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FIAIZ

Marcos 4

CVMc

Domingo, 15 de noviembre de 2015

 

 

VIDA Y EVANGELIO:

UN MISMO CAMINO

Plan de oración con el Evangelio de Marcos

 

4. Mc 1,14-15

 

Una reflexión inicial:

 

                Una frase que se oye ahora mucho y que, ciertamente, está bien lograda es aquella de que “no estamos en una época de cambios, sino en un cambio de época”. Es verdad, la evidencia de que el modelo de sociedad, sobre todo en lo económico y político, está como agotado es tan fuerte que muchas capas de la población anhelan otra época, otro paradigma, otro marco donde entenderse y vivirse. Un cambio de época.

                No es la mejor razón para cambiar que lo anterior no sirva, porque el ideal es que a eso acompañara la certeza de cuáles son los caminos que hoy habrá que seguir. Esto último está menos claro. Pero lo cierto es que anclarse en lo vivido es un romanticismo que lleva a poco.

                Para animarse al cambio es preciso hacerlo no desde el mero desasosiego, sino también desde la certeza de que la persona tiene capacidad para hacer grandes búsquedas en épocas de grandes cambios. Quizá el mayor de esos cambios haya de darse en el corazón de la persona: entender y vivir que el sentido de lo humano es, simplemente, vivir el uno con y para el otro. El logro de la fraternidad humana es el gran horizonte. Ha sido un horizonte de siempre pero hoy aparece con una fuerza que no deja lugar a ninguna duda. Cambiar de la época del “antropoceno” (la persona depredadora del mundo), al “fraternoceno”, la persona hermana en la creación con todos y con todo.

 

El texto

 

                14Cuando entregaron a Juan llegó Jesús a Galilea y se puso a proclamar la buena noticia de parte de Dios. 15Decía: -Se ha cumplido el plazo, está cerca el reinado de Dios. Enmendaos y tened fe en la buena noticia.

 

  • Jesús es uno que sabe leer bien el horizonte de la realidad. Olfatea e intuye que se está en un cambio de época: “se ha cumplido el plazo”. Es otro tiempo, hay que situarse de otra manera, es preciso abandonar las viejas formas de ver la realidad y situarse en una perspectiva de nueva. De lo contrario, quedamos en la oscuridad.
  • Muchos habían soñado con el reinado de Dios, con la nueva sociedad. Pero siempre quedaba lejos, vista la limitación histórica. Jesús dice que está “cerca”, que la nueva era está al alcance de la mano, dentro de cada persona. Por eso habrá que animarse a leer la realidad de otra manera, porque las aspiraciones grandes de los humanos están más cerca que nunca. 
  • Para captar bien este tipo de propuestas hay que “enmendarse y tener fe”, es preciso una sanación vital y un fe explícita en los valores que regeneran la vida. Sin fe en la vida y sin reorientación vital pretender leer el cambio de época y vivir de una manera que tenga la suficiente novedad como para pasarse a caminos nuevos, a adhesiones distintas, será imposible.

 

Para pensar un poco:

 

  1. ¿Te interesa lo nuevo o estás apalancado en lo antiguo?
  2. ¿Anhelas un cambio o no quieres que nadie te toque en tu manera de vivir?
  3. ¿Piensas que los grandes ideales son inútiles?

Un valor:

 

                Un gran valor, muy útil, es saber leer bien la realidad, lo que pasa y lo que nos pasa. Esto nos ayuda a no vivir atolondrados y a saber sacar partido a las situaciones que vamos viviendo. ¿Cómo leer bien la realidad, incluso desde el lado de la fe?

 

  • Hay que leer con discernimiento y con afecto. Lo primero para no hacer el juego a ningún poder fáctico que explote a la persona; lo segundo para poner ese punto de ternura que nos haga hermanos en el gozo.
  • Hay que leer la realidad como parte implicada, no como quien ve los toros desde la barrera. Si no hay implicación, los desenfoques son numerosos.
  • Habrá que leer desde presupuestos humanizadores, que son los del Evangelio también. Leer sin humanidad es estar abocados al fracaso.
  • Habrá que leer la realidad en modos incansables de compasión, de diálogo, de respeto y de aprecio. Porque sin esa “salsa” la lectura de lo que nos pasa es demasiado áspera y difícil.
  • Habrá que leer la realidad con los mismos ojos de Dios que no son otros que los ojos del amor, sabiendo que en el fondo de la realidad hay algo digno de ser amado y acogido. Sin ese fondo de humanidad, la realidad se hace dura y hostil

Esto de leer humana y creyentemente la realidad no es otra cosa que aquello de escuchar la voz de Dios en los signos de los tiempos que nos hablan y nos interpelan. Una tarea que habrá de acompañar el itinerario cristiano.

 

Una imagen:

 

                Juan José Millás lee cada domingo en el suplemento del País una foto. Algunas lecturas son magistrales, irónicas, luminosas, buscando siempre ese lado que pueda aportar algo al camino de la persona. Algunas son poéticas de verdad. Léase la colaboración titulada “envidia y pesadumbre” cuya ilustración ponemos aquí.

 

 

 

Un poema:

 

El Ser

 

                               ...estando ya mi casa sosegada

                                          SAN JUAN DE LA CRUZ

 

¿Cómo podríamos respirar y vivir

si el espacio no estuviese

lleno de alegría y de amor?

 

De la alegría nacen todos los seres,

a través de la alegría son mantenidos,

y con alegría desaparecen

cuando nos abandonan. 

 

¿Cómo podríamos reposar y morir,

si la muerte no fuese

otro modo de amor y de alegría?

 

Blas de Otero

 

 

 

 

Retiro en Adviento de 2015

Retiro en Adviento de 2015

 

 

UN ADVIENTO PARA LA ARMONÍA

 

        A nivel diario no se habla mucho de armonía. Suena a cosa oriental, a yoga, a gente algo especial, a algo fuera de lo cotidiano. Pero, en realidad, la armonía es la capacidad para entablar una buena relación con los demás, con el entorno y, para los creyentes, hasta con Dios. Si se va logrando (porque es un proceso) esa buena relación, esa armonía, los beneficios son múltiples.

        El mismo Evangelio, libro de relaciones, puede entenderse como un libro que pretende llevarnos por un camino de armonía, de relación jugosa, de fraternidad en definitiva. Por eso mismo podemos decir que contiene semillas de armonía que son muy útiles a quien anhele ese valor que da un sabor distinto a la vida.

        Y, según como se mire, la encarnación es un misterio de armonía, la búsqueda de ese sueño divino de que el camino de los humanos y el de Dios puedan llegar a coincidir, que los anhelos del corazón nuestro y los del corazón de Dios puedan ser los mismos. Un gran sueño de armonía.

        Por eso, siempre con la intención de dar más sentido a la fe que vivimos, podríamos entender y vivir este año el Adviento como un Adviento para la armonía,  para generar más armonía dentro, más disfrute, más equilibrio, más gozo, más humanidad, más fe. Desde ahí, el tiempo del Adviento puede ser una estupenda preparación para la Navidad del Señor.

 

1. Lo frágil no es inútil

 

        Nuestra gran objeción a la armonía es que, siendo frágiles, ¿cómo vamos a lograr vivir en armonía si todo se quiebra? Lo frágil no es inútil, puede contribuir a la armonía con humildad.

 

Todo lo bello es frágil: los trenes

cuando olían, la escarcha en los ribazos, la boca

de los niños aún sin término, el tacto

del silencio en los camposantos a la orilla

del mar, la redondez si es fruto, el ruiseñor,

su rama. Acaso la memoria. Todo lo verdadero

es frágil. Y no  es inútil. 

Fermín Herrero

 

  • Lo bello es siempre frágil, pero es imprescindible para la armonía. Vivir y celebrar lo frágil puede dejar la sensación de una vida en armonía, aunque eso bello y frágil sea efímero y pase en poco tiempo.
  • Todo es transitorio: el olor, la escarcha, la boca de los niños, el silencio, la redondez, el canto de los pájaros. Pero, aun siendo transitorio, puede dejar un poso de belleza en el alma que lleve a la conclusión de que una vida en armonía es posible.
  • Todo lo verdadero es frágil: porque medimos la fuerza de algo por si persistencia, por su duración. Pero lo que no dura contribuye a la armonía, al sosiego, a la paz de dentro.
  • Por eso, lo frágil no es inútil, puede ayudar a desvelar que, siendo como somos, estamos destinados a una vida armónica.

 

 

2. La luz de la Palabra: Mc 1,35

 

        “Por la mañana, se levantó muy de madrugada y salió; se marchó a un despoblado y allí se puso a orar”.

 

  • Este simple rasgo del comportamiento de Jesús puede desvelar mucho de su vida en armonía. Jesús ora “muy de madrugada” (cuando estaba oscuro, dice el texto). La oración en la noche es una oración “dura”, difícil, sin agarraderos que distraigan: soledad y oscuridad. La armonía de Jesús no es mera lírica, es también trabajo “nocturno”, afrontamiento de sus situaciones. No ora Jesús para dar ejemplo a nadie, sino porque necesita luz, hambrea sentido. Y la oración despojada de la noche propicia su búsqueda.
  • Estar en un “despoblado” (lit. en un “desierto”) quiere indicar el lugar donde se disciernen las cosas, donde se sopesan en el corazón porque no hay elementos que distraigan. La armonía de Jesús es discernida, sopesada, pensada, trabajada en el interior.
  • Se puso a orar: la oración es una ayuda para la armonía, un camino de apaciguamiento, de luz, de sosiego. No es tanto un ejercicio piadoso, cuando un bálsamo para las preguntas que uno lleva dentro.
  • El silencio, del que no se habla, el profundo silencio del desierto, la música que no se oye sobre sus piedras. Un camino también para la armonía.
  • Y tampoco se habla de los olores, luces, detalles de la naturaleza que habitan también el desierto. De seguro que eso también creaba armonía en el corazón de este orante en la noche que es Jesús. Raíces de armonía.

 

3. Profundización

 

a)   Armonía con un Dios de silencio: Ya que el Dios de la religión suele ser un Dios “ruidoso” con el que la armonía no es fácil a veces, entre nuestros intereses y los suyos. Pero hay un Dios menor, oculto, de silencio con el que, quizá, en ese silencio, se pueda llegar a conectar. Y si uno comprende al Dios del silencio, quizá comprende al mejor Dios. “Cuando un sereno silencio lo envolvía todo y la noche estaba a la mitad de su curso”, reza el libro de la Sabiduría, bajó a la tierra “desde el Cielo tu omnipotente Palabra” (Sab 18, 14-15).

b)   Armonía con un cosmos que “baila”: Como decía la patrística, que hablaba de la danza de la trinidad con el cosmos. Es decir, armonía con un cosmos en continuo movimiento, en cambio, en transformación. Armonía para que los caminos de la tierra y los propios se apoyen, se iluminen mutuamente, se entiendan hasta llegar a percibir que una de las fuentes mayores de armonía es la hermana generosa que es la naturaleza y que se ofrece cada día a nosotros.

c)   Armonía que busca los extraños caminos de lo humano: Como dice el libro de los Proverbios: “los caminos del varón por la doncella” (3,19). No leer esos caminos extraños únicamente como desarmonía, sino como un  lugar de tesoros. Como dice G. Martín Garzo “el mundo está lleno tesoros, de frutos que crecen en la oscuridad. Parece un desierto y, cuando menos se espera, la vida regresa con sus frescos racimos”.

d)   Armonía con el fondo de uno mismo: Esa es, quizá, la más difícil de lograr. Pero, poco a poco, se pueden dar pasos. Y en ello tienen mucha importancia los detalles, la paciencia, la mirada libre de prejuicios, la resistencia ante la propia debilidad, la resiliencia. Hay que agradecer el dos que es vivir y respirar, porque ese es el signo de que una vida en armonía no nos tiene que ser ajena, al menos en cierta medida. Y cuando el fondo de uno mismo es acogido, la armonía brota poco a poco.

 

 

4. Caminos de armonía

 

        En consecuencia con lo que llevamos dicho, vamos a sugerir algunos caminos posibles de armonía:

  • Deja un poco más sitio a Dios en tu vida. Que los criterios evangélicos cuenten realmente en tus días. Cree en el Evangelio, obra conforme a lo que dice. Sin más. La armonía asomará el rostro ya que Evangelio y vida están destinado a armonizarse, a entenderse, a mezclarse, a potenciarse.
  • No hagas caso de los cantos de sirena de quienes nos dicen: tú preocúpate de que a ti te vaya bien y los demás, allá penas. No, siéntete hermano para que la alegría de vida y su íntima armonía cobren verdad y rostro. Así es, el rostro de la armonía propia es el rostro de la armonía de quienes te rodean. Una armonía individualista es una contradicción para el cristiano.
  • Elige lo simple, lo normal, lo cotidiano. No te avergüences de ser como todos, de ser pueblo, de ser comunidad. En lo común vivido con gozo habita la armonía. Porque muchas de nuestras desarmonías brotan del afán de ponerse por encima, de destacar, de querer ser uno siendo distinto. La hermosura de lo común es la casa de la armonía.
  • No te enfades por estar abajo, por no tener mando. Ahí se puede ser feliz, te puedes realizar, puedes estar contento. Estar abajo no es malo para quien aspira a la armonía. El Evangelio sostiene con claridad que la armonía de quien sirve es la mejor porque, despojado de ideología, el Evangelio sostiene con claridad que hay más valor en las pobrezas que en la fuerza. ¿Se puede creer en esta clase de armonía que brota del servicio?
  • Que te afecten las pobrezas, que sean para ti lugar de encuentro. No huyas de ellas, porque ahí se encierra, sin duda, el extraño fulgor de la armonía. Hay que aprender que las pobrezas no son solamente desarmonía, descoloque, caos. Hay dentro, abajo, algo de una cierta belleza que puede llevarnos a una reconciliación con ellas, a un cierto agradecimiento y, por paradójico que parezca, a un cierto disfrute.
  • Ora con confianza, como quiere Jesús. Gusta del silencio que sosiega y resitúa las personas y cosas.. Ama la contemplación de lo creado como fuente primordial de armonía. Disfruta con el don que es vivir y respirar. Porque estos son los caminos de la belleza profunda, del disfruto que deja poso. Y si no se disfruta, ¿cómo se va a estar en armonía?
  • Y pon en tu vida una dosis creciente de alegría. Alegría vivida en las pequeñas cosas, en los sencillos acontecimientos, en lo bello que está en nuestras manos. Si no nos apuntamos a la alegría, ¿cómo vamos a estar en armonía con nuestra sencilla vida?

 

Conclusión

 

        A veces es preciso volver a valores esenciales para que la espiritualidad cobre arraigo antropológico. Este valor de la armonía, poco tratado, pertenece a esos valores primordiales que puede ayudarnos a vivir la fe con mayor novedad y gozo. Que el Adviento que prepara la Navidad del Señor, sea entendido y vivido un poco más en la espiritualidad de la armonía, nos abra las puertas del “misterio abrupto” de la Navidad que, más allá de su abruptez, es misterio de profunda armonía.

 

Marcos 3

CVMc

Domingo, 8 de noviembre de 2015

 

 

VIDA Y EVANGELIO:

UN MISMO CAMINO

Plan de oración con el Evangelio de Marcos

 

3. Mc 1,9-13

 

Una reflexión inicial:

 

            Se habla poco del alma. Se ha ido por el desagüe de la secularidad. Pero, en realidad, el “alma” ese vigor interior, ese dinamismo, que hace que nos movamos como personas vivas, que disfrutemos de la existencia, que celebremos los logros, que elaboremos los conflictos y los duelos. Ese arranque que necesitamos cuando estamos cansados, esa fuerza necesaria cuando la vida da golpes, ese aliento que nos anime a seguir, a no dar todo por perdido, a creer que un minuto vivido con intensidad merece la pena. El “alma” es ese punto que nos hace conectar con la vida cuando esta se ve amenazada.

                Hay muchas personas que viven con ese fuego en stand by, en ralenti. Pero la mayoría de las personas tiene viva su alma, con una fuerza o con otra. Más todavía: hay quien tiene tanta fuerza dentro que la comunica a los demás, que acompaña, anima y consuela para que quienes tienen peligro de “perder su alma” la mantengan viva, vayan hacia delante, se animen y se crezcan ante la adversidad. Gente con alma que regala alma.

                No es cosa de otra época esto del alma, aunque nosotros hoy la veamos de manera muy distinta a como se la ha visto antes.

 

 

El texto:

 

            9Sucedió que en aquellos días llegó Jesús de Nazaret de Galilea, y Juan lo bautizó en el Jordán. 10Inmediatamente, mientras salía del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar como una paloma sobre él. 11Hubo una voz del cielo: -Tú eres mi hijo, el amado, en ti he puesto mi favor. 12Inmediatamente el Espíritu le empujó al desierto. 13Estuvo en el desierto cuarenta días, tentado por Satanás; estaba entre las fieras y los ángeles le prestaban servicio.

 

  • Jesús es alguien con un alma pujante y viva. Por eso siente el anhelo de dar vida a otros. De ahí que empiece su ministerio en un escenario de conversión, de fragilidad, en un bautismo. Como si dijera: quiero dar fuerza a las almas de quien anda mal, de quien sufre, de quien no se siente bien consigo mismo.
  • Más todavía: el “alma de Dios”, el Espíritu, anida en el interior de Jesús, se queda en él. En el fondo de Jesús, y de toda persona, anida el alma de Dios, su fuerza, el deseo de vivir en fraternidad y amor como Dios mismo en fraternidad y amor con nosotros. Tener el alma de Dios habría de ser una fuerza para cuando nos fallen las fuerzas.
  • Y, en tercer lugar, Jesús va a un “desierto”, al desierto de su vida humilde y dura. En ese desierto de la vida se ha de probar el vigor de su alma, de su fuerza interior. No construye Jesús una espiritualidad fuera de la vida. En la vida, pero con alma.

 

Pensamos un poco:

  • ¿Vives “con alma”? ¿Das ánimo o eres un peso para los demás?
  • ¿Te dice algo eso de que el “alma de Dios” está en ti?
  • ¿Intentas ir con la cabeza alta en el “desierto” de la dificultad?

 

 

Un valor: Vivir con espíritu

               

                No nos referimos al Espíritu Santo, que no sabemos muy bien qué es lo que es. Nos referimos a ese arranque personal, vital, profundo, que hay dentro de cada cual. ¿Qué sería vivir con espíritu, con un buen espíritu?

  • Creer que hay algo más bajo la piel que no vemos, pero que anida en el fondo.
  • Pensar que las cosas no son solamente lo que aparecen, sino que hay un entramado de causas, razones, conexiones dentro que merece la pena escudriñar.
  • Saber que la persona tiene dentro muchos recursos, capacidades, posibilidades de respuesta que merece la pena sacar a flote.
  • Saber que hay vida dentro, en el corazón, en lo profundo y que esa vida nos conecta con la vida del mismo Dios.
  • Tener oídos para oír lo que no se oye y para ver lo que no se ve.
  • Tener olfato para oler perfumes que están oscurecidos por el mal olor de cualquier limitación.
  • Saber aprender de quien parece que nada tiene que enseñarnos porque su fragilidad lo hace socialmente irrelevante.
  • Escuchar el latido común al nuestro de la tierra y de cada uno de sus seres.
  • Ser sensible a lo de dentro, aunque eso sea menospreciado, olvidado, ridiculizado incluso por una sociedad que propone lo que se toca como lo único real.

Espíritu de Dios y espíritu de vida son, así, realidades que se tocan, se entreveran, se mezclan. No son cosas distintas porque ambas apuntan a la vida.

 

Una imagen:

 

                Es la de Aung San Suu  Kyi, la líder birmana que acaba de ganar las elecciones en ese país y que durante muchos años aguantó, con alma, el arresto domiciliario y todas las otras vejaciones impuestas por un régimen dictatorial. Gente que mantiene el vigor y el alma por encima de contradicciones y que termina siendo luz para las gentes de su pueblo. Son personas excepcionales, pero algo de ese vigor lo llevamos dentro todos y podemos usarlo.

 

 

Un poema:

 

Le ruego al claro Dios de la mañana

que derrame sus espigas 

                        de luz sobre este día. 

Que no me permita mirar

                        lo mismo en cada cosa. 

Que llene el aire de candiles y mis poros

              como zarzas los perciban. 

Que me diga el nombre verdadero  del delirio

y no me prive de la dicha de ser ascua. 

Que el agua de las horas

humedezca mi canto y que me impulse. 

Que deshaga mis dudas y me asombre

                         el tacto con bengalas. 

Que llene mi camino con guijarros de hogueras. 

Que la madeja de palabras con que nombro

                     sea solo  nudo alado

en el que se desorbite la lógica, 

y que en él dé cobijo  al extravío. 

Que no me prive el Dios  de la infinita lumbre

esta mañana de sentir la desmesura

                           del pábilo inquieto

de este día. 

Que a este universo fúlgido  y hermoso

el júbilo lo sostenga para siempre. 

 

Asunción Escribano

 

 

Espiritualidad y ecología en Laudato si

Secretariado Social Diocesano

Escuela social

“El cuidado de la casa común”

17 de diciembre de 2015

 

Espiritualidad y ecología en Laudato si

 

Seguramente ninguna otra encíclica papal ha suscitado tanta expectación como Laudato si' (LS). Un año antes de su publicación ya se sabía que Francisco estaba preparándola. Meses antes se conocían los nombres de algunos de los que estaban participando en su redacción. Semanas antes se dio a conocer el título. Cuando el 18 de junio de 2015 se hizo oficialmente pública la encíclica el caldo de cultivo que la precedió venía de lejos. Sorprendentemente, no solo era esperada en ámbitos católicos sino también en ámbitos ecologistas, en principio, ajenos a lo religioso. Sin duda éste es el documento papal de los últimos tiempos que más ha sido esperado por quienes viven al margen de la Iglesia.

Por una parte nos preguntamos qué resonancias encuentra la encíclica en la espiritualidad de los católicos. ¿En qué nos afecta a nuestra espiritualidad y qué llamadas y retos nos supone, tanto en la teología pensada como en la vivida?

Por otra parte, además de ver corroboradas muchas de sus aspiraciones, los ecologistas pueden reconocer  a la luz de LS algunos rasgos de espiritualidad que ya están presentes en sus círculos militantes. Aunque con frecuencia no es fácil sacar a la luz estos rasgos –pues se identifica espiritualidad con religión y ésta con la Iglesia Católica, con todas las connotaciones que conlleva–, no hay duda de que pueden ser reconocidos y formulados.

 

I. El contexto ecológico en los ámbitos espirituales

 

No cabe duda de que la publicación de la encíclica Laudato Si es una nueva oportunidad ofrecida a la vida cristiana para repensar la espiritualidad ecológica y para apuntar a nuevos horizontes. Como el mismo documento lo reseña (nºs 3-9) muchos de los papas modernos e incluso de los patriarcas ortodoxos han hablado del tema. Pero es la primera vez que tenemos una encíclica íntegra sobre el tema. Esto da carta de “eclesialidad” a la ecología.

 

1. Ecoteología

 

La ecología, desde ya varios lustros, ha aparecido en la reflexión teológica, aunque aún no haga parte componente de los programas teológicos. Grandes teólogos, como L. Boff, a quien, por cierto, el papa Francisco ha consultado a la hora de escribir este documento, hicieron toda una reflexión profunda sobre la evidencia de que la teología habría de incluir en modos normales de su pensamiento el tema de la ecología. Para estos autores «la visión eco-teológica de la creación produce una ampliación del campo teológico en tanto que la teología se hace parte de la cultura y, de ese modo, responsable de la misma. La teología es mucho más que un discurso o estudio sobre Dios es, ante todo, en un quehacer socio-cultural e históricamente situado y comprometido con la transformación de la realidad social y espiritual de la época. No desoír este imperativo requiere de la existencia de una apertura intelectual y espiritual a las nuevas formas de ser y de conocer la realidad. Los conceptos de “democracia cósmica” y de “reencantamiento” ocupan, aquí, un lugar importante. Ambos preceden y acompañan el surgimiento de un imperativo ético que impide el dominio y la explotación de la tierra. “Tierra” que, en un sentido no metafórico, sino real, concreto, histórico, representa a la humanidad, a los hombres y mujeres del mundo, a los pobres, a todos aquellos que -de alguna manera- ven amenazada su integridad y dignidad» (J. Navarrete Cano).

Va siendo hora de que la espiritualidad ecológica entre de lleno y como cosa normal en los planes de formación teológica, incluso en los programas catequéticos a nivel de pueblo cristiano. Que esto se entienda como algo baladí es hoy empobrecer de manera notable la experiencia creyente en Jesús. Efectivamente LS 96-100 pone la ecología en conexión íntima con la persona de Jesús. Desechar aquella es empobrecer a esta.

 

2. De la ecología pensada a la ecología vivida

Porque por mor de contagio social, los grupos cristianos han recibido una especie de “barniz ecológico” que lleva a no osar menospreciar en público la espiritualidad ecológica. Incluso no pocos de ellos hablan con sinceridad de la hermosura de una vida sostenible y ecológica. Pero es preciso pasar de esa ecología pensada a una ecología vivida. LS 147-155 se dedica íntegramente a la ecología en la vida cotidiana.

El documento da mucha importancia a los espacios públicos donde se desarrolla la vida de la persona urbanita, porque de su nivel de concepción ecológica depende no solamente el bienestar de la persona, sino su mismo nivel de humanidad. El marco ciudadano define la identidad de la persona. Ambientes asfixiantes generan pobreza humana y espiritual. Por eso hay que pensar en la persona a la hora de diseñar las ciudades. Lo mismo habría que decir del transporte público e, incluso, de la ecología corporal. Todos los ámbitos de lo cotidiano quedan tocados por esta espiritualidad trasversal.

Los grupos cristianos necesitan pasar con decisión a la ecología vivida. Es decir, se precisa un pensamiento más extendido entre las comunidades cristianas y una implicación explícita en comportamientos ecológicos que desvelen esas inquietudes. ¿Cuántas parroquias celebran sus fines de curso con un ágape que se sirve en platos y vasos de plásticos de un solo uso que se desechan una vez terminado el evento? ¿Quién recicla el papel, ampliamente usado en las catequesis? ¿A qué conferenciante se le pone agua en una jarra en lugar de ponerle un botellín de plástico con lo que eso supone de contaminación? La conversión a la ecología, de la que luego hablaremos pasa por estos signos iniciales. Luego, los caminos se adentraran en compromisos de mayor envergadura.

 

3. Ecología como profecía

La profecía ha mantenido vivos el anhelo y la utopía. La profecía se adapta a las situaciones cambiantes de la historia. Hoy la ecología es profecía. La gran profecía viene hoy del lado secular, como la ecología. Por eso, sorprende y anima que un documento pontificio tome las riendas de la profecía ecológica.

Esa profecía tiene en LS 203ss un rostro concreto: apostar por un estilo nuevo de vida. El patrón vigente actual, dice el papa Francisco, es el consumismo obsesivo que, según él, provoca violencia y destrucción (204). Por eso, no queda otra vía para el ciudadano corriente que un cambio de estilos de vida que podrían ejercer una sana presión sobre los que tienen poder político, económico y social (206). Pero es, sobre todo, a nivel personal donde hay que tomar conciencia del “impacto que provoca cada acción y cada decisión personal fuera de uno mismo” (208).

Posiblemente los grupos cristianos estén todavía lejos de llegar a un planteamiento consensuado para alcanzar la firme resolución, más allá de todo consumismo, de alcanzar la sostenibilidad. Son pocos los proyectos específicos desde el lado cristiano para organizarse en modos de consumo responsable y sostenible. La misma Vida Religiosa, que tiene como núcleo de su razón de ser la profecía, no llega a suscitar proyectos de vida fraterna sostenible. Sumida en su propio esquema organizativo, lo que no sirve a tal esquema queda descartado. Hay, pues, una gran tarea por realizar. 

 

4. Conversión ecológica

El tema de la conversión es un topos de la teología y de la espiritualidad. Se recurre a él con mucha frecuencia, pero sus perfiles se diluyen sin que se llegue a concretar en algo o se pueda evaluar posteriormente el comportamiento personal. La conversión a un modo sostenible de vida puede ser una manera óptima y actual de contribuir a una conversión eficaz.

La conversión ecológica es una de las finalidades primordiales de la LS: lograr una mística, unos móviles interiores que impulsan, motivan, alientan y dan sentido a la acción personal y comunitaria (216). ¿En qué cimiento se asienta tal mística? El papa Francisco lo tiene muy claro: Una conversión ecológica implica dejar brotar todas las consecuencias del encuentro con Jesucristo en las relaciones con el mundo que nos rodea (217).

No es una conversión que viene fácilmente dada sino, según el papa Francisco, son necesarios tres requisitos: la gratitud-gratuidad, la amorosa conciencia de no estar desconectados de las demás creaturas y el desarrollo de la creatividad con entusiasmo para resolver los problemas del mundo (220).

Cuando llegan tiempos fuertes como la Cuaresma, la vida cristiana apela a la conversión. Generalmente se sitúa la cosa en niveles moralistas o espiritualistas que quedan en nada. Una propuesta cuaresmal en base a la conversión ecológica podría ser una buena campaña de la Cuaresma del 2016. Habría que comenzar por desmontar el imaginario de que la ecología es asunto para gente desocupada o de un cierto matiz lírico, sino que es algo implicativo del núcleo de la identidad cristiana, además de una exigencia social apremiante. Sería posteriormente necesario ofrecer caminos de conversión ecológica al alcance de la mano. Y, finalmente, habría que unificar esfuerzos comunitarios para que esto tome la fuerza necesaria de un modo de vivir la fe hoy, no de una simple moda al uso.

 

5. Cuenta atrás

Es preciso que todo lo que se haga en materia de vida sostenible y de cuidado del planeta ya llega tarde. El daño ecológico hecho al planeta con la incuria de los depredadores de la tierra y el silencio de quienes no nos movemos en esa dirección será irreparable en muchos casos. Las consecuencias las veremos en los años futuros. No se trata de falso alarmismo, sino de datos irreversibles. Los cambios producidos por el cambio climático afectan a nuestras vida y plantean un fuerte interrogante a la persona de hoy.

¿Puede un cristiano sustraerse a la elemental pregunta de qué mundo vamos a dejar a las generaciones futuras? ¿Es de recibo un estilo de fe que no siente preocupación por el devenir del planeta? El papa denuncia una relación directa entre destrucción del medio ambiente, pobreza y explotación económica y advierte de que no sirve luchar contra uno de estos tres factores si no se atacan a los otros. ¿Vamos los cristianos a creer que esto son palabras al aire, asuntos que no competen a mi experiencia creyente?

El ver que estamos en la cuenta atrás no nos ha de quitar a los cristianos la esperanza de que esto pueda llegar a cambiar, si hay implicación real en la sostenibilidad del planeta. Claramente lo dice una de las frases con las que se cierra el documento del papa: Caminemos cantando. Que nuestras luchas y nuestra preocupación por este planeta no nos quiten el gozo de la esperanza (244).

 

II. El contexto espiritual de los ámbitos ecológicos

 

Superada esa primera distinción entre espiritualidad y religión, hay algunos rasgos de espiritualidad presentes en LS que podemos percibir en los ámbitos ecologistas.

 

1. Conciencia

La conciencia es un rasgo típico de las personas espirituales. Éstas son personas despiertas, conscientes de su realidad, de su verdad. En las religiones orientales se habla de alcanzar la "iluminación" como sinónimo de quien ha llegado al culmen de la vida espiritual. Esta iluminación supone conciencia, que es mucho más que un mero conocimiento intelectual; es un "darse cuenta", "ver", "ser consciente", "despertar".

Francisco repite 31 veces en LS la palabra “conciencia”. Conciencia de que somos criaturas salidas de las manos del Creador, en comunión con todas las criaturas (42, 202), lo cual implica una relación de reciprocidad responsable entre el ser humano y la naturaleza (67). Conciencia de que con nuestra forma de vida estamos dañando seriamente la Creación Después de un tiempo de confianza irracional en el progreso y en la capacidad humana, una parte de la sociedad está entrando en una etapa de mayor conciencia. Se advierte una creciente sensibilidad con respecto al ambiente y al cuidado de la naturaleza, y crece una sincera y dolorosa preocupación por lo que está ocurriendo con nuestro planeta (19).

Venimos de tiempos de ignorancia. No hemos sido conscientes de que nuestra forma de vida descansa sobre el sufrimiento de muchas criaturas hermanas. Y recordamos las palabras de Pablo en el aerópago: «Dios pasa por alto esos tiempos de ignorancia, pero ahora manda a todos y en todas partes que se conviertan» (Hch 17, 30). O, como dijo en su día José Saramago, “la alternativa al neoliberalismo se llama conciencia”.

Este es uno de los signos de los tiempos más esperanzadores hoy: estamos saliendo de “tiempos de ignorancia” para darnos cuenta de de cómo funciona este sistema económico en el que vivimos y su sustrato cultural y antropológico, ese antropocentrismo desviado que da lugar a un estilo de vida desviado (122). Cada vez son más las personas que se preguntan por las repercusiones de su forma de vida y toman decisiones conscientes que afectan a su estilo de vida. Es admirable la creatividad y la generosidad de personas y grupos que son capaces de revertir los límites del ambiente, modificando los efectos adversos de los condicionamientos y aprendiendo a orientar su vida en medio del desorden y la precariedad (148).

 

2. Integración

La persona espiritual se sabe unida a todo y a todos, empezando por uno mismo. Como es sabido, la palabra "monje" procede de la raíz griega "mono", es decir, uno, unido, integrado. El monje, la monja, es una persona integrada, unificada en primer lugar consigo misma, y a la vez con todo y con todos.

Unos de los ejes transversales que Francisco presenta al principio de LS (16) es el convencimiento de que todo está conectado (16, 91, 117, 138, 240), todo está relacionado (70, 92, 120, 137, 142). Todo está integrado en una unidad dolorosamente rota por el pecado humano.

Son muchos los que participando en ámbitos ecologistas viven «la experiencia de sentir que formas parte de algo que conecta a todo y a todos, esa experiencia te hace ver a todos los seres humanos como hermanos y al planeta como casa común que tenemos que cuidar».

Integración de todas las dimensiones de la persona. Cada vez son más los que, fuera de ámbitos religiosos, practican meditación, yoga, tai chi, chi kung y otras disciplinas que ayudan a integrar el cuerpo, la mente y el afecto.

Integración de todos con todos. Otros encuentran en la experiencia colectiva de construcción grupal un “algo más” que hace transcender a las personas más allá de sí mismas: «El mundo no será más sostenible porque un día todas nuestras tecnologías productivas sean ‘eco’. Conocer el funcionamiento de los procesos grupales, aprender del conflicto, hacer un uso consciente del poder que tenemos, saber gestionar las emociones, mejorar nuestra comunicación, tomar decisiones acordes con la sabiduría grupal... son elementos imprescindibles para una forma de vida sostenible.» Porque el mundo, creado según el modelo divino, es una trama de relaciones. Y la persona humana más crece, más madura y más se santifica a medida que entra en relación, cuando sale de sí misma para vivir en comunión con Dios, con los demás y con todas las criaturas. (240)

Integración con y en la naturaleza. No son pocos los que se atreven a dejar la ciudad para retornar a una forma de vida rural, incluso formando ecoaldeas, descubriendo la amorosa conciencia de no estar desconectados de las demás criaturas, de formar con los demás seres del universo una preciosa comunión universal (220).

Pero ya no basta hablar sólo de la integridad de los ecosistemas. Hay que atreverse a hablar de la integridad de la vida humana, de la necesidad de alentar y conjugar todos los grandes valores (224). Una vida integrada –con uno mismo, con los demás, con la naturaleza, con Dios– conlleva una vida íntegra, “de una pieza”, honrada y transparente. Es precisamente la reivindicación de los movimientos sociales y de los partidos políticos alternativos. Cada vez es más evidente que sin integridad moral no habrá regeneración política.

 

3. Confianza

La confianza es uno de los rasgos más típicos de las personas espirituales. En los salmos, el tema más repetido es precisamente la confianza en Dios frente a algún peligro, concreto o no. La confianza es lo opuesto al miedo. Los místicos de todas las religiones son personas que en la cumbre de la experiencia espiritual saben que no hay nada que les pueda quitar la paz, ni siquiera la muerte. Personas serenas, que transmiten paz y profundidad. Personas confiables.

Después de presentar un panorama justamente preocupante respecto a la situación de nuestra “casa común”, Francisco confía en que no todo está perdido, porque los seres humanos, capaces de degradarse hasta el extremo, también pueden sobreponerse, volver a optar por el bien y regenerarse, más allá de todos los condicionamientos mentales y sociales que les impongan (205).

Es la misma convicción de tantas personas que desde los movimientos ecologistas se afanan incansablemente por revertir la situación global de deterioro medioambiental. Es la esperanza de millones de corazones que desde el Foro Social Mundial de Porto Alegre de 2001 corean que “otro mundo es posible”. Sí, con nuestro comportamiento inconsciente y “antropológicamente desviado”  hemos configurado el mundo tal y como está. La buena noticia es que con nuestro comportamiento es posible configurar el mundo de otra manera. ¡Otro mundo mejor es posible!

Esta confianza en que otro mundo es posible se refleja en la confianza a priori de unas personas con  otras. Aunque no esté directamente relacionado con los ámbitos ecologistas, es llamativo constatar cómo está surgiendo una nueva economía basada en la confianza. La banca ética o las cooperativas de crédito, donde ahorradores depositan su dinero confiados en que será utilizado de forma ética. Los viajes compartidos, donde se comparte coche con varios desconocidos confiando que se tendrá un viaje agradable. Más aún: las casas compartidas que se prestan unos a otros en la confianza de que los huéspedes se comportarán correctamente (como sucede en la mayoría de los casos).

 

4. Transformación

Francisco deja muy clara la relación entre la preocupación medioambiental y la social. No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental. Las líneas para la solución requieren una aproximación integral para combatir la pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos y simultáneamente para cuidar la naturaleza (139). Se trata de transformar esta situación de indignidad y sufrimiento en otra de armoniosa integración de todas las criaturas. Se trata de pensar en los pobres y sentir como propio su sufrimiento, pues son aquellos que más sufren las consecuencias del deterioro medioambiental (20, 25, 29, 48)

Precisamente, en los ambientes ecologistas desde hace años se viene proponiendo un “ecologismo social” que integre el cuidado de las personas con el del medio ambiente, proponiendo un cambio de modelo que ajuste las actividades económicas de los seres humanos a los límites biofísicos de los ecosistemas, con criterios de justicia y equidad. Esta voluntad de transformación ecosocial tiene que ver con una espiritualidad auténtica, que se conmueve por el sufrimiento ajeno y moviliza las fuerzas y la creatividad para evitarlo: junto con la importancia de los pequeños gestos cotidianos, el amor social nos mueve a pensar en grandes estrategias que detengan eficazmente la degradación ambiental y alienten una cultura del cuidado que impregne toda la sociedad. Cuando alguien reconoce el llamado de Dios a intervenir junto con los demás en estas dinámicas sociales, debe recordar que eso es parte de su espiritualidad, que es ejercicio de la caridad y que de ese modo madura y se santifica. (231)

Esta “cultura del cuidado” no es algo nuevo; desde algunas corrientes de pensamiento como el ecofeminismo se viene proponiendo desde hace décadas poner en el centro de la sociedad el cuidado de las personas y no el beneficio económico, algo en perfecta sintonía con las propuestas del papa Francisco (Cf. Evangelii Gaudium 55-61).

Esta espiritualidad transformadora integra la aparente dualidad de la conversión personal y la transformación global. Puesto que todo está relacionado, contribuimos a otro mundo mejor posible al mismo tiempo que a nuestra propia realización como personas. El compromiso ecosocial brota así de la alineación de los sueños de las personas con las necesidades de la sociedad y del planeta. El resultado es una actitud liberadora y disfrutadora donde no solo se muestra que es posible vivir sin causar sufrimiento (o causando lo menos posible) sino que es posible ser feliz viviendo voluntariamente de esa manera.

Los miembros de los movimientos sociales y ecologistas seguramente sintonizarán también con las palabras de Francisco al término de su encíclica: Caminemos cantando. Que nuestras luchas y nuestra preocupación por este planeta no nos quiten el gozo de la esperanza (244).

 

Un cristianismo nuevo: tarea y ánimo

UN CRISTIANISMO NUEVO:

TAREA Y ÁNIMO

 

         Puede resultar pretencioso, a estas alturas, hablar de “cristianismo nuevo” cuando el sentimiento de envejecimiento, de desfase social, de alejamiento de la vida nos inunda a oleadas. Pero hay que tener en cuenta que los procesos humanos en el interior de lo que somos siempre se hacen lentamente. Quizá la propuesta de Jesús ha de tener en tiempos futuros un brillo que se le ha negado en los siglos precedentes. Por eso, pretender un cristianismo nuevo es un anhelo razonable en nuestro hoy.

         Diremos desde el comienzo que esto no se nos va a dar gratis, mecánicamente, por generosidad del sistema. Es una tarea personal y grupal, un proceso, un camino, que habrá que recorrer en todos sus tramos. Habría que sacudir desganas, rutinas, intereses si los hubiera, para plantarse en la meta de salida del Evangelio con el menor número de prejuicios, estereotipos, resquemores. El camino se andará mejor canto menor sea esta clase de equipaje.

         Y necesitaremos colaborar en una oferta de ánimo que nos contagie hasta llevar al exilio a las sombras del desánimo. Cualquier pequeña contribución al ánimo será bienvenida.

 

 

1

VOLVER AL EVANGELIO:

UNA TAREA PARA CRISTIANOS DE HOY

 

         Que un grupo numeroso de cristianos quiera “encontrarse para ser” es algo hermoso. Generalmente nos encontramos para celebrar, para reflexionar, para debatir. Pero encontrarse para “ser” es encontrarse para atizar los fuegos de entro, para meter ánimo en el corazón, para espolearse con el buen aguijón del amor y para animarse a mantenerse en pie, como los “viejos árboles” que decía Labordeta.

         Y se quiere hacer eso con la herramienta de volver al Evangelio. Estos tiempos nuestros, aunque no lo creamos, no son malos tiempos para volver al Evangelio, para entrar más adentro en la entraña de la propuesta de Jesús. Somos muy miopes y no vemos más que lo que tenemos delante. Y decimos: dos mil años de Evangelio y todo sigue igual o peor. Es poco tiempo para cambiar estructuras internas, para modificar la persona ancestral que llevamos dentro.

         Por eso mismo, hoy es un tiempo óptimo para seguir andando el camino evangélico que, por secular, se mezcla estupendamente a los planteamientos de esta sociedad moderna de la que hacemos parte. Si esta jornada ayuda este empeño, la daríamos por buena.

 

1. Hay que reconocer que nos hemos ido

 

         Para volver, es necesario haberse ido. Por eso, cuando hablamos de “volver” implícitamente decimos algo tremendo: nos hemos ido lejos del Evangelio. Y así ha sido. Nos han alejado del Evangelio las propias debilidades que nos llevan a vivir días y días en presupuestos distintos a los de Jesús. Nos alejado del Evangelio una sociedad en la que quiere imperar el pensamiento único de un neoliberalismo atroz. Nos han alejado del Evangelio nuestros sistemas religiosos que ha generado derivados de derivados del Evangelio, llegando a poner el acento en cosas que nada tienen que ver con el estilo de vida de Jesús y que a veces entran en contradicción con él.

         No es que nos hayamos alejado. Es que nos hemos ido a otro terreno, a otro ámbito, a otro paradigma. Es cierto que nuestras rupturas no son totales. Pero por continuados, consagrados, impuestos, nuestros caminos lejos del Evangelio no solamente han velado la hermosura sencilla que anida en él, sino que la han deformado, malinterpretado, secuestrado, reprimido.

         El viejo profeta Ezequiel, malhumorado pero lleno de verdad, decía a sus paisanos: “Por vuestra culpa maldicen las naciones el nombre de Dios” (Ez 36,20). Por nuestra culpa el Evangelio no ha brillado con fuerza, por nuestra terquedad ideológica o por nuestra apatía y conformismo, por nuestro adormilamiento, no hemos construido el edificio de la espiritualidad cristiana sobre la gracia y lo hemos hecho (lo seguimos haciendo) sobre el pecado.

         Así, el Evangelio se ha convertido en una ley, ha sido más “yugo” que llevadero. Y como decía Bernanos “es una locura que, con el programa que contiene el Evangelio, el cristianismo se haya terminado convirtiendo en la bestia negra de los hombres libres”. Por eso mismo la vuelta al Evangelio, se hace más perentoria que nunca.

 

2. Una vuelta personal y estructural

 

         ¿Nadie ha cumplido el Evangelio? Es obvio que no. La historia de la fe cristiana, en sus modos plurales, nos ha presentado a lo largo de la historia cristianos que no han apartado los ojos y sus pies del camino de Jesús. Posiblemente gracias a ellos estamos  hoy aquí. Más que la reflexión, ellos son quienes, con su voz muchas veces sofocada por el ruido, nos recuerdan que el camino está ahí, siempre nuevo, siempre por estrenar.

         Por eso, queda fuera de duda que necesitamos una vuelta personal, en primer lugar, ineludible porque las decisiones de la vida tienen siempre un componente personal que cada uno debe asumir.

         Pero hay también una vuelta estructural, que más que vuelta es camino nuevo para descubrirlo por vez primera. Estructuralmente la comunidad cristiana quizá nunca ha transitado de manera limpia los caminos del Evangelio, ni siquiera en los primeros años de la fe si hemos de dar crédito a libros como los Hechos de los Apóstoles.

         Nos percatamos cuando vemos los derroteros de esta Iglesia de hoy que cuando se esfuerza por acercarse a la senda evangélica, siempre termina volviendo al paradigma del sistema, alejándose de la simplicidad evangélica. El Vat.II fue una primavera, globalmente hablando. Pero vueltas las aguas a sus cauces, el reformismo se convirtió en involucionismo. Y ahora, cuando el papa Francisco parece querer traer otros aires a la Iglesia, en el seno mismo de ella, en bastantes de sus dirigentes, en movimientos notables, emerge una resistencia que se convierte en crítica más o menos velada. Son hermanos cristianos quienes hacen esto. Pero piensan que salirse de lo sistémico es destruir la fe (y quizá lo sea) pero no entrevén la hermosura de un camino evangélico nuevo.

 

3. Creer al Evangelio

 

         Creer al Evangelio no es exactamente igual que tener fe en Dios. Esto es más un asunto religioso; aquello es dar fe a lo mecanismos que subyacen a la vida y actitudes de Jesús. Quien tiene fe, por definición, acepta una serie de dogmas religiosos. Quien creer en el Evangelio acepta sus “dogmas”. ¿Cómo cuáles? Por ejemplo: hay más fuerza en los débiles que en los fuertes; las entregas no se pierden; se puede vivir contento sirviendo; a la hora del reino todos estamos al mismo nivel; en los márgenes hay vida; etc.

         Por eso mismo, puede darse el caso de que uno crea con total facilidad en los dogmas religiosos, pero ponga muchas pegas a los “dogmas” evangélicos. De ahí que el Papa Francisco hable de algo de esto cuando dice: “Creamos en el Evangelio que dice que el Reino de Dios ya está presente en el mundo, y está desarrollándose aquí y allá, de diversas maneras: como la semilla pequeña que puede llegar a convertirse en un gran árbol (cf. Mt 13,31-32), como el puñado de levadura, que fermenta una gran masa (cf. Mt 13,33), y como la buena semilla que crece en medio de la cizaña (cf. Mt 13,24-30), y siempre puede sorprendernos gratamente. Ahí está, viene otra vez, lucha por florecer de nuevo” (EG 278). 

         Hablar de volver a Jesús sin estar dispuesto a dar fe al Evangelio resulta imposible. Y hay que tener en cuenta que el Evangelio no es propiamente un libro religioso, sino una propuesta de nueva relación, la relación de la fraternidad con los demás, con la creación, con Dios mismo. Por eso, la fe en el Evangelio pasa necesariamente por el tamiz de la relación. Ahí se decanta y demuestra su verdad.

 

4. Una espiritualidad con arraigo antropológico y social 

 

         Es la que se hace imprescindible para volver al Evangelio. La espiritualidad tiende a situarse en lugares sin arraigo, en las nubes, en lo teórico, en lo admitido por todos pero en lo que implica a muy poco. La espiritualidad tiene el riesgo de ser algo sin carne, un fantasma. Este peligro ha acompañado la historia del caminar cristiano (recuérdese la problemática de 1 Jn).

         El Evangelio no se alía con este tipo de espiritualidad, sino que se apunta a una espiritualidad con carne. Esa carne no es otra que la entrega al otro, el servicio efectivo, la toma de posturas nuevas en cuestiones de economía, de trabajo, de amparo humano. Es una espiritualidad que ilumina los interiores de la persona, que cuestiona sus caminos y que pretende un cambio en las estructuras básicas de la persona.

         Llegando tarde el Evangelio a nuestra vida, hay quien cree que esto no es realmente posible, que “genio y figura hasta la sepultura”. Pero la vida nos enseña de muchas maneras que los cambios, en cierta medida, son posible. Por eso, el Evangelio es una propuesta antropológica posible. No se nos habría ofrecido si no lo fuera. Pero es una propuesta de cambio humano básico.

         Hay cristianos a quienes esto no les cuadra. Piensan que esto es una espiritualidad muy “de tejas abajo”. Y así es. Pero es que el Evangelio no es para los ángeles, sino para quienes vivimos de tejas abajo. No creamos que esto es la destrucción de la espiritualidad. No, al estar arraigada en el subsuelo de lo humano, la espiritualidad evangélica es iluminadora, amparadora, animadora y discernidora de nuestros pasos en la historia.

 

4. Decálogo para volver al Evangelio

 

         ¿Cómo dibujar, de alguna manera, el itinerario de quien se plantee una creciente y verdadera vuelta al Evangelio? Hagámoslo en forma de decálogo:

 

1) Volver al Evangelio es como volver a casa: siempre está esperándonos, siempre somos bienvenidos.

 

         Puede ser que los días alejados del Evangelio en nuestra vida sean muchos; puede ser que solamente hayamos puesto tímidamente el pie en el camino evangélico; puede ser que miremos con desconfianza a esa casa evangélica que nos desinstala y nos cuestiona. No importa. Esa casa siempre está abierta, siempre hay calor en ella, nunca se recrimina a quien quiere entrar aunque venga de lejos, aunque lleve encima los costurones de la vida.

 

         2) Volver al Evangelio es poner de nuevo el acento en lo importante, relativizando aquello que no es tanto.

 

         Porque los mecanismos religiosos (y aun sociales) nos llevan con frecuencia a poner el acento y a hacer de ello bandera de lucha en cosas que no son importantes, que están alejadas de los núcleos de la vida. Esto nos causa disgustos, lejanías, divisiones incluso. El Evangelio nos empuja a por el acento en lo realmente importante, en los llamados valores primordiales: el amor, el perdón, la paz, la trascendencia, la generosidad, la confianza, etc. Esto es lo importante para el Evangelio. Y en eso coincidimos con muchos que, cristianos o no, también “creen” en tales valores. No nos importe que nos diferenciemos de ellos (los mecanismos religiosos siempre buscando la diferencia); alegrémonos de que el mundo del bien sea amplio.

 

         3) Volver al Evangelio es asentarse de nuevo en lo que garantiza el valor de la fe, porque el resto, por mucho que nos digan lo contrario, es de menos valor.

 

         El Evangelio es la roca firme a la que uno puede agarrarse. Si no hubiera sido por el Evangelio, la fe se habría ido a pique hace tiempo. Cuando uno se agarra al Evangelio, no hay vendaval que pueda con él, ni el viento destructor de las estructuras inhumanas, ni los anhelos de poder disfrazados de autoridad (incluso religiosa), ni los sistemas ideológicos de pensamiento único que quieren arrasar con todo. El Evangelio es la roca del profeta, de aquella persona que sigue viva a pesar de todo, de quien no ha sucumbido ni quiere sucumbir a la desesperanza.

 

         4) Volver al Evangelio es aprender un poco más el rostro de Jesús, conocer mejor su sonrisa y sus arrugas, sus brillos y sus sombras. Conocer ese rostro para amarle más.

 

         Un rostro no se aprende en cuatro días. Para que se grabe en el corazón hay mirarlo muchas veces, desde lados muy diversos, de tal manera que uno lo aprenda casi de memoria. El rostro verdadero de Jesús está en los Evangelios. Es preciso volver a ellos incansablemente y con amor, con embelesamiento, como quien no se cansa de mirar el rostro de la persona que ama. Haciéndolo así veremos su luz y sus sombras, que también las tiene, conoceremos sus días luminosos y sus jornadas sombrías. El rostro deseado que queremos que se grabe en nuestras entrañas, como decían los místicos.

 

         5) Volver al Evangelio es disponerse a gustar de nuevo las pequeñas delicias ocultas en el texto, rumiarlo, saborearlo, leerlo en modos adultos

 

         Es preciso leer el texto evangélico como adultos: a favor, porque alimenta nuestra mística cristiana; “en contra” cuando sus textos han sido superados por los tiempos, la cultura o la evolución espiritual; ampliándolos hasta hacerlos llegar a nuestra propia intimidad; buscando en ellos la luz que necesitamos; escudriñando hasta dar con las semillas ocultas que hay en su fondo. Si no huimos de los modos trillados de entenderlo, terminará resultándonos soso y sin sabor. Si nos lanzamos a los detalles interesantes, el texto cobrará una luz inusitada.

 

         6) Volver al Evangelio es retomar las viejas utopías, oxidadas, embrumadas, perdidas, y darles de nuevo el valor que siempre tuvieron.

 

         Porque, digan lo que digan, la utopía sigue siendo necesaria como el pan de cada día. Ya lo dijo Serrat. Y es grande el coro de voces que auguran, hace ya mucho, que el tiempo de las utopías ha caducado. El Evangelio dice que no es así y mantiene sobre todo una de ellas: que tiene que llegar un día en el que los sufrimientos de los pobres acabarán. Y mucha gente, creyente o no, se ha lanzado y ha vivido tras ese sueño. Y por el Evangelio nosotros sabemos que eso no es una quimera, sino un sueño que mueve la vida.

 

         7) Volver al Evangelio es aprender otra vez la melodía de una vida que se mezcla con el resto de la vida. No es el Evangelio algo aparte de la vida.

 

         Ya que volver al Evangelio conlleva el afán de des-secuestrarlo, porque ha sido secuestrado por las liturgias, los exégetas, el sistema religioso. Y hay que intentar poner el Evangelio donde siempre debería haber estado: en la simple y pura calle, en los lugares donde vive la gente, en las calles más comunes. Porque Jesús no fue un hombre de iglesias, sino de caminos; no fue un teólogo, sino un amante y un acompañante de la vida.

 

         8) Volver al Evangelio es descubrir en caminos trillados esos leves motivos que nos llevan a vivir con alegría.

 

         Porque el Evangelio ha sido trillado y retrillado. Su estar a nuestro servicio le hace asimilar con paciencia nuestras maneras superficiales, interesadas, de leerlo y de entenderlo. Lo hemos convertido en un erial. Pero quien lee con amor, no se cansa de descubrir en él esos pequeños tesoros ocultos que hacen que la vida sea más llevadera. No es el Evangelio algo que dé respuesta a las grandes cuestiones, sino que es, más bien, el pequeño aliento para tirar un día más, para no apearse de los sueños, para seguir insistiendo en lo que hay que insistir.

 

         9) Volver al Evangelio es cantar con Jesús la melodía que puede espantar nuestros males y nuestras asperezas.

 

         Porque sí, habrá canto en la noche, como decía Brecht. Porque el sufrimiento tiene derecho a ocupar su sitio y ni un milímetro más. Porque la alegría sencilla de vivir ha de ocupar su espacio creciente. Porque se le pueden dar vuelta a las situaciones y hallar esos destellos de gozo que conviertan esto que hemos llamado valle de lágrimas en fiesta de paz y de alegría. Porque la alegría que nadie puede arrebatar es una promesa firme del Jesús del Evangelio.

 

         10) Volver al Evangelio es volver al corazón de la persona, porque el sueño de Jesús es el de la fraternidad más elemental.

 

         Un sueño que pasa por una constante reconciliación, por la certeza de que, por ser humanos, somos familia. Y que, por ello, no solamente hemos de aprender a respetarnos en amistad cívica, sino que hemos de intentar amarnos, hasta comprender que la casa de la persona es la persona. Y por muy lejano que esté aún este día de la gran fraternidad, quien vuelve al Evangelio saborea cada pequeño paso que nos aproxima a esa meta.

 

5. Posibilidades reales

 

         Siempre que nos acercamos a la luz del Evangelio, a la vez, percibimos con más nitidez las inevitables oscuridades del caminar humano. De ahí que, intentando contagiar ánimo, asome la cabeza el desaliento: yo me conozco y sé que ese camino hermoso no es para mí.

         Hay que superar tal sentimiento. Lo hemos dicho, el Evangelio ha sido ofrecido a humanos, no a ángeles. La propuesta de Jesús se hace a personas normales, marcadas, incluso, por fuerte limitaciones (ambición, naturaleza violenta, corrupción, traición incluso). Jesús hace su propuesta no en base a la calidad moral de la persona (si la tiene, mejor), sino en base a la dignidad de la persona. Y como él considera digna a toda persona, a toda persona hace la propuesta

         Por todo ello las posibilidades de ir volviendo al Evangelio en un itinerario prolongado, en un proceso, son muchas, está a nuestro alcance. Quizá haya que unirse, porque las cosas hermosas pero difíciles, se vuelven más sencillas cuando se las vive en grupo. Quizá haya sonado el tiempo de dejar de lado controversias que no llevan a nada. Tal vez sea interesante entender que una fe vivida en los márgenes del sistema no nos margina del Evangelio sino que nos empuja a su centro. Tal vez haya llegado el tiempo en que entendamos que volver al Evangelio no es salirse de la ida en espacios estancos, sino adentrarse en ese misterio del vivir en el que estamos metidos.

 

Conclusión:

 

         Esta primera reflexión tenía la pretensión de ofrecer una sencilla mística de vuelta al Evangelio creyendo que es un paso necesario para sacar otro tipo de conclusiones. ¿Cómo vamos a pretender dar razón de nuestra esperanza si antes no bulle dentro el amor por el Evangelio, que es lo mismo que el amor por aquel Jesús que lo motivó? Repartamos ese ánimo entre nosotros.

 

 

2

RETOS Y DESAFÍOS EN LA SOCIEDAD ACTUAL

 

         Mucho se ha escrito sobre esto. Hay que echarle a la cosa una fuerte dosis de realismo: qué nos pide la sociedad que estemos en condiciones de aportar. Se trata de no crear frustraciones.

 

  1. 1.    Un aprendizaje social

 

La teoría de los aprendizajes sociales, larga de un siglo, popularizada por A. Bandura, no enseña que la sociedad es maestra inevitable en los aprendizajes vitales. Nos moldea la familia, la escuela, pero, sobre todo, la sociedad. De ella aprendemos nuestras posiciones políticas y económicas, nuestros saberes relacionales, nuestros modos de convivencia diaria, nuestro uso de las herramientas de convivencia, etc. Aprendemos de la sociedad. Como decía Juan XXIII, es instrumento del Espíritu. El mayor quizá.

Por eso, al preguntarse por lo que se pide hoy al cristianismo y qué es lo que se puede aportar es preciso, primeramente, des-negativizar el hecho social, cosa frecuente en los medios creyentes, más aún en los sistémicos. Es preciso desvelar el rostro de esa otra sociedad que nos hermana y que contiene indudable valores humanos y espirituales. No se trata de un buenismo indiscernido, sino de una lectura benigna y crítica del hecho social. Sin esto, hablar de respuestas a los desafíos sociales es hablar de música celestial.

Desde ahí podremos, en pasos ulteriores, hablar de hacer una lectura creyente de la realidad. Dice el papa Francisco: “Dios vive entre los ciudadanos promoviendo la solidaridad, la fraternidad, el deseo del bien, de verdad, de justicia” (EG 73).

 

  1. 2.    Lo que nos pide la sociedad

 

Creo que más que acciones concretas, lo que la sociedad demanda a los cristianos es una cierta sintonía que hoy parece no darse. La sociedad sigue su camino imparable; el cristianismo se asienta en sus principios; la distancia entre ambos aumenta. Una creciente sintonía, esa es la demanda general que desglosamos en diez:

 

1)   La sociedad nos demanda que caminemos más a su lado

 

Porque nuestros caminos creyentes están, a veces, fuera del gran camino de la sociedad. Es cierto que los caminos de esta son a veces tortuosos, extraños, e, incluso, a nuestro juicio extraviados. Pero la sociedad quiere que caminemos con ella, que no la abandonemos, que acojamos de salida sus itinerarios, por extraños que nos parezcan, que hagamos nuestras sus preguntas, que compartamos sus inquietudes y dejemos en un segundo plano las específicamente religiosas. Si no la acompañamos ella seguirá sola en sus caminos.

 

2)   La sociedad nos demanda que creamos en su bondad

 

Porque, ciertamente, la vida no es el paraíso precisamente. Pero la sociedad nos pide que nosotros que nos referimos a uno que pasó haciendo el bien, creamos en la bondad social, en la certeza de que hay mucha gente buena que sueña con un futuro de humanidad y de fraternidad. Nos pide que, aunque la bondad no tenga componente religioso pensemos que bondad no hay más que una y que todos, desde diversos lados podemos contribuir a ella.

 

3)   La sociedad quiere que se reconozca su componente espiritual

 

No tanto religioso, sino espiritual. Quiere que la espiritualidad abarque más que la espiritualidad religiosa. Nos demanda que leamos muchos de sus caminos, incluso el de quienes propugnan el abandono de lo religioso, como sendas espirituales pertenecientes a un “alma” común. Nos pide que comprendamos que ella no quiere abandonar el marco social para ser espiritual. Nos demanda que veamos muchos de sus interrogantes como inquietudes espirituales.

 

4)   La sociedad nos demanda que no caigamos en el engaño de la superioridad moral

Porque es, ciertamente, un engaño creer que por ser persona religiosa, solo por eso, se está en un nivel moral superior. El Evangelio dice que “por sus obras los conoceréis” y los signos de Jesús son signos en favor de la persona. Ese amor desbordado al otro es lo que le otorga una excelencia moral. El rango social por religioso no conlleva, sin más, ningún tipo de superioridad. Estar al mismo nivel moral no es ningún desdoro, sino una puerta para el respeto, el diálogo y la interrelación.

 

5)   La sociedad nos demanda que empujemos en la dirección de lo común

 

Porque las religiones tienden a trabajar pro domo sua, para su casa, para sus obras, para sus intereses, para el sostenimiento de sus instituciones, etc. La sociedad nos demanda que nos unamos a lo común, con la certeza de que si lo común prospera, el conjunto, también los cristianos, iremos a mejor. El anhelo de lo común late en las venas del Evangelio y en las de la sociedad.

 

6)   La sociedad nos demanda que apoyemos sus intuiciones más arriesgadas

 

Ya que ante estas intuiciones (en materia de bioética, de manipulación de la vida, de ingeniería genética, etc.) la religión tiende a enrocarse en sus posiciones tradicionales. Es verdad que son asuntos delicados que es preciso discernir de la mejor manera posible. Pero la sociedad pide estar abierto a las preguntas que suscitan estos planteamientos y apoyarlos en la medida en que desembocan en un estilo de vida más humano, más adulto, más libre de las constricciones que acompañan el caminar humano desde sus albores.

 

7)   La sociedad nos demanda no hacer exaltaciones religiosas en contra del hecho social

 

Nos referimos a ese tipo de exaltaciones que tienen el peligro de manipulación (canonizaciones martiriales, apoyos a colectivos de víctimas politizados, demandas educativas que encierran posiciones de poder, etc.). La sociedad nos demanda intentar buscar caminos de reconciliación donde todo el colectivo social pueda caber ya que, al fin y al cabo, todos los que hacemos parte de la sociedad tenemos que convivir. Las exaltaciones religiosas pueden llevar a caminos de profundo desencuentro.

 

8)   La sociedad nos demanda que nos unamos a las respuestas coordinadas en el mundo de las pobrezas

 

Nos pide que, cada vez más, no hagamos la guerra contra las pobrezas por nuestra cuenta, sino que establezcamos sinergias con todo el hecho social, no solamente para ser más eficaces, sino, sobre todo, para ser más hermanos, socialmente hablando. Esta renuncia a poner la firma en lo que hacemos puede constituir una generosa ofrenda por parte de los colectivos cristianos.

 

9)   La sociedad nos demanda que aceptemos entrar en una política que favorezca a la paz

 

Sin angelismos y también si mirar atravesadamente a los grupos políticos que tienen en sus ideales la construcción real de la paz. Demanda, así mismo, el alejamiento de esos otros grupos que, lobos con piel de cordero, hablan de paz mientras por debajo venden armas sin control. Una implicación en la parte de la sociedad que anhela en modos reales la paz es una demanda que los grupos cristianos habrían de aceptar. De ahí que los temas relativos a la justicia y a la paz habrían de tener más eco en la experiencia cristiana.

 

10)                     La sociedad nos demanda que nos empeñemos con ella en tareas de mediación

 

Porque esas tareas tienen mucho futuro en el camino de la vida. Los trabajos de mediación social que la sociedad intenta (a nivel político, penitenciario, ciudadano, familiar, escolar, etc.) habrían de tener un apoyo en aquellos que, según dice el Evangelio son bienaventurados porque construyen la paz. El logro de la paz social es, con frecuencia, complicado. Pero ahí habría de encontrar la sociedad un aliado en el cristianismo.

 

Conclusión:

 

El reto global, el desafío general es a caminar juntos, sociedad y creyentes, no solamente respeto cívico, sino en profunda unión en base a la dignidad humana. La sociedad saldrá beneficiada y también se aquilatará la experiencia cristiana.

 

 

 

 

 

 

Marcos 2

CVMc

Domingo, 1 de noviembre de 2015

 

 

VIDA Y EVANGELIO:

UN MISMO CAMINO

Plan de oración con el Evangelio de Marcos

 

2. Mc 1,6-8

 

Una reflexión inicial: 

 

                Siempre que nos hemos reunido en comunidad virtual, bien en grupo o en la reunión general,  hemos experimentado, con toda evidencia, que trabajar el Evangelio en grupo es la mejor manera de contagiarse ánimo. Los humanos somos así. Aunque tenemos un fuerte carga de individualidad y hasta de individualismo, nos hacemos más humanos en contacto con los demás. El aislamiento empobrece; el roce, la fraternidad enriquece siempre. Por eso, quizá el mayor beneficio de todos estos años sea el haber tenido personas cerca y el que estás, muchas de ellas, sigan ahí. Sin ellas, esto se habría ido a pique seguramente. Hay algunas que tienen un papel más relevante en el grupo. Otras participan, sin más. Todo es necesario. El grupo se hace con el cariño de todos. Hasta los pequeños que revolotean en torno a nosotros en las reuniones generales tienen un sitio en esta comunidad. No tanto para adoctrinarles, sino para que lleguen a entender, ojalá, que aquí hay humanidad. De alguna forma, conectarán con nosotros.

 

El texto:

 

            6Juan iba vestido de pelo de camello, con una correa de cuero a la cintura, y comía saltamontes y miel silvestre. 7Y proclamaba: -Llega detrás de mí el que es más fuerte que yo, y yo no soy quién para agacharme y desatarle la correa de las sandalias. 8Yo os he bautizado con agua, él os bautizará con Espíritu Santo.

  • Se ha leído como un texto de humildad: desatar la correa de las sandalias como algo humilde. Pero, ¿por qué precisamente desatar? Es un asunto de derecho matrimonial de la época.
  • En el tiempo de Jesús las mujeres no son sujetos civiles. Tienen que tener siempre un hombre que les represente legalmente. Si una mujer se queda sola (viuda, por ejemplo) hay establecido un mecanismo de amparo. Se llama ley del LEVIRATO. Consiste en lo siguiente: un hombre (el cuñado, el primo, etc…) tiene el derecho y la obligación de amparar a la mujer sola llevándosela a casa (estamos en ambientes poligámicos). Si no se la lleva tiene que pagar una multa, aguantar el ultraje de un escupitajo y dejar que se desate la correa de la sandalia.
  • Este es un gesto no solo de menosprecio, sino que indica que no eres un hombre de ley, no cumples las obligaciones humanas, no eres buena persona.
  • Según esto, ¿qué dice el Evangelio? Que Jesús ha cumplido esa ley, se ha llevado a la “mujer desamparada”, a nosotros, y le ha dado amparo. Tenemos un buen marido, un amparador, alguien que no nos va a dejar tirados.
  • Y ¿por qué hace esto? Porque nos trata como personas dignas, porque ve más allá de las apariencias y valora nuestra dignidad de criaturas, porque sin dignidad no hay humanidad ni Evangelio.

 

Un momento de silencio y oración:

  • Agradezco a Jesús su amparo continuo.
  • ¿Soy casa de amparo para otros?
  • Valoro a quien ampara.

 

 

Un valor: el amparo

 

            No se habla mucho de él. Suena como a otra época, pero es muy necesario para vivir. ¿Cómo cultivar hoy este valor?

  • Todos estamos necesitados de amparo. Esta obviedad hay que ponerla por delante.
  • No se puede amparar si no se cambia la mirada: hay que lograr una mirada humana.
  • El amparo tiene que ver con un interior jugoso. Si eres seco/a por dentro, nada que hacer.
  • Hay que huir de paternalismo. El amparo es una cuestión de dignidad.
  • El amparo mide si calidad por la implicación.

 

Una imagen:

 

Sólo un refugiado puede meterse en la piel de otro. No hay otra explicación para comprender las razones de Dionisis Avranitakis, el panadero de la isla de Kos. Su familia huyó de la invasión turca de Esmirna en 1922, que desplazó a un millón de griegos de la ciudad. Muchos de ellos se refugiaron en Australia, donde la comunidad helena es enorme. Dionisis, nacido de aquellos náufragos errantes, pasó hambre y privaciones. Por eso se rebela ante lo que ve. "No puedo soportar ver a esta gente pasando hambre y frío aquí sin que mi Gobierno haga nada. Sé lo que es ser hijo de refugiado. Yo he pasado por eso", comenta mientras comienza el reparto de cruasanes, suizos y napolitanas. Todos los días, desde el pasado mes de mayo, sobrepasa la producción habitual de su panadería en 100 kilos de bollos. Con su furgoneta de currela, este griego de voz aguardentosa, malhablado y con barba plata de tres días se presenta frente a la comisaría de la policía, lugar de reunión de los recién llegados en patera y él mismo organiza la larga fila para repartir gratis el pan. Amparo evidente.

 

Un poema:

 

UN valle como éste, 

en el que existen el gorrión, la rosa,

los ríos y los árboles, las nubes,

mayo y septiembre,

y el amor y la luz que en sus anchos dominios

a todos nos acogen, no puede ser que sea

triste valle de lágrimas,

por más que en nuestros ojos prospere el llanto a veces

y aunque lloremos lágrimas de sangre,

o aun a pesar de que la muerte venga

--tan a regañadientes de nosotros--

a transformarnos sin contemplaciones

en redomas ya limpias,

en sustancia de Dios. 

Eloy Sánchez Rosillo

 

Marcos 1

 

CVMc 

Domingo 24 de octubre de 2015

 

 

VIDA Y EVANGELIO:

UN MISMO CAMINO

Plan de oración con el Evangelio de Marcos

 

1. Mc 1,1-5

 

Una reflexión inicial:

 

            Nos proponemos volver de nuevo al Evangelio. Tras haber caminado por otras partes del NT (Apocalipsis, Filipenses, Hechos…) volvemos de nuevo a la “casa” del Evangelio. Volver significa preguntarse de nuevo por lo más elemental de lo que constituye la utopía de Jesús. Volver es poner los acentos otra vez en lo que es más útil y vivo para nuestra espiritualidad. Volver es aprender un poco más el rostro de Jesús y copiar con más fidelidad sus comportamientos. Volver es quitar óxido a las utopías porque no se puede leer el Evangelio más que desde ellas. Volver es percatarse de que en los caminos trillados de la vida hay valores. Volver es cantar con Jesús de nuevo la melodía de los días, el don hermoso de vivir y respirar.

                Volver es también aprestarse a gustar el texto otra vez, con sus matices, sus insinuaciones, sus valores ocultos. Se trata de meterse un poco más debajo de la piel del texto. Y como dice el título de este trabajo, es volver a percatarse que evangelio y vida van juntos.

 

El texto:

 

                1,1Orígenes de la buena noticia de Jesús, Mesías. Hijo de Dios. 2Como estaba escrito en el profeta Isaías, “Mira, envío mi mensajero delante de ti; él preparará el camino” (Ex 23,20; cf. Mal 3,1); 3”una voz grita desde el desierto: -Preparad el camino del Señor, enderezad sus senderos” (Is 40,3). 4Se presentó Juan Bautista en el desierto proclamando un bautismo en señal de enmienda, para el perdón de los pecados. 5Fue saliendo hacia él todo el país judío, incluidos todos los vecinos de Jerusalén, y él los bautizaba en el río Jordán, a medida que confesaban sus pecados.

 

  • Preparar caminos: Eso es básicamente lo que la persona hace en la vida. Preparar caminos para los hijos, para la sociedad, para las personas. Una tarea hermosa la de preparar caminos para que los anden también otros, no solamente yo. Hacer de la vida un camino, algo transitable, valioso, hermoso.
  • Una enmienda social: De esa habla el bautismo de Juan, no solamente personal. Colaborar a la decencia social, a rectificar caminos que no huelen a justicia. No cansarse. Volver mil veces a la batalla de una política decente.
  • Un bautismo fuera del templo: En el río Jordán, fuera del templo, en la frontera con el desierto. Para construir algo hay que irse acostumbrando a estar bien en los márgenes, porque los márgenes también hacen parte de la vida.

 

Un momento de silencio y oración:

  • Me interesan  los caminos de la vida.
  • No quiero cansarme de las utopías
  • Quiero estar bien en los márgenes

 

 

Un valor: la armonía

 

            Se habla poco de ella, pero sigue siendo un gran valor. El Evangelio y la vida quieren ir en armonía. Puedo lograr armonía:

  • Deja un poco más sitio a Dios en tu vida. Que los criterios evangélicos cuenten realmente en tus días. Cree en el Evangelio, obra conforme a lo que dice. Sin más. La armonía asomará el rostro.
  • No hagas caso de los cantos de sirena de quienes nos dicen: tú preocúpate de que a ti te vaya bien y los demás, allá penas. No, siéntete hermano para que la alegría de vida y su íntima armonía cobren verdad y rostro.
  • Elige lo simple, lo normal, lo cotidiano. No te avergüences de ser como todos, de ser pueblo, de ser comunidad. En lo común vivido con gozo habita la armonía.
  • No te enfades por estar abajo, por no tener mando. Ahí se puede ser feliz, te puedes realizar, puedes estar contento. Estar abajo no es malo para quien aspira a la armonía.
  • Que te afecten las pobrezas, que sean para ti lugar de encuentro. No huyas de ellas, porque ahí se encierra, sin duda, el extraño fulgor de la armonía.
  • Ora con confianza, como quiere Jesús. Gusta del silencio. Ama la contemplación de lo creado. Disfruta con el don que es vivir y respirar.
  • Y pon en tu vida una dosis creciente de alegría. Alegría vivida en las pequeñas cosas, en los sencillos acontecimientos, en lo bello que está en nuestras manos. Si no nos apuntamos a la alegría, ¿cómo vamos a estar en armonía con nuestra sencilla vida?

 

Una imagen:

 

                Una piña, sola y humilde, sobre un bloque de granito. Es como lo nuestro. Ahí seguimos, a pesar y a través de los años: extraña y hermosa, unidos en torno a la Palabra y a la amistad. Una piña y una roca de granito, desnudez y amistad. No se trata de ser testarudos, empeñados en lo imposible. Con modestia y más allá de nuestros avatares, nos sentimos llamados a seguir en esta tarea en torno al Evangelio. Como una piña, sola, pobrecilla y con años. Pero como una piña. Con todo el vigor oculto en su sequedad. Y con todo el ánimo.

 

Un poema:

 

Todo lo bello es frágil: los trenes

cuando olían, la escarcha en los ribazos, la boca

de los niños aún sin término, el tacto

del silencio en los camposantos a la orilla

del mar, la redondez si es fruto, el ruiseñor,

su rama. Acaso la memoria. Todo lo verdadero

es frágil. Y no  es inútil. 

 

Fermín Herrero

 

 

"Cuantos lo tocaban, obtenían la salud" (Mc 6,56)

 

            “CUANTOS LO TOCABAN, OBTENÍAN AL SALUD” (Mc 6,56).

La misericordia de Jesús ante el sufrimiento ajeno

 

            Hace años la ONG Médicos Sin Fronteras ideó una ingeniosa campaña para colaborar en la lucha contra ciertas enfermedades raras. A la tal campaña se le puso el título de “Pastillas contra el dolor ajeno”. Se trataba de dar un euro por una cajita de pastillas de caramelos de menta. Con ese pequeño donativo, se ayudaba a la lucha contra las dichas enfermedades. Cuando se acude a la farmacia, se compran pastillas para el propio dolor o para el de los más próximos. No tiene sentido comprar medicamentos para el ajeno; no tiene sentido perseguir la curación del ajeno, de no ser que el tal ajeno llegue a ser prójimo y cercano.

            Esto ocurre con Jesús de Nazaret: salió a los caminos para aliviar, acompañar, curar el dolor ajeno. Esa fue la escuela de su mesianismo. Efectivamente, Jesús no es Mesías por elección divina, sino por contacto con la pobreza humana. En sus andanzas por las aldeas de Galilea curando, consolando y acompañando estaba construyendo el “por eso Dios lo exaltó” que Pablo constatará más tarde (Filp 2,9).

            Hablar de “curar” en los relatos evangélicos es entrar en un mundo distinto del nuestro a la hora de entender los problemas de salud. En tiempo de Jesús, la medicina técnica de la que ahora gozamos era prácticamente inexistente. Un ciudadano de a pie de hoy sabe más de medicina que el mejor de los médicos de la época de Jesús. Por eso mismo, decir que Jesús “curaba” es decir algo muy distinto a lo que hoy queremos significar cuando afirmamos “tal médico me ha curado”.

            Y es que en la antropología del NT hay que distinguir entre enfermedades y dolencias. Aquellas son disfunciones biomédicas que afectan a un organismo, mientras que estas son estados devaluados del propio ser que afectan a una persona cuando el entramado social en que se mueve se ha venido abajo o ha perdido significado. La dolencia es un asunto social, una desviación de las normas y valores culturales. Huelga decir que es desde ahí desde donde los evangelios enfocan en tema de las curaciones de Jesús.

            Por otra parte, queda fuera de duda que Jesús ejerció esa medicina popular y social propia de la época en las capas sociales empobrecidas. “Es un profeta lleno de espíritu, que vence a los espíritus inmundos, cura diferentes dolencias y devuelve a la gente al lugar que ocupaban en la comunidad. Jesús se relaciona no tanto con enfermedades cuanto con dolencias” (B. J. Malina). Por eso mismo, leer los relatos de curación desde una perspectiva histórica simplista es la peor de las formas de interpretarlos.

            Al tratar este tema siempre quedará un punto en el aire: curanderos al estilo de Jesús tenía que haber muchos en tiempos de Jesús dadas, como decimos, las “tinieblas” en las que estaba el tema médico. ¿Cómo y por qué las primeras comunidades vieron precisamente en las curaciones de Jesús la llegada del reino de Dios? ¿Por qué las otras curaciones, que las habría más “milagrosas” incluso que ellas no suscitaron en el ánimo de las comunidades el olfateo de la venida del reino? ¿Sería porque, además de ser curados, social y quizá físicamente, se percibía de algún modo la misericordia de un Dios cercano a la gente, interesado por las dolencias del pueblo humilde, solidario con las angustia, físicas y sociales, que afectaban a los empobrecidos?

            Desde ahí se puede proponer el tema de la misericordia de Jesús como prioritario, anterior a toda dogmática. “De Jesús impacta la misericordia y la primariedad que le otorga: nada hay más acá ni más de ella, y desde ella define Jesús la verdad de Dios y del ser humano” (J. Sobrino). De ahí que hablar de curaciones es, definitiva, hablar de misericordia, de eso primario que es necesario para entender la vida y para entender a Dios.

            Por lo demás, la obra curativa de Jesús puede ser entendida como un resumen de todo el Evangelio. Así lo hace el mismo evangelio en sus sumarios (Mc 54-56); así lo quiere hacer ver Jesús a sus propios discípulos (Mc 3,15). Resumir el Evangelio en el término “curar” no es un reduccionismo, sino que en él se concentra todo el hacer salvífico de Jesús, en su horizontalidad histórica y en su verticalidad espiritual.

            Queremos proponer, a modo de ejemplo, un breve itinerario bíblico sobre las curaciones de Jesús como respuesta al sufrimiento humano en el evangelio de Marcos. Como queda dicho más arriba, el enfoque será desde la dolencia más que desde la enfermedad: condiciones humanas socioculturalmente anormales que son reorientadas.

 

1. Curación del sufrimiento que conllevan de las ideologías opresoras (Mc 1,29-31)

 

            El breve relato de la curación de la suegra de Simón, leído historicistamente no tiene mucho sentido: no es una gran maravilla curar de una simple fiebre. Los remedios caseros para bajar la fiebre son incontables. Es preciso leer el texto con otra profundidad.

            El texto viene a continuación del relato de la curación de un endemoniado en la sinagoga de Cafarnaún (1,21b-28) que ha terminado con una pregunta de “desconcierto” (1,27), el desconcierto de quien está en contra. El intento de Jesús de liberar a un atrapado por mecanismos inhumanos termina en fracaso.

            La vocación de Jesús de curar al pueblo la lleva a un nuevo intento. Esta vez en casa de “Simón”, nombre judío, en la boca misma del lobo, en el ámbito de quien le rechaza. Además, se lleva a Santiago y Juan, el ala más recalcitrante del judaísmo, el sector más refractario a los planteamientos del reino (1,29).

            La “suegra de Simón”, el entorno de Pedro, aquello que está en el marco del afecto, todo el judaísmo, está en cama con fiebre (1,30a). Una realidad inficionada por la fiebre de una manera continua, “febricitante” (pyressousa), siempre con fiebre, una fiebre que nunca abandona a esa realidad, una fiebre contínua.

            Fiebre y fuego se dicen se dicen en griego de la misma manera (pyr), como en castellano afirmamos de un niño que tiene mucha fiebre “este niño está ardiendo”. El entorno de Simón está lleno de pyr. El hombre del “fuego” es en el AT el profeta Elías, profeta muy apreciado en el bajo judaísmo (1R 18,38). El entorno de Simón, su suegra, tiene el mismo pyr de Elías, la fiebre del yahvismo que, en tiempo de Jesús, está muy mezclada al nacionalismo político.

            Alguien habla a Jesús de esto: “le hablaron de ella” (1,30). El impersonal da a pensar que es alguien ajeno al grupo, alguien, incluso, proveniente del paganismo, un compasivo que percibe que el camino del mesianismo no lleva a nada.           

            Jesús “se acerca-la coge-la levanta” (1,31a). Es como una nueva creación, algo que proviene de la misericordia (se acerca), de la total cercanía (la coge), del afán de hacer una persona nueva (la levanta). El “milagro” se da: se pasa de esa fiebre nacionalista al servicio, la realidad más opuesta que se pudiera pensar (“se puso a servirlos”: 1,31b).

Los grandes sufrimientos que el nacionalismo político ha inferido a Israel se curan con el servicio. Toda ideología opresora se desvanece cuando se la va sustituyendo por el servicio. ¿Podrá hacer el evangelio esa formidable obra de curación-reestructuración en la persona? Si se propone, es que hay posibilidad de ella. Así, la misericordia de Jesús contribuye a la reorientación de la persona y de la misma sociedad cuando la aleja de las ideologías opresoras.

2. Curación del sufrimiento de la exclusión (Mc 3,1-7a)

 

Los sistemas religiosos experimentan un fenómeno absolutizador: lo que no entra en sus parámetros queda cuestionado, quien no acepta el bloque compacto de la legalidad queda excluido. Con ese fenómeno se ha topado Jesús; él ha querido relativizar ese presupuesto y lo ha hecho mostrando una mirada comprensiva con quien sufre la exclusión del sistema.

Algo de eso se observa en el relato de la curación del hombre con el brazo atrofiado (Mc 3,1-7a). Hay que decir, de entrada, que la crítica a la norma que excluye no se hace sin precio. Se puede observar que la escena hay un desafío a uno que relativiza el sistema y con ello el honor en el que éste cree que se halla instalado. Por eso se respira un clima de sospecha, de “acecho”, para elaborar ulteriores “acusaciones”.

La orden de Jesús contiene una indudable intensificación verbal: “levantarse” (egeire) alude, de algún modo a una plenitud “resurreccional”. “Ponerse en medio” indica una plenitud social (3,3a). Le habían dicho al hombre aquel que su deficiencia le excluía de la sociedad. Jesús le restituye socialmente “en el medio”, en el centro de la realidad. El sistema excluye, Jesús cura incluyendo. Su misericordia es socialmente restauradora. Y ello no en base a una supuesta caridad, sino a la más estricta justicia: el pobre debe estar en medio.

El argumento de curación es sin fisuras: ¿No es el sábado un día en que se contempla al Dios creador de bondad? Entonces, ¿se va a hacer el mal en sábado? ¿Dejar de hacer el bien, excluir, no es una perversión de la realidad del Dios bueno? ¿Dejar de lado la misericordia por contemplar al Dios misericordioso en modos legales no es una anomalía absoluta? (3,4).

Es preciso medir bien la “ira”, la indignación de Jesús (3,5a). Quizá la misericordia social para por la recuperación de la indignación. Sin ella no se puede aprestar uno a tomar una deriva distinta a la del sistema.

Por todo ello, cuando Jesús dice al hombre “extiende el brazo”, aunque literariamente se refiere al brazo bueno, especularmente podría entenderse que está hablando del brazo atrofiado: desarrolla las potencialidades que tienes, ser débil no es motivo para la exclusión sino, justamente, para lo contrario (3,5b). Así funciona la misericordia de Jesús ante el sufrimiento humano, como una propuesta de justicia restauradora.

La fuga de Jesús “en dirección al mar” como salvaguarda de su acción liberadora está hablando de ese lugar, el “mar” (el Mediterráneo), donde, lejos de los sistemas religiosos que engendran exclusión, haya posibilidades de entender la obra de inclusión a la que está llamada la historia (3,7a).

 

3. Curación del sufrimiento del desamparo (Mc 5,24b-34)

 

            Para el sistema, la persona no cuenta. Nunca engendra aparo y, cuando más lo necesita uno, se le deja tirado en el camino. Para lo establecido, las personas son piezas de recambio que, una vez utilizadas, ya no sirven y son desechadas. El poder estruja a la persona, le saca todas sus posibilidades y, terminado esto, la arroja lejos del sí.

            Algo de esto hay como trasfondo del relato de la curación con flujos de sangre, personaje significativo del total desamparo (5,24b-34). Efectivamente, el personaje reúne todas las notas que le llevan al desamparo social: es mujer, lleva doce años con flujo (doce años: ciclo terminado), ha sido robada por los médicos. Al no mencionarse ningún familiar, ningún go’el, se ve que es una mujer sola. Es la marginación absoluta, el desamparo en estado puro (5,25-26).

            El tema de los flujos de sangre es el escollo insalvable, ya que una persona así era considerada impura, con el consiguiente extrañamiento de la comunidad. Por eso, “tocar” era violar las leyes de la pureza. Si ya el simple hecho de tocar a un hombre en público está censurado por la ley y la costumbre, el hacerlo desde la impureza aumenta el descaro (5,27-28).

.           Tocar “el manto” es, en la antropología hebrea, participar, siquiera modestamente, del “espíritu”, de la persona que lleva el manto (2R 2,9). La mujer aspira a la curación por la asimilación del espíritu de Jesús, de su ser misericordioso. Quizá no busca tanto la curación física, cuanto una curación que, por la obra de un hombre compasivo, le pueda decir que, sea como sea, esté como esté, sigue contando con el amparo social, que no es una marginada marcada por la exclusión.

            Es preciso percibir que la persona de misericordia que es Jesús es alguien que se deja “apretujar” (5,31). No es posible el ejercicio de la misericordia social desde la lejanía, desde la asepsia del despacho y  sus discursos. Solamente en el camino donde hay polvo y apreturas se puede desvelar el rostro misericordioso del Padre que empara a todos.

            El temblor de la mujer hace referencia a la posibilidad de que el hombre le rechace, cosa que no ocurre. Más bien es lo contrario: la marcada por el desamparo es una “hija” de Abrahán, verdadera hija, ya que su situación física la hace ser merecedora de un amparo mayor (5,34)

La mujer ha encontrado en Jesús el amparo que le negaba la legislación y la misma moral consuetudinaria. El verdadero milagro es percibir en el fondo del frágil la verdad de su dignidad. Demuestra así el evangelio que hay más fuerza en el corazón de la debilidad que en el del poder. La de Jesús es una misericordia social que engloba y cura a la persona y a la sociedad.

 

4. Curaciones que abren a la madurez (Mc 5,35-6,1)

 

            Las curaciones de Jesús donde hay de por medio un niño contienen sugerencias antropológicas que apuntan al tema de la madurez, no solamente y quizá no principalmente al tema de la enfermedad. Este parece ser el caso de Mc 5,35-6,1. Las dificultades que plantea la madurez al sistema se verifican al ver que el relato pone como testigos de lo que va a ocurrir a “Pedro, Santiago y Juan”, el ala derecha, el sector más recalcitrante del discipulado (5,37). Son personajes con alta carga significativa.

            La demostración de que esto es así se confirma cuando se percibe la gradación de la niña actante del relato. La primera fase es la de ser “hija”, vocablo que indica afecto y dependencia (5,35). La segunda es la de ser “chiquilla” (5,39.41), vocablo que indica dependencia sin afecto especial. Para terminar en “muchacha” (5,41), que indica independencia y no niega el afecto.

            Ese término, “muchacha”, indica la mujer casadera con todos los derechos civiles. El padre no termina de dar ese contenido a la relación con su hija. La misma sociedad considera aún “chiquilla” a quien tiene ya el poder de construir un hogar nuevo, dado que los doce años era la edad de mayoría civil para las mujeres. Jesús propone el reconocimiento de la persona en toda su altura.

            Es decir, estamos hablando de un tipo de curación existencial: cómo reconocer la madurez como un derecho social y humano que conlleva una serie de consecuencias organizativas. Cómo salir de parámetros de dependencia y dominio para percibir el perfil de la persona libre y adulta que se encierra en toda realidad humana.

            La insistencia de Jesús de que “den de comer” a la niña está diciendo que se devuelve a la comunidad la persona reconocida como adulta (5,43). Eso constituye un beneficio para ambas.

 

5. Curaciones que ofrecen alternativas (Mc 6,54-56)

 

            El sumario con el que se confirma el éxodo mesiánico de Jesús, sumario de curaciones, atesora matices que indican que la respuesta de Jesús al sufrimiento ajeno es algo más que el mero curar físico (6,54-56).

            Jesús recorre “toda aquella comarca” (6,55a). Es el suyo un afán a la hora de hacer la oferta, una búsqueda, un andar tras las huellas de quien sufre necesidad. Es él quien ofrece la curación, algo anterior a la búsqueda de quienes lo pasan mal.

            El transporte en “camillas” describe las esterillas que utilizaba la gente pobre para dormir. Las curaciones son, pues, ofertas, al lado débil de la sociedad. La expresión “los débiles, los sin fuerzas” (mejor que “los enfermos”) está indicando que la debilidad cerca de toda persona. La alternativa se amplía, es para la persona en necesidad, realidad antropológica elemental (6,55b).

            Los afanes curativos de Jesús se vuelcan en las “aldeas-pueblos-caseríos” (6,56a). Es posible que se quiera decir que se agotan los lugares habitados. Pero la opción rural de Jesús tiene también un trasfondo ideológico: las aldeas son el reducto del nacionalismo, allí donde se refugian las ideologías más extremas. Jesús vuelca ahí su capacidad curativa, puesto que su oferta va justo en la dirección contraria: ofrecer alternativas de vida a todo el mundo.

            Tocar el borde del manto es, como en el caso de la mujer de los flujos de sangre, un modo de participar en el espíritu, en el planteamiento profundo de Jesús (6,56b). es decir, la curación apunta a un modo alternativo de vida, a la posibilidad de vivir de una manera distinta. Así Jesús hace visible el rostro del Dios de la misericordia que ofrece posibilidades de vida a todo camino humano y desvela también la fe humana en el valor de todo ser viviente porque con la vida se le dan los posibles caminos que apuntan a una vida en plenitud.

 

6. Curaciones de cegueras estructurales (Mc 10,46b-52)

 

            Cegueras estructurales son aquellas que estando ahí de forma compacta uno no las ve. Es, como decía Saramago en su “Ensayo sobre la ceguera”: «Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegosciegos que venciegos que, viendo, no ven». También lo viene a decir Mt 13,13. Esta ceguera afecta a las estructuras sociales. Y, por ello, con frecuencia, se vuelven inhumanas.

            La ceguera estructural está reflejada en nuestro texto en la disputa que antecede: quién iba a ser el más grande (10,32-34). Van camino de Jerusalén, el camino de la entrega de Jesús, y los discípulos andan enredados en el tema del poder. Son ciegos que no quieren ver.

            Por eso, el personaje de Bartimeo, es especular: refleja la ceguera de quienes habitan en la ceguera del poder deseado, en la lejanía de la espiritualidad de la entrega. El que está al “borde del camino”, son quienes van en camino a Jerusalén (10,46b). El que ofrece al viandante su pobreza no es tanto Bartimeo, sino el discipulado y quien piensa como ellos. Esa es la dura lección de Jesús a quienes caminan en dirección a Jerusalén con él.

            La expresión “¿Qué quieres que haga por ti?”, en toda su sencillez y profundidad, es la gran pregunta de la misericordia (10,51). No solamente deja ver la generosidad de quien, pudiendo hacer algo, está dispuesto a hacerlo y lo hará. Sino que apunta el perfil de un Dios que hace por la persona “todo lo que puede” en los parámetros del hecho histórico. Es la misericordia de Dios derramada a través de la luz que aportan las personas para paliar las cegueras estructurales, personales y sociales.

            Cuando uno se ve iluminado en sus cegueras estructurales, le “sigue por el camino” (10,52). Ha aprendido ese tal que la obra de iluminación que no pueda hacer en sí mismo y en su entorno es un trabajo que se suma a las curaciones del mismo Jesús.

 

Conclusiones

 

            ¿Qué se deduce de todo esto? “Tocar” a Jesús para ser curado por él no es un acto mágico ni pasa, a través del tacto, un efluvio magnético. Se trata de “tocar” su espíritu de misericordia, su arrojo para afrontar las enfermedades sociales. Y de alguna manera, tocando a Jesús misericordioso, se toca al Dios de misericordia que se revela en él.

            Como conclusión de la lectura de algunos de los textos en que Jesús se hace misericordia entrañable de Dios ante el sufrimiento humano proponemos estos asertos:

1)      Es preciso intentar leer los relatos evangélicos de forma adulta superando el mero historicismo que los empobrece. Si se logra esa otra lectura, el sentido y la misma vida se iluminan. Pues “nadie recorrería las sendas del pasado, si no subyaciese a ese recorrido el irrefrenable deseo de reconocer, en él, todas aquellas semejanzas que nos llevan a entender nuestra situación y a aprender de otras experiencias” (E. Lledó).

2)      Desde ahí puede ser muy útil el hacer una lectura social de los textos, relativizando el primado y la absolutización de la lectura espiritualista-moralista. De hecho, la propuesta de Jesús no es, en los evangelios, una propuesta religiosa, sino social, una propuesta para la vida. Por eso, leer los relatos de curación desde una perspectiva social puede ser algo muy enriquecedor.

3)      Desde esa perspectiva hay que decir que estos relatos entienden las curaciones más como tratamientos de dolencias que de enfermedades. Es decir, lo que Jesús pretende en su actividad curandera no es tanto devolver la salud cuanto devolver la dignidad de los débiles. Estos han de ser considerados en el hecho social, “puestos en el centro”.

4)      La propuesta de curación personal y social que Jesús ofrece deja entrever, en último término, el perfil de Dios que la sustenta: un Dios de misericordia que pone todo su potencial de amor para sostener y dignificar a quien “se encuentra mal”, a toda persona, a los “frágiles”. La gente intuía ese perfil y creía que ese era signo claro de la venida del reino de Dios.

5)      Por todo ello, la obra de los seguidores de Jesús, desde las primeras comunidades cristianas hasta ahora, habría de ser, ante todo, “curar” a la persona, aportar salud humana, dignidad, reconocimiento social para los pobres, certeza de que tienen un sitio en el banquete de la vida. Esas son las grandes tareas del reino.

6)      Alto y claro lo dice el papa Francisco: “Ésta es la misión de la Iglesia: la Iglesia que sana, que cura. Algunas veces, he hablado de la Iglesia como hospital de campo. Es verdad: ¡cuántos heridos hay, cuántos heridos! ¡Cuánta gente necesita que sus heridas sean curadas! Ésta es la misión de la Iglesia: curar las heridas del corazón, abrir puertas, liberar, decir que Dios es bueno, que Dios perdona todo, que Dios es Padre, que Dios es tierno, que Dios nos espera siempre”.

 

 

 

Fidel Aizpurúa Donazar