Blogia

FIAIZ

Apocalipsis 27

CVA 

Domingo 4 de mayo de 2014

 

BUSCAR LUZ

EN TIEMPOS OSCUROS

 Plan de oración con el Apocalipsis

 

27. Ap 18,21-24

 

Introducción:

 

                Negativizar el momento presente es el pan nuestro de cada día. Hay gente que lo ve todo negro, cree que el país está perdido y que las relaciones son un infierno. Decir tan negativamente de la vida indica, de algún modo, que uno se ve a sí mismo negativamente. Es cierto que no estamos en el paraíso ni que las relaciones humanas son un camino de rosas. Pero no se puede negar que el hecho social alberga no solamente buenas voluntades sino formidables acciones de solidaridad, amparo y amor. Están cerca de nosotros, en nuestras mismas narices, en nuestras propias casas. ¿No se podría enfocar la vida desde ahí? ¿Sería una perspectiva errónea? Creemos que no. Eso no supone cerrar los ojos a lo que no va bien, no dar importancia a la maldad que, a veces, nos arruina. Pero el situarse en lo bueno del hecho social quizá nos ayude a encontrar una postura de vida más humana y más gozosa.

                Es que en el texto de esta semana, que es un texto muy negativizador, como muchos del Apocalipsis dice que “ni voz de novio y novia se oirá más en ti”. O sea, se acabaron los cantos del amor, se acabó el amor. Pero en Jn 3,29 dice que “el amigo del novio, que se mantiene a su lado y le oye, siente gran alegría por la voz del novio”. Es decir, se está oyendo cantar al novio, no es la vida una realidad inmersa solamente en la oscuridad. Más allá de esta, hay gozo, alegría, canto. Le damos la vuelta a ese ceño fruncido y amenazador de Apocalipsis y nos situamos “contra el texto” en una perspectiva gozosa y benigna de la vida. Creemos que de esta manera nuestra vida y nuestro caminar cristianos salan más fortalecidos.

 

***

 

Texto:

               

21Un ángel vigoroso levantó una piedra del tamaño de una piedra de molino y la tiró al mar diciendo:

-          Así, de golpe

precipitarán a Babilonia, la gran ciudad,

y desaparecerá.

22El son de cítaras y músicos,

de flautas y trompetas

no se oirá más en ti,

ni artífices de ningún arte

habrá más en ti,

ni murmullo de molino

se oirá más en ti.

23Ni luz de lámpara

brillará más en ti,

ni voz de novio y novia

se oirá más en ti,

porque tus comerciantes eran los magnates de la tierra,

porque con tus brujerías embaucaste

a todas las naciones.

24Y en ella se encontró sangre de tus profetas

y consagrados

y de todos los asesinados en la tierra.

 

***

 

 

 

 

 

 

La luz de la vida:

 

 

                Esta joven religiosa es Sor Cristina. Canta de maravilla. Ha participado en el concurso La Voz de la TV italiana (ese concurso en que los cantantes del jurado están de espaldas y si eligen al cantante se vuelven para ver quién es). Todo el jurado la eligió y se llevaron un “susto” morrocotudo al ver que la que cantaba tan bien era una religiosa. En medio del estupor general ella no se cortó y decía que cantar le gusta y que “Dios no quita nada” a la vida. Eso, gente que se sitúa en otra perspectiva.

                Oramos: Que seamos positivos y benignos; que miremos con ojos de humanidad; que nos situemos en el lado de la bondad.

 

***

 

La  luz que es Jesús:

 

                Jesús decía muchas veces “Yo soy la luz” (Jn 8,12). Hablaba muchas veces de acercarse a la luz (Jn 8,12). Eso es situarse en una perspectiva de bondad para leer la vida. Muchas veces la realidad de Jesús estuvo fuertemente marcada por el dolor, Pero no encontramos nunca en el Evangelio una sola frase en que se menosprecie o se negativice la vida. Al contrario, con toda su dureza, la vida fue para Jesús un camino de encuentro y de amor.

                Oramos: Gracias, Señor, por amar la vida; gracias por no ceder a la negativización y a la condena; gracias por enseñarnos el camino de los gozos sencillos.

 

***

 

La luz que viene de la sociedad:

 

                Hay muchos movimientos de resistencia social que, conscientemente o no, parten de que la vida puede ser humana en este planeta que a veces hacemos tan desdichado. Por eso hablan de “otro mundo posible”. Si no fuera gente que confía y que lee positivamente el hecho social no se meterían en ese fregado de anhelar y construir una sociedad distinta. Son maestros de espiritualidad para nosotros.

                Oramos: Que agradezcamos a quien anhela otro mundo más fraterno y humano; que apoyemos a quien busca una relaciones sociales nuevas; que nos dejemos influir por quien ama esta vida más allá de sus limitaciones evidentes.

               

***

 

La luz que aporta la comunidad virtual:

 

                La comunidad virtual, con su pequeña aportación de vida y gozo, puede ayudarnos a positivizar nuestra manera de situarnos en la sociedad. Es otro más de los beneficios humanos hondos de la relación y de la misma oración. Sucede aquí eso que decimos tantas veces: orar nos hace más humanos; relacionarnos bien sanea nuestras deficiencias. Por eso es de agradecer estar en esta pequeña aventura de oración común.

                Oreamos: Que valoremos la alegría que nos damos; que apreciemos lo positivo que nos entregamos; que nos ayudemos a ver las cosas desde su mejor lado.

 

***

 

 

 

 

Palabras de luz:

 

Cuida tus pensamientos…

porque se volverán palabras.

Cuida tus palabras

porque se volverán actos.

Cuida tus actos,

porque se volverán costumbres.

Cuida tus costumbres

porque forjarán tu carácter.

Cuida tu carácter

porque formará tu destino.

Y tu destino será tu vida.

 

Gandhi

***

 

Para estos días:

 

                Trata de ver las cosas de estos días desde el lado más positivo que puedas. No cultives el pesimismo.

 

***

 

Apocalipsis 26

CVA 

Domingo 27 de abril de 2014

 

BUSCAR LUZ

EN TIEMPOS OSCUROS

 Plan de oración con el Apocalipsis

 

26. Ap 13,9-10

 

Introducción:

 

                Otras veces hemos hablado del valor de la resistencia en la que, a decir de Sábato, anida la esperanza. En tiempos de dificultad personal o social, la resistencia es un bien preciado. Hay dos maneras de resistir, con amor o sin él, con buen talante o con malo, amargado o bondadoso, requemado o solidario. Una resistencia lúcida y benigna, sensata y humana es la que puede ser útil en momentos de dificultad. Esa resistencia se nutre de la solidaridad, del amparo que nos damos. En materia de amparo, todo es bueno, por humilde que sea. Ese amparo contribuye a dar cuerpo a la resistencia, a hacerla verdaderamente fuerte y humana a la vez. “No te rindas” reza el conocido poema de Benedetti. Tenemos que darnos ánimo para que la adversidad no nos quiebre. Nos haremos con ello un gran beneficio.

                Es que Apocalipsis en general y el texto breve que proponemos esta semana es un texto de resistencia. En él “aguante y fe” van unidos. Una fe sin aguante no puede pervivir en este mundo secular de hoy. Un aguante sin fe es un anhelo de no fácil logro. Si las dos cosas van unidas, el aguante del fuerte y la fe de quien ama, se puede resistir. Fe en el valor del otro, de su persona con sus limitaciones, de sus posibilidades de cambio, de su fuerza para rebrotar. Y unida a esa fe en el fondo de lo humano, el aguante para encajar limitaciones, fallos, abandonos. Y para dar, en consecuencia, una segunda oportunidad. Fe y aguante, he ahí una buen fórmula para resistir con lucidez y humanidad.

 

***

 

Texto:

 

                9Quien tenga oídos que oiga: El que está destinado al cautiverio, al cautiverio va. Al que tenía que morir a espada, a espada lo mataron (Jr 15,2). ¡Aquí del aguante y de la fe de los consagrados!

***

 

La luz de la vida:

 

 

 

            Esta es la tapa del Informe Foessa 2014 donde se describe la situación real de la sociedad española en esta época de crisis, su gran precariedad y desigualdad y su cohesión que hace el milagro de que la sociedad no explote con más del 25% de paro. Y una de las causas de que no explote es la solidaridad que las familias, el amparo que se dan, desde su dificultad, las familias. Esa resistencia familiar hace que resista la sociedad.

                Oramos: Que la solidaridad no desaparezca de nuestras calles; que la desigualdad mengue en nuestros comportamientos; que las familias amplíen su amparo al débil.

 

***

 

La  luz que es Jesús:

 

                Jesús ha sido uno destinado al cautiverio, a la espada y a la muerte. Pero ha sido un resistente. No se ha quebrado a la primera. Ha aunado en su corazón una fe inquebrantable en el valor de la persona y el aguante de quien no se apea jamás del amor. Por eso, el creyente a la hora de encontrar resortes para aguantar mira a él y de él toma fuerza.

                Oramos: Gracias, Señor, destinado al cautiverio por mantenerte en libertad de corazón; gracias, Señor destinado a la espada, por mantenerte en libertad y entereza; gracias, Señor destinado a la muerte, porque siempre te ha animado el deseo de vida.

 

***

 

La luz que viene de la sociedad:

 

                Tener oídos para oir un mensaje de humanizadora resistencia demanda una fe grande en la persona y una facilidad para no hundirse en los avatares de los días. Más aún, pide que esa fortaleza se comparte, de manera que los más débiles tengan un amparo al que agarrarse. Oír el mensaje de la resistencia humanizadora lleva a no apuntarse al bando del derrotado sin más, del pasota, del insensible, del vencedor a costa de lo que sea, del triunfador sobre las cenizas de la persona avasallada.

                Oramos: Que oigamos con acogida los gritos de quien lo pasa mal; que escuchemos con corazón atento las demandas inapagables de la justicia; que acojamos las situaciones de los frágiles como si fueran nuestras

.

***

 

La luz que aporta la comunidad virtual:

 

                Estos largos años que hemos ido caminando juntos nos han ayudado a mantenernos en humanidad y acompañamiento por encima de situaciones de dificultad. Es cierto que todos hemos tenido que bregar con situaciones de mayor o menos dificultad. Pero lo comunitario, los caminos compartidos, la misma oración común nos ha hecho más resistentes. Es uno de los mejores beneficios del camino orante. Nos lo agradecemos y lo agradecemos a Jesús.

                Oramos: Gracias por nuestros amparos; gracias por nuestros acompañamientos; gracias por nuestros ánimos.

 

***

 

Palabras de luz:

 

Sólo el amor resistirá

mientras caen como torres dinamitadas

los días, los meses, los años.

 

Sólo el amor resistirá

alimentando silencioso la lámpara encendida,

el canto anudado a la garganta,

la poesía en la caricia del cuerpo abandonado.

 

Algún día,

cualquier día,

doblará otra vez el recodo del camino

lo veré alto y distante,

acercándose,

oiré su voz llamándome,

sus ojos mirándome

y sabrá que el amor ha resistido

mientras todo se derrumbaba.

 

 (Gioconda Belli: El ojo de la mujer, Visor, Madrid)

 

***

 

 

 

Para estos días:

 

                Trata de ser lo más fuerte y humano posible si estos días tienes una particular dificultad. Mírale a ÉL.

 

***

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LOS CAMINOS DE LA FAMILIA FRANCISCANA EN LA SOCIEDAD DE HOY

LOS CAMINOS DE LA FAMILIA FRANCISCANA

EN LA SOCIEDAD ACTUAL

 

 

Introducción

 

         La conocida frase de SC 63   “La llevaron a una colina y le mostraron toda la superficie de la tierra que podían divisar, diciendo: ‘Este es nuestro claustro, señora’” preside también la presente reflexión. Nos sumamos a quienes se esfuerzan en mezclar la espiritualidad de las fuentes, del carisma primero, con la ineludible realidad del momento actual. Pensamos que esta mezcla puede ser muy fecunda y que la separación de ambos elementos, carisma y sociedad actual, genera empobrecimiento tanto en el pensamiento carismático como en la realidad de hoy. Por tanto, nos conviene mezclarlos. Se trata, en la también manida frase de K, Barth, de aunar en la reflexión el periódico y la Biblia, los valores carismáticos y los aprendizajes sociales.

         Cuando nos planteamos proponer a la reflexión las posibilidades que se abren a la familia franciscana en este hoy y en nuestro contexto occidental no queremos hacer la suma de lo que el franciscanismo supone en el mundo en general y en España en particular[1]. Aun en épocas de reducción como la nuestra y siguiendo el derrotero común de la mayoría de los grupos religiosos, el franciscanismo mantiene un indudable vigor. Pero no es este nuestro cometido. Queremos ser más fieles a lo que se nos ha prometido que a lo que nosotros hemos prometido. Y lo primero, en la dinámica elemental del reinado de Dios, apunta más al hoy que al pasado, al momento presente que a los viejos tiempos cuando éramos “tantos y tales”[2].

         Queremos, pues, hacer una propuesta de reflexión mirando al futuro, al horizonte, a lo que no es pero puede ser. Apelamos a la utopía, a esa fuerza que no sirve para llegar a la meta sino, simplemente para andar. Nos parece acertado el eslogan “La meta es camino” que glosa la famosa frase de Gandhi “No hay caminos para la paz, la paz es el camino”[3]. Efectivamente, lo decisivo es recorrer el camino hasta convertirlo en verdadera meta. Por eso mismo, queremos hablar sobre el camino que puede recorrer hoy la familia franciscana en España, sobre las experiencias que puede acumular, sobre los proyectos que puede emprender. Lo que ya se hace es bendito; pero nuestra reflexión quiere apuntar a lo que está por hacer.

         Acertadamente se ha dicho que un carisma vale en la medida en que se lo recrea[4]. Es como el seguimiento de Jesús que consiste re-crear las maneras de pensar y comportarse de Jesús. La vitalidad depende de la recreación no de la mera imitación. Y la recreación, lógicamente, ha de contar con la realidad actual porque en ella es donde se verifica. La vivencia rutinaria y atolondrada de una espiritualidad la empequeñece y la pone en riesgo de vacío. De ahí que se haga hoy una llamada a la lucidez y a la pasión para mirar de frente la realidad y percibir cómo podemos hoy insertarnos en el concierto ciudadano para aprender los valores sociales y ofrecer los nuestros carismáticos. Es la tarea de redescubrir el sentido que tiende a debilitarse, desviarse y perderse. El nuestro puede ser “un tiempo para recrear el equilibrio al aprender a acercarnos amistosamente una vez más a la creatividad atrevida y liberadora de lo femenino, de la imaginación, del artista, del profeta”[5]. Esa “creatividad atrevida y liberadora” es la que habría de presidir la reflexión que queremos ofrecer a este Congreso.

         La parataxis del dicho evangélico “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6) está indicando que Jesús es camino porque es verdad y es vida. Se es camino siendo aliándose con lo verdadero y lo vital, entendiendo ambos marcos de valores no tanto desde el punto de vista ideológico, sino experiencial: experimentar lo verdadero de la existencia, situarse allí donde bullen los días, plantar ahí la morada es la manera de ser camino para uno mismo y para los demás.

 

1. Recuperar caminos: presupuestos

 

         Poetizar sobre la hermosura del camino estando bajo techo y al amor de la lumbre es fácil. Lo peliagudo es encontrarle el filo de lo atractivo al frío, la intemperie, el cansancio, el desamparo, la soledad, la mordedura del sin sentido, elementos ineludibles del cualquier caminar. De ahí que no es de extrañar que tanto personas como instituciones tendamos a salirnos de los caminos y a instalarnos en maneras estables y cómodas de vida. Quien ama los caminos ha de intentar recuperarlos continuamente, redituarse cada día en la senda que, a veces, se abandona de manera inconsciente.

         El abandono de los caminos ha acompañado al franciscanismo desde los años iniciales de su andadura. Porque lo de Francisco, como lo de Jesús, fue un asunto de caminos. Legislar en una Regla sobre el ir por los caminos era, en la época medieval donde la estabilidad era un valor consagrado, de una carga profética que a muchos se les antojaría un auténtico disparate[6]. Pero no solamente legislar sino vivir en los caminos era lo incomprensible[7]. Y la vida de Francisco se desarrolló en los caminos y sus avatares. No solamente en los grandes caminos (Tierra Santa y el probable camino a Santiago de Compostela), sino en los caminos cotidianos. Clara, que vivió su experiencia franciscana con mentalidad de caminante,  lo aprendió bien y lo formuló con precisión: “El hijo de Dios se ha hecho para nosotras camino”[8]. En ningún programa de ningún grupo franciscano (salvo alguna excepción que ignoramos) estará como una prioridad la recuperación de los caminos[9]. No sabríamos qué contenido dar a semejante propuesta. Y, sin embargo, la recuperación de los caminos, en cualquiera de sus formas, puede ser un horizonte abierto a la espiritualidad franciscana. Veamos algunos presupuestos para apuntar a tal posibilidad:

a)    Una estabilidad con mentalidad de itinerancia: Que la persona tiende a la estabilidad es, desde los tiempos del neolítico, un dato; que los grupos franciscanos viven en estabilidad, una evidencia. Pero, ¿es posible una estabilidad con mentalidad de itinerancia? Creemos que sí, aunque tiene sus aporías y estremecimientos. La buena estabilidad, la que no está ligada a la mera comodidad, va muy unida al tema del sentido y la significatividad. Cuando estos elementos están activados, la permanencia en un lugar no es nociva para el franciscanismo porque puede ser vivida con mentalidad libre y en itinerancia. Una mentalidad así se sitúa más en el futuro que en el pasado, más en el horizonte que el pequeño amor de la lumbre. La configuración de un determinado estilo de vida franciscana depende en gran parte de estos dinamismos de fondo.

b)    Liberar al franciscanismo: Liberarlo de una historia, hermosa y tóxica a la vez, de la tutela exclusiva de los franciscanos, beneficiosa y cuestionable al mismo tiempo, de los tópicos al uso, útiles para entrar en contacto y perjudiciales para profundizar, de la mezcla con elementos religiosos, que le dan cierta estabilidad y lo anclan en formas esclerotizadas. Dejar al espíritu franciscano libre, de tal manera que todo el mundo, desde donde se halle, pueda, si quiere, conectar con él. Aprender franciscanismo de quienes menos constreñidos están por la ideología del sistema[10]. Porque esos caminos de libertad son muy propicios para imaginar un franciscanismo en los caminos[11].

c)     Los caminos son múltiples: Este sería otro presupuesto para situarse en la espiritualidad del camino. El camino es algo que difícilmente encaja con la rigidez del sistema. Y ello es así porque la sociedad es versátil y cambiante, más en estos tiempos[12]. Experimentamos en la sociedad de la que hacemos parte, maneras de vivir muy cambiantes, donde prácticamente no hay nada consistente ni fijo. Hemos de aprender por necesidad social lo que no fuimos capaces de aprender por espiritualidad: que vivir en itinerancia, en cambio continuo, puede ser un modo de vida muy productivo para engendrar vida, para poner el acento sobre lo importante, para construir fidelidades. Aprender la lección del cambio exige flexibilidad, desposesión, cercanía a la vida, capacidad de desinstalación, certeza de que los caminos son múltiples.

d)    Hay vida ahí fuera: Los aprendizajes carismáticos y las prácticas religiosas nos pueden llevar a creer que la vida está dentro de los muros, en el huerto de nuestra propia estructura, en la mentalidad de nuestro modo de vida. Pero la espiritualidad de los caminos nos avisa de que fuera hay vida, y quizá en maneras más intensas y reales que en el mundo de los sistemas religiosos. Por eso, manejar el presupuesto de que hay vida fuera solamente es posible en la certeza de vivir en una sociedad hermana. Esta sociedad entendida en modos de benignidad puede abrir al carisma franciscano un horizonte de novedad. Pero esa apertura se da en el afuera de los caminos, en el más allá de la vida que salta los muros de cualquier concepción religiosa.

 

2. Recuperar la itinerancia

 

         “La minoridad ha sido para la Orden la parte menos apreciada de la herencia otorgada por el fundador, la primera en ser dejada de lado, a pesar de ser cosa bastante inteligible y poco expuesta a complicaciones jurídicas…Toda la compleja problemática que se desarrolló en la fraternidad, después de la muerte del santo en torno a la pobreza, todas las luchas internas y las complicaciones externas, bien poco evangélicas…dependieron del empeño imposible por parte de los hijos de san Francisco por querer ‘ser pobres’ sin haber tenido la valentía de continuar siendo ‘menores’”[13]. Esta dura y profética afirmación de Iriarte podría ampliarse diciendo que nunca fue menor porque jamás fue itinerante. El lado débil de la historia franciscana es la historia de un gran fracaso pero, debido a los estudios franciscanos actuales y al clima de secularidad que vivimos, hace que lo percibamos con mayor claridad. Esto nos da una nueva oportunidad para volver sobre los componentes más originales del sueño franciscano. Efectivamente, la itinerancia está en el corazón de la primigenia experiencia franciscana. Toda la precaución de Francisco hacia los libros (1R 8,3), los estudios (SC 6), el dinero (1R 14,1), las casas (Test 24), la ropa (Test 16), etc., probablemente no tiene otra finalidad, sino la de prevenir contra la instalación que termina por ahogar la vida itinerante, aquella que llevaron Jesús y los apóstoles. La itinerancia se convierte así no sólo en el rostro externo de un indudable estilo de vida, sino también en la verdad de una opción. La vida de Francisco ha estado urdida en esa itinerancia: su andar por los caminos (1R 9,2), su manera de trabajar (1R 7,1-2), su estilo de vivienda (1R 8,8), hasta su modo de orar (2C 96) han dependido de su opción itinerante de vida. El sufrimiento del final, su discrepancia de los derroteros que iba tomando la institución franciscana, ha tenido que ver con la institucionalización que es la cara opuesta a la itinerancia. Es cierto que el elemento itinerancia fue prácticamente arrumbado del acervo común de la fraternidad franciscana. Pero también es verdad que siempre, entre los franciscanos, ha habido quienes, desde Angel Clareno en el siglo XIII, hasta hermanos de hoy que llevan estilos de vida de fuerte componente itinerante. Es la institución como tal la que tendría planteado el problema; no tanto las personas concretas.

El franciscanismo ha querido oponer la itinerancia al sistema. Aquí se halla el problema de fondo: la pertenencia sistémica del franciscanismo a la sociedad y a la Iglesia. El estilo de vida franciscano puede ser entendido como una fraterna confrontación con el sistema. La itinerancia sería una manera de poner rostro a dicha confrontación. Desvelemos algunos matices:

  1. El modo itinerante de los primeros hermanos: Parece que la estructura conventual, de asentamiento, no estuvo presente en los primeros pasos de la familia franciscana, aunque no tardó en llegar. El Testamento lo recuerda con vivacidad (Test 18). No conviene menospreciar las intuiciones carismáticas más básicas del Francisco que vive el Evangelio sin coacción, en total libertad, con unas estructuras casi inexistentes. Más allá de los matices que se puedan hacer a esta postura inicial, lo que no se podrá negar es que la itinerancia fue una opción natural y deliberada frente a las formas religiosas de vida estable, bien conocidas por el mismo Francisco. El sistema impuso su ley pronto y se enfiló por la estabilidad del convento, aunque fuera en maneras menos drásticas que las otras órdenes.
  2. La misión franciscana en la itinerancia: Así fue entendida y vivida al principio. El gozo de aquella libertad es recordada también en el Testamento (Test 8). Cierto que pudo haber abusos, pero bien se encargó el sistema de reprimirlos. Con esa represión se dio al traste con un modelo de misión de corte no sistémico, de ofrenda, de exhortación, que podría haber dado paso  a una manera de evangelizar de alto componente ecuménico y social como lo reconoce G.Bini: “Una tercera característica del hermano menor podría ser la ‘movilidad’, es decir, su capacidad de inculturarse donde quiera que esté, pues donde quiera que esté allí está su casa, allí encuentra hermanos. Quizá así, presentando al hombre de hoy ésta nuestra identidad, conseguiremos deshacer la cultura de la sospecha recíproca, lograremos que los hombres se acerquen unos a otros, infundiremos esperanza a la humanidad, colaboraremos en la construcción de relaciones nuevas, transformando la hostilidad en acogida y hospitalidad”[14].
  3. La obediencia franciscana como itinerancia: El sistema exige obediencia ciega a esa “mano negra” que rige los destinos sociales y económicos y que esconde las actuaciones de los poderosos. Francisco entiende la obediencia de otro modo: no es algo exigido por razones organizativas sino una forma de garantizar, valga la expresión, la libertad de Dios y la de la misma persona. La obediencia es la libertad de pertenecer, la libertad de entrar en el camino evangélico. Por eso “el que en fe se lanza  a la obediencia de la libertad para que Dios pueda actuar con libertad, hace que se liberen otras energías que no están de suyo a disposición del hombre”[15]. Esas “otras energías” son las que pueden configurar un sistema de vida distinto, fraterno.
  4. 4.     Una nueva ciudadanía: Ya hemos dicho que el sistema negativizado se articula sobre la vieja dialéctica dominador-dominado. El Evangelio, y el franciscanismo por evangélico, postulan una nueva ciudadanía, aquella que hace del ancho mundo y de la familia humana su verdadera casa. La pintoresca escena de Flor 11 en que Francisco hace dar vueltas al hermano Maseo para saber qué camino ha de seguir dibuja el perfil utópico del franciscano: uno que da mil vueltas en el mundo con la certeza de que, caiga donde caiga la suerte, estará en casa. Dice D. Flood que los hermanos “rehuyeron una estabilidad que supusiera una adscripción al marco social, que era lo que la política comunal quería de ellos, toda vez que, como religiosos ejemplares, habían comenzado a demostrar su valía (1 R 17,10-13). Si hubieran invertido mucho en una residencia, cualquiera que fuera la justificación de dicha inversión, pronto hubieran pasado a ser parte del cuadro social”[16]. Esa renuncia a la pertenencia sistémica es la que puede alumbrar la nueva ciudadanía. 

 

3. Los aprendizajes sociales

 

         Dando una vuelta de tuerca más al tema de la itinerancia, diremos que es la sociedad la que mejor puede enseñarnos la hermosura de los caminos y también su dureza. Quizá haya que aceptar algo poco tratado: que los aprendizajes sociales pueden ser una instancia inspirativa tan fuerte, o más que los aprendizajes carismáticos.

         La teoría del aprendizaje social, ya larga de más de un siglo, sostiene que el entorno, la persona y su conducta están interrelacionados. Por eso se aprenden nuevas conductas a través del aprendizaje observacional de los factores sociales del entorno. Es decir, la dependencia del entorno para generar conductas no solamente es probable sino del todo necesaria. Aprendemos por el entorno más que por la ideología. “El aprendizaje es una actividad de procesamiento de información en la que los datos acerca de la estructura de la conducta y de los acontecimientos del entorno se transforman en representaciones simbólicas que sirven como lineamientos para la acción”.

La teoría del aprendizaje social señala cuatro requisitos para que las personas aprendan y modelen su comportamiento:

  • Atención: La que presta el observador a los acontecimientos relevantes del medio.
  • Retención: valorar lo que uno observa, recordarlo en el momento preciso, ponerlo como “principio” a la hora de justificar un comportamiento.
  • Reproducción: reproducir lo retenido en conductas tangibles, bien sea hecha esta reproducción en modos explícitos o implícitos.
  • Motivación: Tener una buena razón para reproducir esa conducta. Puede ser, igualmente, una razón elaborada ideológicamente o implícita: se intuye que eso es bueno para mí.

Los modelos de conducta pueden enseñar a los observadores cómo comportarse ante una variedad de situaciones por medio de la autoinstrucción (uno aprende por él mismo), imaginación guiada (alguien le hace ver lo bueno de ese comportamiento) o por el autorreforzamiento (se percibe que tales comportamientos le refuerzan a uno en sus mejores anhelos).

Hay que decir que la observación de modelos no garantiza ni el aprendizaje ni, menos todavía, las conductas derivadas de ello, sino que cumple funciones de información y motivación: comunica la probabilidad de las consecuencias de los actos y modifica el grado de motivación de los observadores para actuar del mismo modo. Los factores que influyen en el aprendizaje y en la acción dependen del estado de desarrollo del aprendiz, el prestigio y la competencia de los modelos, así como de las expectativas y la autoeficacia que se palpe en ese modo de comportarse.

Bandura introdujo el concepto de reforzamiento autorregulado que puede ser determinante a la hora de aumentar la motivación. Evaluando la eficacia de nuestra propia conducta al utilizar normas de ejecución previa o comparando nuestra ejecución con los demás

¿Cómo aplicar esta teoría, tan esquemáticamente esbozada a la vida franciscana? ¿Puede llevarnos a alguna conclusión?

a)             Aunque parezca que los aprendizajes carismáticos son los únicos, y por lo mismo centrales, en la vida franciscana, en realidad, nuestras conductas dependen, en notable medida, de aprendizajes sociales. Lo que es la familia, la participación ciudadana, las relaciones sociales, la economía, las reglas democráticas, el valor de la política, las normas de educación, etc., no viene de los aprendizajes endogámicos sino de la sociedad. Lo aprendemos por observación social autorregulada, compartida.

b)            De ahí que la vida franciscana, de hecho, depende directamente del tiempo y del medio cultural en el que vive. La cuestión es cómo mezclar los valores carismáticos estando en ese tiempo y en ese medio para que salgan potenciados, no suprimidos ni olvidados. Pero intentar hacerlo en contra de los modos de comportamiento sociales que emanan del momento histórico es punto menos que imposible.

c)             La vida franciscana busca, como todos, el correcto uso de los modelos cognoscitivos con el fin de obtener un control de los estados afectivos y reestructurar los conocimientos e interpretaciones. Es decir, tanto la dicha y el sentido personal y colectiva dependen en gran medida de los aprendizajes sociales que motivan nuestras conductas. No se logra esto tanto por vía de aprendizajes carismáticos.

d)            La autorregulación de la vida comunitaria es la que podría unificar la pluralidad de actuaciones individuales eligiendo aquellas que sean mejores para el conjunto y, por lo mismo, más productivas para la persona concreta. Fraternidad y confluencia de aprendizajes sociales es una realidad alcanzable.

 

¿Cómo la sociedad nos enseña la itinerancia y la vida en los caminos? ¿Quiénes son los maestros de la vida en los caminos? ¿Qué podemos aprender de ellos?

  • Los grandes maestros de los caminos: Son los itinerantes obligados por su precaria situación económica, por persecución social o política, por los desastres ecológicos en los que tenemos mucha parte los humanos. Son la legión de desheredados que cruzan el temible desierto del Sáhara, el no menos temible desierto de México o las intrincadas selvas del sudeste asiático. Son los africanos varados, maltratados, relegados a la inexistencia que están en el monte Gugurú. ¿Qué comen, cómo duermen, qué higiene pueden tener, cómo sanan? Estas son las grandes preguntas que hay que hacerse para entender sus caminos. Son imagen clara de la dureza enorme de los caminos humanos y del inapagable anhelo de libertad. Muestran las profundas heridas que hacen los caminos y la dignidad brillando en todo su esplendor. Son los grandes maestros de los caminos. Como tales habría que mirarlos[17].
  • Los devastadores y solidarios caminos sociales: Los que afectan a los parados que nunca más volverán a trabajar, los de quienes han pasado de situaciones de un cierto bienestar a la angustia de un porvenir absolutamente negro. El paro endémico y la gran desigualdad social son las características principales de nuestra sociedad[18]. Esto obliga a itinerancias devastadoras y a engendrar una resiliente solidaridad que creíamos dormida. Los duros caminos de una crisis cruel que muestran lo peor del corazón humano y también lo más sublime de las entrañas que llevan a echar la vida en el lado de los vencidos.
  • Los extraños y entrañables caminos que van del Norte al Sur: Porque lo lógico es que los empobrecidos vayan del Sur al Norte. Pero en los aeropuertos siempre hay un grupo extraño de personas que sigue empeñado en hacer el viaje en la otra dirección: cooperantes empeñados en que una pequeña parcela de un remoto país salga de la pobreza agobiante, médicos que trabajan en países del tercer mundo en condiciones increíbles, misioneros que han hecho voto de fidelidad al mundo de los pobres, extraños empresarios que creen que el comercio puede ser mezclable a la justicia. No son muchos pero andan los extraños y hermosos caminos de una idea de lo humano que no muere: la simple idea de que toda persona tiene un puesto en el banquete de la vida y que si no lo tiene hay que forzar al sistema para que amplíe la mesa.
  • Los caminos desamparados y abrazados de quienes caminan por nuestras calles: Caminos más desamparados que nunca por el peso excesivo de una crisis de la que ellos no han sido causa. Son caminos andados y desandados, recorriendo todos los lugares posibles, oficiales o no, donde se pueda conseguir algo para el logro de la supervivencia familiar o personal. Caminos que han de tragarse cualquier orgullo, cualquier exigencia, cualquier grito. Caminos de humillación y de silencio. Pero también son caminos abrazados, besados, tocados por gente anónima que sabe los nombres de quienes andan por nuestras calles sin casa, sin horizonte, sin inmediato futuro. Ese abrazo no soluciona casi nada, pero mantiene la certeza de la dignidad y el valor intocable del bien.
  • Los caminos necesarios y aún escasos de las itinerancias ideológicas, religiosas o espirituales: Caminos necesarios para el logro de la amistad cívica, de la convivencia ciudadana, del diálogo intercultural. Caminos andados por personas que, sin atrincherarse en posiciones ideológicas, participan de la mesa del diálogo ciudadano que creen que es más amplio que sus convicciones. Personas que, aun no siendo religiosas piensan que es posible lograr consensos ciudadanos básicos y por ello se lanzan a un camino común, a un diálogo compartido[19]. Anida en ellas la certeza de que eso engendrará otras itinerancias que sean un beneficio para el hecho social.
  • El camino de Santiago, un extraño fenómeno de espiritualidad en un mundo crecientemente secular: Porque más allá de las pegas que se puedan poner a este fenómeno, el  número de caminantes que aumenta cada año y su pertinacia contra el viento de la secularidad llaman la atención[20]. Es un fenómeno que apunta a la espiritualidad, más que a la religión, entendiendo por tal un componente de la existencia humana hecho de búsqueda, de anhelo de sentido, de encuentro con el fondo de la persona, de interrogación a la vida. Se convierte por ello en una metáfora viviente del caminar de la persona sobre la historia y de sus grandes interrogantes. Se sitúa en la tradición más humana desde aquellos lejanísimos años en que la especie homo sapiens decidiera iniciar su increíble camino desde África hasta Australia[21]. Esto muestra que caminar pertenece al ser mismo de lo humano y que ese caminar abarca lo desde lo físico por la mera supervivencia hasta lo más inasible de la espiritualidad. Ser humano es caminar; ser espiritual es caminar.

 

Estos son los maestros que nos muestran la dureza y hermosura de los caminos. Quienes más arduamente viven la itinerancia, quienes saben más de caminos porque están en ellos. Quienes tienen el espíritu permeable y el corazón poroso son quienes pueden enseñar al movimiento franciscano con más propiedad aquello que intuyó Francisco de Asís, el caminante.

 

4. Diez caminos abiertos

 

         Tratando de mezclar anhelo franciscano y mundo contemporáneo y desde las claves expuestas de recuperación de la itinerancia y aprendizajes sociales queremos terminar proponiendo diez caminos que pueden estar abiertos hoy al movimiento franciscano.

a)             El camino de una espiritualidad con valor de mercado: Porque hay que distinguir el valor económico del valor de mercado. Este segundo puede que no sea económico pero es humano y, por ello, puede tener un sitio en el “mercado” de los nuevos tiempos. Eso requiere vivir y proponer una espiritualidad que consideramos valiosa en los lugares mismos del mercado que es hoy el mercado global, virtual en el buen sentido de la palabra. Para ello, habrá que salir de los parámetros medievales y quizá de los religiosos. Vivir y formular un franciscanismo nuevo para un mundo nuevo. Ir a los mercados donde bulle la vida, igual que Francisco en épocas pasadas fue juglar en los mercados[22]. Habrá que ir disipando la sensación de que “el crecimiento exponencial de la información e incluso del conocimiento no se ha visto acompañado por el crecimiento de la sabiduría”[23]. Pues la oferta franciscana quiere inscribirse en esa “sabiduría” que se pone en el mercado de la información.

b)            El camino de una oferta de mensaje en diálogo con otras ofertas: Incluso laicas, seculares. Sacar al franciscanismo, hasta físicamente, de los lugares franciscanos de siempre, religiosos, habituales. Elaborar una espiritualidad franciscana que pueda estar en el lugar de la secularidad con toda su frescura. No hacer arqueología franciscana, sino franciscanismo en diálogo con la sociedad. Para ello, incorporar el mecanismo de “ir a para aprender”. Dar a los aprendizajes sociales categoría de inspiración carismática.

c)             El camino, aún por recorrer, de la interfranciscanidad: Porque hace tiempo que pasó a la historia el que cada grupo del movimiento franciscano haga la guerra por su cuenta. Hace tiempo que descubrimos que somos familia. Pero algo bloquea a los grupos del movimiento franciscano porque la interfranciscanidad languidece, aunque nuestras relaciones sean mejores que nunca. Quizá la incorporación de grupos de laicos de franciscanismo libre y los amantes de lo franciscano no adscritos a un grupo concreto puedan ayudar a este camino de una interfranciscanidad nueva.

d)            El camino de la solidaridad coordinada: Porque no cabe duda de que el movimiento franciscano lleva entre manos muchas y encomiables obras de solidaridad. Pero al número casi imposible de saber de ONGs de todo tipo que existen en nuestro país les falta, siempre lo dicen los analistas, propuestas unitarias que no solamente sean más eficaces, sino que verifiquen la verdad de todas ellas de que les mueve la causa de lo humano[24]. Para ello hay que comenzar a andar el camino de la coordinación desprendiéndose de esa idea de que si no tienes hoy una ONG es que no eres nadie.

e)             El camino del movimiento franciscano en el Camino: Algo que comienza a plantearse, pero siempre con un cierto retraso y sin mucho empuje institucional[25]. Siempre ha habido franciscanos en el camino y los sigue habiendo. Pero hablamos de una conexión del movimiento franciscano con este fenómeno del Camino. Algo que podría concretarse en comunidades de misión y vida con la finalidad de aprender la espiritualidad del camino y aportar ahí, de forma sencilla, los valores de la espiritualidad franciscana que conectan más con la viatoridad de la existencia humana. Serían grupos interfranciscanos, internacionales, interpersonales (laicos y religiosos) dispuestos a la inmersión en la espiritualidad de quien busca, pregunta y ahonda en la experiencia del Camino.

f)              Los caminos del movimiento franciscano en la liminaridad: Un camino que surgió con vigor en el posconcilio con las fraternidades pequeñas, rurales, religiosos en barrios, comunidades de base, etc., donde el movimiento franciscano experimentó momentos de intenso gozo y de gran sufrimiento. Hoy es algo que está casi abandonado o sostenido por grupitos encomiables resistentes a la “destrucción”. Se podría hablar si no hay que repensar el fenómeno, aunque fuera en parámetros históricos distintos. La liminaridad, la profecía, es lenguaje de futuro. “Liminaridad es una tendencia constante hacia la totalidad, la plenitud, la conexión palpable con el Misterio originante que afecta a nuestras vidas tanto si somos conscientes como si no. Es una inclinación interna del espíritu humano que desafía cualquier explicación lógica o racional”[26]. Y para esto, los grupos vitalmente ágiles son más propicios. Si el movimiento franciscano se sistematiza es imposible hablar de caminos, que es algo refractario a la sistematización.

g)             El camino de los grupos de vida sostenible: Algo que se ha propuesto con una verdadera concreción de una vida “sobria honrada y religiosa...dedicada a intentar poner en práctica una nueva forma de vida solidaria y sostenible…por su forma de vida y de consumo, por su participación ciudadana y política..por sus gestos proféticos…por sus opciones proféticas a la hora de elegir medios de transporte, establecimientos comerciales, marcas de ropa y alimentación, consumo energético y formas de pasar el tiempo libre”[27]. Creemos que este sería un camino adecuado para el movimiento franciscano cuya espiritualidad está basada en la minoridad y en el control de la riqueza excesiva. ¿Cómo las instituciones franciscanas pueden llegar a sentirse interesadas por este estilo de vida?

h)             El camino, aun frágil, de los trabajos de Justicia y Paz: No cabe duda de que el movimiento franciscano en general, y muchos amantes de lo franciscano en particular, están interesados por el triunfo de la justicia y la paz. Pero algo nos falta para decidirnos a esos caminos. Es cierto que la espiritualidad de la justicia y la paz nos ha venido tarde. Pero todos decimos, como una obviedad, que este camino es el corazón del programa de Jesús[28]. Sin embargo, ocurre cuando percibimos que los caminos concretos, aunque modestos, por el logro de la justicia, la paz y un mundo más sostenible son poco transitados por el movimiento franciscano. Siempre ha habido profetas y profetisas de estos anhelos que han puesto el alma y a veces la vida en esta lucha. Pero, como movimiento, algo flaquea. De ahí la propuesta de este camino que está, cómo no, al alcance de la mano, a un kilómetro de casa.

i)               El camino, resbaladizo pero necesario, de acompañar los problemas éticos: Cosa siempre delicada. La profecía del franciscanismo ha de serlo de ternura, sobre todo en este sensible y resbaladizo mundo de los problemas éticos. Ahí tendrá que andar el camino de la cercanía con quien no ha tenido buena suerte en sus relaciones matrimoniales; el camino del aprecio a las diversas orientaciones, identidades y comportamientos sexuales; el camino de la sintonía con opciones de relación que no están normalizadas; el camino de la solidaridad con las parejas que ejercen con lucidez su derecho a una planificación familiar; el camino de una honda humanidad con quienes están en el mundo de la prostitución; el camino de la colaboración con quienes sueñan con el señorío sobre la muerte; el camino del compasivo respeto ante las decisiones en torno al aborto. Habría que proponer en todo esto una profecía de ternura desde la espiritualidad franciscana que no juzga nunca cuando anda por los caminos, a veces tortuosos, de la vida[29]

j)               Los difíciles, pero evangélicos, caminos de la mediación política: Algo que puede parecernos lejano. Pero ejercer la mediación política entre contendientes de la que depende, con frecuencia, la vida física de muchas personas es, no se puede durar, obra profundamente evangélica. Y esto conecta con el anhelo profundo de la paz que anida en el corazón de muchas personas[30]. El movimiento franciscano podría pensar en poner en pie una escuela de mediación política donde se enseñara el difícil arte de mediar entre quien siembra muerte. Ese trabajo difícil en los caminos donde transita la locura de la violencia más pura está pidiendo a gritos algún tipo de respuesta.

 

5. ¿Hasta dónde es posible?

 

Es probable que esta clase de planteamientos, de utópicos sueños (en parte logrados, no lo olvidemos) puedan parecer inalcanzables y, por lo tanto, mejor dejarlos para no crear una nueva frustración. Pero como se trata de ver si la espiritualidad franciscana puede conectar con los caminos de hoy y en esto se juega mucho del sentido de tal espiritualidad, necesitamos encontrar una manera de que el desaliento quede superado por la hermosura de lo posible.

 

  • Dificultades y posibilidades: A priori decir que esto es sencillo resulta una ingenuidad. A las dificultades propias de estructuras ya muy hechas (por no decir con una cierta esclerosis) se añade la dificultad de elaborar los vaivenes sociales, Si se suma a esto la lejanía, el temor y los interrogantes que sufrimos los adultos, la conclusión es, como decimos, que esto no es fácil. Pero estos inconvenientes no merman para nada las posibilidades que sugieren estos caminos. Su posibilidad de futuro es similar al de la utopía y el sueño: sirven para andar, aunque no se llegue nunca a tocarlos.
  • La permeabilidad de las estructuras: Porque muchas personas han llegado a la conclusión de que las estructuras son impermeables. Pero eso contradice la evidencia histórica de que estructuras tan férreas o más han aceptado planteamientos de cambio. La lucha contra el muro de las estructuras para hacerlas más permeables a planteamientos que dimanan de los caminos propuestos quizá sea más eficaz si se logra hacer ver la mejora que esos caminos pueden aportar a tales estructuras, la revitalización de la espiritualidad franciscana que puede surgir si se andan estos terrenos poco hollados.
  • La búsqueda de consenso: Cosa que puede ser una herramienta óptima de valoración positiva de los caminos de hoy. Ir por libre en esto es abocarse al fracaso. El logro de consensos, por sencillos que sean, puede abrir puertas insospechadas. Y hay que añadir que este logro no se hace ni por imposiciones, ni por disposiciones normativas, ni por votaciones ganadas, sino por corazones entreverados, por simple que suene.
  • La resiliencia ad intra y ad extra: Ya que pretender cambios de rumbo por medios rápidos, eficaces y mágicos es absurdo. Se requiere esa tenacidad que recrea situaciones, la capacidad de elaborar conflictos para salir reforzados, la hidalguía de mantener sonrisa y posiciones sin querer herir a nadie. Una resiliencia que hace de los desafíos un lugar de discernimiento, de replegarse a la interioridad para salir con más fuerza al encuentro de la vida ciudadana.
  • Una llamada a la utopía desde el realismo más cotidiano: La utopía, necesaria como el pan de cada día, remendando a Gabriel Celaya. Y el realismo igualmente necesario. Una utopía luminosa pero con carne; un realismo que no sea abrasivo y ramplón. Pero sin esta clase de elementos, abrirse a caminos nuevos puede parecer empresa imposible.

 

Conclusión

 

         Al terminar esta reflexión, queremos recoger en cuatro o cinco asertos las impresiones que se desprenden de ella:

  • No cabe duda que, a pesar de la debilidad institucional de los grupos franciscanos tradicionales, hay un indudable afán por vigorizar los carismas. Pues bien, el tema social y espiritual de los caminos puede ser una herramienta de vigorización en la que pueden converger tanto aquellos grupos como todos los que pueden inscribirse en el movimiento franciscano en general (incluyendo movimientos o oficiales o simples simpatizantes).
  • El movimiento franciscano tiene un reto en el tema de la itinerancia no tanto para volver a la mera itinerancia física, sino para establecer un tipo de vivencia del carisma flexible y porosa, capaz de dejarse influenciar por el hecho social como instancia de inspiración carismática.
  • Caminar con quienes caminan es el modo mejor de aprender la hermosura de los caminos y animarse a superar la mordedura de sus aporías. De ahí que cualquier reflexión se resuelve en la decisión de andar caminos, sea cual sea la manera.
  • El movimiento franciscano cree que la sociedad está esperando algo de la espiritualidad franciscana. Y posiblemente es cierto. Pero, ¿espera algo el movimiento franciscano de la sociedad? Porque mientras la sociedad no sea objeto de esperanza ¿habrá posibilidad de hacer una oferta realista de espiritualidad franciscana?
  • Terminamos con una alusión a 2R 3,14: “Y les está permitido, según el santo Evangelio, comer de todos los manjares que se les sirven (cf. Lc 10,8)”. La libertad del consejo evangélico que Francisco ofrece a sus hermanos, extraña en aquel tiempo y hasta escandalosa, revela la opción por el Evangelio antes que ninguna atadura a normas o leyes. Es una fuerte llamada a la libertad. Y si con ese consejo quiere oponerse a los cátaros para plantear la bondad de todos los alimentos, sigue el tema de la libertad. Para el tema de los caminos hace falta una dosis supletoria de libertad. Sin ella, la utopía se frustra. Que la libertad sea el aliento de nuestros caminos.

 

Fidel Aizpurúa Donazar

ESEF Madrid



[1] Sí que sería interesante tener números actualizados, al menos de España, sobre todos los grupos franciscanos, hermanos, hermanas y laicos, sobre sus múltiples actividades evangelizadoras para percatarse, por vía de la estadística, del innegable vigor del grupo franciscano. Se han hecho loables intentos parciales como el libro de J. GARCÍA ORO, Los frailes menores, la familia de Francisco de Asís en España, Madrid 2002.

[2] VerAl 11.

[3] Cf  J. GALTUNG, La meta es el camino: Gandhi hoy, México 2009.

[4] VC 54-55.

[5] D. O’MURCHU, Rehacer la vida religiosa, Madrid 2001, p.149.

[6] Cf 1R 14; 2R 3.

[7] El film de R. Rosellini, Francisco: juglar de Dios que la crítica califica de “florecillas subversivas” traduce en imágenes “sobre las auténticas rutas del santo de Asís, la inefable visión del mundo del hermano Francisco, y su corte de mendigos rezadores, sonrientes e iluminados”: A. FERNÁNDEZ SANTOS, “Florecillas subversivas”, en El País, 3 de octubre de 1982.

[8] TestCl 5

[9] Sí que está en las Clarisas Franciscanas Misioneras cuyo lema es “Contemplativas como santa Clara; itinerantes como san Francisco”.

[10] Pintores “malditos” como Caravaggio; directores de cine con similar “maldición” como Roberto Rosellini o Liliana Cavani; literatos que soportan, así mismo, la condena del sistema como Darío Fo o José Saramago. Todos ellos han escrito sobre Francisco. Y desde sus presupuestos lo han hecho tan magistralmente que el fondo de sus obras conecta con el espíritu franciscano.

[11] El imaginario franciscano, lógicamente, va muy ligado a la ideología y a las vivencias elementales.

[12] “Todo cambia” pregonaba hace ya muchos años la canción de Mercedes Sosa.

[13] L. IRIARTE, Vocazione franciscana, M. Casale 19912, p.136.

[14] G. BINI, Fraternitas,  nº 27, diciembre 1997.

[15] K. ESSER, Temas espirituales,  Oñate 1980, p.118.

[16] D. FLOOD, Francisco de Asís y el movimiento franciscano,  Oñate 1996, p.117.

[17] “Las condiciones de vida en los países de origen y las leyes de protección de fronteras en Europa empujan a hombres, mujeres y niños de África a un infierno interminable de soledad y clandestinidad por los caminos de la emigración” (Santiago Agrelo, obispo de Tánger).

[18] Así lo dice con claridad el último informe de la Fundación FOESSA, Precariedad y cohesión social. Análisis y perspectivas 2014.

[19] “Sigo pensando que las tres propuestas enunciadas tienen cabida en las manifestaciones religiosas más civilizadas. Primero, un intento ecuménico que vaya más allá de las diferencias entre las distintas iglesias y que se proponga unir en lugar de separar. Segundo, el empeño en la búsqueda de una ética universal, aprendiendo a distinguir lo específico de la fe y lo que debe valer para todos, creyentes y no creyentes, pudiendo aportar, al mismo tiempo, motivos específicos de compromiso moral. Finalmente, el cultivo especial de lo espiritual, propio de las religiones, las hace especialmente idóneas para ofrecer modos de vida alternativos al consumo enloquecido, al individualismo y al hedonismo que excluyen de la vida de las personas el cultivo del espíritu y la calma para la reflexión”: V. CAMPS, “La religión y lo razonable”, p. en D. BERMEJO (Ed.), ¿Dios a la vista? Ed. Dykinson S.L., Madrid 2013, p.182.

[20] Más de 200.000 peregrinos en 2014 según la Federación de Camino de Santiago.

[21] J. SAMPEDRO, “La otra salida del hombre desde África”, en El País, martes 22 de abril de 2014, pp.32-33.

[22] Cf TOMÁS, archidiácono de Spalato, Historia Salonitanorum,  en BAC 399, Madrid 1991, p.970.

[23] J.J. RUEDA, “Datos o sabiduría”, en Heraldo de Aragón,  sábado 19 de abril de 2014, p.70-

[24] Una cifra razonable estaría en torno a las 100.000 contando las ONGs nacionales y autonómicas.

[25] Últimamente se empieza a hablar de fraternidades internacionales en el camino: Observaciones del hermano Mauro Jöhri, ministro general de los Capuchinos, al II Capítulo de la Provincia Capuchina de España.

[26] D. O’MURCHU, op.cit., p.51.

[27] J. EIZAGUIRRE,  Una vida sobria, honrada y religiosa Propuesta para vivir en comunidad, p.140-141.

[28] Cf Mt 5,9.

[29] “No juzguen a otros”: 2R 3,10.

[30] Según la clasificación de Amazon.com la frase más subrayada del libro más subrayado (la Biblia) es “La paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”: Filp 4,7.

¿UNA RELIGIÓN SIN EL DIOS DE LA RELIGIÓN?

 

 

¿UNA RELIGIÓN SIN EL DIOS DE LA RELIGIÓN?

 

Introducción

 

         ¿Por qué este tipo de reflexión? Hay quien considera que el tema de dios ya no merece estar en la mesa del diálogo. Se ha hecho tan innecesario que ya no evoca nada. Este cansancio de lo divino lleva, incluso a la persona creyente, a hablar de dios sin pasión. Parece que solamente los fanáticos hablan de él con ardor. Y ese ardor apaga aún más las pocas ganas que la persona racional tiene de proponer el tema de dios como tema de encuentro dialogal. “Parece como si los recursos verbales de nuestra cultura se hubiesen agotado (Steiner), y, con una enorme pasividad e indiferencia, asistimos a la ‘muerte gramatical de Dios’ y a un empobrecimiento alarmante de las posibilidades expresivas del ser humano”[1]. Una extraña fatiga afecta, casi por igual, a increyentes y a no pocos creyentes a la hora de replantear, desde un pretendido ángulo nuevo, el tema del dios de la religión y sus avatares. Y por otro lado están los detractores de la teología a la que consideran como un timo, cuando no una patología[2]. Tímidamente algunos teólogos siguen sosteniendo que es preciso seguir hablando de dios y que hay que hacerlo racional y bondadosamente. “Merece la pena decir Dios, decirlo bien”[3].

Lo cierto es que “lo religioso” pervive verdeante en nuestra sociedad. ¿Qué contiene ese concepto de “lo religioso”? ¿Lo que los mecanismos religiosos han entendido siempre? ¿Otra cosa? Los autores se preguntan con sensatez: “¿Se ha despedido precipitadamente a la religión sin haber traducido adecuadamente el ‘núcleo esencial’ antropológico al que responde? ¿Se ha agotado la razón secular en cuanto garante de fundamentación última, única, absoluta, y la religión ofrece motivaciones aprovechables para el déficit axiológico de una democracia que no puede imponer la solidaridad que requiere o, incluso, buenas razones para ser tenida en cuenta como interlocutor en el debate público sobre cuestiones de interés común? ¿Responde la religión a necesidades, deseos e ideales que la razón secular no puede ni extirpar, ni satisfacer, ni necesitar?”[4].

Pero no son solamente cuestiones reflexivas las que empujan a la pregunta sobre el tema dios-religión sino prácticas, familiares incluso. El dato sociológico de que el 73,9% de los españoles se considere católico[5] no disipa la evidencia de que el componente religioso no hace parte de la verdad antropológica de nuestros más inmediatos familiares: en la misma casa conviven personas mayores altamente religiosas y jóvenes sin bautizar. Y en esa casa, en la que reina la buena convivencia y el amor, el envoltorio existencial que aglutina a todos es la inexistencia de la religión. ¿Se ha de dejar el dato como está o merece la pena dedicarle un esfuerzo reflexivo?

El espíritu humano siempre está haciéndose preguntas desde todos los lados, tanto el científico como el ideológico. La pregunta y hasta el error son los motores del avance humano más que el pensamiento consolidado y sistémico. La pregunta sobre el futuro de la religión (no la de la religión católica únicamente) es tan estremecedora como la cuestión de si se puede sintetizar vida en el laboratorio, si se puede llegar hasta el momento inicial del big bang o si se puede reproducir el ADN de un individuo de hace medio millón de años a base de secuenciar el ADN mitocondrial de su fémur. Nunca como ahora el espíritu humano había tenido que soportar tantas preguntas de ese género. Nos parece, como decimos, que la pregunta sobre el futuro de la religión está en ese cuestionario.

Una última nota introductoria: quizá para hablar con perspectiva correcta sobre el tema que nos proponemos haya que acostumbrarse a nombrar la realidad de dios con minúscula. No como signo de irreverencia y menos aún de ateísmo[6]. El dios con minúscula no es menos dios sino dios más adentro de la estructura humana.  Porque para hablar de dios en modos distintos quizá haya que liberarse del Dios con mayúscula, de la opresión de un dios que se sobrepone a la realidad histórica como una superestructura, como algo añadido a lo humano que, estando por encima, lo dirige y condiciona. El dios de la minúscula quizá sea el dios de la libertad[7]. Más aún, quizá habría que desechar, como lo hacen ciertas teólogas, el mismo vocablo de dios que se identifica con la masculinidad y su androcentrismo e inventar un nuevo anagrama para nombrar el fondo del misterio[8]. Habrá quien piense que esto es muy secundario, y quizá sea así. Pero no se puede dudar que nuestro lenguaje y hasta nuestros signos gráficos denotan desde dónde queremos plantear la realidad de dios en relación con la historia.

 

1. Algo que viene de lejos

 

Como se puede suponer, no somos los primeros en hacernos este tipo de preguntas. La cosa viene de lejos. Se puede desvelar en la teología un itinerario reconocible que data de antiguo (desde la gran “falla” de la Ilustración, Feuerbach) pero que en la modernidad ha cobrado un vigor que no decae. Las raíces están en los trabajos de la modernidad por construir una cosmología, una ciencia, un pensamiento, desligados de la tutela religiosa. Es el ansia prometeica de emanciparse del dominio de los dioses para andar los caminos de lo humano en la libertad hermosa y en la “tristeza” histórica de ser persona (como decía L. Panero). Es el esfuerzo titánico de construir el propio destino arrebatando esa prerrogativa a los dioses, para lo que habrá que liberarse del temor y de la culpa, empresa gigantesca.

         Vamos a consignar los hitos más recientes para llegar hasta hoy mismo. La raíz de este anhelo tremendo de libertad ante lo divino puede ser vista, modernamente. en la figura y pensamiento de Nietzsche. Según María Zambrano, el dios al que mató Nietzsche era el dios de la filosofía, aquel creado por la razón. Nietzsche decidió volver al origen, hurgar en la naturaleza humana en busca de las condiciones de lo divino. Con Nietzsche se fraguó la libertad trágica según Zambrano, exultante según el propio Nietzsche y con ella la recuperación, en lo divino, de todo aquello que, definido por la filosofía, había quedado oculto. De esta manera, Nietzsche destruyó los límites que el hombre había establecido para el hombre; recuperó todas sus dimensiones, y por supuesto «los ínferos», los infiernos del alma: sus pasiones. Y en los infiernos: la oscuridad, la nada, lo opuesto al ser y la angustia. La nada ascendió entonces desde los infiernos del cuerpo y penetró por vez primera en la conciencia ocupando allí los lugares del ser[9]. Todas las ironías nietzeanas, todos sus exabruptos, sus terribles anatemas y hasta sus maldiciones pueden ser entendidos como una profecía de libertad, la evidencia de que anida en el corazón de lo creado el irrefrenable anhelo de respirar el aire puro de la dicha total.

         Pero más cerca de nosotros nos detenemos en la figura de Bonhoeffer, el moderno teórico del etsi Deus non daretur, aunque en realidad, lo que dice este autor es no tanto que el presupuesto de dios no se dé, sino que tal presupuesto ha sido desplazado del centro religioso que ha ocupado siempre hacia unos márgenes que casi lo echan de “la aldea”, pero que su anhelo es hacer parte de esa aldea no como centro religioso, sino como, en profunda unión que no reivindica ser centro, como elemento componente. “La mayoría de edad nos conduce a un verdadero reconocimiento de nuestra situación ante Dios. Dios nos daría a conocer como quienes manejan sus vidas sin Él. El Dios que está con nosotros es un Dios que nos abandona. El Dios que nos deja vivir en el mundo sin la hipótesis funcional de Dios, es el Dios ante quien continuamente estamos. Ante Dios y con Dios, vivimos sin Dios…Dios es débil e impotente en el mundo, y ésa es precisamente la manera, la única manera como Él está con nosotros para ayudarnos”[10]. La indudable componente espiritual de este autor (su magnífica veta mística) junto con su aguda percepción de lo que ocurría en su sociedad por encima de episodios concretos (muy duros, como el nazismo que se lo llevó por delante) dieron como resultado un tipo de planteamientos de cara a un nuevo paradigma del mundo y de la espiritualidad que aun hoy día nos estremecen.

         La mal llamada “teología de muerte de Dios” retomó a su manera esta clase de intuiciones. La obra de personajes como Van Buren o Tillich incidieron en ese afán místico y político a la vez de recuperar la “dimensión perdida” de la profundidad donde se unen la evidencia de la verdad de la persona y la verdad de lo que decimos cuando hablamos de dios. Ese lugar de confluencia no es el marco religioso o sociorreligioso, sino el nivel de la profundidad. “Cuando hayáis conocido que Dios significa profundidad, sabréis mucho de él. No podréis entonces llamaros ateos o increyentes, porque tampoco podréis ya decir ni pensar: ‘la vida no tiene profundidad, la vida es superficial, el ser mismo es sólo superficie’. Solo cuando podáis decir esto en toda su seriedad seréis ateos; si no, no lo seréis. El que sabe de la profundidad, sabe también de Dios”[11]. Estamos apuntando a un paradigma secular, laico, fuera de los parámetros religiosos, pensando a dios en otro lugar que el habitual de la religión.

         La publicación en 1963 del libro de J. A. T. Robinson, Honest to God [12] fue un aldabonazo en la conciencia de quienes lo leyeron. Es evidente que su profecía del cristianismo sin religión, de la santidad mundana sigue, habiendo pasado tantos años, plenamente vigente. Pero “para este hombre lleno de Dios, la cuestión central no se trataba de la realidad de Dios –que para él era indiscutible-, sino de la forma anticuada con la que tradicionalmente se proclama ese Dios. Robinson logró, de hecho, progresar bastante en la tarea de demoler los ‘moldes’ religiosos del cristianismo del pasado, y señaló con facilidad y claridad todo aquello que ya no funcionaba”[13] El tiempo haría ver que, más allá del discernimiento sobre las formas religiosas, hay un cuestionamiento del paradigma ideológico, de la misma idea de dios en la que se encuadra la creencia e, incluso, la increencia.

         “Tal vez no haya en el mundo académico cristiano con quien yo me haya identificado más que con John A. T. Robinson”, afirma John Shelby Spong, obispo emérito de la Iglesia Episcopaliana de Estados Unidos cuyos libros han estado rodeados de polémica y cuyas posiciones explícitas a favor de la inclusión de homosexuales y lesbianas en la vida y el amor del Cuerpo de Cristo le ha ganado muchos enemigos. Su reciente libro Un cristianismo nuevo para un mundo nuevo se quiere, explícitamente, sucesor de Robinson yendo más allá de aspectos formables y apuntando al núcleo de la propuesta creyente. Su relectura posteísta del cristianismo “vuelve a repetir algo que de alguna manera ya fue dicho, pero que tiene el mérito de hacerlo con mayor claridad, con nueva profundidad y con renovada exigencia” (J. M. Vigil). Sin renunciar a su pertenencia religiosa, ha formulado propuestas que se sitúan en esa “tierra de nadie” que es el nuevo paradigma teológico y social que está tomando carta de ciudadanía en nuestra sociedad.         Desde la perspectiva de la espiritualidad es preciso reseñar aquí los planteamientos de M. Corbì sobre una espiritualidad laica[14]. Y desde ahí, este mismo autor propone una teoría para una lectura de la Biblia en condiciones epistemológicas de sociedades desarrolladas lo que lleva a una verdad “vacía”: “Esa Verdad inasible es la revelación, es la salvación, es la plena e inconcebible realización humana, es la calidad humana profunda, raíz y fundamento de toda calidad, tanto individual como social”[15]. Esta espiritualidad está cada día más asentada en la tierra de nadie del mundo secular no como visitante provisional, sino como vecino de pleno derecho. La contribución de este tipo de espiritualidad al nuevo paradigma es evidente.

         Quizá sea oportuno terminar recordando al conocido y ponderado jesuita D. Lenaerts cuyo libro Aunque no haya un Dios ahí arriba quiere establecer una especie de puente entre el Dios de la religión y el dios sin religión. A veces parece intuir otro camino religioso distinto, si es posible, al normal, al común. En sus conclusiones hace una propuesta que puede abrir una vía nueva: “Bajo el tradicional nombre de ‘Dios’, el cristiano moderno ya no sigue viendo el dios-en-las-alturas antropomórfico, sino el Misterio original, la Realidad primera, cuya autorevelación progresiva va siendo el cosmos mismo, y en él, sobre todo, el propio ser humano. Y como la esencia de este misterio original es el Amor, entendiéndolo no tanto como un sentimiento de ternura, sino como un torrente de energía, este Misterio impulsa sin cesar a que el ser humano salga de sí mismo y se entregue a su prójimo. Esta salida de sí se convierte en la norma del actuar ético. Qué sea ‘bueno’, ya no se sigue definiendo por su acuerdo con la tradición, la costumbre o la ley, sino por su procedencia desde el amor”[16].

 

 

 

 

2. Aporías y posibilidades de la religión

 

         Necesitamos una mirada lo más ecuánime posible sobre la religión que es, en general, más que la concreción del hecho religioso. Una mirada que, admitiendo una indudable dosis de sentido crítico, sea equilibrada para arrostrar con buen talante sus aporías y percibir con benignidad sus posibilidades en la medida que las tenga. Esta mirada va de la mano con la convicción de que la religión tiene conexiones con lo razonable. Así lo dejan ver grandes filósofos del siglo XX como J. Rawls o J. Habermas. Este último llega a afirmar que “en nuestros días, vuelve a encontrar resonancia el teorema según el cual únicamente la orientación religiosa hacia un punto de referencia trascendente puede sacar del callejón sin salida a una modernidad arrepentida”[17]. No es el recurso a la mera práctica religiosa sino “la orientación hacia un punto de referencia trascendente” lo que puede mostrar lo razonable de una actitud religiosa.

         Necesitamos una mirada razonable sobre el hecho religioso y, además, una perspectiva sobre él que no sea solamente la de entender la religión como “una especie de necesidad derivada de la conciencia de finitud humana, de la inseguridad y vulnerabilidad de nuestra condición” como aseguran muchos pensadores agnósticos o, incluso, creyentes[18]. Es perspectiva puede ser entendida como “un presentimiento o una corazonada profunda en el ser humano de pertenecer a una realidad más grande y trascendente”[19]. Quizá no sea una explicación muy profunda de un anhelo hondo; pero el tal anhelo parece estar ahí.

         De cualquier manera, ante la postura de muchas personas religiosas que interpretan este tipo de reflexiones como un ataque en la línea de flotación  de su experiencia creyente y las personas agnósticas o ateas que negativizan a las instituciones religiosas atacándolas en sus flancos más débiles se desea encontrar algún tipo de tercera vía. Se trataría de valorar las aporías y posibilidades del hecho religioso desde el equilibrio de un diagnóstico bien elaborado, alejado de pasiones interesadas o de propósitos que tienen que ver con la supervivencia en el poder.

 

a) Aporías

 

         Son ese tipo de situaciones que provoca el hecho religioso y que se palpan en la inmediata existencia ciudadana. Son, pues, hechos de vida cuya solución no está hoy al alcance de nuestra mano sino en medida limitada.

 

1)    La sensación de marginalidad social: Con un calado más o menos benigno se percibe que situarse en parámetros de religión, incluso razonable y contemporizadora, provoca, con rechazo o sin él, una indudable marginalidad social. Ser religioso no entra en la corriente del hecho social, es un estar en un limbo sociológico que lleva a la conexión social por otros cauces. Tu religión no cuenta, aunque se te tolere como religioso.  Religión y sociedad están lejos. Aquella camina contigo en la medida de tu conexión social sin contar con tu postura religiosa; esta pretende en vano que el hecho social contenga lo religioso. Se dice que Europa es ya de hecho post-cristiana, aunque social y culturalmente siguen siendo mayoritariamente cristiana…quizá sea prematuro afirmar que Europa sea ya post-secular, pero indicios suficientes apuntan en esa dirección en un futuro no muy lejano. Esos “post” es lo que llevan al sentimiento de marginalidad, más allá del arraigo cultural o incluso de prácticas religiosas verdeantes de mayor o menor calado. Al final la aporía se resuelve en una tolerancia que sabe, por ambas partes, que el hecho social sigue más allá y a pesar de lo religioso. Encajar esta sensación con holgura y humanidad puede ser una puerta que abra a la integración social de ambas posturas.

2)    La evidencia de que el hecho religioso sostiene el sistema imperante: Sistema que es, desde el punto de vista tanto político como económico, propiedad de los vencedores. Que las religiones se despeguen de su lastre histórico de apuntalamiento sistémico es, prácticamente, imposible. La devolución del componente profético a la experiencia religiosa, lo que justamente la opondría a los sistemas imperantes, se presenta como una aporía, más allá de la evidente existencia de muchas personas religiosas que han situado su vida, a contracorriente del mismo hecho religioso, en el terreno de la profecía. Pero, globalmente hablando, las religiones apuntalan el sistema y verse libre de este peso tóxico se presenta como una empresa prácticamente imposible. No se soluciona esto haciendo gestos, aunque estos hablen el lenguaje del futuro y muestren de manera práctica que la realidad es cambiable. Se precisa un auténtico desmontaje de la estructura religiosa que, hoy por hoy, y tanto desde el punto de vista cultural como religioso, es imposible. La certeza de que la más cruda realidad puede ser transformable ha de alimentar la utopía de otra posible situación convencidos de que “no hay nada que justifique la inmutabilidad social”[20].

3)    Incoherencias e hipocresías que generan “odio social”: Esta es otra realidad, por dura que se quiera, y que, mantenida sin atisbos de demanda de perdón o de correctivos reales que sean percibidos por la sociedad como un situarse de otra manera ante el lado frágil de la estructura religiosa, generan un “odio social” que se confunde con un rechazo a la religión, pero, en realidad, es un rechazo a un comportamiento más que discutible. Problemas de moral sexual como la estigmatización de los gays u otras opciones sexuales no convencionales, el encubrimiento de conductas delictivas en torno a la pederastia, rigidez en materia de moral matrimonial, etc., o cuestiones de tipo económico como el asunto de las inmatriculaciones, la no voluntad de llegar a una financiación económica propia de la comunidad cristiana manteniendo el aumento de la participación en los impuestos del IRPF, o en materia social como el desamparo a los muertos y represaliados por la dictadura junto con el ensalzamiento de los mártires del lado vencedor, son en España algunos de los animadores de un “odio social” que no habría que confundir con ninguna persecución, sino con un posicionamiento estructural que lleva a la iglesia católica en concreto a una aporía de muy difícil solución en el mantenimiento de los parámetros actuales.

4)    Dificultad para  mezclar el sentido crítico a la estructura religiosa: Es una verdadera aporía, una situación básicamente sin salida ya que el problema de la falta del componente crítico no se soluciona en una escala de más o menos, sino en una actitud nueva en que no solo no se tema al posible error, sino que se lo vea como una condición de posibilidad de la madurez. Quizá sea difícil mantener el equilibrio entre un relativismo que borra cualquier relieve al pensamiento y a la vida y una falta de libertad y de sentido crítico que infantiliza y esclaviza. “No caigamos en la dictadura relativista posmoderna que al fin y al cabo es la mejor aliada de la cultura consumista; ni caigamos en la dictadura premoderna encarnada en todas aquellas instituciones que se autoproclaman poseedoras de la verdad revelada. Las dos son incompatibles con una izquierda que busca, por un lado, la justicia económica y social y por el otro una libertad cultural y moral que permita a las personas conquistar el sentido de sus vidas a través de la experiencia”[21]. De cualquier manera, luchar contra el relativismo desde la no libertad es una exigencia que lleva a cualquier religión a la vía muerta de lo imposible.

 

b) Posibilidades

 

         Son posibilidades reales, aunque no sea fácil determinar su perfil, que son reconocidas por personas, incluso agnósticas, que analizan con equilibrio el hecho religioso. Consignemos alguna de ellas: “Sigo pensando que las tres propuestas enunciadas tienen cabida en las manifestaciones religiosas más civilizadas. Primero, un intento ecuménico que vaya más allá de las diferencias entre las distintas iglesias y que se proponga unir en lugar de separar. Segundo, el empeño en la búsqueda de una ética universal, aprendiendo a distinguir lo específico de la fe y lo que debe valer para todos, creyentes y no creyentes, pudiendo aportar, al mismo tiempo, motivos específicos de compromiso moral. Finalmente, el cultivo especial de lo espiritual, propio de las religiones, las hace especialmente idóneas para ofrecer modos de vida alternativos al consumo enloquecido, al individualismo y al hedonismo que excluyen de la vida de las personas el cultivo del espíritu y la calma para la reflexión”[22]. Desde aquí podemos subrayar estas posibilidades:

 

1)    La posibilidad de proponer preguntas que humanizan: Dado que toda religión es a la base un modo de humanismo, su preocupación por la situación de los frágiles sociales le hace formular una serie de preguntas que, a la larga, contribuyen a responder a la gran pregunta del sentido de la historia. Esas preguntas son de este tenor: ¿Dónde dormirán hoy los pobres? (E. Arns), ¿En qué orilla va cayendo tu vida, en la de los oprimidos o en la de los opresores? (E. Schillebeeckx), ¿A qué tribunal acudirán los pobres? (L.G. Carvajal), ¿Cómo duermen, comen, defecan, sanan, los africanos que viven desde meses en el monte Gurugú? Aunque no lo parece son preguntas que apuntan a la gran pregunta de la historia: ¿cuál es el sentido de nuestro caminar por este mundo? Y las religiones, hermanadas con el pensamiento humanista profundo, responden: “Vivir con y para el otro”[23]. Cuando las religiones dan respuestas para todo terminan justificando el sistema imperante; cuando plantean preguntas sobre el sentido elemental de lo humano en maneras sociales terminan abriendo un horizonte a la vida.

2)    La posibilidad de mantener abierta la puerta al Misterio: Porque el consumo enloquecido, el individualismo con carta de ciudadanía social y los intereses de poder siempre activos cierran la posibilidad de entrar a los umbrales del misterio. Más aún, las religiones, con frecuencia, han bloqueado el Misterio poniendo en su antesala otros misterios inventados por ellas para desviar la atención y mantener así un estatus que nada tiene que ver con la generosidad espiritual. La religiones han de quitar las “losas” que ellas mismas pusieron y dejar lo más expedito posible el camino hacia el Misterio. Y este trabajo lo pueden hacer. Para el cristianismo en concreto “Jesús será la puerta de entrada a lo sagrado…pero habrá otras puertas para otras personas. El Dios que es la Base del Ser no puede ser amarrado por nada, ni tampoco por nuestras reivindicaciones religiosas. Una vez entendido esto, es evidente que nadie debe denigrar  las puertas por la que otras personas pasan en su peregrinación hacia la búsqueda de Dios. Jesús fue y es una presencia de Dios a través de la cual entramos en el reino de lo divino, un reino que trasciende toda frontera religiosa”[24]. Para hacer este camino, como dice Corbí, el camino quizá sea el silencio interior y el fruto el conocimiento silencioso[25]. Es así como las grandes tradiciones religiosas puede colaborar para proponer el legado del pasado en una nueva situación cultural.

3)    La persistencia en proponer el amor como camino espiritual de humanización: Es verdad que todas las religiones hablan del amor; es verdad que casi todas ellas lo conculcan. Pero esa tenacidad, más allá de fragilidades, incoherencias e incluso hipocresías, puede ser reorientada. Las religiones habrían de ser voceras de la vigencia del amor. “El amor se manifiesta en la disposición humana de aventurarse más allá de las fronteras, con el riesgo de perderse y hasta en el deseo de explorar los intersticios de lo desconocido. El amor crea estabilidad, pero no estancamiento. El amor nos llama a existir, expande nuestra vida al fluir a través de nosotros. Si el amor es bloqueado, muere. El amor tiene que ser compartido, si no, deja de ser amor. El amor nos une en comunidades cada vez mayores. El amor nos libera de las definiciones peyorativas que llevan a la exclusión. El amor transciende las barreras, une y atrae. El amor intensifica la vida”[26]. Este amor es el que las religiones pueden mantener ofertable y vivo. Puede ser su gran contribución al hecho humano. Si son capaces de relegar a un segundo plano su componente dogmático, estructural y normativo y ponen el amor como prioridad evidente, las religiones contarán en el concierto de lo humano.

4)    La posibilidad de desgajar una ética de mínimos del magma estructural: Así lo decía V. Camps y muchos otros, como H.Küng, han trabajado con denuedo por este ideal[27]. Esta es una posibilidad que se abre a las religiones, aunque estas tienden a elaborar éticas de máximos. No se les demanda la renuncia a ese tipo de ética sino que colaboren en los mínimos éticos que constituyen el cimiento real de su misma ética de máximos. Y ahí la posibilidad de aportación de las religiones es grande en la medida en que se comprometan a las grandes causas de la vida como son el respeto al medio ambiente, la preservación y cuidado de la vida, la inviolabilidad de la dignidad humana, la defensa de los derechos humanos, etc. Aunque sean campos de contenidos con frecuencia muy resbaladizos lograr una ética de mínimos a nivel mundial sería un paso de gigante en la historia humana y en el alborear del reinado de Dios.

5)    Posibilidad de una aportación positiva al concierto de la ciudadanía: Precisamente por via de la espiritualidad. Es cierto que las religiones históricas han sido y son todavía con frecuencia un obstáculo real a la armonía ciudadana ya que lo cívico no ha sido considerado por ellas como una prioridad. Pero también es cierto que el potencial de la espiritualidad puede hacer de dique al consumismo, al individualismo y a la explotación, que son los grandes obstáculos para el logro de una ciudadanía madura y equilibrada. Las religiones en general, y el cristianismo en particular pueden colaborar a la ciudadanía en la medida en que entiendan el hecho humano bajo la certeza de hacer parte de un destino común. “La apuesta del cristiano, privada de pretensión absoluta, no impide entonces la confrontación y el diálogo con los demás. El cristiano es aquel que escucha y busca el fundamento de un destino común. Quizá esté ahí, en este difícil y arriesgado tránsito, la posibilidad de que la iglesia pueda reanudar las relaciones con el mundo”[28]. Esta certeza del destino común puede animar a las tradiciones religiosas a lanzarse sin reticencias al básico campo de la ciudadanía para tratar de amasar ese cimiento con el componente de la espiritualidad.

 

Muchos se han hecho la pregunta de si el mundo sería mejor sin religiones y hay quien han dicho que sí. Sin embargo, creemos que hay aquí, en tiempos de secularidad, un camino que andar. El eslogan de Corbí, “sin mitos, ni símbolos, ni creencias, ni religiones, ni sacralidades que proclamen los colectivos”, con tener a su favor el futuro, tiene que ser trabajado[29]. Más aún creemos que en ese nuevo ámbito, como lo cree Corbí, las tradiciones religiosas, si derivan al terreno de la saludable laicidad, tienen mucho que aportar.

 

3. ¿Con religión o sin religión? Dos propuestas

 

         Son muchos los caminos que se abren cuando se plantea el futuro del hecho religioso. Dentro de aquellos que ofrecen una alternativa de espiritualidad hay quienes postulan que la nueva espiritualidad no ha de ser religiosa y otros que siguen manteniendo la posibilidad de la religión con muchos matices. Entre los primeros tomamos como ejemplo a Marià Corbí[30] y entre los segundos a José Arregi[31].

         Para Marià Corbí, la clave para entender la crisis actual de las religiones en el Primer Mundo no es la quiebra moral de la sociedad moderna, ni el materialismo de las sociedades del bienestar, ni la simple autonomía de las realidades terrestres (secularización). La clave está en que las religiones aparecieron en una época determinada de la historia, en una formación social concreta, la sociedad agraria, y en ella ejercieron funciones de control social, de programación colectiva, de cohesión, de refuerzo ideológico autoritario… hasta constituirse en piezas esenciales de ese tipo de sociedad agrario. La religiosidad o espiritualidad del ser humano se había expresado en el Paleolítico de una determinada manera, y en la época agraria se dio una transformación radical: la misma religiosidad o espiritualidad fundamental -la que acompaña al ser humano por su propia naturaleza-adoptó una forma enteramente nueva, en simbiosis profunda con el tipo de sociedad agraria: la religiosidad de creencias. 

La época en la que vivimos está atravesada por cambios radicales que afectan a todas las esferas de nuestra vida, incluida la religión. Según Corbí, sin embargo, lejos de lamentarnos por la gran crisis de las religiones debemos afrontar el reto de cultivar una espiritualidad creativa, libre de los límites establecidos por creencias y ortodoxias excluyentes. Para ello, hay que releer con coraje y en profundidad las religiones y las tradiciones espirituales en las que nuestros antepasados fundamentaron su calidad humana y espiritual, pues más que nunca necesitamos también calidad humana y espiritual para orientar nuestro futuro y gestionar de forma sostenible nuestras potentes ciencias y tecnologías.

De su obra se deriva la conclusión de que las formas religiosas se definen por su capacidad de configurar entornos estables de certezas inamovibles, que fueron vitales para asegurar la supervivencia de las sociedades del pasado. Vitales en unos mundos de verdades fijas que obstaculizan el cambio y, por el contrario, muy poco aptas para una realidad social que necesita motivar para la transformación continua en todos los órdenes, ya que esa es la base de la supervivencia de las sociedades de innovación. De ahí a que la propuesta de Corbí, en sus últimas obras, sea una religión sin religión: el cultivo de la calidad humana profunda, más allá de las formas religiosas, unas formas necesariamente ligadas a la fijación de unos sistemas de valores estables.

         Su pensamiento puede quedar articulado en los siguientes postulados[32]:

 

1)     El primer postulado es la comprensión de que hemos pasado de una sociedad agraria y preindustrial con normativa peculiar (en parte proveniente de la religión) a una sociedad mixta y de ella a otra tecnológica y del conocimiento que es la nuestra. Al ser un nuevo tiempo axial, la religión se colapsa.

2)     Esta nueva sociedad se caracteriza por una nueva epistemología que conlleva una continua y cambiante interpretación de la realidad. En ese marco versátil las creencias, que necesitan estabilidad, quedan obsoletas.

3)     Desde ahí las narraciones sagradas no han de interpretarse mítica y normativamente sino como cauces para una espiritualidad que no necesita el soporte de la religión para desvelar el Misterio.

4)     Liberados de la normatividad del hecho religioso, las modernas sociedades “también son libres para cultivar las dimensiones humanas que en el pasado cultivaron las religiones o para dejarlas en completo barbecho, con los riesgos y la pérdida que eso plantearía. Lo que no podrán hacer, globalmente y a medio plazo, es intentar mantener vivas las religiones fuera del contexto cultural, social o económico en que nacieron, se desarrollaron y vivieron durante milenios”[33].

5)     La mejor aportación de las tradiciones espirituales el conocimiento silencioso que nos pone delante de la verdad sin forma, una verdad que no está ligada a fórmulas porque, al final, la verdad religiosa termina por querer imponerse. Es un silencio laico que no se apoya en sacralidades ni en religiones.

 

Huelga decir que, aunque Corbí valora mucho las tradiciones religiosas, el hecho religioso entendido en modos sociales admitidos, no solamente no entra en el planteamiento de la nueva espiritualidad laica, sino que le estorba. Por ello, hay que abandonar la religión normativa y lanzarse a otro imaginario, a otro paradigma: “En las sociedades preindustriales la calidad y la espiritualidad se expresaban en el programa mítico y simbólico que estructuraba el pensar, el sentir, la organización y el actuar de las gentes. A eso, en Occidente, le llamábamos religión…Nuestra situación es otra; para nosotros, la calidad y la espiritualidad tendrán que ser el humus desde donde nazcan y crezcan los postulados axiológicos que regirán nuestras vidas y los proyectos colectivos que conducirán todas nuestras creaciones científicas y tecnológicas”[34].

La visión de J. Arregi es otra. Él sigue creyendo en la posibilidad de un camino creyente compatible, creemos nosotros, con un cierto modo de ser religioso. La certeza de la posibilidad de creer hoy preside estas reflexiones: “Creo también que hoy es posible creer. Es más, creo que nuestros tiempos no solamente nos brindan la gracia de creer, sino la gracia de creer mejor, con una fe profunda, terapéutica y sanadora. Es bueno creer hoy. Necesitamos creer de verdad. Estamos hechos de fe. De la fe de otros, de la fe en otros. De la fe en Dios y sobre todo de la fe de Dios”[35]. Veamos qué reorientaciones se proponen para este momento de la experiencia creyente:

 

1)     La sociedad de hoy es más compleja y quizá más vulnerable que la de otras épocas. Es ahí donde hay que vivir un estilo de fe reconciliada con la vulnerabilidad y complejidad más allá de un esquema rígido de creencias. Es ahí donde “necesitamos una fe mística no marcada seguramente por experiencias extraordinarias, sino por la experiencia del ser y la experiencia de estar cada vez más profundamente enraizados en el misterio de Dios, el misterio que nos envuelve y origina, nos funda y nos regenera…una fe sin espíritu de secta, sin agresividad doctrinaria…una fe a menudo perpleja…dialogante y amable”[36]. Este ya es un gran correctivo sobre ciertos estilos de comprensión del hecho social que chirrían.

2)    Un segundo correctivo sería la decidida incorporación de una espiritualidad ecológica animada por la cortesía y gentileza para con todas las criaturas, más allá de un antropocentrismo que ha sido causa de enormes sufrimientos a las personas y al planeta. “Una espiritualidad que mira en el universo en formación, una metáfora de Dios mismo, una imagen de su exhuberancia de ser, de vivir y colaborar[37]. Se trata de encuadrar el hecho creyente en una espiritualidad sensible y corpórea.

3)     Un tercer elemento de reorientación sería la construcción de la certeza de que Dios está dentro y que es un Dios benigno con la vida. Para ello hay que renunciar a la apropiación de Dios por las ideas, los sistemas y los cultos cuestionando los imaginarios que de ahí se derivan. Dios es el que ratifica al ser humano, más allá de su comportamiento moral. “Un Dios que es el corazón de la realidad que nos rodea, que nos constituye, que somos. Un Dios que todo lo sostiene, lo anima, lo habita”[38]. De ahí puede brotar la confianza un sentimiento de liberación de la misma idea de Dios.

4)    Junto a estos elementos, uno cuarto es admitir el componente de la duda y del riesgo. Una experiencia creyente con todo claro deriva por la resbaladiza pendiente del fanatismo. “Nuestra fe no significa que lo tenemos todo claro. No significa que tenemos soluciones acabadas, respuestas últimas para nada. Tenemos la inestimable memoria de Jesús, la presencia activa de su espíritu, la compañía de una gran Iglesia de hermanas y hermanos, pero ello no nos exime de la duda, la búsqueda, el diálogo. Somos caminantes”[39]. No es el creyente el guardián de nada ni el policía de la moral.

5)    Se necesita un estilo de fe, en quinto lugar, compasivo y comprometido con los grandes problemas de la humanidad de hoy. No hablar de estos problemas como quien propone soluciones desde fuera, sino como afectado que está dentro. Y por ello, brota la compasión, la benignidad, el amparo, el perdón y jamás la exclusión y la condena en base a principios de inflexibilidad humana. Un estilo de fe lejos de las proclamas abstractas y mezclada a la realidad más cercana y participativa. Pone las reglas quien juega la partida.

6)    Finalmente, y como  señalan otros autores se precisa una fe en diálogo con las otras tradiciones religiosas, otras puertas de acceso al misterio. Los caminos son diversos, no están trazados de una vez para siempre, no es un camino mejor que otros ni más veraz que el otro. Son caminos que están llamados a confluir.

 

El autor parece dar a entender que la aplicación de estos correctivos a la experiencia cristiana es posible. Más aún, se desprende de su exposición que ciertos sectores de la comunidad cristiana llevan tiempo incorporando alguno de estos elementos. ¿Supone esto una ruptura con el imaginario de otras épocas? Quizá no, pero se apunta a imaginarios distintos, más abiertos, capaces en su momento de ir elaborando un paradigma sobre Dios muy distinto del heredado. Otro Dios y otra religión.

 

 

4. ¿Una religión sin el Dios de la religión?

 

         Llegados a este punto hay que tratar de responder a la pregunta que abre y motiva esta reflexión: ¿Es posible una religión sin el Dios de la religión? ¿Nos conviene que así sea?  ¿Hay personas que sienten esta demanda en sus vidas? ¿Cómo construir un tránsito real de una situación a la otra?

         Todos los análisis sobre el futuro de la religión terminan en planteamientos similares. Porque los análisis sociales, la incidencia del hecho religioso en los planteamientos políticos y económicos, son cuestiones harto interesantes. Pero, al final, lo que interesa al creyente cristiano de a pie es hacia qué derroteros está derivando en este hoy su experiencia de fe. Los mismos analistas, tras agudos estudios, concluyen lo que para nosotros es el punto de partida: “Si el cristianismo ha de tener algún futuro, éste vendrá de un esfuerzo serio por concentrarse cada vez más en lo que es esencial y fundante, y desconectarse de mil alharacas y ceremonias que le ha ido endosando el paso de los siglos”[40]. ¿Se trata solamente de “alharacas y ceremonias” o de algo de mayor calado?

 

1)    La situación de los diversos sectores sociales en la experiencia cristiana

 

De una forma un tanto desgarrada describe J. I. González Faus la variedad de posiciones que percibimos hoy en el campo de la experiencia cristiana[41]:

  • Los “fundamentalistas acérrimos, dignos sucesores de Donoso Cortés o de Le Maistre, que critican el fundamentalismo islámico sin ver la viga de su fundamentalismo hispánico…impertérritos en atuendos decimonónicos”. Y no solamente ellos sino todos los inmovilistas, los que se sienten bien como están y no aspiran a ningún cambio, quienes tienen claro su componente ideológico que les viene dado por la autoridad religiosa y su componente práctico que tiene como paradigma el cristianismote siempre, con muy ligeras acomodaciones al albur de sus propias situaciones de vida. Hay que tener en cuenta de que, con matices, es la gran mayoría de los cristianos prácticos la que se inscribe aquí. Solo por eso merece ya un respetuoso tratamiento.
  • Los cristianos “liberacionistas, de los que unos pueden circular entre los mejores ejemplos de vida seguidora de Jesús y algunos otros conservan una fe difícil y mortecina”. Quizá ni sean tan seguidores como a veces se autocalifican en sus manifiestos, y si su fe es difícil o mortecina es porque su experiencia cristiana no ha tenido amparo social o religioso o está carente de un cultivo explícito. Pero su anhelo de otro tipo de experiencia creyente está ahí. Quizá sean estos, en principio, los mejor situados para hablar de una religión sin el Dios de la religión.
  • El problema está entre las mil y una variantes de ambos extremos: “los que vuelven a la fe…los que se preguntan si no habrá que dar con algo que sustituya el vacío que la religión dejó…las mil variantes de las ‘nuevas edades’ que reflejan la novedad del momento de búsqueda…y hasta ciertos ateos”. Estos tendrían que dar más pasos antes de plantearse un nuevo cauce de experiencia religiosa.

Con esta clasificación se está queriendo decir que, sociológicamente hablando, el grupo que podría plantearse con seriedad la posibilidad de un nuevo paradigma de Dios y con él una nueva experiencia religiosa es notablemente reducido. Esto desbanca ya la pretensión de que la pregunta por una religión sin el Dios heredado tenga visos de adquirir una respuesta masiva. Si se llegara a algo, tendría que convivir con dos grandes masas: una tradicional que no anhela cambios y otra masa informe de vivencias religiosas que precisa todavía mucha claridad o, al menos, decantarse por modos de experiencia creyente constatables. Con ello queremos decir que si la pregunta que nos hacemos es de componente profético, hoy por hoy no va a tener gran eco sociológico. ¿Es algo condenado de antemano al ostracismo y marginación o, por el contrario, es un anhelo de contenido  profético?

-                 

2)    Dónde encontrar el ánimo para lanzarse, para superar el mero dejarse llevar

 

El sector más consciente de la pregunta está amenazado de varios peligros: a) el mero dejarse llevar, sumido en un desencantamiento que ha perdido casi toda la esperanza de que salga una senda nueva de experiencia creyente; b) la crítica amarga al sector más conservador y la invisibilidad del sector amalgamado que mantiene ciertas búsquedas; c) la inconcretez en los procesos, el ir pasando los años sin hacerse preguntas concretas, racionales y espirituales sobre su comportamiento como persona creyente; d) el peligro de decaimiento en las prácticas comunitarias de experiencia de fe, sean cuales fueren. Quien se vea interrogado por la pregunta tendrá que preguntarse también dónde encontrar el ánimo, si lo hay, para poder avanzar en su propio anhelo creyente. Proponemos dos caminos elementales:

  • El ahondamiento: La superficialidad es la gran enemiga de toda espiritualidad. La recuperación de la “dimensión perdida”, la dimensión de profundidad, la gran tarea de la persona de hoy, como ya lo vaticinaba P. Tillich[42]. El análisis matizado y ahondado, la reflexión que se sitúa más allá de lo que dice todo el mundo, la lectura desde todos los lados de un mismo fenómeno e, incluso, la contemplación entendida como ahondamiento, pueden constituir un punto de apoyo que propicie la posibilidad de una reorientación de la experiencia creyente y, desde ella, la pregunta por qué tipo de religión se quiere ir construyendo.
  • La experiencia compartida: ya que relegar estas búsquedas al fuero interno sin compartirlo con personas que estén en semejantes anhelos es terminar por apagar el fuego, muchas veces pequeño, que anida en los pliegues del corazón que quiere creer de otra manera. Sin embargo, compartir la experiencia no es fomentar falsos “incendios” sino afianzarse por el lado de los corazones humanos que se entreveran en los mejores anhelos, aquellos que nos habitan y pueden posibilitar caminos nuevos de vida.

No sabemos cómo se decide uno a entrar por estas sendas. Personas que viven en situaciones muy similares de experiencia creyente difieren, a veces, profundamente en estos planteamientos. Tal vez tenga que ver itinerarios personales muy básicos que afecten a vivencias elementales y dependen en notable parte del tipo de relaciones y de posicionamiento social y político al que uno se adhiere. Si esto fuera así habría que decir que el tipo de experiencia creyente se elabora más desde aprendizajes sociales que desde posiciones ideológicas.

 

3)    Dónde encontrar herramientas

 

Porque quizá haya herramientas a la mano que pueden propiciar y alimentar esta nueva orientación religiosa:

  • Las voces autorizadas: Numerosos autores cristianos tienen la certeza de la posibilidad de “otro cristianismo”[43]. Frente a quien no mueve ficha o lo hace en la dirección habitual no se puede negar el valor y el esfuerzo de racionalización de otro tipo de experiencia creyente de un notable sector del pensamiento cristiano. Apoyarse en ellos sin menosprecio para quien no piense así es hacer un ejercicio de libertad que no habría de estar vedado por ningún tipo de censura o negativización.
  • Los grupos sembrados en la ciudad: porque más allá de la postergación, olvido y desautorización de las comunidades de base por parte del cristianismo oficial, lo cierto es que sus “restos” continúan en muchos casos bien vivas, con sus dinamismos de búsqueda, relación y compromiso en muy buen estado de salud. Más aún, la ciudad secular está sembrada cada vez más de grupos que, en modos no relevantes, se vuelcan a la Palabra, a la oración, a la formación y lectura, al compromiso con carne, cotidiano y oculto. Esta red anárquica y desorganizada es una realidad en la que se puede apoyar quien anhele planteamientos de alternatividad en la experiencia creyente.
  • Experiencias espirituales de marginalidad: porque hay lugares, comunidades, contextos, en los que se puede experimentar de manera directa otro tipo de espiritualidad cristiana vertida, incluso, en formas moderadamente renovadas que no exigen una ruptura total con el hecho religioso heredado. Aunque estén aún ligadas a formas conocidas, su ánimo interno apunta ya a otro tipo de experiencia religiosa porque manejan un imaginario de Dios en parte modificado.
  • Los posicionamientos sociales de componente alternativo: ya que, como decimos, y por vía de aprendizaje social, se pueden modificar algunos aspectos esenciales de la persona de los que depende en parte la posibilidad de otra espiritualidad. Los aprendizajes democráticos, políticos, estructurales ayudan a ese cambio. Por eso, quien anhele otra espiritualidad cristiana encontrará en los nuevos movimientos sociales y sus pretendidos cambios un aliado para su búsqueda.
  • La cercanía a las nuevas espiritualidades: tales como la espiritualidad del decrecimiento, de la economía del bien común, del consumo colaborativo, etc., pueden ser palanca que confluya, en el corazón del creyente en la anhelo de un cambio espiritual. Efectivamente, todas estas espiritualidades tienen un sustrato de profundo humanismo que concuerda con el que también posee el deseo de una experiencia nueva de fe en el marco de otro tipo de religión.

 

4)    Posibilidades reales

 

Habrá que decir, de salida, que las posibilidades de que este fenómeno de otra experiencia cristiana con otro tipo de religión son, hoy por hoy, limitadas. Se trata de elaborar estructuras muy hechas, por no decir escleróticas, muy poco inclinadas al cambio. Pero el anhelo, la utopía, el sueño son imparables, dinamismos que vencen los obstáculos más compactos. Y los utópicos dicen que “nuestro tiempo es ahora”[44]. Por eso, aunque de manera paulatina, el platillo de las posibilidades aumenta su peso en la balanza del futuro.   

Por otra parte hay que contar con una cierta permeabilidad de las estructuras ya que lo contrario contradiría la evidencia de que estructuras férreas han sucumbido al cambio. Es cierto que las religiosas son particularmente lentas a la reacción del cambio. Pero ciertos hechos eclesiales y sociales denotan que una mutación del calado que insinuamos no es absolutamente improbable.

Además, y por difícil que parezca, habría que anhelar un cierto consenso entre los diversos modos de experiencia cristiana. No puede ser el ideal que cada una de ellas camine en solitario sin mirar a las demás, simplemente soportándose o, peor aún, atacándose. Tiene que haber algún tipo de consenso basado en la libertad aportada por Jesús[45] y en la honda certeza de que el Espíritu sopla donde quiere[46].

Finalmente, no se podrá pretender andar un camino tal si no hay en quienes lo anhelan una resistencia en  la que habite la esperanza, como diría E. Sábato, e incluso una resiliencia que haga salir fortalecido al creyente del embate de esta búsqueda. Esta creatividad espiritual, esta atrevida interacción entre espiritualidad y hecho religioso requieren ser mantenidas con una tenacidad benigna digna de esta hermosa causa.

 

5)    ¿Una religión sin el Dios de esta religión?

 

Cambiamos ligeramente la pregunta inicial. Ya no se trata de una religión sin el Dios de la religión, sino de ésta religión en la que uno ha sido introducido a la fe, en la que ha sido educado, en la que ha construido una indudable experiencia. ¿Es posible otro tipo de experiencia cristiana que engendre una religión con las características citadas a lo largo de estas páginas? ¿Qué tipo de prácticas religiosas generaría si es que las genera? ¿Qué rostro religioso tomaría una experiencia así? Responder ahora estas preguntas sería tan absurdo como hablar de la hermosura de un camino sin haberlo recorrido aún. Los datos que tenemos hoy no parecen todavía suficientes. Pero el atisbo, la profecía, el anhelo, están ahí.

 

Conclusión

 

Tal vez todo esto sea estar en tierra de nadie. De ahí la sensación de desamparo y desazón. Estar en tierra nadie tiene que ser algo psicológica y antropológicamente desestabilizador. Que se lo digan a los apátridas, a los subsaharianos que están desde hace muchos meses varados en el monte Gurugú.

Pero tiene que ser muy distinto estar en tierra ajena sin esperar nada que alimentando un sueño, que viviendo de una utopía. Se puede estar en tierra de nadie como quien espera una aurora. Eso es lo que hará que las sombras no lo engullan todo y que el desconcierto propio de una situación así no cope el todo de la experiencia humana. Pues bien, aplicado a nuestro caso, la pregunta que motiva esta reflexión está hecha, en el fondo, desde tal sensación: como quien espera una aurora.

 

 

Fidel Aizpurúa Donazar



[1] Ll. DUCHS, “La crisis de Dios”, en D. BERMEJO (Ed.), ¿Dios a la vista? Ed. Dykinson S.L., Madrid 2013, p.113.

[2] Un abanderado reciente de esta tendencia es el libro de M. ONFRAY, Tratado de ateología,  Ed. Anagrama, Barcelona 2006 para quien Dios no está muerto, o si lo estaba, ahora se encuentra en la plenitud de su renacimiento, tanto en Occidente como en Oriente. De aquí la urgencia, según Onfray, de un nuevo ateísmo, argumentado, sólido y militante; que se presente como una postura nueva y positiva respecto a la vida, la historia y el mundo. La ateología debe enunciar una crítica robusta contra los tres monoteísmos principales, presentar un rechazo a la existencia de lo trascendente y promover el interés por «nuestro único bien verdadero: la vida terrena», el bienestar y la emancipación de los cuerpos y las mentes de mujeres y hombres. Algo sólo alcanzable a través de una «descristianización radical de la sociedad». Y luego están quienes consideran la teología como un timo inaceptable: J. ANDRADE, La teología, ¡vaya timo!, Ed. Laetoli, Pamplona 2014.

[3] J. ARREGI, Cristianismo-historia mundo moderno,  Ed. Nueva Utopía, Madrid 2011, p.96.

[4] D. BERMEJO, Op.cit., p.13.

[5] Barómetro del CIS de 2011.

[6] “Batlle era un anticlerical enorme, escribía dios con minúscula”, afirma J. Mujica, presidente de Uruguay en la entrevista de J. J. MILLÁS, “Retrato de Uruguay, el país que sorprende al mundo”, en El País semanal 23-3-2014.

[7] Como lo hace el poemario de J. A. VALENTE, Fragmentos de un libro futuro,  Ed. Círculo de lectores-Galaxia Gutenberg, Madrid 2000.

[8] E. SCHÜSSLER FIORENZA inventa en Cristología feminista crítica, Ed. Trotta, Maddrid 2000, el anagrama D**s como grafismo que huye del antropocentrismo de la denominación Dios.

[9] M.  ZAMBRANO, El hombre y lo divino,  Ed. FCE, México 1955, p,55.

[10] D. BONHOEFFER, Resistencia y sumisión, Ed. Sígueme, Salamanca 2008, pp.209-210.

[11] P. TILLICH, La dimensión perdida, EDB, Bilbao, 1970,  pp.113-114.

[12] J. A. T. ROBINSON, Sincero para con Dios, Ed. Del Nopal, Barcelona 1967.

[13] J. SHELBY SPONG, Un cristianismo nuevo para un mundo nuevo. Por qué la fe tradicional está muriendo y cómo una fe nueva está naciendo, Ed. Abya Yala, Quito 2011, p.11.

[14] M. CORBÍ, Hacia una espiritualidad laica. Sin creencias, sin dioses, sin religiones, Ed. Herder, Barcelona 2007.

[15] M. CORBÌ, “Lectura de la Biblia desde las condiciones epistemológicas de las sociedades desarrolladas”, en Reseña Bíblica 69, Ed. Verbo Divino, Estella 2011,  p.11.

[16] R. LENAERTS, Aunque no haya un Dios ahí arriba. Vivir en Dios sin Dios,  Ed. Abya Yala, Quito 20013, p. 212.

[17] Citado en V. CAMPS, “La religión y lo razonable”, en D. BERMEJO, ¿Dios a la vista?, p.176.

[18] Ibid,  p.178;  J. SHELBY habla de la religión como “termostato emocional” para contener la histeria que produce la autoconciencia de la finitud: Un cristianismo nuevo,  p.55.

[19] R. LENAERTS, Aunque no haya un Dios,  p.197. La “emoción  religiosa” de la que hablaba Ortega y Gasset (OC II, 605-607).

[20] I. ZUBERO, Movimientos sociales y alternativas de sociedad,  Ed. HOAC, Madrid 1996, p.131.

[21] A. COMÍN, “Frente al dogmatismo, elogio de la crítica, no del relativismo”, en D. VELASCO (Coord.), Entre los gentiles. Debates entre cristianos e increyentes, Ed. PPC, Madrid 2014, pp.90-91.

[22] V. CAMPS, “La religión y lo razonable”, p.182..

[23] Z. BAUMAN, Esto no es un diario,  Ed. Paidós, Barcelona 2012, p.80.

[24] J.  S. SPONG, Un cristianismo nuevo,  p.126-127.

[25] “El silencio interior retira la retícula que nuestra necesidad proyecta sobre ‘eso que hay’. Al retirarla, acalla el mundo dual de sujetos y objetos que imponemos a la realidad en nuestra condición de vivientes. Quien silencia la objetivación, retira el velo que cubre lo real y, de rebote, silencia al sujeto”: M. CORBÍ, Hacia una espiritualidad laica,  p.299.

[26] J. S. SPONG, Un cristianismo nuevo,  p.128.

[27] Cf su última obra: H. KÜNG-A. RINN-MAURER, La ética mundial entendida desde el cristianismo. Posiciones, experiencias, impulsos, Ed. Trotta, Madrid 2008.

[28] R. TERZI, “Elogio del relativismo”, en D. VELASCO, Entre los gentiles, p.81.

[29] M. CORBÍ, Op. Cit., p.300.

[30] Marià Corbí nace en 1932, en Valencia (España) y reside en Cataluña desde su infancia. Doctor en Filosofía y licenciado en Teología, ha sido profesor de Ciencias Sociales en ESADE y en la Fundación Vidal y Barraquer. Desde 1999 dirige el Centro de Estudio de las Tradiciones Religiosas, de Barcelona.

[31] José Arregi Olaizola nació en Azpeitia (Gipuzkoa) en 1952). Se doctoró en Teología en el Instituto Católico de París. Ha sido profesor de diversas materias teológicas en el Seminario de Pamplona y en las Facultades de Teología de Vitoria y Deusto, hasta que en el año 2010 Mons. José Ignacio Munilla le retiró la licencia canónica, y se vio forzado a dejar la Orden franciscana y el sacerdocio. Es fundador de HEMEN. Erlijio gogoetarako aldizkaria, así como creador y coordinador de la colección "Erlijioen Jakinduria" (Deusto-Ibaizabal) de grandes textos fundacionales de las diversas religiones en euskera. Ha participado en diversas iniciativas de diálogo interreligioso. Es autor de diversas publicaciones en euskera y castellano. Actualmente es profesor en la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad de Deusto.

 

[32] Los extraemos de su obra principal: Hacia una espiritualidad laica. Sin creencias, sin religiones, sin dioses, Ed. Herder, Barcelona 2007.

[33] Ibid., p.23.

[34] M.CORBÍ, Op.cit., p.346.

[35] J. ARREGI, “La gracia de creer en nuestro tiempo”, en AA.VV., Hacia una espiritualidad para nuestro tiempo,  Ed Idatz, San Sebastián 2007, p.67.

[36] Ibid., p.69-70.

[37] Ibid., p.72.

[38] Ibid., p.76.

[39] Ibid., p.78.

[40] J. I. GONZÁLEZ FAUS, “El fin de la religión, las concepciones de Dios y el futuro de los monoteísmos”, en D. VELASCO (Coord.), Entre los gentiles, Ed. PPC; Madrid  2014, p.207.

[41] Ibid. p.202.

[42] Ver P. TILLICH, La dimensión perdida,  Ed. DDB, Bilbao 1970.

[43] Los citados y algunos más: R. LINAERTS, Otro cristianismo es posible. Fe en lenguaje de modernidad, Ed. Abya Yala, Quito 2008; J. J. TAMAYO, Otra religión es posible. Desafíos de la ciencia y la cultura, Ed. Feadulta, Madrid 2011.

[44] D. O’MURCHU, Rehacer la vida religiosa, Ed. Claretianas, Madrid 2006, p.149. Recordar el poema “Nuestra hora” de P. Casaldáliga.

[45] Cf Gál 5,1.

[46] Cf Jn 3,8.

Pobres que gritan

POBRES QUE GRITAN

 

            Gritar es una actividad humana. Ningún animal ni ninguna otra criatura gritan, específicamente hablando. El grito brota del dolor consciente, del gozo palpitante, de la ira que invade, de la hermosura encontrada. Los humanos gritan. Y por eso hay gritos agradables, como el niño que llama a su madre, y no tan agradables, como el grito del enfermo que sufre. Hay gritos sociales que son consentidos, los gritos de la jauría de hooligans en el campo de futbol, y gritos sociales que se miran de refilón, los gritos de la multitud en una manifestación.

            Y hay gritos de los pobres. Porque se ha constituido en un axioma eso de que hay que dar voz a los que no tienen voz. Tienen voz y gritan, pero el sistema trata de sofocar esos gritos que no solamente le parecen desagradables sino amenazadores para su tren de vida. Porque el grito del que sufre, desde antiguo, tiene un fondo de amenaza para quien se lucra del sistema.

            Una de las funciones de los grupos sociales más concientizados, más sensibles es escuchar el grito de los pobres y hacer que ese grito se escuche donde tiene que oírse. Dar salida y lugar social a los gritos de los pobres, a sus destempladas exigencias, a sus insultos es tarea de quienes se preocupan por el devenir de los pueblos más frágiles. Mientras esas pobrezas no logren gritar a nuestra cara el expolio al que les estamos sometiendo, no habremos dado todavía el primer paso.

Hay que recuperar la función social del grito, del insulto, de la blasfemia, de la amenaza que proviene de una desigualdad lacerante y creciente. Es el primer paso para caer en la cuenta del latrocinio continuado que una parte de la humanidad, nosotros, ejerce sobre otra, los pueblos frágiles. Mientras tengamos amordazados a los pobres para que sus gritos destemplados y ofensivos a nuestros oídos no nos hagan daño, será indicio de que todavía no les hemos entreabierto la puerta del bienestar.

En España hay colectivos que gritan continuamente y que el sistema trata de sofocar con un tesón digno de mejor causa. Gritan los desahuciados y lo hacen acompañados de algunas personas, pocas, que se hacen sus voceros. Ese grito queda sofocado totalmente por una ley absolutamente anticuada e injusta que hace el juego a los bancos depredadores y al Gobierno, servil con ellos. Gritan los que han perdido sus ahorros en preferentes o malas gestiones bancarias, lo que no impide que los dirigentes de esos bancos embolsen dinero como agua. Ese grito queda sofocado por una continuada mentira de restauración que no llega. Gritan los no pagados, los no atendidos, toda la legión de gente que, mano sobre mano, ve que se le va la vida. Esos gritos quedan sofocados por la pretendida bonanza de quienes nunca pierden y siguen sonriendo sobre las ruinas humanas de sus propios compatriotas, de su propia familia.

Y, sobre todo, gritan los que casi no tienen voz ni para gritar, los que vienen de la pobreza profunda, del África pobre siempre. Y sus gritos son sofocados a pelotazos (que ahora resulta que sí tiraron), con alambradas y con CIES que son dignos émulos de los campos de concentración. Gritan y casi nadie les hace caso. Son una “avalancha”, mientras que los cientos de miles de europeos que viven en nuestros lugares cálidos del Mediterráneo no son avalancha porque tienen suficiente dinero para no serlo.

Por eso es necesario recuperar la vigencia del grito, por desagradable que nos resulte. Y sumarse a él con decisión, sin tener vergüenza ante un sistema que se escandaliza de tales gritos mientras machaca con su implacable bota a quien quiere gritar. La solidaridad habría de tener esta punzada porque una solidaridad indolora ni es humana ni es cristiana.

 

Fidel Aizpurúa

Romper el círculo vicioso

ROMPER UN CÍRCULO VICIOSO

El trabajo infantil en Ghana

(http://www.ipsnoticias.net/2013/06/suenos-de-educacion-se-esfuman-por-trabajo-infantil-en-ghana/)

 

            El artículo plantea la evidencia de un círculo vicioso que ocurre en Ghana como en otros muchos países empobrecidos o en primera fase de emergencia: la pobreza lleva a los niños a trabajar-las leyes fustigan ese trabajo sin dar soluciones-las familias con conciencia de culpa, sin ella o por mera tradición mandan trabajar a los niños-los niños siguen en el trabajo infantil. Es un círculo vicioso en el que están implicados muchos niveles de derechos que han de ser contemplados.

            El nivel más evidente pero el más cuestionado es el de las grandes declaraciones de principios que vienen de la OIT o de las legislaciones de cada país. Son unánimes. Consideran el trabajo infantil como inaceptable, como una verdadera esclavitud. Hay que apostillar que es fácil legislar al amparo de las instituciones que están dirigidas por países que no tienen en su sociedad el problema del trabajo infantil y que tienen un nivel económico suficiente o elevado. Los organismos que cita el artículo, propios de Ghana, aunque pertenecientes a un país pobre, están en la órbita de los países ricos y bienpensantes.

            Están en juego los derechos de las familias a sobrevivir. Es fácil decir que es una práctica cultural negativa o que es simple “excusa”. El derecho de los niños a la educación hay que articularlo con el derecho del campesinado a una estructura agraria productiva que saque de la agricultura de supervivencia hacia modos económicos más estables. Pretender erradicar el trabajo infantil sin modificar las estructuras agrarias básicas es imposible. El derecho a la educación tiene que ver con el derecho a la soberanía alimentaria y, más al fondo, con el derecho a la tierra.

            A nivel más amplio, el trabajo infantil agrario tiene que ver con las estructuras económicas del Gobierno. No es de recibo clamar contra el trabajo infantil y decir, a la vez, que no hay otro modo de espantar los pájaros de los arrozales que empleando a niños como honderos. La distribución de cañones espantapájaros de bajo coste podría paliar mucho esta actividad infantil. Pero, a la vez, hay que dotar al campesinado de modos de producción estables y suficientes. De lo contrario, con mayor o menos incidencia, emplearán a los niños.

            Resulta fácil proclamar que el trabajo infantil “priva a los niños de su niñez, su potencial y dignidad y que es perjudicial para el desarrollo físico y psicológico”. La cruda realidad es que muchas familias de los países empobrecidos necesitan el trabajo infantil para poner en pie el “derecho a sobrevivir”.

            Por lo tanto habrá que establecer una conjunción de derechos: el de las familias a más que el mero sobrevivir (incluidos los miembros infantiles), el de los estados pobres a su soberanía alimentaria y agraria, el de las empresas agrícolas a lograr producciones rentables, el de los gobiernos a hacer obra de cuidadanía y de promoción. Todos estos derechos han de ser conjugables.

            Por eso mismo, el trabajo infantil tiene que entrar en ese ámbito de los derechos: derecho a una regulación, a una retribución justa, a una conexión con planes escolares posibles, a una promoción paulatina hacia la plena integración escolar. Mirar esta situación desde el lado de la negativización y la simple exclusión del trabajo infantil, además de irreal, resulta imposible. De ahí el desaliento de los mismos gobiernos de estos países empobrecidos que, recurriendo a las costumbres o a las mentiras, vienen a decir que esto no hay quien lo erradique. En la conjunción ordenada y equilibrada de todos los derechos puede haber un atisbo de solución.

            Esta posibilidad viene dada en el mismo artículo. Éste habla del trabajo de los niños, nada dice del de las niñas. Los niños, a pesar de todo, tienen un horario de trabajo, una remuneración por muy baja que sea, un calendario de trabajo en ciertos meses. Es decir, tirando de ahí podría avanzarse hacia un reconocimiento laboral de los niños con un cierto nivel de derechos. Esto no significa defender el trabajo infantil, sino elaborar una realidad social para conjugar todos los factores con un horizonte de dignidad.

            Pero nada se dice en el artículo del trabajo infantil de las niñas. Su trabajo en condiciones de servidumbre está en la sombra de las sociedades empobrecidas y, por lo mismo, en la oscuridad de los países legisladores. Todos los estudios apuntan a situaciones de auténtica esclavitud, sin horarios ni remuneración de ninguna clase, una mercancía en venta con frecuencia. Un submundo dentro del trabajo infantil. Esclarecer esta situación es un paso previo para poder hablar mínimamente de derechos de la infancia y para regular, en la medida de lo posible, el trabajo infantil.

 

 

Cuestión de justicia

CUESTIÓN DE JUSTICIA

Alimentos que van a la basura y derechos humanos

http://sociedad.elpais.com/sociedad/2014/01/04/actualidad/1388855561_420931.html

 

            Casi siempre que la sociedad del bienestar trata el tema de los alimentos que van a la basura lo hace desde puntos de vista donde los criterios, la razones por las que no hay que desechar alimentos no quedan de manifiesto. Por eso mismo, se tiran los alimentos sin ninguna clase de trasfondo ideológico.

            Cuando el Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio ambiente quiere elaborar una normativa para este problema agudo en los países desarrollados las razones que se intuyen para promover cambios legales son la economía y el medio ambiente. Tirar comida en proporciones altas (España con 7,7 millones de toleradas anuales) es, en verdad, un atentado económico y la huella ecológica que ello conlleva causa un ataque al medio ambiente.

            Precisamente los ejemplos de recuperación que se proponen carecen así mismo de trasfondo ideológico. No se da razón alguna para transformar las “sobras” en alimentos reciclados; tampoco se da para reconsiderar la fecha de caducidad o de consumo. Se apela a eludir los “excesos” de años anteriores o a corregir “alardes” innecesarios. Pero tampoco se dice el porqué. Se constata la insensibilidad hacia este fenómeno (“no nos duele”), pero no se dice por qué habría de dolernos.

            Ahí entra el tema de los derechos humanos. Tirar alimentos de manera indiscriminada, mantener modelos de producción que contemplan desechos en tan grandes cantidades, mantener una teoría y una práctica de mercado en la que no entra ningún alimento con pequeños deterioros son indicios de una actitud ante el tema de la justicia. No hay derecho a tirar alimentos en buen estado cuando hay miles de millones de personas con problemas de alimentación. No es cuestión, primariamente, de economía o de medio ambiente, es cuestión de humanidad.

            Efectivamente, el tema de los derechos humanos tiene un soporte ético. Y en este caso, la ética más elemental dice que, mientras un humano pase hambre otro humano no puede desperdiciar alimentos de manera indiscriminada. Ya no es cuestión de economía, sino de justicia, lo repetimos.

            Este derecho a un tipo de manipulación de alimentos (producción, excedentes, etc.) plantea un dilema moral: no se puede estar tirando alimentos, quemando alimentos, derivando alimentos de humanos al engorde de animales cuando millones de personas viven en la penuria. No es solamente un problema económico, es también una realidad ética.

En ese sentido las leyes de excedentes (como la de la Unión Europea) tienen que ser revisadas: no se puede legislar simplemente para almacenar bien, para distribuir lo mejor que se pueda y para hacer bajare el estocage de alimentos almacenados. Hay que preguntar por el derecho a la alimentación que acompaña a todo ser humano.

Es preciso, así mismo, revisar las leyes en torno a la producción energética porque éticamente es muy cuestionable que alimentos que podrían ser destinados al consumo humano terminen convertidos en biomasa para crear alternativas al petróleo. Si esas alternativas conllevan la destrucción de alimentos, el derecho de quien tiene hambre y quiere comer es conculcado.

Los métodos de producción y, sobre todo, los precios de los mercados tienen que ser revisados desde es derecho universal a la alimentación. Es preciso encontrar métodos de regulación de precios que no incluyan la destrucción masiva de alimentos en los países desarrollados. La imagen de máquinas esparciendo leche en los campos para mantener el precio de la misma en niveles aceptables revela el peor rostro de la humanidad.

Y, dado que el tema de los alimentos tirados a la basura se plantea casi siempre a nivel doméstico (porque es el ámbito en el que más de desperdicia, el 42% frente al 39% que corresponde a las empresas de producción) resulta imprescindible trabajar la conciencia ciudadana para entender que, además de que la tierra no es una despensa inagotable, simplemente no hay derecho a tirar alimentos cuando hay gente que muere de hambre.

El derecho a la alimentación es universal y ha de ser contemplado desde tal universalidad. Las legislaciones, las instancias educativas, incluso las entidades que influyen en los imaginarios morales de las naciones han de entender que tirar comida es uno de los más inhumanos atentados contra los derechos humanos que se da en nuestras sociedades de consumo.

 

             

Un caudal que no desaparece

 

UN CAUDAL QUE NO DESAPARECE

Una introducción sensata y espiritual a los Evangelios

 

Introducción

 

         Queremos hacer una introducción a los Evangelios en dos partes: una primera en que nos acerquemos de manera sensata y racional al fenómeno de los Evangelios. Creemos que el hecho creyente ha de tener en el cimiento el componente de una cierta racionalidad, de lo contrario, se propicia el abandono de la fe o el fundamentalismo. “Somos buscadores de la verdad, no sus dueños”, decía san Agustín.

         Una segunda parte apuntará a la experiencia espiritual, entendida ésta como un valor humano y también desde el lado cristiano. La experiencia espiritual adulta puede salir beneficiada por la que subyace a las páginas del Evangelio.

         Pero, para empezar, queremos leer un texto de M. Vicent, Inspiración,  en El País,  30 de marzo de 2014, p.72):

 

“Permanecen en el aire todavía los versos de Safo y de Píndaro que se perdieron; las melodías que inventaron los pastores de Virgilio soplando una caña o el filo de una hoja seca, música de la naturaleza que se llevó el viento; los cánticos, las danzas rituales, las plegarias a unos dioses que también ignoramos; la filosofía y las tragedias escritas en pergaminos que se pudrieron o se hundieron en el polvo o ardieron en la biblioteca de Alejandría. Permanecen en el aire todavía los cuentos narrados de viva voz sobre las alfombras en las esquinas de Bagdad; los consejos de los sabios budistas, místicos y sufíes, que no encontraron respuesta en el corazón de los discípulos y siguieron viaje en el tiempo. Solo una mínima parte de toda la belleza y sabiduría que se ha creado desde el fondo de los siglos en este planeta ha llegado hasta nosotros, pero el resto de ese inmenso caudal no ha desaparecido. Si fueron rimas, canciones o fábulas están todavía suspendidas en la atmósfera; si las enseñanzas grabadas en tablillas de barro, en papiros, vitelas o pasta de celulosa se convirtieron en ceniza o estiércol habrán fecundado la tierra y ahora dan fruto en árboles llenos de pájaros; si un día naufragaron las naves griegas o latinas, los bajeles sarracenos o los barcos cristianos que transportaban dioses de bronce, ánforas con aceite y vino, monedas de oro o mapas de islas del tesoro, ese sagrado cargamento forma parte del mar que ahora navegamos. También han sido infinitos los crímenes que han quedado sin castigo, los ríos de sangre que se han evaporado, los gritos de dolor que llegaban hasta el horizonte. Los nombres de los asesinos impunes componen un cielo muy estrellado. Existen hazañas y matanzas que nunca fueron contadas, enigmas de la historia que han quedado sin resolver, vicios y perversiones que tampoco han sido confesados. El aire de un arte y un horror desconocidos respiramos, pero ese soplo es el sueño que excita solo la imaginación de los poetas, de los músicos, de los pintores, de todos los artistas y al final se hace carne. Realmente la inspiración no es más que el don gratuito que tienen algunos seres para respirar esa carga perdida de belleza y maldad y rescatarla del poder del viento”.

 

         Quiero subrayar dos frases:

 

1)   Solo una mínima parte de toda la belleza y sabiduría que se ha creado desde el fondo de los siglos en este planeta ha llegado hasta nosotros, pero el resto de ese inmenso caudal no ha desaparecido. No hemos de ser tan cegatos para valorar solamente aquellos que vemos, tocamos, justificamos histórica o textualmente. Aunque no podamos hacerlo, ese caudal no ha desaparecido. 

2)   Realmente la inspiración no es más que el don gratuito que tienen algunos seres para respirar esa carga perdida de belleza y rescatarla del poder del viento. Lo que queremos hacer es inspirar nuestra vida, darle horizonte, luz interior. Respirar esa carga de belleza humana y sacarla del poder del viento. Es algo que enriquece el camino humano.

 

1. Una introducción sensata a los Evangelios

 

         Vamos a hacerla en forma de preguntas. No se responden matemáticamente, pero el ponerlas encima de la mesa de la reflexión puede dar pie a un diálogo de sensatez y hondura.

 

1)    ¿Existió Jesús realmente? Para los historiadores es más difícil demostrar que no que demostrar que sí. Muchos lo han negado basado en el carácter mítico de los Evangelios (M. Onfray de los últimos).

2)    ¿Qué fuentes antigas hay sobre Jesús fuera de los Evangelios? El texto de Flavio Josefo sobre la condena de Jesús (Antigüedades Judías 18:63¸ hacia el año 90). Nerón señala como culpables del incendio de Roma a los cristianos (Tácito, Anales 15:44:3: hacia el 115 d.C.)

3)    ¿Por qué hay solo cuatro Evangelios? Posiblemente hubo más, pero se hizo ya pronto (Ireneo de Lyón, hacia el 160) una lista de cuatro, copiando la idea de Marción.

4)    ¿Tienen algo de histórico los Evangelios) Sí en la medida en que la historia se mezcla a las experiencias de vida (Q, Pablo, Mc-Mt-Lc-Jn).

5)    ¿Son muy diferentes los cuatro Evangelios? Mateo: Jesús es la ley nueva; Marcos: Jesús el Mesías nuevo, sufriente y pacífico. Lucas: Jesús es un modelo a seguir. Juan: Jesús es uno que dice que la vida humana es una vida acompañada.

6)    ¿Qué son y para qué valen los evangelios apócrifos? Son los que no han entrado en la lista (canon: Evangelio de Tomás); contienen relatos míticos con enseñanzas valiosas; tienen algunos datos fiables.

7)    ¿Se ocultan documentos? Todos los organismos científicos los publican (incluidas las universidades católicas). En Qumran no hay rastro de los Evangelios.

8)    ¿Hay alguna manera de separar lo que es historia de lo que es mito en los Evangelios? Difícil como lo es en cualquier apreciación “espiritual” que hacemos los humanos.

9)    ¿Tienen un apoyo textual? Mayor que ninguna obra literaria de la antigüedad (más de 5.000 mss del siglo IV al X). Los textos de la antigüedad (toda la sabiduría griega) estamos leyéndola en las copias medievales de los monasterios.

10)                     ¿Podemos conocer las mismísimas palabras de Jesús? Algunas sí; abba, reino de Dios, etc. Pero más que las palabras concretas es interesante la “voz”, en el pensamiento de fondo.

 

2. Una introducción espiritual y creyente a los Evangelios

 

         Diferenciamos entre espiritual y creyente, aunque ambas pueden relacionarse. Espiritual en cuanto que pueden contribuir al tesoro espiritual de lo humano. Creyente en cuanto que sustentan una fe.

 

a)   Una introducción espiritual

 

1)    El valor de los textos que produce el espíritu humano: Pueden ser de muy diversa índole: científica, espiritual, religiosa, poética. Los textos ennoblecen el espíritu humano. Leer para ser humano.

2)    Los valores del Evangelio: son valores primordiales, comunes, de toda la corriente de vida de la historia: el amor, la paz, el perdón, la fraternidad, la generosidad, la trascendencia, etc. Son valores “de todo el mundo”. Jesús se inscribe en la línea de la humanización. Su valor específico es su ahondamiento: hasta dónde se está dispuesto a llevarlos (hasta la entrega de la propia vida).

3)    Contenido social del Evangelio: No es estrictamente religioso (aunque las religiones cristianas se lo hayan apropiado). Es “social”: la nueva sociedad, la fraternidad humana, el reinado de Dios. Devolver al Evangelio su carga social.

4)    Más allá del historicismo: Son textos para el sentido. Hay que buscar el sentido más allá de la literalidad. La persona siempre en busca de sentido. Los Evangelios pueden ayudar a elaborar las preguntas que no tienen respuesta: qué hacemos en esta vida.

5)    Capacidad de evocación, utopía, horizonte: Porque en la vida no todo es lo que se toca y mide, sino que hay otros dinamismos. El Evangelio puede ayudar a activar esos dinamismos (pasión, utopía, anhelo, búsqueda, pregunta, sueño, etc.).

 

b)   Una introducción creyente

 

1)   La experiencia cristiana se asienta en el Evangelio: Es la base de la fe. Ésta no puede ser una base religiosa. Si los valores evangélicos no funcionan, no hay fe cristiana, por mucho que haya estructura religiosa.

2)   La oferta del seguimiento es para gente “marcada”: Porque toda persona lleva su estigma. El grupos de seguidores es gente muy marcada: Judas (traidor), Pedro (ambicioso) Santiago y Juan (violentos), Mateo (corrupto), etc. No es necesario de “puro” para ser seguidor.

3)   El Evangelio es la salvaguarda de la experiencia cristiana: Sin Evangelio la fe cristiana se habría ido a pique hace tiempo. Es la salvaguarda. Recuperar el Evangelio es hacer más fuerte la fe. Es buen tiempo el nuestro para volver al Evangelio en su fuente (Pagola).

4)   Necesidad de formación: la formación bíblica, aunque mejora, es todavía muy superficial. Hay que entrar en niveles mayores de formación, en modos adultos. No es fácil hacerlo solo; mejor en grupo.

5)   Puerta de acceso al misterio: Eso es el Evangelio para los creyentes. Jesús mismo dice en Jn 10 que es la “puerta”. Otros tendrán otras puertas (religiosas o no) para acceder al misterio de la vida, para entender este camino (incluso para acercarse a la realidad de Dios). Los cristianos tenemos la puerta de Jesús que tiene su desarrollo en los Evangelios. Quererse topar con Dios como cristiano sin pasar por esta puerta es complicado.

 

3. Lectura reflexiva de un texto: Jn 14,23

 

“El que ama cumplirá mi mensaje y mi Padre le demostrará su amor: vendremos a él y nos quedaremos a vivir con él”.

 

  • Texto decisivo en Jn
  • El esfuerzo espiritual de los humanos (Siddarta de H. Hesse).
  • La enorme soledad existencial.
  • Condiciones de posibilidad.

 

1)    Amar es el requisito esencial: No se comprende esto si se es religioso, sino si se es un humano que ama. El desamor incapacita para la comprensión, el amor abre las puertas.

2)    Amar es cumplir el mensaje, porque el mensaje lo es de amor. No amar es imposibilitarse para el cumplimiento del mensaje. Ser creyente sin amar (como ser persona) es una imposibilidad.

3)    El Padre le demuestra su amor porque lo suyo es ser Dios de amor. Las otras visiones de Dios, incluso aunque estén presentes en la Biblia (Dios que juzga, etc.) son cuestionables. Los seguidores no en creen en Dios, sino en el Dios de Jesús, el que él ha mostrado: un Dios de amor. Esto es innegociable.

4)    El padre y Jesús han venido a la historia, al fondo, al subsuelo. Nosotros que somos gentes de superficie creemos que todo sigue igual, pero no es así. Ellos se han situado en el fondo de la existencia; desde ahí trabajan para nosotros. La soledad existencial no es tal (aunque no lo veamos): la historia es una realidad acompañada. Nunca estamos dejados de la mano de Dios. Él nunca se va de nuestra casa.

5)    Vienen para quedarse (sentido icoativo). No hay fuga ni vuelta a un “cielo”. Ellos han hecho de nuestra historia, pobre, su cielo. Ahí será preciso toparse con ellos. Fuera de la historia no está el Dios de Jesús.

 

Tres esquemas:

 

a)

 

b)

 

 

 

 

 

 

 

c)

Zona oscura

 

 

Raíces

 

 

 

 

 

Conclusiones

 

  • La complicación histórica, literaria y espiritual de los Evangelios demanda muchos acercamientos (son textos para gente que profundiza).
  • La comprensión personal de un texto así, desde el lado del espíritu humano o desde la fe, exige romper la cáscara que envuelve estos textos.
  • La mejor forma de explicar y vivir estos textos es desde la propia vivencia de lo humano. Cuanto más humano, más capacitado para acercarse con corrección.
  • Una comprensión sensata y razonable de los textos lleva a una enseñanza idéntica de los mismos. Hay que huir de estereotipos, historicismos, simplismos y tradicionalismos sin base.