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RETIROS

Retiro Cuaresma 2011

 

Retiro en Cuaresma 2011

 

 

EL RETO DE FRECUENTAR EL FUTURO

La conversión entendida como mirada al futuro

 

        La tentación de instalarse en el pasado es constante. El pasado es la casa vieja y amada que nos parece mejor porque no nos complica. Incluso ciertas formas de futuro (formas religiosas nuevas, planes de hoy) tienen la pinta de querer poner collar nuevo al perro viejo del pasado. ¿Podría entenderse la conversión, ese cambio de mentalidad y de praxis, como los trabajos por frecuentar el futuro?

En la famosa novela de A. Tabucchi Sostiene Pereira, el tal Pereira es una persona mansa que para huir de la cruda realidad se instala cada vez más en el pasado y en sus rígidas normas próximas al fascismo. El doctor Cardoso que se cruza en su camino le da un consejo: “Deje ya de frecuentar el pasado, frecuente el futuro”.

        Frecuentar el futuro, he ahí un reto más que un consejo. Ante la barahúnda de este confuso momento en que se mueve nuestro mundo, muchas personas se inclinan a frecuentar el pasado: aquellos eran buenos tiempos, aquella familia de siempre es la que vale, aquella Iglesia de antes tan fuerte y bien reputada es la que habría de tener ahora, aquellos políticos de mano dura que tenían controlado el país habrían de surgir ahora, aquella moral que ponía a cada uno en su sitio lo quisiera o no debería regir ahora. Y así hasta el infinito. La nostalgia del pasado en un calmante para la dureza del presente.

        Sin embargo, algo nos dice dentro que ese movimiento hacia atrás, ese pensar, como decía el clásico que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, es un suicidio por la puerta de atrás. Y esto es así porque hasta el más necio ve que, además de lo inexorable del tiempo, el pasado no vuelve nunca y que la vida verdadera se juega en el futuro, sea cual sea su catadura. El futuro es el futuro, valga la tautología. De ahí que más vale encarar lo resulta difícil que encastillarse en lo que es irreal.

        El escritor Eduardo Galeano tiene una sencilla “carta al futuro” en uno de cuyos párrafos dice: “Yo le pido, nosotros le pedimos, que no se deje desalojar. Para estar, para ser, necesitamos que usted siga estando, que usted siga siendo. Que usted nos ayude a defender su casa, que es la casa del tiempo”. Sí, necesitamos del futuro mucho más que del pasado. Los cristianos y cristianas habríamos de ser personas proclives a frecuentar el futuro, no gente instalada en las cavernas del pasado.

        Acaba de empezar la Cuaresma. No estaría mal hacer el propósito de “convertirse al futuro”. Parece algo inconcreto, pero, en realidad, es activar una actitud interior que puede hacer que nazca en nosotros un horizonte nuevo hecho de confianza y de amor.

 

1. Calentando motores

 

Como en otras ocasiones, vamos a utilizar la buena poesía para “calentar motores”, para percibir que, por muchas razones, nos conviene frecuentar el futuro para que la vida cobre dinamismo. Tomaremos un poema inspirado de Francisco Brines:

 

Abrir los ojos, después de que la noche
recluyera los astros en su amplia cueva rasa,
y ver, tras del cristal,
ya visibles los pájaros
en el fanal aún pálido del sol,
moviéndose en las ramas.
Y cantos que hacen mía la bóveda del aire.
Y sentir que aún me late en el pecho
el corazón del niño aquel,
y amar, en la mañana, la vida que pasó,
y esta maga sorpresa
de amar aún el mundo en la mañana.
Y en el nombre del mar, que está lejano
y azul, siempre tendido
desde el remoto amanecer del mundo,
persignarme la frente, luego el pecho,
los delicados hombros que ahora rozo,
y besar, con los labios del niño rescatado,
este mundo tan viejo,
que hoy no alcanzo a saber
por qué, si el amor no se ha muerto,
me quiere abandonar.

 

        Subrayemos algunos puntos:

 

  • Abrir los ojos…aunque sea de noche: Porque la tentación es cerrarlos, aislarse, no querer ver, ponerse orejeras que nos impidan ver lo que acontece realmente. Si no se supera esto, la cerrazón puede ser enorme. “Abrir”, esa es la palabra clave.
  • Aún me late en el pecho el corazón: Hay vida dentro. Mientras haya ganas reales de vivir habríamos de anhelar el futuro. Instalarse en el pasado es, en el fondo, no querer vivir, o querer vivir de una manera esclerotizada, que es como no querer vivir.
  • Amar aún el mundo del mañana: Realismo (desde el “aún”) y utopía (el “mundo del mañana”). Entre esos dos polos nos movemos. No están reñidos, aunque creemos que hay que poner más carga en la utopía porque el realismo se confunde con el inmovilismo y, con él, llega la instalación en el pasado.
  • Persignarme la frente, luego el pecho: Tener conciencia de que en el fondo de la persona anida la espiritualidad, la misma fe, las capacidades para una lectura creyente de la realidad y del futuro. Precisamente el inmovilismo pone en riesgo la fe, aunque muchos crean que esa es la manera de mantenerla (se mantiene la religiosidad, la estructura religiosa, no tanto la fe).
  • Besar este mundo tan viejo: Para creer en el futuro es preciso amar esta realidad a pesar de su “vejez”. Pero no precisamente para consagrar esa vejez sino para decirle que, como dice Joel, “los viejos tendrán visiones”, que es posible siempre un renacer por encima de lo viejo.
  • El amor no ha muerto: Por eso, no nos abandonará. Mientras haya amor, habrá posibilidad de engendrar futuros. Quizá lo peor de instalarse en el pasado es que, en el fondo, se trata de una claudicación en el amor.

 

2. La luz de la Palabra: Una alianza fiel

 

         ¿Dónde encontrar en la Palabra luz y arrestos para encarar el futuro con optimismo, con buen ánimo? Quizá si ahondamos la espiritualidad de la alianza, pero no tanto desde parámetros meramente bíblicos sino también antropológicos. La alianza es el rostro bíblico de la mera confianza. Y la espiritualidad de la alianza sostiene la confianza. Y con ésta, hay posibilidad de abrirse sosegadamente al futuro.

        Vamos a tomar un texto de Apocalipsis que la liturgia “mutila” porque le quita, justamente, los versos que aluden a la alianza, a la confianza. Se trata de Ap 11,16-19:

 

        “Los veinticuatro ancianos que están sentados delante de Dios cayeron rostro en tierra rindiendo homenaje a Dios, y decían:

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,
el que eres y el que eras,
porque has asumido el gran poder
y comenzaste a reinar.

Se encolerizaron las gentes,
llegó tu cólera,
y el tiempo de que sean juzgados los muertos,
y de dar el galardón a tus siervos, los profetas,
y a los santos y a los que temen tu nombre,
y a los pequeños y a los grandes,
y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

Ahora se estableció la salud y el poderío,
y el reinado de nuestro Dios,
y la potestad de su Cristo;
porque fue precipitado
el acusador de nuestros hermanos,
el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero
y por la palabra del testimonio que dieron,
y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.
Por esto, estad alegres, cielos,
y los que moráis en sus tiendas.

   Se abrió en el cielo el santuario de Dios y en su santuario apareció el arca de la alianza; se produjeron relámpagos, estampidos, truenos, un terremoto y temporal de granizo”.

Después de la séptima trompeta, los veinticuatro ancianos entonan un cántico de acción de gracias a Dios por la reivindicación que va a verificarse. El himno utiliza motivos del AT (Sal 2,1; 115,13; etc.). A la cólera de las naciones se opone la cólera de Dios. Es la perspectiva del vidente: ha llegado “el momento” (ho kairos, Ap 19,18b). Es decir, ahora se va a hacer con nosotros la justicia que se nos debe; y tal justicia se ejercerá contra quienes nos han destruido. El vidente no logra salir de la justicia vindicativa y destructora: la destrucción de los malos va a ser pagada con otra destrucción mayor (“para destruir a los que destruyen la tierra”: Kai diaphtheirai tous diaphtheirontas tên gên”, Ap 19,18).

        Pero ocurre lo inesperado: “Se abrió en el cielo el santuario de Dios y en su santuario apareció el arca de la alianza” (Kai ênoigê ho naos tou Theou en tô ouranô, kai ôphthê hê kibôtos tês diathêkês autou en tô naô autou, Ap 19,19). Se esperaría un signo destructor por parte de Dios, su espada, su brazo fuerte, su relámpago, su cólera imparable. Pero no, aparece el arca de la alianza, el signo perenne de su fidelidad con la historia humana, su amor en suma, “de su vinculación con todos los humanos” (X. Pikaza, Apocalipsis,  p.138). Es cierto que el vidente puede arrimar el signo a su lado diciendo que es fiel con los elegidos y no lo es con los malvados. Pero la incomprensible fidelidad de Dios, tal como queda claro en el Evangelio, es “con buenos y malos” (Mt 5,45).

        Dios, aun sufriendo por ello, no abandona su alianza, ha echado su suerte a este lado de la historia y no se va a arrepentir jamás, por mucha que sea la maldad de los humanos, el daño que la historia ha acumulado, las heridas que los destructores de la tierra hayan infligido a la creación. Con Jesús, sabemos que se rompió para siempre el maleficio aquel que llevó a Dios de haberse “arrepentido” de crear a la persona sobre la tierra (Gén 6,6). Creer en un Dios fiel y a la vez vengador son realidades absolutamente incompatibles, porque la fidelidad y el amor no se mezclan con el odio y la venganza. ¿Lo ve así el autor de Apocalipsis? Quizá no en primera instancia narrativa, pero en un segundo plano creemos que esta lectura especular es lícita.

        Desde estas certezas cultivadas, desde una confianza que se sitúa por encima de toda limitación, se puede encarar el futuro con ánimo y equilibrio. Desde ahí se aleja el miedo, porque éste atenaza al inmovilista.

 

3. Ahondamiento espiritual

 

         Proponemos un breve ahondamiento para mezclar de manera más profunda la Palabra y la vida:

1)    El futuro de una vida con Dios dentro: Porque, según Jn 14,23, Dios (el Padre y Jesús) ha venido a poner su morada en el fondo de la historia. La nuestra no es una realidad desamparada. Tenemos “marido”, como diría Isaías. No podemos ceder al profundo desconsuelo existencial de vernos perdidos en el cosmos como si no existiera la gran casa de la vida a la que estamos destinados. Por eso, más allá de los avatares de los días, podemos tener la confianza de que el Padre nos acompaña, de que nunca nos deja solos (Jn 16,32). Esto debería ayudarnos a “levantar los hombros” y a seguir adelante con sosiego, con disfrute incluso, con paz, con alegría “inarrebatable” (Jn 16,22). Si este tipo de certezas espirituales no enganchan con el fondo del alma, hablar del futuro en épocas de dificultad es muy difícil y nuestro corazón, siempre añorante, se volverá a la casa cálida, aunque estéril, del pasado.

2)    El futuro de volver a Jesús: Parece paradójico, porque volver es siempre al pasado. Pero, dadas las circunstancias eclesiales que vivimos, volver a Jesús, a sus raíces históricas, a lo más primigenio, abandonando todo el lastre que la trayectoria histórica ha vertido sobre él, es una obra de futuro. Pagola insiste reiteradamente que estos tiempos nuestros son tiempos buenos para volver a lo elemental del Jesús histórico, a su sueño del Reino, a una idea de fraternidad, a su manera acogedora por encima de limitaciones, a su tremenda libertad. Volver al núcleo de Jesús es labrarse un futuro como creyentes y como personas. Quien se ancla en el pasado anhela el Jesús “de siempre”, el “nuestro”, el que sostiene el tinglado institucional, el que se piensa que fundamenta doctrinas “inamovibles”. Un Jesús así nos “castra” de cara al futuro. No nos conviene.

3)    El futuro de una comunidad cristiana de corazón bueno y de vida simple: Volvemos a citar aquella conocida frase del Hno. Roger: de Taizé: “Pienso que desde mi juventud nunca me ha abandonado la intuición que una vida de comunidad pudiese ser el signo que Dios es amor y solamente amor. Poco a poco surgió en mí la convicción que era esencial crear una comunidad con hombres decididos a dar toda su vida y que buscasen comprenderse y reconciliarse siempre: una comunidad donde la bondad del corazón y la simplicidad estuviesen al centro de todo”. Cuando nos preguntamos por el futuro de nuestras comunidades (parroquiales, religiosas, de base, etc.) quizá haya aquí una respuesta: la bondad del corazón y su vida sencilla son las “garantías” de su supervivencia. Y no solo és, como dice Roger, también de que se entienda hoy lo que queremos vivir y lo que queremos ofrecer a la sociedad (la realidad de un Dios humanizador).

4)    El futuro de una sociedad amigable: Una sociedad donde, al menos, brille la “amistad cívica”: “La amistad cívica no consiste en que los ciudadanos se vayan de tapas, porque éstas son cosas que se hacen con los amigos corrientes, con ésos a los que, según el diccionario, se tiene afecto personal desinteresado que se fortalece con el trato. La amistad cívica sería más bien la de los ciudadanos de un Estado que, por pertenecer a él, saben que han de perseguir metas comunes y por eso existe ya un vínculo que les une y les lleva a intentar alcanzar esos objetivos, siempre que se respeten las diferencias legítimas y no haya agravios comparativos (A. Cortina). Mirar a la sociedad como “enemigo”, como una realidad orquestada para “destruirnos”, cultivar sentimiento de persecución o “martirio” es algo que nos hipoteca respecto a un futuro fraterno, cuando no una rechazable hipocresía.

5)    El futuro de una persona integrada en la gran casa de la vida: Porque no se trata de cultivar solamente la fe en un “más allá”, prolongación singular de este más acá que vemos limitado. Se trata de cultivar la mística de una profunda pertenencia y la certeza de un hacer parte de un gran todo. Y ese todo está hecho de amor, de acogida, de amparo. Estas modos de integración que nos vienen, a veces, de la sociedad civil no son incompatibles con la mística cristiana y nos abren al sosiego y a la fe en el futuro total, cosa a la que, con frecuencia, nos ha cerrado el pensamiento religioso con su sistema de penas y culpas.

 

4. Derivaciones

 

        Tratando de acercar más esta espiritualidad a los caminos de la vida diaria nos permitimos unos subrayados:

1)    No añorar pasados, no recrearlos: Saberse librar de las gelatinosas ataduras (ideológicas, morales) de un pasado que no nos ha hecho más felices (de no ser con la condición de entregarse, de cerrar los ojos, de seguir el juego). Hacer ejercicios continuos de “futurización”, de fe en el futuro, de pequeñas apuestas cotidianas por lo nuevo. Relativizar lo de siempre (aunque haya cosas que se puedan mantener). No recrear pasados lavándoles la cara, poniendo al día tradiciones que ya no tienen sentido, echándose en brazos de una ideología que no pide más que ser repetida, nunca recreada 8con lo que eso conlleva de cuestionamiento).

2)    El arte de aprender a morir: El “ars moriendi” del que hablaba Metz y que, decía, es obra del Espíritu y propio de personas espirituales. Saber morir a lo que hay que morir (aunque duela) es una muestra de que uno cree en el futuro. Ser fraterno con las realidades “agonizantes”, pero serlo dejándolas morir, más aún, ayudando a que mueran. Es un rasgo de generosidad porque al morir, ciertamente, algo de lo nuestro muere. Pero si no muere, ¿cómo vamos a pretender lo nuevo?

3)    Un futuro unido a los disfrutes sencillos: Porque un futuro, un nuevo nacimiento, una realidad que hasta ahora no existía conlleva, en casi todos los casos, un sufrimiento (el dejar lo viejo), un riesgo (el lanzarse a lo nuevo). Esto produce en nuestro corazón una cierta “amargura y quemazón”. Y por eso huimos de ella. Quizá acogeríamos mejor el futuro y su “herida” si somos capaces de construir en nosotros la espiritualidad del disfrute sencillo, del gozo por lo pequeño, del valor de lo ignorado. Este disfrute podría ayudarnos a ver que el futuro nos conviene, que desde él se abren puertas que nos pueden ayudar al sentido.

4)    Preocupados por el futuro del mundo: Que es mucha preocupación porque uno está casi siempre, y casi únicamente, preocupado por su pequeño e inmediato futuro. Esto es normal. Pero, aunque nos parezca lejano, dependemos del mundo, de esta historia nuestra, de la gran familia de lo humano. La preocupación por el mundo habría de llevarnos a interesarnos por los grandes movimientos humanos: los caminos que llevan a la libertad, las opresiones a gran escala, las profecías que animan a la solidaridad, la presencia del bien en la vida de los demás. Preocupados por el futuro del mundo para tratar de dejar a quienes nos sigan una realidad un poco más humana, siquiera un poco.

5)    Los trabajos por los futuros cercanos: Es en las distancias cortas donde se juega realmente nuestro futuro. De ahí que los futuros cercanos han de estar en nuestro horizonte normal de preocupaciones: la suerte de los desheredados, el consuelo de los injustamente tratados, las hambres difíciles de saciar, la dignidad que no brilla, las pobrezas que humillan, las soledades que cuesta mucho mitigar. Ahí es donde habrá que aportar algo a un futuro mejor. Si no, todo queda en agua de borrajas.

6)    Amar el futuro aunque no aparezca claro: Ya que hay mil razones para verlo oscuro. Pero los cristianos habríamos de ser personas que apuntan, valora y subrayan más lo poco claro que lo mucho oscuro. No habría de ser obstáculo para ello, la lentitud con la que viene el futuro (“Lento viene el futuro, lento pero viene”, que decía Benedetti). Hacer algo porque el futuro vaya un poco más rápido es nuestro reto. Por eso, habría que animarse a dar pasos en una dirección de novedad aunque no se tengan todos los cabos bien atados. Confiemos en quien decimos confiar.

 

Conclusión

 

         Aquel gran visionario del futuro (y por ello sufrió lo suyo) que fue Teilhard de Chardin escribió esto: “…La verdadera llamada del cosmos, es una invitación a participar conscientemente en el gran trabajo que se lleva a cabo en él; no es volviendo a descender por la corriente de las cosas como nos uniremos a su alma única, sino luchando con ellas por algún término por venir…”. Participar en lo nuevo, siquiera un poco. Ahí está la clave. Esta sería una buena “conversión”: animarse a lo nuevo teniendo fe en un futuro mejor. Esto sería aplicable a cualquiera de nuestras situaciones de vida ordinaria. Lo importante es no dejarse llevar por “la corriente de las cosas”, por la rutina vital y religiosa que no lleva a ningún horizonte. La muerte de Jesús fue una lucha por un “por venir”, por el nuestro. Algo de eso vamos a celebrar en el misterio de su Resurrección.

 

Fidel Aizpurúa Donazar

Logroño-Madrid

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Estudiar para encontrar vida

 

 

 

ESTUDIAR PARA ENCONTRAR VIDA

Importancia del estudio en la vida franciscana

(Retiro al inicio del Curso de la ESEF)

 

 

            “Vosotros estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas vida definitiva” (Jn 5,39): esta frase de la polémica joánica entre el judaísmo y el cristianismo naciente a propósito de los testigos que avalan el mesianismo de Jesús nos viene muy bien para comenzar esta jornada de retiro en la semana inicial del Curso de la ESEF de este año. Estudiamos para encontrar vida.

Todo nuestro esfuerzo personal y fraterno, nuestro afán por acomodar nuestro Curso al Plan de Bolonia, nuestro volcarnos a las páginas de los textos franciscanos, nuestro interrogarnos por el lugar del franciscanismo en la sociedad actual no tiene otra finalidad sino la de acrecentar el caudal de vida, no tanto el de nuestra sabiduría.

Estudiar para vivir con más sentido es cumplir aquella vocación primordial que Dios ha puesto en todo ser creado: vivir y dar vida. Es vivir un poco aquella “santidad de vivir” (como diría J. Sobrino) que desata la ternura del corazón de Dios. Él quiere que vivamos en la mayor plenitud y gozo posibles. El estudio, modestamente, podría colaborar a encontrar ese sentido y gozo que da a la vida otro color.

Estudiar para encontrar vida, para llenar de más sentido la vida, para disfrutar más de la vida, para ser más conscientes del donde la vida, para entregar más vida a otros. Desde ahora nos hacemos conscientes de esta intención básica del esfuerzo, del trabajo y del recorrido que iniciamos esta semana.

 

1. Y uno aprende

 

Antes de recurrir a la Palabra de Dios y a la de los textos franciscanos ponemos delante un hermoso poema de J.L.Borges que, por sí solo, daría pie a una profunda reflexión. Se titula “Y uno aprende”:

 

Después de un tiempo,

uno aprende la sutil diferencia

entre sostener una mano

y encadenar un alma,

y uno aprende

que el amor no significa acostarse

y una compañía no significa seguridad

y uno empieza a aprender...

 

Que los besos no son contratos

y los regalos no son promesas

y uno empieza a aceptar sus derrotas

con la cabeza alta y los ojos abiertos

y uno aprende a construir

todos sus caminos en el hoy,

porque  el  terreno  de  mañana

es demasiado inseguro para planes...

y  los futuros tienen una forma de

caerse en la mitad.

 

Y después de un tiempo

uno aprende que si es demasiado,

hasta el calorcito del sol quema.

Así que uno planta su propio jardín

y decora su propia alma,

en lugar de esperar a que alguien le traiga flores.

 

Y uno aprende que

realmente puede aguantar,

que uno realmente es fuerte,

que uno realmente vale,

y uno aprende y aprende...

y con cada día … uno aprende.

 

  • Aprender para “no encadenar”: Para entenderse y vivirse en la mayor libertad posible, para no apropiarse de nadie, para no juzgar a nadie, para sentir en el rostro la brisa fresca de la libertad
  • Aprender a “construir en el hoy”: Con generosidad y con el humilde realismo de saberse limitado pero llamado a la hermosa tarea de la vida.
  • Aprender a “decorar” la vida: Hacerlo valorando la moderación y el amor a lo bello aunque esto sea sencillo y humilde.
  • Aprender a “aguantar”: A resistir sabiendo que la fortaleza está en el fondo del corazón.

 

2. La luz de la Palabra

 

            “Buscaba palabras tuyas y las devoraba; tus palabras eran mi gozo y la alegría de mi corazón, porque tu nombre fue pronunciado sobre mí” (Jer 15,16).

 

  • Devorar es algo más que comer: es el modo como los animales comen, devoran, rasgan, trituran, porque comen por mero instinto. El profeta dice que come la palabra como un animal devora: con ansia de identificarse pronto y del todo con esa palabra. Comer así es muy distinto del comer por convencimiento, por obligación, por costumbre, por pasar el tiempo. Así habría que comer la Palabra y las palabras de Francisco: como quien devora, como quien lleva dentro un fuego que quiere apagar. Estudiar por obligación, por costumbre o por ser más que otros no es la manera mejor de hacerlo, no lo habría de hacer así un franciscano/a. “Mi alma tiene sed del Dios vivo” dice el Sal 41.
  • El profeta dice que esas palabras no se las encuentra por casualidad, sino que las busca. Está anhelante y deseoso y busca la palabra luminosa de Dios en todas las circunstancias. Y cuando las encuentra, las devora. Es un “buscador de la Palabra”, uno que pregunta a todo y todos por esa palabra que sana y da sentido. Estudiar sin querer buscar es arriesgarse a no encontrar. Pensar que las búsquedas de otros me van a servir a mí sin que yo me dé la pena de buscarlas es engañarse. “Gente buscadora”, no estaría mal que se pudiera definir así a este grupo.
  • La Palabra es alegría y gozo de corazón. No es, en primera instancia, algo para armar la cabeza, para enriquecer la mente, para acrecentar el saber. Es, ante todo, alegría y gozo para el corazón. Si el estudio de la Palabra y de las palabras de Francisco nos dejan el corazón impasible, frío, como estaba antes, quizá no hayamos dado con la clave. “¿No ardía nuestro corazón mientras nos explicaba las Escrituras?”, dicen los de Emaús (). Jesús tenía una manera de explicar que hacía “arder”. No solamente era interesante lo que explicaba, sino que “quemaba”. No hubiera sido posible si el corazón de los de Emaús, aunque cansado, dolorido y abatido no tuviera dentro el rescoldo del deseo, el fuego del amor de quienes le “habían amado desde el principio”, como decía Flavio Josefo de los primeros seguidores de Jesús. El estudio habría de llevarnos al hermoso logro de un corazón más gozoso, que es lo mismo que decir un corazón más fraterno, más franciscano.
  • Y el mayor gozo de la Palabra es que encierra la palabra de nuestro nombre, que Dios no nos da la Palabra (ni las palabras de Francisco) para que aprendamos en ellas argumentos de teología o doctrinas espirituales, sino para decirnos simplemente que las letras de la Palabra conforman las letras de tu propio nombre, que la Palabra es una palabra de amor con tu nombre. María Magdalena reconoce al resucitado cuando pronuncia su nombre: “Él le dijo: ‘María’. Ella se volvió y exclamó en su propia lengua: ‘Rabbuni” (que equivale a “maestro mío del alma”)” (Jn 20,16). Si al final de nuestro trabajo en este curso de la ESEF no tuviéramos la certeza más segura de que Jesús pronuncia nuestro nombre, no habríamos conseguido el fruto espiritual, aunque logremos el fruto académico.

 

3. La palabra de Francisco

 

            “Al hermano Antonio, mi obispo, el hermano Francisco: salud. Me agrada que enseñes la sagrada teología a los hermanos a condición de que, por razón de este estudio, no apagues el espíritu de oración y devoción, como se contiene en la regla” (CtaAnt).

 

  • Todos sabemos que Francisco siempre tuvo “miedo” a los estudios no por ellos mismos, sino porque quien estudia, con frecuencia se cree más, se cree “señor” (la ciencia que hincha) y con ello se pierde la minoridad, la relación de sencilla igualdad. Pero al final de su vida (esta cartita es de 1224) “cedió” a los hechos de que la orden había aumentado y con ello el número de los “estudiosos”. Pero cede sin ceder al decir que las cosas deben estar claras: el estudio de la teología es del “agrado” de Francisco (lo suponemos sincero), pero entre los franciscanos se mantiene el primado de “la oración y devoción”. Es decir, es más importante la experiencia espiritual, el proceso creyente que uno va construyendo, la verdad de su adhesión a Jesús, que su saber teológico. No se trata de oponer oración (como actividad religiosa) y teología, sino saber espiritual sin experiencia (?) y saber espiritual con experiencia. A este habría de llevar el trabajo que comenzamos todos este Curso de la ESEF.
  • Hay un poquito de ironía franciscana en eso de “mi obispo”. Pero para Francisco, quien sabe de teología es como un obispo, como alguien cualificado, como alguien que quiera hondar en su fe para contagiarla, del modo que sea, a sus hermanos/as. Es una “sagrada teología de cara a los hermanos”. Esa responsabilidad ha de estar presente: se te envía a esta Escuela no para que te luzcas al volver a tu casa con un “título” o una experiencia que no van a tener otros hermanos/as tuyos. De alguna manera esto tiene que redundar en beneficio de la experiencia creyente de tus hermanos/as.
  • El estudio de la teología no ha de ser un elemento que “apague” el espíritu de devoción-oración. Hay muchos “apagafuegos” en las comunidades (muchos “bomberos”). El estudio de la teología franciscana habría de provocar “incendios”, o si se prefiere, como dice Galeano, “pequeños fueguitos” que alumbren el caminar de las comunidades. Si la nuestra es una teología sosa, aburrida, sin enganche con la realidad, sin capacidad para suscitar sorpresa, sin brillo en los ojos, quizá sea una teología que apaga. Que no apague el fuego de la experiencia creyente, así ha de ser la teología franciscana.
  • La referencia a la regla es la referencia al Evangelio. Por eso, el Evangelio propicia esta teología orientada a los hermanos para “incendiar” el camino cristiano, para generar luz. La autoridad de Francisco, su sancionar positivamente la teología viene del mismo Evangelio, de la regla.
  • Quizá queda más en la penumbra la espiritualidad de la praxis cristiana. Pero francisco tiene claro que “tanto sabe el hombre cuanto hace” (EP 4) y que “vale más dar que leer” (LP 93). Al final, el éxito de este camino de estudio deriva en comportamientos cotidianos de servicio, de amor al hermano, y de trabajos por la fraternidad. Lo demás es echarse tierra a los ojos.

 

4. Derivaciones

 

Terminamos con algunas derivaciones para intentar conectar mejor con la realidad cotidiana a la hora de iniciar nuestro camino de estudio:

 

  • Trabajos en las raíces: Valoramos un árbol por sus hermosos frutos o por su florido follaje. Pero sin unas buenas raíces sería nada. No valoramos las raíces porque están en lo oscuro. Los trabajos de formación son trabajos en las raíces. Permanecen en lo oscuro (quizá por eso no son muy valorados, ya que nos gusta la luz como a las mariposas), pero son imprescindibles para la salud del “árbol”, de la persona, de la comunidad, de la congregación. Trabajemos las raíces con tesón.
  • Huir de la superficialidad: O, recuperar la profundidad. Vivir en la superficialidad es muy fácil (dónde va Vicente, donde va la gente), pero nos hace muy vulnerables. Es preciso trabajar caminos de recuperación de la profundidad: silencio, lectura personal, oración, paseo, escucha, contemplación. La profundidad nos hace fuertes, nos conecta con la realidad misma de Dios: “Quien sabe de la profundidad, sabe también de Dios” (P. Tillich). El estudio es otra estrategia de recuperación de profundidad.
  • Enriquecer y cambiar (si es necesario) el paradigma: El paradigma es el marco de referencia existencial que tiene toda persona. En el nuestro ocupa un lugar importante la espiritualidad y con ella la teología y el franciscanismo. El paradigma si no se lo trabaja envejece, se anquilosa y se esclerotiza. Así se corre el riesgo de perder la conciencia de minoridad por inflexibilidad. Por eso, quien estudia con mente abierta tiene que estar dispuesto a enriquecer y, si fuera necesario, a flexibilizar su paradigma vital. Si sale uno/a con las mismas ideas con las que entró, mal asunto.
  • De cabeza y de corazón: Ya lo hemos dicho en la referencia a los textos meditados: el estudio tiene que afectar a la cabeza y también al corazón. Ambos habrían de ir en un cierto equilibrio (aunque, por tradición carismática, quizá haya de prevalecer un tanto el corazón). Uno/a habría de tener la sensación de que, al final del Curso, su mente y su corazón se han visto “afectados”.
  • La osadía de palpar el “textum” franciscano: “Textum” significa tejido. Del mismo modo que cuando vamos a comprar una prenda, para cerciorarnos de su calidad, la palpamos, los escritos franciscanos son “textos”, tejidos de espiritualidad que hemos de tener la osadía de palpar personalmente. No podemos aprender únicamente por lo que otros (profesores/as, compañeros/as) me digan. Yo mismo/a tengo hacer el esfuerzo de palparlos, de desentrañarlos, de personalizarlos para poder decir una palabra con la “autoridad” de quien se ha metido en ellos.
  • Una aventura común: El Curso de la ESEF tiene un componente colectivo, fraterno. No es solamente una exigencia académica, sino comunitaria. Aunque una gran parte del trabajo es personal, otra parte nada desdeñable es común. El trabajo de este Curso ha de llevarnos a ahondar aún más la convicción de que vivir para nosotros tiene sentido en que vivimos y somos “con y para el otro” (como decía Z. Bauman). Hemos de tratar de rasgar los velos, ideológicos y personales, que oscurecen esa sencilla convicción que es el núcleo de la experiencia de fraternidad franciscana.

 

Conclusión

 

No se pone una mañana de retiro en la semana inicial del Curso de la ESEF para que quede bien. Creemos que es necesario aprestarse a “escuchar la voz” de Jesús y de Francisco y Clara que se nos hacen presentes en esta mediación.  El silencio, el paseo, la oración, la fraternidad compartida pueden ayudarnos en estas horas iniciales. A Jesús, el del “método ardiente” para explicar la Palabra nos acogemos con el amparo del hermano de Asís.

 

 

 

           

 

Fidel Aizpurúa Donazar

Retiro de Adviento 2010

 

Retiro en el Adviento

Nov.-Dic. de 2010

 

 

Y EN LOS TIEMPOS OSCUROS, ¿HABRÁ CANTO?

El Adviento como tiempo propicio para afianzarse en las intuiciones más vivas de la experiencia cristiana

 

Tiene B. Brecht una especie de poemilla que resulta muy útil para momentos en que se anda un poco a tientas. Dice: Y en los tiempos oscuros, ¿habrá canto? Sí, habrá canto sobre los tiempos oscuros. Esta reflexión está animada por la certeza de que en nuestras noches de hoy (¿hemos vivido alguna vez sin ellas?) habrá canto, habrá esperanza, habrá posibilidad de mantenerse vivos por dentro. No soñamos con un amanecer radiante, sino con una luz para caminar lo más lúcidamente posible en este momento.

En el posconcilio, muchos/as nosotros/as fuimos descubriendo un mundo nuevo de posibilidades en nuestra vida cristiana: una Iglesia de comunión e igualitaria, unos sacramentos expresión viva del caminar del creyente, una oración hecha desde las entrañas de la Palabra, una manera de estar en la sociedad desde la solidaridad y la mezcla, un abandono progresivo de los viejos modos religiosos ya obsoletos, etc. En definitiva, la posibilidad de otra vida cristiana. El correr de los años nos ha empujado a ir abandonando, rebajando, olvidando, una a una, todas esas intuiciones. ¿Es posible aún mantenerse en ellas? ¿Es la absurda terquedad del combatiente derrotado que persiste en su batalla? ¿Tiene sentido ser “como esos viejos árboles”, que decía Labordeta? Antes de decir que no, habríamos de releer aquella frase de Apocalipsis a la iglesia de Éfeso cuando se le achacaba haber abandonado “el amor primero” (Ap 2,4). ¿Por qué no mantenerse en ese amor, en la intuición de una Iglesia otra, de otra vida religiosa, de otros sacramentos, de otras comunidades? “Haz las obras del principio”, se dice a la misma iglesia (Ap 2,5).

El Adviento es tiempo bueno para volver, sin desaliento, a los contenidos básicos de nuestra experiencia cristiana. No hemos de resignarnos a que pase sin pena ni gloria. Es tiempo bueno para volcarse a la tenaz pregunta por el sentido de lo que hacemos y vivimos. Tal vez hemos de agruparnos, arracimarnos, quienes mantenemos aún estos anhelos. Los tiempos son algo fríos y es preciso buscar el calor del abrazo y el amparo del corazón.

           

1. Preparar el ánimo con un texto literario

 

            Antes de ir a la luz de la palabra, tomamos en la mano un poema de Rubén Martín en su libro El minuto interior que habla en modos profundizados de la noche y su significado para la espiritualidad humana:

 

La noche transfigura los espacios,

envuelve en un desorden a las cosas

y las priva del trazo prolongado

que mantuvo a la luz en un impulso

cuando el mayor deseo fue crecer,

abrirse en vuelo, ocupar lugares.


El último relumbre que la luz

ha puesto entre las cosas es un hilo,

una cuerda del arpa de los días

tan hermosa en su paz como en su canto.

 

Y así cantamos juntos a la vida

dejando atrás las penas, las mentiras,

el tiempo malogrado, las cenizas

de tanta podredumbre a ras de tierra.

 

Porque todo es sencillo y bello; casi

pura iluminación. ¿Y qué me importa,

llegados a este punto, si la noche

se cierne tan oscura sobre el álamo,

si el caño de la fuente es más sombrío

bajo el lóbrego cielo que domina?

 

La claridad es nuestra, tú lo sabes,

está en nosotros y no entre las cosas.

¿Qué importa entonces esta extraña paz,

este breve descanso que da el sueño?

 

Mañana el día romperá de pronto,

con un sol inclinado hacia nosotros,

y sabrá iluminarnos con su luz.

           

  • El trazo prolongado: ése es el afán de las experiencia vitales buenas, que se prolonguen. Nos cuesta percibir lo nuestro con su fecha de caducidad inherente. Esa imposibilidad de prolongación nos amarga, a veces, el disfrute del presente.
  • Un último relumbre: Vivirlo como último, no añorar relumbres que no se van a dar, quedar reconfortado por las luces débiles que puede que se apaguen pero aún duran.
  • Cantamos juntos a la vida: Más allá de cualquier limitación (penas, tiempo malogrado, mentiras, cenizas, podredumbre incluso) podemos seguir cantando en nuestras noches, aunque a veces nos cueste entonar un canto de vida.
  • Todo es sencillo y bello: En lo sencillo hay una clave para el canto. Vivir lo sencillo puede descubrirnos la belleza de lo cotidiano, belleza que sacia más que cualquier deslumbre.
  • La claridad está en nosotros: No hay que buscarla en lugares raros. Basta con ir bajando al “sótano” de nuestro interior. En él todo no son sombras; también hay luz.
  • Mañana el día romperá de pronto: Porque no somos llamados de una inexistencia a otra inexistencia, de una oscuridad a otra, sino de una noche a un amanecer. Por eso, se puede cantar en la noche.

 

2. La Luz de la Palabra: Ap 21,23-27 y 22,3-5

 

            23La ciudad no necesita sol ni luna que la alumbre, la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero. 24Se pasearán las naciones bañadas en su luz, los reyes de la tierra llevarán a ella su esplendor 25y sus puertas no se cerrarán de día, pues allí no habrá noche. 26Llevarán a ella el esplendor y riqueza de las naciones, 27pero nunca entrará en ella nada impuro, ni idólatras ni impostores, solo entrarán los inscritos en el registro de los vivos que tiene el Cordero. 223No habrá ya maldición. En la ciudad estará el trono de Dios y del Cordero, y sus siervos le prestarán servicio, 4lo verán cara a cara y llevarán su nombre en la frente. 5Noche no habrá más, ni necesitarán luz de lámpara o del sol, porque el Señor Dios irradiará luz sobre ellos y serán reyes por los siglos de los siglos.

 

            El vidente del Apocalipsis tiene por sueño central de su dura visión la hermosura de una ciudad nueva, distinta, hermosa. Es la ciudad de las buenas relaciones, del poder libre de ambición, de la fraternidad a flor de piel. Es, en definitiva, el cosmos reordenado, la culpa desterrada.

            Por eso habla de una ciudad “que no necesita que la ilumine ni el sol ni la luna”. No precisa de luz externa, tan imprescindible, porque tiene otra luz que brota de dentro: “la ilumina la gloria de Dios”, el afán amorosamente salvador de Dios para llevar a término, a su plenitud, a la dicha, a la historia humana. Esa brillante luz es más viva que la de cualquier otro astro. Y además esa luz de fondo se ha hecho visible en la humilde pero inapagable luz del Cordero, del hombre entregado: “su lámpara es el Cordero”. La total entrega de Jesús ilumina la historia.

            Pero resulta que el vidente piensa que tal luz no ha de alumbrar a quienes estén marcados por la limitación: “No entrará en ella nada profano, ni depravados, ni mentirosos; solo entrarán los inscritos en el libro de la vida del Cordero”. Si esto es así, ¿Cómo podemos nosotros, débiles como somos, hacer parte de esa ciudad de luz nueva?

            El teólogo, más espiritual (hay otro nivel en el mismo texto) responde: “No habrá allí maldición”. El término “maldición” (jerem en hebreo) alude, en última instancia, a la “maldición” de la vida entendida desde la culpa, a la persona caída. Eso, dice el teólogo, no existirá. Es decir, una vida luminosa, orientada, nueva, es posible porque no  estamos bajo la maldición. Podemos aspirar a una vida luminosa, gozosa, aunque seamos limitados.

            “Allí no habrá noche”, repite el vidente. Se podrá cantar en la noche; se podrán mantener iluminadas, activas, las intuiciones primeras, el amor de quien nos amó primero (1 Jn 4,10). Si se intuyó esa luz (como la Iglesia lo hizo en tiempos del Concilio) se podrá mantener hoy, aunque haya que recorrer la senda difícil de una cierta marginalidad.

 

3. Cantando en la noche

 

            Hoy nos cercan muchas noches (quizá menos que en otras épocas). ¿Es posible cantar en ellas?

  • El canto en la dura noche del sufrimiento: Canto hecho de increíble aguante, de paciencia honda, de sonrisa incluso. Canto hecho de rebeldía, de lucha, de batalla tenaz. Canto hecho también de acompañamiento, de amparo, de abrazo cálido y desinteresado, de ternura derramada. Ese canto hace “temblar” al poder del sufrimiento porque anuncia su fin.
  • El canto en la noche de quienes son despojados de su dignidad: Canto que se sobrepondrá al enorme silencio con que el poder quiere borrar las huellas de quien fue despojado de su dignidad. Canto que logrará que los nombres de los mancillados salgan a la superficie. Canto que anuncia un tiempo de justicia y de reconciliación, de dignidad y de perdón.
  • El canto en la noche de quienes nadie consuela: De los niños sin amparo, de los débiles cuyo llanto solamente lo escuchan ellos, de las lágrimas despreciadas. Canto de justicia que no se logrará que se extinga. Canto que siempre encontrará quien lo consuele, aunque sean una minoría.
  • El canto en la noche de quienes sufren persecución: Teólogos/as, homosexuales y otros estigmatizados por su orientación sexual, mujeres bajo leyes injustas, disidentes políticos, luchadores por los derechos humanos, gente solidaria en la tremenda trinchera de la violencia. Canto amasado también en la justicia viva. Canto que no se extinguirá mientras haya un opresor sobre la faz de la tierra. Canto que encuentra eco y altavoz en el corazón de no pocas personas. Canto con futuro.
  • El canto en la noche de los amores rotos: Rotos en múltiples direcciones: desamores, heridas afectivas, amores que se acaban y mueren, desencuentros definitivos, imposibilidad para entregar el corazón. Canto de quien recomienza el camino del amor tras la derrota. Canto de quien guarda lo que queda del amor herido y recompone la velas desgarradas de la nave. Canto de quien logra que el amor fracasado no arruine su vida. Canto de quien cree que su sed de amor es más grande que su fracaso en la relación.
  • El canto en la noche de las comunidades cristianas: Cuando se ve a las claras que el Evangelio ha sido secuestrado por el sistema eclesiástico. Cuando se percibe que los intereses se adueñan de la gestión comunitaria. Cuando la exclusión y la excomunión se mantienen activas. Cuando se ve que el Derecho Canónico tiene mucha más fuerza que el Evangelio. Canto humilde de las comunidades que siguen creyendo que un cambio, por difícil que sea, resulta posible. Canto vibrante de tantos profetas y profetisas no escuchados, menospreciados, censurados, pero no acallados. Canto “mudo” de quien es obligado a asistir al espectáculo de una Iglesia mediática, pero no lograrán que aplauda.
  • El canto en la noche de las comunidades cristianas empobrecidas: Las parroquias que aún buscan cercanía con el pueblo; las comunidades de base que no hacen parte del sistema eclesiástico; la vida religiosa “de siempre”, tan débil, y por ello no considerada por los jerarcas que amparan movimientos de más envergadura. Canto hecho de fidelidad, de silencio, de humildad forzada (como suele ser la humildad de los pobres). Canto hecho de amor a un Jesús distinto para una época distinta. Canto de vida al margen, pero canto, al fin y al cabo.

 

4. Estrategias de afianzamiento

 

            ¿Se podrían barajar algunas estrategias de afianzamiento de esas intuiciones de vida cristiana para que sean vividas y cantadas? Enumeremos algunas:

1)       Volver al sueño de Jesús: Porque, como dice Pagola, estos tiempos son buenos para volver a Jesús y a su sueño, para centrarse vitalmente en su persona y para amar su extraño sueño de la fraternidad igualitaria. Para creer con él en lo que él creyó. Volver a Jesús puede alimentar el canto en la noche de los cristianos y estos podrían andar a tientas, pero con lucidez.

2)       Estrujar los disfrutes sencillos de la vida: Porque si no se disfruta de la vida, ¿cómo vamos a poder cantar en la noche? Se trata de disfrutes sencillos, corporales, de elemental espiritualidad. Disfrutes baratos desde el don que es vivir y respirar (como diría Brines) hasta la comida, la música, el sueño, la corporeidad, la lectura, el silencio, los abrazos, el calor cercano, las caricias, las sonrisas, las palabras buenas, los gestos de quien se vuelve con amor, las miradas benignas. Sin estos disfrutes la vida se hace sosa y el canto enmudece.

3)       Sumarse a las utopías cercanas: Ya que, a nada que se mire en derredor, siempre hay personas utópicas, soñadoras, alternativas. Gente que cree en la bondad del distinto; personas que trabajan por hacer más llevadera la vida de quienes soportan más el peso de la historia. Gente que trata de humanizar la salud,  la ciudad, la economía incluso porque no se ha apeado de la utopía de otro mundo posible. Su sueño pequeño y cercano se extiende hasta límites que ellos mismos no conocen porque el canto utópico traspasa la noche más negra.

4)       Construir solidaridades que nos nutran: Claridades de doble dirección. No se trata solamente de dar y darse sino de recibir, acoger y dar cabida a la situación del débil teniendo por cierto que, aunque pobre, puede darme bienes humanos que me enriquezcan. Es el canto común del débil que se torna fuerte y del fuerte que se hace débil. Solamente así se podrá ser solidario con agradecimiento, generoso que se siente bien pagado. El canto de esta solidaridad de doble dirección es nutriente.

5)       Levantar los hombros con facilidad: No dejarse atrapar por el desaliento, la desgana, la rutina o la depresión. Tener agilidad para levantar los hombros con facilidad y seguir adelante. Saber que tras la niebla luce un sol radiante y que la fidelidad sencilla puede disipar muchas tinieblas. El canto de los esperanzados genera olas de esperanza.

6)       Alejar amarguras que no llevan a nada: Porque el centrarse en lo amargo amarga el alma. No colaborar en ninguna siembra de amargura, aunque se tenga toda la razón del mundo para estar amargado. No responder a la herida criando amargura. Mantener cerradas las puertas del corazón y los oídos del cuerpo a quien pretenda contagiarte de una visión amarga de la existencia. El canto del amargado es canto de derrota y de inhumanidad.

7)       No dejarse cegar por luces que deslumbran, pero no iluminan: La luz del pequeño poder, de ser el centro a costa de manipular, de estar en la pomada pasando para ello por encima de los sentimientos ajenos, de ceder al halago que a la vuelta de la esquina se torna censura. Hacer oídos sordos y ojos de ciego a ese brillo que nos deshumaniza. Desde el relámpago y el deslumbre fugaz no se puede cantar en la noche oscura porque, a la larga, tal brillo engendra temor.

8)       Fidelidad sencilla a lo descubierto un día como bueno: Si con verdad se vio que era bueno, mantenerlo hoy, contra el viento y marea de quien dice que eso ya no se lleva. Si era bueno, lo sigue siendo, aunque haya que adaptarlo. Si abría horizontes, puede seguir abriéndolos ahora si lo situamos en un nivel de profundidad. La comunión igualitaria, la Palabra redescubierta, los sacramentos en comunidad, la responsabilidad dialogada y común, la libertad innegociable, siguen siendo buenas. El canto de hoy puede darles la carta de naturaleza ante quien pretende borrar todas estas cosas por inservibles (lo son para un sistema manipulador).

9)       Mirar lo creado como casa hermana y acogedora: Ya que necesitamos sosiego, belleza, armonía. Y la creación, callada y expectante, puede dárnoslo a manos llenas. Por eso la casa de la creación nos ayuda a mantener el canto en la noche. Siempre tiene la casa de la creación la puerta abierta para que volvamos a ella.

 

5. Adviento: tiempo bueno para cantar en la noche

 

            Sugerimos un pequeño plan para las cuatro semanas de Adviento (a razón de una reunión por semana):

  • Primera semana: reflexión: Qué intuiciones siguen vivas en mi vida de aquellas que bebimos en el posconcilio. Ir haciendo una lista, explicarla, ahondar en ella.
  • Segunda semana: compartir: Qué estrategias de afianzamiento de tales intuiciones empleamos hoy. Cómo nos ayuda el grupo creyente.
  • Tercera semana: oración: Qué cantos, qué textos, qué oraciones nos ayudan a mantener vivas las intuiciones acariciadas.
  • Cuarte semana: el canto de la Encarnación: Cómo podemos celebrar la Encarnación de Jesús como un canto en la noche de nuestra vida.

 

Conclusión

 

            Hace falta mucha luz para iluminar lo oscuro. Y ha de ser el canto muy tenaz para sobreponerse a la noche. Pero eso es posible si nos damos a la tarea, si nos apoyamos con amistad, si limpiamos los ojos del corazón para mirar adentro. Por eso Adviento es tiempo de quietud, de silencio, de sencilla profundización.

 

Fidel Aizpurúa Donazar

Retiro en Pascua de 2010

¿CÓMO FUE POSIBLE UN NUEVO COMIENZO?     

La resurrección entendida como posibilidad de iniciar caminos nuevos

 

            El peso de los años, unido a la rutina, hace que andemos nuestros caminos en la manera cansina del asno que, interminablemente, da vueltas a la noria. La posibilidad de iniciar caminos nuevos en nuestra vida se diluye y, con el tiempo, se la deja de considerar como una puerta abierta. Y cuando los caminos nuevos desaparecen de la vida, empieza una adormecedora cuenta atrás que lleva derecha a la esterilidad con sus crónicas desazones. ¿Se puede romper ese círculo vicioso peso de los años-rutina-olvido-esterilidad?

            La Resurrección de Jesús, si se la comprende y vive más como un dinamismo de vida que como una doctrina, puede ser la "prueba" de que siempre es posible iniciar nuevos caminos. Y esto, porque ella misma fue el camino de más novedad para el mismo Jesús. Es, ciertamente, el camino nuevo de la compañía cálida del Padre, del disfrute sin mezcla de tristeza amarga, de la presencia más amable con toda persona y con toda realidad.

            La teología, los estudiosos de la Palabra se han preguntado muchas veces cuando han pensado en la resurrección: ¿Cómo fue posible un nuevo comienzo? ¿Quién fue el primero (quizá la primera) que dijo: está vivo? Y más todavía, como lo hemos indicado, ¿qué supuso para el mismo Jesús comenzar su camino más nuevo, su comienzo más deslumbrador?

            Si nos acercamos a estas "preguntas sin respuesta" quizá podamos atisbar la "gloria de la Pascua" tras las celosías de los días. Podría ser entendido y vivido este tiempo de Pascua de 2010 como un tiempo bueno para renovar la certeza de que, a la sombra del camino nuevo de Jesús, nosotros/as también podríamos comenzar sendas nuevas que dieran una dimensión nueva a nuestros días.

 

1. Abre las puertas de par en par

 

            Vamos a comenzar, como lo hacemos en otras ocasiones, animándonos mediante un texto poético hermoso antes de recabar la luz de la Palabra.

 

Al fin, dulcemente,
dejando los muros de la fuerte mansión almenada,
el duro cerco de las cerraduras, tan bien anudado;
la guardia de las puertas seguras,
sea yo liberado en los aires.

Con sigilo sabré deslizarme;
pon tu llave suave en la cerradura y, con un murmullo,
abre las puertas de par en par, ¡alma mía!

Dulcemente -sin prisa-
(carne mortal, ¡oh, qué fuerte es tu abrazo!
¡oh amor! ¡cuán estrechamente abrazado me tienes!)

Walt Whitman - Postrera Invocación (Versión de Màrie Manent)

 

  • Dejando los muros de la mansión almenada: Es la vida histórica de Jesús, sometida, como toda vida, a mil limitaciones. La fuerza de la resurrección hace que él salte los muros almenados de su propia historia para adentrarse en el terreno de la pura luz. No fue la muerte más fuerte que él mismo.
  • El duro cerco de las cerraduras, tan bien anudado: Y que la muerte supo desanudar. Algo bueno había de tener su dura muerte. El cerco de la soledad, de la pobreza, de la incomprensión, del odio, de la maledicencia, de la exclusión, todo por los aires. Dijo que él entregaba su vida, que nadie se la quitaba. En el fondo, era verdad.
  • La guardia de las puertas seguras: La guardia de la piedra, de los guardias (según Mateo), del olvido, del velo denso de las lágrimas, del deshonor que lleva a esconderse. Todos esos "guardias" saltaron por los aires. Ya lo diría Pablo: ¿Dónde está, muerte, tu victoria? No hubo ninguna clase de guardias capaz de retener a quien caminaba hacia la luz.
  • Liberado en los aires: En los aires de la libertad, del amor, de la luz, del horizonte infinito. Libre ya de las peguntas sin respuesta, de las imposibilidades que ahogan, de los consuelos que no se sabe bien cómo dar. Libre en la cercanía total, en el abrazo cálido, en la caricia fácil.
  • Abre las puertas de par en par, alma mía: Que entre el aire, la vida, la luz, el gozo, hasta el fondo, hasta dentro. Que puedas salir sin obstáculo hasta el corazón del otro, hasta el lugar del encuentro, hasta la bodega del amor. Un alma libre para vibrar con más hondura, para respirar al unísono con todo lo creado. Un alma libre para abrazar todo, para sentir todo, para caminar con todos.
  • Dulcemente, sin prisa: Como una resurrección que se va haciendo poco a poco, en Él y en nosotros/as. El día nuevo que amanece lentamente porque cuesta mucho ver el alba. Una resurrección lejos de convulsiones religiosas o de rutinas mecánicas. Algo que se va colando dentro, poco a poco, sutilmente, amigablemente.
  • Carne moral...cuán estrechamente abrazado me tienes: Porque aún es preciso vivir en el abrazo de la carne, en los caminos mezclados a las sombras, en las palabras entrecortadas. Pero es preciso no renegar de esta carne, sino hacerla amiga hasta que comprenda el horizonte de luz que le aguarda. Y a través del amor mezclado ir caminando hacia el amor de calidad, vibrante y puro.

 

2. Una ráfaga de la Palabra: Lc 24,29-35

 

            "Cerca ya de la aldea de Emaús adonde iban hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le insistieron diciendo: -Quédate con nosotros que está atardeciendo y el día va ya de caída. Él entró para quedarse. Recostado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo ofreció. Se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció. Entonces comentaron: -¿No estábamos en ascuas mientras nos hablaba por el camino explicándonos las Escrituras? Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que decían: -Era verdad: ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón. Ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan".

 

  • Es, como sabemos, el final del relato de Emaús. Aquellos dos (discípulo y discípula) vuelven a Jerusalén: quieren ofrecer la novedad del camino del resucitado a quienes se han quedado instalados en el marco de lo viejo, de la ciudad de siempre, de la estructura de siempre.
  • Quieren ofrecer la novedad del pan repartido comenzando por los últimos. Ésa era la manera de repartir de Jesús por la que le reconocieron (ni siquiera lo reconocieron por el método "ardiente" de explicar la Palabra, sino por su manera de repartir el pan). Quieren decir a los de Jerusalén que la novedad del resucitado consiste en lazarse a repartir el pan a quienes son excluidos del banquete del reino, particularmente a los paganos.
  • Se topan con el bloque compacto de los Once y sus compañeros. Inamovibles sin entender el sentido de la muerte y de la resurrección de Jesús. Y antes de que abran la boca les ponen delante un aserto de ignorada verdad: el Señor se ha aparecido a Simón (nombre judío de Pedro). Es decir: el sentido de la resurrección lo conoce Simón y lo que representa, la autoridad. Por eso, cualquier cosa que digáis tiene antes que pasar Simón, por el cauce de "siempre" que es el judaísmo.
  • Ellos no se amilanan y plantean la novedad de frente: les dijeron lo que les había pasado por el camino y que lo reconocieron en su manera de partir el pan (comenzando por los últimos, los paganos, que serán primeros en el reino). Es la novedad puesta de frente. Costó mucho a la Iglesia primitiva encajar esta novedad. Pero de ella dependió la expansión del Mensaje. Y de su ulterior abandono la pérdida de frescura y la vuelta al mecanismo excluyente de lo religioso.

 

3. Para una espiritualidad de los caminos nuevos

 

            Vamos a dar algunas pistas que puedan sugerir que es posible ir construyendo una espiritualidad del recomenzar en los modos de los caminos nuevos, no de la rutina de siempre. A ese anhelo empuja la dinámica de la resurrección:

  • Los caminos nuevos van hacia horizontes nuevos: No miran hacia atrás, no sucumben a la nostalgia, se desprenden del paralizante bienestar de lo sabido, de lo de siempre. Los caminos nuevos no consideran inútil ir en la dirección del horizonte, aunque este se sitúe siempre un poco más lejos. Saben que, mientras se camine, vamos bien. Los caminos nuevos mantienen siempre activada la capacidad de soñar, de anhelar, de intuir un sol hermoso tras la niebla que hay que cruzar.
  • Los caminos nuevos necesitan pies y ojos nuevos: Pies, conductas, planteamientos de vida de componente nuevo. Los caminos nuevos se alejan, poco a poco, de los caminos trillados, de los recodos de un camino ya conocido de sobra. Los caminos nuevos, al andar, miran las cosas con ojos nuevos, redescubren valores que antes estaban ocultos, matices que antes se dejaban de lado. Por eso mismo, al mirar con novedad, descubren posibilidades insólitas. Y eso les anima enormemente.
  • Los caminos nuevos están hechos de confianzas nuevas: Porque si estamos en la confianzas de siempre, rutinarias, cansadas, estamos en realidad, próximos a la desconfianza. Por eso mismo, quien quiera andar por sendas nuevas ha de recrear la confianza, ha de apostar confiando en que los días venideros podrán ser mejores. Las confianzas nuevas hablan de amores nuevos, de corazones llenos de nombres hasta ahora desconocidos.
  • Los caminos nuevos necesitan amaneceres nuevos: Necesitan la certeza inquebrantable de saber que es una suerte tener una posibilidad nueva en las manos, de que pertenecer a la aventura de la vida es un don impagable. Los caminos nuevos se olvidan de los hermosos amaneceres de otras épocas que ya no existen y, sin  sucumbir a la nostalgia, creen que este amanecer de hoy, esta posibilidad, es la mejor que han tenido nunca. Por eso, quien quiera andar por caminos nuevos disfruta del momento presente como evidencia de la bondad de su mejor futuro.
  • Los caminos nuevos tienen que encajar riesgos nuevos: Porque el anhelo y el sueño están alimentados por el riesgo y el temor frena cualquier posibilidad de dar un paso en dirección a lo nuevo. De esta manera, el riesgo asumido por causa del anhelo pierde la temeridad que lo hace rechazable. Y, contra lo inesperado, encuentra resortes que hacen doblegarse a no pocas dificultades.
  • Los caminos nuevos entonan cantos nuevos: No las viejas melodías de siempre, la música que aquieta y paraliza, las razones anquilosadas, la letanía de la inflexibilidad. Un canto nuevo para un tiempo nuevo. Por eso miran a los poetas de la novedad, a los cantores que desgranan sueños nuevos, a los músicos que sugieren otro tipo de melodías. Una música nueva para un tiempo.
  • Los caminos nuevos abrazan con brazos nuevos: Una nueva cercanía del corazón porque se ha desvelado la hermosura de un corazón nuevo. Un amparo dotado de una calidez nueva. Un estar en comunión, en conexión honda, al verse en el ámbito de un amor vivo.

 

4. Reflexionando aún

 

            Ahondamos un poco en la reflexión para dar más cuerpo a esta espiritualidad de la posibilidad de recomenzar:

  • Recomenzar es posible: Porque son tales los obstáculos que se acumulan que llega a instalarse en el corazón la certeza de que innovar, recomenzar, es imposible. Es preciso quebrar esa sensación y pensar, con realismo, que siempre hay oportunidad de iniciar caminos nuevos, por modestos que sean. Que esa oportunidad es una realidad a la mano, que se puede comenzar hoy mismo.
  • Mejor con el amparo del grupo: Iniciar caminos es siempre difícil. Enfrentarse a ello individualmente es más duro. El amparo del grupo puede ser decisivo. De todos modos, es justamente ahí donde habría de verificarse la verdad de la fraternidad: no estamos en una vida en común para una mera organización administrativa, sino para contagiarnos ánimo a la hora de apostar por Jesús y sus valores.
  • Más allá de "peros" institucionales: Porque cuando se empiezan a proponer caminos nuevos, la institución despliega todo un abanico de "peros" que, generalmente, intentan frenar esos avances. ¿Por qué lo hace? Porque a la institución no le va la novedad, el cambio, la flexibilidad, la relativización, la búsqueda. Es preciso, pacientemente, contrarrestar tal empuje haciendo ver que los caminos en novedad han de ser una ayuda positiva incluso para la misma institución.
  • Apelando a lo mejor del propio interior: Porque la propuesta de un  camino nuevo demanda conectar con ese fondo positivo y creativo que toda persona alberga en su propio interior, dejando al margen el lado más "oscuro" de la persona. Por eso mismo, proponer caminos nuevos es, casi siempre, dar alas a lo mejor que anida en el interior de la persona, a su parte más "espiritual".
  • Una por una, comenzar: Porque ante planteamientos nuevos, nos puede la parálisis. Por eso y una por una, comenzar, aunque sea de forma modesta. Es en ese tipo de decisiones donde se ha de percibir la conexión con el Resucitado, la fuerza de la fe convertida en dinamismo de vida. Cuando se comienza, es más fácil ver por dónde hay que seguir. Si no se da el primer paso, el horizonte se obnubila.
  • Aunque nos perdamos a medio camino: Ya que el recomenzar no es garantía total para poder llegar a la meta. Pero perderse en el camino es mejor que quedarse seguro pero paralizado y sin comenzar nunca. Si hay que volverse atrás del camino comenzado porque se advierte un error cometido, siempre se tendrá la experiencia de haber iniciado una senda. Y esa experiencia será útil para animarse a iniciar otro derrotero.

 

5. Más en concreto

 

            Siempre con ese afán de poner rostro a las intuiciones espirituales, vamos a sugerir algunos caminos nuevos que amanecen y se presentan como una posibilidad:

  • Planteamientos nuevos en nuestra sociedad: Son, sobre todo, aquellos de dimanan de la solidaridad: las múltiples formas de acogida a niños con dificultades familiares, el progreso (aunque lento) de la ley de Dependencia, la solidaridad social en las grandes catástrofes (Haití, Chile, Turquía), los imparables trabajos en Derechos Humanos, la espiritualidad humanizadora del decrecimiento, etc. Son sendas nuevas hiladas con el día a día de la ciudadanía. Participar en alguna de ellas es andar en caminos de novedad.
  • Planteamientos nuevos en nuestra sociedad: El imparable anhelo de los laicos de hacer parte de la gestión eclesial, la adultez de comunidades cristianas que se autogestionan sin la tutela del clero, la vuelta a la centralidad de Jesús y su seguimiento poniendo en segundo lugar los temas de estructura eclesiástica. Caminos aún nuevos para muchos cristianos y transitados ya desde hace tiempo por otros.
  • Planteamientos nuevos en la VR: Todos aquellos que hablan de la relación entre los grupos religiosos: fusiones de grupos, provincias y comunidades; intercongregacionalidad; uniones para ser más eficaces en trabajos sociales; anhelos comunes sumados en torno a temas de justicia, paz y ecología. Son caminos ya "descubiertos", pero aún nuevos.
  • Planteamientos nuevos en las familias: Todos los temas de acogida, relación familiar, apertura a modos nuevos de familia. Todos los intentos de humanizar las situaciones familiares duras en materia de enfermos psiquiátricos, dependientes, etc.
  • Planteamientos personales nuevos: Todas las búsquedas, las preguntas sin resolver, los interrogantes que persisten con el paso de los años. Caminos de novedad aún no seguidos, pero atisbados.

 

Conclusión

 

            Si se entiende y vive la Resurrección más como un dinamismo que como un cuerpo de doctrina, quizá la Pascua de este año pueda ser impulso para los caminos de novedad, personales y comunitarios, que, como brotes de primavera, apuntan en nuestros días.

            Sabemos que la presencia del Resucitado acompaña estos anhelos. No basta con saberlo, es preciso hacer más densa esa presencia hasta que se constituya en impulso real para nuestras decisiones.

            Hacer viva la presencia de Jesús en la novedad de nuestros caminos, de nuestros planteamientos y opciones cotidianas puede ser lenguaje de resurrección en nuestros días.

Retiro en Cuaresma 2010

Retiro en la Cuaresma de 2010

 

 

EL AMOR EN EL LADO OSCURO

Convertirse al lado débil de la historia

 

            Esta reflexión para un retiro de Cuaresma proviene de dos inquietudes: la siempre presente de intentar dar un contenido al tiempo cuaresmal de cada año, ya que el ambiente no es propicio a ello y siempre se corre el riesgo de que estos "tiempos fuertes" pasen sin pena ni gloria. Por otro lado, los viejos parámetros cuaresmales de la conversión, indefinida, apuntando a comportamientos religiosos o morales, ya no sirven ni para los mismos cristianos. Es preciso intentar otra vía. Además, una serie de lecturas y de conversaciones nos han llevado a plantearnos el encaramiento del "lado oscuro" de la vida tratando de desvelar ahí alguna luz, la luz del amor incluso.

            El lado oscuro es esa realidad de la vida que duele, que hiere, que cuesta, que casi siempre es tildada de negativa, que se rehuye, que se oculta, que se desvaloriza, que se intenta socorrer desde fuera, que nos implica a la fuerza, que nos lleva a desconfiar de nuestra misma vida, que empobrece el camino humano. Es una "zona de sombras", un lugar frío, un sótano inhabitable. Pero el caso es que está ahí. Y en lugar de huir de él, quizá sea interesante tratar de encararlo, de mirarlo, de percibir si únicamente anida en su seno el desamor y el viento frío o resulta que hay algo más, algo valioso, amable incluso.

            Creemos que una "conversión" a ese lado oscuro sería altamente productiva, sosegante, humanizadora, implicativa, benigna incluso. Nos parece que nos daría una visión de la existencia menos agria, más amable, más flexible. Sería una estupenda conversión porque afectaría a niveles muy elementales del caminar humano y creyente. Dice G. Martín Garzo: "El mundo está lleno de tesoros, de frutos que crecen en la oscuridad. Parece un desierto y, cuando menos se espera, la vida regresa con sus frescos racimos" (Garzo). Quisiéramos mirar un poco a ese desierto y a esa oscuridad de nuestro propio caminar humano para tratar de descubrir ahí esos ocultos tesoros, esos frescos racimos que nos reconcilien con el fondo más difícil de nuestro caminar humano.

            Podría parecer que esto nos lleva lejos del espíritu de la Cuaresma. Pero si nos tomamos la cosa en serio no resultará difícil percibir aquí el mismo aliento de quien desea dar a su vida humana y creyente un impulso nuevo.

 

1. Asómate a mi cuerpo

 

            Quisiéramos comenzar con una letrilla de Miguel Hernández en en centenario de su nacimiento. Más allá de su sencillez, hay una profunda intuición. Nos puede ayudar a preparar el camino para la luz de la Palabra:

 

«No te asomes

a la ventana,

que no hay nada en esta casa.

Asómate a mi alma.

 

No te asomes

al cementerio,

que no hay nada en estos huesos.

Asómate a mi cuerpo».

 

(Poema 95 de Cancionero)

 

  • No te asomes a la ventana: Existe en la persona una tendencia irrefrenable a asomarse fuera, por la ventana. Es el empuje hacia lo superficial, hacia lo in-pensable. Eso la hace muy vulnerable. Encarar lo oscuro, personal y social, demanda el vigor de asomarse hacia adentro, hacia el fondo de la realidad, hacia los porqué de los comportamientos. Ese asomarse es aliado de la reflexión, del silencio, del diálogo pensado y constructivo. Si no, la reacción "normal" es huir de lo oscuro. Lógico.
  • Que no hay nada en esa casa: Por paradójico que parezca, en ese "afuera" de la superficialidad no hay nada. El vacío se hace más grande en la medida de la propia superficialidad. Para ocultar lo oscuro lo rodeamos de nada, de vaciedad. Pero, al final, lo oscuro saca a flote su presencia.
  • Asómate a mi alma: En el alma, en lo del fondo, en los estratos elementales, en lo básico, ahí está el quid. Asomarse alma es asomarse a la verdad de la realidad y de la persona. El alma es mezcla, bondad y maldad, luz y oscuridad, calor y frío, temblor y firmeza. Asomarse a toda el alma es el camino de una auténtica conversión a la realidad de la persona.
  • No te asomes al cementerio: Porque todo el mundo sabe lo que hay en un cementerio, metáfora de lo muerto, de lo aparcado, de lo que no es funcional, de los pesos que arrastramos, de los caminos que seguimos andando aunque veamos con claridad que no nos llevan a nada interesante. Mirar a lo vivo no a lo muerto. Y en lo oscuro puede habitar lo vivo.
  • Que no hay nada en estos huesos: Porque son huesos pelados, sin carne, sin calor, sin amor, sin vida. Metáfora de planes, caminos, planteamientos que han dejado de tener vigencia, pero que los seguimos mirando porque, si no, no sabemos muy bien a dónde mirar. Todas las estructuras que continúan vigentes, aunque no tienen horizonte; todos los comportamientos que van envueltos de interrogantes sin solución.
  • Asómate a mi cuerpo: A lo cálido, a lo acariciable, a lo frágil pero vivo, a lo cuestionable pero humano, a lo paradójico pero esperanzado. No se puede encarar lo oscuro desde lo inhumano, desde el alejamiento del cuerpo, de la trémula realidad de la carne. Una perspectiva corporal es la que puede "salvarnos", la que puede hacernos espirituales.

 

2. La luz de la Palabra: Rom 7,14-25

 

            14La Ley es espiritual, de acuerdo, pero yo soy un hombre de carne y hueso, vendido como esclavo al pecado.15Lo que realizo no lo entiendo, pues lo que yo quiero, eso no lo ejecuto y, en cambio, lo que detesto, eso lo hago. 16Ahora, si lo que hago es contra mi voluntad, estoy de acuerdo con la Ley en que ella es excelente, 17pero entonces ya no soy yo el que realiza eso, es el pecado que habita en mí.

            18Veo claro que en mí, es decir, en mis bajos instintos, no anida nada bueno, porque el querer lo excelente lo tengo a mano, pero el realizarlo, no; 19no hago el bien que quiero; el mal que no quiero, eso es lo que ejecuto. 20Ahora, si lo que yo hago es contra mi voluntad, ya no soy yo el que lo realiza, es el pecado que habita en mí.

            20Así, cuando quiero hacer lo bueno, me encuentro fatalmente con lo malo en las manos. 22En lo íntimo, cierto, me gusta la Ley de dios, 23pero en mi cuerpo percibo unos criterios diferentes que guerrean contra los criterios de mi razón y me hacen prisionero de esa ley del pecado que está en mi cuerpo. 25BEn una palabra: yo de por mí, por un lado, con mi razón, estoy sujeto a la Ley de Dios; por otro, con mis bajos instintos, a la ley del pecado.

            24¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este ser mío, instrumento de muerte? 25BPero, ¡cuántas gracias le doy a Dios por Jesús, Mesías, Señor nuestro!

 

            He aquí un texto desconcertante de Pablo. En Romanos Pablo desvela las bases hondas de su fe: Dios ha puesto en marcha un mecanismo de rehabilitación con la muerte de Jesús que lleva a vivir un estilo de vida inusitadamente nuevo, lejos de toda opresión (de la ley, de la muerte, del pecado). Es la maravilla de la persona nueva. Pero Pablo, en este texto, encara su lado oscuro que ni siquiera la fe (ni menos el hecho religioso) oculta: su honda debilidad que no sabe muy bien cómo entenderla. Subrayemos:

  • Vendido como esclavo al pecado: Es una manera fuerte de describir el propio lado oscuro. Pablo había visto los mercados de esclavos de todas las ciudades. Tener por amo al pecado es una tremenda metáfora de la necesaria sujección a ese lado oscuro que compone la existencia humana. Es algo innegable. No hay que poner paliativos.
  • Lo que realizo no lo entiendo: Lo cuestionable y controvertido de nuestros caminos humanos. Ni siquiera la gracia anula el sentimiento de contrariedad, paradoja e incoherencia. Es preciso encajar este "no saber" sin desconcertarse del todo.
  • Si lo hago contra mi voluntad: Ese lado oscuro es algo contra la voluntad. No lo querríamos, pero está ahí como acompañante de la posibilidad vital. El existir es una conquista. Y a toda conquista acompañan unos riesgos, unos pesos, unas luchas. No se las puede obviar, es preciso encararlas.
  • El querer lo excelente lo tengo a mano, pero el realizarlo no: Es preciso asimilar con paz la desconexión entre el querer y el hacer. Aun sin este segundo, el primero no es inútil, pero hay que relativizarlo y situarse lo mejor posible en el segundo. Lo que determina el cambio es, sin duda, el hacer.
  • No hago el bien que quiero: Realmente queremos el bien, pero no resulta fácil hacerlo, ni personal ni socialmente. Percatarse de la dificultad es ya un paso; trabajar por eliminar barreras, por quitar losas, otro mejor.
  • Me encuentro fatalmente con el mal en las manos: La dolorosa evidencia de lo que nos ocurre. El lamento de que se desea hacer otra cosa, de que se está dispuesto a mirar esa realidad desde un lado más amable. No caer en la dejadez, en la desesperación, en la tentación del mal es la buena opción.
  • Criterios diferentes que guerrean contra los criterios de la razón: Porque si hay algo insensato, irracional, es doblegarse ante lo oscuro, aceptar lo débil como necesario, situarse en la maldad por haber llegado al convencimiento de que lo bueno es imposible. Por eso, lo razonable es que lo oscuro que se ilumine, no que las tinieblas triunfen.
  • ¿Quién me librará de este ser mío?: La gran tentación: la liberación no va a venir de fuera. Es preciso encarar con humanidad el reto de lo oscuro. Jesús lo ha hecho y puede ser un ánimo para quien se anime a hacerlo a su vez.

 

3. Ahondamiento antropológico

 

            La luz de la Palabra se vierte sobre nuestra realidad personal. Es necesario, antes que nada, mirar en esa dirección.

 

  • Como mariposas a la luz: Así nos atrae lo "luminoso": el brillo, el número, el poder, la influencia, el ser considerados socialmente. Quien dijere que no se ve afectado/a por estas variables, no se conoce bien o no habla en serio. Es normal sentir esta irresistible atracción; pero ello no quiere decir que sea una fuerza irreversible, una tendencia avasalladora, un empuje desbocado. Percatarse de ello, aceptar que, en parte, eso está ahí, es ya un primer paso.
  • Asomarse al abismo: El de nuestro lado oscuro personal. Hay personas que queremos echar tierra sobre ese "muerto" y que no sea conocido ni por nosotros mismos. Pero siempre estará ahí, por mucho que se le oculte. ¿No sería mejor, como hemos dicho, mirarlo, acogerlo como parte nuestra, tratar de iluminarlo, ser paciente cuando no se logra nada, proponerlo al otro (a la comunidad) como parte de lo que somos (porque no solamente somos lo luminoso? ¿No habría que comenzar por dejar de aplicar a todo eso el calificativo de "negativo"?
  • Honrados con lo real: No habríamos de temer ser honrados/as con lo real, aceptar sin excesiva violencia que somos como somos y que hay lo que hay. Eso puede ser encajado no como una derrota, con desaliento, con el fatalismo de quien no puede hacer nada por cambiar una variable inflexible. La honradez con lo real no está exenta de utopía, de anhelo, de sueño, de afán por mejorar. Pero lo que hay es lo que hay; no conviene dorar la píldora, empeñarse en mostrar lo que realmente no somos.
  • Hay luz en lo oscuro: Pensamos que en el frío sótano de nuestras oscuridades reina solamente la noche más lóbrega. No es totalmente así. Por paradójico que parezca, puede haber luz en lo oscuro: la luz de la piedad y del consuelo, la luz de la benignidad y del abrazo, la luz de la curación y del acompañamiento. No lograr hacer que, por arte de magia, se desvanezca lo oscuro. Pero es muy diferente si va envuelto esas humildes luces.
  • La belleza de lo oscuro: Porque, de alguna forma, hay una belleza en lo oscuro, en la limitación. Suele ser una belleza oculta, pero real. Tiene que ver casi siempre con la ternura y la piedad. Tiene que ver con la mirada acogedora a la propia y ajena debilidad. Por eso, se equivocó quien dijo que el infierno eran los otros. Lo son cuando se mira con rechazo a su oscuridad, pero son el único cielo posible cuando se les mira, incluso en su oscuridad, con humanidad y ternura. Esa mirada increíble es la que llega a mostrar que ahí existe algo bello, atractivo, reconfortante.
  • Un día vendrá: Ya lo hemos dicho: la mirada a lo oscuro no tiene porqué matar la utopía, los ideales, los anhelos, los sueños. Pueden convivir perfectamente con ella e incluso animados por ella. Por eso, si nuestros anhelos son débiles, si nuestras ilusiones se apagan, si nos amuermamos en nuestra utopía, quizá sea no por falta de sueños, sino por mirar nuestras oscuridades sin piedad. Dice un hermoso poema de Luis Aragón: "Vendrá un día color de naranja en que los humanos se amarán, un día como un pájaro sobre la mal alta rama". Lo dice cuando canta la dura realidad de la violencia humana.

 

4. Ahondamiento bíblico

 

            También la Palabra nos da pie para caminar en la dirección de la asunción benigna de nuestras propias oscuridades existenciales o sociales.

 

  • Un Dios en lo oscuro: Porque es cierto que la Palabra sitúa a Dios en el brillo, al gusto de los mecanismos religiosos (recordar las visiones de Ezequiel). Pero hay también otra veta: la del Dios oculto, sencillo, en lo pobre, en lo oscuro, en la "brisa tenue" (1 Re 19,12), en la noche del sueño de Jacob, de la Pascua, de las estrellas de Abrahán, de la llamada a Samuel, del nacimiento pobre de Jesús, de su sepultura ominosa (himno: "La muerte no interrumpe"). Un Dios que no quiere, no puede, disipar las sombras, sino que las acoge, se acoge a ellas y, desde ahí, hace su obra de amor sobre la historia. Un Dios pobre y frágil, menor, pero acompañante, abrazador, curador de nuestras heridas hondas.
  • Un Dios del lado de quienes no cuentan: Ese increíble Dios parcial que tanto nos cuesta encajar. Un Dios que tiene el sueño inapagable de la fraternidad universal, lo que quiere decir que no renuncia a que los pobres ocupen un sitio en el devenir de la historia. Por eso, aunque nosotros nos empeñemos en desplazar a los oscuros (a lo oscuro), él siempre está trabajando para que esos oscuros entren, con pleno derecho, a hacer parte del sueño. Porque él no ha soñado una fraternidad para puros, sino para amados, amparados, más allá de cualquier limitación.
  • Un Dios de la dignidad y la justicia: Por encima de tantas imágenes (incluso bíblicas) de un Dios violento, lo suyo es la fe inquebrantable en la dignidad de sus humildes criaturas. Una dignidad que jamás desaparece, aunque se oscurezca, porque va ligada a su indefectible amor. Y, con ella, la justicia que es debida a toda persona, sobre todo a los oscuros porque en ellos es generalmente más conculcada. Por eso, el Dios en lo oscuro es un Dios "reivindicativo", solidario, social, por extraño que nos parezca.
  • Uno de tantos: Así es Jesús, según Filp 2,7. Uno sin brillo, en la zona social de los oscuros, en el ámbito de quienes no pueden, aunque lo quisieran, salir de su oscuridad. Nunca se quejó de una situación así; no aspiró a salir de ese marco, aunque se lo propusieron (Jn 7,-4). estar en la oscuridad no le amargó el alma. Al contrario, se alegró con los oscuros, comió con ellos, se llenaba de alegría cuando veía que Dios se revelaba a ellos (Mt 11,25)- Y luego, su terrible muerte, totalmente oscura, pero no por eso inútil. ¿Cómo amar a un Jesús oscuro? ¿Cómo sentir que las entrañas se conmueven ante su amor en lo oscuro?
  • La luz de la dignidad: Como el Padre, él mantuvo también encendida la tenue pero inapagable luz de la dignidad que le llevó a no condenar jamás a nadie, y menos a un/a oscuro/a, a un postergado (Jn 8,1-11). Precisamente porque veía esa dignidad en los más oscuros (los samaritanos, por ejemplo), no tuvo empacho en proponer a un oscuro como ejemplo del hombre cabal, porque ese oscuro se movió a misericordia. Había una estupenda luz en su oscuridad social.
  • Por encima de toda tiniebla: Eso decimos que es la resurrección: no tanto un hecho histórico de difícil prueba, sino la certeza de que el sueño de la luz sobre lo oscuro se ha cumplido. La resurrección es una manera de decir que lo oscuro puede ser encajado, envuelto, transformado cuando se lo envuelve con amor. Eso ha sido la vida y la muerte de Jesús: un trabajo increíble por envolver en amor lo oscuro. Eso es lo que podrá transformar la oscuridad histórica en luz nueva, el amor envolvente y acompañante.

 

5. Ahondamiento social

 

            Ojalá todo esto no fuera una vana ideología. La única manera de escapar de ello es ir poniéndole carne y rostro en los comportamientos relacionales, sociales.

 

  • La luz de los valores oscuros: Que son los valores de los empobrecidos. Una mentalidad economicista nos dice que los empobrecidos carecen de valores porque no tienen bienes económicos. Éstos, aunque necesarios, no son los únicos bienes. Hay otros que sí son patrimonio de los oscuros sociales: la piedad, el perdón, la sencilla generosidad, el aguante, la resistencia, el anhelo de justicia, la verdad no lograda de una sociedad igualitaria, su tenacidad por buscar una existencia digna. Son valores que palpitan en la oscuridad. Quien no los ve es porque, tal vez, está ciego/a de engreimiento. "Son millones los que están resistiendo, tú mismo lo puedes comprobar cuando ves a esos hombres y mujeres que se levantan a altas horas de la madrugada y salen a buscar un empleo, trabajando en lo que pueden para alimentar a sus hijos y mantener honradamente al hogar, por modesto que sea. ¿Te detuviste a pensar cuántos en todo el país comparten esta hambre por la dignidad y la justicia?" (Sábato).
  • Los pobres nos han salvado: Porque aún seguimos creyendo (con lo que ha caído) que el futuro de un país está en manos de los fuertes, de los brillantes, de los líderes. No es así. Tiene razón Sábato cuando dice que "cada vez que hemos estado a punto de sucumbir en la historia nos hemos salvado por la parte más desvalida de la humanidad". Nos salvan sin saberlo, sin exigir homenajes, sin enfadarse porque nadie les hace un monumento. Pero su herida humanidad nos salva. En su vida oscura late un heroísmo mayor que el de los héroes convencionales. Es el heroísmo del afán por vivir y dar vida, aunque fuere en modos simples. Por eso es preciso estar cerca de ellos: no por misericordia ni compasión, sino por mera necesidad, porque sin ellos naufragaríamos de verdad.
  • Caminar en la luz: Dice el NT que el creyente ha de caminar en la luz (1 Jn 1,5ss). Pero para esto hay un camino seguro: caminar con los oscuros. Ellos tienen una luz dentro; ir con ellos, estar con ellos, ampararlos, respetarlos, considerarlos, secundar sus anhelos, facilitarles el acceso a los bienes básicos, todo eso es caminar en la luz. Si en algo se aparte el camino evangélico de la mecánica religiosa es que pone carne y sangre a los grandes ideales de trascendencia. Y una realidad con carne y sangre es un cuerpo. Por eso, de los cuerpos de los oscuros brota la mejor luz, aunque las tinieblas de lo inhumano la quieran olvidar, ningunear, sofocar.
  • Significativos, no relevantes: Porque la relevancia es el escaparate, la foto, el show, el brillo, mientras que la relevancia es el sentido, la tarea hecha con amor, el trabajo sencillo y generoso. Muchos oscuros/as viven significativamente, pero no relevantemente. Su no relevancia no los hace menos valiosos. Que se los coma el olvido no quiere decir que sus vidas fueron sin valor. Por eso, quien quiera caminar con los oscuros, quien anhele encajar sus propias oscuridades tiene en la significatividad, en las cosas hechas con amor, creyendo en ellas, por modestas que sean, un buen camino.
  • Los oscuros cercanos: La propia oscuridad, como la mayor cercanía; la de quienes se cruzan en el entramado de nuestros días. Ahí se torea principalmente la espiritualidad de una oscuridad con luz. Ahí se verifica la verdadera conversión a una oscuridad luminosa. Luego se puede ir ampliando, en círculos crecientes, la mística de esta singular conversión a toda persona, a toda realidad.

 

Conclusión

 

            ¿No podría ser el tiempo de Cuaresma de 2010 un momento bueno para apuntar a una conversión al amor que late en lo oscuro? ¿Es algo demasiado forzado? ¿Sería mejor quedarse en la apelación de siempre a la conversión que no se concreta en nada? No. la conversión al amor de lo oscuro ha de llevarnos a mejorar el lenguaje con y sobre los empobrecidos, a intentar acercarnos alo, con respeto y amor, a su duro camino, a implicarnos en algo que les ayude al logro de tener cubiertas sus necesidades básicas, a unir nuestra voz para reivindicar su dignidad conculcada y sus sueños de justicia. Una cuaresma viva. ¿No era algo de esto de lo que hablaba la vieja profecía? (Is 58,69).

 

 

Creo que Dios es Padre misericordioso...

CREO QUE DIOS ES PADRE

 

Introducción

 

                No es raro que, en determinados momentos, se proponga el CREDO como base de reflexión para una semana de retiro. Como nuestra fe está muy asentada sobre verdades, es normal que la reflexión sobre el Credo brote espontánea. Por eso, de salida, tomar el Credo como base de reflexión es un acierto.

                Pero también es verdad que, para no pocos cristianos, las formulaciones del Creo son "indecibles", es decir, se acomodan con dificultad a su evolución creyente. ¿Habría manera de decir lo que hay en el fondo de los postulados dogmáticos de manera más viva, más actualizada, más vibrante, más cautivadora? Ése quiere ser nuestro intento y nuestra aportación en esta semana.

                Para ello, tomamos el Credo que se recita todos los domingos en algunas parroquias. No sabemos de dónde proviene (quizá eso sea bueno) pero parece que las comunidades cristianas se identifican fácilmente con él. Lo hacemos nuestro y lo utilizamos como material de reflexión.

               

Creo que Dios es Padre misericordioso.

Creo en Jesucristo, su hijo, nacido de María,

testigo del amor de Dios entre los humanos.

Pasó por la vida haciendo el bien

y anunciando la Buena Noticia

de que Dios nos quiere

y que su Reino ha llegado para los pobres.

Entregó su vida por amor,

pero resucitó al tercer día,

alentado por el Espíritu,

porque el amor es más fuerte que la muerte.

Creo en el Espíritu Santo,

que es el amor de Dios

derramado en nuestros corazones.

Creo en la Iglesia,

comunión de los que se aman,

manifestación viva de la caridad,

servidora de los hombres y mujeres.

Creo que, al final, todos celebraremos

la Pascua definitiva,

la vida en plenitud,

convocados por Cristo en el amor.

1

Creo que Dios es Padre misericordioso

 

                1. Posiblemente haya que decir que no entendemos nada del Dios de Jesús si no llegamos a la convicción profunda de que tenemos un Dios que es Padre misericordioso, esencialmente bueno, olvidadizo con nuestro pecado y de buenísima memoria para amarnos. En la Biblia hay imágenes de Dios para todos los gustos, pero prima la del Padre-Madre bueno, compasivo, que busca a la persona, que lo acompaña, que lo sostiene, que anda con ella los caminos de la vida. Hay personas a las que la lectura de la Biblia les ha llevado a la conclusión de que "Dios no es de fiar" (así lo dice Saramago). Nosotros habríamos de llegar al polo opuesto: la certeza de que Dios nunca nos va a fallar, nunca nos va a dejar en la estacada, siempre va a andar nuestros caminos con un amor y un respeto que no somos capaces de imaginar.

2. Cuando Jesús ha querido poner un ejemplo de persona cabal, nos ha hablado de uno "movido a misericordia", el buen samaritano.  Es ejemplo consumado de quien cumple el mandamiento del amor al prójimo; pero en el relato de la parábola no aparece para nada que el samaritano socorra al herido para cumplir un mandamiento, por excelso que sea, sino, simplemente, "movido a misericordia". De Jesús se dice que hace curaciones, y a veces se le muestra extrañado porque los curados no se lo agradecen; pero en modo alguno aparece que Jesús realizara dichas curaciones para recibir agradecimiento (ni para que llegaran a pensar en su peculiar realidad o en su poder divino), sino "movido a misericordia". Del Padre celestial se dice que acogió al hijo pródigo; pero no se insinúa siquiera que aquello fuese una sutil táctica para conseguir lo que supuestamente le interesaba (que el hijo confesara sus pecados y, de ese modo, pusiera en orden su vida), sino que actúa simplemente "movido a misericordia".

3. La comunidad cristiana tendría que ser apóstol del Dios misericordioso. Aunque parezca excesivo, nuestras comunidades cristianas están llamadas, como apostolado primordial, a mostrar en modos "tocables" que Dios es sólo amor. Puede parecer que esto es algo etéreo, espiritualista, inverificable, de otra época. Pero, dado que para muchas personas la realidad de Dios sigue siendo algo intragable, es preciso vivir un estilo de vida y de fe que hablen de un Dios del que uno/a se puede fiar. Más aún, tendríamos que hacer nuestras aquellas palabras del Hno. Roger: "Pienso que desde mi juventud nunca me ha abandonado la intuición que una vida cristiana pudiese ser el signo que Dios es amor y solamente amor. Poco a poco surgió en mí la convicción que era esencial crear comunidad con personas que buscasen comprenderse y reconciliarse siempre: una comunidad donde la bondad del corazón y la simplicidad estuviesen al centro de todo". Crear una comunidad parroquial de buen corazón y de maneras simples y directas de relacionarnos, una comunidad donde la misericordia no sea paternalismo, sino cuidado del otro, deseo de que se haga justicia con el más débil, anhelo de que el más sólo se sienta acompañado y el más lastimado sea curado. Una comunidad samaritana, he ahí el ideal.

4. Cuando cada domingo decimos "Creo que Dios es Padre misericordioso" estamos diciendo no solamente algo de Dios, sino de nosotros/as mismos/as. Estamos expresando nuestro deseo y nuestro propósito de pensar y vivir desde la misericordia, desde el respeto y cuidado al otro, desde el amor. Proclamar la misericordia del Padre sin apuntarnos nosotros a ella es una planta sin raíz. Decir este primer punto del Credo implica el ver si realmente, tanto a nivel personal, como familiar y social leemos la realidad de la vida desde la misericordia.

Por eso: palabras misericordiosas, gestos de misericordia, manera distinta de enfocar los problemas sociales, generosidad para entender al débil y toda debilidad, incansable comprensión, cuidado tenaz, actitudes benignas para quien piensa y vive distinto que nosotros, cambio de la base ética bueno-malo por la de la dignidad irrenunciable de toda persona. Es hermoso vivir desde la misericordia, pero no resulta fácil.

5. Pongamos un punto concreto: ¿cómo entender desde la misericordia a quien vive en la calle? ¿Quiénes son, por qué están ahí? ¿Conservan valores? ¿Qué actitud honda habríamos de tener? ¿Qué comportamientos inmediatos? Si la misericordia no se traduce en caminos concretos, queda estéril, lo repetimos y el Credo es una plegaria nada más.

 

Para pensar:

 

•1.       ¿Con el correr de los años, ves que la misericordia crece en tu vida?

•2.       ¿Cómo hacer una parroquia, una Diócesis de creciente misericordia?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

2

Creo en Jesucristo, su Hijo,

nacido de María

 

                1. Lo primero que confiesa nuestra fe, el punto inicial, de partida, insustituible es que Jesús pertenece a nuestra familia. Al decir "nacido de María" lo que estamos diciendo es esto: si algo queda claro en la cuestión de Jesús es que fue de nuestra familia, de nuestra historia, de nuestro mundo, de nuestro lado. Por eso nació de mujer, como toda persona ha nacido de mujer. El ser nacido de mujer es lo que nos iguala con él. Creemos en un nacido de mujer, en uno en quien, sea lo que sea, nacer de mujer no es un obstáculo, sino su mayor posibilidad. Ligar a Jesús a una mujer es hacerlo hermano definitivo, caminante que siempre acompaña, compartidor de experiencias comunes. Creer en un nacido de mujer es profesar la fe no sólo en él, sino en todos los que son como él, en todos los humanos, en toda realidad creada. Una fe que nos lleva a verlos como de nuestra familia, la gran familia de la creación. Creer en un nacido de mujer es sumergirse en la gran corriente de la vida, ir en dirección del gozo por lo creado.

                Esto no ha impedido para nada que el "nacido de María" fuera el Hijo del Padre, el querido, el predilecto, el cercano, el identificado, el amado. Ser hijo siendo un nacido de mujer es, más que una pega, un gozo para quienes somos de la familia. Con razón dirá san Pablo que podemos decir, como un hijo que hereda, Abbá, Padre.

Así será el gran anuncio del Evangelio: que un nacido de mujer puede ser hijo del Altísimo. Se han roto las barreras entre nosotros y Dios, entre lo divino y lo humano. Dios ha venido a meterse en este humildísimo camino de la historia. Dios se hace Padre haciendo a Jesús y a nosotros hijos. Tal vez no sea para darle muchas vueltas, sino para quedarse mirando, contemplando.

                2. Gracias a aquella mujer, María. "Algo de Dios en ti había, tu mirada él heredó, heredó tu sonrisa y tus besos, de tu piel tuvo el mismo color", cantamos a María. Por ella tenemos la certeza de que Jesús fue realmente uno de los nuestros. ¡Qué desenfoque tan grande tenemos respecto a María! La piedad ha querido ensalzarla como una "diosa". Nos ha hecho con ello un flaco favor: ha perdido lo más genuino: su pertenencia al camino humano, a lo pobre y hermoso de la historia, la gran verdad de que somos de la familia y que, por ella, Jesús se ha incorporado a la aventura de nuestra familia. María: asignatura pendiente, controvertida sin causa, lejana aunque madre, pagadora de otros excesos, compañera a quien no se invita, compañía que no se disfruta, silencio por poco aprecio, mujer de perfiles diluidos, madre sin arraigos maternales, señora y esclava a tu pesar, invento para piadosos, mujer coronada para devotos, y a pesar de todo, mujer que da vida, piadosa, compasiva.

                3. La comunidad creyente ha de mirar con benignidad y agradecimiento a todas las mujeres, a todos los nacidos de mujer. No podemos defender, si creemos en el nacido de María, ningún tipo de discriminación, de avasallamiento, de menosprecio, de palabra hiriente, de pretendida superioridad. Quizá el darnos la vida, la posibilidad de caminar hacia la plenitud de ser hijos de Dios, se la debamos en mucha parte a las mujeres que nos han engendrado y a quienes nos ha acompañado en nuestro caminar humano. No se trata de poner a nadie por encima de nadie. Se trata de simple y pura mirada agradecida.

                4. Cuando el creyente profesa la fe en un Hijo nacido de María ha de replantearse dos cosas: sus hondas potencialidades para ser él también hijo y su mirada a las mujeres y los nacidos de mujer. De lo primero, habría de surgir una creciente responsabilidad ante la vida: Dios nos ha dado la capacidad de caminar en la línea de la plenitud, del gozo, de la filiación. ¿Estamos activando esa capacidad? El Evangelio no quiere admiradores, sino seguidores, gente que se arremangue. Hagámonos una sencilla pregunta: ¿Cuándo muramos, quedará la tierra, tu ciudad, tu parroquia, tu familia, mejor que cuando viniste a ella? Si no hubiéramos aportado algo al caudal de humanidad habríamos fracasado, no habríamos cumplido nuestra vocación de hijos de Dios. Y luego: ¿Es nuestra mirada a las mujeres y a todos los nacidos de mujer agradecida, generosa, comprensiva? Decir que creemos en un hijo nacido de mujer no es mera formulación religiosa. Es también profesión de fe en todos los hijos que nacen de mujeres, en el amor a toda realidad creada. Si este amor esencial no va brotando en nosotros, terminaremos en formas religiosas pero sin raíces, sin jugo, sin hondura, sin mística.

                5. Desde el punto de vista práctico hay que preguntarse al amparo del Credo sobre el camino que la Iglesia (y la misma sociedad) va haciendo en la construcción de la igualdad de género, hombres y mujeres. ¿Somos duros todavía? ¿Damos los cristianos ejemplo claro de que nos consideramos todos y todas iguales? No miremos solamente a las "altas esferas"; mirémonos en nuestros comportamientos cotidianos, en tu casa, en la calle, en el bar, en las tiendas. ¿Cómo hablamos, entendemos y vivimos ahí nuestras relaciones de género?

 

Para pensar:

 

•1.       ¿Tus actitudes ante las mujeres son inclusivas?

•2.       ¿Cómo avanzar en modos reales en la integración de la mujer en la comunidad cristiana?

 

 

 

 

3

Testigo del amor de Dios

entre los humanos

 

                1. Puede parecer exagerado decir que el gran cometido de Jesús en la historia no es tanto salvarnos cuanto darnos a entender que Dios es uno de nuestro lado, que su amor nos envuelve, que Él ha unido su éxito y su suerte a los nuestros, que es vecino de nuestro barrio, que es de fiar, que adherirnos a Él nos potencia como personas, que sus brazos nos envuelven, que nos lleva en las palmas de su mano, que no estamos abandonados, que, en definitiva, nos ama con una pasión loca, casi irracional. Esto es en lo que se ha empeñado: desvelar ante nosotros la evidencia de que Dios nos ama sin más.

                ¿Y cómo lo ha hecho? Con su propio estilo de vida. Jesús es Dios en su sencilla y compartida humanidad. Su vida misma es la Buena Noticia. Por su estilo humilde sabemos dónde está la verdadera grandeza de Dios. Por su cariño al pecador arrepentido conocemos el sentido de la santidad divina. En su compasión por todo el dolor, en su alinearse al lado de los pobres, en su defensa de los maltratados, marginados y oprimidos, se nos abre la actitud definitiva de Dios para el hombre y su intención al ponerlo en el mundo. Desde su aparición entre nosotros, cuando alguien se siente abrumado o inquieto frente al misterio sobrecogedor de lo divino, tiene delante de sí una vida clara y fraterna donde ir leyendo con humildad y confianza la respuesta segura y definitiva.

                2. De una forma que nosotros, quizá, banalicemos, Jesús nos ha dicho que nosotros somos para Dios hijos, no solamente criaturas, o seres racionales. Somos hijos, hay una familiaridad, de tal manera que podemos vivir nuestra relación con Dios en los modos del más elemental amor. Al entender nuestra filiación en modos religiosos la hemos hecho polvo, de tal manera que decir que somos hijos no provoca en nosotros ninguna emoción, no se altera nuestro pulso.

                Pero podríamos caer en la cuenta de que con su estilo de vida pone Jesús delante de nuestros ojos el modelo preciso de lo que es una existencia humana auténtica. Espíritu filial que conjunta, sin tensiones, la adoración y la confianza sin límites. Alegría de vivir, que no escapa a las durezas de la vida, y valentía, que no se crispa jamás ante el odio. Fraternidad como estilo, y amor como norma suprema. Comunión con todos, sin caer en trampa alguna, porque desde siempre y sin vacilación se sitúa abajo: con los pobres y marginados, con los enfermos y desgraciados, con los humillados y ofendidos.

                3. Este afán de Jesús por ser testigo del amor de Dios entre los humanos habría de ser el mismo afán de cualquier comunidad cristiana. ¿Cómo hacerlo? El Hno. Roger de Taizé nos daba una pista sencilla, pero interesante (volvemos a leer este texto): "Pienso que desde mi juventud nunca me ha abandonado la intuición que una vida cristiana pudiese ser el signo que Dios es amor y solamente amor. Poco a poco surgió en mí la convicción que era esencial crear comunidad con personas que buscasen comprenderse y reconciliarse siempre: una comunidad donde la bondad del corazón y la simplicidad estuviesen al centro de todo".

Pues bien, según esto la bondad de corazón y la vida sencilla habrían de ser caminos suficientes para mostrar que Dios es únicamente amor. La bondad de corazón es un cambio de mirada, de estructura persona, de relación elemental con las personas y las cosas. Un cambio en la línea de la fraternidad, el respeto y el gozo de convivir. La vida sencilla es, por razones de justicia más que de economía, ajustar nuestro tren de vida a nuestras necesidades alejándonos del terreno de lo innecesario.

4. Cuando uno profesa la fe en un Jesús, cuyo mayor testimonio es mostrar el amor de Dios entre los humanos, está comprometiéndose a una vida desde la perspectiva del amor. Eso le tiene que llevar, primeramente, a no desfallecer en ese camino de amar, visto el daño que nos hacemos y que hacemos a los demás. A pesar de nuestra inevitable limitación moral es preciso creer a pie juntillas en el triunfo del amor.

Y luego, hay que poner rostro a nuestro supuesto amor a Dios en comportamientos tocables de amor con las personas. Si no sabemos concretar los caminos del amor es que aún no hemos dado con el meollo del asunto. Quien ama concreta; quien no concreta, anda en la teoría del amor. Uno de los mayores esfuerzos de los cristianos es pasar del amor pensado al amor vivido.

5. El testimonio del amor ha de verterse, sobre todo, en aquellas personas que nadie ama. Pongamos como ejemplo el colectivo social de los transeúntes. Tienen todas las pegas: ni casa, ni salud, problemas con la justicia, desarraigo familiar. Todas las debilidades se concitan en ellos. ¿Cómo verter en esas vidas desestructuradas una gota de amor? Es cierto que es un campo muy difícil; pero eso no elimina la pregunta.

 

Para pensar:

 

•1.       ¿Crees que tu vida lleva a pensar que Dios es de fiar?

•2.       2. ¿Cómo hacer comunidades cristianas buenas de corazón y de vida sencilla?

 

 

 

 

 

 

 

4

Pasó por la vida haciendo el bien

 

                1. Así describe a Jesús el NT: "pasó por la vida haciendo el bien"  (Hech 10,38). Efectivamente, el perfil general que de Jesús nos dan los Evangelios es el de una persona buena y compasiva, piadosa y liberal, flexible y creyente. No es una bagatela en una sociedad de fuertes tintes fanáticos, por razones tanto políticas como religiosas. Por eso se lanzó a los caminos a curar, a consolar, a acompañar, a levantar la voz contra los que tenían demasiada voz, a proclamar un horizonte de esperanza para quien se halla excluido del banquete de la vida. Una vida en honda bondad. Quizá por ello fuera recordado más tarde, ya que no hizo las grandes empresas por las que suelen ser recordados los humanos eximios. Fue bueno. Eso es todo.

                Jesús es bueno, pero parece que él cree que la bondad es solamente un atributo que con propiedad hay que aplicar exclusivamente a Dios: "¿Por qué me llamas bueno", dice al joven rico. "Bueno como Dios, ninguno" (Mc 10,18). Para Jesús la bondad es un ideal mayor de vida, no una simple virtud moral. Y es así porque Dios es la bondad, Él es solo bondad, sin amargura y sin castigo. Si hemos entendido y vivido la realidad de Dios como la de un Dios cruel, eso indica que no hemos entendido al Dios que Jesús nos propone.

                2. ¿Cómo pudo estar siempre en la orilla del bien? ¿Cómo no la abandonó cuando le rechazaban, cuando le herían, cuando le traicionaban, cuando percibía el fallo y el abandono? Ya lo hemos dicho: porque él logro cambiar el fondo de su base ética. ¿Cuál es, habitualmente, ese fondo? Aquel que divide a las personas entre buenas y malas. Siempre nos han enseñado eso: hay que apreciar, adherirse y amar a los buenos; hay que alejarse, rechazar y menospreciar a los malos. Pero resulta que, con frecuencia, ni los buenos son tan buenos como ellos dicen ser, ni los malos son tan malos como nosotros decimos que son. En los buenos hay zonas de sombras y en los malos hay espacios para la luz. Por eso, Jesús abandonó esa base ética de buenos-malos y se adhirió a la de la dignidad. Para él toda persona, buena o mala, es digna. Y miró a todos con esa mirada. Eso le llevó a proponer el programa del Reino a buenos y no tanto (Mateo) y a no condenar a nadie (Jn 8,1ss: la pecadora) convencido, como estaba, que "Dios hace salir su sol sobre buenos y malos, sobre justos e injustos" (Mt 5,45), o sea, que tampoco Dios distingue entre buenos y malos, sino que ama a todos, aunque su forma de amar al justo y al injusto sean diferentes.

3. Tal vez parezca que el lenguaje de la bondad es excesivamente suave y hasta peligroso para expresar lo que necesita nuestra sociedad. Pero quizá tenga la fuerza necesaria para despertarnos y sacudirnos. Porque, aun cuando es cierto que la bondad no es suficiente, sí es absolutamente necesaria en un mundo que hace todo lo posible por ocultar el sufrimiento y evitar que lo humano se defina desde la reacción a ese sufrimiento. Por eso, cuando estamos hablando de sociedad bondadosa estamos hablando, en primer lugar, de sufrimiento, o mejor, de solidaridad en el dolor. Despojar a la bondad de esta solidaridad en lo débil es reducirla a una mera acción caritativa, cuando no a un paternalismo que encierra una más que cuestionable prepotencia.

Además, al hablar de bondad desde el lado social, estamos hablando de preocupación por un futuro común, donde el "sálvese quien pueda" quede desterrado para siempre. Solamente la bondad puede llevar a la certeza de que el horizonte de la sociedad es un éxito o un fracaso común y que tiene sentido implicarse en el logro de ese futuro común, aunque sea en cosas cotidianas y menores. La bondad, como el amor, no puede ser sino implicativa. Una bondad que no se implica en el caminar histórico es de sospechar.

4. Confesar la fe en un Jesús que pasó haciendo el bien es ponerse decididamente en la orilla de la bondad. Popularmente solemos decir que "es tan bueno que parece tonto". Pero, en realidad, eso no es así; el bueno nunca es tonto por su bondad. Si algo caracteriza al que es bueno es su estar despierto y su lucidez. Por eso sabe dar lo justo a quien lo necesita, cuando es conveniente y del modo más adecuado. Nunca da lo innecesario ni se ofrece para lo superfluo y jamás hace nada por el otro que éste pueda hacer por sí mismo.  El bueno colabora, el necio reemplaza. El bueno responde, el tonto se adelanta. El bueno hace con el otro, el necio hace por el otro. El bueno acompaña, el tonto sustituye. Aquél ayuda, éste soluciona.  La persona buena no renuncia a nada para colmar el exceso de otros, pero puede renunciar a cualquier cosa para satisfacer la demanda justa de alguien realmente necesitado. La renuncia o donación del bueno es siempre un gesto de afirmación y por eso es vivido con satisfacción y gozo. No se siente menguar en nada porque siempre está colmado de su sí mismo.  Finalmente, también huye de la tentación de universalizar su bien porque reconoce que no necesariamente lo bueno para él es bueno para otros.  El bueno vive siempre su capacidad de donación y entrega hasta el extremo, pero no en exceso.

5. ¿Con quién ir siendo buenos, cada día mejores? Es preciso comenzar por los que tienes en el metro cuadrado de tu propia vida ordinaria. En concreto: ¿cómo ser bueno con las personas cercanas, con los familiares, que no nos han comprendido o nos han hecho algún daño? ¿Hay que dar la batalla por perdida? ¿No hay ningún camino de acercamiento, de conexión, de perdón? ¿Se puede confesar la fe en un Jesús bueno y no intentar ser bueno allí donde vemos que algo no ha ido bien?

 

Para pensar:

 

•1.       ¿Te tiene la gente por una persona buena?

•2.       ¿Cómo animar alas comunidades cristianas a invertir más en solidaridad?

 

 

5

Anunciando la Buena Noticia de que Dios nos quiere

 

                1. Fue un anunciador de buenas noticias. En Lc 4,18 no dudó en censurar el oráculo de Isaías que anunciaba buenas noticias para Israel y malas para los paganos. Lo censuró viniendo a decir que él quería buenas noticias para todos judíos y paganos. Por eso, prestó la voz a quienes no eran escuchados y contradijo a quienes tenían demasiada voz, a quienes se arrogaban toda la voz. 

                ¿Qué buenas noticias anunció? Más sociales que religiosas: la buena noticia de que las justas demandas de los débiles, su deseo de sentarse al banquete de la vida, era una realidad que no les podía ser negada; la buena noticia de las desventuras de los pobres pueden tener un fin; la buena noticia de que Dios no calibra como lo hacen los humanos, sino mirando al corazón de la persona; la buena noticia de que el mundo es casa de todos y quien se apropia de él es un ladrón; la buena noticia de una sociedad distinta, asentada sobre la bondad y no sobre la fuerza; la buena noticia de que toda persona es digna más allá de su condición moral. A su manera, la gente sencilla, los ojloi,  le entendió.

                Pero su gran noticia es hacernos entender desde dentro que Dios nos quiere, que está a nuestro lado, que sostiene la vida, que ha unido su suerte a la nuestra, que es de nuestro barrio, de nuestra familia, no un Dios fiscalizador, aguafiestas, censurador, condenador, malvado. Lo dijo de modos atrevidos: un Dios loco e imprudente que va tras una oveja exponiendo a las otras 99 en el aprisco sólo; un Dios que perdona siempre y que no necesita nuestro arrepentimiento para ello (hijo pródigo); un Dios que paga por generosidad no por exigencias de salario (trabajadores a la viña); un Dios que no quiere que se pierda nadie y que se alegra de encontrarse con el desorientado en su propio camino extraviado. ¿Le creyeron? ¿Le creemos? Quizá no, porque el peso del mecanismo religioso es enorme sobre nuestras vidas y culturas. Pero su mejor noticia es esa.

                2. ¿Puede ser buena noticia Dios en nuestra sociedad? Quizá sí en la medida en que no propongamos a Dios como un absoluto. Así nos lo ha enseñado siempre la religión: Dios es más, es el supremo, el poderoso, el absoluto; la criatura es lo contrario. Mientras persista este mecanismo, la sociedad experimentará un fuerte rechazo a un Dios por encima, al que hay que obedecer-venerar-aceptar me guste o no. ¿Y si propusiéramos otro perfil, uno que se parece más a lo que Jesús dice en el Evangelio? Un Dios de nuestro lado, a nuestro favor, menor, compasivo, comprendedor, que se interesa más por nuestra dicha que por nuestro pecado, que nos respeta, que colabora con lo nuestro, que sostiene nuestros sueños, que lo que realmente le importa es que vayamos construyendo una vida lo más gozosa posible dentro de nuestras limitaciones.

                ¿Cuándo cambiaremos esta idea de Dios? ¿Cuándo Dios podrá ser una buena noticia y no justamente lo contrario? Únicamente si va acompañada de buenas noticias históricas, de humanidad, de consuelo, de ayuda, de justicia, de amparo, de abrazo. Hablar a la sociedad de hoy de un Dios que es buena noticia desde las teorías espirituales es cosa que parece no interesa mucho. ¿Y si lo hiciéramos desde estilos de vida?

                3. Quien afirma que cree en un Jesús que es Buena Noticia ha de contribuir a construir (se construyen) buenas noticias en la sociedad, todas aquellas que apuntan a la dicha de los humanos, sobre todo la de quienes el gozo está más lejano de sus vidas. Las Buenas Noticias no vienen llovidas del cielo; es preciso construirlas con tenacidad, resistencia, fidelidad y amor. Es una obra de artesanía; se hace con tiempo e ilusión.

                4. Esto no será posible si, personalmente, no somos personas positivas, que leen la vida desde lados benignos, gozosos y de una indudable alegría. La negativización de la sociedad es camino cerrado para el anuncio de buenas noticias. Es cierto que hay que leer el hecho social con sentido crítico y denunciar aquello que no funciona, que es mucho. Pero los creyentes que confesamos a un Jesús Buena Noticia de Dios para nosotros hemos de tender a ser positivos en la lectura de los signos de los tiempos, incluso de aquellos que son más ásperos, contradictorios, inhumanos.

                5. Por ejemplo: ¿cómo podríamos ser buena noticia para un parado en estos tiempos de gran desempleo? Primero comprensión, respeto, acogida, mirada benigna; no menosprecio, desentendimiento, olvido. Segundo, tratar de ser justos cuando necesitamos contratar a alguien que nos eche una mano en nuestra casa, en nuestra pequeña empresa. Tercero, colaborar con entidades que ponen algunos planes de mitigación de esta lacra (Cáritas por ejemplo). Cuarto, creer que nos ponemos en marcha encontraremos alguna pequeña salida que alivie algo a quien anda mal en cuestiones de empleo. Quinto, no desfallecer porque no encontremos solución; lo que no es posible, tal vez mañana lo sea. Cosas de estas son las que conlleva la profesión de fe en un Jesús que es Buena Noticia hoy.

 

Para pensar:

 

•1.       ¿Cómo puedes ser buena noticia para tus compañeros sacerdotes?

•2.       ¿Qué buenas noticias necesita la gente de tu parroquia?

 

 

 

6

Y que su Reino ha llegado

para los pobres

 

                1. Confesar la fe en Jesús de Nazaret es confesarla en su mayor "obsesión", el Reino de Dios. En realidad, no era un "invento" suyo. Muchos soñaron con ese famoso Reino. ¿De qué se trataba? De una sociedad en la que el eje y el cimiento fuera la fraternidad humana y cósmica, el dinamismo el amor, la mayor preocupación la suerte de los débiles, el mayor gozo que toda persona caminara en dirección a la felicidad. Y todo ello hasta llegar a una plenitud que traspasara el tiempo y tocara lo eterno. Un increíble sueño, al que Jesús jamás renunció. ¿Cómo un pobre pudo mantener viva esa utopía? No es fácil de saberlo.

                Otros, sí, habían soñado con ese Reino, pero Jesús habló de él de un modo sencillo, como hablan los campesinos, de una fiesta en la que todo el mundo tendría un sitio, el banquete del Reino, que no es otro que el mismo banquete de la vida. Él creía que toda persona tenía un sitio en tal banquete. Y que si alguien había sido despojado de ese Reino eso era obra de quien no ama, no de Dios. Además, creyó, erróneamente, que ese Reino venía enseguida. Cosa que no ocurrió porque Jesús no sabía que el Reino se construye con esfuerzo, con lentitud, ya que cambiar las estructuras de la historia es tarea que ha de llevar muchos millones de años, todos los años en que el hombre pise esta tierra.

                Confesar a un Jesús que tiene esa utopía del reino requiere superar toda tentación de desaliento. Porque hay quien dice que "Cristo anunció el reino y vino la Iglesia". Huelga decir que la tal frase rezuma decepción y una parte de verdad. Decepción porque sobreentiende que la Iglesia no ha cumplido las hermosas expectativas del reino. Una cierta verdad porque no se puede negar que, en muchos aspectos, el proyecto de Jesús tal como lo leemos en el Evangelio y los caminos históricos de la comunidad cristiana han sido, con frecuencia, extraños entre sí. ¿Por qué ha ocurrido esto? ¿Por qué la utopía de Jesús parece haber durado tan poco en su verdor primaveral? ¿Por qué todo ha tomado el color y la hechura de un sistema? Son preguntas que vienen una y otra vez a la mente y al corazón de muchos cristianos e incluso no cristianos.

                Además, Jesús creyó que, aunque toda persona tiene un sitio en el Reino, los pobres tenían un lugar central. Si de alguien es ese sueño, lo sepan o no, es de los pobres. Por eso, Jesús se puso a su lado y nos habló de un Dios situado en la orilla de los pobres. Dios es Padre de todos, pero no del mismo modo: a los pobres les da la razón, a los causantes de la pobreza los cuestiona y emplaza. No entender a un Jesús que quiere trasmitir la utopía del Reino sobre todo a los pobres es no haber entendido nada de su sueño.

                2. Puede ser que la sociedad no esté hoy para muchas utopías y sueños. Pero siempre rebrotan y la profecía nunca está del todo ausente en la vida humana. Más bien hay que decir que estos tiempos nuestros no son malos tiempos para la utopía, necesaria como el pan de cada día. Por eso, confesar, plantear el sueño de una sociedad distinta no es algo exagerado. Muchas personas van tras este sueño. Y es fácil escuchar hoy: otro mundo es posible, otra iglesia es posible, otra economía es posible, otra comunidad es posible. Esos sueños entroncan con gran sueño de Jesús del Reino. Es el credo actualizado.

                3. Los sueños son motores de nuestros comportamientos, pero si no se trabaja por hacerlos realidad se esfuman, se pierden, caen en la nada. Construir sueños en nuestra sociedad conlleva el alejarse de los mecanismos del sistema (poder, consumo, derroche, frialdad humana) y construir caminos alternativos, aunque sea en cosas sencillas. Si tenemos los cristianos los mismos valores de quienes no están interesados por sueños de humanidad, ¿cómo vamos a confesar a uno, Jesús, que tenía ese sueño? ¿Y si no nos parece atractivo el sueño de Jesús, para qué nos sirve creer en el Él?

                4. Quizá tengamos el peligro de, viendo lo que pasa a nuestro alrededor, volvernos realistas, ceñidos a lo que pasa, gente que no cree más que en lo que toca. Ese exceso de realismo (claudicar, tirar la toalla) puede matar nuestros sueños y el del mismo Jesús, puede llevarnos a un conformismo que, en el fondo, es una derrota. Hay que trabajar, personal y colectivamente, por no caer en tal situación. Y, ayudándonos, se pueden conseguir cosas.

                5. Apuntando a lo concreto: ¿Cómo creer que "otra economía es posible"? ¿Con qué requisitos, con qué aportaciones? ¿Cómo se puede ver esto en actuaciones concretas, en comportamientos personales nuestros? Hablemos de algún pequeño signo, para animarnos.

 

Para pensar:

 

•1.       ¿Qué amistades de gente pobre tienes?

•2.       ¿Qué sitio real ocupan los pobres en tu parroquia?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

7

Entregó su vida por amor

 

                1. No creo que pueda negarse que en Jesús, globalmente, fue el amor quien movió su vida. Confesar a Jesús entregado, Salvador, como uno que es movido por el amor es confesar su último motor. ¿Le interesaron otras cosas? No da esa impresión: la obra de Jesús es una obra sin pago, sin premio, casi sin agradecimiento. Una vez vino a agradecerle un samaritano, un marginado, un leproso curado. Pero otras muchas personas a las que amó, a las que acompañó, a las que curó, no dice el texto que le agradecieran ni que le hicieran ningún regalo. Él funcionó por amor, porque para él amar tuvo siempre sentido. Confesar a un Jesús, Hijo que ama, da una calidez al Credo que no pueden darle los postulados dogmáticos. El final, este Credo reafirma la validez última del amor, más que la fuerza de las convicciones ideológicas. Por eso, el Credo hace relación a algo más hondo que las ideas; tiene que ver con las vivencias, con los movimientos hondos del corazón, con la mirada que apunta a las entrañas.

Hay quien desde siempre se ha preguntado qué es lo que tiene Jesús para que lo recuerden, para que lo llamasen "divino" siendo como era un paria, que pasara a la historia cuando no ha hecho nada por lo que los humanos suelen pasar a dicha historia (ganar un batalla, escribir un libro genial, inventar una vacuna milagrosa, construir una obra de arte, etc.). ¿Qué hizo para ser tan recordado, tan querido por muchos? Simplemente amó, en profundidad, con entrega absoluta, sin desfallecer, teniendo fe ciega en que el amor triunfará sobre toda limitación. Confesar a un Jesús que entregó su vida por amor es, en el fondo, hacer una profesión de fe en el amor, en todo amor, en cualquier amor. Quien dice un Credo sin creer en el amor dice verdades, pero no la verdad última que ha movido a Jesús.

Algo de esto debieron captar sus propios compañeros/as, la gente que acompañó a Jesús en sus caminos. Un pagano, Flavio Josefo, historiador judío vendido a los romanos, dice en una obra suya que "aquellos que lo habían amado desde el principio dijeron, después de su muerte, que estaba vivo". Lo habían amado desde el principio, desde siempre, hasta más allá de la muerte, porque habían aprendido de de él que, como dirá luego san Pablo, lo único que realmente permanece es el amor. Lo demás es todo relativo. Sobre ese cimiento del amor asentó su vida; desde ahí edificó el edificio de sus días y de su muerte. Por eso, un Credo que no haga alusión a este amor único es un Credo vacío de lo más importante.

2. Nuestra sociedad de hoy habla mucho del amor (en canciones, en textos) pero su mucho hablar quizá muestra su carencia fuerte. Más allá de lo lírico, quizá se cree que el amor es cuestión privada y que quien lo tiene, suerte tiene. Pero, como decía Gandi, el amor es una fuerza "política", puede llegar a transformar el hecho social, a cambiar los parámetros de la convivencia, a reorientar y dar sentido a la historia humana. Quien profesa en el Credo el amor de Jesús, también de alguna manera profesa la certeza de que el amor podría ser una fuerza social.

Hay personas que contribuyen decididamente a impulsar ese camino. El cristiano tiene por cierto que la persona de Jesús ha sido decisiva en este afán. Efesios proclama que el designio de Dios se "ha llevado a efecto mediante el Mesías, Jesús Señor nuestro" (3,11b). Así es: él ha sido de los grandes impulsores del hecho histórico porque él ha amado como nadie este camino de humanidad. La misma divinidad de Jesús, de acuerdo con los Evangelios, no le viene tanto por su pertenencia a lo divino, cuanto por su terrible bajada al cimiento de lo humano, por su vocación al pueblo, por su amor a fondo perdido al caminar humano, tal como lo proclama el himno de Filp 2,6-11. No puede menos de ser Dios quien ha amado tan profundamente a la historia. Y, junto con él, otras personas han sido decisivas en este trabajo ingente de impulsar el hecho histórico en la dirección de su plenitud: "El caso de Francisco de Asís, más cercano, que en muy pocos años arrastró tras de sí a cientos de seguidores, nos permite imaginar esa conmoción para no desvelar su secreto. El triunfo de estos gigantescos personajes, que aparecen solitarios, entregados a su misión, minúsculos en su arranque, y que han cambiado el mundo, continúa siendo para mí un misterio" (J.A.Marina, Dictamen,  p.104).

3. Las comunidades cristianas tendrían que significarse, más que por lo organizativo, lo cúltico, lo ideológico, por un amor palpable e intenso. Palpable porque hablar del amor está bien, pero empieza a hacer mella en la persona cuando se "toca", cuando se traslada a planes concretos de vida. La poca imaginación, la escasa alternatividad para tomar decisiones comunitarias, parroquiales, en la dirección del amor está hablando de la lejanía del Credo que profesamos, aunque las ideas broten de nuestros labios a borbotones.

4. El amor sigue moviendo la vida de muchas personas. Es cierto que, por la fuerza tremenda del dinero y del poder, los grandes motores sociales, hay muchas personas que tienen oculto, apagado, el mecanismo de un amor social entregado y generoso. Pero si supiéramos activar ese amor que subyace en el fondo de toda persona, habríamos dado con un filón para dar sentido a nuestra vida y para hacerla más dichosa.

 

Para pensar:

 

•1.       ¿Con los años, tienes el corazón más vivo y sensible?

•2.       ¿Qué pinta el amor en tu parroquia, en modos reales?

 

 

 

8

Resucitó al tercer día alentado por el Espíritu

 

                1. Incluir la resurrección de Jesús en el corazón de la fe, en el Credo, es algo obvio, porque de ahí brota el dinamismo de la fe cristiana. Pero al hacerlo se corre el peligro de elaborar una idea que nos deja fríos, que no nos sugiere casi nada, que, todo lo más, nos habla de algo que no entendemos, de un "misterio" al que no podemos acercarnos. ¿Cómo darle cuerpo a esa idea? ¿Cómo hacer de ese asunto de la resurrección no una idea dogmática, religiosa, sino vital? De hecho, así fue al principio y, con toda seguridad, así la vivieron los primeros creyentes. Entonces no se había fraguado aún ninguna dogmática.

Dice este Credo que recitamos que la resurrección se ha dado por el aliento del Espíritu. El Espíritu es el dinamismo más vivo de Dios, eso que acompaña la existencia humana, lo que sostiene nuestro camino, lo que reorienta el sentido de la historia. Ese Espíritu es el que mueve el mundo, el que va haciendo que todo apunte al horizonte de la dicha y la fraternidad. ¿Cómo no iba a derramarse en el Jesús muerto y entregado? No sabemos poner carne ni perfil a estas intuiciones de la fe, pero son preciosas: la vida que brota a borbotones del Espíritu ¿cómo iba a dejar a Jesús en la estacada, en la negrura de su muerte? Al contrario; se vertió sobre él con toda su fuerza. Lo tremendo de todo esto es que afirmarlo de Jesús, es de alguna manera afirmarlo también de toda persona, de toda realidad creada. El aliento del Espíritu nos envuelve, sostiene, empuja y resucita ya desde ahora, de alguna manera. ¿Esto es increíble? Pues entonces, ¿qué decimos cuando afirmamos nuestra fe en la resurrección?

Para acercarnos a esto central de la fe tal vez tengamos que flexibilizarnos en el tema de las presencias. Nosotros creemos que el muro de la muerte es infranqueable: nadie viene de allá a acá, decimos. Pero, en realidad, ese muro no es tan granítico como decimos: hay un trasvase de vida, no sabemos cómo, entre todo lo que ha brotado de la mano creadora y del corazón amoroso del Padre. Por eso, nuestra vida está llena de presencias que, sin ser físicas, son muy vitales y, por lo tanto, muy reales. Así es la presencia del resucitado: no será física, ¿pero no es real simplemente porque no se le vea y se le toque?

2. Tenemos que entender que no le sea fácil a la sociedad de hoy encajar el tema de la resurrección, máxime cuando, por causa de la secularidad, a muchos conciudadanos les resulta increíble el "más allá". Pero hay un tema muy querido para la sociedad de hoy que es el descubrimiento del señorío sobre la propia vida como evidencia de logro y conquista humana. Muchos temas relativos a moral familiar, sexual, problemas éticos, etc., apuntan en esa dirección. El ser humano quiere, de alguna forma "dominar" a la muerte, hacer que esa realidad dura encaje en el conjunto de nuestra vida, que pierdan fuerza los miedos, los castigos eternos, las desgracias que acompañan a la existencia trasladas y amplificadas en el más allá. Este afán de ser señor de la propia existencia no es un desatino, ni una blasfemia, ni un desacato al Creador. Al contrario, es signo de que se responde a algo que Dios ha sembrado en la existencia: la conciencia de su autonomía aunque sea en el marco de la limitación. Pues bien, creer en la resurrección es, de alguna manera, creer en esa posibilidad, recibir la fuerza para continuar el terriblemente duro camino que es el logro de ser dueño de la propia existencia.

3. Cuando se profesa la fe en la resurrección de Jesús, en la propia resurrección, es preciso, con el Evangelio, creer que ese dinamismo resurreccional puede ya funcionar desde ahora y que no hay que esperar al más allá para que la cosa se ponga en marcha. Y ¿cómo vivir, ya desde ahora, en esa dirección de la resurrección? El Evangelio lo dice en Jn 11 (la resurrección de Lázaro): Jesús da gracias al Padre cuando los que están en torno quitan la losa del sepulcro, sabiendo que debajo hay muerte pero fiados en Jesús que dice que puede haber vida. Quitar losas, todo tipo de losas, es la manera de vivir hoy en clave resurreccional.

4. Para encajar la espiritualidad de la resurrección es preciso estar movido por el Espíritu, andar a su ritmo, caminar en sus sendas. ¿Cuáles son? La creatividad y la alternatividad. La creatividad como contrapeso a la rutina que nos amenaza siempre, y más al hecho religioso. La alternatividad para no andar por caminos trillados, sino por esas sendas de novedad en que se puede pensar y vivir el Evangelio en maneras actualizadas.

5. ¿Cómo proponer la espiritualidad de la resurrección en modos medianamente asimilables en situaciones de gran carencia resurreccional? Por ejemplo: ¿cómo hablar hoy con sensatez a personas que están sufriendo y pasando el duelo por la muerte (sobre todo si es violenta o impensable) de los seres a quienes ha querido? Los viejos parámetros ideológicos sirven poco; habrá que idear maneras distintas, espirituales y con enganche antropológico. Si no, muy difícil.

 

Para pensar:

 

•1.       ¿Eres persona religiosa o espiritual, o ambas?

•2.       ¿Cómo ofrecer espacios de espiritualidad en la parroquia y no únicamente de sacramentalización o catequesis?

 

 

 

 

 

9

Porque el amor es más fuerte que la muerte

 

 

1. Ya lo dijo el Cantar de los Cantares (8,6). Y es una verdad comprobada: hay amores que pasan por encima de la muerte, siempre más fuertes que ella. Así fue el amor de Jesús a las personas, a la vida, al Padre. Ese amor, siempre vivo, fue el que lo hizo resucitar, pervivir en el empeño de amar y ser amado. Si entregó su vida por amor, es lógico que el amor no lo abandonara, no lo defraudara. Y así fue, el amor no se alejó nunca más de él, ni en vida ni en muerte. Por eso, la resurrección, más allá de todo planteamiento ideológico, es una cuestión de amor. Y como tal habría de irla percibiendo quien la confiesa en un Credo. Porque si no sobrepasa el nivel de verdad y pasa al consquilleo gozoso del amor no se ha dado el paso decisivo.

Efectivamente, no podía quedar en la muerte quien había amado tanto. Sería un fracaso para el amor. Nunca podríamos cantar y celebrar el amor si la muerte hubiera estado por encima de él. Pero no fue así: quien vivó en amor, triunfó sobre la muerte por amor. El triunfo del amor, que tantos han cantado, se verificó en la persona de Jesús. Si no hubiera sido así habría permanecido en la muerte.

No es de extrañar que lo recordemos siempre al proclamar el Credo como una persona que ha triunfado por amor sobre la muerte, sobre toda muerte. Por eso el recuerdo de Jesús es peligroso para muchos: les recuerda que por muchas que sean sus artimañas para sojuzgar al amor y su dinamismo, nunca lo conseguirán. Dicen los teólogos: "En la fe, los cristianos realizan la memoria passionis, mortis et resurrectionis Jesu Christi; en el acto de creer recuerdan el testimonio de su amor, en el cual amor se manifestó el reinado de Dios entre los hombres por el hecho mismo de que el dominio del hombre por el hombre comenzó a derrumbarse, de que Jesús se puso de parte de los insignificantes, los marginados y los oprimidos, proclamando así el advenimiento del reino de Dios como fuerza liberadora de un amor sin reservas. Esta memoria Jesu Christi no es un recuerdo que dispense engañosamente de los riesgos del futuro. Al contrario, implica una determinada anticipación del futuro, como futuro de los que no tienen esperanza, de los fracasados, de los acosados. Es, pues, un recuerdo peligroso y liberador que constriñe y cuestiona nuestro presente, porque no nos trae a la memoria un futuro abierto cualquiera, sino precisamente este futuro concreto, y porque obliga a los creyentes a transformarse constantemente, para dar razón de este futuro" (J.B.Metz, La fe, en la historia, p.101-102).

2. Puede dar la impresión de que, por muchas causas, los valores del amor y sus derivados son menospreciados por amplios sectores de la sociedad de hoy. Pero no es así. Siempre encuentra eco la llamada del amor. Por eso, por ausencia o por presencia, siempre está vivo el anhelo de amar en nuestra sociedad. De ahí que se pueda decir que el éxito de lo humano sean los logros del amor, de la relación. Dice un poemilla de Casaldáliga: "Al final me preguntarán ¿has amado? Y yo les mostraré mi corazón lleno de nombres". Ése es el éxito del caminar humano que ha acontecido en Jesús y en muchísimos otros.

3. La fortaleza de las comunidades cristianas tendría que basarse en el amor puesto en práctica. Se habla de amor entre cristianos, pero parece que se habla en maneras tan teóricas, tan "sin rostro", tan sin verdadera implicación que, al final, el discurso creyente sobre el amor lleva a la decepción o a la mera parálisis. ¿Y si se tuviera otra clase de discurso? ¿Un amor capaz de incidir en las situaciones sociales y personales? Entonces entenderíamos mejor el planteamiento del Evangelio ("que os améis...") y la entrega misma de Jesús. Desde ahí se podría hacer una verdadera profesión de fe en quien fue resucitado por su amor siempre fuerte.

4. Es cierto que los caminos del amor son equívocos, turbios, fácilmente extraviables. Pero quien no los anda no crece en el mejor de los valores de la vida y difícilmente puede entender el fondo de Jesús, de su misma resurrección, ya que ese fondo está hecho de amor en estado puro. Por eso quizá sea más interesante amar que creer, si por esto segundo entendemos, sobre todo, tener convicciones religiosas. De cualquier manera, fe y amor no tienen porqué ir por caminos separados; bien tendidas son realidades perfectamente mezclables.

5. Todos conocemos a personas que funcionan en manera solidarias y desde el amor. Están cerca de nuestras vidas, en nuestros ámbitos cercanos. También nos asomamos a personas "lejanas" que hacen auténticas aventuras de amor, de toda índole. Agradezcámoselo, valorémoslo, acojámoslo. Ellas nos ayudan a entender la vida y a entender la fe. En ellas se ha verificado lo mismo que ocurrió en el Jesús resucitado: que el amor es más fuerte que la muerte.

 

Para pensar:

 

•1.       ¿Se va llenado tu corazón de nombres?

•2.       ¿Cómo vas entendiendo y viviendo las situaciones de amor no "oficial" de las personas que hay en tu parroquia?

 

 

 

 

 

10

Creo en el Espíritu Santo que es el

amor de Dios derramado en nuestros corazones

 

                1. No sabemos decir en modos concretos qué es el Espíritu. El Evangelio dice en Jn 3 que es un viento que sopla donde quiere. No es mucho decir, aunque eso habla de libertad. Nuestro Credo dice que es una realidad derramada en el corazón. El Credo confiesa, pues, que el lugar del Espíritu es el corazón y que, por lo tanto, funcionando desde el corazón se funciona desde el Espíritu. Quizá no sea mucho decir, pero si queremos saber si una actuación, del creyente, de cualquier persona o de la misma estructura eclesial, viene del Espíritu es preciso preguntarse si se hace desde el corazón, desde la bondad, o no. Por eso mismo, creer en el Espíritu es, de alguna manera, creer en el corazón, en la bondad, en la belleza, en la solidaridad, en los valores más sutiles del corazón.

                Esa fuerza de amor que llamamos Espíritu habitó en Jesús, se quedó en él de manera definitiva y permanente (Jn 1,32). Por eso, su vida siempre fue espiritual: estaba orientada desde el corazón, desde el amor, desde el respeto y el cariño a toda persona. Incluso más, estuvo orientada desde la irrenunciable dignidad de toda criatura. Pero no solo fe eso: Jn 14,23 dice que el Padre y Jesús (y, por supuesto, el Espíritu con ellos) han puesto su morada en la persona con la intención de no abandonarla nunca más. Por eso, la realidad que llamamos Espíritu habita en el fondo de la vida, de la realidad. Ahí hace una formidable obra de reconversión, de reorientación, de fundamentación de la vida (Jn 16,8-11).

                No nos ha de extrañar que por eso mismo podamos contemplar la vida como una realidad acompañada por el Espíritu. No estamos solos/as. El Espíritu es nuestro acompañante permanente y lo es aunque no lo sintamos así, aunque nos parezca una realidad sin cuerpo, sin presencia, sin perfiles definidos. Aun en ese caso, no nos abandona, sigue con nosotros, nos sigue habitando. Profesar la fe en un Espíritu derramado en el corazón habría de hacernos más sensibles a la bondad, más equilibrados ante los palos que inevitablemente da la vida, más abiertos a la realidad de las personas, también habitadas por el mismo Espíritu.

                2. ¿Cómo va a acercarse la sociedad de hoy a esta realidad tan sutil del Espíritu? Quizá haya que decir que nunca Occidente se alejó del Espíritu, y solamente en apariencia es paradójico, como cuando abandonó el cuerpo. Por eso, para recuperar la realidad del Espíritu quizá haya que comenzar por recuperar el cuerpo. ¿Qué sería esa recuperación? Amar los cuerpos, la corporalidad, derramar ternura sobre nuestros cuerpos, tantas veces heridos, menospreciados, humillados. No se trata de ningún hedonismo que cuida los cuerpos en exceso (eso tampoco es bueno), sino de sentir ternura, piedad y amor para esta estructura corporal, débil y muchas veces inhumana, sin la que no podemos vivir y que es nuestro verdadero hermano, el hermano cuerpo. Tal vez por el lenguaje del cuerpo recuperado con humanidad podamos acceder a la realidad sutil del Espíritu.

                3. Una de las tareas apremiantes de las comunidades cristianas es recuperar la espiritualidad, la mística. Para ello, quizá haya que comenzar por recuperar la profundidad, para que no nos trague el torbellino de la superficialidad, nuestro gran y verdadero enemigo. Y luego, valorar la espiritualidad como un componente importante de la persona. Valorar todas las técnicas que nos llevan a ser más espirituales: el silencio, la reflexión, la lectura, la belleza, el diálogo sosegado, el compartir, la contemplación entendida como ahondamiento de la realidad. Recuperar la profundidad y la espiritualidad. Si no, viviremos una fe y una vida sin mística, sin jugo, sin raíces, sin trasfondos, mera superficialidad. Son consecuencias de profesar la fe en un Espíritu derramado en el corazón.

                4. La espiritualidad no es patrimonio de los cristianos, sino de toda persona, de cualquier religión que sea o sin religión. La espiritualidad es esa manera profunda, contemplativa, amorosa en definitiva de contemplar la realidad. Es vivir más de los valores de fondo que de modas, escaparates, superficialidades. La espiritualidad es, en el fondo, contactar con la realidad desde el corazón más que desde los meros sentidos. ¿Cómo vamos a restringir este hondo movimiento supeditándolo a la pertenencia a una pertenencia religiosa?

                5. Habría que preguntarse si consideramos personas espirituales no solo a quienes no son de nuestra religión, sino incluso a las personas no creyentes. Hay muchas personas en nuestro entorno que dicen no creer o que han abandonado de hecho la práctica religiosa. ¿Crees que tienen espiritualidad? Habla de algún comportamiento suyo que te parezca espiritual.

 

Para pensar:

 

•1.       ¿Cultivas técnicas de ahondamiento: lectura, reflexión, silencio, oración, paseo?

•2.       ¿Te planteas en serio el ecumenismo religioso y social?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

11

Creo en la Iglesia, comunión de los que se aman

 

                1. Es algo que siempre está presente en las comunidades cristianas: ¿somos una organización religiosa o somos una comunidad? ¿Somos una sociedad jerarquizada o somos una comunión? ¿Somos un grupo organizado o una familia? Plantearlo en forma de dilema quizá no sea lo más apropiado. Pero lo cierto es que la realidad está ahí: quien entiende, como siempre, que ser cristiano estar en un grupo religioso organizado y quien aspira a otro tipo de relación más comunitario. Profesar la fe en una Iglesia entendida como "comunión de los que se aman" es decantarse claramente por el segundo de los caminos.

                ¿Es posible el sueño de una comunidad de amor, así de claro? Por lo menos es lícito soñar. Hay raíces en el Evangelio, porque Jesús dice que "uno es vuestro Padre y todos vosotros sois hermanos" (Mt 23,1-12). Porque la práctica de la primitiva iglesia fue hecha en clima de igualdad, colaboración y calidez relacional (ver Rom 16). Es el sueño que mantienen aún no pocos creyentes: "Nadie es en la iglesia más que nadie, a no ser el más pequeño, el excluido del sistema, ni nadie es menos: todos son hermanos, no como un orden que marca de manera autoritaria el lugar de cada uno, sino como una comunión donde todos tienen y comparten la palabra" (Pikaza).

                ¿Por qué es tan difícil llegar a niveles interesantes de comunión y de amor? Porque obran en las personas, en los creyentes, los mecanismos del poder, de la ambición, del dominio, de la supremacía. Si esos mecanismos no están controlados, construir un tipo de relación distinto será muy difícil. Siempre ha ocurrido esto en la comunidad cristiana. Ya en la carta 3 de Juan nos encontramos con uno, Diotrefes, que se ha apropiado de la comunidad, hecha puyas malignas contra quien le contradice, tiene un desmedido afán de dominio y excluye a quien no piensa como él. La comunión fraterna, según este texto, no puede estar hecha sino de sinceridad, lealtad y solidaridad.

¿Si esto ha sido así desde el principio, a qué soñar en un tipo de comunidad distinto? No hacerlo sería traicionar el sueño de Jesús y confesar de palabra lo que luego no hacemos en la práctica. Sería una hipocresía. Por eso, confesar una iglesia de comunión de amor conlleva el afán explícito de colaborar a un cambio radical en la relación entre cristianos. Si no, lo nuestro son, al menos, palabras vacías.

2. Muchas personas ajenas a la vida cristiana no nos perciben como una comunión de amor, sino como un avispero de facciones, disputas, controversias, descalificaciones, etc. Quizá no valoran la pluralidad, que es cosa importante. Pero no les falta razón cuando dicen que nadie más desunidos que los cristianos. Tiene que ser un motivo de reflexión y un acicate para el cambio. La comunidad cristiana ha de dejarse de tanta espiritualidad vacía y comenzar por lo más elemental: el diálogo, el respeto, la colaboración, el consenso. Como esta clase de valores no funcionen, pensar en una iglesia de comunión es poco menos que imposible.

3. En el seno mismo de nuestras comunidades cristianas, parroquiales, religiosas, diocesanas, etc., se necesita un tipo de relación más cálido. Hemos construido un tipo de iglesia donde la calidez, la amistad, la relación directa, el conocimiento de los caminos y necesidades del otro, no son realidades imprescindibles para pertenecer al colectivo cristiano. Y, sin embargo, sin esos elementos, la relación, además de jerarquizada, resulta fría, poco gratificante y hablar de una iglesia de comunión, de hermandad, de disfrute sencillo, no es cosa fácil. Una fe vivida y creída en el marco de la comunión empuja a mirar en la dirección del otro, no para avasallar sino para situar al hermano en el horizonte de mis propias preocupaciones.

4. Este tipo de planteamientos nos lleva otra vez a la pregunta de dónde ponemos realmente el acento cuando hablamos de religión. A veces el acento está puesto en la práctica religiosa, en los comportamientos morales, en las tradiciones religiosas o en pequeños comportamientos que tienen que ver con costumbres heredadas. De esas minucias hacemos, a veces, caballo de batalla. Pero, en realidad, ahí no está lo importante, aunque hayan de ser cosas a considerar. Lo importante está en el tipo de relación a la que nos va llevando la adhesión a Jesús. Si esa relación crece en humanidad y amor, vamos por buen camino. Si eso no fuera para nosotros lo importante, estábamos errados.

5. Cuando se profesa la fe en una iglesia-comunión es preciso preguntarse con tenacidad y sosiego a la vez: ¿cómo ir construyendo una comunidad cristiana de gentes que realmente se conocen y se aman? Cualquier paso que se dé en esta dirección, por sencillo que sea, es interesante. Quedarse impasible, es retroceder.

 

Para pensar:

 

•1.       ¿Qué haces para vivir en comunión real con la sociedad de hoy?

•2.       ¿Te preocupa la estructura eclesiástica o la comunión?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

12

Manifestación viva de la caridad

 

                1. La palabra "caridad" no tiene buena prensa. La gente dice: queremos justicia, no caridad. Como si aquella no fuera envuelta por ésta. Lo cierto es que profesar la fe en una Iglesia que es manifestación viva de la caridad no suena muy allá va. Y sin embargo, en ese adjetivo "viva" quizá esté la solución. Porque la caridad ha sido paternalista, impositiva, condicionante, despectiva incluso. Y, claro, eso no hay quien lo trague hoy. ¿Y si fuera una caridad "viva"? ¿Qué es eso? Ante todo algo que parte de la convicción de que el dolor del otro no me puede ser ajeno; algo que brota de la base ética de la dignidad que se otorga a toda persona; algo que busca, ante todo, humanizar, no cristianizar; algo que tiene por absoluto a la persona y su necesidad, no tanto a la idea religiosa de Dios. Una caridad con esos ingredientes no sería humillante, sino llena de vida, de posibilidades.

                Caridad y misericordia son realidades muy próximas. Cuando Jesús quiere hacer ver lo que es el ser humano cabal cuenta la parábola del buen samaritano... Pues bien, ese ser humano cabal es aquel que vio a un herido en el camino, re-accionó y le ayudó en todo lo que pudo. No nos dice la parábola qué fue lo que discurrió el samaritano ni con qué finalidad última actuó. Lo único que se nos dice es lo que hizo "movido a misericordia". El ser humano cabal es, pues, el que interioriza en sus entrañas el sufrimiento ajeno -en el caso de la parábola, el sufrimiento injustamente infligido- de tal modo que ese sufrimiento interiorizado se hace parte de él y se convierte en principio interno, primero y último de su actuación. La misericordia -como re-acción- se torna la acción fundamental del hombre cabal.

                Quizá esta espiritualidad pueda ser base para entender que la colaboración a una obra de acción social es una exigencia de la fe, del mismo Evangelio. Una lectura espiritual (espiritualista, a veces) del Evangelio nos ha llevado a creer que éste era un libro religioso, pero no hay tal. El Evangelio, el proyecto, el sueño de Jesús, es, más bien, de componente social, relacional. Lo que él llamaba "reinado de Dios" tiene que ver con cambios de estructuras sociales, la nueva fraternidad, la sociedad de hermanos, el mundo de relaciones nuevas. Esto no puede dejarse a la libre voluntad. No, según el conocido texto de Jn 13,34-35 el amor define a la comunidad de seguidores. Si no tiene este cimiento, carece de sentido. La recuperación del lugar social es decisiva para entender la fe en maneras renovadas. Únicamente desde esta clase de planteamientos, o similares, podremos hablar de una caridad "viva".

                2. A nadie se le oculta que para una gran parte de la sociedad lo religioso ha entrado en descrédito. La iglesia es en España la institución menos valorada, por detrás de sindicatos, gobierno e incluso el ejército. Pero, por otra parte, no son pocas las personas que valoran a quien hace obra social por motivos creyentes: misioneros/as, voluntarios, gente solidaria, cooperantes, etc. El lenguaje de una fe social es hoy escuchado con aprecio por nuestra sociedad. ¿No está eso indicando un camino? ¿No sería un lenguaje más fácil de ser escuchado por colectivos, como la juventud, que se están definitivamente descolgando del hecho cristiano?

                3. A la luz de esta clase de planteamientos, nuestras comunidades cristianas tal vez tengan que analizar su situación y ver si no tienen que llegar a un mayor equilibrio las fuerzas, recursos e ilusiones que se emplean en el campo de la doctrina y en el de lo social. Cualquier parroquia vierte muchos más recursos, personales y hasta económicos, en la catequesis, celebraciones, sacramentos, difusión del mensaje que en solidaridad, grupos de voluntariado, proyectos sociales, etc. En la mayoría de las comunidades cristianas hay un desequilibrio entre ambos componentes, cuando no una única opción, la religiosa. De acuerdo con los parámetros del Evangelio y de los otros escritos del NT es por el segundo de los componentes, el social, por el que las comunidades y los creyentes a nivel personal tendrían que distinguirse. Esa es la "caridad viva" que profesamos.

                4. Tal vez esté llegando la hora que en los cristianos nos planteemos personalmente si, por exigencias de la fe, no deberíamos colaborar en algún tipo de voluntariado social o, al menos, parroquial. Una fe que no va llevando a esta clase de compromisos cómo va a poder llamarse "caridad viva". La pequeña limosna que damos en fechas señaladas es un mero signo externo pero puede ser que no nos lleve a esa caridad viva. Es preciso dar un paso más si se quiere ser un cristiano actualizado, coherente, presentable. Es preciso animarse a dar un poco de uno/a mismo/a, de su tiempo, de su apoyo, de su plan de vida. Mientras no lleguemos aquí, la caridad no aparecerá como "viva", sino como religiosa. Y eso, parece, cada vez tiene menos futuro.

                5. Quien es voluntario de algo podría decir su experiencia al respecto. Quizá con las experiencias de otros nos animaremos más. En general el voluntario/a experimenta la profunda satisfacción de acompañar la vida de otros y de aportar algo al caudal humano. Las exigencias indudables de esta postura son, con frecuencia, bien asimiladas por el gozo al que llevan.

 

Para pensar:

 

•1.       ¿Cómo elaboras tu participación personal en el tema de las pobrezas?

•2.       ¿Cómo equilibrar en tu parroquia los esfuerzos dedicados a la catequesis y a la solidaridad?

 

 

 

 

 

 

13

Servidora de los hombres y mujeres

 

                1. De Jesús lo ha tenido que aprender: "yo estoy en medio de vosotros como quien sirve" (Lc 22,27). De él tiene que aprender que, más allá de cualquier ironía, si uno quiere ser "primero", entre quienes creen en Jesús, habrá de servir a todos, habrá de creer no solamente en Jesús como un Dios, sino en uno que sirve. Por eso, profesar la fe en uno que sirve es aprestarse al servicio. Decir que se cree en un Jesús que es Dios y no entender y vivir en línea de servicio al otro, es no creer. El Evangelio no nos demanda una fe de tipo ideológico, sino práctico, vital: creer en Jesús es creer en uno que sirve; por eso, si sirves crees y si no sirves no crees.

                Más aún, como queda bien claro en Jn 13,1ss (el lavatorio de los pies), el servicio a la persona es la "ley" que fundamenta a la comunidad. Es decir, una comunidad cristiana es tal comunidad en la medida en que es una comunidad servidora, no en cuanto que es un grupo de personas que tiene ideas comunes. Hay que percatarse dónde hemos puesto el acento los creyentes: a veces en normas, dogmas o, incluso, en cuestiones secundarias de tradiciones religiosas, en pequeños ritos, en costumbres muy discutibles. En eso hemos puesto el énfasis y de eso hemos hecho nuestras señas de identidad. El Evangelio dice claramente que conocerán que somos discípulos de Jesús en el amor, en el servicio. Ésa es la verdadera y única seña de identidad. El resto es muy relativo. Algo nos ha pasado que hemos derivado a lo secundario dejando de lado a lo importante. Es preciso hacer un esfuerzo por volver al cauce principal.

                Más aún, si queremos que la sociedad nos mire, nos atienda, nos respete incluso, no lo vamos a lograr por la imposición, por el orgullo, por la fuerza, por el discurso imperativo, por la relevancia social. Quizá por este camino del servicio real, fraterno, humilde, colaborador, respetuoso, paciente, lograríamos mucho más, ser aceptados, escuchados y, quizá, compartidos. El obispo J.Gaillot fue tajante en su juicio: "Una Iglesia que no sirve, no sirve para nada". Y algo de esto es verdad. Por eso, el examen principal que un creyente tiene que superar si sirve o no; el resto, por necesario que sea, es relativo. Y si supera el examen del servicio, ha superado el examen del Credo, de la fe confesada. Si no, todo queda entre interrogantes.

                2. Servir presupone cuidar. La sociedad de hoy no aceptará una propuesta de servicio si no se hace cuidando, con cuidado, con amor respetuoso. Cuidar no es solamente un acto, unos actos puntuales. Es una actitud, un talante, una manera de mirar al otro. Para servir hay que avanzar en la espiritualidad del cuidado. Ésta no es otra sino aquella que ve en toda persona, en toda realidad, algo estupendo que merece ser tratado con todo respeto y atención. Es una espiritualidad que tiene fe en los detalles como camino para acercarse al corazón del otro. Cuidar a la persona, a las cosas, es requisito imprescindible para animarse a servirla, ya que cuidado y servicio se entremezclan. Si no avanzamos en la espiritualidad del cuidado el servicio se nos hará siempre difícil, cuesta arriba, pesado, sin sentido y, a la larga o a la corta, lo abandonaremos.

                3. ¿Cómo habría llegar la comunidad cristiana ser una comunidad servidora? Quizá haya que comenzar por intentar ser una comunidad más abierta, más acogedora, más "ecuménica". En la apertura, de mente, de corazón, de vida, está mucho del secreto del servicio. Una persona, un grupo, cerrado, intransigente, fanático, no puede servir. Se sirve a sí mismo. Es preciso flexibilizarse, salir de posturas rígidas que se mantienen como aprioris necesarios. No quiere decir que todo dé igual, que no importen las cosas, que haya que pesar de todo. No. Se trata de ponerse en la situación del otro, de situarse en los valores del fondo, de mirar con benignidad a los caminos extraños de las personas y, desde ahí, tratar de entender, acompañar y amar. El resto irá viniendo por su pie. Nuestros tiempos están amenazados de fanatismos de todo tipo, también del fanatismo religioso. Es preciso sortearlo si se quiere profesar la fe en una comunidad cristiana

                4. Todos los cristianos/as, por razones de Evangelio y de fe común, hemos de aspirar a ir construyendo en nuestra vida un talante servidor. ¿Cómo lograrlo? Siempre hemos creído, desde niños, que "más es arriba". Es decir, que cuanto más alto estás, cuanto más puedes, cuanto mejor situado económicamente estás, cuanto más considerado eres, eres más. Estar arriba es una aspiración del corazón humano, aunque estando arriba no se es más humano. El Evangelio dice que "más es abajo", es decir, que puedes ser feliz sirviendo, apoyando, amando, entregándote. Algo nos dice dentro que no, que quien se sitúa "abajo" es menos. Pero el Evangelio es terco y viene a decirnos: si te sitúas abajo, si sirves, si acompañas, si amas sin pedir siempre algo a cambio, comprobarás si eres "más" o "menos". Quienes profesamos la fe en una Iglesia servidora habríamos de ser los primeros en hacer la prueba, en comprobar si el Evangelio funciona o no.

                5. A un colectivo a quienes más deberíamos servir, por su indudable necesidad, son los débiles sociales, aquellas personas que tienen todos los derechos y algo más no por su bondad, sino por su necesidad. Discapacitados, ignorados, tenidos en menos, con menos recursos, etc., habrían de ser personas miradas con ojos de aprecio y amparo. Por eso mismo, por causa de nuestra fe en el servicio, tendríamos que apoyar a todas las instancias sociales y políticas que potencian los servicios sociales y ser críticos con quienes los recortan. Así se concreta la espiritualidad del servicio.

 

Para pensar:

 

•1.       ¿Sirves realmente o te sirven?

•2.       ¿Crece tu parroquia en servicios sociales o decrece?

 

14

Creo que, al final, todos celebraremos la Pascua definitiva

 

                1. Creer en la Pascua definitiva supone hacerlo en la Primera Pascua, aquella en que Jesús venció a la muerte. Creer en la resurrección como Pascua es tener por cierto (se trata de certezas, más que de verdades) que la dicha es la finalidad de la vida (por limitada que esta sea) y que la fraternidad es el horizonte de lo creado. Si esto nos parece "inservible", nuestra fe en la resurrección será una idea que no moverá absolutamente nada de nuestra vida, que no nos subirá una pulsación. Creer en la Pascua es, fundamentalmente, creer que pertenecer a esta aventura de lo humano, por modesta que sea, es una suerte. Píndaro decía que la vida es la sombra de un sueño y Aragón que era algo entre dos mareas.  Algunos dicen que el camino humano es un tránsito de una inexistencia a otra inexistencia. Quien cree en la Pascua disiente y piensa que, por muy frágil que sea esta vida, no caminamos a la nada, sino hacia el amor de Jesús; no somos sombra que se desvanece sino proyecto del amor del Padre que se cumple; no somos un paréntesis entre dos instantes, perdidos en el universo, sino una realidad que es amada, acompañada y querida por Jesús y por el Padre. Hay quien piensa que esto es todo fantasía. Pero, si es así, creer en la Pascua, en este hermoso paso (de Jesús y nuestro), se hace imposible.

                Quizá nos ayude el reflexionar en que el famoso paraíso terrenal, el lugar de la dicha plena, nunca ha existido al principio. De existir, estará al final. La fe en la Pascua nos dice que el camino que nos lleva a ese paraíso del final no es una quimera, un camino sin salida, una senda sin destino. Al final se encuentra el gozo definitivo. Es necesario aún que la muerte vaya tejiendo, inexorable, su alfombra. Pero algún día, la luz brillará sobre todos y el sentido de nuestro caminar aparecerá claro. Entonces comprenderemos que hemos caminado en dirección a final de plenitud y de dicha. Por eso decimos que Dios está mucho más preocupado por nuestra dicha que nuestro pecado. Porque el final no es el pecado y su castigo, sino la misericordia y su dicha.

                ¿Es esto huir de la cruda realidad? ¿Es, como se ha dicho tantas veces, una manera de huir, de no afrontar la dura responsabilidad de pertenecer a esta historia? Tiene ese peligro, pero se lo puede sortear. Muy al contrario es cultivar la utopía, el sueño, el anhelo, la certeza para andar con más intensidad, con más sed de justicia, la senda de la vida y su duro trazado. Quien entiende bien la Pascua del final es quien tomar en serio su presente con toda su carga, con toda su posibilidad de dicha, con todas sus promesas. Si la fe en la Pascua nos aleja de la historia, de la vida, del trabajo, del afán por lo justo, algo no estamos entendiendo bien. Si, por el contrario, el ánimo brota en nuestra vida, el gozo se sobrepone a la tristeza, la debilidad queda asumida por la fuerza, la misericordia engloba a la justicia y al mal, es entonces cuando, tal vez, estemos entendiendo qué es creer en una Pascua al final, definitiva, honda, amada, regeneradora.

                2. Es por eso que quien cree en la Pascua definitiva alberga la certeza de que el amor del Padre salva a todos, toda realidad, porque ese amor suyo es más fuerte que cualquier muerte. Hace tiempo que quedó varado en el camino aquello de que fuera de la Iglesia no había salvación. Ésta se derrama, como el Espíritu, por todas partes, de formas múltiples, de todas las maneras. Por eso, por caminos que ignoramos, intuimos que la fuerza de la Pascua engloba a toda realidad histórica, más allá de su debilidad moral. ¿Cómo se conjuga salvación y justicia, misericordia y perdón pleno, acogida y responsabilidad ineludible? No lo sabemos muy bien, pero algo nos dice que tiene que haber una forma, que el amor del Padre la ha encontrado. Por eso, afirmar que todos se salvan no es dejar impune a la injusticia y menos olvidar a la víctima de cualquier modo. Pero el amor hondo e imaginativo del Padre (incomparablemente mayor que el nuestro) ha tenido que inventar alguna manera de hacer posible que toda criatura, después de sus, a veces, muy extraviados caminos, llegue al disfrute para el que fue creada.

                3. Por todo esto, las comunidades cristianas tienen la suerte de poder celebrar anticipadamente esa Pascua del final. Lo celebran en el recuerdo vivo del resucitado, en la fe común que anima a creer en una Pascua plena, en los múltiples gestos que hacen aumentar el caudal de dicha entre los humanos, en las maneras benignas y fraternas de leer los caminos de la vida. El buen corazón es el mejor lenguaje de la Pascua definitiva, la verdadera manera de creer en este "artículo" del credo.

                4. Hemos de aprender a celebrar ya la Pascua; hemos de cantar los humildes logros del camino humano; hemos de poner sobre la balanza las cosas positivas de las que están tejidos nuestros días; hemos de maravillarnos, una y mil veces, de que la bondad y la belleza sigan surgiendo entre nosotros; hemos de agradecer el consuelo, el ánimo y el abrazo que sea dan a los humildes para reconfortarse; hemos de valorar los signos de solidaridad y humanidad que surgen en nuestra sociedad. Son los anuncios, modestos pero necesarios, de lo que será la Pascua definitiva.

                5. Es preciso dar mejor tono, más celebrativo, más festivo, más amable, más sosegado a nuestras expresiones de fe, a nuestras celebraciones, tan frías, tan silenciosas, tan aburridas, tan rutinarias. Otro tono. ¿Cómo hacerlo?

 

Para pensar:

 

•1.       ¿Eres persona de utopía o te ciñes a lo que hay?

•2.       ¿Te preocupa que tu parroquia sea vista en el pueblo (en el barrio) como un lugar de bondad humana?

 

 

15

La vida en plenitud

 

                1. No podemos hacernos a la idea de qué es creer en una vida plena. Como sentimos que tenemos la vida a cuentagotas, que hoy somos y mañana no, que hoy estamos bien y mañana podemos estar al borde del abismo, se nos hace difícil siquiera imaginar qué puede ser una vida plena. Por eso Jesús se ha hartado de decir que lo suyo era dar vida definitiva porque otros han dado vida a cuenta gotas pero, al final, también han terminado. Jesús dice en Jn 5,21 que él levanta a los muertos dándoles vida definitiva porque los ama. Si se sostiene a un muerto y lo pone erguido, se puede llegar a creer que tiene vida. Pero a nada  que se deje de sostenerlo, el muerto vuelve a caer, inerte, a tierra. Jesús levanta a los muertos dándoles vida definitiva; no vuelven a caer, son autónomos y gozosos, tienen las posibilidades intactas, multiplicadas. No nos imaginamos qué pueda ser una vida definitiva pero, por oposición a la que tenemos, tan marcada por la limitación, imaginamos algo hermoso y bello. Pues bien, creemos en esa vida plena no únicamente como un anhelo, como un sueño, como un suspiro que se evapora enseguida. Creemos como una promesa de Jesús y como una certeza de la comunidad de creyentes. Pensarán muchos que no es buena época para alimentar esta clase de sueños. Pero sin ellos, ¿qué es el camino humano, sino un ciego andar no se sabe muy bien a dónde? ¿No es quitarle lo más puro que tiene, su alma, su sentido, su ilusión?

                El mismo Evangelio dice que soñar la vida plena, que creer en ella, no es una vanidad porque Dios ha sembrado en toda persona, en toda realidad ese anhelo, esa "capacidad" para ser hijos, para la dicha total. Hasta en los seres más inertes habita esa dicha; hasta en la persona más vacía y más resentida no muere del todo la chispa del gozo; hasta en el más desesperado y deprimido puede brotar una sonrisa si media el amor. Si esto no fuera cierto, el amor del Padre sería una realidad sin fuerza, sin empuje, sujeta y esclava a la limitación y a la tristeza. Por eso él ha sembrado a manos llenas, en los surcos más profundos, esa semilla de la plenitud. Otra cosa es si las personas estamos dispuestas o no a cuidar, alimentar, afanarse en torno a esa semilla para que fructifique en toda su potencia.

                Un poema que se atribuye a Borges comienza diciendo: "He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer: no he sido feliz". Puede parecer excesivo, pero es verdad: la infelicidad es el fracaso de lo humano; la imposibilidad de plenitud su mayor infierno. Por eso, todo lo que contribuya a ir haciendo más plena, más dichosa, con más contenido esta vida será la mejor manera de decir que creemos en un Jesús cuya obsesión ha sido, como la del Padre, sembrar en el campo de nuestra vida la semilla de lo pleno.

                2. La objeción brota pujante: ¿plenos en la limitación? Quizá no, porque la debilidad nos atenaza. Pero ésta no puede ser impedimento para el sueño, para caminar en esa dirección, para ir orientando la existencia hacia ese horizonte. Con eso, por poco que nos parezca, ya habríamos conseguido mucho. Hay que comprender a quien sucumbe al peso de la limitación y del dolor, porque éste puede llegar a quebrarnos. Pero dichoso/a quien mantenga, por encima de sufrimientos, el sueño hermoso de una vida mejor, de unos días más luminosos, de unos abrazos más cálidos. A ésa persona Jesús le diría aquello de "no estás lejos del reinado de Dios" (Mc 12,34).

                3. La comunidad cristiana que cree en la vida plena, en la semilla de dicha sembrada por el amor del Padre, ha de hacer un esfuerzo explícito por vivir y mostrar una fe gozosa. Es proverbial la tristeza que envuelve a la vida cristiana; es hosco el rostro y los ademanes de quienes celebran misterios de comunión y de vida; parece impropia la alegría a la hora de manifestar la adhesión a Jesús cuando él es el mayor gozo de la historia para nosotros; nos resulta más fácil adherirnos a la cruz que a la resurrección. Es preciso cambiar alguna clavija,

                4. Quizá sea difícil toda esta espiritualidad si los cristianos no vamos elaborando una espiritualidad del disfrute y del placer. Hasta la palabra misma ha sido muchas veces estigmatizada. Pero una vida sin placer no solamente es algo insufrible, es además una realidad que habla difícilmente del Padre y de Jesús que quieren para la creación una vida plena. Porque, ¿cómo vivir una vida plena alejados de la alegría, con el alma encogida, con las lágrimas como único campo de actuación?

                5. Dice Sábato que estamos tan confundidos que "estamos tan desorientados que la felicidad es ir de compras". En realidad, mucho del secreto de la dicha radica en cosas sencillas: un café tomado en buena armonía, un encuentro con diálogo, un paseo acompañado, una obra de arte, una música que llega dentro, un silencio que sosiega, un corazón que se siente amparado, una pequeña ayuda que habla del amor que se tiene al otro y del respeto que se merece. Los gozos cotidianos son el lenguaje de la fe en la vida en plenitud.

 

Para pensar:

 

•1.       ¿Amas la vida disfrutando hondamente de ella?

•2.       ¿Cómo se acerca la parroquia a quienes la vida trata peor?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

16

Convocados por Cristo en el amor

 

                1. Profesar la fe cristiana es, en definitiva, hacer una profesión de amor, creer que lo que va a quedar es el amor y pensar que orientar toda la vida en la dirección del amor es haber acertado. Por eso mismo, la calidad de la fe no se mide por la fuerza de las creencias, sino por la densidad del amor. En la medida en que se ama, se cree en Jesús, si el amor es difuso, débil, poco apreciado, aunque se tengan bien arraigadas las creencias, la fe es débil. Es útil y necesario que la profesión de la fe nos recuerde cada domingo la primariedad del amor, su centralidad, su ser fuente de la vida cristiana. Así se frena, modera y reconduce esa tendencia del hecho religioso a poner el acento donde no está lo importante.

                El amor que profesa la fe cristiana es un amor que proviene de la convocación de Jesús: Él nos convoca al amor. Al decir que él es quien nos convoca estamos afirmando que no somos nosotros quienes estamos en el fondo del hecho de creer. Quien convoca es quien está al frente y da sentido a una reunión, a una asamblea. Jesús nos convoca. El sentido es él, la razón viene de él, la orientación la pone él a través del Evangelio. Apropiarse de su convocación deja sin sentido a la comunidad cristiana. No estamos en la fe, no celebramos, no venimos a la parroquia para dar gusto al cura, para que él esté contento, para que la parroquia tenga brillo y notoriedad. Venimos por Jesús, él nos llama y por él venimos. No tendríamos que alejarnos de la comunidad cristiana por sus debilidades. Mientras Jesús nos llame (y él siempre nos llamará) hay razón para acudir a la llamada

                Y nos convoca al amor, no a las ideas, no a la organización, no a la militancia, no a los planes religiosos. Nos llama al amor, porque el Padre ha sembrado en las personas (en las criaturas incluso) la vocación al amor. Una fe que no ayuda acrecer en amor, no sirve desde el punto de vista cristiano. Porque al final de todo, la medida real de nuestra fe será el amor. Y si la vivencia cristiana, del modo que sea, no nos ha llevado a crecer en el amor, hay que decir que es una fe que ha fracasado. Y tengamos por cierto que el peligro de fracasar en esta orientación decisiva y elemental es real, nos amenaza en nuestro caminar humano. Por todo ello, hay que decir que es verdadero creyente quien llega a amar de verdad, con desinterés, sin esperar siempre que se nos pague y agradezca. El amor gratuito, generoso, solidario, es la marca, la señal por la que se reconoce a quien ha entendido no de Jesús ("En esto sabrán que sois discípulos míos, si os amáis...": Jn 13,35).

                2. Gandi, ya lo hemos dicho antes, solía hablar de la fuerza política del amor. Ningún partido político incluirá esto en su programa electoral. Pero, en realidad, el amor tiene un formidable potencial de transformación social: el amor puede cambiar el horizonte y la práctica concreta de las relaciones humanas. Por eso, un Credo religioso que se asienta sobre el amor va en la dirección de la construcción de la sociedad. Cuando vemos que no resulta fácil el encaje de las religiones con la sociedad civil, hay que reafirmar que, desde la perspectiva del amor, esa conexión es fácil, porque el amor trabaja en la dirección del bien de la sociedad, de la felicidad de las personas. Un credo a favor de la sociedad; ése es el Credo de la fe cristiana.

                3. Si el amor ha de ser el distintivo de la comunidad cristiana en la sociedad, habrá que dotar a ese amor de unos contenidos sociales explícitos. El amor que viene de la fe (como ésta misma) ha tenido siempre el peligro de diluirse en maneras de amar que no se concretan en nada. Un amor inconcreto no es amor. Por eso, el amor que dimana del hecho de creer (como todo amor) ha de tener un rostro concreto. Si damos contenidos sociales a nuestra manera de amar por causa de nuestra fe habremos dado un gran paso. ¿Cuáles son esos contenidos sociales? Un amor solidario, un voluntariado cada vez más intenso, una preocupación real por quienes andan en los márgenes, una integración deseada en organizaciones que buscan el bien de las personas, una economía orientada a las pobrezas, una creciente generosidad de cara a quien anda mal. Como el amor no tenga este tipo de rostros, correrá siempre el riesgo de quedar en un fervor espiritual que no tiene contenido.

                4. Profesar un Credo que apunta en definitiva al amor es renovar la verdadera vocación, personal y creyente, a la que todos/as estamos llamados/as. Esa vocación no es otra que el amor. Una reducción del término y de la práctica religiosa nos ha llevado a creer que tener vocación es aprestarse a ser cura, fraile o monja (o casado/a, ampliando la cosa). Pero, en realidad, nuestra vocación primordial, elemental, básica, central por lo tanto, no es otra que el amor. A esa vocación hemos sido llamados y llegar a ella sería el triunfo. Desde ahí será preciso entender y enfocar el éxito de nuestro camino cristiano.

                5. Quizá una buena concreción final sea precisamente animarse a amar a quien nadie ama. Hay muchas personas en nuestro derredor que, por una causa o por otra, arrastran déficits de amor (además del que todos solemos llevar). Pues bien, animarse a estar cerca de ellas, abrazarlas cuando nadie las abraza, consolarlas cuando no hay consuelo para ellas, acompañarlas en su soledad social, etc., he ahí el camino bueno del amor en obras que es la verdadera vocación de quien profesa un Credo que apunta al amor.

 

Para pensar:

 

•1.       ¿Moderas la tentación de ser el centro de la convocatoria a la fe?

•2.       ¿Cómo es tu discurso catequético y tu acción pastoral en materia de amor?

 

 

 

 

 

Conclusión

 

                Hemos recorrido, uno a uno, los contenidos del Credo que se recita cada domingo en algunas parroquias. Habría de llevarnos no solamente a apreciar más esta hermosa plegaria, sino, sobre todo, a hacer más nuestra la fe que profesamos, a hacerla más adulta. El éxito de camino cristiano es crecer en adultez. Para ello, apropiarse espiritualmente del credo es un buen camino.

                Más adulta y más gozosa, porque una fe que se vive sin gozo, rutinariamente, cansinamente, es una fe empobrecida. Gozo y credo son realidades compatibles, sobre todo cuando se profundiza un poco en el caminar cristiano. Creer no habría de ser una pesadez, algo de lo que uno se libra y se siente mejor, sino algo que, precisamente por que se ama, nos hace más ligeros, más saludables, más hermanos, más ciudadanos.

                Recitarlo en comunidad, reflexionarlo en comunidad (raramente recita el Credo una persona sola) habría de animarnos, aún más, a una fe común que apunta y se basa en el amor solidario. Podemos hacernos el hermoso favor de ayudarnos a creer, a construir un camino cristiano vivo.

                Por eso, de una manera u otra, agradecemos a  nuestra comunidad cristiana las posibilidades que nos da para crecer en la fe. Agradecemos y queremos colaborar, de la manera que sea, a la construcción de una fe común adulta, hermosa, libre y actualizada.

Retiro en Navidad 2009

 

Retiro Navidad de 2009       

 

 

NAVIDAD: TIEMPO DE ABRAZOS

 

                En el "Libro de los abrazos" Eduardo Galeano dice que hay abrazos que se guardan toda la vida, abrazos inolvidables, sentidos y también de los otros, fríos, metálicos, abrazos que no debieron ser. Nunca olvidaremos el abrazo de una persona amiga, abrazo fuerte y contenido, un abrazo de despedida. Abrazos de pareja, de amistad, de despedidas, de reencuentros, de cariño, de protocolo. Abrazo cortos, largos, apretados, tímidos. Un abrazo es una forma de compartir alegrías, consuelo en el dolor. Un buen abrazo permite refugiamos en los brazos de otro,  aunque en ocasiones sintamos el vacío de no poder completar un abrazo, de no poder terminarlo, de dejarlo inconcluso en la memoria. Otros abrazos, fingidos, te envuelven de engaño escondiendo cuchillos. ¿Quién no necesita en algún momento de su vida guarecerse entre unos brazos llenos de ternura? Un proverbio dice que necesitamos cuatro abrazos diarios para sobrevivir, ocho para mantenernos y doce para crecer.

Y ahora resulta que una ONG catalana "vende" unas cajas sencillas, vacías, cuyos precintos dicen: 365 abrazos, 1.039 caricias, 1 kg de te quiero, etc. Con ello pretende dos cosas: decir que lo importante del regalo es el amor y que con esa "compra" se puede ayudar a niños enfermos (lo organiza el hospital S. Juan de Dios.

                Eso y aquel estribillo de una canción del grupo The Streets, que dice así: "Llegué al mundo sin nada. Me iré del mundo sin nada. Excepto amor. Todo lo demás es prestado" nos ha parecido suficiente para volver en este retiro sobre el tema de los abrazos, que es volver sobre el tema del amor.

                Puede que alguien se lo tome en plan blandengue. Pero los abrazos, sobre todo los abrazos que cuestan, no tienen nada de blandengue: tienen mucho de humano y aun de difícil. Por eso, en este retiro, mediado el Adviento pero apuntando ya a la Navidad (parece que en la calle no hay otra cosa) vamos a plantear nuestra vivencia de la Navidad como un tiempo propicio para los abrazos.

 

 

 

I. TIEMPO DE ABRAZAR

 

1. El abrazo de María

                Es abrazo propio de este tiempo de Adviento. Abrazo de mujer alegre y apurada, de mujer ilusionada y perpleja ante lo que ocurre, de creyente y de corazón que confía en un Dios que le ha llevado hasta esto. ¿Cómo prepararía paría sus brazos para acoger a lo que venía? ¿Cómo sus brazos serían la prolongación de su corazón cálido? Los brazos de María. Por qué no considerarlos, contemplarlos, amarlos. Ninguno como ellos acarició a Jesús. Ninguno con tanto amor. "Algo de Dios en ti había", solemos cantar en Misa...Y así era. Los suyos eran los brazos del mismo Dios. El calor de Dios pasaba al cuerpo de Jesús a través de ellos. Brazos de mujer humilde hechos para abrazar. Brazos que el mismo José abrazaría sabiendo bien lo que abrazaba.

                Nunca Jesús olvidaría sus abrazos. Cómo los echaría en falta en los momentos duros. Cuánto hubiera dado por sentirlos en la hora de la prueba. Abrazos de mujer creyente y buena, de madre que acompaña y alienta, de mujer que comparte, de vecina que consuela y alienta.

 

2. Los abrazos de Jesús

                Fue generoso con los abrazos. Muchos los experimentaron. Abrazó a niños, a mujeres, a viudas, a enfermos, a muertos incluso. Se prodigó en abrazos. Abrazó porque en aquel signo común se trasmitía a la persona el oculto abrazo del Padre. Cuando la gente era abrazada por Jesús sentía que algo de Dios pasaba a ellos. Por eso, cuando habló del Padre que persona siempre, habló de uno que acogió al pródigo con abrazos, besos y lágrimas.

                Nunca se avergonzó de sus abrazos. Más aún, cuando habló de la gran fiesta del cielo la entendió como una boda donde abundan los besos, abrazos y caricias. Y cuando habló del abrazo que Dios da a los pobres lo hizo abrazando a un chiquillo.

                Sin sus abrazos, su mensaje habría sido poco más que una doctrina y sus sueños poco más que una utopía inalcanzable. Pero sus brazos envolvieron todo ello de honda humanidad y por eso impactaba e impacta aún su propuesta.

 

3. Los abrazos de los pobres

                Con frecuencia no son abrazos agradables. Oprimen demasiado, huelen dudosamente, son ásperos, los rehuímos. Pero quizá sean abrazos verdaderos porque vienen del miedo, de la necesidad, del hambre. Alguna vez incluso pueden ser abrazos tramposos que ocultan su verdadera razón, que les demos algo. Pero raramente vienen de la violencia y del deseo de hacer daño sin más.

                También los abrazos de los débiles son abrazos amables, con mucho cariño, con desapego. No tienen nada que dar, más que amor. Y a veces lo dan con una generosidad de la que nosotros no somos capaces. Son abrazos, los de algunos pobres, que nos devuelven a la santidad original, a la bondad primera, a la sencillez elemental. No los despreciemos porque no vienen acompañados de un don económico valioso.

 

4. Los abrazos de los creyentes

                Quizá no sean numerosos. Nos abrazamos poco por el hecho de creer juntos, lo mismo, por celebrar los mismos acontecimientos de la fe. Nos abrazamos poco, por eso nuestras celebraciones son, a veces, frías, rituales, distantes. No hemos metido el abrazo en nuestra experiencia de Jesús, en nuestras maneras de vivir la fe. Quizá no lo hemos metido porque intuimos que abrazar es como dar el corazón. y ése lo tenemos a buen recaudo, porque no queremos que nadie sea dueño de él. Pero un corazón con dueño, como el de Jesús, es mucho más interesante que un corazón que nadie ha abrazado.

                En ningún plan de pastoral estará el fomento de los abrazos. Pero habría que ver qué resultados daba la cosa. En pocas parroquias se animará al fomento generoso de los abrazos, las caricias, los te quiero, pero habría que ver. No se trata de simplezas o de sentimentalismos de tres al cuarto. Se tarta de poner a la vista nuestro mejor valor, nuestro fondo más luminoso, nuestro trasfondo que nos ennoblece.

 

5. Los abrazos de la creación

                Casi ni nos los imaginamos porque no entendemos a la creación como "madre que nos sustenta y gobierna", como decía Francisco. El abuelo de Saramago, analfabeto, antes de morir quiso que sus hijos lo bajaran al huerto y él, uno a uno, iba abrazando los árboles que había plantado para despedirse de ellos. Sería analfabeto, pero había aprendido algo fundamental: el amor está en todas partes y en todas las cosas y lo que se ama hay que abrazarlo.

                Dejarse abrazar por la creación, por el aire, el frío, la lluvia, el mal tiempo de diciembre, la soledad de los campos, el silencio de los caminos, la luminosidad de una estrella, el rostro de una llena, las humildes criaturas que son los verdaderos "labradores" de nuestra tierra, trabajan para nosotros, no es poesía barata, sino la certeza de una evidente hermandad. Y entre hermanos, ¿por qué no abrazarse, por qué no mirarse con los ojos de dentro?

 

6. El abrazo de la sociedad, del mundo

                Es el abrazo de nuestra única familia. Es cierto que sus abrazos son, con frecuencia, más que abrazos zarpazos llenos de saña. Porque aún no sabemos controlar el Caín que hay dentro de cada uno; porque aún no hemos aprendido que ser hermano es la mejor garantía de prosperidad, de amor y de disfrute.

                Pero también proliferan en la tierra muchas personas que no se cansan de abrazar a los suyos, a los que no son suyos, a los hermosos y a quienes no lo son tanto, a los que tienen suerte y a quienes no tienen ninguna suerte. Son los abrazos de los segundos, sobre todo, los que desatan la ternura del corazón de Dios. Por ellos sabemos que estamos llamados a días de disfrute y de gozo.

 

II. EN NAVIDAD, ABRAZA

 

  1. Abraza a Jesús: No solamente a esa imagencita que damos a venerar después de las Misas del tiempo de Navidad. Abrázalo en unas celebraciones sentidas, deseadas, participadas, recogidas. No trasladar el bullicio navideño comercial a nuestras celebraciones. Buscar la más adecuada para tu momento de fe.
  2. Abraza a los pobres: Y ya lo sabes cómo: no te excedas. La austeridad tiene sentido como dique contra la ofensa a los pobres, además de que es de necios el insensato despilfarro. No te canses de repetirte que el techo de la fiesta no es el mucho y selecto comer y beber, sino en el mucho amor. Controla ese mundo y el mundo de tus regalos: regala tiempo, corazón, escucha, acompañamiento, atención, servicio, generosidad.
  3. Abraza a los creyentes: Vive lo que celebras. Hazlo con gusto. Participa. Estate dispuesto a colaborar si te lo piden. Mira bien a quien celebra a tu lado. Ten por una suerte el tener una comunidad. Felicita la Navidad a los de tu parroquia como lo haces con tus familiares queridos; deséale buen año.
  4. Abraza a la creación: No es Navidad tan mal tiempo para darse un pequeño paseo por un parque o camino, en soledad, disfrutando del silencio. Disfruta y felicita a la "madre tierra" porque de ella ha nacido Jesús y nosotros. Ten sentimientos de humanidad con ella. Eso nos hace más humanos. Toca las cosas, las criaturas humildes, felicítalas.
  5. Abraza a la sociedad, al mundo: Aunque te parezca que no lo merece, que te ha hecho muchas jugarretas, que te ha traicionado. Reconcíliate con tu presente para no amargarte y, si pudieras, con tu pasado para libertarte de un gran peso. "Abraza" a tus conciudadanos que pasa por la acera; diles "gracias" en tu corazón, aunque no sea con palabras.
  6. Abraza a María: Porque por ella podemos estar diciendo todo esto. Felicítale una y mil veces por su vientre colmado de dicha, por su fe fiel y por su entrega generosota. Felicita y abraza estas navidades a las mujeres que te ayudan y te acompañan, no porque sean mejores, sino porque son del género de María y les debemos mucho.

 

Conclusión: Nada de lo dicho tendría sentido si se interpretara como un fervorín sin raíces. Quizás las raíces tengamos que ponerlas nosotros/as en el silencio, en la oración, en el vibrar del fondo del corazón. Una mañana de silencio y de oración puede ser un buen momento para ello.

 

Retiro de Adviento 2009

 

 

 

 

Retiro Adviento 2009

 

 

 

¿QUIÉN ERES TÚ QUE AHORA LLEGAS

CUANDO TODO PARECE TERMINAR?

 

Introducción:

 

            El título de este cuaderno es un verso tomado de un poema de José A. Valente (Fragmentos para un libro futuro,  p.88). El poeta, por supuesto, lo aplica a otra persona. Pero nosotros lo dirigimos directo a Jesús. Ahora que parece que todo va acabando (el número de nuestros grupos, el vigor, las presencias, quizá la ilusión, en esta hora no fácil), ahora es cuando Él parece llegar. Ahora es cuando Jesús nos dice que siempre es buen tiempo para seguirle, que siempre hay posibilidad de disfrutar de su presencia, que siempre podemos crecer en adhesión. Ahora que en nuestra vida aparecen con más claridad las debilidades, las fisuras, las limitaciones, etc., ahora viene la persona, toda persona, a decirnos que hay caminos, que podemos reorientar nuestras fuerzas, que hay posibilidad de ahondar y de ser creyente en el mundo de hoy, que la fraternidad es más posible que nunca.

            Se nos pide, pues, el viejo "renacer de nuevo" de Jn 3. ¿Diremos, como Nicodemo, que es muy hermoso el reto pero imposible? Habría que borrar de nuestros labios y, sobre todo de nuestro corazón, ese vocablo. Porque la imposibilidad está, tal vez, en nuestros miedos, en nuestras comodidades, en nuestro no querer complicarnos, en la dificultad para lanzarse a la piscina de lo nuevo. Pero si superamos esa inercia, lo difícil puede ser, en parte, posible. "Con Dios todo es posible" (Mt 19,26). ¿Damos fe a este Evangelio? ¿O, al decir que no es posible, estamos diciéndonos que Dios no acompaña nuestro camino humano?  Ojalá no sea así.

            Podríamos enfocar el Adviento de este año como una llamada no a esperas ya acaecidas, sino como tiempo para desvelar la oportunidad que llama a nuestras puertas en estos tiempos de reducción. Esa oportunidad tiene un nombre, Jesús, y a punta a la posibilidad de una vida cristiana con sentido, valiosa, amparadora. Tendría que brotar el ánimo, la luz y el agradecimiento. Si eso ocurre, el Adviento habrá sido realmente tiempo favorable para nuestra fe.

 

1. De la mano de la poesía

 

            Vamos a "calentar motores" con un hermoso poema de José Jiménez Lozano que remeda el texto evangélico de Lc 13,6ss que luego comentaremos:

 

Diez años esperó que el árbol seco
floreciera de nuevo.
Diez años con el hacha aguzada y temblorosa,
pero el árbol sólo exhibía sus desnudos brazos,
la percha de la urraca y de los cuervos.
Cortóle al fin, y,
de repente, vio su corazón verde,
borbotón de savia; un año más,
y hubiera florecido.

 

  • Diez años esperó: Más que los tres del Evangelio. Una larga espera, porque las llamadas se escuchan en su momento.
  • Floreciera de nuevo: Porque el árbol está llamado siempre a florecer. Lo suyo no es acabar en leña para fuego sino, antes que nada, en flor de novedad. Como los árboles, nosotros llamados primero a la flor de la novedad.
  • Diez años con el hacha aguda y temblorosa: Con toda suerte de amenazas que se pueden conjurar. La única manera de hacerlo es poner cuanto antes a dar fruto, sacudir la pereza existencial que nos paraliza.
  • El árbol sólo exhibía sus desnudos brazos: Porque a fuerza de poner sobre la mesa únicamente las dificultades para una vida con contenido, se nublan las posibilidades que encierran nuestros días. Todo se contagia; la conciencia de posibilidad o de imposibilidad también.
  • La percha de la urraca y de los cuervos: Se van añadiendo a nuestra rutina, debilitamiento y parálisis todas las negatividades del momento. La única manera de conjurarlas es ponerse en una actitud creativa, acogedora, posibilista, animosa.
  • Cortóle, al fin: Es lo que hacemos en nuestro desaliento vital, echarse a la cuneta, dar todo por perdido, caer en el pozo del desaliento.
  • De repente vio su corazón verde: Porque siempre quedan posibilidades, soluciones, caminos abiertos, puertas que se franquean. Más de las que, a veces, pensamos. El bosque siempre reverdece.
  • Borbotón de savia: Posibilidad de trasmitir vida por cauces modestos. Borbotones, gran abundancia, latido de un corazón vivo.
  • Un año más, y hubiera florecido: El lamento inútil de quien ha malgastado la hermosura de su camino, la posibilidad que tenía en su haber, la fuerza que anidaba en su debilidad. Envolver de imposibilidad los caminos es hacer un guiño a la esterilidad.

 

 

 

2. La luz de la Palabra: Lc 13,6-9

 

Entonces dijo esta parábola: "Cierto hombre tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo halló. Entonces dijo al viñador: He aquí, ya son tres años que vengo buscando fruto en esta higuera y no lo hallo. Por tanto, córtala. ¿Por qué ha de inutilizar también la tierra? Entonces él le respondió diciendo: Señor, déjala aún este año, hasta que yo cave alrededor de ella y la abone. Si da fruto en el futuro, bien; y si no, la cortarás."

  • La higuera está plantada en una viña: algo roba a la viña la savia que necesita y, además, no produce fruto, es estéril. En El viaje de Jesús a Jerusalén hace éste un fuerte juicio sobre lo que ocurre en su tiempo: Israel está siendo esquilmado por una "higuera", símbolo de la institución legal. No tiene salida, es estéril y esteriliza al pueblo.
  • El plazo de tres años es la última oportunidad. Contra el texto: Dios da muchas oportunidades. Tiempo suficiente para poder dar un giro. ¿Por qué la higuera permanece en su esterilidad? Misterio de los negativos y extraños caminos de nuestra existencia.
  • El viñador interviene, la misericordia se vierte sobre la debilidad sin abandonar la responsabilidad. No es una misericordia sine die. Pero la prórroga y los cuidados (estiércol) dejan abierta la puerta a la posibilidad.
  • Más que temor, la parábola habría de producir ánimo, coraje, afán por encarar las situaciones de debilidad sabiendo que siempre hay posibilidades. Esta lectura va un poco "contra el texto" porque el marco de la narración es el extraño rechazo de Jerusalén.

 

3. Ahondamiento

 

            ¿Cómo hacer del Adviento ese tiempo bueno para descubrir la oportunidad que Jesús pone incansablemente en nuestra vida, incluso en tiempos como los nuestros. Vamos a dar unas pistas básicas:

a) Una nueva base antropológica:

 

            Para acercarse al meollo de toda acción relacional humana, y una unificación es una obra de relación de envergadura, es precio, tal vez, que vayamos cambiando las bases éticas. ¿Cuáles son estas bases? Tradicionalmente han estado asentadas sobre el parámetro bondad-maldad. Así se nos ha enseñado siempre: rodéate de buenos y huye de los malos. Pero la vida nos ha hecho ver que ni los buenos lo son tanto como dicen, ni los malos tanto como decimos. Por eso, tales bases éticas son equívocas. ¿Y si la base ética fuera la simple dignidad que lleva a la innegociabilidad de la persona? Tal ha sido la base ética de Jesús, tal como aparece en todas las páginas del Evangelio (p.e.: Mt 9,9-13 o Jn 8,1-11). Él se ha entregado a la persona porque, más allá de sus comportamientos morales, la ha considerado digna, fruto del amor creador del Padre. Por eso, no exige conversiones previas sino ánimo e ilusión para seguirle. Un Adviento nuevo sobre una base de comprensión de la persona nueva.

 

b) Un encuentro nuevo con el Jesús histórico

 

            ¿Cómo ha de ser un tal encuentro? Vamos a decirlo con un párrafo de Jon Sobrino que está cargado de novedad al preguntarse qué es lo que realmente impactaba y puede impactar hoy de aquel Jesús histórico hasta llegar a provocar ese encuentro en novedad al que aludimos.

"De Jesús impactaba la misericordia y la primariedad que le otorgaba: nada hay más acá ni más allá de ella, y desde ella define la verdad de Dios y del ser humano.

De Jesús impactaba su honradez con lo real y su voluntad de verdad, su juicio sobre la situación de las mayorías oprimidas y de las minorías opresoras, ser voz de los sin voz y voz contra los que tienen demasiada voz, e impactaba su reacción hacia esa realidad: ser defensor de los débiles y denuncia y desenmascaramiento de los opresores.

De Jesús impactaba su fidelidad para mantener honradez y justicia hasta el final en contra de crisis internas y de persecuciones externas.

De Jesús impactaba su libertad para bendecir y maldecir, acudir a la sinagoga en sábado y violarlo, libertad, en definitiva, para que nada fuese obstáculo para hacer el bien.

De Jesús impactaba que quería el fin de las desventuras de los pobres y la felicidad de sus seguidores, y de ahí sus bienaventuranzas.

De Jesús impactaba que acogía a pecadores y marginados, que se sentaba a la mesa y celebraba con ellos, y que se alegraba de que Dios se revelaba a ellos.

De Jesús impactaban sus signos -sólo modestos signos del reino- y su horizonte utópico que abarcaba a toda la sociedad, al mundo y a la historia.

Finalmente, de Jesús impactaba que confiaba en un Dios bueno y cercano, a quien llamaba Padre, y que, a la vez, estaba disponible ante un Padre que sigue siendo Dios, misterio inmanipulable".

Un Adviento que no se cansa de buscar caminos de experiencia más vibrante y llena con el Jesús de la historia. Así se podrá tener raíz para un planteamiento de novedad de fe en este tiempo nuestro.

 

c) Una experiencia nueva de comunidad

 

            Esa nueva experiencia tiene una clave: apertura. Toda clase de apertura: ideológica, de casa, de corazón, de proyectos. La manera de encontrar identidad ha sido, en otras épocas, el cerrarse sobre lo propio, el cultivo de los valores exclusivos, la creación de certezas desde lo distinto. Pero, por muchas razones, ha llegado la hora de tratar de encontrar identidad en lo común, en la colaboración, en la participación, en la unidad de lo diverso. Sin este "nuevo paradigma" no puede ser fácil apropiarse de una mentalidad comunitaria útil.

            En estos tiempos de "postcristianismo" podemos todavía comprendernos y vivirnos como un lugar de fraternidad, de acompañamiento. Desde el diálogo podemos hablar con todos, sin excluir a nadie. Esta posibilidad está a la mano: atrevimiento y creatividad para estar presentes, saliendo de nuestros territorios, cuidando nuestro estar y preguntándonos por lo que transmitimos, enrolándonos en lo de todos, aprendiendo a no dirigir siempre. Nadie nos quitará esta oportunidad. La persona que quiere ser hermana, crear comunidad, siempre tendrá un espacio, mil lugares de presencia y acompañamiento. La experiencia de una fe posible hoy viene dada en el molde la certeza de una comunidad creyente nueva. ¿Podremos acentuar esta certeza en el Adviento?

 

c) Una visión innovadora de la misión

 

            Entendida como algo más que un trabajo, aunque lo sea, y por ello haya que tomarlo totalmente en serio. Algo más que una manera de ganarme la vida o de justificar mi presencia en el hecho social. Todo esto no es poco. Pero la misión arranca de una adhesión a la persona por causa y al modo del amor de Jesús a ella. Si esa visión ahondada, amorosa, a la persona no anima el trabajo de misión, siempre tendremos el peligro de caer en un funcionariado, del tipo que sea.

Más aún, el origen de la misión en la vida cristiana es una realidad mística, tiene que ver con las opciones hondas de cara a Jesús y al padre. Por eso, aunque parezca excesivo, nuestras comunidades cristianas están llamadas, como apostolado primordial, a mostrar en modos "tocables" que Dios es sólo amor. Puede parecer que esto es algo etéreo, espiritualista, inverificable, de otra época. Pero dado que para muchas personas la realidad de Dios sigue siendo algo intragable ("Dios no es de fiar", dice Saramago), es preciso vivir un estilo de vida y de fe que hablen de un Dios del que uno/a se puede fiar. Habrá que reforzar estas certezas en el silencio del Adviento.

 

d) Una manera nueva de situarse en la sociedad

 

            Porque quizá hasta ahora nos hemos situado y nos han situado como gente religiosa, especial. Nos entendemos así y la gente nos entiende bien así. Pero eso nos circunscribe a un espacio muy reducido, al espacio de lo religioso, alejándonos, con frecuencia, del patio de vecinos que es la vida corriente.

            ¿Puede haber otra manera de situarse? Sí, como ciudadano cristiano que intenta vivir el seguimiento en comunidad. Ciudadanos cristianas, personas que están en la movida social, que participan de los avatares comunes de la gente. Personas que creen que la ciudadanía y la fe no están en colisión y que la segunda aumenta el beneficio de la primera. Y, además, que tienen una forma de vivir su ciudadanía cristiana: en el marco y paradigma del Evangelio.

            Esta manera de situarse es la que, quizá, puede contribuir a hacer ver que es posible superar el sentimiento de que el Evangelio, las mismas bienaventuranzas, han fracasado en nuestra sociedad. Desde planteamientos de alejamiento y peculiaridad religiosa es muy difícil hacer ver esto. Desde unos determinados modos de ciudadanía quizá sea más posible.

 

4. Brotes verdes

 

            ¿Es todo esto un mero anhelo o es que hay "brotes verdes" (como ahora se dice) que muestran que la propuesta de Jesús hoy está hecha y que hay alguien que la acoge? Señalemos algunos:

  • El interés social por la persona de Jesús (véase la mucha producción bibliográfica).
  • La persistente vida del movimiento comunitario cristiano, aunque esté un poco en las "catacumbas".
  • La gente creyente que sigue en la trinchera de las "guerras" humanitarias, fielmente.
  • La evidencia de que hay personas que no se pliegan del todo ni al sistema social ni al eclesiástico.
  • El empuje tenaz de los laicos/as que quieren entrar en la comunidad creyente por la puerta grande de su vocación.
  • La libertad, a pesar de tantas coacciones. Lo voz distinta que se sigue escuchando.
  • Las búsquedas orantes que cada día concitan más interés.
  • Las solidaridades juveniles que no pocas veces tienen un componente cristiano o, cuando menos, evangélico aunque no lleven ese nombre.
  • Los voluntariados sociales que no menguan.

Puede parecer que estos "brotes" son pocos y débiles. Pero no los apreciaríamos bien si los menospreciáramos. Hablan de nuevas oportunidades, de caminos abiertos.

 

Conclusión:

 

            Adviento es tiempo de olfateo, de "levantar la cabeza", de agarrarse a lo que vive contra toda desesperanza. ¿Por qué no ha de ser tiempo bueno para percibir a Jesús haciendo ofertas de novedad en tiempos de reducción? Nos animaría, activaría la resistencia, haría más aquilatada la fidelidad, nos ayudaría a "respirar". Y así entenderíamos mucho mejor la "roca abrupta del misterio" de la encarnación, la áspera e interesante certeza de un Dios que acompaña en modos humanos nuestro caminar.

 

ORACIÓN

1. Canto:

 

CERCA ESTÁ EL SEÑOR,

CERCA ESTÁ EL SEÑOR,

CERCA DE MI PUEBLO,

CERCA DEL QUE LUCHA POR AMOR.

CERCA ESTÁ EL SEÑOR,

CERCA ESTÁ EL SEÑOR,

ES EL PEREGRINO

QUE COMPARTE MI DOLOR.

 

1.- También está el Señor, le conoceréis,

en el que lucha por la igualdad.

También está el Señor, le conoceréis,

en el que canta la libertad.

También está el Señor,

no olvidéis su voz,

sufre el gran dolor del oprimido.

 

2. Plegaria común (todos)

 

Jesucristo, Palabra del Padre, luz eterna de todo creyente;

ven y escucha la súplica ardiente,

ven Señor, porque ya se hace tarde.

Cuando el mundo dormía en tinieblas,

en tu amor tú quisiste ayudarlo

y trajiste, viniendo a la tierra,

esa vida que puede salvarlo.

Con María, la Iglesia te aguarda

con anhelos de esposa y madre,

y reúne a sus hijos, fieles,

para juntos poder esperarte.

 

3. Texto de Adviento

 

"Todo el mundo sabe lo que es arrastrar los pies, durante  kilómetros, alargando ávidamente la vista hacia una luz que  representa de alguna forma el hogar. ¡Qué difícil resulta en esta  situación apreciar las distancias! En plena oscuridad, podrá haber un  par de kilómetros hasta el lugar de nuestro destino, o sólo unos  cuantos cientos de metros; no podemos saberlo. Eso les ocurría a los  Profetas hebreos, cuando miraban hacia adelante, en espera de la  redención de su Pueblo. No podían decir con aproximación de cien  años ni de quinientos, cuándo habría de venir la liberación. Sólo  sabían que en alguna ocasión la raza de David retoñaría de nuevo,  que en alguna época encontraría una llave que abriría la puerta de su  cárcel, que en algún momento la luz que sólo se divisaba entonces  como un débil punto en el horizonte se ensancharía, al fin, hasta ser  un día perfecto. Esta actitud de expectación la Iglesia desea que sea  alentada en nosotros, sus hijos, de un modo permanente. Considera como una parte esencial de nuestra labor cristiana que  sigamos aún mirando al futuro, aunque va a hacer ya dos mil años  desde que el primer día de Navidad vino y se fue, y tenemos que  seguir mirando al futuro". (KNOX)

 

4. Evangelio (el de la p.4)

 

5. Eco de la jornada

 

6. Padre nuestro (todos)

 

Padre nuestro que estás en los lugares donde aparece la bondad.
Déjanos hacer con tu nombre una herramienta de esperanza.
No nos dejes caer en la tentación de no decir lo que pensamos.
Dadnos hoy la ilusión necesaria para subsistir el día a día.
Y líbranos de no creer en las palabras que estamos pronunciando.

 

7. Oración final (todos)

 

Has venido para salvarnos

            de nuestra ceguera para descubrirte presente.

            de nuestra pereza para caminar contigo

            de nuestras excusas para alejarnos de ti.

Has venido para salvarnos

            de nuestra sordera a tu palabra

            de nuestros desplantes injustificados

            de nuestras luchas por los primeros puestos

Has venido para salvarnos

            de nuestra comodidad

            de nuestra falta de comprensión hacia los otros,

            de nuestro egoísmo

Has venido para salvarnos

            de nuestra superficialidad

            de los dioses que hemos fabricado

            de la rutina que nos aprisiona

Has venido para salvarnos

            Dios salvador nuestro,

            Dios amigo nuestro.

 

 

8. Canto

 

VAMOS A PREPARAR

EL CAMINO DEL SEÑOR.

VAMOS A CONSTRUIR

LA CIUDAD DE NUESTRO DIOS

VENDRÁ EL SEÑOR CON LA AURORA,

ÉL BRILLARÁ EN LA MAÑANA

PREGONARÁ LA VERDAD.

VENDRÁ EL SEÑOR CON SU FUERZA

ÉL ROMPERÁ LAS CADENAS,

ÉL NOS DARÁ LA LIBERTAD.

 

1.- Él estará a nuestro lado,

Él guiará nuestros pasos,

Él nos dará la salvación.

Nos limpiará del pecado,

ya no seremos esclavos,

Él nos dará la libertad.