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OTROS TEXTOS

Caminos franciscanos para volver a Jesús

CAMINOS FRANCISCANOS

PARA VOLVER A JESÚS

 

         No cabe duda de que el tema de “volver a Jesús” está de moda. Basta mirar las muchas publicaciones que aparecen con esa idea. ¿Qué es lo que se pretende con este “movimiento”? «Volver a Jesús es reavivar nuestra relación con él. Dejarnos alcanzar por su persona. Dejarnos seducir no solo por una causa, un ideal, una misión, una religión, sino por la persona de Jesús, por el Dios vivo encarnado en él. Dejarnos transformar poco a poco por ese Dios apasionado por una vida más digna, más humana y dichosa para todos, empezando por los últimos, los más pequeños, indefensos y excluidos», dice J. A. Pagola.

         Se trata, pues, de “reavivar”  la experiencia de Jesús, que tiende a “morirse” y que el mecanismo religioso, sin más, no logra mantener viva. Se anhela dejarse “alcanzar” por la persona de Jesús para lo que es necesario hacerle un sitio en el propio centro del yo que tiene que desplazarse para controlar la conciencia aislada, la enfermedad del yo y la autorreferencialidad. No se trata de un convencimiento ideológico, sino de una “seducción”, un quedar atrapado en los movimientos del corazón, no sobre todo, en los razonamientos de la cabeza sabiendo que esa seducción es principalmente por una persona, Jesús y que funciona como todas las seducciones, por un no saber que brota del amor. Y, desde un lado más histórico, es vibrar con algo tan básico como la dignidad de la persona donde se muestra la pasión de Dios y donde verifica la pasión por la persona. No nos extrañe que esta hermosa espiritualidad prenda en el corazón de no pocos creyentes interesados.

         Pues bien, Francisco y Clara de Asís fueron creyentes que, en su día, vivieron e impulsaron una decidida vuelta al Evangelio y a la persona de Jesús. Fueron en su época, en frase de san Buenaventura, “una luz en medio de la niebla” (LM Prólogo 1). ¿Podrían serlo en la nuestra? ¿Podría ser su camino, convenientemente adaptado, una senda útil para nosotros? Esta es la intuición de un curso como el presente: volver a recrear algunos aspectos básicos del franciscanismo que puedan llevarnos a valorar en maneras renovadas el camino del mismo Jesús, su persona. Al fin y al cabo nosotros no seguimos a Francisco ni a Clara, queremos seguir a Jesús. Él es sentido para nuestra vida. La intuición franciscana es cauce para dar con la senda de Jesús.

 

 

1

EL CAMINO DE LA HUMILDE HUMANIDAD

 

         Cuando hablamos de “humilde humanidad” no nos estamos refiriendo a algo virtuoso, sino a una realidad existencial: la certeza de que el itinerario humano es limitado, aunque hermoso. Se trata de aprender a situarse en lo que realmente somos, en nuestra interdependencia, en nuestra limitación por encima de la complejidad biológica, en la insignificancia cósmica más allá de toda relevancia. Somos lo que somos, y eso habría de llevarnos a descubrir el extraño valor de lo humilde.

         El giro que Francisco da a su vida se debe, en gran medida, al descubrimiento de la humanidad humilde, a la percepción de que la amargura de los leprosos conduce a su corazón humano (Test 2) y que la propia amargura personal lleva a la más personal de las humanidades (1R 23,5.8). Desde ahí ha descubierto al Jesús humilde (1R 9,5), en una cultura donde la persona de Cristo era enmarcada en los títulos y modos imperiales. Así es como él ha descubierto que su lugar en la vida estaba con los “crucíferos” (VerAl 14), con aquellos que constaban en los archivos municipales y no eran ciudadanos. Descubriremos estos caminos de humanidad en un tema marginal del PCl.

         Las FMM califican a María de la Pasión como mujer de “extraordinaria humanidad”. Pues una manera de cultivar ese rasgos es trabajar el camino humano como cauce bueno de espiritualidad.

         Entender lo cristiano como descubrimiento del valor de la humilde humanidad puede parecer cosa de poca monta. Pero contribuye a un cambio profundo en nuestra manera de entender a Dios y de entender la fraternidad, Démonos a ello.

 

a)  La voz de los textos franciscanos: PCl III,9

 

Hay en el Proceso de santa Clara un rasgo mínimo, pero elocuente, que queremos subrayar aquí: de los veinte testigos cuya deposición recoge el documento, cinco consignan que Clara, durante toda su vida, cuidó de las enfermas y se reservó el servicio humildísimo de limpiar sus bacines.

         ¿No era Clara la abadesa, por más que tal título no le gustara del todo? ¿No era la fundadora? Había abadesas en la Edad Media con “jurisdicción episcopal”, dueñas de vidas y de haciendas. El estilo “abacial” de Clara nada tiene que ver con esta clase de figuras medievales y el hecho insólito de los dichosos “bacines” está indicando en qué clase de urdimbre antropológica urde Clara su vivencia de la fraternidad. Esa clase de signos, aparte de ser leídos como una cuestión de humildad (así lo hará básicamente PCl) han de ser entendidos como modos significativos de posturas profundas. Eso es lo que da a este asunto una dimensión reflexiva y espiritual que traspasa la mera anécdota.

«Aseguró también que fue tanta la humildad de la bienaventurada madre, que se despreciaba totalmente a sí misma, y anteponía a las demás, haciéndose inferior a todas, sirviéndolas y dándoles agua a las manos, y lavando con sus propias manos los bacines de las hermanas enfermas, y hasta lavando los pies de las serviciales».

El testimonio de este número proviene de sor Felipa de Leonardo de Gislerio. Hay que notar que el de esta hermana es, con mucho, el testimonio más largo de los veinte testigos del proceso. Ello indica que el tribunal ha juzgado de mucho interés la deposición de esta hermana como fuente de información sobre la realidad espiritual de Clara.

Como las testigos anteriores, posiblemente sea interrogada sobre la humildad de Clara. Su respuesta es tópica pero encadena una serie de valores que, al final, terminan dibujando el perfil de alguien dedicada por entero a la comunidad. Comienza diciendo que «se despreciaba totalmente a sí misma y anteponía a las demás, haciéndose inferior a todas». Puede ser esto considerado como un topos, pero quien ha vivido junto a ella treinta y ocho años y sigue teniendo esta valoración está indicando una cierta verdad antropológica.

En un segundo momento se concreta esto en tres acciones: a) «dándoles agua a las manos» (Dando l’acqua alle mane), como tarea de higiene cotidiana en manos que no debían ser muy pulcras dada la inexistencia de agua corriente y la escasez de jabón, a pesar de su existencia, cosa por la que hay quien aduce esto como una de las causas de la peste negra en el siglo XIV; b) «lavando con sus propias manos los bacines de las enfermas»: como la testigo de II,1 el inciso con le propie mane está hablando de una notable dedicación; c) «y hasta lavando los pies de las serviciales»: alude a las hermanas externas. También lo había dicho la testigo anterior. Por lo que sea, la testigo considera que este servicio era más arduo que el de los bacines. Se ve que el embarramiento de los caminos y la suciedad de las poblaciones hacían que los pies de esas hermanas estuvieran particularmente sucios.

En esta tarea se inserta el acto puntual del golpe que una de estas serviciales dio, involuntariamente suponemos, a Clara en el rostro cuando le lavaba los pies y que varias testigos reseñan. Da la impresión que esta clase de detalles tiene para el tribunal eclesiástico tanto o más valor que los milagros que la testigo, ésta en concreto, atribuyen a los supuestos milagros en vida de Clara.

Este tipo de prácticas fraternas no se podía haber mantenido como un rasgo de personalidad sin haber tenido como cimiento una valoración dignificadora de la persona de la hermana que se concreta en el coraje de ser hermana en los límites físicos. Clara ama el cuerpo de sus hermanas, incluso en sus límites, sobre todo en ellos. Para amar el cuerpo hace falta tener el coraje de amarlo en su debilidad, física u otra. El amor en la debilidad es el amor puro, libre de premios o pagos, de no ser la satisfacción de ver mejorado a quien anda en necesidad. El amor en la debilidad es el que muestra el verdadero rostro de la fraternidad. Así lo ha aprendido Clara de Francisco.

 

b)  La voz del Evangelio: Lc 12,35-38

 

«-Tened el delantal puesto y encendidos los candiles: pareceos a los que aguardan a que su amo vuelva de la boda para, cuando llegue, abrirle la puerta en cuanto llame. Dichosos esos criados, si el amo al llegar los encuentra en vela: os aseguro que será él quien se pondrá el delantal, los hará recostarse y les servirá uno a uno».

 

  • Pertenece este texto a Lc 12 que se inscribe en la primera parte del viaje de Jesús a Jerusalén y que quiere describir las actitudes del discípulo. Una de ellas es la vigilancia, un tema que vuelve con frecuencia en los evangelios (Mt 24,42-51; Mc 13,33-37).La cintura se ciñe con una cuerda o con un delantal para dejar más margen de actuación a quien va a ejercer algún tipo de trabajo doméstico. La segunda parte del pasaje indica un delantal que se pone para servir la comida. Se es vigilante si se pone uno el delantal de servir: en la humanidad que necesita ser servida se desvela el rostro de quien nos sirve, Jesús.
  • Al delantal le acompaña el candil. Estamos en épocas de fuerte oscuridad doméstica. En cuanto baja el sol, la casa queda a oscuras. Mientras esté encendida la luz del candil es señal de que alguien espera. Tanto el delantal puesto como el candil encendido aluden a una actitud viva, la de quien lee el camino de sus días como una realidad humana que se vive con interés, como quien ha escapado de la rutina, de la nostalgia, de dejar que las cosas corran sin finalidad. Son símbolos de vida en el marco de lo humilde.
  • Eso mismo indica la actitud de quien vigila para cuando llegue el amo, aunque a esta actitud le falta algo: ¿despiertos, para quién? El evangelio tendría que responder: despiertos para los humildes, para ver en los caminos de los humildes la verdad de la vida.
  • Se trastruecan los papeles: el amo se pone a servir con el delantal ceñido; el servidor es puesto en la mesa y es servido por el señor. Quizá aquí esté los más “revolucionario” de la imagen: hay que ejercer el señorío sobre la visa sirviendo a los humildes. En el servicio al frágil se encierra la verdadera manera de leer el camino de la historia. En las historias de las pobrezas están las verdaderas historias de lo humano que trata de ser igualitario y fraterno.
  • El humilde es obligado a “recostarse”, a comer como un señor (al estilo de los señores romanos) porque encierra todos los componentes del señorío. Y se le sirve “uno a uno”, en su individualidad, en su intransferible dignidad. Con todo el aprecio y cuidado que merece ser servida toda persona, singularmente los más humildes.

 

3. Otra manera de leer la historia

 

         Hasta ahora siempre se había leído la historia, el camino humano, desde el lado de los poderosos, de los dueños del sistema, de los fuertes, de los vencedores. Eso continúa, pero cada vez más se alzan voces, maneras de leer la vida que no vienen desde el lado de la fuerza y del triunfo, sino desde la dignidad. Esta nueva manera de leer habría de calar, por humanidad, por fe y por franciscanismo en nosotros. Francisco de Asís es alguien que ha logrado tener otra mirada para situarse en los márgenes y ver a la persona desde la perspectiva especial del Evangelio. Decirse franciscano y leer la realidad desde el brillo y el poder del sistema, no ser crítico, no tener sensibilidad para acoger las voces que vienen de la periferia es, digamos lo que digamos, algo extraño. Subrayemos algunas de esas voces sociales que leen el camino histórico de otra manera:

  • La discapacidad que no menoscaba la dignidad: El lenguaje no es inocuo. Por eso se aquilata socialmente cada vez más. Es un paso adelante denominar a uno “persona con discapacidad” y no “discapacitado”. La tenacidad y la lucha de las personas con discapacidad deja ver a las claras que son personas con valores y lucha en grado a veces muy superior a las personas sin discapacidad. Con eso se está ayudando a hacer una lectura distinta del valor de la persona: no reside en sus capacidades sino en su dignidad. Y por ello, toda persona es digna y han de ser más cuidadas aquellas situaciones personales que ponen en riesgo la certeza de la dignidad. Un paso importante en la lectura humanizadora de una historia limitada como la nuestra 
  • Los medios que hacen visibles a los invisibles: Hasta ahora, y ahora en gran parte también, la realidad de los invisibles, de los parias de la tierra, solamente la conocían ellos. Pero ahora, debido a los medios de comunicación, aunque muchas veces manipulados, la suerte de los invisibles y su duro camino humano es, en parte, conocido. Eso llega a empoderar a algunos y hacerles ver que su enrome pobreza no les priva de su dignidad. Es una forma de leer la realidad de los frágiles nueva, que tiene sus pros y sus contras. Pero los invisibles, los apátridas, los rohinyas, los torturados en Libia, los mineros de Kivu, los que atraviesan América Central, los desplazados en general tienen un sitio, reducido a veces, en los medios y eso contribuye a que una parte de la población reaccione. Otra, queda insensible o afianzada en su mentalidad excluyente, como siempre, no más que antes. Son maneras nuevas de leer la historia a favor de la dignidad y de los desposeídos. El día del reino, lejanísimo, se hace un poco más cercano.
  • Las redes que responden rápidamente a los ataques a la dignidad: Las redes sociales tienen muchísimas pegas. Pero tienen también sus ventajas. Una de ellas es que los atropellos que se hacen a la dignidad de los humildes, de las mujeres, de los desfavorecidos, reciben una rápida respuesta por un sector social con sensibilidad humana. Y del mismo modo que circulan injurias a manta, también circulan muchas defensas y valoraciones positivas de las personas frágiles. Sobra decir que, el franciscano/a que lee la historia ha de sumarse a quienes rompen lanzas por los frágiles y habría de distanciarse explícitamente de quienes los zahieren. 
  • Los coros que se suman al gran coro de la gestión ambiental: Porque hay mil matizaciones que hacer a todo el tema medioambiental. Pero es una realidad que cada vez se ve más claro que esto no tiene vuelta de hoja: el cuidado de la tierra es una tarea ineludible de la humanidad y una nota del comportamiento cristiano. De tal manera que eso hay que incorporarlo a la ética y la espiritualidad de la fe. Pues bien, resulta indiscutible que un sector social que antes era irrelevante, los adolescentes, se incorporan de manera decidida a la lucha contra el cambio climático. La voz desconocida de este sector social comienza a ser global y a ser tenida en cuenta.

 

4. Apuntando a la persona

 

  • Pasan los años sin que cambie la visión de la persona y de la sociedad: Puede ocurrir que esto pase en nuestra vida franciscana: entraste con una visión de la sociedad, de la política, de las relaciones humanas, a la vida franciscana hace muchos años y esa visión se ha afianzado, se ha hecho más acentuada. Si no, ¿cómo es posible que la vida franciscana se alíe con frecuencia con los movimientos eclesiales más conservadores, con las tendencias políticas más sistémicas, con las valores sociales más excluyentes, hablando siempre en general? Se argumenta diciendo: “no hay que generalizar” como escapatoria a cualquier crítica. Todos sabemos cómo funcionamos en general y en particular. Y la evidencia es que no percibimos lecturas nuevas del hecho social, del itinerario humano en la mayoría de los hermanos. Son lecturas sistémicas y, además, te identifican sin más con ellas, sin presunción de visión social diferente.
  • Crear itinerarios ecológicos: No cabe duda: vamos mejorando en sensibilidad y en prácticas ecológicas, por mucho que la cosa vaya lenta. Pero nos cuesta hacer planes ecológicos de una cierta envergadura fraterna. Los franciscanos reconstruimos casas (quizá en otros territorios distintos de Europa construimos edificios). ¿Qué preocupación ecológica manifestamos? ¿Hay una manera nueva de leer el camino histórico, esa “otra mirada” de la que nos habla la LS’ LS’ 36, 110-11, 135, 141, 1590. Una forma de leer de manera nueva el humilde camino humano será crear itinerarios ecológicos de una cierta envergadura, sin descuidar lo pequeño. Por lo menos habría que irlo pensado y poner el asunto encima de la mesa cuando se hace discernimiento sobre nuestras obras.
  • Ver las relaciones sociales con ojos nuevos: Es otra manera nueva de leer el humilde camino humano. Hasta ahora, la manera de ver estas relaciones era la propia de sociedades jerarquizadas, androcéntricas y heterónomas. Ahora se van descubriendo otros horizontes: menos jerarquizadas, más igualitarias, más fraternas en definitiva basadas, como decimos, en la dignidad de toda persona por encima de su situación social o económica; menos androcéntricas, por la irrupción del feminismo que quiere hacer ver el valor de toda persona más allá de su sexo, género u opción sexual; menos heterónomas, más autónomas, decidiendo de manera más soberana sobre la vida y sus límites, aunque este sea un terreno con frecuencia resbaladizo.
  • El don sagrado que es vivir y respirar: es comprender el humilde camino de vida como un “don sagrado”, como una suerte enorme para quien hemos sido llamados a la vida, como una posibilidad dentro de los estrechos límites de lo humano. No es fácil hacer ver esto a quien sufre grandes pesos históricos (quizá haya que verlos como obstáculo a ser superado con señorío y dominio sobre ellos); pero, al menos, quienes no los sufrimos tanto habríamos de llegar a verlo con más facilidad.

 

 

2

EL CAMINO ADULTO

DE UN DIOS DE SILENCIO

 

         Todas las religiones quieren que su Dios hable. El creyente lleva muy mal el silencio de Dios. Un Dios en silencio es como un Dios muerto. Es muy difícil creer en un Dios que no habla. El creyente entra en un desconcierto insuperable. Por eso los mecanismos religiosos han generado la certeza de que su Dios habla casi siempre. Un Dios sin voz no puede ser alguien que marque el camino a seguir. Un Dios sin voz es un desprestigio. Por eso, nadie habla de un Dios “mudo”. Sería la peor de las “deficiencias”.

         Y, a pesar de todo esto, uno se topa cada día con el silencio de Dios, con su no responder directamente a nuestras peticiones, a nuestros gritos, a nuestras puyas. Pensamos que Dios escucha y responde a nuestras plegarias, porque se nos hace insoportable la soledad de nuestro ser histórico. Pero Dios no responde sino en el lenguaje de los acontecimientos históricos, en el lenguaje de la historia pobre de Jesús. No nos parece suficiente: queremos que la voz de Dios (?) se escuche por nosotros. Pero no se escucha y un increíble silencio envuelve nuestro itinerario vital. Hay que mirar esta realidad de frente.

         Hay creyentes adultos que han intentado imaginar su vida de fe ante un Dios de silencio. Entre ellos sobresale D. Bonhoeffer: «Dios nos hace saber que hemos de vivir como hombres que logran vivir sin Dios. ¡El Dios que está con nosotros es el Dios que nos abandona (Mc 15, 34)! El Dios que nos hace vivir en el mundo sin la hipótesis de trabajo Dios, es el Dios ante el cual nos hallamos constantemente. Ante Dios y con Dios vivimos sin Dios. Dios, clavado en la cruz, permite que lo echen del mundo. Dios es impotente y débil, y precisamente sóloasí está Dios con nosotros y nos ayuda». Nos parecen sublimes estas expresiones, pero no terminamos de creérnoslas; es para nosotros excesivo el desamparo que las envuelve, por más que las intuyamos verdaderas.

         Quizá, como luego diremos, percibir en el evangelio el tránsito de un Dios que habla (así lo creen los evangelistas por ejemplo en Mt 17,5) hacia otro que no habla (Mc 14,36) puede darnos pie a creer que el Dios de Jesús es, de algún modo, un Dios en silencio. Y que ello no ha sido obstáculo para que él lo creyera presente en su vida (Jn 8,29; 16,32). También la experiencia franciscana puede ayudarnos a encajar sin violencia la realidad hermosa de un Dios que no habla nuestros lenguajes tan cuestionables muchas veces.

 

1. La voz de los textos franciscanos: LP 17 (EP 1)

 

         Todos sabemos, por aquel librito de E. Leclerc, cómo de dura fue la crisis del final de la vida de Francisco cuando todo se oscureció y creyó que la suya había sido una vida estéril y errada: «Señor Dios –dijo entonces Francisco-. Tú has soplado mi lámpara. Y ahora estoy hundido en las tinieblas y conmigo todos los que me habías dado. He llegado a ser para ellos un objeto de horror. Los mismosque me estaban más unidos me huyen. Has alejado de mi a mis amigos, mis compañeros de primera hora. ¡Ah, Señor, escúchame! ¿No ha durado lo bastante la noche? Enciende en mi corazón un fuego nuevo. Vuelve hacia mí tu rostro y háblame, que la luz de tu aurora resplandezca sobre mi cara, para que los que me siguen no caminen en tinieblas. Por ellos, ten piedad de mí». Por eso, también L. Cavani  su película dice, como resolución de la crisis final, que “Dios me ha hablado”.

         Los mismos textos franciscanos van en esa dirección: LP 17 es un texto que ha sido usado y quizá creado por los “espirituales” para dar amparo divino a la Regla leída sin glosa. Después EP 1 lo reproducirá en toda su crudeza. Leamos el texto:

«Estando el bienaventurado Francisco con el hermano León y el hermano Bonicio de Bolonia retirado en un monte para componer la Regla -pues se había perdido la primera, escrita bajo el dictado de Cristo-, muchos de los ministros se reunieron en torno al hermano Elías, vicario del bienaventurado Francisco, y le dijeron: “Hemos oído que ese hermano Francisco está componiendo una nueva Regla. Tememos que la haga tan dura, que no la podamos observar. Queremos que vayas donde él y le digas que nosotros no queremos obligarnos a esa Regla. ¡Que la componga para él, no para nosotros!”.

El hermano Elías les respondió que no quería ir, porque temía la reprensión del hermano Francisco. Como ellos insistían en que fuese, les contestó que en todo caso iría, si ellos le acompañaban. Partieron, pues, todos juntos. Cuando el hermano Elías, acompañado de los mencionados ministros, llegó al lugar en que se encontraba el bienaventurado Francisco, le llamó. Éste respondió al ver a los ministros: “¿Qué desean estos hermanos?” Replicó el hermano Elías: “Son ministros que, habiendo oído que estás componiendo una nueva Regla, y, temerosos de que la hagas demasiado estrecha, dicen y reafirman que no quieren obligarse a ella; que la hagas para ti, no para ellos”.

Entonces, el bienaventurado Francisco levantó su rostro hacia el cielo y le habló así a Cristo: “Señor, ¿no dije bien que no te creerían?” Y se escuchó en lo alto la voz de Cristo, que respondía: “Francisco, nada hay en la Regla que proceda de ti; todo lo que ella contiene viene de mí. Quiero que esta Regla sea observada a la letra, a la letra, a la letra; sin glosa, sin glosa, sin glosa”. Y añadió la voz: “Sé lo que puede la debilidad humana y lo que yo quiero ayudarles. Los que no quieren observarla, que se salgan de la Orden”. El bienaventurado Francisco se volvió a aquellos hermanos y les dijo. “¿Habéis oído? ¿Habéis oído? ¿Queréis que consiga que se os repita?” Los ministros se retiraron confusos y reconociendo su culpa».

         En el texto se apela a la voz de Cristo como la que garantiza la inviolabilidad de la Regla. Pero la cosa no fue así: Francisco tuvo que asumir el silencio de Dios como parte de su camino personal. Para él la fraternidad fue la forma de responder aunque esa fraternidad estuviera herida. Seguir siendo hermano fue la forma de mantenerse en pie ante el silencio de Dios, incluso a pesar de quienes tenían otra manera de las cosas de la Orden. Seguir siendo hermano aunque hubiera que ceder. Asumió el silencio de Dios sin pedirle que hablara: el lenguaje de Dios fue la fraternidad.

 

2. La voz de los evangelios: Lc 22,39-46

 

         Los evangelios son textos enmarcados en una cultura religiosa que tiene por cierto que Dios habla. Por eso en pasajes importantes (bautismo: Lc 3,22 y par.; transfiguración: Lc 9,35 y par.) Dios habla con frases de AT. Deudores de múltiples relatos de teofanías, es normal que se atribuya a Dios el don de “hablar”.

         Pero también hay textos donde Dios ya no habla, cuando era más necesario escuchar su voz. Esto lo vemos sobre todo en los relatos de la oración en Getsemaní en los tres sinópticos (Juan no reporta el pasaje):

«Jesús salió y se dirigió, como de costumbre, al Monte de los Olivos. Los discípulos lo siguieron. Cuando llegaron a ese lugar, les dijo: -Orad, para no exponeros a la tentación.Y se separó de ellos a distancia como de un tiro de piedra, se arrodilló y empezó a orar diciendo: -¡Padre, por favor, no me hagas pasar este trago amargo! Sin embargo, que no se haga mi voluntad sino la tuya. Entonces se le apareció un ángel del cielo para darle fuerzas. Y se apoderó de él una angustia mortal, pero él hacía oración con más intensidad. Y su sudor era como gotas de sangre que caían hasta el suelo.Cuando terminó de orar, fue a donde estaban los discípulos y los encontró dormidos en su tristeza. Entonces les dijo: -¿Por qué estáis durmiendo? Levantaos y orad, para no exponeros a la tentación».

  • El relato es la cara opuesta al de la transfiguración: allí había luz y Dios hablaba. Aquí hay oscuridad, gran tristeza y silencio de Dios. No quiere decir que Dios estuviera ausente, sino que Jesús, debido al terror de la situación que se le venía encima, no lo percibía presente.
  • No era la primera vez que iba al Monte de los Olivos (“como de costumbre”). Quizá en otras noches Dios le habló. Ahora enmudecía. Es un Jesús “separado” de los discípulos el que ora: en la gran soledad de uno mismo, en ese terreno donde no hay sitio ni para el consuelo de los amigos.
  • Jesús percibe la amenaza del “trago amargo”. Él quiere verse libre del mismo, quiere puentear la amargura de una historia, la suya, que se presenta muy dura. Él, también, tentado de situarse fuera de los parámetros de la historia pobre. Él, también, demandando a Dios lo imposible.
  • No extraña que observemos que el camino de Jesús y del Padre no coinciden. Por eso reza: “No se haga mi voluntad sino la tuya”. No coinciden ambas voluntades: Jesús quiere huir, el Padre le muestra en los acontecimientos el camino de la entrega. No lleva a la muerte a Jesús el Padre; son sus propias opciones que ha tomado siguiendo lo que creía que Dios le marcaba las que le han conducido al desastre final. En la oscuridad Jesús no puede renunciar al camino andado.
  • Es entonces cuando quisiera escuchar la voz reconfortante de Dios. Pero no hay voz: silencio y soledad, percibido todo como abandono, como ausencia, como desentendimiento. Él se había definido como “entregado” (Mc 9,31). Pero todo se nubla cuando se llega a modos extremos de entrega, a modos extremos de amor (Jn 14,1). Duro silencio, dura soledad, dura entrega.
  • Lucas (no los otros sinópticos) mete en su narración el consuelo del “ángel”. Pequeño consuelo porque, en realidad, a él no le consuela un ángel sino la cálida voz de su Padre. Ningún consuelo de ángel puede suplirla.
  • Quiere Jesús paliar su angustia orando “con más insistencia”, como si esta pudiera romper el muro de silencio que envuelve a la realidad de Dios, como si eso pudiera desdecir lo que se percibe como terriblemente cierto: no solamente que Dios está en silencio, sino que es silencio. ¿Cómo percibir ese silencio como una presencia cálida? ¿Cómo entender que el silencio es la manera más profunda que Dios tiene de estar cerca de nosotros?
  • Quiere mitigar este escozor fuerte recurriendo a sus amigos que tampoco pueden aportarle mucho porque está “dormidos por la pena”, el sueño enajenante que quiere alejar de la dura realidad. Solo en su soledad, sin mitigaciones, sin alivios, sin consuelos.
  • Cuando dice Jesús que hay que pedir “no caer en la tentación” es en la tentación del sinsentido de vida, de la existencia sin valor porque Dios no se hace presente, de creer que nuestra vida no vale porque Dios no aparece entre sus componentes. La tentación de creer de que porque no se le ve, no está.

 

3. ¿Está no está?

 

         Esta pregunta es vieja: se la hacían los israelitas en el desierto (Ex 17,7). Nosotros, mirando a la sociedad de la que hacemos parte, y como decía Bonhoeffer, está cada vez más fuera. Muchos dirían simplemente: no está. Muchas personas buenas, cercanas, parientes, amigas no incluyen en sus planes vitales la realidad de Dios. Pero no verlo, no incluirlo, no tenerlo como referencia, no hablar de él ¿quiere decir que no esté? ¿No puede que sea que su modo de estar sea el silencio o, si se quiere, que hable en los comportamientos de humanidad?

  • ¿Está en los que se entregan sin pedir cosas a cambio?: A veces los periódicos nos sorprenden con una necrológica donde se glosa la vida de personas que se han entregado a fondo durante décadas o tu propio médico es voluntario los veranos en África. Raramente se entera la ciudadanía de estos derroteros, pero ahí están. ¿No habita Dios en el silencio de esa generosidad? ¿Es necesario que tal o cual de esas personas sea creyente? ¿No está Dios a su gusto en ese silencio que admira la generosidad de las personas?
  • ¿Está en quienes arriesgan la vida por quienes no cuentan?: Nos llama la tención percibir la cantidad de personas que arriesgan su vida, su trabajo, su dinero y se sitúan en el lado de quienes no cuentan (inmigrantes, madres gestantes, náufragos, desplazados, etc.). Gente que algunas veces es religiosa, pero otras no. Gente común. ¿No está Dios en todo eso por más que no se le nombre? Precisamente el no nombrarlo puede contribuir a no estropearlo. ¿No hace Dios justamente eso, estar de nuestro lado en su silencio? ¿Es necesario que hable, que lo haga en los moldes del vocabulario religioso?
  • ¿Está en quienes sirven a los frágiles sabiéndose afortunados?: Porque hay personas que sirven a los frágiles y se saben afortunados. Encuentran en esos servicios humildes una satisfacción que proviene de un fondo común de humanidad: se sienten personas al servir a las personas donde la dignidad está intacta pero rodeada de fragilidad. Cuando se les agradece el servicio que hacen dicen que ellos son los que realmente están agradecidos. Entienden y viven su servicio como la gran oportunidad para enriquecer su persona. ¿Es necesario nombrar a Dios? ¿No lo hacen por puro amor al fondo de lo humano que está intacto en la persona frágil?
  • ¿Está en los silencios más inmensos de quienes lloran y nadie consuela?: Ya dice Qoh 4,1 que lo peor de la vida son las lágrimas de los pobres que nadie consuela. Lágrimas sin consuelo porque nadie lo da o porque no hay consuelo humano que palíe el dolor. Ahí sí que está Dios mudo. Pero su silencio recoge esas lágrimas. Quizá su silencio sea el mejor “odre” para recogerlas.
  • ¿Está en los silencios inmensos del cosmos?: La ciencia moderna nos abre a horizontes desconocidos en el cosmos y no dice que el silencio es el medio en el que se desenvuelve la vida de las galaxias. Un silencio cósmico. El ateo J. Saramago, místico además, llego a decir que "Dios es el silencio del universo, y el ser humano, el grito que da sentido a ese silencio". Quizá sea mucho decir que somos nosotros quienes damos sentido al silencio de Dios Pero, asimilado, puede ser cauce de contemplación. No necesitamos percibir el silencio cósmico de Dios para creer que es fundamento del ser y fuente de la vida.

 

 

4. Volver al Jesús de los silencios

 

         No nos hemos planteado el tema de los silencios con respecto a Jesús. Pero quizá en ello, pero él ha sido también un hombre de silencios, capaz, como hemos visto de asumir silencios, humanos y divinos:

 

  • Al Jesús de los silencios de los evangelios que no se descubren: Además de lo dicho, Jesús es una persona envuelta en silencios: el silencio de su nacimiento pobre, el silencio de sus caminos en Galilea, el silencio de la incomprensión de los suyos y sus discípulos, el silencio de una oferta del reino que no se termina de asimilar en sus justos parámetros, el silencio de su muerte atroz, el silencio de su estar resucitado en el lado de la vida. El silencio siempre amarrado a sus días, a sus anhelos, a sus caminos.
  • Al Jesús de los silencios de quienes no agradecen los servicios: Porque Jesús sabe de caminos no agradecidos, de entregas no pagadas, de agradecimientos raramente recibidos. Entregas y servicios que no menguan en valor porque no sean agradecidos. Jesús compañero de quienes se entregan y no son reconocidos.
  • Al Jesús que ha enmudecido los silencios de los caminos sociales: Jesús que no ha podido mejorar las condiciones de vida de los humanos de no ser en utopías y anhelos; Jesús que no ha logrado hacer ver a su pueblo su alejamiento del querer salvador de Dios; Jesús que no ha contado para el devenir del hecho social, al menos en su tiempo. Pero ese silencio no era sinónimo de ineficacia o de muerte. Era el silencio de la semilla que dará fruto cuando tenga que darlo.
  • Al Jesús deformado, manipulado, privatizado, que habla cada vez menos: Silencio duro que Jesús ha sufrido desde el principio y que sigue sufriendo: deformado por argumentos interesados incluso religiosos; manipulado para hacerle decir lo que uno quiere que diga; privatizado creyendo tener derechos sobre él; un Jesús que se le obliga a enmudecer al ponerlo en situaciones lejanas al Evangelio.

 

PARA EL TRABAJO DE LA TARDE:

 

  1. 1.    Punto de partida: Encerradas en casa

 

(Se lee el texto atentamente, subrayadamente)

 

            Cuando el marido de Dolores falleció, ella se quedó “encerrada en casa”. Así lo cuenta y añade: “Como tengo problemas grandes para moverme, con él tenía una ayuda muy grande”. No obstante, con el amparo de un programa social puede torear ese encierro y abrirse a la socialización. “Si hay alguna salida, dice, me apunto y voy. El almuerzo de los sábados es sagrado y el martes voy a las mandalas. Estoy en el cielo cuando estoy allí. Y Eva, que viene a hacerme un ratito de compañía, ¡ay qué nena más maja! A la edad que una tiene, no puede aspirar a mucho, pero a lo que puedes, pues sí”.

            Los analistas sociales observan: "Ahora cuando uno se jubila, igual le quedan por delante 25 años de vida. Tal vez es mucho tiempo para estar sin un proyecto de vida y en España no tenemos muy claro qué papel juega uno en la sociedad cuando se jubila". Es una tarea social grande encontrar ese “nicho” en el que puedan vivir con humanidad las personas jubiladas.

            Dolores, con 81 años, es una de las casi 1,5 millones de mujeres de más de 65 años que viven solas, el perfil que más siente la soledad. En total, según la encuesta continua de hogares del INE, en España hay 4,7 millones de hogares unipersonales. Es una cifra que sirve para imaginar, pero no para delimitar, un problema estructural e invisible. Porque la soledad ni afecta a todas las personas que viven solas, ni afecta solo a las personas que viven solas. La soledad es, a veces, una puerta para la exclusión, pero, ante todo, es un problema emocional.

            Existen, por lo general, dos redes de apoyo: la familiar y la social. La familia sigue, de alguna manera, cumpliendo su papel antiexclusión. Pero estamos lejos del reemplazo generacional. Antes se nacía en una ciudad y lo normal era que se viviera en el barrio de los padres o en el de al lado. Ahora se puede tener un hijo en Zaragoza, que estudie la carrera en Madrid, el máster en Londres y se vaya a trabajar a Alemania o a la India. El día que uno se hace mayor, está solo, porque aunque el hijo te quiera mucho, no te vas a ir a vivir con él a la India.

            Según los datos que manejan en la Fundación La Caixa, el 20% de las personas entre 20 y 40 años tienen peligro de aislamiento social por soledad. Hay una soledad que, en general, empieza pronto, aguanta hasta los 65 años y, a partir de aquí, va aumentando considerablemente hasta los 80 y muy considerablemente a partir de los 80. En España hay más de 850.000 mayores de 80 años que viven solos y muchos presentan problemas de movilidad que les impiden salir de casa sin ayuda, como Dolores.

            Ana es otra persona que vive sola. Describe muy bien su situación en cuatro pinceladas: "Me levanto, me lavo, me siento, desayuno y ya está. Si quiero leer un ratico, si quiero ver la televisión, aquí -señala a la ventana- para mirar un ratico que vienen muchos chiquillos a la guardería...”. Hace años que se rompió un pie y, sumado a sus problemas de fibromialgia, le da miedo salir de casa. Unas 100.000 personas no salen nunca de casa porque no tienen ayuda.

Ahora Ana recibe todos los martes la visita de Ángel, un voluntario que se animó a dedicar su tiempo cuando se jubiló. "Me dicen que qué buen mozo me he buscado; yo no me lo he buscado, ha venido él a mi casa", bromea ella. "Salimos poquito, cuando estoy medio animosa, pero la mayoría de las veces hablamos de cuando éramos jóvenes, de cómo era nuestra vida, de nuestros hermanos", explica. ¿Le gustaría vivir en casa de sus hijos? "No, no. Yo quiero vivir sola".

Las administraciones solas no pueden resolver el problema de la soledad. Pueden pagar servicios -como apoyo en domicilio, desplazamientos, tratamientos, etc.-, pero la soledad se resuelve con compañía y la compañía la da el entorno. Como la soledad afecta a la salud, se están llenando las salas de espera de los ambulatorios de personas que acuden sin una enfermedad concreta y muchos ayuntamientos se están dando cuenta de que hay una especie de alarma.

            Hablando más estructuralmente los expertos coinciden en señalar la importancia de la construcción de la sociedad. Los valores, la empatía, la compasión, la solidaridad, tienen que ver con cómo queremos ser. Nos estamos jugando qué tipo de sociedad queremos tener.

            Y una reflexión final: Las personas que tienen otro tipo de problemas, en algún momento lo manifiestan. Quienes se sienten solos no generan conflicto, por lo que nadie siente que es un problema. Pero, ¿puede haber más exclusión que no tener con quien hablar?

 

  1. 2.    Preguntas:

 

  1. 1.    ¿Cómo acompañar las vidas más solas? ¿Cómo nos acompañamos?
  2. 2.    ¿Cómo ser humanas con quien sufre? ¿Cuánto nos interesa el sufrimiento de nuestras hermanas?
  3. 3.    ¿Cómo trabajar para hacer de nuestras comunidades grupos de creciente humanidad?
  4. 4.    ¿Cómo llenamos nuestros silencios y los de nuestras hermanas?

 

 

3

EL CAMINO

DE UN SEGUIMIENTO EN HUMILDAD

 

         A tantos años del Vat.II podemos decir que el seguimiento de Jesús ha entrado con toda propiedad en la espiritualidad y mística cristianas. Ya nadie discute que seguir a Jesús sea el molde en el que se vierte la vida cristiana. A estas alturas todos sabemos que el seguimiento crea un nuevo tipo de relación con Jesús. No es sólo confianza en su persona sino en una comunidad de vida y de acción. A los Doce Jesús los llamó "para que estuviesen con él y para enviarlos a predicar" (Mc 3,14). Esto significa que los discípulos formaban un grupo que abrazaba el estilo de vida de Jesús y su práctica.

El seguimiento de Jesús crea un vínculo especial entre aquellos que participan de la misma aventura. La institución de los discípulos pretendía formar una comunidad de hombres libres de las grandes servidumbres de la condición humana, a fin de que pudiesen, por esto mismo, entregarse totalmente al servicio del Reino.

El franciscanismo, en general, lee el seguimiento desde la minoridad. Es decir, para el franciscano, el seguimiento se hace en el molde la humildad, desde la simplicidad[1].

 

  1. 1.    La voz de los textos franciscanos: SalVir

 

«¡Salve, reina sabiduría!, el Señor te salve con tu hermana la santa pura sencillez.
¡Señora santa pobreza!, el Señor te salve con tu hermana la santa humildad.
¡Señora santa caridad!, el Señor te salve con tu hermana la santa obediencia.
¡Santísimas virtudes!, a todas os salve el Señor, de quien venís y procedéis.
No hay absolutamente ningún hombre en el mundo entero que pueda tener una de vosotras si antes él no muere.

El que tiene una y no ofende a las otras, las tiene todas. Y el que ofende a una, no tiene ninguna y a todas ofende. Y cada una confunde a los vicios y pecados.

La santa sabiduría confunde a Satanás y todas sus malicias.

La pura santa sencillez confunde a toda la sabiduría de este mundo y a la sabiduría del cuerpo.

La santa pobreza confunde a la codicia y avaricia y cuidados de este siglo.
La santa humildad confunde a la soberbia y a todos los hombres que hay en el mundo, e igualmente a todas las cosas que hay en el mundo.

La santa caridad confunde a todas las tentaciones diabólicas y carnales y a todos los temores carnales.

La santa obediencia confunde a todas las voluntades corporales y carnales, y tiene

mortificado su cuerpo para obedecer al espíritu y para obedecer a su hermano, y está sujeto y sometido a todos los hombres que hay en el mundo, y no únicamente a solos los hombres, sino también a todas las bestias y fieras, para que puedan hacer de él todo lo que quieran, en la medida en que les fuere dado desde arriba por el Señor». 

 

         Este texto  considera a la simplicidad como valor principal, el valor que más le ha hecho gozar y sufrir a Francisco (“Eres simple e ignorante” veremos en VerAl). La simplicidad: una visión fraterna de la vida y un corazón que no se deja amargar. Desde ahí propone Francisco un estilo de seguimiento humilde. Se ve, sobre todo, en el bloque del “confunde”: hay que entender eso como “es alternativo de”. Es otro camino, otra orientación, otra sensibilidad, otros anhelos. Quizá esto sea lo más interesante para nosotros porque construir la alternatividad de vida y del camino cristiano no es fácil, es ir, muchas veces, contra corriente.

-         La sabiduría (que ahora es “santa”) es alternativa de la malicia de Satanás, es decir, de aquel que quiere hacer daño a la persona para dominarla.

-         La simplicidad es alternativa al que dice que lo sabe todo y al que entiende a la persona solamente como “cuerpo”, como algo sin interioridad.

-         La pobreza es alternativa a quien cree que el éxito de la vida es tener mucho y no el lograr una relación de honda humanidad. Esto lleva a una vida “sin excesivas preocupaciones” (el problema está en lo excesivo y sacado de quicio de nuestras preocupaciones).

-         La soberbia humildad es alternativa a la soberbia del que cree que lo sabe todo, lo domina todo, lo controla todo. Es alternativa a un “mundo” que funciona con mecanismos de inhumanidad.

-         La caridad es alternativa para quien todo lo mira “carnalmente”, es decir, por puro interés. Es una alternativa de generosidad frente al egoísmo consolidado.

-         La santa obediencia es alternativa para quien quiere dominar todo y a todos, para controlar el ansia de dominio que va dentro. Esto incluye a la creación incluso: dominar a las bestias es dominar lo creado explotándolo sin control.

La conclusión pude ser clara: hay aquí un camino distinto, el camino franciscano, el evangélico, una manera distinta de mirar la realidad, de situarse en la vida. La vida “simple” no es simplona, es apuntar al fondo, ir a lo esencial, aprender a poner el acento en lo importante y tener lo accesorio por tal. Esa es la honda sabiduría del seguimiento humilde.

 

  1. 2.    La voz del evangelio: Lc 22,24-27

 

«Surgió además entre ellos una disputa sobre cuál de ellos debía ser considerado el más grande. Jesús les dijo: -Los reyes de las naciones los dominan, y los que ejercen autoridad sobre ellas se hacen llamar bienhechores. Pero vosotros, nada de eso: al contrario, el más grande entre vosotros iguálese al más joven, y el que dirige al que sirve. Vamos a ver, ¿quién es más grande, el que está a la mesa o el que sirve? El que está a la mesa, ¿verdad? Pues yo estoy entre vosotros como el que sirve».

 

  • El pasaje está ligado al relato de la pasión. No entender el servicio al otro es no entender el gran servicio de la vida entregada de Jesús.
  • Si hay una “disputa” entre ellos es que todos aspiran a ser el jefe. El discipulado en su pertinaz manera de entender el reino como un medre, no como un servicio. Dibuja la estructura interna del egoísmo constituyente.
  • La ironía de Jesús es grande: se hacen llamar “bienhechores”, como lo hacían algunos reyes helenistas: oprimen y encima quieren que se les bendiga. Caer en esa paradoja esboza el ancho mar de inhumanidad en que se mueve el poder.
  • Por eso, el modo tajante de Lucas: “nada de eso: al contrario”. Afincarse en el poder es incapacitarse para el seguimiento humilde. La lucha por el poder, a cualquier nivel que se dé, no tiene nada que ver con el seguimiento al estilo de Jesús.
  • Las igualaciones “viejo/joven…dirige/sirve” están indicando los parámetros del seguimiento humilde: tenerse por más, airear méritos, invocar derechos adquiridos es el camino opuesto al seguimiento que propone Jesús.
  • La dialéctica “estar a la mesa/estar fuera de la mesa” ilustra gráficamente lo que se quiere decir: Jesús está “como quien sirve”, es decir, fuera de la mesa. Las representaciones de la última cena son elocuentes: la occidental (Leonardo de Vinci): Jesús en la mesa, en el centro. La oriental (iconos): Jesús a un lado, pero sigue siendo centro. Faltaría una tercera: Jesús fuera de la mesa, con el delantal puesto (Lc 12,35), sirviendo. Si no se sitúa uno en ese lugar, no entiende el seguimiento humilde.

 

  1. 3.    Los contenidos del seguimiento humilde

 

¿Cuáles serían algunos componentes del seguimiento humilde? ¿Cómo llenar de contenido una intuición así hasta hacerlo un camino viable para una persona de espiritualidad franciscana?

  • Una lectura benigna y crítica de nuestra sociedad: Porque el seguimiento lo vive el cristiano en el marco de la sociedad a la que pertenece. Por eso mismo, el seguimiento ha de tener arraigo antropológico en el hecho social. Es entonces cuando habrá que leer tal hecho desde una actitud benigna, fraterna, y crítica, pensada, estudiada, contrastada y cuestionada cuando deba serlo.  Ni contemporizar superficialmente, ni negativizar cerrilmente.
  • Alejamiento de estructuras de poder: Ya que estando metido en tales estructuras (sociales o eclesiales) no resulta fácil la alternativa del seguimiento humilde. Eso se hará si se construye a la vez un interior sin afán de poder o, al menos, se lo controla, ya que tal afán está metido en las entrañas de lo humano y no resulta fácil desenmascararlo. Alejamiento y no colaboración. Siempre en modos fraternos.
  • Gozo de ser pueblo: No como una pose populista sino con la certeza de que es el caminar juntos todos donde se inscribe el seguimiento humilde. Entender el seguimiento como un elitismo es no haber dado con la pretensión de Jesús.
  • El dinamismo del anhelo de la justicia: La justicia es el dinamismo de fondo del sueño de Jesús. Ha de estar por ello en el núcleo del seguimiento. Eso quiere decir que una vivencia humilde del seguimiento ha de incluir necesariamente el anhelo de la justicia. Si ser humilde lleva al desentendimiento de la justicia no es la humildad humanizadora del evangelio. Más aún, el dinamismo de la justicia otorga a la humildad una reciedumbre que la aleja de todo intimismo vacío.
  • Mentalidad integradora: Es aquella que cree que los humildes de este mundo han de tener un sitio en el devenir de la historia, que no por ser pobres han de ser excluidos. Esta integración libera a la humildad de la aceptación de la humillación como cosa natural y devuelve la mística liberadora a quienes sufren más el peso de la historia.

 

  1. 4.    Una ética desde la humildad esencial

 

         Ni la Declaración hacia una ética mundial de Chicago en 1993, ni la Declaración de principios en torno a una ética universal de la Red internacional para una ética universal que coordina Miguel A. Padilla incluyen el término “humildad”. Quizá no lo consideren necesario. Pero creemos que las religiones deberían incluirlo. Cuando hablamos de humildad esencial no nos estamos refiriendo a la clásica virtud de la humildad que algunos poseen en grado notable y otros no tanto. Nos referimos a ese valor constitutivo de la persona que, en correcta autoestima, hace que nadie se considere a sí mismo más que nadie y nadie menos que nadie, sino que la relación, desde la igualdad y la dignidad inalienables, llegue a ser literalmente hablando, fraterna. Creemos que esta sería la “gran” aportación de las religiones de hoy al sueño hermoso del logro de una ética universal. ¿Cómo se plantearía la ética desde la humildad esencial? No debería brotar desde un sentimiento de culpabilidad puesto que no tiene sentido que una creencia se fustigue por los errores pasados o por las incoherencias del presente. Tendría que mirar más al horizonte de un futuro aún no logrado. Quizá podría ser algo de esto:

1)   Una ética de igualdad, nunca de superioridad: Las religiones están habituadas a moralizar desde un sentimiento de superioridad como si sus hermosos ideales les autorizaran a creerse en una posición moral ventajosa, cuando sus prácticas morales muestran con frecuencia lo contrario. Una ética de igualdad es aquella que reconoce la evidencia de que toda creatura encierra una dignidad creacional inalienable. Que, como hemos dicho, nadie es más que nadie ni menos que nadie. Quizá sean los desvalidos de la historia, por su desvalimiento, quienes gozan de un estatus superior. Los demás, no.

2)   Una ética que acompaña, no que adoctrina: Porque el adoctrinamiento es el arma normal en las religiones. Pero la persona secular está harta de doctrinas y ayuna de acompañamiento. Una ética de acompañamiento es aquella que trata de abrazar la soledad constituyente de la estructura humana y todas las otras soledades, muy duras a veces, que se adhieren al caminar de los humanos.

3)   Una ética de colaboración, no de liderazgo: Ya que las religiones se han llegado a ver investidas de una autoridad divina y han creído incluso que estaban por encima de las leyes sociales. Desde ahí han pretendido liderar los comportamientos éticos e, incluso, los sociales y políticos. Esa insensata ansia de liderazgo se cura con la humilde colaboración, con la disposición a colaborar con quien  busque el bien, sea quien sea. Esa ética de “levadura en la masa” es la que convendría a las religiones.

4)   Una ética de oferta, no de imposición: Porque, creyéndose investidas de autoridad divina y con conciencia de superioridad y liderazgo, las religiones han pretendido imponerse, muchas veces por la fuerza o por la pretendida sacralidad de sus ideas. Una ética que se impone se destruye, es insensata, como quien pretendiera imponer el amor, obligar a amar. Una ética que se ofrece es susceptible, por su mismo componente de oferta, de ser aceptada o no, de escuchada o no, de ser acogida o no.

5)   Una ética de inclusión, no de exclusión: Ya que con frecuencia la propuesta ética de las religiones ha conllevado fuertes dosis de exclusión para aquellas personas que no acomodaban su comportamiento a los dictámenes de la autoridad religiosa. Ese camino no está en el fondo de las utopías creyentes. Más bien se anima a la inclusión, a ampliar los límites de la tienda para ser casa de acogida para los más posibles, para todos incluso, abrazando con honda humanidad y comprensión las incoherencias y fuertes fallos que acompañan el devenir humano.

6)   Una ética de resistencia, no de militancia: Ya que las ideas religiosas y sus consiguientes caminos éticos han sido propuestos en modos militantes, proselitistas, avasalladores. Habría de ser sustituida esa actitud por un talante resistente ante el mal, ante la incomprensión e, incluso, ante la persecución. Una resistencia desde la confrontación no conecta con el fondo de las religiones; una resistencia desde el amor es la que deja sin sentido a cualquier manera militante de presentar los caminos de la ética.

7)   Una ética para la esperanza, no para el desaliento: Porque se quiere ofrecer la ética nueva poniendo como telón de fondo el lado negativo e inhumano de la sociedad, lo que induce, las más de las veces, al desaliento ya que ni la sociedad abandona sus caminos, ni el creyente es capaz de convencer de la supuesta insensatez de los mismos. Una ética humilde es aquella que logra suscitar esperanza incluso en escenarios de gran derrota, de profunda inhumanidad. Su fuerte no es la censura o la condena, sino el aliento y el ánimo que sopla sobre la brasa que arde bajo las cenizas.

8)   Una ética de bendición, no de maldición: Ya que el lenguaje de la maldición es una siembra de sal sobre cualquier propuesta ética. Por eso mismo, las propuestas de una ética desde la humildad han de emplear un lenguaje benigno, comprensivo, laudatorio incluso. De tal manera que la bondad de las palabras anime a la bondad de las prácticas éticas.

9)   Una ética desde gestos de vida humildes, no desde grandes ideas sin gestos: De manera que se perciba que las grandes ideas propuestas desde una ausencia de gestos reales son, las más de las veces, palabras en el vacío. La fuerza de los gestos, su capacidad para hablar el lenguaje del futuro y su humilde fuerza para decir en modos plásticos que las cosas pueden ser de otra manera, es un aval formidable para cualquier propuesta ética.

10)                    Una ética que sostenga a los humildes y que, por lo mismo, se aleje del poder: Porque si la propuesta ética no se desliga de las posiciones de poder se desautoriza a sí misma nada más nacer. Pero si la propuesta está hecha desde el humilde terreno de quienes no quieren tener que ver con el poder político o económico, sino que se hace con la fuerza de la pobreza y su arrolladora verdad es entonces cuando puede tener interés.

 

 

4

EL CAMINO DE UNA IGLESIA QUE DUELE

 

         A muchos cristianos, incluso religiosos/as, la Iglesia no les duele. Simplemente viven su fe al margen de las turbulencias eclesiales. De vez en cuando critican a la Iglesia en general por alguna actuación suya, pero nada más. Hay incluso personas, cercanas al mundo clerical, que defienden a la Iglesia contra viento y marea, más allá de sus cuestionables actuaciones.

         Pero hay también creyentes a quienes la Iglesia les duele. Siguen en ella con dolor. Suman desaliento tras desaliento pero continúan con un sentido de pertenencia vivo a la comunidad eclesial, por más que, a veces, vean como su vivencia de Iglesia se desplaza hacia las afueras.

         Para un franciscano, la fe hay que vivirla en el camino de la Iglesia. Por eso habrá que hacer un trabajo continuado de vuelta a ella, a lo más esencial y vivo de su misterio, aunque duela su estructura. Eso es lo que le llevará a cuestionarla con paz, a valorarla en sus aspectos más positivos, a construir todo lo que queda por hacer. Volver a la Iglesia no es solamente tarea para alejados de ella, sino también para los que estamos dentro. Porque se trata de volver no para justificar una estructura muchas veces cuestionable, sino para vivir un camino necesario para la fe, porque la fe de Jesús se vive en comunidad.

 

  1. 1.    La voz de los textos franciscanos: EP 65

 

Todos sabemos que la vocación de san Francisco nace de la vida eucarística que  se celebra en el seno de la Iglesia. Ahí es donde, a su juicio, cobra sentido la eucaristía. Por eso san Francisco necesita de la Iglesia. Desde ahí entendemos que la ame fervientemente y que sea capaz de pasar por encima de dificultades. La Iglesia es para Francisco lo visible del rostro de Jesús no, sobre todo, una estructura de gobierno.

Esta fe compacta de Francisco en el misterio de la Iglesia hace que sea prácticamente imposible encontrar, tanto en sus escritos como en las primitivas biografías, algún texto en que exprese crítica o sufrimiento por el modo concreto como el sistema eclesiástico se comporta. Él, que no fue un hombre de curias, tampoco es una persona de juicio negativo. Vamos a tomar un texto de EP en el que, quizá, se adivina el dolor concreto de hacer parte de la estructura eclesial:

 

«En un viaje a Florencia encontró allí al señor Hugolino (cf. LP 108 n. 3), obispo de Ostia, que fue después el papa Gregorio IX. Como le manifestara el bienaventurado Francisco que pensaba ir a Francia, se opuso, diciéndole: «Hermano, no quiero que vayas a provincias ultramontanas, porque hay prelados que impedirán el bien de tu Religión en la curia romana. Yo y otros cardenales conmigo, que la amamos, de buen grado la protegeremos y le prestaremos nuestra ayuda si os quedáis en los contornos de esta provincia».

El bienaventurado Francisco le hizo esta observación: «Señor, es para mí de mucha vergüenza que, habiendo enviado a otros hermanos a provincias lejanas, yo me quede en estas provincias y no pueda participar de las contrariedades que ellos han de soportar por el Señor». El señor obispo le contestó como reconviniéndole: «¿Y por qué has enviado tan lejos a tus hermanos a morir de hambre y a tener que soportar otras tribulaciones?» El bienaventurado Francisco, con gran fervor y con espíritu profético, respondió: «Señor, ¿creéis que el Señor ha suscitado esta familia para que envíe hermanos solamente a estas provincias? Os digo en verdad que el Señor ha elegido y enviado a los hermanos por el bien y salvación de las almas de todos los hombres del mundo; y no solamente serán recibidos en tierras de cristianos, sino también de paganos; y ganarán muchas almas».

El señor obispo de Ostia quedó admirado de tales palabras y convencido de que decía verdad. Al no permitirle salir para Francia, el bienaventurado Francisco envió para allí al hermano Pacífico con otros muchos hermanos. Él volvió al valle de Espoleto».

 

  • Después del capítulo de Pentecostés de 1217 se plantea el tema de la misión en “regiones lejanas” a donde Francisco quiere ir como todos los hermanos. Resulta sorprendente que el cardenal Hugolino se oponga tan contundentemente a que Francisco vaya a Francia “porque hay prelados que impedirán el bien de tu religión en la curia romana”. Es decir, Francisco tiene una oposición manifiesta entre algunos dirigentes de la curia. La protección de Hugolino y del grupo de los aman la Orden se da “si os quedáis en los contornos de esta provincia”.  Hay, pues, una división eclesial en torno al franciscanismo.
  • ¿Cómo reacciona Francisco? No cuestionando esas divisiones eclesiales sino apelando al espíritu de la misión, al Evangelio, por encima de planes eclesiásticos. Él cree que el Evangelio es una realidad más importante que las normas de la Iglesia y se debe a él. No hay crítica, pero tampoco se cede.
  • Pero se ve que el cardenal se mantiene en sus trece porque, al final, no permite salir a Francisco para Francia y esté envía al hermano Pacífico. O sea que hay una cierta animadversión contra la persona misma de Francisco. Eso podría ser motivo para un disgusto personal y una crítica directa a tales obispos. No se observa en el texto nada de eso. Si hay dolor, que lo habría, se queda dentro. Las fuentes no lo reflejan.

 

  1. 2.    La voz de los evangelios: Mt 16,13-20

 

«Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: - ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? Contestaron ellos: - Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas. Él les preguntó: - Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Simón Pedro tomó la palabra y dijo: - Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Jesús le respondió: - ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás! Porque eso no ha salido de ti, te lo ha revelado mi Padre del cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Piedra, y sobre este guijarro voy a edificar mi comunidad y el poder de la muerte no la derrotará. Te daré las llaves del reino de Dios; así, lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo».

 

  • Es un texto decisivo en los sinópticos no tanto por la cuestión de la función de Pedro, sino por la identidad de Jesús: es el Hijo de Dios vivo (eso es revelación del Padre). En cuanto Mesías, es un mesías entregado por amor y por ello abocado a la muerte (tal como se ve en la continuación del relato en 16,21ss).
  • Pero traemos a colación el texto por el asunto de Pedro. Una interpretación “vaticanista” ha visto aquí la roca que es Pedro sobre la que se asienta la fe de la Iglesia y la profecía de su pervivencia a través de los tiempos. Quizá sea así. Pero puede haber otra manera de leer Kepha en arameo significa piedra arrojadiza, guijarro, canto del camino. (Petros sería lo opuesto a lithos,  roca firme). Quizá Simón ha recibido ese apelativo por su testarudez y por su fragilidad.
  • En ese caso: la promesa de Jesús suena de manera distinta: tú eres fragilidad, y sobre tal fragilidad voy a edificar mi comunidad. Es decir, la Iglesia no se hunde porque el cimiento sea firme, que no lo es, es frágil, sino porque Jesús la sostiene sobre ese cimiento débil.
  • La conclusión es clara: hay que contar con la fragilidad en la vivencia de la fe eclesial. Es algo constitutivo de la comunidad cristiana. Por ello mismo, el camino creyente ha de tenerlo en cuenta para encararla del modo más fraterno posible.
  1. 3.    Posibilidades nuevas

 

Quizá lo interesante para ir viendo los dolores de la Iglesia no sea tanto cebarse en sus fallos, sino, contando con ellos, desvelar las posibilidades que tiene al alcance de la mano. No resulta fácil desvelar esa posibilidades nuevas y realistas para la Iglesia por su alto componente sistémico, anclada como está en estructuras muy consagradas y que se empeña, con frecuencia, en mantener y ahondar. No resulta fácil cuando una parte notable de su clero joven ha encontrado como modo de situarse en la sociedad permanecer y volver con ahínco a ese componente sistémico que parece que les da sentido. Pero, aun así, es preciso hacer un esfuerzo reflexivo para tratar de ver los nuevos caminos que se abren a la comunidad cristiana de hoy.

  • La posibilidad de una moral de verdad y compasión tras el abatimiento: Hay que “morderse la lengua” como dice el Papa Francisco antes de hablar de esto. Pero hay que hablar. Tras el abatimiento y el derrumbe de la pederastia, de la avidez económica de la Iglesia, de su insensibilidad por posicionamientos buscadores en materia científica, etc., se puede hablar de una nueva moral de la verdad y de la compasión. Un camino de verdad que derribe el muro de los silencios, del encubrimiento y de secretos de confesión que son realidades superadas por el mismo evangelio y por una sociedad que ya no aguanta oscuridades. Y una moral de compasión más que una moral de normas, una moral samaritana, laica y humanizadora que mira más al evangelio que a la historia de la moral tan cuestionable.
  • La posibilidad de un diálogo interreligioso efectivo: Cada vez se van dando más pasos en esta posibilidad. El último el  Documento sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común firmado en Abu Dabi el 4-2-19 por el Papa Francisco y el Gran Imán de Al-Azhar, Ahmed Al-Tayyib. Hay cristianos que acusan al Papa Francisco de plegarse excesivamente al islam. Pero en la rigidez de las religiones se estrella toda posibilidad de diálogo, porque este es “curvo”, vuelto a, flexible, capaz de ceder en formas y contenidos. De lo contrario, el diálogo posibilitador no puede brotar.
  • La posibilidad de una comunidad cristiana de grupos vivos:  Porque, ya hace muchos años, el que luego sería Benedicto XVI predijo la iglesia nueva de grupos pequeños, de minorías. Sigue ahí, tenaz y creyente, lo que queda de las viejas comunidades de base de otras épocas. Pero quizá hoy vuelve el anhelo de andar de nuevo ese camino en una etapa de abandono masivo de la religión, por más que ciertas formas sigan vigentes y en ellas se apoye la institución queriendo creer así que las cosas no han cambiado y que las viejas formas mayorías religiosas siguen en pie. Quizá haya que explorar la posibilidad de una fe de grupos, más que de una fe de masas.
  • La posibilidad de una alteración de la liturgia que la haga más viva: Ya que la publicación del nuevo misal (y de la nueva LH en algunas comunidades) ha supuesto un paso atrás, una involución, un sacar del armario lo viejo ignorando lo nuevo, un oracional donde los pobres no ocupan ningún sitio. Esta reformulación litúrgica está suponiendo para no pocos cristianos una “sublevación” litúrgica que altere esas formas rígidas y haga la celebración más cercana a la vida real de los creyentes. Hay quien celebra alborozado esta vuelta a lo de siempre, pero otros abren la puerta, sin complejos, a una alteración litúrgica que ningún organismo puede parar, y que quizá ni se molestan ya en intentarlo.

 

  1. 4.    Cómo construir la fe en grupo

 

Ir construyendo la fe en grupo quizá sea el mejor modo de ir superando las heridas eclesiales. Para construir la fe en grupo habrá que comenzar por generar un vocabulario adecuado. Son términos problemáticos consagrados por la eclesiología, empezando por: iglesia, catolicidad, comunidad cristiana, catolicismo, etc. Son términos tan impregnados de equivocidad histórica que uno se pregunta si no sería mejor irlos abandonando. Esto le parece algo inaceptable al teólogo clásico. Pero habrá que preguntarse si tal dificultad no deriva de una cierta impotencia para afrontar lo recibido o de la mera comodidad a la que le cuesta  tocar las cosas que siempre han estado ahí.

         ¿Qué vocabulario utilizar? Quizá sea mejor el que nos proporcionan las ciencias sociales. Por eso hablamos del grupo, de lo colectivo, de lo interrelacionado. Por paradójico que parezca, la fe cristiana, llamada a generar comunidad, se ha construido en el individualismo del logro de la propia salvación. No hemos heredado una mística común, por mucho que hayamos estado enmarcados en una organización religiosa. Quien va entendiendo esto comprende que si la fe no genera buenas relaciones queda muy cuestionada en su propio fin. Dar una finalidad meramente religiosa al hecho de creer ahuyenta el componente comunitario. Por el contrario, acentuar el componente social es la puerta que abre a la pertenencia y las prácticas comunitarias.

         ¿Y cómo construir la fe en grupo? Será necesario ir consiguiendo una mística de grupo cosa que conlleva el crecimiento en la buena relación social. No se cree aislado porque el éxito de la propuesta cristiana no es llegar solo y pronto, sino a tiempo y todos juntos. Además, será necesario potenciar todas las herramientas de componente común, no tanto las individuales como las potencia la postura que hace depender el horizonte de la iglesia de tal o cual nombramiento. Para ello, es necesario que las estructuras eclesiales sean, inicialmente, democráticas. Aducir que la iglesia es más que una democracia cuando ni siquiera es eso resulta una falacia.

Quien va poniendo el acento en la fe en lo esencial queda más cautivado por los aspectos comunes del hecho de creer y deja de lado, sin amargura pero sin caer en personalismos que no llevan a nada, el componente jerarquicista tan arraigado en el hecho eclesial. Enamorarse de lo común es, de alguna manera, enamorarse del mismo camino que Jesús ha realizado, lejos de personalismos y lejos de la tentación de mesianismos estériles

 

PARA EL TRABAJO DE LA TARDE:

 

  1. 1.    Punto de partida: ¿Papá, nosotros somos pobres?

 

(Se lee el texto atentamente, subrayadamente)

 

Estamos en setiembre. Tarde del sábado, tomando un café con tres vecinos del barrio, Juan, Gregorio y Toñi. Son trabajadores con contratos muy precarios. Algunas veces aceptan hacer algún trabajillo de limpieza o de transporte por unos pocos euros. Hablamos del trabajo, de la imposibilidad total de salir de la pobreza y de los niños.

Gregorio cuenta, con los ojos cargados de lágrimas, cómo un día su niña de 7 años le hizo, con toda candidez, una pregunta que se clavó en el alma: “¿Papá, nosotros somos pobres?”. Tuvo que inventarse una historia diciéndole que no pasaba por un buen momento, pero que iríamos a mejor. La niña le miraba como diciéndole: “No me has respondido”.

En España hay 1.400.000 niños como la hija de Gregorio que viven en situación de pobreza severa y 2.200.000 en riesgo de pobreza. Los analistas dicen que esta pobreza es estructural. O sea: cronificada, hereditaria y que hay que acostumbrarse a vivir con ella. Como quien ha tirado la toalla.

Pero la hija de Gregorio, los dos niños de Juan y las dos de Toñi no manejan datos estadísticos. Palpan la pobreza de modos vivos: los recibos se amontonan en la mesa de la cocina, la nevera está casi siempre vacía, no hay calefacción, no se repone el material escolar, cero excursiones con la clase, las gafas nuevas no llegan, el tratamiento de las caries está pendiente, no se puede comprar el mínimo equipamiento para hacer parte de un equipo de balonmano, no hay para un bañador en el verano porque tampoco hay piscina o playa. La pobreza que convive con la familia y nunca se va de casa.

Gregorio también toca la pobreza en lo concreto: “A mi niña le encanta la gimnasia. Y me pregunta: -¿Por qué no voy? Y me tengo que inventar: -No puedo porque por el horario no te puedo llevar. Pero no es problema de horario. El problema son 15 euros”. Y Juan cuenta: “Ayer tuve que ir a limpiar un corral por cinco euros. Mierda a montón. Mi hijo me dice que los de su clase celebran un cumpleaños en un kebab. Son 3,5 euros. Y le tengo que decir que no puedo. Y mi hijo me mira con un brillo raro en mi mirada y me dice: -Tú siempre estás igual, que no tienes; cuando sea mayor voy a hacer lo que hacen los demás”.

La consecuencia más directa es que los niños se educan en la pobreza infantil. Dice Juan: “La educación que tú le estás dando a tus hijos es de pobreza, te adaptas a la pobreza y la ves como normal. Ellos se van a criar pasando falta”. Ese pasar falta se traduce en una ulterior desigualdad de oportunidades: los niños que nacen en España en una familia de ingresos altos ganarán un 40% más que si se crece en un hogar con ingresos bajos. La pobreza infantil significa desigualdad de oportunidades. Un niño o una niña de familia pobre no tendrá las mismas oportunidades laborales. La falta de oportunidades lastra la economía. Eso indica que lo que parece ser un problema de algunas familias es, en realidad un problema del país.

Por eso, se necesitan respuestas estructurales, políticas que, hoy por hoy, están todavía muy lejos. Si miramos a los Presupuestos Generales del Estado tendremos ahí una respuesta: el último acuerdo entre UP y el PSOE para sacar adelante unos presupuestos para el 2019 vuelven a dejar caer las políticas de lucha contra la pobreza infantil. El acuerdo solo recoge 180 millones, aproximadamente un 7,2% de la cantidad que ambos partidos consideraban necesaria para combatir esa pobreza. De nuevo, pues, la infancia más vulnerable se puede quedar fuera de los presupuestos

No entiende la clase política que no se puede esperar más, que invertir en infancia es urgente y que la infancia no entiende de ideologías. Pero el futuro de muchas familias y del país necesita consensos sociales que miren este “ángulo oculto” de la pobreza infantil que atrapa a tantas familias y a tantos niños y niñas.

Remediar este problema es, pues, más barato que costear las consecuencias. Un alza en las ayudas económicas a las familias más vulnerables de los 24,25 euros  actuales a 100 al mes para cada hijo, por ejemplo, supondría una inversión anual  de 0,22 puntos del PIB (2.400 millones de euros). Se trata de una cantidad reducida si se la compara con el peso social de de esta lacra, que ronda los 5 puntos del PIB.

Si no se toman este tipo de decisiones políticas el porcentaje de infancia en riesgo de pobreza y de exclusión en España apenas se reducirá en 2030 en comparación con la actualidad. Esta tasa, que hoy afecta a un 28,3% de los niños, pasará al 26,5%. O sea: la pobreza infantil de habrá cronificado.

A Toñi, Juan y Gregorio estos datos les resbalan un poco. Ellos tienen a esa pobreza en su propia casa, en su cuarto de estar, en su cocina y, sobre todo, en las frágiles espaldas de sus hijos. Toñi, que ha estado en silencio dice: “Mis hijas desde chiquitillas se han tenido que acostumbrar a que yo les diga que no puedo comprarles cosas”. Pago los cafés.

 

  1. 2.    Preguntas:

 

  1. 1.    ¿Vemos que nos conciernen cada vez más las situaciones de los humildes? Poner algún ejemplo.
  2. 2.    ¿Cómo ir trabajando para lograr vivir en una comunidad humilde?
  3. 3.    ¿Qué te duele hoy más de la Iglesia?
  4. 4.    ¿Cómo hacer hoy creíble a la Iglesia?

 

 

 

5

EL CAMINO DE UN DECRECIMIENTO

QUE LIBERA EL CORAZÓN

 

 

         La espiritualidad franciscana ha tenido como uno de sus núcleos el de la pobreza. En realidad, el verdadero núcleo es para Francisco el Evangelio. Él cree que la pobreza es camino seguro para el Evangelio. Pero la pobreza es eso, un camino, no una finalidad.

         La vida franciscana hace tiempo que abandonó la “lucha por la pobreza” por más que queden restos de esa batalla. Pero resulta que la profecía laica vuelve a poner sobre la mesa el tema en esta sociedad nuestra de la abundancia. Esa realidad tiene un nombre: decrecimiento.

¿Qué es el decrecimiento y cuál es su objetivo? El decrecimiento es una corriente de pensamiento político, económico y social que pretende establecer una relación de equilibrio entre el ser humano y la naturaleza y entre los propios seres humanos frente a la situación de dominación hoy existente que está acabando con la naturaleza y frente a la explotación de las personas en beneficio de la producción y la rentabilidad económica de unos pocos. El decrecimiento es una herramienta válida al servicio de la construcción de un mundo más habitable, más humano, donde se garanticen los derechos de todas las personas y pueblos y regido por un mínimo principio de equidad. Resulta escandaloso contemplar las diferencias que hoy se dan en el mundo.

El objetivo más llamativo es la disminución de la huella ecológica en los países que denominamos más desarrollados del planeta. Es decir, la reducción significativa de los consumos de bienes y de energía, el reparto del trabajo con la consiguiente disminución de jornada laboral y evidentemente con una disminución del sueldo o la relocalización de la producción de materias en lugares cercanos a su consumo. Pero su principal objetivo es diseñar una nueva sociedad donde se satisfagan las necesidades básicas de las personas, se respete el equilibrio con la naturaleza y en definitiva se viva mejor con menos. Sabemos que puede sonar un poco ingenuo, pero si nos paramos a pensar en el sistema capitalista actualmente vigente no creo que se pueda concluir que la mayoría de las personas ven satisfechas sus necesidades, sobre todo en el Sur, o se sienten felices en la selva del consumismo.

         Quizá estos nuevos lenguajes hagan a la vida franciscana el beneficio no solamente de aclarar y actualizar uno de los contenidos centrales de su espiritualidad sino, además le puede ser muy útil para conectar con el hoy social y constatar que la espiritualidad franciscana sigue siendo válida en nuestros días. Doble favor.

 

  1. 1.    La voz de los textos franciscanos: 2 Cel 91

 

«Viene un día al Santo la madre de dos hermanos y le pide limosna confiadamente. Compadecido de ella, el Padre santo dijo a su vicario el hermano Pedro Cattani: «¿Podemos dar alguna limosna a nuestra madre?» Es de saber que llamaba su madre y madre de todos los hermanos a la madre de cualquier hermano. Le respondió el hermano Pedro: «No queda en casa nada que se le pueda dar». Pero añadió: «Tenemos un ejemplar del Nuevo Testamento, por el que, al carecer de breviarios, leemos las lecciones de maitines». Le replicó el bienaventurado Francisco: «Da a nuestra madre el Nuevo Testamento, para que lo venda y remedie su necesidad, ya que en el mismo se nos amonesta que socorramos a los pobres. Creo por cierto que agradará más a Dios el don que la lectura». Se le da, pues, el libro a la mujer; y así, el primer ejemplar del Testamento que hubo en la Orden fue a desaparecer en manos de esta santa piedad».

 

  • El texto pertenece al bloque que habla de la caridad de Francisco con los pobres en el que Celano pone muchos ejemplos de ello. Nosotros vamos a leer el relato como una narración de decrecimiento más que de caridad.
  • El decrecimiento va a tener una razón no solamente de necesidad  (la pobreza de la mujer), sino de afecto: es la madre de dos hermanos, “nuestra madre”. Es preciso mezclar a razones de orden de económico, de justicia, las de aprecio y valoración cordial de los sectores empobrecidos.
  • La fraternidad ya está decrecida (en queda nada en casa), aunque no totalmente. El decrecimiento, como el Evangelio, pide una entrega cada vez más total, hasta donde uno pueda.
  • Que haya un ejemplar del NT, con lo que valían los libros en aquella época, resulta algo extraño. Es llamativo que se quiera socorrer la pobreza con algo sagrado. La patrística, fray Luis de Granada, el mismo papa Francisco dicen que habría que vender los vasos sagrados para socorrer a los pobres. Pero nadie lo hace. Es tabú. La fraternidad franciscana decrece hasta en los aspectos espirituales más vivos.
  • Es hermosa la razón que se da para hacer este decrecimiento hasta en lo espiritual: “agradará a Dios más el don que la lectura”. La razón del decrecimiento cristiano, como el de cualquier otro, es una razón de humanidad. Si la solidaridad con la persona frágil no está viva, no es fácil que uno se anime a andar este camino.

 

  1. 2.    La voz del evangelio: Mc 12,41-44

 

«Se sentó enfrente de la Sala del Tesoro y observaba cómo la gente iba echando monedas en el tesoro; muchos ricos echaban en cantidad. Llegó una viuda pobre y echo dos ochavos, que hacen un cuarto. Convocando a sus discípulos, les dijo: - Esa viuda pobre ha echado en el tesoro más que nadie, os lo aseguro. 44Porque todos han echado de lo que les sobra; ella, en cambio, sacándolo de su falta, ha echado todo lo que tenía, todos sus medios de vida».

 

  • El Tesoro del templo es el verdadero motor: ahí está la sala de impuestos, el banco del Templo, el almacén de la leña, el matadero, la cancillería, etc. El verdadero motor no es el santo de los santos, sino el tesoro. Allí había al parecer diversos “cepillos” donde se recogían las limosnas. Uno de ellos era para la ayuda a los pobres.
  • Cuando Jesús “se sienta…y observa” establece un parámetro social: se mide la fe por los comportamientos económicos. Si hay fe, tendría que importar lo económico.
  • Es lógico que muchos ricos echan en cantidad porque tienen mucho. Pero la calderilla de la mujer-viuda-pobre (múltiple desamparo) se opone al mucho de los muchos ricos. Es decir, hay que hacer una lectura no solo de las riquezas, sino del dinamismo de las pobrezas.
  • El quid de la cuestión está en la oposición “echar de lo que sobra…echar de la propia falta”. Cada postura revela la diferente perspectiva: a) echar mucho teniendo mucho indica que uno no se fía del Templo, aunque lo sostenga; b) echar de la falta significa una fe en la estructura del templo como estructura santa y una confianza, teniendo la certeza de que si se da para los pobres, para los pobres irá. No solamente hay generosidad, sino buena voluntad. La mujer, en su pobreza, no emplea la crítica como elemento de discernimiento
  • La viuda es, ciertamente, antítesis de los dirigentes, infieles a Dios por su amor al dinero. Su mayor pobreza es su generosidad sin posibilidad de discernimiento; su mayor riqueza, su confianza en la bondad de las instituciones y de las personas. En esto es modelo del reino, pero habría que completar el parámetro: no se trata solamente de ser generoso, no se trata incluso de dar el todo, sino de darlo con la certeza de que se está dando en la dirección correcta, apuntando a las causas.

 

  1. 3.    En la sociedad del despilfarro

 

El despilfarro tiene relación profunda con el decrecimiento. Sin frenar el despilfarro que le es connatural al modo consumista del crecimiento, despilfarro que, unido a la productividad, es motor desarrollo, pensar en una espiritualidad de decrecimiento es prácticamente imposible. La irracionalidad del despilfarro lo despoja de razón, pero sigue funcionando alimentado por el afán depredador de los triunfadores de la economía. La sociedad, indefensa, cae en sus garras, justifica el despilfarro y lo aplaude como síntoma de salud económica. Las consecuencias en el ámbito humano son devastadoras.

Los países ricos, incluido el nuestro, han sido tradicionalmente países de pobreza porque ésta, a nivel sociológico, no ha sido erradicada de occidente hasta hace muy pocas décadas. Viniendo de la pobreza, habiéndola sufrido, la hemos olvidado. Es preciso recuperar la memoria de la necesidad para contener el afán inconsciente del despilfarro que vuelve a la persona egoísta e insolidaria.

Porque no solamente prácticas, muchas veces insensatas, de nuevos ricos, sino también se trata de una mentalidad, de una manera de pensar, de una cosmovisión incluso. Es aquella en que el antropocentrismo se hace egoísta hasta el punto de olvidarse de la situación de sus propios congéneres en dificultad económica. Este desentendimiento desvela la calidad moral de nuestra sociedad en su lado más oscuro.

El despilfarro lleva a una insensibilidad global, un hacer oídos sordos a las demandas sociales que llegan hasta nosotros. Siendo así que nunca como ahora tenemos información sobre los hechos sociales y económicos, la abundancia de datos no mueve a la ciudadanía a actuar. Únicamente algunos “profetas” se conmueven, se mueven y empujan algo a la sociedad en general que, instigada por los mercados, tiende a ir en la dirección del desentendimiento.

El despilfarrador/a, azuzado por su mala conciencia o por elementos externos de componente más profético, elabora una defensa en base a razones, que lo son, pero que, en el fondo, son una cortina de humo: la incuria y la corrupción de los gobernantes de los países pobres, el poco afán de crecimiento y de trabajo de los empobrecidos, su poco deseo de previsión y ahorro, su escasez de cultura comercial y productiva, su poca preparación en tecnologías modernas, etc. Son medias verdades que, todas juntas, no llegan a constituir ninguna clase de verdad. La pregunta sobre el despilfarro apunta al satisfecho que despilfarra, no al pobre que carece de los bienes básicos.

El cuidado esencial es algo que es más que una mera ayuda puntual que calme las conciencias o apacigüe las ansias de liberación que subyacen en la vida de los pueblos empobrecidos. Se trata de saberse responsable de la vida de los otros y desplegar el afán de cuidar a aquellas personas que, imbuidas de la misma dignidad y necesidades que yo, demandan su cuota de justicia no satisfecha. Mientras “cuidar” no sea una vocación explícita y explicitada, el despilfarro campará a sus anchas con la sonrisa del bienpensante que cree que no está haciendo nada malo.

Quizá una manera práctica de entrar en una dinámica distinta a la del despilfarro será “ir a ver”, hacer pequeñas (o no tan pequeñas) experiencias de inmersión en medios sociales globalmente pobres. Valorar ahí el alimento, el agua, la energía, la salud, como realidades frágiles y escasas para luego, comparando con la sociedad del despilfarro, extraer consecuencias personales y sociales que lleven a un cambio.

 

  1. 4.    Una Iglesia decrecida

 

         ¿Puede aplicarse la espiritualidad del decrecimiento a la realidad eclesial? Sin ninguna duda, como a los otros colectivos sociales. De salida creemos que una “iglesia decrecida” está más cercana al sueño de Jesús que una iglesia poderosa. La evangélica idea de la “levadura en la masa” se acomoda más al decrecimiento. Pretender que toda la masa sea levadura (no que la masa fermente, aunque siga siendo masa), es una anomalía.

Hemos heredado la idea de que la Iglesia tiene que ser evangelizadora, misionera, cada vez más amplia hasta ser universal. Esta idea es peligrosa porque cree que es una iglesia más de Jesús cuanto más grande es, en todos los sentidos. Tanto desde el punto de vista ideológico, como desde el práctico, esta idea es peligrosa y va unida a la idea de misión: hacer misión es una obligación, se dice. Pero esta idea de misión grande, universal está asentada sobre la evidencia de la bondad única del mensaje y la lógica obligación de aceptarlo. De ahí a la imposición hay un paso. Y una Iglesia amplia basada en imposiciones se aparte del “la carga ligera” que es la propuesta de Jesús.

Prisioneros del criterio del número, pensamos que cuantos más sean cristianos, mejor. Por eso, el número ha sido el activador de la misión en épocas pasadas (¿en parte no lo continúa siendo?). Hay que decir que, según el Evangelio, cuanto más adheridos a Jesús y sus valores, mejor. El número pasa a un segundo término.

Muchos creyentes, algunos de ellos notables, han tenido la idea de una Iglesia decrecida. Recordamos: “En todas partes constituye una minoría numérica, al menos si hablamos de un cristianismo verdaderamente vivido; de hecho, en ninguna parte desempeña una función de “leadership” que le permita dejar de un modo potente y sensible la huella de los ideales cristianos en la vida seglar” (Rahner 1965). “De la Iglesia de hoy saldrá también esta vez una Iglesia que ha perdido mucho. Se hará pequeña, deberá empezar completamente de nuevo. No podrá ya llenar muchos de los edificios construidos en la coyuntura más propicia. Al disminuir el número de sus adeptos, perderá muchos de sus privilegios en la sociedad” (Ratzinger 1970). “¿Somos los últimos cristianos? Ciertamente somos los últimos de un estilo de cristianismo. No somos los últimos cristianos” (Tillard 1998).

Parece que hemos llegado a lo contrario: una iglesia que no solamente añora los tiempos de la cristiandad sino que hace planes de recuperación de las “raíces cristianas” y que parece buscar esos tiempos perdidos. Una iglesia que quiere ser relevante y que quiere que sus criterios (incluso en asuntos políticos) ser tenida en cuenta. Una Iglesia volcada a los grandes medios de comunicación con expresiones multitudinarias y con el amparo de los gobiernos de turno.

¿Es así toda la realidad eclesial? Ciertamente no. Siguen existiendo, aunque algo silenciadas y ninguneadas por el sistema, las CEBs siempre tras su anhelo de una vida cercana al mensaje liberador de Jesús. Sigue habiendo grupos “paralelos” que buscan incansablemente el rostro de Dios y sienten vivo el acompañamiento de Jesús. Hay, incluso en las parroquias humildes, grupos de búsqueda cristiana, flexibles, conectados con la realidad de hoy, cercanos a la vida de los humildes.

 

6

EL CAMINO DE LA FE VIVIDA

EN ALEGRÍA

 

         Los críticos con la religión cristiana la han censurado porque, dicen, es una religión gris, triste, tremebunda incluso, siempre cercana a la muerte, lejos de la alegría. Habrá que situar las cosas en su justa medida, pero algo de razón no les falta. Basta asistir a cualquiera de nuestras eucaristías.

         El franciscanismo ha sido caracterizado como una espiritualidad de la alegría. La figura de Francisco de Asís se ha pintado en modos amables y alegres. De ahí, quizá, su atractivo. Pero el peligro es banalizar tal alegría, como si Francisco fuera una persona superficial que habla con pajarillos y lobos. La alegría franciscana, como veremos, está urdida con otras mimbres.

         Por eso, aún hoy, un camino franciscano para volver a Jesús es redescubrir la alegría franciscana de ser hermano/a, algo que está construido sobre un camino a veces difícil, pero siempre hermoso.

 

  1. 1.    La voz de los textos franciscanos: VerAl

 

1El mismo fray Leonardo refirió allí mismo que cierto día el bienaventurado Francisco, en Santa María, llamó a fray León y le dijo: «Hermano León, escribe». 2El cual respondió: «Heme aquí preparado». 3«Escribe –dijo– cuál es la verdadera alegría. 4Viene un mensajero y dice que todos los maestros de París han ingresado en la Orden. Escribe: No es la verdadera alegría. 5Y que también, todos los prelados ultramontanos, arzobispos y obispos; y que también, el rey de Francia y el rey de Inglaterra. Escribe: No es la verdadera alegría. 6También, que mis frailes se fueron a los infieles y los convirtieron a todos a la fe; también, que tengo tanta gracia de Dios que sano a los enfermos y hago muchos milagros: Te digo que en todas estas cosas no está la verdadera alegría. 7Pero ¿cuál es la verdadera alegría? 8Vuelvo de Perusa y en una noche profunda llegó acá, y es el tiempo de un invierno de lodos y tan frío, que se forman canelones del agua fría congelada en las extremidades de la túnica, y hieren continuamente las piernas, y mana sangre de tales heridas. 9Y todo envuelto en lodo y frío y hielo, llego a la puerta, y, después de haber golpeado y llamado por largo tiempo, viene el hermano y pregunta: ¿Quién es? Yo respondo: El hermano Francisco. 10Y él dice: Vete; no es hora decente de andar de camino; no entrarás. 11E insistiendo yo de nuevo, me responde: Vete, tú eres un simple y un ignorante; ya no vienes con nosotros; nosotros somos tantos y tales, que no te necesitamos. 12Y yo de nuevo estoy de pie en la puerta y digo: Por amor de Dios recogedme esta noche. 13Y él responde: No lo haré. 14Vete al lugar de los Crucíferos y pide allí. 15Te digo que si hubiere tenido paciencia y no me hubiere alterado, que en esto está la verdadera alegría y la verdadera virtud y la salvación del alma.»

 

         Es un texto franciscano muy conocido y apreciado por los que se sienten ligados a Francisco. Con frecuencia se representa en el teatro o en el cine. Los antiguos franciscanos lo apreciaban mucho. De hecho aparece narrado en 2Cel 125 y ampliado en Flor 8.

-         Dicen que este relato es como una conclusión y síntesis de las Admoniciones: el verdadero quid de la cuestión franciscana es saber si se puede seguir siendo hermano cuando no se te da amor, respeto y acogida.

-         ¿Cómo ser hermano en el amor asimétrico? ¿Cómo reaccionas cuando amando tú crees que no se te devuelve amor? Esa es la cuestión.

-         Este texto ha “surgido presumiblemente en el mismo contexto espacio temporal y anímico que el Cántico de las criaturas y la Exhortación cantada a Clara y sus hermanas”. ¿Cuál es ese contexto? Es el final de la vida de san Francisco, cuando ha estallado el conflicto con los hermanos que quieren una Orden organizada y potente, cuando Francisco piensa que ha fracasado y anda en su noche oscura (aquello que reflejó tan bien el librito de E. Leclerc, Sabiduría de un pobre). En ese rechazo grande, Francisco reafirma su fe inquebrantable en la fraternidad: ni el mayor de los rechazos habría de ser motivo para dejar de ser hermano, para dejar de amar. Hablar de “alegría” en esta situación es francamente para nota.

-         Por eso, no es solamente un texto “bonito”. Es un texto hondamente sufriente, hondamente herido, hondamente fraterno. El calificativo de “hermano” Francisco se lo ha ganado a pulso, a lágrimas, a corazón ofrecido.

 

Saboreamos el texto:

 

  • Escenario del relato: 1-3:

 

-         El lugar es Santa María de los Ángeles, la capillita amada por Francisco, el lugar donde nace la Orden, el sitio más sagrado. Pues bien, ahí se le va a dar con la puerta en las narices. Para medir lo hiriente del relato.

-         El redactor es el hermano León, el más amigo de Francisco. Estas son cosas que solamente pueden hablarse con amigos de verdad, porque se está hablando de las hondas penas del alma, de lo que hiere de verdad, de lo que duele mucho. Solo un amigo puede ser capaz de recoger estas lágrimas tan amargas.

-         Dice Francisco que esto ha de “escribirse”, como si dijera: que los hermanos de hoy y los que vengan no lo olviden, porque esto siempre funciona así: ¿cómo reaccionar ante el amor rechazado? Ya lo decía Jn 13,35: “En esto conocerán que sois discípulos míos…”.

-         Es un asunto de “alegría”. ¿Cómo se puede hablar de alegría en una situación de rechazo? ¿De qué alegría estamos hablando? Juan 16,22 habla de una alegría “que no os quitará nadie”. La alegría normal es muy frágil, desaparece pronto. Esta alegría tiene que ser compatible con las lágrimas, con el sufrimiento. ¿Es posible? Para medir un poco las profundidades en las que se mueve Francisco. Para no banalizar el relato.

 

  • Qué no es verdadera alegría: 4-7:

 

-         Los “maestros de París”, la mejor universidad del mundo entonces, se hacen franciscanos. Es el anhelo de muchos que quieren ya ir a estudiar a París (san Buenaventura será, años más tarde, estudiante en París). Están pensando en montar un studium franciscanum allí. Eso daba peso e identidad a una Orden cuando mucha gente del clero le negaba el pan y la sal. Eso daría un prestigio intocable. No está en este asunto la “verdadera” alegría. Puede haber otra alegría, pero no la verdadera.

-         Los “prelados y el rey de Francia e Inglaterra”: Todos los estamentos de poder, el eclesiástico y el civil. El gran poder, el mayor de la época. El poder que abarca todos los países lejanos: ultramontanos, Francia, Inglaterra, todo el poder conocido. Una Orden con poder, el que muchos anhelan. La exageración pone en evidencia el ansia: anheláis más poder que el rey de Inglaterra. El poder que roe los cimientos de la Orden que algunos sueñan. No es “verdadera” alegría.

-         La conversión de los infieles gracias a la predicación de los hermanos, los abundantes milagros de Francisco: fama a costa del Evangelio, honor que revierte en el milagrero, no en Jesús. Anhelos espirituales que tampoco casan con la “verdadera” alegría porque terminan siendo alimento para un yo enquistado. Una Orden asentada sobre las ganancias del yo. La “verdadera alegría” no puede caber sino en un yo desplazado, en personas que no sucumben a la enfermedad del yo.

 

  • Qué es verdadera alegría: 8-14:

 

En la segunda parte del díptico se narra lo que es esa alegría extraña, “verdadera”. Comienza dibujando el escenario:

-         La palabra más importante es “frío”: invierno, frío, agua frías, aterido y helado. Además de helado por fuera, helado por ser rechazado. Hielo sobre hielo, frío sobre frío. ¿Cómo mantener algo “caliente” (el amor) en un escenario de tanto frío?

-         La “puerta”: puerta cerrada, lo que separa, lo que aísla, lo que rompe la relación. Se llama “un buen rato”. Al que está dentro no le importa lo que pasa fuera, en el frío. El que está dentro se cree hermano, pero es el que llama quien quiere ser hermano. Situación paradójica. ¿Cómo ser hermano estando fuera, en las afueras?

-         El que acude es un “hermano”, pero aislado, molesto, desconsiderado, rechazador. Pero es el hermano. ¿Cómo verlo como hermano cuando se presenta como portero que rechaza?

-         La pregunta “quién es” tiene fondo: es la pregunta por la identidad del que llama, por su verdadero ser en relación con el llamado. Por eso la respuesta es la mejor: un “hermano”, el hermano Francisco: uno que se empeña en la fraternidad evangélica, que no quiere salirse del marco de la fraternidad. Que se le pregunte, que los hermanos mismos le pregunten tú quién eres ya resulta extraño cuando ha sido Francisco quien ha sembrado la semilla evangélica de la fraternidad.

-         Esto va a dar lugar a una serie de rechazos que muestran el extraño y profundo rechazo en que se mueve la vida de Francisco al final de su camino. ¿Cómo es posible que en tan pocos años el sueño de la fraternidad se haya convertido una pesadilla tal?

  • Primer rechazo: “no es hora decente”: no guardas las horas establecidas, las marcadas por una vida estable, monástica. No puede ser hermano nuestro quien anda en los caminos, porque es mal signo: hay que andar en casa, cerrado, recogido, establecido. No es de fiar uno que anda en caminos (nos hemos alejado del Jesús que anduvo en los caminos: “Iba de camino”: Mc 9,30). Francisco y los hermanos que andan a distinta hora.
  • Segundo rechazo: “eres simple e inculto”. La simplicidad que era el signo principal de la vida franciscana se convierte ahora en la mayor dificultad para el que es “culto”. La consecuencia es clara: “ya no vienes con nosotros”: la Orden va por un camino que no es el tuyo. Nuestros caminos se han separado, ¿por qué seguir empeñado en ser hermano de quien va por otro camino? La evidencia: “somos tantos y tales, no te necesitamos”. No eres una aportación útil, no añades ningún valor a nuestra vida. No solamente somos autónomos, sino que somos numerosos. Eres tú quien está en inferioridad numérica y en inferioridad cualitativa. Ya no sirves.
  • Tercer rechazo: el más cargado de sentido porque se invoca “al amor de Dios”, razón última de cualquier apelación a la generosidad entre cristianos. Y, además, se sitúa en los mínimos: “por esta noche”: veamos si es posible mantener los mínimos del amor. Pues decididamente, no: “no lo haré”. Sin titubeos. Y ahora la mayor herida: “Vete al lugar de los crucíferos”: son los lugares donde se refugiaban los hermanos en los primeros tiempos y eran, frecuentemente, leproserías atendidas por “crucíferos” una orden fundada en 1165. O sea: vuelve al comienzo, funda otra vez otra Orden como aquella porque la nuestra es distinta, no es la que tú fundaste. El rechazo es total.

 

  • Conclusión: 15:

 

Se podría pensar que no hay nada que hacer, que asumir la realidad como ruptura de la fraternidad es el único camino. Pues no, “si he tenido paciencia y no me he turbado”, es decir, si sigo en los parámetros de la fraternidad, si no maldigo de quienes me rechazan, si no muere el amor que antes había, si más allá del dolor y de las lágrimas sigo mirando como hermano a quien antes lo miraba así, ahí está “la verdadera alegría, la verdadera virtud y la salvación del alma”. Es decir: ahí se demuestra si entiendes de verdad la fraternidad, si eres persona de evangelio y si te acercas a la plenitud de la fe. Lo demás, es engañarse. Algo insólito.

     Las preguntas se agolpan: ¿cómo se había llegado a una situación así? ¿Solamente por el endurecimiento de los intelectuales? ¿Qué parte tenía el mismo Francisco en esto? ¿Su difícil flexibilidad, su visión personalista del evangelio, su ideal identificado con él mismo no tuvo que ver? ¿El haber aceptado a muchos hermanos sin gran discernimiento no tuvo que ver? ¿La misma Iglesia que vio en los franciscanos un filón no tuvo nada que ver? ¿Se puede poner la relación al borde de la ruptura por cuestiones ajenas a ella?

 

 

  1. 2.    La voz del Evangelio: Lc 10,21

 

«En aquel preciso momento, exultante con el gozo del Espíritu Santo, exclamó: -¡Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra, porque si has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, se las has revelado a la gente sencilla! Sí, Padre, bendito seas por haberte parecido eso bien».

 

  • En un texto que, dentro del viaje a Jerusalén, narra la vuelta de la misión de los setenta. Es de los pocos textos donde se muestra la alegría de Jesús (el tema de la alegría no es frecuente en los evangelios ¿por qué?).
  • La alegría de Jesús es profunda porque sus seguidores  han hecho la misión del reino en modos aceptables, cosa no fácil para quien proviene del judaísmo. Esa misión ha sido, básicamente, una misión de liberación. Una alegría que brota de la liberación del otro.
  • Los sabios y entendidos no han captado el sentido de liberación del reino porque son gente próxima al poder. Si este se ve amenazado, la tristeza aflora a sus vidas. El reino y su sentido se les oculta. Por ello su vida se instala en el gris sobre gris.
  • El reino es para sencillos que profundizan, no para los superficiales. Por eso, la alegría evangélica brota de fuentes profundas, no de una superficialidad vacía.
  • El Padre es la fuente de alegría de Jesús y su designio de que nada se pierda.

 

  1. 3.    Invitaciones a la alegría

 

  • La alegría se vuelve desbordante en los tiempos mesiánicos. Ya hemos dicho que no ha caracterizado, a veces, la alegría al cristianismo. Una religión de la tristeza, la han tildado algunos. Sería preciso no solamente desarrugar el ceño, sino cultivar el disfrute sencillo, las pequeñas alegrías cotidianas y entender y vivir la práctica religiosa no como una imposición, sino como una suerte que nos enriquece.
  •  Convertirse en mensajero de alegría para los demás: Ya que una alegría que no se contagia no puede ser de calidad. La vida fraterna habría de ser vida de alegría contagiada, no de disgusto multiplicado. La comunidad cristiana habría de elaborar planes de pastoral para el contagio de la alegría en tiempos, como el nuestro, de notables dificultades para la misma. Una alegría que habría de tener arraigo antropológico. No meras palabras, sino también hechos, ayudas, empujes, situaciones de vida que generen alegría.
  • La creación entera participa de esta alegría de la salvación: Es algo que puede ayudarnos a reavivar el fuego de la alegría: la creación, hermana nuestra, también quiere participar en la alegría creacional y puede ayudarnos a avivar la alegría. Alegrarse con la creación es una de las formas más puras de alegría. Esto puede hacerse con todo lo que nos rodea, cuidándolo, amándolo, disfrutándolo. Basta abrir los ojos y el corazón.
  • La alegría se vive en medio de las pequeñas cosas de la vida cotidiana, como respuesta a la afectuosa invitación de nuestro Padre Dios: No se precisan grandes cosas para cultivar la alegría. En el cada día de uno, por sencillo que sea, se puede cultivar la hermosa planta de la alegría. Hacerlo es un acto de fe y de confianza en la invitación del Padre. Sumirse en el desconsuelo y en el gesto adusto es responder mal al afecto de Dios sobre nosotros y sobre las criaturas.

 

  1. 4.    Un río de alegría

 

  • El Evangelio invita insistentemente a la alegría. Cruz y alegría se pueden mezclar; limitación histórica y gozo se pueden unir; debilidad y disfrute pueden ir unidos en parte. Es una sabiduría enorme de vida y de fe saber hacer esta mezcla. Quien lo consigue, logra que la debilidad no le derrote y saca partido a las pequeñas alegrías que la vida ofrece cada día. De ahí la invitación “insistente” del Evangelio a vivir en alegría.
  • Nuestra alegría cristiana bebe de la fuente de su corazón rebosante. Por eso mismo hay que saber del corazón de Jesús. Esto es algo más profundo que lo meramente devocional. hay que saber de los valores evangélicos, que conforman el corazón de Cristo, su más profunda profundidad. Hay que saber en la vida propia, en la práctica de valores como el perdón, la paz, el amor, la generosidad, la entrega, el servicio, la sencillez, etc. Esos son los valores del corazón de Jesús. De ahí, de su práctica, brota un raudal de alegría.
  • En la primera comunidad…había «una gran alegría»: Quizá se halle ahí el secreto del atractivo de aquella comunidad y el de su maravillosa expansión en un mundo nada proclive al Evangelio. Quizá podríamos reproducir en nuestra comunidad aquel anhelo y contribuir con decisión a una comunidad de una fe alegre, contagiosa, jovial, despejada, aireada.
  • ¿Por qué no entrar también nosotros en ese río de alegría?: Como quien entra en un río, sacudiéndose la pereza, deseando entrar en la frescura y el disfrute, queriendo compartir el gozo de hacer parte de una corriente grande de alegría. Hay muchas personas en el mundo que viven contentas, incluso en medio de situaciones no fáciles. Tendríamos que animarnos a entrar en ese río de hermosas aguas; no en la turbia corriente de la tristeza y del disgusto.

 

PARA EL TRABAJO DE LA TARDE:

 

  1. 1.    Punto de partida: Cascarones vacíos

(Se lee detenidamente, subrayadamente)

 

            Aunque es noviembre y el frío se va haciendo cada día más cercano, el sol caldea por la tarde el rincón del parque. Por eso, al abrigo, se está bien, sentados en un banco, hablando con Alí, un apátrida.

            “Mucha gente no sabe qué es un apátrida, por más que la palabra esté en el diccionario. Te lo voy a decir yo: es como si fueras un pez atrapado en un estanque cuadrado, un cascarón vacío. Eres persona, pero no tienes identidad. Intenta sentir lo que yo siento: cuando abro la puerta de mi casa no tengo conciencia de tener un hogar, de estar en mi terreno. No tengo hogar. Somos tan invisibles que la sociedad española no sabe ni que existimos”. Caen las frases como grandes piedras en el fondo del río.

            En el mundo hay entre 10 y 19 millones de apátridas. En Europa son como unos 600.000 mil. Son personas sin identidad social porque vienen de países que se desmembraron o de minorías étnicas que no tienen el reconocimiento civil otorgado por un Estado. Viven en un limbo legal, disfrutando solamente, cuando consiguen el reconocimiento de apátrida, de un acceso mínimo a la protección legal y a la sanidad porque la nacionalidad es esencial para la plena participación en la sociedad. Y ellos no la tienen. Solo pueden viajar y trabajar controladamente, no pueden abrir una cuenta bancaria y si se mueren, su defunción no quedará registrada en documento alguno.

            “Vosotros los españoles, dice Alí, tenéis un refrán que dice: ‘Qué se puede esperar de quien no tiene hogar’. Nosotros no tenemos hogar. Por eso, conseguir la nacionalidad sería para mí como si me tocara la lotería”.

            Alí es de origen baharí, una minoría étnica de Bangladesh a la que despectivamente se le conoce como “los desamparados paquistaníes”. En la guerra de 1971 se provocó la secesión de la parte oriental del país que conocemos como Bangladesh. Los biharia quedaron en ese territorio. Al haber apoyado al gobierno de Paquistán, el gobierno bangladesí no les reconoce la nacionalidad.

            Aunque uno se sumerja en los informes oficiales, es muy difícil saber cuántas personas apátridas hay en España, cuántas demandan esta figura y cuántas concesiones otorga el Estado. Parece que hay varios miles de demandas, en torno a tres mil, y que las concesiones son lentas y muy pocas, algunas decenas al año. La mayor parte de estas peticiones las hacen en España los saharauis. Al no ser reconocido su “estado” como tal (la República Árabe Saharahui Democrática), los jóvenes saharauis que vienen de la excolonia española a la península optan por la apatridia ya que el estatuto de refugiados políticos les está vetado.

            De esta manera quieren hacer visible la causa de su pueblo que lleva más de 40 años dividido entre los territorios ocupados por Marruecos y los campamentos de refugiados en Argelia. Y es lo que ellos dicen: “Sin identidad, se acaba por dejar de existir”. La suya es una lucha por la identidad y por la supervivencia. Y si se acogen a la figura de apatridia es porque les hace falta un documento para poder vivir y viajar temporalmente, porque el tal documento es válido solamente para cinco años. Todos creen que su situación va a ser temporal.

            Puede que se considere todo esto unas “migajas”. Pero ha costado lo suyo llegar a ellas. El Estado español concede el estatuto  de apátrida solo a los saharauis que viven en los campamentos. Antes el ministerio alegaba que tenían la nacionalidad argelina porque Argelia les otorga un pasaporte, que en realidad es un simple título de viaje que no concede la nacionalidad. El recurso a la apatridia implica, en cierto sentido, renunciar a una patria a cambio de poder moverse por el mundo y, en un futuro, solicitar la nacionalidad del país que ha concedido el estatuto. A los saharauis que viven en las zonas ocupadas se les cierra también esta puerta porque se les impone la nacionalidad marroquí.

            “La apatridia, dice Alí, te da una sensación de vacío que nadie puede comprender. Es como vivir sin raíces. Y, aunque no te queda otra, ese vacío del corazón te acompaña hora a hora. Me pregunto si tal vacío no será mi casa para siempre”.

            Cae la tarde sobre el rincón del parque. Antes de despedirnos con un apretón de manos digo a Alí: “No tienes papeles, pero eres una persona”. El silencio y la mirada dicen “gracias”. A secas.

 

  1. 3.    Preguntas:

 

  1. 1.    ¿Cómo acercarse a las vidas decrecidas de los empobrecidos?
  2. 2.    Prácticas de decrecimiento en nuestras comunidades.
  3. 3.    ¿Cómo alegrar un poco la vida de quienes andan por la vida con dificultades?
  4. 4.    Prácticas de alegría en nuestras comunidades.

 

 

7

EL CAMINO DE UNA LIBERTAD

HECHA DE AMOR Y DE INTEMPERIE

 

         La libertad es uno de los grandes valores que constituyen el núcleo de lo humano. Renunciar a ella es renunciar a ser persona; cultivarla es un trabajo de por vida; amarla es  recrear el sueño de la vida en gozo.

         La  VR no ha elaborado mucha espiritualidad sobre la libertad. Más aún, la ha visto como un obstáculo al voto de obediencia y por ello la ha combatido y olvidado. Pero sin libertad, la persona está disminuida. ¿No podría entenderse justamente la obediencia como el voto de la libertad puesta en común, en el molde de lo fraterno?

         Por eso, el camino de la libertad puede ser entendido como una senda de recuperación evangélica. La vida franciscana ha hecho de la libertad un valor originario. Pero tal libertad ha estado hecha de amor al hermano y de intemperie que no se somete al dictado del poder. Quizá por ahí haya un camino.

 

  1. 1.    La voz de los textos franciscanos: CtaL

 

«Hermano León, tu hermano Francisco te desea salud y paz. Así te digo, hijo mío, como una madre, que todo lo que hemos hablado en el camino, brevemente lo resumo y aconsejo en estas palabras, y si después tú necesitas venir a mí por consejo, pues así te aconsejo: Cualquiera que sea el modo que mejor te parezca de agradar al Señor Dios y seguir sus huellas y pobreza, hazlo con la bendición del Señor Dios y con mi obediencia. Y si te es necesario en cuanto a tu alma, para mayor consuelo tuyo, y quieres, León, venir a mí, ven».

 

  • Se ve que Francisco y León, grandes amigos, han tenido algún encontronazo, no sabemos cuál. Es “lo que hemos hablado por el camino”. Los caminos de la libertad en la vida fraterna no vienen dados. Hay que elaborarlos paso a paso, situación a situación.
  • Se ve que había sido doloroso y Francisco lo daba por zanjado, incluso con su autoridad “de madre”, de responsable de la fraternidad. Es compatible la libertad con una cierta autoridad espiritual que puede salir de parte de aquel que trabaja el evangelio. No tiene más razón quien tiene más autoridad, sino quien trabaja más el evangelio.
  • Francisco deja libertad de acción a León: “el modo que mejor te parezca…hazlo con la bendición del Señor”. Al fin y al cabo, muchos de los interrogantes de la vida los tiene que solucionar uno mismo. No puede ser uno suplantado por alguien que diga lo que hay que hacer. Uno mismo, con asesoramiento fraterno, ha de tomar las decisiones y tales decisiones han de contar con el plan comunitario del que se hace parte.
  • Francisco no se cierra al diálogo posterior, no obstante: “si quieres venir a mí, ven”. El hermano siempre tiene acceso a su vida, sea cual sea el tema. Las decisiones que se toman con libertad quedan siempre abiertas a nuevos caminos. Dar por totalmente zanjadas las cuestiones puede ser, a veces, un acto de autoritarismo.

 

  1. 2.    La voz de los evangelios: Mt 12,1-8

 

«En aquella ocasión, un sábado echó Jesús a andar por lo sembrado; los discípulos sintieron hambre y empezaron a arrancar espigas y a comer. Los fariseos, al verlo, le dijeron: -Mira, tus discípulos están haciendo lo que no está permitido en día de precepto. Él les replicó: -¿No habéis leído lo que hizo David cuando él y sus hombres sintieron hambre? Entró en la casa de Dios y comieron de los panes y de la ofrenda, cosa que no les estaba permitida ni a él ni a sus hombres, sino solo a los sacerdotes. Y ¿no habéis leído en la Ley que los sábados los sacerdotes violan el precepto sin incurrir en culpa? Pues yo os digo que hay algo mas que el templo aquí. Si comprendierais lo que significa misericordia quiero y no sacrificios (Os 6,6) no condenaríais a los que no tienen culpa. Porque el Hombre es señor del precepto».

 

  • El texto refleja la oposición de los dirigentes al Mesías revelado desde su pobreza. No pueden admitir que un excluido obre con la libertad de un empoderado.
  • El sábado era una realidad intocable hasta colocarla por encima de la persona. El mecanismo religioso posterga la libertad de la persona en base al mantenimiento del poder. Quien manda se hace valor imponiendo normas.
  • Jesús tiene otra manera de pensar: no hay valor de más envergadura que la persona, sobre todo la persona con necesidad (con hambre en este caso). La normativa religiosa, por santa que se quiera (la contemplación de Dios creador en sábado) deber ir después (Dt 23,26 permitía arrancar espigas en sembrado ajeno “con la mano”. Pero no tiene la problemática del sábado, que es el asunto aquí).
  • La historia de David y sus soldados con hambre que viene en 1 Sam 24,1ss Jesús la cuenta a su manera: allá se dice que David “pidió” al sacerdote Ajimelec que le diera los panes y aquel se los dio. Pero Jesús dice que “entró en la casa de Dios” con sus hombres, con sus tropeles. Hay aquí una defensa militante de la libertad para obrar cuando la persona tiene necesidad.
  • Para Jesús la cosa está clara: no está en contra del sábado, pero si éste choca con la necesidad de la persona, ésta se pone por delante como primer argumento.
  • ¿Dónde aprendió tal libertad viviendo en un ambiente religioso tan coactivo? ¿Quizá en sus noches de oración (Mc 1,35)?

 

  1. 3.    La libertad de pertenecer

 

         Un antiguo maestro general de los dominicos, Timothy Radcliffe, hablaba de la obediencia como de la “libertad de pertenecer”. Me parece una expresión atinada que puede aplicarse no solamente al llamado voto de obediencia, sino a toda la vida religiosa. Libertad, porque libremente hemos venido a esta vida y libremente estamos en ella. Nadie nos coarta, nadie nos obliga. Estamos aquí porque lo deseamos, porque hemos entrevisto las posibilidades hermosas de una vida en seguimiento dentro de un grupo. Pero, eso sí, estamos dentro de un grupo, “pertenecemos” a un proyecto común, a un plan de conjunto. Estos dos elementos, mi deseo personal y la evidencia de que estoy con otros en grupo, han de estar equilibrados en nuestra vida para vivir la pertenencia con sensatez, sin tensiones excesivas, con creatividad.

         Este equilibrio no resulta fácil. Hay hermanos y hermanas que, llevando muchos años en la vida religiosa, no han entendido del todo que el proyecto común en el que están insertos puede ser el mayor beneficio para su vida personal. Al no entender esto, sufren por una extraña dialéctica: mi comunidad no me entiende, no me siento parte de la comunidad porque no me dan lo que creo necesario para mi vida. Es que no resulta fácil pasar de la orilla de uno a la orilla de la comunidad. Es un proceso que dura toda una vida. Se trata de pasar del horizonte de uno al horizonte de todos. O, si se quiere de una forma más pedestre, se trata de viajar en bus colectivo, no en mi coche individual, para, como decía el poema de León Felipe, “llegar todos juntos y a tiempo”.

         Por todo esto, habrá que entender y vivir la pertenencia no como un peso, sino como un gozo. Hay que caer en la cuenta del contrasentido que es que, habiendo venido a una vida en grupo, nos cueste tanto todo aquello que se construye en grupo. No hemos entendido bien el mecanismo básico de lo que es vivir en comunidad, en relación elemental entre personas. Por eso, hasta el último aliento de la vida habrá que trabajar el aspecto comunitario, la pertenencia a nuestra Congregación. Ésta no es mero sentimiento colectivo, mera adscripción religiosa, simple afán por “defender” a la Congregación. La pertenencia es ilusionarse por el proyecto común, creer que es posible llevarlo adelante a pesar de que seamos grupos frágiles, tener fe en las posibilidades de renovación de la Congregación, sembrar ilusión controlando todos los desalientos. La pertenencia es más una actitud interior que los modos externos de un grupo religioso.

         ¿Pueden nuestros grupos adquirir esa certeza de que el grupo y su proyecto son para mí un gran beneficio, el mayor beneficio que Dios ha puesto en mi vida? Sí, lo pueden. Pero es preciso cultivar el anhelo de todos seamos profetas de la fraternidad, personas enamoradas. Hay en el libro de los Números una escena hermosa: Moisés no podía solo llevar la dirección de la numerosa comunidad israelita y decidió “repartir el espíritu” con otros ancianos. Nombró a setenta. Pero, el día del nombramiento, dos de los señalados, Eldad y Medad, no acudieron a la cita. Posteriormente se pusieron a profetizar como todos y Josué, hombre duro, quiso que Moisés se lo prohibiera. Y entonces dijo Moisés una frase hermosa: “¡Ojalá que todo el pueblo profetizara y el Señor infundiera en todos su espíritu!” (Num 11,29). Pues bien, el proyecto de vida comunitaria quiere poner carne a este gran deseo de Moisés: un pueblo, una comunidad, con espíritu, con alma, con profecía, donde cada uno de sus componentes encuentre su lugar en el mundo, su realización, su felicidad. ¿Es esto un sueño imposible? ¿Nos hemos apuntado a una quimera?

         Pensamos que no. Muchos otros hermanos y hermanas han vivido este sueño a su medida en épocas pasadas y presentes. A los franciscanos y franciscanas nos gusta recordar aquellos primeros capítulos de las esteras en que ser reunían los hermanos para alegrarse y convivir porque “eran felices cuando podían reunirse y más felices cuando podían estar juntos” (1C 39). Ser feliz con el otro, más allá de su limitación, ése es el ideal de la comunidad. Y si no se descubre algo de esto, si no se intuye esa felicidad, si no aparece por ningún lado la alegría de relacionarse y convivir, el tema de la pertenencia se nos hace muy cuesta arriba. Pero si esa dicha elemental de vivir con y para el otro se hace presente en nuestra vida, la pertenencia será una alegría, nunca un peso.

         Hay una película que recomiendo vivamente a los hermanos y hermanas: Tierra de ángeles,  del director Kay Pollak. Narra la vida de un coro humilde de una parroquia luterana en Suecia. Un coro es un grupo de personas que canta. Siempre se pone el acento en el “que canta” y eso se valora de un coro. Pero son “un grupo de personas”. Y el canto depende de cómo funciona ese grupo de personas, de sus anhelos, ilusiones, frustraciones, luchas, acompañamientos, lejanías. Si eso no se aclara y se pone en orden, la pertenencia, es muy difícil que el coro cante bien. Nosotros somos “un grupo de personas que quiere seguir a Jesús”. Si olvidamos que somos “un grupo de personas”, con todo lo que eso conlleva, no podremos seguir a Jesús con ánimo y vigor.

         La pertenencia, pues, está ligada al cimiento de nuestra vida relacional. No basta para ser buen religioso o religiosa cumplir una normativa, llevar un determinado estilo de vida, vivir en una casa grande y sin casarse. Eso es el andamiaje externo, por muy importante que sea. Lo decisivo es la relación con el otro, la manera de mirarle, de amarle, de acogerle. Y, desde ahí, la certeza de que estamos en un proyecto común, en un anhelo compartido, en una vida participada. Esa perspectiva de lo común, esa sensibilidad por lo de todos, esa certeza de que nuestra opción es la fraternidad se hace absolutamente imprescindible para entender y vivir gozosamente la pertenencia.

        

  1. 4.    Una obra de liberación:

 

         Para construir una espiritualidad nueva en estos tiempos de reducción en los que vivimos, necesitamos, como previo, ir haciendo una obra de liberación. Concretamos en algunos puntos:

 

1) Liberarnos del fantasma del número:

 

  • Hemos de intentar liberarnos de la tiranía del número: Jesús no puso como requisito del seguimiento un determinado número y calidad de personas. Se puede ser seguidor/a en número reducido en posibilidades menguadas. La cuestión no es tanto el número cuanto la ilusión.
  • Por lo tanto: habríamos de estar más preocupadas por la ilusión, por el ambiente de la comunidad, por sus ganas de seguimiento, que por sus limitaciones y achaques.
  • Es preciso hacer del seguimiento un tema obstinado de logro y de deseo, poniendo ahí el acento sin obcecarnos con el tema del número y de nuestra situación limitada.
  • No van las cosas mejor en la comunidad solamente porque seamos más brazos para las tareas sino porque los corazones estén más unidos en torno al proyecto evangélico.
  • Hemos de creer a pie juntillas que siendo las que somos, en número y calidad, el ideal del seguimiento es alcanzable en medida interesante por nuestra comunidad.
  • No ha de ser definitivo el que nos sintamos arropadas por un gran número de personas sino por gente que entiende de verdad nuestra opción de seguimiento.
  • No es bueno estar recordando siempre los tiempos en que éramos tanto y tales. También entonces el seguimiento era la cuestión (y a veces resulta en modos menos interesantes que ahora). La fidelidad a lo que se nos ha prometido nos habría de hacer mirar hacia delante más que hacia atrás.
  • No obstante todo lo dicho, hay que sentirse responsables ante el número. Es decir: cómo seguir haciendo hoy una oferta de seguimiento desde el conjunto de la comunidad. Lo que ha sido bueno en otras épocas lo sigue siendo ahora. Hay que preguntarse desde qué perspectivas es ofertable un plan de seguimiento en u determinado carisma.

 

2) Liberarnos de un pasado “glorioso”:

 

  • Nuestro pasado que, por querido, recordamos como “glorioso” no lo fue tanto. Debajo de las glorias oficiales había mucho “barro” sin aclarar. En ese sentido, hoy estamos en mejor situación para que no se produzca esa “esquizofrenia”.
  • Quizá nuestra actual debilidad nos vaya enseñando a poner el acento en realidades distintas a nuestras obras. Antes se medía mucho esa fuerza por las obras y el talante religioso por la dedicación con que nos dábamos a ellas. Ahora los acentos se van desplazando a otros aspectos más de búsqueda, más espirituales incluso, más fraternos.
  • Bien mirada, la antigua espiritualidad era, en parte, una espiritualidad impuesta, obligatoria, de la que no te podías salir si no querías ser reconvenido, cuando no puesto en cuestión. La prueba de que esto era en parte así es que en estos tiempos nuestros, en que ya no rige tanto la imposición, quienes vivieron aquella espiritualidad son los que más rápidamente la abandonan.
  • Creemos que sí es verdad que nuestra memoria es selectiva, que recoge y guarda los momentos buenos de las épocas pasadas y olvida los menos buenos. Si así fuera, hay que tener cuidado, para que nuestros análisis sean los más correctos posible. Si no, seguiremos viviendo en una especie de “romanticismo”, de añoranza de los viejos tiempos que no nos lleva a nada positivo.
  • Es muy difícil “desanclarse” de aquellas vivencias que nos han sido queridas, de las costumbres que hemos practicado, de las rutinas que se han instalado dentro. Pero es preciso intentarlo ya que no pocas veces eso va en contra de una apertura al presente y de un andar remoloneando ante el futuro.
  • Hay que saber guardar lo bueno del pasado, el “espíritu” de lo vivido. Si es realmente bueno, si es “espiritual” habrá manera de acomodarlo al presente. Si no se acomoda ni al presente ni al futuro hay que empezar a sospechar que no es un elemento “espiritual”.
  • Hemos de intentar guardar, sobre todo, fidelidad al futuro, más que al pasado. La promesa de Jesús, su estar en medio de la comunidad, es una realidad de presente con proyección de futuro. El anhelo de seguirle en modos comunitarios también alude a situaciones de presente y de futuro. Por eso, sin menospreciar el pasado, la vista ha de estar lanzada hacia el futuro.
  • El habitar o proyectar una casa nueva puede ser una “mediación histórica” para afianzarse en caminos de novedad. El hábitat, las paredes, los recovecos, los lugares guardados, los “territorios conquistados”, incitan a quedarse en lo antiguo. Lo que está por venir, lo nuevo, lo cambiante, nos anima a situarnos en paradigmas de presente y de futuro.
  • Tanto para asimilar bien pasado como para orientar correctamente el presente y el futuro el diálogo comunitario es una herramienta imprescindible. El silencio sigue siendo el modo más efectivo para ignorar las cosas. Por eso, esta época nuestra valora más el diálogo que el silencio impuesto o, si se quiere, intenta mezclar silencio y diálogo comunitario a partes iguales.
  • ¿Tiene sentido hablar de futuro desde situaciones de reducción, de notable vejez? Sí que lo tiene, ya que orientarse hacia el futuro no depende únicamente de la edad sino de las ganas que se tengan, de los dinamismos personales, del afán de búsqueda. Y esto es posible en edad altas.

 

3) Liberarnos del desencanto:

 

         ¿Qué pistas podríamos dar para tratar de ir superando nuestras situaciones personales y fraternas de desencanto? Pueden ser cosas muy sencillas; alguna de ellas nos puede ayudar.

 

a)   Creer en el valor de lo pequeño: No albergar ambiciones inútiles. Descubrir el sentido de las cosas pequeñas como parte de un gran sentido mayor que nos puede dar gozo.

b)   Entender los días como una nueva oportunidad: No como un peso o una obligación, sino como una estupenda oportunidad a la mano para sentirse en la vida.

c)    Dejarse encantar por la relación común: porque en el entrecruce de corazones anida la alegría y porque de la buena relación solo podemos sacar beneficios.

d)   Disfrutar de lo sencillo y en el momento: No como quien desconfía del futuro sino como quien sabe que se le ha puesto ahora mismo un don en las manos.

e)   No acumular pesares: Porque el saco de los pesares se puede hacer insoportable, incluso aunque se lo quiera ignorar. Compartir pesares es una prueba estupenda de fraternidad.

f)     Esponjarse ante el otro/a y el Otro: No tener al otro por un “enemigo” sino por uno en quien se puede confiar, más allá de su debilidad. Sin confianza, ¿cómo no va haber profundo desencanto?

g)   Creer en la palabra curativa: Ya que la palabra (la Palabra también) tiene una gran fuerza para curar. Utilizarla lo más posible en esa dirección. Acompañar la palabra de silencios solidarios, de cercanías, de aprender simplemente a estar.

h)   Valorar los caminos recorridos: Por hermanos/as que vivieron antes con ilusión. No idealizarlos, pero tener por cierto que su legado carismático puede ser fuente de gozo y de vida en este hoy nuestro, por muy distinto que sea.

i)     Ofrecerse sin desmayo: Porque en la entrega anida el secreto de muchas alegrías y de muchos contagios positivos.

j)     Mantener tercamente vivo el encanto por Jesús: Como se lo mantiene a aquellas personas a las que nunca se ha dejado de amar. No temer situarse en la utopía, en el anhelo, por ingenua que parezca la cosa.

 

 

8

EL CAMINO DE UNA EXTRAÑA

FRATERNIDAD UNIVERSAL

SOÑADA Y LEJANA

 

         A estas alturas sabemos que la fraternidad universal que es patrimonio de muchas personas en la historia humana es una parte importante del ideal franciscano. Por más lejana que se la crea, el franciscano no renuncia a ese hermoso horizonte. Sería traicionar el sueño de Francisco.

         Muchas veces se pregunta uno por qué sigue atrayendo san Francisco: porque no juzga, porque no se apropia de nadie, porque devuelve amor aunque no se le ame. Esos son los ingredientes de la fraternidad universal franciscana, la manera de mirar la realidad y las personas.

         Por eso mismo, un camino franciscano de vuelta a Jesús tiene que ver con alimentar y mantener vivo este sueño de la fraternidad universal.

 

  1. 1.    La voz de los textos franciscanos: Rnb 5,13-15

 

«13Y ningún hermano haga mal o hable mal al otro; 14sino, más bien, por la caridad del espíritu, sírvanse y obedézcanse voluntariamente los unos a los otros (cf. Gál 5,13). 15Y ésta es la verdadera y santa obediencia de nuestro Señor Jesucristo». 

 

  • Puede creerse que el seguimiento a Jesús tal como lo proponen creyentes tan entregados como Francisco es un camino para selectos. Pero, en realidad, él lo entiende en modos bien simples. Por eso, viene a decir, para comenzar, trata de no hacer mal o, al menos, de no hablar mal del otro, cosas ambas asequibles a cualquiera. La fraternidad comienza por las realidades más básicas.
    • Ser obediente a Jesús es construir la buena relación, no herir con el dardo afilado, y a veces envenenado, de la palabra dura. Si la vivencia del carisma franciscano no mejora nuestras relaciones, no está produciendo el fruto al que está destinado. La fraternidad universal es el sueño de una seciedad de buenas relaciones.
    • Seguir a Jesús es servir al otro con buen talante, con amor y con humor, con deseo de agradar. Porque en la voluntariedad de la fraternidad anida el amor. Una fraternidad vivida con hosquedad y dureza no puede llevar al término de la fraternidad común.
    • Para el franciscano/a la fraternidad en buena relación es la misma obediencia de Jesucristo al designio del Padre que quiere que nada se pierda (Jn 6,39) y que todo se reconcilie en Cristo (Ef 1 y Col 1).

 

  1. 2.    La voz de los evangelios: Mt 5,43-45

 

«Os han enseñado que se mandó: amarás a tu prójimo… (Lev 19,18) y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen para ser hijos de vuestro Padre del cielo, que hace salir su sol sobre buenos y malos y manda la lluvia sobre justos e injustos».

 

  • El pasaje pertenece a la corrección que Jesús, el evangelio, hacen de la Ley y de su interpretación. No pretende radicalizar la Ley de Moisés, sino, frente a ella, sacar las consecuencias que se derivan de un principio mucho más exigente: el bien de la persona y la sociedad de amor mutuo.
  • El texto plantea la enorme dificultad de hacer fraternidad con aquel que es considerado “enemigo”. ¿Cómo amar a quien no me ama? ¿Qué tipo de relación hay que construir con quien es diverso, opuesto, distinto y distante?
  • El pasaje habla de amar y rezar. La oración puede ser una ayuda para los amores difíciles. Porque la oración ablanda, trae al recuerdo, anima a no enquistarse en situaciones de dureza.
  • Así, siendo hermanos con quien es difícil serlo se es “hijo del Padre del cielo”. Por la sencilla razón de que Él hace lo mismo: nos ama a nosotros que somos tan opuestos a él.
  • E ilustra esta espiritualidad del amor al distinto con un argumento sencillo pero tumbativo: Dios hace salir su sol sobre buenos y malos, no sobre unos sí y otros no. Sobre todos. Así debería ser el “sol” de la fraternidad: una luz y un calor para todos.

 

  1. 3.    ¿Podemos los pueblos llegar a ser hermanos?

         Muchas filosofías y religiones, antiguas y modernas, han soñado con la fraternidad universal. Los más agudos lectores de la realidad se han percatado de que, por encima de toda debilidad, la persona lleva inscrito en el último pliegue de su alma el anhelo de la fraternidad, del buen entendimiento, del amor en suma.  Por causa de ese anhelo se han firmado miles de tratados de paz, se han otorgado muchos perdones, se han rehecho cantidad de planteamientos. En el 2014 se cumplieron 50 años desde que Martín Luther King pronunciara uno de los discursos que mayor calado social y político ha tenido en la historia. Fue en Washington y fue la guinda a una marcha por los derechos civiles en una de las épocas más convulsas de la sociedad estadounidense con la que empezó la derrota, no completada, de la discriminación y la persecución racial: “Ayer tuve un sueño: que algún día todos los hombres serían iguales. Hoy, en medio de la noche del mundo y en la esperanza de la buena nueva, afirmo con audacia mi fe en el porvenir de la humanidad”.

 Desde el inicio de los tiempos hasta hoy no han dejado de sonar esta clase de voces. No han sido anhelos estériles. Sin ellos ¿dónde estaríamos ahora? Pero la realidad de un mundo fraterno es cosa aún muy lejana. Convivimos con múltiples heridas. Solamente es necesario abrir las páginas del periódico cada mañana para percatarse de cuánto daño, cuánta sangre, cuánta humillación, están todavía vigentes. El siglo XX ha sido, quizá, el más cruel de toda la historia humana, con confrontaciones mundiales que se han saldado con millones de muertos. En pleno siglo XXI siguen tan vivas las guerras de enormes dimensiones, las hambres que afectan a millones de personas, las más inauditas injusticias, vivas y vigorosas como nunca. No nos extrañe que haya quien diga explícitamente que nunca llegaremos a la soñada fraternidad porque, como lo dijo Plauto, el viejo poeta romano, “el hombre es un lobo para el hombre”. Tenía sus razones: estuvo años como un burro dándole vueltas a la rueda del molino de un panadero. Ni siquiera imaginaba que el capitalismo haría realidad universal su amarga sentencia.

El franciscano Eloi Lecrec es muy conocido entre los amantes de san Francisco porque hace años publicó un librito que tuvo mucho impacto y que algunas personas todavía releen. Se titulaba Sabiduría de un pobre. Pues bien, este hermano, ya anciano, ha publicado otro hermoso libro: El sol sale sobre Asís. Cuenta en él con palabras estremecedoras cómo, siendo estudiante franciscano, fue apresado por los nazis en la segunda guerra mundial y durante varios años convivió literalmente con la muerte en varios campos de concentración. Allí aprendió hasta dónde puede degradarse la condición humana. Cuando fue liberado, su cuerpo estaba muy debilitado pero su alma estaba al borde de la depresión y de la muerte. Tenía motivos más que suficientes por el calvario vivido. Pero, poco a poco, fue redescubriendo a través de la espiritualidad franciscana cómo Francisco mantuvo su fe en la fraternidad por encima de situaciones personales, fraternas y aun sociales muy duras. Y llegó a la conclusión de que quien escribió el Cántico del hermano sol no podía ser sino un incondicional de la fraternidad humana: “Socavada mi fe en el ser humano y dudando de todo ideal de fraternidad, me encontré con el ‘humilde Francisco’, que estaba esperándome… También él se había visto sumido en las tinieblas…Pero, en lugar de endurecerse y encerrarse en un aislamiento soberbio, se había dejado desposeer de todo, incluso de su obra…Y se había colocado con gran humildad en medio de las criaturas. Cercano y hermano de los más humildes. Había fraternizado con la tierra, el humus original, con sus oscuras raíces. Y he aquí que ‘nuestra hermana la madre tierra’ había abierto, ante sus asombrados ojos, un camino de fraternidad sin límites, sin fronteras… El humilde Francisco se había convertido en hermano del sol y de las estrellas, del viento, de las nubes, del agua, del fuego y de todo cuanto vive. Entonces se había puesto a cantar su admiración. Todo cantaba en él. La gracia lo había visitado, y con ella el júbilo” (pp.130-131).

     Las religiones, las filosofías, tienen como tarea para el siglo que viene el de desvelar el común anhelo de la fraternidad. Tantas veces que hemos hallado nuestra identidad cristiana en lo que nos diferencia de otras religiones, tantas veces que hemos puesto el acento en lo que nosotros hacemos y los demás dejan de hacer, quizá ha sonado la hora de la gran fraternidad, de la suma de voluntades y anhelos, del propósito de caminar juntos, hermanados, los caminos comunes. Seguramente que no perderemos identidad sino que ganaremos muchos motivos para amar más nuestros valores y para sumar a ellos los valores de los demás. Quien es hermano no teme caminar abierto a la vida y a las personas.

 

  1. 4.    Fraternidad cósmica

 

Puede ser que haya a quien esto de la “fraternidad cósmica” le suene a una especie de secta. Y no andará equivocado. Eugenio Siracusa fue un siciliano que fundó la “Fratellanza Cosmica”, un movimiento cuyo lema era “non siamo soli” (no estamos solos), haciendo alusión a la relación de la persona con todo el universo. Pero nosotros queremos hablar de la espiritualidad franciscana. Efectivamente, se podría sintetizar el pensamiento de san Francisco diciendo que él pretendía construir la fraternidad cósmica, la integración de todos los elementos del coro de lo creado. El franciscano E.Leclerc ha escrito un comentario al Cántico de las Criaturas donde dice: “Rehusar la fraternidad con la naturaleza es también, en definitiva, hacernos incapaces de fraternizar entre humanos” (El cántico de las fuentes, p.15).  Así, un hombre capaz de experimentar vitalmente esa fraternidad cósmica es un ser reconciliado, consigo mismo, con sus raíces y con los demás hombres: ¿Acaso fraternizar con todas las criaturas no es optar por una visión del mundo en la cual la conciliación triunfe sobre el enfrentamiento? ¿No es abrirse por encima de todas las separaciones y las soledades, a un universo de comunión, en un gran hálito de perdón y paz? El mundo pasa, de este modo, de ser un objeto a dominar y poseer, a conformarse como una realidad maravillosa en la que el hombre es admitido para vivir y cooperar en la creación con todo lo que vive. Cuando al depuesto y carismático obispo J.Gaillot le preguntaban cuáles eran sus sueños, respondía: “Sueño con ver a la fraternidad abarcando a todos los vivientes de la naturaleza. Porque somos habitantes de la tierra. Pertenecemos al cosmos. Fraternidad humana y fraternidad cósmica están ligadas”.

         L.Boff ha escrito profundas reflexiones sobre la evidencia de nuestro ser tierra, una nueva manera de enfocar nuestra pertenencia a la tierra. Él dice que esa nueva manera no podrá surgir sin tener una experiencia eco-espiritual: “Vivir en la globalidad del ser, en el sentimiento que se estremece, en la inteligencia que se ensancha infinitamente, en el corazón que queda inundado de conmoción y ternura: eso es hacer una experiencia eco-espiritual” (Ecología, p.251). No se trata de sentimentalismos superficiales. Esta actitud lleva implícita un gran cambio: “Durante siglos hemos pensado acerca de  la Tierra. Nosotros éramos el sujeto de pensamiento y la Tierra su objeto y contenido. Después de todo cuanto hemos aprendido de la nueva cosmología, es importante que pensemos en cuanto Tierra, que sintamos como Tierra y que amemos como Tierra. La Tierra es el gran sujeto vivo que siente, que ama, que piensa y que sabe que piensa, que ama y siente por nosotros y a través de nosotros” (p.252). Esta honda experiencia espiritual es necesaria para avanzar en el camino de fraternidad cósmica.

Cuentan que un monje santo oraba todos los días pidiendo a Jesús que viniese definitivamente a la historia tal como lo había prometido en los mismos evangelios. Toda su oración estaba siempre impregnada de ese anhelo. Una noche, agotado del trabajo y la plegaria, descansaba el monje en su lecho. Y en sueños se le apareció Jesús para decirle: Buen hermano, tu deseo de mi venida es grande, pero has de saber que yo estoy viniendo todos los días a tu vida, en la flor sencilla del camino, en los frutos sabrosos de tu huerto, en la inmovilidad respetuosa de la roca, en la música de las ramas de los árboles, en los silencios de los valles, en las nieblas perezosas, en los días luminosos y brillantes, en las noches de paz y sosiego. Ése es el lenguaje de mi venida. Al despertar, el buen monje miró por la ventana de su cuarto y, aunque el paisaje era el mismo de todos los días, realmente le pareció otro, mucho más hermoso. Bajó a desayunar con sus hermanos y les daba la buena noticia: Jesús ha venido ya. Creían que, por su edad, su mente empezaba a flaquear, pero era el gran anuncio, el que la tierra llevaba dando tantos años.

Sabemos que el paso de la especie humana por la tierra tuvo un comienzo y que, con toda probabilidad, tendrá un fin. La creación estaba ya antes y quizá se quede sin nosotros en el futuro cuando nuestro ciclo vital se acabe. Pero lo cierto es que la orientación de la creación hacia su plenitud depende en gran parte de nuestras buenas relaciones con ella. Ojalá podamos vivir lo que Francisco nos enseña: que la tierra es nuestra casa, que ha puesto a nuestro servicio todo su potencial para que vivamos con ella en modos fraternos y respetuosos. Más aún, tal vez comprendamos un día que, junto con Jesús, la tierra ha sido la gran pedagoga de nuestra fe: nos ha enseñado que el amor del Padre se derramaba día a día, minuto a minuto, sobre nuestra vida.

 

 

PARA EL TRABAJO DE LA TARDE:

 

  1. 1.    Punto de partida: Una selva viva

 

(Se lee detenidamente, subrayadamente)

 

            Mi nombre es muy raro: Nixiwaka. Pertenezco a la etnia de los yawanawás que viven en tierras de la Amazonía, en la frontera entre Perú y Brasil. La vida me ha llevado a tener que vivir en Londres. Entre la bruma de esta ciudad entreveo algunas noches las estrellas, las mismas que brillan en el cielo de la Amazonía.

            Hoy por hoy, la nuestra es la historia de los perdedores que sobreviven. Hemos perdido territorios, recursos naturales, valores medicinales. Hemos perdido más todavía: nuestra lengua, nuestra identidad, nuestras tradiciones, nuestros valores hondos. Los occidentales no os percatáis de lo que esto supone, de lo que es vivir casi sin alma. No caéis en la cuenta de nuestra enorme sorpresa cuando hemos visto que necesitábamos un derecho legal para vivir en nuestra tierra de siempre.

            El causante de todo esto ha sido la ambición desmedida de quien quiere crecer económicamente a costa de quien sea. Es la economía que no duda en matar, una economía asesina. Maltrechos y postergados, no hemos sucumbido, vivimos, sobrevivimos. Os diré que, de alguna manera, nos hemos hechos más fuertes.

            Y también os diré que sobrevivimos no para librar una batalla con vosotros, sino para abrir un camino de comunicación. Creemos que el mundo occidental puede aprender de nosotros a vivir una vida más armoniosa y en paz con el entorno, más centrada en valores de humanidad que de economía agresiva. Yo no descarto que lleguemos, un día, a combinar el conocimiento yawanawá con las ideas occidentales.

            Quizá haya que comenzar por saber qué es la Amazonía ya que muchos de vosotros no habéis tenido oportunidad de poner en ella vuestros pies.

  • La componen los territorios de 9 países de América: Brasil (60%), Perú (13%), Bolivia, Colombia (10%), Ecuador, Venezuela, Surinam, Guayana Francesa y Guayana Inglesa.  Su extensión es de 7 millones y medio de Km. cuadrados.
  • Es el primer gran pulmón del mundo, seguido de la cuenca del río Congo en África.
  • Su población es de 34 millones de personas, que viven en la Amazonía conformando más de 390 pueblos diferentes con una identidad cultural propia.
  • La Amazonia posee las mayores reservas de biodiversidad del mundo; entre el 30 al 50 por ciento de las especies de animales y vegetales de todo el mundo están en la Amazonía. 
  • El 20% de agua dulce no congelada en todo el mundo procede de la Amazonia, igualmente el 20% de oxígeno del mundo lo produce la Amazonía.
  • Esto es una riqueza incalculable que no sabemos valorar y que hoy por hoy, está amenazada de destrucción, algunos expertos en el tema, dicen que más del 20% de la Amazonía está deforestada.
  • La riqueza de la selva y los ríos de la Amazonía, son afectados por una explotación salvaje, por empresas nacionales y trasnacionales que con su extractivismo no regulado del petróleo, minería y la tala de bosques, contaminan los ríos, matan la vegetación y la vida de los pueblos ancestrales.

No queremos presentarnos como víctimas inocentes. Nosotros, los habitantes de la Amazonía, tenemos nuestra parte en este problema: nos hemos dejado llevar por la ambición, no hemos sabido valorar de manera equilibrada nuestra identidad, nos hemos cerrado en banda a un diálogo con quien creíamos superior. Quizá los tiempos del desencuentro han pasado y se abre ante nosotros una etapa de colaboración.

Ha llegado el momento en que nosotros tomemos nuestras propias decisiones, de que tengamos voz y elijamos cómo querer vivir. Por eso, agradecemos los esfuerzos de la Iglesia que ha puesto de relieve en el Sínodo el peligro que corre la Amazonía y las posibilidades de colaboración que se abren ante ella. Pero somos nosotros mismos quienes hemos de construir nuestro futuro, por más que sean bienvenidas las ayudas de quienes nos aprecian.

Quisiéramos tener nuestra propia manera de ver el mundo, lo que no excluye el poder compartir recursos con quienes vivía en otras zonas de la tierra, casa común de todos. Compartir es el camino que puede llevar a la felicidad de los pueblos.

Creedme, la selva es un lugar mágico, una casa enorme donde caben muchos y donde todos podemos encontrarnos en humanidad. ¿Qué van a decir nuestros hijos si no hallamos la senda que nos lleva a la convivencia y el respeto? ¿Qué huella va a quedar de nosotros en la selva hermosa si no sabemos preservarla con vida? ¿Qué herencia podemos dejar en el mundo si no es la del amor?

 

  1. 2.    Preguntas:

 

  1. 1.    ¿Podemos colaborar algo a la libertad de quienes la tienen escasa?
  2. 2.    ¿Con los años te sientes más libre? Poner algún ejemplo.
  3. 3.    ¿Tu carisma misionero te ha llevado a ver a las personas distintas como hermanas? Poner algún ejemplo.
  4. 4.    ¿Cómo leer lo cósmico con otra mirada? ¿Tiene esto alguna importancia en nuestra vida diaria?

 

 



[1] Hablamos de humildad, no de humillación. La humildad es un valor que controla las ansias de poder y se plasma en el servicio al otro. La humillación es el dominio del fuerte al débil que termina siendo explotado. Dios nos quiere humildes, no humillados.

Elogio de la templanza

ELOGIO DE LA TEMPLANZA

 

            El olvido ha arrumbado aquellos viejos tiempos del catecismo en que, desgranando las siete virtudes capitales, cantábamos para cerrar la serie: «contra gula, templanza». José R. Flecha dice que «opuesta a la ira es la templanza o mejor la mansedumbre». Pero no, lo opuesto a la ira es la paciencia. Cada cosa en su sitio. El caso es que hoy hasta la palabra “templanza” es una de esas palabras moribundas que casi ya nadie usa, aunque, de vez en cuando, como ocurre con una reciente novela de María Dueñas que lleva por título justamente La templanza, vuelva a aparecer por los escaparates. El caso es que nuestra revista quiere retomar el tema de la templanza.

 

El término

 

            Y hemos de quedar de acuerdo en su significado: queremos sobrepasar el mero término original temperancia, como moderación ante la tentación de glotonería. La templanza es algo más: es la manera de ser de quien sabe ser moderado ante las circunstancias, quien tiene criterios ponderados sobre las cosas, quien no se hunde a la primera dificultad, más todavía, quien es capaz de resurgir con nuevo ímpetu haciendo de la dificultad un trampolín para una nueva oportunidad. Una persona templada.

            Hay un término que está un tanto de moda que define esta manera moderna más amplia de entender la templanza: la resiliencia. Esto es algo que viene de la física: designa la capacidad del acero para recuperar su forma inicial a pesar de los golpes que pueda recibir y a pesar de los esfuerzos que puedan hacerse para deformarlo. Aplicado a los seres humanos es la capacidad para adaptarse positivamente a las situaciones adversas. Esto es lo que puede definir a una persona “templada”: la increíble capacidad de sacar de una situación difícil algo positivo.

 

Personas con temple

 

            Hemos conocido en nuestros pueblos a personas con temple, resilientes natas. Muchas mujeres mayores que vivieron una dura posguerra y que, con una gran escasez de recursos, sacaron adelante a la familia. Son de otra pasta, decimos, la pasta de la persona templada. Hemos conocido a cuidadores y cuidadoras, sobre todo, que han acompañado durante años la vida de personas mayores y necesitadas de cuidados prácticamente sin ayudas de ninguna clase. Hemos convivido con agricultores que han tenido que cambiar y sufrir la dura evolución del campo desde los tiempos en que casi la mitad de la población activa estaba empleada en el sector primario hasta estos nuestros días en que ya es inferior al 7%. Han aguantado hasta ver ahora que la falta de oportunidades en los núcleos urbanos como consecuencia de la crisis económica, el aumento del nivel educativo, la formación de los jóvenes del medio rural, y una creciente tendencia por la sostenibilidad medioambiental y la demanda de productos de calidad, han dado lugar a un nuevo contexto en el que surgen oportunidades de empleo y vida.

            Nuestros pueblos albergan a gente templada que ha elaborado como ha podido grandes conflictos de antaño como la guerra civil o de hogaño como la reciente pandemia. Lo han hecho sufriendo, muriendo incluso, pero también, cuando se les ha dado voz, denunciando. Su templanza es la de las personas que saben que el derecho y la justicia están de su parte. Se ha manifestado su temple en su capacidad de adaptación para asimilar costumbres morales que chocaban directamente con lo que se les enseñó o con su propia sensibilidad, Pero ellas, por mantener viva la familia, la paz y la armonía cedieron hasta límites importantes. Sin ese temple humano de fondo, tal cosa no habría sido posible. Uno se pregunta si la pervivencia de nuestros pueblos, más allá del vendaval de la despoblación, no ha sido posible gracias al temple de esos “viejos árboles”, como diría Labordeta y a la de quienes van tomando el testigo.

 

Templanza contra crispación

 

            La crispación siempre ha acompañado el camino de los humanos, muy dados a poner el grito en el cielo, a exagerar los términos del problema, a amenazar y a maldecir al otro. Todo ello a pesar que, desde antiguo, la crispación ha tenido mala prensa: ni el camino medio del Buda ni el justo medio de Aristóteles parecen sugerir ese camino. Pero es que en estos tiempos, la crispación se ha convertido en algo sistémico, planeado, parte de la plaza pública. Se crispa para demoler al adversario, para destruirlo.

            Por eso se valora más cuando vemos que en los pueblos hay regidores templados, que saben valorar las situaciones, que no ponen por delante las siglas de su partido, sino el bien de la ciudadanía. Son los buenos políticos de los que el papa Francisco dice que les duele de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres. Valoramos la realidad de los alcaldes que hacen una opción de pueblo, aunque no medie necesariamente un salario. Sin un corazón templado esto no sería posible. La templanza se convierte entonces en la gran abanderada de la dignidad, aquella que no se pierde ni siquiera porque el pueblo sea pequeño, ignorado, sin muchos recursos o sin notoriedad.

 

Una fe templada

 

            También la experiencia espiritual necesita ser templada. Tienen el peligro los pueblos de situarse en una fe de meras tradiciones que se vuelve rígida e intolerante a veces. También la vivencia religiosa necesita ser templada, necesita adaptarse a los tiempos nuevos de la Iglesia, trabajar caminos de vida cristiana nuevos. Es un fenómeno que anima el ver que en muchos pueblos florecen comunidades cristianas que trabajan y actualizan su fe, que montan foros y debates entre fe y cultura, que no se han quedado en las meras tradiciones, sino que viven una fe con implicaciones sociales. Cristianos templados en el frío de una fe rutinaria.

 

            En conclusión: puede que el término “templanza” no sea de actualidad. Pero su contenido lo es. En palabras de Adela Cortina: «Hemos de tratar de abordar esta situación en la que nos encontramos, echando mano de nuestra fortaleza, de nuestra solidaridad y de nuestra templanza. La templanza es fundamental». 

 

Fidel Aizpurúa Donazar

¿Qué cuerpos importan en la Biblia?

 

 

 

¿QUÉ CUERPOS IMPORTAN EN LA BIBLIA Y EN EL PERIÓDICO? 

 

Recurriendo a aquella sugerencia atribuida a K. Barth de que es preciso pensar la fe teniendo en una mano la Biblia y en la otra el periódico, y siguiendo el espíritu de Vórtices, queremos hacer una comparativa sobre qué cuerpos importan en la Biblia y en el periódico, o mejor, qué cuerpos no importan.

Quizá sea este un camino más expedito: percatarse de los cuerpos que no importan para denunciar su atropello y para reivindicar su derecho a sentarse en el banquete de la vida.

Las viejas páginas de la Biblia encuentran en las de cada día en el periódico un increíble reflejo. Quizá eso pueda ser una manera de generar espiritualidad social a favor del mundo de los migrantes, personas que tienen un puesto en la Biblia y en la prensa, aunque fuera el puesto de la exclusión que lleva incorporado el grito de la justicia.

 

1. Abel: el cuerpo asesinado

 

            Empecemos por lo más trágico. Todo lo que se diga después será más suave. Las páginas de la Biblia se abren con un asesinato entre hermanos: es el mito de Caín y Abel, el breve. Asesinado por razones económicas: pastores contra agricultores, el eterno problema de la tierra y su explotación. El sistema quiere envolver el asesinato en razones religiosas (“El Señor se fijó en Abel y su ofrenda”: Gen 4,4) cuando lo que de verdad está en juego es el reparto de los recursos de la tierra. Con eso empeora las cosas porque sitúa a uno en el ámbito del bien (Abel) y a otro en el ámbito del mal (Caín), cuando los dos ámbitos tienen derecho a vivir. Por eso, la gran pregunta ante el cuerpo asesinado que se quiere ocultar no es “¿Dónde está tu hermano?” sino ¿por qué, siendo hermanos, no habéis llegado a un entendimiento económico? ¿Por qué tienes que matar para que tu economía prospere y sea la única? Este asesinato es no solo un crimen, sino una destrucción de la relacionalidad económica, de aquello a lo que los humanos están destinados por dignidad: sentarse igualitariamente en el banquete de la vida. De ahí la ineludible sentencia: “La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra” (Gen 4,10) no tanto por el crimen, sino por la desigualdad que genera la imposibilidad de entendimiento y, con ella, el crimen. Los cuerpos asesinados apuntan a los sistemas económicos.

 

2. José: el cuerpo vendido

 

            Se veía venir. La historia de José y sus hermanos es una historia de privilegios que desemboca en un drama. Privilegios como el no ir al campo a trabajar como sus hermanos o tener “una túnica con mangas” que, al parecer, los demás hermanos no tenían (Gén 37,3) o de ser soñador ante quien no tiene más sueño que sobrevivir. Por eso, se planea la ruina del “soñador” no como un gesto maldad mitigada, sino también como una reacción a la injusticia sufrida. La venta barata del hermano (“veinte monedas de plata”  Gen 37,8) es la dura respuesta de quien ha acumulado postergación y desigualdad sin cuento. Se vende el cuerpo porque, a la base, hay desigualdad. La desigualdad es la raíz de la venta. Y pretender corregir la venta sin modificar el sistema que genera tal desigualdad es querer curar el síntoma sin hacerlo con el foco de la infección.

 

3. Betsabé: el cuerpo robado

 

            David encarna lo mejor y lo peor del ser humano: la compasión y el orgullo, el perdón y la soberbia, la ternura y la crueldad. Por eso, no extraña que robara el cuerpo hermoso de Betsabé, que se lo robara a Urías el hitita, el hombre íntegro que no quiso ser cómplice de ese robo y ello le acarreó la muerte (2 Sam 11). David es el ladrón del cuerpo hermoso y sin amparo social de Betsabé y el asesino de Urías. Robar cuerpos como quien roba corderos, así se lo dirá el profeta Natán (2 Sam 12,1-4). No quedará impune ese robo de un cuerpo: el hijo fruto de ese robo morirá al nacer, la vida de esta mujer será un continuo sobresalto y, además, nunca llegará del todo a ser mujer de David. La historia la reconocerá siempre como “la mujer de Urías” porque lo que se roba no termina de ser nunca del ladrón que lo afana (Mt 1,6). Los cuerpos robados siguen siendo propiedad de ellos mismos, por mucho que se los robe. Porque se podrá robar el cuerpo, pero no la persona. Cuando se roba cuerpos hay que poner el foco, en primer lugar, sobre el ladrón y luego sobre el cuerpo robado.

 

4. Tobit: el cuerpo desterrado

 

            Tobit era el padre de Tobías, según se cuenta en la novelita bíblica. Era uno que sufrió los avatares de política en el Israel del siglo VIII a.C. Fue deportado a Nínive en Asiria. En su deportación no se resignó a su dura suerte de exiliado, sino que quiso mantener su talante compasivo en una tierra hostil. Un deportado que no pierde sus mecanismos de humanidad. Deportado, pero humano. Por eso, aun a riesgo de incurrir en ilegalidad con el vencedor, se dedicó, dice la novela, a enterrar los cadáveres de los israelitas muertos en la batalla contraviniendo así las humillantes órdenes de insepultura (Tob 1.16-20). El destierro no fue para él un ámbito de muerte, sino un marco de compasión y de humanidad, aunque eso suponga la pérdida de la familia,  la persecución y la pérdida de los bienes (Tob 1,20). Desterrado, pero humano. La humanidad de los desterrados, de los exilados, de los apátridas, queda intacta, queda más de manifiesto por sus obras de humanidad.

 

5. La amada: el cuerpo cantado

 

            El Cantar más hermoso es un poema de amor al cuerpo de una gran delicadeza. No llegamos a creer, como nos dicen, que se cantara por las tabernas de Israel. Nos parece demasiado delicado y bello. En él se canta el cuerpo amado con un vigor y con una ternura que aún hoy asombra: “¡Qué hermosa eres, amada mía…tus ojos de paloma…tus labios cinta escarlata…tus pechos dos crías de gacela…qué hermoso es mi amado, muy dulce su boca, pura delicia” (Cánt 4,1-7; 5,10-16). Por mucho maltrato con que hiramos los cuerpos, por mucho vinagre que echemos a sus heridas, los cuerpos siempre serán atractivos, siempre serán hermosos, siempre serán cantados. Siempre hambreando besos: “¡Que me bese con los besos de su boca! (Cant 1,1). Los cuerpos son el gran valor de quien emigra. El Cantar invita a mirar esos cuerpos por encima del daño, de la apropiación, de la herida, de la violencia, porque la belleza que encierran tales cuerpos habla el lenguaje de la vida.

 

6. La adúltera: el cuerpo prostituido

 

            Porque la mujer sorprendida “en flagrante adulterio” (Jn 8,4) no solamente es adúltera sino mirada y castigada como una prostituta. La condena que viene de quienes tienen la sartén de las leyes patriarcales por el mango es la condena a la prostituta, a la marcada por un cuerpo que se cree en venta, lo que parece que da derecho a todo sobre ese cuerpo, a la vida y a la muerte. Es cierto que Jesús no la condena (8,11), pero también es cierto que no condena a quienes condenan desde su posición de poder. Si el adulterio era flagrante, se sabía quién era el adúltero. No aparece en el relato. La confusión de quienes se retiran “empezando por los más viejos” (Jn 8,9) no es suficiente para condenar a quien se prostituye no desde la desigualdad social, como la mujer, sino desde el poder social. Son dos cuerpos prostituidos: el cuerpo desamparado de la mujer que corre riesgo de ser apedreada y el cuerpo oculto del adúltero que parece no correr ningún riesgo. No sabemos qué es peor, si la condena al cuerpo de la mujer o la impunidad del cuerpo prostituido del hombre que se va de rositas.

 

7. Los endemoniados: el cuerpo violentado

 

            Los evangelios hablan mucho de una realidad que nos resulta culturalmente lejana: los espíritus inmundos, los endemoniados. Son los cuerpos violentados por unas fuerzas psíquicas de las que se ignora todo. La violencia contra los cuerpos se manifiesta en “tirarlo al agua o al fuego” (Mc 9,22) o en la autolesión (Mc 5,5). Es el retrato de los pobres cuerpos de los frágiles sociales. Jesús hace obra de expulsión de demonios, de restauración corporal viniendo a decir que tales cuerpos contienen intacta su dignidad. Por eso, más que de exorcismos, se trata de restauración de la dignidad herida. Jesús ha hecho bandera de esta reorientación de los cuerpos y la ha puesto como la primera señal de su sueño (Mc 3,15). El evangelio está contra toda violencia corporal; quien violenta cuerpos no puede ser seguidor de Jesús.

 

8. Los discípulos en la barca: el cuerpo que se ahoga

 

            En la tierra de Jesús hay un lago, el de Galilea, no muy grande pero que, por lo que se ve, a veces se alborota y se vuelve peligroso. Los discípulos, pescadores en ese lago varios de ellos, lo sabían. Y aún así, les pilló la marejada y su grito fue el de todos los ahogados: “¡Sálvanos, que nos hundimos!” (Mt 8,26). Es el grito de la angustia cuando las aguas van a engullir en su torbellino a quien mira con horror el fondo del mar. Narran los evangelios que Jesús apaciguó el mar, metáfora para indicar que los naufragios solamente se sortean con la solidaridad con los náufragos, solidaridad que pasa por otorgarles su derecho a la justicia y a la igualdad que es el viento loco que desata tempestades sin cuento.

 

 

9. Onésimo: el cuerpo esclavizado

 

            Pablo escribió una breve carta a su amigo Filemón intercediendo por un esclavo, Onésimo, que se le había escapado. Le anima a que lo reciba bien “como hermano muy querido”  (Film 1,16). Incluso Pablo se presta a pagar lo que sea si tal fuga ha supuesto un perjuicio económico para el amo (1,18). Pero el cimiento del asunto queda intacto; ese cimiento es la esclavitud. El cristianismo primitivo no ha sabido deducir del mensaje de Jesús que todo cuerpo esclavizado es una anomalía evangélica, que si, como dirá el mismo Pablo en un rapto de claridad (“Ya no se distinguen judío y griego, esclavo o libre, hombre y mujer, pues sois todos uno”: Gál 3,28) hay que sacar las consecuencias: esclavizar cuerpos es una inhumanidad que denuncia el sentido de la dignidad y que corrobora el evangelio. Quien esclaviza cuerpos no es humano y no es seguidor de Jesús.

 

10. Jesús: el cuerpo abandonado

 

            Los evangelios ponen mucho cuidado, quizá excesivo, en consignar que Jesús muerto fue puesto de un sepulcro (Mt 27,57-60 y par.). Pero sabemos por la historia que, con frecuencia, el tratamiento dado a los crucificados, los parias de la sociedad a los que se les aplicaba el peor de los suplicios, era la insepultura. Dejar insepultos los cadáveres echados al estercolero para pasto de perros y buitres era una forma última de condenar al ya condenado y ejecutado. La insepultura repugna al judaísmo (ver Tob 1). ¿Sufrió el cuerpo de Jesús ese último baldón? Un cuerpo muerto y abandonado, comido por las fieras, que lleva dentro, intacta, su dignidad. Por mucho que quiera herir, destruir, ofender y olvidar a un cuerpo, nadie puede desposeerle de su dignidad. Los cuerpos insepultos la tienen, si cabe, más que cualquiera otro.

 

 

 

Cuando los peces predicaron a la casa pontificia

CUANDO LOS PECES PREDICARON A LA CASA PONTIFICIA 

 

            El coche avanzaba airoso por la autopista de Roma a Ostia. Media hora de viaje y se pasaba de la urbe loca a la paz del litoral. El franciscano fray Hermógenes conducía con mano firme y rostro alegre. Ostentaba el título de predicador de la Casa Pontificia, un cargo importante que los franciscanos heredaron de antaño. Predicaba los retiros y las días litúrgicos más señalados. Muchos de sus hermanos le admiraban por ello y él, aunque humilde, tenía un puntito razonable de orgullo. Era a principios de enero. El tiempo, suave para ser invierno.

            Enfilaba a Ostia por una razón muy simple: quería retirarse unos días para preparar sus dos sermones de Cuaresma a la Casa Pontificia: el del Miércoles de Ceniza y el del Viernes Santo. Tenía ya unas cuantas ideas, pero quería escribirlas en la paz del pequeño convento franciscano de santa María de Aracoeli, una casa pequeña cerca de lo que fue el gran convento desaparecido que ahora ocupaba el monumento a Victor Manuel II. Era una comunidad acogedora.

            Aparcó en el pequeño patio de la casa y fray Arturo, amablemente, le indicó que podía ocupar la habitación de siempre, la que le gustaba, la que tenía una panorámica del mar tan hermosa que llegaba a pensarse que estaba literalmente a los pies. La ventana del cuarto permanecía entreabierta y el aroma del mar se había adueñado de la estancia.

            Faltaba un par de horas para la cena y, sin deshacer su maleta, se fue a dar un paseo por la orilla. El convento no estaba lejos de la playa Battistini y se animó a llegar allá. Al cabo de media hora estaba pisando su fina arena. En verano aquello estaba abarrotado. Pero ahora, en invierno, se hallaba casi desierta. Quiso llegar hasta el final de la playa. Caminaba enérgico animado por el batir de las olas.

            Llegó y allí fue el desconcierto. Las olas arrullaban mansamente un verdadero estercolero de botellas, plásticos, zapatos, alguna rueda y un sinfín de basuras. ¿Cómo estaba tal porquería allí? ¿De dónde venía todo aquello?  Se acercó lentamente hasta la orilla y observó, atónito, que entre la basura se contaba un buen número de peces muertos. Los había de todos los tamaños con su panza de plata cara al cielo. Algunos todavía boqueaban con la angustia de la falta de oxígeno reflejada en sus ojos desorbitados. Creyó distinguir pajeles, doradas, chernas y, en medio del bamboleo de plásticos, le pareció entrever el gran cuerpo de una aguja imperial.

            Se quedó noqueado. Su corazón latió con fuerza cuando percibió que una breca boqueaba como si quisiera hablar. Luego lo diría con toda convicción: me habló. Aquella breca me habló. Era como un lamento lejano, un llanto que venía del fondo del mar, una queja amasada en un extraño dolor. Todo se había parado. La breca miraba a fray Hermógenes, o eso creía él, y le iba narrando su agonía y la agonía del Mediterráneo. No sabe cuánto tiempo estuvo así. Notó que tenía los pies helados, aunque estaban fuera del agua. Casi había anochecido.

            Volvió al convento. Los hermanos estaban un tanto inquietos por su tardanza. Hacía ya rato que habían cenado. Notaron que venía como trastornado. Les contó lo ocurrido y le animaron a que tomara la sopa caliente que, según ellos, le devolvería el resuello. Luego le indicaron que se acostara porque daba la impresión de que tenía un poco de fiebre. Descansar le haría bien.

            La noche transcurrió como era de esperar, inquieta y alterada. Volvían a su mente las escenas de la playa Battistini y, sobre todo, los ojos de la breca, su ronco lamento, los ecos angustiados que sonaban a través de su boquear. La aurora le sosegó. El mar seguía allí, inalterable para casi todos, no para él. Algo se había quebrado en su interior. Pasó aquellos días en un extraño estado de ánimo: la hermosura del mar se le había vuelto oscura, su luz no le deslumbraba, el batir de las olas le llenaba de congoja.

            Inexorable, llegó el día de predicar el sermón de, Miércoles de Ceniza ante la Casa Pontificia. Cuando iba fray Hermógenes en el coche oficial que lo recogió, apretaba un sencillo portafolios como si contuviera un tesoro. No iba en paz, por más que hubiera redactado el sermón con tranquilidad, lo hubiera repasado cientos de veces y lo hubiera orado frase a frase. Iba temeroso, pero con una inflexible decisión.

            Recorrió los pasillos del Vaticano y llegó a la sala donde estaban al completo los ilustres miembros de la Casa Pontificia: el Prefecto, el Regente, la Capilla Pontificia, la Familia Pontificia. Y en un sitial de relevancia, delante de todos ellos, el Papa. Hubo una oración inicial y, a continuación, el predicador ocupó la cátedra.

-Santidad, Srs. Cardenales, Ilustres miembros de la Casa Pontificia, hermanos todos: hoy les van a predicar los peces.

Hubo un pequeño revuelo, alguna tos, unos cuantos levantaron la cabeza porque creían no haber oído bien.

-Hoy les van a predicar los peces. Por favor les pido, en nombre de Dios, en nombre de la hermana tierra, que escuchen a los peces.

No era posible. Fray Hermógenes era un predicador de renombre, el mejor. ¿Qué decía de los peces?

-Nosotros los peces os hemos servido con generosidad. Muchos de vosotros comeréis pescado en este día de vigilia. Os hemos acompañado en los mares dando lugar a leyendas y cuentos que os han consolado. Somos personajes de vuestros relatos bíblicos. La mayoría tenemos un alma tan inocente que nunca haríamos daño a un niño. Acompañamos de lejos vuestras alegrías y vuestras penas, aunque no lo notéis. Nos dejamos pescar para llenar de gozo la jornada del pescador. Os amamos, por mucho que esto os suene raro.

Y resulta que por vuestra desidia estamos muriendo. Estáis convirtiendo el hermoso Mare nostrum en un vertedero. Las aguas profundas del mar esconden la mayor concentración de basura nunca registrada. Parece una escena apocalíptica pero, en realidad, es el fondo de nuestra casa. Ahí hay de todo: muebles de cocina, barcas, tazas de váter, colchones, mesas, árboles de Navidad, ropa, ruedas, ladrillos, muñecas, botas, alfombrillas de coche, automóviles completos, señales de tráfico, bicicletas. Los erizos marinos y nosotros mismos los usamos como refugio y los cangrejos caminan arrastrando jirones de plástico. Los fondos marinos albergan la mayor acumulación de basura de toda la Tierra.

No se oía ni una tos. Algunos miraban, incrédulos, al predicador, otros comenzaban a bajar la cabeza. El franciscano seguía imperturbable, algo febril:

-El plástico nos mata. Vuestro plástico nos mata. Sabéis, porque lo sabéis, que el plástico puede durar hasta 500 años en el mar y es una fuente de contaminantes orgánicos persistentes y que son tóxicos para la fauna marina. Terminan por destruir nuestros tejidos. La acumulación de plástico en el fondo impide el intercambio de gases con las aguas superficiales lo que supone un riesgo adicional para la fauna. Cuando vuestras manos acarician una botella de plástico, estáis acariciando un arma.

El silencio era denso. Nadie dormitaba. El Papa miraba al predicador con las manos entrecruzadas pero con evidente atención.

-A vosotros, los humanos, os gustan vuestros bosques, por más que, a veces, les prendáis fuego. A nosotros los peces nos gustan los nuestros, las praderas costeras de posidonia. Son los sumideros de carbono más eficientes, defienden la costa frente a tormentas y tsunamis y la tercera parte de las pesquerías del planeta depende de ellas. Hemos perdido la mitad de las praderas submarinas y bosques del manglar.

La audiencia conectaba con las palabras del predicador. Nadie habría osado levantarse e irse.

            -No podéis convertiros en notarios de la pérdida de ecosistemas y tendrías que desear para vuestros nietos un océano vivo como el que vieron vuestros abuelos. No podéis ser nuestra funeraria, la que nos entierre en fosas comunes, siendo así que estábamos llamados a la vida y a ser sustento de vida. El hermano Antonio de Padua nos predicó un día y nos habló del amor de Francisco de Asís y de todas las buenas gentes por la creación. Le escuchamos con humildad y creíamos que así era, que nos amabais. Os pedimos en esta hora que demostréis vuestro amor cuidando el mar.

            Se hizo un silencio.

            -Si nos dejáis a nosotros los peces, en el sermón del Viernes Santo os hablaremos de las personas, vuestros hermanos, que mueren en nuestras aguas. Les vemos morir, boquear como nosotros, hundirse en la desesperación y perecer en el estertor silencioso de las aguas profundas. Los vemos ahí y los miramos con honda pena, por más que ellos no puedan ver la tristeza de nuestros ojos. Dejadnos hablar de ellos, aunque os duela y no sea agradable. Son hermanos vuestros y mueren en nuestra casa que es su mortaja.

            Quedó el interrogante en suspenso. Nadie osaba decir nada. El franciscano abandonó el estrado en silencio. Al rato el Prefecto entonó la oración conclusiva. Nadie felicitó al predicador. Volvía en el coche oficial a su convento de Roma en silencio, como vacío. Sus hermanos le preguntaron qué tal había ido la cosa. Él, en un susurro, dijo que bien.

            A los días recibió una breve carta del puño y letra del Papa: “Fray Hermógenes, en el sermón de Viernes Santo háblenos de lo que dicen los peces sobre los que mueren en el Mediterráneo. Mi bendición para Ud.”.

El arte de la búsqueda del rostro de Dios

EL ARTE DE LA BÚSQUEDA DEL ROSTRO DE DIOS

Subrayados comentados. Guía de lectura

 

         Documento muy importante. Lo más valioso: poner ante las contemplativas la formación como una realidad inexcusable para la vivencia de la identidad y la vocación. No hay vuelta atrás. Reconoce lo que se hace y empuja hacia lo que aún no se hace.

         Quizá excesivamente religioso (mucha mezcla de textos), repetitivo a veces, una idea de VR clásica que se quiere abrir a la nueva realidad.

 

La exigencia de la formación

 

La Formación (F) pretende sostener y vivificar el itinerario de las contemplativas (3). Sin F, el itinerario se cae y de muere, así de claro. La F es un medio a la mano para contrarrestar ese gran peligro.

La F pretende salir de autorreferencialidad (3), de la vida raquítica de mi yo o de mi monasterio.

Puede ayudar mucho a la F la comunidad y la comunidad de monasterios (3). La formación en soledad es imposible.

“Un proceso artesanal que exige un amplio espacio de tiempo” (4). Artesanal: cosas sencillas; tiempo: no un conferencia de ciento a viento.

 

 

 

  1. I.                  EL SUJETO EN EL PROCESO FORMATIVO

 

(Evolución vital)

 

El trabajo formativo nunca acaba y está en constante evolución (5). No tener un pequeño plan de formación es un empobrecimiento. Siempre ha de estar ahí. Decir que yo, por mi edad o por lo que sea, no necesito formación es un desenfoque.

 

(El desarrollo de la conciencia)

 

La F ayuda a tomar conciencia de una misma (6) porque los engaños acompañan nuestro caminar. No pienses que eres exactamente quien crees que eres. Y hay que descubrirlo. Y esto es hasta que te mueres (7).

Un medio muy bueno de descubrir quién eres es  la colaboración libre, creativa y fiel con las mediaciones formativas (8). Venir a regañadientes a la formación o no venir es ir por otro camino, estar “fuera” del monasterio (se puede estar fuera estando dentro).

La perseverancia sencilla en este camino llevará a aprender la donación real (9), no la imaginaria, la que me parece.

Además, la F ayuda a la serena y valiente acogida de las transformaciones personales, comunitarias y eclesiales (10) sujetnado miedos y sacudiendo inercias y rutinas.

Todo este trabajo es un largo itinerario de perfectibilidad (11). Todo se puede mejorar y habrá que intentar hacerlo. Todo menos caer en la indolencia.

 

(La identidad de discípula)

 

Entenderse como discípula de Jesús no es cosa que se agote en la fase inicial de la formación (12) cuando una fue más fervorosa. Es trabajo diario, hasta el final. Ahí se muestra quién es verdaderamente creyente y contemplativa.

La monja logra ser mujer espiritual a través de la obra artesanal de la F (13). Quizá sea el mejor camino para muchas porque abre horizontes.

No se está hablando de espiritualismos sino de una F en contacto consciente y pacificado con la realidad (14). De lo contrario, la F es espiritualidad vacía.

Por eso la F es exigente y rigurosa (15), no en plan académico, sino vital. No se la puede recibir pasivamente con las manos en el regazo del hábito aguantando sin más.

Esta tarea ha de ser gradual y está destinada a perdurar durante el curso de toda la vida (16). Hay que hacerse a la idea de que, de un u otra forma, la F es componente del caminar contemplativo como lo es la liturgia o la oración.

 

  1. II.               LA FORMACIÓN PARA LA VIDA CONTEMPLATIVA

 

Dimensiones de la formación

 

La llamada a la contemplación ha de ser permanente (17). Lo cual quiere decir que existe el riesgo de dejarse de oís: se sigue en el monasterio pero ¿se escucha cada día la llamada?

La vida contemplativa necesita personas armónicas y equilibradas (18). Esto es más difícil en el monasterio por su reducido espacio vital. Por lo que haya que trabajar con más ahínco por integrar todo.

Hay que plantear la necesidad de acompañamiento (19). ¿Es suficiente el consejo del confesor, la compañía de la celebración, el amparo de la comunidad o habrá que buscar más?

El acompañamiento es necesario en la formación inicial, primeros años de profesión y hermanas en dificultad (20). Pero siempre es beneficioso para cualquier persona. Es algo distinto de la vieja dirección espiritual de la que se salió, a veces, quemado. Es algo más sencillo y colaborativo.

Si el acompañamiento exige un clima de confianza y familiaridad (21) habrá que decir que tal acompañamiento habría de brotar en el seno de la misma comunidad. Formar una hermana para acompañante.

El quid de todo esto está en la confianza (22). Y por parte de quien acompaña: respeto y sensibilidad, formación, experiencia de haber sido acompañada (23). Quizá esto del acompañamiento pueda ser un comienzo fuerte de proceso auténtico de formación (24).

 

(La humanidad integral)

 

La F ayudará a acercarse a la libertad interior (25) que no es un hacer lo que me da la gana sino lo que ayuda a vivir la consagración con mística, con creatividad. Hay libertades que nada tienen que ver con esa libertad interior. Esta es compatible, cómo no, con la vida fraterna.

La F ayudará a mejorar el compromiso ascético que trabaja contra la inmadurez o el falso refugio de la piedad (26). La ascesis es la disciplina y la responsabilidad puestas al servicio de la fraternidad.

En todo esto es esencial integrar la corporeidad, la feminidad y la afectividad (27) algo que hasta ahora quedaba reservado a la propia intimidad y, con ello, al desconocimiento. Hay que abrir puertas.

La humanidad se logra en la relación (28). Tres niveles:

+ Consigo misma: reconciliación con la propia historia, logro de un creciente equilibrio, cuidado de sí misma, superar dependencias. Es el ideal. Lo importante es trabajar.

+ Con las hermanas y con los demás: gusto por la vida fraterna, gratuidad, sentido crítico, sensibilidad por las pobrezas. Valer para la vida en común.

+ Con la creación: uso sobrio de las cosas, contemplación de la naturaleza, trabajo como gracia.

Una madura en la lógica de la relación (29). Se ha venido a una relación, a una comunidad. Pasar a la orilla de la comunidad.

El monasterio es entendido como lugar de formación (30). Si ese aspecto está débil, falla uno de los pilares.

Hay que evitar a toda costa la esclerosis espiritual (31), un peligro muy real en la vida de las comunidades.

 

(En el Espíritu)

 

La F radica en el Espíritu (32). Es una realidad espiritual, más que académica o psicológica. Nos formamos para ser más espirituales, no para ser más sabias.

La liturgia y la eucaristía son la fuente: hay que evitar la rutina y la monotonía (33) que son los principales peligros.

El contacto con la Palabra es decisivo y por ello hay que tener una buena formación bíblica (34). Se hace con deseo y poco a poco.

La lectio es la condición sine qua non de la vida contemplativa (35) no es algo devocional y que pueda una hacer o no según su interés. Hay que aprenderla bien y, sobre todo, hay que practicarla fielmente. Es una suerte poder hacerlo. Muchos lo querrían.

La oración personal es estar con el Señor y dar con el sentido de la propia opción (36). Requiere silencio y soledad (37). De ahí sale gran parte de la profecía de la vida contemplativa en la Iglesia.

 

(Convocadas en comunidad)

 

La comunidad quiere reproducir el estilo de vida de Jesús. Para llegar a ese horizonte ha de formar (38).

Las monjas pueden entenderse como hermanas universales en Cristo (39). Esta fraternidad universal es espiritualmente muy interesante y socialmente muy conectable con el hoy.

Es necesario pasar de la vida en común, a la comunión de vida, de la simple comunidad a la vida fraterna en comunidad (40). Aquí sí que hay todo un trabajo. Hermoso pero no fácil.

Uno de los pilares de la formación es el estudio (41). Aunque sea de modo sencillo, hay que incidir en ello: tiempo, biblioteca, medios informáticos básicos, etc.

Se hace necesaria una sana y equilibrada información (42). Hay que buscar los medios y los modos. No dejarlo por imposible. Ser creativos.

 

(En la dignidad del trabajo)

 

El trabajo es primeramente corresponsabilidad (43). En esto habría que ser muy claro: eludir esta corresponsabilidad es posicionarse fuera de la comunidad.

El trabajo es instrumento de solidaridad con todos los hombres (44). Solidaridad que tendría que “verse” en detalles (privarse de algo y donarlo a Cáritas).

 

(En la misión de la Iglesia según el carisma)

 

La vida contemplativa queda confirmada como verdadero laboratorio de estudio, de diálogo y de cultura (45). Quizá sea demasiado decir, pero una comunidad sin inquietudes culturales, de formación, se empobrece a veces sin remedio.

La fidelidad al carisma demanda una formación en la eclesiología del Vat.II (46). Habría que avanzar más. Han pasado muchos años. Y hay textos del Magisterio que van más lejos. Leer esos textos es un modo de fidelidad eclesial (amamos al Papa pero no leemos sus textos).

La formación ha de facilitar a la contemplativa una síntesis vital del carisma (47). Hay que saber qué es “lo nuestro” específicamente, nuestra manera de ver la vida y la fe.

Es necesario un diálogo generacional en la comunidad: las mayores aceptan a las más jóvenes y su futuro y estás a las mayores y su pasado (48). Han de ser las más jóvenes quienes vayan marcando el paso.

Sin hacer arqueología, hay que amar la historia del monasterio en el que se vive (49). Cuidar archivos, documentos y anotar la historia de cada día.

 

(En la visión ecuménica)

 

La vida contemplativa cultivaría una particular sensibilidad hacia el ecumenismo (50). Habrá que tenerlo en cuenta, al menos en la oración y también en la formación.

 

Ambiente formativo y agentes de la formación

 

En la comunidad contemplativa se aprende el arte espiritual de la búsqueda del rostro de Dios (51). Es una hermosa expresión de san Benito. Pero Dios no tiene rostro, se le ve en la misericordia. Aprender misericordia; gran aprendizaje.

La comunidad también es agente de formación (52). Hay que aprender a implicarse.

El corpus comunitario tiene que vivir un proceso formativo en conjunto (53). La F es cosa de todos.

Todas han de colaborar en el discernimiento de las candidatas (54). Responsabilidad común.

 

(Cada una de las hermanas)

 

Cada hermana es la principal responsable de su propia formación (55). No vale escudarse en la responsabilidad incumplida de las demás.

Es necesaria una disponibilidad formativa (56). Lo contrario iría contra la opción de fraternidad.

Hay hermanas con responsabilidad específica en la F. Entiéndanlo como un servicio y no descuiden su propia formación (57).

Las formadoras han de tener conocimiento experiencial de Dios, sabiduría que viene de la Palabra y un gran amor a la espiritualidad (58). Más como un horizonte que como unos requisitos.

Las formadoras son mediadoras que no deben generar dependencia y no habría de forzar los límites (59). Obvio, pero hay que recordarlo.

Cualidades de las formadoras: escucha y diálogo, conocimiento de sí, estabilidad emocional, cualidades de discernimiento (60). Lo dicho antes, como un horizonte.

Las formadoras han de ser las mejores formadas (61). Obvio. Habría que poner recursos. No nombrar sin más.

La formadora ha de tener tiempo para el diálogo personal (62). Esto sigue siendo cierto: si se habla, se forma.

Habrá que ganarse la confianza de la formanda (63). Este número es importante.

 

(La Superiora mayor)

 

Ha de tener cualidades para ser formadora de la comunidad: atención a las necesidades, equilibrio y respeto, familiaridad y confianza, diálogo y creadora de mística del encuentro (64): Lo dicho antes otra vez: en el horizonte, pero se trabaja con lo que hay.

El ejemplo como mejor herramienta y sin forzar límites (65).

 

(La comunidad)

 

La comunidad es el marco que da el sentido a la vida contemplativa y se construye con la colaboración de todas (66). Algo que hay que repetir hasta la saciedad para que cale.

La participación de todas en la formación crea las condiciones: confianza, coherencia, belleza, relación formativa, responsabilidad, proyecto de vida fraterna, afrontar los conflictos, apertura a los pobres (67). Trabajar en esta dirección.

 

 

 

 

(La presidenta federal)

 

Le corresponde promover y coordinar la F permanente a nivel federal (abadesas y formadoras) (68). Parece lógico.

Habrá que elaborar una Ratio formationis  federal, un plan para la federación que aprobará la asamblea federal (69). Espiritual, pedagógica y evaluable.

 

(Eventuales expertos)

 

La ayuda de las ciencias psicológicas contando siempre con la ayuda de Dios y la implicación de la formanda (70). Parece obvio. 

 

  1. III.            EN FORMACIÓN CONTINUA

 

(La ratio formationis)

 

La F es un proceso del cual la primera responsable es cada persona (71). Este es el punto de partida ineludible. No hay que echar balones fuera.

La Ratio es una urgencia. Ha de contener: cómo vivir el carisma hoy y qué medios se pone para ello (72).

La Ratio es una propuesta formativa para el seguimiento de Jesús en el molde de lo femenino (71). Mujeres seguidoras.

Será elaborada a nivel federal y aplicable a todos los monasterios de la federación (72). Parece lógico. Habría que evaluar.

 

La formación de las monjas

 

La F apunta a la transformación de toda la persona y por ello no acaba nunca (75). Esto tendría que animar, no desanimar.

Exigencia intrínseca de la F que no acaba nunca y tiene un componente ascético. Los monasterios podrían ayudarse con intercambio de materiales e información (76). Lo de la ascesis es interesante para dar una dimensión más positiva a la cosa.

 

(La comunidad monástica: mística del encuentro)

 

El lugar ordinario de la formación es el monasterio para lograr la fidelidad dinámica al propio carisma (77). Habrá que generar medios y planes con los recursos que se tienen a mano y pensar en aumentar, si se puede, esos recursos.

La F es una estupenda aportación al amor común (78). maneras de concretar el amor.

La comunidad es lugar de aprendizaje general que acoge todos los aprendizajes que ayuden al compartir y al sentido de pertenencia, manera de controlar el individualismo (79-80). Básico.

El proyecto formativo ha de lograr integrar a las personas de diversa formación (81): Todas están en un proyecto formativo común, contando con la diversidad. Nadie puede alegrar su “diversidad” para no entrar en el proyecto.

 

(Generar a Cristo en las discípulas)

 

Dios forma a través de las mediaciones (82). Obvio y repetido.

La persona consagrada ha de ser adulta (83). A ello apunta la formación, aunque entran otros aspectos (ideas sobre el voto de obediencia).

La superiora acompaña a las hermanas en el camino formativo de la regla para activar el carisma específico y en modos de sinodalidad (84-86). De alguna manera habrá que repensar la Regla para que sea instancia formativa.

 

(Integración pluricultural)

 

Las jóvenes de otros países, que no se reclutan para la mera supervivencia, se forman en el marco del monasterio, teniendo en cuenta la proveniencia de las mismas (87). Obvio.

 

 

(Tiempos especiales)

 

Los ha de organizar la superiora federal. Para las suplencias se puede echar mano de religiosas de otros monasterios o congregaciones. Todo con tal de asegurar un apoyo real a la formación continua (90). Caminos nuevos.

La F ha de cuidarse en los momentos de transición: desencanto, mediana edad, fragilidad (91). Interesante.

 

La formación de las formadoras

 

Las formadoras mostrarán la belleza del seguimiento y el valor del carisma en que se concretiza (92). Ya dicho, más o menos.

La formación es artesanal. Hay que acompañarla (93).. Ya dicho.

Cuidado a la hora de elegir a las formadoras (93). Obvio.

Las formadoras pueden participar en cursos específicos de formación aunque sea fuera de su monasterio (94). Para no pocos monasterios esto será novedad si a lo que se refiere es a ir a cursos más allá de los congregacionales, porque esos ya se hacen.

Esos cursos no separarán a las hermanas del monasterio más de 7 días en el arco de un mes (95). No vemos cómo se va a compaginar eso con una formación de nivel.

 

La formación de las superioras

 

En la vida contemplativa la autoridad es, ante todo, autoridad espiritual (95). Creemos que, a los efectos, es algo más que eso.

Las superioras habrían de tener una formación específica: magisterio, realidad humana, culturas contemporáneas (96).

Las superioras han de ser formadas para una presencia autorizada y materna (97). Cosa singular. ¿Cómo se compagina con la adultez?

 

La formación de las ecónomas

 

Las ecónomas han de estar adecuadamente formadas, sobre todo si hay mucho patrimonio de por medio. Ha de tener la cosa económica una perspectiva evangélica (98-99). Pastoral de la economía.

 

El Proyecto formativo ordinario

 

Un doble proyecto, personal y comunitario (100). Ambos tendrían que integrarse para no multiplicar proyectos. El comunitario integraría al personal. Actualizable.

 

El proyecto formativo federal

 

La presidenta federal y su consejo harán un proyecto de formación federal según la Ratio para los diversos grupos de hermanas. Evaluable (101).

-         Para las formadoras: personas necesarias (102), formadas ellas mismas (103) preferible en cursos de la Federación que en cursos externos (sin gran alejamiento del monasterio) y con ambiente adecuado (104).

-         Para las profesas de votos simples o temporales: cursos federales que favorezcan el intercambio. Programas adecuados para la preparación a la profesión perpetua (105).

-         Para las profesas de votos solemnes o perpetuos: intercambio de materiales o cursos específicos (106).

-         Ámbitos culturales: se proponen los ámbitos normales (Escritura, patrística, magisterio, etc.) y otros más específicos (icónico, editorial, repostero, etc.) (107).

-         En la cultura digital: acceder con discreción (108) para entender los lenguajes que están presentes en la cultura mediática (109) distinguiendo en internet entre formación y distensión (110) sin ceder a la fascinación (111) y llegar a una gestión controlada de esos medios elaborando en capítulo conventual un marco de criterios comunitarios para el uso de internet (112-113). Una indudable apertura pero mucha cautela.

 

  1. IV.            LA FORMACIÓN INICIAL

 

En los contextos culturales contemporáneos

 

La FI debe ocupar un amplio espacio de tiempo (de nueve a doce años) (114). Ha de ser algo progresivo, no meramente discurrente.

Por autonomía de la persona o por emancipación, el tema de la FI tiene un marco complejo (115). No extrañarse de las fluctuaciones.

Es necesaria una sana pedagogía y una humilde mistagogia (iniciación) (116). Ambientes sanos y normalidad de vida.

La FI no ha de evitar la fatiga de la profundización cuando han nacido en la red (117).

Todo esto habrá de ser conocido y aceptado por las candidatas (118).

 

El discernimiento y el seguimiento vocacional

 

Habrá que ver si el aspirante busca a Dios u otras cosas (120).

 

Promoción y acompañamiento vocacional

 

Cada monasterio haga promoción vocacional con la oración y con itinerarios de catequesis y anuncio (121) con hermanas idóneas que fomenten el encuentro personal con las jóvenes a las que se puede invitar a la hospedería del monasterio (122).

 

 

El itinerario formativo

 

-         Aspirantado: hay que discernir la docilidad del corazón y las circunstancias y obstáculos de la vida (123). Tras el discernimiento pueden ser acogidas en clausura para la confrontación con la vida cotidiana (hasta un año, prolongable) (124). Con las del extranjero hay que consultar a la CIVCSVA y no tener como fin la supervivencia del monasterio (125). La Ratio pondrá los criterios de admisión (126).

-         Postulantado: es tiempo de iniciación a la vida consagrada de una manera más personalizada (127). No menos de un año, prolongable, para verificar la capacidad de vivir las exigencias de esta vida en la comunidad concreta (128).

-         Noviciado: no menos de dos años, para descubrir y experimentar la identidad de la vida monástica, más allá de las contradicciones de nuestro tiempo (131) hasta llegar a una aceptación bajo la responsabilidad personal (132).

-         Tiempo de profesión temporal: no menos de cinco años para verificar una inserción plena en la vida de comunidad contando con sus dones y sus límites (131). Ha de ser tiempo de formación, diálogo con las formadoras y espacios personales para el estudio (132) en saludable equilibrio (133).

 

Casas de formación en la Federación

 

Haya en la federación casas comunes, sobre todo para el noviciado, para garantizar una buena formación. La presidenta puede nombrar una casa de formación en la federación (134). No puede ser una mera delegación.

 

 

 

Equilibrio y armonía

 

El trabajo no debe quitar tiempo a la formación inicial (136).

Antes de la profesión perpetua: un tiempo más intenso de formación (137).

 

Ámbitos de formación

 

-         En el aspirantado y postulantado: Introducción a la fe católica (CIC) la fascinante noticia de Jesús (139); Conocimiento antropológico de la persona en la identidad femenina (140); Introducción a la Escritura con una contextualización básica de los textos (141); Introducción a la lectio divina como escucha orante de la Palabra; Introducción al año litúrgico aproximándose armónicamente a las prácticas litúrgicas (142); Perfiles de santidad sobre todo femeninos (143); Introducción a la espiritualidad del trabajo en comunidad para madurar la sensibilidad al trabajo y al servicio (144); Introducción a la cultura humanista, clásica y pedagógica (145) Conocimiento de las iglesia particular en la que está inserta el monasterio (147).

-         En el noviciado: Escuela del Evangelio, profundización (148); Introducción al Salterio para una lectura personalizada de los salmos (149); Introducción al estudio de la Regla y las Constituciones itinerario de seguimiento en el carisma específico (150); Iniciación a la historia y traditio del monasterio, historia de la Orden (151); Formación para la vida fraterna para mantener la tensión entre el ideal y la fatiga de la vida fraterna (152); Educación musical y artística (153); Introducción a la espiritualidad ecológica cuidadosas y respetuosas con el medio ambiente (154).

-         En el tiempo de profesión temporal: Libros de la Escritura con temáticas bíblicas más específicas (155); Introducción a la liturgia para entrar en el misterio de la liturgia (156); Introducción a la lectura de los padres (157); Introducción a la historia de la Iglesia (158); Introducción a los textos del Magisterio y del Vat.II (159); Teología de la vida consagrada y monástica (160); Introducción a las Escuelas de espiritualidad (161); Diálogo interreligioso ecuménico (162); Principios fundamentales de derecho canónico (163); Cultura humanista (164) Formación en las culturas mediáticas (165); Ámbitos culturales y de grupo (166).

 

Formación como deseo y búsqueda

 

La inquietud de la búsqueda merece ser alimentada. A eso apunta la F, un camino que nunca habría de debilitarse (167).

 

María “summa contemplatrix”

 

         En todo el proceso personal que queda dibujado en su itinerario bíblico.

 

 

 

Lectura social del NT en contextos de exclusión

LECTURA SOCIAL DEL NT

EN CONTEXTOS DE EXCLUSIÓN 

 

         El NT es el cofre del que se saca “lo nuevo y lo viejo” (Mt 13,52). Muchos creen que ya no se puede sacar nada nuevo del NT, que todo está dicho y trillado. Pero “el buen escriba”, el buen lector, sabe que los textos bíblicos son textos sin fondo porque encierran experiencias fontales y por ello hay siempre posibilidades de lecturas nuevas.

         Siempre se ha dicho que es una pena que los descubrimientos de los biblistas pasan lentamente al pueblo cristiano y que casi ni pasan. Quizá haya que emplear otra dinámica: situar directamente los textos en el pueblo, en el terreno social, y, desde ahí, elaborar espiritualidad. Una lectura en la vida misma, no fuera de ella.

         Por eso mismo, cuando se habla hoy de volver a Jesús habrá que hacerlo por otro camino. Si lo hacemos por el camino de siempre, por la lectura de siempre, el resultado será el de siempre. Si se quiere un resultado nuevo, habrá que buscar un camino nuevo.

         Creemos que la semilla de la Palabra está destinada al campo de la vida. Por eso es ahí donde hay que situarla: un comentario bíblico que habla solo del poder germinativo de la Palabra es algo dimidiado. Salirse del campo de la vida es arriesgar la esterilidad de la semilla.

 

  1. 1.   Qué es la Lectura Social de del NT

 

a)  Los contenidos sociales del NT

 

         Lo vamos a decir de entrada, para que nadie se llame a engaño: los contenidos sociales son los contenidos principales del Evangelio. Es decir: porque usamos el Evangelio para la liturgia, para los sacramentos, para la oración, porque lo usan y predican sobre todo los curas, podemos llegar a pensar que el Evangelio es un libro religioso. Pero no, el Evangelio tiene, ante todo, contenidos sociales. Estos contenidos lo son para cualquiera, incluido quien no crea, siempre que anhele la felicidad de la persona.

         Vamos a decirlo de otra forma: las personas religiosas piensan que el Evangelio y lo de Jesús es para ganar la vida eterna. Pero todos entendemos que en la vida eterna no necesitaremos el Evangelio porque éste es necesario en esta vida. O sea, el Evangelio quiere modificar nuestra vida, nuestro comportamiento, nuestra vivencia de la sociedad. Si el Evangelio no fuera para esta vida habría sido entregado “a los ángeles”, pero he aquí que ha sido entregado a personas para que vayan construyendo la nueva sociedad, la sociedad de iguales, el sueño máximo de Jesús que solía llamar “reinado de Dios”.

         Los Evangelios son abundantes en textos que desvelan con toda claridad la evidencia de que el contenido del Evangelio es social. Citamos, a modo de ejemplo, algunos tomados solamente del Evangelio de san Juan:

  • Jn 13,8 “Si no dejas que te lave los pies, no tienes que ver nada conmigo”: Eso quiere decir que el servicio constituye la ley sobre la que se asienta la comunidad de Jesús. Una comunidad cristiana que no sirve, no sirve para nada. Es preciso medir la fe desde la actitud de servicio, no solamente desde planteamientos ideológicos. Crees si sirves.
  • Jn 13,34: “Os doy un único mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado”. No es un mandamiento religioso sino social, el que construye la nueva relación. Jesús no quiso fundar una nueva religión sino instaurar una nueva relación. Medir la densidad de la fe por la manera de entender y vivir las relaciones.
  • Jn 15,13: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por la persona”: El dar la vida, poco a poco, es la señal de que se tiene verdadera fe. Así se realiza la única vocación que Dios nos ha dado: la de vivir y dar vida.
  • Jn 10,11: “Yo soy un pastor extraño...que entrega la vida por las ovejas”: El asunto de la fe se mide en las capacidad de entrega que se tiene. Es preciso mantener siempre viva la certeza de que las entregas nunca se pierden.

 

b)  Lectura social del NT

 

Hablando de un modo general, las maneras de leer los textos del NT han sido dos: la espiritual y la moral. La primera saca del texto unos recursos para general la espiritualidad cristiana. La segunda apunta más a comportamientos éticos que quieren ser influenciados por el Evangelio. A veces derivan en moralismos y espiritualismos desenfocados. Ambas lecturas siguen vigentes y, por supuesto, cuando se hacen con profundidad son valiosas. Se puede decir incluso que son las únicas maneras de leer que hemos introyectado.

Pero puede haber otras maneras, una de las cuales, la que llamamos lectura social. Una lectura social es aquella que mira a la realidad y desde la realidad con el texto bíblico en la mano. Más que de un método se trata de una sensibilidad que intuye que la mezcla de la Palabra ahondada con la realidad social discernida puede ser altamente provechosa. Es cuestión, así mismo, del logro de una perspectiva que conecte con facilidad el imaginario del texto leído con el del mundo que vive el agente lector; sin esta conexión, el texto arriesga la infecundidad. Es, en fin, un anhelo, aquel que pretende hacer que el texto llegue a lo más profundo de la persona y ese pueda ser el cauce para una vivencia recreada del Mensaje en el marco social.

Un ejemplo: Mt 25,14-30. Es el texto que llamamos “parábola de los talentos”:

  • Siempre se ha leído en modos morales y espirituales: usted ha recibido de Dios unos “talentos”, tiene que hacerlos producir. Defrauda a Dios sino produce.
  • Desde el punto de vista social se hace una lectura “financiera” del pasaje: si no se produce, la cosa no va bien. Quien no produce, no sirve. La vitalidad, e incluso la fidelidad a Dios, se miden por la producción.
  • Pero hay en la historia de la fe otra lectura (dice el padre de la Iglesia Eusebio de Cesarea que aparece en el no conservado Evangelio de los Nazarenos): hay que imitar al que enterró el talento. A ese tal se le enciende una luz: ¿Para quién trabajo?: para un rico que se hace más rico, que además es cruel y duro, un egoísta de libro (visión campesina que dice que un rico solamente se enriquece desposeyendo a los pobres). Y se dice: no quiero trabajar para él, rompo con él (con el sistema) totalmente: no le voy a dar el gusto ni que el banco le pague los intereses. Y me atengo a las consecuencias (expulsión: el sistema no es manco). ¿Cómo el Evangelio ha de llevar a distanciarse y romper con el sistema? ¿Cómo pretender una lectura social en connivencia con el sistema es imposible? ¿Cómo contribuir a generar estilos de vida sociales alternativos?

 

  1. 2.   Leer el Evangelio en contextos de exclusión

 

Hay un documento de la PCB de 1993 interesante  y casi ignorado: La interpretación de la Biblia en la Iglesia.  Allí se habla de métodos y acercamientos. Y uno de esos acercamientos es el llamado “acercamiento liberacionista”: se lo adscribe a la teología de la liberación; su lectura de la Biblia nace de las situaciones vividas por el pueblo y está orientada en función de las necesidades sociales. Sus principios son: Dios está presente en la historia, la exégesis no puede ser neutra, los excluidos son los mejores destinatarios de la Biblia. El texto subraya casi más los peligros que los beneficios de esta lectura (unilateralidad, peligro de marxismo, escatología terrestre). No es mucho pero hay ahí una puerta abierta.

 

a)  La centralidad de la dignidad

 

Requisito imprescindible para una correcta lectura social. Aunque el tema de la dignidad ha entrado lentamente en la espiritualidad cristiana moderna (por influjo social más que evangélico) es el quid de una correcta lectura evangélica, aunque no esté formulada como tal en los Evangelios. Pero tanto los milagros (cuya mejor lectura es como relatos de inserción social), como las ofertas del reino (que son ofertas en base a la dignidad, no a la moralidad) confirman lo que decimos (léase por ejemplo el relato de la vocación de Mateo, Mt 9,9-13, que hace Caravaggio desde esa perspectiva).

 

b)  Centralidad del excluido

 

Algo que aparece en los Evangelios no solamente porque el contexto social era mayoritariamente de exclusión sino, porque en ese contexto, Jesús opta por los de la parte baja de la pirámide social hasta hacerlos destinatarios principales del reino. Él ha salido a los caminos por un determinado sector social. Jesús tiene idea clara de que el marginado social ha de estar en el centro (“ponte en medio”: Lc 6,6-11). De ahí la certeza de que la consideración con la realidad del excluido no es un derivado de la fe sino su núcleo: se es cristiano si el excluido está en el centro; si no, no (recordar la famosa disputa de los hermanos Boff).

 

c)    Principio de parcialidad

 

Algo que cuesta aceptar: Dios es Padre de todos, pero no del mismo modo: al justo le anima a la justicia y al injusto le anima también a la justicia. Por eso, es Padre de todos, pero no del mismo modo. El Evangelio muestra, por el comportamiento de Jesús, que Dios es un Dios parcial, situado en el lado de los humildes y a su favor. Desde ese lado lanza la voz al injusto para que vaya desplazándose hacia el terreno de los humildes abandonando sus comportamientos sociales y económicos injustos (pasaje de los que piden a Jesús un arbitraje y parábola del rico insensato que almacena: Lc 12,13-21). A veces, en san Lucas sobre todo, cunde el desaliento en las páginas del Evangelio: con los ricos no hay nada que hacer (parábola de Lázaro y el rico: Lc 16,19-31). El lector del Evangelio mira como posibles los desplazamientos sociales hacia el sector social frágil y colabora con ellos  en el lenguaje del propio desplazamiento social.

 

d)  Sujetos morales y sujetos creyentes

 

No hay duda: la respuesta que damos al sufrimiento del otro nos hace sujetos morales y creyentes. Si a uno le importa el sufrimiento del otro, es una persona humana; si no, no. Si se responde al sufrimiento del otro, se es persona creyente en Jesús; si no, no. Algo tan taxativo lo vemos en el comportamiento de Jesús. Él no ha salido a los caminos por su propio sufrimiento, sino por los dolores ajenos. La insensibilidad, la globalización de la indiferencia de la que habla el papa Francisco es el rostro de nuestra inhumanidad y de nuestra increencia.

 

e)   Un anhelo

 

Hoy por hoy, la Biblia y la realidad de los excluidos sociales aún está muy lejos. ¿Cómo hacerles ver que en esa espiritualidad hay una voz a su favor? ¿Cómo hacerles cercano el ánimo de Jesús, el que derrochó por los caminos y que puede ofrecer ahora en la mediación de los cristianos? Podríamos pensar que no hay muchos caminos abiertos. Pero el Evangelio propone modos de comportamiento muy asequibles. En Mc 10,46-52 Jesús hace la gran pregunta de la solidaridad con el excluido: “¿qué puedo hacer por ti?”. Si esta pregunta está llena de verdad y se intenta ponerla en pie derivará en una indudable cercanía con los frágiles sociales y en la potenciación de recursos que, con frecuencia, no aparecen a primera vista.

 

Conclusión

 

En la lectura social hay una puerta abierta no solamente para una revitalización de la vida cristiana, sino también una posibilidad de devolver al texto el color y el brillo  que la rutina y la superficialidad le han arrebatado. Hoy por hoy es demasiado pedir que esta puerta la use el sistema oficial de la Iglesia. Pero los grupos de base y la VR cercana a la ciudadanía podrían intentar este tipo de lectura. Ciertamente sería un gran beneficio para ellos y un indudable aporte al hecho social.   

Palabras escandalosas de Jesús

PALABRAS ESCANDALOSAS DE JESÚS[1]

Material de trabajo para el grupo bíblico de la

Parroquia de Valvanera de Logroño

(Curso 2020-2021)

 

Introducción 

 

         Los evangelios contienen expresiones que, aún hoy, nos causan cierta perplejidad, incluso un cierto escándalo. Estaría bien entenderlas en su contexto literario para poder sacar de ellas también ánimo y apoyo para nuestra vida cristiana. A veces resulta que, si se hinca el diente a los textos difíciles, estos terminan por arrojar mucha luz.

         De alguna manera se puede decir que los autores del NT han desvelado un cierto perfil “escandaloso” de Jesús. Le llamaron “piedra de escándalo” (1 Pe 2,8) y lo vieron como “piedra como puesta para tropezar (escándalo)” (Lc 2,34). No es de extrañar que, con cierta frecuencia, la gente se “escandalizaba de él” (Mt 13,57): Hasta sus mismos discípulos se escandalizaban (Mt 26,31).

         El Evangelio sigue siendo un escándalo como antaño (1 Cor 1,23) porque postula unos planteamientos que, no pocos de ellos, chocan con nuestra manera de vivir y entender el hecho social. Quizá ahí reside una fuerza interesante. Ojalá quienes decimos apreciar a Jesús no nos escandalicemos de él como los enviados del Bautista (Mt 11,6).

         Vamos a desgranar algunos de esos dichos con la intención de entenderlos mejor y de ver si es posible concluir actitudes de fe que nos ayuden en la vida cristiana. El diálogo comunitario nos ayudará a ello.

 

1

«AL QUE TE ABOFETEE EN LA MEJILLA DERECHA, PRESÉNTALE TAMBIÉN LA OTRA» (Mt 5,38-39)

 

«Os han enseñado que se mandó: “Ojo por ojo, diente por diente” (Éx 21,4). Pues yo os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, vuélvele también la otra».

 

Reflexión

 

  • El contexto de este pasaje es el llamado “sermón de la montaña” (del “llano” en Lucas). El evangelista quiere proponer la nueva alternativa de Jesús, su oferta, en comparación (en oposición muchas veces) con la religiosidad heredada del judaísmo antiguo.
  • La llamada “ley del talión” (Ojo por ojo…) es, bien mirada, un principio legal de componente humanista: se trata de castigar al infractor con la misma pena que él ha causado, frenando así el ansia de venganza que anida en el fondo de corazón de la víctima. O sea, que no es tan mala cosa lo que propone Éxodo.
  • Pero tal ley, aunque distributivamente pueda ser aceptable, no frena el movimiento de fondo: la violencia. Quien se ciñe al talión sigue manteniendo dentro el virus de la violencia, por más que la regule y no entre en el bucle de la venganza.
  • Por eso, la propuesta de Jesús apunta a ese fondo: ¿cómo contener el ansia de venganza que anida en el fondo? La propuesta de Jesús es resistir al mal, no entrar a su terreno, hacerse fuerte y constante ante el mal, no perder la paz, situarse en el terreno de la comprensión y del perdón.
  • Por eso habla de poner la otra mejilla. Siempre se ha entendido esto como una humillación. Pero en el texto hay que entenderlo como resistencia. Si a uno le pegan en una mejilla, parece lógico que responda a la agresión con violencia similar, o mayor (recordar aquella frase del papa Francisco: «Si alguien dice una palabrota sobre mi madre, puede esperarse un puñetazo»). Pero el texto invita a aguantar a pie firme sin responder con violencia y sin huir (lo que Ellacuría llamaba “resistencia sociopolítica a los intereses dominantes”).
  • Más aún. Mateo pone en la frase un detalle que no viene en Lucas: “abofetear en la mejilla derecha”. Para abofetear en la mejilla derecha a quien se tiene enfrente hay que golpear con el dorso de la mano derecha, lo que añade, además del daño, el enorme menosprecio de quien golpea: abofeteado y menospreciado. Dos razones para responder con violencia o para huir. Pues en ese caso hay que responder quedándose y resistiendo. Esa es la propuesta de “lo nuevo” de Jesús. Estamos hablando, sin duda, de una resistencia activa, actitud que han usado muchas personas, desde luchadores por los derechos humanos hasta personas corrientes en su manera de llevar adelante sus conflictos. 

 

Derivaciones

 

         Citaremos, a modo de ejemplo, dos casos de resistencia activa:

  • En el plano político: la resistencia del pueblo saharaui: El pueblo saharaui afronta más de 40 años de resistencia contra la política anexionista de Marruecos cuya intransigencia ha desenmascarado la continua violación de derechos humanos y el saqueo constante de sus recursos naturales. La resistencia saharaui es un ejemplo para el mundo. Pese a las duras condiciones de la hamada en los campamentos de refugiados en el desierto argelino, la RASD es el segundo país africano más alfabetizado del continente. Junto a las haimas se levantan escuelas y hospitales para toda la población saharaui. La frecuente tentación de recurrir a la violencia ha sido casi siempre controlada (frente al intento de Marruecos de hacer creer que el Frente Polisario es una organización terrorista, cosa contestada por la ONU y su Secretario General). Los saharauis siguen ahí, en tierra de nadie, esperando una justicia que no llega. España tendría que hacer algo porque, en su día, fueron españoles. Y porque son personas en exclusión. Resistentes y básicamente pacíficos.
  • En el plano familiar: la resistencia de quienes cuidan a sus familiares frágiles: Dice Irene Vallejo: «Durante tu adolescencia contemplaste cómo tu madre y tu tía suavizaban el naufragio de tus abuelos en la vejez y la enfermedad. En sus ojos cansados adivinaste que por esa lealtad se paga un alto precio: descalabros salariales, sueños aplazados, aislamiento, vivir tensas y ojerosas… Quienes desafían el evangelio de la competencia para cuidar a los suyos, lo hacen callando, casi ajenos a su sigilosa revolución: abuelos a sus nietos, madres a sus madres, sanos a enfermos…. Con frecuencia una misma persona debe cuidar a la vez a sus padres y a sus hijos. Quienes asumen esa doble responsabilidad, con jornadas partidas y cansancio multiplicado, divididos entre la fragilidad de los jóvenes y de los ancianos, descubren lo agotador que es ser la parte fuerte….. Reservamos la luz de los focos para los líderes triunfantes del deporte, la empresa o la política, ocultando entre sombras a quienes velan y acompañan, en la heroicidad del consuelo».

 

2

«ALLÍ SERÁ EL LLANTO Y EL RECHINAR DE DIENTES»

(Mt 8,11-12)

 

            «Os digo que vendrán todos de Oriente y de Occidente a sentarse en la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de Dios; en cambio a los destinados al reino los echarán fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes».

 

Reflexión

 

  • El contexto del relato es la curación del criado del centurión: un militar pagano, a su manera, ha puesto su confianza en Jesús. Mientras que el destinatario primero de la buena noticia, Israel lo ha rechazado. Es algo que los evangelios no han logrado asimilar: ¿cómo fue posible que rechazaran a Jesús? Y en consecuencia: los paganos se han hecho acreedores del reino.
  • Todos (polloi) se van a sentar en la mesa- De ahí que vengan de Oriente y de Occidente. Se rompe con requisitos religiosos que ya no tienen sentido: somos los elegidos, nuestra religión es la verdadera, Dios nos debe salvar, etc. Al banquete del reino se accede por generosidad de Dios, no por otra razón.
  • Es un banquete, una fiesta, algo que se vive con gozo, con talante incluyente. Es como un gran banquete popular donde no hay que pagar, donde no hay invitaciones explícitas porque todos somos invitados, un banquete de ciudadanía total, de participación cósmica absoluta, sin los límites que ponemos a nuestros banquetes.
  • Pero el autor (¿el evangelista? ¿el mismo Jesús?) no se puede ver libre de su mentalidad excluyente (aunque en esta caso se aplique al judaísmo) y, con despecho, dice que habrá excluidos echados afuera, a las tinieblas (los banquetes se celebran muchas veces de noche). No puede reaccionar sobre su propio planteamiento de incluir a todos, incluso a quienes excluyen a otros. Esa sería la prueba de verdad: todos están incluidos, hasta vosotros que excluís (hay que leer un poco contra el texto). El Evangelio, buena noticia, se vuelve no-evangelio si es excluyente con quien sea.
  • Por eso, la frase “allí será el llanto y el rechinar de dientes”, aunque está en los evangelios, no es evangélica, no conecta con lo profundo de Jesús (aun en el supuesto de que la hubiera dicho, uno tiene sus contradicciones, como seguramente él las tuvo). El principio evangélico es claro: todos entramos al banquete porque el Padre invita a todos. La prueba: que hemos sido creados por amor. Y si uno incluso no quiere entrar al banquete, Dios tendrá argumentos para “seducirle” y hacerle participar del gozo de la fiesta. No habrá, pues, ningún llanto, ni rechinar de dientes. Nada ni nadie quedará fuera.

 

Derivaciones

 

         Dos derivaciones para elaborar nuestra mentalidad creyente:

  • Superación del infierno y la condenación: algo que ha estado metido en el tuétano de la mentalidad religiosa y que sigue estando en los documentos (que evolucionan lentamente) y en la mentalidad de muchas personas (en algunas, muy conservadoras, de manera militante). El fondo del evangelio quiere hacernos ver que el Dios de Jesús es Padre de amor que nunca condena, aunque hubiere motivo. Por lo tanto hay que mantener la bondad de Dios como cimiento. De ahí se deduce que él ha de tener mecanismos de amor para envolver todo mal. No quiere decir que todo le dé igual: se duele de nuestro mal y se alegra cuando somos humanos. Pero de ahí no se deduce una actitud justiciera como la nuestra. Tiene que haber otro camino, hecho de abrazo, amparo, perdón, etc. Por lo tanto, creer que toda persona está invitada a ese banquete tan especial, a esa plenitud para la que hemos sido creados, es algo legítimo desde el punto de vista evangélico. De todas maneras, quien para elaborar su fe necesite de un infierno, allá él. Pero ¿por qué no situarnos en horizonte de gozo para todos más allá de las evidentes limitaciones en que se ha movido nuestra vida?
  • Superación de la mentalidad religiosa exclusora: porque a eso nos ha llevado el pensar que nuestra religión es la única verdadera, pensar que quien no lleva una vida según las normas de la iglesia queda fuera, pensar que quien no está en gracia de Dios es candidato al infierno, pensar que quien no acepta la doctrina es un hereje que está fuera, etc. Todo un panorama de exclusiones. ¿Por qué no ir forjando una mentalidad espiritual, evangélica, inclusora, abrazante, universal? ¿Por qué la fe religiosa ha de ser algo para separar y no para incluir, incluso a aquello que no tiene aire religioso? ¿Quién puede decir que la última celebración de la semana santa ha sido menos evangélica porque no había funciones religiosas, cuando había entrega, solidaridad, vecindad, agradecimiento social, condolencia grande por las muertes no celebradas, amparo en el desamparo?

 

 

3

«DEJA QUE LOS MUERTOS ENTIERREN A SUS MUERTOS» (Mt 8,21-22)

 

         «Otro, ya discípulo, le dijo: -Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre. Jesús le replicó: -Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos».

 

Reflexión

 

  • El contexto general del pasaje es el intento, en gran parte frustrado, que hace el evangelio de Mateo por crear el “Israel mesiánico”, por cambiar la perspectiva religiosa de Israel que se entiende cerradamente como pueblo elegido y transformarlo en pueblo al servicio de los demás. La cosa fracasó: el peso religioso era tan grande que mover aquello fue imposible.
  • Por eso, el seguimiento a Jesús está entendido aquí como un desplazamiento, un moverse hacia algo distinto y nuevo. Hay una tensión entre el enganche a lo de siempre (las tradiciones, los “muertos”) y lo nuevo (la propuesta de un reino basado en la entrega al otro).
  • El desplazamiento hacia lo nuevo de Jesús es un vaivén: unas veces adelanta, otras retrocede. Aquí, se propone lo nuevo al que es “ya discípulo”. Tendría que ser un lanzado a lo nuevo y quizá con un ojo mira lo nuevo de Jesús, pero con el otro mira a lo viejo, al “padre muerto que hay que enterrar”. Eso representa la dificultad para el desplazamiento, para pasar a otro terreno.
  • Seguir amarrado al pasado puede que sea por amor incluso, por piedad, como es enterrar a los muertos. Las pegas que se ponen para no desplazarse son sutiles y razonables. Pero el resultado es que no te mueves. Por supuesto, no se quiere decir que no se entierre al padre muerto. Es una metáfora que está indicando otra cosa: las múltiples dificultades que imposibilitan el desplazamiento hacia la propuesta de Jesús.
  • Por eso, lo que impide el desplazamiento son el peso social enorme de costumbres, tradiciones, convicciones, ideas, certezas heredadas que dan como resultado final el que uno se queda más o menos quieto, ya no se desplaza, ya no es seguidor.

 

Derivaciones

 

  • Espiritualidad del desplazamiento: Es aquella que dice que, desde el mismo punto vital y social en el que estás, puedes desplazarte, poco a poco, en la dirección de los frágiles, en la perspectiva de la solidaridad, en el sueño del evangelio. No importa tanto el punto en el que se está, que puede ser muy sistémico, sino en el deseo de desplazarse. Si ese deseo está muerto, si no se le ve futuro, posiblemente estemos anclados en el sistema. Pero si hay un anhelo, por mínimo que sea, hay posibilidad de desplazamiento.

         Fácilmente se entiende que el desplazamiento, como la vida misma, es siempre progresivo y por ello admite todas las tonalidades. Es valioso el desplazamiento enorme de quien profetiza y lo es también el desplazamiento humilde de quien teme. Lo importante es que tal desplazamiento no se estanque, no se muera, no se canse. Porque entones, como quien cae en un sueño, seremos atrapados por los dinamismos  aquietantes del sistema.

         ¿Por qué nos cuesta desplazarnos? ¿Por qué, incluso, se combate a quien se desplaza? No solamente por razones de comodidad personal, de la rutina que amo, de la decepción que acumulo. También lo impide el mismo sistema que, cuando se sabe abandonado por alguien, desvela su fragilidad un poco más. Por eso, la espiritualidad del desplazamiento demanda, de una u otra forma, una crítica al sistema, sea este cual sea, y una decisión cultivada de caminar por otras sendas.

         Tampoco es obstáculo para dejar de lado esta espiritualidad el que, sí, construimos un discurso no sistémico, de desplazamiento decidido, pero luego nuestros caminos reales son sistémicos. Puede que sea así. Pero un discurso desplazado, si está hecho con corazón, es ya un paso importante en el desplazamiento. Sabemos que la vida no son los discursos, sino los caminos. Pero aquellos, según como sean, pueden ayudar a estos.

  • Aún es tiempo de recrear la comunidad de Jesús: Decir que “aún es tiempo” no quiere decir que la cosa sea para ahora mismo. Al hablar de recrear, se está dejando de lado, como opción, el recuperar porque se cree que esto es, a la larga, más difícil que aquello. Para muchos queda demostrado, y con creces, que la posibilidad de recuperación se ha alejado. Los benévolos intentos que se han hecho, tanto a título personal (desde san Francisco hasta el papa Francisco) como colectivos (el Vat. II y los últimos Sínodos a modo de ejemplos) arrojan para muchos creyentes el mismo saldo: todo sigue más o menos igual en un estado de cosas que hace que la recuperación de la Iglesia sea tan difícil como los cambios en el capitalismo, los ejércitos o los nacionalismos excluyentes. Es preciso soñar otros caminos.

         Además, se cree que esto se puede hacer sin dialéctica, sin exclusión, sin condena, aunque no sin perplejidad y dolor. Hay que alejarse de polémicas irrelevantes o estériles donde, aunque vayan disfrazadas, son las cuestiones de poder las que se hallan en el fondo. El respeto ha de presidir este proceso y también la certeza de que hay sectores difícilmente recuperables por lo que no tiene sentido entablar una relación dialéctica con ellos.

         Ante la evidencia de la lentitud del proceso, hay quien piensa que jamás se llegará a modificar lo que ha perdurado durante siglos. Pero, en realidad, esos siglos son un pequeño paréntesis en la cultura humana y una sombra en los amplios desarrollos del planeta. Por eso, la lejanía del horizonte no implica su imposibilidad.

         Precisamente porque se cree que la utopía de Jesús es una buena aportación a la espiritualidad del sueño humano hay quien anhela otro modo de ser vivido y ofrecido a la sociedad. Esta ausencia de intereses espurios es la gran fuerza del anhelo por recrear la comunidad de Jesús.

 

4

«NO PENSÉIS QUE HE VENIDO A TRAER PAZ A LA TIERRA. NO HE VENIDO A TRAER PAZ, SINO ESPADA»

(Mt 10,34-38)

 

         «No penséis que he venido a sembrar paz en la tierra: no he venido a sembrar paz, sino espadas; porque he venido a enemistar el hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; así que los enemigos de uno serán los de su casa (Miq 7,6). El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que ponga al seguro su vida, la perderá, y el que pierda su vida por causa mía, la pondrá al seguro».

 

Reflexión

 

  • Tenemos aquí un conglomerado de “palabras escandalosas” de no fácil explicación. Todas ellas reflejan la experiencia de las primeras generaciones cristianas cuando ya se ha experimentado la hermosura del mensaje de Jesús ofrecido a todos y también sus duras dificultades. Son textos de una indudable aspereza. Confirman algo elemental: que el evangelio es hermoso, pero no fácil.
  • Se ha vivido la experiencia evangélica no como un falso pacifismo, sino como una herida en el seno mismo de la sociedad. Así es: lo de Jesús no es un pacifismo que deja las cosas como están tratando de contentar a todos para que todo siga igual. No: se produce una fuerte fractura social: los jóvenes (hijo, hija) contra los mayores (padre, madre-nuera). Una dificultad notable en la convivencia generacional porque se supone que los mayores están más anclados en el sistema y los jóvenes propugnan caminos nuevos. Un evangelio que contente a todos (y sobre todo que contente a los dueños del sistema) no es el de Jesús. Un evangelio que no es, de algún modo, un peligro social, no es el evangelio de Jesús.
  • Ese mismo principio de ruptura hay que aplicarlo al ámbito delicado de la propia familia. No quiere decir el evangelio que no haya que querer al padre o a la madre (iría contra el cuarto mandamiento) ni que haya que abandonarlos para ser seguidor de Jesús. Nada que ver. Quiere decir que, a veces, las relaciones familiares también pueden ser antievangélicas, inhumanas, opresoras, depredadoras. En tal caso, habrá que aplicarles la terapia evangélica: el distanciamiento, la crítica, la reorientación, la ruptura. Es delicado este terreno, pero la relación familiar también entra en el discernimiento cristiano.
  • Por otra parte: la frase sobre “coger la cruz” no hace relación a “las cruces de cada día” que algunos dicen que las manda Dios (Dios no mando sino amor; las cruces son el precio de nuestro ser histórico). Alude a algo radicalmente distinto: dibuja el horizonte al que tiende el seguidor: estar dispuesto a vivir como vive uno que lleva la cruz al patíbulo, vivir como un excluido de la tierra, vivir como un rechazado por amor, vivir con un amor sin esperanzas. Es el horizonte. Algunos han llegado ahí (el mismo Jesús y otros). Aunque no podamos llegar al horizonte, tenerlo ahí, entre ceja y ceja, puede ser interesante. Esta sí que es ruptura fuerte, la más profunda.
  • Y para terminar, ese otro dicho también “escandaloso” y paradójico: ganar la vida es perderla; perderla, ganarla. ¿Qué es ganar y qué es perder? ¿Ganar es tener mucho, poseer mucho, mandar mucho, tener un prestigio, dejar huella en la historia, estar en el candelero? ¿Puede ser ganar el servir, el entregarse por amor, el ser generoso, el pensar bien del otro para acertar, el hablar con benignidad, el hacer el bien sin mirar a quién, el estar contento con poco? ¿Qué ganancias nos da el evangelio? No hay ganancia, empresa ruinosa.                                                          

 

Derivaciones

 

  • Espiritualidad de ruptura: en nuestro itinerario de vida cristiana no nos hemos visto precisados a “romper” con nuestros modos de vida habituales. Hemos sido cristianos de manera casi natural, sin grandes sobresaltos, sin situaciones difíciles en las que hay que elegir un camino u otro. Nuestra opción cristiana ha sido “benigna”, bienintencionada, generosa incluso, pero no se ha visto casi nunca entre la espada y la pared, en la encrucijada de tener que elegir. A veces sí que hemos notado, respecto a nuestra familia o nuestra sociedad, una ruptura religiosa y moral: nosotros participamos en actos religiosos que ellos no aprecian o tenemos posiciones morales distintas a las suyas. Pero nunca han significado una gran ruptura. Podría haber una “solución” si el camino evangélico nos va llevando a una cierta “ruptura social”: que tomáramos ciertos caminos y comportamientos sociales como exigencias del evangelio (la solidaridad, la paz, los pobres, la justicia, etc.), que las viviéramos y explicáramos desde ahí. Nuestra fe sería más evangélica y más “explicable”.
  • Un pacifismo activo: casi todo el mundo está por la paz; quisiéramos vivir en un mundo sin guerras ni violencias. Incluso muchos de nosotros rezamos por la paz con frecuencia. Pero, a la vez, somos muy lentos para enrolarnos en una actividad de paz, la que sea. Porque los problemas de la paz no se solucionan ni con oración (por más que esta ayude) ni con meros deseos. Es preciso implicarse en algo. Eso nos cuesta hasta imaginarlo. Pero quizá todo sea comenzar y uno irá viendo que se abren puertas: participa en una actividad de paz y justicia sencilla (¿por qué no hay “círculos del silencio” en Logroño?), no seamos remisos a la hora de apoyar a quienes construyen la paz (¿qué nos impide ser, por ejemplo, socios de Amnistía Internacional?). Para esta clase de actividades hay que amar la paz de dentro (la personal) y la de fuera (la social). Ambas son importantes y necesarias. Y no creamos que no van con nosotros las grandes cuestiones de la paz: informémonos, valoremos, si hay manera de colaborar, colaboremos. Cualquier paso es importante, por sencillo que sea.

 

5

«LOS PUBLICANOS Y LAS PROSTITUTAS OS LLEVAN LA DELANTERA EN EL REINO DE LOS CIELOS» (Mt 21,31b-32)

 

         «Os aseguro que los recaudadores y las prostitutas os llevan la delantera para entrar en el reino de Dios. Porque Juan os enseñó el camino para ser justos y no le creísteis; en cambio, los recaudadores y las prostitutas le creyeron. Pero vosotros, ni aun después de ver aquello habéis sentido remordimiento ni le habéis creído».

 

Reflexión

 

  • El contexto del pasaje es la gran disputa del final en el Templo entre Jesús y las fuerzas vivas del país, el partido saduceo (la aristocracia sacerdotal y seglar). El desencuentro es grande; por eso se llega a extremos dialécticos. La comparación de los notables con publicanos y prostitutas es ofensiva para ellos que se creen los fieles, los buenos, los justos.
  • Efectivamente, son las dos categorías de personas más odiadas, más despreciadas, más injuriadas: los corruptos sociales (recaudadores), las corruptas morales (prostitutas). Gente “necesaria” y despreciada: necesaria para que funcione un sistema económico neoliberal y necesarias para dar salida a desahogos sexuales que no se elaboran en la relación matrimonial. Despreciados los recaudadores por su corrupción conocida; despreciadas porque se considera un pecado nefando la venta del cuerpo, no su compra.
  • Un sistema social montado sobre la hipocresía que Jesús pone de manifiesto: se creen fieles y sostienen modos de vida que ellos censuran y usan. Jesús desnuda tales planteamientos de manera severa. Algunos traducen “os llevan la delantera” por “ellos entran y vosotros, no”.
  • Además, subraya el texto que, viviendo en ese doble juego de vida, viven “sin remordimientos”. No hay ni pizca de interés en cambiar, menosprecian a quien, como Jesús, les pone las cosas claras delante. Por eso menospreciaron al Bautista que iba en la línea que marca Jesús (o quizá Jesús lo aprendió de él).

 

Derivaciones

 

  • Fieles, pero infieles: el evangelio tiene una alta capacidad para poner en evidencia las paradojas de nuestra vida. Por eso sus palabras, duras a veces, siguen estando vivas. Nos hace ver que somos fieles al hecho religioso, nos importa y lo valoramos; pero, a la vez, somos infieles al hecho humano manteniendo divergencias, agravios y hasta odios. Nos hace ver que somos fieles a una moral establecida, pero somos duros con quienes piensan distinto, viven distinto o practican una “rebeldía” que no podemos aceptar (“Un sistema que habla de libertad pero persigue la rebeldía no es sano”, decía E. Fromm). Nos desvela que somos fieles a muchas tradiciones, pero duros para la benignidad, la bondad, y la certeza de que en el fondo de las personas anida el bien. Fieles, pero infieles.
  • Humanizar la prostitución: está abierto el debate social sobre si legalizar o no la prostitución. Más allá de esto que lo tendrán que solucionar las instancias de gobierno de nuestra sociedad, el cristiano habría de intentar humanizar esta realidad  que, nos guste o no, está ahí. ¿Qué es humanizar? Primero, aplicar parámetros de justicia a este sector frágil: no son ellas (o ellos) las malas de la película; quizá lo sean más los usuarios que, socialmente, se van de rositas. El problema es social, no de unas pocas personas. Además tener palabras ajustadas, compasivas, benignas, comenzado por si designación (prostitutas, o peor, putas), por los chistes sobre ellas, por el menosprecio que indica nuestra manera de hablar de este asunto. Jesús no hubiera hablado mal de ellas, ni se hubiera reído, ni las hubiera menospreciado. También aprecio por los colectivos (religiosos o no) que trabajan por humanizar, en la medida de lo posible, este sector frágil; hacerles un sitio en la mesa de la sociedad; no protestar porque se destinen recursos (pocos) para ellas; quizá, si viene a la mano, colaborar con esos grupos.

 

6

«MUCHOS SON LOS LLAMADOS

Y POCOS LOS ESCOGIDOS» (Mt 22,11-14)

 

«Cuando entró el rey a ver a los comensales, reparó en uno que no iba vestido de fiesta, y le dijo: -Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de fiesta? El otro no despegó los labios. Entonces el rey dijo a los sirvientes: "Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.

 

Reflexión

 

  • Estamos ante una frase de gran dificultad de interpretación. Los autores salvan el escollo como pueden. El contexto es la gran disputa del final con el judaísmo oficial. Para Mateo, los judíos, primeros destinatarios del banquete del reino, han quedado fuera; han sido llamados, pero no escogidos.
  • Sin embargo, el dicho es más complicado porque viene después del pasaje de quien ha sido expulsado por no llevar vestidura adecuada. Algunos dicen que la frase estaría al final de la parábola del banquete, no al final del relato del expulsado. Pero hoy está donde está.
  • ¿Qué ha ocurrido en la comunidad de Mateo? Estamos en los años 80-90. Han pasado más de 50 años de la muerte de Jesús. Su recuerdo permanece, pero las comunidades empiezan a instalarse, a elaborar una cierta normativa religiosa. Se viene a decir: el cristiano ha sido llamado al banquete del reino; pero hay que cumplir unas normas religiosas. De lo contrario, serás llamado, pero no escogido.
  • Es decir: se percibe la realidad de que las comunidades cristianas que empiezan a afianzarse en el Mediterráneo no podrán sobrevivir sin una cierta normativa. ¿Se dan cuenta de que eso puede alejarles del Evangelio? Quizá sí. Pero sin normas, el riesgo es mayor: que se llegue a difuminar el recuerdo de Jesús porque el cristianismo desaparezca.
  • Si esta lectura es correcta, ¿podría ser un pensamiento propio de Jesús? Creemos que no, porque la propuesta de Jesús no tiene en cuenta normativas específicamente religiosas; más bien lo contrario. Aun así: ¿fue correcta la postura de los primeros cristianos de normatizar el evangelio? Esto habría de valorarse haciendo una lectura del itinerario eclesial.

 

Derivaciones

 

  • ¿Una fe sin exigencias?: es algo que nos resulta casi impensable porque nuestra experiencia religiosa ha estado moldeada por las normas, y sigue estándolo (pesa más en la estructura de la iglesia el Derecho Canónico que el Evangelio). Muchos cristianos piensan que precisamente lo que mantiene a la iglesia son las normas claras. La postura de Jesús no parece ser esa: para él lo más básico es el amor; sin eso no hay nada. Las normas, si es que surgen o se necesitan, tienen que ser elementos derivados y por ello consensuados entre todos. Y en cualquier caso, no habrían de sofocar el amor. Por eso mismo, si la norma termina por empoderarse, nos estamos alejando del evangelio. Una fe sin exigencias previas no es un desbarajuste porque hay “exigencias” evangélicas (el amor, la compasión, el amparo, la hondura, la bondad). Algo raro nos ocurre si, al relativizar las normas, creemos que todo esto se vendrá abajo. ¿Es que no hemos logrado dar fe a la palabra de Jesús que pone como distintivo del cristiano el amar como él ha amado?
    • Caminos de reparación creativa: Se puede leer el pasaje evangélico con el deseo de reparar el camino que ha recorrido la iglesia. Se trataría de no “cambiar” para dejar las cosas como están porque, al ser tan compactas, se las considera incambiables o, peor todavía, por un cansancio vital que empuja a vivir en la indolencia sin afrontar los problemas de frente. Habría que intentar reparar creativamente la Iglesia, es decir, no simplemente reparar para que todo siga como antes, sino reparar para dar a luz una realidad nueva. Siempre hay oportunidades de reparar recreando porque algunas heridas históricas tienen curación (divisiones religiosas, desajustes económicos, lugar de las religiones en la sociedad, etc.). La mejor curación es dar el salto hacia algo de creciente calidad. «La resiliencia humana frente a la adversidad no deja de sorprendernos y siempre podemos recomponer nuestras ilusiones por vías alternativas». La sociedad de hoy, el momento presente, nos ofrece esas vías alternativas que eran impensables en otras épocas (diálogo fe-cultura, diálogo interreligioso, espiritualidades de hondura, caminos sociales más cultivados, etc.).

 

 

7

«DONDE ESTÉ EL CADÁVER, SE JUNTARÁN LOS BUITRES» (Mt 24,26-28)

 

         «Por tanto, si os dijeren: “Mira, que está en el desierto”, no vayáis; “Mira, que está en el sótano”, no os lo creías. Porque, igual que el relámpago sale del levante y brilla hasta el poniente, así ocurrirá con las llegada del Hombre. Donde esté el cadáver, se juntarán los buitres».

 

Reflexión

 

  • El contexto del pasaje es la disputa final en el templo, pero esta vez la forma es lo que se llama literatura apocalíptica, una manera de escribir propia de la época, algo así como la ciencia ficción para nosotros. Siempre se quiere como entrever o adivinar el futuro que ignoramos, leer los signos de lo que nos puede acontecer.
  • Hay quienes quieren signos claros pasa saber algo que los primeros cristianos creían que podía acaecer de un momento a otro (Jesús mismo llegó a creerlo: “No habréis pasado por las ciudades de Israel, antes que esto suceda”: Mt 10,23): la llegada final del Mesías. Sobre esto corrían mil bulos, inquietantes siempre. Parece que el pasaje quiere sosegar el ánimo de los cristianos viniendo a decirles que se verá con claridad que se está en el momento final (se mantiene el asunto, pues, aunque son sosiego).
  • El texto aleja de Jesús alguno de esos bulos: 1) que sería un rebelde: en el desierto se fraguaban siempre las rebeldías; 2) que sería un clandestino que actúa en los sótanos (a los bulos siempre les ha gustado lo enigmático).
  • El texto dice que no vendrá un “Mesías” sino un “Hombre”. Es decir, lo que tenga que ser al final estará caracterizado por los calores de lo humano: el amor, la paz, la plenitud. Por lo tanto, nada de catastrofismo, sino paz y plenitud. Con esto se desactiva cualquier mesianismo raro.
  • Por eso, el dicho que nos ocupa puede ser una simple metáfora para indicar que se verán las cosas claras cuando llegue el caso. Pero es una metáfora negativa que no puede aplicarse a Jesús: él no será carroña que reúna a buitres, sino, como hemos dicho, bondad final, plenitud última en la forma que sea, sosiego definitivo para el caminar de la historia.

 

Derivaciones

 

  • ¿Habrá momento final?: a las religiones siempre les ha gustado este tema. Quizá ahora lo tenemos un poco más apagado porque nos hemos hecho menos crédulos. Pero todo esto que vemos, nosotros incluidos, ¿a dónde camina? La palabra y los teólogos han dicho con claridad que esto camina a la plenitud en Cristo. ¿Pero qué forma va a tomar esa plenitud? ¿Se puede pensar tal plenitud en los presupuestos que maneja la ciencia hoy? La ciencia dice que el universo se expande caóticamente hasta su apagamiento definitivo. ¿Puede entenderse ese apagamiento (todo ese itinerario colmado) como la plenitud de Jesús, como el día del Hombre? ¿No tiene sentido algo que se plenifica terminando? ¿Puede ser esto motivo de alegría más que de frustración?
  • Religión y mesianismos: esta ha sido también otra constante en la historia de las religiones. Lo sigue siendo ahora con una fuerza inusitada: las religiones tienen lugar preponderante en las opciones sociales y políticas, por más que los estados se digan laicos. Líderes políticos se amparan en las religiones, de uno y otro signo. Grandes masas de personas buscan en las religiones una orientación de vida que les sostenga, aunque a veces sean cosas pintorescas e incluso deshumanizadoras. La necesidad de mesianismos sigue vigente, la enorme necesidad de que alguien de fuera solucione lo que yo no sé solucionar. ¿Es posible vivir una fe sin mesianismos, a pelo? ¿Es de peor calidad una fe que no recurre a soluciones externas al camino humano? ¿Se empobrece la fe si se la priva de esos mesianismos que nos atraen?

 

 

 

 

 

8

«NO HE VENIDO A LLAMAR A JUSTOS,

SINO A PECADORES» (Mc 2,15-17)

 

         «Sucedió que, estando él recostado a la mesa en su casa, muchos recaudadores y descreídos se fueron reclinando a la mesa con Jesús y sus discípulos; de hecho, eran muchos y lo seguían. Los fariseos letrados, al ver que comía con los descreídos y recaudadores, decían a los discípulos: -¿Por qué come con los recaudadores y descreídos? Lo oyó Jesús y les dijo: -No tienen necesidad de médico los que son fuertes, sino los que se encuentran mal. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores».

 

Reflexión

 

  • El pasaje se inscribe en el primer período de la actividad de Jesús, cuando quiere dibujar las características de lo que él llama el reinado Dios. Una de ellas: la comunidad ha de abrirse a aquellos que la sociedad de la época excluye, a los pecadores sociales, los que tiene comportamientos u oficios que están mal vistos. Las religiones piensan que para acceder a Dios, cuanto más puro se sea, mejor. Jesús dice que se accede a Dios, al reino, acogiendo a los que no son puros, algo difícil de entender a quien siempre le han dicho lo contrario.
  • Solo una comunidad mezclada (discípulos y seguidores) podrá ser capaz de acoger a quien anda por los márgenes. Una comunidad elitista, o dominada por una élite (clero) tendrá muy difícil el integrar a los excluidos. Quizá hable a favor de ellos (no está mal), o les socorra con parte de sus medios (tampoco está mal). Pero incluir, es otra cosa. Ya lo decía González Faus: “todos por los pobres, muchos como los pobres, nadie con los pobres”.
  • Un planteamiento así solo será posible con una gran libertad. Dice el texto que estaba “recostado” a la mesa y que muchos “se fueron reclinando”. Era la posición pagana de comer, aquella que los identificaba como hombres libres. Sin libertad es difícil generar acogidas amplias. Si la acogida está supervisada por la norma, al final se termina acogiendo muy selectivamente.
  • La conducta de Jesús es considerada como impropia de un maestro: ¿qué va a enseñar alguien que se mezcla con la gentuza? Cuando en otras partes del evangelio se diga que Jesús habla “con autoridad” (Mc 1,27), a este tipo de experiencias se refiere: solo podrá hablar de acoger quien realmente y en la medida en que uno ha tenido experiencias de acogida.
  • Los que se siente fuertes se entiende como “justos”. Su fortaleza derivada de su poder les hace creerse acreedores al reino. Los que son considerados pecadores por los demás, en esa desconsideración se halla su pasaporte para el reino. El menosprecio habla de su valor. Esto es lo que tendrá que hacer visible la nueva comunidad de Jesús: acogiendo a pecadores te haces acreedor de ese menosprecio que lleva al reino. Lo paradójico de la situación habla de su verdad.

 

Derivaciones

 

  • Valorar bien la limitación de la comunidad cristiana: No se trata de valorar la comunidad de Jesús cargando las tintas sobre los fallos históricos de la Iglesia. Esos fallos han de ser valorados ecuánime y críticamente. Pero el anhelo no se sustenta en el fallo, sino en la posibilidad que se abre hoy a soñar con la comunidad de Jesús creyendo que hoy es un tiempo más propicio para ello. Por eso mismo, además de, como hemos dicho, ser críticos, habría que agradecer a la estructura eclesiástica lo bueno que ha aportado para que hoy entreveamos la posibilidad de dar un paso más próximo al sueño evangélico de «uno es vuestro Padre y todos vosotros sois hermanos». Paradójicamente, es la imperfección la que permite la evolución y no se deben interpretar los fracasos como catástrofes insuperables.
  • ¿Cuál ha de ser el lugar del pobre en la comunidad de Jesús?: es cierto que los pobres tienen cada vez más cabida en el discurso y en la solidaridad de la comunidad cristiana. En eso hemos avanzado notablemente, por más que haya que seguir en ello con intensidad. Pero quizá se sigue pensando y actuando como si eso fuera una consecuencia de la fe y no una parte esencial de la fe. Esto no es solo una cuestión mental, sino que tiene muchas consecuencias concretas. Las comunidades cristianas no se ha formulado aún la pregunta sobre las pobrezas. Los pobres siguen siendo algo fuera de la realidad del templo o propio del despacho de Cáritas. Estos tiene que abrirse camino en la misma comunidad parroquial; solo un sector conecta con su trabajo de manera importante. Hacer que las pobrezas hagan parte de la comunidad cristiana es una tarea de futuro.

 

 

9

«QUIEN TENGA OÍDOS PARA OÍR, QUE OIGA»

(Mc 4,3-9)

 

         «¡Escuchad! Una vez salió el sembrador a sembrar. Sucedió que, al sembrar, algo cayó junto al camino; llegaron los pájaros y se lo comieron. Otra parte cayó en el terreno rocoso, donde apenas tenía tierra; como la tierra no era profunda, brotó en seguida, pero cuando salió el sol se abrasó y, por falta de raíz, se secó. Otra cayó entre las zarzas: brotaron las zarzas, la ahogaron, y no llegó a dar fruto. Otros granos cayeron en la tierra buena y, a medida que brotaban y crecían, fueron dando fruto, produciendo treinta por uno y sesenta por uno y ciento por uno. Y añadió: -¡Quien tenga oídos para oír, que oiga!».

 

Reflexión

 

  • El contexto es la conocida parábola del sembrador referida en los tres sinópticos. Es la parábola sobre el crecimiento del reino y su expansión por encima de dificultades. Son textos que quieren suscitar confianza (se les llama “parábolas de la gran confianza”). La comunidad cristiana siempre ha necesitado palabras que la animen porque el desaliento ronda el camino cristiano.
  • La parábola termina con ese reto que resulta un tanto enigmático. Si se reta a oír es algo que en el relato de la parábola no se quiere oír o, por lo menos, se tiene más dificultad. Ciertamente es agradable y animador saber que habrá una cosecha abundante, que el reino triunfará, que la fe se Jesús sobrevivirá espléndidamente (en una buena cosecha una espiga puede tener entre 40-50 granos, sesenta y cien es imposible). Lo que se corre el peligro de obviar es la frustración de la semilla con los pájaros, el terreno rocoso, las zarzas, que constituyen el grueso narrativo de la parábola. Es decir: la comunidad puede estar tentada de ignorar que el éxito del reino se construye en la zozobra de la historia, en el fracaso que, en algún modo, es el camino histórico. Los indudables éxitos que tuvo la misión primitiva cristiana no deben hacer perder la perspectiva: la plenificación de la historia es un trabajo de larguísimo alcance que pasará por miles de avatares, de fracasos, que será necesario ir asimilando.
  • Una cosa es oír y otra escuchar. Para oír el tema del éxito del reino hay que escuchar el del fracaso histórico. Hay que discernir mucho, hay que darle muchas vueltas, hay que hacer acopio de resiliencia para no hundirse en la tempestad que es la vida. Se necesita un ahondamiento reflexivo y orante para entender bien estos textos.

 

 

 

Derivaciones

 

  • El fracaso de la oferta cristiana: Hasta hace no mucho se había creído que el régimen de cristiandad era el éxito social de la religión cristiana. La secularidad nos está enseñando cuán equivocados estábamos. Cuando vemos en occidente la deserción de colectivos significativos como los intelectuales, los obreros, los jóvenes, etc., podemos percatarnos de fracaso que, socialmente, ha constituido para la fe el haberla entendido en los parámetros de un régimen de cristiandad. Ese fracaso se refleja en los fracasos de la oferta cristiana en esta sociedad nuestra que son: el Evangelio no ha frenado la desigualdad, los países cristianos ha manifestado claramente su cobardía ante la deuda externa, la Iglesia ha claudicado ante el neoliberalismo y la globalización, y se ha plegado a los dictados del imperio norteamericano y lo que significa. Pero todo ese cúmulo de desenfoques no ha logrado que decaiga el vigor del evangelio y la ilusión por la persona de Jesús. Se verifica en muchas comunidades cristianas, ocultas pero vigorosas, aquel poemilla de J.A.Valente: “Detrás de la biblioteca de la escuela/ aparecían en otoño flores amarillas/ cuyo nombre aún ignoro”. Una de esas flores sin nombre, amarillas, de otoño, pero flores al fin y al cabo que rebrotan sin parar es el sueño de Jesús, la utopía de su fraternidad universal. Ese es su éxito, más allá de toda ausencia.
  • El éxito cristiano un éxito en beneficio de otros: El aguijón venenoso que tiene el éxito entendido como éxito personal o nacional queda desactivado en el Evangelio. El suyo es un éxito para otros, para la plenitud de todos, singularmente para beneficio de los débiles. Jesús lo ha sentido con una enorme viveza: “Bendito seas, Padre, porque si has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, se las has revelado a la gente sencilla” (Mt 10,25). Eso que se ha revelado a los sencillos no es ninguna realidad arcana, sino la elemental certeza de que el horizonte de la vida es la dicha de pertenecer a una sola familia y la verdad clara de que nadie puede quedar excluido, por nada del mundo, de esa fiesta común.

 

 

10

AL QUE TENGA SE LE DARÁ, Y AL QUE NO TENGA, AUN LO QUE TENGA, SE LE QUITARÁ (Mc 4,24-25)

 

         «¡Atención a lo que vais a escuchar! La medida que llenéis la llenarán para vosotros, y con creces, pues al que tenga se le dará, y al que no tenga, aun lo que tenga, se le quitará».

 

Reflexión

 

  • El contexto es el de la colección de parábolas. Por el aviso inicial se quiere llamar la atención no solamente sobre lo que se va a decir, sino sobre lo que dice el conjunto de parábolas: que se puede confiar en la promesa de Jesús de que caminamos hacia el horizonte del reino. Si no vamos a mejor, si las promesas de dicha y gozo de Jesús no se cumplen, estamos dando asentimiento a un programa que no funciona.
  • ¿A qué “medida” se refiere el texto? Según el contexto de la colección de parábolas, la medida es la confianza. Por eso se podría leer: si llenas de desconfianza la vida de los demás, la tuya será una vida en gran desconfianza. Por el contrario: si generas confianza en los demás, tu misma vida será más confiada y gozosa
  • El mismo criterio puede aplicarse a la paradójica frase siguiente: si tienes confianza, si produces confianza, se te dará confianza. Si no la produces ni la tienes, la confianza abandonará tu vida, tu corazón se ahogará en una vida pobre.
  • Puede parecer la frase algo amenazante, debido a esa pedagogía negativa que emplean los textos evangélicos. Pero podemos volverla en positivo: cuanta más confianza produzcas en tu vida, más confiado será el camino de tu vida, habrá en él menos temores, tus valores esenciales serán más guardados.  Cuanto más instales tu vida en la desconfianza, más deshilachada tu vida, más temerosa, menos fuerte aunque creas lo contrario.
  • ¿Es posible dar fe a estos planteamientos del evangelio? ¿No conectan con la vida real? Si es así: ¿qué significa, entonces, creer en Jesús? ¿Aceptar un conjunto de verdades que no son las que aparecen en el evangelio sino en la teología? Si torcemos el morro cuando se nos dicen cosas tan simples y tan verdaderas como estas, ¿dónde está asentada nuestra identidad cristiana?

 

Derivaciones

 

  • Construir la confianza: esta no es algo que se tenga sin más, es una construcción humana, algo que se elabora con esfuerzo, algo que produce situaciones de perplejidad y de dolor. ¿Cómo seguir confiando cuando se ha visto con los propios ojos el fallo, personal y ajeno? ¿Cómo mantener la fe en la confianza (más difícil que la fe en Dios) cuando se ha experimentado la traición y el engaño? ¿Cómo romper el caparazón de retraimiento cuando se cree que ser desconfiado es mejor garantía de supervivencia? ¿Cómo vivir en una confianza discernida, no a lo loco? Muchas preguntas se agolpan en este valor evangélico y humano de la confianza. Los que apreciamos a Jesús no deberíamos apearnos de él, por la simple razón de que él hizo de la confianza un puntal de su relación con los demás y con el Padre.
  • Vamos a mejor: muchas personas tienen argumentos para decir justo lo contrario. Pero muchos análisis dicen que, efectivamente vamos a mejor, en el campo de la educación, de la igualdad de género, del belicismo, de la sanidad, etc., por mucho que lo negativo sea enorme. Como esto es indemostrable científicamente y se trata de una apreciación espiritual, hay muchas personas, creyentes entre ellas, que aseverarán justo lo contrario: que la humanidad camina a su suicidio. Si se mantiene esa postura y se es cristiano, se tiene un problema: porque si la profecía del bien, que es la Jesús, camina al abismo, ¿para qué su evangelio? ¿para qué la práctica religiosa? ¿para qué la misma figura de Jesús? Tal vez el creyente sencillo habría de tomar como un apostolado el subrayar los aspectos bondadosos de su vida y de su entorno (no se preocupe por los negativos que tendrá muchos subrayantes). Quizá frecuentando el bien se filtre en nuestro corazón ese rayo de luz que dice que vamos a mejor. Esa luz estaba en el corazón del mismo Jesús.

 

 

11

«SI TU MANO TE PONE EN PELIGRO, CÓRTATELA»0

 (Mc 9,42-47)

 

«A quien escandalizare a uno de estos pequeños que me dan su adhesión, más le valdría que le encajaran en el cuello una rueda de molino y lo arrojasen al mar. En consecuencia, si te pone en peligro tu mano, córtatela; más te vale entrar manco en la vida que no ir con las dos manos al quemadero, al fuego inextinguible. Y si tu pie te pone en peligro, córtatelo; más te vale entrar en la vida cojo que no con los dos pies ser arrojado al quemadero. Y si tu ojo te pone en peligro, sácatelo; más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios que no ser arrojado con los dos ojos al quemadero, donde su gusano no muere y el fuego no se apaga (Is 66,24)».

 

 

 

Reflexión

 

  • El contexto de este extraño pasaje es claro: es la tercera de las catequesis de la enseñanza de Jesús a sus discípulos (esta enseñanza solo la trae Mc aunque los pasajes están disperdigados en otros lugares de los sinópticos). Los temas de esta catequesis no son religiosos, sino más bien sociales. Eso muestra que la pretensión del evangelio es modificar nuestra vida de cada día.
  • Todo parte del tema del escándalo. ¿A qué se refiere? Un “pequeño”, posiblemente haya que entender un “pagano”, un ajeno a la comunidad de seguidores, viene a ella harto del comportamiento inhumano de la sociedad pensando que en el grupo de creyentes las cosas serán distintas. Y al llegar, se encuentra con que también los cristianos manejan los criterios de los paganos. Y se “escandaliza”. Es algo tan fuerte que la hipérbole de la rueda de molino encajada en el cuello da una idea de la gravedad.
  • ¿Es posible pensar a la manera de Jesús, de forma alternativa, distinta? ¿Cómo hacerlo? El evangelio propone tres fuertes discernimientos. El primero “cortarse la mano”. La persona fabrica, crea, trabaja con las manos. Hay que discernir y reorientar los trabajos: si lo que trabajas construye humanidad, adelante; si no, hay que “cortarlo”, hay que reorientarlo.
  • El segundo gran discernimiento es “cortar el pie”: con los pies caminamos, hacemos las sendas de nuestra vida desvelamos nuestras intenciones. Hay que hacer un gran discernimiento sobre nuestras intenciones, nuestros planes, nuestros propósitos vitales, nuestras sendas. Si se orientan al corazón humano, vale; si no tienen corazón ni buscan el amor, sino el lucro egoísta, hay que “cortar” esos pies, hay que reorientar nuestros caminos.
  • El tercer gran discernimiento versa sobre el “sacarse el ojo”. En el ojo está la ambición (los “ojos insaciables” de 1 Jn 2,16), el afán de poseer sin límites, el tener más para dominar más. Por eso, hay que discernir sobre nuestras ambiciones: ¿ambicionamos el bien del otro o el propio, la ganancia común o la egoísta, el aumentar nuestro caudal o aumentar nuestra buena relación? Si fuera lo primero, habría que “sacarse el ojo”, reorientar esa tendencia a la apropiación desbocada.

 

Derivaciones

 

  • Una fe cristiana alternativa: una de las razones de la pérdida de significatividad en la vida cristiana es que, diciéndonos cristianos, en la mayoría de las cosas (quizá no en la práctica religiosa) somos como todo el mundo. De la política, del dinero, de las relaciones sociales, de los pobres, de las relaciones de género, etc., pensamos, más o menos, como todo el mundo. No tenemos un modo de pensar y de actuar que sea suficientemente alternativo. Quizá aquí radique una fuente de debilidad. Nuestra misma esperanza es como la de todo el mundo. No esperamos cosas distintas. En la medida en que esto fuera así, tendrían que encajarnos la rueda de molino esa. Pero, ¿se puede generar alternatividad? Sí que se puede poco a poco, en pequeñas cosas, en pasos sencillos, en tomas de postura distintas. Quizá todo sea comenzar, abrir brecha, hacer pequeñas prácticas que lleven a algo de más calado. De hecho, hay personas y grupos que tienen más marcado el componente alternativo. Luego se puede.
  • Necesitados de discernimiento: para saber qué es lo que más conviene hacer. Hay cauces de discernimiento personales (lectura, silencio, oración, consulta, etc.). Pero quizá los que más nos ayudan son los cauces comunes, sociales. El cauce del grupo comunitario: porque lo que se habla en común es lluvia que entra dentro ya que no se hace desde la imposición sino desde la oferta. El cauce de los grupos sociales es otro muy bueno. Estamos quizá troquelados para replegarnos en nuestra casa (Cada uno en su casa…). Pero los grupos sociales (políticos, laborales, culturales, etc.) son espacios muy buenos de discernimiento. Pertenecer a ellos puede ayudarnos mucho a saber qué es lo que hay que hacer cuando estamos delante de una encrucijada.

 

 

12

«MÁS FÁCIL ES QUE UN CAMELLO PASE POR EL OJO DE UNA AGUJA QUE NO QUE ENTRE UN RICO EN EL REINO DE DIOS» (Mc 10,23-25)

 

«Jesús, mirando [a los discípulos] en torno, dijo a sus discípulos: -¡Con qué dificultad van a entrar en el reino de Dios los que tienen el dinero! Los discípulos quedaron desconcertados ante estas palabras suyas. Jesús reaccionó diciéndoles de nuevo:-Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios para los que confían en las riquezas! Más fácil es que un camello pase por el ojo de una aguja que no que entre un rico en el reino de Dios».

 

Reflexión

 

  • El contexto es la última de las instrucciones de Mc sobre las riquezas (después del episodio del joven rico), algo a lo que le dedica mucho espacio (se ve que este era un tema estrella en la cabeza de Jesús, o de la primera comunidad). Estamos en culturas mucho menos monetaristas que la nuestra. Lo que quiere decir que ese tema sigue siendo prioritario hoy para la conformación de la fe.
  • La religión judía considera que los bienes son signo de la bendición de Dios. El dinero es una realidad bendita. Por eso, aspirar a tenerlo es algo espiritual (no ve la incongruencia de que los tiranos ricos serían los más benditos porque son los que más tienen). Para Jesús el dinero es “mamón de injusticia” (mamón es la riqueza divinizada). Por eso, lo más que se puede hacer con él es ganarse amigos siendo solidarios con generosidad (Lc 16,9). ¿De dónde le viene a Jesús tal aversión?
  • Si los discípulos se “desconciertan” es que ellos aspiraban a un estilo de reino de Dios donde el dinero estuviera presente. ¿Cómo llegaron a reelaborar esto? ¿Cómo llegaron a aprender que con el mensaje de Jesús no iban a acumular dinero sino que se trataba de entregarse a los demás? Un itinerario difícil, para ellos y para nosotros.
  • Al fondo de todo está el tema de la confianza: el reino exige una confianza plena en el Padre y en el corazón de la persona. Una confianza compartida (entre el reino y el dinero) ha de ser reelaborada para que sean las directrices del reino las que vayan marcando los caminos del dinero y no al revés.
  • Termina con esa frase exagerada del camello que no puede pasar por el ojo de la aguja. Algunos la han querido mitigar (una soga: kamel). Pero no hay que darle vueltas: significa la enorme imposibilidad de trabajar este tema (los mismos rabinos decían que es imposible que un elefante pase por el ojo de una aguja. Pues lo mismo). Hay un cierto desencanto, como si nos empeñáramos en algo imposible.

 

Derivaciones

 

  • Correcto tratamiento del dinero: de esto hemos hablado muchas veces. Pero estamos casi seguros que Jesús, que era tenaz en sus caminos, nos animaría a hablar una vez más. Lo primero es que sin dinero no se puede vivir. Toda persona debería tener el dinero suficiente para vivir con dignidad. Además, el dinero no es una realidad sucia cuando se gana con justicia y decencia: es el fruto del trabajo, algo muy digno. El problema empieza cuando acumulamos dinero. Una cierta acumulación también sería de recibo: aquella que nos permite hacer frente a gastos de vida o que nos asegura un amparo en momentos más difíciles. Pero si pasamos de eso tan normal entramos en el problema. Por ser algo tan personal, nadie se siente capacitado para meterse en ese asunto. Pero el evangelio sí se mete y viene a decir que, de alguna forma, esa realidad se ha de ver influenciada por la propuesta de Jesús que es generosidad, solidaridad y amparo para los frágiles. No estamos acostumbrados a esto. Quizá no queremos acostumbrarnos. Pero el evangelio sigue, terco, ahí.
  • Ingreso mínimo garantizado: es algo que está en la prensa y en la sociedad: la posibilidad de que el gobierno unifique el maremágnum de ayudas a la pobreza de las comunidades autónomas y que establezca una única renta mínima nacional para combatir la pobreza, otra manera de repartir el dinero de un país. Pues bien, en contra del criterio de Cáritas que está por ello, la Conferencia Episcopal, por boca de su secretario, dice que mientras dure la crisis del coronavirus, bien, pero “pensar en una permanencia de grupos amplios de ciudadanos que vivan de manera subsidiada no sería un horizonte a largo plazo para el bien común”. Nos quedamos atónitos. ¿Qué amparo van a tener las familias y personas más pobres del país? ¿No es justamente el mejor modo de gastar el dinero público el de ayudar a quien anda mal hasta que llegue, si llega, a andar bien? ¿Cómo compaginar una actitud así con el evangelio? Nos quedamos perplejos.

 

 

13

«MÁS LE VALDRÍA  A ESE HOMBRE NO HABER NACIDO»

(Mc 14,17-21)

 

         «Caída la tarde fue allá con los Doce. Mientras estaban reclinados a la mesa comiendo, dijo Jesús: -Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar, uno que está comiendo conmigo. Dejando ver su pesadumbre, le preguntaban uno tras otro: -¿Seré yo acaso? Repuso él: -Es uno de los Doce, uno que está mojando en la misma fuente que yo. Porque el Hombre se marcha, según está escrito acerca de él, pero ¡ay del hombre que va a entregar al Hombre! Más le valdría a ese hombre no haber nacido».

 

Reflexión

 

  • El contexto del relato es, evidentemente, la pasión. Está puesto en los inicios y se profetiza de ella (“el Hombre se marcha”). Es muy difícil saber cómo se construyeron los relatos de la pasión. Tomarlos tal cual, parece excesivo. Tienen que ser relatos reelaborados a base de recuerdos marcantes. Pero adornar los relatos es natural a la hora de contar. Por desgracia, no podemos saber hasta dónde llegó el “adorno” y todo son conjeturas, mejor o peor fundamentadas (o sin fundamento).
  • Es una escena en la mesa. Reclinados: como personas libres. Van a tratar un caso de máxima “opresión”. ¡Cómo los humanos somos capaces de sumar contrarios: sentado a la mesa quien le va a traicionar! El primitivo cristianismo nunca asimiló los hechos: que uno que estuvo en el grupo hasta el final fuera capaz de “señalar” a quien había que arrestar (porque eso es lo que hace según Mc 14,45). A partir de ahí, tanto en el NT, como en la historiografía posterior la imagen de Judas encarnó todos los males. ¿Qué hay de verdad en todo esto? Todo son conjeturas, por más que se intenten adornar. Lo más lacerante es que quien parece que le entregó o lo señaló fue “uno de los Doce” (14,10.43). Eso fue lo que Mc nunca entendió. Y luego, la rueda de la imaginación se puso a rodar.
  • Por eso, el interrogante pende sobre la frase final: “Más le valdría a ese hombre no haber nacido”. ¿Es de Jesús esa frase? ¿No lo es? ¿Qué quiere decir exactamente? Unos, más benignos, dicen que es un lamento de compasión en boca de Jesús; otros que no deja de ser una explícita condena. Y los hay incluso que hablan de la condenación eterna de Judas. Apreciaciones que se topan con el silencio o con el interrogante de qué papel jugó Judas en todo esto de la pasión.
  • Volvemos a decir que la pasión de Jesús fue un algo convulso, esperado en parte, y en otra gran parte que desbordó las previsiones de Jesús y, por supuesto, las de sus seguidores. Nunca sabremos por qué se le condenó al peor de los suplicios; nunca sabremos el desarrollo exacto de un proceso sumarísimo de unas pocas horas; nunca sabremos exactamente el tema del enterramiento; nunca conoceremos con exactitud la reacción de los discípulos y su dispersión; nunca sabremos cómo encajó esto su madre. Quizá el no saber todos estos aspectos esenciales nos lleve a la síntesis más elemental: murió por sus opciones, por sus ideales, por sus sueños.

 

Derivaciones

 

  • Elaborar traiciones: todos experimentamos en la vida una serie de traiciones. Todos somos protagonistas de ellas. Es la limitación en estado puro: ¿cómo un humano puede traicionar a otro humano? Es algo de difícil respuesta, pero ahí está. Tal vez sea más útil preguntarse si podemos reelaborar nuestras traiciones, si hay maneras de repararlas. Y sí que las hay, a base de reconocimiento, de perdón y de certeza de que una traición enmendada con buena intención puede abrir nuevos caminos a la relación y puede paliar el mordisco de los recuerdos. De cualquier manera, el romper los puentes quizá sea la peor manera de responder a una traición. Y desde el lado cristiano, mantenerse en la testarudez de no perdonar choca con la espiritualidad del evangelio. 
  • Judaísmo/sionismo: mucho se ha hablado de Judas y los judíos en la historia. Las más de las veces negativamente (todavía persisten resabios: los judas, judiadas, etc.). Desde el Vat.II (con el documento Nostra aetate) la relaciones entre cristianos y judíos son mejores que nunca en toda la historia. Pero ahí está el sionismo moderno, ese imperio impositivo de los judíos modernos aliados con EEUU que se saltan las leyes internacionales como quieren, que masacran al pueblo palestino, que ocupan territorios a placer, etc. Dicen los judíos de Israel que oponerse a esa barbarie es antisemitismo, odio a los judíos. No. Es oponerse a un modo de comportamiento avasallador que no tiene que ver con ser judío sino con ser sionista de una determinada manera, con ser un neoliberal opresor. Para el debate.

 

 

14

«DIOS MÍO, DIOS MÍO,

¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO? (Mc 15,33-34)

 

«Al llegar el mediodía la tierra entera quedó en tinieblas hasta media tarde. A media tarde clamó Jesús dando una gran voz: -¡Eloí, Eloí, lemá sabaktaní! (que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?) (Sal 22,2)».

 

Reflexión

 

  • El contexto del pasaje es, evidentemente, los relatos de la pasión. Ya dijimos que estamos en un terreno problemático porque, hoy por hoy, no podemos saber cómo fueron construidos tales textos y tomar así, tal cual, como cosa histórica objetiva lleva a muchas situaciones sin salida. Hay que aprender a leer el NT en la “oscuridad” que le acompaña.
  • Mt y Mc dicen que Jesús citó el primer versículo del salmo 22 cuando estaba en la cruz. Este salmo, largo, tiene dos partes: la primera es muy desgarrada y desesperada, pero la segunda se convierte en una oración de profunda confianza: “Comerán los desvalidos hasta saciarse y alabarán al Señor los que le buscan: ¡no perdáis nunca el ánimo!” (v.27). ¿Recitó Jesús solo la primera parte o también la segunda? ¿Estaba para recitar tan largo salmo? Preguntas sin respuesta.
  • Recitara este verso Jesús o lo pusieran los evangelistas, lo que ese está indicando es que la muerte de Jesús tuvo un alto componente de abandono: Jesús, en el tremendo sufrimiento del suplicio, cree que Dios le ha abandonado, que se ha vuelto de espaldas, que no mira su situación. Es un Jesús de fe herida, de fe tambaleante, casi a punto de caer. De cualquier manera, aunque él no lo supiera, su fe se mantenía viva, porque sus caminos habían sido caminos de fe.
  • Tal vez Jesús pensara que Dios lo había abandonado. Pero la certeza espiritual es la de que Dios nunca estuvo tan presente en la vida de Jesús como cuando estuvo en la cruz. No es obstáculo que él, hundido en el dolor, no lo viera así ni lo sintiera cerca. Pero Dios no sería padre abandonando a Jesús a su suerte. ¿Cómo estaba Dios presente? En las reacciones de su cuerpo, en el pequeño hilo de vida, en la penumbra del sufrimiento que no dura, en la mirada de las mujeres que estaban a distancia, en el desconcierto de los discípulos, en el amor que iba a suscitar su muerte en miles de generaciones posteriores, etc.
  • ¿Es el texto un “adorno” bíblico de los evangelistas? Puede que sí. Pero la realidad de abandono, expresada de esta manera o de otra, estaba ahí. Eso es lo que hay que captar: un Jesús que se siente profundamente abandonado, pero que en realidad no lo está. Eso es lo que es preciso creer porque eso es lo que nosotros podemos experimentar, de una manera u otra, en nuestra vida.

 

 

Derivaciones

 

  • Construir amparos: es algo que nos cuesta mucho porque el desamparo es materia dura de roer. La persona necesita, desde niño, múltiples amparos para poder sobrevivir, física y vitalmente. Por eso los buscamos. Por eso hemos de trabajar por construirlos y poder elaborar así nuestros muchos abandonos. Construir amparos es una manera hermosa de decir el sentido de la vida. La espiritualidad puede ayudarnos mucho a construir amparos personales siempre que no genere fugas de la realidad. Incluso puede animarnos a potenciar los amparos que podemos dar a los demás. Pero la gran fuente de amparos reside en el fondo del corazón, en la bondad básica, en ese lugar de bien que todos tenemos. Darle salida, hacerle caso, no bloquearlo por egoísmos o por prejuicios, es una tarea que nos puede aportar mucho sentido a nuestras vidas. Situarse en ese lugar de bondad esencial puede ser la mejor herramienta para construir amparos.
  • Acercarse como tarea espiritual: La soledad lleva emparejado el sentimiento de lejanía. Cuando uno siente a los demás lejos, se siente solo. Por eso mismo, acercarse, ponerse a tiro, aprender a estar ahí, puede ser una hermosa tarea espiritual. Dice Prov 27 que “más vale vecino cercano que hermano lejano”. Eso es la cercanía: la simple disposición a interesarse por el otro y a echarle una mano si fuera preciso. Lc 10,34 dice que el samaritano compasivo “se acercó” al caído. Fue lo primero que hizo y el desencadenante de toda una cadena de amparos posteriores. Acercarse demanda un corazón abierto que es capaz de mirar a un corazón necesitado. En esa “mirada entre corazones”, por raro que nos suene, es donde se juega la verdad de la relación humana y cristiana.

 

 

15

«EL QUE CREA Y SE BAUTICE, SE SALVARÁ;

EL QUE SE NIEGUE A CREER, SE CONDENARÁ» (Mc 16,16)

 

«Y añadió: -Id por el mundo entero proclamando la buena noticia a toda la humanidad.  El que crea y se bautice, se salvará; el que se niegue a creer, se condenará.  A los que crean, los acompañarán estas señales: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en la mano y, si beben algún veneno, no les hará daño; aplicarán las manos a los enfermos y quedarán sanos».

 

Reflexión

 

  • Los evangelios son “edificios literarios” a los que se le han añadido, en el decurso de los siglos, apéndices con una u otra intención. Eso ocurre en el evangelio de Mc: tiene nada menos que dos apéndices: uno corto (quefigura en pocos testimonios y por eso las ediciones lo ponen al final, como fuera del texto) y otro largo (vv.9-20). En este segundo se inscribe nuestro texto. Hay que decir que este apéndice es un sumario tardío. Probablemente del siglo II, fundado en las narraciones de los evangelios que añadió porque se echaban en falta texto de las apariciones y para la misión. Pero este añadido ha tenido mucha importancia para el tema bautismal y para la mística de la misión cristiana. Por eso merece la pena detenerse en él.
  • Notamos que la misión se presenta como algo ofertable a todo el mundo, a toda la humanidad. ¿Subyace la idea de que el ideal sería que toda la humanidad fuera cristiana? ¿Dónde queda aquello de la levadura en la masa (Lc 13,20-21)? ¿Se pretende que todo sea levadura? De ahí se ha derivado la misión como algo intrínseco al mensaje ¿lo es, de no ser la misión que se desprende de un estilo de vida? ¿Jesús ha hecho misión en plan religioso u oferta de vida en plan humanizador?
  • La pedagogía bautismal es discernible al menos. Se basa en dos aspectos: el bautismo necesario y la salvación como logro. Si no hay bautismo no hay salvación: pero eso puede llevar a cosificar el rito: quien es bautizado es cristiano, quien no está bautizado no es cristiano (ni casi hijo de Dios). El bautismo se convierte en un documento acreditativo, cuando, en realidad, es un estilo de vida. Y luego está la salvación como logro pleno de la fe, cuando el logro que demanda el evangelio es el de la sociedad nueva. Si a eso añadimos la pedagogía negativa que emplea el texto, casi mejor sería dejarlo de lado.
  • Quizá lo más positivo sea que, entre las señales de esa misión, se mantienen, mal que bien, las dos principales de los evangelios: expulsar demonios y curar a los enfermos. Es decir: reconstruir el corazón de la persona y trabajar por la salud integral del prójimo e, incluso, de la creación. Eso es lo que puede mantener a raya una misión de componente meramente religioso.

 

Derivaciones:

 

  • La misión peligrosa: la misión cristiana vivida en maneras hermosas, pocas, y cuestionables, bastantes, a lo largo de los siglos nos ha hecho ver los dos grandes peligros de la misión: mi fe es la verdadera, la tuya no; como es la verdadera, te la impongo como sea. Una verdad que no se propone, sino que se impone. Ese ha sido el peligro en el que se ha caído muchas veces y que ahora, hasta la misma iglesia oficial, trata de corregir. Pero las espiritualidades no se cambian como se cambia uno de camisa. Quedan resabios: la dificultad para el diálogo interreligioso, el sentimiento de persecución cuando los poderes públicos sitúan a las religiones en el marco de la ciudadanía, las exigencias de libertad religiosa donde se me persigue y la mirada torcida sobre la libertad que los modernos estados otorgan a otras religiones, la misión entendida como adoctrinamiento (10 millones para 13TV) y menos como trabajo social (6 millones para Cáritas), etc. Aún hay tareas a las que aplicarse.
  • Redescubrir el bautismo: nos lo dieron cuando no teníamos uso de razón y está en el baúl de los recuerdos. ¿Se podría recuperar? Será necesario abrir este baúl y airear algunas cosas: a) que el bautismo no es, propiamente hablando, lo que nos hace hijos de Dios (aún dice eso la teología del Vat.II). Lo que en realidad nos hace hijos de Dios es la creación (si no, ¿de quién son hijos los no bautizados?); b) la idea de que nacemos con pecado, cuando en realidad nacemos con bendición (aunque el pecado nos acompañe en nuestra vida); c) la idea de que “imprime carácter” y no se borra porque es cierto que no se recibe más que una vez (no tiene sentido estar entrando en la Iglesia muchas veces), pero se borra con el comportamiento: no vives como Jesús, no vives como bautizado (por eso quienes apostatan quieren que su nombre se borre del libro de bautismos, pero el bautismo se borra con el comportamiento insolidario).

 

 

16

«FORCEJEAD PARA ABRIROS PASO

POR LA PUERTA ESTRECHA» (Lc 13,23-24)

 

         «Camino de la ciudad de Jerusalén enseñaba en los pueblos y aldeas que iba atravesando. Uno le preguntó: - Señor, ¿son pocos los que se salvan? Jesús les dio esta respuesta: -Forcejead para abriros paso por la puerta estrecha, porque os digo que muchos van a intentar entrar y no podrán».

 

 

 

Reflexión

 

  • El contexto viene dado por el mismo pasaje: es en el viaje último de Jesús a Jerusalén. Ahí se hace más densa la enseñanza de Jesús sobre los valores profundos del reino. Aprender el reino no es aprender una doctrina. Es aprender un modo de vida y empezar a vivirlo, siquiera tímidamente. Por eso mismo no son aprendizajes fáciles. No hay que desanimarse.
  • La eterna pregunta de las religiones es cómo salvarse, cómo ir al cielo, etc. No parece ser una pregunta viva para el evangelio. A este le interesa más cómo amar con una generosidad capaz de ir transformando la sociedad. Al preguntar si serán “pocos” se está indicando que la salvación que maneja quien hace la pregunta es elitista. Da por evidente o por hipótesis que van a ser pocos.
  • ¿A qué se refiere la metáfora de la puerta estrecha? No resulta fácil saberlo. Yendo a Jerusalén quizá se pueda pensar en los dos portillones sin nombre que estaban a los lados de la puerta llamada de Nicanor (rico judío que pagó una puerta hermosa), cerca del lugar donde los leprosos curados eran rehabilitados.  Puerta cercana a las pobrezas. Quizá la puerta estrecha tenga que ver con el socorro, la compasión y la piedad, con los valores evangélicos.
  • Cuando se habla de “forcejear”, quizá se esté ironizando, pues por los portillones de Nicanor no había mucha afluencia y menos cerca de los leprosos curados. El seguidor ha de empeñarse en un camino que no recibe el consenso mayoritario. Los valores del evangelio demandan un forcejeo, un indudable empeño.

 

Derivaciones

 

  • ¿Salvación o sociedad nueva?: ya hemos aludido a esto en otras ocasiones. Las religiones han considerado como un éxito llegar a la salvación (“Para salvarte” del P. Loring, un millón y medio de ejemplares vendidos, reza en su portada). ¿Es esta la prioridad de los evangelios? Claramente no: la prioridad es el reino de Dios, la sociedad nueva, la fraternidad humana y cósmica, las nuevas relaciones económicas. Por eso es razonable preguntarse si una fe evangélica habría de desplazar de su imaginario (aunque nos cueste aún) el tema de la salvación y situar en su centro la colaboración por el logro de una sociedad nueva. Este cambio nos llevaría a una fe más anclada en los valores de la persona, más social y no menos espiritual. Todos los elementos de la espiritualidad (idea de Dios, oración, Palabra, doctrina incluso) quedarían resituados y potenciados. Y ello porque sería caminar en la dirección del sueño de Jesús, la humanidad nueva.
  • La fuerza de lo humilde: contagiados por la sociedad, pensamos que la transformación social solamente se podrá hacer por las grandes medidas políticas y económicas. De ahí que no se valore la fuerza que hay en los pequeños, en los humildes, en quienes no cuentan en los grandes parámetros sociales. El evangelio tiene otra manera de ver las cosas: cree que en los valores humildes (la compasión, la piedad, el servicio, el amor) anida una fuerza transformadora capaz de ir llevando a la sociedad a un mundo distinto. No se arredra por el menosprecio que sufren tales valores. Tiene fe en ellos porque esa ha sido justamente la fe que tenía el mismo Jesús. Para convencerse de ello quizá haya que mirar muchas veces al Jesús sencillo de los evangelios (mucha oración) y mirar también mucho a los sencillos de este mundo para ir aprendido la lección que nos dan en sus extraños modos de supervivencia, solidaridad y anhelo de justicia. Creer en la fuerza de los pequeños es mucho más difícil que creer en Dios. Pero esa fe es la que demandan los valores del evangelio.

 

17

«QUIEN COME MI CARNE Y BEBE MI SANGRE,

TIENE VIDA DEFINITIVA» (Jn 6,54)

 

         «Los judíos aquellos discutían acaloradamente unos con otros diciendo: -¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Les dijo Jesús: -Pues sí, os lo aseguro: Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida definitiva y yo lo resucitaré el último día, porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. Quien come mi carne y bebe mi sangre sigue conmigo y yo con él; como a mí me envió el Padre que vive y, así, yo vivo por el Padre, también aquel que me come vivirá por mí».

 

Reflexión

 

  • El texto pertenece al largo discurso del cap.6 de san Juan donde se dice cuál es el ser de Jesús, qué sentido ha tenido su vida, para qué han valido su participación en la existencia. El evangelista dice: Jesús es el pan para la historia, el alimento del que se nutre la vida, el combustible por el que funciona la existencia. Por eso dirá luego que comer de ese pan hace vivir.
  • No se está hablando de antropofagia (comer carne) o de vampirismo (beber sangre), sino de una honda identificación con Jesús. Por eso emplea el verbo “devorar”, para indicar más gráficamente la honda identidad con lo que se come. Hay que abandonar la idea de que comulgando comemos a Jesús y sustituirla por una metáfora de profunda identificación: comulgando te comprometes a identificarte cada vez más con los valores que han sustentado la vida de Jesús.
  • Quien hace eso va entrando en la vida definitiva que no es la vida del cielo, sino la vida de este ahora nuestro leído y vivido desde la perspectiva de Jesús. Podemos ir viviendo en modos definitivos viviendo ahora, cuanto podamos, con los valores de Jesús. Esto es comer su “carne”, identificarse con sus modos históricos. La plenitud del “ultimo día” confirma la orientación del camino histórico de ahora.
  • Nosotros creemos que de alguna manera los valores del evangelio son los que verdaderamente mueven el mundo: el amor, la entrega, la interdependencia, el cuidado, la compasión. Esos valores son vida para el mundo. Esos valores son el “pan” que es Jesús.

 

Derivaciones

 

  • Recuperar la eucaristía: El pueblo cristiano ha entendido a lo largo de los siglos que sin eucaristía no podía haber vida cristiana ni seguimiento de Jesús. Por ello, este sacramento ha sido muy “usado”. Y, como todo lo que se usa mucho, ha caído con frecuencia en la rutina y la manipulación.  A ello hay que añadir que lo que ha calado en gran parte del pueblo cristiano es la “obligación” dominical de la eucaristía. No ha calado tanto la necesidad, cuando es ésta la que motiva la práctica eucarística. Esto pervive todavía. De todo esto se deriva la necesidad obvia de recuperar cada día este sacramento para que no se “pervierta”, para que no se lo coma la rutina o no lo envolvamos en mera piedad y quede esbafado el recuerdo vivo (memorial) de la cena del Señor. Estamos en una época eclesial inmejorable para trabajar y vivir la eucaristía. Contamos con ayudas de todo tipo y la renovación que inició el Vat.II se mantiene viva. Hay que seguir trabajando con ilusión.
  • El corazón de la eucaristía: la justicia: cuanto más vueltas le damos, más claro se ve que el meollo de la eucaristía es la justicia. Sin ella no hay eucaristía (ya lo dijo J. M. Castillo hace muchos años). Por eso la justicia ha de estar presente en la celebración, en la intención y en el compromiso. Habría de sonarnos mal una celebración donde la palabra “pobres” no aparezca; no es la celebración que dimana del evangelio (es la gran crítica al misal de la que habla Santiago Agrelo). Una eucaristía que no nos interroga, en paz pero insistentemente, sobre las situaciones pobreza, no es la eucaristía del evangelio. Celebrar constantemente la eucaristía sin experimentar que el mundo de las pobrezas me es más cercano, no es la eucaristía evangélica. Por eso “comer la carne de Jesús”, identificarse con él, es un trabajo hermoso pero exigente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] La idea para este curso nos la ha dado el libro de Domingo Montero, Palabras «escandalosas» de Jesús, ed. CCS, Madrid 2011, aunque nuestra propuesta es diversa.

La liturgia bella y humilde

 

 

 

 

LA LITURGIA: BELLA Y HUMILDE

(Curso de Liturgia para monasterios sencillos) 

 

         Ningún creyente discute que la vida litúrgica es imprescindible para mantener viva la fe. Sin liturgia, sin oración, sin sacramentos, sin el ciclo litúrgico, sin las solemnidades decisivas, todo el edificio de la fe se habría venido abajo hace ya mucho tiempo. La expresión comunitaria de la fe es un elemento decisivo del hecho de creer.

         ¿Cómo una liturgia ha de ser bella? ¿Con gran derroche de luz, con grandes coros, con ricos ornamentos, con mucho incienso, con largas plegarias, con complicados ritos? No: con propiedad. La mejor manera de que la liturgia muestre su belleza es que se haga con la mayor propiedad posible, cosa sobre la que nos hablan todos los documentos del al Iglesia, desde el Vat.II hasta hoy. Ajustarse a ellos no es cumplir las normas en primera instancia, sino celebrar con propiedad eclesial, garantía mayor de que se celebra bellamente.

         Pero, a la vez, porque nuestros recursos comunitarios disminuyen cada vez más, la liturgia que celebramos tendrá que ser, necesariamente, humilde. No decimos pobre, sino humilde. ¿De qué humildad hablamos? De que hemos de poner todos los recursos que tengamos, aunque sean pocos, para que la celebración salga y se viva de la manera más hermosa posible. Se ha de desechar, por tanto, la idea de que como tenemos pocos recursos vale igual celebrar la liturgia de cualquier manera, sin detalles, desaliñadamente. Además, quizá se generen más recursos si ponemos a funcionar buenamente aquellos de los que disponemos ahora.

 

 

1

LA LITURGIA DE LAS HORAS

 

         Lo primero que hay que decir y que ya sabemos, aunque quedan resabios en el trasfondo de nuestra espiritualidad, es que la LH no es un rezo, es una liturgia. Un rezo es una actividad devocional que puede ser hecha en público o en privado (el rezo del rosario). Una liturgia es una celebración comunitaria de los misterios de la fe. No es algo privado, sino eclesial, común y se realiza en un espíritu de comunidad eclesial (no hace cada uno lo que quiere, sino lo que le corresponde). No se reza la LH, sino que se celebra.

         Para ello, hay que tener viva la sensibilidad eclesial, la realidad de que la LH hace parte de una gran corriente de espiritualidad que recorre las venas de la Iglesia. Si no se tiene en cuenta esa conexión eclesial, la LH se empobrece y deriva en rezo mecánico.

         La LH no es algo privativo del clero o de las monjas. El Vat.II ha dejado bien claro que es una actividad de fe de toda la Iglesia. Por eso, aunque todavía la LH sea muy “monástica” (mucho menos que lo que era antes del Vat.II) hay que intentar trasvasarla a los laicos, celebrar con ellos, celebrar eclesialmente (hay que mantener este anhelo).

         Es preciso utilizar todos los recursos que nos da la OGLH (Ordenación general de la LH, está en el tomo I de la edición oficial) para luchar contra el mayor de los peligros: hacer de la LH una rutina que lleva a “mascullar salmos” (perdónese la expresión, así lo decía Lutero) sin ahondar en lo que celebramos. Cansarse de esto sería hacer dejación de la verdadera vocación contemplativa que se nutre de la belleza de la celebración traducida en la mayor propiedad posible.

 

 

 

 

1. Belleza

 

  • La invocación inicial ha de ser hecha con conciencia convocatoria: se invoca al Dios que convoca la asamblea, somos asamblea (el “para que estuvieran con él” de Mc 3,14). Se hace cuando toda la asamblea está lista, cuando se han encontrado las páginas, cuando se han sacado las gafas, cuando se ha hecho un silencio previo celebrativo.
  • El himno da color litúrgico a la celebración. Habría de elegirse bien. Si es posible, cantado (a veces con fórmulas melódicas predeterminadas). Si no, una recitación pausada puede ser útil. No usar cualquier canto para himno sino aquel que tenga más hechura hímnica (introducción, desarrollo teológico, doxología).
  • Los salmos han de leerse con la perspectiva cristológica que les infunde la fe cristiana. Nosotros no leemos salmos como lo hacen los judíos; nosotros los leemos desde Jesús. Por eso, cuando el tiempo litúrgico lo permita, no estaría mal usar la cita cristológica de los salmos. Si se hace oración sálmica, nunca habría de faltar la alusión a Jesús. La cesura sálmica en medio de cada verso puede ayudar mucho a la proclamación.
  • Las lecturas breves han de ser proclamadas, más allá de su brevedad, como verdaderas lecturas bíblicas (en la forma, en el lugar, en el tono proclamativo). Son textos muy bien elegidos para unir salmos con el resto de la Biblia
  • Notemos que el PN se dice tres veces al día en la liturgia: Laudes, Vísperas, Eucaristía. Es la cumbre orante de la celebración. No puede hacerse rutinariamente. Si alguna pieza habría de cantarse (además del himno) habría de ser ésta. La comunidad eclesial ora con la misma oración de Jesús. Hay que desterrar la banalización de los padrenuestros y reservar a la oración de Jesús un lugar privilegiado, el que le otorga la misma liturgia.
  • La conclusión habría de ser también celebrativa. Se celebra hasta el final. Nadie se va antes de terminar (ya se preparará el desayuno o la comida o lo que sea después). Todos los actos finales se hacen después (guardar las gafas, los libros, cerrar el órgano, abrir las ventanas, etc.). Se despide a quien ha sido instrumento de oración para ella y para mí. Se la despide en el agradecimiento y el deseo de volver a encontrarse en la presencia orante ante Dios.

 

2. Humildad

 

  • El canto, elemento esencial en la LH, ha de ser humilde, porque nuestros recursos son pocos. Ha de cantar toda la asamblea (no solo las “cantoras”). Para ello, no habrá que rehuir el ensayo. Si no se puede cantar, un recitado del texto puede ser mejor que un canto mal cantado. A veces la humildad pasa por ayudarse de ciertas técnicas de sonido, como poner un disco (aunque ese es un peligro para la comodonería porque cantar siempre es un esfuerzo físico y mental).
  • Ya hemos dicho que el peligro mayor de la LH es la rutina y, con ella, la no utilización de recursos que den color y participación a la celebración (cada actante tiene que hacer su papel: cantora, antifoneras, lectora, presidente, etc.). Hay que luchar para estar “despiertas”, deseosas, físicamente preparadas (hasta en una postura adecuada, dentro de los achaques y dificultades). Humildad, pero con vida dentro. Lo hacemos por la belleza del Señor, no para que nos aplauda el público (que no lo tenemos muchas veces).
  • Dispuestas a los cambios, porque la rutina nos lleva a rezar a piñón fijo (por ejemplo: sensatez en las memorias libres y obligatorias, no ir siempre al común repitiendo hasta el infinito los mismos textos). A veces la introducción de un pequeño cambio reorienta la celebración (una pequeña moción introductoria antes de la celebración, un icono iluminado si es una fiesta del Señor o de María, un poco de incienso en una festividad que nos hable del incienso en su presencia, un cuenco con agua que nos recuerde el bautismo en el domingo). Lo volvemos a decir: si todo es a piñón fijo, la rutina se nos come el pan del morral.
  • Por eso mismo, la celebración humilde, precisamente por ello, ha de potenciar más los detalles. Celebrar humildemente no es hacerlo con desidia. Todo cuenta, lo interno y lo externo. A veces, una hermana no tendrá iniciativa para lo nuevo. Pero, por lo menos, podrá no poner palos en las ruedas de quien sí tiene más ánimo.
  • En todo habría que mantener el principio de “solemnidad progresiva” que es aquella que sabe distinguir el nivel celebrativo de cada celebración y lo otorga la propiedad que le corresponde (canto de las antífonas y de los salmos, sobre todo, uso de instrumentos, etc.).

 

3. Lo que dicen los maestros

 

         «Dios es absolutamente inmaterial y su belleza es totalmente distinta de la belleza que se da en todos los demás seres, ya que solo Dios es la plenitud del ser. La experiencia de Dios, la más bella y plenificadora, es gratuita y Dios la concede libremente a aquellos espíritus que se predisponen a su acción con el silencio y la plegaria” (M. VALVERDE, Prelecciones de metafísica fundamental,  BAC, Madrid 2009, p.608).

 

 

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LA LITURGIA EUCARÍSTICA

 

         Es también una liturgia: celebra la Iglesia (aunque sea con un monaguillo, como dijo Trento) Celebrar individualmente (excepto en casos muy particulares) es una anomalía. Por lo tanto, hay que desear vivir en común esta celebración, bien sea en el esplendor de las grandes fiestas, en el brillo resurreccional del domingo, o en el acompañamiento de la humilde eucaristía cotidiana.

         La eucaristía sin comunidad se da también cuando se entiende esta celebración como un mero acto devocional. Se está en Iglesia, pero anímicamente se está “sin comunidad”. Por eso, hay que reorientar todo el anhelo devocional en la dirección de una eucaristía vivida en Iglesia, en la conexión con el gran río de la espiritualidad eucarística que riega el subsuelo de la Iglesia.

         La eucaristía se celebra en el gozo de la presencia física de las hermanas, algo que, por ser tan habitual, no lo tenemos en cuenta. Tener hermanas con las que celebrar físicamente la eucaristía es uno de los grandes dones de Dios a nuestra vida (¡cómo lo sentiríamos si no las tuviéramos!). Por eso mismo hay que respetar y valorar esa presencia estando con ellas en modos serios, sin entrar y salir a cada paso, si irse antes de acabar ni llegar cuando ya está la celebración comenzada, valorando las posturas comunes (de no ser por causas de salud), el canto común, la actitud común.  Y valorar no solamente la actitud física, sino también la espiritual: se suman los ánimos de la fe (se me sostiene cuando flaqueo), se multiplica la alabanza (porque la alabanza común tiene otro nivel), se generan posibilidades celebrativas que individualmente no se nos ocurrirían, etc.

         Tal como la tenemos ahora, la eucaristía es una construcción espiritual y litúrgica de la Iglesia (es un sacramento de la Iglesia) que tiene en su núcleo el memorial de la cena de Jesús (1 Cor 11,23-34). De esta manera, la liturgia conecta con el recuerdo vivo de Jesús. Por eso una liturgia cansina, rutinaria, meramente ritual que no conectara con Jesús, sería una ocasión de fe perdida. La presencia eucarística ha de ser una realidad viva, no meramente ritual.

         El meollo espiritual de la eucaristía es la justicia. Sin justicia, no hay eucaristía. Celebrar la eucaristía en modos de injusticia es comerse “la condena” de la que habla 1 Cor 11,29. Por eso, de alguna manera, el anhelo de la justicia ha de estar siempre presente en la celebración (basta, a veces, un sencilla prez por una necesidad social para que se nos recuerde este componente).

         En la eucaristía se puede desvelar la belleza de Dios en medio de su comunidad. Esta belleza revela lo que no se agota con la presencia visible, hace referencia a lo invisible, a lo que no es evidente. Hay algo hermoso dentro. Hay que apuntar la mirada espiritual en esa dirección.

 

 

1. Belleza

 

  • Preparar el local, preparar el corazón: el lugar es muy importante en la vida humana porque trasluce el deseo. Por eso, preparar la “sala de arriba” (Lc 22,7), es ir entrando ya en el ámbito de la celebración bella. Todos los detalles que apunten a ello (limpieza, ornamentación, iluminación, etc.) pueden ayudar a ello. Pero, lo más importante es preparar el corazón, tenerlo sensible, alejado de la rutina para hacer de la celebración el “centro” de la comunidad que cree.  Poner el pie en el lugar de la celebración es ya celebrar.
  • Los tres elementos necesarios: comunidad, Palabra, pan y vino. Es preciso valorar la belleza de los tres: la “hermosa” comunidad, el “edificio común” (1 Cor 14,26) más allá de su innegable y conocida limitación. La belleza de la Palabra que se derrama como lluvia lenta sobre el alma (Is 55,10-13). La belleza del pan y del vino, los dones con los que Dios bendice la historia. Los tres elementos habrá que cuidarlos
  • Contemplar la reunión: los que están y los que no están. Porque no solo están quienes vemos, sino quienes no vemos pero están (no nos referimos solamente a los difuntos). Están todas las comunidades que, de una u otra manera, donde sea, celebran la misma cena del Señor, leen la misma Palabra y emplean similares signos. Hay que insistir siempre en la eclesialidad de la eucaristía para no reducir ni su hermosura ni su valor.
  • Los ritos iniciales: el perdón. Se quiso en el Vat.II darles contenido sacramental, pero no se vio conveniente. Es el signo del acceso al sacramento: Dios nos hace dignos, nos sana con su Palabra y nos sienta a la mesa del Pan. Perdonados para poder celebrar. La hermosura de ser acogidos a una mesa que no merecemos (“come con pecadores”: Mc 2,16).
  • La proclamación hermosa y humilde: Hermosa no solo por el esfuerzo proclamatorio (se lee para provocar adhesión), sino porque la lectora se identifica con lo que lee y lo que se lee es, casi siempre, hermoso. Se proclaman palabras hermosas  (“perfumadas” decía san Francisco) porque son palabras amadas. Y es proclamación humilde porque se hace según las posibilidades (voz, dicción, capacidad lectora y comprensiva), aunque siempre habrá que cuidar esas posibilidades para ponerlas al servicio de la celebración (tener “preocupación pedagógica”: que los del último banco entiendan lo que se lee).
  • Anhelo homilético: Esto no depende de la comunidad de hermanas directamente. Pero si se tiene, frecuente o esporádicamente, una homilía iluminadora, agradecerla, valorarla (pedirla si se tiene por escrito y hay confianza). Desde antiguo las catequesis homiléticas han sido importantes (la carta a los Hebreos es, por ejemplo, una posible catequesis bautismal).
  • A quién recordamos y hacemos presentes (preces): Es el lugar de traer a la mesa de la Cena a la Iglesia, al mundo, a la justicia, a los pobres sobre todo. De ellos es principalmente la eucaristía, aunque no lo sepan, aunque estén tan lejos (porque nosotros nos hemos alejado). Que se note en las preces la belleza de una eucaristía universal, que “suene el mundo” en nuestra oración para que la vaya cambiando haciéndola más eclesial, más universal. Quizá sea interesante añadir al formulario todos los días una prez “social” referente a alguna necesidad de la Iglesia, del mundo, de la justicia (habrá que enterarse, habrá que escribirla).
  • El recuerdo de la Cena del Señor: esfuerzo de conexión (espiritual y litúrgico). Es el núcleo evangélico del sacramento. No vivirla en modos mágicos (“fórmula” de la consagración), sino en maneras espirituales (signo de Jesús que acompaña nuestro caminar). Desligarnos de modos de tosco antropomorfismo y situarse más en el terreno de la sacramentalidad (presencia sacramental de Jesús en su comunidad). Volver a reflexionar sobre la Cena, no quedarse siempre en lo aprendido en el viejo catecismo (leer, por ejemplo, el librito de A. FERMET, La eucaristía. Teología y praxis de la memoria de Jesús,  Ed. Sal Terrae, Santander 1980).
  • La acción de gracias (desbancando otras acciones de gracias): la eucaristía es la gran acción de gracias de la Iglesia. Dar gracias de la acción de gracias es una redundancia innecesaria y algo “pretenciosa”. Cuando se dice “podéis ir en paz” es que se puede ir en paz. El canto final es procesional de salida.
  • El gozo de lo vivido en un signo: El gozo eucarístico habría de tener alguna visibilización en la vida (buen humor, sonrisa, amabilidad, buen talante), sobre todo los domingos (ropa más elegante, algún signo en la comida, mayor recreación, hacer sitio a la música, etc.). Restringir el gozo solamente al ámbito religioso es reducirlo un tanto. Habría que ampliarlo para vivir la eucaristía como realidad que envuelve el camino del creyente.

 

2. Humildad

 

  • Nos presentamos con lo que tenemos: Es sabido que nuestras comunidades son humildes y que no tenemos grandes recursos celebrativos. Nos presentamos ante Dios como somos y con lo que somos. Desde ahí habría que evitar modos litúrgicos para los que no tenemos capacidad (por ejemplo, para cantar polifonía o la música de D. Cols que es hermosa, pero de indudable dificultad). Pero también habría que evitar las rutinas empobrecedoras (cantar siempre “Juntos como hermanos” y poco más). Hacer la liturgia con la mayor propiedad posible, dentro de las limitaciones, pero tendiendo a lo hermoso.
  • Nos apoyamos en toda la iglesia: Por eso los laicos pueden ayudarnos a dar color eclesial a la celebración (a veces, incluso, podría ser interesante invitar a algún grupo o coro a la celebración conventual con ocasión de alguna fiesta). Hay que desvelar recursos: parroquiales, ciudadanos, de otras comunidades. Todo con la finalidad de que la eucaristía sea más viva y hermosa, sin caer en creer que lo exterior es lo importante.
  • Apostolado celebrativo: Siempre viene algún seglar a las celebraciones conventuales. Hacerlas bien, con la mayor propiedad posible, puede ser un buen apostolado. La gente capta si la eucaristía se vive con anhelo o con rutina. Facilitar los cantos, las lecturas, las preces, puede ser una buena forma de participar (una fotocopiadora comunitaria es, quizá, necesaria para asuntos litúrgicos).
  • Preparación tranquila: Así habría de ser la de la eucaristía, sobre todo la dominical. No hacer las cosas a última hora (copiar papeles, adornar, buscar textos litúrgicos). La preparación es, de alguna manera, parte de la misma celebración.
  • Renovación asimilable y pausada pero constante del cantoral: El canto, lo sabemos, ocupa un lugar importante en la celebración. Se canta en comunidad la fe común. Por eso hay que prepararlo con cuidado sin forzar las cosas: variedad posible, ensayo razonable (en el que no debería estar exento nadie que celebra, no siendo excusa la mala o poca voz), participación deseosa (tomar el papel, abrir el libro de cantos, estar cantando aunque se cante poco). Ampliar esto a los laicos que vengan: facilitarles los papeles, quizá ensayar un poquito antes de las celebración uno de los cantos, sumarlos a la corriente celebrativa. Renovar poco a poco el cantoral con piezas que mejoren la celebración (sin atosigar, pero con deseo). Formar organistas aunque sean sencillas. En caso de mayor pobreza, utilizar los medios actuales para sumarse al canto grabado (cd’s de música litúrgica).
  • Felicitación dominical: El domingo es el día de fiesta cristiano por excelencia. De alguna manera habría que felicitarse. La mejor manera es celebrar con gozo la eucaristía dominical. Pero, como hemos dicho antes también habría de tener un lenguaje comunitario de felicitación.                                                                                                                    

 

3. Lo que dicen los expertos

 

         «Jesucristo es el misterio de Dios que viene a favor de los hombres y por tanto merece ser llamado “sacramento”; él es el verdadero y propio sacramento, el sacramento originario no solo de la Iglesia sino de toda la humanidad. Y de este único y gran sacramento brota toda la sacramentalidad de la Iglesia y no solo el septenario sacramental sino todos los sacramentales y todas las acciones litúrgicas de la Iglesia» (J. J. FLORES).

 

3

LAS GRANDES SOLEMNIDADES DEL SEÑOR

Y DE MARÍA

 

         Además de la Pascua y la Navidad el año cristiano está engarzado en solemnidades que presentan una u otra faceta de la historia de la salvación. Son días que tienen mucho arraigo social (por ejemplo el Corpus) pero quizá necesiten una inyección de espiritualidad que nos haga huir de la superficialidad que los amenaza.

         Además de la Pascua y la Navidad (estas las vemos en capítulo aparte) estas solemnidades son la Presentación, la Anunciación, la Trinidad, el Corpus, el Corazón de Jesús, la Exaltación de la Cruz, Cristo Rey. Y luego están las propias de María: Inmaculada,  Visitación, Madre de Dios, Natividad de María, Sagrada Familia, Asunción, Corazón de María. Y las propias de los santos.

El retorno regular de estas fiestas constituye los ciclos de la celebración cristiana, sus ritmos y cadencias, la liturgia llama a esta estructuración de los tiempos celebrativos año litúrgico y considera a éste como el marco y la entraña de su fiesta, como las auras de la eternidad del Reino.

Como todo lo cíclico, el peligro es la rutina. El beneficio que nos pone delante los diversos contenidos espirituales del misterio de Cristo y de María tal como los vive la Iglesia.

En todo esto habrá que mantener el Principio de Solemnidad Progresiva que, generalmente, se aplica al canto, pero es ampliable a toda la celebración. Consiste en escalonar la celebración de más a menos. No toda celebración ha de tener el mismo nivel. Por ejemplo: en los laudes de solemnidades, fiestas y algunas memorias se leen los salmos del domingo de la primera semana. Si se los canta todos a todas horas se rutiniza la cosa. Que se canten una solemnidad y a una fiesta, aún. Pero en una memoria o una fiesta menor, no, quizá solo el cántico de las criaturas (en las memorias habrá que ser parco y no estar leyendo siempre los textos del común, porque llegan a ser irrelevantes. En muchos casos con la oración final basta y sobra).

 

1. Belleza

 

  • Jesús es el centro: Ni siquiera en las solemnidades de los santos habríamos de perder la perspectiva de que el centro de lo que se celebra es la realidad de Jesús. Se celebra en sus fiestas, se lo celebra en la realidad de María o de los santos. Si se pierde esta perspectiva cristológica fácilmente se deriva en lo devocional terminando por poner el acento en cosas muy accidentales (es la patrona, son las fiestas mi pueblo, etc.). Sin Jesús, las fiestas y solemnidades carecerían de entidad.
  • No exaltación, sino ahondamiento: Las fiestas y sus contextos tienden a exaltar, a celebrar, a salirse de lo normal, a cambiar la rutina del calendario. Pero, espiritualmente hablando, habría que tender más a la profundización que a la exaltación. Es decir: lo importante no es celebrar una fiesta a bombo y platillo, sino ahondar en la espiritualidad, cultivar los valores de fondo. Si no, como siempre, corremos el riesgo de quedarnos en la superficie (los ornamentos, los cantos, las tradiciones, las comidas, etc.).
  • Necesidad de actualización: Muchas de las fiestas y de las solemnidades demandan un trabajo de actualización. Herederas de una espiritualidad que ya no es la nuestra, piden que ahondemos en el sentido para que no se queden casi vacías. Los dogmas, las certezas religiosas, tienen su contexto histórico. Cuando ese contexto cambia, hay que darles otro contenido (Sagrada Familia, Purgatorio, Esclavas, Siervas, Rebaño de María, Inmaculada, etc., entrarían en este aspecto). En muchos casos se podría mantener la denominación antigua con contenidos nuevos. En otros, pensamos que es más difícil.
  • Celebrar para el cultivo de la fe: La razón de celebrar con sentido es, simplemente, el cultivo de la fe más que el cumplimiento de las normas litúrgicas. Efectivamente, la fe necesita ser cultivada para que no se agoste. Los días de solemnidad son días propicios para un cultivo más intento de un aspecto de la espiritualidad cristológica. Por eso, habrá que trabajar con interés la oración, la reflexión teológica, la celebración cuidada, para que de verdad sean días de especial alimentación de la espiritualidad cristiana. De lo contrario, nos quedaríamos en la superficie.
  • Más allá del historicismo: Es un peligro que siempre acecha a la fe: quedarse en aspectos historicistas (cuándo se proclamó la fiesta, por qué, quién fue el promotor, cómo se celebró, etc.). O aún: entender los misterios de Jesús y de María como realidades objetivadas y no como realidades espirituales. Lo que hemos dicho antes: una visión así empobrece la fe y alimenta posiciones fixistas que defienden cosas que no son decisivas.
  • Celebrar desde el misterio: Al misterio se llega por muchas puertas. Una puerta es la celebración de las solemnidades, días especiales para asomarse al misterio. A este habría que entenderlo, de alguna manera, como compatible con una cierta racionalidad. No hagamos misterio de lo que no es, que bastante tenemos con lo que es. Contemplar el misterio no es entenderlo. Pero sí es sentirse atraído por él, verlo como compatible con mi camino cristiano, vivirlo como un verdadero aliento para el caminar cristiano
  • Poner el acento en lo teológico, más que en lo doméstico: la celebración puede llevar aparejada alguna costumbre que la hace más significativa. Suelen ser, a veces, cosas muy externas (que la víspera del día se canten unos “gozos”, por ejemplo). Habrá que aprovechar esos aspectos externos para invitar a la profundización, no para quedarse en ellos.

 

2. Humildad

 

  • Sin exagerar: La celebración de las solemnidades ha de ser adecuada, sabiendo que la Pascua y la Navidad (e incluso, de alguna manera, el domingo) están ahí como precedentes. Es en aquellas donde habría que echar “el resto”. Las exageraciones desvían del contenido central (el misterio del Jesús en el que se asienta nuestra fe).
  • Cordialidad: las solemnidades y fiestas entran mucho en el corazón porque, con frecuencia, tocan nuestra fibra antropológica: el recuerdo cariñoso de épocas queridas, la costumbre que nos diferencia como pueblo o como Congregación). Es buena la cordialidad, siempre que no sea el argumento final de nuestra celebración que, como hemos dicho, es Jesús cimiento de la fe y del amor.
  • Detalles más cuidados: La celebración más solemne se vierte en detalles más cuidados. No hay que quedarse en los meros detalles externos, pero estos ayudan si se hacen con simplicidad y con buena intención. Siempre habrá que estar vigilantes para que el detalle no ocupe el centro. Pero, como decimos, es valioso.
  • El canto de los salmos y los otros cantos: En las solemnidades es cuando el canto ha de brillar con más intensidad, siempre dentro de nuestras posibilidades. Sin abrumar a la comunidad, pero habría que animarse a preparar bien el canto con los medios que se tenga. Que sea algo creativo, no meramente repetitivo de lo del año anterior. A veces basta ir enriqueciendo el repertorio con una sola cosa nueva. Eso es suficiente para mantener el anhelo celebrativo y escapar de la rutina.
  • La celebración fraterna: Más allá de lo litúrgico la celebración de las solemnidades adquiere el rostro de lo fraterno. Por ello ha de ser día de celebración, en la comida, en el disfrute, en el diálogo, en la belleza (dejar sitio a la música, a la pintura, etc.). Buscar, dentro de los humildes medios, una celebración fraterna imaginativa y jugosa, no meramente pasar el tiempo.

 

3. Lo que dicen los expertos

 

         «En los textos litúrgicos actuales se puede percibir cómo la expresión “misterio” aparece en muchas ocasiones asociada a otros sujetos: “misterio de Dios”, “misterio de la Iglesia”, “misterio de la cruz”, “misterio pascual”, etc. Y en momentos solemnes, dentro de la plegaria eucarística, el presidente de la celebración dice: Mysterium fidei, ¡misterio de la fe! Ciertamente, esto no es una novedad de la reforma litúrgica, ya que aparece también en otros libros de todos los tiempos en la liturgia romana» (J. J. FLORES).

 

 

4

LA LITURGIA DOMINICAL

 

         Los ritmos semanales son un hecho social muy antiguo y está ligado a las fases de la luna. El domingo es para la liturgia el primer día de la semana; para la cultura secular es, sábado y domingo, el “fin de semana”. Lo importante es percibir que las personas necesitamos un ritmo personal y social para ordenar nuestra vida. El ritmo semanal es el que mundialmente ha tenido fortuna y se mantiene completamente vidente.

         Es por eso que el sábado y del domingo como días semanales religiosos tienen una importancia especial, desde el esquema bíblico de los llamados siete días de la creación. Si unimos a eso la veneración al sol de todas las culturas, incluida la romana, tendremos el domingo como día más importante. La liturgia ha tomado ese esquema como cosa natural.

Mirando a nuestro entorno podemos observar que, en la conciencia de nuestros fieles, el domingo se vive casi exclusivamente centrado en la Eucaristía (precepto dominical). Como consecuencia hay una gran proliferación de Misas dominicales en la ciudad. Por su parte en el mundo rural, donde no las hay todos los domingos o se anticipan a la tarde de sábado, los fieles dicen: “si no hay Misa, no parece domingo”. Esto pone de relieve dos cosas: Por un lado que nuestro pueblo tiene interiorizada la centralidad de la Eucaristía dominical como alma del día del Señor, pero por otro lado, otros valores, que también ayudan a celebrar el domingo, se viven sin ninguna referencia al mismo (descanso, reunión familiar, disfrute de la naturaleza, la cultura, actividades deportivas). Esta “cultura de fin de semana” hace que la participación en la Eucaristía dominical vaya disminuyendo y, en muchos fieles, se torne ocasional o cuando se siente necesidad

         La misa dominical obligatoria, todavía en pie aunque prácticamente seguida por cada vez menos cristianos, habría de ser revisada. Necesitamos de la eucaristía para mantener viva la fe. La necesidad es razón mucho mayor que la obligación. Si en el pasado la Iglesia desarrolló la pedagogía de la obligación, ahora tendría que desarrollar la pedagogía de la necesidad. El deseo de una participación más activa y consciente en la Eucaristía es una gozosa realidad que se percibe en muchos hermanos y hermanas nuestros. Hoy, los que participan en la Eucaristía quieren hacerlo de un modo cada vez más consciente dejando aparte todo lo que pueda parecer tradicionalismo o costumbre heredada de sus antepasados. Quieren pasar, además, de considerar la Eucaristía dominical como una obligación, un mandamiento de la Iglesia, a sentirla como una necesidad espiritual, un momento de encuentro con el Señor, una celebración festiva con Jesús y con los demás. Sienten el anhelo de vivir una liturgia eucarística no como simples espectadores sino de modo que implique personal y comunitariamente la vida de cada uno. Dice el papa Francisco: «¿Por qué ir a Misa el domingo? No es suficiente responder que es un precepto de la Iglesia; esto ayuda a preservar su valor, pero solo no es suficiente. Nosotros, cristianos, tenemos necesidad de participar en la Misa dominical porque solo con la gracia de Jesús, con su presencia viva en nosotros y entre nosotros, podemos poner en práctica su mandamiento y así ser sus testigos creíbles» (Catequesis del 13.12.2017).

Yendo más a lo profundo, quizá haya que decir que el domingo es el día semanal en que el creyente renueva su anhelo de justicia y su sed de Dios en la contemplación. Dice un teólogo alemán: “Nuestra iglesia que durante años solo ha luchado por su existencia, como si esta fuera una finalidad absoluta, es incapaz de erigirse ahora en portadora de la Palabra que ha de redimir y reconciliar a todos los hombres y al mundo… Por esta razón, las palabras antiguas han de marchitarse y enmudecer y nuestra existencia de cristianos solo tendrá, en la actualidad, dos finalidades: contemplar y hacer justicia entre los hombres» (D. Bonhoeffer). Ambos aspectos, cada uno en su sitio, habrían de confluir en los trabajos espirituales de las contemplativas.

 

1. Belleza

 

  • El domingo en la actual liturgia: el Vat.II hizo el gran “descubrimiento” de poner al domingo como centro de la actividad litúrgica. Es algo que todavía está vivo. En realidad esto venía de lejos. Hacia el año 150 la Apología de san Justino dice: «El día que se llama día del sol tiene lugar la reunión en un mismo sitio de todos los que habitan en la ciudad o en el campo. Celebramos esta reunión general el día del sol, por ser el día primero, en que Dios, transformando las tinieblas y la materia, hizo el mundo, y el día también en que Jesucristo, nuestro Salvador, resucitó de entre los muertos; pues es de saber que le crucificaron el día antes del día de Saturno, y al siguiente al día de Saturno, que es el día del sol, se apareció a sus apóstoles (cf. Mt28,9) y discípulos, enseñándoles estas mismas doctrinas que nosotros les exponemos para su examen». Centrarse espiritualmente en el domingo es, pues, de alguna manera entroncar con la tradición de fe de la Iglesia.
  • La LH dominical ha de ser bella, dentro de ese cauce semanal, que por repetido cada siete días, ha de conservar una cierta moderación. El canto en Laudes y Vísperas habría de hacerse presente, en la medida de las posibilidades, incluso en el antifonario. Habría que incluir aquellos elementos que no solo dan más solemnidad, sino más sentido (oraciones sálmicas, por ejemplo). No estaría mal usar signos paralitúrgicos solo el domingo, para cargar de densidad la celebración dominical  (corona de adviento, iluminación de nacimiento, cirio de pascua, flores dominicales para el TO)
  • La eucaristía dominical: Es el centro de la liturgia dominical. Habría de ser preparada con mimo desde antes. Ha de celebrarse con “saludable tensión”, intentando que, desde principio a fin, pueda desvelar la belleza del sacramento (la via pulchritudinis de los antiguos). Dice el papa Benedicto: «La relación entre el misterio creído y celebrado se manifiesta de modo peculiar en el valor teológico y litúrgico de la belleza. En efecto, la liturgia, como también la Revelación cristiana, está vinculada intrínsecamente con la belleza: es veritatis splendor. En la liturgia resplandece el Misterio pascual mediante el cual Cristo mismo nos atrae hacia sí y nos llama a la comunión. En Jesús, como solía decir san Buenaventura, contemplamos la belleza y el fulgor de los orígenes. Este atributo al que nos referimos no es mero esteticismo sino el modo en que nos llega, nos fascina y nos cautiva la verdad del amor de Dios en Cristo, haciéndonos salir de nosotros mismos y atrayéndonos así hacia nuestra verdadera vocación: el amor. La belleza de la liturgia es parte de este misterio; es expresión eminente de la gloria de Dios y, en cierto sentido, un asomarse del Cielo sobre la tierra. La belleza, por tanto, no es un elemento decorativo de la acción litúrgica; es más bien un elemento constitutivo, ya que es un atributo de Dios mismo y de su revelación. Conscientes de todo esto, hemos de poner gran atención para que la acción litúrgica resplandezca según su propia naturaleza».
  • Cada domingo es nuevo y tiene su color: Y, de alguna manera, habría que ir descubriendo ese color. Los domingos de Adviento tienen el color de la esperanza (por más que el color litúrgico sea el morado), los Navidad el color del acompañamiento de Jesús blanco como la nieve de invierno (“Después que Jesús nació tenemos asegurada la salud”, decía san Francisco), los del TO tienen el color del caminar cristiano, la senda a veces ocre del lento caminar, los domingos de cuaresma tienen  el color de una conversión con adjetivos (ecológica, al silencio, a la justicia, etc.), los domingos de Pascua vuelven al blanco radiante del éxito de la fe como el rostro del resucitado. 
  • Otras prácticas paralitúrgicas y devocionales: habrían de estar siempre en segundo término y vinculadas a la espiritualidad del domingo y a la eucaristía. La misma veneración al Pan consagrado habría de hablar el lenguaje de la eucaristía celebrada (pan de la misa, humilde ostensorio explícito, consumición del pan diciéndose que va terminando el domingo). Cualquier otra actividad devocional habría de tener, de algún modo, un matiz devocional.

 

2. Humildad

 

  • Canto dominical: Es el día del canto (antes habrá sido el del ensayo) dentro de las posibilidades. Quizá habría que poner el acento en el Himno de la LH que da el color al día y en el canto de entrada de la eucaristía que puede cumplir similar función (aunque sabemos que el verdadero himno de la eucaristía es el Santo).
  • Significatividad litúrgica: La humildad no está reñida con la significatividad litúrgica. Ser significativo es hacer con verdadera conciencia lo que se hace aunque sea algo humilde. Es celebrar con sentido y sabiéndose vivo ante el Señor. Es lo contrario de la rutina y el mero cumplimiento del horario. Es esa saludable tensión e ilusión para vivir lo que quiere uno vivir con amor.
  • Día de la eclesialidad: Precisamente porque toda esta espiritualidad se vive en Iglesia, el domingo puede ser entendido como día de la eclesialidad. Día para conectar espiritualmente con la comunidad de seguidores de Jesús, dondequiera que esté. Día para rezar por la Diócesis y la Parroquia (una prez, al menos). Día para planear, de vez en cuando, alguna visita de grupos cristianos al monasterio (incluso de forma continuada: oferta de reflexión sobre el evangelio o cosas así). Día para tener en cuenta, de alguna manera, a los “miembros vacilantes de la iglesia”, como decía santa Clara (¿se ora alguna vez por quienes abandonan la VR, los eclesiásticos que abusan, los que apostatan de la fe, los que fustigan a la Iglesia, etc.?).
  • Celebración fraterna: Que, como hemos dicho, ha de extenderse a otras áreas de la vida comunitaria más allá de lo litúrgico: recreación, comida, descanso, disfrute común, etc. Todo puede contribuir a la significatividad del domingo, pues humanos somos y por otras vías que la espiritualidad también puede entrar la vida.

 

 

3. Lo que dicen los expertos

 

         «El domingo, la participación en la Eucaristía tiene una importancia especial. Ese día, así como el sábado judío, se ofrece como día de la sanación de las relaciones del ser humano con Dios, consigo mismo, con los demás y con el mundo. El domingo es el día de la Resurrección, el «primer día» de la nueva creación, cuya primicia es la humanidad resucitada del Señor, garantía de la transfiguración final de toda la realidad creada. Además, ese día anuncia «el descanso eterno del hombre en Dios». De este modo, la espiritualidad cristiana incorpora el valor del descanso y de la fiesta. El ser humano tiende a reducir el descanso contemplativo al ámbito de lo infecundo o innecesario, olvidando que así se quita a la obra que se realiza lo más importante: su sentido. Estamos llamados a incluir en nuestro obrar una dimensión receptiva y gratuita, que es algo diferente de un mero no hacer. Se trata de otra manera de obrar que forma parte de nuestra esencia. De ese modo, la acción humana es preservada no únicamente del activismo vacío, sino también del desenfreno voraz y de la conciencia aislada que lleva a perseguir sólo el beneficio personal. La ley del descanso semanal imponía abstenerse del trabajo el séptimo día «para que reposen tu buey y tu asno y puedan respirar el hijo de tu esclava y el emigrante» (Ex 23,12). El descanso es una ampliación de la mirada que permite volver a reconocer los derechos de los demás. Así, el día de descanso, cuyo centro es la Eucaristía, derrama su luz sobre la semana entera y nos motiva a incorporar el cuidado de la naturaleza y de los pobres» (LS’ 237).

 

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LA LITURGIA DE PASCUA

 

Los humanos siempre han cultivado los anhelos de libertad porque ha sufrido en sus propias carnes toda suerte de opresiones (antropológicas como el miedo, políticas como las dictaduras, morales como el pecado, etc.). Por eso el sueño de la libertad acompaña el caminar humano. En el fondo, ese anhelo de libertad es el que subyace en el subsuelo de la Pascua: quien experimenta la opresión, del tipo que sea, anhela la liberación.

Algo de eso está en la Pascua judía y en la Pascua de Jesús. El relato épico de la Pascua judía celebra la liberación de Egipto como paradigma de todas las liberaciones que ha soñado el pueblo de Israel en su historia. Por eso siguen celebrándola con una gran carga identitaria, más que religiosa. La Pascua de Jesús se apropia (“mi cuerpo…mi sangre”) de aquel anhelo de libertad y lo orienta “al perdón de los pecados”, es decir, a toda clase de opresión. Por eso mismo, celebrar el triunfo de Jesús es celebrar la fe en la posibilidad del triunfo de todos, del triunfo de todo lo creado.

Como todas las realidades que tocamos los humanos, también la Pascua ha sido deformada y, sobre todo, diluida. Deformada porque se ha creído simplemente que era el tiempo de “cumplir por Pascua” (confesarse y comulgar). Eso ha definido el ser cristiano (recordemos que en la posguerra se elaboraban listas de afectos al régimen en base a las listas parroquiales del cumplimiento pascual). Y, sobre todo, ha sido diluida porque se echaba el resto en la cuaresma (charlas, confesiones, actos de piedad, celebraciones de la semana santa) y, llegada la Pascua, esta ni se mentaba. Aun estamos algo en esto. Por eso, hay que suscribir la campaña litúrgica del Vat.II que quiere dar a la Pascua toda su importancia.

Un apostolado nuevo sería el apostolado pascual en la liturgia. Para ello habrá que comenzar por una mística pascual personal y comunitaria. Esa mística ha de ser la vivencia de la entrega de Jesús que es la puerta al misterio del triunfo de Jesús. Es decir, la liberación pascual es fruto de la entrega. Sin ella, la vivencia de la Pascua se bloquea. Sobre esa entrega planea la fecundidad del Dios de amor que se entrega, todo él, a la historia.

 

1. Belleza

 

  • Entre otras cosas, la Pascua es hermosa por su alcance universal, cósmico. La física cuántica nos dice que, después del big bang, el cosmos camina al “caos” de su expansión total. En esa expansión “caótica” es donde brilla el triunfo de Jesús (como brilla la belleza en la expansión caótica de un bello fuego artificial). Nada queda fuera de ese brillo, y ese relámpago último es la certeza del triunfo liberador de Jesús (y de todos los movimientos liberadores que la historia haya sumado). Quedar deslumbrado por esa belleza, cautivado por ella, es iniciarse en el gozo y sentido de la Pascua. Por eso la liturgia de Pascua ha de ser englobante: eclesial, social, cósmica (habrían de reflejarlo las preces, los cantos, etc.).
  • La experiencia de muerte, de limitación, impide la percepción de la Pascua como derrota de la muerte. Es la dura muerte y su dentellada. Sin embargo, la Pascua es la certeza de que “quitando losas” (Jn 11,41) se vive ya una existencia resucitada. La celebración de la Pascua es la visibilización de ese anticipo histórico que nos confirma en que para vivir como resucitados no hay que esperar al más allá. La celebración litúrgica habría de contener, de alguna manera, estas certezas (Pascua como tiempo para no quejarse en exceso por las limitaciones: el “prohibido quejarse” del papa Francisco debería ser un lema pascual).
  • La belleza de la Pascua deja claro que es posible renacer de las cenizas. Es el fenómeno que denomina como resiliencia, la capacidad de salir victorioso e impulsado de una situación difícil. Nuestra vida está trufada de situaciones difíciles, irresolubles. Vamos con esa mochila siempre. La Pascua es la certeza de que tal peso no ha de ser siempre compañero, que se lo puede trabajar y aminorar. Por eso la liturgia de Pascua habría de contribuir a ayudarnos a levantar los hombros y a seguir adelante más allá de nuestras cargas, pequeñas o grandes. Una liturgia para generar fortaleza y resistencia.
  • Ya hemos dicho muchas veces que la rutina está siempre al acecho. Por eso la liturgia de Pascua quiere animarnos a la novedad. La novedad no es una moda cualquiera. Es estar abiertas a las muchas posibilidades que nos ofrece la vida y la fe. La liturgia, no sabemos muy bien cómo, habría de hacer eco de todo lo que la ciencia nos va poniendo delante, los caminos nuevos que se abren a la vida, la salud, la cultura, etc. Dice el papa Francisco: «El mismo cristianismo, manteniéndose fiel a su identidad y al tesoro de verdad que recibió de Jesucristo, siempre se repiensa y se reexpresa en el diálogo con las nuevas situaciones históricas, dejando brotar así su eterna novedad» (LS’ 121). Pascua que nos anime a lo nuevo, que nos saque de la poltrona de lo viejo.
  • La Pascua es una invitación general (las invitaciones son generalmente muy seleccionadas). Por eso la pueden celebrar muchos y de muchas maneras, religiosas o no. El que esto sea así, fiesta de amplitud, habría de dar más gozo aún a quienes la celebramos desde nuestra fe en Jesús. Entendemos que la humanidad está destinada a la mesa común, al banquete de la vida que es el reino. Por eso, en la Oascua había que tener presentes, de alguna manera, a quienes no se sientan todavía en ese banquete. Y son muchos. Y coinciden con quienes sufren más exclusión. ¿Cómo invitarlos a nuestra liturgia inclusiva? Quizá el preguntarlo ya sea un paso, aunque habría que dar muchos más.
  • La Pascua es fiesta de gozo para que el dolor, que tiende a ser invasor, no lo ocupe todo. La hermosa liturgia de Pascua habría de animarnos a contener las ansias invasoras de nuestro dolor y hacer que ocupe el menor espacio posible. Por eso, en Pascua, cuanto menos hablemos de nuestros dolores, mejor; cuanto más hablemos de disfrutes, mejor. La liturgia pascual es el lenguaje del disfrute del triunfo de Jesús.

 

2. Humildad

 

  • Tiempo de felicitación: Siguiendo las convenciones sociales nos solemos felicitar en las Navidades y Año Nuevo. Desde el punto de vista cristiano, el tiempo mejor de felicitación sería la Pascua. Por eso, no estaría mal felicitarla a quien pueda entenderlo. “Feliz Pascua” bastaría (para distinguirla de las “felices Pascuas” con las que aún se denomina a la Navidad). Son cosas menores, pero si lo hiciéramos, si el monasterio lo hiciera, quizá alguien entendería eso de que la Pascua es el centro de la vida cristiana, el centro de la vida del creyente. Felicitar la Pascua a quien viene al monasterio con una sencilla postal casera confeccionada para cada año sería un detalle de “apostolado pascual”.
  • Ornato con sentido buscado: Porque por los ojos nos entran los mensajes. A veces, ciertos ornatos pobres son más elocuentes que los comprados: unas flores que brotan al borde del camino (“Brotaron los zarzales del camino…”), unas ramas de espino blanco florecido (“Tu cuerpo es ramo de abril y blanca flor del espino” R. Grández). Para muchas personas “serias” esto carece de valor. Pero los signos hablan para quien tiene el corazón vivo.
  • Desde el invitatorio hasta el aleluya: Comenzar en Pascua  la liturgia con el invitatorio cantado “Verdaderamente ha resucitado el Señor” puede ser hermoso durante toda la pascua. Cantar el aleluya (incluso fuera de la liturgia, como bendición de la mesa por ejemplo) puede ser un recuerdo constante de este tiempo especial. Habría que hacerse con una pequeña “colección” de aleluyas para no cantar siempre el mismo, el gregoriano.
  • Actividades pascuales fraternas: Serían pequeñas actividades extralitúrgicas que contribuirían a crear un ambiente de Pascua: un picnic pascual en el jardín si el tiempo lo permite; una película que contenga valores próximos a la Pascua, aunque no sean religiosos; explicación de un cuadro pascual hermoso preparada por alguna hermana (por ejemplo: La incredulidad de Tomás, de Caravaggio).

 

3. Lo que dicen los expertos

 

         «El polo de atracción sobre los discípulos, el misterioso “imán” que los pone en movimiento, es el Resucitado. Es el esbozo, en la comunidad de antaño reencontrada,  de la “reunión de todos los hijos de Dios dispersos” (Jn 11,52). Estos encuentros pospascuales son ya el embrión de la Iglesia, la asamblea convocada por Cristo resucitado» (A. FERMET).

 

 

6

LA LITURGIA DE LA NAVIDAD

 

Sabemos que la superficialidad es el mayor enemigo de la vida y de la fe. Hay que trabajar para que no ocupe el lugar de quien vive lúcido y  despierto. Si algo está amenazado de superficialidad en el ciclo litúrgico eso es la Navidad. Por eso la liturgia tendría que ayudarnos a huir de la superficialidad, ahondar. Si nos situamos en la superficialidad, la celebración litúrgica se desvanece, aunque sigamos haciéndola.

Desde los inicios de los tiempos, el caminar humano ha sentido siempre la dentellada de a soledad en sus diversas formas (constitutiva, personal, familiar, comunitaria). Nos sentimos solos. Pues bien, la Navidad, en su fondo, puede celebrarse como un misterio de acompañamiento, el que Dios nos hace a través de Jesús. Él dice que “nunca ha estado solo, porque el Padre ha estado conmigo” (Jn 8,29; 16,32). La Navidad celebra el acompañamiento del Padre en el acompañamiento de Jesús. ¿Puede esto paliar algo la soledad que nos pega? ¿Puede ser esto un ánimo real para la vida? ¿Cómo sería una liturgia de Navidad enfocada y vivida desde la certeza del acompañamiento de Dios por Jesús en nuestra vida?

La cumbre espiritual que es el texto de Jn 14,23 nos dice que el Padre y Jesús han tomado una decisión de vértigo: venir a poner para siempre su morada en la historia humana. Eso es lo que celebra la encarnación de Jesús, su quedarse en el fondo de la vida para sostenerla, su bajar al sótano de la existencia para iluminarlo, su descender a lo último para ser fuente de todo amor. La encarnación es tanto alguien “baja” del cielo, sino alguien que se adentra en lo profundo de la vida. Este cambio de dirección puede dar un sentido nuevo a la celebración litúrgica de la Navidad.

Por otra parte, estas certezas brillan, paradójicamente en la pobreza. Por eso, la pobreza del nacimiento es el mejor de los lenguajes navideños. Lo que quiere decir que la liturgia Navideña ha de reflejar, de alguna manera, ese ambiente de moderación y de pobreza en las que se expresa mejor (bien lo reflejaba aquella vieja antífona de “O magnum mysterium”: unos animales miraban al puesto en el pesebre; recordar aquella escena franciscana de 2 Cel 200 sobre la mención a “la virgen pobrecilla”).

La liturgia de Navidad tiene la peculiaridad de poder mezclar una vivencia eclesial y, a la vez, una vivencia íntima y personal (bien lo refleja el himno “Te iré mi amor, rey mío” de R. Grández consignado en la LH). Vivir con profundidad la liturgia de Navidad no es desposeerla de esa calidez que hace cercana y cordial. Todo lo contrario: situar la liturgia en el corazón es situarla en su mejor perspectiva.

 

1.Belleza

 

  • La belleza de la fe, más que la belleza de historia: La tendencia religiosa e incluso teológica es poner el acento en la historia del nacimiento de Jesús (siendo así que, críticamente hablando, los puntos históricos de enganche son muy pocos). Sería mucho mejor dejarse cautivar no tanto por los contenidos históricos sino, sobre todo, por la belleza del misterio, por las preguntas que apuntan adentro, por la certeza del acompañamiento del Padre en Jesús. ¿De qué nos serviría celebrar la Liturgia si nuestra soledad sigue verdeante?
  • Navidad es adentrarse en el misterio de la encarnación del Hijo de Dios: La fe descubre, sin escándalo, a la Majestad divina humillada; a la Omnipotencia, débil; a la Eternidad, mortal; al Impasible, padeciendo; al Bendito, maldecido; al Santo, hecho pecado por nosotros; al Rico, empobrecido para enriquecernos; al Señor, tomando forma de siervo para liberarnos de la esclavitud. Todo esto lo sabemos. Pero saberlo no es lo mismo que creerlo. A esto segundo puede ayudarnos la celebración litúrgica si la hacemos con vida, con alma.
  • El tiempo litúrgico de la Navidad es un itinerario: Tiene por hitos cinco grandes celebraciones: Navidad, Sagrada Familia, Santa María Madre de Dios, Epifanía, Bautismo del Señor. Las tres primeras apuntan al misterio de la encarnación, las dos últimas a su oferta al mundo. Para poder ofrecerlo bien, hay primeramente que vivirlo en profundidad. La liturgia puede hacernos ese doble beneficio: ahondar en el misterio para poder ofrecerlo mejor.
  • Los salmos de Navidad: Son, sobre todo, el 77, 104 y 105, que manifiestan con especial claridad la historia de la salvación de] Antiguo Testamento, como anticipo de lo que se realiza en el Nuevo (también se leen en los otros tiempos fuertes). Son los salmos históricos y, a su manera, describen el itinerario de Dios hacia la historia humana que culmina en Jesús. Eso es la Navidad, eso celebra la liturgia: no solo el “bajar” de Dios al camino humano, sino el adentrarse en lo profundo de nuestra historia. Misterio de abajamiento y misterio de adentramiento.
  • La 1 Jn lectura continua: Es la primera lectura de casi todas las eucaristías del tiempo de Navidad. Resulta sorprendente porque no tiene nada que ver con las narraciones históricas del nacimiento, pero apunta al fondo del asunto: la encarnación es una cuestión de amor. Quien no se sitúa en la perspectiva del amor no podrá llegar al fondo de la cuestión. De ahí que haya que avivar el amor fraterno para situarse bien en la liturgia de Navidad. Son cosas que apuntan a lo esencial.
  • OfP 15: Uno que ha captado profundamente el misterio de la Navidad es Francisco de Asís. No es un fundador de belenes, sino un contemplativo de la encarnación. Bien queda demostrado en el Salmo navideño del OfP 15 (que podríamos leer y meditar en la Navidad). La característica más sobresaliente de este Salmo Navideño de Francisco consiste en contemplar íntimamente unidas la cuna y la cruz. Francisco no se queda en una alegría sentimental y que no compromete; al contrario, subraya la seriedad de la hazaña de Dios, que está exigiendo la respuesta de nuestra vida. En su relativamente corto Salmo de Navidad el Pobrecillo une de manera asombrosa la majestad y la humildad de Dios, la cuna y la cruz, la alabanza y el seguimiento, el hombre y el cosmos.

 

 

2. Humildad

 

  • Vela blanca en la corona de Adviento: En algunas comunidades se suele poner la corona de Adviento con los cuatro cirios rojos. El liturgista Aldazábal decía que se podía mantener ese signo en Navidad poniendo en el centro una vela de color blanco. Entre nosotros es difícil desplazar a la imagen del Jesús nacido al que se suele dar a “adorar” (habría que decir “venerar”). Y tener dos signos extralitúrgicos en la Iglesia sería demasiado. Pero, al menos, para pensar otros caminos.
  • Que prevalezca lo litúrgico sobre lo folklórico: Al menos en la Iglesia lo litúrgico debería estar por encima de los elementos folclóricos con los que, en Navidad, se suele hacer la vista gorda: panderetas que acompañan los cantos; villancicos  sin ningún contenido litúrgico (por ejemplo, “campana sobre campana”; estos para el recreo). En la exhortación del papa Francisco Admirabile signum se valora el nacimiento y sus significados pero fuera de lo litúrgico. Es otro camino con un peso folclórico grande. Quizá haya que mantener una prudente distancia para no caer en corruptelas que no llevan a nada.
  • Moderación co la imagen del niño: Es un signo extralitúrgico. Por eso, habría que ser moderado. El belén tendría que estar montado en un lugar distinto de la Iglesia. Con la imagen del Niño bastaría, y en modos sencillos, no ocupando el puesto central (por ejemplo tapando el altar). Lo mismo en la veneración popular de la imagen al final de la eucaristía: cuidado con villancicos bullangueros que conectan con lo folclórico pero nos alejan de lo profundo.
  • No olvidar las pobrezas: Nunca habría que olvidarlas en la celebración de la fe. Pero en estos días hay que acordarse de los sin casa, sin techo, sin país, sin amparo. Lo que leemos en los Evangelios. Y “acordarse” es rezar y algo más por simbólico que sea. Ya decía el cardenal Evaristo Arns, franciscano, que la gran pregunta de la teología es ¿Dónde dormirán los pobres esta noche? Y de la liturgia.
  • Actividades navideñas fraternas: En las comunidades monásticas la Navidad ha sido fiesta de especial regocijo fraterno. No estaría mal seguir con esa tradición. Las veladas Navideñas son entrañables: comedias festivas, canciones, poemas (aquel del Góngora, “Caído se le ha un clavel”, de Góngora, o “Ya que en el tiempo llegado” de san Juan de la Cruz, o del mismo “Del Verbo Divino la Virgen preñada viene de camino, si le dais posada”, o los villancicos navideños de santa Teresa que son bonitos y chispeantes).

 

3. Lo que dicen los expertos

 

         «La oración litúrgica nos lleva directamente a los misterios de la salvación en un continuo volver sobre los temas eucarísticos, ampliados en clave narrativa-orante, hasta llevarnos al misterio de Cristo que nos introduce, a su vez, en los misterios de nuestra salvación. Es función de la oración entrar en los mismos contenidos eucarísticos, pero saboreándolos y contemplándolos en otro plano, en un nivel de alabanza y de súplica” (J.J.FLORES).

 

 

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LA LITURGIA DEL TIEMPO ORDINARIO

 

         Una de las evidentes tareas que nos define como humanos es el caminar. Caminar no solamente es andar, es también compartir vida mientras se anda (miremos el camino de Santiago como ejemplo de caminar compartiendo en tiempos de modernidad donde parece que esto sería innecesario). La liturgia no es solamente una acción religiosa. Es, de alguna manera, compartir el camino entre creyentes. Por eso mismo, la liturgia no se circunscribe a las grandes fiestas de la fe, sino que se ciñe al camino, hace obra de caminante con nosotros a lo largo de todo el año.

En el llamado Tiempo Ordinario se verifica de manera continuada la realidad espiritual de un Dios que camina con nosotros. Efectivamente, Dios es el gran acompañante de la vida, el gran caminante con nosotros (Lev 26,12). La liturgia durante el año conjura la soledad y alienta el anhelo de que la historia tendrá la plenitud de lo creado. De esta manera, la liturgia se constituye en antídoto espiritual contra el desaliento y la soledad.

Podemos decir que el redescubrimiento espiritual del domingo fue una de las grandes aportaciones del Vat.II. La constitución Sacrosanctum Concilium se refirió al mismo, señalando su origen apostólico en el mismo día de la resurrección del Señor y su carácter pascual, eucarístico y festivo (SC 106). Después, la nueva estructuración del año litúrgico y del calendario lo ha revalorizado también como día dedicado al Señor y «verdadero y propio día de fiesta primordial  y núcleo fundamental de todo el año litúrgico» (Normas universales sobre el año litúrgico y el calendario, n. 4).

Aunque el domingo tiene todavía su fuerza dentro de los cristianos, el devenir social lo está desplazando. Si a eso unimos la pobreza celebrativa de las eucaristías, el asunto se complica más. En su Audiencia del 13 de diciembre de 2017 el papa Francisco mira de frente el problema: «¿Qué podemos responder a quien dice que no hay que ir a misa, ni siquiera el domingo, porque lo importante es vivir bien y amar al prójimo? Es cierto que la calidad de la vida cristiana se mide por la capacidad de amar, como dijo Jesús: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros» (Juan 13, 35); ¿Pero cómo podemos practicar el Evangelio sin sacar la energía necesaria para hacerlo, un domingo después de otro, en la fuente inagotable de la eucaristía? No vamos a misa para dar algo a Dios, sino para recibir de Él aquello de lo que realmente tenemos necesidad. Lo recuerda la oración de la Iglesia, que así se dirige a Dios: «Tú no tienes necesidad de nuestra alabanza, pero por un regalo de tu amor llámanos para darte las gracias; nuestros himnos de bendición no aumentan tu grandeza, pero nos dan la gracia que nos salva» (Misal Romano, Prefacio común IV)».

 

 

1. Belleza

 

  • ¿Ordinario?: El término “per annum” se tradujo por “ordinario” en vez de otras denominaciones (tiempo entre el año, durante el año). Quizá esto contribuyó a su poca valoración, como si ahí no hubiera nada relevante. Por eso, de la mano del Vat.II, hay que valorar este tiempo como “tiempo de oportunidad prolongada”, o “tiempo de acompañamiento fiel”. Efectivamente, es una oportunidad de largo alcance que se le da al creyente para que entre en el gozo del acompañamiento de Jesús y del Padre en su vida. La liturgia, de alguna manera, habría de lograr hacer “visible” esto.
  • Gran Domingo: Hay quien ha denominado al TO como “gran domingo”. De alguna manera lo es porque prolonga en muchas semanas el recuerdo vivo de la resurrección de Jesús. De alguna manera, en cuanto que lo prolonga en el tiempo (aunque la Pascua lo prologue en 50 días, éste más). Viene a ser “más”, no tanto en el origen celebrativo cuanto en la continuidad. Por ello, sobra decir que el domingo remite a la Pascua como a su fuente y la prolonga a lo largo del año. Nada sería el domingo sin esa fuente; ese caudal quedaría mermado sin la prolongación del TO. Esta mística habría de animar la celebración litúrgica de cada domingo. Cualquier cosa que se haga para alimentarla será muy positiva.
  • Día festivo primordial: Por eso no hemos de extrañarnos que SC 106 lo denomine como día festivo primordial. Podría parecer que eso es hacerle sombra a la Pascua, pero no. Pascua y TO se alimentan mutuamente. Es lo que dice el himno “Es domingo”: «La alegría del mensaje de la Pascua es la noticia que llega siempre y que nunca se gasta». No se empobrece por la repetición semanal, no debería empobrecerse por la rutina. Sino que, por el contrario, tendría que cobrar más sentido semana a semana, en la medida en que se lo celebra. Hacer de la celebración litúrgica dominical una columna de nuestra espiritualidad es un acierto.
  • Liturgia que se distingue de la semana: No solamente por sus textos y por el principio citado de “solemnidad progresiva”, sino que se distingue por el tono, por la mística, por la actitud interior. Y eso, en gran parte, depende de cada una, aunque el ambiente comunitario puede ayudar. Quizá haya que comenzar por “desear el domingo”. No tanto para verse eximido de los trabajos cotidianos, sino, sobre todo, por la oportunidad de cultivo de la fe que se nos brinda cada semana. Y luego, además de desearlo, implicarse en una dinámica celebrativa lo más viva posible. Y eso, como decimos, en una parte notable depende de cada una.
  • Preparación en comunidad: Hay monasterios sencillos que lo hacen. Se trataría de juntarse el sábado por la tarde (en algunos lugares se hace más como reflexión dominical que como preparación y por ello lo ponen en la tarde del domingo que suele estar más despejada) para leer en comunidad y comentar de modo sencillo y vivencial alguno de los textos bíblicos del domingo, singularmente el evangelio. Esto no es pisar el terreno a la homilía del celebrante que será complementaria. Y podría ser un modo bueno de activar el deseo dominical y sacarnos de la rutina cuando estamos más bajos de ánimo. Incluso podría invitarse a algún laico. Sería un buen “apostolado dominical”. Creemos que no es objeción decir que las monjas de clausura están “solo para rezar”. Esto puede ser empobrecedor. Las monjas son parte viva de la Iglesia y han de contribuir esencialmente con su oración al tesoro de la Iglesia, pero también con la oferta sencilla de una Palabra vivencial que, por boca de ellas, quizá pueda llegar más al corazón de los cristianos que las homilías de los curas.

 

2. Humildad

 

  • El canto en la LH en el TO: Algo en lo que no habría que bajar la guardia para no caer en la rutina. Aprender un nuevo himno a la semana, un nuevo padrenuestro al mes, un nuevo santo cada dos meses, puede mantener al “coro” vivo. Dejarse llevar “por lo que ya se sabe”, tiene su peligro.
  • La Eucaristía en el TO: ha de seguir siendo cuidada tanto en los días de labor como, sobre todo, en los domingos. Es aquí importante el papel de quien se encarga de preparar la liturgia para que no lo haga con desgana; el papel de la encargada del ornato de la iglesia para que cuide los detalles ornamentales; el papel de la sacristana para que se mantenga el “brillo” de los  objetos de culto; el papel del capellán para no atrincherarse en formularios tópicos (plegaria IV por ejemplo).
  • Signos dominicales en el TO: Signos que pueden contribuir a dar vigor a la celebración litúrgica. En la LH: un himno bien cantado, las oraciones sálmicas, el canto del padrenuestro. En la eucaristía, el uso de la aspersión inicial que conecta el sacramento con el bautismo y la Pascua, las preces adaptadas al momento eclesial presente, la bendición solemne sobre el pueblo. Es necesario pasar de la actitud de “ir a misa” a la actitud de “celebrar la eucaristía”. En aquella no es necesario implicarse mucho, solo ir y responder. En esta segunda, la implicación es necesaria. La contemplativa ha de elaborar el concepto de “trabajo litúrgico”: para que la liturgia se celebre con propiedad se demanda el trabajo de todas, de quien prepara y de quien participa. Un trabajo con todos sus componentes: fatiga, cansancio, esfuerzo, logro, gozo, disfrute, etc.
  •  Celebración festiva y fraterna: Los domingos del TO habría de tener un puntito de celebración festiva y fraterna que dé brillo antropológico (no solo litúrgico) al domingo. Una merienda en el jardín si hace buen tiempo, una película de valores humanos con diálogo fraterno, un recreo con alguna intervención preparada, una visita de alguien que nos pueda contar alguna experiencia enriquecedora (misioneros, algún grupo de la parroquia, el Obispo, algún autor o autora que haya escrito un libro teológico en la ciudad, etc.).

 

3. Lo que dicen los expertos

 

         «Los textos bíblicos y eucológicos que nos ofrece la liturgia, al ser orados en la intimidad de nuestro corazón, permiten conocerlos y vivirlos más intensamente y extraer de ellos toda su fuerza salvífica y transformadora. Pero todo esto exige una connaturalidad con lo celebrado y con cuanto allí se ora y se suplica, lo que supone una auténtica labor de interiorización en las cosas santas que pedimos y recibimos» (J.J.FLORES).

 

 

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LA LITURGICA SACRAMENTAL

 

Los humanos estamos necesitados de celebración. En la celebración se expresa la vida, se recrea la vida y se comparte la vida. En soledad individualista, la vida mengua. De ahí que haya que interpretar la celebración como una oportunidad de vida, no como una carga (por más que cultivarla sea un “trabajo”). Si una comunidad no celebra, se apaga. Si celebra rutinariamente, también se va apagando. Por el contrario, si cultiva la celebración sopla sobre la hoguera del amor y, tras la celebración, la fraternidad revive.

Además de la palabra, en la celebración abundan los signos. Estamos necesitados de signos. Son lenguaje que sugiere, evoca, mantiene vivo el anhelo. Si los signos se mantienen vivos, trabajos, son elocuentes; si no se los mantiene vivos, no evocan nada y cansan. Los signos brillan con luz propia. Por eso un buen signo no necesita muchas explicaciones, lo comprende fácilmente la inteligencia y llega derecho al corazón. No ha de extrañar que el cultivo de la fe cristiana se haya articulado en signos en sacramentos (“signos exteriores para darnos por ellos la gracia y las virtudes”, decía el viejo catecismo de Astete).

Todos sabemos que la fe es un don del amor del Padre. Pero también sabemos que ese don, para que se mantenga vivo y crezca, ha de celebrarse. Si no se celebra, el don se muere. De ahí que la celebración tenga como logro mayor no tanto su brillantez, sino del crecimiento de la fe. Celebramos por razones de fe, no por razones religiosas o legales. Se crece en la fe celebrando. Esta es la manera eclesial de crecer en la fe (compatible con otras vías de crecimiento, como el trabajo de oración personal).

No nos ha de resultar extraño que en el trabajo celebrativo la comunidad ofrezca un amparo impagable. Efectivamente, cuando las fuerzas individuales flaquean, la comunidad viene en nuestro socorro; cuando se nubla el sentido de lo que celebramos, la comunidad nos lo recuerda; cuando se hace soso el canto, muda la Palabra, velado el recuerdo de Jesús, la comunidad que celebra conmigo me descorre los velos que pone la limitación y, animándome a la celebración, me socorre. Por eso mismo, decimos que el amparo de la comunidad resulta impagable, desde la mera presencia física hasta la presencia espiritual.

 

1. Belleza

 

  • Sacramento de la fe: Eso es el bautismo: fuente de la fe (“fuente bautismal de donde brota la fe”, dice el canto). Celebrar la fe celebrando el bautismo es quizá, por fontal, la manera primigenia de celebrar la fe. Como ya dijimos en el curso de sacramentos, la recuperación de nuestro “ignorado bautismo” es imprescindible. La liturgia nos puede ayudar: celebrar con el mayor sentido la liturgia bautismal de la vigilia pascual; rememorar el bautismo es la aspersión dominical en el TO; aprovechar la oportunidad, si la hubiere de celebrar algún bautismo en el monasterio; felicitar a alguna familia próxima en la que sepamos que se ha celebrado un bautismo, etc.).
  • Compromiso de fe: La confirmación es el sacramento de una fe comprometida, de una manera de entender los valores del reino implicada. Recuperar la confirmación habría de llevarnos a sentirnos parte activa de la Iglesia, dejando de lado rutinas, comodonerías, languideces. Recuperar el signo de la confirmación en la liturgia de Pentecostés; en la oración y felicitación a los confirmandos de la parroquia (si los hubiere); evaluar alguna vez el nivel real de testimonio cristiano del monasterio.
  • Misterio de fe: La celebración eucarística es la puerta que abre al misterio. La contemplativa habría de ser no tanto mujer que reza o mujer que está en clausura, sino persona atraída por el misterio., el misterio de Dios y el misterio de la comunidad. ¿Cuál es el misterio de Dios? El amor sin esperanzas (al “enemigo” decía Mt 5,43). Y ¿cuál es el misterio de la fraternidad? Eso mismo, vivir contento en un amor entregado. Apuntar a ese misterio, desearlo, entrar en él, todo eso nos lo puede ir dando la eucaristía, el signo del compartir total. La comunidad compartida, la Palabra ofrecida y el pan y el vino entregado son los signos vivos que abren al misterio del amor entregado.
  • Fe que se apiada: La celebración litúrgica del perdón puede vivirse como misterio de compasión. Es la piedad de Dios y la piedad fraterna que se apiadan del lado débil de la realidad. La liturgia penitencial demanda captar primeramente la compasión para motivar la penitencia. Sin anhelo de cambio real, sin compasión estremecida para con la hermana, la liturgia penitencial es mero rito (“deja la ofrenda y reconcíliate con tu hermano”: Mt 5,23). El signo sacramental del perdón es la ofrenda “retenida” y la palabra ofrecida, el gesto explícito de acercamiento, el intento de reparar algo, el bajarse de posiciones duras y mantenidas de poca fraternidad. De lo contrario, culto vacío.
  • El acompañamiento de la fe: La unción de los enfermos se entiende bien cuando se la ve como acompañamiento de amor. Si ese componente de una “unción de amor” (Jn 12,1-8) no entra en este sacramento, siempre se le mirará de reojo. Eso habrá de ir unido a una valoración más racional y benigna, menos histérica, del hecho de ir acabando la vida, de reconocer la llegada al final del camino. ¿Por qué tanta dificultad en los mismos monasterios? ¿Qué nos ha faltado en nuestra comprensión del hecho humano? Si tenemos la misma mirada que mucha gente, el signo de la unción se nos atravesará.
  • El servicio de la fe: El orden sacerdotal es el sacramento en que se hace signo para la Iglesia el servicio de la fe. El bautismo nos hace sacerdotes profetas y reyes. El orden ministerial consagra el servicio a la comunidad. Vivir este sacramento fuera del marco del servicio lo desnaturaliza. Por lo mismo, quienes no sois sacerdotes, aprecio al ministerio y relación colaboración con él, no de servidumbre ni de dominio por su parte. La relación del monasterio con los sacerdotes (capellán, párroco, confesores, profesores, curas amigos, etc.) ha de ser igualitaria y colaboradora, con un punto de afabilidad y de mutuo aprecio.
  • Misterio de amor: Eso es el matrimonio. Lo sabemos aunque no nos hayamos casado. Sin amor, el contrato matrimonial se reduce a una relación transacional. Por eso, por causa del amor, el signo del matrimonio (cristiano y otros) ha de ser apreciado por todos los creyentes. Al fin y al cabo, si de amor se trata, todos confluimos en el mismo punto.

 

 

 

2. Humildad

 

  • Interesarse por el propio bautismo: Pedir a la parroquia una fotocopia del propio bautismo, ignorado a veces. Enmarcarla sencillamente. Celebrar modesta pero espiritualmente el día de nuestro bautismo. Es una celebración de fe. Y para nosotros ese tipo de celebraciones tienen sentido.
  • Renovar el compromiso con la fraternidad y el trabajo litúrgico como compromiso que confirma la fe actual. El compromiso de la contemplativa tiene que ver con la comunidad y con la oración. Confirmar nuestra fe en esos dos ámbitos primordiales.
  • Interesadas por el misterio, interesadas por la profundidad: la contemplativa requiere un plus de profundidad porque la búsqueda del rostro de Jesús apunta a lo profundo, a “los ojos deseados” que reflejan el fondo de la fuente, como decían san Juan de la Cruz.
  • Encarar los conflictos con humanidad. Ese habría de ser el signo antropológico de quien celebra el signo litúrgico del perdón. Este sin aquel rondaría el vacío. La comunidad que perdona es signo del rostro mismo de Dios (Gen 33,11).
  • Contra viejos individualismos: Esa la actitud que demanda una mirada nueva sobre el signo de la unción. Darle una dimensión comunitaria es salvarlo y hacerlo útil de alguna manera para la construcción de la fe.
  • Ministerio de fraternidad: Así es el orden consagrado. Por eso, la fraternidad ha de presidir las relaciones con los sacerdotes. Son hermanos que colaboran a nuestro crecimiento cristiano. Lo que pase de ahí es cuestionable.
  • Aspirar a una vida en amor: A eso empuja en signo del matrimonio. Quitar del horizonte de la vida comunitaria esta aspiración es empobrecerla. Otra cosa es el trabajo que haya que hacer para que esto sea una realidad tocable.

 

 

3. Lo que dicen los expertos

 

         «Los sacramentos son la fuente de la fe, de ahí que se insista mucho hoy en esta meditación sacramental de la Iglesia porque, sin la fe en la Iglesia, la liturgia sacramental no sería más que un rito externo, una manifestación de imágenes edificantes. Es la fe de la Iglesia universal, de todo el cuerpo de Cristo, la que se expresa en los sacramentos, estableciendo una continuidad entre el misterio redentor y el sujeto que recibe los mismos» (J.J.FLORES).

 

 

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LA LITURGIA DE DIFUNTOS

 

Por contagio social, el tema de la muerte lo marginamos y no suele ser motivo de aprecio. Sin embargo, a nada que se piense, el morir no solamente es parte de la vida, sino que es momento importante, quizá tan importante como el nacer aunque en el polo opuesto. Hablar bien de la muerte de otros sería un paso. Hablar de la propia muerte otro más importante.

Hay que preguntarse por qué la histeria ante la muerte está igualmente viva en las comunidades. Parece que tendría que tener otro aire. De hecho, en parte, lo tiene. Paro hay que reconocer aún nuestras reacciones son muy histéricas, muy dramáticas, poco sosegadas y valorativas. La celebración litúrgica de difuntos podría colaborar a  ver el morir como parte de la vida y a hacerle un sitio en los modos más razonables que se pueda.

Desde ahí habríamos de valorar los actuales trabajos por humanizar la muerte: la muerte digna, los cuidados paliativos, el testamento vital, etc. tendrían que ir siendo asimilados cada vez mejor por nosotros. El mismo tema de la eutanasia, tan complicado, tendría que ir entrando con paz en nuestra reflexión. Quizá desde el lado social se nos brinde hoy una mejor comprensión del tema de la muerte y tal vez haya de influir en los modos celebrativos, en los textos litúrgicos que no vienen de esta época (¿contemplan, por ejemplo, los textos el hecho de la incineración? ¿Se adecúan los textos eucológicos de difuntos a este dato ya recurrente en la misma vida religiosa?).

Del mismo modo que socialmente se trabaja hoy desde muchos lados cómo humanizar la muerte, habría que desear que  la celebración litúrgica contribuyera algo a este fin. Para ello quizá haya que sacar a tales textos del único marco en que se los ha situado, en el más allá, y ponerlos en el más acá de nuestro caminar humano. Esto no menguaría la fe en la resurrección ni quitaría brillo al triunfo de Jesús sobre la muerte. Si se la entiende mejor a nivel humano, también se la comprenderá mejor a nivel cristiano.

Más aún, Jn 16,23 habla de una alegría inarrebatable: “nadie os quitará vuestra alegría”. Ni siquiera la misma muerte porque se podrá vivir este acontecimiento difícil en el gozo de una alegría honda basada en la promesa de Jesús. Por eso, la liturgia de difuntos habría de tener un punto de alegría sosegada, al menos en aquellas circunstancias en las que se más fácil detectarla (la vida comunitaria habría de ser propicia a tal modo de alegría en medio de la pena). No se trata de caer en el “mueren sin llorarse” que el refranero cuelga a la vida religiosa. En las lágrimas puede haber alegría de calidad, humana y creyente.

 

1. Belleza

 

  • De una liturgia de temor a una liturgia de esperanza: Ese habría de ser el camino a seguir. Para ello, habrá que escoger con cuidado los textos litúrgicos y, si fuera preciso, modificar alguna expresión que proviene de los “tiempos del temor” en que se escribieron tales textos ejemplo claro es la secuencia Dies irae suprimida por el Vat.II y que algunos aún mantienen; ¿qué decir del estribillo atribuido a san Juan de la Cruz “al atardecer de la vida…”? ¿examina Dios, o ama?
  • Centrada en el triunfo de Jesús: Esa es la correcta perspectiva litúrgica. Para el cristiano, la muerte es leída en la perspectiva del triunfo de Jesús. Ello no implica el olvido del hecho antropológico de morir, sino que se lee desde Jesús. En un momento en que se escucha con emoción el panegírico del difunto hay que insistir en la lectura creyente del morir. Quizá las valoraciones antropológicas, históricas, anecdóticas del difunto puedan tener lugar en otro momento de comunicación fraterna (no estaría mal una reflexión valorativa tras la muerte de la hermana). Por eso habrá que ser moderado a la hora de valorar la trayectoria de quien muere (¿tienen razón de ser esas largas necrológicas que se leen en los funerales de los frailes, no sabemos si de las monjas?).
  • La iluminación y el consuelo de la Palabra: Todos lo sabemos: el sentido de la muerte es inexplicable más allá del simple acabar la vida. Por eso, ofrecer explicaciones fáciles no deja de ser algo infantil. Pero los textos de la celebración pueden iluminar, sosegar, acompañar, alegrar, aunque no nos ofrezcan una explicación. Por eso la celebración litúrgica es tan necesaria en el momento del tránsito de una hermana no tanto de cara a quien ha muerto, sino en relación con quien celebra la vida que esconde en el sótano de la muerte. La liturgia de difuntos no ha de ser algo obligado con los difuntos, que también, sino algo necesario para los vivos.
  • Una liturgia austera y esperanzada: ambos elementos han de estar presentes. Una liturgia de difuntos suntuosa es una vanidad. Una liturgia que no haga respirar, que no anime a la vida, que no mantenga la tesis de que vivir con esperanza es la mejor manera de vivir es una liturgia cortocircuitada.
  • En el gran movimiento del cosmos salvado: La nueva física nos invita a situar nuestra muerte en ese gran movimiento del cosmos. Morir no es ir a un lugar donde, como solemos decir, nos encontraremos con nuestros seres queridos (ya lo dijo claramente Juan Pablo II en las catequesis de julio de 1999). Habrá que cambiar al paradigma: el cielo es la fuente del amor, allí se sitúa nuestra vida resucitada; es la verdad de lo que somos, la participación en la vida del cosmos, la hermosura del designio amoroso de de Dios. Estas nuevas metáforas demandan la confianza como requisito: lo decisivo es la confianza.

 

2. Humildad

 

  • Mantener el recuerdo hablando bien de nuestros difuntos: no cansarse de, cuando llegue el caso, hablar bien de las hermanas que nos han ido dejando. Y si hay que hablar de fallos, hacerlo con comprensión. Un difunto no puede defenderse; nosotros hemos de ser sus “defensores” hablando de ellos con la mayor ecuanimidad posible.
  • Escribir bien las notas necrológicas: No un puñadito de fechas y nada más. Tratar de poner por escrito sobre todo lo bueno de su vida (sin dorar la píldora) y lo menos bueno dicho con comprensión. Un necrologio fraterno no puede ser un mero libro de fechas. La fraternidad se extiende a ese terreno de más allá de vida física de los hermanos/as.
  • Cantos de amor en el duelo: Es una suerte que alguien diga en un poema, en un canto, el amor que se sentía por el difunto. Muchos de nosotros no tenemos vena poética. Pero podemos pedirla prestada (terminar la celebración litúrgica con el himno “Vete alma mía segura” de R. Grández con música de R. M. Riera en que se evocan las palabras finales de santa Clara es hermoso).

 

3. Lo que dicen los expertos

 

         «Nunca se insistirá bastante en el carácter gratuito, festivo y gozoso del culto cristiano. La liturgia es el tiempo privilegiado de la alabanza y de la gloria divina. La vida litúrgica brota de la celebración que actualiza plenamente el acto redentor de Cristo, la Pascua (J.J.FLORES).