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UN MUNDO REENCANTADO

UN MUNDO REENCANTADO

Los sacramentos de la vida cotidiana

 

Fidel Aizpurúa Donazar

 

 

INTRODUCCIÓN

 

         Hace ya muchos años que L. Boff publicó su libro Los sacramentos de la vida. Desde que lo comencé a leer no podía estar más de acuerdo, tanto con su teología sacramental como con el esfuerzo de salir de la estrechura de la lista oficial de los siete sacramentos para abrirse al ancho mar de la sacramentalidad secular. En verdad estamos rodeados de signos elocuentes que apuntan al misterio de la vida. Este libro se inspira en Boff y quiere ampliar la lectura a otros signos que conforman la vida cotidiana.

         Obra también como trasfondo el deseo de contrapesar la tendencia a negativizar el hecho social. Dice el Papa Francisco en EG 159 que «el lenguaje positivo no dice tanto lo que no hay que hacer sino que propone lo que podemos hacer mejor. En todo caso, si indica algo negativo, siempre intenta mostrar también un valor positivo que atraiga, para no quedarse en la queja, el lamento, la crítica o el remordimiento».

         Abunda en el ámbito social la negativización y la queja. Para muchos, todo está mal, peor que nunca. Estamos abocados al fracaso. El propio Boff dice que el ser humano “perdió el encantamiento”. Pues bien, quisiéramos colaborar, si es posible, a la recuperación de ese encantamiento, del humilde resplandor que ilumina la mirada, de la confianza que salta el muro de la limitación y toca, embelesado, el corazón de lo creado.

         Algo tan simple demanda una actitud de fondo, una certeza vital, imprescindible: creer en el triunfo del bien sobre el mal. Es posible que, debido a la presión cotidiana de los medios, lleguemos a la convicción de que el mal campa a sus anchas y de que su victoria está asegurada. No es así. El mundo está sostenido por una ingente cantidad de personas que hacen el bien y desean el bien. No lo dudemos: quienes hacen el bien son muchos más que quienes se empeñan en el mal. No sabemos muy bien de dónde brotan el bien y la dulzura, no podemos decir qué empuja a la amabilidad y a la sonrisa, no explicaríamos convincentemente por qué las manos y el corazón de muchos humanos tienden al abrazo. Es algo que está ahí con la terquedad de quien ama. Y quizá haya que caminar mucho para percatarse de que eso está bien cerca.

         Hay personas que soportan grandes pesos en la vida. Para ellos es difícil acceder a estas certezas. Ojalá estas líneas fueran, para alguna de ellas, un alivio y un entrever la bondad como una luz entre la niebla. Aunque parezca casi imposible, hay quien canta en la noche y esa melodía logrará que el dolor no lo ocupe todo.

         Adelantamos ya desde estas líneas iniciales la conclusión a la que nos gustaría llegar: nuestro cosmos, nuestra tierra es cuerpo de Dios. Nadie, en su sano juicio, odia lo más suyo, su cuerpo. Dios ama este cuerpo que somos nosotros, lo cuida y lo embellece. Quisiéramos que eso se percibiera en las cosas y situaciones de nuestro camino diario. Desearíamos esa otra mirada que conserva el brillo de los ojos del niño o de la niña que fuimos y que exclama simplemente: ¡Me encanta la vida y la elijo! ¡Reencantemos el mundo!

 

I. LA CREACIÓN

 

Nunca nos cansaremos de admirar la inabarcable creación en sus minúsculos elementos subatómicos y en el formidable interrogante de los universos. Creemos a los científicos cuando nos dicen que en un grano de arena está todo el universo. Tener esta clase de certezas  da sentido a nuestro azaroso caminar humano.

 

1. El sacramento del amanecer

 

         Desde las culturas más ancestrales, el amanecer ha sido visto como un signo claro de la presencia de la divinidad en la vida de los humanos. El temor primigenio que se siente cuando se hunde el sol en la oscuridad del crepúsculo y los consiguientes miedos de la noche se diluyen cuando el sol asoma por el levante siempre fiel a su cita diaria con nuestro planeta de sombras. No es de extrañar que la fragilidad humana haya palpado en el amanecer la presencia acompañante de lo divino.

         Pero, a nivel más antropológico, ver la luz del nuevo día ha sido un modo claro de saberse vivo. Tener un nuevo día en las manos ha sido interpretado, con mayor o menor conciencia, como un hacer parte del río de la vida. Por eso, habría muchos que darían su fortuna entera por ver amanecer un día más, por participar del don sagrado que es vivir y respirar. Es algo que, en la casi totalidad de las personas, pasa desapercibido porque, acostumbradas a la rutina diaria, se tiene la certeza de que mañana volverá a salir el sol y que yo lo veré, aun sabiendo que no se puede asegurar esto al cien por cien. La luz del amanecer invita a la valoración del don.

         Más aún, el amanecer contiene una sacramentalidad esencial: todo se nos da en ese estar aquí bañados en la luz del día. Con razón algunas creyentes sintetizaban su oración en aquel “gracias, Señor porque me has creado” (Santa Clara). Gracias porque los ojos pueden ver el don que encierra en sí todas las posibilidades que ofrece el nuevo día.

         Hay latitudes en la tierra, como las ecuatoriales, donde el amanecer se realiza como de golpe. A un clic la tierra se ilumina. Pero, en nuestros países del hemisferio norte el amanecer es una verdadera pelea de la luz con las tinieblas. Cada día asistimos a la esforzada victoria de la luz sobre la oscuridad, sacramento de toda lucha humana por sobrevivir con dignidad: se te da un día nuevo para vivir con humanidad tanto en la pervivencia física como en los trabajos del alma. Ser convocado a esta tarea es estar vivo.

         No es ninguna sutileza decir que el amanecer tiene un tipo de luz distinto de la del atardecer. Es un brillo que sugiere novedad, vuelta a comenzar, propuesta de vida. Es una luz inédita. Hasta en los días más nublados aparecen vestigios de esa novedad. La llamada a lo nuevo se escucha desde el día de la creación porque hay peligro de ceder a la rutina, a la irrelevancia del don, a la pérdida de la sorpresa de que la oscuridad haya huido derrotada. Llamados a lo nuevo, a una vida con frescura incorporada. La luz de la tarde, cargada de frutos tendrá otro color, el color de la cosecha, de los brazos cansados de la brega.

         Quien capta el brillo y el sentido del amanecer entiende con facilidad que acoger este sacramento es apuntarse a que la vida pueda acontecer allí donde se corre más riesgo de que las sombras sean dueñas y señoras, allí donde la dignidad de la persona y la de toda creatura tiene peligro de ser olvidada, postergada, conculcada. Ayudar a que amanezca: esa es la tarea de quien lee con ojos encantados la belleza de cada nuevo día.

         No habría que dejar pasar ni un amanecer. Sería preciso disfrutarlos  todos porque todos y cada uno de los millones de amaneceres que han sido y de los que serán llevan el sello de la vida que se derrama a raudales. Contemplemos el amanecer como quien contempla su propio nacimiento.

 

2. El sacramento de los árboles

 

         Puede ser que, como dijo B. Brecht, hablar sobre árboles sea un crimen porque eso puede implicar silenciar la injusticia. Pero se puede hablar de ellos haciéndolo también de la justicia. De hecho, solamente podremos entender el sacramento de los árboles si se entiende la injusticia con la que, con frecuencia, son tratados en este planeta.

         Es preciso comenzar diciendo que son los verdaderos habitantes de la tierra. Estaban antes de que llegáramos nosotros y seguirán estando cuando nos vayamos. Ellos saben de nuestro nacimiento y de nuestra muerte. Acompañan y sirven a las personas con la humildad de quien ama en silencio. Por eso mismo, con ese silencio responden a las agresiones de las que, con frecuencia, son objeto. La codicia de los humanos es su enemigo y ellos doblan su corpulento cuello cuando la motosierra les muerde en la base. Hay arboricidas como hay genocidas.

         Son un sacramento de generosidad: eliminan el CO2 de la atmósfera acumulado durante años y lo absorben durante un largo período. Además de absorber CO2, emiten oxígeno. Calientan los hogares de las personas teniendo a raya al frío y a la nieve. Muchos de ellos tienen en sus hojas propiedades medicinales de las que se extraen sustancias para los fármacos. La generosidad es su distintivo.

         Por nuestro antropocentrismo los humanos llegamos a decir que ellos, junto con las rocas, son seres inanimados, carentes de alma. Pero, como decía M. Benedetti, su silencio es su manera de decirnos que están vivos. Hay quien habla con ellos porque entienden que los árboles encierran historias fascinantes. Por eso, cuando sopla el vendaval, algunos árboles caen como muertos y hay quien los mira con las mismas lágrimas con las que se llora a un ser querido.

         Hay personas que los consideran familiares, por extraño que parezca. Por eso, dedican parte de su vida o, incluso, toda ella a replantar árboles, como la keniata Wangari Maathai, premio nobel de la paz que replantó miles de ellos. Ven lo que no vemos nosotros: el alma de esos seres callados que acompañan la vida en la tierra con fidelidad absoluta.

         Son sacramento de servicio, de silencio y de fidelidad. Ellos nos ayudan a entender que las personas colgadas en árboles por la crueldad humana, como aún ocurre en algunos países, son abrazadas con el amor que nosotros no sabemos dar a quienes decimos que son nuestros semejantes. Ellos abrazan sin el odio que se engendra en los pliegues del alma humana.

         No nos extrañe que haya gente que abrace árboles, como Jerónimo, el abuelo de J. Saramago quien al presentir que la muerte venía a buscarlo, se despidió de los árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver. Abrazar árboles es, de alguna manera, devolverles el fiel abrazo que ellos vienen ofertando desde las edades iniciales de la tierra.

 

3. El sacramento del mar

 

         La contemplación del mar nos pone ante una realidad imponente. Es la fuerza  y la vida moviéndose en unos parámetros que superan la pequeñez humana. Incluso cuando el mar está en calma, la profundidad de sus aguas nos sobrecoge. Si de algo puede ser sacramento el mar es de hondura, de fuerza y de temor.

         Pero también lo es de placidez, armonía y belleza. El sempiterno volver de las olas, el azul del cielo reflejado en sus aguas, sus dimensiones que van más allá del horizonte, confirman al contemplativo una evidente verdad: en esas aguas anida la vida. Sacramento de temor y de vida.

         Más aún, las orillas de los mares y océanos, interconectadas todas, son sacramento de fraternidad e interdependencia. Los ignotos caminos de la mar llevan siempre al puerto de la persona. No leemos bien la realidad del mar si solamente lo vemos como una vía de transporte y de negocio. Hay en la inmensidad de las aguas de este planeta, que habríamos de denominar “Agua”, en lugar de “Tierra”, un mensaje sempiterno constante de hondísima dependencia.

         Todos lo sabemos, el lugar donde se origina la vida es para muchos su tumba. Los mares son los cementerios de muchas esperanzas. Desde que comenzó la recopilación de datos, hace ahora una década, al menos 70.000 personas han muerto o desaparecido en trayectos migratorios en todo el mundo. Se calcula que casi 28.000 migrantes han desaparecido o perdido la vida en el Mediterráneo desde 2014, de acuerdo con datos del Proyecto Migrantes Desaparecidos de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).Muertes que no se pueden achacar a la mala mar, sino a la mala humanidad.

         Y no solo eso. El maltrato al mar lo ha convertido en un vertedero de desechos y plásticos que influye en la muerte no solo de muchos animales, sino de él mismo. Aunque el mar tiene recursos gigantescos no son inagotables. Las personas podemos matarlo, hacer que su hermosa sacramentalidad sea un lugar de muerte. ¿Se va a recordar a la especie humana como la asesina del mar o como su cuidadora?

         Hemos llegado un punto en el que hay que demandar la piedad con el mar, el respeto y cuidado con este temible gigante. Más aún, el futuro de la vida sigue estando en las aguas marinas. Los bosques y los prados submarinos de posidonia y otras plantas son fundamentales para el bienestar de las comunidades costeras, ya que ofrecen aguas claras y llenas de vida. Son hábitats clave para reposar la pesca, actúan como sumideros de carbono y como barrera protectora contra los efectos del cambio climático.

         El disfrute del mar en las playas es el lenguaje de la nueva sociedad. Todos pueden gozar del abrazo de las aguas, los niños y los ancianos. Nadie está excluido. Nadie se puede apropiar de un trozo de mar. Es gratis la contemplación de tanta hermosura. No hace el sol distingos a la hora de calentar y dorar la piel de las personas. La desnudez respetada es síntoma de humanidad y de verdad porque, como dice el libro de Job, desnudos vinimos a esta tierra y así volveremos a ella. Quizá la única pega es que no todos pueden acceder a ese disfrute porque se necesita solvencia económica. Pero esto menguará cuando vaya avanzando el día del compartir.

         Si se tiene la oportunidad, habría que sentarse tranquilamente ante el mar y contemplarlo sin prisa para escuchar su fuerte mensaje de fraternidad. Tal vez, después, besaríamos sus aguas como quien besa el retrato de la persona amada.

 

 

II. MECANISMOS

 

         No nos referimos a los complejos descubrimientos de la actual tecnología y que, poco a poco, se van incorporando a la vida ciudadana. Queremos fijarnos en mecanismos sencillos que hacen más fácil la vida  de las personas ancianas . Son signos de vida, sacramentos de amparo para quien lo necesita.

 

1. El sacramento del ascensor

 

         Se ha hecho imprescindible. Tal es así que todos los edificios que se construyen ahora han de llevarlo por disposición legal si tienen más de cuatro alturas o existe al menos un residente con movilidad reducida o de edad avanzada que lo necesite. ¿Cómo una persona mayor va a subir 60 escaleras con la compra o con su bastón? Sin ascensor está condenada al ostracismo de su piso. Por eso, el ascensor no es solamente un artilugio mecánico, sino también un sacramento de amparo para los débiles.

         Este sacramento posibilita el salir de casa, pasear por el parque, sentarse en un banco, hablar con los vecinos. Es sacramento de buena relación, aquella que airea la cabeza y el corazón, la que esponja la vida y la hace más llevadera. El ascensor posibilita encuentros fortuitos que pueden ser la puerta abierta para verdaderas amistades y mutuos amparos. Más allá de la brevedad del viaje y de los silencios que lo acompañan, la cercanía y la hermandad en la necesidad de ayuda contribuyen a fomentar la relación. Sin ascensor el aislamiento es inevitable.

         El ascensor es, por todo eso, sacramento de ciudadanía. Permite al frágil participar en la vida ciudadana, lo configura como actor en la representación social de la calle, le permite olfatear las posibilidades de relación que le ofrece la vida ciudadana, se entera de lo que ocurre y eso le confirma en la certeza de que, aun siendo frágil, es parte de la ciudad.

         Muchas veces hay un trasiego de colaboración entre los vecinos del inmueble gracias al ascensor. Esta herramienta permite con más facilidad el intercambio de pequeñas ayudas, a veces no tan pequeñas, que se prestan quienes están en similar situación. Nuestra población es, en general, mayor. Sus necesidades aumentan también la necesidad de amparo. ¿Qué sería del “divide y vencerás” de cada piso si no estuviera contrapesado por el “ven a mi casa” que facilita el ascensor? Este es la herramienta ideal para que no venza la soledad y el aislamiento se adueñe de la ciudad.

         Pocas veces falla la maquinaria. Y, cuando ocurre, rápidamente la empresa acude en ayuda del usuario. Y la misma empresa manda a su técnico con la obligación de mantener adecuadamente la máquina. Amparo sostenido por un contrato, espiral de solidaridades ciudadanas que se engarzan unas con otras. Envueltos en amparo, eso es lo que dice el ascensor cuando nos muerde tantas veces el frío de la soledad.

         Y, de alguna manera, sacramento de humildad por llevar cargas de otros y por hacerlo sin aspavientos, con el sonido de un mecanismo bien engrasado. Anima a echarse al hombro al caído y a no dar rodeos ante el sufrimiento ajeno. Es como un buen samaritano mecánico. Su alma está en el deseo social de que también los frágiles se sientan y hagan parte del hecho social con normalidad. Es la participación en la nueva sociedad que está hecha de dignidad y cuidado.

 

2. El sacramento del andador

 

         He aquí otro artilugio modesto, sacramento para frágiles: cuatro barras de hierro, un par de ruedas y un asientillo incorporado. Pero se ha convertido en una herramienta de socialización imprescindible para un sector cada día más amplio de la sociedad, las personas mayores. Con él se desplazan con una autosuficiencia que no les permiten sus pasos tambaleantes. El miedo a tropezar y caer ha sido conjurado.

         Es así como este sencillo invento permite a los mayores pasear por la calle, ir a la compra o al banco, visitar a su familia y participar de la vida social. Podemos decir que el andador ha empoderado a los mayores mostrando que tienen vigor vital aunque físicamente los recursos hayan menguado. El colectivo más anciano, gracias a este instrumento sigue enganchado a la vida social. Su calidad de vida y su independencia salen fortalecidas.

         Por eso, una lectura ahondada del mismo lo constituye en sacramento de ayuda eficaz, descanso y buena relación. Muestra la razón de humanidad que lo sostiene: ninguna persona, por limitada que esté, habría de verse excluida del hecho social. Es el “ponte en medio y extiende el brazo” del evangelio. Más aún: podemos decir que ese “vehículo” tiene prioridad sobre cualquier otro porque su “conductor”  merece, por su fragilidad, un cuidado y una atención más esmerados.

         Tal es así que las normativas de construcción obligan a construir una rampa en los edificios de uso público y poner los ascensores en las viviendas a cota cero para que el acceso de estos mecanismos sea fácil. Sacramento de una humanidad que avanza, aunque no sea al ritmo deseable. Con toda razón afirma la OMS que «una sociedad se mide por la manera en que cuida a sus ciudadanos de edad avanzada». ¿Cómo va a ser exagerado calificar al humilde andador como sacramento del cuidado?

         Es también generador de confianza porque  el paso titubeante del anciano adquiere con el andador la firmeza de la que escasean sus piernas. Y puede levantar la mirada del suelo, sin miedo a tropezar, para dirigirla al rostro de los viandantes con los que se siente hermano. La cifosis encuentra en el andador un aliado que la minimiza y la contiene. Aunque encorvada, la espalda del mayor puede aspirar a la derechura de persona plena.

         El andador no está reñido con la velocidad. Puede avanzar a la medida del ritmo de su usuario. Más aún, aunque camine con lentitud, todo el mundo respeta su ritmo. Es expresión de lentitud vital, aquella que se elogia en los textos modernos como anhelo de una sociedad que va demasiado rápida, desbocada incluso. Lentitud para gustar la vida en sus límites sin forzarlos creyendo que ir más rápido no es ser más feliz.

 

3. El sacramento de la teleasistencia

 

         Otro artilugio de contenido sacramental. Como todos sabemos, consiste en un servicio instalado que, al pulsar el botón de una medalla o pulsera, pone en contacto a la persona necesitada de ayuda con profesionales de una entidad social pública o privada. Se trata de paliar la soledad en sus efectos más primarios: sentirse abandonado. Con la teleasistencia se tiene la certeza básica de que hay alguien con quien se puede contar cuando la necesidad es urgente.

         Esto va en relación con una de las limitaciones sociales que están ahí en este tiempo nuestro de más y mejor tecnología y de frágiles relaciones: el aislamiento social. Afecta a todo el espectro de la sociedad pero especialmente a las personas mayores. Hay países, como Japón o Inglaterra, que han creado un Ministerio o Secretaría de la Soledad, tan grave es el asunto que se traduce en muertes en soledad e, incluso, en un incremento de suicidios. Sentirse solo en momentos de máxima necesidad es una angustia que atenaza al ser humano. Saber que hay alguien detrás de la propia soledad engendra seguridad y confianza.

         Nos estamos refiriendo a la soledad no deseada, la que se soporta porque no queda más remedio, porque la vida nos ha llevado a ese terreno. No hablamos de la soledad deseada, habitada, fecunda que engendra vida y espiritualidad. La soledad no deseada se da cuando uno percibe que los vínculos familiares y sociales se reducen a la mínima expresión, cuando se tiene el sentimiento de estar solo en el mundo. Se precisa mucho amparo social para no sucumbir al desaliento absoluto. La teleasistencia quiere paliar un poco ese tsunami existencial.

         De ahí que el humilde artilugio nos parezca sacramental porque apunta a algo hermoso: la certeza de que la sociedad tiene que ver con las situaciones de necesidad de sus miembros más frágiles. El cuidado de los mayores  es un compromiso colectivo que acepta nuestra naturaleza vulnerable y dependiente como un hecho propio y natural de la vida tratando de mitigar sus efectos menos deseados, uno de ellos la soledad impuesta por la vida. Que la disponibilidad contemple las 24 horas del día indica la permanencia de tal compromiso.

         Se entiende fácilmente que, desde el lado de la espiritualidad, se contemple la teleasistencia como un sacramento de compasión, cuidado y escucha. La evangélica pregunta “¿Qué quieres que haga por ti?”, raíz de toda actitud compasiva, cobra en actividades como esta todo su sentido. La sociedad se convierte en la acción salvadora en su grado más elemental. Además, se inserta directamente en el ámbito del cuidado y es una variante de la escucha porque la soledad encuentra en el silencio su peor respuesta.

         El acompañamiento social es una forma eximia de acompañamiento porque ya no es solamente la persona concreta la que se ve involucrada, sino que es la sociedad la que se preocupa del sufrimiento ajeno. Ahí desvela su talla moral, el rostro mejor de su humanidad, contrapeso de las grandes heridas que, todavía, nos hacemos los humanos. En resumen: mecanismos como la teleasistencia son sacramentos de humanidad, apuntan a lo mejor del hecho humano y ennoblecen a la sociedad.

 

 

 

 

III. LAS RELACIONES

 

         La buena relación es la prueba del algodón de lo humano y de lo cristiano. Siempre ha de estar en el punto de mira. Hay relaciones a las que otorgamos poco valor y que son interesantes para entender y descubrir la sacramentalidad del amor relacional.

 

1. El sacramento de los “cafés calor”

 

         Los centros sociales llamados “café y calor” están presentes, de una manera u otra, en casi todas las ciudades. Los sostienen entidades solidarias y ciudadanos sensibles con los problemas sociales. Son centros de baja exigencia y abren sus puertas de día y, algunos, de noche. En ellos se ofrece ayuda para cubrir las necesidades básicas de ropa y comedor. Cuando se genera un cierto arraigo, se plantean otras cosas como la tramitación de documentos, la solicitud ayudas públicas o la intervención con las familias para poder propiciar un acercamiento.

         Pero más que con la solidaridad material tienen que ver con la escucha y la acogida porque ahí radica el déficit de los usuarios, como ocurre en toda persona. Ser escuchado le lleva a uno a percibirse como persona y ser acogido es lo que fortalece la comprensión de la propia dignidad. De eso son principalmente sacramento, de escucha y acogida. Cuando esto se hace en los duros límites de la desatención social y de la exclusión es cuando más se valora.

         El tema tiene mucha relación con el sinhogarismo porque existe un indudable estigma alrededor de las personas sin hogar. Estar sin hogar es concitar muchas carencias: sin techo, sin salud, sin trabajo, sin conexión familiar, con problemas con la justicia, etc. Se cree que nunca llegaremos a una situación tan extrema, pero la dura, la cruda realidad, es que cualquiera puede verse en la calle. Más allá de características individuales, hay factores económicos, sociales y políticos que determinan que una persona termine en situaciones de sinhogarismo. Es un problema estructural. Cuando se cae en la cuenta de que es fácil que uno termine en la calle es cuando se percata del abismo que se abre a los pies de los sin hogar.

         Los centros de café y calor quieren mirar esa situación si no para solucionarla, porque son obras muy modestas, sí, al menos, para paliar sus efectos devastadores. La reorientación de quien lleva más de cuatro años en la calle es muy difícil. Pero, al menos, se puede humanizar la dura vida de quien no tiene un techo sobre su cabeza. De ahí que, aunque se queden cortos, los cafés calor apuntan al horizonte de la integración porque se cree en la dignidad de toda persona y en las posibilidades de recuperación de una relación normal con quien es normal aunque está en situación social de riesgo.

         Hacen parte, pues, de ese enorme sacramento de vida que es la buena relación entre los seres humanos. Tienen como herramientas sencillas la amabilidad, el trato correcto y la paciencia con quien lleva profundas heridas personales y sociales en su mochila de vida. Más aún: es una actividad relacional libre de esperanza pues, aunque se acaricie el horizonte de la inclusión, eso no está inmediatamente en sus planes. Se quiere abrir un espacio de escucha y de acogida. Lo que pase de ahí es regalo inesperado.

Desde el lado de la espiritualidad ciudadana apunta a la sociedad inclusiva con la que han soñado las personas más generosas de la historia hasta el punto que algunas de ellas han dado su vida por ese sueño. Han mantenido siempre viva la certeza de que toda persona, sea cual sea su situación, hace parte del entramado social, algo inapelable para quien se acerca al otro con una taza de café en la mano.

 

2. El sacramento de los grupos de lectura

 

         Podrían denominarse como grupos de “lectura compartida”. La lectura compartida puede aplicarse en cualquier materia y también en cualquier grupo. Sirve para trabajar la comprensión de un texto a la vez que se fomenta la participación, la interacción y la responsabilidad individual. Es decir, sirve tanto para el disfrute y el aprendizaje lector como, quizá más, para fomentar una sana relación entre los participantes que leen. Quizá esto último no está en los objetivos primarios, pero se da con toda naturalidad. Quien no quiere relacionarse no participa en un acto de lectura en común.

         Los hay de todo tipo: grupos académicos que practican la lectura compartida en modos técnicos; grupos universitarios que llevan adelante un plan de lectura colectivo de alto nivel; grupos sencillos que se juntan alrededor de un texto elegido a la vez que se toman un café de tertulia. Nos referimos a estos últimos donde no está marcado lo académico, sino lo relacional. El libro es una buena excusa para pasar un rato de relación con contenido, aprendiendo y disfrutando. La lectura se convierte así en una sencilla herramienta de reflexión y de relación.

         Con claridad y profundidad se expresa el Papa Francisco en su carta sobre la lectura en la formación nº 32: «Es necesario recuperar modos acogedores de relacionarnos con la realidad, no estratégicos ni orientados directamente a un resultado, en los que sea posible dejar aflorar el desbordamiento infinito del ser. Distancia, lentitud y libertad son rasgos de una aproximación a la realidad que encuentra en la literatura una forma de expresión no exclusiva, sino privilegiada. En este sentido, la literatura se vuelve un gimnasio en el que se entrena la mirada para buscar y explorar la verdad de las personas y de las situaciones».

         En efecto, ocurre que en estos grupos se desvelan, a veces, vivencias personales que ni siquiera afloran en las relaciones de pareja. Aunque será necesario ser comedidos, esto demuestra que la lectura compartida es un cauce óptimo de reflexión y relación, un verdadero sacramento social y antropológico que apunta al horizonte de entenderse y manifestarse como se es ante los demás. Orientarse a esa verdad básica es un indudable enriquecimiento que favorece a la persona y al entorno social.

         Uno logra aproximarse a la escurridiza verdad en las tareas que se comparten.  Desde siempre se ha demostrado que lo compartido favorece a quien lo comparte y a quienes reciben lo compartido. Por eso, compartir lecturas es, de alguna manera, compartir vida. Podría denominarse a este hecho como sacramento de sociabilidad porque más allá del caudal de conocimientos que se adquiera, sea poco o mucho. Las participantes del grupo (casi siempre son mujeres) salen fortalecidas en su capacidad relacional. Incluso más: estos grupos podrían ser entendidos como espacios terapéuticos por medio de las buenas palabras compartidas.

 

3. El sacramento de las sociedades de amigos

 

         Es también una realidad muy plural: hay sociedades de amigos con fines culturales, gastronómicos, religiosos, deportivos, etc. Todas ellas son, de alguna forma, sacramentos de relación porque buscan en ella la fuerza para el logro de sus fines. Así se muestra que la vida surge en el intercambio, en la relación, en la fraternidad y que el encuentro es el ámbito que genera más humanidad. Relacionarse es abrir puertas a la vida; ser como islas es un camino de muerte.

         Queremos fijarnos en las sociedades de amigos de la España vacía: en cualquier pequeña localidad de nuestra geografía surge una sociedad de “amigos de” que trata de mantener en vida al pueblo revitalizándolo si se puede. Organizan sencillos actos culturales y festivos, se interesan por las infraestructuras, editan boletines, se hacen presentes en las redes sociales para quienes, siendo del pueblo, viven dispersos por el país.

         A veces son asociaciones de pueblos despoblados durante el año que solo surgen en tiempos de vacaciones o en algún fin de semana. Quieren mantener la memoria de esa localidad contra el viento del olvido y de los recuerdos que se esfuman. Reparan algún edificio, ponen placas solares, recuperan la iglesia como el monumento más representativo poniéndole una sencilla techumbre que la preserve de los grandes temporales. Es una amistad que ha encontrado su sentido en la ímproba tarea de mantener en vida al pueblo.

         A veces se cansan y el desaliento les invade. Terminan cerrándose en sus reuniones y merendolas siendo amigos de ellos mismos. Pero luego vuelven a su sentido primigenio: mantener la relación allí donde peligra por su desaparición. El territorio vacío deja de serlo cuando hay personas que generan relaciones humanizadoras. Son sacramento que mantiene la vida y por ello se hacen acreedores del título de “amigos”, el más común de los títulos y el más hermoso cuando es verdadero.

         El silencio que envuelve a estos grupos es su aval. Raramente aparecen en las páginas de la prensa local. Pero ellos siguen con su ilusionante tarea. Hay también en su labor un afán de construir la propia identidad social. Habrán de tener cuidado para que esta sea flexible y no se generen guetos. No es del pueblo solamente quien tiene un certificado de nacimiento, sino toda persona que, por los caminos que sea, ha arribado a esa localidad. Ser sacramento para mantener en vida no exime de la apertura y de la generosidad.

 

 

IV. LO PÚBLICO

 

         Educados en la moral de las libertades individuales nos es costoso desvelar el valor y la sacramentalidad de lo público. Pero el espacio común es, sin duda, un ámbito de verdadero crecimiento humano: somos personas en la medida en que nos integramos, como tales, en lo común. La vinculación común da sentido a lo humano.

 

1. El sacramento de los parques

 

         Los parques son los pulmones de las ciudades, porque estas son una realidad viva, que respira. Por ello, la arquitectura social otorga a los parques una evidente importancia. Sin ellos, la vida urbana se haría imposible. La estreches de los pisos recibe en los parques el complemento de vida que necesita. Por eso no ha de extrañar que los parques sean un auténtico lugar público de esparcimiento, sosiego y expansión. La democracia y el bienestar están llamados a proporcionar esta clase de espacios de vida pública y gratuita.

         Son  bienes públicos cada vez más usados. No solamente los autóctonos, sino también los foráneos se instalan en los parques los días de fiesta haciendo de ellos lugar de recreo y convivencia. Practican sus deportes favoritos, comen en hermandad y se desahogan del estrés ciudadano. Son, sin duda, lugares de descanso y disfrute.

         Nadie cuestiona públicamente su improductividad ni el gran gasto que conlleva su limpieza y mantenimiento. No hay político que en su programa electoral proponga la supresión de estos lugares “inútiles”. Por el contrario, se esgrimen como un activo en época de elecciones y se tiende a ampliarlos recuperando veredas que bordean ríos y poblaciones ufanándose de los muchos kilómetros que circundan las zonas verdes de la ciudad. 

         Son un canto a la belleza gratuita, la que no tiene beneficios económicos pero sí humanos, la que no sirve para nada pero que no podemos vivir sin ella. En ese sentido constituyen un indudable beneficio porque nos recuerdan constantemente que tenemos algo debajo de la piel, que el “alma” sigue existiendo en la ciudad secular, aunque hoy se le dé otro nombre o se la miente poco.

         Entre otros beneficios, los parques nos ponen en contacto con la naturaleza, con la misma tierra. Nuestros antepasados la tocaban todos los días, porque de ella vivían. El hombre y la mujer urbanos no la tocan, sino en contadas ocasiones. Los parques acercan la tierra a nuestras manos para enseñarnos que no solamente vivimos en ella, sino que, además, somos tierra.

         Son vivencias espirituales a su manera. Por eso, oponer lo espiritual a lo terrenal es algo que cada vez se entiende menos. Más aún, podemos decir, con A. Fermet, que nunca se alejó el mundo del espíritu como cuando se abandonó el cuerpo. La corporalidad, la terrenalidad, puede llevarnos a lo profundo. A algo de eso apunta el sacramento de los parques.

         Quizá no sea necesario hacer tantas elucubraciones para sentir que los parques son sacramento de terrenalidad. Tal vez sea suficiente escuchar el rumor del viento entre los álamos, oler con deleite el perfume que exhalan las higueras, calmar la mirada cansada en el verdor del césped, pedir permiso a las hojas secas para pisarlas cuando fueron ellas las que nos ayudaron a purificar el aire que respiramos, mirar sin prisas el lento viaje del río.

 

2. El sacramento de la ciudad limpia

 

         En todas partes ocurre que bastantes personas se quejan de que su ciudad está sucia. Mantener limpia una población no es nada fácil. Son necesarios muchos medios económicos y humanos para que la calle que pisas todos los días esté limpia. La permanente batalla contra la suciedad es símbolo de nuestra lucha por el logro de una vida humana. La tenacidad de la mugre que generamos ha de quedar superada por el gozo de la limpieza. Batalla de cada día.

         La queja por la ciudad sucia es más fácil que la convicción de que una parte del asunto es de nuestra incumbencia. Ver, desde joven, que la ciudad, por ser lugar donde vives, ha de ser tratada con la misma dedicación y pulcritud que el cuarto de estar de tu vivienda es algo que se consigue con dificultad y un sector de la población nunca se lo planteará así. Por ejemplo: cuando una educadora medioambiental quiere hacer a unas adolescentes que no deben tirar al suelo las cáscaras de las pipas y menos teniendo una papelera a dos metros, los ojos de las jóvenes se agrandan como diciendo: “¿Pero de qué está hablando?”.

         Hay personas a quienes se les llena la boca con temas de identidad, de pertenencia a su tierra, de sus valores que creen superiores a los de otros lugares. Y son ellos quienes escupen en el suelo, tiran colillas sin consideración o, cuando en la madrugada los vapores del alcohol nublan la cabeza, la emprenden con una papelera a la que derriban de una patada esparciendo la basura por la calle que queda allí como la firma de su incivismo. Somos, a veces, una contradicción viviente: nos quejamos de la suciedad y minimizamos nuestras acciones vandálicas con el espacio urbano..

         Desde la percepción de la ciudad limpia como sacramento de limpieza existencial hemos de valorar los trabajos que silenciosamente hacen las brigadas de limpieza. Pacientemente luchan contra el descuido de muchos. Casi ni los miramos. Pero habría que darles las gracias explícitamente por su labor. Y a quienes baldean la calle, mojados los pies en verano y en invierno, no estaría mal dedicarles una sonrisa y una buena palabra. Son los “higienistas” de la ciudad, los que andan entre basuras para que nosotros podamos estar agradablemente limpios.

         Efectivamente la ciudad limpia apunta a la sacramentalidad de la limpieza de corazón que fuera propuesta por el predicador del sermón de la montaña. Quiso hacer ver que tienen suerte quienes sacan el mal de su corazón, porque su vida cambiará. Ese desplazamiento del mal se da cuando la ciudad está limpia porque el brillo de fuera habla, de alguna manera, de la luz que hay dentro. La ciudad limpia es reflejo de su corazón también limpio.

         Tal vez sea necesario para todo fomentar el amor a lo público que demanda la necesidad de salir un poco de la propia zona de confort y de los intereses exclusivos de quien no se preocupa más que de lo suyo. Cerrados en el propio egoísmo no hay sitio para los demás y hablar de colaborar al brillo de la ciudad es música celestial. Si de verdad amas tu ciudad la querrás limpia; y si no amas el lugar donde vives ¿quién eres en realidad?

 

3. El sacramento de las terrazas

 

         Dicen que lo de terrazas, cafés y bares es cosa propia del Mediterráneo. Pero uno ve que, con un matiz o con otro, con horarios más o menos peculiares, esto está en muchas culturas. Es la actividad del diálogo informal que hace parte del más amplio escenario de la relación humana. No se puede negar que muchas transacciones, acuerdos y pactos se han logrado tomando un café en la terraza de un bar. Si no existieran, habría que inventarlas.

         Cierto que es una realidad ambivalente: junto a sus posibilidades de diálogo, escucha y disfrute están la ocupación de espacio público, el ruido y las voces y la inevitable suciedad que generan. Tal vez evidencian la realidad de que no se puede tener todo y de que no hay beneficio exento de perjuicios. Para muchos, las terrazas son una plaga bíblica; para otros, un lugar de esparcimiento indispensable.

         En la pandemia ocuparon mucho espacio público porque se creía que el riesgo de contagio era menor al aire libre. Lo que pasa es que ese privilegio se ha mantenido con cierto vigor con la escasa colaboración de los propietarios que quieren más espacio que amplíe sus, a veces, angostos locales. Hay una parte de la ciudadanía que piensa que la hostelería es un sector privilegiado por la administración y que goza de una tolerancia que no consiguen otros sectores productivos.

         El ideal sería llegar a una legislación ciudadana que integre todos los sectores sociales, la hostelería, el vecindario y la misma ciudad. Si media el diálogo, es posible. La ciudadanía sabe encontrar sus cauces. Las instancias oficiales deberían ejercer el papel de mediación. Todo ha de estar regulado: el horario, la disposición de las mesas, la accesibilidad de los peatones, etc., para que la convivencia pueda llegar a buen fin.

         Las Ordenanzas Municipales son las encargadas tanto de regular las condiciones relativas a la instalación de una nueva terraza, como de detallar todos los requisitos que deben cumplir los hosteleros para solicitar una licencia. Esta licencia es necesaria para poder hacer uso de un espacio en un terreno de dominio público o en un terreno de titularidad privada y uso público.

         Aunque las conversaciones puedan ser muchas veces banales, las terrazas son sacramento de relación, de distensión ciudadana y de entendimiento. Tienen un indudable lado positivo que enriquece la vida de la ciudad dándole un colorido relacional de innegable valor. Los inconvenientes que acarrean pueden ser minimizados con el diálogo y el respeto.

 

 

V. LOS ATRACTORES

 

         Un atractor es un dinamismo que ejerce la fuerza de una realidad sobre otra hasta modificar la relación entre ellas y constituir un nuevo orden. Es, en definitiva, algo que nos va llevando a un estado nuevo de cosas, a una nueva idea de ciudad, a un modo de relaciones que evoluciona hacia lo fraterno.

 

1. El sacramento del deporte

 

         He aquí uno de los mayores atractores de la actualidad, un valor transversal de nuestra cultura y de nuestra sociedad. El deporte mueve dinero, estructuras sociales y, sobre todo, mueve gente. ¿Qué otra fuerza puede llenar, semana tras semana, el estado Santiago Bernabéu de Madrid con capacidad para 80.000 espectadores o la pista Philippe Chartrier donde se juega el Roland Garros? ¿Qué evento humano puede ser visto por mil millones de personas como lo fueron las Olimpiadas de 2024? Toda referencia salta por los aires frente a la atracción del deporte.

         No se puede argumentar diciendo que todo es cuestión de dinero. Sí lo es, en una parte notable porque donde hay masas humanas hay negocio. Es también cuestión de humanidad: superación en los límites, rivalidad nacional, belleza física, etc. El deporte está enraizado en las entrañas de lo humano y cumple muchas funciones sociales. De ahí que tenga tal arraigo en la sociedad y que sea una realidad llena de valores y contravalores.

         Aunque muchas disciplinas deportivas son individuales, en realidad hasta en tales casos se depende de otras personas que, con frecuencia, quedan en la sombra. Un deportista aislado no existe. El deporte es en sí mismo relación, logro compartido, equipo. Únicamente en el terreno común del deporte son capaces de convivir dos países que están en guerra o dos facciones que se odian. Cuando compiten, se dejan de lado los agravios. En ese sentido las treguas olímpicas son profecía de tiempos benignos para una relación humana. Y es lícito aspirar a que  el deporte pueda tender puentes, derribar barreras y promover relaciones pacíficas.

         Algo que empieza a oírse son los social running, la revolución de correr en grupo conel objetivo de fomentar la interacción social y el apoyo mutuo. El número de participantes sigue aumentando.

         La vida está entrelazada de grandes prejuicios que influyen en las relaciones humanas de manera evidente. Tales prejuicios impiden ver al otro como es y llevan directamente a su exclusión. Es el Caín que llevamos dentro actuando con virulencia. Pues bien, el deporte puede aminorar estos impulsos negativos y contribuir a una convivencia pacífica. Para ello habrá que ser firmes en la eliminación de la violencia de los estadios y en la persecución de los sembradores de odio que se esconden cobardemente en el anonimato de la multitud.

         El deporte es en sí mismo un aprendizaje para la asunción de límites porque cada marca que se supera, aunque sea mínimamente, abre la puerta a una nueva posibilidad. Esto queda de manifiesto en los deportes paralímpicos donde las dificultades se extreman y los logros brillan más por el redoblado esfuerzo que hay que hacer para conseguirlos. La utopía cobra cuerpo en la realidad deportiva de quien se supera por encima de enormes limitaciones.

         Se entiende entonces que el deporte pueda ser comprendido como un sacramento de superación de límites, algo necesario en muchas situaciones de la vida. Los límites atosigan el caminar humano y se precisan dinamismos que ayuden a superarlos. No solo es cuestión de establecer marcas, sino de sobrevivir con dignidad y de asimilar las situaciones sin que se quiebre nuestra humanidad. El deporte es lenguaje de posibilidad y de logro.  Cada deportista, a través de la disciplina y el compromiso, nos enseña que con fe y perseverancia podemos alcanzar metas que nunca creímos posibles. Este mensaje de esperanza y valentía es crucial, especialmente para la juventud.

 

2. El sacramento de los conciertos y festivales de música

 

         Sobre todo durante el verano, y por toda la geografía, se celebran multitud de conciertos de música que concitan cifras abultadas de jóvenes participantes. Los atraen hasta el punto de que se habla de una nueva cultura musical. Pero, ante todo, es un fenómeno social que nos está indicando algo. Efectivamente, los festivales de música se han convertido en un motor que impulsa una forma de relación. La música es la actividad que más apasiona a una gran parte de la población y es una de las acciones en las que más tiempo invierten los jóvenes. Estos festivales se muestran como un tipo de experiencia que atrae al público y una oportunidad para que las marcas se promocionen y conecten con ellos en una relación que va más allá de la mera transacción. También todo esto tiene un lado de negocio.

         Porque, profundizando en la cuestión, de lo que se trata, los jóvenes mismos lo dicen, es de tener una experiencia y no solamente de asistir a un concierto. Así es,los eventos y, en concreto, los festivales de música son lugares muy adecuados para ofrecer vivencias memorables al público. Al ser la música en directo su principal reclamo, su carácter efímero los convierte en celebraciones singulares e irrepetibles y el lugar perfecto en el que producir sobre el espectador un estado emocional y experiencial que redunda en sus propias respuestas.

Esta experiencia llega a ser tan intensa que, para muchos de los participantes en estos eventos, se convierte en un estilo de vida. Los llamados “swifties”, seguidores de la cantante Taylor Swift, tienen comportamientos comunes por los que se identifican y se definen. Mirar todo esto con una mirada desconfiada que llega a descalificar sin más esta clase de comportamientos es, tal vez, situarse en la superficialidad.

Hay aquí un componente sacramental, algo que apunta en una dirección. Quizá sea que se ha descubierto algo del gozo compartido en torno a la belleza.  Los sacramentos oficiales han sufrido un proceso de momificación ritual que, para muchos, los hace irrelevantes e increíbles. Estas otras maneras vuelven a conectar con la belleza y el anhelo de lo hermoso, con la comunidad que disfruta y la fraternidad que se establece en el gozo. Cuando en uno de estos eventos un cantante ofrece su música y decenas de miles acompañan su canto, porque se lo saben todos de memoria, se establece una formidable conexión en la vivencia de algo profundo, la belleza que anhela el alma.

Quienes no están en esta honda, contemplando las imágenes que nos ofrece la tv, miran de reojo a las asambleas dominicales, escasas de gente, poco vibrantes, en una medida indudable rutinarias, y anhela ese tipo de reunión donde se vibra con el canto, se establece una comunión en lo bello y se sale con el alma reconfortada. Habrá que preguntarse cómo esto puede influir en la vida. Pero lo vibrante de la experiencia existencial marcará más que una apagada experiencia religiosa.

 

3. El sacramento del turismo

 

         Podría parecer que llamar “sacramento” al turismo es una banalidad. Pero a algo apunta esa realidad tan sorprendente. Para hacernos una idea pensemos que en 2024 han visitado España nada menos que 91 millones de personas, el doble de toda la población del país. Y esto ocurre a nivel mundial: el conjunto de la tierra es el escenario donde se mueven las personas y se puede decir que casi no existen ya, como antaño, los lugares inexplorados de la tierra. Hoy todo es visitable hasta el último rincón del planeta.

         ¿Qué se busca con este inmenso trasiego? Una variedad de experiencias: descansar del estrés que acompaña la vida moderna, relajarse, contemplar; conocer estilos de vida diferentes que expliquen un poco el propio; realizar actividades de un cierto riesgo que generen la adrenalina; vivir lo exótico para salir de la mediocridad; creerse distinto por haber tenido acceso a lugares únicos; etc. Toda una serie de vivencias que tienen como denominador común, leído positivamente, que lo otro puede explicar lo mío, que en lo de fuera puedo encontrar el sentido de lo de dentro. ¿Es acertada esta orientación?

         La mayor parte de las personas que viajan no se hace explícitamente esta clase de preguntas. Esto depende de dos actitudes: quienes hacen turismo con apertura a la realidad nueva que viven y quienes siguen encerrados en lo suyo y no miran más que en su propia dirección. Es decir, para asimilar humanamente la antigua pasión por viajar a marcos distintos es preciso tener activado el sentido de familia y de pertenencia a lo humano. Por eso mismo, muchos itinerarios se viven “a ciegas” y su fruto humanizador es escaso.

         No es óbice para todo esto decir que el turismo sea, ante todo, un gran negocio, que lo es. Como tal se ofrece y como tal se compra. Pero más allá de este imponderable, están las búsquedas humanas, su irrefrenable anhelo de andar los caminos, de conocer tierras que no son propias. El caminante primordial sigue vivo en los pliegues del alma de la persona moderna y mediatiza sus opciones de ocio, sus viajes. En nuestra diversificada sociedad hay personas que no tienen posibilidades económicas para viajar. Eso se considera un déficit, un índice de pobreza, porque el viajar pertenece a lo humano, como el comer o el ser amado.

         Desde esta perspectiva será más fácil poder entender la carga de sacramentalidad del turismo. Atesora una capacidad de intercambio vital porque, a la postre, el encuentro con el otro se da, de una manera u otra, siempre que se viaja. Incluye también la certeza sacramental de que la confluencia en lo humano es lo que satisface el corazón. Los mejores recuerdos de un viaje son aquellos que giran en torno a encuentros humanos. Y, como hemos dicho, el turismo apunta a la pertenencia a la familia humana. Quien visita los lugares de otros humanos, además de valorar más el suyo, va aprendiendo a entender la casa común de la tierra como casa compartida. El difícil futuro de nuestro planeta, tan amenazado, encuentra en la espiritualidad de la familia humana una garantía de que tal futuro no será un desastre, sino un logro.

         Efectivamente, mientras se viaje, el futuro humano será preservado. Causa sorpresa ver que en la era de la tecnología, en la que uno no necesita moverse de casa para que le lleven a su puerta todo lo que precisa, las cifras de turismo se disparen como nunca. Eso denota lo dicho: viajar pertenece a la esencia de lo humano, se haga de una manera o de otra. Porque el corazón humano tiende a salir, a relacionarse, a amar. Y esa pulsión garantiza días de humanidad, incluso cuando todo parece decirnos lo contrario. Mientras haya viajes habrá esperanza.

 

 

VI. LA CULTURA

 

         Siempre se le ha reconocido a la cultura el valor sacramental de llevarnos al espíritu, a la interioridad, al pensamiento elaborado. Más allá de los avatares de hoy, el pensamiento sigue teniendo su prestigio. En los escenarios de pensamiento se palpa una indudable carga de sacramentalidad.

 

 

1. El sacramento del día del espectador

 

         En muchas ciudades el miércoles es en los cines el “día del espectador” en el que la entrada se vende a un precio más asequible. Atribuir a este hecho una significación sacramental podría parecer a muchos algo impropio. Pero, tomándolo desde el principio, hay que decir que el cine además de diversión es también cultura. Facilitar su acceso a toda la ciudadanía puede ser lenguaje de compartir algo que afianza el camino humano.

         Podría dar la impresión de que, debido a la multiplicidad de formatos, ir al cine es costumbre de jubilados. Y, ciertamente, son ellos quienes más se benefician del día del espectador (quizá también porque muchos pensionistas tienen economías sencillas). Pero es que el cine (como el libro, la tv y, más recientemente, las series) está buscando su nicho propio que no será tan amplio como lo ha sido hasta ahora pero que estará ahí. Por lo que se puede decir que el cine goza de buena salud y que situar ahí un gesto, un sacramento, de participación ciudadana es algo que tiene poder de evocación.

         Efectivamente, además de la diversión, para muchos espectadores el cine es cultura y aprendizaje social.  En el cine se va aprendiendo a gestionar muchos comportamientos sobre todo en materia de opciones de vida, sentimientos y resolución de conflictos humanos. La sacramentalidad que atribuimos al día del espectador es, en pequeña pero significativa medida, una manera de ir entiendo los azarosos e intrincados caminos del vivir.

         Ocurre que el pequeño “cineforum” que se monta en la escalera del cine a la hora de la salida se prolonga en un café tomado con calma a continuación. Es como una liturgia de la palabra que se aplica a la película vista: se dialoga en grupo sobre los gustos, los matices, las ideas y los planteamientos que se derivan de lo narrado en la pantalla. Es parte del sacramento facilitado por el día del espectador el poder juntarse a hablar de algo que nos ha conmovido o, simplemente, interesado.

         Esta actividad resulta tan provechosa que, sin pedírnoslo nadie, hacemos propaganda de la película por el sencillo pero eficaz método del boca a oreja: se va invitando a ver la película que nos ha gustado o nos ha aportado alguna luz para leer mejor las situaciones de la vida. De esta manera, el sacramento del día del espectador multiplica su eficacia y su bondad en círculos concéntricos. El éxito de no pocas películas se basa en este peculiar sistema de marketing. El sacramento multiplicado es síntoma de que se ha acertado, bien lo saben los productores de cine.

         Hay personas que practican el método del “día de después”: se reúne a los días para comentar, a veces con un experto en cine, la película que les gustó. Retomar lo visto mediando la reflexión y contrastándolo con el diálogo deja ver que, efectivamente, el cine es vehículo de cultura y lugar de aprendizaje. Tal vez este proceso no se habría desencadenado si no se hubiera dado el día del espectador. Da igual que la motivación sea inicialmente económica. Se ha transformado en algo distinto, de mucha más hondura.

         He aquí pues la sacramentalidad de la oferta de bien, la belleza y la profundidad que acompaña al sacramento del día del espectador. Nunca lo habríamos creído si no hubiéramos reflexionado sobre ello. Los caminos simples de vida tienen una profundidad de la que, a veces, no somos conscientes pero contribuyen a responder a la pregunta que se hacía el poeta Gottfried Benn: “¿De dónde brotan el bien y la belleza?”. Pues de los caminos sencillos del compartir humano.

 

2. El sacramento de las exposiciones de arte religioso

 

         Mientras la asistencia a las misas desciende vertiginosamente, más de 11 millones de personas han visitado la exposición denominada “las Edades del Hombre” en sus 27 ediciones. Es decir, se abandona la práctica religiosa pero se acrecienta la valoración del arte religioso. Es algo difícil de entender en una época secularizada como la nuestra. Por eso mismo, los responsables de las Edades del Hombre han orientado sus exposiciones a la presentación de la espiritualidad cristiana desde el lado inhabitual del arte.

         ¿Qué es lo que valora la gente común? ¿Lo artístico técnicamente entendido? Posiblemente no solo eso. Valora, de algún modo, la experiencia religiosa que está detrás de las obras de arte. Lo que no se ve conecta con el alma del visitante que vuelve reiteradamente a esta clase de eventos. La experiencia religiosa a la que apunta este sacramento está ahí y conecta con la del visitante. En medio de una sociedad crecientemente técnica y éticamente gaseosa, la sensibilidad por lo espiritual permanece incluso en personas que han abandonado ya el componente religioso explícito.

         Pensamos también que esta clase de sacramento plantea agudamente el problema del lenguaje religioso. El lenguaje oficial se ha esclerotizado y muchos lo han abandonado. Otro lenguaje más secular, más conectado con valores comprensibles como la belleza, menos sujeto a normas morales y religiosas encuentra eco entre la ciudadanía de hoy. No es, pues, importante solamente lo que se dice sino también cómo se dice. Y las exposiciones de arte religioso han encontrado un lenguaje que, por lo que sea, conecta con el público.

         Esta clase de eventos tienen también sus límites. Miran mucho al pasado puesto que del pasado se nutren. La propuesta ideológica que sustentan las obras de arte se configura en tiempos en que la sociedad y la Iglesia eran muy distintas. Pocas veces aparece una obra de arte religioso moderno en estas exposiciones. Además y por ello su discurso es muy dolorista y leen los relatos bíblicos de los que se nutren de modo muy historicista. Pertenecen a una época ajena a los géneros literarios y la lectura crítica de la Biblia.  Todo ello hace que la experiencia religiosa con la que se conecta esté situada en parámetros precientíficos con lo que su recorrido no puede ser muy largo.

         Intentando leer con más profundidad veremos en estos acontecimientos una especie de sacramento de lirismo y de mística. La misma elaboración artística de las obras ofrece al visitante una belleza plástica que los ritos sacramentales oficiales ya no tienen porque se elaboran en modos con frecuencia, empobrecidos. La exposición con su hermosa presentación proporciona una indudable belleza. Y también sugiere un camino místico, un bullir de algo que quizá esté dormido pero que sigue habitando en los pliegues del alma.

         De cualquier manera, si la fundación Edades del Hombre sigue apostando por este camino después de tantos años, eso quiere decir que ese formato sigue siendo un cauce social de conexión con la ciudadanía de hoy en un terreno que no solamente tiene que ver con el arte, sino también con la religión. Otro paso de más profundidad sería ver si existe vínculo con la experiencia cristiana explícita. Posiblemente no es eso lo que se busca.

 

3. El sacramento de los conciertos de música religiosa

 

         Creíamos que en esta época crecientemente laica la música religiosa clásica estaba condenada al ostracismo. Pero resulta que nunca como ahora ha habido un número tan grande de coros, de desigual calidad, que la cultivan. También nunca como hoy han abundado los conciertos de música religiosa que se ofrecen, generalmente de modo gratuito, no solamente en los clásicos momentos de Navidad o Cuaresma, sino también a lo largo de todo el año. En plena época secular sigue sonando la música del místico T. L. de Vitoria, o el lirismo del barroco Händel o el delicado Pergolesi. Algo de esa música es “sacramental” porque sigue emocionando al escuchante y continúa alimentando su espiritualidad.

         Podría parecer que en nuestro tiempo no hay hueco para la inútil belleza, que solamente el brillo de las nuevas herramientas tecnológicas despierta pasiones (así lo dicen las colas que se forman a la hora de conseguir el último móvil que sale al mercado). Pero no es así: en la pequeña iglesia del barrio una coral humilde desgrana melodías de los clásicos con mejor o peor fortuna. Un auditorio atento les escucha y disfruta de aquel regalo, de aquel sacramento que les dice que el consuelo de la música siempre ha logrado llevar un poco de paz al corazón de los humanos.

         El encanto de la música salta las barreras del tiempo, de los estilos, de las lenguas. Y se da el milagro de que, sin entender lo que dice, pero intuyéndolo, el Pie Iesu del Réquiem de Fauré, tantas veces escuchado, lleva al borde de las lágrimas al anciano que atisba la meta final de su largo camino. Y, cosa que maravilla, la música no le causa pesadumbre sino que le alienta a vivir cada momento como un regalo inesperado. De esa manera, la música religiosa antigua se convierte en sacramento de belleza y de aliento.

         Es que la belleza que desprende la música es una de las puertas que se abren al misterio. El caminar humano se vive, con frecuencia, entre sombras, en el no saber del viento que sopla donde quiere e ignoramos de dónde viene y a dónde va. Mucho del secreto de la existencia se nos escapa como la arena de la playa entre los dedos. Pero la música nos dice que el misterio sigue ahí, que lo que te supera también hace parte de ti, que lo que no conoces es lo que te entiende a ti. Y el ser humano se ve atraído por el misterio porque intuye que ahí está el secreto. Y aunque no logre entenderlo, ese torbellino le atraerá siempre. Lo que no se sabe expresar es lo más verdadero.

         Cantar en coro es una forma distinta de cantar. Es necesario aprestarse a una obra común; no es canto para solistas, sino para una comunidad de personas que suma voces y corazones. Hay que cantar escuchando al otro, porque el otro y su vida hacen parte del conjunto cuando se canta. Incluso quiere englobar al otro que escucha porque no escucha como quien no se implica, sino como quien hace parte de esa aventura. De ahíque, casi siempre, la música antigua se ofrezca al pueblo en modos corales, maneras humildes que no necesitan valiosos instrumentos ni aprendizajes técnicos exquisitos, sino simplemente la ofrenda de un esforzado ensayo con la humilde y común herramienta de la propia voz. La anhelada armonía con todo lo creado se hace profecía en la belleza del canto que se saca del arca como imprevisto regalo.

 

 

VII. LA LITERATURA

 

         B. Brecht dijo que los suyos no eran buenos tiempos para la lírica. Pero hasta en las épocas más grises de la historia, la lírica y la narración no han dejado de deslumbrarnos con su luz y su verdad. Tocan el lado más hermoso de la compleja realidad del corazón. Por eso siguen vivas.

 

1. El sacramento de la poesía

 

         Siempre ha estado ahí. Pero en nuestros tiempos, la lírica goza de estupenda salud. Una legión de poetas y poetisas nutre la vena lírica. Podemos decir que este sí que es un verdadero siglo de oro de la poesía en español. No echamos las campanas al vuelo: la literatura poética ha sido, en general, cosa de minorías. Pero hoy son estas más numerosas que nunca y la oferta poética es variada. Las viejas generaciones de grandes poetas (Brines, Valente, etc.) son sustituidas por jóvenes que toman la antorcha y extienden la luz (Valero, Herrero de Miguel, etc.).

         Resulta de una superficialidad inaceptable entender la poesía como mero adorno, como pasatiempo para veladas de entretenimiento. La poesía, la buena, es una herramienta hermenéutica porque trata de interpretar la realidad y, además, lo hace con palabras ajustadas y hermosas. Como las otras ciencias, incluso las exactas, la poesía quiere decirnos qué sentido tiene la vida humana y qué pintamos los humanos en esta historia. A veces lo consigue. Y cuando a eso se suman sus atinadas palabras, la luz se abre paso en el caminar humano. Remedando a G. Celaya habría que decir que la poesía es necesaria como el pan de cada día.

         Entendemos que aunque el artificio literario sea importante, lo decisivo es el contenido poético. De ahí que un breve poema puede incluir toda una lección de humanidad y aun de teología. ¿Cuántos han leído y cantado “La saeta” de A. Machado? ¿Cuántos se han emocionado con el Jesús “que anduvo en la mar”, además de con el “del madero”? ¿No logra el poema un estremecimiento que no consigue la docta clase de teología? Menospreciar el potencial de la poesía solamente puede ser fruto de la ignorancia.

         Para captar esto es preciso vivir en estado de poesía que no quiere decir que uno sea capaz de escribir sublimes versos, sino que hace referencia a un estado interior capaz de captar la belleza pensada y dicha por otros y otras y temblar con el mismo estremecimiento de quien ama. Si se tiene esta inclinación se podrá captar el mensaje del poeta que ha tenido similar sacudida y ha logrado expresarla con bellas y atinadas palabras en un poema. Y para ello se necesita una mirada que ahonde en la realidad, que no se quede en las redes de las apariencias.

         Por todo lo dicho no extrañará que atribuyamos a la poesía el carácter de sacramento de luz y también de honda vibración. Es sacramento de luz porque un poema inspirado emite una luz capaz de iluminar las sendas del caminante haciéndolas más transitables. La trayectoria humana, además de acompañantes, necesita personas luminosas en la pertinaz búsqueda del sentido. Y, además, la poesía es sacramento de honda vibración: toca esos resortes del fondo que pueden hacer más fácil de sobrellevar el camino humano incluso en los momentos de más perplejidad y desconcierto. No decimos nada extraordinario si afirmamos que la poesía ha sido casa de desvalidos y desconcertados donde no pocos han recuperado el rumbo.

         Por eso mismo, el uso de la poesía para hablar de la experiencia de fe es imprescindible. Una fe carente de lírica echada en brazos de los códigos ideológicos y morales termina por ser algo que no emociona a nadie. Y así resulta más complicado contagiar una mística. El buen catequista sabe que en la poesía tiene una herramienta de primer nivel porque así lo es también en cualquier oferta del corazón.  Bien dijo el citado G. Celaya que la poesía es un arma cargada de futuro. Arma para el bien, nunca para la muerte.

 

2. El sacramento de la novela

 

         La narrativa, en sus múltiples formas, conecta y elabora vivencias que, en muchos casos, son comunes. Ya decía M. Proust que las novelas desencadenan en nosotros, por una hora, todas las dichas y desventuras posibles, de esas que en la vida tardaríamos muchos años en conocer unas cuantas, y las más intensas de las cuales se nos escaparían, porque la lentitud con que se producen nos impide percibirlas. Hay quien piensa que el género novelístico no merece la pena por su alto nivel de imaginación y fantasía. Pero olvidan la similitud de situaciones y, sobre todo, no miden el hondo acompañamiento que ofrecen a la vida. La vida sin ellas sería una soledad.

         Narrar ha sido una actividad humana desde la noche de los tiempos. La andadura de los mortales se inició con narraciones míticas, como el diluvio, que trataban de explicar el sentido de la vida. Por eso, contar es vivir. Hay quien se vanagloria de no haber leído nunca una narración, un libro de viajes, etc. Creen que eso es una pérdida de tiempo porque las novelas entran en el terreno de la fantasía, algo que no es real. Quizá en parte tengan razón. Pero si no se narra, la vida se vuelve plana, irrelevante, anodina. Los niños y niñas  quedan encantados con las narraciones porque para ellos vivir y narrar son tan equivalentes como necesarios.

         La misma Biblia contiene narraciones de todo tipo. Hasta incluye en su índice algunas novelas (Rut, Ester, Tobías, etc.). Sin narración no habría ni siquiera evangelios. Porque expresar lo inexpresable en una narración es quizá emplear la mejor de las herramientas. Cierto que el lenguaje narrativo tiene sus peligros, el más llamativo el historicismo que atribuye objetividad histórica a una narración inventada y que hace depender de esa objetividad el valor del relato. El buen lector de la Palabra habría de sortear esos peligros y surfear sobre la narración para apuntar a lo profundo del texto.

         Toda narración, las mismas novelas, pretenden, de alguna manera, meter al lector en el acto de lectura porque, como decía J. L. Borges, “una literatura difiere de otra, ulterior o anterior, menos por el texto que por la manera de ser leída”. Esta inmersión lleva a creer que lo que pasa en la narración, por muy extraño que sea, conecta con algo del lector. Se entabla con el texto una especie de parentesco que no es otro que el que proviene de la experiencia humana de la vida. De ese modo la lectura se convierte en un acto de comunión. Todo esto obra en el fondo de la hermosa tarea de leer.

         Es verdad que la narrativa, como toda actividad humana, tiene un inevitable lado comercial y que muchas lecturas se imponen la persona que lee por campañas de marketing diseñadas al margen de la calidad literaria de la obra. Es un pesado tributo que hay que pagar al dios mercado. Pero también el lector tiene su autonomía y su conexión vital con la narración le llevará a discernir y elegir entre la narración de mercado y la que nutre su espíritu.

         Por todo lo dicho, entendemos las novelas como sacramento de experiencias ofrecidas, de zurrón abierto. Tanto el escritor como el lector ponen en común, cada uno desde su lado, las experiencias de vida que tienen y que confluyen en el escenario de la narración. La del autor es el libro; la del lector lo que pasa en su corazón, intangible pero real. Y en esa comunión brota la admiración, la belleza, el consuelo, la reflexión, la quietud, etc. Por lo que entender la producción literaria y las novelas en particular como cargadas de sacramentalidad no nos parece exagerado.

 

3.  El sacramento de los ensayos que enseñan a amar

 

         Los ensayos son otro género literario. Normalmente comprenden sesudos análisis de temas que superan al común de los mortales. Pero hay ensayos que se escapan de esta norma como del I. Vallejo, El infinito en un junco (Siruela). Es un libro, auténtico fenómeno editorial, que trata del amor a los libros en las antiguas culturas de Grecia y Roma. ¿Por qué este libro tiene tan universal acogida? Porque habla de amor con amor. Habla de un amor a una cultura que trasciende el límite de los años. Pero el amor llega a saltar la barrera de los siglos. Y esto lo hace la autora con un lenguaje que encandila y envuelve al lector. Es un tipo de ensayos que enseña a amar.

         Efectivamente, el amor  atraviesa el tiempo, de tal manera que puede ser sujeto del mismo una persona o una realidad que históricamente esté situada en tiempos lejanos. No se trata del conocimiento técnico o de la especialización histórica. Se trata de captar lo lejano con amor y percibir que, salvadas las distancias, la mecánica del amor se repite hoy más o menos igual. Entonces es cuando aparece la sacramentalidad que envuelve y se mezcla a todas las situaciones vitales.

         Este mensaje de la pervivencia del amor sigue transitando por todas las veredas humanas. Porque la fuente del mal todavía mana en abundancia creemos que sigue siendo el señor de la vida. Pero son el bien y el amor los que sostienen al mundo. Y son sacramento de ello los libros que desarrollan sistemáticamente tal certeza. Por eso mismo, siendo textos de ensayo se convierten en lírica profunda donde se canta lo más noble que tenemos en la vida.

         Este tipo de contribuciones humanas quizá quiera decir algo de mayor profundidad: que la vida está envuelta en el misterio y que es un error quedar enredados en lo superficial sin llegar a ese misterio que denominamos amor, bien o Dios. Una vida “misteriosa” tiene que ser, sin duda, una vida que anhele y cante al amor. Hay mil razones para descreer del amor. Mantenerse en él, profesar una fe inconmovible en el amor que mueve el cielo y las estrellas, como decía Dante, exige algo más que una lírica de salón. Demanda la certeza de que nos envuelve un secreto designio: la meta y el sentido de lo que vive estriba en amar.

         Esta clase de ensayos de profundo aliento los pueden escribir contadas personas. Pero los demás podemos hacer nuestro el canto de los autores cuando leemos su libro, cuando lo meditamos, cuando lo disfrutamos. Cuando la lectura de un largo ensayo va agotando sus páginas y sentimos que se acabe es señal evidente de que ha producido en nosotros parte del fruto deseado y de que la intención del ensayista se ha cumplido. Hacer nuestro el amor de otros es también una forma de amar. Por eso mismo, puede ser entendido este fenómeno como un sacramento de amor y de ánimo para hacerlo perviviente en el hoy.

 

VIII. LA MÍSTICA

 

         No es una realidad de otra época. La mística es el bullir del alma, lo que hierve dentro, el corazón que late, las razones que uno tiene para no dejarse llevar por la pereza y la depresión. La mística es tener los ojos abiertos y un sentido aguzado de la horizontalidad para vivir con alma en el hoy de la historia.

 

1. El sacramento de las comunidades cristianas populares

 

         Surgieron en la década de los setenta y para muchos son historia. Maltrechas, mermadas, ignoradas, abandonadas y hasta perseguidas por la jerarquía, siguen estando ahí.

Pongamos un ejemplo: un grupo de cristianos y cristianas se reúne en la cocina de un piso un viernes por la noche para su reunión semanal en torno a la Palabra. Se autodenominan “comunidad virtual”. Las reuniones se viven con gozo y, al concluir, vuelven a casa con el corazón reconfortado. Ayudan a la identidad del grupo, crean comunidad, impulsan la cercanía vital de sus miembros. Quienes soportan más el peso de la vida, la enfermedad, la soledad, la depresión, son los que salen más reconfortados. Se procura que encuentren en la celebración ánimo, fuerza y consuelo. En estos grupos no menguan las ganas de volver a reunirse, no hay crisis de asistencia ni de participación. Aunque algunos las motejen de "eucaristías sectarias" reciben a quien quiera participar, sin requisitos, sin pruebas de acceso, con el gozo de acoger, más si cabe en el caso de que sea alejado o increyente.

         Tienen un aliento de fe distinto, y de ahí su sacramentalidad. Manejan una mística horizontal, aquella que entiende que el mundo es el lugar de la adoración de Dios. Estas personas se resisten a transferir a la oración el encuentro con Dios y a apartarse o negar, del modo que sea, al mundo como condición necesaria o como camino de dicho encuentro. Para ellas, Dios emerge en la mismísima densidad de las cosas, personas y acontecimientos, y es ahí donde sienten que quiere ser escuchado, servido y amado. El mundo y la historia, lejos de ser obstáculo para el encuentro con Dios, se convierten en su mediación obligada.

        Siembran distinto y cosechan distinto. Corre por internet una frase atribuida a A. Einstein que tiene miga: “Si buscas resultados distintos no hagas siempre lo mismo”. Si viendo lo que vemos (abandono de la práctica religiosa, poca credibilidad de la Iglesia, envejecimiento de la Vida Religiosa, lejanía del hecho social, etc.), seguimos con las mismas “siembras”, tendremos similares cosechas. ¿Cómo sembrar otra cosa? ¿Qué es lo que habría que sembrar? ¿Podemos realmente hacer otra siembra a la que no estamos acostumbrados? ¿Existen fórmulas eficaces para poder sembrar otra cosa? ¿Cómo entrever la posibilidad de una pastoral distinta?

         El que la sacramentalidad de estas comunidades vaya emparejada con la humildad y el despojo no es síntoma de pobreza, sino de verdad. La Iglesia reducida y humilde que profetizaron grandes teólogos que, devenidos papas, abandonaron, se da en estas comunidades. La fe pobre es la fe del futuro y de ello son profetas no escuchados.

         Entre sus valores está ser sacramento de una eucaristía nueva. La mesa grande es la mesa de la oración y de la celebración. Nadie se inquieta por la ausencia del sacerdote. Se comparte la Palabra y se toman el pan y el vino en recuerdo de Jesús. Así, semana tras semana, mes tras mes, año tras año. Se celebra a Jesús en la certeza de que no se está solo, de que otros grupos perdidos en la ciudad viven lo mismo sin la preocupación de si lo que se hace es legal o no. Son las "misas sin misales".

         Llegará un tiempo en que sean escuchadas, el tiempo distinto de una comunidad cristiana diferente, sueño que, en épocas como las nuestras, se ralentiza. Pero conoceremos otras épocas más proclives, más espirituales. A eso apunta el signo de las comunidades pobres que habitan el subsuelo de la ciudad. Siembra de una mística nueva.

 

2. El sacramento de la presencia en los infiernos

 

         Dios está en los infiernos, en las trincheras, en los lugares de destrucción. Está en la mediación de muchas personas que se entregan a la causa de los humildes. Está en los campos de refugiados donde se resiste por la mera supervivencia; en los lugares de violencia donde las balas andan sueltas; en los escenarios de muerte tóxica y contaminante cuando se expolia la tierra llevándose lo bueno y tirando los desechos. Decía I. Calvino que el infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure y dejarle espacio.

         Quienes ocupan las trincheras en los infiernos mezclan de manera palpable los dos componentes de los que, según los autores, se compone el seguimiento de Jesús: el místico y el situacional, la mirada incansable al Jesús del evangelio y la que se posa de manera no menos fiel sobre la realidad. En esas dos raíces está la fuerza para sostener las luchas, siempre desiguales, de las que hacen parte y el ánimo suficiente para liderar causas que, no pocas veces, se dan por perdidas. Queremos decir que los habitantes de los infiernos son los verdaderos hijos del Dios que está en los infiernos.

         Aun así, lo que llama más la atención es su fidelidad al pueblo. Nunca lo abandonan, aunque él los abandone. No maldicen de él, aunque nadie les agradezca su entrega ni reniegan de la poca colaboración que reciben, aunque en numerosas ocasiones se sientan solos. Han hecho voto de pueblo y su pasión por él nunca se ve quebrada del todo. Pocas veces su fidelidad se ve recompensada. No se alteran porque no trabajan por lograr una recompensa, sino por la dicha de quienes esperan justicia.

         La suya es una vida arriesgada y el riesgo es la firma de su opción. No extraña que la amenaza sea compañera de viaje y la muerte aceche literalmente su camino. Hay quien sucumbe a tal combate. Pero ese temor no les frena en su decisión de permanecer en la trinchera y de seguir construyendo la vida. Son sacramento de vida a costa de la suya. Para sortear la guadaña padecen, a veces, duros exilios.

         Nada de esto sería posible si, en el fondo, no fueran personas convencidas de la dignidad humana y sobre todo la de aquellos en quienes tal dignidad se encuentre velada o menospreciada. Su lucha no es solamente por un problema concreto, sino también y sobre todo es por la dignidad de las personas. Ese es el dogma central y a veces único de su credo vital. Así se explica que quienes pisotean la dignidad los tengan siempre en el punto de mira.

Estos habitantes de las trincheras que están los infiernos son sacramento de vida ofrecida. No ponen requisitos para acceder a tal sacramento. Basta querer darse al pueblo del que se sienten hermanos y hermanas fieles. Quien quiera puede comulgar en tal sacramento si anida en él la sed de justicia. Por eso mismo se constituyen en amparo para quien está amenazado y eso les lleva, no raramente, a sufrimientos notables, a riesgos que, a veces, acaban mal. Se han acostumbrado a vivir con la muerte en los talones porque anida en ellos el irrefrenable anhelo de la justicia. Todo esto no es lírica, sino pura literalidad.

 

3. El sacramento de los nuevos orantes

 

         Hay orantes de siempre, los contemplativos y contemplativas. Siguen con su benéfica tarea, aunque ahora también, como todos los grupos religiosos atraviesan el desierto de la carestía vocacional. No nos referimos a ellos, sino a esas personas, laicas en su mayoría, que en lo cotidiano navegan por aguas espirituales profundas, practican la meditación y la oración en largos espacios diarios, se interesan por los caminos adultos de la fe. Son personas responsables en su profesión, llevando una vida en familia, con amigos. Anida en ellos el anhelo de lo que está más allá de los límites, del rostro del Otro. Creíamos, equivocadamente, que esto pertenecía a otra época, pero no es así: los orantes viven también en la ciudad secular.

         No son gente enajenada. Fruto de una fe cultivada paso a paso, han llegado a intuir el rastro de Dios por lo humano y se han lanzado con dedicación a esa búsqueda anhelando un encuentro. Han sucumbido a algo que se les ha entregado y lo hacen con amor. Han llegado a ver con claridad que, para ellos y ellas, no hay otro fuera del Otro y cultivan esa presencia con tesón. No emplean caminos raros, sino los que siempre ha utilizado la comunidad cristiana. Ahondan, meditan, oran, se abren. Son los místicos sembrados en las calles de la ciudad. Quien preguntara si son muchos plantearía una cuestión poco pertinente pues en esto la cuestión del número es lo de menos.

         Estamos ante las búsquedas espirituales de siempre, pero con un arraigo antropológico de hoy. Entienden la Palabra, el silencio, los sacramentos en modos laicos, sin más necesidad del clero que la estricta. Es otro cultivo y otra cosecha. Profetizan con su vida un futuro espiritual nuevo, el futuro de una fe liberada de estructuras clericales abierta al corazón del mundo. Aunque no cuenten mucho en el escenario eclesial, son el futuro.

         El silencio es su aliado. No meten ruido, no aparecen en los boletines eclesiásticos, no son objeto de simposios teológicos. A ellos ni se les ocurre demandar un sitio relevante. El silencio es su hábitat y eso les hace fecundos. Participan en la vida de la comunidad parroquial sin renunciar a su búsqueda. Eso les lleva a vivir como en un segundo plano, aunque en realidad están viviendo en la avanzadilla del anhelo humano. Su voz se escucha en su propia oración y, desde ahí, se oye en el corazón del mundo.

         Son sacramento no solamente de la búsqueda de Dios, sino también de la de ser buscados por él. Así reflejan el hondo sentir de la vida que tiende a su plena expansión cósmica: llegar a la hondura de lo creado en la contemplación de su creador. No se imponen a nadie y, con frecuencia, ni siquiera ofrecen su experiencia como si fuera una mercancía. Ellos viven su espiritualidad de la búsqueda en maneras generalmente sencillas de vida con una fe alimentada con los componentes elementales de la vida cristiana. Han respondido a llamada queda del espíritu porque han desarrollado una especial sensibilidad. Ocurre que estas maneras torpes de describirlos se iluminan cuando nos topamos con uno de ellos. Entonces es hora de acercarse a la tierra sagrada de quien olfatea lo divino.

 

 

IX. LA FE

 

         Hay signos sacramentales en el ámbito de la fe, además de los sacramentos oficiales.  Son vivencias de una indudable solidez aun en medio de esta sociedad gaseosa, como dice D. Innerarity. Aportan sosiego y luz al, a veces, atribulado camino del creyente de hoy.

 

1. El sacramento de fuera del templo

 

         Para un sector amplio de la ciudadanía el templo es una realidad rechazable porque significa el todo del hecho religioso. No lo pisan, si no es por estricta obligación social y lo que se cuece entre sus paredes no les incumbe. Cualquier cosa que huela a templo, a curas, les repele y les bloquea. Están dispuestos, en la sobremesa familiar, a discutir con un clérigo las ideas de una homilía. Pero no tienen ningún interés en escucharle tales ideas en la misa. El rechazo al templo visibiliza su postura frente a la religión. Si se quiere hablar de algo relacionado con la fe habrá que hacerlo fuera de sus muros.

         Es comprensible. El templo ha sido siempre dominio del clero y de su ideología. Ahí se ha dicho siempre lo que es preciso creer y lo que hay que hacer. De modo indiscutible se han impuesto unos valores que la sociedad de hoy no tolera. Por otra parte, pensar una religión sin templo, incluso físicamente, se le hace muy difícil al creyente. Desde los tiempos de la segunda hora de la fe (en la primera estaban las casas), el templo ha acompañado el itinerario vital de los creyentes. Una religión sin esta estructura, aun hoy día, resulta inimaginable.

         Sin embargo, ¿podría darse una religión sin templo? Es la gran pregunta de D. Bonhoeffer que aún colea: ¿Se puede estar ante Dios aunque no se diese ese supuesto? ¿Puede existir una fe sin religión? Son cuestiones de gran calado que, hoy por hoy, están respondidas de una determinada manera. No se puede vivir la fe sin religión, ni se debe, es la respuesta del creyente. No me interesa una fe religiosa y ni siquiera me interesa la religión, es la respuesta de una parte creciente de la ciudadanía.

         ¿Se puede sacar la religión del templo y que entre en diálogo con la sociedad sin perecer en el intento? Quizá se pueda si se encuentra una plataforma común para creyentes y no creyentes. Tal plataforma no podría ser otra sino la de la acción social: en el trabajo común por la dignidad y la solidaridad con los frágiles sociales pueden encontrarse ambas posturas. Esa fe social sería una manera de sacar a la religión del templo sin que perezca. ¿Por qué, aun hoy día, siguen vigentes textos como Laudato Si’ o Fratelli tutti? Porque están situadas en otro escenario que el religioso, el escenario social.

         Por todo ello la espiritualidad fuera del templo tiene una carga de sacramentalidad y de profecía. Apunta a un futuro posreligioso que ya está aquí. Es sacramento de un camino nuevo para la fe del creyente y para el correcto situarse de la espiritualidad en el conjunto de la sociedad. Todo esto se halla, todavía, muy en ciernes. Pero los comportamientos sociales son los que van marcando el paso. Son sacramentos en la penumbra en la que todo está por aclararse. Pero no hay duda de que por ahí apunta un amanecer.

Dice Ap 21,22 que en la nueva Jerusalén, en la futura ciudad de la fe, no habrá templo: “Templo no vi ninguno”. Se nos hace incomprensible una ciudad sin templo. Todavía se invierte mucho en construirlos y mantenerlos. Pero el vidente de Apocalipsis intuye que el futuro de la fe está en ruptura con el templo. “El Cordero” es el templo, los valores del evangelio.

 

2. El sacramento de la centralidad de Jesús

 

         Las muchas publicaciones sobre Jesús que aparecen en las mesas de cualquier librería están indicando que, cuando se trata de la fe católica, la cuestión clave es la persona de Jesús. La experiencia religiosa, que en épocas pasadas se ha vivido en formas dispersas y variopintas, ha experimentado la centralidad en la persona de Jesús. Desde el lado católico mucho de esto se debe al Concilio Vaticano II que ha impulsado de manera definitiva espiritualidades como la del seguimiento a Jesús haciéndola cimiento de una fe actualizada.

         Esto viene dado por el hecho indudable de que la formación bíblica que tiene el creyente de a pie, aunque aún sea perfectible, es la mejor que se ha tenido nunca. Sensibles a aquello que dijo san Jerónimo de que “ignorar las Escrituras es ignorar a Jesucristo” el pueblo cristiano se ha lanzado, en modos variados, a leer y profundizar en la Palabra. Ese es camino óptimo para situarse en la centralidad de la persona de Jesús. De ahí no se puede obtener sino beneficios.

         Muchos cristianos dicen que se han centrado más en Jesús porque lo comprenden mejor “como hombre”, según el clásico parámetro como hombre/como Dios, parámetro que habría de estar superado pero que aún sigue vigente. Cristologías como de la de J. A. Pagola o la de J. Lois han contribuido muy positivamente a un verdadero redescubrimiento de la persona de Jesús. De tal manera que se puede hablar de Jesús como sacramento del encuentro entre Dios y la persona (así lo decía hace muchos años E. Schillebeeckx).

         La teología oficial se estremece y se apresta a la defensa cuando se habla de humanizar a Jesús o, peor, al mismo Dios. Sin embargo, ahí está el quid de una comprensión distinta de Jesús, entender que precisamente es Dios por su ahondamiento en lo humano, no por algo ajeno a tal camino. Sin entrar a grandes disquisiciones teológicas, muchos cristianos se apoyan en la persona histórica de Jesús, en sus valores esenciales, comunes a lo humano, para urdir su camino creyente. Para ellos, cuanto más humano es Jesús, más divino lo es. O mejor: en su honda humanidad se desvela el rostro de Dios. La tarea de revelador de Dios en la historia es suficiente para sostener la adhesión.

         Algunos dicen que el creyente del evangelio ha de estar “enmacetado” en la persona de Jesús. Él es la tierra sobre la que crece la fe, el cimiento de la estructura de fe, la fuerza que sostiene la fragilidad de quien le sigue para que se llegue a buen puerto. Los más suspicaces temen que esto se convierta en una “jesulogía”, algo desligado de la realidad de Dios. Nada más incierto porque la persona de Jesús sin la referencia a su fe en Dios es un sindiós. Jesús es lo que es por lo que Dios y la persona son en él.

         Se entiende perfectamente que la sacramentalidad de Jesús apunte a ponerlo a él mismo como centro en torno al cual gira la experiencia cristiana. La confluencia de anhelos y búsqueda en la persona de fe ha de redundar en un fortalecimiento de la vida cristiana. La centralidad de Jesús resulta ser así garantía de una fe viva.

 

3. La sacramentalidad de las afueras

 

         Nos referimos a las afueras de la fe. La fe no se vive en maneras compactas en su totalidad. Es cierto que, aún hoy, el sistema ocupa el centro de la experiencia cristiana (o católica, como se quiera). Pero hay márgenes, resquicios, aledaños. Son las afueras y quienes viven en ellas. No saben hasta dónde son católicos, hasta donde conectan con lo cristiano, incluso no saben hasta dónde creen. Pero están ahí en las afueras con su libertad y su intemperie.

         Antes las comunidades populares fueron la preocupación del sistema; a veces, el objetivo de su persecución. Ahora, en su debilidad, son ignoradas, cuando no desdeñadas. No cuentan en ningún plan diocesano y muy raramente reciben una palabra de aliento (el Papa Francisco las animó). A veces buscan amparo para sus reuniones y celebraciones. Las parroquias les cierran las puertas. Si a todo ello se añade la dificultad de la trasmisión de la fe que afecta a todo grupo cristiano, su desaparición está en el horizonte.

         Algo que les sostiene en su mística es creer que Jesús fue uno de los habitantes de los márgenes, en las afueras del sistema religioso judío. Posiblemente, más que un morador en las afueras fue un crítico con “los adentros”, lo que, paradójicamente, lo situaba en los márgenes. Este ánimo les viene dado porque su opción por Jesús y el descubrimiento de su vida es un cultivo continuado en tales comunidades. Jesús es su referencia explícita; sus comportamientos los que han de marcar el camino del seguidor y sus sueños los que se quieren soñar hoy. Sin la referencia a Jesús estos grupos entrarían en barrena.

         Desde ahí experimentan una gran liberación no solamente de una religión opresora, sino del mismo Dios. Cuando miran atrás creen haber estado en un régimen religioso de opresión. No es que lleguen a una total adespotía, una vida sin leyes, pero perciben vivamente en su interior la germinación de una libertad que les hace personas nuevas, algo parecido a lo que sintió Pablo cuando habla de la “ley del espíritu que da la vida en Cristo Jesús” (Rom 8,2).

Es comprensible que, en su desamparo, descubran de manera nueva la realidad de la comunidad, la empatía del grupo que vive experiencias similares, la cercanía de quienes caminan por estos itinerarios. Lo que no habían visto en largos años de experiencia parroquial aparece en las situaciones que se viven a diario. El gozo de creer en grupo, antes inexistente, aparece con fuerza y ayuda a levantar los hombros cuando las pesadumbres abundan.

Son sacramento de resiliencia y de tiempos nuevos. Quizá ellos mismos ni se percatan pero cumplen las profecías que hicieron quienes luego, ya en el poder, las abandonaron.“La Iglesia se hará pequeña, tendrá que empezar todo desde el principio. Ya no podrá llenar muchos de los edificios construidos en una coyuntura más favorable. Perderá adeptos, y con ellos muchos de sus privilegios en la sociedad. Se presentará, de un modo mucho más intenso que hasta ahora, como la comunidad de la libre voluntad, a la que sólo se puede acceder a través de una decisión” (J. Ratzinger).

Mientras tanto, resisten en silencio en un invierno que se presenta largo y esperan no tanto un renacer de las comunidades populares, sino sobre todo de la fe. Porque ellos creen en la posibilidad de una fe nueva, encajable con la sociedad de hoy, aportadora de espiritualidad para el beneficio común. 

 

 

X. LA MEDIACIÓN

 

         Aunque muy eficaz, la mediación, en todas sus facetas y debido a su gran dificultad no goza aún de carta de ciudadanía. Su carga de sacramentalidad es fuerte porque habla del gran sueño de una sociedad fraterna. Pretende responder a la pregunta de si los humanos podremos vivir alguna vez como hermanos.

 

1. El sacramento de la mediación política

 

         Quizá sea el más difícil de todos: sentar a dos contendientes armados a la mesa de negociaciones es un milagro enorme.  Pero como hasta los implicados ven que de eso depende la vida de muchas personas, algunas veces se animan a la negociación, único camino de parar la violencia. Los resultados suelen ser escasos y los fracasos habituales. Pero el que se intente una y otra vez habla de la agobiante necesidad y, quizá también, del potencial reconciliador que anida en el corazón de la persona y de la sociedad.

         En la misma Iglesia hay una variedad enorme de carismas. Todas las necesidades sociales y espirituales parecen estar atendidas. Pero son muy poquitos los grupos que se dedican a la mediación, sobre todo a la política. Aparte de personas individuales en momentos puntuales, los únicos que en la Iglesia católica han practicado la mediación política han sido las comunidades de san Egidio. Lo hicieron en Mozambique, Kosovo, Guatemala, etc., con magros resultados. Pero, en cuestión de mediación política, todos los intentos son valiosos.

         Para mediar hay que cambiar las bases éticas. Es preciso pensar que el otro también sufre, que en algún punto puede haber confluencia, que, por mínimos que sean, se puede llegar a aspectos puntuales que conduzcan a la paz. Se trata de mirar desde el lado de quien se sienta enfrente. Mientras se mire desde el único lado  de uno mismo la mediación resulta difícil. Por otra parte, la mediación política no conlleva la difícil solución del conflicto. Se precisa el deseo de iniciar pasos que lleven a la solución. Y por muy sencillos que parezcan, si se dan, se está abriendo la posibilidad.

         Hay que tener presente que elaborar conflictos no es lo mismo que solucionarlos. Esto último es lo deseable, pero, con frecuencia, es algo que no está en la mano de los contendientes. Por eso hay que comenzar por elaborarlos: no exagerarlos, aplicar terapias preventivas, poner remedio a aspectos parciales, valorar los detalles que pueden llevar al entendimiento, trabajar en aspectos sectoriales que, aunque no afecten al centro del problema, apuntan a su posible solución. La elaboración de conflictos es una herramienta muy importante para prevenirlos antes de que surjan, para contenerlos toda vez que han explotado y para preguntarse por posibles soluciones antes de que se enconen.

         En consecuencia, se aplicaría esta espiritualidad en el marco de la Iglesia porque la práctica mediadora es escasa en sus comportamientos. Aún hoy, la estructura eclesiástica es proclive a excomulgar cuando surge un conflicto en el seno de la Iglesia.  No se ve la mediación como un camino posible y se recurre al cumplimiento de la ley dictada por quienes tienen el poder para hacerlo. Una Iglesia que excomulga, que no tiene aguante e imaginación para tratar las diferencias con humanidad, que recurre a la ley como única salida aún le falta hacer camino creyente, el camino del evangelio que habla de perdonar setenta veces siete.

         Se convierte así la mediación en sacramento de reconciliación efectiva. La reconciliación sacramental, con ser buena, no se puede negar que sea un tanto ficticia: se reconoce uno pecador ante Dios de un conflicto relacional, Dios le perdona mediante la absolución y el conflicto continúa prácticamente en los mismos parámetros. De poco sirve tal perdón si no se ha dado ni un paso adelante. Es lo de siempre: el perdón de Dios se ve en los trabajos por el perdón social. Si este no existiera, al pretendido perdón de Dios le cae encima un fuerte interrogante.

 

2. El sacramento de la mediación familiar

 

         La convivencia de las parejas no siempre es fácil, como no lo es ningún otro tipo de estructura relacional. Pasa por etapas de mucha dificultad que, a veces, acaba en una separación o divorcio. En otras ocasiones, se retoma la convivencia. Surge entonces la figura de un mediador: una persona imparcial que les ayuda a llegar a acuerdos y facilita el diálogo sobre los problemas de modo que la pareja resuelva la disputa por sí sola. Los mediadores no toman decisiones. El proceso de mediación a veces puede revelar caminos hacia la reconciliación. Al fomentar la comunicación abierta y el entendimiento mutuo, la mediación puede servir como una plataforma para que las parejas reevalúen su relación. Si resulta obvio que, con frecuencia, el amor se acaba, también vemos que, no raramente, se llega a retomar la senda de la convivencia. La mediación es valiosa en cualquiera de las dos circunstancias.

         Esto no supone una banalización del amor, al contrario. Se dice a la ligera que hoy la gente se casa y se descasa como quien se toma un vaso de agua. No es así. Los procesos que acaban en ruptura son, casi siempre, dolorosos, cuando no traumáticos y conllevan muchas heridas y muchos daños colaterales, sobre todo si hay hijos de por medio. Por eso decimos que los trabajos de este tipo de mediación son necesarios y saludables, haya acuerdo o no. Y cuanto antes se acepten, mejor, porque el tiempo, normalmente, deteriora las relaciones que se han vuelto difíciles.

La mediación conyugal entra en el ancho tema de la elaboración de conflictos. Ya lo hemos indicado más arriba: elaborar no es solucionar. La elaboración permite tratar el conflicto con más humanidad y con mayores posibilidades de una ulterior solución. Para elaborar el conflicto será preciso emplear algunas herramientas: elegir el momento adecuado sin postergarlo sine die o sin precipitarse forzándolo; llevar argumentos reflexionados, “paseados”, sin lanzarse a una declaración de guerra; tratar de empatizar creyendo de verdad que si una parte sufre, la otra también; centrarse en el problema de hoy y no sacar a relucir historias viejas; pedir perdón sinceramente si es necesario; creer que se puede llegar a algún acuerdo, siquiera mínimo.

Por todo lo que antecede descubrimos una cierta sacramentalidad de esta mediación como sacramento que atenúa los daños y que busca caminos nuevos en la relación. Si los daños se suavizan un poco, si merma la herida que la mala relación conlleva, si se apaciguan los avasallamientos que se cuecen en el fondo del corazón, se ha dado un gran paso. Si, además, se abren caminos a la relación herida, el sacramento brilla más. Toda relación necesita sanadores heridos, personas que han sufrido el dolor de la herida pero que han sabido encajarla, reducirla y reconducirla. Aunque probablemente siempre les acompañe quizá puedan llevarla con dignidad.

Nadie duda de que la mediación familiar es camino de salud. Por eso, aunque siempre la llevan a cabo personas formadas en esta disciplina, la ofrecen entidades que velan por la salud pública como ayuntamientos, asociaciones, incluso grupos políticos porque todos ellos entienden que una sociedad en la que los conflictos son mediados llega a tener mejor calidad de vida y mejor futuro. En esta clase de correctivos encuentra el camino humano ánimos para seguir adelante.

 

3. El sacramento de la mediación escolar

 

         Cada vez somos más sensibles a la evidencia de que la escuela es, como todo escenario de vida, lugar de confrontación y de lucha relacional. Las cosas, a veces, llegan a ser graves y se concretan en el bullying o acoso escolar que se da cuando un escolar o varios tienen hacia otras conductas negativas. Estas conductas pueden ser insultos, chantajes, amenazas, difundir rumores, ignorar deliberadamente, robar cosas o agredir físicamente, etc. No es infrecuente que lleguen a provocar suicidios. Ventilar todo esto como “cosas de niños” y mirar para otro lado no es la solución. Cuando a la pregunta de si esto ocurre en el colegio de tus hijos se nos dice que nunca, empieza a pensar que no es así.

         Por eso, en un número creciente de colegios e institutos se está implantando la mediación escolar. Esta es un método de resolución pacífica de conflictos generados en esos espacios escolares y es útil para la prevención del bullying o del acoso escolar atacando el conflicto en sus fases iniciales. La mediación se da cuando las partes no son capaces de resolver la situación por ellas mismas y necesitan que otra persona o personas de forma neutral intervengan para llegar a acuerdos a través del diálogo o la empatía.

         La mediación escolar puede ejercerla un técnico adulto especializado en ello. También hay centros educativos en los que la mediación la imparte un equipo de escolares del mismo centro preparado para ello. Aunque tiene sus dificultades y riesgos, quizá sea una herramienta adecuada que sirve de apoyo para afrontar las dificultades.

         Los trabajos de mediación escolar han de integrar la correcta comprensión del problema que presentan las partes, la importancia que tienen los actos cotidianos de conflicto para la vida de los afectados, cuestionar y desmontar posiciones asumidas que conllevan un juicio de valor, sugerir enfoques alternativos que impliquen a todo el colectivo escolar.

         Como todo trabajo de mediación, la escolar tampoco es fácil y los resultados pueden ser pequeños. Pero no intentarlo es, todavía, peor. La vida de los escolares queda, con frecuencia, marcada por estos años y evitar de traumas que aniden en el fondo del corazón puede ser algo decisivo en muchas personas. La mediación escolar puede ayudar a ello.

         Todo esto que resulta ser sobradamente conocido por todo el mundo es lo que carga a la mediación escolar de sacramentalidad y se pueden entender esos trabajos  como sacramento de dignidad en las edades iniciales. Efectivamente, el cimiento de la dignidad sobre el que se construye el hecho humano no es únicamente tarea del adulto, sino también un trabajo que se realiza en todas las etapas del desarrollo de la persona. La época infantil es decisiva para conformar una sensibilidad básica en torno a la dignidad. Que esto se haga en la escuela es cosa que contribuye a una cultura de paz.

 

 

XI. LA CIENCIA

 

         Hay quienes piensan que la ciencia nada tiene que ver con la fe y menos con la religión y atribuirle una carga “sacramental” les parece inapropiado, cuando no algo avasallador. Pero los muchos trabajos que desarrolla la ciencia tienen una alta capacidad de evocación porque de ellos depende en gran parte el caminar humano. Ese apuntar a realidades de más fondo, a preguntas de más calado es lo que podemos entender como sacramentalidad.

 

1. El sacramento de la física cuántica

 

         Hay que tener en cuenta que la física cuántica, con más de un siglo, es una ciencia admitida por la comunidad científica. Y hay que ver que muchas de sus aplicaciones (en medicina, electrónica, etc.) están cada día más presentes en la vida de la ciudadanía. No es algo fácil de comprender pero podemos tener acercamientos que nos lleven a una mayor sensibilidad y apertura. Desde ahí se podría pensar en las implicaciones de esta nueva física en la espiritualidad. Hay que tener presente que el tratamiento que esa física da al universo ha creado conceptos espirituales que revolucionan el paradigma teológico y espiritual. Uno puede preguntarse cómo conectar con tal física mentalidades (la del cristianismo) y textos (los Evangelios) que han sido elaborados desde los presupuestos de la física convencional. Quizá haya que ahondar, bajar al nivel de lo elemental para encontrar caminos de conexión.

A gran escala hay que comenzar pensando que estamos solos y aislados en un pequeño sistema solar como los hay en cantidad incalculable, en una galaxia (la vía láctea) que también como ella hay millones (100.000). Además, viajamos a velocidades increíbles a causa del bigbang, a razón de dos millones de km por hora. Un universo que se expande. Las cifras que maneja la física cuántica le hacen suponer que no solamente hay tal cantidad de galaxias, de constelaciones, de estrellas, etc., sino que probablemente hay muchos universos antes del “muro”. La medida humana no significa casi nada en comparación con esta medida inabarcable. 

A pequeña escala los elementos subatómicos se mueven en una frenética danza que, gracias a la gravedad, componen cuerpos con una enorme vida dentro. La idea de quietud no se corresponde con lo que ocurre en el más allá de lo que ven nuestros ojos. Además, somos vacío, más que materia. A gran escala, es lo que llamamos agujeros negros: vacíos de materia desconocida donde se organizan las relaciones de los elementos que danzan atómicamente. Y también, somos caos, lo que no es sinónimo de negatividad porque el caos se organiza caóticamente. La idea de orden, tan querida en la espiritualidad, queda cuestionada por una realidad física distinta.

Esto nos lleva a un cambio de paradigma: no somos el centro, sino una especie más y somos interdependientes porque todo está conectado y el mundo puede funcionar sin nosotros. Este sacramento de la moderna física nos lleva a percibir a un Dios dentro, no tanto un cielo, una realidad divina externa, sino un Dios en el fondo de lo que existe de tal manera que son necesarios nuevos modos de entenderlo y designarlo. Se trata de ir dejando las exclusivas maneras teístas para nombrar la realidad de Dios de otras formas: fuente del amor, principio de vida, base del ser, origen de la bondad, etc. ¿Cómo ir llenado de “carne” estas expresiones?

 

2. El sacramento de la inteligencia artificial

 

         Es algo que maravilla y estremece a la par. Las posibilidades que se intuyen derivadas del uso de la IA se manifiestan claramente desde la ayuda que recibe el estudiante a la hora de redactar sus trabajos hasta la organización del mercado a nivel mundial. Puede ser herramienta utilísima o recurso de dominio, de impostura o de humanidad. Tal vez nunca las personas habían tenido algo tan potente en las manos.

Todo comienza con los big data. Los macrodatos, también llamados datos masivos, inteligencia de datos, datos a gran escala o big data son una realidad que hace referencia a conjuntos de datos tan grandes y complejos que precisan de aplicaciones informáticas no tradicionales de procesamiento de datos para tratarlos adecuadamente y extraer el valor de lo almacenado formulando predicciones a través de los patrones observados. Dicho de forma simple: el ciudadano medio deja múltiples “rastros” que la informática almacena, ordena, vende y de los que se extraen patrones de comportamiento traducibles no solo a modos de consumo, sino también a perspectivas de vida. Dicho aún de modo más coloquial: estamos fichados por todas partes. Toda la realidad entra en el dominio de la IA.

El carácter totalizador de la IA que engloba al hecho humano es lo más estremecedor. No hay sector industrial y ciudadano que caiga fuera de la presión totalizadora de la IA. Se corre el peligro de entrar en una dictadura cósmica donde el riesgo del gran hermano de Orwell era una minucia. La tentación para las grandes potencias o para las instancias desmedidas de poder está servida.

Por eso, la gran cuestión es cómo mantener a la IA en el marco de lo humano. Si tomamos, por ejemplo, el sector armamentista, el sistema de armas autónomas letales, aquí tenemos un gran problema ético, porque estos sistemas nunca podrán ser sujetos moralmente responsables, y estas armas basadas en inteligencia artificial, podrán localizar, seleccionar y atacar un objetivo de forma independiente. A diferencia de un soldado, estas armas no pueden tomar decisiones morales en el campo de batalla. ¿Es ético que una máquina tome decisiones sobre la vida y la muerte? Las aplicaciones técnicas más avanzadas, no deben usarse para facilitar la resolución violenta de los conflictos, sino para pavimentar los caminos de la paz.

Muchos analistas coinciden en decir que se necesita una regulación de la IA a nivel internacional. La Unión Europea ha hecho en junio de 2024 reglamento regulador que aborda los riesgos creados específicamente por las aplicaciones de la IA. Prohíbe las prácticas de IA que planteen riesgos inaceptables, determina una lista de aplicaciones de alto riesgo, establece requisitos claros para los sistemas de IA para aplicaciones de alto riesgo, define las obligaciones específicas para los implementadores y proveedores de aplicaciones de IA de riesgo elevado, exige una evaluación de la conformidad antes de que un sistema de IA determinado se ponga en servicio o se introduzca en el mercado y establece una estructura de gobernanza a escala europea y nacional. Son los balbuceos de una legislación global.

         Contiene, pues, la IA una sacramentalidad de riesgo y de futuro, ambas cosas mezcladas. Un sacramento de riesgo es útil porque el riesgo hace parte del caminar humano. Pero ha de ser un riesgo contenido para que sus peligros no destruyan su dinamismo. En esa medida puede ser sacramento de un futuro más humano porque ese es el fin que en definitiva se persigue: que el camino humano sea más transitable para todos y que la dicha anhelada esté más al alcance de la mano. Más que como un “juguete”, la ciudadanía tiene que mirar a la IA con el respeto y la vigilancia necesarios para no ser víctima de su propio sueño tecnológico y  usarla como herramienta de futuro humano.

 

3. El sacramento de la biología molecular

 

La biología molecular nos va diciendo que la vida humana se construye a partir de una larga tira molecular de dos metros de material genético que está cuidadosamente empaquetado en cada una de nuestras células y repartidos en 23 pares de cromosomas; que todos, absolutamente todos los seres vivos venimos de una bacteria que hace 3.800 millones de años tuvo un sueño: crear otra bacteria igual a sí misma; que una vida surge de otra sin necesidad de invocar ningún fenómeno sobrenatural para explicar un proceso tan natural.

Como dice C. López Otín, el lenguaje genómico es el que expresa las claves de la herencia y de la identidad individual. Y luego están el varioma (la diversidad entre individuos), el epigenoma (la gramática química de la vida) y el metagenoma (la suma de todos los genomas). Habrá que coordinar estos lenguajes a fin de que la balanza de la vida se mantenga  el mayor tiempo posible en el lado de la armonía y se aleje de la entropía hacia la que inexorablemente todo y todos tendemos.     

Además la biología molecular con sus enormes avances orientados a la curación de enfermedades ha derivado en una actitud nueva: no la erradicación como primera meta, sino la paliación racional del dolor. Las técnicas paliativas y el pensamiento que las sostiene conocen en esta época una auténtica eclosión no solamente desde el lado científico, sino también humanitario y social. Desde el punto de vista científico los fármacos que mitigan el dolor, desde el más sencillo hasta el más agudo, se han generalizado por encima de credos y de maneras de ver la vida. Nadie cuestiona que mitigar el dolor es una tarea médica obvia. Desde el punto de vista humanitario, las entidades dedicadas a la paliación del dolor en todos sus frentes se han multiplicado y tienen mucho respaldo social. Todos valoran el cuidado continuo como actitud ante el dolor. Efectivamente, la demanda social de paliación del dolor es universal, fuera de reductos extremos. El terror al sufrimiento, atávico entre los humanos, está más alejado que nunca.

         Sacramento de honda curación y armonía: esta es la carga de sacramentalidad de la biología molecular porque quizá sea la rama de la ciencia más directamente orientada a la fragilidad humana. Así es, su afán apunta al logro de la dicha para las personas que lo tienen más difícil, para quienes luchan denodadamente para que el dolor no se adueñe de todo. Es la ciencia que lucha a brazo partido para ayudar a pagar con humanidad el duro precio de la historia. Y en este sentido trabaja no tanto por recuperar la armonía perdida cuanto por lograr la que nunca existió. Cada paso que da, cada logro que consigue acerca a la persona a la consecución de la dicha a la que está destinada.

 

 

XII. LA VIDA URBANA

 

         La calle es, en su cotidianeidad, reflejo de sacramentalidad. Muchos elementos que componen el escenario urbano evocan sacramentos que apuntan a realidades más profundas. La vida urbana puede ser leída desde una perspectiva sacramental que nos transporte a vivencias relacionales de calado.

 

1. El sacramento del carril bici

 

         Es algo apreciado por unos y detestado por otros. Lo aprecia quien propugna la humanización de las ciudades que, por el fenómeno del urbanismo, se han convertido en lugares de insolidaridad. El pacífico medio de transporte que es la bicicleta demanda el espacio menor del carril bici y, desde ahí, habla de la posibilidad de otro tipo de ciudad. Pero quien tiene una mentalidad mecanicista, quienes siguen creyendo que el progreso es desplazarse en coche a todas partes y aparcarlo en la puerta de la tienda en la que vas a comprar abominan del carril bici, maldicen a las autoridades que lo implantan y abordarían el espacio de las bicis si no lo protegieran los bolardos.

         Todo depende, como decimos, de la idea de ciudad que se tiene y de la sensibilidad ecológica. Una ciudad sostenible es aquella que reduce el impacto ambiental de sus actividades y promueve modalidades de consumo y producción acordes con sus propias condiciones territoriales, geográficas, sociales, económicas y culturales. Y entre esas condiciones está la reducción de emisiones de CO2 al que el uso de bicicletas contribuye directamente. Es normal que, en la barahúnda de las modernas ciudades, el símbolo en que se constituye el carril bici sea ninguneado y menospreciado.  Pero aquí radica también su capacidad de evocación.

         Las ciudades ocupan el 3% de la superficie terrestre; sin embargo, emiten el 70% de las emisiones de carbono y consumen más del 60% de los recursos de todo el mundo. En 2023, más de la mitad de la población mundial vivía ya en ciudades y se prevé que esta cifra siga creciendo. En 2030 se estima que más de 5.000 millones de personas viviran en ciudades, es decir, más del 60% de la población de todo el mundo.  A pesar de la tendencia, las infraestructuras y los barrios no cumplen con las condiciones adecuadas de desarrollo sostenible y el objetivo es lograr que los asentamientos humanos sean inclusivos, seguros y sostenibles, tal y como se reconoce en el ODS número 11. La planificación y gestión adecuada de los recursos urbanos son cuestiones de peso a la hora de crear y mantener comunidades basadas en la sostenibilidad. Es preciso llegar a un entendimiento entre coches y bicis, entre desarrollo urbano y ciudad humanizada.

         Bajando a niveles más sencillos, mucho de esto tiene que ver con el estilo de vida que surge del urbanismo: lo valioso es lo que va envuelto en la rapidez, lo que se pide en un instante y se recibe en el otro. La bicicleta es símbolo de lo contrario: lo pausado, lo alejado de una técnica compleja, lo elemental que depende de uno, aquello que no revela el poderío económico de su dueño, etc.  Estas características configuran susacramentalidad. Porque el carril bici se ve como sacramento de la lentitud, el sosiego y la sostenibilidad. Los lenguajes corporales son tan potentes como los verbales y el de la bici, porque se pedalea con todo el cuerpo, indica el compromiso del ciclista con un medio de transporte barato, limpio, sencillo y eficaz. No extraña que sea un medio también discutido.

         Ocurre que grandes ciclistas, como M. Induráin, se han convertido en apóstoles del deporte de la bicicleta. Sin duda han hecho mucho bien al deporte. Pero cuando un mandatario público usa la bici como vehículo habitual de desplazamiento (como lo hizo durante muchos años el primer ministro holandés M. Rutte) hace una siembra de ciudadanía mediante un signo que puede cambiar la mentalidad de una ciudad. Hay signos sencillos que se convierten en potentes proclamas de sostenibilidad y de mentalidad ecológica.

 

2. El sacramento de los jardines ciudadanos

 

         En muchas ciudades existe el humilde signo de los jardines ciudadanos. No llegan a parque. A veces son simples parterres diseminados entre el agobiante asfalto. Pequeños conjuntos de rosales, geranios, siemprevivas, ciclámenes, lirios, pensamientos, etc., que sobreviven entre el ruido, el humo y la prisa. Hay quienes quisieran que no existieran para dejar todo el espacio a los coches y al cemento. Creen que el lugar que ocupa una jardinera es terreno que se ha robado al progreso porque este consiste para ellos en producción y rentabilidad, siendo así que los bienes no son únicamente económicos, sino que hay bienes del alma sin los que sería imposible vivir (el amor, la alegría, el color, la belleza, etc.).

Pero, además de alegrar la vida del urbanita, los jardines apuntan a algo elemental: que somos tierra y que, si falta el contacto con ella, falta algo básico a nuestro propio ser. No solamente estamos en la tierra ni ella es algo aparte y distinto de lo que somos. Hacemos parte de la tierra porque somos tierra. La vida urbana nos ha alejado de ese sentimiento. Por eso, todo lo que nos acerque a esa realidad contribuye a la verdad de los que somos y genera una espiritualidad con raíz antropológica, con arraigo histórico.

Aparentemente ignorados, los pequeños parterres sembrados en las ciudades recuerdan que la belleza es el horizonte de la vida y que es posible acercarse a él. Efectivamente, los jardines son algo más que un mero adorno. También son lenguaje de belleza cercana y asequible. Son lenguaje de humanidad porque ser humano sin belleza es imposible. La belleza es el reflejo de los anhelos del alma. Por eso mismo, la lucha de las flores contra la grisura de la vida ciudadana es encomiable. La tenacidad de los jardineros municipales que ponen y reponen incansablemente las flores en la ciudad es el lenguaje del alma que nos recuerda que nacimos para disfrutar de la belleza y que ir tras ese logro no es una futilidad.

De aquí nace el respeto y aprecio a los humildes jardines sembrados en la ciudad. Se respetan no solamente porque avasallarlos acarrea una multa, sino también porque si no se valoran se destruye el alma de la ciudad a la que representan. Las ciudades son entidades con vida dentro porque son la suma de muchas existencias que aspiran a la dicha. Las flores de los jardines, de alguna manera, reflejan esa alma. Arrasarla sería un crimen.

Puede que estas reflexiones resulten exageradas para el lector sensato. Pero en los jardines urbanos se nos muestra una especie de sacramento de lo inútil, la belleza, que se vuelve imprescindible. Efectivamente, la necesaria belleza de lo inútil apunta a la realidad profunda del gran compartir humano que es la vida urbana. De esa manera este sacramento de los jardines urbanos colabora humildemente a mantener viva el alma de las ciudades, la indudable certeza de que somos más que una simple concentración de humanos, la realidad de un organismo vivo creado para generar humanidad y dicha. La delicadeza de las flores sin culpa nos devuelve un poco a la bondad original con la que nacemos y tras cuyo logro pleno caminamos.

 

3. El sacramento de las calles pacificadas

 

         Es frecuente ver en ciertas zonas de la ciudad que algunas calles se denominan vías pacificadas donde solamente está permitido a los vehículos ir a 30 km/h, las aceras son más amplias y la ornamentación vegetal más abundante. Estas vías están sustentadas en datos. Para un peatón o ciclista, la diferencia entre 30 y 50 km/h puede darle o quitarle la vida. Para un automovilista, en un trayecto de 15 minutos en ciudad el límite de 30 km/h en todas las vías secundarias solo supone 1 minuto más en la duración de todo el trayecto. Para detener totalmente el vehículo que circula a 50 km/h hacen falta 28 metros. Sin embargo, a 30 km/h son suficiente 13,5 metros. Además, cuanto mayor es la velocidad, más estrecho es el campo de visión del conductor. Esto es lo que ha llevado a la necesidad de “pacificar” ciertas vías.

         Con esta clase de medidas se quiere hacer más habitable la ciudad controlando mejor el omnímodo poder del coche. Pensar que conducir un coche otorga una superioridad sobre el simple peatón es un error de bulto. Hay personas que, al volante, se transforman y creen que la potencia de la máquina les hace sujetos de derechos que no tiene el peatón cuando, en realidad, debiera ser al revés. Las mismas leyes de responsabilidad civil apoyan al peatón, incluso aunque cometa imprudencias. El conductor del coche es quien debe ceder.

         Además, la calle pacificada es signo de un estilo de vida más lento, más relacional. La vida urbana es cada vez más frenética y la posibilidad de una relación sosegada es escasa. La calle pacificada invita al diálogo, a la relación, al momento prolongado del saludo. Con frecuencia este tipo de calles coincide con aceras remodeladas y ampliadas, a las puertas de los colegios, por ejemplo. Los familiares se detienen y comentan las incidencias escolares. Todo esto apunta a un tipo de ciudad de ritmo más lento y, por lo mismo, de más calidad humana.

         De alguna manera, comenzar por pacificar la calle es camino para pacificar el alma, lo interior. El frenesí de la vida urbana se contagia en la calle. Y, por lo mismo, la paz de la vida cotidiana también puede contagiarse en una vida en paz. Por eso es tan importante construir escenarios de paz. Muchos valores de hoy se consiguen por ósmosis ciudadana, por aprendizaje social.

La difícil consecución de una vida pacificada requiere terapias combinadas sociales, cívicas, espirituales, psicológicas, etc. Un objetivo tan complejo no se logra desde una sola perspectiva. También se requiere la perspectiva de un urbanismo humanizador.

         Por todo lo dicho, el sacramento de las calles pacificadas apunta al gran logro de la paz del alma y de la convivencia pacificada, una meta todavía muy lejana. El argumento es muy sencillo: si se ha llegado a un consenso para pacificar una parte de la ciudad, también se puede aspirar a pacificar el conjunto. La crispación social que acompaña los días de la ciudadanía puede verse mitigada por la pacificación de las calles, símbolo del anhelo ciudadano de paz.  Parece que lo más sensato es colaborar con este tipo de iniciativas.

 

 

 

XIII. LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS

 

         Algo que caracteriza a nuestra época es el nacimiento y veloz desarrollo de las llamadas nuevas tecnologías, todos aquellos instrumentos que facilitan la relación humana y que lanzan a la persona a un escenario desconocido de desarrollo impredecible. El móvil, la tablet, el ebook, las redes, todo un mundo con una carga incierta de posibilidades. La sacramentalidad de estas herramientas es potentísima.

 

1. El sacramento del móvil

 

         Podríamos decir que esta herramienta se ha convertido en el centro de la vida de las personas. El móvil concita la mirada de gran parte de la ciudadanía que lo contempla absorta en todos los puntos de la ciudad, en la casa y hasta en el templo. Sin móvil nos creemos “desnudos” y quitarle el móvil a una adolescente es el peor de los castigos. Se puede decir sin exageración que sin móvil no sabemos vivir, aunque se pueda perfectamente.

         Hay que admitir que el móvil es una herramienta formidable con la que podemos estar conectados en tiempo real con todo el mundo, con el que se pueden hacer todo tipo de compras y transacciones, con el que se establece contacto directo y de manera visual con personas en todo el mundo. Las posibilidades del móvil son tan grandes como las que suscita la técnica moderna. Es el sacramento primordial de las nuevas tecnologías.

         También hay que decir que esta herramienta tiene sus fragilidades: está al albur de la vigilancia y dominación de los algoritmos que imponen su ley en el manejo de los datos que surgen a borbotones del uso del móvil; crean necesidades de consumo que son absolutamente innecesarias pero que se vuelven apremiantes por la publicidad masiva; encuentran caminos de acceso a datos que, siendo personales, pasan a ser del dominio público con todas sus consecuencias; usando la IA se pueden cometer delitos contra la intimidad y el honor de las personas; se llegan a construir infinidad de bulos que se multiplican como virus y que conforman una falsa verdad que distorsiona y deshumaniza el hecho social.

         Además, es un instrumento que genera adicción. Un ejemplo lo encontramos en las generaciones jóvenes que pasan colgadas del aparato muchas horas al día. Todo el mundo ve que el uso excesivo del móvil es una fuente de aislamiento y de soledad. Y no solamente eso: provoca, además, disfunciones psíquicas y sociales ya que conduce a hacer creer que el mundo virtual es el mundo real. Instalarse en tales parámetros lleva a un alejamiento peligroso de la realidad.

         Por otra parte, el móvil contribuye indiscutiblemente al gozo y a la buena relación. Muchas familias separadas por la distancia lo emplean a diario para sentirse cerca y para estar al tanto del itinerario de su vida. De manera fácil, barata y en tiempo real el peligro de distanciamiento de la vida familiar que impone la distancia se ve conjurado por el vídeo del móvil. Es decir, más allá de su indudable utilidad, el móvil se constituye en instrumento de relación primaria y directa.  Su extrema versatilidad lo hace útil en cualquier clase de situaciones.

         No dudaremos, pues, en calificar a este pequeño aparato como el “sacramento” de relación más elocuente en el hoy de la ciudadanía moderna, al menos en los países desarrollados. Su fácil acceso y su asequibilidad lo hacen, empleando expresiones religiosas, signo evidente del reino de Dios que apunta a la buena relación, la fraternidad igualitaria que Jesús soñaba. No se trata de “bautizar” nada, sino de ver el engarce de una realidad de uso prácticamente mundial con los sueños espirituales de Jesús. Alguna relación hay entre ambos.

 

2. El sacramento del ebook

 

         La experiencia nos va enseñando que cada modo de expresión cultural encuentra hoy su nicho: la televisión no ha hecho desparecer a la radio, los periódicos y los libros se siguen vendiendo, las series conviven con el cine en sala. Una sociedad diversificada emplea mecanismos diversos para alimentar su espíritu. Uno nuevo que nos ofrecen las modernas tecnologías es el ebook. Es una contracción del término "electronicbook" (libro electrónico). Es un concepto general que se utiliza para designar la versión digital de una publicación impresa o cualquier contenido digital organizado como libro. Lo vemos usado en la calle por personas lectoras que no utilizan en ese momento el libro en papel.

         Esta herramienta incluye grandes ventajas: tiene una gran capacidad de almacenamiento de modo que en un pequeño dispositivo se puede llevar no solamente un libro, sino toda una biblioteca. Se ahorra uno el peso que conlleva el transportar varios libros en la maleta. Además ofrece todas las ventajas de lectura de cualquier libro y otras nuevas como la de agrandar la letra a voluntad facilitando la lectura a la vista cansada. La compra de estos libros electrónicos se hace fácilmente y en tiempo real. No hay que esperar a que lo sirva el librero. Para los amantes del libro en papel tiene sus inconvenientes: el lector quiere tocar el papel, sentir su peso, pasar las páginas, volver a esa casa habitual que es el libro que se va leyendo. Así como la venta de libros en papel ha subido, también lo ha hecho la de ebooks.

         De una u otra manera, lo importante es leer. Aunque hay muchas personas para quienes la vida sin libros sería muy triste, la cultura de los mass media está propiciando un tipo de persona que no necesita libros para su desarrollo vital. Con ser algo muy práctico tener todo en un ordenador, pensamos que desterrar el libro es empobrecer la vida porque en el hecho de lectura se enriquece la vida del lector. Y el lector recibe el texto como dicho para él, para su propia persona. De una u otra manera la subsistencia del libro es imprescindible.

         Más aún, siendo la poesía necesaria y el ensayo instrumento de grandes aprendizajes sociales, es en la narración, en la novela, tan ninguneada por su fantasía, donde aparecen con más evidencia los latidos del alma humana y donde se puede recabar inspiración para el alma del lector. En el anchísimo mundo de la narración la persona que lee encuentra elementos que nutren su interior y que, casi siempre, le orientan y animan en línea de humanización.

         Por todo ello se puede entender el ebook como sacramento de silencioso cultivo de la interioridad sin el “consuelo” del papel y su colorido, sin el apoyo de la mano que acaricia lo que lee. Leer en ebook es, si cabe, un acto mayor de fe en el valor de la lectura en su puridad, sin distracciones externas. No hay duda de que quien usa este método dice y se dice a sí mismo que ama la lectura. La austeridad que se deriva de este modo de leer redundará en una mayor profundización de lo que se lee.

         De cualquier manera, y como queda dicho, una de las tareas de más futuro humano es inducir a las generaciones jóvenes a que lean. Quien logra inocular en un joven el “veneno” de la lectura está construyendo la humanidad del futuro porque la humanidad sin libros habría derivado en un jungla inhabitable. No se trata de divinizar la lectura, pero leer es abrir horizontes de luz en el camino siempre azaroso de lo humano.

 

3. El sacramento de las redes sociales

 

         Hoy podemos decir que la conexión a las redes sociales que propicia internet es el máximo exponente de la globalización. Desde la creación de internet (década de los 70) y de las web (década de los 90) todo se ha vuelto global. Aunque aún haya zonas del planeta que no tienen acceso a las redes (la penetración de internet en África es del 18%, sensiblemente menor al promedio global) podemos decir que el mundo está interconectado. Las noticias llegan en tiempo real al lugar más recóndito del planeta. Pretender aislarse de esta enorme corriente de relación es autocondenarse al ostracismo. De tal manera que hoy es un dogma social creer que solamente existes si estás en las redes.

         Por eso mismo tal vez haya que luchar contra un encantamiento que nos hace creer que estar en las redes es vivir cuando muchas veces su virtualidad es pura ficción. Alguien tiene miles de “seguidores” en la red y tiende a pensar que son personas adheridas, amigas, cercanas. Nada de eso. Son “likes” sin sustancia real, objeto de comunicación, pero vacíos de entidad humana, huecos de veracidad existencial. Se dice que el éxito consiste en “vender la marca”. Pero eso es, muchas veces, vender humo o, simplemente, generar un tipo de mercado no relacional de poco arraigo comercial. La prisa por hacerse presente en las redes lleva a creer que, por estar en ellas, se está ya en el hecho social. Pero éste, la vida, camina con otro ritmo y con distintas premisas. Es el sempiterno peligro de vivir en la apariencia sin descender al terreno de la profundidad, de la verdad de lo que es.

         Esta actitud está tan arraigada hoy que muchas personas, jóvenes en su mayoría, viven en un universo virtual donde la necesidad de contacto real con las personas no existe y donde los trabajos de la cotidianeidad han sido sustituidos por auténticas fantasías. La adicción a las redes sociales puede entrar en el catálogo de adicciones modernas con síntomas muy parecidos a las ludopatías. La desintoxicación resulta con frecuencia muy complicada.

         Sin embargo, los frutos positivos son también evidentes. El trabajo en red es una práctica cada vez más común en el mundo laboral actual. Las redes han permitido que la comunicación entre personas y empresas se realice de manera más rápida y eficiente, lo que ha llevado a una mayor colaboración y cooperación entre individuos y organizaciones. La IA también ha jugado un papel importante en el trabajo en red, ya que ha permitido una mayor automatización de tareas y procesos, lo que a su vez ha aumentado la productividad y la eficiencia.

         Por todo lo dicho, el fenómeno de las redes puede ser considerado como un sacramento de interrelación que puede hacer más visible el hecho de la familia humana. Es algo que podría contribuir a la disminución de los hondos agravios que todavía se hacen a las personas por razones de origen, religión, género o condición sexual. Podría sustentar las opciones de quienes ha comprendido que estamos conectados y por ello el futuro de lo humano es la fraternidad.

         Todo esto pasa por el trabajo necesario de humanizar las redes. Por tratarse de un escenario real, las intoxicaciones y disfunciones de las redes adquieren una dimensión planetaria. El anonimato de las conexiones deriva en bulos inadmisibles, noticias mentirosas y crueles, creación de opiniones falsas que enfangan la vida social. Además de una legislación adecuada se trata de elevar el nivel de formación moral de la persona que redunde en una utilización razonable de las redes.

 

 

XIV. LOS FOROS

 

         Los encuentros humanos propician un crecimiento en valores. Los foros de todo tipo que abundan en la sociedad prueban que un camino correcto a seguir es la cultura del encuentro. Vivir como islas es estar abocado a la muerte. La sacramentalidad de los foros apunta a la nueva cultura.

 

1. El sacramento de los foros fe-cultura

 

         En épocas recientes los foros fe-cultura abundaron y tenían una indudable pujanza. Hoy es el día en que varios de ellos han desaparecido en el país y los que quedan perviven con problemas. A la dificultad de su cometido básico, poner a dialogar la fe y la cultura, se añaden otras variables: la esfumación del componente religioso en muchas personas, la consiguiente pérdida de presencia social de cristianos y cristianas, el descrédito social de toda institución que huela a religión, etc. No resulta nada fácil mantenerlos.

         Los valores de un foro quedan a la vista: son espacios casi únicos donde se puede confrontar la fe con la cultura de hoy; ayudan al logro de una fe de estilo más social; derriban los ídolos ideológicos con lo que se amasa con frecuencia la religión; exponen la fe al viento de la secularidad de donde sale casi siempre fortalecida; amplían la temática reflexiva que las religiones tienden a estrechar para tratar solamente de “asuntos internos”. Tienen también sus desvalores: aun siendo con frecuencia multitudinarios, no llevan directamente a implicaciones personales concretas; muchos los consideran “fuegos de artificio” para un momento concreto y nada más; no propician un debate de tú a tú y se quedan en generalidades; etc.

         Pero no cabe duda de que los foros, como toda actividad reflexiva, son una aportación positiva a la ciudadanía. Más aún, pueden ser considerados cauces de espiritualidad. Y, como hemos dicho repetidas veces, toda aportación espiritual enriquece la vida social porque una ciudad espiritual creemos que tiene mejor futuro que una sin ese componente ya que, de algún modo y no solamente de una manera poética, la ciudad también tiene su alma.

         Ya vemos que mantener estos foros es algo costoso. El problema es que han sido creados por personas inquietas, desde el punto de vista religioso o social, que no encuentran relevo en las generaciones jóvenes. Estos espacios corresponden a un tipo de necesidades propias de una época concreta, y, al parecer, eso no evoca ni sugiere nada a los jóvenes que no se sienten llamados a dinamizar este tipo de actividades. Ellos quieren construir sus propias estructuras y no se sientenempujados a continuar por caminos heredados. Es el sempiterno problema de la transmisión de la fe, no solamente de la religiosa, sino de la humana.

         Como hemos dicho, hay grupos que, para ahondar en los foros organizan, a los días, una segunda sesión sobre el tema escuchado en el foro. Aunque la asistencia es minoritaria, la reunión es fecunda porque cumple mejor el cometido mismo del foro: tener un debate, confrontar ideas, iluminar situaciones, buscar consensos. En estas sesiones es más fácil la participación de todos y, aunque no se cuente en ese momento con la voz de la experta, la posibilidad de que cualquiera ponga sobre la mesa del diálogo lo que piensa es mucho mayor. Podría decirse que este es el verdadero foro.

         De todo lo dicho podría concluirse que estamos ante un sacramento de encuentro apuntando a la verdad histórica de que los caminos humanos están llamados a confluir en la senda de la humanidad común. Pocos signos son más elocuentes que este. La vida crece cuando hay encuentro porque nada hay más engendrador de vida que la búsqueda común de caminos humanos. Se verifica aquí la evidencia de que somos familia humana y que ese es el sentido de la vida: vivir con y para el otro, como decía Z. Baumann.

 

2. El sacramento de los foros de inspiración feminista

 

         La ciudadanía empática con la realidad de hoy observa, más allá de matices, que el feminismo es una cultura que ha venido para quedarse. Aunque hay quien dice que el feminismo ya estaba aquí, lo cierto es que en estos últimos años ha habido un creciente conocimiento de la terminología relacionada con el feminismo, con conceptos como interseccionalidad o empoderamiento, que hace unos años quizás no estaba.

         A ello han contribuido, sin duda, los foros de inspiración feminista. Los hay a todos los niveles. Tenemos los grandes foros como el Foro Generación Igualdad propiciado por la ONU. Este foro es considerado la principal iniciativa mundial para acelerar la inversión y la aplicación de la igualdad de género. Reúne a organizaciones de todos los sectores de la sociedad para catalizar el progreso, abogar por el cambio y emprender juntos acciones audaces. El último Foro celebrado en México en 2021 marcó el inicio de un proceso de varios años. Las y los líderes de Generación Igualdad y sus aliados trabajarán intensamente durante los próximos cuatro años para garantizar la responsabilidad de los compromisos ya asumidos, asegurar nuevos compromisos transformadores y ampliar y dinamizar los movimientos globales intersectoriales por la igualdad.

         A nivel más nacional tenemos una gran variedad de foros como el propiciado por Fundación Mujeres que es una organización no gubernamental sin ánimo de lucro desde la que se trabaja en la puesta en marcha de proyectos de intervención, en los diferentes ámbitos de la participación social, política, económica y cultural, con el objetivo de lograr que la igualdad de oportunidades sea real y efectiva. Esta organización está representada en seis Comunidades Autónomas: Andalucía, Asturias Castilla la Mancha, Extremadura, Galicia y Madrid, a través de centros territoriales de trabajo. En su último foro, celebrado en 2025, las entidades feministas expresaron la necesidad de optimizar los recursos para poder multiplicar los resultados, y que estos resultados se traduzcan en articular estrategias comunes para incidencia política en las políticas públicas de igualdad.

         Hay asociaciones feministas que llevan su voluntad de ser foro de debate en su propio nombre como el Forum de Política Feminista que es una asociación plural, no asociada a ninguna formación política, que propugna la abolición de la prostitución, de los vientres de alquiler y del género como sistema de opresión hacia las mujeres. Defiende el derecho al aborto libre que ha de ejercerse dentro de la Sanidad Pública; el derecho a participar en la vida económica, social y cultural; el derecho al empleo y a promocionar en igualdad de condiciones que los hombres; democracia paritaria en todos los niveles; la corresponsabilidad en las tareas de cuidados y del hogar. Afirman que esta lista nunca se acaba ya que tanto patriarcado como capitalismo buscan continuamente nuevas formas de sometimiento.

Todos estos movimientos tienen la certeza de que la unidad de acción, más allá de la diversidad de planteamientos, lleva al difícil logro de la igualdad real. Son trabajos para la consecución de un mundo sin dueño que se imponga a los demás. Expresado en boca de las mujeres de pueblo: «En el feminismo de pueblo, y en los demás, se trata de que las mujeres puedan ser las protagonistas de su propia vida posicionándose en el centro su propia historia de vida. Hay que empezar a trabajar desde la toma de conciencia de dónde estamos y por qué estamos y a partir de ahí poder elegir ser la mujer que quieras ser». Puede ser entendido como sacramento de la igualdad soñada tras la que camina la humanidad desde sus inicios.

 

3. El sacramento de las grandes cumbres

 

         Las grandes cumbres se celebran con periodicidad: G20, Foro Davos, Cop29, etc. Junto a ellas, una infinidad de simposios, congresos, encuentros a nivel internacional. Muchos creen que eso no es sino un bla,bla,bla absolutamente inútil no haciendo otra cosa que derrochar dinero, muchas veces público. Una muestra palmaria de impotencia. Pero cuando se pregunta por una alternativa para el entendimiento entre los pueblos, tampoco hay novedosas aportaciones. Hay quienes dicen que el gran foro mundial que es la ONU, vista su ineficacia y su rechazable base de los países con derecho a veto, es algo muerto y que habría que pensar en otra clase de foro. Los últimos papas han hablado en esa línea. Pero corren los años y todo camina por la senda conocida. ¿Tienen estos foros aún sentido y capacidad de evocación?

         El caminar de los humanos por la historia sigue siendo, en no pocos aspectos, un andar a tientas. Se camina, a veces, sin saber adónde conducen nuestros pasos. Sin querer consagrar lo establecido, quizá haya que decir que es entre todos como vamos a encontrar luz o no la hallaremos nunca por nuestra cuenta exclusiva. Por lo que estamos “condenados” a entendernos con las herramientas que sabemos y podemos construir. Muchas veces esos caminos no nos llevarán a nada, pero quizá sea el nuestro el tiempo de los intentos y de ellos tal vez pueda surgir alguna luz.  No es incompatible este sentimiento con una actitud crítica hacia esas cumbres. Pero, a la vez, es preciso hacer camino para involucionar lo menos posible.

         La dificultad del entendimiento entre seres humanos, entre países, es porque se hallan enfrentados muchos intereses que se colocan como requisitos para un posible acuerdo. Aquí también es necesario cambiar las bases éticas: no solo cuenta mi interés, también los de los demás; no soy solamente yo el que sufre, el otro también sufre; no solamente mi país aspira al desarrollo, también aspiran a ello los demás países; etc.  Mientras el egoísmo connatural al hecho humano no sea controlado, todo esto se hace muy difícil. A pesar de ello, ¿podrán los humanos llegar a un entendimiento mínimo? No conviene erradicar esas utopías de salida para no entenebrecer el horizonte humano más de lo que ya lo está.

         No cabe duda de que los dirigentes tienen una responsabilidad primordial en este juego de fuerzas. Como se sitúan en posiciones de poder, de privilegio, de fuerza, el entendimiento es complicado. No es descabellado ni cosa angelical exigir a los gobernantes altura demiras universal, no solamente exigencias locales que bloquean las iniciativas internacionales. Los dirigentes se deben a su público y éste les empuja en la dirección del exclusivismo nacionalista. Ellos habrían de intentar corregir esos derroteros al menos en sus aspectos más cuestionables.

         Y, junto a ellos, están las asociaciones civiles que tienen un papel preponderante en la forja de una mentalidad de carácter más universal. Sus herramientas de actuación son distintas a las del poder y no han de ser medidas por su fuerza política explícita sino, tal vez, por su capacidad para generar cambios de mentalidad, por muy lentos y para muchos inapreciables que parezcan. Las asociaciones civiles son, con frecuencia, el pulmón por el que respira el maltrecho mundo.

         Por todo lo dicho, aunque con frecuencia esas cumbres están guiadas por intereses vergonzantes, contienen en su deseo de encuentro y en su lenguaje un anhelo, aunque fuere lejano, de entendimiento entre los pueblos. Esa es su capacidad sacramental: aunque se guíen por egoísmos espurios, apuntan a lo universal porque ese es el irremediable horizonte de lo humano. A. Cortina habla de “ciudadanía cosmopolita”. Puede entenderse esto como una ingenuidad. Pero hay que ver si no es más delirante el desbocado deseo de quienes renuncian al horizonte de la familia humana.

 

 

XV. LA INTERNACIONALIDAD DE LOS JÓVENES

 

         Es un fenómeno que se viene dando a lo largo de los años: los jóvenes son quienes realmente siembran la internacionalidad y la cooperación. Más allá de las deficiencias que uno pueda cuestionar, se está empleando un lenguaje de alto componente sacramental.

 

1. El sacramento de los Erasmus

 

         Erasmus es un programa educativo de la Comisión Europea concebido para promover y financiar la movilidad académica de los estudiantes y docentes dentro de la Unión Europea, fomentando el intercambio social, cultural, lingüístico y deportivo. Desde hace muchos años y en diversas modalidades sigue manteniéndose vivo y es llevado adelante por muchos jóvenes. Aunque su cobertura económica no sea total, las familias se implican en el proyecto y subvienen a las necesidades de los estudiantes.

         Como decimos, el programa va más allá de lo estrictamente académico y así lo perciben los participantes en los Erasmus. Es un abrirse al escenario del mundo que ha de ser en el que se muevan las futuras generaciones. El viejo localismo heredado queda cuestionado y, poco a poco, va siendo desplazado por un universalismo que se asume como evidente y de manera natural. Es la convivencia de jóvenes de todos los países del mundo en la lección práctica e inapelable de la globalidad humana. Aunque quedan muchos vestigios de la manera tradicional de entender el mundo, una nueva forma se abre paso en la base de la pirámide social.

         La del universalismo, como todas las que afecten al cimiento de lo humano, es una siembra a muy largo plazo. El localismo inoculado a la persona desde la época de las cavernas no se cambia por un simple programa educativo. Serán precisos siglos para lograr otra mentalidad entre los humanos. Pero el deseo de construir sobre lo universal promovido por muchos países a la vez demuestra que se ha dado un paso de gigante en prode la consecución del lejano ideal de la familia humana. Trabajar en el campo de los jóvenes es hacerlo en el terreno del futuro.

         Antes de abrazar una cultura diversa se precisa abrir muchas ventanas para acercarse a la cultura distinta: la pregunta, la inquietud, el deseo de entenderse, etc. Si se abren tales ventanas, la cultura del encuentro se hace más posible. Esto significa que como pueblo nos apasiona el objetivo de encontrarnos, de buscar puntos de contacto, de tender puentes, de proyectar algo que nos incluya a todos. El pueblo es el sujeto de esta cultura, no una élite que busca una pacificación aparente con recursos profesionales y mediáticos. Esto da un giro copernicano a la relación entre los pueblos.

         En el múltiple abanico de relaciones que se derivan de este programa hay que reseñar como única algo que el tal programa no contempla en sí mismo: las relaciones afectivas. Muchos estudiantes encuentran en estas actividades educativas personas con las que compartir su vida. Posiblemente no nos demos aún cuenta de la trascendencia de esto. Pero, con todas las pegas que se quiera, se está urdiendo el entramado de una nueva sociedad, siquiera en sus inicios. Los ancestrales límites de la vieja caverna saltan por los aires cuando entra a funcionar la dinámica del corazón. La tribalización tiene fecha de caducidad.

         Por todo ello se puede decir que aquí hay un sacramento de nueva relación entre los pueblos. El programa Erasmus no tiene ese objetivo en su plan. Pero se camina en tal dirección. Que se mantenga después de tantos años, aunque las formas hayan variado, indica que se ha dado en el clavo y se viene a decir que el futuro de lo humano está en el intercambio, en la relación familiar, en el encuentro. El compacto mundo del egoísmo neoliberal tiene aquí un caballo de Troya metido en su ciudad. El futuro será distinto.

 

2. El sacramento de l@s jóvenes cooperantes

 

         Vemos en los aeropuertos una escena paradójica: cuando muchas personas huyen del Sur y de su subdesarrollo y buscan su futuro en el Norte, algunos jóvenes del Norte van al Sur para apoyar en proyectos de cooperación. A veces, su corta estancia se convierte en un tiempo más largo porque echan sus raíces en los países empobrecidos. Es un viaje a contracorriente de un sistema imperante que viene a decir que solamente hay vida donde hay dinero en abundancia.

La cooperación internacional se entiende como una acción conjunta para apoyar el desarrollo económico y social del país, mediante la transferencia de tecnologías, conocimientos, experiencias o recursos por parte de países con igual o mayor nivel de desarrollo, organizaciones multilaterales, organizaciones no gubernamentales, etc. A veces la cooperación se realiza en pequeñas ONGs que colaboran con el país beneficiario en sencillos proyectos a corto plazo.

Los jóvenes cooperantes tienen, en mayor o menor grado, el ideal de la justicia social asimilado y creen que sus sencillas acciones pueden colaborar al avance del justo bienestar en los pueblos en vías de desarrollo. Puede que muchas personas tilden su actitud de angelismo superficial, de buenismo de moda. Pero muestran con hechos simples lo mejor del corazón humano, la solidaridad que ampara a los débiles. Menospreciarlos sin mover un dedo por el bienestar de los humildes es un escarnio.

Suele ocurrir que los jóvenes cooperantes se acercan a las trincheras de la pobreza y, a veces, se sumergen en ellas. Pasan carencias que su edad juvenil mitiga. Pero están donde los dolores de lo humano son, a veces, muy agudos. Solo por esa valentía son de admirar. Y aunque sus acciones no cambien el rumbo del planeta, logran que el mundo, a veces tan herido, respire aliviado y el día de la justicia se acerque un poco más. Posiblemente no se lo agradezcan, pero su acción benéfica pasa al tesoro de lo humano.

Cuando vuelven a su lugar de origen regresan enriquecidos por la experiencia. En unos será más profunda que en otros. En cualquier caso, sus viajes, con frecuencia vividos en modos de pobreza, no son estériles. Llevan dentro la virtualidad de la solidaridad y de la compasión humana. Logran hacer del planeta, aquí y allá, un lugar más habitable y por eso  son sacramento de amparo, casa de acogida para los frágiles sociales y memorial de una hermandad que está todavía por lograr. Lenguaje de vida y de futuro.

 

3. El sacramento de voluntarios y voluntarias

 

         No cabe duda de que, más allá de fallos y limitaciones, los voluntarios son el rostro compasivo del planeta. Al estar liberados del salario y del dominio económico logran que su aportación social se vea libre de muchas disfunciones que van unidas al ansia de dinero. Puede que, a veces, surja en ellos el deseo de relevancia social. Pero, dado que su trabajo está en lugares carenciales, generalmente están lejos del brillo y del aplauso.

         Su actividad está con frecuencia envuelta en silencio. No llega al conocimiento de la sociedad. Únicamente en las grandes catástrofes de las que se ocupan los medios de comunicación aparecen ellos de refilón. Raramente se conoce el nombre de la persona voluntaria. Su anonimato es la marca de su entrega. Cumplen de modo eximio el dicho evangélico de que la mano derecha no sepa lo que hace la izquierda. Hacen su trabajo como si fueran a pagarles, a conciencia, aunque no reciban remuneración alguna.  A veces tienen que poner dinero de su propio bolsillo para hacer su labor. Su satisfacción es ver que el frágil va sacando la cabeza a flote. Eso les recompensa tan satisfactoriamente que afirman que reciben más que lo que dan.

         Llegan a identificarse tanto con su trabajo que aguantan muchas penalidades, sobre todo el menosprecio de estos a quienes ayudan. Al ponerse a tiro de los pobres en su cercanía con ellos, estos terminan por tomarlos como cebo de su ira. Y así, yendo a ofrecer su tiempo y su amparo, algunas veces tienen que oír los denuestos que el pobre airado no puede decir a sus opresores. Ayudan y reciben las quejas, a veces hirientes. Son adelantados de lo humano. Tienen mil y una razones para abandonar el campo. Pero no lo hacen por su terca fidelidad a lo humano.

         También se pueden ponerpegas al voluntariado: nunca debería pensarse en él como mano de obra barata que supla a los profesionales remunerados; hay que insistir en su formación para que hagan las cosas bien, no solamente para que se sientan bien; y, por supuesto, hay que cumplir las leyes que regulan estas prácticas sociales.

         Tanto en ámbitos religiosos como laicos surge la pregunta: ¿dónde están los jóvenes? Porque se piensa que la juventud no quiere comprometerse con nada. Pero la respuesta es clara: muchos están en los voluntariados. Es verdad que parece que les cuesta un compromiso continuado. Pero ante las grandes catástrofes, ante los desafíos más hirientes de la pobreza, suelen estar allí. La solidaridad sigue siendo plataforma de encuentro para mayores y jóvenes, para creyentes y ateos.

         Por eso, el voluntariado es sacramento del “estoy aquí” cuando la necesidad aprieta, cuando la soledad muerde, cuando la exclusión es el mar en el que intentan sobrenadar los náufragos del sistema. Ellos están ahí en la oscura noche de los sintecho, en los zozobrantes rescates de los que cruzan el mar, en las trincheras de las guerras olvidadas, en la soledad de las habitaciones de los hospitales que nadie visita, en las tiendas de ropa usada que visten al desnudo de posibilidades económicas. Su estar ahí nos redime de nuestros desvaríos y heridas a la vez que apunta a un futuro de dignidad que ellos hacen más cercano.

 

 

XVI. LOS CAMINOS

 

         En este tiempo nuestro en que no es necesario andar porque tenemos potentes medios de transporte, resulta que rebrotan los caminos que se andan a pie. Se vuelve a la sencillísima verdad de que los humanos, al tener pies, no somos como los árboles. Llevamos dentro el gen del caminante. Es un sacramento universal: caminar nos hace humanos.

 

1. El sacramento del camino de Santiago

 

         Vemos a peregrinos y peregrinas a tiempo y a destiempo, en los días de lluvia en el invierno bajo sus capotes de plástico, en las jornadas de sol abrasador de verano, atravesando los caminos, muchos de ellos solos y a pie. Vienen de todo el mundo queriendo tener la humilde experiencia de caminar durante un mes en silencio y, a la vez, en la compañía de quienes también caminan. Son peregrinos en medio de una sociedad técnica. Quieren encontrar algo conectando con lo más primitivo: la persona que anda. El número creciente de caminantes aún nos descoloca más.

         Muchos se hacen la pregunta elemental: ¿qué buscan? Las respuestas son plurales. Hay de todo. Pero, a la base, parece estar la búsqueda de sentido que afecta a toda persona. Queremos saber qué pintamos en esta historia, cómo vivirla con gozo contando con las limitaciones, cuál es el secreto, si lo hay, de nuestro paso por este planeta azul. Posiblemente muchos de los peregrinos no lo tienen formulado así, pero sus pasos más que en dirección a Santiago van en esa dirección de lo profundo de la vida. Se quiere recuperar la dimensión de hondura en una sociedad que parece instalada en la superficie, en el postureo, en la imagen.

         Mientras se anda, se piensa porque el esfuerzo físico arrastra al interior de la persona. Caminar es leer con los pies, decía B. Atxaga. Y A. Machado decía de sus versos que estaban “paseados”. El caminante observa y piensa, se observa y se piensa. Se siente más vinculado y atado a la tierra que pisan sus pies.

         Por lo que se puede decir que la meta verdadera no es Santiago, sino el propio corazón. Caminar a pie y muchas veces en silencio durante unos cuantos días es terapia conocida para abrirse camino hacia la verdad que uno es. Puede que todo quede como antes. Pero, en no pocos casos, de ese camino dependen decisiones ulteriores que afectan al alma de la persona. No nos referimos a asuntos religiosos sino existenciales. Se demuestra así que volver a lo esencial de lo humano es benéfico para la persona.

         Este sacramento de caminantes es, en consecuencia, algo que afecta a la reorientación de la vida. Esta necesita, a veces un reinicio que impulse de nuevo no solamente con renovados bríos, sino apuntando a objetivos distintos. El camino cumple de este modo su eterna función de llegar a aquello que tenemos cerca y de lo que depende el sentido: un corazón reorientado hacia los demás porque la meta de todo camino es el corazón del otro.

 

2. El sacramento de los caminos bíblicos

 

         Aunque atractivos, son caminos complicados. Siempre lo han sido y más en estos momentos turbulentos de la historia del pueblo judío. Aunque interesantes para las religiones del libro, los judíos nunca han visto estos caminos como una posibilidad de enriquecimiento humano, más allá del aspecto económico. El cristianismo ha sido el más interesado. También no pocos agnósticos y ateos han puesto sus ojos y sus pies en estos caminos pensando que encierran energías especiales.

         Se puede decir que la atracción que ejercen los caminos bíblicos es mistérica no tanto histórica. Efectivamente, aunque cargadas de historia, estas sendas encierran un misterio escondido que el peregrino intuye y que quiere tocar de algún modo. Ese misterio está alimentado por las narraciones bíblicas que encierran espacios nunca iluminados del todo. Ese mundo narrativo es el alma de los caminos bíblicos y el peregrino quiere establecer conexión con ese espíritu oculto. De lo contrario, ¿cómo explicar la atracción que desde siempre ha tenido esta tierra más bien insignificante?

         La tierra es la mediación necesaria para acercarse a ese misterio. Lo que queda del origen de toda narración es la tierra. Ahí están los montes, los ríos, los desiertos. Son los mismos escenarios de las antiguas narraciones. Las poblaciones quedan sepultadas en ruinas o simplemente desaparecidas. Pero la geografía sigue ahí, igual que al principio. El cauce de los ríos sigue impertérrito; la altivez de las montañas sigue desafiando; la aridez de los desiertos continúa tan abrasadora. El resto puede ser manipulado; lo geográfico, no.

         Por eso se piensa que aquella es una tierra de creencias en una densidad que no tienen otros países del mundo. Todas las sendas están impregnadas de historias de fe vividas. Y eso no es mero recuerdo. De alguna manera siguen empapando los caminos porque lo que aconteció, acontece ahora de alguna manera. Esto lo percibe el viajero que recorre los mismos escenarios que anduvieron los creyentes de otras épocas.

         Los caminos bíblicos son sacramento, nunca mejor dicho, de tierra santa y no solamente por su historia sagrada, sino por la historia del sufrimiento que almacenan, desde la antigüedad hasta ahora. Los bíblicos son caminos de recuerdo y de dolor, de experiencias creyentes profundas y de heridas no menos profundas. Quien se arriesga a andar por aquellas sendas experimenta tal ambivalencia. La guerra hace muy difícil moverse por Israel, la guerra de fuera y la que llevan dentro por la suma de crueldades. Los caminos quedan envueltos en ese dolor. A pesar de todo, y en recuerdo de los “santos” que los transitaron, anida en ellos el anhelo de la paz. Eso también está incluido.

 

3. El sacramento de las rutas turísticas

 

         Las hay de todo tipo: gastronómicas, porque el bienestar económico lleva a disfrutar de comida selecta; enológicas, porque el vino hace parte de la cultura mundial; literarias que recorren sendas de la vida de autoras y autores reconocidos (Santa Teresa, Delibes, Saramago, etc.); hagiográficas, que andan por donde marcharon los pies de santos y santas eminentes. De alguna manera se quiere andar por las sendas de vida de quienes, por una razón u otra, tuvieron algo que decir a los humanos. Revivir sus pasos es, de alguna manera, revivir los horizontes de esas vidas. Hay un trasvase de experiencias que animan al viandante de hoy a recorrer las sendas del pasado. Y hay que tener por cierto que nadie las recorrería si no anidase el irrefrenable deseo de aprender de aquellas experiencias y de revivirlas de alguna manera.

         Es posible que quien hace una ruta turística busque solamente el entretenimiento, el descanso o el mero pasatiempo. Estas rutas se venden como turismo sin más fondo. Pero las cosas humanas no tienen una única cara. Son también un poliedro que refleja y esconde muchas realidades. A veces ni la misma persona se percata de las posibilidades que encierran sus propios actos. Somos simples y complejos a la vez. Hay que contar con este entrelazamiento de perspectivas.

         ¿Qué hay, pues, detrás de las sendas humanas? Está el sentido, el elemento orientador de la vida humana. Si se pierde el sentido se oscurece la vida. Si se encuentra uno con el tesoro del sentido, la vida brilla y se recaban fuerzas que doblegan muchas dificultades. Como dijo V. Frankl, la vida de los humanos es una continua búsqueda de sentido. La mirada se ilumina cuando el sentido aparece y se nubla cuando aquel se oculta. Caminar por las sendas de quienes nos antecedieron puede ayudar al acercamiento del sentido anhelado. Los modos humanos de búsqueda del sentido tienen también algo de misterioso porque se sitúan en lo profundo.

         Podría también entenderse la actividad caminante por las rutas turísticas como una metáfora del esfuerzo humano por ir aproximándose al paraíso final de la plenitud humana. Resulta que el paraíso nunca estuvo al principio, sino que está al final, tras los esfuerzos sumados de lo humano. Es verdad que estas rutas son lúdicas. Más allá de su aspecto placentero hablan de la itinerancia que nos compone.

         Por todo ello se puede hablar de sacramento de vuelta a los orígenes, a lo más básico, al sentido de lo humano. Tal vez quien hace esta clase de turismo no es consciente de ello ni lo pretende explícitamente. Pero nosotros que leemos ese comportamiento desvelamos una actitud que busca la luz del sentido yendo a elementos, como el peregrinaje, que están inscritos en el fondo de lo humano. Hacer esta clase de lecturas contribuye a generar espacios de más humanidad, de memoria.

 

XVII. LOS ANIMALES

 

         Estamos en nuestra época en los umbrales de un nuevo lugar para los animales en el conjunto de lo creado. Hay quien, como P. Llored, aboga por un nuevo lugar moral para ellos. Es la obligación de hacer entrar en un mundo común, es decir, en una comunidad moral, la vida de los animales no humanos y a la naturaleza toda.

 

1. El sacramento de las mascotas

 

         El gran número de mascotas que conviven con los humanos indica que algo está cambiando. En España, entre perros y gatos, hay 15 millones de mascotas, un volumen de animales inusitado en comparación de épocas anteriores. Los recursos que movilizan, el lugar de acompañantes que ocupan, su potencial terapéutico está hablando a las claras que este colectivo de creaturas está demandando un espacio en el conjunto de la sociedad. Necesitamos un cambio de mirada para comprender qué está pasando.

         Efectivamente, los animales que conviven con las personas están siendo considerados como algo más que meros animales de compañía. Aun teniendo en cuenta la disfunción de aquellos que quieren considerar como humanos a los animales, no lo son, muchos ciudadanos entienden su relación con los animales en modos familiares. Los perros y los gatos hacen parte efectiva y afectiva de la propia familia. Tocar al perro es tocar a la familia.

         Ello ha llevado a los etólogos que se ocupan del comportamiento de los animales a plantear abiertamente la cuestión de sus derechos. Algunos países los están reconociendo en su propia constitución (Ecuador, por ejemplo) y el tema es ya de dominio popular. Las leyes que penalizan el maltrato a los animales, como la Ley de Protección de los Derechos  y Bienestar de los Animales de marzo de 2023, van en esa dirección. Reconocer los derechos de los animales es hacerles partícipes del mundo moral de los humanos. 

Se reconoce el potencial terapéutico de los animales para impulsar el bienestar y la salud de las personas en función de sus necesidades. Los beneficios resultantes son muchos: restauran la comunicación y las relaciones personales, incrementan la autoestima, disminuyen la ansiedad y la depresión, aumentan la seguridad y tranquilidad en los pacientes y potencian sus habilidades. Por todo esto no cabe duda de que los animales merecen una gran consideración.

Cuando se pide un espacio moral para los animales se está demandando, en primer lugar, la existencia de una comunidad moral entre humanos y animales, a pesar y gracias a nuestras diferencias. En segundo lugar, una racionalidad práctica que sea común a todo viviente humano y animal. Y, finalmente, una libertad también común que se presente como valor moral fundamental y que un derecho no antropocéntrico tiene que proteger, reconociendo así derechos a todas las formas de vida animal.

De estos planteamientos se derivan unas inmediatas consecuencias: nos interrogamos si es ético considerar a los animales, sin más, como instrumentos de experimentación para la ciencia y si es realmente científico servirse de modelos de laboratorio para producir conocimientos aplicables a la humanidad. Además, nos preguntamos si no habría que inventar una sociedad donde haya una pluralidad de racionalismos, desde los humanos hasta los animales. Esto lleva a revisar el antropocentrismo como poder de intervención en el mundo y a superar el paradigma moral del sufrimiento de los animales en una ética animal respetuosa y liberadora.

Entender esta situación desde una perspectiva más global como sacramento de compartir espacio moral reposa sobre tres conceptos fundamentales: la crítica a toda relación antropocéntrica entre la humanidad y el animal, la igualdad de consideración moral y la actuación social en el caso. Plantearse en serio la relación con los animales está dejando de ser un asunto banal para los humanos porque la enorme cercanía y el número amplio de ellos es una realidad cargada de preguntas.

 

2. El sacramento de los centros de recuperación animal

 

Un centro de recuperación de fauna es un lugar donde se reciben animales silvestres heridos, enfermos o huérfanos para su cuidado y posterior liberación al medio natural. El objetivo es devolver a la naturaleza a los animales heridos completamente recuperados y en plenas condiciones físicas, de forma que sean efectivos viables para sus poblaciones. Los animales ingresan en estos centros debido principalmente a atropellos, choques con tendidos eléctricos, caídas de nidos, etc.

         Con ser trabajos para técnicos, estos piden la colaboración ciudadana porque son los particulares quienes se encuentran en el campo o la ciudad con los animales heridos, sobre todo aves. Se precisa una cierta sensibilidad para no abandonar a su suerte a las aves moribundas o heridas que se encuentra uno en el suelo. Esa sensibilidad pide una revisión de la relación que tenemos con los animales y con la naturaleza.

         Las amenazas que penden sobre los animales son la contaminación ambiental, del suelo, agua, aire; contaminación atmosférica por gases de combustibles fósiles, uso de plaguicidas; especies invasoras que pueden impactar negativamente a la fauna y a la flora local. La pérdida de hábitat plantea la mayor amenaza para las especies. Los bosques, pantanos, humedales, lagos y otros hábitats del mundo siguen desapareciendo a medida que se usan para el consumo humano y se transforman para dar paso a la agricultura, la vivienda, las carreteras, los oleoductos y otras características del desarrollo industrial.

         Visto lo que ocurre en todo el planeta, podemos decir que el cambio climático es la gran amenaza existente para la vida silvestre, los espacios naturales e, incluso, las comunidades humanas. Los destrozos de los fenómenos de la naturaleza que desencadena el cambio climático son elocuentes. Las grandes danas se llevan por delante la vida de muchas personas y la de muchos animales, domésticos y salvajes. La violencia de la naturaleza la sufren también los animales.

         Participan de esta orientación de, llamémoslo así, “dignidad animal” los circos que ya no incluyen números con animales. Muchos países han adoptado esta prohibición que pone en riesgo la vida de los trabajadores y de los mismos espectadores. También, de alguna manera, participan en esto los zoos que hacen menos prisionera la vida de los animales. Los animales que viven cautivos en los zoos están limitados por las barreras físicas hasta tal extremo que dejan de ser animales para convertirse en prisioneros.Su comportamiento pasa de ser el comportamiento normal que tenían cuando vivían en libertad a adquirir pautas comportamentales patológicas, signo del sufrimiento que padecen.Los animales necesitan vivir en libertad y no estar sometidos a estudios carentes de validez o a la explotación.

         Podríamos calificar a estos centros de protección animal o a los lugares donde los animales comienzan a ser tratados de otro modo como sacramento de dignidad ampliada. Para muchas personas resultará impropio hablar de “dignidad” y de derechos cuando se trata de animales. Todos los comienzos resultan difíciles y tienen muchas incógnitas no resueltas. Pero lo cierto es que el reconocimiento del peso moral de los animales, y por extensión de todas las criaturas, ha venido para quedarse.

 

3. El sacramento de los animalistas

 

         Los hemos visto en nuestras calles manifestándose de formas llamativas con escenificaciones donde simulan la muerte de los animales o se desnudan para llamar más la atención. En España se vuelcan sobre todo en las corridas de toros. El país se halla dividido al respecto: los taurinos aluden a la carga histórica y cultural del espectáculo; los antitaurinos argumentan con la violencia, la crueldad y la muerte con que son tratados los animales. Nunca en la historia de estos eventos se protestó para su eliminación. Es la hora de los animalistas.

Los animalistas creen que los animales del planeta cuentan como equiparables a nosotros. Así de simple y de complejo. Para ellos, no son una parte más del ecosistema, como creen los ecologistas. Los enfoques animalistas sostienen el respeto hacia la vida y buscan la abolición de toda esfera de explotación y maltrato animal mediante acciones concretas que modifican la relación entre sociedad y ambiente. La emergencia de los enfoques animalistas puede responder de alguna manera a la crisis ontológica de los dualismos que han construido la identidad moderna y a la persona en términos de individuo y ser totalizante.

Lógicamente la sociedad está polarizada al respecto. Pero hay que decir que esta ideología está cargada de futuro, tanto por su manera de pensar como por el hecho de que son las generaciones jóvenes quienes se apuntan a ella. Dicen algunos que  lo menos que se puede decir de la fiesta degradante de los toros es que está fuera de época. Éste ya no es el país de gente desdentada y patilluda que alcanzaba la gloria metiéndose entre pecho y espalda vino de bota mientras un torero, a cuchillada limpia, hacía un estofado sobre un animal para solazarle y afirmar al mismo tiempo los valores de la raza (M. Vicent). No tiene vuelta de hoja. Tardará más o menos, pero esto apunta a un cambio.

Los activistas del movimiento de liberación animal adoptan además algún tipo de alimentación vegetariana, tendiendo a la alimentación vegetariana estricta (sin productos de origen animal) que promueve el veganismo y no usan ropa hecha con piel animal como zapatos y chaquetas de cuero, ni productos que contengan subproductos animales o ingredientes que hayan sido probados en animales. Son planteamientos de futuro porque ¿quién sabe cómo será la alimentación de entonces cuando vemos que ya se fabrica “carne” en impresoras 3D? Por su parte la incidencia de esta mentalidad en el mercado es clara: las prendas de pieles animales han sido sustituidas por pieles sintéticas para que tengan cabida en el mercado. Testar productos farmacéuticos o de belleza en animales es algo cada vez más restringido.

Podríamos decir que el activismo animalista es una especie de sacramento de militancia ampliada respecto a los animales. Al ser lenguajes equívocos y sin respaldo legal en muchos casos, el problema de incardinación social no es fácil. Pero cada vez es más posible que los postulados del animalismo vayan cobrando cuerpo legal y generando adeptos en nuestra sociedad. Parece ser cierto que la inmensa mayoría de los jóvenes españoles, aunque no sean deportistas, prefiere mil veces una canasta de Riki Rubio que ver a un toro vomitando sangre o les emociona más un revés fulgurante de Alcaraz que contemplar cómo el torero corta el rabo a la res caída en la arena.  Se abre otro horizonte.

 

 

XVIII. LOS ACCESOS

 

         La movilidad es una necesidad urbana. La ciudad se paraliza sin desplazamientos. La misma vida social se colapsa ante las barreras arquitectónicas. Cada vez son menos los obstáculos físicos que impiden la comunicación. Los accesos facilitados se convierten en sacramento necesario de relaciones.

 

1. El sacramento de las aceras rebajadas

 

         Posiblemente el ciudadano no se percate de que muchas de las aceras urbanas están rebajadas, al menos, en su inicio y en su final para que las personas con diversidad funcional puedan transitar con facilidad. Conseguir algo tan sencillo ha costado muchas luchas, manifestaciones, denuncias, etc., porque destruir un bordillo de acera y construir un rebaje supone mucho dinero ya que las aceras no se construyeron en su día con ese elemento. Es el triunfo de lo humano, de la inclusión.

         Nivelar una acera con la calzada supone un trabajo específico de manera que queden enrasadas con el vial. Esto se acompaña muchas veces de la renovación del pavimento mediante la colocación de baldosa hidráulica de color negro. En general, junto con el bordillo se renueva también la cuneta de recogida de aguas, sustituyendo a su vez o incluso desplazando los sumideros existentes si así fuera necesario. Un trabajo notable. Es preciso percatarse de ello.

         Condenar a la inmovilidad es cercenar las posibilidades de relación. Por eso se puede decir que desplazarse es un derecho de la persona y es obligación de la Administración resolver esa necesidad. Los seres humanos tenemos la necesidad física y psicológica básica de movernos: la actividad física como impulso primario. Si bien es menos necesaria para la supervivencia en los tiempos modernos, sigue siendo esencial para prosperar en la vida, y los bajos niveles de movimiento están relacionados con numerosos problemas de salud física y mental. Facilitar el movimiento a las personas con diversidad funcional es generar salud en colectivos sociales más frágiles.

         La Ley de Movilidad Sostenible reconoce el derecho de todos los ciudadanos y las ciudadanas a disfrutar de un sistema de movilidad sostenible. También se han de atender las necesidades de las personas menos favorecidas y de las zonas afectadas por procesos de despoblación, y en particular, prestar especial atención a los supuestos de movilidad obligada.

Aunque muchas aceras de nueva construcción van con rebaje incluido, la dificultad para adaptar las antiguas es el gasto que supone esa obra repetida muchas veces en la ciudad, aunque se vea que facilita la movilidad a pie de los ciudadanos. Pero más al fondo hay un problema de inclusión. No se termina de ver que las personas con diversidad funcional tengan derecho explícito a poder circular por la ciudad con normalidad por sus propios medios. Al ser un colectivo minoritario, es fácil desatender la petición o dar largas al asunto. Como decimos, la lucha de muchos colectivos ha logrado que los rebajes conformen un itinerario urbano accesible, aunque son todavía los ayuntamientos quienes tienen la sartén por el mango.

Podría ser entendido todo este asunto como un sacramento de relación igualitaria para colectivos en dificultad porque la ayuda a quien necesita más medios para relacionarse no es un privilegio, sino una exigencia de la ciudadanía. Y como tal debe ser resuelta. De ahí que los rebajes de acera habrían ser objeto de obligado cumplimiento en cualquiera de sus versiones. Aunque esta realidad parece estar más cerca que nunca, habrá que seguir en esa lucha por la igualdad que está a la base de todo.

 

2. El sacramento de las rampas

 

         Las vemos en casi todos los edificios públicos y en muchos privados. Son una parte necesaria del mobiliario urbano. Tratan de ser una ayuda para las personas con diversidad funcional. Este es un término que tiene en cuenta a sus miembros de forma igualitaria. El concepto de diversidad funcional tiene el objetivo de combatir la exclusión social. Se quieren eliminar las connotaciones negativas y que acarrean expresiones como ‘invalidez’, ‘minusvalía’ o ‘incapacidad’, que sugieren que estas personas son menos válidas que aquellas que no se encuentran en su misma situación. Por ello es preferible emplear el término diversidad funcional, puesto que no establece una jerarquía de ‘válido’ o ‘no válido’ y permite concebir la situación de estas personas como algo diferente, y no como algo peor, como sucedía anteriormente.

Las rampas son uno de los derechos de accesibilidad recogidos en el Código Técnico de Edificación para toda persona en silla de ruedas o con movilidad reducida. La construcción de nuevos edificios públicos o privados en España debe contar con espacios accesibles, permitiendo comunicar todas las plantas, viviendas o espacios comunes, con la vía pública; ya sea por medio de ascensores, o de rampas para personas con movilidad reducida. Esto no sólo permitirá a toda persona en silla de ruedas disponer de autosuficiencia de uso, sino que habilitará el acceso a carritos de bebés o abastecimiento  de mercancías con ruedas.

Por todo esto, las rampas quedan convertidas en signo indiscutible de inclusión. Recuerdan a la comunidad ciudadana la diversidad de la que está hecha y la obligación de diversificar su ayuda a todos los colectivos que la componen posibilitando de ese modo el ejercicio de la ciudadanía que debe amparar a todos. La comunidad social se ve enriquecida por la diversidad y objetos como las rampas se convierten en elementos de concientización comunitaria, muy valiosos para cohesionar a la ciudadanía. El sálvese quien pueda del egoísmo humano tiene unos límites cada vez mayores. Esta capacidad de significación humanitaria es la que hace indiscutibles a las rampas y similares.

         Sin las rampas, la vida social se empobrecería porque sería imposible el acceso a los teatros, los edificios públicos, las iglesias, los centros culturales, etc. Las rampas permiten que quien se desplace en silla de ruedas, eléctrica o manual, pueda hacerlo sin el concurso necesario de un acompañante favoreciendo así el desarrollo personal. Verse libre de la tutela de un ayudante lleva a la conciencia de autonomía personal.

         Por todo lo dicho, las rampas pueden considerarse como sacramento de consideración igualitaria más allá de limitaciones. El logro de la igualdad está siempre en el punto de mira de los anhelos sociales ya que el componente desigualador obra en lo humano desde los albores de la historia. Cualquier paso que se dé en la dirección de la igualdad, y las rampas es uno de ellos, contribuye a la nueva sociedad de iguales a la que aspiran muchas ideologías y no pocas religiones.

 

3. El sacramento de las escaleras mecánicas

 

         Las vemos en todas partes, en los aeropuertos, en las estaciones de bus y de tren, en los centros comerciales, en el metro de las grandes ciudades. Ahí están, silenciosos,  esos monstruos de acero funcionando sin parar. Las escaleras mecánicas se traducen en comodidad para los usuarios, ya que les evita el esfuerzo físico de subir escaleras. Además, pueden servir para la orientación y circulación de los visitantes. Así, se evitarán las grandes aglomeraciones en una misma zona.

Una de las principales ventajas de las escaleras mecánicas es su facilidad de uso. Son especialmente útiles para personas con movilidad reducida o para aquellas que tienen dificultades para subir escaleras convencionales.  Son útiles para espacios públicos en los que hay mucho trasiego de gente o desniveles importantes en el terreno. Otro beneficio de las escaleras mecánicas es su capacidad de transporte.

Existen también otros adelantos similares en los domicilios. Son un concepto diferente y más adaptado a las necesidades del hogar. Estas soluciones, también llamadas sillas subeescaleras o salvaescaleras están diseñadas específicamente para superar las barreras arquitectónicas en viviendas particulares, ayudando a personas con movilidad reducida a desplazarse de manera segura y cómoda entre los diferentes niveles de su casa.

En cualquiera de estas versiones son herramientas no solamente facilitadoras del consumo, sino también apoyos de la vida para hacerla más asequible a personas con dificultades de movilidad. Sin esta clase de artilugios sería imposible caminar por un aeropuerto o subir desde las profundidades del metro. Puede decirse de ellas que son útiles en la medida de la necesidad de muchas personas.

El número de usuarios es amplio porque se ha alargado la vida de las personas hasta edades de media desconocidas en otros tiempos. El colectivo de adultos es, en su mayoría, quien utiliza estas ayudas. Contribuyen así al disfrute y al cumplimiento de tareas de personas que antes estaban reducidas al ostracismo. Todo confluye para hacer más humana con esas herramientas el caminar de las personas.

Por eso mismo, las escaleras mecánicas y similares podrían ser entendidas como sacramento de ampliación humanizadora porque contribuyen a ampliar con humanidad la etapa adulta de las personas. Como decimos, no solo es comodidad, sino también humanidad. Aunque no lo parezca, inventos como estos hablan de la técnica puesta en función de lo humano lo que da sentido y capacidad significativa: hablan el lenguaje de fraternidad humana.

 

 

XIX. EL TIEMPO

 

         La relación con el tiempo es esencial en el camino humano. Recordamos el pasado, vivimos el presente, planeamos el futuro. En la física cuántica el tiempo acontece en un único modo. De cualquier manera, como decía el viejo libro bíblico del Eclesiastés, hay tiempo para toda acción humana. Basta buscarlo, esperarlo y vivirlo. La sacramentalidad del tiempo ha sido considerada desde siempre.

 

1. El sacramento de la juventud que busca

 

         La juventud ha sido cuestionada en todas las épocas de la historia y en todas ellas ha sido deseada. Los grandes filósofos griegos (Sócrates, Platón, Aristóteles) tienen frases durísimas contra los jóvenes. Sócrates, por ejemplo, decía: «La juventud de hoy es maleducada, desprecia la autoridad, no respeta a sus mayores y chismea mientras debería trabajar. Contradicen a sus padres, fanfarronean en la sociedad, devoran en la mesa los postres, cruzan las piernas y tiranizan a sus maestros». Pero lo mismo ocurre con los pensadores de hoy. A modo de ejemplo dice A. Espada: «Ser joven es una desgracia que se cura con el tiempo».

         Cuando se habla de la juventud es preciso ser consciente de que se está hablando de una realidad diversificada. Ni todos los jóvenes hacen botellón, ni todos ellos son científicos en potencia. La juventud es tan variada como lo es el hecho social. Por eso mismo hay que saber manejar una realidad plural. Eso conlleva ser crítico con quien haya que serlo y ser valorativo con quien se lo merece.

         Muchos achacan a la juventud su vacío existencial, su carencia de ideales. Puede que, en parte, así sea. Pero lo mismo ocurre en la edad adulta. La juventud es época de ideales buscados y, a veces, no logrados. Esto tampoco se consigue automáticamente en la edad adulta. Todos y todas habrán de trabajar por acercarse a lo que sueñan sabiendo que las metas deben ser ilusionantes pero también realistas.

         Se dice que lo peor de los jóvenes de hoy es que no tienen salidas laborales y económicas. La juventud siempre ha sido una época relativamente precaria y de incertidumbres. También muchos jóvenes creen que su vida va hacia la nada, se sienten cansados , incapaces de imaginar y proyectar el futuro. Aumentan los problemas de salud mental en ellos. Pero, como decimos, la juventud es época de escasez y de ideales no cumplidos. Aprender a situarse en la precariedad, que nuestros antepasados han vivido obligatoriamente forzados por la pobreza, es una fuente de equilibrio y de contención.

         Un reflejo del descontento existencial que sufren los jóvenes puede ser la razón por la que no pocos de ellos se sitúan hoy en espacios sociales y políticos de ultraderecha. Es un fenómeno inquietante. Con alguna frecuencia esa opción se mezcla a una violencia militante y antisistema que supone una amenaza para el orden social.  Habrá que estar atento para, al menos, no alimentar ese monstruo que anida en el hecho social.

         Y, como el resto de la sociedad, los jóvenes, en una gran mayoría, han abandonado el hecho religioso. Parece haberse superado el umbral de 50%: más de la mitad de los jóvenes se dicen ateos o agnósticos. La práctica religiosa se reduce al 6,5%. Pero, ¿les interesa la espiritualidad? No se observan movimientos espirituales configurados como tales excepto en casos contados. Creemos que aquí hay un foco de preocupación.

         De cualquier manera, la juventud diversificada puede ser sacramento de la búsqueda de un lugar que no existe. Solo en apariencia esto es paradójico. Que no exista ese lugar no priva al mundo joven del dinamismo de la búsqueda. Por eso resultan extraños y azarosos sus caminos. Que parezca que no lleva a nada no quiere decir que sean inútiles. Andar en busca de un sueño es, al fin y al cabo, andar. Y mientras se camine, hay horizonte.

 

2. El sacramento de la adultez prolongada

 

         El aumento notable de la esperanza de vida (85,7 mujeres, 80,5 hombres) ha hecho que, desde la jubilación hasta la vejez, se extienda toda una etapa personal de más de 15 años que puede ser considerada como una nueva edad de la persona. Aunque haya ciertas limitaciones de salud, esa etapa permite hacer planteamientos de vida, de ocio, de relación, de colaboración social que nunca habían sido posibles hasta ahora. Es la época de la adultez prolongada.

         Este tercero de los cuatro segmentos vitales de la vida de la persona ocupa un amplio espacio demográfico acercándose, en España, al 20% de la población. Esto configura la vida de un país y lo reorienta en sus aspectos más existenciales. Mirar esta fase como una época “inútil” es un error. Es muy activa y tiene un peso específico en la vida del país.

         Se puede decir que la adultez prolongada es un tiempo de oportunidades ampliadas, tanto en el campo personal como en el social. Desde el punto de vista personal es época de nuevos encuentros que propician comportamientos afectivos específicos. Las parejas de adultos que se separan en esta época están aumentando de manera exponencial (cerca del 6%). Por otra parte, muchos voluntariados están sostenidos por personas de este tramo de edad. Se tiene la conciencia de que aún se es dueño de la vida, que esta se halla en las manos.

         Aplicar a estos años el calificativo de “otoñales” puede indicar que no se los valora suficientemente como si se dejara a esas personas en la cuneta del cauce social. No es así. Los años de la adultez son, más allá de limitaciones, la época de las vivencias más verdaderas, el tiempo en que uno puede ser más auténtico. Esto le hace a la adultez ser sacramento de verdad, de no tener que justificar lo que no necesita justificación.

         Incluso más, podría ser entendida esta época como sacramento del lugar encontrado. Muchas de las energías vitales se emplean en encontrar el propio lugar en el mundo. Hay personas que no llegan a dar con él. Como en la época adulta se tienen la mayoría de los datos de la propia vida, esto posibilita conectar con ese lugar que otorga sentido a la propia existencia. Esto beneficia a la persona y la sociedad porque quien encuentra su lugar en el mundo ejerce una acción benéfica notable en su entorno.

         De esta manera, el tiempo de la edad adulta puede ser una vida iluminada e iluminante contando con la grisura de las limitaciones de esa edad. Iluminada porque abre espacios de vida que antes no existían y ensancha el horizonte existencial con una muerte postergada y mejor entendida al haber vivido más. Iluminante porque su aportación social, al estar muchas veces libre de intereses económicos, es de evidente calidad humana.

 

3. El sacramento de la vejez ineludible

 

         Por mucho que se la quiera postergar, la vejez está ahí de manera inexorable. Es uno de los mayores problemas humanos y sociales porque el número de ancianos, con el aumento de la media de vida, ha crecido a ojos vistas. Las plazas de residencias de mayores aumentan en España a razón de más de cinco mil al año. Es una realidad inapelable a la que es mejor darle cara para sacarle todo el potencial humano que posee.

         Ante la ineludible vejez hay personas que van elaborando un plan y otras que dejan que sea el discurrir del tiempo quien marque los pasos a dar. Toda opción es respetable, pero no cabe duda de que es mucho mejor prever el tiempo del final del camino. De esta manera, la época de la vejez es más elocuente y puede ser una aportación valiosa al tesoro de lo humano ya que el caminar hacia la muerte, vivido con sentido, es algo muy positivo.

         Puede ser entendida esta época como la de la experiencia de lo pequeño y su disfrute. Por el aumento de las limitaciones las posibilidades de vida se restringen. Pero eso no impide que, si se ha cultivado la sabiduría del disfrutar con poco, también se encuentren gozos en esta etapa final: el gozo del logro de una cierta paz reconciliados con la propia historia; la alegría de verse acompañado y sostenido por manos amigas y fieles; la satisfacción de ver que se deja este mundo en un estado algo mejor que cuando se vino a él; la tranquilidad de que se ha intentado amar por encima de fallos evidentes. Es el tiempo del disfrute en lo secreto, sin alharacas, en el camino apartado, pero verdadero, que apunta a lo pleno.

         El tiempo de la vejez ineludible es también tiempo de reconciliación porque todo el mundo lleva en su mochila rincones devastados por la inhumanidad vivida. Llegar a vivir con paz aquello que fue un error y que no se ha podido enmendar es un logro. Como dice T. de Chardin: «Vive feliz. Te lo suplico. Vive en paz. Que nada te altere. Que nada sea capaz de quitarte tu paz. Ni la fatiga psíquica. Ni tus fallos morales». Llegar a esos niveles de reconciliación puede ser fuente de sosiego en una época de la vida amenazada por los remordimientos.

         Si surgen los sentimientos de confianza se puede llegar a desplazar a la inquietud de los interrogantes finales que siembran oscuros presagios en el corazón del anciano. De esa manera puede verse libre de un más allá amenazante dando paso a un estado de tranquilidad y de paz. Más aún, podrá verse libre de todo aquello, aunque sea el mismo Dios, que pretenda demandar unas cuentas que nadie va a pedir.

         Es la vejez sacramento de plenitud limitada, por paradójico que parezca. Así se llega a la evidencia apaciguadora de que la vida está bien hecha como está y que sus límites son componente necesario para entender que el gozo limitado es valioso. Algunas personas tienen muchas dificultades para entender esto. Quien no las tiene tantas habría de ser adelantado de esta espiritualidad de la hermosura de vidas colmadas que, al final, se miran en paz.

 

 

XX. LA COMUNICACIÓN

 

         La comunicación es elemento insubstituible de la vida y más en nuestros tiempos de hoy. Si la comunicación no funciona se paraliza la vida. Las grandes cantidades que gastan las corporaciones en sistemas de comunicación hablan de su importancia. Sus componentes se convierten en sacramentos que apuntan a niveles profundos de lo humano.

 

1. El sacramento de la mensajería instantánea

 

         Podemos decir que todo el mundo conoce qué es Wasap la aplicación que conecta a dos mil millones de personas, un cuarto de la humanidad. Es un líder de mensajería instantánea por su rapidez, gratuidad y brevedad. Es líder, aunque le pisan los talones otras propuestas (Telegram, Signal, Threema, mensajes de Google etc.). Parece ser gratuito pero, como luego diremos, se paga con moneda de datos que luego gestionan las grandes empresas de venta de datos. No tan gratuito. Y, aunque se cuelguen documentos, la mayoría lo usan para mensajes breves conformando así un estilo de comunicación propio de esta época: los textos largos tienen poco futuro. La aplicación permite enviar y recibir mensajes mediante Internet, además de imágenes, videos, audios, grabaciones de audio (notas de voz), documentos, ubicaciones, contactos, gifs, stickers, así como llamadas y videollamadas con varios participantes a la vez, entre otras funciones.

         Puede ser considerada como una red global. Nunca en la historia de la humanidad se habría dado semejante índice de comunicación global en tiempo real, nunca se había soñado poder hacerse presente en un evento de manera tan inmediata, nunca las informaciones han viajado a velocidad más rápida que la que ofrece este canal de mensajería. La recurrente globalización cobra en wasap el rostro de la evidencia. Aunque una gran parte del planeta aún no tiene acceso a él, las cotas de intercomunicación jamás habían llegado a semejante nivel.

         Uno de sus mayores riesgos es la superficialidad fomentada por la brevedad. Si se dejan fuera los matices, queda también fuera la posibilidad de ahondar. Wasap es “irreflexivo” por naturaleza. No pretende la reflexión, sino la rapidez de la información, el vértigo del dato ofrecido. Contribuye a un estilo de vida situado en la superficie haciendo cada vez menos necesaria la búsqueda de la profundidad, la reflexión. Y otro peligro es la oferta gratuita de los datos a las empresas de big data que se lucran con ellos y al afianzamiento del capitalismo de la vigilancia, una de las peores formas de capitalismo que se han ideado. Con esta oferta quedamos al albur de las empresas de publicidad que van conformando la orientación social de la que hacemos inexorablemente parte. El panorama en 2025 parece que se oscurece con el anuncio de los cambios de su política de moderación y eliminación de verificadores de datos adoptando un sistema similar a X.

         A un nivel más simple, los grupos de wasap son una herramienta de comunicación con el matiz del interés comunitario: un grupito de personas hace un grupo para su particular comunicación. Más allá de la “tiranía informativa” que esto conlleva (se cuelgan los itinerarios diarios de las personas que abundan en extrema superficialidad) los datos se deforman en el decurso de una información no contratada. Y de ahí hay un paso a la propagación de bulos, una de las grandes enfermedades sociales de hoy que llevan a la impotencia y la desgana para llegar a buscar la verdad de los datos. Pasa por verdadera cualquier información que se dé en las redes. La desprotección a la que se llega es enorme. ¿Qué empresa recopila más datos? Google recopila y almacena la mayor parte de nuestra información, lo que no sorprende, ya que su modelo de negocio se basa en conocer la mayor cantidad posible de datos (y hacer que sea muy fácil acceder a ellos). Este es el “petróleo” del siglo XXI.

         Al ser una herramienta de fácil uso se emplea para concitar a la ciudadanía a quedadas que no están programadas por entidad alguna. Con ello, la vivencia de la política pasa de los canales habituales y adquiere un matiz asambleario ajeno a las directrices generales del país. El peligro de manipulación es enorme. Eslóganes que corren, como el de “El pueblo salva al pueblo”, son cañonazos en la línea de flotación del Estado y el uso que de ello hacen los políticos (sobre todo los de ultraderecha) deriva en un arma de auténtica lucha política.

         Aun con todo lo dicho, wasap puede ser entendido como sacramento de conexión fácil y valorado como tal ya que el acuerdo rápido entre humanos siempre ha sido algo difícil de lograr. Que tenga pegas no impide leer sus posibilidades de humanización que son muchas. Y estas grandes herramientas de comunicación moderna marcan una indudable tendencia: el horizonte de lo humano es la comunicación basada en el respeto, la verdad y la ayuda a los más frágiles. Que esto no se vea hoy con toda claridad no es obstáculo para constatar adónde apunta.

 

2. El “antisacramento” de X

 

         Es una red que viene de Twitter (ahora X), una red social de microblogueo en la que los usuarios publican e interactúan con mensajes conocidos como «tweets»(ahora llamados «posts»). Desde que la compró su actual propietario, el multimillonario Elon Musk se ha convertido explícitamente en una herramienta de lucha política por la ultraderecha de muchos países. Pero también la frecuentan otros muchos usuarios (250 millones en todo el mundo).

La tendencia a posiciones ultraconservadoras ha hecho que muchas personas o entidades abandonen la plataforma X. Entre las razones para abandonarla se cuenta el continuo aumento de contenidos negativos en la misma. The Guardian se refiere a un contenido a menudo perturbador promovido o encontrado en la plataforma, incluyendo teorías de conspiración de extrema derecha y racismo. Los bulos, las noticias falsas y los discursos de odio habrían motivado la decisión de abandonar X por parte de grandes periódicos. La toxicidad se ha apoderado de la red de microblogging en los últimos tiempos. X ha entrado en una deriva que vulnera los mínimos conceptos de ética o de justicia que deberíamos respetar en una sociedad democrática. 

         El uso político partidista de una red como X fomenta la desinformación y, con ella, la crispación y la polarización política junto con la amplificación de bulos por parte de los sectores partidarios de las teorías de la conspiración. Las redes sociales pueden ser una herramienta importante para las organizaciones de noticias y ayudarnos a llegar a nuevas audiencias, pero, en este momento, X es una traba para la libertad y la verdad.De cualquier manera, el abandono de Twiter por muchos usuarios ha de interpretarse como un signo de salud social y un deseo de vivir en unos admisibles niveles de verdad.

         No es extraño que ocurra algo así. Las modernas técnicas de comunicación no obvian el lado oscuro que habita en la realidad humana. Todo se pone en función del logro del poder. Y si para eso hay que sumergirse en la ciénaga del fango, se hace sin contemplaciones. El resultado es altamente negativo para la convivencia social y el horizonte de la fraternidad se aleja. Tener controlado ese lado oscuro habría de ser uno de los objetivos de las redes sociales; alimentarlo es una siembra de inhumanidad a gran escala. 

         El rechazo a ciertos comportamientos de los dirigentes de X demuestra que el amor a la verdad no es algo muerto por mucho que algunos quieran enterrarlo por la desinformación que arrasa la relación de la ciudadanía con la realidad. El caudal de mentiras tóxicas no va a poder con la fuerza de la verdad. Aunque la relación de los más jóvenes con la desinformación se esté cocinando en un escenario confuso la verdad terminará por salir a flote. La desinformación es una estrategia de las élites que será vencida por la fuerza y por la lucha de quienes mantienen vivo el amor a lo verdadero. Porque estos existen.

         Redes como X podrían ser calificadas como “antisacramento” de la verdad. Todos sabemos que hoy el control de las narrativas es un combate crucial. Y aunque las democracias estén más expuestas al riesgo de la desinformación que los regímenes autoritarios, son aquellas las que terminan por lograr sus objetivos, aunque fuere limitadamente. Cada ciudadano que se plantea críticamente el optar por una red u otra está haciendo un servicio a la verdad, aunque su elección sea cuestionable. La irrupción de la IA quizá lo haga todavía más difícil.

 

3. El sacramento de TikTok

 

         Los jóvenes y adolescentes tienen a TikTok como su fuente mayor y diaria de conexión social. TikTok es una red social de origen chino para compartir videos cortos y en formato vertical desde géneros como danza, comedia y educación, etc., que tienen una duración de 1 segundo, hasta 10 minutos. Los videos cortos no tienen un plazo determinado de reproducción, por lo tanto cuando acaban vuelven a empezar otra vez en un bucle infinito. Es con esta red con la que los jóvenes conviven a diario. Quitarles de aquí, castigar a los adolescentes sin ella, es robarles el alma, como ya lo hemos mencionado antes.

         Por eso, están colgados a la red. Los jóvenes menores de 18 años en España pasan 94 minutos al día conectados a la red social TikTok, a la que más tiempo dedican, lo que equivale a casi 24 días completos al año. Usuarios de entre 18 y 24 años conforman la franja más representativa, con un 39,8% del total. Aunque no se puede decir que se trate de una aplicación exclusiva de la Generación Z. Es más, el 57,1% de las personas que utilizan TikTok, tienen más de 25 años.

         Los adultos leemos esta realidad con mucha prevención porque las alertas sobre sus peligros son muchas. Se le atribuyen asuntos como ser vehículo de la iniciación al porno, negar el holocausto y las propiedades de las vacunas, incitar al suicido, etc. Asuntos muy graves que, a pesar de todo, no es fácil demostrar pero que indican el cuidado y la vigilancia que sobre esta red habría que tener. Su influencia es tan grande que son numerosos los países que, por una razón u otra, la han prohibido. Quizá no sea esa la mejor manera de encajarla. Pero se impone un cierto control, parental, social, estatal incluso, sobre este tipo de redes. Los adultos que no hemos vivido con estos fenómenos de comunicación tenemos más dificultad para asimilar y orientar esta clase de tendencias en la comunicación.

         Muy unido a este tema está la cuestión de los y las influencers que son unas personas que cuentan con cierta credibilidad sobre un tema concreto y por su presencia e influencia en redes sociales pueden llegar a convertirse en un prescriptores interesantes para una marca. Así pues, están muy ligados a la publicidad llegando a imponer criterios de compra y, con ellos, pautas de comportamiento. Cuentan con poder de convicción y un gran número de seguidores en su perfil de la red o redes sociales que utiliza.Aunque haya influencers libres de esta tiranía comercial, la mayoría de ellos se mueve en los oscuros fondos de la publicidad de la que reciben suculentos pagos económicos. No es de extrañar que muchos jóvenes aspiren a ser influencers como un medio de vida holgado y como acceso a la fama social. Esto tiene sus peligros como la  búsqueda de aceptación personal y dependencia de la aprobación externa mediante la utilización de filtros, y numero de links… que afectan a la salud mental y autoestima de los jóvenes. 

         Aunque lo veamos como una red de comunicación con la que hay que convivir, para muchos adultos no deja de ser una especie de sacramento de prevención, algo no fácil que está ahí y con lo que hay que lidiar, aunque TikTok diga que no permite contenidos que incluyan información personal que pueda suponer un riesgo de acoso, violencia, fraude, robo de identidad o explotación económica.  Los caminos del futuro pasan por la lucha con las turbulencias de la cotidianeidad.

 

 

XXI. LA INMIGRACIÓN

 

         Actualmente es un problema social de primer orden. La paradoja de que las sociedades europeas estén necesitadas de la inmigración por la baja demografía y de que, a la vez, tengan muchas dificultades para la integración agudiza el problema. Merece la pena reflexionar y ver adónde apunta este conflicto.

 

1. El sacramento de la diversidad social

 

         Los emigrantes son, como diría Amin Maalouf “hermanos inesperados”. Decimos que nadie les ha llamado (aunque, en realidad, los llama nuestra economía). Hay quien piensa y dice que tendrían que volverse a su tierra. Muchos quisieran cerrarles las puertas, sobre todo porque son pobres (de ahí los inútiles esfuerzos por contener la inmigración en la frontera sur de Europa o en la de USA). Pero hay quien, por razones de humanidad y de justicia, abre sus brazos y sus puertas y los considera como ciudadanos, como hermanos. Se comienza a entender que la diversidad social, aunque plantee un problema administrativo en los grandes flujos migratorios, es una indudable riqueza, la riqueza que toda persona, toda cultura puede aportar al caudal de lo humano.

La diversidad social es un concepto que define y engloba la gran variedad de características diferentes y similares que se comparten entre todos los seres humanos, tanto a nivel personal como a nivel grupal. Se dice que un país es diverso socialmente cuando sus habitantes o residentes tienen características físicas y culturales diferentes. Es el rango o extensión en el que una comunidad alcanza a integrar justa y exitosamente la mayor cantidad de grupos de individuos con diferentes rasgos y particularidades, en donde todos gozan de los mismos derechos y ejercen los mismos deberes.

Se han conseguido mejores enfoques para tratar este tema acuñando conceptos como “la igualdad de oportunidades”, “la conciencia social” y “la responsabilidad social”, que protege y defiende mejor la diversidad, pero también refuerza los derechos y deberes de todos por igual. De esta manera se busca trabajar para disminuir la desconfianza que las minorías sociales tienen, a veces con razón, en los sistemas e instituciones, como las leyes, la educación y la justicia.

Hay distintos tipos de diversidad social. Diversidad cultural: se refiere a la variedad de culturas y formas de vida que existen en una sociedad. Diversidad étnica: se relaciona con la diversidad de grupos étnicos que habitan en una sociedad. Diversidad lingüística: se refiere a las distintas lenguas que se hablan en una sociedad. Diversidad religiosa: se relaciona con la variedad de religiones y creencias que existen en una sociedad. Diversidad de género: se refiere a las varias identidades de género y orientaciones sexuales que existen en una sociedad. Diversidad generacional: se relaciona con las distintas edades y generaciones que conviven en una sociedad. Diversidad funcional o de discapacidad: se refiere a la diversidad de capacidades y discapacidades que presentan los individuos en una sociedad.

¿Qué recursos sencillos existen para ir comprendiendo la diversidad? La gastronomía: puedes conocer más sobre otras culturas cuando te animas a probar los platos típicos de su gastronomía. No necesariamente tienes que viajar hasta allí; puedes hacerlo sin salir de tu ciudad. La lectura: abre espacio en tu agenda de lecturas pendientes para autores que provengan de otras latitudes y que aborden temas que te resulten desconocidos. Los libros son la mejor ventana a la diversidad. Las artes gráficas y otras expresiones: los museos y los centros de arte suelen reflejar la manera como las sociedades conciben el mundo. Arriésgate a sumergirte en exposiciones de algunas de ellas y fíjate en su legado. El cine: las historias de la pantalla grande te permiten viajar, al menos durante un par de horas, a otros lugares y culturas. Sal de los circuitos de cine habituales y déjate llevar por otros relatos, autores, situaciones, etc.La música: es otra de las grandes expresiones de la diversidad. A través de los cantos, los ritmos y los acordes podemos acercarnos a otras sociedades y entender mejor su cosmovisión.

         Podría ser entendida la diversidad como sacramento de abrazo ancho para lo que será necesario tener actitudes positivas: Acoger: comenzar por abrir puertas y corazones. Tratar de ponerse en la situación de quien emigra, comprendiendo sus sueños, compartiendo sus penalidades. Discernir: tratar de entender las motivaciones de quienes piensan, siente y viven en otros parámetros culturales que los nuestros. Todas las visiones del mundo pueden ser compatibles. Acompañar: ser brazo en el que se apoye quien está más desvalido ante la administración, las instancias culturales o sanitarias. Integrar: no pedir la renuncia a la propia identidad, sino insistir en el sueño de compatibilidad social que hace de una sociedad plural una realidad en la que caben todos. Estos son los caminos que es necesario frecuentar si se cree en las posibilidades humanizadoras de la inmigración.

 

2. El sacramento de las iniciativas parlamentarias de regularización

 

         Existe en las democracias una figura llamada Iniciativa Legislativa Popular también conocida como iniciativa ciudadana: es un mecanismo de democracia directa. Se trata de la posibilidad, amparada en la Constitución, por la que las personas pueden presentar iniciativas de ley sin ser representantes populares en sus respectivos congresos.

         Un buen grupo de organizaciones sociales presentaron en España una ILP para la regularización de unos 500.000 extranjeros que residen en España desde noviembre de 2021. Para que sea admitida a trámite se requerían al menos 500.000 firmas. Se presentaron 700.000. La iniciativa fue votada a favor de su tramitación parlamentaria por todos los partidos políticos (excepto uno).Hay que recordar que, en años pasados, se han dado este tipo de regularizaciones masivas y que ocurren tanto en España como en otros países de Europa.

Debido al actual ambiente de crispación con la emigración poner ahora sobre la mesa estos asuntos es sacarlos en su peor momento. Efectivamente, la inmigración es el primer problema que el CIS sitúa en la lista de preocupaciones de los españoles como resultado de sumar todos los que lo citan como primer (9,4%), segundo (12,8%) y tercer problema (8,2 %) más importante. La inmigración es también el principal problema para los ciudadanos de 20 estados de la Unión, destacando Malta (65% de sus ciudadanos lo cree) y Alemania (55%). Ante este problema, el 73% de los europeos está a favor de una política común en materia de inmigración. Un 51% ve positivo los movimientos migratorios de personas procedentes de otros estados miembro de la Unión mientras que el 56% lo ve negativo si son personas procedentes de otros países de fuera de la UE.

El problema de esta iniciativa es que se quede en un cajón y se esfume, como ha ocurrido con otras iniciativas parlamentarias. El deseo es que se debata en Comisión y se apruebe con agilidad. Ello significaría la normalización de vida de varios cientos de miles de emigrantes que llevan viviendo varios años en España en una situación precaria, cuando sabemos que nuestro país y todos los países de Europa van a necesitar miles de emigrantes para sostener el tejido productivo, el escudo social y el estado de bienestar.

Desde esta perspectiva sería importante que los partidos agilicen su actual fase de debate y aprobación, dotando a estas ILP de eficacia en su objetivo, actualizando la fecha de corte y velando porque los requisitos y reglamentación del procedimiento de regularización ordenen la vida de sus posibles beneficiarios con garantía y seguridad. Podrá ser comprendido este trabajo como sacramento de legalidad compartida ya que la legalidad, que proviene de la dignidad, está por encima de las trabas administrativas. Esta clase de regularizaciones son símbolos que desvelan la orientación de un país, su deriva hacia el compartir democrático o su derrota hacia una dictadura de las élites.

 

3. El sacramento de la apatridia

 

         Mucha gente no sabe qué es un apátrida, por más que la palabra esté en el diccionario. Ellos se describen a sí mismos como un pez atrapado en un estanque, un cascarón vacío. Se es persona, pero no se tiene identidad. Cuando abren la puerta de su casa no tienen conciencia de tener un hogar, de estar en su terreno. Son tan invisibles que la sociedad no sabe ni que existen.

         En el mundo hay entre 10 y 19 millones de apátridas. En Europa son como unos 600.000 mil. Son personas sin identidad social porque vienen de países que se desmembraron o de minorías étnicas que no tienen el reconocimiento civil otorgado por un Estado. Viven en un limbo legal, disfrutando solamente, cuando consiguen el reconocimiento de apátrida, de un acceso mínimo a la protección legal y a la sanidad porque la nacionalidad es esencial para la plena participación en la sociedad. Y ellos no la tienen. Solo pueden viajar y trabajar controladamente, no pueden abrir una cuenta bancaria y si se mueren, su defunción no quedará registrada en documento alguno. Conseguir la nacionalidad sería como tocarles la lotería.

         Aunque uno se sumerja en los informes oficiales, es muy difícil saber cuántas personas apátridas hay en España, cuántas demandan esta figura y cuántas concesiones otorga el Estado. Parece que hay varios miles de demandas, en torno a tres mil, y que las concesiones son lentas y muy pocas, algunas decenas al año. La mayor parte de estas peticiones las hacen en España los saharauis. Al no ser reconocido su “estado” como tal (la República Árabe Saharahui Democrática), los jóvenes saharauis que vienen de la excolonia española a la península optan por la apatridia ya que el estatuto de refugiados políticos les está vetado.

         De esta manera quieren hacer visible la causa de su pueblo que lleva más de 40 años dividido entre los territorios ocupados por Marruecos y los campamentos de refugiados en Argelia. Y es lo que ellos dicen: “Sin identidad, se acaba por dejar de existir”. La suya es una lucha por la identidad y por la supervivencia. Y si se acogen a la figura de la apatridia es porque les hace falta un documento para poder vivir y viajar temporalmente, porque el tal documento es válido solamente para cinco años. Todos creen que su situación va a ser temporal.

         Puede que se considere todo esto unas “migajas”. Pero ha costado lo suyo llegar a ellas. El Estado español concede el estatuto de apátrida solo a los saharauis que viven en los campamentos. Antes el ministerio alegaba que tenían la nacionalidad argelina porque Argelia les otorga un pasaporte, que en realidad es un simple título de viaje que no concede la nacionalidad. El recurso a la apatridia implica, en cierto sentido, renunciar a una patria a cambio de poder moverse por el mundo y, en un futuro, solicitar la nacionalidad del país que ha concedido el estatuto. A los saharauis que viven en las zonas ocupadas se les cierra también esta puerta porque se les impone la nacionalidad marroquí.

         La apatridia es un sacramento del vacío que nadie puede comprender. Es como vivir sin raíces. Y, aunque no queda otra, ese vacío del corazón acompaña hora a hora. Se pregunta el apátrida si tal vacío no será su casa para siempre.

 

 

 

XXII. LA CALLE

 

         Aunque mucho de lo que conforma al ser humano se hace en los espacios íntimos de la familia y de la casa, también la calle es escenario de actuaciones que conforman la ideología y los comportamientos humanos. La dependencia de la calle es decisiva y hacer abstracción de ella es una limitación que mutila la personalidad.

 

1. El sacramento de las manifestaciones

 

         Las hay continuas y de todos los colores, exiguas y multitudinarias, generalmente ruidosas para hacerse oír. A veces se reúnen miles de personas convocadas por un eslogan político, un suceso clamoroso o un acto político orquestado. Otras veces son pequeños grupos de personas, tenaces, que creen que aunque su voz se oiga poco tiene que escucharse. La vida de las ciudades y de los pueblos de hoy no se concibe sin las manifestaciones. Hacen parte de la vida social.

         Hay ciudadanos que casi nunca van a una de tales manifestaciones. Creen que no sirve para nada. Solamente salen a la calle si el objeto de la protesta toca sus intereses. Entonces sí van. Pero los intereses comunes les traen al pairo. Su excusa es que las cosas no cambian nunca y que, además, las manifestaciones entorpecen la vida ciudadana e incluso conculcan el derecho a no manifestarse (?). En muchos casos es una cortina de humo para la indolencia social. Sin embargo, otros van porque creen que es un acto democrático, un derecho que no depende del número ni de la fuerza de las voces. Piensan que en esas actuaciones anida una fuerza interior que da sentido a cualquiera de ellas.

En la actualidad la calle es el escenario buscado para expresarse en libertad porque nunca hemos sido tan libres como ahora. En las últimas décadas han caído prejuicios de siglos y la comunicación que ha posibilitado internet ha llevado la libertad a la globalidad. Añádase a esto la inmediatez de las noticias, la coordinación instantánea para una convocatoria, la libertad de movimientos de las personas, la posibilidad física de conectar con personas distantes. Todo confluye para que, sin especial temor, un ciudadano de hoy pueda participar en una manifestación.

Las manifestaciones son herramientas que ayudan a conformar criterios sociales y políticos, con todas las limitaciones que se quiera. Son escuela de democracia, de libertad de expresión, de sensibilización sobre los problemas sociales, de percepción tocable de que no se está solo persiguiendo sueños y utopías. Una ciudad sin manifestaciones sería una ciudad muerta.

Es cierto que su influencia real en ocasiones no es mucha. En otras han sido decisivas y muchos gobiernos han temblado con ellas y han cambiado de opciones escuchando a la ciudadanía. Aunque digan lo contrario, las instancias elitistas detestan las manifestaciones y con gusto emplearían los cuerpos represores del Estado para desbaratarlas. A veces, así lo hacen. Si no sirvieran para nada, no serían temidas ni reprimidas. Su fortaleza está en sus sueños, su verdad en las utopías mantenidas.

La asistencia a estos actos demanda un crecimiento en coherencia personal para que la participación no sea un postureo propio de personas que no se implican. Una manifestación sin algún grado de implicación, por pequeño que sea, es una planta sin raíz. Estas actuaciones son actos simbólicos, no meramente significativos: llevan dentro la semilla de la implicación. No pueden ser tomadas en vano como quien asiste a una mera representación.

Quizá sea excesivo llamarlas sacramento de comunión ciudadana pero es cierto que en ellas, para quien se lo toma en serio, se establece una especie de vínculo social con la causa. Por eso, si bien hay que ser animoso para decidirse a participar, habrá que discernir bien esa participación para que no sea una banalidad. Si se participa con sensatez, la conexión social crece. Se hace evidente que el nivel de ciudadanía sube por el cauce de una sensibilización mayor.

 

2. Los acontecimientos deportivos

 

         Con cierta frecuencia las calles de la ciudad sirven de cancha para manifestaciones de tipo deportivo: maratones, medias maratones, san silvestres, etc. Más allá de la aprobación resignada o de la demostración de disgusto, la mayor parte de la ciudadanía entiende que el escenario de las calles puede contribuir también al desarrollo del deporte. Como la mayoría de las veces se trata de convocatorias deportivas populares, la aceptación suele ser generalizada.

         La transversalidad del deporte es un hecho incontestable. Es un valor que afecta a todos los sectores de la vida humana, no solamente el trabajo de los deportistas. En los años 60 se hablaba del deporte como ocio. En los 70 como valores. En los 80 como educación. En los 90 como salud. En este siglo se empieza a hablar del deporte como estilo de vida. La ciudadanía ya ha demostrado que sabe lo importante que es el deporte, para todos. Para los hijos por una educación integral. Para los jóvenes por un ocio positivo. Para los adultos porque tienen que empezar a cuidarse. Para los mayores porque quieren mejorar su calidad de vida. 

         A veces se une el deporte con las reivindicaciones sociales (marchas contra la violencia de género, por la detección del cáncer de mama) o políticas (marcha por Palestina, por la inmigración). No habría que desecharlas por estos componentes. Se indica con ello que el deporte no es ajeno a las posiciones sociales que el sujeto ciudadano va elaborando. Queda así aun más claro su componente transversal que afecta al todo de la vida.

         Que el deporte tome la calle por escenario eventual demuestra, una vez más, que se quiere que la calle no sea dominio exclusivo de los vehículos, sino que también la ciudadanía tiene una palabra que decir. Una marcha deportiva es esporádica y sus consecuencias en el tráfico muy limitadas. No saber digerir esas molestias indica que aún no se ha logrado un nivel de ciudadanía adecuado. No ver que toda lucha que se haga contra el sedentarismo es un beneficio social conlleva una cierta cortedad de vista.

         Un ejemplo extraordinario de evento deportivo en las calles, que ya hemos mencionado, ha sido la inauguración de las Olimpiadas de París de 2024 que se realizaron fuera de un estadio por vez primera. Las calles acogieron el desfile de las delegaciones deportivas y el imaginativo espectáculo mezclado al deporte. Además de la belleza, quedó demostrado que el deporte hace parte de la vida urbana y que ésta es su medio natural aunque se desarrollen específicamente en los estadios. Posteriormente, las olimpiadas paralímpicas consiguieron el mismo cometido con el añadido de mostrar la integración de la diversidad funcional en el deporte y en la vida urbana con naturalidad.

         Entendido de esta manera, el deporte podría ser comprendido como sacramento de salud ciudadana en el concepto más general y amplio del término salud. El deporte se entiende aquí como el beneficio que apunta a la dicha común de la ciudadanía pasando de ser patrimonio exclusivo de los deportistas a valor social compartido. Las manifestaciones urbanas deportivas devuelven a la ciudad algo de su componente humanizador que siempre habría de estar presente, tanto en las grandes urbes como en las pequeñas.

 

3. El sacramento de las acampadas reivindicativas

 

         Son muchas las causas reivindicativas que llegan a concretarse en una acampada en un espacio público que, a veces, llegan a hacerse casi permanentes, aunque la mayoría se disuelven a los pocos días. Son acampadas que acogen a una parte de la comunidad universitaria y a los activistas más jóvenes con la exigencia de parar una guerra o proteger los derechos fundamentales de las personas. Entre las más célebres por sus repercusiones internacionales estarían los que se realizaron en Estados Unidos contra la guerra de Vietnam, las del apartheid de Sudáfrica o las del 15M en España. Hay ciudadanos que, estando a favor del derecho de reunión, se posicionan en contra las acampadas, aunque varias sentencias judiciales afirman que la acampada y el resto de actividades comunicadas como forma de protesta continuada forman parte del derecho de concentración.

         A veces son cuestiones personales que afectan a un colectivo (sinhogarismo, empleados de empresas que cierran) o particulares que quieren plantar cara a una política que se considera no ser sensible a la atención demandada. Plantan su tienda ante el edificio de una institución pública y ahí se instalan por días. Muchas de las acampadas reivindicativas conllevan un sufrimiento social y personal inevitable. Utilizar el espacio público como forma de presión social es, aunque miremos para otro lado, una manera de ejercer la ciudadanía.

         Muchas de estas acampadas, por su aguda problemática, son causas perdidas. Posiblemente nunca se resuelvan satisfactoriamente. A veces, incluso, interviene la fuerza pública para su desalojo. Pero, con frecuencia, se trata de cuestiones humanitarias a las que a la ciudadanía le cuesta prestar oídos. El que se utilice la calle como altavoz de su situación tendría que verse como algo lícito y la solidaridad humana habría de ser apoyo para estas personas que, generalmente, son carenciales.

         Más allá de cada acampada en particular, el hecho se ha convertido para mucha gente de la que está allí, en una especie de experiencia espiritual o alternativa en el sentido de reconocerse unos a otros, de percibirse en la resistencia, en una determinada manera de no estar de acuerdo con lo establecido y demostrarlo. Se trata de verse afectado también por la situación que pasan otros. Esta situación común emplea la calle como lugar de expresión y de crecimiento en conciencia ciudadana.

         Podríamos, pues, por todo lo dicho nombrar a las acampadas reivindicativas como sacramentos de imparable reivindicación porque cambiarán las formas y los modos, pero la sed es justicia, es siempre la misma. Que se reivindique la justicia es signo de salud social. Que se pueda hacer en modos dialécticos con una ciudadanía que si no se ve afectada se desentiende del problema es también algo positivo. Las incomodidades que surgen de tales acciones podrían ser llevadas bien siempre que haya respeto y empatía.

 

 

EPÍLOGO

 

         Al terminar este pequeño libro permítasenos concluir con un sencillo epílogo. Durante el recorrido del mismo nos ha perseguido en todo instante la duda de si era correcto o no utilizar el término “sacramento” y “sacramentalidad” como lo hemos hecho. No queríamos que sonara a los sacramentos religiosos, aunque a ellos suene. Apelábamos más bien a la capacidad simbólica de todas estas realidades. El signo no es implicativo, el símbolo sí. El sacramento también. Ver a dónde apunta una realidad conlleva, en la medida en que se desvela tal orientación, una implicación. Porque, de lo contrario, sería mejor dejar las cosas como están, en la bruma anterior a la reflexión. Por eso, aun con reticencias, hemos mantenido la terminología sacramental.

         Creemos que nuestra intuición se ha visto cumplida. En la larga lista de asuntos tratados todos, más o menos, tienen el mismo cimiento: la vida es una suerte, a pesar de las lágrimas. Nos suenan verídicos aquellos versos de F. Brines:

 

“Cercado de tinieblas,

yo he tocado mi cuerpo
y era apenas rescoldo de calor,
también casi ceniza.
Mirad con cuánto gozo os digo
que es hermoso vivir”.

 

Puede que la limitación, la enfermedad, el desorden social, las injusticias no pagadas nos lleven a creer que este mundo es algo negativo. Puede que nos desencantemos de este mundo. Pero si lo miramos con detención, con reflexión, con una valoración equilibrada, con mirada “sacramental” nos encontraremos ante algo impresionante y hermoso, algo con alma dentro. Pensamos que llegar al reencantamiento del mundo no solamente es algo bello, sino también una auténtica necesidad social para no deslizarnos por la pendiente de lo inhumano.

Cuando se lee lo que vivimos con un poco de hondura, con aprecio, sintiéndonos parte y alegrándonos por ello, sin abandonar el sentido crítico y descubriendo los matices, paladeando el simple hecho de estar vivo es cuando surge la posibilidad de un amor fiel a lo creado y a las creaturas. La superficialidad, la banalización, la indolencia nos juegan malas pasadas porque nos dan una visión empobrecida de la vida. Es necesario sacudirse ese lastre para adquirir otra mirada sobre la realidad.

Un mundo reencantado es aquel en el que se agradece el don sagrado que es vivir y respirar y se mira con ojos nuevos el amanecer recién estrenado. Es un mundo donde simplemente estar vivo produce un íntimo regocijo y donde se descubre la belleza escondida en todo lo que vive. Es aquella alegría de la fraternidad humana que desvela el enorme amparo que es convivir con humanos. Es la certeza cada vez más aguda de que este planeta que no se cansa de dar vueltas y nosotros con él tiene el horizonte de la dicha como polo final de atracción.

El mundo reencantado es un sueño, no una ensoñación. Esta es algo que no compromete a quien se deja llevar de la fantasía. Los sueños sí comprometen: retan a quien los tiene a que se implique en algo que lleve a su logro. Eso son los símbolos, los “sacramentos” de la vida cotidiana. Ojalá hayamos facilitado su comprensión con este libro. Nosotros creemos cada día más firmemente en el impagable valor de ese mundo reencantado.

 

 

 

ÍNDICE

 

INTRODUCCIÓN

 

I. LA CREACIÓN

1. El sacramento del amanecer

2. El sacramento de los árboles

3. El sacramento del mar

 

II. MECANISMOS

1. El sacramento del ascensor

2. El sacramento del andador

3. El sacramento de la teleasistencia

 

III. LAS RELACIONES

1. El sacramento de los centros “café y calor”

2. El sacramento de los grupos de lectura

3. El sacramento de las sociedades de amigos

 

IV. LO PÚBLICO

1. El sacramento de los parques

2. El sacramento de la ciudad limpia

3. El sacramento de las terrazas

 

V. LOS ATRACTORES

1. El sacramento del deporte

2. El sacramento de los conciertos y festivales de música

3. El sacramento del turismo

 

VI. LA CULTURA

1. El sacramento del día del espectador

2. El sacramento de las exposiciones de arte religioso

3. El sacramento de los conciertos de música religiosa

 

VII. LA LITERATURA

1. El sacramento de la poesía

2. El sacramento de la novela

3.  El sacramento de los ensayos que enseñan a amar

 

VIII. LA MÍSTICA

1. El sacramento de las comunidades cristianas populares

2. El sacramento de la presencia en los infiernos

3. El sacramento de los nuevos orantes

 

IX. LA FE

1. El sacramento de fuera del templo

2. El sacramento de la centralidad de Jesús

3. La sacramentalidad de las afueras

 

X. LA MEDIACIÓN

1. El sacramento de la mediación política

2. El sacramento de la mediación matrimonial

3. El sacramento de la mediación escolar

 

XI. LA CIENCIA

1. EL sacramento de la física cuántica

2. El sacramento de la inteligencia artificial

3. El sacramento de la biología molecular

 

XII. LA VIDA URBANA

1. El sacramento del carril bici

2. El sacramento de los jardines ciudadanos

3. El sacramento de las calles pacificadas

 

XIII. LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS

1. El sacramento del móvil

2. El sacramento del ebook

3. El sacramento de las redes sociales

 

XIV. LOS FOROS

1. El sacramento de los foros fe-cultura

2. El sacramento de los foros de inspiración feminista

3. El sacramento de las grandes cumbres

 

XV. LA INTERNACIONALIDAD DE LOS JÓVENES

1. El sacramento de los Erasmus

2. El sacramento de l@s jóvenes cooperantes

3. El sacramento de los voluntarios

 

XVI. LOS CAMINOS

1. El sacramento del camino de Santiago

2. El sacramento de los caminos bíblicos

3. El sacramento de las rutas turísticas

 

XVII. LOS ANIMALES

1. El sacramento de las mascotas

2. El sacramento de los centros de recuperación animal

3. El sacramento de los animalistas

 

XVIII. LOS ACCESOS

1. El sacramento de las aceras rebajadas

2. El sacramento de las rampas

3. Las escaleras mecánicas

 

XIX. EL TIEMPO

1. El sacramento de la juventud que busca

2. El sacramento de la adultez prolongada

3. El sacramento de la vejez ineludible

 

XX. LA COMUNICACIÓN

1. El sacramento de los la mensajería instantánea

2. El “antisacramento” de X

3. El sacramento de TikTok

 

XXI. LA INMIGRACIÓN

1. El sacramento de la diversidad social

2. El sacramento de las iniciativas parlamentarias de regularización

3. El sacramento de la apatridia

 

XXII. LA CALLE

1. El sacramento de las manifestaciones

2. Los acontecimientos deportivos

3. El sacramento de las acampadas reivindicativas

 

EPÍLOGO

 

 

 

 

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