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RETIROS

Retiro Navidad 2025

 

Retiro en Navidad 2025

 

 

 

EN MEDIO DEL SILENCIO

La Navidad envuelta en el silencio 

 

         Como dicen los lingüistas, Navidad y silencio es un oxímoron, una contradicción. A la Navidad parece irle mejor el bullicio, la alegría desbordante, el alborozo. Por eso, plantear una reflexión queriendo mezclar Navidad y silencio no parece la mejor opción.

         Pero la cosa se complica cuando reconocemos, tras muchas Navidades vividas, que, con frecuencia, el ambiente festivo de las Navidades se queda en cosas muy superficiales (cantos, regalos, fiestas, etc.). Entonces brota la pregunta: ¿no será un camino para vivir de modo ahondado la encarnación recurrir a la vieja herramienta del silencio? ¿No se podrá entender y vivir mejor desde el silencio el “misterio abrupto” de la Navidad? ¿Puede tener recorrido plantear la Navidad como un itinerario de silencio?

         Demasiado fácilmente decimos que el misterio de la encarnación es el silencio de Dios que habla en Jesús. Siendo esto así, ¿no será el silencio una buena propuesta para adentrarse en ese silencio de Dios? Y para escuchar al Dios que habla en el silencio ¿no será necesario bajar el nivel de ruido, de estímulos externos, de extroversión?

         Quisiéramos plantear la Navidad de este año como un itinerario de silencio para ahondar más en la Navidad, para vivir con gozo la encarnación del Señor. No creemos estar fuera de onda con un planteamiento así. Para aceptarlo es preciso estar animado a adentrarse en los caminos de una fe adulta y cultivada. De lo contrario, esto no resultará. Que podamos entrar por las sendas de la Navidad desde la hermosa espiritualidad de un silencio habitado.

 

1. En medio de silencio

 

         Hay un himno de Navidad que nos hemos permitido retocar. Quizá pueda servirnos como primer paso:

 

Sobre la noche reina,
la luz de Tu esplendor,
en medio del silencio,
del eco de Tu voz.
¡MISTERIO DEL AMOR!
EN MEDIO DEL SILENCIO,
EL VERBO SE ENCARNÓ.

 

Dios habla en el silencio,

nos llega aquí su voz.

La belleza del mundo

es la voz de su amor.

¡MISTERIO DEL AMOR!
EN MEDIO DEL SILENCIO,
EL VERBO SE ENCARNÓ.

 

Habla Dios con nosotros

en la voz de Jesús.

Él nos llama al silencio,

él nos llama a la luz.

¡MISTERIO DEL AMOR!
EN MEDIO DEL SILENCIO,
EL VERBO SE ENCARNÓ.

 

  • La oscuridad de la noche se ilumina  con la luz de la encarnación. Las tinieblas no tendrán la última palabra. No seas “tenebroso”; sé persona de luz.
  • “Cuando un silencio apacible lo envolvía todo y la noche llegaba a la mitad de su carrera, tu palabra omnipotente se lanzó desde el cielo”. Así reza una antífona de la liturgia del segundo domingo de Navidad, tomada del libro de la Sabiduría (18,14-15). Belén es un misterio de amor envuelto en pobreza y silencio. Para acercarse al fondo de ese misterio la sencillez de vida y la práctica del silencio son buenos caminos.
  • A Dios se le escucha en la brisa tenue (1 Re 19,13), en el espíritu que sopla donde quiere (Jn 3,8). En el alboroto se apaga su voz; en la cháchara deja de ser perceptible.
  • La belleza de la naturaleza es cauce y voz de Dios. La contemplación de lo creado se hermana muy bien con el silencio y, juntos, son puerta de acceso al misterio.
  • Dios tiene voz en Jesús que habla con nosotros (Jn 4,26). Él sigue siendo voz en medio del barullo. Jesús sigue hablando en el evangelio, más allá de empobrecimientos y rutinas.
  • Entre tanto follón en que se mueve nuestra vida sigue sonando la llamada a la profundidad. Quizá la Navidad sea un tiempo bueno para caminar en silencio y humildemente con el Dios de la encarnación (Miq 6,8).

 

3. Byung Chul Han

 

         El último libro del filósofo coreano afincado en Alemania Byung Chul Han (Premio Princesa de Asturias 2025) se titula Sobre Dios y en él dedica un capítulo al silencio. Espigamos de él algunos pensamientos:

  • “Una de las causas de la crisis de la religión es la pérdida de silencio”: quizá nuestra fe se debilita con esa pérdida y se fortalecería con la práctica de un silencio sosegado y habitado. 
  • “No hay dicha comparable con el silencio interior”: si se cree eso se ha dado con un camino fecundo en la vida diaria. 
  • “Solo la atención contemplativa puede acceder al silencio”: es necesaria es mirada contemplativa hecha de silencio, detalle, y sosiego interior. Aprender a mirar es decisivo. 
  • “En el espacio de la creación reina el silencio”: parece que el cosmos hay un silencio total. En el planeta tierra abunda el ruido. Se impone un control para que no nos desborde y aturda. 
  • “El silencio es la matrona de lo nuevo”: el silencio da a luz la persona nueva que deseemos, la persona “cabal” de la que hablaba san Pablo. 
  • “Las palabras ruidosas nos impiden oír el silencio de las cosas”: son un obstáculo para entenderlas y vivirlas en profundidad. El ruido nos aleja de la verdad de la realidad cotidiana. 
  • “Solo la intensa experiencia de la presencia como experiencia de silencio nos conduce hasta Dios”: experimentar a Dios como silencio nos abre a su misterio. No temer el silencio de Dios, sino valorarlo y sumergirse en él. 
  • “Hoy en día nos cuesta rezar porque nos encontramos constantemente expuestos al ruido de la información y la comunicación”: es preciso moderar esa comunicación e información para que no ahogue los movimientos del corazón.
  • “El yo ruidoso se extingue en Dios”: la enfermedad del yo puede tener un principio de curación en la práctica del silencio.
  • “El silencio de Dios es más poderoso y magnífico que cualquier palabra”: a él podemos acogernos para celebrar la Navidad de una manera distinta, más serena, más contemplativa, más reconfortadora.

 

4. La voz del evangelio

 

         “Se levantó muy de madrugada y salió, se marchó a un descampado y estuvo orando allí” (Mc 1,35).

         He aquí un texto en el que Jesús se sumerge en el silencio para tratar de encontrar la correcta orientación de su vida de cara al reino. El silencio y la profundización como mediación obligada.

 

  • Se levantó muy de madrugada: el término indica entre las 3 y las 6 de la mañana. En la oscuridad densa, en el silencio que todavía no se ha roto. Cuando hace mucho que se han extinguido los ruidos de la noche. La práctica del silencio tiene un matiz de extremosidad, de “exageración”. El orante abandona el calor reconfortante del lecho y se lanza al mundo de las sombras. Es la aventura del silencio, algo para “aventureros”, para gente especial.
  • Salió: entrar en el silencio demanda un cierto despojo, salir del entorno habitual, dejar atrás las cosas de tu ambiente y entrar en “desnudez” en un terreno que no es el tuyo. Orar exige el despojo de salir del yo habitual para entrar en un tú que no eres tú. Si te quedas en la casa del yo, si no atraviesas la puerta del silencio, no encontrarás el tesoro que alberga el misterio de la encarnación.
  • Se marchó a un descampado: un lugar áspero, un desierto, un sitio donde uno es probado, donde las horas pasan lentas. Un espacio donde acabas confrontándote a ti mismo y eso no nos gusta. Orar en descampado es orar ante la verdad de lo que se es, ante la realidad de lo que eres. Por eso, instintivamente, huimos del silencio. Pero en esa verdad se encarna lo humano. Ahí está la encarnación de Jesús y la nuestra.
  • Estuvo orando allí: ¿cómo sería la oración de Jesús en el silencio de la noche? Una oración para saber cómo andar en caminos de novedad. Esa es una oración “encarnacional”, porque la encarnación solo puede entenderse en la vivencia de una fe nueva. Si la espiritualidad de la encarnación no lleva a algo nuevo, si se ancla uno en lo de siempre, si regresa a los planteamientos que dan razón a lo viejo, no estamos en la buena dirección.

 

4. Ahondando

 

  1. 1.   La encarnación es “amar la carne”: nadie en su sano juicio odia su carne, lo más suyo, por muy frágil que sea. Amar no es condescender. Es escuchar, consolar, empatizar, animar, incluir, curar. Pretender acercarse a la espiritualidad de la encarnación desde el rechazo de lo carnal es una contradicción.
  2. 2.   La encarnación es sufrir con la carne herida:  supone hacer propio el sufrimiento ajeno, hacerse prójimo del caído en el camino, tomar sobre sí los sufrimientos que no son nuestros. Inhibirse de ello es bloquear el camino de la encarnación.
  3. 3.   La encarnación es sostener la carne de quien quiere salir a flote: ya que hay muchas personas que, socialmente hablando, quieren salir a flote en la difícil coyuntura social en la que vivimos. Si ayudamos, aunque sea poco, a que esas personas salgan a flote, estamos haciendo trabajos de encarnación.
  4. 4.   La encarnación es vivir reconciliados con lo real: porque la encarnación no se hace en las nubes, en los deseos, en las ensoñaciones, sino en la mostrenca realidad, en la verdad de lo que somos. Aceptar esta verdad, darle cara, es necesario para que la encarnación no sea una fantasía.
  5. 5.   La encarnación es silencio habitado que anima a vivir cuando el vigor decae: una espiritualidad valiosa en épocas de declive personal o fraterno. Es terapia para momentos de cambio, de incertidumbre.

 

5. Itinerario de silencio

 

         Concretando todo esto hacemos unas propuestas que quizá resulten viables:

1)   Itinerario personal: sería dedicar un espacio diario estas Navidades al silencio. Algo así como una hora de meditación personal, de contemplación de la naturaleza, de escucha de música, en silencio habitado.

2)   Itinerario fraterno: sería cuestión de hace tres momentos comunitarios de silencio a lo largo de la Navidad como de media hora. Los días de Navidad, Año Nuevo y Reyes siguiendo un breve guión: cita bíblica, silencio largo, canto de "En medio del silencio".

3)   Llamadas externas al silencio:

  • No adornos (sustituirla por higiene de la casa)
  • No villancicos (sustituirlos por ensayos de liturgia)
  • No regalos (sustituirlos por una sobremesa más amplia)
  • No dulces comprados (sustituirlos por algo hecho por nosotras)

 

Conclusión

          Todo esto puede parecer forzado. Nada que objetar. Lo del evangelio: el que pueda entender que entienda. Pero si se quiere ahondar en la encarnación de alguna forma habrá que hacerlo. Es cuestión de encontrar la mejor manera que convenga a la persona y al grupo. De cualquier manera: que no pase esta oportunidad espiritual en vano. Que de una u otra manera nos acerquemos al secreto de la encarnación y, si podemos, entremos en él.

 

Adviento 2025

 

Retiro en Adviento 025

 

EL CAMINO DE LA BELLEZA

Adviento y fragilidad humana 

 

         El científico Carlos López-Otín  compara en su último libro (La levedad de las libélulas) la fragilidad humana con la de las libélulas. De ese libro tomamos inspiración para este retiro en Adviento 2025.

         Las libélulas tienen un proceso de metamorfosis de un lustro y  cuando llegan a adultas su vida es de dos meses. Bellas y frágiles en extremo. Son un reflejo del hecho humano: valioso y frágil a la vez. Dice Otín: “Hay cien millones de enfermos en el planeta: ¿conocéis a alguien que se haya curado?”. Eso da una idea de nuestra vulnerabilidad.

         ¿Cómo encajar esa fragilidad? Por la reparación, el alejamiento de la toxicidad y, sobre todo, por el amor a la belleza, por no dar por perdido e inútil el anhelo de lo bello, entendiendo por tal no algo exquisito, sino profundamente humano.

         Todos lo sabemos: el Adviento es tiempo de esperanza, la de que saldremos adelante más allá de nuestra fragilidad y que esta, por la encarnación de Jesús en nuestra fragilidad, tendrá un horizonte exitoso. Mantenerse en esta certeza, no apearse de ella es algo decisivo para la posibilidad de una fe adulta.

 

1. Florecer es un logro

 

         Preparamos nuestra reflexión recurriendo a un poema de E. Dickinson:

 

Florecer es un logro.
Damos, en ojeada distraída,
con una flor y apenas sospechamos
las circunstancias mínimas

que colaboran al radiante asunto.
Tan intrincadamente elaborada
para ser ofrecida después al mediodía
como una mariposa.

Envolver el capullo y enfrentar al gusano,
obtener el derecho del rocío,
ajustarse al calor, burlar el viento,
escapar a la abeja rondadora

para no estar en falta con la naturaleza
que la espera aquel día…
Ser una flor es una honda
responsabilidad

  • Florecer es un logro: nuestra mirada superficial impide ver el éxito que es florecer, impide así mismo adentrarnos en el misterio de la fragilidad humana. Es preciso abandonar la superficialidad. Si no, imposible.
  • Radiante asunto: lo más mínimo tiene esa luz. Captarla demanda una cierta sensibilidad y un cultivo de los valores espirituales que es algo más que un nivel cultural. Que también.
  • Envolver...enfrentar…: las muchas tareas de las humildes y hermosas criaturas. La belleza no se da a lo tonto. Enfrentar la fragilidad demanda mucha energía del alma. Sin esa fuerza, imposible.
  • Una honda responsabilidad: que las criaturas hacen mecánicamente (o no) pero que nosotros hemos de hacer conscientemente: la responsabilidad de generar salud ante la fragilidad.

 

2. Una parábola de belleza más allá de la fragilidad: Mt 6,28-30

 

         «Y ¿por qué andáis preocupados por el vestido? Daos cuenta de cómo crecen los lirios del campo, y no trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como cualquiera de ellos. Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, la viste Dios así ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe?».

  • En su origen, la parábola quiere contrarrestar el peso de las preocupaciones que agobian la vida. El exceso de ellas no deja lugar a la utopía del evangelio. Por eso, cuanto más controladas estén las preocupaciones, más posible es que el evangelio tenga un sitio en la vida. Y, desde luego, si se deja a las preocupaciones a su libre voluntad la fragilidad humana resulta tan abrumadora que nos hunde en la zanja. Como primer paso, pues, para dar cara a la fragilidad, no abrumarse en exceso, aprender a torear las cosas como van viniendo, situar los problemas en su exacta medida, plantar cara a las situaciones difíciles sin darse por vencido antes de comenzar a luchar.
  • Además, se podría llegar a pensar que esta parábola ecológica lleva a la inacción, puesto que Dios da la belleza al lirio sin que este trabaje. Pero no es así (recordar a Dickinson). El lirio trabaja las 24 horas del día chupando los nutrientes de la tierra que lo mantienen lozano y hermoso. Si dejara de hacer ese trabajo, se agostaría y su belleza se marchitaría. El éxito, si es que lo hay, contra la fragilidad no se va a dar sin una lucha denodada, coordinada y comunitaria contra ella. El impulso profundo lo da Dios (así lo cree la fe), pero eso no exime de un trabajo fiel y contante. El éxito se logra después de muchos intentos.
  • Según el pasaje, la fe en un Dios que sostiene la belleza en lo marcado por la fragilidad puede ser otro argumento de apoyo. Lo humano es frágil, ciertamente. Pero encierra dentro la belleza del mismo Dios, si es que puede decirse esto. O de otra manera: trabajando para encajar la fragilidad estamos haciendo los trabajos del mismo Dios. Hay que considerar aquello que decía Orwell, que lo importante no es mantenerse vivo, sino mantenerse humano. Ese es el camino de la superación de la fragilidad: trabajar por mantenerse en la mayor humanidad posible.

 

3. La belleza como remedio a la fragilidad: EG 127

 

         Para profundizar, vamos a recurrir al Magisterio de EG donde el recordado Papa Francisco habla con hondura de la belleza. En la medida en que esta mística se asimile se la podrá confrontar con la fragilidad y quizá se pueda asimilar mejor:

 

Es bueno que toda catequesis preste una especial atención al «camino de la belleza» (via pulchritudinis)[129]. Anunciar a Cristo significa mostrar que creer en Él y seguirlo no es sólo algo verdadero y justo, sino también bello, capaz de colmar la vida de un nuevo resplandor y de un gozo profundo, aun en medio de las pruebas. En esta línea, todas las expresiones de verdadera belleza pueden ser reconocidas como un sendero que ayuda a encontrarse con el Señor Jesús. No se trata de fomentar un relativismo estético[130], que pueda oscurecer el lazo inseparable entre verdad, bondad y belleza, sino de recuperar la estima de la belleza para poder llegar al corazón humano y hacer resplandecer en él la verdad y la bondad del Resucitado. Si, como dice san Agustín, nosotros no amamos sino lo que es bello[131], el Hijo hecho hombre, revelación de la infinita belleza, es sumamente amable, y nos atrae hacia sí con lazos de amor. Entonces se vuelve necesario que la formación en la via pulchritudinis esté inserta en la transmisión de la fe. Es deseable que cada Iglesia particular aliente el uso de las artes en su tarea evangelizadora, en continuidad con la riqueza del pasado, pero también en la vastedad de sus múltiples expresiones actuales, en orden a transmitir la fe en un nuevo «lenguaje parabólico»[132]. Hay que atreverse a encontrar los nuevos signos, los nuevos símbolos, una nueva carne para la transmisión de la Palabra, las formas diversas de belleza que se valoran en diferentes ámbitos culturales, e incluso aquellos modos no convencionales de belleza, que pueden ser poco significativos para los evangelizadores, pero que se han vuelto particularmente atractivos para otros.

 

[129] Cf. Propositio 20.

[130] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Inter mirifica, sobre los medios de comunicación social, 6.

[131] Cf. De musica, VI, XIII, 38: PL 32, 1183-1184; Confessiones, IV, XIII, 20: PL 32, 701.

[132] Benedicto XVI, Discurso en ocasión de la proyección del documental «Arte y fe – via pulchritudinis» (25 octubre 2012): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (4 noviembre 2012), 11.

  • Resplandor y gozo profundo: sentirse a gusto en el camino de la fe. Llegar a experimentar que creer es un respiro. Quedar prendado de aspectos bellos de Jesús, del evangelio. Encontrar modos sencillos pero hermosos de vivir lo que se cree. Llegar a vivir y proponer lo cristiano “con brillo en los ojos”.
  • En medio de las pruebas: si es en medio de las pruebas tiene que ser un gozo especial, capaz de mezclarse a las lágrimas, no un estadio de dicha sin ellas. Hay que hacerse fuerte, poco a poco, ante las pruebas que sobrevienen a quienes, quizá aún, no hemos sido probados con fuerza.
  • Todas las expresiones de la verdadera belleza: entran todas, sobre todo aquellas que llevan la marca de lo simple, de lo humilde, de lo gratis, de lo creativo. No caer en la tentación de la gran belleza, cara y pagada.
  • Recuperar la estima de la belleza: si es que se tuvo. Y si no, construir poco a poco esa estima. Quizá no hemos sido educados en ella: casa limpia y ordenada, adornos y plantas que alegren, utensilios cuidados, mesa con cierta “elegancia”, ornamentos limpios, sacristía limpia, puerta de casa limpia, garaje ordenado, cuadros sencillos pero evocadores. Y luego, la belleza de fuera, de la ciudad, de los vecinos, del pueblo en el que vivimos.
  • Un Jesús que atrae con lazos de amor: no únicamente un Jesús en el que se cree, objeto de unos dogmas. Sino alguien que envuelve, atrae, enamora. Un Jesús perfumado, atrayente, cautivador. Un Jesús fuera del marco frío de una teología de escuela. Un Jesús cálido, hogareño, sentido.
  • El arte de un “nuevo lenguaje parabólico”: que no puede ser solamente una técnica que nos deslumbre, sino una mística distinta, un enfoque desde dentro, una oferta y una vivencia en las afueras del sistema, quizá.
  • Una nueva carne para la transmisión de la Palabra: que, a nuestro juicio, no puede ser otra sino la carne de la secularidad, de la manera de ser y vivir de las personas de hoy, con sus pros y sus contras. Y quizá también la carne de la poesía que nos ayude a asimilar lo que tanto nos cuesta: el amor vivo.

 

4. Caminos “bellos” para afrontar la fragilidad

 

         ¿Qué caminos sencillos y a la mano se nos ofrecen para empelar nuestra capacidad para lo bello y así encajar mejor nuestra fragilidad?

 

  • Sobreponerse sin lamentos: no situarse continuamente en el lamento, sino en la admiración, en el asombro de que cada día hay nos ocurren cosas interesantes. 
  • La mirada sobre el otro: la que descubre admirado la realidad del otro, la que desvela detalles interesantes y enriquecedores en las vidas de quienes me rodean.
  • La creativa curiosidad: querer saber, tener deseos de aprender de quien sabe más, pensar que la cultura puede hacer de nuestra vida algo fuerte para ser más equilibrados cuando vengan mal las cosas.
  • El arte sencillo: no alambicado y para élites, pero disfrutar de un concierto popular, una conferencia interesante, una exposición iluminadora, un debate de actualidad. No encerrarse en el propio cascarón.
  • La contemplación que ahonda: el paseo, la oración, la lectura, la escucha de la música, todos los caminos que apuntan al adentro de la persona y de las cosas.
  • La fe en la utilidad de lo que parece inútil: tanto en las personas como en las cosas. Mirar lo inútil con la mirada del agradecimiento. Decirlo, verbalizarlo.

 

5. Un Adviento de ánimo y esperanza

 

         Aunque la llegada del Adviento sea una realidad cíclica, hemos de hacer un esfuerzo para no caer en la rutina sino intentar que sea un tiempo hermoso y vibrante que nos ayude a ahondar en la encarnación, en la Navidad.

         Que aportemos a la comunidad, a la familia, a la sociedad incluso un plus de ánimo en estos tiempos de gran desaliento. Que seamos bienhumorados para que tengan menos vigencia los eclipses del alma y sus nubarrones. Que la fragilidad no nuble del todo a la alegría.

         Y que, como es propio, la esperanza verdee un poco más. Para ello: palabras de esperanza, gestos de esperanza, aprecio a lo que brota, apoyo a quien innova, sana curiosidad por las briznas de esperanza sociales.

 

 

Signos en Adviento

 

         Serían algunos signos que nos puedan ayudar a mantener esta mística de belleza cotidiana que equilibre el peso de la fragilidad:

 

  • Ikebana de Adviento: composiciones de hojas y flores que dibujen algo bello que nos lleve al disfrute.
  • Fotos de libélulas que nos recuerden la fragilidad pero sobre todo la hermosura de la vida. Amazon, que vende todo lo inimaginable, tiene unos broches de libélulas muy bonitos por cuatro perras.
  • Recordando los lirios, incrementar el gasto en plantas y flores (no solo en la capilla, sino también en otras estancias de la casa). Regalar las “flores de Adviento” que anuncian la Navidad.

 

Retiro Pascua 2025

¡ATRÁEME!

La resurrección de Jesús

como fuerza que atrae

 

         Por nuestra dependencia cultural, por nuestro aprendizaje religioso y por nuestra formación intelectual pensamos que los mecanismos de la fe son mayoritariamente intelectuales. Creemos tener fe porque tenemos ideas religiosas. Y, aunque muchas veces comprobamos que, teniendo tales ideas, nuestros comportamientos no se adecúan a ellas (“no hacen lo que dicen”: Mt 23,3) seguimos ese camino amenazado de esterilidad.

         Podríamos intentar y cultivar otra senda. Si abandonar el componente de la sensatez y de una indudable racionalidad, ¿por qué no ir construyendo una fe más antropológica, más enraizada en lo humano, más acorde con los dinamismos del ser humano? Esos dinamismos (dynamis siginifica “fuerza”) son fuerzas que nos habitan, que nos empujan y nos organizan la vida. No sabemos muy bien de dónde brotan ni a dónde nos llevan. Pero están ahí bullendo en nuestro interior. ¿Por qué no mezclar la espiritualidad con tales dinamismos?

         Quizá desde ahí podríamos entender la resurrección de Jesús con un punto de novedad. Ésta puede ser considerada como un “atractor”, algo que atrae y que va construyendo un orden nuevo, una realidad distinta en quien se siente atraído. Es una fuerza cada vez más imparable que lleva a mirar la realidad de manera mueva y que va cristalizando en tomas de postura vitales sencillas pero concretas en una determinada dirección. Le lleva a uno a vivir lo diario con un brillo distinto, con un horizonte que antes no tenía, con una fuerza que le anima a no tirar la toalla. No es fácil decirlo, pero se quiere escapar de un “historicismo resurreccional” que, al final, no ilusiona, no enardece, no motiva cambios reales.

         Puede que estas expresiones nos resulten más lejanas, frías e inservibles que las heredadas en los viejos parámetros historicistas. Pero la intención es la de intentar un planteamiento algo distinto sobre aquello que consideramos el núcleo de la fe.

 

1.  Atráeme al remolino de tus pasiones

 

         Recurramos a los poemas apasionados, que de pasiones hablamos cuando queremos acercarnos a la luz de la resurrección. Este texto es de “la negra” Rodríguez (cantaora y bailaora española fallecida en 2018):

 

Atráeme al remolino de tus pasiones. 

Abrásame  en tus llamas, sé mi pira.

 Yo soy el papel que se consume.

 Dame el calor de tu piel  dame tu fuego.

Y luego de haberme sometido a tus deseos

¡Ámame intensamente!

 

  • Atráeme al remolino de tus pasiones: Una vivencia fría de la resurrección puede tener su valor, pero no está en el núcleo. Porque cuando se habla de resurrección más que de una vida del más allá se está hablando de un torbellino de pasiones del más acá. Sin sentir esa pasión no se le puede ver “vivo”.
  • Abrásame en tus llamas: porque también es eso: un fuego abrasador, una hoguera que consume., un “pira” en la que solamente quedan las cenizas del verdadero amor, lo último, lo más verdadero de uno mismo. Estamos hablando de extremos.
  • Papel que se consume: una vez que arde, se volatiliza, desparece en esa unión con el fuego que le lleva a otra dimensión, a otra morada, la fusión del amor.
  • Dame tu fuego: esa es la plegaria de la resurrección: hacer parte de ese fuego que anida en el cimiento de lo humano, el fuego incombustible del resucitado.
  • ¡Ámame intensamente!: la intensidad del amor del resucitado lo hace ser distinto, fundamental, profundo. Otra categoría de amor, otra manera. Eso es lo que cambia la mirada y el corazón.

 

2. La casa se llenó de la fragancia del perfume: Jn 12,1-8

 

«Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume. Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dice: «¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?».Esto lo dijo no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando. Jesús dijo: «Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis» .Una muchedumbre de judíos se enteró de que estaba allí y fueron no solo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes decidieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos, por su causa, se les iban y creían en Jesús».

 

         La liturgia pone este texto en relación con la pasión de Jesús. Por eso se lo lee en el lunes santo. Pero también puede leerse en relación con la resurrección. De manera anticipativa, se quiere decir algo de lo que el lector, de manera especular, capta cuando lee el pasaje.

         Así es: este texto puede leerse teniendo como trasfondo el Cantar de los Cantares y, desde ahí, la belleza del resucitado aparece con fuerza.

  • El Cantar comienza con un grito de enamorada: “Arrástrame” (Cant 1,4). Estamos hablando de un torrente que arrastra (Cant 8,7), de un tornado que se lleva todo por delante. De aquella cena aparentemente apacible, surge el huracán de María, la pasión, que parece que no estaba contemplada y que se adueña de la situación. Al final, lo que se narra no es la cena, sino la unción de María y su volcán.
  • Porque el nardo es perfume que se derrama “mientras el rey estaba en su diván” (Cant 1,12), escena de amor ante el “reclinado” Jesús. El nardo “despedía su perfume” (Cant 1,13). La potencia del nardo refleja bien el volcán de amor que hay en María, perfume envolvente que “llena la casa de fragancia”. Perfume de vida, de amor, no de muerte (se apunta a una muerte con un lenguaje de vida).
  • El cabello no seca nada, pero es tiene un significado amoroso en la mujer de primera magnitud. Dice Cant 7,6: “en tus cabellos de oro ha quedado cautivado el rey”. No solamente ha “secado” los pies, sino que Jesús ha quedado cautivado por los cabellos de María. No podemos entender en la escena a un Jesús “impasible” (nunca se ha puesto ahí el acento).
  • Una libra de perfume de nardo es una barbaridad (327 gr.), lo que evoca la desmesura del amor de María. No solo quiere ungir los pies, sino que, de algún modo, quiere que la comensalía sepa de su amor como la esposa quiere que se sepa de su amor (Cant 5,8).
  • Dice que le ungió los pies: que una mujer toque los pies de un hombre es inverosímil. Pero aquí el osado amor toca los pies de quien “viene saltando por las colinas” (Cant, 2,8), de quien es el amor. El uso del nardo para los pies es igualmente inverosímil. Locuras de amor.
  • Desde esta perspectiva, el asunto de Judas en relación con los pobres se vuelve secundario y casi intranscendente: lo decisivo es entrar en el torbellino del amor de Jesús (eso es la resurrección) y una propuesta de economía igualitaria surgirá, hará parte del mismo acto de amor y de justicia.

 

3. Ahondamiento

 

  • Una fe nueva: esa es la fe desde la perspectiva de la resurrección. Siendo realistas ¿es posible una fe nueva? ¿Esa novedad es compatible con la historia de la fe? No lo sabemos. Pero sí sabemos que vivir la fe desde el rollo cansino de siempre es algo que fatiga y que esa fatiga lleva a la irrelevancia y al amuermamiento cuando no a la malcreencia. ¿Dónde encontrar arrestos para lo nuevo? ¿En qué fuente beber para que su agua nos sepa a nuevo? ¿Se puede aspirar con sensatez a algo de esto o hay que abandonarlo ya? Tal vez el hacerse preguntas pueda ser un inicio hacia ese deseado país de la novedad.
  • Una propuesta atrayente: visto el comportamiento religioso de los cristianos en nuestros lugares creemos que hay que concluir que no existe el interés por una propuesta nueva; es suficiente con la de siempre (y si se puede ir un poquito más atrás, mejor). Un sector minoritario parece desear otro camino. ¿Merece la pena hacer parte de ese sector y seguir intentando presentar de una manera atrayente, racional, sensata y espiritual a la vez, otro tipo de vivencia de la fe? ¿No es darse contra un muro? ¿No tiene nada que decir a esto eso que denominamos como novedad de la resurrección? ¿Es posible esa novedad sin que nada cambie? ¿Ha cambiado algo la Iglesia en los 10 últimos años? Mientras tanto, celebramos la resurrección de Jesús año tras año diciendo que es una celebración nueva (“noticia que llega siempre y que nunca se gasta”: himno de laudes del domingo I semana).
  • Deslumbrados: de ese modo debería dejarnos el resplandor de la Pascua, deslumbrados. ¿Qué es lo que nos deslumbra, que da brillo y luz a nuestra mirada? ¿Cómo conjurar la mirada cansada de la resurrección? ¿Cómo mirar con ilusión a Jesús aunque los años se vayan acumulando en cantidad? ¿Cómo vivir la experiencia cristiana sabiendo que es una suerte? ¿Cómo entender el evangelio como algo que me hace bien, cosa así de simple? ¿Puede contagiarse el deslumbre de Jesús?
  • Mística: eso puede ser la resurrección: una mística. La mística tiene que ver con la intuición, lo indecible. Es lo que bulle dentro, el sentido, los dinamismos de los que antes hablamos. Atañe a aquello que es difícil entregar porque se desconoce casi todo de él. Pero es la razón para levantarse cada día con buen ánimo, agradeciendo el regalo de vivir y respirar. ¿No está la resurrección en el fondo de todo eso? ¿No podría contribuir la espiritualidad de la resurrección a soplar en las cenizas de nuestro ser místico y a darle nuevo impulso?

 

 

4. Una perspectiva social

 

         Puede que estas valoraciones nos empujen a un alejamiento de lo cotidiano. Nada más lejos de la espiritualidad de la resurrección. Esta puede tener una dimensión social.

  • La resurrección y la paz: ¿Cómo hablar de la hermosura de la resurrección, de su envolvente atractivo cuando siguen cayendo las bombas en las calles de Kiev o de Sumi, cuando los palestinos de Gaza y Cisjordania están un poco más machacados (¿más todavía?), cuando en el Congo la violencia sube de nivel o en Yemen la destrucción es continua? ¿Para qué sirve recordar la resurrección de Jesús? Para que no muera la malherida esperanza, para que sigan adelante los grupúsculos que en esos mismos lugares siembran la paz y la sensatez, para que no tiren la toalla los misioneros y misioneras que hacen lo que pueden en esos infiernos, para que no desaparezca del todo la sonrisa de los niños de esas regiones sacrificadas. Aunque estén al borde de la ruina, que no muera la esperanza.
  • La resurrección y la buena relación: la muerte de Jesús fue injusta, pero supuso un beneficio para la buena relación porque para no pocas personas ha sido una orientación de vida: han entregado su vida por los demás. Como Él. Por eso, su resurrección es el triunfo de las buenas relaciones, de los esfuerzos para que los humanos podamos vivir un día como hermanos. Quizá no nos demos cuenta, pero la resurrección de Jesús es un beneficio social. Muchos se han visto atraídos por ella y eso  ha generado mucha entrega en la historia humana. A veces no sabemos de dónde brota el deseo de entendimiento entre los humanos. Quizá la resurrección de Jesús sea una de sus fuentes secretas.
  • La resurrección y la integración social: la muerte de Jesús fue un acto execrable de exclusión y su resurrección la otra cara de la medalla: la integración profunda de los excluidos, la certeza de la legitimidad de sus derechos, la inapelable verdad de que las lágrimas de los excluidos no se vertieron en vano, aquellos que, como decía Nicanor Parra del Cristo de Elqui “entregaron su vida como Él en holocausto por un mundo mejor”. Murieron en el desamparo, pero no estaban desamparados.
  • La resurrección y el respeto: porque seguimos queriendo “medir” el atractivo de la resurrección de Jesús en épocas de avasallamiento, bulos, grandes menosprecios internacionales, pasmados ante le desacato de los poderosos, sorprendidos de la falta de entendimiento y, mirándonos a nosotros, incapaces de ser educados y respetuosos con quien no piensa o vive como nosotros. Una resurrección avasalladora no es la de Jesús. Y esa no puede atraer a nadie porque el desdén, la ridiculización y el machaque del otro no son caminos de resurrección, sino sendas que llevan al descalabro humano. Una resurrección para el cuidado y el respeto entre las criaturas. Ahí radica parte del atractivo de la resurrección.

 

 

5. Una imagen

 

         Acompaña a esta reflexión una viñeta: es un cuadro de la pintora vallisoletana Belén Sambucety. Quizá no sea una gran obra maestra, pero ilustra muy bien lo que queremos decir: la playa, el mar y el cielo son tres niveles de luz. Eso es lo que atrae a la niña que mira el mar, tiene encima el cielo y los pies afincados en la playa. Toda envuelta en luz que se trasluce a su luminoso vestido. Mirar la luz, sentirse envueltos por ella, pertenecer a un misterio que está más allá de cualquier tú. Atraídos y dichosos, envueltos y luminosos, haciendo parte de algo que nos trasciende. Maneras torpes de decir que lo que nos atrae es lo que nos compone.

 

Conclusión

 

         Siempre nos deseamos que la Pascua no pase en balde. Es el tiempo central de la fe. Que no se diluya, que no pase inadvertido, que escuchemos los pasos quedos del Jesús que hace camino con nosotros. Que el recuerdo de Jesús resucitado sea tan vivo como siempre y, si se puede, un poco más. Que algo se conmueva por dentro y que se exprese por fuera.

Hacemos nuestra, para terminar, la vieja plegaria de Anselmo de Canterbury: «Te ruego, Señor, que me hagas gustar a través del amor lo que gusto por medio del conocimiento; haz que sienta a través del afecto lo que siento por medio del intelecto. Señor, atráeme por completo a tu amor. Mi corazón está ante ti, oh Señor; se esfuerza, pero no puede solo: te ruego que me suplas. Introdúceme en la celda de tu amor: te lo pido, te lo suplico, llamo a la puerta de tu corazón. Y tú, que me haces pedir, concédeme recibir. Tú, que me haces buscar, haz que te encuentre».

Retiro en Adviento 2024

 

 

UN ADVIENTO DE ESPERANZA

PARA SEMBRAR LO DISTINTO

Retiro en Adviento 2024

 

1

BRIZNAS DE ESPERANZA

 

         La esperanza es un tema recurrente en Adviento. Pues ¡que vuelva la esperanza! Siempre viene bien volver a la espiritualidad de la esperanza sobre todo cuando esta parece escasear. Siempre nos alivia hablar de aquello que carecemos. Pero, de alguna manera, habría que “atrapar” aquello que nos resulta tan volátil.

         Por eso mismo hablamos de “briznas”, de aquello atrapable, pero pequeño, de lo que resulta casi insignificante pero que está ahí al alcance de la mano. ¿Eso tan pequeño, esa “brizna”, puede suscitar esperanza? Quizá sí.

         Dice el poeta M. Rico: “Nunca poseeremos la tierra./Si acaso, una brizna de aire o un destello”. Una brizna de aire, un destello, parecen nada. Pero es el don sagrado de vivir y respirar por el que algunos darían toda su fortuna. Y el francés G. Apollinaire: “Brizna de brezo, olor del tiempo./ Recuerda que yo te espero”. La esperanza como una brizna de brezo, un pajita humilde que, junto con otras, hace la escoba que barre el humilde hogar, las cuadras de los animales.

         Habrá que acercar la esperanza y entenderla y vivirla de forma humilde. Quizá de ahí brote la chispa de un fuego que alumbre los pasos. Por eso el Adviento es tiempo propicio para llamar quedamente a la esperanza, para que vuelva a descongelar el duro corazón que dice que no hay nada que hacer, que todo seguirá igual o peor, que la noche sigue siendo el escenario de nuestra vida.

         Adviento: tiempo para volver a la esperanza, con realismo, con humildad, con el anhelo que brota de un rescoldo del que vuelve a surgir una llamita, temblorosa y tenaz.

 

1. Yo me atengo a la esperanza

 

“Yo me atengo a lo dicho:
La justicia, a pesar de la ley y a costumbre,
a pesar del dinero y la limosna.
La humildad, para ser yo, verdadero.
La libertad, para ser hombre.
Y la pobreza, para ser libre.
La fe, cristiana, para andar de noche,
y, sobre todo, para andar de día.
Y, en todo caso, hermanos,
Yo me atengo a lo dicho: ¡la Esperanza!”

 

         P. Casadáliga

 

  • El clásico y conocido texto del obispo poeta puede ayudarnos, una vez más, a predisponernos a la esperanza (véase, si no, la canción “Ella viene y va” de Marta Soto). La esperanza ha de incluir la justicia porque una esperanza sin justicia es pura vaciedad. 
  • Ha de incluir, así mismo, la humildad, ya que una esperanza soberbia es la esperanza de los tiranos, de los invasores, de quienes menosprecian a los pobres. 
  • Ha de ser libre porque una esperanza humillada es una contradicción y solamente la esperanza que humaniza es la que libera. 
  • A la esperanza le va muy bien la pobreza porque los primeros demandantes de esperanza son los pobres ya que a ellos se les ha arrebatado casi siempre.
  • Y la fe puede ser leña en la hoguera de la esperanza, impulso que vuelve a tomar aliento, llamada que se escucha en el silencio más denso.
  • Por eso, nos atenemos a la esperanza, no como el clavo ardiendo a quien se agarra uno porque no hay otra cosa, sino como a la pequeña luz que puede iluminar un camino en sombras.

 

2. Vivir con esperanza

 

         Ahí está el quid: ¿cómo mantener viva la esperanza en que haga de contrapeso a la incertidumbre de la sociedad gaseosa? ¿Cómo elaborar la desesperanza de serie y las desesperanzas que se van añadiendo en el largo caminar humano? Vamos a tomar un párrafo del librito de M. Zambrano, Los bienaventurados para ahondar en estos interrogantes.

  • La esperanza envuelve toda la obra del ser humano, aunque este no se percate de ello. La cuna del ser es la esperanza. Por eso resulta tan definitiva: «Todo lo que el hombre busca conocer, toda acción que proyecta, todo padecer que cae sobre él, toda verdad que le sale al encuentro, es acogido primariamente por la esperanza, sin que ella se dé a ver» (p.136). La esperanza es el lugar de la vida acogida. Por eso, una vida en la desesperanza, en el disgusto, en la crítica amarga y negativizadora no aporta nada al esclarecimiento del camino que hay que seguir.
  • La esperanza tiene un apoyo insustituible que, si falla, resulta imposible: «Y en el fondo de esta esperanza genérica, absoluta, podemos discernir algo que la sostiene: la confianza» (p.136). Sin confianza es imposible entender la esperanza. Por eso mismo, generar confianza es posibilitar la esperanza. Una vida urdida en la desconfianza es una vida necesariamente desesperanzada.
  • Creemos que vivir en la esperanza es estar siempre en una vida de buen tono vital, optimista, creativo. Pensamos que la esperanza es incompatible con un cierto desaliento. Pero «la esperanza se deja ver como todo lo que alienta constantemente en sus desfallecimientos, en sus atonías». Es pues compatible el dinamismo de la esperanza con una debilidad existencia hecha de desfallecimiento y atonía. No puede ser estas excusas definitivas para apearse del carro de la esperanza.
  • El desaliento cerca a quien se esfuerza por leer la realidad de hoy de manera positiva.  Pero, dice Zambrano, «la esperanza salta visible en la desesperanza; en la desesperanza y en la exasperación que advienen por un suceso habido en la intimidad del ser entregado a sí mismo, o encerrado dentro de una situación sin salida» (p.136). Quien reflexiona sobre la esperanza ya está construyendo un camino esperanzado; quien intenta sacudirse el yugo pesado de  la negatividad, ya es constructor de esperanza, quien emplea palabras de contenido esperanzador ya colabora a la causa del futuro; quien aporta un grano de esperanza a la vida de alguien que lo pasa mal, es hijo de la esperanza.

 

3. Un apunte bíblico: Lc 7,18ss

 

         El tema de la esperanza atraviesa las páginas del Nuevo Testamento y se concentra en un asunto que, para el judaísmo del tiempo es vital: la esperanza mesiánica. Israel siempre ha esperado un Mesías potente y liberador. Al ser un pueblo de reducidas dimensiones, muchas veces oprimido por potencias extranjeras, su anhelo mesiánico ha salido reforzado. Con la declaración de independencia del moderno estado de Israel en 1948, se han visto concretados sus sueños mesiánicos en un escenario político con los resultados, desastrosos, que todos conocemos.

         La esperanza mesiánica iba acompañada en tiempos de Jesús de la certeza de que el mesianismo, para que fuera liberador, debía ser potente, económica y políticamente, capaz de expulsar al opresor y de mostrar la soberanía de Israel y Jerusalén sobre todos los pueblos del mundo.  De ahí el sentido general de la embajada de los enviados del Bautista Jesús en Lc 7,18ss.

         Aunque espiritual, la idea mesiánica del Bautista es heredera del espíritu de Elías: la restauración del yahvismo devolverá a Israel su primacía. Para eso hay que anunciar la purificación por el “fuego” y por la “poda” de los árboles destinados al infierno, el “bieldo” que separará a los fieles de los infieles (Mt 3,10ss). La tradición mesiánica del bajo judaísmo espera a este mesías nacionalista Por eso se le preguntará directamente a Jesús: “¿Eres tú Elías?” (Jn 1,21). Porque Jesús ha tomado un extraño camino: el mesianismo de la pobreza, la compasión, la piedad y la inclusión (Lc 4,14-30). Es perceptible el desconcierto del Bautista cuando envía una embajada a Jesús. Su esperanza mesiánica no concuerda con el pretendido mesianismo pobre de Jesús. Confundido en el mesianismo y en la esperanza: ¿qué hay que esperar? Esa es la cuestión final.

         Según Lc 7,22 lo que se debe esperar es un cambio radical de situaciones sociales. Para ello hay que comprender que el discernimiento que conlleva la cadena de comentarios  (los que la gente comenta en Lc 7,16-17) empuja a creer que el honor de Jesús como Mesías no está hecho a costa de nadie, sino por la entrega generosa a todos, sobre todo a los frágiles. Mesías pobre para los pobres. De ahí que lo que haya que esperar de este Mesías es que las esperanzas de los pobres vayan siendo realidad  sobre todo la de aquellos que han sufrido pérdidas irreparables: ciegos, cojos, leprosos, sordos, muertos, pobres.

         Un mesianismo para una sociedad de inclusión, para una economía igualitaria, para una fraternidad social. Ese es el gran sueño de Dios y la intención última del mesianismo de Jesús (Ef 1,10 y Col 1,20 dicen que podemos conocer el secreto designio de Dios: hacer una gran obra de reconciliación en lo creado). No consigna el evangelio la reacción del Bautista y el elogio que Jesús hace de él (Lc 3,24-35) no es suficiente para disipar las dudas.

         De cualquier manera, la esperanza cristiana más que escatológica es social: quiere alentar más a una vida en el más acá de la muerte que en el más allá de ella. Eso se corresponde a la certeza de que la fe cristiana es praxis antes que ideología, que el hacer determina el ser. Por eso la mística cristiana apoya todas las esperanzas que tienden a la conformación de una sociedad distinta, igualitaria, social, fraterna y que trate a los débiles con equidad. Construir una fe histórica es la gran tarea de la teología, de la espiritualidad y de la praxis cristiana. Ese es el cimiento de su esperanza.

 

4. Briznas de esperanza

 

a)   En la vida política: nos es muy difícil verlas por nuestra fuerte desafección y por nuestros posicionamientos rígidos. Pero, a veces, surge una brizna: el 27 de setiembre, el presidente de La Rioja, Gerardo Capellán, del PP, visita la Moncloa. En la rueda de prensa posterior sorprende a media España porque dice que la reunión ha sido cordial y que han hablado de transportes, inversiones y cultura (el tema de las Glosas Emilianenses). Los periodistas se quedan boquiabiertos porque esperaban que siguieran funcionando según la greña habitual. Pero no: políticos de distinto signo puede hablar de asuntos ciudadanos sin destruirse. Brizna de esperanza.

b)   En la vida cultural: todos hemos oído hablar de la orquesta West-Eastern Divan promocionada por el judío Daniel Baremboim y el palestino Edwar Said. Siguen dando conciertos a pesar de amenazas, cancelaciones y presiones. Representan a muchos colectivos que creen en la posibilidad de una convivencia, aunque los acontecimientos digan lo contrario. En esa línea están los chef del restaurante berlinés Kanaán, regentado por el palestino Jalil Debit y el judío Oz Ben David. Biznas de esperanza.

c)    En la vida religiosa: siempre unimos la esperanza al número de vocaciones; de ahí nuestra desesperanza. Pero se puede ligar a otras cosas. Escribía un religioso un bonito artículo sobre la enfermería en la que vivía con el título “Scala Dei”. Para él, el final de la vida era una ascensión al corazón del Padre. O esto otro: en Villava (Navarra) hay una enfermería de Dominicos en la que han acogido a otra de Claretianos. Son un solo grupo; todo en común. ¿Rentabilizar o brizna de esperanza por el apoyo en la debilidad?

d)   En la vida eclesial: hay quienes piensan que esto del Sínodo no va a servir para nada, pero otros mantienen la esperanza y colaboran. Quizá, cuando menos lo esperamos, cuando todo parece terminar es cuando surge una posibilidad. ¿Quiénes somos nosotros para borrar del horizonte de la Iglesia esa esperanza? Los grupos sinodales que persisten contra viento y marea son briznas de esperanza. Quizá el mismo Sínodo lo sea.

 

5. Actitudes para conectar con las briznas de esperanza

 

         Conectar con la desesperanza es fácil, Lo peliagudo es conectar con la esperanza. Para ello quizá se necesite una serie de actitudes:

  • Abandonar el negativismo: instalarse en “el todo está mal” para evitarse el esfuerzo del discernimiento y para hacer parte del coro de las lamentaciones que no mueven un dedo para que la cosa cambie es una actitud que bloquea cualquier camino de esperanza, si es que lo hubiere. El negativismo es tóxico y más cuando se da por supuesto que todo el mundo comulga con él (no es así). Sería bueno hacerle frente de palabra y de obra para que la plantita de la esperanza no se agoste nada más nacer.
  • No proyectar nuestra desconfianza: porque al hacerlo la queremos justificar. No desconfiemos de los demás porque nosotros seamos desconfiados. Demos un voto de confianza, demos segundas oportunidades. ¿No es el evangelio una propuesta de segunda y terceras oportunidades (setenta veces siete)? Quizá la esperanza brota en la oportunidad repetida.
  • Exponerse al vientecillo de la novedad: no temer acatarrarse, no apalancarse en lo de siempre por la indolencia de cambiar de postura en el sillón en el que llevamos muchos años. Airear un poco la cabeza y el corazón con un poquito de formación actualizada. Salir más al escenario de la calle no para perder el tiempo, sino para ver y tocar como se mueve la sociedad de hoy. ¿Cómo, si no, pretender ser esperanza para quien desconocemos?
  • No descreer de la bondad: porque hay mil motivos para ello. Pero descreer de la bondad es descreer del mismo Dios que es bueno, una especie de ateísmo que puede afectar a creyentes declarados. Una paradoja, un oxímoron. Emplear lenguajes  (verbales y no verbales) bondadosos para facilitarle la entrada a la tímida esperanza.
  • Ser proactivos: como se dice ahora. Salir del apoltronamiento que sabe de todo, diserta sobre todo, entiende de todo pero no termina de dar un paso adelante. La esperanza no es teoría, sino práctica, camino recorrido. ¿Dónde adquirir ese empuje que nos lleve a actuar? No lo sabemos. Pero sí sabemos que mientras estemos en las palabras estamos a medio camino. Al final, la inocente esperanza nos pregunta: ¿Tú, qué haces (Anda y haz tú lo mismo)?

 

Conclusión

         Cada Adviento que llama a nuestra puerta es una oportunidad más. Si la desaprovechamos, vendrá otra vez a nosotros, pero nos habremos perdido la de este año. Y no estamos para muchas pérdidas. Hemos de preguntarnos con paz y tratar de responder con paz.

         En lo que de nosotros dependa, demos cancha a la esperanza. Hagámonos eco de aquello que dice FT 30: “El aislamiento y la cerrazón en uno mismo o en los propios intereses jamás son el camino para devolver esperanza y obrar una renovación, sino que es la cercanía, la cultura del encuentro”.

         Que pueda ser el Adviento un camino abierto a una celebración de la Navidad más esperanzada, más liberadora, espacio de respiro. Los poetas, como L. Aragon, saben decirlo:

 

Un jour pourtant, un jour viendra couleur d'orange
Un jour de palme, un jour de feuillages au front
Un jour d'épaule nue où les gens s'aimeront
Un jour comme un oiseau sur la plus haute branche.

 

(Vendrá un día de color naranja,

Un día de palmas, de coronas de flores en la frente,

Un día de hombros desnudos en que las gentes se amarán,

Un día como un pájaro en la rama más alta)

 

 

2

SEMBRAR LO DISTINTO

 

         Queremos hacer una segunda reflexión para personas que dejan una puerta abierta a las preguntas, que se plantean si su trabajo evangelizador está bien orientado o requiere algún tipo de cambio. Hay quien no duda de que siembra lo que quiere sembrar. No tiene dudas. Para él sobran este tipo de reflexiones. Tan amigos. Pero si uno está abierto y, viendo lo que ocurre, quiere preguntarse si, en materia de pastoral, estamos haciendo lo correcto, quizá pueda encontrar alguna luz.

         Corre por internet una frase atribuida a A. Einstein que tiene miga: “Si buscas resultados distintos no hagas siempre lo mismo”. Si viendo lo que vemos (abandono de la práctica religiosa, poca credibilidad de la Iglesia, envejecimiento de la VR, lejanía del hecho social, etc.), seguimos con las mismas “siembras”, tendremos similares cosechas.

         ¿Cómo sembrar otra cosa? ¿Qué es lo que habría que sembrar? ¿Podemos realmente hacer otra siembra a la que no estamos acostumbrados? ¿Existen fórmulas eficaces para poder sembrar otra cosa? ¿Cómo entrever la posibilidad de una pastoral distintita?

         Creemos que esta intuición está ligada al tema de la esperanza y, por ello, al tema del Adviento porque si lográramos llegar a una siembra distinta hecha con esperanza veríamos resultados diversos.

 

1. Desear lo distinto

 

         Cuando decimos que quizá haya que sembrar otra cosa, vistos los resultados, tal vez ese no sea buen principio. Habría que sembrar con novedad porque el Mensaje es novedad, porque el evangelio es horizonte, por una mística del descubrimiento de lo hermoso de la fe, no por los malos resultados obtenidos de nuestra pastoral.

         Para sembrar algo distinto hemos de sentir la necesidad de hacerlo. Hemos de cambiar el chip: la culpa del abandono de la fe tal vez no la tengan los que se van sino, sobre todo, los que nos quedamos. La vivencia de una fe envejecida da como resultado una cosecha de fe pobre y envejecida ella misma. Sin desear uno mismo lo nuevo es imposible ofrecer nada nuevo. Pongamos por caso la predicación: si lo que ofreces en tus homilías no tiene pizca de novedad para ti, si es, más o menos, lo de siempre, así lo será también para quien escucha.

         Intentar lo nuevo puede ser una constante de la pastoral. Dice FT 11: “Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual. En realidad, toda auténtica acción evangelizadora es siempre «nueva»”. Todo esto no puede brotar de un corazón cansado, rutinario, repetitivo.

         ¿Dónde encontrar el arranque para lo nuevo? ¿Puede ser solamente la decepción de los resultados o hay que aspirar a algo más radical? En primer lugar hay que decir que para hacer algo diferente es preciso tener una mentalidad diferente. Se trata de cambiar la mentalidad de “funcionario pastoral” por la de “servidor pastoral”. Se trata de servir la fe como quien construye un camino creyente, no como quien administra un supermercado de lo religioso.

         En segundo lugar se trataría más que de trasmitir una creencia de ayudar a una experiencia. Lo importante no sería lograr que la doctrina se acepte sino que el evangelio toque la vida del cristiano. Ayudar a una experiencia llevaría a poner más énfasis en los grupos de adultos, en desventaja en los planes de pastoral.

         En tercer lugar sería preciso trabajar por ayudar a mezclar fe y sociedad, fe y cultura. Este encuentro es preciso para que fe y vida no se vivan en compartimentos estancos sino trasvasables. ¿Qué fruto podrían dar grupos como los de justicia y paz o similares?

         En cuarto lugar habría que seguir trabajando, y por derroteros nuevos si se puede, el tema comunitario: tenemos parroquias, pero no tenemos comunidades vivas que no sean sectarias sino movimientos envolventes capaces de ayudar al logro de una fe adulta en modos de cercanía real.

         Todo esto representa una tarea ingente que solamente un empeño ilusionado puede llevar adelante. Si solamente se entiende la atención pastoral como un cubrir las exigencias de una pastoral del culto, todo lo dicho es música celestial.

 

2. Todo lo hago nuevo: Ap 21,5

 

         “Y el que estaba sentado en el trono dijo:

         -Todo lo hago nuevo.

 

         El libro del Apocalipsis es una continua “lucha” entre el “vidente” (Juan) que quiere mostrar la dura actuación de Dios contra quienes persiguen a los cristianos y contra los malos en general y el “teólogo” (oculto en la especularidad narrativa) que dice que Dios va actuar con amor, incluso con los malvados.

         El vidente escucha que todo ha de ser nuevo. Pero quiere seguir manteniendo los viejos parámetros religiosos y morales de siempre. El teólogo dice que no: las murallas han de permanecer abiertas, la ciudad no tendrá templo, no habrá nada ni nadie maldito. Son dos visiones diferentes de la fe que enfrentan: la de quien quiere seguir empleando los mecanismos de siempre y la de quien busca caminos nuevos de más apertura, flexibilidad y novedad.

         Es lo que sucede con la misma vida de Jesús: él ha optado por la línea del amor y del perdón, divergiendo de la línea de Elías y de Juan Bautista que es la del comportamiento religioso de siempre y que no ha dado los frutos deseados.

         Hoy también la pregunta se plantea como un verdadero reto para el creyente: ¿cuál es el cimiento de tu fe y de tu evangelización? ¿La norma religiosa y moral consagrada o la búsqueda y el enamoramiento que lleve a una experiencia viva de Jesús? No olvidemos lo que viene a decir la EG: hoy se puede transmitir la fe con dos condiciones: si hay una verdadera experiencia de Jesús y si se hace con alegría.

 

3. Las raíces espirituales de una siembra nueva

 

         ¿Dónde pueden estar las raíces espirituales de una siembra nueva, de una nueva teología pastoral?

  • Pastoral del enamoramiento: lo que se busca es que el creyente termine enamorado de la persona de Jesús. ¿Es esto posible? El amor salta fronteras y fechas. Para llegar a ello es preciso que uno mismo haya tenido esa experiencia de enamoramiento, de deslumbre, de iluminación (como lo que hace I. Vallejo, por ejemplo, con la cultura clásica). Si uno es capaz de ir en esta línea sin rubor, si logra generar en sí mismo un amor vivo por Jesús, quizá logre contagiar a otros y encontrará cauces. La gente verá que dentro del servidor de la fe hay algo distinto.
  • Pastoral de sueños: hemos urdido una pastoral de ideas y quizá sean más importantes los sueños. Las bienaventuranzas, por ejemplo, son los sueños del “soñador” Jesús. Creemos que andar en busca de un sueño es lo mismo que andar tras una quimera. Pero no es así. Los sueños de Jesús son que las desventuras de los pobres no duren siempre, que haya una economía de igualdad y fraternidad, que la reconciliación vaya adelante, que entendamos que un Dios que es el todo bien ha unido su suerte a la nuestra, que el cielo está en lo profundo, etc. Sueños, no quimeras.
  • Pastoral de intentos: porque ese es nuestro tiempo, el de los intentos. Intentar caminos nuevos ya es positivo. Si se logra algo, mejor; si no, paciencia. No se puede dejar de intentar algo porque una vez anterior no resultase. Quizá se está en un contexto distinto e intentarlo tiene un sentido. La edad no puede ser óbice para no intentar caminos nuevos. El gran problema no es la edad, sino la ilusión.
  • Pastoral del lío: al papa argentino le gusta ese término: ¡hagan lío! Quiere decir algo así como: construyan una fe en la ciudadanía. Una fe fuera de la ciudadanía se convierte en una fe sectaria, para iniciados religiosos. La ciudadanía, muchas veces sin violencia alguna, le da la espalda. Es el componente “político” del seguimiento (el otro es el “místico”) muchas veces ausente y en desequilibrio. Solamente una fe significativa, con sentido, podrá tener cabida en el conjunto de la ciudadanía.

 

4. Solos o acompañados

 

         ¿Puede hacer esto solo un agente de pastoral, un párroco o vicario, un catequista? Posiblemente se requiera el trabajo en grupo como exigencia ineludible.

  • Trabajos con laicos: no solamente porque uno no llega a todo, sino porque son agentes de evangelización a pari con el cura, aunque no cobren sueldo (habría de cobrar atención, aprecio, igualdad en la gestión, más allá de lo que diga el CIC).
  • Trabajos con mujeres: no solamente en labores auxiliares, sino dándoles cancha en la gestión parroquial y preparándolas para ello.
  • Trabajos con entidades de solidaridad: con Cáritas, Manos Unidas u otras de corte cristiano y aun con algunas que sean simplemente de componente humanitario.
  • Trabajos con colectivos o personas que subrayan la mística: no solamente comunidades contemplativas, si las hubiere, sino también con grupos de personas orantes o comunidades de base que viven en la ciudad.
  • Trabajos con increyentes o de otras religiones: si hay foros para ello. Abrir puertas. Colaborar con sentido ecuménico actualizado llevando el ecumenismo no solamente al terreno religioso, sino también existencial.

 

5. Algunas cosas que se puede hacer ya (y que se hacen)

 

         Se puede hacer pero no sin dificultades, internas (las que provienen de la propia comunidad) y las de fuera (el obispo, la sociedad, el ambiente).

  • Emplear otros lenguajes: aun con el riesgo de ser advertido por quienes piensan que si se cambia la forma se cambia el contenido. Pero lo cierto es que el lenguaje litúrgico y lel teológico contienen un gran nivel de arcaísmo y desconexión. Adecuarlos a la actual espiritualidad y en conexión con el hecho social no es una arbitrariedad sino una necesidad.
  • El despacho: un lugar de acogida: no solamente un lugar para la burocracia parroquial, sino también lugar de escucha, acogida, orientación y solución de situaciones. No puede ser lugar únicamente de exigencias, sino de amparo.
  • Potenciar la escucha: no tanto la escucha en confesión, muy en decaída, sino la escucha simplemente humanitaria. Plantearse el hacer esto no a salto de mata sino de manera organizada.
  • Celebraciones comunitarias del perdón: porque quizá sea la única manera a la mano de recuperar y recrear la espiritualidad del perdón. Trabajar en los resquicios legales y en el terreno de la profecía aunque esto cause ciertos roces con la jerarquía.
  • Colaboración social: no cansarse de mostrar este lado de la fe como esencial al hecho de creer: el amor al pobre hace parte del núcleo de la fe, no es su mera consecuencia.
  • Presencia pública: si hubiere ocasión (ateneos, radios, periódicos). Prepararse para ello, cultivar la literatura y la comunicación. Saber estar como creyente en contextos de una sociedad laica.
  • Lugares de oración redescubierta: no meramente tradicional (exposición del santísimo) sino en parámetros de más novedad (al estilo Taizé o así). No cerrar la iglesia a cal y canto.
  • Economía reorientada: economía parroquial ordenada y con un cierto sentido social (estipendios de las misas).
  • Comunidad de comunidades: trabajar el sentido de comunidad en los grupos y poniéndolos en relación en retiros, convivencias, etc. No cansarse de trabajar la comunidad.
  • Seguimiento de procesos: en cristianos predispuestos a un mayor compromiso. Facilitar el estudio de la teología a los laicos en centros un poco abiertos.

 

Conclusión

 

         Sería una conclusión indeseada que, tras lo expuesto, cundiera el desaliento. Uno puede desplazarse desde donde está. Lo importante es el deseo de hacer otra siembra para tener otra cosecha.

         Las posibilidades, algunas de ellas, están a la mano. No puede ser óbice el tener la sensación de que esto no hay quien lo cambie. El cambio siempre es posible, en parte.

         Esto sería un verdadero adviento de esperanza para la comunidad cristiana y llevaría a poner carne al abrupto misterio de la encarnación de Jesús, su formidable y amoroso vínculo con la historia.

***

 

Lo querían matar
los iguales,
porque era distinto.

Si veis un pájaro distinto,
tiradlo;
si veis un monte distinto,
caedlo;
si veis un camino distinto,
cortadlo;
si veis una rosa distinta,
deshojadla;
si veis un río distinto,
cegadlo…
si veis un hombre distinto,
matadlo.

¿Y el sol y la luna
dando en lo distinto?
Altura, olor, largor, frescura, cantar, vivir
distinto
de lo distinto;
lo que seas que eres,
distinto
(monte, camino, rosa, río, pájaro, hombre):
si te descubren los iguales,
huye a mí,
ven a mi ser, mi frente, mi corazón distinto.


 

(Juan Ramón Jiménez)

RETIRO PASCUA 2024

 

Reflexión en la Pascua 2024

 

 

LA VOZ DEL NOVIO

Pascua para una fe cálida 

 

Raramente se pregunta el creyente por la “temperatura” de su fe. Se reza, se celebra, se vive, se compromete y se va adelante. Pero valorar la temperatura de lo que se vive, poner el “termómetro” a lo que se cree puede ser interesante. Puede ser un indicador.

Nadie duda que en esta época de la Iglesia, bajo el paraguas del Vat. II que, mal que bien, sigue vivo, la vivencia de la fe cristiana ha adquirido un nivel de mejoría que, globalmente hablando, no ha tenido en toda la historia de la fe.  Pero si nos preguntamos por la temperatura de la vivencia cristiana, quizá haya que reconocer que, en ocasiones, no es cálida.

Una fe fría, rígida, normativa, añorante del pasado es la que se percibe en ciertos sectores de la comunidad cristiana. No se plantean la calidez de la fe, sino su cumplimiento. No les interesa el “ardor” de la Palabra, sino la exactitud de las rúbricas. No se preguntan por una teología y una espiritualidad abrazante, sino por la “sana doctrina”.

¿Cómo escapar de tal influencia? ¿Cómo construir y vivir una fe cálida? ¿Puede ser la Pascua un tiempo bueno para activar la vivencia de una fe de mayor calidez? ¿No es la Pascua el tiempo en que se activa la vivencia de la resurrección y esta no se puede entender como una realidad fría? ¿No percibimos esta calidez en los relatos de resurrección más allá de sus peculiaridades e interrogantes no resueltos?

La reflexión y el retiro pretenden animar, empujar al encandilamiento del resucitado, al brillo en los ojos de quien entiende que aquí se está hablando de amor. ¿Puede el amor ser una realidad fría?

 

1. La casa de mi amigo

 

         Allá por los años 70, Ricardo Cantalapiedra publicó un disco que se escucharía en todas las parroquias. Una de sus canciones más celebradas, que aún recordamos, fue “La casa de mi amigo”:

 

La casa de mi Amigo no era grande;
su casa era pequeña.
En la casa de mi Amigo había alegría,
y flores en la puerta.

A todos ayudaba en sus trabajos;
sus obras eran rectas.
Mi Amigo nunca quiso mal a nadie;
llevaba nuestras penas.

Mi Amigo nunca tuvo nada suyo;
sus cosas eran nuestras.
La hacienda de mi Amigo era la vida;
amor era su hacienda.

Algunos no quisieron a mi Amigo;
le echaron de la tierra.
Su ausencia la lloraron los humildes;
penosa fue su ausencia.

La casa de mi Amigo se hizo grande,
y entraba gente en ella.
En casa de mi Amigo entraron leyes,
y normas y condenas.

La casa se llenó de negociantes,
corrieron las monedas.
La casa de mi Amigo está muy limpia,
pero hace frío en ella.

Ya no canta el canario en la mañana,
ni hay flores en la puerta.
Y han hecho de la casa de mi Amigo
una oscura caverna,
donde nadie se quiere ni se ayuda,
donde no hay ya primavera.

Nos fuimos de la casa de mi Amigo,
en busca de sus huellas.
Y ya estamos viviendo en otra casa:
una casa pequeña,
donde se come el pan y se bebe el vino
sin leyes ni comedias.

Y ya hemos encontrado a nuestro Amigo,
y seguimos sus huellas,
y seguimos sus huellas.
 

 

  • En casa de mi Amigo había alegría: es un presupuesto de un cierto romanticismo. La alegría es escasa en las narraciones evangélicas, aunque asoma. Presuponer un Jesús alegre es lícito, bienintencionado.
  • Sus cosas eran nuestras: ciertamente. Y sin duda esa entrega fue causa de sencillas y profundas alegrías para Jesús y para sus paisanos.
  • Penosa fue su ausencia: lo echaron pero se quedaba más adentro porque Jesús supera el mecanismo del amor rechazado: aunque se le rechace, él sigue siendo fiel.
  • Entraron leyes y condenas: es cierto, sigue siendo cierto. Pero entraron también gentes entregadas, humildes, bienhechoras, misericordiosas. Y siguen ahí; a veces sufriendo.
  • Hace frío en ella: lo hace, pero menos que nunca. Porque hay quien se empeña en encender un “fueguito” (como diría E. Galeano) en su entorno para que la fe se viva en el regocijo de la alegría.
  • Donde no hay primavera: la hay, por más que, a veces, haya creyentes instalados en el invierno, en una Cuaresma perpetua. No estamos en una agonía, sino en un parto, dice el Papa.
  • Nos fuimos de la casa de Amigo: nos hemos quedado sufriendo a veces, sintiendo el frío de las afueras, anhelando más calor. Y vamos consiguiendo briznas de alegría que alimentan nuestra fidelidad. Y creemos que no es estéril este camino.
  • Y seguimos sus huellas: cada uno sigue como puede. Y él nos acogerá “como a ladrones arrepentidos” (que decía el abad de Thiberine), como a personas que quizá no supieron ver del todo en Jesús a su mayor motivo de alegría, la voz alegre del novio que canta al amor.

 

2. La luz de la Palabra

 

«Haré que en las ciudades de Judá y en las calles de Jerusalén enmudezcan las voces alegres de fiesta, las voces del novio y de la novia, pues todo el país quedará desolado» (Jer 7,34; 16,9; 25,10; 33,11).

         «El que tiene la novia es el novio; en cambio, el amigo del novio, que asiste y lo oye, se alegra con la voz del novio; pues esta alegría mía está colmada» (Jn 3,29).

 

         Cuando Jeremías quiere mostrar la desolación que va a acompañar al Jerusalén infiel y a los mismos paganos que zahieren a Jerusalén le anuncia la mudez de un país sin bodas, que es lo mismo que un país sin amor. La desolación ahuyenta el canto y un silencio de muerte se cierne sobre el país similar castigo a la gran Babilonia en Ap 18,23). De ahí viene la novedad del evangelio de Juan: con Jesús, ha vuelto al país el gozo del amor; escuchando su voz, vuelve la alegría y el amor al corazón devastado. Él es el novio que se ha llevado a casa a la esposa desolada, al pueblo enmudecido. Él ha sido un buen levir (Jn 1,27).

         ¿Cómo suena esa voz del novio que ha vuelto a la tierra como profecía de gozo y de futuro?

  • Voz que anima: con frecuencia y de forma explícita, escuchamos a Jesús decir en el evangelio: “¡Ánimo, no tengáis miedo!” (Mt 17,24; Mc 6,50). Y al animar, construye la fe porque, según los evangelios, lo opuesto a la fe es el miedo, la débil adhesión. El camino cristiano necesita ánimo para ser cálido. El desaliento enfría la fe, la hace glacial. Contando con el ánimo de Jesús podemos pensar en una fe animosa y vibrante, enamorada incluso.
  • Voz que consuela: que pregunta “¿Por qué lloras?” (Jn 20,14-15) y consuela de manera explícita a quien está en desamparo: “¡No llores!” (Lc 7,13). Un Jesús que proclama que tienen suerte los que lloran porque mitigan sufrimientos (Mt 5,5). Un Jesús que mezcla su consuelo a nuestras lágrimas hasta creer posible la alegría inarrebatable (Jn 16,22). Un consuelo alentador capaz de generar gozo.
  • Voz que increpa: que se enfrenta a los desajustes del alma (espíritus inmundos: Mt 17,18; Mc 1,25; 924; Lc 4,35; 9,42; el mismo Pedro: Lc 9,33). No es la voz de quien pasa por encima de lo real, de la mostrenca realidad, sino que cuenta con ella porque una fe cálida sin realismo es algo artificial y blandengue. Visión recia de la realidad para una alegría fuerte.
  • Voz que grita: porque, por lo que sea, Jesús ha alzado la voz gritando (Jn 7,28.38; 11,43; 12,44). También hace falta la advertencia y el grito para que la cordialidad escape a la superficialidad. Sobre todo, es necesario escuchar el grito del pobre, del excluido, de aquel cuya factura de justicia no ha sido pagada. Porque una alegría que no cuente con los humildes no solamente es una alegría incompleta, sino también falsa.
  • Voz resucitada: ya que la voz del resucitado es voz de fraternidad (Mt 28,10), de acompañamiento (Mt 28,19), de envío (Mt 16,15), de Palabra y pan compartidos (Lc 24), de paz y de perdón (Jn 20,23). Voz nueva para una alegría nueva a la que siempre habrá que recurrir cuando la grisura y la niebla velen la mirada y el corazón del creyente, voz sin la que la comunidad cristiana andaría perdida.

 

3. Reflexión

 

         Vamos tratar de ahondar a través de la reflexión queriendo enriquecer la vivencia de la fe:

 

a)    Una lectura cálida de la Palabra: la Palabra es un texto del “alma”. Ha sido escrita no solo por manos que manejan una pluma, sino por almas que vibran. Si no se conecta con esa vibración, no se ha llegado a su verdadero valor. Una Palabra vibrante, “perfumada”, abrazada como se abraza a quien se ama. Sin esto, la lectura puede ser muy técnica, muy acertada, muy bien explicada, pero no hará “arder” el corazón (Lc 24,32), porque ella ha sido escrita para abrasar entrañas, para suscitar anhelos, para alimentar amores.

b)    Peligro de frialdad teológica: es el que tienen todos los sistemas, desde los sencillos (catecismos) hasta los complejos (arduas cristologías). No menospreciamos su valor de adoctrinamiento, pero, al ser tan fríos y tan en la mano del poder, pueden terminar por ser generadores de una fe sociológica más que de una fe opcional. Algo no ve bien cuando uno percibe que la doctrina y el evangelio no encajan bien.

c)     Flexibles para ser cordiales: un valor englobante que acompaña la cordialidad y calidez de la experiencia creyente es la flexibilidad. Sin ella la puerta de la condena se abre a un abismo de negrura. No es flexibilidad pasar de todo y situarse en la superficialidad. Es ponerse en la piel del otro y pensar que cada uno elabora sus experiencias básicas de la fe como bien puede. Por eso, la inflexibilidad que puede abocar en fanatismo lleva al creyente a situaciones sin salida. Ante situaciones complejas, la “ingenua” pregunta de “¿Qué haría Jesús?” puede ser de gran ayuda.

d)    La calidez que brota del ser pueblo: algo que difícilmente se siente cuando se está instalado en el sistema, cuando se anhela ser dirigente, cuando se tiene espíritu de casta. Las alegrías del ser pueblo son humildes, cotidianas muy de tejas abajo. Pero en su sencillez anida su autenticidad. Una fe alejada del pueblo se ensombrece mientras que si se une a la vida de los sencillos hace brotar con facilidad la alegría, las ganas de vivir y las ganas de creer. Quizá la frialdad le ha venido a la fe por su alejamiento del pueblo, por el rechazo de las humildes alegrías del pueblo y del cuerpo.

e)    Vivencia cálida de la pertenencia a la casa común: algo que explotamos poco, pero que es una auténtica reserva de espiritualidad. El gozo del amanecer siempre nuevo, de la luz cuyo brillo no se repite, del aire que llena de novedad cada vez que se le respira, de los colores nunca gastados y siempre renovados, de la limpidez del agua siempre dispuesta al servicio, de los hermanos árboles siempre fieles en su acompañamiento de años, del silencio de las rocas que es su manera de decirnos que están vivas. ¿Cómo resistiremos los hielos del alma sin esta clase de alegrías?

 

 

4. Caminos cotidianos

 

         El Papa Francisco es un teólogo pastoralista que desciende a lo cotidiano. Vamos a tomar de él algunas sencillas orientaciones que tienen, todas, el denominador común de la vivencia y trasmisión de la fe desde la alegría (tomamos las citas de la Evangelii Gaudium de 2013):

 

  • Amabilidad: habla el Papa de la “predicación” que se hace en el diálogo de tú a tú con la persona. Y dice: “En esta predicación, siempre respetuosa y amable, el primer momento es un diálogo personal, donde la otra persona se expresa y comparte sus alegrías, sus esperanzas, las inquietudes por sus seres queridos y tantas cosas que llenan el corazón” (EG 128). Es un diálogo sobre la propia fe que brota del corazón. Sin esta cordialidad amable, la predicación de tú a tú resulta imposible.
  • Paciencia: la impaciencia lleva al “empujón” y al desasosiego. No es compatible con una vivencia gozosa de la fe. Todo se tensa. Dice EG 44: “Por lo tanto, sin disminuir el valor del ideal evangélico, hay que acompañar con misericordia y paciencia las etapas posibles de crecimiento de las personas que se van construyendo día a día”. La paciencia no es la indolencia, postergar las cosas sine die. Es creativa y fiel sin avasallamiento.
  • Educación: la fe cálida no es un fervorín pasajero, un deseo sin raíces. Se hace necesaria para su logro una educación crítica y en valores. Dice EG 64: “Se vuelve necesaria una educación que enseñe a pensar críticamente y que ofrezca un camino de maduración en valores”. La fe gozosa necesita también un espacio cultivado de formación porque la fe sin formación deriva, con frecuencia, por derroteros de credulidad.
  • Cordialidad: dice EG 70 que una de las causas de la ruptura en la transmisión de la fe es “la ausencia de una acogida cordial en nuestras instituciones”. La cordialidad es puerta que abre al gozo y la alegría. Si esa puerta está cerrada a cal y canto los temas de la fe se vuelven hoscos y la pertenencia se debilita hasta la ruptura. Fácilmente nos viene a la memoria el recuerdo de las personas religiosas que fueron cordiales y presentaron el hecho de creer de modo grato y amable.
  • Sencillez: con agudeza dice EG 232: “Hay políticos —e incluso dirigentes religiosos— que se preguntan por qué el pueblo no los comprende y no los sigue, si sus propuestas son tan lógicas y claras. Posiblemente sea porque se instalaron en el reino de la pura idea y redujeron la política o la fe a la retórica. Otros olvidaron la sencillez e importaron desde fuera una racionalidad ajena a la gente”. La sencillez no habría de ser desplazada por la mera racionalidad. Esta es compatible con aquella si no se pretende medrar a costa del otro.
  • Escucha: para la EG la escucha es imprescindible en los dinamismos de la transmisión de la fe. Dice en el nº 150: “También en esta época la gente prefiere escuchar a los testigos: tiene sed de autenticidad […] Exige a los evangelizadores que le hablen de un Dios a quien ellos conocen y tratan familiarmente como si lo estuvieran viendo”. Solamente se puede pretender ser escuchado si uno es, a su vez, escuchante de la Palabra y de la persona. Una fe escuchada es una fe gozosa; una fe no escuchada termina por alejarse del evangelio.
  • Festejo: dice EG 24 que “la comunidad evangelizadora gozosa siempre sabe «festejar». Celebra y festeja cada pequeña victoria, cada paso adelante en la evangelización. La evangelización gozosa se vuelve belleza en la liturgia en medio de la exigencia diaria de extender el bien. La Iglesia evangeliza y se evangeliza a sí misma con la belleza de la liturgia, la cual también es celebración de la actividad evangelizadora y fuente de un renovado impulso donativo”. Una celebración no “festejante”, poco flexible, ritualista, nos aleja de la fe cálida. Por el contrario, celebrar semanalmente la fe habría de contribuir a la percepción de una fe que reconforta el corazón, que alimenta el anhelo de un Jesús vivo y que incide en la vida.
  • Cansancio feliz: puede llegarse a vivir la fe, dice EG 82, con “acedia”, con pereza, con flojera, sin tensión vital interior: un cansancio por vagancia, valga la paradoja. “No se trata de un cansancio feliz, sino tenso, pesado, insatisfecho y, en definitiva, no aceptado”. Es preciso superar esa situación, no caer en ella, para soñar con una fe cálida. Las experiencias de fe, lo sabemos, se contagian si son animosas y también si no lo son. Tener a raya el desaliento es imprescindible para soñar con una fe cálida.

 

Conclusión

 

         El tiempo de Pascua es una buena oportunidad para plantearse y revitalizar la experiencia de una fe gozosa. Que el aleluya que cantamos tenga raíces en el regocijo del corazón, Que percibamos la caricia amorosa con la que el abrazo de Jesús resucitado reconforta nuestra alma. Que nunca deje de manar la fuente de la alegría.

 

RETIRO EN LA PASCUA 2024

Retiro en la Pascua 2024

 

 

LA VOZ DEL NOVIO

Pascua para una fe cálida 

 

Raramente se pregunta el creyente por la “temperatura” de su fe. Se reza, se celebra, se vive, se compromete y se va adelante. Pero valorar la temperatura de lo que se vive, poner el “termómetro” a lo que se cree puede ser interesante. Puede ser un indicador.

Nadie duda que en esta época de la Iglesia, bajo el paraguas del Vat. II que, mal que bien, sigue vivo, la vivencia de la fe cristiana ha adquirido un nivel de mejoría que, globalmente hablando, no ha tenido en toda la historia de la fe.  Pero si nos preguntamos por la temperatura de la vivencia cristiana, quizá haya que reconocer que, en ocasiones, no es cálida.

Una fe fría, rígida, normativa, añorante del pasado es la que se percibe en ciertos sectores de la comunidad cristiana. No se plantean la calidez de la fe, sino su cumplimiento. No les interesa el “ardor” de la Palabra, sino la exactitud de las rúbricas. No se preguntan por una teología y una espiritualidad abrazante, sino por la “sana doctrina”.

¿Cómo escapar de tal influencia? ¿Cómo construir y vivir una fe cálida? ¿Puede ser la Pascua un tiempo bueno para activar la vivencia de una fe de mayor calidez? ¿No es la Pascua el tiempo en que se activa la vivencia de la resurrección y esta no se puede entender como una realidad fría? ¿No percibimos esta calidez en los relatos de resurrección más allá de sus peculiaridades e interrogantes no resueltos?

La reflexión y el retiro pretenden animar, empujar al encandilamiento del resucitado, al brillo en los ojos de quien entiende que aquí se está hablando de amor. ¿Puede el amor ser una realidad fría?

 

1. La casa de mi amigo

 

         Allá por los años 70, Ricardo Cantalapiedra publicó un disco que se escucharía en todas las parroquias. Una de sus canciones más celebradas, que aún recordamos, fue “La casa de mi amigo”:

 

La casa de mi Amigo no era grande;
su casa era pequeña.
En la casa de mi Amigo había alegría,
y flores en la puerta.

A todos ayudaba en sus trabajos;
sus obras eran rectas.
Mi Amigo nunca quiso mal a nadie;
llevaba nuestras penas.

Mi Amigo nunca tuvo nada suyo;
sus cosas eran nuestras.
La hacienda de mi Amigo era la vida;
amor era su hacienda.

Algunos no quisieron a mi Amigo;
le echaron de la tierra.
Su ausencia la lloraron los humildes;
penosa fue su ausencia.

La casa de mi Amigo se hizo grande,
y entraba gente en ella.
En casa de mi Amigo entraron leyes,
y normas y condenas.

La casa se llenó de negociantes,
corrieron las monedas.
La casa de mi Amigo está muy limpia,
pero hace frío en ella.

Ya no canta el canario en la mañana,
ni hay flores en la puerta.
Y han hecho de la casa de mi Amigo
una oscura caverna,
donde nadie se quiere ni se ayuda,
donde no hay ya primavera.

Nos fuimos de la casa de mi Amigo,
en busca de sus huellas.
Y ya estamos viviendo en otra casa:
una casa pequeña,
donde se come el pan y se bebe el vino
sin leyes ni comedias.

Y ya hemos encontrado a nuestro Amigo,
y seguimos sus huellas,
y seguimos sus huellas.

 

  • En casa de mi Amigo había alegría: es un presupuesto de un cierto romanticismo. La alegría es escasa en las narraciones evangélicas, aunque asoma. Presuponer un Jesús alegre es lícito, bienintencionado.
  • Sus cosas eran nuestras: ciertamente. Y sin duda esa entrega fue causa de sencillas y profundas alegrías para Jesús y para sus paisanos.
  • Penosa fue su ausencia: lo echaron pero se quedaba más adentro porque Jesús supera el mecanismo del amor rechazado: aunque se le rechace, él sigue siendo fiel.
  • Entraron leyes y condenas: es cierto, sigue siendo cierto. Pero entraron también gentes entregadas, humildes, bienhechoras, misericordiosas. Y siguen ahí; a veces sufriendo.
  • Hace frío en ella: lo hace, pero menos que nunca. Porque hay quien se empeña en encender un “fueguito” (como diría E. Galeano) en su entorno para que la fe se viva en el regocijo de la alegría.
  • Donde no hay primavera: la hay, por más que, a veces, haya creyentes instalados en el invierno, en una Cuaresma perpetua. No estamos en una agonía, sino en un parto, dice el Papa.
  • Nos fuimos de la casa de Amigo: nos hemos quedado sufriendo a veces, sintiendo el frío de las afueras, anhelando más calor. Y vamos consiguiendo briznas de alegría que alimentan nuestra fidelidad. Y creemos que no es estéril este camino.
  • Y seguimos sus huellas: cada uno sigue como puede. Y él nos acogerá “como a ladrones arrepentidos” (que decía el abad de Thiberine), como a personas que quizá no supieron ver del todo en Jesús a su mayor motivo de alegría, la voz alegre del novio que canta al amor.

 

2. La luz de la Palabra

 

«Haré que en las ciudades de Judá y en las calles de Jerusalén enmudezcan las voces alegres de fiesta, las voces del novio y de la novia, pues todo el país quedará desolado» (Jer 7,34; 16,9; 25,10; 33,11).

         «El que tiene la novia es el novio; en cambio, el amigo del novio, que asiste y lo oye, se alegra con la voz del novio; pues esta alegría mía está colmada» (Jn 3,29).

 

         Cuando Jeremías quiere mostrar la desolación que va a acompañar al Jerusalén infiel y a los mismos paganos que zahieren a Jerusalén le anuncia la mudez de un país sin bodas, que es lo mismo que un país sin amor. La desolación ahuyenta el canto y un silencio de muerte se cierne sobre el país similar castigo a la gran Babilonia en Ap 18,23). De ahí viene la novedad del evangelio de Juan: con Jesús, ha vuelto al país el gozo del amor; escuchando su voz, vuelve la alegría y el amor al corazón devastado. Él es el novio que se ha llevado a casa a la esposa desolada, al pueblo enmudecido. Él ha sido un buen levir (Jn 1,27).

         ¿Cómo suena esa voz del novio que ha vuelto a la tierra como profecía de gozo y de futuro?

  • Voz que anima: con frecuencia y de forma explícita, escuchamos a Jesús decir en el evangelio: “¡Ánimo, no tengáis miedo!” (Mt 17,24; Mc 6,50). Y al animar, construye la fe porque, según los evangelios, lo opuesto a la fe es el miedo, la débil adhesión. El camino cristiano necesita ánimo para ser cálido. El desaliento enfría la fe, la hace glacial. Contando con el ánimo de Jesús podemos pensar en una fe animosa y vibrante, enamorada incluso.
  • Voz que consuela: que pregunta “¿Por qué lloras?” (Jn 20,14-15) y consuela de manera explícita a quien está en desamparo: “¡No llores!” (Lc 7,13). Un Jesús que proclama que tienen suerte los que lloran porque mitigan sufrimientos (Mt 5,5). Un Jesús que mezcla su consuelo a nuestras lágrimas hasta creer posible la alegría inarrebatable (Jn 16,22). Un consuelo alentador capaz de generar gozo.
  • Voz que increpa: que se enfrenta a los desajustes del alma (espíritus inmundos: Mt 17,18; Mc 1,25; 924; Lc 4,35; 9,42; el mismo Pedro: Lc 9,33). No es la voz de quien pasa por encima de lo real, de la mostrenca realidad, sino que cuenta con ella porque una fe cálida sin realismo es algo artificial y blandengue. Visión recia de la realidad para una alegría fuerte.
  • Voz que grita: porque, por lo que sea, Jesús ha alzado la voz gritando (Jn 7,28.38; 11,43; 12,44). También hace falta la advertencia y el grito para que la cordialidad escape a la superficialidad. Sobre todo, es necesario escuchar el grito del pobre, del excluido, de aquel cuya factura de justicia no ha sido pagada. Porque una alegría que no cuente con los humildes no solamente es una alegría incompleta, sino también falsa.
  • Voz resucitada: ya que la voz del resucitado es voz de fraternidad (Mt 28,10), de acompañamiento (Mt 28,19), de envío (Mt 16,15), de Palabra y pan compartidos (Lc 24), de paz y de perdón (Jn 20,23). Voz nueva para una alegría nueva a la que siempre habrá que recurrir cuando la grisura y la niebla velen la mirada y el corazón del creyente, voz sin la que la comunidad cristiana andaría perdida.

 

3. Reflexión

 

         Vamos tratar de ahondar a través de la reflexión queriendo enriquecer la vivencia de la fe:

 

a)    Una lectura cálida de la Palabra: la Palabra es un texto del “alma”. Ha sido escrita no solo por manos que manejan una pluma, sino por almas que vibran. Si no se conecta con esa vibración, no se ha llegado a su verdadero valor. Una Palabra vibrante, “perfumada”, abrazada como se abraza a quien se ama. Sin esto, la lectura puede ser muy técnica, muy acertada, muy bien explicada, pero no hará “arder” el corazón (Lc 24,32), porque ella ha sido escrita para abrasar entrañas, para suscitar anhelos, para alimentar amores.

b)    Peligro de frialdad teológica: es el que tienen todos los sistemas, desde los sencillos (catecismos) hasta los complejos (arduas cristologías). No menospreciamos su valor de adoctrinamiento, pero, al ser tan fríos y tan en la mano del poder, pueden terminar por ser generadores de una fe sociológica más que de una fe opcional. Algo no ve bien cuando uno percibe que la doctrina y el evangelio no encajan bien.

c)     Flexibles para ser cordiales: un valor englobante que acompaña la cordialidad y calidez de la experiencia creyente es la flexibilidad. Sin ella la puerta de la condena se abre a un abismo de negrura. No es flexibilidad pasar de todo y situarse en la superficialidad. Es ponerse en la piel del otro y pensar que cada uno elabora sus experiencias básicas de la fe como bien puede. Por eso, la inflexibilidad que puede abocar en fanatismo lleva al creyente a situaciones sin salida. Ante situaciones complejas, la “ingenua” pregunta de “¿Qué haría Jesús?” puede ser de gran ayuda.

d)    La calidez que brota del ser pueblo: algo que difícilmente se siente cuando se está instalado en el sistema, cuando se anhela ser dirigente, cuando se tiene espíritu de casta. Las alegrías del ser pueblo son humildes, cotidianas muy de tejas abajo. Pero en su sencillez anida su autenticidad. Una fe alejada del pueblo se ensombrece mientras que si se une a la vida de los sencillos hace brotar con facilidad la alegría, las ganas de vivir y las ganas de creer. Quizá la frialdad le ha venido a la fe por su alejamiento del pueblo, por el rechazo de las humildes alegrías del pueblo y del cuerpo.

e)    Vivencia cálida de la pertenencia a la casa común: algo que explotamos poco, pero que es una auténtica reserva de espiritualidad. El gozo del amanecer siempre nuevo, de la luz cuyo brillo no se repite, del aire que llena de novedad cada vez que se le respira, de los colores nunca gastados y siempre renovados, de la limpidez del agua siempre dispuesta al servicio, de los hermanos árboles siempre fieles en su acompañamiento de años, del silencio de las rocas que es su manera de decirnos que están vivas. ¿Cómo resistiremos los hielos del alma sin esta clase de alegrías?

 

 

4. Caminos cotidianos

 

         El Papa Francisco es un teólogo pastoralista que desciende a lo cotidiano. Vamos a tomar de él algunas sencillas orientaciones que tienen, todas, el denominador común de la vivencia y trasmisión de la fe desde la alegría (tomamos las citas de la Evangelii Gaudium de 2013):

 

  • Amabilidad: habla el Papa de la “predicación” que se hace en el diálogo de tú a tú con la persona. Y dice: “En esta predicación, siempre respetuosa y amable, el primer momento es un diálogo personal, donde la otra persona se expresa y comparte sus alegrías, sus esperanzas, las inquietudes por sus seres queridos y tantas cosas que llenan el corazón” (EG 128). Es un diálogo sobre la propia fe que brota del corazón. Sin esta cordialidad amable, la predicación de tú a tú resulta imposible.
  • Paciencia: la impaciencia lleva al “empujón” y al desasosiego. No es compatible con una vivencia gozosa de la fe. Todo se tensa. Dice EG 44: “Por lo tanto, sin disminuir el valor del ideal evangélico, hay que acompañar con misericordia y paciencia las etapas posibles de crecimiento de las personas que se van construyendo día a día”. La paciencia no es la indolencia, postergar las cosas sine die. Es creativa y fiel sin avasallamiento.
  • Educación: la fe cálida no es un fervorín pasajero, un deseo sin raíces. Se hace necesaria para su logro una educación crítica y en valores. Dice EG 64: “Se vuelve necesaria una educación que enseñe a pensar críticamente y que ofrezca un camino de maduración en valores”. La fe gozosa necesita también un espacio cultivado de formación porque la fe sin formación deriva, con frecuencia, por derroteros de credulidad.
  • Cordialidad: dice EG 70 que una de las causas de la ruptura en la transmisión de la fe es “la ausencia de una acogida cordial en nuestras instituciones”. La cordialidad es puerta que abre al gozo y la alegría. Si esa puerta está cerrada a cal y canto los temas de la fe se vuelven hoscos y la pertenencia se debilita hasta la ruptura. Fácilmente nos viene a la memoria el recuerdo de las personas religiosas que fueron cordiales y presentaron el hecho de creer de modo grato y amable.
  • Sencillez: con agudeza dice EG 232: “Hay políticos —e incluso dirigentes religiosos— que se preguntan por qué el pueblo no los comprende y no los sigue, si sus propuestas son tan lógicas y claras. Posiblemente sea porque se instalaron en el reino de la pura idea y redujeron la política o la fe a la retórica. Otros olvidaron la sencillez e importaron desde fuera una racionalidad ajena a la gente”. La sencillez no habría de ser desplazada por la mera racionalidad. Esta es compatible con aquella si no se pretende medrar a costa del otro.
  • Escucha: para la EG la escucha es imprescindible en los dinamismos de la transmisión de la fe. Dice en el nº 150: “También en esta época la gente prefiere escuchar a los testigos: tiene sed de autenticidad […] Exige a los evangelizadores que le hablen de un Dios a quien ellos conocen y tratan familiarmente como si lo estuvieran viendo”. Solamente se puede pretender ser escuchado si uno es, a su vez, escuchante de la Palabra y de la persona. Una fe escuchada es una fe gozosa; una fe no escuchada termina por alejarse del evangelio.
  • Festejo: dice EG 24 que “la comunidad evangelizadora gozosa siempre sabe «festejar». Celebra y festeja cada pequeña victoria, cada paso adelante en la evangelización. La evangelización gozosa se vuelve belleza en la liturgia en medio de la exigencia diaria de extender el bien. La Iglesia evangeliza y se evangeliza a sí misma con la belleza de la liturgia, la cual también es celebración de la actividad evangelizadora y fuente de un renovado impulso donativo”. Una celebración no “festejante”, poco flexible, ritualista, nos aleja de la fe cálida. Por el contrario, celebrar semanalmente la fe habría de contribuir a la percepción de una fe que reconforta el corazón, que alimenta el anhelo de un Jesús vivo y que incide en la vida.
  • Cansancio feliz: puede llegarse a vivir la fe, dice EG 82, con “acedia”, con pereza, con flojera, sin tensión vital interior: un cansancio por vagancia, valga la paradoja. “No se trata de un cansancio feliz, sino tenso, pesado, insatisfecho y, en definitiva, no aceptado”. Es preciso superar esa situación, no caer en ella, para soñar con una fe cálida. Las experiencias de fe, lo sabemos, se contagian si son animosas y también si no lo son. Tener a raya el desaliento es imprescindible para soñar con una fe cálida.

 

Conclusión

 

         El tiempo de Pascua es una buena oportunidad para plantearse y revitalizar la experiencia de una fe gozosa. Que el aleluya que cantamos tenga raíces en el regocijo del corazón, Que percibamos la caricia amorosa con la que el abrazo de Jesús resucitado reconforta nuestra alma. Que nunca deje de manar la fuente de la alegría.

 

RETIRO DE CUARESMA 2024

 

Retiro en Cuaresma 2024

 

SANANDO HERIDAS 

 

Al llegar la Cuaresma, la llamada a la conversión resuena en la Iglesia. Puede tener el peligro de ser algo cíclico que deriva en rutina. Pero también es posible hacerle un sitio en el itinerario del creyente. No es un mero deseo; también es una posibilidad.

Hay quien define la conversión como una “revolución del alma” (J. Baggini). Podría parecer excesivo, pero de algo de eso se trata: apuntar al corazón, a la interioridad y creer que la propuesta de modificación, de cambio, que hace el evangelio tiene que ver con uno. No es un brindis al sol, sino un dardo al propio corazón.

La concreción para la conversión que proponemos este año es SANAR HERIDAS. Cualquiera sabe que las heridas son elemento de la más concreta realidad. Están siempre ahí, con mayor o menor profundidad, con diverso grado de dolor, con repercusiones de distinto calado. Pero están ahí. Mejor encararlas que obviarlas.

Y también está comprobado que, en parte al menos, podemos ejercer con ellas una acción sanante, mitigadora, curativa. Eliminar las heridas no está en nuestra mano; sanarlas sí en la medida en que nos inclinemos a ellas, las acojamos, las cuidemos.

Comenzar la Cuaresma de este año con un planteamiento tal puede ser algo más que un anhelo. Puede ser tomarse en serio la capacidad “samaritana” de la vida y de la fe ante la evidente presencia de las heridas en nuestra vida. Pasar del deseo al trabajo con ellas; he ahí el desafío y el marco de la conversión.

 

1. Llegó con tres heridas

 

         Vamos a comenzar trayendo a colación el conocido poema de M. Hernández en su “Cancionero y romancero de ausencias”.

 

Llegó con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.

 

Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.

 

Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.

 

  • Nos resulta raro contemplar a Jesús con heridas (excepto las de su pasión). Pero en él está la herida del amor (Mt 23,37), la de la vida (Jn 10,10-11) y, por supuesto, la de la muerte (Jn 19,30). La piedad lo ha entendido como “varón de dolores” (siguiendo a Is 53,3). Pero, en realidad, es “varón de heridas” porque está herido de amor, del amor “más grande” del que se da a quienes se ama (Jn 15,13-17).
  • Con las tres heridas viene también la persona de hoy: la de la vida, porque la vida no se detiene a pesar de las heridas (testimonio de J. R. Amores, alcalde de La Roda: “La ELA me ha hecho mejor persona”); la del amor (Fiducia supplicans); la de la muerte (36 conflictos armados).
  • Con las tres heridas vamos cada uno de nosotros: la de la vida, porque construir buena relación no es siempre camino fácil, contiene heridas; la de la muerte, porque van apareciendo las goteras personales que apuntan en esa dirección; la del amor, porque, mal que bien, nos apoyamos y acompañamos con innegable aprecio cercano al cariño.

 

2. La luz de la Palabra

 

         Hay palabras que resumen todo el evangelio. Una de ellas es “curar”. Por eso Jesús, cuando envía a anunciar el reino envía a curar: “Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios” (Mt 10,8). Curar, en cualquiera de sus dimensiones, es evangelizar. Quien cura hace la obra de Jesús, la obra del mismo Dios (Os 6,2).

  • Jesús cura las heridas de la vida: cuando esta se ha reducido a los mayores límites (viuda de Naím: Lc 7,11-17). Y por ello, él tiene claro que lo suyo es venir “para que tengan vida y la vida sobreabunde” (Jn 10,10). Él quiere taponar las heridas por las que se va la vida hasta que llegue el mundo sin dolor, sin llanto, sin luto (Ap 21,4).
  • Jesús cura las heridas del amor: y encaja el amor que no es correspondido por egoísmo (joven rico: Mc 10,17-30) o por debilidad (Pedro: Lc 22,32). Y es curado en las mismas heridas de amor que él sufre por el rechazo familiar y que quedan enjugadas con el consuelo que le aporta su “otra familia”, la de quienes cumplen el designio (Mc 3,31-35).
  • Jesús cura las heridas de la muerte: las cura en su propia madre (“una espada truncará tus anhelos”: Lc 2,35) y en él mismo (anuncios de la pasión: Mt 16,21-23). Enfrentado a su propia muerte, buscando luz en sus propias tinieblas (transfiguración: Mc 9,2-10).

Así que se puede concluir con 1 Pe 2,25 que “sus heridas nos han curado”. La paradoja amplía el sentido. Como se dice en el himno “Oh cruz fiel”: “la gracia está en el fondo de la pena y la salud brotando de la herida”. La curación de Jesús es su evangelio; la mejor medicina para cualquier herida de la vida y de la fe.

 

3. Profundizando

 

         Vamos a intentar dar algunas pistas que nos ayuden a profundizar en el tema. Quien sabe de la profundidad, sabe de Jesús. Y el tema de las heridas, tan amargo a veces, puede ser luminoso. Dice J. L. Chretien: “la fragilidad humana, en lugar de ser lo que se debería vencer, e incluso eliminar, puede convertirse en la grieta o en la gracia que la transfigura”.

  • Las heridas nos llevan a la apertura: puede que, en algún caso, las heridas no lleven a cerrarnos, a aislarnos. Pero las experiencias de vulnerabilidad llevan aparejadas preguntas, a veces irresolubles, que interrogan sobre el sentido de la vida. Si ocurre esto, las heridas nos hacen un gran beneficio porque una persona aislada es como una realidad muerta. Las heridas no solamente abren la carne, abren, así mismo, el corazón, el alma, el sentido. 
  • Las heridas nos llevan al encuentro: porque estamos hablando de experiencias fuertes, las heridas pueden llevarnos al encuentro con el otro que ha sufrido semejante fragilidad o que, sin haberla sufrido en la propia carne, las sufre en la convivencia. Del encuentro de quien sufre similares heridas brota, con frecuencia, la luz y la compasión. Las heridas del apaleado en el camino llevan al encuentro con el samaritano. Y, cuando ese encuentro se produce, la tiranía de las heridas aminora. 
  • Las heridas nos llevan al asombro: porque al acarrear preguntas, las heridas nos abren a respuestas insospechadas. Uno ve, a toro pasado,, que tiene comportamientos que no los habría tenido como los tiene ahora después de una experiencia de fragilidad. Y así vemos el asombro de percibir que las heridas, por duras que sean, no matan la ilusión y el deseo de vivir; a  veces lo confirman y aumentan. Y aparece el asombro enorme de percibir que la herida, a veces, nos ha humanizado y ha logrado hacernos sensibles a algo que desconocíamos. 
  • Las heridas nos llevan a la humildad: no tanto a una humildad religiosa o moral, cuanto existencial. Nos ayudan a vernos en la verdadera talla de lo que somos abriéndonos a una correcta autoestima que no humilla ni ensoberbece. Eso puede ayudarnos a percibir también a los demás con una humildad (una verdad) que no adula y que tampoco menosprecia. Las heridas nos recuerdan que, aunque somos barro bendecido,del barro venimos. 
  • Las heridas nos llevan al acompañamiento:porque, al percibir que la curación de muchas heridas no está en nuestras manos, entendemos que la tarea es otra: acompañarnos y sostenernos como necesita un brazo amable que le evite tropezar, ir más abajo aún. Y todos sabemos que una herida acompañada es una herida de menor virulencia experimentando, ala vez, la posibilidad de una vida en gozo aunque las lágrimas estén ahí. 
  • Las heridas nos llevan al infinito:ya que, por muchas que sean las lágrimas, no logran impedir del todo ver la luz del sol y entender que esto frágil tiende a horizontes de plenitud irremediablemente. Aunque parezca una exageración, nuestras lágrimas nos conectan con las del Jesús (Jn 11,33) y con las del odre en que Dios las guarda (Sal 56,8). 

 

4. Nuestras heridas cercanas

 

         ¿Y cuáles nuestras heridas más cercanas, aquellas que nos urgen cada día?

  • La herida de la soledad: es, quizá, la principal herida del yo, aquella que brota de la honda dificultad para entregar el corazón. Y a ello se le añaden las dificultades de relación que provienen del carácter diverso, de la distinta visión de la sociedad, de la mirada diferente. De tal manera que, para sobrevivir, nos instalamos en la soledad. Herida profunda que va minando el alma. Herida que demanda ser acompañada con paciencia y entrega. 
  • La herida de la imposibilidad: que acompaña crecientemente a la vivencia familiar, comunitaria. Una resignación que lleva al indefectible “no hay nada que hacer”. Por ser tal, es una herida a la que no se pone remedio, porque las cosas son como son. Demanda esta herida acompañarla con la ilusión renovada y la creencia firme de que siempre pueden germinar brotes verdes en cualquiera de nuestros desiertos. 
  • La herida del aislamiento: que tanto afecta a la Iglesia. Herida que se alimenta del autismo que es la certeza de que como la sociedad no noscomprende, nuestros caminas de diversifican y termina el creyente siendo un “marciano”, un aislado en el conjunto social. Herida que se cura con diálogo, con pacto, con cercanía que no renuncia a las posibilidades de convivir con lo diverso. 
  • La herida de la exclusión: que es la que más afecta a la sociedad, polarizada, como decimos ahora. Herida que la llevan quien excluye y quien es excluido, ambos dos. Herida que necesita insistir enque la dicha se consigue mejor cuando el abrazo es amplio que cuando se le da a alguien la espalda. Herida que, si se atiende, pone al fráil en el ámbito de lo social y a quien excluye le libera de la certeza de que su eclusión social es “el pecado más grande”, del que habla el evangelio (Mt 12,21-33). 

 

5. Itinerario

 

  • 19-24 de febrero:ponemos ante Jesús nuestras dolencias más personales, nuestras soledades y silencios. Escribe cada día una herida que te acompaña. Preséntala en la oración. 
  • 26 febrero a 2 de marzo: ponemos ante Jesús las heridas fraternas de las que hacemos parte. Escribe cada día una herida fraterna y preséntala en una petición de vísperas.
  • 4-9 de marzo:ponemos ante Jesús las heridas familiares que conocemos. Las escribimos, día a día, y pedimos en Laudes por ellas.
  • 11-16 de marzo:ponemos ante Jesús las heridas eclesiales, el aislamiento, los abusos a menores, la voracidad económica. Escribimos, si hay lugar, una petición para la eucaristía diaria.
  • 18-23 de marzo: ponemos ante Jesús las heridas sociales, las exclusiones, la polarización, los agravios injustos. Ponemos esas heridas en el cartel de anuncios con el deseo de que sean heridas curada.

 

Conclusión

 

         La Cuaresma, lo sabemos, es un fuerte toque de atención a la comunidad cristiana. El tema de las heridas y su acompañamiento puede ser una concreción que nos ayuda este año a dar más hondura a nuestra vivencia cuaresmal. Jesús, el que cura y acompaña nuestras heridas, nos muestra una senda. Si escuchamos la voz, no endurezcamos el corazón (Sal 94,7).

 

 

RETIRO EN NAVIDAD 2023

Retiro en Navidad 2023

 

DIVINOS SON

QUIENES REVELAN EL MISTERIO 

 

Cuando la vida nos va colmando de años, aparece con más claridad la certeza de que hay cosas que no se ven, pero están; hay músicas que no se oyen, pero suenan; hay palabras que no se dicen, pero llegan a los labios. Es la realidad evidente del misterio, aquello otro que nos es ajeno, pero que nos compone.

Muchos humanos, antes y ahora, se han adentrado en esas aguas profundas. Muchos creyentes lo hemos intuido, a nuestra medida. Es un río ancho el que discurre hacia las fuentes del misterio. Jesús ha sido un enfrentado al misterio. Él ha hecho un enorme esfuerzo por renombrarlo, por describirlo en actitudes comunes, por sugerirlo sin pretensiones de adoctrinamiento ideológico, por vivirlo en maneras que únicamente quedan sugeridas por las páginas evangélicas. Ha situado su vida en el torbellino de lo que existe, en el tejido de circunstancias de los días, en el mundo de relaciones que son las que más marcan la senda a seguir. Y ahí ha vivido al ritmo de la fuerza de Dios, ímpetu y dinamismo de aguas escondidas. Ahí ha revelado el misterio.

Es que algo de eso es la Navidad: un tiempo para confrontarse con el misterio y un tiempo para recordar y celebrar al Jesús revelador del misterio, hombre que se ha lanzado al río del misterio y nos lo ha hecho cercano y asequible. “Oh, gran misterio y admirable sacramento”, decían los antiguos cuando celebraban la Navidad: misterio que nos lleva a Jesús y a Dios, sacramento que nos señala en la dirección de lo profundo.

Que la Navidad de este año pueda ayudarnos a celebrar con gozo el amparo del Jesús que nos revela el misterio y a vivir con alegría la certeza de que, por Él, el misterio y nuestra vida, por sencilla que sea, se mezclan. No nos apeemos de los anhelos espirituales; no dejemos de cultivar la mística, la profundidad.

 

1. Divinos son

 

         Comenzamos con poema sencillo que puede ayudarnos a captar mejor esta espiritualidad del misterio que, como el viento, no sabemos de dónde viene ni a dónde va, pero escuchamos su rumor:

 

Divinos son los dedos

que apuntan al lucero de la mañana,

porque, en realidad,

revelan el abrazo del día.

 

Divinos son los pasos

que tienden al horizonte

porque, en realidad,

revelan el país de los sueños.

 

Divinos son los brazos

que abrazan sin temor

porque, en realidad,

revelan amparos.

 

Divinos son los labios

que hablan de bienaventuranzas,

porque, en realidad,

revelan la dicha.

 

Divinos son los ojos

que miran con brillo

porque, en realidad,

revelan el alma.

 

Divinos son los corazones

que cantan en la noche

porque, en realidad,

revelan la esperanza.

 

  • Revelar a Dios en cada amanecer: porque cada amanecer es el sacramento de la vida, la certeza de que Dios hace camino con nosotros, la seguridad de que sembrar es siempre posible. Son reveladores los locutores que en la radio anuncian el día, los panaderos que sirven el pan recién hecho, los sanitarios que cogen el turno viniendo a decir que sigues acompañado en el nuevo día. Reveladores de Dios en el amanecer que es sigo de continuidad de vida.
  • Revelar a Dios en los sueños: porque el camino humano es ir en busca de sueños que unas veces se cumplen y otras no. Pero sin sueños estaríamos muertos. Revelan a Dios quienes tienen el sueño de sobrevivir, el sueño de amar, el sueño de una sociedad más igualitaria: los gobernantes que se dan al pueblo (Aníbal Vázquez), los aventureros que escalan cumbres (Edurne Pasabán), los emigrantes que cruzan desiertos (familia Valdayo).
  • Revelar a Dios amparando al débil: porque Dios encuentra un cauce en la tarea de quien ampara, de quien se convierte en apoyo para quien flaquea, de quien escucha “amantemente” las peripecias del duro vivir de los pobres. Amparar a sin techo (Alasca), a indocumentados (servicio de extranjería de Cáritas), a personas con riesgo de soledad (grupos de visita a residencias). El amparo es lenguaje revelador del Dios que ampara.
  • Revelar a Dios contribuyendo a la dicha: porque, según Jesús, Dios nos ha creado para la dicha. Contribuir a ella mediante la curación (gemelas Kadije y Cherive), alimentación (Mary’sMeals) o el trabajo (Ángel Gaitán) son maneras de revelar a Dios poniendo como cimiento el nivel de dicha posible logrado con ayuda de quien “revela” a Dios
  • Revelar a Dios con una mirada distinta: porque el tema de la mirada distinta es la puerta que puede abrir, entre otras cosas, a una valoración distinta de la realidad de Dios. La mirada desde las lágrimas de quienes están a punto de naufragar (Open Arms), la mirada de quienes encuentran ánimo tras una pérdida (grupos de duelo), la mirada de quienes encuentran refugio (para mujeres maltratadas) son miradas que desvelan al Dios que nos mira de manera amorosa y benigna (1 Cor 13,12).
  • Revelar a Dios cantando en la noche:porque, incomprensiblemente, hay quienes cantan en la más oscura noche de su vida: El proyecto CAMFED (Campaign for Femal Education) para la educación y empoderamiento de las niñas africanas ha sido galardonado con el Premio Princesa de Asturias de Cooperación Internacional 2023.

 

2. Jesús, revelador del misterio

 

         Podríamos recoger muchos textos que nos acercan a la realidad de un Jesús revelador del misterio. Espiguemos algunos pasajes de las primeras páginas del evangelio de Juan:

 

  • «Sí, os los aseguro: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar por el Hijo del Hombre» (Jn 1,51).

 

Alude al sueño incubatorio que tuvo Esaú cuando marchaba al destierro (Gen 28,10-17) que responde a una pregunta: ¿Está Dios conmigo en este abandono o no está? Por el sueño se responde que sí está. Pues bien, con Jesús tocamos la realidad, no es un sueño. En él hemos palpado al misterio (1 Jn 1,2), en él se ha revelado palpablemente que Dios acompaña nuestra vida. Guardados por el misterio. Eso celebramos en la Navidad.

 

  • «Ya no creemos por lo que tú nos cuentas, nosotros mismos lo hemos estado oyendo y sabemos que éste es realmente el salvador del mundo. Al cabo de dos días salió de allí para Galilea» (Jn 4,42-43).

 

Rememora el pasaje el texto de Oseas 6,2: “En dos días nos volverá a la vida y al tercero nos hará resurgir”. En un breve tiempo Jesús ha abierto la puerta del misterio a los samaritanos. Basta ponerse en actitud de acogida para que lo que se escapa comience a aparecer. El tiempo de Navidad es breve pero puede ser intenso para acercarse a Jesús.

 

  • «Así, igual que el Padre levanta a los muertos dando vida, así también el Hijo da vida porque los quiere” (Jn 5,19a)».

 

El oficio de Jesús es levantar muertos para darles vida. Jesús nos da vida mostrándonos un perfil nuevo de Dios: el Dios que comparte y ampara nuestros caminos. La Navidad puede darnos vida, impulsar la búsqueda de un Dios nuevo, distinto.

 

  • «El Padre que me envió va dejando testimonio en mi favor» (Jn 5,37).

 

Jesús goza del amparo del Padre y desvela que toda criatura goza de similar amparo. Navidad es buen tiempo para cultivar la certeza de que nuestra vida está guardada por las manos de Dios.

 

  • «Trabajad no por el alimento que se acaba, sino por el alimento que dura dando vida definitiva, el que os va a dar el Hombre, pues a este, el Padre Dios lo ha marcado con su sello» (Jn 6,27).

 

Jesús está capacitado para darnos el alimento de una espiritualidad que enriquece y perdura. El Padre lo capacita y lo apoya. Navidad nos desvela que por el cauce de Jesús, nuestra vida está bien orientada.

 

  • «Yo vivo por el Padre y el que me come vivirá por mí» (Jn 6,57).

La vida de Jesús es alimento para quien bucea en el misterio. Orientarlo todo desde él no puede sino producir frutos positivos de evangelio. En Navidad cultivamos el deseo de alimentarnos de ese Jesús del evangelio que nos enamora.

 

  • «Yo no estoy solo; estamos yo y el Padre que me mandó» (Jn 7,16).

 

Jesús tiene la certeza de que el Padre está con él aunque las cosas vengan mal dadas.  En Navidad podemos ahondar en esa misma certeza hasta lograr ver con gozo que nuestra vida nunca está sola.

 

  • «Propongo exactamente lo que me ha  enseñado el Padre. Además, el que me ha enviado está conmigo; no me ha dejado solo; la prueba es que yo hago siempre lo que le agrada a él» (Jn 8,29).

 

Hacer lo que agrada al Padre, el designio de reconciliación (según Ef y Col). Navidad también es tiempo para reconciliaciones, sencillas y profundas. Una Navidad que agrade a Dios. A algo de eso hay que aspirar, aunque nos venga grande.

 

 

 

3. Reflexión espiritual

 

  • Algo que se esconde y huye:

         El discurso teológico suele hablar de Dios con contundencia, diciendo qué es y qué no es, qué quiere y qué no quiere. En realidad, habla de algo que se escapa al razonamiento humano y, cuanto más se le encasilla, menos probablemente se atina. Por eso hay quien postula el cambio mismo del vocablo “Dios”, por patriarcal y reaccionario. No hay que olvidar que los vocablos los creamos los humanos. Y, por ello, son susceptibles de cambio, siempre que tal variante deje más claro lo que queremos decir. No hay que temer tocar el vocablo “Dios”.

         Efectivamente, queremos hablar de algo que se esconde y huye. Y lo hacemos con los argumentos de una pretendida ciencia que encasilla todo en beneficio de una supuesta claridad y comprensión. Aunque las bibliotecas de teología y espiritualidad sean inmensas, eso no aumenta el conocimiento del misterio de Dios que escapa en la metáfora de un “ciervo” huidizo, según san Juan de la Cruz. Solo la mística ha caminado anhelante tras un Dios que no se deja atrapar.

         En Navidad nos situamos ante ese misterio en actitud espiritual adorante. O sea: no intentamos tanto comprender cuanto “estar”, quedarse, entrever. Queremos que percibir que eso que se nos escapa hace parte de lo nuestro, convive con nosotros, nos toca dentro. “Un no sé qué que queda balbuciendo…”, decía el místico. La Navidad es, como todo lo grande de la fe, una tarea para la mística.

 

  • Trabajos desveladores:

Podría pensarse que ir desvelando el misterio es una tarea rara, para gente especial. Nada de eso: el misterio se revela en lo cercano, en lo cotidiano, en lo relacional. Se trata, por ejemplo, de desvelar el bien que anida en los pliegues del alma de cada persona y de cada ser. Velado por mil limitaciones adheridas, se puede llegar a la falsa convicción de que el núcleo constitutivo de las cosas es el mal. Esto es un error: lo que existe tiende al bien, aunque haya de librar una batalla larga y penosa para sacar ese bien del magma del mal. Enorme y deseada pretensión.

         Otro trabajo revelatorio es ahondar en la capacidad de fraternidad social que anida en el ser humano e, incluso, la tendencia a una especie de hermandad cósmica que mueve a todos los seres. Empuja a luchar a brazo partido contra la siembra de prejuicios que llega a producir la desastrosa cosecha de certezas inamovibles que denigran a la persona. Anima a acoger-proteger-promover-integrar al distinto creyendo que la orientación a la fraternidad es primigenia. Quiere hacer ver que el futuro de lo humano pasa por la “gran batalla” de la fraternidad cívica.

         Además, el misterio se desvela en la certeza de la interdependencia de los seres. La autorreferencialidad puede llevar a pensar que uno es más creyéndose autosuficiente. Esta falsa conclusión está muchas veces alimentada por estereotipos consagrados por el rechazo social. Quiere el evangelio remover esa pesada losa para que la vida no quede sofocada por la toxicidad de un aislamiento que lleva a chocar con el muro del sinsentido.

         Es posible que todo esto nos diga poco,  que no haga vibrar nuestro interior. Pero de algo de eso se trata cuando vivimos la Navidad un poco despegados del ruido y del folclore externo navideño. Se necesita otra mirada sobre todo esto. ¿Estamos dispuestos a lanzarnos por estos caminos? ¿Lo podremos hacer si seguimos e n los de siempre?

 

  • El Dios revelado por Jesús:

Nuestra mirada a Jesús percibe sus trabajos por revelar un nuevo perfil de Dios como condición necesaria para acoger su propuesta de vida nueva. Efectivamente, sus esfuerzos han querido revelar, desvelar, rasgar los velos, prejuicios, tópicos consagrados, encubrimientos interesados, temores infundados, ideas esclerotizadas, con los que se ha envuelto y ocultado el perfil de Dios. Y ha logrado hacerlo en maneras de comportamiento pegadas a la vida como, por ejemplo, comiendo con pecadores. Dice J. A. Pagola: «Lo que más escandaliza de Jesús no es verle en compañía de gente pecadora, sino observar que se sienta con ellos a la mesa. Estas comidas con “pecadores” son uno de los rasgos más sorprendentes y originales de Jesús, quizá el que más le diferencia de todos sus contemporáneos y de todos los profetas y rabinos del pasado». Estos trabajos de desvelamiento constituyen su conciencia-para-nosotros, su saberse llamado a lo nuestro. Somos nosotros quienes lo percibimos así: revelador, desvelador.

         Por eso mismo, los cristianos no creemos en Dios en general, sino en la manera precisa del Dios revelado por Jesús. Viendo los comportamientos cotidianos de Jesús deducimos el perfil de su Dios: Jesús acoge a pecadores, el Dios de Jesús acoge a pecadores; Jesús elogia la generosidad, el Dios de Jesús es generoso; Jesús ofrece segundas oportunidades, el Dios de Jesús abre la posibilidad de una nueva oportunidad; Jesús sueña con el fin de las penas de los pobres, el Dios parcial de Jesús empuja en la dirección del señorío de los pobres. Y así sucesivamente. En esta traslación de las actitudes de Jesús al perfil de Dios se palpa el carácter revelador de la persona de Jesús.

 

  • Hacer asequible el misterio:

Hablar de todo esto nos parece que es hablar de lejanías. ¿Cómo hace más asequible el misterio?¿Cómo poner una realidad de enormes lejanías al alcance de la mano sin, por ello, limitarlo ni empequeñecerlo? Jesús no rebajó el misterio cuando hizo comparaciones cotidianas, cuando lo situó en los caminos comunes, cuando lo tradujo a un idioma comprensible para cualquiera. Acercar la realidad humana al misterio fue la manera de mostrar que tal realidad incluía la vida en sus modos más elementales, que no había obstáculo que se interpusiera entre el misterio y lo humano.

         Más aún, Jesús desveló algo inusitado y de difícil comprensión para la persona religiosa: que el misterio estaba a nuestro servicio y no al revés, que todas las grandezas del misterio se ponían a los pies de la persona y que ese era su sentido, servir a lo que existe. En sus propios afanes, Jesús desveló los increíbles trabajos del misterio a favor de lo que vive. Solamente desde los torbellinos del amor, desde lo sorprendente de alguien que ama, podrían entenderse estas sendas extrañas.

         Y todo esto se hizo sin apartarse del camino de la sencillez. Una sencillez que ahonda, que rumia en lo interior, que no se queda en la cáscara, ya que si no aboca a la pura magia. De esta manera la vida de los humildes se hizo más llevadera porque, contra toda apariencia, les hizo percibir que aspirar a la dicha desde la pobreza no era una quimera. El misterio servía a la justicia.

         Navidad puede ser un buen tiempo para animarse a vivir el misterio en modos asequibles. No es cosa arcana e intrincada. Quizá sea cuestión, sencillamente, de sembrar el bien. En el libro del Eclesiastés se dice: “Siembra el bien por la mañana y por la tarde, porque no sabes cuál de las dos siembras fructificará; quizá las dos” (Ecl 11,6). Siembra concordia, siembra escucha, siembra disfrute sencillo. ¿No pueden ser estos caminos “navideños de acercamiento al misterio?

 

  • Rasgar velos que ocultan el misterio:

El acceso al “misterio abrupto” de la Navidad no es fácil. No se acerca uno a él por vía de una vivencia superficial y consumista, Es preciso poner más carne en el asador. Quizá se pueda decir que hay que hacer un trabajo de “rasgar velos” porque hemos oscurecido del misterio envolviéndolo en cuestiones que no son el misterio, pero que lo entorpecen. Habrá que cuestionar todas las estratagemas que usamos para ocultar, para entorpecer, para confundir, para oscurecer y poner en juego mecanismos de claridad, de iluminación, de verdad.

Navidad es un misterio de luz que se vive en la luz. Pide que la tiniebla ocupe el menor espacio posible. Pide esfuerzos de  sinceridad, reconocimiento del propio error, lejanía del engaño. ¿Cómo vamos a acercarnos a la luz sin intentar abandonar la zona de sombras? La Navidad nos invita acercarnos desnudamente a la luz desnuda, con la mano tendida a los brazos de Dios que se nos tienden, con un corazón sin recovecos ocultos ante un Dios que ofrece totalmente su ancho corazón.

 

4. Navidad: tiempo de luz

 

  • Tiempo de contemplación ahondada:

Nuestro día a día, tan ajetreado, necesita, de vez en cuando, espacios de respiro, de sosiego, de contemplación. Navidad es un tiempo óptimo para ello: el recogimiento del invierno, la vuelta al espacio familiar, la oración más sosegada, son elementos que ayudan a la contemplación. Aprovechar la Navidad para ahondar en el gozo de la fe es  una posibilidad a la mano.

 

  • Tiempo de experiencias de dentro:

Porque la vida nos lleva a vivir muy en lo de fuera, en la superficie, en lo externo. Navidad es tiempo bueno para hacerse preguntas de calado en el sosiego de la reflexión o de la oración: ¿qué voy haciendo con mi vida? ¿Qué voy dejando de bueno por los lugares por los que paso? ¿Cómo voy entrando, a mi edad, en el secreto del misterio de Dios? ¿Qué vigor real tiene mi seguimiento a Jesús? No nos desalentemos por la amplitud de estas cuestiones Preguntémonos con paz.

 

  • Tiempo de siembra de fraternidad:

Nos cuesta sembrar el bien. Para nosotros, el campo principal de siembra es la fraternidad. Renovemos en Navidad nuestra decisión de sembrar el bien en la comunidad. Este es el rostro principal del misterio que nosotros hemos de desvelar y contemplar.

 

  • Tiempo de gozos simples:

Porque no se puede desvelar el misterio de Dios en la historia sin gozo, sin alegría, sin disfrute. Nosotros vivimos esto en los gozos simples de la vida fraterna, en las alegrías cotidianas de la gente sencilla. Porque el gozo no está en la cantidad, sino en la vivencia del corazón. Demos hondura en Navidad a nuestros gozos sencillos. No nos quedemos en lo meramente exterior. Sepamos leer el brillo del misterio en los ojos de nuestros hermanos/as.

 

  • Tiempo de vida que brota:

Parece que en invierno la vida se retrae, se vuelve sobre sí misma, se encoge. Pero no, crece por dentro para luego explotar por fuera. Si tenemos oportunidad, miremos los campos de trigo o cebada: las hierbitas del grano recién nacido van pintando de verde la tierra. Brota la vida, imparable, nueva. Así es el misterio que revela Jesús: persistente como la llamada del amor, tenaz como quien acompaña fielmente, amigo como quien sostiene con generosidad.

 

5. Itinerario

  • 24-26: contempla las manos de quien apunta a la luz.
  • 27-29: contempla los pasos que llevan a los sueños.
  • 30-1: contempla los brazos que amparan y sostienen.
  • 2-3: contempla los labios que hablan palabras de gozo.
  • 4-5: contempla el brillo de los ojos que llevan a Dios.
  • 6-7: contempla los corazones que suscitan esperanza.

 

6. Conclusión

No dejemos pasar la oportunidad que es la Navidad. Dejémonos envolver por el fascinante misterio que Jesús revela con su vida. Es la mano tendida del Padre que nos acompaña. Apoyémonos en la comunidad para andar estos caminos. Y, con seguridad, la Navidad será un tiempo de gracia y de crecimiento espiritual.