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FIAIZ

LA CONFESIÓN DE UN CREYENTE NO CRÉDULO (M. Guerra Campos)

Manuel Guerra Campos

 

 

La confesión

de un creyente

no crédulo

 

 

EDITORIAL VERBO DIVINO

Avda. de Pamplona, 41

31200 ESTELLA (Navarra) España

1998

i

 

1

 

Ilustración de portada Un hombre piensa: ¿es posible convertir las piedras en panes? De Jesús Carlos Guerra Corredoira.

 

(0 Editorial Verbo Divino, 1997 ‑ Es pro­* Fotocorriposición: Fonasa, Pamplona ‑Morentin (Navarra) * Depósito Legal:

 

 

 

 

 

¿Eres cristiano?

¡No estés tan seguro! ¿No eres cristiano?

¡No sabes lo que te pierdes!

 

Desde la convicción de que la fe cristiana es humanizadora, el autor reclama de toda la Iglesia una pro­funda renovación, para hacer posible que los hombres y mujeres del inme­diato siglo XXI vean en Jesucristo el prototipo de persona querido por Dios.

Y lo hace con soberana libertad y no poco atrevimiento, intentando mos­trar cómo es posible reconvertir las indigestas piedras de tropiezo que presenta la Doctrina Oficial de la Iglesia, en sabrosos panes evangélicos que alimentan la vida de fe.

 

 

 

 

 

 

 

 

Para una mujer llamada Carmela, con la que desde hace cuarenta años comparto penas, alegrías, trabajo, hijos‑‑‑, desde una misma fe en Jesucristo

 

 

 

Prologo

 

E1 autor no lo dice expresamente. Es a mí a quien roca confesarlo: ese "culpable inicial" al que alude como motor de la decisión de escribir este libro he sido yo. Pero no me voy a disculpar por ello. Creo que, si he incurrido en culpa, ha sido en una félix culpa. Tengo la seguridad de que lo comprenderán y agradecerán todos los que en aquella tarde de noviembre de 1996 escucharon su intervención en el "X1 Foro de Religión e Cultura en Galicia", promovido por la revista Encrucillada. Era una voz distinta: hondamente creyente, a la vez que soberanamente libre; conocedora del tema, pero con un lenguaje diferente, pegado a la vida y sin falsos celofanes teológicos. (La presentación escrita en el primer capítulo puede dar a los lecto­res una idea de lo que fue el acontecimiento oral, y abrigo la esperanza de que también ellos me darán la razón... y me absolverán de mi culpa).

Felicitarle por su intervención y animarle a que la prolongase, dándonos una visión más global de su modo de percibir y vivir la fe, fue todo uno. No sólo por la evidente necesidad de que también entre nosotros se cultive ese género, tan saludable y clarificador, del "comment je crois" francés. La sugerencia obedecía a algo más profundo: a la necesidad ‑que en mí se ha hecho ya vieja y cre­ciente convicción‑ de que no existirá teología nor­malizada mientras no sea cultivada también por los seglares. Por los seglares varones y mujeres, claro está. Es decir, mientras no deje de ser coto cerrado de los clérigos, para pertenecer a la entera comuni­dad de los creyentes.

 

Elemental. Pero, por lo mismo, fundamental, y condición indispensable de normalidad. Porque sólo así es posible que la fe logre el lenguaje y la sig­nificación de la vida integral. Es obvio, en efecto, que la rica, variada y complejísima polifonía de la vida no puede ser percibida de manera adecuada ni, por consiguiente, expresada de manera correcta, desde una sola perspectiva. Sólo la con­junción de todos, en comunión fraterna, en diá­logo libre y en discusión crítica, puede dar vida y expresión a lo que a todos atañe. Si la expresión de la fe quiere dejar la estratosfera, para ser, como ori­ginariamente se nos ha dicho, luz del mundo y sal de la tierra, precisa con inaplazable urgencia dejar los vicios olimpos de observatorios apartados y más o menos elitistas, para hacerse vivencia, palabra y tarea de la entera comunidad de los creyentes.

 

Algo que a todos los que intentamos mirar con un mínimo de responsabilidad su futuro en un mundo en difícil y acelerada construcción, debiera quemarnos como preocupación urgente y aun pri­maria.

 

Abrigo la esperanza de que este libro sea a la vez una prueba de esta verdad y una contribución a su logro. Habla un seglar que lleva muchos años com­prometido con su Iglesia desde una actividad inmersa en la vida ordinaria; concretamente, como médico en la tarea increíblemente humana de ayudar a las madres en el trance misterioso de traer una nueva vida al mundo (de miles habla él en algún lugar, y yo, que he nacido cerca de su zona de trabajo, puedo dar fe de la exquisita responsabilidad y ternura con que lo ha hecho siempre). Habla con claridad, en un estilo limpio, que transparenta ‑me gustaría que el lector lo advirtiese‑ una clara y honda serenidad interior. Habla con libertad, convencido de que "si es cierto que la verdad nos hace libres, no es menos cierto que la libertad nos acerca a la verdad."

 

Al hablar así, es consciente de la apuesta. Y la asume: "mi madre se 'escandalizaría' de mi fe". Por­que sabe que ése es hoy el único camino. Por eso se quiere creyente, pero no crédulo. Por eso quiere darnos, desnudo y sin dobleces, su testimonio o, como él mismo dice en expresión magnífica, sus (1sentimientos reflexionados". No es lo más corriente, y lo sabe; confiesa incluso sentir una rei­terada sensación de "atrevimiento". Y no faltará tal vez quien así lo juzgue. Por mi parte creo más bien que se trata de humildad: de esa humildad auténtica y nada gazmoña que, como sabía Teresa de Jesús, es la que no hurta el cuerpo porque nace de la verdad.

 

Por eso este libro tiene también mucho de desafío.

 

Nos desafía a los teólogos, porque toma en serio las palabras, empleándolas en su significado directo, el que entiende la gente normal cuando las lee o las escucha. La teología ‑condicionada, es cierto, por su larga historia‑ tiende a envolverse en distingos y sobrentendidos, para no afrontar de manera directa el enorme problema de su vocabulario. Demasiadas veces se ve obligada a echar mano del típico recurso exculpatorio: "lo que digo no es lo que digo, sino lo que quiero decir cuando digo..." Aquí, en cambio, se toma en serio la constatación del último Wittgenstein de que el significado de una palabra es su 1íuso" en el entramado de la vida real. Por eso sería bueno que, en lugar de disquisiciones de escuela acerca de si tal afirmación no es suficientemente precisa o si "en puridad teológica" debiera decirse de otra manera, los teólogos nos dejásemos impac­tar por esta lección de realismo y aun, muchas veces5 de simple sentido común.

 

Desafía a los dirigentes de la Iglesia, como al autor le gusta decir. Las urgencias de la vida real no toleran las prudencias indecisas ni los burocratis­mos inacabables. Una Iglesia que no quiera apare­cer como un fósil histórico sino como organismo vivo, actuante y fecundo a la altura de los tiempos, no puede seguir aplazando la actualización de sus estructuras ni del modo de exponer su doctrina.

 

Los autoritarismos no participativos, las desigual­dades anacrónicas, la falta de libre circulación de las ideas, la no comunicación pública de las nuevas adquisiciones exegéticas y teológicas... corren el peligro ‑el autor no se cansa de repetirlo‑ de con­vertir en duras piedras de escándalo los limpios y nutritivos panes evangélicos.

 

Desafía también a los propios seglares. A los seglares creyentes, que tantas veces se conforman con una comprensión infantil de la fe, indigna de su madurez humana e increíble para quienes la observan desde fuera. Hoy no cabe, sin "mala fe" o sin una inconfesada sensación de ridículo, confe­sarse creyente, si no se ha logrado una compren­sión del mundo religioso que, por lo menos, esté a la altura de la propia formación cultural y de la pro­pia madurez psicológica. En estas páginas un seglar, médico de profesión, demuestra andando que eso es posible. Que se han acabado los tiempos en que dentro de la Iglesia al fiel le toca únicamente escu­char, callar y obedecer. Con lectura suficiente y reflexión responsable, todo cristiano y toda cris­tiana tienen el derecho ‑e incluso el deber‑ de hacerse oír y recabar su cota irrenunciable de par­ticipación activa a todos los niveles.

 

Pero el prólogo amenaza con alargarse dema­siado, con grave riesgo de incurrir una vez más en la tentación de que el teólogo quiera hablar por el seglar. Mejor será, por eso, remitirse a la introducción del propio autor. En ella expresa muy bien, y seguro que con mayor claridad, tanto su propósito como las características precisas de su estilo y de sus intenciones.

 

Permítaseme tan sólo la expresión de un deseo. En sus primeras líneas el autor evoca el viejo ada­gio del hijo, el árbol y el libro. Hijos, mi amigo Manolo Guerra Campos, ha traído los su os, y, encima, ha ayudado a traer muchos otros. Árboles me consta que ha plantado unos cuantos en su casa de Castro, una aldea bella y retirada, que en mi infancia tenía para mí desde la mía de Aguiño leja­nas evocaciones de un misterioso mundo céltico. Sólo me queda desear que tampoco el libro se quede en la simple unidad. Desde luego, visto lo logrado en éste, seria pena que no se viese conti­nuado por otros, cuando son tantos los temas que están esperando palabras claras e ideas frescas.

 

Sé que algunos los tiene madurados. Una vez he incurrido en la culpa de animarle, y no me he arre­pentido. Me queda la esperanza de que no renun­cie del todo a seguir haciéndome caso. Sería bueno. Para alegría de los amigos y, estoy conven­cido, para bien de muchos.

 

Andrés Torres Queiruga

 

 

 

 

 

Introducción

 

Se ha dicho que el hombre, antes de morir, debe tener un hijo, debe plantar un árbol y debe escribir un libro.

 

En el Otoño de mi vida, he tenido hijos, he plantado árboles, pero aún no he escrito un libro. ¡Se escriben ya tantos! Se escribe por muchos motivos pero, en general, quien escribe pretende comunicar a los demás su particular manera de ver las cosas. Palabra poco adecuada esta de cosas, pero ya está escrita y no la cambio. Puede referirse a los objetos, que son cosas, o, con más frecuencia, puede referirse a las ideas o conceptos, que no son cosas. Pero con su uso ya puede el lector comenzar a entrever que en las páginas que siguen voy a preocuparme poco de estilismos literarios. Más bien dejaré correr la pluma en libertad para que recoja mis ideas y las exprese como si de un colo­quio se tratase.

 

Motivaciones

 

Mi pretensión no es otra que ofrecer mis sen­timientos ‑sentimientos reflexivos, pero sentimientos al fin‑ a todo aquel que, como hoy sigue buscando en la dimensión de la fe un sentido para su vida.

 

No tengo nada original que ofrecer, y, mucho menos, que enseñar. Incluso siento cierto pudor al desnudarme ante el lector. Un querido y admirado amigo, que en alguna ocasión me escuchó, es el culpable inicial de mi decisión. Ni siquiera puedo decir que me presionara, pero la sugerencia de que las ideas teológicas de un profano como yo podrían ser útiles para otros, precisamente por simples y carentes de elevadas disquisiciones, fue suficiente para que mi vanidad aceptase el reto.

Con todo, mientras escribo estoy mentalmente situado frente a la chimenea en una tarde de invierno, como si hablase para un pequeño grupo de amigos, porque en realidad, supongo, un pequeño grupo de amigos van a ser los únicos que se tomen la molestia de leerme.

 

Quiero ser un hombre libre, sabiendo que mis mayores ataduras son mis propios egoísmos. He necesitado muchos años, demasiados, para descu­brir que la libertad es el gran valor del ser humano. Tengo el recuerdo de que en mi adolescencia el lla­mar a un hombre "librepensador" era la expresión más clara de su perversión mental. Hoy me doy cuenta de que esa palabra tenía resonancias masó­nicas, arrastradas desde el pasado siglo. Educado en los años probablemente más doctrinarios y autoritarios de la historia de la Iglesia católica, entendía yo que quien se atrevía a pensar por su cuenta en cuestiones de fe atentaba ni más ni menos que con­tra la sagrada doctrina y la sagrada autoridad. Hoy he cambiado de manera de pensar. Si es cierto que la verdad nos hace libres, no es menos cierto que la libertad nos acerca a la verdad.

 

Me han dicho que soy hijo de Dios y me lo he tomado en serio. Un hijo de Dios no puede ser esclavo de nadie, porque Jesús, mi hermano mayor, fue el prototipo del hombre libre frente a todos los poderes, muy especialmente frente a los poderes religiosos de su tiempo. Estoy agradecido a Dios por muchas cosas, pero el don que más me sobrecoge es el de saber que me ha dado libertad incluso para llevarle la contraria. Es difícil concebir un amor llevado hasta ese extremo. Se fía de mí, sabiendo que puedo hacer daño, pero se fía. No cabe mayor orgullo ni mayor dignidad. Sólo queda el sincero reconocimiento y adoración hacia quien me con, cede tal muestra de confianza.

 

Es más que probable que quienes lean estas páginas se extrañen de tanto atrevimiento‑ No estudié teología; al menos no la estudié de forma académica. Un primer impulso me inclina a pedir disculpas anticipadas, pero no lo haré, porque pedir disculpas por algo que se hace con plena reflexión, con plena conciencia de lo que se hace, no tiene mucho sentido. En tal caso lo razonable sería no hacerlo, pero yo quiero decir lo que voy a decir.

 

Distinto es que trate de explicar los motivos que me mueven a escribir con el corazón abierto:

 

‑La fe es el único tesoro que tengo. Yo quiero vivir con sentido, y la fe cristiana le da sentido a mi vida. Veo con santa envidia a bastantes cristianos que son coherentes con su fe y viven como verda­deros creyentes. Pero también veo con tristeza a muchos otros para quienes el cristianismo no es más que un conjunto de ritos o de costumbres sociales, sin ninguna repercusión en su vida. Y pienso que todos cuantos formamos parte de la Iglesia somos responsables de esa situación, por haber deformado tanto el mensaje de Jesús, que lo hacemos ver como lo contrario de lo que es. Un mensaje liberador y humanizador lo está enten­diendo la gran mayoría como algo ñoño, cuando no como algo esclavizador y deshumanizante.

 

Ya sé que en la Iglesia corresponde especial­mente a los dirigentes[1] y teólogos esta tarea de hacer comprensible nuestra fe. Pero, cada uno a su nivel, todos tenemos que contribuir a devolver al cristianismo su imagen perdida. Y para eso lo fun­damental es ciertamente el testimonio de vida, pero también puede ser útil la reflexión en alta voz de las experiencias personales. Lo que a mí me da sentido lo ofrezco a los demás, por si puede servir como ayuda para sus propias experiencias de fe.

 

‑"Todos los fieles cristianos tienen la facultad, más aún, a veces el deber, de exponer su parecer acerca de los asuntos concernientes al bien de la Iglesia"[2] 2 . Este texto pertenece a los documentos del Concilio Vaticano 11. Lo utilizo porque lleva el agua a mi molino, pero he de decir que, aunque el Con­cilio dijese lo contrario, yo seguiría exponiendo mis ideas. De hecho otros textos oficiales nos proponen el silencio. Sin ir más lejos, la Carta Pastoral de mi obispo, Confiados na Palabra do Señor, nos recuerda una frase de Paul Claudel: "Los verdaderos hijos de la Iglesia callan, sufren y oran[3]`. Supongo que el Sr. Obispo ‑hombre, por lo demás, ejemplar por su sen­cilla modestia y su capacidad de escucha‑ asume la recomendación y la hace suya. Por el contexto entiendo que quiere aplicarla tanto a los ataques que recibe la Iglesia desde afuera como a las protes­tas de los hijos de la Iglesia, cuando no están de acuerdo con las directrices de los dirigentes. En el primer caso estoy plenamente de acuerdo, porque la misión de la Iglesia no es defenderse a sí misma.

 

Pero cuando se trata de la vida al interior de la Igle­sia, los cristianos tenemos el deber de escuchar a Dios ‑lo que constituye la dimensión más impor­tante de la oración‑, tenemos la necesidad de sufrir, porque no nos queda otro remedio; pero tenemos el derecho a protestar, siempre con amor, pero libre y sinceramente, justo por el bien de la Iglesia.

 

El escándalo

 

Voy a exponer, pues, mis ideas acerca de la fe cristiana con absoluta libertad. Es muy posi­ble que esté equivocado, pero sólo puedo creer lo que creo.

 

Soy creyente, aunque mi madre se "escandaliza­ría" de mi fe. Sólo Dios conoce el grado de mi fe. Yo sé que sigo buscando. Estoy convencido de que la verdadera fe es la del discípulo, la del que sigue a Jesús, la del que ama, porque sólo amando se conoce a Dios, que es el Amor.

 

Hago esta confesión, porque algunas de las cosas que diré podrían ser motivo de escándalo. Me gus­taría de todos modos hacer una aclaración sobre esta palabra, tal como yo la entiendo, porque puede tener significados muy diversos.

 

Hablamos de escándalo ante una acción tumul­tuosa. Hablamos de escándalo ante una acción que va en contra de lo aceptado como normal. Habla­mos de escándalo ante un comportamiento que puede inducir a otros al pecado. Mucho me angus­tió en otros tiempos la advertencia que hacen los evangelios sinópticos sobre el escándalo[4]. Yo entiendo que iba especialmente dirigida contra quienes, considerándose maestros de la fe, mante­nían al pueblo en el error y eran piedras de tropiezo para que pudieran conocer al verdadero Dios. No escandalizaba el que sorprendía con la verdad, por muy chocante que fuese. En tal caso los profetas hubieran sido escandalosos y Jesús el más escanda­loso de todos en su trato con los enfermos, los pecadores y las mujeres, o en su comportamiento respecto al ayuno o al Sábado. Escandalizaban los escribas y sacerdotes judíos, que mantenían al pue­blo en el error, cuando su misión era la de orien­tarlos por el camino de la verdad.

La fe es un don frágil. No tenemos derecho a ser piedra de tropiezo para que otros la pierdan por nuestra culpa. Seguramente esta preocupación es la que nos hace tan pusilánimes. Nos sentimos tan responsables, que preferimos promover una reli­giosidad crédula, rayana a veces con lo anticris­tiano, antes que correr el riesgo de que alguien se escandalice por expresar la fe con otras palabras, otras formulaciones y aun otros conceptos adecuados a los tiempos en que vivimos. Por evitar el escándalo, escandalizamos realmente, siendo los responsables de que tantos y tantos abandonen la fe, porque no les dice nada ni les da sentido para su vida.

 

El propio Concilio Vaticano 11 afirma que "en la génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que ( ... ) con la exposición inadecuada de la doctrina (...) han velado más bien que revelado el genuino rostro de

Dios y de la religión"[5] . ¿Cómo es posible que quienes han elaborado el reciente Catecismo de la Igle­sia católica hayan olvidado esta advertencia del Concilio?

 

Más adelante trataré de explicar mis razones para hacer esta grave observación de que el actual Catecismo me parece es una exposición inade­cuada de la doctrina cristiana.

 

En la tarea de hacer que la fe cristiana vuelva a ser Buena Noticia para los hombres de hoy, habrá que dejar de tener tanto miedo al escándalo, en nombre de la llamada prudencia pastoral, y tomar ejemplo del escandaloso Jesús. El mismo nos advierte con la parábola de los talentos que no basta con conservarlos; hay que arriesgarlos para que produzcan. Esta prudencia pastoral a la que tanto se apela constituye muchas veces el verda­dero escándalo.

 

Como yo no ocupo ningún cargo de responsabi­lidad, aunque sé que tengo responsabilidades como creyente, hablaré con franqueza. Los lectores pen­sarán, todo lo más, que estoy descarriado; pero no se escandalizarán, porque no tengo ningún poder, ninguna autoridad, y por lo tanto me falta la capa­cidad de poder escandalizar a nadie con mis ideas. Creo sinceramente que ésa es la tragedia de muchos creyentes inteligentes y sinceros a quienes la responsabilidad de un cargo de dirigentes les oprime como una losa, hasta el punto de hacer imposible la acción del Espíritu.

Para terminar con este excurso sobre el escán­dalo: en el fondo, escandalizan quienes, llamán­dose maestros, mantienen a los fieles en sus creen­cias erróneas por temor a que pierdan la fe. ¿Cuándo van a dejar de tratarnos como a niños? ¿Cuándo van a convencerse de que lo esencial de nuestra fe es que nos lleve a la plena realización como adultos, como personas al estilo de Jesús? ¿Cuándo van a confiar en el Espíritu Santo?

 

La salud y los achaques de la Iglesia

 

No quisiera que de las páginas que siguen pudiera sacarse la conclusión de que disfruto criticando a la Iglesia. En primer lugar, yo me con­sidero parte de esa Iglesia y mi temperamento está muy lejos del masoquismo. Todo lo que diga o le pida me compromete. En la Iglesia oí hablar de Jesucristo y en ella quiero seguir viviendo mi fe. Pero estoy descontento conmigo mismo y descon­tento con la Iglesia. En segundo lugar, soy cons­ciente de la inmensa labor que la Iglesia realizó y realiza en favor de la Humanidad. No se me pasan por alto las miles de personas que dedican lo mejor de su vida en pro de la misión eclesial, haciendo todo lo que pueden.

 

Tampoco se trata de sopesar en una balanza la santidad y la maldad de la Iglesia, para inclinarme, en consecuencia, a su favor o en su contra. Ya estoy a su favor. Y mucho menos, de enjuiciar y culpabi­lizar a las personas de hoy o del pasado. Se trata de reflexionar sobre los hechos, de hoy y del pasado, para, por encima de culpabilidades, sentirnos res­ponsables de lo que hemos hecho mal o estamos haciendo mal. Dejo las alabanzas merecidas para que las hagan los que están fuera de la Iglesia. Yo, desde adentro, me fijaré más en sus achaques, con el único ánimo de contribuir a su purificación.

 

Si la Iglesia, como dice el Concilio Vaticano 11, ha de ser el Pueblo de Dios que, siendo el Cuerpo de Cristo, es sacramento de salvación para el mundo, hemos de preguntarnos todos: ¿somos real­mente signo de liberación, de humanización, de salvación para los demás? Pienso sinceramente que no; y cuando les hago esa pregunta a tantos y tan­tos que se descuelgan de la Iglesia, me contestan lo mismo. Y pienso que el disculparnos con el mate­rialismo, el consumismo o el hedonismo, acha­cando a esos mismos y tantos otros el abandono cre­ciente de tantas personas que no hace mucho for­maban parte de la Iglesia, es pura ceguera por nues­tra parte.

 

Agradecimientos

 

En el ya largo camino de mi búsqueda, soy deu­dor ante todo del Dios que me sostiene y me empuja amorosamente para que le encuentre; pero también de una forma inmediata, de todos aquellos que me han hecho caer en la cuenta de que la fe cristiana o es humanizadora o no es fe cristiana. También soy deudor de quienes me ayudaron a leer la Biblia de una forma renovada, adulta, humanizadota.

 

Haré pocas citas bibliográficas, por dos motivos. Por una parte, estas páginas no pretenden ser un trabajo en el que críticamente elabore y contraste mis ideas con las de teólogos reconocidos. Por otra parte, todo lo que afirme ya me pertenece, porque aunque muchas veces sea original de otro, lo asumo y lo hago mío. No se trata de robarle a nadie su paternidad, ni de falta de humildad para citarlo como merece. Es simplemente que uno no siempre recuerda dónde ha oído o leído tal o cual idea. Que nadie se sienta molesto, si reconoce como suya alguna frase y no lo cito. En el complejo proceso de nuestra elaboración mental siempre hay pocas ideas originales. Todos somos deudores los unos de los otros, pero lo importante es que las ideas que nos parecen valiosas terminemos por incorporarlas a nuestra personalidad hasta el punto de creer que son nuestras. Sólo así serán también verdadera­mente nuestras. Pero de todos ellos me siento deu­dor y a todos estoy agradecido.

 

 

 

 

 

 

La enfermedad de la Iglesia

 

 

Hace dos milenios que tuvo lugar el aconteci­miento de Jesús de Nazaret. Hablamos de acontecimiento, porque fue, a un tiempo, realidad humana y realidad misteriosa para los cristianos. En ese hombre vemos a Dios, e incluso acabamos diciendo que "es" Dios. Es el Emmanuel, Dios con nosotros. Todos cuantos de una u otra manera lo han confesado como el enviado de Dios, el Cristo, todos cuantos en mayor o menor medida han tra­tado de vivir orientados por su mensaje, se han ido organizando hasta formar lo que llamamos Iglesia, con la doble finalidad de ayudarse unos a otros desde el vínculo de una misma fe, y de anunciar la Buena Noticia de ese acontecimiento al mundo entero.

La complejidad de la Historia dio origen a dis­tintas Iglesias, que se confiesan como la Iglesia de Cristo. Circunstancias de mi nacimiento y cultura hacen que yo pertenezca a una de esas Iglesias cris­tianas, la Iglesia católica, a la que voy a referirme en adelanhe ido madurando mi fe, unas veces con su ayuda y quizá otras veces a pesar suyo. Sea como fuere, le estoy agradecido. Amo a la Iglesia.

 

Y a pesar de eso, me doy cuenta de que cada vez soy más crítico con ella. Me gustaría hacer una acla­ración: No me siento en el bando de los que critican a la Iglesia en el sentido de hablar mal de ella por inconsciencia o por cualquier otra razón. Quiero darle a la palabra "crítica" su original sentido, el de valorar y enjuiciar una realidad. También soy cada vez más crítico conmigo mismo. Y pienso que si cada vez soy más crítico con la Iglesia, es porque cada vez me preocupa más su vida, porque la voy amando más en la medida en que cada vez valoro más el tesoro de la fe. Espero que esto no sea una disculpa.

 

La Iglesia está enferma. No me refiero a los pequeños o grandes achaques que con frecuencia se le atribuyen: que si es autoritaria; que si es rica; que si está siempre del lado de los poderosos; que si los curas deberían poder casarse; que si la mujer debe­ría poder ser sacerdote, etc. Todas esas cuestiones, y otras muchas, me preocupan y me parecen impor­tantes, pero los largos años como profesional de la medicina me enseñaron que el médico, ante un enfermo grave, tiene que tomar decisiones y aten­der primero unas cosas antes que otras. De nada vale arreglar muy bien un hueso roto, o coser con detalle unas heridas, si, mientras tanto, el enfermo que se está asfixiando, deja de respirar. Y yo estoy convencido de que la Iglesia padece una grave enfermedad que compromete su propia identidad. Se quedó dormida en la Historia.

 

Empeñada en encerrar la fe en fórmulas que fue­ron válidas para otros tiempos, intenta que los hombres y mujeres de hoy comulguen con verda­deras ruedas de molino. Y los hombres y mujeres de hoy responden o "pasando", con la indiferencia, o diciendo esa frase que nunca debiera haber sido dicha: Cristo sí, Iglesia no.

 

Ya que he aventurado un diagnóstico, trataré de hacer algunas reflexiones sobre los síntomas que expresan esa enfermedad y las causas que han lle­vado a ese estado. Me atreveré incluso a dar un par de recetas, fuertes y un tanto escandalosas; pero es que un enfermo grave no se cura con paños calien­tes. Los familiares del enfermo desean siempre saber el pronóstico; es un momento aventurado y difícil para el médico, pero fundamental para que la esperanza de curación estimule la puesta en prác­tica de las actuaciones necesarias. Haré, pues, un pronóstico esperanzado.

 

Los síntomas

 

No es posible solucionar un problema, si antes no se reconoce su existencia. No es posible

 

que el enfermo se cure, si no busca remedio, porque ya se cree muy sano.

 

Por eso yo le pediría a la Iglesia: Que despierte, se desnude y se mire al espejo.

 

Que despierte, porque está dormida.

Que se desnude, porque tiene encima tantos vestidos, comprados a lo largo de su milenaria vida, que ya es difícil reconocerla.

Y que se mire al espejo, no vaya a ser que se crea una Venus.

 

Pienso que la Iglesia debe estar formada por todos aquellos que ven en Jesús al hombre que les da sentido a su vida, porque entienden que en él se manifestó Dios para decirnos cómo es el verdadero Dios y cómo debe ser el verdadero hombre. Cristiano sería aquel que trata de vivir con la misma actitud de Jesús: con­fiando en Dios y amando a los hombres.

 

Parece claro que las cosas no son hoy así. Pri­mero, porque la gente, incluso la mayoría de los cristianos, sigue identificando la Iglesia con los obispos y los curas, los frailes y las monjas. Segundo, porque el pertenecer a la Iglesia es el resultado de una costumbre milenaria y no algo personal. Tercero, porque las palabras y aun los conceptos en los que se expresa la fe se fueron deformando y a veces pervirtiendo tanto que yo dudo que en muchas de las manifestaciones más típicamente cristianas Jesús se haga presente.

 

El estado de salud tiene unos signos, unas cons­tantes biológicas, que cuando se alteran pasan a ser los síntomas de la enfermedad. En la Iglesia hay unas notas que deben ser,sus señas de identidad. Sin rechazar las cuatro notas clásicas, Una, Santa, Católica y Apostólica, y sobre cuyo estado de salud habría mucho que matizar, me gustaría hacer algu­nas reflexiones sobre otras cuatro notas que carac­terizan a la Iglesia de hoy, y que, precisamente por­que son patológicas, pueden servir de síntomas que nos alerten para comprender que la Iglesia está enferma. Para un observador medianamente atento, la Iglesia se presenta como crédula, sacral, clerical e infantil.

 

-Crédula. Los cristianos parecemos lo que se dice en gallego "parvos". Parvo no es, sin más, un insulto; es lo pequeño. Un parvulario es un sitio donde se cuidan los niños pequeños. Parva es una persona con poca cabeza. Y los cristianos usamos poco la cabeza. Creemos todo lo que nos dicen. Creemos en los ángeles, creemos en los demonios, creemos en los reyes magos, creemos en los mila­gros (entendidos como intervenciones sobrenatu­rales directas que alteran el curso de la Naturaleza), creemos en las apariciones... Creemos tantas cosas, que no nos queda fe para creer en lo único en que debiéramos creer: en el Dios de Jesús.

 

Por eso me gustaría una Iglesia menos crédula y más creyente.

 

-Sacral. El templo es sagrado, las vestiduras de los sacerdotes son sagradas, el Domingo es sagrado, los cementerios son sagrados... Encerramos a Dios en unos cuantos espacios y lo apartamos de la vida. Cuando lo verdaderamente sagrado es el hombre, y el trabajo por la justicia, Y el cumplimiento del deber, y la sexualidad que expresa el amor entre hombre y mujer, y tantas otras realidades de la vida.

Por eso me gustaría una Ig1e esia menos sacral y más humana.

 

-Clerical. No se enfaden conmigo los curas. Les debo mucho a bastantes de ellos. Hablo del espíritu clerical, más presente con frecuencia entre los segla­res que entre los propios sacerdotes; aunque hay que decir que continúan siendo formados (no sé si tro­quelados) con ese espíritu. Entiendo por espíritu clerical la forma de ver en el sacerdote a un inter­mediario que en las cuestiones de fe está por encima del pueblo, gozando de línea directa con Dios.

Yo no rezo para que aumenten las vocaciones sacerdotales, y eso por dos razones. La primera, por­que no entiendo la oración de petición como un lloriqueo para ablandar el corazón de Dios. La segunda, porque, a lo mejor, el Espíritu Santo quiere aprovecharse de esta realidad de pocas voca­ciones, como de un signo de los tiempos, para que todos caigamos en la cuenta de nuestras responsa­bilidades como miembros de la Iglesia. Me disgus­taría llevarle la contraria al Espíritu Santo.

 

Por eso me gustaría una Iglesia menos clerical y más comunitaria.

 

-Infantil. Esta nota tiene mucho que ver con las anteriores y de alguna forma las resume. Yo quiero una Iglesia de adultos, donde todos sean acogidos, pero en la que se promueva la maduración de sus miembros y no se alimente el infantilismo. Quiero una Iglesia formada por hombres y mujeres que creen lo que creen y no lo que tienen que creer. Que buscan a Dios con el corazón abierto, sin nin­guna seguridad, con la ayuda de todos, también con la ayuda de los dirigentes, pero con la absoluta con­vicción de que lo que nos propone Jesús es que maduremos como personas, para humanizar al mundo y contribuir así a construir el Reino de Dios.

 

Por eso me gustaría una Iglesia menos infantil y más adulta.

 

El diagnóstico

 

Los tiempos históricos. La Historia y sus ciencias auxiliares parecen confirmar que el devenir de la Humanidad no sólo no es cíclico, como explica la concepción del eterno retorno, según la cual los tiempos terminan y vuelven a empezar para repetirse así indefinidamente, sino que además es discontinuo. Hay momentos de la Historia que tienen un carácter más trascendente que otros para el futuro. Aunque también esos momentos se aprovechan del pasado, parece claro que hay otros períodos en que se vive más del pasado, con menos innovaciones. Etapas estables y etapas de crisis. Hay etapas tranquilas y etapas convulsas. No me refiero a que en las etapas estables no haya proble­mas o guerras o acontecimientos importantes en todos los órdenes. Me refiero especialmente al con­junto de costumbres, valores y creencias que con­forman la mentalidad general de los pueblos.

 

Se va estableciendo un determinado modo de entender al hombre y las relaciones entre los hom­bres, y al mundo y las relaciones con el mundo. Den­tro de ese caldo de cultivo, en el que nacen y mue­ren los hombres y mujeres, se aceptan con naturali­dad las costumbres éticas, sociales y políticas, y las creencias religiosas que explican y sustentan el sen­tido de la vida. Como si siempre hubiese sido así, como si lo normal es lo que se hizo "siempre", aun­que ese siempre se limita a unos cuantos siglos.

 

Pero llega un momento, que también puede durar siglos, aunque generalmente sea de menos duración que los períodos estables, en que parece que todo se convulsiona, que lo viejo no sirve, que lo nuevo es lo único valioso. Surgen nuevas ideas, nuevas costumbres, nuevas formas de entender al mundo y aun al mismo hombre. Hay una revolu­ción en la Cosmología y en la Antropología.

 

Yo no tengo una sólida formación histórica. Por otra parte, no todos los historiadores tienen una visión coincidente de la evolución de la Humani­dad. Pero me parece entender que hace unos diez mil años tuvo lugar una de esas etapas de crisis cuando se descubrió la agricultura. El hombre del Paleolítico descubrió que de las semillas que reco­lectaba y de los animales que cazaba, podía sacarse más provecho y conseguir una mayor estabilidad para subsistir, si sembraba las semillas y domesti­caba los animales que había conseguido vivos. No fue un proceso repentino, pero, sin renunciar a la recolección y a la caza, las nuevas formas termina­ron por imponerse y pasaron a ser mucho más importantes que las formas tradicionales, las de siempre, las que hasta entonces parecían ser las únicas posibles. La vida sedentaria y la construc­ción de ciudades comenzó a ser posible. Y aunque apenas sabemos nada de su mentalidad y sus creen­cias, es más que probable que también sufrieran grandes cambios, porque la forma distinta de vivir acaba influyendo en la forma de pensar.

 

Otra etapa de crisis ocurrió hacia el siglo VI a. de C. Y tuvo lugar en zonas muy diversas, pero, para nuestra actual cultura occidental, importa fijarse en Palestina y en Grecia. El profetismo y la filosofía son sus exponentes. Con ambos comenza­ron a ponerse en duda muchas cosas. Los profetas, hombres que se sintieron libres, descubren para la Humanidad, desde una perspectiva religiosa, valo­res humanizadores. Los filósofos griegos, desde una perspectiva laica, lo que no significa que no fuesen también religiosos, cuestionaron la realidad de las cosas y del propio hombre. Sentaron las bases de todo conocimiento humano y técnico.

Desde el siglo XV, con el Humanismo primero y la Ilustración más tarde, pienso que estamos en otra etapa de crisis de civilización. Ocurre, sin embargo, que no es fácil percibirla mientras estamos inmersos en ella; falta la perspectiva del tiempo. Pasa lo mismo con los momentos o las etapas decisivas en la vida de un hombre; solamente las valoramos como tales cuando ha pasado el tiempo.

Acostumbramos a decir que en el siglo XV ter­mina la Edad Media y comienza la Edad Moderna; y suelen marcarse como hitos históricos la caída de Constantinopla, o la aparición de la imprenta, o el descubrimiento de América. Yo pienso que se ini­ció por entonces algo de mucha mayor trascenden­cia. Comenzó a valorarse al hombre de otra forma, comenzaron las dudas sobre lo que desde "siempre" se había aceptado. Se iniciaba la adolescencia del hombre. No se trata de que fuesen hombres más inteligentes o superiores a los de la Antigüedad. Simplemente, surgió otra mentalidad.

 

-Comparación anatómico-teológica. Hipócrates, Galeno y Vesalio constituyen tres pilares funda­mentales de nuestra actual medicina científica. Hipócrates vivió en el siglo V a. de C. Galeno en el siglo 11. Vesalio en el siglo XVI. De Hipócrates aún conservamos los principios éticos de su jura­mento. El nombre de Galeno aún hoy es sinónimo de médico. Pero ninguno de los dos aprobaría hoy un examen de Anatomía, ni le darían una décima por encima del 0.

 

Durante más de un milenio no se pusieron en duda las ideas anatómicas de Galeno. Se daban por seguras y en ellas se apoyaba la Medicina. Vesalio, entre otros, se atrevió a poner en duda las ideas del maestro y encontró en ellas múltiples errores de bulto. ¿Es que era más inteligente? No se trata de eso. Simplemente, apoyándose en los descubri­mientos de Galeno, y perteneciendo a otra época en que la nueva mentalidad permitía el uso de otros medios (Galeno hizo disecciones de animales casi exclusivamente, extrapolando al hombre sus hallazgos), no se conformó con lo de siempre: dudó, trató de acercarse más a lo real.

 

San Agustín y Santo Tomás fueron genios de la Teología. Pero, aunque no es el caso de la ciencia, no me parece ni un absurdo ni una falta de respeto el pensar que en un examen de Teología tampoco ellos salieran hoy muy bien parados. Pienso que no es importante la exactitud de esta afirmación escandalosa; los profesores de Teología sabrán; pero si los aprobaran, yo sospecharía que se habrían dejado influir por algún "enchufe" inconsciente. Lo que pretendo indicar es su sentido: de la misma forma que los médicos actuales seguimos admi­rando a Hipócrates y a Galeno como científicos, porque somos deudores suyos, también los teólogos pueden admirar y venerar a San Agustín y a Santo Tomás, sin necesidad de sentirse atados y prisione­ros de su forma de entender la única fe en Jesucristo. La suya y la nuestra, pero que tiene que ser entendida, para ser vivida, de diferente forma según las diferentes mentalidades.

 

Sospecho que para muchos esta comparación anatómico - teo lógica es puro desvarío, además de irrespetuosa y casi sacrílega. Es natural que así parezca para quienes tratan de comprender la fe -y ése es el objeto de la Teología- con una mentalidad que ya no es la de nuestra Época. Si continuamos entendiendo la Revelación como un proceso cerrado en su manera de ser formulada, en tal caso estaremos condenados a ser creyentes extraños en el mundo en el que nos ha tocado vivir. Seremos unos crédulos firmes y seguros, pero ¿era eso lo que se propuso Jesús?

 

A los teólogos y dirigentes que se escandalicen por la comparación, me atrevería a pedirles que sean coherentes. Que cuando necesiten un médico busquen a uno que utilice los medios que utilizaba Hipócrates o Galeno, o que cuando fueran a escri­bir de teología lo hicieran en griego y latín o utili­zasen una pluma de ave.

 

-Los valores de la Modernidad. La cultura occi­dental, en la que vivimos, es heredera del cristia­nismo. Pero a su vez el cristianismo, en su formula­ción, en la forma de interpretar y expresar el men­saje de Jesús, es hijo de la mentalidad semítica y la mentalidad griega. Las primeras generaciones de cristianos, durante varios siglos, hicieron el enorme esfuerzo de trasvasar el tesoro de la fe a los conceptos del helenismo. Hoy los llamamos los Padres de la Iglesia. Me temo que desde entonces vivimos de rentas.

 

Lo que caracteriza al período de crisis que comenzó con el Humanismo y en el que aún esta­mos, a pesar de que hablemos de Edad Contempo­ránea y post-moderna, es sobre todo la mentalidad en la que emerge el sentido de la dignidad del hombre, la autoconciencia de libertad para hacerse dueño de su destino. Es la entrada en la madurez del hombre, de que hablaba Kant. La anticiparon los profetas de Israel y los filósofos de Grecia, pero durante siglos esa mentalidad durmió el sueño de los justos. Predominaba una mentali­dad en la que la diferencia de clase y el sentido de la obediencia y de la autoridad eran valores acep­tados por todos.

 

La Modernidad era, está siendo, un período de crisis y de descalificaciones. Israel mató a sus pro­fetas. Sócrates fue obligado o inducido a beber la cicuta porque "pervertía" a la juventud con sus ideas. Es natural, aunque resulte espantoso, porque quienes tienen una mentalidad nueva se equivocan en muchas cosas y los de mentalidad antigua apro­vechan esos errores para descalificar el cambio que se pretende. Son necesarias lágrimas y sangre, ade­más de tiempo; pero la maduración del hombre exige que la nueva mentalidad acabe por impo­nerse en la conciencia de todos.

 

La Iglesia vive en el mundo y, si quiere cumplir su misión y vivir para el mundo, tiene que expresar su fe de tal forma que el mundo pueda asimilarla para después vivirla. Pues éste es el gran problema, la más grave enfermedad que yo veo en mi Iglesia actual. Llevamos quinientos años pataleando para que nada cambie. Queremos que lo expresado por un genio de su tiempo, como fue Tomás de Aquino, siga siendo para hoy la única forma de expresar y de comprender nuestra fe de hoy. Por algo sigue lla­mándosele Doctor angélico y a su manera de pen­sar, filosofía perenne.

 

Llevamos quinientos años descalificando a todos aquellos que se atrevieron a pensar, y que muchas veces se equivocaron, pero que fueron por­tadores de valores humanizadores. Condenamos a quienes se atrevieron a poner en duda lo de siem­pre y a proclamar los nuevos valores que la madu­ración humana iba logrando descubrir. Cuando en realidad muchas veces lo hacían porque en su ser profundo, aunque se mostrasen a veces como ateos, habían sido plantadas por la propia Iglesia las semi­llas del Evangelio.

 

También esto es natural, aunque resulte más que espantoso, porque a la Iglesia le cuesta demasiado renunciar a los valores de la Antigüedad, a la segu­ridad de lo establecido, a la autoridad de unos y a la obediencia de los más, y asumir los nuevos valo­res humanos de la Libertad, la Igualdad y la Frater­nidad. ¿Son valores revolucionarios o son ante todo evangélicos?

 

El proceso de cambio de mentalidad, que se ini­ció con el Humanismo y se hizo realmente expre­sivo con la Ilustración, aún continúa. En el siglo XV fueron algunas figuras aisladas, aunque perte­necientes a los diversos campos del saber. En el siglo XVIII participaron en él miles de europeos, pero en realidad no fueron más que una elite, la formada por personas instruidas. Es cierto que sus ideas innovadoras y la consiguiente reacción con­servadora terminaron por dividir a la población en dos bandos que parecían irreconciliables. Pero esa población batallaba por aspectos superficiales, sin comprender realmente que se trataba de una crisis histórica. En mi juventud, ya mediado el siglo XX, la mentalidad predominante en los pueblos y aldeas que conocí, continuaba siendo la de la Edad Media.

 

Fue en los últimos decenios cuando el proceso se aceleró. Habrán contribuido a ello muchos factores, pero la explosión de los medios de comunica­ción me parece el más evidente. Estamos inmersos en una verdadera revolución de ideas en todos los campos, en todas las realidades que afectan al ser humano. Y tal revolución ya no conmociona sólo a la cultura occidental, sino que está afectando a toda la Humanidad. Por el momento puede que sean más llamativos los problemas causados que los logros esperados. Pero el tiempo se ha acelerado, y hará que pronto, en lo fundamental, en la manera de comprenderse el hombre a si mismo y de com­prender las realidades del mundo, sea aceptada por todos la mentalidad que lleva quinientos años intentando abrirse camino. La Carta de los Dere­chos Humanos no siempre se cumple, pero ya no quedan muchos que rechacen sus valores.

 

-La resistencia al cambio. Debemos reconocer que la Iglesia, después de muchas suspicacias y reacciones defensivas, también hoy se ha puesto en la vanguardia del humanismo, defendiendo los derechos del hombre y la justicia social. La Gau­dium et Spes es exponente de ello. Pero no parece menos cierto que, demasiadas veces, en campos como la organización de su estructura, y, lo que es mucho más importante, en la exposición de la fe, continúa anclada en plena Edad Media.

 

Muchas voces cristianas, aunque no constituyan un movimiento organizado, claman hoy por una renovación profunda que haga posible vivir la fe dentro de la mentalidad que acabará imponiéndose en el inmediato siglo XXI.

Pueden servir de muestra textos como los siguientes de Marcel Legaut:

 

"En estos tiempos en que el universo mental de los hombres, al menos en occidente, ha cambiado más en estos últimos decenios que a lo largo de los milenios ancestrales, el edificio doctrinal, en el que antaño los cristianos vivieron seguros y con evidencia, protegién­dose de la realidad a la que entonces sólo sabían cantar y soñar, se encuentra sacudido como nunca. En aquellos dominios en los que en el pasado los creyentes vivían de respuestas que siempre y en todas partes se daban, surgen hoy por doquier preguntas que las ponen en cuestión como ningún espíritu antiguo había imaginado hacerlo. Así que en estos años vivimos unos tiempos de descon­cierto que no dejan de recordar a los que experimentaron los discípulos después de la muerte de su maestro.

 

"También nosotros tenemos que entrar en las nuevas tierras que las ciencias nos descubren a fin de permanecer allí como hombres de fe, y darles el sentido que nos es necesario para no permanecer en ellas como extranjeros`.[6]

 

0 estos otros de Torres Queiruga:

 

1 (

... el imaginario colectivo de los cristianos, e incluso su vocabulario, está lleno de frases, imágenes y conceptos que a ellos mismos les resultan increíbles. Lo tremendo es que eso ya se sabe de alguna manera. Pero no se reacciona: siguen recirándose las mismas oraciones, pronun­ciando las mismas palabras y manteniendo -acaso con pequeñas variaciones- los mismos conceptos. Y digo tre­mendo, porque los resultados pueden ser -creo que lo están siendo- devastadores.

 

"La creencia se mantiene por rutina, por convención social, 'Por si acaso' o incluso por miedo. Y ya se com­prende que eso, aparte de estar minando íntimamente la convicción auténtica y el compromiso profundo, no puede durar. Resulta incoherente cara a dentro e increíble cara a fuera. Puede afirmarse sin miedo a equivocación que ahí radica una de las raíces más eficaces del abandono de la fe por parte de muchos grupos y personas---.[7]

 

De la resistencia al necesario cambio puede ser­vir de ejemplo la que fue llamada cuestión bíblica. Lo de Galileo fue un aldabonazo con ecos perdura­bles; pero desde hace unos doscientos años otros muchos hijos de la Iglesia tuvieron la osadía de plantear dudas acerca de diversos aspectos de lo que se contenía en la Biblia, el Libro Sagrado (y que en realidad puede plantearse cualquiera que la lea con los ojos abiertos). Anatema inmediato. ¿Quiénes eran tales orgullosos, inspirados por el mismo diablo, para poner en duda lo que Dios había dicho? No cabía duda, su verdadera inten­ción era destruir la fe. Solución: reafirmarse en "lo de siempre", anestesiando a los fieles y advertirles que lo que dicen los dirigentes de la Santa Madre Iglesia es siempre la voz de Dios[8] y que la desobe­diencia es el camino del infierno. Es posible que exagere un poco, pero más o menos ésa era la impresión que percibíamos los profanos.

En 1893, 1943 y 1965 se publican los tres docu­mentos más importantes sobre la Revelación divina[9] . Yo creo apreciar en ellos una apertura pro­gresiva, un ceder a cuentagotas, un miedo a reco­nocer claramente que la interpretación tradicional literalista de la Biblia estaba equivocada en muchos puntos. Lo estaba precisamente, porque la comprensión de lo que entendemos por Revela­ción se había expresado de una forma que era ade­cuada y válida para la mentalidad de su tiempo, pero ineficaz, confusa y causante de falsos proble­mas entre la fe y la razón para la mentalidad en la que vivimos.

 

Lo que pasó y aún está pasando con la Biblia puede extenderse a todo el edificio de la fe cris­tiana. Muchos estamos convencidos de que en él se encierra un tesoro. Pero con la misma firmeza esta­mos también convencidos de que es vital para la Iglesia que tenga fe en el Espíritu Santo y no apague el relámpago o ponga sordina al trueno que se dejó ver y oír en el Concilio Vaticano 11. Es ne­cesario que se fíe del Espíritu y no le cierre las ven­tanas.

 

Es humano estar enfermo, no hay que avergon­zarse. Lo indispensable y razonable es reconocerlo. La Iglesia se quedó dormida en la Historia. La Igle­sia tiene la Enfermedad del Sueño.

 

Las causas   

 

La Enfermedad del Sueño, típicamente tropical, está causada por un parásito que se transmite por la picadura de una mosca, la mosca tsé-tsé. ¿Le habrá picado a la Iglesia alguna mosca?

 

Con frecuencia la Medicina constata unos sínto­mas y llega a un diagnóstico antes de conocer las causas . En realidad ocurre casi siempre así. Pero para disponer de un tratamiento realmente efectivo es necesario averiguar la causa de la enfermedad. Hace siglos que conocemos la tuberculosis por sus sínto­mas, pero los enfermos se morían: con su diagnós­tico, pero se morían. Fue necesario que en el siglo pasado Robert Koch descubriese el bacilo que lleva su nombre. A partir de entonces, no sin tiempo y esfuerzos, fue posible elaborar los medicamentos que han logrado convertir a la tuberculosis, que era una pandemia mortal, en una enfermedad relativamente fácil de curar. Hace siglos que conocemos los sínto­mas del cáncer y lo etiquetamos con diagnósticos precisos, pero aún falta por descubrir su causa y por ello su tratamiento sigue siendo difícil.

 

Reconocidos los síntomas patológicos de la Igle­sia y habiendo llegado a un diagnóstico, aunque no olvido que existe siempre el peligro de equivocarse, es necesario buscar la causa, para que, con el trata­miento, podamos tener esperanzas razonables de curación.

 

También aquí estamos en esa tase de la investigación en la que no hay seguridades. Es por ello que 1as sospechas y los juicios deben tomarse como lo que son. intentos sinceros de aproximarse a la verdad.

 

Dicho esto, yo tengo la sospecha de que a la Iglesia le han picado tres moscas: la desidia, el orgullo y el miedo.

 

A todos nos han picado esas tres moscas y por lo tanto todos somos responsables de la situación. Los cristianos somos todos iguales, sin grados; pero en la responsabilidad sí hay grados. El Bautismo nos constituye a todos como sacerdotes, profetas y reyes (léase servidores). Todos debemos evangelizar, pero el servicio de dirección corresponde a los dirigen­tes. Y ellos son, por lo tanto, los que tienen mayor responsabilidad en la enfermedad de la Iglesia.

 

La desidia

 

La rutina es capaz de agostar las mejores ilusio­nes. Pero a mí me parece que la propuesta de Jesús tiene tal carga liberadora y humanizadora, que no hubiera sido posible que la cristiandad llegase al estado de postración en que está, si no se hubieran dado unas circunstancias concretas que lo posibili­taron.

 

Los primeros cristianos llegaron a serlo, porque cada uno de ellos tomó la decisión de seguir a Jesús personalmente, y como símbolo de tal decisión se hacía bautizar. No era cristiano porque estuviese bautizado, se bautizaba porque antes se había con­vertido. Y este punto es fundamental.

 

Los avatares de la Historia hicieron que los pue­blos trocaran masivamente su anterior religiosidad por la religiosidad cristiana, pero sin verdadera conversión. Europa nunca fue cristiana, ni tam­poco la católica España; Europa y España fueron, eso sí, muy religiosas. La religiosidad y la fe son compatibles, pero frecuentemente se contraponen. Y eso ocurre porque la religiosidad admite segurida­des y fanatismos, desviaciones y perversiones, que la fe no puede tolerar. Durante las mejores épocas de la Cristiandad, en Europa y en España prolifera­ron acontecimientos como las guerras de religión, las cruzadas o la inquisición; y tuvimos unos "cris­tianísimos" reyes que en la mayoría de los casos eran todo un modelo de valores anticristianos.

 

Ya sé que en ese tipo de acontecimientos influ­yeron a veces otros factores que no eran precisa­mente religiosos, pero la Iglesia como tal Iglesia promovió, alentó o participó en tales manifestacio­nes "cristianísimas". Y no se diga que tal cosa fue posible debido a que en la Iglesia hay pecadores, pero que, mientras, la Iglesia seguía siendo Santa. Santo es su cabeza, Jesucristo, y todos los que entonces y ahora se comportaron y comportan como santos. Pero la Iglesia visible, la que tiene que ser signo de salvación para el mundo, era la responsable de esos hechos anticristianos. También hay mucha diferencia entre el socialismo utópico y el socialismo real, pero cuando hablamos de los logros o los desastres del socialismo está claro a cuál nos referimos.

 

Podrá decírseme que exagero o que soy pesi­mista. Yo sé bien que antes y ahora hubo y hay multitud de verdaderos cristianos en España y en Europa, y, en los últimos siglos, también en otros muchos países del ancho mundo. Pero la gran mayoría, antes y ahora, se sintieron y se sienten cristianos porque están bautizados, no se bautiza­ron porque estuviesen convertidos. La generaliza­ción del bautismo de los niños ha contribuido y contribuye a eso.

 

Y eso corre el peligro de convertirse en pura magia, por mucho que tratemos de engañarnos con la gracia "ex opere operato" del sacramento. Lo que antes era un catecumenado de adultos, se ha con­vertido hace mucho tiempo en una dolorosa cate­quesis que acaba en una desbandada para la mayo­ría, con la adolescencia, y en una rutina religiosa para los que perseveran. Tampoco me preocupan las estadísticas; el médico debe preocuparse de los enfermos y el pastor de las ovejas perdidas, sean muchas o pocas.

 

Por estas razones, me parece que el término evangelización es actual y siempre necesario, pero la expresión "nueva evangelización" que se predica en estos últimos años, no me acaba de gustar. Me temo que se pretende con ello una vuelta a la cristiandad medieval, tan añorada por muchos, y en tal caso es preferible para la Iglesia seguir como estamos.

 

La "conversión" masiva, la pertenencia a la Igle­sia por nacimiento y la clericalización de los minis­terios, acabaron convirtiendo a la población en plebe, en rebaño. Y, cada vez más, quienes tenían la misión de servir se encargaron de ampliar la bre­cha entre pastores (jerarquía, magisterio) y simples fieles, dóciles ovejas. Algo claramente anticris­tiano, dígalo quien lo diga o arguméntese como quiera. Y sigue habiendo quien lo dice y siguen usándose "argumentos bíblicos" para convencer a los crédulos.

 

Claro que estas ovejas tenemos responsabilida­des en el proceso, porque estamos obligados a exi­gir nuestra libertad y a que se nos trate como se trata a los adultos. Pero ya nos indica la Biblia (ya ven que la Biblia da para todo) que la libertad del desierto es muy dura y los hombres fácilmente año­ramos la esclavitud, dejándonos esclavizar unas veces por los poderes políticos; otras, por los reli giosos; otras, por el consumismo actual.

 

El hecho es que la gran masa de los que forma­mos la Iglesia nos dejamos llevar por la desidia, desentendiéndonos de nuestras responsabilidades como cristianos. Es indispensable que recuperemos nuestra dignidad de hijos de Dios y que nos movi­licemos humildemente, aunque con ello se nos tache de orgullosos, para renovar profundamente la Iglesia.

 

El orgullo

 

Se dice que el orgullo es el pecado capital de los hombres. Si eso es cierto, no resultará extraño que la Iglesia haya caído en ese pecado, puesto que está formada por hombres y mujeres. Lo triste es que una equivocada comprensión de su fe sea la causa de ese orgullo.

 

Trataré de explicarme. El entusiasmo de los cris­tianos durante los primeros siglos hizo que mantu­viesen sus convicciones en contra de la cultura de su tiempo, y que muchos de ellos derramaran su sangre en defensa de la fe. No estaban dispuestos a claudicar, pero al mismo tiempo se dieron cuenta de que, si esa fe debía tener sentido para sus con­temporáneos, era absolutamente necesario expre­sarla en los moldes de la cultura en la que vivían.

 

Los Apologistas iniciaron esa tarea difícil y cos­tosa. Ya en el siglo IV el panorama político propi­ció un cambio radical para la vida de la Iglesia; de ser perseguida unas veces y permitida otras, pasó a ser promovida e incluso impuesta por los poderes políticos. Como ya por entonces habían tenido lugar dos graves desviaciones del cristianismo, como son la rejudaización (vuelta a la ley) y la cle­ricalización (vuelta al sacerdocio) de la Iglesia, fue fácil contaminarse, por parte de los dirigentes, de la pompa y fastuosidad del Imperio. A medida que el Imperio se desmoronaba, la dirección de la Igle­sia absorbía sus funciones y durante siglos cumplió en buena medida un papel sustitutorio. Con el tiempo la Iglesia llegó a ser dueña de amplísimos territorios, que permitían numerosas obras de cari­dad, pero también edificaciones grandiosas y una vida suntuosa para el alto clero.

 

Y esto continuó siendo así en mayor o menor medida hasta el siglo pasado, y aun entonces no dejó de serlo por propia voluntad. Es cierto que en los últimos años se han dado muestras evidentes de un cambio de rumbo, suprimiendo algunos signos ostentosos, pero aún perduran otros que se mantie­nen en nombre de la dignidad del cargo.

 

No quiero detenerme en este tipo de hechos; he dicho más atrás que no son los que realmente me preocupan. Los traigo al recuerdo únicamente por­que en tal caldo de cultivo es difícil mantener la humildad. El poder, el dinero y el prestigio[10] son malos consejeros. Y me parece bastante natural que con ese ambiente de fondo la mentalidad del cuerpo eclesiástico fuese aflojando su primitiva fe y construyendo poco a poco todo un edificio de tipo racionalista.

 

¡Quién diría entonces que, más tarde, en los últimos siglos, la Iglesia habría de luchar tan deno­dadamente contra el racionalismo, que a veces lo era, pero que en muchas ocasiones era simple­mente un uso razonable de la facultad que Dios nos dio para pensar! El hecho es que ese racionalismo eclesiástico, fundado en una comprenston equivo­cada del proceso de la Revelación (otra vez trope­zamos con una piedra que es vital transformar de nuevo en pan) fue conduciendo a la Iglesia a una falsa seguridad en sí misma, terminando por trans­formar la fe apostólica en un conjunto, lógica­mente muy bien estructurado, de verdades eternas. De tales verdades eternas -en nombre de Dios y con el látigo del demonio y del infierno- nos sen­tíamos depositarios y cancerberos. El mensaje de amor de Jesucristo pervivía, pero tan encorsetado y tan privado de la necesaria libertad, que funcio­naba para la mayoría como una jaula opresora.

Y eso ya no era una simple desviación de la fe; en muchos puntos alcanzaba el grado de perver­sión.

 

Lo trágico es que en ese largo y convulso pro­ceso no puede hablarse de maldad. Dejando a un lado debilidades personales, lo cierto es que quie­nes llevaron su conducción lo hicieron con la mejor de las intenciones, convencidos de que la defensa de la fe exigía tales comportamientos. Aquí está el orgullo palpitando bajo una aparente capa de humildad y bajo el peso de una sincera res­ponsabilidad.

 

Y esta situación continúa en la Iglesia. Afectó en su tiempo al conjunto de los creyentes, a quie­nes se había logrado inculcar la idea de que lo que Dios nos pedía era admitir como ciertas todas esas verdades eternas, por muy poco que nos dijesen para nuestra vida, y que había que defenderlas incluso a capa y espada, olvidando tantas veces la más elemental caridad. Y afecta aún hoy a los diri­gentes, quienes, muy creídos de su enorme respon­sabilidad, se sienten intermediarios entre Dios y los hombres y persisten en su tarea de adoctrinar a los hombres y mujeres de hoy, cuando lo que verdade­ramente está pidiendo la cultura actual es que se proponga el mensaje de Jesús como el mismo lo hizo: si quieres, sígueme.

 

Hace tiempo que algunos teólogos se dieron cuenta de que en todo el edificio de nuestra fe hay una jerarquía de verdades. La dirección de la Igle­sia terminó por admitirlo expresamente[11], pero en la práctica parece encontrarse en un callejón sin salida, porque sigue dando la impresión de que todas las verdades son importantísimas, incluso la que se refiere a la existencia del demonio. Menos mal que no figura en el Credo, aunque figure su lugar de residencia.

A propósito de tal residencia, ahí tenemos una prueba más de la urgente necesidad de renovación de lenguaje y conceptos. Incluso en la concisa fór­mula con la que confesamos nuestra fe hay térmi­nos arcaicos que hoy no dicen nada y nos llevan al confusionismo.

 

Estamos confesando algo sobre cuyo significado ni siquiera los teólogos se ponen de acuerdo. ¡Y nos extrañamos de que desde afuera nos vean como seres infantiles! Pero no importa, nosotros, orgullosos, seguimos proclamando lo que siempre con­fesaron nuestros antepasados desde hace mil qui­nientos años. ¿En eso consiste la fe?

 

El edificio de la fe cristiana ya no está consti­tuido por el sencillo núcleo humanizador que entendían los rudos pescadores de Galilea. Sobre las primeras reflexiones acerca del acontecimiento de Jesús fueron acumulándose reflexiones de segundo y tercer grado, legítimas en sí mismas, pero que acabaron por oscurecer lo fundamental cuando se terminó poniéndolas al mismo nivel de verdades dogmáticas fundamentales.

 

Y todo ello elaborado por un cuerpo eclesiástico que se autoproclama como heredero directo de la voluntad de Jesús. Es el cuerpo eclesiástico diri­gente el que, con demasiada frecuencia, afirma su autoridad y pretende la obediencia ciega a toda su doctrina; y que no duda en fundamentar su poder en el nombre de Dios. Otros muchos creyentes no ven con tanta claridad los fundamentos bíblicos para estilo semejante; pero, como no tienen auto­ridad, se nos dice que no debemos escucharlos.

 

El sencillo creyente no sabe a qué carta que­darse: si se fía de los primeros, como ocurrió durante siglos, se está fiando de hombres, por mucho que apelen a Dios; si se fía de los segundos, se queda en el desierto de las dudas. Humanamente hablando, pienso que el problema no puede ser tan serio. Jesús no puede exigir de los sencillos creyentes que hagan de árbitros ante disquisiciones rabí­nicas tan complejas.

Jesús nos dice que ya se ha rasgado el cielo, y que, desde entonces, Dios y el hombre pueden hablarse confiadamente al calorcillo de la propia conciencia. La fe no es cosa de obediencia, es cues­tión de discernimiento, con ayuda de todos, pero con la decisión personal. Y la dirección de la Igle­sia tiene ahí su rol específico, claro está; pero haría bien promoviendo este principio fundamental del cristianismo. Pero ocurre que no lo entienden asi, y a pesar de su buena intención, incluso porque lo toman como una exigencia de su cargo, continúan colocando pesados fardos increíbles e innecesarios sobre nuestras espaldas. Yo no encuentro para esa actitud ninguna palabra más suave, y tengo que decir que se trata del orgullo de quien cree estar siempre en posesión de la verdad y ya no la busca.

 

 

El miedo

 

Hasta los tiempos del Concilio Vaticano 11 los creyentes vivíamos en un estado de somnolencia adormecedora. Muchos estábamos enterados de los problemas y discusiones de la Iglesia con la cultura, e incluso de algunos altercados entre la dirección de la Iglesia y ciertos teólogos; pero nuestro adoc trinamiento había sido tan logrado que no nos afectaban personalmente. Quienes permanecimos siempre dentro de la Iglesia, vivíamos muy tran­quilos con nuestro cumpli-miento. Era la obedien­cia a la ley y el miedo al más allá lo que nos cons­tituía en buenos católicos.

 

Debo decir que yo no puedo afirmar que lo que acabo de expresar sea válido para todos; trato de expresar mis vivencias y, ya con menos seguridad, las que pienso que eran vivencias de la mayoría.

 

Los destellos del Concilio y las resonancias que fueron llegando a través de publicaciones diversas, iluminaron la conciencia de algunos, pero para otros muchos fueron motivo de inquietud espiri­tual: ¡Lo que faltaba, en estos tiempos en que todo cambia, cuando ya solamente nos quedaba como segura la fe de siempre, resulta que también ahora nos la quieren cambiar! Expresiones de ese tipo las hemos oído con frecuencia de la boca de cristianos de toda la vida. Y casi siempre por nimiedades, como la situación del altar o la ropa de los curas, las horas marcadas para el ayuno eucarístico o la comunión en la mano.

 

Han pasado treinta años, que son muchos en la vida del ser humano, pero los que todavía acuden regularmente al templo (aproximadamente la cuarta parte de los que acudían antes) ya no se escandalizan de aquellos cambios. Pero se llevan las manos a la cabeza cuando se les dice que la Resurrección no tuvo lugar justamente al tercer día, o que la Ascensión no ocurrió exactamente cuarenta días después. Y esto aunque lo escuchen de personas autorizadas, sean párrocos o profesores de teología. No digamos cuando se pone en duda la clarividencia de Jesús desde su infancia o la reali­dad exacta de los milagros.

 

No parecen hacer un mínimo esfuerzo para entender que las nuevas explicaciones buscan el renovar nuestra fe para poder vivirla. Las historias narradas para expresar la fe eran la misma fe y ast debe seguir siendo. Si se les propone un acerca­miento a la Biblia en forma de un sencillo estudio para descubrir su verdadero mensaje, la mayoría 4'pasa" del asunto; pero algunos se cierran manifies­tamente a la propuesta, con el argumento de que ya saben leer y siempre la han leído como está escrita.

 

Todo esto no es maldad, es miedo. Miedo a per­der las seguridades en las que estamos instalados. Ya no buscamos la verdad, puesto que la verdad es nuestra. Es cierto que hay casos aislados, que for­man pequeños grupos, que se han atrevido a salir al desierto y que, después de los sufrimientos que sólo cada uno de ellos sabe, han visto la luz y viven con alegría su fe insegura tras la senda luminosa de la confianza en Dios. Pero la mayoría no ve la nece­sidad de tal aventura o incluso manifiesta clara­mente que es un riesgo para perder la fe. Conse­cuencias de una apologética largamente inculcada sobre la seguridad de la fe y sus demostraciones, pero también expresión del miedo a la libertad.

 

¿Y los dirigentes? Conozco a más de un sacer­dote que ídem de lo mismo; y algunos no son pre­cisamente viejos.

 

Pero ¿obispos no? Hace pocos años tuve ocasión de hacer, por separado y en conversación privada, la siguiente pregunta a dos de ellos: ¿Qué pasaría con su fe, si se descubriesen, sin lugar a dudas, los huesos de Jesús? Contestación rápida, tajante y curiosamente idéntica: mi fe se vendría abajo. Espero por su bien que ese supuesto nunca pueda hacerse realidad.

 

Precisamente estos días en que escribo estas páginas, se dio la noticia del descubrimiento en un lugar cercano al Mar Muerto, de tres sarcófagos con huesos de una familia cuyos nombres eran ni más ni menos que los de Jesús, María y José. La pre­sentadora del telediario, ya advirtió que tal hallazgo podía llegar a convulsionar la fe de mil quinientos millones de cristianos. No me detendré en la cuestión, porque no me preocupa para nada, respecto de mi fe; pero, ya escuché argumentos tra­tando de hacer ver que tal hecho no significa nada puesto que esos nombres eran muy corrientes. Apologética fundada en el miedo a que una reali­dad evidente haga retemblar nuestra sólida fe. En este caso tal realidad es sólo un supuesto, y resulta prácticamente imposible que algún día tenga con­firmación - aunque se me ocurre que alguien ya estará pensando en contrastar el A.D.N. de dichos huesos con el de los restos de sangre de la sábana santa...

Pero la fe de los referidos obispos y de los nue­vos apologetas está clamando por una renovación de conceptos en la forma de expresar nuestra fe de siempre, y precisamente para preservarla de malos entendidos y sospechas por parte de personas que no tienen malas intenciones, pero que tampoco pueden digerir muchas de las formulaciones que se han convertido en verdaderas piedras de tropiezo para la cultura de nuestro tiempo.

La presentadora tenía razón cuando hizo la advertencia: la fe de al menos dos obispos y de mil quinientos millones de cristianos está en peligro. Todavía no han comprendido que el sepulcro vacío es sólo un signo -muy serio y tradicional, cierta­mente- pero no la explicación de la resurrección. Hoy hay teólogos (y hasta algunos laicos que no lo somos) que creen que Jesús resucitó verdadera y realmente, sin pensar que eso exija la desaparición de su cadáver (que no es lo mismo que su "cuerpo").

Una vez más diré que estoy convencido de la sin­ceridad de los dirigentes de la Iglesia. Pero también debo decir que me resulta extraño que no se den cuenta de que, al continuar "transportando" la fe de siglo en siglo en los mismos moldes, se corre un riesgo terrible que ya se está poniendo en evidencia. San Pablo se refería a los creyentes como vasijas de barro portadoras del tesoro de la fe. Y yo pienso que las fórmulas dogmáticas son aún más frágiles que los creyentes, cuando no se renuevan a tiempo.

Esa falta de visión es menos explicable cuando hace ya muchos años que voces competentes y autorizadas en el campo de la teología lo están reclamando e intentando a su manera. Sólo se me ocurre pensar que el motivo profundo de su sueño es el miedo a tener que desdecirse de lo afirmado enfáticamente como una verdad absoluta en otros tiempos. Este mecanismo puede funcionar en el subconsciente: ¿Cuánta autoridad perderemos si el pueblo comprueba, porque nosotros mismos se lo decimos, que nuestras anteriores afirmaciones no son del todo correctas para hoy? Miedo real, aun­que no sea consciente.

Por lo pronto, el miedo a que el pueblo que se dice tiene una fe sencilla (la mía ya se ha etique­tado con cierta frecuencia de racionalista, 0 cuando menos de excesivamente intelectual y con poco corazón) pueda perder la fe, si se clarifican ciertas manifestaciones de la religiosidad popular, es la razón que se esgrime con frecuencia para seguir alimentando tanta credulidad infantil. No le llaman miedo, dicen que es prudencia pastoral.

En este punto ya estoy realmente cansado (y reconozco que no es una palabra muy apropiada, porque alguien puede decirme que descanse y deje ya de escribir) de las apelaciones a la fe sencilla. Porque no se refieren a la fe humilde de quienes buscan a Dios confiando en él como un niño con­fía en su padre. Se refieren más bien a un tipo de credulidad ignorante, de la que participan con fre­cuencia personas muy instruidas en otros campos, de quienes confunden la fe cristiana con un con­junto híbrido de creencias supersticiosas y paganas que están revestidas de nombres y símbolos cristia­nos, y que serían muy respetables si no se confun­dieran con el cristianismo[12]. Esa no es fe, ni es sen­cilla. Es simplemente religiosidad, que es algo muy distinto de la fe cristiana. Puedo disculpar a veces a esas personas. A quien no puedo disculpar es a los dirigentes que, dándose cuenta de tales deforma­ciones, las promueven y alientan por una mal entendida prudencia pastoral. ¡Miedo!

 

El tratamiento

 

La finalidad del tratamiento es curar la enfer­medad. Esta afirmación en apariencia innecesaria, me parece oportuna, porque hay tratamien­tos curativos y tratamientos sintomáticos. Estos últimos tratan de suprimir los síntomas molestos, sabiendo de antemano que no cabe esperar de ellos la curación. Pueden ser necesarios como alivio transitorio mientras no surten efecto los primeros, los causales, los etiológicos. Es el caso de una aspi­rina, vicio medicamento que alivia muchas moles­tias, pero que no cura la enfermedad.

 

Y debemos recordar que incluso pueden ser peli­grosos, porque los síntomas son el camino para el diagnóstico y, si se suprimen antes de alcanzarlo, podemos poner en peligro la vida del enfermo. Sería una grave irresponsabilidad calmar con un analgésico potente un dolor abdominal sospechoso de corresponder a una apendicitis; el analgésico suprime los síntomas que nos alertan sobre el pro­ceso inflamatorio del apéndice y, cuando su efecto desaparezca y el dolor vuelva, es probable que no se deba a la inicial apendicitis, sino a una grave com­plicación, la peritonitis. Por todo esto, en ocasio­nes hay que dejar sufrir al enfermo mientras no se aclara el cuadro y puedan tomarse decisiones radi­cales, que en el ejemplo citado consistirían en la extirpación quirúrgica del apéndice.

 

Con frecuencia, en la Iglesia se pretenden reno­vaciones que buscan solucionar algunos hechos sintomáticos de su imperfecto estado de salud, tranquilizando con ello nuestra conciencia de que es necesario trabajar. Pero lo más habitual es no reconocer siquiera esos síntomas y achacarlos a la perversión del mundo. La mayor parte de los esfuerzos van orientados a solucionar los males de los otros. Más entusiasmo, más medios, más planes pastorales; pero todo para neutralizar el secula­rismo, el hedonismo, el consumismo, el indiferen­tismo... Pero nosotros no tenemos nada que curar, ya estamos en el buen camino, ya tenemos la ver­dad. "La Iglesia es maestra en humanidaX. ¿Ilusión o paranoia?

En general no se reconoce siquiera la realidad de las cuatro notas que citamos en el apartado ante­rior de los síntomas:

Parece que una Iglesia crédula no existe; lo que pasa es que el pueblo tiene una fe sencilla.

      Parece que una Iglesia sacralizada no existe; lo que pasa es que la plaga del secularismo quiere eli­minar hasta lo más sagrado.

Parece que una Iglesia clerical no existe; lo que más bien ocurre es que se necesitan más sacerdotes y con mayor grado de espíritu eclesial (lo de cleri­cal no nos gusta).

Parece que una Iglesia infantil no existe; lo que pasa es que el orgullo de algunos los inclina hacia la desobediencia.

Siempre me entristecen los frecuentes discursos que ensalzan las virtudes de la Iglesia: que si hacemos esto y aquello y lo de más allá. Es cierto, la Iglesia no sólo hace muchas cosas, sino que hace cosas muy buenas. Pero... ¿se acuerdan M fariseo y delpublicano?

¿Qué hacer entonces con la Iglesia?

La primera condición será reconocer que esta­mos desfasados, que nos quedamos dormidos, que presentamos nuestro tesoro en una vasija tan vieja, que a nadie le ilusiona asomarse para ver lo que realmente contiene. No se trata de despreciar la vasija de nuestros antepasados; era de buena cali­dad y cumplió su función, pero en el tramo de camino que nos toca vivir existen muchos baches y corre serios riesgos de romperse; ya se está rom­piendo. Antes de que quede hecha pedazos y per­damos la perla que contiene, depositémosla amoro­samente en un museo y coloquemos la perla en una vasija nueva, que posiblemente será de peor cali­dad, pero que tendrá más posibilidades de resistir el traqueteo de los tiempos actuales.

Y para eso hay que ser radicales, hay que aban­donar la desidia, el orgullo y el miedo.

 

Tenemos que comprometernos todos con la Iglesia, porque todos somos Iglesia. Pero esto, que tanto se proclama en los últimos años, hay que dejar de decirlo y ponerlo en práctica. Tenemos que dejar de ser niños viejos y convertirnos en jóvenes adultos, tengamos veinte o tengamos ochenta años. Tenemos que hacernos libres. Nadie nos hará libres, tenemos que hacernos nosotros.

 

Tenemos que abandonar todos el orgullo y admitir que la única verdad absoluta en la Iglesia es Jesucristo. Pero, ¡cuidado!, el que Jesucristo sea para nosotros la verdad absoluta no equivale a que la interpretación que hacemos de él sea totalmente verdadera. Ni siquiera la que se presenta como doc­trina oficial sobre Jesucristo puede pretender ser equivalente al mismo Jesucristo. ¿0 es que no lee­mos el Nuevo Testamento con los ojos abiertos para comprender que también allí hay matices muy diferentes, según los distintos autores, en la com­prensión de aquel Hombre Extraño?

 

Tenemos que perder el miedo. Todo lo que sig­nifique seguridad, todo lo que sea indudable, todo lo que es evidente, todo eso no es fe. Y es asi por propia definición, porque la fe es confianza. Nos recuerda Pablo que, cuando estemos definitiva­mente con Dios, la fe será innecesaria, porque Dios será evidente. A la fe le basta con ser razonable. Pedirle pruebas incontestables a la fe es un despro­pósito. El tratar de sustentar la fe con los milagros (entendidos como hechos sobrenaturales que alte­ran directamente la naturaleza) es un contrasen­tido. Yo quiero que mi fe sea apostólica, pero no creo en los apóstoles; creo en el Jesucristo que me presentan los apóstoles. Es más, tengo que tener cuidado con el trasvase, pero ni siquiera debo esperar que la comprensión de mi fe sea idéntica a la suya; es indispensable que la trasvase, con cuidado pero sin miedo, a la mentalidad en la que existo. De lo contrario tendré un depósito de verdades eternas convertidas en piedras indigestas, incapaces de ali­mentar mi vida por muy verdaderas que sean.

 

Y para todo esto, hay que transformar el orgullo en coraje y el miedo en decisión.

 

Coraje y decisión para hacer lo que muchos per­sonajes bíblicos hicieron. Recordaré algunos:

 

La Biblia nos presenta a Abraham como el padre de la fe, y es para nosotros el modelo de hom­bre fiel a Dios. Pero Abraham no es el modelo de hombre creyente por estar dispuesto a sacrificar a su hijo, como seguramente le pedía la tradición religiosa de su tiempo -por entonces el sacrificio del primogénito era alLo muv extendido-. Más bien lo es por su rebeldía a seguir la tradición inhu­mana y negarse, obedeciendo así al Dios que le hablaba en su conciencia. La narración bíblica nos presenta un Dios que pone a prueba a Abraham, pero me parece que la interpretación anterior sal­vaguarda perfectamente su fidelidad y obediencia (que es el objeto del relato), al tiempo que es más humana y comprensible para nosotros. Además, no olvidemos que debe leerse el Antiguo Testamento desde Cristo y así nos daremos cuenta de que un Dios que juega con los hombres, aunque sea para probarlos, no sería el Dios de Jesús.

 

Job pasa por ser el santo de la resignación y la paciencia. Es el resultado de una lectura superficial o cuando menos parcial. Job es el prototipo del rebelde que se atreve a plantarle cara al mismo Dios, pidiéndole explicaciones y escandalizando con ello a sus fieles y dóciles amigos. Y todo porque comprueba que el dogma entonces vigente de la retribución equitativa, según el cual el justo es feliz y el impío es desgraciado, resulta evidentemente falso, puesto que así lo demuestra la realidad. Los crédulos amigos se escandalizan, pero Dios le da la razón a Job. Gracias a su rebeldía, la manera de pensar tradicional quedó desautorizada, aunque después de dos mil quinientos años sigue coleando en la mente de muchos cristianos.

 

Coraje y decisión para hacer lo que hicieron nues­tros antepasados durante los primeros siglos del cris­tianismo. Ellos trasvasaron una fe semítica a una cul­tura helenista; no renegaron de nada, pero la hicie­ron viable para nosotros y le estamos agradecidos. Nosotros tenemos que trasvasar ahora la fe medieval a la cultura moderna; no debemos renegar de nada, pero debemos hacerla viable para nuestros nietos.

Yo estoy preocupado, porque tengo nietos. La despreocupación que parece afectar a los dirigentes ¿será debida a que no tienen nietos?

 

Y ahora, como preparación para disponernos a poner en práctica el duro tratamiento prescrito, daré un par de recetas preliminares:

 

La primera es para todos, incluso diría que útil para los no creyentes. Tomad la Biblia, y con un papel autoadhesivo tapáis la palabra "Sagrada" de la portada; si vuestra edición ya no tiene esa pala­bra, colocáis el papel en vuestra mente, porque ahí llevamos todos grabada la idea de que la Biblia es sagrada. Después la leéis, pero con los ojos bien abiertos, porque estamos acostumbrados a leerla con los párpados entornados, debido al deslumbra­miento que nos causaba la palabra "Sagrada".

 

Os fijaréis especialmente en las atrocidades y contradicciones que allí se afirman en nombre de Dios. Caeréis en la cuenta sin dificultad de que todo aquello, leído tal como está, de ninguna manera puede ser Palabra de Dios. Pero no saquéis conclusiones precipitadas; tendréis que volver a leerla con calma, con la ayuda de algún grupo que ya tenga cierta experiencia, o cuando menos de la mano de alguna introducción que os oriente.

 

Y entonces comenzaréis a caer en la cuenta, por contraste, de que la Biblia es la historia de un largo caminar en busca de la Verdad acerca de Dios y del hombre, con sus aciertos y sus errores, porque así es el camino que tienen todos los pueblos y todos los hombres para descubrir la verdad, también la ver­dad sobre Dios.

 

Después, cuando os deis cuenta de que eso es 1 Biblia, ya podéis arrancar el papel que ocultaba 1 palabra "Sagrada" y dejar que se llame Sagrad Biblia y confesar que es Palabra de Dios, porque comprenderéis que realmente puede ser una inesti­mable ayuda para liberarnos, humanizarnos y sal­varnos.

 

La segunda es para los obispos y miembros de los Secretariados de Catequesis. Sé que llevan muchos años trabajando para ayudar a los catequistas, pero pienso que están atados. Que tomen el libro en el que de forma vinculante fundamentan sus trabajos el Catecismo de la Iglesia católica; que le den un respetuoso beso y lo encierren en el sagrario de una capilla abandonada; después que tiren la llave.

 

A continuación, sin tiempo para arrepentirse, que hagan ejercicios espirituales en alguno de los muchos monasterios que conocen. Ya sé que pro­bablemente los hacen todos los años, pero no me refiero a los de San Ignacio; se trataría de que, libe­rados de ataduras, con el sentido común, con su indudable competencia y con la segura ayuda del Espíritu Santo, traten de formular la Buena Noti­cia con palabras y conceptos adecuados a la cultura en la que vivimos.

 

El pronóstico

 

La idea que tenemos del futuro siempre está influenciada por las ilusiones que nos forjamos sobre el mismo. Lo que hoy es utopía puede acabar siendo realidad. A veces nos duele tanto el pre­sente, que nos parece que cualquier tiempo pasado fue mejor; pero un repaso a la Historia nos demues­tra lo contrario. Hay demasiada violencia, dema­siada injusticia, demasiada enfermedad, demasiada pobreza; pero cualquier época pasada fue más rica en todos esos males. Lo que ocurre es que lo de otros tiempos no nos causaba dolor a nosotros. La Humanidad sigue siendo egoísta, pero las muestras de generosidad son cada vez más frecuentes. El pro­ceso es más lento de lo que desearíamos, pero el hombre va madurando, se va humanizando.

 

¿Y la Iglesia? Pues la Iglesia está formada por hombres y necesariamente participará de ese pro­ceso evolutivo. Pero es tarea nuestra; no cabe espe­rar que madure sólo con el paso del tiempo. Ocurre, sin embargo, que la misión de la Iglesia es precisa­mente la de ser animadora y promotora de ese pro­ceso de humanización desde la confianza y la espe­ranza en Dios. El que muchos hagamos una crítica de su actual estado de somnolencia, no significa que no reconozcamos su contribución. Lo que deseamos es estimularla para que el letargo no la paralice. Estamos convencidos de que superará la crisis actual y vivirá su fe inmersa en la cultura de la Moderni­dad con el mismo entusiasmo de otras épocas.

 

Y esto no es solamente fruto de unos buenos deseos. A pesar de ser tan crítico, no estoy culpabilizando a nadie, porque doy por supuestas las bue­nas intenciones y estoy convencido de que, en la medida en que vayamos cayendo en la cuenta de nuestros errores, tomaremos las medidas necesarias para poder ser la luz y la sal del mundo futuro. Yo estoy seguro del Espíritu y estoy convencido de que terminaremos perdiendo el miedo y nos dejaremos guiar ilusionados.

 

Es cierto que mientras tanto los más entusiastas, los que ya se han dado cuenta de que para seguir viviendo es necesaria una conversión valiente, pagarán un alto precio; lo están pagando ya, con descalificaciones y hasta con el desprecio. Pero tampoco tendríamos que extrañarnos mucho. Ese precio lo pagaron los profetas, lo pagó Jesús y lo continuaron pagando con frecuencia los hijos más preclaros de la Iglesia. Pero la primavera vendrá y las semillas enterradas darán su fruto.

 

Establecido este pronóstico general, haré algu­nas consideraciones más concretas sobre el futuro de la Iglesia para el próximo siglo. A la luz del pasado, reflexionaré sobre el presente con la vista puesta en el futuro. Con espíritu profético, pero no de adivino.

 

Yo no estoy muy seguro de cuál era la visión de futuro de Jesús. Estoy seguro de que anunciaba el Reino de Dios y deseaba que otros lo siguieran para evangelizar al mundo. Pero me parece posible y hasta probable que tuviese dos objetivos bien diferenciados: Por una parte, proponía un mundo nuevo, formado por la Humanidad entera, en el que la libertad, la justicia y el amor fuesen los valo­res voluntariamente aceptados y vividos. Por otra parte, invitaba a quienes lo desearan a que diesen un paso más y prosiguieran su tarea, la de promover esos valores. Dicho de otro modo, si Jesús estuviese hoy con nosotros como lo estuvo durante su vida, a lo mejor no haría ningún esfuerzo para que toda la Humanidad entrase a formar parte de la Iglesia. Su objetivo prioritario seguiria siendo que el mundo se humanizase; su objetivo instrumental sería que algunos, los miembros de la Iglesia, le ayudasen en esa tarea.

 

Desde esta perspectiva, yo pienso que en el pró­ximo siglo la Iglesia acabará estando formada exclusivamente por quienes decidan seguir con el empeño de Jesús. Lo que debe preocuparnos no es que cada vez haya más cristianos; lo que debemos buscar es que haya cada vez más hombres y muj . eres humanizados, que acepten los valores de Cristo y los vivan, aunque no se refieran expresamente a Cristo. Un ecumenismo de valores humanos será ya el Reino de Dios, aunque muchos no conozcan a su Rey, a su Dios.

 

La grandeza de Dios llega a ese extremo. Dios verá cumplido su proyecto, cuando todos sus hijos se porten como tales, aunque desconozcan a su Padre. No busca la adoración, busca la felicidad de sus hijos. Y si se portan como hijos, los recibirá como a tales. La inmensa sorpresa que se van a lle­var cuando lo encuentren, colmará de júbilo al mismo Dios y le recompensará de que durante la vida no le hayan reconocido.

Si no me equivoco, la Iglesia de los próximos siglos estará constituida por comunidades peque­ñas, formada sólo por quienes entienden que el proyecto de Jesús consiste en construir el Reino de Dios aquí en la Tierra; confiamos en que después de la muerte alcanzará su plenitud, pero eso ya es tarea de Dios. Hay que repartir el trabajo: la de aquí es tarea nuestra, con la ayuda de Dios; la de allá, es tarea del gracioso Dios para nosotros.

Los cristianos vivirán en el mundo con la men­talidad propia de su época, con las mismas inquie­tudes y preocupaciones que los demás, pero cele­brando juntos el gozo de vivir su fe y su esperanza. Serán comunidades plurales, con dirigentes solte­ros 0 casados, hombres y mujeres, sin sotana e incluso sin la cruz en la solapa, pero sí con la cruz en el corazón.

 

Seguirá habiendo una organización dirigente, pero formada por hombres y mujeres humildes, que prestan su servicio sin imposiciones, respetando la libertad de todos y cada uno de sus miembros y pro­moviendo la unidad en lo único fundamental, que es el Dios de Jesús, mientras reconocen el plura­lismo en la expresión de la fe y en la comprensión del misterio de Jesucristo. Ya no se preocuparán de conservar el depósito de las verdades eternas. Se preocuparán de conservar el espíritu vivo de Jesús, para que sea el que aliente a los hijos de la Iglesia a madurar como personas al estilo de su Maestro.

Todo eso ya es hoy el anhelo de muchos. Cos­tará trabajo y llevará su tiempo, pero ya está aquí si así lo creemos. Tal vez no sean suficientes los cien años que tiene el siglo XXI, pero después vendrán más años. Es urgente el despertar, pero, una vez despiertos, el camino se andará.

 

 

 

 

 

 

 

Los panes convertidos en piedras

 

Introducción

 

Llegó ya la hora de abordar la parte más atre­vida y comprometida de estas reflexiones. No quiero cometer la simpleza de hacer acusaciones sin plantear alternativas. Debo, pues, exponer la forma que a mí me parece adecuada para formular las verdades fundamentales de la fe de la Iglesia.

 

Deseo dejar claro que mi atrevimiento no llega a tanto como para proponer esta forma como la verdadera. Es un pobre intento en busca de una comprensión actualizada. Como lo que pretendo no es sustituir al Catecismo, me permitiré en algu­nos puntos extenderme en consideraciones que fundamenten el camino seguido.

 

Esta particular presentación es la confesión sin­cera (a veces pienso si debiera quedarme un resto de pudor y humildad para no llegar a desnudarme del todo) de cómo los misterios cristianos son com­prendidos por mí, un simple hombre de finales del siglo XX. Misterios, realidades que me sobrepasan, pero que de algún modo debo intentar comprender para poder vivir en coherencia con la época en la que he nacido y para poder seguir afirmando que Jesús le da sentido a mi vida.

Dije anteriormente que el Catecismo de la Igle­sia católica es una exposición inadecuada de la fe cristiana. No se me ocurre afirmar que ahí no esté contenida la fe de la Iglesia. Lo que afirmo es que está formulada sin tener en cuenta la mentalidad de los tiempos en que vivimos. En los puntos más importantes de nuestra fe, se continúan usando unas palabras y unos conceptos que sólo tienen signifi­cado y son expresiones verdaderas, en el mejor de los casos, para los teólogos. Para la inmensa mayoría de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, que cuanto más religiosos y piadosos más los toman al pie de la letra, constituyen verdaderas ruedas de molino con las que se pretende que comulguemos. Son piedras de escándalo en las que tropezamos.

Por eso me atrevo, no sin cierto dolor, a decir que el Catecismo es... una decepción.

Decepción para los biblistas, porque desprecia los enormes esfuerzos que, jugándose casi siempre su buen nombre, hicieron en los últimos doscien­tos años para hacer viva la Palabra de Dios, que estaba quedándose en letra muerta.

Decepción para los teólogos, que desde hace unos cien años intentan trasvasar la fe de siempre a la cultura de hoy, proponiendo formulaciones que entienden como las adecuadas.

      

Decepción para muchos sacerdotes, a quienes, por aquello de la obediencia, se les obliga a vivir en la esquizofrenia, porque tienen que decir unas cosas a veces muy distintas de las que ellos creen.

Decepción para los científicos, porque desprecia los avances que se van logrando acerca de la com­prensión del hombre y del universo.

 

Decepción para los creyentes, porque nos trata como a niños crédulos.

Decepción para muchos hombres y mujeres de buena voluntad, porque se les vela, en vez de reve­larles, el nuino rostro de Jesucristo y del mismo Dios.

 

Por todos estos motivos, pienso que el cesto de sabrosos panes destinados a ser alimento para los hombres de todos los tiempos acabó convirtién­dose en un cesto de piedras. El pan se endurece fácilmente; acaba siendo una piedra. ¿Cómo volver a convertir las piedras en panes? Parece una tenta­ción diabólica, pero es absolutamente necesario.

Y ahora, tú, el listillo, ¿vas a convertir las pie­dras en panes? No. Puedo intentar el milagro para mí, pero sé que no estoy capacitado para que sirva de alimento para todos. Lo único que pretendo es animarlos a que reflexionen personalmente (¿puede reflexionarse de otra forma?) y estimular a quienes se sientan con fuerza a que expongan sin­ceramente la forma que tienen de comprender su fe. Pienso que el despertar de muchos puede ayudar con su bullicio vital a que despierten también los dirigentes, a quienes seguimos necesitando en la Iglesia.

 

Las reflexiones sinceras, equivocadas sin duda en muchos casos, pueden contribuir a que quienes tienen la verdadera responsabilidad caigan en la cuenta de que ya es hora de ponerse a la tarea. Yo estoy seguro que no les falta capacidad ni buena voluntad. Les falta decisión. Las reflexiones que a continuación expongo sobre los misterios centrales de nuestra fe pretenden ser un empujoncito cari­ñoso para que se animen. No hagan mucho caso de mis desvaríos y fíense del Espíritu.

 

La Revelación

 

La sacralización de la Biblia, hasta el punto de entenderla literalmente como palabras de Dios, cierra las puertas al Espíritu. El reciente docu­mento del Vaticano La interpretación de la Biblia en la Iglesia católica[13], reconoce que entre los diversos acercamientos posibles el único que hay que recha­zar totalmente es el literalista. Claro que eso no es obstáculo para que en la Liturgia y en el propio Catecismo se continúe con dicha interpretación literalista en lo fundamental.

 

Puesto que el Concilio Vaticano 11 afirma que "La Escritura debe ser el alma de toda la teología ( ... ), la predicación, la catequesis, toda instrucción cristiana"[14], es urgente que todo intento de renova­ción y puesta al día de nuestra fe comience por una comprensión actualizada de los cimientos. Y para eso es indispensable una nueva comprensión del propio concepto de la Revelación"[15].

 

La tradicional distinción entre conocimiento natural de Dios y conocimiento sobrenatural o revelado, dejó para mi de tener sentido hace bas­tante tiempo. Tanto como hace que caí en la cuenta de que para el creyente todo es natural y todo es sobrenatural. Cuando concebía a Dioscomo el que vive en el cielo y contempla a sus cria­turas desde arriba, entendía que a través de la natu­raleza y la reflexión podía el hombre vislumbrar a Dios por vía natural-filosófica, pero que sólo podía conocerlo sin error cuando él bondadosamente decidía hablar con algunos hombres, constitu­yendo esto último lo que llamamos Revelación propiamente dicha.

 

Pero ahora no veo así las cosas. Concibo a Dios* como el Creador que nos sustenta. Yo no fui sólo creado por Él: estoy viviendo en la palma de su mano.

 

Y con esta visión, lo natural y lo sobrenatural no se confunden, pero dejan de tener sentido aislada­mente. Es como lo profano y lo sagrado: no hay un espacio y un tiempo para Dios y un espacio y un tiempo para el hombre; todo es para el hombre, porque todo es de Dios; todo es profano y todo es sagrado. Visto así, lo más sagrado entre lo que nos es dado ver ya no es el templo, sino el hombre, que es el templo de Dios.

 

Pienso que una de las causas de que tantos y tan­tos hombres y mujeres, no siempre mal intenciona­dos, rechacen la fe bíblica, radica en el hecho de que el hombre moderno no encuentra ningún sen­tido humanizador en los conceptos míticos y la correspondiente terminología en que fue expresado el mensaje bíblico. Al rechazar la forma de expre­sión no acepta el contenido. Pero la verdadera fe en Dios no tiene necesariamente que incluir las distintas formas bíblicas en que fue expresada la actuación de Dios en la Historia. Es el contenido de la Revelación lo que constituye materia de fe.

El largo proceso de sacralización y canonización hizo posible que ambos conceptos, comunicación de Dios y vehículo de expresión, se confundieran.

Lo cual es bastante natural, teniendo en cuenta que a la comunicación de Dios le llamamos Tala­bra de Dios".

Los creyentes afirmamos que Dios se ha revela­do, que se comunicó con los hombres. Pero a Dios nadie lo ha visto, ni oído, ni tocado. El único medio de comunicación entre Dios y el hombre es la mente humana, a la que el mismo Dios concedió la posibilidad de contactar con él. No es necesario

que Dios simule la voz humana, ni que envíe unos supuestos ángeles que aparentan ser hombres para comunicarse con nosotros.

Las distintas teofanías, manifestaciones sensi­bles de Dios, no son otra cosa que expresiones plás­ticas: como un instrumento literario que utiliza el autor humano para hacer más palpable, más audi­ble, más visible, lo que en sí mismo no pueden per­cibir los sentidos. Son un recurso del hombre, no un recurso de Dios.

De la misma forma que Dios no paseó por el Paraíso, tampoco habló con Abraham, ni con Moi­sés, ni con los demás profetas. Pero Dios se comunicó ciertamente con todos ellos, porque desde la Creación dispuso graciosamente que nuestra inte­ligencia tuviese la posibilidad de escucharle de una forma natural.

 

Tal forma de entender el proceso de la Revela­ción, no es orgullo, ni racionalismo, ni falta de fe, puesto que de antemano confieso que es el mismo Dios el que me capacita para sintonizar con Él. Quizá deba aclarar que cuando hablo de reflexio­nes hemos de tener en cuenta que Dios y el hom­bre son dos enamorados; y los enamorados no siem­pre tienen que sujetarse a las leyes de la razón lógica.

 

Incluso en el caso de la definitiva teofanía, la presencia de Dios en Jesús, no hay ninguna presen­cia sensible de Dios, a pesar de que aquí el media­dor y el contenido de la Revelación se identifican. Se hace hombre, pero está oculto en el hombre, siendo posible descubrirlo únicamente cuando res­,pondemos a la iluminación del Espíritu.

 

Es cierto que la identificación de la Palabra de Dios descubierta en el proceso reflexivo se presta a ser confundida con imaginaciones del hombre; pero no es menos cierto que también las aparicio­nes o audiciones sensibles se prestarían a ser con­fundidas con ilusiones o alucinaciones. En defini­tiva, será siempre el discernimiento crítico el que nos permita distinguir la verdadera experiencia de Dios. La Palabra que Dios pronuncia y el hombre escucha, no pasa por la boca de Dios ni por el oído del hombre. La verdadera voz de Dios resuena siempre y exclusivamente en la intimidad, en la conciencia del hombre.

 

Quizá todo esto se comprenda mejor si confieso lo que yo entiendo por contenido esencial de la Revelación: Todo aquello que Dios comunica al hom­bre para que éste se realice como persona verdaderamente tiumana. 1 para ello Dios se ciescupre a si mismo y descubre su proyecto sobre el hombre.

Constituye materia revelada todo aquello que, a través de la reflexión humana, se va descubriendo, desvelando, revelando como humanizador. El hombre creyente que busca la verdad, reconoce como revelado todo aquello que da sentido a su vida. Lo acepta como Revelación, cuando lo encuentra en las reflexiones de sus hermanos, y propone sus propias reflexiones para el presente y el futuro con la esperanza de que sean entendidas como Revelación de Dios, si contribuyen a la humanización del hombre. Ya puede venir el mismo Moisés a decirme lo que Dios le ha comu­nicado, pero mientras yo no caiga en la cuenta de que precisamente eso es lo que Dios quiere decirme no hay Revelación para mí.

Este lento proceso es tarea de toda la Humani­dad, pero algunos hombres y algunos pueblos lo perciben mejor que otros y cumplen así una misión mediadora. Hacen ver a otros lo que estaba a la          vista, pero no veían. Es el caso de la Revelación bíblica. En el Antiguo Testamento tenemos el sedi­mento de la busca humanizadora de un pueblo que sentía con pasión la presencia de Dios revelándose en los acontecimientos de su historia. En el Nuevo Testamento encontramos el legado creyente de la interpretación que las primeras generaciones de cristianos hicieron del acontecimiento revelador de Jesús de Nazaret.

 

Quienes nos confesamos cristianos podemos decir que la Revelación está terminada, pero sola­mente en el sentido de qye Dios manifiesta plena­mente en Jesús quién es El y cómo debe ser el defi­nitivo hombre. Pero nosotros tenemos que ir des­velando a Jesús para asumir su Verdad, y para ello Dios continúa y continuará revelándose a cada hombre y mujer mientras exista uno solo o una sola en la tierra.

 

La tarea de un cristiano no consiste en obedecer ciegamente al contenido de un libro sagrado y ni siquiera en copiar a Jesús.

 

El seguimiento consiste en construirnos como hombres a su estilo. Y para esto nos prometió al Espíritu, el mismo por quien Él se dejó guiar.

 

Como hermanos de Jesús, hijos del mismo Padre, ayudados por su mismo Espíritu, quienes for­mamos la Iglesia tenemos a nuestro alcance la posi­bilidad de colaborar en la construcción del Reino de Dios, mientras nos construimos a nosotros mis­mos como personas, confiados en que, de esa forma, traspasaremos la frontera de la muerte para vivir definitivamente en su Reino.

 

Ese proceso humanizador y esperanzado, sólo posible gracias a Jesucristo, es la Salvación. Con mis hermanos rezo el Credo de la Iglesia, pero entendido de esta forma, pienso que también con­fieso a Jesucristo como mi único Salvador.

 

La Creación, el Mal y el Pecado Original

 

A grupo estos tres conceptos, porque de alguna manera constituyen el contenido de los once primeros capítulos del Génesis.

 

La Creación

 

Nuestro Credo comienza con una confesión de fe en Dios como creador de todo lo existente. Dios creó al mundo y creó al hombre.

 

Debemos recordar que la primera confesión de fe de Israel se refería a Dios como Liberador. El recuerdo, vivo en su memoria comunitaria, de una gesta de liberación atribuida a su Dios, fue el núcleo alrededor del cual se construyó Israel como pueblo y en el que se fueron integrando las diver­sas tradiciones patriarcales. La conciencia cre­yente de que su Dios no sólo los había liberado, sino que además les había entregado la tierra de la que disfrutaban, fue expresada mediante la tradi­ción grandiosa de la Alianza. Ellos pensaban que Dios los había elegido, por eso hacía con ellos tales hazañas.

 

Cuando ya Israel tenía conciencia de ser Pueblo de Dios, es cuando reflexiona sobre sus orígenes y sobre las causas del sufrimiento y del pecado. Los primeros once capítulos del Génesis no son histo­ria; son un fundamento puesto a la historia, pero desde que ya existía la historia. Es la Proto-Histo­ria. Y es la labor de unos teólogos que no saben absolutamente nada de lo ocurrido al principio; tampoco llegaron a saberlo por inspiración divina. Pero con todo derecho se toman la libertad de ela­borar unos relatos mediante los cuales tratan de explicar el sentido teológico de la existencia de las realidades que viven: el mundo, el hombre, el mal. Ahí, en el sentido con el que interpretan esas rea­lidades, es donde debemos tratar de ver la inspira­ción, la revelación que atribuimos a esos textos.

 

El proceso sacralizador de la Biblia nos deslum­bró de tal manera, que nos dejó ciegos para ver el mensaje que sus autores quisieron expresar a través de esas narraciones. La mayoría de los cristianos sabe, incluso a veces con detalle, las "historias sagradas" de la Biblia, pero toma esas historias como reales y piensa que eso es el objeto de nues­tra fe, con lo cual no percibe claramente el men­saje de fe que tales "historias" transportan.

 

Si no hubiésemos estado tan ciegos, nos hubiera sido fácil comprobar cómo la propia Biblia tiene dos relatos bien diferentes sobre la creación del mundo y del hombre. Uno de ellos, el de Gri 2, fue escrito en época de Salomón. El otro, el de Gn 1, en la época del Destierro. En ambos hay una misma fe en el Dios creador, pero la interpretación es muy diferente, porque diferentes son las circunstancias culturales y religiosas de esas dos épocas, separadas por unos cuatro siglos. ¡Qué gran lección para que nos animemos también nosotros a expresar sin miedo nuestra fe en términos adecuados para nues­tro tiempo l

 

Aunque en la Época de Salomón se daba toda­vía por supuesto que cada país tenía su Dios, el autor del relato construye una historia de los orige­nes, en la que implícitamente se dice que Yavé es el único Creador del Universo y de los seres huma­nos. Preocupado por explicar las causas de las rea­lidades que observa, busca fundamento a las dife­rencias sexuales, a la realidad humana del matri­monio, a las costumbres y diferencias culturales de los distintos pueblos y a todo lo que puede tener interés humano.

 

Hace dos afirmaciones fundamentales, enmar­cadas en el relato antropomórfico de la Creación y del Paraíso: Dios interviene de un modo especial en la formación del hombre y la mujer; y los coloca en una situación de privilegio, cuyas características fundamentales son la intimidad con Dios y la armonía de todo lo creado. También quiere adver­tir a su pueblo para que la euforia y autosuficiencia del naciente Imperio no ponga en peligro la fe de las tribus de Israel, olvidando que fue Yavé quien los liberó de la esclavitud y quien los condujo a la tierra prometida y a la actual grandeza.

 

Cuando se escribe de nuevo el relato de los orí' genes en tiempos del Destierro, la situación del pueblo es exactamente la contraria. Hay que luchar contra el escepticismo acerca del papel sal­vador de Yavé; hay que alentar al pueblo y mante­ner la esperanza. Tampoco se pueden olvidar las imágenes grabadas en sus pupilas durante la estan­cia en Babilonia; tales recuerdos les hacen presen­tar a un Dios más trascendental, donde ya no hay concesiones a los antropomorfismos ni al estilo popular.

 

Influido por la epopeya babilónica de la crea­ción, presenta a Yavé como infinitamente pode­roso, puesto que sin necesidad de batalla alguna crea el mundo sólo con el poder de su Palabra. Y lo va creando a golpe de Palabra, y el séptimo día des­cansa; pero ya descansa para siempre, porque para Israel la Creación es el primer momento de una Historia irreversible y abierta hacia el futuro, en contraposición al rítmico volver a empezar de las religiones antiguas. Incluso el autor de esta narra­ción aprovecha el momento para fundamentar la prescripción legal del descanso sabático, que en sí mismo es sencillamente humano. Para cuando se escribe esta historia ya está claro que el Dios de Israel es el único Dios; por eso trata de enlazar el acto creador del cosmos y la presentación del Dilu­vio mediante la construcción de una genealogía. Lo mismo hará en lo sucesivo, quedando así claro que de las Palabras de la Creación dependen todas las generaciones.

 

Ambas narraciones tienen en común lo funda­mental, lo que creía Israel y lo que creemos nosotros:

 

-Dios es el creador del Universo, del hombre y de la libertad humana. Nos hace a su imagen, en el sentido de que nos crea creadores, hacedores de nosotros mismos para que lleguemos a ser persona.

 

-Dios desea el Paraíso para los hombres, y para eso nos creó, para que vivamos eternamentecon Él. El Paraíso que la Biblia colocó al principio, ya más tarde la propia Biblia y ahora nosotros lo colo­camos al final, como objeto de nuestra esperanza.

 

Pero esa fe no hay que encerrarla en ningún relato que nos ate. El hombre puede indagar cuanto quiera para tratar de saber cómo fue el ori­gen del mundo y del hombre, y la evolución del mundo y del hombre. Lo que la Biblia diga acerca de eso ya no tiene nada que ver con la fe: son simples medios para expresarla. No hay por qu poner piedras de tropiezo innecesarias, como la creación directa de un Adán perfecto, en estado de integridad, inmortal. No hay por qué seguir hablando de que el cuerpo lo recibimos de Dios a través de la generación de nuestros padres, mien­tras que el alma es creada directamente por Dios ' como sigue afirmando el Catecismo. Eso es filoso -fía de tipo platónico-aristotélica, en la que los pri­meros cristianos encontraron un vehículo para expresar la referida fe en la Creación. Pero noso­tros debemos utilizar ahora un vehículo más apro­piado para los tiempos actuales; y, si no lo tene­mos, debemos al menos desligar la fe de las viejas ataduras.

 

Si continuamos con la fe encadenada a las expresiones tradicionales, tendremos pronto pro­blemas insolubles con el alma. Es muy posible que algún día se explique perfectamente que las llama­das potencias del alma, memoria, inteligencia y voluntad, no son más que el resultado del complejo funcionamiento cerebral; por lo que se refiere a la memoria y a la inteligencia ya es casi evidente. Si no ponemos trampas innecesarias a la fe, no ocu­rrirá nada, diga lo que diga la ciencia. Todo habrá sido creado por Dios igualmente, como lo creían nuestros antepasados y como lo creemos nosotros, aunque sea con explicaciones distintas.

 

La elaborada antropología griega es sólo una teoria, y para la mentalidad moderna, por el momento al menos, seguramente resulte menos problemática la humilde antropología semítica, en la que no se hacían tan precisas distinciones entre materia y espíritu para comprender al ser humano.

 

El Mal

 

Los autores de los primeros capítulos del Géne­sis experimentan, sienten y descubren la realidad del sufrimiento y de la muerte. Desde su concep­ción de que Dios se preocupa por el bienestar de los hombres, atribuyen el mal a la desobediencia, al alejarse de Dios, al pecado. Es el pecado como falta, como desvío, como ruptura de las relaciones con Dios, el causante de todos los males.

 

Según su convicción, Yavé les había liberado de la miseria y dado la amplia tierra prometida, Las prósperas condiciones de su tiempo eran una ben­dición de Dios, y sólo serían posibles mientras se mantuviera la debida relación con Él. El sufri­miento, el mal y el pecado no podían ser obra de Yavé. Tales miserias, incluso la propia muerte, eran consecuencia de las obras de los hombres y habían ocurrido desde tiempos inmemoriales, desde el origen M mundo, desde el primer hombre. Cuando en el Destierro se reflexiona sobre lo mismo, los profetas dejarán claro que su actual situación es consecuencia del pecado.

 

Después del relato del primer pecado se coloca la historia de Caín, y eso tiene un profundo signi­ficado: la falta contra el hombre es también un pecado contra Dios. Israel ya sabe por el Decálogo que se da una acción pecaminosa cuando alguien daña a su prójimo, o cuando se hace algo contra la comunidad humana. Quien comete tales acciones está desobedeciendo a Dios, y por lo tanto peca contra El. Dios entró en relación con el pueblo y a través de él con cada uno de sus individuos, por lo que es lógico que cuando uno menoscaba o altera la comunión entre los miembros del pueblo de Dios, está atentando contra las relaciones de Dios con su pueblo. Y esto era más claramente percibido en aquellos tiempos en que existía una idea de soli­daridad entre el pecado personal y la responsabili­dad colectiva, y viceversa.

 

Ellos entendían que Dios castiga y perdona, pero los hombres siguieron pecando contra Dios y contra sus hermanos. Sobre la trama construida con variados y antiguos mitos, se describen teoló­gicamente diversas escenas de esta constante pecaminosidad, como el Diluvio y Babel. La profunda intención de estos capítulos del Génesis no es hacer una descripción de los primeros tiempos de la Humanidad; de eso sabían aún menos que noso­tros. Lo que pretenden es afirmar que todo se lo debemos a Dios, menos el mal, menos el sufri­miento y la muerte. Para ellos, esos males son la consecuencia de la permanente pecaminosidad de los hombres. El pecado entró en el mundo por la primera parei . a y se continuó por su descendencia; con la dispersión posterior a la Torre de Babel tam­bién el pecado se extendió por toda la Tierra. Pero no se conforman con disculpar a Dios de nuestros males, pues recalcan una y otra vez la misericordia divina, haciendo ver que lo definitivo no es el cas­tigo, es el perdón.

 

A lo largo de la Biblia se continuará reflexio­nando sobre el sufrimiento. Con Ezequiel se irá afirmando la idea de la responsabilidad personal, pero la tradicional concepción que relacionaba el sufrimiento con el pecado personal o colectivo, continuará viva aún en tiempos de Jesús. La idea de que el sufrimiento era un castigo divino estaba tan impresa en la conciencia colectiva, que Job será visto como un rebelde, cuando se atreve a poner de relieve lo que la experiencia decía: que no siempre era cierto que el justo fuera feliz y el impío desgraciado. El problema de la justa retribución se fue desplazando más tarde -cuando se fue descu­briendo la idea de la resurrección- para el más allá.

 

El hombre de hoy ya no relaciona el sufrimiento y la muerte con el pecado. Todavía quedan muchos vestigios de esa concepción, sobre todo en las per­sonas más piadosas, pero, en general, la relación directa pecado -sufrimiento está olvidada. Y por lo que se refiere a la muerte, ya no queda nada; queda la muerte, puesto que todo el que nace acaba muriendo, dado que así es la naturaleza. Pero no está olvidada la relación del sufrimiento con Dios, que se utiliza para comprometerlo o negarlo. Es clá­sica y es actual la siguiente argumentación: o Dios puede librarnos del mal y no quiere (porque no es bueno), o quiere pero no puede (porque no es todopoderoso). Casi siempre terminan decantán­dose por la primera afirmación, porque la idea de un Dios todopoderoso predomina sobre la de un Dios todobondadoso. Buscando la explicación de una realidad, comprometemos a Dios.

 

Otros, más piadosos, para sacar a Dios del apuro, dicen que sólo lo permite por nuestro propio bien, para probarnos. Son bien conocidas frases como las siguientes: Dios hace sufrir a los que quiere (no quiere a todos), Dios aprieta pero no ahoga (es sádico), Dios permite el mal para premiarnos des­pués (es malvado). Una concepción así lleva fre­cuentemente a la desconfianza en Dios. En mi caso, cuando menos ahora, me llevaría al ateísmo.

 

Ante la realidad de los sufrimientos, de la muerte y del mal, los cristianos ya no podemos ni culpar a Dios ni disculparlos atribuyendo todo eso al pecado. Tampoco podemos disculparnos a nosotros mismos con el recurso de la tentación del demonio. Tenemos que hacer lo que hicieron Ezequiel  o Job: no sentirse atados por las narraciones bíblicas, y pensar.

 

Y atrevernos a decir que Dios no puede evitar el mal fisico sencillamente porque lo creado no puede ser perfecto, infinito; todo lo finito es necesaria­mente imperfecto. Y atrevernos a decir que tam­poco puede evitar el mal moral, que es consecuencia de una libertad mal empleada. Es cierto que la ver­dadera libertad debe dejarse orientar siempre hacia el bien, pero nuestras propias limitaciones hacen que ese bien lo entendamos a veces equivocada­mente y obremos el mal. Esto no quiere decir que podamos disculparnos, y menos justificarnos; somos culpables cuando no buscamos el bien y nos dejamos conducir por nuestros egoísmos.

No deberiamos inquietarnos por esa aparente limitación del poder de Dios. Dios no puede hacer absurdos, no puede hacer lo que es contradictorio, no puede hacer que lo creado, finito, sea al mismo tiempo perfecto, infinito.

Lo importante ya no es la disquisición teórica de si Dios quiere, o puede, o permite. Lo verdadera­mente importante es saber que Dios está a nuestro lado para ayudarnos. Jesús no plantea nunca frente al mal problemas teóricos, ni siquiera por lo que se refiere al pecado original. Se encuentra con el mal y dedica todo su esfuerzo a combatirlo. El mensaje de su Evangelio no nos explica el origen del mal, lo que nos dice es que Dios quiere y puede eliminar el mal. Para ello nos llama a la conversión, que es fundamentalmente confianza en el amor generoso y salvador de Dios.

 

El Pecado Original

 

Es probable que el pecado original, y sus conse­cuencias, constituya la mayor piedra de tropiezo para los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

 

Es difícil de comprender la compleja explica­ción de que los niños nacen con un pecado que no es personal, que no es "cometido", que es "con­traído", como dice el Catecismo.

 

Y todavía es más difícil de entender cómo se transmite ese supuesto pecado. Se habla de natura­leza caída, pero ¿afecta al cuerpo o al alma? Si afecta al alma, ¿cómo es posible tal cosa, cuando continúa afirmándose que es directamente creada por Dios?

 

Y ya es inhumano decirle a una madre que su bebé nace en pecado, que carece de la amistad de Dios, como afirma el Catecismo, Ésta es nuestra fe, elaborado hace unos diez años. ¿Qué diría Jesús, qué estará diciendo, cuando escucha la afirmación de que los pecadores carecen de la amistad de Dios?

 

Mi "ojo clínico" no me permite reconocer a nadie que esté en pecado, y mucho menos juzgarlo, pero sí me permite asegurar que los miles de recién naci­dos que han pasado por mis manos eran inocentes, sin mácula de pecado alguno[16].

 

El drama de los teólogos que se debaten entre el sentido común y la docilidad a la doctrina tradicio­nal, se presenta con claridad en un pequeño libro escrito hace poco más de treinta años[17]. Su autor se esfuerza por presentar la naturaleza del pecado ori­ginal como una relación prematrimonial entre Adán y Eva. No se me ocurre ningún comentario.

En cuanto a las consecuencias del supuesto pecado original, es imposible creer que el Dios de Jesús se viese obligado a ejecutar una sanción de tales dimensiones. No se trataría de un Dios justo, se trataría de un Dios justiciero.

No se precipiten en el juicio, si afirmo que el pecado original no existe. No existe, si hay que entenderlo con la explicación tradicional que con­tinúa dándose. Pero yo pienso que sí existe una situación de pecado, que podríamos llamar origi­nal, en la que todos nacemos y que en todos influye. Dije más atrás que el mal moral es la con­secuencia de la libertad mal empleada. Es evidente que somos pecadores, injustos, egoístas. Esos com­portamientos, personales y colectivos, crean un clima de antivalores en el que todos nacemos.

 

Los niños no nacen con pecado alguno, pero ven la luz en un mundo pecaminoso (lo que los gallegos llamamos, a veces, pecadento). Y crecen y se forman en ese ambiente, lo que dificulta que puedan realizarse como personas de un modo tran­quilo, natural. Son esos antivalores humanos, y el propio egoísmo derivado del instinto de conserva­ción, los que exigen el esfuerzo del hombre y la ayuda de Dios para que podamos realizarnos de la forma plenamente humana para la que fuimos creados. No nacemos con "pecado" original, pero sí necesitamos la Salvación.

 

El autor del relato bíblico comprobó la realidad del pecado y trató de explicarla a su manera, con la confianza puesta en la misericordia de Dios. Yo compruebo también esa realidad y trato de expli­carla a mi manera, pero, al igual que él, con la con­fianza puesta en la misericordia del mismo Dios.

 

La Encarnación

 

Ni siquiera ahora voy a disculparme por atre­verme a reflexionar sobre este tema. Ha llegado a ser escabroso, porque cualquier considera­ción que se aparte en algún punto de la doctrina oficial, parece atentar directamente contra el núcleo de la fe cristiana. La ortodoxia afirma que la segunda Persona de la Trinidad se hizo hombre vir­ginalmente en el vientre de María.

Sin embargo yo necesito pensar, precisamente porque creo en Jesucristo.

¿Quién es Jesucristo? Está claro que se trata de un nombre compuesto. Se trata de Jesús, el galileo que vivió hace dos mil años y que después de una vida azarosa fue ejecutado como consecuencia de su actitud provocadora. Se trata de Cristo, nombre que le fue aplicado después de su muerte, porque en él reconocieron algunos al Mesías, al ungido por Dios, al enviado de Dios, al exaltado por Dios des­pués de su muerte.

Pero se trata de la misma y única persona, Jesucristo.

 

¿Cómo explicar que en aquel hombre se hacía real y verdaderamente presente el mismo Dios?

Yo pienso que la afirmación contenida en ese interrogante es el núcleo del dato revelado, es la perla de¡ cristianismo. Pero es un misterio. Y puesto que precisamente no se trata de un miste­rio banal, sino del centro de nuestra fe, se hizo necesario y fue legítimo tratar de comprenderlo. Los testimonios del Nuevo Testamento nos presentan diversos modos de comprensión de esa realidad, que es el fundamento del cristianismo. Es verdad que tales testimonios se inician con la Resurrección, pero ésta viene a ser como la con­firmación por parte de Dios de la realidad de Jesucristo. Comienza con tales intentos la cristo­logía.

 

Yo no puedo extenderme en este terreno, por­que ante mis simplezas el teólogo sonreirá bené­volo; y quien no tenga preparación teológica, se vería metido en disquisiciones que resultan tanto más complejas cuanto menor es la capaci­dad de quien las expone, como es mi caso. Pero sí debo, y creo que puedo, detenerme en algunas reflexiones que a mí me clarifican algo esas difi­cultades:

 

Lo fundamental comenzó siendo y debe seguir siendo la afirmación inicial, sencilla y misteriosa al mismo tiempo, de que en Jesús estaba Dios. Era el Dios con nosotros. Y yo pienso que todo aquel que reconozca esa afirmación no puede ser excluido del cristianismo, sea cual fuere la interpretación expli­cativa que para él resulte más clarificadora. Las dis­tintas interpretaciones presentes en el Nuevo Tes­tamento y la definitiva interpretación que terminó siendo aceptada, formulada y proclamada por la Iglesia, de una forma especialmente solemne en los concilios de Nicea y Calcedonia, en los siglos IV y V, son interpretaciones y formulaciones, son el continente, el envase, algo necesario para que la perla pueda pasar de mano en mano, de generación en generación, sin perderse, pero no son la perla, no son lo revelado.

 

Todas las reflexiones sobre si lo correcto y ver­dadero es el planteamiento de un Hijo de Dios pre­existente desde la eternidad, y que se hace hombre de forma virginal en María, o de un Hijo de Dios que llegó a serlo por su fidelidad al Padre, pienso que al propio Jesús le parecerían discusiones rabí­nicas. Yo no me atrevo a tanto en esta materia, pero Jesús era más atrevido y seguramente usaría ese calificativo.

 

Por lo pronto, a mí no me parece tan funda­mental como se afirma, y pienso que si a Jesús le hubiese parecido indispensable, hubiera hecho afirmaciones claras y precisas al respecto. Espero que nadie ponga sobre la mesa textos de los evan­gelios donde parece identificarse con Dios, porque hasta yo sería capaz de poner sobre la misma mesa otros más donde claramente marca las diferencias con su Padre.

 

En cambio, todo el Evangelio contenido en los cuatro evangelios está confirmando que lo que Jesús se preocupó de mostrarnos fue que su actitud, su modo de ser, era un fiel cumplimiento de la voluntad de Dios. Todo lo hizo como un hombre libre, pero como un hombre que oraba, que escu­chaba a Dios, enraizado en Él.

 

Las diversas interpretaciones sobre Jesús pre­sentes en el Nuevo Testamento están marcadas por la mentalidad dominante de sus autores, los escritores y comunidades a las que pertenecían. No olvidemos que Jesús fue un judío, pero el ju­daísmo ya estaba en buena medida helenizado cuando se escribe el Nuevo Testamento. Para la mentalidad judía era lógico tratar de explicar lo acontecido en Jesús como el cumplimiento de las expectativas presentes en la Escritura, en el Anti­guo Testamento. Para los helenistas, general­mente también judíos, pero más marcados por la mentalidad griega, también fue lógico servirse de modelos interpretativos propios de su cultura. La Iglesia fue decantando la formulación oficial de la fe cristiana de tal modo que alguna interpretación predominó sobre otras; pero, tomando ejemplo de lo que había hecho Israel con el Antiguo Testa­mento, donde también había teologías diversas, conservó asimismo como igualmente canónicas a las demás. En ese punto el Nuevo Testamento es una muestra de tal diversidad y del buen sentido de la Iglesia.

 

Pablo nos habla de la preexistencia de un ser de condición divina (FIp 2) y Juan de un Verbo que se hizo carne & l). Con tales expresiones pienso que se está afirmando que en Jesús está Dios de un modo especial y único. Mateo y Lucas elaboran unos relatos en los que, con sus genealogías, pretenden afirmar que Jesús es claramente un hombre; y con la concepción virgi­nal pretenden afirmar que ese hombre procede de Dios por obra del Espíritu. Para Marcos, Jesús es el Hijo de Dios desde su bautismo; para Mateo y Lucas, desde su concepción; para Juan, desde la eternidad. Más tarde, en Éfeso, se pro­clama que María es Madre de Dios, y eso con la indudable intención de afirmar la filiación divina de Jesús.

 

Me parece que tanto la preexistencia, como la concepción virginal, como la proclamación de María como Madre de Dios, fueron formas legíti­mas de explicar el misterio, pero, aunque sean ver­dad, son en sí mismas secundarias. No deseo ser mal entendido. Secundario no significa ni que no sea cierto ni que no tenga importancia; significa lo que claramente expresa: que está después de lo pri­mero. Pues yo mucho me temo que en la mente de los cristianos han pasado a ser lo primero, porque han perdido el verdadero sentido de lo que con ellas se quería expresar.

 

Si esto fuese así, y yo creo que lo es (pero algu­nos teólogos y dirigentes son a veces bastante inge­nuos y dan por sabido lo que muchas veces el pue­blo no sabe), nos encontraríamos con que esas ver­dades están siendo muy correctamente confesadas, pero están carentes de vida para el creyente, puesto que son tomadas como la sustancia de la fe y ya no permiten ver lo que realmente debía ser objeto de la fe"[18].

 

-La afirmación desde el principio de que Jesús es Dios, nos imposibilita para seguir el camino de la fe que siguieron sus discípulos. Dios es demasiado grande, y en nuestra intimidad más profunda oscu­rece al humano Jesús. Multitud de dificultades se plantean a lo largo de la lectura de los evangelios: ni el bautismo, ni las tentaciones, ni siquiera el sufri­miento de Jesús, es posible percibirlos en toda su profundidad humana, cuando sabemos de antemano que era Dios; mucho mérito, pero ¡así cualquiera!

-La virginidad de María se ha quedado en algo anatómico, como una demostración perenne de que Jesús no podía nacer de algo tan bajo, casi denigrante. ¿Es que la sexualidad la inventó el demonio?

 

-Decir que María es la Madre de Dios, para todos los que ignoren la verdadera finalidad de esta afirmación -v cuando menos los no cristianos no tienen por qué saberlo- es un perfecto absurdo. Y aun sabiendo la razón por la que fue afirmada en el Concilio de Éfeso, resulta un silogismo muy bien construido para los humanos, pero no tenemos derecho a encorsetar a Dios con nuestra lógica: Es evidente que María es la madre de Jesús; Jesús es Dios; por lo tanto María es la Madre de Dios. Un silogismo perfecto, pero, expresado así, hiere la sensibilidad de todo aquel que crea en Dios: ¿cómo una criatura puede ser la madre del Creador?

 

-La persona de Jesús es divina, según la ortodo­xia. ¿Es que Jesús no es lo que normalmente enten­demos por una persona humana?

 

Piedras de tropiezo.

 

Como consecuencia de estas breves reflexiones, seguramente breves en exceso dada la importancia del tema, yo pienso que los teólogos tienen todo el derecho a seguir reflexionando sobre el Verbo, el Logos, la Sabiduría, el Siervo de Yavé, el Hijo de Dios, el Hijo del Hombre, el Cordero de Dios y el Profeta escatológico; también sobre otros temas relacionados, puesto que su finalidad es cristoló­gica, como la concepción virginal o la proclama­ción de María como Madre de Dios. Pero ya no estoy tan seguro de que los dirigentes de la Iglesia tengan el derecho a elevar a la categoría de verda­des dogmáticas unas determinadas interpretaciones que, si bien es cierto que sirven para construir un elaborado edificio, no es menos cierto que no tie­nen ya carga alguna dinamizadora para nuestra vida creyente; y en cambio pueden ser y están siendo piedras de tropiezo para muchos.

 

No podemos dejar de proclamar la Cruz aunque para el mundo sea escándalo o necedad, puesto que para nosotros es sabiduría de Dios. Pero, a lo mejor, podemos intentar que las citadas piedras de tro­piezo dejen de serlo, si son formuladas de una forma más comprensible y asimilable para los hom­bres y mujeres de hoy, sin mutilar por eso el Evan­gelio.

 

¿Por qué curiosa razón la Dirección de la Iglesia no parece reflexionar nunca sobre términos como t( piedras de tropiezo" puestas en el camino o "fardos pesados" cargados sobre las espaldas de los creyen­tes? Tales expresiones fueron aplicadas por Jesús a quienes entonces eran los dirigentes de la institu­ción religiosa a la que él pertenecía.

 

Seguramente estoy dando la impresión de que quiero desmantelar lo más sagrado de nuestra fe. Lo que realmente deseo es que nuestra fe pueda seguir siendo lo que fue para los discípulos de Jesús -una Buena Noticia asimilable por todos los hombres y mujeres de buena voluntad- y no termine siendo, como ya lo es, una complicada especulación nece­sitada de expertos para ser comprendida. Hace muchos siglos que partimos de Dios y de Cristo para llegar a Jesús; pero, si algo sabemos de Dios y de Cristo, es únicamente lo que Dios quiso que supiéramos a través de Jesús. Dios envió a su Hijo, Dios se encarnó en Jesús, precisamente para que pudiéramos vislumbrar a Dios. ¿Es razonable que nosotros despreciemos de algún modo el camino señalado por Dios?

 

Soy consciente de que estoy aplicando el tér­mino "secundario" a conceptos defendidos desde siempre por la tradición de la Iglesia, respetados por los teólogos y que forman parte importante de la piedad popular. Una vez más repito que desearía ser entendido. Yo no niego nada ni pretendo,resol­ver el problema que he tratado de plantear. Unica­mente deseo hacer una llamada de atención para que, por quien corresponda, se trate de hacer lo necesario a fin de que esos venerados conceptos o verdades de fe no oculten la verdad fundamental, y sea posible para todos centrarnos en el insondable Misterio: En el Hombre Jesús se hizo presente el mismo Dios, para decirnos cómo es el verdadero Dios y cómo debe ser el verdadero hombre.

 

 

 

 

La Redención

 

Yo supongo aue la Dirección de la iglesia cuenta con la casi seguridad de que la inmensa mayoría de los católicos no han leído el Catecismo, aunque haya constituido un best-seller. Al releer los puntos 599 al 623, que se refieren a la Reden­ción, me sorprende que todavía queden tantas per­sonas en la Iglesia. Redención, rescate, expiación, sacrificio expiatorio, designio del Padre, ofrenda voluntaria y tantos otros términos que no tienen nada de nuevos, pero que cada vez resuenan como más anticuados, increíbles y confusos. Ya sé que cada uno de esos términos tiene una explicación teológica que los hace más asimilables, pero esa explicación es del dominio de los teólogos; noso­tros, los miembros del pueblo creyente, nos vemos obligados a comprenderlos tal como suenan, y hasta supongo que ésa es la intención de quienes los usan machaconamente, cuando estamos ya a las puertas del siglo XXI.

 

No me extraña nada que se siga afirmando que todos y cada uno de los "ladrillos" con los que se ha construido la Historia de la Salvación son verdades fundamentales de la fe. La existencia del demonio tentador, el pecado original que arruinó a la Huma­nidad, la ofensa infinita que requiere una contra­prestación infinita para aplacar a Dios o rescatar al hombre de las garras del demonio, deben seguir siendo intocables, si no queremos correr el peligro de que todo el edificio se desmorone. De ahí el empeño en continuar hablando con términos que parecen esenciales, como sacrificio expiatorio y muerte redentora.

 

Se encarnó para morir. En el punto 607 del Catecismo se afirma que su Pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación. La muerte era el designio amoroso de un Dios que nos ama tanto que no podía reconciliarse con nosotros sin recibir un precio singular (en realidad, un asesinato). Francamente increíble y totalmente en contra del Dios que nos presenta Jesús. Pero se afirma utili­zando múltiples textos bíblicos tomados al pie de la letra. ¿Cómo puede decirse entonces que la única forma totalmente rechazable para la lectura de la Biblia es la fundamentalista?

 

El mundo de las creencias es muy particular. Una escapatoria ancestral para eludir nuestras res­ponsabilidades y explicar lo inexplicable, fue siem­pre recurrir al mundo de los espíritus, a las cons­trucciones mitológicas que lo explicaban todo y de alguna manera nos disculpaban. Aunque la fe de Israel sobresale entre la de otros pueblos por tratar de liberarse de esos mecanismos, haciendo que sea el mismo Dios el que actúa en la Historia, terminó por verse seriamente afectada por una angelología y demonología que en los tiempos de Jesús consti­tuía ya una parte importante de las creencias. Se esperaba una liberación política de Israel, pero se esperaba también una liberación del poder demo­níaco presente en la vida real. Hasta Jesús cura a los endemoniados.

 

El primitivo Israel entendía la Salvación como la liberación de la esclavitud de Egipto. Los prime­ros cristianos entendieron la Salvación como la liberación de la esclavitud del demonio. Nosotros podemos entender la Salvación como la liberación de todo aquello que nos esclaviza y nos impide madurar como personas. ¿Por qué tenemos que seguir encadenados a unas concepciones que no tienen nada que ver con nuestra mentalidad?

 

Los hombres y mujeres de hoy no esperan ser salvados del poder del demonio. No creen real­mente en el demonio, aunque pueda dar la impre­sión de que cada vez creen en más poderes extra­ños, como los espíritus, el horóscopo, las brujas, la magia o los milagros. No, todo eso es el resultado transitorio de la época de confusión en la que vivi­mos. Durante muchos siglos fueron creencias acep­tadas por todos la existencia del Bien y del Mal, encarnados en Dios y el Demonio. La Iglesia trató de dejar claro que la única realidad absoluta era Dios, y que el Demonio, los demonios, eran simples criaturas; pero al mismo tiempo los presentó con tal poder, escenificó tan objetivamente la lucha mitológica, que en la práctica los creyentes vivie­ron, hemos vivido, un dualismo real. La Historia de la Salvación, expuesta de la forma tradicional, tenía entonces sentido.

 

Hoy en día los hombres creen y no creen. Las creencias milenarias dejaron un sedimento difícil de eliminar, pero ya no hay convencimiento. Se cree en esos poderes como se cree en los extrate­rrestres: es posible, no se sabe, por si acaso. Pero todo eso ya no tiene fuerza suficiente para consti­tuir una creencia que le dé sentido a la vida o que influya decisivamente en ella. Y pronto, de seguir así, en el próximo siglo, la Humanidad dejará de ser crédula y abandonará la fe en Dios, ya lo está haciendo, porque quienes tenemos el deber de renovar lo que entendemos por Redención y Sal­vación en Jesucristo, no hemos tenido el coraje necesario para hacerlo.

 

Yo pienso que la fe en Dios es totalmente com­patible con la maduración humana; incluso que la fe en el Dios de Jesucristo es una consecuencia lógica de la misma. Pienso que en la medida en que el hombre vaya viviendo más seguro de sí mismo, menos atemorizado por los poderes ocultos, descu­brirá con más claridad al Dios de Jesús y podrá vivir con sentido una vida humana profundamente cre­yente. Pero si continuamos haciendo que la salva­ción de Dios siga dependiendo irrenunciablemente de la creencia en el Demonio, estamos comprome­tiendo la posibilidad de que los hombres y mujeres del futuro vean en Jesucristo a su Salvador.

 

Piedras de tropiezo.

 

Claro que yo creo, y cada vez más, que Jesucristo es mi Redentor, mi Salvador, pero precisamente porque lo veo como el Camino, la Verdad~ y la Vida, o sea, el camino para la verdadera vida. El me indica cómo debo madurar para llegar a ser el ver­dadero hombre querido por Dios y me da fuerzas para lograrlo. Y hasta creo que una de las mayores esclavitudes de las que me salva, es la de sentirme esclavo de un poder religioso que, en su nombre, corre el peligro de querer obligarme a comulgar con ruedas de molino"[19].

 

La Resurrección

 

La vida de lesús, su actitud vital, sus palabras, sus obras, su libertad, su autoridad, su extraño acercamiento a los marginados, habían arrastrado tras él a un pequeño grupo de discípulos. No eran la muchedumbre que por algún que otro aconteci­miento sorprendente acudían para verlo al princi­pio de su vida pública: eran hombres y mujeres que se sintieron llamados y lo siguieron, comprome­tiendo con ello su vida. Seguramente no lo enten­dieron del todo, o incluso a veces lo malentendían, pero lo percibían como el Maestro.

 

Mas llegó el fracaso, lo que por otra parte tenía que llegar, dada la actitud poco prudente de Jesús, y todos se dispersaron. ¡Qué decepción debieron de experimentar en lo más hondo de su ser! Ellos no escucharon entonces, como nosotros hoy, la confe­sión del centurión que relata Marcos, ni vieron ras­garse el velo del Templo, ni apreciaron terremoto alguno. Las rasgaduras y el terremoto tuvieron lugar en su intimidad.

 

Pero pasó algún tiempo, no importa si tres días o un plazo diferente, y comenzaron a "ver". Refle­xionando sobre sus expectativas y sobre lo ocu­rrido, a la luz de las Escrituras, se les abrieron los o] . os acerca del verdadero significado de Jesús. El Espíritu Santo estaba soplando y lo hacía con fuerza. Experimentaron un cambio radical. De hombres asustados y decepcionados, pasaron a mostrarse como hombres llenos de coraje y entu­siasmo. ¿Qué había ocurrido? Yo no lo sé. Los evan­gelistas tratan de expresar con los relatos del sepulcro vacío y de las diversas apariciones una realidad de fe presente en los discípulos. Una realidad de fe, porque las diferentes y aun contradictorias formas de expresarla muestran a las claras que no se tra­taba de un hecho histórico, en el sentido objetivo, fácil de comprobar por cualquiera que no estuviese ciego. Sólo "vieron" los que creyeron.

 

Estaban seguros de que Jesús había sido ejecu­tado, de que lo habían sepultado. Pero, aunque de modo diferente, estaban también seguros de que estaba vivo, de que había resucitado. Estaban segu­ros de que el Padre lo había vuelto a la vida y esta­ban seguros de que estaba con ellos. Y eso fue sufi­ciente para que se lanzaran a proclamar la Buena Noticia: ¡Dios ha resucitado a Jesús! Y lo hicieron con tanto entusiasmo, que incluso dejaron un poco de lado la Buena Noticia que había anunciado Jesús, la de que el Reino de Dios había llegado. La Buena Noticia era ahora la Resurrección, porque en esa proclamación estaba implícito lo anunciado por Jesús. Si Dios lo resucitó, es que le daba la razón a cuanto él había dicho y hecho.

 

Yo pienso que este entusiasmo de los primeros cristianos, su interés en hacer ver a los demás lo que ellos habían "visto" fue el culpable de que con el tiempo los cristianos tomásemos al pie de la letra los relatos, y de que con ello el acontecimiento de la Resurrección quedara mutilado y empobrecido en su comprensión. La Resurrección acabó entendiéndose como una vuelta a la vida anterior, como un milagro demostrativo del poder de Dios y de la divinidad de Jesús. La piedad y la adoración, poco reflexivas, no permitieron caer en la cuenta del sugerente lenguaje de las propias narraciones: Jesús aparecía y desaparecía; lo veían, pero no lo reco­nocían; estaba, pero no estaba. Todo eso no impor­taba: La verdad ya evidente, materializada, era que muchos testigos lo vieron vivo.

 

Tampoco se caía en la cuenta de que tal forma de entender la Resurrección ya no era fe; era fe en los discípulos, que es distinto. Por otra parte, de ese modo se daba el hecho curioso de que, paradójica­mente, los únicos cristianos que no tenían necesi­dad de la fe en la Resurrección fueron los apósto­les, los que consideramos columnas de nuestra fe. Y digo que no tendrían necesidad de la fe, porque para ellos habría sido un hecho palpable, objetivo, demostrable. Pero está claro que eso no es fe, es una evidencia.

 

Todo lo anterior nos lleva a que es necesario desmontar la forma tradicional de entender la Resurrección y situarla en el campo de lo que siem­pre afirmamos: es una verdad de fe. Es una realidad, pero que no pertenece a la Historia empírica. Dios devolvió a la vida a Jesús; pero se trata de la vida definitiva, sobre cuyo modo de ser no podemos decir ni una palabra. San Pablo se esforzará por hacernos comprender cómo resucitaremos, y acaba diciendo paradojas incomprensibles, como lo de «cuerpos espirituale?. Así que yo me callo. Es un problema de Dios, no mío.

 

Pero decía que es necesario cambiar la forma tradicional de entender la Resurrección; y no por ningún capricho, sino porque, entusiasmados con el "milagro", perdemos de vista lo más importante: que Jesús vive y vive realmente, pero que tenemos que hacerlo presente a los demás con algo más que con ese anuncio de palabras. Los atenienses ya no creyeron a Pablo, cuando intentó convencerlos; pero otros muchos lo creyeron, cuando experimen­taron que Jesús estaba presente en Pablo y en los demás cristianos. Pasa aquí algo semejante a lo que nos ocurre con la Eucaristía: cuando cosificamos y materializamos lo que por otra parte decimos que es una realidad significativa, un signo, cuando nos detenemos tanto en el "cambio de sustancia", per­demos de vista el significado primordial de que la persona y la vida de Jesús son las que nos alimen­tan y son las que compartimos.

No debemos limitarnos a implorar con la frase esperanzada con que termina la Biblia: ¡Ven Señor, Jesús! Debemos tener conciencia de que la Resu­rrección de Jesús significa que vive con Dios, pero que también vive en nosotros, y que podemos hacérselo "ver" a los demás si vivimos como Él.

 

Me parece muy expresivo el final del evangelio de Marcos (sin contar con el apéndice canónico de Mc 16,9-20). El joven vestido de blanco que encuentran en el sepulcro, les dice a las mujeres que buscaban a Jesús: "Ha resucitado, no está aquí ( ... ). Ahora id a decir a sus discípulos y a Pedro que va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, tal como os dijo".

 

En Galilea comenzó Jesús su actividad humaniza­dora. Todo el que quiera verlo resucitado tendrá que (¡verlo" reviviendo personalmente la vida de Jesús.

 

 

El Espíritu Santo y la Trinidad

 

¿Quién es el Espíritu Santo?

 

E1 dogma católico nos dice que el Espíritu Santo es la tercera persona de la Santísima Trinidad.

Estamos acostumbrados a ver y entender el Evangelio (la Buena Noticia de Jesús) desde el fil­tro de los dogmas. Pero los dogmas son formulacio­nes siempre provisionales del único Evangelio. Si tales fórmulas no nos reconducen al Evangelio, son fórmulas vacías.

 

Yo expreso mi fe en fórmulas, pero no tengo fe en los dogmas, sino en el Dios que se manifiesta en el Evangelio. Parece por lo tanto imprescindible que cada cristiano no se conforme con repetir unas fórmulas dogmáticas, que, por muy correctas que sean, han sido formuladas en otras épocas y pueden ser hoy causa de confusiones.

Tenemos el derecho y el deber de entender nuestra fe como una relación viva con el Dios vivo. Mientras no tratemos de imponer nuestra visión como la verdad absoluta, no habrá herejía.

Me temo que con frecuencia, cuando hablamos del Espíritu Santo, nos imaginamos a un tercer ser que forma parte del único Dios. Decimos que Dios es misterio, pero lo encorsetamos en una definición precisa. Tres personas distintas en una sola natura­leza divina (lo mismo que dos naturalezas en la única persona de Jesucristo) será perfecta teología, pero un tanto orgullosa al pretender describir la intimidad de Dios.

 

Prefiero relacionarme humildemente con Dios tal como Él se nos manifiesta, con el Dios para nosotros: el único Dios que se manifiesta como Creador en la naturaleza y a quien llamamos Padre; el mismo y único Dios que se hace presente en el hombre Jesús y a quien llamamos Hijo; el mismo y único Dios que se manifiesta en la intimidad per­sonal de cada ser humano y a quien llamamos Espí­ritu Santo. Se parece, lo sé, a una vieja herejía de los primeros tiempos.

Será verdad que, si así se manifiesta, es porque así es en su esencia. Pero me parece que corremos el peligro, al intentar expresarlo de ese modo, de encorsetar el misterio de Dios, convirtiendo en objeto de fe lo que realmente son legítimas disquisiciones filosóficas. Mi relación con El me parece más humana y asequible, cuando la veo como una relación de hijo con su padre: Padre creador, Padre que se da a conocer en Jesús, Padre que me habla en la intimidad de mi ser, que me alienta, me for­talece y me ilumina para que pueda comprender todo lo que Jesús significa para nosotros.

Puedo confesar con la Iglesia que todo lo hago en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo (mejor sería por el Hijo, en el Espíritu Santo), pero lo que realmente vivo es que el único Dios de Jesucristo está hoy conmigo, en Espíritu, y claro está que en Espíritu Santo, porque a Dios nadie lo ha visto y Jesucristo ya no está físicamente presente. Y creo, además, que así era como rezaba Jesús de Nazaret.

 

¿Cómo actúa el Espíritu Santo?

 

Decimos que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza. No es cierto, sin más. Lo que queremos decir es que Dios lo creó con posibilidades de que, en libertad, se hiciese a sí mismo y lograse alcanzar el modelo qye Él proyectó: el hombre que fuese amor como El mismo es amor.

 

Es evidente que nos desviamos a diario de su proyecto. Pero Dios no nos abandona a nuestra suerte. Aletea como la paloma sobre nosotros, tratando de penetrar en nuestro corazón; nos purifica como el fuego; nos reconforta como el calor; nos empuja como el viento, para que caigamos en la cuenta de cuál es nuestra tarea: ¡hacernos hombres!

 

El Espíritu Santo es la expresión del Dios amo­roso que permanentemente nos cuida. Es la expre­sión del mismo y único Dios que nos crea. Es la expresión del mismo y único Dios que se hace total­mente presente en el hombre Jesucristo. Es la expre­sión del mismo y único Dios que es el verdadero Ángel de la Guarda, el único que tiene el poder de hacernos caer en la cuenta de que nuestra felicidad consiste en hacernos hombres al estilo de Jesús.

 

Este Espíritu Santo, que únicamente se hace presente en la intimidad del hombre, tampoco actúa en la historia visible más que a través de los hombres. De una forma plena en nuestro hermano Jesús, porque Jesús respondió en absoluta obedien­cia. De forma menos clara a través de todos los hombres cuando nos dejamos mover por su fuerza, por su aliento de vida. Porque la única boca y las únicas manos del Espíritu de Dios son nuestra boca y nuestras manos, cuando nos dejamos poseer por el Espíritu Santo.

 

¿Dónde encontrar al Espíritu Santo?

 

-En el mundo. En cada gesto de bondad, en cada acción que tienda a humanizar a los seres humanos, haciéndolos más libres, más nobles, más generosos, más hermanos, ¡allí está el Espíritu Santo!

 

-En la Iglesia, como comunidad de los que siguen a Jesús.

 

-En el fondo más personal de cada hombre o mujer.

Se dice que la Biblia está inspirada por el Espí­ritu Santo. Se dice que los obispos son poseedores del Espíritu Santo. ¿Está el Espíritu Santo en la Biblia y en los obispos? No exactamente. Me explico: el Espíritu Santo no se deja encerrar en el papel de la Biblia ni en el aceite con el que se con­sagra a los obispos; lo que ocurre es que puede valerse de una forma especial de la Biblia y de los obispos, para hacernos caer en la cuenta de la única Verdad que está en Jesucristo.

Por eso, ni la Biblia ni los obispos pueden pre­tender una obediencia ciega de los hijos de Dios. Su papel es el de iluminar nuestra conciencia, como valiosa ayuda para escuchar la Palabra de Dios que nos habla personalmente y nos da fuerza para que nos hagamos hombres y mujeres nuevos.

En la Iglesia y en el mundo, serán signos de la presencia del Espíritu Santo todas las acciones que humanizan al hombre, a todos los hombres y muje­res, sobre todo a aquellos que sufren la opresión de los que no les dejan ser humanos.

 

       Unicamente ése debe ser el criterio último para discernir la presencia del Espíritu Santo.

 

La Eucaristía

                        

Unas páginas más atrás hablé de la llamada cuestión bíblica como ejemplo de la resisten­cia al cambio. Al iniciar ahora estas reflexiones sobre la Eucaristía me invade un cierto pesimismo; durante cerca de todo un milenio hemos celebrado el misterio central de nuestra fe, utilizando un idioma "sagrado" que nadie entendía. ¿Cómo puedo tener esperanzas de que en los próximos años se intenten cambiar conceptos con los que parece estar identificada la fe cristiana?

 

No entraré en valoraciones sobre la utilidad del latín. Pienso que tanto el latín como el griego debieran ser revalorizados, porque para nosotros, los occidentales, siguen siendo instrumentos de inmenso valor cultural. Lo que pretendo es refe­rirme a la incongruencia de que un idioma que desde hace muchos siglos era patrimonio casi exclusivo del cuerpo eclesiástico, continuase siendo el vehículo de expresión de las celebracio­nes de nuestra fe. Entre otros, también ese hecho contribuyó a que los sacramentos pasaran a ser recibidos en vez de ser celebrados. Cuando hoy decimos que vamos a celebrar la Eucaristía, aún le suena mal a bastantes personas, porque los creyen­tes estábamos acostumbrados a oír misa; la misa que celebraba exclusivamente el sacerdote.

 

Siempre hay razones de mayor o menor peso para no cambiar. Pero en el caso que tratamos, me parece evidente que funcionaba un mecanismo inconfesable, aunque disculpable, porque segura­mente era inconsciente: el uso del latín contribuía a sacralizar la figura del sacerdote, como interme­diario entre Dios y los hombres. Los pobres fieles, cuando se trataba de las expresiones más impor­tantes de nuestra fe, no teníamos otro remedio que venerar humildemente la grandeza de quienes hablaban directamente con Dios; y quedarles agra­decidos, porque se dignaban recoger nuestras súpli­cas para elevarlas al Señor y transferirnos después las bendiciones divinas. ¿No es esto espíritu cleri­cal? ¿Es espíritu de servicio o de dominio?

 

Había otra razón más confesada, pero no menos grave: el uso del latín permitía una mayor unifor­midad, que, con la disculpa de la unidad, hacía más efectivo el control central de la Iglesia Universal. Para los dirigentes está siendo un problema tanto idioma vernáculo; por lo pronto, ningún obispo tiene capacidad para aprobar expresiones litúrgicas sin la autorización expresa de la curia romana; tam­bién esto se dice que está al servicio de la unidad. Yo no soy psico-analista, y hasta pienso que es una ciencia aún en pañales, pero estoy convencido de que en la mente humana hay mecanismos comple­jos que funcionan sin que los percibamos clara­mente.

 

Pero tendremos paciencia, no resignación, y alimentamos la esperanza de que los necesarios cambios que proponemos serán pronto una gozosa realidad, lo mismo que ocurrió con el latín en la liturgia.

 

Puede parecer hasta una falta de respeto el haberme detenido en estas cuestiones marginales cuando se habla de la Eucaristía, sacramento tan rico en diversas dimensiones fundamentales para nuestra fe. Pero yo no pretendo hacer un tratado teológico sobre el tema, porque no estoy capaci­tado, porque no es el lugar, porque ya hay muchos y algunos son muy buenos.

 

Incluso para quienes somos tan críticos, nos lle­nan de alegría los cambios que podemos fácilmente comprobar en la celebración de la Eucaristía en los últimos años. Hasta no hace mucho tiempo, y desde hacía siglos, las únicas dimensiones que se realzaban eran la presencia real de Jesucristo, la comunión entendida como recibirlo, el consi­guiente culto eucarístico, y el valor de sacrificio incruento. Haré algunas reflexiones sobre esos sig­nificados, con el fin de que destaque mejor la ausencia casi total del significado que yo estimo como fundamental en el sacramento de la Eucaris­tía y que hoy está revalorizándose.

 

Decimos que la Eucaristía es un sacramento, un signo. Pero la comprensión literal de la fórmula de consagración fue transformando insensiblemente tal signo en una cosa objetiva. Lo fuimos cosifi­cando hasta tal punto que dejó de ser signo, sacra­mento, para convertirlo en algo material. El pan se transformaba objetivamente, realmente, en el cuerpo, en la carne de Cristo; y ya no digamos el vino en sangre, que tienen mayor parecido. Nunca se negaron otras dimensiones, pero, para los fieles, esta presencia real, realísima, constituía el centro de nuestra fe. Esta comprensión era tan firme, que muchos sentían preocupación, y hasta angustia, si tenían que masticar la sagrada forma.

 

Y no es grave realzar esta dimensión, incluso hasta extremos innecesarios; lo grave era que pre­cisamente con ello quedaba oculta la dimensión que había movido a Jesús para dejarnos este regalo. El quiso que en su cuerpo viésemos su persona y en su sangre su vida; no era su carne ni su sangre lo que deseaba dejarnos, eran su persona y su vida.

 

En plena Edad Media, no importan ahora los detalles históricos, la Iglesia explicó tal presencia mediante el término "transubstanciación", senci­llamente un cambio de substancia: lo que antes era pan, dejaba de ser pan para convertirse en el cuerpo de Cristo, a pesar de que los accidentes, las apariencias, no hubiesen cambiado. Aquí hay filo­sofía aristotélica, y no precisamente sencilla. Quizá no sea este el momento, ni yo la persona indicada, para explicarla. El hecho es que para la mentalidad de entonces ese término pudo ser correcto, pero los tiempos no se duermen y el significado de "subs­tancia" fue cambiando. Hoy entendemos por subs­tancia la composición físico-química de una cosa; el pan está formado por harina, por hidratos de car­bono. Y esa substancia no cambia con la consagra­ción.

 

Seguir utilizando un término inadecuado, que da lugar a una incorrecta comprensión, es una señal de que nos hemos dormido.

 

Negarse a cambiar ese término por otros pro­puestos, como el de transignificación, es poner una piedra de tropiezo, aunque sea con la laudable intención de querer evitar que con ello pueda per­derse algo de la irrenunciable confesión de que en la Eucaristía se hace realmente presente Jesucristo.

Comulgar significaba recibir a Jesús, comer su carne sacratísima. Esto hacía desaparecer de la comprensión del creyente todo significado de común-unión entre los miembros de la comunidad. Recibían a Jesús, pero lo recibían individualmente cada uno, hasta el extremo de que era habitual la comunión aislada de toda celebración comunita­ria. Terminó por dejar de ser un signo del pan com­partido, de Jesucristo compartido por los creyentes, de Jesucristo que hace a la Iglesia, para quedarse en un hecho místico de la piedad individual.

 

Tal forma de entender este sacramento, recon­fortaba mucho, pero dificultaba a los creyentes la vivencia del verdadero significado de la Eucaristía: compartir el mismo pan como signo de que nos comprometemos a compartir la vida, de que come­mos a Cristo porque queremos expresar con ello que queremos transformarnos en otros Cristos. Yo quiero ser un creyente, no un antropófago.

 

Consecuencia natural de esa materialización de Cristo fue el auge del culto eucarístico. Ya no es el culto a lo que la Eucaristía tiene de signo, de sacra­mento: es el culto, la adoración a la sagrada forma, sea colectiva o individualmente. Lo importante pasó a ser la convicción de que lo tenemos allí al alcance de nuestra mano, aunque con ello hayamos perdido la verdadera razón por la que Él quiere estar allí, que no es precisamente para que le ado­remos, sino para que nos vivifiquemos.

 

Todos los términos bíblicos con los que tratamos de comprender la Eucaristía, entendidos con la concepción propia del judaísmo, nos llevan a real­zar la dimensión de sacrificio como la más funda­mental. No importa que nuestro Dios nos haya advertido reiteradamente, a través de los Profetas y del propio Jesús, que lo que Él quiere no son sacri­ficios, sino nuestra vida entera. Nosotros somos más generosos y le ofrecemos ahora un sacrificio ante el que no podrá negarse: su propio Hijo, el Pri­mogénito. Y, claro está, nos aprovecharemos de ello para conseguir ablandarlo y obtener así bienes espirituales y aun materiales, como continúa diciendo el Catecismo. Por mil pesetas, poco más o menos, vale la pena intentarlo. Y los fieles más pia­dosos, los que conservan la verdadera fe, solicitan su intención de misa particularísima, mucho mejor si no es compartida (un sacrificio infinito dividido entre dos, debe ser medio infinito), para obtener un empleo, o el aprobado de un hijo, o la curación de un enfermo.

 

Los dirigentes hacen esfuerzos para purificar estas realidades, pero continúan aceptando el esti­pendio y promoviendo con ello esa concepción crédula e infantil del sacramento central de nues­tra fe.

 

Yo recibí la primera comunión en mi parroquia nativa, cuyo patrono es Santo Tomás. Durante los 30 años siguientes -no sé si desde que me bautiza­ron- yo fui un "buen católico". Entendía que cuando comulgaba recibía realmente el cuerpo, la carne de~ Jesucristo. Por supuesto que no entendía para nada que eso tuviese algo que ver con que me identificase, junto con los demás creyentes, con la vida de Jesús. Tampoco entendía que eso me com­prometiese a compartir mi vida como compartía­mos aquel pan del cielo. Con tal de creer que aque­llo era el Cuerpo de Cristo, haberme confesado previamente, y guardar el ayuno correspondiente, yo era un "buen católico". Cierto que también entendía que en la vida debía comportarme bien, pero la relación entre comunión y vida no era, ni mucho menos, lo más significativo.

No sé si el escéptico Tomás me habrá conta­giado. Pero el hecho es que a lo largo de los últimos casi 30 años fui dejando de ser tan "buen católico" y comprendiendo que, cuando comulgo, lo que recibo es pan. Pero un pan en el que misteriosa­mente se hace presente Jesucristo, para signifi­carme con esa presencia real que yo puedo ser ali­mentado con su persona y su vida, a fin de que mi persona y mi vida participen de la suya. Y esto lo hago junto con mis hermanos creyentes, partici­pando de una misma mesa en la que la comida compartida es el mismo Jesús.

 

Ya no recibo a Jesús; más bien trato de "comér­melo" -como se come a besos a la mujer, 0 al hijo, o al nieto- para que yo acabe transformándome en un hombre que viva con su actitud. Tampoco tengo muy presente la dimensión de sacrificio, por­que, aunque no la niego, nunca ofrecí misa alguna para convencer a Dios de que me conceda bienes espirituales o materiales. Ya los espero de Él sin canje alguno. Tampoco entendí nunca que Jesús tuviese que ser sacrificado, inmolado, para aplacar a su Padre, nuestro Padre, y así obtener el perdón.

Sospecho que el cambio experimentado por mí y que entiendo como maduración de la fe, puede ser valorado por muchos como pérdida de la verdadera fe. Sólo puedo decir que para mí significa una vida nueva.

 

Los ministerios

 

Hablaré de los curas, de los obispos, de los diri­gentes, del cuerpo eclesiástico con el que habitualmente se identifica a la Iglesia, pero que constituyen la parte menos importante de la misma. Esta afirmación no significa que yo infrava­lore su misión, por la que les estoy agradecido. Sig­nifica simplemente que la Iglesia somos todos los creyentes, entre los cuales se encuentran quienes se encargan de las tareas de dirección; pero son pocos entre muchos, por lo que digo que son la parte menos importante. Tampoco se trata de reivindi­car, sin más, el principio democrático según el cual los muchos tienen más peso que los pocos.

Se trata de que las tareas necesarias que realizan no transforman a los sujetos en seres distintos, ni superiores, ni de rango más elevado. En el cristia­nismo no hay grados; somos todos iguales, hombres o mujeres que encontramos en Jesucristo el sentido para nuestra vida. Y de entre ellos, algunos ofrecen su vida como ayuda para los demás, encargándose de unas tareas de dirección, de animación, de pro­moción, ciertamente importantes y necesarias, pero no en grado esencialmente distinto a las tareas del zapatero, o del marinero, o del médico.

 

Es importantísimo que el zapatero proteja los p ¡es de los caminantes; es importantísimo que el marinero, el pescador, alimente a los hambrientos; hasta es algo importante que el médico alivie el sufrimiento de los enfermos. Es cierto que los evan­gelios nos dicen que los pescadores galileos dejaron sus barcas y sus redes para seguir a Jesús. Pero tam­bién lo es que los mismos evangelios presentan a Jesús más tarde colaborando con ellos en las faenas de la pesca. ¿0 es que puede concebirse un Reino de Dios en el que todos estén con los pies ensan­grentados, los estómagos hambrientos y sin alivio para sus dolores?

 

Todos somos necesarios para que el Mindo, la sociedad en la que vivimos, se oriente hacia lo que Jesús nos propuso: una sociedad de hermanos movida por el amor, para que de algún modo pueda ser el comienzo del Reino de Dios. El pescador de peces tiene que ser al mismo tiempo pescador de hombres, porque esta tarea no es tan exclusiva de un grupo como para que los demás podamos desen­tendernos de ella.

 

Este preámbulo ya puede indicar un poco la linea que pretendo seguir. No voy a criticar a los curas, ni a los obispos, ni al cuerpo eclesiástico diri­gente en su conjunto. Estoy convencido de que entre ellos hay profundos creyentes y excelentes personas humanas, seguramente la mayoría. Lo que deseo es reflexionar sobre una realidad que disfrutamos y padecemos en la Iglesia, como resultado de una determinada orientación que fue decantán­dose a lo largo de casi veinte siglos, y que ha lle­gado a suplantar en la conciencia del mundo, cre­yentes o ateos, a la verdadera Iglesia, al conjunto de los creyentes.

 

Parece que lo que dice un cura, y mejor un obispo, lo dice la Iglesia; lo que dice un creyente que no es cura, lo dice un particular. No trato de negarle su papel representativo cuando sea necesario; lo que trato es de hacer ver que del mismo modo que los miembros del gobierno de España no son España, tampoco los dirigentes de la Iglesia son la Iglesia.

 

Y eso es justamente lo que ha ocurrido, lo que aún está ocurriendo. Hay que cambiar esa mentali­dad clerical, que lleva a la división de la Iglesia en dos clases de personas, que rompe la comunidad, aunque su finalidad era y debe seguir siendo el ser­vicio a la Iglesia.

 

Sospecho que para muchos lo que estoy diciendo puede tener resonancias protestantes. No importa; no soy protestante, aunque está bastante claro que soy protestón. Pero también es cierto que lo fundamental de lo que digo tiene resonancias conciliares y bíblicas. Para que nadie caiga en la tentación de encasillarme en una Iglesia de confe­sionalidad protestante, a las que respeto pero a las que no pertenezco, recordaré algunos textos bíbli­cos y conciliares que expresan claramente que cada cristiano es enseñado inmediatamente por el Espí­ritu, lo cual supone una indudable preferencia ante toda instrucción humana:

 

"En cuanto a vosotros, estáis ungidos por el Santo y todos vosotros lo sabéis". "Y en cuanto a vosotros, la unción que de Él habéis recibido, per­manece en vosotros y no necesitáis que nadie os enseñe" (1 Jn 2,20.27).

 

"Todos los cristianos son piedras vivas, para edi­ficar una casa espiritual" (I Pe 2,5).

Cuando sopla el viento, no todo está calmado; y parece que en las discusiones conciliares también hubo sus "tormentas". Parece que cierto sector minimizó notablemente la importancia de los carismas, esa gracia o llamamiento o don que Dios concede y dirige a todos y cada uno de los cristia­nos para que realicemos un determinado servicio a la comunidad. El Cardenal Suenens hizo entonces una defensa valiente de la dimensión carismática de la Iglesia: "Se ha dicho poco todavía sobre los carismas de los fieles, lo cual podría causar la impresión de que se trata simplemente de un fenó­meno periférico y accidental en la vida de la Igle­sia. Pero es preciso destacar más claramente -y por lo mismo más exactamente- la vital importancia de los carismas para la edificación del Cuerpo Mís­tico. En todo caso, se ha de evitar que la estructura jerárquica dé la impresión de un aparato adminis­trativo, sin relación interna con los dones carismá-

ticos del Espíritu Santo, que han sido derramados sobre toda la Iglesia". ¿Sería un protestante infil­trado en el Concilio el Cardenal Suenens?

 

Y el Concilio confirma: "El mismo Espíritu Santo no solamente santifica y dirige al pueblo de Dios por los sacramentos y los ministerios y lo enri­quece con las virtudes, sino que, distribuyéndolos a cada uno según quiere (1 Cor 12,1 l), reparte entre los fieles gracias de todo género, incluso especiales, con las que los dispone y prepara para realizar varie­dad de obras y oficios provechosos para la renova­ción y una más amplia edificación de la Iglesia, según aquellas palabras: A cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad (1 Cor 12,7). Estos carismas, tanto los extraordinarios como los más sencillos y comunes, por el hecho de que son muy conformes y útiles a las necesidades de la Iglesia, hay que recibirlos con agradecimiento y consuelo" (Lumen Gentium, 12).

 

Es posible que inconscientemente haya copiado estas largas citas para justificar mis ideas. Pero lo que realmente pretendo, y eso sí conscientemente, es defender una Iglesia de hermanos, en la que nin­guna razón de estructura nos pueda llevar a la divi­sión interna.

 

Ya en los primeros siglos se hizo la siguiente afir­mación: Allí donde está el obispo, allí está la Igle­sia. Se quería resaltar así la importancia del diri­gente como elemento unificador de la fe de la comunidad. Pero la hipertrofia de ese principio valioso puede llegar a extremos absurdos, precisa­mente por lo que tiene de reductor. Si un eventual cataclismo hiciese que un obispo o un sacerdote quedase aislado en una isla, él solo sería Iglesia y podría celebrar la Eucaristía. Pero si en otra isla que­dasen solos miles de seglares, ni serían Iglesia ni podrían celebrar la Eucaristía por muy creyentes que fuesen. Sencillamente anticristiano; pero la vigente normativa canónica, que yo sepa, no lo permitiría. Y a pesar de eso seguiría siendo anticristiano, "por­que donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" Nt 18,20).

 

Lo característico de los sacerdotes en todas las religiones, también en el judaísmo, era su papel de intermediarios entre el pueblo y la Divinidad. Al principio y al final del evangelio de Marcos hay dos escenas cuyo objeto es dejar claro que con Jesucristo ese papel se ha terminado: Después del bau­tismo de Jesús -¡que no era sacerdote!- "en cuanto salió del agua, vio rasgarse los cielos y al Espíritu descender sobre Él en forma de paloma"; es que el Dios lejano se hace cercano con Jesús y con los hombres. En el momento de la muerte de Jesús, "el velo del Templo se rasgó en dos de arriba abajo"; es que Dios, a quien sólo podía acercarse el Sumo Sacerdote, ya se comunica con todos.

 

Las primeras generaciones de cristianos así lo entendieron y no emplearon jamás el término de sacerdote para referirse a quienes desempeñaban la función de apóstoles o dirigentes. Lo eludieron conscientemente, no figurando ni una sola vez en el Nuevo Testamento con esa finalidad. Pero pronto, ya a partir de los siglos II y III la iglesia fue rejudaizándose, y entre las características de tal proceso degenerativo cabe destacar la vuelta al sacerdocio o ciericalización de los ministerios; y la vuelta a la ley, tratando de encorsetar el liberador mensaje cristiano mediante estructuras y concep­tos jurídicos.

 

Ya al final del primer milenio de cristianismo, y de forma especial en los primeros siglos del segundo, la evolución doctrinal sobre los sacra­mentos contribuyó a que quienes ya eran llamados sacerdotes terminasen por ser vistos como seres segregados del pueblo, para poder así expresar mejor que ejercían como representantes de Cristo, ',ipse Cristus", en la celebración o administración o suministro de los sacramentos, pues esa línea dege­nerativa siguieron los signos de nuestra fe.

 

Con todas estas reflexiones yo no pretendo cam­biar la actual organización de la Iglesia. Lo único que deseo es que los creyentes, sean obispos, sacer­dotes o seglares, recuperemos la primitiva e irre­nunciable concepción de que todos los dirigentes son nuestros hermanos. Si lo logramos, no habre­mos perdido nada; pero habremos ganado dos cosas importantes: que les amemos más, porque bien se lo merecen, y que no nos desentendamos de nues­tras responsabilidades para con la Iglesia.

 

Hay que devolver a la Iglesia su original sentido de comunidad de hermanos, en la que el único jefe es Jesucristo, y aun así un jefe que quiere ser visto como un hermano de los hombres y un h¡)o del mismo Santísimo Padre, el único Padre. Unica­mente de esa forma, sin necesidad de gastar ener­gías en defensa de una institución necesaria, será posible que la Iglesia aparezca ante el mundo como creíble y digna de ser tenida en cuenta.

 

Pienso que estas reflexiones sobre los dirigentes de la Iglesia no debieran ser tomadas como acusa­ciones o muestras de desafecto. Más bien deben ser tomadas como una humilde contribución al esfuerzo que ellos mismos están haciendo en los últimos años para erradicar de la mentalidad popu­lar una concepción que ha terminado por dividir a la Iglesia. Una Iglesia que, hay que reconocerlo, no aparece ante el mundo como una; ya no tanto por­que está dividida en múltiples confesiones cristia­nas, sino porque dentro de la propia Iglesia católica aparece claramente como formada por dos clases de personas. Y esto hasta tal punto que durante siglos la propia mayoría de los creyentes considera­ban y consideran Iglesia exclusivamente a sus diri­gentes; y todo lo más, a los religiosos.

 

Bien está el esfuerzo que se está haciendo para cambiar esta imagen, pero para ello me parece imprescindible y fundamental cambiar la imagen clerical del sacerdote. No basta con que la mayoría de ellos se sientan ya hermanos y no superiores. Es preciso que la concepción del sacerdocio se expli­que y se entienda de otra forma, aunque para eso se haga necesario suprimir algún elemento que conti­núa formando parte de su propia identidad. Posibi­lidades hay, sin que ello signifique disminuir para nada su admirable misión dentro de la comunidad y sin que los signos sacramentales sufran lo más mínimo en su riqueza expresiva. También los cre­yentes todos podemos comprender que hemos de ser cada uno otro Cristo ante los hombres y muje­res del mundo, sin necesidad de que lo andemos pregonando ante los demás. Yo tengo que ser la imagen de Cristo ante el mundo, pero si expresa­mente me presento como representante de Cristo, el mundo me rechazará como a un iluso.

 

Si es legítima la interpretación de ciertos textos de los evangelios para constituir un cuerpo de diri­gentes (aunque la historia ha terminado por demostrar que eso divide a la Iglesia), más legítimo será recordar otros muchos textos que tienen mayor peso y en los que se nos pide que todos sea­mos uno, iguales, hermanos.

No bastan las apelaciones al servicio ni las buenas intenciones. Es necesario que el sacerdocio se pre­sente y aparezca claramente como tal servicio, para desterrar la imagen de poder religioso -ya que el tem­poral es cosa pasada, aunque tenga sus pervivencias.

 

El propio Jesús resucitado que vive en nosotros y el don de la libertad que nos confiere su Espíritu, nos animan y nos fortalecen para que busquemos una solución a este problema real que sufre nuestra querida Iglesia.

 

¿Seré un hereje?

 

A1 releer todo lo que acabo de decir, yo mismo me hago de nuevo la pregunta que me hice muchas veces en los últimos años: ¿seré un hereje?

 

Y es que, según he tratado de explicar, necesito volver a convertir las piedras en panes que alimen­ten mi vida de fe.

 

La tradicional explicación, que comienza con una batalla mitológica cuyos paladines eran Lucifer y el Arcángel Miguel, me estorba más de lo que me aclara. Es una piedra de tropiezo para mi mentalidad.

La creación de una pareja perfecta, física, psico­lógica y moralmente, inmortal, que cediendo a la tentación del diablo en forma de serpiente, pierde sus dones preternaturales y arrastra a toda la Huma­nidad a heredar su culpa, es una piedra de tropiezo.

La Revelación entendida como una informa­ción que Dios comunica directamente, hablando, a determinados personajes, para que los demás obe­dezcamos lo que ellos nos dicen después, es para mí una piedra de tropiezo.

 

4          La Encarnación entendida como un descenso de I(una parte" de la Divinidad que se hace hombre virginalmente, es para mí un misterio, pero tam­bién una piedra de tropiezo si se intenta que en esa formulación explicativa centre mi fe.

 

La Redención entendida como un concepto jurí­dico mediante el cual soy salvado porque de alguna forma hubo un canje entre Jesucristo y Dios, o entre Jesucristo y el demonio, es para mi increíble, y por lo tanto una enorme piedra de tropiezo.

La Resurrección entendida como el regreso de Jesús para dar unas vueltas por Palestina durante cuarenta días, es para mí una piedra de tropiezo.

 

La explicación que pretende definir con precisión la esencia de Dios, es para mí una piedra de tropiezo.

La Eucaristía entendida como la transformación material del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Jesucristo, es para mí una piedra de tropiezo.

Los ministerios entendidos como un poder que divide a la comunidad en dos clases de creyentes, los que mandan y los que obedecen, es para mí una piedra de tropiezo.

 

Da la impresión de que he convertido al Cate­cismo en un pedregal. En los meses siguientes a su publicación (ahora ya no es tema de conversa­ción), escuché con frecuencia algunas críticas sobre puntos que me parecen secundarios, pero no escuché a nadie que pareciese darle mucha importancia a la forma de expresar los anteriores con­ceptos. ¿Estaré algo "tocado", como explicación de que me parezcan tan importantes?

No pretendo acusar al Catecismo de que hace todas esas afirmaciones tal como acabo de exponer­las. Pero sí es cierto que algunos de esos conceptos los expone de esa forma; y los demás, aunque no sea de forma expresa, los da a entender por el lenguaje utilizado; y por lo pronto, no hace el mínimo esfuerzo para erradicarlos de la mentalidad popular, donde no han nacido por generación espontánea.

Cuando hablo con algunos amigos, especial­mente si no son creyentes o están alejados de la Iglesia, y les expongo estas ideas sobre mi particu­lar manera de entender la fe y de comprender a la Iglesia, todos me dicen que lo mío es una utopia, que ya les gustaría a ellos que fuese asi, pero que eso no tiene nada que ver con la Iglesia católica. Incluso me dicen que de ese modo yo no puedo seguir diciendo que pertenezco a la Iglesia católica. Siempre quedo preocupado.

Si les pido las razones por las que me excluyen de una institución a la que quiero seguir pertene­ciendo, la contestación resumida viene a decir que ser católico significa obedecer en todo a lo que mandan los jefes de la Iglesia.

Algunos de estos amigos no se preocupan para nada de lo que dice oficialmente la Iglesia, pero parecen tener una idea muy clara de lo que es ser católico. Ellos ya no se sienten verdaderamente católicos, pero al menos lo reconocen, y les extraña que yo quiera seguir siéndolo.

 

¿Será cierto que ser católico es dejar de pensar y limitarse a obedecer? ¿Habrá que quitarse también la cabeza cuando, al entrar en la Iglesia, se quita el sombrero?

 

A través de la ya larga historia de la Iglesia, las primitivas comunidades cristianas siempre han sido vistas como un modelo a seguir y una referen­cia indicativa para los creyentes críticos que ansia­ban renovar la situación concreta de la institución eclesial. En estos años post- conc i liares nuestra generación siente ese mismo impulso de vuelta a las fuentes originarias. Y precisamente al leer los testimonios de fe contenidos en los libros del Nuevo Testamento, sorprende el encontrarnos con disensiones, confrontaciones y aun herejes y anti­cristos, en unas comunidades que tenían tan cer­cana la presencia física de Jesús. Ya antes de los problemas que plantea la primera Carta de Juan hubo conflictos con los helenistas, y Pablo los tuvo con sus comunidades de Corinto y de Galacia, y hasta con el propio Pedro, con ocasión de las ten­dencias judaizantes.

 

Sorprende también cómo una misma fe en Jesucristo es formulada tan diversamente en las distin­tas tradiciones sinópticas, y más aún en el pauli­nismo o el joanismo.

Son datos que nos hacen reflexionar sobre la permanente tensión entre la tendencia uniforma­dora y monolítica de la Institución y la tendencia de algunos creyentes y comunidades a defender su derecho a comprender el Misterio de la fe de una forma más libre. Como resultado de tal tensión, se cae a veces en la herejía; pero también, con no menor frecuencia, en la opresión espiritual, que resulta aún más extraña que aquella a la Buena Nueva de Jesucristo.

 

Está visto que la fe también es una aventura, lo mismo que la vida entera, ya desde antes de nacer, hasta el momento de la muerte.

 

Reflexión particular:

 

-Yo creo en Dios, un Dios Creador que nos ama. Un Dios cercano, pero respetuoso con nuestra libertad. Un Dios que interviene en la Historia, pero exclusivamente a través de su soplo sobre la conciencia de los hombres.

 

-Yo creo en Jesucristo, el hombre Jesús, que fue totalmente fiel a las sugerencias de Dios, hasta el punto de morir como consecuencia de su actitud vital. Y que, a pesar de haber muerto, vive con Dios y con todos los hombres y mujeres que lo siguen.

 

-Yo creo en el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios que me alienta y me impulsa a seguir la tarea de Jesús.

 

Y creer, lo que se dice creer, no creo nada más. Pero todo eso, 0 sólo eso, lo creo en la Iglesia, la comunidad de los creyentes en la que está presente Jesús y con quienes trato de vivir en comunión de fe, de vida y de esperanza. Y espero que el mismo Dios de Jesús hará posible que también yo traspase la muerte para vivir eternamente.

Ésta es mi fe. Poca cosa. Pero pienso que es lo único verdaderamente importante para darle sen­tido a mi vida. Y pienso también que esta pobre y particular forma de expresarla es comprensible para los hombres y mujeres de hoy. No niego otras ver­dades, ni otras formulaciones. Sencillamente, estoy convencido de que añadir muchos ropajes a este tesoro no sirve más que para crear confusión y ocultar lo esencial.

 

Deseo de todo corazón que esta fe mía se acer­que lo más posible a la fe de la Iglesia. Sólo podría hacer una cosa para estar absolutamente seguro de que nadie me encasille como hereje: hacer como que creo todo lo que me proponen. Yo no puedo hacer eso. Creo lo que creo y no puedo creer lo que no puedo creer.

 

Tendré que vivir en la duda y confiar en el vere­dicto de Dios, el único que conoce mi fe.

 

La Iglesia del Vaticano II

 

 

Entre los variados conceptos que utiliza el Con­cilio para definir a la Iglesia, me parecen espe­cialmente importantes la recuperación del término "Pueblo de Dios" y el de 1glesia como sacramento de salvación para el mundo".

 

Voy a detenerme en este último y en el signifi­cado de cada una de las palabras que forman parte de su enunciado. Probablemente me vea obligado a frecuentes repeticiones, pero valdrá la pena si con ello podemos reflexionar sobre cada una de las implicaciones de la afirmación. Al mismo tiempo que recordamos lo que se entiende por Iglesia, por sacramento, por salvación y por mundo, trataré de exponer los fundamentos de tal pretensión y los cambios posibles para llevar a cabo su cometido, sin olvidarnos de lo que eso puede significar para la propia Iglesia.

 

La Iglesia

 

La Iglesia está organizada por los hombres, pero podemos decir que fue fundada por Cristo, cuando envía al Espíritu sobre sus discípulos. Sólo de ese modo pueden comprender plenamente el profundo sentido de la vida y la muerte de Jesús. Y sólo a partir de entonces se sentirán vivificados e impulsados para cumplir la consigna "( ... ) y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra" (Hch 1,8).

Decir lo que es la Iglesia, es a un tiempo fácil y difícil. Y eso precisamente porque la Iglesia es única, pero con una dimensión sociológica y otra espiritual.

 

-Por una parte es fácil. Se ve como una institu­ción, una sociedad formada por hombres y mujeres que, diciendo creer en Dios, manifiestan que Dios se reveló definitivamente en Jesucristo. Tal socie­dad tiene una estructura jerárquica, formada por hombres -no mujeres- con autoridad para definir lo que se debe creer, lo que se ha de practicar y cómo se debe vivir. Todo eso para obedecer a Dios, esperar su perdón, y conseguir una vida feliz des­pués de la muerte.

 

Ésta es la imagen que, en el mejor de los casos, reconociendo sus valores humanitarios, presentaría de la Iglesia un no creyente. Tristemente, pienso que tampoco tendría mucho mayor contenido la imagen que pudiera describir un buen número de cristianos. Si acaso, añadirían unas palabras para expresar sus conceptos de pecado, de penitencia, de sacrificio, de expiación; todos ellos relacionados con la necesidad de aplacar la merecida ira de Dios.

Por esto mismo, el cristianismo sería una reli­gión en la que hay obligación de creer ciertas ver­dades, aunque no nos expresen nada; en la que hay que practicar ciertos ritos, cuyo significado desco­nocemos; y en la que no se pueden hacer ciertas cosas, por la sencilla razón de que Dios lo prohíbe. ¿Dónde aparece aquí la salvación? Parece más bien una desgracia que nos hablasen de Jesucristo, por­que ¡qué libres y qué de otro modo podríamos vivir sin su moral limitadora, que prohíbe lo que más nos apetece! Pero, por si acaso, por si resulta cierto lo que dicen, es mejor cumplir. Claro, la consecuen­cía es nuestro aspecto de resignados y nuestra falta de la alegría de vivir.

 

Como consecuencia de ciertos comportamien­tos históricos, otra buena parte del mundo diría más cosas de la Iglesia. Diría que es una manipula­ción de los hombres y mujeres por parte de un grupo opresor, que juega con el temor y la ignoran­cia para someter a la mayoría. Diría que es opio del pueblo, para que, pensando en el más allá ilusorio, no desespere ante tanto sufrimiento humano.

 

Todo esto, incluso lo expresado en las primeras líneas como imagen de la institución humana de la Iglesia, no es nada. No es la Iglesia, si ésta, además, no es otra cosa.

 

-Por otra parte es difícil. La Iglesia es un miste­rio, en cuanto que Cristo forma parte esencial de la misma. Él está presente en la Iglesia, pero esa presencia, sólo perceptible desde la fe, no se deja ence­rrar en definiciones absolutas. Por eso mismo se necesita de imágenes, de símbolos que expresen de alguna forma sensible la realidad de la que habla­mos.

Su propio nombre, Iglesia, tiene un significado de asamblea, y concretamente de asamblea que glorifica a Dios, con claras raíces en el Antiguo Testamento. En la traducción griega de la Biblia es el término con el que se hacía referencia a la asam­blea de los israelitas dirigidos por Moisés en el Éxodo.

 

Las imágenes empleadas para describir ese mis­terio han sido muchas. Ha sido comparada con un redil, una red, una viña; ha sido llamada familia de Dios, templo de Dios, edificio, pueblo santo, pue­blo de la Nueva Alianza, el Nuevo Israel, la Nueva Jerusalén, esposa de Cristo, pleroma de Cristo, Cuerpo de Cristo, Pueblo de Dios. No es el momento de detenernos en el significado de cada uno de estos y otros muchos nombres. Sólo señalar que cada uno pone el acento en una de las muchas dimensiones del misterio. A San Pablo se deben ya muchos de esos títulos, y en sus Cartas profundiza con amplitud para explicarlos.

A lo largo de la historia, y durante mucho tiempo, se gastaron copiosas energías en presentar a la Iglesia como una sociedad perfecta. Ya en la primera mitad del siglo actual, aún sin olvidar tal valoración, se señaló más su dimensión espiritual, como pone de manifiesto la encíclica Mystici Cor­poris, publicada en 1943.

Todos los documentos del Concilio Vaticano 11 giran en torno a temas eclesiales. El título más aca­riciado para definir a la Iglesia es el de Pueblo de Dios. Esto permitió recuperar importantísimos aspectos que habían sido casi olvidados, constitu­yéndose en palanca de enormes dinamismos. Tan, tos que, a veces, ha habido tendencias proclives a

olvidar otras dimensiones también esenciales de la Iglesia. En el Sínodo extraordinario de 1985 se hace una especie de balance de los frutos del Concilio, y se confirma la afortunada recuperación del título Pueblo de Dios; pero se recuerda que eso no debe

hacer olvidar que la Iglesia sólo puede ser Pueblo de Dios cuando es el Cuerpo de Cristo. Se trata de que no olvidemos las primeras palabras de la Lumen Gentium, cuando dice que la Iglesia es un Misterio.

      Pienso que el Cardenal Ratzinger tiene mucha razón cuando afirma que la actual crisis de la Igle­sia se debe al desacuerdo sobre el concepto de la misma'[20]. Explica bien cómo de esa comprensión derivan consecuencias para la aceptación de los dogmas y de la moral propuesta. Eso no me impide decir que la crisis que él ve con pesimismo, otros muchos la veamos como crisis de rejuveneci­miento. Habrá que confiar en el Espíritu. Es cierto que hubo deslumbramientos, pero quizá nunca en la historia de los concilios se ha encendido y pro­yectado un haz de luz que se le pUeda comparar.

 

La Iglesia, sacramento

 

E1 Vaticano II define a la Iglesia como sacra­mento de salvación universal. Esto significa que deja de considerarse a sí misma como la socie­dad perfecta y se autodefine como comunidad, mis­terio y pueblo de Dios, que no se identifica con la salvación, sino que se considera sacramento, o sea, lugar donde la salvación se hace visible y simbólica.

 

La palabra sacramento tiene el significado de una acción que hace referencia a lo sagrado. Son ritos con un profundo contenido antropológico. Los signos sacramentales tienen una especial importancia, en cuanto el hombre no es sólo espí­ritu, sino que substancialmente es también cuerpo. Por ello, las realidades de fe adquieren su mayor plenitud vivencial cuando son expresadas y cele­bradas mediante unos signos visibles.

 

El hombre pasa a lo largo de su vida por momen­tos de especial intensidad, que en todas las culturas se celebran con los llamados ritos de paso. El cristianismo, como religión especialmente atenta a los valores del hombre, entiende que Dios puede hacerse especialmente presente en esos momentos de la vida, para ayudarle graciosamente. Por eso los siete sacramentos coinciden en la vida del hombre con su nacimiento, su adolescencia, su necesidad de perdón, su deseo de experimentar la presencia del Señor resucitado, su consagración especial al servicio de la comunidad, su realización como hombre y mujer para formar una comunidad de vidal y su necesidad de ayuda ante la enfermedad y la cercanía de la muerte.

 

Desde San Agustín, los sacramentos se definen como signos visibles de la gracia invisible. Tal defi­nición continúa siendo correcta, pero dio lugar a muchos equívocos. A fin de enlazar mejor el signo con la gracia significada, se afirmara a partir de la Edad Media que el sacramento es causa instrumen­tal. Con motivo de la polémica antiprotestante, el Concilio de Trento acentuará la dimensión de la eficacia sacramental, quedando más en penumbra el aspecto de signo. Desde entonces, cada vez se afirmará más claramente que los sacramentos son instrumentos eficaces de la gracia.

 

Teológicamente se matiza lo suficiente como para que el sentido de los sacramentos continúe siendo correcto, pero a nivel de comprensión popular tiene lugar una verdadera deformación. Los sacramentos pasan a ser canales de gracia que la Iglesia "suministra" y que la conceden de forma automática. Trento presuponía la fe, pero en la práctica terminamos por darles más importancia a los ritos que a la fe, la cual imprescindiblemente debía sustentarlos y darles sentido. Se identifica al buen católico como al que recibe regularmente los sacramentos, quedando en segundo lugar su com­promiso de vida con los demás. De ahí, a que fun­cionen como ritos mágicos, hay poco trecho. Y eso sería lo más anticristiano que pueda imaginarse. Ritos paganos con formulación cristiana.

 

El Vaticano 11 se hizo eco de una corriente teo­lógica que desde hacía varios decenios trataba de recuperar la primitiva idea de Iglesia, adaptándola a nuestra época. Y también en los sacramentos se insiste más en su significado de símbolo de la fe y celebración consciente de la misma. Continúan siendo signos eficaces de la gracia, pero con más clara articulación con la Iglesia, a la que se concibe como sacramento de salvación. Cristo es el autor de los sacramentos, pero ya no importa tanto el buscar, más o menos artificiosamente, el momento en que pudo haber instituido cada uno, como el comprender que es su autor en la medida en que lo es de la Iglesia. Cristo es el sacramento primordial y la Iglesia el protosacramento'[21].

 

Pero la tarea de ser signo, sacramento para el mundo, no la llevará a cabo centrándose priorita­riamente en los sacramentos, por muy bien que los celebremos. La Iglesia tiene que entender que ser sacramento de Cristo significa sobre todo preocu­parse de los pobres. Y no se trata sólo de ayudarlos con nuestras limosnas y nuestros esfuerzos por su promoción social. Eso es necesario, pero es aún más importante que nos hagamos pobres con los pobres. Lo cual no significa únicamente que renun­ciemos al dinero, sino que renunciemos también a los restos de poder. Tenemos que presentarnos ante el mundo con humildad, ofreciendo nuestra pro­puesta con convicción, como el camino que enten­demos como el más humano, pero sin que demos la impresión de pregonar la verdad absoluta.

 

Y tenemos que conseguir que el mundo se dé cuenta claramente de que nuestra preocupación por los pobres es mucho más importante que la per­misividad o la facilidad para nuestras manifestacio­nes religiosas. La Iglesia tiene que ser la voz de los sin voz, la defensora de los derechos humanos para todos antes que para ella misma.

 

Sólo así, despojándonos de la poca riqueza que nos queda, y renunciando al escaso poder que aún nos conceden, podremos recuperar el prestigio que hemos perdido. Ese prestigio, no buscado, será el signo real de que las preocupaciones de Jesucristo son también las nuestras.

 

 

          La Iglesia, sacramento de salvación

 

Decimos que la Iglesia es el sacramento de Cristo, y que Él es nuestro Salvador. ¿De qué, cómo y para qué nos salva?

 

¿De qué nos salva?

 

La primera condición para aceptar la necesidad de ser salvados es que nos sintamos en peligro. Los israelitas en Egipto se sentían esclavizados, oprimi­dos por un pueblo poderoso que no respetaba sus derechos. Cuando Yavé se compadece y decide ter­minar con esa situación (así lo entendieron), ellos aceptan la ayuda de su fuerte brazo, porque la libe­ración es algo que comprenden y que necesitan. Para que también hoy el mundo acepte una pro­puesta de salvación, debe tener conciencia de que está esclavizado.

 

¿Está el mundo esclavizado? No hace falta abrir mucho los ojos para comprobar los sufrimientos, las alienaciones y las angustias de los hombres que viven en el siglo XX. Los creyentes pensamos que si alguien nos liberara de la esclavitud del pecado colectivo y de los pecados individuales podría construirse otro mundo donde la paz y la justicia estuviesen presentes en todas las situaciones. Y pensamos que si alguien nos garantizase una vida feliz después de la muerte, no estaríamos tan angus­tiados.

 

¿Hay conciencia de esclavitud? A un mundo secularizado, donde la idea de Dios y del pecado son términos desligados de la vida diaria, decirle que Jesús vino a liberarnos del pecado es algo que no conmueve para nada. Incluso para muchos cris­tianos, la redención efectuada por Jesús se entiende como un sacrificio expiatorio exigido por el Dios ofendido. Se le está ciertamente agradecidos, por­que sufrió para que Dios nos perdone; pero a eso se le da un sentido de salvación para el más allá, sin una relación evidente con la vida de este mundo. A esta visión contribuyó en gran medida una pie­dad mal explicada y peor entendida.

 

Es necesario un inmenso esfuerzo pastoral y una formulación con lenguaje actual para que los conte­nidos de la Redención sean comprensibles para el hombre de hoy. Si decimos que Jesús es el hombre que nos muestra con su vida el modelo de hombre querido por Dios desde la Creación, el hombre que muestra que la voluntad del Padre es el amor a los hermanos, hasta el punto de dar la vida antes que claudicar de su misión, quizá sea más asequible com­prender que Jesucristo nos salva: del alejamiento de Dios, de una visión equivocada de Dios, de nuestro egoísmo, de la angustia causada por el sufrimiento y el temor a la muerte, y de la desesperación, porque le da sentido a la vida y a la misma muerte.

 

¿Cómo nos salva?

 

Jesucristo es el hombre que nos muestra la misericordia infinita de Dios. Él es el que conduce nuestra naturaleza hasta su perfecto desarrollo. El hombre tipo Adán desobedece a Dios y se pierde. El hombre tipo Cristo obedece a Dios y se salva, se hace verdadero hombre.

 

El hombre es un ser escindido. Ha sido creado para el amor, para la entrega a los demás. Sólo con esa entrega puede encontrarse a sí mismo: "Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará" (Mt 16,25). El egoísmo, como pecado original universal que afecta a todos los hombres, constituye un renunciar a la comunión con Dios, un alejarse del designio para el que Dios creó al hombre. Entonces el hombre se deja guiar por el afán de dinero, de poder y de prestigio, y olvida su misión de entrega a los demás. Quiere encontrarse a sí mismo, desobedeciendo a Dios, y se pierde, porque eso es el pecado: alejarse de la fuente de vida que es Dios.

 

Puesto que Cristo es el hombre perfecto que cumple en plenitud el designio divino para todos los hombres, se comprende que es nuestro Salvador, pues manifiesta plenamente el hombre al propio hombre. Su salvación sólo requiere ahora que sea aceptada libremente, porque Dios no se impone al hombre, se le ofrece. Se ofrece en Cristo de un modo humano para que podamos encontrarlo. De esta forma Cristo es el modelo, la norma y el criterio para todo hombre que quiera realizarse como tal. No sólo nos trae la salvación de Dios, sino que él mismo es nuestra salvación. Olvidándose de sí mismo, se identifica con la causa de Dios, que es la salvación, la felicidad de los hombres.

 

¿Para qué nos salva?

 

Para lo que habíamos sido creados. En Cristo se identifican la Creación y la Redención. Salvados para vivir, ya desde ahora y eternamente con Dios. La Humanidad había extraviado el rumbo; el egoísmo, el pecado, el alejamiento de Dios, nos conducían a la muerte, porque muerte es permanecer lejos de Dios. En Cristo se nos ha mostrado que el designio salvador de Dios es más fuerte que todo el mal.

 

La Iglesia, sacramento de salvación para el mundo

 

Mundo

 

L a palabra mundo tiene diversos significados. Todo el universo es mundo, y como tal todo está en relación con Dios y con los hombres. Pero, en cuanto objeto de las relaciones con la Iglesia, nos limitaremos a su referencia a los hombres y mujeres, a la Humanidad. Y aún así habrá que dis­tinguir entre el mundo como creación de Dios y el mundo como opuesto a sus designios. Habrá que distinguir también entre el mundo presente y el mundo venidero.

 

La Biblia muestra desde el principio al final esas tensiones. Presenta al mundo como obra salida de las manos de Dios, como su primer acto de salva­ción para los hombres. Se detiene muy pronto en poner de manifiesto cómo, desde el principio, el hombre se desvió de los designios divinos, y cómo Dios interviene constantemente para salvarlo. Todas las corrientes mesiánicas expresan el deseo de un mundo renovado. En el Nuevo Testamento se nos narra la intervención máxima y definitiva, que no la última, de Dios en Jesucristo, quien inau­gura ese mundo renovado, como nueva creación. Y se alienta la esperanza escatológica, afirmando que Él es el primogénito, pero que toda la Humanidad está llamada a formar parte de ese mundo inaugu­rado por Él.

 

La Iglesia en el mundo

 

Los aspectos negativos del mundo son presenta­dos especialmente en el Evangelio según San Juan, cuando recurre a sus típicas contraposiciones de vida-muerte, luz-tinieblas, etc.: "Dios amó tanto al mundo que dio a su Hijo único" (3,16), pero Jesús no es del mundo (8,23; 17,14) ni tampoco su Reino (18,36). El mundo no tiene ningún poder sobre Él (14,30);,por eso el mundo le odia (15,18), a pesar de que El es su luz (9,5), le trae la vida (6,33) y viene a salvarlo (12,47).

 

Toda la existencia de las primeras generaciones de cristianos se nos presenta como contrapuesta al mundo. El ambiente apocalíptico contribuye no poco a esa visión. En la Carta de Santiago se nos dice que los cristianos deben guardarse de la con­taminación del mundo (1,27); incluso se afirma que la amistad con el mundo es enemistad con Dios (4,4). Los cristianos no deben amar al mundo, dice 1 Jn 2,15. "No queráis vivir conforme a este mundo", dice Pablo en Rm 12,2.

 

A lo largo de la historia de la Iglesia no se olvidó nunca la distinción entre el mundo de la iniquidad, al que no debe imitarse, y ese mismo mundo al que los cristianos deben llevar a Cristo, amándolo como Él lo hizo. Pero no siempre se puso el mismo acento sobre ambos aspectos. Por citar algunos momentos históricos, recordemos como típicos de la huida del mundo la aparición del monacato, la espiritualidad de la época de Tomás de Kempis y la lucha contra el Modernismo, que alcanzó hasta los primeros decenios del siglo XX. No es que tal huida del mundo significara despreocupación por él, como lo demuestra el esfuerzo misional de todas las épocas; es que predominaba la visión del mundo como lugar del pecado. Tal visión permitía aflorar ciertos rasgos de orgullo, con poca sensibilidad para cualquier valor que no estuviese contenido dentro de la institución eclesial.

 

Todavía queda un aspecto importante a consi­derar, antes de pasar a exponer cómo la Iglesia es sacramento para el mundo. Me refiero a la diferen­cia o igualdad entre mundo e Iglesia. Es evidente que la Iglesia está constituida por una parte del mundo, y en tal sentido no hay posible confusión. Pero, ¿debe terminar la Iglesia identificándose con el mundo, hasta el punto de que todos los hombres pertenezcan a ella?

 

¿Sigue siendo válida la antigua afirmación de que fuera de la Iglesia no hay salvación?

 

Detrás de tales preguntas está la consideración de que hay una relación entre el pueblo de Dios universal, que coincide con la Humanidad, y el pueblo de Dios creyente, que está formado por quienes reconocen a Cristo como el Salvador y forman así el Cuerpo del Señor, la Iglesia. Por no extenderme en otras consideraciones, como la de los llamados cristianos anónimos, me limitaré a decir lo siguiente:

 

-En relación con la primera pregunta, recorda­remos que "todos los hombres son llamados a formar parte del pueblo de Dios. Por lo cual este Pue­blo, siendo uno y único, ha de abarcar el mundo entero y todos los tiempo? (Lumen Gentium, 13). Pero el mundo acabará identificándose con la Iglesia sólo al final de los tiempos, e incluso puede ser que no de una forma expresa. Y ello porque la libertad de los hombres, que es un don de Dios, hace que, aunque la salvación esté realizada para todos, no todos la acepten. Jesús ya fue claro a este respecto, invitando al seguimiento, sin impo­siciones. En algunas etapas de la historia de la iglesia, se llevó el celo más allá de esa norma vin­culante, tratando de formar una cristiandad con métodos coercitivos. De nuevo hoy nos damos cuenta de la radical importancia de aquella acti­tud de Jesús, y se ofrece el mensaje respetando la libertad humana.

 

-En relación con la segunda pregunta, el Espíritu de Cristo es muy libre de actuar, moviendo la conciencia de los otros creyentes y de los no cre­yentes, en el sentido de vivir según la voluntad de Dios, amando a los hermanos. En Mt 25,34-40 se ve cómo muchos elegidos, que no recuerdan haberse encontrado con Cristo, son llamados a dis­frutar del Reino, porque "cuanto hicisteis al más pequeño de mis hermanos, a mí me lo hicisteis". Y el Concilio no sólo considera hermanas a las otras confesiones cristianas que no pertenecen a la Igle­sia católica, sino que resalta los valores de las demás religiones y aun reconoce que el Espíritu sopla también entre los no creyentes.

 

Desde los primeros siglos del cristianismo hasta hace bien pocos años, se hicieron múltiples refle­xiones, con frecuencia de tipo excluyente, sobre ese principio de que fuera de la Iglesia no hay sal­vación. Pero quizá la fuerza del mismo no radique en crear fronteras, sino en poner de manifiesto la mediación universal de la Iglesia de Cristo. Y eso no puede significar un "racionamiento" de la gracia de Dios.

 

La Iglesia para el mundo

 

Ya Israel constituyó como un sacramento entre las naciones, pues la elección de Abraham tiene un claro sentido universal, para que en él sean bende­cidas todas las naciones de la Tierra (Gri 12,3).

 

Dios quiere que todos los hombres se salven. La Iglesia se siente depositaria de la salvación reali­zada por Cristo, y se ve a sí misma como instru­mento en beneficio de todos los hombres. El Con­cilio Vaticano 11 lo expresa muy bien, y de él entre­sacamos algunos textos:

 

"La Iglesia se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia". "Es la persona humana la que hay que salvar". "Es la sociedad humana la que hay que renovar". "La razón de ser de la Iglesia es actuar como fermento y como alma de la sociedad, que debe renovarse en Cristo y transformarse en familia de Dio?. "Para cumplir su misión, es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de la Época e interpretarlos a la luz del Evangelio".

 

Yo asumo estas afirmaciones del Concilio. Le quedo agradecido a los dirigentes que las han expresado. Amo a una Iglesia que se siente instru­mento de Dios. Sí, después de haber hecho tantas y tan graves observaciones a la presentación ofi­cial de nuestra fe en casi todas las páginas de este librillo, yo sigo amando a la Iglesia, es que debo de ser un hereje muy extraño. Pero, como buen hereje, soy contumaz y persisto en mis adverten­cias, para que todos cuantos formamos la Iglesia no nos creamos que esas afirmaciones ya son reali­dad y hagamos el esfuerzo necesario para que lle­guen a serlo.

 

Condiciones para que la Iglesia sea sacramento de salvación para el mundo

 

Si lo peculiar del sacramento es que sea un signo visible que expresa otra realidad invisible, y si real­mente la Iglesia quiere cumplir su misión, hemos de esforzarnos para que el mundo pueda ver en ella lo que decimos ser: el Cuerpo de Cristo. Puesto que ya contamos con la fuerza del Espíritu, tendremos que procurar por nuestra parte que resalten aque­llas características o notas que la definen:

 

-Debe ser Una. Para que la Iglesia sea signo de unidad, todos los que nos confesamos cristianos debemos avanzar en el espíritu ecuménico, fijándo­nos más en lo que nos une que en lo que nos separa: "Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo" (Ef 4,4). "Que todos sean una misma cosa, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, para que también ellos estén en nosotros y el mundo crea que tú me has enviado" & 17,21).

 

Una sola es la Iglesia de Jesucristo. Muchas son, sin embargo, las comunidades cristianas que a sí mismas se presentan ante los hombres como la ver­dadera Iglesia de Jesucristo. Esta división es un escándalo para el mundo. Y yo pienso que conside­rar como insalvables las diferencias que tenemos, es una muestra de orgullo "imperdonable". En la propia Iglesia católica se ha de procurar no con­fundir la unidad con la uniformidad. El pluralismo en las expresiones es enriquecedor.

 

-Debe ser Santa. Los cristianos, con frecuencia, velamos más bien que revelamos el genuino rostro de Dios. El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno le los más graves errores de nuestra época.

 

Las energías que la Iglesia puede comunicar a la actual sociedad humana radican en su fe y en su caridad aplicadas a la vida práctica. Los cristianos están llamados por Dios para que contribuyan a la santificación del mundo, y de este modo descu­bran a Cristo a los demás, brillando, ante todo, con el testimonio de su vida, en la fe, esperanza y caridad. Todos los discípulos de Cristo han de ofrecerse a sí mismos, han de dar testimonio de Cristo en todo lugar, y, a quien se lo pidiere, han de dar también razón de la esperanza que tienen en la vida eterna.

 

No entrecomillo estas frases, porque las siento como mías.

 

-Debe ser Católica. La Iglesia se ve impulsada por el Espíritu Santo a poner todos los medios para que se cumpla efectivamente el plan de Dios, que puso a Cristo como principio de salvación para todo el mundo.

 

La Iglesia, para poder ofrecer a todos el misterio de la salvación y la vida traída por Dios, debe actuar en el mundo con el mismo afecto con que Cristo se unió por su encarnación a las concretas condiciones sociales y culturales de los hombres con quienes convivió.

 

Esto significa, a mi entender, que ser católica no quiere decir únicamente que se extienda por el mundo entero. Quiere decir también que se preo­cupe especialmente de aquellos por quienes se preocupó Jesús en primer lugar: los pobres, los marginados, los que permanecen en la miseria, de cual­quier tipo que ésta sea.

 

Y quiere decir también, que para ser católica es necesario que tenga en cuenta las circunstancias de

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la Epoca en la que vivimos. Si nos empeñamos en seguir hablando un lenguaje que para nuestra cul­tura resulta extraño, la encarnación de la Iglesia en el mundo tendrá ya poco que ver con la de Jesús.

 

-Debe ser Apostólica. Es la fe la que ha de ser apostólica. Pero una fe apostólica no consiste en un depósito de verdades eternas, ni en que sea transmitida por una cadena ininterrumpida de per­sonas ungidas. Será apostólica, si mantiene viva en los creyentes la actitud que Jesús nos propuso con sus palabras, sus obras, su muerte y su resurrección.

 

El Concilio, o sea, la Iglesia reunida, dice que intenta proponer la genuina doctrina acerca de la Revelación y su transmisión, a fin de que el mundo entero, oyendo el pregón de la salud eterna, crea, creyendo espere, y esperando ame.

 

No caigamos en el error de pensar que ya está todo hecho, y continuemos la hermosa tarea que nos propuso el Concilio. Durante cuatrocientos años, la Iglesia ha tratado de vivir su fe según las directrices del Concilio de Trento. Yo no dudo de que ese concilio haya sido muy importante, pero me parece que se ha utilizado durante demasiado tiempo para sujetar las alas del Espíritu.

 

El Concilio Vaticano 11 ha significado una aper­tura a las realidades del mundo y a los valores de la Modernidad. Pero me parece observar en los últi­mos años una clara tendencia a entender sus con­clusiones como definitivas. Pienso que ni debe tomarse como un principio ni como un final. La Iglesia vive desde hace dos mil años, pero es nece­sario que su vitalidad se exprese permanentemente, conducida por orientaciones, pero no encadenada por las conclusiones del último concilio.

 

 

 

 

La Nueva Evangelización

 

La necesidad de una Nueva Evangelización

 

            Resulta extraño que después de dos mil años necesitemos hablar de Nueva Evangelización, lo que realmente significa, sobre todo, reevangeli­zación. Hace mucho tiempo que se oían voces diversas advirtiendo que la Cristiandad no se muestra tan cristiana como su nombre quiere indi­car.

Y ha sido un verdadero don del Espíritu el que la Iglesia haya tomado conciencia de que necesita renovarse constantemente, para permanecer fiel a su misión de anunciar al mundo la Buena Noticia de Jesús. Si, como algunos pensamos, la Iglesia está dormida, parece que al menos entreabre de cuando en vez los ojos. Confiemos en que sea un indicio esperanzador.

Pero, a mi juicio, existe un grave peligro de que la Nueva Evangelización quede desvirtuada por dos posibles malentendidos: Por una parte, pudiera entenderse con ese término el redoblar los esfuer­zos para atraer a la Iglesia a quienes aún no perte­necen a ella. Por otra parte, pudiera entenderse que se trata de recuperar a quienes, en este tiempo de secularización, se han ido alejando de la prác­tica religiosa. Por supuesto que ambas cosas son tarea de la Iglesia, pero, precisamente para que pueda realizarlas, es necesario que antes se evange­lice a sí misma, es decir, que reflexione sobre su fidelidad o infidelidad a Jesucristo.

 

Puesto que es Jesucristo el objeto de nuestra fe, y es a Jesucristo al que tenemos que ofrecer humil­demente a los demás, la Iglesia debe hacer un alto en el camino, sacudirse el polvo de la historia, escrutar los signos de los tiempos y obedecer a la llamada del Espíritu, para acercarnos más al Jesús de la Historia y poder así mostrar más claramente al Jesucristo de la fe. Hasta tal punto, que quienes quieran escuchar y quienes quieran ver, tengan la posibilidad de comprobar que el cristianismo es realmente una Buena Noticia para la Humanidad, y que verdaderamente la Iglesia es lo que debe ser: el comienzo del Reino de Dios, porque en ella vive el Señor resucitado.

 

Debemos hacer un alto en el camino

 

De alguna forma la Iglesia hizo un alto en el camino con el Concilio Vaticano 11. El hecho mismo de que estemos hablando de nueva evange­lización, es fruto de ese acontecimiento. Pero hemos de ser sinceros, y reconocer que el Concilio

 

no ha sido para la inmensa mayoría de los cristia­nos más que un acontecimiento, y esa palabra es excesiva, cuyos únicos signos son apenas algo más que unos cuantos cambios litúrgicos. Por otra parte, la etapa post-conciliar deja ver claramente cómo el horizonte se presenta problemático.

 

Algunos entienden que es grave el peligro de la disgregación, y que para mantener la unidad hay que volver a la uniformidad, a la sacralización; en definitiva, a la obediencia. Están en su derecho, puesto que admitimos que lo hacen con buena intención. Pero otros pensamos que ese tipo de añoranzas son esterilizadoras, y que se debe promo­ver la diversidad, la encarnación en el mundo y la responsabilidad personal; en definitiva, la libertad. Y puesto que también lo hacemos con buena intención, esperamos que se nos respete y se nos escuche.

 

Debemos sacudirnos el polvo de la Historia

 

La Iglesia ha de ser el sacramento de Cristo. Cada cristiano ha de ser un signo de Cristo. Permí­tanme describir irónicamente, pero con pretensio­nes de expresar así la realidad, cómo un cristiano medio entiende a Jesús y a sí mismo, y cómo el mundo de los no creyentes ve al cristiano y, a tra­vés de él, a Jesús. Tres hechos modelaron la imagen que el cristiano medio tiene hoy de Jesucristo y de sí mismo: La lectura de la Biblia como un conjunto de anécdotas sagradas, la sacralización de los minis­terios, y la cosificación de los sacramentos. Vea­mos:

 

Dios estaba enfadado con la Humanidad, como consecuencia del pecado de Adán. En su infinita bondad, envía a su Hijo para que misteriosamente se haga hombre en el vientre de María. Nace en la pobreza, pero rodeado de impresionantes signos celestiales. Jesús pasa por la vida realizando fantás­ticos milalros en compañía de doce apóstoles esco­gidos por El, y muere en la cruz después de soportar una horrible pasión, reconciliando de esa forma a Dios Padre con la Humanidad. Resucita, o sea, revive al tercer día. Pasa cuarenta días aparecién­dose esporádica y fantasmalmente a sus apóstoles; y un buen día asciende al cielo, se supone que lenta­mente al principio y raudo como un OVNI des­pués, para vivir desde entonces en el cielo y en el Santísimo Sacramento del Altar.

 

Desde entonces, todo el que se entere de esa his­toria tiene la obligación, so pena de condenarse eternamente, de bautizarse, creer las verdades con­tenidas en esa historia, y algunas más, cumplir escrupulosamente los mandamientos que Dios había dado a Moisés, y algunos más, y recibir los sacramentos puntualmente. Ah, y no olvidar que el representante de Jesús es el Papa, quien a través de los obispos y sacerdotes nos instruye sobre lo que hay que creer, y nos advierte sobre cómo debemos comportarnos. Y reconocer que, entre todos ellos, nos obtienen favores de Dios mediante las corres­pondientes ofrendas, en especial mediante el sacri­ficio de la Misa, y que nos santifican administrán­donos los sacramentos. Esperamos así evitar la con­denación eterna e ir al cielo. Aunque esto último es opinable, por supuesto, porque de allí nadie vol­vió.

 

¿Les parece una broma7 Yo estoy casi llorando, pero puedo asegurarles que durante muchos años ésa fue, poco más o menos, la forma que tenía de entender lo que era ser un buen católico. ¿Sería yo el único?

 

¿Y cómo verá el no creyente a ese tipo de cris­tiano? Pues como un crédulo que admite acrítica­mente una historia mitológica, elaborada alrededor de un buen hombre que vivió en Palestina hace dos mil años. Le concede el derecho de creer en lo que quiera, como a cualquier otro que pertenezca a cualquier religión, pero no encuentra ninguna rela­ción entre esa creencia y la vida real.

 

En el supuesto de que continúe habiendo cris­tianos que piensen de esa forma -y yo estoy con­vencido de que así piensan la mayoría de los mejores-, ¿siguen creyendo que mi preocupación por cambiar la manera de expresar y explicar lo fundamental de nuestra fe, es un simple capricho de un protestón descarriado? ¡Pues ya es hora de   tomar medidas, de una santa o endemoniada vez! Disculpen, pero es que, además de llorar, siento rabia.

 

Debemos escuchar los signos de los tiempos

 

Es evidente que la Humanidad está en crisis. Crisis de crecimiento, pero no sólo demográfico. Está cambiando a nivel planetario la cosmovisión y la autocomprensión que el hombre tiene de sí mismo. Se va extendiendo la conciencia de que la dignidad del hombre exige que sean reconocidos sus derechos a la autonomía, a la libertad. Y esto incluso, o sobre todo, en lo sagrado. Hay un pro­ceso de desacralización, de secularización. Es cierto que en esta crisis existe el peligro de abandonar a Dios. Pero es una crisis necesaria, como necesaria es la crisis de la pubertad en el niño. Dios creó al hombre para que sea adulto, para que se haga adulto a sí mismo. ¡Bendita secularización, si la entendemos como un don de Dios!

 

Y ese cristiano medio que describíamos, ¿es un hombre adulto? Ciertamente que no. Pero lo grave es que tampoco es un niño. Es un ser que no merece crédito. Yo no me atrevo, pero San Pablo, más valiente, no dudaría en llamarle estúpido. No es de extrañar que tantos abandonen esa fe, ese Cristo y ese Dios. ¡Y yo me alegro!

 

 

El valor del Nuevo Testamento para la Iglesia de hoy

 

 

            E1 conjunto de los libros del Nuevo Testamento está formado por las primeras predicaciones que son vinculantes para la Iglesia. Pero tales predicacio­nes están elaboradas con el lenguaje de entonces, y pretenden hacer presente a Jesús en las circunstan­cias concretas de ese tiempo. Es cierto que nosotros no podemos conocer a Jesús, si no lo escuchamos a través de esos testimonios, pero vincularnos literal­mente a cada uno de sus textos es cerrar las puertas al Espíritu. La absoluta sacralización del Nuevo Tes­tamento significa despreciar al Espíritu Santo.

 

Pablo no conoció los evangelios, pero conocía el Evangelio y se atreve a contradecir aparentemente a Jesús, permitiendo la ruptura de algunos matri­monios. El llamado "privilegio paulino" es un ejem­plo de que donde está el Espíritu está la libertad. Y la libertad del cristiano exige que se rompan todas las cadenas, no permitiendo que algunos textos del Nuevo Testamento nos amordacen, como ha ocu­rrido más de una vez en la historia de la Iglesia.

 

Estas fuertes palabras vienen a cuento, porque pienso que hay dos graves malentendidos en la comprensión de Jesucristo por parte de los propios cristianos. Y estimo que son debidos a un excesivo respeto al lenguaje usado en los textos bíblicos.

 

La "excesiva" valoración de Cristo sobre Jesús

 

Cuando se escribieron los evangelios, los cristia­nos confesaban ya a Jesús como Cristo y Señor. Parece probable que entre las intenciones de los evangelistas estuviese presente el recordar a los cris­tianos que ese Cristo y Señor era el mismo Jesús de Nazaret, el que había vivido y muerto como viven y mueren los hombres. Solamente gracias al Espí­ritu pudieron llegar a comprender que en el Jesús terreno se manifestaba Dios. Y si tuvieron acceso a Cristo, fue exclusivamente a través de Jesús.

 

El proceso de nuestra fe sigue el camino inverso. Se nos dice primero que Jesús es Dios, y a partir de ahí es sumamente difícil el que Jesús le dé sentido a nuestra vida. Lo convertimos en un ídolo, a quien es fácil adorar; pero no lo vemos como al Hombre al que hay que seguir. Incluso a veces el intento se toma como presunciones, puesto que Él era Dios, y nosotros, simples hombres. Pensamos que la fe consiste en admitir que Jesús era Dios. Cuando decimos que Él es el Camino, la Verdad y la Vida, no caemos fácilmente en la cuenta de que lo que se quiere afirmar ahí es que el camino, la actitud de Jesús durante su vida, es el modelo que se ha de seguir p~ra la verdadera vida del hombre. Y es así, porque El realiza a la perfección el proyecto que Dios tiene desde siempre para todos los hombres.

 

Si de verdad queremos anunciar al mundo el Evangelio, es necesario que obedezcamos a la lla, mada del Espíritu para acercarnos al Jesús de la Historia. También a nosotros, como ocurrió con los discípulos, nos llevará después a la comprensión de que ese Jesús es Cristo, el Señor, Dios.

 

La "excesiva" valoración de la Pasión y Muerte de Jesús

 

La muerte de un hombre puede ser la máxima confirmación de su vida. Y ciertamente ése fue el caso de Jesús. Por eso tenemos derecho a prestar adoración a la cruz, aunque, pensándolo bien, debiéramos odiarla. Pero Jesús no murió por casua­lidad, ni fundamentalmente por la perversidad de quienes lo mataron. Murió como consecuencia de su vida. Fue ejecutado porque, con su manera de hablar y de obrar, estorbaba a los poderes políticos y especialmente a los poderes religiosos. Y no olvi­demos que esos poderes religiosos representaban al Pueblo de Dios, el mismo Pueblo de Dios al que pertenecía Jesús como creyente.

 

El Nuevo Testamento afirma que Jesús va a la muerte por su voluntad, obedeciendo a su Padre. Tal afirmación, correcta para los teólogos, es tre­mendamente equívoca para el simple oyente. Cen­trar nuestra salvación en la muerte de Jesús, como querida por Dios, si olvidamos la causa de su muerte, es convertir al cristianismo en una religión muy piadosa y cultual, promotora de beatería; pero ésa ya no es la religión portadora de Buena Nueva para los hombres.

 

Dios no resucitó a Jesús por haber muerto des­pués de muchos sufrimientos. Lo resucitó para con­firmar su manera de vivir, aquella manera de vivir que fue la causa de su muerte. Con este acto sobe­rano nos está diciendo a todos: Matasteis a Jesús en mi nombre, pero os equivocasteis. Yo lo resucito para demostraros así que vivió como yo quiero que vivan todos los hombres.

 

Jesús, el Maestro que nos dice en que consiste el Evangelio

 

Jesús anuncia el Reino de Dios. El Reino que anuncia es único, pero tiene dos partes: la tierra y el cielo, la vida presente y la vida eterna. Jesús nos muestra cómo su preocupación se centra en la vida presente, en la construcción del Reino ya desde ahora. El Reino de Dios es la Nueva Huma­nidad que Él comienza, donde todos han de sen­tirse hermanos, porque son hijos del mismo Padre. Una sociedad de amor y de justicia, donde se atienda en primer lugar a los más necesitados y marginados. Para una Htimanidad- Nueva hacen falta Hombres Nuevos con valores nuevos. Jesús, con su actitud ante los problemas de su tiempo, hace ya presente el comienzo de esa sociedad.

 

Hoy no quedan ya muchos leprosos, y los que todavía quedan no son vistos como pecadores. Pero sigue habiendo mucho "leproso" en el Tercer Mundo y en las cunetas del primero; eso que ya se conoce como el Cuarto Mundo. Y Jesús nos dice que los valores, los criterios, las actitudes del hom­bre que harán posible el Reino, la sociedad querida por Dios, son las Bienaventuranzas.

 

El pobre de las Bienaventuranzas es el verdade­ramente rico, el verdaderamente libre, el verdade­ramente feliz. Es rico, porque cuenta con el amor sin límites del mismo Dios, quien se lo ofrece a tra­vés de los demás hombres. Es libre, porque no se siente dependiente de nada ni de nadie. Es feliz, porque encuentra un sentido para su vida siendo útil para los demás.

 

Ya no hay lugar para el miedo, ni para la opre­sión, ni para la angustia. Se acabó el miedo a Dios, porque se siente hijo del Padre, que ama sin condi­ciones. Se acabó la opresión de todo poder, porque se siente libre frente al poder de las pasiones, al poder económico, al poder religioso. Se acabó la angustia ante las dificultades de la vida y ante la propia muerte, porque sabe que Dios no lo abando­nará.

 

¿No es todo esto una Buena Noticia? ¿No es todo esto humanizador? El hombre quiere autono­mía, quiere libertad, quiere un sentido para su vida. El hombre Jesús muestra todo eso realizado en su persona. Su actitud ante la vida y la muerte, y su resurrección, son la confirmación de que tenemos en nuestras manos la posibilidad de realizarnos como personas según el proyecto de Dios. ¡Esto es el Evangelio!

 

Jesús, el Maestro que nos enseña cómo evangelizar

 

Tomemos ejemplo del Maestro. Durante sus treinta años de vida en Nazaret, debió de hacer algo más que bancos en el taller de carpin­tero. Crecía en edad y sabiduría, es decir, se hizo adulto. Reflexionando sobre el mundo que le ro­deaba, tomó conciencia de que aquella sociedad no era precisamente el Reino de su Padre. Allí estaban presentes la miseria, la,injusticia, el odio, el miedo, la angustia. Tales sufrimientos le hacían sufrir de la misma manera que hacían sufrir a su Padre. Otros muchos veían la situación, pero Jesús propone como única solución la conversión personal, el cambio de valores. Como Jesús, también nosotros tendremos que ofrecer la misma propuesta. Y ten­qremos que ofrecerla del mismo modo que lo hizo El: con la palabra y con la vida.

 

También nosotros, seguidores de Jesús, debemos tomar conciencia de la realidad de nuestro tiempo. Yo encuentro muchas semejanzas entre la historia de Israel y la historia de la Iglesia, entre el tiempo de Jesús y nuestro tiempo. Israel sucumbió ante la tentación de una falsa seguridad, a pesar de las advertencias de los profetas. Creía disponer de Yavé, pero Yavé terminó por marcharse del Tem­plo. Más tarde, Israel centra su fe en la Ley y el Templo, pero Jesús le da la razón a los profetas, afir­mando con su autoridad que el verdadero templo de Dios es el hombre, y que la verdadera ley la escribe el Espíritu en el corazón del hombre.

 

También la Iglesia sucumbió a la tentación de creerse administradora de Cristo, y me temo que Cristo se haya marchado de muchos sagrarios. También la Iglesia fue paulatinamente convir­tiendo al cristianismo en una religión centrada en lo sagrado, sacralizando el templo, los ministerios, la propia Biblia. Pero Jesús continúa afirmando que lo que a Él le preocupa es el hombre y los proble­mas del hombre.

 

Para una nueva evangelización, necesitamos tener capacidad crítica para enjuiciar nuestro modo de vivir y el modo de vivir de la actual sociedad cristiana. Pero deberemos fijarnos especialmente en la comprensión que esta sociedad tiene del cristia­nismo y de Jesucristo. Pienso que nos equivocamos, cuando, en nombre de la prudencia y de las dificultades para enjuiciar la fe, continuamos promo­viendo una religiosidad que utiliza nombres y ritos cristianos, pero que tiene poco que ver con el ver­dadero mensaje de Jesús. Y que no se diga, como se sigue diciendo a veces, que ese mensaje sólo está al alcance de los "listos". Tal afirmación es una ofensa para Jesús, porque fueron precisamente los "menos listos" los que mejor lo comprendieron.

 

Jesús nos muestra cómo son justamente los malentendidos religiosos los que más esclavizan al hombre. Sin negar las circunstancias concretas de la época en la que fueron redactados los evangelios, parece evidente que Jesús fustiga duramente a los fariseos, no por poco religiosos, sino porque con su religión oprimían al hombre. Cuando las multitu­des le seguían, no cayó en la tentación de conser­varlas a su lado actuando con prudencia. Continuó planteando su mensaje radical, con independencia del número de seguidores. Lo menos que podían decir de Él los más piadosos, era que se trataba de un imprudente, un contestatario, un escandaloso, un hereje, hasta de un blasfemo.

 

Como en tantas otras cosas, en la Iglesia quere­mos hacer la evangelización mejor que el Maestro. Ya presumimos de ser 900 millones de católicos, 1.500 millones de cristianos. ¡No los escandalice­mos haciéndoles ver que, en la mayoría de los casos, tal cristianismo no tiene nada que ver con el seguimiento de Jesús!i

 

El anuncio de los primeros cristianos estaba cen­trado en la Resurrección de Jesús. Para los habi­tantes de Israel y para los judíos de la diáspora, tal anuncio hacía posible admitir que Jesús era el enviado de Dios, el esperado Mesías, el Salvador. Incluso para los paganos, conscientes de que nece­sitaban ser liberados del poder de los seres malig­nos, ese anuncio tenía posibilidades de ser visto como la solución a sus temores.

 

También para nosotros la Resurrección conti­núa siendo el centro de nuestra fe, porque ese acontecimiento significa que si vivimos con Cristo y morimos con Cristo, también resucitaremos con Él. Pero hay que admitir que para la inmensa mayoría de los hombres y mujeres de hoy, deso­rientados en la vida, pero sin los temores ancestra­les, el anuncio de que Jesús resucitó no les dice nada en relación con su vida. Para estos hombres y muj . eres, celosos de su libertad, quizá el anuncio de la Buena Noticia debiera centrarse en proclamar que Jesús es el que realizó el proyecto del verdadero hombre, el hombre libre verdaderamente solidario y humano. ¡Ése es el hombre querido por Dios!

 

No puede negarse que la Humanidad hace esfuerzos por encontrar soluciones humanizadoras a los tremendos problemas de nuestro tiempo. Eso significa que muchos, creyentes o ateos, están bus­cando el Evangelio, incluso cuando luchan contra tantas falsas imágenes de Dios. Nuestra propuesta de que es Jesús el que nos muestra cómo es el ver­dadero Dios y cómo debe ser el verdadero hombre, puede hacerles caer en la cuenta de que era a Jesús a quien buscaban.

 

Los hombres y mujeres de hoy se rebelan contra la idea de ser esclavos de Dios, aunque con ello ter­minen por ser esclavos de múltiples ídolos. Pienso que la Biblia nos autoriza a presentarles al Dios de Jesús como lo que realmente es: el liberador de toda esclavitud.

 

El hombre cristiano, la comunidad cristiana, en tanto viva libre de sus pasiones, libre del egoísmo, libre del consumismo, libre de todo poder econó­mico, político o religioso, será un signo de Cristo y estará realizando así la Nueva Evangelización, como lo hizo el mismo Jesús.

 

¿Jesús es el Mesías, el Redentor, el Hijo de Dios? iMúsica celestial! Para los hombres de hoy, Jesús será visto como todo eso solamente después de que vean que Jesús es el Hombre Libre.

 

 

Epilogo

 

Puede parecer pretencioso que un libro de tan pocas páginas termine con un epílogo. Pero tengo la imprecisa sensación de que quienes hayan tenido la paciencia de leerme pueden sacar una conclusión equivocada. Y eso, precisamente, por­que mis limitaciones literarias quizá no han permi­tido que exprese en su justa medida mis ideas acerca de la fe y de la iglesia, tal como las percibo y tal como trato de vivirlas.

 

Incluso este libro puede parecer un libelo. Y ciertamente que lo es, si con ese término se entiende un pequeño libro. También lo es, si lo entendemos como un alegato, una reivindicación. Pero rechazo la palabra, si se entiende como una difamación, una acusación que busca el despresti­gio de la Iglesia. Nada más lejos de mis intencio­nes.

 

Unas escasas páginas más, para resumir lo que pretendía, apenas aumentarán el cansancio del lec­tor y, en todo caso, pueden ser útiles, si con ellas consigo centrarlo en lo que constituyen mis preo­cupaciones en lo referente a la vida de fe.

 

He dicho vida de fe, pero no es exactamente lo que quiero decir. (Supongo que a un verdadero escritor no le pasan estas cosas; dice lo que quiere decir y no necesita embarullarse con explicacio­nes). Y no es exacto, porque pudiera entenderse que tengo una vida como creyente y otra como ser humano. Cuando la realidad es que se trata de la misma vida, la única que tengo, la vida de un ser humano creyente. Si acaso, el aspecto religioso puede ser una dimensión, pero incluso ese término no precisa bien lo que me ocurre, puesto que mi humanismo está modelado substancialmente por mi fe. La comprensión de mi manera de realizarme como hombre está radical e inseparablemente unida a mi manera de entender las relaciones de Dios con el mundo y con los hombres.

 

En mi existencia como hombre que quiere vivir como cristiano, tengo tres preocupaciones:

 

La coherencia entre la fe sentida y expresada y la fe vivida

 

Es la fundamental. Pero de esto no hablaré. Me limito a decirles que al comienzo de la Euca­ristía pido perdón con mis hermanos creyentes. Y lo hago de corazón porque lo necesito. ¿Les basta? Pues los detalles me los guardo. ¡Faltaría más, que mi sinceridad llegase a confesar aquí lo que me duele! Mi familia, mis amigos, mis pacientes, y todos cuantos me han tratado por una u otra razón,

 

ya saben demasiado de mis defectos. Espero que los olviden, como estoy seguro de que Dios los olvida.

 

Las otras dos preocupaciones han estado presen­tes a lo largo de las páginas precedentes, como hilo conductor de las mismas, y han sido el motivo de que este libro fuese escrito. Se trata, pues, de que las resuma brevemente, con la esperanza de que ayuden a comprender mejor las muchas expresio­nes francas y atrevidas -espero que nunca ofensi­vas-, sobre todo aquellas de tipo irónico, que fui dejando caer para resaltar así los defectos de nues­tra Iglesia. Y esto último con la sincera pretensión de que sirva de advertencia sobre lo que considero una situación grave, pero no irremediable. La Igle­sia puede estar enferma, pero no está agónica.

 

Todos los hombres y mujeres debemos hacernos personas

 

¿Es que no lo somos todos por el hecho de ~Eexistir? No exactamente. Somos todos seres Humanos, personas en potencia, pero para llegar a serlo realmente debemos construirnos a nosotros mismos. Como se ha dicho tantas veces, somos como un bloque de granito, en el que ya hay una escultura, pero que no será realidad hasta que el escultor la haga visible con su trabajo. Cuando al final de la vida sólo sigue existiendo el bloque de granito, hemos desperdiciado la vida: nos hemos perdido, por mucha riqueza que hayamos acumu­lado o mucho poder y prestigio que tengamos.

Y ese trabajo de modelarnos a nosotros mismos, de realizarnos como personas, es exclusivamente nuestro. Otros podrán ayudarnos, pero la tarea per­tenece a cada uno. El tiempo también, pero nadie se hace persona con el paso de los años simple­mente. Es una ocupación para toda la vida. Aquí no hay desempleo. Si hay parados en este sentido, será por falta de voluntad. Al final, en la medida en que lo hayamos logrado, incluso en la medida en que lo hayamos intentado, nos habremos salvado.

 

He ahí la hermosa tarea de todo hombre y toda mujer.

 

Jesús es para los creyentes el prototipo de per­sona, el hombre proyectado por Dios cuando nos creó, dotándonos de las cualidades específicas y necesarias para conseguirlo: conciencia, libertad y responsabilidad, elementos indispensables para poder vivir el amor, como hermanos, como hijos del mismo Padre. En la medida en que ejerzamos esas cualidades, día a día, estaremos realizándonos como personas.

 

Pero el hacerse persona es tan prioritario, que incluso puede afirmarse que antecede en importan­cia a ser cristiano. Hay personas que no son cristia­nas. No puede haber cristianos que no traten de ser personas.

 

0 mucho me equivoco o ésta no es precisamente la comprensión que el mundo y la mayoría de los propios cristianos tienen de nuestra fe. Y ésa es la razón de mi descontento y de mis advertencias.

 

La misión de la Iglesia es la de promover la maduraclón, como persona al estilo de Jesús, de cada hombre y cada mujer

 

La tradicional forma de expresar la fe no facilita precisamente que los hombres y mujeres de hoy puedan relacionar a Jesucristo con su realiza­ción como personas. El lenguaje y los conceptos de culturas pasadas con los que seguimos expresando nuestra fe, hacen imposible para la mayoría el caer en la cuenta de que la religión cristiana es funda­mentalmente humanizadora. Parece una dimen­sión añadida, en relación exclusiva con la vida futura más que con la vida presente. Es vista como una religiosidad, que incluso a veces exige el des­precio de la vida real. Y yo creo que el Dios de Jesús quiere que vivamos ya desde ahora su vida eterna.

 

Y porque creo que Dios desea nuestra felicidad, siendo verdaderamente humanos, es por lo que he sido tan atrevido y punzante a la hora de reclamar con insistencia que en la Iglesia se exponga nuestra fe con palabras y conceptos que hagan com­prensible, para los hombres y muj . eres de hoy, el maravilloso Evangelio de Jesús.

 

¿Simple humanismo? Ya no sería poco, puesto que en esa dimensión podríamos coincidir todos los seres humanos, incluso los no creyentes. Pero en nuestro caso, como cristianos, se trata de un humanismo singular: el humanismo de Jesús, con el fundamento y la esperanza puestos en Dios. Sin­gular, pero no esencialmente distinto, puesto que lo que busca el creyente es lo mismo que, en defi­nitiva, buscan todos los demás: la felicidad de todos los hombres y mujeres. Y ésa es, ni más ni menos, la voluntad de Dios.

 

Los abnegados lectores ya pueden respirar, por­que termino. Aceptaré -no voy a decir que gusto­samente- que quienes discrepen de mis ideas lo expresen como tengan a bien. Y confío en que aquellos que se identifiquen de alguna forma con el hilo conductor de estas páginas -y sé que algunos hay, sean simples creyentes, teólogos o dirigentes­se esforzarán por proseguir la tarea. Seguro que lo harán con más capacidad y de forma más amena y convincente.

 

 

Indice

 

PRóLOGO ..................................................................

 

INTRODUCCIóN

       Motivaciones .

       El escándalo ...

                                  

La salud y los achaques de la Iglesia .....................

Agradecimientos ..................................................

 

LA ENFERMEDAD DE LA IGLESA

       Los síntomas ....

       El diagnóstico ...

       Las causas .........

           La desidia ....

           El orgullo ....

           El miedo .....

       El tratamiento

       El pronóstico .........................................................

 

LOS PANES CONVERTIDOS EN PIEDRAS ..........

Introducción ......................

 La Revelación .................

La Creación, el Mal y el Pecado Original ............

La Creación .....................................................

El Mal ....................................................

El Pecado Original ...............................

La Encarnación .. La Redención .....

La Resurrección .

El Espíritu Santo y la Trinidad ........

¿Quién es el Espíritu Santo? ... .....

¿Cómo actúa el Espíritu Santo?

La eucaristía

   Los ministerios ...............................................

   ¿Seré un         hereje?..............................................

¿Dónde encontrar al Espíritu Santo? ..............

La Eucaristía .........................................................

 

   ¿Para qué nos salva? .................................

La Iglesia, sacramento de salvación para el mundo      

                                                                         

LA IGLESIA DEL VATICANO 11

       La Iglesia ........................................................

       La Iglesia, sacramento ..................................

       La Iglesia, sacramento de salvación ................

            ¿De qué nos salva? .....................................

            :Có o nos salva? .............................................

 

Mundo ............................................

La Iglesia en el mundo ............

La Iglesia para el mundo

Condiciones para que la Iglesia sea sacramen­to de salvación para el mundo ..

 

LA NUEVA EVANGELIZACIóN .............................

La necesidad de una Nueva Evangelización ........

Debemos hacer un alto en el camino .............

Debemos sacudirnos el polvo de la Historia ...

Debemos escuchar los signos de los tiempos ..

El valor del Nuevo Testamento para la Iglesia de hoy

La "excesiva" valoración de Cristo sobre Jesús

La "excesiva" valoración de la Pasión y Muer­te de Jesús .....................

Jesús, el Maestro que nos dice en qué consiste el

Evangelio .........................................................

Jesús, el Maestro que nos enseña cómo evangelizar

 

EPíLOGO .....................................................................

La coherencia entre la fe sentida y expresada y la

fe vivida ...........................................................

   Todos los hombres y mujeres debemos hacernos

   personas ........................................................        

   La misión de la Iglesia es la de promover la maduración, como persona al estilo de Jesús, de

   cada hombre y cada mujer

 

 

 

 


[1] 'Voy a usar de forma habitual este término de "dirigentes". Me parece el más adecuado para referirme a quienes dirigen la Iglesia.

 

[2] 'Lumen Gentium, 37.

 

[3] Carta Pastoral del Arzobispo de Santiago, "Confiados na Pala­bra do Señor", 58.

[4] 1 Mt 18; Le 19; Me 9.

 

[5] ' Gaudium et Spes, 19.

[6] 'Meditación de un cristiano del siglo XX, Ed. Sígueme, 1989.

 

[7] 1 Recupera-la Creación, Ed. Sept., 1996.

 

[8] ' Veritatis Splendor, 117: "cuando los hombres presentan a la Iglesia los interrogantes de su conciencia, cuando los fieles se diri­Igen a los obispos y a los pastores, en su respuesta está la voz de Jesucristo".

 

[9] ' Providen tissimus Deus, Spíritu Divino Aflante 1 De¡ Verburn.

 

[10] 5 J.M. Castillo, La alternatita cristiana, Ed. Sígueme, 1980.

 

[11] Decreto Unitatis redintegratio, 11: "existe un orden o jerarquía de verdades de la doctrina católica, ya que es diverso el enlace de

tales verdades con el fundamento de la fe cristiana". El Catecismo de la Iglesia católica, 90, recuerda y confirma ese texto.

El hecho de que yo descalifique tan radicalmente al Catecismo, no significa que no esté de acuerdo con la mayoría de sus 2.865 puntos. Lo que ocurre es que el disenso con la forma de presentar algunos de los fundamentales, que me atrevo a llamar panes con­vertidos en piedras, me lleva a ese juicio de calificarlo como forma inadecuada de presentación de la fe para nuestro tiempo.

 

[12] - Durante mi vida profesional he visto a muchos recién nacidos portadores de dos bolsitas colgadas al cuello o sujetas con imperdi­bles en su ropa interior. Una contenía ajos; la otra era lo que se llama un "detente", conteniendo algún tipo de reliquia, general mente un mínimo trozo de la supuesta vestidura de un santo. A la primera se la califica como superstición; la segunda es tenida por cristiana, y generalmente adquirida en un convento de monjas ¿Cuál es la diferencia?

 

[13] ' La interpretación de la Biblia en la Iglesia, 1994.

 

 

[14] 'De¡ Verbum, 24.

 

[15] ' Todo lo que voy a decir sobre la manera de entender este con­cepto es responsabilidad propia. Pero las ideas fundamentales se fueron clarificando en mi mente gracias a la labor de "partera" que mayéuticamente llevó a cabo el libro A Revelación de Deus na real¡­Zación do horne, de A. Torres Queiruga, Ed. Galaxia, 1985. Que yo sepa, aunque es cierto que sé poco de eso, no hay nada en la litera­tura teológica, incluida la especializada en temas bíblicos, que encierre tanto potencial renovador. Para quien no esté dispuesto a digerir las densas 400 páginas del libro, el propio autor ofrece en el Epílogo un clarísimo resumen de 14 páginas que es por sí solo sufi­ciente. Estoy convencido de que, en un futuro no lejano, la Iglesia entera reconocerá ese libro como un instrumento pionero en la ardua tarea de hacer posible el repensar todo el edificio teológico sin traumas ni estridencias.

 

 

[16] 1 Esta afirmación puede parecerse a la de aquellos médicos que, sobre todo en el siglo pasado, decían no haber encontrado el alma por ninguna parte. Lo que pretendo es expresar que me parece inconcebible que una criaturita así pueda estar en pecado.

 

[17] ~ José Pérez Calvo, El drama del Paraíso, Edicabi, 1963.

 

[18] ' En 1966 se publicó el Nuevo Catecismo para adultos, conocido como Catecismo holandés, elaborado por el Instituto Superior de Catequética de Nimega, por encargo del Episcopado holandés y con el imprimátur del Cardenal Alfrink, arzobispo de Utrech. En el prólogo, firmado por los obispos de Holanda, se afirma que "el Catecismo se esfuerza por anunciar la fe imperecedera de una forma moderna". Este libro no es, pues, la obra de ningún aficionado ni tampoco la de cualquier teólogo más o menos contestatario. Es la obra del Episcopado holandés, que pone en juego su autoridad apostólica.

Yo lo leí en la edición española, Ed. Herder, 1969. Y traía ya un Suplemento impuesto por la curia romana, con 28 enmiendas y adiciones referentes a algunos puntos importantes de la doctrina cristiana, y acerca de los cuales el entonces presidente de la Con­ferencia Episcopal Española advierte que "de acuerdo con las ins­trucciones de la Santa Sede, la exposición de la fe católica conte­nida en la obra de referencia debe ser interpretada, cuando así se indica, con el sentido que se le da en el presente Suplemento".

Ya por entonces me causó una honda impresión este hecho. Después de eso, ¿cómo puede seguir afirmándose que los obispos no son unos simples delegados del poder central, sino que tienen una autoridad propia como sucesores de los apóstoles? Me parece que ante tal situación los obispos holandeses debieran negarse a tales correcciones, lo cual seguramente no hubiera sido prudente porque daría lugar a un cisma, o bien dimitir de sus cargos, que parece lo más coherente. No lo hicieron, pero ¿con qué autoridad pudieron seguir considerándose en lo sucesivo como maestros de la fe?

 

[19]  ' Para no hacerme reiterativo, remito al capítulo "La Iglesia del Vaticano IV, donde con más detenimiento expongo mi manera de entender los términos "de qué nos salva Jesús", "cómo nos salva" y 11 para qué nos salva".

[20] 'Cardenal Ratzinger, en el libro Informe sobre la fe, B.A.G,

 

[21] 1 Si algún teólogo lee estas páginas se dará cuenta de que aquí no todo es cosecha propia. Hay muchos frutos recolectados en cam­pos ajenos, especialmente en las obras de Schillebeeckx.

 

Juan 15

CVJ

Domingo, 14 de junio de 2009

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

15. Jn 4,27-30.39-44

 

Introducción:

 

                En épocas pasadas parece que se valoraba más la experiencia a la hora de acceder a un puesto de trabajo o de ocupar un cargo. Hoy suena menos el tema de la experiencia. Sin embargo, todo queremos que cuando alguien nos hace un trabajo o servicio, tenga experiencia. Los mayores decían que "la experiencia era un grado". Algo de verdad hay en esas expresiones tradicionales. Porque la experiencia es el fruto de la cercanía, de la implicación, del camino andado juntos/as. Las teorías pueden ser buenas, pero si no están contrastadas por la simple práctica, son realidades muchas veces vacías. De ahí que una persona experimentada es garantía de haber atinado y se puede depositar en él la confianza.

                Es que los Evangelios, como el de esta semana, hablan, mucho más que de teorías, de experiencias. Al fin y al cabo, eso es lo que cuenta. Lo que uno/a sabe de Jesús no es lo que ha aprendido en los libros, sino lo que realmente ha experimentado en la verdad de su vida. Aquellos de Samaría llegaron a experimentar, a saber por ellos mismos, qué pretendía Jesús. Lo acogieron, lo escucharon, pensaron lo que decía, se apuntaron a su programa. Y de ahí brotó la experiencia. Había nacido la adhesión que no se hunde a la primera de cambio. Una fe evangélica sin experiencia personal y comunitaria es una vaciedad. Por el contrario, cuando se habla de Jesús y del Evangelio desde la experiencia, aunque ésta sea modesta y pobre, se nota que hay algo dentro. Eso anima a quien lo vive y a quien le escucha. Quizá nos sobre teorías religiosas y nos falte simple experiencia de vida con Jesús. Eso nos habría de interesar cada vez más.

 

***

 

Texto:

 

                        27En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: "¿Qué le preguntas o de qué hablas con ella?".

                        28La mujer, entonces, dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente:

                        29-Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿será éste el Mesías?

                        30Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él.

                        39En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: "Me ha dicho todo lo que he hecho". 40Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó dos días. 41Todavía creyeron muchos más por su palabra, 42y decían a la mujer:

                -Ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.

                        43Al cabo de dos días salió de allí para Galilea, 44pues Jesús había declarado que a ningún profeta se le honra en su propia tierra.

***

 

Ventana abierta:

 

                Este señor es Enrique Moreno, una de las máximas figuras mundiales en materia de transplantes. Su profundo conocimiento del tema le viene de una dilatada experiencia. A sus 70 años ha trasplantado a más de 1400 personas de hígado y a otros muchos de otras vísceras. Cientos de personas le deben la vida. Antes de realizar su primer trasplante estuvo preparándose durante 26 años, operó a infinidad de animales, participó en muchos cursos y seminarios. Una experiencia conquistada a base de ánimo, ilusión y esfuerzo. Una experiencia que vale su peso en oro.

                Oramos: Gracias, Señor, por quienes hacen de su vida un camino de experiencia; gracias por quienes pone su experiencia al servicio de los demás; gracias por quienes permanecen en la brecha de la búsqueda y de la seriedad en su trabajo.

 

***

 

Desde la persona de Jesús:

 

                Dice el texto de san Juan que Jesús "se quedó allí (en Samaría) dos días". El tiempo suficiente para hacer una experiencia inicial de él (Dice Oseas: "En dos días os sanaré y al tercero os daré la vida": Os 6,4). En ese poco de tiempo han iniciado el camino de la experiencia. Hacer experiencia de Jesús no es, únicamente ni sobre todo, tarea de uno/a mismo/a. Es, ante todo, trabajo y don del mismo Jesús. Él hace experiencia con nosotros/as, él nos anima, enseña y alienta. Una experiencia que brota de Él tiene que ser una buena experiencia.

                Oramos: Te alabamos, Señor, porque has hecho camino con nosotros; te bendecimos porque te has prestado a que te experimentemos; te damos gracias porque nos has facilitado todos los días medios sencillos para hacer experiencia de ti.

 

***

 

 

 

 

Ahondamiento personal:

 

                En el texto de esta semana leemos que los samaritanos estuvieron "oyendo" a Jesús. No es el mero escuchar como quien oye llover. Es, sin duda, escuchar pensado, preguntado, orando, acogiendo. Esos son los caminos de la verdadera experiencia creyente. No basta, lo sabemos, saber mucho, aprender datos, conocer de memoria el Evangelio. Hay que darle vueltas a esto dentro hasta que vayan brotando, casi sin percatarnos de ello, actitudes y comportamientos que se parezcan, cada vez más, a los que ha tenido el mismo Jesús.

                Oramos: Que escuchemos ahondando; que escuchemos acogiendo; que escuchemos poniendo en práctica poco a poco lo que escuchamos.

 

***

 

Desde la comunidad virtual:

 

                La experiencia de Jesús no es solamente, ni quizá sobre todo, una experiencia individual sino, más bien, colectiva, comunitaria. Por eso, aquellos de Samaría decían "sabemos" que es el Salvador del Mundo. Todo el colectivo ha tenido una experiencia comunitaria de Jesús. Para experimentarle a Él es imprescindible la mediación de la comunidad. En ese sentido tenemos una suerte porque esta comunidad virtual, en sus diversas formas, nos va ayudando a aquilatar nuestra experiencia de Jesús. Brota el agradecimiento.

                Oramos: Gracias a quienes nos animan a la experiencia de Jesús; gracias a quienes nos hacen más cercano el rostro de Jesús; gracias a quienes ahondan en el Evangelio.

 

***

 

Para orar:

 

Se fiel a la verdad,

sigue a tu corazón

No te dejes llevar,

busca en tu vida razón!
Siente la alegría de vivir

según la voz de tu alma,
Y no dejes de pensar

que es Dios el que te habla,
más no cambies su voz

por tus palabras!

 

(Brotes de olivo)

 

***

 

Juan 14

CVJ

Domingo, 7 de junio de 2009

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

14. Jn 4,31-38

 

Introducción:

 

                Hay muchas personas que piensan, y tienen su razones para ello, que la humanidad va por un camino de ruina y destrucción. Las enormes heridas que nos hacemos los humanos, las injusticias que verdean, las grandes hipocresías que hacen sufrir a los pobres, la situación de millones de personas dejadas a su pobre suerte, les hacen pensar que vamos radicalmente a peor. Ellos se identificarían con aquella frase de Gen 6,6: "Le pesó a Dios haber creado al hombre". Pero, en realidad, todo ese cúmulo de mal esta contrapesado por tan evidente floración de la bondad que uno puede decir con realismo (no con un optimismo sin base) que vamos a mejor, lentamente, pero vamos a mejor. La bondad no se apaga y cada vez cobra formas nuevas, más globales, más hondas. Nos impacta el mal, pero en realidad es el el bien la gran fuerza motora de la vida. Creer en el bien es la gran fe que nos hace más humanos, que sostiene nuestra debilidad y alienta nuestra utopía.

                Es la misma fe de Jesús tal como aparece en el

Evangelio. Efectivamente, en el pasaje de hoy, una especie de digresión del tema de la samaritana, se dice que habrá cosecha de bondad, del Reino. Más aún: se dice que esa cosecha no tardará en llegar, que los campos están dorados para la siega y que el segador está cobrando ya porque está recolectando ya. No habrá que esperar al final de los tiempos para cosechar y disfrutar del bien. Ahora, por la siembra de humanidad que han hecho las personas, Jesús como el que más, la bondad crece imparable y produce grandes cantidades de humanidad. No es un mero deseo o una utopía sin base: es una certeza. Basta mirar en derredor con deseo de ver el rostro de lo bueno. Ese rostro se descubre en grandes iniciativas y, sobre todo, en pequeñas actuaciones de personas concretas. Las semillas de la bondad son humildes, pero constituyen el futuro de la vida. Sin ellas, habrían perecido ya hace tiempo.

 

***

 

Texto:

 

31Mientras tanto los discípulos le insistían:

                -Maestro, come.

                        32Él le dijo:

                -Yo tengo por comida un alimento que vosotros no conocéis.

                        33Los discípulos comentaban entre ellos:

                -¿Le habrá traído alguien de comer?

                        34Jesús les dijo:

                -Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. 35¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; 36el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida definitiva: y así se alegran lo mismo sembrador y segador. 37Con todo, tiene razón el proverbio: "Uno siembra y otro siega". 38Yo os envié a segar lo que no habéis sudado. Otros sudaron y vosotros recogéis el fruto de sus sudores.

***

 

Ventana abierta:

 

Nadie conocerá a este señor africano: es Hamilton Naki. Un simple jardinero de un hospital de Sudáfrica, con unas cualidades excepcionales para la medicina que colaboró en el equipo del Dr. Barnard, el primero que trasplantó un corazón. No pudo figurar nunca porque nunca pudo graduarse de medicina en un régimen, el appartheid, que marginó a los negros. Pero el Dr.Barnard lo dijo claramente: "Tenía mayor pericia técnica de la que yo tuve nunca. Es uno de los mayores investigadores de todos los tiempos en el campo de los trasplantes, y habría llegado muy lejos si los condicionantes sociales se lo hubieran permitido". Sembró semillas de humanidad, aunque nadie se lo reconociera. Pero la siembra fue buena.

                Oramos: Gracias, Señor, por quienes siembran humanidad; gracias por quienes no demandan nada a cambio de su siembra de bondad; gracias por quienes reconocen en quienes están al margen su contribución al bien de la humanidad.

 

***

 

Desde la persona de Jesús:

 

                Dice el texto que, para recoger semillas de humanidad y de bondad, "otros se han fatigado sembrándolas". Hay que reconocer toda la fatiga de Jesús, incansable, por sembrar lo que él llamaba el Reino. Y toda la fatiga de muchas personas, hombres y mujeres, que a lo largo de la historia, contra viento y marea, se han empeñado en que la bondad triunfara sobre cualquier desgracia. Sin ellos y ellas no habríamos podido disfrutar de la vida como lo hemos hecho. Y más todavía: se nos habría muerto la esperanza en el futuro.

                Oramos: Gracias, Señor, por el corazón humano que ha sembrado bondad sin desalientos; gracias por quienes han creído en el valor de la persona; gracias por quienes se han puesto con decisión en la orilla de lo humano.

 

***

 

 

Ahondando:

 

                El texto con el que oramos esta semana trata de hacer que levantemos el ánimo cuando pensamos que la luz se apaga en el camino humano, cuando se nubla el sentido y, sobre todo, cuando dudamos del valor de la bondad. "Levantad la vista", nos dice. No miréis solamente al suelo, a lo más ramplón, a lo que todo el mundo dice que es evidente. Hay también valores ocultos, bondades que no se tocan, amores que están vivos en el fondo del alma. Levantad la vista, tened miras utópicas, albergad deseos que no se agotan con cualquier cosilla.

                Oramos: Que levantemos la vista hacia el corazón humano cuando nos pese la vida; que alcemos la mirada a horizontes de bondad que están a nuestro alcance; que tengamos miras más altas que el mero subsistir.

 

***

 

Desde la comunidad virtual:

 

                La cosecha de bondad y humanidad nos parece, con frecuencia, que es modesta. Hemos de ayudarnos a alegrarnos por la cosecha de bondad: "Se alegran el sembrador y el segador", dice el texto. Se alegra quien ha sembrado y quien ha cosechado. La alegría de quien siembra y de quien cosecha pueden hermanarse. Quizá podemos ayudarnos en nuestra comunidad virtual a alegrarnos, a contarnos nuestros logros, los caminos de bondad que hacemos. El silencio que ignora los caminos del otro/a construye poco. Sin embargo, decirnos los pequeños logros, las modestas alegrías, ayuda a mantener viva la certeza de que habrá cosecha de humanidad.

                Oramos: Que nos digamos las alegrías de nuestros logros y alegrías; que nos comuniquemos la bondad descubierta; que nos contagiemos humanidad y sosiego.

 

***

 

Para orar:

 

Cuando me han preguntado la causa de mi amor
yo nunca he respondido: Ya conocéis su gran belleza.
(Y aún es posible que existan rostros más hermosos.)
Ni tampoco he descrito las cualidades ciertas de su espíritu
que siempre me mostraba en sus costumbres,
o en la disposición para el silencio o la sonrisa
según lo demandara mi secreto.
Eran cosas del alma, y nada dije de ella.
(Y aún debiera añadir que he conocido almas superiores.)

La verdad de mi amor ahora la sé:
vencía su presencia la imperfección del hombre,
pues es atroz pensar
que no se corresponden en nosotros los cuerpos con las almas,
y así ciegan los cuerpos la gracia del espíritu,
su claridad, la dolorida flor de la experiencia,
la bondad misma.
Importantes sucesos que nunca descubrimos,
o descubrimos tarde.
Mienten los cuerpos, otras veces, un airoso calor,
movida luz, honda frescura;
y el daño nos descubre su seca falsedad.

La verdad de mi amor sabedla ahora:
la materia y el soplo se unieron en su vida
como la luz que posa en el espejo
(era pequeña luz, espejo diminuto);
era azarosa creación perfecta.
Un ser en orden crecía junto a mí,
y mi desorden serenaba.
Amé su limitada perfección.

 

Francisco Brines

 

 

 

 

Tus palabras, mi delicia

TUS PALABRAS, MI DELICIA

Notas para una semana de retiro sobre el Sal 118

 

(Verano de 2009)

 

Introducción

 

            Proponer una semana de retiro sobre un salmo cuyo corazón es la Ley plantea, de salida, una cierta dificultad: nosotros no estamos en la época de la Ley, sino de la gracia, hemos abandonado el camino de la norma para situarnos en el del amor, hemos superado la alianza basada en el precepto para abrazar el camino de la libertad. Todo esto es cierto. Pero el Salmo 118, canto profundísimo y apasionado sobre la mediación de la Palabra, puede ser leído con los ojos de Cristo y en actitud cristiana. Basta que entendamos los viejos términos (ley, precepto, mandato, decreto, etc.) por los que usa el mismo evangelio: Palabra, designio, búsqueda, anhelo, deseo, etc. La intención de fondo del Salmo 118 es, lo veremos, perfectamente adaptable a nuestra actual espiritualidad.

            Además, no cabe duda que este salmo late una honda piedad. No la piedad devocional, meramente religiosa, basada en prácticas rituales. No, es la piedad que tiene su sede en el corazón, en la profundidad, en esa dimensión que es preciso recuperar para toparse con la realidad palpitante del Dios vivo. Por extraño que parezca, en esta época secular estamos, más que nunca tal vez, necesitados de una honda piedad, de ese conmoverse en la zona de las entrañas, de ese ardor interno que nos estremezca y anime. Estas viejas palabras del Salmo 118, reflexionadas y oradas, quizá puedan darnos lo que buscamos. La novedad no está en lo externo de las palabras, sino en la veta profunda de amor que bulle en ellas.

            Para lograr este objetivo revitalizador, nosotros los cristianos miraremos a Jesús. No nos cabe duda de que él, como piadoso judío que era, amaba y recitaba este salmo con frecuencia. Seguramente que para él tenía una inmediatez y un vigor capaz de animar su vida y su entrega. Cuando dice que su afán máximo, su alimento, es "cumplir el designio del Padre hasta dar remate a su obra" (Jn 4,34) es en estas palabras del salmo en las que se apoya, son estos caminos los que anhela. Pasar el salmo por el tamiz de Jesús nos descubre la conexión de fondo que existe entre la espiritualidad de este salmo y la búsqueda del mismo Jesús. Son caminos confluyentes y, para nosotros, ambos dos, necesarios.

            También hay que decir que el Salmo 118 es, a partes iguales, un canto a la Palabra y una especie de manual de convivencia fraterna ya que la voluntad de Dios es una relación solidaria y humanizadora. La palabra es la buena guía, el brazo de apoyo, la mano que señala el camino de una relación gratificante y viva entre las personas y con la creación. La oración y reflexión con la Palabra no es algo cerrado en sí mismo, sino que apunta a la universalidad del cosmos. De ahí que nosotros, al leer el salmo, echemos miradas a nuestro entorno para tratar de entablar con él una relación de honda fraternidad.

            Muchas veces diremos con las palabras de este salmo: "Tus palabras son mi delicia". Gustarlo, comerlo, sentirlo como algo delicioso. Cuentan que una antigua escuela rabínica los maestros, para enseñar a leer la Ley a los niños, dejaban caer sobre las letras un hilo de miel. Los chiquillos debían pasar por ellas su pizarrín y llevárselo a los labios. Así, al tiempo que aprendían a memorizar las letras, saboreaban la miel que había en sus trazos. Es que reflexionar-orar sobre y con la Palabra es algo más que una mera abstracción religiosa. Es atreverse a comer, devorar con ansia el texto. Con qué pasión lo dice Jer 15,16 en sus "confesiones" cargadas de pathos vital: "Cuando encontraba tus palabras, las devoraba; tus palabras eran mi gozo y mi alegría íntima". Devorar la Palabra porque ella es fuente de gozo y alegría íntimos. En realidad, no es sino la continuación de viejas experiencias que la misma Escritura desvela. ¿No dice Ez 3,3 que cuando comió el rollo "supo en la boca dulce como la miel"? ¿No afirma Ap 10,9 que el librillo "en la boca te sabrá dulce como la miel y amargo en el estómago"? Ojalá esta primera semana fuera un relamerse con la Palabra, con el salmo, un disfrute. Disfrutar con la Palabra es quizá uno de los mejores propósitos y una de las más deseables actitudes a la hora de comenzar una semana de retiro.

            Por otra parte, la comunidad cristiana ha vivido un Sínodo de Obispos sobre el tema "La Palabra en la vida y misión de la Iglesia". Quizá sea un momento de gracia para los creyentes. Hacer un retiro con la Palabra en la mano es, también, una manera de prepararse a acoger y secundar las iniciativas evangelizadoras de la Iglesia de hoy. Las grandes reuniones, los textos eclesiales, quedan estériles si nuestro corazón, personal y comunitariamente, no valora y vibra con lo que ellos dicen. La Palabra nos remueve por dentro, nos alienta, afianza los lazos comunes para contribuir a la empresa fraterna de vivir en grupo el seguimiento de Jesús.

            Finalmente: todos sabemos que el Sal 118 ha sido construido como un artificio literario: el autor sigue el alfabeto hebreo, dedicando a cada letra ocho versos que comienzan por dicha letra. Esto significa la plenitud: de la alef a la tau, del principio al fin, el autor recita y ama los mandamientos. Cada una de las veintidós letras tiene 7+1 versos, lo cual significa la perfección consumada. Cada estrofa o letra suele enumerar ocho sinónimos de la ley: preceptos, decretos, mandatos, mandamientos, palabras, consignas, leyes, voluntad.

            Aprestémonos con buen ánimo, volquémonos a las páginas de este largo salmo, el más largo de todos. Con toda probabilidad, al final del trayecto, el corazón y la vida resulten más luminosos. Entonces comprobaremos que el salmo ha visto cumplido su anhelo que muy bien formulará, siglos más tarde, 2 Pe 1,19: "Hacéis muy bien en prestar atención a la Palabra como a lámpara que brilla en la oscuridad, hasta que despunte el día y el lucero nazca en vuestros corazones".

 

 

I

EN EL FONDO

 

            Las palabras de la Palabra resuenan en el fondo. Hay que apuntar ahí. Si las situamos en la superficie, las palabras se vacían de contenido, meros fonemas. Mirar al fondo es contemplar, asomarse a ese abismo de sombras y de luz es encontrarse con  la propia verdad. Tarea grande, pero posible. Al menos, podemos intentarlo. Es entonces cuando estas viejas palabras del salmo comienzan a resonar.

 

 

1. La radical confianza (Aleph: 118,1-8)

 

            La puerta del fondo lleva un nombre: confianza. Sin la confianza todo queda hermético, inaccesible. La primera estrofa del Sal 118 habla, sobre todo, de una confianza radical, básica, elemental.

 

1Dichoso el que, con vida intachable,

camina en la voluntad del Señor;

2dichoso el que, guardando sus preceptos,

lo busca de todo corazón;

3el que, sin cometer iniquidad,

anda por sus senderos.


4Tú promulgas tus decretos

para que se observen exactamente.

5Ojalá esté firme mi camino,

para cumplir tus consignas;

6entonces no sentiré vergüenza

al mirar tus mandatos.


7Te alabaré con sincero corazón

cuando aprenda tus justos mandamientos.

8Quiero guardar tus leyes exactamente,

tú, no me abandones.

 

1. Buscar a Dios de corazón: a eso empuja la Palabra. Buscar con corazón, desde dentro, desde lo que realmente uno es, no desde ideas, desde planteamientos predeterminados, desde posesiones que no lo son. La vida espiritual puede ser entendida como una búsqueda, como un camino que se anda, como algo que se mueve. No es una realidad que se me dé hecha. Hay que construirla. El cansancio acecha y los trabajos de quien está siempre en búsqueda peligran a causa de la rutina. Es más fácil vivir en el mecanicismo de siempre, en la costumbre que sabe ya de antemano lo que hay que hacer, en las ideas consagradas, en las actitudes viejas de años. Es mucho más fácil, pero más empobrecedor. Quien no quiere buscar no encontrará nada en la Palabra. Quizá por eso se nos hace rutinaria, porque no buscamos. Y para hallar, es preciso buscar. Únicamente se puede buscar en la certeza de que el Padre no nos va abandonar en tal trabajo. Si no funciona la confianza, se abandona la búsqueda. Y si Dios no abandona a la persona, será posible entonces la búsqueda y la misma fidelidad. No una fidelidad a las ideas, a las normas, a la reglamentación. Una fidelidad a la Palabra, a sus susurros, a sus exigencias, a sus planteamientos nuevos, a sus caminos no hollados. Una fidelidad a la novedad, a lo por venir, a las promesas que se nos han hecho. Así, búsqueda, confianza y fidelidad se entrelazan desde el primer paso de este salmo.

            2. Jesús ha sido un buscador incansable del designio del Padre. Decía con convicción: "mi alimento es el designio" (Jn 4,34); rezaba: que se cumpla el designio del Padre (Mt 6,10); polemizaba: no basta decir ¡Señor! Hay que cumplir el designio (Mt 7,21); afirmaba: quien cumple el designio es de mi familia (Mt 12,50); tenía como una certeza: es designio del Padre que nadie se pierda (Mt 18,14); oraba con lágrimas: cúmplase tu designio (Mt 26,42). Una vida envuelta el designio de Padre que no es otro que el que la persona salga a flote, que la creación se plenifique. Buscador incansable de ese designio apuntalado en la confianza total, sabiendo que el Padre escucha incansablemente, sostiene incansablemente, acompaña sin fatiga, acoge sin restricción. Confiaba y buscaba, buscaba porque confiaba. Así se produjo en él el misterio de la fidelidad: el testigo fiel (Ap 1,5), el testigo fiel y verdadero (Ap 3,14; 19,11), fiel y justo (1 Jn 1,9), misericordioso y fiel pontífice (Heb 2,17), fiel que llama a la fidelidad (1 Tes 5,24). En estos valores está la estructura interna de Jesús: búsqueda, confianza, fidelidad.

            3. Los cansancios agobian a las personas. De ahí las múltiples fugas que inventamos para intentar poner novedad en la vida. Pero el cansancio no se elimina con fugas, con rutinas, con costumbres indiscernidas, con enajenamientos. Se sanea mirándolo de frente para suscitar el deseo de buscar. Apreciemos a quien en la sociedad busca, a los inquietos, a los arriesgados, a los aventureros incluso, en cualquier clase de aventura humana. La vida es una aventura ¿qué queda de ella si se le suprime ese componente? ¿No será que flaquea también la búsqueda porque flaquea así mismo la confianza? Una crisis social de búsqueda, de riesgo, desvela una crisis de confianza. Cuando se confía, se arriesga; cuando se ama, se apuesta, cuando el otro/a y la realidad entran de lleno en el corazón, se fía hasta la entrega. El sentido de búsqueda puede generar confianza, y viceversa. Así nacerá la fidelidad a la persona, a la vida. De esa manera no abandonará uno, amargado, el camino de la historia en que ha sido puesto por el amor del Padre.

            4. Abrir el Salmo 118 con una llamada a la búsqueda, a la confianza y a la fidelidad es un fuerte interrogante sobre nuestra manera de ser comunidad cristiana, fraterna. Si la búsqueda se apaga en nuestras comunidades, es síntoma de mala vejez. Por el contrario, una actitud de búsqueda, incluso en comunidades reducidas, envejecidas, pero vivas por dentro, es síntoma de vitalidad, de danza a una con el Espíritu. Si nuestras comunidades, nuestras personas, se cansan de buscar, hemos entrado en la peor de las vejeces. Por el contrario, mientras haya buscadores/as, aunque sea en caminos de corto alcance, hay esperanza para nuestros grupos. Esto, lo decimos, es imposible sin confianza. Arrastramos un déficit de confianza que, a veces, no hace sino crecer a fuerza de las dificultades que nos pone la vida. Leer la Palabra, decir al Padre "tú no me abandones", sé que tú no me abandonas, ha de llevar a una extraña y para muchos ingenua vida: la de quien confía, la de quien sabe que hay un fundamento más sólido que él mismo, la de quien se sabe realmente llevado en las manos del Padre sin ninguna clase de abandono. La fidelidad a lo prometido brotará entonces pujante, ya que la fidelidad no es tanto a lo que nosotros hemos prometido, sino a lo que se nos prometió, al sueño de Jesús, el reino, que es nuestra mejor promesa. Ser fieles no será tanto, en ese caso, mantener unas promesas públicas, sino, más bien, mantener vivo el anhelo, la búsqueda y la confianza, tener verdeante el afán por el Padre experimentado que, con el correr de los años, ese afán no mengua, sino que crece como una pasión: "pasión que como un árbol crece", dice F. Brines. Así el anhelo de quien nos sostiene.

 

  • Lee y relee con gozo esta primera estrofa del Sal 118.
  • Subraya las frases que más te llegan, escríbelas.
  • Lee los textos evangélicos indicados.
  • Pide sumergirte en esta semana en el salmo.

 

 

2. La alegría honda (Beth: 118,9-16)

 

            La inmersión en la Palabra es, para el salmista, una de esas alegrías hondas que se remansan en el fondo de la estructura vital. Por eso es una alegría hecha de silencio, de adentramiento, de gozo meditado, de oración compartida. Alegría sutil que puede disipar muchas de las nieblas que se adhieren a nuestra existencia.

 

9¿Cómo podrá un joven andar honestamente?

Cumpliendo tus palabras.

10Te busco de todo corazón,

no consientas que me desvíe de tus mandamientos.

11En mi corazón escondo tus consignas,

así no pecaré contra ti.


12Bendito eres, Señor,

enséñame tus leyes.

13Mis labios van enumerando

los mandamientos de tu boca;

14mi alegría es el camino de tus preceptos,

más que todas las riquezas.


15Medito tus decretos,

y me fijo en tus sendas;

16tu voluntad es mi delicia,

no olvidaré tus palabras.

 

            1. Junto con la confianza, la alegría en lo profundo. Estos son los verdaderos cimientos de quien quiere recorrer la senda de la Palabra. Para llegar a esa alegría honda el autor dibuja todo un itinerario: primero, el corazón; apuntar lo profundo a lo vital, no solamente ni sobre todo a las ideas, a las normas, a las directrices; la adhesión al Padre y a Jesús es cuestión de corazón, de hondura, de mismidad. Luego, la meditación, la reflexión, el ahondamiento, la contemplación, el rumiar, el darle vueltas sin descanso, el mirarlo desde todas las perspectivas, el aprender los mil rostros de la Palabra, el quedarse, el orar estando, el aquietarse, el estar vivos ante Él. Y finalmente, los labios, la alabanza gozosa, deseada, querida, mimada, con aliento dentro, como algo que se hace en el deseo más vivo; una alabanza con alma, con fuste, con anhelo, sin desganas, sin tanto bostezo, sin aburrimiento, sin distracciones fruto del cansancio, sin rutina extenuante. Una alabanza tan mezclada a la vida que se palpa la vida en ella latiendo. Y, andando este camino del corazón, la reflexión y los labios, se llega a esa alegría honda, inarrebatable, extrañamente nuestra, capaz de tenerla por compañera incluso cuando las cosas no van bien. Cuando el salmo dice que su alegría es la Palabra, así lo cree porque experimenta el gozo de la Palabra en modos tangibles, porque nota en sí mismo/a cómo andar en la Palabra le deja contento/a.

            2. Jesús ha sido una persona que ha vivido más desde el corazón que desde las ideas. Por eso llamó bienaventurados a los limpios de corazón (Mt 5,8), se definió como un manso y humilde de corazón (Mt 11,29), se dolía porque el corazón de los de su pueblo estaba lejos de él (Mt 15,8) y creía que es del corazón de donde brota la verdad de la persona (Mt 15,19); instaba a perdonar de corazón (Mt 18,35); hablaba del buen tesoro del corazón (Lc 6,45) y decía con toda razón que el corazón está donde está el tesoro (Lc 12,31). Por eso no duba en afirmar que Dios conoce nuestros corazones (Lc 16,15) y era capaz de hacer "arder" los corazones de quienes le escuchaban (Lc 24,32): una vida desde el corazón; así fue la suya. A eso le ayudó su confiada oración, sus noches de desierto, sus soledades personales. Hombre de reflexión, de palabras medidas, de aprecio del silencio. De esa fuente surgía la alabanza gozosa (Mt 11,25), el gozo inarrebatable que pasaría a sus mismos discípulos (Jn 16,22). Hombre de alegrías de fondo, de gozos casi incompartibles de tan adensados, de tan asimilados.

            3. Es preciso reivindicar las sendas del corazón en nuestro mundo. Quizá porque hemos abandonado esos caminos se nos ha hecho poco legible el libro de la humanidad y el de la misma creación. No habría porqué avergonzarse de transitar en la senda del corazón. Es algo más que unas meras emociones: es mirar a la persona y a la realidad desde otro lado distinto que el mero lucro, disfrute o explotación. Es mirar todo eso desde la fraternidad, desde el abrazo, desde la ternura. No resultará fácil encontrar esos caminos del corazón si, a la vez, no se hallan los caminos del silencio, del sosiego y de la misma contemplación entendida no tanto como actividad religiosa, sino como simple ahondamiento vital. La vuelta a esos caminos no tiene por qué producir ningún tipo de enajenación, de falta de responsabilidad. Al contrario, es el ruido, la prisa, el desasosiego vital el que nos ha llevado al abandono de los caminos del corazón y a la misma insolidaridad. Y, desde ahí, unos labios purificados, un lenguaje, verbal y no verbal, aquilatado, medido, respetuoso, cálido. Entonces es cuando la alegría brotará y se extenderá como una gran mancha de aceite, imparable, envolvente. Metida en los entresijos de nuestra vida diaria. Una alegría honda para sostener las limitaciones de nuestra existencia histórica.

            4. Nuestras comunidades cristianas, religiosas, necesitan una reconversión del corazón porque, tal vez, ha sido huerto abandonado, casa dejada por vieja, camino olvidado por considerarlo inútil. La vuelta a la senda del corazón hace que la mirada cambie, que el lenguaje se purifique, que los oídos del alma se abran. Vamos a acabar nuestros días sin haber creído en la ternura, sin habernos sentido profundamente humanos cuando amamos. No hay que renunciar a entreverar corazones, a entrelazar vidas, a saltar la valla del huerto del corazón de la persona. Quitar eso del horizonte fraterno sería empobrecerlo hasta el límite. Quizá lo logremos acentuando el componente contemplativo, el silencio habitado, la soledad cargada de presencias, la lectura profundizada, la quietud y hasta el paseo contemplativo. La senda de la contemplación humana nos espera y es casa abierta para el gozo, centro de salud que nos regenera, lugar de descanso que nos rehace, espacio que nos resitúa y nos impulsa. Cuánto nos ayudaría también el cuidado de nuestras palabras, para que el enemigo que hay dentro quede lo más controlado posible. Palabras buenas para una vida gozosa; palabras ajustadas para una vida equilibrada; palabras meditadas para contribuir al bien común. Y con ellas, la buena alabanza, los labios entrelazados que celebran la misma vida, la misma presencia, la misma entrega, la de Jesús y la de los creyentes. Una alabanza llena de vida porque está mezclada del todo a la vida. Y así nacerá, sin que nos demos cuenta, la alegría que necesitamos para nuestra vida fraterna, la alegría de mirarnos con otra mirada, el gozo de sabernos acogidos, la fiesta del compartir cotidiano, la suerte de tener amparo fraterno, el valor incalculable de poder hacer comunidad entrelazando vida.

 

  • Rumia esta segunda estrofa del Sal 118.
  • ¿Tiene sentido ese itinerario corazón-meditación-labios?
  • Subraya las frases que más te gustan.
  • Ponlas en un papel frente a tus ojos.

 

 

 

 

II. DINAMISMOS

 

            Para leer la Palabra, para vivir la adhesión a Jesús, para sentirse parte de una sociedad, de una comunidad viva, son precisos unos dinamismos, unas fuerzas que obren dentro, unas certezas que sean el combustible de nuestro motor. El Salmo 118 nos habla en este segundo día de tales dinamismos:

 

1. Promesas (Ghimel: 118,17-24)

 

            Quizá nos parezca que las promesas no pueden tener categoría de dinamismos precisamente por nuestro incumplimiento de las mismas. Pero las promesas del Padre-Jesús son promesas que se cumplen. Por eso sí que pueden dinamizar nuestra existencia, nuestros caminos, haciendo que no se desvíen, que no se desinflen, que no se amarguen. Promesas que nos empujan en la dirección del gozo y de la plenitud.

 

17Haz bien a tu siervo: viviré

y cumpliré tus palabras;

18ábreme los ojos, y contemplaré

las maravillas de tu voluntad;

19soy un forastero en la tierra:

no me ocultes tus promesas.


20Mi alma se consume, deseando

continuamente tus mandamientos;

21reprendes a los soberbios,

malditos los que se apartan de tus mandatos.


22Aleja de mí las afrentas y el desprecio,

porque observo tus preceptos;

23aunque los nobles se sienten a murmurar de mí,

tu siervo medita tus leyes;

24tus preceptos son mi delicia,

tus decretos son mis consejeros.

 

            1. El pueblo de Israel ha llevado siempre muy mal la condición de extranjero, cuando ha estado lejos de su patria (o sin patria); incluso, en la misma tierra de Israel ha tenido una cierta conciencia de ser extranjero (a pesar de toda "conquista" como se narra en Jueces). El sentimiento de extranjería ha estado presente en su historia. Ese sentimiento lo ha podido sobrellevar, en parte por el dinamismo de la Palabra, porque ésta es una fuerza que le ayuda a superar cualquier sentimiento de extranjería y de pérdida en general. Así la Palabra se convierte en la verdadera casa, en el hogar real donde encuentra acogida el creyente. Una promesa de casa, eso viene a ser la Palabra. Además, y como es lógico, la persona sufre afrentas en la vida, de las gentes, de los enemigos, de la propia familia. La afrenta es inevitable en la convivencia humana, al parecer. Pues bien, la Palabra es promesa de fuerza para "alejar afrentas", para mitigar el escozor de la ofensa, para suavizar la herida que produce la injusticia verbal o de hecho, para compensar y tranquilizar a quien es objeto de ofensa sin razón. La Palabra es promesa de consuelo y de vigor, ya que no solamente consuela sino que dice que, a pesar de cualquier afrenta, se puede seguir el camino emprendido. Y, finalmente, la Palabra es promesa de libertad que contiene el ímpetu de los nobles, de las fuerzas fácticas, que murmuran contra uno, que lo ponen en situaciones de dificultad.  Promesa de casa, de consuelo y ánimo, de libertad. Algo de esto es la Palabra; por eso se convierte en dinamismo que sostiene y empuja, aun contando con la evidente limitación en que queda envuelta la vida.

            2. No cabe duda de que Jesús experimentó la certeza de que la Palabra era una casa que lo acogía más allá de sus desconsuelos vitales. Cuando dice que el Hombre no tiene donde reclinar la cabeza (Mt 8,18-22), o cuando explica la Palabra de Isaías en Lc 4,14ss, está indicando, de algún modo, que en la Palabra él hace pie para su propia extranjería, para su "no ser profeta en su propia patria" (Mt 15,53-58). Sus noches de oración, su rumiar los salmos, su recurrir a los cantos del siervo de Yahvéh, están indicando que la Palabra fue su casa y eso constituyó en su no fácil vida, en su desarraigo, un apoyo decisivo, una fuerza para no volverse a su pueblo, para no abandonar el encargo del Padre. También en la Palabra encontró, sin duda, consuelo y vigor ante las afrentas que tuvo que sufrir: "De mí habló Abrahán", proclama a gritos en la polémica con el judaísmo recalcitrante (Jn 8,31-59). Y para él la Palabra fue promesa de libertad, en sus páginas leía el camino de liberación que habría de seguir. Por eso, con esa enorme libertad, no dudó en criticar al mismo Moisés, al fundador de aquel sistema religioso (Mt 19,8). No se prodigan los Evangelios en decirnos las promesas que dinamizaron la vida de Jesús. Pero entre ellas, sin duda, estaba la Palabra. Posiblemente sin ese socorro, los nubarrones que muchas veces amenazaron el sentido de su existencia y de su entrega habrían sido más densos y, quien sabe, si causa de abandono. Pero no fue así; se asió a la Palabra como a un barco de salvación y llegó al puerto calmo de los brazos del Padre, de la total entrega.

            3. El desarraigo sigue siendo un hecho en la vida humana: desplazamientos, inmigración, soledades, desestructuraciones familiares. Son algunos de los variados rostros del desarraigo. De tal manera que encontrar el propio lugar en el mundo no es fácil. Ese lugar hace relación más que a algo geográfico a algo existencial, vital, cordial. Por eso la Palabra, las palabras, tienen mucho que decir. Un lugar de buenas palabras (incluida la del Evangelio), ése puede ser una buena promesa, una buena meta. Un  hogar que podemos construir, que podemos ofrecer. Ahí los días, sin duda, tomarán otro color, adquirirán otro vuelo, otra fuerza. Y además ese lugar en el mundo será un dinamismo más claro si en él se nos da el consuelo que vigoriza. No el falso consuelo que hunde más en la propia depresión. Un consuelo que alienta, que sostiene, que anima a encarar la vida con fuerza y con benignidad. Un consuelo que no abandona para nada el rostro de la benignidad, del aprecio sincero, del cariño manifiesto. Las palabras, la Palabra, es en esto una realidad decisiva. Sin palabras de consuelo, sin una Palabra que consuela, ¿cómo vamos a encontrar fuerza para encarar nuestro problema vital, nuestra relación con las personas y con el mundo? Y, por último, ese lugar en el mundo lleno de consuelo y de benignidad termina de ser dinámico cuando el horizonte de la libertad está delante. Porque estos dinamismos son fuerza para el gozo suelto, libre, animoso, creativo, valiente. Quitar el horizonte de la libertad de la vida de la persona es una mutilación. Y para lograrlo, las palabras de libertad son necesarias, agua que calma una sed profunda, de siglos, de siempre, y que aún hoy nuestras gargantas, nuestras vidas, anhelan. Habrá un día en que veremos una tierra de libertad, canta el viejo himno de Labordeta. Para muchos, es verdad, y fuerza, y aliento.

            4. Nuestras comunidades cristianas están necesitadas de promesas vivas, aunque muchas otras promesas (las religiosas, sobre todo) hayan caído en descrédito por su poco arraigo antropológico y porque no se ve que se cumplan. Pero volver a las promesas no es volver a la falsa ilusión, sino al dinamismo que anida en el fondo y que puede catapultar nuestros días a un nivel de vida mucho más enriquecedor. Nuestras comunidades necesitan la promesa de una casa, no tanto material, que la tienen, sino cordial, vital, abrazante, amable. ¿Nos vamos a morir sin haber tenido esa casa? La Palabra del salmo nos alienta, nos dice que no, que podemos abandonar nuestra extranjería, nuestro ser forasteros si nos lanzamos a la casa verdadera, no a la del patrón, sino a la del corazón del otro, a la persona que comparte nuestros caminos. La casa de la persona es la persona, reza el viejo lema de Cáritas. Sigue siendo verdad: quien ha traspasado el umbral externo del otro y se ha adentrado en su interior, quizá haya encontrado una casa. Para nosotros, vivir la Palabra en comunidad es una forma de prepararnos a ese transito del corazón. Por eso, la Palabra puede colaborar a colmar nuestra extranjería a eliminar nuestro estatuto de forastero. Además, puede ayudar también a generar en nosotros consuelo para uno mismo y para los demás (estamos tan necesitados de ello, aunque no hablemos...). Pero un consuelo vigoroso, enriquecedor, sobrio, empujador. Ese es el "consuelo que dan las Escrituras", dice Rom 15,14. Esa promesa late en las páginas de los salmos y del resto de la Palabra. Así se activará en nosotros/as el ansia de la libertad, ya que existe el anhelo nunca apagado de la misma. Una vida en la libertad es la vida que Jesús nos ha ofrecido, como decía Pablo (Gal 5,1). Libres para pertenecer, libres para ser solidarios, libres para la entrega, libres para el amor, libres para el universalismo, libres para la austeridad, libres para la alternatividad. Las grandes libertades, los grandes dinamismos.

 

  • Dale vueltas al texto del salmo en el silencio.
  • Siéntate a la sombra en el jardín y léelo de nuevo. Considérate con suerte de tener ambiente y lugar para poder gozar de la Palabra.
  • Mira si estos dinamismos (promesa de casa, promesa de consuelo y vigor, promesa de libertad) te hacen falta en uno u otro sentido.
  • Piensa, ora, en gente a la que puede echar una mano en esto.

 

2. Caminos (Daleth: 118,25-32)

 

            El Evangelio anima a un fuerte discernimiento sobre nuestros caminos ("córtate el pie", Mc 9,45) porque, sin darnos cuenta se desvían hacia la cuesta debajo de la inhumanidad. El salmo puede ayudarnos, en el silencio y la oración, a hacer ese discernimiento. Así, la Palabra se convierte en dinamismo para una orientación de vida.

 

25Mi alma está pegada al polvo:
reanímame con tus palabras;
26te expliqué mi camino, y me escuchaste:
enséñame tus leyes;
27instrúyeme en el camino de tus decretos,
y meditaré tus maravillas.

28Mi alma llora de tristeza,
consuélame con tus promesas;
29apártame del camino falso,
y dame la gracia de tu voluntad;
30escogí el camino verdadero,
deseé tus mandamientos.

31Me apegué a tus preceptos,
Señor, no me defraudes;
32correré por el camino de tus mandatos
cuando me ensanches el corazón.

 

            1. El tema del camino era muy usado en la literatura sapiencial y en el pensamiento popular. Por eso, aparece en la Biblia y en los salmos con profusión. Atinar con el camino verdadero era el colmo de la sabiduría. Para el salmo, ese camino no es otro que la Palabra; ésta se hace camino para quien quiera dar con la senda de una vida coherente y con sentido. Empuja el salmo a un discernimiento de los caminos vitales, tarea que es preciso hacer continuamente, en todo el proceso humano, hasta el último aliento. Para el salmo hay un camino falso que es el abandono de la Palabra. Lo es, porque eso comporta el abandono de lo humano, ya que la Palabra construye la vida. Realizar la vida al margen de la Palabra es exponer a caer en la senda dura de lo inhumano. Ese camino no lleva a ningún provecho. Por el contrario, el camino verdadero es la Palabra porque es una palabra aliada de la vida, amiga de la vida. Andar en la palabra es entrar en un proyecto de vida fraterna y solidaria. La Palabra nos enseña el camino, nos enseña humanidad, nos enseña buena relación, sociedad nueva, patria universal, familia ampliada. Quienes usamos la Palabra es preciso que examinemos nuestros caminos, nuestras conductas, para que no vayan en contra de una Palabra que tiene por finalizar humanizar. Si hacemos esto, es cuando la Palabra se convierte en dinamismo de vida, en fuerza real que toca lo que de verdad somos, ya que siempre estamos bajo el peligro de que la Palabra sea una superestructura, algo añadido, algo que confluye en nuestros caminos más básicos. Si lo hace, es cuando se convierte en dinamismo para nuestros caminos, para nuestras sendas normales, para los lugares reales sobre los que se asienta la vida.

            2. Jesús ha sido un hombre de caminos y en ellos ha llevado la Palabra. Ha andado, pues, en los caminos y con el camino de la Palabra. Ella ha sido la medida de sus actuaciones; en ella ha aprendido el designio del Padre, en conversación con Moisés y Elías, representantes máximos de la Palabra (Lc 9,28-36). Ella ha sido la que ha marcado muchas de sus actuaciones, sus criterios de actuación con las personas: "Tratad a los demás como queréis que os traten" (Lc 6,31: Tob 4,15). La Palabra se le hizo camino. Así, no cayó en el falso camino del poder, vida tentada la suya, de la fuerza, no tropezó en el falso camino de un mesianismo potente, nacionalista, violento. El acercamiento al corazón de la persona, a su necesidad, la sintonía con los ojloi, con los parias, con sus anhelos y sueños elementales y necesarios fue el camino que la Escritura le suscitó. Hizo un discernimiento de su vida a la sombra del Mensaje, de los cantos del siervo (sangre entregada, derramada) y ahí encontró la senda buena, la de la profunda humanidad, la del corazón pleno.

            3. Son sin número las personas que en nuestra sociedad buscan caminos nuevos, alternativos, más humanos, alejados de la gran senda de la mediocridad. Estos buscadores/as de caminos son un acicate para nuestra vida. Ellos, por muchas razones y por variadas circunstancias, han llegado a entender que un camino a la sombra del imperio, del dominio, no es camino que lleva a la vida. Y se han animado a recorrer otras sendas. La Palabra confluye con ellos, aunque expresamente no sean creyentes. Porque la Palabra está hecha para los caminos alternativos, para las sendas nuevas, para los vericuetos que llevan a la centralidad de la persona. A su manera la Palabra sigue haciendo hoy su obra en muchas personas animándoles a abandonar los caminos falsos de la inmunidad consagrada por el sistema para lanzarse a los caminos verdaderos de la profecía del corazón y del sueño de la fraternidad. Esa especie de personas  que transitan los caminos de la humanidad, los caminos de la Palabra, no se acaban, aumenta. Por eso, ni la más recia capa de asfalto del poder, del dinero, del consumo, logra sofocar la hierbecilla que, pujante, vive bajo esa densidad y termina por quebrarla y nacer a la luz del sol. Son los profetas de nuestro tiempo, personas que dejan por cierto el viejo planteamiento del salmo: es preciso abandonar los caminos de la inhumanidad y lanzarse sin red a la senda del corazón de las personas y de las cosas.

            4. La crisis de muchas de nuestras comunidades es, en parte al menos, una crisis de sentido, de horizonte, de norte, de porqué. Solucionarla es un gran trabajo, y del todo necesario (más que otros problemas acuciantes, como el de las vocaciones). La Palabra quiere ayudarnos con su fuerza, con su dinamismo a ello: es preciso abandonar los caminos falsos y entrar por la senda de la verdad. Los caminos falsos son para las comunidades los de la relevancia, los del honor social, los de una economía de ganancias, los de un prestigio que nos haga un sitio entre el número de los vencedores del sistema.  Es preciso hacer fuertes discernimientos, tanto comunitarios como particulares, sobre esa realidad. Si no, sin darnos cuenta, nos deslizamos hacia esos terrenos pantanosos. Los caminos verdaderos son los del corazón de la persona, los de la piedad que entiende a Dios como Padre y a la persona como hermana real y compañera de camino, los la liberalidad que se trasforma en generosidad, flexibilidad y capacidad para poner el acento en las cosas importantes. Los caminos verdaderos tienen que ver mucho con el silencio, lo modesto, hasta lo oculto, lo poco relevante. Tienen que ver con la ilusión, con el anhelo y  con la misma ingenuidad. La Palabra, sobre todo el Evangelio, empuja en esta segunda dirección. Resulta extraño tener en las manos diariamente la Palabra y percibir que nos tientan los caminos falsos y que nuestra vida estructural y personal se halla, a veces, situada en ese paradigma. Nos hace falta un fuerte discernimiento, hecho con paz pero con seriedad. Si no, el sentido se escapará de nuestras manos como la arena de la playa.

 

  • Lee y rumia el salmo; dale mil vueltas.
  • Mira tus caminos, los de tu comunidad, dónde está situados.
  • Vuelve otra vez al texto y pide luz.
  • Toma alguno de tus caminos que necesitan reorientación; ponle algún texto de la Palabra al lado.
  • Siéntete a gusto al lado de un Jesús que sigue fielmente el camino de la Palabra.

 

 

 

 

 

 

III. ESCUELA DE VIDA

 

            Es la Palabra una escuela para la vida, no tanto para aprender conceptos, sino para aprender actitudes, comportamientos, maneras de mirar a la existencia. En la escuela de la Palabra se aprende, fundamentalmente, el amor y la sinceridad. Dejarse adoctrinar por ella, entrar en esa escuela para, sencillamente, repasar las asignaturas del Curso de Amor a la Vida que es el  más importante de los cursos que la persona habría de cursar en su camino humano.

 

1. Enseñar el amor (He: 118,33-40)

 

            El Curso de Amor a la Vida es necesario para entender algo elemental: que la aventura de vivir en la que estamos inmersos es el mayor don de Dios, don de amor, a nuestra existencia. Desde esta simple percepción nacerá una mirada nueva, nada negativizadora, a nuestra vida. La Palabra nos enseña, como dice este pasaje, una de esas asignaturas troncales de dicho curso: la centralidad del amor.

 

33Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes,
y lo seguiré puntualmente;
34enséñame a cumplir tu voluntad
y a guardarla de todo corazón;
35guíame por la senda de tus mandatos,
porque ella es mi gozo.

36Inclina mi corazón a tus preceptos,
y no al interés;
37aparta mis ojos de las vanidades,
dame vida con tu palabra;
38cumple a tu siervo la promesa
que hiciste a tus fieles.

39Aparta de mí la afrenta que temo,
porque tus mandamientos son amables;
40mira cómo ansío tus decretos:
dame vida con tu justicia.

 

            1. Hablar de una enseñanza del amor es, para muchas personas, un simplismo. Sin embargo, ir aprendiendo el amor es tarea y asignatura de toda la vida ya que no es una ciencia abstracta, conceptual, sino vital. Aprender el amor es imprescindible para entender algo del sentido de nuestra vida. La Palabra, según el salmo, quiere ser una ayuda para ese no fácil aprendizaje. Y ¿cómo lo hace? Muestra: demuestra, hace ver, descubre el sentido de las cosas, lo que hay debajo, desvela, ayuda a entender lo que solo aparece a primera vista, invita a una mirada sosegada. Además, enseña: pero no escolarmente, sino sapiencialmente, gustando de las cosas, exprimiéndoles el sentido, ahondando en nuestras actuaciones, un saber del todo personal. En tercer lugar, guía: orienta, da puntos de referencia, ilumina el horizonte para que tendamos a él, nos da marcas que nos llevan a un saber creciente sobre un amor vivido en obras. Y finalmente, inclina: empuja en una dirección, nos habla desde una orilla, la de los débiles, desde la que nos llama. Una manera de enseñar humilde, sencilla, callada, pero eficaz. La manera que llega al fondo, que no se detiene en lo de fuera. Y, por supuesto, no es una enseñar para la soberbia, para el aplauso, para el pago. Dejarse enseñar por la Palabra es dejarse enseñar para el amor.

            2. Jesús ha enseñado "con autoridad", no solamente porque no repitiera el método de los rabinos, sino porque tenía autoridad, experiencia en los caminos del amor. De ahí le viene la autoridad (Mc 1,28). Él había bajado al sótano de la vida. Y esa fue su gran experiencia de amor, porque descubriendo en ese sótano nuestra debilidad, hizo un pacto de amor con nosotros, de no abandono. Sabía del amor y podía enseñar desde el amor. Era quien mostraba caminos de alternatividad, novedad y plenitud (Mc 10,17-22). Era quien enseñaba la Palabra con una novedad que la hacía radicalmente nueva (Mt 5,27-48). Era quien guiaba a otros no desde la superioridad, sino desde la propia experiencia (Lc 11,1-4). Era quien forzaba a inclinarse a actitudes de amor, como el perdón, desde su increíble capacidad de acogida y de perdón (Mt 18,21-35). Experto en enseñar el amor porque fue experto en vivirlo. De hecho, bien mirado, Jesús no ha hecho nada relevante por lo que los humanos suelen pasar a las páginas de la historia. Él únicamente ha amado a fondo. Eso ha sido suficiente para que su persona marcara un rumbo nuevo en el devenir humano.

            3. Decir que la sociedad está necesitada de amor es, lógicamente, una obviedad. Lo importante es mostrar cómo, en una sociedad como la nuestra, tan refractaria al amor como lo ha sido siempre la vida de los humanos, se le puede sugerir y animar a realizar ese curso de amor que haga que la vida se le aparezca con otro color, con otro sentido. Mostrar con un talante benigno la posibilidad de amar, aun en los casos más enconados, más anquilosados, más dejados por imposible. Enseñar amor en modos prácticos, más que teóricos, en pequeños proyectos elementales y directos que hagan ver a las claras que es el amor y únicamente él quien los sostiene. Guiar hacia el amor no como un maestro oficial, con superioridad, como si se supiera todo, sino como quien ha experimentado caminos sencillos de amor y los muestra y propone como útiles a quien de verdad esté interesado en este asunto. Empujar, inclinar al amor a no pocas personas que están "tocadas" por la hermosura del mismo y que, con una ayuda, con un planecillo que haga viable su anhelo, puede ocurrir que brote en ellas una veta de amor que las nutra y que alimente a quien está en su entorno. La tarea de enseñar, de construir, amor está más vigente que nunca y es tan necesaria como siempre.

            4. Hablar de cómo enseñar amor en nuestras comunidades cristianas es decir cómo devolverles sentido, ilusión, ánimo, ganas de vivir, alegría. Nuestras carencias de amor son nuestro infierno y nuestros gestos de amor son nuestro cielo. Lo peor de nuestras comunidades, pobrecillas y envejecidas con frecuencia, no son sus debilidades físicas o laborales, sino su carencia de amor real, cotidiano. Lo mejor de nuestras comunidades, más allá de sus inevitables limitaciones, son sus gestos de amor, su mirada benigna, su flexibilidad de vida, su gozo compartido, su amor en acto. ¿Hemos de dejar de hablar de amor comunitario por ser realidad imposible o por ser algo que no es más que una fachada del lenguaje? No. Porque nuestras estructuras comunitarias son buenas y posibilitadoras para una vida en amor sencillo siempre que medien los mismos caminos que nos propone la Palabra: mostrar el amor con obras sencillas; enseñar el amor con palabras buenas y, sobre todo, con obras fraternas y entregadas; guiar al amor participando con gozo en los planes comunes que nos pueden ayudar a verlos como marco para el amor comunitario y personal; inclinar al amor siendo animosos, nunca desalentados, siendo críticos, nunca criticones, siendo luminosos, nunca oscuros y negativos. Los trabajos de amor son los verdaderos trabajos de la comunidad, el verdadero apostolado, la verdadera misión. El resto se asienta ahí.

 

  • Lee y rumia el salmo, sin prisas, tienes toda la mañana.
  • Escribe alguna de sus frases que te guste más. Pon en un folio pegada en la pared, para que la veas bien.
  • ¿Cómo andas de amor fraterno en concreto? ¿Qué haces por tu comunidad aunque no estés obligado/a a hacerlo?
  • Quédate un rato pensando en Jesús como un maestro de amor en formas sencillas pero profundas. Dale gracias.

 

 

2. Enseñar la sinceridad (Vau: 118,41-48)

 

            Una sinceridad que es algo más que una mera virtud o una correcta manera de mostrar las cosas sin dobleces llamativas. Una sinceridad que refleja un corazón sin doblez, una mente sin segundas intenciones, una vida sin planes B. A eso anima la Palabra y eso quiere enseñar.

 

41Señor, que me alcance tu favor,
tu salvación según tu promesa:
42así responderé a los que me injurian,
que confío en tu palabra;
43no quites de mi boca las palabras sinceras,
porque yo espero en tus mandamientos.

44Cumpliré sin cesar tu voluntad,
por siempre jamás;
45andaré por un camino ancho,
buscando tus decretos;
46comentaré tus preceptos ante los reyes,
y no me avergonzaré.

47Serán mi delicia tus mandatos,
que tanto amo;
48levantaré mis manos hacia ti
recitando tus mandatos.

 

            1. Sabe muy bien el salmista el poder que tiene la palabra: con palabras nos podemos herir, con palabras nos podemos sanar. Las malas palabras destruyen la sociedad, las buenas (no las palabras halagadoras) la construyen. Por eso mismo la Palabra enseña la sinceridad de las buenas palabras. Constata el salmo que hay palabras injuriosas: aquellas que injurian la dignidad de la personas, palabras que alejan del horizonte de la felicidad, palabras que distorsionan la verdad para lucrarse del engaño. Estas palabras las cuestiona profundamente el Mensaje. Por el contrario, quien entra en la escuela de la Palabra podrá hablar "ante los reyes", es decir, podrá pronunciar palabras públicas que lleven a la construcción del bien común, que cuestionen el poder opresor, que relativicen las palabras únicas de los poderosos. Son palabras para la verdad por su sinceridad. Porque eso se quiere enseñar al creyente en la escuela de la Palabra: las palabras sinceras. No solamente aquellas que concuerdan con la verdad objetiva, sino las que brotan de un corazón sincero, que persigue únicamente el bien del otro, que no deforma la realidad para sacar algún provecho, que no dice cosas falsas de los demás para dominarlos. Palabras sinceras desde una vida sincera. Palabras sinceras para generar relación nueva. Todo este anhelo cae por tierra con lo contrario: las palabras torticeras, de segundos sentidos, de escondidas intención, nubes de humo que encubren la realidad y que terminan por destruir a quien es más débil. El lector/a de la Palabra ha de vigilar con extremo cuidado y con esmerado cultivo su lenguaje, en sus modos verbales y no verbales.

            2. Jesús odiaba las palabras traidoras: vuestro sí sea sí y vuestro no sea no; "todo lo demás procede del diablo" (Mt 5,33-37). En las palabras de Jesús hay un potencial de vida porque son palabras humanizadoras, constructoras de bondad. Sus palabras eran "Espíritu y vida", es decir, fuerza y energía para toda persona, fuerza de espíritu y vida de logro y de disfrute. No son palabras para la muerte sino para la vida. Quizá por eso siguen resonando con toda su fuerza pasados los siglos. Sus mismos discípulos lo decían con claridad y ante la videncia: ¿A quién vamos a acudir? Tu tienes palabras de vida" (Jn 6,55.69). No tuvo otra arma, otra infraestructura, otros medios, otras herramientas que su palabra, despojada y humilde, pero vibrante y llena de verdad. Su contacto vivo con la Palabra, en la oración, en el silencio, en las celebraciones creyentes, en su rumiar constante del texto, le llevó a aquilatar la suya hasta hacerla palabra para generar vida en todos los sentidos. La suya no era una palabra religiosa sino para engendrar vida: "Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn 10,10). Cuando leemos los textos evangélicos percibimos el vigor renovado de su palabra, por su honda sinceridad humana, por su estar de acuerdo con las aspiraciones más profundas del ser humano, por su acercarnos a la verdad del Padre por medio de su propia experiencia. Palabras de sinceridad y de vida hondas.

            3. Harta está la sociedad de palabras y con razón, porque la experiencia muestra que, en no pocos casos, además de  ser palabras hueras son también palabras falsas. Y esa inflación de una palabra sin soporte vital termina por volverse contra la hermosa y curativa realidad de la palabra. Decir que la humanidad está aún necesitada de palabras verdaderas, sanadoras, es poco: le hacen falta palabras que vengan de dentro, además de sinceras, que estén libres de intereses particulares, que arranquen del abismo personal que es la verdad de cada uno, por limitada que sea. Palabras verdaderas, distintas, de nuevo origen, de otra verdad. La Palabra de Dios, leída con profundidad, con rumiante sosiego, puede ayudarnos a ello. Una Palabra leída de maneras superficiales contribuye a la "mentira" (personal, fraterna, eclesial, social). Mientras que, leída con paz, sosiego, hondura, contraste, deseo, termina por apuntar al fondo de la persona y, desde ahí es desde donde brotan las palabras de sinceridad vital. Quizá habría que comenzar por poner coto explícito a las palabras que injurian porque hacen daño al alma; después tener mucho cuidado de la influencia pública y fraterna de nuestras palabras, para que construyan y nunca destruyan. Finalmente habría que intentar a hablar palabras de sincera profundidad que brotan de lo que uno/a es verdad, de lo que "sabe", de lo que experimenta. Una palabra que no tiene detrás la experiencia personal se desvaloriza y tiene el peligro de ser palabra que lleva a engaños.

            4. Mucho del daño que nos hacemos en comunidad es por las palabras; mucho del bien que nos hacemos es por las palabras. La vida común, eclesial, siempre estará necesitada de palabras buenas que brotan de las raíces experienciales personales. Toda palabra, desde ahí, habría de ser amable, respetuosa, dialogante, sincera, libre de amargura, de voces airadas, de lugares difíciles para el diálogo, de segundas intenciones, de afán por terminar venciendo. La buena palabra fraterna convence, nunca vence. Las palabras injuriosas, calumniosas, son el cáncer de una comunidad. Las palabras públicas que son benignas y discernidas construyen la comunidad. Las palabras sinceras que nacen de la raíz vital de lo que es cada uno/a construyen la persona, la sociedad, la misma comunidad cristiana. Emplear la Palabra y fracasar en las palabras no deja de ser un tremendo contrasentido, de no ser que, en la medida de las propias posibilidades, se esté haciendo el esfuerzo por construir el saludable edifico de las buenas palabras. Desde aquí se hace más perentoria la plegaria sálmica: "Pon en mi boca las palabras sinceras" (Sal 118,43), dicho de forma positiva.

 

  • Lee y relee el salmo sin cansarte.
  • Vuelve, si tienes ganas, a pasajes anteriores.
  • Mira un poco a la calidad y procedencia de tus palabras.
  • ¿Qué dirían tus hermanas/os de tu manera de hablar?
  • Cómo derribar los muros de silencio que envuelven a muchos/as hermanos.
  • Celebra a tu manera al Jesús de palabras verdaderas y amables.

 

 

IV. SENTIDO DE LA VIDA

 

            Las mayores crisis que acechan a la persona provienen de la falta de sentido. Las mayores alegrías, aquellas que iluminan la vida y el rostro (una verdadera transfiguración), son las que brotan del sentido vital esclarecido. ¿Qué es lo que realmente pinta uno/a en esta historia? La pregunta es enorme; pero de su respuesta depende mucha de nuestra dicha. El Salmo 118 lo dirá a su manera: tu camino histórico vale porque te encaminas, con otros y con la creación, a una tierra de bondad, a un horizonte de fraternidad, de amparo y de abrazo, no a la soledad, sino al más hondo de los acompañamientos.

 

1. Esperanza viva (Zain: 118,49-56)

 

            Para entender que puede ser una meta de sentido algo tan prosaico como el sueño de una tierra de bondad, algo tan "poco espiritual", pero tan en el secreto del Padre, su verdadero sueño, es preciso suscitar esperanza a raudales. La imposibilidad de percibir esta historia como una meta para nuestra dicha pasa por una honda desesperanza (además de por el cultivo de superestructuras religiosas). Ya decía Casaldáliga cuando hacía el recuento de los valores espirituales: la libertad, la pobreza, la humanidad, la justicia, la misma fe...pero, al final, "yo me atengo a la esperanza".

 

49Recuerda la palabra que diste a tu siervo,
de la que hiciste mi esperanza;
50este es mi consuelo en la aflicción:
que tu promesa me da vida;
51los insolentes me insultan sin parar,
pero yo no me aparto de tus mandatos.

52Recordando tus antiguos mandamientos,
Señor, quedé consolado;
53sentí indignación ante los malvados,
que abandonan tu voluntad;
54tus leyes eran mi canción
en tierra extranjera.

55De noche pronuncio tu nombre,
Señor, y, velando, tus preceptos;
56esto es lo que a mí me toca:
guardar tus decretos.

 

            1. El primer verso domina la estrofa. "De la Palabra hiciste mi esperanza". ¿Qué es para el salmista una vida fundamentada en la esperanza que suscita la Palabra? Tiene que ser, sin duda, una realidad de vida, personal, nada ideológica. La Palabra es trasunto del corazón del Padre. Si se descubre ese cimiento de la vida, no solamente brotará la confianza, sino que también la esperanza manará sin secarse nunca.  Para el orante la Palabra es razón suficiente para la esperanza. Puede ir todo mal, puede haber pobreza, se puede vivir al borde del abismo de la miseria, la esperanza queda incólume. Bien lo decía la profética terquedad de Habacuc: "Aunque la higuera no echa yemas y las viñas no tienen fruto, aunque el olivo olvida su aceituna y los campos no dan cosechas, aunque se acaban las ovejas del redil, y no quedan vacas en el establo, yo exultaré con el Señor, me gloriaré en Dios mi salvador" (Hab 3,17-18). Es una esperanza que se sustenta en el recuerdo, se anima en el consuelo y se materializa en el canto. Un recuerdo vivo, como un aguijón, como el mejor tesoro. Un recuerdo que se cultiva día a día, noche a noche, silencio a silencio. No un mero acordarse, sino una presencia que late a cada instante. Ese recuerdo consuela, porque la vida aprieta, a veces, tanto que hambreamos el consuelo como auténticos mendigos/as. Un consuelo que hace fuerte, que es capaz de hacer frente a cualquier insolencia. Un consuelo de los que uno/a se sabe posesor/a y con él se hace fuerte. No es de extrañar que brote el canto, incluso "en tierra extranjera", en situaciones de adversidad. No hay quien pueda contra un pobre que canta, porque su canto es, en medio de su pobreza, la certeza de su victoria. De noche, en la quietud, en los ecos apagados, en los silencios multiplicados, brota el canto, porque mana la esperanza.

            2. Da Jesús el buen perfil que dibuja este salmo: uno con la esperanza siempre activa. Incluso cuando pareció que su "vasija" humana se quebraba, allá en la cruz. Su "Dios mío, Dios mío" es, mucho más, un grito de esperanza (léase la esperanza oración de la segunda mitad del Sal 21) que de desconsuelo. Un hombre de esperanza en el Padre con una tenacidad que aún hoy maravilla: "Yo nunca estoy solo, porque el padre siempre está conmigo" (Jn 16,32). Esperanza con sus pobres discípulos, tan romos a la hora de entender los mecanismos del Reino, sobre todo Pedro a quien no se le arrebatará la función de "confirmar a sus hermanos", más allá de su ser piedra "frágil" sobre la que se sostiene este edificio de la comunidad (Lc 22,32; 16,18). Hombre de esperanza con aquellos pobretones, los ojloi, que vieron en el una promesa material, superficial, pan para hoy y hambre para mañana (Jn 6,1ss). Hombre de esperanza en aquella comunidad de pobreza, "pequeño rebaño" (Lc 12,32), porque sabe que es deseo del Padre que nada se pierda (Mt 18,14). Quitar a Jesús la esperanza es arrebatarle el alma, la fibra más viva. Alimentó su esperanza de noche en la oración, de día en la mano ofrecida, en todo momento, apuntando a esa secreta fuente en la que habita el Padre sosteniendo la vida (Jn 14,23).

            3. Las llamadas a la esperanza tienen, con frecuencia, poco eco en nuestra sociedad. La desesperanza es tan densa, los nubarrones de la tristeza tan grandes, que se cree que no hay luz detrás de tanta oscuridad. Pero quien logra mantener la esperanza (es algo más que optimismo), quien trabaja por dar "razones para esperar", que no son tanto argumentos, sino consuelos, horizontes, ánimos, abrazos, es un/a benefactor/a de la humanidad. Los grandes de este mundo creen que la sociedad se sustenta sobre la economía (¿nosotros también lo creemos?). Pero, en realidad, se sustenta sobre las personas de esperanza, aunque sean ocultas, aunque no tengan influencia en el devenir externo de la historia. Son los que creen que no es verdad que se puede hacer poco con las migajas de la piedad, como dice C. Mestre. Se puede si en esas migajas, en esas pobrezas, alienta, cosa no fácil, la esperanza y la bondad (a la par que el "aullido" de la justicia). Pudiera parecer que la esperanza está desterrada de la sociedad, pero, en realidad, es la cosa más buscada, más requerida, más anhelada. Por eso mismo, quien se alimenta de la Palabra (alimentarse de ella es más que apreciarla, más que leerla, es masticarla año tras año, etapa tras etapa de la vida) termina por atisbar el maravilloso mundo de una vida esperanzada, más allá de las inevitables pobrezas.

            4. ¿Aprobaría nuestra vida comunitaria el examen sobre la esperanza? ¿Cuáles serían las preguntas de un tal examen? Quizá algunas de estas: ¿Qué vislumbras en el fondo de tu corazón? ¿Por qué suspiras realmente? ¿Qué hace que tus ojos y tu interior se esponjen? ¿Están húmedas, vibrantes, tus entrañas o te las ha secado el realismo? ¿Crees que la fuerza, el número, el vigor juvenil, la cantidad, son mejores aliados del futuro que la pobre esperanza? ¿Te quedas maravillado cuando descubres esperanza en los márgenes, en las situaciones duras, en los socorros que se dan los mismos pobres entre sí, en las realidades que nuestra sociedad fuerte ni mira? ¿Hay una llamita ardiendo dentro de ti que no es capaz de apagarla ninguna lágrima? ¿Te parecen esta clase de preguntas algo simplista y sin fuste? El examen de la esperanza lo aprueban los realmente esperanzados/as, no tanto los dotados de grandes ideas. Por eso decimos, dice el Salmo, que la Palabra, oculta, pobre, olvidada, manoseada, rutinizada, arrumbada, manipulada, exhibida, desfigurada, puede ser, más allá de todo este desenfoque, la fuente de una esperanza  capaz de colaborar al sentido de la vida, a esa orientación que hace que uno/a vaya adquiriendo la certeza de tener un lugar en el mundo. Tu Palabra, la fuente de mi esperanza. ¿Cómo no sobrecogerse de gratitud y de conciencia de fortuna?

 

  • Anhela esa esperanza honda leyendo y releyendo el salmo.
  • Pregúntate con paz ante el salmo por la salud de tu esperanza.
  • Sembrar esperanza, buena siembra.
  • ¿Te parece que es tan acuciante la crisis de sentido en nuestra vida, en nuestras comunidades?
  • Regocíjate dentro sabiendo que ahí, aunque no lo notes mucho, hay un manantío de esperanza que el Padre suscita.
  • Di sin rubor a Jesús: "Tú, mi esperanza".

 

 

2. Tierra de bondad (Heth: 118,57-64)

 

            Puede decirse que, según el salmo, el sentido se ilumina cuando se comprende que la trayectoria histórica tiene como meta ser una "tierra de bondad" hasta ser una tierra nueva en que habite la justicia (2 Pe 3,8-14) y donde no haya muerte, ni luto, ni llanto (Ap 21,4). Esa tierra nueva es el sueño de Jesús. Solamente un cielo en conexión con esa tierra puede ser objeto de la utopía cristiana. El salmo no apunta a una desvinculación, sino a una integración.

 

57Mi porción es el Señor;
he resuelto guardar tus palabras;
58de todo corazón busco tu favor:
ten piedad de mí, según tu promesa;
59he examinado mi camino,
para enderezar mis pies a tus preceptos.

60Con diligencia, sin tardanza,
observo tus mandatos;
61los lazos de los malvados me envuelven,
pero no olvido tu voluntad;
62a media noche me levanto para darte gracias
por tus justos mandamientos.

63Me junto con tus fieles,
que guardan tus decretos;
64Señor, de tu bondad está llena la tierra;
enséñame tus leyes.

 

            1. Este trozo sálmico parece estar escrito por alguien de la tribu de Leví que no recibía tierras en herencia, sino que su porción era únicamente el Señor. Pero no es un recibir soso, enajenante, paralizador. El discernimiento sigue funcionando y el orante, que examina sus caminos, se da cuenta de que si no va adecuando esas sendas a las insinuaciones de la Palabra, no llegará a atisbar la tierra nueva. Discernimiento continuado, a raudales, mística de ojos abiertos, mística horizontal que no necesita salirse de la historia para ver que es justamente ahí donde Dios quiere ser servido y amado. Esa lucidez en el análisis está alimentada por la oración silenciosa, a medianoche, maneras de mantener viva la certeza de que el sentido de la vida es algo asequible a cualquiera. Oración de medianoche, desveladora, incordiante para quien anhela un reposo largo, pero viva, azuzadora del sentido. Con esos ingredientes, discernimiento lúcido y oración anclada en las horas de la mayor soledad, es como se puede entender algo tan simple como esto: de tu bondad está llena la tierra. Este cosmos, nosotros en él, tiene como meta la bondad. Un Dios bueno ha otorgado a la persona una tierra buena. Si se logra la bondad amanece el Reino; si la bondad brilla, la inhumanidad retrocede; si la bondad prospera, el corazón del Padre se alegra. A esto tan simple y tan hondo empuja el trato con la Palabra. Esto tan elemental, este ser tierra buena, es lo que puede dar sentido a la existencia creyente.

            2. Posiblemente no se pueda tratar a Jesús con el moderno calificativo de ecologista, de uno que ha hecho de la defensa de la tierra su meta y su lucha. Pero él ha sido, quizá más que nosotros porque todavía el libro de la creación era más legible en aquella época, uno que ha vivido dentro con el estremecimiento no solamente de estar en la tierra, sino de ser tierra, de ser uno con todos y con todos. Por eso no ha habido divisiones en su interior, ni maltrato a las creaturas.  Su nacimiento en pobreza, entre animales, anuncia la era en que se meterá la mano en la hura del áspid y no pasará nada (Is 11,1-10); su palabras sobre los campos, los lirios, los pájaros (Mt 6,24-34), el sol (Mt 5,45), el agua, los ríos de agua viva (Jn 4,14), los alimentos (Mt 14,13-21), las piedras (Lc 19,39-40);  (enumera la lista de objetos de la naturaleza que aparecen en los evangelios; ¿cuántos aparecen en nuestras teologías?). Hombre de tierra, viniendo de lo profundo de la tierra y volviendo, vivo, a esa misma profundidad. Hombre de sueños para una tierra nueva (Mt 25), para un tiempo de "color de naranja", como dicen los poetas, en que el amor sea la fuerza viva del hecho histórico. Poco ha hablado Jesús, en realidad, sobre el cielo; mucho más sobre la tierra (ver las catequesis de Mc 9,31 ss). Le interesaba más la dicha de esta tierra que su pecado, el gozo al que estaba destinada que las heridas que le acompañan.  Él creyó a pie juntillas en un Dios bueno (Mc 10,18) que nos ha dado una tierra buena, productiva, generosa (Mt 13,1-23).

            3. Quizá sea demasiado soñar hablar de una tierra buena con la de ultrajes que le venimos infiriendo desde los orígenes. Lacerada tierra. Pero, a pesar de todo, con vocación de plenitud, de bondad. Es algo que va más allá de los simples ciclos históricos, algo más que el futuro cósmico de éste y los otros planetas. Una tierra de bondad es una manera de decir el sueño de plenitud de Dios sobre ésta su creación. No puede atisbar tal plenitud si se tiene algo en contra de esta tierra. Por eso, hay que amarla, ya lo decía Rahner, aunque aún nos aflija con la muerte y la soledad, con su desolación y su llanto. Es necesario amar la tierra para entender que su bondad puede ser nuestra meta vital nuestro sentido profundo. Se precisa también un desasimiento, un des-centrarse de este antropocentrismo que tanto ha desfigurado el sentido de nuestra vida histórica. El sentido viene del plan de Dios, no de las ideas que nos hagamos los humanos de nosotros mismos. Soñar en la tierra buena es trabajar porque así lo sea, saber que el caudal de bondad no es automático: mengua si no colaboramos en él, crece si aportamos a él un poco de humanidad. Creer en la bondad de la tierra como sentido, como designio del Padre, nos animará a una bondad radical, básica, a aquella santidad de vivir que desata la ternura del corazón del Padre y que toda persona, sea santa o pecadora, puede tenerla ya que no se confunde con la santidad religiosa, sino con el sentido elemental de nuestro hacer parte de la historia.

            4. La vida fraterna habría de impulsar su "voto de ser tierra", que es lo mismo que el de ser benigno, ser hermano/a, ser ciudadano/a, ser samaritano/a en una sociedad siempre necesitada de amparo. Habría de llevar a alejar cada vez más esa negativización que ha aquejado, y aún sigue, la manera de sentir la espiritualidad cristiana, negativización del mundo, de la política, de la sociedad, de la familia, de la juventud, de los no creyentes, etc. Nos podría ayudar a generar una hermandad elemental que pusiera en cuestión todo aquello que ha dividido a las personas a lo largo de la historia: las fronteras que separan, las culturas que se menosprecian, las religiones que se atacan, las maneras de ser que no encuentran caminos comunes. La Palabra nos dice con humildad, quizá para asombro nuestro, que el sentido viene no de espiritualidades extrañas sino del fraterno entender nuestra pertenencia honda a la historia, a la tierra, y que ahí se oculta una indudable posibilidad de dicha honda. Un libro de bondad, ésa es la historia y la tierra, y la misma Palabra, más allá de sus duras limitaciones.

 

  • Rumia calladamente el salmo, en la "noche" de tu cuarto, del jardín, de la misma noche.
  • Cree que ser la tierra buena es la meta y el sentido, por lejana que te parezca la cosa.
  • Abraza la tierra, las cosas, las personas. Diles: hermanas.
  • Vuelve al Salmo y agradece, de la mejor forma que sepas, el don luminoso de la Palabra.

 

 

 

V. CERTEZAS

 

            Las certezas habitan el corazón, residen en la profundidad, no necesitan ninguna clase de justificación, aparecen como llanamente evidentes. Las certezas no litigan con nadie y son compatibles con otras distintas, son libres y, generalmente, aportan equilibrio a la vida. Por eso, las certezas, las positivas, son un verdadero tesoro. La espiritualidad se construye más sobre certezas que sobre verdades, porque aquellas son las que realmente satisfacen y mueven a la persona. Las verdades quedan, muchas veces, en la esfera de lo externo. La Palabra apunta y desea generar certezas, ese destilado de vida que me asegura en el aprecio a las opciones tomadas, en la fidelidad por mantenernos en ellas. Certeza de vida y de fe.

 

1. La certeza de la bondad (Teth: 118,65-72)

 

            La bondad, más que el bien: éste es algo abstracto, y en nombre de él se cometen, a veces, auténticos atropellos. No pasa así con la bondad que es el bien actuando, viéndose, comprobándose, tocándose. Y ese realismo histórico es el que libra al ideal de su perversión. La Palabra empuja al bien practicado, creído porque practicado.

 

65Has dado bienes a tu siervo,
Señor, con tus palabras;
66enséñame a gustar y a comprender,
porque me fío de tus mandatos;
67antes de sufrir, yo andaba extraviado,
pero ahora me ajusto a tu promesa.

68Tú eres bueno y haces el bien;
instrúyeme en tus leyes;
69los insolentes urden engaños contra mí,
pero yo custodio tus leyes;
70tienen el corazón espeso como grasa,
pero mi delicia es tu voluntad.

71Me estuvo bien el sufrir,
así aprendí tus mandamientos;
72más estimo yo los preceptos de tu boca
que miles de monedas de oro y plata.

 

            1. Para el orante no hay duda: la Palabra es un bien. No de manera mágica, sino actuante. La Palabra es un bien porque hace bien. Para el amante de la Palabra comprobar que ésta es un bien elemental, real, en su vida es argumento máximo de aprecio y de valoración. No se precisa razón mayor: la Palabra me hace bien, es suficiente. Argumento sencillo, pero contundente. También es un bien el sufrimiento saludable no el sufrimiento histórico en sí mismo (que, eso sí, es, evidentemente un mal). El sufrimiento se vuelve saludable cuando se aprende de él, cuando se lo toma como un camino para el desvelamiento de nuestra verdad, de las razones verdaderas de nuestro proceder; cuando, increíblemente, termina volviéndose de nuevo hacia quien te causó ese dolor para, amándole por encima de él, lograr parar, suprimir, el inútil sufrimiento. Este camino de ida y vuelta del sufrimiento es cuando puede erradicarlo hasta convertirlo en dicha. El orante cree que ese es el único modo de encajar la injuria de la insolencia, de la propia insolencia. Con la Palabra y el sufrimiento saludable se llega a la certeza de que Dios es bueno y hace el bien; es bueno porque hace el bien. No es bueno por ser Dios, sino porque obra con humanidad (como lo dirá luego Sabiduría 11-12). Un Dios de bondad humana, histórica, actuante. Un Dios solo bueno, sin sombra de maldad, sin afán de castigos, sin reivindicaciones violentas, sin archivar agravios, sin cólera. Un Dios que también "sufre" con nosotros y, por eso mismo, no es uno de los dioses del sufrimiento, sino de la dicha, de la bondad, del mejor deseo para toda realidad.

            2. Jesús, el bueno, el que pasó haciendo el bien (Hech 10,38), el maestro bueno (Lc 18,18), el que aprendió la bondad del Padre y su generosidad y la puso en práctica (Mt 20,1-16). Un Jesús de palabra consoladora y bondadosa (Lc 7,13), de manos acariciadoras (Mc 1,41), de corazón acogedor (Mc 10,21), de vida ofrecida (Lc 23,46). Bueno, como diría Machado, en el buen sentido de la palabra, en el sentido de una bondad sencilla, asequible, práctica, visible, compartidora. Una bondad que sorprende. Ya lo dice Sobrino: "De Jesús impactaba la misericordia y la primariedad que le otorgaba: nada hay más acá ni más allá de ella, y desde ella define la verdad de Dios y del ser humano. De Jesús impactaba su honradez con lo real y su voluntad de verdad, su juicio sobre la situación de las mayorías oprimidas y de las minorías opresoras, ser voz de los sin voz y voz contra los que tienen demasiada voz, e impactaba su reacción hacia esa realidad: ser defensor de los débiles y denuncia y desenmascaramiento de los opresores. De Jesús impactaba su fidelidad para mantener honradez y justicia hasta el final en contra de crisis internas y de persecuciones externas. De Jesús impactaba su libertad para bendecir y maldecir, acudir a la sinagoga en sábado y violarlo, libertad, en definitiva, para que nada fuese obstáculo para hacer el bien. De Jesús impactaba que quería el fin de las desventuras de los pobres y la felicidad de sus seguidores, y de ahí sus bienaventuranzas. De Jesús impactaba que acogía a pecadores y marginados, que se sentaba a la mesa y celebraba con ellos, y que se alegraba de que Dios se revelaba a ellos. De Jesús impactaban sus signos -sólo modestos signos del reino- y su horizonte utópico que abarcaba a toda la sociedad, al mundo y a la historia. Finalmente, de Jesús impactaba que confiaba en un Dios bueno y cercano, a quien llamaba Padre, y que, a la vez, estaba disponible ante un Padre que sigue siendo Dios, misterio inmanipulable".

            3. Las buenas palabras son, sin duda, un bien para nuestra sociedad. Por ellas podemos aprender el camino de la bondad. Las malas palabras, torticeras, tramposas, nos alejan de la bondad. Por eso, si la bondad nos interesa, es preciso tener controlado el tema de las palabras, hay que aprender el buen e imprescindible idioma de la palabra humana, cargada de humanidad. Si no, la bondad se retrae y la maldad se frota las manos. Incluso más: si la bondad nos interesa es preciso subvertir el sentido del sufrimiento humano. Hasta ahora es unidireccional: viene hacia nosotros (provocado incluso por nosotros) y nos hiere. Y queda la herida, agrandándose cada día. Es preciso encontrar una senda de vuelta: aquella que, aunque herido, sabe volver al lugar del que salió no para aumentar el dolor, sino para tratar de asumir con humanidad el hecho y encontrar fuerzas para replantearse un tratamiento curativo del dolor. Si no hace ese camino de vuelta, camino que incluye, claro está, la bondad, es imposible subvertir la dura trayectoria del sufrimiento. Necesitamos en la sociedad sanadores heridos, bondadosos que hayan experimentado su propio mal, amantes que se vuelvan de su propio odio. Puede parecer imposible, pero ahí radica la posibilidad de la certeza de la bondad. Es entonces cuando ser bueno no será un ideal para simples, o para gente débil, o menospreciable. Será el horizonte común, la tendencia de lo cósmico, la inclinación de toda realidad. Y entonces confluirá la historia con el secreto amor del Padre, porque Él tiende irremediablemente a la bondad.

            4. No es mal ideal para la vida comunitaria el de la simple y común bondad: ser buenos/as con nuestros/as hermanos/as. Ser buenos con nuestros vecinos; serlo con las cosas, incluso. La bondad puede parecer un ideal menor, de poco vuelo, de mínimos. Pero es tan básico que soñar en cosas más sublimes sin contar con él es pedir lo imposible. Este modesto pero divino ideal requiere un fuerte cambio de paradigma: el de la persona y el del mismo Dios. El de la persona: creer que el otro/a es sujeto de bondad, aun comprobado su fallo y su fragilidad. Cuando se abandona esta certeza, la vida en comunión pasa a ser una cuestión administrativa y deja de ser algo relativo al corazón. La vida fraterna sin creer en la bondad del hermano/a es lo más parecido a una organización empresarial moderna, de las que no tienen alma. Y también requiere el cambio del paradigma de Dios: creer y desear creer (cosa no fácil con los pesos que arrastramos) en un Dios solo bueno, actuando con bondad, con "honda humanidad", un Dios sin trasfondos, sin agravios mantenidos, sin cólera guardada, sin castigos predeterminados, sin torvas miradas que ocultan lo que ignoramos. Si ese Dios de bondad, como única manera de verlo, no va surgiendo, es difícil que florezca en la comunidad el ideal de la bondad, de la simple y elemental bondad.

 

  • Desgrana el salmo muchas veces, asimílalo, apréndelo desde dentro, en la memoria y en el corazón.
  • Piensa, con él, si te entusiasma o no el simple y humilde ideal de la bondad.
  • Observa en el fondo del corazón si te resulta atrayente la realidad sola de un Dios bueno.
  • Mira a tus hermanos/as de comunidad y pregúntate si los consideras capaces de bondad, aun conociendo sus limitaciones.
  • Agradece lo bueno de quienes son buenos. Pon rostros a la bondad.
  • Vuelve al salmo, a cantar con él el hondo misterio de un Dios bueno.

 

 

 

2. La certeza de la compasión (Yod: 118,73-80)

 

            La compasión, el vocablo incluso, no tiene muy buena prensa. Sin embargo, la compasión, siempre nueva, es demandada de muchas maneras por la sociedad porque sin compasión muchas situaciones de vida quedan sin salida. La compasión puede llegar a ser la certeza de que hasta la misma creación está necesitada de ella, incluso Dios mismo demanda, a su manera, ser compadecido, andar empáticamente sus propios caminos de Dios que ama.

 

73Tus manos me hicieron y me formaron:
instrúyeme para que aprenda tus mandatos;
74tus fieles verán con alegría
que he esperado en tu palabra;
75reconozco, Señor, que tus mandamientos son justos,
que con razón me hiciste sufrir.

76Que tu bondad me consuele,
según la promesa hecha a tu siervo;
77cuando me alcance tu compasión, viviré,
y mis delicias serán tu voluntad;
78que se avergüencen los insolentes
del daño que me hacen;
yo meditaré tus decretos.

79Vuelvan a mí tus fieles
que hacen caso de tus preceptos;
80sea mi corazón perfecto en tus leyes,
así no quedaré avergonzado.

 

            1. La certeza de la compasión brota para el orante bíblico de una profunda verdad asumida y acogida: Dios nos ha formado desde el inicio, somos criatura suya, obra de su amor. No es únicamente azar, biología, flujos que se unen, partículas que se atraen. En todos esos complejos procesos hay un amor detrás, una mirada cargada de afecto, un corazón que quiere darse a otro corazón. En otros textos bíblicos se propone la imagen de Dios alfarero (Jer 18,1-6). Pero es algo más: Dios se ha manchado las manos con nosotros, pero, sobre todo, ha implicado su corazón, parte de lo suyo ha pasado a lo nuestro, hay algo de él en nosotros, y algo nuestro en él. Un increíble trasvase que late en el fondo. Desde ahí se podrá hablar de una compasión amorosa, creativa, mezclada, ceñida, no de una compasión desde fuera, paternalista, condicionante, superior. No ha de extrañar que esa bondad viva consuele, mitigue los dolores de la conquista histórica, del logro de la libertad, apoye y ampare la debilidad no para justificarla, sino para ponerse al lado y con-sufrir, con-llorar, con-abrazar, con-animar. Por eso mismo, el consuelo de la compasión es tan creativo como ella, tan humanizador, tan alejado de falsas compasiones que, a la postre, te pasan una factura pesada. La certeza de la compasión lleva a la vida, porque la de Dios es una compasión para la vida, la suya y la nuestra, no para la enajenación y el olvido. Una compasión para levantar los hombros y seguir caminando, para percibirse como mucho más que la propia debilidad, para no desistir de los caminos compasivos aunque las heridas que nos infiramos sean muchas y grandes.

            2. Jesús, el compasivo, el capaz de ponerse en la situación del otro (Mc 10,46-52), el que no repara en la calidad moral de la persona, sino que va al fondo de la misma (Jn 8,1-11), el que hace la pregunta de la compasión (Lc 18,35-43), el que cree que la compasión ha de alcanzar a multitudes, a la misma sociedad (Jn 6,1ss). Un Jesús que, de puro compasivo, no podía ser sino trasunto del mismo Dios, volcado en compasión sobre la historia. Para asimilar estos perfiles, quizá haya que comenzar por "desdivinizar" al Jesús excesivamente espiritual que ha construido la ideología. Si no es humano, no puede ser compasivo; si no es como un Dios compasivo, no puede ser humano. Tal vez temamos la compasión de Jesús porque creemos que, con ella, peligra el montaje de la ideología religiosa. Pero, en realidad, Jesús el compasivo se cuela en las grietas resecas de nuestro interior escasamente compasivo para inyectarle una vida que nos favorece a nosotros y a él mismo. Desde ahí puede nacer esa manera nueva de entenderle y entendernos que nos aproxime a la certeza de una compasión viva.

            3. La sociedad, lo hemos dicho, demanda compasión. Cuando se ve sacudida por las grandes catástrofes y por esas "pequeñas" catástrofes que son los crímenes contra uno sólo de los "pequeños" de la sociedad. Entonces grita: ¿Dónde estuvieron los que tenían que haber sembrado en esos corazones asesinos el necesario sentido de la compasión? Una sociedad con la compasión echada de la aldea es una jauría de corazones que se destrozan. Por eso mismo, los compasivos, son los constructores reales no solamente de la convivencia y el perdón, sino de la misma estructura social. Nunca se les reconocerá, ni se les aplaudirá, ni se les premiará. Pero su obra vale igual porque está animada por una convicción: que las entregas nunca se pierden, aunque no reciban ni aplauso, ni premio, ni jornal. Muchos débiles demandan consuelo; los compasivos los amparan. Muchas situaciones plantean la pregunta de los irresolubles porqués, la compasión los escucha y los consuela, aunque no tenga soluciones. La misma sociedad destierra a la compasión, por ser virtud de débiles (aunque, en realidad, no es una virtud, en sentido despectivo, sino un verdadero valor), pero los compasivos escuchan su avergonzada y necesaria demanda de compasión sin hacerse los fuertes, sin reclamar agravios, sin pedir atrasos que se les deba. Acogen y amparan como quien ya ha tenido su premio, porque ese premio no es para el compasivo/a sino el simple gozo de ver que la persona, la realidad, está más acompañada y es, por ello, más feliz.

            4. ¿Podría haber vida fraterna sin compasión viva? ¿Podríamos aspirar a entreverar corazones sin el ingrediente necesario de la mirada compasiva? ¿Podríamos desear la fidelidad fraterna sin andar los caminos de la compasión efectiva y constructora de humanidad? Posiblemente no. Quizá para ello haya de tener por cierto la comunidad que ella también ha sido formada por el amor del Padre ("El Señor me dio hermanos", decía Francisco de Asís). No es mera casualidad el que yo haga parte de este grupo; no es mera circunstancia el que yo pertenezca a este colectivo eclesial, a esta congregación. No es puro azar que esté en tal marco parroquial o creyente. Detrás de todo ello se descubre la compasión activa de Dios en cada uno/a de nosotros/as, en cada grupo. Una comunidad formada por el amor del Padre. Puede parecer excesivo, pero hay que hacer de contrapeso a lo organizativo, que es lo que muchas veces parece primar. Desde ahí se puede entender que nos hemos reunido en grupo para consolarnos. No se trata de andar gimoteando en común todo el día. No es eso. Se trata de consolarnos y acompañarnos en las soledades estructurales, en los fallos de origen, en las oscuridades que no hay manera de arrancarlas de corazón, en las pérdidas que nos acompañan, tenaces, hasta la tumba. Un consuelo tan creativo como la compasión, como la fidelidad. Desde ahí quizá lleguemos a agarrarnos a la compasión como una certeza necesaria para dar base a nuestras opciones creyentes. Y una vez que la hayamos agarrado, habríamos de animarnos a no soltarla jamás.

 

  • Lee con detalle todas las expresiones del salmo y disfruta con las que más dentro te lleguen.
  • Desea una compasión viva que sea certeza y fundamento de tus opciones más sencillas de vida.
  • Ablándate por dentro, no para una sensiblería que no sirve, sino para una fecundidad que crea.
  • Repite la frase del v.77, tan buena.
  • Da gracias, una vez más, por este salmo que termina por apuntar a nuestra verdad y nos ayuda a darle sentido.

 

 

 

VI. UN INTERIOR BULLENTE

 

            La religiosidad puede llevarnos, por caminos institucionalizados incluso, a una ausencia de pasión, a un interior apaciguado pero soso, a un estilo de vida sin sobresaltos pero sin emoción. El salmo desvela un interior bullente en el orante: hierven las preguntas, las actitudes, los comportamientos. No es el Salmo 118 la oración de uno que dormita, que se pliega a la costumbre, que ahí está porque ahí lo ha dejado. Es alguien bien vivo por dentro, expectante, ferviente, alterado. Ese interior es necesario para una vida en adhesión al Padre y en adhesión a los caminos humanos.

 

1. Preguntas apasionadas (Kaph: 118,81-88)

 

            Preguntarse con pasión es síntoma de vida. Quien está muerto es quien realmente no pregunta. Lo bueno de las preguntas no es tanto que encuentren respuestas (ojalá), sino que el simple hecho de hacerlas ya es positivo. Significa que estamos ante un interior vivo y, además, se desvela el afán de búsqueda, imprescindible para una vida que merezca tal nombre.

 

81Me consumo ansiando tu salvación,
y espero en tu palabra;
82mis ojos se consumen ansiando tus promesas,
mientras digo: "¿Cuándo me consolarás?"
83Estoy como un odre puesto al humo,
pero no olvido tus leyes.

84¿Cuántos serán los días de tu siervo?
¿Cuándo harás justicia de mis perseguidores?
85Me han cavado fosas los insolentes,
ignorando tu voluntad;
86todos tus mandatos son leales,
sin razón me persiguen, protégeme.

87Casi dieron conmigo en la tumba,
pero yo no abandoné tus decretos;
88por tu bondad dame vida,
para que observe los preceptos de tu boca.

 

            1. La vida humana, cuando bulle, es un montón de preguntas. Ya lo hemos dicho: preguntarse es un síntoma de vitalidad y, por lo mismo, de espiritualidad. Un verdadero creyente que no se hace preguntas, que tiene todas las cuestiones vitales respondidas de antemano, no puede ser un creyente vivo. El salmista hierve por dentro. Las preguntas de siempre (cuándo, cómo, cuánto) se agolpan en su interior. Quizá no encuentre una respuesta directa, pero él espera en la Palabra. ¿Qué le dice esa Palabra para motivar su esperanza? Que las preguntas vitales no caen en el olvido, que Dios acompaña cada uno de sus pasos y que por eso su camino tendrá una salida. La Palabra le dice que sus preguntas no son inútiles, que siga preguntado, pero que la paz no abandone a quien pregunta. La Palabra le dice que a la pregunta por el consuelo hay ya una respuesta de consuelo; que a la pregunta por la duración de la vida, se le dice que sea larga o corta la suya es una vida amparada; a la pregunta por las injurias y males recibidos, se le dice que Dios comparte ese precio y que habrá un final de plenitud. La esperanza en la Palabra no queda defraudada y esa esperanza se va convirtiendo, al filo de los días, en respuesta. Quizá lo que se le diga al salmista sea: no hiervas tanto por dentro por las preguntas, hierve (anímate, entusiásmate, consuélate, fortalécete) por las respuestas que la misma Palabra te va dando. Se le dice que la esperanza en la Palabra no es algo estéril, que de nada sirve, sino que hace tu interior más bullente y más tranquilo a la vez, más encendido y más sosegado, más entusiasta y más equilibrado. Solamente en apariencia esto es paradójico.

            2. Jesús es el hombre apasionado, también el hombre de las preguntas hirvientes (Mt 27,46). Pero, sobre todo, es la persona que ha confiado en la Palabra y ha creído que se cumple y que acompaña fielmente la senda de la vida (Jn 4,50). Hombre bullente y confiado (Mc 3,5), hombre apasionado y tranquilo (Lc 5,3), persona de gran fervor interior y de gran calma en el corazón (Mt 11,25-27). Él supo y aprendió que si el Padre acompañaba, todas las preguntas encontraban una respuesta (aunque no apareciera clara) (Mt 20,23). Él llegó a la conclusión de que lo importante no era tanto hacer preguntas sino ofrecer respuestas. A ello se dedicó con más ahínco: a dar respuestas que no responden a las preguntas, pero que apuntan a la vida. Respuestas que desactivan la pregunta para no enquistarse en esas preguntas y bloquearse a las posibles respuestas que existen. En definitiva, él fue uno asentado más sobre respuestas que sobre preguntas. Nada de esto hubiera sido posible sin la confianza en la Palabra que cree que, en ella, hay una respuesta a las no-preguntas, a las actitudes de vida que se enquistan en la mera pregunta. No habría sido posible, en definitiva, sin una certeza hondísima: el amor del Padre puede ser respuesta real a cualquier pregunta. Lo tuvo por una convicción en su bullente interior; lo mantuvo hasta su último aliento.

            3. La sociedad, las personas, acumulan preguntas, muchas de ellas sin respuestas. Las preguntas se hacen desde el dolor, desde la incomprensión, desde el reproche hacia los otros y hacia el Otro. Por eso, con frecuencia, las preguntas se bloquean y la respuesta (si es que la hay) se oscurece. Preguntar con humanidad, con fe en la palabra del otro, con aprecio y mirada limpia, con deseo de llegar a la luz, podría abrir un cauce, una respuesta, en el tupido telón de lo que se ignora, que es mucho. Una manera nueva de preguntar, un modo nuevo de plantear las cuestiones que nos tocan, que nos hieren, profundamente. Una forma de preguntar unida a la benignidad, a la sintonía, al respeto, a la ternura incluso. ¿Pueden tener respuesta las cuestiones hechas sin ternura? Probablemente no. Y luego, poner más énfasis en las respuestas que en las preguntas, aunque sean respuestas que responden poco. Preguntar es síntoma de interior bullente; responder es síntoma de interior fraterno. Por eso, quien mejor responde es quien más aporta a la fraternidad humana, quien más capaz cree al otro/a de colaborar en una vida solidaria.

            4. Una comunidad de preguntas, de sentido crítico, de deseo de saber. Preguntas hechas con respeto, ecuanimidad, ajuste a las proporciones de la realidad, lo más exactas posible. Una comunidad que pregunta en la mayor sintonía y honradez con lo real, en la mayor coherencia posible o, al menos, en la incoherencia reconocida y clarificada. La comunidad que deja de preguntar se sume en la corriente de la rutina, de la costumbre y del no crecimiento. Pero, más que esto, el anhelo de una comunidad que ofrece respuestas. Aunque fueren modestas, parciales, tímidas, pero que se esfuerza en responder, en aportar soluciones, en colaborar. Lo más importante no es que todo se solucione, sino que se quiera solucionar. Una comunidad que sabe que hay muchos caminos, muchos recursos, muchas posibilidades, sencillas y ocultas, pero reales. No cerrarse en la comunidad en expresiones de derrota: no hay nada que hacer, en mi comunidad no hay solución, no tenemos remedio, dejemos las cosas como están. No resignarse a una vida sin preguntas y, sobre todo, a una vida sin respuestas. La esperanza en la Palabra, la certeza de que para nosotros la Palabra puede ayudarnos a mantener bullente el interior y a la vez pacificado. Una fe en la Palabra que traspasa los ámbitos religiosos para inundar las honduras vitales del grupo, el subsuelo de la vida comunitaria.

 

  • Recorre las líneas del salmo como algo dicho en persona a ti mismo/a.
  • Repite como un estribillo orante: "Espero en tu Palabra".
  • Pregúntate con paz qué respuestas a tus preguntas te va dando la Palabra.
  • ¿Eres pregunta o respuesta en tu comunidad?
  • Sosiégate en el silencio, en la sombra, en la quietud, en la reflexión, en el paseo y vuelve, paciente y agradecido/a, sobre el salmo que te acompaña estos días.

 

 

2. Honda pertenencia (Lamed: 118,89-96)

 

            La pertenencia a la fe, a la vida, a la comunidad es, como dice Radcliffe, una "libertad de pertenecer". No se pierde la libertad natural pero se adhiere uno/a a un proyecto común. Ese tipo de pertenencia trata de suscitar la Palabra: eres libre, pero puedes hacer parte de un proyecto amplio, común, fraterno, cósmico incluso. Honda pertenencia para una vida con mayor sentido.

 

89Tu palabra, Señor, es eterna,
más estable que el cielo;
90tú fidelidad de generación en generación,
igual que fundaste la tierra y permanece;
91por tu mandamiento subsisten hasta hoy,
porque todo está a tu servicio.

92Si tu voluntad no fuera mi delicia,
ya habría perecido en mi desgracia;
93jamás olvidaré tus decretos,
pues con ellos me diste vida;
94soy tuyo, sálvame,
que yo consulto tus leyes.

95Los malvados me esperaban para perderme,
pero yo meditaba tus preceptos;
96he visto el límite de todo lo perfecto:
tu mandato se dilata sin término.

 

            1. El orante cree, y bien, que el tema de la pertenencia a Dios está en colisión contra el olvido. No se puede entender qué es pertenecer no tanto a Dios (como posesión suya), sino a su proyecto incluyente de amor a la vida si uno/a se sumerge en el olvido. Por eso, la Palabra es memorial y dinamismo de recuerdo. Memorial para hacer vida cada día lo que se escribió en otras épocas y en otros contextos; dinamismo para frenar el inexorable deterioro que el olvido impone a la existencia humana. Hay quien piensa que el olvido es nuestro destino natural; pero estamos destinados al recuerdo, a la memoria, al rostro reconocido, al abrazo reencontrado. Interesarse en hacer parte activa del plan, del proyecto de amor de Dios sobre la vida, demanda tener a raya el olvido, de Dios, de la persona, de las cosas, de las promesas, de los encuentros, de las sintonías. Contra todo olvido, ésa es una de las tareas de la Palabra. Y junto a esa lucha contra el olvido, la "meditación", la contemplación que ahonda, la mirada que se vuelve sobre el propio centro para salir luego, como en un trampolín, con toda la energía hacia la vida. Una contemplación que no enajena sino que resitúa en el corazón mismo de la vida, una contemplación de mirada profunda sobre lo que pasa y lo que nos pasa, una contemplación de trascendencia intrahistórica que hace un denodado esfuerzo por bajar lo más posible hasta el fondo de la existencia. En entonces, sin olvido y con contemplación, como el orante puede proclamar con toda certeza: "Soy tuyo/a". Es decir, estoy adherido a tu plan, a tu proyecto, te pertenezco con toda mi libertad, me encanta tu propuesta y no dudo en colocar dentro de ella el dinamismo querido de mi propia libertad. Toda una mística de honda pertenencia que no enajena sino que reconstruye, levanta, dinamiza, enriquece.

            2. ¿Dudó Jesús de su pertenencia al Padre, a su plan, a su designio de amor? Probablemente no. Desde aquel día en que entrevió que el horizonte de su vida era el Reino, allá en su bautismo (Mc 1,9-3), hasta el último aliento puesto en manos del Padre (Lc 23,46), toda su vida perteneció al Padre con su libertad incluida, activa, desbordante. Su pertenencia al plan no mermó su libertad sino que la potenció (Jn 4,34). Hasta llegar a decir que el Padre y él eran uno (Jn 10,22-30) y que lo suyo era del Padre (Jn 17,2). No quiso apartarse nunca de ese camino de mutua pertenencia porque sacarle de ahí era, justamente, encadenarlo, empobrecerlo. La suya, una pertenencia que enriquece. Rompió así esa dinámica destructiva que quiere pensar que pertenecer a Dios es sinónimo de no pertenecerse a sí mismo. Para él, perder la vida era no entender esta pertenencia que recrea y construye a la persona. No funcionaba en esta relación el "do ut des", sino la mayor generosidad y el amor más desinteresado. Sin él, no habría podido captar eso elemental de que entrar al designio del Padre es hacer a la vida el mayor de los favores, la mayor de las entregas y, por ello, llegar a la mayor de las ganancias.

            3. Persiste en la sociedad esa relación dialéctica entre individuo y comunidad. En la medida en que se vaya solucionando a favor de la comunidad, el individuo no perderá su identidad, porque libertad y proyecto común son realidades compatibles. Afirmarse por la individualidad es el camino que habitualmente tomamos, en menosprecio con frecuencia del proyecto común. El camino inverso, hecho con humanidad, podría llevar a un cambio en que la persona no saliera perdiendo, sino potenciada al máximo. No estamos hablando de un colectivismo trasnochado. Estamos queriendo hacer ver, incluso con el apoyo de la Palabra de Dios, que la pertenencia a proyectos fraternos, humanos, creacionales no tiene porqué conllevar la anulación de la persona, libre y singular, sino que puede ser integrada en él. La vida cristiana, misterio de comunión y de diálogo transparente, apunta en la dirección de integrar en proyectos comunes. No sentir esta llamada a lo común es, quizá, síntoma de no haber encajado bien el dinamismo de la Palabra, del Evangelio sobre todo.

            4. Esa dialéctica individuo-comunidad se plantea muy agudamente en los grupos religiosos. Si la Palabra de Dios apunta en la dirección de lo comunitario, también habría de hacerlo la opción por el seguimiento. Con lo que queremos decir que los proyectos fraternos comunes pueden integrar perfectamente los más hondos anhelos personales. Eso sí, será necesario un continuo esfuerzo por entender lo común, en los asuntos más prácticos, como una realidad inclusiva. Vivir en la fraternidad al margen de los proyectos comunes, además de ser algo destructor de la convivencia, es empobrecer a la persona. El proyecto común, la libre pertenencia, es uno de los dinamismos más enriquecedores y potenciadores que puede generar la vida fraterna. Y todo ello con una visión de fe: creemos que el cauce de lo común es la manera de "ser de Dios". No se es de Dios en maneras religiosas, sino en caminos comunitarios. Porque justamente (lo sabemos desde Is 5,1ss) esa es el modo como Dios quiere que seamos suyos/as: siendo del hermano, adhiriéndose al plan fraterno, entrando en el designo universal de vida que alberga desde siempre el corazón del Padre.

 

  • Relee el salmo en todos sus matices posibles.
  • Pregúntate por tu sentido de pertenencia: ¿estructural, espiritual, comunitaria? ¿Te parece "ganancia" el proyecto común?
  • Encaja este tema espiritual: ser de Dios, colaborando en su designio.
  • Vuelve a la Palabra sosegante del salmo. Considérate con suerte de poder estar a su vera.

 

 

VII. CAMINOS

 

            Si hay algo paradójico, desconcertante, ignorado incluso son los caminos humanos y sus porqués. Es, a veces, extraño este ir y venir nuestro por la vida, este andar "extraviados" y luego "volver" a antiguas sendas. No se sabe por qué se elige un camino u otro, porque se desecha aquel y se aprecia éste. Decía Prov 30,18-19: "Tres cosas hay que me desbordan y cuatro que no conozco: el camino del águila en el cielo, el camino de la serpiente por la roca, el camino del navío en alta mar, el camino del hombre en la doncella". Y todos los caminos humanos en general. Misterio hondo de este vivir nuestro. La Palabra quiere ser una ayuda, un ánimo, una iluminación para esos caminos.

 

1. Caminos de humanidad (Mem: 118,97-104)

 

             A veces, apoyándose en la Biblia, se han cometido auténticas execraciones. Es una lectura totalmente desenfocada. La Palabra quiere enseñarnos humanidad, simplemente, honda humanidad. Por eso, no ha de extrañar que el autor del salmo crea que, para él, la Palabra es una instancia viva de humanidad en sus caminos llenos de despiste, aflicción y limitación. Compañera de camino humano, para humanizar esta senda nuestra tentada siempre de inhumanidad.


97¡Cuánto amo tu voluntad!:
todo el día la estoy meditando;
98tu mandato me hace más sabio que mis enemigos,
siempre me acompaña;
99soy más docto que todos mis maestros,
porque medito tus preceptos.

100Soy más sagaz que los ancianos,
porque cumplo tus leyes;
101aparto mi pie de toda senda mala,
para guardar tu palabra;
102no me aparto de tus mandamientos,
porque tú me has instruido.

103¡Qué dulce al paladar tu promesa:
más que miel en la boca!
104Considero tus decretos,
y odio el camino de la mentira.

 

            1. Tiene el orante la clara percepción de que la suya es una vida amenazada de extravío. No puede uno/a alardear de tener las cosas claras, de no volverse atrás de las decisiones, de ser una persona sin fisuras, de no caer en extrañas contradicciones. La vida nos demuestra cada día que esto está siempre en nuestro caminar. Pero él ha llegado, a puro apoyarse en la Palabra a una serie de convicciones: 1) La Palabra "siempre me acompaña", es decir, no me va a fallar, no me va a dejar en mi extravío, no me va abandonar cuando la noche me envuelva como un manto. Es compañera de fidelidad probada que no nos deja tirados cuando mostramos el descarnado esqueleto de nuestra debilidad. 2) Además, la Palabra le hace al orante "sagaz" a la hora de andar por los caminos de la vida. Colabora decididamente al discernimiento. No es una realidad tan oscura como para que no vierta luz en nuestros caminos sedientos de tal luz. 3) Incluso, no bajo amenazas, sino por su fuerza iluminadora, la Palabra nos va alejando de "la mentira", de esa mentira vital de no saber quién soy ni adónde me encamino. Nos aleja de la peor de las mentiras: la del propio no saber,  la zozobra de andar despistados hasta seguir tirando en nuestros días sin horizonte ni porqué. De eso nos libra. 4) De tal manera que nuestra vida, casi insensiblemente, se va alejando de la "senda mala", la senda de la inhumanidad, del corazón como corcho, de la dureza de la mirada, del alma insensible, de una existencia en que los demás realmente no cuentan. De eso nos va apartando la Palabra. No es de extrañar que el orante, entusiasmado, diga que la Palabra es una "delicia mayor que la miel", algo tremendamente agradable y reconfortante porque se ve que los días no son iguales con ella que sin ella. Estamos en las vivencias más fuertes, en las convicciones más sólidas del orante.

            2. A veces se pregunta uno/a por qué Jesús ha sido tan hondamente humano que, por eso mismo, ha sido totalmente divino. Sin duda, como se ve en los Evangelios, la Palabra es una de las razones. Él se ha sentido siempre acompañado por el Padre (Jn 16,32) y por la Palabra (como se ve en Lc 4,14ss). Sus noches de oración (Lc 6,2), sus lecturas en la sinagoga (Lc 4,14ss), sus mismos gritos de gozo (Mt 11,25-27) o de dolor (Mt 27,4) han estado amasados en la Palabra.  Para él la Palabra ha sido motivo de hondos discernimientos, como en el Tabor (Lc 9,29), en Jerusalén (Lc 22,41), o en su vida tentada (Mt 4,1ss). La Palabra le ha hecho veraz, le ha apartado del camino de la mentira, ha odiado el sí que se confunde con el no y el no que se mezcla al sí (Mt 5,37). Miel en la boca ha sido para Jesús la Palabra: desde que, niño, como todos los niños judíos, bebía la lecha de su madre y la leche de la Palabra (según la costumbre de la época en que las madres judías, mientras amamantaban repetían frases de la ley al bebé) hasta el final de su vida en que la Palabra ha sido, en el Sal 22, compañía en el durísimo suplicio (podría haberlo recitado entero). La Palabra se ha mezclado a sus caminos. Sin ella, realmente, no podría entenderse la vida del Jesús histórico.

            3. ¿Hay que decir una vez más que nuestra vida de hoy, la de la familia humana, está necesitada de humanidad? La necesidad es tan perentoria como nunca. Quizá, como hemos dicho en otras ocasiones, las buenas palabras puedan engendrar humanidad. Y también la Palabra. ¿Cómo sería hoy una Palabra para engendrar humanidad? Algo de eso parece que ha querido decir el Sínodo de la Palabra cuando ha formulado sus vivencias diciendo que es voz, casa, rostro, etc. Efectivamente, presentar hoy la Palabra como cimiento de unos postulados dogmáticos es empobrecerla. Es una Palabra para la vida y, por tanto, es en la necesidad misma de la vida (no tanto en los postulados religiosos) donde hay que situarla. Es cosa curiosa que en esta gran crisis religiosa que sufrimos, la prensa airee frecuentemente frases del Evangelio y de la Biblia en general que siguen siendo evocadoras. Una Palabra para contribuir al hecho humano. Desde ahí habría que poner en cuarentena las palabras "inhumanas" del texto bíblico y potenciar las humanas, la certeza de que, en el fondo, la Palabra un regalo del amor del Padre a la historia para que esta crezca en humanidad, en simple bondad.

            4. No descubrimos nada nuevo si volvemos a decir que nuestros caminos fraternos están siempre necesitados de humanidad. Tampoco descubrimos el Mediterráneo si decimos que la Palabra puede ayudarnos a ser más humanos/as. Emplear la Palabra como terapia humanizadora, algo a lo que nos cuesta acostumbrarnos. Aludir a la Palabra, hacerla presente cuando estamos necesitados/as de humanidad en una determinada situación. No tener vergüenza de poner sobre la mesa las palabras de Jesús que nos hacen más humanos/as. Ese es el camino de la verdadera fraternidad y de una fe más honda. Esto nos ayudará controlar nuestra "mentira", a aguzar nuestro sentido de honradez con lo real, a percibir que el acompañamiento que la Palabra hace a nuestra comunidad (por diversos medios) es verdadero, necesario e imprescindible. Hace falta una vibración interior explícita para captar esto como algo verdadero. No hace falta decir que, si esto se da, el disfrute está asegurado, la alabanza saldrá más vibrante porque brotará de las entrañas de lo humano que son las mismas entrañas del creyente, las entrañas de Jesús.

 

  • No te parezcan estas reflexiones sobre lo humano algo "de siempre".
  • Maravíllate del acompañamiento que te hace la Palabra. Recopila momentos, ordinarios y extraordinarios, de acompañamiento de la Palabra.
  • Pide con deseo hondo el apartarte lo más posible de cualquier senda mala de inhumanidad.
  • Repite en silencio, profundamente, "Tu Palabra, más dulce que miel en la boca".

 

 

2. Caminos iluminados (Nun: 118,105-112)

 

            Una de las formas de nombrar el sinsentido humano, el despiste vital, la carencia de norte es decir que se está en la oscuridad. Vivir con luz interior, existencial, no es algo que viene dado de sí. Los caminos iluminados se construyen. La Palabra, según el Sal 118, quiere ser una ayuda para ir llegando a vivir con luz interior, con horizonte, con disfrute. De ahí brotará un sentido nuevo en el caminar humano y creyente.

 

105Lámpara es tu palabra para mis pasos,
luz en mi sendero;
106lo juro y lo cumpliré:
guardaré tus justos mandamientos;
107¡estoy tan afligido!
Señor, dame vida según tu promesa.

108Acepta, Señor, los votos que pronuncio,
enséñame tus mandatos;
109mi vida está siempre en peligro,
pero no olvido tu voluntad;
110los malvados me tendieron un lazo,
pero no me desvié de tus decretos.

111Tus preceptos son mi herencia perpetua,
la alegría de mi corazón;
112inclino mi corazón a cumplir tus leyes,
siempre y cabalmente.

 

            1. Ya lo hemos dicho: el orante de este salmo cree a pie juntillas que la Palabra puede ser una lámpara para su vida, para sus pasos, para sus caminos siempre amenazados de extravío. Ser lámpara no quiere decir que la Palabra hace por nosotros/as lo que a nos incumbe. No, la tarea es nuestra. Pero ella ilumina, descubre los pro y los contra, ayuda al discernimiento, quita las sombras que atemorizan, devuelve la confianza, pone a funcionar nuestro coraje, nos empuja a encarar las situaciones de la vida con decisión, nos asegura el amparo del Padre en nuestro caminar diario. No es baladí toda esta obra de iluminación que hace la Palabra. El orante no duda de ello. Para él la lámpara de la vida no es tanto la ciencia, el poder, la fuerza. La humilde Palabra, en su silencio y soledad, en su mudez, en su discreción es la verdadera lámpara, la que realmente pone luz en su, a veces, perplejo caminar humano. Y ¿cómo lo hace? Primeramente, dando vida, apoyando la vida en todas sus formas, llamando a la vida, empujado a hacer profesión de fe en el valor de la vida, por modesta que sea.  En segundo lugar, sosteniendo en el peligro, avisando de él, preservando con su experiencia, dando ánimos para reconocer la caída en el mismo y abriendo la posibilidad de un nuevo comienzo. En tercer lugar, generando alegría en el corazón, haciendo una siembra de gozo en el, con frecuencia, duro caminar humano. Finalmente, inclinando el corazón al camino de la Palabra, estableciendo una unión sólida, deseada, entre el texto y la vida, haciéndole ver que la Palabra es uno de los mejores aliados de la existencia, hermana y amiga fiel que siempre está de nuestro lado. Lámpara es la Palabra, ¿qué sería nuestra vida humana y creyente sin ella? La oscuridad amenazaría, la luz se alejaría.

            2. No cabe duda de que la vida de Jesús ha sido iluminada por la Palabra. Lo sabemos, todos los actos más importantes de su vida han ido precedidos de la Palabra: el inicio de su ministerio (Mt 4,1), la elección de sus discípulos (Lc 6,12), la decisión de ir a Jerusalén (Lc 9,51). Sus momentos personales más marcantes han estado envueltos en la Palabra: su bautismo (Lc 3,22), su entrega a la propuesta del reino (Lc 4,14), su misma muerte (Mt 27,46). Realmente la Palabra ha sido para Jesús instancia de iluminación. Sin ella no habría podido entender la primariedad de la misericordia (Mt 9,13); sin ella no habría tenido fuerza para defender a los débiles contra los opresores (Lc 9,11); sin ella no habría podido tenerse en pie en sus crisis externas e internas (Mt 16,23); sin ella no habría entendido la libertad de manera tan radical (Lc 6,5); sin ella no habría deseado con tanta vehemencia el fin de las desventuras de los pobres (Mt 5,3); sin ella no se habría sentado a la mesa de los pecadores sin prejuicio alguno (Lc 7,34); sin ella no habría podido mantener viva la utopía (Mt 10,23); sin ella no habría llamado, sentido y vivido a Dios como Padre (Mc 14,36).

            3. ¿Está necesitada nuestra sociedad de esa luz viva que ilumine sus pasos? Siempre lo ha estado. Desde los tiempos ignotos en que descubriera el fuego y lo domesticó para ahuyentar las sombras amenazantes de la noche hasta los sistemas de pensamiento más alambicados que ha forjado la mente humana para poner un poco de sentido en esta vida, para iluminar ese tránsito de "la inexistencia a la inexistencia" como algunos conceptúan la vida (Gamoneda). Para muchas personas la vida es un error, un hermoso error en el que hay cosas buenas, pero error al fin y al cabo. La Palabra, humildemente, dice a quien quiera escucharle que no, que no es un error vivir, sino una suerte, que no se camina a la inexistencia sino a la plenitud, que el horizonte de la vida no es la oscuridad total sino la luz viva. Hay lámparas humildes, pequeñas luces en medio de la niebla, pero que son muy útiles para orientarse, para tropezar menos. Así es la Palabra. ¿Cómo vivir y presentar hoy una Palabra que ilumina, lejos de fanatismos religiosos o de imposiciones ideológicas? ¿Cómo decir al ciudadano/a de hoy que en la Palabra hay una posibilidad de sentido, de amparo, de ánimo, de empuje? Quizá haya que antropologizar la Palabra, hacerla pasar más por el cauce humano, mezclarla más a la vida. De esa mezcla puede brotar algo nuevo.

            4. Para la vida fraterna la Palabra ha de ser instancia real de iluminación. No solamente herramienta religiosa que aglutine los horarios orantes de los hermanos/as. Palabra para el discernimiento, para el amparo, para el análisis comunitario. Argumento que ilumine, tanto, al menos, como otros argumentos que manejemos. La Palabra ha de ser estilete acerado que pinche en nuestras contradicciones vitales, amparo amable que cure nuestros desgarros, consuelo y gozo que aumente nuestro disfrute comunitario. Quizá sea mucho decir, pero una manera de entender el sentido de nuestro vivir en común fuera el de una comunidad volcada, en torno al Mensaje. ¿Qué saldría de ahí? Una visión nueva de Jesús, una visión distinta, profunda, de la persona del hermano, un sosiego mayor, una alegría sencilla y honda, un disfrute continuado, un ánimo para nuestros días, ya cargados de peso. La Palabra es tenaz. Se ofrece cada día como lámpara, hasta que le abramos la puerta, hasta que le dejemos iluminar. No habría que temer, pues es Palabra benigna, que nos quiere y desea lo mejor para nuestra vida. No es luz que ciegue y condene, sino iluminación amable que reconforta y anima.

 

  • ¿Cómo suscitar agradecimiento sentido hacia la Palabra?
  • Repite, escribe, agradece eso de que "la Palabra es lámpara".
  • Haz propósito de encender cada día ese "candil" de la Palabra, tu lectura personal del texto.
  • Que la Palabra pueda ir siendo, de manera real, el centro espiritual del grupo fraterno.

 

 

VIII. NECESIDAD

 

            La historia humana es, en su lado débil, una carencia y, en su lado hermoso, un indudable pero parcial logro. No ha de extrañar que el orante de este salmo oriente su plegaria al anhelo de colmar su necesidad para que sus carencias sean menores. ¿De qué se ve necesitado el orante, nosotros? De apoyo y de inteligencia, de amparo y de lucidez, de abrazo y de lectura sosegada de los caminos de la vida. Demandar ayuda en la necesidad es, de alguna manera, comenzar a recibir el socorro.

 

1. Necesitados/as de apoyo (Samek: 118,113-120)

 

            La percepción de que nuestra vida flaquea es constante. La necesidad de apoyos de toda clase, evidente. Cree el orante del Salmo que la Palabra es, ya desde ahora, un apoyo auténtico. Sin ella, la vida creyente se vuelve más frágil. En realidad, la Palabra es el apoyo, el más decisivo.

 

Detesto a los inconstantes
y amo tu voluntad;
tú eres mi refugio y mi escudo,
yo espero en tu palabra;
apartaos de mí, los perversos,
y cumpliré tus mandatos, Dios mío.

Sostenme con tu promesa, y viviré,
que no frustrada mi esperanza;
dame apoyo, y estaré a salvo,
me fijaré en tus leyes sin cesar;
desprecias a los que se desvían de tus decretos,
sus proyectos son engaño.

Tienes por escoria a los malvados,
por eso amo tus preceptos;
mi carne se estremece con tu temor,
y respeto tus mandamientos.

 

            1. Cuando el orante tiene a la Palabra por apoyo no hace sino constatar algo que la historia de Israel confirmaría: sin la Palabra, este pueblo habría desaparecido (sin el Evangelio, la comunidad cristiana se habría esfumado). De modo que la Palabra no solamente ha sido su apoyo personal, sino el apoyo de toda la historia de su pueblo, el quicio de su aventura histórica. Cuando Israel no se ha entendido como pueblo apoyado en la Palabra, cuando sus días han estado lejos de la Alianza, es entonces cuando ha caminado al abismo de su ruina (en el Exilio, por ejemplo). Y, al revés, cuando la Palabra se ha unido a sus caminos de vida, es cuando más ha prosperado espiritualmente (en el Posexilio, por ejemplo). La Palabra era el rostro del anhelo de Dios por construir una sociedad alternativa, fraterna, distinta. Tener la Palabra por apoyo hace más posible y cercano ese sueño. Y, concretamente, ¿cómo la Palabra es apoyo para el orante, cosa que provocará, a su vez una vida personal en mayor apoyo en la Palabra? Tres caminos: a) en primer lugar, la Palabra es refugio. Decir que es refugio no implica desconexión de la realidad, inhibición, alejamiento. No es refugio que aísla y lleva al desentendimiento. Más bien es refugio para el encuentro, para la corresponsabilidad, para el gozo compartido. Es, en definitiva, trampolín para la vida. b) en segundo lugar, la Palabra es sostén, apoyo para los lados más débiles de la persona, dique de contención para lo que amenaza ruina, muleta para los de piernas vacilantes, todos/as. c) finalmente: la Palabra es estremecimiento no tanto por el temor, sino a causa del amor que suscita. Cuando la Palabra nos estremece, nos toca dentro contribuye al fortalecimiento de nuestras opciones más válidas. De todos modos, el apoyo de la Palabra únicamente es perceptible cuando uno/a se abre ante ella, cuando la decisión de ir al encuentro personal con ella se ha vuelto irrevocable.

            2. Jesús, lo hemos dicho, no puede ser entendido sin la Palabra. ¿Se ha sentido él realmente apoyado por esa Palabra? Recorramos, a grandes zancadas, el Evangelio de Marcos: A Jesús le ha apoyado la figura bíblica del "siervo de Yahvéh" en su bautismo (Mc 1,11), en la transfiguración (Mc 9,27), en el momento de su cena final (Mc 14,24). Ha recibido un gran apoyo del profeta Isaías cuando ha tratado de comprender la cerrazón del pueblo de Israel a su propuesta (Mc 4,12) y cuando ha puesto en claro la hipocresía de sus paisanos fariseos (Mc 7,6-7). Los Salmos también han acudido en su ayuda espiritual cuando es interrogado ante las autoridades (Mc 12,36) o en el mismo momento de su muerte (Mc 15,34). Como era de esperar, Jesús ha recibido amparo de la Torá, de la Ley, cuando reivindica la más estricta igualdad entre hombre y mujer (Mc 10,7-8), cuando propone a Dios como Dios de vivos (Mc 12,26), cuando resume la Ley y equipara el mandamiento del amor a Dios y el del prójimo (Mc 12,32-33). Hasta los escritos tardíos le han amparado: cuando profetiza su propia soledad del final y la dispersión de los discípulos (Mc 14,27: Zacarías), cuando es juzgado como "yo soy" y anuncia su plenitud por encima de su pobreza (Mc 14,62: Daniel).  La Palabra no le ha dejado sólo en los momentos de más necesidad. Ha sido su amparo, su apoyo indefectible, su abrazo siempre ofrecido. Quizá por eso terminara por aceptar el designio del Padre, camino harto difícil.

3. ¿Necesita la sociedad de hoy apoyos en su propia estructura interior? Sí, en proporción a su innegable debilidad. En la actual situación de crisis financiera y económica que sufre el mundo, son muchos los analistas que dicen que lo que realmente pasa es que hay una formidable crisis de valores. O mejor. La crisis económica deja ver descarnadamente los fallos hondos de solidaridad, respeto, socorro, humanidad, que afectan a los caminos humanos. La Palabra no puede ayudar a solucionar una crisis financiera. No es ese su cometido. Pero tiene algo que decir sobre los valores primordiales sobre los que sea sienta una sociedad. Y a quien quiera escucharla, la Palabra hace propuestas concretas de generosidad, de servicio, de ayuda, de valoración de lo común. No es de extrañar que este marasmo suenen con frecuencia palabras evangélicas como valores con capacidad de orientación. Y si no suenan explícitamente, el fondo sí que suena. Escuchemos, por ejemplo, esta frase de Edwar de Bono que se dedica a dar cursos a empresarios y ejecutivos. El artículo se titula "¿Todavía no ha cambiado de paradigma?". Cuando el periodista le pregunta a qué se refiere cuando habla de cambio de paradigma, él responde textualmente: "Ahora mismo, el gran reto que exige el mundo es que la humanidad cambie de paradigma, es decir, que cambie nuestra manera de ver y de interactuar con la realidad, aprendiendo a diseñar el futuro en consonancia con nuestros verdaderos valores y necesidades humanas. No podemos seguir funcionando desde nuestro egoísmo y egocentrismo. Es hora de funcionar desde el "nosotros", desde la cooperación y el altruismo, a partir de lo que podemos crear verdadero sentido a nuestra existencia".

4. No nos cabe duda de que nuestras comunidades encuentran en la Palabra un apoyo real, vital (no solamente de estructura religiosa) en la Palabra. Sin la Palabra, los carismas no habrían podido sobrevivir. Pero aún es necesario el esfuerzo de revitalizar el apoyo que es la Palabra. Eso significa, verlo personalmente como apoyo real del propio camino personal, percibir la Palabra como elemento amado, deseado, insustituible en el camino de la comunidad. Organizarnos colectivamente como congregaciones que en las que la Palabra cuenta. Hay todavía que trabajar. Y cuando se habla de "trabajar" tal vez no se refiera, principalmente, a estudiar, rezar, leer el texto bíblico. Hay que trabajar el propio interior, hay que ablandarlo, hay que hacerle ver de manera viva lo necesitado que está de apoyo y la posibilidad que tiene a la mano en la Palabra. Con un interior sensible, el apoyo de la Palabra es mucho más eficaz. Y si se da este apoyo, ¿cómo no van a retroceder el miedo, la desconfianza, los malos tragos, el desasosiego, la frialdad, las variadas rutinas, la sequedad de corazón, toda esa serie de "plagas" que, de una manera u otra afectan a nuestros días? "Dame apoyo...". No habríamos de cansarnos.

 

  • ¿Qué sería realmente una comunidad apoyada en y por la Palabra?
  • ¿Crees que tu decisión de andar el camino de la Palabra es ya irrevocable?
  • Repite sin atisbo de pudor: "dame apoyo...dame apoyo".
  • Contagia, en lo que puedas, entusiasmo por la Palabra a tu alrededor.

 

 

 

 

2. Necesitados/as de inteligencia (Ain: 118,121-128)

 

            Cuando decimos que estamos necesitados/as de inteligencia no nos estamos refiriendo a aspectos técnicos sino a ese "olfato" para andar por la vida con sabiduría: la sabiduría de no quedar atrapados/as en la superficie, la sabiduría de leer corazones y actitudes de amor, la sabiduría de asumir con equilibrio las limitación y con deleite los gozos. Una inteligencia para humanizarnos más, para sosegarnos más, para animarnos más, para curarnos más. Algo de eso anhela este orante que cree que en la Palabra puede ir viniéndome esa fuente de sabiduría tan necesaria.


121Practico la justicia y el derecho,
no me entregues a mis opresores;
122da fianza en favor de tu siervo,
que no me opriman los insolentes;
123mis ojos se consumen aguardando
tu salvación y tu promesa de justicia.

124Trata con misericordia a tu siervo,
enséñame tus leyes;
125yo soy tu siervo: dame inteligencia,
y conoceré tus preceptos;
126es hora de que actúes, Señor:
han quebrantado tu voluntad.

127Yo amo tus mandatos
más que el oro purísimo;
128por eso aprecio tus decretos
y detesto el camino de la mentira

 

            1. La vieja sabiduría bíblica no es una sabiduría de escuela. Eran tiempos en que la sabiduría se cocía en la calle, en la vida, en el marco social. Por eso, es normal que el orante se vea necesitado de la inteligencia que le puede permitir vivir con sentido su existencia personal. Está necesitado de sabiduría porque la senda humana está amenazada de extravío, de engaños, de trampas, de cepos que uno mismo se pone. Una inteligencia para descubrir algo elemental: que el amor de Dios es el que sustenta, da sentido, y empuja a una existencia de amor. ¿Puede la Palabra ayudarnos en el aprendizaje de esa lección básica, inteligente, de orientar la vida desde el misterio del amor? El orante cree que sí. Por eso ora con fuerte anhelo: "Dame inteligencia". ¿Cómo puede la Palabra darnos esta inteligencia vital, creativa, orientadora? De tres maneras: a) Porque por ella sabemos que Dios "da fianza" a favor de la persona. Ha hecho una apuesta por ella, ha unido estrechamente su éxito al nuestro, ha quemado las naves viniéndose a situar en nuestra orilla, en nuestro barrio. ¿Cómo no va a dar fianza por nosotros habiendo hecho una apuesta tan irrevocable? b) Nos da esa inteligencia nueva de la vida porque nos "trata con misericordia", porque su trato no es altivo y chulesco, sino humilde y generoso. De ahí que la inteligencia que demanda el orante y que cree que viene por el cauce de la Palabra ha llevar a una vida en creciente humildad (que no humillación) y piedad (para con la persona y para con el mismo Dios). c) Y, finalmente, nos viene la inteligencia en la certeza de que Dios "actúa", es un Dios implicado, le importa lo nuestro, se duele con nuestro fracaso y se alegra con nuestros gozos. No es un Dios ajeno a la existencia pobre de la historia, sino mezclado a ella. De ahí que la Palabra nos reafirma en la certeza de ese Dios implicado. Confianza, piedad, implicación: he ahí los caminos que utiliza la Palabra para darnos inteligencia; he ahí las demandas que la Palabra nos hace en nuestra propia vida.

            2. En Jesús vemos a esa persona "inteligente" que ha funcionado al ritmo que marca la Palabra. Él no ha sido persona de escuela, de formación técnica, de sabiduría consagrada. Uno de tantos, también en eso. Sin embargo, ha sido "inteligente" funcionando en los modos de la confianza. Ha confiado en sus discípulos, desde su llamada (Mt 4,19) hasta su vuelta ya resucitado (Mt 28,18-20); ha confiado en su pueblo, por eso les ofreció la posibilidad del reino (Mt 4,17), aunque luego le traicionara hasta con juramento (Mt 27,25); en su familia con la que vivió casi toda su vida (Mt 2,23), aunque no terminaran nunca de entenderle (Mt 12,46-50); ha confiado hasta en los mismos pecadores con quienes se sentaba a la mesa libre de prejuicios (Mt 11,19), e incluso en las autoridades, aunque instara a no copiar sus cuestionables comportamientos (Mt 23,3).. No importa que, como decimos, todas estas instancias hayan terminado por abandonarle. Él no les ha retirado la confianza ni por su fallo (Pedro: Lc 22,32), ni por su lejanía (los discípulos que huyen: Mc 14,27), ni por su incomprensión (Hech 1,6). Ha sido "inteligente" por su gran piedad. Piedad para con Dios a quien llamaba "Abba", el modo de amor (Mc 14,36), y para con la persona, cuyo corazón leía desde la perspectiva de la más honda necesidad (Mt 18,12-14). Ha sido "inteligente" implicándose totalmente, sentándose a mesas controvertidas (Lc 7,36-50), frecuentando personas marcadas (Mc 1,40-45), tocando desgracias que acarreaban impureza (Lc 7,14), dejándose tocar por gente tenida por impura (Lc 7,39), mezclándose a los caminos polvorientos de la vida (Mc 9,32). Inteligente para entender su camino ante Dios y para acoger el camino humano. ¿Lo habría conseguido sin el amparo de la Palabra, sin la luz de la oración, sin el aliento que brota de la soledad orante? Probablemente no. Quizá en sus noches de oración él repetía la misma plegaria de este salmo: "Dame inteligencia", enséñame cuál es el camino, dime cómo he de tratar a los débiles y pecadores, ayúdame a saber qué esperanzas tengo que suscitar en el corazón de los marcados por el estigma de la pobreza.

            3. También la sociedad necesita, hoy y siempre, esa inteligencia vital para vivir de maneras nuevas, confiadas, generosas, piadosas, implicadas, amparadoras. ¿Hay posibilidad de vivir así? La hay. Decía R. Montero en una columna reciente titulada "María y la vida": "Acabo de reencontrarme con una buena amiga de juventud a la que hacía 30 años que no veía y de la que no sabía nada. Vive sola con dos perros en una urbanización modesta y remota junto a un pueblo perdido de Toledo, sin coche, sin Internet, con una nevera roída por el óxido que parece chatarra pero que enfría bien, cultivando sus propias verduras en un huerto minúsculo, viviendo en el más desnudo filo de una economía de subsistencia. La última vez la vi en la estación de Atocha, ataviada con un mono fabril color butano y tomando un tren camino de la India. Ahora me he enterado de que ha vivido muchos años en Goa y en el Himalaya, y en Italia y en Madrid y de nuevo en la India. Ha atravesado a pie Afganistán, ha desempeñado diversos trabajos, ha dado clases ella misma a sus dos hijos, que no fueron nunca escolarizados. El mayor decidió ser físico, y a los 15 años se examinó en un instituto madrileño para incorporarse directamente al Bachillerato. Sacó los mejores resultados en décadas. Ha hecho la carrera con notas espectaculares y ahora está terminando el doctorado. Se diría que mi amiga les supo educar. También en el cariño: sus dos hijos y sus dos nietos la visitan mucho. Se ha pasado los últimos nueve años cuidando, ella sola, a su compañero, paralítico y enfermo. Él murió hace un mes. Llevaban juntos 33 años. Pintaba y escribía, como mi amiga. La casa está llena de cuadros de los dos, impresionantes cuadros simbolistas de intrincado detalle. Esta casa de austeridad espectral que es la antítesis de nuestra sociedad del desperdicio. De la misma manera que mi amiga, con su vida excéntrica de cometa libérrimo, es la antítesis de lo artificial, de lo convencional y lo superfluo. Hay una especie de sencilla pureza en ella, una autenticidad que corta como una cuchilla. Sí, hay otras maneras de vivir. Se llama María".

            4. ¿Y nuestra vida comunitaria tiene necesidad ahora mismo de esa inteligencia honda que demanda la Palabra? Cómo no. La necesitamos para alejar miedos, para controlar ansias de poder, para desvelar (tarea de siempre) los raros caminos del corazón de los hermanos/as, para encontrar más sentido a nuestros planteamientos más elementales, para tener a raya el desaliento por nuestras limitaciones o carencias. "Dame inteligencia". También ésta habría de ser plegaria de nuestras comunidades, de nuestras Congregaciones.

 

  • En el secreto y silencio de tu cuarto, de tu capilla, en el rincón del campo, ora: "Dame inteligencia...".
  • Anímate a confiar más, a ser más indulgente, a verte más implicado. Por esas sendas viene la "inteligencia".
  • Valora a tus hermanos/as, sobre todo, por esta inteligencia para vivir de una forma que humaniza.
  • Créete amparado/a por la Palabra, sostenido por ella.

 

 

 

IX. PROMESAS

 

            Por mucho que las personas desconfiemos de las promesas (¡tantas veces nos han fallado, tantas hemos fallado!), éstas son necesarias. ¿Podríamos vivir sin promesas, sin el horizonte de lo utópico, sin los sueños por darse? Creemos que no. La Palabra alimenta la promesa y vuelve a nosotros/as cargada de esperanza. No es falsa su promesa, sino repleta de posibilidades. Eso sí, es una promesa implicativa, demanda nuestra colaboración. Si no, la promesa se queda a la espera.

 

1. Promesa que asegura (Phe: 118,129-136)

 

129Tus preceptos son admirables,
por eso los guarda mi alma;
130la explicación de tus palabras ilumina,
da inteligencia a los ignorantes;
131abro la boca y respiro,
ansiando tus mandamientos.

132Vuélvete a mí y ten misericordia,
como es tu norma con los que aman tu nombre;
133asegura mis pasos con tu promesa,
que ninguna maldad me domine;
134líbrame de la opresión de los hombres,
y guardaré tus decretos.

135Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
enséñame tus leyes;
136arroyos de lágrimas bajan de mis ojos
por los que no cumplen tu voluntad.

 

            1. El orante tiene clara conciencia de su fragilidad, de lo, a veces, resbaladizo de sus caminos, de los frágiles apoyos vitales sobre los que se asienta su existencia. Él también busca una seguridad que no tiene. La Palabra puede ser ése apoyo sólido que hambrea. Pero, ¿cómo puede la Palabra asegurar sus pasos? Siendo para él promesa, horizonte, utopía, anhelo. Sabe muy bien el orante del salmo que esa promesa es implicativa, que no va a lograr caminar seguro sin que él ponga de su parte todo lo que pueda. Pero si nadie le asegura que su camino vital se orienta a buen puerto, ¿cómo van a brotar en él las ganas de construir un camino humano, rico, fraterno? La Palabra asegura los pasos diciéndole que hay salida, que el horizonte es la dicha, que la plenitud está reservada a la persona, que esta existencia nuestra no es un extravío. Hay a quienes les puede parecer esta promesa algo inservible, porque vuelan a ras de tierra. Pero quien tiene conciencia de ser algo más que el mero pasar los días, esta promesa de horizonte, de plenitud, de dicha, le viene estupendamente para esponjar el alma, para respirar profundamente, para levantar los hombros. ¿Cómo nos asegura la promesa que es la Palabra? De tres maneras: a) Dándonos respiro, quitándonos cien años de encima. La Palabra nos libera de esa sensación de pesadumbre que fácilmente se pega a nuestra vida como las nieblas a la cumbre del monte. b) Nos asegura volviéndose  hacia nosotros. La Palabra es algo vuelto hacia nosotros, viene en socorro nuestro, se inclina sobre nuestros caminos, le interesan nuestros pasos en este discurrir por los años. No es la palabra algo hierático, rígido, desentendido de nuestros afanes. Es benevolencia que se vuelve, amparo que se cierne sobre nuestra vida, abrazo que envuelve. c) De tal manera que la palabra es rostro que brilla sobre nuestra vida. Y su brillo se contagia a nuestro rostro iluminándolo, haciéndolo radiante, de vivacidad contagiable, de ánimo  compartido. Así va asegurando nuestros pies, nuestros caminos y comportamientos, esa Palabra cargada de promesas, de futuro, de anchura. ¿Es esto creíble, pasa de ser algo meramente poético? Para el salmista esto es tan real que lo hace cimiento de su experiencia creyente. Él no hace poesía para la galería, sino que vierte en la oración sus certezas y sus anhelos, todo mezclado.

            2. ¿Ha sido Jesús una persona que ha vivido en las promesas del Padre? Sin duda. ¿Qué le ha prometido el Padre a Jesús? Cosas que se han vuelto también promesa para nosotros, porque lo bueno del asunto es que las promesas de Jesús son nuestras promesas verdaderas. Él ha sido para nosotros/as Palabra real que promete. A Jesús le ha prometido el Padre una dicha honda; por eso luego él ha prometido la misma dicha a los pobres (Mt 5,3). Le ha prometido y dado una paz sosegante, que luego él ha animado a darla como signo inequívoco del Reino (Mt 5,13). Le ha prometido una fraternidad básica en la historia humana que luego ha de verse reflejada en la certeza de que el Padre es uno y las personas hermanas sin más (Mt 23,8). El Padre le ha prometido un amparo indefectible que Jesús cree ciertamente que nunca le ha fallado (Jn 16,32). Ha recibido y experimentado la certeza de un encuentro hondísimo con el Padre como él mismo lo confirma diciendo que ambos son uno (Jn 10,30). Otra promesa del Padre ha sido una alegría inarrebatable, más allá de toda pena, y que será patrimonio de los mismos discípulos (Jn 16,22). Finalmente, ha prometido a Jesús, y por él a nosotros/as, un "hogar"  donde vivir con entrañable intimidad con ese Dios que hemos buscado, a veces, por caminos tan perdidos (Jn 14,2). De estas promesas que aseguran nuestros pasos dice Jesús que ha venido a dar testimonio (Jn 18,37). En sus promesas salimos nosotros/as beneficiados. ¿Qué hubiera sido de la vida de Jesús sin este trasfondo de promesas? ¿Habría podido aguantar el embate de sus propias crisis, de sus  hondos desconciertos? ¿Habríamos podido "heredar" nosotros esta promesa? (Rom 8,7).

            3. Nuestra sociedad tiene a gala no hacer caso de las promesas porque las considera engañosas, por siempre incumplidas. Sin embargo, se vuelve a prometer (por ejemplo en el caso de la política) y se vuelve a esperar su cumplimiento. Quizá, por encima de todo desencanto, perviva el anhelo y la necesidad de las promesas. Estamos necesitados de promesas que, de alguna manera, se cumplan. La Palabra puede ser presentada con ese arraigo antropológico que constituya una promesa de dicha honda. Eso sí, hay que decir claramente que sus promesas implican a la persona y que no han de darse sin su decidida colaboración. Es preciso desmontar la idea religiosa, fuertemente arraigada, de que la promesa divina nos va a traer lo que nosotros no trabajamos por poner en pie. Eso puede ser pura magia que nada tiene que ver con la fe en la promesa de la Palabra. ¿Sirve una promesa que demanda nuestra colaboración? Quizá haya que decir que es la única clase de promesa fiable. La otra, la que promete el oro y el moro como llovidos del cielo, es para desconfiar.

            4. La promesa de la Palabra asegura también los pasos de nuestra comunidad fraterna, porque nuestras comunidades tienen, con cierta frecuencia, la sensación de caminar por terrenos inciertos, resbaladizos. La promesa de la Palabra nos confirma, con la expresión del poeta, que "no es vano andar por camino incierto". Los caminos inciertos de abrir y cerrar, de una nueva espiritualidad, de una adecuación al momento presente, de nuestras inevitables fusiones, de una sensibilidad distinta a la heredada, de un modo de relación más franco, familiar y directo. No es vano andar por esos caminos que van cargados de interrogantes. La Palabra nos lo confirma. Y también nos emplaza. Nos interroga sobre si vivimos la relación con la Palabra como una relación liberadora o no, si el contacto con la Palabra nos hace más ágiles para volvernos a la realidad y a la persona del hermano/a, nos hace la pregunta de si irradiamos utopía, anhelo y búsqueda. Si respondiéramos negativamente a estas cuestiones la Palabra nos diría: hermano/a, si tú no te implicas, mi promesa queda reducida a casi nada, tiene que esperar a que tú entres en su dinámica, en su órbita. Quienes tenemos a diario la Palabra en la mano habríamos de responder con decisión: queremos colaborar con la Palabra que asegura nuestros pasos; es una suerte poder hacerlo. Si es así, ya estamos ya en el buen camino de las promesas de Dios.

 

  • Que te ilusionen las promesas de la Palabra; que te animen a implicarte en ellas.
  • Reza con buen ánimo: "Asegura mis pasos en tus promesas".
  • Repasa las promesas que Dios te ha hecho y mira si se van cumpliendo en tu vida.
  • Agradece al Dios fiel que cumple lo que promete, siempre que nosotros entremos en su planteamiento liberador.

 

 

2. Promesa acrisolada (Sade: 118,137-144)

 

            La promesa de la que habla la Palabra no es cualquier promesa. Es una promesa acrisolada, discernida, pasada por el tamiz de una fuerte revisión. ¿Qué elemento principal es el que produce un saludable discernimiento?: ese elemento es la justicia. Como veremos, eso es lo determinante para adherirse o no a una promesa. Por eso se puede decir que la promesa de la Palabra entronca con lo más profundo de lo humano, la vida en justicia, haciendo que no caiga en el peligro de algo fantasioso pero sin arraigo antropológico.

 

137Señor, tú eres justo,
tus mandamientos son rectos;
138has prescrito leyes justas
sumamente estables;
139me consume el celo,
porque mis enemigos olvidan tus palabras.

140Tu promesa es acrisolada,
y tu siervo la ama;
141soy pequeño y despreciable,
pero no olvido tus decretos;
142tu justicia es justicia eterna,
tu voluntad es verdadera.

143Me asaltan angustias y aprietos,
tus mandatos son mi delicia;
144la justicia de tus preceptos es eterna,
dame inteligencia, y tendré vida.

           

            1. Las promesas corren grave riesgo de descrédito si no se las sitúa en un marco de discernimiento. Somos, lo hemos dicho, tendentes a la fantasía, al falso sueño, al mesianismo que, desde fuera, va a arreglar todos nuestros problemas. Las promesas que sustentan esos planteamientos caen, indefectiblemente, en descrédito porque les falta algo esencial: la implicación de la persona. Una promesa desimplicada se desautoriza. Al contrario: una promesa que suscita implicación es una promesa con garantía. Las promesas de la Palabra son de esta segunda clase. Y la implicación la produce porque se valora desde el parámetro de la justicia. Ése es el gran logro de la espiritualidad de la promesa del Salmo: sin justicia, la promesa se devalúa; sin implicación en la justicia, la promesa es un vocablo vacío de realidad. ¿Cómo se acrisola la promesa por la justicia? Por tres caminos: Primeramente, la promesa ha de tener una voluntad de verdad.  Si la promesa encierra, en cualquiera de sus pliegues, el veneno de la falsedad, no solamente resulta contraproducente, sino que es injusta. Y con ello, la promesa se convierte en lo contrario a lo que está destinada: estaba destinada a suscitar ánimo y termina llevando a la persona por sendas de extravío. En segundo lugar, la promesa es estable, sosegante, generadora de equilibro, alentadora desde la sensatez. Una promesa loca, descerebrada, enajenada, no es la promesa que se acrisola en la justicia. Es un frenesí que lleva a una extraña danza, aquella que va de realidad en realidad sin engendrar nada. Y finalmente, la promesa se acrisola por la justicia eterna de Dios, una justicia que tiene en cuenta siempre el derecho de las víctimas que no mengua con el tiempo, sino que, con él, reclama lo suyo con sus intereses. Cuando la promesa apunta al socorro de las víctimas, de cualquier víctima, estamos ante una promesa auténtica.

            2. ¿Han sido las promesas de Jesús en los Evangelios de esta clase de promesas acrisoladas por la justicia? Algo de esos vemos en sus páginas. Recordemos algunos trazos: Hay que decir que Jesús ha sido duro con planteamientos, con promesas (de vida eterna incluso) que no incluían a las víctimas. En Lc 16,19-31 (el pobre Lázaro) se ve la convicción de que no hay nada que hacer con quien quiere mezclar promesa e injusticia. Las malaventuranzas de Lc 6,24-26 lo confirman. Por eso ha llamado bienaventurados a quienes padecen por la justicia (Mt 5,10) diciéndoles que de ellos "es ya" (en presente) el reino de los cielos. Ha puesto como ideal de la propuesta del reino el buscar primero el reino y su justicia (Mt 6,33), porque ahí está la clave para comprender la formidable promesa de un reino nuevo. Ha proclamado un tipo de justicia compatible con el amor, no excluyente, que solamente la generosidad de Dios es capaz de hacer semejante mezcla (Mt 20,15). En alguna ocasión ha hablado del pecado contra el espíritu que es "imperdonable" (Mc 3,29). Ese pecado tiene que ver algo con una inhumanidad revestida de promesa, de sueño, de utopía. Se muerde en ese cebo y se queda atrapado en el anzuelo de la injusticia. Eso es gravísimo. De manera que se puede decir que las promesas de Jesús han estado realmente acrisoladas por la justicia, por esa sed de verdad que anida en el fondo de su existencia y por una hondísima sensibilidad para con la suerte de las víctimas.

            3. Nuestra sociedad parece muy sensible a la realidad de la justicia. Su demanda se hace desde todos los lados y públicamente. Eso es bueno. Pero muchas veces no termina uno de desprenderse del sentimiento de que cuando se está pidiendo justicia, en realidad, lo que se está demandando es venganza. Una promesa de humanización, de bondad básica, de ternura, no puede caer en esa trampa. Por eso, es preciso poder decir al justo y al injusto, a la víctima y al victimario, que la justicia es la garantía de que ambos puedan salir un día regenerados, aquella en su derecho a ser satisfecha, ésta en obligación de satisfacer. ¿Cómo hacer esto? Únicamente si perciben que es posible a los humanos vivir estilos de vida, a la vez, justos y amorosos, comprensivos y serios a la vez. No es fácil el equilibrio entre ambas realidades, pero es preciso intentarlo para que la promesa de poder vivir como humanos no sea una quimera o, peor, una trampa que encubra realidades inconfesables.

            4. La vida fraterna habría de acrisolar su fe en las promesas de Jesús con una vida comunitaria lo más justa posible y, mezclado a ello, lo más compasiva posible. Si esa mezcla no se "palpa", decir que la Palabra tiene promesas acrisoladas no pasa de ser algo vacío. Además, es preciso que la VR haga más camino en la dirección de reparación, consuelo y socorro a cualquiera de las víctimas, a cualquiera de los crucificados de este mundo. Tal vez hayamos hecho un estilo de vida excesivamente tranquilo, donde orar sea nuestro compromiso único ante las víctimas. Siendo esto loable, hay que decir con sensatez que el problema de la justicia que demandan las víctimas necesita otro tratamiento para que pueda llegarse a una verdadera justicia. Habrá que comenzar por engendrar incluso una espiritualidad nueva. ¿Cómo nos suena aquella frase de Jon Sobrino de que "la resurrección no es devolver la vida a un cadáver sino hacer justicia a una víctima"? ¿Cómo abandonar la idea de una resurrección indolora? Y luego, vendrá la pregunta por la realidad concreta de las víctimas, de sus situaciones, de sus inquietudes y anhelos. Es entonces cuando las promesas de la Palabra brillarán con todo su esplendor.

 

  • ¿Te resulta sugerente esta espiritualidad de la promesa acrisolada por la justicia?
  • ¿Crees que la VR tiene algo que decir a las víctimas de la sociedad, de la violencia, del desamor?
  • ¿Observas situaciones de injusticia comunitaria que desacreditan la promesa de la Palabra?
  • ¿Es atractivo el perfil de un Jesús realmente apasionado por la justicia?

 

 

X. PRESENCIA

 

            La Palabra, como no podía ser de otra manera, habla, se refiere, intenta explicitar una presencia, la del Padre y Jesús que acompañan nuestra existencia. Por eso no nos ha de extrañar que este salmo hable también en modos vivos de la presencia, de la cercanía, de la mirada de Dios volcado a la vida, a la historia. Quizá haya que decir de entrada que, para entenderlo bien, hemos de flexibilizar el tema de las presencias creyendo que éstas son más y más amplias que la sola presencia física. No se trata de creer en fantasmas, sino de sentir que los muros de lo físico (la separación vida-muerte, aquí-allí, cerca-lejos) no son muros definitivos, sin fisuras. No, el misterio de las presencias vivas envuelve el hecho humano. Desvelarlas es acercarse a lo profundo del misterio de la vida y la fe va un poco por esa senda. Por eso, escuchamos lo que el Salmo dice de la presencia.

 

1. Cercanía (Coph: 118, 145-152)

 

            Quizá, antes de hablar de presencias, haya que hablar de cercanías, hacerse sensible a ese lento, pero real, acompañar de Dios al camino humano. Su silencio no es síntoma de alejamiento, sino de mayor cercanía, de presencia más ceñida.


145Te invoco de todo corazón:
respóndeme, Señor, y guardaré tus leyes;
146a tI grito: sálvame,
y cumpliré tus decretos;
147me adelanto a la aurora pidiendo auxilio,
esperando tus palabras.

148Mis ojos se adelantan a las vigilias,
meditando tu promesa;
149escucha mi voz por tu misericordia,
con tus mandamientos dame vida;
150ya se acercan mis inicuos perseguidores,
están lejos de tu voluntad.

151
Tú, Señor, estás cerca,
y todos tus mandatos son estables;
152hace tiempo comprendí que tus preceptos
los fundaste para siempre.

 

            1. Nadie duda de que el salmista cree que el Dios al que ora está cerca. Pero su anhelo de cercanía es siempre sed que no termina de saciarse del todo.  Quisiera, como todo el mundo, ver, tocar, palpar (esta sed se saciará solamente con Jesús: 1 Jn 1,2). Sin embargo, se le ha dado una mediación: tocarle en su Palabra, hacerlo cercano en la voz que le que envuelve, en las sugerencias espirituales sembradas en el interior. Él, sin duda, las aprecia, pero quisiera verlo más cerca (únicamente la certeza de la verdad histórica de Jesús puede saciar un anhelo como ése). Su plegaria, el deseo de su cercanía para adensar su presencia tiene sentido y mantiene vivo el anhelo, el deseo de ese Dios en el caminar concreto de su vida. No es, pues, un deseo vano, sino recompensado por una presencia oculta pero verdadera, muda por elocuente, silenciosa pero activadora. ¿Cómo siente el orante esa cercanía? De tres maneras: a) Primeramente sabiendo que su grito no es un gemido que se pierde en el vacío. Dios lo escucha, como escuchó el grito de quienes eran esclavos en Egipto (Ex 3,9). b) Además, la misma espera antes que las vigilias y antes que la aurora están queriendo indicar que Dios activará su presencia. No puede dejar al orante sumido en una oscuridad sin respuesta de ninguna clase. Tal vez no responda como él desearía, pero sabe que Dios está ahí. c) Y finalmente, porque está seguro de la escucha misericordiosa de Dios. No se hace el desentendido, el sordo, el loco, sino que la certeza de que escucha sostiene toda su actividad orante y creyente. Un grito, una espera, una escucha, ésas son las sendas por las que la cercanía de Dios se va haciendo presente en la vida del orante. No son caminos que terminan de saciarle, pero le ayudan a mantener vivo el anhelo de la presencia plena y a olfatear esa presencia en la oscuridad de ahora.

            2. ¿Ha sentido Jesús en su vida la cercanía del Padre? Todo da a pensar que sí. Desde su anhelo inicial (Lc 2,49) hasta la entrega de su vida (Lc 23,46), porque nunca el Padre estuvo más cerca de Jesús que en ese momento de desgarro definitivo. Y luego la cercanía en sus caminos (Mc 10,18), en su contacto con la gente (Mc 3,35), en sus horas de soledad (Mc 9,2ss), de despiste hondo (Mc 14,36), de abandono (Jn 16,32). No podemos colegir por los Evangelios el nivel de cercanía a que Jesús ha llegado en la relación con su Padre, pero se intuye que fue hondo. El aserto de Jn  ("el Padre y yo somos uno": Jn 10,30) no es una vaciedad, sino la más elemental realidad. Si Jesús no hubiera sentido y vivido fuertemente la cercanía del Padre no habría podido mantenerse ni en sus sueños, ni en sus decisiones.

            3. La cercanía ha sido siempre demandada a gritos en la sociedad humana. Siendo, como somos, animales "sociales", resulta que nuestras formas de vida, estando cerca físicamente, se hallan, a veces, a leguas de distancia anímicamente. De ahí, la mordedura de la soledad. Estar cerca, como escuchar, como acompañar son tareas urgentes para lograr una sociedad saludable. Por eso, ¿cómo hacer ver que la Palabra es una herramienta muy buena para el cultivo de la cercanía, de Dios y también de la persona? Acercarnos en el marco común de la Palabra, ésa habría de ser una preocupación. Muchos autores, poetas, escritores, hacen, además de una obra bella, una obra humana porque acercan en el ámbito de la palabra a muchas personas, a muchas conciencias, a muchas sensibilidades. Humanizan la sociedad. Sin palabra seríamos como islas.

            4. Algo similar nos puede pasar en la vida fraterna con el agravante de que físicamente vivimos juntos/as: estando tan juntos, a veces estamos tan lejos. Algo no va bien cuando usamos la Palabra juntos y nuestros caminos hondos difieren tanto. La lectura creyente de la Palabra habría de llevarnos a la cercanía. Más aún, esa cercanía fraterna pondría rostro a la cercanía con Dios. Porque por lógica joánica (Si dices que amas a Dios a quien no ves, pero no amas a tu hermano a quien ves) habría que deducir que la lejanía fraterna desvela la lejanía de Dios y al revés: la cercanía al corazón del hermano pone rostro a nuestra cercanía de Dios. Nos queda, sin embargo, un último consuelo: que, por suerte, la cercanía de Dios a nosotros no depende principalmente de nuestro amor a él, sino de su amor a nosotros. Por eso, aunque nuestros días lejos de Dios sean muchos, en realidad todos están en su presencia amorosa, porque él no deja de estar pegado a nuestra existencia no como un impertinente, sino como un amante incomprensiblemente fiel y tenaz.

 

  • ¿Cómo agilizar en nuestra vida el tema de las presencias?
  • ¿Cómo sentimos y vivimos la cercanía del Padre a nuestra vida?
  • ¿Vamos creciendo en cercanía real con cada uno/a de los hermanos/as de la comunidad?

 

 

2. Mirada (Res: 118,153-160)

 

            Sartre considera que es un dato de experiencia la presencia del otro como sujeto: el otro nos es presente de un modo manifiesto en la experiencia de la mirada, que es la experiencia fundamental en la comunicación. Cuando sentimos que alguien nos mira, sentimos que estamos ante otra subjetividad, ante otra conciencia, no ante un mero objeto; del otro que se nos hace presente de este modo podemos temer que se enfrente a nuestros proyectos, a nuestra libertad; sentimos que estamos delante de un ser con el que podemos contar, o al que nos hemos de oponer, delante de un ser que nos valora y pone en cuestión lo que somos, lo que queremos, nuestro ser. Es el ámbito primero que abre la puerta a la comunicación. Nosotros creemos que se puede mirar con benignidad. Esa mirada benigna es la que el salmista pide a Dios: que le siga mirando con amor, porque tiene la certeza de que si lo hace así, su vida camina en la dirección de la dicha.

 

153Mira mi abatimiento y líbrame,
porque no olvido tu voluntad;
154defiende mi causa y rescátame,
con tu promesa dame vida;
155la justicia está lejos de los malvados
que no buscan tus leyes.

156Grande es tu ternura, Señor,
con tus mandamientos dame vida;
157muchos son los enemigos que me persiguen,
pero yo no me aparto de tus preceptos;
158viendo a los renegados, sentía asco,
porque no guardan tus mandatos.

159Mira como amo tus decretos,
Señor, por tu misericordia dame vida;
159el compendio de tu palabra es la verdad,
y tus justos juicios son eternos

 

            1. El orante no teme la mirada de Dios, la desea, la hambrea. Se echa a temblar cuando Dios aparta sus ojos de su historia, de su pueblo, de su vida (Sal 29,8). Sabe que si Dios le mira, la compasión le rodea (Sal 87,15). Está seguro. Podría decirse, de alguna forma, que el yahvismo es una religión de la mirada de Dios. En el primer libro de Samuel (16, 1b. 6-7. 10-13a.), se relata qué condiciones ha de tener el ungido. Samuel es enviado a buscarlo. No puede fijarse en sus intereses, ni puede fijarse en sus apetencias, tampoco puede fijarse en su belleza, en su apariencia, o en su gran altura. Y el texto pone un límite de diferenciación: "la mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón". El orante se siente seguro cuando la mirada de Dios evalúa su corazón porque sabe que lo va a hacer de manera tan humana, tan apreciadora, tan valoradora de todos los elementos que confluyen en ese arcaico y contradictorio corazón que, al final, va a salir bien parado. Por tres razones se siente seguro bajo la mirada de Dios: a) Porque es una mirada que rescata,  que saca lo mejor de uno/a mismo/a, que pone a flote los restos de cualquier naufragio y recompone las velas más destrozadas de nuestra nave histórica. b) Porque es una mirada de gran ternura. No es la mirada dura y cosificadora que temía Sastre, sino la mirada que envuelve amor porque procede de las entrañas del corazón. c) Porque es una mirada que procede de la más honda misericordia, de la correcta apreciación de lo que uno/a realmente es. Así es la mirada de Dios, liberadora, tierna, misericordiosa, creadora de vida, constructora de la persona. Nunca habría sabido esto el orante si no se le hubiera mostrado en la Palabra. En ella ha descubierto estos dinamismos que otorgan un nuevo horizonte a la existencia.

            2. ¿Ha sido la vida de Jesús una vida bajo la mirada creadora y amorosa del Padre? Intuimos, a través de las páginas evangélicas, que sí. Ha mirado su pobre nacimiento; por eso el mensaje divino de la paz que le acompaña (Paz en la tierra...Lc 2,14). Ha mirado sus anhelos de adolescente (Lc 2,49) y su increíble entrega al programa del Reino (Mt 3,17). Ha mirado las andanzas por los caminos (Mt 10,7) y los encuentros con la gente (Mt 12,15-21). Ha mirado sus honduras más personales hasta poder afirmar que nadie conoce realmente el secreto del Padre sino el Hijo y aquel a quien éste se lo quiera revelar (Mt 11,27). Ha mirado sus silencios duros (Mc 14,36) y, sobre todo, su pobre muerte (Lc 23,46). Se ha alegrado con el triunfo de su resurrección (Filp 2,6-11). Una vida bajo la mirada del Padre. Así ha sido la suya. De tal manera que cuando ahora lo miramos podemos reconocer en sus rasgos el perfil de amor del Padre.

            3. La convivencia social depende mucho de la manera como la persona mira a la sociedad. Si su mirada es negativizadora, censuradora, débilmente fraterna, su manera de situarse en esa sociedad será siempre difícil, desagradable, sin sentir nunca que se está en casa. Si, por el contrario, es una mirada benigna (lo que no excluye la crítica y el discernimiento de lo que se valora como negativo), fraterna, apoyadora, compasiva, colaboradora, su manera de sentirse sociedad será muy distinta. Decía Tony de Mello: "El primer acto de amor consiste en ver a esa persona u objeto, esa realidad, tal como verdaderamente es. Lo cual exige la enorme disciplina de liberarte de tus deseos, de tus prejuicios, de tus recuerdos, de tus proyecciones, de tu manera selectiva de mirar; una disciplina tan exigente que la mayoría de las personas prefieren lanzarse de cabeza a realizar buenas acciones y a ser serviciales que someterse al fuego abrasador de semejante ascesis. Cuando te pones a servir a alguien a quien no te has tomado la molestia de comprender, de mirar ¿Estás satisfaciendo la necesidad de esa persona o la tuya propia? El primer ingrediente del amor, por tanto, consiste en comprender realmente al otro, cosa que pasa por el mirar".

            4. ¿Puede uno/a pasar muchos años junto a una persona en una vida en comunidad sin haberla mirado bien? Puede, porque el mirar no es solamente ver, sino es fijarse, calibrar, observar con aprecio y luego actuar, colaborar, preguntar, respetar, amar en definitiva. Hay un misterio de ceguera en nuestras relaciones que andamos como ciegos que ven: vemos el exterior, pero no terminamos de ver la realidad de la persona. La comunidad que ora con la Palabra a través de la cual Dios nos mira habría de ser una comunidad de expertas en ver el corazón del otro, a no cansarse de mirarle con aprecio y bondad, por muchos y evidentes que sean sus fallos. Quizá las verdades reales de la persona empiezan a aparecer tras mucho mirar con amor. De muchas maneras se ha definido la vida comunitaria, todas valiosas. Pero no estaría mal decir que ella es el lento trabajo de mirar al otro/a hasta aprenderlo en lo más elemental, su deseo de ser bueno/a y de ser hermano/a. A algo de eso llama el salmo.

 

  • ¿Crees que esto de la mirada es accidental en el salmo y en la vida o que, por el contrario, tiene su con qué?
  • ¿Qué niebla es la que nos impide mirar bien al hermano/a?
  • ¿Qué te sugiere el sentirte mirado/a por el amor del Padre a través de la Palabra?
  • ¿Cómo no caer en le ceguera de convivir muchos años sin mirar a la persona?

 

 

 

XI. AMOR Y BÚSQUEDA

 

            El Sal 119 es, lo hemos dicho repetidas veces, un canto de amor a la Ley, a la Palabra. De amor: de eso se trata. En el fondo, lo que se quiere es, al terminar esta larga experiencia orante, afianzar, aún más, el amor a la Palabra y, con ella, al mismo Dios. Si este recorrido no diera como fruto inmediato una vibración más cálida y viva sobre el Dios vivo y amado, no habríamos llegado a buen puerto. Si por el contrario, la sed de Dios se ha visto más sosegada, quizá hemos dado en el clavo. Pero eso tiene sus rostros: uno de ellos, con los que se clausura el salmo, es el afán de seguir buscando y de desear ser buscado por el mismo Dios. Y hay otro rostro: la evidencia del crecimiento del amor a la persona, a la realidad. Si ese amor histórico, concreto, elemental, no sale potenciado, no hemos atinado en esta diana. No se trata de vanos espiritualismos ni de fervores sin fondo. Pero el largo recorrido por el salmo habría de llevar al orante a una mayor vibración en cualquier clase de amor. "¿No ardía nuestro corazón cuando nos explicaba las Escrituras por el camino?", dicen los de Emaús (Lc 24,32). Algo de eso habría que experimentar en estas estrofas finales del salmo. Ojalá.

 

•1.     Amor intenso: (Sin: 118,161-168)

 

161Los nobles me perseguían sin motivo,
pero mi corazón respetaba tus palabras;
162yo me alegraba con tu promesa,
como el que encuentra un rico botín;
163detesto y aborrezco la mentira,
y amo tu voluntad.

164Siete veces al día te alabo
por tus justos mandamientos;
165mucha paz tienen los que aman tus leyes,
y nada los hace tropezar;
166aguardo tu salvación, Señor,
y cumplo tus mandatos.

167Mi alma guarda tus preceptos
y los ama intensamente;
168guardo tus decretos,
y tú tienes presente mis caminos.

 

   1. No hay duda de que el orante, como gran parte de las personas, está interesado por el amor. Pero él quiere llegar a un amor intenso. Eso es cosa distinta. El amor intenso incluye una dosis de exaltación, de fervor y hasta de "locuras". Quien no haya hecho "locuras de amor" quizá no sabe aún lo que es el amor intenso. ¿No decían los místicos medievales que Dios era un manikos eros, un loco de amor? (Nicolás Cabasilas). ¿Por qué entender el hecho de Jesús como algo teológico cuando puede ser entendida como algo que tiene que ver con un amor intenso, desbordante, loco. No habla el salmista de extravagancias, de cosas raras y sin contexto, sino de intensidad, de profundidad, de incansable ahondar en el secreto del amor. En el fondo, su rumiar la Palabra con una tenacidad a prueba de fracasos es el rostro de ese amor intenso. ¿Cómo ha ido llegando el orante a enmarcar su experiencia creyente en ese amor? De cuatro maneras: 1) Se ha acercado a ese suelo sagrado del amor con respeto, con mimo, con cuidado, no como elefante en cacharrería. Un amor ruidoso, avasallador, desenfocado, no es un amor intenso y sanamente loco sino un desmadre que todo lo confunde. 2) Además se ha acercado a la Palabra con profunda alegría, no por obligación ni con pesadumbre, sino como quien sabe que va a la búsqueda de un auténtico tesoro. 3) También ha recorrido esa senda con fidelidad,  siete veces por día, continuamente. Un amor que no es fiel es un amor a trompicones, de exaltación momentánea, pero de esa locura que no destruye sino que construye. 4) Además, no ha estado exenta de esta senda, por paradójico que parezca, la paz. Un modo sosegado y tranquilo de acercarse al hondo misterio del amor. Desde ahí se tiene la seguridad de que el amor del Padre tiene presente los propios caminos, de que el amor intenso entrevera la senda del Padre y del orante. Respeto, alegría, fidelidad, paz: estos son los ingredientes del amor intenso, del amor de quien locamente no se vuelve atrás de esta senda.

   2. ¿Ha sido el amor de Jesús de esa clase amor intenso, con esa pizca de entrañable locura que lo hace vibrante? Sin ninguna duda. Toda su vida ha estado marcada por él. ¿Si no, cómo se entendería su honda actividad espiritual (su oración de noche, su lectura fiel de la Palabra, su compartir orante con la oración del pueblo)? ¿Cómo en entenderían sus caminos (llenos de dolor, de decepciones, de traición y también de alegrías, de buenos ratos, de cercanía? ¿Su misma resurrección, cómo se entendería (escrito de Masiá)? Los estremecimientos de Jesús tienen que ver con esta realidad del amor intenso de Dios fuertemente vivido y experimentado (Lc 10,21). Sus gozos personales se insertan en ese amor intenso fuertemente experimentado que quiere pasar a sus discípulos. Sin temor a equivocarnos se puede decir que el amor de Jesús ha sido intenso porque él ha valorado fuertemente esa clase de amores (Lc 7,36-50).

   3. Puede decirse que en la sociedad de hoy hay, muchos, amores alocados, destartalados que no sabe uno muy bien adónde conducen. Pero hay también amores intensos, locos, por personas, las más débiles, que siguen pareciéndonos maravillosos: el amor de las personas (misioneros, cooperantes, otros...) que van en la dirección contraria de los flujos de personas que solamente buscan bienestar; el amor de quienes se empeñan en seguir en lugares de desamparo, más allá del frío intenso; el amor fiel de quien cuida año tras año a los débiles sin tirar la toalla; el amor oculto de quien se entrega a la contemplación de Dios, de la naturaleza, de los caminos tan contradictorios de las personas; el amor de quien ha encontrado gozo en el servir sin más. Mil maneras de amar intensamente. Hay especialistas que dicen que el amor intenso solamente puede durar entre 12-18 meses. Pero lo cierto es que hay personas que superan con creces esos límites y hacen de toda su vida un camino de esa calidad. Conectan, de alguna manera con la espiritualidad de fondo del Salmo.

   4. La comunidad que ora con la Palabra y la cree útil para acrecentar en al amor y para adentrarse en ese misterio de honda intensidad escucha atentamente aquel consejo de 1 Pedro 1,22: "Purificados ya internamente por la respuesta a la verdad, que lleva al cariño sincero por los hermanos, amaos unos a otros de corazón e intensamente". No se trata únicamente de amarse, convivir, respetarse, colaborar, sentirse grupo, que no es poco. Se trata de poner en todo esto una comprobada "intensidad". Es preciso percatarse si con el correr de los años el amor fraterno se intensifica, se estanca o se diluye. Esto puede "comprobarse" por las "vibraciones" que suscita en nosotros/as el hecho comunitaria, por nuestra capacidad para ilusionarnos con proyectos comunes, con la evidencia de que se está más a gusto y confiado/a ante el otro/a, incluso ante su manifiesta debilidad. Si esto no fuera así, además de crear un interrogante a nuestra propia opción de vida en común se vuelve contra el hecho de manejar una Palabra que anhela intensificar el amor. Esa

es la finalidad de fondo del trato con la Escritura.

 

  • ¿Cómo intensificar el amor en la práctica diaria?
  • ¿Dónde encontrar ayudas para hacer crecer el amor.
  • Repite sin cansarte: "Amo intensamente la Palabra" y "Quiero amar intensamente a la persona".
  • Que el aprecio de la Palabra crezca a la par con el aprecio de las personas.

 

 

2. Búsqueda: (Tau: 118,169-176)

 

            Queda fuera de duda que el Sal 118 es la expresión de un buscador de Dios a través de la palabra en el camino de la vida. Buscar a Dios ha sido siempre una pasión en Israel. Parece que había un grupo oficial llamados así: "Buscadores de Dios" (peculiar oficio). En realidad, como dirá el mismo Sal 118, buscar a Dios solamente es posible en la medida en que, a la vez, se deja uno buscar por el Dios que anda tras nuestro rastro, tras nuestro amor. El Salmo va a terminar con un propósito de continuada búsqueda por parte del orante y de deseada desde el lado de Dios mismo. Buscar y ser buscado/a. Ahí está dibujado el dinamismo de la experiencia cristiana que suscita la Palabra.


169Que llegue mi clamor a tu presencia,
Señor, con tus palabras dame inteligencia;
170que mi súplica entre en tu presencia,
líbrame según tu promesa;
171de mis labios brota la alabanza,
porque me enseñaste tus leyes.

172Mi lengua canta tu fidelidad,
porque todos tus preceptos son justos;
173que tu mano me auxilie,
ya que prefiero tus decretos;
174ansío tu salvación, Señor;
tu voluntad es mi delicia.

175Que mi alma viva para alabarte,
que tus mandamientos me auxilien;
176me extravié como oveja perdida:
busca a tu siervo, que no olvida tus mandatos

 

   1. No deja de maravillar que una persona de tan profunda experiencia en torno a la Palabra como una búsqueda aún por darse, como un trabajo para cada nueva jornada. Parecería que ya ha llegado a la meta definitiva, el amor fiel a la Palabra, pero se sabe en el sendero, en el camino, en el trabajo. Por eso, sabe el orante que cada día tiene que buscar, tiene que estar en actitud de contemplación, de profundización, de escucha, de oído atento. Y, más todavía, ese deseo de búsqueda le lleva a la certeza de que el bien mayor que puede sobrevenir a su vida es que Dios le busque, que se haga encontradizo en su camino, que le ampare en sus inevitables extravíos. Sabe este orante humilde de lo turbio de los caminos humanos y de la gran luz que se necesita para vivir. Y por eso no es de extrañar que se entienda a sí mismo como "oveja perdida" necesitada de una orientación vital que la saque de los atolladeros de la vida. Precisamente el ser "tu siervo, que no olvida sus mandatos", el probado amor a la Palabra asimilada con hondo amor, es lo que cree como único "aval" ante Dios para que éste no deje de buscarle. Si lo hace, su vida arribará a buen puerto. Como decía Unamuno: "Cuando llegué a tu roca llegué a puerto y esperándome allí a la última cita sobre tu mar vi el cielo todo abierto." ¿Cómo llega el orante a este anhelo? A través de un proceso de búsqueda de las huellas de Dios en la vida. Para ello emplea tres caminos: 1) La persistencia en el clamor, súplica, alabanza, canto,  es decir, un propósito decidido de oración humilde y continuada, profunda y fiel, escuchadora y tenaz, disfrutante y creativa. Piensa el orante que este camino en el silencio, en el sosiego, en la súplica oculta, en el ceñirse a la Palabra con toda confianza es camino que hace brotar el anhelo de ser buscado. 2) El ansia, el deseo orientado hacia ese Dios que le busca. Es la oración para él una escuela del deseo, un ámbito donde orientar los deseos, dinamismos decisivos, al Dios que le busca, con lo que, piensa, su vida cobrará sentido y surgirá el disfrute. 3) En definitiva, una vida para la alabanza, hecha alabanza no solamente por la actividad orante sino por todos sus componentes, una vida humilde, e incluso pecadora, pero de cara a Dios. Buscando percibe mejor que es buscado y su dicha y así el sentido de su vida crecen sin parar. Viene a la memoria aquello de san Agustín: "Tú estabas dentro de mi alma y yo, distraído, te buscaba fuera". Este orante busca dentro y fuera, en la vida toda.

   2. ¿Ha manejado Jesús esta espiritualidad de buscar para saberse buscado? Sin ninguna duda. Por eso ha enunciado lo fundamental del reino en clave de búsqueda: "Buscad primero el reino de Dios y su justicia..." (Mt 7,21). Ha alabado explícitamente a quien anda en una situación de búsqueda: "No estás lejos del reino de Dios" (Mc 12,34). Ha desenmascarado búsquedas interesadas ("Todo el mundo te busca": Mc 1,37; "No me buscáis por el alimento que perdura...": Jn 6,27). Y, sobre todo, ha presentado el perfil del Padre, en consonancia con el Salmo, como un Dios que, arriesgada y alocadamente ha salido a buscar la oveja perdida poniendo a las otras en riesgo al dejarlas solas en la majada (Mt 18,12-14). Su misma vida no puede entenderse sino desde esa perspectiva de la búsqueda amorosa de la personas en sus caminos siempre amenazados de extravío: "El Hijo del Hombre ha venido a buscar lo perdido" ( (Lc 19,10) y lo suyo no es buscar a sanos, sino a necesitados de salud (Lc 5,32). Y ¿quién puede decir que en algo no está necesitado/a de salud?

   3. Alguna otra vez lo hemos dicho: la sociedad está necesitada de gente aventurera, buscadora, intrépida, arriesgada. Somos legión los mesurados, tranquilos, "sensatos", moderados. Si no fuera por los primeros, nuestra vida terminaría en una indudable apatía. Gracias, pues, a quien se lanza a la búsqueda sin medir excesivamente los riesgos, sin querer todo atado y bien atado, sin desear caer siempre de pie. Los aventureros, más allá de sus extremismos, tienen una atracción, aún hoy, en el corazón de muchas personas. Porque la mediocridad y el consumismo en la que, con frecuencia, vivimos nuestros días, no terminan de apagar ese "ser para la aventura", para lo nuevo, para lo desconocido que es el nuestro. Dicen los aventureros: "La persecución de la aventura por el hombre no se debe tanto a la presencia de esta aventura; la razón subyace oculta, misteriosa, en el carácter complejo del hombre." De ahí que cuando el rostro de la aventura cotidiana, del cambio, de la nueva posibilidad, del horizonte distintos, del pequeño cambio, llama a nuestras puertas, no habríamos de darle siempre un portazo y decir, como Nicodemo, "imposible". Quizá desde algún lado y en cierta medida sea posible. Y podría hacernos un gran bien abriéndonos a la aventura del hermano/a y de la trascendencia, de Dios mismo.

   4. Nadie duda que la vida religiosa es, en el fondo, una búsqueda de Dios y que mantiene en su núcleo el anhelo de ser buscados por él. Pero la rutina de los días, el individualismo con que envolvemos todo, el egoísmo siempre acechante terminan por nublar es hermoso horizonte. Es preciso, lo dice hasta Juan Pablo II, inyectar en la vida comunitaria una cierta dosis de riesgo y de aventura. Desde ese terreno que tememos, aunque es liberador, se puede gritar a Dios el anhelo de ser buscados. Si no, ¿desde dónde? ¿Únicamente desde la conciencia moral de pecado, cada vez más desleída? Tendríamos que animarnos al riesgo, a lo que no está del todo previsto. Habríamos de ser personas más valientes porque están aprendiendo la confianza en uno que les busca. El riesgo, un poco "inconsciente" habría de desplazar a esa mesura que caracteriza a nuestras instituciones religiosas. ¿Cómo la fe, la confianza en un Dios que nos busca, puede desplazar a los temores naturales o adquiridos? Y si estos triunfan en nuestra vida, ¿para qué ha servido la fe?

            Que al terminar esta larga meditación en torno al Sal 118 nos quede, como su mejor legado y testamento, la certeza de que la nuestra es una vida amparada, buscada por el amor del Padre. Desde ahí, que brote la alabanza, la fraternidad y la dicha. Amén.

 

 

ÍNDICE

Introducción.......................................................................  1

 

I. EN EL FONDO

            1. La radical confianza (Aleph: 118,1-8)................................. 2

            2. La alegría honda (Beth: 118,9-16) ....................................  4

II. DINAMISMOS

            1. Promesas (Ghimel: 118,17-24) .........................................  7

            2. Caminos (Daleth: 118,25-32) ...........................................   9

III. ESCUELA DE VIDA

            1. Enseñar el amor (He: 118,33-40) ....................................... 12

            2. Enseñar la sinceridad (Vau: 118,41-48) ...............................          14

IV. SENTIDO DE LA VIDA

            1. Esperanza viva (Zain: 118,49-56) ......................................            16

            2. Tierra de bondad (Heth: 118,57-64) ...................................           19

V. CERTEZAS

            1. La certeza de la bondad (Teth: 118,65-72) ...........................        21

            2. La certeza de la compasión (Yod: 118,73-80) .....................         24

VI. UN INTERIOR BULLENTE

1. Preguntas apasionadas (Kaph: 118,81-88) ........................           26

  • 2. Honda pertenencia (Lamed: 118,89-96) ........................... 28

VII. CAMINOS

            1. Caminos de humanidad (Mem: 118,97-104).......................          31

            2. Caminos iluminados (Nun: 118,105-112).............................          33

VIII. NECESIDAD

            1. Necesitados/as de apoyo (Samek: 118,113-120).............           35

            2. Necesitados/as de inteligencia (Ain: 118,121-128) .........           38

IX. PROMESAS

            1. Promesa que asegura (Phe: 118,129-136) .......................           40

            2. Promesa acrisolada (Sade: 118,137-144) .........................           43

X. PRESENCIA

            1. Cercanía (Coph: 118,145-153) ................................................         45

            2. Mirada (Res: 118,153-160) .....................................................           47

XI. AMOR Y BÚSQUEDA

            1. Amor intenso (Sin: 118,161-168)..........................................            50

            2. Búsqueda (Tau: 118,169-176) ...............................................           51

Índice ............................................................................................................. 54

 

Juan 13

CVJ

Domingo, 31 de mayo de 2009

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

13. Jn 4,4-26

 

Introducción:

 

                Cuenta la Biblia que aquel José que estuvo en Egipto, cuando se reconcilió con sus hermanos que anteriormente le habían vendido a unos mercaderes, "les habló llegándoles al corazón".  Palabras que lleguen al corazón. De esas estamos necesitados/as. Porque es cierto que muchas de nuestras palabras se quedan en la superficie, son puro viento, no tocan la fibra de lo que somos. Por eso nos cansan tanto las palabras y decimos que estamos hartos/as de ellas. Pero las palabras que llegan al corazón, humildes, compañeras, sencillas, humanas, son muy apreciadas y siempre tendrán una gran fuerza en nuestra vida. Ojalá se nos digan esas palabras; ojalá las digamos a los demás. Nuestro corazón, nuestro interior, nuestros caminos, nuestra vida hambrean esas palabras profundas y sencillas, modestas y acompañantes.

                Es que el Evangelio de Juan, cuando quiere decir cómo Dios se va volcando a la historia humana, cómo nos quiere, cómo nos ampara, dice que es un Dios que habla a través de Jesús: "Soy yo el que habla contigo", dice Jesús a la mujer de Samaría. Un Dios que habla con nosotros a través de Jesús. Un Dios que dice palabras que no condenan, que no juzgan, sino que curan y aman. Jesús sigue hablando al corazón de muchas personas. Por eso hay siempre gente que, desde lados diversos (no religiosos incluso) se siente atraída por Jesús. Él tiene palabras capaces de consolar, de alentar, de "hacer arder" al corazón. Si no fuera por esas palabras vivas, creeríamos que el silencio de Dios era la prueba de su total lejanía, cuando resulta que es la evidencia de su más fiel acompañamiento a nuestra vida.

 

***

 

Texto:

 

4Tenía que pasar cruzando por Samaría. 5Llegó, pues, Jesús a un pueblo de Samaría llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José: 6allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía.

                                               7Llega una mujer de Samaría y Jesús le dice:

                               -Dame de beber.

                                               8(Sus discípulos habían ido al pueblo a comprar comida).

                                               9La Samaritana le dice:

                               -¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?

                               (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos).

                                               10Jesús le contestó:

                               -Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva.

                                               11Le dice la mujer:

                               -Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?;  12¿eres más que nuestro      padre Jacob, que nos dio este pozo y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?

                                               13Le contestó Jesús:

                               -El que beba de esta agua volverá a tener sed; 14pero el que beba del agua que yo le daré nunca más volverá a tener sed; no, el agua que yo voy a darle se le convertirá dentro en un surtidor de agua que salta hasta la vida definitiva.

                                               15La mujer le dice:

                               -Señor, dame agua de ésa; así no tendré más sed, ni                 tendré que venir aquí a sacarla.

 

                                               16Él le dice:

                               -Anda, ve, llama a tu marido y vuelve.

                                               17La mujer le contesta:

                               -No tengo marido.

                               Jesús le dice:

                               -Tienes razón, que no tienes marido: 18has tenido ya cinco y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad.

                                               19La mujer le dice:

                               -Señor, me doy cuenta que tú eres un profeta. 20Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén.

                                               21Jesús le dice:

                               -Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. 22Voso­tros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, la prueba es la salvación que viene de los judíos. 23Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y ternura, porque el Padre desea que le den culto así. 24Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y ternura.

                                               25La mujer le dice:

                               -Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga él nos lo explicará todo.

                                               26Jesús le dice:

                               -Soy yo: el que habla contigo.

 

***

 

Ventana abierta:

 

            Este señor es el famoso psiquiatra Víctor Frankl. Él inventó una especie de "ciencia" que la llamó logoterapia: Curar con palabras, porque él creía firmemente que las palabras buenas tenían un alto poder curativo. Así se ha demostrado. Muchos programas de curación humana (entre ellos el Proyecto Hombre) emplean esta técnica porque las palabras buenas, dichas a la verdad de la persona, pueden llegar a regenerar a la persona, a darle ánimos nuevos.

                Oramos: Que nuestras palabras sean bondadosas y humanas; que nos curemos con palabras sanadoras; que apreciemos a quien nos habla al corazón.

 

***

 

Desde la persona de Jesús:

 

                La conversación de Jesús con la mujer de Samaría quiere sembrar sosiego en una persona que representa a un colectivo marginado. Jesús les viene a decir: no es imprescindible ser de un pueblo o de otro, de una cultura o de otra (pozo de Jacob); no es determinante el haber tenido éxito en la relación, en el amor (cinco maridos); no depende todo del lugar de culto, de la religión que uno tenga (en este monte o en Jerusalén). En definitiva: no hay obstáculo para que uno/a aspire a la vocación a la dicha, al disfrute vital, a la amistad de verdad. Palabras curativas, las de Jesús.

                Oramos: Gracias, Señor, por tus palabras que curan; gracias, Señor, por tu palabras que acompañan; gracias, Señor, por tus palabras que devuelven la esperanza.

 

***

 

Ahondando:

 

                La mujer de Samaría tiene puesta su esperanza en un Mesías "que nos lo explicará todo". Pero Jesús le dice que ese Mesías está en el "que habla contigo", en quien habla al corazón del otro. No hay más mesianismos que los del corazón; no hay más milagros que las humildes curaciones de las palabras buenas. Por eso, es necesario cultivar un interior humano y acogedor, es necesario hacer ejercicios continuados de confianza para que brote la cercanía. No hay más milagro; aunque en realidad, esto es un gran milagro. Es el que hace Jesús.

                Oramos: Que hagamos el milagro de amparar soledades; que vivamos el milagro de apoyarnos sin menosprecio; que creamos en el milagro de ayudarnos a ser dichosos/as.

 

***

 

Desde la comunidad virtual:

 

                Muchas veces hemos experimentado la evidencia de que hablarnos con humanidad nos lleva al gozo. Cuando la comunidad se ha reunido, cuando nos hemos visto, cuando hemos tenido una palabra amable, hemos comprobado, por enésima vez, que nos hacíamos bien. Construir la comunidad es difícil, pero se hace con herramientas simples. Una de ellas, las buenas palabras. No nos apeemos nunca de esa bondad modesta que brota de la cercanía, de la sonrisa y de las palabras cariñosas.

                Oramos: Que creamos que nos hacemos bien con palabras buenas; que construyamos la comunidad con palabras buenas; que nos acerquemos a las dificultades de nuestros amigos/as con palabras buenas.

 

***

 

Para orar:

 

Ninguna tempestad podrá resquebrajar la pequeña y frágil barca que se bambolea en el puerto de la confianza delicada e infantil de quien sabe que su Padre ni lo ha dejado, ni lo dejará a la merced de las corrientes internas que arrastran y matan.
                Señor, Gracias por ser no solo mi Pastor, sino también mi Padre.  Tu ternura me quebranta y tu descanso me conmueve.  Hoy, descansare no solo en tus promesas, sino en ti.  Eres el puerto seguro y el capitán constante.  Hoy, disfrutaré de tu descanso. Amén.

Serafín Contreras

***

 

 

 

Juan 12

CVJ

Domingo

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

12. Jn 3,31-4,3

 

Introducción:

 

                Aunque denostada, la experiencia sigue siendo valorada en nuestra sociedad. Es verdad que hay personas que pontifican sobre lo humano y lo divino sin tener la mínima experiencia de lo que dicen. Pero la exuberancia de sus palabras y la escasez de su experiencia las desacreditan. Sin embargo, cuando te topas con una persona experimentada en una faceta de la vida, esa experiencia, sobre todo si es contada con sobriedad y no a alabanza del mismo narrador, cautiva y atrapa. Porque todos/as sabemos que hablar de lo que se conoce es siempre útil e iluminador, mientras que hablar a tontas y a locas deja vacío a quien habla y a quien escucha.

                Según el Evangelio de san Juan, Jesús ha sido una persona que ha hablado desde la experiencia, la de Dios y la de la persona. Ha tenido experiencia de ambas realidades porque ha ahondado con todas sus fuerzas en el secreto de ambas realidades. Y desde ese esfuerzo se le han abierto muchas puertas del secreto del corazón del Padre y del corazón de la persona. Dice el cuarto Evangelio que Jesús es como un nuevo Baruc. Según la tradición judía, este personaje mítico había subido al cielo y luego bajado a la tierra a contar lo que allí había visto. Jesús es como un nuevo Baruc, pero no mítico, sino histórico. Él habla desde su experiencia, desde su personal saber. Y lo hace en modos amables, comprensibles, nada fatuos. Por eso, muchas personas se han acercado a él, más allá de su pobreza y de su escasa cultura. Lo suyo no era dar lecciones a nadie, sino hablar de lo que sabía, de lo que él había experimentado. De ahí que aún siga siendo luz para quien se acerca y le frecuenta.

 

Texto:

 

                22Algún tiempo después, fue Jesús con sus discípulos a la zona de Judea, se quedó allí y bautizaba. 23También Juan estaba bautizando en Enón, cerca de Salín, porque había allí agua abundante; la gente acudía y se bautizaba 24(a Juan todavía no lo habían metido en la cárcel).

                        25Se originó entonces una discusión entre los discípulos de Juan y un judío sobre ritos de purificación; 26ellos fueron luego a Juan y le dijeron:

                -Oye, Rabí, el que estaba contigo en la otra orilla del Jordán, de quien tú has dado testimonio, ése está bautizando y todo el mundo acude a él.

                        27Contestó Juan:

                -Nadie puede tomarse algo para sí, si no se lo dan desde el cielo. 28Vosotros mismos sois testigos de que yo dije: "Yo no soy el Mesías, sino que me han enviado delante de él". 29El que lleva a la esposa es el esposo; en cambio, el amigo del esposo, que  asiste y lo oye, se alegra con la voz del esposo. Pues esta alegría mía está colmada; 30él tiene que crecer y yo tengo que menguar.

                        31El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra, es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. 32De lo que ha visto y oído, da testimonio, pero nadie acepta su testimonio. 33El que acepta su testimonio testifica la ternura de Dios. 34Pues el que Dios envió propone la implicativa Palabra de Dios, porque no da el espíritu con medida. 35El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en su mano. 36El que cree en el Hijo posee la vida definitiva; el que no crea al Hijo, no verá la vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él.

                        4,1Se enteraron los fariseos de que Jesús hacía más discípulos y bautizaba más que Juan 2(aunque, en realidad, no bautizaba él personalmente, sino sus discípulos). 3Cuando Jesús lo supo, abandonó Judea y se volvió a Galilea.

 

 

Venta abierta al mundo:

 

 

                Nadie sabrá quién esta persona. Se llamaba Juan Carlos Mercier, un franciscano canadiense que un buen día vino a instalarse en una barcaza en el río Napo, afluente del Amazonas en plena selva de la amazonia ecuatoriana. Allí vivió en suma pobreza durante más de 40 años hasta su muerte. Por supuesto que ha pasado desapercibido para la historia pero él era un hombre de profunda experiencia en almas y en cuerpos, porque aprendió las técnicas de los chamanes. Fue luz para mucha gente en una zona ignorada del planeta. Plantó cara a desafueros, robos y maltratos de los blancos hacia los indígenas. Su experiencia le abrió el sentido de lo que está más oculto. Una experiencia de vida, aunque sea ignorada.

                Oramos: Gracias, Señor, por quienes hallan experiencia en la entrega a los demás; gracias por quienes no sucumben a la gloria ni a la fama; gracias por quienes ayudan a dar sentido con su experiencia a las vidas más ignoradas.

 

Desde la persona de Jesús.

 

                Según san Juan, Jesús es uno que habla de "las cosas divinas". No habla como un teólogo, como un sabio de cátedra, como un conferenciante. Habla como uno que sabe, porque él no ha dudado en hacer el viaje a la profundidad de Dios, a su designio secreto que no es otro que la dicha y la plenitud de la creación. Y de eso, parece que él aprendió mucho en sus largas horas de soledad, de silencio, de acompañamiento, de generosidad vital. Llegó a comprender qué quiere decir tener un Dios Padre. Y supo decírnoslo de manera simple y amable, fraterna.

                Oramos: Te alabamos, Señor, por tu hondo saber sobre el amor del Padre; te damos gracias por el trabajo que has realizado por acercarte al secreto de Dios; te bendecimos por habernos dado tu experiencia de forma simple y fraterna.

 

Ahondando:

 

                Opone san Juan el saber de la tierra al saber del cielo. Es decir, el saber que brota y se sitúa en el corazón y el saber superficial y de escaparate, de epidermis, que es el de quien no habla desde la experiencia. Este segundo es el interesante. Quien usa el camino de la oración, camino de ahondamiento, aspira y anhela este segundo camino. Por eso, orar y estar en la foto es casi incompatible, mientras que orar y profundizar para luego hablar con cuidado y tino de las cosas es, también fruto de la oración.

                Oramos: Que no nos tire el brillo y la facundia, sino el silencio y la mesura; que hablemos de lo que sabemos, aunque sea una realidad modesta; que oremos para profundizar, para maravillarnos de la hermosura de lo interior.

 

Desde la comunidad virtual:

 

                Dice san Juan que "Dios da el Espíritu sin medida". Eso quiere decir que los trabajos por hablar y vivir desde la experiencia son tareas amparadas por la fuerza de Dios, por su Espíritu. No es únicamente un esfuerzo humano de sinceridad y de verdad. También es una obra del amor del Padre en nosotros/as. Y para ello Dios emplea, como siempre, mediaciones. Una de ellas, modesta pero real, puede ser nuestra comunidad virtual, lugar para derramar experiencias, aunque sean simples. Siempre nos ayudaran a valorar la experiencia de fe y vida que nutre lo humano y lo cristiano.

                Oramos: Que no temamos hablar de nuestras experiencias, aunque fueren modestas; que valoremos las experiencias de los demás, aunque fueren modestas; que apreciemos las experiencias que nos enriquecen, aunque fueren modestas.

 

Para orar:

 Se descalzan los días
para pasar de largo sin que nos demos cuenta.
Son casi despedidas, casi encuentros
-felices pero incómodos-
de cuerpos que se miran
y que aplazan la cita.
Aunque detrás,
suelen quedarnos huellas que no son los recuerdos.

De aquel jardín inculto yo conservo
el hombre que venía a desearte,
a caminar sin ti,
silvestre y solo.
Porque de ti le hablaban las adelfas,
con sus ramas difíciles como muchachas jóvenes,
y las palmeras altas igual que tu desnudo,
y aquel cielo corrido
que buscaba
la luz con que el amor te distingue los ojos.

No envejecemos nunca. Tal vez no envejecemos.

Y ahora puedo decírtelo,
cuando tú me recuerdas las adelfas,
y tu desnudo en arco dibuja una palmera,
y los ojos se nublan
sobre el jardín silvestre de los enamorados.

Tal vez no envejecemos. O es acaso que el tiempo
se quitó los tacones para no molestarnos.
O es acaso el deseo
que camina en los labios todavía descalzo.

 

Luis García Montero

 

Noticias del grupo:

 

  • Esta hoja la haremos en Monreal de Ariza. Os tendremos al tanto del resultado de la reunión.

 

 

 

 

 

Juan 11

CVJ

Domingo, 3 de mayo de 2009

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

11. Jn 3,22-30

 

Introducción:

 

                Siempre ha habido en la sociedad personas y organizaciones tildadas de ingenuas que siguen creyendo, tenazmente, en la fuerza del amor, en el valor de las relaciones cálidas, en el amparo que nos podemos dar los humanos. Estas personas, cuando son creativas, engendran hermosas estructuras de amor, maneras eficaces de solidaridad, modos de pensar en línea de humanización. Como decimos, no cesan en su camino ni aunque sean motejadas de irrealistas, de cándidas, de personas que no están con los pies en el suelo. Pero resulta que esta gente que crea estructuras de amor, por frágiles y sin sentido que se las quiera, son quienes más contribuyen al verdadero camino humano porque la senda de la vida se urde en el amor.

                A Jesús de Nazaret lo hemos hecho quicio y cimiento de una estructura religiosa, de una religión. Pero, en realidad, lo que él quería poner en pie era una estructura de amor, una manera social y personal de ampararse y abrazarse que hiciera creer en la posibilidad de la dicha para todos/as. Por eso, en pasajes como éste, se nos habla de un Jesús "esposo", "novio", maneras de decir que la vida está orientada a la calidez y al amor. La liturgia siempre comienza diciendo: "Señor, todopoderoso y eterno, te pedimos...". Es nuestra manera fría, teológica, religiosa, de dirigirnos a Dios. ¿Y si comenzara la plegaria: "Señor, novio nuestro..."? Quizá nos sonaría mal. Pero el Evangelio lo entiende así, como un novio amoroso, algo disparatado, exagerado en su forma de amar. Con eso se está queriendo indicar que las estructuras de amor, las que sean y por modestas que sean, constituyen el verdadero pilar de la vida y el cimiento sobre el que la persona, toda realidad, puede hacer pie. Para animarse.

 

***

 

Texto:

 

                        22Algún tiempo después, fue Jesús con sus discípulos a la zona de Judea, se quedó allí y bautizaba. 23También Juan estaba bautizando en Enón, cerca de Salín, porque había allí agua abundante; la gente acudía y se bautizaba 24(a Juan todavía no lo habían metido en la cárcel).

 

                        25Se originó entonces una discusión entre los discípulos de Juan y un judío sobre ritos de purificación; 26ellos fueron luego a Juan y le dijeron:

                -Oye, Rabí, el que estaba contigo en la otra orilla del Jordán, de quien tú has dado testimonio, ése está bautizando y todo el mundo acude a él.

                        27Contestó Juan:

                -Nadie puede tomarse algo para sí, si no se lo dan desde el cielo. 28Vosotros mismos sois testigos de que yo dije: "Yo no soy el Mesías, sino que me han enviado delante de él". 29El que lleva a la esposa es el esposo; en cambio, el amigo del esposo, que  asiste y lo oye, se alegra con la voz del esposo. Pues esta alegría mía está colmada; 30él tiene que crecer y yo tengo que menguar.

 

***

 

Ventana al mundo:

 

 

                            Esta foto recoge el momento en que la activista ecologista inglesa Laila Dee arroja un frasco de crema verde en el rostro del Ministro inglés de Medio Ambiente llamado Mandelson. Este ministro, que se dice defensor del medio ambiente, acude a una reunión para la construcción de una nueva pista en el aeropuerto de Heathrow, cosa que han denunciado todas las organizaciones ecologistas inglesas. Para mucha gente, esta clase de gestos es un desacato. Pero, en realidad, es la manera de protestar que tienen personas que creen que las cosas pueden hacerse de otra manera y que el progreso no está reñido con lo humano.

                Oremos: Te damos gracias, Señor, por quienes se mantienen sensibles a lo humano en nuestra sociedad; te bendecimos por quienes persisten en sus anhelos de bondad; te alabamos por quienes sienten el amor en maneras que les llevan a actuar a favor de los demás.

 

***

 

Desde la persona de Jesús:

 

                Juan dice que siente alegría por escuchar la voz del Esposo. Alude a textos de Jeremías (como 7,34) donde se dice que en las callejas de Jerusalén nunca más se escucharán los cantos de boda, las voces del esposo y de la esposa, porque han sido infieles a Dios. Pues bien, con Jesús se vuelve a escuchar los cantos de bodas, porque con él vuelve la vieja profecía que habla de amor, de estructuras sociales de amparo, de caminos humanos envueltos en abrazos y acogida.

                Oramos: Señor Jesús, tú eres el novio a quien amamos; Señor Jesús, tú eres el esposo con quien convivimos; Señor Jesús, tú eres la voz que nos alegra.

 

***

 

Apuntando a lo profundo:

 

                Dice Juan que él debe menguar para que Jesús crezca. En realidad, este menguar no es pérdida porque si él (Jesús) crece en nosotros/as, crecen también las posibilidades de vivir en estructuras de amor. Por eso, su crecer es también crecer para nosotros/as. Por el contrario, cuanto más centrados estamos en estructuras individualistas, en caminos de prestigio, en modos de vida superficiales, más pérdida se da en nuestra vida.

                Oramos: Que nos alejemos de maneras individualistas de vivir; que nos tienten cada vez menos los caminos del mero prestigio; que huyamos de la superficialidad que nos empobrece.

 

***

 

Desde la comunidad virtual:

 

                Los discípulos del Bautista se quejan a él de que todos se van tras Jesús. Piensan que si se quedan solos están perdidos. Pero tendrían que darse cuenta de que irse tras Jesús no es pérdida para nadie, sino ganancia para todos. Tener experiencias de vida en torno a Jesús enriquece el grupo, por la simple razón de que con él, con Jesús, todos crecen. Este es el favor que podemos ir haciéndonos en la comunidad virtual: estar unidos en torno a Jesús, mirarle, orarle, apreciarle, compartirlo, sentirlo juntos/as, amarle en definitiva. Por esos caminos, todos/as mejoramos, todos/as crecemos

                Oramos: Que miremos a Jesús en comunidad; que apreciemos a Jesús en comunidad; que lo compartamos en comunidad.

 

***

 

Para orar:

 

El amor está en lo que tendemos
(puentes, palabras ).

El amor está en todo lo que izamos
(risas, banderas).

Y en lo que combatimos
(noche, vacío)
por verdadero amor.

El amor está en cuanto levantamos
(torres, promesas).

En cuanto recogemos y sembramos
(hijos, futuro).

Y en las ruinas de lo que abatimos
(desposesión, mentira)
por verdadero amor.

José A. Valente

***

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Juan 10

CVJ

Domingo, 26 de abril de 2009

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

10. Jn 3, 13-21

Introducción:

 

                Más allá del daño que nos hacemos los humanos, muchos de nuestros caminos no tienen otro horizonte que el deseo, verdadera sed, de vivir. Vivir no es solamente permanecer en este mundo: es crecer, amar, desarrollarse, dar a luz pequeños proyectos, cultivar ilusiones, alimentar anhelos, lanzarse a búsquedas, entregarse a amores. Vivir es todo un mundo que, como decimos, más allá de sus limitaciones, muchos/as de nosotros/as desearíamos perpetuar. Hasta los movimientos, de uno u otro signo, que reivindican la muerte digna, tienen, a su manera, una alta idea de la vida que no quieren perder por la, según ellos, precariedad de una muerte deshumanizadora. Alguien ha sembrado en los pliegues del alma esa sed de vida inapagable.

                El Evangelio, que va siempre en la dirección de la vida, alimenta esa sed, echa leña a ese fuego. Más aún, como leemos en este pasaje de san Juan, se dice que Jesús da a la persona una vida plena, definitiva. No solamente eterna en el tiempo, sino en su cualidad. No sabemos qué es ni en qué consiste esa vida plena. Pero san Juan se empeña en decir que esa es la gran tarea, la mejor aportación de Jesús a la historia humana: abrirle la puerta de una vida plena. A veces nos preguntamos cómo se imaginaban las primeras comunidades de creyentes al Jesús que creían vivo y que acompañaba sus días. No lo dudemos: muchas veces lo sentían como quien daba plenitud a su vida, como quien apagaba su más recóndita sed, como quien abría horizontes insospechados. Éste Jesús, agua fresca que calma la inapagable sed de vivir de toda persona era, el que llevaban en el corazón. Como ahora.

 

***

Texto:

 

                        13Y nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del Hombre:

                        14Porque lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, 15para que todo el que cree en él tenga vida definitiva. 16Porque así se manifestó Dios al mundo, hasta entregar a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida definitiva.

                        17Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para sentenciar al mundo, sino para que el mundo se plenifique por él. 18El que cree en él, no queda sentenciado; el que no cree, ya está sentenciado, por no creer en el nombre del Hijo único de Dios. 19Esta es la causa de la sentencia: que la luz vino al mundo, y los hombres han optado por la tiniebla frente a la luz, porque su manera de obrar era mala.

                        20Pues todo el que obra perversamente, detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse censurado por sus obras. 21En cambio, el que realiza la verdad, se  acerca a la luz, para que se vea claro que sus obras están hechas según Dios.

 

***

 

Ventana al mundo:

 

               

            Estos niños en ese viejo motocarro son de un fotograma de la película Slumdog Millionaire que muchos/as de nosotros/as habremos visto. Más allá de ese cuentito un poco estilo made in USA, aunque sea hindú, una de las cosas que emocionan (a algunos les molesta) es que en medio de la enorme pobreza de los barrios de chabolas de  Bombay florezca la flor de la amistad, del amparo que se dan los débiles, del amor en definitiva. Es una metáfora de esa sed de vida que anida en el corazón de toda persona, aun en los  lugares mismos de la mayor miseria.

                Oramos. Gracias, Señor, por sembrar el deseo de vivir a manos llenas; gracias porque en los lugares más inhóspitos florece el amor; gracias por quienes no se rinden a la desesperanza y luchan por vivir con dignidad.

 

***

 

Desde la persona de Jesús:

 

                Dice san Juan que cuando el Hijo del Hombre sea levantado en alto atraerá a todos hacia él. Eso quiere decir que toda realidad quedará plenificada en su más hondo deseo de vida. Jesús atrae hacia la vida, hacia la dicha, hacia el amor, hacia la plenitud, nunca hacia la desgracia. Por eso, la cruz de Jesús, más allá de ser un horrible suplicio y una enorme frustración, es el signo de la verdad de que estamos llamados a los caminos de la vida. De ahí que muchos creyentes hayan visto en la cruz no el sentido de sus males únicamente, sino el aliento de su vida cotidiana.

                Oramos: Gracias, Señor, por atraernos hacia ti; gracias por poner en toda realidad la sed de vida plena; gracias porque no dejas de llamarnos cada día al gozo, aunque sea entre la niebla.

 

***

 

Mirando al propio interior:

 

                Dice el texto que una evidencia de que se quiere apagar la sed de vivir es ir hacia la luz, caminar en la dirección de lo luminoso, de lo noble, de lo verdadero, de lo digno, de lo amable. Para san Juan, una manera de ir apagando la sed de vida es caminar en la luz, vivir sin doblez y sin recovecos la vida cotidiana. Es algo a nuestro alcance. No se trata de raros misterios sino de simple claridad de vida.

                Oramos: Que no temamos caminar en la luz cada vez más; que sepamos que la luz de Jesús es benigna con nuestras limitaciones y generosa con nuestros anhelos; que derramemos luz y no tinieblas en nuestro camino diario.

 

***

 

Desde la comunidad virtual:

 

                Dice el texto que Dios ha demostrado su amor, ha demostrado que quiere colaborar a ir calmando nuestra sed de vida, dándonos a Jesús. En el darse está el quid. Cuando decimos que queremos apagar nuestra sed de vida hemos de saber que esa sed se calma mucho con el amor mostrado, demostrado. No se trata de grandes parafernalias, sino de pequeños gestos que vayan llevando al otro/a a la conclusión elemental de que es una persona querida y que eso es la promesa de una vida en amor total. Ese amor cotidiano nos lo podemos dar unos/as a otros/as. Es cuestión, la mayoría de las veces, de pequeños gestos.

                Oramos: Que nos demostremos amor en gestos diarios; que nos demostremos amor en paciencia y benignidad; que nos demostremos amor en amparos pequeños.

 

***

 

Para orar:

Ah, yo quiero vivir
dentro del orden general
de tu mundo.
Necesito vivir entre las personas.
Veo un árbol: sus brazos ya en angustia
o ya en delicia lánguida
proclaman su verdad:
su alma de árbol se expresa,
irreductiblemente única.
Pero la persona que pasa junto a mí
la persona moderna
con sus radios, con sus quinielas, con sus películas sonoras
con sus automóviles de suntuosa hojalata
o con sus tristes vitaminas,
muda tras su etiqueta que dice «comunismo» o «democracia» dice,
con apagados ojos y un alma de ceniza
¿qué es?, ¿quién es?

¿Es una mancha gris, un monstruo gris?

Monstruo gris, gris profundo,
profundamente oculta sus amores, sus odios,
gris en su casa,
gris en su juego,
en su trabajo, gris,
persona gris, de gris alma.
Yo quiero, necesito,
mirarle allá a la hondura de los ojos, conocerle,
arrancarle su careta de cemento,
buscarle por detrás de sus tristes rutinas.
Por debajo de sus fórmulas de lorito
real (¡Pase usted! ¡Tanto gusto!),
aventarle sus tumbas de ceniza
huracanarle su cloroformo diario.

Un día llegará en que lo gris se rompa,
y tus bandos resuenen arcangélicos,
oh gran Dios.

Dime, Dios mío, que tu amor refulge
detrás de la ceniza.
Dame ojos que penetren tras lo gris
la verdad de las almas,
la hermosa desnudez de tu imagen:
la persona.

Dámaso Alonso

***