CVA 

Domingo 19 de enero de 2014

 

BUSCAR LUZ

EN TIEMPOS OSCUROS

 Plan de oración con el Apocalipsis

 

14. Ap 3,14-20

 

Introducción:

 

                La comensalía humana, la manera de comer, de invitar a comer, de abrir o cerrar las mesas, de ampliar las mesas o de reducirlas, etc. son un microcosmos, una manera de leer la realidad. Básicamente esa manera puede ser las una mesa amplia, acogedora, tendiendo a lo universal o una mesa cerrada, excluyente, para pocos. Eso denota un mentalidad, una manera de situarse ante la vida: la postura de quien goza invitando, incluyendo, celebrando con otros, o la de quien se siente mejor cerrándose, excluyendo, metiéndose debajo de su propia concha. Ni que decir tiene que nosotros nos proponemos ir por el primer camino.

                Efectivamente, la carta a la Iglesia de Laodicea que tenemos hoy como texto de oración es una carta dura, censuradora incluso, porque parece que la tal comunidad de Laodicea no era precisamente un grupo de ángeles. Tenían sus fallos y grandes. Pero a esa comunidad se le dice que, por encima de debilidades, Jesús quiere autoinvitarse a su cena. Es decir, si Jesús quiere cenar con ellos, con toda l intimidad que conlleva el cenar, es que sigue amándoles y sigue sintiéndose a gusto con ellos. Hemos de reparar en lo hermoso y paradójico de un Jesús que se autoinvita a una cena porque quiere una mesa tan amplia en la que él mismo quepa. Jesús es respetuoso, está ala puerta, y quiere entrar no para presidir esa mesa sino para participar en ella, incluso para servirla. Una mesa tan amplia como para acoger a Jesús, más allá de cualquier limitación.

 

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Texto:

 

                14El ángel de la Iglesia de Laodicea escribe así: Esto dice el amén, el testigo fiel y veraz, el principio de la creación de Dios: 15Conozco tus obras y no eres ni frío ni caliente, 16pero como estás tibio y no eres ni frío ni caliente, voy a escupirte de mi boca. 17Tú dices: “Soy rico, tengo reservas y nada me falta”. Aunque no lo sepas eres desventurado y miserable, pobre, ciego y desnudo. 18Te aconsejo que me compres oro acendrado a fuego, así serás rico; y un vestido blanco, para ponértelo y que no se vea tu vergonzosa desnudez, y colirio para untártelo en los ojos y ver. 19 A los que yo amo los reprendo y los corrijo; sé ferviente y enmiéndate. 20Mira que estoy a la puerta llamando: si uno me oye y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos.

 

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La luz de la vida:

 

 

                Este es el bar Paris 365, un bar cualquiera de la parte vieja de Pamplona. Pero tiene una característica: sus propietarios son un grupo de vecinos de la ciudad que se ha propuesto dar comida y cena gratis (o casi: por 1 euro) a los indigentes que acuden a él. Llevan así varios años. Todos son voluntarios y, como es natural, viven de donaciones populares. Es un ejemplo anónimo de esas mesas amplias que hay por todas partes.

                Oramos: Gracias, Señor, por las mesas amplias que están apoyadas en la solidaridad; gracias por quienes son sensibles a las situaciones de dificultad ajena; gracias por quienes sienten en su corazón y en su bolsillo la situación de los débiles.

 

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La  luz que es Jesús:

 

                Cuando la religiosidad cristiana representa la cena de Jesús, la última cena, siempre lo pone presidiendo la mesa, rodeado de sus discípulos. En esta mesa de Apocalipsis no se habla de presidir, únicamente de entrar. Jesús no quiere presidir nada, solamente quiere participar de nuestra mesa, de nuestra vida. Le da igual que tenga que servir a esa mesa. De ahí que menospreciar la mesa de la vida, cerrarla, maldecirla es no haber entendido la hermosura de una mesa de vida a la que Jesús quiere invitarse.

                Oramos: Gracias, Señor, por la mesa de la vida; gracias por la oportunidad de la mesa de la vida; gracias por la hermosura de la mesa de la vida.

 

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La luz que viene de la sociedad:

 

                Para ampliar la mesa hay que escuchar a quien llama, hay que ser proclive a los gritos (a veces duros) de aquellos que están excluidos de la mesa. Siempre se puede trabajar en esa dirección manifestado, primeramente, comprensión, después generosidad, quizá finalmente acogida. Escuchar la voz de los millones de personas que aún se sientan a la mesa de la vida. Hacerlo significativamente con alguien que tengamos más cerca.

                Oramos: Que tengamos oídos finos para escuchar los gritos de los pobres; que seamos generosos a la hora de abrir nuestra mesa; que acojamos con mayor agilidad a quienes se dirigen a nosotros.

               

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La luz que aporta la comunidad virtual:

 

                No vamos a decir que nuestras mesas sean superabiertas, pero sí experimentamos alegría comiendo juntos, hablando juntos, estando juntos. Eso es un hecho. Quizá sea también uno de los buenos frutos de la oración. Y luego, también experimentamos alegría cuando la mesa se amplía, cuando nos visita alguien, cuando vemos una cara nueva. Son rostros que quedan en el recuerdo y en el “tesoro” del grupo. Otro frutos bueno.

                Oramos: Que nuestra mesa sea siempre acogedora; que disfrutemos viendo nuevos rostros; que vivamos la cercanía del otro como un don.

 

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Palabras de luz:

 

COMO pan vino la palabra,

como fragmento de crujiente pan

fue dada,

igual que pan que alimentase el cuerpo

de materia celeste.

Vino, compartimos su íntima sustancia

en la cena final del sacrificio.

Y nos hicimos hálito, sólo soplo de voz.

Palabra, cuerpo, espíritu.

El don había sido consumado.

 

(José A. Valente)

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Para estos días:

 

                Si tienes oportunidad, abre tu mesa o tu corazón a alguien que ande un poco mal.

 

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