CVMc

Domingo, 1 de mayo de 2016

 

 

VIDA Y EVANGELIO:

UN MISMO CAMINO

Plan de oración con el Evangelio de Marcos

 

24. Mc 4,2b-9

 

Una reflexión

 

                La palabra “confianza” se ha convertido, hoy en día, en un auténtico talismán. Piden confianza los políticos, la piden los empresarios y, por supuesto, la piden los bancos. Se ve que sin confianza no hay posibilidad de hacer negocio. Pero cuanta más confianza se demanda, más parece escasear.

                No se llega a entender que la confianza no es una moneda de cambio ni una herramienta para hacer transacciones. La confianza es un asunto de la interioridad, del corazón, de lo que está en el terreno de lo vivo, de las entretelas del alma. Y si no se baja a ese lugar demandarla es un brindis al sol.

                Por eso mismo, quien quisiera situarse en el terreno de la confianza habrá de ser un experto en  interioridad, en corazones entreverados, en empatía, en caminos del corazón. Es en ese terreno peculiar del lenguaje del corazón donde se habla el lenguaje de la confianza.

                Quizá la comunidad, el grupo, los otros, sea una instancia buena para crecer en confianza. Lo meramente individual, el simple egoísmo constitutivo de la persona no abre puertas a la confianza. Cuanto más nos volvamos a los otros, más posibilidades de que mane la fuente de la confianza.

                Habría que hacer apuestas comunes para el logro de la confianza. Y quizá eso se logra empezado a confiar en quien tienes más cerca, en tu ámbito relacional cercano.

El texto

 

            2bJesús dijo: 3-¡Escuchad! Una vez salió el sembrador a sembrar. 4Sucedió que, en la siembra, algo cayó junto al camino; llegaron los pájaros y se lo comieron. 5Otra parte cayó en el terreno rocoso, donde apenas tenía tierra; como la tierra no era profunda, brotó enseguida, 6pero cuando salió el sol se abrasó y, por falta de raíz, se secó. 7Otra cayó entre las zarzas, la ahogaron y no llegó a dar fruto. 8Otros granos cayeron en la tierra buena: a medida que brotaban y crecían fueron dando fruto, produciendo treinta por uno y sesenta por uno y ciento por uno. 9Y añadió: -¡Quien tenga oídos para oír, que escuche!

 

                Esta clase de textos se han recopilado tras la experiencia de la misión cristiana primitiva. En esa aventura se ha experimentado que siempre ha habido fruto. Y, a la vez, que las pérdidas, de todo tipo, han sido también considerables. Pero la conclusión se impone: por muchas que sean las pérdidas, la posibilidad del fruto está ahí. O sea: nunca será estéril el hacer la propuesta del reino, siempre que se haga desde planteamientos humanizadores, más que desde perspectivas doctrinales.

  • La pérdida del camino es porque “los pájaros” (los paganos) se la comen. Hay modos sociales invasores que hacen mella en cualquier creyente.
  • La pérdida del terreno rocoso es la pérdida que acarrea la superficialidad, la banalización de lo más sagrado.
  • La pérdida de las zarzas es la de los frutos asilvestrados, porque las zarzas dan frutos, pero de poca utilidad.
  • La escala de producción es irreal: las espigas dan, como máximo, de 25 a 30 granos nuevos. Pero indica que siempre hay posibilidad de acogida, que nunca es estéril una oferta de humanidad.

La conclusión de quien lee esta lectura es que hay que levantar los hombros y respirar. Siempre la persona responderá con humanidad (en un grado o en otro) si se le hace una oferta de humanidad, si se acerca uno a ella con la confianza por delante.

 

Un valor: Mirar a lo profundo

 

            Lo hemos dicho muchas veces: nuestro mayor enemigo es la superficialidad. Es muy cómodo ser superficial, muy sencillo. Basta dejarse llevar. Pero eso nos hace muy vulnerables. Mientras que la profundidad es difícil lograrla, hay que trabajar mucho. Pero, en la medida en que se consigue, nos hace fuertes.

                Para que brote la confianza es preciso ser persona de profundidad. A mayor profundidad, más confianza; a menor profundidad, menos confianza. Por eso es importante mirar en la dirección de lo profundo. Para ello:

  • Animarse a preguntar las causas de lo que nos pasa.
  • Usar el diálogo como herramienta para acercarse a lo que no se ve de la persona.
  • Trabajar la reflexión, la lectura, todo aquello que empuja hacia lo de adentro.
  • Fomentar la contemplación, la visión ahondada, la mirada perspicaz para que se escapen el menor número de detalles.

La confianza no es una adhesión bobalicona, sino bien lúcida. Cuanto más se cultive la lucidez que anida en lo profundo, más posibilidad de una confianza hermosa.

 

Una foto

 

                Hay parejas que han hecho de la acogida un estilo de vida, no algo esporádico. Jesús Fernández y Marta Vázquez son una pareja de Zaragoza que llevan más de 14 años acogiendo a niños como alternativa a los centros de menores. Para ellos es como una vocación. No se podría hacer todo esto sin una confianza explícita en el valor de los niños, en su dignidad. Personas de “gran confianza”, sembradores de bondad. Jesús muestra en la foto el símbolo de inocencia y vida de los niños.

 

Un poema

 

A Job pidió un mendigo una limosna, y contestóle aquel: "¡Dios le ampare! Aunque

no debería nombrar a Dios, ciertamente,

porque estoy con Él en guerra".

Rogó el mendigo, entonces: "Si le vences,

¡por favor ni le hieras ni le mates!

Es mi amparo único".

 

                                     José Jiménez Lozano