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Lectura social del NT en contextos de exclusión

LECTURA SOCIAL DEL NT

EN CONTEXTOS DE EXCLUSIÓN 

 

         El NT es el cofre del que se saca “lo nuevo y lo viejo” (Mt 13,52). Muchos creen que ya no se puede sacar nada nuevo del NT, que todo está dicho y trillado. Pero “el buen escriba”, el buen lector, sabe que los textos bíblicos son textos sin fondo porque encierran experiencias fontales y por ello hay siempre posibilidades de lecturas nuevas.

         Siempre se ha dicho que es una pena que los descubrimientos de los biblistas pasan lentamente al pueblo cristiano y que casi ni pasan. Quizá haya que emplear otra dinámica: situar directamente los textos en el pueblo, en el terreno social, y, desde ahí, elaborar espiritualidad. Una lectura en la vida misma, no fuera de ella.

         Por eso mismo, cuando se habla hoy de volver a Jesús habrá que hacerlo por otro camino. Si lo hacemos por el camino de siempre, por la lectura de siempre, el resultado será el de siempre. Si se quiere un resultado nuevo, habrá que buscar un camino nuevo.

         Creemos que la semilla de la Palabra está destinada al campo de la vida. Por eso es ahí donde hay que situarla: un comentario bíblico que habla solo del poder germinativo de la Palabra es algo dimidiado. Salirse del campo de la vida es arriesgar la esterilidad de la semilla.

 

  1. 1.   Qué es la Lectura Social de del NT

 

a)  Los contenidos sociales del NT

 

         Lo vamos a decir de entrada, para que nadie se llame a engaño: los contenidos sociales son los contenidos principales del Evangelio. Es decir: porque usamos el Evangelio para la liturgia, para los sacramentos, para la oración, porque lo usan y predican sobre todo los curas, podemos llegar a pensar que el Evangelio es un libro religioso. Pero no, el Evangelio tiene, ante todo, contenidos sociales. Estos contenidos lo son para cualquiera, incluido quien no crea, siempre que anhele la felicidad de la persona.

         Vamos a decirlo de otra forma: las personas religiosas piensan que el Evangelio y lo de Jesús es para ganar la vida eterna. Pero todos entendemos que en la vida eterna no necesitaremos el Evangelio porque éste es necesario en esta vida. O sea, el Evangelio quiere modificar nuestra vida, nuestro comportamiento, nuestra vivencia de la sociedad. Si el Evangelio no fuera para esta vida habría sido entregado “a los ángeles”, pero he aquí que ha sido entregado a personas para que vayan construyendo la nueva sociedad, la sociedad de iguales, el sueño máximo de Jesús que solía llamar “reinado de Dios”.

         Los Evangelios son abundantes en textos que desvelan con toda claridad la evidencia de que el contenido del Evangelio es social. Citamos, a modo de ejemplo, algunos tomados solamente del Evangelio de san Juan:

  • Jn 13,8 “Si no dejas que te lave los pies, no tienes que ver nada conmigo”: Eso quiere decir que el servicio constituye la ley sobre la que se asienta la comunidad de Jesús. Una comunidad cristiana que no sirve, no sirve para nada. Es preciso medir la fe desde la actitud de servicio, no solamente desde planteamientos ideológicos. Crees si sirves.
  • Jn 13,34: “Os doy un único mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado”. No es un mandamiento religioso sino social, el que construye la nueva relación. Jesús no quiso fundar una nueva religión sino instaurar una nueva relación. Medir la densidad de la fe por la manera de entender y vivir las relaciones.
  • Jn 15,13: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por la persona”: El dar la vida, poco a poco, es la señal de que se tiene verdadera fe. Así se realiza la única vocación que Dios nos ha dado: la de vivir y dar vida.
  • Jn 10,11: “Yo soy un pastor extraño...que entrega la vida por las ovejas”: El asunto de la fe se mide en las capacidad de entrega que se tiene. Es preciso mantener siempre viva la certeza de que las entregas nunca se pierden.

 

b)  Lectura social del NT

 

Hablando de un modo general, las maneras de leer los textos del NT han sido dos: la espiritual y la moral. La primera saca del texto unos recursos para general la espiritualidad cristiana. La segunda apunta más a comportamientos éticos que quieren ser influenciados por el Evangelio. A veces derivan en moralismos y espiritualismos desenfocados. Ambas lecturas siguen vigentes y, por supuesto, cuando se hacen con profundidad son valiosas. Se puede decir incluso que son las únicas maneras de leer que hemos introyectado.

Pero puede haber otras maneras, una de las cuales, la que llamamos lectura social. Una lectura social es aquella que mira a la realidad y desde la realidad con el texto bíblico en la mano. Más que de un método se trata de una sensibilidad que intuye que la mezcla de la Palabra ahondada con la realidad social discernida puede ser altamente provechosa. Es cuestión, así mismo, del logro de una perspectiva que conecte con facilidad el imaginario del texto leído con el del mundo que vive el agente lector; sin esta conexión, el texto arriesga la infecundidad. Es, en fin, un anhelo, aquel que pretende hacer que el texto llegue a lo más profundo de la persona y ese pueda ser el cauce para una vivencia recreada del Mensaje en el marco social.

Un ejemplo: Mt 25,14-30. Es el texto que llamamos “parábola de los talentos”:

  • Siempre se ha leído en modos morales y espirituales: usted ha recibido de Dios unos “talentos”, tiene que hacerlos producir. Defrauda a Dios sino produce.
  • Desde el punto de vista social se hace una lectura “financiera” del pasaje: si no se produce, la cosa no va bien. Quien no produce, no sirve. La vitalidad, e incluso la fidelidad a Dios, se miden por la producción.
  • Pero hay en la historia de la fe otra lectura (dice el padre de la Iglesia Eusebio de Cesarea que aparece en el no conservado Evangelio de los Nazarenos): hay que imitar al que enterró el talento. A ese tal se le enciende una luz: ¿Para quién trabajo?: para un rico que se hace más rico, que además es cruel y duro, un egoísta de libro (visión campesina que dice que un rico solamente se enriquece desposeyendo a los pobres). Y se dice: no quiero trabajar para él, rompo con él (con el sistema) totalmente: no le voy a dar el gusto ni que el banco le pague los intereses. Y me atengo a las consecuencias (expulsión: el sistema no es manco). ¿Cómo el Evangelio ha de llevar a distanciarse y romper con el sistema? ¿Cómo pretender una lectura social en connivencia con el sistema es imposible? ¿Cómo contribuir a generar estilos de vida sociales alternativos?

 

  1. 2.   Leer el Evangelio en contextos de exclusión

 

Hay un documento de la PCB de 1993 interesante  y casi ignorado: La interpretación de la Biblia en la Iglesia.  Allí se habla de métodos y acercamientos. Y uno de esos acercamientos es el llamado “acercamiento liberacionista”: se lo adscribe a la teología de la liberación; su lectura de la Biblia nace de las situaciones vividas por el pueblo y está orientada en función de las necesidades sociales. Sus principios son: Dios está presente en la historia, la exégesis no puede ser neutra, los excluidos son los mejores destinatarios de la Biblia. El texto subraya casi más los peligros que los beneficios de esta lectura (unilateralidad, peligro de marxismo, escatología terrestre). No es mucho pero hay ahí una puerta abierta.

 

a)  La centralidad de la dignidad

 

Requisito imprescindible para una correcta lectura social. Aunque el tema de la dignidad ha entrado lentamente en la espiritualidad cristiana moderna (por influjo social más que evangélico) es el quid de una correcta lectura evangélica, aunque no esté formulada como tal en los Evangelios. Pero tanto los milagros (cuya mejor lectura es como relatos de inserción social), como las ofertas del reino (que son ofertas en base a la dignidad, no a la moralidad) confirman lo que decimos (léase por ejemplo el relato de la vocación de Mateo, Mt 9,9-13, que hace Caravaggio desde esa perspectiva).

 

b)  Centralidad del excluido

 

Algo que aparece en los Evangelios no solamente porque el contexto social era mayoritariamente de exclusión sino, porque en ese contexto, Jesús opta por los de la parte baja de la pirámide social hasta hacerlos destinatarios principales del reino. Él ha salido a los caminos por un determinado sector social. Jesús tiene idea clara de que el marginado social ha de estar en el centro (“ponte en medio”: Lc 6,6-11). De ahí la certeza de que la consideración con la realidad del excluido no es un derivado de la fe sino su núcleo: se es cristiano si el excluido está en el centro; si no, no (recordar la famosa disputa de los hermanos Boff).

 

c)    Principio de parcialidad

 

Algo que cuesta aceptar: Dios es Padre de todos, pero no del mismo modo: al justo le anima a la justicia y al injusto le anima también a la justicia. Por eso, es Padre de todos, pero no del mismo modo. El Evangelio muestra, por el comportamiento de Jesús, que Dios es un Dios parcial, situado en el lado de los humildes y a su favor. Desde ese lado lanza la voz al injusto para que vaya desplazándose hacia el terreno de los humildes abandonando sus comportamientos sociales y económicos injustos (pasaje de los que piden a Jesús un arbitraje y parábola del rico insensato que almacena: Lc 12,13-21). A veces, en san Lucas sobre todo, cunde el desaliento en las páginas del Evangelio: con los ricos no hay nada que hacer (parábola de Lázaro y el rico: Lc 16,19-31). El lector del Evangelio mira como posibles los desplazamientos sociales hacia el sector social frágil y colabora con ellos  en el lenguaje del propio desplazamiento social.

 

d)  Sujetos morales y sujetos creyentes

 

No hay duda: la respuesta que damos al sufrimiento del otro nos hace sujetos morales y creyentes. Si a uno le importa el sufrimiento del otro, es una persona humana; si no, no. Si se responde al sufrimiento del otro, se es persona creyente en Jesús; si no, no. Algo tan taxativo lo vemos en el comportamiento de Jesús. Él no ha salido a los caminos por su propio sufrimiento, sino por los dolores ajenos. La insensibilidad, la globalización de la indiferencia de la que habla el papa Francisco es el rostro de nuestra inhumanidad y de nuestra increencia.

 

e)   Un anhelo

 

Hoy por hoy, la Biblia y la realidad de los excluidos sociales aún está muy lejos. ¿Cómo hacerles ver que en esa espiritualidad hay una voz a su favor? ¿Cómo hacerles cercano el ánimo de Jesús, el que derrochó por los caminos y que puede ofrecer ahora en la mediación de los cristianos? Podríamos pensar que no hay muchos caminos abiertos. Pero el Evangelio propone modos de comportamiento muy asequibles. En Mc 10,46-52 Jesús hace la gran pregunta de la solidaridad con el excluido: “¿qué puedo hacer por ti?”. Si esta pregunta está llena de verdad y se intenta ponerla en pie derivará en una indudable cercanía con los frágiles sociales y en la potenciación de recursos que, con frecuencia, no aparecen a primera vista.

 

Conclusión

 

En la lectura social hay una puerta abierta no solamente para una revitalización de la vida cristiana, sino también una posibilidad de devolver al texto el color y el brillo  que la rutina y la superficialidad le han arrebatado. Hoy por hoy es demasiado pedir que esta puerta la use el sistema oficial de la Iglesia. Pero los grupos de base y la VR cercana a la ciudadanía podrían intentar este tipo de lectura. Ciertamente sería un gran beneficio para ellos y un indudable aporte al hecho social.   

Palabras escandalosas de Jesús

PALABRAS ESCANDALOSAS DE JESÚS[1]

Material de trabajo para el grupo bíblico de la

Parroquia de Valvanera de Logroño

(Curso 2020-2021)

 

Introducción 

 

         Los evangelios contienen expresiones que, aún hoy, nos causan cierta perplejidad, incluso un cierto escándalo. Estaría bien entenderlas en su contexto literario para poder sacar de ellas también ánimo y apoyo para nuestra vida cristiana. A veces resulta que, si se hinca el diente a los textos difíciles, estos terminan por arrojar mucha luz.

         De alguna manera se puede decir que los autores del NT han desvelado un cierto perfil “escandaloso” de Jesús. Le llamaron “piedra de escándalo” (1 Pe 2,8) y lo vieron como “piedra como puesta para tropezar (escándalo)” (Lc 2,34). No es de extrañar que, con cierta frecuencia, la gente se “escandalizaba de él” (Mt 13,57): Hasta sus mismos discípulos se escandalizaban (Mt 26,31).

         El Evangelio sigue siendo un escándalo como antaño (1 Cor 1,23) porque postula unos planteamientos que, no pocos de ellos, chocan con nuestra manera de vivir y entender el hecho social. Quizá ahí reside una fuerza interesante. Ojalá quienes decimos apreciar a Jesús no nos escandalicemos de él como los enviados del Bautista (Mt 11,6).

         Vamos a desgranar algunos de esos dichos con la intención de entenderlos mejor y de ver si es posible concluir actitudes de fe que nos ayuden en la vida cristiana. El diálogo comunitario nos ayudará a ello.

 

1

«AL QUE TE ABOFETEE EN LA MEJILLA DERECHA, PRESÉNTALE TAMBIÉN LA OTRA» (Mt 5,38-39)

 

«Os han enseñado que se mandó: “Ojo por ojo, diente por diente” (Éx 21,4). Pues yo os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, vuélvele también la otra».

 

Reflexión

 

  • El contexto de este pasaje es el llamado “sermón de la montaña” (del “llano” en Lucas). El evangelista quiere proponer la nueva alternativa de Jesús, su oferta, en comparación (en oposición muchas veces) con la religiosidad heredada del judaísmo antiguo.
  • La llamada “ley del talión” (Ojo por ojo…) es, bien mirada, un principio legal de componente humanista: se trata de castigar al infractor con la misma pena que él ha causado, frenando así el ansia de venganza que anida en el fondo de corazón de la víctima. O sea, que no es tan mala cosa lo que propone Éxodo.
  • Pero tal ley, aunque distributivamente pueda ser aceptable, no frena el movimiento de fondo: la violencia. Quien se ciñe al talión sigue manteniendo dentro el virus de la violencia, por más que la regule y no entre en el bucle de la venganza.
  • Por eso, la propuesta de Jesús apunta a ese fondo: ¿cómo contener el ansia de venganza que anida en el fondo? La propuesta de Jesús es resistir al mal, no entrar a su terreno, hacerse fuerte y constante ante el mal, no perder la paz, situarse en el terreno de la comprensión y del perdón.
  • Por eso habla de poner la otra mejilla. Siempre se ha entendido esto como una humillación. Pero en el texto hay que entenderlo como resistencia. Si a uno le pegan en una mejilla, parece lógico que responda a la agresión con violencia similar, o mayor (recordar aquella frase del papa Francisco: «Si alguien dice una palabrota sobre mi madre, puede esperarse un puñetazo»). Pero el texto invita a aguantar a pie firme sin responder con violencia y sin huir (lo que Ellacuría llamaba “resistencia sociopolítica a los intereses dominantes”).
  • Más aún. Mateo pone en la frase un detalle que no viene en Lucas: “abofetear en la mejilla derecha”. Para abofetear en la mejilla derecha a quien se tiene enfrente hay que golpear con el dorso de la mano derecha, lo que añade, además del daño, el enorme menosprecio de quien golpea: abofeteado y menospreciado. Dos razones para responder con violencia o para huir. Pues en ese caso hay que responder quedándose y resistiendo. Esa es la propuesta de “lo nuevo” de Jesús. Estamos hablando, sin duda, de una resistencia activa, actitud que han usado muchas personas, desde luchadores por los derechos humanos hasta personas corrientes en su manera de llevar adelante sus conflictos. 

 

Derivaciones

 

         Citaremos, a modo de ejemplo, dos casos de resistencia activa:

  • En el plano político: la resistencia del pueblo saharaui: El pueblo saharaui afronta más de 40 años de resistencia contra la política anexionista de Marruecos cuya intransigencia ha desenmascarado la continua violación de derechos humanos y el saqueo constante de sus recursos naturales. La resistencia saharaui es un ejemplo para el mundo. Pese a las duras condiciones de la hamada en los campamentos de refugiados en el desierto argelino, la RASD es el segundo país africano más alfabetizado del continente. Junto a las haimas se levantan escuelas y hospitales para toda la población saharaui. La frecuente tentación de recurrir a la violencia ha sido casi siempre controlada (frente al intento de Marruecos de hacer creer que el Frente Polisario es una organización terrorista, cosa contestada por la ONU y su Secretario General). Los saharauis siguen ahí, en tierra de nadie, esperando una justicia que no llega. España tendría que hacer algo porque, en su día, fueron españoles. Y porque son personas en exclusión. Resistentes y básicamente pacíficos.
  • En el plano familiar: la resistencia de quienes cuidan a sus familiares frágiles: Dice Irene Vallejo: «Durante tu adolescencia contemplaste cómo tu madre y tu tía suavizaban el naufragio de tus abuelos en la vejez y la enfermedad. En sus ojos cansados adivinaste que por esa lealtad se paga un alto precio: descalabros salariales, sueños aplazados, aislamiento, vivir tensas y ojerosas… Quienes desafían el evangelio de la competencia para cuidar a los suyos, lo hacen callando, casi ajenos a su sigilosa revolución: abuelos a sus nietos, madres a sus madres, sanos a enfermos…. Con frecuencia una misma persona debe cuidar a la vez a sus padres y a sus hijos. Quienes asumen esa doble responsabilidad, con jornadas partidas y cansancio multiplicado, divididos entre la fragilidad de los jóvenes y de los ancianos, descubren lo agotador que es ser la parte fuerte….. Reservamos la luz de los focos para los líderes triunfantes del deporte, la empresa o la política, ocultando entre sombras a quienes velan y acompañan, en la heroicidad del consuelo».

 

2

«ALLÍ SERÁ EL LLANTO Y EL RECHINAR DE DIENTES»

(Mt 8,11-12)

 

            «Os digo que vendrán todos de Oriente y de Occidente a sentarse en la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de Dios; en cambio a los destinados al reino los echarán fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes».

 

Reflexión

 

  • El contexto del relato es la curación del criado del centurión: un militar pagano, a su manera, ha puesto su confianza en Jesús. Mientras que el destinatario primero de la buena noticia, Israel lo ha rechazado. Es algo que los evangelios no han logrado asimilar: ¿cómo fue posible que rechazaran a Jesús? Y en consecuencia: los paganos se han hecho acreedores del reino.
  • Todos (polloi) se van a sentar en la mesa- De ahí que vengan de Oriente y de Occidente. Se rompe con requisitos religiosos que ya no tienen sentido: somos los elegidos, nuestra religión es la verdadera, Dios nos debe salvar, etc. Al banquete del reino se accede por generosidad de Dios, no por otra razón.
  • Es un banquete, una fiesta, algo que se vive con gozo, con talante incluyente. Es como un gran banquete popular donde no hay que pagar, donde no hay invitaciones explícitas porque todos somos invitados, un banquete de ciudadanía total, de participación cósmica absoluta, sin los límites que ponemos a nuestros banquetes.
  • Pero el autor (¿el evangelista? ¿el mismo Jesús?) no se puede ver libre de su mentalidad excluyente (aunque en esta caso se aplique al judaísmo) y, con despecho, dice que habrá excluidos echados afuera, a las tinieblas (los banquetes se celebran muchas veces de noche). No puede reaccionar sobre su propio planteamiento de incluir a todos, incluso a quienes excluyen a otros. Esa sería la prueba de verdad: todos están incluidos, hasta vosotros que excluís (hay que leer un poco contra el texto). El Evangelio, buena noticia, se vuelve no-evangelio si es excluyente con quien sea.
  • Por eso, la frase “allí será el llanto y el rechinar de dientes”, aunque está en los evangelios, no es evangélica, no conecta con lo profundo de Jesús (aun en el supuesto de que la hubiera dicho, uno tiene sus contradicciones, como seguramente él las tuvo). El principio evangélico es claro: todos entramos al banquete porque el Padre invita a todos. La prueba: que hemos sido creados por amor. Y si uno incluso no quiere entrar al banquete, Dios tendrá argumentos para “seducirle” y hacerle participar del gozo de la fiesta. No habrá, pues, ningún llanto, ni rechinar de dientes. Nada ni nadie quedará fuera.

 

Derivaciones

 

         Dos derivaciones para elaborar nuestra mentalidad creyente:

  • Superación del infierno y la condenación: algo que ha estado metido en el tuétano de la mentalidad religiosa y que sigue estando en los documentos (que evolucionan lentamente) y en la mentalidad de muchas personas (en algunas, muy conservadoras, de manera militante). El fondo del evangelio quiere hacernos ver que el Dios de Jesús es Padre de amor que nunca condena, aunque hubiere motivo. Por lo tanto hay que mantener la bondad de Dios como cimiento. De ahí se deduce que él ha de tener mecanismos de amor para envolver todo mal. No quiere decir que todo le dé igual: se duele de nuestro mal y se alegra cuando somos humanos. Pero de ahí no se deduce una actitud justiciera como la nuestra. Tiene que haber otro camino, hecho de abrazo, amparo, perdón, etc. Por lo tanto, creer que toda persona está invitada a ese banquete tan especial, a esa plenitud para la que hemos sido creados, es algo legítimo desde el punto de vista evangélico. De todas maneras, quien para elaborar su fe necesite de un infierno, allá él. Pero ¿por qué no situarnos en horizonte de gozo para todos más allá de las evidentes limitaciones en que se ha movido nuestra vida?
  • Superación de la mentalidad religiosa exclusora: porque a eso nos ha llevado el pensar que nuestra religión es la única verdadera, pensar que quien no lleva una vida según las normas de la iglesia queda fuera, pensar que quien no está en gracia de Dios es candidato al infierno, pensar que quien no acepta la doctrina es un hereje que está fuera, etc. Todo un panorama de exclusiones. ¿Por qué no ir forjando una mentalidad espiritual, evangélica, inclusora, abrazante, universal? ¿Por qué la fe religiosa ha de ser algo para separar y no para incluir, incluso a aquello que no tiene aire religioso? ¿Quién puede decir que la última celebración de la semana santa ha sido menos evangélica porque no había funciones religiosas, cuando había entrega, solidaridad, vecindad, agradecimiento social, condolencia grande por las muertes no celebradas, amparo en el desamparo?

 

 

3

«DEJA QUE LOS MUERTOS ENTIERREN A SUS MUERTOS» (Mt 8,21-22)

 

         «Otro, ya discípulo, le dijo: -Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre. Jesús le replicó: -Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos».

 

Reflexión

 

  • El contexto general del pasaje es el intento, en gran parte frustrado, que hace el evangelio de Mateo por crear el “Israel mesiánico”, por cambiar la perspectiva religiosa de Israel que se entiende cerradamente como pueblo elegido y transformarlo en pueblo al servicio de los demás. La cosa fracasó: el peso religioso era tan grande que mover aquello fue imposible.
  • Por eso, el seguimiento a Jesús está entendido aquí como un desplazamiento, un moverse hacia algo distinto y nuevo. Hay una tensión entre el enganche a lo de siempre (las tradiciones, los “muertos”) y lo nuevo (la propuesta de un reino basado en la entrega al otro).
  • El desplazamiento hacia lo nuevo de Jesús es un vaivén: unas veces adelanta, otras retrocede. Aquí, se propone lo nuevo al que es “ya discípulo”. Tendría que ser un lanzado a lo nuevo y quizá con un ojo mira lo nuevo de Jesús, pero con el otro mira a lo viejo, al “padre muerto que hay que enterrar”. Eso representa la dificultad para el desplazamiento, para pasar a otro terreno.
  • Seguir amarrado al pasado puede que sea por amor incluso, por piedad, como es enterrar a los muertos. Las pegas que se ponen para no desplazarse son sutiles y razonables. Pero el resultado es que no te mueves. Por supuesto, no se quiere decir que no se entierre al padre muerto. Es una metáfora que está indicando otra cosa: las múltiples dificultades que imposibilitan el desplazamiento hacia la propuesta de Jesús.
  • Por eso, lo que impide el desplazamiento son el peso social enorme de costumbres, tradiciones, convicciones, ideas, certezas heredadas que dan como resultado final el que uno se queda más o menos quieto, ya no se desplaza, ya no es seguidor.

 

Derivaciones

 

  • Espiritualidad del desplazamiento: Es aquella que dice que, desde el mismo punto vital y social en el que estás, puedes desplazarte, poco a poco, en la dirección de los frágiles, en la perspectiva de la solidaridad, en el sueño del evangelio. No importa tanto el punto en el que se está, que puede ser muy sistémico, sino en el deseo de desplazarse. Si ese deseo está muerto, si no se le ve futuro, posiblemente estemos anclados en el sistema. Pero si hay un anhelo, por mínimo que sea, hay posibilidad de desplazamiento.

         Fácilmente se entiende que el desplazamiento, como la vida misma, es siempre progresivo y por ello admite todas las tonalidades. Es valioso el desplazamiento enorme de quien profetiza y lo es también el desplazamiento humilde de quien teme. Lo importante es que tal desplazamiento no se estanque, no se muera, no se canse. Porque entones, como quien cae en un sueño, seremos atrapados por los dinamismos  aquietantes del sistema.

         ¿Por qué nos cuesta desplazarnos? ¿Por qué, incluso, se combate a quien se desplaza? No solamente por razones de comodidad personal, de la rutina que amo, de la decepción que acumulo. También lo impide el mismo sistema que, cuando se sabe abandonado por alguien, desvela su fragilidad un poco más. Por eso, la espiritualidad del desplazamiento demanda, de una u otra forma, una crítica al sistema, sea este cual sea, y una decisión cultivada de caminar por otras sendas.

         Tampoco es obstáculo para dejar de lado esta espiritualidad el que, sí, construimos un discurso no sistémico, de desplazamiento decidido, pero luego nuestros caminos reales son sistémicos. Puede que sea así. Pero un discurso desplazado, si está hecho con corazón, es ya un paso importante en el desplazamiento. Sabemos que la vida no son los discursos, sino los caminos. Pero aquellos, según como sean, pueden ayudar a estos.

  • Aún es tiempo de recrear la comunidad de Jesús: Decir que “aún es tiempo” no quiere decir que la cosa sea para ahora mismo. Al hablar de recrear, se está dejando de lado, como opción, el recuperar porque se cree que esto es, a la larga, más difícil que aquello. Para muchos queda demostrado, y con creces, que la posibilidad de recuperación se ha alejado. Los benévolos intentos que se han hecho, tanto a título personal (desde san Francisco hasta el papa Francisco) como colectivos (el Vat. II y los últimos Sínodos a modo de ejemplos) arrojan para muchos creyentes el mismo saldo: todo sigue más o menos igual en un estado de cosas que hace que la recuperación de la Iglesia sea tan difícil como los cambios en el capitalismo, los ejércitos o los nacionalismos excluyentes. Es preciso soñar otros caminos.

         Además, se cree que esto se puede hacer sin dialéctica, sin exclusión, sin condena, aunque no sin perplejidad y dolor. Hay que alejarse de polémicas irrelevantes o estériles donde, aunque vayan disfrazadas, son las cuestiones de poder las que se hallan en el fondo. El respeto ha de presidir este proceso y también la certeza de que hay sectores difícilmente recuperables por lo que no tiene sentido entablar una relación dialéctica con ellos.

         Ante la evidencia de la lentitud del proceso, hay quien piensa que jamás se llegará a modificar lo que ha perdurado durante siglos. Pero, en realidad, esos siglos son un pequeño paréntesis en la cultura humana y una sombra en los amplios desarrollos del planeta. Por eso, la lejanía del horizonte no implica su imposibilidad.

         Precisamente porque se cree que la utopía de Jesús es una buena aportación a la espiritualidad del sueño humano hay quien anhela otro modo de ser vivido y ofrecido a la sociedad. Esta ausencia de intereses espurios es la gran fuerza del anhelo por recrear la comunidad de Jesús.

 

4

«NO PENSÉIS QUE HE VENIDO A TRAER PAZ A LA TIERRA. NO HE VENIDO A TRAER PAZ, SINO ESPADA»

(Mt 10,34-38)

 

         «No penséis que he venido a sembrar paz en la tierra: no he venido a sembrar paz, sino espadas; porque he venido a enemistar el hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; así que los enemigos de uno serán los de su casa (Miq 7,6). El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que ponga al seguro su vida, la perderá, y el que pierda su vida por causa mía, la pondrá al seguro».

 

Reflexión

 

  • Tenemos aquí un conglomerado de “palabras escandalosas” de no fácil explicación. Todas ellas reflejan la experiencia de las primeras generaciones cristianas cuando ya se ha experimentado la hermosura del mensaje de Jesús ofrecido a todos y también sus duras dificultades. Son textos de una indudable aspereza. Confirman algo elemental: que el evangelio es hermoso, pero no fácil.
  • Se ha vivido la experiencia evangélica no como un falso pacifismo, sino como una herida en el seno mismo de la sociedad. Así es: lo de Jesús no es un pacifismo que deja las cosas como están tratando de contentar a todos para que todo siga igual. No: se produce una fuerte fractura social: los jóvenes (hijo, hija) contra los mayores (padre, madre-nuera). Una dificultad notable en la convivencia generacional porque se supone que los mayores están más anclados en el sistema y los jóvenes propugnan caminos nuevos. Un evangelio que contente a todos (y sobre todo que contente a los dueños del sistema) no es el de Jesús. Un evangelio que no es, de algún modo, un peligro social, no es el evangelio de Jesús.
  • Ese mismo principio de ruptura hay que aplicarlo al ámbito delicado de la propia familia. No quiere decir el evangelio que no haya que querer al padre o a la madre (iría contra el cuarto mandamiento) ni que haya que abandonarlos para ser seguidor de Jesús. Nada que ver. Quiere decir que, a veces, las relaciones familiares también pueden ser antievangélicas, inhumanas, opresoras, depredadoras. En tal caso, habrá que aplicarles la terapia evangélica: el distanciamiento, la crítica, la reorientación, la ruptura. Es delicado este terreno, pero la relación familiar también entra en el discernimiento cristiano.
  • Por otra parte: la frase sobre “coger la cruz” no hace relación a “las cruces de cada día” que algunos dicen que las manda Dios (Dios no mando sino amor; las cruces son el precio de nuestro ser histórico). Alude a algo radicalmente distinto: dibuja el horizonte al que tiende el seguidor: estar dispuesto a vivir como vive uno que lleva la cruz al patíbulo, vivir como un excluido de la tierra, vivir como un rechazado por amor, vivir con un amor sin esperanzas. Es el horizonte. Algunos han llegado ahí (el mismo Jesús y otros). Aunque no podamos llegar al horizonte, tenerlo ahí, entre ceja y ceja, puede ser interesante. Esta sí que es ruptura fuerte, la más profunda.
  • Y para terminar, ese otro dicho también “escandaloso” y paradójico: ganar la vida es perderla; perderla, ganarla. ¿Qué es ganar y qué es perder? ¿Ganar es tener mucho, poseer mucho, mandar mucho, tener un prestigio, dejar huella en la historia, estar en el candelero? ¿Puede ser ganar el servir, el entregarse por amor, el ser generoso, el pensar bien del otro para acertar, el hablar con benignidad, el hacer el bien sin mirar a quién, el estar contento con poco? ¿Qué ganancias nos da el evangelio? No hay ganancia, empresa ruinosa.                                                          

 

Derivaciones

 

  • Espiritualidad de ruptura: en nuestro itinerario de vida cristiana no nos hemos visto precisados a “romper” con nuestros modos de vida habituales. Hemos sido cristianos de manera casi natural, sin grandes sobresaltos, sin situaciones difíciles en las que hay que elegir un camino u otro. Nuestra opción cristiana ha sido “benigna”, bienintencionada, generosa incluso, pero no se ha visto casi nunca entre la espada y la pared, en la encrucijada de tener que elegir. A veces sí que hemos notado, respecto a nuestra familia o nuestra sociedad, una ruptura religiosa y moral: nosotros participamos en actos religiosos que ellos no aprecian o tenemos posiciones morales distintas a las suyas. Pero nunca han significado una gran ruptura. Podría haber una “solución” si el camino evangélico nos va llevando a una cierta “ruptura social”: que tomáramos ciertos caminos y comportamientos sociales como exigencias del evangelio (la solidaridad, la paz, los pobres, la justicia, etc.), que las viviéramos y explicáramos desde ahí. Nuestra fe sería más evangélica y más “explicable”.
  • Un pacifismo activo: casi todo el mundo está por la paz; quisiéramos vivir en un mundo sin guerras ni violencias. Incluso muchos de nosotros rezamos por la paz con frecuencia. Pero, a la vez, somos muy lentos para enrolarnos en una actividad de paz, la que sea. Porque los problemas de la paz no se solucionan ni con oración (por más que esta ayude) ni con meros deseos. Es preciso implicarse en algo. Eso nos cuesta hasta imaginarlo. Pero quizá todo sea comenzar y uno irá viendo que se abren puertas: participa en una actividad de paz y justicia sencilla (¿por qué no hay “círculos del silencio” en Logroño?), no seamos remisos a la hora de apoyar a quienes construyen la paz (¿qué nos impide ser, por ejemplo, socios de Amnistía Internacional?). Para esta clase de actividades hay que amar la paz de dentro (la personal) y la de fuera (la social). Ambas son importantes y necesarias. Y no creamos que no van con nosotros las grandes cuestiones de la paz: informémonos, valoremos, si hay manera de colaborar, colaboremos. Cualquier paso es importante, por sencillo que sea.

 

5

«LOS PUBLICANOS Y LAS PROSTITUTAS OS LLEVAN LA DELANTERA EN EL REINO DE LOS CIELOS» (Mt 21,31b-32)

 

         «Os aseguro que los recaudadores y las prostitutas os llevan la delantera para entrar en el reino de Dios. Porque Juan os enseñó el camino para ser justos y no le creísteis; en cambio, los recaudadores y las prostitutas le creyeron. Pero vosotros, ni aun después de ver aquello habéis sentido remordimiento ni le habéis creído».

 

Reflexión

 

  • El contexto del pasaje es la gran disputa del final en el Templo entre Jesús y las fuerzas vivas del país, el partido saduceo (la aristocracia sacerdotal y seglar). El desencuentro es grande; por eso se llega a extremos dialécticos. La comparación de los notables con publicanos y prostitutas es ofensiva para ellos que se creen los fieles, los buenos, los justos.
  • Efectivamente, son las dos categorías de personas más odiadas, más despreciadas, más injuriadas: los corruptos sociales (recaudadores), las corruptas morales (prostitutas). Gente “necesaria” y despreciada: necesaria para que funcione un sistema económico neoliberal y necesarias para dar salida a desahogos sexuales que no se elaboran en la relación matrimonial. Despreciados los recaudadores por su corrupción conocida; despreciadas porque se considera un pecado nefando la venta del cuerpo, no su compra.
  • Un sistema social montado sobre la hipocresía que Jesús pone de manifiesto: se creen fieles y sostienen modos de vida que ellos censuran y usan. Jesús desnuda tales planteamientos de manera severa. Algunos traducen “os llevan la delantera” por “ellos entran y vosotros, no”.
  • Además, subraya el texto que, viviendo en ese doble juego de vida, viven “sin remordimientos”. No hay ni pizca de interés en cambiar, menosprecian a quien, como Jesús, les pone las cosas claras delante. Por eso menospreciaron al Bautista que iba en la línea que marca Jesús (o quizá Jesús lo aprendió de él).

 

Derivaciones

 

  • Fieles, pero infieles: el evangelio tiene una alta capacidad para poner en evidencia las paradojas de nuestra vida. Por eso sus palabras, duras a veces, siguen estando vivas. Nos hace ver que somos fieles al hecho religioso, nos importa y lo valoramos; pero, a la vez, somos infieles al hecho humano manteniendo divergencias, agravios y hasta odios. Nos hace ver que somos fieles a una moral establecida, pero somos duros con quienes piensan distinto, viven distinto o practican una “rebeldía” que no podemos aceptar (“Un sistema que habla de libertad pero persigue la rebeldía no es sano”, decía E. Fromm). Nos desvela que somos fieles a muchas tradiciones, pero duros para la benignidad, la bondad, y la certeza de que en el fondo de las personas anida el bien. Fieles, pero infieles.
  • Humanizar la prostitución: está abierto el debate social sobre si legalizar o no la prostitución. Más allá de esto que lo tendrán que solucionar las instancias de gobierno de nuestra sociedad, el cristiano habría de intentar humanizar esta realidad  que, nos guste o no, está ahí. ¿Qué es humanizar? Primero, aplicar parámetros de justicia a este sector frágil: no son ellas (o ellos) las malas de la película; quizá lo sean más los usuarios que, socialmente, se van de rositas. El problema es social, no de unas pocas personas. Además tener palabras ajustadas, compasivas, benignas, comenzado por si designación (prostitutas, o peor, putas), por los chistes sobre ellas, por el menosprecio que indica nuestra manera de hablar de este asunto. Jesús no hubiera hablado mal de ellas, ni se hubiera reído, ni las hubiera menospreciado. También aprecio por los colectivos (religiosos o no) que trabajan por humanizar, en la medida de lo posible, este sector frágil; hacerles un sitio en la mesa de la sociedad; no protestar porque se destinen recursos (pocos) para ellas; quizá, si viene a la mano, colaborar con esos grupos.

 

6

«MUCHOS SON LOS LLAMADOS

Y POCOS LOS ESCOGIDOS» (Mt 22,11-14)

 

«Cuando entró el rey a ver a los comensales, reparó en uno que no iba vestido de fiesta, y le dijo: -Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de fiesta? El otro no despegó los labios. Entonces el rey dijo a los sirvientes: "Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.

 

Reflexión

 

  • Estamos ante una frase de gran dificultad de interpretación. Los autores salvan el escollo como pueden. El contexto es la gran disputa del final con el judaísmo oficial. Para Mateo, los judíos, primeros destinatarios del banquete del reino, han quedado fuera; han sido llamados, pero no escogidos.
  • Sin embargo, el dicho es más complicado porque viene después del pasaje de quien ha sido expulsado por no llevar vestidura adecuada. Algunos dicen que la frase estaría al final de la parábola del banquete, no al final del relato del expulsado. Pero hoy está donde está.
  • ¿Qué ha ocurrido en la comunidad de Mateo? Estamos en los años 80-90. Han pasado más de 50 años de la muerte de Jesús. Su recuerdo permanece, pero las comunidades empiezan a instalarse, a elaborar una cierta normativa religiosa. Se viene a decir: el cristiano ha sido llamado al banquete del reino; pero hay que cumplir unas normas religiosas. De lo contrario, serás llamado, pero no escogido.
  • Es decir: se percibe la realidad de que las comunidades cristianas que empiezan a afianzarse en el Mediterráneo no podrán sobrevivir sin una cierta normativa. ¿Se dan cuenta de que eso puede alejarles del Evangelio? Quizá sí. Pero sin normas, el riesgo es mayor: que se llegue a difuminar el recuerdo de Jesús porque el cristianismo desaparezca.
  • Si esta lectura es correcta, ¿podría ser un pensamiento propio de Jesús? Creemos que no, porque la propuesta de Jesús no tiene en cuenta normativas específicamente religiosas; más bien lo contrario. Aun así: ¿fue correcta la postura de los primeros cristianos de normatizar el evangelio? Esto habría de valorarse haciendo una lectura del itinerario eclesial.

 

Derivaciones

 

  • ¿Una fe sin exigencias?: es algo que nos resulta casi impensable porque nuestra experiencia religiosa ha estado moldeada por las normas, y sigue estándolo (pesa más en la estructura de la iglesia el Derecho Canónico que el Evangelio). Muchos cristianos piensan que precisamente lo que mantiene a la iglesia son las normas claras. La postura de Jesús no parece ser esa: para él lo más básico es el amor; sin eso no hay nada. Las normas, si es que surgen o se necesitan, tienen que ser elementos derivados y por ello consensuados entre todos. Y en cualquier caso, no habrían de sofocar el amor. Por eso mismo, si la norma termina por empoderarse, nos estamos alejando del evangelio. Una fe sin exigencias previas no es un desbarajuste porque hay “exigencias” evangélicas (el amor, la compasión, el amparo, la hondura, la bondad). Algo raro nos ocurre si, al relativizar las normas, creemos que todo esto se vendrá abajo. ¿Es que no hemos logrado dar fe a la palabra de Jesús que pone como distintivo del cristiano el amar como él ha amado?
    • Caminos de reparación creativa: Se puede leer el pasaje evangélico con el deseo de reparar el camino que ha recorrido la iglesia. Se trataría de no “cambiar” para dejar las cosas como están porque, al ser tan compactas, se las considera incambiables o, peor todavía, por un cansancio vital que empuja a vivir en la indolencia sin afrontar los problemas de frente. Habría que intentar reparar creativamente la Iglesia, es decir, no simplemente reparar para que todo siga como antes, sino reparar para dar a luz una realidad nueva. Siempre hay oportunidades de reparar recreando porque algunas heridas históricas tienen curación (divisiones religiosas, desajustes económicos, lugar de las religiones en la sociedad, etc.). La mejor curación es dar el salto hacia algo de creciente calidad. «La resiliencia humana frente a la adversidad no deja de sorprendernos y siempre podemos recomponer nuestras ilusiones por vías alternativas». La sociedad de hoy, el momento presente, nos ofrece esas vías alternativas que eran impensables en otras épocas (diálogo fe-cultura, diálogo interreligioso, espiritualidades de hondura, caminos sociales más cultivados, etc.).

 

 

7

«DONDE ESTÉ EL CADÁVER, SE JUNTARÁN LOS BUITRES» (Mt 24,26-28)

 

         «Por tanto, si os dijeren: “Mira, que está en el desierto”, no vayáis; “Mira, que está en el sótano”, no os lo creías. Porque, igual que el relámpago sale del levante y brilla hasta el poniente, así ocurrirá con las llegada del Hombre. Donde esté el cadáver, se juntarán los buitres».

 

Reflexión

 

  • El contexto del pasaje es la disputa final en el templo, pero esta vez la forma es lo que se llama literatura apocalíptica, una manera de escribir propia de la época, algo así como la ciencia ficción para nosotros. Siempre se quiere como entrever o adivinar el futuro que ignoramos, leer los signos de lo que nos puede acontecer.
  • Hay quienes quieren signos claros pasa saber algo que los primeros cristianos creían que podía acaecer de un momento a otro (Jesús mismo llegó a creerlo: “No habréis pasado por las ciudades de Israel, antes que esto suceda”: Mt 10,23): la llegada final del Mesías. Sobre esto corrían mil bulos, inquietantes siempre. Parece que el pasaje quiere sosegar el ánimo de los cristianos viniendo a decirles que se verá con claridad que se está en el momento final (se mantiene el asunto, pues, aunque son sosiego).
  • El texto aleja de Jesús alguno de esos bulos: 1) que sería un rebelde: en el desierto se fraguaban siempre las rebeldías; 2) que sería un clandestino que actúa en los sótanos (a los bulos siempre les ha gustado lo enigmático).
  • El texto dice que no vendrá un “Mesías” sino un “Hombre”. Es decir, lo que tenga que ser al final estará caracterizado por los calores de lo humano: el amor, la paz, la plenitud. Por lo tanto, nada de catastrofismo, sino paz y plenitud. Con esto se desactiva cualquier mesianismo raro.
  • Por eso, el dicho que nos ocupa puede ser una simple metáfora para indicar que se verán las cosas claras cuando llegue el caso. Pero es una metáfora negativa que no puede aplicarse a Jesús: él no será carroña que reúna a buitres, sino, como hemos dicho, bondad final, plenitud última en la forma que sea, sosiego definitivo para el caminar de la historia.

 

Derivaciones

 

  • ¿Habrá momento final?: a las religiones siempre les ha gustado este tema. Quizá ahora lo tenemos un poco más apagado porque nos hemos hecho menos crédulos. Pero todo esto que vemos, nosotros incluidos, ¿a dónde camina? La palabra y los teólogos han dicho con claridad que esto camina a la plenitud en Cristo. ¿Pero qué forma va a tomar esa plenitud? ¿Se puede pensar tal plenitud en los presupuestos que maneja la ciencia hoy? La ciencia dice que el universo se expande caóticamente hasta su apagamiento definitivo. ¿Puede entenderse ese apagamiento (todo ese itinerario colmado) como la plenitud de Jesús, como el día del Hombre? ¿No tiene sentido algo que se plenifica terminando? ¿Puede ser esto motivo de alegría más que de frustración?
  • Religión y mesianismos: esta ha sido también otra constante en la historia de las religiones. Lo sigue siendo ahora con una fuerza inusitada: las religiones tienen lugar preponderante en las opciones sociales y políticas, por más que los estados se digan laicos. Líderes políticos se amparan en las religiones, de uno y otro signo. Grandes masas de personas buscan en las religiones una orientación de vida que les sostenga, aunque a veces sean cosas pintorescas e incluso deshumanizadoras. La necesidad de mesianismos sigue vigente, la enorme necesidad de que alguien de fuera solucione lo que yo no sé solucionar. ¿Es posible vivir una fe sin mesianismos, a pelo? ¿Es de peor calidad una fe que no recurre a soluciones externas al camino humano? ¿Se empobrece la fe si se la priva de esos mesianismos que nos atraen?

 

 

 

 

 

8

«NO HE VENIDO A LLAMAR A JUSTOS,

SINO A PECADORES» (Mc 2,15-17)

 

         «Sucedió que, estando él recostado a la mesa en su casa, muchos recaudadores y descreídos se fueron reclinando a la mesa con Jesús y sus discípulos; de hecho, eran muchos y lo seguían. Los fariseos letrados, al ver que comía con los descreídos y recaudadores, decían a los discípulos: -¿Por qué come con los recaudadores y descreídos? Lo oyó Jesús y les dijo: -No tienen necesidad de médico los que son fuertes, sino los que se encuentran mal. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores».

 

Reflexión

 

  • El pasaje se inscribe en el primer período de la actividad de Jesús, cuando quiere dibujar las características de lo que él llama el reinado Dios. Una de ellas: la comunidad ha de abrirse a aquellos que la sociedad de la época excluye, a los pecadores sociales, los que tiene comportamientos u oficios que están mal vistos. Las religiones piensan que para acceder a Dios, cuanto más puro se sea, mejor. Jesús dice que se accede a Dios, al reino, acogiendo a los que no son puros, algo difícil de entender a quien siempre le han dicho lo contrario.
  • Solo una comunidad mezclada (discípulos y seguidores) podrá ser capaz de acoger a quien anda por los márgenes. Una comunidad elitista, o dominada por una élite (clero) tendrá muy difícil el integrar a los excluidos. Quizá hable a favor de ellos (no está mal), o les socorra con parte de sus medios (tampoco está mal). Pero incluir, es otra cosa. Ya lo decía González Faus: “todos por los pobres, muchos como los pobres, nadie con los pobres”.
  • Un planteamiento así solo será posible con una gran libertad. Dice el texto que estaba “recostado” a la mesa y que muchos “se fueron reclinando”. Era la posición pagana de comer, aquella que los identificaba como hombres libres. Sin libertad es difícil generar acogidas amplias. Si la acogida está supervisada por la norma, al final se termina acogiendo muy selectivamente.
  • La conducta de Jesús es considerada como impropia de un maestro: ¿qué va a enseñar alguien que se mezcla con la gentuza? Cuando en otras partes del evangelio se diga que Jesús habla “con autoridad” (Mc 1,27), a este tipo de experiencias se refiere: solo podrá hablar de acoger quien realmente y en la medida en que uno ha tenido experiencias de acogida.
  • Los que se siente fuertes se entiende como “justos”. Su fortaleza derivada de su poder les hace creerse acreedores al reino. Los que son considerados pecadores por los demás, en esa desconsideración se halla su pasaporte para el reino. El menosprecio habla de su valor. Esto es lo que tendrá que hacer visible la nueva comunidad de Jesús: acogiendo a pecadores te haces acreedor de ese menosprecio que lleva al reino. Lo paradójico de la situación habla de su verdad.

 

Derivaciones

 

  • Valorar bien la limitación de la comunidad cristiana: No se trata de valorar la comunidad de Jesús cargando las tintas sobre los fallos históricos de la Iglesia. Esos fallos han de ser valorados ecuánime y críticamente. Pero el anhelo no se sustenta en el fallo, sino en la posibilidad que se abre hoy a soñar con la comunidad de Jesús creyendo que hoy es un tiempo más propicio para ello. Por eso mismo, además de, como hemos dicho, ser críticos, habría que agradecer a la estructura eclesiástica lo bueno que ha aportado para que hoy entreveamos la posibilidad de dar un paso más próximo al sueño evangélico de «uno es vuestro Padre y todos vosotros sois hermanos». Paradójicamente, es la imperfección la que permite la evolución y no se deben interpretar los fracasos como catástrofes insuperables.
  • ¿Cuál ha de ser el lugar del pobre en la comunidad de Jesús?: es cierto que los pobres tienen cada vez más cabida en el discurso y en la solidaridad de la comunidad cristiana. En eso hemos avanzado notablemente, por más que haya que seguir en ello con intensidad. Pero quizá se sigue pensando y actuando como si eso fuera una consecuencia de la fe y no una parte esencial de la fe. Esto no es solo una cuestión mental, sino que tiene muchas consecuencias concretas. Las comunidades cristianas no se ha formulado aún la pregunta sobre las pobrezas. Los pobres siguen siendo algo fuera de la realidad del templo o propio del despacho de Cáritas. Estos tiene que abrirse camino en la misma comunidad parroquial; solo un sector conecta con su trabajo de manera importante. Hacer que las pobrezas hagan parte de la comunidad cristiana es una tarea de futuro.

 

 

9

«QUIEN TENGA OÍDOS PARA OÍR, QUE OIGA»

(Mc 4,3-9)

 

         «¡Escuchad! Una vez salió el sembrador a sembrar. Sucedió que, al sembrar, algo cayó junto al camino; llegaron los pájaros y se lo comieron. Otra parte cayó en el terreno rocoso, donde apenas tenía tierra; como la tierra no era profunda, brotó en seguida, pero cuando salió el sol se abrasó y, por falta de raíz, se secó. Otra cayó entre las zarzas: brotaron las zarzas, la ahogaron, y no llegó a dar fruto. Otros granos cayeron en la tierra buena y, a medida que brotaban y crecían, fueron dando fruto, produciendo treinta por uno y sesenta por uno y ciento por uno. Y añadió: -¡Quien tenga oídos para oír, que oiga!».

 

Reflexión

 

  • El contexto es la conocida parábola del sembrador referida en los tres sinópticos. Es la parábola sobre el crecimiento del reino y su expansión por encima de dificultades. Son textos que quieren suscitar confianza (se les llama “parábolas de la gran confianza”). La comunidad cristiana siempre ha necesitado palabras que la animen porque el desaliento ronda el camino cristiano.
  • La parábola termina con ese reto que resulta un tanto enigmático. Si se reta a oír es algo que en el relato de la parábola no se quiere oír o, por lo menos, se tiene más dificultad. Ciertamente es agradable y animador saber que habrá una cosecha abundante, que el reino triunfará, que la fe se Jesús sobrevivirá espléndidamente (en una buena cosecha una espiga puede tener entre 40-50 granos, sesenta y cien es imposible). Lo que se corre el peligro de obviar es la frustración de la semilla con los pájaros, el terreno rocoso, las zarzas, que constituyen el grueso narrativo de la parábola. Es decir: la comunidad puede estar tentada de ignorar que el éxito del reino se construye en la zozobra de la historia, en el fracaso que, en algún modo, es el camino histórico. Los indudables éxitos que tuvo la misión primitiva cristiana no deben hacer perder la perspectiva: la plenificación de la historia es un trabajo de larguísimo alcance que pasará por miles de avatares, de fracasos, que será necesario ir asimilando.
  • Una cosa es oír y otra escuchar. Para oír el tema del éxito del reino hay que escuchar el del fracaso histórico. Hay que discernir mucho, hay que darle muchas vueltas, hay que hacer acopio de resiliencia para no hundirse en la tempestad que es la vida. Se necesita un ahondamiento reflexivo y orante para entender bien estos textos.

 

 

 

Derivaciones

 

  • El fracaso de la oferta cristiana: Hasta hace no mucho se había creído que el régimen de cristiandad era el éxito social de la religión cristiana. La secularidad nos está enseñando cuán equivocados estábamos. Cuando vemos en occidente la deserción de colectivos significativos como los intelectuales, los obreros, los jóvenes, etc., podemos percatarnos de fracaso que, socialmente, ha constituido para la fe el haberla entendido en los parámetros de un régimen de cristiandad. Ese fracaso se refleja en los fracasos de la oferta cristiana en esta sociedad nuestra que son: el Evangelio no ha frenado la desigualdad, los países cristianos ha manifestado claramente su cobardía ante la deuda externa, la Iglesia ha claudicado ante el neoliberalismo y la globalización, y se ha plegado a los dictados del imperio norteamericano y lo que significa. Pero todo ese cúmulo de desenfoques no ha logrado que decaiga el vigor del evangelio y la ilusión por la persona de Jesús. Se verifica en muchas comunidades cristianas, ocultas pero vigorosas, aquel poemilla de J.A.Valente: “Detrás de la biblioteca de la escuela/ aparecían en otoño flores amarillas/ cuyo nombre aún ignoro”. Una de esas flores sin nombre, amarillas, de otoño, pero flores al fin y al cabo que rebrotan sin parar es el sueño de Jesús, la utopía de su fraternidad universal. Ese es su éxito, más allá de toda ausencia.
  • El éxito cristiano un éxito en beneficio de otros: El aguijón venenoso que tiene el éxito entendido como éxito personal o nacional queda desactivado en el Evangelio. El suyo es un éxito para otros, para la plenitud de todos, singularmente para beneficio de los débiles. Jesús lo ha sentido con una enorme viveza: “Bendito seas, Padre, porque si has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, se las has revelado a la gente sencilla” (Mt 10,25). Eso que se ha revelado a los sencillos no es ninguna realidad arcana, sino la elemental certeza de que el horizonte de la vida es la dicha de pertenecer a una sola familia y la verdad clara de que nadie puede quedar excluido, por nada del mundo, de esa fiesta común.

 

 

10

AL QUE TENGA SE LE DARÁ, Y AL QUE NO TENGA, AUN LO QUE TENGA, SE LE QUITARÁ (Mc 4,24-25)

 

         «¡Atención a lo que vais a escuchar! La medida que llenéis la llenarán para vosotros, y con creces, pues al que tenga se le dará, y al que no tenga, aun lo que tenga, se le quitará».

 

Reflexión

 

  • El contexto es el de la colección de parábolas. Por el aviso inicial se quiere llamar la atención no solamente sobre lo que se va a decir, sino sobre lo que dice el conjunto de parábolas: que se puede confiar en la promesa de Jesús de que caminamos hacia el horizonte del reino. Si no vamos a mejor, si las promesas de dicha y gozo de Jesús no se cumplen, estamos dando asentimiento a un programa que no funciona.
  • ¿A qué “medida” se refiere el texto? Según el contexto de la colección de parábolas, la medida es la confianza. Por eso se podría leer: si llenas de desconfianza la vida de los demás, la tuya será una vida en gran desconfianza. Por el contrario: si generas confianza en los demás, tu misma vida será más confiada y gozosa
  • El mismo criterio puede aplicarse a la paradójica frase siguiente: si tienes confianza, si produces confianza, se te dará confianza. Si no la produces ni la tienes, la confianza abandonará tu vida, tu corazón se ahogará en una vida pobre.
  • Puede parecer la frase algo amenazante, debido a esa pedagogía negativa que emplean los textos evangélicos. Pero podemos volverla en positivo: cuanta más confianza produzcas en tu vida, más confiado será el camino de tu vida, habrá en él menos temores, tus valores esenciales serán más guardados.  Cuanto más instales tu vida en la desconfianza, más deshilachada tu vida, más temerosa, menos fuerte aunque creas lo contrario.
  • ¿Es posible dar fe a estos planteamientos del evangelio? ¿No conectan con la vida real? Si es así: ¿qué significa, entonces, creer en Jesús? ¿Aceptar un conjunto de verdades que no son las que aparecen en el evangelio sino en la teología? Si torcemos el morro cuando se nos dicen cosas tan simples y tan verdaderas como estas, ¿dónde está asentada nuestra identidad cristiana?

 

Derivaciones

 

  • Construir la confianza: esta no es algo que se tenga sin más, es una construcción humana, algo que se elabora con esfuerzo, algo que produce situaciones de perplejidad y de dolor. ¿Cómo seguir confiando cuando se ha visto con los propios ojos el fallo, personal y ajeno? ¿Cómo mantener la fe en la confianza (más difícil que la fe en Dios) cuando se ha experimentado la traición y el engaño? ¿Cómo romper el caparazón de retraimiento cuando se cree que ser desconfiado es mejor garantía de supervivencia? ¿Cómo vivir en una confianza discernida, no a lo loco? Muchas preguntas se agolpan en este valor evangélico y humano de la confianza. Los que apreciamos a Jesús no deberíamos apearnos de él, por la simple razón de que él hizo de la confianza un puntal de su relación con los demás y con el Padre.
  • Vamos a mejor: muchas personas tienen argumentos para decir justo lo contrario. Pero muchos análisis dicen que, efectivamente vamos a mejor, en el campo de la educación, de la igualdad de género, del belicismo, de la sanidad, etc., por mucho que lo negativo sea enorme. Como esto es indemostrable científicamente y se trata de una apreciación espiritual, hay muchas personas, creyentes entre ellas, que aseverarán justo lo contrario: que la humanidad camina a su suicidio. Si se mantiene esa postura y se es cristiano, se tiene un problema: porque si la profecía del bien, que es la Jesús, camina al abismo, ¿para qué su evangelio? ¿para qué la práctica religiosa? ¿para qué la misma figura de Jesús? Tal vez el creyente sencillo habría de tomar como un apostolado el subrayar los aspectos bondadosos de su vida y de su entorno (no se preocupe por los negativos que tendrá muchos subrayantes). Quizá frecuentando el bien se filtre en nuestro corazón ese rayo de luz que dice que vamos a mejor. Esa luz estaba en el corazón del mismo Jesús.

 

 

11

«SI TU MANO TE PONE EN PELIGRO, CÓRTATELA»0

 (Mc 9,42-47)

 

«A quien escandalizare a uno de estos pequeños que me dan su adhesión, más le valdría que le encajaran en el cuello una rueda de molino y lo arrojasen al mar. En consecuencia, si te pone en peligro tu mano, córtatela; más te vale entrar manco en la vida que no ir con las dos manos al quemadero, al fuego inextinguible. Y si tu pie te pone en peligro, córtatelo; más te vale entrar en la vida cojo que no con los dos pies ser arrojado al quemadero. Y si tu ojo te pone en peligro, sácatelo; más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios que no ser arrojado con los dos ojos al quemadero, donde su gusano no muere y el fuego no se apaga (Is 66,24)».

 

 

 

Reflexión

 

  • El contexto de este extraño pasaje es claro: es la tercera de las catequesis de la enseñanza de Jesús a sus discípulos (esta enseñanza solo la trae Mc aunque los pasajes están disperdigados en otros lugares de los sinópticos). Los temas de esta catequesis no son religiosos, sino más bien sociales. Eso muestra que la pretensión del evangelio es modificar nuestra vida de cada día.
  • Todo parte del tema del escándalo. ¿A qué se refiere? Un “pequeño”, posiblemente haya que entender un “pagano”, un ajeno a la comunidad de seguidores, viene a ella harto del comportamiento inhumano de la sociedad pensando que en el grupo de creyentes las cosas serán distintas. Y al llegar, se encuentra con que también los cristianos manejan los criterios de los paganos. Y se “escandaliza”. Es algo tan fuerte que la hipérbole de la rueda de molino encajada en el cuello da una idea de la gravedad.
  • ¿Es posible pensar a la manera de Jesús, de forma alternativa, distinta? ¿Cómo hacerlo? El evangelio propone tres fuertes discernimientos. El primero “cortarse la mano”. La persona fabrica, crea, trabaja con las manos. Hay que discernir y reorientar los trabajos: si lo que trabajas construye humanidad, adelante; si no, hay que “cortarlo”, hay que reorientarlo.
  • El segundo gran discernimiento es “cortar el pie”: con los pies caminamos, hacemos las sendas de nuestra vida desvelamos nuestras intenciones. Hay que hacer un gran discernimiento sobre nuestras intenciones, nuestros planes, nuestros propósitos vitales, nuestras sendas. Si se orientan al corazón humano, vale; si no tienen corazón ni buscan el amor, sino el lucro egoísta, hay que “cortar” esos pies, hay que reorientar nuestros caminos.
  • El tercer gran discernimiento versa sobre el “sacarse el ojo”. En el ojo está la ambición (los “ojos insaciables” de 1 Jn 2,16), el afán de poseer sin límites, el tener más para dominar más. Por eso, hay que discernir sobre nuestras ambiciones: ¿ambicionamos el bien del otro o el propio, la ganancia común o la egoísta, el aumentar nuestro caudal o aumentar nuestra buena relación? Si fuera lo primero, habría que “sacarse el ojo”, reorientar esa tendencia a la apropiación desbocada.

 

Derivaciones

 

  • Una fe cristiana alternativa: una de las razones de la pérdida de significatividad en la vida cristiana es que, diciéndonos cristianos, en la mayoría de las cosas (quizá no en la práctica religiosa) somos como todo el mundo. De la política, del dinero, de las relaciones sociales, de los pobres, de las relaciones de género, etc., pensamos, más o menos, como todo el mundo. No tenemos un modo de pensar y de actuar que sea suficientemente alternativo. Quizá aquí radique una fuente de debilidad. Nuestra misma esperanza es como la de todo el mundo. No esperamos cosas distintas. En la medida en que esto fuera así, tendrían que encajarnos la rueda de molino esa. Pero, ¿se puede generar alternatividad? Sí que se puede poco a poco, en pequeñas cosas, en pasos sencillos, en tomas de postura distintas. Quizá todo sea comenzar, abrir brecha, hacer pequeñas prácticas que lleven a algo de más calado. De hecho, hay personas y grupos que tienen más marcado el componente alternativo. Luego se puede.
  • Necesitados de discernimiento: para saber qué es lo que más conviene hacer. Hay cauces de discernimiento personales (lectura, silencio, oración, consulta, etc.). Pero quizá los que más nos ayudan son los cauces comunes, sociales. El cauce del grupo comunitario: porque lo que se habla en común es lluvia que entra dentro ya que no se hace desde la imposición sino desde la oferta. El cauce de los grupos sociales es otro muy bueno. Estamos quizá troquelados para replegarnos en nuestra casa (Cada uno en su casa…). Pero los grupos sociales (políticos, laborales, culturales, etc.) son espacios muy buenos de discernimiento. Pertenecer a ellos puede ayudarnos mucho a saber qué es lo que hay que hacer cuando estamos delante de una encrucijada.

 

 

12

«MÁS FÁCIL ES QUE UN CAMELLO PASE POR EL OJO DE UNA AGUJA QUE NO QUE ENTRE UN RICO EN EL REINO DE DIOS» (Mc 10,23-25)

 

«Jesús, mirando [a los discípulos] en torno, dijo a sus discípulos: -¡Con qué dificultad van a entrar en el reino de Dios los que tienen el dinero! Los discípulos quedaron desconcertados ante estas palabras suyas. Jesús reaccionó diciéndoles de nuevo:-Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios para los que confían en las riquezas! Más fácil es que un camello pase por el ojo de una aguja que no que entre un rico en el reino de Dios».

 

Reflexión

 

  • El contexto es la última de las instrucciones de Mc sobre las riquezas (después del episodio del joven rico), algo a lo que le dedica mucho espacio (se ve que este era un tema estrella en la cabeza de Jesús, o de la primera comunidad). Estamos en culturas mucho menos monetaristas que la nuestra. Lo que quiere decir que ese tema sigue siendo prioritario hoy para la conformación de la fe.
  • La religión judía considera que los bienes son signo de la bendición de Dios. El dinero es una realidad bendita. Por eso, aspirar a tenerlo es algo espiritual (no ve la incongruencia de que los tiranos ricos serían los más benditos porque son los que más tienen). Para Jesús el dinero es “mamón de injusticia” (mamón es la riqueza divinizada). Por eso, lo más que se puede hacer con él es ganarse amigos siendo solidarios con generosidad (Lc 16,9). ¿De dónde le viene a Jesús tal aversión?
  • Si los discípulos se “desconciertan” es que ellos aspiraban a un estilo de reino de Dios donde el dinero estuviera presente. ¿Cómo llegaron a reelaborar esto? ¿Cómo llegaron a aprender que con el mensaje de Jesús no iban a acumular dinero sino que se trataba de entregarse a los demás? Un itinerario difícil, para ellos y para nosotros.
  • Al fondo de todo está el tema de la confianza: el reino exige una confianza plena en el Padre y en el corazón de la persona. Una confianza compartida (entre el reino y el dinero) ha de ser reelaborada para que sean las directrices del reino las que vayan marcando los caminos del dinero y no al revés.
  • Termina con esa frase exagerada del camello que no puede pasar por el ojo de la aguja. Algunos la han querido mitigar (una soga: kamel). Pero no hay que darle vueltas: significa la enorme imposibilidad de trabajar este tema (los mismos rabinos decían que es imposible que un elefante pase por el ojo de una aguja. Pues lo mismo). Hay un cierto desencanto, como si nos empeñáramos en algo imposible.

 

Derivaciones

 

  • Correcto tratamiento del dinero: de esto hemos hablado muchas veces. Pero estamos casi seguros que Jesús, que era tenaz en sus caminos, nos animaría a hablar una vez más. Lo primero es que sin dinero no se puede vivir. Toda persona debería tener el dinero suficiente para vivir con dignidad. Además, el dinero no es una realidad sucia cuando se gana con justicia y decencia: es el fruto del trabajo, algo muy digno. El problema empieza cuando acumulamos dinero. Una cierta acumulación también sería de recibo: aquella que nos permite hacer frente a gastos de vida o que nos asegura un amparo en momentos más difíciles. Pero si pasamos de eso tan normal entramos en el problema. Por ser algo tan personal, nadie se siente capacitado para meterse en ese asunto. Pero el evangelio sí se mete y viene a decir que, de alguna forma, esa realidad se ha de ver influenciada por la propuesta de Jesús que es generosidad, solidaridad y amparo para los frágiles. No estamos acostumbrados a esto. Quizá no queremos acostumbrarnos. Pero el evangelio sigue, terco, ahí.
  • Ingreso mínimo garantizado: es algo que está en la prensa y en la sociedad: la posibilidad de que el gobierno unifique el maremágnum de ayudas a la pobreza de las comunidades autónomas y que establezca una única renta mínima nacional para combatir la pobreza, otra manera de repartir el dinero de un país. Pues bien, en contra del criterio de Cáritas que está por ello, la Conferencia Episcopal, por boca de su secretario, dice que mientras dure la crisis del coronavirus, bien, pero “pensar en una permanencia de grupos amplios de ciudadanos que vivan de manera subsidiada no sería un horizonte a largo plazo para el bien común”. Nos quedamos atónitos. ¿Qué amparo van a tener las familias y personas más pobres del país? ¿No es justamente el mejor modo de gastar el dinero público el de ayudar a quien anda mal hasta que llegue, si llega, a andar bien? ¿Cómo compaginar una actitud así con el evangelio? Nos quedamos perplejos.

 

 

13

«MÁS LE VALDRÍA  A ESE HOMBRE NO HABER NACIDO»

(Mc 14,17-21)

 

         «Caída la tarde fue allá con los Doce. Mientras estaban reclinados a la mesa comiendo, dijo Jesús: -Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar, uno que está comiendo conmigo. Dejando ver su pesadumbre, le preguntaban uno tras otro: -¿Seré yo acaso? Repuso él: -Es uno de los Doce, uno que está mojando en la misma fuente que yo. Porque el Hombre se marcha, según está escrito acerca de él, pero ¡ay del hombre que va a entregar al Hombre! Más le valdría a ese hombre no haber nacido».

 

Reflexión

 

  • El contexto del relato es, evidentemente, la pasión. Está puesto en los inicios y se profetiza de ella (“el Hombre se marcha”). Es muy difícil saber cómo se construyeron los relatos de la pasión. Tomarlos tal cual, parece excesivo. Tienen que ser relatos reelaborados a base de recuerdos marcantes. Pero adornar los relatos es natural a la hora de contar. Por desgracia, no podemos saber hasta dónde llegó el “adorno” y todo son conjeturas, mejor o peor fundamentadas (o sin fundamento).
  • Es una escena en la mesa. Reclinados: como personas libres. Van a tratar un caso de máxima “opresión”. ¡Cómo los humanos somos capaces de sumar contrarios: sentado a la mesa quien le va a traicionar! El primitivo cristianismo nunca asimiló los hechos: que uno que estuvo en el grupo hasta el final fuera capaz de “señalar” a quien había que arrestar (porque eso es lo que hace según Mc 14,45). A partir de ahí, tanto en el NT, como en la historiografía posterior la imagen de Judas encarnó todos los males. ¿Qué hay de verdad en todo esto? Todo son conjeturas, por más que se intenten adornar. Lo más lacerante es que quien parece que le entregó o lo señaló fue “uno de los Doce” (14,10.43). Eso fue lo que Mc nunca entendió. Y luego, la rueda de la imaginación se puso a rodar.
  • Por eso, el interrogante pende sobre la frase final: “Más le valdría a ese hombre no haber nacido”. ¿Es de Jesús esa frase? ¿No lo es? ¿Qué quiere decir exactamente? Unos, más benignos, dicen que es un lamento de compasión en boca de Jesús; otros que no deja de ser una explícita condena. Y los hay incluso que hablan de la condenación eterna de Judas. Apreciaciones que se topan con el silencio o con el interrogante de qué papel jugó Judas en todo esto de la pasión.
  • Volvemos a decir que la pasión de Jesús fue un algo convulso, esperado en parte, y en otra gran parte que desbordó las previsiones de Jesús y, por supuesto, las de sus seguidores. Nunca sabremos por qué se le condenó al peor de los suplicios; nunca sabremos el desarrollo exacto de un proceso sumarísimo de unas pocas horas; nunca sabremos exactamente el tema del enterramiento; nunca conoceremos con exactitud la reacción de los discípulos y su dispersión; nunca sabremos cómo encajó esto su madre. Quizá el no saber todos estos aspectos esenciales nos lleve a la síntesis más elemental: murió por sus opciones, por sus ideales, por sus sueños.

 

Derivaciones

 

  • Elaborar traiciones: todos experimentamos en la vida una serie de traiciones. Todos somos protagonistas de ellas. Es la limitación en estado puro: ¿cómo un humano puede traicionar a otro humano? Es algo de difícil respuesta, pero ahí está. Tal vez sea más útil preguntarse si podemos reelaborar nuestras traiciones, si hay maneras de repararlas. Y sí que las hay, a base de reconocimiento, de perdón y de certeza de que una traición enmendada con buena intención puede abrir nuevos caminos a la relación y puede paliar el mordisco de los recuerdos. De cualquier manera, el romper los puentes quizá sea la peor manera de responder a una traición. Y desde el lado cristiano, mantenerse en la testarudez de no perdonar choca con la espiritualidad del evangelio. 
  • Judaísmo/sionismo: mucho se ha hablado de Judas y los judíos en la historia. Las más de las veces negativamente (todavía persisten resabios: los judas, judiadas, etc.). Desde el Vat.II (con el documento Nostra aetate) la relaciones entre cristianos y judíos son mejores que nunca en toda la historia. Pero ahí está el sionismo moderno, ese imperio impositivo de los judíos modernos aliados con EEUU que se saltan las leyes internacionales como quieren, que masacran al pueblo palestino, que ocupan territorios a placer, etc. Dicen los judíos de Israel que oponerse a esa barbarie es antisemitismo, odio a los judíos. No. Es oponerse a un modo de comportamiento avasallador que no tiene que ver con ser judío sino con ser sionista de una determinada manera, con ser un neoliberal opresor. Para el debate.

 

 

14

«DIOS MÍO, DIOS MÍO,

¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO? (Mc 15,33-34)

 

«Al llegar el mediodía la tierra entera quedó en tinieblas hasta media tarde. A media tarde clamó Jesús dando una gran voz: -¡Eloí, Eloí, lemá sabaktaní! (que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?) (Sal 22,2)».

 

Reflexión

 

  • El contexto del pasaje es, evidentemente, los relatos de la pasión. Ya dijimos que estamos en un terreno problemático porque, hoy por hoy, no podemos saber cómo fueron construidos tales textos y tomar así, tal cual, como cosa histórica objetiva lleva a muchas situaciones sin salida. Hay que aprender a leer el NT en la “oscuridad” que le acompaña.
  • Mt y Mc dicen que Jesús citó el primer versículo del salmo 22 cuando estaba en la cruz. Este salmo, largo, tiene dos partes: la primera es muy desgarrada y desesperada, pero la segunda se convierte en una oración de profunda confianza: “Comerán los desvalidos hasta saciarse y alabarán al Señor los que le buscan: ¡no perdáis nunca el ánimo!” (v.27). ¿Recitó Jesús solo la primera parte o también la segunda? ¿Estaba para recitar tan largo salmo? Preguntas sin respuesta.
  • Recitara este verso Jesús o lo pusieran los evangelistas, lo que ese está indicando es que la muerte de Jesús tuvo un alto componente de abandono: Jesús, en el tremendo sufrimiento del suplicio, cree que Dios le ha abandonado, que se ha vuelto de espaldas, que no mira su situación. Es un Jesús de fe herida, de fe tambaleante, casi a punto de caer. De cualquier manera, aunque él no lo supiera, su fe se mantenía viva, porque sus caminos habían sido caminos de fe.
  • Tal vez Jesús pensara que Dios lo había abandonado. Pero la certeza espiritual es la de que Dios nunca estuvo tan presente en la vida de Jesús como cuando estuvo en la cruz. No es obstáculo que él, hundido en el dolor, no lo viera así ni lo sintiera cerca. Pero Dios no sería padre abandonando a Jesús a su suerte. ¿Cómo estaba Dios presente? En las reacciones de su cuerpo, en el pequeño hilo de vida, en la penumbra del sufrimiento que no dura, en la mirada de las mujeres que estaban a distancia, en el desconcierto de los discípulos, en el amor que iba a suscitar su muerte en miles de generaciones posteriores, etc.
  • ¿Es el texto un “adorno” bíblico de los evangelistas? Puede que sí. Pero la realidad de abandono, expresada de esta manera o de otra, estaba ahí. Eso es lo que hay que captar: un Jesús que se siente profundamente abandonado, pero que en realidad no lo está. Eso es lo que es preciso creer porque eso es lo que nosotros podemos experimentar, de una manera u otra, en nuestra vida.

 

 

Derivaciones

 

  • Construir amparos: es algo que nos cuesta mucho porque el desamparo es materia dura de roer. La persona necesita, desde niño, múltiples amparos para poder sobrevivir, física y vitalmente. Por eso los buscamos. Por eso hemos de trabajar por construirlos y poder elaborar así nuestros muchos abandonos. Construir amparos es una manera hermosa de decir el sentido de la vida. La espiritualidad puede ayudarnos mucho a construir amparos personales siempre que no genere fugas de la realidad. Incluso puede animarnos a potenciar los amparos que podemos dar a los demás. Pero la gran fuente de amparos reside en el fondo del corazón, en la bondad básica, en ese lugar de bien que todos tenemos. Darle salida, hacerle caso, no bloquearlo por egoísmos o por prejuicios, es una tarea que nos puede aportar mucho sentido a nuestras vidas. Situarse en ese lugar de bondad esencial puede ser la mejor herramienta para construir amparos.
  • Acercarse como tarea espiritual: La soledad lleva emparejado el sentimiento de lejanía. Cuando uno siente a los demás lejos, se siente solo. Por eso mismo, acercarse, ponerse a tiro, aprender a estar ahí, puede ser una hermosa tarea espiritual. Dice Prov 27 que “más vale vecino cercano que hermano lejano”. Eso es la cercanía: la simple disposición a interesarse por el otro y a echarle una mano si fuera preciso. Lc 10,34 dice que el samaritano compasivo “se acercó” al caído. Fue lo primero que hizo y el desencadenante de toda una cadena de amparos posteriores. Acercarse demanda un corazón abierto que es capaz de mirar a un corazón necesitado. En esa “mirada entre corazones”, por raro que nos suene, es donde se juega la verdad de la relación humana y cristiana.

 

 

15

«EL QUE CREA Y SE BAUTICE, SE SALVARÁ;

EL QUE SE NIEGUE A CREER, SE CONDENARÁ» (Mc 16,16)

 

«Y añadió: -Id por el mundo entero proclamando la buena noticia a toda la humanidad.  El que crea y se bautice, se salvará; el que se niegue a creer, se condenará.  A los que crean, los acompañarán estas señales: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en la mano y, si beben algún veneno, no les hará daño; aplicarán las manos a los enfermos y quedarán sanos».

 

Reflexión

 

  • Los evangelios son “edificios literarios” a los que se le han añadido, en el decurso de los siglos, apéndices con una u otra intención. Eso ocurre en el evangelio de Mc: tiene nada menos que dos apéndices: uno corto (quefigura en pocos testimonios y por eso las ediciones lo ponen al final, como fuera del texto) y otro largo (vv.9-20). En este segundo se inscribe nuestro texto. Hay que decir que este apéndice es un sumario tardío. Probablemente del siglo II, fundado en las narraciones de los evangelios que añadió porque se echaban en falta texto de las apariciones y para la misión. Pero este añadido ha tenido mucha importancia para el tema bautismal y para la mística de la misión cristiana. Por eso merece la pena detenerse en él.
  • Notamos que la misión se presenta como algo ofertable a todo el mundo, a toda la humanidad. ¿Subyace la idea de que el ideal sería que toda la humanidad fuera cristiana? ¿Dónde queda aquello de la levadura en la masa (Lc 13,20-21)? ¿Se pretende que todo sea levadura? De ahí se ha derivado la misión como algo intrínseco al mensaje ¿lo es, de no ser la misión que se desprende de un estilo de vida? ¿Jesús ha hecho misión en plan religioso u oferta de vida en plan humanizador?
  • La pedagogía bautismal es discernible al menos. Se basa en dos aspectos: el bautismo necesario y la salvación como logro. Si no hay bautismo no hay salvación: pero eso puede llevar a cosificar el rito: quien es bautizado es cristiano, quien no está bautizado no es cristiano (ni casi hijo de Dios). El bautismo se convierte en un documento acreditativo, cuando, en realidad, es un estilo de vida. Y luego está la salvación como logro pleno de la fe, cuando el logro que demanda el evangelio es el de la sociedad nueva. Si a eso añadimos la pedagogía negativa que emplea el texto, casi mejor sería dejarlo de lado.
  • Quizá lo más positivo sea que, entre las señales de esa misión, se mantienen, mal que bien, las dos principales de los evangelios: expulsar demonios y curar a los enfermos. Es decir: reconstruir el corazón de la persona y trabajar por la salud integral del prójimo e, incluso, de la creación. Eso es lo que puede mantener a raya una misión de componente meramente religioso.

 

Derivaciones:

 

  • La misión peligrosa: la misión cristiana vivida en maneras hermosas, pocas, y cuestionables, bastantes, a lo largo de los siglos nos ha hecho ver los dos grandes peligros de la misión: mi fe es la verdadera, la tuya no; como es la verdadera, te la impongo como sea. Una verdad que no se propone, sino que se impone. Ese ha sido el peligro en el que se ha caído muchas veces y que ahora, hasta la misma iglesia oficial, trata de corregir. Pero las espiritualidades no se cambian como se cambia uno de camisa. Quedan resabios: la dificultad para el diálogo interreligioso, el sentimiento de persecución cuando los poderes públicos sitúan a las religiones en el marco de la ciudadanía, las exigencias de libertad religiosa donde se me persigue y la mirada torcida sobre la libertad que los modernos estados otorgan a otras religiones, la misión entendida como adoctrinamiento (10 millones para 13TV) y menos como trabajo social (6 millones para Cáritas), etc. Aún hay tareas a las que aplicarse.
  • Redescubrir el bautismo: nos lo dieron cuando no teníamos uso de razón y está en el baúl de los recuerdos. ¿Se podría recuperar? Será necesario abrir este baúl y airear algunas cosas: a) que el bautismo no es, propiamente hablando, lo que nos hace hijos de Dios (aún dice eso la teología del Vat.II). Lo que en realidad nos hace hijos de Dios es la creación (si no, ¿de quién son hijos los no bautizados?); b) la idea de que nacemos con pecado, cuando en realidad nacemos con bendición (aunque el pecado nos acompañe en nuestra vida); c) la idea de que “imprime carácter” y no se borra porque es cierto que no se recibe más que una vez (no tiene sentido estar entrando en la Iglesia muchas veces), pero se borra con el comportamiento: no vives como Jesús, no vives como bautizado (por eso quienes apostatan quieren que su nombre se borre del libro de bautismos, pero el bautismo se borra con el comportamiento insolidario).

 

 

16

«FORCEJEAD PARA ABRIROS PASO

POR LA PUERTA ESTRECHA» (Lc 13,23-24)

 

         «Camino de la ciudad de Jerusalén enseñaba en los pueblos y aldeas que iba atravesando. Uno le preguntó: - Señor, ¿son pocos los que se salvan? Jesús les dio esta respuesta: -Forcejead para abriros paso por la puerta estrecha, porque os digo que muchos van a intentar entrar y no podrán».

 

 

 

Reflexión

 

  • El contexto viene dado por el mismo pasaje: es en el viaje último de Jesús a Jerusalén. Ahí se hace más densa la enseñanza de Jesús sobre los valores profundos del reino. Aprender el reino no es aprender una doctrina. Es aprender un modo de vida y empezar a vivirlo, siquiera tímidamente. Por eso mismo no son aprendizajes fáciles. No hay que desanimarse.
  • La eterna pregunta de las religiones es cómo salvarse, cómo ir al cielo, etc. No parece ser una pregunta viva para el evangelio. A este le interesa más cómo amar con una generosidad capaz de ir transformando la sociedad. Al preguntar si serán “pocos” se está indicando que la salvación que maneja quien hace la pregunta es elitista. Da por evidente o por hipótesis que van a ser pocos.
  • ¿A qué se refiere la metáfora de la puerta estrecha? No resulta fácil saberlo. Yendo a Jerusalén quizá se pueda pensar en los dos portillones sin nombre que estaban a los lados de la puerta llamada de Nicanor (rico judío que pagó una puerta hermosa), cerca del lugar donde los leprosos curados eran rehabilitados.  Puerta cercana a las pobrezas. Quizá la puerta estrecha tenga que ver con el socorro, la compasión y la piedad, con los valores evangélicos.
  • Cuando se habla de “forcejear”, quizá se esté ironizando, pues por los portillones de Nicanor no había mucha afluencia y menos cerca de los leprosos curados. El seguidor ha de empeñarse en un camino que no recibe el consenso mayoritario. Los valores del evangelio demandan un forcejeo, un indudable empeño.

 

Derivaciones

 

  • ¿Salvación o sociedad nueva?: ya hemos aludido a esto en otras ocasiones. Las religiones han considerado como un éxito llegar a la salvación (“Para salvarte” del P. Loring, un millón y medio de ejemplares vendidos, reza en su portada). ¿Es esta la prioridad de los evangelios? Claramente no: la prioridad es el reino de Dios, la sociedad nueva, la fraternidad humana y cósmica, las nuevas relaciones económicas. Por eso es razonable preguntarse si una fe evangélica habría de desplazar de su imaginario (aunque nos cueste aún) el tema de la salvación y situar en su centro la colaboración por el logro de una sociedad nueva. Este cambio nos llevaría a una fe más anclada en los valores de la persona, más social y no menos espiritual. Todos los elementos de la espiritualidad (idea de Dios, oración, Palabra, doctrina incluso) quedarían resituados y potenciados. Y ello porque sería caminar en la dirección del sueño de Jesús, la humanidad nueva.
  • La fuerza de lo humilde: contagiados por la sociedad, pensamos que la transformación social solamente se podrá hacer por las grandes medidas políticas y económicas. De ahí que no se valore la fuerza que hay en los pequeños, en los humildes, en quienes no cuentan en los grandes parámetros sociales. El evangelio tiene otra manera de ver las cosas: cree que en los valores humildes (la compasión, la piedad, el servicio, el amor) anida una fuerza transformadora capaz de ir llevando a la sociedad a un mundo distinto. No se arredra por el menosprecio que sufren tales valores. Tiene fe en ellos porque esa ha sido justamente la fe que tenía el mismo Jesús. Para convencerse de ello quizá haya que mirar muchas veces al Jesús sencillo de los evangelios (mucha oración) y mirar también mucho a los sencillos de este mundo para ir aprendido la lección que nos dan en sus extraños modos de supervivencia, solidaridad y anhelo de justicia. Creer en la fuerza de los pequeños es mucho más difícil que creer en Dios. Pero esa fe es la que demandan los valores del evangelio.

 

17

«QUIEN COME MI CARNE Y BEBE MI SANGRE,

TIENE VIDA DEFINITIVA» (Jn 6,54)

 

         «Los judíos aquellos discutían acaloradamente unos con otros diciendo: -¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Les dijo Jesús: -Pues sí, os lo aseguro: Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida definitiva y yo lo resucitaré el último día, porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. Quien come mi carne y bebe mi sangre sigue conmigo y yo con él; como a mí me envió el Padre que vive y, así, yo vivo por el Padre, también aquel que me come vivirá por mí».

 

Reflexión

 

  • El texto pertenece al largo discurso del cap.6 de san Juan donde se dice cuál es el ser de Jesús, qué sentido ha tenido su vida, para qué han valido su participación en la existencia. El evangelista dice: Jesús es el pan para la historia, el alimento del que se nutre la vida, el combustible por el que funciona la existencia. Por eso dirá luego que comer de ese pan hace vivir.
  • No se está hablando de antropofagia (comer carne) o de vampirismo (beber sangre), sino de una honda identificación con Jesús. Por eso emplea el verbo “devorar”, para indicar más gráficamente la honda identidad con lo que se come. Hay que abandonar la idea de que comulgando comemos a Jesús y sustituirla por una metáfora de profunda identificación: comulgando te comprometes a identificarte cada vez más con los valores que han sustentado la vida de Jesús.
  • Quien hace eso va entrando en la vida definitiva que no es la vida del cielo, sino la vida de este ahora nuestro leído y vivido desde la perspectiva de Jesús. Podemos ir viviendo en modos definitivos viviendo ahora, cuanto podamos, con los valores de Jesús. Esto es comer su “carne”, identificarse con sus modos históricos. La plenitud del “ultimo día” confirma la orientación del camino histórico de ahora.
  • Nosotros creemos que de alguna manera los valores del evangelio son los que verdaderamente mueven el mundo: el amor, la entrega, la interdependencia, el cuidado, la compasión. Esos valores son vida para el mundo. Esos valores son el “pan” que es Jesús.

 

Derivaciones

 

  • Recuperar la eucaristía: El pueblo cristiano ha entendido a lo largo de los siglos que sin eucaristía no podía haber vida cristiana ni seguimiento de Jesús. Por ello, este sacramento ha sido muy “usado”. Y, como todo lo que se usa mucho, ha caído con frecuencia en la rutina y la manipulación.  A ello hay que añadir que lo que ha calado en gran parte del pueblo cristiano es la “obligación” dominical de la eucaristía. No ha calado tanto la necesidad, cuando es ésta la que motiva la práctica eucarística. Esto pervive todavía. De todo esto se deriva la necesidad obvia de recuperar cada día este sacramento para que no se “pervierta”, para que no se lo coma la rutina o no lo envolvamos en mera piedad y quede esbafado el recuerdo vivo (memorial) de la cena del Señor. Estamos en una época eclesial inmejorable para trabajar y vivir la eucaristía. Contamos con ayudas de todo tipo y la renovación que inició el Vat.II se mantiene viva. Hay que seguir trabajando con ilusión.
  • El corazón de la eucaristía: la justicia: cuanto más vueltas le damos, más claro se ve que el meollo de la eucaristía es la justicia. Sin ella no hay eucaristía (ya lo dijo J. M. Castillo hace muchos años). Por eso la justicia ha de estar presente en la celebración, en la intención y en el compromiso. Habría de sonarnos mal una celebración donde la palabra “pobres” no aparezca; no es la celebración que dimana del evangelio (es la gran crítica al misal de la que habla Santiago Agrelo). Una eucaristía que no nos interroga, en paz pero insistentemente, sobre las situaciones pobreza, no es la eucaristía del evangelio. Celebrar constantemente la eucaristía sin experimentar que el mundo de las pobrezas me es más cercano, no es la eucaristía evangélica. Por eso “comer la carne de Jesús”, identificarse con él, es un trabajo hermoso pero exigente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] La idea para este curso nos la ha dado el libro de Domingo Montero, Palabras «escandalosas» de Jesús, ed. CCS, Madrid 2011, aunque nuestra propuesta es diversa.

La liturgia bella y humilde

 

 

 

 

LA LITURGIA: BELLA Y HUMILDE

(Curso de Liturgia para monasterios sencillos) 

 

         Ningún creyente discute que la vida litúrgica es imprescindible para mantener viva la fe. Sin liturgia, sin oración, sin sacramentos, sin el ciclo litúrgico, sin las solemnidades decisivas, todo el edificio de la fe se habría venido abajo hace ya mucho tiempo. La expresión comunitaria de la fe es un elemento decisivo del hecho de creer.

         ¿Cómo una liturgia ha de ser bella? ¿Con gran derroche de luz, con grandes coros, con ricos ornamentos, con mucho incienso, con largas plegarias, con complicados ritos? No: con propiedad. La mejor manera de que la liturgia muestre su belleza es que se haga con la mayor propiedad posible, cosa sobre la que nos hablan todos los documentos del al Iglesia, desde el Vat.II hasta hoy. Ajustarse a ellos no es cumplir las normas en primera instancia, sino celebrar con propiedad eclesial, garantía mayor de que se celebra bellamente.

         Pero, a la vez, porque nuestros recursos comunitarios disminuyen cada vez más, la liturgia que celebramos tendrá que ser, necesariamente, humilde. No decimos pobre, sino humilde. ¿De qué humildad hablamos? De que hemos de poner todos los recursos que tengamos, aunque sean pocos, para que la celebración salga y se viva de la manera más hermosa posible. Se ha de desechar, por tanto, la idea de que como tenemos pocos recursos vale igual celebrar la liturgia de cualquier manera, sin detalles, desaliñadamente. Además, quizá se generen más recursos si ponemos a funcionar buenamente aquellos de los que disponemos ahora.

 

 

1

LA LITURGIA DE LAS HORAS

 

         Lo primero que hay que decir y que ya sabemos, aunque quedan resabios en el trasfondo de nuestra espiritualidad, es que la LH no es un rezo, es una liturgia. Un rezo es una actividad devocional que puede ser hecha en público o en privado (el rezo del rosario). Una liturgia es una celebración comunitaria de los misterios de la fe. No es algo privado, sino eclesial, común y se realiza en un espíritu de comunidad eclesial (no hace cada uno lo que quiere, sino lo que le corresponde). No se reza la LH, sino que se celebra.

         Para ello, hay que tener viva la sensibilidad eclesial, la realidad de que la LH hace parte de una gran corriente de espiritualidad que recorre las venas de la Iglesia. Si no se tiene en cuenta esa conexión eclesial, la LH se empobrece y deriva en rezo mecánico.

         La LH no es algo privativo del clero o de las monjas. El Vat.II ha dejado bien claro que es una actividad de fe de toda la Iglesia. Por eso, aunque todavía la LH sea muy “monástica” (mucho menos que lo que era antes del Vat.II) hay que intentar trasvasarla a los laicos, celebrar con ellos, celebrar eclesialmente (hay que mantener este anhelo).

         Es preciso utilizar todos los recursos que nos da la OGLH (Ordenación general de la LH, está en el tomo I de la edición oficial) para luchar contra el mayor de los peligros: hacer de la LH una rutina que lleva a “mascullar salmos” (perdónese la expresión, así lo decía Lutero) sin ahondar en lo que celebramos. Cansarse de esto sería hacer dejación de la verdadera vocación contemplativa que se nutre de la belleza de la celebración traducida en la mayor propiedad posible.

 

 

 

 

1. Belleza

 

  • La invocación inicial ha de ser hecha con conciencia convocatoria: se invoca al Dios que convoca la asamblea, somos asamblea (el “para que estuvieran con él” de Mc 3,14). Se hace cuando toda la asamblea está lista, cuando se han encontrado las páginas, cuando se han sacado las gafas, cuando se ha hecho un silencio previo celebrativo.
  • El himno da color litúrgico a la celebración. Habría de elegirse bien. Si es posible, cantado (a veces con fórmulas melódicas predeterminadas). Si no, una recitación pausada puede ser útil. No usar cualquier canto para himno sino aquel que tenga más hechura hímnica (introducción, desarrollo teológico, doxología).
  • Los salmos han de leerse con la perspectiva cristológica que les infunde la fe cristiana. Nosotros no leemos salmos como lo hacen los judíos; nosotros los leemos desde Jesús. Por eso, cuando el tiempo litúrgico lo permita, no estaría mal usar la cita cristológica de los salmos. Si se hace oración sálmica, nunca habría de faltar la alusión a Jesús. La cesura sálmica en medio de cada verso puede ayudar mucho a la proclamación.
  • Las lecturas breves han de ser proclamadas, más allá de su brevedad, como verdaderas lecturas bíblicas (en la forma, en el lugar, en el tono proclamativo). Son textos muy bien elegidos para unir salmos con el resto de la Biblia
  • Notemos que el PN se dice tres veces al día en la liturgia: Laudes, Vísperas, Eucaristía. Es la cumbre orante de la celebración. No puede hacerse rutinariamente. Si alguna pieza habría de cantarse (además del himno) habría de ser ésta. La comunidad eclesial ora con la misma oración de Jesús. Hay que desterrar la banalización de los padrenuestros y reservar a la oración de Jesús un lugar privilegiado, el que le otorga la misma liturgia.
  • La conclusión habría de ser también celebrativa. Se celebra hasta el final. Nadie se va antes de terminar (ya se preparará el desayuno o la comida o lo que sea después). Todos los actos finales se hacen después (guardar las gafas, los libros, cerrar el órgano, abrir las ventanas, etc.). Se despide a quien ha sido instrumento de oración para ella y para mí. Se la despide en el agradecimiento y el deseo de volver a encontrarse en la presencia orante ante Dios.

 

2. Humildad

 

  • El canto, elemento esencial en la LH, ha de ser humilde, porque nuestros recursos son pocos. Ha de cantar toda la asamblea (no solo las “cantoras”). Para ello, no habrá que rehuir el ensayo. Si no se puede cantar, un recitado del texto puede ser mejor que un canto mal cantado. A veces la humildad pasa por ayudarse de ciertas técnicas de sonido, como poner un disco (aunque ese es un peligro para la comodonería porque cantar siempre es un esfuerzo físico y mental).
  • Ya hemos dicho que el peligro mayor de la LH es la rutina y, con ella, la no utilización de recursos que den color y participación a la celebración (cada actante tiene que hacer su papel: cantora, antifoneras, lectora, presidente, etc.). Hay que luchar para estar “despiertas”, deseosas, físicamente preparadas (hasta en una postura adecuada, dentro de los achaques y dificultades). Humildad, pero con vida dentro. Lo hacemos por la belleza del Señor, no para que nos aplauda el público (que no lo tenemos muchas veces).
  • Dispuestas a los cambios, porque la rutina nos lleva a rezar a piñón fijo (por ejemplo: sensatez en las memorias libres y obligatorias, no ir siempre al común repitiendo hasta el infinito los mismos textos). A veces la introducción de un pequeño cambio reorienta la celebración (una pequeña moción introductoria antes de la celebración, un icono iluminado si es una fiesta del Señor o de María, un poco de incienso en una festividad que nos hable del incienso en su presencia, un cuenco con agua que nos recuerde el bautismo en el domingo). Lo volvemos a decir: si todo es a piñón fijo, la rutina se nos come el pan del morral.
  • Por eso mismo, la celebración humilde, precisamente por ello, ha de potenciar más los detalles. Celebrar humildemente no es hacerlo con desidia. Todo cuenta, lo interno y lo externo. A veces, una hermana no tendrá iniciativa para lo nuevo. Pero, por lo menos, podrá no poner palos en las ruedas de quien sí tiene más ánimo.
  • En todo habría que mantener el principio de “solemnidad progresiva” que es aquella que sabe distinguir el nivel celebrativo de cada celebración y lo otorga la propiedad que le corresponde (canto de las antífonas y de los salmos, sobre todo, uso de instrumentos, etc.).

 

3. Lo que dicen los maestros

 

         «Dios es absolutamente inmaterial y su belleza es totalmente distinta de la belleza que se da en todos los demás seres, ya que solo Dios es la plenitud del ser. La experiencia de Dios, la más bella y plenificadora, es gratuita y Dios la concede libremente a aquellos espíritus que se predisponen a su acción con el silencio y la plegaria” (M. VALVERDE, Prelecciones de metafísica fundamental,  BAC, Madrid 2009, p.608).

 

 

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LA LITURGIA EUCARÍSTICA

 

         Es también una liturgia: celebra la Iglesia (aunque sea con un monaguillo, como dijo Trento) Celebrar individualmente (excepto en casos muy particulares) es una anomalía. Por lo tanto, hay que desear vivir en común esta celebración, bien sea en el esplendor de las grandes fiestas, en el brillo resurreccional del domingo, o en el acompañamiento de la humilde eucaristía cotidiana.

         La eucaristía sin comunidad se da también cuando se entiende esta celebración como un mero acto devocional. Se está en Iglesia, pero anímicamente se está “sin comunidad”. Por eso, hay que reorientar todo el anhelo devocional en la dirección de una eucaristía vivida en Iglesia, en la conexión con el gran río de la espiritualidad eucarística que riega el subsuelo de la Iglesia.

         La eucaristía se celebra en el gozo de la presencia física de las hermanas, algo que, por ser tan habitual, no lo tenemos en cuenta. Tener hermanas con las que celebrar físicamente la eucaristía es uno de los grandes dones de Dios a nuestra vida (¡cómo lo sentiríamos si no las tuviéramos!). Por eso mismo hay que respetar y valorar esa presencia estando con ellas en modos serios, sin entrar y salir a cada paso, si irse antes de acabar ni llegar cuando ya está la celebración comenzada, valorando las posturas comunes (de no ser por causas de salud), el canto común, la actitud común.  Y valorar no solamente la actitud física, sino también la espiritual: se suman los ánimos de la fe (se me sostiene cuando flaqueo), se multiplica la alabanza (porque la alabanza común tiene otro nivel), se generan posibilidades celebrativas que individualmente no se nos ocurrirían, etc.

         Tal como la tenemos ahora, la eucaristía es una construcción espiritual y litúrgica de la Iglesia (es un sacramento de la Iglesia) que tiene en su núcleo el memorial de la cena de Jesús (1 Cor 11,23-34). De esta manera, la liturgia conecta con el recuerdo vivo de Jesús. Por eso una liturgia cansina, rutinaria, meramente ritual que no conectara con Jesús, sería una ocasión de fe perdida. La presencia eucarística ha de ser una realidad viva, no meramente ritual.

         El meollo espiritual de la eucaristía es la justicia. Sin justicia, no hay eucaristía. Celebrar la eucaristía en modos de injusticia es comerse “la condena” de la que habla 1 Cor 11,29. Por eso, de alguna manera, el anhelo de la justicia ha de estar siempre presente en la celebración (basta, a veces, un sencilla prez por una necesidad social para que se nos recuerde este componente).

         En la eucaristía se puede desvelar la belleza de Dios en medio de su comunidad. Esta belleza revela lo que no se agota con la presencia visible, hace referencia a lo invisible, a lo que no es evidente. Hay algo hermoso dentro. Hay que apuntar la mirada espiritual en esa dirección.

 

 

1. Belleza

 

  • Preparar el local, preparar el corazón: el lugar es muy importante en la vida humana porque trasluce el deseo. Por eso, preparar la “sala de arriba” (Lc 22,7), es ir entrando ya en el ámbito de la celebración bella. Todos los detalles que apunten a ello (limpieza, ornamentación, iluminación, etc.) pueden ayudar a ello. Pero, lo más importante es preparar el corazón, tenerlo sensible, alejado de la rutina para hacer de la celebración el “centro” de la comunidad que cree.  Poner el pie en el lugar de la celebración es ya celebrar.
  • Los tres elementos necesarios: comunidad, Palabra, pan y vino. Es preciso valorar la belleza de los tres: la “hermosa” comunidad, el “edificio común” (1 Cor 14,26) más allá de su innegable y conocida limitación. La belleza de la Palabra que se derrama como lluvia lenta sobre el alma (Is 55,10-13). La belleza del pan y del vino, los dones con los que Dios bendice la historia. Los tres elementos habrá que cuidarlos
  • Contemplar la reunión: los que están y los que no están. Porque no solo están quienes vemos, sino quienes no vemos pero están (no nos referimos solamente a los difuntos). Están todas las comunidades que, de una u otra manera, donde sea, celebran la misma cena del Señor, leen la misma Palabra y emplean similares signos. Hay que insistir siempre en la eclesialidad de la eucaristía para no reducir ni su hermosura ni su valor.
  • Los ritos iniciales: el perdón. Se quiso en el Vat.II darles contenido sacramental, pero no se vio conveniente. Es el signo del acceso al sacramento: Dios nos hace dignos, nos sana con su Palabra y nos sienta a la mesa del Pan. Perdonados para poder celebrar. La hermosura de ser acogidos a una mesa que no merecemos (“come con pecadores”: Mc 2,16).
  • La proclamación hermosa y humilde: Hermosa no solo por el esfuerzo proclamatorio (se lee para provocar adhesión), sino porque la lectora se identifica con lo que lee y lo que se lee es, casi siempre, hermoso. Se proclaman palabras hermosas  (“perfumadas” decía san Francisco) porque son palabras amadas. Y es proclamación humilde porque se hace según las posibilidades (voz, dicción, capacidad lectora y comprensiva), aunque siempre habrá que cuidar esas posibilidades para ponerlas al servicio de la celebración (tener “preocupación pedagógica”: que los del último banco entiendan lo que se lee).
  • Anhelo homilético: Esto no depende de la comunidad de hermanas directamente. Pero si se tiene, frecuente o esporádicamente, una homilía iluminadora, agradecerla, valorarla (pedirla si se tiene por escrito y hay confianza). Desde antiguo las catequesis homiléticas han sido importantes (la carta a los Hebreos es, por ejemplo, una posible catequesis bautismal).
  • A quién recordamos y hacemos presentes (preces): Es el lugar de traer a la mesa de la Cena a la Iglesia, al mundo, a la justicia, a los pobres sobre todo. De ellos es principalmente la eucaristía, aunque no lo sepan, aunque estén tan lejos (porque nosotros nos hemos alejado). Que se note en las preces la belleza de una eucaristía universal, que “suene el mundo” en nuestra oración para que la vaya cambiando haciéndola más eclesial, más universal. Quizá sea interesante añadir al formulario todos los días una prez “social” referente a alguna necesidad de la Iglesia, del mundo, de la justicia (habrá que enterarse, habrá que escribirla).
  • El recuerdo de la Cena del Señor: esfuerzo de conexión (espiritual y litúrgico). Es el núcleo evangélico del sacramento. No vivirla en modos mágicos (“fórmula” de la consagración), sino en maneras espirituales (signo de Jesús que acompaña nuestro caminar). Desligarnos de modos de tosco antropomorfismo y situarse más en el terreno de la sacramentalidad (presencia sacramental de Jesús en su comunidad). Volver a reflexionar sobre la Cena, no quedarse siempre en lo aprendido en el viejo catecismo (leer, por ejemplo, el librito de A. FERMET, La eucaristía. Teología y praxis de la memoria de Jesús,  Ed. Sal Terrae, Santander 1980).
  • La acción de gracias (desbancando otras acciones de gracias): la eucaristía es la gran acción de gracias de la Iglesia. Dar gracias de la acción de gracias es una redundancia innecesaria y algo “pretenciosa”. Cuando se dice “podéis ir en paz” es que se puede ir en paz. El canto final es procesional de salida.
  • El gozo de lo vivido en un signo: El gozo eucarístico habría de tener alguna visibilización en la vida (buen humor, sonrisa, amabilidad, buen talante), sobre todo los domingos (ropa más elegante, algún signo en la comida, mayor recreación, hacer sitio a la música, etc.). Restringir el gozo solamente al ámbito religioso es reducirlo un tanto. Habría que ampliarlo para vivir la eucaristía como realidad que envuelve el camino del creyente.

 

2. Humildad

 

  • Nos presentamos con lo que tenemos: Es sabido que nuestras comunidades son humildes y que no tenemos grandes recursos celebrativos. Nos presentamos ante Dios como somos y con lo que somos. Desde ahí habría que evitar modos litúrgicos para los que no tenemos capacidad (por ejemplo, para cantar polifonía o la música de D. Cols que es hermosa, pero de indudable dificultad). Pero también habría que evitar las rutinas empobrecedoras (cantar siempre “Juntos como hermanos” y poco más). Hacer la liturgia con la mayor propiedad posible, dentro de las limitaciones, pero tendiendo a lo hermoso.
  • Nos apoyamos en toda la iglesia: Por eso los laicos pueden ayudarnos a dar color eclesial a la celebración (a veces, incluso, podría ser interesante invitar a algún grupo o coro a la celebración conventual con ocasión de alguna fiesta). Hay que desvelar recursos: parroquiales, ciudadanos, de otras comunidades. Todo con la finalidad de que la eucaristía sea más viva y hermosa, sin caer en creer que lo exterior es lo importante.
  • Apostolado celebrativo: Siempre viene algún seglar a las celebraciones conventuales. Hacerlas bien, con la mayor propiedad posible, puede ser un buen apostolado. La gente capta si la eucaristía se vive con anhelo o con rutina. Facilitar los cantos, las lecturas, las preces, puede ser una buena forma de participar (una fotocopiadora comunitaria es, quizá, necesaria para asuntos litúrgicos).
  • Preparación tranquila: Así habría de ser la de la eucaristía, sobre todo la dominical. No hacer las cosas a última hora (copiar papeles, adornar, buscar textos litúrgicos). La preparación es, de alguna manera, parte de la misma celebración.
  • Renovación asimilable y pausada pero constante del cantoral: El canto, lo sabemos, ocupa un lugar importante en la celebración. Se canta en comunidad la fe común. Por eso hay que prepararlo con cuidado sin forzar las cosas: variedad posible, ensayo razonable (en el que no debería estar exento nadie que celebra, no siendo excusa la mala o poca voz), participación deseosa (tomar el papel, abrir el libro de cantos, estar cantando aunque se cante poco). Ampliar esto a los laicos que vengan: facilitarles los papeles, quizá ensayar un poquito antes de las celebración uno de los cantos, sumarlos a la corriente celebrativa. Renovar poco a poco el cantoral con piezas que mejoren la celebración (sin atosigar, pero con deseo). Formar organistas aunque sean sencillas. En caso de mayor pobreza, utilizar los medios actuales para sumarse al canto grabado (cd’s de música litúrgica).
  • Felicitación dominical: El domingo es el día de fiesta cristiano por excelencia. De alguna manera habría que felicitarse. La mejor manera es celebrar con gozo la eucaristía dominical. Pero, como hemos dicho antes también habría de tener un lenguaje comunitario de felicitación.                                                                                                                    

 

3. Lo que dicen los expertos

 

         «Jesucristo es el misterio de Dios que viene a favor de los hombres y por tanto merece ser llamado “sacramento”; él es el verdadero y propio sacramento, el sacramento originario no solo de la Iglesia sino de toda la humanidad. Y de este único y gran sacramento brota toda la sacramentalidad de la Iglesia y no solo el septenario sacramental sino todos los sacramentales y todas las acciones litúrgicas de la Iglesia» (J. J. FLORES).

 

3

LAS GRANDES SOLEMNIDADES DEL SEÑOR

Y DE MARÍA

 

         Además de la Pascua y la Navidad el año cristiano está engarzado en solemnidades que presentan una u otra faceta de la historia de la salvación. Son días que tienen mucho arraigo social (por ejemplo el Corpus) pero quizá necesiten una inyección de espiritualidad que nos haga huir de la superficialidad que los amenaza.

         Además de la Pascua y la Navidad (estas las vemos en capítulo aparte) estas solemnidades son la Presentación, la Anunciación, la Trinidad, el Corpus, el Corazón de Jesús, la Exaltación de la Cruz, Cristo Rey. Y luego están las propias de María: Inmaculada,  Visitación, Madre de Dios, Natividad de María, Sagrada Familia, Asunción, Corazón de María. Y las propias de los santos.

El retorno regular de estas fiestas constituye los ciclos de la celebración cristiana, sus ritmos y cadencias, la liturgia llama a esta estructuración de los tiempos celebrativos año litúrgico y considera a éste como el marco y la entraña de su fiesta, como las auras de la eternidad del Reino.

Como todo lo cíclico, el peligro es la rutina. El beneficio que nos pone delante los diversos contenidos espirituales del misterio de Cristo y de María tal como los vive la Iglesia.

En todo esto habrá que mantener el Principio de Solemnidad Progresiva que, generalmente, se aplica al canto, pero es ampliable a toda la celebración. Consiste en escalonar la celebración de más a menos. No toda celebración ha de tener el mismo nivel. Por ejemplo: en los laudes de solemnidades, fiestas y algunas memorias se leen los salmos del domingo de la primera semana. Si se los canta todos a todas horas se rutiniza la cosa. Que se canten una solemnidad y a una fiesta, aún. Pero en una memoria o una fiesta menor, no, quizá solo el cántico de las criaturas (en las memorias habrá que ser parco y no estar leyendo siempre los textos del común, porque llegan a ser irrelevantes. En muchos casos con la oración final basta y sobra).

 

1. Belleza

 

  • Jesús es el centro: Ni siquiera en las solemnidades de los santos habríamos de perder la perspectiva de que el centro de lo que se celebra es la realidad de Jesús. Se celebra en sus fiestas, se lo celebra en la realidad de María o de los santos. Si se pierde esta perspectiva cristológica fácilmente se deriva en lo devocional terminando por poner el acento en cosas muy accidentales (es la patrona, son las fiestas mi pueblo, etc.). Sin Jesús, las fiestas y solemnidades carecerían de entidad.
  • No exaltación, sino ahondamiento: Las fiestas y sus contextos tienden a exaltar, a celebrar, a salirse de lo normal, a cambiar la rutina del calendario. Pero, espiritualmente hablando, habría que tender más a la profundización que a la exaltación. Es decir: lo importante no es celebrar una fiesta a bombo y platillo, sino ahondar en la espiritualidad, cultivar los valores de fondo. Si no, como siempre, corremos el riesgo de quedarnos en la superficie (los ornamentos, los cantos, las tradiciones, las comidas, etc.).
  • Necesidad de actualización: Muchas de las fiestas y de las solemnidades demandan un trabajo de actualización. Herederas de una espiritualidad que ya no es la nuestra, piden que ahondemos en el sentido para que no se queden casi vacías. Los dogmas, las certezas religiosas, tienen su contexto histórico. Cuando ese contexto cambia, hay que darles otro contenido (Sagrada Familia, Purgatorio, Esclavas, Siervas, Rebaño de María, Inmaculada, etc., entrarían en este aspecto). En muchos casos se podría mantener la denominación antigua con contenidos nuevos. En otros, pensamos que es más difícil.
  • Celebrar para el cultivo de la fe: La razón de celebrar con sentido es, simplemente, el cultivo de la fe más que el cumplimiento de las normas litúrgicas. Efectivamente, la fe necesita ser cultivada para que no se agoste. Los días de solemnidad son días propicios para un cultivo más intento de un aspecto de la espiritualidad cristológica. Por eso, habrá que trabajar con interés la oración, la reflexión teológica, la celebración cuidada, para que de verdad sean días de especial alimentación de la espiritualidad cristiana. De lo contrario, nos quedaríamos en la superficie.
  • Más allá del historicismo: Es un peligro que siempre acecha a la fe: quedarse en aspectos historicistas (cuándo se proclamó la fiesta, por qué, quién fue el promotor, cómo se celebró, etc.). O aún: entender los misterios de Jesús y de María como realidades objetivadas y no como realidades espirituales. Lo que hemos dicho antes: una visión así empobrece la fe y alimenta posiciones fixistas que defienden cosas que no son decisivas.
  • Celebrar desde el misterio: Al misterio se llega por muchas puertas. Una puerta es la celebración de las solemnidades, días especiales para asomarse al misterio. A este habría que entenderlo, de alguna manera, como compatible con una cierta racionalidad. No hagamos misterio de lo que no es, que bastante tenemos con lo que es. Contemplar el misterio no es entenderlo. Pero sí es sentirse atraído por él, verlo como compatible con mi camino cristiano, vivirlo como un verdadero aliento para el caminar cristiano
  • Poner el acento en lo teológico, más que en lo doméstico: la celebración puede llevar aparejada alguna costumbre que la hace más significativa. Suelen ser, a veces, cosas muy externas (que la víspera del día se canten unos “gozos”, por ejemplo). Habrá que aprovechar esos aspectos externos para invitar a la profundización, no para quedarse en ellos.

 

2. Humildad

 

  • Sin exagerar: La celebración de las solemnidades ha de ser adecuada, sabiendo que la Pascua y la Navidad (e incluso, de alguna manera, el domingo) están ahí como precedentes. Es en aquellas donde habría que echar “el resto”. Las exageraciones desvían del contenido central (el misterio del Jesús en el que se asienta nuestra fe).
  • Cordialidad: las solemnidades y fiestas entran mucho en el corazón porque, con frecuencia, tocan nuestra fibra antropológica: el recuerdo cariñoso de épocas queridas, la costumbre que nos diferencia como pueblo o como Congregación). Es buena la cordialidad, siempre que no sea el argumento final de nuestra celebración que, como hemos dicho, es Jesús cimiento de la fe y del amor.
  • Detalles más cuidados: La celebración más solemne se vierte en detalles más cuidados. No hay que quedarse en los meros detalles externos, pero estos ayudan si se hacen con simplicidad y con buena intención. Siempre habrá que estar vigilantes para que el detalle no ocupe el centro. Pero, como decimos, es valioso.
  • El canto de los salmos y los otros cantos: En las solemnidades es cuando el canto ha de brillar con más intensidad, siempre dentro de nuestras posibilidades. Sin abrumar a la comunidad, pero habría que animarse a preparar bien el canto con los medios que se tenga. Que sea algo creativo, no meramente repetitivo de lo del año anterior. A veces basta ir enriqueciendo el repertorio con una sola cosa nueva. Eso es suficiente para mantener el anhelo celebrativo y escapar de la rutina.
  • La celebración fraterna: Más allá de lo litúrgico la celebración de las solemnidades adquiere el rostro de lo fraterno. Por ello ha de ser día de celebración, en la comida, en el disfrute, en el diálogo, en la belleza (dejar sitio a la música, a la pintura, etc.). Buscar, dentro de los humildes medios, una celebración fraterna imaginativa y jugosa, no meramente pasar el tiempo.

 

3. Lo que dicen los expertos

 

         «En los textos litúrgicos actuales se puede percibir cómo la expresión “misterio” aparece en muchas ocasiones asociada a otros sujetos: “misterio de Dios”, “misterio de la Iglesia”, “misterio de la cruz”, “misterio pascual”, etc. Y en momentos solemnes, dentro de la plegaria eucarística, el presidente de la celebración dice: Mysterium fidei, ¡misterio de la fe! Ciertamente, esto no es una novedad de la reforma litúrgica, ya que aparece también en otros libros de todos los tiempos en la liturgia romana» (J. J. FLORES).

 

 

4

LA LITURGIA DOMINICAL

 

         Los ritmos semanales son un hecho social muy antiguo y está ligado a las fases de la luna. El domingo es para la liturgia el primer día de la semana; para la cultura secular es, sábado y domingo, el “fin de semana”. Lo importante es percibir que las personas necesitamos un ritmo personal y social para ordenar nuestra vida. El ritmo semanal es el que mundialmente ha tenido fortuna y se mantiene completamente vidente.

         Es por eso que el sábado y del domingo como días semanales religiosos tienen una importancia especial, desde el esquema bíblico de los llamados siete días de la creación. Si unimos a eso la veneración al sol de todas las culturas, incluida la romana, tendremos el domingo como día más importante. La liturgia ha tomado ese esquema como cosa natural.

Mirando a nuestro entorno podemos observar que, en la conciencia de nuestros fieles, el domingo se vive casi exclusivamente centrado en la Eucaristía (precepto dominical). Como consecuencia hay una gran proliferación de Misas dominicales en la ciudad. Por su parte en el mundo rural, donde no las hay todos los domingos o se anticipan a la tarde de sábado, los fieles dicen: “si no hay Misa, no parece domingo”. Esto pone de relieve dos cosas: Por un lado que nuestro pueblo tiene interiorizada la centralidad de la Eucaristía dominical como alma del día del Señor, pero por otro lado, otros valores, que también ayudan a celebrar el domingo, se viven sin ninguna referencia al mismo (descanso, reunión familiar, disfrute de la naturaleza, la cultura, actividades deportivas). Esta “cultura de fin de semana” hace que la participación en la Eucaristía dominical vaya disminuyendo y, en muchos fieles, se torne ocasional o cuando se siente necesidad

         La misa dominical obligatoria, todavía en pie aunque prácticamente seguida por cada vez menos cristianos, habría de ser revisada. Necesitamos de la eucaristía para mantener viva la fe. La necesidad es razón mucho mayor que la obligación. Si en el pasado la Iglesia desarrolló la pedagogía de la obligación, ahora tendría que desarrollar la pedagogía de la necesidad. El deseo de una participación más activa y consciente en la Eucaristía es una gozosa realidad que se percibe en muchos hermanos y hermanas nuestros. Hoy, los que participan en la Eucaristía quieren hacerlo de un modo cada vez más consciente dejando aparte todo lo que pueda parecer tradicionalismo o costumbre heredada de sus antepasados. Quieren pasar, además, de considerar la Eucaristía dominical como una obligación, un mandamiento de la Iglesia, a sentirla como una necesidad espiritual, un momento de encuentro con el Señor, una celebración festiva con Jesús y con los demás. Sienten el anhelo de vivir una liturgia eucarística no como simples espectadores sino de modo que implique personal y comunitariamente la vida de cada uno. Dice el papa Francisco: «¿Por qué ir a Misa el domingo? No es suficiente responder que es un precepto de la Iglesia; esto ayuda a preservar su valor, pero solo no es suficiente. Nosotros, cristianos, tenemos necesidad de participar en la Misa dominical porque solo con la gracia de Jesús, con su presencia viva en nosotros y entre nosotros, podemos poner en práctica su mandamiento y así ser sus testigos creíbles» (Catequesis del 13.12.2017).

Yendo más a lo profundo, quizá haya que decir que el domingo es el día semanal en que el creyente renueva su anhelo de justicia y su sed de Dios en la contemplación. Dice un teólogo alemán: “Nuestra iglesia que durante años solo ha luchado por su existencia, como si esta fuera una finalidad absoluta, es incapaz de erigirse ahora en portadora de la Palabra que ha de redimir y reconciliar a todos los hombres y al mundo… Por esta razón, las palabras antiguas han de marchitarse y enmudecer y nuestra existencia de cristianos solo tendrá, en la actualidad, dos finalidades: contemplar y hacer justicia entre los hombres» (D. Bonhoeffer). Ambos aspectos, cada uno en su sitio, habrían de confluir en los trabajos espirituales de las contemplativas.

 

1. Belleza

 

  • El domingo en la actual liturgia: el Vat.II hizo el gran “descubrimiento” de poner al domingo como centro de la actividad litúrgica. Es algo que todavía está vivo. En realidad esto venía de lejos. Hacia el año 150 la Apología de san Justino dice: «El día que se llama día del sol tiene lugar la reunión en un mismo sitio de todos los que habitan en la ciudad o en el campo. Celebramos esta reunión general el día del sol, por ser el día primero, en que Dios, transformando las tinieblas y la materia, hizo el mundo, y el día también en que Jesucristo, nuestro Salvador, resucitó de entre los muertos; pues es de saber que le crucificaron el día antes del día de Saturno, y al siguiente al día de Saturno, que es el día del sol, se apareció a sus apóstoles (cf. Mt28,9) y discípulos, enseñándoles estas mismas doctrinas que nosotros les exponemos para su examen». Centrarse espiritualmente en el domingo es, pues, de alguna manera entroncar con la tradición de fe de la Iglesia.
  • La LH dominical ha de ser bella, dentro de ese cauce semanal, que por repetido cada siete días, ha de conservar una cierta moderación. El canto en Laudes y Vísperas habría de hacerse presente, en la medida de las posibilidades, incluso en el antifonario. Habría que incluir aquellos elementos que no solo dan más solemnidad, sino más sentido (oraciones sálmicas, por ejemplo). No estaría mal usar signos paralitúrgicos solo el domingo, para cargar de densidad la celebración dominical  (corona de adviento, iluminación de nacimiento, cirio de pascua, flores dominicales para el TO)
  • La eucaristía dominical: Es el centro de la liturgia dominical. Habría de ser preparada con mimo desde antes. Ha de celebrarse con “saludable tensión”, intentando que, desde principio a fin, pueda desvelar la belleza del sacramento (la via pulchritudinis de los antiguos). Dice el papa Benedicto: «La relación entre el misterio creído y celebrado se manifiesta de modo peculiar en el valor teológico y litúrgico de la belleza. En efecto, la liturgia, como también la Revelación cristiana, está vinculada intrínsecamente con la belleza: es veritatis splendor. En la liturgia resplandece el Misterio pascual mediante el cual Cristo mismo nos atrae hacia sí y nos llama a la comunión. En Jesús, como solía decir san Buenaventura, contemplamos la belleza y el fulgor de los orígenes. Este atributo al que nos referimos no es mero esteticismo sino el modo en que nos llega, nos fascina y nos cautiva la verdad del amor de Dios en Cristo, haciéndonos salir de nosotros mismos y atrayéndonos así hacia nuestra verdadera vocación: el amor. La belleza de la liturgia es parte de este misterio; es expresión eminente de la gloria de Dios y, en cierto sentido, un asomarse del Cielo sobre la tierra. La belleza, por tanto, no es un elemento decorativo de la acción litúrgica; es más bien un elemento constitutivo, ya que es un atributo de Dios mismo y de su revelación. Conscientes de todo esto, hemos de poner gran atención para que la acción litúrgica resplandezca según su propia naturaleza».
  • Cada domingo es nuevo y tiene su color: Y, de alguna manera, habría que ir descubriendo ese color. Los domingos de Adviento tienen el color de la esperanza (por más que el color litúrgico sea el morado), los Navidad el color del acompañamiento de Jesús blanco como la nieve de invierno (“Después que Jesús nació tenemos asegurada la salud”, decía san Francisco), los del TO tienen el color del caminar cristiano, la senda a veces ocre del lento caminar, los domingos de cuaresma tienen  el color de una conversión con adjetivos (ecológica, al silencio, a la justicia, etc.), los domingos de Pascua vuelven al blanco radiante del éxito de la fe como el rostro del resucitado. 
  • Otras prácticas paralitúrgicas y devocionales: habrían de estar siempre en segundo término y vinculadas a la espiritualidad del domingo y a la eucaristía. La misma veneración al Pan consagrado habría de hablar el lenguaje de la eucaristía celebrada (pan de la misa, humilde ostensorio explícito, consumición del pan diciéndose que va terminando el domingo). Cualquier otra actividad devocional habría de tener, de algún modo, un matiz devocional.

 

2. Humildad

 

  • Canto dominical: Es el día del canto (antes habrá sido el del ensayo) dentro de las posibilidades. Quizá habría que poner el acento en el Himno de la LH que da el color al día y en el canto de entrada de la eucaristía que puede cumplir similar función (aunque sabemos que el verdadero himno de la eucaristía es el Santo).
  • Significatividad litúrgica: La humildad no está reñida con la significatividad litúrgica. Ser significativo es hacer con verdadera conciencia lo que se hace aunque sea algo humilde. Es celebrar con sentido y sabiéndose vivo ante el Señor. Es lo contrario de la rutina y el mero cumplimiento del horario. Es esa saludable tensión e ilusión para vivir lo que quiere uno vivir con amor.
  • Día de la eclesialidad: Precisamente porque toda esta espiritualidad se vive en Iglesia, el domingo puede ser entendido como día de la eclesialidad. Día para conectar espiritualmente con la comunidad de seguidores de Jesús, dondequiera que esté. Día para rezar por la Diócesis y la Parroquia (una prez, al menos). Día para planear, de vez en cuando, alguna visita de grupos cristianos al monasterio (incluso de forma continuada: oferta de reflexión sobre el evangelio o cosas así). Día para tener en cuenta, de alguna manera, a los “miembros vacilantes de la iglesia”, como decía santa Clara (¿se ora alguna vez por quienes abandonan la VR, los eclesiásticos que abusan, los que apostatan de la fe, los que fustigan a la Iglesia, etc.?).
  • Celebración fraterna: Que, como hemos dicho, ha de extenderse a otras áreas de la vida comunitaria más allá de lo litúrgico: recreación, comida, descanso, disfrute común, etc. Todo puede contribuir a la significatividad del domingo, pues humanos somos y por otras vías que la espiritualidad también puede entrar la vida.

 

 

3. Lo que dicen los expertos

 

         «El domingo, la participación en la Eucaristía tiene una importancia especial. Ese día, así como el sábado judío, se ofrece como día de la sanación de las relaciones del ser humano con Dios, consigo mismo, con los demás y con el mundo. El domingo es el día de la Resurrección, el «primer día» de la nueva creación, cuya primicia es la humanidad resucitada del Señor, garantía de la transfiguración final de toda la realidad creada. Además, ese día anuncia «el descanso eterno del hombre en Dios». De este modo, la espiritualidad cristiana incorpora el valor del descanso y de la fiesta. El ser humano tiende a reducir el descanso contemplativo al ámbito de lo infecundo o innecesario, olvidando que así se quita a la obra que se realiza lo más importante: su sentido. Estamos llamados a incluir en nuestro obrar una dimensión receptiva y gratuita, que es algo diferente de un mero no hacer. Se trata de otra manera de obrar que forma parte de nuestra esencia. De ese modo, la acción humana es preservada no únicamente del activismo vacío, sino también del desenfreno voraz y de la conciencia aislada que lleva a perseguir sólo el beneficio personal. La ley del descanso semanal imponía abstenerse del trabajo el séptimo día «para que reposen tu buey y tu asno y puedan respirar el hijo de tu esclava y el emigrante» (Ex 23,12). El descanso es una ampliación de la mirada que permite volver a reconocer los derechos de los demás. Así, el día de descanso, cuyo centro es la Eucaristía, derrama su luz sobre la semana entera y nos motiva a incorporar el cuidado de la naturaleza y de los pobres» (LS’ 237).

 

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LA LITURGIA DE PASCUA

 

Los humanos siempre han cultivado los anhelos de libertad porque ha sufrido en sus propias carnes toda suerte de opresiones (antropológicas como el miedo, políticas como las dictaduras, morales como el pecado, etc.). Por eso el sueño de la libertad acompaña el caminar humano. En el fondo, ese anhelo de libertad es el que subyace en el subsuelo de la Pascua: quien experimenta la opresión, del tipo que sea, anhela la liberación.

Algo de eso está en la Pascua judía y en la Pascua de Jesús. El relato épico de la Pascua judía celebra la liberación de Egipto como paradigma de todas las liberaciones que ha soñado el pueblo de Israel en su historia. Por eso siguen celebrándola con una gran carga identitaria, más que religiosa. La Pascua de Jesús se apropia (“mi cuerpo…mi sangre”) de aquel anhelo de libertad y lo orienta “al perdón de los pecados”, es decir, a toda clase de opresión. Por eso mismo, celebrar el triunfo de Jesús es celebrar la fe en la posibilidad del triunfo de todos, del triunfo de todo lo creado.

Como todas las realidades que tocamos los humanos, también la Pascua ha sido deformada y, sobre todo, diluida. Deformada porque se ha creído simplemente que era el tiempo de “cumplir por Pascua” (confesarse y comulgar). Eso ha definido el ser cristiano (recordemos que en la posguerra se elaboraban listas de afectos al régimen en base a las listas parroquiales del cumplimiento pascual). Y, sobre todo, ha sido diluida porque se echaba el resto en la cuaresma (charlas, confesiones, actos de piedad, celebraciones de la semana santa) y, llegada la Pascua, esta ni se mentaba. Aun estamos algo en esto. Por eso, hay que suscribir la campaña litúrgica del Vat.II que quiere dar a la Pascua toda su importancia.

Un apostolado nuevo sería el apostolado pascual en la liturgia. Para ello habrá que comenzar por una mística pascual personal y comunitaria. Esa mística ha de ser la vivencia de la entrega de Jesús que es la puerta al misterio del triunfo de Jesús. Es decir, la liberación pascual es fruto de la entrega. Sin ella, la vivencia de la Pascua se bloquea. Sobre esa entrega planea la fecundidad del Dios de amor que se entrega, todo él, a la historia.

 

1. Belleza

 

  • Entre otras cosas, la Pascua es hermosa por su alcance universal, cósmico. La física cuántica nos dice que, después del big bang, el cosmos camina al “caos” de su expansión total. En esa expansión “caótica” es donde brilla el triunfo de Jesús (como brilla la belleza en la expansión caótica de un bello fuego artificial). Nada queda fuera de ese brillo, y ese relámpago último es la certeza del triunfo liberador de Jesús (y de todos los movimientos liberadores que la historia haya sumado). Quedar deslumbrado por esa belleza, cautivado por ella, es iniciarse en el gozo y sentido de la Pascua. Por eso la liturgia de Pascua ha de ser englobante: eclesial, social, cósmica (habrían de reflejarlo las preces, los cantos, etc.).
  • La experiencia de muerte, de limitación, impide la percepción de la Pascua como derrota de la muerte. Es la dura muerte y su dentellada. Sin embargo, la Pascua es la certeza de que “quitando losas” (Jn 11,41) se vive ya una existencia resucitada. La celebración de la Pascua es la visibilización de ese anticipo histórico que nos confirma en que para vivir como resucitados no hay que esperar al más allá. La celebración litúrgica habría de contener, de alguna manera, estas certezas (Pascua como tiempo para no quejarse en exceso por las limitaciones: el “prohibido quejarse” del papa Francisco debería ser un lema pascual).
  • La belleza de la Pascua deja claro que es posible renacer de las cenizas. Es el fenómeno que denomina como resiliencia, la capacidad de salir victorioso e impulsado de una situación difícil. Nuestra vida está trufada de situaciones difíciles, irresolubles. Vamos con esa mochila siempre. La Pascua es la certeza de que tal peso no ha de ser siempre compañero, que se lo puede trabajar y aminorar. Por eso la liturgia de Pascua habría de contribuir a ayudarnos a levantar los hombros y a seguir adelante más allá de nuestras cargas, pequeñas o grandes. Una liturgia para generar fortaleza y resistencia.
  • Ya hemos dicho muchas veces que la rutina está siempre al acecho. Por eso la liturgia de Pascua quiere animarnos a la novedad. La novedad no es una moda cualquiera. Es estar abiertas a las muchas posibilidades que nos ofrece la vida y la fe. La liturgia, no sabemos muy bien cómo, habría de hacer eco de todo lo que la ciencia nos va poniendo delante, los caminos nuevos que se abren a la vida, la salud, la cultura, etc. Dice el papa Francisco: «El mismo cristianismo, manteniéndose fiel a su identidad y al tesoro de verdad que recibió de Jesucristo, siempre se repiensa y se reexpresa en el diálogo con las nuevas situaciones históricas, dejando brotar así su eterna novedad» (LS’ 121). Pascua que nos anime a lo nuevo, que nos saque de la poltrona de lo viejo.
  • La Pascua es una invitación general (las invitaciones son generalmente muy seleccionadas). Por eso la pueden celebrar muchos y de muchas maneras, religiosas o no. El que esto sea así, fiesta de amplitud, habría de dar más gozo aún a quienes la celebramos desde nuestra fe en Jesús. Entendemos que la humanidad está destinada a la mesa común, al banquete de la vida que es el reino. Por eso, en la Oascua había que tener presentes, de alguna manera, a quienes no se sientan todavía en ese banquete. Y son muchos. Y coinciden con quienes sufren más exclusión. ¿Cómo invitarlos a nuestra liturgia inclusiva? Quizá el preguntarlo ya sea un paso, aunque habría que dar muchos más.
  • La Pascua es fiesta de gozo para que el dolor, que tiende a ser invasor, no lo ocupe todo. La hermosa liturgia de Pascua habría de animarnos a contener las ansias invasoras de nuestro dolor y hacer que ocupe el menor espacio posible. Por eso, en Pascua, cuanto menos hablemos de nuestros dolores, mejor; cuanto más hablemos de disfrutes, mejor. La liturgia pascual es el lenguaje del disfrute del triunfo de Jesús.

 

2. Humildad

 

  • Tiempo de felicitación: Siguiendo las convenciones sociales nos solemos felicitar en las Navidades y Año Nuevo. Desde el punto de vista cristiano, el tiempo mejor de felicitación sería la Pascua. Por eso, no estaría mal felicitarla a quien pueda entenderlo. “Feliz Pascua” bastaría (para distinguirla de las “felices Pascuas” con las que aún se denomina a la Navidad). Son cosas menores, pero si lo hiciéramos, si el monasterio lo hiciera, quizá alguien entendería eso de que la Pascua es el centro de la vida cristiana, el centro de la vida del creyente. Felicitar la Pascua a quien viene al monasterio con una sencilla postal casera confeccionada para cada año sería un detalle de “apostolado pascual”.
  • Ornato con sentido buscado: Porque por los ojos nos entran los mensajes. A veces, ciertos ornatos pobres son más elocuentes que los comprados: unas flores que brotan al borde del camino (“Brotaron los zarzales del camino…”), unas ramas de espino blanco florecido (“Tu cuerpo es ramo de abril y blanca flor del espino” R. Grández). Para muchas personas “serias” esto carece de valor. Pero los signos hablan para quien tiene el corazón vivo.
  • Desde el invitatorio hasta el aleluya: Comenzar en Pascua  la liturgia con el invitatorio cantado “Verdaderamente ha resucitado el Señor” puede ser hermoso durante toda la pascua. Cantar el aleluya (incluso fuera de la liturgia, como bendición de la mesa por ejemplo) puede ser un recuerdo constante de este tiempo especial. Habría que hacerse con una pequeña “colección” de aleluyas para no cantar siempre el mismo, el gregoriano.
  • Actividades pascuales fraternas: Serían pequeñas actividades extralitúrgicas que contribuirían a crear un ambiente de Pascua: un picnic pascual en el jardín si el tiempo lo permite; una película que contenga valores próximos a la Pascua, aunque no sean religiosos; explicación de un cuadro pascual hermoso preparada por alguna hermana (por ejemplo: La incredulidad de Tomás, de Caravaggio).

 

3. Lo que dicen los expertos

 

         «El polo de atracción sobre los discípulos, el misterioso “imán” que los pone en movimiento, es el Resucitado. Es el esbozo, en la comunidad de antaño reencontrada,  de la “reunión de todos los hijos de Dios dispersos” (Jn 11,52). Estos encuentros pospascuales son ya el embrión de la Iglesia, la asamblea convocada por Cristo resucitado» (A. FERMET).

 

 

6

LA LITURGIA DE LA NAVIDAD

 

Sabemos que la superficialidad es el mayor enemigo de la vida y de la fe. Hay que trabajar para que no ocupe el lugar de quien vive lúcido y  despierto. Si algo está amenazado de superficialidad en el ciclo litúrgico eso es la Navidad. Por eso la liturgia tendría que ayudarnos a huir de la superficialidad, ahondar. Si nos situamos en la superficialidad, la celebración litúrgica se desvanece, aunque sigamos haciéndola.

Desde los inicios de los tiempos, el caminar humano ha sentido siempre la dentellada de a soledad en sus diversas formas (constitutiva, personal, familiar, comunitaria). Nos sentimos solos. Pues bien, la Navidad, en su fondo, puede celebrarse como un misterio de acompañamiento, el que Dios nos hace a través de Jesús. Él dice que “nunca ha estado solo, porque el Padre ha estado conmigo” (Jn 8,29; 16,32). La Navidad celebra el acompañamiento del Padre en el acompañamiento de Jesús. ¿Puede esto paliar algo la soledad que nos pega? ¿Puede ser esto un ánimo real para la vida? ¿Cómo sería una liturgia de Navidad enfocada y vivida desde la certeza del acompañamiento de Dios por Jesús en nuestra vida?

La cumbre espiritual que es el texto de Jn 14,23 nos dice que el Padre y Jesús han tomado una decisión de vértigo: venir a poner para siempre su morada en la historia humana. Eso es lo que celebra la encarnación de Jesús, su quedarse en el fondo de la vida para sostenerla, su bajar al sótano de la existencia para iluminarlo, su descender a lo último para ser fuente de todo amor. La encarnación es tanto alguien “baja” del cielo, sino alguien que se adentra en lo profundo de la vida. Este cambio de dirección puede dar un sentido nuevo a la celebración litúrgica de la Navidad.

Por otra parte, estas certezas brillan, paradójicamente en la pobreza. Por eso, la pobreza del nacimiento es el mejor de los lenguajes navideños. Lo que quiere decir que la liturgia Navideña ha de reflejar, de alguna manera, ese ambiente de moderación y de pobreza en las que se expresa mejor (bien lo reflejaba aquella vieja antífona de “O magnum mysterium”: unos animales miraban al puesto en el pesebre; recordar aquella escena franciscana de 2 Cel 200 sobre la mención a “la virgen pobrecilla”).

La liturgia de Navidad tiene la peculiaridad de poder mezclar una vivencia eclesial y, a la vez, una vivencia íntima y personal (bien lo refleja el himno “Te iré mi amor, rey mío” de R. Grández consignado en la LH). Vivir con profundidad la liturgia de Navidad no es desposeerla de esa calidez que hace cercana y cordial. Todo lo contrario: situar la liturgia en el corazón es situarla en su mejor perspectiva.

 

1.Belleza

 

  • La belleza de la fe, más que la belleza de historia: La tendencia religiosa e incluso teológica es poner el acento en la historia del nacimiento de Jesús (siendo así que, críticamente hablando, los puntos históricos de enganche son muy pocos). Sería mucho mejor dejarse cautivar no tanto por los contenidos históricos sino, sobre todo, por la belleza del misterio, por las preguntas que apuntan adentro, por la certeza del acompañamiento del Padre en Jesús. ¿De qué nos serviría celebrar la Liturgia si nuestra soledad sigue verdeante?
  • Navidad es adentrarse en el misterio de la encarnación del Hijo de Dios: La fe descubre, sin escándalo, a la Majestad divina humillada; a la Omnipotencia, débil; a la Eternidad, mortal; al Impasible, padeciendo; al Bendito, maldecido; al Santo, hecho pecado por nosotros; al Rico, empobrecido para enriquecernos; al Señor, tomando forma de siervo para liberarnos de la esclavitud. Todo esto lo sabemos. Pero saberlo no es lo mismo que creerlo. A esto segundo puede ayudarnos la celebración litúrgica si la hacemos con vida, con alma.
  • El tiempo litúrgico de la Navidad es un itinerario: Tiene por hitos cinco grandes celebraciones: Navidad, Sagrada Familia, Santa María Madre de Dios, Epifanía, Bautismo del Señor. Las tres primeras apuntan al misterio de la encarnación, las dos últimas a su oferta al mundo. Para poder ofrecerlo bien, hay primeramente que vivirlo en profundidad. La liturgia puede hacernos ese doble beneficio: ahondar en el misterio para poder ofrecerlo mejor.
  • Los salmos de Navidad: Son, sobre todo, el 77, 104 y 105, que manifiestan con especial claridad la historia de la salvación de] Antiguo Testamento, como anticipo de lo que se realiza en el Nuevo (también se leen en los otros tiempos fuertes). Son los salmos históricos y, a su manera, describen el itinerario de Dios hacia la historia humana que culmina en Jesús. Eso es la Navidad, eso celebra la liturgia: no solo el “bajar” de Dios al camino humano, sino el adentrarse en lo profundo de nuestra historia. Misterio de abajamiento y misterio de adentramiento.
  • La 1 Jn lectura continua: Es la primera lectura de casi todas las eucaristías del tiempo de Navidad. Resulta sorprendente porque no tiene nada que ver con las narraciones históricas del nacimiento, pero apunta al fondo del asunto: la encarnación es una cuestión de amor. Quien no se sitúa en la perspectiva del amor no podrá llegar al fondo de la cuestión. De ahí que haya que avivar el amor fraterno para situarse bien en la liturgia de Navidad. Son cosas que apuntan a lo esencial.
  • OfP 15: Uno que ha captado profundamente el misterio de la Navidad es Francisco de Asís. No es un fundador de belenes, sino un contemplativo de la encarnación. Bien queda demostrado en el Salmo navideño del OfP 15 (que podríamos leer y meditar en la Navidad). La característica más sobresaliente de este Salmo Navideño de Francisco consiste en contemplar íntimamente unidas la cuna y la cruz. Francisco no se queda en una alegría sentimental y que no compromete; al contrario, subraya la seriedad de la hazaña de Dios, que está exigiendo la respuesta de nuestra vida. En su relativamente corto Salmo de Navidad el Pobrecillo une de manera asombrosa la majestad y la humildad de Dios, la cuna y la cruz, la alabanza y el seguimiento, el hombre y el cosmos.

 

 

2. Humildad

 

  • Vela blanca en la corona de Adviento: En algunas comunidades se suele poner la corona de Adviento con los cuatro cirios rojos. El liturgista Aldazábal decía que se podía mantener ese signo en Navidad poniendo en el centro una vela de color blanco. Entre nosotros es difícil desplazar a la imagen del Jesús nacido al que se suele dar a “adorar” (habría que decir “venerar”). Y tener dos signos extralitúrgicos en la Iglesia sería demasiado. Pero, al menos, para pensar otros caminos.
  • Que prevalezca lo litúrgico sobre lo folklórico: Al menos en la Iglesia lo litúrgico debería estar por encima de los elementos folclóricos con los que, en Navidad, se suele hacer la vista gorda: panderetas que acompañan los cantos; villancicos  sin ningún contenido litúrgico (por ejemplo, “campana sobre campana”; estos para el recreo). En la exhortación del papa Francisco Admirabile signum se valora el nacimiento y sus significados pero fuera de lo litúrgico. Es otro camino con un peso folclórico grande. Quizá haya que mantener una prudente distancia para no caer en corruptelas que no llevan a nada.
  • Moderación co la imagen del niño: Es un signo extralitúrgico. Por eso, habría que ser moderado. El belén tendría que estar montado en un lugar distinto de la Iglesia. Con la imagen del Niño bastaría, y en modos sencillos, no ocupando el puesto central (por ejemplo tapando el altar). Lo mismo en la veneración popular de la imagen al final de la eucaristía: cuidado con villancicos bullangueros que conectan con lo folclórico pero nos alejan de lo profundo.
  • No olvidar las pobrezas: Nunca habría que olvidarlas en la celebración de la fe. Pero en estos días hay que acordarse de los sin casa, sin techo, sin país, sin amparo. Lo que leemos en los Evangelios. Y “acordarse” es rezar y algo más por simbólico que sea. Ya decía el cardenal Evaristo Arns, franciscano, que la gran pregunta de la teología es ¿Dónde dormirán los pobres esta noche? Y de la liturgia.
  • Actividades navideñas fraternas: En las comunidades monásticas la Navidad ha sido fiesta de especial regocijo fraterno. No estaría mal seguir con esa tradición. Las veladas Navideñas son entrañables: comedias festivas, canciones, poemas (aquel del Góngora, “Caído se le ha un clavel”, de Góngora, o “Ya que en el tiempo llegado” de san Juan de la Cruz, o del mismo “Del Verbo Divino la Virgen preñada viene de camino, si le dais posada”, o los villancicos navideños de santa Teresa que son bonitos y chispeantes).

 

3. Lo que dicen los expertos

 

         «La oración litúrgica nos lleva directamente a los misterios de la salvación en un continuo volver sobre los temas eucarísticos, ampliados en clave narrativa-orante, hasta llevarnos al misterio de Cristo que nos introduce, a su vez, en los misterios de nuestra salvación. Es función de la oración entrar en los mismos contenidos eucarísticos, pero saboreándolos y contemplándolos en otro plano, en un nivel de alabanza y de súplica” (J.J.FLORES).

 

 

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LA LITURGIA DEL TIEMPO ORDINARIO

 

         Una de las evidentes tareas que nos define como humanos es el caminar. Caminar no solamente es andar, es también compartir vida mientras se anda (miremos el camino de Santiago como ejemplo de caminar compartiendo en tiempos de modernidad donde parece que esto sería innecesario). La liturgia no es solamente una acción religiosa. Es, de alguna manera, compartir el camino entre creyentes. Por eso mismo, la liturgia no se circunscribe a las grandes fiestas de la fe, sino que se ciñe al camino, hace obra de caminante con nosotros a lo largo de todo el año.

En el llamado Tiempo Ordinario se verifica de manera continuada la realidad espiritual de un Dios que camina con nosotros. Efectivamente, Dios es el gran acompañante de la vida, el gran caminante con nosotros (Lev 26,12). La liturgia durante el año conjura la soledad y alienta el anhelo de que la historia tendrá la plenitud de lo creado. De esta manera, la liturgia se constituye en antídoto espiritual contra el desaliento y la soledad.

Podemos decir que el redescubrimiento espiritual del domingo fue una de las grandes aportaciones del Vat.II. La constitución Sacrosanctum Concilium se refirió al mismo, señalando su origen apostólico en el mismo día de la resurrección del Señor y su carácter pascual, eucarístico y festivo (SC 106). Después, la nueva estructuración del año litúrgico y del calendario lo ha revalorizado también como día dedicado al Señor y «verdadero y propio día de fiesta primordial  y núcleo fundamental de todo el año litúrgico» (Normas universales sobre el año litúrgico y el calendario, n. 4).

Aunque el domingo tiene todavía su fuerza dentro de los cristianos, el devenir social lo está desplazando. Si a eso unimos la pobreza celebrativa de las eucaristías, el asunto se complica más. En su Audiencia del 13 de diciembre de 2017 el papa Francisco mira de frente el problema: «¿Qué podemos responder a quien dice que no hay que ir a misa, ni siquiera el domingo, porque lo importante es vivir bien y amar al prójimo? Es cierto que la calidad de la vida cristiana se mide por la capacidad de amar, como dijo Jesús: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros» (Juan 13, 35); ¿Pero cómo podemos practicar el Evangelio sin sacar la energía necesaria para hacerlo, un domingo después de otro, en la fuente inagotable de la eucaristía? No vamos a misa para dar algo a Dios, sino para recibir de Él aquello de lo que realmente tenemos necesidad. Lo recuerda la oración de la Iglesia, que así se dirige a Dios: «Tú no tienes necesidad de nuestra alabanza, pero por un regalo de tu amor llámanos para darte las gracias; nuestros himnos de bendición no aumentan tu grandeza, pero nos dan la gracia que nos salva» (Misal Romano, Prefacio común IV)».

 

 

1. Belleza

 

  • ¿Ordinario?: El término “per annum” se tradujo por “ordinario” en vez de otras denominaciones (tiempo entre el año, durante el año). Quizá esto contribuyó a su poca valoración, como si ahí no hubiera nada relevante. Por eso, de la mano del Vat.II, hay que valorar este tiempo como “tiempo de oportunidad prolongada”, o “tiempo de acompañamiento fiel”. Efectivamente, es una oportunidad de largo alcance que se le da al creyente para que entre en el gozo del acompañamiento de Jesús y del Padre en su vida. La liturgia, de alguna manera, habría de lograr hacer “visible” esto.
  • Gran Domingo: Hay quien ha denominado al TO como “gran domingo”. De alguna manera lo es porque prolonga en muchas semanas el recuerdo vivo de la resurrección de Jesús. De alguna manera, en cuanto que lo prolonga en el tiempo (aunque la Pascua lo prologue en 50 días, éste más). Viene a ser “más”, no tanto en el origen celebrativo cuanto en la continuidad. Por ello, sobra decir que el domingo remite a la Pascua como a su fuente y la prolonga a lo largo del año. Nada sería el domingo sin esa fuente; ese caudal quedaría mermado sin la prolongación del TO. Esta mística habría de animar la celebración litúrgica de cada domingo. Cualquier cosa que se haga para alimentarla será muy positiva.
  • Día festivo primordial: Por eso no hemos de extrañarnos que SC 106 lo denomine como día festivo primordial. Podría parecer que eso es hacerle sombra a la Pascua, pero no. Pascua y TO se alimentan mutuamente. Es lo que dice el himno “Es domingo”: «La alegría del mensaje de la Pascua es la noticia que llega siempre y que nunca se gasta». No se empobrece por la repetición semanal, no debería empobrecerse por la rutina. Sino que, por el contrario, tendría que cobrar más sentido semana a semana, en la medida en que se lo celebra. Hacer de la celebración litúrgica dominical una columna de nuestra espiritualidad es un acierto.
  • Liturgia que se distingue de la semana: No solamente por sus textos y por el principio citado de “solemnidad progresiva”, sino que se distingue por el tono, por la mística, por la actitud interior. Y eso, en gran parte, depende de cada una, aunque el ambiente comunitario puede ayudar. Quizá haya que comenzar por “desear el domingo”. No tanto para verse eximido de los trabajos cotidianos, sino, sobre todo, por la oportunidad de cultivo de la fe que se nos brinda cada semana. Y luego, además de desearlo, implicarse en una dinámica celebrativa lo más viva posible. Y eso, como decimos, en una parte notable depende de cada una.
  • Preparación en comunidad: Hay monasterios sencillos que lo hacen. Se trataría de juntarse el sábado por la tarde (en algunos lugares se hace más como reflexión dominical que como preparación y por ello lo ponen en la tarde del domingo que suele estar más despejada) para leer en comunidad y comentar de modo sencillo y vivencial alguno de los textos bíblicos del domingo, singularmente el evangelio. Esto no es pisar el terreno a la homilía del celebrante que será complementaria. Y podría ser un modo bueno de activar el deseo dominical y sacarnos de la rutina cuando estamos más bajos de ánimo. Incluso podría invitarse a algún laico. Sería un buen “apostolado dominical”. Creemos que no es objeción decir que las monjas de clausura están “solo para rezar”. Esto puede ser empobrecedor. Las monjas son parte viva de la Iglesia y han de contribuir esencialmente con su oración al tesoro de la Iglesia, pero también con la oferta sencilla de una Palabra vivencial que, por boca de ellas, quizá pueda llegar más al corazón de los cristianos que las homilías de los curas.

 

2. Humildad

 

  • El canto en la LH en el TO: Algo en lo que no habría que bajar la guardia para no caer en la rutina. Aprender un nuevo himno a la semana, un nuevo padrenuestro al mes, un nuevo santo cada dos meses, puede mantener al “coro” vivo. Dejarse llevar “por lo que ya se sabe”, tiene su peligro.
  • La Eucaristía en el TO: ha de seguir siendo cuidada tanto en los días de labor como, sobre todo, en los domingos. Es aquí importante el papel de quien se encarga de preparar la liturgia para que no lo haga con desgana; el papel de la encargada del ornato de la iglesia para que cuide los detalles ornamentales; el papel de la sacristana para que se mantenga el “brillo” de los  objetos de culto; el papel del capellán para no atrincherarse en formularios tópicos (plegaria IV por ejemplo).
  • Signos dominicales en el TO: Signos que pueden contribuir a dar vigor a la celebración litúrgica. En la LH: un himno bien cantado, las oraciones sálmicas, el canto del padrenuestro. En la eucaristía, el uso de la aspersión inicial que conecta el sacramento con el bautismo y la Pascua, las preces adaptadas al momento eclesial presente, la bendición solemne sobre el pueblo. Es necesario pasar de la actitud de “ir a misa” a la actitud de “celebrar la eucaristía”. En aquella no es necesario implicarse mucho, solo ir y responder. En esta segunda, la implicación es necesaria. La contemplativa ha de elaborar el concepto de “trabajo litúrgico”: para que la liturgia se celebre con propiedad se demanda el trabajo de todas, de quien prepara y de quien participa. Un trabajo con todos sus componentes: fatiga, cansancio, esfuerzo, logro, gozo, disfrute, etc.
  •  Celebración festiva y fraterna: Los domingos del TO habría de tener un puntito de celebración festiva y fraterna que dé brillo antropológico (no solo litúrgico) al domingo. Una merienda en el jardín si hace buen tiempo, una película de valores humanos con diálogo fraterno, un recreo con alguna intervención preparada, una visita de alguien que nos pueda contar alguna experiencia enriquecedora (misioneros, algún grupo de la parroquia, el Obispo, algún autor o autora que haya escrito un libro teológico en la ciudad, etc.).

 

3. Lo que dicen los expertos

 

         «Los textos bíblicos y eucológicos que nos ofrece la liturgia, al ser orados en la intimidad de nuestro corazón, permiten conocerlos y vivirlos más intensamente y extraer de ellos toda su fuerza salvífica y transformadora. Pero todo esto exige una connaturalidad con lo celebrado y con cuanto allí se ora y se suplica, lo que supone una auténtica labor de interiorización en las cosas santas que pedimos y recibimos» (J.J.FLORES).

 

 

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LA LITURGICA SACRAMENTAL

 

Los humanos estamos necesitados de celebración. En la celebración se expresa la vida, se recrea la vida y se comparte la vida. En soledad individualista, la vida mengua. De ahí que haya que interpretar la celebración como una oportunidad de vida, no como una carga (por más que cultivarla sea un “trabajo”). Si una comunidad no celebra, se apaga. Si celebra rutinariamente, también se va apagando. Por el contrario, si cultiva la celebración sopla sobre la hoguera del amor y, tras la celebración, la fraternidad revive.

Además de la palabra, en la celebración abundan los signos. Estamos necesitados de signos. Son lenguaje que sugiere, evoca, mantiene vivo el anhelo. Si los signos se mantienen vivos, trabajos, son elocuentes; si no se los mantiene vivos, no evocan nada y cansan. Los signos brillan con luz propia. Por eso un buen signo no necesita muchas explicaciones, lo comprende fácilmente la inteligencia y llega derecho al corazón. No ha de extrañar que el cultivo de la fe cristiana se haya articulado en signos en sacramentos (“signos exteriores para darnos por ellos la gracia y las virtudes”, decía el viejo catecismo de Astete).

Todos sabemos que la fe es un don del amor del Padre. Pero también sabemos que ese don, para que se mantenga vivo y crezca, ha de celebrarse. Si no se celebra, el don se muere. De ahí que la celebración tenga como logro mayor no tanto su brillantez, sino del crecimiento de la fe. Celebramos por razones de fe, no por razones religiosas o legales. Se crece en la fe celebrando. Esta es la manera eclesial de crecer en la fe (compatible con otras vías de crecimiento, como el trabajo de oración personal).

No nos ha de resultar extraño que en el trabajo celebrativo la comunidad ofrezca un amparo impagable. Efectivamente, cuando las fuerzas individuales flaquean, la comunidad viene en nuestro socorro; cuando se nubla el sentido de lo que celebramos, la comunidad nos lo recuerda; cuando se hace soso el canto, muda la Palabra, velado el recuerdo de Jesús, la comunidad que celebra conmigo me descorre los velos que pone la limitación y, animándome a la celebración, me socorre. Por eso mismo, decimos que el amparo de la comunidad resulta impagable, desde la mera presencia física hasta la presencia espiritual.

 

1. Belleza

 

  • Sacramento de la fe: Eso es el bautismo: fuente de la fe (“fuente bautismal de donde brota la fe”, dice el canto). Celebrar la fe celebrando el bautismo es quizá, por fontal, la manera primigenia de celebrar la fe. Como ya dijimos en el curso de sacramentos, la recuperación de nuestro “ignorado bautismo” es imprescindible. La liturgia nos puede ayudar: celebrar con el mayor sentido la liturgia bautismal de la vigilia pascual; rememorar el bautismo es la aspersión dominical en el TO; aprovechar la oportunidad, si la hubiere de celebrar algún bautismo en el monasterio; felicitar a alguna familia próxima en la que sepamos que se ha celebrado un bautismo, etc.).
  • Compromiso de fe: La confirmación es el sacramento de una fe comprometida, de una manera de entender los valores del reino implicada. Recuperar la confirmación habría de llevarnos a sentirnos parte activa de la Iglesia, dejando de lado rutinas, comodonerías, languideces. Recuperar el signo de la confirmación en la liturgia de Pentecostés; en la oración y felicitación a los confirmandos de la parroquia (si los hubiere); evaluar alguna vez el nivel real de testimonio cristiano del monasterio.
  • Misterio de fe: La celebración eucarística es la puerta que abre al misterio. La contemplativa habría de ser no tanto mujer que reza o mujer que está en clausura, sino persona atraída por el misterio., el misterio de Dios y el misterio de la comunidad. ¿Cuál es el misterio de Dios? El amor sin esperanzas (al “enemigo” decía Mt 5,43). Y ¿cuál es el misterio de la fraternidad? Eso mismo, vivir contento en un amor entregado. Apuntar a ese misterio, desearlo, entrar en él, todo eso nos lo puede ir dando la eucaristía, el signo del compartir total. La comunidad compartida, la Palabra ofrecida y el pan y el vino entregado son los signos vivos que abren al misterio del amor entregado.
  • Fe que se apiada: La celebración litúrgica del perdón puede vivirse como misterio de compasión. Es la piedad de Dios y la piedad fraterna que se apiadan del lado débil de la realidad. La liturgia penitencial demanda captar primeramente la compasión para motivar la penitencia. Sin anhelo de cambio real, sin compasión estremecida para con la hermana, la liturgia penitencial es mero rito (“deja la ofrenda y reconcíliate con tu hermano”: Mt 5,23). El signo sacramental del perdón es la ofrenda “retenida” y la palabra ofrecida, el gesto explícito de acercamiento, el intento de reparar algo, el bajarse de posiciones duras y mantenidas de poca fraternidad. De lo contrario, culto vacío.
  • El acompañamiento de la fe: La unción de los enfermos se entiende bien cuando se la ve como acompañamiento de amor. Si ese componente de una “unción de amor” (Jn 12,1-8) no entra en este sacramento, siempre se le mirará de reojo. Eso habrá de ir unido a una valoración más racional y benigna, menos histérica, del hecho de ir acabando la vida, de reconocer la llegada al final del camino. ¿Por qué tanta dificultad en los mismos monasterios? ¿Qué nos ha faltado en nuestra comprensión del hecho humano? Si tenemos la misma mirada que mucha gente, el signo de la unción se nos atravesará.
  • El servicio de la fe: El orden sacerdotal es el sacramento en que se hace signo para la Iglesia el servicio de la fe. El bautismo nos hace sacerdotes profetas y reyes. El orden ministerial consagra el servicio a la comunidad. Vivir este sacramento fuera del marco del servicio lo desnaturaliza. Por lo mismo, quienes no sois sacerdotes, aprecio al ministerio y relación colaboración con él, no de servidumbre ni de dominio por su parte. La relación del monasterio con los sacerdotes (capellán, párroco, confesores, profesores, curas amigos, etc.) ha de ser igualitaria y colaboradora, con un punto de afabilidad y de mutuo aprecio.
  • Misterio de amor: Eso es el matrimonio. Lo sabemos aunque no nos hayamos casado. Sin amor, el contrato matrimonial se reduce a una relación transacional. Por eso, por causa del amor, el signo del matrimonio (cristiano y otros) ha de ser apreciado por todos los creyentes. Al fin y al cabo, si de amor se trata, todos confluimos en el mismo punto.

 

 

 

2. Humildad

 

  • Interesarse por el propio bautismo: Pedir a la parroquia una fotocopia del propio bautismo, ignorado a veces. Enmarcarla sencillamente. Celebrar modesta pero espiritualmente el día de nuestro bautismo. Es una celebración de fe. Y para nosotros ese tipo de celebraciones tienen sentido.
  • Renovar el compromiso con la fraternidad y el trabajo litúrgico como compromiso que confirma la fe actual. El compromiso de la contemplativa tiene que ver con la comunidad y con la oración. Confirmar nuestra fe en esos dos ámbitos primordiales.
  • Interesadas por el misterio, interesadas por la profundidad: la contemplativa requiere un plus de profundidad porque la búsqueda del rostro de Jesús apunta a lo profundo, a “los ojos deseados” que reflejan el fondo de la fuente, como decían san Juan de la Cruz.
  • Encarar los conflictos con humanidad. Ese habría de ser el signo antropológico de quien celebra el signo litúrgico del perdón. Este sin aquel rondaría el vacío. La comunidad que perdona es signo del rostro mismo de Dios (Gen 33,11).
  • Contra viejos individualismos: Esa la actitud que demanda una mirada nueva sobre el signo de la unción. Darle una dimensión comunitaria es salvarlo y hacerlo útil de alguna manera para la construcción de la fe.
  • Ministerio de fraternidad: Así es el orden consagrado. Por eso, la fraternidad ha de presidir las relaciones con los sacerdotes. Son hermanos que colaboran a nuestro crecimiento cristiano. Lo que pase de ahí es cuestionable.
  • Aspirar a una vida en amor: A eso empuja en signo del matrimonio. Quitar del horizonte de la vida comunitaria esta aspiración es empobrecerla. Otra cosa es el trabajo que haya que hacer para que esto sea una realidad tocable.

 

 

3. Lo que dicen los expertos

 

         «Los sacramentos son la fuente de la fe, de ahí que se insista mucho hoy en esta meditación sacramental de la Iglesia porque, sin la fe en la Iglesia, la liturgia sacramental no sería más que un rito externo, una manifestación de imágenes edificantes. Es la fe de la Iglesia universal, de todo el cuerpo de Cristo, la que se expresa en los sacramentos, estableciendo una continuidad entre el misterio redentor y el sujeto que recibe los mismos» (J.J.FLORES).

 

 

9

LA LITURGIA DE DIFUNTOS

 

Por contagio social, el tema de la muerte lo marginamos y no suele ser motivo de aprecio. Sin embargo, a nada que se piense, el morir no solamente es parte de la vida, sino que es momento importante, quizá tan importante como el nacer aunque en el polo opuesto. Hablar bien de la muerte de otros sería un paso. Hablar de la propia muerte otro más importante.

Hay que preguntarse por qué la histeria ante la muerte está igualmente viva en las comunidades. Parece que tendría que tener otro aire. De hecho, en parte, lo tiene. Paro hay que reconocer aún nuestras reacciones son muy histéricas, muy dramáticas, poco sosegadas y valorativas. La celebración litúrgica de difuntos podría colaborar a  ver el morir como parte de la vida y a hacerle un sitio en los modos más razonables que se pueda.

Desde ahí habríamos de valorar los actuales trabajos por humanizar la muerte: la muerte digna, los cuidados paliativos, el testamento vital, etc. tendrían que ir siendo asimilados cada vez mejor por nosotros. El mismo tema de la eutanasia, tan complicado, tendría que ir entrando con paz en nuestra reflexión. Quizá desde el lado social se nos brinde hoy una mejor comprensión del tema de la muerte y tal vez haya de influir en los modos celebrativos, en los textos litúrgicos que no vienen de esta época (¿contemplan, por ejemplo, los textos el hecho de la incineración? ¿Se adecúan los textos eucológicos de difuntos a este dato ya recurrente en la misma vida religiosa?).

Del mismo modo que socialmente se trabaja hoy desde muchos lados cómo humanizar la muerte, habría que desear que  la celebración litúrgica contribuyera algo a este fin. Para ello quizá haya que sacar a tales textos del único marco en que se los ha situado, en el más allá, y ponerlos en el más acá de nuestro caminar humano. Esto no menguaría la fe en la resurrección ni quitaría brillo al triunfo de Jesús sobre la muerte. Si se la entiende mejor a nivel humano, también se la comprenderá mejor a nivel cristiano.

Más aún, Jn 16,23 habla de una alegría inarrebatable: “nadie os quitará vuestra alegría”. Ni siquiera la misma muerte porque se podrá vivir este acontecimiento difícil en el gozo de una alegría honda basada en la promesa de Jesús. Por eso, la liturgia de difuntos habría de tener un punto de alegría sosegada, al menos en aquellas circunstancias en las que se más fácil detectarla (la vida comunitaria habría de ser propicia a tal modo de alegría en medio de la pena). No se trata de caer en el “mueren sin llorarse” que el refranero cuelga a la vida religiosa. En las lágrimas puede haber alegría de calidad, humana y creyente.

 

1. Belleza

 

  • De una liturgia de temor a una liturgia de esperanza: Ese habría de ser el camino a seguir. Para ello, habrá que escoger con cuidado los textos litúrgicos y, si fuera preciso, modificar alguna expresión que proviene de los “tiempos del temor” en que se escribieron tales textos ejemplo claro es la secuencia Dies irae suprimida por el Vat.II y que algunos aún mantienen; ¿qué decir del estribillo atribuido a san Juan de la Cruz “al atardecer de la vida…”? ¿examina Dios, o ama?
  • Centrada en el triunfo de Jesús: Esa es la correcta perspectiva litúrgica. Para el cristiano, la muerte es leída en la perspectiva del triunfo de Jesús. Ello no implica el olvido del hecho antropológico de morir, sino que se lee desde Jesús. En un momento en que se escucha con emoción el panegírico del difunto hay que insistir en la lectura creyente del morir. Quizá las valoraciones antropológicas, históricas, anecdóticas del difunto puedan tener lugar en otro momento de comunicación fraterna (no estaría mal una reflexión valorativa tras la muerte de la hermana). Por eso habrá que ser moderado a la hora de valorar la trayectoria de quien muere (¿tienen razón de ser esas largas necrológicas que se leen en los funerales de los frailes, no sabemos si de las monjas?).
  • La iluminación y el consuelo de la Palabra: Todos lo sabemos: el sentido de la muerte es inexplicable más allá del simple acabar la vida. Por eso, ofrecer explicaciones fáciles no deja de ser algo infantil. Pero los textos de la celebración pueden iluminar, sosegar, acompañar, alegrar, aunque no nos ofrezcan una explicación. Por eso la celebración litúrgica es tan necesaria en el momento del tránsito de una hermana no tanto de cara a quien ha muerto, sino en relación con quien celebra la vida que esconde en el sótano de la muerte. La liturgia de difuntos no ha de ser algo obligado con los difuntos, que también, sino algo necesario para los vivos.
  • Una liturgia austera y esperanzada: ambos elementos han de estar presentes. Una liturgia de difuntos suntuosa es una vanidad. Una liturgia que no haga respirar, que no anime a la vida, que no mantenga la tesis de que vivir con esperanza es la mejor manera de vivir es una liturgia cortocircuitada.
  • En el gran movimiento del cosmos salvado: La nueva física nos invita a situar nuestra muerte en ese gran movimiento del cosmos. Morir no es ir a un lugar donde, como solemos decir, nos encontraremos con nuestros seres queridos (ya lo dijo claramente Juan Pablo II en las catequesis de julio de 1999). Habrá que cambiar al paradigma: el cielo es la fuente del amor, allí se sitúa nuestra vida resucitada; es la verdad de lo que somos, la participación en la vida del cosmos, la hermosura del designio amoroso de de Dios. Estas nuevas metáforas demandan la confianza como requisito: lo decisivo es la confianza.

 

2. Humildad

 

  • Mantener el recuerdo hablando bien de nuestros difuntos: no cansarse de, cuando llegue el caso, hablar bien de las hermanas que nos han ido dejando. Y si hay que hablar de fallos, hacerlo con comprensión. Un difunto no puede defenderse; nosotros hemos de ser sus “defensores” hablando de ellos con la mayor ecuanimidad posible.
  • Escribir bien las notas necrológicas: No un puñadito de fechas y nada más. Tratar de poner por escrito sobre todo lo bueno de su vida (sin dorar la píldora) y lo menos bueno dicho con comprensión. Un necrologio fraterno no puede ser un mero libro de fechas. La fraternidad se extiende a ese terreno de más allá de vida física de los hermanos/as.
  • Cantos de amor en el duelo: Es una suerte que alguien diga en un poema, en un canto, el amor que se sentía por el difunto. Muchos de nosotros no tenemos vena poética. Pero podemos pedirla prestada (terminar la celebración litúrgica con el himno “Vete alma mía segura” de R. Grández con música de R. M. Riera en que se evocan las palabras finales de santa Clara es hermoso).

 

3. Lo que dicen los expertos

 

         «Nunca se insistirá bastante en el carácter gratuito, festivo y gozoso del culto cristiano. La liturgia es el tiempo privilegiado de la alabanza y de la gloria divina. La vida litúrgica brota de la celebración que actualiza plenamente el acto redentor de Cristo, la Pascua (J.J.FLORES).

 

 

 

¿Qué cuerpos importan en la Biblia?

 

 

 

¿QUÉ CUERPOS IMPORTAN EN LA BIBLIA Y EN EL PERIÓDICO? 

 

Recurriendo a aquella sugerencia atribuida a K. Barth de que es preciso pensar la fe teniendo en una mano la Biblia y en la otra el periódico, y siguiendo el espíritu de Vórtices, queremos hacer una comparativa sobre qué cuerpos importan en la Biblia y en el periódico, o mejor, qué cuerpos no importan.

Quizá sea este un camino más expedito: percatarse de los cuerpos que no importan para denunciar su atropello y para reivindicar su derecho a sentarse en el banquete de la vida.

Las viejas páginas de la Biblia encuentran en las de cada día en el periódico un increíble reflejo. Quizá eso pueda ser una manera de generar espiritualidad social a favor del mundo de los migrantes, personas que tienen un puesto en la Biblia y en la prensa, aunque fuera el puesto de la exclusión que lleva incorporado el grito de la justicia.

 

1. Abel: el cuerpo asesinado

 

            Empecemos por lo más trágico. Todo lo que se diga después será más suave. Las páginas de la Biblia se abren con un asesinato entre hermanos: es el mito de Caín y Abel, el breve. Asesinado por razones económicas: pastores contra agricultores, el eterno problema de la tierra y su explotación. El sistema quiere envolver el asesinato en razones religiosas (“El Señor se fijó en Abel y su ofrenda”: Gen 4,4) cuando lo que de verdad está en juego es el reparto de los recursos de la tierra. Con eso empeora las cosas porque sitúa a uno en el ámbito del bien (Abel) y a otro en el ámbito del mal (Caín), cuando los dos ámbitos tienen derecho a vivir. Por eso, la gran pregunta ante el cuerpo asesinado que se quiere ocultar no es “¿Dónde está tu hermano?” sino ¿por qué, siendo hermanos, no habéis llegado a un entendimiento económico? ¿Por qué tienes que matar para que tu economía prospere y sea la única? Este asesinato es no solo un crimen, sino una destrucción de la relacionalidad económica, de aquello a lo que los humanos están destinados por dignidad: sentarse igualitariamente en el banquete de la vida. De ahí la ineludible sentencia: “La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra” (Gen 4,10) no tanto por el crimen, sino por la desigualdad que genera la imposibilidad de entendimiento y, con ella, el crimen. Los cuerpos asesinados apuntan a los sistemas económicos.

 

2. José: el cuerpo vendido

 

            Se veía venir. La historia de José y sus hermanos es una historia de privilegios que desemboca en un drama. Privilegios como el no ir al campo a trabajar como sus hermanos o tener “una túnica con mangas” que, al parecer, los demás hermanos no tenían (Gén 37,3) o de ser soñador ante quien no tiene más sueño que sobrevivir. Por eso, se planea la ruina del “soñador” no como un gesto maldad mitigada, sino también como una reacción a la injusticia sufrida. La venta barata del hermano (“veinte monedas de plata”  Gen 37,8) es la dura respuesta de quien ha acumulado postergación y desigualdad sin cuento. Se vende el cuerpo porque, a la base, hay desigualdad. La desigualdad es la raíz de la venta. Y pretender corregir la venta sin modificar el sistema que genera tal desigualdad es querer curar el síntoma sin hacerlo con el foco de la infección.

 

3. Betsabé: el cuerpo robado

 

            David encarna lo mejor y lo peor del ser humano: la compasión y el orgullo, el perdón y la soberbia, la ternura y la crueldad. Por eso, no extraña que robara el cuerpo hermoso de Betsabé, que se lo robara a Urías el hitita, el hombre íntegro que no quiso ser cómplice de ese robo y ello le acarreó la muerte (2 Sam 11). David es el ladrón del cuerpo hermoso y sin amparo social de Betsabé y el asesino de Urías. Robar cuerpos como quien roba corderos, así se lo dirá el profeta Natán (2 Sam 12,1-4). No quedará impune ese robo de un cuerpo: el hijo fruto de ese robo morirá al nacer, la vida de esta mujer será un continuo sobresalto y, además, nunca llegará del todo a ser mujer de David. La historia la reconocerá siempre como “la mujer de Urías” porque lo que se roba no termina de ser nunca del ladrón que lo afana (Mt 1,6). Los cuerpos robados siguen siendo propiedad de ellos mismos, por mucho que se los robe. Porque se podrá robar el cuerpo, pero no la persona. Cuando se roba cuerpos hay que poner el foco, en primer lugar, sobre el ladrón y luego sobre el cuerpo robado.

 

4. Tobit: el cuerpo desterrado

 

            Tobit era el padre de Tobías, según se cuenta en la novelita bíblica. Era uno que sufrió los avatares de política en el Israel del siglo VIII a.C. Fue deportado a Nínive en Asiria. En su deportación no se resignó a su dura suerte de exiliado, sino que quiso mantener su talante compasivo en una tierra hostil. Un deportado que no pierde sus mecanismos de humanidad. Deportado, pero humano. Por eso, aun a riesgo de incurrir en ilegalidad con el vencedor, se dedicó, dice la novela, a enterrar los cadáveres de los israelitas muertos en la batalla contraviniendo así las humillantes órdenes de insepultura (Tob 1.16-20). El destierro no fue para él un ámbito de muerte, sino un marco de compasión y de humanidad, aunque eso suponga la pérdida de la familia,  la persecución y la pérdida de los bienes (Tob 1,20). Desterrado, pero humano. La humanidad de los desterrados, de los exilados, de los apátridas, queda intacta, queda más de manifiesto por sus obras de humanidad.

 

5. La amada: el cuerpo cantado

 

            El Cantar más hermoso es un poema de amor al cuerpo de una gran delicadeza. No llegamos a creer, como nos dicen, que se cantara por las tabernas de Israel. Nos parece demasiado delicado y bello. En él se canta el cuerpo amado con un vigor y con una ternura que aún hoy asombra: “¡Qué hermosa eres, amada mía…tus ojos de paloma…tus labios cinta escarlata…tus pechos dos crías de gacela…qué hermoso es mi amado, muy dulce su boca, pura delicia” (Cánt 4,1-7; 5,10-16). Por mucho maltrato con que hiramos los cuerpos, por mucho vinagre que echemos a sus heridas, los cuerpos siempre serán atractivos, siempre serán hermosos, siempre serán cantados. Siempre hambreando besos: “¡Que me bese con los besos de su boca! (Cant 1,1). Los cuerpos son el gran valor de quien emigra. El Cantar invita a mirar esos cuerpos por encima del daño, de la apropiación, de la herida, de la violencia, porque la belleza que encierran tales cuerpos habla el lenguaje de la vida.

 

6. La adúltera: el cuerpo prostituido

 

            Porque la mujer sorprendida “en flagrante adulterio” (Jn 8,4) no solamente es adúltera sino mirada y castigada como una prostituta. La condena que viene de quienes tienen la sartén de las leyes patriarcales por el mango es la condena a la prostituta, a la marcada por un cuerpo que se cree en venta, lo que parece que da derecho a todo sobre ese cuerpo, a la vida y a la muerte. Es cierto que Jesús no la condena (8,11), pero también es cierto que no condena a quienes condenan desde su posición de poder. Si el adulterio era flagrante, se sabía quién era el adúltero. No aparece en el relato. La confusión de quienes se retiran “empezando por los más viejos” (Jn 8,9) no es suficiente para condenar a quien se prostituye no desde la desigualdad social, como la mujer, sino desde el poder social. Son dos cuerpos prostituidos: el cuerpo desamparado de la mujer que corre riesgo de ser apedreada y el cuerpo oculto del adúltero que parece no correr ningún riesgo. No sabemos qué es peor, si la condena al cuerpo de la mujer o la impunidad del cuerpo prostituido del hombre que se va de rositas.

 

7. Los endemoniados: el cuerpo violentado

 

            Los evangelios hablan mucho de una realidad que nos resulta culturalmente lejana: los espíritus inmundos, los endemoniados. Son los cuerpos violentados por unas fuerzas psíquicas de las que se ignora todo. La violencia contra los cuerpos se manifiesta en “tirarlo al agua o al fuego” (Mc 9,22) o en la autolesión (Mc 5,5). Es el retrato de los pobres cuerpos de los frágiles sociales. Jesús hace obra de expulsión de demonios, de restauración corporal viniendo a decir que tales cuerpos contienen intacta su dignidad. Por eso, más que de exorcismos, se trata de restauración de la dignidad herida. Jesús ha hecho bandera de esta reorientación de los cuerpos y la ha puesto como la primera señal de su sueño (Mc 3,15). El evangelio está contra toda violencia corporal; quien violenta cuerpos no puede ser seguidor de Jesús.

 

8. Los discípulos en la barca: el cuerpo que se ahoga

 

            En la tierra de Jesús hay un lago, el de Galilea, no muy grande pero que, por lo que se ve, a veces se alborota y se vuelve peligroso. Los discípulos, pescadores en ese lago varios de ellos, lo sabían. Y aún así, les pilló la marejada y su grito fue el de todos los ahogados: “¡Sálvanos, que nos hundimos!” (Mt 8,26). Es el grito de la angustia cuando las aguas van a engullir en su torbellino a quien mira con horror el fondo del mar. Narran los evangelios que Jesús apaciguó el mar, metáfora para indicar que los naufragios solamente se sortean con la solidaridad con los náufragos, solidaridad que pasa por otorgarles su derecho a la justicia y a la igualdad que es el viento loco que desata tempestades sin cuento.

 

 

9. Onésimo: el cuerpo esclavizado

 

            Pablo escribió una breve carta a su amigo Filemón intercediendo por un esclavo, Onésimo, que se le había escapado. Le anima a que lo reciba bien “como hermano muy querido”  (Film 1,16). Incluso Pablo se presta a pagar lo que sea si tal fuga ha supuesto un perjuicio económico para el amo (1,18). Pero el cimiento del asunto queda intacto; ese cimiento es la esclavitud. El cristianismo primitivo no ha sabido deducir del mensaje de Jesús que todo cuerpo esclavizado es una anomalía evangélica, que si, como dirá el mismo Pablo en un rapto de claridad (“Ya no se distinguen judío y griego, esclavo o libre, hombre y mujer, pues sois todos uno”: Gál 3,28) hay que sacar las consecuencias: esclavizar cuerpos es una inhumanidad que denuncia el sentido de la dignidad y que corrobora el evangelio. Quien esclaviza cuerpos no es humano y no es seguidor de Jesús.

 

10. Jesús: el cuerpo abandonado

 

            Los evangelios ponen mucho cuidado, quizá excesivo, en consignar que Jesús muerto fue puesto de un sepulcro (Mt 27,57-60 y par.). Pero sabemos por la historia que, con frecuencia, el tratamiento dado a los crucificados, los parias de la sociedad a los que se les aplicaba el peor de los suplicios, era la insepultura. Dejar insepultos los cadáveres echados al estercolero para pasto de perros y buitres era una forma última de condenar al ya condenado y ejecutado. La insepultura repugna al judaísmo (ver Tob 1). ¿Sufrió el cuerpo de Jesús ese último baldón? Un cuerpo muerto y abandonado, comido por las fieras, que lleva dentro, intacta, su dignidad. Por mucho que quiera herir, destruir, ofender y olvidar a un cuerpo, nadie puede desposeerle de su dignidad. Los cuerpos insepultos la tienen, si cabe, más que cualquiera otro.

 

 

 

Haz de luz

HAZ DE LUZ

Materiales para la Pascua Juvenil de 2020 

 

INTRODUCCIÓN

 

            No sé si te habrás parado a pensar algo elemental: la tierra es un planeta si luz. Si no fuera por el sol, haría millones de años que todo habría perecido en la oscuridad. Ni colores, ni rosas, ni miradas brillantes, ni amaneceres, ni puestas de sol. Ciegos como los topos. Muertos en la oscuridad. Pero gracias al hermano sol todo sonríe, todo vive, todo se pinta de color y de calor. Somos luciérnagas que se nutren de la luz del sol. Estamos así de necesitados de luz.

En una canción del año pasado Rozalén decía que cuando “se encendió una luz en la ciudad” triste y oscura, el amor salió a la calle.. Necesitamos la luz y esa luz se puede encender. La puedes encender tú con cualquier gesto de luz, con cualquier palabra luminosa, con una sonrisa que ilumina. Encender la luz en la ciudad, en tu calle, en tu casa es algo hermoso y necesario.

Es que la Pascua de Jesús es, sobre todo, más allá de cualquier tiniebla, una fiesta de luz. En Jesús, la luz termina por triunfar sobre la tiniebla y el miedo. Por muchas y densas que sean las sombras, la luz de Jesús las atraviesa y llega hasta nuestro corazón arrojando sobre él un chorro de luz. No hay tiniebla que se le resista, no hay rincón oscuro al que no pueda llegar la cálida luz que abraza y reconforta.

Decían de Francisco de Asís sus biógrafos primeros que él fue “una luz entre la niebla”. Con más razón podemos decir eso mismo de Jesús. Por mucha y cerrada que sea la niebla de tu vida, la luz de Jesús puede atravesarla y hacer que brille un sol nuevo y amable. San Pablo dice que él quería anunciar el “amanecer” que es Jesús. Un amanecer, eso es la Pascua.

Un amanecer y un haz de luz. Un haz que te invita a que tú también seas otro haz, siquiera más modesto, de luz. Haz de luz para tus amigos, para tu familia, para tus compañeros de convivencia. Haz de luz hoy mismo. No dejes que la tiniebla y el mal rollo roben un minuto de tu tiempo. Intenta ser luz y verás que ese intento es premiado con la certeza de que quien está contigo es también para ti un haz de luz.

 

I
JUEVES SANTO: HAZ DE LUZ EN NUESTROS PIES

 

            Aunque este año celebraréis el Jueves Santo en la forma del Seder, la celebración de la pascua judía, veréis que hemos incluido en ella el relato principal de este día: el lavatorio de los pies. Está muy bien que un día al año la celebración mire a los pies, a nuestros pobres pies que, algunos de nosotros, cuidamos tan poco. Son humildes, no protestan, pero ¡qué necesarios son! ¡Cómo nos acordamos de ellos cuando tenemos un esguince o una ampolla!

            Los pies tienen su lenguaje, como el rostro, aunque sea este en el que casi siempre nos fijamos. Los pies hablan más libremente y no controlan tanto lo que queremos ocultar. Los pies dicen cuando se orientan hacia fuera que estamos impacientes, cuando se cierran sobre ellos que no queremos saber nada con el otro, cuando reclaman descanso que ellos también son “humanos”. Tendríamos que aprender a entender el lenguaje de nuestros pies.

            Para Jesús que lava los pies a los discípulos, los pies de sus amigos son como su persona, merece ser cuidada y amablemente tratada. No tiene inconveniente en doblarse hasta llegar a ellos porque lavándolos y secándolos es como si bañase a toda la persona. No le importa tocar la suciedad que se les ha pegado del polvo del camino, porque han compartido caminos como quien comparte vida.

            Francisco de Asís hacía algo parecido con sus hermanos. Por eso aseguraba que “tiene uno que enorgullecerse de tener un cargo como si le encargasen lavar los pies a los hermanos  y deberían pensar que es mejor que le quiten el cargo que el que lo aparten de lavar los pies a los hermanos”. Él sí que lo tenía claro: “el hermano menor ha de estar siempre disponible a los pies de sus hermanos”, decía muchas veces.

Este gesto de Jesús que nos narra san Juan tiene una significación muy profunda: anticipa el gran gesto de servicio que es la muerte del Señor. Si no se entiende que lave pies (¡cuánta dificultad tiene Pedro!), menos se entenderá el gran servicio de su muerte. Por eso, si celebras hoy a este Jesús que lava los pies, tus pies, estás ya celebrando la muerte y resurrección de Jesús.

Habríamos hoy de reconciliarnos y mirar con amor nuestros pies y los de nuestros amigas y amigos. Es como acoger su vida, como decirles: tus caminos me importan, quiero que las sendas de tu vida no se me sean ajenas, me interesa saber tus senderos para hacerlos también míos. Que nuestros pies, humildes y callados, sean haz de luz que nos enseñen el amor.

 

 

II

VIERNES SANTO: HAZ DE LUZ EN NUESTRAS HERIDAS

 

            Hoy es Viernes Santo, día en que el centro lo ocupa el recuerdo amable de la pasión de Jesús, su entrega total y generosa. La persona de Jesús es alguien con heridas, porque no es fácil amar sin heridas. Sus manos y pies heridos, su cuerpo despreciado son el signo de un amor loco, el amor de quien dejaba las 99 ovejas en el monte e iba en busca de la perdida.

            Efectivamente, todos sabemos que es casi imposible amar sin recibir alguna herida. Ya lo dijo el poeta: “¿Qué sabes tú de la desdicha de amar?”. Porque amar es fuente de alegría, pero, a veces, la pena y la herida alcanza el corazón. Es cierto lo que dicen que dijo Alfonso X el Sabio: “Más vale sufrir pasión y dolores que andar sin amores”. ¡Si lo dijo él, que era sabio!

            Por eso ocurre que la pasión de Jesús, aunque tenga un lado sufriente, es un haz luminoso: ilumina la hermosa realidad del corazón entregado, la certeza de que las entregas tienen un valor en sí mismas y que nunca se pierden. ¡Qué bien lo dijo Marina Rosell: “¿Quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón”! La pasión de Jesús nos dice, una y otra vez, que nunca demos por perdido todo, que siempre puede haber una pequeña luz en medio de las sombras. Por eso es un pasión para la esperanza, para la luz.

            Todos llevamos en nuestra mochila personal una serie de pequeñas o no tanto heridas relacionales. A veces nos hacemos daño. La pasión de Jesús nos empuja a no desistir en el bien. San Francisco solía decir: “Si alguien no puede amar a su prójimo, procure no hacerle mal, sino bien”. Hacer el bien, lo sabemos, es la mejor lámpara para nuestra vida, aquella que puede sacarnos muchas veces de la oscuridad.

            Cuando celebres esta tarde la Pasión del Señor que no te abandone un sentimiento de alegría porque no se está celebrando un fracaso, sino un triunfo del amor. De ahí que has de tener la certeza de que tus heridas no son el horizonte, sino que te espera, como una patria, la tierra del amor. La entrega de Jesús, haz vivo de luz, es la que mantiene en nosotros viva esta certeza.

 

III

SÁBADO SANTO: HAZ DE LUZ EN NUESTROS SILENCIOS

 

            El Sábado Santo es un día atípico. Tanto que es el único día en todo el año que no hay eucaristía (la Vigilia pascual es del Domingo de Resurrección). Es día de hondo silencio, de quietud, de sosiego, de mirar en paz, de contemplación. Nos viene fenomenal que alguna vez paremos un poco el motor externo de nuestra vida y le demos marcha al motor de dentro, el amor que nunca duerme.

            Tras este parón, por la noche celebraremos con alegría la certeza de que el amor es quien mueve el cielo, las estrellas y los corazones. Por eso mismo, prepararse con un baño de silencio puede ser algo muy interesante porque este silencio no es de muerte, sino de vida. Un silencio embarazado de vida.

            A veces le tememos al silencio porque lo consideramos no solo aburrido, sino amuermado, triste, muerto. Pero no es así: en el silencio puede haber un verdadero  fuego que arde, una alegría que se derrama hacia adentro más que hacia afuera, una fuerza que se manifiesta en el nuevo impulso con que nos subimos al carro de la vida. No está mal el silencio cuando se mira a lo profundo. Hay un dicho judío del tiempo de Jesús que él sabría de memoria. Decía: “Toda mi vida la pasé entre sabios y aprendí que lo más importante es el silencio”. No está mal.

            San Francisco sabía mucho de esto porque le gustaba hacer retiro por lugares muy bellos que habréis visitado: las Cárceles, Greccio, la Alvernia, la Foresta. Por eso solía decir: “Hable el silencio donde falta la adecuada expresión”. De otra manera y con cierta guasa lo dijo Benjamín Franklin: “Mejor es callar y que sospechen de tu poca sabiduría que hablar y eliminar cualquier duda sobre ello”.

            Para que la celebración de esta noche sea un haz de luz, un revivir lo más querido de nuestra fe en Jesús, no está mal ahondar en el silencio. No hace falta estar todo el día de cháchara. La naturaleza es un marco muy bueno para practicar el silencio. No temas darte un paseo solo por el monte y vete rezando: “Que mi silencio me ayude a escuchar tu voz”. Así Jesús será un haz de luz potente en la celebración de la noche.

 

IV

RETIRO: HACES HUMILDES DE LUZ

 

            Podemos pensar que solamente un haz fuerte de luz puede ser interesante, que si hemos de convertirnos tenemos que ver un relámpago potente que, como a Pablo, nos tire del caballo. Pero resulta que tenemos delante de las narices humildes haces de luz que nos pueden iluminar de manera gozosa y profunda. ¿Por qué no dedicarnos en este retiro del Sábado Santo a caer en la cuenta de los humildes haces de luz que tenemos a la mano?

  • El haz de luz de los colores: el verde intenso de la hierba, el verde joven de las hayas que están floreciendo, los amarillos y blandos de las flores de las cunetas, el azul intenso del cielo, etc. Mira detenidamente los colores; haz una lista de colores que ves, ponles algún adjetivo
  • El haz de luz de los destellos: el destello del cielo, del avión que deja su estela, el destello humilde del regato donde va el agua brillante, el destello de la línea del horizonte. Anota los destellos, valóralos de 1 a 10.
  • El haz de luz de los gusanos que viven entre las hierbas: son nuestros aliados porque trabajan la tierra: las hormigas, los escarabajos peloteros, los renacuajos. Mira la tierra que tienes delante, descubre a sus habitantes, agradéceles su “trabajo”. Nómbralos si sabes su nombre.
  • El haz de luz de los grandes animales: el brillo en el lomo de las yeguas, las vacas, los terneros. Su potencia, su paz que no molesta a nadie. La hermosa compañía que nos hacen. Su lenguaje de vida. Hazles alguna foto bonita con el móvil.
  • El haz de luz de los espinos blancos: que florecen a una con la Pascua. Sus flores son lenguaje de estas fiestas y luego, se apagan. Alégrate con su alegría. Siéntate cerca de ellos y “háblales”. Nosotros, ingenuos, creemos que no escuchan.
  • El haz de luz de los grandes árboles: los pinos, las hayas capaces de acoger a su sombra a todo un pueblo. Son los verdaderos habitantes del planeta, los que nos sobreviven, los que no se cansan, año tras año, de ofrecernos su compañía, su sombra.
  • El haz de luz de los senderos que se pierden: porque el monte está lleno de ellos. Se pierden pero todos llevan al mismo lugar, al corazón de las casas, de los pueblos, de las personas. Son los caminos luz para nuestros pies, indican que no estamos del todo perdidos en la vida.

Y luego, cuando vuelvas a casa, no te olvides de los otros haces de luz: la sonrisa que es luz de vida para el alma, el brillo de los ojos que es lenguaje del amor evidente, el gesto de amabilidad que habla de sentimientos hermosos, la pequeña ayuda y la colaboración que es el lenguaje de la fraternidad.

Y al final de todo, piensa que todos estos haces de luz se pueden unir al gran haz de luz que las resurrección de Jesús. Por eso, no lo dudes, tienen su sitio en la celebración de la Vigilia de esta noche.

 

Cuando pasar es salvarse

CUANDO PASAR ES SALVARSE

El éxodo, camino de libertad 

 

            La epopeya bíblica tiene su cumbre en Ex 14, el paso del mar Rojo. Los poetas hebreos han cantado y contado muchas veces este hecho fundante (en el mismo Ex 15 tenemos una versión cantada del mismo). Su decisividad se debe a que concentra todas las tensiones anteriores y marca una línea divisoria, un antes y un ahora. Es un relato paradigmático y con un mensaje existencial claro: pasar es salvarse. Eso es lo que celebra la pascua judía y, en parte, también la cristiana. En su redacción final, el relato, por su talante épico, no se ancla en datos históricos sino existenciales: si pasas puedes salvarte.

            En realidad, para aquella comunidad de judíos parias que escapó de la esclavitud no tenía nada de épico. Era una gran prueba, la primera, aquella que significaba la mayor ruptura. Se habrían vuelto a Egipto no solamente por el miedo a pasar, sino porque la esclavitud también se hace costumbre. El pueblo de éxodo o es un pueblo anhelante de libertad, sino un pueblo forzado a la libertad, por paradójico que parezca. Moisés, siempre incomprendido, queda presentado como el gran luchador ante el sistema opresor, el profeta de la posibilidad que crece desde lo débil. Por eso, pone el campamento “mirando al mar” y con el desierto a la espalda (14,4), frente a lo incierto, encarándolo con un peligro en las espaldas. Sin este afrontar lo incierto, pasar será imposible.

            Surge entonces la primera crisis (14,10-14). El miedo hace que los fantasmas se desaten: es un camino de muerte, habría sido mejor morir en Egipto. No hay cosa más dura que morir en tierra extraña. Solamente las fieras mueren en el desierto. Se cuestiona directamente a Moisés a quien se había advertido antes: “déjanos en paz y serviremos a los egipcios” (14,12). Resulta preferible una paz con esclavitud que una libertad con el sobresalto de lo desconocido. El miedo hace que se vea como una pérdida el pasar, aunque lo que se pierden sean las cadenas.

            El teólogo sacerdotal necesitará sacar sus argumentos teológicos como arma contundente: Dios “va a mostrar su gloria” no por merecimiento, sino a causa de la opresión que el pueblo sufre (14,15-18). Se empeña el autor en enseñar una verdad a la que Israel recurrirá con frecuencia: Dios está en la orilla de los oprimidos y, desde ahí, fuerza al opresor a que abandone su inhumana actitud. El pueblo se envuelto en la noche, anda en la noche (14,19-21). La única manera de iluminarla será pasar a la otra orilla. Dios enseña en la noche la hermosa y dura lección del pasar.

            Y no solamente eso, en los modos épicos del relato, Dios combate por Israel porque es una comunidad de pobres (14,22-27). Para el narrador, la imagen de un Dios que guerrea a favor de Israel es la única manera de devolver el resuello a la comunidad desalentada. Lo que se dice en realidad es que Dios apoya todo proceso de liberación humana. Eso es lo que se muestra en el signo épico de pasar un mar embravecido “a pie enjuto” (14,28-31). Se pasó; de aquellas maneras, pero se pasó. Y se demostró lo que se pretendía: que quedarse en la orilla, que volver la mirada a Egipto habría supuesto la muerte.

            Según Ex 15, las mujeres, más emotivas y solidarias, no dudaron en cantar este decisivo primer paso: María y las mujeres, ni cortas ni perezosas, toman los panderos; los corazones y los pies entretejieron la danza. Venían a decir al pueblo: Dios da fuerza (Ex 15,1-3) para que se sepa que los poderes opresores no son tan compactos como ellos dicen serlo (Ex 15,2-4) y no tienen todas las cartas a su favor (Ex 15,6-8); además, Dios no se olvida de ninguno de los caminos humanos porque se ha hecho compañero de viaje (Ex 15,9-13) y hace ver las posibilidades que encierra lo débil (Ex 15,14-18). Posiblemente muchas veces Israel repetiría este canto y esta danza sobre todo en las noches más duras del desierto. El aullido de las hienas no les amedrentaba y la aurora era para ellos una promesa renovada de vida.

            Vierte el texto de Éxodo una luz viva sobre la actitud de quien todavía no se ha aprestado al gran paso de esta vida: pasar al corazón del otro, a la vida del otro, a la orilla de la fraternidad. Pasar es principio de humanidad, de conciencia social y de fe. En los evangelios dice Jesús varias veces a sus discípulos: “Pasemos a la otra orilla” (Mc 4,35). El discipulado se altera y hace enormes esfuerzos para que desista de ello. Todas las travesías del lago de Genesaret son complicadas porque desvelan la tensión del pasar. Cree Jesús que a los de la otra orilla, a los paganos, también hay que hacerles la oferta del reino. En pasar está el éxito de la persona, de la sociedad y del reino. Por eso, el relato paradigmático de Ex 14 sigue siendo elocuente para el lector de hoy.

 

Fidel Aizpurúa Donazar

 

 

El pan de la fraternidad

 

EL PAN DE LA FRATERNIDAD

LP 22

 

 

«Luego mandó traer panes y los bendijo. Como, a causa de la enfermedad, no podía partirlos, hizo que un hermano los partiera en muchos trozos; y, tomando de ellos, entregó a cada uno de los hermanos su trozo, ordenándoles que lo comieran entero».

 

 

         Además de nutrirnos, los humanos comemos. Eso, el comer en grupo, es quizá, al decir de algunos, lo que nos caracteriza como humanos. “Nos dicen los etnoantropólogos que la solidaridad nos hizo pasar del orden de los primates al orden de los humanos. Cuando nuestros antepasados antropoides salían a buscar sus alimentos, no los comían individualmente. Los llevaban al grupo para comer juntos. Vivían la comensalidad, propia de los humanos. Por tanto, la solidaridad está en la raíz de nuestra hominización” (L. Boff). En esa comensalidad básica hay que situar la que llamamos Cena del Señor.

El Jueves Santo se conmemora la institución de la Eucaristía, aunque quizá sea mejor decir que lo que se conmemora es la Cena del Señor en la que, posteriormente, se basará el sacramento de la Eucaristía. El “institucionalizar” una Cena de amistad y de entrega es como enfriar lo que está animado por el fuego del amor y del cariño. Por eso mismo, habrá que animar nuestras, a veces, frías Eucaristías con algo de pasión, de fuego, de creatividad.

         Quizá pueda ayudarnos a ello una escena insólita de la vida de san Francisco que leemos en la Leyenda de Perusa en su número 22. Cuenta que Francisco, estando ya muy enfermo, él, que tenía tanta admiración y una cierta prevención hacia el sacerdocio,  organizó una especie de Eucaristía sin sacerdote, presidida por él mismo. No deja de extrañarnos sobremanera.

         Reunió a los hermanos, los bendijo y luego mandó traer unos panes, un hermano los partió en trozos porque él estaba muy débil, y los repartió a cada uno. “Bendecir…partir…repartir”: son los llamados “verbos eucarísticos”. Todos sabemos que Francisco no era sacerdote. Pero, con una osadía propia de los profetas, celebra aquí la eucaristía de la fraternidad.

Y, por si fuera poco, añade el biógrafo: «Pues así como Señor el jueves santo quiso cenar con los apóstoles antes de su muerte, del mismo modo –así les pareció a aquellos hermanos. El bienaventurado Francisco quiso antes de su muerte bendecirles a ellos y quiso también que comieran de aquel pan bendito».

         Además lo hizo con toda la intención de rememorar la Cena de Jesús porque añade el biógrafo: «Creemos que esa fue su intención, pues, aunque ese día no era jueves, había dicho a los hermanos que creía que era jueves». O sea que él tenía en la cabeza el unir aquella peculiar celebración al Jueves Santo. Aunque se equivocó de día por lo visto.

         ¿Cómo se le ocurre a Francisco montar una especie de “Eucaristía”, él, que como decimos, tenían tanta reverencia a los sacerdotes y tanto amor la Eucaristía hecha “según la forma de la santa Iglesia”? No es ningún desacato, ni hay en el hecho ningún afán de remedar a los sacerdotes atribuyéndose funciones eclesiales que no le son propias.

         Él quiere decir a sus hermanos que hay una Eucaristía de la vida que, sin ella, la Eucaristía sacramental carece de sentido. Esa Eucaristía de la vida no es otra que la fraternidad. Sin la fraternidad, la Eucaristía sacramental se queda sin cimiento. Porque ¿cómo celebrar una sacramento de unidad, de compartir y de comunión en la división, la lejanía o el odio? Es como un gesto de ultimidad de Francisco. Como si dijera: la Eucaristía de la fraternidad es el cimiento de la Eucaristía sacramental. Ésta sin aquella no tiene sentido.

         Hace muchos años, el teólogo José Mª Castillo decía que sin justicia no puede haber Eucaristía. Entonces muchos pusieron el grito en el cielo porque consideraban eso una exageración y un exabrupto. Pero es así. Si la justicia, la fraternidad, la solidaridad, el componente social no está como cimiento de la Eucaristía caemos en un mero rito, lo que los viejos profetas del Antiguo Testamento llamaban “el culto vacío” que censuraban con virulencia.

         Ese peligro está siempre ahí. Por eso hay que preguntarse por qué, a veces, la Eucaristía nos resulta tan aburrida para los adultos y es algo tan lejano a la vida de los jóvenes. ¿No será porque el componente fraterno, social, está lejos? Devolvamos a la Eucaristía el gozo de la fraternidad y volverá a brillar con aquel brillo primero que tuvo, cuando la Cena del Señor. Hagamos sitio en la Eucaristía al componente social y cobrará la Cena de Jesús otro aire, más parecido a aquella Cena primera que es la fuente del sacramento.

 

 

Un largo verso interminable

“UN LARGO VERSO INTERMINABLE”

Ciencia y fe como caminos de búsqueda de la felicidad

 

 

Para muchas personas, el tema ciencia-religión es algo atascado, sin salida, superado, cansino, etc.[1] No merece la pena volver sobre algo que se ha vivido como realidad insoluble[2]. Pero, a juzgar por las publicaciones que siguen saliendo, el tema está vivo y coleando[3]. Por ello, que un claustro académico proponga este tema para la reflexión (no sabemos de dónde ha brotado la inquietud) es, a nuestro juicio, un síntoma de vigor intelectual y espiritual.

Subrayo lo de espiritual y lo entiendo en sentido amplio, no estrictamente religioso. Un claustro no se nutre únicamente de diseños curriculares y de planificaciones académicas. También se nutre de reflexión porque esa es una de las vías para dar aliento al trabajo educativo, trabajo, por más que se quiera, que apunta al espíritu, al valor de la persona.

En esta clase de signos de verifica la madurez ideológica de un colectivo, la seguridad de que se está construyendo una realidad con alma dentro, y digamos que entendemos el término en modos nuevamente amplios y lejos del vocabulario estrictamente religioso. Preguntarse si un centro educativo tiene alma no es un brindis al sol.

He titulado esta reflexión con un verso de Gerardo Diego[4]. Porque ese es el esfuerzo de la persona, científica o ignorante, creyente o atea: construir ese interminable e interminado verso que es la vida. La enormidad y belleza de la tarea enseña humildad y anima el tesón para contribuir a ese hermoso poema que es la vida desde la perspectiva que cada uno juzgue más honesta y humana.

 

  1. 1.      Logros y humildad

 

Como las aporías de la relación entre ciencia y fe siguen vivas, podemos decir que hay posturas para todos los gustos: científicos que creen en Dios[5], científicos que no creen[6], gentes de fe que aprecian la ciencia, y gentes que abominan de ella. Se cubren todos los matices del espectro. Todas las posturas son respetables pero no quiere decir que sean inteligentes, por muy científicas que se las quiera o por muy espirituales que se precien.

 

a)      Logros y humildad de la ciencia

 

No cabe duda de que la ciencia, en todos sus campos, ha conseguido logros que hace pocos años eran impensables. Por no poner más que un ejemplo en el campo de la biología molecular, el horizonte se abre al infinito en forma de nuevos métodos basados  en la secuenciación de genomas, en la reprogramación celular o en la edición génica, todos los cuales se venden como los nuevos elixires de la felicidad. Esto es indudable.

El anhelo, ingenuo para muchos, pero muy real para todos de que reduciendo la enfermedad se logrará un nivel de felicidad humana desconocido, parece cada vez al alcance de la mano. En ese sentido, estamos de acuerdo con los científicos cuando dicen que “el problema de la sociedad nunca será el conocimiento; el verdadero problema será siempre la ignorancia”[7]. Los conocimientos científicos, en todos los ámbitos, siguen imparables. Su dura lucha contra la ignorancia es algo que nos identifica con lo humano.

Pero por otra parte, por más que haya muchos científicos que entienden la ciencia como pretensión de explicación total del universo y del ser humano, la evidencia de la enormidad de la tarea que la ciencia tiene por delante habría de llevarle a entender su trabajo con una humildad esencial que no la rebaja, sino que la engrandece. Efectivamente, si nos ceñimos al terreno de la biología molecular, nos dicen los mismos científicos que «un solo defecto en los tres mil millones de piezas de nuestro genoma puede causar una enfermedad que cambia el plan de vida de una persona»[8]. Si, además, como ellos mismos nos dicen, «existen más de siete mil enfermedades hereditarias en los seres humanos, y si hojeamos el catálogo que las enumera podremos constatar nuestra propia fragilidad” habrá que celebrar cualquier triunfo de la ciencia por pequeño que sea. Pero, dándonos cuenta de la magnitud de la tarea, se necesita una dosis alta de humildad para no desenfocar la realidad.

Por otra parte, aunque los avances de la ciencia son exponenciales, el que tales avances lleguen a la ciudadanía sigue siendo un camino lento. ¿Cuánto tiempo pasa para que un descubrimiento de laboratorio supere la fase de investigación con animales, con proyectos de ensayo clínico con humanos y pueda estar listo para el uso sanitario humano? Muchos años, demasiados para quien está afectado por una debilidad. En la espera, con frecuencia, se perece[9]. Ello ha de servir para no cejar en la investigación, pero también para medir con cautela los límites humanos.

 

b)      Logros y humildad de las creencias

 

Metemos en el mismo saco las creencias, la espiritualidad, la teología. Todo aquello que se refiere a ese ámbito “inexacto” de lo espiritual. No descubrimos nada si decimos que con frecuencia todo ese mundo ha sido aherrojado del marco reflexivo y mucho más que el científico por su inasibilidad, por su epistemología y por su método. A pesar de ello, muchas instituciones universitarias acogen en sus programas con más frecuencia este elemento trascendente, por más que, en España al menos, la teología solamente tenga un cierto reconocimiento civil a nivel de títulos[10].

Los estudios recientes de biología molecular[11] han demostrado que «la espiritualidad humana, que no debe confundirse con la religiosidad, forma parte de nuestro acervo biológico y cultural, y se asocia frecuentemente a estados de bienestar emocional»[12]. Por ello mismo, mezclar en una reflexión los logros y posibilidades de la ciencia con los de la espiritualidad no es algo a priori rechazable.

Por otra parte, «la psicología humanista, empezando por los dos autores que son sus referentes intelectuales principales, Abraham Maslow y Carl R. Rogers (1980), también se interesaron por el tema de la espiritualidad en una dirección psicologista y secularizada. Maslow se dedicó especialmente al estudio de las llamadas “peak experiences”, momentos cumbres en que las personas autorrealizadas experimentan su florecimiento. Se trata de una versión laica de la experiencia mística, que se daría en las personas geniales de nuestro tiempo»[13]. Un displicente descarte de la espiritualidad sería un empobrecimiento en el ámbito de la ciencia.

Teniendo en cuenta estos antecedentes se puede deducir que la experiencia espiritual ha logrado enriquecer el caminar histórico de las personas con un elemento de alto componente humanizador y social. Efectivamente, la vida de muchas personas se ve beneficiada y más cercana a la experiencia de felicidad cuando integra en ella el elemento espiritual e, incluso, el religioso. La aportación de los místicos, los antiguos y los recientes, a la cultura cae fuera de duda[14].

Otra cuestión es la aportación de la teología con su pretensión de ciencia. Esto es algo más contestado tanto por el ámbito científico como por el popular y mucho se su hacer se inscribiría más en el espacio de la humildad que de los logros. Pretende la teología conseguir «una visión plena del ser radical de las cosas»[15]. Pero no basta con afirmarlo. Hay que demostrarlo. Y ahí, la pretensión científica de la teología flaquea, cuando no naufraga. Los caminos tendrían que ser otros.

Hay que decir que es, precisamente, a causa de los teólogos donde se halla el mayor escollo para la integración de la espiritualidad en el concierto de la cultura y donde habría que poner mayor empeño en la humildad. Efectivamente cuando alguien, incluso creyente, se decide a no comulgar con ruedas de molino, percibe que los teólogos de oficio parecen tener teléfono directo con Dios del que saben qué es, qué manda, qué exige, qué condena y cómo entiende a los humanos. Están en el lado opuesto del apofatismo que nada quiere decir sobre Dios para no errar o del agnosticismo que respeta una posible existencia de Dios pero que se instala en la inseguridad de que tal realidad divina tenga visos de posibilidad. Algunos teólogos de oficio parecen saberlo todo, hacen alarde de su trabajo y creen en sus prerrogativas avaladas por los títulos académicos o por la encomienda de las autoridades eclesiásticas. Habría que apearse de tal actitud si se quiere dialogar con la ciencia[16].

 

  1. 2.      Reflexión compartida desde el arte

 

¿Existe un terreno neutral donde ciencia y fe puedan encontrarse y dialogar? Quizá ese terreno pueda ser el arte. Éste es un terreno amable para científicos y personas religiosas. La ciencia ha cultivado el arte[17] y la religión ha usado el arte como una de sus herramientas teológicas predilectas[18]. Esto muestra que tendiendo puentes integradores puede que haya posibilidad de sacar beneficio mutuo para lo humano.

Vamos a poner sobre la mesa de la reflexión una obra de Oriol Texidor, un arquitecto formado en artes plásticas de manera autodidacta. Tuvo una honda experiencia espiritual (mística salvaje, experiencias cumbre) contemplado la obra Llibre-mur de Tapies y, a partir de ahí, se dedicó al arte. Por eso en el 2007 une su formación a la práctica artística creando el estudio ar+quitectura plàstica especializándose en intervenciones artísticas. Su testimonio ha sido publicado en Espirituals sense religió (Fragmenta, 2015) y La experiencia contemplativa (Kairós, 2017).

Esto reconoce ya de antemano el legado transcultural que encierra el arte donde tienen cabida la filosofía, la ciencia y las experiencias espirituales. Quizá desde esa plataforma común se puede intentar un diálogo compartido.

La obra de Oriol Texidor que proponemos es la que se denomina microcosmos/macrocosmos y ha tenido muchas versiones en las manos del autor. Microcosmos y macrocosmos es un antiguo esquema neoplatónico griego que considera los mismos patrones reproducidos en todos los niveles del cosmos, desde la escala más pequeña (microcosmos o niveles sub-sub-atómicos aun niveles metafísicos) hasta los de escala más grande (macrocosmos o nivel del universo). En el centro del sistema se encuentra el hombre quien resume en cosmos.

            Descripción:

 

  • El cuadro es una tela negra que refleja mejor la negrura y el silencio del universo. Para la contemplación del mismo se demanda situarse en la “negrura” del estudio, de la reflexión, de la oración. La ciencia divulgada es aquella que introduce en esa “negrura” no la que lleva al oropel del escaparate. Esta divulgación es considerada como de “salud democrática”. Pero el peligro de vulgarización la acecha[19]. Ciertamente la tarea de la ciencia y la de la espiritualidad es tratar de leer luminosamente esa negrura en la que están insertos los universos.
  • El cuadro tiene en su fondo pequeñas manchas blanquecinas que aluden a los elementos subatómicos como los leptones, quarks o neutrinos, primeros elementos de la materia. El doble escenario del microcosmos y del macrocosmos es el terreno de la aventura humana. Pero tanto ciencia como fe habría de animarse a esta aventura desde una humildad esencial, aquella que sabe que la tarea es enorme y las posibilidades inimaginables.
  • Se observan también en el fondo puntos luminosos que dibujan algunas constelaciones de nuestra galaxia (Osa mayor, Casiopea, etc.). La interrelación galáctica es una metáfora de la interrelación científica o religiosa. Funcionar en estos terrenos en maneras aisladas o autorreferenciales es poner la tarea humana al borde del abismo.
  • Lo que atrae la mirada del espectador, principalmente, son las manchas de oro que ocupan, visualmente, el centro del cuadro. El oro no está aquí empleado como metal de valor sino como elemento de deslumbre. En la oscuridad del cosmos brilla el oro de la realidad como un valor indiscutible. Ese es el terreno común del científico y del creyente: la realidad que existe. Salirse de ella es empobrecerla; banalizarla y leerla superficialmente, también.
  • Las manchas de oro están muchas de ellas unidas a otras. Es la realidad interrelacionada, la evidencia, científica, medioambiental y espiritual de que “todo está relacionado”[20]. Se hace necesaria una visión holística de la realidad superando la mentalidad de quien se especializa en algo ignorando el resto. Una reflexión científica y otra espiritual si no son “amplias” enmudecen.
  • En el centro se perfila la silueta de un humano: oscuro como el resto del cuadro (él también se integra en una cosmovisión de conjunto) y centro según la idea neoplatónica del cosmos. Esa visión antropocéntrica de la realidad cósmica queda cuestionada por la enormidad de los procesos cósmicos y las distancias hoy por hoy insuperables que se le abren a la persona. No estamos aislados, aunque casi, y no somos el centro. Para que haya una integración saludable, la humildad de la que hemos hablado ha de acompañar los caminos de la ciencia y también los de la espiritualidad[21].

Una obra pictórica como esta puede servirnos para una reflexión conjunta y para reflexionar sobre la posibilidad que se abren conjuntamente a la ciencia y a la fe, envueltas ambas en la vorágine cósmica que hace parte de la expansión del universo. 

  1. 3.      Tres desafíos de la ciencia a la espiritualidad

 

Todo el mundo ve que la ciencia es imparable. El afán por desentrañar la realidad es una comezón que anida en los pliegues del alma. Imparable. Por eso, es la ciencia la que reta a la espiritualidad (aunque podría ser al revés). De ahí que hayamos de aprender a encajar las preguntas que van levantando los múltiples trabajos de la ciencia. Consideremos, a modo de ejemplo, los desafíos que vienen de tres grandes campos científicos: la física cuántica, la biología molecular y la robótica.

1)      El desafío de intuir un cosmos en danza: Es algo que proviene de una nueva visión de la física, la de la física cuántica. Educados en la analógica, la cuántica nos resulta ciencia ficción, por más que esté presente en nuestras vidas diariamente. Esta física nos dice, globalmente hablando, que no hay una sola verdad, que todas las posibilidades coexisten al mismo tiempo. Por eso, la verdad es siempre provisional y que es relativo. La manera de imaginar a Dios y de derivar hacia la fe desde la postura que hemos heredado está totalmente vigente. Pero tal manera se halla desnuda ante la nueva física: ¿cómo entender la historia de la salvación cuando todo acontece a la vez? ¿Cómo entender la plenitud del mundo cuando el cosmos se expande hacia el caos? ¿Cómo entender la creación cuando todo depende de un big bang? ¿Cómo entender la centralidad de nuestra historia (y la de Jesús, para los creyentes) cuando se nos dice que hay millones de galaxias como la nuestra (la vía láctea) que contiene más de cien mil millones de estrellas muchas de ellas infinitamente más grandes y potentes que nuestro sol y nada digamos de nuestro planetilla? ¿Cómo imaginar un más allá fuera del cosmos y su imperturbable más acá? ¿Cómo entender la danza de las partículas en una idea de sociedad y de Iglesia estable? Hay un desafío profundo en la idea que nos hacemos de la realidad, en el marco en el que hemos de incluir la espiritualidad[22].  

2)      El desafío de bajar al sótano de la realidad molecular: Porque este es otro marco de referencia paradigmática: lo molecular es un lenguaje que habrá que incorporar. La revolución cósmica tiene su paralelo en la revolución molecular, lo grande y lo superminúsculo están siendo reelaborados. Efectivamente, la gran tarea de descifrar el código genético se completó hacia 1965 y fue en 1991 el progreso tecnológico permitió descifrar el primer gran lenguaje biológico, el lenguaje genómico (A,C,G,T). Desde entonces hemos ido aprendiendo cosas sorprendentes: que es mi genoma el que está generando proteínas que me permiten pensar, sentir, ser; que miles y miles de reacciones químicas orquestadas hacen posible cada instante de mi vida; que la naturaleza no tiene propósitos en términos científicos y que puede tantas y tan diversas maravillas porque tiene todo el tiempo posible para hacerlo y todas las oportunidades para cometer errores; que la vida humana se construye a partir  de una larga tira molecular de dos metros de material genético que están cuidadosamente empaquetados en cada una de nuestras células y repartidos en 23 pares de cromosomas; que todos, absolutamente todos los seres vivos venimos de una humilde bacteria que hace 3800 millones de años tuvo un sueño: crear otra bacteria igual a sí misma; que una vida surge de otra sin necesidad de invocar ningún fenómeno sobrenatural para explicar un proceso tan natural; que, como dice García Márquez, «debieron transcurrir 380 millones de años para que una mariposa aprendiera a volar, otros 180 millones de años para fabricar una rosa sin otro compromiso que el de ser hermosa, y cuatro eras geológicas para que los seres humanos fueran capaces de cantar mejor que los pájaros y morirse de amor». Pues bien, ¿cómo insertar en este panorama la realidad de Dios, cómo mezclarlo a ella? ¿Con qué modelo de Dios: un Dios que desde fuera actúa sobre lo que ha creado o un Dios que se mezcla a lo creado desde dentro? ¿Un Dios que es distinto de lo creado o un Dios que, por amor, se identifica con lo creado? ¿Un Dios que teme al panteísmo y al inmanentismo o un Dios que abre los brazos a la realidad y la “procrea” por amor? ¿Un Dios frente a lo creado o integrado en lo creado por un misterio inalcanzable de bondad y de entrega? 

3)      La inteligencia artificial que toma el poder: La inteligencia artificial es una de las tecnologías más prometedoras a pesar de sus enormes interrogantes (el reconocimiento facial o el tema laboral, por ejemplo: de cada diez jóvenes españoles aún eligen estudios relacionados con puestos de trabajo que están en riesgo de desaparecer por la automatización del empleo). La IA está revolucionando nuestra forma de vivir y trabajar y, a priori, ofrece enormes ventajas para la economía. Pero plantea el reto  del respeto a la legalidad, a la privacidad y, en definitiva, a la prioridad de la persona. ¿Una época así es la ruina de la espiritualidad o es, precisamente, una puerta abierta para un impulso nuevo de revalorización y profundización? ¿Es la época de los robots la época de la muerte de la espiritualidad o la de entender que precisamente la espiritualidad puede ser el faro que ilumine las actuaciones más humanas en un tiempo amenazado de deshumanización?[23]

 

  1. 4.      El camino a seguir

 

¿Cuál es el camino a seguir en la relación entre ciencia y fe o entre ciencia y religión? Lo más claro es que el camino de la confrontación, el menosprecio y el afán por anular a una de ellas no es el más adecuado. Un cientismo altivo y ridiculizador es algo negativo para la misma ciencia. Una posición religiosa rígida y fanática debilita y niega el fondo mismo de la creencia. Los tiempos del desprecio deberían estar superados por ambas partes en razón de la plural verdad de las personas.

Por eso mismo, el camino a seguir es, lógicamente, el de la integración. Eso supone el alejamiento de la pretensión, a priori, de la superioridad de una de ellas sobre la otra. No se trata de saber cuál de las dos es superior, sino si hay posibilidad de entendimiento.

Demanda, a nuestro juicio, la conexión de la fe al camino de la ciencia. No se trata de supeditación, sino de ver que en el camino histórico, la ciencia tiene un plus de primariedad ya que, aunque se equivoque, trabaja con datos tocables, mientras que la espiritualidad trabaja con datos “intocables”, por más reales que se les quiera. Esta primariedad lo es en el plano hermenéutico, no tanto en el plano de la verdad.

De ahí el papel orientador de la ciencia como camino primero. La espiritualidad ha de poder encajar eso, aunque en ciertos momentos pueda cuestionar a la ciencia no tanto desde los descubrimientos científicos sino desde la ética o la experiencia interior.

Todo esto demanda de la ciencia el construir una verdad humilde, los trabajos de quien bucea en el universo para encontrar sus mecanismos y facilitar el sentido. Esto no resta un ápice a la necesaria osadía de la ciencia porque sin tal osadía los avances científicos se pararían, se enquistarían, no serían valiosos.

A la espiritualidad, a la religión, se le demandaría la búsqueda deseosa y profunda de los estratos del corazón humano y los trabajos por situarse en el pulso de lo que no entra en los experimentos científicos pero anida en el fondo de lo humano.

Tiene I. Newton una frase iluminadora: «La ciencia puede purificar a la religión del error y la superstición; la religión puede purificar a la ciencia de idolatría y falsos absolutos. Cada una puede atraer a la otra hacia un mundo más amplio en el que ambas puedan florecer»[24]

 

  1. 5.      En búsqueda de la felicidad

 

Este podría ser el anhelo en el que confluirían tanto la ciencia como la espiritualidad. La ciencia cree, y cree bien, que disminuyendo el número y nivel de las enfermedades, nos acercamos a la dicha. Y así es, aunque la dicha dependa también de factores epigenómicos y metagenómicos. Incluso más, posiblemente depende, genéticamente hablando, del mundo de las relaciones. «La felicidad de la mayoría de los seres humanos depende en buena medida de la felicidad de aquellos con quienes se conectan, ya sean sus familiares, sus amigos o los miembros de la comunidad en la que viven»[25]. No solamente el logro, sino el mero acercamiento a la dicha es una tarea ingente y compleja.

También el fenómeno espiritual tendría a la dicha y a veces por caminos comunes. La práctica de la meditación, el altruismo y hasta la contemplación de la naturaleza tienen en su substrato este anhelo de mejorar el estado de supervivencia y felicidad de los seres humanos. Otra cosa son los anhelos religiosos que se ven más mezclados con intereses que, con frecuencia, no tienen que ver con el logro de la dicha sino con la consecución del poder y del dominio ideológico. Pero una vivencia saludable de la religión también habría de apuntar a la dicha.

Si el terreno del arte puede ser plataforma común de encuentro entre ciencia y fe, quizá haya que decir que este trabajo por construir la dicha humana puede ser, así mismo, casa de encuentro para los anhelos de la ciencia y de la fe.

 

  1. 6.      Bajando al llano

 

Creemos que es valioso que un centro docente franciscano se plantee este tema básico para cualquier centro educativo. Aunque aquí no se haga la gran investigación se ofrecen multitud de conocimientos científicos y se requiere un talante cultivador de la verdad de la ciencia, en el terreno que sea. Abandonar el deseo de verdad científica sería demoledor para un centro de formación por más que su ideario apunte a realidades más concretas.

Pero también, al estar en la órbita de lo humano y de lo franciscano, el tema de la espiritualidad le tiene que ser atrayente. Sería una gran pérdida dejarlo por improductivo, por desfasado o por inútil. La vida no es solo lo que se toca. También es lo que subyace a la piel. Y muchos de los éxitos educativos hacen relación a ese nivel de profundidad.

Tiene san Francisco un texto breve llamado Carta a Antonio (a san Antonio de Padua). En ella le dice que ha de huir del endiosamiento de la ciencia, de que la actividad escolar ha de ser una fuente de humanidad y de crecimiento social y la espiritualidad que conecta con lo vivo resulta insustituible. Puede ser una buena orientación para un centro como este de León.

 

 

Fidel Aizpurúa

Febrero de 2020

 



[1] Desde los tiempos de Draper y White a finales del siglo XIX.

[2] Por eso muchos han tomado la postura de “dominios separados”.

[3] Véase el amplio catálogo de la editorial Sal Terrae en el apartado “Fe-ciencia” que sigue produciendo títulos actuales.

[4] La cita «La vida es un largo verso interminable» pertenece al poema «Ángelus», escrito por Gerardo Diego en 1920 y dedicado a Antonio Machado.

[5] Como Einstein, Maxwell, Planck o Schrödinger.

[6] Como Dawkins y muchos otros.

[7] C. LÓPEZ-OTIN, La vida en cuatro letras. Claves para entender la diversidad, la enfermedad y la felicidad,  Ed. Paidós, Barcelona 2019, 90.

[8] Ibid., 85-86.

[9] El descubrimiento y desarrollo de nuevos fármacos es un proceso largo, normalmente transcurren entre diez y quince años desde la investigación inicial hasta el lanzamiento de un medicamento al mercado, incluidos los entre seis y ocho años que transcurren entre los ensayos clínicos de Fase I y el lanzamiento al mercado.

[10] Personalmente nos cabe el honor de haber logrado el primer doctorado en teología de Facultad de teología del Norte de España de Vitoria con homologación civil automática. Estamos hablando de 2015.

[11] Sobre todo los de DEAN HAMER, The God gene, Random House, New York 2005 donde se ve que este autor «llegó a la conclusión de que la variante  A33050C presente en el gen VMAT2 predispone para la espiritualidad», C. LÓPEZ OTIN, op.cit.,  p.124.

[12] Ibid., p.124.

[13] M. F. ECHEVARRÍA, «Espiritualidad y psicología», en: http://dia.austral.edu.ar/Espiritualidad_y_psicolog%C3%ADa.

[14] «La mística tiene una posición en el nervio de las cosas, en el núcleo, es decir, en la vida interior del hombre. Y el hombre interior es el único que puede seguir creyendo en la posibilidad de hacer utopías, es lo que Robert Musil llamaba el sentido de la posibilidad. Los místicos pueden poner de lado todo aquello que molesta, que distorsiona y así disponer de la libertad de hacer posible lo que no es posible, de abrir la puerta a la utopía. La mística es la filosofía de la libertad»: A. Haas en:  J. MARTÍ FONT, «La mística es la filosofía de la libertad», en: https://elpais.com/cultura/2009/12/03/actualidad/1259794803_850215.html (29-1-2020). ver así mismo: A. HAAS, Viento de lo absoluto ¿Existe una sabiduría mística de la posmodernidad?, Siruela, Madrid 2009.

[15] A. AMUNARRIZ URRUTIA, La teología en camino. Una guía,  Verbo Divino, Estella 2019, p.32.

[16] «Los teólogos no deberían poner las cosas fáciles a los científicos introduciendo en su discurso el argumento de autoridad –que, desde la Ilustración, como muy tarde, ha sido desenmascarado como no científico- y replegándose a la supuesta infalibilidad de la Biblia, del papa o de incuestionables declaraciones conciliares»: H. KÜNG, El principio de todas las cosas. Ciencia y religión, Trotta, Madrid 2007, p. 50.

[17] Samuel Morse (retratista), Brian May (músico), Albert Einstein (músico), Goethe (literato), Leonardo de Vinci (pintor).

[18] Piénsese en el derroche artístico de la capilla Sixtina, por ejemplo.

[19] “No creo en la falsa promesa de la invulnerabilidad humana”: C. LÓPEZ OTÍN, Op.cit., 86.

[20] LS’ 138.

[21] La espiritualidad cristiana siempre afirma que el centro de todo es el hombre: GS 63; LS’ 127.

[22] Cf D. O’MURCHU, Teología cuántica. Implicaciones espirituales de la nueva física, Abya Yala, Quito 2014.

[23] Cf J. A. GONZÁLEZ, «La inteligencia artificial toma el poder» y «Gobiernos y empresas buscan una ética propia para la IA», en: La Rioja (innova +), 29.01.2020, p.4.

[24] L. SEQUEIROS, «¿Es posible el diálogo entre Ciencia y Religión?», en: https://www.google.es/search?bih=604&biw=1347&hl=es&ei=5bk6XtOKF4PHgQawzYMo&q=t%C2%BF+es+posible+el+dialogo+entre+ciencia+y+religi%C3%B3n%3F&oq=t%C2%BF+es+posible+el+dialogo+entre+ciencia+y+religi%C3%B3n%3F&gs_l=psy-ab.3..33i160.6569.16424..16812...0.0..0.105.4354.47j4......0....1..gws-wiz.......0i22i30j0j0i30j38j0i22i10i30j33i22i29i30j33i21.6Wj0UMJiVOI&ved=0ahUKEwiTkbG4ubrnAhWDY8AKHbDmAAUQ4dUDCAs&uact=5 (12-2-2020).

[25] C. LÓPEZ OTÍN, Op.cit.,  p.144.