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FIAIZ

OTROS TEXTOS

Ir al meollo

 

 

 

 

 

IR AL MEOLLO 

Reflexiones para los padres-madres

de primera comunión

 

 

 

 

Parroquia de Valvanera

Logroño

 

 

I

EL MEOLLO DE LA EUCARISTÍA

 

Vamos a detenernos en lo esencial, en el meollo, porque el sacramento de la Eucaristía da para mucho. Si los padres captan el meollo, es mucho más fácil que los chicos caigan en la cuenta de lo mismo. Ahora, “en frío” es más fácil que en torbellino de la fiesta.

 

  1. 1.    Dónde no está el meollo

 

  • En la ropa: en los trajes. es cierto que es un día de fiesta y hay que ir bien, pero el asunto no está ahí. Que en casa vean que eso tiene su importancia, pero no estar machacando sobre ese clavo.
  • En la comida: también tiene su importancia. Pero no echar el resto ahí. Hacerlo bien, festivamente y ya está. Pero que los chicos no vean que esa es la “preocupación” de los padres.
  • En los regalos: porque es casi inevitable que se hagan, pero no estar todo el tiempo ensalzando ese tema. Más aún, como luego diremos, es ahí donde habrá que dar un giro por el compartir.
  • En saber las oraciones o la catequesis: porque eso es necesario pero el asunto final, como veremos, no está ahí.
  • En la celebración de la misa: por extraño que parezca, tampoco es lo definitivo, aunque haya que hacerla bien y hermosa, y de hecho así se hace en la parroquia.

 

  1. 2.    Dónde está el meollo

 

  • En el compartir: la eucaristía es, desde siempre, el sacramento de aquellos que comparten. Si no hay intención de compartir, la eucaristía es un mero rito vacío.
  • De tal manera que un chico/a está “preparado” para celebrar la primera comunión en la medida en que sepa compartir. ¿No ha roto la cáscara del egoísmo? No está bien “preparado”. ¿Es generoso y se presta a compartir de lo suyo? Está “preparado”.
  • Cuando se habla de compartir hay que decir al niño que lo que se comparte no son solamente cosas, regalos o dinero, sino otros bienes: alegría (la comunión es fiesta de alegría), familia (es fiesta de familia), compañerismo (se celebra en grupo de amigos).
  • Y si se comparte algo de los bienes, si eso sale del niño (si no, hay que ayudarle), la cosa toma mucho cuerpo. Si un niño, por su voluntad, le sale decir: esto de lo mío (juntan un “capitalito” con las propinas) quiero que vaya a los pobres, o los chicos necesitados, o a un misionero, o a quien sea, estamos en el meollo.
  • Esto no es quitar el “brillo” a un día tan especial. Es, como decimos, poner el acento en lo que realmente es importante.

 

  1. 3.    Un texto que ilumina: Jn 6,1ss

 

  • Es el texto de la multiplicación de los panes y peces. Creemos que el milagro era que Jesús bendecía los panes del cesto y estos se multiplicaban.
  • Pero el verdadero milagro es que uno, un chico, que tiene cinco panes de cebada (pobres) y dos arenques está dispuesto a compartirlos. Cuando esto ocurre, cuando alguien está dispuesto a compartir empieza el milagro.
  • Por eso, el verdadero milagro no es que salgan muchos panes del cesto, sino que abramos el zurrón y saquemos lo que hay para compartirlo.
  • El evangelio es muy soñador y dice que si eso se hace, funciona, que compartiendo llega y que no ha de ser un obstáculo que nos paralice nuestra pobreza (la pregunta no es qué puedo hacer, sino qué estoy dispuesto a hacer). Y esto en verdad funciona.

 

  1. 4.    Cómo dar con el meollo

 

No es fácil; no es algo que vaya de por sí. Hay gente que es muy generosa, niños incluso que son generosos. Pero muchos adultos y muchos niños somos por tendencia egoístas. Hay que forzar la cosa un poco en la dirección del compartir.

a)    Padres: los chicos tiene que “ver” que la comunión es una fiesta de compartir. No se trata de lanzarse a grandes gastos ni derrochar. Se trata de que los padres sean generosos para que el chico, sin pretender que lo vea, de hecho lo vea. Que vean que se invita con cariño, con generosidad, dentro de lo sencillo. Que vean que los mismos padres se privan de algo a favor de alguna ONG o de Cáritas o de cualquier asociación o persona necesitada. Que se hable de ello alguna vez en casa.

b)    Chicos: A veces les sale ser generosos y a veces no. Si no les sale, hablarlo con ellos, animar a que ellos tomen la iniciativa, aunque sea un poco “rácana”. Si no les sale en absoluto ser generosos, “empujarles” suavemente en esa dirección. Hacerles ver que eso es muy importante para que la comunión que van a hacer tenga sentido (no es tan importante el que van a recibir a Jesús, sino el que tienen que ser como el Jesús que reciben, generosos y desprendidos).

 

  1. 5.    Por si ayuda: las mejores edades para educar en valores

 

Entre los seis y los doce años -la madurez de la infancia-, los niños poseen una disposición natural a desarrollar una intensa actividad, siendo el periodo óptimo para educar hábitos intelectuales y de conducta, que les forjarán su futura personalidad de adultos. Es la conocida "edad de oro de las virtudes", que bien enfocada evitará gran parte de los problemas en la adolescencia.

En estas edades  (7 a 11 años) los niños experimentan el impulso de ser generosos, prestar servicios y ayudar. Es el momento oportuno para desarrollar tres virtudes: generosidad, laboriosidad y reciedumbre. El sentido natural de la justicia, la apertura hacia los padres y la tendencia a obedecer, ayudarán a consolidar la generosidad; pueden existir rebeliones pero serán cortas y se olvidarán pronto. A los siete años, la razón está empezando a trabajar y se despierta en los niños una tendencia natural a ayudar, a hacer encargos, a darse; pero es necesario encauzarlos, guiarlos y hacerles descubrir la necesidad de ser generosos y la alegría que se siente después.

 

  1. 6.    La primera comunión: fiesta de compartir

 

Así habría de ser entendida por todos los protagonistas del día (no son solo los niños): la familia, los padres, las amistades, los chicos y sus amigos/as.

Si al final del día se puede decir: ¡hemos compartido mucho en este día! habremos dado con el meollo de la eucaristía.

 

 

 

 

 

 

II

EL MEOLLO DEL PERDÓN

 

                Con ocasión de la primera Comunión se hace una celebración del perdón con los padres y también con los chicos. Por eso es interesante preguntarse dónde está el meollo del perdón, porque lo tenemos un poco equivocado.

 

  1. 1.    Dónde no está el meollo

 

  • No está en esa idea de que para comulgar hay que estar preparado, en gracia de Dios, como si hubiera que lavarse antes de la fiesta. Esto es superficial.
  • Por lo tanto, no puede estar en tomar el sacramento del perdón como un trámite previo, como un requisito para la comunión. Es algo de más consistencia.
  • No hay que inculcar en los niños el sentimiento de que no están “limpios”, porque eso es cultivar la culpa y la fe lo que tiene que hacer es liberar de la culpa, no acentuarla.
  • No puede estar la cosa en meter miedo a los pecados como si fuera algo horrible que se ha hecho. Una cosa es hacer ver los fallos y otra meter miedo al niño.
  • No puede estar en ese disgusto que acompaña siempre a “la confesión”. Es algo más vivo, más gozoso.
  • No puede estar en pasar por el confesionario (que ya no se pasa) o por el cura (que es animador de la celebración). Lo importante es que en el corazón brote el deseo de perdonar y ser perdonado.

 

  1. 2.    Dónde está el meollo

 

  • El asunto es ver que el perdón es bueno, saludable, que ennoblece a la persona, no lo hunde más. Y encima, hace mejor nuestra relación con el Dios que perdona.
  • Está en hacer ver que Dios ama y perdona sin condiciones. Su perdón no está condicionado a nuestra bondad moral: él nos perdona porque nos ama; si somos malos, aguanta; si somos buenos, se alegra.
  • El meollo está en el tema de las buenas relaciones: hay que entender que el perdón apunta al corazón y que la bondad de corazón es necesaria para la buena relación.
  • Por ahí se podría entender y ayudar a entender a los chicos: la fiesta del perdón es la fiesta de la buena relación: tratamos de quitar lo que entorpece nuestra relación y tratamos de potenciar lo que la favorece.
  • Por eso mismo, habría que vivir esta celebración como una fiesta, como una suerte, como una alegría.

 

  1. 3.    Iluminación bíblica: Lc 15,11-32

 

  • Es la parábola conocida del hijo pródigo. Hay que fijarse bien: el pródigo es un granuja: se marchó con el dinero y ahora vuelve a engañar a su padre, porque dice que ha pecado contra él pero lo que de verdad le interesa es llenarse el estómago.
  • El padre es padre, pero no es tonto: sabe porque viene su hijo, por hambre. Podría haberle dicho: vete por donde has venido, a mí no me engañas. O podría haberle dicho: vete a trabajar con los jornaleros y luego comes (eso le habría bastado al pródigo). Pero le dice: sigues siendo mi hijo de antes.
  • Por eso, le devuelve todos los atributos de antes: el anillo de sellar contratos, las sandalias que se entregaban cuando se hacían compromisos legales, el manto de la dignidad. O sea: eres mi hijo de antes.
  • Un Dios que perdona a la manera que perdonan los padres que aman que son capaces de cubrir con su manto de amor las injurias recibidas.
  • No habrá que ser como el que se quedó en casa que nunca entendió a su padre como uno que le amaba del todo. No es de extrañar que le moleste la fiesta.
  • La conclusión es la que hemos dicho: Dios ama y perdona sin condiciones. No vengamos nosotros ahora a ponerlas.

 

  1. 4.    Cómo dar con el meollo

 

Como este sacramento, esta fiesta, arrastra muchas connotaciones negativas hay que esforzarse por vivirla y presentarla de otra manera:

a)    Padres: hablarlo entre vosotros. No decir: hay que confesarse, sino hemos de celebrar el perdón, hemos de celebrar la fiesta de la buena relación para que el día de la comunión sea un día más brillante. No incidir en los niños con el tema de “los pecados” creando culpabilidad; decirles que la fiesta del perdón da más brillo y más alegría a la fiesta de la primera comunión. Como adultos, reconocer que tenemos que trabajar mucho en la buena relación familiar.

b)   Niños: ayudarles a que la celebración del perdón sea un momento importante en el camino hacia la primera comunión. Animarles a que se den cuenta de sus relaciones con sus hermanos, con los padres, con los amigos hay que mejorarlas siempre y que eso es muy importante en la vida. Decirles que celebren con alegría el perdón. Preguntarles luego a ver qué tal ha estado la celebración, qué han hecho, si han estado contentos o no.

 

  1. 5.      Por si ayuda: ¿Qué pueden hacer los padres y madres?

 

Padres y madres pueden ayudar a sus hijos a poner en palabras aquello que en muchas ocasiones puede parecer obvio o incluso absurdo. Por ejemplo, si se está viendo una película en familia, las diferentes escenas donde les sucedan determinadas situaciones y experiencias a los personajes, son buenas oportunidades para ayudarles, diciendo: “Mira, el niño de la peli acaba de discutir con su amigo… ¿cómo crees que se estará sintiendo?”.

En muchas ocasiones la respuesta será algo tipo “mal”. Ahí es donde los padres pueden aprovechar para decir: “claro, es normal que se sienta mal: seguro que está enfadado por la discusión, ya que su amigo no entendía lo que quería decirle… y es posible que también este triste y preocupado por si tarda mucho en hacer las paces con su amigo. ¿Qué harías tu si te pasara algo parecido?”. Así les ayudaremos a ampliar el abanico de sentimientos y emociones del que disponen, haciendo de su experiencia emocional algo mucho más rico, y esto les ayudará a comprender y manejarse mejor en las situaciones sociales.

 

  1. 6.    La primera Comunión: fiesta de buena relación

 

Así habría de ser. Y no solamente en las formas, en la cortesía y buena educación, sino en el fondo. Un día para estrechar relaciones familiares y para que los niños palpen que la buena relación es fundamental en la vida y en la fe.

 

 

III

EL MEOLLO DE LA CELEBRACIÓN

 

El día de las comuniones no es un día para andar pensando mucho. Por eso, ahora, en “frío” es bueno reflexionar sobre cuál es el meollo de la celebración. Dicho de una forma rápida: día de fiesta y de justicia. Lo explicamos:

 

  1. 1.    Dónde no está el meollo

 

  • Ya lo hemos dicho desde el primer día: no está la cosa en los vestidos (aunque haya que ir guapos), ni en los regalos, ni en el barullo. No es fácil quedarse al margen, pero hay que ver un poco más en profundidad.
  • No está en que el chico/a lea o diga bien lo que le asignen en la celebración. Hay que intentar que lo haga bien, pero no pasa nada si la cosa no sale brillante.
  • No está en las fotos (no andar más pendiente de eso que de lo que se “cuece” en la celebración).
  • No está en la comida (aunque tenga su importancia). Lo importante no es lo que se come, sino el buen rato que se puede pasar con la familia y las amistades.

 

  1. 2.    Dónde está el meollo

 

  • En percibir que hay cosas importantes para quienes creemos en Jesús, para quienes somos cristianos. Y que la eucaristía, por mucho que a veces nos aburra, es importante porque ahí hacemos vivo el recuerdo de Jesús. Son muy importantes en la vida los recuerdos y los sentimientos.
  • El meollo está en que lo que hacemos es un rito, pero que detrás está el amor: es el mensaje de Jesús: “Amaos los unos a los otros”. Si de alguna manera la eucaristía no nos hace más sensibles al amor, estamos despistados.
  • Incluso más, aunque los chicos/as no vean esto tan fácilmente: el meollo de la eucaristía es la justicia, porque sin justicia no hay eucaristía. Por eso pusimos tanta importancia en el compartir. Los pobres no está presentes en la celebración; pero al menos en el trasfondo, deberían estarlo. En la celebración tendría que salir la palabra “pobres” y el tema también, de alguna manera.

 

3.    Iluminación bíblica: Lc 14,15-24

 

·       Cuando Jesús habla del reino de Dios, habla de un banquete. En aquel tiempo se comía poco y mal. Por eso, un banquete era una gozada (no como ahora que tenemos de todo). Una fiesta: si no se entiende la fe como una fiesta, no estamos entendiendo bien.

·       Nos fijamos en que los que no aceptan el banquete son porque ponen pegas económicas: he comprando un campo, cinco yuntas de bueyes, me he casado. El apego al dinero es el obstáculo a la fiesta del reino. Por eso, hay que ver cómo andamos de generosidad. Sin generosidad y sin justicia la eucaristía no tiene contenido.

·       Hay que darse cuenta de que se cambia de destinatarios y de escenario. Antes eran los ricos los invitados, ahora son los sencillos, los pobres. Por eso decimos que el tema de “los pobres” tiene que salir en la celebración. Y luego, se cambia de escenario: calles, plazas, caminos, límites de las propiedades. Es decir, lo que se celebra en la iglesia hay que tratarlo de llevarlo a la vida. Si hay un foso entre lo que celebramos y lo que vivimos, algo no va bien.

·       Los pobres son dignos del banquete, Dios los hace dignos. Habría que decir: “Señor, sí soy digno de que entres en mi casa porque una palabra tuya ha bastado para sanarme”.

 

4.    Cómo dar con el meollo

 

a)    Padres: No situarse en las cosas externas, superficiales de ese día (vestido, traje, comida), aunque tenga su importancia. Vivir la celebración personalmente, no ponerse como espectadores que ven un “teatro” en el que actúan ese día sus hijos/as. Por eso, gozar con ellos, cantar con ellos, meterse en la celebración. Y como ese tema de la justicia no lo van a captar los niños, que lo capten los padres. Si a los niños se les empuja al compartir, los padres deben tenerlo mucho más presente. Y todo, para que la eucaristía no quede vacía de contenido.

b)   Niños: No ponerles más nerviosos de lo que ya estarán. Tratar de calmarles para que puedan celebrar lo mejor posible. Felicitarles por lo bien que han hecho la celebración. Preguntarles al final del día qué es lo que más les ha gustado. Aunque te digan cosas de niños, ayudarles a poner el acento en la celebración de fe, porque eso es el núcleo. No es un día de regalos, sino un día de caminar la senda de un cristiano que se va adentrando en el camino de fe. Por lo menos, intentarlo, aunque no sea fácil.

 

  1. 5.    Por si ayuda: Donde no hay justicia no hay eucaristía

 

Es evidente que la injusticia y el atropello de los derechos fundamentales de la persona es el atentado más directo que se puede hacer a la comunión entre los hombres. En consecuencia, se puede decir que donde no hay justicia no hay eucaristía. Lo cual no quiere decir que la eucaristía no se puede celebrar mientras no exista una situación de justicia plenamente lograda. Si así fuera, quizás nunca se podría celebrar la eucaristía, habida cuenta de la compleja situación de injusticia que implica nuestra sociedad. Lo que con eso se trata de afirmar es que la eucaristía sólo es celebrada por creyentes que se comprometen seriamente en el empeño por lograr una sociedad más justa y más humana. Y, en cualquier caso, se trata de comprender que requiere el ser celebrada por una verdadera comunidad de creyentes que superan sus diferencias y divisiones y que están dispuestos a compartir lo que son y lo que tienen (J. M. Castillo)

 

  1. 6.    La primera comunión: día de fiesta y de justicia

 

Lo primero es más fácil verlo, lo segundo menos. Pero hay que intentar que quede ese doble recuerdo: lo bien que nos pasamos y que de verdad nos acordamos de los pobres y de quienes sufren (de algún modo). Así será la fiesta del banquete de Jesús como a Él le gustaría.

 

 

IV

EL MEOLLO DEL CRISTIANISMO

 

No está mal que en esta última reunión hablemos del meollo del cristianismo porque todos reconocemos que tenemos un poco abandonadas las cosas de la religión. Pues esta puede ser una buena ocasión para cultivarlas un poco.

 

  1. 1.    Dónde no está el meollo

 

  • No está en los signos externos, en las cruces, en las imágenes (aunque todo esto sea digno de respeto).
  • Tampoco está en los ritos religiosos, en las costumbres, en las procesiones, en las peregrinaciones, etc. Cosas también dignas de respeto, pero no esenciales.
  • No está en la aceptación de la moral católica, de la autoridad del papa, del acatamiento de los dogmas, aunque todas estas cosas tengan su indudable importancia.
  • Ni siquiera está en que nuestro nombre esté consignado en registros de la religión católica por nuestro bautismo (aunque esto sea necesario).
  • No está incluso ni en la práctica religiosa, en la oración, en la eucaristía y los sacramentos (en que me haya casado por la iglesia, en que esté ordenado de sacerdote)

 

  1. 2.    Dónde está el meollo:

 

  • Lo sabemos todos: en el amor. Ese es el distintivo de Jesús. Él no optó por el camino de las normas religiosas, que las tenía y muchas, sino por el camino del amor.
  • Por eso se da una contradicción en quien dice creer en Jesús y, a la vez, es muy duro en cuestiones de amor, de convivencia, de buena relación, de acogida a los más débiles.
  • Sin amor, la religión cristiana no tiene sentido, se vacía de contenido, es como un cadáver. Por eso, si nos decimos cristianos, hay que vigilar mucho el tema del amor. El desamor desmiente nuestra pretendida fe.
  • De ahí que, según el Evangelio, el meollo esté en el amor a la persona, ni siquiera en el amor a Dios. Porque ya lo dice san Juan es imposible amar a Dios a quien no se ve, si no se ama a la persona a la que se ve. La fe se tiene abandonada en la medida en que se tiene abandonado el amor.

 

  1. 3.    Iluminación bíblica: Jn 13,35

 

  • Es un texto que lo hemos oído mucho: pero hay que pensarlo. Dice Jesús que el distintivo del cristiano (en esto conocerán) es el amor a su estilo. No solamente en el amor, sino a su estilo (como yo os he amado).
  • Parece que los humanos solamente sabemos amar en modos de simetría: yo te amo y, en justa correspondencia, pido que tú me ames a mí. Esto está muy bien y ojalá fuera siempre así.
  • Pero hay situaciones de vida, muchas, donde uno ama y no recibe correspondencia (amor asimétrico): el amor de los padres a su bebé, el amor a los pobres (voluntariado), el amor a la sociedad.
  • ¿Cómo ha amado Jesús? En amores asimétricos: “cuando no podíamos pagarle, murió por nosotros”, dice san Pablo. No podíamos pagarle. Ese es el amor asimétrico. Pues bien: ese tipo de amor es el que distingue a los cristianos.
  • El meollo está en esto: ¿cómo funcionas cuando tú amas y no hay premio, aplauso, agradecimiento, pago? Si sigues amando, estás en el meollo de lo cristiano.

 

 

 

 

  1. 4.    Cómo llegar al meollo:

 

a)    Padres: Intentar hablar de esto con tu pareja, aunque no sea fácil. Ver si cuando amáis y no hay premio os enfadáis mucho o, por el contrario, lo superáis. ¿Cómo reacciono cuando no me devuelven el amor que yo creo haber entregado? Creer que las entregas tienen un valor en sí mismas y que no dependen del premio o del aplauso.

b)   Chicos/as: Hacerles ver que tienen muchas “deudas” con su familia, con sus hermanos/as. Aquello de la cuenta que un niño pasa a su madre y ella se la devuelve sin cobrarle nada de lo que ha hecho por él. Enseñar a los niños que no todo ha de hacerse por interés y por recibir un premio.

 

5.    Por si ayuda: Cuándo es posible amar sin esperar nada a cambio

 

Existen almas muy grandes, nobles y desinteresadas al extremo que sí han desarrollado una gran virtud para amar sin esperar nada a cambio. Por otra parte, siempre te es más fácil hacer una buena acción por una persona a la que no conoces y no esperar nada a cambio, que practicar esa idea del amor en tu pareja. Sencillamente, porque cuando más conoces a alguien, más te implicas, más das y más esperas recibir.

¿Y no se puede controlar ese deseo irrefrenable de saberte pagado, del amor devuelto? ¿Estamos ante un imposible?

 

  1. 6.    La fiesta de la primera comunión: fiesta de amor

 

Como todas las fiestas que se precien. Un día para estar bien, para relacionarse bien, para ver que familia y vida cristiana pueden ser cauce de amor. Un día que deje buen recuerdo porque ha sido entrañable, no tanto porque ha habido muchos regalos, bonitos vestidos y buena comida. Un día para el amor, aunque suene un poco así.

 

Catequesis sobre Jn 5,1-9a

CATEQUESIS SOBRE Jn 5,1-9a

(Celebración del perdón)

 

  1. Cualquiera se preguntará qué viene a hacer un texto como la curación del paralítico de la piscina de Betesda en una celebración del perdón. Superficialmente quizá no encontremos conexión; pero, si se lee con un poco de profundidad, veremos que hay dinamismos de fondo que explican y enriquecen la experiencia del perdón. Vamos a desvelar algunas “marcas” del texto.
  2. Hay que percatarse, en primer lugar, que la escena sitúa en los aledaños del templo. La piscina “probática” (Ovejera) está pegando al muro, aunque fuera del templo. Es decir, el escenario es el de una institución que funciona para el templo, pero no para el necesitado. La multitud de enfermos, los mismos o distintos, sigue siempre ahí. La institución, sus normas, sus repetidos actos de mecánica religiosa, sus intereses, no logran que la enfermedad mengüe. Si se quiere experimentar la nueva vida de un perdón regenerados habrá que alejarse de ella. A su sombra no se logra el beneficio de una vida perdonada.
  3. Una segunda marca es aquella que dice que llevaba treinta y ocho años enfermo. Treinta y ocho es cuarenta menos dos. Cuarenta es toda la vida, toda una generación. Al enfermo se le agota la vida. En los límites de la vida, cuando esta parece terminar es cuando llega la salud. Como dice el poema “¿Quién eres tú que vienes cuando todo parece terminar?”. No vale decir, mi vida está ya casi acabada, para lo que me queda déjalo como está…No, en los límites de la vida se nos da la salud. El perdón regenerados se da cuando peinas canas o ya ni las peinas.
  4. Dice el enfermo que “no tiene un hombre que le meta en la piscina”. Toda la vida en el desamparo, sin una mano amiga. Ese escenario legal le ha dado muchos correligionarios, pero no una mano amiga. El perdón solamente puede darse en ámbitos de fraternidad, en la acogida y el abrazo de quien, además de correligionario, resulta ser persona amiga donde se puede ser uno mismo ante el otro.
  5. La palabra sanadora de Jesús recurre a la técnica de los verbos intensificados: “Levántate, carga con tu camilla y echa a andar”. Podríamos ordenarlos de otra manera: a) Carga con tu camilla: encara tu limitación, acógela, mírala de frente, no huyas de ella, disciérnela; b) echa a andar: ponte en seguimiento, acoge los caminos del Evangelio, vuelve a él cada día, no te canses de mirar y remirar el rostro de Jesús en sus páginas; c) levántate: si haces esto, tu persona se levanta, resucita, surge la persona nueva, amanece otra posibilidad para tu vida.
  6. De manera que aquí se nos dan los mecanismos del perdón:
  • Lo más inmediato: hay que mirar a la propia limitación, a la propia camilla, sin situarse superficialmente, valorando bien nuestros caminos, fijándose sobre todo en los comportamientos éticos, lo que afecta de verdad a tu vida.
  • Ponte en seguimiento porque el camino del seguimiento, el volver a los valores del Evangelio puede ser el modo mejor de llevar la camilla, de situar y encarar tus limitaciones. Es la mejor terapia.
  • No creas que no es tiempo, por tu alta edad, por tu situación física o por tu desánimo moral. El perdón y la fuerza se te dan hoy mismo; hoy mismo hay un camino abierto para ti.
  • Apóyate en la fraternidad: el perdón, cuando viene de los hermanos, es el mejor perdón. Construye fraternidad para construir el buen perdón.
  1. La conclusión es clara: podemos endueñarnos, empoderarnos de nuestra camilla, de nuestra limitación, de nuestro pecado. Tenemos muchos medios para ello. No puede ser obstáculo definitivo para una vida hermosa de cara al Evangelio. La palabra de Jesús nos confirma en nuestras mejores intuiciones.

 

Carne soy y de carne te quiero

 

 

CARNE SOY Y DE CARNE TE QUIERO

El carisma desde los desafíos del mundo actual

 

            El título de estas notas pertenece a un poema de Alfonso Junco, poeta mejicano, que rezamos en Laudes del Viernes de la I semana. En él se aboga por una idea sencilla: la espiritualidad sin carne es un fantasma. Por eso, para entender a Dios, a Jesús y nosotros mismos es preciso partir de la “carne”, de la historia, de la vida. Si no, se corre el riesgo de construir algo fantasmal. Un fantasma es una realidad sin carne.

            Una manera de intentar poner carne a la espiritualidad carismática es mezclarla a los desafíos del mundo actual. Mezclar espiritualidad y reflexión social. Partiremos de la “verdad poética” porque en los buenos poemas encontramos una verdad con la hermosa carne de lo humano. Luego, y en esta semana de interiorización, haremos una “lectura social” de los signos del Evangelio de Juan. Es un tipo de lectura que apunta deliberadamente a la realidad social; no se queda meramente en los aspectos exegéticos. Desde ahí podremos sacar alguna conclusión para una vivencia carismática actualizada.

            Se quiere que esta semana una semana de interiorización. Por eso, además de la reflexión personal, tomaremos la forma de conversación fraterna. Hablar bien de valores espirituales es una forma hermosa de enriquecimiento espiritual. Nos daremos a ella con buen deseo.

 

1. UNA LLAMADA A LO ALTERNATIVO

 

  • La verdad poética

 

Libérame del reino de la cantidad.

no permitas que sea valorado

por el número de amigos o de seguidores

que pudiera tener en una cosa denominada red.
Haz para mí este milagro mínimo

como la hoja recién brotada del sauce,

invísteme de la sabiduría del árbol.

Haz que la conversación como un viento delicado

cruce de mi interior al de las otras.
Líbrame de las estadísticas, de los altavoces, de los muchos.
otorga transparencia a mi futuro.
                                                                                                                                                                       Juan Antonio González Iglesias – Confiado

 

            Un buen poema que puede ser una buena plegaria para comenzar este retiro: vernos libres por unos días de “la cantidad” de asuntos que nos ocupan. Vernos libres de su presión, no de su realidad. Aprender a mirarlos de manera ahondada, humana, para quitarles el veneno de la prisa y de la eficacia.

            Controlemos, por unos días, nuestro teléfono, nuestro email, nuestro guasap. Un poco de control y de silencio puede hacernos mucho bien. Hay que dejar espacio dentro para que suenen otras cosas, otras inquietudes, otros anhelos.

Aprendamos de la sabiduría del árbol, de la belleza de lo que tenemos delante. Que las piedras nos enseñen el silencio. Que los árboles nos den confianza en la bondad de esta hermosa tierra.

Que la conversación fluya recreadora, reparadora, amable y ahondada. Que nos digamos la bondad de lo creado y su sentido con palabras buenas sembradas en los pliegues del alma.

Que se nos libre de los altavoces, de los alborotos, de los números, de los años acumulados, de los muchos y de lo mucho. Que aprendamos la fuerza de los pocos, el valor de lo oculto, el gozo de lo secreto, por humilde que sea.

Que podamos vivir un futuro más abierto, más sencillo, más transparente, más alegre y sereno.

 

  • El signo de lo alternativo (Jn 2,1-12)

 

            De salida, es preciso superar dos perspectivas de lectura: la historicista y la sacramentalista. La primera trata el texto como una historia ocurrida a Jesús y su familia. Más allá de cualquier posibilidad, esa lectura es estrecha e improductiva de cara al Mensaje. La segunda es una evidente anacronismo difícil de sustentar. Hay que intentar alguna otra variable de sentido.

            El marco esponsal , es apropiado para hablar de cambios de una alternatividad que proviene de la adhesión, del amor. Efectivamente, el amor será el motor para tomar una postura alternativa. No se plantea esto por razones ideológicas, sino por los ignotos caminos del corazón. La invitación a la boda a Jesús y a sus discípulos genera el mejor marco posible para la alternatividad (“Hubo una boda en Caná de Galilea”:  v. 1).

            La primera parte del diálogo entre “la madre” y Jesús desvela la dificultad inicial para situarse en planos de comprensión equivalente. El modismo “¿Quién te mete a ti en esto, mujer?” (v.4) está indicando la diferencia de plano de los actantes: la mujer entiende desde el mesianismo potente, Jesús desde la entrega del reino que es un camino de alternatividad.

La madre y lo que representa, el Israel fiel que quiere dar un paso hacia la nueva comunidad, tiene hartas dificultades para entender los mecanismos del reino como cambio de adhesión, como alternatividad. Lo entiende en los modos mesianistas de la potencia, modos que afianzan la vieja adhesión pero que no abren a otras posibilidades. De ahí que la propuesta de la mujer “a los sirvientes” , cae en el vacío como apuntando a otra expectativa.

El paso a lo alternativo ha de darse cayendo en la cuenta de qué es aquello que se quiere abandonar, la vieja adhesión. En ese sentido, el v.6 es paradigmático: encierra en un verso “tallado” todo lo que para el cuarto Evangelio supone la vieja adhesión, la alianza primera desde la que es preciso desplazarse hacia la nueva comunidad.

Efectivamente, la metáfora de las tinajas vacías refleja esa realidad que ha quedado superada por la propuesta del reino. Se trata de una realidad fija, estática, inamovible, incapaz de adaptarse a los nuevos tiempos: “Estaban allí colocadas”, clavadas, estáticas, inamovibles.    

Eran tinajas “de piedra”, que tienen que ver, idiomáticamente incluso, con las realidades expresadas en una Ley inscrita en las “losas de piedra”. Es una realidad destinada “a la purificación de los Judíos”. Lo bueno de la purificación es, sin duda, el acercarse a Dios en condiciones de máxima pureza ritual. Pero la debilidad histórica demuestra que la persona es falible y debe recurrir constantemente al rito de purificación. Es decir, las tinajas pueden purificar, pero no solucionan la situación de la conexión con lo divino de raíz. O sea, purifican, pero no salvan.

Además, la purificación está en manos de los Judíos, de los dirigentes; ellos controlan y manipulan la realidad religiosa. Dios ha perdido el “control” sobre los mecanismos religiosos. Estos, se apropian de Dios. Por otra parte, la enorme capacidad de las tinajas cada una: unos seiscientos litros en total) está sugiriendo, con una cierta ironía, la ineficacia del viejo dinamismo: demasiada agua para un rito purificatorio que no consigue nada.

Y además, como se deduce del v.7, están vacías. Estatismo, vieja alianza, ineficacia, manipulación, inutilidad,  vacío, etc…, estos son los ingredientes que mezcla la comprensión que de la vieja adhesión tiene el cuarto Evangelio. No solamente por razones históricas, sino incluso literarias, se extrema la situación que se quiere abandonar para llenar de más sentido la nueva propuesta que se propone.

Esa nueva perspectiva viene depara por “el vino de calidad guardado hasta ahora”. El vino tiene una importancia decisiva como referente microcósmico en la antropología bíblica: simboliza la amistad compartida, el gozo participado, la alegría multiplicada. Y de ahí, la realidad de lo nuevo, el horizonte inesperado, la novedad que surge imparable, la utopía tocada con las puntas de los dedos. Todo eso está encarnado en el vino que es Jesús, Mesías guardado hasta ahora. Por eso la alternativa a las “tinajas”, a la alianza primera, es “el vino”, la realidad del Jesús que suscita vida, alegría y esperanza.

Tres personajes comienzan el itinerario nuevo de adhesión: los sirvientes que “habían sacado el agua” (v.9), el maestresala que testifica ente “llamando al novio” (v.9) y los discípulos que “le dieron su adhesión” (v.11). El verdadero signo no es el agua cambiada en vino sino el cambio de adhesión que abre las posibilidades de una época nueva de la historia. Es el milagro de la posibilidad de un cambio de adhesión, una alternatividad que abre a la esperanza, un situarse ante la realidad con el lenguaje de lo nuevo.

 

  • Para la conversación

 

-         La lectura de textos bíblicos ha hecho una costra en la VR, de tal manera que aunque leamos otra cosa nuestros oídos tienden a escuchar lo de siempre. Tendría que haber alguna forma de quebrar esa certeza. Quizá una manera sencilla sea la de “agarrarse a un detalles”. Y desde ahí descubrir el texto con una cierta novedad.

-         No se nos ha presentado a Jesús (quizá ahora un poco más) como un alternativo. Por eso mismo no se ha planteado la fe como una manera de vida alternativa. Sí en las formas religiosas, en las que quizá Jesús no se distinguió. Pero mucho menos en los modos de vida sociales.

-         Hay que pensar si una parte de nuestra debilidad cristiana y carismática no viene, justamente por la dificultad para generar alternatividad, por la escasa evocación que tienen nuestros estilos de vida. Si tuvieran más alternatividad tendrían más sentido, porque sentido y alternatividad van en la misma dirección (y viceversa).

-         ¿Cómo generar alternatividad en formas de amor, no tanto en maneras ideológicas?¿Cómo amar de maneras alternativas al hecho social?¿Qué es eso del amor social del que habla el papa Francisco?

 

  • Para la lectura

 

“El amor, lleno de pequeños gestos de cuidado mutuo, es también civil y político, y se manifiesta en todas las acciones que procuran construir un mundo mejor. El amor a la sociedad y el compromiso por el bien común son una forma excelente de la caridad, que no sólo afecta a las relaciones entre los individuos, sino a «las macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas». Por eso, la Iglesia propuso al mundo el ideal de una «civilización del amor». El amor social es la clave de un auténtico desarrollo: «Para plasmar una sociedad más humana, más digna de la persona, es necesario revalorizar el amor en la vida social –a nivel político, económico, cultural–, haciéndolo la norma constante y suprema de la acción». En este marco, junto con la importancia de los pequeños gestos cotidianos, el amor social nos mueve a pensar en grandes estrategias que detengan eficazmente la degradación ambiental y alienten una cultura del cuidado que impregne toda la sociedad. Cuando alguien reconoce el llamado de Dios a intervenir junto con los demás en estas dinámicas sociales, debe recordar que eso es parte de su espiritualidad, que es ejercicio de la caridad y que de ese modo madura y se santifica” (LS’ 231). 

 

 

  1. 2.      LAS POBREZAS COMO ALTERNATIVA

 

  • La verdad poética

 

Vivir de amor y de agua fresca -dicen-

como si fueran cosas diferentes.

El agua fresca que discurre o mana

de la tierra, esperando ser un trago.

Y el amor, que también busca la boca.

Lo mismo es el amor que el agua fresca.

Vivir del aire, sí, vivir del aire.

Vivir de nada, ser feliz con nada,

con casi nada, porque lo demás,

vendrá, si viene, por añadidura.

 

Confiado, Juan Antonio González Iglesias

 

            Puede parecer esto una lírica vacía, ya que nuestras vidas están repletas de cosas que pensamos que son imprescindibles. La metáfora “de amor y de agua fresca” evoca el arte sapiencial de poder vivir gozosamente sin almacenar cosas, sin sufrir por el no tener superfluo. Para eso hace falta ver el amor como el gran valor y la “frescura” de las cosas sencillas como algo al alcance de la mano. Eso despeja el horizonte que se nubla por el no tener.

            Cuando el agua fresca es “un trago”, algo que entra en la boca y en el estómago, es cuando los estilos de vida sencillos van tomando cuerpo real en nuestra manera de vivir. Se puede comenzar por cosas simples y se pueden ir sumando gestos. Beber “a tragos” lo sencillo de cada día, disfrutándolo, valorándolo, compartiéndolo.

            Y luego está el amor “que busca la boca”, el amor que entra por la boca, por las buenas palabras que salen de la boca, por el canto que sale de la boca, por los besos de verdad que salen de la boca.

            Ser feliz “con nada…con casi nada”, con esa nada de lo más elemental, de los goces más humanos, de las estructuras más simples que se pueda, de los estilos de vida que sean comprendidos y compartidos por quienes viven en sencillez, aunque sea por obligación. “Que os tire lo simple”, decía san Pablo (Rom 12,1-2).

            Lo que venga “por añadidura” no será para aumentar las cosas sencillas y volver a hacerlas complicadas. Será una “añadidura” de sencillez, de simplicidad. Con los años habríamos de decrecer.

 

  • Las pobrezas como alternativa

 

            Aún persiste la maldición de la pobreza y acompañará al devenir humano por mucho tiempo. No es fácil reorientar el curso de la historia. Es imposible hablar de alternatividad a quien sufre la dentellada de la pobreza severa. De ahí que se lea como una maldición y no como un posible lugar de encuentro, mucho menos como una alternativa a otra manera de entender el hecho social.

            Y, sin embargo, el pensamiento moderno va elaborando “teorías”, paradigmas de novedad, que tratan de integrar a las pobrezas en el pensamiento humanista actual no solamente como una parte del mismo sino como un dinamismo que puede tener una cierta decisividad. Planteamientos como los de la civilización de la pobreza, la economía del bien común, la sobriedad feliz, el decrecimiento, etc., tienen a la base el anhelo de integrar el mundo de las pobrezas en la economía real, creyendo que todo ciudadano ha de tener el derecho a una vida digna. Es lo que el Papa Francisco llama la economía de inclusión.  Son profecías sociales que confluyen con el fondo mismo del Evangelio.

            A veces se dice que el cristianismo es propio de una sociedad de pobres que no ha sabido elaborar una mística compatible con una sociedad del bienestar. Quizá por eso haya que intentar una lectura de los textos bíblicos conectada a esta sociedad del llamado bienestar. En ese caso se podría intentar, al filo de textos como Jn 2,1-11, una lectura del bienestar desde la justicia debida a los empobrecidos. Y ello no solamente para censurar los indudables desmanes de tal bienestar, sino también para percibir la parte que se adeuda a los empobrecidos por razones de equidad, de justicia o de mera reparación histórica.

            Desde ahí podría entenderse el mundo de las pobrezas como un mundo positivamente alternativo: cuando las pobrezas entran en la dinámica de la economía real las posibilidades de un mundo humano se acrecientan; cuando los empobrecidos van ocupando el sitio que les corresponde en las estructuras económicas se genera un horizonte de más luz para lo humano. Así las pobrezas pueden ser alternativa social y económica saludable, no solamente un peso para una economía de mercado que, a la postre, se sacude la desagradable carga de los pobres.

            ¿Puede la sociedad encontrar salida por la aportación de las pobrezas? Sin duda, ya que su colaboración al horizonte de la justicia, a la utopía de lo humano, al sueño de la fraternidad social puede ser decisivo. Ese es, quizá, el “vino guardado hasta ahora”, el dinamismo en el cual no se termina de creer, el potencial menospreciado que espera a ser puesto en marcha, a ser considerado como una posibilidad para que la historia humana tome otros derroteros. Matar estos sueños, considerarlos “oxidados”, pasados de moda, inservibles, no puede ser sino una ceguera propia de personas que quieren ceder su secular parcela de poder.

 

  • Para la conversación

 

-         Emparejado a una creciente preocupación por el medio ambiente, va entrando, poco a poco, la espiritualidad del decrecimiento. Puede ser algo muy saludable, muy “curativo”, para nuestros desmanes consumistas. ¿Cómo hacerle sitio a esta espiritualidad tanto a nivel personal como comunitario?

-         Ellacuría solía hablar de la civilización de la pobreza, esa manera de entender el hecho humano desde la solidaridad que demandan las pobrezas. El problema de la VR no es el voto de pobreza, sino las pobrezas (en plural), lo que le importan las pobrezas realmente y lo que se hace por que brote la solidaridad que tiende a igualar.

-         Eso nos lleva a preguntarnos sobre la sensibilidad por la desigualdad, que es el veneno de la economía que mata. Percibir la desigualdad y tener actitudes de colaboración para que mengüe todo lo posible.

-         La sobriedad feliz es el arte de aprender a disfrutar con lo sencillo, con lo más humano (la comida, el paseo, el sueño, la lectura, la música, la contemplación de lo creado, la oración). Narrar algún pequeño itinerario personal que vayamos construyendo en estA tesitura.

 

  • Para la lectura

 

“Así como el mandamiento de «no matar» pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad». Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del «descarte» que, además, se promueve. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son «explotados» sino desechos, «sobrantes» (EG 53).

 

 

  1. 3.      CONSTRUIR EL CAMINO HUMANO

 

* La verdad poética

 

            Una araña negra cruza el camino.

            De pronto se detiene, asustada

            por mi sombra, que la cubre por entero.     

La amenaza es pavorosa

y, lejos de su red, la araña se siente desprotegida.

La vida se ha hecho incierta,

un error del instinto.

Ya nada será igual.

Ya nada es igual cuando aprendemos

que existe la sombra de un intruso en el camino.

 

Rafael Argullol

 

            Somos una araña asustadiza, temerosa. Como decía Hobbes, cuando nacemos, nacemos gemelos, el mido y nosotros. El miedo es el que nos deshumaniza, el que nos impide construir caminos de humanidad. El gran trabajo de vivir sin miedo, o con los miedos lo más controlados posible.

            La sombra del otro es, a veces, una amenaza pavorosa para nuestros planes, para nuestros caminos, para nuestros anhelos. ¿Cómo ver al otro no como un enemigo a la puerta, sino como una posibilidad a la mano?

            La vida pierde su incertidumbre cuando el otro entra en nuestros planes de vida, en nuestro horizonte existencial. Si siempre necesitamos público es algo que habrá que revisar porque seguimos en nuestra propia orilla, sin haber pasado a la orilla del otro.

            El otro podría ser no una sombra amenazante, no un “infierno” como decía Sastre, sino una posibilidad, un acompañante, un colaborador/a en la obra de lo humano,

 

* El signo de reconstruir personas: Jn 4,46b-54

 

            Considerar los milagros como signos de poder, generar posiciones dogmáticas en base a tal poder es, probablemente, errar profundamente en la interpretación de los signos joánicos. No son señales de poder, sino signos de vida, signos que apuntan a la génesis y comprensión de un nuevo estilo de vida. Si tal preocupación no surge de la interpretación, posiblemente estamos equivocados en la orientación.

            En este signo hay que considerar las marcas del dinamismo narrativo. Ellas nos indican la posible ruta a seguir en la interpretación. Está, en primer lugar, la marca del personaje del funcionario real, verdadero replicante del personaje Jesús. Este comienza siendo un “funcionario real”, descrito por su función social y política, no por alguna de sus componentes personales. La propuesta de curación la hace desde su ser padre (“que curase a su hijo”), pero sigue siendo funcionario (v.49). Mientras no se baje a otro nivel de mayor profundidad antropológica es difícil plantear un signo como señal de vida. Es por eso que, una vez recibido el mensaje del signo (“ponte en camino”: v.50), el funcionario pasa a ser un “hombre” (“se fió el hombre”:  v.50). Es el hombre quien se pone en camino, quien acepta la posibilidad de una fe activa para él como signo de vida (queda desplazado el acento de significación de lo meramente narrativo, el enfermo, a lo humano). Cuando el hombre comprueba la eficacia del planteamiento de vida de Jesús, que si entras en el dinamismo del seguimiento, lo más tuyo, el ser padre, vive, el funcionario-hombre deviene “padre”  (“Cayó en la cuenta el padre”: v.53), persona rehecha, reconstruida. Es decir: la propuesta de Jesús, el seguimiento, es un dinamismo que reconstruye lo más vivo de la persona. El verdadero signo no es que el niño salga de las garras de la muerte, sino que la persona (tipificada como padre), si acepta la propuesta de Jesús y entra en su dinamismo (“Se puso en camino”) termina viviendo. El signo de un dinamismo para la vida. El seguimiento es un dinamismo que da vida, que engendra espiritualidad.

            Una segunda marca es la correspondiente al niño enfermo. Es un “hijo” (vv.46b.47) que en la boca de padre y en su paradigma inicial es un “chiquillo” (v.49). Indica afecto y dominio, cariño y sobreprotección, amor y dependencia. En boca de Jesús es un “hijo” (v.50). Los criados lo conceptúan como un “chico” (v.51). Al final termina siendo de nuevo un “hijo” (v.53). El dinamismo de un seguimiento activo lleva a abandonar posiciones de dependencia envueltas en afecto para dejar a la persona en toda la talla de su dimensión humana (como “hijo”), más allá y por encima de toda limitación. Los dinamismos del seguimiento construyen la persona del débil, además de la persona del padre.

            Finalmente, la otra marca de actantes del relato es el coro de personajes que envuelven a los actores principales. Hay un coro de un componente un tanto implícito en el plural “veáis” del v.48. Es el marco de una cierta hostilidad. O, si se prefiere, aquellos que quieren signos maravillosos, no planteamientos implicativos de vida. Otro conjunto son los “siervos” (v.51) que significan los proclives a una cierta aceptación de los dinamismos reconstructores del reino. Y, luego está “la familia”, la casa (v.53) que tipifica a quienes han entrado de modo comunitario en la propuesta de Jesús. Es decir, el grupo en torno al padre hace un itinerario de reconstrucción hasta llegar a ser familia, buena relación, constructo humano. Ellos también dejan ver que salen beneficiados de la aceptación del dinamismo humanizador de la propuesta de Jesús.

            Lo que se está manejando aquí es el gran signo de reconstruir personas, grupos humanos. El dinamismo de la propuesta de Jesús tiene la fuerza para poner en pie el gran “milagro” de que vaya brotando la persona nueva, los frágiles integrados, las relaciones comunitarias de contenido humano, el gran sueño de “la ciudad de los seres humanos”, de la que hablaban los monjes del desierto. Un dinamismo, el del reino, para la profunda humanización.

 

* Para la conversación:

 

-         Hay que reconocer que la persona se “deteriora” por el precio histórico que le toca pagar, a unos más que a otros. Habrá que ser comprensivo con tal deterioro, propio y ajeno, sin que apague el anhelo de caminos de más profunda humanidad. Sucumbir al deterioro sería una gran pérdida.

-         Y dando un paso más: ¿cómo aprestarse, con paz y tenacidad a la vez, a construir cordialmente el camino humano como mejor modo de entrar en el secreto de la vida y en misterio mismo de Dios? Animarse a lo humano ¿es poco? Situar la experiencia creyente en el paradigma de lo humano ¿es poco? Enamorarse de lo humano ¿es poco?

-         Situados en la burbuja religiosa, lo humano queda en segundo plano, al servicio de la causa creyente o religiosa. ¿Cómo hacer un camino de fe humana? ¿Cómo elaborar una dogmática humana, antidogmática? ¿Perdería la persona de Jesús? ¿Se perdería el misterio del Dios inabarcable?

-         Restaurar lo humano allí donde es menos considerado, donde su valor está más oculto, donde no se escucha el grito de justicia que exige una consideración humana es una forma eximia de experiencia creyente, aunque no aparezca el lenguaje explícitamente religioso.

 

  • Para la lectura

 

“El desafío urgente de proteger nuestra casa común incluye la preocupación de unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral, pues sabemos que las cosas pueden cambiar. El Creador no nos abandona, nunca hizo marcha atrás en su proyecto de amor, no se arrepiente de habernos creado. La humanidad aún posee la capacidad de colaborar para construir nuestra casa común. Deseo reconocer, alentar y dar las gracias a todos los que, en los más variados sectores de la actividad humana, están trabajando para garantizar la protección de la casa que compartimos. Merecen una gratitud especial quienes luchan con vigor para resolver las consecuencias dramáticas de la degradación ambiental en las vidas de los más pobres del mundo. Los jóvenes nos reclaman un cambio. Ellos se preguntan cómo es posible que se pretenda construir un futuro mejor sin pensar en la crisis del ambiente y en los sufrimientos de los excluidos” (LS’ 13).

 

 

4. UNA SOCIEDAD CONSTRUCTORA DEL CAMINO HUMANO

 

La pregunta mil veces repetida:

¿Por qué lo haces

si es contrario a lo que opina la mayoría?

No cambiarás nada

ni sacarás ningún provecho de ello.

No lo hago para sacar ningún provecho

ni para cambiar nada.

Lo hago porque tengo que hacerlo

y por mí mismo.

Ante esto, reconócelo,

la mayoría no cuenta.

 

                                               Rafael Argullol

 

  • Dinamismos sociales que construyen la comunidad humana

 

            El signo joánico de Jn  4,46b-54 habla de dinamismos reconstructores de la persona. Pero más que de reconstrucción sería bueno hablar de simple construcción. Un imaginario muy influenciado por una mentalidad moralista sigue creyendo que la persona, la sociedad, han perdido un “paraíso” y hay que reconstruirlo. Pero, en realidad, es una mera construcción lo que está en juego, la construcción del camino humano, de la buena relación, del reinado de Dios, diría Jesús. Hay que aprestarse a la construcción como quien cumple una tarea, no como quien recompone ruinas.

            Un ámbito primario de construcción es la sociedad, algo que se entrelaza y depende de la construcción de la propia persona. Si subrayamos la construcción de la sociedad es porque creemos que la de la persona depende de aquella y no de ésta. Así es, las dificultades personales de construcción, aunque enraizadas en la estructura humana, dependen, en gran medida, del desarrollo constructivo de lo social. De ahí que haya que incidir en ello y percibir lo que los textos evangélicos pueden aportar a tal construcción de lo social.    

            ¿Qué clase de dinamismos son los que construyen el hecho social? ¿Qué puede aportar el EvJn a tales fuerzas?

            Obran dinamismos como el de la amistad cívica. El concepto de «amistad cívica» ha quedado sencillamente definido por A. Cortina: «La amistad cívica…sería más bien la de los ciudadanos de un Estado que, por pertenecer a él, saben que han de perseguir metas comunes y por eso existe ya un vínculo que les une y les lleva a intentar alcanzar esos objetivos, siempre que se respeten las diferencias legítimas y no haya agravios comparativos». Este cimiento de la amistad cívica es ineludible si se quiere hablar de construcción social. Sus implicaciones son múltiples. Que el hombre que se acerca a Jesús en Jn 4,46bss sea un “funcionario real”, uno al servicio de un sistema que Jesús rechaza, no es obstáculo definitivo para que entre en relación con él. Viven en un mismo marco social y las necesidades personales se hacen comunes.

            Otro dinamismo es la certeza de que los bienes han de tener un uso común. La “sagrada” doctrina de la propiedad privada que las religiones han consagrado con frecuencia, está siendo considerada desde otro punto de vista por el actual magisterio de la Iglesia: “La tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada y subrayó la función social de cualquier forma de propiedad privada” (LS’ 93). Es justamente esa función social la que se apunta en el relato de Jn 4,46bss: al final de todo proceso es la “familia”, la casa, la que sale beneficiada del dinamismo de construcción del seguimiento propuesto por Jesús. Este dinamismo no se reduce ni se refiere en su techo a lo privado, sino a lo público.

            Además, un dinamismo hondísimo en la construcción de lo social es la respuesta que se da al dolor ajeno. Mientras el dolor no rebase los límites de lo personal, mientras solamente el dolor propio ocupe todo el ámbito del sufrimiento, mientras los dolores sociales no sean dolores propios, no se habrá llegado a entender y vivir de modos nuevos el hecho social. Tiene razón el filósofo P. Ortega cuando dice que «la primacía del otro nos constituye en sujetos morales cuando respondemos de él». Es decir, la respuesta al sufrimiento ajeno nos hace sujetos morales, dice qué tipo de personas somos. Aplicando ese parámetro de construcción social a Jesús en Jn 4,46bss el resultado es claro: Jesús ha sido un totalmente preocupado por el sufrimiento ajeno. Por ello, ha contribuido decisivamente a la construcción social. El seguidor se apunta a esa dirección.

            Y un cuarto dinamismo de construcción social es la tenacidad en los trabajos por lograr la equidad humana, cosa que es más que la simple igualdad. Se trata de posibilitar al expoliado medios adecuados para que pueda abandonar su marginación. Lógicamente tales medios habría de ser socialmente más generosos cuanto más marginada esté la persona. La evidencia de la inequidad es tal que pensar en un constructo social fraterno obviando tal evidencia es abocarse al fracaso. La situación de desigualdad de quien ve que se le muere el sentido (funcionario de Jn 4,46bss) está demandando una generosidad social que Jesús encarna en el socorro prestado.

            Una fe que se une al esfuerzo histórico de construir la sociedad es la que se deduce de los signos de vida de Jesús. Darle a la Palabra este trasfondo social no merma la posibilidad de otras lecturas, pero abre a horizontes antropológicos y sociales de mayor calado.

 

  • Para la conversación

 

-         Aún hay que avanzar mucho en este país (en nuestras propias comunidades) en el tema de la amistad cívica: tolerancia, respeto, sentido crítico, denuncia, etc. ¿Por qué la VR es una instancia de poca operatividad en este asunto? ¿Por qué hay una conciencia colectiva, corporativista, de que los nuestro es “la derecha” sin más? ¿Hay posibilidad e flexibilizar esto.

-         La defensa de la propiedad privada es, en ámbitos religiosos, una siembra de sal, por más legal que sea. Sobre todo cuando es una defensa a ultranza (El tema de las inmatriculaciones, por ejemplo). ¿No podría ser la VR más imaginativa, más social, en estos temas? ¿Hemos de recurrir siempre a la profecía de los pocos mientras la estructura queda, al parecer, prácticamente intocada?

-         La respuesta al dolor ajeno hace a la VR más creíble que todos sus votos y toda su religiosidad. La sociedad es generosa con quien va por esa senda y pasa por alto muchas de nuestras “peculiaridades”.

-         El anhelo de la equidad habría de hacernos “militantes” en ese punto. Ahí estaría el componente profético de la VR. No tendríamos que dar crédito a leyendas urbanas que minan la equidad y la simple igualdad.

 

  • Para la lectura

 

“Deberían exasperarnos las enormes inequidades que existen entre nosotros, porque seguimos tolerando que unos se consideren más dignos que otros. Dejamos de advertir que algunos se arrastran en una degradante miseria, sin posibilidades reales de superación, mientras otros ni siquiera saben qué hacer con lo que poseen, ostentan vanidosamente una supuesta superioridad y dejan tras de sí un nivel de desperdicio que sería imposible generalizar sin destrozar el planeta. Seguimos admitiendo en la práctica que unos se sientan más humanos que otros, como si hubieran nacido con mayores derechos” (LS’ 90).

 

 

  1. UN SEÑORÍO PARA LOS ATRAPADOS

 

  • La verdad poética

 

Honrado sea el hombre,

generoso y bueno

pues sólo eso lo diferencia

de todos los seres que conocemos.

 

¡Gloria a los ignotos,

elevados seres que presentimos!

A ellos se iguala el hombre

su ejemplo nos enseña

a creer en aquellos.

 

                                   W. Goethe

 

Honrado sea el hombre generoso y bueno: Merece honor, más allá y sin contar con vanas alabanzas o premios internacionales. La persona generosa y buena, y toda persona puede serlo, merece honra, merece aprecio y estima. Al final de todos los procesos humanos, de la vida misma, la pregunta por la generosidad y la bondad es la gran pregunta. Ser bueno, en el buen sentido de la palabra, como decía A. Machado en su poema “Retrato”. Ser bueno es un ideal divino y ser generoso también. La misma honra que Dios recibe por su bondad, la reciben las personas buenas por la suya. No importa que tal honra no tenga los ribetes de la valoración social. Las personas buenas y generosas hablan el lenguaje de la Pascua, derroche de vida de Dios en Jesús y prueba total de que Dios sigue siendo bueno con sus criaturas.

Pues solo eso le diferencia de todos los seres que conocemos: Porque la bondad y la generosidad brotan de un corazón que quiere entregarse no únicamente por instinto o por imperativos biológicos, sino por “las razones del corazón”, de las que hablaba B. Pascal. Es verdad que, con frecuencia, la animalidad de lo humano deja pequeña la fiereza de los animales. Por eso cantaba R. Carlos que quería ser “civilizado como los animales”. Pero la generosidad y la bondad encumbran a la persona a un nivel superior, el nivel del amor. Por ello, el “encumbrado” en la resurrección, Jesús, lo es por su total generosidad y bondad. Quienes caminan en esa dirección andan las mismas sendas que Jesús.

¡Gloria a los ignotos, elevados seres!: Ya que son personas que, de una manera u otra, han tenido el convencimiento de la importancia del cultivo de una resistencia íntima que, volcada en actitudes concretas, nos proteja de las ideologías, de las modas y de cualquier inhumanidad. Gente resistente desde sus creencias, sus logros, sus certezas, sus amores nunca traicionados. Personas desconocidas que, al resistir el embate de lo humano, se han “elevado”, aunque los veamos recorrer los mismos caminos que todo el mundo. Elevados seres porque en ellos habita una verdad inapelable: la de que la vida, por humilde que sea, es un don de amor. Ignotos que andan el mismo camino del ignoto Jesús de quien nadie dio cuenta y cuya muerte y resurrección no quedó registrada en ninguna página de la historia.

Su ejemplo nos enseña a creer en aquellos: Por estos ignotos que no asoman en casi ningún registro se mantiene, aún viva, la fe en el valor de la persona. Ellos cambian, por su amor sin esperanza, el rumbo de la historia. En ellos encontramos razones y contrapeso a la infinita y diaria maldad de no pocos humanos. Gente que engendra fe en lo humano, el cimiento de toda fe. Si ellos desaparecieran, el mundo se sentiría perdido. Personas que, como el Resucitado, nos devuelven la fe, siempre en riesgo, de que el corazón de la persona es la casa en la que podemos albergarnos sin temor.

 

* La posibilidad de un señorío histórico: Jn 5,1-9a

 

            Tras la guerra del 70, las instituciones judías estaban bajo mínimos. Por eso, la crítica que el EvJn hace a las mismas, al Templo sobre todo, tiene una gran carga significativa; se cuestiona no tanto el Templo de Jerusalén y sus mecanismos, sino la mentalidad religiosa que pretende hacer de una institución caduca la mediación necesaria para la experiencia creyente. Para entender desde un lado social el signo del pueblo enfermo y del inválido que camina de Jn 5,1ss se precisa tal telón de fondo. La evidencia de la confrontación queda marcada desde el v.1: “los Judíos”, que son los dueños de la ciudad, por un lado y “Jesús que sube a Jerusalén” por otro (v.1).

            Así es; al situar el relato en la piscina que esta “junto a la puerta de las Ovejas” (v.2) estamos en los aledaños del Templo, a su sombra, en su radio de influencia. Una puerta construida por el sumo sacerdote y sus parientes. Un lugar donde no se genera la vida porque ahí “yacía una muchedumbre” (v.3). Todos los detalles narrativos (la elipsis “Ovejera”, la conexión “ovejas-muchedumbre”, el “foso” como separación de la ciudad, etc.) empujan en la dirección de una imposibilidad: esa muchedumbre permanente es el evidente fracaso del Templo, su mediación no sirve para dar salud, sigue produciendo gente sometida que espera lo que nunca va a ocurrir.

            Se individualiza el problema del sometimiento a la estructuras en uno de los sometidos: “un hombre que llevaba allí treinta y ocho años con su enfermedad” (v.5). Esclavo de su enfermedad, sometido a ella. La enfermedad es la dueña, la señora de su vida. Todo está ordenado desde ella, hasta la creencia de que se puede salir de ella en una mediación que no solamente no le aporta nada sino que quita el horizonte de su vida.  Una vida entera sin futuro. Una persona que da fe a una ideología que no le aporta nada, atrapado en un mecanismo sociorreligioso que no le saca del nicho asignado: enfermo. Sometido y sumiso, esclavizado y sostenedor del sistema que lo esclaviza. Cada día de cada año que va a la piscina ratifica su condición de sometido y santifica al sistema que lo excluye.

            La pregunta motiva el signo. La locución “¿Quieres ponerte sano?” (v.6) tiene un alcance amplio considerando el contexto: la cuestión no es la mera salud física, sino la salud social y religiosa. Se demanda si se quiere pasar a otra alternativa, vista la ineficacia de la oficial. Se pregunta, al rescoldo de libertad que anida en toda persona, si se quiere, todavía, empezar otro camino, creer que es posible adueñarse de la pobre existencia de un marginal para devenir dueño de sí mismo, «capitán de su alma». La respuesta del marginal corrobora la profunda soledad existencial que no llega a tocar ni de lejos la institución ineficaz: “no tengo un hombre” (v.7). La institución oficial no es mediación de humanidad, camino único para el enseñoramiento de la propia vida.

            Jn 5,8 es un verso muy bien construido. Recurre a la técnica de la intensificación de los verbos. Éstos, efectivamente, al concitar la acción de la oración, admiten muchos matices de intensificación que aportan sentidos matizados y nuevos, más incluso que la intensificación de adjetivos y adverbios. En ese caso, la expresión “Levántate”  está aludiendo a una especie de “resurrección”, un estilo de vida nuevo, algo radicalmente impensable hasta ahora, una vida “sana” como se dirá luego (v.9b). La locución “carga con tu camilla”  alude a la posibilidad de liberación, al señorío de que sea la persona la que lleve la camilla y no al revés como hasta ahora, además de que se conculque la norma de la institución que dice que no se pueden transportar cosas por el recinto del Templo en día de fiesta. Y la frase “echa a andar” alude al echar a andar que propicia el seguimiento, el andar de una vida nueva, el nuevo caminar, la nueva senda de vida lejos del sistema.

            Es decir, se está dibujando el perfil de la persona que logra, in extremis, escapar de la opresión del sistema socioreligioso y da con un camino de señorío personal que le facilita la propuesta de Jesús. Ese va a ser el verdadero signo: la adquisición de tal señorío, por imposible que parezca. La inmediatez y corroboración del v.9b lo deja claramente expresado “Inmediatamente se puso sano el hombre, cargó con su camilla y echó a andar” ( v.9b). La tesis es clara: si se opta por la liberación de Jesús, si se “anda” con él, y se encara la opresión del sistema tipificado en “la camilla” cargada al hombro, brota la persona “sana”, señora de sí misma, no dependiente de mediaciones que son, a la larga, una soga al cuello. La hermosa posibilidad de señorío más allá de toda limitación.

 

  • Para la conversación

 

-         La fe tendría que ser para la humildad, no para la humillación. Dios nos quiere humildes, no humillados. “No digamos a Jesús lo que, al menos, no diríamos a un buen amigo” (Queiruga).

-         Si anhelamos el señorío sobre la vida, dentro de los límites, es preciso alejarse todo lo posible de un sistema (social o eclesial) que sojuzga al débil.

-         Para construir el señorío habría que liberar del fantasma de la soledad que lleva al sometimiento. La manera mejor de luchar contra la soledad es ayudar a habitar la propia soledad y sumar soledades de manera constructiva y amparada.

-         ¿Cómo ir construyendo un estilo de seguimiento para el empoderamiento del débil? Contribuir a tal empoderamiento es m el rostro del verdadero seguimiento.

 

  • Para la lectura

 

“Llama la atención la debilidad de la reacción política internacional. El sometimiento de la política ante la tecnología y las finanzas se muestra en el fracaso de las Cumbres mundiales sobre medio ambiente. Hay demasiados intereses particulares y muy fácilmente el interés económico llega a prevalecer sobre el bien común y a manipular la información para no ver afectados sus proyectos. En esta línea, el Documento de Aparecida reclama que «en las intervenciones sobre los recursos naturales no predominen los intereses de grupos económicos que arrasan irracionalmente las fuentes de vida». La alianza entre la economía y la tecnología termina dejando afuera lo que no forme parte de sus intereses inmediatos. Así sólo podrían esperarse algunas declamaciones superficiales, acciones filantrópicas aisladas, y aun esfuerzos por mostrar sensibilidad hacia el medio ambiente, cuando en la realidad cualquier intento de las organizaciones sociales por modificar las cosas será visto como una molestia provocada por ilusos románticos o como un obstáculo a sortear” (LS’ 54).

 

 

  1. CONSTRUIR EL SEÑORÍO

 

  • La verdad poética

 

Los templos están vacíos,

y los jóvenes no se muestran preocupados

por aquel exótico más allá

que tanto obsesionó a sus antepasados.

La vida viaja sola

en su travesía de la oscuridad.

Quizá sea por ceguera,

quizá sea por comodidad,

quizá –simplemente- sea

porque después de tantos milenios

de lamentaciones sin respuesta

no hay nada que lamentar.

 

                                   Rafael Argullol

 

            Se ha insistido en el más allá y no en el señorío al que apunta el programa de Jesús. ¿Qué habría ocurrido si se hubiera empujado en la dirección del señorío?

            Es verdad que la vida viaja sola. Pero quizá sea una soledad acompañada. Eso da otro matiz a la cosa.

            No haríamos nada con seguir instalados en el lamento (oración de petición) y no demos pasos en la dirección del gozo y del riesgo del señorío.

 

  • El señorío: posibilidad que se construye

 

            Para muchas personas, para una notable parte de la humanidad, hablar de señorío sobre sus vidas puede parecer insultante de tan dura y oprimida que es su existencia. Para el resto, sin ser la cosa tan dramática, sin ser algo tan extremo, puede resultar ilusorio hacer la propuesta de un enseñoreamiento del camino histórico. Y, sin embargo, hay algo en las entrañas de lo humano que le hace aspirar al señorío y no al sometimiento. Ni siquiera la culpa de fondo o el pecado religioso añadido logran extinguir ese anhelo.

            Pero este señorío, si es que se considera una utopía sostenible, no va a venir llovido del cielo, sino que ha de ser construido pieza a pieza, esfuerzo a esfuerzo, alternando fracasos con éxitos. La propuesta del Evangelio es la de una herramienta para construir ese señorío. Por eso Jesús «sacaba asnos de la zanja en sábado». La metáfora, rural, evoca el esfuerzo por construir los procesos históricos de liberación social.

            El texto de Jn 5,1ss marca la sendas de lo que puede llevar al señorío de lo humano más allá de la fragilidad. En primer lugar  es una cuestión de lucidez ante la evidencia del sistema y nuestra pertenencia inevitable a él. Mientras se le haga el juego al sistema de manera indiscernida, éste se frota las manos. Por eso, todas las sendas sociales “adespóticas”, alternativas, tanto en economía como en pensamiento político son el camino para el señorío. Que el sistema se presente como un torrente que anega el todo de la vida social no ha de ser óbice para pensar que tal torrente puede ser en parte sorteado y con ello, de alguna manera, frenado.

            Además resulta necesaria la conciencia de responsabilidad personal y colectiva. Echar el peso de la construcción del señorío a fuerzas ajenas a uno mismo, es inhibirse del trabajo que a cada cual corresponde para que este asunto pueda, siquiera, alborear. El sistema desrresponsabiliza; ahí se halla uno de sus recursos. Y cuando nadie es responsable, el proceso se detiene. Por eso es tan necesario el compromiso privado y el público. Pretender señoríos esquivando la responsabilidad es pretender lo imposible.

            Una tercera senda es aquella que humaniza,  que sana en la base de lo humano. La preocupación por la humanización es la primera de todo proceso de construcción del señorío y de toda espiritualidad. Una humanización de los sectores más delicados y resbaladizos de la existencia humana, como son los asuntos que tocan a la vida (manipulación genética, ingeniería genética, ética de los límites, etc.), por problemáticos que sean, contribuyen de manera decisiva al enseñoreamiento de la vida.

            Finalmente un cuarto camino es mantener vida la fe en las posibilidades de las personas. O lo que es lo mismo: mantener viva la certeza de la bondad esencial de lo humano, por encima del torrente de maldad que anega el caminar histórico. Si se pierde esta fe, hablar del señorío de la vida es impensable.

            Puede parece que hablar de “señorío” es algo de una soberbia histórica inaceptable, vista la insignificancia que el planeta tierra representa en el conjunto del cosmos. Pero el anhelo no es proporcional a la magnitud física sino a la del corazón. Y ese anhelo de una vida “señorial” en los límites de la historia es algo permanente en el dinamismo utópico de la vida.

 

  • Para la conversación

 

-         La nueva sociedad hay que forzarla para que pueda ser. Los trabajos por el señorío de lo humano son trabajos divinos (Dios mismo hace eso). Junto al saluda sentido de los límites habrá que poner el trabajo por no renunciar a horizontes de señorío.

-         Para los trabajos de enseñoramiento es mucho más import6ante la lucidez que la generosidad. Lucidez para tomar decisiones a la hora de querer construir el señorío, con las consecuencias que eso tiene.

-         Crecer en responsabilidad, hacer bien lo que uno hace, cumplir la palabra, ser fiel en lo prometido son caminos sencillos y cotidianos para el enseñoramiento.

-         ¿Cómo acompañar con ternura los problemas éticos, por muy resbaladizo que sea el terreno en que se enmarcan? Mejorar la manera de pensar, amparar la manera de actuar, pasar a una cierta “militancia”.

 

  • Para la lectura

 

“Un cambio en los estilos de vida podría llegar a ejercer una sana presión sobre los que tienen poder político, económico y social. Es lo que ocurre cuando los movimientos de consumidores logran que dejen de adquirirse ciertos productos y así se vuelven efectivos para modificar el comportamiento de las empresas, forzándolas a considerar el impacto ambiental y los patrones de producción. Es un hecho que, cuando los hábitos de la sociedad afectan el rédito de las empresas, estas se ven presionadas a producir de otra manera. Ello nos recuerda la responsabilidad social de los consumidores. «Comprar es siempre un acto moral, y no sólo económico». Por eso, hoy «el tema del deterioro ambiental cuestiona los comportamientos de cada uno de nosotros»” (LS’ 206).

 

 

  1. 7.      ESPIRITUALIDAD SOCIAL DEL COMPARTIR

 

  • La verdad poética

 

Quiero echar mi suerte

en el lado de la bondad,

en el campo del corazón,

en el huerto del amor.

 

Por eso he comenzado

por abandonar la telaraña

de los mezquinos.

 

Quiero tocar el espíritu

de quien es humano.

Esa es mi opción.

 

            Para captar la espiritualidad del compartir es preciso echar la suerte en el lado de la bondad, creer de verdad en el “dogma” de la bondad humana, más allá de nuestras evidentes limitaciones. ¿Cómo se va a compartir nada con quien no se cree bueno?

            En el campo del corazón y en el huerto del amor. Valorar la igualdad, la equidad, desde planteamientos meramente economicistas quizá sea planta sin raíz. Porque cuando se entra en el campo del corazón, en el huerto del amor se puede abrir la mano cerrada por el egoísmo.

            Quizá haya que comenzar por alejarse de la mezquindad, esas razones que lo son tales, pero que nos alejan de la mirada y de la vida del otro. Así se tocará el espíritu, el perfil de quien es humano, aunque esa humanidad esté oculta.

            Una opción. Algo que se elige cada día. Una opción que se renueva tras cualquier fracaso. Una certeza que se mantiene en el fondo del corazón, contra viento y marea.

 

* El signo del compartir desde la pobreza: Jn 6,1-13

 

            De entrada hay que decir que la lectura de este texto se hace cada día más desde perspectivas sociales. El historicismo con el que se ha enfocado siempre el relato ha dejado paso, quizá por influencia de la secularización o del mero sentido común, a una lectura de tipo más social. La evidencia de que los valores sociales y económicos, entendidos en sentido amplio, son telón de fondo de muchos pasajes evangélicos queda aquí confirmada una vez más.

            Este relato figura en los cuatro evangelios (Mt y Mc lo narran dos veces) y tiene como antecesor veterotestamentario a 2 Re 4,42-44, lo que da ya una idea de cómo construyen los relatos los autores del NT. Un modo posible de abordarlo con cierta novedad sería la racionalización de la narración. No se trata, simplemente, de seguir la huella de la narración, sino de racionalizarla desde la posición del lector. No hay que olvidar que él es parte principal, gestor del hecho de lectura.

Comienza la narración planteando un escenario peculiar: geográficamente se sitúa “al otro lado del mar de Galilea” (v.1). Estamos en territorio pagano. La propuesta de nueva economía que se va a hacer no está supeditada a marcos religiosos, sino que se dirige a cualquier persona. Y, si se apura el sentido de la narración, más a no religiosos que a éstos, ya que aquellos son más libres para dar un tipo de adhesión que no demanda fe en Dios, sino fe en la sociedad y sus dinamismos.  Además, subraya el texto que la causa de que haya un alto número de seguidores es porque “percibían las señales que realizaba con los enfermos” (v.2). Es por causa de la bondad básica, esencial, por lo que Jesús atrae. Ese mismo parámetro ha de regir la propuesta de una economía del compartir: es una economía sanante, curativa, para el hecho humano. La mención del “monte” y el hecho de “estar sentado allí con sus discípulos (v.3), puede querer apuntar hacia un tipo de enseñanza no religiosa (que era la de la época), no ceñida a las autoridades consagradas. Es la enseñanza que se dirige al corazón de la persona, al sentido del hecho social. Una enseñanza con arraigo antropológico. Es también un planteamiento enfrentado a “la Pascua, la fiesta de los Judíos” (v.4) y su economía propia, economía del lucro.

El planteamiento de fondo del signo es cómo pasar de una situación de escasez a otra de abundancia, qué mecanismos económicos utilizar. La escasez alimentaria es síntoma de cualquier otra escasez; es primordial, ya que si la persona no come, sencillamente se muere.  La escasez se vuelca sobre una pregunta esencial para la economía del lucro: “¿Con qué podríamos comprar pan?” (v.5). Esta economía se pregunta siempre sobre los mecanismos externos al hecho económico, como si tales mecanismos podrían suplir la responsabilidad personal ante la economía. La glosa del v.6 indica que hay otros horizontes posibles más allá del “¿Con qué?” La respuesta de Felipe, racional desde el punto de vista de la economía del lucro, lleva a un callejón sin salida.

La propuesta de solución viene por el lado más inesperado, por el de la pobreza. La economía del lucro piensa que los pobres son el problema, mientras que la economía del compartir los considera como parte de la solución. De ahí que la propuesta sobre la economía del compartir arranca de la decisión de un pobre, un “chiquillo” que está dispuesto a poner sobre la mesa los bienes de su pobreza, “cinco panes de cebada y dos peces”. La gran excusa de la economía del lucro es la pobreza. La economía del compartir pasa por encima de ella y sitúa el tema en la raíz de la persona y su voluntad de participar con lo suyo en el proceso económico. Aquí radica el contenido del signo, no en que salgan panes del cesto por la acción mágica de Jesús, sino que un pobre se sienta empujado a ser parte activa de un problema económico. Cuando eso sucede, la economía del compartir comienza a activarse. A partir de aquí se suscitan los grandes valores de la economía del compartir, la libertad y la abundancia. He ahí el signo.

La corroboración del mecanismo desencadenado queda de manifiesto en la acción de Jesús que “reparte” (v.11a) y por la saciedad, “todo lo que querían” (v.11b), de la concurrencia. Es la certeza de que un dinamismo económico tan simple funciona. Porque eso es lo que habrá que comprobar: no tanto la complejidad del mecanismo, sino su funcionamiento.

La comprobación final sobre lo que sobra, “doce cestos” (v.13), indica que la economía del compartir genera abundancia entre los empobrecidos y, con ello, en la misma sociedad. En dar fe a esta clase de dinamismos estriba la fe en el Evangelio necesaria para una fe centrada en la experiencia de Jesús.

 

  • Para la conversación

 

-         El compartir es una exigencia de caridad social. Esto es lo que puede librar al compartir de paternalismo y otras desviaciones. Para ello se precia el trabajo en el amor social, amar el tiempo y el momento que la vida te da.

-         Una economía saludable es aquella que tiene siempre preocupación por sanar heridas sociales. Es preciso discernir bien cuáles son los verdaderos móviles de nuestras economías.

-         Habría que cambiar el engañoso y despistante “qué puedo hacer” por el interpelante “qué estoy dispuesto/a a hacer”.  Esa es la verdadera cuestión. Lo otro, cortinas de humo.

-         ¿Cómo lo desvalido puede salvar lo humano? ¿Es esto real?

 

  • Para la lectura

 

“Los cristianos, además, estamos llamados a « aceptar el mundo como sacramento de comunión, como modo de compartir con Dios y con el prójimo en una escala global. Es nuestra humilde convicción que lo divino y lo humano se encuentran en el más pequeño detalle contenido en los vestidos sin costuras de la creación de Dios, hasta en el último grano de polvo de nuestro planeta »” (LS’ 9).

 

 

8. UNA ECONOMÍA CON FUTURO

 

  • La verdad poética

 

¿Quién dijo alguna vez: hasta aquí la sed,
hasta aquí el agua?

¿Quién dijo alguna vez: hasta aquí el aire,
hasta aquí el fuego?

¿Quién dijo alguna vez: hasta aquí el amor,
hasta aquí el odio?

¿Quién dijo alguna vez: hasta aquí el hombre,
hasta aquí no?


Sólo la esperanza tiene las rodillas nítidas.
Sangran.

 

J. Gelman

 

            ¿Quién puede poner precio al agua? No hay que confundir su calor con su precio. Por eso, el agua es un derecho humano. Todas las aguas, empezando por la que calma la sed y nos proporciona higiene.

            ¿Quién puede robar el derecho a aire con la contaminación que demanda una economía neoliberal? Privar del aire es privar de un derecho. Quienes lo hacen no entienden nada de la persona, nada de Dios.

            ¿Quién puede marcar líneas al amor? Habría que dejarlo en libertad. Y el odio, bien controlado y contrastado.

            ¿Quién puede poner límites al anhelo humano de saber? Es querer poner puertas al monte. Ese anhelo es divino y Dios no se muestra celoso de él, sino regocijado

 

* La economía del compartir como futuro económico

 

            Se es consciente de que, desde textos como Jn 6,1ss, impulsar la economía del compartir es pretender caminar por la vía opuesta a los vientos de proteccionismo empobrecedor que parece que corren últimamente. Es cierto que a la libre circulación de la riqueza no le acompañó en la misma medida la de los trabajadores, ni la armonización global de la fiscalidad. Es cierto también que la extrema robotización y el hipercontrol tecnológico de los servicios no ayudan a una economía social. Pero una globalización sin derechos humanos ni instituciones internacionales, no representa una alternativa viable a lo que conocemos.

            De ahí que la propuesta de una economía que comparte, incluye y redistribuye con equidad por oposición  a una “economía que mata” tenga hoy todos los visos de posibilidad, por lo menos como planteamiento ideológico. Para Jn 6,1ss no es mera posibilidad, sino certeza: partiendo de un microcosmos de pobreza cercana se experimenta la verdad de funcionamiento de un mecanismo económico que puede ser útil incluso en un marco macroeconómico.

            ¿A qué niveles habría que construir la economía del compartir para verificar su verdad y su valor? En primer lugar a nivel de política económica. No se puede negar la decisividad de las decisiones políticas en la economía. La enorme sensibilidad de los mercados financieros a ese tipo de decisiones indica su importancia. Pero también la economía real está sujeta a las decisiones políticas en gran medida. Puede parecer que las grandes decisiones económicas se toman sin contar con la política o que aquellas condicionan a esta. Pero la relación es indiscutible.

            Un segundo nivel es el de los mercados. El compartir pasa por una política de mercados donde el acceso a los países empobrecidos sea una realidad y donde el proteccionismo a los poderosos no excluya a las economías empobrecidas y su problemática. El sueño de un mercado libre constata que nunca como ahora es menos libre el mercado. La exclusión, el proteccionismo y la diferencia abismal que engendra la herramienta de la tecnología son, hoy por hoy, barreras muy difícilmente franqueables. Mientras los países ricos controlen el 72% del comercio mundial; mientras el 80% del comercio sea Norte-Sur y solamente un 10% en la dirección contraria; mientras las grandes decisiones económicas se tomen en los países occidentales o de fuerte desarrollo, hablar de mercado libre es un escarnio. El mercado constituye la antítesis de los derechos humanos.

            Un tercer nivel de fuerte compartir hoy y de más fuerte en el futuro es la tecnología. Una persona, un país sin acceso a la tecnología es una realidad condenada al ostracismo. De ahí que, si se quiere una economía más compartida, el acceso a la tecnología ha de ser más fácil y más barato que lo que es ahora.  La tecnología ayuda a reducir la pobreza ya que acorta y disminuye barreras sociales geográficas y económicas tanto de las personas en forma individual como de una comunidad. Pero el gran handicap de este asunto es la acumulación: el 99% de la tecnología está acumulada en los países ricos. La fuga de cerebros a ellos es uno de sus más duros rostros y el desarrollo de los productos sintéticos que sustituyen a las materias primas naturales producidas en los países en desarrollo otro. Este acceso debe afectar incluso a la tecnología espacial, ya que es tecnología para el futuro.

            Y un cuarto nivel es aquel que afecta al acceso a la formación, ya que de esta depende la capacidad de inserción en el mercado laboral y, a través de ella, en el mercado como tal. Nos referimos a una formación para un mercado compartido, no tanto para un mercado hegemónico. En primer lugar habrá que tener acceso a la formación para el mercado laboral. Decidir invertir tiempo y recursos en conseguir una adecuada formación es una decisión sumamente acertada, no sólo por la satisfacción personal del individuo, sino porque se constituye como un arma sumamente valiosa para enfrentarnos a un mercado de trabajo cada vez más complejo, ya que nos permite abordarlo en un triple frente: nos ayuda a conseguir trabajo, a conservarlo en momentos difíciles y a alcanzar unas condiciones laborales más ventajosas para el individuo. Pero, además, será necesario formarse para entender y, en su caso, cuestionar los mercados y su desigual mundo. Un reto necesario.

            El mercado compartido sería una ganancia para todos aunque conllevaría un reparto más equitativo de los bienes mercantiles y una desconcentración de poder económico en manos de unos poco, unas mayor equidad. Pero el cómputo general de riqueza, el PIB mundial, aumentaría considerablemente. Con esto se está queriendo decir lo que sugiere Jn 6,1ss: que la pobreza no es obstáculo invencible para el compartir, que se puede vencer a la pobreza con un desarrollo más igualitario.

            Las consecuencias personales de una espiritualidad de la economía del compartir aparecen con facilidad: es preciso agudizar el sentido crítico para no dar para evidente lo que ocurre, ya que esto es fruto de un proceso económico dirigido por las élites en la dirección de la concentración de la riqueza y del dominio del mercado. Además llevaría a opciones personales como las de acercarse al comercio justo, ya que este, por más insignificante que se lo quiera en el conjunto del mercado, tiene un alto poder significativo porque dice de modo tangible que la dirección del mercado puede ser otra que la actual. Y, finalmente, había que inocular en la espiritualidad la sobriedad no tanto por causas ascéticas cuanto por razones de justicia para frenar, entre otras cosas, la devoradora lógica del consumo.

 

  • Para la conversación

 

-         Hay que creer en la posibilidad de una mejor redistribución ya que el éxito de la economía del compartir no está en la mucha producción, sino en el justo y equitativo reparto.

-         La viabilidad de la economía del compartir se verifica en la microeconomía y en la macroeconomía. No es una utopía angelical.

-         Si una economía distinta depende en parte de las decisiones políticas, hay que madurar mucho nuestras posiciones en lo político. Habrá que contratar todo lo que se pueda.

-         Se puede contribuir a los mercados del compartir haciendo del consumo un acto moral con todas sus consecuencias.

-         ¿No habría que ser defensores de la renta básica como modelo mejor de redistribución de los beneficios económicos de la economía de un país?

-         La justicia es la razón de ser de cualquier planteamiento de sobriedad. Una razón religiosa de la misma no se tiene en pie.

 

  • Para la lectura

 

“Mientras tanto, los poderes económicos continúan justificando el actual sistema mundial, donde priman una especulación y una búsqueda de la renta financiera que tienden a ignorar todo contexto y los efectos sobre la dignidad humana y el medio ambiente. Así se manifiesta que la degradación ambiental y la degradación humana y ética están íntimamente unidas. Muchos dirán que no tienen conciencia de realizar acciones inmorales, porque la distracción constante nos quita la valentía de advertir la realidad de un mundo limitado y finito. Por eso, hoy «cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado, convertidos en regla absoluta»” (LS’ 56).

 

 

  1. LA SUPERACIÓN DE LA DIFERENCIA EXACERBADA

 

  • La verdad poética

 

Escucho el agua clara

que desciende del monte tras la lluvia

el gorjeo del pájaro

en la tarde

primaveral de octubre,

la respuesta

de cada cosa a cada cosa. Caen

hojas sobre la tierra como frutos.

No creo

que la niebla de ayer,

ni el sol de hoy,

ni esta lluvia de ahora,

este aroma sin precio

sean sólo para mí.

 

 

José A. González Iglesias

 

Lo que cae (el agua clara, el gorjeo) cae sobre todo, sobre “buenos y malos” (Mt 5,45), no hay distinción ni por razones de moral, de religión, de situación vital. El todo recoge al todo. El misterio de la amplitud que todo lo abraza.

La respuesta de cada cosa a cada cosa. Todo y todos relacionados, sin que nadie se arrogue títulos para estar por encima de nadie. La única posibilidad de controlar la diferencia.

Ni los frutos, ni la niebla, ni el sol, ni la lluvia, ni el aroma pueden ser “solo para mí”. ¿Cómo tener controlado el instinto de apropiación de personas y cosas? ¿Cómo sustituirlo por una mentalidad de disfrute común, de uso común, de bien común? ¿cómo hacer que el aprecio de lo común entre hasta el fondo del alma y desplace al veneno del egoísmo que ha copado ese centro y se defiende cerrándose con siete llaves?

 

  • El signo de la superación de la diferencia exacerbada: Jn 6,16-21

 

Una lectura meramente historicista deja a este relato sin utilidad espiritual y, de alguna forma, expuesto al ridículo. Una lectura más “teofánica” abriría otro camino de más posibilidades espirituales. Pero conectando bien el texto con la narración joánica se accede a otras posibilidades de lectura.

            Efectivamente. Ocurre en Jn algo que lo diferencia de los sinópticos. Éstos narran la marcha sobre el lago unida al signo de la multiplicación de los panes, pero tanto Mt como Mc (Lc no lo reporta) lo colocan en tierra de Israel (Mt 14,23b-33; Mc 6,47-52). Pero en Jn el texto tiene que ver con los paganos, con la Decápolis que es desde donde, en Jn, se dirigen a Cafarnaún. Y, por supuesto, tiene que ver con la multiplicación de los panes o, más en concreto, con el tema de “hacerlo rey” (v.15). Este marco narrativo condiciona decisivamente la interpretación.

            Las marcas del relato son los elementos constitutivos de la lectura. La primera de ellas, como hemos dicho, está la intención de la gente de “hacerlo rey por la fuerza” (v.15), lo que indica que no se ha llegado a la comprensión de la teoría del compartir sobre la base del todo. A pesar de que el signo habla de disponibilidad, la gente lo interpreta como producción milagrosa. La percepción del signo prodigioso oculta el signo de fe. No se ha logrado lo que se pretendía.

            Esa incomprensión del fondo del signo sume al discipulado en el “anochecer-tiniebla-soledad (vv.16-17). La resistencia a aceptar la dinámica interior, espiritual, de los signos oculta al Jesús mesiánico y deja al discipulado en una situación de precariedad espiritual. Esta “tiniebla” viene, además, por otro motivo: no pueden entender que el pan se multiplique en tierra de paganos. Un pan para los paganos era algo insólito, sería un “pan para los perros” (Mt 7,6). Esto es lo que  “entenebrece” al discipulado.

            Por otro lado están el mar y el viento en contra.  Si es viento en contra yendo, como van, en dirección a Cafarnaún es un viento del oeste, del lado del Mediterráneo, del paganismo que apunta hacia los paganos. Contra ese “viento” lucha el discipulado. La fuerza del viento habla de su elocuencia: es un viento que asalta la barca del discipulado, su mentalidad. Es el viento de los paganos que reclaman su parte en el banquete del reino, para el que, según Jesús, no es imprescindible una concreta adscripción religiosa.

            Son dos mentalidades que se enfrentan ante el planteamiento universalista de Jesús: la de los discípulos y su perplejidad y la de los paganos que reclaman su parte y su lugar en el proyecto del reino. Cuando Jesús se manifiesta en la fórmula revelatoria “Soy yo, no temáis” (v.20) está queriendo indicar que el revelador del Padre (Soy yo) libera del miedo que produce el anhelo de privatizar el reino. El verdadero milagro es que el discipulado se abra a una mentalidad universalista y comprenda como un beneficio el reino compartido, la economía compartida, la fraternidad ofrecida. Si se liberan de eso miedo se predisponen para la acogida del diferente y, con ello, para una misión integradora.

            En esta lectura el hecho de caminar sobre el lago pasa a un segundo lugar, meramente narrativo, para corroborar el carácter epifánico del revelador. Hacer hincapié en ello es caer en la maraña del historicismo del que no es fácil salir. La rentabilidad espiritual de una comprensión social (el paganismo tiene sitio en el banquete del reino) es mucho mayor. Desde ahí “la tierra adonde iban” (v.21) se convierte en tierra de acogida, en tierra universal donde las diferencias, por grandes que sean, quedan encajadas en el conjunto del reino, de la fraternidad.

 

  • Para la conversación

 

-         ¡Cuánto han exasperado las religiones a los paganos! ¿Cómo no han de sufrir estas sus iras, enfados, escarnios y maltrato siendo así que, amparadas en los sistemas, ellas han sido tan maltratadoras o no. ¿Cómo romper esta “tiniebla” que, históricamente, envuelve al hecho religioso?

-         Habrá que escuchar el grito, destemplado a veces, de quienes demandan su parte en el banquete de la vida y de la que han sido privados. ¿Cómo romper ese muro de incienso y de silencio que hace que los gritos de los pobres lleguen tan débilmente a las estructuras eclesiales?

-         Habría que hacer un alegato contra la tendencia a la privatización social y religiosa y una defensa encendida de los común, de lo de todos, de los bienes sociales.

-         El banquete del reino es un banquete amplio, sin puertas, sin etiquetas, sin requisitos previos, sin normas que condiciona y que tienden a salvar los intereses del sistema social o se los susbsistemas religiosos.

 

  • Para la lectura

 

“Remarquemos que la evangelización está esencialmente conectada con la proclamación del Evangelio a quienes no conocen a Jesucristo o siempre lo han rechazado. Muchos de ellos buscan a Dios secretamente, movidos por la nostalgia de su rostro, aun en países de antigua tradición cristiana. Todos tienen el derecho de recibir el Evangelio. Los cristianos tienen el deber de anunciarlo sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable. La Iglesia no crece por proselitismo sino «por atracción»” (LS’ 14).

 

 

10. TRABAJOS POR ASUMIR LAS ELABORAR LAS DIFERENCIAS SOCIALES

 

  • La verdad poética

 

Cuando,  de pronto, se deje oír a medianoche
el paso de una invisible comitiva, 
con músicas sublimes y con voces,
tu suerte que cede, tus obras
malogradas, los planes de tu vida
que acabaron todos en quimeras, será inútil llorarlos.
Como el que está listo ya hace tiempo, como el valiente,
despídete de ella, de la Alejandría que se marcha.
Sobre todo, no te engañes, no digas que fue
un sueño, ni que se confundieron tus oídos;
no te rebajes a tan vanas esperanzas.
Como el que está listo ya hace tiempo, como el valiente,
como te corresponde por haber merecido tal ciudad,
quédate firme frente  a la ventana
y escucha con emoción 
- no con las súplicas y las quejas de los cobardes-
el rumor, cual un último deleite,
los sublimes instrumentos de la secreta comitiva,
y despídete de ella, de la Alejandría que pierdes.

 

K. Cavafis

 

            Hay que controlar el llanto por lo perdido, las lamentaciones por la historia pasada supuestamente brillante, la simple renuncia a lo vivido y la opción de lo por vivir, renunciar al calorcillo que da la historia, la costumbre, los años de gloria.

            Puede ser hermoso el camino del despojo, de la disponibilidad, de la capacidad para empezar otra cosa, otro camino, desde un planteamiento distinto. De lo contrario, no podremos superar el estar instalados en la diferencia.

            Y será preciso encarar la cobardía, el hondo temor, que anida en el fondo de las posturas discriminatiorias y que queremos envolver de derechos adquiridos que, en el fondo, no son más que privilegios acaparados.

            Despídete de Alejandría, de aquello que se consideraba inamovible, de los dogmas sociales que son los que ha generado profundas diferencias. Hay que tener controlada la añoranza que, en el fondo, es discriminación.

 

  • La superación de las tensiones históricas por la asunción de la diferencia

 

            A estas alturas de la historia la persona ha experimentado por enésima vez que las diferencias mal asimiladas son la causa de múltiples sufrimientos sociales. Las pretensiones hegemónicas, los nacionalismos exacerbados, las dictaduras crueles, las enormes dificultades para que los pueblos caminen en la misma dirección tienen como fuente principal la imposibilidad para asimilar la diferencia. Es un movimiento que nos conecta con la época de las cavernas: resulta dificultoso ver al habitante de la otra caverna uno al que no hay que combatir. Precisamente por ser algo tan ancestral es una realidad de muy difícil orientación.

Se puede comprender fácilmente que el odio al distinto tiene aquí su raíz y que la tarea de asumir la diferencia es algo de un volumen que, con frecuencia, sobrepasa a los humanos.

Este problema se agranda cuando el odio al distinto alcanza niveles de globalización, salta las fronteras de un país y comienza a implicar a gentes de cualquier lugar de la tierra. Los recelos entre las sociedades están bien vivos y el odio a las minorías sigue funcionando. La supuesta lucha por la identidad lleva aparejada la violencia, signo evidente de la dificultad de armonizar caminos de vida múltiples y fragmentados.

En Jn 6,19-21 tenemos un ejemplo de enorme dificultad para armonizar diferencias y las tensiones que generan entonces como hoy. Hay maneras de asumir diferencias que se asientan sobre falso: toda suerte de imposición del más fuerte, mediante dictaduras, presiones económicas, tiranías culturales. El imperialismo cultural es, sin duda, una forma de machacar las diferencias en beneficios de la cultura dominante, la del neoliberalismo más crudo asentado en los países más desarrollados, sobre todo USA. Se puede definir imperialismo como la actitud y doctrina de quienes propugnan o practican la extensión del dominio de un país sobre otro u otros por medio de la fuerza militar, económica o política.

Una forma más sutil de puentear las diferencias es uniformar, hacer que todo el mundo valore, hable, se comporte en modos uniformes, esos modos que están dictados de antemano por la moda, el consumo, la banalización de la individualidad. Este es un objetivo prioritario del imperialismo cultural. El imperialismo tiene como finalidad exportar e imponer los valores y cultura de los países desarrollados, hacia los países receptores, los cuales adoptan de una manera pasiva y casi imperceptible los flujos informativos y los productos culturales extranjeros.

Pero hay otra serie de caminos más posibilitadores. Son aquellos que comienzan trabajando la memoria, que se resisten al olvido como manto que cubre heridas que es preciso restañar y curar. Como dice R. Mate, “hacer presente el pasado de los vencidos amplía el campo de la justicia”. El campo de la justicia se amplía con el perdón. Si se quiere edificar en justicia es necesario contar con los agravios del pasado para integrarlos en el proceso de construcción armonizable del presente.

Será necesario, igualmente, encarar las diferencias, afrontar el “viento” en contra, como dice Jn 6,18, encajar la evidencia de que la diferencia es un componente ineludible de los seres históricos y que pretender ignorarla es una rotunda equivocación. Más aún, será preciso ver la diferencia como un valor, como una posibilidad de enriquecimiento, no solamente en lo que tiene de obstáculo. Es el gran valor de la diferencia. La única manera de contrarrestar el efecto desintegrador de la diferencia es, justamente, convertir la diferencia en un motor del hecho social. Ese es el milagro del compartir sobre la base del todo: convierte una carencia en un motor de actuación social, como queda claro en el signo de Jn 6,1ss. Aceptar a estas personas [diferentes] es, entenderlas y comprenderlas como personas diferentes, como individualidades que puedes querer o aborrecer, que te importan o de las que pasas pero en las que ves, además de su limitación -evidente o no-, sus valores, sus inquietudes, sus motivaciones, su forma de ser. Aceptarlas como un factor más, como un elemento que junto con muchos otros, determinan su personalidad. No hay que integrar a los diferentes, mediante sistemas paralelos. Hay que permitirles vivir en el mundo -el nuestro y el suyo-, y que se coloquen donde quieran estar. Hay que dotarles de la capacidad necesaria, para que puedan tener las mismas oportunidades, que el resto de las personas para vivir como ellos quieran vivir.

Finalmente, será preciso un esfuerzo por establecer conexiones en los entornos de gran diversidad, tratando de elaborar planes de superación de conflictos estableciendo tales relaciones en las posibilidades de encuentro, por pequeñas que estas sean. En tales casos, el diálogo y no la fuga es el camino adecuado. El diálogo representa la más genuina representación del tratamiento de conflictos basado en el pacto…Como estrategia permanente, el diálogo tiene efectos preventivos y puede ayudar a que un conflicto constructivo siga siéndolo…El diálogo es herramienta útil en un problema familiar o vecinal y en el más grave conflicto internacional o político.

Construir  un proceso integrador en un entorno complejo demanda reconocer la complejidad de nuestro entorno, aplicar el discernimiento y el pensamiento con rigor y realizar acciones encaminadas al ideal integrador. Cuando el Papa Francisco repite en la LS’ que “todo está conectado” está aludiendo, más allá la interconexión de las creaturas, al destino profundo de la historia: llegar a una formidable reconciliación, a una integración total.

Las tradiciones religiosas, y la evangélica en concreto, olvidando sus diferencias ancestrales, pueden ser decisivas para un ideal integrador para “contribuir a un conocimiento por el cual quien conoce pierde toda desconfianza y se abre a la entrega sin reservas a ‘eso único’ que se dice con claridad en esa noticia gratuita y absoluta”. Jn 6,19ss se inscribe en ese proceso integrador de la diferencia que es ganancia para toda cultura, por diversa que sea.

 

  • Para la conversación

 

-         ¿Cómo ayudarnos a superar el sentimiento de caverna aún vigente en nuestro imaginario? ¿Se puede modificar tal imaginario y su consiguiente paradigma?

-         No habría que colaborar con cualquier forma de “dictadura” que genere diferencias, jerarquías, clase, compartimentos. Una sociedad circular, de comportamientos “curvos”, no “rectos”.

-         La uniformidad es el anestésico de la diferencia. Huir de cualquier forma social que tienda a la mera uniformidad por ocultar problemas diferenciales del tipo que sean.

-         Activar un cultivo de la memoria que salga al paso del olvido que genera y perpetúa las diferencias y los privilegios.

-         ¿En qué medida la integración social puede ser rostro social de una espiritualidad de la caridad?

 

  • Para la lectura

 

“Es indispensable prestar atención para estar cerca de nuevas formas de pobreza y fragilidad donde estamos llamados a reconocer a Cristo sufriente, aunque eso aparentemente no nos aporte beneficios tangibles e inmediatos: los sin techo, los toxicodependientes, los refugiados, los pueblos indígenas, los ancianos cada vez más solos y abandonados, etc. Los migrantes me plantean un desafío particular por ser Pastor de una Iglesia sin fronteras que se siente madre de todos. Por ello, exhorto a los países a una generosa apertura, que en lugar de temer la destrucción de la identidad local sea capaz de crear nuevas síntesis culturales. ¡Qué hermosas son las ciudades que superan la desconfianza enfermiza e integran a los diferentes, y que hacen de esa integración un nuevo factor de desarrollo! ¡Qué lindas son las ciudades que, aun en su diseño arquitectónico, están llenas de espacios que conectan, relacionan, favorecen el reconocimiento del otro!” (EG 210).

 

 

 

11. UNA VIDA LUMINOSA

 

  • La verdad poética

 

Bajo el sol

 hay bondad

frente a la luz sólo basta

abrir los ojos.

Limpia las penas

de tu corazón

el sufrimiento

de tu cuerpo

bajo el sol

da gracias

a la hierba

al musgo a la lluvia

da gracias

al placer

a la tierra sobre la que vives

y sobre la que mueres

al primer jardín

a los árboles de música

y a sus follajes de silencio

da gracias

al agua de la acequia

al bálsamo en la sangre

al rocío la floresta

al ciervo vulnerable

bajo el sol

al cielo y a sus siglos

a las nubes del aire

al fuego y al frío

a los vientos a las noches

y a los días y a la luz

a los montes y colinas

a las fuentes los mares y riberas

a la muerte

a los pájaros del cielo

y a la muerte

oscuro corzo herido

da gracias

               bajo el sol.

Ernesto Kavi

 

            La luz como signo de bondad, como milagro cotidiano de vida, como sacramento de una presencia mucho más fuerte que las presencias religiosas.

            Una luz que limpie, que ordene, que sosiegue, que deje ver claro que hay posibilidades para cualquier camino, aunque sean limitadas. Una luz para que desaparezca el ahogo de nuestra vida.

            Por eso, hay que dar gracias continuamente por la luz, por haber sido creados, por estar aquí, por el don sagrado que es vivir y respirar.  

            Vivir bajo el sol. Entenderlo como un don grande, como una verdadera vocación, como una posibilidad cada día a la mano para una vida luminosa.

 

* El signo de una vida luminosa: Jn 9,1-30

 

            Los relatos evangélicos han visto en la actividad curandera de Jesús un signo de la llegada del reino. Que hubiera curanderos populares era una necesidad en una sociedad a millas de distancia de la medicina técnica que disfruta el ciudadano de hoy. Pero que en esa actividad específica de Jesús se descubriera la llegada del reino es un dato que atañe a percepciones de fe no fáciles de explicar.

            La ceguera como algo que afecta a la realidad de Israel, como símbolo de su alejamiento de Dios a través del apartamiento de la ley y de la justicia, está ampliamente tratada en los textos bíblicos. Por eso se esperaba que, en la época mesiánica, Dios acabaría con la ceguera de su pueblo.

            No es de extrañar, por tanto, que los evangelios reporten varias curaciones de ciegos: en Mt 9,27-31 (dos ciegos); en Mt 20,29-34 (dos ciegos); en Mc 8,22-26 (un ciego); en Mc 1046b-52 (un ciego); en Lc 18,35-43 (un ciego). Devolver la vista a un ciego era un signo eximio de curación, fuera lo que fuere.

            Pero en Jn 9,1 se trata de “un hombre ciego de nacimiento”. En el sintagma “de nacimiento” hay una especificidad joánica que da una orientación nueva al relato: es la persona en su oscuridad existencial, esa que le acompaña desde el nacimiento, que no se cura con medicamentos u operaciones quirúrgicas, sino con algo existencial, espiritual, algo que afecte al ser básico de las persona. En la expresión  “hombre” queda reflejado el mismo hecho de ser humano: la humanidad que vive en lo oscuro, en la honda ignorancia de la pérdida.

            Esta ignorancia, esta noche, cerca de la persona, “se acerca la noche” (v.4b), incluso a la misma persona de Jesús en su muerte anunciada. ¿Cómo liberar a la persona, al mismo Jesús, de esa oscuridad existencial? El texto joánico propone hacer un proceso, un itinerario, como suele ser habitual en la estructuración de sus signos.

            Se comienza por la mera narración del signo que va a dar lugar al proceso (vv.6-7): barro-lavarse-volver con vista. Siguiendo con el mecanismo de la intensificación de los verbos, la fórmula “fue, se lavó y volvió con vista” (v.7) puede ser entendida: se puso en seguimiento, encaró su limitación y se hizo la luz en su vida oscura. Es el milagro de iniciar un camino de luz.

            Pero en Jn, como decimos, los logros vitales se consiguen a través de un largo proceso que viene descrito en el diálogo subsiguiente al signo. Se parte de una comprensión de Jesús como hombre que da luz: “Ese hombre que se llama Jesús” (v.11). Es un hombre en toda la dimensión de su humanidad capaz, a su vez, de generar humanidad en torno. La premisa de su ser luz para la persona no es su divinidad, sino su honda humanidad. Siendo capaz de entender el hecho humano, de bajar a su sótano, es desde ese abajamiento desde donde puede proponerse como luz.

            El segundo paso es entender a Jesús como profeta, capaz de ser “señal de Dios”, más allá de su ser histórico, de su ser “pecador”: “Es un profeta” (v.17). En ese caso, Jesús se convierte en revelador de Dios, en su señal: lo que sabemos de Dios, lo sabemos por Jesús. Si Jesús devuelve la luz, eso quiere decir que Dios nos quiere luminosos y que el empeño de lograrlo es un empeño divino.

            En conexión con ello, el tercer paso es hacer ver que Jesús, por muy humano que sea, goza del aval de Dios, “viene de Dios”, porque “Si este no viniera de parte de Dios, no podría hacer nada” (v.33). Creer que un humano goza del aval de Dios demanda una dosis total de confianza en él. Con esa dosis se le puede aceptar como instancia de luz, como motor de luminosidad. Esto demanda ya un salto de fe, un paso a ese otro lado de la confianza plena.

Finalmente, situado el proceso en el terreno de la fe, el paso definitivo para lograr la luz más profunda es comprender a Jesús como “señor” de la existencia, razón última de la adhesión plena: “Te doy mi adhesión, Señor” (v.38). La adhesión a Jesús dota a la persona de una luminosidad, de un sentido capaz de hacer que su trayectoria histórica pueda ser entendida y vivida como una realidad luminosa.

En ese caso, el milagro no es meramente sacar de una ceguera, sino dotar a la persona de esa luz necesaria para que llegue a encontrar un sentido profundo al camino histórico y para que lo pueda vivir como una realidad que apunta a una plenitud y a la dicha.

 

  • Para la conversación

 

-         Hablamos de una oscuridad existencia, esa que acompaña la estructura humana y que es preciso ir trabajando para que mengüe. Una oscuridad existencial a la que se añaden otras. Cómo no resignarse a vivir en lo oscuro.

-         Para hacer obra de luz hay que comenzar por un trabajo de iluminación humana, de lo más elemental, de las actitudes y comportamientos que no tienen que ver con la religión, sino con lo que tienes delante, con las personas y las situaciones sociales más cotidianas.

-         Una luminosidad que deja claros comportamientos, personales y sociales, que hay que aclaarar. Una luz de profecía para denunciar y para abrir esperanza.

-         Cómo generar una experiencia religiosa luminosa, que venga de un Dios de luz, de un Jesús de luz, de una comunidad cristiana con comportamientos luminosos?

 

  • Para la lectura

 

“Es admirable la creatividad y la generosidad de personas y grupos que son capaces de revertir los límites del ambiente, modificando los efectos adversos de los condicionamientos y aprendiendo a orientar su vida en medio del desorden y la precariedad. Por ejemplo, en algunos lugares, donde las fachadas de los edificios están muy deterioradas, hay personas que cuidan con mucha dignidad el interior de sus viviendas, o se sienten cómodas por la cordialidad y la amistad de la gente. La vida social positiva y benéfica de los habitantes derrama luz sobre un ambiente aparentemente desfavorable. A veces es encomiable la ecología humana que pueden desarrollar los pobres en medio de tantas limitaciones. La sensación de asfixia producida por la aglomeración en residencias y espacios con alta densidad poblacional se contrarresta si se desarrollan relaciones humanas cercanas y cálidas, si se crean comunidades, si los límites del ambiente se compensan en el interior de cada persona, que se siente contenida por una red de comunión y de pertenencia. De ese modo, cualquier lugar deja de ser un infierno y se convierte en el contexto de una vida digna” (LS’ 148)..

 

 

12. UN CAMINAR HISTÓRICO MÁS LUMINOSO

 

  • La verdad poética

 

SOL de invierno, fugaz, sobre tu cuerpo. 

 

Este sol que rescata. 

 

Este sol que devuelve

aquel mundo de blancos

guijarros y días transparentes, frágil

luz de pureza,

cuando todos los miedos se espantaban

sólo con ocultar en un cuento tu nombre,

sólo con negarle, en tu vida

en el cuento, a la muerte tu nombre. 

 

Sol

que aún te reconoce y te redime. Luz,

frágil pureza. 

 

Juan Cobos Wilkins, 

 

         No hay que menospreciar los soles de invierno. Aunque su luz sea menos cálida hacen un trabajo grande de iluminación cuando más lo necesitamos, cuando es invierno. No hay que despreciarlos.

            Son necesarias las débiles luces que hablan el lenguaje de la pureza y del valor que asoma. Para llegar al corazón de lo bueno y de lo simple.

            Son para luchar contra la muerte de cada día, contra los lugares de muerte que estamos tentados de frecuentar, contra las negatividades que nos cercan como una coraza.

            Sol para decirnos, luz para decirnos, unos a otros, que nuestra vida tiene un horizonte y que está llamada a un gozo, más allá de cualquier limitación.

 

  • Confluencias necesarias para un caminar histórico más luminoso

 

            El logro de un caminar histórico luminoso no es algo que va de sí. El mismo EvJn lo pone como un “signo” del Reino, algo hacia lo que se camina muchas veces entre densas penumbras. Por eso mismo, para avanzar en la dirección de la luz, es necesaria la confluencia de muchas variables que hagan posible que la densa oscuridad se abra y brote la luz en la senda humana. Ya los filósofos nos decían que el camino del hombre hacia el ser, hacia el sentido, es un camino de oscuridad. Y hasta los estudios sobre el cosmos nos informan sobre la loca carrera de lo creado en la oscuridad más increíble. Desde ahí hay que medir la pretensión humana y espiritual de vivir en la luz.

            Para mantener en una cierta racionalidad esta pretensión es preciso, como decimos, que confluyan muchas variables. En primer lugar, la variable democrática: es preciso que muchos quieran, Si unos no lo desean y otros sí, la sensación de que las sombras ganan la partida será más fuerte que la realidad de la luz que avanza. Es cierto que el mundo avanza hacia caminos democráticos más amplios cada vez; pero la zona de sombras es, todavía, densa.

            Se requiere, así mismo, la confluencia de voluntades económicas que entiendan el dinero desde parámetros de solidaridad. Las múltiples economías alternativas (el bien común, la sobriedad feliz, el decrecimiento, la banca ética y solidaria, etc.) abren sendas significativas, aunque todavía pequeñas en esa dirección porque tienen la certeza de que los datos macroecómicos, el PIB por ejemplo, no indican nada, no hacen luz, si no se los combina con la economía real, la economía civil, la del ciudadano de a pie.

            Igualmente sería necesaria la confluencia de voluntades culturales en las que se ponga por delante el cultivo del espíritu, entendido este no tanto en el marco de los estrictamente religioso cuando en lo amplio de lo humano. Pretender luz con el espíritu ahogado, muerto, es pretender lo imposible a nivel social. Las tradiciones religiosas, sensibles a esto, puede hacer aportaciones valiosas, el acceso a otra dimensión de la realidad.

También se intuye como necesaria la confluencia de las voluntades solidarias ya que la oscuridad se hace más densa en el individualismo y la indiferencia hacia el otro y brota la luz en la solidaridad y la equidad. Cuando somos capaces de superar el individualismo, realmente se puede desarrollar un estilo de vida alternativo y se vuelve posible un cambio importante en la sociedad. En este sentido, la nube de voluntariados que envuelve el planeta es un foco de luz sobre los pasos de la persona sobre la tierra.

Por su parte, y hoy más que nunca, se hace necesaria la confluencia de las voluntades que tratan de entender, vivir y ofrecer la ciencia en modos humanizadores. Un foco de luz inmenso viene de este lado, siempre que, como decimos, el valor de la persona sea el frontispicio de todo el trabajo científico. Estas técnicas van a ser una liberación, van a dar lugar a nuevo humanismo.

Finalmente la unión de voluntades creativas puede aportar mucha luz sobre el camino humano desde el lado de la belleza, ya que este elemento está hecho, si es que es belleza, de pura luz. El papel de los creadores de belleza ha sido decisivo para mantener encendida la llama de la esperanza en las épocas más sombrías del caminar humano. Con toda claridad lo siguen soñando los espíritus cercanos a la belleza: Vendrá un día en que a medida que se llene de luz la conciencia del hombre, se debilitarán los dogmas que lo esclavizaron desde siempre; y este se irá identificando con el sol cuanto más se aproxime a los ideales de dignidad y libertad humanas.

El texto de Jn 9 propone el caminar común en la luz, del que se hace adalid el humilde Jesús de Nazaret, que propone un camino de luz en la dura realidad de una existencia amasada a las sombras. El milagro de la vida luminosa se va construyendo, paso a paso, con la generosidad de todos. Certezas que acompañan a la lectura del texto bíblico.

 

  • Para la conversación

 

-         Creer en la democracia no es solamente dar apoyo a un mecanismo político sino tener por cierto que la corresponsabilidad social y política genera luz en el comportamiento ciudadano. Para eso, como dijimos, hay que creer en el valor básico de la amistad cívica.

-         Creer en otra economía alternativa ha de ser algo que se aproxime a la vida de un ciudadano/a común. Solamente se podrá “ver” eso si se hacen prácticas de economía alternativa, siquiera significativas.

-         Creer en otra cultura ha de llevar a apoyar la cultura popular en sus variantes más modestas alejándonos de la cultura de las élites que propenden al dominio.

-         Creer en una ciencia humanizadora ha de llevar a intentar compatibilizar, mental y prácticamente, los avances de la ciencia con nuestros modos religiosos. Si estos va por detrás y tirando siempre para atrás, algo no va bien.

 

  • Para la lectura

 

 

“La visión consumista del ser humano, alentada por los engranajes de la actual economía globalizada, tiende a homogeneizar las culturas y a debilitar la inmensa variedad cultural, que es un tesoro de la humanidad. Por eso, pretender resolver todas las dificultades a través de normativas uniformes o de intervenciones técnicas lleva a desatender la complejidad de las problemáticas locales, que requieren la intervención activa de los habitantes. Los nuevos procesos que se van gestando no siempre pueden ser incorporados en esquemas establecidos desde afuera, sino que deben partir de la misma cultura local. Así como la vida y el mundo son dinámicos, el cuidado del mundo debe ser flexible y dinámico. Las soluciones meramente técnicas corren el riesgo de atender a síntomas que no responden a las problemáticas más profundas. Hace falta incorporar la perspectiva de los derechos de los pueblos y las culturas, y así entender que el desarrollo de un grupo social supone un proceso histórico dentro de un contexto cultural y requiere del continuado protagonismo de los actores sociales locales desde su propia cultura. Ni siquiera la noción de calidad de vida puede imponerse, sino que debe entenderse dentro del mundo de símbolos y hábitos propios de cada grupo humano” (LS’ 144).

 

 

13. UNA VIDA PLENA

 

  • La verdad poética

 

Caminaba sobre el agua, llenaba las redes,

los pescadores abandonaban su oficio por seguirlo. 

 

En una boda faltó el vino. Él se hizo cargo: 

centenares de litros,

un golpe de maestro viñador,

agua en vasos de piedra convirtiéndose en vino. 

 

Es mejor, dijeron los invitados, sí, es mejor

el vino que surge sin pisar la uva, 

el pan hecho sin grano ni horno,

el pez que se mete en la barca de un salto. 

 

Desencadenaba el gratis que pertenece a la gracia, 

apasionada y violenta. 

 

Venía de un bautismo en aguas del Jordán, 

murió poco más allá

sobre un travesaño con forma de T

y, cuando un hierro le atravesó el costado, 

brotó agua, como la incisión de un parto. 

Murió convertido en fuente. 

 

He aquí el intruso del mundo, 

empapado de la grasa de todas las culpas, 

perdiendo el color, pálido de frío, en un abril

o incluso en un marzo, más allá de ochocientos metros

sobre el nivel del mar jamás tocado. 

 

Un gargarismo de aguas en el fondo de un pozo seco, 

un carraspeo en la tubería de las arterias: 

así jarrea su resurrección.

 

                Erri de Luca 

 

            Vida plena, la de Jesús, dentro de su pobreza social y del desconocimiento en el que se desarrolló. La plenitud que brota del amor más que de la posición sociológica.

            Una vida que desencadena lo gratis, lo gratificante, la promesa de la dicha. Porque lo suyo fue anunciar la dicha en la posibilidad, por pequeña que se la quiera, del ahora.

            Por eso mismo, su muerte fue algo convertido en fuente, en posibilidad, en promesa, en esperanza. No fue el cerrojazo de la nada, sino la puerta de la promesa.

            Un intruso en el mundo para apuntalar el ansia de la dicha, el hambre de trascendencia, en nosotros, minúsculas criaturas perdidas en el universo.

            Su vida sigue brotando, su resurrección sigue “jarreando”, llenando de agua viva los secarrales de la historia, las gargantas sedientas del alma.

 

* El signo de una vida plena en la historia: Jn 11,1-46

 

            Resulta una paradoja hablar de plenitud en el marco de la historia. Aquí radica la mayor novedad de este séptimo signo joánico: se quiere desvelar, revelar, el fondo de la realidad como algo que participa ya de la plenitud, a pesar de hacer parte de categorías históricas. Es la búsqueda de sentido en el último sótano de la existencia.

            El texto comienza planteando el choque brutal de la muerte como obstáculo casi insuperable para quien quiera hablar de sentido y de vida en el fondo de la realidad histórica. No se trata de puentear lo que es evidente, la dentellada de la muerte: “Lázaro ha muerto” (v.14). Pero la muerte, por absurdo que parezca, puede tener la finalidad de agudizar el sentido, “para que llegáis a creer” (v.15) y para que Dios reciba gloria no como si recibiera el duro tributo de los mortales, sino para tener “manifestar la gloria del Hijo de Dios” (v.4), la gloria de uno que muere con sentido y en su caminar a la muerte hay orientación, hay oferta de vida.

            La respuesta religiosa ante el muro de la muerte, tipificada en la respuesta del judaísmo, es la afirmación de la vida en el más allá. Ante el peso enorme del sinsentido de la muerte que se tiene ante los ojos, las religiones elaboran la fe en una resurrección fuera del marco de la historia. “Yo sé que resucitará en la resurrección del último día” (v.24). Esta fe, con ser fuerte no logra disipar el sinsentido de la muerte histórica ni dota a la persona, al menos en no pocos casos, de herramientas para la superación de la pérdida. Claramente se ve esto en el texto en la afirmación de Marta como representante de la humanidad herida. El planteamiento de Jn buscará sentido en otra dirección.

            La propuesta de Jesús es una propuesta de vida en la realidad del más acá, aunque esta realidad se vea afectada por la muerte. La adhesión a él, la confianza honda en su programa de vida, es el único argumento sobre el que construir el sentido: “el que me presta adhesión, no morirá nunca” (v.26). Es decir, el asunto no es tener fe en la resurrección, sino creer a uno que dice que hay vida en el terreno de la misma muerte. Es una cuestión de fe personal que puede desvelar el fondo de una realidad que aparece derrotada de antemano, vacía de vida como tal, carente de sentido.

            Como el discurso joánico no es lineal, se vuelve a poner delante el gran obstáculo para elaborar un pensamiento tal: lo duro de la muerte tipificado en el sepulcro y su hedor “huele mal, lleva ya cuatro días” (v.39). El llanto de Jesús (v.35) no es tanto por amistad cuanto por percibir la dificultad enorme que la persona tiene para aceptar la propuesta de vida en el marco histórico. Es un llanto “ideológico”, espiritual.

            El relato da un salto incomprensible cuando consigna que, ante el sepulcro, “entonces quitaron la losa” (v.41). La lógica narrativa habría sugerido la reafirmación de la muerte inane ante el sepulcro. Pero si echan mano de la losa, la que ellos mismos habían puesto, es fiados en la palabra de quien dice que, en el fondo del despojo de la muerte histórica anida una realidad de vida. Por eso quitan la losa, liberan las fuerzas de vida que anidan en la muerte física.

            En esa lógica ilógica es donde se inserta la oración de Jesús: “Gracias, Padre, por haberme escuchado” (v.41). El muerto sigue en la tumba, pero Jesús ha sido escuchado en la adhesión de  quienes han creído, contra toda evidencia, que en los subsuelos de la muerte anida la vida. Se ha verificado el milagro, por mucho que Lázaro siga envuelto en sus vendas y su sudario.

            El desarrollo de la narración demanda que el muerto salga de la tumba, pero la cúspide del signo ha sido superada cuando se ha dado adhesión a quien dice que hay vida en el fondo de la muerte histórica. Dado que los signos en Jn están seriados, el peso recae sobre este último signo: la adhesión a Jesús lleva a una perspectiva distinta sobre lo histórico, aquella que llega a la certeza de que lo que se creía destinado a la muerte está, en realidad, enmarcado, ya desde ahora, en el paradigma de la vida.

 

  • Para la conversación

 

-         ¿Cómo hacer creíble que la dicha está ya aquí, que esta vida tiene vocación de disfrute, que hay que “tratarse bien” cada día, como dice EG 4? Hay que aprender cada jornada la sabiduría del disfrute sencillo.

-         El daño que nos ha hecho la creencia suprema de un cielo más allá que no tiene en cuenta las situaciones sociales del más acá. Por eso, la ruptura entre tierra y cielo  tiene consecuencias sociológicas. La posibilidad de vivir una fe “no religiosa”, como decía Bonhoeffer.

-         ¿Qué es más interesante creer en la resurrección o dar crédito a un Jesús que dice que la vida vale más allá de su limitación? ¿A qué posturas sociales lleva una u otra cosa?

-         La muerte no avanzará ni un paso cuando la vida va ampliando su radio de acción. La tarea humana de eliminar la muerte como algo posible.

 

  • Para la lectura

 

“Su resurrección no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo. Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable. Verdad que muchas veces parece que Dios no existiera: vemos injusticias, maldades, indiferencias y crueldades que no ceden. Pero también es cierto que en medio de la oscuridad siempre comienza a brotar algo nuevo, que tarde o temprano produce un fruto. En un campo arrasado vuelve a aparecer la vida, tozuda e invencible. Habrá muchas cosas negras, pero el bien siempre tiende a volver a brotar y a difundirse. Cada día en el mundo renace la belleza, que resucita transformada a través de las tormentas de la historia. Los valores tienden siempre a reaparecer de nuevas maneras, y de hecho el ser humano ha renacido muchas veces de lo que parecía irreversible. Ésa es la fuerza de la resurrección y cada evangelizador es un instrumento de ese dinamismo” (EG 276).

 

 

14. PLENITUDES SOCIALES

 

* La verdad poética

 

Toda la gente

de la que nadie habla

viviendo

mirando el sol

diciendo hola

cogiendo un resfriado

cogiendo el autobús

Viendo un cuadro

leyendo un libro

teniendo una revelación

de su yo verdadero

antes de morir.

 

Miguel A. Bernat

 

            La gente de la que nadie habla es la gente a la que hay que intentar convencer de que su vida tiene valor en sí misma. Y hay que hacerlo luchando con ella, codo a codo, por su creciente liberación social.

            Es en las acciones cotidianas donde se encierra un humilde pero veraz secreto de dicha plena, aunque sea en ciernes. Demanda de profundidad, de bajar al sótano de la vida.

            Todo entra en la promesa de la dicha, lo físico, lo espiritual en sentido amplio. Todo puede contribuir a la construcción de la dicha.

            Y uno se muere sabiendo un poco más de su yo. Cuanto más se sepa de él, más sentido tendrá el sinsentido de la muerte. Saber del yo es fuente de dicha y placer.

 

* Posibilidad de plenitudes verdaderas en un marco histórico

 

            Las paradojas, como otras figuras literarias, pueden contribuir al ahondamiento del sentido. Por eso cuando, al filo de Jn 11,1ss, se habla de “plenitudes verdaderas en un marco histórico” no estamos jugando con las palabras. Queremos ahondar en una intuición espiritual: aquella que olfatea que en el marco de la historia, con todas sus limitaciones, se puede aspirar a una cuota de plenitud. Lo decimos de nuevo: no se trata de imaginaciones, sino de procesos de ahondamiento. Hablar de una plenitud limitada es una paradoja, pero hay que verificar la posibilidad de contenido que encierra. Si esto arrojara un saldo positivo, se podría echar luz sobre muchas situaciones humanas de gran dificultad, la muerte incluida.

            Un sentido de plenitud anida en lo cósmico, realidad que pasa por enormes mutaciones. Efectivamente, cuando se nos describe el final del sol como estrella que tiene fecha de caducidad, la familia galáctica en la que se inscribe la Vía Láctea, el muro del fin del universo, las ondas gravitacionales, la vertiginosa velocidad a la que viaja la tierra envuelta en el inabarcable torbellino del big bang, etc., puede percibirse dos extremos: la enorme limitación, valga la expresión, de este cosmos o su formidable latido de vida. Esta admiración de la vida que late se ve confirmada, en el ámbito de lo minúsculo, por la física de partículas y su increíble mundo. Todo ello, llama a la vida, al formidable afán por mantenerse en el lado de lo que vive porque hasta el vacío está realmente lleno e impregnado de campos de energía.

            Atisbamos, también, un sentido de plenitud en el marco social y político que pasa por formidables cambios en las relaciones internacionales. Es cierto que el denominador común del egoísmo más cavernario sigue aún vigente en muchos anhelos políticos. Pero la era de total individualismo ha pasado a la historia. Las relaciones se construyen hoy en el entramado de países que forman el planeta. Por eso, los terremotos políticos afectan a todos los países y los logros también. Existe en el fondo de la relación política una búsqueda, a veces en maneras veladas, de una vida que se anhela y que, de alguna forma, se va poseyendo y se va cuidando. No es obstáculo para esta percepción el retroceso evidente que a veces hacen las libertades, incluso en los gobiernos supuestamente democráticos que deberían consagrarlas.

            No cabe duda, además, de que en el conjunto de espiritualidades que en el mundo han sido, más allá de sus limitaciones e incluso de sus fratricidas luchas, hay un indudable anhelo de vida y pueden ser comprendidas como una realidad de fuerte componente vital. Esta ha de ser, sin duda, su mejor aportación al devenir del camino histórico, poder llegar a mostrar la inmensidad del trasfondo de todo objeto y sujeto, que es su única realidad. Ese trasfondo lleva la marca de la vida.

            Finalmente, hay una plenitud de vida en el mero ser tierra de la persona, en su honda pertenencia a este cosmos a través del ser familia de la tierra. La religiosidad habla de tierra habitada por Dios, de creación. Es justamente en ese “poner su casa en él” donde radica la certeza de que en lo limitado habita la vida, de que esta se pliega a la historia hasta verla ya latiendo en cada instante.

            Tras esta constatación de la posibilidad de vida en marcos de realidad histórica se podrá construir otra espiritualidad más amplia  de vidas plenas, tal como lo sostiene la utopía cristiana. De hecho, esta vida en lo histórico y aquella otra en el anhelo de la fe son parte de una misma realidad: el misterio de la vida latiendo en lo que existe.

 

  • Para la conversación

 

-         La paradoja de una plenitud en el marco de lo limitado ha de llevar a amar más justamente lo limitado como posibilitador de vida plena. Amar la vida, el mundo, la historia. Situar la fe en el marco de lo simplemente histórico con una trascendencia intrahistórica.

-         Acoger la nueva cosmología ha de llevarnos a modificar el imaginario creyente y su consiguiente paradigma.

-         Hay que dar fe a las nuevas relaciones internacionales por limitadas y fracasantes que a veces sean. En esa fe se juega mucho de la dicha de este planeta.

-         ¿Cómo las espiritualidades pueden contribuir a la fe en las posibilidades de lo humano? ¿Cómo hacer que no huyan de la historia?

-         Somos tierra. No solamente estamos en la tierra, sino que somos tierra con todas las consecuencias.

 

  • Para la lectura

 

“Esta hermana tierra clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla. La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes. Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada tierra, que «gime y sufre dolores de parto» (Rm 8,22). Olvidamos que nosotros mismos somos tierra (cf. Gn 2,7). Nuestro propio cuerpo está constituido por los elementos del planeta, su aire es el que nos da el aliento y su agua nos vivifica y restaura” (LS’ 2).

 

PALABRAS PARA UNA MIRADA

PALABRAS PARA UNA MIRADA

(Las miradas de Jesús)

 

¿Pero cómo saber, sin la mirada,
la hermosura del bosque, la grandeza del mar? (F. Brines)

 

 

            ¿Cómo saber sin la mirada de Jesús la hondura de su humilde grandeza? Las cristologías ahondan en los componentes más profundos de la realidad espiritual de Jesús, pero desdeñan los matices de componente antropológico. ¿Cómo saber de Jesús sin conexión con el Padre? Y ¿cómo saber de él sin mirar a sus ojos? Por suerte, los evangelios nos han transmitido muchos matices de las miradas de Jesús. De tal manera que, incluso a través de textos tan “manipulados”, podemos hacernos una idea de aquellos ojos, de aquella luz. Y la mirada será la puerta de sus sentimientos (Filp 2,6). Queremos escribir algunas palabras para aquella mirada. La pintura desvelará el fulgor de sus ojos.

 

1. La mirada de Dios (Jn 1,2)

 

            Podemos decir que los ojos de Jesús desvelaban los ojos insondables del Padre. Dice el prólogo de Juan que el Logos estaba pros ton theon: vuelto a Dios (Jn 1,2). Cara a cara, aprendiéndose el uno al otro, prendándose el uno de otro, copiándose la mirada para poder mirar, ambos dos, de igual modo. Hundiéndose uno en el mar del otro.

            Por eso Jesús es revelador de la mirada del Padre. Lo suyo no es traer normas, leyes religiosas, prescripciones rituales, mandatos ante los que hay que doblar, quiérase o no, la dura cerviz. Lo suyo es traer el brillo de una mirada, el color y el calor de unos ojos que abrazan, la compasión que envuelve el mirar de quien ama.

            Algo de eso debió captar la gente que le seguía. Quizá lo que les envolvía no era la profundidad de sus pensamientos ni los postulados doctrinales. Percibía la gente en sus ojos la mirada del mismo Dios. Y descubría en ella el anhelo más hondo de sus corazones, aquel que decía: Dios te mira bien, Dios te acoge en su mirada.

            San Pablo tiene un pensamiento profundo: cuando sueña con el abrazo del Padre en el más allá de la historia dice: veremos a Dios prosôpon pros prosôpon, “rostro frente a rostro”. Entonces reconoceremos la misma mirada que vimos en los ojos de Jesús, la mirada como un beso que apacigua. Solo el amor podría intentar reproducir en un cuadro la mirada de Dios en los ojos de Jesús.

 

2. Una mirada de amor perdida: el joven rico (Mc 10,21)

 

            Se acercó a él con la mirada enfebrecida. Por eso fue corriendo y se postró. Tenía dentro un azogue que le devoraba. Se sabía bueno, cumplidor de los mandamientos pero aspiraba a entregas más hondas. Con la candidez de la verdad le dijo al maestro que había cumplido la pesada carga de los mandamientos desde joven. Emblepsas auto,  se le quedó mirando entre extrañado y regocijado.

            Y no solamente eso: êgapesên auton¸le mostró su amor (Mc 10,21). En aquella mirada le mostró su amor, le habló de amor con la mirada. Le vino a decir: tú eres de los que pueden ser de mi grupo, de los que me sigan. E hizo, como solía, algún gesto de amor; quizá le echara el brazo a los hombros, como lo hacía con los niños a los que “abrazaba”, con los brazos y con los ojos.

            Pero aquella mirada no fue suficiente y se perdió porque el muchacho se marchó “entristecido”. Allí aprendió Jesús que su mirada hacía parte de su humilde condición de pobre y que no tenía los recursos que él hubiera deseado. Era la mirada de alguien que amaba, pero humilde y de pobres fuerzas. No fue capaz de animar a la entrega generosa. Los suyos acogieron su desaliento. ¿Con qué colores, con qué nieblas, con qué velos habría que pintar la mirada perdida de una oferta de amor que no cuajó?

3. Una mirada para un cambio de rumbo: Zaqueo (Lc 19,1-10)

 

            ¿Por qué “levantó la vista” (anablepsas)? ¿Qué vio Zaqueo, el corrupto, en aquellos ojos? Se podría haber esperado menosprecio, condena, rechazo y asco. Era un jefe de recaudadores, un supercorrupto. Por eso le hicieron jefe. Zaqueo había visto muchas veces el odio en los ojos de aquellos a quienes extorsionaba.

            ¿Qué había en aquella mirada? ¿Cuánto de comprensión, de verdad y de acogida? ¿Qué le hizo decir “quiero hospedarme en tu casa”? Aquella mirada le desarmó. Era la mirada de quien quiere entrar al corazón pasando por alto, si hiciere falta, las más fuertes limitaciones. Primero el corazón, luego los arreglos de cuentas.

            Se puso en pie en medio de banquete y “se dirigió al Señor”. No le importaban los comentarios ajenos; siempre habían sido negativos. Pero él quería dirigirse a aquellos ojos, él quería entrar en comunión con aquella mirada. Y se dio el cambio de rumbo con una generosidad que no prescribían ni las normas legales de devolución de lo robado.

            Era la mirada del que dice: tú no eres solamente tu mal, tu pecado, tu injusticia. Hay en ti algo más que eso y quiero mirar primero eso y luego hablaremos de lo otro. Hizo Jesús con él aquello que decía la vieja profecía de Miqueas: “Dios arroja nuestros pecados al fondo del mar” (Miq 7,9). Y luego, mira a los ojos de la oculta bondad, de la fuente secreta de la belleza. ¿Cómo poner color a la mirada entusiasta de Zaqueo y a la mirada de Jesús que llega a tocar el alma?

 

4. La mirada enamorada a lo creado: los lirios y los pájaros (Mt 6,26-28)

 

            No vamos a hacer de la mirada de Jesús la mirada la de un ecologista de nuestros días. Pero él pertenece a una cultura agraria en la que mirar las criaturas es tarea diaria porque aún no se había separado definitivamente el camino humano de la senda de los otros seres. Por eso él creía que las hermosas criaturas pueden enseñarnos lecciones de vida. Su mirada no es solamente estética, sino también sapiencial.

            Emblepsate eis ta peteina tou ouranou…katamathete ta krina: “Mira los pájaros del cielo…mirad los lirios de campo” (Mt 6,26.28). Jesús creía que la pobreza que abre las puertas del corazón encuentra un enemigo en las excesivas preocupaciones. Hay que moderar esas preocupaciones si no, la ambición terminará por devorar tus entrañas.

            Y propuso aquella terapia sencilla: mirad a los pájaros, mirad a los lirios. Los lirios trabajan duramente para construir su belleza bebiendo, día a día, los nutrientes de la tierra que los hacen bellos. Pero no hilan. Los pájaros se desviven por buscar cada grano que entra en su boca. Pero no almacenan y viven. Para controlar las excesivas preocupaciones hay que mirar la belleza del lirio humilde y el arco de ballesta del pájaro. Mirar a las criaturas para aprender de ellas.

            Solamente una mirada enamorada puede aceptar este tipo de argumentaciones. Una mirada de enamorado cándido, de brillo en el rostro que no ha perdido la ingenuidad. Una mirada que brota de aquel niño que no dejó de vivir en el fondo del alma.

¿No pensaba en algo de esto cuando decía Jesús “haceos como niños”? ¿Se podría plasmar en una tela la mirada cándida de Jesús a los lirios y a los gorriones? Esa mirada habría de tener el color del viento, el brillo de un rayo de sol, el sonido murmurante de la fuentecilla oculta en la maleza?

 

5. La mirada airada por la ausencia de compasión: el hombre del brazo atrofiado (Mc 3,1-7a)

 

            Es verdad que Jesús había dicho “son dichosos los sometidos” (Mt 5,5); él mismo se definió como “manso de corazón” (Mt 11,29). Y había prevenido fuertemente con quien se aíra con su hermano (Mt 5,22). Pero aquello era distinto.

            Se airó por la falta de compasión: epi tê pôrôsei tês kardias autôn. El corazón era duro porque el hombre del brazo atrofiado era un excluido de la sociedad, un descartado. Solo había una respuesta ante aquella dureza: una mirada de ira, una censura fuerte por razones de humanidad. Echó la mirada “en torno”, porque aquel era un círculo de inmisericordia, de exclusión, de legalismo religioso inhumano.

            No es la ira del Dios iracundo, del Yahvéh sediento de sangre, de la divinidad que reclama para ella honores e inciensos. Es la ira de quien se siente herido en el fondo de su humanidad, de quien no está dispuesto a transigir con la certeza de que la persona tiene dignidad y no precio.

            Por eso, nadie se opuso al destello de aquella mirada iracunda: el hombre se puso en medio, extendió el brazo y fue reconocida su dignidad mancillada, fue barrida su exclusión social. Una mirada de ira que reivindica la compasión. ¿Con qué fuego pintar el brillo de mirada airada de Jesús? ¿Qué colores habrá que mezclar para pintar esta mirada airada por la ausencia de compasión? Fuego y amor mezclados, azul y rojo entreverados.

 

6. La mirada conmovida: la viuda de Naín (Lc 7,13)

 

            Cuando la vio se conmovió desde las entrañas (esplagjnisthe ep’autê), desde sus tripas (splagjma). Él sabía muy bien qué era para una mujer quedarse sola, viuda, y que su único hijo muriera. La soledad total. La misma en que se quedó su propia madre cuando se fue por los caminos. Por eso, al verla se conmovió.

            Aquella mirada encerraba toda la angustia que arrastraba él por los pueblos cuando al ver a las mujeres recordaba a su madre. Quizá fue la mayor de las exigencias que le acarreó el designio del Padre. Por eso, cuando sus ojos vieron a aquella viuda de Naín sumida en el desconsuelo, la conmoción le partió por la mirad como un rayo.

            Una mirada hondamente conmovida que le llevó a “tocar el ataúd”, cosa prohibida por los mandamientos de la pureza ritual. Tocando a la muerte estaba haciendo una promesa de vida. Porque la suya era una mirada que no solamente se conmovía, sino que también se movía, actuaba. Al devolverle al hijo, le devolvió a la mujer el sentido, la razón de vivir, el horizonte existencial.

            Será muy difícil pintar la mirada conmovida de Jesús cuando la conmoción solamente se trasluce en la mirada porque su lugar son las tripas. Una mirada hecha de temblor, de desamparo, de lágrimas guardadas, de amor.

 

7. Un cruce de miradas: Pedro (Lc 22,60-62)

 

            Las miradas de Pedro y de Jesús se han cruzado muchas veces. Pero hay una del todo particular  ya que es la última y se da en una situación límite:”En aquel momento, estando aún hablando, cantó un gallo, y el Señor se volvió y miró a Pedro (eneblepsen tô Petrô), y recordó Pedro las palabras del Señor…Y, saliendo afuera, rompió a llorar amargamente” (Lc 22,60-62).

            Una mirada dolorida pero nada justiciera. Jesús vivió aquello que diría Pablo años más tarde: “el amor no lleva cuentas del mal” (1 Cor 13,5). Nunca se lo tendría en cuenta. Nunca le retiraría la confianza, aquel hermoso oficio de “confortar la fe de los hermanos” (Lc 22,32). El dolor de amar en medio de las dificultades, de las debilidades y de las traiciones. El amor sin esperanza. Eso era lo que reflejaba aquella mirada. El amor más puro.

            De aquella mirada renació el nuevo Pedro, más humilde, más realista, no menos amante de Jesús. Era una mirada para el llanto, pero no para la desesperanza. Por eso Pedro se mantuvo en la adhesión, en el enamoramiento de Jesús. Nunca le abandonaría.

            Para pintar esta mirada de Jesús habría que mezclar el atardecer de la compasión y el amanecer de un amor nuevo. Con toda certeza aquellos colores de la compasión y de la esperanza se grabaron para siempre en la retina de Pedro.

 

8. La mirada de la libertad: María (Jn 19,26)

 

            La vio al pie del patíbulo, quizá en una cierta distancia. Pero estaba allí: “viendo a la madre” (Idôn tên mêtera). A pesar de la turbiedad causada por el desgarrón del dolor, a pesar del schok producido por una muerte que arrancaba del suelo vital, la última mirada fue para ella.

            No fue solamente una mirada de amor materno-filial. Fue una mirada de libertad, porque al lado estaba el discípulo predilecto, aquel que representaba a los cristianos provenientes del judaísmo. A ellos es confiada la madre, los cristianos que vienen de la vieja alianza. O sea: la comunidad de Jesús habría de estar gestionada por la novedad que viene de la secularidad, por la libertad que brota de la lejanía de los mecanismos religiosos.

            Una mirada de amor y de libertad, porque el primero no puede vivir sin el segundo. No era la mirada de un enajenado por el sufrimiento. También había un hilo de lucidez para dejar como testamento el de una muerte por el amor y por la libertad, una muerte fuera del ámbito religioso para no quedar atrapados en la red de los mecanismos religiosos, como, por desgracia, sucedió.

            ¿Cómo mezclar en la paleta del pintor el color del amor y el color de la libertad? De tales colores estaba hecha la mirada de Jesús en la cruz antes de que la tiniebla besara sus párpados y entregara el espíritu.

 

9. Los ojos del resucitado: Magdalena (Jn 20,16)

 

            No dice el texto joánico que Jesús mirara a Magdalena. Más bien dice que esta es la que se “vuelve” y, en consecuencia, mira al que la mira. Lo había reconocido más por su voz que por su mirada, por su manera de pronunciar los nombres, porque los pronunciaba con un amor que los hacía únicos. Por eso, cuando oyó su nombre, María, lo reconoció y lo miró.

            ¿Cómo eran los ojos de aquel que ya no tenía ojos, la mirada de aquel que no necesitaba mirar, el modo de ver de quien está instalado en el fondo del ser, en la fuente del amor? ¿Cómo aquella mirada, que no era la de un mortal, prendió en el corazón de aquella mujer hasta ir haciendo nacer la certeza de que estaba vivo?

            El fuego y el amor de la vieja mirada cobraba ahora una dimensión que la hacía más honda, más verdadera, más quemante que cuando destellaba en los caminos de la Galilea. Una mirada, la del resucitado, capaz de acoger todas las miradas de los humanos con su carga de dolor, de gozo y de amor.

            Los ojos del resucitado crecían en la certeza de quien ama. Ya lo diría después Flavio Josefo: “Los que lo habían amado desde el principio dijeron que estaba vivo”. El amor era el dinamismo de la resurrección. Y el amor era la fuerza de aquella mirada. Solo quien sea capaz de amar podrá ver su brillo. Y es el amor quien guiará la mano del pintor cuando trate de pintar la mirada del resucitado.

 

 

Fidel Aizpurúa

Materiales Pascua 2017 (pastoral juvenil)

MATERIALES PASCUA 2017

 

PRESENTACIÓN DE LA PASCUA:

JESÚS, PUENTE PARA UN MUNDO DE GENTE

 

            Pedro Guerra popularizó su canción “debajo del puente” donde nos decía que allí había un mundo de gente, tanto debajo como encima. Jesús de Nazaret, cuando se entrega en su pasión, es puente para un mundo de gente. Todavía lo sigue siendo. Ahora mismo que nos proponemos vivir estos días con él y junto a él se hace verdad lo dicho: pasan los años y Jesús sigue siendo puente para nosotros, sigue uniéndonos, sigue ayudándonos a pasar los ríos, continúa entrelazando nuestras vidas y nuestros corazones.

            Es que ser puente es justamente eso: hacer de la vida un hilo que nos une, una conexión que nos pone en contacto, un unificar caminos que nos llevan a lo mejor de lo que somos. Por eso decimos que Jesús sigue siendo puente. No aparece esta palabra en los evangelios, pero, de hecho, el fue puente para muchos, sobre todo para los que estaban abajo, para los más frágiles.

            Entra en la celebración de estos días con buen ánimo. Alégrate ya de que Jesús sea puente para ti, levanta el ánimo si estás un poco apagado, contagia amistad y entusiasmo. No estás solo. Además de tus amigos y amigas tienes a Jesús que quiere ser puente para ti en esta Pascua, un puente que sirve y une, un puente para pies cansados, un puente que conduce al misterio.

            Si te lanzas, la Pascua de este año tendrá un brillo especial, el brillo de Jesús y su fuerza. El brillo del misterio, de eso que está debajo de la piel, de la interioridad que te habita. Este año la pascua puede ser un descubrimiento para ti.

 

 

JUEVES SANTO:

JESÚS, PUENTE QUE UNE Y SIRVE

 

            Como cada Jueves Santo esta tarde vais a leer el texto de Jn 13,1-15, el lavatorio de los pies. Os lo sabéis casi de memoria de tantas veces que lo habéis escuchado o leído. Pero mirad, hay un proverbio judío del tiempo de Jesús que dice: “No digas: ya he leído cien veces la Palabra, porque en la ciento una te espera el Señor”. Leedlo otra vez, desmenuzadlo, subrayadlo, compartirlo. Quizá esta vez saquéis algo en limpio, quizá en este recodo del camino te espera el Señor.

            Fijaos en algo que puede parecer secundario, pero que da la clave del asunto: Jesús dice a Pedro que si no se deja lavar los pies “no tienes nada que ver conmigo”. O sea, si Pedro no se deja lavar, Jesús y él rompen la baraja, uno por un lado y el otro por el otro. Nada que ver uno con otro. ¿Pues es que el servicio es tan importante? Es decisivo.

            Nosotros los cristianos nos creemos creyentes porque hemos sido bautizados, porque hemos hecho la primera comunión, porque vamos a misa, porque llevamos una cruz, porque leemos el Evangelio, etc. Pero Jesús dice que la vara de medir la fe es el servicio: sirves, eres seguidor de Jesús; no sirves, no eres seguidora de Jesús. Esto es lo que hay.

            Por eso es tan importante mirar al Jesús que sirve y mirarse a sí mismo a ver cómo uno sirve a los demás. Quien quiere ser servido, quien no da palo al agua para ayudar a los demás, quien se cree con todos los derechos y con ninguna obligación, no es seguidor de Jesús. Hay que repetirlo muchas veces.

            Un obispo francés, algo atípico, se llamaba Jacques Gaillot, escribió hace años un librito cuyo título molestó a algunas personas. Era así: “Una Iglesia que no sirve, no sirve para nada”. Es un poco duro, pero es verdad: si no hay servicio, la comunidad cristiana pierde su sentido. Podría haberlo dicho de forma positiva: “Una comunidad cristiana que sirve es la comunidad que de verdad vale”. Hay que animarse a ser del grupo de los que sirven y llegar no solamente a encontrar sentido a servir sino, además, a estar a gusto sirviendo. Sirvo con alegría, me gusta servir. En cosas como éstas está la espiritualidad de fondo del Jueves Santo.

            Lo dicho, miremos esta tarde a Jesús como un puente que une sirviendo. Él lo ha dicho bien claro: “¿Quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? El que está a la mesa, ¿verdad? Pues yo estoy entre vosotros como quien sirve” (Lc 22,27). En los cuadros de la última cena Jesús está siempre presidiendo la mesa. Pero, en rigor, habría que pintar y entender a Jesús fuera de la mesa, con un delantal, sirviendo a quienes cenan. Imaginadlo así esta día de Jueves Santo. Estaréis más cerca de la realidad y eso debería animaros.

 

Para preguntarse:

 

  1. 1.      ¿Sirves o quieres siempre que te sirvan?
  2. 2.      ¿Encuentras alegría cuando haces algo por los demás? Explícalo.
  3. 3.      ¿Te parece interesante un Jesús “fuera de la mesa”?

 

 

VIERNES SANTO:

JESÚS, PUENTE PARA PIES CANSADOS

 

            En la celebración de la tarde vamos a leer, una vez más, el hermoso relato de la pasión tal como la presenta el Evangelio de san Juan: un Jesús que, aunque humillado y herido, es el rey, el Señor, el que “reina desde el madero”. A pesar de esta hermosa presentación, el evangelista no puede menos de reseñar lo obvio: Jesús fue un humillado, un herido, sus cansados pies apenas lo arrastraron hacia el patíbulo. Por sus pies cansados puede ser para nosotros un puente por el que vayan nuestros pies cansados encontrando fuerza para caminar cada día.

            Da la impresión de que cuidamos poco nuestros pies. Como el rostro es la presentación de la persona, lo cuidamos más. Pero a los pies los tenemos algo olvidados. Sin embargo nuestros pies son fundamentales: con ellos andamos nuestros caminos, caminaos a hacer el bien o, a veces, a hacer daño. Nos distinguimos de las cosas, de las piedras, de los árboles, incluso de los animales, porque tenemos pies regidos por un cerebro. Habríamos de cuidar más nuestros pies, tenerles aprecio y compasión. Nuestros humildes y escondidos pies nos son totalmente necesarios.

            Nuestros pies desvelan, con frecuencia, nuestros cansancios. Arrastramos nuestros pies cuando estamos cansados. Jesús, él que también anduvo con pies cansados, acoge nuestros cansancios, quiere darles sentido, viene a decirnos que, aunque cansados, nuestros pies nos pueden llevar a la fraternidad y a la dicha.

            Con ello, Jesús reorienta nuestros pasos, les da un sentido nuevo, los dirige hacia el corazón de las personas que es la mejor meta para nuestros pies. Por eso, la entrega de Jesús, su pasión, es la mejor garantía de que nuestros pasos van a llegar a la casa del otro, a la verdad que nos acoge.

            Hay una pregunta sencilla en el Evangelio que Jesús dirige, a veces, a quien, cansado, está al borde del camino, como el ciego Bartimeo: “¿Qué puedo hacer por ti?” (Mc 10,51). Esa es la pregunta que Jesús nos hace; ésa es la pregunta que podemos hacer hoy a quien anda algo cansado, a quien arrastra los pies, a quien le puede la nostalgia. Si yo puedo hacer algo por ti, lo hago. Esto es ser puente para los pies cansados, para la vida cansada.

            En este Viernes Santo sigue a Jesús aunque tus pasos estén algo cansados. Sigue como Pedro y los otros, que le seguían de lejos por miedo, pero le seguían. No te canses de seguirle, porque él acoge tus cansancios y los cuida, les da fuerza y te dice: puedes seguir adelante, puedes seguirme.

            Quizá en este día del Viernes Santo puedes tomar aquella oración que decía el jesuita Teilhard de Chardin:  “Cuando te sientas afligido, triste, cansado, adora y confía”. Adora en este día al Jesús cansado que anda el camino que el Padre le señala. Que de ahí brote la confianza.

 

Para preguntarse:

 

  1. 1.      ¿Dónde encuentras fuerzas cuando te sientes cansado?
  2. 2.      ¿Crees que tus pasos te llevan al corazón de las personas?
  3. 3.      ¿Te reconforta ver a Jesús cansado pero entregado al designio del Padre?
  4. 4.      ¿Qué podrías hacer por las personas que no haces?

 

 

SÁBADO SANTO:

JESÚS, PUENTE QUE CONDUCE AL MISTERIO

 

            El Sábado Santo es un día de mezcla: silencio ante el Jesús muerto, sorpresa y gozo ante el Señor resucitado. Así lo leeremos en el Evangelio de la celebración de la noche. La invitación a la alegría que se hace en él nos abre las puertas del misterio de Jesús. Él es un puente que conduce al misterio, a la espiritualidad, a la música que no se oye, a lo que bulle debajo de la piel.

            Hablar de misterio no es cosa rara, es hablar de espiritualidad. La espiritualidad es una nota del corazón humano, antes de ser algo religioso. Es, como decimos, la certeza de que debajo de la piel bulle la vida. La resurrección es algo de eso: decir que hay vida debajo de lo que vemos, confirmarnos en que, a pesar de todo, vamos a mejor, creer que hay un horizonte hermoso para nuestros días. Por eso, el misterio abre a la esperanza, a la alegría.

            Puede parecer que esto del misterio es algo que nos escapa de las manos, como la arena fina de la playa que se escurre entre los dedos. Pero en realidad, ya lo dijo el Evangelio de san Juan: es como el viento “que no sabes de dónde viene ni adónde va, pero oyes su voz” (Jn 3,8). No lo ves, pero sabes que está ahí. Algo de eso es el misterio de la resurrección, no lo ves, pero sabes que está ahí vivo.

            ¿Quién habría dicho por primera vez que “estaba vivo”? Posiblemente alguna de las mujeres que anduvieron con él, porque quizá ellas fueron las que más lo amaron. Es para entender algo de la resurrección, hay que amar. Si no amas, te quedas en lo de fuera, en las ideas, en lo ritos. Pero si amas, entiendes ese latido de la vida que hay en la resurrección. Por eso, la resurrección más que cuestión de ideas es cuestión de amor.

            Por lo mismo, en este día del Sábado Santo hay que hablar de amor y hay que hablar de vida. Has de ver si la celebración te lleva a querer amar con más intensidad. Incluso has de ver si cada día amas más la vida. La resurrección es un misterio de vida. Quien entiende la resurrección habría de convertirse en apóstol del gusto por la vida. Quien cree en la resurrección agradece cada día el básico don de la vida, el don sagrado de vivir y respirar.

            Es cierto que la resurrección tiene un componente de misterio que no logramos explicar. Pero, ante todo, es un misterio que nos acerca al gozo de vivir, al aprecio de la vida, a la hermandad con todo lo que vive.

            Renueva en este día de Sábado Santo tus deseos de vivir con intensidad, de amar con toda la profundidad que puedas, de sentirte hermano y hermana de todo lo que vive. El corazón del resucitado late en toda nuestra vida. Así, al celebrar cada año la Pascua, Jesús se nos convierte en puente que nos lleva al misterio de la fe y de la vida.

 

Para preguntarse:

 

  1. 1.      ¿Te interesa la interioridad, la espiritualidad, lo que hay debajo de la piel?
  2. 2.      ¿Te parece interesante eso de ser “apóstol del gusto por la vida”?
  3. 3.      ¿Te empuja cada año la fuerza del Resucitado, lo sientes vivo dentro?

 

 

DESIERTO:

MIS PUENTES, MIS RÍOS

 

            Estos días son buenos para tener un rato de desierto. Pensar nos hace bien. Un poco de silencio entre tanto ruido nos sienta de primera. Incluso un poquito de soledad nos centra más en nuestro interior. No hay que tener miedo al desierto, a estar un rato solos para que luego el encuentro sea más gozoso. La soledad habitada es algo muy positivo. Hay que animarse.

            Este rato puede ser bueno para pensar, desde esa espiritualidad de “Ser puente”, cuáles son mis puentes y cuáles mis ríos. Los puentes unen, los ríos separan. Los puentes anudan relaciones. Los ríos pueden marcar grandes distancias entre quien está en una orilla y quien está en la otra. Conviene pensarlo.

            Piensa un poco cuáles son tus puentes, en tu familia, con tus amigos, con los de tu grupo, con la sociedad incluso. Mira si trabajas lo suficiente para crear buen ambiente, para que la relación sea amable y respetuosa, para que el disfrute sea compartido. O ¿andas siempre en plan hosco, desagradable, con cara de pocos amigos? Hablamos mucho de fraternidad, pero esto es la fraternidad: crear lazos de amistad y gozo entre quienes vivimos juntos, ser colaborador con aquellos que la vida ha puesto en tu camino.

            Piensa también un rato sobre cuáles son tus ríos, aquello que separa, aquello que te separa de los otros. La poca paciencia con el lado débil de los demás, las irritaciones porque no piensan o actúan como tú, los silencios tercos, los desplantes, las rupturas que se podrían haber evitado, los distanciamientos que no tienen ningún sentido. Hay que aspirar a que los grandes ríos, las grandes lejanías, se conviertan en arroyuelos en los que se pueda saltar fácilmente de una orilla a otra, en los que la comunicación sea fácil y fluida.

            Los puentes no aparecen en los Evangelios. Pero sí aparece la barca en que Jesús va al otro lado del lago que hay en su tierra: “Vamos al otro lado” (Mc 4,35). A los discípulos les sabía aquello a cuerno quemado, porque en el otro lado estaban los paganos. ¿A qué venía tender puentes con aquellos malditos paganos? Pero Jesús no pensaba así: él creía que el reino era para todos, incluidos aquellos paganos. Por eso tiende puentes, coge la barca y va al otro lado.

            Pide a Jesús ser instrumento de unidad, ser mediador paciente más que instigador de conflictos, ser una persona pacífica y pacificadora, paciente y benigna con el lado débil de los demás e incluso con el tuyo. Dile que quieres ser cada vez más puente que une y no río que divide. Él que sabía de barcas y de unir orillas te acogerá.

 

Para preguntarse:

 

  1. 1.      ¿Eres persona que une o que divide?
  2. 2.      ¿Eres respetuoso y acogedor o, por el contrario, tiendes a aislarte?
  3. 3.      ¿Te parece interesante un Jesús que dice “Vamos al otro lado”?
  4. 4.      ¿Cómo ser puente hoy mismo en este día de Sábado Santo, cómo colaborar?

 

 

Volver al Evangelio

VOLVER AL EVANGELIO

 

Introducción 

 

         Cuando a algunos teólogos, como J. A. Pagola, se les pregunta qué opinan del momento actual de la Iglesia, ellos suelen responder: “Este es un momento bueno para volver al Evangelio”.

         ¿Volver al Evangelio? Pero, cómo ¿no estamos en él desde hace mucho tiempo? Hacemos esta pregunta porque pensamos que ser católico y ser seguidor de Jesús es lo mismo, que cumplir con la religión y creer en el Evangelio es lo mismo. Y, aunque tienen relación, no son cosas exactamente iguales.

         Si no, ¿por qué la liturgia nos demanda en el miércoles de ceniza a “convertirnos y creer en el Evangelio”? ¿Por qué, entonces, dice el Papa en EG 172 que  hay que “dejarse conmover por la Palabra y a hacerla carne en su existencia concreta.”? Porque existe el riesgo de que la Palabra no nos conmueva, de que vivamos un Evangelio “sin carne”.

         Muchos otros en la historia de la Iglesia han propugnado la vuelta al Evangelio. Y, a veces, de manera brusca cuando no en franca ruptura cuando se creía que la institución eclesial estaba lejos del mismo. En nosotros eso está a millas. Pero sí  que recogemos algo del fondo: cada época tiene que virar hacia el Evangelio porque la realidad indiscutible es que nos hemos ido muy lejos, que quizá estamos muy lejos, y ello con buena voluntad, no solo por la flaqueza de nuestra fe sino por la evolución de la institución. Hoy, a nivel eclesial, la comunidad cristiana se asienta más sobre el Derecho que sobre el Evangelio. Esto nos parece indiscutible.

         ¿Hacia dónde virar? Hacia una lectura más social del Evangelio. Las lecturas espirituales y morales de la Palabra siguen siendo válidas, en cierta medida. Pero hoy se nos pide mezclar más el Evangelio y el acontecer social. La sociedad es el campo al que está destinada la semilla del Evangelio.

         Por eso, esta vuelta al Evangelio, a lo más elemental de la experiencia de Jesús, la consideramos muy necesaria para ir construyendo un tipo de experiencia creyente que se adecue mejor al tiempo en el que vivimos. Volvamos al Evangelio con la certeza de que puede ser una fuerte instancia de humanización en la sociedad y en el tiempo que nos ha tocado vivir.

 

I

VOLVER AL EVANGELIO ES COMO VOLVER A CASA: SIEMPRE ESTÁ ESPERÁNDONOS, SIEMPRE SOMOS BIENVENIDOS, SIEMPRE HAY CALOR AHÍ

 

         “¿Qué de puede esperar de quien no tiene hogar?”, reza un refrán castellano. Andar si hogar, sin techo, es como andar sin amparo. La comunidad cristiana, la iglesia, no es para la mayoría de los cristianos un hogar, un ámbito de encuentro  cordial. Es un lugar público más que hay en el pueblo, en la ciudad, como los bancos, las tiendas o los colegios. Pero no tanto un hogar donde uno se muestra y vive como es. Es la representante de un sistema religioso que se impone a quien se acerca a ella, sistema que no se puede eludir.

         Por eso mismo a la vivencia de la fe acompaña una cierta frialdad, una lejanía del corazón. “Hace frío en ella”, cantaba aquella vieja canción de Cantalapiedra. Y, sin embargo, la fe de Jesús es algo para calentar el corazón, para que descanse en Jesús, para sentirse en el hogar del Padre, para sentirse reconfortado. ¿Y si tomáramos el Evangelio como la casa de quien experimenta la fe?

         Sería una casa donde siempre se nos espera, por muchos que sean los días alejados de ella. Siempre con las puertas abiertas, donde nadie es excluido, ya que no se precisan certificados de buena conducta, ni avales de ninguna clase. Una casa abierta, eso es el Evangelio, donde caben todos, donde nadie es más que nadie (de no ser los pobres), donde no hay jerarquías ni estructuras organizativas que se impongan de antemano. Casa para la vida. ¿No podemos volver a una casa así? ¿Hemos de renunciar a ese hogar por el peso de las estructuras, por las costumbres consolidadas, por la carga de las leyes frías?

         Sería una casa donde siempre somos bienvenidos porque no se apuntan los días de lejanía, ni se recuerdan los errores, ni se exigen reparaciones a los agravios guardados. El Evangelio da siempre la bienvenida a quien se acerca a él. No anda preguntado por qué te alejaste, por qué incluso negaste. ¿Vuelves hoy? Pues eres bienvenido. Por eso mismo, el Evangelio tampoco contabiliza méritos ni paga más a quien no se fue. Incluso tiene una alegría especial para quien vuelve después de mucho tiempo.

         La vida tiene muchos momentos de intemperie, de frío helador, de rocío que cala los huesos. Por eso los humanos buscamos el calor que reconforta. Quizá la ley y la norma no puedan proporcionar ese calor. ¿Podría darlo el Evangelio? Un Evangelio para animar, para estimular, para encender eso que arde debajo de las cenizas. “¿No ardía nuestro corazón…”?, decían los que iban a la finca de Emaús. Un Evangelio para generar calor en el interior, porque quien tiene calor dentro puede ser instancia de calor y de refugio para quien anda trastabillando en la vida.

 

Un texto: Mc 3,31-35

 

"Vienen después sus hermanos y su madre, y quedándose afuera, enviaron a llamarle. Y la gente que estaba sentada alrededor de él le dijo: Tu madre y tus hermanos están afuera, y te buscan. El les respondió diciendo: ¿Quién es mi madre y mis hermanos? Y mirando a los que estaban sentados alrededor de él, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo aquel que cumple el designio  de Dios, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre."
 
·       Líos de familia: Los ha tenido, al parecer, Jesús. Quizá porque se metió a predicador, a curandero y a itinerante en épocas tardías de la vida, con toda la vida hecha (entonces la media de edad era muy baja). No era tiempo oportuno para andar con curaciones y predicaciones. Pero, por lo que fuera, Jesús oteó su papel mesiánico tarde. Eso despistó a su familia.
·       Otra familia: Tuvo que hacerse una segunda familia, una familia subrogada. Hay que medir el sufrimiento de Jesús: quería comprensión y acogida como todo el mundo y tuvo que encontrar su casa fuera de su casa natural. Obligado a buscar otra casa.
·       Cumplir el designio: Encontró su casa en el grupo de quienes, aunque fuera con dificultad, querían cumplir el designio del Padre: que nada se pierda, que todo se reconcilie, que la fraternidad se implante, que el reino alboree. Un Jesús que busca casa con otros en el Evangelio. Sus anhelos fueron su casa y la casa de quienes le acompañaron.
Unas consecuencias
 
·       No renunciar al Evangelio y su calor: Porque, llevando, como llevamos, tantos años en la vida cristiana, puede que hayamos tirado ya la toalla: las cosas son como son, dentro y fuera de la iglesia, y no hay quien las cambie. No es fácil, ciertamente. Pero siempre hay márgenes para vivir de otra manera, con otra mentalidad, con otras prácticas. Y ello sin menospreciar a nadie, sin censurar a nadie, sin querer obligar a que los demás piensen como nosotros. Cada uno sabrá lo que tiene que hacer, pero yo puedo intentar vivir con los anhelos del Evangelio. Que esa sea la orientación. Luego, se hará lo que se pueda.
·       No renunciar a que la vida cristiana sea una vida familiar: Porque es verdad que la vida cristiana y sus estructuras se parecen muy poco a una familia en igualdad y aprecio mutuo. Es una realidad más ordenada según un Código. Pero uno puede mantener la utopía de que cuando entra a la fe entra, en realidad, a formar parte de una familia. Y si no hay calor, buena relación, igualdad, si no se superan las castas, los estratos, las jerarquías, es imposible que haya vida familiar. No renunciar al sueño de crear una familia de personas que quieren vivir al estilo que marcó básicamente el Evangelio del Nazareno.
·       No renunciar a una comunidad cristiana de otro estilo: Porque es cierto que muchas cosas hay que dejarlas como están. Pero en pequeños grupos de los que hacemos parte, en ámbitos cercanos, en ciertas maneras creyentes se puede pensar en otros modos de comunidad cristiana: más anclada en la Palabra, más libre, más flexible, más metida en la sociedad, más mezclada a los verdaderos caminos de las personas; menos ideológica, menos legalista, menos estructurada, menos juzgadora. “Utopía, necesaria como el pan de cada día”, cantaba Serrat. Estas utopías nos pueden nutrir.
 
 
II
VOLVER AL EVANGELIO ES PONER DE NUEVO EL ACENTO SOBRE LO IMPORTANTE, RELATIVIZANDO AQUELLO QUE NO LO ES TANTO
 
         El sistema (la rutina, la norma consagrada, lo compacto y rígido que nunca se cambia) pone, con frecuencia, el acento sobe lo no importante (una norma, una ley, una costumbre, una tradición). Y no solamente eso: hace de lo no importante bandera de conflicto, de manera que quien no se acomode a ello sufre sus iras y queda excluido. Esto ha acarreado muchos sufrimientos a los humanos.
         Lo importante, con alguna frecuencia, contradice al sistema porque este se ha alejado tanto de lo central que sus posiciones se han desconectado de lo que era la fuente, la opción primera.
         Así ocurre con el Evangelio; la fuente, la opción primera era el amor, sin más. Pero las posiciones defendidas por el sistema religioso vulneran, con cierta regularidad,  el amor, lo ningunean, lo olvidan y lo contradicen.
         Por eso mismo, volver al Evangelio es volver a poner el acento en lo que es importante, los valores evangélicos: el amor, la dignidad, el perdón, el amparo, la alegría, la trascendencia, la generosidad, etc. Eso es lo esencial. Y si se sitúa uno en otras cosas habrá que tratarlas como accesorias (el rito, las normas consagradas, las costumbres calcificadas, las tradiciones que sirven a unos pocos).
         De ahí que el seguidor/a de Jesús haya de ejercitarse continuamente en la separación de ambas cosas (lo importante, lo relativo) para poder situarse correctamente ante la fe y ante la vida. No ha de temer las iras de quien es desbancado de lo relativo porque su ira es proporcional a su interés, a sus ganancias, del tipo que sean.
         De ahí que no haya que salirse del marco de lo importante para que lo relativo sea bien entendido y empleado. Por eso decimos que la vuelta al Evangelio comporta una continua vuelta a lo importante, a lo esencial que leemos en sus páginas, haciendo de ello el cimiento de nuestra experiencia cristiana y armándonos de paciencia y valor para enfrentarnos a quien absolutiza lo relativo.
         Por otra parte, la relativización de lo que es relativo daría mucha flexibilidad para acoger posiciones diversas y para aunarnos en las cosas importantes, en los valores de fondo del Evangelio.
 
Un texto: Mc 7,1-13
 
Se reúnen junto a él los fariseos, así como algunos escribas venidos de Jerusalén. Y al ver que algunos de sus discípulos comían con manos impuras, es decir no lavadas.
Es que los fariseos y todos los judíos no comen sin haberse lavado las manos hasta el codo, aferrados a la tradición de los antiguos, y al volver de la plaza, si no se lavan, no comen; y hay otras muchas cosas que observan por tradición, como la purificación de copas, jarros y bandejas.
Por ello, los fariseos y los escribas le preguntan: «¿Por qué tus discípulos no viven conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?».
Él les dijo: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito:
Este pueblo me honra con los labios,
pero su corazón está lejos de mí.
En vano me rinden culto,
 ya que enseñan doctrinas que
son preceptos de hombres (Is 29,13).
«Dejando el precepto de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres.»
Les decía también: «¡Qué bien violáis el mandamiento de Dios, para conservar vuestra tradición! Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre y: el que maldiga a su padre o a su madre, sea castigado con la muerte. Pero vosotros decís: Si uno dice a su padre o a su madre: `Lo que de mí podrías recibir como ayuda lo declaro Korbán -es decir: ofrenda-', ya no le dejáis hacer nada por su padre y por su madre, anulando así la palabra de Dios por vuestra tradición que os habéis transmitido; y hacéis muchas cosas semejantes a éstas.»
 
·       Valor y contravalor: Eso es lo que ocurría con la llamada “impureza legal” entre los judíos del tiempo de Jesús. Tenía un valor. Querer presentarse puros, justos, ante Dios. Un contravalor: poner esa pureza en ritos lavatorios. Y este segundo aspecto se comió al primero: creían que por refrotarse eran más justos ante Dios. Craso error. Lo relativo reemplazó a lo importante.
·       Vivir conforme a la tradición/vivir conforme a la fe: Esto se presentará como un dilema a toda persona religiosa, la de antes y la de ahora. La respuesta evangélica es clara: hay que vivir, sobre todo, conforme a la fe. Si la tradición se adecua a ella, bien; si no, habrá que pasar por encima de ella.
·       Un corazón lejos de Dios: esa es la cuestión de fondo, el verdadero baremo a tener en cuenta. Si ahí se naufraga, estamos perdidos. La vieja profecía de Isaías, sigue vigente. La tradición cree que nos sitúa más cerca de Dios; pero es falso. Nos sitúa más cerca de nuestros sentimientos, de nuestras valoraciones, de nuestros intereses. Pero el corazón cercano a Dios es el corazón cercano a la persona: para saber si estamos cerca de Dios miremos a qué distancia estamos de las persona.
·       Múltiples Korbanes: Que son los modos de tapar nuestros modos de pensar para ocultar el deseo del Evangelio de ser solidario con el otro. Envolvemos hasta de tradición religiosa nuestros comportamientos, pero en el fondo sabemos que el Evangelio empuja a otra cosa. Verdaderos y múltiples Korbanes. El Evangelio los “desnuda” y los cuestiona.
·       Anular la Palabra de Dios: Eso es lo que pueden hacer las tradiciones, dejar sin fuerza a la Palabra de Dios, desactivar el Mensaje hasta dejarlo sin contenidos. Triunfa lo relativo y se esfuma lo absoluto. Habrá que analizar muchos comportamientos para confrontarlos en directo con el Evangelio. Si superan la prueba, vamos bien; si no la superan, estamos fuera de onda. Ante las tradiciones, la pregunta primera es: ¿qué tiene que ver esta tradición con el Evangelio? De la respuesta depende su importancia.
 
Unas consecuencias
 
·       Libertad ante las tradiciones: Si uno percibe que las tradiciones le atan sin dejarle margen de maniobra, la cosa no va bien. Si la libertad evangélica está coartada por una tradición, hay que liberarse de ella, con la mayor fraternidad y con la mayor firmeza, aunque haya que arrostrar las iras del sistema.
·       ¿Nos duele el Evangelio/nos duelen las tradiciones?: La convivencia ciudadana lleva, a veces, a tener que sufrir alguna conculcación de tradiciones religiosas. Hay a quien le duele esto mucho (ponen el grito en el cielo en la prensa, organizan desagravios, etc.). Pero ¿nos duele cuando se conculcan los valores evangélicos? Estos tendrían que dolernos más que aquellas.
·       Un corazón evangélico: Es el centrado en los valores del Evangelio. Por eso, ese corazón se alberga, a veces, en personas que no pertenecen al mundo religioso y no se percibe en personas altamente piadosas. El corazón evangélico es el corazón mismo de Jesús, con sus valores, con sus vivencias, con su mística.
 
III
VOLVER AL EVANGELIO ES ASENTARSE DE NUEVO EN LA IDENTIDAD CRISTIANA, PORQUE EL RESTO, POR MUCHO QUE SE NOS DIGA, ES DE MENOS VALOR
 
         La identidad cristiana es aquello que nos configura y nos distingue como seguidores de Jesús. ¿Qué es ello? Los valores del Evangelio.
         La identidad cristiana (católica incluso) ha estado asentada sobre componentes religiosos, algunos incluso de segundo nivel: el bautismo, la primera comunión o el matrimonio, la profesión religiosa o el sacerdocio, la aceptación de los dogmas y la autoridad del Papa, la señal de la cruz, la devoción a tal o cual santo, etc.
         Pero el Evangelio la asienta sobre el amor asimétrico como lo ha sido el de Jesús (Jn 13,34-35), el servicio y la entrega (Jn 13,1ss), el querer del Padre que es que nada se pierda (Jn 6,39), la solidaridad con el prójimo frágil (Lc 10,25ss), la reconciliación de todo en Cristo (Ef y Col). Estos son los elementos que configuran la identidad cristiana. Ninguno de ellos de contenido explícitamente religioso.
         Jesús retoma viejos anhelos. En Is 5,1ss se nos ofrece el llamado canto a la viña: Dios ha cuidado a Israel como a una viña y a la hora de la cosecha, uvas amargas en lugar de justicia y derecho. ¿No había respondido Israel al amor de Dios con culto, oraciones, promesas, leyes, etc.? Sí, pero no era la respuesta, la identidad, que Dios quería: él anhelaba justicia y derecho, fraternidad, amparo humano, solidaridad, amor desinteresado. Ahí habría estado la verdadera identidad del Israel creyente. Pero situó su identidad en el ámbito religioso. Y esa fue su frustración.
         ¿Es posible situarse en estos parámetros, asentar ahí la identidad cristiana? Será preciso, primeramente, cambiar el imaginario religioso por otro donde los componentes evangélicos estén más presentes. Y luego, será necesario hacer prácticas de Evangelio, poner el acento en los valores que él quiere proponer.
         Como hemos dicho en temas anteriores, habrá que preguntarse continuamente por la conexión de nuestros comportamientos con el Evangelio. Si esa conexión es débil, por muy grande que sea el peso religioso, la identidad será floja. Si esa conexión con el Evangelio es fuerte, estaremos en onda de la identidad cristiana, aunque el componente religioso no esté muy marcado.
         Entonces, ¿para qué sirve la religión? No como un ámbito de identidad, sino como herramienta valiosa que ayuda a tal identidad. Los elementos religiosos tendrían que llevarnos a una más profunda humanidad, a un amor más generoso, a una entrega con menos condiciones, a una solidaridad limpia, a una reconciliación esforzada.
 

Un texto: Lc 18,9-14

 

A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola:

Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera:

- Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano.

Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo:

- Dios, sé propicio a mí, pecador.

Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido”.

 

  • ¿Dos maneras de orar o dos maneras de ser?: Normalmente se suele decir que esta parábola enseña dos maneras de orar: la orgullosa y prepotente del fariseo y la humilde y sencilla del publicano. Pero puede entenderse también como dos maneras de ser, y entonces nos situamos en el tema de la identidad: el que basa su identidad en sus avales religiosos (moralidad, prácticas ascéticas, limosna) y el que lo hace en su verdad (su fallo, su pequeñez, su dudosa moral).
  • Error de perspectiva: Dice el texto que el fariseo oraba “puesto en pie”, mientras que el publicano oraba “lejos y sin alzar los ojos del suelo”. No solamente son dos actitudes físicas que se contraponen, sino dos perspectivas distintas: la del orgullo del religioso, la de la humildad de quien se sabe qué es. Esta segunda puede comprender la identidad evangélica; aquella primera, está incapacitada para ello. Por eso resulta tan difícil hacer ver en qué consiste la identidad cristiana a quien está situado en la pura religión.
  • El fracaso del fariseo: Que es el fracaso de la religión cuando esta se constituye en centro de sí misma. Por eso no queda justificado, queda sin razón de ser evangélica, se desliga del camino de Jesús. La religión tomada aisladamente puede alejarnos de la fe, de la identidad evangélica. Hay que tener mucho cuidado con ella. Estamos manejando algo peligroso por su fuerte potencial para el bien o para el desastre.

 

 

 

Unas consecuencias

 

  • Mi yo religioso o mi yo justo: Hay que ver en qué lado de estos dos va creciendo y se configura mi identidad evangélica. Si el énfasis está puesto en las prácticas religiosas, la identidad será frágil; si está puesto en la solidaridad y el amor, será fuerte. Por eso, el examen que hay que pasar es el que atañe a la justicia, a la dignidad, al amor, a la entrega.
  • Un valor redescubierto: Quien asienta su identidad en el hecho religioso piensa, con frecuencia, que la mera mecánica religiosa es suficiente: rezar, cumplir, aceptar. Pero hay que decir que la religión, además de estar al servicio de la fe evangélica (es secundaria, aunque valiosa), ha de ser continuamente redescubierta, actualizada, acomodada a los tiempos. No hay nada más destructor para la identidad cristiana que una actitud religiosa a piñón fijo.
  • Apostolado del gusto por la vida: Ese sería un apostolado derivado de la identidad evangélica: creer que esta vida, creada por el amor del Padre, es valiosa y que ha de ser vivida en el máximo nivel de fraternidad posible. Los apostolados religiosos puede que también tengan sentido. Pero si están desligados del amor a la vida o van contra tal amor, poco tienen que ver con los sueños de Jesús.

 

 

IV
         VOLVER AL EVANGELIO ES APRENDER UN POCO MÁS EL ROSTRO DE JESÚS, CONOCER MEJOR SU SONRISA Y SUS ARRUGAS, SUS BRILLOS Y SUS SOMBRAS.
 
         En el rostro confluyen cuarenta y tres músculos. Con esa cantidad podemos expresar alegría, tristeza, preocupación, sorpresa, dolor, pena, amor. En cualquiera de estos estados, los otros músculos del cuerpo no se transforman ni cambian. El rostro es distinto. Por eso, leer el rostro de la persona es acercarse mucho a su personalidad, a sus sentimientos y a sus situaciones interiores.
         Se comprende entonces que “aprender un rostro” es una tarea complicada y trabajosa. Es como aprender lo básico de la persona. Desde pequeñitos estamos tratando de aprender rostros, de acercarnos a la verdad de las personas. Hasta el bebé hace eso con el rostro de su madre que lo amamanta.
         Acostumbrados a la ideología, nos parece poco decir que volver al Evangelio puede entenderse como aprender el rostro de Jesús. No lo tenemos delante, pero tenemos los Evangelios donde su rostro leído por las primeras comunidades cristianas ha ido dejando huella. Volver al Evangelio es, pues, de algún modo aprender el rostro de Jesús para sumergirse en su alma.
         Ese rostro ha tenido sonrisas y luces que miraban con amor (Mc 10,21), cansancios y hasta enfado a causa de la pertinaz incredulidad sobre él (Mc 3,5), brillo en los ojos por el gozo (Mt 11,25) y por la pena de las lágrimas (Jn 11,35) miradas en busca de amparo y acogida (Mc 3,34). Como cualquiera de los rostros de los hijos de la tierra.
         Pero algo tenía el rostro de Jesús de especial: en él desvelaba la gente el rostro invisible del Padre; en su manera de acoger y perdonar deducía la gente el rostro perdonador del Padre; en su manera de consolar y de animar, entendía la gente el acompañamiento que Dios hacía en su vida. Su rostro era, de alguna manera, el rostro del Padre: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14,9).
         Por eso, se puede plantear la vuelta al Evangelio como una vuelta al rostro de Jesús. Habríamos de cultivar una mística del rostro de Jesús. Y no solamente al modo clásico, en imágenes o iconos, sino también en esos rostros que muchas veces nos muestran las exposiciones de refugiados, exilados, descartados. En sus lágrimas y en sus sonrisas está incluido el rostro de Jesús.
         Para nosotros el Evangelio es el rostro de Jesús. Lanzarse a él, tratar de aprenderlo cada día más, será una forma hermosa de volver al Evangelio.
 
Un texto: Mt 17,1-9
 

Seis días después se llevó Jesús a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y subió con ellos a un monte alto y apartado. Allí se transfiguró delante de ellos: su rostro brillaba como el sol y sus vestidos se volvieron esplendentes como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.

Intervino Pedro y le dijo a Jesús:

- Señor, viene muy bien que estemos aquí nosotros; si quieres, hago aquí tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra. Y dijo una voz desde la nube:

- Éste es mi Hijo, el amado, en quien he puesto mi favor. Escuchadlo.

Al oírla cayeron los discípulos de bruces, aterrados. Jesús se acercó y los tocó diciéndoles:

- Levantaos, no tengáis miedo.

Alzaron los ojos y no vieron más que al Jesús de antes, solo.        

Mientras bajaban del monte, Jesús les mandó:

- No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de la muerte.

 
·       Normalmente se interpreta este texto como una iluminación desde fuera: Jesús busca luz en el monte y, en diálogo con Moisés y Elías, una luz de fuera le invade. Y “su rostro brilla como el sol”.
·       Puede ser leído también como una iluminación desde dentro: Jesús, en oración, y en diálogo con la Palabra  (Moisés y Elías como representantes) habla sobre “lo que iba a pasar en Jerusalén” (Lc 9,31). Al fin se hace luz dentro y ve que sí, que tiene que ir a Jerusalén.
·       Entonces una luz se abre paso desde dentro y brilla su rostro, se iluminan sus facciones, ha encontrado sentido. Un rostro iluminado por el sentido, por la entrega. Aunque en el huerto se ensombrecerá dicho rostro, aquí tiene luz. Luces y sombras en el rostro de Jesús.
 
Unas consecuencias:
 
·       Rostro duro y hermoso: La imaginería religiosa, en su lado más popular, nos ha trasvasado un rostro de Jesús blandengue y amerengado. Habría que volver a otro tipo de rostro, más hebreo, más de la tierra. Cualquier rostro de palestino nos sirve más que los rostros “germánicos” y tópicos de nuestros cristos. Esto es muy secundario, pero en el imaginario juega su pasada.
·       Poner rostro: La vuelta al Evangelio habría de llevarnos a poner rostro a los sufrientes de la tierra. Rostro e individualidad. Rezar genéricamente por los pobres, exilados o descartados, sin rostro, es una cosa; poner rostro transforma la oración porque viene de otra vivencia. La vuelta al Evangelio habría de llevarnos a poner rostro continuamente, a huir de la oración sin rostro.
·       Sacramentalidad del rostro: Acostumbrados al imaginario religioso, creemos que la presencia de Dios se adensa en los sacramentos religiosos. Y así es. Pero hay sacramentos del rostro como el rostro que perdona. Como dice Gen 33,11 un rostro que perdona es ver el rostro del Dios que perdona. En un rostro que perdona hay más carga de sacramentalidad que en un signo religioso.
        
 
 
 
 
V
VOLVER A JESÚS ES DISPONERSE A GUSTAR DE NUEVO LAS PEQUEÑAS DELICIAS OCULTAS EN EL TEXTO, RUMIARLO, SABOREARLO
 
         Viniendo como venimos de una tradición religiosa poco bíblica, aunque hemos mejorado, no nos tiene que extrañar que conozcamos el Evangelio como por encima, como una serie de episodios históricos más o menos creíbles. No hemos dado el paso a desentrañar el texto, a moldearlo, a hacerlo nuestro. El texto evangélico sigue siendo otro para mí, algo todavía poco personalizado, por más que digamos que nos interesa. La prueba es los pocos modos organizados que hay para aventurarse en el mundo del texto evangélico: se escucha en misa y ya está. Ese es el conocimiento por fuera.
         Hoy ya no es excusa decir que no tenemos buenas traducciones: todas son muy buenas. Por esa parte no hay problema. Pero nos falta mística del libro: tener un nuevo testamento mío, donde voy haciendo anotaciones para que, al cabo de los años, consiga romper la cáscara de los relatos y llegue al contenido. ¿Cuándo nos decidiremos como creyentes adultos que se apoyan en el Evangelio a tener un nuevo testamento (o una Biblia) propia, trabajada durante años, acompañante de nuestro deseo de Evangelio? Si no, hablar de volver al Evangelio es más difícil, porque se puede hacer sin Biblia, sin saber leer incluso, pero en estos tiempos eso está ya superado, o tendría que estarlo. ¿Cómo ayudar a construir una generación de creyentes que lee el Evangelio por su cuenta y que lo disfruta?
         El Evangelio, que no es un libro religioso sino de relaciones, tiene textos deliciosos, hasta literariamente. Disfrutar del texto leído. No solamente cuando me lo leen, sino, sobre todo, cuando lo leo yo. Disfrutar de esas pequeñas delicias, resolver los interrogantes que nos plantea, comunicarnos con otros, preguntar. Un texto vivo que me acompaña en mi camino cristiano.
         Saborear al detalle. Tiene que llegar el momento en el que uno/a lea pasajes del Evangelio (el buen samaritano, por ejemplo) y vaya descubriendo pequeñas cosas que le alimentan, que le sugieren, que ponen su manera de vivir la fe en otro nivel. Tiene que ir haciéndolo uno, porque si no, siempre estará a expensas de la explicación de otro.
         Y luego, rumiar. Leer muchas veces, darle mil vueltas con gusto. No conformarse con saber “la historia”, sino medir y rumiar las frases, las expresiones. Medirlas con la propia sensibilidad, no hace falta ir a libros, como se rumia una carta de alguien que amas y que acabas de recibir.
         Todo hasta experimentar que en todo esto hay una cierta novedad. Si no salta el sentimiento de novedad, aún estamos en los viejos parámetros. Pasar del “de oídas” al “te han visto mis ojos”, como decía Job.
 
Un texto: Jn 12,2-7
 

1“Entonces Jesús, seis días antes de la Pascua, vino a Betania donde estaba Lázaro, al que Jesús había resucitado de entre los muertos. 2Y le hicieron una cena allí, y Marta servía; pero Lázaro era uno de los que estaban a la mesa con El. 3Entonces María, tomando una libra de perfume de nardo puro que costaba mucho, ungió los pies de Jesús, y se los secó con los cabellos, y la casa se llenó con la fragancia del perfume. 4Y Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que le iba a entregar, dijo: 5-¿Por qué no se vendió este perfume por trescientos denarios y se dio a los pobres? 6Pero dijo esto, no porque se preocupara por los pobres, sino porque era un ladrón, y como tenía la bolsa del dinero, sustraía de lo que se echaba en ella. 7Entonces Jesús dijo: -Déjala, para que lo guarde para el día de mi sepultura”.

 
·       A modo de ejemplo: Vamos a tomar un solo verso, el 3, para rumiarlo, saborearlo y gustarlo. Evidentemente, habría que encajarlo luego en la interpretación general del pasaje que es la celebración por anticipado de la vida de Jesús que va a morir: ungimos a uno que está destinado a la vida (anticipación). Pero, como decimos, nosotros vemos solo el v.3 para gustarlo.
·       Nardo puro: Es el perfume de las bodas, del amor: “Mientras el rey estaba en su diván, mi nardo despedía su perfume” (Cant 1,12). El perfume del amor que lo invade todo. Un Jesús perfumado, un Jesús de “palabras perfumadas” (S. Francisco).
·       Se los secó con el cabello: El cabello no seca; debe ser secado. Pero alude al cabello como elemento de amor: “Tus cabellos son como la púrpura (¿pelirroja?) ¡un rey están prendado de esas trenzas!” (Cant 7,6). Jesús prendado en nuestro cabello, porque su amor hacia nosotros es irrefrenable.
·       La casa se llenó de la fragancia del perfume: Del perfumado Jesús. El perfume del perfumado. Otra manera de sentir a Jesús, muy alejada de la dogmática.
 
Unas consecuencias:
 
·       Y lo abrazo y lo huelo…: Decía el cura Benito Ardid: “Y vuelvo a casa por la noche y veo el NT sobre el sillón donde lo dejé la noche anterior. Y lo abrazo, y lo huelo”. Oler el NT es oler a Jesús, es la mística del perfumado, la mística del amor. Esos gestos indican que se está en el Evangelio de manera distinta, vital, honda, existencial.
·       Como un puzzle: Así es el aprendizaje nuevo de los Evangelios: cada día se aprende una fichita del puzzle, se anota, se consigna. Y, poco a poco, se va completando el puzzle de muchísimas piezas que es el NT. Con la paciencia de quien ama algo nuevo.
·       Subrayados, anotaciones: Gustar en el Evangelio de modo nuevo tiene rostro en los subrayados y anotaciones que hacemos en nuestro texto. Un texto sin marcas es algo que seguramente no da el paso al disfrute del detalle textual. Todavía se está en lo general.
·       Animarse a apadrinar un NT: El que será de uso personal e intransferible. El libro que me acompañará muchos años en mi caminar cristiano. El libro con el que podré cerciorarme de que me voy situando en un terreno nuevo en el Evangelio.
 
VI
VOLVER AL EVANGELIO ES RETOMAR LAS VIEJAS UTOPÍAS, OXIDADAS, EMBRUMADAS, CASI PERDIDAS Y DARLES DE NUEVO EL VALOR QUE SIEMPRE TUVIERON
 
         Hay mucha gente agorera que afirma que hoy no es buen tiempo para utopías, que  hay que ser realista. Siempre que alguien propone algo con un poco de idealismo, hay una mano que se levanta para recordarnos que hay que se realista. El realismo es bueno; pero si es sin horizonte, ya no lo es tanto.
         Pero la utopía es, remedando a Hernández como hace Serrat, tan necesaria como el pan de cada día. Sin ella los días se nos vuelven chatos, grises, iguales en su rutina, adormecidos. La utopía es, como decía Galeano, eso que no se atrapa nunca, pero que nos hace caminar.
         Pues bien, volver al Evangelio es recalar en la utopía porque los Evangelios son un libro de utopías, de anhelos, de mística. Ahí están: la gran utopía de la justicia (“buscad primero el reino de Dios y su Justicia”: Mt 6,33); la gran utopía del reino que está ya actuando (“el reino de Dios está dentro de vosotros”: Lc 17,21) y que llegará a su plenitud cuando todo frágil social sea asistido (“tuve hambre y me disteis de comer”: Mt 25,35); la gran utopía de que el sufrimiento de los pobres tendrá fin algún día (“bienaventurados los pobres”: Mt 5,4); la utopía aún no lograda de la igualdad (“todos vosotros sois hermanos”: Mt 23,8); la utopía anuncia de la paz (“mi paz os dejo mi paz os doy”: Jn 14,27); la utopía espiritual de que la nuestra es una vida acompañada (“vendremos a él y nos quedaremos a vivir con él”: Jn 14,23) Y así tantas otras. Si se quita la utopía al Evangelio, no queda nada.
         Estos son los sueños de Jesús. Si no hicieran mella en nosotros se produciría un gran fallo: decimos amar a Jesús, seguirle, basar nuestra fe en él y no nos importan sus sueños. Los sueños de una persona es su mayor valor, su referencia más querida. Menospreciarlos es menospreciar a quien los tiene. Menospreciar los sueños de Jesús es situarse fuera del Evangelio.
         No dejéis morir a los viejos profetas, decía el poeta Ángel Valente. Si dejáramos morir las utopías del Evangelio, éste habría perdido su sentido. Por eso, quien ama el Evangelio mantiene las utopías humanizadoras contra viento y marea.
 

Un texto: Jn 6,37-40

 

                37Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí, no lo echaré afuera; 38porque he bajado del cielo, no para hacer mi querer, sino el de quien me ha enviado. 39Éste es el querer del que me ha enviado: que no se pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día. 40Este es el querer de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él, tenga vida definitiva, y yo lo resucitaré en el último día.

 

  • Este tipo de lenguaje de los discursos del Evangelio de san Juan puede que no nos digan mucho, si se los lee de pasada. Pero, si nos detenemos, pueden ser interesantes. Hay que tener la paciencia y el amor de detenerse. Aquí se está hablando de la utopía de que nada se pierda.
  • Una primera cosa interesante es que Jesús “no echa fuera” a lo que el padre le entrega, a todas las personas, a toda la creación. Tenemos en Jesús un aliado, nunca un enemigo.
  • Lo más interesante esa saber que Jesús es uno que quiere ayudarnos a cumplir el “querer” de Dios, su voluntad, que no es sino ésta: “que nada se pierda”, que no haya pérdidas por ningún lado, que en el caminar de la historia se vayan reduciendo las pérdidas, que los humanos trabajemos con él para reducir las pérdidas. Cuando no haya más pérdidas, habrá amanecido la utopía del reinado de Dios.
  • Por eso, el éxito de la fe no es tanto la salvación, cuanto que nadie sea excluido, descartado, extraviado, perdido. Este es el gran anhelo de Jesús y del Evangelio. En esto, san Juan supera a los sinópticos, porque allí se viene a decir (en la parábola del sembrado, Mc 4), que es inevitable que haya pérdidas. Juan no se resigna a eso: hay que soñar una sociedad sin pérdidas.
  • Por eso, la “resurrección del último día”, más que una cosa religiosa (el cielo, la vida eterna, etc.) se refiere al inmenso logro de una sociedad sin pérdidas. Esa es la verdadera resurrección de lo creado, la utopía que se toca con las manos.
  • Por eso se habla más de “vida definitiva” que de “vida eterna”. Porque lo importante no es lo que hace referencia al tiempo, que sea terna, sino a la calidad de esa vida, que sea “definitiva” para toda criatura, que nadie quede excluido de esa vida plena. Los trabajos sociales son trabajos que apuntan a esa utopía.

 

Unas consecuencias:

 

  • Abstenerse realistas: Un letrero así debiera estar colgado en la puerta de las comunidades cristianas. Porque, sí, es bueno el realismo con horizonte, pero la utopía es muy escasa. Y cuando la vida cristiana se aleja de la utopía se convierte en una comunidad moralista, normativa, jerarquizada, represora. Por eso es tan necesaria la utopía: para que entre aire limpio en los pulmones de la comunidad de creyentes.
  • Utopías conectadas a la realidad: Porque si están desconectadas se convierten en fantasías. Por ejemplo: la utopía de que el hambre desaparezca de la faz de la tierra ha de estar conectada a la lucha cotidiana para que ninguno del propio entorno tenga carencias alimentarias. Es una utopía posible. Por primera vez en la historia se ha bajado del umbral del 10% en el tema del hambre. Luego es una utopía factible si hay trabajo en esa dirección.
  • Voluntariados utópicos: Son aquellos que hacen suyo el lema evangélico de “que nada se pierda”. Es la utopía del Papa Francisco que clama contra el descarte de personas frágiles, que quiere una sociedad son desperdicios, sin desechos. Los voluntariados colaboran en la medida que pueden a esta utopía. Un voluntariado sin utopía se convierte en un asistencialismo sin alma.

 

VII

VOLVER AL EVANGELIO ES MEZCLARLO AL CAMINO DE LA VIDA. NO ES EL EVANGELIO ALGO APARTE DE LA VIDA

 

         Si preguntas a la gente a qué le suena la palabra “Evangelio” dirá: a misa, a cosas de los curas, a iglesia, a religión, a catequesis. Es que hemos restringido el uso del Evangelio a esos ámbitos. Y aun siendo lugares donde lógicamente debe sonar el Evangelio, hay que decir que su finalidad es anterior a todos esos usos que vinieron cuando los Evangelios llevaban muchos años escritos. Por eso se puede decir que el Evangelio no es un libro religioso en primera instancia.

         ¿Cuál es, pues, la finalidad de los Evangelios? Es una finalidad relacional, social, de utopía social. Lo que Jesús llamaba el reinado de Dios, la nueva sociedad, la comunidad de hermanos, el sueño de una economía igualitaria que Dios tiene sobre la historia. El Evangelio quiere resituar, según el pensamiento de Jesús, las relaciones humanas. Esta es la gran primera fase de las relaciones plenas del reino de Dios que serán en eso que llamaos parusías o vida eterna.

         Por eso hay que decir que el Evangelio tiene una finalidad ética. Si no se llega a modificar las posturas éticas, no se ha llegado todavía a la finalidad primordial. Un Evangelio solamente para leerlo, estudiarlo, orarlo, venerarlo, creerlo, es algo que se queda corto. El Evangelio no busca admiradores sino seguidores/as.

         Lo entendemos fácilmente: una buena semilla, para que germine, necesita encontrarse con una buena tierra. Lo mismo pasa con el Evangelio: es una semilla óptima pero necesita de la tierra, de la vida, para que sea fecunda. Por eso mismo, sacar el Evangelio de los ámbitos normales de la vida es condenarlo a la esterilidad. Evangelio y vida han de ir hermanados.

         Al fin y al cabo, Jesús no fundó una escuela de oración, ni una cátedra de teología, ni ofició culto alguno, ni hizo catequesis al uso. Salió a los caminos donde bulle la vida y ahí ofreció la semilla del reino. Por eso, más que de iglesias, el Evangelio habría de ser una propuesta en los caminos. Cuanto más se saca al Evangelio de los caminos, más irrelevante se le hace.

         La lectura más correcta del Evangelio es aquella que se hace desde la vida para que vuelva con más fuerza a la misma vida. Hay que estar más preocupados por vivir el Evangelio en lo cotidiano, en los problemas sociales, que por el primer anuncio catequético, algo que preocupa mucho a la gente del sistema religioso.

 

Un texto: Jn 10,7-10

 

         7Entonces dijo Jesús.

         - Pues sí, os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. 8Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos, pero las ovejas no les han hecho caso. 9Yo soy la puerta, el que entre por mí quedará a salvo, podrá entrar y salir y encontrará pastos. 10El ladrón no viene más que para robar, sacrificar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y les rebose.

 
·       Ojo con los pastores: Porque si las ovejas pensaran irían a por el pastor que las explota totalmente, se lucra de ellas. Jesús es un pastor que se entrega por las ovejas, les da todo, no les quita nada, no se lucra de ellas. Un pastor extraño, casi un loco.
·       Jesús, una puerta: Es una puerta al misterio de la vida y al misterio de Dios. Para nosotros es la puerta querida, traspasando sus umbrales, conectando con el Evangelio sabemos algo del Dios que perdona, que acoge, que ama. Otros tienen otras “puertas”, otras maneras de acceder al misterio.
·       Para que tengan vida: El Evangelio está orientado a la vida, esa es su finalidad. No es tanto la moral o la religión, sino la vida. Si no percibiéramos que el Evangelio nos da vida de verdad, no estaría cumpliendo su función. Si no nos sirviera el Evangelio para amar más esta vida con sus gozos y con sus sombras, habría perdido su finalidad.
 
Unas consecuencias:
 
·       Colmar el foso: El que hemos cavado entre el Evangelio y la vida. Es cierto que la espiritualidad del posconcilio ha hecho esfuerzos como nunca en este sentido. Pero todavía, en el imaginario religioso de los cristianos, una cosa es lo que se hace en el templo y otra cosa es lo que vivimos fuera, una cosa es lo que oímos en una catequesis y otro el lenguaje que empleamos en los asuntos comunes de la vida. Hay que trabajar aún más para que ese foso disminuya su hondura.
·       Una lectura social del Evangelio: La que mezcla lo que pasa en la vida y la Palabra de Jesús. Normalmente nuestra lectura del Evangelio es espiritual y moral  (a veces espiritualista y moralista). Pero podría hacerse una lectura social. Surgiría “otro Evangelio”, más ceñido a la vida, más inspirador, no menos espiritual.
·       Amar la vida: Es un requisito para unir Evangelio y vida. ¿Cómo vamos a poder ofrecer el Evangelio a una sociedad a la que censuramos, a la que tratamos de increyente, de la que decimos que no tiene valores, de la que solamente vemos su lado negativo? Para mezclar Evangelio y vida hay que amar las dos cosas, el Evangelio y la vida.
 
VIII
VOLVER AL EVANGELIO ES REMOTAR CAMINOS QUE NOS PARECEN TRILLADOS Y DESCUBRIR AHÍ NUEVOS MOTIVOS PARA VIVIR CON ALEGRÍA
 
         Los humanos somos como los bueyes, o las cosechadoras: trillamos. Mediante la maquinaria de la rutina, del ritmo cansino de hacer las cosas, de perder la sorpresa y ya nada nos maravilla, del aburrimiento que nos distrae y nos abre la boca hasta el límite. Lo trillamos todo y nos situamos en el gris sobre gris de una vida anodina.
         ¿Hay posibilidad de revertir esta perspectiva? La hay.
·       Podríamos cambiar la aburrida celebración (religiosa y social) con un mejor tono de colaboración, de participación, mirándola no como meros espectadores que viene a ver qué les dan.
·       Podríamos revertir el camino trillado de la caridad con una sensibilidad mayor por la justicia y con una implicación mayor no solo en nuestras donaciones económicas sino en nuestras donaciones de tiempo, con los voluntariados.
·       Podríamos recuperar el camino trillado de la bondad dulzona y paternalista con una dosis de fe en la dignidad de toda persona. La espiritualidad de la dignidad puede ser revulsiva.
·       Podríamos reconstruir el trillado camino del perdón (sobre todo del perdón religioso) si nos interpelara la bullente realidad del perdón social en todas sus facetas (familiar, matrimonial, social, penal y hasta escolar). Los trabajos de mediación serían los adecuados.
·       Podríamos mejorar el trilladísimo camino del amor con la espiritualidad del cuidado que es algo más que unos actos puntuales, es una actitud que pone al otro y sus preocupaciones en el propio horizonte personal.
El Evangelio podría colaborar a esta nueva mística, podría ser un revulsivo. Si el Evangelio nos deja tan tranquilos, si no se nos sube una pulsación, ¿qué evangelio estamos leyendo? Algunos dicen que el Evangelio es “peligroso”. Si no constituye ningún tipo de peligro, ni para la sociedad, ni para la iglesia, ¿qué evangelio estamos leyendo? ¿No somos hijos de un disidente que fue excluido por sus modos heréticos de entender a Dios y a la persona? ¿Cómo devolver al Evangelio ese punto de provocación, esas aristas que lo hacen molesto para las gentes de orden?
Y aun dicen que el Evangelio es un libro religioso, piadoso, aquietador, amordazador. Habría de ser lo contrario, revolucionario, peligroso, “terrorista” incluso, si por tal se entiende subvertir el orden establecido, no ser su libro de consolidación. ¿Cómo hacer del Evangelio esa “bomba de relojería” que haga pedazos el sistema que bloquea la sociedad igualitaria y fraterna?
 
Un texto: Lc 12,49-53
 

49“He venido a lanzar fuego a la tierra… 51¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No he venido a traer paz, he venido a traer división. 52Porque, de ahora en adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; 53se dividirá padre contra hijo e hijo contra padre, madre contra hija e hija contra madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra”.

 

  • No paz, sino división: Este es un texto de los “difíciles” del Evangelio porque tenemos dificultad de encajarlo en el perfil de Jesús pacífico y bondadoso. Es un texto de después de la primera misión cristiana donde se ha verificado hasta la saciedad la dificultad y la “división” que entraña la aceptación del Evangelio. Este es un revulsivo del hecho social, pero tiene lógicamente su precio.
  • Familia dividida: La división de la familia (en aquellos tiempos del sólido y compacto clan familiar) es prototipo de subversión social. El Evangelio no quiere dividir las familias, sino que anhela una sociedad de hermanos. El sistema, representado en la sólida familia, se resiste y se defiende. El problema está servido. Pero un Evangelio que aquieta familias, sistemas, ¿para qué sirve? Para hacerle el juego a lo establecido.
  • Padre contra hijo: La línea divisoria del conflicto es la de las generaciones viejas frente a la de los jóvenes. Un Evangelio que justifica la mentalidad de la vieja generación, la que representa al sistema no es la que desea el Evangelio. ¿No era algo de esto lo que quería el Papa Francisco cuando decía a los jóvenes “¡Hagan lío!”?

 

Derivaciones

 

  • Una sacudida: Esto habría de ser el Evangelio, algo para sacudir, no para aquietar. El Evangelio habría de ser un peligro social. Si la sociedad los asimila bien, es que lo ha fagocitado, lo ha domesticado. ¿Cómo devolver al Evangelio su vocación subversiva? ¿Es posible esto en una comunidad cristiana tan sistémica como la nuestra?
  • Situarse en la novedad: Algo de lo que decimos será imposible sino nos situamos en la novedad social y eclesial. Si siempre estamos en los márgenes establecidos, si tememos la creatividad, si censuramos a quien canta fuera del coro, si  nos encontramos a gusto en el calorcito de la estufa oficial, hablar de un Evangelio revolucionario es hablar de algo sin fundamento. Es preciso situare justamente en el lado opuesto, en el gusto por la novedad (no por moda, sino por el potencial de vida que encierra), en la sorpresa de lo que está aún por ocurrir.
  • Nueva alegría: Porque necesitamos motivos de alegría para que los días sean vivibles. Ponernos en el lado de la rutina, de lo trillado, de lo ya sabido, difícilmente nos va a traer algo de alegría, ya que está es hermana de la novedad, de la sorpresa, de lo porvenir. Necesitados como estamos de una alegría nueva, por sencilla que sea, quizá la vuelta a un Evangelio sorprendente y revolucionario nos pueda llevar a los terrenos del gozo.

 

IX

VOLVER AL EVANGELIO ES CANTAR CON JESÚS LA MELODÍA QUE PUEDE ESPANTAR NUESTROS MALES Y NUESTRAS ASPEREZAS

 

 

         “Quien canta su mal espanta”, dice el refrán castellano tantas veces citado. Los humanos tenemos necesidad de cantar, no solamente para espantar males, no solamente para expresar la belleza, sino para reconfortar el corazón, para animarse por dentro, para consolarnos, para emocionarnos. El canto es un elemento antropológico de primer orden presente en todas las culturas.

         La vivencia religiosa ha estado muy ligada al canto. Pero, con frecuencia, es un canto poco unido al Evangelio. Y a veces, aunque lo esté, no logra superar un cierto y profundo sentimiento de temor (la bella música gregoriana ha sido definida como “la música del temor”). ¿Cómo abandonar un canto lastimero para cantar con ánimo ante las dificultades y ante los gozos? ¿Cómo enardecer el corazón con un canto animoso?

         Puede parecer que es un tema baladí para la reflexión. Pero los antropólogos no dirían lo mismo porque saben que el canto es un elemento cultural de primer orden. ¿Podría ser la vuelta al Evangelio un camino para potenciar un canto que humanice y que anime a la construcción de la nueva sociedad, del reinado de Dios?

         Los  Evangelios no hablan de que Jesús cantase, al menos no lo dicen explícitamente. El vocablo canto casi no está en los índices de los manuales de antropología del siglo I y tampoco está en las concordancias bíblicas populares (sí en las técnicas) Pero Jesús “cantaba”, aunque no se diga explícitamente que lo hiciera:

  • El canto de la sociedad de los pobres: “Recoged los trozos, que nada sobre” (Jn 6,12).
  • El canto del consuelo: “No llores” (Lc 7,12).
  • El canto de la alegría: “Te doy gracias, Padre, porque has revelado esto…” (Mt 11,25).
  • El canto de la amistad: “Mirad cómo lo quería” (Jn 11,36).
  • El canto del reconocimiento de valores: “No hay fe en Israel como la de éste” (Lc 7,9).

La vuelta al Evangelio nos podría ayudar a cantar en la noche (como diría Brecht), a levantar los hombros, a mirar el porvenir con más esperanza, a arrostrar el peso de los días con mejor ánimo, a entender nuestra participación en la vida como una suerte.

En los otros textos del NT se anima al canto: “Cantad y tocad con toda el alma para el Señor” (Ef 5,19); “Cantad a Dios con agradecimiento” (Col 3,16). Pero tampoco hay grandes testimonios de canto, de lírica, de poesía. Haría falta una relectura del hecho creyente desde la lírica, por inútil que parezca esto a muchos cristianos embrumados por su preocupación por llegar al cielo sin preocuparles el vivir gozosamente nuestro camino por la tierra.

 

Un texto: Mc 10,32

 

“E iban por el camino subiendo a Jerusalén,Jesús iba delante de ellos; y estaban perplejos, y los que le seguían tenían miedo”.

 

  • Los cantos de las subidas: No habla este texto del canto. Pero cuando los judíos subían a Jerusalén entonaban los “cantos de las subidas”, los salmos  121ss: mi auxilio viene del Señor, vamos a la casa del Señor, como un pájaro de la red del cazador, los que confían en el Señor, cuando el Señor cambió la suerte de Sión, si el Señor no construye la casa, etc. Cantos para el ánimo, para reconfortar el corazón. Los iban cantando todos.
  • Cantar para alejar el temor: Probablemente el temor se alejaba, la perplejidad se contenía, la gran pregunta (¿Para qué iban a Jerusalén si aquello era meterse en la boca del lobo?), se hacía menos amenazadora. Un Jesús que reconforta a los suyos cantando salmos de gozo y de confianza.
  • Cantando delante de ellos: Iba delante de ellos, cantando delante de ellos, como quien tira de una cordada de desalentados. Algo de su ánimo pasaría a sus corazones temblorosos. Dar ánimo con cantos de ánimo, una manera honda de ser hermano.

 

Unas consecuencias

 

  • Huir del coro de las lamentaciones: Ya que en nuestros días, épocas de reducción, de abandono de la religiosidad, de escaso afecto a la estructura eclesiástica, tendemos a estar en el coro de las lamentaciones, canto gris tirando a negro, suspirando por los tiempos pasados y maldiciendo los presentes. Salir de ese coro es algo imperioso si se quiere entender la vida como un  disfrute y una suerte.
  • Cerca de quien canta: Porque siempre hay gente de mirar limpio y de vida positiva que canta a la vida. Y no nos referimos a los cantantes estandar, sino a quien interpreta el camina humano como una senda de posibilidades y una oportunidad que no pasa dos veces por nuestra puerta.
  • Cantar en coro: En grupo, en comunidad, en familia humana. Los humanos no cantamos solos, sino en grupo, en coro común, el coro de la humanidad. El disfrute del canto habría de llevarnos a una mayor humanidad, a la certeza de que hemos sido creados para cantar con otros, para descubrir el amor con otros.

 

X

VOLVER AL EVANGELIO ES VOLVER AL CORAZÓN DE LA PERSONA PORQUE EL SUEÑO DE JESÚS ES ENTREVEAR CORAZONES

 
         El camino del corazón es, a veces, inextricable, pero quien no lo anda ha perdido la senda para la que fue creado. Porque la casa del corazón de la persona es otro corazón similar. Es ahí donde uno se encuentra a sí mismo y encuentra al otro.
         Es cierto que la mayor parte de nuestro recorrido vital anda lejano de las sendas del corazón, empujados por la terrible fuerza del propio egoísmo que piensa que solamente es decisivo el bienestar del propio corazón. Pero esas sendas de soledad abocan a un fracaso que nos deja la boca y el alma amargas.
         Por eso, hay que salir al camino del corazón del otro. Y el Evangelio que es un libro interesado en los corazones, puede ser una ayuda muy buena para recorrer la senda de los corazones que se entreveran.
         Decir que el Evangelio está interesado por el camino del corazón que se mezcla a otros corazones puede parecer cosa barata, tan devaluado está el vocablo corazón cuando se lo refiere al amor. Pero aun así, la vuelta al Evangelio puede ayudar a  descubrir o ahondar más en algo vitalmente importante como es el encuentro con el corazón del otro.
         Aquel grito de Jesús en Mt 11,28 “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados” sigue vigente porque el cansancio y el agobio acompañan la vida de los humanos. Es el corazón lleno de pesares el que Jesús reclama porque cree que fundiendo corazones el peso se aligera y la pena compartida se esfuma más rápidamente.
         La liturgia canta un himno hermoso: “Dios tiene corazón”. Y así es. Hemos construido en el imaginario religioso un Dios sin corazón. La vuelta al Evangelio puede ser la vuelta al corazón de Dios, a la relación cálida con Dios, hogareña (como dice en Jn 14,1).
 
Un texto: Mt 15,19
 
“Porque del corazón provienen malos pensamientos, homicidios, adulterios, fornicaciones, robos, falsos testimonios y calumnias”.
 
·       Algo a sanear: Porque el riesgo de corrupción, de maldad, es grande. El corazón necesita ser saneado constantemente. El aire limpio del Evangelio puede colaborar a ello.
·       Fuente de bien, fuente de mal: Porque las dos cosas pueden brotar del corazón. El Evangelio quiere potenciar la fuente del bien, hacer que manen sentimientos positivos, valorativos, amables hacia el otro y surja la empatía que fortalece los corazones.
·       Corazón que tiende al otro: Y ahí, en la conexión con el otro, es donde se realiza. La soledad amarga al corazón y lo aleja de su verdadero sentido. La comunicación y en entrecruce es lo que agranda y ahonda el corazón y sus valores.
 
Unas consecuencias:
 
·       No desistir: A veces experimentamos la traición del corazón del otro. No desistir, seguir tratando de conectar por otros caminos, no cortar puentes totalmente, dejar puertas abiertas. Los días pueden llevarnos a una confluencia de corazones por vericuetos inesperados.
·       Una fe cálida, cordial: Porque, al no haber tenido en cuenta este valor del corazón, sino sobre todo la ideología, el resultado ha sido una fe fría y rígida. El Evangelio podría devolver la calidez a la fe, calidez que brota del corazón amable y perdonador de Jesús. Nunca habría que haber abandonado la seda de la cordialidad, senda que al fenómeno religioso no le interesa mucho.
·       Cordialidad para los frágiles: Porque ellos son quienes más necesitados están de un corazón que ampare. Si el Evangelio no los llevara a la miseri-cordia con ellos, estaría frustrado. De mil maneras lo dice el Papa Francisco.
 
Conclusión
 
         La conclusión es clara: los nuestros son tiempos buenos para volver al Evangelio. Hay más posibilidad, más libertad, más empuje, más medios de todo tipo. Quizá haya que hacer un esfuerzo por poner entre paréntesis muchas cosas de la religión aprendidas y que se han esclerotizado y acartonado. Pero si hacemos ese esfuerzo, los frutos pueden ser hermosos. No vamos a ganar en generosidad a la Palabra de Jesús. Ella nos dará mucho más de lo que nosotros le podamos dar.

 

Fidel Aizpurúa Donazar

Logroño 2017

¿Como formar en la vida religiosa hoy?

¿CÓMO FORMAR EN LA VIDA RELIGIOSA HOY?

 

            El trabajo de la formación en la VR ha sido siempre una tarea apasionante y enriquecedora. Más allá de sus innegables dificultades, se evidencia a lo largo de los años, tanto en los formadores como en los formandos, que el tiempo de la formación fueron decisivos, hermosos y productivos. El tiempo de formación, verdaderamente, un auténtico kairós para todos, incluida la comunidad formadora. Es preciso, pues, aprovechar ese viento a favor.

            Los formadores saben bien que formar es influir. Pretender una formación aséptica, sin que se note la influencia del formador es negar la realidad. Para formar hay que elaborar, ofrecer y, en algunos casos, forzar perspectivas, propuestas, caminos. Dejar que sea el tiempo en su devenir el que marque los caminos del formando es una ficción peligrosa. Hay que influir en el deseo de que la propuesta formativa vaya siendo incorporada al proceso del formando.

            Por eso mismo, por mera sinceridad con la comunidad formadora y con el formando, resulta necesario mostrar las cartas, hacer visibles las tendencias, proponer con claridad los caminos que se quiere que quien está en formación vaya andando. No se trata de imponer caminos a priori, sino de hacer juntos, formador-comunidad-formando/a, el trecho decisivo de la época de formación. Proponemos algunas de esas orientaciones formativas que nos parecen prioritarias en estos momentos. 

 

1. Formación para la vida en grupo

 

            Este es el cimiento de la formación. Antes que cualquier otro valor (incluidos los religiosos) es preciso “medir” la capacidad del formando para la vida en grupo o su trabajo para el logro de tal valor.

            La vida en grupo en el gozo de la VR y su cruz. Es su campo de trabajo. Dar por obvio este elemento es arriesgarse a situar a una persona en el lugar que no le corresponde y es, para la comunidad, cargar con un problema que, en determinados momentos se le haga insoportable.

            La capacidad para vivir en grupo se puede medir de muchas maneras confluyentes: con herramientas técnicas (ayuda terapéutica) o por simple trabajo observacional. Han de quedar lo más claras posibles la aptitudes del formando para la colaboración común, para el gozo compartido, para la agilidad a la hora de sumarse al proyecto comunitario, para mostrar empatía con sus compañeros y con los miembros de la comunidad formadora.

            De manera que el formador habrá de ser ágil para captar comportamientos relacionales que desvelen el interior de la persona. Y no ha de temer trabajar con seriedad y constancia el proceso de valoración e incardinación en el ámbito común. Dejar pasar esto es correr un gran riesgo.

            Así se preparará al formando para insertarse en un tipo de vida que tiene como orientación primaria generar comunión, fraternidad, buena relación ad intra y también en el ad extra de la sociedad: “Sólo en comunión con aquellos que tienen la misma vocación, tanto en el marco de la orden o congregación concretas como en otro tipo de relaciones interpersonales, podemos apropiarnos e interiorizar la llamada a vivir en la relación trinitaria. En ese contexto es como gradualmente nos daremos cuenta de que el Dios trinitario no lo encontraremos en otro mundo sino en el Nuevo Reino que está en el corazón de este mundo, proclamado e inaugurado (desde el punto de vista cristiano) en la vida y misión de Jesús”[1].

 

2. Formar para una espiritualidad redescubierta

 

            En estos tiempos en los que las religiones ocupan un lugar importante en el concierto de la ciudadanía, más allá del inevitable secularismo, los candidatos a la VR vienen con una gran carga religiosa y se identifican con ella. Se sienten cómodos en las formas exteriores y cultivan prácticas religiosas que creíamos arrumbadas. El ambiente religioso les reconforta.

            Siendo esto así y queriendo trabajar con los formandos tal como vienen y tal como son, creemos que es preciso decir que los procesos formativos han de estar imbuidos por una espiritualidad redescubierta, no meramente imitativa en intenciones y formas antiguas.

            Por eso, la Palabra ha de ser redescubierta para desvelar el rostro de Jesús y para que no se convierta en una “terrible siembra de ateísmo” en el corazón del candidato[2]. De ahí que haya de huirse del fundamentalismo y del historicismo que convierte la Palabra en un sermón sabido e inaguantable.

            Ha de ser camino la “vuelta a las fuentes” carismáticas en modos de fidelidad creativa, no en mera arqueología. Por supuesto, en los tramos finales del proceso formativo, el candidato ha de aprender a elaborar espiritualidad a través de sus fuentes carismáticas. No puede contentarse con ser un mero lector y, menos todavía, un repetidor papagayesco de frases de los escritos del fundador/a.

            Habrá que redescubrir, así mismo, la nueva producción teológica que afecta al imaginario hondo de la experiencia creyente. No se puede estar con el imaginario que se aprendió de niño en la escuela o en la catequesis parroquial. Es preciso incorporar en el proceso formativo los nuevos caminos de la teología o, al menos, las sugerencias que nos va dando la Iglesia. Por su componente profético, la VR habría de cultivar una espiritualidad compasiva y comprometida. Y dada la primacía numérica de vocaciones religiosas femeninas, éstas han de incorporar con decisión a los procesos formativos la espiritualidad feminista[3].

            Y como la liturgia es muy atractiva para los actuales formandos, será preciso ir cultivando una liturgia más social, más mezclada a la realidad histórica, menos descolgada de los avatares de la persona moderna. ¿Cómo inocular en los formandos una experiencia litúrgica para el cultivo de la interioridad y, a la vez, para el anhelo de la justicia? He ahí un buen reto[4].

            Habría también una hermosa tarea de redescubrimiento en el trabajo por reorientar los tópicos sociales que afectan a la VR: el tópico aun vigente del ámbito separado del mundo; el tópico de la vida conventual como una vida santa y pacífica; el tópico de que el religioso/a está mas cerca de Dios; el tópico del asexuamiento de los religiosos; el tópico del desinterés por el poder. Contienen una cierta verdad, pero es preciso hacer ver que la VR es más compleja que cualquiera de tales tópicos.

            Si estos trabajos por redescubrir una nueva espiritualidad no se hacen en el tiempo del proceso formativo, posiblemente serán casi irrealizables en el itinerario existencial posterior del religioso/a.

 

3. Formar para una Iglesia en salida

 

            La dificultad para ser hoy seguidor de Jesús en cualquier parte del globo afecta también la VR: no resulta fácil vivir el seguimiento en comunidad en estilos proféticos. Por eso, la VR, como la misma Iglesia, siente la tentación de replegarse a sus cuarteles de invierno y cerrarse en la burbuja religiosa donde no se le contradice ni se le zarandea.

            El Papa Francisco habla ampliamente en EG 20-24 sobre “la Iglesia en salida”. Quiere el Papa que hoy la Iglesia salga de los ámbitos religiosos que le son familiares y se lance al frío de la secularidad para aportar el aliento del Evangelio: “Salir y atreverse a llegar a las periferias que necesitan la luz del Evangelio”[5].

            A la comunidad cristiana le cuesta escuchar este llamado y a la VR también. Por eso mismo, en el proceso formativo habrá que cultivar explícitamente esta espiritualidad de una fe en éxodo. Eso habría de traducirse en participación explícita en los movimientos no solamente parroquiales, cristianos, sino sociales. Todo formando habría de cultivar, de acuerdo con el formador, un ámbito social donde se haga presente y donde aporte, aunque sea con su presencia sencilla, la luz del Evangelio de Jesús.

            Habrá que acompañar esas actividades para que no sucumban a los embates de la secularidad. Pero si para ahorrarse quebraderos de cabeza, el formador desecha ese camino y mantiene a sus formando en el calor reconfortante de la estufa religiosa, los hace menos resistentes con el ambiente social en el que, más tarde, habrán de situar su compromiso creyente.

            Por eso mismo, de no ser en etapas de la formación muy específicas, como la del noviciado, el resto de etapas habrían de estar idealmente asentadas en comunidades abiertas en las que el formando aprenda a “salir” para ir generando el tipo de Iglesia que el Papa demanda a los creyentes de hoy[6].

 

4. Formar para los aprendizajes sociales humanizadores

 

            La VR puede llegar a creer que nutre su espiritualidad únicamente de los aprendizajes carismáticos (liturgia, Palabra, sacramentos, carisma, etc.). Pero, en realidad, hay un maestro más potente que este: es el de los aprendizajes sociales. Efectivamente, gran parte de lo que el religioso sabe de la familia, la política, la economía, la sexualidad, la relación social, el uso de los bienes, los modernos métodos de comunicación, etc., lo aprende por contagio social.

            A. Bandura difundió esta teoría de los aprendizajes sociales que el trabajo social y la misma criminología aún emplea[7]. Él viene a decir que, por aprendizaje observacional, el ambiente social modifica la conducta de la persona. Esto afecta profundamente a la VR en maneras concretas de pensar respecto a los temas señalados, en las mismas estructuras de VR, en asuntos de libertad, obediencia dialogada, economía transparente, preferencia por los empobrecidos, etc.

            Por eso, ya desde los procesos formativos iniciales hay que tratar de incorporar los aprendizajes sociales humanizadores (la parte más positiva de lo que es la sociedad) a los trabajos de discernimiento vocacional. En realidad, es ahí donde se refleja mucho de la verdad del formando, más que en sus ideas o en sus prácticas religiosas. Para ello habrá que enseñarle a tener una visión benigna y crítica de la sociedad alejándose de censuras tópicas del lenguaje clerical y siendo persona que profundiza en lo que ocurre en el hecho social. De ello depende mucho el futuro de la vida religiosa concreta del formando[8].

            El formador ha de trabajar el angelismo con el que, a veces, viven la vida los formandos. Por su peculiar modo de situar en la VR creen que las cosas “llueven del cielo”, sin contexto económico y cultural. Es preciso resituarlos en tales contextos y enseñarles el camino del discernimiento social que les puede ayudar a construir una VR utópica y realista a la vez.

 

5. Formar para la profecía, más que para la institución

 

            El formador sabe muy bien, porque pertenece a la teología de la VR más clásica, que la aportación de ésta al concierto de la Iglesia es la profecía. Es cierto que resulta necesaria la institución para dar cuerpo y rostro a la intuición. Pero si se sacrifica la profecía para hacer fuerte la institución, en el caso de la VR, se la hace más débil.

            Ya hace muchos años el teólogo J. B. Metz hacía una serie de agudas preguntas a la VR aún no respondidas: “¿Quién hace hoy frente en la Iglesia al peligro de una insidiosa adaptación pasiva a la mentalidad del bienestar? ¿Quién despierta a nuestra Iglesia de aquel sopor espiritual con que intenta hacer frente a las exigencias de nuestro tiempo?”[9]. Pues bien, es a la VR a quien corresponde intentar despejar tales interrogantes.

            De ahí que en el proceso formativo haya que hacer hincapié en el valor de la profecía, en el trabajo que es preciso hacer para darle cuerpo, que en corporativismo de la institución. Lo decisivo no es el buen nombre del Instituto, algo muy querido y cuidado por la VR, sino el vigor de la profecía, la misión que el Espíritu ha confiado a la VR.

            La formación para la profecía ha de estar amasada en Espíritu y en libertad. El primero para situarse en los márgenes, en las fronteras, ya que el componente liminar es inherente a la espiritualidad evangélica. Y luego, la libertad engastada en el proyecto común, libertad para hacer siempre el bien en el marco del seguimiento común.

 

6. Formar para una nueva visión ecológica

 

            El Papa Francisco da mucha importancia a este punto que todavía no tiene espacio propio en los planes formativos de la VR: “Espero también que en nuestros seminarios y casas religiosas de formación se eduque para una austeridad responsable, para la contemplación agradecida del mundo, para el cuidado de la fragilidad de los pobres y del ambiente”[10]. De manera que la ecoalfabetización ha de comenzar a implantarse en las casas de formación de la VR.

Va siendo hora de que la espiritualidad ecológica entre de lleno y como cosa normal en los planes de formación teológica, incluso en los programas catequéticos a nivel de pueblo cristiano. Que esto se entienda como algo baladí es hoy empobrecer de manera notable la experiencia creyente en Jesús. Efectivamente LS 96-100 pone la ecología en conexión íntima con la persona de Jesús. Desechar aquella es empobrecer a esta. Por esta razón “cristológica” habrá que comenzar a pensar planes de formación adecuados a este anhelo.

Habría que comenzar por generar una espiritualidad que contemple los ejes en los que se mueve la ecología cristiana hoy y que vienen descritos con bastante precisión en LS’ 16: “La íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta, la convicción de que en el mundo todo está conectado, la crítica al nuevo paradigma y a las formas de poder que derivan de la tecnología, la invitación a buscar otros modos de entender la economía y el progreso, el valor propio de cada criatura, el sentido humano de la ecología, la necesidad de debates sinceros y honestos, la grave responsabilidad de la política internacional y local, la cultura del descarte y la propuesta de un nuevo estilo de vida. Estos temas no se cierran ni abandonan, sino que son constantemente replanteados y enriquecidos”.

Y luego habría que ir generando pequeñas prácticas de conversión ecológica que animen al formando a incorporar, de manera sencilla y normal, la ecología a su concepción espiritual de la vida y a sus caminos cotidianos. Menospreciar este ámbito de formación sería cerrarse a muchas posibilidades y desoír la voz de la iglesia que nos empuja en esa dirección.

 

6. Formar para el amor

 

            Porque esa es, en definitiva, la meta a la que tiende todo ser humano: una vida dichosa dentro de las posibilidades de la historia. Y esa dicha no se podrá lograr nunca si no se cultiva el amor. Por eso, a la larga, el camino profético del seguimiento de Cristo vivido en común apunta al amor.

            Ya ha aprendido la VR que, desde la formación, hay que trabajar por conocer e integrar los procesos afectivos personales. Pero es preciso dar al tema una amplitud mayor. Hay que formar para un amor creacional, ya que todas las criaturas, que tienen un valor en sí mismas, siendo antes su ser que su ser útiles, solamente se entienden y se valoran bien desde un amor creacional que las respete, las cuide y, en suma, las ame.

            Habrá de incluir todo proceso formativo un amor social ya que situarse como enfrentados a la propia sociedad, más allá de sus fallos, es algo suicida. Como hemos indicado, habrá que poner a funcionar el principio de la benignidad crítica que puede abrir las puertas a un discernido amor social, muy útil para una correcta comprensión del papel de la VR en la sociedad.

            Un amor especial que sería preciso ir incluyendo en el proceso formativo es el amor a las pobrezas, más que a los pobres. La certeza de que ese es el lugar donde el seguidor quiere echar su suerte. Por eso, en el proceso formativo se ha de percibir si el mundo de las pobrezas conecta cada más con el formando o, por el contrario, le cuesta encajar de manera sencilla y real esa parte de la sociedad que es lugar propio de la opción de seguimiento en la VR[11].

            También será necesario trabajar un amor eclesial que va más allá de un corporativismo religioso que nos predispone a la defensa de nuestra Iglesia ante el ataque de fuerzas contrarias a ella. El amor eclesial es aquel que brota de la certeza de que es en esta comunidad histórica de fe conde se va gestando el reino y donde uno ha sido llamado a desarrollar su adhesión inicial a Jesús.

            El amor a la Congregación ha de ser, como hemos indicado, algo más que el mero aprecio a la Institución a la que el religioso pertenece. Ha de tener el contenido cierto de que el programa común de seguimiento es bueno para mí. Y por ello, el proyecto comunitario ha de ser susceptible de convertirse en proyecto propio. De ahí brotará un amor distinto a la propia comunidad de seguimiento, un amor que va más allá del aprecio al grupo religioso y a su historia.

 

Conclusión

 

            Ya hemos dicho desde el principio que el trabajo de formación es hermoso, pero difícil. Quien detenta esta hermosa tarea en los Institutos de VR ha de ser persona fuerte para encajar el trabajo y persona positiva para disfrutar de los beneficios.

            Quizá sea una tarea que desborda a la persona individual y haya que insistir en que la comunidad formativa la componen los formadores, la comunidad en donde están los formandos y, por supuesto, éstos. Es una tarea coral. Por eso hay que apelar a la colaboración y a la responsabilidad de todos.

            Y en lo que atañe al formador que está al frente, quizá le venga bien recordar aquel dicho de san Pablo: “Aunque tengáis diez mil ayos en Cristo, no tendréis muchos padres; que en Cristo Jesús yo os engendré por el Evangelio"[12] . De modo que al formador le ha tocado en suerte la de engendrar a la VR, expresión cualificada de fe y de seguimiento de Jesús, a sus formandos.

 

Fidel Aizpurúa Donazar

Logroño (España)

 

 

BIBLIOGRAFÍA:

 

AIZPURÚA, F., Discernimiento del compromiso ante las pobrezas, Ed. Fontera Hegian, Vitoria 2010.

 

BOFF, L., “Papa Francisco: Iglesia en salida. ¿De dónde y hacia dónde?”, en http://www.servicioskoinonia.org/boff/articulo.php?num=715.

 

CASTILLO, J. M., El futuro de la vida religiosa,  Ed. Trotta, Madrid 2004.

 

CHITTISTER, J., Tal como éramos,  Ed. Publicaciones Claretianas, Madrid  2006.

 

GEBARA, I., El rostro oculto del mal. Una teología desde la experiencia de las mujeres, Ed. Trotta, Madrid 2002.

 

METZ, J. B., Las órdenes religiosas. Su misión en un futuro próximo como testimonio vivo del seguimiento de Cristo,  Ed. Herder, Barcelona 1988.

 

O’MURCHU, D., Rehacer la vida religiosa. Una mirada abierta al futuro, Ed. Publicaciones claretianas, Madrid 2001.

 

TORRES QUEIRUGA, A., Por el Dios del mundo en el mundo de Dios. Sobre la esencia de la vida religiosa,  Ed. Sal Terrae, Santander 2000.

 



[1] D. O’MURCHU, Rehacer la vida religiosa. Una mirada abierta al futuro, Ed. Publicaciones claretianas, Madrid 2001, p.76.

[2] A. TORRES QUEIRUGA, Por el Dios del mundo en el mundo de Dios. Sobre la esencia de la vida religiosa,  ed. Sal Terrae, Santander 2000, p.98.

[3] Cf I. GEBARA, El rostro oculto del mal. Una teología desde la experiencia de las mujeres, Ed. Trotta, Madrid 2002.

[4] Cf J. CHITTISTER, Tal como éramos,  Ed. Publicaciones Claretianas, Madrid  2006, pp.255-267.

[5] EG 20.

[6] Véase el interesante elenco de propuestas de salida que propone L. BOFF, “Papa Francisco: Iglesia en salida. ¿De dónde y hacia dónde?”, en http://www.servicioskoinonia.org/boff/articulo.php?num=715.

[7] A. BANDURA, Teoría del aprendizaje social,  Ed. Espasa Calpe, Madrid 1982.

[8] J. M. CASTILLO, El futuro de la vida religiosa,  Ed. Trotta, Madrid 2004.

[9] J. B. METZ, Las órdenes religiosas. Su misión en un futuro próximo como testimonio vivo del seguimiento de Cristo,  Ed. Herder, Barcelona 1988, p.18.

[10] LS’ 214.

[11] Cf. F. AIZPURÚA, Discernimiento del compromiso ante las pobrezas, Ed. Fontera Hegian, Vitoria 2010.

[12] 1 Cor 4,14-15.

Francisco de Asís, cantor de la vida

FRANCISCO DE ASÍS

CANTOR DE LA VIDA Y LA FRATERNIDAD

 

                Francisco es un cantor de la vida y de la fraternidad. No desde la lírica vacía, sino desde el gozo encontrado. Quitar el disfrute y la alegría de la espiritualidad franciscana es robarle el alma, sofocar su perfume, arrebatarle el aliento. La suya ha sido una vida en estado de poesía, en canto continuado.

                Dice san Buenaventura (LM Pról.) que Francisco fue “una luz entre la niebla”, ese pequeño farolillo que en la ruta oscura y ennieblada nos sirve de guía y del que, por nada del mundo, nos queremos separar. Pequeña luz en nuestra niebla. Canto de humildad que orienta en lo oscuro. Por eso, a aquella pregunta de B. Brecht “Y en la noche, ¿habrá canto?”, podemos responder: aquí hay uno que ha cantado en la noche. Todavía sus ecos son vibrantes en nuestras noches.

 

  1. 1.       Cantaba y vivía

 

Nació y creció con el canto a flor de labios. Dice 1Cel 2 que, siendo joven, “se esforzaba por ser el primero en las canciones”. En cantar se le iba el alma. Por eso dejó huella en su pequeña ciudad de Asís: el que cantaba tan bien.

¿Por qué quedó este rasgo impreso en la memoria de quienes, años más tarde le recordaron? En nuestros días, el poeta José A. González Iglesia da un estupenda razón: el canto de Francisco es un “canto que desconoce la mordedura de la envidia”. Un canto sin envidia, sin maldad, sin afán de humillar, sin veneno. Así era el canto del joven Francisco; así lo fue siempre.

 

  1. 2.       Cantar al corazón

 

Al corazón y desde el corazón. Porque lo importante no era el sonido que salía de su garganta, sino la melodía que llegaba al corazón. Dice 1Cel 93 “cantaba en su corazón para sí con cantos de júbilo”. Le cantaba a su corazón porque ahí latía su gran amor por Jesús. Cantaba a su corazón porque ahí se metía, a veces, el frío del dolor y el canto se convertía en aliento cálido que anima.

El monologuista español Rafael Álvarez, el Brujo, que tanto aprecia a san Francisco y que ha interpretado por los escenarios españoles las florecillas escritas por Darío Fo, decía que el canto de Francisco es “un canto que parecía de otro mundo”. Era de otro mundo no porque fuera un canto extraterrestre, sino porque remitía a ese otro mundo donde el amor es el centro y el gozo inarrebatable la mejor señal de vida.

 

  1. 3.       Cuando besó al leproso

 

Todos sabemos que el encuentro con el leproso fue decisivo para Francisco. Superó el horror de la lepra que hace que la carne se caiga a pedazos porque vio que en su corazón también había otra lepra, la de su enorme necesidad de amor. Y cuando entendió eso, le vino la paz. Y desde esa paz, cantó. Por eso dice Lm 1,5 que “lleno de admiración se puso a cantar”: Lleno de admiración por él mismo: ¿Cómo podía cantar después de haber besado a un leproso?  Es que algo se le había convertido en “dulzura”, dirá años más tarde.

Darío Fo, ateo y místico, amante de Francisco, definió al santo de Asís como “aliento invisible de belleza”. La belleza se hacía aliento en su extraño y hermoso canto y por él lo invisible del amor de le hacía más cercano a la persona, hasta hacerle creer algo tan simple como que ella podía ser amada y amar.

 

  1. Cantaba en francés

 

Porque cantar en otra lengua recrea las expresiones. Y quizá su padre Pietro, que tenía buenos negocios en la Provenza francesa le enseñar alguna coplilla en francés que salía de su boca como expresión de júbilo insuperable. “Rompía en jubilosas canciones en francés”, dice 2Cel 127.

Como cuando cantamos en nuestras misas el canto “En este mundo que Cristo nos da…” sobre la melodía de “The answer is blowing in the wind” Bob Dylan, hermosa canción, cuyo texto es mucho más hermoso que la canción de misa. Poder cantar lo de Dylan puede llevarnos a una alegría den dentro y a una reflexión profunda. Cantar en otra lengua el mismo canto de amor común.

 

  1. 5.       En los caminos

 

Fue un hombre de caminos. Los grandes (Jerusalén, Roma, Santiago) y los pequeños (Rieti, La Verna…). Como Jesús, hombre de caminos. Y “estando de viaje cantaba a Jesús” dice LM 2,5. Las piedras, los árboles, los prados, los pequeños regatos, hacían silencio para escuchar su canto a Jesús, incontenible, incendiado, sereno.

Con toda razón dice el papa Francisco en La LS’ 12 que era “un místico y un peregrino”. Encontró en los caminos la manera de cantar como un místico, como cantan los que se han visto inmersos en el río del amor y en él se sumergen.

 

  1. 6.       Como un violín

 

A veces su alegría era tan incontenible que, como los niños, “tomaba un palo del suelo y lo ponía sobre el hombro izquierdo…como un violín” (2Cel 127). Y aquel extraño violín sonaba porque era el amor quien lo hacía sonar. Sería un necio quien tachara de enajenado a quien toca el violín del amor, aunque sea un palo.

El poeta José A: González Iglesias define san Francisco como “teorema tranquilo, de una línea”. Esa línea pura de un palo en el hombro izquierda, la línea pura del amor que va derecho a Jesús y a la entraña del hermano. La mejor música.

 

  1. 7.       Una cítara celeste

 

Es entrañable aquella escena en que Francisco, muy enfermo, pide a un hermano citarista que le haga un poco de música para consolarle y el superior de la casa se la niega, no vayan a pensar los vecinos que los frailes están siempre de zambra. Y, por la noche, un ángel bien a tocar para él la cítara negada. “El Señor no me ha dejado sin consuelo”, decía luego

cándidamente.

                No es pertinente preguntar: ¿esto es real, ocurrió así? Lo que importa es el fondo, aquel Francisco que era, según el poeta Iglesias, “nombre de puro amor junto al océano”. Ese amor puro de Francisco varado en la orilla del puro amor de Dios puede hacer que la milagrosa cítara se escuche en su corazón y que de ahí brote el consuelo y el sosiego.

 

  1. 8.       Juglares

 

Eso quería ser Francisco y deseaba que lo fueran sus hermanos: “Somos  juglares del Señor” (LP 83). Juglares, bufones, comediantes bajos, a los que se puede perseguir, apedrear, desprestigiar. Juglares para, cantando y riendo, llevar a mostrar que Dios ríe y sonríe, que el adusto ser que la religión a veces dibuja no es la mejor foto del Dios del amor.

El ínclito escritor Francisco Umbral, en un artículo de juventud, dice de san Francisco que uno como él “puede salirse de ser vulgar simplemente por amor”. No fue un juglar vulgar, grosero, deslenguado. Su juglaría estaba amasada en el amor. Y eso le alejó de la vulgaridad.

 

  1. 9.       En la enfermedad

 

Porque supo de enfermedades, graves algunas de ellas. Y entonces, cuando el dolor quería ocupar todo el espacio, él cantaba: “Cuando se agravaba su enfermedad, cantaba las alabanzas del Señor” (EP 119). Cantar cuando se está grave…Envolver en canto el dolor que atenaza. Solo quien ha cantado mucho, quien ha gustado mucho el canto, puede agarrarse a él como a un salvavidas cuando el cuerpo débil naufraga.

 

  1. 10.   Y en la muerte

 

Todos sus antiguos biógrafos son unánimes al decir que “recibió a la muerte cantando” (2Cel 114): Débil canto unido al entrecortado canto por los sollozos de sus hermanos que cantan con él en su lecho de muerte. Recibir a la muerte cantando para decirle, con el canto, que la ha vencido de antemano.

Qué bien lo dice Rubén Darío: “En canto vuela con sus alas: armonía y eternidad”. En ese vuelo suyo se mezcla la armonía de una vida cantada y la eternidad de una vida que se va a cantar.

 

                Dice LS' 11 que “así como sucede cuando nos enamoramos de una persona, cada vez que él miraba el sol, la luna o los más pequeños animales, su reacción era cantar, incorporando en su alabanza a las demás creaturas”. Su reacción era cantar: era su manera de reaccionar como creyente enamorado de Jesús, como hermano siempre fiel, como compañero humilde de las humildes creaturas. Cantar y vivir. Así de poco, así de simple, así de profundo.