MARÍA DE NAZARET NOS HABLA DEL

ICONO DE LA ANUNCIACIÓN

 

            Permitidme que yo, María de Nazaret, mujer de fe pero sin mucha escuela pueda explicaros desde el corazón el relato de la Anunciación que tanto habéis apreciado. Vuestros mejores escritores y pintores, los más agudos exégetas han explicado este icono. Permitidme que yo lo haga a mi manera.

            Todas vosotras, porque apreciáis de corazón la figura de María, habéis tenido elogiosas palabras sobre el “sí” que yo di a Dios y habéis ensalzado de mil maneras mi virginidad ofrecida, mi fidelidad desde el inicio. Son palabras hermosas, aunque en realidad las cosas fueron algo distintas. Mi fidelidad se construyó a partir de cero a golpe de corazón entregado. Los textos evangélicos reflejan poco el trabajoso proceso que se inició en mi vida y que culminó en mi apoyo total al proyecto de mi hijo Jesús. Creer en él fue un arduo camino, una senda llena de contrariedades. Mis más profundos anhelos fueron trabajosamente contrastados con la propuesta de Jesús. No fue fácil entenderle ni darle adhesión, por más madre suya que fuera. El mío es, pues, un “sí” trabajado, esculpido en el mármol duro, en lucha entre mi amor de madre y mi corazón de creyente. Podéis pensar que fue fácil, pero no lo fue tanto. Solo el caudal, siempre vivo, de mi amor creciente por mi hijo logró ser luz cuando los días se volvían grises.

            También veneráis mi virginidad hasta el punto que ese calificativo es el que me denomina comúnmente. Mi virginidad es mi fidelidad. Siempre le fui fiel, tanto como una madre puede ser al hijo que ha dado a luz, que ha amamantado, que ha acompañado días y noches hasta que amanecía la adultez en aquel muchacho. Pero es más, le fui fiel a su oferta de felicidad, a sus palabras y sueños, a su misma fe. Hice de su fe mi fe. Nunca vacilé en esa apuesta, por más que, a veces, parecía que iba a perderla. Sí, aposté por él como madre y como creyente discípula. Esos son mis grandes valores.

            Habréis de tener en cuenta esto que es lo más vivo de mi verdad para poder entender la explicación del icono de la anunciación. Os lo digo en directo: lo que ahí se quiere decir es algo muy elemental y muy profundo a la vez: se anuncia que de una mujer va a nacer un hijo del Altísimo. ¡Un humano puede ser hijo del Altísimo! Algo inconcebible. Los humanos creen que hay que buscar a la divinidad en terrenos más hermosos, más celestiales, que los de esta tierra humilde, pobre y destinada a la muerte. Pero el anuncio es claro: uno de mujer, cualquiera nacido de mujer, puede llegar, tiene capacidad para ser hijo del Altísimo.

            Quizá esto hubiera sido aceptado si mi hijo y yo hubiéramos sido ricos. Los emperadores eran tenidos por dioses. Pero nosotros éramos pobres. ¿Cómo un excluido, un perteneciente a la masa de un población empobrecida, podría llegar a ser hijo del Altísimo? ¿Cómo en la mugre de la pobreza iba a brillar el resol de la divinidad? El que fuéramos pobres era un inconveniente; pero, a la vez, era nuestro mejor agarradero: somos hijos del Altísimo cuando más nos sumergimos en las pobrezas. Esto que vosotros y yo lo pensamos a veces fue para mi hijo una verdad inconmovible. Por eso estuvo siempre a gusto en los márgenes sociales, en las mesas de los rechazados, en las casas de los proscritos. Ser hijo del Altísimo no le llevaba a una conciencia aislada, sino a un amor compartido con los que nadie ama.

            Y además, dice el icono de la anunciación que el nacido de mujer será hijo de Dios. Puede ser que esto suene a sabido. Pero en mi tiempo decir que todo nacido de mujer, aunque sea pobre, es hijo de Dios era casi una blasfemia. Los hijos de Dios eran los santos, los poderosos, los reyes, los destinados a la posteridad. ¿Cómo iban a ser hijos de Dios los destinados al olvido, al silencio, a la mudez del manto de los siglos que borra todo rastro? Pero mi hijo se empeñaría en decir de mil maneras que estos tales eran realmente los hijos del reino, los que no necesitan vestiduras regias, sino que bastan sus pobres harapos para entrar al banquete del reino.

            Puede ser que esta lectura os parezca fría. Para mí no lo fue. Si no hubiese sido por el fuego que ardía en mi corazón nunca lo hubiera podido entender. En realidad, algo de eso han dicho en vuestros días los que profundizan en este icono: “En este icono vemos que ese asentimiento, esa callada disponibilidad, esa mezcla de gratitud y de gracia, este mundo de luz que lo invade todo es la piedad. Y la piedad y la luz son los grandes protagonistas de este icono. Por eso nos sigue atrayendo, porque el misterio de la encarnación no es otro que el misterio del amor humano”. Si no arde en vuestro corazón esta llama, todo esto os parecerá frío. Para mí fue un volcán callado, oculto, siempre ardiendo, que devoró mi vida hasta el final.

            Vosotras queréis hacer de este icono un elemento dinamizador de vuestra presencia de vida religiosa en la sociedad, de vuestra fe. Es muy bueno este anhelo. Porque eso supone una fe fuerte en el valor de fondo de los hijos del Altísimo, de los hijos Dios. Ese valor, en vuestro lenguaje, es lo que llamáis la dignidad de las personas. Si queréis ser significativas habrías de estar siempre en las trincheras de la dignidad, allí donde corre peligro el oscurecimiento de la dignidad que nada ni nadie puede arrebatar pero sí menospreciar, oscurecer, arrumbar. Del mismo modo que mi hijo echara su suerte en el lado de las pobrezas, así vosotras si queréis que vean que la propuesta de Jesús tiene un sentido para el ciudadano de hoy.

            Incluso más, queréis hacer de este icono un apoyo para animar una pastoral vocacional. Es un acierto. Pero no podrá haber vocaciones si no hay antes y a la vez un deslumbramiento por el proyecto de mi hijo, por el Evangelio. Hoy ya no es un plan de vida venir a un convento por situarse de algún modo en la sociedad. Pero sí puede ser el dar cuerpo hoy a una propuesta, la de Jesús, que cautive, que enamore, que atraiga, que nos deje boquiabiertos. El problema, hermanas, no son las vocaciones, sino el enamoramiento con que vivimos y ofrecemos a Jesús. Sin esto, pretender vocaciones es muy complicado.

            Habría que soñar que en todas nuestras comunidades haya un anhelo y un plan para descubrir de nuevo a Jesús. Tendrían que florecer los grupos de Jesús, de vuelta al evangelio, de enamoramiento del proyecto de Jesús. Si la Congregación se enamora hoy con más fuerza de Jesús su presencia será significativa y quizá surjan más enamorados de Él, bien sea en forma de vocaciones religiosas o en forma de creyentes laicos. Suena raro, pero mientras no asimilemos el tema del enamoramiento de Jesús nuestra presencia en la sociedad será decreciente y no podremos pretender vocaciones renovadoras.

            Puede ser que esta explicación que os doy del icono de la anunciación os parezca atípica, desconcertante incluso. También lo fue para mí. Tuve que darle muchas vueltas en mi corazón para asomarme al secreto. Cada una de vosotras, si os contagiáis ilusión por Jesús y por el Evangelio, podréis lograrlo. Os lo deseo con amor.

María de Nazaret