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Retiro de Adviento 2021

 

Retiro de Adviento 2021

 

 

PROHIBIDO QUEJARSE

El Adviento como tiempo para

abandonar lamentos 

 

Hay una anécdota simpática en la vida del Papa Francisco que se hizo viral: un psicólogo, Salvo Noé, le regaló un cartel con el lema “Prohibido quejarse” (Vietato lamentarsi) y el Papa lo colocó en la puerta de su habitación de la residencia de santa Marta.

El coro de las lamentaciones es amplio en la sociedad y en la comunidad cristiana. Procede de un negativismo que ve todo negro. Todo va mal, la familia, la política, la juventud, la economía, la moral. Y un lento desgranar de quejas deja un regusto amargo en la boca e impide una vida medianamente disfrutante.

¿Puede uno irse alejando de ese coro? ¿Puede alguien que lo desee zafarse  de esos tentáculos que terminan por envolverlo todo? ¿Se puede escapar de esa melodía pegajosa y gris que quita el color a las cosas y a la vida? ¿Puede uno no sucumbir al peso atosigante de la ceniza gris, peor que la del volcán de La Palma, con la que cubren los lamentos los caminos de la vida?

El Adviento, siempre lo decimos, es tiempo de esperanza. Ésta se bloquea con el continuo lamentarse. Por eso, este tiempo puede ser bueno para percatarse de lo invasivos que son los lamentos y de que tenemos posibilidad de abandonarlos. Estos caminos sencillos de espiritualidad, pero bien concretos, pueden ser una ayuda para nosotros este año.

 

  1. 1.    Lamentos que remuerden

 

Hay un poema de José Luis Borges (Poesía completa, ed. Debolsillo, Madrid 2021, p. 457) titulado “El remordimiento”. Quizá pueda servirnos, por contraste, para enfocar la reflexión:

 

«He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.
Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida
no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.
Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
la sombra de haber sido un desdichado».

 

  • No he sido feliz: La infelicidad es la fuente de las quejas. Por eso mismo, cuanto más alto sea el nivel de dicha, más bajo será el de la queja. Dar con el nivel de dicha al que uno puede aspirar es el gran éxito de lo humano y de la fe (el éxito no es la salvación, sino la dicha. Por eso el programa de Jesús es un programa de dicha).
  • Los glaciares del olvido…despiadados: El olvido, al que sin duda estamos destinados, tampoco ha de ser motivo de queja. Lo malo no es que no se nos recuerde en el futuro, sino que el presente nos sea amargo.
  • Engendrados para el juego: para la alegría, para el buen humor, para el talante positivo y hemos negativizado la existencia donde predomina el color gris.
  • Entretejer naderías: poner a salvo sistemas de pensamiento y estilos de vida que no hablan del gozo y de la libertad, sino de las obligaciones y del sometimiento debido. Al final, ¿para qué ha servido todo eso?
  • No fui valiente: porque la valentía no consiste en defender el barco, sino en lanzarse al mar; no consiste de defender el castillo del sistema, sino en disfrutar de la primavera que llega.
  • La sombra de la desdicha: cada día que se tiene en la mano, se puede alejar esa sombra, puede uno zafarse de su influjo negativo. La posibilidad de la dicha que controla la queja la tenemos con cada amanecer.

 

  1. 2.    La luz de la Palabra: Sant 5,7-10

 

«Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. El labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra mientras recibe la lluvia temprana y tardía.

Tened paciencia también vosotros, manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca. No os quejéis, hermanos, unos de otros, para no ser condenados. Mirad que el Juez está ya a la puerta.

Tomad, hermanos, como ejemplo de sufrimiento y de paciencia, a los profetas, que hablaron en nombre del Señor».

 

  • La paciencia del labrador: proverbial, porque nada puede hacer para acelerar la llegada del fruto, sino las tareas rutinarias del cultivo. La lluvia viene cuando viene, no cuando es deseo suyo (sería la guerra). Una paciencia impuesta por las circunstancias que él tiene que admitir sí o sí.
  • No os quejéis, hermanos: las razones que da Santiago (la cercanía de la venida, la posible condena, el juicio de Dios) no son razones para nosotros, son las suyas, propias de los escritos neotestamentarios tardíos. Las razones quizá no nos parezcan interesantes, pero sí el mensaje: no os quejéis unos contra otros. La queja no es inocua; termina desatando el encono fraterno, y con él, la destrucción de la relación fraterna. Controlar la queja es poner un dique a la disolución fraterna.
  • La paciencia de los profetas que hablaron en nombre de Dios: hablar de Dios, catequizar, predicar, exponer la fe sin paciencia lleva a la distorsión e indica que más que exponer lo de Dios, expones lo tuyo. La queja es síntoma de la enfermedad del yo. Y desde ahí es imposible construir la espiritualidad cristiana y la fraternidad.

 

  1. 3.    Ahondamiento

 

a)    La queja, rostro de la increencia: Aparece muy claro en el libro del Éxodo: la continua queja contra Moisés era el rostro de la falta de fe en el Dios liberador ( «Se quejaban contra Moisés y Aarón, y decían:”¡Ojalá nos hubiéramos muerto en Egipto, o en este desierto! ¿Para qué nos trajo Dios a este territorio? ¿Sólo para que nos maten a todos?”»: Núm 14,2-3). Pensamos que la pérdida de la fe es la de quien ya no cree en dogmas. Pero la queja contra el hermano es un síntoma claro de que tu fe dogmática sirve para muy poco. La queja desautoriza tu pretendida fe.

b)    La queja como rechazo de la oferta de Jesús: Porque esa queja denota que no hay conexión, que no existe empatía, que  no ha entrado en el corazón nada de la propuesta de Jesús («Al ver los escribas de los fariseos que Él comía con pecadores y recaudadores de impuestos, se quejaban a sus discípulos: ¿Por qué Él come y bebe con recaudadores de impuestos y pecadores?» Mc 2,16). La queja y cobardía que no es capaz de encararse con Jesús. Saben que algo no va bien, que no hay sinceridad, que el corazón sigue cerrado.

c)     La queja como signo de fraternidad débil: San Pablo lo viene a decir a su amada comunidad de Filipos: no hay que perder energías en quejas y discusiones porque eso debilita a la comunidad: «Cualquier cosa que hagáis sea sin quejas  ni discusiones»: Filp 2,14. Una comunidad se desangra cuando se instalan en ellas las quejas continuas. Éstas se convierten en terreno abonado para las divisiones.

d)    La queja como signo de incomprensión social: Nuestra manera de situarnos en la sociedad cobra, a veces, el rostro de la queja. Nos quejamos de los políticos, de los jóvenes, de los inmigrantes, de los sanitarios, de la policía, de los jueces, de los barrenderos, etc. Los periódicos abundan en cartas al director en que los lectores se quejan de algo. Alguna vez hay cartas de agradecimiento o de felicitación. Estar en una queja continua contra la ciudad en la que vives indica que no estás inserto en ese marco social. Una ciudad de gente quejumbrosa es una ciudad de disgusto.

 

  1. 4.    Francisco de de Asís: un mitigador de quejas

 

Francisco no ha sido un ángel, sino un humano cordial y fraterno. Por eso la queja ha estado siempre cerca de su vida. Pero él ha tratado siempre de mitigarla y de no caer en sus traicioneras redes:

  • Ya en TC 19, cuando se habla de la demanda que interpuso su padre contra él ante el obispo Hugo II, se dice: «El obispo lo citó en la debida forma para que compareciera y respondiera a la querella del padre». Según el texto, responde a la queja entregándolo todo porque “tiene otro Padre”. Este descubrimiento le hace inmune al odio de su padre.
  • En 1 Cel 42 se habla de la primitiva vida de los frailes en Rivotorto: «No se oía una queja o murmuración alguna, sino que con ánimo alegre y espíritu gozoso no perdían la paciencia». Es un poco idílico (porque el mismo Francisco la perdió un poco con el labriego que quiso meter allí el burro). Pero la cosa es clara: en los inicios de la utopía franciscana, la queja queda fuera. Ahora también habría de quedar fuera.
  • Una de las quejas clásicas en las biografías de Franciso son las del sacerdote Silvestre al que les gustaba mucho el dinero. Éste; según 2 Cel 109, «Se quejó ante el hombre de Dios de que no le había satisfecho en lo que valían las piedras tiempo atrás vendidas». Eran unas piedras para reparar una iglesia. Cuando Bernardo vende sus bienes le entra a Silvestre la codicia (ya le habían pagado las piedras) y pide más dinero. Francisco coge un puñado grande de monedas y se las da. Silvestre recapacita y se convierte por la liberalidad que rehúye el litigio.
  • Cuando Francisco habla de cómo tratar al cuerpo, dice en 2 Cel 129: «Quítesele toda ocasión de queja, no sea que llegue a sentir fastidio de  velar y perseverar reverente en la oración». Hay que ser humano con el cuerpo para evitar queja inútiles. Un plan de oración inhumano no puede funcionar.
  • En LM 13,7 se narra el milagro de que, tras las llagas, baja del monte Francisco en un borriquillo y a él y al labriego que le guía les pilla la noche de invierno y tienen que refugiarse en una cueva.  Como hace frío, «Notando el santo varón que el hombre que le acompañaba se quejaba en voz baja y no cesaba de moverse de un lado para otro, aterido por el frío», le pone la mano llagada encima y desaparece el hielo. Un santo que está cerca de la necesidad de quien le ayuda. Escuchar las quejas, una manera de amar.
  • EP es un libro tendencioso y de cierta radicalidad. En el nº 52, el hermano León tiene una visión en que Cristo le dice por qué está disgustado con los hermanos: «Por tres cosas: porque no reconocen mis beneficios, que tan generosa y abundantemente les dispenso, pues, como bien sabes, no siembran ni recolectan; porque todo el día andan quejándose y ociosos y porque con frecuencia se provocan a ira mutuamente y no se reconcilian ni perdonan la injuria que reciben». La queja como causa de disgustos de Jesús porque siembra de sal la vida comunitaria.
  • En 1 Cel 119 hay un texto que suena sorprendente: habla de la gloria de san Francisco canonizado ya y con su santidad reconocida. Dice Celano: «Cesa ya, ¡bendito sea Dios!, toda queja, pues a diario y en todas partes se va viendo con nuevo regocijo que de él proviene copiosísima abundancia de santas virtudes». Se ve que las quejas de algunos hermanos sobre Francisco fueron al final el pan nuestro de cada día.

 

  1. 5.    El Papa Francisco y la queja

 

El Papa es un teólogo pastoral. No nos ha de extrañar que desarrolle un cierto pensamiento sobre la queja. Hagamos algunas anotaciones.

1)    «Los quejumbrosos no avanzan, no afrontan la vida. Deja ya de quejarte y actúa para mejorar tu vida y la de los demás». Perderse en las quejas es amargarse y amargar. Es, además, dejar las cosas sin solución ninguna. La queja entra en el ámbito de “las peores soluciones”. 

2)    «Los cristianos son misioneros de esperanza por eso no se dejan llevar por el desánimo o la queja». Hablar de esperanza y a la vez situarse en la queja es una contradicción. Por eso escasea la esperanza en nuestras comunidades, porque abunda la queja.

3)    «Los lamentos son como mecedoras; te tienen entretenido, pero no te llevan a ninguna parte». Efectivamente, después de un rato de quejas se siente uno más vacío que antes. Has pasado un rato quejándote, pero estás igual que antes, o con un poquito más de amargura dentro, más oscuridad.

4)    «A veces estos cristianos quejumbrosos tienen más cara de pepinillos en vinagre que de personas alegres que tienen una vida bella». Es una forma gráfica de decirlo. Si no se descubre todos los días la belleza de la vida, se termina con la cara y el corazón amargado, viviendo con palabras y actos en el menosprecio, en la falta de brillo vital.

 

  1. 6.    Quejarse o no quejarse

 

(De una entrevista a Salvo Noé)

 

¿Por qué recomienda dejar de quejarse?

 

Debido a que las quejas nos impiden encontrar una solución, nos hacen dispersar la energía, generan un estado de ánimo negativo e influencian las relaciones interpersonales.

 

¿Por qué nos quejamos?

 

Porque estamos acostumbrados a hacerlo, porque no estamos satisfechos con nuestra vida y porque es un mecanismo efectivo para manipular a los demás. Hay toda una cultura que apoya este hábito. Quizás nuestros padres también nos enseñaron a quejarnos, tal vez porque a menudo ellos lo hacían.

 

¿Todos se lamentan?

 

No, hay un porcentaje de personas que, a pesar de tener razones válidas, deciden enfrentar las dificultades desarrollando habilidades emocionales y técnicas y, por lo tanto, habilidades para resolver problemas.

 

¿Las personas notan que son presas de este hábito?

 

No todos, a veces es tan habitual hacerlo que uno no se da cuenta de la parálisis egocéntrica de la que uno es víctima. Incluso alguien puede decir: ‘¿Qué puedo hacer si yo soy así!’

 

Bueno, pero esto enferma de alguna manera ¿no? ¿Existe una relación entre quejarse siempre y daños al cerebro?

 

Investigaciones científicas recientes, realizadas en la Universidad de Stanford, han demostrado que escuchar o producir contenido de más de treinta minutos al día imbuido de «negatividad» daña el cerebro. En cambio, las personas que conscientemente eligen transformar las llamadas «crisis» en oportunidades son en realidad benefactores, verdaderos arquitectos de las redes neuronales que mejoran la funcionalidad del cerebro.

 

¿Siempre es malo quejarse?

 

Puede haber momentos de dificultad, de dolor, que pueden inducir a una persona a tener un tono descendente y también a sentir enojo: en ese caso no hablamos de quejarse, sino de una reacción a algo que nos ha lastimado. Podemos definirlo como un estallido momentáneo que siempre está dirigido hacia una solución.

 

El Papa nos invita a no mirarnos demasiado al espejo, sino a mirarnos dentro. ¿Cómo juegan el narcisismo y la vanidad contra la felicidad de la persona?

 

 

La verdadera belleza es la belleza interior, el narcisismo es un giro negativo y egoísta que conduce a la fealdad de las relaciones. Mirarse hacia adentro para ver que somos seres espirituales, que estamos haciendo una experiencia humana y Dios nos ayuda, si nos ponemos en la condición correcta.

 

  1. 7.    La queja en la vida fraterna

 

Todos experimentamos que, con frecuencia, la vida fraterna está amasada en quejas y sus adláteres (murmuración, negativización, crítica destructiva) ¿Cómo salir de ellos? ¿Cómo construir un muro de contención que impida que ese caudal negativo anegue la comunidad? Damos algunas pistas:

  • Vida bienhumorada: que no es andar todo el día contando chistes o en una carcajada. Es tratar de mirar las cosas desde su lado más satisfactorio y bello, agradecer el don sagrado de vivir y respirar y con él toda la pequeña hermosura de cada jornada. Lograr pasar días gozosos en medio de la normalidad e, incluso, cuando acecha la limitación. No perder la sonrisa. Cultivar la amabilidad.
  • Vida disfrutante: porque si no se disfruta de la vida sencilla, la queja aparece y se adueña de nuestro campo vital. Disfrutar de lo pequeño y cotidiano; dar a las cosas un toque de belleza y de “poesía”; considerar que el gran logro de la vida es conseguir nuestra cuota de dicha (“He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz”, dijo Borges).
  • Vida colaborativa: no encerrarse en lo propio, no sucumbir a “la enfermedad del yo”. Colaborar con sencillez, incluso en las cosas materiales más sencillas (lavado de la vajilla, limpieza, etc.). Saber que nadie es imprescindible, pero todos somos necesarios. Superar la barrera de “lo mío”  y animarse a colaborar en lo que no es mío (?).
  • Vida con detalles de aprecio: porque los detalles hablan, y si no se tienen, la relación enmudece. Superar la “vergüenza” de los detalles; pensar en los demás y hacer pequeños gestos de cara a ellos. Que no sean detalles rutinarios, para todos igual (colonia el día del santo), sino cosas personalizadas. Practicar el regalo sencillo de hermano a hermano, no de superior a hermano solamente.
  • Vida lo más clara posible ante el otro: como decía san Francisco llegar a no decir a espaldas del otro lo que no nos atreveríamos a decir si estuviera presente. Moderar las valoraciones y los calificativos que damos al hermano ausente con el que tenemos alguna dificultad. No enzarzarnos en discusiones estériles con quien sabemos que no va a cambiar. Tener cintura para torear situaciones encaradas de frente no llevan sino a la crispación.
  • Vida con sentido de pertenencia: que es algo más que con sentido de grupo solamente. Hago parte de un grupo al que me siento pertenecer. No es un grupo al que me enfrento, sino un grupo del que hago parte, un grupo familiar incluso. Y por lo tanto no voy al margen, sino a la par.

 

  1. 8.    Itinerario para Adviento

 

1)    Semana del 28 de noviembre al 4 de diciembre: semana del buen humor. Tratar de llegar al final del día sin caer en ningún enfado o palabra negativa.

2)    Semana del 5 al 11 de diciembre: semana del disfrute. Buscar elementos de disfrute, una conversación, cómprate un pensamiento (vale 1 euro) y ponlo en tu mesa. Es como una sonrisa de la naturaleza.

3)    Semana del 12 al 18 de diciembre: semana de la colaboración. Haz lo mejor posible los trabajos que te han encomendado y también alguno que no te hayan encomendado. Pregúntate al final del día: ¿qué he hecho hoy por mis hermanos/as que no me correspondía hacer?

4)    Semana del 18 al 24 de diciembre: semana de la celebración. Vive los momentos celebrativos de la comunidad con más conciencia, sentido y participación. Como quien se prepara a la celebración de la Navidad, inminente.

 

Conclusión

 

         Quizá pueda parecer demasiado cotidiano enfocar el Adviento desde el no quejarse. Pero son caminos que abren a la espiritualidad y a la esperanza, que eso es el tiempo de Adviento. Un corazón libre de quejas será un terreno más apto para que arraigue la hermosa semilla de la encarnación del Señor.

 

 

 

 

Compasión y servicio

COMPASIÓN Y SERVICIO

 

  1. 1.      Auge del vocablo compasión

 

La pertenencia del vocablo compasión al mero ámbito de lo religioso ha sido sobrepasada en la actualidad por el lenguaje político que habla de compasión de manera habitual: una política compasiva, que no deja a nadie atrás, que dice contemplar las situaciones de los frágiles sociales, que incluso parece verse afectada por las duras situaciones de los empobrecidos. Ante tanto sufrimiento humano, se recurre a la compasión.

Paul Gilbert en The Compassionate Mind sostiene que al juntarse en nuestro cerebro características propias de "mamíferos" y de "humanos", nos hemos dotado de facultades aparentemente incompatibles para el amor y la destrucción. Pues bien, da la impresión de que, en la actualidad, esos dos polos se van acercando cada vez más: la compasión y la ciudadanía, la compasión y la política, hasta la compasión y la economía.

Si esto fuera cierto, el valor de la compasión que se creía hacer parte de imaginarios débiles, como el religioso, pasa a situarse en imaginarios fuertes, activos, como la economía y la política. Hay quien, con razón, recela de estos cambios. Pero, a priori, el ensanchamiento del campo de la compasión lo creemos positivo. Creemos que la mejoría del uso lingüístico refleja una mejoría en la vivencia moral y ciudadana.

Por otra parte, los afanes compasivos brotan de la certeza de que los humanos nacemos no tanto con pecado original, sino con bendición original y con responsabilidades adquiridas. Efectivamente, venir a la aventura humana constituye directamente a la persona en contribuyente obligado a la mejora de ese camino, sobre todo allí donde la realidad es más frágil.

Y ello hasta el punto de que, como dice el filósofo Reyes Mate, la respuesta que damos al sufrimiento ajeno nos hace sujetos morales. Es decir: responder al sufrimiento del necesitado desvela nuestro nivel de humanidad, tanto a título personal como social. La compasión y el servicio que parecen no cotizar en el mercado son el termómetro de nuestras relaciones humanas verdaderas, de nuestro nivel de ciudadanía. El barullo de las redes no logra apagar la voz de fondo que habla del valor central de la compasión que sirve. La conclusión inicial es clara: no son los nuestros malos tiempos para elaborar una espiritualidad de la compasión que sirve.

 

  1. 2.       Una economía compasiva y servidora 

 

El ciudadano de hoy sabe muy bien que el quid de muchas cuestiones está en la economía. Y sabe también que la economía es depredadora, asesina (la economía que mata, dice el Papa Francisco). Al funcionar la economía por expectativas de ganancias, no le importa dejar tras de sí un reguero de destrucción y de muerte con tal de conseguir los objetivos propuestos.

Pero junto a esa economía asesina están brotando economías alternativas que hoy no tienen la voz cantante pero que, tenaces, alzan su palabra como camino posible de economía humanizadora, compasiva. Nos referimos, por no citar más que alguna, a economías como la del Bien Común de Ch. Felber.

Son economías que se ordenan creyendo que el activo económico más importante es la persona y que valorar a la persona es generar riqueza, a la vez que se frenan los grandes desajustes de la economía como, por ejemplo, la desigualdad. Su componente compasivo nada tiene que ver con el paternalismo y la limosna, sino con la dignidad y la fe en las posibilidades de vivir en humanidad.

Se desvela así uno de los rasgos decisivos del comportamiento económico de los humanos: poner conciencia al dinero, dotar de humanidad al descarnado mundo de las relaciones económicas. El compacto muro de quien dice que pretender mezclar economía y compasión es querer mezclar el aceite con el agua queda muy cuestionado no solamente por la voluntad de los humanistas, sino también por una cierta actividad económica real.

 

  1. 3.       Líderes compasivos y servidores

 

El liderazgo se ha ejercido en connivencia con la dureza de una economía dura y, a veces, depredadora. Pero los líderes carismáticos de éxito también son compasivos. El carisma por sí solo puede no ser suficiente, sin embargo, la compasión, la integridad, la honestidad y la fortaleza son cualidades que hacen diferente a un individuo y que propician caminos abiertos a una relación económica productiva y diversa a la vez entre humanos.

Como se demostró ya hace mucho con el ensayo de Robert K. Greenleaf The servant as leader, publicado por primera vez en 1970 “el líder servidor es el que sirve primero, porque comienza con el sentimiento natural de que uno quiere servir”. Un líder que sirve se centra principalmente en el crecimiento y el bienestar de las personas y las comunidades a las que pertenecen. Si bien el liderazgo convencional al que se le suponía hace unos años una acumulación de poder ha empezado a dar síntomas de cansancio y se ha ido modernizando. En cambio, el liderazgo de los servidores es diferente, porque en cuanto a la capacidad de ejercer ese poder, antepone primero las necesidades de los demás, ayudando a las personas a desarrollarse y realizarse lo más posible. En cierto sentido, está compartiendo una cuota importante de poder.

 

  1. 4.      Amor político

 

En la raíz de esta manera de pensar está la certeza del amor político. El amor político exige unas demandas elementales porque si no el bloqueo está asegurado y las posibilidades no solo de ponerlo en pie sino, simplemente, de hablar de él se esfuman. Tales demandas básicas son: el amor por lo público por encima del regocijo por lo privado que tanto reconforta el ego; la inquietud por el devenir humano y la preocupación por el futuro del mundo más que la inmediata y atosigante preocupación por “mi” futuro; la posposición del lucro personal como motor de la actividad humana, incluso el lucro de la institución, país, entidad a la que se pertenece. Demanda, en definitiva, sentirse bien en la piel de lo humano, lo que llevará a una mirada distinta sobre el hecho histórico.

El amor político no es algo que se consiga instantáneamente. Hace parte del largo proceso de humanización en el que las personas estamos dando nuestros pasos más iniciales. Eso quiere decir que el “paraíso” no es una realidad al inicio, sino al final del proceso. Todo trabajo de humanización contribuye al logro del amor político. Lo inscrito en los albores de la relación social ha de desarrollarse hasta el logro de una humanidad pensada y vivida en el marco del amor. Ese proceso demanda la recuperación de lo político sobre el dominio omnímodo de lo económico y la evidencia necesaria de que el político no es un dominador sino un servidor público que es lo que las urnas le han encomendado. Trabajar porque esto no resulte totalmente imposible es uno de los más hermosos empeños del vivir humano.

 

  1. 5.      Hablamos de generosidad

 

Toda esta reflexión tiene un componente transversal que no es otro que el de la generosidad. La economía de ganancias y la política mezquina detestan la generosidad porque la consideran una actitud limosnaria, paternalista, de débiles. Y tiene ese peligro. Pero sin generosidad, sin ese ir más allá de la legalidad en la oferta del bien, la vida humana se seca, se empobrece, se deshumaniza.

La economía de la generosidad (The gift economy) es aquella que pasa del “¿Qué puedo obtener de ti?”, al “¿en qué te puedo ayudar?” Esto empuja a definir quién es uno como persona, como organización o como negocio. Puede parece angelical, pero, como decimos, estas maneras distintas de enfocar la economía son posibles y, de hecho, son practicadas ya en todas partes del mundo. Esto no es solamente aplicable a la empresa propiamente dicha, sino que se puede llevar a cabo en la cotidianidad, enfocándose en generar un impacto pequeño y local.

 

  1. 6.      Un apunte de espiritualidad

 

Permitan que termine con apunte de espiritualidad cristiana. El evangelio de san Juan narra el lavado de los pies de Jesús (Jn 13). Al llegar Jesús a Pedro éste se opone a que Jesús le lave los pies y recibe una desconcertante respuesta de Jesús: “Si no te dejas lavar los pies, no tienes nada que ver conmigo”. ¿Qué importancia tiene eso de lavar los pies que si no se practica te aleja de Jesús? Es el servicio compasivo.

Eso quiere decir que la identidad cristiana, según los evangelios, no le viene al cristiano por su lado religioso (bautismo, oración, sacramentos, pertenencia a la Iglesia, etc.), sino por su lado servidor: sirves, eres seguidor de Jesús; no sirves, no lo eres.

Con esto afirmamos que el servicio compasivo da sentido a la misma espiritualidad y puede nutrirse de ella. Los creyentes tenemos aquí un ánimo y una orientación. Y los no creyentes pueden también beneficiarse de este aliento.

Dos reflexiones sobre la fraternidad en FT y tránsito de san Francisco 2021

DOS REFLEXIONES SOBRE

LA FRATERNIDAD EN FRATELLI TUTTI

Y CELEBRACIÓN DEL TRÁNSITO DE SAN FRANCISCO

 

 

 

 

 

 

 

 

1

LA FIGURA DE FRANCISCO DE ASÍS

EN LA FRATELLI TUTTI 

 

La figura de san Francisco de Asís está muy presente tanto en la Laudato Si’ como en la Fratelli tutti. Todos conocemos la predilección que el Papa Francisco tiene por el santo de Asís.

En la LS’ dibujaba a Francisco de Asís como ejemplo de ecología integral, persona con mirada distinta, alguien que ha entendido que todos somos familia, hombre que no domina, místico y peregrino, persona conectada con la esencia de lo humano, buen lector del libro de la creación, etc.

En la FT vuelve a aparecer la figura de Francisco en los cuatro primeros números del documento (además del título, como en LS’). Merece la pena releer estos números.

 

  1. «Fratelli tutti» [Adm 6,1], escribía san Francisco de Asís para dirigirse a todos los hermanos y las hermanas, y proponerles una forma de vida con sabor a Evangelio. De esos consejos quiero destacar uno donde invita a un amor que va más allá de las barreras de la geografía y del espacio. Allí declara feliz a quien ame al otro «tanto a su hermano cuando está lejos de él como cuando está junto a él» [Adm 25]. Con estas pocas y sencillas palabras expresó lo esencial de una fraternidad abierta, que permite reconocer, valorar y amar a cada persona más allá de la cercanía física, más allá del lugar del universo donde haya nacido o donde habite.

 

  • Un estilo de vida con sabor a evangelio: Ese es el estilo de vida franciscana. ¿Cómo sabemos que nuestra vida sabe a evangelio? Si hay una experiencia personal de Jesús y si hay gozo fraterno. La experiencia personal es básica: creer por propia experiencia ayudado de los hermanos y hermanas. No se trata de “tener fe” sino, sobre todo, de estar enamorado, de vivir con mística, de mantener la ilusión por un Jesús vivo y acompañante. Y luego, tener una experiencia de gozo compartido. La fe se ahoga en las amarguras. Necesita como el aire para respirar la alegría, el amor e, incluso, un cierto buen humor.
  • Un amor que va más allá de las barreras de la geografía y del espacio: Así es el amor de Francisco de Asís. Y se demuestra al ver que, tras  tantos años, nosotros seguimos recordándole y amándole. ¿Qué nos da para que le amemos? Un amor sin condiciones, sin juicio, sin apropiación. Un amor de hermano que no juzga, que no nos quita nada, que devuelve amor aunque no se le ame. Intentar no poner límites al amor, no poner condiciones ni precio. No querer sacar provecho exclusivo del amor. Ya lo dice el Cantar 8,7: “Quien quisiera comprar el amor con todos los bienes de su casa se haría despreciable”.
  • Una fraternidad abierta: La que no se queda en: de dónde es el otro, de dónde viene, qué caudal intelectual tiene, que características conforman su carácter. Una fraternidad que ha ensanchado los límites de su tienda hasta abrazar a todos, sobre todo a los frágiles (“Ensancha los límites de tu tienda”: Is 54,2). Fraternidad abierta de mente, de corazón, de casa, de mesa, de ideología. Una comunidad flexible, acogedora, disculpadora, perdonadora.

 

  1. Este santo del amor fraterno, de la sencillez y de la alegría, que me inspiró a escribir la encíclica Laudato si’, vuelve a motivarme para dedicar esta nueva encíclica a la fraternidad y a la amistad social. Porque san Francisco, que se sentía hermano del sol, del mar y del viento, se sabía todavía más unido a los que eran de su propia carne. Sembró paz por todas partes y caminó cerca de los pobres, de los abandonados, de los enfermos, de los descartados, de los últimos.

 

  • Santo que inspira: No por su sabiduría grande o por su ciencia eximia, sino por su amor fraterno, su sencillez y su alegría. Son los caminos de la mística franciscana. Otros grupos eclesiales tienen otros caminos. Los nuestros son esos: al alcance de todos, generadores de vida simple, siembra de bondad en el corazón. Una alegría que “nadie puede arrebatar” (Jn 16,22), más allá de las lágrimas e incluso aunque haya lágrimas. Al Papa le ha inspirado y a muchos de nosotros nos sigue inspirando sentido y gozo por la vida, fraternidad desde nuestras pobrezas evidentes.
  • Santo unido a los de su propia carne: Es hermosa la familiaridad que tiene Francisco con las criaturas. Pero es conmovedora la que tiene con las personas, sobre todo aquellas que sufren, aquellas que, por su pobreza, son como Jesucristo pobre. “Hablar mal de los pobres es hablar mal de Jesucristo”, decía. Uno que se conmueve y que se mueve por el otro, ese es Francisco.
  • Caminó con los descartados: Decía a sus frailes que “debían gozarse cuando conviven con personas de baja condición y despreciadas, con pobres y débiles y enfermos y leprosos y los mendigos de los caminos” (1 R 9,2). Gozarse, estar contentos con ellos, disfrutar con sus disfrutes y compartir sus lágrimas y anhelos. “No te olvides de los pobres” daba como consejo único la madre del franciscano Francisco Bustillo cuando le hicieron obispo de Córcega hace poco.

 

  1. Hay un episodio de su vida que nos muestra su corazón sin confines, capaz de ir más allá de las distancias de procedencia, nacionalidad, color o religión. Es su visita al Sultán Malik-el-Kamil, en Egipto, que significó para él un gran esfuerzo debido a su pobreza, a los pocos recursos que tenía, a la distancia y a las diferencias de idioma, cultura y religión. Este viaje, en aquel momento histórico marcado por las cruzadas, mostraba aún más la grandeza del amor tan amplio que quería vivir, deseoso de abrazar a todos. La fidelidad a su Señor era proporcional a su amor a los hermanos y a las hermanas. Sin desconocer las dificultades y peligros, san Francisco fue al encuentro del Sultán con la misma actitud que pedía a sus discípulos: que sin negar su identidad, cuando fueran «entre sarracenos y otros infieles […] no promuevan disputas ni controversias, sino que estén sometidos a toda humana criatura por Dios»[1R 16,3.6.]. En aquel contexto era un pedido extraordinario. Nos impresiona que ochocientos años atrás Francisco invitara a evitar toda forma de agresión o contienda y también a vivir un humilde y fraterno “sometimiento”, incluso ante quienes no compartían su fe.

 

  • La visita al Sultán: Pertenece esta historia a las antiguas leyendas franciscanas, no fácil de verificar en su historicidad. Pero lo que importa es su alma. Francisco viajo a Egipto para ir a las cruzadas desde la paz. El amor desarmado. Para hacernos una idea del tema de las cruzadas, tengamos en cuenta lo siguiente: el Papa Inocencio III en 1213, poco antes del viaje de Francisco a Siria que no llegó a culminar por los malos vientos, publica la bula Quia maior. En este documento se convoca a todos los fieles a “cargar la cruz y a seguir a Jesús…en la lucha”. Porque, dice, “cuando un rey es expulsado de su reino por los enemigos, al regresar, ha de condenar a quienes lo ocuparon”. El Papa amenaza con la pérdida de la salvación a todos aquellos que no se comprometan  “a prestar ayuda al Señor desterrado de Jerusalén” y nieguen sus servicios “al Redentor que se halla en tan graves circunstancias”. La bula contiene diversas disposiciones para implicar a los fieles en la campaña militar: se deben hacer procesiones mensuales por la liberación de Tierra Santa, los predicadores han de empujar a que los fieles recen por esta intención y hagan limosnas para sufragar la campaña. En las misas, los laicos deben postrarse y lamentar con el salmo que los paganos hayan entrado en la heredad del Señor. Quien no colabore, que no se tenga por católico. Francisco, sin embargo, parece desoír totalmente el llamamiento de las autoridades eclesiásticas a la cruzada. No vocea su desacuerdo, pero su actitud de presencia pacífica en el lugar del conflicto deja ver a las claras su desacuerdo y su opción por un camino dialogado, más allá de toda violencia. Es la técnica de san Francisco de “ceder sin ceder”: él acata la autoridad del Papa pero, con libertad, elige el camino de la paz, aunque no sea comprendido. Efectivamente, hay que preguntarse si las dificultades que tuvo san Francisco para que Roma le aprobase su regla no son una revancha contra su desafección por las cruzadas y su opción por el diálogo y no por la violencia.
  • Un amor que abraza a todos: Así es el de Francisco. Un amor que no es interesado ni selectivo, sino que abraza a todos, abrazando al hermano concreto. Que se interesa por todos poniendo todo interés en la persona concreta del hermano que tiene delante. Un amor donde entran todos porque van entrando, uno a uno, los hermanos de cerca. Amor universal en el amor local.
  • Fidelidad al Señor siendo fieles a los hermanos: Porque la fidelidad al Señor se evapora cuando no hay fidelidad a la comunidad. Pocas veces se nos ha hablado de la fidelidad a la comunidad que no es otra cosa que sumarse de corazón al proyecto comunitario para vivirlo y enriquecerlo. Pensamos que eso es poco, que hay que aspirar a ser fieles a Dios no saliéndose de la VR. No habría que salirse de la comunidad porque se puede vivir en ella estando “fuera”. Una fidelidad que nos adentre en el corazón de la comunidad, en su humilde proyecto de vida.
  • Un extraño “sometimiento”: El que se hace por amor, cosa que desactiva cualquier sentimiento de opresión. Viene de la ofrenda de la persona proyecto común de humanidad o de fe. No se trata de humillarse ni de hipotecar la libertad personal. Se trata de entregarse porque se ama al oro, porque se ama a la comunidad. Entonces uno se “somete” liberándose, desarrollándose, viviendo con creciente gozo.

 

  1. Él no hacía la guerra dialéctica imponiendo doctrinas, sino que comunicaba el amor de Dios. Había entendido que «Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios» (1 Jn 4,16). De ese modo fue un padre fecundo que despertó el sueño de una sociedad fraterna, porque sólo el hombre que acepta acercarse a otros seres en su movimiento propio, no para retenerlos en el suyo, sino para ayudarles a ser más ellos mismos, se hace realmente padre. En aquel mundo plagado de torreones de vigilancia y de murallas protectoras, las ciudades vivían guerras sangrientas entre familias poderosas, al mismo tiempo que crecían las zonas miserables de las periferias excluidas. Allí Francisco acogió la verdadera paz en su interior, se liberó de todo deseo de dominio sobre los demás, se hizo uno de los últimos y buscó vivir en armonía con todos. Él ha motivado estas páginas.

 

  • Dios es solo amor: Eso es lo que Francisco descubrió y quiso legar a la familia franciscana. Un amor sin matiz, sin límites impuestos por nuestra mentalidad humana. Un amor que, como decía el Hno Roger de Taizé, se hace visible en comunidades buenas de corazón y de vida simple. Apóstoles del Dios bueno y del amor a la vida, algo de esto habríamos de ser los seguidores de Francisco.
  • Despertar el sueño de una sociedad fraterna: Porque es un sueño que, a veces, se esconde, se esfuma, se ignora, se desoye. Los seguidores de Francisco habríamos de ser defensores de la posibilidad de una sociedad fraterna por encima de traiciones, heridas, desastres, por encima de cualquier inhumanidad. Creer que, a pesar de todo, podemos los humanos vivir como hermanos. Y eso se demuestra viviendo en nuestras comunidades un nivel de vida relacional bueno. Si nuestra relación es deficiente, hablar de fraternidad es hablar de música celestial.
  • Liberarse del deseo de dominio: Algo que llevamos inscrito en el genoma, en la última fibra de nuestro interior. Querer medrar a costal otro. Robar al otro el corazón, las opiniones, las maneras de ver las cosas, para dominarle, para hcaerlo nuestro. Camino errado que lleva a la destrucción del hermano y a la propia. Es preciso liberarse de ese veneno del dominio dejando que el otro sea lo que deba ser, caminando a su lado en respeto y colaboración, no aprovechándose jamás de sus debilidades.
  • Vivir en armonía: Lograr vivir en quietud, en interioridad, en el mayor sosiego posible, en el disfrute de lo pequeño, en vida compartida con todos y con todo. No se trata de vivir en la indiferencia y en el pasotismo. Es cuestión de ir integrando con paz nuestros valores y límites llegando a entender que la vida es un dos de amor. No es una manera tonta de vivir sino un modo de vida que cada día se profundiza y degusta.

 

2

LA VIDA SUBSISTE DONDE HAY FRATERNIDAD

(FT 87)

 

«Un ser humano está hecho de tal manera que no se realiza, no se desarrolla ni puede encontrar su plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás. Ni siquiera llega a reconocer a fondo su propia verdad si no es en el encuentro con los otros: sólo me comunico realmente conmigo mismo en la medida en que me comunico con el otro. Esto explica por qué nadie puede experimentar el valor de vivir sin rostros concretos a quienes amar. Aquí hay un secreto de la verdadera existencia humana, porque la vida subsiste donde hay vínculo, comunión, fraternidad; y es una vida más fuerte que la muerte cuando se construye sobre relaciones verdaderas y lazos de fidelidad. Por el contrario, no hay vida cuando pretendemos pertenecer sólo a nosotros mismos y vivir como islas: en estas actitudes prevalece la muerte».

 

         He aquí un texto luminoso. Todas y cada una de las frases es útil para generar espiritualidad en torno a la fraternidad. Necesitamos luz y ánimo más que grandes documentos. Aprovechemos esta oportunidad rumiando el presente texto.

         Es cierto que aquí se habla de la fraternidad humana, social. Pero el cimiento es común para toda fraternidad. Dar el salto a la fraternidad religiosa sin el cimiento de la antropológica y social es un riesgo. La primera evidencia de nuestra vida fraterna es que deseemos la vida en grupo. Quien tiene problemas para la vida en grupo no es para la fraternidad religiosa.

         No hemos de subrayar sobre todo lo que nos separa de otros tipos de fraternidad, sino lo que nos une. Hermanos en lo común, en lo humano, ese es el gran cimiento de la vida fraterna.

         Comentemos, una a una, cada una de sus frases porque todas son magníficas.

 

  • «Un ser humano está hecho de tal manera que no se realiza, no se desarrolla ni puede encontrar su plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás».

 

El ser humano encuentra su plenitud en la entrega, no en el individualismo. Porque hemos sido educados en ese individualismo (“el que viene atrás que arree”) creemos que eso debe estar presente si se quiere sobrevivir en la VR. Pero una comunidad egoísta tiene el horizonte muy limitado. El vigor fraterno de una comunidad no se mide por sus obras, su número o su reconocimiento social, sino por su entrega.

Esto pertenece a la hechura de lo humano. Lo que está a la base es la donación, por más que el egoísmo nos parezca una fuerza mayor (“por el interés te quiero, Andrés”). Hemos de creer en nuestra capacidad de entrega más que en nuestro egoísmo.

La entrega ha de ser sincera. Si encierra otras intenciones ocultas, si me entrego para sacar yo más partido, si me doy para hacerme un nombre y que me reconozcan, me den cargos, me aplaudan, es una entrega viciada. Pasar siempre factura es a la larga lo contrario de la fraternidad.

 

  • «Ni siquiera llega a reconocer a fondo su propia verdad si no es en el encuentro con los otros».

 

El encuentro con el otro es el lugar adecuado para conocerse a sí mismo. Por eso, quien se encierra en su egoísmo, se desconoce a sí mismo, ignora sus verdaderos valores, vive en la mayor desorientación que es la de no saber quien se es en verdad.

Los otros dicen con mayor propiedad que yo mismo quién soy. Por eso mismo, el encuentro con el otro nos abre a la propia verdad y si no hay encuentro permanecemos cerrados en nuestra ignorancia más básica.

Encontrarse con el otro no es solo convivir físicamente. Es necesario ir saltando la cerca que envuelve el corazón ajeno e ir abriendo la propia cerca. Desechar este anhelo por excesivo será empobrecer de salida el horizonte de la VR. Porque estamos hechos para el encuentro la VR quiere hacer ver que ese anhelo radical es posible. De ahí que la razón de ser más básica e incluso el primer apostolado, antes que toda misión. Es construir el encuentro. Si eso se da, hay sentido y posibilidad de evangelización; si no se da, se oscurece el sentido y la misión entra por derroteros religiosos y de funcionariado.

 

  • ·         «Sólo me comunico realmente conmigo mismo en la medida en que me comunico con el otro».

 

Si no hay comunicación con el otro mi conversación interior es un soliloquio que no me lleva a buen puerto y que se presta a muchas desviaciones. Hablando con el otro se sitúan las cosas en sus justas medidas. Por eso, el diálogo con el otro es imprescindible. El ideal no es el silencio ante el otro sino este mezclado a la comunicación.

Estar mudo ante el otro no puede ser sino una medida temporal, terapéutica. Lo normal es hablar ante el otro. Hasta la liturgia es un hablar con otro ante Dios (una liturgia en solitario no es liturgia)

Por eso mismo, el modo más sensato de hablar de uno mismo es cuando en esa apreciación entran las valoraciones del otro. De ahí que muchas veces las formas de hablar de uno mismo, al no ser formas que cuentan con lo que dicen los otros, son un desvarío egolátrico que el grupo soporta como una cruz.

Con frecuencia no se tiene la valentía fraterna de decir a la cara del hermano lo que se piensa de él y se va diciendo a sus espaldas. No es buen proceder. Ya dice san Francisco: «Dichoso el siervo que tanto ama y respeta s su hermano cuando está lejos de él que cuando está con él, y no dice a sus espaldas nada que no pueda decir con claridad delante de él».

 

  • ·         «Esto explica por qué nadie puede experimentar el valor de vivir sin rostros concretos a quienes amar».

 

Amar sin rostros concretos, sin nombres, en general es arriesgarse a no amar. Orar con nombres es una manera muy buena de orar. Dice san Pablo en Rom 1,9: “No se me cae vuestro nombre de la boca cuando rezo”. Una vida sin rostros a los que amar es una vida en gran pobreza.

El rostro es la persona. Por él distinguimos a cada cual. Por él sabemos si estamos en su corazón o no. Por el rostro y por el nombre. Jesús devela su ser resucitado en la manera que tiene de pronunciar los nombres con amor: “¡María!” (Jn 20,16). Dice P. Casaldáliga: “Al final del camino me dirán: —¿Has vivido? ¿Has amado? Y yo, sin decir nada, abriré el corazón lleno de nombres.”

Mirar el rosto del hermano, estudiar su rostro es acercarse a su corazón. ¿Cómo es que vivimos tantos años juntos y casi desconocemos el rostro del hermano, de la hermana? Lectura de rostros, eso tendría que ser un trabajo de fraternidad para nosotros. Al final, el rostro de Dios lo vemos en el rostro del otro (Gen 33,10).

Amar rostros es compartir la vida que se refleja en ellos: el dolo, la alegría, la pena, la sorpresa, el cansancio, la terquedad, la fidelidad, la luz. A veces apelamos al corazón de la persona como la sede de sus mejores valores. Se podría apelar al rostro porque si bien, a veces, engañamos con el rostro, a la larga, el rostro desvela el alma.

 

·       «Aquí hay un secreto de la verdadera existencia humana, porque la vida subsiste donde hay vínculo, comunión, fraternidad».

 

El sentido de la existencia humana se percibe, a veces, oscuro y secreto. Pues bien, la fraternidad ilumina esa oscuridad: hemos sido creados para ser hermanos y hermanas. De tal manera que siendo hermanos se ilumina la senda de la vida y de lo contrario se oscurece. La gran pregunta de siempre: ¿qué hacemos aquí? Se resuelve en esa respuesta sencilla: ser hermanos. Eso es lo que en verdad tiene sentido. Cuando en la vejez nos asalta la duda de si ha merecido la pena nuestra vida, una respuesta tranquilizadora sería: sí ha merecido la pena por haber podido tener hermanas y haber sido hermanas con ellas. Mientras haya fraternidad habrá sentido.

Los vínculos fraternos son vividos, a veces, como un peso. Pero si se vivieran gozosamente, los vínculos serían la evidencia de que la fraternidad funciona. De todos modos, si se anhela una vida sin vínculos, la fraternidad enmudece. De ahí que el gozo de ser hermanos y hermanas desplaza el precio que es preciso pagar a cualquier vínculo.

Además, que la vida es comunión es algo que se demuestra desde los tiempos ancestrales, desde la mandíbula de Dmanisi de hace más de 2 millones de años donde se demuestra que alguien ya hacía favores al débil, favores de comunidad (y eso que eran homínidos carroñeros). Por eso, y aunque Darwin dice que triunfa la especie que mejor se adapta, en realidad el triunfo está en quien más comunión crea. Cuanta más comunión, más vigor tiene la comunidad; cuanto menos comunión, más fragilidad.

 

·       «La vida es más fuerte que la muerte cuando se construye sobre relaciones verdaderas y lazos de fidelidad».

 

Dice el Cant 8,6 que el amor es más fuerte que la muerte. Eso mismo dice FT: si el cimiento de la vida es la fraternidad, la vida se hace fuerte más allá de la muerte y de las muertes que acompañan nuestra vida. La fortaleza no le viene a la comunidad por el mucho número, por la brillantez de sus miembros, por las grandes obras de misión que han llevado a cabo en su vida. No, le viene por la fraternidad. Ahí está la raíz de su fortaleza. Por eso, si se quiere fortalecer a la comunidad, lo que se haga por hacer fuerte la fraternidad irán en la buena dirección.

Ahora bien, las relaciones han de ser verdaderas. Porque también puede que haya relaciones falsas no tanto de engaño, cuanto de cansancio, apariencia, superficialidad, desinterés por el otro. Las relaciones verdaderas son las brotan de un amor experimentado, de un respeto cariñoso, de una colaboración generosa, etc. Son verdaderas porque están llenas de una vida verdadera, entregada.

Y luego está la fidelidad, no tanto a Dios, sino a los hermanos y hermanas. Esa fidelidad es la que Dios nos demanda y la que puede hacer verdadero el amor. No traicionar, no engañar, no tener dos caras, no hablar por detrás, no tener dos maneras de valorar a los hermanos y hermanas (una si está delante, otra si no lo está).. Fidelidad a la promesa de comunidad que se construye cada día trabajando la vida fraterna.

 

  • «No hay vida cuando pretendemos pertenecer sólo a nosotros mismos y vivir como islas: en estas actitudes prevalece la muerte».

 

La pertenencia sola a nosotros, el interés solo por mis cosas, el no haber pasado a la orilla de la comunidad (verdadero peligro de por vida), el viajar individualmente y no en el bus de la comunidad, es lo que agosta la vida, le quita sentido, le arrebata el gozo, la vuelve sosa. Mantener un conflicto prolongado entre yo y mi comunidad (mi Provincia, mi Congregación) no es buen síntoma. El plan de vida común, el proyecto comunitario, puede ser mi propio plan, me puede satisfacer. Al hacerlo mío, lo recreo.

Vivir como islas es andar el camino del empobrecimiento, de la desconexión. Estar mirándose siempre el ombligo es terminar miope y no ver la hermosura de los otros y la belleza de la vida. Ensimismarse es siempre un peligro a controlar. No somos islas, somos península conectada siempre al otro. Por ahí nos llega la savia, la vida.

Una comunidad tiene el peligro de estar muerta aunque sus miembros estén vivos. La muerte de la ilusión, del cariño, de la sensibilidad, del gozo compartido. Son caminos que nos llevan al cementerio, aunque aún no hayamos muerto. Luchar contra la muerte de la comunidad no es algo para otros, sino para cada uno de nosotros. La relación comunitaria es algo vivo; si no se lo cultiva, se agosta y se muere. Ojo.

 

Conclusión: no renunciemos a una vida en amor comunitario, no renunciemos a una relación jugosa; no renunciemos a una vida comunitaria pacífica y gozosa. Y desde ahí, trabajemos día a día por el logro hermoso de la construcción de la comunidad. Es empresa que no defrauda.

 

«BIENVENIDA SEA MI HERMANA LA MUERTE»

Celebración del tránsito de san Francisco

2021

 

  1. 0.    Ambientación:

 

(En una mesita, al pie del altar, una imagen de san Francisco, unas flores, el cirio pascual encendido y un frasquito de perfume)

 

(Una lectora: Como cada año nos reunimos en esta tarde del 3 de octubre para traer al corazón el recuerdo de la muerte de nuestro hermano Francisco. Lo hacemos de manera sencilla y entrañable. Queremos contemplar la actitud de quien acepta su muerte con paz y gozo. Solamente un corazón creyente como el suyo pudo dar la bienvenida a la hermana muerte. Aprendamos de Francisco su hondo amor a la vida y su serenidad ante la muerte).

 

  1. 1.    Canto de entrada (cantado o a dos coros)

 

La paz se ha derramado suavemente
desde Jesús sobre el llagado cuerpo;
Francisco dice adiós a sus hermanos,
los ángeles le salen al encuentro.

 

Todo está consumado. La fatiga
es ahora el cantar del gavillero;
la pobreza, la esposa engalanada,
heredera feliz del reino eterno.

 

Viene la muerte en ademán de hermana,
la recibe con cantos y con besos;
y a Cristo entona el salmo vespertino
con un coro de alondras sobre el lecho.

 

Se han abierto las puertas de la gloria,
se apresuran celestes mensajeros:
«¡Francisco, ven, hermano, con nosotros,
junto al Señor guardado está tu puesto!»

 

Llegó la noche plácida a la tierra,
mientras Francisco amaneció en el cielo;
era por fuera el muerto del Calvario,
era por dentro el que surgió en el Huerto.

 

¡Oh Padre, cuyo pecho es nuestro hogar,
hoy arriba Francisco del destierro;
a tu divino pecho llamaremos
cuando un día nosotros arribemos! Amén.

 

  1. 2.    Oración

 

Que la contemplación de la muerte de san Francisco nos aliente a seguir su camino con alegría y entrega. Que sean entre nosotros bienvenidas tanto la muerte como la vida para poder alabarte, en una y en otra, con gozo y paz. Te lo pedimos…

 

  1. 3.    Lectura de LP 100

 

(Una lectora: Vamos a leer un pasaje de la Leyenda de Perusa en que Francisco se enfrenta con apertura  y fe a la realidad de su muerte. Que su recuerdo sea alimento para nuestra espiritualidad franciscana).

 

         «En otra ocasión y por aquellos días, vino al mismo palacio para visitar al bienaventurado Francisco un conocido y amigo, médico de Arezzo, llamado Buen Juan. El Santo le preguntó sobre su enfermedad: «¿Qué opinas, hermano Juan, de mi hidropesía?» El bienaventurado Francisco no quería designar por su nombre a los que se llamaban Bueno, por respeto al Señor, que dijo: Nadie es bueno, sino sólo Dios (Lc 18,19). Asimismo, ni de palabra ni por escrito quería llamar a persona alguna «padre» o «maestro», por respeto al Señor, que dijo: A nadie deis en este mundo el nombre de padre, ni permitáis que os llamen maestros, etc. (Mt 23,1-10).

El médico le respondió: «Hermano, con la gracia de Dios te irá bien». No quería decirle que pronto iba a morir.

El bienaventurado Francisco insistió: «Hermano, dime la verdad; yo no soy un cobarde que teme a la muerte. El Señor, por su gracia y misericordia, me ha unido tan estrechamente a Él, que me siento tan feliz para vivir como para morir».

Entonces, el médico le dijo claramente: «Padre, según nuestros conocimientos médicos, tu mal es incurable, y morirás a fines de septiembre o el 4 de octubre». El bienaventurado Francisco, que yacía enfermo, extendió los brazos y levantó sus manos hacia el cielo con gran devoción y reverencia, y exclamó con gozo inmenso interior y exterior: «Bienvenida sea mi hermana la muerte» (LP 100)».

 

***

 

 

Escuchemos un breve comentario:

 

Es una escena cargada de honda humanidad. Un enfermo grave pregunta el médico que le diga su diagnóstico sobre su situación. El médico da una respuesta de compromiso (“Te irá bien”) e instado de nuevo a ser más exacto, pronostica la muerte, lo da por desahuciado. Francisco se autocalifica como alguien “que no es un cobarde que teme a la muerte”. Es alguien que afronta la realidad. Tiene la suficiente serenidad interior como para poder encajar un diagnóstico adverso. Se mezclan en él la paz y el temor, la capacidad de asumir su situación y el miedo a un final fatídico. Es el hombre que se enfrenta a la muerte con toda su compleja problemática.

         Y hay una segunda razón, la más importante además de la no cobardía, para poder encajar un diagnóstico adverso: su unión con Jesús es tan estrecha que “me siento tan feliz para vivir como para morir”. Ahí radica parte de su serenidad espiritual y psicológica. Un hombre que acepta su miedo desde su fe y desde su interior controlado.

                   Ante el diagnóstico negativo, la increíble reacción de Francisco: “Bienvenida sea la hermana muerte”. Hacer que la muerte entre en el coro de la fraternidad es, justamente, destruir su poder, desposeerla del aguijón con el que hiere la entraña de lo humano y amarga la vida.

 

***

 

  1. 4.    Breve exhortación

 

¿Cómo fue capaz Francisco de dar a la muerte la bienvenida? ¿Cómo es posible recibir a la muerte cantando? Solamente si se ha vivido en paz, en armonía, en conexión con lo profundo de la existencia.

         Francisco, a tenor de la LS’, lo ha logrado. Su muerte ha sido hermosa porque su vida ha sido hermosa. En él se cumple el adagio de que la muerte es reflejo de la vida.

         Que el hermano Francisco logre para nosotros no solamente una muerte hermosa, sino, sobre todo, una vida hermosa.

 

  1. 5.    Salmo 141 (a dos coros)

 

(Recitamos el mismo salmo que Francisco cantó la tarde de su muerte)

A voz en grito clamo al Señor,
a voz en grito suplico al Señor;
desahogo ante él mis afanes,
expongo ante él mi angustia,
mientras me va faltando el aliento.

 

Pero tú conoces mis senderos,
y que en el camino por donde avanzo
me han escondido una trampa.

 

Mira a la derecha, fíjate:
nadie me hace caso;
no tengo adónde huir,
nadie mira por mi vida.

 

A ti grito, Señor;
te digo: «Tú eres mi refugio
y mi lote en el país de la vida.»

 

Atiende a mis clamores,
que estoy agotado;
líbrame de mis perseguidores,
que son más fuertes que yo.

 

Sácame de la prisión,
y daré gracias a tu nombre:
me rodearán los justos
cuando me devuelvas tu favor.

 

Gloria al Padre…

 

  1. 6.    Signo Franciscano

 

(Otra lectora: Como Bernardo de Quintaval, el primer compañero de Francisco, nosotros también nos sentimos atraídos por el perfume de su vida. Por eso ahora, al poner un poco de perfume en nuestras manos lo estamos poniendo en realidad en nuestro corazón. Que Francisco siempre perfume nuestras vidas)

 

(Se pasa ante la imagen de Francisco y se pone un poco de perfume en las manos del frasquito que está en la mesa. Mientras tanto se canta)

 

PON TU PERFUME EN NUESTRAS MANOS

Y EN EL CORAZÓN.

1. Tú conoces, Señor, mi corazón,
tú conoces todos mis caminos.

2. El orgullo no reina sobre mí,
ni mis ojos son altaneros.

3. He guardado mi alma en la paz,
sin buscar honores ni grandezas.

4. En silencio la tengo sobre mí
como un niño en brazos de su madre.

5. Israel confía en el Señor,
él será tu fuerza para siempre.

 

  1. 7.    Oración final:

 

Señor Dios, que en el pobre y humilde Francisco de Asís has dado a tu Iglesia una imagen viva de Jesucristo, haz que nosotros, siguiendo su ejemplo, imitemos a tu Hijo y vivamos unidos a ti en el perfumado gozo del amor. Por nuestro Señor Jesucristo…

 

  1. 8.    Bendición:

 

  1. 9.    Canto Final

 

ROSAS DE SANGRE HAN FLORECIDO.
REVIVEN EN TU CUERPO LA PASIÓN,
FRANCISCO DE AMOR ESTÁS HERIDO,
LAS MANOS, LOS PIES Y EL CORAZÓN.

Sembrando la paz y el bien caminas,
y yo, sembrador, iré a tu lado.
En ti el Evangelio es carne viva,
y Cristo otra vez crucificado

 

 

Ejercicios 2021

CONTRA EL COLAPSO DE LA ILUSIÓN 

(Notas para una semana de retiro

con el profeta Ezequiel)

 

            Metidos aún en la pandemia, hay muchos que piensan que la ilusión hace tiempo que se marchó por el sumidero. La incertidumbre nos envuelve, la ilusión desaparece. Y sin embargo, vivir si ilusión es imposible. La vida sin ilusión se torna rutinaria, gris, sin alma. ¿No merecería la pena intentar reavivar el dinamismo de la ilusión? ¿No tendría sentido alimentar el fuego de la ilusión, aunque esté bajo las cenizas? ¿Puede contribuir una semana de retiro a cuidar la llama de la ilusión que aún brilla en la noche? Creemos que sí.

            Los documentos recientes de la Iglesia, aunque vengan de un Papa optimista como Francisco, casi nunca hablan de la ilusión y casi siempre se centran en la desilusión como un elemento de la cotidianeidad. Pero, al menos, hemos encontrado una excepción. Hay una frase del Papa Francisco en la homilía del 14-4-20 glosando el texto de Jn 20,11-18 donde, refiriéndose a María Magdalena, dice: «Una mujer débil pero fiel, fiel incluso frente a la tumba, frente al colapso de las ilusiones, se convirtió en “apóstol de los apóstoles”». María se planta al el colapso de las ilusiones que sufren los desalentados apóstoles y enarbola, de nuevo, la bandera de la ilusión.

            Frenar el colapso de la ilusión, tratar de evitarlo, permitir que las ilusiones sigan vivas y  continúen calentando el frío de corazón. He ahí un buen trabajo espiritual. ¿Cómo podremos colaborar a ello? Nosotros vamos a hacerlo sacando del arca de lo viejo, como “buenos escribas” que leen la Palabra (Mt 13,52), los antiguos oráculos del profeta Ezequiel. ¿Pueden unos textos tan remotos ser contribuyentes de la ilusión?

            ¿Quién le iba a decir a Ezequiel, “coplero de amoríos” al que nadie hace caso (33,32) que con el correr de los siglos nos íbamos a fijar en él? Y precisamente para recuperar la ilusión, él que se sintió tan decepcionado. Ezequiel es como las naranjas, de cáscara amarga y rugosa, pero de interior dulce y sabroso. Llegó a la convicción de que con Israel, de dura cerviz y de corazón de piedra, no había nada que hacer: fueron infieles a la Alianza, lo son ahora y lo serán por siempre. Es un decepcionado total con los de su pueblo.

            Pero en el exilio de Babilonia, el levita estricto y riguroso, se volvió más blando, se tornó acompañante. Supo que había sido elegido no para un culto solemne, no para un cumplimiento exquisito de la normativa religiosa, sino para acompañar y amparar a aquella reata de humillados que fue al exilio con su rey Sedecías a la cabeza, desnudo, con un cadena al cuello y con los ojos sacados (2 Re 25,7). Descubrió en el desamparo su segunda vocación: ser profeta de ánimo e ilusión para un pueblo derrotado.

            Por eso lo tomamos ahora nosotros: no estamos tan desamparados como los desterrados de Babilonia pero, al desamparo natural de la persona, hemos tenido que sumar el de una dura pandemia. A la dificultad innata que conlleva vivir la fe, hemos tenido que sumar la situación de una Iglesia muy herida. A la dificultad de vivir en sociedad, hemos tenido que sumar un neoliberalismo que nos atenaza. Quizá por todo eso, los viejos oráculos del profeta Ezequiel pueden darnos hoy alguna luz y generar esa ilusión de la que siempre estamos necesitados, ahora más que nunca.

            El silencio, la celebración, la fraternidad que somos al vivir en grupo estos ejercicios pueden venir en nuestra ayuda para que la siembra de la palabra pueda ser siembra de ilusión.

 

1

LA ILUSIÓN DE UNA MIRADA NUEVA

 

Aunque parezca que no, mucho en la vida depende de la manera de mirar. Mirar es una forma privilegiada de expresión. La mirada trasluce el interior. Por la manera de mirar o ser mirados se deduce la orientación de la acción. De ahí que alimentar la ilusión de mirar en modos de novedad sea algo con futuro.

Nuestra manera de mirar varía con las circunstancias y con la edad: de niños la mirada suele ser, en general, limpia y brillante, sin trasfondos de engaño y sin maldad. Mirada inocente. Con el paso del tiempo, la mirada del adolescente y del joven se vuelve más turbia como su edad, y la presencia de la maldad se percibe ya presente, aunque queda mucho de la mirada generosa y entregada del principio. De adultos se tiene una mirada más cauta, más medidora, más capaz de valorar lo bueno y lo no tan bueno, mirada capaz de hermosear la vida o de destruirla. Y de muy adultos la mirada puede mantener el brillo i el anhelo, pero, con frecuencia, se ve amenazada por el cansancio, el desinterés y el reflejo de una amargura inevitable.

¿De qué hablamos cuando decimos “mirada nueva”? El Papa Francisco habla en la Fratelli tutti de esa manera nueva de mirar (el tema de la mirada está muy presente en todos los documentos del papa), dice que hablamos de: «una mirada cuyo horizonte esté transformado por la caridad, que le lleva a percibir la dignidad del otro, los pobres son descubiertos y valorados en su inmensa dignidad, respetados en su estilo propio y en su cultura, y por lo tanto verdaderamente integrados en la sociedad» (187). De modo que el tema de la mirada no es algo superficial, un adorno. Es una perspectiva de vida, por eso es tan importante, porque tiene que ver con el profundo tema de la dignidad, el cimiento de la fraternidad.

Para todo ello sería preciso conjurar la tentación de mirar sin ilusión: ya lo he visto todo, nada me extraña, no me interesa, ya no entiendo a este mundo, me siento al margen, las cosas me resbalan, etc. Son expresiones que, a veces, decimos y que piden a gritos un cambio. Como luego diremos, la ilusión puede ser una variable de vida que se puede mantener hasta el último tramo de la vida, hasta que el cuerpo, la cabeza y el corazón aguanten. Vivir sin ilusión es como estar muerto antes de tiempo. Por el contrario, mantener viva la ilusión, seguir atado al carro de la vida, es caminar hacia horizontes que den sentido a cada uno de nuestros pasos.

Si queremos vivir con sentido, nos es necesaria una dosis de ilusión diaria; si queremos vivir la fe con sentido, no podremos hacerlo sin renovar cada día la ilusión, el enamoramiento, por Jesús. Solo así podremos mantener a raya el avasallador empuje de la rutina, del desencanto y de una cierta amargura. Por eso nos es tan necesario alimentar la ilusión. Y la mirada nueva, los ojos que aún brillan, son necesarios para que el fuego de la ilusión no merme y se mantenga avivado por encima de las circunstancias.

 

  1. 1.      Meditación de la Palabra: Ez 3,4-11

 

4Me dijo: «Hijo de hombre, anda, vete a la casa de Israel y diles mis palabras, 5pues no se te envía a un pueblo de idioma extraño y de lengua extranjera, sino a la casa de Israel; 6ni a muchos pueblos de idioma extraño y de lengua extranjera que no comprendes. Por cierto que, si a estos te enviara, te escucharían. 7En cambio, la casa de Israel no querrá escucharte, porque no quieren escucharme a mí. Pues todos los de la casa de Israel son de dura cerviz y corazón obstinado. 8Mira, hago tu rostro tan duro como el de ellos, y tu cabeza terca como la de ellos; 9como el diamante, más dura que el pedernal hago tu cabeza. No les tengas miedo ni te espantes de ellos, aunque sean un pueblo rebelde». 10Y añadió: «Hijo de hombre, todas las palabras que yo te diga, recíbelas en tu corazón y escúchalas atentamente. 11Anda, vete a los deportados, a tus compatriotas; les hablarás y les dirás: “Esto dice el Señor”, te escuchen o no te escuchen».

 

  • El pasaje se inscribe en lo que normalmente se titula “la misión de profeta”. Ezequiel tenía claro que su misión era lograr que se cumplieran las normas de la alianza. Por eso, si le hubiesen dicho que su misión era despertar la ilusión, devolver un nuevo brillo a los ojos, hacer brotar otra mirada sobre la realidad, quizá hubiera considerado todo eso como pamplinas. Pero ¿cómo lograr una vivencia espiritual y aun normativa de la fe sin ilusión, con la mirada cansada, con el desaliento instalado en el disco duro? Imposible. Profeta de ilusión, de mirada nueva, de anhelo renovado. Eso es imprescindible.
  • Esos que Ezequiel censura tan duramente, siguen siendo “casa de Israel” y no tienen una lengua extranjera que impida comprender un mensaje de novedad e ilusión. No hay que desencantarse y negativizar a los compañeros de fe y de camino, a los hermanos/as, porque conozcamos sus fallos. Hay que rechazar el “no hay nada que hacer” porque entonces la ilusión de aleja a marchas forzadas y ver la realidad con mirada renovada se torna imposible.
  • Se es enviado a quien “no quiere escuchar”, a quien no quiere ser animado, a quien no le interesa ninguna clase de novedad. ¿Cómo superar el desaliento que produce la falta de sintonía con quien se ha instalado ya en el desaliento? ¿Cómo ilusionar a quien abomina de la ilusión? ¿Cómo poner luz en la mirada de quienes llevan la oscuridad de sus gafas negras en la mirada? Nunca se ha dicho que las tareas proféticas, las tareas de la fe vayan a ser fáciles. Ser seguidor de Jesús es un trabajo bien difícil que, a veces, se construye penosamente.
  • La “dura cerviz y el corazón obstinado” son metáfora del desaliento anquilosado, institucional, metido hasta el fondo del alma. Parece que no hay quien pueda con él. Hablar de ilusión en ese escenario es darse contra un muro. Pretender una mirada nueva es pretender lo imposible. Al límite, ese es el terreno en el que hay que intentar alumbrar el fuego de la mirada nuevo, la llama de la posibilidad a la mano, el proyecto que llega cuando todo parece terminar.
  • Se necesita “un rostro duro y una cabeza terca”. Más que una terquedad una resiliencia: tratar de darle la vuelta a los conflictos para convertirlos en posibilidades, transformar las fuerzas negativas que aplatanan en pequeños empujones hacia lo nuevo, intentar salir airoso de situaciones que parecía que llevaban al desastre. La dureza y la terquedad a priori no son las mejores herramientas. La profecía del exilio (incluso Ezequiel) terminará optando por caminos que toquen más el corazón (“no temas gusanito de Jacob, oruga de Israel”: Is 41,14, diminutivos afectivos).
  • “Como el diamante” que corta y el “pedernal” que echa chispas. El corte por lo sano y los fuegos devoradores no son los mejores consejeros para general ilusión. Quizá el brillo cautivador del diamante y el fuego compañero que alumbra el pedernal ayuden más. La ilusión brota cuando la luz es acompañante, cuando se ayuda a dar sentido a los pasos titubeantes. “Luz sobre el celemín”, diría Jesús (Lc 11,33), no incendio en el cañaveral.
  • Para genera ilusión que propicie la mirada nueva hay que desechar “el miedo y el espanto”, las aprensiones,  los prejuicios instalados, las heridas que aún se lamen, las defecciones que han derrumbado lo construido con ilusión. Todo eso son obstáculos que se entretejen para impedir que la ingenua ilusión se abra camino.
  • Y es necesario también “recibir en el corazón la Palabra”, discernir a su luz, ponerla como referente que ilumine y empuje, dejarse “amenazar” por la Palabra, sabiendo que muchas veces es una Palabra nueva, no la que se´, la que llevo preparada, la que a la fuerza me han de escuchar. Recibir la Palara es la vez recibir la novedad, la ilusión que no muere, la pequeña novedad que asoma. Si se va con el discurso ya preparado, quizá no asome la pizca de novedad que puede dar un rumbo nuevo a las cosas.
  • La misión es a los “deportados”, a los que van a tener que abandonar el terreno conocido de lo sacral, de lo religioso, a la secularidad, a la laicidad. ¿Cómo ilusionar a quien respira poco por el cauce religioso? ¿En qué escenarios comunes habrá que situarse? Ezequiel irá también al destierro y el destierro le cambiará, le convertirá, porque las cosas se miran de distinta manera si te sitúas en el destierro, en la laicidad, que si te sitúas en terreno conocido, la religiosidad.
  • La siembra de ilusión para una mirada es siembra de cosecha a largo plazo. Por ello habrá que sembrar “te escuche o no te escuchen”. Si escuchan, mejor; si no escuchan, paciencia histórica. Pero no habrá escucha ni cosecha de ilusión y de mirada nueva si quien hace la propuesta es un desalentado. Ezequiel tendrá que aprender a ser animoso y animador superando so hundo desaliento.

 

  1. 2.      Ahondamiento

 

-          Tiene que ver con el tema de la dignidad: porque mirar con mirada nueva demanda apuntar a valores de fondo. Y el valor que se halla en el fondo de todo es el de la dignidad. De ahí que desear la hermosura de una mirada nueva sin querer hincarle el diente al tema de la dignidad es imposible. Y hay que tener en cuenta que las cuestiones de la dignidad se resuelven, muchas de ellas, en el kilómetro cuadrado donde uno vive, no solo en los ámbitos más universales. La inquietud por la dignidad ha de ser un acompañante del caminar humano y del creyente.

-          Escenarios comunes: la mirada nueva apunta a escenarios comunes porque no se quiere mirar solamente el hecho religioso de modo nuevo sino el conjunto del hecho social. El Papa se sitúa en esos escenarios comunes cuando toma como tema de sus encíclicas la ecología y el amor social. Esos terrenos son propicios para ejercitar la mirada nueva. No sentirse concernidos es arriesgarse a tener la mirada perdida, como quien no encuentra caminos.

-          Benignidad crítica: quizá esta sea una buena herramienta para mirar de manera nueva al hecho social del que hacemos parte. En primer lugar, ser benignos, comprensivos, fraternos, amparadores. ¿Cómo se va a mirar bien desde la distancia, la condena, el desamor? Hasta el rígido Ezequiel tuvo que aprender la benignidad. Muchos de los grandes “convertidos” (H. Cámara, O. Romero, L. Proaño, A. Lona, S. Agrelo)  lo han sido cuando han mirado con benignidad sus entornos heridos.  Y, además, sentido crítico para saber enjuiciar desde la justicia las situaciones de injusticia y mantenerse firmes  en la defensa de los derechos humanos.

-          Flexibilidad cívica: una mirada nueva será imposible desde la rigidez cívica, desde la perspectiva de quien piensa de que la sociedad solamente se construye con los ciudadanos “decentes” (entre los que se incluye, claro) y no con los inservibles, marginados, distintos, irresponsables, egoístas, etc. Ellos hacen parte de la sociedad con sus pros y sus indudables fallos (como nosotros) Por eso, habrá que mirar con equilibrio la diversidad, la diferencia, las sensibilidades que no coinciden e, incluso, las desafecciones a la sociedad. La rigidez es enemiga de una mirada nueva.

-          Mirar y dejarse mirar: ya que la mirada nueva va desde nuestro lado a la sociedad y desde la sociedad a nuestro lado. Dejarse mirar demanda un dosis notable de aceptación porque la mirada del otro sobre nosotros puede que no sea la que más nos guste. En cualquier caso, habrá que ver si es realmente una mirada justa. Y, si lo es, será preciso se esencialmente humilde para aceptar las consecuencias.

-          Recuperar la amabilidad: es algo que propone Fratelli tutti 222ss. Dice el Papa que una persona amable es “una estrella en medio de la oscuridad”. Quizá sea mucho decir, pero es cierto. La amabilidad ilumina los escenarios vitales y hace más factible la posibilidad de una relación nueva. La hosquedad de palabras y gestos deriva de una mirada así mismo hosca. Dice ese texto que la amabilidad “es una liberación de la crueldad que a veces penetra las relaciones humanas, de la ansiedad que no nos deja pensar en los demás, de la urgencia distraída que ignora que los otros también tienen derecho a ser felices”. Una mirada amable es hermana de una mirada ilusionada.

 

  1. 3.      Miradas nuevas

 

  • Mirar con agradecimiento las actuaciones de quienes luchan por una mejor salud social: (sanitarios, políticos honestos, acompañantes a colectivos con dificultades, voluntarios de nombre ignorado, resistentes en las trincheras de los grandes sufrimientos, etc.). para ello habrá que superar la negatividad y desconfianza que se contagia a través de las conversaciones y de las redes. Raramente se les expresa agradecimiento, aunque se valoran sus comportamientos. Una mirada agradecida habría de llevar a una palabra agradecida.
  • Mirar con sintonía a los cristianos que viven su fe en lo secreto: (orantes fieles, contemplativos vivos, buscadores de caminos nuevos en la fe, espirituales en terrenos no hollados, grupos sencillos en marcos no oficiales, tenaces enamorados de Jesús prueba de decepciones, etc.). Esta manera de mirar habría de llevarnos a tener por menos interesantes los caminos que se quieren relevantes, del escaparate, y valorar más los significativos, lo bien hecho aunque no sea publicitado.
  • Mirar como compañeras a las comunidades religiosas que caminan a nuestro paso: (comunidades presentes en barrios, comunidades de puertas abiertas, comunidades generosas más allá de su pobreza, comunidades que ofrecen espiritualidad, comunidades que viven su pobreza con ánimo, etc.). No menospreciar estas comunidades porque se vayan “apagando”, porque ya no pueden exhibir un gran número de vocaciones. Mirar sus humildes y tenaces contribuciones al bien social y a la ida cristiana sencilla.
  • Mirar con admiración a quienes creen en la fuerza de las alternativas sociales: (a quienes viven en el decrecimiento, a quienes asientan su vida sobre una sobriedad feliz, a quienes creen en la economía del bien común, a quienes trabajan por otros modos de reparto del beneficio social, a quienes hacen de la inclusión del frágil una tarea a la que no renuncian, etc.). Acoger con agradecimiento su profecía social, aunque no partan de principios cristianos explícitos. Colaborar en sus propuesta como quien sabe que deja lugar en su vida a la profecía.
  • Mirar con simpatía a quienes hacen de las pobrezas un lugar de encuentro: (a quienes trabajan calladamente con los pobres, a quienes disfrutan con los pobres, a quienes hacen suyos los dolores de otros, a quienes mantienen la serenidad en medio de las catástrofes humanitarias, a quienes deciden permanecer en los infiernos, a quienes siguen cantando a pesar de la oscuridad, etc.). Mirar a los que no huyen de las pobrezas, a quienes no las estigmatizan, a quienes mantienen con claridad la certeza de que la inclusión es el camino hacia una sociedad decente, humana.
  • Mirar con ternura a la madre tierra: (con sus grandes disfrutes, con sus estremecimientos y convulsiones, con los universos incomprensibles, como sus maravillas diminutas, con su generosidad sin cálculo, con sus exigencias aún no pagadas, con su empuje del principio y con su abrazo del final, etc.). Mirar para amar esta tierra, para aprender la conversión ecológica, para percibir que no solamente estamos en la tierra, sino que también somos tierra.   

 

  1. 4.      Para orar

 

  • “Jesús se le quedó mirando y le mostró su amor”.

 

Una mirada con amor, esa es la de Jesús. Quizá por eso atraía tanto, porque miraba con amor y porque pronunciaba los nombres con amor (Jn 20,16).

 

  • Razón poética:

 

Si nadie, nunca,
nos hubiera tocado,
seríamos paralíticos.

 

Si nadie, nunca,
nos hubiera hablado,
seríamos mudos.

 

Si nadie, nunca,
nos hubiera sonreído-y mirado-
seríamos ciegos.

 

Si nadie, nunca,
nos hubiera amado,
no seríamos nadie.


Paul Beaudiquey

 

 

2

LA ILUSIÓN DE LIBRARSE

DE LA TIRANÍA DEL NÚMERO

 

            Podemos decir que la ciudadanía de hoy vive bajo la tiranía del número: si son muchos quienes acuden a una convocatoria, si son muchos los que compran un libro, si son muchos los que dice “me gusta” en el twiter, si son muchos “mis seguidores”, si son muchos los que conforman una agrupación, la cosa pinta bien. Si son pocos, el asunto se derrumba como un castillo de naipes. Ser pocos es el descrédito de cualquier pretensión.

            Por eso, la palabra talismán es “crecer”. Si se crece, la cosa va bien. Si no se crece, la empresa, la Iglesia, la Congregación, el proyecto, las vocaciones, etc., van mal. De ahí que se pongan en marcha todas las estrategias inimaginables para crecer y nos llenemos de frustración si comprobamos que crecemos. Hacer propaganda de decrecimiento es, para muchos, un camino que no lleva a ninguna parte.

            Es que el número es fuerza y, en definitiva, poder. Sin número no se puede influir, decidir, ordenar, imponerse. Con el número repleto la posibilidad de liderar, influir, orientar algo hacia el propio beneficio es enorme. Vivir sin poder es algo difícilmente imaginable porque en el componente del poder está amasada la masa humana y la masa social. Querer vivir siendo último, sirviendo, estando a disposición del otro sin pretender beneficios es, para muchos, una ingenuidad mayúscula (es, por cierto, la ingenuidad de Jesús: Mc 9,35).

            Pero ahora resulta que, en muchas cosas relativas a la religión, el número falla: pocas vocaciones, asistencia baja a las celebraciones, descenso en las encuestas de quienes dicen creer en Dios, aumento de bodas civiles-niños sin bautizar y sin comulgar-despedidas sin funerales-disolución de grupos de fe que en otras épocas fueron numerosos, etc. Aunque esto es así, miramos para otro lado creyendo que esto no está pasando y nos consolamos con las grandes celebraciones en espacios públicos que muestran la confluencia de muchos que luego resultan ser pocos.

            ¿Y si nos animáramos a entender estos momentos como un tiempo estupendo para liberarnos de esa tiranía del número y vivir el enamoramiento de Jesús sin que sea óbice el número escaso? ¿Es que hemos de arrugar el ceño cuando vemos que somos pocos y sencillos en torno a la espiritualidad cristiana?

            Resulta que los profetas elaboraron una teoría espiritual cercana a esto: el resto de Israel. Ezequiel habla de ello a su manera. Creyeron que creer en Dios desde el resto tenía sentido, más allá cualquier derrota. En el fondo, parecía concitar mejores garantías de ser una fe de calidad.

            Fomentar la posibilidad, la ilusión de no tener que depender del número puede ser una bocanada de aire fresco en la manera de vivir hoy la fe. Puede ser que eso disipe muchas de las brumas que, a veces, hacen gris nuestra manera de ser creyentes. Puede incluso que, situándose en ese terreno de la sencillez, de la minoridad, se abran pequeñas puertas de novedad, sendas sencillas que antes no pensábamos ni que existieran, posibilidades de conectar con situaciones de vida que están ahí, pero que antes ni las veíamos.

 

  1. 1.      Meditación de la Palabra: Ez 6,8-10

 

8                     «Con todo, dejaré entre las naciones un resto de los que escapen a la espada cuando os disperse entre las naciones. 9Los que sobrevivan se acordarán de mí en las naciones adonde serán llevados cautivos. Quebrantaré su corazón adúltero que se apartó de mí, y sus ojos adúlteros, que se volvieron a sus ídolos, y tendrán horror de sí mismos por las maldades y acciones detestables que cometieron, 10y reconocerán que yo, el Señor, no los había amenazado en vano con estos castigos». 

 

  • Este es mi Ezequiel: de piel amarga, censurador, echando en cara la verdad como una bofetada, haciendo enemigos. Ya le suavizará el exilio; ya llegará a entender que por el camino de la compasión y de la piedad se llega antes al corazón. Porque, aunque parezca que no, él quiere tocar el corazón desleal de Israel, quiere llegar a esa zona donde se ve con claridad que el camino que se lleva no es el adecuado y que es preciso abrirse a otras posibilidades. Es un oráculo que interrumpe el discurso contra los altozanos de Israel del cap.6. Tiene prisa el  editor para adelantar lo que luego dirá el mismo Ezequiel: que hay posibilidad de vivir desde una perspectiva de más pobreza y de más libertad.
  • Un “resto entre las naciones”, un grupo náufrago en el inmenso mar del paganismo (como el origen del cristianismo, tiempo de pobreza, de poco número, pero enormes posibilidades), una realidad que no cuenta socialmente porque, al ser tan pequeña, nadie se fija en ella. Un resto, un sobrante, un saldo, un descarte diría el Papa Francisco. La perspectiva del resto es el amor purificado; la de las naciones es el poder creciente. Por ser resto, ¿es una realidad muerta? No, porque el vigor no depende del número, sino del corazón, del alma, de la interioridad. Levadura, dirá Mt 13,33.
  • El resto será “de los que escapen de la espada”, lo que han visto de frente al horror, los que han olido la sangre derramada, los que han intuido bien el abismo en el que estamos, lo que no dicen “la cosa no es tan grave” y siguen como siempre en un no-saber que adormece. Son gente lúcida porque la percepción del fracaso les ha hecho lúcidos. Han asimilado la lucidez que viene de la derrota. Sin lucidez, sin sentido crítico, seguimos en la niebla que lo confunde todo.
  • Y eso lo entienden de maravilla porque están “dispersos entre las naciones”, rotos los vínculos que les hacían creer que eran fuertes, desacreditadas y desaparecidas las instituciones que les deban un nombre y un prestigio, sin la arrogancia de los líderes que les decían somos tantos y tales. Ahora es la desconexión, la desbandada, la lejanía y el desamparo que se siente cuando no hay nadie cercano a quien recurrir. Para verse libre de la tentación del número hace falta asumir una cierta dosis de desamparo.
  • No todos podrán con ello, porque o morirán a espada o morirán de desaliento y de pena. Pero “los que sobrevivan se acordarán de mí”, volverá la memoria y el recuerdo cuando amaine el vendaval, cuando escueza un poco menos la herida. Cuando ya no quede nada, volverán los ojos a aquel de quienes lo apartaron porque les llamaba a la humildad, a la sencillez, y ellos querían fama y poder. Mirarán a través de las lágrimas lo que no vieron cuando se alegraban de su fuerza. Y se darán cuanta a través de las lágrimas de que quien les mira es  el Dios de los humildes, el caminante que demanda caminar humildemente con él (Miq 6,8). Sin descubrir el rostro humilde del Dios humilde, sino entrever a través de las lágrimas  el rostro humano de Jesús, ¿cómo va a brotar la posibilidad de vivir en libertad sin el atenazamiento del número y de su ideología del poder?
  • Por eso, la cautividad entre las naciones es el reflejo de la otra cautividad sufrida, la de la fuerza, la del brillo, la del triunfo que nos convierte en dioses y que hace innecesario el Dios de los sin-número. La cautividad de las naciones es hoy la economía neoliberal que nos cautiva y su duro consumo, el capitalismo de la vigilancia que nos hace dependientes en extremo de los datos en las redes y nos atonta con tanto artilugio, el individualismo exacerbado que nos impide mirar más allá del puente de nuestro pueblo generando una indiferencia que nos corroe. En esas cautividades habrá que percibir la posibilidad de ser resto, de creer en la alternatividad, de dar valor a los caminos, que por insignificantes, son menospreciados.
  • Y todo ello hasta “quebrantar el corazón”, hasta doblegarlo por amor, hasta hacer ver que si no se llega al corazón, hablar de vivir con ilusión alejados de la espiritualidad del número es música celestial. Un corazón quebrantado no es un corazón humillado (como dice  Sal 50,17), sino humilde, pacificado, comprendedor de caminos simples, valorador del lado más fraterno de las cosas. Dice Ezequiel que es un corazón adúltero. El adulterio es el abandono del camino del amor para tomar el camino del desamor. Todos vivimos en hondo adulterio porque andar en el desamor es mucho más grave que irse de picos pardos o más. Ezequiel cree que el apartamiento de la Ley es el apartamiento de Dios y e, en parte, así es. Pero el gran apartamiento del corazón es el abandono del amor. Lo decimos de nuevo: si no hay vuelta a la senda del amor, vivir la fe en el desamparo de no-número se tornará imposible.
  • Los “ojos adúlteros” son los que se encandilan con las liturgias del poder, los que miran con envidia a quien acumula bienes, los que anhelan brillo para deslumbrar y ser temidos, los ojos que no se apartan de la norma para beneficiarse de ella, los ojos que miran en la dirección del poder porque se anhela la amistad de los fuertes. Ojos llenos de ídolos atrayentes, por más que tengan los pies de barro. Mientras esa mirada no se purifique, vivir en el no-número será una insensatez deleznable.
  • Y “tendrán horror de sí mismos”. Quizá más que horro (que conlleva una vergüenza no asumida) será cuestión de tener piedad de los días vividos lejos del amor. Piedad del tiempo que no se ha disfrutado desde la sencillez, piedad del número de encuentros frustrados, piedad del desenfoque con el que se ha mirado del rostro de quien ha vivido con nosotros mucho tiempo, piedad de las preocupaciones que no nos tenían que haber preocupado. Piedad necesaria para mirar con paz la posibilidad de caminos nuevos.
  • Cree Ezequiel que Dios que amenaza es efectivo para enorme mutación de vida. Pero ya hemos aprendido que no, que Dios no amenaza a nada ni a nadie, sino que ama y espera sin condiciones. Lo hemos aprendido de Jesús en sus caminos andados con nosotros. Si Ezequiel hubiera conocido a Jesús habría depuesto este argumento y se habría aliado con el Dios de amor que no sabe de rencores y de condenas. Ezequiel, hermano, depón tu talante amenazante para no hacer amenazador al mismo Dios. Andar la senda frágil pero hermosa lejos del tiranía del número exige el alejamiento de cualquier tipo de amenaza.
  1. 2.      El dinamismo del poco número

 

Acostumbrados a la fuerza del número, no nos creemos que el poco número pueda encerrar un dinamismo creativo, que l senda del poco número sea prometedora. Pero no es así. Nuestra fe ha sido engendrada en una historia de poco número:

  • El poco número de Abrahán: Según Gén 12 Abrahán, Saray y sus criados iniciaron la gran andadura de la historia de salvación. Escaso número para tan gran empresa. Más allá de su veracidad histórica o no, la cosa queda clara: los orígenes de la fe abrahámica han sido humildes, de poco número. El acento no estaba puesto sobre el número, sino sobre la fe en una utopía, aunque tal utopía la asiente el escritor bíblico sobre el número (“como las estrellas….como la arena de la playa… Gén 22,17). No es fácil librarse del número ni siquiera en los orígenes.
  • El poco número de Jesús: porque aunque dicen los evangelios que en Galilea le seguían multitudes (Lc 14,25) y que eligió a 70 (Lc 10,1), al final, en la hora de la verdad, el grupo se redujo a unos pocos seguidores y a algunas mujeres. Poco número y amenazado de desilusión. ¿Cómo fue posible una renacer y con tal ímpetu? ¿Fueron solo las circunstancias del momento o algo “ardía” en aquel grupo que lo hacía fuerte más allá del poco número? Más aún, ¿la transformación de aquel fuego en número grande no fue un peligro de extinción para ese mismo  fuego? ¿Habría permanecido el dinamismo inicial si no se hubiera llegado al gran número? ¿Mató la intuición evangélica la institucionalización eclesial?
  • El poco número de las comunidades iniciales: hay una comunidad muy viva, la de Filipos, que solo estaba compuesta de algunas mujeres y no tenían ni un sitio para reunirse; por eso se reunían “en un recodo del río” (Hech 16,13), la comunidad de Filipos. Fue la comunidad que más le entró a Pablo en su corazón, quizá por ser tan pobre, tan generosa y tan animosa. Comunidades irrelevantes pero altamente significativas. Luego derivarían en el gran número, época de gloria social y edad de penumbra (como dice C. Nixey).
  • El poco número de Francisco de Asís: porque así fue la sorpresa de Francisco: que unos pocos jóvenes de su ciudad, se unieran para un ideal evangélico de minoridad. Sorpresa de vida. Pero la sorpresa de pesadumbre fue que miles de hombres, ya en vida de Francisco, conformaran una Orden potente, organizada y utilizada por el mecanismo eclesiástico. Los muchos hermanos fueron para Francisco causa de grandes sufrimientos personales y organizativos. Clara, la mejor discípula de Francisco, supo mantenerse en el poco número por encima de sugerencias y amenazas. La pregunta es la de siempre: ¿qué hubiera pasado si el franciscanismo se hubiera mantenido en el poco número? Pero, como esa pregunta ya no tiene sentido, hay que hacerse otra: ¿cómo vivir en la espiritualidad del poco  número siendo los que somos? ¿Es posible, es deseable, lleva a alguna parte, es un dinamismo preferible al del mucho número, a la espiritualidad de “implantación” que es la oficial?
  • El poco número de C. de Foucauld: ha sido alabado en FT 287 como “hermano universal”. Hermoso título para una persona que anheló tener hermanos y murió sin haber conseguido ni un solo compañero, aunque hoy sean muchos miles los que conforman su familia espiritual. Quizá han sabido mantener la espiritualidad del exiguo número del principio siendo un número grande. Habría que preguntarles cómo  lo han hecho. En su última carta el equipo internacional decía, ante el tema de la Covid, “somos gente corriente que tiende la mano”. Una hermosa definición, compatible con el pequeño número.
  • El poco número de los grupos ignorados: porque la prensa religiosa pone ante los ojos las grandes concentraciones de creyentes (a las que son muy aficionados los Papas y los altos eclesiásticos). Pero hay muchos grupos ocultos, pobres, sencillos, que se reúnen en una cocina, en un cuartito de una parroquia rural de la España despoblada, en la salita de estar de un piso en una “colmena” de la gran ciudad. Y ahí tratan de mantenerse y de ahondar en su fe, celebran a veces la cena del Señor, y mantienen el frágil fuego de la comunidad. Pequeños en número, frágiles en su estructura, titubeantes en sus caminos. Pero ahí están. Se demanda uno si no serán el verdadero cimiento de la Iglesia, lo que hace que se mantenga viva por encima de tantas limitaciones.

 

  1. 3.      Alimentar la ilusión en caminos de poco número

 

Por muchas razones, vivimos con frecuencia en el marco de caminos vitales de poco número. ¿Cómo mantener ahí viva la ilusión, cómo alimentarla?

  • Alimentar la ilusión de caminos de amparo que nunca tienen brillo social: pequeños voluntariados, pertenencia a ongs sencillas, colaboración no reglada en tareas de alfabetización, pérdida de noches sin sueldo en pisos tutelados, etc. Muchas veces se dirá que eso no cambia el sistema, que las cosas siguen igual o peor, que es hacerles el caldo gordo a las autoridades, que hay que ir más a las causas. Todo eso puede que sea en parte verdad. Pero, ¿cómo hacer esos trabajos cuando no hay mucha gente que los haga, cuando no te van a pagar de ningún modo, cuando no hay el agradecimiento que reconforta el alma? ¿Cómo alimentar la certeza de que “quien salva a un alma sencilla es como salvar a toda la humanidad”) FT 287)? ¿Es esto excesivo? ¿Qué mística puede sostener los caminos del desamparo?
  • Alimentar la ilusión en las comunidades religiosas que decrecen: que son muchas y que corren el riesgo de que, con la sequía de vocaciones, la ilusión se vaya por el sumidero. ¿Cómo hacer ver que pocos y pobres pueden ser creyentes ilusionados? ¿Cómo devolver el brillo por el amor a la comunidad en los ojos que tienden a cerrarse en sí mismos? Es más grave el problema de falta de ilusión que la falta de vocaciones. ¿Para qué queremos vocaciones hambrientas de número, de obras, de brillo, de reconocimiento social?
  • Alimentar la ilusión de quienes buscan espiritualidad: ya que en medio de esta sociedad nuestra tan marcada por un exacerbado consumo, sigue habiendo bastante gente que busca espiritualidad, que anhela el silencio, que, a su manera, practican la oración, que tratan de leer con profundidad los caminos de la vida. ¿Cómo alimentar esa ilusión? ¿Cómo decirles, más allá de las palabras, que su búsqueda es la que mantiene con vida el alma de la historia? Habrá que alimentar esa ilusión con la presencia, con la experiencia compartida, con las ofertan de posibilidades sencillas, si se dispone de ellas. Ofrecer espiritualidad quizá sea hoy más interesante que ofrecer religión, por más que la espiritualidad sea un camino de pocos.
  • Alimentar la ilusión de quien se empeña en mezclar fe y justicia: se empeñan en mezclarla en eucaristías más “sociales” o en el interés porque suenen en la oración los problemas más graves de la justicia. Y tratan de hacerlo de manera lo más concreta posible, poniendo rostro a personas y situaciones. Esa ilusión de hacer más social el trillado camino de la oración de petición no solamente puede contribuir a devolver la ilusión al hecho orante, sino también a dar otro tomo y otro sentido a tal oración. Algunas comunidades orantes lo han comprobado (eso dice J. Chittister). ¿Cómo va a haber eucaristía sin justicia? ¿Cómo se va a llevar a la oración los gozos y esperanzas de la vida como decía GS 4?
  • Alimentar la ilusión en los “apostolados laicos”: porque hay “apostolados” que no tienen que ver directamente con el hecho religioso, aunque sí con el evangélico: acoger a débiles en la propia familia como si fueran un miembro más; facilitar vivienda a quien le es denegada porque no tiene papeles; impedir desahucios injustos en la carne de los más desfavorecidos; acompañar a oficinas de extranjería, a los lugares precisos en los grandes hospitales; estar cerca de los presos más olvidados y de quienes tienen problemas psiquiátricos. En tales apostolados no se invoca a Dios, pero  ahí está. Colaborar a ellos o, al menos, apoyar explícitamente a quien los hace puede contribuir a llenar de mística estos caminos trabajosos. Algo impagable.

 

  1. 4.      Para orar

 

  • Les dijo otra parábola: «El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta» (Mt 13,33).

 

El valor de lo escondido, su fuerza de iluminación y de dinamismo. No aspirar a que todo sea levadura.

 

  • Razón poética:

 

¿Dices que nada se crea?
No te importe; con el barro
de la tierra, haz una copa
para que beba tu hermano.

 

(A.   Machado)

3

LA ILUSIÓN DE VIVIR

EN UNA CULTURA DEL ENCUENTRO

 

            ¡Cómo hemos echado en falta en este tiempo de pandemia los encuentros con la familia, las amistades, los mismos hermanos! Nada los suple: ni el móvil, ni los emails, ni los guasaps, ni las videollamadas. Nada es como verse la cara, estrechar las manos, sentir el calor del abrazo y la caricia reconfortante. Nada suple al placer enorme de estar con otro en alegría y comunicación. Por eso, se nos hace angustiante no saber hasta cuándo va a durar esto, cuándo va a llegar el tiempo de los encuentros normales, aquellos sin los que el corazón no sabe vivir. ¡Quién nos iba a decir a nosotros que, tantas veces, hemos abominado de la cantidad enorme de reuniones que decíamos tener!

            Lo sabemos: los encuentros son la mejor medicina contra la tristeza, el autodesprecio, los sentimientos de culpa, la falta de fuerza de voluntad. El encuentro despeja la mente, borra de los ojos la niebla que se pega con la soledad, devuelve el gozo de sentirse vivo palpando la vida de los otros. Los encuentros son, en parte notable, la razón que nos hace levantarnos cada día. El aislamiento y el desencuentro son enfermedades graves porque roen el alma hasta dejarla vacía. Por eso han sufrido tanto los mayores solos en sus residencias sin posibilidad de encuentros familiares.

            Y lo que ocurre en el inmediato plano personal, pasa en el social: los desencuentros entre países tienen consecuencias muy graves; los desencuentros entre creyentes llevan a duros enfrentamientos; los desencuentros entre adinerados y excluidos son una bomba de relojería para la sociedad. Cuando se elije el camino del encuentro, la solución asoma en el horizonte; cuando, por el contrario, nos empecinamos en el desencuentro, el horizonte se ennegrece.

            Los judíos llamaron “tienda del encuentro” al arca de la alianza (Ex 33,7-9). Esa era un encuentro en el deseo de Dios. Pero lo vital y decisivo es construir un encuentro en el caminar de los humanos. Construir el encuentro es, por más que lo anhelemos, tarea hermosa y dificultosa en la que nada se nos da hecho ya. Es la aportación de cada cual la que cuenta. Por eso necesita de la ilusión que lo alimente, del anhelo que lo busque, de la imaginación para abrir caminos de abrazo y cercanía.

            Como luego diremos, el Papa Francisco desarrolla ampliamente en su encíclica Fratelli tutti la espiritualidad del encuentro. Y dice que la cultura del encuentro es como un poliedro de muchos lados: «El poliedro representa una sociedad donde las diferencias conviven complementándose, enriqueciéndose e iluminándose recíprocamente, aunque esto implique discusiones y prevenciones. Porque de todos se puede aprender algo, nadie es inservible, nadie es prescindible» (215).

            Ilusionarse una vez más la belleza de este poliedro que es la vida en encuentro, en comunidad, en sociedad, puede ser una manera nueva de vivir no solamente las relaciones humanas, sino las que tenemos con la naturaleza y con el mismo Dios cuyo encuentro está en “las entrañas dibujado”, como decía san Juan de la Cruz.

 

  1. 1.      Meditación de la Palabra: Ez 12,11-15

 

11«Di: Yo soy un signo para vosotros: como yo he hecho, así harán con ellos. Serán deportados, irán al destierro. 12El príncipe que vive entre ellos se cargará al hombro el equipaje, en la oscuridad saldrá por una brecha que abrirán en el muro para sacarlo, se cubrirá la cara para no ver su tierra con sus propios ojos. 13Pero yo tenderé mi red sobre él y quedará preso en mi trampa. Lo llevaré a Babilonia, a la tierra de los caldeos, donde morirá sin poder verla. 14A cuantos lo rodean para ayudarlo y a su escolta los dispersaré a todos los vientos y desenvainaré la espada detrás de ellos, 15y reconocerán que yo soy el Señor, cuando los haya dispersado entre las naciones y los haya esparcido por los países».

 

  • Es uno de tantos oráculos donde Ezequiel amenaza a su auditorio (que, por cierto no le hacía mucho caso: Ez 33,32). Esta vez con el destierro. Ya hemos aprendido que la amenaza renta poco de cara a un cambio; a veces, empecina más. Pero la profecía (y el mismo evangelio) emplea esta pedagogía negativa. Amenazar es empujar desde fuera de alma de aquel a quien se amenaza, desde la lejanía de su corazón, desde la única perspectiva de uno mismo. Si se quiere un encuentro, habrá que bajar a la arena del corazón ajeno, al camino común de sus intereses, a sus razones, por mucho que no me convenzan. ¿A qué le llevó la amenaza a la profecía, a qué le ha llevado al cristianismo? ¿Ha propiciado encuentros o ha engendrado más lejanías?
  • El destierro era un abismo porque en épocas de despoblación como aquellas suponía el riesgo de la desaparición de un país, como muchas veces sucedió en la historia. Un pueblo insignificante como Israel y desterrado puede ser un pueblo desaparecido. El destierro reducía a nada los encuentros cultuales, las reuniones creyentes, las comidas y asambleas que la fe propicia. Estar entre paganos era estar abocado a la disolución. Tendrían que hallar una manera de encontrarse para no desaparecer porque quien no se encuentra corre el riesgo de desaparecer por más que siga vivo. No encontrarse es como estar muerto.
  • Será un destierro obligado (cautivos) y vergonzante. El profeta hizo un gesto raro: cogió en un hatillo su ajuar y salió por un boquete del muro, no por la puerta, como un ladrón que huye con la cara tapada (Ez 12,7). Eso mismo hará el último rey, Sedecías: una salida vergonzante, en la oscuridad, en pobreza, en derrota. Las instituciones, la realeza, destrozada porque no ha propiciado el encuentro sino el desencuentro de una guerra suicida. Los desencuentros se pagan en moneda de derrota, no son inocuos. ¿Dónde están los que le adulaban, los que fingían encontrarse con él? No eran encuentros de verdad, sino comedias. Por eso ahora se encuentra huyendo en soledad, que es la peor forma de huir.
  • Y para colmo, un rey cazado y, cosa que no dice el texto, humillado: según 2 Re 25,7 tuvo que presenciar el asesinato de sus hijos, le sacaron los ojos y con una cadena de bronce al cuello (Jer 52,11) fue llevado al exilio. Así iba la columna al exilio, en la mayor derrota. De nada sirvieron sus encuentros cultuales ni sus contubernios políticos. Al final, dispersión y humillación. Dispersos “a todos los vientos”, como quien no tiene horizonte  preciso, como quien cuya vida ha perdido la orientación, el sentido. A eso lleva la cultura del individualismo y del desencuentro.
  • En el “desparrame y la dispersión” volverán a saber que Dios es el Señor. Pero lo sabrán cuando asimilen la herida, la propia herida, cuando recapaciten sobre su situación, cuando vuelvan sobre sus pasos. No sabrán quieran que no (quizá eso le gustaría a Ezequiel). Encontrar la senda del encuentro demanda un análisis de la propia situación, un ver a qué hemos llegado, un intuir otras posibilidades, un animarse con ilusión a andar las sendas del corazón no los caminos de la indiferencia y del egoísmo.
  • El estar desparramados “por los países”, no por un único país llevará a la globalización de los encuentros, a saber que cualquier lugar del mundo puede ser tu casa si vives con corazón, a pensar que el futuro de lo humano es la interrelación entre los pueblos, la gran fraternidad. Era mucha lección para aquellos atribulados judíos. Pero aquellas semillas apuntaban a estos frutos.

 

  1. 2.      Ahondamiento

 

La cultura del encuentro ocupa en Fratelli tutti un lugar principal. Convencido el Papa a la altura de su existencia de que la vida es un tiempo de encuentro (66.215) y de que uno se realiza transcendiéndose en el encuentro con los otros (87.111) acuña el documento la expresión “cultura del encuentro” que se opone a la “cultura del enfrentamiento”, único camino para devolver la esperanza a la sociedad (32) superando el miedo que bloquea tal encuentro (41) y abriéndose a la escucha (48).

Porque la cultura del encuentro «exige colocar en el centro de toda acción política, social y económica, a la persona humana, su altísima dignidad, y el respeto por el bien común» (232), el Papa está convencido de que «un camino de fraternidad, local y universal, sólo puede ser recorrido por espíritus libres y dispuestos a encuentros reales» (59). La misma política, dirá luego, es cuestión de encuentros (165.190). Por todo esto llega a decir que «hablar de “cultura del encuentro” significa que como pueblo nos apasiona intentar encontrarnos, buscar puntos de contacto, tender puentes, proyectar algo que incluya a todos» con sus diferencias (216-217). De ahí que el documento se anime a proponer «un encuentro social real pone en verdadero diálogo las grandes formas culturales que representan a la mayoría de la población» (219). 

Como herramientas necesarias para el logro de esta cultura del encuentro, propone el Papa, en primer lugar, los trabajos por un gran pacto social que ponga «en verdadero diálogo las grandes formas culturales que representan a la mayoría de la población» (219). Ese pacto social ha de incluir, a su vez, un pacto cultural «que respete y asuma las diversas cosmovisiones, culturas o estilos de vida que coexisten en la sociedad» (219). En segundo lugar se necesita emplear exhaustivamente la herramienta del diálogo, paciente y confiado (134). Se necesita una educación para el diálogo (103) para que pueda ser una realidad el diálogo con los diferentes (148). La certeza del valor imprescindible del diálogo se asienta en la certeza de que «un verdadero espíritu de diálogo se alimenta la capacidad de comprender el sentido de lo que el otro dice y hace, aunque uno no pueda asumirlo como una convicción propia» (203). Por eso el diálogo es imprescindible en la tarea política (196). El documento dedica casi un capítulo, el sexto, al diálogo que construye el amor social porque «el auténtico diálogo social supone la capacidad de respetar el punto de vista del otro aceptando la posibilidad de que encierre algunas convicciones o intereses legítimos» (203.219.262).           

Otro elemento necesario para una saludable arquitectura social de encuentro es el de generar procesos de inclusión que tengan a raya la amenaza de la cultura del descarte (188). El Papa tiene una perspectiva clara: «La inclusión o la exclusión de la persona que sufre al costado del camino define todos los proyectos económicos, políticos, sociales y religiosos» (69). De ahí que el documento recuerda a la cultura moderna, tan orgullosa de sus logros, que «al crecimiento de las innovaciones científicas y tecnológicas tendría que corresponder también una equidad y una inclusión social cada vez mayores» (31).

Más que en el apartado de la política, quizá haya que situar aquí un tema al que el documento dedica varios números: la memoria que aleja a la venganza. El olvido es inaceptable por lo que se precisa mantener viva la memoria (246). Nunca se avanza sin memoria (249). Pero ni la venganza ni la impunidad resuelven nada (251-252). El perdón resulta así elemento insustituible de la arquitectura de la paz para no caer en una paz aparente (236). Para el Papa la clave es tener controlada la sed de venganza (241-242.251) a la que opondría el arma de la bondad (243) manteniendo la fe de que en los procesos sociales la unidad es superior al conflicto (245).

 

  1. 3.      Claves para el encuentro

 

-          Acercarse: no ver al otro o al problema del otro como desde lejos. Intentar acercarse, informarse, preguntar, hacer una idea antes de emitir un juicio. Se trata de mirar con humanidad lo que nos rodea. Desde la lejanía es difícil alimentar la ilusión por los encuentros. De cerca se ve más clara las dificultades y las posibilidades.

-          Acoger: lo que significa intentar dejar de lado prejuicios, estereotipos, ideas preconcebidas. Hay que cuestionar ese muro que se nos hace, a veces, infranqueable. Poner en cuarentena experiencias negativas y apoyarse en las que hayan salido mejor.

-          Escuchar: antes de hablar, dejar que el otro hable. Escuchar implicativamente, como quien tiene interés en lo que escucha, no como quien oye llover. Tratar de escuchar sin que lo que escucha levante oleadas de indignación interior. Intentar mantener la calma ante lo que se oye y no se está de acuerdo. Hacer incluso un esfuerzo por escuchar lo que no se oye, lo que no se dice, pero que está ahí. El encuentro sin escucha resulta imposible.

-          Ofrecer: hacer ofrenda de algo de uno mismo hacia el otro. Creer que sin ofrenda no es fácil encontrar vías comunes de convivencia. Ofrendar no quiere decir renunciar a lo que uno vive y siente; es poner un poco de lo tuyo en la “cesta” del otro. Un encuentro con mi yo intacto, con lo mío intacto no llegará a buen término.

-          Creer: en el otro, aunque eso cuesta mucho aunque esa “fe” es la verdadera esencia del encuentro. Pensar, al menos, que, aun estando en posiciones distintas, se puede tener una parte, siquiera pequeña, en común. Que se pueden encontrar lugares comunes de participación y tramos de camino compartidos. Esos inicios pueden ser la puerta de un encuentro vivido en mayor plenitud y gozo.

-          Salvarse: nos salvamos todos o no se salva nadie, dice el papa Francisco (FT 137). No ceder al “sálvese quien pueda” del individualismo y de quien se cree más fuerte. Desear el encuentro común que “salve” a todos, sobre todo a quien tiene menos posibilidad de participar en una salvación humanizadora.

 

  1. 4.      Para orar

 

  •       «Entró en Jericó y empezó a atravesar la ciudad. En esto, un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de recaudadores y además rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Entonces se adelantó corriendo y, para verlo, se subió a una higuera, porque iba a pasar por allí. Al llegar a aquel sitio, levantó Jesús la vista y le dijo: - Zaqueo, baja en seguida, que hoy tengo que alojarme en tu casa. Él bajó en seguida y lo recibió muy contento. Al ver aquello, se pusieron todos a criticarlo diciendo: -¡Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador! Zaqueo se puso en pie y dirigiéndose al Señor le dijo: - La mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres, y si a alguien he extorsionado dinero, se lo restituiré cuatro veces. Jesús le contestó: - Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también él es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar lo que estaba perdido y a salvarlo» (Lc 19,1-10).

 

Jesús se aloja en casa de Zaqueo aprestándose a un encuentro gozoso, comunicativos, expansivo. No hay prisa. La oferta del reino se hace en la calma y en el sosiego, no en el apremio y la prisa.

 

 

  • Razón poética:

 

Los que aman la soledad

también aman la compañía:

ésa es la ley de oro

que siempre se ignora en los rebaños.

 

                        (R. Argullol

 

 

4

LA ILUSIÓN DE VIVIR EL AMOR ASIMÉTRICO

 

            Acercarse al misterio del amor es ahondar en el misterio de la vida. Por muchas que sean las derrotas, las traiciones, los abandonos, las injurias inferidas al delicado amor, la persona vuelve irremediablemente a ese camino. De tal manera, que los más desencantados del amor no dejan, a su  manera, de amar y sus mayores detractores esconden en su interior semillas pequeñas de amor. Más aún, quizá su negación sea una manera más de decir que se cree en el amor. ¿Por qué esto es así?¿Por qué se prefiere sufrir pasión y dolores antes que andar sin amores, que cantaba el rey Sabio? ¿Donde tiene sus raíces la necesidad  de amar y ser amado?

            El modo normal de amar al que las personas aspiran es lo que podíamos llamar el amor simétrico: yo ye amo y pido, en justa correspondencia, que tú me amas. Si yo te amo y tú no, nuestra relación de amor se hace prácticamente inviable. Muchas heridas, rupturas, alejamientos, con su retahíla de reproches, descalificaciones y hasta ofensas provienen de la supuesta asimetría: yo te amo y tú no me amas. Hay que decir que el amor simétrico es muy hermoso y que ojalá se diera siempre.

            Pero en la vida ocurre muchas veces, personal y socialmente, que no se da esta simetría bien porque no se quiere o porque no se puede. No se quiere y por eso se rompe la simetría; no se puede y aunque no se desee romperla no hay manera de superarla. ¿Hay posibilidad de plantear un amor asimétrico,  un amor que responda con amor al desamor, un amor que no reciba la contraparte de amor que el corazón anhela? Esto es lo que planteará el pasaje de Ezequiel que queremos ver ahora; este tipo de amor es el “como yo os he amado” de Jesús (Jn 13,34-35).

            Si no conociéramos a personas que aman asimétricamente nos retrairíamos a la hora de plantear este tipo de reflexiones. Pero todos conocemos a personas que se entregan sin premio, sin aplauso, sin agradecimiento. Conocemos a personas en las que la plantita del amor o se ha agostado por más que hayan sufridos heridas y traiciones; conocemos a muchos que son capaces de abandonar los pegajosos caminos del odio por un amor herido y mantenerse amantes más allá de los costurones de la vida. Es cierto que el amor puede morir; pero es difícil que muera del todo si se enfoca desde la bondad esencial del ser humano.

            Por todo esto, creemos que alimentar la ilusión de la posibilidad de una vida en amor asimétrico no es una superficialidad. Más aún, pensamos que esta mística nos devolvería el sosiego en muchas ocasiones, abriría pequeños espacios de reconstrucción del amor roto y, lo que es más importante, mantendría viva la llama del amor sin la cual la vida se entenebrece y el horizonte humano pierde su sentido.

 

  1. 1.      Meditación de la Palabra: Ez 16,1-15.60.63

 

«1Me fue dirigida esta palabra del Señor: 2«Hijo de hombre, hazle conocer sus acciones detestables a Jerusalén. 3Di: Esto dice el Señor Dios, a Jerusalén. Por tu origen y tu nacimiento eres cananea: tu padre era amorreo y tu madre hitita. 4Así fue tu nacimiento: El día en que naciste, no te cortaron el cordón, no te lavaron con agua para purificarte, ni te friccionaron con sal, ni te envolvieron en pañales. 5Nadie se apiadó de ti ni hizo por compasión nada de todo esto, sino que por aversión te arrojaron a campo abierto el día que naciste. 6Yo pasaba junto a ti y te vi revolviéndote en tu sangre, y te dije: Sigue viviendo, tú que yaces en tu sangre, sigue viviendo. 7Te hice crecer como un brote del campo. Tú creciste, te hiciste grande, llegaste a la edad del matrimonio. Tus senos se afirmaron y te brotó el vello, pero continuabas completamente desnuda. 8Pasé otra vez a tu lado, te vi en la edad del amor; extendí mi manto sobre ti para cubrir tu desnudez. Con juramento hice alianza contigo —oráculo del Señor Dios— y fuiste mía. 9Te lavé con agua, te limpié la sangre que te cubría y te ungí con aceite. 10Te puse vestiduras bordadas, te calcé zapatos de cuero fino, te ceñí de lino, te revestí de seda. 11Te engalané con joyas: te puse pulseras en los brazos y un collar en tu cuello. 12Te puse un anillo en la nariz, pendientes en tus orejas y una magnífica diadema en tu cabeza. 13Lucías joyas de oro y plata, vestidos de lino, seda y bordado; comías flor de harina, miel y aceite; estabas cada vez más bella y llegaste a ser como una reina. 14Se difundió entre las naciones paganas la fama de tu belleza, perfecta con los atavíos que yo había puesto sobre ti —oráculo del Señor Dios—. 15Pero tú, confiada en tu belleza, te prostituiste; valiéndote de tu fama, prodigaste tus favores y te entregaste a todo el que pasaba. 

60Con todo, yo me acordaré de mi alianza contigo en los días de tu juventud, y estableceré contigo una alianza eterna. 61Te acordarás de tu conducta y te avergonzarás al acoger a tus hermanas mayores y a las menores, pues yo te las daré como hijas, pero no en virtud de tu alianza. 62Yo estableceré mi alianza contigo y reconocerás que yo soy el Señor, 63para que te acuerdes y te avergüences y no te atrevas nunca más a abrir la boca por tu oprobio, cuando yo te perdone todo lo que hiciste —oráculo del Señor Dios—».

 

  • He aquí una historia de amor asimétrico descrita con minuciosidad (si hay ánimo, estaría bien leer y subrayar todo Ez 16). Es una historia herida, quejosa, que echa en cara, hiriente incluso porque Ezequiel no sabe salir de ese registro. Pero es, al fin y al cabo, una historia de amor. Los profetas que hablan desde la vida, casados, utilizaban su experiencia matrimonial, incluso con sus altibajos, para hablar de la relación entre Dios e Israel, entre Dios y  nosotros (así Oseas, Jeremías, etc.). Hablar del alejamiento de la alianza como de una traición al amor quiere decir que esa alianza no era cuestión solamente de cumplir una normativa religiosa sino que, sobre todo, era cuestión de amar. Eso es lo que quizá no ha llegado a entender Israel. Eso es lo que pretenden textos tan sangrantes como este de Ezequiel.
  • Se comienza claramente por el lado del reproche, de echar en cara las “acciones detestables”.  Y eso, se quiera o no se quiera: “hazle conocer”. El amor asimétrico tendrá que superar ese estadio; anclarse en el reproche es imposibilitarse para dar el mínimo paso adelante. El reproche echado en cara se lleva por delante lo bueno, aunque sea poco, que haya habido en la relación de amor.
  • Recordar el origen ominoso es, quizá, la peor manera de ofender y de humillar: “cananea, hija de padre amorreo y de madre hitita”. Basura, infecta desde la cuna. Recordar orígenes pobres no puede ser punto de partida para valorar a quien nos desamó. Es más bien desde la dignidad, desde el valor de toda persona (ya que no se puede partir del amor) desde donde habrá que valorar al otro.
  • La descripción del nacimiento es igualmente humillante, fruto de un desamor que Ezequiel no tiene aún elaborado. Un nacimiento sin la piedad que requiere el ser acogido a quien nace en desvalimiento. La serie de maltratos termina con el “te arrojaron a campo abierto”, expuesta a las fieras. Nacida para morir, ese es el retrato. Se desciende al más hondo menosprecio para magnificar el amor agraviado. Entrar por la senda del menosprecio es caminar al abismo, darse contra el muro que impide cualquier posibilidad al amor. A pesar de ello, suena por dos veces el “sigue viviendo” que no puede brotar sino de un amor que sigue en lo oculto, aunque vaya rodeado de desazón. Es preciso percatarse que, en base a la bondad que anida en los pliegues del alma, el amor sigue estando presente más allá del amargo envoltorio.
  • En la edad del amor brota incomprensiblemente generoso el amor del fondo: “extendí mi manto…hice alianza contigo” Es el amor que triunfa por encima de las marcas negativas, la memoria doliente que, no obstante, pone freno al olvido y al desentendimiento. Quizá el fallo está en ese “fuiste mía” de Dios que tendrá que renunciar a cualquier posesión si quiere ser para Israel amor entregado. Esto es demasiado para el mecanismo religioso de Ezequiel que piensa que si Dios se entrega se ha de ser forzosamente de él. La realidad le mostrará que eso no funciona así. Pretender atrapar al otro con el amor es matar su libertad; y  un amor con déficit de libertad es un amor dimidiado.
  • Engalanar a quien se ama puede ser una prueba de amor o un chantaje: “bordados…zapatos finos…lino…seda…joyas”. El regalo tiene una función múltiple y una de sus pretensiones es comprar el amor (el Cantar dirá que quien lo pretenda será un insensato: Cant 8,7). Puede que fueran dádivas de amor, pero querían atrapar, controlar. Esa era una de las grandes pretensiones de la ley. Ezequiel lo sabía bien y no le entraba en la cabeza el “descontrol” del amor. Desde esa perspectiva de generosidad sin contrapartida habrá de enfocar la relación de Dios con su pueblo. Lógicamente el amor asimétrico va en otra dirección que el chantaje; precisamente entra en función cuando aquel no resulta.
  • Por eso, se vuelve al punto de partida cuando “te entregaste a todo el que pasaba”. La rueda del desamor vuelve a funcionar cuando no marcha el amor simétrico. Ezequiel llenará de vituperios a la “prostituta” (ese es su mayor insulto, llegando, a veces a la grosería, porque la grosería es compañera del desamor no asimilado: Ez 16,26). En Ezequiel, Dios es el varón que se siente vilipendiado en la licenciosidad de su mujer, nunca al revés. Machismo de siempre del que no se ve libre la imagen de Dios que tiene el profeta. El amor asimétrico exige la liberación de muchos prejuicios sociales. Así el camino estará más libre para poder vivir en esa incomprensible asimetría del amor que no exige.
  • A pesar del largo recorrido de desamor que refleja el capítulo, se concluye en una renovación de alianza: triunfo del amor asimétrico por más que aún tenga que purificarse y deba asumir sin tanto dolor y sin tanta exigencia los extraños caminos que las personas tomamos en la vida como parte de lo que realmente somos. Y, más aún, la alianza que de aquí va a salir no será de prueba, temporal, a ver cómo se responde, sino “eterna”, para siempre. Quedan atrás, difuminadas, desaparecidas todas las exigencias del amor simétrico. No obstante, hay que seguir trabajando, porque las espinas siguen dentro y asoman en modos de venganza “para que te acuerdes y te avergüences”. El amor asimétrico exige un continuo trabajo de compasión, de respeto, de olvido y de generosidad.

 

  1. 2.      El amor asimétrico en los evangelios

 

Si algo nos muestran los evangelios es la extraña manera de amar de Jesús, amor asimétrico. Repasemos:

 

  • Amor desinteresado: no ha andado Jesús sus caminos para llenarse el bolsillo, para amasar ganancias. Por eso ha podido describirse como quien “no tiene dónde reposar la cabeza” (Mt 8,20). No se le conocen riquezas, ni ha repartido prebendas como un rey. Ha sufrido la carencia como toda la masa de empobrecidos de la época. Por eso mismo, nunca ha demandado pago o gratificación por ninguna de sus intervenciones humanizadoras, no ha pasado factura por ninguno de sus consuelos derramados. Toda su visa se ha enmarcado en el terreno de lo gratis; por eso ha podido proponerlo así a sus seguidores (Mt 10,8). No ha dejado a sus seguidores ni bienes ni estructuras económicas; solamente una utopía de minoridad y sencillez. Nunca abandono la pobreza en que nació. Alguien libre de intereses económicos y sociales.
  • Amor sin agradecimiento: porque los evangelios no narran ni una escena de agradecimiento excepto la del leproso samaritano curado (Lc 17,11-19). Hizo muchas cosas buenas a favor de los empobrecidos, pero no hay agradecimiento explícito. No buscó ese agradecimiento; no se lamentó cuando no lo recibió; no dejó de ser bueno porque no se le agradeciera. No salió a los caminos para buscar aplausos, sino para encontrarse con corazones doloridos.
  • Amor sin exigencias: ya que no ponía por delante exigencias morales  o religiosas. Si había conversión, él se alegraba (Lc 19,1-10); si no había, esperaba paciente (Lc 7,36-50; Jn 3,1ss). Él no quería defender postulados, códigos o normas que propusiera como exigencias de su oferta. La única exigencia era el amor (Jn 13,34-35). Por eso ni juzgaba ni rechazaba a nadie, de no ser a quien se aprovecha de Dios para aumentar sus beneficios económicos (Mc 11,15-18). Todos podían aceptar su propuesta porque no había exigencias previas.
  • Amor sin aplausos: cuando alguna vez se los dieron, desvió el asunto hacia lo principal: lo importante era “cumplir el designio” del Padre (Lc 11,27-28), que nada se perdiera (Mt 18,14). Parece que muchos le seguían, pero si le buscaban era en gran parte por propio interés (Jn 6,15). Él rehuyó explícitamente tales aplausos (Jn 6,22-29). Nadie, por supuesto, le aplaudió cuando estaba en el patíbulo, le sacaban coplas (Mt 27,47). Una muerte sin triunfo, sin gloria, sin aplauso.
  • Amor sin esperanzas: que es el amor más puro, porque en las esperanzas se cuela el egoísmo. Por eso fue a tierras de paganos (Tiro y Sidón, la Decapolis). Un judío no pisaba aquella tierra maldita, de no ser para comerciar. Si Jesús fue, un tanto “a la fuerza” (ver el desasosiego de Mc 7,27) no es porque tuviera esperanza, sino porque el Padre le empujaba. En base a tal amor, fue. Y se encontró con lo inesperado, porque, cuando no hay esperanzas previas, cuando se está libre de la simetría, de la justa correspondencia, puede brotar el amor desinteresado.

 

  1. 3.      Caminos de amor asimétrico

 

Son caminos “peligrosos”, que exigen discernimiento, para no hacer el caldo gordo al opresor, para no empeorar las cosas generando más asimetría. Son caminos arriesgados pero que merece la pena intentar.

 

+ El amor asimétrico en la vida familiar: algo que casi todos experimentamos, algo que siempre es resbaladizo. Pero muchas de sus situaciones solamente se pueden enfocar desde el amor asimétrico. Si se aplica la mera simetría, el muro de la imposibilidad es el único resultado.  Se puede aplica la asimetría del amor y, a la vez, ser sensatos. Quizá amanezca lo que parecía imposible. Los pequeños intentos de la asimetría pueden dar buenos resultados.

+ El amor asimétrico en la evangelización: que puede ser un buen antídoto para no buscarnos a nosotros mismos en las tareas de evangelización. Se cuela fácilmente en nuestra actividad pastoral el deseo del nombre, del premio, del aplauso. El amor asimétrico, el no pretender sino que el otro vaya adelante en la vida y en la fe, puede purificar mucho de nuestra tarea creyente.

+ El amor asimétrico en la vivencia de la Iglesia: porque de muchas de nuestras situaciones eclesiales, tan lacerantes a veces, solamente puede sacarnos un amor asimétrico a “los miembros vacilantes de la Iglesia”, como decía santa Clara. Quizá sea eso lo que nos libre de discusiones estériles y de planteamientos enfrentados. Tal vez aprendamos por ese amor que, aunque vayamos en barcas diferentes, todos vamos hacia el mismo puerto que es Jesús.

+ El amor asimétrico en el campo social: cosa que aparece con claridad en los voluntariados: da uno parte de su tiempo y, aunque a veces reciba agradecimientos, otras veces recibe desplantes y vituperios. Mantenerse en esa tarea a pesar de ello es la prueba de que se ha entendido el amor asimétrico. El voluntariado no es solamente renunciar a parte del propio tiempo; quizá sea también renunciar a un agradecimientos que unas veces viene y tras no.

+ El amor asimétrico en el amor social: algo de lo que nos habla ampliamente la encíclica Fratelli tutti. Se trataría de entregarse, de amar, de colaborar con el hecho social aunque veamos que otras personas no colaboran, son destructivas en la sociedad y abusan de la libertad común para hacer su propio capricho. No desistir en amar la ciudad, la región, el país, el mundo por más que haya personas desaprensivas, descuidadas, destructoras del tejido ciudadano, superar el dolor que nos cusa el deterioro social siguiendo en el camino de la colaboración, ése es el lenguaje del amor asimétrico aplicado a la sociedad.

+ El amor asimétrico en la vida comunitaria: sin el que es imposible una relación fraterna: si a todo lo que hacemos en comunidad ha de tener aplauso y pago, muchas cosas caerán fuera. La generosidad es elementos imprescindible para una vida comunitaria saludable. Es preciso inmunizarse contra el desaliento que nos produce ver que yo colaboro y otros/as no colaboran. Sin el amor asimétrico no solamente no se habrá entendido qué es la vida en comunidad, sino que tampoco se habrá entendido qué es vivir en grupo.

 

  1. 4.      Para orar

 

  • «Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos. Ellos lo observaban atentamente. Jesús dijo al que lo había invitado: “Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa.
    Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos!».

 

¿Cómo entender que hay recompensa en la misma generosidad, que la alegría de ver crecer al otro es suficiente recompensa? Solamente desde el amor asimétrico.

 

  • Razón poética:

 

Libre te quiero
como arroyo que brinca
de peña en peña,
pero no mía.

 

Grande te quiero
como monte preñado
de primavera,
pero no mía.

 

Buena te quiero
como pan que no sabe
su masa buena,
pero no mía.

 

Alta te quiero
como chopo que al cielo
se despereza,
pero no mía.

 

Blanca te quiero
como flor de azahares
sobre la tierra,
pero no mía.

 

Pero no mía
ni de Dios ni de nadie
ni tuya siquiera.

 

Agustín García Calvo

 

 

5

LA ILUSIÓN DE LA SANTIDAD DE VIVIR

 

            Por muchas que sean las heridas, las traiciones, los abandonos con que maltratamos el camino humano, hay en la persona un apego a la vida inscrito en nuestros genes. Ya lo decía Job sin saber de genética: “¡Todo lo que tiene el hombre lo daría por su vida!” (Job 2,4). No se trata solamente de una reacción “animal” ante los peligros de la vida, un mecanismo de defensa. Es la certeza, muchas veces difusa, de que se tiene un don valioso en las manos, de que, por muchas que sean las penurias de la vida, uno es afortunado por haber sido llamado. A las personas más maltratadas por la vida no es fácil hacerles ver esto; pero quienes hemos sido mejor tratados tendríamos que verlo y agradecerlo.

            Es que la vida encierra dentro una especie de “santidad” que no tiene que ver con la santidad de los altares. Decir que la vida es “santa” es decir que es una realidad que, indefectiblemente, tiende a la dicha. Hemos sido creados para la dicha, no para el trabajo (aunque haya que trabajar para poder vivir con dignidad). No ser dichoso (dentro de las posibilidades limitadas que tenemos) sería el mayor pecado, el mayor error. Dios no nos ha creado para el exilio, para la penuria, para el dolor, por más que nuestro ser limitado lo experimente. La misma resurrección la entendemos como la dicha plena.

De ahí que se pueda anhelar alimentar la ilusión de vivir una vida santa, dichosa, dentro de los parámetros de nuestra limitación. El ideal de la santidad de vivir es mucho más amplio y más hermoso que el de la santidad religiosa. Se alimentará esta ilusión amando la vida por encima y más allá de sus límites. Cierta espiritualidad que vamos superando poco a poco nos ha llevado a creer que esta vida no merece la pena, que estamos de paso (como en un hotel, dicen algunos), que nuestra verdadera morada no es esta. Por eso, se ha vertido mucho acíbar, menosprecio y maltrato a esta vida. Un desenfoque. Si maltratamos el don de la vida, maltratamos al donante. Si despreciamos la vida, despreciamos al mismo Dios. De ahí que amar la vida, en cualquiera de sus formas, es colaborar a la santidad de vivir.

Además de todo lo dicho, la santidad de vivir es englobante (mientras que la religiosa es para la élite de los santos de peana). Todo el mundo puede acceder a ella, en la medida de sus posibilidades. No está reservada para unos pocos sino que todos los seres que viven, incluso la creación, están llamados a ella. Excluir de la santidad sería como excluir de la vida.

San Ireneo (s. II) es el autor de una impresionante frase, a menudo citada: «La vida en el hombre es la gloria de Dios, la vida del hombre es la visión de Dios.» que podría traducirse de esta manera: «La gloria de Dios es que la persona viva; la vida del persona es entrar al misterio de Dios». Lo que hace particularmente atrayente el pensamiento de Ireneo es esa noción de «vida». Cada ser humano tiene el deseo de una vida plena y verdadera. Si hablamos tan a menudo hoy en día de «alienación» o de «absurdo» es precisamente debido a esa toma de conciencia de que algo importante le falta a nuestra vida, algo que buscar más allá o en vez de satisfacciones instantáneas de las sociedades de consumo.

 

  1. 1.      Meditación de la Palabra: Ez 18,21-23

 

«21Si el malvado se convierte de todos los pecados cometidos y observa todos mis preceptos, practica el derecho y la justicia, ciertamente vivirá y no morirá. 22No se tendrán en cuenta los delitos cometidos; por la justicia que ha practicado, vivirá. 23¿Acaso quiero yo la muerte del malvado —oráculo del Señor Dios—, y no que se convierta de su conducta y viva?».

 

  • Mucho más no le pidamos a Ezequiel. Pero aquí se abre una puerta a la esperanza. Hasta el malvado tiene posibilidades de vida porque Dios tiene un designio de vida también para él. La vida engloba a todos (bien lo dirá Jesús con aquel dicho irrefutable de que “Dios hace salir su sol sobre buenos y malos”: Mt 5,45). Nadie queda excluido de la corriente de la vida (es la vida abundante de la que habla Jn 10,10). Estamos hablando, con osadía, de los deseos de Dios: “que nada se pierda”: Jn 6,39.
  • Es cierto que Ezequiel no concibe una vida da sin condiciones. Por eso pone el requisito “si el malvado se convierte”. Quizá sea necesario el reconocimiento del mal. Pero Dios no puede someter su amor a ningún requisito porque el suyo es un amor por encima de requisitos. Por eso la conversión tendría que ser, más bien, una consecuencia del amor que Dios nos da. La santidad de vivir nos abre al amor de Dios y provoca una conversión a la vida porque quien ama la vida ama, de alguna manera, al mismo Dios.
  • Y luego están “los preceptos”. Ezequiel cree imprescindible el cumplimiento de la normativa religiosa. Jesús, y la misma secularidad, no están enseñando que eso es relativo, lo que no quiere decir que nos importe. Pero, a veces, el “malvado” no puede cumplir los “preceptos” porque no le es posible, hoy por hoy, salirse del marco de su “maldad”. También habrá que asignarle una porción de vida, aunque luego hablemos de su maldad. Y luego, ¿quién es uno para hablar de maldad del otro? ¿No habrá que discernir bien y ser cuidadoso, aunque haya que ser también profético? De cualquier manera, es posible compaginar la santidad de vivir con una cierta “maldad” que es la que brota de las limitaciones históricas, más que de la perversión del corazón. De cualquier manera, Jesús la puso muchas veces entre paréntesis (Lc 5,32).
  • Aun con todas las condiciones que pone Ezequiel, anunciar vida para el malvado con tanta contundencia, “ciertamente vivirá y no morirá”, es ya mucho. Por eso decimos que la santidad de vivir tiene que englobar, de algún modo, incluso la maldad. Un anuncio de vida, digna y feliz, es el gran anuncio del evangelio. No añade nada el evangelio de distinto a ese anuncio, sino que da fuerza para profundizar ahí.
  • Resulta revolucionario para la época decir que “no se tendrán en cuenta los delitos cometidos”. ¿No es el delito algo imborrable? ¿No tenía Dios un libro en el que anota todo? ¿No deja “marca” aun cuando se haya perdonado? (aquello del reato de culpa). Ezequiel dice increíblemente que no, como lo decía gráficamente Miq 7,9. Es como si dijera: olvidémonos, o al menos pongamos en un segundo término, del pecado y pongamos delante y como centro la vida. Jesús está más preocupado por la dicha que por el pecado. No ah estado con nosotros por causa del pecado, sino por causa de nuestra vida, para que la tengamos en abundancia (Jn 10,10).
  • Porque el malvado también es capaz de la justicia. Posiblemente se den mezcladas en su vida. La santidad de vivir es paciente y tenaz con la limitación, ambas cosas a la vez. Descreer de la bondad del malvado quizá sea tirar piedras al propio tejado. Esto no merma la negatividad de la injusticia, pero deja una puerta a la justicia porque ni el bueno es tanto como él dice ni el malo es tanto como nosotros decimos.
  • Resulta llamativa esa autodefensa de Dios que hace Ezequiel alejándolo de la muerte del malvado: “¿Acaso quiero yo la muerte del malvado?”. Entender a Dios, a priori, como uno que condena, que castiga, que  hiere, es no haber entendido el Dios de la profecía y, menos todavía, el Dios de Jesús. Tener la idea de un Dios que se ceba en nuestro mal está, incluso, en contra de la mentalidad veterotestamentaria. La santidad de vivir es compatible con el rechazo de toda muerte que se asiente sobre una supuesta legalidad (por eso el Papa Francisco habla tan fuerte contra la pena de muerte en FT 263ss).
  • Ezequiel tiene que poner como requisito el cambio de conducta porque él está troquelado por  la moralidad del AT. ¿Y si no termina de convertirse del todo? ¿Y si no puede convertirse como quisiera? ¿Y si no encuentra cauces para el cambio? ¿Y si no es el momento aún para que llegue el cambio porque su proceso de vida no está en ese punto? ¿Y si aún no ha llorado lo suficiente para que sus lágrimas hagan virar el sentido de sus pasos? Ciertamente el Dios de la vida no negará la vida a quien se halle en tal situación. Como venimos diciendo, la santidad de vivir tiene que ser compatible con la limitación, tiene que abrazarla y asumirla.

 

  1. 2.      La santidad de vivir

 

El teólogo J. Sobrino es quien en su día acuñó la expresión “santidad de vivir” y quien dio una hermosa  definición:

 

«Me gusta pensar que en la decisión primaria de vivir y dar vida aparece una como santidad primordial, que no se pregunta todavía si es virtud u obligación, si es libertad o necesidad, si es gracia o mérito. No es la santidad reconocida en las canonizaciones, pero bien la aprecia un corazón limpio. No es la santidad de las virtudes heroicas, sino la de una vida realmente heroica. No sabemos si los pobres que claman por vivir son santos intercesores o no, pero mueven el corazón. Pueden ser santos pecadores, si se quiere, pero cumplen insignemente con la vocación primordial de la creación: son obedientes a la llamada de Dios a vivir y dar vida a otros, aun en medio de la catástrofe. Es la santidad del sufrimiento, que tiene una lógica distinta, pero más primaria, que la santidad de la virtud».

 

  • Hablamos de “santidad primordial”. Cuando oímos hablar de santidad el vocablo nos lleva inmediatamente a los santos de los altares. Pero estamos hablando de otra cosa. Hablamos de amor a la vida, de deseo de dicha, de vida con sentido, de entregas humildes pero básicas, de solidaridad en las situaciones de pobreza más elemental. Pensamos que, quizá, hasta el vocablo “santidad”  le va mal. Es algo primario, que brota sin más, como una respuesta natural al dolor ajeno.
  • Por eso el santo que vive y hace vivir no se pregunta si eso es “virtud u obligación”, posiblemente ninguna de las dos cosas; ni “liberta o necesidad…gracia o mérito”. No se hace esas preguntas: vive y ayuda a vivir porque le brota de dentro, como algo natural, si saber de qué fuente. El que sea una santidad tan “inconsciente” no la hace menos hermosa. Se extrañarían si les preguntaran por qué lo hacen. No tendrían respuesta y se quedarían incluso confundidas. Hay que hacerlo porque hay que hacerlo, sin más.
  • Es evidente, y no lo pretende tampoco, que se vea en esta entrega al frágil “la santidad de las canonizaciones”. Ese es otro cauce. No lo hacen por Dios, sino por la persona débil, por ellos mismos que se ven en la debilidad de la persona caída, por la dignidad humana del caído y por la propia. El que lo hagan “sin reflexión”, el que se quede la cosa sin reconocimiento,  no priva de hermosura a su obra. Y, desde luego, “bien la aprecia un corazón limpio”. Porque siempre habrá gente que lo aprecie, aunque no se lo diga, aunque no tenga publicidad ni relevancia. Para quien recibe ese amor humilde, esas personas serán “santas”, siempre estarán en el corazón. Y si no se les aprecia, siguen siendo “santas”.
  • Lógicamente “no es la santidad de las virtudes heroicas”, nunca se hará sobre ellas un Decreto que lo pruebe. Pero encierran “una vida reamente heroica”. No hacen milagros que interrumpen el curso de los acontecimientos, pero sí que obran el gran milagro de que la vida sea un poco más digna y más humana. Por eso, nunca recibirían el calificativo de héroes, no saldrán en la prensa, pero su buen hacer queda en el fondo del tesoro de la vida.
  • Nadie rezará ante ellos, no serán santos “intercesores” pero mueven el corazón humano y desatan la ternura del mismo Dios que reconoce en ellos, más allá de la bruma, a sus hijos queridos. Nadie les pedirá gracias y dones. Pero ellos, por su cuenta, han derramado el don del amor  en el pequeño recipiente del pobre socorrido.   Por eso, aunque ellos quedarían asombrados por ello, son ejemplo de humanidad y de fe, como aquel samaritano compasivo del que habló Jesús con tanto acierto (Lc 10,29-37).
  • Es verdad que son “santos pecadores” porque la limitación acompaña sus vidas y no están libres de pecado (Jn 8.1-7). Quizá ellos son los primeros en reconocerlo porque palpan a diario sus limitaciones. Pero cumplen la vocación básica, la de “crecer y multiplicarse” (Gén 1,28) no solo en número, sino, sobre todo, en bondad. Así, sin pretenderlo, obedecen “a la llamada de Dios a vivir y dar vida” que es la auténtica vocación humana, el cimiento donde se asienta toda otra vocación. Y esto lo hacen “en medio de la catástrofe”, en los escenarios de mayor pobreza, allí donde la vida grita su necesidad.
  • Esta podría ser llamada también “santidad del sufrimiento” porque la respuesta que da al sufrimiento ajeno desvela la enorme talla moral de esa persona. No está opuesta a la santidad de la virtud porque esta se ocupa muchas veces del sufrimiento de los demás. Pero lo suyo no es ahondar en el cielo de lo divino, sino en el abismo de lo humano.

 

  1. 3.     Curso de amor a la vida

 

Para entender un poco más qué queremos decir cuando hablamos de santidad de vivir quizá haya que hacer y aprobar una especie de “Curso de amor a la vida” algo de lo que aún nos resulta difícil hacernos a la idea. Ese Curso podría tener asignaturas como éstas:

  • El cuidado esencial: Aprender a cuidar al necesitado de cuidados, no solamente con actos puntuales, sino con una actitud: mentalidad de cuidador de la vida. Cuidar el mundo que nos rodea es la mejor manera de cuidarnos nosotros mismos, dice FT 17. Dice también el Papa que hemos de ir superando el analfabetismo que arrastramos  en acompañar, cuidar y sostener a los más frágiles y débiles de nuestras sociedades desarrolladas (FT 64).
  • El disfrute elemental: Aprender a disfrutar con poco, con lo elemental, con lo diario, con lo compartido, con lo más popular, con la naturaleza cercana, con lo que disfrutan los niños. Dice el Papa Francisco en EG 182: «Sabemos que Dios quiere la felicidad de sus hijos también en esta tierra, aunque estén llamados a la plenitud eterna, porque Él creó todas las cosas «para que las disfrutemos» (1 Tm 6,17), para que todos puedan disfrutarlas». 
  • La belleza común: Aprender a amar lo bello, lo limpio, lo bien hecho, las cosas con buen gusto, las palabras amables, la higiene y el orden, el arte popular. Dice el Papa Francisco en EG 167: «Hay que atreverse a encontrar los nuevos signos, los nuevos símbolos, una nueva carne para la transmisión de la Palabra, las formas diversas de belleza que se valoran en diferentes ámbitos culturales, e incluso aquellos modos no convencionales de belleza, que pueden ser poco significativos para los evangelizadores, pero que se han vuelto particularmente atractivos para otros».
  • La atención amante: Aprender a escuchar implicándose, interesándose, metiéndose en el asunto. Creer que los problemas de los demás, de alguna manera, me atañen. Mantener viva la sensibilidad por las situaciones de penuria humana, de cerca y de lejos. Es el Papa quien ha acuñado esta expresión de “atención amante” en EG 199: «es el inicio de una verdadera preocupación por su persona, a partir de la cual deseo buscar efectivamente su bien».
  • La confianza de fondo: Aprender a no negar la confianza cuando ha habido fallo e, incluso, traición. Aprender el arte de mirar el fondo del corazón y no estrellarse en las apariencias. Bien claramente lo dice FT 94: «El amor implica entonces algo más que una serie de acciones benéficas. Las acciones brotan de una unión que inclina más y más hacia el otro considerándolo valioso, digno, grato y bello, más allá de las apariencias físicas o morales».
  • La bondad general: No apearse de la certeza de que la bondad anida en toda la realidad, aunque, a veces, se halle muy oculta. De salida, pensar bien del otro, creer en la posibilidad de que sea alguien bueno. Dice FT 243: «quien cultiva la bondad en su interior recibe a cambio una conciencia tranquila, una alegría profunda aun en medio de las dificultades y de las incomprensiones». 
  • La justicia anhelada: Aprender a estar en las “batallas” por la justicia, aunque la aportación sea minúscula. Escuchar con acogida los gritos de los injustamente tratados por la vida. Situarse de salida en el terreno de los afectados por cualquier injusticia. En una expresión un tanto especial, pero vigorosa, dice FT 278: «quien cultiva la bondad en su interior recibe a cambio una conciencia tranquila, una alegría profunda aun en medio de las dificultades y de las incomprensiones». 

Algo así tendría que ser ese Curso de Amor a la Vida que nos acerque a la realidad de Jesús, el que entendió la vida desde esos parámetros de novedad tan elemental y tan honda a la vez. No hizo nada de extraordinario (ni siquiera sus pobres milagros, como dice Sobrino). Su valor estaba en la hondura de lo sencillo, en el intento de hacernos ver que esta vida con su “limitada perfección” merece la pena ser vivida y disfrutada, aunque acumule goteras y decepciones. Pero también acumula valores y disfrutes, pequeños logros y caminos hermosos andados. Por estas sendas camina la espiritualidad de la santidad de vivir.

 

  1. 4.      Para orar

 

  • “Santifícalos en la verdad, tu palabra es verdad” (JN 17,17)

 

La verdad de Jesús no es una doctrina, sino su amor en obras. Esa es la materia de la verdadera santidad: lo hecho a favor del más frágil.

 

  • Razón poética:

 

Bajo el sol

                hay bondad

frente a la luz sólo basta

                abrir los ojos

Limpia las penas

de tu corazón

el sufrimiento

de tu cuerpo

bajo el sol

da gracias

a la hierba

al musgo a la lluvia

da gracias

al placer

a la tierra sobre la que vives

y sobre la que mueres

al primer jardín

a los árboles de música

y a sus follajes de silencio

da gracias

al agua de la acequia

al bálsamo en la sangre

al rocío la floresta

al ciervo vulnerable

bajo el sol

al cielo y a sus siglos

a las nubes del aire

al fuego y al frío

a los vientos a las noches

y a los días y a la luz

a los montes y colinas

a las fuentes los mares y riberas

a la muerte

a los pájaros del cielo

y a la muerte

oscuro corzo herido

da gracias

               bajo el sol

 

Ernesto Kavi 

 

6

LA ILUSIÓN DE SER ALTERNATIVOS

 

Los creyentes somos alternativos en el marco de lo religioso: CREEMOS EN Dios (muchos no creen), rezamos (muchos no rezan), leemos la Palabra (muchos la ignoran), aceptamos el Magisterio de la Iglesia (muchos no cuentan con él), creemos en la vida eterna (muchos no tienen esa creencia), etc. En todo eso somos distintos de una notable parte de la sociedad. Pero en las otras cosas de la vida funcionamos más o menos igual: nuestra visión del dinero (cuanto más se tenga, mejor), nuestra manera de entender la economía (cuanto más produzca algo, mejor), nuestra forma de entender la política (de aliento generalmente conservador), nuestra manera de entender la familia (más que todo en los moldes tradicionales), nuestra percepción de la ecología (algo prescindible, aunque vamos mejorando). Es decir, los grupos cristianos somos, más o menos (si exceptuamos las prácticas religiosas) como todo el mundo. No se percibe nuestra vida como un camino con un componente alternativo.

Sin embargo, cuando se dice que la fe, y la vida religiosa, ha de anunciar “las realidades futuras” se está queriendo decir que, ya desde ahora, nuestros estilos de vida habría de ser otros, alternativos, apoyados y basados en presupuestos distintos, con caminos que no son los comunes. Muchas personas, muchos religiosos/as, no perciben esto como algo interesante; habrá incluso algunos que deliberadamente no quieren ser alternativos de nada y que miren hacia atrás.

Nada que reprochar. Pero la propuesta de Jesús, eso no se puede negar, es una propuesta alternativa: “no sea así entre vosotros” (Lc 22,26-28). Como muchos de nosotros venimos de una fe heredada, no hemos entendido la opción cristiana como un camino alternativo, distinto. Hemos continuado siendo creyentes en los caminos sociales que hemos heredado.

¿Merece la pena trabajar este anhelo, mantener y alimentar esta ilusión? ¿No nos chocamos contra un muro infranqueable? ¿No sería mejor dejar las cosas como están? El camino más improductivo es aquel que no se anda. No se trata de generar frustraciones sino anhelos. Reflexionar, orar, quizá pueda ser un comienzo que abra a un deseo y a un camino.

En lo que está de nuestra parte, quizá de esta clase de ilusiones dependa que la figura y el mensaje de Jesús sigan teniendo atractivo en nuestro mundo. Quizá dependa el que la fe cristiana encuentre un lugar en esta sociedad nueva en la que vivimos. Quizá podamos vivir y hacer ver la novedad de un estilo de vida sencillo y comunitario como cauce de vida y de amor. Por eso, aunque no percibamos muy bien el perfil de una espiritualidad de lo alternativo, merece la pena adentrarse por estos caminos.

 

  1. 1.      Meditación de la Palabra:  Ez 20,32-38

 

«32Ciertamente no ocurrirá lo que os pasa por la mente cuando decís: “Queremos ser como los otros pueblos, como las gentes de los otros países, y adorar al leño y a la piedra”. 33Por mi vida —oráculo del Señor Dios— que yo reinaré sobre vosotros con mano fuerte, con brazo vigoroso y con ira incontenible. 34Os sacaré de entre las naciones con mano fuerte, con brazo vigoroso y con ira desbordada, y os reuniré de entre los países por donde estabais dispersos. 35Os llevaré al desierto de las naciones y allí, cara a cara, entablaré un pleito con vosotros. 36Lo mismo que entablé un pleito con vuestros padres en el desierto de Egipto, así entablaré un nuevo pleito con vosotros —oráculo del Señor Dios—. 37Os haré pasar bajo el cayado, y os someteré al aro de la alianza. 38Pero separaré de entre vosotros a los rebeldes que se sublevan contra mí. Los sacaré del país donde habitan, pero no entrarán en la tierra de Israel. Y comprenderéis que yo soy el Señor». 

 

  • Este oráculo oscuro hace parte de una larga historia de rebeldía que Ezequiel quiere poner delante de los ojos de sus lectores. Está convencido de que Israel ha sido, es y será siempre un pueblo rebelde. Ezequiel cree que es rebelde a Dios; pero quizá lo sea rebelde a él, a sus planteamientos, a su manera de ver la vida.  Si se distanciara un poco de él mismo, quizá vería las cosas de otra manera. Proponer un camino alternativo desde uno mismo es siempre arriesgado; quizá tenga más garantías si se hace desde una perspectiva comunitaria
  • El plan de Israel, desde antiguo (1 Sam 8,5), es “ser como los demás pueblos”, funcionar como funciona todo el mundo, tener los medios y las ambiciones de todo el mundo, ser respetado y temido como todo el mundo, ser considerado y aplaudido como todo el mundo. Dios, por la alianza, lo quería pueblo distinto, pueblo de paz, de perdón, de convivencia, de abrazo universal. Dios quería que Israel fuera lenguaje suyo. Pero Israel quería ser como los otros pueblos. En lugar de ser alternativa de vida distinta, ellos querían funcionar como todo el mundo. No entrevieron la hermosura de la alternatividad y fueron como todo el mundo, sin una oferta que proponer. El desdén por lo alternativo viene de lejos. Jesús renovará la propuesta de alternatividad.
  • Y querían “adorar al leño y a la piedra”, es decir, tener los mismos ídolos, idénticas maneras de ver la vida, postrarse ante el dios de una economía que mata y de una valoración del distinto como enemigo, venerar el individualismo que lleva a la indiferencia. A eso se quiere adorar; ese camino se elige. Y a quien intente derribar esos ídolos se le denominará hereje, réprobo, influencia tóxica. Pero, quien lo vea de otro modo, quien empiece a desear lo alternativo, agradecerá las corrientes sociales que cuestionan y derriban tales ídolos. Agradecerá la profecía, venga de donde venga.
  • Recurre Ezequiel a su técnica de siempre: doblegar en lugar de seducir. “Reinaré sobre vosotros”, queráis que no, “con ira incontenible…con ira desbordada”. Pero a nadie se puede obligar a vivir una fe alternativa: si no se quiere, si no se puede, si se desecha, no hay más que un camino: respeto y seducción. Respeto para esperar el momento cuando llegue, si llega; seducción para desplegar la hermosura del camino alternativo ofrecido desde la propia vivencia sobre todo, pero también desde el anhelo.
  • Según el profeta, Dios sacará y reunificará a su pueblo “y os llevaré al desierto…para entablar un pleito con vosotros”. El desierto es lugar de discernimiento, de reorientación, de tratar de poner las cosas en claro. No hay que temer su “cara a cara”. La alternatividad no brota por arte de magia: es preciso discernir, pensar, valorar, intercambiar. Y quizá con esos trabajos se den pasos sencillos o, al menos, se ablande el corazón para que, en su día, broten tales planes. Por eso no habrá que rehuir los desiertos, la reflexión, la formación, etc. Sin ellas, viviremos en la superficialidad de todo el mundo sin ser significativos y para nada tendremos ganas de hablar de alternatividad.
  • Recuerda Ezequiel el “pleito” del Egipto, pelito perdido porque mira a dónde se ha llegado. Pleito perdido el del Israel exílico. ¿Será también un pleito perdido el de Jesús? Cualquier camino que se pretenda alternativo, se logre o no, puede ser lenguaje válido para que la propuesta de Jesús no solamente no se pierda, sino que prospere. ¿Cómo recuperar la propuesta de Jesús? ¿Cómo hacer que sea ella la que nos interese más que nuestros planes? ¿Cómo abrir un futuro mejor al evangelio? Si esta clase de preguntas nos interesaran poco o nos parecieran teóricas, quizá habría que ir al desierto del discernimiento.
  • La manera que tiene Ezequiel de empujar a la alternatividad, ya lo hemos dicho, es la condena y la obligatoriedad: “el cayado…el aro”. Pasar por el aro, ahí está el quid. Pero la alianza era una cuestión de adhesión, de corazón, y, por lo tanto, hacer pasar por el aro es lo mismo que obligar a amar. Y un amor obligado es una contradicción en sí mismo. El rígido Ezequiel no vislumbra otras posibilidades, a pesar de cosechar un tremendo fracaso. Y, junto a esto, separa las manzanas podridas: “separaré de entre vosotros a los rebeldes”. Sin percatarse de que toda persona lleva dentro un rebelde, un  Caín (1 Jn 3,12), y que, por lo tanto, hay que emplear otro tipo de estrategias. Hay que pensar en una propuesta alternativa a la que puedan tener acceso todos, incluso los “rebeldes”, los lentos, los fríos, los suspicaces. Esos también podrán entrar “en la tierra de Israel”, en el modo nuevo alternativo, de una propuesta hecha para la vida y para la dicha.

 

  1. 2.      Espiritualidad evangélica para generar alternatividad

 

Creemos que los evangelios son una propuesta alternativa. ¿Cómo nos ayudan a ir generando una espiritualidad de alternatividad que nos seduzca:

  • Implicación: en los evangelios se habla muchas veces de “tocar”. Jesús toca (leprosos, sordos, ciegos, muertos, etc.) y es tocado, apretujado incluso (Mc 5,31). Sin tocar no se puede ser seguidor; sin implicación no podrá brotar lo alternativo. Es buena la reflexión, el discernimiento, el compartir fraterno, la oración. Pero, al final, la medida real de un seguimiento alternativo lo da la implicación. No es necesario que se una implicación total; la parcial también vale. Los grados de implicación pueden ser muy diversos. Pero si no hay ni  la una ni la otra, aún falta lo más importante. ¿Cómo movernos, además de conmovernos? Es una pregunta de difícil respuesta. Quizá el ánimo comunitario sea imprescindible. Animarse en comunidad es más factible que animarse en solitario. Por eso decimos que necesitamos comunidades ilusionadas, grupos vivos, colectivos con una mística común. Quizá por ahí.
  • Liberación: la alternatividad tiene que ver con la libertad, el horizonte, el aire nuevo. No se puede vivir esto en ambientes cargados, enrarecidos, tóxicos. Se pierde una cantidad enorme de energía tratando de purificarlos y casi nunca se consigue. Es preciso buscar en otra parte, en la parte de la libertad. La vida cristiana que estaba orientada a la libertad (“para ser libres nos libertó Cristo Jesús”: Gál 5,1) ha generado mucha dependencia y coacción. Sin recuperar la libertad no se puede hablar de alternatividad. Quizá no se percibe lo nuestro, la vida cristiana, la vida religiosa, como alternativa porque no se la percibe libre. Si se la entendiera como posibilidad de liberación habría quien se apuntaría, porque hay muchos que anhelan libertad. Y siempre es posible caminar en dirección a la libertad por muy compacto que se quiera el sistema. La libertad termina por zafarse, en parte al menos, de la la coraza de hierro con la que la quiere aprisionar el sistema.
  • Sentido crítico: porque es difícil cuestionar lo incuestionable, pero de algo de eso se trata. Los sistemas, y los subsistemas (como el religioso), quiere  hacernos creer que sus principios son incuestionables. Pero no es así: únicamente la dignidad es incuestionable. El resto puede ser cuestionado con sensatez, puede cambiar, puede mejorar. Por eso, la alternatividad demanda necesariamente tener activado el sentido crítico, leer la realidad con profundidad, analizar bien lo que pasa y lo que nos pasa. Si abandonamos el sentido crítico crecen los fantasmas por doquier y nuestro imaginario se puebla de monstruos. El alternativo es un místico de ojos abiertos, alguien que lee la realidad teniendo cuidado de caer lo menosposible en el engaño y la falsedad. Jesús ha sido uno de ellos: cuestionó lo incuestionable (las tradiciones, las autoridades, al mismo Moisés) sin eludir las consecuencias.
  • Relaciones con los frágiles: porque la alternatividad apunta a ellos. Ser alternativo con los poderosos es una contradicción, porque el poder nunca es alternativo. De ahí que haya que mirar con quién nos relacionamos. O mejor: las relaciones con los frágiles nos ponen en el disparadero de la alternatividad, de la verdadera conversión. Así ha ocurrido en el caso de Jesús (con las mujeres, con los niños, los extranjeros, los excluidos) y en el de muchos otros (como dijimos en el tema primero). La alternatividad tiene mucho que ver con el estilo de relaciones que uno lleva porque tales relaciones nos indican los caminos vitales, reales, que vamos llevando.

 

  1. 3.      Sencillos caminos de alternatividad

 

No resulta fácil decirlo. Quien más los vive es quien podría hablar de ellos y nunca como imposición sino, más bien, como ánimo:

+ El camino de la casa abierta: donde sea fácil entrar, ser escuchado, y donde lo que se tiene se sepa poner con cierta facilidad al servicio del que llega. Es un camino en la línea contraria a la bunkerización de la vida religiosa o de la propia vida personal.

+ El camino de la mesa compartida: porque sentar a la mesa demanda no solamente la oferta de un plato de comida, sino la gimnasia humana de volverse a la realidad del que comparte la mesa. Es gimnasia cuesta, a veces, pero enriquece y habla de aquel compartir de Jesús que tanto nos fascina.

+ El camino de los acompañamientos gratuitos: porque hay gente que necesita ser acompañados, en su soledad, en su enfermedad, en su necesidad de situarse en una tierra nueva, en la complicada burocracia que atosiga a los sencillos.

+ El camino de los voluntariados ocultos: sin brillo, sin aplauso, sin relevancia social, pero muy útiles en su sencillez. ¿Cómo de fácil sería explicar muchas cosas del comportamiento cristiano a quien tiene dificultades para conectar con lo nuestro?

+ El camino de las instalaciones ofrecidas: porque se tiene aún mucho potencial en nuestras manos. ¿Cómo romper la comodidad que es que me dejen en paz para poner al servicio del lado ciudadano más necesitado nuestras instalaciones? Ese lenguaje lo entiende el ciudadano de hoy; del lenguaje religioso se halla más alejado.

+ El camino de la espiritualidad compartida: no solo religión compartida, sino también espiritualidad: búsqueda espiritual, vivencia igualitaria de la oración con quien ora de  otras maneras; diálogo interreligioso o transrreligioso. Todo un mundo por descubrir.

+ El camino de las estructuras ajustadas: tanto en lo económico como en cualquier otro medio. Mientras las estructuras sean gigantes, hablar de alternatividad es complicado. Las estructuras son transformables; se requiere mística e ilusión por dar con caminos de novedad.

De algo de esto estamos queriendo hablar, aunque estos caminos no sean sino un modesto reflejo de la hermosa espiritualidad de la alternatividad cristiana.

 

  1. 4.      Para orar

 

  • “No te pido que los saques del mundo, sino que los libres del mal” (Jn 17,15).

 

No se trata de estar aparte de la vida, sino de tener otra mística, otros porqués, otra orientación: la que marca Jesús, la entrega al otro.

 

  • Razón poética:

 

Entonces veré el sol con ojos nuevos
y la noche y su aldea reunida;
la garza blanca y sus ocultos huevos,
la piel del río y su secreta vida.

Veré el alma gemela de cada hombre
en la entera verdad de su querencia;
y cada cosa en su primero nombre
y cada nombre en su lograda esencia.

Confluyendo en la paz de Tu mirada,
veré, por fin, la cierta encrucijada
de todos los caminos de la Historia

y el reverso de fiesta de la muerte.
Y saciaré mis ojos en Tu gloria,
para ya siempre más ver, verme y verte.

 

                                   Pedro Casaldáliga

 

7

LA ILUSIÓN DE ENCAJAR BIEN EL DESPOJO

 

            Normalmente no lo encajamos bien. El despojo nos amarga, nos malhumora, no le vemos el sentido. Quizá a posteriori descubrimos en él alguna ventaja. Pero inicialmente nos incomoda. Desde niños nos cuesta que nos digna “no”; y el despojo es un “no” a nuestras pretensiones. Nos priva de los que creemos tener por  derecho y lo hace con una cierta violencia. Por eso nos cuesta mucho verle el lado positivo, si es que lo tiene.

            Pero mucho de nuestra vida está amasado en ese despojo: desde niños hasta el último y mayor de nuestros despojos que es la propia muerte. Hemos de despojarnos, con frecuencia, de personas, lugares, bienes, derechos adquiridos, trabajos, afectos, etc. Todo un camino sembrado de renuncias, de cambios, de modificaciones de nuestro propio itinerario vital.

            Cuando el despojo adquiere unas dimensiones planetarias, como ha ocurrido con la pandemia del Covid,  nos damos cuenta del enorme precio que hay que pagar por él: muertes, soledad, enfermedad, aislamiento, pérdidas económicas gigantescas, más pobreza, brotes de individualismo y racismo, incertidumbre, etc. Muchos se han preguntado por el sentido de todo esto sin encontrar bien el camino. La mayoría lo que quiere es, simplemente, huir de esa situación, olvidarse de ella.

            ¿Cómo llegar a entender que el despojo puede encerrar algo constructivo? ¿Cómo transformar en algo positivo el estremecimiento y el dolor de un cambio obligado? ¿Cómo entender que el despojo puede ser una puerta abierta a la vida? Quizá necesitamos reflexionar “en frío” sobre ello para que, cuando llegue el momento podamos reaccionar de una manera más positiva.

            El Jesús evangélico es despojado, un “sin nido-sin madriguera” (Mt 8,20). ¿Dónde encontró sentido a su desamparo, dónde vio que su despojos era un beneficio para muchos? Quizá en sus noches de oración en el descampado (Mc 1,34-35), en sus tremendos retiros del monte (Mt 17,1-6). Por eso creemos que se puede mantener y alimentar la extraña ilusión de llegar a vivir el despojamiento como puerta abierta al sentido, como camino de revitalización espiritual.

 

  1. 1.      Meditación de la Palabra: Ez 24,15-24

 

«15Me fue dirigida esta palabra del Señor: 16«Hijo de hombre, voy a arrebatarte repentinamente el encanto de tus ojos; pero tú no entones una lamentación, no hagas duelo, no llores, no derrames lágrimas. 17Suspira en silencio, no hagas ningún rito fúnebre. Ponte el turbante y cálzate las sandalias; no te cubras la barba ni comas el pan del duelo». 18Yo había hablado a la gente por la mañana, y por la tarde murió mi mujer. Al día siguiente hice lo que se me había ordenado. 19Entonces me dijo la gente: —¿Quieres explicarnos qué significa lo que estás haciendo? 20Les respondí: —He recibido esta palabra del Señor: 21«Di a la casa de Israel: Esto dice el Señor Dios: “Voy a profanar mi santuario, el baluarte del que estáis orgullosos, encanto de vuestros ojos, esperanza de vuestra vida. Los hijos e hijas que dejasteis en Jerusalén caerán a espada. 22Entonces haréis lo que yo he hecho: no os cubriréis la barba ni comeréis el pan del duelo; 23seguiréis con el turbante en la cabeza y las sandalias en los pies; no entonaréis una lamentación ni lloraréis; os consumiréis por vuestras culpas y gemiréis unos con otros. 24Ezequiel os servirá de señal: haréis lo mismo que él ha hecho. Y, cuando suceda, comprenderéis que yo soy el Señor Dios”».

 

  • El rígido, el estricto, el duro Ezequiel también tenía  corazón. ¿Cómo, si no, va a denominar a su  mujer con esa bella expresión “el encanto de mis ojos”? ¿Cómo no va a tener sensibilidad uno que al ver a su mujer sus ojos brillan de alegría? Pues bien, fue despojado repentinamente de tal encanto. Un avance de su propia muerte, un exilio mayor que el que se le echaba encima, una desorientación hondísima del propio corazón. Desde entonces, para Ezequiel, la vida perderá encanto, o lo que tendrá que reorientar encontrando “encanto” en acompañar a los desterrados.
  • Y un despojo más: “no hagas duelo, no llores, no derrames lágrimas”. Que crean que no te duele cuando resulta que tu corazón está sangrando. Que piensen que eres un marido insensible cuando en tu mirada se ha apagado una luz para siempre. ¿Cómo entender que el despojo tiene un lado profético, iluminador? ¿Cómo percatarse de ese otro lado oculto del despojo que, como la cara oculta de la luna, casi nunca se ve?
  • Que el silencio envuelva tu despojo; no lo proclames, no te lamentes y no hagas “ritos fúnebres”. Que crean que eres un insensible. Vive como si nada hubiera ocurrido, “con turbante y sandalias”, comiendo como siempre, cuando, en realidad, tu estómago está cerrado. No andar voceando el dolor que causa el despojo, no echarlo en cara a nadie, no sembrar quejas que hagan ver la injusticia de la que crees ser objeto. Un modo equilibrado y sensato de vivir algo que se considera una gran incomodidad de vida.
  • Todo fue muy rápido: por la mañana ejerció Ezequiel su actividad de predicador y “por la tarde murió mi mujer”. Se le arrebató el alma en pocas horas; el pozo de los oscuro lo absorbió en momentos. A veces los cambios, el despojo, cae de improviso. Hay que estar preparado para sobrevivir. Quizá en un primer momento surja la rebelión; es en un segundo cuando, tras las reflexión y la Palabra (¿por qué cuenta tan poco?) se pueden tomar las cosas de otra manera.
  • Lo más querido para el Israel orgulloso de su estructura religiosa, el Templo, “encanto de vuestros ojos” para ese sistema teocrático va a ser profanado. Dejará de ser “esperanza de vuestra ida” por lo que la esperanza se disipará como la niebla. ¿Cómo salir a flote cuando se que uno sin esperanza? ¿O es que hay esperanza, sentido, por encima del despojo? ¿Cómo de vana es la esperanza puesta en una coyuntura, tan versátil? Con el despojo muere el orgullo; quizá sea eso lo más duele: el que no se me tenga en cuenta, el que no se me pague lo mucho que he hecho, el que no se me considere por encima de los demás. Todo centrado en el yo; el despojo nos descentra al relativizar el yo.
  • Y además de la ruina de la estructura sacral y política, la despoblación: “vuestros hijos e hijas caerán a espada”. Una despoblación acompañada de violencia; un borrar del mapa al país, un no dejar recuerdo, un percibir que queda poco o casi nada de tu paso por ese lugar. ¿Cómo superar el sentimiento de pérdida, de dejar poca huella, del olvido, de la postergación? ¿Dónde encontrar puntos de apoyo que hagan eso asimilable?
  • E incluso, como el profeta, sin hacer duelo: descubierto el rostro-comiendo como siempre-calzados. Sin el consuelo del duelo, sin que nadie escuche el lamento ni el llanto que pueda provocar el consuelo. Un despojo sin consuelo. ¿Cómo encajarlo con humanidad? ¿Cómo andar llorando por las esquinas, mendigando compasión? ¿Cómo seguir adelante, tras el despojo, sin hundirse, sin culpar a nadie, sin hacerse la víctima?
  • El profeta pone la causa “en vuestras culpas”. Le sale el ramalazo moralista. Pero, a veces, no hay culpables detrás del despojos: son las circunstancias, las búsquedas, los panes nuevos. ¿Cómo vivir el despojo sin andar buscando siempre culpables, manos negras que manipulan por detrás, fobias de tal o cual hermano? Librarse de la búsqueda del culpable es ya un buen paso para vivir el despojo de otra manera.
  • Suena siempre como una amenaza el estribillo “entonces comprenderéis que yo soy el Señor”. Él ha castigado. Pero podría ser leído de otra manera: el Señor te marca una senda nueva, te pide un cambio que puede ser positivo para ti y para otros, te aligera una mochila que es demasiado pesada, te invita a poner el acento en lo que es permanente no en la coyuntura, te hace abandonar leguajes ya repetidos, etc.

 

  1. 2.      Actitudes positivas de fondo para asimilar bien el despojo

 

No resulta fácil en caliente encajar el despojo. Pero puede ayudar algo la reflexión “en frío”.

  • Visión positiva de la vida: porque una visión negativa envuelve todo en amargura y ve fantasmas donde de no los hay. Pero si la visión es positiva, no ingenua (aunque no está mal una cierta dosis de ingenuidad) le resulta más fácil desvelar horizontes nuevos, entrever posibilidades que antes no se tenían en cuenta, intuir caminos desconocidos. Una visión positiva de las cosas no solamente aligera pesares, sino que también ayuda a posicionarse de manera nueva ante los caminos que se abren.
  • Sentido de colaboración: que contrarreste un poco la tendencia a la apropiación que todos tenemos. Si me entiendo como colaborador/a no me apropiaré de obras, trabajos, oficios, puestos, etc., que hacen más difícil el cambio. No viviré ese cambio como un simple despojo sino como una oferta que se me hace. En este sentido el liderazgo a ultranza puede jugarnos una mala pasada, porque, a la larga, es más interesante la ilusión común que el liderazgo brillante que llega a creerse imprescindible.
  • Pluralidad de caminos: a veces nos obcecamos y pensamos que solamente tenemos delante un solo camino, el que andamos, y que toda otra posibilidad se halla cerrada para nosotros. La vida se encarga de demostrarnos mil veces de que esto no es así. Los caminos son plurales. La cuestión está en buscar esos caminos que no aparecen a primera vista. Cuando uno se da a esta tarea, los frutos aparecen casi siempre.
  • Anclarse en la confianza: porque ante lo  nuevo se apodera de nosotros un fuerte sentimiento de desconfianza: pensamos que en ese lugar, en esa precisa tarea, en ese puesto no vamos a encontrar una posibilidad  para nosotros. Pero no es así: hay que afianzarse en el valor de uno mismo y en la más que probable ayuda de los demás. Dejar sitio a la confianza es un estupendo comienzo que contrarresta el estremecimiento de lo nuevo.
  • Itinerancia como estilo de vida: creemos que lo sólido es la estabilidad. Pero, a veces, esa estabilidad es un apagarse de posibilidades y caminos. Saber que somos itinerantes, que lo nuestro es caminar, nos aliviará de la frustración que es no dejar mucha huella y nos hará ver que, como se suele decir, lo decisivo no es tanto la meta cuanto el mismo camino.
  • El ánimo de la Palabra: porque esta puede jugar un papel importante a la hora del cambio. En la zozobra raramente le hacemos un sitio al Mensaje de Jesús. Pero muchas veces se verifica que su luz puede ser decisiva no solamente para suavizar escozores, sino también para sugerir caminos. Él, Jesús, la ha utilizado en los momentos de discernimiento y de cambio (“hablaba [con Moisés y Elías] de su éxodo, que iba a completar en Jerusalén”: Lc 9,31).

 

  1. 3.      Caminos cotidianos de despojo

 

Es en el día a día conde habrá que mantener viva la ilusión de superar la dificultad del despojo para abrirse a nuevas posibilidades:

+ Las posibilidades de los nuevos lugares: que las tienen. Eso habría de animarnos a ser más ágiles para abandonar los lugares ya conocidos y, a veces, agotados. En esos sitios nuevos posiblemente no nos va a faltar ni el techo, ni el alimento, ni el trabajo, ni la comunidad, ni el amparo de Jesús.

+ Las posibilidades de nuevos trabajos: ya que los trabajos repetidos desde años pueden llevar no solamente a una monotonía, sino a un empobrecimiento, cuando no a una apropiación. Trabajar en ocupaciones nuevas enriquece el patrimonio personal y nos mantiene en una positiva agilidad vital. No hay que creer que abandonar trabajos es dejarlos a la intemperie. Otro los hará, aunque quizá de manera diferente.

+ Las posibilidades de nuevas relaciones: las que brotan del empeño por construir una comunidad cada vez más amplia. Ceñirse a un número reducido en nuestras relaciones puede que ayude a ahondar pero, a veces, tiene como contrapartida un indudable empobrecimiento.

+ Las posibilidades que abre el abandono del poder: porque todos sabemos que el poder es altamente corruptible. Por eso es muy saludable abandonarlo de vez en cuando y situarse en el nivel común de la simple colaboración. Muchos sufrimientos provienen de este despojo. Cuanto más se ejercite, cuanto más se alegre uno de ser como todos,  mejor.

+ Las posibilidades de ajustar pertenencias: porque, con el templo, tendemos a acumular cosas que, con frecuencia, no sirven para nada. El despojo de cosas innecesarias e, incluso, de algunas necesarias, el ajustar lo que tenemos a lo que realmente necesitamos, es un saludable ejercicio de despojo que nos vuelve más desprendidos y “ligeros” para una vida asentada más sobre lo que somos que sobre lo que tenemos.

+ Las posibilidades de relativizar costumbre: ya que las costumbres, cuando se consagran, terminan siendo leyes. Los cambios pueden llevar a la persona y al grupo a relativizar las costumbres heredadas y a poner el acento en otra clase de valores. Nos ahorraríamos con ello no pocas desazones.

+ Las posibilidades de apearse de ideologías: no es fácil, pero es posible. La Palabra, la comunidad, la sociedad pueden enseñarnos algo que es cierto: que las ideologías, las maneras de enfocar la vida, los modos de pensar, pueden cambiar, pueden enriquecerse, pueden mejorar. Por eso mismo, aferrarse a una ideología de manera rígida, fanática, es un empobrecimiento de la persona y de la comunidad.

 

  1. 4.      Para orar

 

  • «Las zorras tienen madrigueras y las aves tienen nidos —le respondió Jesús—, pero el Hijo del hombre no tiene dónde recostar la cabeza». (Mt 8,20).

 

Un Jesús que ha vivido conscientemente en el despojo, libre para Dios y libre para la persona necesitada.

 

  • Razón poética:

 

Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con este buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

 

  1. Machado

 

8

LA ILUSIÓN DE VIVIR UNA FE ADULTA

 

            Muchas veces se nos ha echado en cara que los cristianos vivimos una fe muy infantil: la fe ciega de quien hace lo que le dicen, la fe del carbonero que no necesita que le den razones de nada, la de los crédulos que comulgan con piedras de molino. Mil expresiones que aluden a una manera bienintencionada pero empobrecida de vivir la fe cristiana.

            Sin embargo, muchos de nosotros podemos decir que el cultivo de nuestra fe persigue, por decirlo de alguna manera,  la meta de poder vivir la fe como adultos, guiados por convicciones, con criterios penosa y largamente madurados. La tarea de ser cristiano adulto es tarea de por vida y a ella nos damos con mayor o menor empeño. A trancas y barrancas vamos consolidando una manera personal de creer, por más que todavía nos falte llegar a criterios personalizados.

            La fe infantil se caracteriza sobre todo no tanto por vivirla en modos superficiales sino en modos “ajenos”. Es decir, se cree siempre lo que dicen otros, con los  criterios de otros, con las normas que elaboran otros, con la autoridad que detentan otros. Una fe adulta es aquella que llega a conformar una convicción personal. Ya no se cree por lo que dicen otros, sino por lo que uno va elaborando. Es verdad que los otros, la comunidad, ayuda a esa elaboración. Pero, el capitán de la fe es la propia persona, sus experiencias y convicciones. Se cree por sí mismo con la ayuda de otros (Jn 4,42).

            Por todo ello, se puede pensar en mantener la ilusión de construir un proceso de fe adulta a lo largo de la vida. Eso hará que no consideremos algunos episodios importantes de nuestra vida cristiana como meta de llegada sino como comienzo de etapas nuevas. Eso ayudará a despejar cansancios, rutinas, caminos repetidos que empobrecen la experiencia cristiana y la relevan a lo marginal de la vida.

            Como luego diremos, Jesús mismo ha tenido que trabajar para construir en su vida una fe adulta que supiera dar respuesta a lo que el Padre le iba marcando (Jn 4,34). Su ánimo nos es muy necesario si de verdad nos interesa creer como adultos que han llegado a saber qué es lo importante y qué lo secundario en el camino cristiano.

 

  1. 1.      Meditación de la Palabra: Ez 34,1-16

 

«1Me fue dirigida esta palabra del Señor: 2«Hijo de hombre, profetiza contra los pastores de Israel, profetiza y diles: “¡Pastores!, esto dice el Señor: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No deben los pastores apacentar las ovejas? 3Os coméis las partes mejores, os vestís con su lana; matáis las más gordas, pero no apacentáis el rebaño. 4No habéis robustecido a las débiles, ni curado a la enferma, ni vendado a la herida; no habéis recogido a la descarriada, ni buscado a la que se había perdido, sino que con fuerza y violencia las habéis dominado. 5Sin pastor, se dispersaron para ser devoradas por las fieras del campo. 6Se dispersó mi rebaño y anda errante por montes y altos cerros; por todos los rincones del país se dispersó mi rebaño y no hay quien lo siga ni lo busque. 7Por eso, pastores, escuchad la palabra del Señor: 8¡por mi vida! —oráculo del Señor Dios—; porque mi rebaño ha sido expuesto al pillaje, y a ser devorado por las fieras del campo por falta de pastor; porque mis pastores no cuidaron mi rebaño, y se apacentaron a sí mismos pero no apacentaron mi rebaño, 9por eso, pastores, escuchad la palabra del Señor: 10Esto dice el Señor Dios: Me voy a enfrentar con los pastores: les reclamaré mi rebaño, dejarán de apacentar el rebaño, y ya no podrán apacentarse a sí mismos. Libraré mi rebaño de sus fauces, para que no les sirva de alimento”». 11Porque esto dice el Señor Dios: «Yo mismo buscaré mi rebaño y lo cuidaré. 12Como cuida un pastor de su grey dispersa, así cuidaré yo de mi rebaño y lo libraré, sacándolo de los lugares por donde se había dispersado un día de oscuros nubarrones. 13Sacaré a mis ovejas de en medio de los pueblos, las reuniré de entre las naciones, las llevaré a su tierra, las apacentaré en los montes de Israel, en los valles y en todos los poblados del país. 14Las apacentaré en pastos escogidos, tendrán sus majadas en los montes más altos de Israel; se recostarán en pródigas dehesas y pacerán pingües pastos en los montes de Israel». 

 

  • Este es el “oráculo contra los pastores”, contra aquellos que tendrían que haber ayudado la fe del pueblo. Pero  al haberse apropiado de la religión mediante las estructuras creadas por ellos mismos, se han enriquecido chupando la sangre del pueblo y dejándolo exhausto. “Se apacientan a sí mismos” en lugar de apacentar a sus ovejas: les importan sus cargos, su poder, su dinero, su superioridad. Son celosos defensores del estatus religioso que han creado y que les beneficia solo a ellos. No son, por ello, una ayuda para la fe del pueblo, sino un obstáculo casi insalvable. No han cumplido con su deber primordial de ser mediación de vida y eso les desautoriza por mucho que se arroguen el papel de representantes de Dios.
  • Son pastores caníbales, se “matan…se comen” a las más gordas, a las que pueden sacar más jugo. Y luego a las demás. Se apropian de su “lana” de sus convicciones humildes y las dejan a merced de los depredadores que son ellos mismos. Tenían que haber sido generosos con el pueblo y fueron sus esquilmadores. Ladrones de pobres, que es la forma más indignante de robar.
  • Tendría que haber sido instancia de curación pero no han hecho sino crear más heridas, hurgando en ellas. No han gastado ni un céntimo en remedios que mitiguen el dolor. No les ha importado el dolor ajeno del que tendrían que haberse apiadado, con el que tendrían que haberse conmovido. No les ha importado promocionar al pueblo porque así, humillado, era más fácil expoliarlo.
  • Y, por supuesto, no han gastado ningún esfuerzo buscando a los descarriados a quienes han puesto en pérdidas de negocio. Nada han sabido de aquel amor loco que va en busca de del extraviado arriesgando al resto (Lc 15,1-10). Por eso, el pueblo se ha disperdigado por los “altos cerros” quedándose a merced de las fieras, de los sistemas depredadores, de quien piensa solamente en el lucro. Un pueblo disperdigado, sin conciencia de pueblo; ellos tendrían que haber ayudado a mantener esa conciencia que es como una tabla de salvación para los momentos de dureza extrema.
  • Y todo ello “empleando la violencia”, con la dureza propia de quien no tiene mejor argumento para imponerse que la fuerza bruta, que la represión, que la exclusión. Violentos con el frágil porque, quizá, no han podido serlo con los fuertes.
  • Por eso Dios, dice Ezequiel, va a “reclamar el rebaño”, va abolir esas mediaciones religiosas que empobrecen y destruyen el camino creyente del pueblo. En lugar de ser mediación de socorro, son instrumento de explotación. El pueblo “se verá libre de sus fauces” y creará otra comunidad sin mediadores que exploten al frágil. Dios será  el verdadero “cuidador” del pueblo supliendo el fracaso de quienes tenían que haber ayudado a una fe madura y lo que han hecho es llevar a la ruina a la comunidad. Dios mismo irá construyendo en el corazón de cada fiel el creyente nuevo que no volverá a caer en las garras de mediadores que esquilman.
  • El pueblo aprenderá los caminos de una fe madura, comerá los “pastos” de su fe elaborada asentada sobre la certeza del acompañamiento amoroso de Dios. Se habrán acabado los tiempos de los mediadores corruptos y nacerá la comunidad de fe adulta que recibe ayuda de sus hermanos y no explotación que la empobrezca.

 

  1. 2.      Cómo Jesús construyó su fe adulta

 

  • Jesús es creyente para sí mismo: La mayoría de los grandes tratados sobre el Jesús histórico de los que hoy disponemos no dedican un solo apartado a la fe de Jesús. Hablar de aquel a quien se considera Hijo de Dios como de un creyente se ve obvio, superfluo o, mejor incluso, inapropiado. Aplicar a Jesús los trabajos, esfuerzos y dudas del creer no parece lo más adecuado. Sin embargo, dejar de lado este aspecto no es solamente negar de alguna manera el camino humano de Jesús, su ser persona histórica, sino que es despojarle de su más profundo itinerario interior. Así es: Jesús no es solo creyente para otros, sino también creyente para sí mismo; no solamente ofrece el mensaje a otros, sino que él elabora mensaje para su propia necesidad espiritual. Comprender a Jesús como un creyente no  es solo afirmar lo evidente, sino que es asomarse y valorar maravillados los trabajos de fe de quien es revelador de la relación con Dios. 
  • Fe enmarcada en el judaísmo: Aunque parezca una obviedad, hay que tener en cuenta que el Jesús histórico no es cristiano en sus elaboraciones de fe, sino judío. Por lo tanto, su camino creyente está enmarcado en la espiritualidad judía. Jesús amaba su religión; nunca renegó de ella; hubiera sido una impiedad inconcebible. Si la cuestiona en determinados puntos, algunos importantes, no fue porque no la amase sino porque, a su juicio, no funcionaba en los parámetros humanizadores de la espiritualidad de la alianza. Pero su búsqueda espiritual, por muy novedosa que se la quiera, habrá de ser compatible con el fondo mismo de la Ley, quizá no tanto con las formas que es donde se sitúa el litigio con el sistema religioso. Otra cosa es la visión que, posteriormente, nos brindan los evangelios tras la caída de Jerusalén y la época de un judaísmo en diáspora y un cristianismo en expansión. La búsqueda creyente de Jesús, como no podía ser de otro modo, se enmarca en el judaísmo muy anterior a Yamnia vivido con amor y cuestionado con sentido crítico. La novedad espiritual de Jesús tiene que ver sobre todo con la profundidad, con planteamientos de fondo.
  • El tema del mesianismo: Algo con lo que los evangelios han tenido que lidiar es con todo el tema del mesianismo porque quizá el mismo Jesús y su entorno han tenido mucho que ver con él. ¿Cómo entender su búsqueda espiritual desde esa perspectiva? Las respuestas son muchas y puede que sean bastantes las que contengan elementos de verdad. Pero creemos que Jesús ha elaborado su fe en el trabajo por configurar, en su corazón y en sus caminos, un mesianismo pobre. Ahí está el quid: para la tradición mesiánica judía, el mesianismo se resuelve en el poder y la gloria ya que ser mesías desde la pobreza es una contradicción en los términos. Algo de eso pasa con la atribución mesiánica de los títulos cristológicos cristianos: se entiende y se celebra a Jesús como mesías de la humanidad desde el brillo y poder religioso, desde el anhelo de reconocimiento por todos los pueblos de la tierra. Si fuera esto así, ¿cómo Jesús habría logrado unir, en su corazón y en su vida, mesianismo y pobreza? Solo se nos ocurre una respuesta: en su convivencia directa con la pobreza, en su opción por escapar de algo que atosiga tanto, hasta entender que en un Dios de pobres y en el fondo último de las pobrezas anida un sueño inagotable de justicia que da sentido a la utopía de los pobres.
  • La ceretza de que Dios está siempre con él: Además, es un rasgo del trabajo creyente hacer, de mil maneras, la pregunta sobre Dios, lanzar, desde todos los ángulos, preguntas a Dios, cuestiones que casi nunca tienen respuesta. Los trabajos de fe de Jesús han sustituido las preguntas por la certeza, simple pero sosegante, de que Dios hacía camino con él en cualquier vicisitud por la que pasara su vida. O, al menos, así lo ha comprendido la tradición evangélica cuando, a su manera, nos ha querido abrir un poco la puerta del alma de Jesús. Quizá se dé esta situación porque preguntar a Dios de modo directo, y más si se hace exigentemente, puede parecer una impiedad. Pero la tradición veterotestamentaria está llena de preguntas, a veces duras, a Dios. Da la impresión, incluso en la posterioridad de los evangelios, que Jesús acoge a Dios lejos de las preguntas, con la fe de quien ama sin preguntas y sin esperanzas interesadas. Un Dios que se acepta en un amor que se entiende bueno y liberador, todo bien.
  • Un componente de laicidad: Cuando se analizan los trabajos de fe de Jesús, y extrañamente a la realidad social y religiosa de la época, se percibe un estilo de fe que podríamos decir secular, poco religioso. Es verdad que, según los evangelios, Jesús ora, aparece por la sinagoga y el templo, respeta la normativa religiosa y las tradiciones aunque cuestione, a veces, su inhumanidad, etc. Pero no se respira un ambiente religioso, sino más bien laico. No se percibe a Jesús como un recitador de salmos o un inventor de oraciones. Sus experiencias primigenias, como la del bautismo, no son propiamente religiosas, sino de contenidos sociales. Sorprende este componente de laicidad que haría parte de la primera experiencia, aunque luego tomará otros derroteros.
  • Una fe para los excluidos: La fe de Jesús apunta a la verdad de la persona, a lo que es uno realmente ante Dios, no a lo que su vida tiene de representación en el escenario social. Por eso, con su manera de creer, hizo ver a quienes eran tenidos por descreídos que su no-fe era algo de más calidad que la pretendida fe de quien se situaba en el sistema. Su manera de creer abrió una puerta a la supuesta increencia de los excluidos del sistema. Hizo ver que la mística, el amor que anhela, no es patrimonio de la religión, sino que pertenece al tesoro de la vida, por muy herida que esta se halle. Esta increíble novedad abre un camino a los comportamientos del grupo de Jesús en una sociedad como la nuestra.

 

  1. 3.      Caminos para elaborar una fe personal

 

Son muchos de ellos camino que tenemos a la mano y que, en parte al menos, practicamos. Pero conviene seguir ahondando:

+ El camino de la oración redescubierta: ya que, quizá, no basta solo con rezar, sino que haya que trabajar cada día por redescubrir de nuevo el camino de la oración como senda de novedad y así escapar de su peor enemigo, la rutina. Redescubrir quiere decir crear planes nuevos, ahondar en ámbitos orantes de madurez bíblica,  escapar del mero repetir oraciones personalizándolas y actualizándolas. Más que una actividad piadosa, la oración es un trabajo de fe, una actividad en la que se ponen a funcionar los anhelos más hondos de la fe.

+ El camino de la celebración recreada: porque, igualmente, no es solamente cuestión de ir a misa o a la oración litúrgica, sino de vivirla en modos recreados cada día para escapar al ritualismo que amenaza toda celebración. Recrear la celebración supone, además de empelar todos los recursos que nos da la espiritualidad litúrgica, crear pequeños espacios y signos de novedad celebrativa que reorienten a la comunidad que reza cuando esta quede amenazada de ritualismo. A veces un pequeño intento ejerce una función de revulsivo y abre las puertas a la novedad.

+ El camino de la solidaridad comprobada: no de la solidaridad pensada, que no está mal, pero no es suficiente. No vale escudarse en la solidaridad de otros para justificar la propia. La fe se forja no en el campo de las creencias sino, sobre todo, en el de la solidaridad. La respuesta que damos al sufrimiento del otro es lo que, como ocurre en el caso de Jesús, nos hace creyentes. El “anda y haz tú lo mismo” de Lc 10,37 sigue vigente.

+ El camino de la ofrenda a la comunidad: porque se corre el peligro de que en una larga historia de vida comunitaria no se haya pasado a la orilla de la comunidad, sino que se siga viviendo en la orilla de uno mismo. Para pasar a esa otra orilla es necesario hacer ofrenda a la comunidad de lo que uno es y ama. Si esa ofrenda es generosa, la vida espiritual crece en reciedumbre. Si es menguada, la vida espiritual se vuelve raquítica.

+ El camino de la reflexión ahondada: ya que una fe adulta necesita de la reflexión, de la lectura. Leer un libro de teología al año, ahondar en la persona de Jesús leyendo alguna vez una cristología, tener un curso al año al menos de formación espiritual, son caminos que, si se andan, pueden llevar a un enreciamiento de la fe haciéndola más fuerte y personal.

+ El camino de la mirada nueva a la creación: un camino que nos resulta nuevo y que nos va enseñando que el seguimiento de Jesús incluye la espiritualidad ecológica. El creyente adulto de hoy encara con buen ánimo la conversión ecológica. Más aún, de alguna manera va entrando en la contemplación del cosmos ayudado por lo que la ciencia moderna nos pone delante cada día en la prensa. Es un camino complejo pero que demanda y lleva a la madurez.

 

  1. 4.      Para orar

 

  • “Por la mañana, se levantó muy de madrugada y salió: se marchó a un despoblado y allí se puso a orar” (Mc 1,35).

 

En la oración de noche y en descampado fue aprendiendo Jesús el proceso de su fe.

 

  • Razón poética:

 

Nada hay más admirable que el hombre
empeñado en ejercer su verdad en secreto.
el que acierta en secreto,
el que yerra en secreto,
aquel cuya fe es secreta,
aquel cuyo escepticismo es secreto.
Ahora bien, en ciertas ocasiones
-cuando la libertad peligra-
el auténtico secreto de un hombre
es levantar la voz.

                       

                        R. Argullol

 

 

9

LA ILUSIÓN DE HABLAR DE DIOS

EN MODOS NUEVOS

 

            Hay creyentes a los que nos les preocupa cómo hablar de Dios. Ellos siguen hablando, más o menos, en los modos que aprendieron del catecismo o de la piedad. Eso les basta. Pero, ante la secularidad de la que hacemos parte, hay personas que anhelan hablar y hablarse a sí mismas en maneras más actuales, más sugerentes. Si no se hace este trabajo, dice EG 168, se corre el riesgo de “hablar al vacío”, de manejar expresiones que hoy ya no se entienden, o no conectan con la sensibilidad actual o, directamente, están superadas.

            Hablarse y hablar de Dios en otro lenguaje exige un amor activado a Jesús, un verdadero enamoramiento. Cuando se habla de Dios se percibe si debajo arde la llama del amor. Si es así, la calidez del corazón se transmite por las palabras y ante un amor explícito siempre se muestra la admiración. Pero si se habla de manera sabida, rutinaria, superficial, la desconexión y el desentendimiento están garantizados.

            Habría que encontrar una manera de hablar de la fe que no causara vergüenza, que no fuera tan “increíble” que no dejara una posibilidad de conexión y de diálogo, que no nos situara de salida en un terreno tan peculiar que conllevara el desinterés. No vale con recurrir a la increencia, al ateísmo, de nuestra cultura. Nosotros también tenemos algo que ver (GS 19 dice claramente que una de las causas del ateísmo moderno es la pobreza de la vida de fe de los cristianos). Por eso mismo, no da igual hablar de Dios de una manera o de otra.

            Sabemos que, cuando hablamos de Dios, estamos hablando del misterio y que, por tanto, no se puede pretender hacerlo con la pretensión de la ciencia, con la definición del matemático. Pero sí que se puede hablar del misterio con calor o con desgana, con intención de búsqueda o con cansancio, con ardor creyente o de manera más bien pasota y rutinaria. En  Lc 24,32 se dice que, cuando Jesús explicaba la Escritura, hacía “arder” el corazón de quien le escuchaba. No se puede pretender que arda nada si se habla de Dios, de la fe, de cualquier manera. Por eso habría que evitar el lenguaje histérico del fanático religioso y el lenguaje cansino de quien habla sin convicción personal.

De ahí que se pueda mantener la ilusión por ir encontrando un modo nuevo, actualizado, vibrante, sobre Dios. Este se hallará asentado sobre convicciones profundas, sobre lenguajes vibrantes, con palabras que lleguen al corazón (Gén 50,21; el dardo de la palabra).

 

  1. 1.      Meditación sobre la Palabra: Ez 36,16-23

 

«16Me vino esta palabra del Señor: 17«Hijo de hombre, la casa de Israel profanó con su conducta y sus acciones la tierra en que habitaba. Su conducta era a mis ojos como la impureza de la regla. 18Me enfurecí contra ellos, por la sangre que habían derramado en el país, y por haberlo profanado con sus ídolos. 19Los dispersé por las naciones, y anduvieron dispersos por diversos países. Los he juzgado según su conducta y sus acciones. 20Al llegar a las diversas naciones, profanaron mi santo nombre, ya que de ellos se decía: “Estos son el pueblo del Señor y han debido abandonar su tierra”. 21Así que tuve que defender mi santo nombre, profanado por la casa de Israel entre las naciones adonde había ido. 22Por eso, di a la casa de Israel: “Esto dice el Señor Dios: No hago esto por vosotros, casa de Israel, sino por mi santo nombre, profanado por vosotros en las naciones a las que fuisteis. 23Manifestaré la santidad de mi gran nombre, profanado entre los gentiles, porque vosotros lo habéis profanado en medio de ellos. Reconocerán las naciones que yo soy el Señor —oráculo del Señor Dios—, cuando por medio de vosotros les haga ver mi santidad». 

 

  • Es parte de un oráculo “a los montes de Israel”, a los que tienen obligación de pensar la fe, a quienes se saben y dicen creyentes, a quienes dicen tener sensibilidad y comportamientos religiosos. Esos tales, en flagrante contradicción con lo que dice, han “profanado con su conducta y sus acciones la tierra en que habitaban”. Porque viene a decir el profeta: tus palabras, tus planteamientos, tu misma oración queda cuestionada cuando la vida va por otro camino. No aspires a un lenguaje a un lenguaje nuevo sobre Dios cuando no trabajas porque tu vida diaria sea nueva cada día.
  • Esa contradicción es tan horrible como “la impureza de la regla”. La expresión anacrónica (la regla no es ninguna impureza, sino mero proceso biológico) y  machista (el hombre Ezequiel que mira con desdén a la mujer que menstrua). El foso entre lo que se dice creer y lo que se vive es enorme. Si no se trata de rellenarlo, el lenguaje sobre Dios se desacredita. Más aún, tal lenguaje es altamente hipócrita. Y hay que percatarse de que la sociedad perdona más fácilmente la debilidad que la hipocresía.
  • En el fondo era una vida violenta e idolátrica. La violencia desacredita lo humano por su inhumanidad. Por eso mismo, hablar de Dios en modos violentos, impositivos, irrespetuosos es una contradicción y una siembra de sal. Y lo mismo: hablar de Dios desde la idolatría, desde el consumo exacerbado, el individualismo autorreferente, desde la indiferencia ante las duras sendas de los pobres, es otra contradicción y un descrédito para el mismo Dios.
  • Estas son las causas de la “dispersión”, de la desorientación, de la pérdida de sentido. Cuando se pretende mantener un lenguaje religioso convencional y, a la  vez, se vive un estilo de vida alejado del evangelio, esa vida cristiana carece de norte, se apaga, se esfuma. Incluso si se trabaja por hacerla relevante, quizá lo llegue a ser. Pero no será significativa, no tendrá luz, no suscitará adhesión, por más que se recree en los grandes números y en los cultos multitudinarios.
  • Esta dispersión, este no saber por dónde tirar, fue la causa de la “profanación del nombre” de Dios: le achacaban a él la dispersión, pero ésta provenía de la formidable contradicción en que vivían la fe. Se achaca a Dios lo que engendramos nosotros. Por eso, un lenguaje sobre Dios que le demanda cuentas cuando nosotros somos, las más de las veces la causa de los desajustes históricos, no puede ser de recibo. No se trata de defender a Dios, porque no necesita nuestra pobre y cuestionable defensa. Se trata de hablar de él contando con nuestras incoherencias, desde nuestra mayor verdad posible.
  • “Tuve que defender mi santo nombre”, le hace decir Ezequiel a Dios. No da igual que se hable de Dios de una manera u otra. Hay que ser más moderado y más humilde para hablar de Dios desde la propia limitación. Hay que abandonar posiciones de fuerza que atribuyen a Dios mis intereses (y pero si son intereses cuestionable). Hay que defender el nombre de Dios no tanto con palabras y desagravios ante los desmanes de quienes maldicen su nombre, sino intentado que no lo hagan por nuestro comportamiento. O intentando que espeten a Dios porque les merezca respeto nuestra vida solidaria, humana y espiritual.
  • De una manera provocadora dice Ezequiel que Dios “no lo hace por nosotros, sino por su santo nombre”. Pero todos sabemos que Dios se gana respeto y amor a través del amor y respeto que tengamos al otro (1 Jn 3,17). El descrédito de Dios lo forjamos nosotros; y también el aprecio. Así es Dios: uno puesto en nuestras manos, para bien y para mal.
  • De una forma u otra, se quiera o no, dice Ezequiel “Dios manifestará su santidad…sabrán que yo soy el Señor”. Pues no, hermano Ezequiel: tendrías que confiar más en tus frágiles compaisanos; tendrías que soplar en las cenizas de su fe por si  hay alguna brasa debajo; tendrías que acompañar sus dudosos caminos morales para tratar de o ayudarles en una mejor orientación. Dios no se impone, sino que se propone. Jesús, el de la oferta cordial, nos lo enseñará mejor que tú. Pero tú mismo hablarás luego de un corazón “de carne”. Hablar de Dios desde el ser carne, desde el simple ámbito de lo humano, quizá sea el mejor sendero.

 

  1. 2.      Hablar de Dios habiéndolo encontrado en el silencio

 

  • La búsqueda de Jesús en el silencio: Con los pocos datos que los evangelios nos suministran tal vez sea un tanto aventurado decir que Jesús ha encontrado a Dios en el silencio; más bien parece que lo haya encontrado en los caminos. Pero las escenas de iluminación como la de Mc 9,2-13 indican que ha sido el silencio el marco buscado por Jesús para tratar de entender el camino al que le empujaba su opción por Dios y su opción por los frágiles sociales. Efectivamente, la transfiguración es una escena de iluminación, de búsqueda de sentido a través de la mediación de la Palabra, del silencio y de la comunidad.
  • Dificultad para encontrar a Dios en el silencio: A la persona religiosa le cuesta entender y vivir la realidad de un Dios en silencio. Por eso, el Dios de la religión, de la teología, de la piedad habla en palabras y revelaciones que damos por cierto que han sido gestadas en el mismo cielo. ¿Cómo se va a revelar Dios si no habla? De ahí que el revelador sea llamado el Verbo, la Palabra. ¿Es Palabra de un Dios que habla o de un Dios que no habla? Es verdad que ha habido corrientes espirituales que han promovido el silencio de Dios, la espiritualidad del apofatismo. Pero ha sido algo minoritario. Lo normal ha sido que Dios hable, que hable mucho y que muchas veces lo que decimos que Dios habla se parece enormemente a lo que nosotros, por nuestros intereses, queremos que diga.
  • Estar ante un Dios en silencio: Habría, para empezar, que renunciar a hablar de Dios con ligereza, atribuyéndole cosas que son nuestras. Habría que pensar que es, tal vez, mejor que Dios no hable para que así se pueda garantizar su verdad, porque si le atribuimos locuciones suyas estamos invadiendo y pretendiendo apropiarnos de su verdad. Estar ante un Dios en silencio no quiere decir que se esté ante un Dios ausente, sino ante ese Otro que, por su peculiaridad, da sentido a la mía.
  • Un Dios que calla: ¿Cómo creer en un Dios que calla ante nuestras carencias, y que, callando, empuja a que seamos nosotros quienes las encaremos? ¿No es una forma de huida de nuestro componente histórico querer buscar palabras de un Dios que dan sentido a lo nuestro? De alguna manera Dios es, ante nuestra limitación, tan limitado como nosotros. Pero en esa limitación es quien nos acompaña y quien nos empuja a afrontarla. ¿No es suficiente un Dios que nos sostiene y anima en nuestras carencias y en nuestros gozos? ¿Tiene que hablar porque de lo contrario ponemos en duda que esté con nosotros.
  • Hundirse en el silencio de Dios: Hundirse en el silencio de Dios es, quizá, la senda para dar con él. Así lo han entendido los grandes místicos y los humildes místicos a pie de calle; ese silencio les ha hecho más buscadores y más anhelantes. El silencio no les ha llevado al abandono, sino al ahondamiento. Quien va captando la realidad y el sentido de los silencios de Jesús no solamente no temerá a un Dios en silencio sino que comprenderá que es mejor que no hable, que esté ahí sin hablar.
  • Lenguajes extraños sobre Dios: Pero también hay que desvelar los lenguajes extraños de Dios, aquellos que no son propiedad del ámbito religioso: el casi olvidado lenguaje de los signos de los tiempos; el lenguaje “milagroso” de cada nuevo amanecer; el lenguaje extraño de los amores incomprensibles; el durísimo lenguaje de un sufrimiento que es el alto precio a la pertenencia de la historia; el lenguaje estremecedor de quienes mueren sin haber recibido su cuota de alegría, de esperanza y de justicia; el estremecedor lenguaje de las lágrimas que nadie recoge; el lenguaje esperanzador de los ojos que se abren a la vida y de los corazones que se abren al amor. Lenguajes vivos en los que Dios habla sin hablar. ¿No fueron muchos de estos lenguajes los que Jesús aprendió por las sendas de Galilea?

 

  1. 3.      Lenguajes nuevos sobre Dios

Precisamente porque son nuevos nos cuesta hablarlos. Pero algo nos va diciendo que ahí hay una posibilidad:

+ El lenguaje nuevo del cosmos: porque la ciencia de hoy abre a una nueva comprensión de la persona dentro del inmenso cosmos, de los universos, y eso obliga a un replanteamiento de nuestras maneras de hablar de Dios y del mismo Jesús. No hay que temer a ese lenguaje que se nos echa encima; puede ayudarnos a entender a Dios como fuente del amor, cimiento de la vida, fuerza transformadora,  hondura que nos cobija.

+ El lenguaje nuevo de los aprendizajes sociales: ya que la sociedad puede ayudarnos mucho a entender y vivir de manera nueva la fe. Nos enseña el camino de la globalización como camino de fraternidad universal; el camino del debilitamiento de las fronteras como senda de abrazo común; el camino de una economía solidaria ahora que tenemos capacidad  de acabar con plagas endémicas como el hambre o la pobreza.

+ El lenguaje nuevo de la mística laica: que no quiere decir que sea atea siempre, sino que ahonda en el subsuelo de la vida para encontrar el empuje que hallan los místicos creyente, aunque lo expresen de manera distinta. Una mística horizontal, de ojos abiertos que no necesita salir de la realidad para toparse con el misterio que habita en el fondo.

+ El lenguaje nuevo de la transrreligión: de los buscadores de la espiritualidad que no necesitan el soporte explícito de la religión para articular su búsqueda. Son, quizá, llos adelantados de una era nueva del Espíritu.

+ El lenguaje nuevo de la corporalidad aceptada: porque casi siempre se ha empleado el lenguaje del cuerpo de manera equívoca, cuando no negativa. Una manera nueva de mirar la hermosa y necesaria realidad del cuerpo hecha de compasión y de amparo es la que va brotando en muchas instancias ciudadanas.

+ El lenguaje nuevo de la razón poética: que muchas veces hemos tratado como mero adorno y la hemos relegado al olvido. Pero decir las cosas bella y profundamente puede ayudarnos mucho a hablar de Dios bella y profundamente.

 

  1. 4.      Para orar

 

  • Y levantándose, fue a su padre. Y cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y sintió compasión por él, y corrió, se echó sobre su cuello y lo besó” (Lc 15,20).

 

Un Padre, Dios, que no teme hacer el ridículo porque él ama y esa es su razón de su comportamiento desmedido.

 

  • Razón poética:

 

Podría pensarse

que el amor a Dios es una absurdidad

si uno no cree en é.

No obstante, nosotros, los incrédulos

-sobre todo nosotros, los incrédulos-

debemos amar a Dios de vez en cuando,

e incluso con cierta frecuencia,

para no quedar atrapados en el amor a nosotros mismos

ni, tampoco, en el amor a los demás.

Amar lo desconocido, lo distante,

nos cura de la excesiva cercanía de lo humano

y, a menudo, nos procura la salvación.

 

                        R. Argullol

 

 

10

LA ILUSIÓN DE CULTIVAR LA INTERIORIDAD

 

            Es algo que está de moda, sobre todo en el ámbito educativo. Se publican muchos libros y artículos. Cuando ya casi nada se habla sobre el “alma”, se habla más de interioridad. Pero, más allá de los vocablos, son realidades hermanas. Porque la interioridad (y el alma) es lo que está debajo de la piel. Las personas (toda criatura) no es solamente lo externo y sus complicadas manifestaciones. También es lo que no se ve, lo que no se oye, lo que no se toca. Pero es algo que está ahí, que lo sentimos y percibimos en múltiples manifestaciones.

            Todos los especialistas dicen que la interioridad es algo que se cultiva. Por eso hablan de de cultura de la interioridad. Por lo que se ve, es una realidad viva y, como todo lo vivo, si no se cultiva, se empobrece y corre el riesgo de morir. No sabemos concretar muy bien qué es cultivar la interioridad. Pero se puede decir que lo hacemos de muchas maneras porque un interior rico dinamiza el todo de la persona, le da sentido y hace atractivo el horizonte de la vida.

            Suele aplicarse, sobre todo, al ámbito educativo porque la vida de los niños-adolescentes es marco propicio para el cultivo de una interioridad que influirá posteriormente en sus vidas. Pero, en realidad, es tarea de toda la vida porque la interioridad es el latido del corazón que vive y este late en todas las épocas de la existencia. Mantener la ilusión de cultivar la interioridad es algo que puede revitalizarnos enormemente.

            Todo esto tiene también sus peligros que habrá que aprender a sortear. El primero es la banalización, el decir que todo esto son monsergas, que aquí lo que hay que hacer es trabajar y punto. Es ceder a la superficialidad, mirar con anteojos cortos, con mirada miope. Es preciso mirar un poco más allá de la nariz. Y luego, otro peligro: mirarse el ombligo, creer que la interioridad es buscar un nirvana que nos aleje de los vaivenes y sufrimientos de la vida. Un narcótico. Habrá que andar espabilado para no caer en tales redes.

            A quien ama la Palabra le resultará interesante el tema de la interioridad porque la Palabra arraiga de verdad en un interior que la acoge. La tierra donde fructifica la Palabra es la del propio corazón y se riega con ese caudal interior de la “fonte” (que diría san Juan de la Cruz) que mana de dentro.

 

  1. 1.      Meditación de la Palabra: Ez 36,24-28

 

« 24Os recogeré de entre las naciones, os reuniré de todos los países y os llevaré a vuestra tierra. 25Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar; 26y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. 27Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos. 28Y habitaréis en la tierra que di a vuestros padres. Vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios». 

 

  • Este es, quizá, el más hermoso oráculo de todo el libro de Ezequiel. El profeta, en un alarde de imaginación y de anhelo de acompañar la vida del pueblo exiliado, imagina una verdadera operación de trasplante de corazón (cuando esto era impensable): Dios va a cambiar el corazón del pueblo, porque  ahí, en el interior, no en la normativa, se halla el problema y la solución.
  • Antes hará dos cosas: primeramente, recoger-reunir-llevar al pueblo de vuelta al país. Se intuye, como así fue, el decreto de repatriación dado por Ciro II, rey de Persia, que ya no consideró a Israel y a otros pueblos deportados por Nabucodonosor como un peligro para el imperio. La mayoría no volvió, porque murieron o porque se instalaros en Mesopotamia. Pero volvería un resto que mantendría la conciencia de pueblo que estuvo en peligro de desaparecer. La vuelta sería un signo de que era posible comenzar de nuevo, caminar por otras sendas, las del corazón creyente.
  • Además, Ezequiel no sabe prescindir de esto, habrá una nueva purificación, un poner en cuestión las “idolatrías” que han llevado al pueblo a la ruina (las alianzas políticas que tienen como principio el ansia de poder político). Esto sería más difícil. Al profeta la resulta inimaginable hablar de corazón nuevo en la “impureza” de la fragilidad. Cree que no es posible construir una interioridad en la limitación y el fallo. Pecado y alianza le resultan incompatibles. Está lejos del “amigo de pecadores” que será Jesús (Mc 2,13-17).
  • Y aquí está lo importante: Dios mismo, dice el profeta, arrancará el corazón de piedra y podrá, en un lugar, un corazón de carne. El corazón de piedra, duro e insensible, es la persona vacía de interioridad, refractaria a la bondad, sin capacidad de amparo y abrazo, hiriente para sí  misma y para los demás. Ese interior va ser sustituido por un corazón de carne, sensible al dolor ajeno, capaz de entender las equívocas sendas del amor, ágil para el perdón, amasado en generosidad, capaz de dar y de darse. Esa interioridad nueva es la que entenderá la alianza de amor de Dios con su pueblo. El evangelio cae en tierra árida cuando el interior es duro (Mc 4,1-9).
  • Ese corazón nuevo irá hermanado con un “espíritu nuevo”, un aliento creador nuevo, una inspiración distinta. Otro espíritu para otro interior, otra manera de ir viendo la vida. Y Ezequiel no se puede librar de su mentalidad legal y moral: el espíritu nuevo hará que “caminéis según mis preceptos y que guardéis y cumpláis mis mandatos”. No se termina de dar el paso hacia la total novedad, aquella que se ve libre de la normativa, la que la coloca en segundo lugar. Una interioridad nueva es aquella que pone por delante de todo la ley del amor a la que queda supeditada toda norma.
  • Y se renueva la alianza. Y aunque la formulación sea la de siempre (“vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios”), en realidad, se dé cuenta Ezequiel o no, es una alianza distinta porque no está basada en el cumplimiento normativo sino en la calidez de un corazón de carne, regalo del mismo Dios. Es la interioridad del corazón sensible, fraterno, respetuoso con toda persona y toda creatura. Un amor que tiene componentes parecidos al amor del Dios generoso, dador de corazones nuevos.

 

  1. 2.      Accesos a la interioridad

 

Son como grandes caminos que  abren a ese misterio del interior de la persona y que posibilitan ir enriqueciendo ese “corazón” que el meollo de lo humano.

 

  • El acceso de la Palabra interiorizada: no solamente escuchada, proclamada, explica, sino interiorizada, llevada al terreno de la propia verdad, confrontada con lo que realmente uno es y vive. Esto puede hacerse en la meditación y oración cuando la Palabra toca el corazón y las actitudes, no solamente la cabeza. Puede hacerse cuando se comparte la Palabra desde la verdad de lo que uno es, no desde decir algo para la galería. Puede interiorizarse cuando se apresta uno un trabajo largo y deseado con el texto bíblico y eso se hace no por obligación, sino por deseo. Mientras la Palabra se quede fuera, el corazón no se enriquecerá, no será “de carne”.
  • El acceso del discernimiento comunitario: algo que nos cuesta porque llegamos a pensar que es una pérdida de tiempo y porque se hace en cuestiones que no nos confrontan realmente con la comunidad, sino que se trabaja cuestiones que, con ser importantes, dejan intacto el interior de la persona. A veces se rehúye de modo explícito ese discernimiento; no se tiene ánimo ni deseo de una confrontación que nos parece difícil y hasta desagradable. Sin embargo, hecho con paz, respeto y acogida, podría ser una muy buen herramienta de interiorización porque lo que se trabaja en tal discernimiento es el corazón personal integrado en el gran corazón de la comunidad. Creer que esto es música celestial sería empobrecer la realidad, lo más nuclear, de la relación común.
  • El acceso del silencio habitado: porque tememos al silencio y nos afanamos en rellenarlo de palabras, de actividades, de televisión, de relaciones superficiales. Pero la llamada al silencio sigue ahí. Hacer silencio es una actividad de cristianos maduros, de personas maduras. La evidencia de que se puede disfrutar de él es la prueba de que el silencio es una ayuda enorme para el enriquecimiento de la interioridad. Quien se abraza al silencio supera muchos vacíos y activa fuertemente su camino interior.
  • El acceso de la atención amante: ya hemos hablado de esta expresión en  el tema 5. La escucha implicativa de las personas y de los acontecimientos desplaza la superficialidad en su comprensión y en su valoración, da importancia a lo que para el otro es importante, asume como algo a tener en cuenta lo que ronda el corazón del hermano. La atención amante nos aleja de la insensibilidad y de la indiferencia ante situaciones ajenas. Es por eso que tal atención enriquece el interior de quien escucha y el de quien hace ofrenda de su propio interior.
  • El acceso de prácticas que se van incorporando a lo cotidiano: ya que se trata de cuestiones que afectan al itinerario de cada día. Esa obra de cambiar el corazón de piedra en el de carne a veces (como ocurrió en el duro exilio babilónico) se realiza en situaciones de mucha convulsión personal y social. Pero, generalmente, es el día a día donde se va conformando la carnalidad del corazón. Por eso es tan importante que se vayan incorporando prácticas (el el punto siguiente indicamos algunas) que vayan marcado nuestros días.

 

  1. 3.      Caminos cotidianos de interioridad

 

Son cosas sencillas; por eso puede que sean menospreciadas. Pero están al alcance de la mano y pueden ayudar a alimentar la ilusión por la interioridad.

+ El paseo contemplativo: porque la contemplación de la naturaleza es contemplación pura y camina en la dirección de la más humanizadora interioridad. Caminar en silencio contemplando el acontecer de la naturaleza abre los poros del alma, pacifica, reorienta y serena.

+ El cultivo de las plantas: porque tocar la tierra es tocar la madre de la que venimos y a la que volvemos, porque somos tierra. El sencillo cultivo de las plantas, en cualquiera de sus modalidades, es un trabajo, una afición, de humilde interioridad.

+ Las actividades creativas: muy beneficiosas para la edad adulta: pintar, escribir poemas (por sencillos que sean), hacer mandalas, copiar textos luminosos, etc., don pequeñas actividades que ayudan a mantener vivo el interior, despiertos a la hermosura de las cosas, contribuyendo a leer la vida en modos más positivos.

+ La belleza contemplada: en las exposiciones de cuadros, de fotografías, de materiales etnográficos, etc. No hace falta ser experto en ello; simplemente basta apreciar lo hermoso en sus modos más elementales.

+ El valor de lo lúdico: porque no somos solamente, ni quizá únicamente, pensamiento, trabajo, eficacia. También somos juego, disfrute compartido del tiempo, caminos andado en gozo y alegría. Todo eso contribuye a la interioridad y se recuerda siempre como un momento de encuentro vital y gozoso.

+ Anotaciones y diarios: que desde siempre han sido espacios de interioridad, marcos propicios para la reflexión personal y modos de valorar los acontecimientos de manera que se rompa la costra de la superficialidad.

 

  1. 4.      Para orar

 

  • Los fariseos le preguntaron cuándo llegará el Reino de Dios. El les respondió: -El Reino de Dios no viene ostensiblemente, y no se podrá decir: «Está aquí» o «Está allí». Porque el Reino de Dios está entre vosotros”. (Lc 17,20).

 

El Reino está dentro. Por eso, habrá que mirar e la dirección de lo interior. Ahí es donde confluye cualquier exterioridad.

 

  • Razón poética

 

 

Salir a la terraza bien temprano

y oírte cantar, tan vivo, en la  luz nueva

-que aún está a medio hacer-.

da mucha confianza en este día,

amigo verdecillo,

y ganas de vivir (y de ser bueno).

 

                        E. Sánchez Rosillo

 

 

11

LA ILUSIÓN DE CREER QUE LAS ESTRUCTURAS PUEDEN CAMBIAR

 

Las estructuras son ese conjunto de normas, de organización, de valores consagrados, de respuestas a los acontecimientos, de inversión de medios económicos y humanos que tienen todas las colectividades para poder funcionar. Con el tiempo (y a veces con apoyos externos, como el de la religión) esas estructuras quedan “consagradas” y, con frecuencia, llevan a su intocabilidad y con ella a la certeza muchas veces predicada de que a las estructuras no hay quien las cambie.

Pero eso no es así: por muy consagradas que esté, por duro que sea el anquilosamiento al que se ha llegado, las estructuras, por la simple razón de que son construcciones humanas, pueden ser modificadas. Nada es intocable en el ámbito de lo humano y en el ámbito de la legalidad. Todo puede ser modificado cuando está en juego el bien de la persona.

Porque el cambio de estructuras depende de nosotros, en parte. Es discutible la idea de que las estructuras son devoradoras de las personas (que, a veces, así lo son). Efectivamente, los comportamientos personales, individuales o comunitarios, pueden influir en la mejora y cambio de las estructuras que nos damos. Y, por supuesto, siempre quedará un margen para la profecía que, aunque parezca que se da de bruces con las estructuras, éstas acusan su golpe y, a veces, la escuchan.

La ilusión por el cambio de estructuras no está negada con el realismo: hay que pretender cambiar lo que en un momento  dado se puede cambiar. Pretender lo que no se puede es darse contra un muro. Y, desde luego, siempre habrá que mantener el respeto a personas y entidades y la certeza de que los cambios piden un modo procesual y que saltarse las partes de ese proceso no llevará a buen puerto. Y en cualquier caso, será necesario mantener la calma lo más posible porque los cambios que provienen de situaciones alteradas no consiguen nada.

¿Revivirán los huesos secos?, se pegunta Ezequiel. ¿Podrán revivir nuestras viejas estructuras? Es la pregunta que nos hacemos hoy.

 

  1. 1.      Meditación de la Palabra: Ez 37,1-6

 

«1La mano del Señor se posó sobre mí. El Señor me sacó en espíritu y me colocó en medio de un valle todo lleno de huesos. 2Me hizo dar vueltas y vueltas en torno a ellos: eran muchísimos en el valle y estaban calcinados. 3Me preguntó: «Hijo de hombre: ¿podrán revivir estos huesos?». Yo respondí: «Señor, Dios mío, tú lo sabes». 4Él me dijo: «Pronuncia un oráculo sobre estos huesos y diles: “¡Huesos secos, escuchad la palabra del Señor! 5Esto dice el Señor Dios a estos huesos: Yo mismo infundiré espíritu sobre vosotros y viviréis. 6Pondré sobre vosotros los tendones, haré crecer la carne, extenderé sobre ella la piel, os infundiré espíritu y viviréis. Y comprenderéis que yo soy el Señor”».

 

  • He aquí uno de los pasajes más famosos del libro de Ezequiel (se puede leer hasta el v.14). Impresiona la imaginación descriptiva y la capacidad para llevar a una reflexión existencial sobre el fondo de la vida. El que sea un oráculo bajo “la mano del Señor” está indicando la garantía que tiene: Dios habla por la boca del profeta. Desde ahí se contempla el valle lleno de huesos secos. Los huesos son como la estructura de la persona. Están “calcinados”, sin ninguna esperanza de vida, estructuras anquilosadas, envejecidas, muertas.
  • “¿Podrán revivir?”, esa es la gran pregunta. ¿Tiene sentido intentar que revivan? ¿Merece la pena buscar vida donde aparentemente no hay más que muerte? ¿Vale para algo enfrentarse a quien sostiene que en esos huesos secos hay una vida “legal” imprescindible para el mantenimiento del orden? Muchas personas han llegado a la conclusión de que dureza de las estructuras es impenetrable y han desistid de cualquier cambio en ellas. Viven dentro de tales estructuras pero sin esperanza de cambio o mejora. El mismo dejar la respuesta en manos de Dios (“Tú lo sabes”) puede significar tanto confianza como desesperanza.
  • El pronunciar un oráculo sobre huesos calcinados está indicando que puede “oír”, que tales estructuras no están tan muertas como se pueda llegar a creer, que son capaces de modificar algo el rumbo, que se puede soñar en otro tipo de estructuras más adecuadas, incluso distintas. Las viejas estructuras han llevado a la calcinación, a la muerte sin esperanza. ¿Se acabaron las posibilidades? ¿Habrá que seguir repitiendo siempre ese camino cerrado?
  • No se acabaron las posibilidades: los huesos puede ser recreados, pueden recibir un “espíritu” nuevo, un aliento nuevo que los recree. Es decir: una estructura con espíritu nuevo puede ser creada si los que construyen tal estructura se dejan guiar por  el espíritu de amor de Dios. No echemos la culpa a las estructuras y su rigidez; la pelota está en nuestro tejado porque contamos con el espíritu humanizador de Dios.
  • Dios hará un nuevo proceso: tendones-carne-piel. Habrá posibilidades de un modo nuevo de entender la vida, la fe y los caminos de la comunidad creyente. No será algo como lo de antes para que brote un horizonte de novedad. Entonces se comprenderá, al fin, “que yo soy el Señor”, es decir: que la finalidad de una estructura no es el dominio de la norma sino el logro del amor, Está naciendo en el profeta la certeza de que ya no se puede volver a los viejos planteamientos, de que resulta imprescindible dar con un camino nuevo. Es la problemática que arrostran muchas de nuestras instituciones. Persistir en lo viejo, confirmar tercamente que no hay otro modo de hacer las cosas, quizá sea cerrarse al espíritu vivificador de Dios que está llamando a caminos nuevos.

 

  1. 2.      Estructuras que pueden cambiar

 

Y que, de hecho, han cambiado si echamos la vista a un amplio período de nuestra vida cristiana y de nuestra vida religiosa:

  • La estructura relacional: si miramos cómo era el estilo de nuestras relaciones humanas y fraternas hace 50 años, percibiremos el cambio dado. Nuestras relaciones son mucho más directas, sinceras, igualitarias, cordiales incluso. Los estilos de vida social, democráticos, nos han aportado conciencia de dignidad y de igualdad, lo que ha favorecido mucho la saludable relación fraterna. Ya no existen las viejas estratificaciones ni los antiguos modos, algo arrogantes, de la autoridad. Todo es más llano, más igualitario, más democrático, más evangélico, en fin (“todos vosotros sois hermanos”: Mt 23,8).
  • La estructura económica: la vieja estructura económica de los grupos religiosos era mucho más sencilla que la actual a causa de la bonanza económica del país. Pero no era más evangélica: el apego al dinero, la nula transparencia, la lucha por los bienes (quizá por necesidad), la limosna como medio de vida, etc., están lejos de la creciente transparencia de hoy, de la generosidad oficial en las catástrofes económicas, de las ong que contribuyen al desarrollo, de la participación igualitaria de los bienes comunes, de la posibilidad de control y aun de discrepancia en temas de inversiones, etc. Siempre habrá que mejorar porque el de la economía es un tema muy sensible, pero creemos que hemos mejorado notablemente esta estructura imprescindible de la vida.
  • La estructura espiritual: gracias sobre todo al Vat.II y a la nueva teología, las maneras de pensar lo espiritual (que muchas veces cobra rostro en los documentos), los modos de expresarlo, han mejorado. Ello ha generado en la mayoría de los hermanos/as una mentalidad nueva, un enfoque distinto de los problemas eclesiales y de vida comunitaria. Gozamos de una documentación inmejorable y tenemos muchos medios al alcance para irla incorporando. Quizá haya que sacudirse la pereza que se pega con los años y mantenerse interesado/ por este rico caudal de espiritualidad.
  • La estructura evangelizadora: también debemos mucho de esto al Vat.II que nos ha hecho ver que la evangelización, la misión, hace parte del ser mismo del cristiano, en las Iglesias locales lejanas y en las cercanas. Eso nos ha llevado a entender y vivir nuestras tareas más cotidianas con la mística de la misión dándoles, indudablemente, un impulso. Además, hemos ido aprendiendo que la fe se propone, no se impone, con lo que la oferta evangelizadora, en sus múltiples formas pastorales, se ha visto enriquecida.
  • La estructura ecológica: que aún no es muy fuerte, pero que antes ni existía. No solamente hemos avanzado en prácticas domésticas de comportamiento ecológico (las tres erres: reducir, reutilizar, reciclar), sino también formas de consumo, producción y uso de energías, utilización racional del agua. Esta estructura, aún en ciernes, es prometedora.

 

  1. 3.      Contribución personal al cambio de estructuras

 

Ya hemos dicho que desde lo personal se puede contribuir al cambio de estructuras. Veamos algunas contribuciones:

+ La fe en el diálogo: que es lo mismo que creer en las posibilidades del otro para una mejoría que no y no veo. No abandonar la senda del diálogo que puede llevarnos a algún fin bueno cuando todos los otros caminos parecen cerrarse. Un cambio de estructuras sin diálogo es imposible. El no-diálogo es el que anquilosa las estructuras y las vuelve impositivas.

+ Mentalidad colaboradora: deponiendo ansias de liderazgo, una mentalidad colaboradora es la que puede ablandar la costra que tienden a crear las estructuras. Negar la colaboración por desacuerdo es hacerles el caldo gordo a quienes utilizan las estructuras para su dominio.

+ Siembra a largo plazo: las estructuras se consolidan despacio y, en consecuencia, los cambios habrá de hacerse poco a poco. Son siembra a largo plazo y conviene verse libres de prisas que no llevan más que al nerviosismo y al desencanto, La paciencia histórica  (paciencia+tenacidad) se hace imprescindible.

+ No cansarse de “profetizar”: porque no basta con decir las cosas una sola vez; hay  que insistir con la mayor benignidad posible y con una insistencia fraterna. No se puede pretender que la profecía sea escuchada a la primera. Una profecía insistente es la que se necesita para pretender mejorar estructuras.

+ Sin dejar lugar a la amargura: dado que los rechazos están asegurados, hay que inmunizarse contra ala amargura que lleva al desaliento. Aunque duelan las cosas, aunque se sufra por la lentitud de los procesos, aunque haya desaires, es preciso mantenerse en la oferta y la colaboración con la mayor entereza posible.

 

  1. 4.      Para orar

 

  • “Había un hombre allí que llevaba treinta y ocho años con su enfermedad” (Jn 5,5).

 

Jesús llega en el límite de la vida cuando parece que toda estructura ha fracasado. Hay aún margen para la novedad.

 

  • Razón poética:

 

Días llenos de gracia, melodiosos,

los que habrán de venir en lo inmediato.

No nos cansamos de pensarlos mucho,

pues suponemos que traerán consigo

cumplimiento de vida,

dicha muy grande, aunque ignoremos cuánta.

 

Hermosos, sobre todo, por inciertos

en su inmenso no ser, que va abreviándose.

 

Días piadosos, únicos

-qué dulce esta ansiedad de la inminencia-,

incluso si al mostrarse son al cabo

mucho mejores que los imagino

y fulgura su estela para siempre

en la quietud de mi agradecimiento.

 

            E. Sánchez Rosillo

 

 

12

LA ILUSIÓN DE CREER EN LOS SUEÑOS

 

            Los sueños están frecuentemente desvalorizados. Son algo tan volátil, tan subjetivo y tan equívoco que pasan por ejemplo de lo inatrapable, de lo gaseoso y, en definitiva, de lo inútil. Sin embargo, los sueños pertenecen a ese conjunto de fuerzas que llamamos dinamismos y que hacen parte del núcleo de lo humano; son el combustible de muchos movimientos del alma y, en consecuencia, de muchos planes de vida. Solo los muertos carecen de sueños. Pero mientras se está vivo, queda más que demostrado que los sueños mueven gran parte de nuestras decisiones y que no hay muro capaz de contenerlos. Privarle a una persona, a una obra, a una propuesta, de sus sueños es robarle el alma.

            Quizá haya que matizar estableciendo la diferencia que entre hay soñar y ensoñar. Soñar es anhelar algo nuevo, deseado, perseguido y poner los medios que se tiene, a veces equívocos e ineficaces, para intentar conseguirlo. Los intentos visibilizan el sueño. Por eso, para distinguir un sueño de una ensoñación hay que mirar a los intentos. Ensoñar, sin embargo, es anhelar algo, acariciarlo, suspirar por ello pero sin mover un dedo, sin intentar dar un paso, sumidos en la mera ensoñación como un narcótico que calma pero que, lo sabemos, nunca producirá ningún fruto. En este segundo caso no hay apuesta, no hay riesgo, no hay convulsión vital.

            Precisamente por la capacidad de movilizar las honduras del alma, los sueños son engendradores de mística. Hace ya tiempo que la espiritualidad dedujo que la mística era un componente de la vida cristiana. Por eso, comenzaron a hablar de “mística de ojos abiertos” o de “místicos horizontales”. El terreno de la mística no sería un no-lugar fuera de la vida, sino que se sitúa en el centro de la vida. El creyente ha de ser místico de la horizontalidad, porque en ella se juega mucho de la vida cristiana. No es que se menosprecie la verticalidad (la oración, la Palabra, los sacramentos), pero la clave de muchas situaciones está en el diálogo, la tolerancia, la conexión social. Es ahí donde habrá que insistir para construir la horizontalidad. No es difícil que, con los años, la vida cristiana vaya perdiendo su sabor, su encanto. Es entonces cuando entran en juego los sueños como activadores de la mística. Esta, sin los sueños, termina apagándose, diluyéndose en el gris sobre gris de la mera organización, del pensamiento oficial.

            Desde aquí puede ser más verosímil entender los evangelios como un libro de sueños, no tanto de ficciones ensoñadas, sino de algo que tiene dentro el dinamismo de los sueños y la apuesta por el logro de los mismos. Esta manera de ver los textos bíblicos sería, para muchos, un empobrecimiento y un absurdo. La doctrina demanda comprensiones del hecho bíblico más sólidas. Y los sueños, ya lo hemos dicho, lindan con la ficción. Pero es lícito preguntarse: ¿qué habría producido más dinamismo en la fe, más adhesión, más amor en definitiva, dar acogida a los sueños de Jesús o estructurar su recuerdo en modos de organización religiosa? No se menosprecia la organización, pero ésta, sin sueños, se vuelve norma rígida, coraza que trata vanamente de aprisionar el vuelo de Espíritu. De ahí el interrogante: ¿es más profundo creer que soñar?

            La fe que se desplaza se apoya cada vez más en una fe soñada y soñadora. Que hayamos llegado adonde estamos nos ha dado pie para pensar en un salto cualitativo. Eso hay que agradecerlo siempre. Pero ¿no es precisamente el terreno de los sueños el que provoca más dinamismo, el que abre las puertas a lo nuevo, el que tiene la capacidad de plantear caminos que nos eran ignorados? ¿No es una fe soñada y soñadora la que alimentó y alimentan las nuevas teologías, la que suscita entregas novedosas aunque no sean publicitadas, la que sostiene el pábilo vacilante de quienes siguen quedándose en la comunidad de Jesús pero no a cualquier precio?

 

  1. 1.      Meditación de la Palabra: Ez 47,1.6-12

 

«1El hombre me hizo volver a la entrada del templo. De debajo del umbral del templo corría agua hacia el este —el templo miraba al este—. El agua bajaba por el lado derecho del templo, al sur del altar… 6Entonces me dijo: «¿Has visto, hijo de hombre?». Después me condujo por la ribera del torrente. 7Al volver vi en ambas riberas del torrente una gran arboleda. 8Me dijo: «Estas aguas fluyen hacia la zona oriental, descienden hacia la estepa y desembocan en el mar de la Sal. Cuando hayan entrado en él, sus aguas serán saneadas. 9Todo ser viviente que se agita, allí donde desemboque la corriente, tendrá vida; y habrá peces en abundancia. Porque apenas estas aguas hayan llegado hasta allí, habrán saneado el mar y habrá vida allí donde llegue el torrente. 10Se instalarán pescadores a la orilla; será un tendedero de redes desde Engadí hasta Engalín. Habrá peces de todas las especies y en gran abundancia, como en el Mar Grande. 11Pero sus marismas y pantanos no serán saneados: quedarán para salinas. 12En ambas riberas del torrente crecerá toda clase de árboles frutales; no se marchitarán sus hojas ni se acabarán sus frutos; darán nuevos frutos cada mes, porque las aguas del torrente fluyen del santuario; su fruto será comestible y sus hojas medicinales».

 

  • Este oráculo hace parte del gran sueño de Ezequiel sobre el futuro de Israel. Es tan evocador que aún siguen leyéndolo los judíos de hoy (a veces en el Parlamento) La derrota exílica era tan grande que consideró preciso poner a funcionar el dinamismo de los sueños para reavivar la conciencia de pueblo. Porque un pueblo, un grupo, una comunidad sin capacidad de soñar es una colectivo con el futuro muy oscuro.
  • Las aguas que salen del templo y bajan hacia el mar Muerto son las aguas lustrales que  han bañado el altar. Son aguas “santas”. En su decurso, las bordea “una gran arboleda”. Empieza el sueño porque estamos hablando de una zona desértica. Pero estas aguas y los árboles de la vereda del arroyo hablan de fecundidad, de vida, de promesa. Por más que las circunstancias puedan ser adversas, los sueños dicen que siempre habrá fecundidad. No hay desierto que pueda con quien sueña.
  • El sueño da un paso de gigante cuando dice que las aguas salobres del mar Muerto “serán saneadas”, algo geográficamente imposible. Pero es que la palabra “imposible” no existe para los sueños. No sabemos cómo sonaban estas expresiones en los oídos y en el corazón de los derrotados del exilio. Pero quizá fueron las que mantuvieron la conciencia de pueblo, de comunidad, en la hora de la derrota. Tal vez habrían desaparecido como pueblo de no ser por estas profecías. Los sueños pueden ayudar a sanear las heridas más negras del alma.
  • Sigue soñando: las aguas lustrales sanean el torrente y “habrá peces en abundancia”, cosa imposible porque lo impide la alta concentración de sal del mar Muerto (por eso es “muerto”). Pero el profeta lo sueña repleto de peces, de vida, tantos “como en el mar Grande”, el Mediterráneo. Para quien sueña, también hay vida en lo yerto, aunque haya que buscarlo en la profundidad. La profecía es una invitación a vivir, a no renegar de una vida que se torna cuesta arriba.
  • Y pinta una amable escena de pesca en las orillas del mar, imposible de situarla en aquella aridez: habrá pescadores arreglando sus redes (como en los cuadros de Sorolla), cosa totalmente improbable. Pero se quiere dibujar la vuelta de la vida apacible, tras los alterados y dramáticos años del exilio. Volverán la paz y el trabajo.
  • Y para culminar la descripción rodeará el mar toda suerte de árboles frutales, de hoja perenne, de frutos continuados (una cosecha al mes), y hasta las hojas de estos árboles milagrosos serán medicinales. La vida en todas sus expresiones.     Es el sueño puesto al servicio de la esperanza.      

 

  1. 2.      Jesús ¿un soñador?

 

  • Jesús, un soñador?: ¿Vieron a Jesús como un soñador aquellos que compartieron su marcante experiencia itinerante? Probablemente no. Más aún, se observa en el NT una cierta desconfianza hacia los sueños. De ahí que hablar de Jesús como soñador es demasiado. Cualquier otro apelativo le iría mejor. Además podría aducirse que el nivel social en el que Jesús pareció moverse no es propicio para muchos sueños. Bastante se tiene con sobrevivir día tras día. Todo ello tiene sentido, pero los desplazados sociales albergan sueños, los que sean, en su dura trayectoria histórica. Otra cosa es que afloren, que alguien los haga aflorar, o no.
  • Hizo soñar a los pobres: No habrá gran dificultad en admitir que Jesús hizo soñar a los pobres con su programa de dicha para ellos y su tenacidad en recordarles su invitación al banquete de la vida. Más aún, les hizo soñar con la certeza de que ellos son los únicos que tienen un sitio de “privilegio” en la sociedad nueva no porque sean mejores que otros, sino porque son pobres. Nunca se termina de responder a la cuestión de por qué los más bajos en la pirámide social seguían a Jesús, al menos en la primera época de la predicación en Galilea. ¿No podría ser una respuesta que la propuesta de Jesús y los sueños de los pobres, humildes, ocultos y casi enterrados, conectaron con ella y volvieron a resurgir? ¿No habrá que volver a la cuestión de la centralidad del pobre como esencial a la hora de recrear el sueño y la propuesta de Jesús?
  • Hizo soñar al mismo Dios: Podríamos decir, si no pareciera exagerado, que, además de a los pobres, Jesús hizo soñar al mismo Dios. Éste, según la Palabra muchas veces reiterada, tiene un sueño: que la historia se plenifique en el amor y, para ello, el signo histórico de las personas  es llegar a la fraternidad igualitaria, a la economía del cuidado, a la lógica del reino opuesta a la lógica neoliberal. Aquí se ancla su sueño de vivir en este mundo como se vivirá en el mundo pleno. Hay que desplazarse del sistema neoliberal hacia un sistema de hermandad, de la economía del lucro que mata  a la de la fraternidad que engendra vida.
  • Más allá del fracaso: No importa que el fracaso de Jesús y de tantos otros empeñados en causa similar se esgrima como razón para el abandono de este hermoso sueño. También puede esgrimirse como semilla de esperanza. Y los sueños sembrados terminan por germinar, aunque sea en tiempos futuros. Por eso, podría ocurrir que el sueño de la sociedad nueva urdido en el alma Jesús haya sido postergado, incluso en ocasiones abandonado. Puede volver a resurgir con fuerza, ya que la semilla se echó en el surco con vocación de futuro. De ahí que la fidelidad a Jesús no se medirá por el vigor de comportamientos religiosos o morales sino, más bien, por la fe en su sueño. El seguidor de Jesús persigue, en el fondo, un sueño.

 

  1. 3.      Soñar lo distinto

 

+ Cuando se deja de soñar: Soñar lo que quiere el sistema es hacerle el juego porque él quiere influir hasta en los sueños. No serán tan inútiles como él mismo pretende, a veces, hacerlo creer. Por eso, los sueños son fuertes cuando sueñan lo distinto, lo que aún no se ve, lo que únicamente se intuye. Soñar lo de siempre es la muerte de los sueños. Cuando los sueños mueren, parte del alma muere. Por eso, la manera de mantener viva el alma no será tanto vivir en gracia cuanto vivir en sueños. Cuando se ha querido matar un ideal se ha dicho al idealista: deja de soñar. Y luego: rebaja el nivel, cede ante el realismo de la vida. La ausencia de sueños termina por limar las aristas, los perfiles de los ideales. Y, al final, sin perfiles, el ideal se asemeja a la pérdida.

+ Valorar la herencia recibida: Soñar lo distinto demanda, en primer lugar, cuestionar lo heredado sin acritud valorando lo que la herencia recibida puede incorporar al sueño distinto. Ya lo hemos indicado: no se trata de hacer borrón y cuenta nueva sin más. Pero tampoco se trata de perpetuar lo recibido como una obligación, como una pesada cadena, como una condena. Cuando uno se incorpora a la comunidad cristiana no entra en un club histórico que pesará siempre sobre él; entra en un proyecto de vida y, por ello, el futuro es la pregunta. Y para ir resolviendo tal pregunta los sueños son una herramienta de primer orden. Hasta el punto de que ser cristiano es, más que pertenecer a una organización religiosa, hacer parte de un sueño colectivo al que Jesús dio la forma misma de su alma.

+ Demanda de riesgo: Para soñar lo distinto se necesita una gran habilidad porque es preciso arriesgarse a caminar en lo equívoco, en el camino sin desbrozar, lo que supone incorporar a la búsqueda creyente el riesgo con todas sus consecuencias. Una trayectoria cristiana que no ha experimentado el riesgo, que no ha olfateado el peligro, que no ha temblado ante el abismo, quizá no sea todavía el camino que brota del fondo del evangelio. Puede ser que la experiencia creyente, ojalá, acumule certezas. Pero somos caminantes y eso incorpora el riesgo al mismo hecho de caminar. Pretender hacerlo sin riesgos es caer en el peligro de quedarse quieto. Más aún, sin ese componente del riesgo, cualquier propuesta de vida deviene anodina.

+ No todo da igual: Para entrar en esta dinámica del sueño que envuelve a la persona es preciso superar el estado de quien termina pensando que todo da igual, que las cosas tienen una trayectoria ajena a la voluntad de uno y que lo que sea sonará. Esta especie de determinismo es demoledora porque mata no solamente el anhelo de los sueños, sino la raíz misma de la belleza. La apatía es la lepra de los sueños, los termina devorando. La fe en los sueños, como la esperanza, ensancha a los seres humanos en lugar de limitarlos.

+ Invitación a los sueños: Habría que entender los evangelios no como un discurso que apuntala el pensamiento oficial, sino como una invitación a los sueños. Leerlos desde esa perspectiva daría un resultado de lectura evocador y hasta revolucionario. La mejor manera de des-domesticar los evangelios sería situarlos en el terreno de los sueños, en ese espacio donde lo que sugiere es lo que propone, dejando luego a la vida que vaya marcando los caminos.

 

  1. 4.      Para orar

 

  • Y esta es la voluntad del que me envió: que de todo lo que Él me ha dado yo no pierda nada, sino que lo resucite en el día final” (Jn 6,39).

 

El sueño de Jesús es el mismo sueño del Padre: que nada se pierda, que todo llegue a plenitud.

 

  • Razón poética:

 

Hay noches en que en mis sueños asoman utopías

y otras combato a laza con molinos sin viento.

Ese es mi territorio, mi hogar y mi destino:

el espacio que ocupa mi lucha por mis sueños.

 

                        J. Reverte

 

Llevar la dignidad al centro

LLEVAR LA DIGNIDAD AL CENTRO

La FT y el capitalismo inclusivo 

 

En diciembre de 2019, el Papa Francisco anunció algo que, aunque prácticamente ha pasado desapercibido, dejó perplejos a propios y extraños: anunció la creación de un Consejo para un Capitalismo Inclusivo (CCI). El lunes 11 de noviembre de 2020 acudió a la primera reunión del CCI y les dirigió un discurso[1]. Como luego diremos, el Papa ya había establecido contactos con estas personas con ocasión del foro Davos celebrado en Roma tres años antes[2]. Pero ahora, a propuesta del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral de la Santa Sede presidido por el cardenal Peter Tukson, la cosa se lanzaba a la plaza pública.

El creyente de a pie se preguntaba atónito: «¿Qué componendas puede hacer la Iglesia católica con el 1% más rico del mundo que acapara más de la mitad de los recursos de toda la Tierra, y que aprovecha los desastres y desgracias para amontonar más dinero?»[3]. Alguna asociación de inspiración franciscana, reaccionaba en maneras un tanto cáusticas[4]. Era el fruto del desconcierto, porque se tenían en la mente las palabras, muchas veces mordaces, del Papa sobre la “economía que mata”[5]. ¿Cómo conjugar una cosa con otra? ¿Cómo estar en contra de una economía asesina y, a la vez reunirse y amparar, con el capital moral de la Iglesia, a agentes destacados de la economía excluyente?[6].

Estamos necesitados de reflexión porque no hay otro modo de que el olvido juegue en contra de nosotros. El devastador día a día hará que muchos ciudadanos no nos acordemos ya de la recesión de 2008. Pero vivimos bajo sus consecuencias. El camino solamente puede abrirse por medio de una reflexión serena. El Vat.II habló en su día, ya lejano, de la necesidad de leer los signos de los tiempos[7]. Aunque se dé por obvio que las grandes fuerzas económicas devorarán a los débiles, la reflexión puede fortalecer los procesos de asimilación porque «pensar por uno mismo es poder preguntar acerca de lo que la realidad establecida da por obvio. Tan sencillo y tan peligroso como esto»[8].

Hay quien piensa que esta clase de temas no entran en el ámbito de la reflexión espiritual o teológica. Nosotros creemos que la sociedad y sus avatares pueden sumarse a las fuentes espirituales de inspiración carismática. Efectivamente, los aprendizajes sociales son no solamente útiles, sino necesarios para una correcta conexión de la vida cristiana con la sociedad[9]. Es preciso hacer un esfuerzo por superar la desazón y la desconfianza que esta clase de aprendizajes conllevan. Esta clase de trabajos pueden ayudar a responder a los fuertes interrogantes que pesan sobre la vida cristiana de hoy.

Este esfuerzo reflexivo culminará en una valoración franciscana del problema, porque pensamos que la espiritualidad franciscana debe decir algo sobre los planteamientos económicos de la sociedad y de la Iglesia: «Pensar y desear correctamente, en modo franciscano, consiste en saber qué es lo que se quiere y cómo se quiere. La purificación de las motivaciones de la propia voluntad debe propiciar estilos de vida coherentes con las relaciones fraternas, las prácticas pastorales, la visión del mundo, de la economía y de la política»[10]. Sentirse concernido por lo político es una de las maneras de vivir y expresar la madurez de la vida franciscana[11].

 

  1. 1.      HISTORIA DEL CAPITALISMO INCLUSIVO

 

Aunque reciente, el capitalismo inclusivo tiene su historia. El Papa se une a ese movimiento, pero nació antes de su intervención. Consignemos los momentos más relevantes.

  1. 1.      Origen

 

Más allá de sus antecedentes filosóficos, desde Hobbes hasta Polanyi pasando por Marx, se puede situar el origen de esta nueva mirada sobre el capitalismo en la caída del Lehman Brothers, el cuarto banco de inversión norteamericano, en setiembre de 2008. «La destrucción tuvo muy poco de creativa cuando el miedo se convirtió en pánico y la capacidad autodestructiva de las finanzas sacudió el corazón del sistema, Wall Street, y amenazó con llevárselo todo, absolutamente todo, por delante»[12]. A partir de ahí, para evitar el colapso financiero global, la política y la gran economía se unieron para salvaguardar sus intereses lo que se concretó en ingentes sumas de dinero para mantener vivo el sistema financiero y una enorme presión a los países de economía más frágil en forma de rescates. La indestructible alianza entre la democracia liberal y el capitalismo salió fortalecida.

Mientras esto ocurría en EE.UU., «lo mismo hizo la Europa de Angela Merkel que, después de salvar a los bancos, decretó recortes y austeridad a una Europa en la que estuvo a punto de reventar el euro tras una gestión de la crisis insuperablemente mediocre. A algunos rincones, como España, la crisis llegó con retraso: la burbuja inmobiliaria explotó a cámara lenta, pero se llevó por delante la mitad del sistema financiero, obligó a pedir un rescate y dejó a la economía española en medio de una crisis oceánica –no solo económica— de la que solo ahora saca la cabeza, y a duras penas»[13].

Bien entrado 2008, «los ministros de Finanzas del G7 y el G20 formularon un compromiso inequívoco para impedir la quiebra de las instituciones financieras sistémicas. No más Lehmans, fue la consigna: en última instancia, a pesar del triunfo de los apóstoles del libre mercado, solo la intervención decisiva y globalmente coordinada de los Gobiernos y los bancos centrales detuvo el pánico»[14].

Llegados al borde del abismo, empezó a entreverse la necesidad de refundar el capitalismo. El mercado no respondió a las expectativas puestas sobre él; los bancos pequeños, sin rescato, quebraron; el sector público era el que, al final, asumía los riesgos. Los líderes mundiales hablaban de refundar el capitalismo, pero lo que les preocupaba de verdad era embridar el sistema financiero. El resultado final lo conoce todo el mundo: «Estados Unidos y Europa han intentado reforzar los colchones de liquidez y capital, y han tratado de que la banca pague por sus desmanes, pero el resultado final es limitado; desesperanzador. No ha habido auténtica reforma»[15].

La situación de recesión aún se mantiene. Muchos ciudadanos, y de alguna manera el mismo Papa Francisco entre ellos, tienen la certeza de que «el modelo de negocio de Lehman era exactamente igual que el de la gran banca actual: emplear tan pocos recursos propios como se pueda; invertir en activos de alto riesgo; prometer una alta rentabilidad sobre recursos propios no ajustada al riesgo; vincular los salarios a los beneficios a corto plazo; asegurarse de que el contribuyente pagará la cuenta en caso de catástrofe; enriquecerse rápidamente y todo lo que se pueda. Ese es el maravilloso negocio de los banqueros»[16]. ¿Hubiera surgido esta inquietud sin el crack de Lehman Brothers y sus terribles consecuencias?

 

  1. 2.      Conferencia para un capitalismo inclusivo

 

En mayo de 2014, tuvo lugar la Conferencia sobre Capitalismo Inclusivo, copatrocinada por la City de Londres y el holding E. L. Rothschild[17].Se llevó a cabo en Londres, donde se discutió el concepto de capitalismo inclusivo como medida práctica. Destacamos el discurso de Christine Lagarde, Directora Gerente del Fondo Monetario Internacional[18].

El título del discurso de Lagarde es ya una declaración de intenciones: “Inclusión económica e integridad financiera”. Se planteará la pregunta por la inclusión económica, pero sin renunciar a la integridad financiera, a las ganancias. Ahí radica la dificultad. Por ello se pregunta desde el inicio: «¿Es el “capitalismo inclusivo” un concepto contradictorio? o ¿es la respuesta, ante esa funesta predicción de Marx, que llevará a que el capitalismo sobreviva y se regenere, para convertirse verdaderamente en el motor de una prosperidad compartida?»[19]. Queda la cosa más clara cuando se pregunta por los atributos del capitalismo: «Confianza, oportunidad, beneficios para todos dentro de una economía de mercado, que permita que todos y cada uno desarrollen plenamente sus talentos. Esa es la idea»[20]. En ese “beneficio para todos” es donde radica el escollo.

No ha de extrañar que los “excesos” del comportamiento de la banca hayan hecho perder la confianza en el sistema capitalista. Por eso, en la recuperación de la confianza radica una de las claves del éxito del nuevo planteamiento: «¿Cómo podemos recuperar y mantener la confianza? Ante todo, asegurándonos de que el crecimiento sea más inclusivo y que las reglas del juego sean las mismas para todos, favoreciendo a la mayoría, y no solo a unos pocos; premiando una participación amplia frente al clientelismo limitado»[21].

La autora reconoce la dificultad y la explica en modos gráficos: «Desde 1980, el 1% más rico de la población aumentó su participación en el ingreso en 24 de los 26 países sobre los que disponemos de datos… Las 85 personas más ricas en el mundo, que cabrían cómodamente en un autobús de dos pisos, controlan la misma cantidad de bienes que la mitad más pobre de la población mundial, es decir, 3.500 millones de personas»[22]. Es decir, el planteamiento del capitalismo inclusivo se estrella contra la evidencia de la desigualdad: a más desigualdad, menos inclusión.

El mismo FMI ha tomado medidas, pero no ha logrado acercar a “beneficiarios y a perdedores” llegando a la conclusión de que los grandes bancos han sido y son una fuente importante de riesgo sistémico. De ahí que la señora Lagarde confiese sin ambages: «el comportamiento del sector financiero no ha cambiado fundamentalmente en varias dimensiones desde la crisis. Si bien se observan algunos cambios de conducta, no tienen la profundidad y amplitud suficientes. En este sector sigue prevaleciendo la rentabilidad a corto plazo por encima de la prudencia a largo plazo, las primas de hoy por encima de las relaciones en el futuro»[23].

La conclusión de su reflexión desvela su pensamiento de fondo y es lo que genera una indudable perplejidad: «Si la economía mundial es más inclusiva, los beneficios serán menos difíciles de alcanzar»[24]. ¿De qué estábamos hablando, de igualdad, inclusión o beneficios?

 

  1. 3.      El Foro Mundial Fortune-Time

 

La revista Fortune 500 organiza un foro mundial de temática económica al que están invitadas las 500 mayores empresas del mundo según los baremos que establece la revista. En 2016 se celebró en Roma y el tema, a sugerencia del Vaticano, fue “El desafío del siglo XXI: crear un nuevo pacto social”. El Papa Francisco les dirigió un breve discurso el 3 de diciembre[25].

Comenzó con unas palabras de agradecimiento «por todo lo que estáis haciendo para promover la centralidad y la dignidad de la persona humana dentro de las instituciones y de modelos económicos, y para llamar la atención sobre la llaga de los pobres y los refugiados, que a menudo son olvidados por la sociedad»[26]. La ignorancia del grito de los pobres, dice el Papa, nos hace «más pobres, no solamente materialmente, sino también moralmente y espiritualmente»[27]. Aquí se halla la preocupación básica del Papa: es preciso generar procesos de inclusión que beneficien a los desheredados y a la misma sociedad, beneficios muy a menudo reservados a unos pocos.

El Papa defiende ante los líderes económicos del mundo «el derecho de cada persona de tener parte de los recursos de este mundo y de tener las mismas oportunidades para desarrollar su potencial, potencialidad que en último análisis se basa en la dignidad de hijos de Dios, creados a su imagen y semejanza…de manera que nadie quede excluido de la participación social»[28]. Aparece el tema de la dignidad como cimiento ideológico del una economía inclusiva. Termina diciendo que para ser sensibles a tal problemática es preciso mirar el rostro humano de aquellos a los que se intenta ayudar.

 

  1. 4.      El encuentro “Economy of Francesco”

 

El Papa convocó a jóvenes economistas, emprendedores y emprendedoras de todo el mundo a una reunión en Asís para los días 26 al 28 de marzo de 2020. Debido a la pandemia, al final se celebró on line los días 19 al 21 de noviembre. Días antes se había celebrado presentado el CCI. En el foro se fijó la fecha de la nueva reunión en Asís para otoño del 2021. El Papa escribió en mayo de 2019 una carta a los jóvenes citándoles al encuentro[29]. En ella se desvelan las intenciones del Papa respecto a la nueva economía:

  • Se trata de «empezar a estudiar y practicar una economía diferente, la que hace vivir y no mata, que incluye y no excluye, que humaniza y no deshumaniza, que cuida la creación y no la depreda…que nos lleve a hacer un “pacto” para cambiar la economía actual y dar un alma a la economía del mañana»[30].
  • El Papa ve como totalmente necesario «corregir los modelos de crecimiento que son incapaces de garantizar el respeto del medio ambiente, la acogida de la vida, el cuidado de la familia, la equidad social, la dignidad de los trabajadores, los derechos de las generaciones futuras. Desgraciadamente, sigue sin escucharse la llamada a tomar conciencia de la gravedad de los problemas y, sobre todo, a poner en marcha un nuevo modelo económico, fruto de una cultura de comunión, basado en la fraternidad y la equidad»[31].
  • Anima el Papa a los jóvenes a «escuchar con el corazón los gritos cada vez más angustiosos de la tierra y de sus pobres en busca de ayuda y de responsabilidad, es decir, de alguien que “responda” y no dé la espalda. Mientras nuestro sistema económico y social produzca una sola víctima y haya una sola persona descartada, no habrá una fiesta de fraternidad universal»[32]. Este es el “pacto común” tras el que anda el Papa.

 

  1. 2.      LA INCLUSIVIDAD EN LOS GRANDES DOCUMENTOS DEL PAPA FRANCISCO

 

Podemos avanzar que el pensamiento del Papa sobre la inclusión social ha sido ua constante explícita en sus grandes documentos[33].

 

  1. 1.      La inclusión en la Evangelii Gaudium

 

El Cap. IV de la EG está dedicado a “La dimensión social de la evangelización”. Dentro de él, el apartado 2º tiene por tema “La inclusión social de los pobres”. Se ve que, desde el comienzo del pontificado de Francisco, el tema de la inclusión ha sido una preocupación manifiesta[34].

Comienza el apartado proponiendo algunos requisitos necesarios para el correcto enfoque del problema. Uno primero es: «estar atento para escuchar el clamor del pobre»[35]. Es una escucha que lleva dentro la implicación: «implica tanto la cooperación para resolver las causas estructurales de la pobreza y para promover el desarrollo integral de los pobres, como los gestos más simples y cotidianos de solidaridad ante las miserias muy concretas que encontramos»[36]. Un segundo requisito es modificar algo que está esclerotizado en el imaginario social capitalista: «la función social de la propiedad y el destino universal de los bienes como realidades anteriores a la propiedad privada»[37]. Podríamos considerar un tercer requisito que afecta también al imaginario social: «recordar que el solo hecho de haber nacido en un lugar con menores recursos o menos desarrollo no justifica que algunas personas vivan con menos dignidad»[38].

Plantea a continuación un principio de discernimiento social que apunta al corazón del problema de la inclusión: «El imperativo de escuchar el clamor de los pobres se hace carne en nosotros cuando se nos estremecen las entrañas ante el dolor ajeno»[39]. Es decir, la respuesta que se da al sufrimiento del otro es lo que nos hace sujetos morales, lo que dice qué tipo de persona somos. De esa manera, el tener siempre presente la realidad del pobre se convierte en un “gran criterio”, criterio mayor de discernimiento social y cristiano[40].

La inclusión de los pobres en el torrente social acuña frases felices en la pluma del Papa: «Quiero una iglesia pobre para los pobres»[41]. Eso es lo que le lleva a afirmar que «la opción por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica. Dios les otorga su primera misericordia»[42]. Por más que haya sido o sea aún objeto de disputa, estas palabras valoran el conjunto de las diversas perspectivas con que se miran las pobrezas. Más aún, acuña el Papa el principio de  la “atención amante” que implica «valorar al pobre en su bondad propia, con su forma de ser, con su cultura, con su modo de vivir la fe»[43].

El documento entra en el corazón del problema de la inclusión. El primer problema son las causas estructurales de la pobreza y la inequidad que eso genera: «La necesidad de resolver las causas estructurales de la pobreza no puede esperar, no sólo por una exigencia pragmática de obtener resultados y de ordenar la sociedad, sino para sanarla de una enfermedad que la vuelve frágil e indigna y que sólo podrá llevarla a nuevas crisis…habrá que renunciar a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera»[44]. El segundo es la “cómoda indiferencia”  antes estas cuestiones que vacía la vida[45]. Y una tercera es la incorrecta comprensión de la vocación a la empresa (“servir al bien común”[46]) y de la política (“que le duela la vida de los pobres”[47])[48].

La inclusión ha de apuntar a los más frágiles. Porque ocurre que «en el vigente modelo «exitista» y «privatista» no parece tener sentido invertir para que los lentos, débiles o menos dotados puedan abrirse camino en la vida»[49].

Tenemos en este apartado de la EG los núcleos básicos de la espiritualidad de la inclusión que han obrado en la mente y el discurso del papa desde los inicios de su ministerio.

 

  1. 2.      La inclusión en la Laudato Si’

 

El tema de la exclusión social tiene gran importancia en la LS’[50]. Comienza el Papa constatando como hay en la sociedad una cierta incapacidad para pensar en quienes quedan excluidos del desarrollo. Esto se debe al inmediatismo con que se vive en la sociedad moderna. Para el Papa es evidente que no se puede «construir un futuro mejor sin pensar en la crisis del ambiente y en los sufrimientos de los excluidos»[51]. Dejarlos fuera ennegrece el horizonte de la vida. A la base de esta manera de pensar está la llamada “cultura del descarte” que convierte a los excluidos en “basura”[52]. Esto es obra de la información sesgada que vierten medios que se sitúan lejos de las pobrezas: «Hoy [los excluidos] están presentes en los debates políticos y económicos internacionales, pero frecuentemente parece que sus problemas se plantean como un apéndice, como una cuestión que se añade casi por obligación o de manera periférica, si es que no se los considera un mero daño colateral. De hecho, a la hora de la actuación concreta, quedan frecuentemente en el último lugar»[53]. Se impone la devolución de la dignidad a los excluidos[54].

La reorientación de este panorama viene de la mano de una crítica directa de la especulación financiera que, en base a sus expectativas de ganancias, pisotea la dignidad de los empobrecidos utilizándolos para rentabilizar aun más sus beneficios. Para el Papa «los poderes económicos continúan justificando el actual sistema mundial, donde priman una especulación y una búsqueda de la renta financiera que tienden a ignorar todo contexto y los efectos sobre la dignidad humana»[55].  Al globalizarse el paradigma tecnocrático «no se aprendieron las lecciones de la crisis financiera mundial… no parece preocuparles una justa dimensión de la producción, una mejor distribución de la riqueza…pero el mercado por sí mismo no garantiza el desarrollo humano integral y la inclusión social…y no se elaboran con suficiente celeridad instituciones económicas y cauces sociales que permitan a los más pobres acceder de manera regular a los recursos básicos»[56].

Por todo ello, el principio de maximización de las ganancias recibe una fuerte crítica en la encíclica: «[este principio] tiende a aislarse de toda otra consideración, es una distorsión conceptual de la economía…las empresas obtienen ganancias calculando y pagando una parte ínfima de los costos»[57]. Aquí se halla una las fuentes principales de exclusión social.

 

  1. 3.      La inclusión en la Fratelli tutti

 

La última encíclica del Papa Francisco, aunque diseminadas, contiene entre las líneas sus mayores preocupaciones en materia de inclusión. Como fuente primaria de exclusión quizá haya que citar, en primer lugar, al neoliberalismo y a la especulación financiera. La voz crítica del  Papa se une a quienes aún creen que la teoría económica del “derrame” puede influir en la equidad[58]. Visto su fracaso, esa teoría es «fuente de nuevas formas de violencia que amenazan el tejido social»[59]. Este posicionamiento tiene sus consecuencias en la valoración de las ganancias como objetivo mayor del neoliberalismo económico. El Papa emplea graves palabras para valorar esta visión económica tan ligada al pensamiento neoliberal: «En el mundo de hoy persisten numerosas formas de injusticia, nutridas por visiones antropológicas reductivas y por un modelo económico basado en las ganancias, que no duda en explotar, descartar e incluso matar al hombre»[60].

Se puede deducir lo que el Papa piensa de la inclusión verificando lo que dice acerca de la exclusión. En el comentario que hace en el el Cap. II a la parábola del samaritano y sobre la que se asienta la argumentación espiritual de la encíclica dice taxativamente: «La inclusión o la exclusión de la persona que sufre al costado del camino define todos los proyectos económicos, políticos, sociales y religiosos»[61]. Es decir, en el tema de la inclusión se halla la clave de la nueva economía. Y, tratando de concretar la tarea política de la inclusión, dice: « Las mayores angustias de un político no deberían ser las causadas por una caída en las encuestas, sino por no resolver efectivamente «el fenómeno de la exclusión social y económica, con sus tristes consecuencias de trata de seres humanos, comercio de órganos y tejidos humanos, explotación sexual de niños y niñas, trabajo esclavo, incluyendo la prostitución, tráfico de drogas y de armas, terrorismo y crimen internacional organizado»[62].

Ahondando más, el documento apunta a la posibilidad de generar sistemas económicos alternativos[63], que entiendan que es preciso invertir en los lentos y frágiles y construir, a partir de ahí, un sistema económico basado en la dignidad: «Invertir a favor de los frágiles puede no ser rentable, puede implicar menor eficiencia. Exige un Estado presente y activo, e instituciones de la sociedad civil que vayan más allá de la libertad de los mecanismos eficientistas de determinados sistemas económicos, políticos o ideológicos, porque realmente se orientan en primer lugar a las personas y al bien común»[64].

Y así se llega al cimiento  ideológico de estos anhelos sociales: la dignidad humana. El documento afirma con claridad: «tenemos que volver a llevar la dignidad humana al centro y que sobre ese pilar se construyan las estructuras sociales alternativas que necesitamos»[65]. De eso se trata, de volver a poner en el centro la dignidad humana desplazada por un sistema económico de expectativas de ganancias que se lucra de los frágiles y que los descarta cuando son improductivos: «Mientras una parte de la humanidad vive en opulencia, otra parte ve su propia dignidad desconocida, despreciada o pisoteada y sus derechos fundamentales ignorados o violados»[66]. De ahí la crítica a los poderosos, clara y explícita: «Guerras, atentados, persecuciones por motivos raciales o religiosos, y tantas afrentas contra la dignidad humana se juzgan de diversas maneras según convengan o no a determinados intereses, fundamentalmente económicos. Lo que es verdad cuando conviene a un poderoso deja de serlo cuando ya no le beneficia»[67]. La dignidad se convierte así en «la ley suprema del amor fraterno»[68] y ha de vivirse con pasión, como realidad que, si falta, nos altere: «No es una opción posible vivir indiferentes ante el dolor, no podemos dejar que nadie quede “a un costado de la vida”. Esto nos debe indignar, hasta hacernos bajar de nuestra serenidad para alterarnos por el sufrimiento humano. Eso es dignidad»[69].

Todo esto lleva a una meridiana declaración de la centralidad de la dignidad: «Todo ser humano tiene derecho a vivir con dignidad y a desarrollarse integralmente, y ese derecho básico no puede ser negado por ningún país. Lo tiene aunque sea poco eficiente, aunque haya nacido o crecido con limitaciones. Porque eso no menoscaba su inmensa dignidad como persona humana, que no se fundamenta en las circunstancias sino en el valor de su ser. Cuando este principio elemental no queda a salvo, no hay futuro ni para la fraternidad ni para la sobrevivencia de la humanidad»[70]. La dignidad se fundamenta, pues, en el valor del ser. Esto resulta inapelable.

Las consecuencias de esta manera de pensar afectan a las empresas: «El derecho de algunos a la libertad de empresa o de mercado no puede estar por encima de los derechos de los pueblos, ni de la dignidad de los pobres, ni tampoco del respeto al medio ambiente, puesto que «quien se apropia algo es sólo para administrarlo en bien de todos»[71]. Una segunda consecuencia afecta también al mapa político de un país: «Pero la incapacidad de reconocer la igual dignidad humana a veces lleva a que las regiones más desarrolladas de algunos países sueñen con liberarse del “lastre” de las regiones más pobres para aumentar todavía más su nivel de consumo»[72]. Una tercera consecuencia es la limitación de todo poder económico que se crea omnímodo: «La distribución fáctica del poder —sea, sobre todo, político, económico, de defensa, tecnológico— entre una pluralidad de sujetos y la creación de un sistema jurídico de regulación de las pretensiones e intereses, concreta la limitación del poder»[73]. Consignamos también una cuarta consecuencia que es una cierta militancia en la lucha por la dignidad: «Quien sufre la injusticia tiene que defender con fuerza sus derechos y los de su familia precisamente porque debe preservar la dignidad que se le ha dado, una dignidad que Dios ama»

La conclusión es clara: «Todo ser humano posee una dignidad inalienable es una verdad que responde a la naturaleza humana más allá de cualquier cambio cultural»[74].

 

  1. 4.      EL CONSEJO PARA EL CAPITALISMO INCLUSIVO

 

Creemos que, en conexión con esta ideología, el Papa Francisco auspició a principios de noviembre de 2020 la creación de un Consejo para el Capitalismo Inclusivo (CCI). La web de dicho Consejo presenta así su proyecto: «El Consejo para el Capitalismo Inclusivo es un movimiento de líderes empresariales y del sector público del mundo que están trabajando para construir un sistema económico más inclusivo, sostenible y confiable. Todos tenemos un papel que desempeñar para abordar los desafíos de la sociedad. Todos podemos hacerlo mejor y, juntos, nuestras acciones pueden mejorar la vida de las personas en todo el mundo. Nuestros miembros se inspiran en las enseñanzas del Papa Francisco, quien ha desafiado a los líderes a aportar ideas concretas y tomar medidas decisivas para extender los beneficios del sistema económico a todas las personas mientras protegen el planeta. Estamos a la altura de este desafío y actuando»[75].

La base ideológica de este Consejo viene expresada en estos términos: «El capitalismo ha proporcionado riqueza y prosperidad a miles de millones de personas en todo el mundo. Sin embargo, reconocemos que el capitalismo debe evolucionar para promover un sistema más sostenible, confiable, equitativo e inclusivo que funcione para todos. Esto es especialmente importante en estos días de avances tecnológicos sin precedentes, alteración del clima, crisis de salud pública y malestar social. El Consejo reconoce la necesidad de acciones decididas por parte de sus miembros y de otras personas que trabajan con ellos para lograr estas aspiraciones del capitalismo»[76].

 

  1. 1.      Discurso del Papa al Consejo para un Capitalismo Inclusivo

 

El lunes 11 de noviembre de 2019 el Papa Francisco dirigió un discurso al CCI donde se trazan  las líneas generales de este organismo según el deseo del Vaticano[77]:

  • Se entiende por capitalismo inclusivo: «Un capitalismo inclusivo que no deja a nadie atrás, que no descarta a ninguno de nuestros hermanos y hermanas»[78], algo que el Papa cree que está en línea con los principios fundamentales de la doctrina social de la Iglesia. Este foro tendría que buscar «formas de hacer del capitalismo una herramienta más inclusiva para el bienestar humano integral»[79].
  • A la base está también un gran anhelo del Papa que, como hemos visto, aparece en todos sus grandes documentos: «se trata de superar una economía de exclusión y de reducir la brecha que separa a la mayoría de las personas de la prosperidad de la que pocos disfrutan»[80]. Esa brecha es la desigualdad que prevalece. Para contrarrestarla, el Papa pide a los líderes económicos la construcción «urgente de un sistema económico justo y fiable capaz de responder a los desafíos más radicales a los que se enfrentan la humanidad y el planeta… el retorno de la economía y de las finanzas a un enfoque ético que favorezca a los seres humanos»[81]. En realidad este enfoque ético ha estado siempre en el horizonte de los anhelos, más que en la realidad.
  • Como también hemos puesto de relieve, el Papa cree en la vocación empresarial como creadora de puestos de trabajo. Pero basado en la “dimensión moral de la vida económica”, apela el Papa a una «una renovación, una purificación y un fortalecimiento de modelos económicos válidos basados en nuestra conversión personal y nuestra generosidad hacia los necesitados…para que la persona humana pueda estar siempre en el centro de la vida social, cultural y económica»[82].
  • El Papa amplía el ámbito del desarrollo económico diciendo que «el verdadero desarrollo no puede limitarse sólo al crecimiento económico, sino que debe favorecer la promoción de cada hombre y de todo el hombre»[83].

 

  1. 2.      Críticas al capitalismo inclusivo

 

Pueden ayudarnos a situar mejor las cosas. El abandono del clásico liberalismo y el ansia depredadora del neoliberalismo han motivado la reflexión de la gente de las finanzas[84]. Sus observaciones pueden sernos de interés para enfocar mejor el paso dado por el Papa de cara al capitalismo inclusivo.

Un primer punto es que el nuevo capitalismo ha de fraguarse en el ámbito de la empresa y más concretamente en el trabajo desplazando el foco desde el accionista hasta el cliente como mejor garantía para el dividendo sostenible[85]. Según parece, «muchos pequeños empresarios no sienten como propio un sistema que premia al accionariado y altos directivos de grandes corporaciones, frente a la figura del empresario que dedica su vida y compromete su patrimonio en un proyecto a largo plazo", añadía. Este tipo de reflexión empresarial se está haciendo en todo el mundo»[86].

Un segundo punto es que persiste la desconfianza sindical.  J. M. Álvarez, secretario general de UGT dice: «El capitalismo solo piensa en producir lo máximo posible con el mayor rendimiento y en la cuenta de resultados…El medio ambiente le preocupa (al empresariado) cuando va a su casa y enciende la luz pero no cuando está produciendo"…estoy viendo cada día lo que pasa en nuestra negociación con las patronales y por eso hay cosas que no me creo»[87].

En tercer lugar, una de los miembros y promotora del CCI, Lady Linn Forester de Rothschild afirma: «Para mucha gente, el capitalismo inclusivo es un oxímoron. Esto es así porque el capitalismo ha fallado a muchas personas. Claramente, tenemos un problema cuando tanta gente del mundo occidental y de otras partes siente que los beneficios del capitalismo la excluyen»[88]. Más cruda es la opinión del profesor D. Murillo: «La disciplina económica y sobre todo el management son muy buenos generando conceptos que normalmente no dejan de ser refritos de tradiciones de pensamiento y preocupaciones sociales mucho más antiguas. Debe ser cosa del marketing… El concepto varía. La preocupación (¿qué tipos de sociedades generan estos mercados?) sigue. Mientras no se corrijan sus desperfectos, con este u otro nombre, la búsqueda de un modelo económico inclusivo seguirá»[89].

En cuarto lugar, habrá que tener en cuenta que un movimiento ligado a la marcha de la economía es el crecimiento de los populismos, algo que afecta a muchos países democráticos. El citado profesor D. Murillo vaticina: «Lo que realmente daña la credibilidad del sistema democrático es la incapacidad de los gobiernos de hacer políticas diferentes, de reducir toda política económica y social al TINA (‘There Is No Alternative’ –’No hay alternativa’–) en nombre de un sistema económico autónomo e ingobernable y de unas promesas que muchos no ven. Si seguimos con ese patrón de pensamiento, efectivamente, la gente va a dejar de votar a partidos tradicionales, se deteriorará aún más nuestro modelo de democracia y veremos más autoritarismo»[90].

 

  1. 5.      VALORACIONES

 

Hasta aquí, los datos. Entramos ahora al terreno resbaladizo de las valoraciones. Es preciso hacerlas para provocar la reflexión:

1)      Asumir la perplejidad: Es fácil entender que la creación de CCI haya podido crear una situación de perplejidad en los creyentes que se hayan enterado de ello. ¿Cómo compaginar esa acción con el pensamiento social de las encíclicas del Papa Francisco que hemos expuesto? ¿Cómo entenderla cuando ha empleado duras palabras contra el neoliberalismo, la corrupción de las finanzas, la exclusión social y la perversión de lo económico? ¿Cómo unirlo a su valoración de los empresarios, a veces positiva, pero, en general, dura y hasta mordaz? ¿Cómo no entender la perplejidad de muchos cristianos que todavía se sitúan en contra de la voracidad del capitalismo?[91]. ¿Cómo no ceder a la indignación inicial y dar paso a una reflexión más serena? ¿Cómo no poner en duda el valor de la doctrina y de las acciones del Papa midiéndola por este único asunto del CCI? Se acumulan muchas cuestiones que, de salida, no tienen respuesta. Un cúmulo de interrogantes se cierne sobre este asunto. De ahí que surja la perplejidad[92].

2)      Intención dominante: Superando prejuicios, como el de la secular connivencia del capitalismo con la Iglesia, el deseo básico del Papa al auspiciar el CCI es que se reconozca la dignidad básica de toda persona, que nadie se vea excluido del progreso económico y que nadie se quede atrás. No se puede dudar de que al Papa lo que preocupa no son las ganancias de los bancos, ni los derroteros técnicos de la economía, sino la vida de los empobrecidos y descartados. La preocupación por el sistema económico viene por la inquietud ante los desechos crecientes que genera tal sistema. Esta preocupación por el sufrimiento del otro es la que salva a iniciativas como la del CCI. Otra cosa es si el camino elegido es el más adecuado o no. Pero la intención de fondo es profundamente humana y conectada al deseo evangélico de que el sufrimiento de los pobres mengüe y, si es posible, desaparezca de la faz de la tierra.

3)      Amparo moral: Por muchos que sean sus errores, para una notable parte de la sociedad la Iglesia tiene todavía un fuerte capital moral. Que el CCI tenga el amparo moral de la Iglesia institucional causa extrañeza en muchos. ¿Qué hubiera sido del movimiento de la Teología de la Liberación si hubiera tenido semejante amparo? ¿Qué habría sido de la vida de muchos teólogos y teólogas si hubieran gozado de ese amparo? ¿Por qué precisamente se ampara al capitalismo? Quizá se sigue anclado en la mentalidad de que es el empresariado el principal y casi único generador de empleo y que, por ello, hay que dialogar con él, aunque sea como quien habla con el diablo[93]. Suponemos que el Papa y el Prefecto de la Congregación para el Desarrollo Humano Integral son conscientes de que «para combatir y superar las injusticias socioeconómicas y ambientales, este Consejo propone la bandera de la salvación de un sistema  que, paradójicamente, sea capitalista y, al mismo tiempo, “inclusivo”»[94].

4)      La difícil confluencia: Dada la envergadura del anhelo, generar una economía inclusiva, se ve que el Papa quiere hacer confluir todas las fuerzas posibles para empujar en la misma dirección: empresarios, jóvenes emprendedores, movimientos populares, etc. Ignoramos si en sus convocatorias está contemplada la colaboración con los movimientos sociales (sindicatos, ecologistas, anticapitalistas, movimientos reivindicativos, etc.) que apuntan directamente en un abandono del capitalismo y su sustitución por economías alternativas[95]. ¿Tiene todavía sitio la profecía en estos asuntos o, simplemente, hay que trabajar en el marco de lo ya establecido? ¿Habrá novedad si no se sale de ese marco? ¿Habrá posibilidad de regenerar lo muerto si no se abandona el terreno de la muerte? ¿La difícil confluencia ha de lograrse en el terreno del capitalismo o en otro terreno?

5)      Reforma por convicción o por leyes: El Papa no es, obviamente ni un legislador ni un político. Por eso, él apela a la conversión personal a la hora de construir una nueva economía[96]. Pero lo que, quizá, pueda ser más eficaz sea el dotar de medios legales a los políticos para que, quien lo vayan viendo, efectúen cambios en los comportamientos económicos[97]. ¿Hasta dónde, pues, pueden ser eficaces los anhelos papales? No por ello pierden valor, pero es preciso ser conscientes de su limitación. Y otra cuestión: ¿qué falla en la transmisión de estos planes de nueva economía si la mayoría de los cristianos ni se enteran de ello? ¿Dónde habría que incidir?

6)      Qué han hecho otras Iglesias: En el discurso al encuentro de la “Economy of Francesco” había hablado el Papa a los jóvenes de un “pacto”: «un proceso de cambio global que vea en comunión de intenciones no solo a los que tienen el don de la fe, sino a todos los hombres de buena voluntad, más allá de las diferencias de credo y de nacionalidad, unidos por un ideal de fraternidad atento sobre todo a los pobres y a los excluidos»[98]. Las diferencias de credo no son obstáculo para un trabajo conjunto. Y dada la enormidad del proyecto, se hace necesaria una actuación global: todos los credos, y los no-credos también, habrían de coordinarse para dar cara a esta ingente tarea.

 

CONCLUSIÓN

 

Al término de este largo recorrido, nuestras conclusiones son dubitativas. Por supuesto que no somos quién para juzgar a nadie, y menos todavía al Papa Francisco. Por otro lado, pensamos que sus esfuerzos por una economía incluyente, además de sinceros, son loables. Pero no podemos menos de decir que, ante planteamientos como el CCI, algo se resiste por dentro. No sabemos si esos son caminos que nos llevarán al sueño de una economía inclusiva. Algo se resiste.

En cualquier caso al franciscanismo de le llama a la corresponsabilidad. No se pueden entender estos esfuerzos como si fueran asuntos que no van con los menores. Muy por el contrario, aun dentro de todas las perplejidades, este trabajo del Papa habría de ser aliciente para el propio y sencillo trabajo social del menor.

Por eso, tras el estudio y la reflexión, queda más de manifiesto que “llevar la dignidad al centro” es no una tarea más de la Iglesia, sino la tarea[99].

 

 

Fidel Aizpurúa Donazar

Logroño

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1]http://www.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2019/november/documents/papa-francesco_20191111_consiglio-capitalismo-inclusivo.html.

[2]http://www.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2016/december/documents/papa-francesco_20161203_imprenditori.html.

[3] F. ASKASÍBAR, “Consejo para una Capitalismo Inclusivo en el Vaticano”, en: https://www.alainet.org/es/articulo/211174?language=es.

[4]Ver: “Agua seca, carbón limpio, hielo caliente, nazismo fraterno, capitalismo inclusivo”. En: https://iglesiasymineria.org/2020/12/28/agua-seca-carbon-limpio-hielo-caliente-nazismo-fraterno-capitalismo-inclusivo/.

[5]EG 53: LS’ 95; FT 22.

[6] Obran en el imaginario social valoraciones del capitalismo como las mostradas en el film de M. Scorsese “El lobo de Wall Street” que, aunque sea tachado de caricatura, se parece notablemente a la realidad. Los “lobos” de Lehman Brothers no eran muy distintos como lo muestra también el film de J. C. Chandor “Margin Call”.

[7] GS 4.11.

[8] Marina Garcés, citada en: https://www.bbc.com/mundo/noticias-42735951.

[9] «La mera vivencia de lo ya elaborado en otras épocas, sin el dinamismo de lo descubierto hoy, relega a los valores místicos de la fe a una indudable inoperancia»: F. AIZPURÚA DONAZAR, La recreación de los carismas sociales en la vida religiosa desde los aprendizajes sociales, Ed. ESET, Vitoria 2016, p.4.

[10] Cf CtaO 62-65.Ratio Formationis OFMCap 109.

[11] Que sepamos, escasas publicaciones franciscanas se han hecho eco de este asunto:  el citado artículo de F. Askasíbar que aparece en el Boletín de JPIC de la Curia General OFM llamado Contacto, enero-marzo 2021, p.14-15 y la web Franciscanos de la Provincia de la Inmaculada Concepción de Brasil OFM que da la noticia sin valoración crítica: https://franciscanos.org.br/noticias/capitalismo-inclusivo-ser-mais-e-nao-ter-mais-afirma-o-papa.html#gsc.tab=0.

[12] C. PÉREZ, “Recesión a lo grande: crónica de los 10 años de crisis que cambiaron el mundo”, en El País 9-9-18. En: https://elpais.com/economia/2018/09/07/actualidad/1536333092_303809.html.

[13]Ibib., p.5.

[14]Ibid., p.7.

[15]Ibid., p.8.

[16]Ibid., p.9.

[17] En la organización de este evento aparece ya Lady Lynn Forester de Rothschild, empresaria que será el alma mater del movimiento por el capitalismo inclusivo y miembro del CCI.

[18] Ver: https://www.imf.org/es/News/Articles/2015/09/28/04/53/sp052714.

 

[19]Ibid.

[20]Ibid.

[21]Ibid.

[22]Ibid.

[23]Ibid.

[24]Ibid.

[25] Ver: http://www.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2016/december/documents/papa-francesco_20161203_imprenditori.html.

[26] Ibid.

[27] Ibid.

[28] Ibid.

[29] Ver: http://www.vatican.va/content/francesco/es/letters/2019/documents/papa-francesco_20190501_giovani-imprenditori.html.

[30] Ibid.

[31] Ibid.

[32] Ibid.

[33] Aunque lleva su firma, dejamos de lado la Lumen fidei que es una encíclica “heredada” y no toca el ámbito social.

[34] Esta encíclica es de 2013, primer año del pontificado de Francisco

[35] EG 187.

[36] EG 188.

[37] EG 189.

[38] EG 190.

[39] EG 193.

[40] EG 195.

[41] EG 198.

[42] EG 198.

[43] EG 199. Pone el Papa una nota de reserva a toda esta hermosa espiritualidad: «Temo que también estas palabras sólo sean objeto de algunos comentarios sin una verdadera incidencia práctica. No obstante, confío en la apertura y las buenas disposiciones de los cristianos, y os pido que busquéis comunitariamente nuevos caminos para acoger esta renovada propuesta».

[44] EG 202.

[45] EG 203. En EG 211 habla de “tener las manos preñadas de sangre debido a la complicidad cómoda y muda”.

[46] EG 203. Quizá aquí se halle un embrión de la postura del papa al convocar en el CCI a los empresarios: «La vocación de un empresario es una noble tarea, siempre que se deje interpelar por un sentido más amplio de la vida; esto le permite servir verdaderamente al bien común, con su esfuerzo por multiplicar y volver más accesibles para todos los bienes de este mundo».

[47] EG 205.

[48] Coincide en pensamiento del Papa con el Ch. Lagarde en el tema de la  distribución del ingreso (EG 204): “Uno de los temas económicos más importantes de nuestro tiempo es el aumento de la desigualdad del ingreso y la oscura sombra que esto arroja sobre la economía mundial”: Art.cit.

[49] EG 209.

[50] El vocablo “inclusión” aparece una sola vez diciendo que el mercado «por sí mismo no garantiza el desarrollo humano integral y la inclusión social» (109).

[51] LS’ 13. 162.

[52] LS’ 22.

[53] LS’ 49.

[54] LS’ 139.

[55] LS’ 56. Cree el Papa que no se aprendió la lección de la crisis financiera de 2008: «La crisis financiera de 2007-2008 era la ocasión para el desarrollo de una nueva economía más atenta a los principios éticos y para una nueva regulación de la actividad financiera especulativa y de la riqueza ficticia. Pero no hubo una reacción que llevara a repensar los criterios obsoletos que siguen rigiendo al mundo» (189).

[56] LS’ 109.

[57] LS’ 195.

[58] La teoría del derrame  propone reducir los impuestos a las empresas y a los ricos de la sociedad como medio para estimular la inversión empresarial a corto plazo y beneficiar a la sociedad en general a largo plazo. ​ La evidencia empírica muestra que la propuesta nunca ha logrado alcanzar sus objetivos declarados.

[59] FT 169. Esta postura crítica ante el neoliberalismo le ha granjeado a la encíclica no pocos enemigos, aun dentro de las filas del cristianismo..

[60] FT 22.

[61] FT 69.

[62] FT 188.

[63] Esta necesidad ha quedado de manifiesto en la crisis de Covid-19: «Si alguien cree que sólo se trataba de hacer funcionar mejor lo que ya hacíamos, o que el único mensaje es que debemos mejorar los sistemas y las reglas ya existentes, está negando la realidad» (LS’ 7). Ver también LS’ 168.

[64] FT 108.

[65] FT 169.

[66] FT 22. El Papa rompe una lanza a favor de los derechos de las mujeres, especialmente vulnerados: «De modo semejante, la organización de las sociedades en todo el mundo todavía está lejos de reflejar con claridad que las mujeres tienen exactamente la misma dignidad e idénticos derechos que los varones. Se afirma algo con las palabras, pero las decisiones y la realidad gritan otro mensaje. Es un hecho que «doblemente pobres son las mujeres que sufren situaciones de exclusión, maltrato y violencia, porque frecuentemente se encuentran con menores posibilidades de defender sus derechos» (FT 23).

[67] FT 25.

[68] FT 39.

[69] FT 68. Esto ha de tener su reflejo en la manera de evangelizar: «Para ello es importante que la catequesis y la predicación incluyan de modo más directo y claro el sentido social de la existencia, la dimensión fraterna de la espiritualidad, la convicción sobre la inalienable dignidad de cada persona y las motivaciones para amar y acoger a todos» (FT 86).

[70] FT 107.

[71] FT 122.

[72] FT 125.

[73] FT 171.

[74] FT 213

[75] https://www.inclusivecapitalism.com/.

[76] Ibid. «El Consejo está liderado por un grupo principal de líderes globales conocidos como los Guardianes del Capitalismo Inclusivo, quienes se reúnen anualmente con el papa Francisco y el cardenal Turkson. Estos líderes representan más de USD 10,5 billones en activos administrados, compañías con una capitalización de mercado superior a USD 2,1 billones y 200 millones de empleados en más de 163 países». Ver: https://www.prnewswire.com/news-releases/se-lanza-el-dia-de-hoy-el-consejo-para-un-capitalismo-inclusivo-con-el-vaticano-una-nueva-alianza-de-lideres-empresariales-del-mundo-832775760.html. En esta misma página está la lista de los Guardianes del Consejo.

[77] Ver: http://www.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2019/november/documents/papa-francesco_20191111_consiglio-capitalismo-inclusivo.html.

[78] Ibid.

[79] Ibid.

[80] Ibid.

[81] Ibid.

[82] Ibid.

[83] Ibid.

[84] Cf J. M. LASSALLE, El liberalismo herido,  Ed. Arpa, Barcelona 2021.

[85] Ya decía FT 162 que “el gran tema es el trabajo”.

[86] “El virus acelera el capitalismo inclusivo”. Ver: https://www.elperiodico.com/es/activos/20201205/virus-acelera-capitalismo-inclusivo-10116364.

[87] Ibid.

[88] Citada en: A. ARANDA, “¿Es el capitalismo realmente inclusico?, en FORBES, 4 setiembre 2019. Ver: https://forbes.es/empresas/52443/es-el-capitalismo-realmente-inclusivo/

[89] Ibid.

[90] Ibid.

[91] «El capitalismo neoliberal que desde los años 80 se extiende y se impone por doquier es la máxima institucionalización de los impulsos más inhumanos: la codicia de la riqueza, la ambición del poder y, en el fondo, el miedo irracional a poder menos o a tener menos que otros. Es un sistema económico inicuo, raíz de los peores conflictos bélicos y más mortífero que todas las guerras juntas. Destruye los cuerpos, las relaciones, la igualdad, la democracia, la familia, los pueblos, el planeta, la Vida». Ver: J. Arregi, “Espiritualidad y lucha de clases”, en: https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/12825-espiritualidad-y-lucha-de-clases.html.

[92] «La contradicción y la extrañeza radican en que corporaciones de ganancias exponenciales, grandes actores globales de la acumulación, reproducción, concentración y centralización capitalistas, vengan a reunirse con el Vaticano con la supuesta intención de reducir la desigualdad y la exclusión, y portando la bandera de la “salvación del capitalismo”»: Agua seca…

[93] «Por empobrecer a los ricos, no enriquecemos a los pobres. Generalmente, la gente que tiene dinero es porque trabaja mucho o arriesga mucho. Amancio Ortega arriesga mucho, Juan Roig arriesga mucho. Tenemos que aspirar a tener más gente con esa capacidad»: J. Bravo Baena, consejero de hacienda en Andalucía, en: El País, 10-5-2021, p.42.

[94] Agua seca…

[95] Cf K. DA SILVA RAUPP, “La llamada del Papa Francisco a favor de una nueva economía”, Concilium, 390 (2021) 308: se cita al líder del MST de Brasil que pide «un proceso de articulación mundial que pueda llevar, más que a esbozar programas unitarios, a desarrollar acciones y movilizaciones que, a nivel internacional afronten, realmente los problemas causados por el capitalismo».

[96] FT 55. 114. 166.

[97]  El presidente de EE.UU, J. Biden nos ha sorprendido anunciando unas reformas económicas en línea social: «El presidente demócrata asegura que puede hacerse sin aumentar los déficits ni provocar inflación. Los ingresos vendrán de un aumento de los impuestos a los que ganan más de 400.000 dólares al año, a las grandes empresas y subiendo el tipo impositivo de las rentas del capital, equiparándolo al que rige para las rentas del trabajo. Joseph Biden ha dado el primer paso para lograrlo. Su conversión es extraordinaria»: F. G. BASTERRA, “La extraordinaria conversión de Biden”, en El País,  3-5-2021, p.5.

[98] Ver: http://www.vatican.va/content/francesco/es/letters/2019/documents/papa-francesco_20190501_giovani-imprenditori.html.

[99] FT 169.

El Covid-19 y la VR

RUGIÓ LA TORMENTA, PASÓ EL VENDAVAL

Dos reflexiones sobre el Covid-19 y la VR 

 

            En tiempos pasados, los coros conventuales cantaban aquel poema de Sthele titulado “Las ruinas del monasterio”, uno de cuyos versos era: “rugió la tormenta, pasó el vendaval” que podemos aplicar al Covid-19: bien que ha rugido la tormenta y aún se escuchan sus rugidos y creemos que, sobre todo con las vacunas, ha pasado el vendaval, aunque aún soplan vientos recios de contagios.

            Es hora buena para hacer una reflexión sobre lo ocurrido y lo por venir. La reflexión nos ayuda a asimilar lo costoso y da sentido a los pasos titubeantes. Es una suerte poder hacer espacio a la reflexión y poder hacerlo en comunidad, hecho que potencia la fuerza reflexiva.

 

I

LA VR Y LA PANDEMIA

 

            Los que no conocimos la guerra civil, hemos vivido pocas cosas tan desestabilizantes como esta pandemia. Ha sido un tiempo en que todo, planes sociales-comunitarios-individuales han quedado patas arriba. Pocas cosas han logrado mantenerse en pie en el marasmo (la educación en este curso, una de ellas). El virus ha desbaratado todo: economía, relaciones, sanidad, educación, convivencia, etc. Todos lo hemos vivido en nuestras carnes (hasta los inconscientes que montan saraos ilegales burlando a la policía).

            Y dado que el virus no repara ni en edades, ni estamentos, ni títulos, ni creencias, las VR se ha visto tan afectada como todo el mundo: religiosos muertos (cerca de 400), comunidades desaparecidas, muchos hermanos/as contagiados, con secuelas, etc.). Hemos sido golpeados como todos.

            Ahora parece que, gracias a las vacunas, el vendaval amaina y nos sentimos más tranquilos aunque queden flecos y preguntas que aún no tienen respuesta. Como hemos dicho, buen tiempo para la reflexión.

 

  1. 1.      ¿Cómo saldremos de la crisis?

 

Esta es la gran pregunta a la que se responde con división de opiniones: unos dicen que saldremos más humanos, otros que seguiremos igual porque somos duros de pelar y no nos va a cambiar el alma un azote que viene de fuera, sino una convicción que brota de dentro. Y, al parecer, la convicción brota tímidamente.

Tal vez antes de hacerse esa pregunta haya que hacerse una anterior: ¿qué nos ha pasado realmente? ¿Cómo lo nuestro tan bien montado se puede venir abajo? ¿Somos realmente tan fuertes como creemos ser? ¿Cómo han funcionado nuestros recursos humanos? ¿Cómo hemos mantenido los cuidados? ¿Qué acompañamiento hemos desarrollado? ¿Cómo hemos gestionado el desconcierto?

Pasar página pronto, olvidarse de lo malo, no hablar de los sufrimientos encajados, no sopesar las angustias de los muertos en soledad, etc., tendría el peligro de quedarse en los lamentos, pero también el de banalizar algo que ha removido el subsuelo de lo humano. ¿Hemos hablado en comunidad de esto de manera ordenada y reflexiva? ¿Hemos orado sosegadamente en las horas muertas de esta pandemia? ¿Ha sido la celebración de la fe un consuelo y un ánimo?

 

  1. 2.      La ayuda de la fe

 

Quizá la pandemia nos ha sorprendido sin saber bien cómo mezclar lo que nos pasaba y la fe (algunos lo ha mezclado en el terreno de lo religioso: procesiones con santos, bendiciones con la custodia desde el tejado de la iglesia, pedir a Dios que pasase pronto la epidemia como si dependiera de él,  etc.). Quizá fe y vida sigan caminando por sendas paralelas.

Los humanos, agobiados, queremos soluciones para nuestros problemas. La fe no soluciona nada, pero puede iluminar. Al iluminar, nos responsabiliza, pero nos da una ayuda para que nosotros hagamos el camino. Por ejemplo: iluminar la situación desde la compasión y la misericordia de Jesús. Dice Jon Sobrino: «De Jesús impactaba la misericordia y la primariedad que le otorgaba: nada hay más acá ni más allá de ella, y desde ella define la verdad de Dios y del ser humano». Iluminar desde ahí puede ser muy productivo.      

También se puede iluminar desde la “recapitulación de todo en Cristo” (Ef 1,3-10). Esa recapitulación puede entenderse, aproximándose a la física cuántica, como el caos que se autoorganiza. El caos no es una fuerza destructiva, sino un dinamismo organizativo que tiende a una plenitud quizá en modos de cumplimiento, de extinción.

 

  1. 3.      La ayuda fraterna

 

Contar con ella en la pandemia, más allá de sus deficiencias, ha sido una bendición y un poner rostro de verdad a la fraternidad. Sin ella, la amargura de quienes hemos sufrido el contagio habría sido enorme. Globalmente, la fraternidad ha respondido en positivo. Esto muestra que la vida comunitaria funciona en nosotros.

Ha sido muy valioso el acompañamiento en los largos ratos de confinamiento, el diálogo que se ha aumentado forzado quizá por las circunstancias, la celebración de la fe más de grupo. Ciertamente, nos hemos acompañado compartiendo soledad y pequeños cauces de espiritualidad (rezando voy) y de esparcimiento (música, lecturas).

Tras el desconcierto inicial, hemos ideado  planes de formación on line sencillos y los retiros espirituales se han dado de esta forma. Hemos aprendido a vivir la relación en modos de pandemia. Un aprendizaje forzado por las circunstancias. Ante la imposibilidad de juntarnos físicamente, hemos visto que juntarse telemáticamente, aunque no era lo mismo, es un camino abierto, eficaz, barato y rápido. Hemos tenido que aprender a a manejar diversas plataformas porque hemos visto su utilidad.

 

  1. 4.      La gestión del desconcierto

 

Sobre todo al comienzo el desconcierto fue grande. No sabíamos cómo gestionar aquello cuando llamaba a nuestras puertas. A veces nos estremecía lo que oíamos de otras comunidades (sobre todo si había muertos de por medio). El ver que gente cercana, del entorno, con nombres y apellidos, enfermaba y que algunos morían nos dejaba perplejos. Las noticias falsas, los bulos, que llegaban a nuestros móviles nos inducían todavía a un desconcierto mayor.

Tuvimos que aprender a gestionar el desconcierto, a no ponerlo como excusa para todo, a medir hasta dónde había que parar y hasta dónde había que seguir. Tuvimos que aprender a cerrar la “empresa” (la parroquia, el colegio) y abrirnos por otros caminos (llamadas personales, presencia on line). Aún hoy día, hay que combatir la tentación de poner el Covid como excusa para tareas que tenían que estar hechas.

Tuvimos que entender que, aunque limitados y cerrados, había que seguir vivos en las tareas diarias, en los trabajos imprescindibles y en una apertura de la casa que era más que abrir las puertas. Quizá hubiéramos de haber sido más sistemáticos en la apertura, no tan a la buena voluntad de cada cual.

También hemos resistido a las teorías conspiracionistas y negacionistas, aunque las defendiera gente famosa y mediática. Básicamente el corazón humano es bueno. Y esas maldades sin finalidad no entran ni siquiera en los modos a veces depredadores de los humanos. Muchas veces esconden contenidos de descontentos, de lucha y derribo, de famoseo y postureo sin mucho sentido.

Hubo que superar el cansancio de ver que todos los días teníamos en los medios una ración grande de pandemia. Necesitábamos información y lectura de lo que iba ocurriendo. A veces, hasta la poesía y la literatura ayudaba (los cierres de los telediarios de Carlos del Amor eran estupendos).

 

  1. 5.      Apostolados nuevos

 

Surgieron con la pandemia una serie de apostolados nuevos o con nuevo impulso. El apostolado del agradecimiento social. Nos dimos cuenta de que había gente (sanitarios, policías, etc.) que se jugaban la vida por la ciudadanía. El aplauso de las 8, tan cuestionado y ridiculizado por algunos, era solo un signo de agradecimiento ciudadano. Era verdad lo que decían los sanitarios: que lo que hacía falta eran más medios. Pero ¿cómo decirles gracias de manera sencilla y diaria si estábamos encerrados, si solo teníamos los balcones, las ventanas y las terrazas?

También ha venido el apostolado de la ciudadanía, el respeto (de la mayoría) de las normas sanitarias, la ofrenda social de parte de la libertad en los discutidos y penosos perimetrajes de pueblos y ciudades tratando de aislar el virus.

El apostolado de los medios on line sencillos: pequeños cursos, ejercicios, challenges, catequesis online, etc. Pequeñas iniciativas que nos decían que seguíamos ahí y que, a la vez, abrían caminos nuevos a una mayoría que no se había animado todavía a meterse por ahí.

Hemos activado la conversión ecológica en el cultivo de plantas, en los reiterados y obligados paseos por los parques, en el reciclaje más cuidadoso. Muchos hemos aprendido mejor que de la naturaleza nos viene un gran solaz y una alegría sencilla y profunda. Por eso nos hemos negado a mantener la tesis defendida por algunos (Boff entre ellos) que dice que el virus es una respuesta airada de la tierra a nuestro maltrato. No creemos que la hermana tierra responda con este carácter vengativo.

Quizá también nos hemos apuntado más al apostolado del disfrute sencillo,  de la lectura tranquila, del paseo tranquilizador, del descubrimiento de rincones bonitos, del orden y la limpieza más acentuados. Inconscientemente tal vez pero hemos percibido que la vida es una realidad amenazada y que vivir el presente de manera equilibrada es una gran sabiduría.

 

  1. 6.      Salir sin olvidar

 

Muchos plantean salir de la pandemia olvidándola, como una mala pesadilla, como algo sobre lo que echar tierra encima. Pero pensamos que sería más saludable salir sin olvidar. No se trata de mantener abiertas viejas heridas, sino de entrar en otro período pero sabiendo de dónde venimos. Llevar el pasado con elegancia hace que el presente sea más hermoso.

Habría que salir con más humildad esencial.  No se trata de sentirse humillado por un virus que nos ha puesto contra las cuerdas. Se trata de saber lo que somos, de que la limitación es parte de la vida y de que una vida tan amenazada es hermosa en su fragilidad. La humildad esencial debería despertar en nosotros el amor por la vida y hasta el amor social, que es otra variante del amor.

También habría que salir más convencidos de que estamos llamados al cuidado esencial. No se trata solamente de hacer actos puntuales de cuidado, sino de tener una actitud englobante de cuidar las personas y las cosas. A estas alturas de la jugada, cuidarse es nuestra gran tarea humana. Cuidadores que necesitan ser cuidados, algo de eso somos los seres humanos.

Además, habría que salir de esta crisis aprendiendo el disfrute esencial. No es un hedonismo superficial. Se trata de paladear el día a día como un verdadero regalo de la vida y del amor del Padre. Es llenar el día de contenido vital, de silencio habitado, de entrega, de lectura ahondada de la realidad. Los días de pandemia se nos han hecho, a veces, largos. Si se los llena de vida entregada, aunque sea en cosas sencillas, se llega a vivir el día a día como un auténtico disfrute.

 

  1. 7.      Mirar al corazón

 

Hay un número, algo coloquial, en la Fratelli tutti que dice: «Entre las religiones es posible un camino de paz. El punto de partida debe ser la mirada de Dios. Porque «Dios no mira con los ojos, Dios mira con el corazón. Y el amor de Dios es el mismo para cada persona sea de la religión que sea. Y si es ateo es el mismo amor. Cuando llegue el último día y exista la luz suficiente sobre la tierra para poder ver las cosas como son, ¡nos vamos a llevar cada sorpresa!» (281).

Mirar con una mirada que apunta al corazón. Puede parecer algo inconcreto, pero ese sería un buen propósito a sacar de toda esta crisis que estamos viviendo. Apuntar al corazón, a la verdad de la persona, hablar al corazón, como José hablaba a sus hermanos, según Gén 50,21.

Tener en el punto de mira el corazón del hermano puede unir una honda humanidad y una fe cristiana viva. En concretar esto quizá se halle mucho del éxito de nuestra VR en este momento de nuestra vida.

 

 

II

AHONDAMIENTO

 

            Ahondar es profundizar, huir de la superficialidad, el peor enemigo de la persona. Si se quiere no solo entender lo que nos pasa, sino también saber cómo actuar en este momento concreto, la reflexión es imprescindible. Asumir el trabajo de reflexionar es prueba de madurez humana, personal y de grupo. La falta de reflexión nos hace muy vulnerables.

            Construir la interioridad es un gran valor. No se puede afrontar la crisis de la pandemia sin interioridad. Porque el problema no es solamente de conocimiento, también es ético, espiritual. Nunca un problema humano es algo aislado y desconectado de los otros problemas.

Hay que generar espiritualidad en uno mismo para poder ser espirituales para los demás (en la pastoral o en la educación). Uno no educa solamente con lo que sabe, sino también con lo que es. Uno evangeliza sobre todo con lo que es, más que con lo que sabe.

 

  1. 1.      Vivir en tierra in-firme

 

Parece que la persona necesita para vivir tener tierra firme bajo los pies. En tierra firme nos sentimos a salvo, no como estar en el mar. Pero resulta que, con el Covid, la tierra se nos ha vuelto in-firme.  La etimología de la palabra “enfermedad” proviene del latín “infirmitas”, que quiere decir perder la tierra firme. Como en un terremoto, todo entra en danza y se tambalea.

Pues bien, esta pandemia nos enseña que hay que aprender a vivir en tierra in-firme, movediza, enferma. Que por mucho que sea el trabajo científico que nos libra de muchas enfermedades, todavía la fuente de las disfunciones siguen manando con toda intensidad. Hay que aprender a convivir con la enfermedad, sin hundirse más de la cuenta, con el necesario respeto y el coraje para afrontarla cuanto se pueda. Huyamos, pues de histerismos y de reacciones exageradas: ni somos tan fuertes como algunos creen, ni tan débiles que no podamos vivir con un cierto sentido y un cierto gozo.

¿Cómo vivir en tierra infirme? Asentándonos en los valores esenciales y relativizando los menos importantes. Quizá en estos momentos los valores esenciales sean el coraje, la compasión y el espíritu crítico. Coraje para no perder el norte y pensar que todo está perdido. Ni mucho menos; lo esencial sigue vigente. Nada de lo importante se ha modificado. El amor, la entrega, la solidaridad siguen ahí, por encima de olvidos y egoísmos. La necesaria compasión actúa y empuja a muchos caminos de amparo y acogida. Y el espíritu crítico es necesario para sobrenadar las procelosas aguas del bulo, del engaño interesado y de la trampa que solo busca confundir.

Por todo ello es necesario construir una ética para tiempos convulsos. Habrá que ir respondiendo a preguntas como estas: ¿vale todo amparados en el anonimato de internet? ¿La exposición a imágenes de violencia nos hace más violentos? ¿Cómo defender razonablemente de los bulos? ¿Dónde está el límite entre libertad y seguridad? ¿El principio de autoridad es innegociable para la educación? ¿Qué derechos deben garantizarse por ley a los animales? ¿Deben usar los modelos de la democracia occidental como valores universales? ¿Cómo dar ciudadanía además de acogida a los inmigrantes? ¿Cómo recuperar la confianza en las instituciones políticas? ¿Cómo construir la realidad de Europa en momentos difíciles? Multitud de preguntas que, desde un lado o desde otro, nos afectan.

 

  1. 2.      Salir del antropocentrismo

 

Viniendo de donde viene la cultura occidental, es normal que le cueste reelaborar posturas antropocéntricas. Hay quien piensa que el verdadero virus que nos afecta es el antropocentrismo que impide el logro de un nuevo humanismo. Esto ha tenido unas consecuencias catastróficas: «La oposición entre naturaleza y cultura, que es de una violencia radical, es el principal resultado del triunfo del antropocentrismo. En occidente, todo lo que proviene de la naturaleza debe servir al hombre, pues este se presenta como su único propietario. Nada puede escapar a esa violencia, ni los humanos, ni los animales» (P. Llored).

A muchas personas les parece una desproporción extender el tema de la dignidad a los animales o a las otras creaturas, a la tierra en su conjunto. Hay que decir que la dignidad es diversa en sus formas, pero única en su esencia. Y por ello, los humanos tendrán unos derechos, los animales otros, los árboles otros, pero el denominador común es la dignidad. Y ello, simplemente, porque el espacio es común y eso genera unas relaciones de convivencia que no se pueden eludir.

Se impone, pues, un reparto de la dignidad que no se puede obviar y que tampoco puede hacerse por ley, aunque las leyes puedan construirse siempre con ese presupuesto. El reparto de la dignidad supone el control y el reparto del poder, porque la negación de la dignidad común brota del antropocentrismo desviado de una parte que ve como lógico imponer su ley al resto.

Esto lleva a revisar el antropocentrismo como poder de intervención en el mundo y a superar el paradigma moral del sufrimiento de los animales en una ética animal respetuosa y liberadora. Y lo mismo habría que decir de la instauración de una ética de liberación cósmica. Un intervencionismo que considere obvio el enriquecimiento de lo humano saltándose los derechos de animales y cosas es una parte del imaginario occidental que habría de ser superado. Un intervencionismo desde la dignidad abriría caminos de novedad en la relación cósmica con el consiguiente beneficio para todos los intervinientes.

 

  1. 3.      Encajar el caos

 

Ya hemos dicho que, para nosotros, el término “caos” es sinónimo de confusión, catástrofe, ruina. Pero en física cuántica es el dinamismo que se autoorganiza para lograr un resultado impredecible. No es algo negativo. Puede ser entendido como una plenitud acabada no tanto en un modelo de pervivencia, sino de acabamiento.

Esto choca con el imaginario cristiano que entiende el final como resurrección y plenitud. Es otro modelo cultural propio de una época premoderna, precuántica. ¿Cómo ser luchadores activos por el logro de una sociedad destinada a desaparecer? No es igual desaparecer en la derrota que en la victoria. Los esfuerzos humanizadores trabajan por una desaparición en la mayor plenitud posible.

Por extraño que parezca, el cultivo de este imaginario puede aportar sosiego y ánimo en la batalla humana por el logro de la salud y del amor. Un cultivo lúcido que pone el acento en lo que nos ocupa hoy y deja caer con confianza el modo del resultado final.

Es que la lucha en la pandemia tiene sentido en el hoy mismo de la necesidad y cree que lograr hoy una victoria, por modesta que sea,  contribuye a la dicha por más que se inscriba este logro en un modo físico caótico. En ese sentido sería preferible un caos en la dicha que una plenitud en parámetros no históricos. Amueblar el imaginario siempre será un trabajo para personas lucidas.

 

  1. 4.      Medidas bien tomadas

 

Cuando se lucha contra una pandemia se trabaja con las medidas del que se siente vencedor, aunque pase por momentos de dificultad y de pérdida inicial. Pero, tanto para la lucha contra la pandemia, como para entendernos bien, sería bueno tomarnos bien las medidas.

A gran escala: Solos y aislados: Puede ser que nos creamos el centro del Universo. Pero, en realidad, estamos solos y aislados en un pequeño sistema solar como los hay millones, de una galaxia (la vía láctea) que también como ella hay millones (100.000). La estrella más próxima a nuestro sistema solar es Alfa de Centauro que está a 4 millones años luz (la Voyager 2, la nave más rápida, tomaría 70.000 años para llegar hasta ella). Viajando a velocidades increíbles: Puede parecer que la tierra está quieta, que nada se mueve, pero, en realidad, a causa del big bang estamos viajando a velocidades de vértigo: nuestra galaxia y nosotros dentro de ella viaja a razón de dos millones de km por hora. Un universo que se expande. Sabiendo que hay muchos universos: La cifras que maneja la física cuántica le hace suponer que no solamente hay millones de galaxias, de constelaciones, de estrellas, etc. Sino que probablemente hay muchos universos antes del “muro” sin saber lo que hay detrás de ese “muro”. La medida humana no significa casi nada en comparación con esta medida inmedible.

A pequeña escala en la danza de los elementos: Los cuánticos usan el término “danza” porque los elementos  (átomos) y sus partículas (neutrones, protones, neutrinos) y otros componente subatómicos están en una frenética danza que, gracias a la gravedad, compone cuerpos con una enorme vida dentro. La idea de quietud no se corresponde con lo que ocurre en el más allá de lo que ven nuestros ojos. Somos vacío: Más que materia, somos vacío, lo que da una idea de otra realidad. Si se eliminara el vacío volveríamos a medidas de insignificancia. Ese vacío, a gran escala, es lo que llamamos agujeros negros: vacíos de materia desconocida donde se organizan las relaciones de los elementos que danzan atómicamente.

Esto nos empuja a cambiar la espiritualidad: Un Dios dentro: No tanto un Dios, un cielo, una realidad divina externa, sino un Dios en el fondo de lo que existe: “vendremos a él y pondremos nuestra morada en él” (Jn 14,23). La tarea de ahondar en la realidad, en la historia, en el camino cósmico. Nuevas maneras de entender y designar a Dios: Ir dejando las exclusivas maneras teístas para nombra la realidad de Dios de otros modos: fuente del amor, principio de vida, base del ser, origen de la bondad, etc. Ir llenado de “carne” estas expresiones que nos suenan poco.

La tenaz, amplia, militante pregunta que la persona de hoy hace al cosmos es, sin duda, uno de los principales ámbitos de mística social. No solamente se quiere saber qué hay ahí sino qué es la persona en ese inmenso conjunto. Ya no se valora solamente la pequeñez del ser humano en la inmensidad cósmica, sino también la hermosura de hacer parte de ello y la posibilidad de conocer los procesos cósmicos como manera primordial de ser dentro del mundo. Del éxtasis ante el cosmos se pasa a la comprensión del mismo mediante planteamientos de física cuántica que hasta ahora estaban reservados a pocos. La mística cósmica, por la divulgación científica, empieza a ser patrimonio de todos. En este marco general hay que inscribir la batalla de la pandemia.

 

  1. 5.      Victorias limitadas

 

Los humanos han logrado hermosas victorias en el logro de la salud social (erradicación de la viruela, la polio, etc.). No dudamos de que habrá una victoria contra esta pandemia. Son victorias hermosas, pero limitadas porque la vida humana sigue siendo una realidad amenazada diariamente por miles de patógenos. Esta fragilidad no resta hermosura al logro.

Por eso mismo hay que aprender a verles sentido a los trabajos, en todos los campos, por lograr victorias limitadas. Son los lentos caminos para una victoria final que quizá nunca se entienda como algo pleno, sino como algo cumplido hasta el límite que se pueda cumplir.

Esta es la humildad esencial de la que hablábamos antes: saber que trabajas para un éxito limitado y seguir trabajando en ello sin desfallecer. Sentir que se nace con responsabilidades adquiridas (no con pecado adquirido) y que desarrollar esa responsabilidad es el verdadero sentido de nuestra existencia.

Y, desde el punto de vista cristiano, saber que esa responsabilidad atañe, sobre todo, a la situación de las personas frágiles, al sufrimiento del otro. Efectivamente, la respuesta que damos al sufrimiento del otro nos hace sujetos morales y desvela los verdaderos contenidos de nuestra fe.

 

  1. 6.      Aprendizajes sociales

 

La VR se nutre carismáticamente de la Palabra, los sacramentos, la liturgia, el carisma, la oración, etc. Esas son sus fuentes naturales. Pero también se nutre de los aprendizajes sociales. Mucho de lo que somos lo hemos aprendido por la observación y por el contagio social. De tal manera que se puede decir que la vida social es, de algún modo, una fuente de inspiración carismática.

Por eso decimos que esta pandemia puede ser aleccionadora. Nos enseña la debilidad social y el amparo que necesitamos, la lucha de todos y la necesaria colaboración de todos los miembros de la sociedad, la fraternidad en la fragilidad y también en el triunfo, la solidaridad con los  más frágiles sabiendo que no se les puede dejar al margen porque son familia.

Quizá sea esto el aprendizaje más importante: que somos familia, incluso y sobre todo cuando estamos enfermos. De mismo modo que una familia de verdad cierra filas en torno al miembro enfermo, así la sociedad nos ha enseñado a cerrar filas en torno a los más afectados. Y nadie cuestiona esa ayuda necesaria. Frente a todos los egoísmos (frente a los “vacunajetas”, por ejemplo), la pandemia desvela nuestro ineludible ser familia humana.

 

  1. 7.      Saberse acompañado

 

La pandemia ha conllevado la mordedura de la soledad (sobre todo, la gran soledad de quienes han tenido que morir solos o casi). Pero también ha desvelado (y lo hemos palpado personalmente) el calor del amparo familiar y fraterno. Sin él, la cosa habría sido mucho más amarga.

Así es, el acompañamiento ha sido uno de los mejores frutos de esta dura pandemia: saber que había amparo en las instituciones sanitarias, en la sociedad y en la fraternidad ha dado un sosiego grande a lo que, inicialmente sobre todo, fue un enorme desasosiego.

Más aún, como creyentes hemos palpado de cerca la presencia acompañante del Padre. No hemos tenido duda de que la recurrente pregunta ante el silencio de Dios (¿Dónde está Dios?) ha tenido una respuesta certera: sufriendo con nosotros, muriendo con los que han muerto, esperando que amanezca con quien espera la aurora). En las horas largas de nuestro aislamiento, lo hemos sentido con nosotros, aislado con nosotros, dolorido con nuestro doler y aguantando nuestros mismos interrogantes. Jn 16,32 pone en labios de Jesús: “Nunca he estado solo, porque el Padre siempre está conmigo”. Aun entre la niebla, algo de esto hemos visto también nosotros.

 

Conclusión

 

No vamos a decir que este tiempo de pandemia sea un tiempo deseable. Pero tampoco ha sido un tiempo totalmente negativo. En el subsuelo lo humano ha salido potenciado y también lo cristiano,. Hacemos nuestra la conocida expresión del Sal 23,4: “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo”. Él nos lleva en sus manos.

Compasión y servicio

COMPASIÓN Y SERVICIO

 

  1. 1.      Auge del vocablo compasión

 

La pertenencia del vocablo compasión al mero ámbito de lo religioso ha sido sobrepasada en la actualidad por el lenguaje político que habla de compasión de manera habitual: una política compasiva, que no deja a nadie atrás, que dice contemplar las situaciones de los frágiles sociales, que incluso parece verse afectada por las duras situaciones de los empobrecidos. Ante tanto sufrimiento humano, se recurre a la compasión.

Paul Gilbert en The Compassionate Mind sostiene que al juntarse en nuestro cerebro características propias de "mamíferos" y de "humanos", nos hemos dotado de facultades aparentemente incompatibles para el amor y la destrucción. Pues bien, da la impresión de que, en la actualidad, esos dos polos se van acercando cada vez más: la compasión y la ciudadanía, la compasión y la política, hasta la compasión y la economía.

Si esto fuera cierto, el valor de la compasión que se creía hacer parte de imaginarios débiles, como el religioso, pasa a situarse en imaginarios fuertes, activos, como la economía y la política. Hay quien, con razón, recela de estos cambios. Pero, a priori, el ensanchamiento del campo de la compasión lo creemos positivo. Creemos que la mejoría del uso lingüístico refleja una mejoría en la vivencia moral y ciudadana.

Por otra parte, los afanes compasivos brotan de la certeza de que los humanos nacemos no tanto con pecado original, sino con bendición original y con responsabilidades adquiridas. Efectivamente, venir a la aventura humana constituye directamente a la persona en contribuyente obligado a la mejora de ese camino, sobre todo allí donde la realidad es más frágil.

Y ello hasta el punto de que, como dice el filósofo Reyes Mate, la respuesta que damos al sufrimiento ajeno nos hace sujetos morales. Es decir: responder al sufrimiento del necesitado desvela nuestro nivel de humanidad, tanto a título personal como social. La compasión y el servicio que parecen no cotizar en el mercado son el termómetro de nuestras relaciones humanas verdaderas, de nuestro nivel de ciudadanía. El barullo de las redes no logra apagar la voz de fondo que habla del valor central de la compasión que sirve. La conclusión inicial es clara: no son los nuestros malos tiempos para elaborar una espiritualidad de la compasión que sirve.

 

  1. 2.       Una economía compasiva y servidora 

 

El ciudadano de hoy sabe muy bien que el quid de muchas cuestiones está en la economía. Y sabe también que la economía es depredadora, asesina (la economía que mata, dice el Papa Francisco). Al funcionar la economía por expectativas de ganancias, no le importa dejar tras de sí un reguero de destrucción y de muerte con tal de conseguir los objetivos propuestos.

Pero junto a esa economía asesina están brotando economías alternativas que hoy no tienen la voz cantante pero que, tenaces, alzan su palabra como camino posible de economía humanizadora, compasiva. Nos referimos, por no citar más que alguna, a economías como la del Bien Común de Ch. Felber.

Son economías que se ordenan creyendo que el activo económico más importante es la persona y que valorar a la persona es generar riqueza, a la vez que se frenan los grandes desajustes de la economía como, por ejemplo, la desigualdad. Su componente compasivo nada tiene que ver con el paternalismo y la limosna, sino con la dignidad y la fe en las posibilidades de vivir en humanidad.

Se desvela así uno de los rasgos decisivos del comportamiento económico de los humanos: poner conciencia al dinero, dotar de humanidad al descarnado mundo de las relaciones económicas. El compacto muro de quien dice que pretender mezclar economía y compasión es querer mezclar el aceite con el agua queda muy cuestionado no solamente por la voluntad de los humanistas, sino también por una cierta actividad económica real.

 

  1. 3.       Líderes compasivos y servidores

 

El liderazgo se ha ejercido en connivencia con la dureza de una economía dura y, a veces, depredadora. Pero los líderes carismáticos de éxito también son compasivos. El carisma por sí solo puede no ser suficiente, sin embargo, la compasión, la integridad, la honestidad y la fortaleza son cualidades que hacen diferente a un individuo y que propician caminos abiertos a una relación económica productiva y diversa a la vez entre humanos.

Como se demostró ya hace mucho con el ensayo de Robert K. Greenleaf The servant as leader, publicado por primera vez en 1970 “el líder servidor es el que sirve primero, porque comienza con el sentimiento natural de que uno quiere servir”. Un líder que sirve se centra principalmente en el crecimiento y el bienestar de las personas y las comunidades a las que pertenecen. Si bien el liderazgo convencional al que se le suponía hace unos años una acumulación de poder ha empezado a dar síntomas de cansancio y se ha ido modernizando. En cambio, el liderazgo de los servidores es diferente, porque en cuanto a la capacidad de ejercer ese poder, antepone primero las necesidades de los demás, ayudando a las personas a desarrollarse y realizarse lo más posible. En cierto sentido, está compartiendo una cuota importante de poder.

 

  1. 4.      Amor político

 

En la raíz de esta manera de pensar está la certeza del amor político. El amor político exige unas demandas elementales porque si no el bloqueo está asegurado y las posibilidades no solo de ponerlo en pie sino, simplemente, de hablar de él se esfuman. Tales demandas básicas son: el amor por lo público por encima del regocijo por lo privado que tanto reconforta el ego; la inquietud por el devenir humano y la preocupación por el futuro del mundo más que la inmediata y atosigante preocupación por “mi” futuro; la posposición del lucro personal como motor de la actividad humana, incluso el lucro de la institución, país, entidad a la que se pertenece. Demanda, en definitiva, sentirse bien en la piel de lo humano, lo que llevará a una mirada distinta sobre el hecho histórico.

El amor político no es algo que se consiga instantáneamente. Hace parte del largo proceso de humanización en el que las personas estamos dando nuestros pasos más iniciales. Eso quiere decir que el “paraíso” no es una realidad al inicio, sino al final del proceso. Todo trabajo de humanización contribuye al logro del amor político. Lo inscrito en los albores de la relación social ha de desarrollarse hasta el logro de una humanidad pensada y vivida en el marco del amor. Ese proceso demanda la recuperación de lo político sobre el dominio omnímodo de lo económico y la evidencia necesaria de que el político no es un dominador sino un servidor público que es lo que las urnas le han encomendado. Trabajar porque esto no resulte totalmente imposible es uno de los más hermosos empeños del vivir humano.

 

  1. 5.      Hablamos de generosidad

 

Toda esta reflexión tiene un componente transversal que no es otro que el de la generosidad. La economía de ganancias y la política mezquina detestan la generosidad porque la consideran una actitud limosnaria, paternalista, de débiles. Y tiene ese peligro. Pero sin generosidad, sin ese ir más allá de la legalidad en la oferta del bien, la vida humana se seca, se empobrece, se deshumaniza.

La economía de la generosidad (The gift economy) es aquella que pasa del “¿Qué puedo obtener de ti?”, al “¿en qué te puedo ayudar?” Esto empuja a definir quién es uno como persona, como organización o como negocio. Puede parece angelical, pero, como decimos, estas maneras distintas de enfocar la economía son posibles y, de hecho, son practicadas ya en todas partes del mundo. Esto no es solamente aplicable a la empresa propiamente dicha, sino que se puede llevar a cabo en la cotidianidad, enfocándose en generar un impacto pequeño y local.

 

  1. 6.      Un apunte de espiritualidad

 

Permitan que termine con apunte de espiritualidad cristiana. El evangelio de san Juan narra el lavado de los pies de Jesús (Jn 13). Al llegar Jesús a Pedro éste se opone a que Jesús le lave los pies y recibe una desconcertante respuesta de Jesús: “Si no te dejas lavar los pies, no tienes nada que ver conmigo”. ¿Qué importancia tiene eso de lavar los pies que si no se practica te aleja de Jesús? Es el servicio compasivo.

Eso quiere decir que la identidad cristiana, según los evangelios, no le viene al cristiano por su lado religioso (bautismo, oración, sacramentos, pertenencia a la Iglesia, etc.), sino por su lado servidor: sirves, eres seguidor de Jesús; no sirves, no lo eres.

Con esto afirmamos que el servicio compasivo da sentido a la misma espiritualidad y puede nutrirse de ella. Los creyentes tenemos aquí un ánimo y una orientación. Y los no creyentes pueden también beneficiarse de este aliento.

 

Buenos días tengan ustedes.

 

 

Retiro en la Pascua 2021

 

   Retiro en la Pascua de 2021

 

EL TRIUNFO DE LOS PEQUEÑOS 

 

            Hay un librito de Carlos Severri con este título. En él pretende motivar a los niños al juego del ajedrez, haciéndoles ver que también los pequeños pueden ganar partidas a los grandes. Y eso puede hacernos conectar con la espiritualidad de la Pascua: un triunfo de pequeños, de derrotados, de caídos que se levantan.

            La fe ha envuelto la celebración de la Pascua de brillo, de luz, de épica, de triunfo. Consideramos que la Pascua no solamente es un triunfo grande de Jesús, sino que es el triunfo máximo de la vida. Y es cierto. Pero no hay que olvidar su origen: ¿cómo entenderían los primeros seguidores el triunfo de la resurrección? ¿Como algo para ser publicitado a bombo y platillo o como algo hermoso, pero pequeño, que se guarda en el corazón y que saca a la persona de sus derrotas?

            Puede ser la Pascua un tiempo bueno para, uniéndose a Jesús, celebrar los pequeños triunfos de cada día como lenguaje de vida y de esperanza. Quizá en lo pequeño habite mayor verdad que en las celebraciones pomposas. Tal vez la resurrección de Jesús es el lenguaje de vida en lo pequeño, en lo pobre, en lo humilde. No se quiere quitar esplendor a la Pascua, sino situarla en otro marco, más entrañable, más vivo y, tal vez, más real.

            De esta manera puede que la Pascua de este año pase de ser una verdad de fe a convertirse en un sencillo dinamismo de vida. Saber que hay triunfo en lo pequeño es lo que puede hacer que el seguidor de Jesús viva su resurrección como promesa del propio triunfo, más allá de cualquier limitación.

 

  1. 1.      La luz de la poesía

 

La verdad poética nos ayuda a pensar la fe con más hondura:

 

Con frecuencia creemos, oscuridad,

que ocupas todo el espacio

y que nada escapa a tu poder.

Apenas somos capaces de contemplar

la pequeña lumbre que vacila, temblorosa,

en el centro de tu dominio.

Pero, de pronto, algo ocurre en nuestro corazón

y el mundo invierte su destino.

Entonces, oscuridad, te repliegas

hasta los bordes de la existencia

y tu trono es usurpado por la luz.

Expulsado el infierno de nosotros,

el resplandeciente nos otorga su gracia.

Y su sutil, invencible, sonrisa.

 

                        R. Argullol

 

  • La vida nos lleva, a veces, a creer, falsamente, que todo es oscuridad, que no hay espacio para la luz, que lo nuestro está amasado en el sinsentido, que no tenemos salida y que, por ello, no hay esperanza. La derrota de la luz es la más triste de las derrotas.
  • Esa oscuridad es la que impide el gozo de la contemplación de la luz pequeña que habita en lo oscuro, la pequeña llama que tiembla en cada buena acción, en cada palabra amable, en cada gesto de un corazón que se entrega.
  • Pero ocurre que se produce un milagro: la oscuridad se repliega, se encoge y se oculta, deja de oprimir. Y el gozo de la luz surge, pequeño, pero tenaz. Algo de eso es la resurrección de Jesús: la pequeña fuente del gozo que nos dice que nunca se agotará la esperanza y que la alegría será la tierra de quienes aman. Y en esa tierra no habrá infierno porque habrá sido expulsado.
  • La sutil sonrisa de Jesús vivo es el mejor signo de resurrección. Celebrar la resurrección es sentirse bien bajo esa sonrisa que nos habla de amor y de vida en nuestros caminos cotidianos, en nuestros trabajos comunes, en nuestras vidas ciudadanas.

 

  1. 2.      La luz de la Palabra: Lc 10,17-20

 

«Los setenta regresaron muy contentos y le dijeron: - Señor, hasta los demonios se nos someten por tu nombre. Él les contestó: - ¡Ya veía yo que Satanás caería del cielo como un rayo! Yo os he dado la potestad de pisar serpientes y escorpiones y todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá haceros daño. Sin embargo, no sea vuestra alegría que se os someten los espíritus; sea vuestra alegría que vuestros nombres están escritos en el cielo».

 

-          El texto pertenece al tema de la misión. Es la vuelta gozosa que narra el triunfo humilde de los discípulos que han comprobado que el mandato de Jesús de “liberar de los demonios”, de ayudar a que los pobres tengan esperanza, ha funcionado. La esperanza de la libertad se ha despertado en el corazón de los pobres y el demonio de la opresión ha dado un paso atrás.

-          La caída de Satanás es la caída del desaliento, de la pérdida de ilusión, del desconcierto, de la perplejidad. El Satán que bloquea la vida, que la paraliza y la somete, cae al abismo y renace la esperanza. Es posible el pequeño triunfo en la vida de los humildes, triunfo que habla el lenguaje de la posibilidad de tiempos mejores.

-          Nada podrá hacer daño a quien siembra amor, a quien celebra el humilde triunfo de la vida, porque se ha instalado dentro de él la certeza de que el mal no dirá la última palabra. Quien se asocia al triunfo de Jesús se inmuniza contra el desaliento.

-          El triunfo de lo pequeño lleva a la alegría mayor: saber que se es ciudadano del reino, que el gozo es el horizonte al que está destinado lo creado, sea cual sea su trayectoria histórica.

 

  1. 3.      Ahondando

 

  • Contra el sentimiento de derrota: un sentimiento que, con frecuencia, se apodera de las entrañas de la persona. La resurrección, el triunfo de lo pequeño, pone una nota de color y de esperanza en la grisura de nuestros caminos cotidianos y da fuerza para superar ese sentimiento. Incluso nos dice que, más allá de los fracasos, la vida está destinada al éxito y que tal éxito no se nos negará. Si se nos negara, la resurrección habría sido en vano.
  • Celebrar el presente y sus logros: porque no se puede negar que en la vida logramos pequeños éxitos que nos alivian. Celebrar el triunfo sería una inyección de entusiasmo para la vida. Y sería también un acto fe: aquel que cree que el triunfo del resucitado cobra rostro en los pequeños triunfos de cualquiera de los humanos. Eso nos ayudaría a suavizar el, a veces, áspero camino de nuestra vida.
  • La última palabra será de ánimo, no de derrota: si nuestra vida, el cosmos mismo, terminara en derrota, la resurrección habría sido en vano. Este universo al que pertenecemos puede que acabe en un caos de extinción. Pero aun así, ese caos será un grito de triunfo, el triunfo de lo acabado, de lo logrado, de lo expandido hasta sus últimos límites. Esta clase de certezas nos pueden sostener cuando se nubla el horizonte.
  • Renace la esperanza, da un paso atrás la muerte: así reza un himno de Laudes. La resurrección de Jesús es el renacimiento de la esperanza en las pequeñas grietas que deja abiertas la vida. Cada día asistimos a este retroceso de la muerte, hasta que llegue el día sin luto ni llanto, como dice Ap 21,4. Quizá no nos percatemos de ello, envueltos como estamos en muchos dramas en que la muerte es su componente. Pero la utopía de un mundo de vida plena, sea cual sea la forma de lograrlo, es una realidad viva.

 

  1. 4.      Triunfos pascuales

 

Leyendo el diario caminar humano, detectamos una serie de pequeños triunfos que podríamos denominar como “pascuales”, incorporados al triunfo humilde y hermoso del Resucitado:

  • El triunfo de la persistente lucha contra la enfermedad: algo que vemos en esta pandemia. Más allá de planteamientos cuestionables, percibimos el denodado esfuerzo por librar al mundo de una plaga que le aflige. Y, aun contando con intereses discutibles, hay que decir que nunca se había trabajado en modos más colaborativos, más universales, más coordinados. Queda mucha tarea por hacer, pero jamás la humanidad ha tirado la toalla frente a la enfermedad. Su historia es una historia de lucha. Así se construye el triunfo de la resurrección. 
  • El triunfo de la preocupación por el frágil: cosa que existe en nuestra sociedad, aunque todavía quede un largo camino por recorrer. No están secas las entrañas de lo humano cuando nos conmueve la muerte de una pequeña emigrante en el muelle de Arguineguín; no estamos secos cuando los centros de día están bien atendidos, aunque cuesten mucho dinero; no estamos acabados cuando vemos a tantos ancianos del brazo de un cuidador/a; no estamos arruinados cuando se libra una continua batalla contra los abusos sexuales a menores. Queda mucho por hacer, pero se está haciendo ya.
  • El triunfo de la empresa que no despide: ya que en este caos económico en que nos ha sumido la pandemia, muchas empresas están al borde del abismo. Y se empeñan en no despedir, bien sea por vía ertes, o por estirar los recursos hasta el límite. Los empresarios modestos saben que el despido es la puerta que se abre a la exclusión. Por eso, luchan con los pocos medios que tienen en su mano para que esa situación se retrase lo más posible y que, incluso, no llegue a darse.
  • El triunfo de la solidaridad que no admite espera:  porque para muchos es discutible, pero para quien está ahogado, no. Nos referimos a las llamadas “colas del hambre” que aumentan exponencialmente en estos tiempos de pandemia: personas que se han visto echadas a la pobreza y obligadas a pedir para comer. Es una solidaridad, ya lo decimos, discutible desde muchos lados. Pero quien pone algo en esa cesta vacía que se abre ante él, ayuda a triunfar un poco sobre la muerte social.
  • El triunfo de las opciones respetadas: triunfo que nos cuesta mucho, porque se piensa que mi manera de ver las cosas es la manera. Las diferentes opciones en temas de sexualidad, en temas del final de la vida, en temas de bioética, son respetadas por muchos, aunque a uno no le convenzan. Hacer una ofrenda de la propia manera de pensar hacia la forma distinta de ver las cosas del otro es, sin duda, un lenguaje de resurrección. Es un lenguaje para muchos costoso; toda entrega es costosa.
  • Los pequeños triunfos de nuestro día a día: porque sería muy raro que hubiere alguien que logra nunca un pequeño triunfo. Celebrar esos logros es muy saludable y hace que la vida y la fe nos hablen el lenguaje de la esperanza. Conectar esos triunfos humildes con el triunfo del resucitado Jesús les da un horizonte espiritual y un dinamismo que nos empodera y nos hace más inmunes a la derrota.

 

  1. 5.      Itinerario pascual

 

  • 1ª Semana (4-10 de abril): celebrar la lucha contra la enfermedad cumpliendo exquisitamente las normas sanitarias y llevando a la oración las situaciones de enfermedad de personas cercanas.
  • 2ª Semana (11-17 de abril): celebrar el acompañamiento que se da a los mayores visitando con tiempo amplio a alguna persona mayor. Orar por nuestras casas de mayores.
  • 3ª Semana (18-24 de abril): celebrar los esfuerzos de los pequeños empresarios por no despedir. Llevar a la oración a personas que conozcamos que están en erte o en el paro.
  • 4ª Semana (25 de abril-1 de mayo): celebrar que haya sensibilidad para llenar las cestas vacías de quien pasa necesidad. Colaborar de algún modo en esa tarea a la vez que se alza la voz pidiendo justicia para los descartados.
  • 5ª Semana (2-8 de mayo): celebrar que la sociedad respete cada vez más las opciones personales, aunque a mí no me convenzan del todo. Llevar a la oración el nombre de alguna persona que sufra por sus opciones personales.
  • 6ª Semana (9-15 de mayo): celebrar los triunfos personales de cada día. Dar gracias en la oración por algún pequeño triunfo conseguido durante la jornada.
  • 7ª Semana (16-23 de mayo: semana de agradecimiento por la resurrección de Jesús y por todos los rostros de resurrección que aparecen en nuestro entorno.

 

Conclusión

 

            Puede parecer muy modesta y despojada de brillo esta manera de celebrar el triunfo humilde y hermoso de la resurrección de Jesús. Pero se encierra en él un dinamismo, un aliento, que nos puede ser muy útil. Más aún: si esto se vive en comunidad, las posibilidades de celebrar gozosa y aprovechadamente la Pascua se potencian. Que se nos dé el don de la sonrisa del resucitado.