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FIAIZ

SALTERIO DE LAS SUBIDAS

 

¿HABRÁ CANTO EN LA NOCHE?

Una lectura actualizada de los “salmos de las subidas”

(Salmos 120-135)

 

 

         La Palabra es casa de acogida y se puede volver a ella desde cualquier situación personal o comunitaria. No  importa que se haya estado muy alejado de ella. Se puede, pues, volver a los Salmos siempre que se desee.

         A este trabajo anteceden dos introducciones: una más “descolgada” sobre la situación de la VR. Utilizaremos unas reflexiones del claretiano G. Fernández Sanz. Una segunda introducción versará sobre la situación de los salmos en general en nuestra vida cristiana.

         Como el Salterio es un texto enorme, se hace necesario acotar. Nosotros en esta semana nos vamos a situar en los salmos 120-135: Esta oferta de reflexión espiritual brota de una suposición y de un anhelo. El supuesto viene en Mc 10,32: “Iban por el camino, subiendo a Jerusalén, y Jesús iba delante; ellos estaban desconcertados, y los que le seguían iban con miedo”. Jesús sube por última vez a Jerusalén. Es meterse en la boca del lobo, como así fue. Jesús sube al frente de esa cordada de desalentados que son los discípulos, que van “desconcertados” y de la gente que le sigue que va “con miedo”. Jesús va delante. Y podemos suponer que, como sube a Jerusalén, va cantando, como hacían los peregrinos judíos, los “salmos de las subidas” (Sal 120-135). Canta delante para animar a los acobardados que van detrás. Cree que cantando se espantará o, al menos, se controlará el temblor de sus corazones y el deseo de salir corriendo en dirección contraria. Salmos para suscitar ánimo cuando el agujero negro del desaliento, del temor y de la pena lo absorbe todo.

         Pensamos que esta reflexión puede animarnos a releer los salmos con más gusto y deseo. El hacerlo en comunidad puede ser una gran ayuda.

 

INTRODUCCIÓN 1ª

ENCRUCIJADAS EN LA VIDA CONSAGRADA

 

La vida consagrada actual se enfrenta a varias encrucijadas. Según el camino que escojamos, así será nuestro porvenir. Escojo cuatro encrucijadas que considero muy significativas.

 

2.1. Interpretar el carisma desde el pasado o interpretarlo desde el futuro

 

Durante los años del posconcilio hemos hecho un enorme esfuerzo por volver al espíritu original de los Fundadores, de releer el carisma y de hacer las adecuadas adaptaciones (cf. decreto Perfectae caritatis). Hemos querido ser fieles a la Iglesia, a los fundadores, a las sanas tradiciones y a los signos de los tiempos. La “memoria Jesu” la hemos entendido, sobre todo, como una fidelidad creativa a nuestros orígenes carismáticos. Los institutos religiosos han adaptado sus constituciones y directorios, han escrito historias de los fundadores y reflexiones sobre el carisma, etc. Creo que este esfuerzo ha producido muchos frutos. Hoy tenemos una conciencia más nítida de nuestra identidad y un anclaje eclesial más lúcido.

Pero, sin pretenderlo, esta mirada agradecida y crítica al pasado tiene un riesgo. Podemos mitificar a los fundadores, convertirnos en personas nostálgicas de una supuesta “edad dorada” o prisioneros del “síndrome de la 16 mujer de Lot” (cf. Gn 19,26); es decir, podemos experimentar la tentación de mirar hacia atrás y de lamentar todo lo que tenemos que dejar y que consideramos casi sagrado: casas, obras, provincias, etc.

¿Qué pasaría si, en vez de comparar tanto el presente con el pasado, desplazáramos nuestra mirada al futuro? En realidad, no somos solo “memoria” del Jesús que vivió en la historia, sino del Jesús resucitado que nos atrae desde el final de la historia. Si viéramos así las cosas, la pregunta sería: ¿En qué medida lo que vivimos ahora está preparando un futuro nuevo? ¿Qué tenemos que dejar para que se abra paso el sueño de Dios, una nueva etapa de creatividad en la multisecular historia de la vida consagrada, siempre en evolución? La vida consagrada debe ser entendida en términos de un futuro anticipado. Tiene un pie adelantado a los tiempos. La misma naturaleza escatológica de la vida consagrada la invita a enraizarse en el futuro. Aquí se abre una perspectiva teológica insuficientemente explorada.

La teoría-U, por su parte, nos proporciona algunas claves para comprender mejor este proceso de transformación. Se trata de un proceso kenótico de dejar ir el pasado, el viejo yo, las formas de ver, juzgar y actuar y dejar venir un futuro emergente. Su creador, Otto Scharmer, escribe: “Todos los métodos tradicionales de aprendizaje organizativo funcionan con el mismo modelo de aprendizaje: aprender reflexionando sobre experiencias pasadas. Pero he visto una y otra vez que en las organizaciones reales la mayoría de los líderes se enfrentan a retos a los que no se puede responder simplemente reflexionando sobre el pasado. A veces las experiencias pasadas no son especialmente útiles. A veces son los propios obstáculos que impiden a un equipo mirar una situación con ojos nuevos. En otras palabras, aprender del pasado es necesario, pero no suficiente. Todos los retos perturbadores nos obligan a ir más allá. Nos exigen ir más despacio, detenernos, percibir las grandes fuerzas motrices del cambio, soltar el pasado y dejar que llegue el futuro que quiere surgir”.

 

2.2. Poner el acento en las obras o en la alternativa de vida

 

Aunque casi todos los institutos de vida consagrada estamos atravesando por una crisis estadística y de relevancia, las órdenes monásticas tienen una ventaja sobre los institutos apostólicos. Nosotros hemos identificado mucho nuestra misión en la Iglesia con las obras que hacemos: colegios, hospitales, centros sociales, parroquias, etc. Ellas (las órdenes monásticas) acentúan mucho un estilo de vida que se presenta 18 siempre como alternativa al estilo secular. Nosotros ponemos el acento en la encarnación (con el riesgo de caer en la mundanización); ellas, en la dimensión contemplativa y escatológica (con el riesgo de un cierto espiritualismo).      

 

         Es verdad que todas las formas tienen sus ángeles y demonios, pero es indudable que las formas apostólicas están más expuestas a los vaivenes de los tiempos, precisamente por su fuerte encarnación en las realidades seculares. Lo que hace un par de siglos se presentaba como una emergencia social hoy es cubierto por el estado o por muchos laicos comprometidos. La vida contemplativa, al no estar tan ligada a obras de apostolado, pone de relieve dimensiones perennes como la búsqueda de Dios, la armonía personal y comunitaria, etc.

Aquí se abre una encrucijada difícil. ¿Para qué existimos en la Iglesia? ¿Nuestra misión consiste en realizar obras especializadas (como si fuéramos una especie de caballería ligera eclesial) o, más bien, en mostrar un estilo de vida alternativo y, hasta cierto punto, paradójico? La constitución Lumen Gentium afirmaba que “el estado religioso, por librar mejor a sus seguidores de las preocupaciones terrenas, cumple también mejor, sea la función de manifestar ante todos los fieles que los 19 bienes celestiales se hallan ya presentes en este mundo, sea la de testimoniar la vida nueva y eterna conquistada por la redención de Cristo, sea la de prefigurar la futura resurrección y la gloria del reino celestial” (LG 44).

Es verdad que no podemos desgajar la tríada consagración-comunión-misión, pero es peligroso reducir la misión a un apostolado específico que puede estar muy condicionado por las necesidades sociales y eclesiales de un momento histórico y, por tanto, morir con él.

Hablando más concretamente del campo de la educación: ¿Cuál es la diferencia entre una profesora seglar que entiende su profesión como una vocación de servicio y una religiosa concepcionista? El estilo de vida marca la diferencia.

 

2.3. Poner el propio instituto en el centro o abrirnos a la eclesialidad

 

Se dice que hoy estamos viviendo un momento histórico caracterizado por la cultura “inter”: internacional, intercultural, interétnica, intercongregacional, interconfesional, interreligiosa, etc. Quizá durante mucho tiempo hemos puesto el acento en la propia identidad carismática, entendiendo esta como aquello que nos distinguía de los demás. En tiempos de “abundancia eclesiológica”, era comprensible esta actitud 20 un tanto autorreferencial. Hoy, en el marco de una Iglesia sinodal, no se entiende. Existimos en la Iglesia y al servicio de la misión de la Iglesia. Los institutos que se cierren en sí mismos perderán su razón de ser. Los que sean capaces de entrar decididamente en el cauce eclesial y se relacionen sanamente con las demás formas de vida, comprenderán mejor para qué existen y cómo pueden contribuir a la edificación de la Iglesia.

El camino sinodal que estamos siguiendo estos años es una oportunidad para abrirnos a la eclesialidad. Uno de los frutos que suele percibirse en los países donde la Iglesia católica es una minoría es la relación cordial y la colaboración fraterna entre los diversos institutos de vida consagrada, los pastores y los laicos. La fragilidad institucional que hoy vivimos en Europa es una “encrucijada de gracia” para relacionarnos más, aprender unos de otros y afrontar juntos los desafíos de la misión. Esto exige un cambio de paradigma para el que no siempre estamos preparados psicológica y espiritualmente. No se trata de defender a capa y espada los derechos y obras de mi instituto, sino de ver cómo podemos contribuir a una misión que nos desborda -¡es la “missio Dei”!- y que exige la colaboración de todos. 

 

2.4. Estar a la defensiva o irradiar alegría

 

El pasado jueves 6 de octubre, en el marco de los jueves del ITVR de Madrid, el profesor Miguel García Baró -filósofo, padre de siete hijos y coordinador del proyecto “Repara” para prevención de abusos y atención a las víctimas de abusos en la diócesis de Madrid- habló sobre lo que, en su opinión, dice la gente acerca de los consagrados. Quizás debido a su responsabilidad actual, cargó las tintas sobre las opiniones negativas. A menudo nos ven como personas reprimidas, autoritarias, incoherentes, abusadoras, etc. A la hora de hablar de su opinión personal, dijo: “Tengo que insistir en la cuestión de la felicidad. No se debería meter en un convento a nadie que no haya sido feliz fuera. Los conventos y monasterios no son lugares en donde se venga a lamer las heridas. Habría que tener más cuidado con quienes solicitan entrar. Quiero decir, precisamos que la vida religiosa arraigue en la realidad”.

Creo que este arraigo en la realidad nos libera de una actitud que es muy común entre los consagrados y que se caracteriza por estar a la defensiva. Nos sentimos criticados por los casos de abusos de conciencia, de poder y sexuales, acusamos el peso de la ridiculización y la irrelevancia, etc. A veces no se nos ocurre otra cosa que reaccionar como los niños: “Y tú más”. Una vida religiosa a la defensiva no es atractiva para nadie. Como decía el profesor García Baró, “la gente busca fuentes de sentido”. Si nosotros pudiéramos compartir con sencillez nuestra experiencia de encuentro con Jesucristo, “atraeríamos a la gente como la miel a las moscas”.

Quizá uno de los rasgos que hace de la vida consagrada un estilo de vida alternativo sea su capacidad de irradiar felicidad y alegría. La irradiación es el nuevo nombre de la misión. Un rostro iluminado remite a la luz. Una sonrisa habla de felicidad. Una comunidad unida testimonia la fraternidad. Una misión compartida provoca credibilidad.

¿Es posible que las comunidades de vida consagrada, formadas mayoritariamente por personas mayores, y a veces enfermas, irradien alegría? Sí, es posible, con tal de que nos abrevemos en las fuentes de la alegría. La alegría es un don del Espíritu Santo. En 2014, la CIVCSVA, nos dirigió una carta circular a los consagrados que llevaba por título “Alegraos”. Se abría con unas palabras del papa Francisco: “Donde están los consagrados, siempre hay alegría”. Y luego citaba unas palabras del número de Evangelii gaudium: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”. 

 

Conclusión

 

Si nos consideramos los últimos representantes de un estilo de vida que va a desaparecer, entonces adoptamos la moral del “enterrador”. Si, por el contrario, creemos que estamos en un período de transición o que somos los primeros de un nuevo modelo que se está gestando, entonces percibimos nuestra vocación de “parteros”. Nuestra preocupación no será tanto liquidar el pasado cuanto preparar el futuro. Los problemas son los mismos, pero la actitud personal y colectiva hace que los afrontemos de maneras muy diversas.

Gracias a Dios, lo que sorprende -y hasta escandaliza- a algunos es que los consagrados, a la vista de los números, no mostramos una moral de derrota, sino de serenidad, trabajo callado y esperanza. Lo que algunos tachan de actitud ilusa y de falta de responsabilidad, quizás nace de la fuerte convicción de que Dios sabe guiar la historia y darnos lo que nos conviene en cada momento. Si hoy permite la escasez y hasta la irrelevancia, quizás es porque prepara para su Iglesia una nueva estación de vida, porque quiere llevarnos a una nueva “tierra prometida”. A nosotros nos toca confiar con humildad e irradiar esta confianza, conscientes de que “si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles” (Sal 126,2).

 

 

 

INTRODUCCIÓN 2ª

CANTANDO PARA AVIVAR EL FUEGO

 

 

«Hacia la una de la madrugada pensé que estaba soñando:

oía una letanía en un ritmo semitonado.

Pero pronto me di cuenta de que era una realidad:

la dueña de la casa estaba cantando mientras avivaba el fuego desde su hamaca.

Sentí  una profunda sensación de respeto y admiración

que hizo brotar del mi alma una sincera plegaria».

 

  1. LABAKA, Crónica huaorani

 

1. Historia de un abandono

 

La historia de los Salmos en la Iglesia actual es la historia de un abandono. Es cierto que muchas comunidades siguen fieles al ordenamiento litúrgico de los Salmos. Pero gran parte del clero y de la vida religiosa han dejado de lado el Salterio. Además, el pueblo cristiano se ha adentrado tímidamente en los Salmos y de maneras no organizadas. De modo que se puede decir que nuestros tiempos no son los mejores para la espiritualidad sálmica.

No ha de extrañar esto viniendo de donde venimos. La lectura de los Salmos ha estado doblemente alejada del pueblo cristiano: se hacía en latín y se la apropiaron los clérigos. Con estos dos ingredientes, estaba destinada al abandono. Los intentos de conectar con el pueblo cristiano desde ahí resultaban rocambolescos.

Cuando el Vaticano II ha querido poner de nuevo el Salterio en las manos del cristiano se ha encontrado con un pacífico olvido o con la proliferación de otros salmos apócrifos, textos poéticos que conectaban mejor con la espiritualidad cristiana. El olvido se ha vivido sin ninguna conciencia de culpa y la creación de nuevos salmos se ha hecho con la simple finalidad de orar. En este segundo caso, aun se mantiene una cierta estructura similar a la que dispone la litúrgica de las horas.

¿Dónde se sitúan las raíces de esta historia de abandono? En primer lugar en una frágil formación bíblica porque, aunque esta ha mejorado notablemente respecto a otras épocas de la fe, aún queda mucho por hacer y la formación en torno al Salterio (requiere un tratamiento específico) aún está esperando. En segundo lugar porque no se ha logrado trasladar la vieja experiencia espiritual judía de los salmos a los odres nuevos del Evangelio. Es lo que llamaremos la lectura cristológica de los salmos, de la que luego hablaremos. Y finalmente por todos esos elementos (violencia, cólera de Dios, sangre derramada, etc.) que constituyen una evidente dificultad para la sensibilidad antropológica de la persona de hoy. Este tercer elemento suele ser definitivo para justificar el simple abandono de los Salmos.

Sea como fuere, parece que no ha sonado todavía en la Iglesia la hora de recuperar los Salmos aunque, desembarazos de prejuicios, hay cristianos que comienzan a preguntarse y a conectar con la espiritualidad que subyace en el subsuelo de los Salmos y que puede seguir nutriendo la del creyente de hoy. Hay que ser conscientes de que los itinerarios espirituales humanos ni son tan diferentes los unos de los otros según las épocas, ni son tan intransversales que no se pueda pasar de uno a otro. Si añadimos a esto una buena dosis de pertenencia antropológica, la posibilidad de reencuentro será mayor.

 

NOTAS: La comunidad cristiana en general usa los Salmos casi únicamente en el salmo responsorial de la misa; otros usos litúrgicos (laudes, vísperas) son minoritarios. Es rocambolesca y simpática la figura del sacristán de pueblo que canta en vísperas del domingo el salmo “Dixit Dominus domino meo…” si saber lo que dice. OGLH 8 dice que es oración destinada al pueblo  y en 20 dice que se haga la liturgia de las horas “en lo posible con la participación del pueblo”; ese “en lo posible” revela la dificultad. En OGLH 26 dice que los religiosos/as procuren hacerla con el pueblo. Todo esto sigue siendo un anhelo. Los “nuevos salmos” son, a veces, poéticamente cuestionables, además de largos y pesados, aunque incorporan más vivamente la espiritualidad evangélica (ver, por ejemplo: B. GONZÁLEZ BUELTA, Salmos para sentir y gustar internamente, Ed. Sal Terrae, Santander 2007). Dice OGLH 131: «En el curso del salterio se omiten los salmos 57, 82 y 108, en los que predomina el carácter imprecatorio. Asimismo se han pasado por alto algunos versos de ciertos salmos, como se indica al comienzo de cada uno de ellos. La omisión de estos textos se debe a cierta dificultad psicológica, a pesar de que los mismos salmos imprecatorios afloran en la espiritualidad neotestamentaria, Por ejemplo: Apoc. 6, 10, sin que en modo alguno induzcan a maldecir».

 

2. Una honda experiencia espiritual

 

Como todos sabemos, el Salterio es el libro más amplio de toda la Biblia (150 piezas o “capítulos”)  y abarca una amplitud en el tiempo que puede rondar los ocho siglos. Esto quiere decir que en esta obra han metido mano muchas personas, con talantes y anhelos distintos, con visiones de la sociedad contrapuestas, con valoraciones desencontradas. Han tenido parte los violentos y los excluyentes, los nacionalistas que solo ven el mundo desde su perspectiva, los racistas, incluso, y los supremacistas. Pero también han dejado huella los pacíficos, los perdonadores, los incluyentes y, sobre todo, los pobres y necesitados. El Salterio es la oración de todos, la discutible y la indiscutible, la aceptable y aquella otra que, sobre todo según los cánones del Evangelio, hoy nos resulta inaceptable.

Estas oraciones tan variopintas tienen un sustrato común: la certeza de que la vida de los humanos, cualesquiera que sean sus azarosos caminos, es una vida acompañada. Entre las categorías que los estudiosos descubren en los salmos, casi nunca aparece la de “salmos de acompañamiento”. Muchos de ellos tratan de paliar la soledad vital en la que el orante ve envuelta su vida. Podrían llamarse “salmos para mitigar la soledad honda”. En épocas de mayor desamparo, los creyentes han encontrado en la oración un último recurso, un dinamismo para seguir adelante. Por eso los Salmos son resilientes, tratan de que el orante salga fortalecido ante la dura adversidad. Su lenguaje es, con frecuencia, el de un luchador de la vida.

Al Salterio se le ha llamado también “libro de oración de los pobres”. No son los más pobres quienes han escrito estas piezas, máxime cuando los pobres de entonces eran prácticamente todos analfabetos y entre los Salmos hay textos de gran lirismo. Pero las duras experiencias de aquella época han dejado huella en estas plegarias. Muchas de esas experiencias siguen siendo compañeras del actual caminar humano. Y por ello los Salmos pueden ser útiles para recabar fuerza ante la inevitable dureza de la vida. El eco interior de bastantes de estas plegarias conecta con las situaciones vitales del orante de hoy y se emparejan con el núcleo del Evangelio. De ahí que puede ser una pérdida meter a todos los Salmos en el saco del rechazo.

La mayor pega que se pone a los Salmos es su fuerte y continua dosis de violencia que se vuelca en ellos. No se puede negar. Quizá podamos entenderlos por el contexto en el que nacieron, pero hoy no se pueden usar en directo como plegaria de un creyente en Jesús. Ese discernimiento hay que hacerla sí o sí. Con ello, el Salterio quedará muy menguado. Si se añade a ello el supremacismo de Israel que destilan muchos salmos y la exclusión correspondiente de los no judíos, la cosa se reduce más. Aún así, queda la mayor parte del salterio como ámbito utilizable de espiritualidad. Desechar todo un salmo por un solo versículo parece desproporcionado.

Solamente se podrá conectar con el subsuelo de muchos Salmos desde la plataforma común de la interioridad. En su aparente sencillez, los Salmos son plegarias de personas que han ahondado en el sentido de su vida y de su fe. Leer estas plegarias de manera superficial y despectiva es renunciar a alimentar la propia interioridad con vocabulario y vivencias de gente que se ha metido en el subsuelo de la vida y de la fe. Del mismo modo, defenderlos a priori, simplemente por ser oración “oficial” de la Iglesia, parecer ser también una banalidad.

 

NOTAS: Hay Salmos antiguos (Sal 28) y otros de la época helenística (Sal 146). El mejor comentario en castellano: L. ALONSO SCHÖKEL, Salmos (2 vol.); Ed. Verbo Divino, Estella 1992-1993. Los “salmos para mitigar la soledad” son abundantes: 6, 9, 23, 25, 31, 32, 34, 43, etc.  Ver la conexión del Sal 40 con Mt 5,4ss. Los salmos de violencia son abundantes: 5, 7, 11, 34, 40, etc. Ciertos sentimientos que rechazamos en los salmos siguen vigentes hoy, por ejemplo la venganza: el papa Francisco habla de ella repetidamente en FT (242, 251-252, 266, etc.).

 

3. Nueva orientación, nuevo lenguaje

 

Los Salmos se pueden leer desde perspectivas diversas: judía, cristiana, incluso atea. Los cristianos los leemos desde la perspectiva de Jesús. Esto aporta un sentido nuevo al Salmo que, sin abandonar el originario, le da otros elementos de  valor. Se evidencia que la superposición de espiritualidades es, sin duda, un enriquecimiento. Más allá de discrepancias religiosas, mucho del fondo de la oración sálmica conecta con la espiritualidad evangélica, aunque haya elementos en que ambos caminos divergen.  Las espiritualidades tienen la propiedad de ser sumables y, a la vez, mantener el sentido propio.

Los Salmos conectan con el Evangelio en el tenaz anhelo del rostro de Dios; los dos están devorados por una “sed” que se sacia bebiendo de la mirada insondable del Padre. Así mismo, más allá de condenas puntuales, comparten la certeza de lo insustituible de la compasión; para muchos salmistas como para Jesús la compasión es la verdadera medida de Dios y de la persona. También conectan en la primordial búsqueda de la justicia; así lo es para muchos salmos y para Jesús que pone a ese valor como el primero del reino. Es muy similar la primariedad del pobre; lo es para no pocos salmos que parten del reconocimiento de la propia pobreza y lo es para Jesús que considera bienaventurados a los que van echando su suerte del lado de las pobrezas. Confluyen Salmos y Evangelio en el amor a la Palabra; para ambos es camino imprescindible de acceso al corazón de Dios. Por encima de matices, coinciden ambos en el valor fundamental de la bondad; sin ella no se entienden los Salmos y tampoco se percibe la novedad de Jesús.

Es verdad que también disienten en puntos de relieve porque el contexto es diferente, la mentalidad distinta y las expectativas diversas. Tienen una visión distinta de Israel: algunos Salmos están afectados de una especie de supremacismo nacionalista. Es entendible en el contexto histórico. Los Evangelios tienen horizontes más universales. Divergen seriamente en las valoraciones morales: los Salmos tienden a excluir y condenar al malvado; los Evangelios, por el contrario, acogen explícitamente a los afectados de inmoralidad, a los pecadores. Se oponen diametralmente en el tema de la violencia religiosa: algunos Salmos parecen justificarla; el perfil general de Jesús es el de una persona de paz que sueña un reino de Dios en paz. Hay también diferencias en la manera de entender a Dios: algunos Salmos no saben liberarse del Dios del temor; para los Evangelios, Dios es el Padre que perdona y acoge sin condiciones.

Se dan en la historia de la fe cristiana ejemplos luminosos de confluencia entre Salmos y Evangelio. Uno de los más notables es el llamado Oficio de la pasión del Señor que escribiera san Francisco de Asís. En el marco de las horas canónicas, Francisco emplea el lenguaje sálmico para describir el interior de Jesús en la noche de su condena y en día que culmina en la resurrección. Francisco conocía ese lenguaje porque probablemente el latín que sabía se lo enseñaron los clérigos de la época teniendo como libro base el Salterio que rezaban a diario. Con ese conocimiento urde una profunda y matizada descripción el alma del Jesús que se entrega. El lenguaje de los Salmos encuentra en Jesús, según Francisco, su verdadero y profundo sentido.

En ningún caso se trata de “bautizar” los Salmos: son judíos en su lenguaje y en su contenido histórico. Su espiritualidad es judía. Pero, como hemos dicho, en una admirable expansión, la vieja espiritualidad sálmica, hermosa ella, explosiona en otra  que abre a horizontes nuevos sin perjudicar a los antiguos. De ahí que un creyente en Jesús puede encontrar en los Salmos una puerta abierta al misterio.

 

NOTAS: Para el sentido cristológico de los Salmos, ver: J. LATORRE, “Los Salmos, lugar cristológico de la liturgia”, en Phase 324 (2014) 601-624. El “oficio de la pasión” de san Francisco puede encontrarse en: FRANCISCO Y CLARA DE ASÍS, Escritos,  Ed. Editorial Franciscana Aránzazu, Vitoria 2015, pp.36-62. El aprecio, uso e importancia de los Salmos en la vida de Jesús quedan puestos de relieve en el documento de 2001 de la PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA, El pueblo judío y sus escrituras sagradas en la Biblia cristiana (Nº 49).

 

4.  Redescubrimiento

 

Por todo lo dicho, hoy es más necesario que nunca redescubrir el valor y sentido del lenguaje sálmico. Es preciso, en primer lugar, dejarse cautivar por su atmósfera. Lo que quiere decir: conectar con la mística de ojos abiertos que enfoca toda realidad desde Dios; una mística horizontal que ora desde la realidad y no necesita salirse de ella para estar ante Dios; una mística de lo cotidiano, la que sabe que es en el marco del día a día donde se va resolviendo  el dilema de creer o no creer; una mística de corazón abierto para dejarse leer por el Dios que habita en lo profundo y que es fuente del amor. En esta  clase de subsuelos anida el amor a los Salmos.

         En segundo lugar, tal vez se halle una clave de redescubrimiento en la ampliación del horizonte sálmico. Efectivamente, la piedad sálmica ha estado enmarcada casi siempre en las relaciones yo-tú con Dios, por más que hayan sido rezados los Salmos en comunidad. Pero si se los sitúa en un horizonte más social adquieren otro sentido. El orante comunitario encuentra nueva fuerza para asumir los desafíos espirituales que plantea la plegaria sin sacarle de la verdad de su realidad existencial. Es lo que podríamos denominar como una lectura social del Salterio. El mismo lenguaje cobra otra profundidad.

         Como siempre que se trabaja con textos antiguos, en tercer lugar, es preciso zafarse del lenguaje inmediato para sumergirse en una corriente interior, en las aguas profundas de la experiencia creyente. Tomar decisiones de abandono o menosprecio por un versículo hiriente de un Salmo no es la mejor decisión. Es preciso valorar el metalenguaje y situarse en un nivel de profundidad. Solamente de esa manera se verá uno capacitado para elaborar nuevos lenguajes sálmicos.

         De ahí que, finalmente, más que de traducir los Salmos, de lo que se trata es de respirar con ellos. Como todo lo que se ama, también aquí obran misterios de enamoramiento y de fidelidad. Puede que se encuentre excesivo hablar de “enamoramiento”, pero eso puede darse cuando se palpa su hondo latir y se acogen sus peculiares dinamismos. De ahí puede brotar una fidelidad que comprende y pasa por encima de detalles cuestionables para beber de las aguas limpias de una corriente de espiritualidad. El lenguaje sálmico pide, para ser bien valorado, un lenguaje de enamorado.

 

NOTAS: Los Salmos verifican claramente a conexión entre los dos componentes de la fe, el místico y el situacional o político. Recordar a aquella monja dominica de clausura que en 1994, cuando la guerra de Ruanda, describía cómo el Sal 141 cobraba un sentido social en el momento de aquella dura contienda. La obra de E. CARDENAL, Salmos ‎ Ed. Carlos Lohlé, Buenos Aires 1974 va en esa dirección.

 

5. Otros lenguajes sálmicos

 

         Hay ciertas sendas humanas que, en el fondo, conectan con los anhelos más hondos de los salmos. No tienen forma explícita de plegaria pero están hermanados en la  gran búsqueda de lo Otro que acompaña el caminar humano  hasta devorar, como un fuego, el alma de los humanos. Está, en primer lugar, el lenguaje balbuciente pero luminoso de quienes bucean en las honduras de la búsqueda de Dios. Se consideran objeto de un don y a la vez de un aguijón. Son místicos devorados, más allá de su adscripción religiosa o no. Hablan de Dios y con Dios en el lenguaje de quien conoce secretos que le envuelven.

         Están, en segundo lugar, los lenguajes del amor fiel que la muerte no puede quebrarlos. Son amores que mantienen el brillo de la fidelidad en tiempos de opacidad abrasados por un afecto que no conoce los límites del tiempo. Su lenguaje es  el del amor herido, vulnerado y deseoso de entregar lo más hondo del corazón, aquello que se transfiere solamente en entregas abisales.

         Puede considerarse, en tercer lugar, como nuevo lenguaje sálmico el de las plegarias pactadas entre orantes de distintas religiones que buscan un anhelo común, la paz por ejemplo. Solo en la historia moderna de las religiones se ha valorado más el sueño común que la propia posición religiosa. Pactar el lenguaje orante es ya, de alguna manera, aproximarse al sueño.

         Podría considerarse también, en cuarto lugar y en sentido amplio, un nuevo lenguaje sálmico la obra de los cantores que han acompañado durante décadas con sus cantos el devenir de un pueblo. Cantar la vida con el pueblo, proporcionarle una visión “trascendente” de su acontecer diario es algo que conecta con el fondo del Salterio que tiene intenciones similares, más allá del lenguaje religioso. Sus cantos son las plegarias de la persona secular que tiende hacia el misterio que se mezcla a los caminos cotidianos del ciudadano.

         Hasta podríamos hablar, finalmente, del nuevo lenguaje sálmico que nos proporciona la moderna física cuántica. «La música, las canciones, los conjuros, los salmos… encarnan este  potencial original que anima el orden creado. Entonces, no es accidental que los físicos modernos estén redescubriendo una corriente musical subterránea en nuestro universo creativo» (D. O’Murchu). Es la llamada “teoría de las supercuerdas” que postula «que la energía fundamental que da vida a todo el universo puede ser comparada a la energía vibrante que ocurre cuando movemos el arco sobre una cuerda musical, siendo la música el lenguaje ‘con voz’ de la energía silenciosa» (Ibid.). De esta manera el lenguaje sálmico abarca los mundos.

 

NOTAS: Hay “místicos devorados” conocidos (E. Hillesum, S. Weil, etc.) y otros no conocidos que pueblan la ciudad; sobre ellos, lo sepan o no, se asienta la búsqueda de Dios, la espiritualidad del encuentro amoroso. El lenguaje del amor fiel se palpa en el lirbode L. GARCÍA MONTERO, Un año y tres meses, Ed. Tusquets, Barcelona 2022. Ejemplo de oración pactada es el llamado “Espíritu de Asís”, jornada ecuménica de oración por la paz impulsada por Juan Pablo II en 1986. Cantor de la vida ha sido en España J. M. SERRAT que se ha despedido de los escenarios en 2023, ver: https://elpais.com/cultura/2021-12-02/joan-manuel-serrat-se-despide-de-ustedes.html (2023). Las citas de O’MURCHU  son de la obra Teología cuántica, Ed. Abya Yala, Quito 2014,  pp.71-72.

 

6. Para avivar el fuego

 

         Podría parecer que esta reflexión trata de mantener en vida lo que, es preciso reconocerlo, es poco menos que un cadáver. Hay quienes sienten y dicen: los Salmos han muerto y quedan vestigios de ellos solamente en grupos reducidos (monasterios, conventos, etc.). No es cierto: hoy más que nunca muchas comunidades eclesiales utilizan los salmos para su oración común. Muchos creyentes los emplean como soporte de su oración personal. Teniendo en cuenta que, antes del Concilio Vat. II, los Salmos era patrimonio casi exclusivamente de los clérigos, el que ahora los empleen comunidades laicas es un avance. Como hemos dicho, habrá que hacer un continuado discernimiento sobre ellos para adecuarlos mejor a la sensibilidad de hoy y, en el caso de los seguidores de Jesús, a una perspectiva cristológica.

         ¿Qué fuego habrían de avivar los Salmos? Fundamentalmente el fuego de la ilusión. Sin ilusión, el horizonte de la vida pierde sentido, todo se nubla y se cae en la grisura. La «fe en el futuro y la voluntad de vivir» se paralizan (V. Frankl). La ilusión es aquí sinónimo de sentido de la vida. Eso tratan de avivar los Salmos, el sentido, el deseo de vivir asimilando con la mayor humanidad que se pueda la dificultad del vivir.

         Por todo ello, sería preciso aplicar a los Salmos el lenguaje del avivamiento que los haga escapar de la rutina: no someterlos siempre el recurrente “a dos coros” que los hace monótonos. Ya que han sido hechos para el canto, cantarlos con novedad. Inocular la danza en los que están escritos para ser danzados. Usar modos de ahondamiento musical repetitivo para el texto baje a la zona de la intimidad. Recurrir a grabaciones musicales que han logrado dar con el fondo vivo del Salmo puede ser así mismo una ayuda de gran valor. El componente estético del salmo es compatible con una experiencia espiritual sencilla.

         En cualquier caso, el Salmo avivado apunta a una fe más sensible y a, a la vez, a una pertenencia social más responsable. No puede ser que la hermosura del Salmo derive en un solipsismo espiritual que aísle al orante de los caminos humanos para llevarlo a un “castillo de soledad interior”. El componente social de la espiritualidad sálmica no habría de estar nunca ausente del uso de los Salmos. Le da una dimensión nueva que lo ancla en la vida.

         La plegaria sálmica pone al orante en unión con todos los que avivan el fuego mediante la plegaria: la indígena que desgrana su letanía en su choza de la selva con la hermosura juvenil de la oración de Taizé , la polifonía embriagadora del coro cultivado con la salmodia pobre de un conventito de orantes mayores; el coro y la orquesta que desgrana el salmo en el Auditorio Nacional con la plegaria del creyente en la soledad del cuarto de estar de su casa. Todo un tejido orante que se entrelaza, dispuesto siempre a avivar la fe humilde y a sostener la certeza de que el camino humano es camino acompañado.

 

 

NOTAS. En la oración de algunas comunidades los Salmos han sido substituidos por salmos de hoy que son largas y pesadas composiciones de dudoso componente poético; los Salmos contienen otra experiencia, son más digeribles y más cortos. La cita de V. FRANKL es de su libro El hombre en busca de sentido, Ed. Herder, Barcelona 1991,  p.45. Muchas comunidades religiosas oran incansables por las vocaciones; pocas por mantener la ilusión a niveles satisfactorios. Músicas tan diversas como el “Super flúmina Babilonis” de Palestrina o el salmo 18A de Ain Karen pueden introducirnos en el subsuelo del Salmo. La expresión “castillo de soledad interior” pertenece al himno litúrgico “Padre nuestro, Padre de todos”.

 

                  Y de aquí la certeza de que estos salmos, releídos desde una experiencia actual de fe, quizá puedan servir para el mismo fin: animar nuestra fe en este hoy en el que tenemos muchos motivos para tirar la toalla y ceder a la imposibilidad de una fe actualizada o de volvernos a modos religiosos desconectados de la realidad. La Palabra de Dios nos puede ayudar a mantener viva la experiencia creyente en tiempos de dificultad. Por eso, intentaremos una relectura que pueda reconfortarnos. Lo necesitamos.

         Dice Bertolt Brecht: “Y en la noche ¿habrá canto? Sí, habrá canto en la noche”. Creemos que los salmos de las subidas pueden ser hoy también para nosotros un canto en la noche, en la dificultad, en el caminar, en el gozo trabajado de construir el camino de la fe. Démonos a la tarea.

 

 

LOS “SALMOS DE LAS SUBIDAS” (Sal 120-135)

 

I. SALMO 120: GUARDADOS POR DIOS

 

1Levanto mis ojos a los montes:
¿de dónde me vendrá el auxilio?
2El auxilio me viene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.

3No permitirá que resbale tu pie,
tu guardián no duerme;
4no duerme ni reposa
el guardián de Israel.

5El Señor te guarda a su sombra,
está a tu derecha;
6de día el sol no te hará daño,
ni la luna de noche.

7El Señor te guarda de todo mal,
él guarda tu alma;
8el Señor guarda tus entradas y salidas,
ahora y por siempre.

1. Jesús lee el salmo

 

  • Subíamos a Jerusalén. Todo era penumbra. Los corazones pesaban mucho. Habíamos vivido aquel momento de luz que fue la transfiguración donde, en el silencio y en la Palabra, descubrimos que había que ir a Jerusalén. Allá, en aquella luz, en aquella paz, cobramos ánimo por encima de los miedos. Iríamos a Jerusalén. Pero ahora, llegado el momento, nuestros pies pesaban como el plomo y nuestro corazón estaba sin luz. Era la subida temida.
  • Los míos iban detrás. De cerca los discípulos, en silencio. Solo se oían las pisadas sordas sobre el camino. Nadie decía nada. No quería mirarles para no entristecerme más. Detrás un buen grupo de “seguidores”. También en silencio. ¿Dónde habían quedado los cantos, el jolgorio de las subidas, las risas contagiosas? Silencio, nada más que silencio. Y el miedo, libre, circulando a sus anchas por encima de las cabezas y metiéndose en las venas. Silencio y miedo.
  • Avistamos los montes de Judá. Y empecé a cantar: “Levanto mis ojos a los montes”, aquellos montes que nos eran tan queridos a los judíos y de los que ahora, con gusto, huiríamos. Aquellos montes que encerraban el templo, la “joya”, la presencia densa de Dios, donde íbamos jolgoriosos entre el bullicio. Ahora la alegría había huido.
  • Por eso se nos hizo clara la pregunta del viejo canto: “¿De dónde nos vendrá el auxilio?". ¿Quién nos amparará ahora que nos sentimos tan desvalidos, tan en la rama cortada? Y la respuesta nos la dio el mismo salmo: “El auxilio nos viene del Señor, el que hizo el cielo y la tierra”. El que cuida de todo, nos cuidará; el que sostiene todo, nos sostendrá; el que cuida de los pájaros y de los lirios, nos cuidará. “El auxilio nos viene del Señor”, repetíamos una y otra vez. Las gargantas se desataron y más allá de las lágrimas repetíamos: el auxilio nos viene del Señor. No nos dejará en el desamparo, no nos soltará de la mano, aunque no lo sintamos, aunque nos parezca que está lejos y en silencio, aunque parezca que nos abandona. No, el auxilio viene de él.
  • Íbamos más seguros, pisábamos más fuerte: “No permitirá que resbale tu pie”. Caminábamos con más ligereza. Y otra frase del canto nos llenó: “Tu guardián no duerme”. Nuestro Dios velaba con nosotros, andaba con nosotros, sufría con nosotros. No estaba dormido, desentendido. No había que llamarle a gritos.
  • Y ya brotaba la fe como un torrente: “estamos a su sombra…a su derecha”. Por eso, ni el sol nos herirá, ni la luna nos extraviará. Todo lo creado vendrá a nuestro socorro, por más que llegue la sombra y la oscuridad. Caminábamos más ligeros.

 

2. La persona de hoy lee el salmo

 

  • Hemos puesto nuestra fuerza en nuestra ciencia, en nuestro dinero, en nuestra salud, en nuestra fuerza. Pero muchas veces experimentamos el desvalimiento, las situaciones sin salida, el desamparo que se pega al alma. ¿Cómo llevar esto de la mejor manera? Y hemos descubierto que la buena relación, la acogida de las personas, el débil amparo de los débiles, es algo que ayuda mucho. Generar amparo es  generar humanidad, abrir horizontes, hacer que sintamos menos la dentellada de la limitación.
  • Es verdad que esta vida nuestra tiene recursos limitados. Pero si tomamos conciencia de que nacemos con responsabilidades adquiridas, de que el sufrimiento del otro nos compete, de que la respuesta que damos al dolor ajeno nos hace sujetos morales, es entonces cuando, más allá de nuestra limitación, podemos generar amparo. Quien desconfía de lo humano, desconfía de las personas. Y si no confiamos en nosotros mismos, ¿cómo vamos a confiar en los otros, en el Otro?
  • Hay que velar por la vida del otro, por el camino del otro, por los itinerarios del otro. Los otros son mi tarea, no para inmiscuirme en sus asuntos, sino para participar en su crecimiento. Los otros no son mi “infierno”, sino el camino humilde para la dicha. Quienes viven sin reposo para el otro, terminan por encontrar reposo, sentido, para sí mismos.
  • La mejor manera de sortear los peligros que el caminar histórico encierra es guardarnos, cuidarnos, atendernos bien, aguantarnos con cariño. Ser, unos para con otros, casa de misericordia donde protegerse y animarse.

 

3. La creyente lee el salmo

 

  • El universo es una realidad en expansión. Nos movemos a dos millones de kilómetros por hora en el “tren” de nuestra Vía Láctea. Hay muchos universos. No conocemos la materia del universo, el 90% es materia oscura. Y en el fondo de ese mecanismo que no podemos abarcar, una fuerza que nuestra fe llama Dios, fuerza de amor. Esa fuerza nos engloba, nos ofrece vida, nos cuida, más allá de las enormes limitaciones que, a veces, sufrimos. No estamos solos. En verdad, el Padre y Jesús han puesto su morada en nosotros (Jn 14,23).
  • Dios nos cuida en la mediación de nuestros propios cuidados. No podemos pedir a Dios que nos cuide si nosotros no hemos descubierto que el cuidado, sobre todo el cuidado al frágil, no es consecuencia de la fe, sino su propio centro. Cantar este salmo sin comprometerse al cuidado fraterno es música celestial.
  • Sin reposo para el amor, sin cansarse, sin descreer a medida que avanzan los años. Mantener un interior amante, una interioridad jugosa. No secarse por dentro. Entonces es cuando sonarán vivas estas plegarias sálmicas, estos anhelos encerrados en las oraciones de las subidas. Si estamos cansados, desalentados, de vuelta de todo, descreídos, ¿con qué ojos ver las pisadas del Dios que camina a nuestro lado? ¿Cómo sentir el calor de la palma del Padre que coge nuestra mano?
  • Guardados por Dios, esa es la certeza que puede hacer que lleguemos bien vivos al final de nuestro caminar histórico. “Entre tus manos, llévanos”, dice el canto. “Adora y confía” decía la plegaria de Teilhard de Chardin.

 

4. Recreamos el salmo

 

Sé que Dios está

en el fundamento del ser,

en la fuente de la vida.

 

¿Cómo desconfiar de su cercanía,

de su amparo abrazador,

de su fuerza que reconforta?

 

Por encima de mis tropezones y caídas,

más allá de mis insomnios y desganas,

él me guarda.

 

No tengas miedo del sol que hiere

ni de la luna que extravía,

él sigue siendo luz para ti.

 

II. SALMO 121: ENCONTRAR LA PAZ

 

1¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
2Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.

3Jerusalén está fundada
como ciudad bien compacta.
4Allá suben las tribus,
las tribus del Señor,

según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
5en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David.

6Desead la paz a Jerusalén:
«Vivan seguros los que te aman,
7haya paz dentro de tus muros,
seguridad en tus palacios».

Por mis hermanos y compañeros,
voy a decir: «La paz contigo».
9Por la casa del Señor, nuestro Dios,
te deseo todo bien.

1. Jesús lee el salmo

 

  • Íbamos a la casa del Señor. Pero íbamos sin alegría. Sin embargo, a mí, como buen judío, me habían enseñado que la gloria de Dios, su presencia, se hacía densa en el templo. No podréis entenderme quienes no seáis judíos. Pero yo sabía que la presencia del Padre me envolvería, me protegería, saldría por mí. Por eso cantaba con fuerza: “Vamos a la casa del Señor”. Los que venían detrás no se contagiaban. Cuando nuestro pies pisaron las viejas piedras de la ciudad, yo me olvidé de lo que podía pasar. Estaba en su casa.
  • A quienes veníamos de la aldea, Jerusalén nos deslumbraba. Hoy os parecería a vosotros un humilde lugar, pero a nosotros nos parecía maravillosa. La llamábamos “la hermosa”. Aun hoy día, tan maltrecha, para muchos de los judíos sigue siendo así. Por eso, en lugar de defenderla con paz, la envuelven en guerras. Así les va.
  • Pero ella nos contagiaba la paz. Dentro de ella había paz. Por eso, le deseábamos la paz. Siempre nos había faltado. Por eso la deseábamos tanto. Un corazón pacificado era lo que nos hacía falta. Por eso, nuestro canto era una oración: Danos paz en estas horas de turbulencias grandes. Que no nos abandone la paz.
  • Me volví hacia el grupo atemorizado que nos seguía y después de cantar les dije: “Os deseo la paz”. Que Jerusalén os devuelva la Paz. Que saber a Dios cerca os envuelva en la paz. La necesitábamos tanto…

 

2. La persona de hoy lee el salmo

 

  • Huimos de la oscuridad y del dolor. Si aprendiéramos a abrazarlos, a trabajarlos, a encararlos, a mirarlos desde dentro, a no huir, a no poner la esperanza en que otros (en que Otro) nos resuelva la papeleta, la paz vendría al corazón, aunque costase tiempo. Muchas cosas hermosas suceden en la oscuridad. Lo que llamamos caos puede ser un reservorio de energía enormemente creativa.
  • Quizá podamos entender que la abnegación es una precondición de la realización; que la lucha es el camino a la felicidad; que la enfermedad es el lado oscuro de la salud; que el fracaso es el triunfo disfrazado; que la oscuridad da lugar a la luz. Tal vez el casos sea una parte integral del orden, como el conflicto para la armonía y la oscuridad para la luz. La vida no trata de un dualismo excluyente, o esto o aquello, sino de la integración de esto y aquello.
  • La paz no es solamente ausencia de turbación. Es también comprensión distinta de la realidad, mirada compasiva a los caminos humanos, contemplación del misterio de la vida. Tal vez la paz demande pararnos quietos, contemplar y observar la maravilla inherente al proceso de la vida misma. No solamente comprendemos lo que entendemos, sino también lo que contemplamos, lo que intuimos.
  • Para que la paz anide en el fondo del alma quizá haya que entender que la creación es buena y no mala. Que una “bendición original”, más que el pecado original, caracteriza la vida en su esencia fundamental. Nos hacen falta una serie de cualidades proféticas: coraje moral, enojo correcto, denuncia verbal, protesta y desafío, vigor vital, pasión. La paz florece en terrenos que bullen de humanidad.

 

3. La creyente lee el salmo

 

  • El universo está lleno de tu presencia. El ejercicio no es trabajar la presencia de Dios sino percibirla viva, acompañante, compasiva, amorosa, perdonadora. Vivir en la presencia en formas de honda humanidad, de ahondamiento, de contemplación hacia adentro. Una presencia que reconforte, que empuje, que genere fuerza cuando la debilidad nos cerca. 
  • Y, a la vez, necesitamos comunidades que reconforten, que generen gusto por la vida, que iluminen la oscuridad, que intuyan caminos, que desvelen posibilidades, no comunidades ancladas, esclerotizadas, que ya se sabe cómo funcionan. “Jerusalenes” de vida, más que lugares de arqueología, de normas, de referencias sabidas. 
  • Y luego, la aspiración de la paz honda, la que se vive incluso aunque haya turbulencias. Capacidad para recuperar la paz perdida y volver a la senda de la confianza. Saber que los tiempos de paz los construimos a diario en nuestro ambiente más cercano. Deseemos ardientemente la paz; colaboremos en su construcción. ¿Cómo hablar de fe sin vivir la paz? Y aprendamos a traducirla: respeto, comprensión, aguante cariñoso, dejar que el otro pueda ser él, aunque sus caminos no nos convenzan del todo.
  • Hagamos oferta de paz, oferta concreta. No solo de palabra, sino en comportamientos sencillos que hablan de paz. Elaboremos los conflictos mediante el diálogo incansable, la coincidencia en lo básico, la certeza de que podemos unirnos en algo, la seguridad de que todos sufrimos cuando la paz escasea.

 

4. Recreamos el salmo

 

Que nuestra mirada se agudice

para ver lo que no se ve;

que nuestro oído se afine,

para escuchar lo que no se oye.

tu presencia envolvente.

 

Que el ambiente se caldee,

que el frío se aleje de nuestros adentros,

que el amor abrace

lo que más cuesta abrazar,

el desamor.

 

Que la paz no deje de manar

como fuente de vida,

que la paz no deje de brotar

como la mejor cosecha.

 

Que adelantemos la mano desnuda

como las manos de los niños

que no pueden esconder ningún arma

de tan pequeñas y tan puras.

 

 

III. SALMO 123: UN DIOS DE TODOS

 

1Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte
-que lo diga Israel-,
2si el Señor no hubiera estado de nuestra parte,
cuando nos asaltaban los hombres,
3nos habrían tragado vivos:
tanto ardía su ira contra nosotros.

4Nos habrían arrollado las aguas,
llegándonos el torrente hasta el cuello;
5nos habrían llegado hasta el cuello
las aguas espumantes.

 

6Bendito el Señor, que no nos entregó
en presa a sus dientes;
7hemos salvado la vida, como un pájaro
de la trampa del cazador:
la trampa se rompió, y escapamos.

8Nuestro auxilio es el nombre del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.

 

1. Jesús lee el salmo

 

  • Nosotros creíamos, a pie juntillas, que Dios estaba de nuestra parte y solo de nuestra parte. Era el Dios de Israel. Pensábamos que era un axioma indiscutible que un Dios debe defender a sus fieles. Como muchas veces nos habíamos visto en desamparo, a veces pensábamos que nos había olvidado, pero que seguía de nuestra parte y nada más que de nuestra parte. Por eso cantábamos esta estrofa subiendo a Jerusalén con certeza indiscutible.  Sin embargo, yo me esforcé por hacerles entender que Dios era un Padre de todos que hace salir su sol sobre buenos y malos (Mt 5,45). Con el tiempo aprenderían; los paganos se lo enseñarían.
  • La ira de quienes nos querían mal estaba hirviendo. Pero no eran enemigos de fuera, sino de dentro. “Eras tú mi amigo y compañero a quien me unía una dulce intimidad” dice el Sal 54,14. Los de nuestro pueblo tramaban contra nosotros. No teníamos miedo a los paganos cuando íbamos hacia la ciudad, sino a aquellos que eran de nuestra familia, de nuestra casa, de nuestra fe. La ira de los que debían amarnos era doblemente hiriente. Los de la cordada lo intuían con claridad.
  • Éramos de secano, pero en nuestra tierra había un lago, a veces muy arisco. Por eso sabíamos qué era tener las aguas hasta el cuello. Los discípulos lo habían experimentado algunas veces. Esa situación entre el vivir y el morir, entre el ahogarse y el salvarse, entre bajar engullido al fondo o permanecer como sea en la superficie. Así nos sentíamos, en este momento de gravedad, de temblor, de ahogo. ¿Cómo verse libre ahora? ¿Se volvería a repetir la experiencia del Dios que libera in extremis? ¿Sería verdad aquello que decían de los padres antiguos que fueron librados de las aguas airadas del mar Rojo?
  • Como un pájaro, dejando unas plumas en la trampa, porque en el último momento falló la trampa. ¿Estaba Dios con nosotros en este momento tan delicado? Nos costaba verlo. Y cantar los viejos salmos nos ayudaba en nuestra debilidad. Muchas veces nos haríamos la pregunta que se hacen los creyentes en las horas de dura zozobra: ¿Dónde estás? Con qué quemazón en los labios y en el corazón lo diría yo horas más tarde en el palo de la cruz.
  • Pero la fe se abría camino, terca, entre las tinieblas: “Nuestro auxilio es el Señor de cielo y tierra”. ¿El Dios de todo cómo no iba a ser sensible a una de las partes, aunque fuera ínfima, irrelevante como aquella cordada de desalentados? El Señor del cosmos inabarcable estaría también a nuestro lado, pequeños “gusanos” que pueden desaparecer bajo la sandalia del opresor que los machaca. Estaría con nosotros porque estaba con todos.

 

2. La persona de hoy lee el salmo

 

  • Hay que desmantelar la exclusividad sobre Dios que, a veces, se arrogan algunos (jerarcas, teólogos) y abrir la espiritualidad a todos los que quieran comprometerse con una experiencia de un Dios que ampara todo, un Dios cósmico. Toda creatura puede sentir a Dios porque es Padre de todos, fuente común, origen familiar. Nadie tiene preeminencia sobre nadie cuando hablamos de Dios.
  • Aun en medio de una religión de encarnación como el cristianismo –con el enfoque puesto en el Dios que se hace humano en el medio de la creación- el Dios “que está en los cielos” frecuentemente tiene prioridad sobre el Dios que es inmanente en el mundo de nuestra experiencia. Y sin embargo, el Dios que está en todo, lo está, sobre todo, en el interior de la vida, en la raíz de lo que vive, en el cimiento de la historia. La realidad de un Dios dentro es más útil para conectarlo con un Dios de todos.
  • Nos haría bien demoler dualismos, tener un paradigma mental y existencial más unificado. Eso llevaría a consecuencias concretas, por ejemplo a eliminar esa parcelación que hacemos sobre Dios pensando que está del lado de los buenos y no de los malos, del lado de los creyentes y no de los ateos, del lado de las gente de orden y no de aquellos que viven en maneras un tanto “desordenadas”. El comportamiento de Jesús, y por él sabemos lo que es Dios, elimina tales dualismos.
  • Habríamos de dar el salto cualitativo de reconocer el mundo evolutivo como el escenario de la revelación divina. En ese escenario es más fácil comprender que Dios es de todos que si nos estancamos en una idea del mundo fija y estática. Puede parecer teoría, pero de estos elementos del “disco duro” dependen muchas actitudes de vida (por ejemplo esto de tener a Dios por Padre efectivo de toda criatura y la consiguiente responsabilidad familiar que de ello se deriva).

 

3. La creyente lee el salmo

 

  • Un Dios amplio, cobijante: Donde el todo del grupo comunitario, social, tiene amparo. Nada queda fuera, todo vale a sus ojos. Eso habría de llevarnos a tener una mirada flexible, englobante, libre lo más posible de exclusiones.
  • Descubrir a Dios en la fe del otro: porque el otro también cree y puede creer más. Su fe es ayuda y enriquecimiento de mi propia fe. Su trabajo por creer mejor alienta mis esfuerzos creyentes.
  • Creer con nombres: orar con nombres, poner nombres sobre la Palabra, hacer un camino creyente lleno de nombres.

 

4. Recreamos el salmo

 

Dios de todos,

Dios de todo

y de nadie.

 

Dios de vida,

Dios de amor

y de fuerza.

 

Dios de dentro,

Dios de abajo

y de luz.

 

Dios de amparo,

Dios de abrazo

y de calor.

 

Dios de canto,

Dios de vida

y de paz.

 

 

IV. SALMO 124: MENTALIDAD INTEGRADORA

 

1Los que confían en el Señor son como el monte Sión:
no tiembla, está asentado para siempre.

2Jerusalén está rodeada de montañas,
y el Señor rodea a su pueblo
ahora y por siempre.

3No pesará el cetro de los malvados
sobre el lote de los justos,
no sea que los justos extiendan
su mano a la maldad.

4Señor, concede bienes a los buenos,
a los sinceros de corazón;
5y a los que se desvían por sendas tortuosas,
que los rechace el Señor con los malhechores.
¡Paz a Israel!

 

1. Jesús lee el salmo

 

  • Cuando entonamos este salmo, los que iban detrás se animaron más. Ellos estaban convencidos de ser unos privilegiados de Dios, de aquel Dios que excluye a malvados y paganos. Ellos no eran ni una cosa ni otra. Por eso, por encima de su miedo, creían que el Dios de Israel estaba de su lado. Que aquel Dios les “debía” algo, amparo, amor, por su probada piedad y por su innegable pertenencia al pueblo elegido. Sin embargo a mí, que había llegado la humilde conclusión de que Dios hace salir su sol sobre buenos y malos, algo me decía que la cosa no iba bien.
  • Tenía por verdad que “los que confían en el Señor son como el monte Sión”, que la confianza en Dios era una roca firme, una esperanza que aguanta vendavales. Tenía por verdad que Dios rodeaba a su pueblo como las montañas de Judá rodean a Jerusalén (el Scopus, el Herzl, los Olivos, etc..). Pero ¿los que no confían tanto, los que no creen tanto, los que no son de aquí, aquellos que no reconocen al Dios de aquí, aquellos que, por culpa de los mismos creyentes, maldicen de él? ¿Están excluidos sin más? Algo me decía que no.
  • Por eso, se me atragantaban aquellas palabras que a mis acompañantes les parecían indudables, convincentes, totalmente ciertas: “No pesará el cetro de los malvados sobre el lote de los justos”. Nos veremos libres de ese peso. No encontrábamos caminos para integrar al mal, a los malos, en nuestros esquemas. Lo veíamos todo más claro cuando clasificábamos, cuando excluíamos, cuando los judíos nos sentíamos los privilegiados de Dios. Algo no iba bien.
  • De ahí que interiormente yo corregía la súplica final del salmo: concede bienes a todos, a los buenos, a los sinceros y a quienes no lo son tanto, a quienes no lo parecen, a quienes no son tenidos por tales. Y, desde luego, que no fueran rechazados los malhechores, sabiendo que Dios de alguna manera también los miraba: ¿No era un malhechor Zaqueo, no lo era el samaritano que iba por posadas, no era la mujer de mala fama que me lavó los pies, no era aquel pródigo que se marchó de casa, etc.? Yo que los había puesto como ejemplo de lo que Dios puede hacer en la vida de las personas, ¿cómo iba a decir ahora que estaban excluidos? No cantaba con los otros, pero me callaba para no hacer más grande su herida, porque tampoco yo sabía muy bien cómo consolarles.

 

2. La persona de hoy lee el salmo

 

  • Educados en un dualismo que persiste (buenos/malos) casi somos incapaces de permeabilizar esas fronteras. Sin embargo, ni los buenos son tanto como ellos lo dicen, ni los malos son tanto como nosotros lo decimos. La escala de grises es muy grande en la vida humana. Por eso, la flexibilidad es una herramienta que nos resulta del todo necesaria para poder entendernos y entender los, a veces, raros caminos de los humanos.
  • En un nivel profundo, cada ser vivo está implícito, implicado en todos los demás. Cada sufrimiento, cada extinción, nos afecta, nos empobrece, nos “mutila”, dice el papa Francisco. De la misma manera, participamos de la dicha y creatividad de cada organismo individual. En realidad, no son las especies individuales las que evolucionan, sino todos los sistemas vivos conectados de manera interdependiente, en el seno de la misma totalidad coherente.
  • Nosotros los humanos no somos los amos de la creación; somos participantes en un proceso co-creativo que es mayor que nosotros. Si hemos de influir  en la vida planetaria y global, lo haremos por medio de una interacción cooperativa más que por una lucha competitiva. No hemos sido creados para competir, sino para amar. ¿Cuándo vamos a desterrar cualquier mentalidad excluyente? Excluir y creer en Jesús es una contradicción.
  • Todos estamos afectados por todos los demás. Es preciso descubrir que somos familia, comunidad humana y cósmica, asamblea de diversos. Nos lo enseñó Jesús. Por eso hay que leer con cuidado salmos y pasajes bíblicos que, por evolución histórica, han elaborado poco el tema de la integración en el todo.

 

3. La creyente lee el salmo

 

  • No es posible caminar sin confianza. El salmo habría de llevarnos, un poco en su contra, a elaborar un modo de vida confiante. Atravesar un camino con el miedo en el cuerpo es una tortura. El creyente en Jesús habría de aprender a no vivir siempre con la mano en la guarda de la espada, temiendo a quien viene, al distinto, como quien me va a asestar una puñalada. Es tan bueno como yo, porque Dios ha sembrado en todos la bondad, por eso puedo empezar mi relación con él desde la bondad.
  • La mentalidad excluyente, elitista, no es cristiana. No somos elegidos de Dios en contra de quien no lo es. Jesús nos ha convertido a todos en hijos, por eso nadie queda fuera, más allá de sus peculiaridades sociales o religiosas. Rezar con mentalidad excluyente hace polvo la oración de la confianza, la oración evangélica.
  • Hay muchas puertas para entrar en el misterio de Dios. Nosotros tenemos una, Jesús, puerta querida y amada. Pero no es la única puerta porque al misterio se accede por los muchos caminos que suscita el Espíritu. Habríamos de alegrarnos de ello y ser mesurados y amables en la oferta de esta puerta nuestra que es Jesús. Una “misión” de oferta, no de convicciones ideológicas, no de captación de fieles.
  • Siendo Judío, Jesús se salió del marco de exclusión, durísimo, de la mentalidad de su pueblo. No resulta, pues, imposible pretender una mentalidad amplia, incluyente, abrazante. No perderíamos nada, no se diluirían los perfiles de la comunidad cristiana, no pondríamos en peligro la fe en Jesús. Nuestra fe no significa que lo tenemos todo claro. No significa que tenemos soluciones acabadas, respuestas últimas para todo. Tenemos la inestimable memoria de Jesús, la presencia activa de su espíritu, la compañía de una iglesia de hermanas y hermanos, pero ello no nos exime de la duda, la búsqueda, el diálogo. Somos caminantes.

 

4. Recreamos el salmo

 

Hemos querido, equivocados,

saber quienes somos

diferenciándonos de los demás,

cuando la verdadera identidad,

está en la comunión.

 

Somos casi idénticos

en anhelos,

en búsquedas,

en sufrimientos,

en preguntas.

 

¿Cómo asentar la vida

sobre las diferencias?

¿Cómo decir a quien tiene

un corazón similar,

no eres como yo?

 

Algún día aprenderemos

que la casa del corazón

es la casa de la persona

y que los corazones se asemejan

como las gotas del mismo océano.

 

 

V. SALMO 125: CAMBIOS EN LA VIDA

 

1Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía soñar:
2la boca se nos llenaba de risas,
la lengua de cantares.

Hasta los gentiles decían:
«El Señor ha estado grande con ellos».
3El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres.

4Que el Señor cambie nuestra suerte,
como los torrentes del Negueb.
5Los que sembraban con lágrimas,
cosechan entre cantares.

6Al ir, iba llorando,
llevando la semilla;
al volver, vuelve cantando,
trayendo sus gavillas.

1. Jesús lee el salmo

  • Siempre habíamos estado oprimidos, bajo el yugo del extranjero. Era un sino de Israel. Desde los tiempos de los Egipcios. Por eso, cuando subíamos cantando este salmo, la sangre nos hervía. Soñábamos con que el Señor cambiara la suerte de Sión. Los que me seguían no habían intuido aún que lo que yo pretendía era que cada uno tomara cartas en el asunto de cambiar el propio corazón, el camino personal, la manera concreta que cada uno tiene de ver la vida. Daría por bueno aquello que dijo uno de vosotros: “No cambiaremos la vida si no cambiamos de vida”.
  • La risa y el cantar volvía al grupo. Esperaban un cambio de fuera, no un cambio de dentro. Un cambio que tendrían que reconocer nuestros mismos enemigos, los gentiles. El anhelo de siempre, la superioridad que nos viene del dominio del otro. Si los gentiles doblaban el cuello y reconocían nuestra superioridad, nuestra alegría llegaría al colmo. No podíamos entender una alegría pura, a costa de nadie, inclusiva.
  • Alguna vez habíamos visto los torrentes del Negueb, cómo las lluvias repentinas creaban charcas en el desierto que llegaban a crear espacios verdes en medio de la aridez. Creíamos que en nuestra vida oprimida, desértica, Dios podría hacer surgir el verdor. Siempre esperando un verdor de fuera, venido de otro lado. No creíamos que la semilla estaba dentro.
  • No estábamos bien. Pero volveríamos cantando, trayendo gavillas. Viviríamos una vida serena y gozosa. El salmo ponía una sonrisa en el corazón de la cordada del desaliento. Las viejas promesas, aquellas leyendas que se inventaban para animar, aún producían su efecto. ¿Serían suficientes para contrarrestar el duro golpe que nos esperaba? Los hechos demostraron que no. Hacía falta mirar más adentro de uno mismo, creer que los cambios brotan de interiores renovados, de maneras nuevas de situarse en la realidad.

2. La persona de hoy lee el salmo

  • Los pensadores de hoy hace tiempo que hablan de un “cambio de paradigma”. Hay grupos que estudian, olfatean los “paradigmas emergentes”. Si nuestro marco de referencias sigue siendo el de siempre, si no dejamos sitio a los interrogantes, a las preguntas, siempre tendremos la misma respuesta, la de siempre, inflexible, incambiable. Vivir en cambio constante es duro para la persona, pero es la única manera de no ir hacia atrás, de no empobrecerse.
  • Los nuevos paradigmas hablan de una visión distinta del cosmos, el primer libro de fe, y de la persona. Una visión del cosmos ampliada al máximo ya que la nueva cosmología es la que más está haciendo por cambiar la visión de la humanidad. Y una nueva visión de la persona, más situada en la profundidad, aquella que ha aprendido a descentrarse, a hacer del otro el centro de uno, ha ir resituando el yo totalizante.
  • Esto nos demanda una visión menos “religiosa” de la vida, menos recurrente a Dios como agente externo (Él cambiará nuestra suerte), más implicativa con el hecho histórico (tratemos de cambiar la suerte). Somos herederos de una espiritualidad que conlleva una falta de responsabilidad histórica. Nuestra oración está adobada en ello. Somos seres acompañados, pero la pelota está en nuestro tejado.
  • No somos de otra naturaleza que la natural, estamos tejidos con los mismos aminoácidos comunes a todos los seres vivos, somos un producto de la evolución, el resultado de su recorrido. Venimos de dentro, no de fuera de la Tierra. Y estamos llamados a ir más adentro. En este marco evolutivo hay que situar la mentalidad de una vida en cambio.

3. La creyente lee el salmo

  • Una fe para cambiar, no para seguir siendo los mismos. El fracaso de la religión se mide en la dificultad para el cambio, en la poca agilidad para adquirir maneras nuevas ver, en el empecinamiento religioso que hace de la tradición una roca inamovible. Si nada nos cambia, ¿para qué sirve el Evangelio que quiere cambiar nuestras estructuras más elementales? Y si el Evangelio no puede tocarlas, si somos los mismos a pesar del Evangelio, ¿no habrá fracasado el Evangelio en nosotros?
  • Sirve de poco recurrir constantemente a la conversión constatando que no nos convertimos. Demos a la conversión metas posibles: conversión ecológica, conversión a la solitud, conversión a lo profundo, conversión a los caminos comunes, etc. Pedir a Dios un cambio sin modificar nuestros caminos es planta sin raíz.
  • La vida demuestra que el cambio es posible. Hay personas que lo han logrado (Helder Cámara, Romero, Agrelo, etc.). Podríamos conseguirlo en la medida en que flexibilicemos nuestro modo de ser, nuestra mirada a la realidad. Las pretensiones del Evangelio no son inútiles.
  • El cambio demanda un cierto despojo. Querer cambiar con el bagaje de siempre, muy pesado, resulta muy difícil. Ir haciendo la vida cada vez más simple, menos llena de necesidades creadas, más relativizadora de necesidad que son prescindibles, más pequeña en sus dimensiones externa y más amplia en las internas, saber ser en cada etapa de la vida lo que corresponde ser, etc., son caminos saludables de despojo que pueden facilitar la obra del Evangelio en nosotros. Cambiar la suerte de “Sión” es un trabajo hermoso, humanizador, espiritual, positivo. Apunta al cristiano adulto del que hablaba san Pablo.

 

4. Recreamos el salmo

 

Nos agobia el deseo

de ser otro.

Soñamos sin término

el camino que no hemos recorrido.

Queremos cantar la melodía

que no hemos escuchado.

 

Algún día aprenderemos

que el deseo se modela dentro,

que el camino se anda

nada más salir de casa,

que la melodía

lleva siglos

sonando

en el silencio del corazón.

 

No son necesarios grandes viajes

para dar con el país

donde mora el sentido.

 

Basta con dejar sitio

en la casa de dentro

a cualquier creatura

y a la criatura necesitada

que es cada uno.

 

 

VI. SALMO 126: CO-CREADORES CON DIOS

 

1Si el Señor no construye la casa,
en vano se cansan los albañiles;
si el Señor no guarda la ciudad,
en vano vigilan los centinelas.

2Es inútil que madruguéis,
que veléis hasta muy tarde,
que comáis el pan de vuestros sudores:
¡Dios lo da a sus amigos mientras duermen!

3La herencia que da el Señor son los hijos;
su salario, el fruto del vientre:
4son saetas en mano de un guerrero
los hijos de la juventud.

5Dichoso el hombre que llena 
con ellas su aljaba:
no quedará derrotado cuando litigue
con su adversario en la plaza.

 

  1. 1.    Jesús lee el salmo

 

  • Más allá de sus muchas limitaciones, nuestra espiritualidad judía se basaba en la confianza en Dios, por más que la norma luchara por acaparar todo el terreno posible. Por eso cantábamos confiados: “Si el Señor no construye la casa, en vano…si no guarda la ciudad, en vano…”. Creíamos que Jerusalén era una ciudad “guardada”, por mucho que hubiera sido arrasada tantas veces. Cantar la confianza nos hacía más confiados. Los nubarrones que teníamos delante se nos antojaban menos peligrosos.
  • Yo había dicho muchas veces que la semilla crece por sí sola, que el Padre le da el incremento. Había dicho aquellas parábolas ecológicas de los lirios y los pájaros. Dios estaba debajo de todo, por más que los pájaros, los humanos y hasta las flores tuvieran que trabajar para ganarse el sustento. Dios en el fondo, en la penumbra del surco, en el interior de lo que se ve.
  • La confianza la veíamos en los hijos, en el fruto del vientre. Ellos seguirían lo que nosotros habíamos comenzado; ellos lograrían lo que nosotros no habíamos conseguido; ellos vivirían el esplendor de Jerusalén que nosotros no habíamos conocido. Por eso, los más jóvenes de la cordada eran nuestra máxima esperanza. Ellos, quizá, se levantarían del foso en el que íbamos a caer.
  • Tocábamos, así, el misterio de la fecundidad de la vida que Dios alienta. La amenaza de infecundidad se alejaba y daba sentido a aquel viaje extraño que nos abrumaba y que llevábamos entre ceja y ceja desde hacía mucho. Ser fecundos, vivir, ir más allá de los estrechos límites de la vida. Aún latían estos pensamientos en aquella hora de zozobra.

 

2. La persona de hoy lee el salmo

  • Nos cuesta abandonar la visión de un mundo clásico:la creación nos ha sido dada, yo estoy fuera de ella, no puedo influir en nada, vive sin mí. Pero esto no es así: somos observadores que concrean, somos parte de la interdependencia que es lo creado. Ello nos lleva a una conciencia holística, global, interrelacionada.
  • En un nivel profundo, cada ser vivo está implícito, implicado en los demás. Cada sufrimiento, cada extinción, nos afecta. De la misma manera, participamos en la dicha y creatividad de cada organismo individual. Evolucionamos porque nos comunicamos. No son las especies las que evolucionan, sino los sistemas vivos que están conectados a una totalidad coherente. Esa “totalidad” es el Dios que subyace a lo creado, que lo potencia, que lo expande.
  • Nosotros los humanos no somos los amos de la creación, somos participantes de un proceso co-creativo que es mayor que nosotros y que puede subsistir sin nosotros. Si hemos de influir en la vida planetaria y global ha de ser por medio de una interacción cooperativa más que por una lucha competitiva. Es un proceso de aprendizaje de interdependencia mutua y no de explotación, combate o guerra.
  • Hemos de abandonar el determinismo y sumarnos a esa obra del Dios dentro que expande lo creado. Lo dicen los místicos: hay que estar abiertos a la naturaleza evolutiva en todos los niveles.

 

3. La creyente lee el Salmo

  • La confianza es un quicio del Evangelio. No se tiene sin más. Hay que trabajarla hasta el último aliento de la vida (quizá más en el último aliento). La confianza en las personas (para empezar) y en Dios puede ser cimiento de una sólida espiritualidad. Darla por cierta sin más, puede ser un error. Es un constructo, algo que se va experimentando.
  • La confianza va unida a la responsabilidad: si somos co-creadores con Dios no vale escaquearse. Hay que intentar hacer bien todo lo que se tiene que hacer. Y hay que darle horizonte a todo eso: no puedo hacerlo solo por obligación, por quedar bien, por ganar aprecio, por sacar algún beneficio. Hay una razón más de fondo: trabajamos con el Padre (como se dice en Jn 5).
  • Animarse a construir, a hacer caminos, procesos. No querer tenerlo todo enseguida y ya. Hacer caminos espirituales comprobados (de oración, de fraternidad, de ciudadanía). Romper esa dinámica empobrecedora de los actos puntuales, del pequeño momento.
  • Toda vida está amenazada de infecundidad. Fecundos en amor: esa es la vocación de toda persona, útil para cualquier opción de vida que se tome. Llenar el corazón del mayor número posible de nombres: he ahí la verdadera fecundidad, más allá de los límites físicos. Dichosa, sí, la persona que llena con estas “flechas” su aljaba, con los nombres en el corazón.

 

4. Recreamos el salmo

 

¿Quién nos enseñará

el camino intrincado

de la confianza?

 

¿Quién nos ayudará a creer

que nuestras pequeñas manos

crean con las de Dios?

 

¿Quién nos abrirá los ojos

para entendernos y vivirnos

como parte de un todo más grande?

 

¿Quién nos hará ver

que un corazón lleno de nombres

es el éxito de la vida?

 

Quién sino el terco

y abrazante amor.

 

 

VII. SALMO 127: MÁS ALLÁ DEL TEMOR

 

1¡Dichoso el que teme al Señor
y sigue sus caminos!

2Comerás del fruto de tu trabajo,
serás dichoso, te irá bien;
3tu mujer, como una vid fecunda,
en medio de tu casa;

tus hijos, como renuevos de olivo,
alrededor de tu mesa:
4ésta es la bendición del hombre
que teme al Señor.

5Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida;
6que veas a los hijos de tus hijos.
¡Paz a Israel!

 

1. Jesús lee el salmo

  • Nos habían enseñado a temer al Señor. Primicia de la sabiduría es el temor del Señor, afirmábamos con Prov 1,7. Pero yo fui descubriendo a un Dios de amor al que no había que temer, sino amar. No logré que esa intuición pasara a mis amigos, por eso seguían cantando al temor del Señor. Si hubieran descubierto al Dios del amor, si hubieran optado por él, quizá les habría sido más leve el hachazo que fue mi muerte violenta. Amar al Señor en lugar de temerle, como hacen todas las religiones. En eso está mucho de la clave para una manera distinta de entender y vivir la fe. Pero ello, aferrados a lo de siempre, cantaban al Dios a quien es necesario temer.
  • Ese temor reverencial a lo numinoso era el que posibilitaría la “bendición” que, en aquella época se sustanciaba en: trabajo, mujer e hijos. Así, el temor de Dios se visibilizaba en el temor al hombre que se adueñaba de todo. No se había descubierto el secreto de las relaciones igualitarias por el que tanto luché. Iguales hasta en lo más íntimo, por lo que el acaparador habría de renunciar a su padre y a su madre, a su posición de fuerza. Pero ellos seguían cantando a lo establecido, sin saber que por esa vía solamente podía llegar el desaliento y la huida, como así fue. Cantaban a lo de siempre, sin horizontes de novedad.
  • Por eso creían que la prosperidad de Jerusalén iba a ser su prosperidad, sin percatarse que “su” Jerusalén les ignoraba en el momento en que más necesitaban su amparo. No era tiempo para entender que el verdadero amparo del corazón no está en las estructuras sino en un corazón similar, en la solidaridad del interior humano. Más tarde abandonarían Jerusalén y el ancho mundo les brindaría mejor amparo.
  • Por eso, cuando gritaban “¡Paz a Israel!”, más que un grito de paz se parecía a un grito de guerra, el anhelo de defender a “su” Jerusalén para que ella, a su vez, les amparara. Pero aquel amparo nunca llegaría. Las puertas de aquella ciudad se habían cerrado a la paz y a quienes de verdad ansiaban la paz. Todavía siguen cerradas.

 

2. La persona de hoy lee el salmo

  • El temor, a Dios y a la persona, tiene como aliado el egoísmo, el exceso de individualidad. La individualidad está fuertemente unida a la independencia exagerada. Mientas que el amor se une a la interdependencia. Hay que trabajar por disolver las fronteras entre el “yo” y el “no yo”. Empezamos a darnos cuenta de que todos y todas las cosas se necesitan, no de una manera competitiva y manipuladora, sino en una interacción orquestada que busca extrapolar y utilizar lo mejor que cada persona y cada realidad tiene para darse, en beneficio del todo.
  • El círculo de la compasión humana, la propensión a la relacionalidad, es un deseo arquetípico profundamente asentado, una aspiración conferida divinamente que busca por siempre el paraíso paradójico de algo muy íntimo y, simultáneamente, algo que nos abra a las esferas de la posibilidad total.
  • El movimiento llamado de las “ciudades compasivas” es elocuente. Se orienta, sobre todo, a las personas de edad avanzada para humanizar su camino final. Pero se podría extrapolar a toda persona. Crear ciudades para la buena relación, colaborar en lo que se pueda,  amar la ciudad en la que la vida nos ha puesto. Construir una “nueva Jerusalén” como dice Ap 21 donde quepan todos.
  • Habrá que dejar de lado una cierta arrogancia personal que sustenta una gran cantidad de explotación ambiental y ecológica. El individualismo erosiona casi totalmente el sentido de interdependencia que debería existir entre humanos y otras formas de vida.

3. La creyente lee el salmo

  • El abandono paulatino del Dios del temor y de la omnipotencia puede propiciar otro perfil de Dios, más próximo al Dios de Jesús. No habríamos de ser reticentes por mantener lo aprendido, por ahorrarnos el trabajo de elaborar la doctrina oficial. En esta clase de descubrimientos se juega mucho de la experiencia creyente en una etapa adulta de la vida.
  • Las personas, en general, no experimentan la comunidad por medio de sus iglesias, y en consecuencia un número creciente busca en otro lugar para tener esa experiencia. Solamente una iglesia desinstitucionalizada, deslegalizada, y desclericalizadapuede tener la esperanza de captar este concepto central, sin la cual su existencia es en gran parte una charada.
  • Nunca fue el propósito de los sacramentos en su sentido prístino el ser actos rituales para poner al individuo frente a Dios, y a medida que han evolucionado en esta dirección han perdido proporcionalmente su poder de ser experiencias comunitarias y transformadoras. Tienen el peligro de convertirse en rituales insípidos en vez de ser experiencias vivificantes.
  • Ampliando la pequeña Jerusalén del salmista a una de más amplias dimensiones (cósmica incluso), hay que decir que el creyente se preocupa más por la Iglesia en el mundo que por la Iglesia contra el mundo. Negativizar el hecho social es algo opuesto a la dirección de la fraternidad. La benignidad crítica es la herramienta que nos puede llevar a la buena relación con la sociedad.

4. Recreamos el salmo

No hubo un paraíso

para el logro

de la buena relación.

El paraíso está delante.

 

No hubo un tiempo pasado

donde amar

fuera más fácil.

El amor vive en el hoy.

 

No hubo un camino sencillo

que nos llevara

al corazón del otro.

Habrá que desbrozarlo cada día.

 

No hubo una llave mágica

que nos abriera el secreto

de la comunidad.

La comunidad se abre por dentro.

 

VIII. SALMO 128: EL TRIUNFO DEL BIEN

 

1¡Cuánta guerra me han hecho desde mi juventud
-que lo diga Israel-,
2cuánta guerra me han hecho desde mi juventud,
pero no pudieron conmigo!
3En mis espaldas metieron el arado
y alargaron los surcos.
4Pero el Señor, que es justo,
rompió las coyundas de los malvados.

5Retrocedan avergonzados,
los que odian a Sión;
6sean como la hierba del tejado,
que se seca y nadie la siega;
7que no llena la mano del segador
ni la brazada del que agavilla;
8ni le dicen los que pasan:
"que el Señor te bendiga".


Os bendecimos en el nombre del Señor.

 

1. Jesús lee el salmo

 

  • Mi vida, lo sabéis, no fue fácil. Tan difícil como lo era la vida de los pobres, la casi totalidad de la sociedad. Por eso podíamos cantar a pleno pulmón: “¡Cuánta guerra desde la juventud!”. Toda la vida una lucha. Subíamos a Jerusalén para consolarnos de la dura guerra de la vida de los pobres, la dura guerra de los caminos, de los corazones desolados. El duro afán por subsistir.
  • Pero también estábamos seguros de que “no pudieron conmigo”. De que no triunfó el mal. De que no nos abandonara la certeza de que el Padre ha hecho morada en nuestra historia (Jn 14,23). El último canto no fue el de la tiniebla, el del gallo, sino el de la vida. Canté en mi sepulcro.
  • Para nosotros era una blasfemia que se odiara a Sión, la Santa. Pero yo había descubierto que era imperdonable el odio al pobre, verdadera Jerusalén de Dios. Por eso me dediqué a desbloquear el sinnúmero de prejuicios, a rasgar los velos que ocultan el sentido de la vida: que estamos hechos para vivir el uno con y para el otro.
  • Anhelaba la derrota de lo inhumano, la esterilidad del odio, la vaciedad del menosprecio al débil. Esa cosecha que no era más que humo se la deseábamos a quien no amara a Jerusalén. Yo no deseaba el mal, sino que anhelaba ardientemente el bien. Quizá ese ardor nos jugaba una mala pasada y tenía el peligro de convertirse en odio.
  • Puedo decirlo: a nadie negué una bendición. Más aún, me gustaba bendecir a quien nadie bendecía, a los niños, a las mujeres enfermas, a los recaudadores despreciados. Negar una bendición era lo contrario del Dios que siempre bendice. Por eso añadía yo a la frase última del salmo: “Os bendecimos A TODOS en el nombre del Señor”.

 

 

 

2. La persona de hoy lee el salmo

 

  • Para que el bien triunfe es preciso encarar con humanidad la oscuridad, el vacío, el caos. La gran oscuridad no viene de Dios, de él solo viene la luz. Nosotros engendramos una oscuridad sin luz a la que nos acomodamos con variedad de conductas cómplices. Nosotros mantenemos un vacío negativo que hace que nuestro paso por la vida sea un camino en el desierto. Nosotros generamos el caos negativo que destruye ignorando el caos positivo que se autoorganiza. No se trata de culpabilizarnos, sino de abrir los ojos.
  • Al abrazar el caos cósmico, fuerza que se autoorganiza, todos los humanos están invitados a reconocer la naturaleza interdependiente de la luz y la oscuridad, la enfermedad y la salud, la muerte y el renacimiento. Al aprender a tener amistad con el caos de nuestro mundo, interactuamos con él e integramos nuestro caos personal (pecaminosidad) en maneras más auténticas.
  • En vez de tratar de escapar de nuestro dolor por medio de conductas adictivas de negación, empezamos a afrontarlo, a escucharlo y a aprender de él. Nos hacemos corresponsables de la vida en su totalidad, y no de manera fragmentada y dualista.
  • Esta espiritualidad nos lleva a tratar mejor con la verdad que libera, aquella que, incluso con debilidades, admite lo que hay sin flagelarse, trabaja a partir de que lo que tenemos sin culpabilidad, mezcla la espiritualidad al realismo para que se llegue a mejorar lo que realmente se puede mejorar, sin frustraciones ni autocondenas.

 

3. La creyente lee el salmo

 

  • El triunfo del bien tendría que llegar a convertirse en una certeza profunda, en que el mal no tendrá la última palabra. Cuando la vida aprieta, ese tipo de certezas (en la medida en que lo sean) se convierten en auténticos agarraderos existenciales. Es la fuerza de la fe que se hace presente en la debilidad histórica. La espiritualidad se transforma en fuerza.
  • Odiar al pobre, al marcado por la sociedad, al agobiado por la vida, es una inhumanidad. Dividir el mundo entre buenos y malos es otra inhumanidad. Desear el mal a quienes consideramos malvados es también una inhumanidad. Leer la Palabra habría de irnos haciendo más sensibles a estas inhumanidades para no incurrir en ellas. Son actitudes que cierran el paso al Evangelio.
  • El creyente en Jesús nunca habría de negar una bendición, jamás habría de anidar en su corazón y salir de sus labios una maldición. La bendición habría de ser la marca de lo humano. Esto se traduce en buenas palabras, en buenas acciones, en buenos caminos, en buenos deseos. Bendecir es el reflejo del bien hacer. La renuncia a la bondad es el mayor empobrecimiento de la vida.
  • Al creyente se le demanda hoy resistencia y resiliencia. Resistencia en esta hora no fácil para la experiencia religiosa y búsqueda para hacer más creíble y razonable el camino de la experiencia de fe. Resiliencia para generar caminos nuevos, aunque fueren pequeños, donde la vida evangélica sea posible.

 

4. Recreamos el salmo

 

No hemos de temer

leer la Palabra

desde otras perspectivas

que nos iluminen más.

 

No hemos de temer

entrar en huertos

que siempre han estado

cerrados a cal y canto.

 

No hemos de temer abrir

puertas y ventanas

para que el aire puro

llene nuestros viejos pulmones.

 

No hemos de temer

el camino de los malos

sino el nuestro propio,

hermano de aquellos.

 

 

IX. SALMO 129: LIBRES DE LA CULPA

 

1Desde lo hondo a ti grito, Señor;
2Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica.

3Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
4Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.

5Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
6mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.

7Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
8y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.

1. Jesús lee el salmo

 

  • Nos sentíamos débiles. ¿Cómo no íbamos a tener temor ante los nubarrones que  se cernían sobre nuestra vida? No éramos ilusos. Veíamos que nos metíamos en la boca del lobo. ¿Cómo entender aquello? ¿Cómo seguir caminando sin que flaqueáramos y huyéramos? Por eso, el canto subía firme: “Desde lo hondo hasta ti grito”. Desde aquella hondura en la que el miedo había puesto su casa.
  • Suplicábamos a un Dios que, según creíamos, “llevaba cuenta de nuestros delitos”. Quizá mereciéramos aquello, pensaban los que me seguían. Pero yo recordaba lo de Miq 7,19: “Dios arroja nuestros pecados al fondo del mar”, al lugar al que nadie llega. Se olvida de nuestros delitos. ¿Cuándo nos veríamos libres de la culpa? Lo que nos ocurría no era por nuestras culpas, sino por nuestras bondades, por haber estado del lado débil, por haber cuestionado el sistema opresor, por habernos relacionado con colectivos débiles, por haber tocado leprosos. Lo que teníamos delante era el resultado de todo aquello, no el pago a nuestra culpa.
  • Por eso mismo la esperanza se agazapaba en los pliegues del alma: “Como el centinela la aurora”. Como el centinela temeroso ante el enemigo que agazapa en la tiniebla y que anhela que el horizonte comience a iluminarse y ve pasar lentísimos los minutos de la noche. No moría nuestra esperanza. Era más fuerte que el fuerte sentimiento de culpa que nos invadía y del que yo quería zafarme.
  • Por eso levantaba la voz cuando llegaba aquello de “la redención copiosa”. Dios no sería rácano con nosotros, no nos daría el socorro escueto a nuestra necesidad, sino algo sobreabundante. Lo diría Pablo años después: “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”. Por eso mismo, podíamos levantar la cabeza y percibir, tras las nubes, los hermosos y luminosos rayos de un sol de paz.

 

2. La persona de hoy lee el salmo

 

  • No estamos los humanos bajo el peso de un pecado original, sino bajo el gozo de una “bendición original”, por más que esté ahí la debilidad, el pecado. Pero lo que prima es la bendición, la certeza de que la creación, la persona, es buena, más allá, más al fondo de nuestras, a veces, horrendas limitaciones. Necesitamos una liberación de la culpa, textos litúrgicos y espirituales que resitúen la coacción del pecado, que hablen del gozo de la vida, más allá de sus enormes limitaciones, de ser apóstoles del gusto por la vida. Que brote, viva, la plegaria de Clara de Asís: “Gracias, Señor, por haberme creado.
  • Por eso mismo, no necesitamos víctimas propiciatorias que se sacrifiquen por nuestros pecados. Nosotros hemos de luchar para que la bondad ocupe el mayor espacio posible en nuestra vida. Es la obra que Dios va haciendo por nosotros. La comprensión de Jesús como víctima es más que cuestionable; habría de ser abandonada. Es el luchador por la bondad, el que nos anima a tomar nuestra parte en esa dura lid.
  • Los mayores pecados son aquellos que hacemos contra el cosmos, por etérea que parezca la cosa. No hemos moralizado esas limitaciones, pero son las decisivas. El pecado de un entendernos como partículas en el engranaje del cosmos y no valorar así la potencia expansiva del amor que es eso que llamamos Dios. El pecado de no ser tierra, de creer solamente que vivimos en la tierra, dejando así de lado responsabilidades que brotan del ser, del amor. El pecado de no entender la vida desde el señorío, sino desde el no tener más remedio que vivir. El pecado de ceguera que no sabe ahondar en los fundamentos de la existencia y se queda en la mera superficie de las cosas.
  • Quizá experimentaríamos una gran liberación si nos viéramos libres del más allá, de entender el más allá bajo los parámetros de premio o castigo, de poner definitivamente en entredicho el imaginario (tanto positivo como negativo) con que nos enfrentamos al interrogante del más allá. Vernos libres de eso generaría una vida más libre de la culpa que la que, hoy por hoy, aún manejamos.

 

3. La creyentelee el salmo

 

  • Como lo relativo a la culpa está en lo profundo, en los sustratos del alma, en ese mismo ámbito habrá que poner los trabajos por entender y situar bien tal culpa. Es decir, habrá que trabajar la espiritualidad desde lo profundo, en lo profundo, poniendo entre paréntesis toda esa maraña de formas superficiales con las que hemos tejido la vestidura, externa, de lo religioso. Si no se relativiza esa vestidura nos enzarzaremos en inacabables discusiones y no llegaremos percibir lo que hay dentro. Es preciso recuperar la dimensión perdida de la profundidad.
  • Dios es uno con “atención amante”, como diría el papa Francisco. No está dormido, no hay que rogarle lo mismo veces y veces. Él comparte nuestra cercanía más íntima, no está en ningún cielo empíreo. Basta de llamar a quien está. Comparte nuestra alegría y el peso de nuestra historia. Estamos en su presencia porque él nos envuelve, por mucho que nuestros días se alejen de él. No es una atención coactiva, sino amante.
  • La única manera de responder a las preguntas que brotan de la culpa, de la incertidumbre y del temor es activar la confianza. Solamente ella puede frenar esas preguntas e, incluso, desplazarlas. Es preciso trabajar la confianza, imaginarla, activarla, hacer ejercicios de la misma, hasta que aminore el aguijón de las pregunta temerosa, hasta que no importe tanto el más allá cuanto el más acá vivido en gozosa confianza.
  • Esto se logrará mejor si vamos construyendo una espiritualidad asentada más sobre la gracia que sobre el pecado, más sobre la suerte de creer que sobre las exigencias de la religión, más sobre el don que sobre la deuda, más sobre la esperanza que sobre las voces que aún quieren coaccionar con el castigo. La fe en Jesús es proporcional a la capacidad de irse viendo libres de la culpa porque “el amor echa fuera el temor” (1 Jn 4,18).

 

4. Recreamos el salmo

 

Libres de la culpa

podremos mirar

con ojos más limpios

la luz del sol que nace.

 

Libres de la culpa

podremos mirar con gozo

el brillo de los ojos

de la personas a la que amamos.

 

Libres de la culpa

podremos creer

que somos tierra,

sus hijos.

 

Libres de la culpa

podremos sentir en lo profundo

la llamada

a una vida de paz.

 

Libres de la culpa

podremos descubrir emocionados

el rostro de Jesús

que nos ama y libera.

 

 

X. SALMO 130: CORRECTA AUTOESTIMA

 

1Señor, mi corazón no es ambicioso,
ni mis ojos altaneros;
no pretendo grandezas
que superan mi capacidad;
2sino que acallo y modero mis deseos,
como un niño en brazos de su madre.

 

3Espere Israel en el Señor
ahora y por siempre.

 

1. Jesús lee el salmo

 

  • Caminábamos hacia Jerusalén con nuestra propia “mochila”, con nuestras maneras de vernos, con nuestra forma de estimarnos. A veces nos pasábamos por arriba, frecuentemente, creyéndonos sin más, sin discernimiento, gente justa. Pero en otras ocasiones, nos mirábamos pecadores, sorprendidos en fallo, detestables. Yo había descrito estas dos maneras “exageradas” de entenderse en aquel texto sobre el fariseo que se creía más cumplidor que lo que era y el publicano que se creía peor que lo que era. Por eso, en esta hora de verdad, ante Jerusalén, queríamos apelar a lo mejor de nuestro corazón, a su desprendimiento (no es ambicioso) y a su sencillez (sin grandezas).
  • Habíamos nacido entre los pobres, entre los ignorados, aquellos que no dejan huella en el devenir de la historia. Éramos una cordada de pobres que no cuentan. Si no hubiéramos ido a Jerusalén, si no hubiéramos hecho después la expulsión de los vendedores en el mercado del templo, nada nos habría ocurrido. Salimos del anonimato y eso nos perdió. El sistema no acepta que nadie le haga sombra. Y el humilde es desterrado de la vida. Eso nos ocurrió. Cuanto más nos acercábamos a Jerusalén, más claro lo veíamos. Por eso, la tentación era huir. Pero nuestros pasos seguían incomprensiblemente adelante. Las sendas extrañas de los humanos.
  • La imagen del niño que es incapaz de desconfiar de su madre nos serenaba. Creíamos que una “madre” velaba y amparaba nuestro caminar temeroso. En medio del temor brillaba, tenue, una llamita de esperanza. Los brazos de aquella “madre” nos envolvían. No podría dejarnos en desamparo. Nuestros deseos, nuestro temor, nuestros anhelos frustrados, nuestras heridas, nuestra “mochila” descansaba en los brazos de la “madre”, de quien más nos amaba.
  • Sí, Israel tenía motivos para mantener la esperanza. Y dentro de ese Israel global, los más pobres, cualquiera que levante la mirada desde su situación de dificultad. Podía uno mirarse y entenderse tal como era, tal como vivía, tal como temía, sabiendo que hay uno que nos comprende en nuestra justa medida, en nuestro exacto ser.

 

2. La persona de hoy lee el salmo

 

  • La sombra nos envuelve, nos compone. Para estimarse bien es preciso integrarla tanto a nivel individual como colectivo. La sombra es una dimensión real, poderosa, de toda la vida. No será lo mejor luchar contra ella, sino verla como parte de lo nuestro, la parte difícil, pesada, con la que hay que contar. Este abrazar la sombra es justamente lo contrario de sucumbir a ella. Es verla como parte y, por lo mismo, como ámbito de discernimiento, de trabajo, de mejora.
  • No podemos eliminar o erradicar la sombra, y cuanto más lo tratamos de hacer, mayor poder le damos sobre nosotros. Integrar es trabajar por aclarar su sentido, por discernir sus planteamientos. Para ello habrá que mirar con una cierta benignidad la propia sombra y la ajena, las grandes sombras de lo humano. Y luego, aprestarse a trabajar por iluminar su ámbito, porque la capacidad de iluminación es también algo componente de la estructura humana.
  • Efectivamente, la sombra se convierte en un fuerte potencial para la creatividad cuando nos comprometemos con ella en un espíritu de receptividad y de diálogo, cuando nos esforzamos por integrarla en el flujo y ritmo de la vida. Por eso la sombra no nos empequeñece, del mismo modo que no nos agranda el orgullo.
  • En nuestro tiempo, la energía de la sombra actúa con virulencia en las fuerzas estructurales mundiales como el comercio de armas, la globalización, la pobreza y desnutrición. Lo cual es mucho más amenazante para la sostenibilidad de la vida humana y planetaria que cualquier otro conjunto de delitos individuales.

 

3. La creyente lee el salmo

 

  • La correcta autoestima lucha contra la falsa humildad y el orgullo, también falso. La falsa humildad es una hipocresía, porque quiere vender a los demás lo que, en realidad, no existe. La hipocresía resulta difícilmente comprensible y perdonable hoy, porque con frecuencia encierra comportamientos contrarios a los que se presentan. El orgullo es un desenfoque notable porque, casi siempre, infla el currículum para pretender ser lo que no se es. Ambas posturas derivan en una estima incorrecta de la persona y en una visión deformada de la realidad.
  • La experiencia cristiana podría ser una verdadera escuela del deseo, ese gran motor de nuestra vida, para adecuarlo cada vez más al deseo de Jesús: que nada se pierda (Jn 6,39). Orientar los deseos al bien del otro, modificarlos para que el otro sobreviva, reorientarlos para que los caminos de los demás sean cada vez más humanos. Un deseo que sale de sí mismo porque la situación del otro se mira como propia.
  • La correcta autoestima tiene también una dimensión social. Por ello es importante generar confianza social, colaborar a una ciudadanía pacificada y solidaria, entender el entorno, incluso el cósmico, como realidad necesitada de paz y de confianza. “Adora y confía”, decía la plegaria de T. de Chardin. Unir adoración y confianza es la tarea del creyente en la sociedad. Colaborar a ello, unir mística y política, es una manera óptima de construir la necesaria autoestima social.
  • La mesura es un virtud antigua pero, hoy también, necesaria. La desmesura desenfoca la realidad personal y social y crea auténticos fantasmas, de terribles consecuencias a veces. La mesura es un valor de fondo, porque nos aleja del sempiterno y deformante yo y nos sitúa en el corazón de los otros, del Otro. La desmesura del místico es la desmesura del amor, no la de lo estrambótico. La desmesura del creyente es la pasión con rostro de humanidad, no las cosas extravagantes.

 

4. Recreamos el salmo

 

Ojos para vernos

necesitados y fuertes,

ambas cosas unidas.

 

Oídos para escuchar

nuestro llanto y nuestra risa,

ambas cosas unidas.

 

Manos para tocar

la herida y el abrazo,

ambas cosas unidas.

 

Lengua para comer

el pan amargo y el dulce pan,

ambas cosas unidas.

 

Olfato para oler

el hedor y el perfume,

ambas cosas unidas.

 

 

XI. SALMO 131,11-18: DONDE ESTÁ DIOS

 

11El Señor ha jurado a David
una promesa que no retractará:
«A uno de tu linaje
pondré sobre tu trono.

12Si tus hijos guardan mi alianza
y los mandatos que les enseño,
también tus hijos, por siempre,
se sentarán sobre tu trono».

13Porque el Señor ha elegido a Sión,
ha deseado vivir en ella:
14«Ésta es mi mansión por siempre,
aquí viviré, porque la deseo.

15Bendeciré sus provisiones,
a sus pobres los saciaré de pan,
16vestiré a sus sacerdotes de gala,
y sus fieles aclamarán con vítores.

17Haré germinar el vigor de David,
enciendo una lámpara para mi Ungido.
18A sus enemigos los vestiré de ignominia,
sobre él brillará mi diadema».

 

 

 

1. Jesús lee el salmo

 

  • Los judíos no lo dudábamos: Dios estaba en el templo de Jerusalén. Allí se hacía densa “su gloria”. Por eso subíamos cantando por encima de nuestro temor. Creíamos que allí encontraríamos un sosiego y una defensa que necesitábamos mucho. Pero interiormente yo pensaba: Dios está en los pobres. En ellos vi su rostro, en sus pobres huellas que el viento del olvido borra yo vi las huellas de Dios, en su calor de pobres yo reconocí el calor con el que Dios nos amaba. Como dirá uno de vuestros poetas: “La casa de los pobres es un sagrario” (Rilke). No se lo decía porque éramos pobres y no gusta a los humildes que les recuerden su pobreza. Pero a mí Dios se me hacía más cercano en aquella cordada de sencillos que en la supuesta gloria luminosa del templo. La vida me había enseñado que Dios está en lo humilde.
  • Otro signo indiscutible para los judíos de la presencia de Dios era la monarquía davídica. La monarquía, desde los tiempos de Saúl, no trajo a Israel más que desgracias, excepto contadas excepciones. Pero queríamos ser como los otros pueblos. Y tuvimos una monarquía en la que creímos ver el favor de Dios. Yo seguía con lo mío: los pobres eran mis verdaderos “reyes”. Por eso les anuncié la dicha que merecen y la justicia de la que son acreedores. Había que guardar la alianza para que la monarquía hubiese funcionado; no se guardó, por eso no funcionó. Pero los humildes eran los verdaderos actores de la alianza. Él había hecho una alianza con ellos para siempre. Me desgasté en hacerlo ver así. Muchas de mis mejores parábolas tenían ese tema. Recordad aquella del empobrecido Lázaro, sus desventuras y su grito de justicia escuchado.
  • Por eso mismo, porque el templo no sació a los pobres de pan, yo llevaba por dentro otro discurso cuando cantábamos “esta es mi mansión…a sus pobres le saciaré de pan”. No teníamos sitio en la estructura económica del templo. En él, por mucho que estuviera la gloria, seguíamos siendo pobres. La religión formal se aprovechaba de nosotros, de nuestras pobres ofrendas, como la de aquella viuda a la que vi echar su limosna en el cepillo del templo.
  • Y, por supuesto, cuando llegaba aquello de vestir de ignominia a los enemigos, yo añadía, por lo bajo, un “no”: Dios no vestirá a nadie de ignominia, y menos a los pobres, sean de la nación que sean. Pensaban los de la cordada que Dios era “suyo” y que, por serlo, les debía algo. Cuando salieran al mundo se percatarían de que Dios abrazaba a todos los pueblos, a la realidad entera. Dios estaba en todos porque estaba en el fondo de todo.

 

2. La persona de hoy lee el salmo

 

  • Dios está danzando. No podemos entender a Dios, fuente de energía que se expande, como una realidad quieta, sino en danza, como lo están las partículas subatómicas que son hervideros de actividad. Si nuestros sentidos fueran los suficientemente sensibles podríamos percibir el abismo silencio y, en él, al Dios que danza, porque la danza es un símbolo de la libertad, la creatividad y la espontaneidad. Desde la antigüedad, en la danza se vio algo de Dios, porque él es movimiento total, como se puede decir que es quietud total. Ambas cosas son verdad. Por eso hay que controlar los rituales formales que, con el tiempo, se convierten en estructuras sin espíritu, formalidades insípidas desprovistas de sentimiento e imaginación.
  • La danza es una metáfora científica porque la danza de la creación y de la destrucción es la base de toda la existencia de la materia ya que todas las partículas interactúan entre sí al emitir y reabsorber partículas virtuales. En ese torbellino se asienta la realidad espiritual de Dios. El cosmos es una estructura movible, dinámica, cambiante, que sufre modificación y transformación incesantemente. En ese volcán cósmico está el lugar del Dios de amor que crea y recrea.
  • Por eso estamos llamados a sumarnos a esa danza. Estamos llamados a proclamar con letra y música la historia a la que todos pertenecemos, el relato que ha tejido toda forma y estructura del universo observable. Estamos llamados a una vivencia de la fe dinámica, imaginativa, buscadora, como una danza que cambia de movimientos según la música que suena. El inmovilismo mental y espiritual son enemigos de una fe viva.
  • Y luego está la contemplación admirativa, esa actitud que adora lo que no comprende porque adorar es su forma de comprender. El silencio admirativo es, quizá, el mejor modo de conectarse con la fuente divina de pura posibilidad. Nuestro mundo tiene un potencial vasto, y todavía le falta muchísimo por manifestar en la danza creativa de la energía, la cual se desarrollará ciertamente por millones de años, hacia un futuro abierto, sin límite, tal vez para siempre. Ese es el gran “templo” donde venerar la gloria de Dios.

 

3. La creyente lee el salmo

 

  • Dios está dentro: “Vendremos a él y pondremos nuestra morada en él” (Jn 14,23). Jesús y el Padre han tomado una decisión de vértigo: venir a poner su morada en el fondo de nuestra vida con la intención de no quitarla nunca más. Han “abandonado” su cielo para hacer de la historia su verdadero cielo, su lugar de encuentro. Por eso hay que ir bajando a lo profundo, al “lugar” donde sea posible el encuentro. Bajar a lo profundo, adorar y amar la limitada perfección que somos.
  • Dios está debajo: “Jesús Mesías es el cimiento” (1 Cor 3,11). Un Dios que sustenta lo que somos y vivimos. Asentar la vida sobre ese cimiento es asentarla sobre el amor, asimétrico y generoso, hasta llegar a devolver amor aunque no se dé amor. Una vida entendida en el sosiego y la confianza de que hay tierra bajo nuestros pies, de que lo nuestro no es un camino inútil, de que nuestros días sencillos, destinados para el olvido, son un regalo de amor.
  • Dios es fuerza: “Te fortaleceré y ayudaré” (Is 41,10): Porque es cierto que palpamos nuestra debilidad, pero en esa debilidad hay una fuerza interna que nos hace sacar la cabeza a flote, respirar, levantar los hombros y seguir adelante. De esto estaba convencido san Pablo (2 Cor 12,9). Y fuerza en lo profundo del cosmos, fuerza capaz de expandir los universos de manera inimaginable para nosotros en una gigantesca danza creadora.
  • Dios es compañero: “Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos” (Lc 24,15). No estamos solos. En nuestros humildes, paradójicos y, a veces, perdidos caminos, Jesús sigue siendo compañero. Sus huellas van paralelas a las nuestras.De ahí que podamos responder con convicción a la inquietante pregunta religiosa: ¿Dónde está Dios? En nuestros mismos caminos. Feliz quien, en modos sencillos, sabe olfatear su presencia. Dichoso quien detecta el perfume de amor del Jesús que camina a su lado.

 

4. Recreamos el salmo

 

En la danza cósmica

de incomprensible vastedad

tienes tu casa.

 

En los cielos inabarcables

y en las distancias inimaginables

tienes tu casa.

 

En la tierra hermosa,

casa de todos

tienes tu casa.

 

En los caminos humanos

bellos y extraviados,

tienes tu casa.

 

En la casa de los humildes

para recoger sus lágrimas,

tienes tu casa.

 

En quien rendido de amor

te atisba cercano,

tienes tu casa.

 

 

XII. SALMO 132: AMOR MISTERIOSO

 

1Ved qué dulzura y qué delicia,
convivir los hermanos unidos.

2Es ungüento precioso en la cabeza,
que va bajando por la barba,
que baja por la barba de Aarón,
hasta la franja de su ornamento.

3Es rocío del Hermón, que va bajando
sobre el monte Sión.

Porque allí manda el Señor la bendición:
la vida para siempre.

 

1. Jesús lee el salmo

 

  • Nos gustaba cantar aquel salmo. Nos consolaba. Conectaba con lo mejor de nuestro corazón. Porque aquel salmo cantaba a la hermosura de hacer comunidad. Y habíamos hecho comunidad. Para eso los convoqué, para “que estuvieran conmigo” (Mc 3,13), más que para que ayudaran en la predicación por las aldeas. Los necesitaba no como discípulos de un maestro, sino como simples compañeros de vida. Los necesitaba por causa de la necesidad de amor de todo corazón. Hicimos comunidad en los caminos andados, en las noches compartidas, en las dificultades sufridas, en las alegrías comunes. Por eso nos sonaba muy bien este salmo.
  • Y nosotros entendíamos también la imagen del perfume que baja por la barba de Aarón, del sumo sacerdote. Este tenía una franja como ornamento con doce piedras preciosas que representaban a las doce tribus. El perfume les envolvía. Era el perfume de Dios. En realidad, era un anhelo porque la historia de las tribus fue muy poco edificante. Pero anhelábamos la comunidad. La endogamia de los judíos llevaba a la exclusión de los otros pueblos, pero también a una cierta comunidad. Yo fui aprendiendo que había que aspirar a un tipo de comunidad que no excluyera a nadie, amplia como el mar. ¿No se le había prometido algo así a Abrahán? ¿Por qué, entonces, ese afán por reducir la comunidad a “los nuestros”?
  • Entendíamos también la imagen del rocío del Hermón. Este monte estaba lejos de Sión, pero era el más alto del país, “los ojos de Israel”. Y sus nieves prolongadas refrescaban el país. Así era la vida en comunidad, una frescura, un solaz, un fresco en hora de bochorno. Decía Eclo 6,14 que quien encuentra un amigo encuentra un tesoro. Quien encuentra y construye una comunidad encuentra la isla del tesoro con todos sus cofres.
  • Por eso concluíamos con aquel grito: “Mándanos, Señor, esa bendición”. Quizá no poníamos el acento en lo trabajoso del asunto, porque construir la comunidad es más difícil que construir esos edificios modernos que os subyugan. Que Dios mande esa bendición allí y en todas partes, porque si la comunidad se construye florece lo humano y se destruye, no hay sitio allí para la vida.

 

2. La persona de hoy lee el salmo

 

  • La comunidad es una aspiración fundamental de la humanidad: el deseo de relacionarse más cercana e íntimamente con un círculo mayor de personas. Aunque el acento no habría de estar en el número sino en la intensidad, en la vibración de la relación, en la fuerza de los vínculos contraídos, en la capacidad para aguantar con amor los vaivenes y baches del hecho comunitario.
  • Hay que sortear el peligro de institucionalización de la comunidad, de creer que porque se pertenece a un colectivo, social o religioso, sin más ya se es hermano, ya se está en la comunidad. Cuanto más tratamos de entender y vivir la comunidad desde una legislación, desde unas normas predeterminadas, desde una costumbre consagrada, más ponemos en peligro la posibilidad misma de su existencia con sentido. La comunidad es novedad, descubrimiento, temblor gozoso, entrega silenciosa, bondad diaria, etc. Esas son sus “normas”.
  • La evidencia de que no estamos bien orientados en la vida comunitaria se percibe cuando el cansancio, el hastío, la rutina se instalan en nuestro diario caminar. La vida comunitaria no es para eso sino para re-entrar, renovados y refrescados, en la tarea continua de la regeneración humana, planetaria y cósmica. Si la vida comunitaria pierde esa frescura, si todo está predeterminado, si no hay nunca novedad en el día a día, la raíz de la vida comunitaria se está secando.
  • La búsqueda de la comunidad no es sólo la búsqueda de seguridad e intimidad para obviar nuestra soledad en un mundo anónimo e impersonal. Es mucho más que eso. Es la expresión de un deseo desde lo profundo dentro del mismo orden creado, un gemido que surge del corazón de la creación, como decía san Pablo (Rom 8,22), que busca reciprocidad y correspondencia. Nosotros los humanos absorbemos este anhelo y, en el nombre de la creación, le damos una expresión consciente, un sentido de comunidad terrenal y cósmica.

 

3. La creyente lee el salmo

 

  • Esta clase de salmos solamente se puede apreciar en la medida en que uno no descrea del amor. Si, debido a los costurones de la vida, uno está ya de vuelta, y cuando oye hablar de amor esboza una sonrisa de incredulidad, no le entusiasmará un salmo como éste. Pero si, a pesar de los años, sus entrañas no están secas, como las de Sara, podrá encontrar aquí una llamada, queda pero hermosa, a construir el trabajoso e interesante camino de la comunidad.
  • No hemos de extrañarnos que siempre estemos royendo este “hueso” de la comunidad, dando vueltas a la misma masa. Es que ahí se juega mucho del sentido de lo humano y del sentido del mismo cosmos. Por eso hay que volver siempre a esa senda. Permanecer vivos en la comunidad, no cansados y desalentados, es como permanecer insertos en Jesús: la única manera de que el bello fruto de una vida con sentido venga a nuestras manos.
  • Muchos han descubierto que el sentido de la vida es vivir con y para el otro. Vivir “con”, ahuyentando la tentación de exclusión, de individualismo, de cerrarse a la hermosa y trabajosa realidad de los demás, considerándolos un “infierno”, en lugar de un “cielo”, una posibilidad. Y vivir “para”, sabiendo que de la fuente de la buena relación es de donde brota el agua que puede calmar la diversa sed del corazón.
  • Para los creyentes la eucaristía es el sacramento de la comunidad. Pero hay que estar alerta. Dice Pikaza: “Siento pudor hacia una eucaristía convertida en espectáculo: algo que se puede exponer y ostentar ante los demás. Hay que valorar, sin duda, lo que se ha hecho en esa línea, sobre todo en la música y en la arquitectura barroca, que son un monumento a la presencia real de Cristo en los signos eucarísticos. Pero esos signos han corrido el riesgo de perder su referencia real: dejan de ser comida, expresión de un grupo de creyentes que se reúnen para entregarse en amor unos a otros, sacramento y promesa de la unidad final de todos los humanos”.

 

4. Recreamos el salmo

 

Los caminos de la comunidad

son tan sencillos

como una sonrisa.

 

Los caminos de la comunidad

son tan bondadosos

como una palabra buena.

 

Los caminos de la comunidad

son tan difíciles

como una gran obra de arte.

 

Los caminos de la comunidad

son tan profundos

como un misterio que no acaba.

 

Los caminos de la comunidad

son tan humanos

como una comunión.

 

Los caminos de la comunidad

son tan divinos

como los caminos

insondables

del Dios de amor.

 

 

XIII. SALMO 133: VIVOS POR DENTRO

 

1Y ahora bendecid al Señor,
los siervos del Señor,
los que pasáis la noche
en la casa del Señor.
2Levantad las manos hacia el santuario
y bendecid al Señor.

3El Señor te bendiga desde Sión,
el que hizo cielo y tierra.

 

1. Jesús lee el salmo

 

  • Nadie puede negar que nuestra espiritualidad judía era muy religiosa. Por eso, al subir a Jerusalén, cantábamos a los “siervos del Señor” que se pasaban la noche en la casa del Señor. Nos reconfortaba saber que, día y noche, había alguien en el santuario orando ante el Señor. Cuando todos descansábamos de la fatiga de nuestro viaje largo desde las tierras de Galilea, alzábamos la vista al templo y, de noche, se percibía la luz de las lámparas que alumbraban a los orantes. ¿Cómo no nos iba a defender el Dios ante el que se ora siempre? Eso también levantaba nuestro ánimo decaído, aunque yo había descubierto que el secreto de la plegaria estaba en la confianza, no en la cantidad o en el tiempo empleado en orar.
  • Yo había experimentado lo que era orar de noche. Lo hacía en descampado. Era dura, áspera, la oración en descampado y de noche. Pero allí descubrí y aprendí lo más gozoso y lo más difícil de mi proceso cristiano: que Dios es Padre de todos, buenos y malos; que también los paganos están llamados al reino; que también las mujeres son hijas de Abrahán; etc. El descampado fue mi templo de oración nocturna. Por eso, miraba con aprecio a los orantes de la noche y pensaba que no eran inútiles los esfuerzos de iluminación de quienes transitan en la noche de la historia. Vendría la luz.
  • Los orantes levantaban, incansables, las manos hacia el santuario. Yo quise decir que había que levantarlas hacia los pobres, para bendecirles, para tocar sus llagas y curarlas, para enjugar las lágrimas que resbalan de sus ojos. Tocar a quien nadie toca, acariciar a quien nunca ha sentido una caricia, abrazar a quien no conoce el calor de un abrazo.
  • Así, vivo por dentro, yo también, como los orantes del templo, pedía la bendición no solamente para los de Sión, sino para todo ser que transite por el camino de la vida. Entendía que todo ser merecía una bendición, por pequeño o infame que fuera. Y creía que la tarea de los orantes es recabar bendiciones, justicia, para los excluidos de la tierra, para los malditos. Orar por los descartados, diría el papa Francisco.

 

2. La persona de hoy lee el salmo

 

  • La búsqueda de iluminación acompaña desde siempre el camino humano. Los científicos, los poetas, los místicos, buscan, en definitiva, luz. Y no tanto para tener más conocimiento, sino para tener más amor. Por eso, quienes aportan luz son los mayores benefactores del hecho histórico que demanda raudales de luz para hallar el sentido de sus pasos.
  • La meditación ha prendido en millones de personas tanto en Oriente como en Occidente y parece asumir una profunda importancia cultural en nuestro tiempo. La meditación ha sido descrita como el arte del centramiento: poner juntas las diversas energías de atención para asentarnos en el centro de nuestro ser. Eso nos facilita la comunicación entre nuestro ser y el ser de la vida en el mundo que nos envuelve. Es una experiencia más transformadora que pasiva.
  • La luz es como un sacramento, no solamente una metáfora del ser de Dios o de la presencia del Resucitado. Percibir y percatarse de la decisividad de la luz en nuestra vida nos hace “tocar” la presencia de Dios en nuestro camino humano. Imaginar un mundo sin luz es como imaginar un mundo sin Dios.
  • De la luz viene la sabiduría innata colectiva que nos recuerda que toda acción fluye de la fuente interior; las palabras emergen del silencio; las cosas evolucionan de la nada; la comunión necesita soledad como valor complementario. Pueden abundar en nosotros sentimientos de dicha, intensa felicidad y confianza, pero muy raramente sin el sentido de vacío, transitoriedad y oscuridad acompañantes. Es la luz en la mezcla con lo oscuro. Y de ahí la necesidad de los trabajos de iluminación.

 

3. La creyente lee el salmo

 

  • La oración y el anhelo de iluminación provienen de vidas apasionadas. Las vidas apagadas consideran todo eso una pérdida de tiempo. Por eso, habría que pedir pasiones a Dios, vibración interior, mística de vida. Perder esa fuerza interior, apagarse y enredarse en las pequeñas cosas diarias es matar el anhelo y con él la espiritualidad, y con ella, el deseo de Jesús. Pasión por Dios y pasión por lo humano, ambas cosas irán entrelazadas.
  • Orar es una manera de creer, no solamente una actividad religiosa. Por eso, quien ora se pone vivo ante el Dios vivo y con ello reconoce el valor y la hermosura de su vida recibida como don. La vida de los orantes es vida de creyentes, no tanto vida de personas religiosas peculiares. La oración, el interior vivo, se llena de aquello que anhela y se va mezclando al sentido mismo de la historia, al Dios de amor que subyace como su fuente de amor.
  • Estar vivo por dentro es requisito para una fe viva. Los humanos podemos ser, en mayor o menor medida, cadáveres ambulantes: vamos caminando pero por dentro la vida es escasa. También podemos ser lo contrario, personas que aunque vayan envejeciendo y deteriorándose mantienen un vigor interior que hace que la muerte les encuentre bien vivas. El lector de la Palabra podría medir la obra que ella hace en él por este dato: la fuerza del vigor interior, más allá de la debilidad externa que se acumula con los años.
  • Ser persona de bendición es una manera de ser persona de oración. Orar y no bendecir es algo incomprensible. Por eso, quien ora ha de decir bien de personas y cosas, ha de moderar su lenguaje para que sea benigno, ha de depurar sus actitudes de hosquedad para que el bien brille, ha de actuar en bondad creciente para que se vea el sentido de su hacer orante.

 

4. Recreamos el salmo

 

Levantemos las manos

y el corazón

para acoger

el don de la luz.

 

Levantemos las manos

y el corazón

para vivir con pasión

cada instante del camino.

 

Levantemos las manos

y el corazón

para mantener encendida

la lámpara de la esperanza.

 

Levantemos las manos

y el corazón

para entrar en lo profundo

desde la lejana superficie.

 

Levantemos las manos

y el corazón

para orar amando

y para amar orando.

 

CONCLUSIÓN

 

         Finaliza aquí nuestro recorrido por el Salterio “de las subidas”, los textos que tantas veces desgranaron los peregrinos de Jerusalén, cuando subían a la ciudad, Jesús entre ellos. Los caminos que acceden a la ciudad, hoy autopistas, se empaparon muchas veces de aquellos gozos y aquellos temores, oyeron los gritos y los cantos fervorosos de quienes creían en maneras sencillas.

         Los hemos “manipulado”, no hemos querido limitarnos a la mera explicación exegética, creyendo que hoy también puede ser palabras de ánimo para cantar en la noche. ¿Qué persona, qué comunidad, qué Iglesia, que sociedad no está necesitada de una palabra de aliento? El corazón hambrea el ánimo como la planta la luz cálida del sol.

         Ojalá hoy, en pleno siglo XXI, estas viejas canciones puedan reconfortar el interior de los creyentes. Se habrá cumplido aquello que dijo otro salmo: “Lámpara es tu palabra para mis pasos” (Sal 118,105). Que esta lámpara no deje de brillar nunca, por tenue que pueda ser su luz.

18 comentarios

Teresa -

SALMO 133
“Así, vivo por dentro, yo también, como los orantes del templo, pedía la bendición no solamente para los de Sión, sino para todo ser que transite por el camino de la vida. Entendía que todo ser merecía una bendición, por pequeño o infame que fuera. Y creía que la tarea de los orantes es recabar bendiciones, justicia, para los excluidos de la tierra, para los malditos”. Ahondar en la humanidad de Jesús, en su proceso interior, no tiene precio para crecer y madurar en la fe. Y para hacerla universal, alejada de capillismos y moralinas.

“De la luz viene la sabiduría innata colectiva que nos recuerda que toda acción fluye de la fuente interior: las palabras emergen del silencio; las cosas evolucionan de la nada; la comunión necesita soledad como valor complementario. Pueden abundar en nosotros los sentimientos de dicha, intensa felicidad y confianza, pero muy raramente sin el sentido de vacío, transitoriedad y oscuridad acompañantes”. De ahí la necesidad ineludible a aprender a aceptar la realidad como es y trabajar con ella desde ahí, integrando opuestos sin excluir nada. Aceptando, como dice Franz Jalics, que la contemplación acoge todo tal como es sin pretender cambiarlo, y solo ahí brotan la paz, la luz y la sanación.

“La oración y el anhelo de iluminación provienen de vidas apasionadas. (…) habría que pedir pasiones a Dios, vibración interior, mística de vida. (…) Pasión por Dios y pasión por lo humano, ambas cosas irán entrelazadas”. No se puede expresar mejor todo lo que se refiere a la oración y el orante.

Una vez más, preciosa recreación del salmo: “Levantemos las manos y el corazón para vivir con pasión cada instante del camino”.

Agradecidísima, como tantas y tantas veces, por estos salmos de la subida, profundamente enriquecedores. Bendita “manipulación” a la que han sido sometidos con tanto espíritu y sabiduría. Ha sido una hermosa misión cumplida aportar, con ellos, “palabras de ánimo para cantar en la noche”.

Teresa -

SALMO 132
“Los necesitaba no como discípulos de un maestro, sino como simples compañeros de vida. Los necesitaba por causa de la necesidad de amor de todo corazón. Hicimos comunidad en los caminos andados, en las noches compartidas, en las dificultades sufridas, en las alegrías comunes”. ¿Acaso, en lo más hondo, no es lo que todos soñamos y necesitamos: simples compañeros de vida? Este sería uno de los rasgos más humanos de Jesús.

“Si la comunidad se construye florece lo humano y si se destruye, no hay sitio allí para la vida”. Nunca se tendrá suficiente conciencia de esto.

“Hay que sortear el peligro de institucionalización de la comunidad, de creer que porque se pertenece a un colectivo, social o religioso, sin más ya se es hermano, ya se está en la comunidad. (…) La comunidad es novedad, descubrimiento, temblor gozoso, entrega silenciosa, bondad diaria”. La institucionalización ya está ahí; es lo más fácil (y lo más engañoso). Apostar por lo otro, por la construcción lenta y permanente de la comunidad, es mucho más difícil: exige, implica y compromete mucho más. Y, lamentablemente, no se nos ha educado ni mentalizado para eso.

“La búsqueda de la comunidad no es solo la búsqueda de seguridad e intimidad para obviar nuestra soledad en un mundo anónimo e impersonal. Es mucho más que eso. Es la expresión de un deseo desde lo profundo dentro de un mismo orden creado, (…) que busca reciprocidad y correspondencia”. Qué bien explicado.

Preciosa, como siempre, recreación del salmo: “Los caminos de la comunidad son tan sencillos como una sonrisa. Los caminos de la comunidad son tan difíciles como una gran obra de arte”.

(Continuará...)

Teresa -

SALMO 131
“Y, por supuesto, cuando llegaba aquello de vestir de ignominia a los enemigos, yo añadía, por lo bajo, un “no”: Dios no vestirá a nadie de ignominia, y menos a los pobres, sean de la nación que sean. Pensaban los de la cordada que Dios era “suyo” y que, por serlo, les debía algo. Cuando salieran al mundo se percatarían de que Dios abrazaba a todos los pueblos, a la realidad entera. Dios estaba en todos porque estaba en el fondo de todo”. Preciosa lectura evangélica del salmo que, por cierto, aún está por hacer entre los cristianos.

“Por eso estamos llamados a sumarnos a esa danza. (…) a proclamar con letra y música la historia a la que todos pertenecemos, el relato que ha tejido toda forma y estructura del universo observable. Estamos llamados a una vivencia de la fe dinámica, imaginativa, buscadora, como una danza que cambia de movimientos según la música que suena. El inmovilismo mental y espiritual son enemigos de una fe viva”. Bellísima metáfora, la de la danza; tremendamente plástica y sugerente referida a Dios. Cómo cambia la imagen de Dios cuando se introduce el concepto de danza.

“¿Dónde está Dios? En nuestros mismos caminos. Feliz quien, en modos sencillos, sabe olfatear su presencia. Dichoso quien detecta el perfume de amor del Jesús que camina a su lado”. No se puede decir mejor.

Maravillosa recreación del salmo: “En los caminos humanos bellos y extraviados, tienes tu casa. En quien rendido de amor te atisba cercano, tienes tu casa”.

(Continuará...)

Teresa -

SALMO 130
“Sí, Israel tenía motivos para mantener la esperanza. Y dentro de ese Israel global, los más pobres, cualquiera que levante la mirada desde su situación de dificultad. Podía uno mirarse y entenderse tal como era, tal como vivía, tal como temía, sabiendo que hay uno que nos comprende en nuestra justa medida, en nuestro exacto ser”. No hay mejor motivación para la esperanza.

“La sombra se convierte en un fuerte potencial para la creatividad cuando nos comprometemos con ella en un espíritu de receptividad y de diálogo, cuando nos esforzamos por integrarla en el flujo y ritmo de la vida. Por eso la sombra no nos empequeñece, del mismo modo que no nos agranda el orgullo”. Una reflexión muy interesante para profundizar.

“La experiencia cristiana podría ser una verdadera escuela del deseo, ese gran motor de nuestra vida, para adecuarlo cada vez más al deseo de Jesús: que nada se pierda. Orientar los deseos al bien del otro, modificarlos para que el otro sobreviva, reorientarlos para que los caminos de los demás sean cada vez más humanos. Un deseo que sale de sí mismo porque la situación del otro se mira como propia”. El camino recto y mejor siempre será el que nos saca de nosotros mismos y nos lleva más allá.

Hermosa recreación del salmo: “Oídos para escuchar nuestro llanto y nuestra risa, ambas cosas unidas. Manos para tocar la herida y el abrazo, ambas cosas unidas”.

(Conitnuará...)

Teresa -

SALMO 129
Hermosa, la lectura de Jesús: “Por eso levantaba la voz cuando llegaba aquello de la “redención copiosa”. (…) Lo diría Pablo años más después: “Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia”. Por eso mismo, podíamos levantar la cabeza y percibir, tras las nubes, los hermosos y luminosos rayos de un sol de paz”.

“Necesitamos una liberación de la culpa, textos litúrgicos y espirituales que resitúen la coacción del pecado, que hablen del gozo de la vida, más allá de sus enormes limitaciones, de ser apóstoles del gusto por la vida. Que brote, viva, la plegaria de Clara de Asís: “Gracias, Señor, por haberme creado”. Es cierto. Llevamos grabadas a fuego en las entrañas palabras como culpa y pecado, y seguimos encontrándolas y escuchándolas en multitud de textos litúrgicos y piadosos. Es imposible echar vino nuevo en estos odres.

“Quizá experimentaríamos una gran liberación si nos viéramos libres del más allá, de entender el más allá bajo los parámetros de premio o castigo”. Ya lo creo. Entenderlo así ha condicionado las vidas de una manera brutal.

“Es preciso trabajar la confianza, imaginarla, activarla (…) hasta que no importe tanto el más allá cuanto el más acá vivido en gozosa confianza”. No se puede decir mejor.

Bellísima recreación del salmo: “Libres de la culpa podremos descubrir emocionados el rostro de Jesús que nos ama y libera”.

(Continuará...)

Teresa -

SALMO 128
“Puedo decirlo: a nadie negué una bendición. Más aún, me gustaba bendecir a quien nadie bendecía, a los niños, a las mujeres enfermas, a los recaudadores despreciados. Negar una bendición era lo contrario del Dios que siempre bendice. Por eso añadía yo a la frase última del salmo: “Os bendecimos A TODOS en el nombre del Señor”. Corren malos tiempos para las bendiciones para todos. Aunque parezca mentira. ¿Quién nos va a reconocer así como discípulos de Jesús, como hijos del mismo Padre?

“En vez de tratar de escapar de nuestro dolor (…) empezamos a afrontarlo, a escucharlo y a aprender de él. Nos hacemos corresponsables de la vida en su totalidad, y no de manera fragmentada y dualista. Esta espiritualidad nos lleva a tratar mejor con la verdad que libera, aquella que, incluso con debilidades, admite lo que hay sin flagelarse, trabaja a partir de lo que tenemos sin culpabilidad, mezcla la espiritualidad al realismo para que se llegue a mejorar lo que realmente se puede mejorar, sin frustraciones ni autocondenas”. Qué bueno; lúcido y brillante. No se puede decir mejor, ni se puede afrontar mejor la vida con todas sus circunstancias.

“Al creyente se le demanda hoy resistencia y resiliencia. Resistencia en esta hora no fácil para la experiencia religiosa y búsqueda para hacer más creíble y razonable el camino de la experiencia de la fe. Resiliencia para generar caminos nuevos, aunque fueren pequeños, donde la vida evangélica sea posible”. Lo que no se le demanda es una defensa a ultranza de posturas antievangélicas, una imposición de sus creencias y un negativismo visceral ante la sociedad en que vive.

Una recreación del salmo que interpela: “No hemos de temer el camino de los malos sino el nuestro propio, hermanos de aquellos”.

(Continuará...)

Teresa -

SALMO 127
“No era tiempo para entender que el verdadero amparo del corazón no está en las estructuras sino en un corazón similar; en la solidaridad del interior humano. Más tarde abandonarían Jerusalén y el ancho mundo les brindaría mejor amparo”. Siempre creemos encontrar amparo y seguridad en las estructuras, qué cosas, y siempre defraudan. En caso contrario, si se encuentra en ellas la comodidad de por vida, qué triste.

“Hay que trabajar por disolver las fronteras entre el “yo” y el “no yo”. Empezamos a darnos cuenta de que todos y todas las cosas se necesitan, no de una manera competitiva y manipuladora, sino en una interacción orquestada que busca extrapolar y utilizar lo mejor que cada persona y cada realidad tiene para darse, en beneficio del todo”. Cuánta madurez entraña una conciencia así. Nada más deseable que caminar en esta dirección.

“Las personas, en general, no experimentan la comunidad por medio de sus iglesias, y en consecuencia un número creciente busca en otro lugar para tener esa experiencia. Solamente una iglesia desinstitucionalizada, deslegalizada, y desclericalizada puede tener la esperanza de captar este concepto central, sin la cual su existencia es en gran parte una charada”. Así es. Cuando los cristianos experimenten la comunidad en sus iglesias cambiarán muchas cosas: la conciencia de servicio, la fraternidad, la solidaridad, el compartir y celebrar la fe. Ahí sí surgirían vocaciones consagradas, sacerdotales y de laicos comprometidos al servicio de la comunidad.

Otra hermosa recreación del Salmo:
“No hubo un camino sencillo que nos llevara al corazón del otro. Habrá que desbrozarlo cada día”.

(Continuará...)



Teresa -

SALMO 126
“Yo había dicho muchas veces que la semilla crece por sí sola, que el Padre le da el incremento. Había dicho aquellas parábolas ecológicas de los lirios y los pájaros. Dios estaba debajo de todo (…). Dios en el fondo, en la penumbra del surco, en el interior de lo que se ve”. Es bonito y enriquecedor adentrarse, de esta manera, en la experiencia que Jesús pudo tener de Dios; y contemplar cómo de ahí fluían su palabra y su obrar.

“Nos cuesta abandonar la visión de un mundo clásico: la creación nos ha sido dada, yo estoy fuera de ella (…). Pero esto no es así (…) somos parte de la interdependencia que es lo creado. Ello nos lleva a una conciencia global, holística, interrelacionada”. Así es, nos cuesta mucho. No es el caso de los indígenas, que nacen, crecen y mueren estrechamente vinculados con la creación y su entorno natural.

“Los humanos no somos los amos de la creación, somos los participantes de un proceso co-creativo que es mayor que nosotros y que puede subsistir sin nosotros”. Cuanto más conscientes seamos de esto, mejor.

“Fecundos en amor: esa es la vocación de toda persona, útil para cualquier opción de vida que se tome. Llenar el corazón del mayor número posible de nombres: he ahí la verdadera fecundidad (…). Dichosa la persona que llena con esas “flechas” su aljaba, con los nombres en el corazón”. No se puede decir mejor.

Una vez más, preciosa recreación del Salmo: “¿Quién nos ayudará a creer que nuestras pequeñas manos crean con las de Dios? Quién sino el terco y abrazante amor”.

(Continuará...)





Teresa -

SALMO 125
“Las viejas promesas, aquellas leyendas que se inventaban para animar; aún producían su efecto. ¿Serían suficientes para contrarrestar el duro golpe que nos esperaba? Los hechos demostraron que no. Hacía falta mirar más adentro de uno mismo, creer que los cambios brotan de interiores renovados, de maneras nuevas de situarse en la realidad”. Ya es un gran paso para uno/a darse cuenta de que nada viene de fuera, sino de dentro. En ese momento, ya empieza a surgir algo.
“Vivir en cambio constante es duro para la persona, pero es la única manera de no ir hacia atrás, de no empobrecerse”. Todo lo opuesto a permanecer en la seguridad y el confort. No hay nada como vivir a la intemperie para dejar así de desguarnecido al propio yo.

“Esto nos demanda una visión menos religiosa de la vida, menos recurrente a Dios como agente externo (Él cambiará nuestra suerte), más implicativa con el hecho histórico (tratemos de cambiar la suerte). (…) Somos seres acompañados, pero la pelota está en nuestro tejado”. Es cierto, todo un cambio de “paradigma”. Pero, si no se hace, quedaremos desconectados no solo de la realidad, sino también de Dios.

“El cambio demanda un cierto despojo. (…) Cambiar la suerte de Sión es un trabajo hermoso, humanizador; espiritual, positivo. Apunta al cristiano adulto del que hablaba San Pablo”. Lo que mucho vale…

Hermosa recreación del Salmo:
“Algún día aprenderemos que el deseo se modela dentro; que el camino se anda nada más salir de casa, que la melodía lleva siglos sonando en el silencio del corazón”.

(Continuará...)

Teresa -

SALMO 124
Bellísima, la lectura de Jesús del Salmo: “De ahí que interiormente yo corregía la súplica final del salmo: concede bienes a todos, a los buenos, a los sinceros y a quienes no lo son tanto, a quienes no lo parecen, a quienes no son tenidos por tales. Y, desde luego, que no fueran rechazados los malhechores, sabiendo que de alguna manera Dios también los miraba. (…) No cantaba con los otros, pero me callaba para no hacer más grande su herida, porque tampoco yo sabía muy bien cómo consolarles”. Qué bien se aprende así a hacer una lectura evangélica de los salmos, crítica y adulta.

“Ni los buenos son tanto como ellos lo dicen, ni los malos son tanto como nosotros lo decimos. La escala de grises es muy grande en la vida humana”. Es cierto, pero aún seguimos pensando, y percibiendo, en blanco y negro, sin escalas ni matices. Y eso lleva a juzgar con rigor e incapacita para comprender y entender.

“Todos estamos afectados por todos los demás. Es preciso descubrir que somos familia, comunidad humana y cósmica, asamblea de diversos. Nos lo enseñó Jesús. Por eso, hay que leer con cuidado salmos y pasajes bíblicos que, por evolución histórica, han elaborado poco el tema de la integración en el todo”. Una interpretación exclusivamente literal y espiritual de los salmos y pasajes bíblicos, ha llevado a un individualismo y exclusivismo que aún perdura en la piedad de muchos cristianos y consagrados.

“Hay muchas puertas para entrar en el misterio de Dios. Nosotros tenemos una, Jesús, puerta querida y amada. Pero no es la única puerta porque al misterio se accede por los muchos caminos que suscita el Espíritu. Habríamos de alegrarnos de ello y ser mesurados y amables en la oferta de esta puerta nuestra que es Jesús”. Cada vez hay mayor conciencia de esto, aunque aún falten muchos tabúes por derribar.

“Nuestra fe no significa que lo tenemos todo claro. No significa que tenemos soluciones acabadas, respuestas últimas para todo. Tenemos la inestimable memoria de Jesús, la presencia activa de su espíritu, la compañía de una iglesia de hermanas y hermanos, pero ello no nos exime de la duda, la búsqueda, el diálogo. Somos caminantes”. Consolador.

Bellísima recreación del Salmo, una vez más: “Algún día aprenderemos que los corazones se asemejan como las gotas del mismo océano”.

(Continuará...)



Teresa -

SALMO 123
“Nosotros creíamos, a pie juntillas, que Dios estaba de nuestra parte y solo de nuestra parte. Era el Dios de Israel. (…) Sin embargo, yo me esforcé por hacerles entender que Dios era un Padre de todos que hace salir su sol sobre buenos y malos”. Preciosa, la lectura de Jesús de los salmos; lectura de un judío de su tiempo y cultura que él fue capaz de trascender.

“Como un pájaro, dejando unas plumas en la trampa, porque en el último momento falló la trampa. ¿Estaba Dios con nosotros en este momento tan delicado? Nos costaba verlo. Y cantar los viejos salmos nos ayudaba en nuestra debilidad. (…) ¿Dónde estás? Con qué quemazón en los labios y en el corazón lo diría yo horas más tarde en el palo de la cruz”. Es hermoso intentar contemplar qué pasaría en lo hondo de Jesús, en lo más profundo de su humanidad.

“Hay que desmantelar la exclusividad sobre Dios (…) y abrir la espiritualidad a todos los que quieran comprometerse con una experiencia de un Dios que ampara todo, un Dios cósmico”. Un poco difícil, pero es cierto: ese es el camino.

“El Dios que está en todo, lo está, sobre todo, en el interior de la vida, en la raíz de lo que vive, en el cimiento de la historia. (…) Nos haría bien demoler dualismos, tener un paradigma mental y existencial más unificado. (…) Habríamos de dar el salto cualitativo de reconocer el mundo evolutivo como el escenario de la revelación divina”. Sin desperdicio, y no se puede expresar mejor.

“Descubrir a Dios en la fe del otro: porque el otro también cree y puede creer más. Su fe es ayuda y enriquecimiento de mi propia fe. Su trabajo por creer mejor alienta mis esfuerzos creyentes”. Una de las experiencias más bonitas y gratificantes de la vida.

Bellísima recreación del Salmo, como siempre.

(Continuará...)

Teresa -

Salmo 121
“Huimos de la oscuridad y del dolor. (…) Muchas cosas hermosas suceden en la oscuridad”. ¿Acaso no crecemos y aparece lo mejor de nosotros mismos, muchas veces, en el dolor y la oscuridad? Ahí se suele dar a luz a nuestro mejor y más auténtico yo. Pero sí, el miedo a la oscuridad y el dolor seguirá siendo atávico y visceral, y permanecerá enraizado en lo más profundo de nosotros mismos.

“La vida no trata de un dualismo excluyente, o esto o aquello, sino de la integración de esto y aquello”. Muchas cosas se solucionarían, incluso dentro de nosotros mismos, si lo entendiéramos así. Sabia reflexión.

“No solamente comprendemos lo que entendemos, sino también lo que contemplamos, lo que intuimos”. No todo se comprende por vía intelectual. Es muy buena, pero hay más y mejores.

“La paz florece en terrenos que bullen de humanidad”. Entonces, para ser constructores de paz habrá que ser maestros de humanidad o, por lo menos, promotores de ella.

“¿Cómo hablar de fe sin vivir la paz? Y aprendamos a traducirla: respeto, comprensión, aguante cariñoso, dejar que el otro pueda ser él, aunque sus caminos no nos convenzan del todo”. Maravillosa traducción de la paz al alcance de todos.

“Elaboremos los conflictos”. Una importante asignatura pendiente. Dominamos el arte de ocultarlos bajo la alfombra para que parezca que ya no están.

Una gozada, la recreación del Salmo.

(Continuará...)




Teresa -

“Y ya brotaba la fe como un torrente: “estamos a su sombra… a su derecha”. Por eso, ni el sol nos herirá, ni la luna nos extraviará. Todo lo creado vendrá a nuestro socorro, por más que llegue la sombra y la oscuridad. Caminábamos más ligeros”. Preciosa “lectura de Jesús” del Salmo 120.

“Generar amparo es generar humanidad, abrir horizontes, hacer que sintamos menos la dentellada de la limitación”. El milagro de salir de nosotros mismos hacia el otro.

“Hay que velar por la vida del otro, por el camino del otro, por los itinerarios del otro. Los otros son mi tarea (…). Quienes viven sin reposo para el otro, terminan por encontrar reposo, sentido, para sí mismos ”. Cuántas angustias se curarían así.

“La mejor manera de sortear los peligros que el caminar histórico encierra es guardarnos, cuidarnos, atendernos bien, aguantarnos con cariño. Ser, unos para con otros, casa de misericordia donde protegerse y animarse”. Sí, el camino se haría mucho más suave y costaría muchas menos heridas.

“Mantener un interior amante, una interioridad jugosa. No secarse por dentro. Entonces es cuando sonarán vivas estas plegarias sálmicas, estos anhelos encerrados en las oraciones de las subidas”. Una tarea de por vida, bella y apasionante.

Bellísima recreación del Salmo.

(Continuará...)

Teresa -

“Hay ciertas sendas humanas que, en el fondo, conectan con los anhelos más hondos de los salmos. No tienen forma explícita de plegaria pero están hermanados en la gran búsqueda de lo Otro que acompaña el caminar humano hasta devorar, como un fuego, el alma de los humanos”. Una maravilla, recorrer y descubrir, estos “otros lenguajes sálmicos” en los “místicos devorados”, los lenguajes del amor fiel, las plegarias pactadas entre fieles de distintas religiones, la obra de los cantores de la vida y la física cuántica. En el pálpito, el aliento, el alma, en fin, de todo ser humano de todo tiempo y lugar.

“Eso tratan de avivar los Salmos, el sentido, el deseo de vivir asimilando con la mayor humanidad que se pueda la dificultad del vivir”. Preciosa expresión.

“El componente social de la espiritualidad sálmica no habría de estar nunca ausente del uso de los Salmos. Le da una dimensión nueva que lo ancla en la vida. La plegaria sálmica pone al orante en unión con todos los que avivan el fuego mediante la plegaria”. Los Salmos, o el cauce maravilloso de conexión con la vida allí donde late. Todo un abanico de posibilidades.

(Continuará...)

Teresa -

“Los Salmos conectan con el Evangelio en el tenaz anhelo del rostro de Dios, (…) comparten la certeza de lo insustituible de la compasión (…). También conectan en la primordial búsqueda de la justicia (…). Es muy similar la primariedad del pobre. (…) Confluyen Salmos y Evangelio en el amor a la Palabra (y) coinciden ambos en el valor fundamental de la bondad”. Por eso, a pesar de sus evidentes limitaciones, es tan grato, muchas veces, orar con ellos.

“Es preciso zafarse del lenguaje inmediato para sumergirse en una corriente interior, en las aguas profundas de la experiencia creyente. (…) Es preciso valorar el metalenguaje y situarse en un nivel de profundidad. (…) Más que de traducir los Salmos, de lo que se trata es de respirar con ellos. Como todo lo que se ama, también aquí obran misterios de enamoramiento y fidelidad. (…) De ahí puede brotar una fidelidad que comprende y pasa por encima de detalles cuestionables para beber de las aguas limpias de una corriente de espiritualidad”. No se puede expresar mejor, ni con más hondura, ni con más belleza.

(Continuará...)

Teresa -

“Hay cristianos que comienzan a preguntarse y a conectar con la espiritualidad que subyace en el subsuelo de los Salmos y que puede seguir nutriendo la del creyente de hoy. Hay que ser conscientes de que los itinerarios espirituales humanos ni son tan diferentes los unos de los otros según las épocas, ni son tan intransversales que no se pueda pasar de uno a otro”. ¿Acaso no hay, entre los orantes de los salmos y nosotros, una profunda comunión de sentimientos, de imágenes y palabras; no compartimos todo eso y vibramos con ello? ¿No hacen arder nuestros corazones los mismos anhelos y no compartimos los mismos miedos y angustias?

“En esta obra (el Salterio) han metido mano muchas personas, (…) los violentos y los excluyentes, los nacionalistas, los racistas y los supremacistas. Pero también han dejado huella los pacíficos, los perdonadores, los incluyentes y, sobre todo, los pobres y necesitados. El Salterio es la oración de todos, la discutible y la indiscutible, la aceptable y aquella otra que, según los cánones del Evangelio, hoy nos resulta inaceptable”. Qué bonito es eso de “la oración de todos”. Así se entiende y acoge mucho mejor el Salterio y todo lo que expresa. A lo mejor eso nos capacita para abrir los brazos a todos los orantes y su oración.

“Los Salmos son resilientes, tratan de que el orante salga fortalecido ante la dura adversidad. Su lenguaje es, con frecuencia, el de un luchador de la vida”. Cuántas veces buscamos precisamente esto al orar con los salmos: fuerza ante la adversidad.

“Queda la mayor parte del salterio como ámbito utilizable de espiritualidad. Desechar todo un salmo por un solo versículo parece desproporcionado”. También se puede sacar alimento para la propia espiritualidad de un solo versículo de un salmo que no ofrece nada más por su dosis de violencia u otros condicionamientos.

(Continuará...)

Teresa -

“Es verdad que no podemos desgajar la tríada consagración-comunión-misión, pero es peligroso reducir la misión a un apostolado específico que puede estar muy condicionado por las necesidades sociales y eclesiales de un momento histórico y, por tanto, morir con él”. Ante la escasez de religiosas y la imposibilidad de mantener todas las casas, es el apostolado específico, en muchos sitios, el que determina la permanencia de estas en un lugar determinado. Resulta patético ver cómo algunas se obstinan en mantener, como sea, un apostolado concreto por la supervivencia de la comunidad en un pueblo o ciudad.

“Existimos en la Iglesia y al servicio de la misión de la Iglesia. Los institutos que se cierren en sí mismos perderán su razón de ser. Los que sean capaces de entrar decididamente en el cauce eclesial y se relacionen sanamente con las demás formas de vida, comprenderán mejor por qué existen y cómo pueden contribuir a la edificación de la Iglesia”. Creer que el mantenimiento de la propia identidad o del carisma está en centrarse en el propio instituto es el mayor error; pero también fruto de una falta de formación que aún nos persigue.

“La fragilidad institucional que hoy vivimos en Europa es una “encrucijada de gracia” para relacionarnos más, aprender unos de otros y afrontar juntos los desafíos de la misión”. Donde soy débil, ahí soy fuerte. Siempre se repite, pero nunca nos convencemos.

“Si nos consideramos los últimos representantes de un estilo de vida que va a desaparecer, entonces adoptamos la moral del “enterrador”. Si, por el contrario, creemos que estamos en un período de transición o que somos los primeros de un modelo que se está gestando, entonces percibimos nuestra vocación de “parteros”. ¿Acaso no es más evangélica, más espiritual y más real, qué duda cabe, la segunda actitud? Estar convencidos de ello nos llevará a continuar el camino, y un camino sinodal, en sintonía con el Espíritu y los hermanos que se dejan mover por él.

(Continuará...)

Teresa -

“Interpretar el carisma desde el pasado o interpretarlo desde el futuro. (…) ¿En qué medida lo que vivimos ahora está preparando un futuro nuevo? ¿Qué tenemos que dejar para que se abra paso el sueño de Dios, una nueva etapa de creatividad en la multisecular historia de la vida consagrada, siempre en evolución? La vida consagrada tiene que ser entendida en términos de un futuro anticipado”. Afortunadamente, hay muchas personas consagradas que se hacen estas preguntas, ven “brotes nuevos” e intentan caminar en esta dirección. También hay un lastre importante que empuja en sentido contrario, sin darse cuenta de que no solo hunden los sueños de los demás, sino también atentan directamente contra lo que es, en esencia, una vida consagrada.

“La teoría-U. (…) Se trata de un proceso kenótico de dejar ir el pasado (…) y dejar venir un futuro emergente. Todos los retos perturbadores nos obligan a ir más allá. Nos exigen ir más despacio, detenernos, percibir las grandes fuerzas motrices del cambio, soltar el pasado y dejar que llegue el futuro que quiere surgir”. Todo un talante contemplativo que nada tiene que ver con el miedo que nos atenaza y nos mantiene aferrados a lo caduco que ya pasó.

(Continuará...)