômatos tês sarkos, 2,11).
  • Además, ha asociado al creyente a su resurrección, a dinamismo salvífico más vivo, “por la misma fuerza con que Dios lo resucitó a él de la muerte” (En hô  kai synêgerthête dia tês pisteôs tês energeias tou Theou tou egeirantos auton ek nekrôn, 2,12). El dinamismo resurreccional pasa al creyente con la misma fuerza que ha obrado en la persona de Jesús.
  • En tercer lugar, ha dado vida por un hondo y definitivo perdón: “Dios os dio vida con él, cuando nos perdonó a nosotros todos nuestros delitos” (Sunezôopoiêsen hymas syn autô kharisamenos hêmin panta ta paraptômata, 2,13). Es un perdón que nunca se vuelve atrás porque está asociado a la verdad de Jesús y su hecho resurreccional.
  • Así, la exigencia de la Ley ha sido igualmente clavada en la cruz, crucificada como lo es un criminal, “barrida de en medio clavándola en la cruz” (Kai auto êrken ek tou mesou prosêlôsas auto tô staurô, 2,14). Ha sido descalificada y ha suprimido la obligación que imponía aquella Ley “cancelando el recibo que nos pasaban los preceptos de la Ley” (Exaleipsas to kath’hêmôn kheirographon tois dogmasin ho ên hypenantion hêmin, 2,14a).
  • Todos los poderes que pretendían esclavizar a la persona han sido despojados de su vigor, ofreciéndolos “en espectáculo público” (Edeigmatisen en parrêsia, 2,15b).
  • En definitiva, el pobre crucificado se ha convertido en un auténtico triunfador, uno que justamente por asumir los fondos de su historia pobre ha encontrado para sí y para nosotros el camino de la plenitud. La paradoja que supone la pobreza de la cruz entendida como total posibilidad cobra aquí la categoría de cimiento de la experiencia de Jesús que se describirá después.

  

2. Lo fundamental: tarea reconciliadora de la comunidad humana (Ef 1,10)

 

            Iniciemos nuestra lectura sincrónica por lo fundamental: según Efesios, lo que Dios quiere realizar en la historia, y en lo que la comunidad cristiana ha de jugar un papel activo, es poner en pie una gran obra de reconciliación. Viene dicho desde el himno-pórtico de la carta: Dios “nos ha revelado su designio secreto” (Gnôrisas hêmin to mystêrion tou thelêmatos autou, 1,9), su sueño más querido: “llevar la historia a su plenitud, haciendo la unidad del universo por medio del Mesías Jesús, de lo terrestre y de lo celeste” (Eis oikonomian tou plêrômatos tôn kairôn, anakephalaiôsasthai ta panta en tô Khristô, ta epi tois ouranois kai ta epi tês gês en autô, 1,10). Esta es la gran obra que Jesús y su Espíritu van haciendo en la historia: una unificación que apunte a la plenitud. Incluso lo cósmico, “lo celeste” entra en esta dinámica. Resuenan como llenos de sentido los planteamientos del P.Teilhard de Chardin cuando hablaba en sus obras del famoso “punto Omega” en el que confluirá el universo teniendo por centro a Cristo (Cf P.Teilhard de Chardin, Himno al universo,  p.16-22). De ahí que, como luego se dirá, los esfuerzos de la comunidad creyente tienen que estar orientados en esa misma dirección: hacer obra de reconciliación de confluencia, de unificación, de fraterna globalización.

            Para mostrar la posibilidad y hasta la evidencia de esta gran certeza creyente, Efesios recurre a lo que ha ocurrido en la misma comunidad cristiana: de dos pueblos (el pagano y el judío), Jesús ha hecho un solo pueblo: “de los dos pueblos hizo uno y derribó la barrera divisoria…así, con los dos, creó en sí mismo una humanidad nueva” (Hina tous duo ktisê en autô eis hena kainon anthrôpon poiôn eirênên, 2,15b). Esta evidencia de la humanidad nueva, reconciliada, ha de ser la gran aspiración de la comunidad. Su gran tarea, trabajar en la línea de la reconciliación social.

            La herramienta y el fruto de esta tarea de reconciliación es, sin duda, el logro de la paz. Efesios actualiza una frase de Isaías: Por Jesús, Dios “anunció la paz a los que estabais lejos y la paz a los que estaban cerca” (Is 57,19; Euêngelisato eirênên hymin tois markan kai eirênên tois engys, 2,15). La paz es el rostro de la reconciliación y ésta la certeza de que la comunidad camina en la línea del secreto designo, del sueño de Dios sobre la historia. Esa es la manera de tener “acceso al Padre” (Pros ton patera, 2,18b). Todo se nubla cuando se pierde esta orientación reconciliadora; el camino histórico de la comunidad se ilumina cuando se camina en esa dirección.

            Este es el cimiento sobre el que se construye el verdadero “cuerpo” de la comunidad y de la sociedad. Así se construye el verdadero templo, el “templo consagrado al Señor” (Naon hagion en kyriô, 2,21b), el edificio de una vida humanizada. Esta obra nueva y magnífica no la construye únicamente la comunidad cristiana, sino que ha de hacerlo “con los demás”, con toda persona. Evidentemente no estamos hablando de templos religiosos (hasta la metáfora está superada, aunque tiene su novedad al plantear un templo no religioso), sino de un tipo de relación social armónica, respetuosa, pacificada y, en suma, fraterna. Anidan aquí los mejores sueños de la utopía cristiana y de Dios mismo. Relegarlos por inalcanzables es renunciar a lo mejor del horizonte evangélico.

 

2. Derivaciones

 

            Estos rasgos básicos de los textos deuteropaulinos nos ayudan a verter luz sobre nuestros comportamientos sociales. Hagamos algunos subrayados:

 

  • La cruz de una vida entregada: Tendemos a pensar que la cruz por la que Jesús reconcilia a la historia es un acto, algo absurdo en su tremendismo, de entrega final. Pero en realidad, la cruz, el “seguir con la cruz” (Lc 9,23-26) es una realidad que acompaña todo el camino humano. Es decir, la reconciliación por la pobreza de la cruz es la reconciliación por todo el camino vital generoso y entregado. ¿Cómo ver lo que hay detrás de la cruz que reconcilia al hecho humano? ¿Qué es lo que puede impactar de una vida hecha para la reconciliación de tal manera que uno se anime a ir copiando ese programa? Respondemos con un párrafo de J. Sobrino: “De Jesús impactaba la misericordia y la primariedad que le otorgaba: nada hay más acá ni más allá de ella, y desde ella define la verdad de Dios y del ser humano. De Jesús impactaba su honradez con lo real y su voluntad de verdad, su juicio sobre la situación de las mayorías oprimidas y de las minorías opresoras, ser voz de los sin voz y voz contra los que tienen demasiada voz, e impactaba su reacción hacia esa realidad: ser defensor de los débiles y denuncia y desenmascaramiento de los opresores. De Jesús impactaba su fidelidad para mantener honradez y justicia hasta el final en contra de crisis internas y de persecuciones externas. De Jesús impactaba su libertad para bendecir y maldecir, acudir a la sinagoga en sábado y violarlo, libertad, en definitiva, para que nada fuese obstáculo para hacer el bien. De Jesús impactaba que quería el fin de las desventuras de los pobres y la felicidad de sus seguidores, y de ahí sus bienaventuranzas. De Jesús impactaba que acogía a pecadores y marginados, que se sentaba a la mesa y celebraba con ellos, y que se alegraba de que Dios se revelaba a ellos. De Jesús impactaban sus signos -sólo modestos signos del reino- y su horizonte utópico que abarcaba a toda la sociedad, al mundo y a la historia. Finalmente, de Jesús impactaba que confiaba en un Dios bueno y cercano, a quien llamaba Padre, y que, a la vez, estaba disponible ante un Padre que sigue siendo Dios, misterio inmanipulable”[2]. ¿Se puede recuperar este impacto en nuestro hoy social? Sin ninguna duda. Quizá por él la figura de Jesús sigue atrayendo más allá de deformaciones y de traiciones.
  • La imperiosa necesidad de un trabajo de reconciliación, confluencia y unificación: Es el trabajo al que están llamadas las religiones, también la cristiana. Así lo ha visto, o al menos presentido, el autor de Efesios. Es una necesidad imperiosa, ya que llevamos muchos siglos bajo la insoportable certeza de que las religiones, en general, están contribuyendo a lo contrario. Posiblemente todas, y la cristiana en particular, tienen en su origen, en sus fundadores, el anhelo de un mundo en paz, confluyente, fraterno. Pero algo hace que esa utopía inicial no sepa encontrar, hablando de un modo general, los cauces adecuados. ¿Es únicamente el hecho de haberse echado en brazos del mecanismo peligroso de la religión? ¿O es algo más profundo? ¿No habrá que intentar humanizar la animalidad que hace parte de las estructuras más hondas de la persona, el “cainismo” que, con excesiva frecuencia, es el dinamismo por el que funcionan las personas y las culturas?[3]. Las religiones están llamadas a descender a ese sótano profundo y desmontar los mecanismos que bloquean todo proceso de unificación. A nivel personal se trata de controlar el mecanismo de juicio, el de apropiación, y el de responder con rechazo al amor rechazado. A nivel social habría que desactivar el mecanismo de “la caverna” (mi casa, mi cultura, mi religión, mi país, es el mejor, quizá el único; los demás son potencialmente peligrosos), el mecanismo del dominio como sistema de vida y el de la ignorancia de la pertenencia a lo universal que nos descuelga de la realidad. Aun con todo esto, los trabajos de confluencia, recapitulación, orientación común, plenitud social siempre serán arduos en esta fase inicial de la historia humana en la que aún estamos.
  • La necesidad de trabajar los perdones sociales: Cuando Juan Pablo II trazó en la Novo Millennio Ineunte los objetivos pastorales del nuevo milenio, puso, como uno de ellos el sacramento de la reconciliación (nº 37). Sin desdeñar ese planteamiento, ¿no estaría llamada la comunidad cristiana al cultivo, anhelo y colaboración para el logro de perdones sociales, más que religiosos? Efesios tiene como núcleo el anhelo de una reconciliación universal que supera el ámbito de las limitaciones morales o religiosas. Su marco referencial es la historia misma. Si se quiere ir caminando, siquiera modestamente, en la dirección de una reconciliación histórica los perdones sociales son pasos decisivos que nos acercan a ella. El perdón político, la justicia laboral, la relación Norte-Sur con su cúmulo enorme de injusticias, los desequilibrios culturales, la exclusión de la información, la manipulación mediática que vende la mentira como verdad, etc., son grandes pecados estructurales que es preciso trabajar en pro de la humanización y del acercamiento, por modesto que sea, a la confluencia universal, a la dicha común. El perdón religioso es camino menor al lado de estos grandes perdones. Ahí habrían de estar en primera fila todas las religiones.
  • El reto específico de la paz: Porque ese es el signo visible, según Efesios, de que se ha comprendido bien la finalidad elemental de la comunidad cristiana. Si la paz está ausente, se puede deducir que esta u otra religión no está atinando en su objetivo fundamental. La gran pregunta que el futuro hará a todas las religiones es, sin duda, ésta: ¿Qué hicisteis por la paz? Las religiones, salvo honrosas excepciones, no han logrado dar respuesta colectiva a esta pregunta. Aún es tiempo siempre que este reto sea encajado. Quizá haya que comenzar por valorar los pequeños logros en ese camino, más que por el estéril lamento o el anhelo de indudable buena voluntad pero de dudosa eficacia. Señalamos tres logros relativamente recientes: En mayo de 2007 se forma un gobierno de paz en Irlanda del Norte. Cuarenta años de guerra fratricida; más de tres mil muertos, miles y miles de heridos, innumerables familias destrozadas. Y, sin embargo, tras un calvario tan largo, ¡se llega a la paz! ¿Qué comunidad cristiana celebró ese día este acuerdo, quién agradeció al Señor por los “artífices” de esta paz? Aquel día el corazón del Padre, ansioso de paz, se estremeció de amor por sus hijos los hombres que, a pesar de todo, siguen buscando la paz. El segundo logro viene adherido a este primero: en enero de 2011 ETA declaró su alto el fuego. Es cierto que todo está en el aire, que toda la obra de reconciliación está por hacer; pero también es cierto que las pistolas están en silencio. ¿De dónde brotan tantas reticencias, incluso en medios cristianos, para celebrar este logro? ¿De la mera desconfianza hacia los que hasta ahora han asesinado o también de nuestra fragilidad para anhelar e idear caminos de paz? En noviembre de 2007 se firmó en la ONU una moratoria de la pena de muerte, rogando a los países que aún la tienen en la legislación que no la apliquen, cosa que, evidentemente, aún no hacen. Pero imaginemos que llegamos a la abolición de la pena de muerte legal. Un paso enorme hacia aquel mundo nuevo soñado por Ap 21,4 en que ya no habrá “ni muerte ni luto ni llanto”. Si abolimos una causa de muerte, quizá podamos soñar con abolir todas.  ¿Cuántas de nuestras comunidades se estremecieron de júbilo ante una noticia así? No creamos que estamos hablando de poca cosa: a pesar del secretismo que rodean estos hechos (¡por qué será!) se sabe que en el 2006 fueron ajusticiadas legalmente más de dos mil quinientas personas en el mundo. En el 2007 parece que fueron unas mil doscientas setenta.  Es cierto que hay otras muchas causas de muertes (guerras, terrorismo, violencias de género, etc.). Pero si “taponamos” una de las bocas de la muerte, su dentellada será menos dura, el día del Reino estará más próximo. La implicación en estos caminos hace verificable el tema de la paz porque, si no se “palpara”, ¿cómo íbamos a estar ciertos de que caminábamos hacia la plenitud del cosmos? ¿Cómo íbamos a pensar que la obra de reconciliación del pobre crucificado no estaba frustrándose?

 

 

3. Trabajos de reconciliación social

 

            Tratando de apuntar a la realidad y siempre en el marco del discernimiento y de la reflexión, queremos proponer, desde el lado cristiano, algunos caminos de reconciliación social que consideramos no solamente útiles sino, en algunos casos, imprescindibles.

 

1)      Los urgentes trabajos de los cristianos de una reconciliación existencial-social: A veces se tiene la fuerte sensación, e incluso la percepción, de que ciertas instancias cristianas, sea con su discurso o con sus actuaciones concretas en materia social y sobre todo moral generan no solamente un indudable desasosiego sino, más al fondo, una fractura social de fuerte calado[4]. Como estamos persuadidos de que ese desencuentro que afecta tanto a la vida de un país es evitable por el camino de la reconciliación, nos parece lícito desear que, por medio del respeto a la indudable diversidad social, el diálogo como medida siempre más efectiva que la condena, la discusión leal como ejercicio de responsabilidad cívica, y el no hacer manifestaciones desde la realidad de los propios fantasmas o desde trayectorias que no se quieren abandonar serían herramientas para una reconciliación social. Esto llevaría a un bienestar existencial del hecho ciudadano como ente vivo y sensible que es.

2)      Los trabajos de los amantes de la paz evangélica siempre necesarios para construir la reconciliación en la sociedad vasca: Nos parece que las instancias cristianas, por mero imperativo evangélico, no han de cansarse de intentar colaborar a la efectiva reconciliación de la sociedad vasca, trabajo, que como todos los de esta clase, van siempre para largo. No creemos que esto se pueda logar en una especie de bandería sobre los posicionamientos de una u otra instancia religiosa en un lado o en otro del conflicto[5]. Primero porque creemos que, de una u otra forma, siempre se ha estado del lado la víctima y en contra del victimario aunque no siempre se haya sabido solucionar el enorme dilema social, moral y político que esto acarrea con frecuencia en el momento preciso. De ahí que nos parezca que colaborar a la construcción de la paz evangélica, paz que está fuera y más allá de marcos religiosos, quizá pase por situar la participación de los creyentes en el marco de lo cívico, de lo ético, de lo humano. Y, aun valorando todos los trabajos realizados en orden a esta reconciliación por personas creyentes individuales, nos parece que es la comunidad cristiana como tal la que está llamada a esta tarea[6]. Y, por ello, las respuestas y aportaciones a estos trabajos han de provenir de instancias comunitarias que son más fiables y más seguras en este mundo espinoso y nada fácil de la reconciliación social.

3)      El decidido apoyo a quienes básicamente son constructores de la paz: Porque, en todo hecho humano, no se puede pedir una coherencia y una ausencia de toda sospecha, consideramos que es preciso que los cristianos, si quieren ser comunidad reconciliadora desde el punto de vista social, apoyen a colectivos populares que se han significado, desde diversos lados del espectro social, por los trabajos en torno a la paz social en nuestro país[7]. El apoyo no significa comunión con sus objetivos sociales o políticos, sino una “ingenuidad” evangélica para unirse a quienes tienen en su horizonte el sueño de una sociedad pacificada, respetuosa con la vida y las personas, amante de los derechos fundamentales. Todos nos percatamos de que un anhelo de paz social que no sobrepasa la frontera de la oración, del discurso o de la proclamación de principios queda muy incompleta.

4)      La valoración de los colectivos que hacen siembra de paz: Son colectivos que apuntan, sobre todo, a la ciudadanía del futuro, a los más jóvenes, y tratan de hacer ahí una siembra de paz por medio, entre otros métodos, de la difusión de la espiritualidad de elaboración de conflictos[8]. El conflicto que está a la base de lo humano y de lo social puede ser encarado, trabajado, situado de modo que, aunque no haya solución, se convierta en trampolín para un posible acercamiento y convivencia de las partes en litigio. El apoyo de las entidades cristianas a estas iniciativas debería ser generoso, institucional incluso, de modo que no se tambaleen por falta de medios humanos. Los recursos empleados en el apoyo a estos colectivos son recursos benditos.

5)      El impagable apoyo a los “seminarios para la paz”: Porque aunque ese tipo de seminarios suelen, con frecuencia, dedicarse a estudios “teóricos” sobre los conflictos en el mundo, sus ponderadas opiniones son parte del cimiento de la futura ciudad de la paz[9]. El apoyo por parte de las comunidades cristianas habría de concretarse en cercanía afectiva y efectiva real, oferta de personas preparadas para colaborar en esta clase de tareas, disponibilidad y acogidas a sus iniciativas en orden a su difusión. La “oscuridad” en la que, con frecuencia, trabajan estos colectivos merece que, en los ámbitos cristianos, encuentren un eco y un altavoz que colabore a que sus trabajos lleguen al mayor número posible de ciudadanos.

6)      Una escuela cristiana de mediación social: La Iglesia tiene multitud de centros de formación teológica en los que se enseñan las ciencias eclesiásticas en programas prácticamente similares. Pero el difícil tema de la mediación social (y no digamos nada de la mediación política) no tiene, que sepamos, una “escuela” especializada que pueda preparar a algunas personas, laicas o clérigos, en la mediación social. Y lo peor no es que no se tenga, sino que no parezca haber demanda, que no se sienta esto con la urgencia que proviene del sueño mismo del Jesús evangélico. El anhelo por una institución así, el sentimiento de su necesidad, el contagio de ese deseo quizá pueda hacer surgir un día la persona o la comunidad cristiana que se anime a impulsar un proyecto concreto de este talante.

7)      La creación, tanto a nivel diocesano, como parroquial o de comunidad cristiana concreta de comisiones específicas de Justicia y Paz: Ya que resulta excepcional que en el organigrama de una Diócesis y, menos todavía de una parroquia, haya una comisión de Justicia y Paz. Los trabajos de un colectivo así, además de contribuir, siquiera modestamente, al gran sueño de Jesús del “reino de Dios y su justicia”, son un elemento catequizador del colectivo cristiano no solamente en torno a temas concretos de justicia sino, más básicamente, a la reconciliación. Efectivamente, todos sabemos que la reconciliación sin el elemento esencial de la justicia y de la paz es un a entelequia. Trabajar esto a nivel de base eclesial sería una magnífica contribución a la reconciliación social y un aire fresco a la espiritualidad cristiana a veces envejecida por sus prácticas religiosas atrapadas en la rutina.

 

Conclusión

 

            Dice taxativamente 2 Cor 5,18: “Dios nos reconcilió consigo a través del Mesías y nos encomendó la tarea de la reconciliación”. Efectivamente, esa es la tarea de la comunidad cristiana, no una tarea más. Ese ha de ser el test por el que medir el nivel real de nuestra adhesión a Jesús. Y, justamente, eso es lo que nos está demandando la sociedad. Que la tarea vaya adelante y que la obra de Jesús no se frustre en nosotros.

 

Fidel Aizpurúa Donazar

 

 



[1] J.J.TAMAYO, Jesús indignado. Por eso lo mataron,  en El País, viernes 5 de abril de 2012, p.23.

[2] J. SOBRINO, La fe en Jesucristo, Ensayo desde las víctimas, Madrid 2007, p. 207.

[3] A. WENIN, La Bible ou la violence surmontée, Paris 2008, pp.62-66.

[4] Nos referimos a asuntos como el de la homosexualidad denunciada en términos socialmente hirientes en la homilía del viernes santo de 2012 por el señor Obispo de Alcalá: R.MONTERO, Empeorando, en El País martes 10 de abril de 2012, p.56; Gais, prostitución e infierno, en Ibid., p.28; E. LINDO, Sermoneando, en El País, miércoles 11 de abril de 2012, p.56; Un obispo en su estela,  en Ibid.,  p.26.

[5] Hacer de las misas por las víctimas un asunto de posicionamiento político nos parece un falseamiento del sentido de la eucaristía y un terreno muy peligroso el tema de la reconciliación social: C.S. MACÍAS, Justicia en la Iglesia vasca. Por primera vez se dedicarán oraciones a la víctimas de ETA, en La Razón, viernes 5 de abril de 2012, p.46.

[6] Trayectoria que queda resumida en notas como la publicada en el artículo de M. CEBERIO, El obispo Uriarte visita en prisión a Díaz Usabiaga,  en El País, lunes 9 de abril de 2012, p.18 en relación con los trabajos mediadores de D, Juan María Uriarte.

[7] Nos referimos a grupos como Lokarri, Gesto u otros.

[8] Estamos hablando de centros como Baketik de Aránzazu.

[9] Pensamos en colectivos como el Seminario para Investigación de la Paz (SIP) de Zaragoza.

Retiro en la Pascua de 2012

 

Retiro en Pascua de 2012

 

 

“EXCEPTO EL AMOR INTENSO…

NO TENGO OTRO TRABAJO”

La Resurrección como abrazo y

valoración positiva de los “amores oscuros”

 

            Durante el tiempo de Resurrección, en muchas comunidades cristianas, se recordará la famosa “glosa de Flavio Josefa”, historiador hebreo de unos 50 años después de la muerte de Jesús que escribe en latín  y en una cuyas obras (Las antigüedades Judías, XVIII,63-64) dice esta increíble frase: "Por este tiempo apareció Jesús, un hombre sabio (si es que es correcto llamarlo hombre, ya que fue un hacedor de milagros impactantes, un maestro para los hombres que reciben la verdad con gozo), y atrajo hacia Él a muchos judíos (muchos griegos además. Era el Cristo). Y cuando Pilatos, frente a la denuncia de aquellos que son los principales entre nosotros, lo había condenado a la Cruz, aquellos que lo habían amado desde el principio no lo abandonaron (ya que se les apareció vivo nuevamente al tercer día, habiendo predicho esto y otras tantas maravillas sobre Él los santos profetas) La tribu de los cristianos llamados así por Él no han cesado hasta este día".

            Subrayamos la relación que existe entre el amor desde el principio y el hecho de que se les apareció vivo nuevamente al tercer día. Se puede recurrir a sesudos argumentos teológicos para intentar probar la verdad de la resurrección de Jesús (?). Pero, en el fondo de todo, hay una cuestión de amor: entiende la resurrección quien ama desde el principio, en proporción al despliegue del amor. Efectivamente, el motor último de la resurrección (como ha sido el de toda la vida de Jesús) no puede ser otro que clamor. Y desde ahí habría que aproximarse al hecho resurreccional. Debajo del tema de la resurrección no está la creencia, sino el amor.

            ¿No se podría entender el tiempo de Pascua como un tiempo para el ahondamiento en el amor? Más aún: ¿no se podría verlo como el tiempo del abrazo amoroso y cálido de Jesús a esos “amores oscuros”, heridos, frágiles, poco reconocidos socialmente, poco relevantes, desconocidos, no contabilizados? ¿No será el gran y hondo amor del resucitado la esperanza final de tales amores. Dice el educador Antonio Pérez Esclarín: La plenitud humana sólo es posible en el encuentro. Uno se constituye en persona como ser de relaciones. Toda auténtica vida humana es vida con los otros, es convivencia.  La persona humana es imposible e impensable sin el otro. Lo propio del ser humano, lo que nos define como personas es la capacidad de amar, es decir, de relacionarnos con otros buscando su bien, su felicidad. Lo que nos deshumaniza  es vivir y morir sin amor. Detrás de cada tirano, cada asesino, cada malhechor, hay un déficit profundo de amor o una mala comprensión del amor”.

            El místico sufí, de origen español, Ibn ‘Arabi tiene un poemilla que se ha extendido mucho estos días por internet. Reza así:

“Excepto el Amor intenso,

excepto el Amor,

no tengo otro trabajo;

salvo el Amor tierno

no siembro otra semilla”

            Creemos que estas palabras pueden aplicarse con toda propiedad a Jesús resucitado y a su “actividad” con nosotros: su único trabajo es el amor intenso, inundar de amor el camino de esta vida, a veces tan limitado. Su siembra de resucitado no es otra que la de un amor tierno en el corazón de toda persona, de toda realidad, más allá de sus limitaciones y oscuridades. Por eso, reflexionar sobre el amor, y con más razón en los lugares oscuros donde parece que ese amor se deslíe, es una actividad espiritual bien propia de la resurrección.

 

1. Un soneto de “amor oscuro”

 

            De todos es conocida la condición homosexual de Federico García Lorca que, en gran parte, fue la causa de su ruina. Él escribió un cuaderno llamado Sonetos del amor oscuro que no se publicaron hasta 1984. Son poemas de alto vuelo lírico. Leídos desde esta perspectiva del amor derramado de Jesús (sobre todo en los amores frágiles, oscuros, cuestionables) quizá pueda servirnos de apoyo espiritual. Elegimos uno de esos sonetos:

 

¡Ay voz secreta del amor oscuro!
¡ay balido sin lanas! ¡ay herida!
¡ay aguja de hiel, camelia hundida!
¡ay corriente sin mar, ciudad sin muro!

¡Ay noche inmensa de perfil seguro,
montaña celestial de angustia erguida!
¡ay perro en corazón, voz perseguida!
¡silencio sin confín, lirio maduro!

Huye de mí, caliente voz de hielo,
no me quieras perder en la maleza
donde sin fruto gimen carne y cielo.

Deja el duro marfil de mi cabeza,
apiádate de mí, ¡rompe mi duelo!
¡que soy amor, que soy naturaleza!
 

 

  • Los amores oscuros tiene “voces secretas”, ignoradas, lugares de poco reconocimiento social. Pasan, con frecuencia, desapercibidos; también muchas veces son incomprendidos, maltratados, pisoteados. Pero son lugares de amor y el resucitado los ampara.
  • Son “corriente sin mar, ciudad sin muro”, donde todos puede entrar, donde, a veces, se entra sin cuidado, sin miramientos, avasallando, menospreciando, ridiculizando, condenando. Jesús resucitado no entra sí, sino cuidando respetando, consolando, abrazando.
  • Hay que comprender que los amores heridos sean, a veces, “aguja de hiel”, queja, desplante, palabra hiriente. Porque el amor menospreciado acumula dolor. Jesús resucitado abraza ese dolor y le quita el aguijón de su propia debilidad para volverlo un amor valioso y humano.
  • También el amor oscuro, frágil, pero generoso y entregado es “voz perseguida”, porque los amores que no cuentan, que no producen, que no son bellos ni modélicos, sufren, con frecuencia, la incomprensión y la persecución. Por eso mismo pueden encontrar en Jesús la casa amorosa que les niega la vida.
  • Quien anda en esos extremos quisiera, a veces, que ese amor “huyera de mí”, que no estuviera ahí, que sus amores fueran legales, consagrados, aceptados, comunes, acogidos socialmente. Pero Jesús les consuela diciendo: el mío también fue un amor en los márgenes, también fue incomprendido, perseguido y derrotado. Es como el vuestro.
  • El grito que merece piedad y acogida de todos los amores oscuros es “soy amor, soy naturaleza”, soy humanidad, más allá de cualquier forma discutible, empobrecida, postergada, no tenida en cuenta. La resurrección de Jesús confirma la evidencia de que eso es así. De ahí los abrazos del resucitado a tales amores.

 

2. “Mucho de le perdona porque ha amado mucho”: Lc 7,36-50

 

Un fariseo le rogó que comiera con él, y, entrando en la casa del fariseo, se puso a la mesa. Había en la ciudad una mujer pecadora pública, quien al saber que estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume, y poniéndose detrás, a los pies de él, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume. Al verlo el fariseo que le había invitado, se decía para sí: «Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora.»  Jesús le respondió: «Simón, tengo algo que decirte.» El dijo: «Di, maestro.» Un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían para pagarle, perdonó a los dos. ¿Quién de ellos le amará más?» Respondió Simón: «Supongo que aquel a quien perdonó más.» El le dijo: «Has juzgado bien», y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con lágrimas, y los ha secado con sus cabellos. No me diste el beso. Ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. No ungiste mi cabeza con aceite. Ella ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra.» Y le dijo a ella: «Tus pecados quedan perdonados.» Los comensales empezaron a decirse para sí: «¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?» Pero él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado. Vete en paz.»

 

  • El pasaje une lo “inunible”: la maldad social de una mujer considerada como pecadora y el perfume. También el malo puede perfumar; el considerado despreciable, desde el punto de vista social, es capaz de llenar la casa, la vida, del bueno olor del amor. Negar el amor al discutible es negar el amor.
  • La dinámica del amor es bañar-limpiar-besar-perfumar: una serie de acciones con el cuerpo. Los trabajos para construir un amor de honda raíz humana tienen que ver con la corporalidad. Un amor que no se asienta sobre la corporalidad es peligroso, puede convertirse no solamente en una fantasía sino, incluso, en una instancia de opresión. Eso es lo que se le reprochará a Simón: no ha tenido piedad de la corporalidad de la mujer porque no tiene piedad tampoco de la corporalidad de Jesús a quien no ha bañado-enjugado-besado-perfumado.
  • Para el mecanismo religioso el problema es si uno es “profeta”, si sabe de religión, si desvela y cataloga los planteamientos morales. No es problema si ama o no. ¿Se puede ser profeta sin un hondo amor? ¿Es profeta Elías, hombre de escaso amor y de fuerte violencia? Jesús es uno que ama; su componente profético está supeditado a su capacidad de amar. Eso es lo que no entiende Simón el fariseo.
  • La parábola o alegoría explicativa, núcleo del relato, es clara: a mayor deuda, mayor perdón. Esto es así por razones de gratuidad, ya que lo lógico habría sido: a mayor deuda, menor perdón. Pero no, el perdón le viene a la mujer no por su gran deuda, sino por su amor grande.
  • El punto que descoloca de la parábola (toda parábola tiene un componente de “despiste”, de extrañeza, de sorpresa, de desacuerdo) es el de llevar a creer erróneamente que para recibir el mucho perdón haya que pecar mucho. No quiere decir eso el pasaje. La serie mucho pecado-mucho amor-mucho perdón encuentra su correlato negativo en la serie (menos pecado)-menos amor-menos perdón. Ponemos entre paréntesis el término menos pecado porque eso cree que es el fariseo Simón. Habrá que verlo (se tiene menos pecado por su invisibilidad, pero luego resulta que no), pero aunque hubiere menos pecado, si eso conlleva la no percepción de la gratuidad del perdón es como si hubiera pecado porque, de hecho, tiene menos perdón y recibe menos amor.
  • Con la fórmula pasiva “tus pecado son perdonados” se demuestra que el sujeto agente del perdón generoso es Dios. Los fariseos ven que ese perdón se lo arroga Jesús. Y así es: el perdón que nos damos es evidencia del perdón que Dios da (“Vi tu rostro que me perdonaba y era como ver el rostro de Dios”: Gen 33,11).
  • Un perdón, el del Padre-Jesús, que proviene de la fe y engendra fe, que aumenta la paz de la persona, la reconciliación de su situación con la vida, la aceptación fácil de la honradez con lo real.

 

3. La obra de amor del resucitado en los amores oscuros

 

Esta clase de perdón que abraza y que se hace desde la increíble generosidad de Dios es anuncio del perdón del resucitado a todos los “amores oscuros” en lo que con frecuencia se mueve nuestra vida. Derivemos hacia esos ámbitos para percibir mejor la hermosa obra del resucitado en nuestra vida.

  • Los amores amarrados a una presencia que ya no se ve: Todos esos amores de personas que siguen siendo fieles al recuerdo de quien les dejó, que lo sienten vivo en medio de sus caminos, que “hablan” con él, cuyo amor sigue más vivo que nunca aunque esté más herido. El resucitado acompaña ese camino que, con frecuencia, hace sufrir.
  • Los amores de quienes no logran que su sed de amor se concrete en alguien: Gente que ama y que es amada, pero que parece estar destinada a una inconcretez que les hace dudar de su amor y por lo que pasan malos ratos al no poder abrazar, tocar, hablar, concretar su amor en alguien. Jesús abraza y calienta esas vidas para decirles que, más allá de cualquier inconcretez, su amor es valiosísimo y riquísimo.
  • Los amores que luchan por vivir fuera de normas rígidas: Y que quieren sobrevivir a planteamientos legalistas consagrados pero que dejan insatisfechos los corazones. Personas que, aun con heridas, siguen buscando los caminos del amor en la maraña de disposiciones legales, morales, con las que está urdida la vida de los grupos humanos y religiosos. Jesús resucitado alienta a persistir en la búsqueda del amor sin quebrarse nunca por lo que a veces parece una compacta imposibilidad.
  • Los amores que incluyen inevitables pérdidas: Que son muchos, quizá la mayoría. Personas que siguen empeñadas en hacer de su vida un camino de amor y que no sucumben ante las pérdidas que van acumulando a lo largo de su vida. La certeza de que el resucitado Jesús les acoge es lo que, con frecuencia, les da ánimo para seguir amando.
  • Los amores soñados que se topan con una realidad áspera: Personas muy dotadas para captar e intuir los horizontes del amor, pero se topan con la cruda realidad de la dificultad para construir el amor con la persona que han elegido, en la situación laboral y social en la que viven, en el ambiente en que se desenvuelve su día a día. Aunque no lo perciban, el aliento del resucitado Jesús se mezcla con sus más limpios anhelos y los sostiene vivos.
  • Los amores que no encuentran el camino de su propia definición: Y que, con frecuencia, son considerados como amores turbios, inconfesables, inaceptables, desdeñables, pecaminosos, etc. Más allá de su componente moral o inmoral, Jesús echa su manto de amor sobre ellos y les dice que sigue a su lado y que lo suyo no es obstáculo para aspirar al horizonte de la dicha que la resurrección de Jesús tiene destinado a toda realidad.
  • Los amores sublimados pero fuertemente necesitados de “carnalidad”: Porque su sublimación es valiosa, pero una necesidad de concretez, de rostro, de carnalidad, también lo es. Jesús resucitado alienta esos amores y quiere poner pequeños gestos de “carnalidad” en la vida humilde de los propios hermanos/as, de las circunstancias concretas de cada día, de las personas que se relaciona con ellas.
  • Los amores que arrastran déficits afectivos a perpetuidad: Porque eso es una gran “cruz” que, a veces, se toma con humor, y no está mal. Pero ese buen humor no logra disipar el sufrimiento inherente. Personas que llevan con elegancia estos déficits porque hay de por medio otros logros en sus opciones afectivas. Jesús aumenta esos logros y toma como suyos esos déficits para hacerlos más sobrellevables, más humanos.
  • Los amores no colmados desde la infancia: Y, por ello, muy duros de sobrellevar en el decurso de la vida ulterior. Son los de personas que en la mirada y en los gestos demandan, desde niños, su parte justa de amor en esta vida. El resucitado Jesús suscita el amor de personas que, más allá de su profesionalidad, se hacen objeto de amor que palie un poco tan grande desamparo.
  • Los amores errantes de quienes han sido erradicados de la tierra que amaban: Todos los inmigrantes, los desplazados, los apátridas, los transeúntes de cualquier índole. Personas que son muy sensibles a los gestos de amor. El resucitado Jesús ejerce una actividad increíble para suscitar una solidaridad amorosa en torno a ellos.
  • Los amores de quienes la sociedad sigue estigmatizando: Descolocados sociales, lúmpenes raciales, reclusos, gente marcada por enfermedades estigmatizantes. Personas en quienes anida el amor a veces en formas muy evidentes  y puras, más allá de sus indudables fallos. Son, de acuerdo con la espiritualidad evangélica, los predilectos del resucitado Jesús, aquellos a quienes mira primero y con mayor ternura.
  • Los amores de quienes trabajan para suscitar otros amores oscuros: Porque, más allá, de connotaciones sociales o laborales, palian el despiste en materia de amor que conllevan muchos seres humanos. El menosprecio con que los trata la sociedad, la bienpensante y la no tanto, es acogido por el despreciado Jesús, que ahora está a su lado.
  • Los amores a los que el sistema parece que ha secado la raíz: Y por eso parece que ya no saben de amor y da la impresión de que clamor no suscita ningún eco, ningún gozo, ninguna novedad. No es así. En el último pliegue del alma habita el amor, incombustible, vivo a pesar de todo. El resucitado Jesús sopla bajo esas cenizas sin desesperar de poder reavivar ese fuego oculto bajo tantas capas sistémicas.
  • Los amores que no necesitan preguntar: Que aceptan la situación del otro como normal, que no quieren garantías de ninguna clase para ser solidarios, que hacen tabla rasa de lo cuestionable y se centran en lo positivo. Gente tenida por ingenua, por descabellada. Pero se parecen mucho al resucitado Jesús que tiene una memoria de alzheimer para nuestro mal y solamente recuerda lo bueno que todos tenemos.  
  • Los amores de enorme candidez: Que siguen mirando de maneras limpias e ingenuas, que no se quiebran ni amargan porque alguien se aproveche de ellos, que siguen pensado que la persona, toda persona, es esencialmente buena, que disfrutan con todos y de todo. Esa limpieza del amor es la que derrama en ellas el resucitado Jesús, totalmente limpio de corazón también él.

 

4. Elementos de espiritualidad para un itinerario de amor en la Pascua

 

            No se trata de consagrar ninguna anomalía, ninguna ilegalidad, ningún desajuste. Se trata de ir haciendo un itinerario de amor en esta Pascua, mirando más a ese lado de los amores “oscuros”. Vamos a proponer unos elementos de espiritualidad que, quizá, puedan ayudarnos a ello:

  • Acercamiento cuidadoso: Porque estamos trabajando con un material muy sensible, ya que el amor (con frecuencia herido) es el más sensible de los elementos de nuestra vida. No entrar en estos ámbitos como elefante en cacharrería, sino con el cuidado, de palabra-gestos-obra, que merecen las cosas delicadas. El menosprecio o el descuido hacen polvo esta clase de valoraciones.
  • Respeto exquisito: Porque es posible que en muchas cosas de las que aquí se sugieren, por formación-sensibilidad-ideas, no estemos de acuerdo. No pasa nada. No se trata de coincidir en la ideología sino en la humanidad.
  • Camino compartido: Ya que hasta que no se anda ese camino común, por modesto que sea, por incipiente que se le quiera, estaremos hablando “de teorías”. Y los caminos del amor, el oscuro y el otro, nunca pueden ser teóricos, ya que afectan a la verdad honda de la persona.
  • Espiritualidad inserta: Porque no se puede hacer espiritualidad en maneras alejadas de aquello que se quiere acoger. De ahí que sea preciso superar cualquier sentimiento de rechazo-superioridad-condena hacia cualquiera de estos planteamientos. Jesús no lo haría.
  • Fe en la presencia viva del Resucitado: Ya que los lugares que habita el Resucitado son los lugares del amor, de todo amor, máxime del amor necesitado de mayores cuidados. Por eso, no lo dudemos, en estos “amores oscuros” está la presencia sanante y humanizadora del Jesús vivo que nos acoge.

 

Conclusión

 

            ¿Se tiene todo esto en pie? Quizá haya que lograr otra perspectiva de lectura que la simplemente religiosa o moral. Tal vez haya que hacer un esfuerzo por salirse de un sistema de pensamiento en el que siempre hemos estado anclados. Desde ese otro lugar, desde el “no lugar” de la resurrección de Jesús, tal vez sea posible desvelar la siembra de amor y de ternura que, al decir de los místicos, es la gran labor de quien “resucita”, de la persona nueva, la gran tarea de Jesús. La Pascua de este año podría ser un tiempo bueno para este adensamiento espiritual.

 

Retiro Cuaresma 2012

 

Retiro en Cuaresma de 2012

 

PEOPLE ARE SUFFERING

La Cuaresma como “conversión al dolor del pueblo” 

 

            Cuando llega la Cuaresma sacamos del armario religioso la palabra “conversión”, aunque cada día nos queda más lejana, como con menos contenido real. Es preciso, cada año, tratar de llenar de sentido lo que los años y nuestras costumbres, unidas a la secularidad, han debilitado. Por otra parte, la palabra “pueblo” también nos cae lejos. Nos suena a los años setenta. Por alguna razón ha dejado de ser evocadora. ¿Cómo proponer, entonces, la Cuaresma como un tiempo bueno para la conversión al pueblo?

            Quizá haya que decir que cuando hablamos de esta peculiar conversión estamos hablando de algo distinto a la conversión religiosa o moral habituales, las que se nos han quedado casi vacías. Estamos refiriéndonos a una “conversión social”. Es decir, se trata de tomar el ámbito social como lugar de conversión, de entender que es en los comportamientos sociales en donde ha de situarse la experiencia creyente y el mismo Evangelio. La lejanía de lo social es lo que ha empobrecido la experiencia creyente y ha despojado a los tiempos “fuertes” de ese gancho que los hace interesantes para nuestros proceso cristiano. Pues bien, si esto es así, quizá sea tiempo de intentar, siquiera modestamente, un camino nuevo.

            Esta conversión social ha de mirar, lógicamente, al momento presente. Y este momento, debido a este tsunami de la crisis económica que padecemos, es un momento de sufrimiento general del pueblo, de las clases medias (las pobres siempre han sufrido), del gran colectivo de ciudadanos/as que están pagando en medidas desproporcionadas los propios errores y, sobre todo, los de gobernantes y banqueros, principales causantes de la debacle.

            Este sufrimiento del pueblo, de nosotros, que se traduce en precariedad, paro, tristeza colectiva, desajuste familiar, desposesión violenta de domicilios, pobreza para largo, sentimiento de frustración y engaño, dificultad en muchas personas para la mera subsistencia es el sufrimiento del pueblo. ¿Además de sufrirlo, en una u otra medida, hay posibilidad de mirarlo más de cerca para encajarlo con mayor humanidad? ¿Tiene algo que decir el Evangelio a un tal sufrimiento? Y si no lo tiene, ¿cómo es que el sufrimiento ajeno ocupa un lugar tan central en las preocupaciones de Jesús?

            Una ola de abatimiento, de conformismo, de pesimismo, de pensar que no se puede hacer otra cosa ha caído sobre la población en general siendo el parapeto de cualquier reforma que recorte los derechos adquiridos. Es preciso luchar contra esa manera de sentir. Y no, tal vez, con la pretensión de arreglar lo que parece que no tiene mucho arreglo, sino con el deseo de que no muera la esperanza y la sed de justicia, de que no se apague en las gargantas de los pobres el grito de su dignidad oscurecida. Esto, como diremos, ha de tener algún lado práctico para que no quede en un mero anhelo. La reflexión puede ayudar, la oración también. La Cuaresma de este año puede ser entendida y vivida en este momento como un volver, convertirse, más humanamente a ese pueblo que somos nosotros y que, en muchos de sus sectores, sufre fuertemente. Jesús, a quien le fue vital el sufrimiento ajeno, nos anima a ello.

 

1. People are suffering

 

            Hemos querido dar este título en inglés a nuestra reflexión por mantener el eslogan de esta fotografía:

 

 

 

            Es una fotografía de tantas que se han publicado sobre las manifestaciones civiles en contra de la deriva económica de nuestros países occidentales. Un manifestante enarbola una sencilla “pancarta”, un papel, con la inscripción “People are suffering”, el pueblo sufre. Esa es la gran verdad de nuestro momento social: un gran sufrimiento que el pueblo encaja, generalmente, de manera callada. Y más calladamente cuanto el colectivo social al que pertenece tal ciudadano está más abajo en la escala de la pobreza, cuanto menos numeroso y menos significativo es. A ellos les caen los recortes porque saben que no va a haber respuesta colectiva, que nadie se va a manifestar, que nadie va a dar la cara por ellos. Ahí está, sobre todo, el pueblo que sufre. La fuerza con que los dedos de esas manos sujetan el papel quizá esté queriendo decir que la decisión de gritar la injusticia es una fuerza imparable que hay dentro.

            Una muchacha y un muchacho, a la izquierda de la pancarta, parecen apoyar con su gesto decidido el mensaje de la pancarta. Hay muchas personas que mantienen alta su vida, su cabeza, en estos momentos de gran crisis. No han perdido el norte de su comportamiento humano y saben que sin humanidad no es posible ningún camino válido. Su mirada no es fruto del orgullo, sino de su visión humanista de la vida mantenida en momentos de zozobra.

            Un señor, con gafas, en la parte derecha mira hacia el espectador. Es como si dijera, ¿tú que miras la pancarta, tienes algo que decir a esto? Mirar esta clase de gritos y pasar de largo es una impiedad. Por eso, esta clase de reflexiones hay que hacérselas si uno está dispuesto, al menos, a poner algo de su parte para que este sufrimiento ajeno mengüe. Si no, mejor no mirar.

            Un joven, encapuchado, mira de frente a la pancarta. Es, aunque él por su juventud no lo sienta así, uno de los más amenazados por ese sufrimiento social (el altísimo índice de paro entre ellos, generación perdida, habla con claridad). En su anonimato, quizá haya un reproche: ¿Pero qué mundo nos estáis dejando? Tal vez también haya un rechazo que nos hemos ganado a pulso. De todos modos, el joven tendrá que apechugar con este sufrimiento heredado. Y tendrá que hacerlo poniendo de su parte algo más que una queja.

            En la parte izquierda de la foto una muchacha mete algo apresuradamente al bolsillo de su abrigo. Puede ser leída la figura como la de quien dice: “Guárdate todo lo que puedas antes de que te lo arrebaten”. Es la respuesta del egoísta, de quien quiere salvar sus muebles sin caer en la cuenta de que si la sociedad no sale a flote, él también se hundirá. Es una respuesta al sufrimiento social, por desgracia, muy frecuente.

            Una masa de persona va detrás de la pobre pancarta. Sus rostros se difuminan casi, pero sus vidas están ahí. Amparados en el pobre cartel dicen y gritan su verdad. La pobreza de medios, lo humilde de su voz, el descaro con que les margina no será suficiente para arrebatarles la esperanza y la conciencia de su dignidad conculcada. Mientras esto sea verdad, habrá esperanza.

 

2. La luz de la Palabra: Mc 6,34; Mt 14,14; Lc 9,11

 

            “Al desembarcar vio una gran multitud; se conmovió, porque estaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas” (Mc 6,34).

 

            “Al desembarcar vio Jesús una gran multitud, se conmovió y se puso a curar a los enfermos” (Mt 14,14).

 

            “Él acogió a las multitudes, estuvo hablándoles del reinado de Dios y fue curando a los que lo necesitaban” (Lc 9,11).

 

  • “Se conmovió” (Splagkhnisthê): Una gran conmoción interior que llega hasta las tripas (splagma). El desamparo de la multitud produce en Jesús la misma conmoción que tuvo el samaritano (Lc 10,33) o que experimenta ante la tumba de su amigo Lázaro (Jn 11,33.38). Para Jesús las personas, aunque sean multitud, son sujetos de amor y, por lo mismo, objeto de compasión. Se cumple aquí aquel dicho de J. Sobrino: “De Jesús impactaba la misericordia y la primariedad que le otorgaba: nada hay más acá ni más allá de ella, y desde ella define la verdad de Dios y del ser humano”. Jesús lo vivía todo desde la compasión. Era su manera de ser, su primera reacción ante las personas. No sabía mirar a nadie con indiferencia. No soportaba ver a las personas sufriendo. Era algo superior a sus fuerzas. Así fue recordado por las primeras generaciones cristianas. Pero los evangelistas dicen algo más. A Jesús no le conmueven sólo las personas concretas que encuentra en su camino: los enfermos que le buscan, los indeseables que se le acercan, los niños a los que nadie abraza. Siente compasión por la gente que vive desorientada y no tiene quien la guíe y alimente.
  • “Estaban como ovejas sin pastor” (Êsan ôs probata mê ekhonta poimena): La imagen es patética. Jesús parece estar recordando las palabras pronunciadas por el profeta Ezequiel seis siglos antes: en el pueblo de Dios hay ovejas que viven sin pastor: ovejas «débiles» a las que nadie conforta; ovejas «enfermas» a las que nadie cura; ovejas «heridas» a las que nadie venda. Hay también ovejas «descarriadas» a las que nadie se acerca y ovejas «perdidas» a las que nadie busca (Ez 34,8.31). Un pueblo que muere por desorientación, por sin sentido, por honda desilusión.
  • “Se puso a enseñarles muchas cosas” (Kai êrxato didaskein autous pollas”): Sin enseña muchas cosas, necesariamente ha de enseñar con calma, con acogida. De lo contrario, el nerviosismo sale vencedor. Las muchas cosas hace referencia, sin duda, no tanto a la cantidad cuanto a la hondura: cosas que amparen el desamparo de la gente, palabras útiles para entender a un Dios humano y para entenderse en relación de humanidad.
  • “Se puso a curar a los enfermos” (Kai etherapeusen tous arrôstous autôn”): Curar es una demostración máxima de amor, cualquier clase de curación, ya que es preciso entender esto flexiblemente: Jesús cura las dolencias y la dolencia de una sociedad sin esperanza. Eso es lo que le hace hermoso y esperanzador, a la vez que peligroso para el sistema. Curar es el gran trabajo del anuncio del reino y la gran necesidad de la gente (Lc 9,1). Curar es la “gran fuerza” que sale del Jesús solidario con el pueblo (Lc 6,19).
  • “El acogió a las multitudes” (Kai apodexamenos autous): Tiene el matiz de “acoger calurosamente”. No es una acogida desganada, sino animosa y mirando a la persona, como quien cree que el mejor tiempo empleado es aquel en que se acoge al otro. Y eso que las multitudes “bloquean” la actitud de Jesús que quiere dirigirse a los paganos. Eso no quiebra su capacidad de acogida.

 

3. Ahondamiento

 

            Vamos a subrayar algunos aspectos que se derivan de los textos anteriormente propuestos:

  • La necesaria conmoción: Una frialdad que desvela nuestra inhumanidad hace que miremos los problemas ajenos, su dolor, como si no fuera con nosotros. Sin embargo, como dice R. Mate, “el sufrimiento ajeno nos constituye en sujetos morales”. Es decir, de la respuesta al sufrimiento ajeno depende nuestro nivel de humanidad. Un tratamiento frío, a nivel de simples datos, de lo que está ocurriendo en el lado débil de nuestra sociedad, cada vez más amplio, si no tiene conmoción se quedará lejos de cualquier objetivo de humanización. La frialdad mata las relaciones sociales. Se necesita una dosis creciente de conmoción para que ninguna “guerra” nos deje indiferentes.
  • La pérdida del sentido: Que es algo de lo más fuerte que le puede pasar a la persona y a la sociedad. Se puede llegar a enfermar de sentido, con todas las patologías sociales que eso acarrea. De ahí que todo lo que contribuya a generar sentido, tendrá un valor incalculable, por humilde que sea la aportación. No se trata de algo filosófico sino del abrazo y el calor que reaniman y relanzan a pesar de la niebla que hay que cruzar. La recuperación del sentido perdido tiene que ver mucho con la esperanza y con la certeza de que la reorientación de la vida es posible en momentos de gran dificultad social.
  • La impagable acogida: Dicen que la escucha es la mejor forma de hospitalidad. La escucha y la acogida. En la hospitalidad se pone en juego la capacidad de vaciarnos, descentrando nuestro propio yo para poner en el centro al otro y sus necesidades. La hospitalidad es la historia de un encuentro: hay un alguien que está a la espera, abierto, y hay otro alguien que llega buscando refugio material y/o espiritual por un lapso de tiempo. Esta ocasional convivencia es el aprendizaje de la igualación: la igualdad encarnada. En principio pareciera que uno, el huésped, es el desfavorecido y otro, el hospedero, el proveedor. Pero la auténtica hospitalidad se encamina a desaparecer el tú y el yo para hacer aparecer el nosotros. Cada uno saca de su alforja lo que lleva en ella: el huésped pone sobre la mesa su trozo de camino andado y por andar, el hospedero extiende el mantel y la sonrisa y enciende la lámpara para que ambos puedan compartir ese misterio que trae la bienvenida. Esta espiritualidad es fuertemente aplicable al desamparo social en que se mueven no pocas personas hoy.
  • La curación por el cuidado esencial: Porque las heridas sociales son tan fuertes como las físicas, o más, por sus terribles consecuencias. ¿Cómo curar? Ejerciendo la espiritualidad del cuidado en todas sus manifestaciones. Más que un acto puntual, el cuidado es una actitud, la de quien mira a la realidad, a las personas, con el respeto, interés e implicación suficiente para poner un poco de bálsamo en las heridas que traen los días.

 

4. Derivaciones

 

            Vamos a sacar algunas derivaciones en el afán de poner en clave más concreta la espiritualidad de la conversión al sufrimiento del pueblo:  

  • Una oración en conexión con este tiempo de dolor social: No se trata únicamente de rezar por los pobres, por quienes no encuentran trabajo, por los heridos sociales. Se trata de rezar en el deseo de una implicación real, de un sentir y orientarse desde dentro en la dirección de las pobrezas. Una oración sin un mínimo de implicación es una ilusión.
  • Una espiritualidad social: Porque el Evangelio tiene contenidos sociales, sin duda. Una espiritualidad que sigue siendo espiritual, hondamente espiritual, cuando se la mezcla con las “angustias y esperanzas” de los humanos. Una espiritualidad meramente de libro es algo vacío.
  • Una solidaridad como núcleo de la fe, no como derivado: No es una consecuencia de mi fe, sino el núcleo: en la medida en que se es solidario, se es creyente. El comportamiento de Jesús como queda reflejado en los Evangelios nos lo demuestra.
  • Buenas palabras y más: Al menos, tener buenas palabras para quienes, con causa o sin ella, soportan  el momento más duro de este tiempo social. Y que las palabras buenas puedan llevar a solidaridades buenas.
  • Fe en los gestos: Porque son lenguaje de futuro y dicen que las cosas podrían ser de otro modo si nos diéramos a la tarea. Es muchas veces la única forma de saber que el cambio es posible.
  • Ternura y creatividad: Sabiendo que hay márgenes en los que se puede trabajar si se tiene creatividad y que ese trabajo no puede ser malo si se hace desde el respeto, el aprecio a la persona y la ternura ante quien no lo pasa bien.
  • Potenciar los recursos: Los pocos que tengamos, poniéndolos a funcionar. Cuando un recurso funciona, arrastra a otro. Cuando ninguno funcionan, todos se detienen.
  • Una austeridad creativa: Vivir sencillamente para que otros puedan vivir, como dice Cáritas. O: ayunar para ayudar, como decía hace tiempo también Cáritas. Quizá la mera austeridad tenga poco sentido; pero, orientada a la solidaridad, es fecunda.

 

Conclusión

 

            La que dice el poema de L. Felipe: lo importante es llegar todos juntos y a tiempo, alcanzar el nivel de humanidad para todos y hacerlo antes de que el mal destruya a la persona. Aunque el ideal esté lejos, se puede caminar en esta dirección. Eso sería, de algún modo, convertirse hoy al sufrimiento del pueblo. Cuaresma puede ser un momento de impulso para ello. Desde ahí se podrá hacer una lectura creativa y fecunda de la muerte generosa y de la Pascua viva del Señor.

 

UN ITINERARIO ESPIRITUAL PARA CUARESMA

 

            Se trataría de interiorizar, con la oración y la vida, las actitudes de Jesús ante nosotros y, a partir de ellas, de nosotros ante los demás, sobre todo ante quienes sabemos que sufren socialmente más. De esta manera vamos, poco a poco, caminando hacia la Pascua hermosa de Jesús, Pascua de solidaridad y de amparo:

 

1ª Semana:

 

            “Al desembarcar vio una gran multitud; se conmovió, porque estaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas” (Mc 6,34).

 

            Hacer durante esta semana trabajos de “conmoción” social: informarse más, acercarse a un problema, a una persona concreta. Intensificar la oración por alguien cercano que sabemos que socialmente sufre.

 

2ª Semana:

 

            “Al desembarcar vio Jesús una gran multitud, se conmovió y se puso a curar a los enfermos” (Mt 14,14).

 

            Trabajar el tema del “curar”, la posibilidad que tenemos de ser curativos para quienes sufren alguna herida. Escuchar, rezar, escribir una carta, hacer algún gesto de curación social.

 

3ª Semana:

 

            “Él acogió a las multitudes, estuvo hablándoles del reinado de Dios y fue curando a los que lo necesitaban” (Lc 9,11).

 

            Pensar el tema de la acogida como modo fácil y mejor de hospitalidad. Hacer prácticas de acogida en la oración y en el día sencillo. Perder tiempo (¿) con quien tiene deseo de ser escuchado.

 

4ª Semana:

 

            “Se sentó y, desde la barca, se puso a enseñar a las multitudes con calma” (Lc 5,3).

 

            Trabajar la calma interior y la interior. No tener prisa ante las situaciones de nuestros hermanos en dificultad. Tratar de acercarse con cautela, pero deliberadamente a situaciones de dificultad social.

 

5ª Semana:

 

            “Ahora me siento fuertemente agitado; pero, ¿qué voy a decir: ‘Padre, líbrame de esta hora’?” (Jn 12,27).

 

            Entender la muerte de Jesús como una entrega sin retorno. Situarse espiritualmente ante quien ha entendido y acogido nuestro sufrimiento. Dar a la gesta de Jesús toda la hermosura; creer que puede ser fuente de entrega generosa y alegre para nosotros. Semana de contemplación de cara a la Pascua.

 

 

 

Juan 107

CVJ

Domingo, 25 de marzo de 2012

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

 

107. Jn 15,18-25

 

Introducción:

 

                Es muy difícil desprenderse del odio y muy ingenuo creer que no está ahí, que no me afecta, que no resulta una amenaza para nuestras vidas. Es cierto que, la mayor parte de las veces, lo tenemos controlado, que nuestra vida está alejada de los caminos del odio. Pero no somos inmunes a él. En cuanto nos descuidamos, a la menor contrariedad, brota con una pujanza inusitada e irracional. Más aún, el odio se enquista, envejece, se guarda y con ello se aumenta su maléfico poder. Por eso, llevar una vida que excluya totalmente al odio es una maravilla y una honda aspiración de muchas personas buenas. ¿Podríamos ser nosotros/as quienes deseáramos y aspiráramos a una vida así, limpia de odio?

                El Evangelio quiere ayudarnos a ello. Por ello advierte de su presencia e, incluso, da las razones hondas de una actitud que odia: “las obras” que Jesús ha hecho son las razones (verdaderas sinrazones) del odio. ¿De qué obras se trata? De aquellas que hacen más humano el camino de las personas. Por eso, odiar porque uno obra con humanidad es el acabóse del odio. Pero es preciso estar preparado para ello: si por ser buena persona, si por ayudar a que la vida sea más humana, se te odia, no habrías de temer ese odio. A Jesús le han odiado por ello y ha logrado mantenerse en el amor. El odio contra lo humano no triunfa nunca, aunque parezca lo contrario. La única manera de hacer frente al odio insensato es perseverar en una actitud de amor a lo humano, resistir en un camino de amor y de entrega. Puede que esto nos resulte increíble, pero Jesús ha elegido esa senda.

 

***

 

Texto:

 

                18Cuando el mundo os odie, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros. 19Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia.

20Recordad lo que os dije: No es el siervo más que su amo. Si a mí me han perseguido, a vosotros os perseguirán; si han espiado mi Palabra, también espiarán la vuestra. 21Y todo esto lo harán con vosotros a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió.

22Si yo no hubiera venido y les hubiera hablado, no habrían mostrado su obstinación en el pecado; pero ahora no tienen excusa de su pecado. 23Odiarme a mí es odiar a mi Padre. 24Si yo no hubiera hecho entre ellos las obras que ningún otro ha hecho, no habrían mostrado su obstinación al pecado; pero ahora las han visto personalmente y, sin embargo, nos han tomado odio lo mismo a mí que a mi Padre.

 25Pero así se cumple el dicho que está escrito en su Ley: “Me odiaron sin razón”. 

 

***

 

Ventana abierta:

 

 

Esta es la portada de un libro muy extendido de S. Larsson: un ejemplo de odio irracional por motivos de género en un país desarrollado. Es una evidencia social más de que el odio brota de lugares insensatos y que se mantiene por encima de cualquier bienestar económico. Por eso, siempre será cuestión de vigilarlo, de tenerlo entre ceja y ceja, de lo contrario, saldrá a relucir cuando menos se lo espera.

                Oramos: Que vigilemos nuestro interior para que el odio nunca tenga cabida en él; que controlemos nuestras ansias de venganza, si es que afloran; que seamos benignos con toda persona.

 

***

 

Desde la persona de Jesús:

 

                Jesús afirma tajante citando a la Escritura: “Me odiaron sin razón”. Y así fue. Cuando se mira la trayectoria histórica de Jesús, algo que no se entiende es por qué se le odia, siendo así que hacía el bien. Era por motivos espurios: porque peligraba el poder opresor, porque cuestionaba privilegios que explotaban a los pobres, porque descubría las ideologías que se aprovechaban de los débiles, porque censuraba costumbres que quieren anteponerse al valor de la persona. Pero quien le amó, comprendió que no había motivo para el odio: amaba el camino humano como nadie. ¿Cómo odiarlo?

                Oramos: Gracias, Señor, por tu honda humanidad; gracias por tu amor incondicional; gracias por tu perseverancia en hacernos el bien.

 

***

 

Ahondamiento personal:

 

                No pertenecer “al mundo”, andar caminos alternativos, no pensar como todo el mundo, no apoyar al poder que apoya todo el mundo, asumir las causas de los desfavorecidos, sentir amor por quienes andan por caminos poco transitados es causa de que, a veces, uno sea “odiado”, poco comprendido, no acogido, temido. Es preciso perseverar en el bien con benignidad y de forma amigable. Y si eso no es suficiente para evitar el “odio”, habrá que “endurecer el rostro como el pedernal” (así decía el profeta Ezequiel) y seguir adelante en el empeño de ser buenos.

                Oramos: Que no temamos una cierta alternatividad; que hacer el bien sea un anhelo constante; que apoyemos a quien busca caminos nuevos.

 

***

 

Desde la comunidad virtual:

 

                Desterrar lo más lejos posible no solamente el odio, sino la mera animadversión, los prejuicios que mantenemos, los estereotipos que no tienen ninguna razón de ser, son condiciones para que la vida relacional, la vida comunitaria pueda surgir. Por eso, cuanto más nos veamos libres de esas trabas, más disfrutaremos con la persona que tenemos al lado. Es un trabajo que es preciso realizar cada día.

                Oramos: Que alejemos los prejuicios de nuestra vida; que superemos los estereotipos; que rasguemos los velos que nos impiden ver la realidad del otro.

 

***

 

Poetización:

 

Le odiaron,

pero aguantó;

le menospreciaron,

pero no le amargaron;

le postergaron,

pero nunca renegó de nadie.

Experimentó la mordedura

del odio insensato;

sufrió el acoso

de la inhumanidad más dura;

encajó las heridas

que produce el menosprecio.

Sabía que sus obras de amor

desbancaban al poder,

cuestionaban la costumbre,

destrozaban el sistema

que ampara al fuerte.

Aun así,

no desistió el camino del bien.

Sabía que Dios mismo era odiado

en quien odia la bondad.

Y por ello

persistió en ese camino de lo humano

para ser solidario

con un Padre odiado

más allá de su amor.

Y también persistió

para que quienes le amaban

no se desmoronaran

cuando el odio arreciaba,

cuando la incomprensión campaba a sus anchas.

La única manera de derrotar al odio era,

lo decía de muchas maneras,

persistir tercamente

en el camino del amor.

 

***

 

Para la semana:

 

                Trata estos días de no odiar y de que si se experimenta la incomprensión se responda con benignidad.

 

***

 

Juan 106

CVJ

Domingo, 18 de marzo de 2012

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

 

106. Jn 15,12-17

 

Introducción:

 

                A veces las películas o las novelas nos relatan “amores grandes”, auténticas epopeyas de amor que no están al alcance de cualquier mortal. Nos gustan pero son inalcanzables para nosotros. Menos veces se narran amores simples cotidianos, elementales, porque no se consideran “grandes”. Vende lo que se sale de lo normal, lo extraordinario, lo sublime. Pero, en realidad, el amor verdadero, y por ello grande, se esconde en lo cotidiano, en lo irrelevante, en lo desconocido. Publicitar el amor es exponerlo a su corrupción. De ahí que amores escondidos, humildes, sencillos, pero profundamente entregados son el verdadero cimiento del amor. Los otros, los amores de escaparate, no encierran con frecuencia más que un anhelo vacío. ¿Es creíble que los amores pequeños, casi olvidados, puedan ser “grandes”, hermosos, valiosos, entrañables? Hay muchas personas que lo viven así.

                Jesús dice algo parecido en este texto de la semana. Como persona creyente y religiosa que era podría haber dicho lo que, sin duda, le habrían dicho muchas veces: que el amor “más grande” era el amor a Dios. Pero él dice que no: que el amor más grande es el de dar la vida por quienes se ama. Es decir, el amor a la persona concreta es el amor más grande. Más aún, con otras páginas del Evangelio en la mano se puede afirmar que ese amor es grande haya o no haya respuesta. A nosotros nos parece que el amor merece la pena cuando la persona a la que amamos nos responde. Pero Jesús dice que incluso cuando no hay respuesta, el amor entregado sigue siendo amor grande. Por eso dice que amemos “como él ha amado”. Él ha amado sin respuesta por nuestra parte (muchas veces). Pero ese amor ha sido “grande” no porque haya habido respuesta sino porque su entrega era grande.      

 

***

 

Texto:

 

12Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. 13Nadie tiene amor más grande que éste: dar uno la vida por sus amigos. 14Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. 15Por nada os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. 16No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dé. 17Esto os mando: que os améis unos a otros.

 

***

 

Ventana abierta:

 

 

                Este niño argentino se llama Jan, tiene parálisis cerebral, y su padre, Jorge, que es un simple chapista, ideó un artilugio para estimular a su hijo logrando, al parecer, resultados buenos. Otros padres, uno también en España, han hecho cosa similar. La sonrisa de estos niños al verse “en pie” es el mejor triunfo. Estos padres son personas que, por amor, se entregan a causas al perecer perdidas de antemano. Pero no es así. Son como Jesús: se entregan incondicionalmente y si hay resultados se alegran; si no los hay, siguen amando.

                Oramos: Gracias, Señor, por quienes se entregan sin esperar resultados; gracias por quienes aman sin esperar agradecimiento; gracias por quienes se contentan con el gozo humilde de los pobres.

 

***

 

Desde la persona de Jesús:

 

                Precisamente porque somos para Jesús su “amor grande” nos llama amigos.  El mejor modo de llamarnos, porque es una manera que refleja igualdad y afecto. Las religiones tienden a hacernos ver a Dios, a Jesús, como señor, rey, jefe supremo, salvador, omnipotente y cosas así. La palabra de Jesús nos dice otra cosa: eres amigo, igual, persona querida sin hacerte de menos, igual porque él nos trata y nos mira como iguales. Hay que mejorar esas visiones heredadas de un Jesús que no es amigo sencillo y directo. No son las del Evangelio.

                Oramos: Gracias, Jesús, por llamarnos amigos; gracias por tenernos, de verdad, por amigos; gracias por confiar en nosotros/as como se confía en un amigo/a.

 

***

 

Ahondamiento personal:

 

                Parece que en el texto hay como una condicionalidad: seréis mis amigos si hacéis lo que os mando. En realidad, Jesús es amigo sin condiciones. Pero se puede entender ese “lo que yo os mando” no como normas o mandamientos, sino como amor. Entonces, seremos amigos de Jesús porque amamos: cuanto más amemos, más amigos; cuento menos amemos, aunque él nos siga amando, nos alejamos de su amor. Por eso, no hay coacción, sino aliento para amar.

                Oramos: Que nos amemos sin lejanías; que nos respetemos con aprecio; que nos sintamos cerca para mutua ayuda.

 

***

 

Desde la comunidad virtual:

 

                Podría pensarse que nuestro “compromiso” de pertenencia a la comunidad virtual es un compromiso de oración, de juntarnos de vez en cuando para orar, de tomar todos/as, aunque sea individualmente, el mismo texto. Pero, en realidad, el verdadero compromiso es de amor, así como suena. Cuanto más nos queramos, cuanto más lo demostremos, mayor será nuestra vinculación a este grupo. Cuanto más desarrollemos, con quien sea, nuestra capacidad de amar, mejor se cumplirá el objetivo de esta larga andadura.

                Oramos: Que oremos juntos y amemos juntos; que celebremos la fe y la buena relación; que caminemos empeñados en la Palabra y en el amor.

 

***

 

Poetización:

 

Él fue  una persona religiosa.

Le habían dicho:

Dios es el amor más grande.

Pero él aprendió,

en la oración y en los caminos,

que había un amor mayor:

el amor a toda persona.

Más aún, entendió una lección definitiva:

que el amor seguía siendo grande

aunque la otra persona

no devolviera amor.

Por eso, aunque le dolía,

seguía amando

por encima de traiciones,

de abandonos,

de negaciones.

Él no retiraba el amor

porque el suyo era un amor fiel,

amor grande.

De ahí que llamara amigos

a quienes caminaban con él.

Ellos pensaban

que era una forma común

de nombrarse entre personas.

Pero, en realidad,

era la mejor forma de llamarles,

la manera de la igualdad,

del cariño y de la dignidad.

Nunca más serían siervos de nadie,

nunca él sería señor de nadie.

Algún día aprenderán, se decía,

a no llamarme señor.

 

***

 

Para la semana:

 

                Intenta llevar una buena relación con quienes te rodean en respeto y afecto. Mezclar las dos cosas.

 

***

 

Juan 105

CVJ

Domingo, 11 de marzo de 2012

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

 

105. Jn 15,7-12

 

Introducción:

 

                En materia de amor, quizá lo más importante no sea sentir el amor, percibir que uno es “atrapado” en las “redes” del afecto”, sino cómo permanecer en el amor, sobre todo cuando las cosas no vienen bien dadas. Permanecer en el amor por razones de amor. He ahí el secreto de muchos de nuestros comportamientos. La fragilidad de nuestras estructuras vitales se demuestra y se verifica en nuestra capacidad de aguante, de resistencia, de permanencia. Es cierto que los quilates del amor no se miden por los meros años de convivencia. Pero si en esos años sigue vivo, aun con heridas, el amor primero, es que se está en el camino bueno. La permanencia no es mero pasar, terquedad o insensato empeño. Es el fruto de mucha elaboración, de mucha aportación, de mucha búsqueda, de mucha entrega, de mucho disfrute.

                La adhesión a Jesús que, en el fondo, es una cuestión de amor (como toda adhesión) demanda un talante resistente. Por eso habla tanto de seguir, de permanecer, para dar fruto. Sentir y verse tocado por la hermosura del Evangelio es relativamente fácil. Lo difícil es seguir en el mismo empeño de Jesús, en las mismas utopías y anhelos, sobre todo cuando todo parece ir en otra dirección. De ahí que el ánimo de Jesús es constante: seguid, permaneced. La adhesión a Jesús, como todos los caminos verdaderos de la vida, es una cuestión de permanencia, de largo alcance, una carrera de fondo. ¿Cómo mantenerse en el anhelo de una meta que, muchas veces, aparece lejos? No hay más que un camino: no apearse jamás del amor.

 

***

Texto:

 

                7Si seguís conmigo y mis exigencias siguen entre vosotros, pedid lo que queráis, que sea realizará. 8En esto se ha manifestado la gloria de mi Padre, en que hayáis comenzado a producir mucho fruto por haberos hecho discípulos míos.

                9Igual que el Padre me demostró su amor, os he demostrado yo el mío. Manteneos en ese amor mío. 10Si cumplís mis mandamientos, os mantendréis en mi amor, como yo vengo cumpliendo los mandamientos de mi Padre y me mantengo en su amor. 11Os dejo dicho esto para que llevéis dentro mi propia alegría y así vuestra alegría llegue a su colmo.

 

***

 

Ventana abierta:

 

 

            Es una foto que ha impactado últimamente y ha ganado premios: una mujer musulmana, enteramente cubierta, acoge en su regazo y consuela a un joven sirio herido en las refriegas con el ejército. Es una “piedad” de hoy donde se une, por encima de credos, amor y resistencia, acogida y firmeza, consuelo y ánimo. Se verifica en un escenario de enorme dificultad la evidencia de que continuar en el amor es lo que puede salvar al maltratado.

                Oramos: Que nuestra manera de apiadarnos del débil sea permanecer a su lado; que seamos piadosos con los más heridos; que persistamos en ser humanos con quien es postergado.

 

***

 

Desde la persona de Jesús:

 

                Hay que escuchar en el silencio del corazón a ese Jesús que dice: “Manteneos en ese amor mío”. Esto no es cuestión de fe, adhesión a unas creencias, de persistir en unas prácticas religiosas. Es algo más hondo. Habrá que descubrir de una manera viva el amor de Jesús y su honda humanidad. ¿Cómo hacerlo? Mirándoles con mirada de idéntica humanidad, potenciando los valores básicos del ser humano, ahondando en el camino del “arcaico” corazón de las personas. Sin esta inmersión en lo humano no es fácil desvelar el rostro de un Jesús al que se puede amar hoy.

                Oramos: Que desvelemos el rostro amable de Jesús por los caminos de lo humano; que nos toque dentro la persona de Jesús hasta hacer parte del fondo de nuestro amor; que seamos sensibles a todo camino que conecte con el amor.

 

***

 

Ahondamiento personal:

 

                Dice el hermoso poema de Gioconda Belli: “Sólo el amor resistirá”. Y es verdad, la prueba de resistencia humana se verifica en la capacidad de amor, en los cultivos de amor, en la resistencia por motivos de amor, en las opciones de amor, en los compromisos que brotan del amor, en las fidelidades que se mantienen porque uno, simplemente, ama. Si no se transita por estos caminos, la permanencia en actitudes de amor se hace prácticamente imposible.

                Oramos: Que cultivemos con mimo los amores de nuestra vida; que el amor nos lleve a compromisos que se toquen; que nuestras opciones de vida tenga siempre, de manera explícita, el componente del amor.

 

***

 

Desde la comunidad virtual:

 

                Nuestra comunidad virtual pasa, a lo largo de tantos años, por muchas vicisitudes. Pero todas ellas tienen un denominador común: la relación nos produce alegrías muy buenas. Por eso, el seguir en la comunidad es, de alguna manera, seguir en la alegría. Jesús habla de “una alegría que llegue a su colmo”. Es el ideal, el horizonte. Los pequeños pasos que demos en esa dirección nos abrirán a una alegría más plena, más honda, a la vez que más sencilla. Son los frutos del “permanecer”.

                Oramos: Que permanezcamos en relación para que crezca la alegría, que valoremos los pequeños gestos para que crezca la alegría; que nos tendamos la mano para que no se debilite la alegría.

 

***

 

Poetización:

 

Percibió muchas veces

que era harto difícil

permanecer en el amor.

Por eso se empeñó

en que sus amigos vieran

lo que él veía:

que resistir por amor,

preguntar por amor,

aguantar por amor,

hacerse fuerte por amor

eran los buenos caminos

para el logro de la alegría honda.

A lo largo de su vida

vio muchas pobrezas,

sintió el sabor de muchas lágrimas,

vio ojos y manos cansados,

pies que se arrastran desalentados.

Pero también se dio cuenta

de que la manera de no sucumbir

al desaliento vital

era ser tercos en amar,

no apearse de la senda de la entrega,

creer que la vida en amor

es la que lleva a la dicha.

Fue tan fuerte esta convicción

que él llamó a sus amigos

a un seguimiento en amor,

no tanto a unas creencias o normas.

Cuando el desaliento hacía presa

en lo hondo de su corazón,

se repetía como un mantra:

“hay que seguir amando,

hay que seguir amando”.

Esa fue la luz en el horizonte

que guió sus pasos.

 

***

 

Para la semana:

 

                No desesperes de amar cuando las cosas en estos días se tuerzan un poco. Que el brillo del amor fiel se refleje en tu mirada.