EL PAN DE LA FRATERNIDAD

LP 22

 

 

«Luego mandó traer panes y los bendijo. Como, a causa de la enfermedad, no podía partirlos, hizo que un hermano los partiera en muchos trozos; y, tomando de ellos, entregó a cada uno de los hermanos su trozo, ordenándoles que lo comieran entero».

 

 

         Además de nutrirnos, los humanos comemos. Eso, el comer en grupo, es quizá, al decir de algunos, lo que nos caracteriza como humanos. “Nos dicen los etnoantropólogos que la solidaridad nos hizo pasar del orden de los primates al orden de los humanos. Cuando nuestros antepasados antropoides salían a buscar sus alimentos, no los comían individualmente. Los llevaban al grupo para comer juntos. Vivían la comensalidad, propia de los humanos. Por tanto, la solidaridad está en la raíz de nuestra hominización” (L. Boff). En esa comensalidad básica hay que situar la que llamamos Cena del Señor.

El Jueves Santo se conmemora la institución de la Eucaristía, aunque quizá sea mejor decir que lo que se conmemora es la Cena del Señor en la que, posteriormente, se basará el sacramento de la Eucaristía. El “institucionalizar” una Cena de amistad y de entrega es como enfriar lo que está animado por el fuego del amor y del cariño. Por eso mismo, habrá que animar nuestras, a veces, frías Eucaristías con algo de pasión, de fuego, de creatividad.

         Quizá pueda ayudarnos a ello una escena insólita de la vida de san Francisco que leemos en la Leyenda de Perusa en su número 22. Cuenta que Francisco, estando ya muy enfermo, él, que tenía tanta admiración y una cierta prevención hacia el sacerdocio,  organizó una especie de Eucaristía sin sacerdote, presidida por él mismo. No deja de extrañarnos sobremanera.

         Reunió a los hermanos, los bendijo y luego mandó traer unos panes, un hermano los partió en trozos porque él estaba muy débil, y los repartió a cada uno. “Bendecir…partir…repartir”: son los llamados “verbos eucarísticos”. Todos sabemos que Francisco no era sacerdote. Pero, con una osadía propia de los profetas, celebra aquí la eucaristía de la fraternidad.

Y, por si fuera poco, añade el biógrafo: «Pues así como Señor el jueves santo quiso cenar con los apóstoles antes de su muerte, del mismo modo –así les pareció a aquellos hermanos. El bienaventurado Francisco quiso antes de su muerte bendecirles a ellos y quiso también que comieran de aquel pan bendito».

         Además lo hizo con toda la intención de rememorar la Cena de Jesús porque añade el biógrafo: «Creemos que esa fue su intención, pues, aunque ese día no era jueves, había dicho a los hermanos que creía que era jueves». O sea que él tenía en la cabeza el unir aquella peculiar celebración al Jueves Santo. Aunque se equivocó de día por lo visto.

         ¿Cómo se le ocurre a Francisco montar una especie de “Eucaristía”, él, que como decimos, tenían tanta reverencia a los sacerdotes y tanto amor la Eucaristía hecha “según la forma de la santa Iglesia”? No es ningún desacato, ni hay en el hecho ningún afán de remedar a los sacerdotes atribuyéndose funciones eclesiales que no le son propias.

         Él quiere decir a sus hermanos que hay una Eucaristía de la vida que, sin ella, la Eucaristía sacramental carece de sentido. Esa Eucaristía de la vida no es otra que la fraternidad. Sin la fraternidad, la Eucaristía sacramental se queda sin cimiento. Porque ¿cómo celebrar una sacramento de unidad, de compartir y de comunión en la división, la lejanía o el odio? Es como un gesto de ultimidad de Francisco. Como si dijera: la Eucaristía de la fraternidad es el cimiento de la Eucaristía sacramental. Ésta sin aquella no tiene sentido.

         Hace muchos años, el teólogo José Mª Castillo decía que sin justicia no puede haber Eucaristía. Entonces muchos pusieron el grito en el cielo porque consideraban eso una exageración y un exabrupto. Pero es así. Si la justicia, la fraternidad, la solidaridad, el componente social no está como cimiento de la Eucaristía caemos en un mero rito, lo que los viejos profetas del Antiguo Testamento llamaban “el culto vacío” que censuraban con virulencia.

         Ese peligro está siempre ahí. Por eso hay que preguntarse por qué, a veces, la Eucaristía nos resulta tan aburrida para los adultos y es algo tan lejano a la vida de los jóvenes. ¿No será porque el componente fraterno, social, está lejos? Devolvamos a la Eucaristía el gozo de la fraternidad y volverá a brillar con aquel brillo primero que tuvo, cuando la Cena del Señor. Hagamos sitio en la Eucaristía al componente social y cobrará la Cena de Jesús otro aire, más parecido a aquella Cena primera que es la fuente del sacramento.