Franciscanas Misioneras de María

Villimar 2-4 de octubre de 2019

 

TRES REFLEXIONES FRANCISCANAS.

CELEBRACIÓN DEL TRÁNSITO 

 

         Como en años anteriores, nos preparamos a la celebración de la fiesta de san Francisco con la reflexión y la oración. Para este año hemos tomado tres reflexiones de corte personal: los escritos franciscanos nos ayudan a ser mejores personas y mejores hermanas. El tesoro que tenemos los franciscanos son los escritos de Francisco y Clara junto con las antiguas biografías. Son nuestro “evangelio franciscano”. De ahí aprendemos la fe y la espiritualidad franciscana.

 

1

¿POR QUÉ NOS CUESTA TANTO AMAR LA VIDA?

 

         Hay muchas personas que afirman amar apasionadamente la vida y que, en consecuencia, tienen muchas ganas de vivir. Estas personas son jóvenes, o tienen buena salud, o les va bien en los negocios, o se sienten queridas. La vida les sonríe. Desde ahí parece lógico y fácil decir que se ama la vida.  Pero el panorama es muy distinto cuando las cosas no funcionan, cuando la enfermedad nos visita y se instala en nuestra cercanía, cuando nos muerde la soledad y no encontramos el sosiego, cuando las limitaciones económicas nos amargan los días, cuando, en fin, nos sentimos excluidos del banquete de la vida. La misma cercanía de la muerte nos deja sin alegría y pone su última gota de acíbar en nuestro caminar.

         Es entonces cuando se desata nuestro desamor contra la vida y decimos que es dura y un valle de lágrimas, que no merece la pena desgastarse por ella y que, a la larga, no sirve para nada. La misma espiritualidad cristiana, o una parte de ella, ha generado desde los viejos tiempos bíblicos una manera de pensar en que se decía que, al ser de tan poco valor la existencia humana, había que anhelar “la otra vida” en la que se nos daría el gozo y la fortuna que aquí se nos había negado. Se elaboró entonces la certeza de que “estábamos de paso”, en una morada transitoria, prestada, a la que no convenía dedicarle mucho esfuerzo. Había más bien que reservar las fuerzas y los anhelos para las eternas moradas.

         Este desenfoque que ha llegado a tratar con tan poca benignidad y con tan escasa valoración el camino humano quizá brote de la experiencia de transitoriedad de la vida. Siempre se ha creído que lo nuestro era tan efímero que considerarlo como un valor no tenía sentido. Ya el viejo Píndaro (siglo V a.C.) decía en uno de sus versos: “Somos efímeros, ¿qué es uno?, ¿qué no es? Sombra de un sueño, el hombre” (Píndaro, Pítica VIII, 95-96). Seres de un día, así se nos considera. La imaginación poética vio la existencia humana sometida a la singularidad de ese día de la vida, breve recorrido luminoso o nublado de la luz por el cielo. Una luz que surge aún sin saber lo que va a iluminar, y que en un punto del horizonte se extinguirá. Más allá de este sentimiento de transitoriedad, la fe cristiana quiere dar consistencia a la vida haciendo ver que ella, en sí misma, y por obra de la creación del amor de Dios, merece la pena. Que su valor sobrepasa a su limitación y que sus fronteras, tan breves, se ven desbordadas por el calor que Dios mismo ha puesto en ella. Sin esta nueva perspectiva no solamente no se entiende la vida sino que, además, tampoco se entiende el amor del Padre.

 

         Francisco de Asís es uno que ama profundamente la vida, con sus grandes valores y con sus no pequeñas limitaciones. Ha comprendido perfectamente que esta existencia nuestra, al ser don de Dios, encierra en su seno, más allá de sus estrecheces vitales, una semilla de gozo pleno al que está destinada:

  • Así, en el Cántico del Hermano Sol tenemos no solamente un hermoso poema digno de mención, como así se hace notar, en las más renombradas antologías de la literatura italiana de todos los tiempos. Es también un formidable canto de amor a la vida. Francisco no canta tanto la realidad de Dios cuanto la hermosura que es hacer parte del coro de la vida, compartiendo este gozo con las piedras, los vegetales y las personas: “Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas” (Cánt 3). Ninguna realidad queda excluida y desechada de la casa de la vida. Así lo creado se convierte en lugar de encuentro y de disfrute, promesa de plenitud total.
  • Es significativa la actitud que Francisco ha mantenido ante su propia enfermedad. Aunque ha llegado a estar prácticamente ciego, con graves dolencias digestivas, con debilidades notables fruto de una crónica desnutrición, con llagas incluso, todo ello no ha conseguido borrar en él el gozo de vivir, sino que éste ha sido creciente en su existencia. Estando ya en la recta final de su vida, como lo reseña LP 85, envuelto en la enfermedad, aún tuvo humor para escribir unas letrillas para que las hermanas de san Damián celebraran sus recreaciones más festivamente (son el escrito que llamamos UltVol). La enfermedad no logró nublarle el horizonte ni despistarle a la hora de entender la pertenencia a esta vida como una suerte.
  • Adquirió una perspectiva nueva sobre lo creado. No es otra que la total reconciliación y hermandad con lo que existe. De tal manera que le hizo vivir en un “estado de inocencia” característico no de quien no se entera de las cosas, sino de quien ha entendido el secreto de lo que existe: “La reconciliación universal con cada una de las criaturas, lo retornaba al estado de inocencia”, dice LM 8,1.
  • Así entendemos que, como dice 1C 109, recibiera la muerte cantando: “Mandó a sus hermanos que cantaran con él las alabanzas del Señor por la muerte que se avecinaba”. Solamente quien ha descubierto la semilla del gozo sembrada en el surco hondo y oscuro de la vida es capaz de no perder el equilibrio ante el zarpazo de la muerte y mantener la alegría y el buen talante hasta el último aliento.

 

Estando un grupo de hermanos franciscanos de visita en el monasterio ecuménico de Taizé (Francia), su carismático y anciano fundador, el hermano Roger, les decía: “Ustedes, los franciscanos, deberían ser apóstoles del gusto por la vida, ya que el gusto por la vida es el mejor don del Espíritu”. Francisco de Asís ha sido uno que, en un mundo de enormes limitaciones personales y sociales, ha descubierto y vivido ese gusto por la vida del que hablaba el hermano Roger. Ha sabido mantener una mirada de benevolencia y de amor sobre esta pobre vida y la ha llegado a ver valiosa y rica como el mejor don de Dios a nosotros. Por otra parte, el mundo de hoy está necesitado, como siempre y más, de esa profecía del gusto por la vida ya que el peligro de la pérdida de sentido que siempre ha sido compañero de camino de las personas es hoy más acuciante que nunca. Es por eso que la fe en el valor de la vida es parte irrenunciable del credo franciscano.

Con esta mirada benigna y valorativa sobre la realidad se puede entender correctamente que el final al que está destinada como plenitud, no como fuga del presente, sea la realidad misma de Dios. Dice E. Sábato: “Cualquiera que sean las circunstancias de la vida, nadie le podrá quitar esa pertenencia a una historia sagrada: siempre la vida quedará incluida en la mirada de los dioses” (E. Sábato,  Antes del fin…, p.43). Así es, porque la vida está en la mirada y en el corazón del Padre y tiene, por encima de sus limitaciones, un valor inapreciable. La adultez cristiana y la franciscana se miden, entre otras cosas, por una correcta valoración de la existencia, el mejor don del amor del Padre a sus criaturas.

 

 

2

¿POR QUÉ NO SABEMOS DISFRUTAR CON POCO?

 

         Bien mirado, no es mucho lo que necesitamos para enfilar la senda del disfrute y del gozo. Quizá lo más esencial sea estar en paz y a gusto consigo mismo. A partir de ahí, todo disfrute es posible. Una cultura de desenfrenado consumo, verdadera patología social de hoy, nos ha querido hacer ver que para disfrutar es necesario tener mucho: mucho dinero, mucho tiempo, muchas titulaciones, largos viajes, experiencias extraordinarias. Pensamos que sin esos muchos no se puede disfrutar de la vida. Pero los franciscanos/as somos de esas personas que van aprendiendo que disfrutar con poco es un arte posible, aunque haya que aprenderlo día a día. No pocas de nuestras grandes satisfacciones vienen de cosas muy sencillas: de comer en compañía, de pasear juntos, de escuchar buena música, de estar tranquilos en el campo, de tener una confidencia con una persona amada, etc. No es necesario tener muchas cosas para disfrutar, pero sí es necesario abundar en sentimientos fraternos y benévolos respecto a la vida y a las personas para sentirse bien consigo mismo y con el entorno vital.

         Pongamos un ejemplo sencillo y cotidiano. Raramente nos percatamos de la suerte enorme que es poder vivir un nuevo día, ver otra vez la luz del sol, tener otra oportunidad de enriquecer nuestra vida. Bien mirado, el disfrute de un nuevo día es de los más profundos en la existencia de muchas personas. V. Verdú dice en una de sus columnas (Placeres,  en El País 13-2-2000): “Será por eso que nadie quiere morirse, porque al final de la vida contemplar la salida del sol un día más tiene que ser un placer tan fuerte como el que te proporcionó el primer beso de aquella niña. Llega un momento en que los mortales se agarran como pueden a cada amanecer”. Y esto no por simple supervivencia, sino por el placer de percibir la belleza del milagro cada día nuevo del sol que nace. Incluso en su ocaso hay una enorme carga de vida y de belleza. Dice J.A.Marina: “El sol se está poniendo, y el sol y las islas están dotados de una elocuencia que no entiendo. Son más que mar y más que sol, a la vista está. Pero no sé si son algo más que la fervorosa emoción que me produce tan bello instante” (Dictamen sobre Dios, p.52). A Francisco de Asís le encantaba el sol, al que dedicó su hermoso cántico. Quizá porque él sí que percibía que detrás había algo más. Por eso su disfrute de lo sencillo de la vida era un gozo multiplicado.

 

         Todos sabemos, efectivamente, que Francisco fue un hombre en quien la alegría ocupó un puesto significativo hasta llegar a hacer de su vida una “celebración continua”, como dice san Buenaventura (LM 7). Si miramos los índices de sus escritos veremos que el vocablo “alegría” tiene muchas acepciones porque, como decimos, era para él cosa esencial. Pero si buscamos la palabra “disfrute” seguramente no encontraremos ninguna cita. Se ve que en aquellos tiempos era mucho pedir hablar del disfrute de un santo; se hablaba más de sus ayunos, de sus penitencias o, todo lo más, como en el caso de Francisco, de su alegría. Aun así, era ésta una virtud siempre bajo sospecha. No obstante, de no pocos pasajes de su vida se puede deducir que era una persona no solamente alegre sino con gran capacidad de disfrute de las cosas sencillas:

  • Disfrutaba de la mesa, del comer con gozo y en buena compañía. Como hemos dicho, en EP 66 se narra aquel pintoresco episodio de los ladrones que pedían limosna a los hermanos de Borgo san Sepulcro y a los que Francisco empujó a ir a su encuentro en el bosque sirviéndoles una buena comida con alegría en una mesa aderezada, incluso con mantel. Sabemos que, según EP 112, en sus últimos días pidió a su amiga Jacoba de Sietesolios que no solamente le viniera a ver sino que le trajera unos pastelillos que, al parecer, ella hacía con maestría. De modo que comer, en buena armonía, en maneras sencillas y fraternas, es disfrutar de la vida y de la compañía del hermano/a, disfrute a la mano, rostro visible del Dios que se sienta a la mesa de la vida.
  • Todos sabemos que a Francisco le gustaba mucho el canto. Cantaba muchas veces, y por eso conservamos piezas suyas tan preciosas como el Canto al hermano sol o la Exhortación cantada a las clarisas. Para él, cantar era una hermosa manera no solamente de alabar a Dios sino también de agradecer la vida. Dicen sus biógrafos que, cuando estaba del todo contento, imitaba con un palo el arco de un violín y cantaba a Dios en francés (2 C 127). Cantar en compañía, en fraternidad, es otro modo de disfrutar de la vida.
  • En 1 C 8 y siguientes vemos el estremecimiento que recorre el ser de Francisco en la contemplación de las criaturas, en el amor a todos los seres, en ese saber descubrir la belleza que anida en lo sencillo. Sus largas caminatas por el campo eran para él no solamente un modo de descanso y de disfrute, sino también de una vivencia muy honda de la experiencia primigenia de hacer parte del coro de lo creado, del simple y hermoso hecho de estar vivo, la victoria de “administrar el aire” (A. Tendero).

 

Comer, cantar, pasear, descansar, dialogar, empaparse de la creación, disfrutar del sol, reírse, compartir pequeños descubrimientos… en estas vivencias sencillas es donde se va encontrando la fina sabiduría de aprender a disfrutar hondamente con poco. Dice el experimentado escritor E. Sábato: “Tenemos que reaprender lo que es gozar. Estamos tan desorientados que creemos que gozar es ir de compras. Un lujo verdadero es un encuentro humano, un momento de silencio ante la creación, el gozo de una obra de arte o un trabajo bien hecho. Gozos verdaderos son aquellos que embargan el alma de gratitud y nos predisponen al amor. La sabiduría que los muchos años me ha traído y la cercanía a la muerte me enseñaron a reconocer la mayor de las alegrías en la vida que nos inunda, aunque aquella no sea hoy posible cuando la humanidad soporta sufrimientos atroces y pasa hambre” (La resistencia,  p.68).

Es preciso, incluso, descubrir “los otros disfrutes”, los que van más a la base última de nuestra vida: la solidaridad que entrelaza las vidas y los corazones, el silencio habitado que descubre los rincones de nuestras primeras verdades, la calma y el sosiego que nos posibilita ser fieles a lo recibido y sobre todo al futuro, la misma oración que nos abre a lo trascendente de Dios y a lo no menos trascendente de la persona. Comentaban dos amigos la hermosura del libro de J. Saramago Levantados del suelo. Hablaban sobre la evolución de la pobreza en las sociedades rurales, sobre cómo conseguir llegar a la conciencia de la propia dignidad y sobre el respeto que merecen los pueblos oprimidos. Incluso surgió la pregunta irresoluble, pero necesaria, de cuáles son las causas de las pobrezas colectivas y la parte que los individuos concretos tenemos en ellas. Fue un verdadero disfrute. Poner la sensibilidad, las ideas, los anhelos, incluso las decepciones, en la mesa de la amistad es un modo óptimo de ser persona y de disfrutar. ¿No son éstos los mejores manjares del banquete de la vida? ¿No es justamente a eso a lo que estamos llamados?

 

3

¿PODREMOS VIVIR SIN JUZGAR?

 

         Llevamos un juez dentro, implacable con los demás y, a veces incluso, con nosotros mismos. Un juez que no atiende a eximentes, que no matiza, que no calibra las diversas circunstancias, que, por supuesto, no tiene misericordia. Juzgamos con anticipación, sin esperar a tener todos los datos, sin ponernos en la situación del otro. Hacemos pequeño el “piensa mal y acertarás” situándonos en el “piensa mal y te quedarás corto”. Además, ese juez trabaja en la sombra, oculto, sin atreverse a mostrar su rostro. Cuando se le pide que dé la cara, como es el caso, por ejemplo, de participar en un jurado popular, todos decimos que no querríamos hacer parte de esa institución de justicia. Es que nos va el juicio rastrero, condenador a priori, sin tener el valor de poner la firma. ¿Cómo alejarse de esa estructura negativa que nos compone?

En la película Francesco, de Liliana Cavani, se representa aquella escena importante en que Francisco y sus primeros compañeros se dirigen a Roma para que el Papa bendiga y apruebe su forma de vida. En el film la entrevista queda pintada así: está el papa Inocencio III, hombre seco y altivo, despachando asuntos de Estado  y se presentan allí, como un grupo de mendigos, los penitentes de Asís. El Papa les hace un extraño interrogatorio sobre su situación en la Iglesia que descoloca a Francisco y sus amigos porque ellos han venido a pedir una bendición, no a pleitear. Una de las cuestiones que el Papa les plantea es ésta: “Vosotros sois pobres, nosotros ricos, ¿cómo podréis amarnos?” Y Francisco responde entre desconcertado y balbuceante: “Sin juicio…sin juicio”.

Poder vivir y entender a los demás “sin juicio” es una maravilla, porque ello indica que tal persona se ha alejado de la raíz de todo juicio, que es el afán de autoafirmarse por vía de la apropiación del otro. Efectivamente, en la autoafirmación personal derrochamos cantidades ingentes de energía a lo largo de toda nuestra vida. Y, a veces, lo hacemos por caminos harto extraños y negativos. Uno de ellos es pretender ser más apropiándonos no solamente de las cosas del otro sino de su misma persona: queremos que sea como nosotros, que piense como nosotros, que nos sirva, que haga parte de nuestras “posesiones”. Es entonces cuando, si se resiste a ello, lo juzgamos sin piedad, lo maltratamos, lo abandonamos. De ahí que quien se ve libre del afán de poseer al otro, se ve libre, a la vez, del juicio condenatorio con que enfoca a ese otro cuando no lo posee.

 

Hay muchas personas que, a lo largo de la historia, se han visto libres del deseo de poseer al otro y, en consecuencia, del mecanismo del juicio. Desde Jesús de Nazaret hasta hoy no pocos cristianos han entrado en esa nómina. Pensamos que Francisco de Asís ha sido uno de ellos y por eso nos puede ayudar a mitigar el mecanismo del juicio y sus hondas raíces. Repasemos algunos textos franciscanos a modo de ejemplo:

  • Francisco, ya lo hemos dicho, tenía singular cuidado en lo que podríamos llamar la “fraternidad verbal”. La manera de hablar del hermano no solamente desvela tu talante interior, sino que puede contribuir a hacer florecer la fraternidad, caso de que hables bien de él, o a destruirla, caso de que hables mal. Por eso es tan importante la manera de hablar del otro. En 1 R 11,9, texto de un capítulo dedicado enteramente al bien hablar en fraternidad, dice: “Sean los hermanos mesurados, mostrando una total mansedumbre para con todos los hombres; no juzguen, no condenen”. La mesura, el matiz, favorecen la erradicación de juicio.  La ausencia de juicio y de condena es requisito imprescindible para que florezca la comunidad.
  • Esta perspectiva libre de juicio la ha aplicado Francisco a todos los estamentos sociales. Por ejemplo, a aquellas personas que, siendo de otra posición económica, visten y viven de una manera ostentosa que afecta a la justicia. Francisco insiste diciendo a sus hermanos en 2 R 2,17: “Amonesto y exhorto a todos ellos a que no desprecien ni juzguen a quienes ven que se visten con prendas muelles y de color y que toman manjares y bebidas exquisitas; al contrario, cada uno júzguese y despréciese a sí mismo”. Es muy difícil no juzgar a quien vive opíparamente cuando muerde en el estómago la víbora del hambre; es casi imposible no juzgar a quien tiene ropas buenas para calentar el cuerpo cuando el propio está tiritando. Es difícil mantener a raya en esas circunstancias al juez implacable que llevamos dentro.
  • A veces ese juez se ceba en aquellas personas que, dentro de la Iglesia, debían ser ejemplo y luz y, por su comportamiento, no lo son. Dice Francisco que en modo alguno el menor juzgue a los sacerdotes, aunque estos fallen. Así leemos en Adm 26,2: “¡Ay de aquellos que desprecian a los sacerdotes!; pues, aunque sean pecadores, nadie, sin embargo, debe juzgarlos, porque el Señor mismo se reserva para sí solo el juicio sobre ellos”. Son sacerdotes por encargo del Señor; a él solo le corresponde ser juez. Y no lo será, porque el juicio de Dios es de misericordia con quien quiso servirle, aunque el pecado le llevara a servirle mal.
  • Francisco tenía particular cuidado en no juzgar jamás mal a los pobres, porque su pobreza era una “bula” contra todo juicio. Dice en EP 37 a propósito de un compañero que ironizó sobre un pobre que tenía muchas ganas de ser rico que en modo alguno hay que hablar mal de un pobre porque “la enfermedad y la pobreza de este hombre es para nosotros como un espejo que nos ayuda a escudriñar y meditar piadosamente la enfermedad y pobreza que nuestro Señor Jesucristo sufrió en su cuerpo por nuestra salvación”. Una visión fraternas de las pobrezas es el mejor antídoto contra el juicio, porque éste no ahonda, no matiza, no espiritualiza, sino que juzga por las apariencias y rápidamente.

Podría pensarse que esta manera de ver las cosas lleva a una especie de ocultamiento de la justicia, a un alejamiento de la verdad, a una visión acrítica de la realidad. Nada de eso. La ausencia de juicio que postulan el Evangelio y Francisco no es indiscernimiento, no es carencia de análisis y, mucho menos, connivencia con la injusticia. Se puede estar en profundo desacuerdo y, a la vez, no juzgar condenando. Más aún, el no juzgar es compatible con la denuncia cuando esta se hace en modos fraternos y humanizados. Francisco ha sabido hacer esas extrañas mezclas.

De todos modos, muchos asuntos importantes que hoy dividen a la sociedad, sobre todo en materia moral (la eutanasia, las relaciones conyugales difíciles, la homosexualidad, etc.) no podrán nunca tener un tratamiento mientras no nos liberemos de esa estructura de juicio con que las enfocamos. No llegaremos nunca a entender a las personas mientras no partamos de otra perspectiva que la del juicio condenatorio. A veces algunos nos preguntamos qué fue de aquel jesuita francés, el P.Duval, que, allá por los años sesenta, fue un cantautor religioso muy conocido del que aprendimos no pocas y bellas canciones. Poco antes de morir escribió un hermoso libro (El niño que jugaba con la luna) en que cuenta cómo salió del infierno del alcoholismo en el que vivió muchos años. Cuando se hallaba en el fondo de su dura situación se sentía tremendamente juzgado, y eso le hundía más: “Cuando el despensero vio que su bodega se vaciaba más rápidamente de lo previsto, cerró con su llave la alacena. En la casa se respira un aire de reprobación. Silencio. Silencio de menosprecio establecido; miradas que se desvían…Una espesa bruma envuelve nuestras relaciones, haciendo tanto daño que uno toma la única solución que le queda: seguir bebiendo” (p.44). Quizá sea una excusa del alcohólico, pero, a la vez, es un ejemplo en que se muestra que el juicio y la condena no hacen sino acrecentar la destrucción de la autoestima.

En Rom 2,1 se dice aquello tan certero: “Tú, amigo, que te eriges en juez, no tienes disculpa; al dar sentencia contra otro te estás condenando a ti mismo, porque tú, el juez, te portas igual”. Esa es precisamente la más clara verdad: quien juzga es, con frecuencia, tan culpable como el juzgado. Además, añade la impiedad del duro juicio contra el hermano. El franciscano perspicaz entiende perfectamente que la ausencia de juicio genera buenas ganancias, las ganancias de la comprensión, el respeto y el amor.

 

 

 

 

 

4

CONTEMPLACIÓN DE LA MUERTE

DE SAN FRANCISCO

(Celebración del tránsito)

 

1. Canto

 

Rosas de sangre han florecido
revive en tu cuerpo la Pasión,
Francisco de amor estás herido
las manos, los pies, el corazón.

 

Sembrando la Paz y el Bien caminas
y yo sembrador iré a tu lado
en Ti el Evangelio es carne viva
y Cristo también Crucificado.

 

2. Oración

 

         Señor Jesús,

         convocados esta tarde

         por la muerte de nuestro padre y hermano

         san Francisco,

         te pedimos que tu Iglesia

         siga amando a quien tanto te amó

         y a quien fue hermano de todas las personas

         y familiar de todo lo creado.

         Te lo pedimos.  

 

3. Relato de la muerte de Francisco

 

(Vamos a escuchar una vez más el relato de la muerte de Francisco. Así revivimos, año tras año, el momento decisivo en que el santo de Asís recibe el abrazo del Padre)

 

A los veinte años de haberse unido totalmente a Cristo en el seguimiento de la vida y huellas de los apóstoles, el varón apostólico Francisco voló felicísimamente a Cristo, y, después de incontables trabajos, alcanzó el descanso eterno y fue presentado dignamente a la presencia del Señor el día 4 de octubre, domingo, del año de la encarnación 1226.

Había trabajado mucho en la viña del Señor: empeñado y fervoroso en oraciones, ayunos, vigilias, predicaciones y caminatas apostólicas, perseverante en el cuidado y compasión del prójimo y en el desprecio de sí mismo, desde el momento de su conversión hasta su tránsito a Cristo, a quien había amado de todo corazón, mantuvo continuamente vivo su recuerdo, le alabó con la boca y lo glorificó con sus obras fructuosas. Tan de corazón y con tanto ardor amó a Dios, que, oyendo su nombre, se derretía interiormente y prorrumpía externamente, diciendo que el cielo y la tierra deberían inclinarse al nombre del Señor.

 

4. Breve reflexión

 

5. Contemplación de la muerte de san Francisco

 

(Vamos a tener un breve rato de contemplación y de silencio en el recuerdo de la muerte de san Francisco. Lo vamos a hacer leyendo algunos párrafos de la carta que Fray Elías, ministro general, mandó a sus hermanos con motivo de la muerte del santo)

 

"A todos los que aman a Francisco, un saludo de fray Elías pecador. 

 

Nos ha llegado lo que temíamos, a mí y a vosotros; y lo que me aterraba me ha sobrevenido, a mí y a vosotros. Porque se ha alejado de nosotros el consolador; el que nos llevaba en brazos como corderos. Nuestro padre, hermano y madre.


La presencia del hermano y padre nuestro Francisco era, en verdad, luz verdadera, no sólo para los que estábamos cerca, sino también para los que estaban alejados de nosotros por profesión y vida. Era, en efecto, una luz procedente de la verdadera luz, que iluminaba a los que yacían en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz.


Su nombre se ha divulgado hasta en las islas lejanas y toda la tierra se maravilla por sus obras admirables. Por eso, hijos y hermanos, no queráis entristeceros en exceso, porque Dios, padre de huérfanos, os consolará con su santa consolación. Y si lloráis, hermanos, llorad por vosotros mismos, no por él.


Mientras su alma vivía en el cuerpo no había belleza en él, sino un rostro despreciable, y ninguno de sus miembros quedó sin sufrimientos. Sus miembros estaban rígidos por la contracción de los nervios, como sucede con los difuntos, pero después de su muerte su aspecto se volvió hermosísimo, resplandeciente de un candor admirable, agradable a la vista.


Por tanto, hermanos, bendecid al Dios del cielo y proclamadlo ante todos, porque ha sido misericordioso con nosotros, y recordad a nuestro padre y hermano Francisco, para alabanza y gloria suya, porque lo ha engrandecido entre los hombres y lo ha glorificado delante de los ángeles. Rezad por él, como antes nos pidió, e invocadlo para que Dios nos haga participes con él de su santa gracia. Amén.

Fray Elías pecador

 

6. Oramos juntos

 

         (Antiguamente los franciscanos salían a celebrar el tránsito con velas encendidas. Nosotros las vamos a encender ahora como símbolo sencillo del alma de Francisco que se apaga y de la luz de Jesús que lo acompaña. Y oraremos con el Salmo 140 que Francisco cantó hasta el final para recibir a la hermana muerte)

 

A voz en grito clamo al Señor,
a voz en grito suplico al Señor;
desahogo ante él mis afanes,
expongo ante él mi angustia,
mientras me va faltando el aliento.

Pero tú conoces mis senderos,
y que en el camino por donde avanzo
me han escondido una trampa.

 

Rosas de sangre han florecido
revive en tu cuerpo la Pasión,
Francisco de amor estás herido
las manos, los pies, el corazón.

 

Mira a la derecha, fíjate:
nadie me hace caso;
no tengo adónde huir;
nadie mira por mi vida.

A ti grito, Señor;
te digo: «Tú eres mi refugio
y mi lote en el país de la vida».

 

Rosas de sangre han florecido
revive en tu cuerpo la Pasión,
Francisco de amor estás herido
las manos, los pies, el corazón.

 

Atiende a mis clamores,
que estoy agotado;
líbrame de mis perseguidores,
que son más fuertes que yo.

Sácame de la prisión,
y daré gracias a tu nombre:
me rodearán los justos
cuando me devuelvas tu favor.

 

Rosas de sangre han florecido
revive en tu cuerpo la Pasión,
Francisco de amor estás herido
las manos, los pies, el corazón.

 

7. Bendición de san Francisco