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FIAIZ

RETIROS

Tus palabras, mi delicia

TUS PALABRAS, MI DELICIA

Notas para una semana de retiro sobre el Sal 118

 

(Verano de 2009)

 

Introducción

 

            Proponer una semana de retiro sobre un salmo cuyo corazón es la Ley plantea, de salida, una cierta dificultad: nosotros no estamos en la época de la Ley, sino de la gracia, hemos abandonado el camino de la norma para situarnos en el del amor, hemos superado la alianza basada en el precepto para abrazar el camino de la libertad. Todo esto es cierto. Pero el Salmo 118, canto profundísimo y apasionado sobre la mediación de la Palabra, puede ser leído con los ojos de Cristo y en actitud cristiana. Basta que entendamos los viejos términos (ley, precepto, mandato, decreto, etc.) por los que usa el mismo evangelio: Palabra, designio, búsqueda, anhelo, deseo, etc. La intención de fondo del Salmo 118 es, lo veremos, perfectamente adaptable a nuestra actual espiritualidad.

            Además, no cabe duda que este salmo late una honda piedad. No la piedad devocional, meramente religiosa, basada en prácticas rituales. No, es la piedad que tiene su sede en el corazón, en la profundidad, en esa dimensión que es preciso recuperar para toparse con la realidad palpitante del Dios vivo. Por extraño que parezca, en esta época secular estamos, más que nunca tal vez, necesitados de una honda piedad, de ese conmoverse en la zona de las entrañas, de ese ardor interno que nos estremezca y anime. Estas viejas palabras del Salmo 118, reflexionadas y oradas, quizá puedan darnos lo que buscamos. La novedad no está en lo externo de las palabras, sino en la veta profunda de amor que bulle en ellas.

            Para lograr este objetivo revitalizador, nosotros los cristianos miraremos a Jesús. No nos cabe duda de que él, como piadoso judío que era, amaba y recitaba este salmo con frecuencia. Seguramente que para él tenía una inmediatez y un vigor capaz de animar su vida y su entrega. Cuando dice que su afán máximo, su alimento, es "cumplir el designio del Padre hasta dar remate a su obra" (Jn 4,34) es en estas palabras del salmo en las que se apoya, son estos caminos los que anhela. Pasar el salmo por el tamiz de Jesús nos descubre la conexión de fondo que existe entre la espiritualidad de este salmo y la búsqueda del mismo Jesús. Son caminos confluyentes y, para nosotros, ambos dos, necesarios.

            También hay que decir que el Salmo 118 es, a partes iguales, un canto a la Palabra y una especie de manual de convivencia fraterna ya que la voluntad de Dios es una relación solidaria y humanizadora. La palabra es la buena guía, el brazo de apoyo, la mano que señala el camino de una relación gratificante y viva entre las personas y con la creación. La oración y reflexión con la Palabra no es algo cerrado en sí mismo, sino que apunta a la universalidad del cosmos. De ahí que nosotros, al leer el salmo, echemos miradas a nuestro entorno para tratar de entablar con él una relación de honda fraternidad.

            Muchas veces diremos con las palabras de este salmo: "Tus palabras son mi delicia". Gustarlo, comerlo, sentirlo como algo delicioso. Cuentan que una antigua escuela rabínica los maestros, para enseñar a leer la Ley a los niños, dejaban caer sobre las letras un hilo de miel. Los chiquillos debían pasar por ellas su pizarrín y llevárselo a los labios. Así, al tiempo que aprendían a memorizar las letras, saboreaban la miel que había en sus trazos. Es que reflexionar-orar sobre y con la Palabra es algo más que una mera abstracción religiosa. Es atreverse a comer, devorar con ansia el texto. Con qué pasión lo dice Jer 15,16 en sus "confesiones" cargadas de pathos vital: "Cuando encontraba tus palabras, las devoraba; tus palabras eran mi gozo y mi alegría íntima". Devorar la Palabra porque ella es fuente de gozo y alegría íntimos. En realidad, no es sino la continuación de viejas experiencias que la misma Escritura desvela. ¿No dice Ez 3,3 que cuando comió el rollo "supo en la boca dulce como la miel"? ¿No afirma Ap 10,9 que el librillo "en la boca te sabrá dulce como la miel y amargo en el estómago"? Ojalá esta primera semana fuera un relamerse con la Palabra, con el salmo, un disfrute. Disfrutar con la Palabra es quizá uno de los mejores propósitos y una de las más deseables actitudes a la hora de comenzar una semana de retiro.

            Por otra parte, la comunidad cristiana ha vivido un Sínodo de Obispos sobre el tema "La Palabra en la vida y misión de la Iglesia". Quizá sea un momento de gracia para los creyentes. Hacer un retiro con la Palabra en la mano es, también, una manera de prepararse a acoger y secundar las iniciativas evangelizadoras de la Iglesia de hoy. Las grandes reuniones, los textos eclesiales, quedan estériles si nuestro corazón, personal y comunitariamente, no valora y vibra con lo que ellos dicen. La Palabra nos remueve por dentro, nos alienta, afianza los lazos comunes para contribuir a la empresa fraterna de vivir en grupo el seguimiento de Jesús.

            Finalmente: todos sabemos que el Sal 118 ha sido construido como un artificio literario: el autor sigue el alfabeto hebreo, dedicando a cada letra ocho versos que comienzan por dicha letra. Esto significa la plenitud: de la alef a la tau, del principio al fin, el autor recita y ama los mandamientos. Cada una de las veintidós letras tiene 7+1 versos, lo cual significa la perfección consumada. Cada estrofa o letra suele enumerar ocho sinónimos de la ley: preceptos, decretos, mandatos, mandamientos, palabras, consignas, leyes, voluntad.

            Aprestémonos con buen ánimo, volquémonos a las páginas de este largo salmo, el más largo de todos. Con toda probabilidad, al final del trayecto, el corazón y la vida resulten más luminosos. Entonces comprobaremos que el salmo ha visto cumplido su anhelo que muy bien formulará, siglos más tarde, 2 Pe 1,19: "Hacéis muy bien en prestar atención a la Palabra como a lámpara que brilla en la oscuridad, hasta que despunte el día y el lucero nazca en vuestros corazones".

 

 

I

EN EL FONDO

 

            Las palabras de la Palabra resuenan en el fondo. Hay que apuntar ahí. Si las situamos en la superficie, las palabras se vacían de contenido, meros fonemas. Mirar al fondo es contemplar, asomarse a ese abismo de sombras y de luz es encontrarse con  la propia verdad. Tarea grande, pero posible. Al menos, podemos intentarlo. Es entonces cuando estas viejas palabras del salmo comienzan a resonar.

 

 

1. La radical confianza (Aleph: 118,1-8)

 

            La puerta del fondo lleva un nombre: confianza. Sin la confianza todo queda hermético, inaccesible. La primera estrofa del Sal 118 habla, sobre todo, de una confianza radical, básica, elemental.

 

1Dichoso el que, con vida intachable,

camina en la voluntad del Señor;

2dichoso el que, guardando sus preceptos,

lo busca de todo corazón;

3el que, sin cometer iniquidad,

anda por sus senderos.


4Tú promulgas tus decretos

para que se observen exactamente.

5Ojalá esté firme mi camino,

para cumplir tus consignas;

6entonces no sentiré vergüenza

al mirar tus mandatos.


7Te alabaré con sincero corazón

cuando aprenda tus justos mandamientos.

8Quiero guardar tus leyes exactamente,

tú, no me abandones.

 

1. Buscar a Dios de corazón: a eso empuja la Palabra. Buscar con corazón, desde dentro, desde lo que realmente uno es, no desde ideas, desde planteamientos predeterminados, desde posesiones que no lo son. La vida espiritual puede ser entendida como una búsqueda, como un camino que se anda, como algo que se mueve. No es una realidad que se me dé hecha. Hay que construirla. El cansancio acecha y los trabajos de quien está siempre en búsqueda peligran a causa de la rutina. Es más fácil vivir en el mecanicismo de siempre, en la costumbre que sabe ya de antemano lo que hay que hacer, en las ideas consagradas, en las actitudes viejas de años. Es mucho más fácil, pero más empobrecedor. Quien no quiere buscar no encontrará nada en la Palabra. Quizá por eso se nos hace rutinaria, porque no buscamos. Y para hallar, es preciso buscar. Únicamente se puede buscar en la certeza de que el Padre no nos va abandonar en tal trabajo. Si no funciona la confianza, se abandona la búsqueda. Y si Dios no abandona a la persona, será posible entonces la búsqueda y la misma fidelidad. No una fidelidad a las ideas, a las normas, a la reglamentación. Una fidelidad a la Palabra, a sus susurros, a sus exigencias, a sus planteamientos nuevos, a sus caminos no hollados. Una fidelidad a la novedad, a lo por venir, a las promesas que se nos han hecho. Así, búsqueda, confianza y fidelidad se entrelazan desde el primer paso de este salmo.

            2. Jesús ha sido un buscador incansable del designio del Padre. Decía con convicción: "mi alimento es el designio" (Jn 4,34); rezaba: que se cumpla el designio del Padre (Mt 6,10); polemizaba: no basta decir ¡Señor! Hay que cumplir el designio (Mt 7,21); afirmaba: quien cumple el designio es de mi familia (Mt 12,50); tenía como una certeza: es designio del Padre que nadie se pierda (Mt 18,14); oraba con lágrimas: cúmplase tu designio (Mt 26,42). Una vida envuelta el designio de Padre que no es otro que el que la persona salga a flote, que la creación se plenifique. Buscador incansable de ese designio apuntalado en la confianza total, sabiendo que el Padre escucha incansablemente, sostiene incansablemente, acompaña sin fatiga, acoge sin restricción. Confiaba y buscaba, buscaba porque confiaba. Así se produjo en él el misterio de la fidelidad: el testigo fiel (Ap 1,5), el testigo fiel y verdadero (Ap 3,14; 19,11), fiel y justo (1 Jn 1,9), misericordioso y fiel pontífice (Heb 2,17), fiel que llama a la fidelidad (1 Tes 5,24). En estos valores está la estructura interna de Jesús: búsqueda, confianza, fidelidad.

            3. Los cansancios agobian a las personas. De ahí las múltiples fugas que inventamos para intentar poner novedad en la vida. Pero el cansancio no se elimina con fugas, con rutinas, con costumbres indiscernidas, con enajenamientos. Se sanea mirándolo de frente para suscitar el deseo de buscar. Apreciemos a quien en la sociedad busca, a los inquietos, a los arriesgados, a los aventureros incluso, en cualquier clase de aventura humana. La vida es una aventura ¿qué queda de ella si se le suprime ese componente? ¿No será que flaquea también la búsqueda porque flaquea así mismo la confianza? Una crisis social de búsqueda, de riesgo, desvela una crisis de confianza. Cuando se confía, se arriesga; cuando se ama, se apuesta, cuando el otro/a y la realidad entran de lleno en el corazón, se fía hasta la entrega. El sentido de búsqueda puede generar confianza, y viceversa. Así nacerá la fidelidad a la persona, a la vida. De esa manera no abandonará uno, amargado, el camino de la historia en que ha sido puesto por el amor del Padre.

            4. Abrir el Salmo 118 con una llamada a la búsqueda, a la confianza y a la fidelidad es un fuerte interrogante sobre nuestra manera de ser comunidad cristiana, fraterna. Si la búsqueda se apaga en nuestras comunidades, es síntoma de mala vejez. Por el contrario, una actitud de búsqueda, incluso en comunidades reducidas, envejecidas, pero vivas por dentro, es síntoma de vitalidad, de danza a una con el Espíritu. Si nuestras comunidades, nuestras personas, se cansan de buscar, hemos entrado en la peor de las vejeces. Por el contrario, mientras haya buscadores/as, aunque sea en caminos de corto alcance, hay esperanza para nuestros grupos. Esto, lo decimos, es imposible sin confianza. Arrastramos un déficit de confianza que, a veces, no hace sino crecer a fuerza de las dificultades que nos pone la vida. Leer la Palabra, decir al Padre "tú no me abandones", sé que tú no me abandonas, ha de llevar a una extraña y para muchos ingenua vida: la de quien confía, la de quien sabe que hay un fundamento más sólido que él mismo, la de quien se sabe realmente llevado en las manos del Padre sin ninguna clase de abandono. La fidelidad a lo prometido brotará entonces pujante, ya que la fidelidad no es tanto a lo que nosotros hemos prometido, sino a lo que se nos prometió, al sueño de Jesús, el reino, que es nuestra mejor promesa. Ser fieles no será tanto, en ese caso, mantener unas promesas públicas, sino, más bien, mantener vivo el anhelo, la búsqueda y la confianza, tener verdeante el afán por el Padre experimentado que, con el correr de los años, ese afán no mengua, sino que crece como una pasión: "pasión que como un árbol crece", dice F. Brines. Así el anhelo de quien nos sostiene.

 

  • Lee y relee con gozo esta primera estrofa del Sal 118.
  • Subraya las frases que más te llegan, escríbelas.
  • Lee los textos evangélicos indicados.
  • Pide sumergirte en esta semana en el salmo.

 

 

2. La alegría honda (Beth: 118,9-16)

 

            La inmersión en la Palabra es, para el salmista, una de esas alegrías hondas que se remansan en el fondo de la estructura vital. Por eso es una alegría hecha de silencio, de adentramiento, de gozo meditado, de oración compartida. Alegría sutil que puede disipar muchas de las nieblas que se adhieren a nuestra existencia.

 

9¿Cómo podrá un joven andar honestamente?

Cumpliendo tus palabras.

10Te busco de todo corazón,

no consientas que me desvíe de tus mandamientos.

11En mi corazón escondo tus consignas,

así no pecaré contra ti.


12Bendito eres, Señor,

enséñame tus leyes.

13Mis labios van enumerando

los mandamientos de tu boca;

14mi alegría es el camino de tus preceptos,

más que todas las riquezas.


15Medito tus decretos,

y me fijo en tus sendas;

16tu voluntad es mi delicia,

no olvidaré tus palabras.

 

            1. Junto con la confianza, la alegría en lo profundo. Estos son los verdaderos cimientos de quien quiere recorrer la senda de la Palabra. Para llegar a esa alegría honda el autor dibuja todo un itinerario: primero, el corazón; apuntar lo profundo a lo vital, no solamente ni sobre todo a las ideas, a las normas, a las directrices; la adhesión al Padre y a Jesús es cuestión de corazón, de hondura, de mismidad. Luego, la meditación, la reflexión, el ahondamiento, la contemplación, el rumiar, el darle vueltas sin descanso, el mirarlo desde todas las perspectivas, el aprender los mil rostros de la Palabra, el quedarse, el orar estando, el aquietarse, el estar vivos ante Él. Y finalmente, los labios, la alabanza gozosa, deseada, querida, mimada, con aliento dentro, como algo que se hace en el deseo más vivo; una alabanza con alma, con fuste, con anhelo, sin desganas, sin tanto bostezo, sin aburrimiento, sin distracciones fruto del cansancio, sin rutina extenuante. Una alabanza tan mezclada a la vida que se palpa la vida en ella latiendo. Y, andando este camino del corazón, la reflexión y los labios, se llega a esa alegría honda, inarrebatable, extrañamente nuestra, capaz de tenerla por compañera incluso cuando las cosas no van bien. Cuando el salmo dice que su alegría es la Palabra, así lo cree porque experimenta el gozo de la Palabra en modos tangibles, porque nota en sí mismo/a cómo andar en la Palabra le deja contento/a.

            2. Jesús ha sido una persona que ha vivido más desde el corazón que desde las ideas. Por eso llamó bienaventurados a los limpios de corazón (Mt 5,8), se definió como un manso y humilde de corazón (Mt 11,29), se dolía porque el corazón de los de su pueblo estaba lejos de él (Mt 15,8) y creía que es del corazón de donde brota la verdad de la persona (Mt 15,19); instaba a perdonar de corazón (Mt 18,35); hablaba del buen tesoro del corazón (Lc 6,45) y decía con toda razón que el corazón está donde está el tesoro (Lc 12,31). Por eso no duba en afirmar que Dios conoce nuestros corazones (Lc 16,15) y era capaz de hacer "arder" los corazones de quienes le escuchaban (Lc 24,32): una vida desde el corazón; así fue la suya. A eso le ayudó su confiada oración, sus noches de desierto, sus soledades personales. Hombre de reflexión, de palabras medidas, de aprecio del silencio. De esa fuente surgía la alabanza gozosa (Mt 11,25), el gozo inarrebatable que pasaría a sus mismos discípulos (Jn 16,22). Hombre de alegrías de fondo, de gozos casi incompartibles de tan adensados, de tan asimilados.

            3. Es preciso reivindicar las sendas del corazón en nuestro mundo. Quizá porque hemos abandonado esos caminos se nos ha hecho poco legible el libro de la humanidad y el de la misma creación. No habría porqué avergonzarse de transitar en la senda del corazón. Es algo más que unas meras emociones: es mirar a la persona y a la realidad desde otro lado distinto que el mero lucro, disfrute o explotación. Es mirar todo eso desde la fraternidad, desde el abrazo, desde la ternura. No resultará fácil encontrar esos caminos del corazón si, a la vez, no se hallan los caminos del silencio, del sosiego y de la misma contemplación entendida no tanto como actividad religiosa, sino como simple ahondamiento vital. La vuelta a esos caminos no tiene por qué producir ningún tipo de enajenación, de falta de responsabilidad. Al contrario, es el ruido, la prisa, el desasosiego vital el que nos ha llevado al abandono de los caminos del corazón y a la misma insolidaridad. Y, desde ahí, unos labios purificados, un lenguaje, verbal y no verbal, aquilatado, medido, respetuoso, cálido. Entonces es cuando la alegría brotará y se extenderá como una gran mancha de aceite, imparable, envolvente. Metida en los entresijos de nuestra vida diaria. Una alegría honda para sostener las limitaciones de nuestra existencia histórica.

            4. Nuestras comunidades cristianas, religiosas, necesitan una reconversión del corazón porque, tal vez, ha sido huerto abandonado, casa dejada por vieja, camino olvidado por considerarlo inútil. La vuelta a la senda del corazón hace que la mirada cambie, que el lenguaje se purifique, que los oídos del alma se abran. Vamos a acabar nuestros días sin haber creído en la ternura, sin habernos sentido profundamente humanos cuando amamos. No hay que renunciar a entreverar corazones, a entrelazar vidas, a saltar la valla del huerto del corazón de la persona. Quitar eso del horizonte fraterno sería empobrecerlo hasta el límite. Quizá lo logremos acentuando el componente contemplativo, el silencio habitado, la soledad cargada de presencias, la lectura profundizada, la quietud y hasta el paseo contemplativo. La senda de la contemplación humana nos espera y es casa abierta para el gozo, centro de salud que nos regenera, lugar de descanso que nos rehace, espacio que nos resitúa y nos impulsa. Cuánto nos ayudaría también el cuidado de nuestras palabras, para que el enemigo que hay dentro quede lo más controlado posible. Palabras buenas para una vida gozosa; palabras ajustadas para una vida equilibrada; palabras meditadas para contribuir al bien común. Y con ellas, la buena alabanza, los labios entrelazados que celebran la misma vida, la misma presencia, la misma entrega, la de Jesús y la de los creyentes. Una alabanza llena de vida porque está mezclada del todo a la vida. Y así nacerá, sin que nos demos cuenta, la alegría que necesitamos para nuestra vida fraterna, la alegría de mirarnos con otra mirada, el gozo de sabernos acogidos, la fiesta del compartir cotidiano, la suerte de tener amparo fraterno, el valor incalculable de poder hacer comunidad entrelazando vida.

 

  • Rumia esta segunda estrofa del Sal 118.
  • ¿Tiene sentido ese itinerario corazón-meditación-labios?
  • Subraya las frases que más te gustan.
  • Ponlas en un papel frente a tus ojos.

 

 

 

 

II. DINAMISMOS

 

            Para leer la Palabra, para vivir la adhesión a Jesús, para sentirse parte de una sociedad, de una comunidad viva, son precisos unos dinamismos, unas fuerzas que obren dentro, unas certezas que sean el combustible de nuestro motor. El Salmo 118 nos habla en este segundo día de tales dinamismos:

 

1. Promesas (Ghimel: 118,17-24)

 

            Quizá nos parezca que las promesas no pueden tener categoría de dinamismos precisamente por nuestro incumplimiento de las mismas. Pero las promesas del Padre-Jesús son promesas que se cumplen. Por eso sí que pueden dinamizar nuestra existencia, nuestros caminos, haciendo que no se desvíen, que no se desinflen, que no se amarguen. Promesas que nos empujan en la dirección del gozo y de la plenitud.

 

17Haz bien a tu siervo: viviré

y cumpliré tus palabras;

18ábreme los ojos, y contemplaré

las maravillas de tu voluntad;

19soy un forastero en la tierra:

no me ocultes tus promesas.


20Mi alma se consume, deseando

continuamente tus mandamientos;

21reprendes a los soberbios,

malditos los que se apartan de tus mandatos.


22Aleja de mí las afrentas y el desprecio,

porque observo tus preceptos;

23aunque los nobles se sienten a murmurar de mí,

tu siervo medita tus leyes;

24tus preceptos son mi delicia,

tus decretos son mis consejeros.

 

            1. El pueblo de Israel ha llevado siempre muy mal la condición de extranjero, cuando ha estado lejos de su patria (o sin patria); incluso, en la misma tierra de Israel ha tenido una cierta conciencia de ser extranjero (a pesar de toda "conquista" como se narra en Jueces). El sentimiento de extranjería ha estado presente en su historia. Ese sentimiento lo ha podido sobrellevar, en parte por el dinamismo de la Palabra, porque ésta es una fuerza que le ayuda a superar cualquier sentimiento de extranjería y de pérdida en general. Así la Palabra se convierte en la verdadera casa, en el hogar real donde encuentra acogida el creyente. Una promesa de casa, eso viene a ser la Palabra. Además, y como es lógico, la persona sufre afrentas en la vida, de las gentes, de los enemigos, de la propia familia. La afrenta es inevitable en la convivencia humana, al parecer. Pues bien, la Palabra es promesa de fuerza para "alejar afrentas", para mitigar el escozor de la ofensa, para suavizar la herida que produce la injusticia verbal o de hecho, para compensar y tranquilizar a quien es objeto de ofensa sin razón. La Palabra es promesa de consuelo y de vigor, ya que no solamente consuela sino que dice que, a pesar de cualquier afrenta, se puede seguir el camino emprendido. Y, finalmente, la Palabra es promesa de libertad que contiene el ímpetu de los nobles, de las fuerzas fácticas, que murmuran contra uno, que lo ponen en situaciones de dificultad.  Promesa de casa, de consuelo y ánimo, de libertad. Algo de esto es la Palabra; por eso se convierte en dinamismo que sostiene y empuja, aun contando con la evidente limitación en que queda envuelta la vida.

            2. No cabe duda de que Jesús experimentó la certeza de que la Palabra era una casa que lo acogía más allá de sus desconsuelos vitales. Cuando dice que el Hombre no tiene donde reclinar la cabeza (Mt 8,18-22), o cuando explica la Palabra de Isaías en Lc 4,14ss, está indicando, de algún modo, que en la Palabra él hace pie para su propia extranjería, para su "no ser profeta en su propia patria" (Mt 15,53-58). Sus noches de oración, su rumiar los salmos, su recurrir a los cantos del siervo de Yahvéh, están indicando que la Palabra fue su casa y eso constituyó en su no fácil vida, en su desarraigo, un apoyo decisivo, una fuerza para no volverse a su pueblo, para no abandonar el encargo del Padre. También en la Palabra encontró, sin duda, consuelo y vigor ante las afrentas que tuvo que sufrir: "De mí habló Abrahán", proclama a gritos en la polémica con el judaísmo recalcitrante (Jn 8,31-59). Y para él la Palabra fue promesa de libertad, en sus páginas leía el camino de liberación que habría de seguir. Por eso, con esa enorme libertad, no dudó en criticar al mismo Moisés, al fundador de aquel sistema religioso (Mt 19,8). No se prodigan los Evangelios en decirnos las promesas que dinamizaron la vida de Jesús. Pero entre ellas, sin duda, estaba la Palabra. Posiblemente sin ese socorro, los nubarrones que muchas veces amenazaron el sentido de su existencia y de su entrega habrían sido más densos y, quien sabe, si causa de abandono. Pero no fue así; se asió a la Palabra como a un barco de salvación y llegó al puerto calmo de los brazos del Padre, de la total entrega.

            3. El desarraigo sigue siendo un hecho en la vida humana: desplazamientos, inmigración, soledades, desestructuraciones familiares. Son algunos de los variados rostros del desarraigo. De tal manera que encontrar el propio lugar en el mundo no es fácil. Ese lugar hace relación más que a algo geográfico a algo existencial, vital, cordial. Por eso la Palabra, las palabras, tienen mucho que decir. Un lugar de buenas palabras (incluida la del Evangelio), ése puede ser una buena promesa, una buena meta. Un  hogar que podemos construir, que podemos ofrecer. Ahí los días, sin duda, tomarán otro color, adquirirán otro vuelo, otra fuerza. Y además ese lugar en el mundo será un dinamismo más claro si en él se nos da el consuelo que vigoriza. No el falso consuelo que hunde más en la propia depresión. Un consuelo que alienta, que sostiene, que anima a encarar la vida con fuerza y con benignidad. Un consuelo que no abandona para nada el rostro de la benignidad, del aprecio sincero, del cariño manifiesto. Las palabras, la Palabra, es en esto una realidad decisiva. Sin palabras de consuelo, sin una Palabra que consuela, ¿cómo vamos a encontrar fuerza para encarar nuestro problema vital, nuestra relación con las personas y con el mundo? Y, por último, ese lugar en el mundo lleno de consuelo y de benignidad termina de ser dinámico cuando el horizonte de la libertad está delante. Porque estos dinamismos son fuerza para el gozo suelto, libre, animoso, creativo, valiente. Quitar el horizonte de la libertad de la vida de la persona es una mutilación. Y para lograrlo, las palabras de libertad son necesarias, agua que calma una sed profunda, de siglos, de siempre, y que aún hoy nuestras gargantas, nuestras vidas, anhelan. Habrá un día en que veremos una tierra de libertad, canta el viejo himno de Labordeta. Para muchos, es verdad, y fuerza, y aliento.

            4. Nuestras comunidades cristianas están necesitadas de promesas vivas, aunque muchas otras promesas (las religiosas, sobre todo) hayan caído en descrédito por su poco arraigo antropológico y porque no se ve que se cumplan. Pero volver a las promesas no es volver a la falsa ilusión, sino al dinamismo que anida en el fondo y que puede catapultar nuestros días a un nivel de vida mucho más enriquecedor. Nuestras comunidades necesitan la promesa de una casa, no tanto material, que la tienen, sino cordial, vital, abrazante, amable. ¿Nos vamos a morir sin haber tenido esa casa? La Palabra del salmo nos alienta, nos dice que no, que podemos abandonar nuestra extranjería, nuestro ser forasteros si nos lanzamos a la casa verdadera, no a la del patrón, sino a la del corazón del otro, a la persona que comparte nuestros caminos. La casa de la persona es la persona, reza el viejo lema de Cáritas. Sigue siendo verdad: quien ha traspasado el umbral externo del otro y se ha adentrado en su interior, quizá haya encontrado una casa. Para nosotros, vivir la Palabra en comunidad es una forma de prepararnos a ese transito del corazón. Por eso, la Palabra puede colaborar a colmar nuestra extranjería a eliminar nuestro estatuto de forastero. Además, puede ayudar también a generar en nosotros consuelo para uno mismo y para los demás (estamos tan necesitados de ello, aunque no hablemos...). Pero un consuelo vigoroso, enriquecedor, sobrio, empujador. Ese es el "consuelo que dan las Escrituras", dice Rom 15,14. Esa promesa late en las páginas de los salmos y del resto de la Palabra. Así se activará en nosotros/as el ansia de la libertad, ya que existe el anhelo nunca apagado de la misma. Una vida en la libertad es la vida que Jesús nos ha ofrecido, como decía Pablo (Gal 5,1). Libres para pertenecer, libres para ser solidarios, libres para la entrega, libres para el amor, libres para el universalismo, libres para la austeridad, libres para la alternatividad. Las grandes libertades, los grandes dinamismos.

 

  • Dale vueltas al texto del salmo en el silencio.
  • Siéntate a la sombra en el jardín y léelo de nuevo. Considérate con suerte de tener ambiente y lugar para poder gozar de la Palabra.
  • Mira si estos dinamismos (promesa de casa, promesa de consuelo y vigor, promesa de libertad) te hacen falta en uno u otro sentido.
  • Piensa, ora, en gente a la que puede echar una mano en esto.

 

2. Caminos (Daleth: 118,25-32)

 

            El Evangelio anima a un fuerte discernimiento sobre nuestros caminos ("córtate el pie", Mc 9,45) porque, sin darnos cuenta se desvían hacia la cuesta debajo de la inhumanidad. El salmo puede ayudarnos, en el silencio y la oración, a hacer ese discernimiento. Así, la Palabra se convierte en dinamismo para una orientación de vida.

 

25Mi alma está pegada al polvo:
reanímame con tus palabras;
26te expliqué mi camino, y me escuchaste:
enséñame tus leyes;
27instrúyeme en el camino de tus decretos,
y meditaré tus maravillas.

28Mi alma llora de tristeza,
consuélame con tus promesas;
29apártame del camino falso,
y dame la gracia de tu voluntad;
30escogí el camino verdadero,
deseé tus mandamientos.

31Me apegué a tus preceptos,
Señor, no me defraudes;
32correré por el camino de tus mandatos
cuando me ensanches el corazón.

 

            1. El tema del camino era muy usado en la literatura sapiencial y en el pensamiento popular. Por eso, aparece en la Biblia y en los salmos con profusión. Atinar con el camino verdadero era el colmo de la sabiduría. Para el salmo, ese camino no es otro que la Palabra; ésta se hace camino para quien quiera dar con la senda de una vida coherente y con sentido. Empuja el salmo a un discernimiento de los caminos vitales, tarea que es preciso hacer continuamente, en todo el proceso humano, hasta el último aliento. Para el salmo hay un camino falso que es el abandono de la Palabra. Lo es, porque eso comporta el abandono de lo humano, ya que la Palabra construye la vida. Realizar la vida al margen de la Palabra es exponer a caer en la senda dura de lo inhumano. Ese camino no lleva a ningún provecho. Por el contrario, el camino verdadero es la Palabra porque es una palabra aliada de la vida, amiga de la vida. Andar en la palabra es entrar en un proyecto de vida fraterna y solidaria. La Palabra nos enseña el camino, nos enseña humanidad, nos enseña buena relación, sociedad nueva, patria universal, familia ampliada. Quienes usamos la Palabra es preciso que examinemos nuestros caminos, nuestras conductas, para que no vayan en contra de una Palabra que tiene por finalizar humanizar. Si hacemos esto, es cuando la Palabra se convierte en dinamismo de vida, en fuerza real que toca lo que de verdad somos, ya que siempre estamos bajo el peligro de que la Palabra sea una superestructura, algo añadido, algo que confluye en nuestros caminos más básicos. Si lo hace, es cuando se convierte en dinamismo para nuestros caminos, para nuestras sendas normales, para los lugares reales sobre los que se asienta la vida.

            2. Jesús ha sido un hombre de caminos y en ellos ha llevado la Palabra. Ha andado, pues, en los caminos y con el camino de la Palabra. Ella ha sido la medida de sus actuaciones; en ella ha aprendido el designio del Padre, en conversación con Moisés y Elías, representantes máximos de la Palabra (Lc 9,28-36). Ella ha sido la que ha marcado muchas de sus actuaciones, sus criterios de actuación con las personas: "Tratad a los demás como queréis que os traten" (Lc 6,31: Tob 4,15). La Palabra se le hizo camino. Así, no cayó en el falso camino del poder, vida tentada la suya, de la fuerza, no tropezó en el falso camino de un mesianismo potente, nacionalista, violento. El acercamiento al corazón de la persona, a su necesidad, la sintonía con los ojloi, con los parias, con sus anhelos y sueños elementales y necesarios fue el camino que la Escritura le suscitó. Hizo un discernimiento de su vida a la sombra del Mensaje, de los cantos del siervo (sangre entregada, derramada) y ahí encontró la senda buena, la de la profunda humanidad, la del corazón pleno.

            3. Son sin número las personas que en nuestra sociedad buscan caminos nuevos, alternativos, más humanos, alejados de la gran senda de la mediocridad. Estos buscadores/as de caminos son un acicate para nuestra vida. Ellos, por muchas razones y por variadas circunstancias, han llegado a entender que un camino a la sombra del imperio, del dominio, no es camino que lleva a la vida. Y se han animado a recorrer otras sendas. La Palabra confluye con ellos, aunque expresamente no sean creyentes. Porque la Palabra está hecha para los caminos alternativos, para las sendas nuevas, para los vericuetos que llevan a la centralidad de la persona. A su manera la Palabra sigue haciendo hoy su obra en muchas personas animándoles a abandonar los caminos falsos de la inmunidad consagrada por el sistema para lanzarse a los caminos verdaderos de la profecía del corazón y del sueño de la fraternidad. Esa especie de personas  que transitan los caminos de la humanidad, los caminos de la Palabra, no se acaban, aumenta. Por eso, ni la más recia capa de asfalto del poder, del dinero, del consumo, logra sofocar la hierbecilla que, pujante, vive bajo esa densidad y termina por quebrarla y nacer a la luz del sol. Son los profetas de nuestro tiempo, personas que dejan por cierto el viejo planteamiento del salmo: es preciso abandonar los caminos de la inhumanidad y lanzarse sin red a la senda del corazón de las personas y de las cosas.

            4. La crisis de muchas de nuestras comunidades es, en parte al menos, una crisis de sentido, de horizonte, de norte, de porqué. Solucionarla es un gran trabajo, y del todo necesario (más que otros problemas acuciantes, como el de las vocaciones). La Palabra quiere ayudarnos con su fuerza, con su dinamismo a ello: es preciso abandonar los caminos falsos y entrar por la senda de la verdad. Los caminos falsos son para las comunidades los de la relevancia, los del honor social, los de una economía de ganancias, los de un prestigio que nos haga un sitio entre el número de los vencedores del sistema.  Es preciso hacer fuertes discernimientos, tanto comunitarios como particulares, sobre esa realidad. Si no, sin darnos cuenta, nos deslizamos hacia esos terrenos pantanosos. Los caminos verdaderos son los del corazón de la persona, los de la piedad que entiende a Dios como Padre y a la persona como hermana real y compañera de camino, los la liberalidad que se trasforma en generosidad, flexibilidad y capacidad para poner el acento en las cosas importantes. Los caminos verdaderos tienen que ver mucho con el silencio, lo modesto, hasta lo oculto, lo poco relevante. Tienen que ver con la ilusión, con el anhelo y  con la misma ingenuidad. La Palabra, sobre todo el Evangelio, empuja en esta segunda dirección. Resulta extraño tener en las manos diariamente la Palabra y percibir que nos tientan los caminos falsos y que nuestra vida estructural y personal se halla, a veces, situada en ese paradigma. Nos hace falta un fuerte discernimiento, hecho con paz pero con seriedad. Si no, el sentido se escapará de nuestras manos como la arena de la playa.

 

  • Lee y rumia el salmo; dale mil vueltas.
  • Mira tus caminos, los de tu comunidad, dónde está situados.
  • Vuelve otra vez al texto y pide luz.
  • Toma alguno de tus caminos que necesitan reorientación; ponle algún texto de la Palabra al lado.
  • Siéntete a gusto al lado de un Jesús que sigue fielmente el camino de la Palabra.

 

 

 

 

 

 

III. ESCUELA DE VIDA

 

            Es la Palabra una escuela para la vida, no tanto para aprender conceptos, sino para aprender actitudes, comportamientos, maneras de mirar a la existencia. En la escuela de la Palabra se aprende, fundamentalmente, el amor y la sinceridad. Dejarse adoctrinar por ella, entrar en esa escuela para, sencillamente, repasar las asignaturas del Curso de Amor a la Vida que es el  más importante de los cursos que la persona habría de cursar en su camino humano.

 

1. Enseñar el amor (He: 118,33-40)

 

            El Curso de Amor a la Vida es necesario para entender algo elemental: que la aventura de vivir en la que estamos inmersos es el mayor don de Dios, don de amor, a nuestra existencia. Desde esta simple percepción nacerá una mirada nueva, nada negativizadora, a nuestra vida. La Palabra nos enseña, como dice este pasaje, una de esas asignaturas troncales de dicho curso: la centralidad del amor.

 

33Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes,
y lo seguiré puntualmente;
34enséñame a cumplir tu voluntad
y a guardarla de todo corazón;
35guíame por la senda de tus mandatos,
porque ella es mi gozo.

36Inclina mi corazón a tus preceptos,
y no al interés;
37aparta mis ojos de las vanidades,
dame vida con tu palabra;
38cumple a tu siervo la promesa
que hiciste a tus fieles.

39Aparta de mí la afrenta que temo,
porque tus mandamientos son amables;
40mira cómo ansío tus decretos:
dame vida con tu justicia.

 

            1. Hablar de una enseñanza del amor es, para muchas personas, un simplismo. Sin embargo, ir aprendiendo el amor es tarea y asignatura de toda la vida ya que no es una ciencia abstracta, conceptual, sino vital. Aprender el amor es imprescindible para entender algo del sentido de nuestra vida. La Palabra, según el salmo, quiere ser una ayuda para ese no fácil aprendizaje. Y ¿cómo lo hace? Muestra: demuestra, hace ver, descubre el sentido de las cosas, lo que hay debajo, desvela, ayuda a entender lo que solo aparece a primera vista, invita a una mirada sosegada. Además, enseña: pero no escolarmente, sino sapiencialmente, gustando de las cosas, exprimiéndoles el sentido, ahondando en nuestras actuaciones, un saber del todo personal. En tercer lugar, guía: orienta, da puntos de referencia, ilumina el horizonte para que tendamos a él, nos da marcas que nos llevan a un saber creciente sobre un amor vivido en obras. Y finalmente, inclina: empuja en una dirección, nos habla desde una orilla, la de los débiles, desde la que nos llama. Una manera de enseñar humilde, sencilla, callada, pero eficaz. La manera que llega al fondo, que no se detiene en lo de fuera. Y, por supuesto, no es una enseñar para la soberbia, para el aplauso, para el pago. Dejarse enseñar por la Palabra es dejarse enseñar para el amor.

            2. Jesús ha enseñado "con autoridad", no solamente porque no repitiera el método de los rabinos, sino porque tenía autoridad, experiencia en los caminos del amor. De ahí le viene la autoridad (Mc 1,28). Él había bajado al sótano de la vida. Y esa fue su gran experiencia de amor, porque descubriendo en ese sótano nuestra debilidad, hizo un pacto de amor con nosotros, de no abandono. Sabía del amor y podía enseñar desde el amor. Era quien mostraba caminos de alternatividad, novedad y plenitud (Mc 10,17-22). Era quien enseñaba la Palabra con una novedad que la hacía radicalmente nueva (Mt 5,27-48). Era quien guiaba a otros no desde la superioridad, sino desde la propia experiencia (Lc 11,1-4). Era quien forzaba a inclinarse a actitudes de amor, como el perdón, desde su increíble capacidad de acogida y de perdón (Mt 18,21-35). Experto en enseñar el amor porque fue experto en vivirlo. De hecho, bien mirado, Jesús no ha hecho nada relevante por lo que los humanos suelen pasar a las páginas de la historia. Él únicamente ha amado a fondo. Eso ha sido suficiente para que su persona marcara un rumbo nuevo en el devenir humano.

            3. Decir que la sociedad está necesitada de amor es, lógicamente, una obviedad. Lo importante es mostrar cómo, en una sociedad como la nuestra, tan refractaria al amor como lo ha sido siempre la vida de los humanos, se le puede sugerir y animar a realizar ese curso de amor que haga que la vida se le aparezca con otro color, con otro sentido. Mostrar con un talante benigno la posibilidad de amar, aun en los casos más enconados, más anquilosados, más dejados por imposible. Enseñar amor en modos prácticos, más que teóricos, en pequeños proyectos elementales y directos que hagan ver a las claras que es el amor y únicamente él quien los sostiene. Guiar hacia el amor no como un maestro oficial, con superioridad, como si se supiera todo, sino como quien ha experimentado caminos sencillos de amor y los muestra y propone como útiles a quien de verdad esté interesado en este asunto. Empujar, inclinar al amor a no pocas personas que están "tocadas" por la hermosura del mismo y que, con una ayuda, con un planecillo que haga viable su anhelo, puede ocurrir que brote en ellas una veta de amor que las nutra y que alimente a quien está en su entorno. La tarea de enseñar, de construir, amor está más vigente que nunca y es tan necesaria como siempre.

            4. Hablar de cómo enseñar amor en nuestras comunidades cristianas es decir cómo devolverles sentido, ilusión, ánimo, ganas de vivir, alegría. Nuestras carencias de amor son nuestro infierno y nuestros gestos de amor son nuestro cielo. Lo peor de nuestras comunidades, pobrecillas y envejecidas con frecuencia, no son sus debilidades físicas o laborales, sino su carencia de amor real, cotidiano. Lo mejor de nuestras comunidades, más allá de sus inevitables limitaciones, son sus gestos de amor, su mirada benigna, su flexibilidad de vida, su gozo compartido, su amor en acto. ¿Hemos de dejar de hablar de amor comunitario por ser realidad imposible o por ser algo que no es más que una fachada del lenguaje? No. Porque nuestras estructuras comunitarias son buenas y posibilitadoras para una vida en amor sencillo siempre que medien los mismos caminos que nos propone la Palabra: mostrar el amor con obras sencillas; enseñar el amor con palabras buenas y, sobre todo, con obras fraternas y entregadas; guiar al amor participando con gozo en los planes comunes que nos pueden ayudar a verlos como marco para el amor comunitario y personal; inclinar al amor siendo animosos, nunca desalentados, siendo críticos, nunca criticones, siendo luminosos, nunca oscuros y negativos. Los trabajos de amor son los verdaderos trabajos de la comunidad, el verdadero apostolado, la verdadera misión. El resto se asienta ahí.

 

  • Lee y rumia el salmo, sin prisas, tienes toda la mañana.
  • Escribe alguna de sus frases que te guste más. Pon en un folio pegada en la pared, para que la veas bien.
  • ¿Cómo andas de amor fraterno en concreto? ¿Qué haces por tu comunidad aunque no estés obligado/a a hacerlo?
  • Quédate un rato pensando en Jesús como un maestro de amor en formas sencillas pero profundas. Dale gracias.

 

 

2. Enseñar la sinceridad (Vau: 118,41-48)

 

            Una sinceridad que es algo más que una mera virtud o una correcta manera de mostrar las cosas sin dobleces llamativas. Una sinceridad que refleja un corazón sin doblez, una mente sin segundas intenciones, una vida sin planes B. A eso anima la Palabra y eso quiere enseñar.

 

41Señor, que me alcance tu favor,
tu salvación según tu promesa:
42así responderé a los que me injurian,
que confío en tu palabra;
43no quites de mi boca las palabras sinceras,
porque yo espero en tus mandamientos.

44Cumpliré sin cesar tu voluntad,
por siempre jamás;
45andaré por un camino ancho,
buscando tus decretos;
46comentaré tus preceptos ante los reyes,
y no me avergonzaré.

47Serán mi delicia tus mandatos,
que tanto amo;
48levantaré mis manos hacia ti
recitando tus mandatos.

 

            1. Sabe muy bien el salmista el poder que tiene la palabra: con palabras nos podemos herir, con palabras nos podemos sanar. Las malas palabras destruyen la sociedad, las buenas (no las palabras halagadoras) la construyen. Por eso mismo la Palabra enseña la sinceridad de las buenas palabras. Constata el salmo que hay palabras injuriosas: aquellas que injurian la dignidad de la personas, palabras que alejan del horizonte de la felicidad, palabras que distorsionan la verdad para lucrarse del engaño. Estas palabras las cuestiona profundamente el Mensaje. Por el contrario, quien entra en la escuela de la Palabra podrá hablar "ante los reyes", es decir, podrá pronunciar palabras públicas que lleven a la construcción del bien común, que cuestionen el poder opresor, que relativicen las palabras únicas de los poderosos. Son palabras para la verdad por su sinceridad. Porque eso se quiere enseñar al creyente en la escuela de la Palabra: las palabras sinceras. No solamente aquellas que concuerdan con la verdad objetiva, sino las que brotan de un corazón sincero, que persigue únicamente el bien del otro, que no deforma la realidad para sacar algún provecho, que no dice cosas falsas de los demás para dominarlos. Palabras sinceras desde una vida sincera. Palabras sinceras para generar relación nueva. Todo este anhelo cae por tierra con lo contrario: las palabras torticeras, de segundos sentidos, de escondidas intención, nubes de humo que encubren la realidad y que terminan por destruir a quien es más débil. El lector/a de la Palabra ha de vigilar con extremo cuidado y con esmerado cultivo su lenguaje, en sus modos verbales y no verbales.

            2. Jesús odiaba las palabras traidoras: vuestro sí sea sí y vuestro no sea no; "todo lo demás procede del diablo" (Mt 5,33-37). En las palabras de Jesús hay un potencial de vida porque son palabras humanizadoras, constructoras de bondad. Sus palabras eran "Espíritu y vida", es decir, fuerza y energía para toda persona, fuerza de espíritu y vida de logro y de disfrute. No son palabras para la muerte sino para la vida. Quizá por eso siguen resonando con toda su fuerza pasados los siglos. Sus mismos discípulos lo decían con claridad y ante la videncia: ¿A quién vamos a acudir? Tu tienes palabras de vida" (Jn 6,55.69). No tuvo otra arma, otra infraestructura, otros medios, otras herramientas que su palabra, despojada y humilde, pero vibrante y llena de verdad. Su contacto vivo con la Palabra, en la oración, en el silencio, en las celebraciones creyentes, en su rumiar constante del texto, le llevó a aquilatar la suya hasta hacerla palabra para generar vida en todos los sentidos. La suya no era una palabra religiosa sino para engendrar vida: "Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn 10,10). Cuando leemos los textos evangélicos percibimos el vigor renovado de su palabra, por su honda sinceridad humana, por su estar de acuerdo con las aspiraciones más profundas del ser humano, por su acercarnos a la verdad del Padre por medio de su propia experiencia. Palabras de sinceridad y de vida hondas.

            3. Harta está la sociedad de palabras y con razón, porque la experiencia muestra que, en no pocos casos, además de  ser palabras hueras son también palabras falsas. Y esa inflación de una palabra sin soporte vital termina por volverse contra la hermosa y curativa realidad de la palabra. Decir que la humanidad está aún necesitada de palabras verdaderas, sanadoras, es poco: le hacen falta palabras que vengan de dentro, además de sinceras, que estén libres de intereses particulares, que arranquen del abismo personal que es la verdad de cada uno, por limitada que sea. Palabras verdaderas, distintas, de nuevo origen, de otra verdad. La Palabra de Dios, leída con profundidad, con rumiante sosiego, puede ayudarnos a ello. Una Palabra leída de maneras superficiales contribuye a la "mentira" (personal, fraterna, eclesial, social). Mientras que, leída con paz, sosiego, hondura, contraste, deseo, termina por apuntar al fondo de la persona y, desde ahí es desde donde brotan las palabras de sinceridad vital. Quizá habría que comenzar por poner coto explícito a las palabras que injurian porque hacen daño al alma; después tener mucho cuidado de la influencia pública y fraterna de nuestras palabras, para que construyan y nunca destruyan. Finalmente habría que intentar a hablar palabras de sincera profundidad que brotan de lo que uno/a es verdad, de lo que "sabe", de lo que experimenta. Una palabra que no tiene detrás la experiencia personal se desvaloriza y tiene el peligro de ser palabra que lleva a engaños.

            4. Mucho del daño que nos hacemos en comunidad es por las palabras; mucho del bien que nos hacemos es por las palabras. La vida común, eclesial, siempre estará necesitada de palabras buenas que brotan de las raíces experienciales personales. Toda palabra, desde ahí, habría de ser amable, respetuosa, dialogante, sincera, libre de amargura, de voces airadas, de lugares difíciles para el diálogo, de segundas intenciones, de afán por terminar venciendo. La buena palabra fraterna convence, nunca vence. Las palabras injuriosas, calumniosas, son el cáncer de una comunidad. Las palabras públicas que son benignas y discernidas construyen la comunidad. Las palabras sinceras que nacen de la raíz vital de lo que es cada uno/a construyen la persona, la sociedad, la misma comunidad cristiana. Emplear la Palabra y fracasar en las palabras no deja de ser un tremendo contrasentido, de no ser que, en la medida de las propias posibilidades, se esté haciendo el esfuerzo por construir el saludable edifico de las buenas palabras. Desde aquí se hace más perentoria la plegaria sálmica: "Pon en mi boca las palabras sinceras" (Sal 118,43), dicho de forma positiva.

 

  • Lee y relee el salmo sin cansarte.
  • Vuelve, si tienes ganas, a pasajes anteriores.
  • Mira un poco a la calidad y procedencia de tus palabras.
  • ¿Qué dirían tus hermanas/os de tu manera de hablar?
  • Cómo derribar los muros de silencio que envuelven a muchos/as hermanos.
  • Celebra a tu manera al Jesús de palabras verdaderas y amables.

 

 

IV. SENTIDO DE LA VIDA

 

            Las mayores crisis que acechan a la persona provienen de la falta de sentido. Las mayores alegrías, aquellas que iluminan la vida y el rostro (una verdadera transfiguración), son las que brotan del sentido vital esclarecido. ¿Qué es lo que realmente pinta uno/a en esta historia? La pregunta es enorme; pero de su respuesta depende mucha de nuestra dicha. El Salmo 118 lo dirá a su manera: tu camino histórico vale porque te encaminas, con otros y con la creación, a una tierra de bondad, a un horizonte de fraternidad, de amparo y de abrazo, no a la soledad, sino al más hondo de los acompañamientos.

 

1. Esperanza viva (Zain: 118,49-56)

 

            Para entender que puede ser una meta de sentido algo tan prosaico como el sueño de una tierra de bondad, algo tan "poco espiritual", pero tan en el secreto del Padre, su verdadero sueño, es preciso suscitar esperanza a raudales. La imposibilidad de percibir esta historia como una meta para nuestra dicha pasa por una honda desesperanza (además de por el cultivo de superestructuras religiosas). Ya decía Casaldáliga cuando hacía el recuento de los valores espirituales: la libertad, la pobreza, la humanidad, la justicia, la misma fe...pero, al final, "yo me atengo a la esperanza".

 

49Recuerda la palabra que diste a tu siervo,
de la que hiciste mi esperanza;
50este es mi consuelo en la aflicción:
que tu promesa me da vida;
51los insolentes me insultan sin parar,
pero yo no me aparto de tus mandatos.

52Recordando tus antiguos mandamientos,
Señor, quedé consolado;
53sentí indignación ante los malvados,
que abandonan tu voluntad;
54tus leyes eran mi canción
en tierra extranjera.

55De noche pronuncio tu nombre,
Señor, y, velando, tus preceptos;
56esto es lo que a mí me toca:
guardar tus decretos.

 

            1. El primer verso domina la estrofa. "De la Palabra hiciste mi esperanza". ¿Qué es para el salmista una vida fundamentada en la esperanza que suscita la Palabra? Tiene que ser, sin duda, una realidad de vida, personal, nada ideológica. La Palabra es trasunto del corazón del Padre. Si se descubre ese cimiento de la vida, no solamente brotará la confianza, sino que también la esperanza manará sin secarse nunca.  Para el orante la Palabra es razón suficiente para la esperanza. Puede ir todo mal, puede haber pobreza, se puede vivir al borde del abismo de la miseria, la esperanza queda incólume. Bien lo decía la profética terquedad de Habacuc: "Aunque la higuera no echa yemas y las viñas no tienen fruto, aunque el olivo olvida su aceituna y los campos no dan cosechas, aunque se acaban las ovejas del redil, y no quedan vacas en el establo, yo exultaré con el Señor, me gloriaré en Dios mi salvador" (Hab 3,17-18). Es una esperanza que se sustenta en el recuerdo, se anima en el consuelo y se materializa en el canto. Un recuerdo vivo, como un aguijón, como el mejor tesoro. Un recuerdo que se cultiva día a día, noche a noche, silencio a silencio. No un mero acordarse, sino una presencia que late a cada instante. Ese recuerdo consuela, porque la vida aprieta, a veces, tanto que hambreamos el consuelo como auténticos mendigos/as. Un consuelo que hace fuerte, que es capaz de hacer frente a cualquier insolencia. Un consuelo de los que uno/a se sabe posesor/a y con él se hace fuerte. No es de extrañar que brote el canto, incluso "en tierra extranjera", en situaciones de adversidad. No hay quien pueda contra un pobre que canta, porque su canto es, en medio de su pobreza, la certeza de su victoria. De noche, en la quietud, en los ecos apagados, en los silencios multiplicados, brota el canto, porque mana la esperanza.

            2. Da Jesús el buen perfil que dibuja este salmo: uno con la esperanza siempre activa. Incluso cuando pareció que su "vasija" humana se quebraba, allá en la cruz. Su "Dios mío, Dios mío" es, mucho más, un grito de esperanza (léase la esperanza oración de la segunda mitad del Sal 21) que de desconsuelo. Un hombre de esperanza en el Padre con una tenacidad que aún hoy maravilla: "Yo nunca estoy solo, porque el padre siempre está conmigo" (Jn 16,32). Esperanza con sus pobres discípulos, tan romos a la hora de entender los mecanismos del Reino, sobre todo Pedro a quien no se le arrebatará la función de "confirmar a sus hermanos", más allá de su ser piedra "frágil" sobre la que se sostiene este edificio de la comunidad (Lc 22,32; 16,18). Hombre de esperanza con aquellos pobretones, los ojloi, que vieron en el una promesa material, superficial, pan para hoy y hambre para mañana (Jn 6,1ss). Hombre de esperanza en aquella comunidad de pobreza, "pequeño rebaño" (Lc 12,32), porque sabe que es deseo del Padre que nada se pierda (Mt 18,14). Quitar a Jesús la esperanza es arrebatarle el alma, la fibra más viva. Alimentó su esperanza de noche en la oración, de día en la mano ofrecida, en todo momento, apuntando a esa secreta fuente en la que habita el Padre sosteniendo la vida (Jn 14,23).

            3. Las llamadas a la esperanza tienen, con frecuencia, poco eco en nuestra sociedad. La desesperanza es tan densa, los nubarrones de la tristeza tan grandes, que se cree que no hay luz detrás de tanta oscuridad. Pero quien logra mantener la esperanza (es algo más que optimismo), quien trabaja por dar "razones para esperar", que no son tanto argumentos, sino consuelos, horizontes, ánimos, abrazos, es un/a benefactor/a de la humanidad. Los grandes de este mundo creen que la sociedad se sustenta sobre la economía (¿nosotros también lo creemos?). Pero, en realidad, se sustenta sobre las personas de esperanza, aunque sean ocultas, aunque no tengan influencia en el devenir externo de la historia. Son los que creen que no es verdad que se puede hacer poco con las migajas de la piedad, como dice C. Mestre. Se puede si en esas migajas, en esas pobrezas, alienta, cosa no fácil, la esperanza y la bondad (a la par que el "aullido" de la justicia). Pudiera parecer que la esperanza está desterrada de la sociedad, pero, en realidad, es la cosa más buscada, más requerida, más anhelada. Por eso mismo, quien se alimenta de la Palabra (alimentarse de ella es más que apreciarla, más que leerla, es masticarla año tras año, etapa tras etapa de la vida) termina por atisbar el maravilloso mundo de una vida esperanzada, más allá de las inevitables pobrezas.

            4. ¿Aprobaría nuestra vida comunitaria el examen sobre la esperanza? ¿Cuáles serían las preguntas de un tal examen? Quizá algunas de estas: ¿Qué vislumbras en el fondo de tu corazón? ¿Por qué suspiras realmente? ¿Qué hace que tus ojos y tu interior se esponjen? ¿Están húmedas, vibrantes, tus entrañas o te las ha secado el realismo? ¿Crees que la fuerza, el número, el vigor juvenil, la cantidad, son mejores aliados del futuro que la pobre esperanza? ¿Te quedas maravillado cuando descubres esperanza en los márgenes, en las situaciones duras, en los socorros que se dan los mismos pobres entre sí, en las realidades que nuestra sociedad fuerte ni mira? ¿Hay una llamita ardiendo dentro de ti que no es capaz de apagarla ninguna lágrima? ¿Te parecen esta clase de preguntas algo simplista y sin fuste? El examen de la esperanza lo aprueban los realmente esperanzados/as, no tanto los dotados de grandes ideas. Por eso decimos, dice el Salmo, que la Palabra, oculta, pobre, olvidada, manoseada, rutinizada, arrumbada, manipulada, exhibida, desfigurada, puede ser, más allá de todo este desenfoque, la fuente de una esperanza  capaz de colaborar al sentido de la vida, a esa orientación que hace que uno/a vaya adquiriendo la certeza de tener un lugar en el mundo. Tu Palabra, la fuente de mi esperanza. ¿Cómo no sobrecogerse de gratitud y de conciencia de fortuna?

 

  • Anhela esa esperanza honda leyendo y releyendo el salmo.
  • Pregúntate con paz ante el salmo por la salud de tu esperanza.
  • Sembrar esperanza, buena siembra.
  • ¿Te parece que es tan acuciante la crisis de sentido en nuestra vida, en nuestras comunidades?
  • Regocíjate dentro sabiendo que ahí, aunque no lo notes mucho, hay un manantío de esperanza que el Padre suscita.
  • Di sin rubor a Jesús: "Tú, mi esperanza".

 

 

2. Tierra de bondad (Heth: 118,57-64)

 

            Puede decirse que, según el salmo, el sentido se ilumina cuando se comprende que la trayectoria histórica tiene como meta ser una "tierra de bondad" hasta ser una tierra nueva en que habite la justicia (2 Pe 3,8-14) y donde no haya muerte, ni luto, ni llanto (Ap 21,4). Esa tierra nueva es el sueño de Jesús. Solamente un cielo en conexión con esa tierra puede ser objeto de la utopía cristiana. El salmo no apunta a una desvinculación, sino a una integración.

 

57Mi porción es el Señor;
he resuelto guardar tus palabras;
58de todo corazón busco tu favor:
ten piedad de mí, según tu promesa;
59he examinado mi camino,
para enderezar mis pies a tus preceptos.

60Con diligencia, sin tardanza,
observo tus mandatos;
61los lazos de los malvados me envuelven,
pero no olvido tu voluntad;
62a media noche me levanto para darte gracias
por tus justos mandamientos.

63Me junto con tus fieles,
que guardan tus decretos;
64Señor, de tu bondad está llena la tierra;
enséñame tus leyes.

 

            1. Este trozo sálmico parece estar escrito por alguien de la tribu de Leví que no recibía tierras en herencia, sino que su porción era únicamente el Señor. Pero no es un recibir soso, enajenante, paralizador. El discernimiento sigue funcionando y el orante, que examina sus caminos, se da cuenta de que si no va adecuando esas sendas a las insinuaciones de la Palabra, no llegará a atisbar la tierra nueva. Discernimiento continuado, a raudales, mística de ojos abiertos, mística horizontal que no necesita salirse de la historia para ver que es justamente ahí donde Dios quiere ser servido y amado. Esa lucidez en el análisis está alimentada por la oración silenciosa, a medianoche, maneras de mantener viva la certeza de que el sentido de la vida es algo asequible a cualquiera. Oración de medianoche, desveladora, incordiante para quien anhela un reposo largo, pero viva, azuzadora del sentido. Con esos ingredientes, discernimiento lúcido y oración anclada en las horas de la mayor soledad, es como se puede entender algo tan simple como esto: de tu bondad está llena la tierra. Este cosmos, nosotros en él, tiene como meta la bondad. Un Dios bueno ha otorgado a la persona una tierra buena. Si se logra la bondad amanece el Reino; si la bondad brilla, la inhumanidad retrocede; si la bondad prospera, el corazón del Padre se alegra. A esto tan simple y tan hondo empuja el trato con la Palabra. Esto tan elemental, este ser tierra buena, es lo que puede dar sentido a la existencia creyente.

            2. Posiblemente no se pueda tratar a Jesús con el moderno calificativo de ecologista, de uno que ha hecho de la defensa de la tierra su meta y su lucha. Pero él ha sido, quizá más que nosotros porque todavía el libro de la creación era más legible en aquella época, uno que ha vivido dentro con el estremecimiento no solamente de estar en la tierra, sino de ser tierra, de ser uno con todos y con todos. Por eso no ha habido divisiones en su interior, ni maltrato a las creaturas.  Su nacimiento en pobreza, entre animales, anuncia la era en que se meterá la mano en la hura del áspid y no pasará nada (Is 11,1-10); su palabras sobre los campos, los lirios, los pájaros (Mt 6,24-34), el sol (Mt 5,45), el agua, los ríos de agua viva (Jn 4,14), los alimentos (Mt 14,13-21), las piedras (Lc 19,39-40);  (enumera la lista de objetos de la naturaleza que aparecen en los evangelios; ¿cuántos aparecen en nuestras teologías?). Hombre de tierra, viniendo de lo profundo de la tierra y volviendo, vivo, a esa misma profundidad. Hombre de sueños para una tierra nueva (Mt 25), para un tiempo de "color de naranja", como dicen los poetas, en que el amor sea la fuerza viva del hecho histórico. Poco ha hablado Jesús, en realidad, sobre el cielo; mucho más sobre la tierra (ver las catequesis de Mc 9,31 ss). Le interesaba más la dicha de esta tierra que su pecado, el gozo al que estaba destinada que las heridas que le acompañan.  Él creyó a pie juntillas en un Dios bueno (Mc 10,18) que nos ha dado una tierra buena, productiva, generosa (Mt 13,1-23).

            3. Quizá sea demasiado soñar hablar de una tierra buena con la de ultrajes que le venimos infiriendo desde los orígenes. Lacerada tierra. Pero, a pesar de todo, con vocación de plenitud, de bondad. Es algo que va más allá de los simples ciclos históricos, algo más que el futuro cósmico de éste y los otros planetas. Una tierra de bondad es una manera de decir el sueño de plenitud de Dios sobre ésta su creación. No puede atisbar tal plenitud si se tiene algo en contra de esta tierra. Por eso, hay que amarla, ya lo decía Rahner, aunque aún nos aflija con la muerte y la soledad, con su desolación y su llanto. Es necesario amar la tierra para entender que su bondad puede ser nuestra meta vital nuestro sentido profundo. Se precisa también un desasimiento, un des-centrarse de este antropocentrismo que tanto ha desfigurado el sentido de nuestra vida histórica. El sentido viene del plan de Dios, no de las ideas que nos hagamos los humanos de nosotros mismos. Soñar en la tierra buena es trabajar porque así lo sea, saber que el caudal de bondad no es automático: mengua si no colaboramos en él, crece si aportamos a él un poco de humanidad. Creer en la bondad de la tierra como sentido, como designio del Padre, nos animará a una bondad radical, básica, a aquella santidad de vivir que desata la ternura del corazón del Padre y que toda persona, sea santa o pecadora, puede tenerla ya que no se confunde con la santidad religiosa, sino con el sentido elemental de nuestro hacer parte de la historia.

            4. La vida fraterna habría de impulsar su "voto de ser tierra", que es lo mismo que el de ser benigno, ser hermano/a, ser ciudadano/a, ser samaritano/a en una sociedad siempre necesitada de amparo. Habría de llevar a alejar cada vez más esa negativización que ha aquejado, y aún sigue, la manera de sentir la espiritualidad cristiana, negativización del mundo, de la política, de la sociedad, de la familia, de la juventud, de los no creyentes, etc. Nos podría ayudar a generar una hermandad elemental que pusiera en cuestión todo aquello que ha dividido a las personas a lo largo de la historia: las fronteras que separan, las culturas que se menosprecian, las religiones que se atacan, las maneras de ser que no encuentran caminos comunes. La Palabra nos dice con humildad, quizá para asombro nuestro, que el sentido viene no de espiritualidades extrañas sino del fraterno entender nuestra pertenencia honda a la historia, a la tierra, y que ahí se oculta una indudable posibilidad de dicha honda. Un libro de bondad, ésa es la historia y la tierra, y la misma Palabra, más allá de sus duras limitaciones.

 

  • Rumia calladamente el salmo, en la "noche" de tu cuarto, del jardín, de la misma noche.
  • Cree que ser la tierra buena es la meta y el sentido, por lejana que te parezca la cosa.
  • Abraza la tierra, las cosas, las personas. Diles: hermanas.
  • Vuelve al Salmo y agradece, de la mejor forma que sepas, el don luminoso de la Palabra.

 

 

 

V. CERTEZAS

 

            Las certezas habitan el corazón, residen en la profundidad, no necesitan ninguna clase de justificación, aparecen como llanamente evidentes. Las certezas no litigan con nadie y son compatibles con otras distintas, son libres y, generalmente, aportan equilibrio a la vida. Por eso, las certezas, las positivas, son un verdadero tesoro. La espiritualidad se construye más sobre certezas que sobre verdades, porque aquellas son las que realmente satisfacen y mueven a la persona. Las verdades quedan, muchas veces, en la esfera de lo externo. La Palabra apunta y desea generar certezas, ese destilado de vida que me asegura en el aprecio a las opciones tomadas, en la fidelidad por mantenernos en ellas. Certeza de vida y de fe.

 

1. La certeza de la bondad (Teth: 118,65-72)

 

            La bondad, más que el bien: éste es algo abstracto, y en nombre de él se cometen, a veces, auténticos atropellos. No pasa así con la bondad que es el bien actuando, viéndose, comprobándose, tocándose. Y ese realismo histórico es el que libra al ideal de su perversión. La Palabra empuja al bien practicado, creído porque practicado.

 

65Has dado bienes a tu siervo,
Señor, con tus palabras;
66enséñame a gustar y a comprender,
porque me fío de tus mandatos;
67antes de sufrir, yo andaba extraviado,
pero ahora me ajusto a tu promesa.

68Tú eres bueno y haces el bien;
instrúyeme en tus leyes;
69los insolentes urden engaños contra mí,
pero yo custodio tus leyes;
70tienen el corazón espeso como grasa,
pero mi delicia es tu voluntad.

71Me estuvo bien el sufrir,
así aprendí tus mandamientos;
72más estimo yo los preceptos de tu boca
que miles de monedas de oro y plata.

 

            1. Para el orante no hay duda: la Palabra es un bien. No de manera mágica, sino actuante. La Palabra es un bien porque hace bien. Para el amante de la Palabra comprobar que ésta es un bien elemental, real, en su vida es argumento máximo de aprecio y de valoración. No se precisa razón mayor: la Palabra me hace bien, es suficiente. Argumento sencillo, pero contundente. También es un bien el sufrimiento saludable no el sufrimiento histórico en sí mismo (que, eso sí, es, evidentemente un mal). El sufrimiento se vuelve saludable cuando se aprende de él, cuando se lo toma como un camino para el desvelamiento de nuestra verdad, de las razones verdaderas de nuestro proceder; cuando, increíblemente, termina volviéndose de nuevo hacia quien te causó ese dolor para, amándole por encima de él, lograr parar, suprimir, el inútil sufrimiento. Este camino de ida y vuelta del sufrimiento es cuando puede erradicarlo hasta convertirlo en dicha. El orante cree que ese es el único modo de encajar la injuria de la insolencia, de la propia insolencia. Con la Palabra y el sufrimiento saludable se llega a la certeza de que Dios es bueno y hace el bien; es bueno porque hace el bien. No es bueno por ser Dios, sino porque obra con humanidad (como lo dirá luego Sabiduría 11-12). Un Dios de bondad humana, histórica, actuante. Un Dios solo bueno, sin sombra de maldad, sin afán de castigos, sin reivindicaciones violentas, sin archivar agravios, sin cólera. Un Dios que también "sufre" con nosotros y, por eso mismo, no es uno de los dioses del sufrimiento, sino de la dicha, de la bondad, del mejor deseo para toda realidad.

            2. Jesús, el bueno, el que pasó haciendo el bien (Hech 10,38), el maestro bueno (Lc 18,18), el que aprendió la bondad del Padre y su generosidad y la puso en práctica (Mt 20,1-16). Un Jesús de palabra consoladora y bondadosa (Lc 7,13), de manos acariciadoras (Mc 1,41), de corazón acogedor (Mc 10,21), de vida ofrecida (Lc 23,46). Bueno, como diría Machado, en el buen sentido de la palabra, en el sentido de una bondad sencilla, asequible, práctica, visible, compartidora. Una bondad que sorprende. Ya lo dice Sobrino: "De Jesús impactaba la misericordia y la primariedad que le otorgaba: nada hay más acá ni más allá de ella, y desde ella define la verdad de Dios y del ser humano. De Jesús impactaba su honradez con lo real y su voluntad de verdad, su juicio sobre la situación de las mayorías oprimidas y de las minorías opresoras, ser voz de los sin voz y voz contra los que tienen demasiada voz, e impactaba su reacción hacia esa realidad: ser defensor de los débiles y denuncia y desenmascaramiento de los opresores. De Jesús impactaba su fidelidad para mantener honradez y justicia hasta el final en contra de crisis internas y de persecuciones externas. De Jesús impactaba su libertad para bendecir y maldecir, acudir a la sinagoga en sábado y violarlo, libertad, en definitiva, para que nada fuese obstáculo para hacer el bien. De Jesús impactaba que quería el fin de las desventuras de los pobres y la felicidad de sus seguidores, y de ahí sus bienaventuranzas. De Jesús impactaba que acogía a pecadores y marginados, que se sentaba a la mesa y celebraba con ellos, y que se alegraba de que Dios se revelaba a ellos. De Jesús impactaban sus signos -sólo modestos signos del reino- y su horizonte utópico que abarcaba a toda la sociedad, al mundo y a la historia. Finalmente, de Jesús impactaba que confiaba en un Dios bueno y cercano, a quien llamaba Padre, y que, a la vez, estaba disponible ante un Padre que sigue siendo Dios, misterio inmanipulable".

            3. Las buenas palabras son, sin duda, un bien para nuestra sociedad. Por ellas podemos aprender el camino de la bondad. Las malas palabras, torticeras, tramposas, nos alejan de la bondad. Por eso, si la bondad nos interesa, es preciso tener controlado el tema de las palabras, hay que aprender el buen e imprescindible idioma de la palabra humana, cargada de humanidad. Si no, la bondad se retrae y la maldad se frota las manos. Incluso más: si la bondad nos interesa es preciso subvertir el sentido del sufrimiento humano. Hasta ahora es unidireccional: viene hacia nosotros (provocado incluso por nosotros) y nos hiere. Y queda la herida, agrandándose cada día. Es preciso encontrar una senda de vuelta: aquella que, aunque herido, sabe volver al lugar del que salió no para aumentar el dolor, sino para tratar de asumir con humanidad el hecho y encontrar fuerzas para replantearse un tratamiento curativo del dolor. Si no hace ese camino de vuelta, camino que incluye, claro está, la bondad, es imposible subvertir la dura trayectoria del sufrimiento. Necesitamos en la sociedad sanadores heridos, bondadosos que hayan experimentado su propio mal, amantes que se vuelvan de su propio odio. Puede parecer imposible, pero ahí radica la posibilidad de la certeza de la bondad. Es entonces cuando ser bueno no será un ideal para simples, o para gente débil, o menospreciable. Será el horizonte común, la tendencia de lo cósmico, la inclinación de toda realidad. Y entonces confluirá la historia con el secreto amor del Padre, porque Él tiende irremediablemente a la bondad.

            4. No es mal ideal para la vida comunitaria el de la simple y común bondad: ser buenos/as con nuestros/as hermanos/as. Ser buenos con nuestros vecinos; serlo con las cosas, incluso. La bondad puede parecer un ideal menor, de poco vuelo, de mínimos. Pero es tan básico que soñar en cosas más sublimes sin contar con él es pedir lo imposible. Este modesto pero divino ideal requiere un fuerte cambio de paradigma: el de la persona y el del mismo Dios. El de la persona: creer que el otro/a es sujeto de bondad, aun comprobado su fallo y su fragilidad. Cuando se abandona esta certeza, la vida en comunión pasa a ser una cuestión administrativa y deja de ser algo relativo al corazón. La vida fraterna sin creer en la bondad del hermano/a es lo más parecido a una organización empresarial moderna, de las que no tienen alma. Y también requiere el cambio del paradigma de Dios: creer y desear creer (cosa no fácil con los pesos que arrastramos) en un Dios solo bueno, actuando con bondad, con "honda humanidad", un Dios sin trasfondos, sin agravios mantenidos, sin cólera guardada, sin castigos predeterminados, sin torvas miradas que ocultan lo que ignoramos. Si ese Dios de bondad, como única manera de verlo, no va surgiendo, es difícil que florezca en la comunidad el ideal de la bondad, de la simple y elemental bondad.

 

  • Desgrana el salmo muchas veces, asimílalo, apréndelo desde dentro, en la memoria y en el corazón.
  • Piensa, con él, si te entusiasma o no el simple y humilde ideal de la bondad.
  • Observa en el fondo del corazón si te resulta atrayente la realidad sola de un Dios bueno.
  • Mira a tus hermanos/as de comunidad y pregúntate si los consideras capaces de bondad, aun conociendo sus limitaciones.
  • Agradece lo bueno de quienes son buenos. Pon rostros a la bondad.
  • Vuelve al salmo, a cantar con él el hondo misterio de un Dios bueno.

 

 

 

2. La certeza de la compasión (Yod: 118,73-80)

 

            La compasión, el vocablo incluso, no tiene muy buena prensa. Sin embargo, la compasión, siempre nueva, es demandada de muchas maneras por la sociedad porque sin compasión muchas situaciones de vida quedan sin salida. La compasión puede llegar a ser la certeza de que hasta la misma creación está necesitada de ella, incluso Dios mismo demanda, a su manera, ser compadecido, andar empáticamente sus propios caminos de Dios que ama.

 

73Tus manos me hicieron y me formaron:
instrúyeme para que aprenda tus mandatos;
74tus fieles verán con alegría
que he esperado en tu palabra;
75reconozco, Señor, que tus mandamientos son justos,
que con razón me hiciste sufrir.

76Que tu bondad me consuele,
según la promesa hecha a tu siervo;
77cuando me alcance tu compasión, viviré,
y mis delicias serán tu voluntad;
78que se avergüencen los insolentes
del daño que me hacen;
yo meditaré tus decretos.

79Vuelvan a mí tus fieles
que hacen caso de tus preceptos;
80sea mi corazón perfecto en tus leyes,
así no quedaré avergonzado.

 

            1. La certeza de la compasión brota para el orante bíblico de una profunda verdad asumida y acogida: Dios nos ha formado desde el inicio, somos criatura suya, obra de su amor. No es únicamente azar, biología, flujos que se unen, partículas que se atraen. En todos esos complejos procesos hay un amor detrás, una mirada cargada de afecto, un corazón que quiere darse a otro corazón. En otros textos bíblicos se propone la imagen de Dios alfarero (Jer 18,1-6). Pero es algo más: Dios se ha manchado las manos con nosotros, pero, sobre todo, ha implicado su corazón, parte de lo suyo ha pasado a lo nuestro, hay algo de él en nosotros, y algo nuestro en él. Un increíble trasvase que late en el fondo. Desde ahí se podrá hablar de una compasión amorosa, creativa, mezclada, ceñida, no de una compasión desde fuera, paternalista, condicionante, superior. No ha de extrañar que esa bondad viva consuele, mitigue los dolores de la conquista histórica, del logro de la libertad, apoye y ampare la debilidad no para justificarla, sino para ponerse al lado y con-sufrir, con-llorar, con-abrazar, con-animar. Por eso mismo, el consuelo de la compasión es tan creativo como ella, tan humanizador, tan alejado de falsas compasiones que, a la postre, te pasan una factura pesada. La certeza de la compasión lleva a la vida, porque la de Dios es una compasión para la vida, la suya y la nuestra, no para la enajenación y el olvido. Una compasión para levantar los hombros y seguir caminando, para percibirse como mucho más que la propia debilidad, para no desistir de los caminos compasivos aunque las heridas que nos infiramos sean muchas y grandes.

            2. Jesús, el compasivo, el capaz de ponerse en la situación del otro (Mc 10,46-52), el que no repara en la calidad moral de la persona, sino que va al fondo de la misma (Jn 8,1-11), el que hace la pregunta de la compasión (Lc 18,35-43), el que cree que la compasión ha de alcanzar a multitudes, a la misma sociedad (Jn 6,1ss). Un Jesús que, de puro compasivo, no podía ser sino trasunto del mismo Dios, volcado en compasión sobre la historia. Para asimilar estos perfiles, quizá haya que comenzar por "desdivinizar" al Jesús excesivamente espiritual que ha construido la ideología. Si no es humano, no puede ser compasivo; si no es como un Dios compasivo, no puede ser humano. Tal vez temamos la compasión de Jesús porque creemos que, con ella, peligra el montaje de la ideología religiosa. Pero, en realidad, Jesús el compasivo se cuela en las grietas resecas de nuestro interior escasamente compasivo para inyectarle una vida que nos favorece a nosotros y a él mismo. Desde ahí puede nacer esa manera nueva de entenderle y entendernos que nos aproxime a la certeza de una compasión viva.

            3. La sociedad, lo hemos dicho, demanda compasión. Cuando se ve sacudida por las grandes catástrofes y por esas "pequeñas" catástrofes que son los crímenes contra uno sólo de los "pequeños" de la sociedad. Entonces grita: ¿Dónde estuvieron los que tenían que haber sembrado en esos corazones asesinos el necesario sentido de la compasión? Una sociedad con la compasión echada de la aldea es una jauría de corazones que se destrozan. Por eso mismo, los compasivos, son los constructores reales no solamente de la convivencia y el perdón, sino de la misma estructura social. Nunca se les reconocerá, ni se les aplaudirá, ni se les premiará. Pero su obra vale igual porque está animada por una convicción: que las entregas nunca se pierden, aunque no reciban ni aplauso, ni premio, ni jornal. Muchos débiles demandan consuelo; los compasivos los amparan. Muchas situaciones plantean la pregunta de los irresolubles porqués, la compasión los escucha y los consuela, aunque no tenga soluciones. La misma sociedad destierra a la compasión, por ser virtud de débiles (aunque, en realidad, no es una virtud, en sentido despectivo, sino un verdadero valor), pero los compasivos escuchan su avergonzada y necesaria demanda de compasión sin hacerse los fuertes, sin reclamar agravios, sin pedir atrasos que se les deba. Acogen y amparan como quien ya ha tenido su premio, porque ese premio no es para el compasivo/a sino el simple gozo de ver que la persona, la realidad, está más acompañada y es, por ello, más feliz.

            4. ¿Podría haber vida fraterna sin compasión viva? ¿Podríamos aspirar a entreverar corazones sin el ingrediente necesario de la mirada compasiva? ¿Podríamos desear la fidelidad fraterna sin andar los caminos de la compasión efectiva y constructora de humanidad? Posiblemente no. Quizá para ello haya de tener por cierto la comunidad que ella también ha sido formada por el amor del Padre ("El Señor me dio hermanos", decía Francisco de Asís). No es mera casualidad el que yo haga parte de este grupo; no es mera circunstancia el que yo pertenezca a este colectivo eclesial, a esta congregación. No es puro azar que esté en tal marco parroquial o creyente. Detrás de todo ello se descubre la compasión activa de Dios en cada uno/a de nosotros/as, en cada grupo. Una comunidad formada por el amor del Padre. Puede parecer excesivo, pero hay que hacer de contrapeso a lo organizativo, que es lo que muchas veces parece primar. Desde ahí se puede entender que nos hemos reunido en grupo para consolarnos. No se trata de andar gimoteando en común todo el día. No es eso. Se trata de consolarnos y acompañarnos en las soledades estructurales, en los fallos de origen, en las oscuridades que no hay manera de arrancarlas de corazón, en las pérdidas que nos acompañan, tenaces, hasta la tumba. Un consuelo tan creativo como la compasión, como la fidelidad. Desde ahí quizá lleguemos a agarrarnos a la compasión como una certeza necesaria para dar base a nuestras opciones creyentes. Y una vez que la hayamos agarrado, habríamos de animarnos a no soltarla jamás.

 

  • Lee con detalle todas las expresiones del salmo y disfruta con las que más dentro te lleguen.
  • Desea una compasión viva que sea certeza y fundamento de tus opciones más sencillas de vida.
  • Ablándate por dentro, no para una sensiblería que no sirve, sino para una fecundidad que crea.
  • Repite la frase del v.77, tan buena.
  • Da gracias, una vez más, por este salmo que termina por apuntar a nuestra verdad y nos ayuda a darle sentido.

 

 

 

VI. UN INTERIOR BULLENTE

 

            La religiosidad puede llevarnos, por caminos institucionalizados incluso, a una ausencia de pasión, a un interior apaciguado pero soso, a un estilo de vida sin sobresaltos pero sin emoción. El salmo desvela un interior bullente en el orante: hierven las preguntas, las actitudes, los comportamientos. No es el Salmo 118 la oración de uno que dormita, que se pliega a la costumbre, que ahí está porque ahí lo ha dejado. Es alguien bien vivo por dentro, expectante, ferviente, alterado. Ese interior es necesario para una vida en adhesión al Padre y en adhesión a los caminos humanos.

 

1. Preguntas apasionadas (Kaph: 118,81-88)

 

            Preguntarse con pasión es síntoma de vida. Quien está muerto es quien realmente no pregunta. Lo bueno de las preguntas no es tanto que encuentren respuestas (ojalá), sino que el simple hecho de hacerlas ya es positivo. Significa que estamos ante un interior vivo y, además, se desvela el afán de búsqueda, imprescindible para una vida que merezca tal nombre.

 

81Me consumo ansiando tu salvación,
y espero en tu palabra;
82mis ojos se consumen ansiando tus promesas,
mientras digo: "¿Cuándo me consolarás?"
83Estoy como un odre puesto al humo,
pero no olvido tus leyes.

84¿Cuántos serán los días de tu siervo?
¿Cuándo harás justicia de mis perseguidores?
85Me han cavado fosas los insolentes,
ignorando tu voluntad;
86todos tus mandatos son leales,
sin razón me persiguen, protégeme.

87Casi dieron conmigo en la tumba,
pero yo no abandoné tus decretos;
88por tu bondad dame vida,
para que observe los preceptos de tu boca.

 

            1. La vida humana, cuando bulle, es un montón de preguntas. Ya lo hemos dicho: preguntarse es un síntoma de vitalidad y, por lo mismo, de espiritualidad. Un verdadero creyente que no se hace preguntas, que tiene todas las cuestiones vitales respondidas de antemano, no puede ser un creyente vivo. El salmista hierve por dentro. Las preguntas de siempre (cuándo, cómo, cuánto) se agolpan en su interior. Quizá no encuentre una respuesta directa, pero él espera en la Palabra. ¿Qué le dice esa Palabra para motivar su esperanza? Que las preguntas vitales no caen en el olvido, que Dios acompaña cada uno de sus pasos y que por eso su camino tendrá una salida. La Palabra le dice que sus preguntas no son inútiles, que siga preguntado, pero que la paz no abandone a quien pregunta. La Palabra le dice que a la pregunta por el consuelo hay ya una respuesta de consuelo; que a la pregunta por la duración de la vida, se le dice que sea larga o corta la suya es una vida amparada; a la pregunta por las injurias y males recibidos, se le dice que Dios comparte ese precio y que habrá un final de plenitud. La esperanza en la Palabra no queda defraudada y esa esperanza se va convirtiendo, al filo de los días, en respuesta. Quizá lo que se le diga al salmista sea: no hiervas tanto por dentro por las preguntas, hierve (anímate, entusiásmate, consuélate, fortalécete) por las respuestas que la misma Palabra te va dando. Se le dice que la esperanza en la Palabra no es algo estéril, que de nada sirve, sino que hace tu interior más bullente y más tranquilo a la vez, más encendido y más sosegado, más entusiasta y más equilibrado. Solamente en apariencia esto es paradójico.

            2. Jesús es el hombre apasionado, también el hombre de las preguntas hirvientes (Mt 27,46). Pero, sobre todo, es la persona que ha confiado en la Palabra y ha creído que se cumple y que acompaña fielmente la senda de la vida (Jn 4,50). Hombre bullente y confiado (Mc 3,5), hombre apasionado y tranquilo (Lc 5,3), persona de gran fervor interior y de gran calma en el corazón (Mt 11,25-27). Él supo y aprendió que si el Padre acompañaba, todas las preguntas encontraban una respuesta (aunque no apareciera clara) (Mt 20,23). Él llegó a la conclusión de que lo importante no era tanto hacer preguntas sino ofrecer respuestas. A ello se dedicó con más ahínco: a dar respuestas que no responden a las preguntas, pero que apuntan a la vida. Respuestas que desactivan la pregunta para no enquistarse en esas preguntas y bloquearse a las posibles respuestas que existen. En definitiva, él fue uno asentado más sobre respuestas que sobre preguntas. Nada de esto hubiera sido posible sin la confianza en la Palabra que cree que, en ella, hay una respuesta a las no-preguntas, a las actitudes de vida que se enquistan en la mera pregunta. No habría sido posible, en definitiva, sin una certeza hondísima: el amor del Padre puede ser respuesta real a cualquier pregunta. Lo tuvo por una convicción en su bullente interior; lo mantuvo hasta su último aliento.

            3. La sociedad, las personas, acumulan preguntas, muchas de ellas sin respuestas. Las preguntas se hacen desde el dolor, desde la incomprensión, desde el reproche hacia los otros y hacia el Otro. Por eso, con frecuencia, las preguntas se bloquean y la respuesta (si es que la hay) se oscurece. Preguntar con humanidad, con fe en la palabra del otro, con aprecio y mirada limpia, con deseo de llegar a la luz, podría abrir un cauce, una respuesta, en el tupido telón de lo que se ignora, que es mucho. Una manera nueva de preguntar, un modo nuevo de plantear las cuestiones que nos tocan, que nos hieren, profundamente. Una forma de preguntar unida a la benignidad, a la sintonía, al respeto, a la ternura incluso. ¿Pueden tener respuesta las cuestiones hechas sin ternura? Probablemente no. Y luego, poner más énfasis en las respuestas que en las preguntas, aunque sean respuestas que responden poco. Preguntar es síntoma de interior bullente; responder es síntoma de interior fraterno. Por eso, quien mejor responde es quien más aporta a la fraternidad humana, quien más capaz cree al otro/a de colaborar en una vida solidaria.

            4. Una comunidad de preguntas, de sentido crítico, de deseo de saber. Preguntas hechas con respeto, ecuanimidad, ajuste a las proporciones de la realidad, lo más exactas posible. Una comunidad que pregunta en la mayor sintonía y honradez con lo real, en la mayor coherencia posible o, al menos, en la incoherencia reconocida y clarificada. La comunidad que deja de preguntar se sume en la corriente de la rutina, de la costumbre y del no crecimiento. Pero, más que esto, el anhelo de una comunidad que ofrece respuestas. Aunque fueren modestas, parciales, tímidas, pero que se esfuerza en responder, en aportar soluciones, en colaborar. Lo más importante no es que todo se solucione, sino que se quiera solucionar. Una comunidad que sabe que hay muchos caminos, muchos recursos, muchas posibilidades, sencillas y ocultas, pero reales. No cerrarse en la comunidad en expresiones de derrota: no hay nada que hacer, en mi comunidad no hay solución, no tenemos remedio, dejemos las cosas como están. No resignarse a una vida sin preguntas y, sobre todo, a una vida sin respuestas. La esperanza en la Palabra, la certeza de que para nosotros la Palabra puede ayudarnos a mantener bullente el interior y a la vez pacificado. Una fe en la Palabra que traspasa los ámbitos religiosos para inundar las honduras vitales del grupo, el subsuelo de la vida comunitaria.

 

  • Recorre las líneas del salmo como algo dicho en persona a ti mismo/a.
  • Repite como un estribillo orante: "Espero en tu Palabra".
  • Pregúntate con paz qué respuestas a tus preguntas te va dando la Palabra.
  • ¿Eres pregunta o respuesta en tu comunidad?
  • Sosiégate en el silencio, en la sombra, en la quietud, en la reflexión, en el paseo y vuelve, paciente y agradecido/a, sobre el salmo que te acompaña estos días.

 

 

2. Honda pertenencia (Lamed: 118,89-96)

 

            La pertenencia a la fe, a la vida, a la comunidad es, como dice Radcliffe, una "libertad de pertenecer". No se pierde la libertad natural pero se adhiere uno/a a un proyecto común. Ese tipo de pertenencia trata de suscitar la Palabra: eres libre, pero puedes hacer parte de un proyecto amplio, común, fraterno, cósmico incluso. Honda pertenencia para una vida con mayor sentido.

 

89Tu palabra, Señor, es eterna,
más estable que el cielo;
90tú fidelidad de generación en generación,
igual que fundaste la tierra y permanece;
91por tu mandamiento subsisten hasta hoy,
porque todo está a tu servicio.

92Si tu voluntad no fuera mi delicia,
ya habría perecido en mi desgracia;
93jamás olvidaré tus decretos,
pues con ellos me diste vida;
94soy tuyo, sálvame,
que yo consulto tus leyes.

95Los malvados me esperaban para perderme,
pero yo meditaba tus preceptos;
96he visto el límite de todo lo perfecto:
tu mandato se dilata sin término.

 

            1. El orante cree, y bien, que el tema de la pertenencia a Dios está en colisión contra el olvido. No se puede entender qué es pertenecer no tanto a Dios (como posesión suya), sino a su proyecto incluyente de amor a la vida si uno/a se sumerge en el olvido. Por eso, la Palabra es memorial y dinamismo de recuerdo. Memorial para hacer vida cada día lo que se escribió en otras épocas y en otros contextos; dinamismo para frenar el inexorable deterioro que el olvido impone a la existencia humana. Hay quien piensa que el olvido es nuestro destino natural; pero estamos destinados al recuerdo, a la memoria, al rostro reconocido, al abrazo reencontrado. Interesarse en hacer parte activa del plan, del proyecto de amor de Dios sobre la vida, demanda tener a raya el olvido, de Dios, de la persona, de las cosas, de las promesas, de los encuentros, de las sintonías. Contra todo olvido, ésa es una de las tareas de la Palabra. Y junto a esa lucha contra el olvido, la "meditación", la contemplación que ahonda, la mirada que se vuelve sobre el propio centro para salir luego, como en un trampolín, con toda la energía hacia la vida. Una contemplación que no enajena sino que resitúa en el corazón mismo de la vida, una contemplación de mirada profunda sobre lo que pasa y lo que nos pasa, una contemplación de trascendencia intrahistórica que hace un denodado esfuerzo por bajar lo más posible hasta el fondo de la existencia. En entonces, sin olvido y con contemplación, como el orante puede proclamar con toda certeza: "Soy tuyo/a". Es decir, estoy adherido a tu plan, a tu proyecto, te pertenezco con toda mi libertad, me encanta tu propuesta y no dudo en colocar dentro de ella el dinamismo querido de mi propia libertad. Toda una mística de honda pertenencia que no enajena sino que reconstruye, levanta, dinamiza, enriquece.

            2. ¿Dudó Jesús de su pertenencia al Padre, a su plan, a su designio de amor? Probablemente no. Desde aquel día en que entrevió que el horizonte de su vida era el Reino, allá en su bautismo (Mc 1,9-3), hasta el último aliento puesto en manos del Padre (Lc 23,46), toda su vida perteneció al Padre con su libertad incluida, activa, desbordante. Su pertenencia al plan no mermó su libertad sino que la potenció (Jn 4,34). Hasta llegar a decir que el Padre y él eran uno (Jn 10,22-30) y que lo suyo era del Padre (Jn 17,2). No quiso apartarse nunca de ese camino de mutua pertenencia porque sacarle de ahí era, justamente, encadenarlo, empobrecerlo. La suya, una pertenencia que enriquece. Rompió así esa dinámica destructiva que quiere pensar que pertenecer a Dios es sinónimo de no pertenecerse a sí mismo. Para él, perder la vida era no entender esta pertenencia que recrea y construye a la persona. No funcionaba en esta relación el "do ut des", sino la mayor generosidad y el amor más desinteresado. Sin él, no habría podido captar eso elemental de que entrar al designio del Padre es hacer a la vida el mayor de los favores, la mayor de las entregas y, por ello, llegar a la mayor de las ganancias.

            3. Persiste en la sociedad esa relación dialéctica entre individuo y comunidad. En la medida en que se vaya solucionando a favor de la comunidad, el individuo no perderá su identidad, porque libertad y proyecto común son realidades compatibles. Afirmarse por la individualidad es el camino que habitualmente tomamos, en menosprecio con frecuencia del proyecto común. El camino inverso, hecho con humanidad, podría llevar a un cambio en que la persona no saliera perdiendo, sino potenciada al máximo. No estamos hablando de un colectivismo trasnochado. Estamos queriendo hacer ver, incluso con el apoyo de la Palabra de Dios, que la pertenencia a proyectos fraternos, humanos, creacionales no tiene porqué conllevar la anulación de la persona, libre y singular, sino que puede ser integrada en él. La vida cristiana, misterio de comunión y de diálogo transparente, apunta en la dirección de integrar en proyectos comunes. No sentir esta llamada a lo común es, quizá, síntoma de no haber encajado bien el dinamismo de la Palabra, del Evangelio sobre todo.

            4. Esa dialéctica individuo-comunidad se plantea muy agudamente en los grupos religiosos. Si la Palabra de Dios apunta en la dirección de lo comunitario, también habría de hacerlo la opción por el seguimiento. Con lo que queremos decir que los proyectos fraternos comunes pueden integrar perfectamente los más hondos anhelos personales. Eso sí, será necesario un continuo esfuerzo por entender lo común, en los asuntos más prácticos, como una realidad inclusiva. Vivir en la fraternidad al margen de los proyectos comunes, además de ser algo destructor de la convivencia, es empobrecer a la persona. El proyecto común, la libre pertenencia, es uno de los dinamismos más enriquecedores y potenciadores que puede generar la vida fraterna. Y todo ello con una visión de fe: creemos que el cauce de lo común es la manera de "ser de Dios". No se es de Dios en maneras religiosas, sino en caminos comunitarios. Porque justamente (lo sabemos desde Is 5,1ss) esa es el modo como Dios quiere que seamos suyos/as: siendo del hermano, adhiriéndose al plan fraterno, entrando en el designo universal de vida que alberga desde siempre el corazón del Padre.

 

  • Relee el salmo en todos sus matices posibles.
  • Pregúntate por tu sentido de pertenencia: ¿estructural, espiritual, comunitaria? ¿Te parece "ganancia" el proyecto común?
  • Encaja este tema espiritual: ser de Dios, colaborando en su designio.
  • Vuelve a la Palabra sosegante del salmo. Considérate con suerte de poder estar a su vera.

 

 

VII. CAMINOS

 

            Si hay algo paradójico, desconcertante, ignorado incluso son los caminos humanos y sus porqués. Es, a veces, extraño este ir y venir nuestro por la vida, este andar "extraviados" y luego "volver" a antiguas sendas. No se sabe por qué se elige un camino u otro, porque se desecha aquel y se aprecia éste. Decía Prov 30,18-19: "Tres cosas hay que me desbordan y cuatro que no conozco: el camino del águila en el cielo, el camino de la serpiente por la roca, el camino del navío en alta mar, el camino del hombre en la doncella". Y todos los caminos humanos en general. Misterio hondo de este vivir nuestro. La Palabra quiere ser una ayuda, un ánimo, una iluminación para esos caminos.

 

1. Caminos de humanidad (Mem: 118,97-104)

 

             A veces, apoyándose en la Biblia, se han cometido auténticas execraciones. Es una lectura totalmente desenfocada. La Palabra quiere enseñarnos humanidad, simplemente, honda humanidad. Por eso, no ha de extrañar que el autor del salmo crea que, para él, la Palabra es una instancia viva de humanidad en sus caminos llenos de despiste, aflicción y limitación. Compañera de camino humano, para humanizar esta senda nuestra tentada siempre de inhumanidad.


97¡Cuánto amo tu voluntad!:
todo el día la estoy meditando;
98tu mandato me hace más sabio que mis enemigos,
siempre me acompaña;
99soy más docto que todos mis maestros,
porque medito tus preceptos.

100Soy más sagaz que los ancianos,
porque cumplo tus leyes;
101aparto mi pie de toda senda mala,
para guardar tu palabra;
102no me aparto de tus mandamientos,
porque tú me has instruido.

103¡Qué dulce al paladar tu promesa:
más que miel en la boca!
104Considero tus decretos,
y odio el camino de la mentira.

 

            1. Tiene el orante la clara percepción de que la suya es una vida amenazada de extravío. No puede uno/a alardear de tener las cosas claras, de no volverse atrás de las decisiones, de ser una persona sin fisuras, de no caer en extrañas contradicciones. La vida nos demuestra cada día que esto está siempre en nuestro caminar. Pero él ha llegado, a puro apoyarse en la Palabra a una serie de convicciones: 1) La Palabra "siempre me acompaña", es decir, no me va a fallar, no me va a dejar en mi extravío, no me va abandonar cuando la noche me envuelva como un manto. Es compañera de fidelidad probada que no nos deja tirados cuando mostramos el descarnado esqueleto de nuestra debilidad. 2) Además, la Palabra le hace al orante "sagaz" a la hora de andar por los caminos de la vida. Colabora decididamente al discernimiento. No es una realidad tan oscura como para que no vierta luz en nuestros caminos sedientos de tal luz. 3) Incluso, no bajo amenazas, sino por su fuerza iluminadora, la Palabra nos va alejando de "la mentira", de esa mentira vital de no saber quién soy ni adónde me encamino. Nos aleja de la peor de las mentiras: la del propio no saber,  la zozobra de andar despistados hasta seguir tirando en nuestros días sin horizonte ni porqué. De eso nos libra. 4) De tal manera que nuestra vida, casi insensiblemente, se va alejando de la "senda mala", la senda de la inhumanidad, del corazón como corcho, de la dureza de la mirada, del alma insensible, de una existencia en que los demás realmente no cuentan. De eso nos va apartando la Palabra. No es de extrañar que el orante, entusiasmado, diga que la Palabra es una "delicia mayor que la miel", algo tremendamente agradable y reconfortante porque se ve que los días no son iguales con ella que sin ella. Estamos en las vivencias más fuertes, en las convicciones más sólidas del orante.

            2. A veces se pregunta uno/a por qué Jesús ha sido tan hondamente humano que, por eso mismo, ha sido totalmente divino. Sin duda, como se ve en los Evangelios, la Palabra es una de las razones. Él se ha sentido siempre acompañado por el Padre (Jn 16,32) y por la Palabra (como se ve en Lc 4,14ss). Sus noches de oración (Lc 6,2), sus lecturas en la sinagoga (Lc 4,14ss), sus mismos gritos de gozo (Mt 11,25-27) o de dolor (Mt 27,4) han estado amasados en la Palabra.  Para él la Palabra ha sido motivo de hondos discernimientos, como en el Tabor (Lc 9,29), en Jerusalén (Lc 22,41), o en su vida tentada (Mt 4,1ss). La Palabra le ha hecho veraz, le ha apartado del camino de la mentira, ha odiado el sí que se confunde con el no y el no que se mezcla al sí (Mt 5,37). Miel en la boca ha sido para Jesús la Palabra: desde que, niño, como todos los niños judíos, bebía la lecha de su madre y la leche de la Palabra (según la costumbre de la época en que las madres judías, mientras amamantaban repetían frases de la ley al bebé) hasta el final de su vida en que la Palabra ha sido, en el Sal 22, compañía en el durísimo suplicio (podría haberlo recitado entero). La Palabra se ha mezclado a sus caminos. Sin ella, realmente, no podría entenderse la vida del Jesús histórico.

            3. ¿Hay que decir una vez más que nuestra vida de hoy, la de la familia humana, está necesitada de humanidad? La necesidad es tan perentoria como nunca. Quizá, como hemos dicho en otras ocasiones, las buenas palabras puedan engendrar humanidad. Y también la Palabra. ¿Cómo sería hoy una Palabra para engendrar humanidad? Algo de eso parece que ha querido decir el Sínodo de la Palabra cuando ha formulado sus vivencias diciendo que es voz, casa, rostro, etc. Efectivamente, presentar hoy la Palabra como cimiento de unos postulados dogmáticos es empobrecerla. Es una Palabra para la vida y, por tanto, es en la necesidad misma de la vida (no tanto en los postulados religiosos) donde hay que situarla. Es cosa curiosa que en esta gran crisis religiosa que sufrimos, la prensa airee frecuentemente frases del Evangelio y de la Biblia en general que siguen siendo evocadoras. Una Palabra para contribuir al hecho humano. Desde ahí habría que poner en cuarentena las palabras "inhumanas" del texto bíblico y potenciar las humanas, la certeza de que, en el fondo, la Palabra un regalo del amor del Padre a la historia para que esta crezca en humanidad, en simple bondad.

            4. No descubrimos nada nuevo si volvemos a decir que nuestros caminos fraternos están siempre necesitados de humanidad. Tampoco descubrimos el Mediterráneo si decimos que la Palabra puede ayudarnos a ser más humanos/as. Emplear la Palabra como terapia humanizadora, algo a lo que nos cuesta acostumbrarnos. Aludir a la Palabra, hacerla presente cuando estamos necesitados/as de humanidad en una determinada situación. No tener vergüenza de poner sobre la mesa las palabras de Jesús que nos hacen más humanos/as. Ese es el camino de la verdadera fraternidad y de una fe más honda. Esto nos ayudará controlar nuestra "mentira", a aguzar nuestro sentido de honradez con lo real, a percibir que el acompañamiento que la Palabra hace a nuestra comunidad (por diversos medios) es verdadero, necesario e imprescindible. Hace falta una vibración interior explícita para captar esto como algo verdadero. No hace falta decir que, si esto se da, el disfrute está asegurado, la alabanza saldrá más vibrante porque brotará de las entrañas de lo humano que son las mismas entrañas del creyente, las entrañas de Jesús.

 

  • No te parezcan estas reflexiones sobre lo humano algo "de siempre".
  • Maravíllate del acompañamiento que te hace la Palabra. Recopila momentos, ordinarios y extraordinarios, de acompañamiento de la Palabra.
  • Pide con deseo hondo el apartarte lo más posible de cualquier senda mala de inhumanidad.
  • Repite en silencio, profundamente, "Tu Palabra, más dulce que miel en la boca".

 

 

2. Caminos iluminados (Nun: 118,105-112)

 

            Una de las formas de nombrar el sinsentido humano, el despiste vital, la carencia de norte es decir que se está en la oscuridad. Vivir con luz interior, existencial, no es algo que viene dado de sí. Los caminos iluminados se construyen. La Palabra, según el Sal 118, quiere ser una ayuda para ir llegando a vivir con luz interior, con horizonte, con disfrute. De ahí brotará un sentido nuevo en el caminar humano y creyente.

 

105Lámpara es tu palabra para mis pasos,
luz en mi sendero;
106lo juro y lo cumpliré:
guardaré tus justos mandamientos;
107¡estoy tan afligido!
Señor, dame vida según tu promesa.

108Acepta, Señor, los votos que pronuncio,
enséñame tus mandatos;
109mi vida está siempre en peligro,
pero no olvido tu voluntad;
110los malvados me tendieron un lazo,
pero no me desvié de tus decretos.

111Tus preceptos son mi herencia perpetua,
la alegría de mi corazón;
112inclino mi corazón a cumplir tus leyes,
siempre y cabalmente.

 

            1. Ya lo hemos dicho: el orante de este salmo cree a pie juntillas que la Palabra puede ser una lámpara para su vida, para sus pasos, para sus caminos siempre amenazados de extravío. Ser lámpara no quiere decir que la Palabra hace por nosotros/as lo que a nos incumbe. No, la tarea es nuestra. Pero ella ilumina, descubre los pro y los contra, ayuda al discernimiento, quita las sombras que atemorizan, devuelve la confianza, pone a funcionar nuestro coraje, nos empuja a encarar las situaciones de la vida con decisión, nos asegura el amparo del Padre en nuestro caminar diario. No es baladí toda esta obra de iluminación que hace la Palabra. El orante no duda de ello. Para él la lámpara de la vida no es tanto la ciencia, el poder, la fuerza. La humilde Palabra, en su silencio y soledad, en su mudez, en su discreción es la verdadera lámpara, la que realmente pone luz en su, a veces, perplejo caminar humano. Y ¿cómo lo hace? Primeramente, dando vida, apoyando la vida en todas sus formas, llamando a la vida, empujado a hacer profesión de fe en el valor de la vida, por modesta que sea.  En segundo lugar, sosteniendo en el peligro, avisando de él, preservando con su experiencia, dando ánimos para reconocer la caída en el mismo y abriendo la posibilidad de un nuevo comienzo. En tercer lugar, generando alegría en el corazón, haciendo una siembra de gozo en el, con frecuencia, duro caminar humano. Finalmente, inclinando el corazón al camino de la Palabra, estableciendo una unión sólida, deseada, entre el texto y la vida, haciéndole ver que la Palabra es uno de los mejores aliados de la existencia, hermana y amiga fiel que siempre está de nuestro lado. Lámpara es la Palabra, ¿qué sería nuestra vida humana y creyente sin ella? La oscuridad amenazaría, la luz se alejaría.

            2. No cabe duda de que la vida de Jesús ha sido iluminada por la Palabra. Lo sabemos, todos los actos más importantes de su vida han ido precedidos de la Palabra: el inicio de su ministerio (Mt 4,1), la elección de sus discípulos (Lc 6,12), la decisión de ir a Jerusalén (Lc 9,51). Sus momentos personales más marcantes han estado envueltos en la Palabra: su bautismo (Lc 3,22), su entrega a la propuesta del reino (Lc 4,14), su misma muerte (Mt 27,46). Realmente la Palabra ha sido para Jesús instancia de iluminación. Sin ella no habría podido entender la primariedad de la misericordia (Mt 9,13); sin ella no habría tenido fuerza para defender a los débiles contra los opresores (Lc 9,11); sin ella no habría podido tenerse en pie en sus crisis externas e internas (Mt 16,23); sin ella no habría entendido la libertad de manera tan radical (Lc 6,5); sin ella no habría deseado con tanta vehemencia el fin de las desventuras de los pobres (Mt 5,3); sin ella no se habría sentado a la mesa de los pecadores sin prejuicio alguno (Lc 7,34); sin ella no habría podido mantener viva la utopía (Mt 10,23); sin ella no habría llamado, sentido y vivido a Dios como Padre (Mc 14,36).

            3. ¿Está necesitada nuestra sociedad de esa luz viva que ilumine sus pasos? Siempre lo ha estado. Desde los tiempos ignotos en que descubriera el fuego y lo domesticó para ahuyentar las sombras amenazantes de la noche hasta los sistemas de pensamiento más alambicados que ha forjado la mente humana para poner un poco de sentido en esta vida, para iluminar ese tránsito de "la inexistencia a la inexistencia" como algunos conceptúan la vida (Gamoneda). Para muchas personas la vida es un error, un hermoso error en el que hay cosas buenas, pero error al fin y al cabo. La Palabra, humildemente, dice a quien quiera escucharle que no, que no es un error vivir, sino una suerte, que no se camina a la inexistencia sino a la plenitud, que el horizonte de la vida no es la oscuridad total sino la luz viva. Hay lámparas humildes, pequeñas luces en medio de la niebla, pero que son muy útiles para orientarse, para tropezar menos. Así es la Palabra. ¿Cómo vivir y presentar hoy una Palabra que ilumina, lejos de fanatismos religiosos o de imposiciones ideológicas? ¿Cómo decir al ciudadano/a de hoy que en la Palabra hay una posibilidad de sentido, de amparo, de ánimo, de empuje? Quizá haya que antropologizar la Palabra, hacerla pasar más por el cauce humano, mezclarla más a la vida. De esa mezcla puede brotar algo nuevo.

            4. Para la vida fraterna la Palabra ha de ser instancia real de iluminación. No solamente herramienta religiosa que aglutine los horarios orantes de los hermanos/as. Palabra para el discernimiento, para el amparo, para el análisis comunitario. Argumento que ilumine, tanto, al menos, como otros argumentos que manejemos. La Palabra ha de ser estilete acerado que pinche en nuestras contradicciones vitales, amparo amable que cure nuestros desgarros, consuelo y gozo que aumente nuestro disfrute comunitario. Quizá sea mucho decir, pero una manera de entender el sentido de nuestro vivir en común fuera el de una comunidad volcada, en torno al Mensaje. ¿Qué saldría de ahí? Una visión nueva de Jesús, una visión distinta, profunda, de la persona del hermano, un sosiego mayor, una alegría sencilla y honda, un disfrute continuado, un ánimo para nuestros días, ya cargados de peso. La Palabra es tenaz. Se ofrece cada día como lámpara, hasta que le abramos la puerta, hasta que le dejemos iluminar. No habría que temer, pues es Palabra benigna, que nos quiere y desea lo mejor para nuestra vida. No es luz que ciegue y condene, sino iluminación amable que reconforta y anima.

 

  • ¿Cómo suscitar agradecimiento sentido hacia la Palabra?
  • Repite, escribe, agradece eso de que "la Palabra es lámpara".
  • Haz propósito de encender cada día ese "candil" de la Palabra, tu lectura personal del texto.
  • Que la Palabra pueda ir siendo, de manera real, el centro espiritual del grupo fraterno.

 

 

VIII. NECESIDAD

 

            La historia humana es, en su lado débil, una carencia y, en su lado hermoso, un indudable pero parcial logro. No ha de extrañar que el orante de este salmo oriente su plegaria al anhelo de colmar su necesidad para que sus carencias sean menores. ¿De qué se ve necesitado el orante, nosotros? De apoyo y de inteligencia, de amparo y de lucidez, de abrazo y de lectura sosegada de los caminos de la vida. Demandar ayuda en la necesidad es, de alguna manera, comenzar a recibir el socorro.

 

1. Necesitados/as de apoyo (Samek: 118,113-120)

 

            La percepción de que nuestra vida flaquea es constante. La necesidad de apoyos de toda clase, evidente. Cree el orante del Salmo que la Palabra es, ya desde ahora, un apoyo auténtico. Sin ella, la vida creyente se vuelve más frágil. En realidad, la Palabra es el apoyo, el más decisivo.

 

Detesto a los inconstantes
y amo tu voluntad;
tú eres mi refugio y mi escudo,
yo espero en tu palabra;
apartaos de mí, los perversos,
y cumpliré tus mandatos, Dios mío.

Sostenme con tu promesa, y viviré,
que no frustrada mi esperanza;
dame apoyo, y estaré a salvo,
me fijaré en tus leyes sin cesar;
desprecias a los que se desvían de tus decretos,
sus proyectos son engaño.

Tienes por escoria a los malvados,
por eso amo tus preceptos;
mi carne se estremece con tu temor,
y respeto tus mandamientos.

 

            1. Cuando el orante tiene a la Palabra por apoyo no hace sino constatar algo que la historia de Israel confirmaría: sin la Palabra, este pueblo habría desaparecido (sin el Evangelio, la comunidad cristiana se habría esfumado). De modo que la Palabra no solamente ha sido su apoyo personal, sino el apoyo de toda la historia de su pueblo, el quicio de su aventura histórica. Cuando Israel no se ha entendido como pueblo apoyado en la Palabra, cuando sus días han estado lejos de la Alianza, es entonces cuando ha caminado al abismo de su ruina (en el Exilio, por ejemplo). Y, al revés, cuando la Palabra se ha unido a sus caminos de vida, es cuando más ha prosperado espiritualmente (en el Posexilio, por ejemplo). La Palabra era el rostro del anhelo de Dios por construir una sociedad alternativa, fraterna, distinta. Tener la Palabra por apoyo hace más posible y cercano ese sueño. Y, concretamente, ¿cómo la Palabra es apoyo para el orante, cosa que provocará, a su vez una vida personal en mayor apoyo en la Palabra? Tres caminos: a) en primer lugar, la Palabra es refugio. Decir que es refugio no implica desconexión de la realidad, inhibición, alejamiento. No es refugio que aísla y lleva al desentendimiento. Más bien es refugio para el encuentro, para la corresponsabilidad, para el gozo compartido. Es, en definitiva, trampolín para la vida. b) en segundo lugar, la Palabra es sostén, apoyo para los lados más débiles de la persona, dique de contención para lo que amenaza ruina, muleta para los de piernas vacilantes, todos/as. c) finalmente: la Palabra es estremecimiento no tanto por el temor, sino a causa del amor que suscita. Cuando la Palabra nos estremece, nos toca dentro contribuye al fortalecimiento de nuestras opciones más válidas. De todos modos, el apoyo de la Palabra únicamente es perceptible cuando uno/a se abre ante ella, cuando la decisión de ir al encuentro personal con ella se ha vuelto irrevocable.

            2. Jesús, lo hemos dicho, no puede ser entendido sin la Palabra. ¿Se ha sentido él realmente apoyado por esa Palabra? Recorramos, a grandes zancadas, el Evangelio de Marcos: A Jesús le ha apoyado la figura bíblica del "siervo de Yahvéh" en su bautismo (Mc 1,11), en la transfiguración (Mc 9,27), en el momento de su cena final (Mc 14,24). Ha recibido un gran apoyo del profeta Isaías cuando ha tratado de comprender la cerrazón del pueblo de Israel a su propuesta (Mc 4,12) y cuando ha puesto en claro la hipocresía de sus paisanos fariseos (Mc 7,6-7). Los Salmos también han acudido en su ayuda espiritual cuando es interrogado ante las autoridades (Mc 12,36) o en el mismo momento de su muerte (Mc 15,34). Como era de esperar, Jesús ha recibido amparo de la Torá, de la Ley, cuando reivindica la más estricta igualdad entre hombre y mujer (Mc 10,7-8), cuando propone a Dios como Dios de vivos (Mc 12,26), cuando resume la Ley y equipara el mandamiento del amor a Dios y el del prójimo (Mc 12,32-33). Hasta los escritos tardíos le han amparado: cuando profetiza su propia soledad del final y la dispersión de los discípulos (Mc 14,27: Zacarías), cuando es juzgado como "yo soy" y anuncia su plenitud por encima de su pobreza (Mc 14,62: Daniel).  La Palabra no le ha dejado sólo en los momentos de más necesidad. Ha sido su amparo, su apoyo indefectible, su abrazo siempre ofrecido. Quizá por eso terminara por aceptar el designio del Padre, camino harto difícil.

3. ¿Necesita la sociedad de hoy apoyos en su propia estructura interior? Sí, en proporción a su innegable debilidad. En la actual situación de crisis financiera y económica que sufre el mundo, son muchos los analistas que dicen que lo que realmente pasa es que hay una formidable crisis de valores. O mejor. La crisis económica deja ver descarnadamente los fallos hondos de solidaridad, respeto, socorro, humanidad, que afectan a los caminos humanos. La Palabra no puede ayudar a solucionar una crisis financiera. No es ese su cometido. Pero tiene algo que decir sobre los valores primordiales sobre los que sea sienta una sociedad. Y a quien quiera escucharla, la Palabra hace propuestas concretas de generosidad, de servicio, de ayuda, de valoración de lo común. No es de extrañar que este marasmo suenen con frecuencia palabras evangélicas como valores con capacidad de orientación. Y si no suenan explícitamente, el fondo sí que suena. Escuchemos, por ejemplo, esta frase de Edwar de Bono que se dedica a dar cursos a empresarios y ejecutivos. El artículo se titula "¿Todavía no ha cambiado de paradigma?". Cuando el periodista le pregunta a qué se refiere cuando habla de cambio de paradigma, él responde textualmente: "Ahora mismo, el gran reto que exige el mundo es que la humanidad cambie de paradigma, es decir, que cambie nuestra manera de ver y de interactuar con la realidad, aprendiendo a diseñar el futuro en consonancia con nuestros verdaderos valores y necesidades humanas. No podemos seguir funcionando desde nuestro egoísmo y egocentrismo. Es hora de funcionar desde el "nosotros", desde la cooperación y el altruismo, a partir de lo que podemos crear verdadero sentido a nuestra existencia".

4. No nos cabe duda de que nuestras comunidades encuentran en la Palabra un apoyo real, vital (no solamente de estructura religiosa) en la Palabra. Sin la Palabra, los carismas no habrían podido sobrevivir. Pero aún es necesario el esfuerzo de revitalizar el apoyo que es la Palabra. Eso significa, verlo personalmente como apoyo real del propio camino personal, percibir la Palabra como elemento amado, deseado, insustituible en el camino de la comunidad. Organizarnos colectivamente como congregaciones que en las que la Palabra cuenta. Hay todavía que trabajar. Y cuando se habla de "trabajar" tal vez no se refiera, principalmente, a estudiar, rezar, leer el texto bíblico. Hay que trabajar el propio interior, hay que ablandarlo, hay que hacerle ver de manera viva lo necesitado que está de apoyo y la posibilidad que tiene a la mano en la Palabra. Con un interior sensible, el apoyo de la Palabra es mucho más eficaz. Y si se da este apoyo, ¿cómo no van a retroceder el miedo, la desconfianza, los malos tragos, el desasosiego, la frialdad, las variadas rutinas, la sequedad de corazón, toda esa serie de "plagas" que, de una manera u otra afectan a nuestros días? "Dame apoyo...". No habríamos de cansarnos.

 

  • ¿Qué sería realmente una comunidad apoyada en y por la Palabra?
  • ¿Crees que tu decisión de andar el camino de la Palabra es ya irrevocable?
  • Repite sin atisbo de pudor: "dame apoyo...dame apoyo".
  • Contagia, en lo que puedas, entusiasmo por la Palabra a tu alrededor.

 

 

 

 

2. Necesitados/as de inteligencia (Ain: 118,121-128)

 

            Cuando decimos que estamos necesitados/as de inteligencia no nos estamos refiriendo a aspectos técnicos sino a ese "olfato" para andar por la vida con sabiduría: la sabiduría de no quedar atrapados/as en la superficie, la sabiduría de leer corazones y actitudes de amor, la sabiduría de asumir con equilibrio las limitación y con deleite los gozos. Una inteligencia para humanizarnos más, para sosegarnos más, para animarnos más, para curarnos más. Algo de eso anhela este orante que cree que en la Palabra puede ir viniéndome esa fuente de sabiduría tan necesaria.


121Practico la justicia y el derecho,
no me entregues a mis opresores;
122da fianza en favor de tu siervo,
que no me opriman los insolentes;
123mis ojos se consumen aguardando
tu salvación y tu promesa de justicia.

124Trata con misericordia a tu siervo,
enséñame tus leyes;
125yo soy tu siervo: dame inteligencia,
y conoceré tus preceptos;
126es hora de que actúes, Señor:
han quebrantado tu voluntad.

127Yo amo tus mandatos
más que el oro purísimo;
128por eso aprecio tus decretos
y detesto el camino de la mentira

 

            1. La vieja sabiduría bíblica no es una sabiduría de escuela. Eran tiempos en que la sabiduría se cocía en la calle, en la vida, en el marco social. Por eso, es normal que el orante se vea necesitado de la inteligencia que le puede permitir vivir con sentido su existencia personal. Está necesitado de sabiduría porque la senda humana está amenazada de extravío, de engaños, de trampas, de cepos que uno mismo se pone. Una inteligencia para descubrir algo elemental: que el amor de Dios es el que sustenta, da sentido, y empuja a una existencia de amor. ¿Puede la Palabra ayudarnos en el aprendizaje de esa lección básica, inteligente, de orientar la vida desde el misterio del amor? El orante cree que sí. Por eso ora con fuerte anhelo: "Dame inteligencia". ¿Cómo puede la Palabra darnos esta inteligencia vital, creativa, orientadora? De tres maneras: a) Porque por ella sabemos que Dios "da fianza" a favor de la persona. Ha hecho una apuesta por ella, ha unido estrechamente su éxito al nuestro, ha quemado las naves viniéndose a situar en nuestra orilla, en nuestro barrio. ¿Cómo no va a dar fianza por nosotros habiendo hecho una apuesta tan irrevocable? b) Nos da esa inteligencia nueva de la vida porque nos "trata con misericordia", porque su trato no es altivo y chulesco, sino humilde y generoso. De ahí que la inteligencia que demanda el orante y que cree que viene por el cauce de la Palabra ha llevar a una vida en creciente humildad (que no humillación) y piedad (para con la persona y para con el mismo Dios). c) Y, finalmente, nos viene la inteligencia en la certeza de que Dios "actúa", es un Dios implicado, le importa lo nuestro, se duele con nuestro fracaso y se alegra con nuestros gozos. No es un Dios ajeno a la existencia pobre de la historia, sino mezclado a ella. De ahí que la Palabra nos reafirma en la certeza de ese Dios implicado. Confianza, piedad, implicación: he ahí los caminos que utiliza la Palabra para darnos inteligencia; he ahí las demandas que la Palabra nos hace en nuestra propia vida.

            2. En Jesús vemos a esa persona "inteligente" que ha funcionado al ritmo que marca la Palabra. Él no ha sido persona de escuela, de formación técnica, de sabiduría consagrada. Uno de tantos, también en eso. Sin embargo, ha sido "inteligente" funcionando en los modos de la confianza. Ha confiado en sus discípulos, desde su llamada (Mt 4,19) hasta su vuelta ya resucitado (Mt 28,18-20); ha confiado en su pueblo, por eso les ofreció la posibilidad del reino (Mt 4,17), aunque luego le traicionara hasta con juramento (Mt 27,25); en su familia con la que vivió casi toda su vida (Mt 2,23), aunque no terminaran nunca de entenderle (Mt 12,46-50); ha confiado hasta en los mismos pecadores con quienes se sentaba a la mesa libre de prejuicios (Mt 11,19), e incluso en las autoridades, aunque instara a no copiar sus cuestionables comportamientos (Mt 23,3).. No importa que, como decimos, todas estas instancias hayan terminado por abandonarle. Él no les ha retirado la confianza ni por su fallo (Pedro: Lc 22,32), ni por su lejanía (los discípulos que huyen: Mc 14,27), ni por su incomprensión (Hech 1,6). Ha sido "inteligente" por su gran piedad. Piedad para con Dios a quien llamaba "Abba", el modo de amor (Mc 14,36), y para con la persona, cuyo corazón leía desde la perspectiva de la más honda necesidad (Mt 18,12-14). Ha sido "inteligente" implicándose totalmente, sentándose a mesas controvertidas (Lc 7,36-50), frecuentando personas marcadas (Mc 1,40-45), tocando desgracias que acarreaban impureza (Lc 7,14), dejándose tocar por gente tenida por impura (Lc 7,39), mezclándose a los caminos polvorientos de la vida (Mc 9,32). Inteligente para entender su camino ante Dios y para acoger el camino humano. ¿Lo habría conseguido sin el amparo de la Palabra, sin la luz de la oración, sin el aliento que brota de la soledad orante? Probablemente no. Quizá en sus noches de oración él repetía la misma plegaria de este salmo: "Dame inteligencia", enséñame cuál es el camino, dime cómo he de tratar a los débiles y pecadores, ayúdame a saber qué esperanzas tengo que suscitar en el corazón de los marcados por el estigma de la pobreza.

            3. También la sociedad necesita, hoy y siempre, esa inteligencia vital para vivir de maneras nuevas, confiadas, generosas, piadosas, implicadas, amparadoras. ¿Hay posibilidad de vivir así? La hay. Decía R. Montero en una columna reciente titulada "María y la vida": "Acabo de reencontrarme con una buena amiga de juventud a la que hacía 30 años que no veía y de la que no sabía nada. Vive sola con dos perros en una urbanización modesta y remota junto a un pueblo perdido de Toledo, sin coche, sin Internet, con una nevera roída por el óxido que parece chatarra pero que enfría bien, cultivando sus propias verduras en un huerto minúsculo, viviendo en el más desnudo filo de una economía de subsistencia. La última vez la vi en la estación de Atocha, ataviada con un mono fabril color butano y tomando un tren camino de la India. Ahora me he enterado de que ha vivido muchos años en Goa y en el Himalaya, y en Italia y en Madrid y de nuevo en la India. Ha atravesado a pie Afganistán, ha desempeñado diversos trabajos, ha dado clases ella misma a sus dos hijos, que no fueron nunca escolarizados. El mayor decidió ser físico, y a los 15 años se examinó en un instituto madrileño para incorporarse directamente al Bachillerato. Sacó los mejores resultados en décadas. Ha hecho la carrera con notas espectaculares y ahora está terminando el doctorado. Se diría que mi amiga les supo educar. También en el cariño: sus dos hijos y sus dos nietos la visitan mucho. Se ha pasado los últimos nueve años cuidando, ella sola, a su compañero, paralítico y enfermo. Él murió hace un mes. Llevaban juntos 33 años. Pintaba y escribía, como mi amiga. La casa está llena de cuadros de los dos, impresionantes cuadros simbolistas de intrincado detalle. Esta casa de austeridad espectral que es la antítesis de nuestra sociedad del desperdicio. De la misma manera que mi amiga, con su vida excéntrica de cometa libérrimo, es la antítesis de lo artificial, de lo convencional y lo superfluo. Hay una especie de sencilla pureza en ella, una autenticidad que corta como una cuchilla. Sí, hay otras maneras de vivir. Se llama María".

            4. ¿Y nuestra vida comunitaria tiene necesidad ahora mismo de esa inteligencia honda que demanda la Palabra? Cómo no. La necesitamos para alejar miedos, para controlar ansias de poder, para desvelar (tarea de siempre) los raros caminos del corazón de los hermanos/as, para encontrar más sentido a nuestros planteamientos más elementales, para tener a raya el desaliento por nuestras limitaciones o carencias. "Dame inteligencia". También ésta habría de ser plegaria de nuestras comunidades, de nuestras Congregaciones.

 

  • En el secreto y silencio de tu cuarto, de tu capilla, en el rincón del campo, ora: "Dame inteligencia...".
  • Anímate a confiar más, a ser más indulgente, a verte más implicado. Por esas sendas viene la "inteligencia".
  • Valora a tus hermanos/as, sobre todo, por esta inteligencia para vivir de una forma que humaniza.
  • Créete amparado/a por la Palabra, sostenido por ella.

 

 

 

IX. PROMESAS

 

            Por mucho que las personas desconfiemos de las promesas (¡tantas veces nos han fallado, tantas hemos fallado!), éstas son necesarias. ¿Podríamos vivir sin promesas, sin el horizonte de lo utópico, sin los sueños por darse? Creemos que no. La Palabra alimenta la promesa y vuelve a nosotros/as cargada de esperanza. No es falsa su promesa, sino repleta de posibilidades. Eso sí, es una promesa implicativa, demanda nuestra colaboración. Si no, la promesa se queda a la espera.

 

1. Promesa que asegura (Phe: 118,129-136)

 

129Tus preceptos son admirables,
por eso los guarda mi alma;
130la explicación de tus palabras ilumina,
da inteligencia a los ignorantes;
131abro la boca y respiro,
ansiando tus mandamientos.

132Vuélvete a mí y ten misericordia,
como es tu norma con los que aman tu nombre;
133asegura mis pasos con tu promesa,
que ninguna maldad me domine;
134líbrame de la opresión de los hombres,
y guardaré tus decretos.

135Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
enséñame tus leyes;
136arroyos de lágrimas bajan de mis ojos
por los que no cumplen tu voluntad.

 

            1. El orante tiene clara conciencia de su fragilidad, de lo, a veces, resbaladizo de sus caminos, de los frágiles apoyos vitales sobre los que se asienta su existencia. Él también busca una seguridad que no tiene. La Palabra puede ser ése apoyo sólido que hambrea. Pero, ¿cómo puede la Palabra asegurar sus pasos? Siendo para él promesa, horizonte, utopía, anhelo. Sabe muy bien el orante del salmo que esa promesa es implicativa, que no va a lograr caminar seguro sin que él ponga de su parte todo lo que pueda. Pero si nadie le asegura que su camino vital se orienta a buen puerto, ¿cómo van a brotar en él las ganas de construir un camino humano, rico, fraterno? La Palabra asegura los pasos diciéndole que hay salida, que el horizonte es la dicha, que la plenitud está reservada a la persona, que esta existencia nuestra no es un extravío. Hay a quienes les puede parecer esta promesa algo inservible, porque vuelan a ras de tierra. Pero quien tiene conciencia de ser algo más que el mero pasar los días, esta promesa de horizonte, de plenitud, de dicha, le viene estupendamente para esponjar el alma, para respirar profundamente, para levantar los hombros. ¿Cómo nos asegura la promesa que es la Palabra? De tres maneras: a) Dándonos respiro, quitándonos cien años de encima. La Palabra nos libera de esa sensación de pesadumbre que fácilmente se pega a nuestra vida como las nieblas a la cumbre del monte. b) Nos asegura volviéndose  hacia nosotros. La Palabra es algo vuelto hacia nosotros, viene en socorro nuestro, se inclina sobre nuestros caminos, le interesan nuestros pasos en este discurrir por los años. No es la palabra algo hierático, rígido, desentendido de nuestros afanes. Es benevolencia que se vuelve, amparo que se cierne sobre nuestra vida, abrazo que envuelve. c) De tal manera que la palabra es rostro que brilla sobre nuestra vida. Y su brillo se contagia a nuestro rostro iluminándolo, haciéndolo radiante, de vivacidad contagiable, de ánimo  compartido. Así va asegurando nuestros pies, nuestros caminos y comportamientos, esa Palabra cargada de promesas, de futuro, de anchura. ¿Es esto creíble, pasa de ser algo meramente poético? Para el salmista esto es tan real que lo hace cimiento de su experiencia creyente. Él no hace poesía para la galería, sino que vierte en la oración sus certezas y sus anhelos, todo mezclado.

            2. ¿Ha sido Jesús una persona que ha vivido en las promesas del Padre? Sin duda. ¿Qué le ha prometido el Padre a Jesús? Cosas que se han vuelto también promesa para nosotros, porque lo bueno del asunto es que las promesas de Jesús son nuestras promesas verdaderas. Él ha sido para nosotros/as Palabra real que promete. A Jesús le ha prometido el Padre una dicha honda; por eso luego él ha prometido la misma dicha a los pobres (Mt 5,3). Le ha prometido y dado una paz sosegante, que luego él ha animado a darla como signo inequívoco del Reino (Mt 5,13). Le ha prometido una fraternidad básica en la historia humana que luego ha de verse reflejada en la certeza de que el Padre es uno y las personas hermanas sin más (Mt 23,8). El Padre le ha prometido un amparo indefectible que Jesús cree ciertamente que nunca le ha fallado (Jn 16,32). Ha recibido y experimentado la certeza de un encuentro hondísimo con el Padre como él mismo lo confirma diciendo que ambos son uno (Jn 10,30). Otra promesa del Padre ha sido una alegría inarrebatable, más allá de toda pena, y que será patrimonio de los mismos discípulos (Jn 16,22). Finalmente, ha prometido a Jesús, y por él a nosotros/as, un "hogar"  donde vivir con entrañable intimidad con ese Dios que hemos buscado, a veces, por caminos tan perdidos (Jn 14,2). De estas promesas que aseguran nuestros pasos dice Jesús que ha venido a dar testimonio (Jn 18,37). En sus promesas salimos nosotros/as beneficiados. ¿Qué hubiera sido de la vida de Jesús sin este trasfondo de promesas? ¿Habría podido aguantar el embate de sus propias crisis, de sus  hondos desconciertos? ¿Habríamos podido "heredar" nosotros esta promesa? (Rom 8,7).

            3. Nuestra sociedad tiene a gala no hacer caso de las promesas porque las considera engañosas, por siempre incumplidas. Sin embargo, se vuelve a prometer (por ejemplo en el caso de la política) y se vuelve a esperar su cumplimiento. Quizá, por encima de todo desencanto, perviva el anhelo y la necesidad de las promesas. Estamos necesitados de promesas que, de alguna manera, se cumplan. La Palabra puede ser presentada con ese arraigo antropológico que constituya una promesa de dicha honda. Eso sí, hay que decir claramente que sus promesas implican a la persona y que no han de darse sin su decidida colaboración. Es preciso desmontar la idea religiosa, fuertemente arraigada, de que la promesa divina nos va a traer lo que nosotros no trabajamos por poner en pie. Eso puede ser pura magia que nada tiene que ver con la fe en la promesa de la Palabra. ¿Sirve una promesa que demanda nuestra colaboración? Quizá haya que decir que es la única clase de promesa fiable. La otra, la que promete el oro y el moro como llovidos del cielo, es para desconfiar.

            4. La promesa de la Palabra asegura también los pasos de nuestra comunidad fraterna, porque nuestras comunidades tienen, con cierta frecuencia, la sensación de caminar por terrenos inciertos, resbaladizos. La promesa de la Palabra nos confirma, con la expresión del poeta, que "no es vano andar por camino incierto". Los caminos inciertos de abrir y cerrar, de una nueva espiritualidad, de una adecuación al momento presente, de nuestras inevitables fusiones, de una sensibilidad distinta a la heredada, de un modo de relación más franco, familiar y directo. No es vano andar por esos caminos que van cargados de interrogantes. La Palabra nos lo confirma. Y también nos emplaza. Nos interroga sobre si vivimos la relación con la Palabra como una relación liberadora o no, si el contacto con la Palabra nos hace más ágiles para volvernos a la realidad y a la persona del hermano/a, nos hace la pregunta de si irradiamos utopía, anhelo y búsqueda. Si respondiéramos negativamente a estas cuestiones la Palabra nos diría: hermano/a, si tú no te implicas, mi promesa queda reducida a casi nada, tiene que esperar a que tú entres en su dinámica, en su órbita. Quienes tenemos a diario la Palabra en la mano habríamos de responder con decisión: queremos colaborar con la Palabra que asegura nuestros pasos; es una suerte poder hacerlo. Si es así, ya estamos ya en el buen camino de las promesas de Dios.

 

  • Que te ilusionen las promesas de la Palabra; que te animen a implicarte en ellas.
  • Reza con buen ánimo: "Asegura mis pasos en tus promesas".
  • Repasa las promesas que Dios te ha hecho y mira si se van cumpliendo en tu vida.
  • Agradece al Dios fiel que cumple lo que promete, siempre que nosotros entremos en su planteamiento liberador.

 

 

2. Promesa acrisolada (Sade: 118,137-144)

 

            La promesa de la que habla la Palabra no es cualquier promesa. Es una promesa acrisolada, discernida, pasada por el tamiz de una fuerte revisión. ¿Qué elemento principal es el que produce un saludable discernimiento?: ese elemento es la justicia. Como veremos, eso es lo determinante para adherirse o no a una promesa. Por eso se puede decir que la promesa de la Palabra entronca con lo más profundo de lo humano, la vida en justicia, haciendo que no caiga en el peligro de algo fantasioso pero sin arraigo antropológico.

 

137Señor, tú eres justo,
tus mandamientos son rectos;
138has prescrito leyes justas
sumamente estables;
139me consume el celo,
porque mis enemigos olvidan tus palabras.

140Tu promesa es acrisolada,
y tu siervo la ama;
141soy pequeño y despreciable,
pero no olvido tus decretos;
142tu justicia es justicia eterna,
tu voluntad es verdadera.

143Me asaltan angustias y aprietos,
tus mandatos son mi delicia;
144la justicia de tus preceptos es eterna,
dame inteligencia, y tendré vida.

           

            1. Las promesas corren grave riesgo de descrédito si no se las sitúa en un marco de discernimiento. Somos, lo hemos dicho, tendentes a la fantasía, al falso sueño, al mesianismo que, desde fuera, va a arreglar todos nuestros problemas. Las promesas que sustentan esos planteamientos caen, indefectiblemente, en descrédito porque les falta algo esencial: la implicación de la persona. Una promesa desimplicada se desautoriza. Al contrario: una promesa que suscita implicación es una promesa con garantía. Las promesas de la Palabra son de esta segunda clase. Y la implicación la produce porque se valora desde el parámetro de la justicia. Ése es el gran logro de la espiritualidad de la promesa del Salmo: sin justicia, la promesa se devalúa; sin implicación en la justicia, la promesa es un vocablo vacío de realidad. ¿Cómo se acrisola la promesa por la justicia? Por tres caminos: Primeramente, la promesa ha de tener una voluntad de verdad.  Si la promesa encierra, en cualquiera de sus pliegues, el veneno de la falsedad, no solamente resulta contraproducente, sino que es injusta. Y con ello, la promesa se convierte en lo contrario a lo que está destinada: estaba destinada a suscitar ánimo y termina llevando a la persona por sendas de extravío. En segundo lugar, la promesa es estable, sosegante, generadora de equilibro, alentadora desde la sensatez. Una promesa loca, descerebrada, enajenada, no es la promesa que se acrisola en la justicia. Es un frenesí que lleva a una extraña danza, aquella que va de realidad en realidad sin engendrar nada. Y finalmente, la promesa se acrisola por la justicia eterna de Dios, una justicia que tiene en cuenta siempre el derecho de las víctimas que no mengua con el tiempo, sino que, con él, reclama lo suyo con sus intereses. Cuando la promesa apunta al socorro de las víctimas, de cualquier víctima, estamos ante una promesa auténtica.

            2. ¿Han sido las promesas de Jesús en los Evangelios de esta clase de promesas acrisoladas por la justicia? Algo de esos vemos en sus páginas. Recordemos algunos trazos: Hay que decir que Jesús ha sido duro con planteamientos, con promesas (de vida eterna incluso) que no incluían a las víctimas. En Lc 16,19-31 (el pobre Lázaro) se ve la convicción de que no hay nada que hacer con quien quiere mezclar promesa e injusticia. Las malaventuranzas de Lc 6,24-26 lo confirman. Por eso ha llamado bienaventurados a quienes padecen por la justicia (Mt 5,10) diciéndoles que de ellos "es ya" (en presente) el reino de los cielos. Ha puesto como ideal de la propuesta del reino el buscar primero el reino y su justicia (Mt 6,33), porque ahí está la clave para comprender la formidable promesa de un reino nuevo. Ha proclamado un tipo de justicia compatible con el amor, no excluyente, que solamente la generosidad de Dios es capaz de hacer semejante mezcla (Mt 20,15). En alguna ocasión ha hablado del pecado contra el espíritu que es "imperdonable" (Mc 3,29). Ese pecado tiene que ver algo con una inhumanidad revestida de promesa, de sueño, de utopía. Se muerde en ese cebo y se queda atrapado en el anzuelo de la injusticia. Eso es gravísimo. De manera que se puede decir que las promesas de Jesús han estado realmente acrisoladas por la justicia, por esa sed de verdad que anida en el fondo de su existencia y por una hondísima sensibilidad para con la suerte de las víctimas.

            3. Nuestra sociedad parece muy sensible a la realidad de la justicia. Su demanda se hace desde todos los lados y públicamente. Eso es bueno. Pero muchas veces no termina uno de desprenderse del sentimiento de que cuando se está pidiendo justicia, en realidad, lo que se está demandando es venganza. Una promesa de humanización, de bondad básica, de ternura, no puede caer en esa trampa. Por eso, es preciso poder decir al justo y al injusto, a la víctima y al victimario, que la justicia es la garantía de que ambos puedan salir un día regenerados, aquella en su derecho a ser satisfecha, ésta en obligación de satisfacer. ¿Cómo hacer esto? Únicamente si perciben que es posible a los humanos vivir estilos de vida, a la vez, justos y amorosos, comprensivos y serios a la vez. No es fácil el equilibrio entre ambas realidades, pero es preciso intentarlo para que la promesa de poder vivir como humanos no sea una quimera o, peor, una trampa que encubra realidades inconfesables.

            4. La vida fraterna habría de acrisolar su fe en las promesas de Jesús con una vida comunitaria lo más justa posible y, mezclado a ello, lo más compasiva posible. Si esa mezcla no se "palpa", decir que la Palabra tiene promesas acrisoladas no pasa de ser algo vacío. Además, es preciso que la VR haga más camino en la dirección de reparación, consuelo y socorro a cualquiera de las víctimas, a cualquiera de los crucificados de este mundo. Tal vez hayamos hecho un estilo de vida excesivamente tranquilo, donde orar sea nuestro compromiso único ante las víctimas. Siendo esto loable, hay que decir con sensatez que el problema de la justicia que demandan las víctimas necesita otro tratamiento para que pueda llegarse a una verdadera justicia. Habrá que comenzar por engendrar incluso una espiritualidad nueva. ¿Cómo nos suena aquella frase de Jon Sobrino de que "la resurrección no es devolver la vida a un cadáver sino hacer justicia a una víctima"? ¿Cómo abandonar la idea de una resurrección indolora? Y luego, vendrá la pregunta por la realidad concreta de las víctimas, de sus situaciones, de sus inquietudes y anhelos. Es entonces cuando las promesas de la Palabra brillarán con todo su esplendor.

 

  • ¿Te resulta sugerente esta espiritualidad de la promesa acrisolada por la justicia?
  • ¿Crees que la VR tiene algo que decir a las víctimas de la sociedad, de la violencia, del desamor?
  • ¿Observas situaciones de injusticia comunitaria que desacreditan la promesa de la Palabra?
  • ¿Es atractivo el perfil de un Jesús realmente apasionado por la justicia?

 

 

X. PRESENCIA

 

            La Palabra, como no podía ser de otra manera, habla, se refiere, intenta explicitar una presencia, la del Padre y Jesús que acompañan nuestra existencia. Por eso no nos ha de extrañar que este salmo hable también en modos vivos de la presencia, de la cercanía, de la mirada de Dios volcado a la vida, a la historia. Quizá haya que decir de entrada que, para entenderlo bien, hemos de flexibilizar el tema de las presencias creyendo que éstas son más y más amplias que la sola presencia física. No se trata de creer en fantasmas, sino de sentir que los muros de lo físico (la separación vida-muerte, aquí-allí, cerca-lejos) no son muros definitivos, sin fisuras. No, el misterio de las presencias vivas envuelve el hecho humano. Desvelarlas es acercarse a lo profundo del misterio de la vida y la fe va un poco por esa senda. Por eso, escuchamos lo que el Salmo dice de la presencia.

 

1. Cercanía (Coph: 118, 145-152)

 

            Quizá, antes de hablar de presencias, haya que hablar de cercanías, hacerse sensible a ese lento, pero real, acompañar de Dios al camino humano. Su silencio no es síntoma de alejamiento, sino de mayor cercanía, de presencia más ceñida.


145Te invoco de todo corazón:
respóndeme, Señor, y guardaré tus leyes;
146a tI grito: sálvame,
y cumpliré tus decretos;
147me adelanto a la aurora pidiendo auxilio,
esperando tus palabras.

148Mis ojos se adelantan a las vigilias,
meditando tu promesa;
149escucha mi voz por tu misericordia,
con tus mandamientos dame vida;
150ya se acercan mis inicuos perseguidores,
están lejos de tu voluntad.

151
Tú, Señor, estás cerca,
y todos tus mandatos son estables;
152hace tiempo comprendí que tus preceptos
los fundaste para siempre.

 

            1. Nadie duda de que el salmista cree que el Dios al que ora está cerca. Pero su anhelo de cercanía es siempre sed que no termina de saciarse del todo.  Quisiera, como todo el mundo, ver, tocar, palpar (esta sed se saciará solamente con Jesús: 1 Jn 1,2). Sin embargo, se le ha dado una mediación: tocarle en su Palabra, hacerlo cercano en la voz que le que envuelve, en las sugerencias espirituales sembradas en el interior. Él, sin duda, las aprecia, pero quisiera verlo más cerca (únicamente la certeza de la verdad histórica de Jesús puede saciar un anhelo como ése). Su plegaria, el deseo de su cercanía para adensar su presencia tiene sentido y mantiene vivo el anhelo, el deseo de ese Dios en el caminar concreto de su vida. No es, pues, un deseo vano, sino recompensado por una presencia oculta pero verdadera, muda por elocuente, silenciosa pero activadora. ¿Cómo siente el orante esa cercanía? De tres maneras: a) Primeramente sabiendo que su grito no es un gemido que se pierde en el vacío. Dios lo escucha, como escuchó el grito de quienes eran esclavos en Egipto (Ex 3,9). b) Además, la misma espera antes que las vigilias y antes que la aurora están queriendo indicar que Dios activará su presencia. No puede dejar al orante sumido en una oscuridad sin respuesta de ninguna clase. Tal vez no responda como él desearía, pero sabe que Dios está ahí. c) Y finalmente, porque está seguro de la escucha misericordiosa de Dios. No se hace el desentendido, el sordo, el loco, sino que la certeza de que escucha sostiene toda su actividad orante y creyente. Un grito, una espera, una escucha, ésas son las sendas por las que la cercanía de Dios se va haciendo presente en la vida del orante. No son caminos que terminan de saciarle, pero le ayudan a mantener vivo el anhelo de la presencia plena y a olfatear esa presencia en la oscuridad de ahora.

            2. ¿Ha sentido Jesús en su vida la cercanía del Padre? Todo da a pensar que sí. Desde su anhelo inicial (Lc 2,49) hasta la entrega de su vida (Lc 23,46), porque nunca el Padre estuvo más cerca de Jesús que en ese momento de desgarro definitivo. Y luego la cercanía en sus caminos (Mc 10,18), en su contacto con la gente (Mc 3,35), en sus horas de soledad (Mc 9,2ss), de despiste hondo (Mc 14,36), de abandono (Jn 16,32). No podemos colegir por los Evangelios el nivel de cercanía a que Jesús ha llegado en la relación con su Padre, pero se intuye que fue hondo. El aserto de Jn  ("el Padre y yo somos uno": Jn 10,30) no es una vaciedad, sino la más elemental realidad. Si Jesús no hubiera sentido y vivido fuertemente la cercanía del Padre no habría podido mantenerse ni en sus sueños, ni en sus decisiones.

            3. La cercanía ha sido siempre demandada a gritos en la sociedad humana. Siendo, como somos, animales "sociales", resulta que nuestras formas de vida, estando cerca físicamente, se hallan, a veces, a leguas de distancia anímicamente. De ahí, la mordedura de la soledad. Estar cerca, como escuchar, como acompañar son tareas urgentes para lograr una sociedad saludable. Por eso, ¿cómo hacer ver que la Palabra es una herramienta muy buena para el cultivo de la cercanía, de Dios y también de la persona? Acercarnos en el marco común de la Palabra, ésa habría de ser una preocupación. Muchos autores, poetas, escritores, hacen, además de una obra bella, una obra humana porque acercan en el ámbito de la palabra a muchas personas, a muchas conciencias, a muchas sensibilidades. Humanizan la sociedad. Sin palabra seríamos como islas.

            4. Algo similar nos puede pasar en la vida fraterna con el agravante de que físicamente vivimos juntos/as: estando tan juntos, a veces estamos tan lejos. Algo no va bien cuando usamos la Palabra juntos y nuestros caminos hondos difieren tanto. La lectura creyente de la Palabra habría de llevarnos a la cercanía. Más aún, esa cercanía fraterna pondría rostro a la cercanía con Dios. Porque por lógica joánica (Si dices que amas a Dios a quien no ves, pero no amas a tu hermano a quien ves) habría que deducir que la lejanía fraterna desvela la lejanía de Dios y al revés: la cercanía al corazón del hermano pone rostro a nuestra cercanía de Dios. Nos queda, sin embargo, un último consuelo: que, por suerte, la cercanía de Dios a nosotros no depende principalmente de nuestro amor a él, sino de su amor a nosotros. Por eso, aunque nuestros días lejos de Dios sean muchos, en realidad todos están en su presencia amorosa, porque él no deja de estar pegado a nuestra existencia no como un impertinente, sino como un amante incomprensiblemente fiel y tenaz.

 

  • ¿Cómo agilizar en nuestra vida el tema de las presencias?
  • ¿Cómo sentimos y vivimos la cercanía del Padre a nuestra vida?
  • ¿Vamos creciendo en cercanía real con cada uno/a de los hermanos/as de la comunidad?

 

 

2. Mirada (Res: 118,153-160)

 

            Sartre considera que es un dato de experiencia la presencia del otro como sujeto: el otro nos es presente de un modo manifiesto en la experiencia de la mirada, que es la experiencia fundamental en la comunicación. Cuando sentimos que alguien nos mira, sentimos que estamos ante otra subjetividad, ante otra conciencia, no ante un mero objeto; del otro que se nos hace presente de este modo podemos temer que se enfrente a nuestros proyectos, a nuestra libertad; sentimos que estamos delante de un ser con el que podemos contar, o al que nos hemos de oponer, delante de un ser que nos valora y pone en cuestión lo que somos, lo que queremos, nuestro ser. Es el ámbito primero que abre la puerta a la comunicación. Nosotros creemos que se puede mirar con benignidad. Esa mirada benigna es la que el salmista pide a Dios: que le siga mirando con amor, porque tiene la certeza de que si lo hace así, su vida camina en la dirección de la dicha.

 

153Mira mi abatimiento y líbrame,
porque no olvido tu voluntad;
154defiende mi causa y rescátame,
con tu promesa dame vida;
155la justicia está lejos de los malvados
que no buscan tus leyes.

156Grande es tu ternura, Señor,
con tus mandamientos dame vida;
157muchos son los enemigos que me persiguen,
pero yo no me aparto de tus preceptos;
158viendo a los renegados, sentía asco,
porque no guardan tus mandatos.

159Mira como amo tus decretos,
Señor, por tu misericordia dame vida;
159el compendio de tu palabra es la verdad,
y tus justos juicios son eternos

 

            1. El orante no teme la mirada de Dios, la desea, la hambrea. Se echa a temblar cuando Dios aparta sus ojos de su historia, de su pueblo, de su vida (Sal 29,8). Sabe que si Dios le mira, la compasión le rodea (Sal 87,15). Está seguro. Podría decirse, de alguna forma, que el yahvismo es una religión de la mirada de Dios. En el primer libro de Samuel (16, 1b. 6-7. 10-13a.), se relata qué condiciones ha de tener el ungido. Samuel es enviado a buscarlo. No puede fijarse en sus intereses, ni puede fijarse en sus apetencias, tampoco puede fijarse en su belleza, en su apariencia, o en su gran altura. Y el texto pone un límite de diferenciación: "la mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón". El orante se siente seguro cuando la mirada de Dios evalúa su corazón porque sabe que lo va a hacer de manera tan humana, tan apreciadora, tan valoradora de todos los elementos que confluyen en ese arcaico y contradictorio corazón que, al final, va a salir bien parado. Por tres razones se siente seguro bajo la mirada de Dios: a) Porque es una mirada que rescata,  que saca lo mejor de uno/a mismo/a, que pone a flote los restos de cualquier naufragio y recompone las velas más destrozadas de nuestra nave histórica. b) Porque es una mirada de gran ternura. No es la mirada dura y cosificadora que temía Sastre, sino la mirada que envuelve amor porque procede de las entrañas del corazón. c) Porque es una mirada que procede de la más honda misericordia, de la correcta apreciación de lo que uno/a realmente es. Así es la mirada de Dios, liberadora, tierna, misericordiosa, creadora de vida, constructora de la persona. Nunca habría sabido esto el orante si no se le hubiera mostrado en la Palabra. En ella ha descubierto estos dinamismos que otorgan un nuevo horizonte a la existencia.

            2. ¿Ha sido la vida de Jesús una vida bajo la mirada creadora y amorosa del Padre? Intuimos, a través de las páginas evangélicas, que sí. Ha mirado su pobre nacimiento; por eso el mensaje divino de la paz que le acompaña (Paz en la tierra...Lc 2,14). Ha mirado sus anhelos de adolescente (Lc 2,49) y su increíble entrega al programa del Reino (Mt 3,17). Ha mirado las andanzas por los caminos (Mt 10,7) y los encuentros con la gente (Mt 12,15-21). Ha mirado sus honduras más personales hasta poder afirmar que nadie conoce realmente el secreto del Padre sino el Hijo y aquel a quien éste se lo quiera revelar (Mt 11,27). Ha mirado sus silencios duros (Mc 14,36) y, sobre todo, su pobre muerte (Lc 23,46). Se ha alegrado con el triunfo de su resurrección (Filp 2,6-11). Una vida bajo la mirada del Padre. Así ha sido la suya. De tal manera que cuando ahora lo miramos podemos reconocer en sus rasgos el perfil de amor del Padre.

            3. La convivencia social depende mucho de la manera como la persona mira a la sociedad. Si su mirada es negativizadora, censuradora, débilmente fraterna, su manera de situarse en esa sociedad será siempre difícil, desagradable, sin sentir nunca que se está en casa. Si, por el contrario, es una mirada benigna (lo que no excluye la crítica y el discernimiento de lo que se valora como negativo), fraterna, apoyadora, compasiva, colaboradora, su manera de sentirse sociedad será muy distinta. Decía Tony de Mello: "El primer acto de amor consiste en ver a esa persona u objeto, esa realidad, tal como verdaderamente es. Lo cual exige la enorme disciplina de liberarte de tus deseos, de tus prejuicios, de tus recuerdos, de tus proyecciones, de tu manera selectiva de mirar; una disciplina tan exigente que la mayoría de las personas prefieren lanzarse de cabeza a realizar buenas acciones y a ser serviciales que someterse al fuego abrasador de semejante ascesis. Cuando te pones a servir a alguien a quien no te has tomado la molestia de comprender, de mirar ¿Estás satisfaciendo la necesidad de esa persona o la tuya propia? El primer ingrediente del amor, por tanto, consiste en comprender realmente al otro, cosa que pasa por el mirar".

            4. ¿Puede uno/a pasar muchos años junto a una persona en una vida en comunidad sin haberla mirado bien? Puede, porque el mirar no es solamente ver, sino es fijarse, calibrar, observar con aprecio y luego actuar, colaborar, preguntar, respetar, amar en definitiva. Hay un misterio de ceguera en nuestras relaciones que andamos como ciegos que ven: vemos el exterior, pero no terminamos de ver la realidad de la persona. La comunidad que ora con la Palabra a través de la cual Dios nos mira habría de ser una comunidad de expertas en ver el corazón del otro, a no cansarse de mirarle con aprecio y bondad, por muchos y evidentes que sean sus fallos. Quizá las verdades reales de la persona empiezan a aparecer tras mucho mirar con amor. De muchas maneras se ha definido la vida comunitaria, todas valiosas. Pero no estaría mal decir que ella es el lento trabajo de mirar al otro/a hasta aprenderlo en lo más elemental, su deseo de ser bueno/a y de ser hermano/a. A algo de eso llama el salmo.

 

  • ¿Crees que esto de la mirada es accidental en el salmo y en la vida o que, por el contrario, tiene su con qué?
  • ¿Qué niebla es la que nos impide mirar bien al hermano/a?
  • ¿Qué te sugiere el sentirte mirado/a por el amor del Padre a través de la Palabra?
  • ¿Cómo no caer en le ceguera de convivir muchos años sin mirar a la persona?

 

 

 

XI. AMOR Y BÚSQUEDA

 

            El Sal 119 es, lo hemos dicho repetidas veces, un canto de amor a la Ley, a la Palabra. De amor: de eso se trata. En el fondo, lo que se quiere es, al terminar esta larga experiencia orante, afianzar, aún más, el amor a la Palabra y, con ella, al mismo Dios. Si este recorrido no diera como fruto inmediato una vibración más cálida y viva sobre el Dios vivo y amado, no habríamos llegado a buen puerto. Si por el contrario, la sed de Dios se ha visto más sosegada, quizá hemos dado en el clavo. Pero eso tiene sus rostros: uno de ellos, con los que se clausura el salmo, es el afán de seguir buscando y de desear ser buscado por el mismo Dios. Y hay otro rostro: la evidencia del crecimiento del amor a la persona, a la realidad. Si ese amor histórico, concreto, elemental, no sale potenciado, no hemos atinado en esta diana. No se trata de vanos espiritualismos ni de fervores sin fondo. Pero el largo recorrido por el salmo habría de llevar al orante a una mayor vibración en cualquier clase de amor. "¿No ardía nuestro corazón cuando nos explicaba las Escrituras por el camino?", dicen los de Emaús (Lc 24,32). Algo de eso habría que experimentar en estas estrofas finales del salmo. Ojalá.

 

•1.     Amor intenso: (Sin: 118,161-168)

 

161Los nobles me perseguían sin motivo,
pero mi corazón respetaba tus palabras;
162yo me alegraba con tu promesa,
como el que encuentra un rico botín;
163detesto y aborrezco la mentira,
y amo tu voluntad.

164Siete veces al día te alabo
por tus justos mandamientos;
165mucha paz tienen los que aman tus leyes,
y nada los hace tropezar;
166aguardo tu salvación, Señor,
y cumplo tus mandatos.

167Mi alma guarda tus preceptos
y los ama intensamente;
168guardo tus decretos,
y tú tienes presente mis caminos.

 

   1. No hay duda de que el orante, como gran parte de las personas, está interesado por el amor. Pero él quiere llegar a un amor intenso. Eso es cosa distinta. El amor intenso incluye una dosis de exaltación, de fervor y hasta de "locuras". Quien no haya hecho "locuras de amor" quizá no sabe aún lo que es el amor intenso. ¿No decían los místicos medievales que Dios era un manikos eros, un loco de amor? (Nicolás Cabasilas). ¿Por qué entender el hecho de Jesús como algo teológico cuando puede ser entendida como algo que tiene que ver con un amor intenso, desbordante, loco. No habla el salmista de extravagancias, de cosas raras y sin contexto, sino de intensidad, de profundidad, de incansable ahondar en el secreto del amor. En el fondo, su rumiar la Palabra con una tenacidad a prueba de fracasos es el rostro de ese amor intenso. ¿Cómo ha ido llegando el orante a enmarcar su experiencia creyente en ese amor? De cuatro maneras: 1) Se ha acercado a ese suelo sagrado del amor con respeto, con mimo, con cuidado, no como elefante en cacharrería. Un amor ruidoso, avasallador, desenfocado, no es un amor intenso y sanamente loco sino un desmadre que todo lo confunde. 2) Además se ha acercado a la Palabra con profunda alegría, no por obligación ni con pesadumbre, sino como quien sabe que va a la búsqueda de un auténtico tesoro. 3) También ha recorrido esa senda con fidelidad,  siete veces por día, continuamente. Un amor que no es fiel es un amor a trompicones, de exaltación momentánea, pero de esa locura que no destruye sino que construye. 4) Además, no ha estado exenta de esta senda, por paradójico que parezca, la paz. Un modo sosegado y tranquilo de acercarse al hondo misterio del amor. Desde ahí se tiene la seguridad de que el amor del Padre tiene presente los propios caminos, de que el amor intenso entrevera la senda del Padre y del orante. Respeto, alegría, fidelidad, paz: estos son los ingredientes del amor intenso, del amor de quien locamente no se vuelve atrás de esta senda.

   2. ¿Ha sido el amor de Jesús de esa clase amor intenso, con esa pizca de entrañable locura que lo hace vibrante? Sin ninguna duda. Toda su vida ha estado marcada por él. ¿Si no, cómo se entendería su honda actividad espiritual (su oración de noche, su lectura fiel de la Palabra, su compartir orante con la oración del pueblo)? ¿Cómo en entenderían sus caminos (llenos de dolor, de decepciones, de traición y también de alegrías, de buenos ratos, de cercanía? ¿Su misma resurrección, cómo se entendería (escrito de Masiá)? Los estremecimientos de Jesús tienen que ver con esta realidad del amor intenso de Dios fuertemente vivido y experimentado (Lc 10,21). Sus gozos personales se insertan en ese amor intenso fuertemente experimentado que quiere pasar a sus discípulos. Sin temor a equivocarnos se puede decir que el amor de Jesús ha sido intenso porque él ha valorado fuertemente esa clase de amores (Lc 7,36-50).

   3. Puede decirse que en la sociedad de hoy hay, muchos, amores alocados, destartalados que no sabe uno muy bien adónde conducen. Pero hay también amores intensos, locos, por personas, las más débiles, que siguen pareciéndonos maravillosos: el amor de las personas (misioneros, cooperantes, otros...) que van en la dirección contraria de los flujos de personas que solamente buscan bienestar; el amor de quienes se empeñan en seguir en lugares de desamparo, más allá del frío intenso; el amor fiel de quien cuida año tras año a los débiles sin tirar la toalla; el amor oculto de quien se entrega a la contemplación de Dios, de la naturaleza, de los caminos tan contradictorios de las personas; el amor de quien ha encontrado gozo en el servir sin más. Mil maneras de amar intensamente. Hay especialistas que dicen que el amor intenso solamente puede durar entre 12-18 meses. Pero lo cierto es que hay personas que superan con creces esos límites y hacen de toda su vida un camino de esa calidad. Conectan, de alguna manera con la espiritualidad de fondo del Salmo.

   4. La comunidad que ora con la Palabra y la cree útil para acrecentar en al amor y para adentrarse en ese misterio de honda intensidad escucha atentamente aquel consejo de 1 Pedro 1,22: "Purificados ya internamente por la respuesta a la verdad, que lleva al cariño sincero por los hermanos, amaos unos a otros de corazón e intensamente". No se trata únicamente de amarse, convivir, respetarse, colaborar, sentirse grupo, que no es poco. Se trata de poner en todo esto una comprobada "intensidad". Es preciso percatarse si con el correr de los años el amor fraterno se intensifica, se estanca o se diluye. Esto puede "comprobarse" por las "vibraciones" que suscita en nosotros/as el hecho comunitaria, por nuestra capacidad para ilusionarnos con proyectos comunes, con la evidencia de que se está más a gusto y confiado/a ante el otro/a, incluso ante su manifiesta debilidad. Si esto no fuera así, además de crear un interrogante a nuestra propia opción de vida en común se vuelve contra el hecho de manejar una Palabra que anhela intensificar el amor. Esa

es la finalidad de fondo del trato con la Escritura.

 

  • ¿Cómo intensificar el amor en la práctica diaria?
  • ¿Dónde encontrar ayudas para hacer crecer el amor.
  • Repite sin cansarte: "Amo intensamente la Palabra" y "Quiero amar intensamente a la persona".
  • Que el aprecio de la Palabra crezca a la par con el aprecio de las personas.

 

 

2. Búsqueda: (Tau: 118,169-176)

 

            Queda fuera de duda que el Sal 118 es la expresión de un buscador de Dios a través de la palabra en el camino de la vida. Buscar a Dios ha sido siempre una pasión en Israel. Parece que había un grupo oficial llamados así: "Buscadores de Dios" (peculiar oficio). En realidad, como dirá el mismo Sal 118, buscar a Dios solamente es posible en la medida en que, a la vez, se deja uno buscar por el Dios que anda tras nuestro rastro, tras nuestro amor. El Salmo va a terminar con un propósito de continuada búsqueda por parte del orante y de deseada desde el lado de Dios mismo. Buscar y ser buscado/a. Ahí está dibujado el dinamismo de la experiencia cristiana que suscita la Palabra.


169Que llegue mi clamor a tu presencia,
Señor, con tus palabras dame inteligencia;
170que mi súplica entre en tu presencia,
líbrame según tu promesa;
171de mis labios brota la alabanza,
porque me enseñaste tus leyes.

172Mi lengua canta tu fidelidad,
porque todos tus preceptos son justos;
173que tu mano me auxilie,
ya que prefiero tus decretos;
174ansío tu salvación, Señor;
tu voluntad es mi delicia.

175Que mi alma viva para alabarte,
que tus mandamientos me auxilien;
176me extravié como oveja perdida:
busca a tu siervo, que no olvida tus mandatos

 

   1. No deja de maravillar que una persona de tan profunda experiencia en torno a la Palabra como una búsqueda aún por darse, como un trabajo para cada nueva jornada. Parecería que ya ha llegado a la meta definitiva, el amor fiel a la Palabra, pero se sabe en el sendero, en el camino, en el trabajo. Por eso, sabe el orante que cada día tiene que buscar, tiene que estar en actitud de contemplación, de profundización, de escucha, de oído atento. Y, más todavía, ese deseo de búsqueda le lleva a la certeza de que el bien mayor que puede sobrevenir a su vida es que Dios le busque, que se haga encontradizo en su camino, que le ampare en sus inevitables extravíos. Sabe este orante humilde de lo turbio de los caminos humanos y de la gran luz que se necesita para vivir. Y por eso no es de extrañar que se entienda a sí mismo como "oveja perdida" necesitada de una orientación vital que la saque de los atolladeros de la vida. Precisamente el ser "tu siervo, que no olvida sus mandatos", el probado amor a la Palabra asimilada con hondo amor, es lo que cree como único "aval" ante Dios para que éste no deje de buscarle. Si lo hace, su vida arribará a buen puerto. Como decía Unamuno: "Cuando llegué a tu roca llegué a puerto y esperándome allí a la última cita sobre tu mar vi el cielo todo abierto." ¿Cómo llega el orante a este anhelo? A través de un proceso de búsqueda de las huellas de Dios en la vida. Para ello emplea tres caminos: 1) La persistencia en el clamor, súplica, alabanza, canto,  es decir, un propósito decidido de oración humilde y continuada, profunda y fiel, escuchadora y tenaz, disfrutante y creativa. Piensa el orante que este camino en el silencio, en el sosiego, en la súplica oculta, en el ceñirse a la Palabra con toda confianza es camino que hace brotar el anhelo de ser buscado. 2) El ansia, el deseo orientado hacia ese Dios que le busca. Es la oración para él una escuela del deseo, un ámbito donde orientar los deseos, dinamismos decisivos, al Dios que le busca, con lo que, piensa, su vida cobrará sentido y surgirá el disfrute. 3) En definitiva, una vida para la alabanza, hecha alabanza no solamente por la actividad orante sino por todos sus componentes, una vida humilde, e incluso pecadora, pero de cara a Dios. Buscando percibe mejor que es buscado y su dicha y así el sentido de su vida crecen sin parar. Viene a la memoria aquello de san Agustín: "Tú estabas dentro de mi alma y yo, distraído, te buscaba fuera". Este orante busca dentro y fuera, en la vida toda.

   2. ¿Ha manejado Jesús esta espiritualidad de buscar para saberse buscado? Sin ninguna duda. Por eso ha enunciado lo fundamental del reino en clave de búsqueda: "Buscad primero el reino de Dios y su justicia..." (Mt 7,21). Ha alabado explícitamente a quien anda en una situación de búsqueda: "No estás lejos del reino de Dios" (Mc 12,34). Ha desenmascarado búsquedas interesadas ("Todo el mundo te busca": Mc 1,37; "No me buscáis por el alimento que perdura...": Jn 6,27). Y, sobre todo, ha presentado el perfil del Padre, en consonancia con el Salmo, como un Dios que, arriesgada y alocadamente ha salido a buscar la oveja perdida poniendo a las otras en riesgo al dejarlas solas en la majada (Mt 18,12-14). Su misma vida no puede entenderse sino desde esa perspectiva de la búsqueda amorosa de la personas en sus caminos siempre amenazados de extravío: "El Hijo del Hombre ha venido a buscar lo perdido" ( (Lc 19,10) y lo suyo no es buscar a sanos, sino a necesitados de salud (Lc 5,32). Y ¿quién puede decir que en algo no está necesitado/a de salud?

   3. Alguna otra vez lo hemos dicho: la sociedad está necesitada de gente aventurera, buscadora, intrépida, arriesgada. Somos legión los mesurados, tranquilos, "sensatos", moderados. Si no fuera por los primeros, nuestra vida terminaría en una indudable apatía. Gracias, pues, a quien se lanza a la búsqueda sin medir excesivamente los riesgos, sin querer todo atado y bien atado, sin desear caer siempre de pie. Los aventureros, más allá de sus extremismos, tienen una atracción, aún hoy, en el corazón de muchas personas. Porque la mediocridad y el consumismo en la que, con frecuencia, vivimos nuestros días, no terminan de apagar ese "ser para la aventura", para lo nuevo, para lo desconocido que es el nuestro. Dicen los aventureros: "La persecución de la aventura por el hombre no se debe tanto a la presencia de esta aventura; la razón subyace oculta, misteriosa, en el carácter complejo del hombre." De ahí que cuando el rostro de la aventura cotidiana, del cambio, de la nueva posibilidad, del horizonte distintos, del pequeño cambio, llama a nuestras puertas, no habríamos de darle siempre un portazo y decir, como Nicodemo, "imposible". Quizá desde algún lado y en cierta medida sea posible. Y podría hacernos un gran bien abriéndonos a la aventura del hermano/a y de la trascendencia, de Dios mismo.

   4. Nadie duda que la vida religiosa es, en el fondo, una búsqueda de Dios y que mantiene en su núcleo el anhelo de ser buscados por él. Pero la rutina de los días, el individualismo con que envolvemos todo, el egoísmo siempre acechante terminan por nublar es hermoso horizonte. Es preciso, lo dice hasta Juan Pablo II, inyectar en la vida comunitaria una cierta dosis de riesgo y de aventura. Desde ese terreno que tememos, aunque es liberador, se puede gritar a Dios el anhelo de ser buscados. Si no, ¿desde dónde? ¿Únicamente desde la conciencia moral de pecado, cada vez más desleída? Tendríamos que animarnos al riesgo, a lo que no está del todo previsto. Habríamos de ser personas más valientes porque están aprendiendo la confianza en uno que les busca. El riesgo, un poco "inconsciente" habría de desplazar a esa mesura que caracteriza a nuestras instituciones religiosas. ¿Cómo la fe, la confianza en un Dios que nos busca, puede desplazar a los temores naturales o adquiridos? Y si estos triunfan en nuestra vida, ¿para qué ha servido la fe?

            Que al terminar esta larga meditación en torno al Sal 118 nos quede, como su mejor legado y testamento, la certeza de que la nuestra es una vida amparada, buscada por el amor del Padre. Desde ahí, que brote la alabanza, la fraternidad y la dicha. Amén.

 

 

ÍNDICE

Introducción.......................................................................  1

 

I. EN EL FONDO

            1. La radical confianza (Aleph: 118,1-8)................................. 2

            2. La alegría honda (Beth: 118,9-16) ....................................  4

II. DINAMISMOS

            1. Promesas (Ghimel: 118,17-24) .........................................  7

            2. Caminos (Daleth: 118,25-32) ...........................................   9

III. ESCUELA DE VIDA

            1. Enseñar el amor (He: 118,33-40) ....................................... 12

            2. Enseñar la sinceridad (Vau: 118,41-48) ...............................          14

IV. SENTIDO DE LA VIDA

            1. Esperanza viva (Zain: 118,49-56) ......................................            16

            2. Tierra de bondad (Heth: 118,57-64) ...................................           19

V. CERTEZAS

            1. La certeza de la bondad (Teth: 118,65-72) ...........................        21

            2. La certeza de la compasión (Yod: 118,73-80) .....................         24

VI. UN INTERIOR BULLENTE

1. Preguntas apasionadas (Kaph: 118,81-88) ........................           26

  • 2. Honda pertenencia (Lamed: 118,89-96) ........................... 28

VII. CAMINOS

            1. Caminos de humanidad (Mem: 118,97-104).......................          31

            2. Caminos iluminados (Nun: 118,105-112).............................          33

VIII. NECESIDAD

            1. Necesitados/as de apoyo (Samek: 118,113-120).............           35

            2. Necesitados/as de inteligencia (Ain: 118,121-128) .........           38

IX. PROMESAS

            1. Promesa que asegura (Phe: 118,129-136) .......................           40

            2. Promesa acrisolada (Sade: 118,137-144) .........................           43

X. PRESENCIA

            1. Cercanía (Coph: 118,145-153) ................................................         45

            2. Mirada (Res: 118,153-160) .....................................................           47

XI. AMOR Y BÚSQUEDA

            1. Amor intenso (Sin: 118,161-168)..........................................            50

            2. Búsqueda (Tau: 118,169-176) ...............................................           51

Índice ............................................................................................................. 54

 

Retiro en Pascua 2009

Retiro en Pascua 2009

 

 

"LES HABLÓ LLEGÁNDOLES AL CORAZÓN" (Gen 50,21)

La Pascua como tiempo de crecimiento en la comunicación

 

            En el último Congrego de Megalópolis, las más grandes ciudades del globo, se llegó a una conclusión esperada: cuanto más crecen las ciudades, más crece la soledad, fruto de una mayor incomunicación. Es decir, el sempiterno trabajo por comunicarse desde dentro de la persona sigue vigente en formas más o menos nuevas. La persona moderna, a pesar de tantos medios (pensemos solamente que en España hay más de cien millones de teléfonos móviles), tiene siempre por delante el problema y la posibilidad de la comunicación humana.

            Creemos que el viejo cauce de la palabra sigue útil, vigente y necesario. Eso sí, siempre que la palabra contenga algo de la propia verdad personal. Si no, todos lo sabemos, se vuelve palabra vacía, cacharro que suena: las palabras que más suenan son las más vacías, dice un proverbio oriental. ¿Es posible en estos tiempos nuestros tener, ofrecer y construir una palabra que no sea pura vaciedad? Sí que lo es, con tal, como decimos, que la palabra emitida contenga algo de la verdad de la propia persona, algo de su propio corazón. Si no, será un motivo más de frustración. Hay quien dice que estamos saturados/as de palabras. Y es verdad: estamos saturados de palabras vacías. Pero las palabras llenas, con contenido, con experiencias dentro, con vida en sus venas, estremecen el corazón de las personas y atraen como un imán.

            Pues bien, la Pascua es tiempo de palabras vibrantes, llenas de vida, la vida del Resucitado, de todos los resucitados de la historia, de todas aquellas personas que han  pasado de la muerte a la vida, de grandes apuros a sosiegos hermosos. Su palabra vale su peso en oro, en vida. Las palabra de los resucitados son palabras que anuncian la posibilidad de la vida, el horizonte de la dicha, la cosecha del triunfo. ¿Por qué no hacer de la Pascua un tiempo para palabras grávidas de vida, de fraternidad, de amparo, de consuelo?

            Dice Gen 50,21 que aquel José de Egipto, cuando su padre Jacob murió y sus hermanos temían que revocase su perdón en el momento en que el patriarca ya no controlaba el clan, que José mantuvo el perdón dado a sus hermanos aunque el padre ya no estaba. Y que calmó su temor y temblor en sosiego y tranquilidad diciéndoles "palabras que les llegaron al corazón". Esas son las palabras del Resucitado, de todos los resucitados, de quienes quieren vivir, ya desde ahora, en clave resurreccional.

 

1. Como pan vino la palabra

 

            Antes de entrar a la Palabra de Dios, genuina fuente de luz para quienes aprecian a Jesús, vamos a recurrir a la palabra humana, también profunda e iluminadora cuando sale de las entrañas de la vida. Tomamos al ya muchas veces comentado poema "místico y eucarístico" de José Angel Valente que nosotros ahora aplicamos al misterio de la palabra que llega a hacer de la comunicación un misterio de vida:

 

COMO pan vino la palabra,
como fragmento de crujiente pan
fue dada,
igual que pan que alimentase el cuerpo
de materia celeste.

Vino, compartimos su íntima sustancia
en la cena final del sacrificio.

Y nos hicimos hálito, sólo soplo de voz.

Palabra, cuerpo, espíritu.

El don había sido consumado.

 

  • Como pan vino la palabra: La vida relacional se muere por desnutrición sin la palabra, sin las buenas palabras que abren la puerta del corazón y el horizonte de la vida. Las buenas palabras son decisivas hasta para la economía, para las relaciones políticas internacionales. Lo son para que cualquiera no termine perdido/a en el marasmo de los días, en la niebla pertinaz. Sin este pan de la palabra la vida se nos muere.
  • Como fragmento de crujiente pan fue dada: Fragmento a fragmento, trozo a trozo, pieza a pieza. Quizá no podamos darnos toda la palabra, todo su hondo misterio. Pero unas migajas pueden salvar, pueden evitar la inanición. Lo fragmentario, lo pobre de nuestras palabras, no les hace perder su valor. Desde ellas cobran sentido cualquier gesto que trate de comunicar algo humano, algo vivido. Es, además, un pan crujiente, apetitoso, bienoloroso, deseado. Las buenas palabras son dulces en la boca de quien las dice y, más todavía, en el corazón de quien las recibe.
  • Igual que alimentase el cuerpo de materia celeste: Porque la palabra humana, cuado está cargada de humanidad, es, de hecho, una materia celeste. Dios habla con esas palabras. Prestamos a Dios nuestras palabras para que nos hable de amor, de justicia, de sueños, de solidaridad, de amparo. No son solamente las buenas palabras un fenómeno del aparato fonador humano. Hunden sus raíces en la "garganta" de Dios, en su mismo corazón.
  • Vino, compartimos su íntima sustancia: Esa sustancia íntima no es sino el amor. Por eso, una comunidad humana que es pobre en palabras bondadosas es una comunidad débil. Hay un remedio contra esa pobreza elemental: compartir esa sustancia, decirse palabras benignas que acompañen a gestos benignos. La palabra está destinada a ser compartida, porque una palabra para uno sólo es palabra muerta.
  • En la cena final del sacrificio: El sacrificio de la ofrenda personal, de eso que encerramos en el vallado huerto del corazón. La palabra que se ofrece a la comunidad humana es el mejor de los sacrificios, de las entregas, de las ofrendas, porque no es un don el que se ofrece, sino una vida, una entraña, el valor más apreciado que anida en el fondo del alma. Por eso, hablar palabras buenas es como una eucaristía de vida.
  • Y nos hicimos hálito, soplo de su voz: Espíritu, eso interior que nos sostiene y nos mantiene en pie. Cuando falta, el derrumbe, la soledad, la depresión, el hastío campan a sus anchas. Si ese "soplo de voz", ese espíritu de humanidad que anida en la voz se ofrece al otro, la sociedad, la familia, la comunidad, se vuelven espirituales, humanas. Quizá la crisis espiritual de nuestra época tenga algo que ver con la crisis de nuestras palabras, pocas, superficiales, sin hálito dentro.
  • Palabra, cuerpo, espíritu: Verdadera trinidad de vida, mezcla hondísima que nos abre al horizonte humano. Un cuerpo sin palabra es un cuerpo muerto, una palabra sin espíritu es una vaciedad, una palabra sin cuerpo es la sombra de un sueño.
  • El don se había consumado: El don de uno mismo/a, del mundo, se consuma en la palabra buena habitada por el espíritu humano. La entrega que genera vida se palpa en la palabra benigna y compasiva. Asistir a la palabra como quien asiste al ofrecimiento más valioso.

 

2. Las palabras del Resucitado:

 

            Vamos a repasar las palabras del Resucitado Jesús en los cuatro Evangelios. Son bastantes. En el fondo, son las mismas que dicen todos/as los resucitados/as, aquellos que van pasando a ámbitos de vida desde lugares de muerte. Enumerémoslas:

  • Una palabra para contener llantos y hacer brotar la alegría: Así lo vemos en Mt 28,9 (alegraos) y Jn 20,15 (¿por qué lloras?). Un Resucitado es el mejor antídoto contra la tristeza porque desvela el gozo de que hay justicia y amor por encima de cualquier desconsuelo. Una palabra que consuela y alegra es el idioma de todo resucitado.
  • Una palabra para controlar miedos y generar paz: Porque en el Evangelio lo opuesto a la fe no es la increencia, sino el miedo. En Mt 28,10 (no tengáis miedo) se alienta a contener el miedo; en Lc 24,36 se ofrece la paz (paz a vosotros); en Jn 20,16 se pronuncia el nombre con todo amor (María). Quien vuelve de lugares muerte con vigor interno, controla y enseña a controlar miedos y se desprenden de él fácilmente palabras que llevan a la paz. Lenguaje de resucitados/as.
  • Una palabra para "ir a", para creer que el mundo es casa habitable: Ya que las palabras del resucitado son palabras de envío que supone una confianza básica en el hecho humano. Palabra, en Mt 28,10, sobre la posibilidad de recomenzar (id a Galilea), sobre la fe en la persona como capaz de acoger propuestas de dicha humana, como dice Mt 28,9 y Jn 21,19.22 (id y haced discípulos), una palabra, como Jn 20,21, de envío a cualquier lugar sabiendo que tal lugar puede ser casa propia. Los resucitados, quienes vienen del dolor al sosiego, tienen al mundo por casa propia y al corazón humano por amparo cierto.
  • Una palabra que confirma una presencia y suscita promesas: Ya que estas realidades, las promesas y las presencias, son imprescindibles para poder vivir en gozo. Por eso, Mt 28,10 promete una presencia cotidiana (yo estoy con vosotros cada día) y una promesa del Espíritu, espíritu de humanidad, que toda realidad creada recibe, como se dice en Lc 24,49 (voy a enviaros la promesa del Espíritu). Si la palabra no flexibiliza el tema de las presencias, si no da cuerpo a las promesas no puede ser palabra de resucitado, de personas que saben de honduras.
  • Una palabra de honda comprensión: Palabra que ha eliminado el sentido de juicio y de apropiación del otro. Por eso, como en Lc 24,17 el Resucitado pregunta por la conversación del camino, ya que realmente le interesa para acercarse al corazón de quien camina (qué conversación traíais por el camino) y como dice también Lc 24,25 comprende la lentitud para la profecía, para entrever el sentido profundo de las cosas (qué lentos para acoger lo que dijeron los profetas). Una palabra que no comprende el lado débil de la existencia no puede ser la palabra de un resucitado, de quien ha vuelto de los lados oscuros de la existencia.
  • Una palabra que anima a tocar llagas: Para curarlas, para comprenderlas, para implicarse en su debilidad. Así queda claramente dicho en Lc 24,39 y, sobre todo, en Jn 20,27 (mirad mis manos y pies...mete tu dedo...mete tu mano). Las palabras que agrandan las llagas no son las palabras de un resucitado; las palabras curativas son las propias de quien ha gustado las amarguras de cualquier muerte y ha vuelto a la luz del amor y de la vida.
  • Una palabra de total familiaridad: Porque la palabra del Resucitado pretende generar familia entre los humanos y con toda la creación. El mensaje central del Resucitado es, según Jn 20,15ss la certeza de que entre el Padre, Jesús y la persona se ha establecido una alianza de raíces familiares tan fuertes que nadie podrá quebrarla (mi Padre...vuestro Padre/mi Dios...vuestro Dios). Los resucitados, quienes vuelven a la vida desde perspectivas nuevas, engendran familia creacional con sus palabras atinadas.

 

3. Ahondamiento reflexivo:

 

            Antes de tocar los presupuestos para una creciente y fructífera comunicación comunitaria  vamos a tratar de ahondar en el hecho de la comunicación como tal:

•1)      La comunicación, elemento de humanización: Podría decirse que lo que nos hace realmente humanos no es únicamente la fonación (el habla) y la conceptualización (la capacidad de abstracción). Lo que realmente nos humaniza es la comunicación, el hecho de que el interior de la persona queda abierto y de manifiesto ante la mirada del otro. Efectivamente, nos humaniza porque, en contra de lo que pensaba Sastre, la persona no teme la mirada del otro que, por causa de su amor, no la cosifica, sino que la acoge. Esta capacidad de abrirse al otro/a es realmente lo que nos ennoblece y nos humaniza, más incluso que el hecho objetivo de estar dotados de conciencia. Por eso mismo, ser humanos sin comunicación es, prácticamente, una empresa imposible.

•2)      La comunicación, imprescindible para cualquier estructura común: Cualquier estructura común (familia, sociedad, Iglesia, comunidad parroquial o religiosa, grupos sociales) necesita de la comunicación, de la apertura del propio interior ante el otro, para superar el mero estadio organizativo. Quizá sea más fácil para las estructuras comunes funcionar organizativamente, amparadas en las normas. Pero, a la larga y a la corta, termina siendo más empobrecedor. Aducir que las organizaciones comunes no pueden tocar ese horizonte de la comunicación profunda es recortar a priori el sueño de la vida que es, digámoslo así o de otra manera, un sueño de fraternidad.

•3)      La comunicación, imprescindible en una Iglesia de comunión: Hay gente, como H. Küng, que no duda en decir que lo que ha conducido a la crisis en la Iglesia no ha sido el Concilio Vat.II, sino la "traición" a éste. Y personas como Pikaza dicen que en una Iglesia de comunión, pueblo de Dios, la comunicación es imprescindible. Por eso, quien no piensa así (incluso en altos estamentos eclesiásticos) sigue aferrado a la incomunicación, al secreto, a las deliberaciones ocultas, a la denuncia anónima, etc. Con esas herramientas podrá funcionar una Iglesia-sistema, pero no una Iglesia-pueblo de Dios. Quien aspira a esto segundo no se apea de la necesidad y de la hermosura evangélica de una comunicación franca, respetuosa, sin segundas intenciones, alentadora.

•4)      La comunicación, fortaleza/debilidad de la comunidad fraterna: Fortaleza porque una comunidad que se comunica tiene mucho mejor futuro que otra que lo haga débilmente o no lo haga en absoluto. Debilidad porque la carencia de comunicación está indicando que, todavía, no se ha animado uno a recorrer la senda del corazón de sus hermanos/as. Resulta impensable una comunidad ilusionada, con algo que ofrecer, medianamente satisfecha, con un nivel decente de disfrute humano sin que en esa comunidad funcione la comunicación. Muchas de las frustraciones que aquejan a las comunidades brotan, con frecuencia, de una carencia continuada de comunicación, tanto a nivel comunitario como personal.

 

4. Los caminos de la comunicación en la comunidad fraterna

 

            El mundo de la comunicación, al decir de psicólogos y terapeutas, no es fácil, aunque siempre digan que es positivo. Hay que desearlo para la vida fraterna, para la vida familiar. ¿Es la vida comunitaria un espacio propicio para la comunicación? Creemos, sinceramente, que sí. Esbocemos algunos posibles caminos:

•1)      Pasión por la relación: No por las "relaciones públicas" o por enterarse de todos los chismorreos. La pasión por la comunicación es una especie fe, aquella que cree, sin apearse de tal convicción, de que cuando me comunico con otros y cuando ellos se comunican conmigo mi bienestar humano crece y mis días son más disfrutantes, con más sentido. Sin esta convicción, sin esta fe, concretar más los caminos de la comunicación resulta difícil.

•2)      No aferrarse a un pasado de incomunicación: Hoy cuela difícilmente el argumento (en parte verdadero) de que no fuimos educados para la comunicación, que no fue un valor que se nos inculcara desde niños. Es cierto, pero también lo es que desde hace muchos años y desde diversos lados se nos empuja a abrirnos, a relacionarnos, a fomentar la saludable relación. Las que se dicen "personas mayores" no habrían de encontrar aquí una excusa, porque lo cierto es que  tales personas cuando quieren comunicarse con quien tienen interés, lo hacen.

•3)      Imposible sin dedicar tiempos y lugares: La comunicación demanda tiempos y lugares. Lograr una comunicación jugosa en cinco minutos es imposible. Hace falta mucho tiempo hasta que la puerta del corazón se abra por dentro. Y son también necesarios lugares apropiados. Si el runruneo de la TV está siempre de por medio, la comunicación es difícil. Una comunidad que anhele la comunicación tiene que replantearse seriamente el uso adecuado de los medios de comunicación.

•4)      Una vida "reunida": Hay personas que, habiendo hecho una opción de vida comunitaria, por diversas razones, han llegado a "odiar" las reuniones. Si por ellos fuera, no habría ni una, o muy pocas. Quizá han experimentado con mucha agudeza la esterilidad de no pocas de ellas. Pero, ¿por qué son estériles? Porque tal vez se va a ellas sin anhelo, sin preparación, dejando la responsabilidad sobre los hombros de los "responsables". Si la mayoría del grupo va en tal actitud, no es de extrañar que nuestras reuniones resulten inadecuadas para una comunicación jugosa. Y ¿si fuéramos en otra actitud? ¿Si tomáramos en nuestras manos, como cosa nuestra, el fruto de una reunión? ¿Si no nos cansáramos de colaborar? Veríamos que para no pocas comunidades, una reunión con contenido es cauce principal de renovación. Y esto es así porque la comunicación produce cuando se la toma gozosa y responsablemente. Si se la enmarca en la rutina y el hastío, la cosa resulta totalmente ineficaz, incluso contraproducente.

•5)      Sobre la mesa de la comunidad: Sería estupendo despojarse de un cierto "pudor" (tras el que nos escudamos) para poner encima de la mesa de la comunidad y poder compartir esa serie de movimientos interiores que es el lugar donde se juega mucho de lo que somos: nuestros sentimientos ante las cosas y los acontecimientos, nuestras penas que nos acongojan, nuestros disgustos y asperezas, nuestras alegrías. Si todo este mundo interior es siempre de gestión privada, algo no va bien en la dinámica comunitaria. ¿Qué podemos perder si, con corrección y sencillez, eso sale sobre la mesa y se comenta, se valora, se comparte? Y si esto no es compartible ¿qué sentido tiene el habernos reunido en grupo, el haber tomado el camino de la comunidad? Cualquier paso que se diera en esa dirección es en la buena dirección de la comunicación en la que se anda. Naturalmente, esto habría de estar rodeado de una afectuosa discreción: lo que se entrega al corazón de la comunidad es de la comunidad, no del dominio público. Andar de aquí para allá con esas confidencias comunitarias es una siembra de sal sobre la comunicación fraterna.

•6)      Comunicaciones espirituales: Que no son comunicaciones teológicas, o "místicas", sino aquellos valores hondos que van haciendo parte de mí. Por ejemplo: cómo supero los desalientos, cómo me siento en una iglesia que involuciona, qué camino estoy haciendo en la oración, cómo vivo los sacramentos después de tantos años, cómo vivo el futuro incierto de mi grupo religioso, qué lugar creo ocupar en el mundo, qué o quién me hace vibrar y me resulta imprescindible, donde están mis sueños, en quién descanso, etc. Esto es lo que compone el verdadero espíritu de la vida de una persona. ¿No puede ser algo de esto compartible, comunicable? ¿Hay que renunciar al triunfo antes de dar la batalla?

•7)      Comunicarse es alejar miedos: Porque el freno a la comunicación es, para empezar, un miedo atávico al otro como si los demás, en principio, iban a aprovecharse de mis comunicaciones para mi desdicha. ¿Por qué ha de ser así? ¿Por qué no pensar que en la comunicación todos salimos ganando? Y luego, los otros miedos: el miedo a perder prestigio, a que no cuenten conmigo para cargos, a que me etiqueten, a que me vean débil. Pero si esa es mi verdad, ¿no pueden entenderme mis hermanos en mi verdad?  ¿Pues, entonces, en qué consiste realmente la fraternidad?

•8)      Posibles mediaciones: Puede ser que haya quien piense que esto es interesante pero imposible para mi grupo concreto dado el tipo de personas que somos. Quizá se podría intentar con alguna mediación: personas de fuera que nos ayuden durante un tiempo a desbloquear situaciones; pequeñas técnicas de comunicación que, bien usadas, podrían ayudarnos a mirar en la dirección del otro; lecturas comunes que nos puedan animar; días de relax, de excursión, de disfrute, de vacaciones que nos puedan acercar desde lados más humanos; días de "familia", porque por medio de la familia se entra no pocas veces en el corazón de la persona.

•9)      Una ayuda humilde pero eficaz: Es la lectura en común de un libro o documento asequible a la comunidad y de un cierto interés para todos. Al principio puede parecer una cosa fría, teórica (y más entre gente de estudios teológicos). Pero si hay alguien que le da un cierto arraigo antropológico, una cierta humanidad, la cosa puede resultar como buen medio de comunicarse.

•10)  Libertad y silencios: La comunicación fraterna, como el amor, ha de estar presidida por la libertad. Si la comunicación es obligatoria se desfigura y se superficializa; se hace insoportable. Esa libertad es la que hace valorar los silencios de hermanos/as que, por lo que sea, tienen más dificultades. Quien se comunica bien ha de saber distinguir el silencio de quien está en el asunto aunque no hable y el silencio cansado, hastiados, que se duerme. El primero, a su manera, favorece la comunicación; el segundo la bloquea.

 

5. Pascua: tiempo de comunicación

 

            Puede ser tomada la Pascua como un tiempo bueno para la comunicación: Desde la comunicación del Resucitado a la comunidad hasta nuestra diaria comunicación. Se podía marcar un pequeño itinerario. Damos algunas pistas:

  • Primera semana: Escuchar lo que el Resucitado dice a través de los Evangelios. Interiorizar los textos del punto 2. Hacerlos objeto de profundización, de contemplación.
  • Segunda semana: Acentuar el deseo y el esfuerzo de comunicarse con la fraternidad. Acercarse explícitamente a los momentos colectivos de diálogo, de discernimiento. Llegar a ver el poder hablar con los hermanos/as como una suerte de nuestra opción de vida.
  • Tercera Semana: Escuchar y comunicarse de manera explícita con los hermanos/as más débiles, aquellas personas que, por lo que sea, tienen menos facilidad para la comunicación. Comunicarse con ellas, sobre todo dejándoles expresarse de la manera que quieran, incluido el silencio.
  • Cuarta semana: Comunicarse mejor con la sociedad, escuchar con más atención lo que pasa, no conformarse con los titulares del telediario, asistir a algún acto social que trate algún problema de hoy.
  • Quinta semana: Comunicarse con la comunidad eclesial a través de alguna acció o evento de la iglesia local.

 

Conclusión:

 

            La comunicación tiene un precio y abre a múltiples posibilidades. Tiene el precio de salir del estrecho marco vital de uno mismo/a, de pasarse a la orilla del "nosotros". Si no se paga es precio, imposible. Pero tiene múltiples posibilidades porque en la comunicación radica un porcentaje alto de la dicha y del sentido de la vida humana.

 

 

Fidel Aizpurúa Donazar

Logroño

Ejercicios Semana Santa 2009

Fidel Aizpurúa Donazar

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA GESTA DE JESÚS

Hacer el camino de Jesús que se entrega a la historia

(Notas para una semana de retiro)

Montiel, 5-12 de abril de 2009

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Logroño 2009

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Introducción:

 

  • La intención de esta semana de retiro es clara y elemental: Acompañar la Gesta Iesu,  la entrega de Jesús, su muerte y su resurrección. Hacerlo en el marco del silencio y la contemplación. Que entre en nosotros/as por vía de la espiritualidad, más que del raciocinio.
  • Para ello tomaremos los textos de la pasión del Evangelio de Juan que son textos para la contemplación, para el ahondamiento. Hay que leer siempre lo que hay detrás del relato. Desear no quedarse en la mera narración. Conectar con el fondo
  • Insistiremos en el valor del silencio, la oración y el tono contemplativo del retiro para que se nos hagan más presentes los acentos que el texto joánico quiere suscitar.
  • La celebración acompañará nuestro caminar y el centrarnos en ella nos unirá más al Mensaje.

 

 

Día 6 (mañana): El arresto de quien es salvador:

 

a) El texto: Jn 18,1-14:

 

18,1Dicho esto, Jesús salió con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. 2(También Judas, el traidor, conocía el sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos).

3 Judas entonces, tomando la compañía y unos guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos, entró allá con faroles, antorchas y armas.

4Jesús, sabiendo todo lo que venía sobre él, se adelantó a él  y les dijo:

                -¿A quién buscáis?

                5Le contestaron:

                -A Jesús el Nazareno.

                Les dijo Jesús:

                -Yo soy

                (Estaba quieto también con ellos Judas, el traidor).

6Al decirles, entonces, "Yo soy", retrocedieron y cayeron a tierra.

7Les preguntó otra vez:

                -¿A quién buscáis?

                Ellos dijeron:

                -A Jesús el Nazareno

                8Replicó Jesús:

                -Os he dicho que soy yo. Si me buscáis a mí, dejad marchar a estos.

                9Y así se cumplió lo que había dicho: "No he perdido a ninguno de los que me diste".

10Entonces, Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al criado del sumo sacerdote cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco.

11Dijo entonces Jesús a Pedro:

                -Mete la espada en la vaina. ¿El amargo trago que me ha dado mi Padre, no lo voy a beber?

12La patrulla, el tribuno y los guardias de las autoridades judías prendieron a Jesús, lo ataron 13y lo llevaron primero a Anás (porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año); 14era Caifás el que había dado a los judíos este consejo: "Conviene que muera un solo hombre por el pueblo".

 

  • Los ojos de la carne veían un triste arresto, como todos; la fe "ve" a quien le salva. Mirar desde la fe; adorarlo como arrestado, aunque conserve toda su integridad.
  • El mal, personificado en Judas, entra en lucha con el bienhechor que es Jesús. Jesús en el torbellino del mal y del pecado. Como nosotros en todo. ¿Cómo puedo mantener viva su adhesión al Padre? Alabarle por ello.
  • Él es el revelador de Dios (soy yo, como en Ex 3,14), más que un simple arrestado. En su pobreza se desvela el amor entregado del Padre, su unión con lo nuestro, su amparo desde el amor que se da.
  • Se le venera (caen por tierra). Un arrestado, pero venerable; un pobre, pero digno de adoración. Adorar a un pobre que se nos entrega.
  • Jesús se ofrece sin que eso acarree pérdidas ni riesgos para el discipulado. Él ha cuidado hasta el final de los suyos. Su soledad es el rostro de su amor; la huída de los discípulos el de su debilidad. Nos protege en su desamparo, cuidado de nosotros/as en su noche oscura.
  • Es el último sumo sacerdote (corte de la oreja: según Ex 20,29 se hacía una incisión en la oreja del sumo sacerdote el día de su consagración), el definitivo, el último y definitivo rey (Malco significa "rey"). A pesar de su arresto, en Jesús hay una definitividad, una plenitud de la vida y de la historia. Es el hombre, la persona plenificada.
  • Aunque fuera un "maniatado", era quien reconstruía la historia. Era el libre que nos liberaba, el "siervo maniatado" (Is 53,7), libre en su entrega pobre.

 

b) Derivaciones:

 

  • Aprender a "leer" como por detrás. Contemplar con gozo hondo a ese Jesús que se entrega. Sentirse cerca.
  •  Jesús nos muestra el designio del Padre: que el amor envuelva la vida. Por eso la suya es una entrega que tiene como base el amor. Desde ahí solamente puede explicarse su "gesta", su "éxodo" en Jerusalén (Lc 9,31).
  • Su debilidad histórica no lo hace más venerable. Situarse más allá de la debilidad. Lo interesante está más allá. Dejarse deslumbrar por un Jesús que se entrega a fondo, que termina por aceptar el difícil designio del Padre.
  • Un Jesús que nunca ha querido pérdidas.  "No he perdido a los que me diste" (18,9); . "Así tampoco quiere vuestro Padre del cielo que se pierda uno de esos pequeños." (Mt 18,14). Sentirse amparado por el anhelo de Jesús y el Padre que nos quiere sin pérdidas.

 

c) Consecuencias:

 

  • Tener por cierto que el mal nunca tendrá la última palabra. Por muy fuerte que sea su influencia en nosotros/as, en la sociedad, el bien (al que está destinado nuestra vida y desde la que se entiende) triunfará. Hemos nacido naturalmente para entender y para querer.
  • La defensa del hermano como tarea fraterna de primer orden. Del mismo modo que Jesús nos defiende. Librar al hermano de cualquier "arresto", acompañarle si hace presa en él, en la limitación.
  • Captar que Dios se revela en nuestra historia pobre. Su pobreza no es obstáculo para que Dios se revela en ella. Hay detrás de lo que aparece la hermosura que atrae al mismo Dios.
  • Acercarse a los "maniatados" de la sociedad, a los arrestados, a quienes soportan más el peso de la vida. Sintonía con ese mundo duro de las pobrezas hasta intuir la "belleza", lo positivo, que anida en ellas.
  • Oponerse prácticamente a toda violencia. Más aún, irse apuntando a la no-violencia activa. Anhelar  un mundo, una familia, una Congregación, una Iglesia, una sociedad, sin violencia.

 

d) Oración:

 

  • Repasar el texto gustándolo.
  • Leer Is 53: cuarto canto del siervo.
  • Leer, pensar, en estos testimonios de personas arrestadas sin justicia, como Jesús, ponerse cerca de tantos...

 

El 26 de marzo de 1976, secuestrado de mi domicilio, encapuchado y maniatado, fui trasladado al Liceo Militar General Espejo, donde me mantuvieron por espacio de 15 días. Durante ese tiempo pasaron por ese lugar cerca de 500 detenidos." (Enrique Carmelo Durán, Legajo N° 5188). "Fui secuestrado junto a toda mi familia el 29 de marzo de 1976. Nos trasladaron a la Comisaría 25ª de Guaymallén, donde estuvimos toda la noche para ser trasladados al día siguiente al Palacio de Policía, donde permanecimos por 10 días en la sección D-2, De allí nos separaron. Yo fui al Liceo Militar General Espejo. En ese lugar estaban detenidas varias personalidades del gobierno constitucional destituido, periodistas, sindicalistas, etc. El trato era correcto, pero cuando nos llevaban a interrogar éramos encapuchados y se nos amenazaba con una bayoneta en el cuello" (José Vicente Nardi, Legajo N° 6834).

 

 

Día 6 (tarde): Nuestro mejor testigo:

 

a) El texto: Jn 18,15-27:

 

                15Simón Pedro y también otro discípulo seguían a Jesús. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, 16mientras Pedro se quedó fuera a la puerta.

Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera e hizo entrar a Pedro.

17La criada que hacía de portera dijo entonces a Pedro:

                -¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?

                El le dijo:

                -No lo soy.

                18Estaban allí los criados y los guardias quienes habían encendido un fuego de carbón, porque hacía frío, y se calentaban. (También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose).

19El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de la doctrina. 20Jesús le contestó:

                -Yo he hablado abiertamente a todo el mundo; yo he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he hecho nada a escondidas. 21¿Por qué me interrogas a mí? Interroga a los que me han oído, de qué les he hablado. Ahí los tienes; ellos saben lo que he dicho yo.

                22Apenas dijo esto, uno de los guardias que estaba allí le dio una bofetada a Jesús, diciendo:

                -¿Así contestas al sumo sacerdote?

                23Jesús respondió:

                -Si he faltado en el hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?

                24Entonces Anás lo envió atado a Caifás, sumo sacerdote.

25Simón Pedro estaba en pie, calentándose, y le dijeron:

                -¿No eres tú también de sus discípulos?

                Él lo negó diciendo:

                -No lo soy.

                26Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo:

                -¿No te he visto yo con él en el huerto?

                27Pedro volvió a negar, y enseguida cantó un gallo.

 

  • Una escena paradójica: Pedro, el libre, niega ser discípulo; Jesús, el maniatado, da testimonio de la doctrina y los discípulos. Escena en duro contraste. ¿Cómo pudo Pedro negar al que tanto le amaba? ¿Cómo pudo sucumbir a la coacción del ambiente? ¿Hasta dónde somos presos de nuestra debilidad? Pero Jesús no le retirará su apoyo ni las funciones de animador de la comunidad (Lc 22,32).
  • Mejor le hubiera ido sin discípulos (el grupo siempre era peligroso), pero nunca se desdijo de ellos. Aunque muchas veces fueron un entorpecimiento para su actividad misionera, no prescindió de ellos, nunca les recriminó nada, nunca los maltrató.
  • Jesús es un testigo íntegro, que nunca pierde los papeles, un testigo con el apoyo del Padre. Para Jn, Jesús es el testigo definitivo, el que nunca deja de decirrnos que lo nuestro tiene futuro, que el Padre nos ampara. Ni en las situaciones más adversas se apea de estas certezas.
  • Pedro niega su discipulado, su re-producir a Jesús; es la manera de negar lo más vivo de la adhesión. Se desdice del camino andado cuando sabe que ese camino ha sido para él amparo y vida. Capaces de desdecirnos de nuestras más hondas certezas. Ese es el rostro de nuestra debilidad.
  • Provisionalmente el gallo, canto de la tiniebla, triunfa. Pero su triunfo no será a perpetuidad.  Luego Jesús "saldrá cantando del sepulcro", como dice la himnodia.

 

b) Derivaciones:

 

  • Un Jesús siempre a favor de la persona; en él, nuestro mejor aliado, nuestro testigo fiel (Ap 1,5). Con él estamos seguros; bajo su amparo se pueden controlar los miedos. Mientras tengamos su amparo vamos seguros.
  • Más allá de los abandonos, Jesús sigue acompañando, testificando a nuestro favor. Nunca dejará de hacerlo por muchas que sea nuestras negaciones, nuestros días lejos de él.
  • La densidad de la fe se mide por un seguimiento que re-produce las prácticas de Jesús hoy. Si no se re-produce la senda de Jesús, si no se le sigue, en realidad nada se sabe de él. Necesitamos un seguimiento activado que defina la identidad cristiana.
  • Ha sonado la hora de un seguimiento activado. Es nuestro mayor problema y nuestra mayor posibilidad. La ilusión por el seguimiento es la que puede sacarnos de muchas de nuestras situaciones de cansancio y de rutina.
  • Los fracasos han de ser asumidos en un horizonte de posibilidad. No somos solamente nuestro fracaso; somos más, hay posibilidades. Jesús, en Jn, asume su fracaso sin desestabilizarse, sin perder su orientación básica. Ése es el ideal. "¿Qué es el éxito, qué el fracaso? La canción del pescador se sumerge en las aguas", reza un poema oriental. Sumergirse en las aguas no quiere decir que lleguemos a ahogarnos. Jesús nos ampara y nunca tolerará que el fracaso nos rompa.

 

c) Consecuencias:

 

  • Negaciones que no son dogmáticas, pero importantes (separación fe/vida). Negaciones de una fe viva, de una fraternidad jugosa, de una relación constructiva. Negaciones que juegan en nuestra contra. Es preciso caer lo menos posible en ellas.
  • El grupo humano, todo grupo, está hecho de debilidades y fortalezas. Saber que Jesús está con él habría de empujarnos a situarnos más en las fortalezas, en las posibilidades que en sus indudables pegas y limitaciones. Creer en el grupo es el rostro de la fe en el mismo Jesús. Él creyó en su grupo.
  • La fuerza para testimoniar: una experiencia viva de Jesús. De ahí puede venir. Si no, los embates de la vida, o el roer de la simple rutina de cada día harán su obra y nos impedirán un testimonio decidido a favor del hermano cuando aprieten las circunstancias difíciles.
  • Una fe "confesante", desde la experiencia, en un mundo secular. Más que desde la ideas, desde la experiencia, desde lo que uno/a vive, desde lo que elabora. Si es solamente cuestión de ideas, tiene poca eficacia en este mundo nuestro.
  • La fortaleza del testimonio creyente para recuperar el encanto de la vida fraterna. Por el testimonio positivo, cuidadoso, agradable, valorativo del hermano/a se puede ir entrando en ese mundo "encantador" de la relación, sin el cual dicha relación se convierte, con frecuencia, en un peso.

 

d) Oración:

 

  • Releer el texto con sus notas, subrayándolo.
  • Ver también Is 50,4-9, tercero de los cánticos del Siervo de Yahvéh.
  • Que nos ayude este texto de Casaldáliga:

 

Por causa de Tu causa me destrozo
como un navío, viejo de aventura,
pero arbolando ya el joven gozo
de quien corona fiel la singladura.
 
Fiel, fiel..., es un decir. El tiempo dura
y el puerto todavía es un esbozo
entre las brumas de esta Edad oscura
que anega el mar en sangre y en sollozo.
 
Siempre esperé Tu paz. No Te he negado,
aunque negué el amor de muchos modos
y zozobré teniéndote a mi lado.
 
No pagaré mis deudas; no me cobres.
Si no he sabido hallarte siempre en todos,
nunca dejé de amarte en los más pobres.

 

 

Día 7 (mañana): El malhechor-bienhechor:

 

a) El texto: Jn 18,28-32

 

                28Llevaron a Jesús de casa de Caifás al Pretorio. Era el amanecer y ellos no entraron en el Pretorio para no incurrir en impureza y poder así comer la Pascua.

29Salió Pilato, afuera, adonde estaban ellos y dijo:

                -¿Qué acusación presentáis contra este hombre?

                30Contestaron diciéndole:

                -Si este no fuera un malhechor, no te lo entregaríamos.

                31Pilato les dijo:

                -Lleváoslo vosotros y juzgadlo según vuestra ley.

                Los judíos le dijeron:

                -No estamos autorizados para dar muerte a nadie.

32Y así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir.         

 

  • Todo el juicio de Jesús en el ámbito civil. Juan se enfrenta al hondo dilema de la muerte de Jesús: ¿Por qué lo condenó una autoridad civil y a una pena tan terrible? El contexto hay que ponerlo en el todo de lo humano: todos tuvimos parte en esa condena, como todos tenemos parte en cualquier condena, por una razón o por otra. Esta "solidaridad en la condena" habría de hacernos más humildes, más fraternos/as.
  • No quieren contaminarse; ironía: no quieren contaminarse en casa de un pagano y empujan a la muerte. Son las paradojas en las que se mueve nuestra vida, no exentas de hipocresía. No es tan difícil que se nos perdone la debilidad, pero sí la hipocresía.
  • La acusación es más que moral, teológica: no es un "malhechor" porque no ha hecho sino el bien a la persona (siete signos a favor de la persona, toda su vida a favor de la persona). ¿Cómo pudieron acusarle de malhechor a quien más bien había hecho a la persona. "Pasó por la vida haciendo el bien" dice Hech 10,38. Y así era, por encima de acusaciones de maldad.
  • Mayor ironía: la Ley no permite matar y matan. Ellos que dicen amar la Ley, no cumplen su espíritu. El poder de los mecanismos religiosos para desplazar lo importante y hacer bandera de lo secundario.
  • No han entendido el programa del Reino, la posibilidad abierta ante ellos. El peso de la Ley fue insuperable. Al decir que era un malhechor están diciendo que no han entendido que la oferta del Reino estaba destinada no tanto a la religión, sino al bien de la persona. La acusación desvela su hondo desvarío.

 

b) Derivaciones:

 

  • Las incoherencias pueden velarnos el fondo de la experiencia de Jesús, aunque en realidad no podemos vernos libres de un cierto nivel de incoherencia. Pero todavía es peor el engaño, la hipocresía, el decir una cosa y, deliberadamente, hacer otra.
  • Acusar a Jesús de lo que nosotros no hacemos y nos toca hacer. Es otra manera de acusarlo. Así pensamos que nos eximimos de nuestra responsabilidad. En realidad, Jesús acompaña, anima y sostiene para que nosotros/as hagamos lo que debemos hacer. Él no nos suplanta. Acusarle de inoperancia es encubrir nuestra vagancia.
  • Entender la obra de la fe como un bien, humano, social y espiritual. Eso es lo que hace Jesús. bien a cada persona, bien al conjunto social, bien en el ámbito de lo espiritual. El efecto beneficioso de su vida no está circunscrito a un grupo, a una religión, a una Iglesia.
  • Trabajar para que el bien triunfe: decidirse a hacer el bien. Tener el bien, la bondad, por ideal mayor. Trabajar para que prácticamente el bien vaya avanzando, la bondad (que es el bien en acción) vaya copando más estratos en nuestra vida. Para ello, decidirse a hacer el bien. No solamente alabarlo, desearlo, rezar por su logro. Llegar a arremangarse en la tarea de construir la bondad cercana.
  • No estar sujetos a la norma en perjuicio del bien. Porque quizá necesitemos normas para poder convivir, pero si éstas ahogan al bien, no hemos hecho nada. Si entran en colisión normas y bien, el seguidor/a opta decididamente y con todas las consecuencias por el bien de la persona.
  • Peligros de los mecanismos religiosos por su capacidad para desviar lo importante de las cuestiones y situarse en terrenos muy relativos. Desde ahí, se vuelven peso para la persona. Tener controlados esos mecanismos para que sirvan al fin básico de la dicha de la persona y de la construcción de la fe.

 

c) Consecuencias:

 

  • Ponerse a hacer el bien en lo sencillo de cada día, sin exigir razones, si querer pasar siempre la factura, sin esperar siempre el aplauso. Las entregas no se pierden. Así piensa Jesús.
  • La persona como objetivo central del mismo Evangelio. Una realidad innegociable, por encima incluso de la misma realidad de Dios. El amor a la persona desvela la verdad del amor a Jesús y de nuestra adhesión al amor del Padre.
  • No temer la acusación del inhumano, justo precio a situaciones en que uno/a se decide a hacer el bien. Ensanchar las espaldas y el ánimo para que esa persecución haga la menor mella en nuestro interior, en nuestro corazón.
  • Renunciar a cualquier tipo de violencia, incluso en germen, en palabras, en gestos pequeños, en miradas... Renunciar a la violencia para que no brote nunca entre nosotros/as la "acusación de nuestros hermanos" (Ap 12,10).

 

d) Oración:

 

  • Releer pacientemente el texto.
  • Leer Jn 3,14; 8,28; 12,32ss.
  • Ora con este texto de Antonio Pérez Esclarín:

 

La plenitud humana sólo es posible en el encuentro. Uno se constituye en persona como ser de relaciones. Toda auténtica vida humana es vida con los otros, es convivencia.  La persona humana es imposible e impensable sin el otro. Lo propio del ser humano, lo que nos define como personas es la capacidad de amar, es decir, de relacionarnos con otros buscando su bien, su felicidad. Lo que nos deshumaniza  es vivir y morir sin amor. Detrás de cada tirano, cada asesino, cada malhechor, hay un déficit profundo de amor o una mala comprensión del amor.

 

Día 7 (tarde): La verdad que nos plenifica:

 

a) El texto: Jn 18,33-38ª:

 

                33Entró otra vez Pilato en el Pretorio, llamó a Jesús y le dijo:

                -¿Eres tú el rey de los judíos?

                34Jesús le contestó:

                -¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?

                35Pilato replicó:

                -¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?

36Jesús le contestó:

                -Mi realeza no es del mundo. Si mi realeza fuera del mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi realeza no es de aquí.

37Pilato le dijo:

                -Con que, ¿tú eres rey?

Jesús le contestó:

                -Tú lo dices: Soy rey. Yo para esto he nacido y he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.

38aPilato le dijo:

                -Y, ¿qué es verdad?

 

  • El pasaje muestra a Jesús como un rey que no se lucra de sus vasallos. Es un rey especial, fraterno, amable, interesado por nuestro éxito. No un déspota al que todos deben servir. Un rey extraño, generoso, a nuestro servicio.
  • Desde ahí da testimonio de "la verdad": ¿qué verdad? La verdad de Dios que dice que la persona tendrá éxito, que la historia tiene horizonte, que estamos creados para la dicha, que nos espera el abrazo del Padre. No da testimonio de una verdad teológica, sino de nuestra verdad existencial, de la verdad para la que hemos sido creados.
  • Para entender esto hay que amar la vida, es preciso comprender que esta vida nuestra, más allá de su limitación es el mejor regalo que el Padre podía hacernos. Mirar la vida como "un valle de lágrimas" es menospreciar al donante, a Dios. Sin amar la vida no podemos entender el testimonio de verdad que da Jesús.
  • Desde aquí el trabajo cristiano sería vivir y dar vida, engendrar vida en torno a sí, defender y amar la vida. Es del todo necesaria la pasión por la vida. Un verdadero apostolado hoy: difundir el gusto por la vida en estos tiempos en que muchos se disgustan por la pobreza de la vida.

 

b) Derivaciones:

 

  • Curso de amor a la vida. Curso que habríamos de aprobar: la certeza de que hemos sido creados buenos; la utopía de que estamos destinados/as a la dicha; la seguridad de que el amor es el mejor cauce para vivir. La suerte de vivir la aventura humana; las grandes posibilidades que encierran nuestra vida, etc.
  • El horizonte de la vida no es la muerte, es la vida. No pasamos de una inexistencia a otra inexistencia, sino a una luz, a una plenitud, a un abrazo, a un amparo.
  • Vivir ya en clave resurreccional. ¿Cómo? Quitando losas, dice Jn 11,41. haciendo obra sencilla y cotidiana de liberación, de respiro. Quitando cien años de encima de los pesos de la vida.
  • Una percepción creyente del don de Dios, la vida. Ésta no puede ser un destierro, sino el mejor don del Padre a nuestras personas. Por eso mismo, "gracias, Señor, por habernos creado" (Sta Clara).
  • Dar testimonio de ello; una fe confesante desde la vida, no desde la ideas. Desde las experiencias, como hemos dicho, aunque sean sencillas, cotidianas, comunes.
  • No se tiene la verdad desde las ideas, sino desde la entrega. Las entregas son las que desvelan la calidad de nuestra fe.

 

c) Consecuencias:

 

  • Pasión por la vida. Sin esa pasión es imposible entenderla como el mejor don de Dios a nosotros/as. pasión, buena pasión, más allá de sus límites.
  • Apóstoles del gusto por la vida, como decía el hermano Roger. Para ello, hay que comenzar a gustar la vida uno/a mismo/a, aprender el disfrute y el placer de vivir en modos sencillos y fraternos. Una espiritualidad del placer de vivir es imprescindible para entender lo que ha sido puesto en nuestras manos.
  • Más allá de las verdades religiosas. Que son necesarias, pero no suficientes. Casi se puede decir que el lenguaje religioso está agotado, que ya no puede dar más de sí. Se necesita el lenguaje de lo humano, de lo mezclado al corazón de la persona, de la interioridad.
  • Una vida en creciente verdad, incluida la sinceridad. Porque la sinceridad no elimina la debilidad, ni la justifica, pero la hace más asimilable, por nosotros/as y por los/as demás.
  • Compartir la verdad, forma eximia de fraternidad. Compartir el gozo de saber que hay un horizonte para nuestros días, que no está cerrada la puerta del gozo y que se tiene una visión positiva, honda y creyente de nuestro estar en este mundo.

 

d) Oración:

 

  • Releer el texto valorándolo, subrayándolo.
  • Leer Jn 15,7-17.
  • Orar con este texto:

 

A ti, Señor, presento mi ilusión y mi esfuerzo;
en ti, mi Dios, confío, confío porque sé que me amas.
Que en la prueba no ceda al cansancio,
que tu gracia triunfe siempre en mí.
Yo espero siempre en ti. Yo sé que tú
nunca defraudas al que en ti confía.

Indícame tus caminos, Señor, enséñame tus sendas.
Que en mi vida se abran caminos de paz y bien,
caminos de justicia y libertad.
Que en mi vida se abran sendas de esperanza,
sendas de igualdad y servicio.
Encamíname fielmente, Señor.
Enséñame tú que eres mi Dios y Salvador.

Recuerda, Señor, que tu ternura y tu lealtad
nunca se acaba; no te acuerdes de mis pecados.
Acuérdate de mí con tu lealtad,
por tu gran bondad, Señor.

Tú eres bueno y recto
y enseñas el camino a los desorientados.
Encamina a los humildes por la rectitud,
enseña a los humildes su camino.
Tus sendas son la lealtad y la fidelidad
para los que guardan tu alianza y tus mandatos.

Porque eres bueno, perdona mi culpa.
Cuando te soy fiel, Señor,
tú me enseñas un camino cierto;
así viviré feliz y enriquecerás mi vida con tus dones.
Tú, Señor, te fías de mí y me esperas siempre.
Tú, Señor, quieres que sea de verdad tu amigo.

Tengo los ojos puestos en ti
que me libras de mis amarras y ataduras.
Vuélvete hacia mí y ten piedad,
pues estoy sólo y afligido.
Ensancha mi corazón encogido
y sácame de mis angustias.

Mira mis trabajos y mis penas
y perdona todos mis pecados.
Señor, guarda mi vida y líbrame de mí mismos.
Señor, que salga de mi concha y vaya hacia ti
y que no quede defraudado de haberme confiado a ti.

Indícame tus caminos, Señor, tú que eres el Camino.
Hazme andar por el sendero de la verdad,
tú que eres la Verdad del hombre.
Despierta en mí el manantial de mi vida,
tú que eres la Vida de cuanto existe.

 

Día 8 (mañana): Burlado, pero rey

 

a) El Texto: Jn 19,1-3:

 

                19,1Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar.

2Y los soldados trenzaron una corona de matas, se la pusieron en la cabeza

y le echaron por encima un manto color púrpura;

3y, acercándose a él, le decían:

                -¡Salve, rey de los judíos!

Y le propinaban bofetadas.

 

  • Lo duro de esta escena no es tanto las heridas que le hacen con la burla, sino el menosprecio que sufre Jesús. El autor quiere decir que, aunque menospreciado, era rey. En los sinópticos Jesús es despojados de esas insignias "reales" cuando va a ser crucificado. En Juan no: se le crucificará con el manto y la corona: despreciado, pero rey.
  • Esto habría de llevar al creyente a aprender la humildad esencial que no es tanto una virtud, cuanto una manera de situarse ante la vida, capaz incluso de encajar el sufrimiento y el menosprecio. La humildad esencial es decisiva para la vida comunitaria.
  • Y luego está la resistencia en la que habita la esperanza: no quebrarse a la primera de cambio, tener aguante, flexibilidad, correa. Un Jesús resistente a la burla, eso es lo que se ve.
  • Finalmente, percibir la total dignidad de Jesús: aunque burlado, su dignidad está intacta. Trabajar el tema espiritual de la dignidad de la persona. Hacer ejercicios de ver más allá del menosprecio, de la debilidad, de la ofensa: más allá está siempre intacta la innegociable dignidad de la persona.

 

b) Derivaciones:

 

  • El desarraigo y la burla. El Reino tiene sus exigencias. No se puede vivir un seguimiento indoloro. Es preciso hacer acopio de fortaleza interior para asimilar lo mejor posible las exigencias del Evangelio. Jesús ha encajado esto con una fuerza increíble.
  • La crítica al poder omnímodo. Porque es preciso decirle al poder que no puede mandar sobre los valores básicos de las personas. Hay que resistir al miedo que quiere infundir el poder para hacernos creer que fuera de su radio de acción no hay vida. Jesús cuestiona lo incuestionable. Ahí radica su profecía.
  • El despojo de toda grandeza. Es algo que caracteriza a Jesús: un Mesías pobres, sin grandeza, sin brillo, sin gloria. ¿Se puede uno/a adherir a un Jesús así? Para eso, como decía Pablo, nos tiene que "tirar lo humilde" (Rom 12,16).
  • El amor que llega hasta dar vida y la da en silencio, sin demandar nada a cambio, sin hundirse cuando no hay aplauso ni agradecimiento. Un Jesús que se entrega en toda su generosidad, que encaja el designio del Padre con todas las consecuencias.
  • La resistencia de quien ama. Porque el amor es lo que ha hecho a Jesús resistente, la entrega es la que le ha llevado a no quebrarse, su hondísima generosidad es la que ha hecho que no exigiera nada, ni siquiera nuestro agradecimiento y amor. Resistente porque ama.

 

 

 

 

c) Consecuencias:

 

  • Entregas contantes y sonantes. Eso es lo que mide el nivel de adhesión a Jesús y a la persona. Si no hay entrega, todo queda en palabras, en sonidos vacíos. Las entregas, que nunca se pierden, han de ser visibles, tocables, en lo cotidiano.
  • Un cristianismo "indoloro" no es el que corresponde a la entrega fuertemente dolorida de Jesús. Toda adhesión conlleva unas exigencias que, a veces, duelen. La adhesión a Jesús no es distinta. Solamente un amor cada vez más incondicional puede soportar los "dolores" del amor. Pero ya lo decía la copla de Juan del Encina: "Más vale tener pasión y dolores que andar sin amores".
  • De lado de los burlados. Ése es el buen lugar, la buena orilla para quien quiera ahondar en el seguimiento. Es lo que ha hecho Jesús. Por eso, el lado humilde de la historia es el que corresponde a quien entiende a Jesús. En ir echando la suerte a ese lado estriba el secreto del Evangelio.
  • Más allá del desprecio. Porque el desprecio es, generalmente, un síntoma de un sentimiento de inferioridad y de que no se ha asumido la realidad difícil. El menosprecio es el arma de los débiles, mientras que el aprecio, aunque fuere con dificultades, es la prueba de la fraternidad.
  • La "doble burla" al débil, porque la debilidad es un agravante de toda burla. Por eso, el seguidor/a ha de huir de burlarse de los débiles para no cometer el verdadero "pecado contra el Espíritu", ya que el Espíritu ha tomado a su cargo la suerte de los más frágiles.
  • Una visión de la dignidad. Es algo de lo que siempre estamos necesitados/as. Una espiritualidad de la dignidad activada es freno de mil inhumanidades. Saber desvelar la dignidad en los más heridos de la vida es prueba de honda humanidad y de recia fe.

 

d) Oración:

 

  • Leer el texto con detención.
  • Percibir que Jesús seguirá siempre en el Evangelio de Juan con esas insignias de realeza. Sigue siendo rey, más allá de toda burla y vilipendio.
  • Orar con este himno de Cols:

 

Cristo, Señor y rey de paz y amor divinos,

Cristo, Señor y rey de humildes y sencillos,

Cristo, Señor y rey de justos perseguidos,

Danos poder vivir tu reino de justicia.

 

Cristo, Señor y rey de todos los amores,

Cristo, Señor y rey, perdón de pecadores,

Cristo, Señor y rey en cruces y en dolores,

Danos poder vivir tu reino de justicia.

 

Cristo, Señor y rey de pobre humillados,

Cristo, Señor y rey de hombres torturados,

Cristo, Señor y rey de santos olvidados,

Danos poder vivir tu reino de justicia.

 

Cristo, Señor y rey de largas soledades,

Cristo, Señor y rey de luces y verdades,

Cristo, Señor y rey de dones y bondades,

Danos poder vivir tu reino de justicia.

 

Ven ya, Señor y rey, de vida y esperanza,

Ven ya, Señor y rey, termine tu tardanza,

Ven ya, Señor y rey, acabe la añoranza,

Danos poder vivir tu reino de justicia.

 

Día 8 (tarde): La persona íntegra:

 

•a)       El texto: Jn 19,13-16ª:

 

13Pilato entonces, al oír estas palabras, sacó afuera a Jesús y se sentó en el tribunal, en el sitio que llaman "el Enlosado" (en hebreo Gábbata). 14Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía.

Y dijo Pilato a los judíos:

                -Aquí tenéis a vuestro Rey.

                15Ellos gritaron:

                -¡Fuera, fuera; crucifícale!

                Pilato les dijo:

                -¿A vuestro rey voy a crucificar?

                Contestaron los Sumos Sacerdotes:

                -No tenemos más rey que al César.

16aEntonces, finalmente,  se lo entregó para que lo crucificaran.

 

  • Para captar la novedad de Juan: el sujeto de quien realmente se sienta en el escaño es ambiguo: desde el punto de vista histórico es Pilato quien se sienta porque él es el juez; pero desde el punto de vista creyente, es Jesús quien se sienta porque con su muerte ejerce un juicio de salvación sobre la historia. Es una imagen de la persona íntegra, más allá de toda adversidad.
  • Se autopresenta como rey (aunque, en realidad, es Pilato quien lo presenta), como señor de la vida. Envuelto como estaba en pobreza era cosa increíble. Pero más allá de esa envoltura era rey, señor y dador de vida.
  • Rechazar la humanidad, rechazar a Dios. Eso es lo que hacen los judíos. Posiblemente no sabían que, al rechazar a Jesús, se estaban apartando de los postulados elementales de su propia Alianza. Nunca estuvo Israel tan lejos de la Alianza como cuando rechazó a Jesús.
  • Por eso, su opción resulta increíble: optan por el César, por aquel que les oprime, por el imperio que les sojuzga, por quien no les deja desarrollarse como pueblo. Parece que una opción de es calibre resulta increíble en boca de un judío. Es la incoherencia humana que puede llevar a extremos increíbles.
  • Jesús, hombre entregado. A Pilato y por Pilato, a los judíos y por los judíos. Pobre y entregado. Pero en esa entrega radica su grandeza, y en esa pobreza su mayor don a nosotros. Solo en apariencia es esto paradójico, porque en el fondo su entrega es la que nos da la vida.

 

b) Derivaciones:

 

  • Una fe expuesta a juicio. Así es la fe de Jesús. Una fe juzgada y condenada, expuesta a las más fuertes amarguras de la historia. Pero también es una fe amparada en su debilidad por la fortaleza del Padre. Ahí tiene su fuerza, su cimiento, su horizonte.
  • La humanidad de Jesús, realidad con Dios dentro, aunque sea una humanidad pobre. No es algo dejado de la mano de Dios, sino con Dios dentro, un Dios que siempre le ha habitado y que nunca le ha dejado sólo (Jn 16,32).
  • Hay opciones increíbles de vida que Jesús tiene que encajar. Cuando él ofrece el horizonte del Reino a personas débiles (el Evangelio no es para "santos", sino para débiles ilusionados) sabe a qué se arriesga. Precisamente porque llega a encajar esto, la pasión no le hace desdecirse de su oferta a nosotros/as.
  • Misterio de entrega, misterio de vida. Porque sin entrega no hay vida, sin donación no hay amor, sin generosidad no se puede abrir la perta del corazón del otro/a.

 

c) Consecuencias:

 

  • Rechazar a la persona es uno de los extraños caminos de los humanos. Habríamos de valorarla siempre, pero la rechazamos con nuestro maltrato. Se opta contra la persona, increíble. Nuestras opciones contra la persona son nuestro mayor delito.
  • La fe en la persona es uno de los postulados del Evangelio y de la pasión. Si no se cree en el valor que Dios ha dado a la persona todo el resto queda sin sentido. Hacer actos de fe explícita en el valor de la persona de nuestros hermanos.
  • Precisamente por eso, cristianizar es humanizar: lo importante de una obra evangelizadora no es tanto dar doctrina religiosa sino generar humanidad (luego puede venir lo otro). Lo importante es que la sociedad funcione con los criterios del Evangelio (libertad, paz, amor, fraternidad, servicio, acompañamiento a los débiles, curación, entrega, generosidad). Eso sería "cristificar" la realidad. Lo otro, la cristianización (que esto tenga el rostro de lo religioso) viene después.
  • Todo esto demanda una fortaleza creyente, una reciedumbre de quien está anclado/a en el Evangelio. Hace falta un rostro "duro como el pedernal" (Ez 3,9) y un corazón tremendamente flexible para ser fuerte, para que la adversidad no eche al traste nuestra opción Jesús. Es preciso ir haciéndose fuerte cada día.
  • Para entender el lado duro de la vida, la "burla" de la historia, se precisa una visión nueva de la historia, aquella que la considera como una historia con Dios dentro, con un Dios que ha venido a poner morada en ella a perpetuidad (Jn 14,23). Eso puede generar equilibrio en nuestro interior y fuerza para arrostrar el lado duro de la existencia.
  • Hemos de hacer un esfuerzo por aclararnos lo más posible en nuestras opciones contradictorias. Pero quizá lo mejor sea ir asumiendo con paz esas contradicciones sin renunciar a la verdad, a la sinceridad. No es lo peor ser contradictorio (lo somos); lo peor es tratar de encubrir nuestras contradicciones para así excusarlas.

 

d) Oración:

 

  • Leer pausada y gustosamente el texto con las notas de la propia Biblia.
  • Meditar con Jn 15,23, frase dura. El rechazo de Jesús, la frialdad con él, la lejanía de él, como rechazo, abandono y lejanía del mismo Dios.
  • Un texto que podría ayudar:

Este hombre es el mismo que conocen los siglos.
Vencedor o vencido, filósofo o esclavo,
justo o impenitente, conforme o vengativo.

Este hombre es el mismo
que ha tirado el guijarro o ha aromado la venda,
que ha escondido el puñal o ha cortado la rosa,
que ha erigido el patíbulo o ha apagado la hoguera.

El que avivó la ira o prendió la alegría;
el que vistió la púrpura o el que anduvo desnudo
o lloró frente al mar o atizó la tormenta.

...O el que desesperado sin esperar blasfema,
o el que ha hundido sus labios en la herida de Cristo
o el que ahoga su llanto profético en la sombra
o el que mide su vida por un grano de trigo.

Todos el mismo hombre que conocen los siglos.
Y en la historia o la fábula diciéndonos hermanos.
Y tú, Dios, perdonando la mentira y el odio
y la sangre vertida que corre en nuestras manos.

Día 9 (mañana): El servicio que fundamenta la comunidad:

a) El texto: Jn 13,1-15:

13,1Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo a estar frente al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, les mostró un amor hasta el extremo.

                2Estaban cenando (ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas, el de Simón Iscariote, que lo entregara) y Jesús, 3sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, 4se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; 5luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.

6Llegó a Simón Pedro y éste le dijo:

                -Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?

                7Jesús le replicó:

                -Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde.

                8Pedro le dijo:

                -No me lavarás los pies jamás.

                Jesús le contestó:

                -Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo.

                9Simón Pedro le dijo:

                -Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza.

                10Jesús le dijo:

                Uno que se ha bañado totalmente no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está enteramente limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos.

11(Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: "No todos estáis limpios").

12Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo:

                -¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? 13Vosotros me llamáis "El Maestro" y "El Señor", y decís bien porque lo soy. 14Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: 15os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.

 

  • El Evangelio de Juan usa una tradición propia y anterior en el tema del lavatorio de los pies que el evangelista incorpora a su evangelio. La situación (al comienzo del "libro de la gloria") y el tratamiento amplio y profundo que da al texto hablan de su importancia. Se quiere describir algo que tiene que ser irrenunciable para la comunidad cristiana. El servicio fraterno.
  • Efectivamente, el texto propone el servicio como base de la comunidad. Según Jesús, la comunidad se constituye por el servicio, no por una adscripción religiosa. Por eso, una comunidad que no es servidora, no es la comunidad de Jesús. Esta ha sido su lucha continua con el discipulado, con sus seguidores/as: convertir los "demonios" del poder, de la fuerza, del interés, de mesianismo potente, en servicio y entrega. Un cambio formidable.
  • El evangelista ha añadido al primitivo relato un diálogo con Pedro de carácter casi conminatorio: "Si no te dejas lavar los pies, no tienes nada que ver conmigo". La no comprensión de la centralidad del servicio fraterno hace que los caminos del pretendiente a seguidor/a y los de Jesús difieran, marchen en dirección opuesta. Jesús apuesta por la decisividad del servicio.
  • Por eso, el servicio (el amor) es la ley que fundamenta la comunidad. "En esto conocerán..." (Jn 13,35). La comunidad de Jesús es una comunidad de servidores/as, de personas que han hecho del servicio su planteamiento ético, social y personal más decisivo.
  • Quizá solamente se pueda entender algo de esto si se pone a la base de la experiencia de Dios de Jesús (y de la nuestra) la realidad de un Dios menor, a nuestro servicio, humilde con nosotros, lejos de la omnisapiencia, omnipotencia y omnipresencia con que lo hemos rodeado. Un Dios humilde y menor. Ése es el Dios de Jesús y eso ha sido él mismo.

 

b) Derivaciones:

 

  • Si la verdadera fundamentación de la comunidad creyente es el servicio fraterno, hay que examinarse seriamente cómo van evolucionando nuestras actitudes de servicio. Hay que preguntarse su el egocentrismo nos va comiendo el terreno o es la pasión por el "nosotros" la que nos devora. Para verificar esto segundo, calibremos nuestras actitudes servidoras.
  • Nos puede venir muy bien elaborar y experimentar la realidad de Dios que nos sirve. Esto no es "rebajar" a Dios, sino descubrirlo en su más amorosa actividad y relación con la historia humana. Si marchamos esta perspectiva, quizá brote en nosotros/as con más facilidad el servicio fraterno y sus múltiples y cotidianas consecuencias.
  • Cómo aprender el camino del servicio. Haciendo prácticas pequeñas y diarias, mirando con detención la trayectoria vital del hermano/a (sobre todo si está necesitado/a), en proyectos de vida que tengan al servicio como valor central, cuidando los detalles, porque en ellos está el quid de todo esto.
  • Un seguimiento activado es un seguimiento que sirve. Si la realidad del servicio fraterno no está instalada en nuestra vida, el seguimiento pierde su sentido y, con él, se nubla la misma identidad cristiana. Por eso es tan decisivo el servicio para la mística cristiana.
  • En esa línea se podría decir muy bien que servir es nuestra mejor manera de creer. No se cree tanto por ideas cuanto por obras de servicio al hermano/a, a la sociedad. Por otra parte, en esta sociedad nuestra secular, ése lenguaje del servicio sería elocuente frente a lo agotado del lenguaje religioso.

 

c) Consecuencias:

 

  • Una Iglesia que sirve es la que realmente puede ser ofertable a la sociedad de hoy. Una Iglesia que quiere ofrecer e imponer doctrina sufre un creciente rechazo en esta sociedad nuestra. Nadie rechaza a quien le sirve.
  • Para servir bien hace falta disponibilidad y apertura. Disponibilidad para hacer de lo mío algo común, algo ofrecido, algo servido. Apertura para percibir el sufrimiento del otro/a, su necesidad y la posibilidad de que su vida enriquezca también la mía. El servicio es un camino de ida y vuelta: va del hermano a mí y de mí al hermano.
  • Al servicio fraterno le van muy bien los ámbitos de lo pequeño y marginal, ya que el servicio no emplea el cauce de lo grandilocuente ni de lo central. Por eso, quien anhele caminar en la senda del servicio ha de ir encontrándose a gusto en las cosas modestas y aun marginales, sabiendo que también en esos márgenes hay posibilidad de vida hermosa. Esa vida brotará imparable si hay servidores/as situados ahí.
  • Es un duro servicio el de intentar cambiar las estructuras, ya que éstas parece muchas veces que son inamovibles. Sin embargo, no lo son tanto, si se van dando pasos en la dirección del cambio. Para ello, como Jesús, hay que creer que cuestionar lo incuestionable hace parte del núcleo del seguimiento. No se trata de subvertir por subvertir, sino de ir construyendo unas estructuras (fraternas, familiares, sociales, políticas incluso) más concordes con el sueño humanizador de Jesús.
  • Para que el servicio pueda brotar pujante hay que renunciar a pasar siempre factura. Es preciso tener cuidado ya que metemos la factura en los pliegues más recónditos de lo que decimos hacer con talante servidor. El servicio cristiano es gratuito. Si se recibe un salario es un trabajo, cosa honrada, pero distinta. La gratuidad es imprescindible para elaborar una espiritualidad del servicio cristiano.
  • Nos vendrá muy bien tener controlada la ambición, ya que ésta va pegada a nuestra vida como nuestra propia sombra. A veces su manera de actuar es descarada (toda las ambiciones del poder), otras más sutil (los pequeños deseos que me proporcionan una vida al abrigo de sobresaltos). Es preciso hacer una obra continuada de desenmascaramiento de la ambición. Si no, el servicio será imposible.

 

d) Oración:

 

  • Releer el texto más desde la clave de la incitación al servicio que desde la clave histórica.
  • Leer Jn 10,17ss.
  • Quizá pueda servir este texto:

 

Mis manos, esas manos y Tus manos
hacemos este Gesto, compartida
la mesa y el destino, como hermanos.
Las vidas en Tu muerte y en Tu vida.

Unidos en el pan los muchos granos,
iremos aprendiendo a ser la unida
Ciudad de Dios, Ciudad de los humanos.
Comiéndote sabremos ser comida,

El vino de sus venas nos provoca.
El pan que ellos no tienen nos convoca
a ser Contigo el pan de cada día.

Llamados por la luz de Tu memoria,
marchamos hacia el Reino haciendo Historia,
fraterna y subversiva Eucaristía.

 

Día 9 (tarde): El mandamiento del amor asimétrico:

 

a) El Texto: Jn 13,34-35:

 

34Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; que como yo os he amado, también vosotros os améis mutuamente. 35La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros.

 

  • Este texto joánico es una interpolación en el Evangelio de Juan: rompe el discurso del "adonde yo me marcho", emplea una lengua y una temática (la del amor fraterno) que no son propias de su Evangelio. ¿De dónde ha venido aquí este texto? Dicen los técnicos que de 1 Jn. Allí sí que elemento central es el amor al hermano/a. ¿Por qué lo ha metido aquí el cuarto evangelio? Para darle carácter testamentario, para decir que estamos hablando de algo decisivo.
  • El texto habla de la asimetría del amor. Parece que los humanos solamente sabemos amar simétricamente, en corresponsabilidad (y ése es un amor muy hermoso). Pero hay situaciones personales, sociales, familiares, etc. en las que la única manera de amar es asimétricamente, es decir, amar sin que haya correspondencia, sino que se devuelva amor. ¿Es posible mantenerse en ese amor sin desequilibrarse, sin sufrir? El texto dice que por ésa manera de amar se ha de reconocer al verdadero seguidor/a de Jesús. Por otro lado, como dice Rom 5,6, es la manera de amar que Jesús ha tenido con nosotros/as, que no hemos podido devolverle amor porque "estábamos sin fuerzas".
  • Jesús propone este amor asimétrico como distintivo real de la comunidad, como aquello por lo que ha distinguirse el grupo de seguidores/as. No es el distintivo de los creyentes un signo religioso (la santa cruz, como decía el viejo catecismo), sino el amor asimétrico, aquel que ama sin esperanza de recibir amor a cambio, aquel que no se hunde cuando no recibe amor.
  • Todo otro mandamiento queda resumido en éste, porque ésta ha sido la manera de amar de Jesús. Por eso, el amor asimétrico al hermano, es la manera de amar de Jesús y la del mismo Dios que ha unido su éxito a nuestra historia.
  • Así, el amor asimétrico no es un amor de ideas, sino un amor de identificación: se verifica que se ama a Jesús identificándose con su manera de amar. Y su manera de amar ha sido ésta: amar sin esperanza de ser pagado, de ser amado.

 

b) Derivaciones:

 

  • Para amar asimétricamente hay que despojarse del amor a la norma que la constituye centro de la vida. Aquel amor es mucho más que éste, aunque quizá necesitemos de normas para convivir. El amor asimétrico, como el de Jesús, camina por sendas de libertad, de creatividad, de imaginación. Si no, la dureza de muchas situaciones nos hará añorar la casa de la norma, el lugar donde se me devuelve algo porque si no, no puedo soportar esa manera de amar. Jesús ha cuestionado las normas, no por el afán de cuestionarlas sin más, sino porque se situaba en una perspectiva de amor total, asimétrico, única norma para él.
  • Podría considerarse hermosa esta espiritualidad, pero inasequible, inalcanzable. Por eso, aun considerándola interesante, se tendería a abandonarla. Pero resulta que abandonarla es abandonar el mejor sueño de Dios. Él sueña, en efecto, una sociedad en la que el amor llegue hasta los arriesgados límites de lo asimétrico. Cree el amor del Padre que solamente así funcionará esta vida con los criterios humanizadores del Evangelio. Renunciar a esto es renunciar a lo mejor de Jesús y a lo mejor del Padre.
  • La comunidad asentada sobre la asimetría, ése habría de ser el horizonte de la comunidad de Jesús. El horizonte, porque no es fácil llegar a esta realidad que, a veces, parece que nos supera. Pero el intento (estamos en tiempo de intentos) es ya un camino.
  • Como hemos dicho antes, también esto sería imposible sin amar profundamente la vida. Nosotros/as, que somos gente de superficie, creemos que porque todo parece seguir igual (la fuente de las lágrimas, del dolor, de la inhumanidad), que aquí no ha cambiado nada. Pero desde que Jesús ha vivido en el puro amor asimétrico con nosotros/as, todo ha cambiado, o todo puede cambiar. El Espíritu está haciendo en nosotros/as la increíble obra de que el hecho histórico funcione en las maneras del amor entregado y para ello hay que pasar por el amor asimétrico.
  • Jesús nos demanda desde el Evangelio más una opción de amor (de éste amor singular) que una opción de fe, de creencias. Creer en la manera de amar que Jesús ha tenido e intentar trasvasarla a nuestra experiencia diaria es lo que nos exige el Evangelio. Tener ideas religiosas y no caminar en esta senda, es cosa de poco provecho para el anhelo evangélico.

 

 

c) Consecuencias:

 

  • Una fe aprendida desde el amor, así habría de ser la nuestra. No tanto una fe aprendida desde la dogmática, desde el catecismo. Por eso es tan importante el tema del amor fraterno, porque ese es el cauce del verdadero aprendizaje de lo cristiano. Y, desde ahí, se podría hacer una oferta con visos de credibilidad.
  • Las experiencias de asimetría son arriesgadas, porque ahí puede hacer presa el desconsiderado, el injusto. La asimetría no ha de renunciar a la dignidad, aunque ésta sea conculcada. Pero, más allá de este riesgo indudable, las experiencias de asimetría son imprescindibles para el hecho cristiano, para hacerlo creíble, atrayente y auténtico. Una vivencia de lo cristiano sin experiencias de asimetría lleva al empobrecimiento y al descrédito.
  • La espiritualidad de la asimetría se choca contra el cerco que la persona pone a su propio corazón. Ése es su gran reto: querer entregarse a quien se cierra, a quien se enroca, a quien es egoísta. Para seguir empeñados/as en el amor asimétrico no habrá que renunciar a saltar la "valla" del corazón del hermano, siempre que éste abra una rendija en su puerta. ¿Cómo puede abrir esa rendija? A fuerza de amor constante y respetuoso, a fuerza de tenacidad en la espera y en la gratuidad. Si se abre esa rendija, el amor asimétrico empieza a dar sus frutos.
  • Por lo mismo, no hay que perder nunca la esperanza del triunfo de este tipo de amor. Amor asimétrico y esperanza van indisolublemente unidos. Ambos se necesitan. Quizá también vaya emparejada la resistencia porque, como dice Sábato, en ella habita la esperanza.

 

d) Oración:

 

  • Leer el texto con ojos, sentidos, nuevos.
  • Leer Jn 17,21-23.
  • Orar con alguno de estos pequeños textos:

 

"In qua nocte tradebatur"


     Ganando el paso ágil de la intriga,
Tú mismo, por amor, te has entregado;
cautivo por las lanzas de la espiga,
dócil al beso y al bocado.

 
El lavatorio


     A mí lávame el alma. Toda el alma,
desnuda y polvorienta...
     -¡Este lobo de mar que te ha seguido!-
     Sosténmela, Señor, entre tus manos
como para adentrarla en el Camino
definitivamente.

 
A la Virgen del Cenáculo


     Tu voz estremecía su palabra
Y la densa ternura
de tu Maternidad
desbordaba las cuencas de sus ojos...
    
     Tu Corazón velaba ardientemente
su pobre Corazón incomprendido.
Y el pulso de tu Sangre conducía
el Vino derramado de su Sangre...

 

 

Día 10 (mañana): La comunidad que brota de la cruz:

 

a) El Texto: Jn 19,25-27:

 

25Enfrente de la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su Madre, María la de Cleofás, y María la Magdalena.

26Jesús, pues, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre:

                -Mujer, ahí tienes a tu hijo.

                27Luego dijo al discípulo:

                -Ahí tienes a tu madre.

                Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como suya.

 

  • He aquí un texto central en el relato joánico de la pasión, tanto por su situación como por su contenido. Las intenciones del Evangelio de Juan no son narrativas, sino espirituales. Por eso, su gran interés no es tanto narrar la muerte de Jesús cuanto decirnos que de la cruz ha brotado la nueva comunidad, que la entrega de Jesús es el fundamento de esto que llamamos comunidad de seguidores/as. De rechazo está animando a una vida entregada a la comunidad como comprensión correcta de la cruz de Jesús (mediación de vida más que de suplicio).
  • La posibilidad de vivir en integración comunitaria asumiendo la diversidad (como dice 1 Cor) es real. La comunidad está integrada por la mujer y lo que representa (al judaísmo que se ha animado a dar el paso de la adhesión de Jesús) como por el paganismo (representado por el discípulo predilecto). La comunidad que brota de la cruz es integradora, por encima de diversidades y tendencias.
  • Pero, según Juan, son los "paganos" cortan el bacalao. La mujer va a "los asuntos" del discípulo, no al revés. Dejar la dirección a los paganos es lo que ha hecho que la experiencia de Jesús no degenerara en una simple secta del judaísmo. Confiar en el paganismo, en la secularidad, asunto decisivo.
  • La fe de los miembros de la comunidad que brota de la cruz es una fe que ampara: el discípulo no solamente acepta, recibe, sino que acoge. Por parte de la mujer también se requiere tener activado el deseo de ser acogida. Sin acogida no puede brotar esta clase de comunidad.
  • La comunidad es una casa abierta a toda persona y tendencia. La apertura es clave para la integración. Apertura de casa, de mente, de corazón, de vida.

 

b) Derivaciones:

 

  • Ir a los paganos. Este pasaje está escrito después de esa experiencia y la evidencia de que ha funcionado. Cuando la comunidad ha ido hacia los paganos, cuando les ha hecho partícipes de la "dirección" la experiencia cristiana ha cobrado un vuelo inusitado.
  • Aquí se postula otro estilo de comunidad, aquella que está basada más sobre la acogida que sobre la norma, más sobre el amor que sobre la obligación, más sobre la adhesión a Jesús que sobre la estructura. Sin esta perspectiva es difícil captar la novedad que propone el texto.
  • Creer en la cruz que ampara una comunidad abierta. Pensar y vivir la experiencia de la cruz no tanto como algo dolorista, sino como experiencia de fecundidad, de creatividad espiritual y comunitaria. Así la cruz (como luego la resurrección) es más un dinamismo de vida que algo perteneciente al recuerdo o a la mera piedad (o al espectáculo religioso).
  • La acogida a los vientos de la secularidad (fríos, a veces) habría de llevar a experiencias de profecía y de frontera. Si no, ¿cómo vamos a integrar lo diverso? Si no podemos salir de nuestra frontera religiosa, ¿cómo vamos a hacer nuestras las fronteras del mundo?

 

 

c) Consecuencias:

 

  • Para todo esto, ya lo hemos dicho, se requiere apertura, mental y vital. Es preciso quebrar el duro muro de lo inamovible en ideas, planteamientos, rutinas, costumbres, tradiciones, etc. Sin apertura es imposible atisbar la hermosura de una comunidad integradora.
  • Creer en una comunidad nueva no es algo inalcanzable. Se requiere creer en la posibilidad de caminos nuevos asequibles y posibles a personas que arrastran limitaciones, años, historia, pesos consuetudinarios, y otras "losas". A pesar de todo, es preciso creen en que lo nuevo puede brotar. Si no, acoger el mensaje de la comunidad nueva que brota de la cruz (es la tesis de Romanos) es casi imposible.
  • Caminos para esa comunidad: la ilusión como factor primordial; la confianza en Jesús que puede hacer de lo viejo algo nuevo; la certeza de que podemos ayudarnos en caminos de novedad; la práctica (aunque fuere en cosas consideradas nimias) que conlleve un cambio real.
  • Entender y vivir la cruz como acompañamiento y solidaridad participando de manera equilibrada y viva de la suerte de los "crucificados de la historia". No se trata solamente de un sentimiento de piedad (bueno) o de justicia (necesario), sino de simple solidaridad. Una comunidad en que los débiles "nos bauticen" y así nos acepten a la verdadera comunidad de Jesús, a la de los desfavorecidos solidarios.
  • Hacer viva la realidad del crucificado de la forma que sea. La cruz en lado meramente devocional, en el marco del lenguaje religioso, produce ya poco, es camino casi agotado (por mucho que esté inserta en un folclore religioso). ¿Qué tiene que ver la cruz de Jesús y mi vida real, de cada día? Esta clase de preguntas habrá que abordar.

 

d) Oración:

 

  • Leer desde la perspectiva descrita el texto, orarlo.
  • Leer Rom 13,8-14.
  • Orar apoyándose en textos como éste:

Maldita sea la cruz
que cargamos sin amor
como una fatal herencia.

Maldita sea la cruz
que echamos sobre los hombros
de los hermanos pequeños.

Maldita sea la cruz
que no quebramos a golpes
de libertad solidaria,
desnudos para la entrega,
rebeldes contra la muerte.

Maldita sea la cruz
que exhiben los opresores
en las paredes del banco,
detrás del trono impasible,
en el blasón de las armas,
sobre el escote de lujo,
ante los ojos del miedo.

Maldita sea la cruz
que el poder hinca en el Pueblo
en nombre de Dios quizás.

Maldita sea la cruz
que la Iglesia justifica
-quizás en nombre de Cristo-
cuando debiera abrasarla
en llama de profecía.

¡Maldita sea la cruz
que no pueda ser La Cruz!...

 

Día 10 (tarde): Cumplimiento que implica:

 

a) El texto: Jn 19,28-30:

 

28Después de esto, sabiendo Jesús que todo iba llegando a su término, para que se cumpliera aquel pasaje dijo:

                -Tengo sed.

29Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. 30Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo:              

-Está cumplido.

E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

 

  • La "entrega del espíritu de Jesús" (Juan evita la palabra "muerte") contiene la espiritualidad de la creación terminada. Los trabajos que el Padre y Jesús realizan para poner en pie a la persona (Jn 5,17) reciben en su muerte el espaldarazo de su verdad: la creación ha entrado en la senda de la plenitud, está siendo "terminada", llegado a su fin.
  • Es la alianza definitiva de Dios con la historia humana, la plenificación de toda otra alianza, la certeza de que el pacto del Padre, su ser familia con nosotros/as, jamás se va a romper. La muerte de Jesús lo garantiza. Si se rompiera, su muerte habría sido en vano.
  • Esta confirmación de lo nuevo radical que empieza, el fin de lo creado, se comienza a dar por encima de toda limitación, de toda norma, de toda constricción histórica, de toda ley (simbolizada en el "vinagre", como en las tinajas de 2,6). No habrá limitación que sea superior al empuje de la muerte creadora y creativa de Jesús.
  • Esta muerte es una plenitud que implica y dinamiza. Implica porque requiere el concurso de lo creado para andar ese camino de plenitud (si no, sería pura magia). Y dinamiza porque la muerte de Jesús ha de ser comprendida y vivida más como un dinamismo que como la rememoración de un simple hecho histórico.
  • La implicación es especial para la comunidad de seguidores/as porque se "entrega el Espíritu" a la comunidad. Ella ha de ser la principal concernida. Hacer dejación de esta responsabilidad ante lo creado empobrece a la comunidad quitándole su misma identidad.

 

b) Derivaciones:

 

  • Para comprender la espiritualidad de la creación terminada se requiere, como requisito imprescindible, amar la creación, el mundo, la historia. Un alejamiento de esta realidad bloquea la vivencia de la creación como realidad terminada e instala al creyente en la mera superficie de lo que se ve, deduciendo que las cosas siguen su cauces, que todo sigue igual.
  • De aquí se deduce que el test que mide esta clase espiritualidad es el simple amor a la vida, en todas sus manifestaciones, sobre todo en aquellos lugares donde corre el riesgo de perder su dignidad.
  • La única manera de activar el seguimiento es vivirlo implicativamente. La contemplación de la entrega de Jesús llama a una creciente implicación en la cristificación del hecho histórico (empeñarse en que el mundo vaya funcionando con los criterios de Jesús: la paz, el amor, el acompañamiento a los débiles, la gratuidad, el perdón, la trascendencia, etc.).
  • La comunidad, depositaria de la obra de Jesús. Ésta es su gran responsabilidad. No es, ante todo, una comunidad de componente religioso, sino espiritual y relacional. Espiritual para acoger este espíritu que Jesús entrega (el de la nueva creación). Y relacional para vivir tal espíritu en las simples relaciones humanas tratando de que sean nuevas.

 

c) Consecuencias:

 

  • En el coro de lo creado. Ahí está la persona inserta. Hasta llegar a ver no solamente que estamos en la tierra, sino que somos tierra, solidarios con todo lo creado. Esto puede llevar a una visión más novedosa de nuestro ser histórico y a comprender mejor la espiritualidad de la creación nueva.
  • Derramar vida en torno será la gran tarea de quien entiende esta espiritualidad. Vivir y dar vida como la gran vocación de las personas, de toda persona, sobre todo de quien recibe el testigo del Jesús entregado. Sobre esa gran vocación se puede apoyar las diversas opciones creyentes y vocacionales explícitas.
  • Activar el seguimiento es una de las grandes tareas que tenemos pendientes las comunidades religiosas, siempre y más en este momento en que suena de una manera particular la llamada al seguimiento. Este es nuestro reto y nuestro problema. Una comunidad seguidora es imposible en la rutina de siempre. Hace falta la pasión por el espíritu de Jesús, por su afán de creación nueva, de vida distinta.
  • Responsables de la entrega de Jesús: así lo tendríamos que ver personal y comunitariamente. Contagiarnos esta responsabilidad sería hacer una gran obra de fraternidad y de fe. Desentendernos de esto, mirarlo como cosa meramente devocional, es abaratar, desnaturalizar, lo más valioso del misterio del Jesús entregado.

 

d) Oración:

 

  • Retomar el texto y leerlo contemplativamente.
  • Leer Jn 4,34: "Para mí es alimento realizar el designio del que me mandó dando remate a su obra".
  • Orar con este breve texto:

 

 Entra en picado

Por aquella kénosis

Que el Verbo aventuró

Desnudamente,

De abismo en abismo,

Hasta el foso fecundo de la muerte.

 

Día 11 (mañana): Promesas de triunfo:

 

a) El texto: Jn 19,38-42:

 

38Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo clandestino de Jesús por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo.

39Llegó también Nicodemo, el que al principio había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe.

 40Tomaron el cuerpo de Jesús y lo vendaron todo, con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos.

41Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. 42Y como era para los judíos el día de la preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.

 

  • Se narra un entierro en el lenguaje de unas bodas: perfume de mirra y áloe (perfumes de boda: Sal 44,8), lienzos (nupciales), huerto (lugar de amor y de vida). Se está queriendo decir que, aunque se entierra a un difunto, en realidad se está enterrando a un destinado a la vida, a uno en quien en el fondo anida la vida.
  • Reaparece Nicodemo (por tercera vez), el que había ido a verle de noche. Algo quedó en el fondo de este personaje. Es imagen de la adhesión que avanza muy poco a poco, pero avanza. Empieza a comprender que Jesús es un destinado al triunfo, más allá de su pobre vida y de su terrible muerte.
  • Mirra y áloe, como hemos dicho, son los perfumes nupciales. La vida de Jesús está destinada al amor total, a las bodas más hondas, aquellas que unen al Padre (a través de él) y a la historia, nosotros. Perfecto levir que se ha llevado a la mujer (a lo humano) a casa, amparándola y sosteniéndola, por lo que nadie (ni Juan Bautista) le ha tenido que "desatar" la correa de la sandalia en señal de menosprecio (Jn 1,27).
  • Los lienzos están referidos a los lienzos del lecho nupcial. Es Jesús el novio que alegra el oído de todos sus amigos (Jn 3,29), en cuya presencia no hay que ayunar (Mc 2,19) porque, en realidad, siempre estará con nosotros/as. Gozo por este Jesús, pobre y muerto, pero destinado al más profundo amor.
  • El huerto es signo de vida (Cantar). La pasión de Jesús, según Jn, está enmarca en ese huerto (18,1 y 19,41). Quiere indicar que, más allá de la muerte, la entrega de Jesús es pura fecundidad, puro amor que da vida. No es, pues, una muerte estéril, sino de enorme vigor creativo, fuerza creadora de vida.
  • El entierro se hace en el día de la "preparación": es un formidable anuncio de vida, la preparación para la plenitud que comienza. Hemos llegado a esa plenitud. La superficialidad no habría de hacernos creer que todo sigue igual, porque las raíces de la vida han empezado a dar su gran cambio, el giro hacia la dicha total.

 

b) Derivaciones:

 

  • La vida y la alegría como meta de la existencia, no el sufrimiento y el dolor. Por lo tanto, comprender el triunfo de Jesús como triunfo del amor ha de ir llevando a una espiritualidad del disfrute y de la alegría, más que una elaboración de la tristeza que aumente el dolor. Esto no conlleva el olvido de las limitaciones ni la lucha contra ellas. Pero pone el acento en el horizonte de la dicha.
  • Un anuncio de vida y gozo: así ha de ser comprendida la muerte de Jesús. El "anuncio de un nuevo amanecer", como dice Hech 26,23, de un nuevo horizonte. Si el gozo de la resurrección no es comprendida desde esa enorme posibilidad de dicha y de amor que encierra, le falta lo más importante.
  • Los perfumes de la comunidad no son la mirra y el áloe, sino el respeto, la gratuidad, la paciencia, la solicitud, la benignidad, el no devolver mal por mal, la preocupación real por lo que le preocupa realmente al hermano/a (Sal 133).
  • Jesús es esposo de la vida, de la creación, de las personas. Lo suyo es ampararnos con amor, disfrutar con nosotros/as en los gozos del amor. Esto ha de llevar a la comunidad seguidora a una esponsalidad vital, a un preocuparse con amor los otros y por las cosas. No se trata únicamente de una consecuencia de la fe, sino de algo más vivo: una amorosa de situarse en el mundo
  • La promesa de fecundidad que encierra la persona de Jesús ha de animarnos a conjurar el peligro de esterilidad que amenaza a toda vida y animarnos a ser "fecundos para Dios" y para los demás. Una vida fecunda, creadora de vida, generosa con la vida. para ello, es preciso tener entrañas capaces de engendrar, vivas, sensibles, humanizadas. Las entrañas duras no pueden engendrar.
  • Es preciso anunciar la vida desde una valoración humanizadora de la vida, desde un gozo esencial por la vida, desde un compromiso real con la vida en sus lados más débiles. Esta clase de anuncios es buena para el hecho social y se hace siempre libre de condicionamientos estructurales.

 

 

 

•c)       Consecuencias:

 

  • Apostar por la vida es una exigencia de la resurrección, más allá de toda limitación, de todo desengaño, de toda muerte. Creemos que va ser una apuesta ganada, nunca perdida. Jesús ha apostado así y ha ganado, el padre "lo ha exaltado" (Filp 2,9).
  • El disfrute de lo sencillo es un "arte resurreccional", porque no es únicamente mero disfrute, sino la evidencia de que la resurrección gozosa afecta a todos los aspectos de la vida; éste ha de ser el modo de disfrute de la vida fraterna. Desde ahí se puede pretender ser alternativa para modos de disfrute consumistas basados en el "mucho".
  • Un amor que se difunde, que se expande como los perfumes. Se difunde no sobre todo por una confesión explícita, sonora, de escaparate de las verdades religiosas, sino por el camino de estilos de vida sencillos, pero luminosos. De eso estamos necesitados hoy.
  • El entierro de Jesús en pobreza pero con capacidad de germinación de amor habla de la superioridad de la significatividad sobre la relevancia. A aquella estamos llamados/as (hacer con gusto y sentido lo que hacemos, aunque sea cosa humilde) y a esta otra no (a que se venda nuestro producto, a que estemos en el candelero y el escaparate).
  • ¿Qué espera de nosotros la sociedad? Que vivamos un estilo de vida luminoso, fraterno, compasivo y amante de esta vida tan limitada. Que curemos esta vida cuanto podamos. Que acompañemos los silencios de quien anda mal y sufre el peso de los días. Que mantengamos la utopía de que este mundo nuestro va, sin duda, a mejor, por encima de sus persistentes y enormes limitaciones.

 

d) Oración:

 

  • Leer el pasaje desde esta perspectiva "nupcial".
  • Leer Jn 4,14; 3,6; 4,6; 5,1.13.
  • Orar apoyados en este texto:

 

¿Dónde está tu victoria, muerte extraña?

¿Dónde está tu derrota, muerte amiga?

Nos llevas, te llevamos, en la entraña,

grano en tu surco, de tu surco espiga.

 

Juntos crecemos. Tú hacia el ocaso,

cumplida la misión que nos fecunda.

Nosotros hacia el día, por el "paso"

de tu garganta abierta. La profunda

 

soledad de tu abismo se ha llenado

con el grito de Dios crucificado,

con tu muerte en Su muerte redentora.

 

¡Victoria derrotada en Su agonía,

oh hermana temporal, vientre del Día,

umbral de los "levantes de la aurora"!

 

Día 11 (tarde): Una resurrección del lado de la vida:

 

a) El Texto: Jn 20,1-10:

 

                1El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. 2Echó a correr y fue adonde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien quería Jesús, y les dijo:

                ­-Han quitado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.

                3Salió, pues, Pedro y también el otro discípulo camino del sepulcro. 4Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; 5y, asomándose, vio los lienzos ordenados; pero no entró. 6Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: contempló los lienzos ordenados 7y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con los lienzos, sino envolviendo un lugar. 8Entonces, finalmente, entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

9Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que Él había de resucitar de entre los muertos. 10Los discípulos se fueron de nuevo a sus casas.

 

  • Este texto joánico recoge en sus dos primeros versos un testimonio muy antiguo sobre el hecho resurreccional: algo ocurrió con el cuerpo de Jesús que luego dio pie a la espiritualidad de la resurrección. Pero, más a la base, estaba el "amor de los que le habían amado desde el principio", como dice Flavio Josefo. Ese amor fue el chispazo que llevó al incendio posterior de la fe en la resurrección.
  • Refleja también el relato las tensiones de las tendencias diversas de la primitiva comunidad: Pedro, el llamado a confirmar la fe de los hermanos, no entra; el discípulo amado sí. Se está queriendo decir que ha sido el paganismo quien más ha ahondado en la resurrección y sus consecuencias. Las comunidades de fuerte componente judío han sido más remisas a la hora de confesar la fe en la resurrección porque les era un formidable impedimento la muerte deshonrosa que había sufrido Jesús y que ellos/as habían presenciado.
  • ¿Cuál es el argumento principal por el que el discípulo "al fin" cree? porque ve los lienzos en el suelo y el sudario envolviendo "determinado lugar". Los judíos llamaban al templo "el lugar". Lo que quiere decir: que el discípulo ha comprendido que "el lugar", el templo y lo legal que en él se representa, está envuelto en un sudario, es una realidad muerta a la que no hay que prestar ya caso. Mientras que los lienzos, símbolos de vida y amor, están en el suelo, en la realidad que tocan nuestros pies, nuestra vida. La vida está envuelta por el triunfo de Jesús. Por eso, "uno cree" en la resurrección en la medida en que se apunta a los lienzos, a la vida en el marco de la débil historia.
  • Sí la resurrección es una opción por la vida. Ésta ha sido la misma opción de Jesús. Eso es lo que la Escritura quiere revelar a quien lee en profundidad.
  • Pero el camino de la fe es un proceso. Por eso, los discípulos vuelven "a casa", a sus asuntos de siempre. Solamente han dado todavía pasos pequeños, iniciales. Pero la cosa ha comenzado. La fuerza de la resurrección respeta nuestros ritmos. Tiene vigor, tiene potencia, pero es compasiva y se adecua a nuestro paso.

 

b) Derivaciones:

 

  • ¿Cómo fue posible un nuevo comienzo? Es la gran pregunta de la teología (Moltmann, Küng). El amor desde el principio quizá fue el detonante (quizá junto a la sensibilidad y el valor de las mujeres). Lo cierto es que la llamita del triunfo de Jesús provocó un incendio que aún arde.
  • El amor y la vida son los verdaderos motores de la fe en la resurrección. De ellos nace y a ellos vuelve. Sin amor y sin inmersión en la vida la resurrección se sitúa únicamente en el plano de las creencias, no en el de los dinamismos.
  • La resurrección como dinamismo más que como creencia. ¿Cómo lograrlo? Poniendo el acento ya desde ahora más en el gozo, en la fuerza, en el amparo que provoca la resurrección (antropologización de la fe) que en lo ideológico o en las prácticas religiosas. Si uno/a experimenta que la resurrección realmente le potencia por dentro, que le mueve a pequeños planteamientos, que lo sustenta en el gozo y en la alegría, vamos por buen camino.
  • Trabajos por dar vida: éstos son trabajos resurreccionales, sobre todo si se hacen en el ámbito donde la vida está más oscurecida. Trabajos por alegrar, por acompañar, por comprender, por ayudar, por aliviar, por acoger, por sostener...éstos son los trabajos resurreccionales.
  • Ir creciendo: proceso de adultez cristiana. A esto también tendría que ayudarnos la reflexión y la oración en torno a la resurrección. Porque el hecho religioso ha envuelto estas realidades de comportamientos que requieren más madurez, más poner el acento donde está realmente lo importante.

 

c) Consecuencias:

 

  • Agradecidos por vivir. Gracias a la vida, como reza la canción de M. Sosa. La vivencia de la resurrección, de tiempo de Pascua, habría de ser una continua acción de gracias por la vida (tendría que sonar, en las preces, en las oraciones, en las reflexiones comunes, en los disfrutes comunes).
  • Activar cada día el amor. Porque mucho de nuestra espiritualidad, lógicamente, se juega en el cada día, en las pequeñas actuaciones diarias. Vivir la Pascua en la conciencia de que cada día de su cincuentena es una oportunidad para agradecer y disfrutar la vida.
  • Vivir procesualmente la Pascua yendo de menos a más (no de más a menos). Que no se diluya el tiempo de Pascua a la vez que asoma el verano. Tiempo de gozo creciente, de alegría creciente, de disfrute creciente. Una final de la Pascua fruto de un camino hermoso de ahondamiento en el gozo del resucitado.
  • Para ir incorporando esta espiritualidad se precisan modos de vida creyente adulta. Hemos de ir abandonando cada vez más prácticas que no nos ayuda a una manera impactante, vibrante, de vivir la resurrección de Jesús. Hay que preguntarse a medida que la Pascua avanza: ¿qué me está haciendo vibrar?
  • Sentir que se vive, sentir que la vida late en todas nuestras venas, que late en las realidades de la tierra. Percibir el bullir de la vida, ese algo que la mueve por dentro. La fe en la resurrección es para corazones bullentes, que hierven en el hervor mismo de la existencia.

 

d) Oración:

 

  • Leer el texto gustándolo.
  • Leer Jn 4,20; 5,13; 11,48.
  • Apoyarse en textos como éste:

 

El llanto vegetal
del incienso. Y el agua.
Y el fuego del pedernal...
Porque hoy empieza todo,
hoy habla lo elemental.
 
Y el Verbo se hace Luz
en la carne labrada de la cera...
 
Como en Belén tu Madre, en la gozosa
alba de ocaso de tu Navidad,
sobre esta cuna de inmortalidad,
en retorno de amor, vela tu Esposa.
 
Ni el día. Ni la aurora.
Ni los hombres... ¡Tú, Noche veladora
entre las flores del huerto!
 
¡Sólo tú sabes la hora!
 
¡Ha vuelto la golondrina
del Aleluya!
 
Tu Cuerpo es la Primavera.
Todas las rosas se cifran
en tus cinco rosas nuevas.
 
Cuando El llegó
¿qué hora daba, Madre,
tu Corazón?
(Mientras no llegaba,
daba la hora
de la esperanza).
Pero cuando llegó
¿qué hora daba...?
 
Tú, la primera. Habías de ser Tú.
¡Si hasta que vino a verte,
no hubo resucitado enteramente!
 
Hoy, Madre Fuente, conresucitado,
me renuevo en la muerte del Bautismo,
para volver a ser, ya hombre, el mismo
que nací de tu seno inmaculado.
 
¡Yo te seré testigo de Sábado:
como este exultante Diácono!

 

Día 12 (mañana): Tocar las llagas para curar la vida:

 

a) El texto: Jn 20,19-29:

 

            19Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos. En esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

-Paz a vosotros.

20Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.

21Jesús repitió:

-Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.

22Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

-Recibid Espíritu Santo; 23a quienes libréis de los pecados, quedan libres; a quienes se los mantengáis, les quedan mantenidos.

24Pero Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. 25Así que los otros discípulos le decían:

                -Hemos visto al Señor.

                Pero él les contestó:

                -Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.

                26A los ocho días, estaban otra vez los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:

                -Paz a vosotros.

                27Luego dijo a Tomás:

                -Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.

                28Contestó Tomás:

                -¡Señor mío y Dios mío!

29Jesús le dijo:

                -¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.

 

 

  • He aquí lo que se denomina una "escena de reconocimiento": un personaje es reconocido por alguna de sus características personales e intrasferibles. Aquí, porque toca las llagas. La comunidad no tenía, al parecer, graves problemas en adherirse a un resucitado. La dificultad estribaba en aceptar que el resucitado de ahora es el llagado de entonces. El texto establece la total conexión entre ambos. Creer en el resucitado implica aceptar al Jesús llagado, la limitación de la historia. Más aún, se le reconoce porque el llagado ha tocado las llagas de la vida: al mostrar sus llagas y al invitar a tocarlas fuertemente está invitando a hacer obra de resurrección tocando las llagas. Nadie ha tocado las llagas como Jesús, nadie ha curado como él. Ahí lo reconoce Tomás, la comunidad.
  • La comunidad: Jesús en medio. Se hace Jesús "presente en el centro" (dos veces). Es signo de lo que es la comunidad: Jesús en medio y los discípulos en torno a él y vueltos los unos/as a los otros/as. Sin esta circularidad no es posible entender el mensaje del tocar las llagas. La comunidad se apoya en Jesús, que ha tocado llagas, y se anima a reproducir su comportamiento curativo.
  • La unión entre el llagado y el resucitado lleva a una mística de conexión entre triunfo y limitación, teniendo por seguro que aquella envolverá y superará a esta. Quedarse en las llagas es algo no lleva a una solución; es preciso dar a la historia débil un horizonte de utopía y de amor solidario que hable de la posibilidad de superar los precios, las llagas, inherentes al hecho histórico.

 

b) Derivaciones:

 

  • Reconocer, más que "creer". Porque de algo de eso se trata. No tanto de ser poseedor/a unas ideas, sino de la experiencia de haber ido en la vida reconociendo al resucitado, su lenguaje, sus presencias, en medio de los acontecimientos. Quien sabe más de reconocimientos, sabe más del resucitado.
  • Una comunidad en torno al Resucitado: la mejor manera de definir la comunidad cristiana. No tanto por adscripción religiosa cuanto por experiencias de comunidad en torno a Jesús. La Pascua es tiempo bien para activar y poner rostro a esas experiencias.
  • La historia como don mayor (único). Por muy limitada que se la perciba. Éste es el don mayor de Jesús a nuestra vida. ¿Cómo no agradecerla, cómo no mirarla con benignidad, cómo no hermanarse profundamente con ella, cómo no descender a su fondo, a su verdad?
  • El gran anuncio de curar es el gran anuncio de la resurrección. No se trata de anunciar un dogma, cuanto de proponer un cauce de curación y de gozo. Y eso que no se trata de mágicas curaciones, sino del acompañamiento a ese esfuerzo titánico por ir humanizado la historia (en el que todavía hemos logrado poco, al parecer). Él apoya este esfuerzo y su apoyo es definitivo para saber de su éxito.
  • Sintonía con los llagados, algo que deriva de la fe en la resurrección. No únicamente por solidaridad o compasión, sino adhesión del resucitado-llagado. Todo lo que les afecta concierne a quien se adhiere a Jesús.

 

c) Consecuencias:

 

  • Una tarea siempre delante. Ésa es la tarea de curar llagas. Es preciso ir dándole solución haciendo pequeñas prácticas, cotidianas maneras de aliviar las llagas de la vida. ése es el modo resurreccional que se puede vivir ya desde ahora (el "quitar las losas" de Jn 11).
  • Testimoniar la resurrección desde estilos de vida. De esto andamos ayunos, esto es lo que nos hace falta: maneras de decir con la vida que el resucitado-llagado es quien dinamiza nuestro plan diario de vida. Es preciso aspirar a comunidades que transparenten la presencia de Jesús en sus maneras de concebir las cosas cotidianas (el trabajo, la relación social, el dinero, la idea política, la solidaridad con los injustamente tratados, etc.). Si no "hablamos" ese lenguaje, el mensaje de la resurrección enmudece.
  • Amar esta casa nuestra, la vida, por pobre que se la quiera. Amarla cuidándola, mejorándola, sanándola, abrazándola. Hay que preguntarse (aunque nos parezca una cuestión excesiva) si cuando dejemos el mundo quedará un poco mejor que como lo encontramos. Si no tuviéramos respuesta, se nublaría el mensaje de la resurrección, hondo mensaje de mejora histórica.
  • Creer que algo ha cambiado, romper la superficialidad que parece decirnos que todo sigue igual. "Resucitado está en cada lágrima y en cada muerte como el júbilo y vida escondidos que vencen cuando parecen morir", decía Rahner. Y es verdad.
  • No temer tocar y sus consecuencias. Porque el temor sería lo puesto a la fe, a la adhesión a Jesús. Si esta es fuerte, el temor mengua y las consecuencias, a veces, duras, del tocar pueden ser más llevaderas. Activar la confianza y la adhesión para tener a raya al temor.

 

d) Oración:

 

  • Releer el texto con aprecio.
  • Leer Jn 13,5.14; 19,30.
  • Apoyarse para orar en textos como éste:

 

Entonces veré el sol con ojos nuevos

y la noche y su aldea reunida;

la garza blanca y sus ocultos huevos,

la piel del río y su secreta vida.

 

Veré el alma gemela de cada hombre

en la entera verdad de su querencia;

y cada cosa en su primero nombre

y cada nombre en su lograda esencia.

 

Confluyendo en la paz de Tu mirada,

veré, por fin, la cierta encrucijada

de todos los caminos de la Historia

 

y el reverso de fiesta de la muerte.

Y saciaré mis ojos en Tu gloria,

para ya siempre más ver, verme y verte.

 

 

           

 

 

Retiro Cuaresma 2009

 

Retiro en Cuaresma 2009

 

 

 

SOSTENER PREGUNTAS

QUE NO TIENEN RESPUESTA

La conversión entendida como trabajo por mantenerse en las preguntas

 

            Podría pensarse la que nuestra es una sociedad que no se hace preguntas. El ritmo alocado, superficial a veces, de vida podría inducirnos a pensar que ya no hay sitio para las preguntas. No es así. Los "aullidos", que diría Mestre, de las preguntas múltiples siguen escuchándose en el silencio de la noche humana. Cada mañana renacen las preguntas, tercas, más allá de las losas con que pretendemos sofocarlas.

            Hay quien dice que lo bueno de las preguntas es su capacidad de interpelación, no tanto su capacidad de respuesta. Pero, en realidad, buscamos respuestas desesperadamente y pensamos que sostener una pregunta es, simplemente, una esterilidad. La vida es como es. Y en ella, las preguntas sin respuesta vuelven a surgir imparables.

            ¿Y si hiciéramos el esfuerzo de convivir con las preguntas, de no impacientarnos porque no encontramos respuesta? ¿Y si halláramos esa tercera vía de sostener las preguntas, de mirarles a la cara, de elaborar caminos de vida a pesar y más allá de ellas? ¿Si les dijéramos a las preguntas que la vida es algo más que ellas, un camino hermoso aunque estén ellas?

            Puede parecer esto algo teórico, ingenuo y raro. Pero, miremos al fondo de la vida. Ahí están las preguntas. Por eso, ¿no sería la Cuaresma, definida clásicamente como tiempo de conversión, un tiempo bueno para sostener preguntas? Quizá nos llevaría eso a acercarnos al Dios que se revela en lo oscuro a la persona cuyos fondos son difíciles de tocar.

 

1. El Dios que, en sí mismo, es pregunta

 

            Hemos manipulado tanto a Dios que lo entendemos y vivimos como algo ajeno a las preguntas. Todo lo más, le hacemos, nos hace, preguntas ideológicas, dogmáticas pero casi nunca preguntas vitales. Y, sin embargo, bien mirado, Dios es pregunta que nos deja temblando, titubeantes, hasta que aprendamos a verle como pregunta que nos sacude, que nos hace vibrar.

            Vamos a tomar, para "calentar motores", un poema del "místico" orensano José A. Valente. Es profundo e interpelante:

 

Sentí real el pálpito

de tu oscura impresencia.

 

Supe que estabas.

                             Te busqué.

Ardía lento el fuego en los rincones

más secretos del ciego laberinto.

 

No busqué la salida, la imposible

salida.

            Te buscaba.

 

                                   Manifiéstate,

dije, sintiendo repentino

que ya lo habías hecho en el latido

de lo no manifiesto.

 

  • El pálpito de tu oscura impresencia: Quizá no sea bueno un Dios demasiado presente, demasiado claro. Tal vez sea más estimulante, más creativa, una impresencia que palpite. Porque así quedará a salvo la libertad de Dios y aumentará en nosotros/as el deseo de un Dios inmanipulable y libre.
  • Supe que estabas: Porque no hay ninguna impresencia capaz de apagar la llama de la certeza que sabe de presencias. Se sabe que está más allá de todo argumento, de todo signo; más allá de cualquier más allá.
  • Te busqué...te buscaba: No frenéticamente, perdidamente, excesivamente. Sí en modos anhelantes, infatigables, tercos. Con un amor que embriaga, que vive en las "locuras" del amor. Una búsqueda sin otra finalidad que la de ver a un Dios "oscuro".
  • Ardía un fuego en el laberinto: Un fuego inextinguible en este laberinto de vida. Más allá del hecho religioso, más allá de cualquier pertenencia creyente. Un fuego en el secreto laberinto, en los recovecos de cada caminar, en la urdimbre de cada existencia.
  • No busqué la imposible salida: La salida airosa del saber sobre Dios; la certeza de sus normas; la evidencia de sus palabras; lo indiscutible de sus mandamientos. Parecen caminos eficaces, pero llevan a una manipulación de la ausencia con la intención de hacerla presente. Entonces, nos es ya deudora.
  • Manifiéstate...ya lo habías hecho: Incapaces, como en Juan 7,13 ò 14,22, de controlar el grito ahogado que pide la presencia, que desea la respuesta porque le pesa como un muerto la pregunta. Pero ya te habías manifestado en lo inmanifiesto, en la misma pregunta, en todas las preguntas.

 

 

 

2. Una Palabra de aliento: 1 Pe 1,8-9

 

            "Vosotros no lo visteis, pero lo amáis; ahora, creyendo en él sin verlo, sentís un gozo indecible, radiantes de alegría, porque obtenéis el resultado de vuestra fe, la salvación personal".

 

            1 Pe es un texto para el ánimo. Sus destinatarios son cristianos que han tenido que emigrar, posiblemente por razones económicas, a lejanos países. El autor quiere decirles que, lejos de su patria, tienen en la comunidad una nueva casa en la que acoger su desamparo vital, un ámbito en que sus preguntas vitales, preguntas sin respuesta, son acogidas: ¿por qué soy pobre? ¿Por qué he tenido que emigrar? ¿Por qué me es hostil el ambiente? ¿Por qué me puede la añoranza? ¿Por qué siento que no tengo cimiento bajo mis pies? ¿Por qué me cerca la soledad? ¿Qué sentido tiene lo que vivo? ¿Para qué trabajar tanto? ¿Por qué persistir en la fe de Jesús? ¿No es mejor dejarse llevar? Etc., etc.

            Busca el autor en el fondo de su experiencia creyente razones no tanto para responder a ese cúmulo de cuestiones, sino para que la desesperanza no sea el único eco de tantas preguntas.

            Y entonces, vuelve su mirada hacia Jesús:

  • Vosotros, no lo visteis y lo amáis: Por increíble que parezca, se puede amarle sin verle. El rostro de Jesús, como dirían san Juan de la Cruz, curaría toda "dolencia de amor", toda pregunta que escuece. Pero no está a nuestro alcance "el rostro deseado". Sin embargo, sin verle, se le puede amar; su sonrisa, puede verterse luminosa sobre nosotros/as; el brillo de sus ojos puede iluminar nuestra mirada empañada tantas veces por las lágrimas. ¿Es esto creíble? Lo es, dice el autor. Todo eso puede hacerlo realidad la fuerza del amor, el dinamismo de una adhesión viva, la fe mantenida de generaciones de creyentes que no han desviado su mirada de este rostro siempre amable.
  • Creyendo en él, sin verlo, sentís un gozo indecible: No están reñidas las preguntas sin respuesta con el gozo "indecible". Se puede vivir en las preguntas sin que la luz y el brillo de la alegría se extingan. Sí,  es un gozo indecible, inexplicable, que viene no sabemos de qué fuente. Pero la evidencia de que brota pujante, la certeza de que muchas veces sobrepasa y envuelve el caudal de la tristeza es innegable. Gozo indecible, porque no tenemos palabras adecuadas. Pero gozo real, no vano anhelo.
  • Radiantes de alegría: Una alegría rutilante que se irradia, que se expande, que se contagia, que hace de contrapeso a la carga enorme de las preguntas que abruman. Una alegría liviana que hace más respirable el ambiente sofocante en el que, a veces, se mueven nuestros días. Una alegría humilde que hace más llevadero el duro camino vital que se anda bajo el peso de las preguntas sin respuesta.
  • Porque obtenéis el resultado de vuestra fe, la plenitud personal: Ya que, por extraño que parezca, el camino humano, sembrado de preguntas sin respuesta, es, por Jesús, camino de plenitud. Él ha sembrado esa capacidad (Jn 1,12) y no habrá obstáculo definitivo para que se llegue a la plenitud. Entonces, el escozor de las preguntas sin respuesta, dejará de doler, mostrará su oculto sentido. La promesa de plenitud no aminora por el peso de las preguntas. Permanece intacta y vigente porque se asienta sobre su persona, no sobre nuestra incapacidad para encontrar respuestas.

 

3. Preguntas que la fe no responde, pero dice algo

 

                  La vida está trufada, desde antiguo, de preguntas que, por mucho que se intente, no hay quien les dé una respuesta satisfactoria. A veces, sería mejor el simple silencio. Pero también la espiritualidad ofrece atisbos que, sin responder, puedan iluminar. Vamos a mencionar algunas de esas preguntas que se mezclan a nuestros días:

 

  • Preguntas viejas: Son preguntas de todas las generaciones de cristianos/as, desde los días del NT hasta hoy: Se las hace la persona religiosa y la que dice no serlo (como hemos dicho con el texto de Valente):
  • - ¿Por qué Dios no habla? Bonhoeffer decía que un Dios que es, no es Dios. Menos, un Dios que habla. Su modo de hablar es su hondísimo silencio. ¿Cómo entender que ese silencio no es desentendimiento, sino donación total? ¿Cómo ver en su silencio su total cercanía?
  • - ¿Por qué tarda tanto?: En realidad viene, pero al ritmo de los procesos históricos y personales. Dios no avasalla, no pasa por encima de los procesos. Dicen que el en fondo funcionamos como los hombres de hace 50.000 años, los hombres de las cavernas. Dios espera que evolucionemos hacia parámetros de humanidad. Mientras tanto, nos anima cada día a ese camino, nos pone mediaciones que nos ayuden.
  • - ¿Por qué está Dios envuelto en tanta oscuridad?: Hay gente que no soporta eso y envuelve a Dios de enorme claridad. Es una claridad falsa. Como dice el Roto: "Si alguien dice algo de lo que yo soy, tenedlo por un farsante". Una cierta oscuridad le va bien a Dios; le protege de nuestros desatinos.
  • Preguntas de siempre: Y que por ello perviven, ya se cambie de siglo, de época o de situación social. Son preguntas que nos corroen, porque de ellas depende mucha de nuestra felicidad.

- ¿Qué sentido tiene la vida?: Lo ignoramos. Podemos intuir que un horizonte hermoso no tiene por qué sernos ajeno. Pero poco más. Tal vez el amor sea un paliativo para el sentido, una razón para la esperanza. El mismo "amor sin esperanzas" es puro amor que devuelve la esperanza.

  • - ¿Por qué la soledad vital?: La estructural, la imposible de vencer, de ser transferida a otro/a, la que nos acompaña desde el nacimiento hasta la tumba. El no poder solucionarla debería desatar en nosotros/as la ternura y generar imaginativos mecanismos de amparo.
  • - ¿Qué es el más allá?: Sin respuesta. Solamente la confianza puede ser un paliativo, una luz para orientar. Si no, la negación es lo más evidente y lo más liberador.
  • Preguntas hondas: Son como aguijones porque de éstas no se libra nadie. Se concretizan en situaciones muy vivas e inmediatas. Por eso vienen cada día:
  • - ¿Por qué el dolor?: Sin respuesta. Dios es quien más sufre, a su manera, en su amplitud de Dios. Los duros precios históricos son menos que las posibilidades que se abren. Ni para Dios es posible una posibilidad sin precio porque ese precio hace parte de las leyes de la historia. Enorme respeto ante que quien sufre sin ver las posibilidades. Respeto y misterio.
  • - ¿Por qué el desamor?: Porque anida una fiera en el cañaveral del corazón. Pero esa fiera puede ser mirada, contenida. Y si se desata, siempre queda el recurso a la piedad.
  • - ¿Por qué la dura muerte?: Silencio. Pero es preciso flexibilizar el tema de las "presencias", ablandar el compacto muro que en torno a la muerte hemos construido, personal y socialmente. Quizá eso fuera bálsamo ante las muertes, ánimo para reivindicar la justicia debida a quien ha muerto llevando fuertes pesos de injusticia.
  • Preguntas de hoy: Están todos los días en la calle, las páginas de los periódicos las recogen constantemente y en mil tonos, afectan a todos/as los ciudadanos:
  • - ¿Por qué son los poderosos tan inmisericordes?: Blindan sus salarios exorbitantes; salen de cualquier crisis a costa de los débiles sociales; les importa un comino la suerte de miles de millones de pobres; no saben cómo calmar su enorme sed de ganancias. ¿Qué pintan en este mundo? No lo sabemos. Mientras tanto, es preciso, por razones de dignidad, luchar contra ellos, ser refractarios a sus propuestas, buscar denodadamente alternativas, aunque ellos se cansen de decirnos que no las hay.
  • - ¿Por qué estamos tan lejos de la realidad de la tierra?: Porque el libro de la tierra se nos ha hecho ilegible. Hemos escogido un camino divergente. Nuestra soberbia nos ha llevado a creernos lo que no somos. ¿No es hora de volver a la gran casa de la madre tierra? ¿No es hora de pensar que somos tierra?
  • - ¿Por qué la insensata centralidad del hombre? Ni siquiera de la mujer. Creerse "rey de la creación", enorme ingenuidad que da base a tremendos expolios. ¿Quién nos enseñará humildad y verdad para hacernos saber que hemos sido admitidos a una casa habitada, a un país poblado, a una familia (la de la creación) viejísima de miles de millones de años?
  • Preguntas que habría que responder: A las que la sociedad y el mismo hecho religioso responde con timidez y arbitra soluciones de poco calado, por lo que la tarea para su logro es todavía ingente:
  • - ¿Por qué aún está por darse la lucha por la dignidad?: Porque, tal vez, no sabemos mirar más allá de las apariencias. Porque los intereses nublan el sentido de lo que somos. Porque es más fácil situarse en el silencio cómplice que enarbolar la bandera de cualquier dignidad conculcada.
  • - ¿Por qué no se consideran innegociables y universales los derechos humanos?: Somos cómplices del enorme fracaso y retroceso que, a veces, percibimos en el tema de los derechos humanos. Nuestra inhibición y nuestro desentendimiento serán nuestros acusadores.
  • - ¿Por qué no se apaga la sed de trascendencia?: Porque quizá sea una sed inapagable. Una trascendencia entendida como una realidad intrahistórica, que profundiza en la historia, en lo humano, podría mitigar esa sed que abrasa a no poca gente (dígase de una manera o de otra).

 

4. Cuando las preguntas inundan la vida

 

            Hay un torrente de preguntas que circulan por nuestras calles y plazas porque somos nosotros/as quien las llevamos incorporadas. Quizá no se trate, como hemos dicho, de darles solución sino de, en primer lugar, mirarlas; luego, sintonizar con ellas; tal vez, paliarlas en alguna medida.

  • ¿Dónde apoyar y sostener nuestras ruinas interiores?: No lo sabemos. Pero si no es en otro corazón, posiblemente no encontremos un apoyo eficaz. Por eso, "tocar corazones", entrar en el secreto de la buena relación es, entre otras cosas, el mejor preventivo contra cualquier clase de ruinas.
  • ¿Por qué no se caldean los fríos abismos de las separaciones, de los olvidos, de las divisiones? Porque, incomprensiblemente, no sabemos inventar caminos de acercamiento; porque preferimos sufrir el frío viento del desamor antes que encender una llamita que lo disipe. Por eso, encender esos fuegos, por modestísimos que sean, es acorralar un poco al desamor, de inmenso poder.
  • ¿Por qué no nos cansamos de juzgar condenando?: Porque tenemos dentro un juez implacable. Porque nuestra mirada está embadurnada de inmisericordia. Porque quisiéramos que los demás fueran lo que, en realidad, no somos nosotros/as. Por eso, controlar a ese juez únicamente puede hacerse desde la más elemental misericordia, desde la certeza de que el débil (miser) puede habitarme dentro (cordia).
  • ¿Por qué está tan vigente el afán de apropiarse del otro/a?: Porque queremos autoafirmarnos a costa de quien sea, cuando, en realidad, el camino de la no apropiación, del servicio sencillo, es mejor garantía de autoafirmación.
  • ¿Cuándo encontraremos el camino de nuestro yo interior?: Cuando nos demos cuenta de las enormes posibilidades de fraternidad encierra la historia. Cuando sintamos  vivamente que, con todas las limitaciones, es una suerte haber pertenecido a la aventura de la vida.
  • ¿Por qué nos abandona el vigor vital?: No solamente porque los años acarrean pesos y enfermedades, sino porque se nos nubla el horizonte. ¿Se puede en esa situación mantener luminoso el horizonte? Se puede intentarlo. Siempre en el marco del amparo común, del ánimo compartido, de los apoyos mezclados.
  • ¿Cuándo controlaremos nuestros miedos? Los congénitos y los adquiridos. Posiblemente nunca. Pero tal vez podamos convivir con ellos sin desestabilizarnos del todo. Para ello, habrá que mirarse no solamente en las limitaciones, sino en la elemental limitación de existir y descubrir ahí el gozo de ser uno con otros.
  • ¿Por qué no brota pujante la confianza?: Porque eso supone una entrega de lo más valioso de uno/a mismo. Y somos celosos guardianes de tal realidad. El día que nos decidamos a compartirla, quizá florezca la increíble planta de la confianza.
  • ¿Cuándo entenderemos que el corazón del otro/a es nuestra mejor casa?: Cuando nos asomemos a sus abismos, a los de amor y a los de la debilidad. Entonces nos veremos reflejados y capaces de compartir caminos hasta sabernos en el mundo como la más elemental de las casas comunes, en la familia humana como en la familia primordial, la más verdadera.

 

5. Conclusión

 

            ¿Puede ser la Cuaresma un tiempo propicio para esta clase de planteamientos? Todos/as reconocemos la necesidad de llenar de sentido el tiempo fuerte de la Cuaresma. Hacerlo de esta manera, reflexionar y plantearse lo elemental de lo que nos ocurre, leerlo a la luz de la palabra e imbuirlo de contemplación (entendida ésta como ahondamiento) quizá pueda ser un camino. Desde esta convicción podría hacerse un itinerario cuaresmal:

 

1ª semana: contemplar a Dios que se revela en la impresencia, el Dios ausente que brilla en su ausencia y desde ahí se hace presente.

2º semana: recabar textos bíblicos que hablen de preguntas no respondidas (¿Está Dios con nosotros o no está? ¿Cuándo me consolarás?. Etc.). Preguntar a Dios desde la Palabra.

3ª semana: hacerse las grandes preguntas de la vida, tener presentes en la oración a quienes más se preguntan.

4ª semana: fijarse en la calle, en las preguntas que andan por ahí, en los modos como se preguntan las personas de hoy.

5ª semana: celebrar por anticipado al Jesús que es para los creyentes respuesta confiada a muchas preguntas. Prepararse a la celebración de la muerte-resurrección de Jesús.

 

            Si cualesquiera de estas sugerencias ayudan a vivenciar de manera más vibrante la Cuaresma y la Pascua habrán logrado su objetivo. El Dios de amor que subyace a nuestras preguntas nos vaya mostrando su rostro y si no, como se le dice a Moisés, que nos muestra su bondad.

 

 

Fidel Aizpurúa Donazar

Logroño

Adviento 2008

 

 

 

 

CONTRA TODO DESALIENTO

Retiro en el Adviento de 2008

 

            El pajarraco del desaliento, siempre revoloteando sobre nuestras vidas, quizá haya alzado últimamente el vuelo, dado lo que vemos que pasa en la sociedad y en la misma Iglesia. La percepción de que la gran mayoría de los ciudadanos caminan por la senda del más indiscernido consumo (darse una vuelta por las grandes superficies comerciales), la evidencia de que nuestras asambleas cristianas están constituidas mayoritariamente por personas de alta edad con pocas posibilidades de cambio (así lo confirman las encuestas últimas, como la Bertelsman) pueden ser campo abonado para dejarse llevar por el adormeciente runrún del desaliento.

            Las reacciones lógicas: cerrar los ojos y vivir “como siempre”; aferrarse a lo más tradicional como bastión de sentido; dejarse atrapar por un desasosiego que no muestra ninguna salida; quedarse perplejo ante la evidencia de “ya no nos necesitan”. Reacciones, todas ellas, del jardín del desaliento.

            La fe cristiana quiere ser, entre otras cosas, una mística contra el desaliento, contando, claro está, con los datos de lo que nos ocurre. Es una mística de resistencia lúcida, de valor interno para poner la otra mejilla a la dura realidad y persistir en la búsqueda. El Evangelio quiere ayudarnos a estar ahí, en la vida, en la fe, con lucidez, sabiendo encajar lo mejor posible lo que nos cae encima, con esperanza y abiertos a las posibilidades, siempre creíbles, de un nuevo horizonte.

            El Adviento, tiempo siempre de esperanza, es marco propicio para el cultivo de una espiritualidad que haga frente al desaliento. Es tiempo para volverse más sobre uno mismo, sobre las propias raíces, para renacer cada día con fuerza, sin tirar la toalla, descubriendo pequeños motivos de ánimo. Y, dado que el Adviento es tiempo que prepara la Navidad, en ella tenemos la confirmación de nuestra esperanza, la palabra de Jesús, hecho vida, que nos dice que esperar por encima de cualquier desesperanza no es un contrasentido. Que el Adviento de este año sea una ayuda, siquiera modesta, para no sucumbir a ese pájaro de mal agüero que es el desaliento.

 

1. Tres poemas

 

            Vamos a comenzar, como en otras ocasiones, entonándonos  recurriendo a la poesía. Ella nos ilumina no poco. Primeramente propondremos un poema de J.J.Borges, bello por cierto, que vamos a leer, reflexivamente, “contra él”, acogiendo lo que afirma pero diciendo: hay otra manera de enfocar la realidad, nuestra vida encierra, en su debilidad, posibilidades de vivir en una búsqueda sensata y razonable de la dicha, de la felicidad, del sentido. El tal poema lo titula “Remordimiento”.

 

He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.

Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida

no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.

Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
La sombra de haber sido un desdichado.

 

  • Ciertamente, no haber logrado la felicidad, es una pérdida, un fracaso, si se quiere, más que un pecado. Pero quizá haya todavía otro fracaso mayor: creer que esa felicidad me está ya vetada, que no hay nada que hacer, que hemos perdido toda oportunidad. La vida, la fe, muestran que hoy es nuestra hora y que siempre hay posibilidad de dar un paso en dirección de la dicha.
  • Por eso, no nos sepultarán los glaciares del olvido, no nos arrastrará el vendaval de los días. Y esto lo sabemos por dos razones: porque siempre habrá algún corazón que nos acoja y, sobre todo, porque sabemos que en el corazón del Padre y de Jesús caben todos los nombres. Nunca nos perderemos en el silencio y la oscuridad.
  • Es cierto que todos/as fuimos engendrados para la dicha, para el gozo. Es una verdadera blasfemia acusar a Dios de habernos puesto en un exilio, en un valle de lágrimas. Hemos sido creados para la dicha, siquiera modesta y limitada. Por eso, hay que reinventar el juego que hace aflorar la sonrisa, hay que disfrutar con la tierra y sus cambios, con el agua y su frescura, incluso con el fugo, con lo arriesgado, y su fuerza. ¿Cómo vamos a ser dichosos si no amamos esta tierra?
  • Es cierto que hemos perdido mucho tiempo, que nos hemos entretenido en tejer naderías. Es cierto que miles de desvelos y de disgustos no han servido para nada. Es cierto que no podemos controlar ya nuestro pasado, pero sí nuestro futuro. Y, desde hoy en adelante, podemos orientar mejor nuestra vida a la dicha, al gozo, a la fraternidad.
  • Por eso, podemos alejarnos de esa sombra, pertinaz, pesada, gris, triste, de que hemos sido unos desdichados, cuando, en realidad, hemos sido, somos, unos afortunados, aunque nuestra fortuna sea más la de un corazón que ama que la de muchos bienes acumulados.

 

El otro poema es un conocido texto de Casaldáliga que tiene un aliento distinto, que, partiendo, de la evidente pequeña y pobre realidad, no cede, resiste y cree que hoy mismo podemos encontrar motivos para el aliento. Se titula “Nuestra hora”:

 

Es tarde
pero es nuestra hora.

Es tarde
pero es todo el tiempo
que tenemos a mano
para hacer futuro.

Es tarde
pero somos nosotros
esta hora tardía.

Es tarde
pero es madrugada
si insistimos un poco.

  • No podemos evitar la certeza de que “es tarde” para muchas cosas, que han pasado muchos trenes por el andén de nuestra vida. Pero singuen pasando: siempre hay pequeñas oportunidades. La cuestión está en animarse a aprovecharlas.
  • Puede parecer que tenemos ya, por nuestra edad o situación vital, pocas oportunidades. Pero con ellas podemos construir un futuro mejor, distinto, algo nuevo. Además, seamos realistas, es todo el tiempo que tenemos a la mano. Es cuestión de aprovecharlo.
  • Por otra parte, somos los que somos, en la sociedad, en la Iglesia. No podemos pretender ni rabiar porque no todos son como nosotros, porque nos veamos en minoría, porque nos encontremos “siempre los mismos”. El éxito de la vida y del seguimiento de Jesús no estriba, por suerte, en el número, sino en el amor.
  • Puede ser “madrugada”, puede haber siempre pequeñas oportunidades, si “insistimos un poco”, si no cejamos en el empeño de lograr una vida más fraterna y más evangélica. Adviento es una llamada a este afán; la Navidad la confirmación real de que los caminos pobres que construyen la vida (como el de Jesús) tienen sentido.

 

Y terminamos con el tercer poema, verdadero regalo, de Silvio Rodríguez que se titula “Sólo el amor”. Ahí está el quid, el motor de toda espera, la fuerza para alejar de manera determinante el desaliento en nuestra vida:

 

Debes amar la arcilla que va en tus manos
debes amar su arena hasta la locura
y si no, no la emprendas que será en vano
sólo el amor alumbra lo que perdura
sólo el amor convierte en milagro el barro.

Debes amar el tiempo de los intentos
debes amar la hora que nunca brilla
y si no, no pretendas tocar lo yerto
sólo el amor engendra la maravilla
sólo el amor consigue encender lo muerto.

·         Amar la arcilla, he ahí el trabajo y la clave del éxito. No despreciar la vida por ser tan poca cosa, no menospreciar las pequeñas aportaciones, creer en la fuerza de los pocos. Sólo el amor convierte en milagro el barro.

  • Amar los intentos, porque tienen un valor en sí mismos, aunque parezca que se pierden. Es la única manera de que “lo yerto”, lo pobre, lo desconocido, lo irrelevante, se encienda, tenga un valor.

 

2. La luz de la Palabra: Jn 1,1-18:

 

            El texto que proponemos para la oración y la reflexión es un texto más “navideño” que de Adviento (de hecho, se lee el día de Navidad y su octava”. Pero puede sernos útil para construir una mística contra todo desaliento.

 

1En el principio y existía la Palabra,

y la Palabra estaba junto a Dios,

y la Palabra era Dios.

2La Palabra en el principio estaba junto a Dios.

        3Por medio de la Palabra se hizo todo,

y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho.

        4En la Palabra había vida,

y la vida era la luz de los hombres.

5La luz brilla en la tiniebla,

y la tiniebla no la recibió.

        6Surgió un hombre enviado por Dios,

que se llamaba Juan:

7éste venía como testigo,

para dar testimonio de la luz,

para que por él todos vinieran a la fe.

8No era él la luz,

sino testigo de la luz.

        9La Palabra era la luz verdadera,

que alumbra a todo hombre.

10Al mundo vino y en el mundo estaba;

el mundo se hizo por medio de ella,

y el mundo no la conoció.

11Vino a su casa,

y los suyos no la recibieron.

        12Pero a cuantos la recibieron,

les da capacidad para ser hijos de Dios,

si creen en su nombre.

13Éstos no han nacido de sangre,

ni de amor carnal,

ni de amor humano,

sino de Dios.

        14Y la Palabra se hizo carne,

y acampó entre nosotros,

y hemos contemplado su gloria:

gloria propia del Hijo único del Padre,

lleno de gracia y de verdad.

        15Juan da testimonio de él y grita diciendo:

- Éste es de quien dije: «El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo».

        16Pues de su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia: 17porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.

        18A Dios nadie lo ha visto jamás:

        El Hijo único, que está en el seno del Padre es quien lo ha dado a conocer.

 

  • Normalmente en este texto, por eso es “navideño” se subraya el v.14: la Palabra ha acampado entre nosotros. La liturgia de Navidad celebra esta presencia de Dios, a través de Jesús, en la historia. Esto, claro está, es cierto. Es el gran motor de nuestra mística cristiana. Pero existe el peligro de alabr a Dios por ello, de celebrar la gloria de Jesús, de admirar los mecanismos de amor del Padre y quedarse ahí. Hay que pensar que el Evangelio no pide aplausos, sino seguimiento; no pide alabanzas, sino maneras concretas de seguir a Jesús.
  • Por eso creemos (y de alguna manera esto se puede sostener hasta desde el punto de vista textual) que el acento real de la mística de este prólogo joánico recae sobre el v.12: Dios ha dado a la persona la capacidad para ser hijo de Dios, para llegar a la plenitud, para anhelar la dicha, para soñar con la fraternidad. Esa capacidad está sembrada en el corazón de cada persona, de cada realidad creada.  Por la encarnación de Jesús sabemos que esto es así, que es más que un mero deseo, que es una verdadera realidad. Por eso toda persona, toda realidad creada, es digna, lleva el sello del padre que le ha destinado a la filiación, a la plenitud.
  • Si alguien dijera: Sí, esto es hermoso, pero ¿cómo acercarse a horizonte, cómo conseguir tocar la dicha con nuestras manos? La respuesta de san Juan es clara: lee lo que sigue, acoge la propuesta de seguimiento que se te hace en el Evangelio, apúntate a una vida adherida a Jesús, creyente en el Evangelio, y las posibilidades de vivir en dicha, lejos del desaliento son reales. Por eso, de alguna forma, el desaliento es el rostro de la no fe, de la increencia, de la no adhesión. Por el contrario, el coraje, la resistencia, la esperanza mantenida por encima de debilidad, la tenacidad sosegada, el vigor, el tono vital positivo, son síntomas de adhesión a Jesús, de fe.
  • Dios ha sembrado en nosotros la capacidad para la dicha; tenemos la posibilidad de construir un camino humano; toda realidad creada tiene dentro el germen de Dios que se traduce en la divinidad; esta historia nuestra no puede quedar en el desamparo; siempre existen posibilidades de crecer en dicha, sentido, gozo y comunión. Así podríamos formula las certezas que se desprenden del aserto joánico: les dio capacidad de ser hijos de Dios.

 

4. Ahondamiento:

 

            Podemos proponer como temas de reflexión y de ahondamiento algunos puntos en conexión con esta espiritualidad:

  • Jesús sigue atrayendo: Quizá el desaliento nos viene porque percibimos la pérdida de atracción de la Iglesia, de lo religioso en modos oficiales, de la práctica religiosa. Pero el hecho es que Jesús, su persona y sus valores, siguen atrayendo. No pasa de moda la persona de Jesús. Siempre mantiene un verdor, una novedad. Hay muchos indicios (libro de Pagola).
  • El Evangelio sigue hablando a nuestra sociedad: Aunque emplee lenguajes no religiosos: la bondad de muchas personas, la entrega de misioneros/as, la tenacidad de quienes están en las trincheras de las pobrezas.
  • Las comunidades cristianas siguen animosas, aunque, a veces, en modos ocultos: Nadie se entera, pero en cualquier parte de la ciudad, en cualquier asa, en lugares del campo, muchos fines de semana, cristianos de toda índole se vuelcan al Evangelio, intentan beber las aguas de Jesús. A veces salen algo a la superficie (forum de jóvenes), las más se mantienen en lo oculto.
  • No mueren los anhelos de una fe distinta: Porque es cierto que los caminos nuevos de experiencia cristiana arrastran sus contradicciones, pero ese deseo de algo más próximo a lo de Jesús, más simple, más fraterno, más tocando la vida, no muere en muchos cristianos/as.
  • No se apaga tampoco el anhelo de una Navidad distinta: No sobre todo distinta en las formas religiosas, sino en los contenidos sociales. La pregunta por las situaciones del débil rebrota en Navidad. Y hay quien le hace un sitio, experimentando, con sorpresa, que eso le reporta más sentido y alegría que las prácticas (religiosas o sociales) de una Navidad al uso.

 

5. Derivaciones:

 

            Tratando de tocar lo concreto, terminamos con una serie de derivaciones que pueden enriquecer la reflexión personal:

 

  • Es necesario encajar con sosiego la realidad de una sociedad que necesita cada día menos a los cristianos: Porque quizá no nos necesita en nuestros caminos meramente religiosos, pero se mantiene la necesidad del sentido, de la acogida, del amparo, del corazón sostenido. Y ahí tal vez sí se puede hacer camino.
  • Es verdad que hay una iglesia oficial encastillada, involucionista y con peligros fuertes de un cierto fanatismo religioso, pero también es cierto (todos somos iglesia) que no se agostan los veneros de una experiencia creyente más libre, más aireada, más gozosa, más en contacto con una sociedad secular a la que se mira con amabilidad.
  • Puede parecer que la comunidad cristiana es, simplemente, un supermercado de lo religioso, pero hay personas (sacerdotes, laicos/as) que intentan pequeñas experiencias cristianas algo alternativas, que apuntan más al fondo que a las formas, que miran al corazón más que al mero cumplimiento.
  • Puede llegar el desaliento por el envejecimiento del laicado e, incluso, porque algunas personas se anclan en un cierto fanatismo religioso, pero también es cierto que en los creyentes de edad descubrimos mucha generosidad, mucho deseo de hacer caminos en la novedad que se pueda, mucha fidelidad y acompañamiento a quien intenta otras sendas.
  • Hay quien se desalienta por la lejanía enorme de los jóvenes al hecho religioso,  como lo muestra la realidad y las encuestas. Pero no se puede ignorar que hay un laicado cristiano juvenil, minoritario, pero activo, anhelante de una Iglesia distinta, horizontal, fraterna, en igualdad y comunión.
  • Existen muchos sacerdotes y cristianos/as tocados por el desaliento de las ocasiones perdidas para la revitalización de la vida cristiana,  del perdón, por ejemplo.  Pero siguen en la brecha de la búsqueda, intentando llenar de mayor sentido ciertas actuaciones con los que llamamos “alejados”, queriendo hacer conectar la cultura de hoy con el Evangelio, paliando los efectos devastadores del inmovilismo.
  • Puede uno/a desalentarse porque la Eucaristía se mantiene renovada en el rito pero es poco efectiva en la causa de la justicia. Pero hay brotes de que esto pueda ser de otra manera. Las mismas eucaristías parroquiales insertan cada vez más el componente de la justicia en su discurso, en el apoyo a proyectos sociales, en la acogida a los interrogantes que nos vienen desde las pobrezas. El camino es aún largo.
  • Hay quien se desalienta porque la doctrina social de la Iglesia, valiosa en muchos aspectos, no termina por ser eficaz,  ya que carece de conexión cultural con el mundo de hoy. Sin embargo, y en no pocos casos, es de los pocos centinelas en esta sociedad de poderosos y de señores del dinero. No se acaban ni la lucidez crítica ni el sentido común, aunque ahora sea una hora “de invierno”.
  • Hay creyentes que, tenaces, intentan generar experiencias nuevas de fe que tienen que ver con lo social, con los débiles, con los barrios periféricos de las ciudades. Hay mucho sembrador de humanidad desde el descubrimiento simple de que Jesús ha estado más preocupado por el sufrimiento humano que por el pecado.
  • No pocos cristianos/as adultos sufren crisis de desaliento al ver que se van quedando “solos” en la práctica religiosa dentro de su propia familia. Pero también se percibe que muchos familiares, jóvenes y no tanto, se decantan hacia valores auténticamente evangélicos de solidaridad, amor, compromiso, generosidad con los débiles. El Evangelio vive de otra forma.

 

Conclusión:

 

            Cuando se anima en este Adviento a no ceder ante el desaliento no se está empujado a un absurdo optimismo, sino a mantener viva  la certeza de que la bondad sigue surgiendo en nuestra sociedad e incluso la misma fe, con otros rostros, está actuante también en el fondo de la vida de muchas personas. Si a ello se añade la certeza cristiana de que la Navidad confirma nuestro ánimo y lo sostiene, se puede entender que el Adviento sea un tiempo propicio para superar desalientos, para situarse en el terreno de lo posible, para no abandonar el horizonte de los sueños.

 

***

Oración:

 

1. Canto: Audición de la canción de S. Rodríguez

 

2. Oramos juntos:

 

            Sé para nosotros, Señor, aliento ánimo, esperanza y cobijo, empuje y fortaleza, amparo y horizonte. Que nuestra necesidad te conmueva. Ayúdanos a ser, los unos para los otros, brazo en que apoyarse y palabra animosa. Te lo pedimos por JSCNS. Amén.

 

3. Reflexionamos:

 

Con el tiempo aprendes a construir todos tus caminos en el hoy, porque el terreno del mañana es demasiado incierto para hacer planes. Con el tiempo comprenderás que apresurar las cosas o forzarlas a que pasen, ocasionará que al final no sean como esperabas.  Con el tiempo te das cuenta, de que en realidad lo mejor no era el futuro, sino el momento que estabas viviendo justo en ese instante. Con el tiempo aprenderás que intentar perdonar o pedir perdón, decir que amas …decir que extrañas, Decir que necesitas … decir que quieres ser amigo, Ante una tumba … ya no tiene sentido. Y uno aprende y aprende Y con cada día uno aprende.

 

(Silencio)

 

Jesús dice: “Venid a mi todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón: y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil y ligera mi carga” (Mateo 11:28-30).

4. Pedimos: (Pausadamente)

 

  • Queremos confiar en tu Palabra…
  • Sabemos que tú nos acompañas siempre…
  • Has sembrado tu capacidad en las criaturas
  • Nos llamas a la dicha de ser hijos e hijas tuyos…
  • Nos llevas en tus manos…
  • Queremos descansar en ti…

 

5. Canto final:

 

Oh, Señor, delante de Ti,
mis manos abiertas reciben tu pan.
Oh, Señor, espiga de amor,
llena mi corazón.

 

Y ENTRE TUS MANOS, OH, SEÑOR,
GUÁRDANOS, GUÁRDANOS,
DINOS LO QUE ES AMOR. (BIS)

 

Oh, Señor, sendero de amor,

mi alma en silencio escucha tu voz.
Oh, Señor, Maestro y Pastor,
dinos lo que es amor.

 

 

 

           

 

Fidel Aizpurúa Donazar

(Logroño)

PASCUA 2008

 EL OLVIDO QUE NO SEREMOS

Retiro en Pascua de 2008

 Todo el mundo reconoce la fragilidad de la memoria. Los sucesos más decisivos pasan rápidamente al olvido. Los hechos más terribles quedan cubiertos rápidamente por una recia capa de polvo. La gran parte de los seres creados y de los humanos parece que no dejan la más mínima huella en el camino de la historia. ¿Quién nos recordará dentro de cien o doscientos años? ¿Quién valorará nuestros esfuerzos, quién se percatará de nuestros anhelos, quien recordará nuestras angustias? Parece que el olvido es la única respuesta.

La memoria es frágil porque es frágil nuestro corazón. Es pequeño para albergar al otro, para albergarse a sí mismo. Esa poca capacidad cordial hace que el "archivo" donde se guardan las vidas de los otros y la propia sea muy limitado. Por eso llegamos fácilmente a la conclusión anterior: no nos esforcemos, no dejaremos huella, lo nuestro es "una sombra que pasa" (Sal 143,3-4), un paréntesis "entre dos mareas" (L. Aragon), una "sombra de un sueño" (Píndaro).

Muchas personas se resignan a esta fragilidad y aceptan la desaparición en el olvido como un componente de la existencia humana, una fatalidad que es preciso aceptar lo más estoicamente posible. Pero hay quien se resiste a esto; la sed de vida que anida en su corazón aspira a una "permanencia", no solamente a un recuerdo. Puede parecer que esto son "pajas mentales", como se suele decir. Pero, en realidad, estamos hablando del sentido de la vida, de saber qué pintamos en esta vida, de los horizontes que nos aguardan. Estamos hablando de anhelos profundos que el tráfago de los días no logra apagar.

Esta amenaza del olvido también afecta a la persona de Jesús. En la película Francesco de L. Cavani se describe la escena en que el hermano de Asís y sus compañeros recaban la aprobación y bendición de su género de vida ante el Papa Inocencio III. Él les hace un extraño interrogatorio y en un momento dado les dice: "Erais ricos y ahora sois pobres, ¿cómo resistiréis en un mundo envuelto en el pecado? Y Francico responde tartamudentante: "Las huellas...las huellas". Y el Papa con aire irónico replica: "¿Las huellas de Cristo? Están cubiertas de polvo". Esto es cierto. Pero también es cierto que cada año, al vivir la resurrección de Jesús la comunidad cristiana hace un formidable esfuerzo por quitar el polvo a las huellas de amor que fueron la vida y muerte de Jesús. Si no fuera por la celebración pascual, hace tiempo que el olvido se habría comido hasta el mínimo recuerdo de la persona y propuesta de Jesús.

Se atribuye a Borges un poema inédito cuya primera estrofa reza así:

 

Ya somos el olvido que seremos.

el polvo elemental que nos ignora

y que fue el rojo Adán y que es ahora

todos los hombres y los que seremos.

 

Nosotros nos permitimos corregir ese primer verso y decir que no seremos ese olvido, que ninguna entrega se pierde, que el fondo de la vida (el amor del Padre) recoge todas las aportaciones que las personas, por humildes que sean, hayan hecho a la vida. Esa es la manera como nosotros/as leemos la realidad. La resurrección de Jesús confirma esta intuición. De no ser así, quedaría cuestionada y sin sentido.

 

 

I

SÓLO UNA COSA NO HAY. ES EL OLVIDO

La resurrección de Jesús correctivo de toda desmemoria

 

 

Creemos que la Pascua es un formidable correctivo contra toda desmemoria. No solamente la de la vida y obra de Jesús de Nazaret, sino la de toda persona, sobre todo, la de aquellas gentes que han sido más olvidadas, más heridas, más ignoradas, más ninguneadas. La Pascua es la fiesta de los olvidados, de los invisibles, de los postergados. Al celebrar el recuerdo vivo, la presencia actuante de Jesús resucitado, se unen a esa celebración todos los que la vida, la historia y la maldad humana han pretendido sepultarlos para siempre. Por eso la resurrección es una fiesta para la memoria, para la vida. ¿Son estas palabras al aire, poesía de bajo nivel? Creemos que no. La fe en la resurrección más que una fe dogmática es una fe existencial, la actitud de quien cree que nada se pierde en el fondo de la nada sino que, de algún modo, lo hermoso, lo bello, lo santo, lo humano, lo fraterno, pasa al fondo de la vida y permanece ahí en una presencia viva y actuante.

 

 

1. Una cosa no hay: el olvido

 

                Tiene el mismo Borges un poema publicado hace años que habla sobre la imposibilidad del olvido. De él tomamos título para esta primera reflexión y puede ayudarnos a entonarnos, a ver más allá de la evidencia común de que estamos destinados al olvido, para ver que la realidad profunda nos dice que no, que la memoria, el recuerdo, la vida en fin, están en nuestro horizonte.

 

Sólo una cosa no hay. Es el olvido.

Dios, que salva el metal, salva la escoria,

y cifra en su profética memoria

las lunas que serán y las que han sido.

 

Ya todo está. Los miles de reflejos

que entre los dos crepúsculos del día

tu rostro fue dejando en los espejos

y los que irá dejando todavía

 

Y todo es una parte del diverso

cristal de esa memoria, el universo:

no tienen fin sus arduos corredores

 

y las puertas se cierran a tu paso;

sólo del otro lado del ocaso

verás los Arquetipos y Esplendores.

 

                                               (José L. Borges, El otro, el mismo,  1964)

 

  • Sólo una cosa no hay. Es el olvido: De eso estamos ciertos, más allá de las dudas sobre nuestro futuro. Creemos que el olvido no puede tener la última palabra y que el amor es lo que, de alguna forma, permanece. El amor está hecho para permanecer, para bajar al fondo de la existencia y poner allí su morada. La pervivencia del amor no depende de nuestra conciencia, ni de la aprobación de los demás. Permanece porque lo suyo es vivir, permanecer. A quien esto capta no le importan los "cómo".
  • Su profética memoria: Más bien su amorosa memoria. El amor de Dios es el archivo del amor que lucha contra el olvido. Y porque es amor generoso, no son obstáculo para ello ni el "metal" (lo duro de nuestro corazón) ni la "escoria" (nuestra estructural debilidad). Dios guarda "las lunas que serán y las que han  sido", las noches y sus luces (lunas), las debilidades y los valores.
  • Ya está todo: Nada se pierde. Todo queda en el fondo del tesoro de la vida. Lo más frágil ("reflejos entre los dos crepúsculos del día") y lo más querido ("tu rostro y sus reflejos"). Incluso lo que está por venir ("los que irá dejando todavía") también está destinado al tesoro de la memoria amorosa.
  • Esa memoria, el universo: Porque en ese universo que guarda todo en su memoria late el corazón memorioso y acogedor del Padre, el alma de la historia. Ahí cabe todo, hasta lo más insignificante, aunque lo es tanto como para ser olvidado.
  • No tienen fin sus arduos corredores: Todo tiene cabida en ese laberinto de amor, en ese formidable archivo del secreto de Dios que acoge todas las entregas, todos los amores, todas las solidaridades, todas las heridas, todas las derrotas, todas las ruinas. Un archivo no para la reconvención, para la acusación, para el recuerdo amargo. Todo lo contrario, una realidad envuelta y amasada en el amor.
  • Verás los Arquetipos y Esplendores: Porque habrá alguna clave de "comprensión", de vivencia, de gozo. Y esa clave nos será revelada, ofrecida, propiciada. Más allá de certezas dogmáticas sobre la resurrección, hay una espera, un atisbo, una alerta. Y no quedaremos defraudados/as, como lo dijo Él.

 

2. La luz de la Palabra:

 

                Son no pocos los pasajes donde se habla en la Escritura de la "memoria" de Dios, más allá de la limitación humana. Vamos a tomar uno que es anuncio y profecía, palabra ofrecida a quien la lee hoy como palabra de fiar. Es el capítulo 11 de Oseas:

 

Cuando Israel era niño, lo amé,

   y desde Egipto llamé a mi hijo.

Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí:

   ofrecían sacrificios a los baales

   y quemaban ofrendas a los ídolos.

Yo enseñé a andar a Efraín y lo llevé en mis brazos,

p;  y ellos sin darse cuenta de que yo los cuidaba.

Con correas de amor los atraía, con cuerdas de cariño.

   Fui para ellos como quien alza una criatura a las mejillas;

   me inclinaba y le daba de comer.

Pues volverá a Egipto, asirio será su rey,

   porque no quisieron convertirse.

Irá girando la espada por sus ciudades

   y destruirá sus cerrojos;

por sus maquinaciones devorará a mi pueblo

   propenso a la apostasía.

Aunque invoquen a su Dios, tampoco los levantará.

Pero, ¿cómo podré dejarte, Efraín; entregarte a ti, Israel?

   ¿Cómo dejarte como a Admá; tratarte como a Seboín?

Me da un vuelco el corazón, se me revuelven todas las entrañas.

   No cederé el ardor de mi cólera,

   no volveré a destruir a Efraín

que soy Dios y no hombre, el Santo en medio de ti

   y no enemigo devastador.

Irán detrás del Señor, que rugirá como un león;

   sí, rugirá y vendrán temblando sus hijos desde occidente,

desde Egipto vendrán temblando como pájaros,

   desde Asiria como palomas, y los haré habitar en sus casas

   -oráculo del Señor-.

 

  • Cuando Israel era niño, lo amé: Oseas, como tantos israelitas, ha querido entender la azarosa historia de Israel: ¿qué nos ha pasado que la alianza ha sido casi un fracaso? ¿Cómo reaccionará Dios ante ese fracaso? ¿Sigue Dios con ellos o sigue? ¿Olvida o no olvida? El perfil de Dios que da el profeta puede parecernos superado, y en una notable parte lo está. Pero aún puede resultarnos interesante para el tema del amor que no olvida y se mantiene por encima de cualquier debilidad. Ese amor extraño arranca de los tiempos de la niñez de Israel. Dios ha sido alguien que ha amado a Israel desde la niñez, desde los tiempos en que solo se da amor y casi nada se recibe. La persona, la historia, se le ha colado a Dios en el corazón en la ternura y debilidad de un niño. Se le ha metido tan adentro que olvidarse de este amor profundo es ya imposible. La memoria de Dios no está originada por la venganza sino por el amor. Recuerdos imborrables de amor. Así son los de Dios.
  • Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí: Esto desvela la honda debilidad de la estructura histórica: más esfuerzo hace Dios por atraernos, más nos alejamos. Incomprensible, pero funciona así. El amor de Dios ha de superar la prueba dura del desaire, del enfado, de la lejanía, del distanciamiento. Si no la superara, su recuerdo sería destructivo. Tiene que pasar por todas las "perrerías" que le hacen sus criaturas para poder amarlas en su limitación. Hay que medir el esfuerzo de Dios, tal como lo pinta el profeta; su dolor superado, tragado, asumido como se puede. Su memoria es una realidad acrisolada, purificada por su propio sufrimiento, por su orgullo tragado, reconvertido en benignidad.
  • Sin darse cuenta de que yo los cuidaba: Los desvelos de Dios no fueron apreciados; su amor generoso no tuvo la recompensa del agradecimiento. Los cuidaba él, y las ofrendas e inciensos se los llevaban los ídolos. Su memoria tiene que superar la pregunta: ¿Cómo han sido tan desagradecidos? Sin Dios no halla respuesta a esto, su recordar será amargado y destructor.
  • Como quien alza una criatura a sus mejillas: Aún recuerda Dios el rostro arrebolado del "niño Israel", los primeros pasos y los cuidados más básicos. Ha criado a Israel; él ha sido su verdadero padre y madre. Y, sin embargo, no ha sido suficiente ese amor para mantenerlos en fidelidad. Dios no entiende, no comprende qué ha pasado. Si no supera este su desconcierto su recuerdo no será benigno, su memoria no será curativa.
  • Irá girando la espada: El despecho brota casi imparable. Quizá lo haga el profeta para mostrar luego el inesperado giro de un Dios que mantiene el amor por encima de todo. Tendrá que acoger también el dolor que el abandono ha traído a la misma historia de Israel, la muerte en la que se han visto amasados sus días.
  • ¿Cómo dejarte?: Imposible; sería desdecirse de su propio amor, caer en el sinsentido, quedarse sin razones de vivir. Y un Dios así no sería el Dios que ama sin poder reprimir su desbordante amor. Le "da un vuelco el corazón", se le rompe algo por dentro, se destroza todo su ser. Imposible dejarle. Por eso, su recuerdo será el amasado con el propio sufrimiento reconvertido, su memoria tendrá por ingrediente principal el incomprensible amor de quien ama aunque él mismo no sea correspondido y amado. Una memoria, la de Dios, que no anda recordando y censurando el amor que no pudo ser fiel, el cariño que no fue posible mantener vivo.
  • Soy Dios, y no hombre: Porque un hombre reaccionaría en clave de desamor, de despecho, de reproche continuo, de imposibilidad para encontrar un camino de amor tras el fracaso más rotundo. Pero el es Dios, incomprensible Dios, amoroso Dios que obra en parámetros diversos, extrañísimo Dios que no tiene reparo en andar tras la criatura aunque ésta le llene de menosprecios. ¿Cómo su memoria no va ser benéfica, cómo su recuerdo no va estar lleno de un amor probado? Su pequeña "venganza" según el profeta es que "vendrán temblando", recomidos por su culpa. Pero, en realidad, esto no es así: Dios no es memoria ni siquiera para la culpa, sino solamente para el amor; él no nos recuerda lo mal hecho sino que se regocija de lo bueno de nuestra historia; no sale un reproche de su boca, sino la sonrisa de un amor nuevo, redescubierto, purificado, libre y limpio.

 

3. Ahondamiento:

 

                Podemos consignar algunos puntos que ahonden, aún más, en la realidad de una memoria benéfica para la historia humana, de un recuerdo constructor de una nueva vida. La Palabra y la resurrección de Jesús empujan en esa dirección:

 

a)      Más allá de lo que ven nuestros ojos: Considerar la resurrección de Jesús como correctivo a la desmemoria postula una mirada profunda sobre la realidad. Profunda y espiritual, ilusionada. Si nos situamos ante las cosas con el positivismo de quien no cree más que en lo que toca, no hay nada que hacer. Los "realistas" se quedan bloqueados ante esta clase de planteamientos. Pero lo cierto es que hay realidades en la otra orilla de lo que vemos, en el otro lado de lo que aparece. Si no damos ese "salto" todo lo que decimos, no suena a nada.

b)      En el fondo de la realidad: Ahí es donde se "almacenan" todos los valores de la historia que Dios acoge. No sabemos a qué nos referimos exactamente con ese "fondo". Pero hay un "lugar", un ámbito donde como el humus de la tierra se van depositando los valores de la historia. Su conjunto es, de algún modo, eso que la piedad tradicional llama cielo o bienaventuranza y que no es otra cosa sino la suma de valores de la historia llevados a plenitud por la fuerza increíble del amor del Padre-Madre. No hay argumentos para justificar esto, pero hay anhelos, intuiciones, sueños, olfateos de esa honda realidad. ¿No es suficiente para quien cree en el valor hondo de la bondad, la belleza y el amor?

c)       El tesoro de las bondades sumadas: Un tesoro que crece, que aumenta, que se enriquece cada día que transcurre en la historia. Toda aportación, por sencilla que parezca, es útil para enriquece tal tesoro. Más aún, quienes la historia juzga como inútiles, productivamente hablando, Jesús entre ellos, quizá sean quienes más contribuyen a tal tesoro. Con esas "joyas" de bondad se paga el precio de la conquista de la libertad, de la fraternidad, de la dicha. Con esas "monedas", la más valiosa la de la resurrección de Jesús, se hace frente al desgaste de la debilidad y de las heridas históricas.

d)      Participación sin disolución: Caminar hacia ese fondo de recuerdos salvadores no hace que la persona se difumine en un todo impersonal. Si hemos sido llamados personalmente a la vida, de alguna manera eso tiene que quedar inserto en el fondo de bondad y de amor que Dios guarda. Pero es un fondo participado, mezclado incluso a la materia, entreverado con todos los procesos históricos que han sido desde el principio de los siglos. Esta "recapitulación" es, según Col 1,20, el secreto designio de Dios sobre la historia que hemos conocido por Jesús y por cuyo medio sabemos que es una realidad posible.

e)       Gozo por sabernos guardados: La certeza de que lo bueno de cada uno/a no se pierde habría de llenarnos de gozo al saberlo; los viejos temores al "más allá" y cosas similares tendrían que difuminarse como la niebla ante los rayos cálidos del sol. ¿Cómo, si no, poner coto a los temores que acompañan el camino humano desde sus inicios y que son tan persistentes? ¿No podría ayudarnos a desbloquearnos ante realidades tan difícilmente encajables como la misma muerte? ¿No nos haría descubrir caminos nuevos, más humanos, para afrontar los dolores que llevan consigo el final de la existencia? Creer en la memoria que suscita la resurrección generaría una nueva ética en temas relacionados con la comprensión de los límites de la vida.

f)        Confirmación de anhelos, más que verdad dogmática: Porque si enfocamos la resurrección de Jesús como una verdad dogmática hay que ir por otros caminos, es preciso hablar otros lenguajes. Pero para nosotros/as, la resurrección puede ser justamente la ayuda impagable para avivar la certeza de que esta clase de intuiciones no son fantasías estériles; tendría que confirmarnos dentro en la certeza de que lo bueno entra en el tesoro de la vida, de que el fondo de la existencia es una realidad abrazada por el Padre. ¿Nos parece esto muy "vaporoso", poco tocable, poco de fiar? ¿Son más de fiar nuestras certezas consagradas que se estrellan ante la elemental pregunta de quién lo sabe?

 

4. Actitudes personales:

 

                Quizá podamos consignar algunas actitudes personales que nos hagan más creíbles estas intuiciones espirituales.

 

a)      No se puede olvidar a quien se amó: Quizá sea esta la primera constatación: tanto Dios como las personas recuerdan porque aman. Si no se ama es cuando se pierde toda memoria. El amor habría de ser la raíz del recuerdo, la fidelidad mantenida la fuente de la memoria. Por eso, si no hay memoria, no hay amor. Y viceversa. San Jerónimo dice que el amor que se pierde no fue amor verdadero. Y así parece ser. Más que cuestión de memoria es, pues, cuestión de amor.

b)      Sanar la memoria: Porque, como todo, la memoria queda "manchada" por nuestras maneras empobrecidas y hasta raquíticas, poco generosas, de enfocar la realidad. Sanar la memoria con la mediación de la dignidad reconocida, del aprecio manifestado, del amor mantenido. Liberar la memoria de egoísmos, de intereses, de sed de venganza, de afán por mantener heridas. Si se logra esto, la memoria saneada humaniza, reconforta, devuelve la perspectiva de la dignidad, enseña el camino de lo humano.

c)       Recordar únicamente la bondad: Esto es lo que hace la memoria amorosa de Dios. Algo así habríamos de comenzar a hacer los seguidores/as de Jesús. No se trata de olvidar la limitación, el fallo, y sus inapelables lecciones. Pero archivar, solamente habría que hacerlo con la bondad en todas sus dimensiones. Hacer esto no es únicamente ser selectivo en nuestro recuerdo; es más: se trata de situarse en la perspectiva única de la bondad de Dios y de la bondad humana, lo único que de verdad puede "salvar" nuestra historia.

d)      Apóstoles de la memoria: Siempre los ha habido: las madres de la plaza de mayo, las mujeres palestinas de blanco, las familias de los múltiples desaparecidos, quienes anhelan que la memoria historia restaure la dignidad conculcada, etc. Habríamos de apoyarlos en cuanto que su causa es recordar para generar humanidad, para aprender la difícil lección de ir siendo más humanos.

e)       Algo dirán: Los débiles, los silenciados, los excluidos, algo dirán (como canta Pedro Guerra). Es su memoria y sus recuerdos los más sagrados, los que debieran ser escuchados con respeto por todos. Es cierto que sus mismas vidas son poco escuchadas; cuánto menos su memoria, sus recuerdos, sus anhelos enterrados. Pero por eso mismo, y porque Jesús los escuchó incansablemente, habría que fomentar la escucha de lo que dicen quienes nunca han sido tenidos en cuenta.

f)        Una fraternidad con memoria: Así habría de ser nuestra vivencia comunitaria: capaces de recordar que el tesoro de lo fraterno se ha enriquecido con la vida de todos/as los hermanos/as que nos han precedido. Esto no lo hacemos para anclarnos en el pasado, sino para construir con más fidelidad un futuro que nos pertenece. Saber que hay en nuestros grupos creyentes y religiosos un humus de personas que han vivido entregadas, habría de animarnos a construir hoy una entrega decidida y creativa.

 

5. Plan Pascual:

 

                Podemos sugerir un plan para esta Pascua partiendo de la memoria de la resurrección de Jesús hasta apuntar a la realidad de nuestra memoria histórica y fraterna:

 

1ª Semana: Acuérdate de Jesucristo resucitado:

 

                Con el recuerdo cercano de la celebración del comienzo de la Pascua, se trata de poner en pie el consejo de 2 Tim 2,11-13: tengamos presente el recuerdo de Jesús, su fidelidad inquebrantable, su amor sin fisuras, actuante en nuestra comunidad creyente.

 

2ª Semana: Acordaos de la Comunidad eclesial:

 

                De que es por esta comunidad, con sus luces y sombras, por la que hemos llegado y maduramos en nuestra opción por Jesús. Traemos a la mente con Heb 13,7 de todos aquellos que nos han anunciado la Palabra de Dios, de quienes construyen la fe de sus hermanos.

 

3ª Semana: Acuérdate de mí en tu Reino:

 

                Es la honda petición del crucificado con Jesús en Lc 23,42. Nos acordamos de todos los "crucificados" de la historia, de los pueblos más heridos. Los metemos en el movimiento de la Pascua sabiendo que su vida pobre entra en la memoria de amor del Padre que la acoge.

 

4ª Semana: Acordémonos con tenacidad de los empobrecidos:

 

                Porque esto fue lo que le pidieron a Pablo, como prueba de adhesión verdadera a Jesús, los dirigentes de Jerusalén, según Gal 2,10. Olvidar a los pobres, sacarlos de la memoria de la resurrección es no haber entendido el amor del Padre y de Jesús que se ha puesto en la orilla de los débiles. Son el centro de la Pascua.

 

Semana: Una oración que recuerda:

 

                Así habría de ser la oración de la Pascua, una oración llena de recuerdos, de nombres, de personas, como dice Pablo que es su oración en Rom 19. Orar recordando es orar como ora Jesús ante el Padre por nosotros.

 

 

6. Un texto final:

 

Yo sé que existo

porque tú me imaginas.

Soy alto

porque tú me crees

alto, y limpio porque tú me miras

con buenos ojos

con mirada limpia.

Tu pensamiento me hace

inteligente, y en tu sencilla

ternura, yo soy también sencillo

y bondadoso.

Pero si tú me olvidas

quedaré muerto sin que nadie

lo sepa. Verán viva

mi carne, pero seré otro hombre

-oscuro, torpe, malo- el que la habita...

 

                               (Ángel González)

 

 

 

 

II

ALGO DIRÁN

La memoria de la resurrección de Jesús, memoria de los empobrecidos

 

                Puede que parezca que hablar de los empobrecidos no es "tema espiritual" y, menos, pascual. Pero sí lo es, porque si ellos no entran en la dinámica re-creadora de la resurrección, ésta resulta estéril. Es para ellos, para quienes sienten más el peso de la historia, para quienes corren más peligro de que el perfil de lo humano se desdibuje en sus vidas, para quien sufre hoy las verdaderas crucifixiones de la pobreza para quienes la resurrección puede significar más, lo sepan o no, lo conozcan o no. SU empobrecimiento es el que les hace acreedores de los beneficios de la resurrección, no su conciencia creyente si es que la tienen. No nos salimos del tema poniendo en relación la memoria del Resucitado con la memoria de los empobrecidos.

                Por otra parte, cuando torcemos el gesto ante las pobrezas se nos olvida que nosotros también fuimos pobres, que nuestra historia social está amasada en las pobrezas. Se nos olvida que la pobreza, como dice Gamoneda, no solamente es un mal sino, que encajada de la forma que sea, engendra una determinada espiritualidad, la espiritualidad de quienes anhelan la liberación, no la de los que se someten a ella como mansos corderos. Ahí es donde la resurrección conecta con las pobrezas: en su demanda incansable de justicia, en su anhelo imparable de dicha, en su constante búsqueda de un mejor equilibrio social.

                Por otra parte, el coro de los empobrecidos de la tierra, cerca y lejos, no deja de aumentar. No solamente por razones demográficas, sino por las actuaciones sociales, económicas y políticas de los humanos, de los países desarrollados, de nosotros. Tenemos que ver en el hecho de que el coro no disminuye. ¿Cómo, luego, no queremos escuchar sus voces que demandan justicia? ¿Cómo es que no queremos que fuerzas liberadoras, la resurrección de Jesús entre otras, no actúen benéficamente sobre esas demandas de justicia? ¿Es que vemos peligran nuestro "desarrollo sostenible", nuestro tren de vida, nuestros privilegios? Si despojamos a la resurrección de sus componentes sociales corremos el riesgo de construir un angelismo inservible.

                Por eso, es preciso hacer un esfuerzo para escuchar lo que canta ese grandísimo y exigen te coro. Nuestra fe en la resurrección (fe más vital que dogmática) habría de empujarnos en esa dirección y nosotros/as habríamos de ser dóciles para aceptar ese empuje. Si nos resistimos, ¿para qué nos sirve creer en el Resucitado? Hay que sacudir la desgana que, a veces, es la cortina de humo que oculta nuestro afán por anular los efectos liberadores de la resurrección de Jesús, pon intentar, vanamente, que eso se quede meramente en cuestiones religiosas, cuando su influencia apunta a lo vivo de la historia, a lo más necesitado de ella.

 

1. Algo dirán:

 

                Vamos a mirar, contemplar, primeramente al coro de los desposeídos. Lo vamos a hacer con el texto de una canción de Pedro Guerra:

 

ALGO DIRÁN

 

Los expulsados, los excluidos,

los explotados, los exhibidos,

los no explicados, los extinguidos,

los no explorados, los exprimidos,

 

los penetrados, los perseguidos,

los postergados y los perdidos,

los pateados, prostituidos,

los persignados y prohibidos.

 

Las amarradas y adormecidas,

las afectadas, las absorbidas,

las apagadas, las abstraídas,

las abusadas y aborrecidas,

 

las rematadas, las retenidas,

las repudiadas, restituidas,

las reservadas, retransmitidas,

las refugiadas y reabsorbidas.

 

Algo dirán.

 

Los desollados, los deprimidos,

los descalzados, los divididos,

los derrotados, desatendidos,

los derramados, los detenidos,

 

los anegados, los abducidos,

abaratados y no atendidos,

los no apañados, los adheridos,

anestesiados y no asumidos.

 

Algo dirán

 

Las ignoradas, las invadidas,

las iletradas, las inhibidas,

las incendiadas, las impedidas,

las infectadas, las influidas,

 

las desechadas, desinstruidas,

despilfarradas y decaídas,

desenraizadas y descosidas,

desesperadas y desnutridas.

 

Algo dirán.

 

  • Coro inmenso: Cuando se desglosa el tema "pobres" el resultado es estremecedor. El coro es inmenso. Quedar insensibles sería un crimen. Es preciso arbitrar socorros reales. Por eso, la resurrección es la fuente para la solidaridad, el triunfo de Jesús el ánimo para que alguien de estos/as pueda triunfar escapando a su situación de inferioridad, de menosprecio, de herida.
  • Los "ex": Es decir, los que han sigo marginados y excluidos del banquete de la vida. La resurrección de Jesús se empeña en decir, tercamente, que toda persona tiene derecho a sentarse en esa mesa y que si alguien ha sido excluido es porque los humanos lo hemos excluido. La resurrección es memorial que defiende el derecho básico a vivir con dignidad.
  • Los "post": Con todo lo que eso conlleva de marginación, de postergación, de decir que quien no produce no cuenta en la sociedad. Jesús quiere que se pongan "en el centro", que se sepan parte de la corriente de la historia y, por cierto, parte central.
  • Las "i": Quienes no cuentan, ignorantes, iletrados/as. En situación de desventaja por el mero hecho de nacer en un lugar del mapa. La injusticia que conlleva el mero nacer. La resurrección quiere borrar ese estigma y pide colaboración, solidaridad, ternura de los pueblos, para que las "i" mengüen.
  • Los "des": Que es la forma del robo, del latrocinio, del despojo. La resurrección quiere restituir a los pobres lo que se les arrancó, lo que se les robó. Celebrar la resurrección sin caer en la cuenta de esta formidable obra de expolio es edulcorarla.
  • Las maltratadas en su corporalidad: Sobre todo las mujeres, en lo más suyo, en lo intransferible, en su cuerpo. La resurrección pretende devolver la dignidad a la corporalidad, el disfrute a lo corporal, el derecho a decidir, la dignidad a aquello más ofendido. Una resurrección para el cuerpo, para lo más inmediato.
  • Los sin dignidad: No porque dejen de tenerla, ya que esa nunca se pierde, sino porque no les es reconocida. La resurrección apunta a un nuevo y total reconocimiento de la dignidad. Mientras eso no exista, hablar del triunfo de Jesús es todavía hablar de realidades incompletas.
  • Algo dirán: Porque tienen algo, mucho, que decir, aunque no se les conceda la voz. La resurrección quiere devolver la voz a quienes quieren gritar su injusticia. No es voz de nadie porque proclama que todos tienen voz. La Pascua sería tiempo bueno para devolver la voz a quien las circunstancias históricas, nosotros, se la han arrebatado.

 

2. Jesús y los excluidos en el Evangelio de Juan

 

                Puede pasar que para hablar de la exclusión en los Evangelios, sea más útil mirar en la dirección de los sinópticos que en la de Juan. Pero también de este último se puede sacar mucha luz.

 

                a) Ante la exclusión económica del sistema: Jn 2,9:

 

                               En el texto joánico denominado "bodas de Caná" hay unos actantes que, aun estando en la sombra, son muy significativos: nos referimos a los sirvientes del v.9. Dice el texto que ellos sí sabían de dónde venía el vino nuevo que habían sacado. Los sirvientes son los excluidos del sistema económico, aquellos que generan una indudable riqueza pero, excluidos del reparto de beneficios, no perciben ninguna ganancia por su trabajo. Ellos sí saben de dónde viene el vino nuevo: viene de la dignidad que Jesús percibe en toda persona y de la correspondiente evidencia de que las ganancias del Reino son para todos/as. Así, el milagro no es tanto sacar vino del agua, sino romper el mecanismo social secular (aún vigente) de que coexistan excluyentes y exclusotes. Esto es lo que aporta el vino nuevo de la libertad, la alegría y la igualdad, guardadas hasta ahora. La resurrección de Jesús alienta a quebrar este círculo vicioso de la exclusión social con el correctivo de la dignidad reconocida.

 

                b) Una solución utópica para toda exclusión: Jn 6,1-13:

 

                               Es la que viene en este texto y que hará sonreír a cualquiera que no profundiza en la espiritualidad evangélica: Jesús cree que la solución a la exclusión económica está en el compartir sobre la base del todo, no siendo obstáculo la pobreza. El verdadero milagro aquí narrado no es que salgan panes del cesto, sino que uno/a crea a Jesús que mantiene esta ingenua utopía del compartir como solución a la exclusión económica, a toda exclusión. Pero, ¿funciona o funciona este mecanismo? Tanto los datos de la macroeconomía, como los de la relación económica más sencilla demuestran que funciona. El problema de los bienes no está tanto en la producción cuanto en el reparto. El Evangelio quiere modificar el reparto. La fuerza de la resurrección de Jesús quiere empujar al creyente en esa dirección.

 

                c) Ante la exclusión del sistema religioso: Jn 5,19ª:

 

                               El paralítico de la piscina de Betesda es un excluido del sistema religioso. Llevaba treinta y ocho años con su enfermedad, toda la vida, a las puertas del Templo (la piscina está colindante con él) y ésta institución no había hecho nada por su salud, no tenía ninguna salida para su situación. Jesús le propone una salida que viene descrita en la prescripción del v.8: "Levántate, carga con tu camilla y echa a andar". Es decir: si entras por el camino del seguimiento (echa a andar), encarando las normas que te deshumanizan (carga con tu camilla) serás persona nueva (levántate). El seguimiento con Jesús, la vida según los valores del Evangelio, son, junto con el ánimo para superar normativas opresoras, la solución que Jesús propone a cualquier marginación religiosa. En el fondo, no es sino poner en práctica la libertad de los hijos de Dios que desencadena la resurrección de Jesús.

 

                d) Ante la exclusión de sentido: Jn 9,1-7:

 

                               Todos sabemos que uno de los más esforzados trabajos de la existencia humana es la búsqueda de sentido, el ver la razón y los por qué-para qué del camino humano, de la historia. Privar del sentido, oscurecerlo, ocultarlo, es una de las más inicuas exclusiones. Los sistemas imperantes quieren hacer creer a muchas personas que su vida carece de valor, que no tiene sentido. Al excluirlos del sentido se les hace más manipulables, más explotadas. Por eso, devolver el sentido es una gran batalla contra le exclusión. La obra de iluminación que relata Jn 9,1-7ss es un trabajo de restauración del sentido. Al estar iluminada, curada, la ceguera interior, el hombre aquel descubre su inalienable dignidad que tenía cuando era ciego. Al poner delante el valor de la dignidad por encima de toda limitación, la resurrección cuestiona toda tendencia opresora e interesa en manipular el sentido de la vida.

 

                e) Ante la exclusión de la vida: Jn 11,1ss:

 

                               En el relato de la resurrección de Lázaro, Jesús da gracias al Padre antes que por la salida de Lázaro de la tumba, porque los judíos que rodean a Jesús echan mano de la losa, como queda de manifiesto en el v.41. El verdadero milagro no es ver salir a un muerto de la tumba, sino que los vivos quiten las losas, personales y sociales, ejerzan una obra de liberación generando vida. La exclusión de la vida, en cualquiera de sus formas, es la peor losa que deben soportar quienes tienen como vocación vivir y dar vida, quienes están llamados a la santidad de vivir. Por eso, quien engendra vida en torno a sí, como Jesús, se convierte en el mejor luchador/a contra toda exclusión de vida. Si el misterio de la resurrección es misterio de vida plena encierra en sí mismo la fuerza contra cualquier exclusión de la vida porque el ella late la semilla de lo que vive.

 

3. Ahondamiento:

 

                Podemos ahondar en esta clase de planteamientos mediante la reflexión y el silencio, estupendas herramientas para profundizar:

 

                a) Cuando recordar es amar:

 

                               Se puede decir de forma genérica que la razón primordial de todo olvido es el desamor. Recordar no es cuestión de buena memoria, sino de buen amor. Lo que hace que los otros y lo otro pase al olvido es nuestra desvinculación cordial, el que tales realidades no tengan lugar en el horizonte del corazón. Por eso mismo, la resurrección de Jesús es una fuerza que pretende ablandar el corazón de la persona. Si esto no ocurre, hablar de la memoria como dinamismo de transformación social es hablar de imposibles.

 

                b) Cuando recordar es reinsertar:

 

                               Quizá el olvido del otro/a, más que menosprecio es mero desentendimiento, dejar a cada uno abandonado a su suerte, desligarse de los caminos problemáticos de la persona como si, al no ser nuestros, no nos incumbieran. Por eso mismo, activar el recuerdo lleva a intentar colaborar con la reinserción social de quien tiene problemas, ya que esa es la manera eficaz de participar en los caminos difíciles de quien anda en necesidad. Recordar se convierte así en una obra de profunda solidaridad, de esencial fraternidad. La resurrección de Jesús no es un planteamiento ideológico, sino un dinamismo de corresponsabilidad social, por extraño que nos parezca.

 

                c) Cuando recordar es interesarse por el futuro del otro:

 

                               Ya que la desmemoria nos lleva a un profundo desentendimiento del futuro del otro/a. Bastante tenemos con el propio, argüimos. Pero, en realidad, cuando el futuro de los demás se oscurece, también lo hace el propio. Es que el futuro común iluminado es el que de verdad puede aportar luz al futuro personal. De ahí que la resurrección empuja en la dirección de los futuros comunes y anima a interesarse por ellos y no sólo por los pequeños futuros personales en que, normalmente, se resuelven nuestros días. Los grandes futuros (el de la humanidad, el del cosmos, el de la Iglesia, el de los pueblos empobrecidos, etc.) están unidos a nuestro más personal porvenir.

 

                d) Cuando recordar es respetar la pluralidad:

 

                               Porque hay un recuerdo que avasalla, que sojuzga, que uniforma. No es tal el que proviene del dinamismo de la resurrección. Éste es un recuerdo que respeta la pluralidad, la diversidad, la diferencia. No es un recuerdo que no contempla lo personal, sino que lo integra, lo asimila sin difuminarlo. Por lo que quien aprecia la resurrección crece en pluralismo, en convergencia, en sinergia. Quedan excluidos todos los liderazgos que pasan sobre el otro como un rodillo, incluso los que "solamente" intentan imponerse a través del pensamiento único.

 

                e) Cuando recordar engendra abrazos:

 

                               Con lo que se está queriendo decir que el absoluto que es "lo mío" queda cuestionado, ya que el abrazo lleva a creer en proyectos comunes, a colaborar en empresas fraternas, a sumar sendas creyendo que el ancho camino común es beneficioso para el personal. Y todo ello con cordialidad, sabiendo que la persona está llamad al horizonte, por lejano que parezca, de entrecruzar corazones, de urdir interiores. Quitar esto del horizonte de la vida es empobrecerla. La resurrección de Jesús apunta a una vida abrazada con el cosmos, con la persona, con el Padre.

 

                f) Cuando recordar es preguntarse por las causas:

 

                               Ya que los cristianos estamos acostumbrados a trabajar con los efectos de la exclusión pero poco con sus causas. Y, sin embargo, es sobre todo en las causas donde está el quid y adonde principalmente apunta la resurrección. Preguntarse por las causas demanda un sentido crítico de la vida, un alejamiento explícito de los sistemas y del pensamiento único, una continua vigilancia de nuestro consumo y de nuestro honor social. Si no, la pregunta por las causas se esfuma. Y son las causas, lo repetimos, la diana a la que apunta la fuerza curativa de la resurrección de Jesús.

 

4. Resonancias:

 

                Puede ser que esta clase de reflexiones nos lleven a motivar actitudes personales nuevas más en consonancia con una vivencia activada de la resurrección.

 

                a) Benignidad, acercamiento, reconciliación:

 

                               Creemos que son actitudes imprescindibles para acercarnos de manera viva y creyente al tema de la exclusión. Sin un lenguaje benigno, sin un acercamiento continuado, sin una reconciliación explícita no resulta fácil reorientar, desde la resurrección, el tema de la exclusión. Porque, en definitiva, no se trata de grandes ideas sino, sobre todo, de planteamientos decididos. Y estos hay que hacerlos surgir en los ambientes modestos y cotidianos de cada uno/a. La resurrección nos vacuna contra el desaliento que nos producen nuestros pocos avances y nos previene contra la instalación en una inútil ideología que no hace sino reflejarse a sí misma pero que no produce frutos.

 

                b) Asumir causas perdidas:

 

                               Porque nadie quiere meterse a abogado de pobres. A todos/as nos encantan las causas de los vencedores y nunca las de los perdedores. Pero, desde el hecho de la resurrección del gran "perdedor" que es Jesús, son justamente los perdedores quienes nos demandan solidaridad. Las causas de los perdedores parece que no llevan a nada. Pero, en realidad, aunque perdidas, sus demandas de justicia se van sumando y pesan en la historia, sus utopías no son estériles y sus sueños están preñados de futuro. Por lo que ir en esta dirección no es perder el tiempo, sino hacer la mejor siembra. La resurrección de Jesús es su incremento.

 

                c) Sentirse afectados/as:

 

                               Porque cuando se habla de exclusión social parece que uno/a no se sintiera tocado por ella sino muy de lejos. Pero la cruda realidad cotidiana evidencia que no es así: la sombra de la exclusión nos cubre a todos como afectados y a no pocos como causantes. Esto habría de motivar más en nosotros/as el deseo de encarar el problema. Y para hacerlo con profundidad creyente necesitamos una mística, una manera nueva de enfocar la realidad. La resurrección de Jesús nos puede ayudar a ello porque tiene su origen en un "afectado" por la exclusión, uno que amasó su vida en los márgenes.

 

                d) En el lenguaje de los gestos:

 

                               Porque es un lenguaje a mano de cualquiera y, a la vez, está cargado de futuro. Incidir en el mundo de la exclusión es tan difícil que es preciso aferrarse a los sencillos gestos cotidianos. Por raro que parezca, ellos ponen rostro a la pretensión de la resurrección de Jesús de llegar a un cielo nuevo y a una tierra nueva. Por eso decimos que es el lenguaje del futuro. Desde ahí se pueden entender que toda colaboración al tema de la justicia, por humilde que sea, hace visible hoy la verdad de la resurrección de Jesús.

 

                e) Paciencia histórica:

 

                               Como decían los teólogos de la liberación. Paciencia para no creer que la obra de la resurrección es cosa de cuatro días. Los procesos históricos son largos y a ellos, evidentemente, se pliega la evolución del Evangelio, aunque la irrupción del Mensaje pueda, ya desde ahora, hacer que la persona viva en clave resurreccional. Por otra parte, esa paciente y animada tarea que apunta a la transformación de la exclusión con la más inmediata realidad. Una fe en la resurrección que no cuenta con la cruda realidad termina siendo estéril.

 

Conclusión:

 

                Una lectura "social" del dato creyente de la resurrección de Jesús confirma la evidencia de Jn 12,23-24 de que esta hermosa "semilla" está destinada, para que dé fruto, al campo de la vida. Distanciarla, desconectarla de él es condenarla al fracaso y a la esterilidad. Mezclarlos es posibilitar una realidad social nueva y, con ella, la persona nueva, resucitada, que desde ahora podemos construir, Solamente así la exclusión quedará cuestionada: únicamente desde esta manera la memoria de los excluidos no será vana sino que, unida a la de Jesús, será una memoria fecunda, llena de vida.

5. Luz que vence a la sombra

Como el grano de trigo, que al morir da mil frutos,

resucitó el Señor.

Como el ramo de olivo, que venció a la inclemencia,

resucitó el Señor.

Como el sol que se esconde, y revive en el alba,

resucitó el Señor.

Como pena que muere, y se vuelve alegría,

resucitó el Señor.

El amor vence al odio, y el sencillo al soberbio,

resucitó el Señor.

La luz vence a la sombra, y la paz a la guerra,

resucitó el Señor.

 

1. Resucitó el Señor y vive en la palabra

de aquel que lucha y muere gritando la verdad.

Resucitó el Señor y vive en el empeño

de todos los que empuñan las armas de la paz.

Resucitó el Señor y está en la fortaleza

del triste que se alegra del pobre que da pan.

Resucitó el Señor y vive en la esperanza

del hombre que camina creyendo en los demás.

Resucitó el Señor y vive en cada paso

del hombre que se acerca sembrando libertad.

Resucitó el Señor y vive en el que muere

surcando los peligros que acechan a la paz.

 

2. Resucitó el Señor y manda a los creyentes

crecerse ante el acoso que sufre la verdad.

Resucitó el Señor y vive en el esfuerzo

del hombre que sin fuerzas quedó por los demás.

Resucitó el Señor y está en la encrucijada

de todos los caminos que llevan a la paz.

Resucitó el Señor y llama ante la puerta

de todos los que olvidan lo urgente que es amar.

Resucitó el Señor y vive en el que queda

cautivo por lograrle al hombre libertad.

Resucitó el Señor su gloria está en la tierra

en todos los que viven su fe de par en par.

 

 

 

III

LENTO, PERO VIENE

La resurrección, fuerza que engendra futuro

 

                Por razones muy diversas razones, aunque casi siempre relacionadas con el tema vocacional, hablamos mucho del futuro, pero casi nunca se pone en relación con la resurrección de Jesús. Ambas realidades, futuro y resurrección (como economía y Evangelio, honor y fe, cosmos y espiritualidad, etc.) se tratan y, sobre todo, se viven en modos paralelos que raramente llegan a tocarse.

                Pero, en realidad, la resurrección nos confirma en que la historia tiene futuro. Hay mil razones para pensar que este camino humano está destinado al desastre. La resurrección de Jesús, tercamente, se empeña en decirnos, que más allá de toda limitación, el futuro es nuestra herencia y que la plenitud nos está reservada desde el primer vagido de la creación.

                Y, por eso mismo, la resurrección es ánimo para el futuro cuando tanto nos desalienta lo incierto del mismo. No es un ánimo cualquiera, fácil, superficial. Sino el ánimo que proviene de la entrega de Jesús, un ánimo avalado con toda una vida, con toda una muerte. Éste ánimo que brota de un entregado profundamente a la vida no puede ser sino un ánimo bueno, útil, verdadero.

                Trabajando el futuro es como contrarrestamos todo olvido y, como creyentes en Jesús, haremos creíble la resurrección de Jesús al ciudadano/a de hoy que, hace ya mucho tiempo, desconfía del mero discurso religioso.

 

1. Lento, pero viene:

 

                Esta tercera reflexión toma pie de un viejo poema de M. Benedetti que puede sernos inicialmente de utilidad para entonarnos en nuestra reflexión.

 

Lento pero viene
el futuro se acerca
despacio
pero viene

ahora está más allá
de las nubes ramplonas
y de unas cimas ágiles
que aún no se distinguen
y mas allá del trueno
y de la araña

demorándose viene
como una flor porfiada
que vigilara al sol

a lo mejor es eso
la vida cotidiana
prepara bienvenidas
cierra saldos de usura
abre memorias vírgenes

pero él
no tiene prisa
lento
viene
por fin como su respuesta
su pan para la hambruna
sus magullados ángeles
sus fieles golondrinas

lento
pero no lánguido

ni ufano
ni aguafiestas
sencillamente
viene
con su afilada hoja
y su balanza
preguntando ante todo
por los sueños
y luego por las patrias
los recuerdos yacentes
y los recién nacidos

lento
viene el futuro
con sus lunes y sus marzos
con sus puños y ojeras y propuestas
lento y no obstante raudo
como estrella pobre
sin nombre todavía
convaleciente y lento
remordido
soberbio
modestísimo
ese experto futuro que nos inventamos
nosotros
y el azar
cada vez más nosotros
y menos el azar.

lento pero viene
el futuro se acerca
despacio
pero viene

lento pero viene
lento pero viene
lento pero viene

 

  • Aún está lejos: No hay que hacerse ilusiones. Está lejos por nuestra ramplonería (nubes ramplonas), nuestro afán d encumbramiento (cimas ágiles), nuestras voces huecas (truenos), nuestras astucias (araña). De lejos viene y está lejos.
  • Hay que llamarlo: Porque es como una "flor porfiada", demandada, requerida, buscada. No viene por su propio pie; hay que hacerlo venir apuntándose a la justicia, de la que está preñado.
  • Sin prisa, pero sin pausa: Puede parecer que viene cargado de pocas cosas: de alguna respuesta, cubriendo alguna necesidad (pan para la hambruna), sanando alguna herida (magullados ángeles), con alguna pequeña belleza (sus fieles golondrinas). Poca carga, pero no de vacío.
  • Incisivo y demandante: Porque no es tirano ni exigente, pero inquiere y cuestiona sobre todo en materia de sueños, de anhelos, de búsquedas. Luego preguntará por otras cosas (las patrias, los recuerdos, los niños). Es preciso encajar sus preguntas.
  • Modestísimo, pero no inútil: Porque el futuro no alardea, no presume de nada. Es pura modestia, monotonía (con sus lunes y marzos), pobreza (estrella pobre), debilidad (convaleciente).
  • Cada vez más nosotros: Así es el futuro: cada vez menos dejado al azar y más con nosotros; cada vez más posibilitador de dicha para la persona; cada vez más acompañante de los caminos humanos. En esta misma línea se sitúa el dinamismo de la resurrección de Jesús.

 

2. Soñando el futuro: Ap 21-22,5:

 

                El Apocalipsis es un libro que intenta mantener vivo el sueño de un mundo distinto, un mundo nuevo por la fraternidad y la justicia. Vamos a tomar un pasaje culminante que puede iluminar nuestra reflexión pascual.

 

                a) Un futuro sin muerte:

 

                               Así lo sueña Ap 21,4: "Ya no habrá más muerte ni luto ni llanto, pues lo de antes ha pasado". ¿Es posible soñar un futuro sin muerte? En noviembre de 2007 se aprobó en la ONU una moratoria de la pena de muerte como paso previo a su anulación. Si llegara a darse, se suprimiría una de las causas de muerte que hemos generado los humanos (la muerte por ley). Y si se suprimiera una, ¿no se puede aspirar a suprimir todas? Es un sueño, pero Ap sueña con él. Y, de alguna manera, la resurrección lo confirma.

 

                b) Un futuro de novedad:

 

                               Porque la aspiración a lo nuevo está sembrada en el corazón de la persona. Y Ap 21,5 se hace eco de ello: "Todo lo hago nuevo". Aspirar a la novedad es lícito. Aunque en tiempos de involución (como los nuestros) suene mal, esta aspiración la confirman la vida y la fe. Hablar de la resurrección es hablar de novedad. Hacerlo en parámetros establecidos, consagrados, marcados de antemano es quitarle la frescura y el brillo a la fuerza del Resucitado.

 

                c) Un futuro sin templo:

 

                               Hay en este cap.21 algo sorprendente: cuando el autor, en un alarde de imaginación y en un afán por animar a una vida resistente, describe cómo será la ciudad nueva y soñada, dice que en tal ciudad "templo no vi ninguno, su templo es el Señor Dios, soberano de todo, y el Cordero" (Ap 21,22). Resulta increíble para la mentalidad de entonces (y en parte para la de ahora) pensar en una ciudad sin templo, sin referencias religiosas. Pero la ciudad nueva de Ap lo ve así. La fe nueva tendrá como única referencia "al Cordero", al Jesús entregado, a la mística de la entrega. Nos viene bien esto en una época secular como la nuestra. En una ciudad "sin templo", no religiosa, se puede tener como lámpara al Cordero, a los valores relacionales del Evangelio. ¿No anima algo de esto la resurrección de Jesús?

 

                d) Un futuro de democracia cósmica:

 

                               Puede parecernos exagerado hablar de democracia cósmica. Todo lo más, quizá podamos hablar de respeto a las criaturas, de relación fraternal con ellas. Pero, ¿pueden las criaturas participar en el "gobierno", en el destino del mundo? Ap 22,3 dice que en la ciudad nueva no habrá ya nada maldito. Es decir, toda realidad creada entrará en el paradigma de la bondad, por lo que podrá participar en la orientación del mundo. Esto habría de llevar a vivir en la globalidad del ser, en esa expectación positiva que está dispuesta dejar sitio a lo creado en el interior mismo de la persona, hasta saberse uno con todos. El designio de Dios ha quedado claro, según Col 1,20: reconciliar todo el universo. Éste es el gran trabajo que hace cada día el dinamismo de la resurrección de Jesús.

 

3. Ahondamiento:

 

                Aunque el tema del futuro, desde un lado cristiano, parece que se nos escapa de las manos, puede sernos de utilidad intentar una reflexión desde esa perspectiva.

 

                a) Por qué nos cuesta tanto pensar el futuro:

 

                               Quizá porque estamos demasiado embarrados en el presente, en las cosas pequeñas de la cotidianeidad que nos impiden pensar sen horizontes más amplios. Tal vez, también, porque nuestra espiritualidad es modesta y aun "casera" y creemos que pensar-hablar de futuros es perder el tiempo. O puede que porque nuestros anhelos, sueños, deseos, sean de bajo vuelo y nos parezca inútil e inalcanzable andar pensando en grandes sueños. Pero lo cierto es que el futuro está ahí siempre como una posibilidad mayor, como un horizonte más humano. Generar futuro, lo sabemos, del modo que sea es generar vida, aunque sean otros/as los beneficiarios/as. De todos modos, la resurrección de Jesús, no lo dudemos, empuja en la dirección del futuro.

 

                b) Dinamismos necesarios:

 

                               Para poder pensar el futuro es necesario tener activados una serie de dinamismos que la espiritualidad tradicional ha considerado poco, pero que para este asunto (y para otros) son imprescindibles: la utopía, el sueño, el anhelo, la pasión, etc. En realidad, nuestra vida se mueve mucho más por esta clase de fuerzas (dynamis) que por nuestras ideas. Por eso, si se quiere pensar de un modo vivencial en el futuro es preciso activar esta clase de dinamismos. Si no, todo queda inatrapable y diluido. ¿No es la resurrección de Jesús algo que está urdido en tales dinamismos? ¿Cómo podemos reducirla a una idea dogmática?

 

                c) Un futuro que irrumpe en la vida:

 

                               En su decurso histórico, la fe cristiana se ha echado en brazos de una especie de evolucionismo mecánico que la ha privado del aguijón del Reino: creemos que el Reino y el futuro irán viniendo por su pie, casi independientemente de lo que yo haga o deje de hacer. Según la mentalidad de Jesús esto no es así. Para él, al Reino (el futuro) se le hace venir o se le retrasa en la medida en que uno/a se apunta a la justicia o no. Por eso mismo, entender la resurrección como algo estático, no como algo irruptor, es desactivarla, quitarle su fuerza explosiva.

 

                d) Los grandes futuros:

 

                               Sumidos/as en la inmediatez cotidiana y agobiados por los problemas de cada día, creemos que pensar en los grandes futuros (el de la humanidad, el del cosmos, el de la Iglesia, el de los pueblos empobrecidos, etc.) es perder el tiempo. Pero no lo es. La preocupación por los grandes futuros puede englobar la preocupación por los pequeños, pero no al revés. En realidad, esos grandes futuros son el horizonte de la humanidad, la razón de la muerte de Jesús y el ánimo que la resurrección vierte sobre ellos. Quien los comprende, comienza a formularse en su interior la pregunta por tales futuros y, más aún, comienza a percatarse que, más allá de su pequeñez, puede colaborar a solucionar algo el interrogante que los rodea.

 

                e) Apóstoles de un futuro mejor:

 

                               Tal habría de ser uno de los apostolados preferidos del creyente en Jesús resucitado. Ante la sempiterna tentación de negativizar la vida y la sociedad, el seguidor/a de Jesús habría de mantener la fe, más allá de todo retroceso, en un futuro mejor. Y, desde esa convicción, tendría que hacer campaña a una contribución tangible para que tal futuro sea efectivamente mejor. Para ello habría de deshacer el interesado equívoco de que uno/a, debido a su irrelevancia, no puede hacer nada. Y, además, no habría de cansarse de seguir caminos para que todos estos trabajos por el futuro se concreten en algo. Esto es, de alguna manera, hacer vida la fuerza de la resurrección de Jesús, fuerza para la construcción de un futuro mejor.

 

4. Resonancias:

 

                Toda esta espiritualidad puede suscitar en nosotros/as algunas resonancias que nos ayuden a conectarla más con la vida.

 

                a) Más que optimismo:

 

                               Hablar de futuro no es sólo una cuestión de optimismo (que también), sino de auténtica fe en la fuerza de la resurrección, realidad de futuro. Al hacer de la resurrección una fe de componente religioso, la hemos hecho compatible con cualquier negativismo. No puede ser: una fe pesimista, realista sin vuelo, no puede conectar con el dinamismo de la resurrección. Por eso, más que optimistas, la resurrección nos demanda ser confiados/as, esperanzados/as, animosos/as. Si no, ¿cómo vivir y hacer ver el dinamismo que late en el hecho resurreccional?

 

                b) Las cosas pueden cambiar:

 

                               Esta convicción es absolutamente necesaria para asumir el dinamismo de la resurrección. Mientras anide en mí la certeza de que esto, la vida concreta, no hay quien la cambie, no se puede dar un paso de novedad en el tema de la resurrección (y en otros). Y, además, lógicamente no cambiaremos la vida si personalmente no cambiamos de vida. Esta certeza también ha de estar ahí: puedo ir cambiando, no estoy tan hecho/a que ya nada puede cambiar. Es preciso remover estos cimientos de la vida para dejar que el dinamismo de la resurrección funciones.

 

                c) El futuro de cada día:

 

                               Hablar del futuro, lejano o cercano, implica encarar la construcción del mismo cada día. La batalla por el futuro mejor se libra, como suele decirse, a un kilómetro de casa. Porque la espiritualidad del futuro no es hablar de las calendas griegas, sino de cuestiones que nos afectan cada mañana. ¿Es posible vivir de cara al futuro en lo que uno hace en su vida diaria? Lo es. No se trata de cosas raras, sino de tener la certeza de que el paso de uno/a por la historia no es estéril. Hay gentes encilla que, a su manera, lo vive así. En ellos cobra cuerpo la resurrección de Jesús.

 

                d) La necesaria resistencia:

 

                                Podría parecer que todos estos planteamientos son una nueva ideología. Pero no se pretende tal cosa. Quieren ser una perspectiva nueva de vida, otra manera de enfocar el camino humano (la manera del Resucitado). Precisamente porque no es una nueva ideología ni un lirismo vacío, se precisa un talante resistente que no se quiebre a la primera. Si en la resistencia habita la esperanza, como diría Sábato, la esperanza que emana de la resurrección está en su núcleo. De ahí que quien entendiera esto convertiría su fe en la resurrección en ánimo continuado, en fidelidad probada, en tarea que se lleva hasta el final.

 

                e) Déficit de bondad:

 

                               Quizá sea esa la razón por la que nos cuesta orientar la existencia hacia el futuro y la anclamos en el pasado. Plantear la espiritualidad cristiana de cara al futuro demanda un talante bondadoso y benigno ante la historia, ante el  mundo. Un déficit de bondad y de amor es lo que nos hace tomar todo esto por algo teórico e inservible. Si el amor y la bondad se avivaran, si se creyera que estos eran los valores primordiales de la existencia, veríamos cómo la vida cobraba una dimensión de futuro nuevo y valioso. De ahí que antes de hablar del futuro (en cualquiera de sus manifestaciones) es preciso hablar del amor.

 

                f) Asumir la lentitud:

 

                               Decimos que el futuro viene lento, y así lo parece. Asumir esta lentitud es imprescindible. Eso no quiere decir que hayamos de languidecer en nuestras tareas o que lo mejor sea cultivar una actitud pasota, insensible. Todo lo contrario. Asumir la lentitud es no querer imponer ritmos frenéticos ni metas imposibles. Pero es también vivir con acicate, con pasión, con dinamismo las realidades más elementales que urden la existencia cotidiana. La resurrección de Jesús asume nuestras lentitudes, pero siembra pasión. Una cosa no excluye la otra.

 

                g) Fidelidad a lo prometido:

 

                               Esto es más importante que la fidelidad al pasado, tan en boga en estos tiempos nuestros. Jesús nos ha prometido un reino de igualdad y fraternidad reales. Vivir de cara a esa promesa, tratando de serle lo más fieles posible es más importante que mantener tradiciones para que se conserven intocables. La resurrección de Jesús es la evidencia de su fidelidad al designio de amor del Padre, designio que quiere que la promesa del Reino llegue a madurez y nazca así la historia nueva.

 

Conclusión:

 

                La fuerza de la resurrección de Jesús habría de ser un apoyo real para ir construyendo un futuro (personal, fraterno y social) de aliento nuevo. Habría, además, de alejar lo más posible los temores que se ciernen como nubarrones sobre futuros que nos parezcan inciertos. Un futuro nuevo no es alfo fácil de lograr; pero el trabajo por construir una mística en torno a él y unos intentos que pongan rostro a esa espiritualidad sí está al alcance de nuestra mano.

 

5. Para orar (cantar): 

 


Mi fuerza y mi fracaso eres tú.

Mi herencia y mi pobreza.

Tú, mi justicia, Jesús.

 

Mi guerra y mi paz.

¡Mi libre libertad!

Mi muerte y mi vida, tú.

 

Palabra de mis gritos.

Silencio de mi espera.

Testigo de mis sueños.

¡Cruz de mi cruz!

 

Causa de mi amargura.

Perdón de mi egoísmo.

Crimen de mi proceso.

Juez de mi pobre llanto

Razón de mi esperanza.

¡Tú!

 

Mi tierra prometida eres tú.

La pascua de mi pascua

¡Nuestra gloria por siempre

Señor Jesús.                        

 

Pedro Casaldáliga

 

 

 

 

 

Fidel Aizpurúa Donazar

Logroño