JESÚS Y LOS DERECHOS

HUMANOS Y SOCIALES

 

        Huelga decir que, a pesar de que en el imperio romano se hilaba muy fino en cuestión de leyes (para los ciudadanos libres, claro), el tema de los derechos humanos tal como los sentimos hoy y los del tiempo de Jesús casi nada tienen que ver.

        Pero en los Evangelios hay semillas inequívocas para la construcción del hermoso edifico de los derechos sociales. Por eso, una reflexión desde esa perspectiva social puede ser muy fructífera.

        Por otra parte, la VR puede aprender de la sociedad esta y otras lecciones e incrementar así su caudal carismático. Efectivamente, la inspiración no nos viene solamente de los aspectos “místicos” de la fe, sino también (y más de lo que nos creemos) de los aspectos “políticos” de la vida.

        Tomaremos para esta jornada, a modo de ejemplo, dos puntos importantes del mesnaje evangélico: las bienaventuranzas y las curaciones de Jesús. Todo ello leído, como decimos, desde una perspectiva social.

 

 

1

SEMILLAS DE DH EN LOS EVANGELIOS

 

        Pedir a los Evangelios un posicionamiento explícito en materia de DH tal como los entendemos hoy es pedirles demasiado. Pero en ellos se pueden desvelar “semillas” que nos ayuden a apuntalar nuestra sensibilidad y práctica en temas de DH. Al fin y al cabo, la Palabra no solamente es inspirada sino también inspiradora, ilumina nuestras situaciones de hoy desde el fondo de situaciones de antes. Tratemos de desvelar algunos textos:

 

1) Los derechos de los padres ancianos: Mt 15,1-6

 

        Jesús ha tenido enfilado el tema de las tradiciones de los mayores (sagradas en aquella cultura) porque ha percibido que, por ser fieles a esas tradiciones (desviadas como casi todas), se termina por olvida lo esencial: la solidaridad con el débil. Anteponer ese tipo de tradiciones a los simples DH, invocar la costumbre, poner por delante los propios beneficios o la permanencia en un cierto estatus social para eludir el aguijón de los de DH es alejarse del Evangelio. Volver a los DH es una forma óptima de volver al Evangelio.

 

2) Los derechos de las mujeres: Jn 8,1-11

 

        Jesús no tiene una visión igualitaria hombre-mujer porque eso era pedir demasiado. Pero va en esa dirección (de hecho, es indudable que la primitiva misión cristiana se realizó en la primera generación en pie de igualdad: Rom 16, 1 Cor 9,5, aunque pronto se desviara la cosa: Lc 24). El texto de Jn 8,1-11, aunque no es propiamente un tema de DH muestra la visión de Jesús: no solamente acepta el valor de la mujer (de hecho en su grupo las había: Lc 8) sino que lee su desventaja con compasión humanizadora: nadie puede condenar a la mujer condenada por la sociedad, con o sin causa.

 

3) Los derechos de los niños: Mc 9,36-37

 

        El amor de Jesús a los niños no es por su supuesta candidez, sino por su desvalimiento social. Los niños, los criaditos (trabajan en casa ajena por la comida), son un ejemplo de desvalimiento social: no tienen otro amparo que el de Dios. A eso habría de estar dispuesto el seguidor. Por eso mismo, el seguidor se hace valedor de quienes andan en tal desamparo estructural. Hoy quizá nuestros niños no estén en ese desamparo en nuestra sociedad. Pero el mundo es ancho, y el desvalimiento infantil sigue perfectamente vigente en muchos ámbitos del planeta.

 

4) Los derechos de los explotados laborales: Lc 17,7-10

 

        Es un texto cargado de ironía: los que trabajan terminan por reconocer su “inutilidad” ante quien les explota. Les explota y, encima, reconocen su inutilidad. Explotación total. Por eso Jesús, con sorna, anima a revolverse contra tal situación: las estructuras sociales y muchas veces religiosas contribuyen al alejamiento de los derechos laborales. Hay que apartarse de ellas, cuanto más lejos mejor.

 

5) Los derechos de los extranjeros: Mc 7,24-30

 

        Jesús fue a tierra de paganos. Fue a regañadientes (la dura respuesta a la mujer en Mc 7,27 lo deja bien a la vista). Pero fue. Porque llegó a entrever que la propuesta del Reino era también para ellos, y que, ante Dios, tenían tanto “derecho” como cualquier, que ser extranjero no priva de derechos porque estos son inherentes a la dignidad. Esta semilla fue el desencadenante de la primitiva misión cristiana. Para algo valió.

 

6) Los derechos de los marginados sociales: Jn 4,4-44

 

        Lo sabemos, los samaritanos eran marginados sociales (provenían, al parecer, de razas espurias, de cuando la recolonización del país en la despoblación del destierro a Babilonia. Pero quizá median otras razones, hoy siguen siendo marginados en Israel). Jesús “habla” con ellos (Soy yo el que habla contigo). Y estos entrevén que en el pensamiento de Jesús ellos, aunque samaritanos, siguen teniendo sus derechos que los hacen revivir (se quedó dos días: los suficientes para “resucitar”, según Os 6).

 

7) Los derechos de los frágiles sociales: Jn 5,1-7

 

        A los que se les dice que pueden encarar su fragilidad (semilla), puede adquirir una cierta autonomía: levántate, a pesar de su limitación, de su brazo atrofiado: Mc 3), y de que la fe, el seguimiento puede ayudarles al logro de sus ineludibles derechos (echa a andar). Por eso, para Jesús, el frágil social ha de estar en el centro (ponte en medio: Mc 3; ve a presentarte a los sacerdotes como “prueba contra ellos”: Lc 17,11-19). Los DH de estos frágiles sociales tienen un plus de sacralidad.

 

8) Los derechos de los desconsolados: Lc 7,11-17

 

        Porque por muy “viuda” que sea uno, tiene derecho al consuelo y a que devuelvan “al hijo”, a que se le restituya la alegría y el disfrute necesario para vivir con dignidad (la alegría “inarrebatable” de Jn 16). El desconsolado social tiene intacto su derecho a la alegría. Devolver tal derecho si es que se ha perdido o robado, es de justicia.

 

        Para valorar estas semillas y, sobre todo, para irlas incorporando a la propia vida y a la estructura de la que hace uno parte es preciso hacer grandes discernimientos que vienen muy bien dibujados en los modismos de Mc 9,43-48. Hay que “cortarse la mano”: discernir obras; hay que cortarse el pie: discernir caminos; hay que sacarse los ojos: discernir intereses. Sin estos discernimientos que van tan adentro no es fácil incorporar de verdad las semillas de DH que subyacen a los Evangelios.

 

Para hablar o pensar:

 

  1. 1.   Subraya uno de los puntos anteriores.
  2. 2.   ¿Desvelas alguna otra semilla de DH en algún texto evangélico que no hayamos citado?

 

 

2

LAS CURACIONES DE JESÚS:

RESTAURACIÓN DE LOS

DERECHOS SOCIALES

 

        Hace años la ONG Médicos Sin Fronteras ideó una ingeniosa campaña para colaborar en la lucha contra ciertas enfermedades raras. A la tal campaña se le puso el título de “Pastillas contra el dolor ajeno”. Se trataba de dar un euro por una cajita de pastillas de caramelos de menta. Con ese pequeño donativo, se ayudaba a la lucha contra las dichas enfermedades. Cuando se acude a la farmacia, se compran pastillas para el propio dolor o para el de los más próximos. No tiene sentido comprar medicamentos para el ajeno; no tiene sentido perseguir la curación del ajeno, de no ser que el tal ajeno llegue a ser prójimo y cercano.

        Esto ocurre con Jesús de Nazaret: salió a los caminos para aliviar, acompañar, curar el dolor ajeno. Esa fue la escuela de su mesianismo. Efectivamente, Jesús no es Mesías por elección divina, sino por contacto con la pobreza humana. En sus andanzas por las aldeas de Galilea curando, consolando y acompañando estaba construyendo el “por eso Dios lo exaltó” que Pablo constatará más tarde (Filp 2,9).

        Hablar de “curar” en los relatos evangélicos es entrar en un mundo distinto del nuestro a la hora de entender los problemas de salud. En tiempo de Jesús, la medicina técnica de la que ahora gozamos era prácticamente inexistente. Un ciudadano de a pie de hoy sabe más de medicina que el mejor de los médicos de la época de Jesús. Por eso mismo, decir que Jesús “curaba” es decir algo muy distinto a lo que hoy queremos significar cuando afirmamos “tal médico me ha curado”.

        Y es que en la antropología del NT hay que distinguir entre enfermedades y dolencias. Aquellas son disfunciones biomédicas que afectan a un organismo, mientras que estas son estados devaluados del propio ser que afectan a una persona cuando el entramado social en que se mueve se ha venido abajo o ha perdido significado. La dolencia es un asunto social, una desviación de las normas y valores culturales. Huelga decir que es desde ahí desde donde los evangelios enfocan en tema de las curaciones de Jesús.

        Por otra parte, queda fuera de duda que Jesús ejerció esa medicina popular y social propia de la época en las capas sociales empobrecidas. “Es un profeta lleno de espíritu, que vence a los espíritus inmundos, cura diferentes dolencias y devuelve a la gente al lugar que ocupaban en la comunidad. Jesús se relaciona no tanto con enfermedades cuanto con dolencias” (B. J. Malina). Por eso mismo, leer los relatos de curación desde una perspectiva histórica simplista es la peor de las formas de interpretarlos.

        Al tratar este tema siempre quedará un punto en el aire: curanderos al estilo de Jesús tenía que haber muchos en tiempos de Jesús dadas, como decimos, las “tinieblas” en las que estaba el tema médico. ¿Cómo y por qué las primeras comunidades vieron precisamente en las curaciones de Jesús la llegada del reino de Dios? ¿Por qué las otras curaciones, que las habría más “milagrosas” incluso que ellas no suscitaron en el ánimo de las comunidades el olfateo de la venida del reino? ¿Sería porque, además de ser curados, social y quizá físicamente, se percibía de algún modo la misericordia de un Dios cercano a la gente, interesado por las dolencias del pueblo humilde, solidario con las angustia, físicas y sociales, que afectaban a los empobrecidos?

        Desde ahí se puede proponer el tema de la misericordia de Jesús como prioritario, anterior a toda dogmática. “De Jesús impacta la misericordia y la primariedad que le otorga: nada hay más acá ni más de ella, y desde ella define Jesús la verdad de Dios y del ser humano” (J. Sobrino). De ahí que hablar de curaciones es, definitiva, hablar de misericordia, de eso primario que es necesario para entender la vida y para entender a Dios.

        Por lo demás, la obra curativa de Jesús puede ser entendida como un resumen de todo el Evangelio. Así lo hace el mismo evangelio en sus sumarios (Mc 54-56); así lo quiere hacer ver Jesús a sus propios discípulos (Mc 3,15). Resumir el Evangelio en el término “curar” no es un reduccionismo, sino que en él se concentra todo el hacer salvífico de Jesús, en su horizontalidad histórica y en su verticalidad espiritual.

        Queremos proponer, a modo de ejemplo, un breve itinerario bíblico sobre las curaciones de Jesús como respuesta al sufrimiento humano en el evangelio de Marcos. Como queda dicho más arriba, el enfoque será desde la dolencia más que desde la enfermedad: condiciones humanas socioculturalmente anormales que son reorientadas.

 

1. Curación del sufrimiento que conllevan de las ideologías opresoras (Mc 1,29-31)

 

        El breve relato de la curación de la suegra de Simón, leído historicistamente no tiene mucho sentido: no es una gran maravilla curar de una simple fiebre. Los remedios caseros para bajar la fiebre son incontables. Es preciso leer el texto con otra profundidad.

        El texto viene a continuación del relato de la curación de un endemoniado en la sinagoga de Cafarnaún (1,21b-28) que ha terminado con una pregunta de “desconcierto” (1,27), el desconcierto de quien está en contra. El intento de Jesús de liberar a un atrapado por mecanismos inhumanos termina en fracaso.

        La vocación de Jesús de curar al pueblo la lleva a un nuevo intento. Esta vez en casa de “Simón”, nombre judío, en la boca misma del lobo, en el ámbito de quien le rechaza. Además, se lleva a Santiago y Juan, el ala más recalcitrante del judaísmo, el sector más refractario a los planteamientos del reino (1,29).

        La “suegra de Simón”, el entorno de Pedro, aquello que está en el marco del afecto, todo el judaísmo, está en cama con fiebre (1,30a). Una realidad inficionada por la fiebre de una manera continua, “febricitante” (pyressousa), siempre con fiebre, una fiebre que nunca abandona a esa realidad, una fiebre contínua.

        Fiebre y fuego se dicen se dicen en griego de la misma manera (pyr), como en castellano afirmamos de un niño que tiene mucha fiebre “este niño está ardiendo”. El entorno de Simón está lleno de pyr. El hombre del “fuego” es en el AT el profeta Elías, profeta muy apreciado en el bajo judaísmo (1R 18,38). El entorno de Simón, su suegra, tiene el mismo pyr de Elías, la fiebre del yahvismo que, en tiempo de Jesús, está muy mezclada al nacionalismo político.

        Alguien habla a Jesús de esto: “le hablaron de ella” (1,30). El impersonal da a pensar que es alguien ajeno al grupo, alguien, incluso, proveniente del paganismo, un compasivo que percibe que el camino del mesianismo no lleva a nada.      

        Jesús “se acerca-la coge-la levanta” (1,31a). Es como una nueva creación, algo que proviene de la misericordia (se acerca), de la total cercanía (la coge), del afán de hacer una persona nueva (la levanta). El “milagro” se da: se pasa de esa fiebre nacionalista al servicio, la realidad más opuesta que se pudiera pensar (“se puso a servirlos”: 1,31b).

Los grandes sufrimientos que el nacionalismo político ha inferido a Israel se curan con el servicio. Toda ideología opresora se desvanece cuando se la va sustituyendo por el servicio. ¿Podrá hacer el evangelio esa formidable obra de curación-reestructuración en la persona? Si se propone, es que hay posibilidad de ella. Así, la misericordia de Jesús contribuye a la reorientación de la persona y de la misma sociedad cuando la aleja de las ideologías opresoras.

2. Curación del sufrimiento de la exclusión (Mc 3,1-7a)

 

Los sistemas religiosos experimentan un fenómeno absolutizador: lo que no entra en sus parámetros queda cuestionado, quien no acepta el bloque compacto de la legalidad queda excluido. Con ese fenómeno se ha topado Jesús; él ha querido relativizar ese presupuesto y lo ha hecho mostrando una mirada comprensiva con quien sufre la exclusión del sistema.

Algo de eso se observa en el relato de la curación del hombre con el brazo atrofiado (Mc 3,1-7a). Hay que decir, de entrada, que la crítica a la norma que excluye no se hace sin precio. Se puede observar que la escena hay un desafío a uno que relativiza el sistema y con ello el honor en el que éste cree que se halla instalado. Por eso se respira un clima de sospecha, de “acecho”, para elaborar ulteriores “acusaciones”.

La orden de Jesús contiene una indudable intensificación verbal: “levantarse” (egeire) alude, de algún modo a una plenitud “resurreccional”. “Ponerse en medio” indica una plenitud social (3,3a). Le habían dicho al hombre aquel que su deficiencia le excluía de la sociedad. Jesús le restituye socialmente “en el medio”, en el centro de la realidad. El sistema excluye, Jesús cura incluyendo. Su misericordia es socialmente restauradora. Y ello no en base a una supuesta caridad, sino a la más estricta justicia: el pobre debe estar en medio.

El argumento de curación es sin fisuras: ¿No es el sábado un día en que se contempla al Dios creador de bondad? Entonces, ¿se va a hacer el mal en sábado? ¿Dejar de hacer el bien, excluir, no es una perversión de la realidad del Dios bueno? ¿Dejar de lado la misericordia por contemplar al Dios misericordioso en modos legales no es una anomalía absoluta? (3,4).

Es preciso medir bien la “ira”, la indignación de Jesús (3,5a). Quizá la misericordia social para por la recuperación de la indignación. Sin ella no se puede aprestar uno a tomar una deriva distinta a la del sistema.

Por todo ello, cuando Jesús dice al hombre “extiende el brazo”, aunque literariamente se refiere al brazo bueno, especularmente podría entenderse que está hablando del brazo atrofiado: desarrolla las potencialidades que tienes, ser débil no es motivo para la exclusión sino, justamente, para lo contrario (3,5b). Así funciona la misericordia de Jesús ante el sufrimiento humano, como una propuesta de justicia restauradora.

La fuga de Jesús “en dirección al mar” como salvaguarda de su acción liberadora está hablando de ese lugar, el “mar” (el Mediterráneo), donde, lejos de los sistemas religiosos que engendran exclusión, haya posibilidades de entender la obra de inclusión a la que está llamada la historia (3,7a).

 

3. Curación del sufrimiento del desamparo (Mc 5,24b-34)

 

        Para el sistema, la persona no cuenta. Nunca engendra aparo y, cuando más lo necesita uno, se le deja tirado en el camino. Para lo establecido, las personas son piezas de recambio que, una vez utilizadas, ya no sirven y son desechadas. El poder estruja a la persona, le saca todas sus posibilidades y, terminado esto, la arroja lejos del sí.

        Algo de esto hay como trasfondo del relato de la curación con flujos de sangre, personaje significativo del total desamparo (5,24b-34). Efectivamente, el personaje reúne todas las notas que le llevan al desamparo social: es mujer, lleva doce años con flujo (doce años: ciclo terminado), ha sido robada por los médicos. Al no mencionarse ningún familiar, ningún go’el, se ve que es una mujer sola. Es la marginación absoluta, el desamparo en estado puro (5,25-26).

        El tema de los flujos de sangre es el escollo insalvable, ya que una persona así era considerada impura, con el consiguiente extrañamiento de la comunidad. Por eso, “tocar” era violar las leyes de la pureza. Si ya el simple hecho de tocar a un hombre en público está censurado por la ley y la costumbre, el hacerlo desde la impureza aumenta el descaro (5,27-28).

.       Tocar “el manto” es, en la antropología hebrea, participar, siquiera modestamente, del “espíritu”, de la persona que lleva el manto (2R 2,9). La mujer aspira a la curación por la asimilación del espíritu de Jesús, de su ser misericordioso. Quizá no busca tanto la curación física, cuanto una curación que, por la obra de un hombre compasivo, le pueda decir que, sea como sea, esté como esté, sigue contando con el amparo social, que no es una marginada marcada por la exclusión.

        Es preciso percibir que la persona de misericordia que es Jesús es alguien que se deja “apretujar” (5,31). No es posible el ejercicio de la misericordia social desde la lejanía, desde la asepsia del despacho y  sus discursos. Solamente en el camino donde hay polvo y apreturas se puede desvelar el rostro misericordioso del Padre que empara a todos.

        El temblor de la mujer hace referencia a la posibilidad de que el hombre le rechace, cosa que no ocurre. Más bien es lo contrario: la marcada por el desamparo es una “hija” de Abrahán, verdadera hija, ya que su situación física la hace ser merecedora de un amparo mayor (5,34)

La mujer ha encontrado en Jesús el amparo que le negaba la legislación y la misma moral consuetudinaria. El verdadero milagro es percibir en el fondo del frágil la verdad de su dignidad. Demuestra así el evangelio que hay más fuerza en el corazón de la debilidad que en el del poder. La de Jesús es una misericordia social que engloba y cura a la persona y a la sociedad.

 

4. Curaciones que abren a la madurez (Mc 5,35-6,1)

 

        Las curaciones de Jesús donde hay de por medio un niño contienen sugerencias antropológicas que apuntan al tema de la madurez, no solamente y quizá no principalmente al tema de la enfermedad. Este parece ser el caso de Mc 5,35-6,1. Las dificultades que plantea la madurez al sistema se verifican al ver que el relato pone como testigos de lo que va a ocurrir a “Pedro, Santiago y Juan”, el ala derecha, el sector más recalcitrante del discipulado (5,37). Son personajes con alta carga significativa.

        La demostración de que esto es así se confirma cuando se percibe la gradación de la niña actante del relato. La primera fase es la de ser “hija”, vocablo que indica afecto y dependencia (5,35). La segunda es la de ser “chiquilla” (5,39.41), vocablo que indica dependencia sin afecto especial. Para terminar en “muchacha” (5,41), que indica independencia y no niega el afecto.

        Ese término, “muchacha”, indica la mujer casadera con todos los derechos civiles. El padre no termina de dar ese contenido a la relación con su hija. La misma sociedad considera aún “chiquilla” a quien tiene ya el poder de construir un hogar nuevo, dado que los doce años era la edad de mayoría civil para las mujeres. Jesús propone el reconocimiento de la persona en toda su altura.

        Es decir, estamos hablando de un tipo de curación existencial: cómo reconocer la madurez como un derecho social y humano que conlleva una serie de consecuencias organizativas. Cómo salir de parámetros de dependencia y dominio para percibir el perfil de la persona libre y adulta que se encierra en toda realidad humana.

        La insistencia de Jesús de que “den de comer” a la niña está diciendo que se devuelve a la comunidad la persona reconocida como adulta (5,43). Eso constituye un beneficio para ambas.

 

5. Curaciones que ofrecen alternativas (Mc 6,54-56)

 

        El sumario con el que se confirma el éxodo mesiánico de Jesús, sumario de curaciones, atesora matices que indican que la respuesta de Jesús al sufrimiento ajeno es algo más que el mero curar físico (6,54-56).

        Jesús recorre “toda aquella comarca” (6,55a). Es el suyo un afán a la hora de hacer la oferta, una búsqueda, un andar tras las huellas de quien sufre necesidad. Es él quien ofrece la curación, algo anterior a la búsqueda de quienes lo pasan mal.

        El transporte en “camillas” describe las esterillas que utilizaba la gente pobre para dormir. Las curaciones son, pues, ofertas, al lado débil de la sociedad. La expresión “los débiles, los sin fuerzas” (mejor que “los enfermos”) está indicando que la debilidad cerca de toda persona. La alternativa se amplía, es para la persona en necesidad, realidad antropológica elemental (6,55b).

        Los afanes curativos de Jesús se vuelcan en las “aldeas-pueblos-caseríos” (6,56a). Es posible que se quiera decir que se agotan los lugares habitados. Pero la opción rural de Jesús tiene también un trasfondo ideológico: las aldeas son el reducto del nacionalismo, allí donde se refugian las ideologías más extremas. Jesús vuelca ahí su capacidad curativa, puesto que su oferta va justo en la dirección contraria: ofrecer alternativas de vida a todo el mundo.

        Tocar el borde del manto es, como en el caso de la mujer de los flujos de sangre, un modo de participar en el espíritu, en el planteamiento profundo de Jesús (6,56b). es decir, la curación apunta a un modo alternativo de vida, a la posibilidad de vivir de una manera distinta. Así Jesús hace visible el rostro del Dios de la misericordia que ofrece posibilidades de vida a todo camino humano y desvela también la fe humana en el valor de todo ser viviente porque con la vida se le dan los posibles caminos que apuntan a una vida en plenitud.

 

6. Curaciones de cegueras estructurales (Mc 10,46b-52)

 

        Cegueras estructurales son aquellas que estando ahí de forma compacta uno no las ve. Es, como decía Saramago en su “Ensayo sobre la ceguera”: «Creo que no nos quedamos ciegos, creo que esmos ciegosciegos que venciegos que, viendo, no ven». También lo viene a decir Mt 13,13. Esta ceguera afecta a las estructuras sociales. Y, por ello, con frecuencia, se vuelven inhumanas.

        La ceguera estructural está reflejada en nuestro texto en la disputa que antecede: quién iba a ser el más grande (10,32-34). Van camino de Jerusalén, el camino de la entrega de Jesús, y los discípulos andan enredados en el tema del poder. Son ciegos que no quieren ver.

        Por eso, el personaje de Bartimeo, es especular: refleja la ceguera de quienes habitan en la ceguera del poder deseado, en la lejanía de la espiritualidad de la entrega. El que está al “borde del camino”, son quienes van en camino a Jerusalén (10,46b). El que ofrece al viandante su pobreza no es tanto Bartimeo, sino el discipulado y quien piensa como ellos. Esa es la dura lección de Jesús a quienes caminan en dirección a Jerusalén con él.

        La expresión “¿Qué quieres que haga por ti?”, en toda su sencillez y profundidad, es la gran pregunta de la misericordia (10,51). No solamente deja ver la generosidad de quien, pudiendo hacer algo, está dispuesto a hacerlo y lo hará. Sino que apunta el perfil de un Dios que hace por la persona “todo lo que puede” en los parámetros del hecho histórico. Es la misericordia de Dios derramada a través de la luz que aportan las personas para paliar las cegueras estructurales, personales y sociales.

        Cuando uno se ve iluminado en sus cegueras estructurales, le “sigue por el camino” (10,52). Ha aprendido ese tal que la obra de iluminación que no pueda hacer en sí mismo y en su entorno es un trabajo que se suma a las curaciones del mismo Jesús.

 

Conclusiones

 

        ¿Qué se deduce de todo esto? “Tocar” a Jesús para ser curado por él no es un acto mágico ni pasa, a través del tacto, un efluvio magnético. Se trata de “tocar” su espíritu de misericordia, su arrojo para afrontar las enfermedades sociales. Y de alguna manera, tocando a Jesús misericordioso, se toca al Dios de misericordia que se revela en él.

        Como conclusión de la lectura de algunos de los textos en que Jesús se hace misericordia entrañable de Dios ante el sufrimiento humano proponemos estos asertos:

1)   Es preciso intentar leer los relatos evangélicos de forma adulta superando el mero historicismo que los empobrece. Si se logra esa otra lectura, el sentido y la misma vida se iluminan. Pues “nadie recorrería las sendas del pasado, si no subyaciese a ese recorrido el irrefrenable deseo de reconocer, en él, todas aquellas semejanzas que nos llevan a entender nuestra situación y a aprender de otras experiencias” (E. Lledó).

2)   Desde ahí puede ser muy útil el hacer una lectura social de los textos, relativizando el primado y la absolutización de la lectura espiritualista-moralista. De hecho, la propuesta de Jesús no es, en los evangelios, una propuesta religiosa, sino social, una propuesta para la vida. Por eso, leer los relatos de curación desde una perspectiva social puede ser algo muy enriquecedor.

3)   Desde esa perspectiva hay que decir que estos relatos entienden las curaciones más como tratamientos de dolencias que de enfermedades. Es decir, lo que Jesús pretende en su actividad curandera no es tanto devolver la salud cuanto devolver la dignidad de los débiles. Estos han de ser considerados en el hecho social, “puestos en el centro”.

4)   La propuesta de curación personal y social que Jesús ofrece deja entrever, en último término, el perfil de Dios que la sustenta: un Dios de misericordia que pone todo su potencial de amor para sostener y dignificar a quien “se encuentra mal”, a toda persona, a los “frágiles”. La gente intuía ese perfil y creía que ese era signo claro de la venida del reino de Dios.

5)   Por todo ello, la obra de los seguidores de Jesús, desde las primeras comunidades cristianas hasta ahora, habría de ser, ante todo, “curar” a la persona, aportar salud humana, dignidad, reconocimiento social para los pobres, certeza de que tienen un sitio en el banquete de la vida. Esas son las grandes tareas del reino.

6)   Alto y claro lo dice el papa Francisco: “Ésta es la misión de la Iglesia: la Iglesia que sana, que cura. Algunas veces, he hablado de la Iglesia como hospital de campo. Es verdad: ¡cuántos heridos hay, cuántos heridos! ¡Cuánta gente necesita que sus heridas sean curadas! Ésta es la misión de la Iglesia: curar las heridas del corazón, abrir puertas, liberar, decir que Dios es bueno, que Dios perdona todo, que Dios es Padre, que Dios es tierno, que Dios nos espera siempre”.

 

Para hablar en sala:

 

  1. 1.   Pon énfasis en alguno de los textos trabajados.
  2. 2.   ¿Pondrías alguno más? 

 

 

3

LAS BIENAVENTURANZAS:

LECTURA PARA LA VIDA COTIDIANA

 

 

        La reflexión es una manera, humilde, de activación no solamente de la ideología, sino también de la praxis. Una de las de las causas de la debilidad social quizá sea la escasez de reflexión. Eso mismo pasa con la fe: su debilidad proviene, en alguna medida, de su frágil reflexión. De ahí que todo lo que sea potenciar la reflexión es, de alguna manera, potenciar la fe.

        Por otra parte, la revitalización de los carismas religiosos no se dará sin la mediación de una seria reflexión sobre los componentes esenciales de la fe. La reflexión sobre la fe, cuando es adulta, aporta un componente saludable al hecho cristiano[1].

        Los teólogos de profesión se quejan de que sus textos no son leídos y parece que producen hastío en la población[2]. Quizá sea porque pertenecer al staff clerical otorga a los textos un componente que hoy encuentra difícilmente una audiencia. De eso podrían verse libre la VR si pensara la fe desde coordenadas menos sistémicas.

        Finalmente, volcarse sobre las bienaventuranzas es hacerlo sobre un texto sensible que hoy todavía tiene un eco palpable en la sociedad secular[3]. Aquella luz encendida hace tantos siglos sigue brillando e iluminando el camino de los humanos. Por ello, tomar las bienaventuranzas como tema de reflexión cristiana social es, sin duda, un acierto.

 

1. Las bienaventuranzas en Mateo: parte de un entramado (Mt 5,1-12)

 

        Al ser el de las bienaventuranzas un texto tan luminoso, por eso mismo corre el riesgo de ser magnificado. En realidad, el texto de Mateo es la primera de las cinco grandes instrucciones, o enseñanzas primordiales, sobre las que está asentado el edificio mateano. Todas esas instrucciones tienen un denominador común: el Reino de Dios (o, como dice, Mateo con propiedad de escriba: “el reino de los cielos”, con lo que se evita nombrar a Dios[4]). Esa es su gran preocupación

        Las instrucciones son: 1) las bienaventuranzas del reino (5-7); 2) los heraldos del reino (100); 3) el reino revelado en parábolas (13); 4) los verdaderos hijos del reino (18); 5) el alborear del reino (25). Por eso mismo, el tema central que da unidad y coherencia a todas las bienaventuranzas es el del reinado de Dios. Es preciso leerlas desde esa espiritualidad.

        Por otra parte, parece quedar claro que esa realeza de Dios solamente puede funcionar en la medida en que haya personas que “eligen ser pobres” y permanecen fieles a esa elección (Mt 5,3.10). “En efecto, los pobres de espíritu (gr. tô pneumati) no son los humillados de la vida, ni siquiera aquellos que tienen un ‘espíritu de pobreza’, sino aquellos que se han hecho pobres en virtud de una elección voluntaria, que se han despojado de sus riquezas, no por ascetismo, sino para darlas a los pobres y así disminuir su pobreza y, en general, la de nuestro mundo. Por tanto la pobreza no es para Cristo un bien o un ideal; al contrario, es un mal que hay que eliminar de la tierra y que debería, al menos, atenuarse si los hombres fuesen fieles a la enseñanza de Jesús”.

 

2. La pobreza con espíritu[5]

 

        Pero aún hay más: la opción voluntaria por la pobreza se traduce en encuentro, en lucha y en cambio social desde la situación de los empobrecidos del mundo. Es otra mística. Se trata de irse situando en la esfera de la pobreza para combatirla desde el compartirla.

Esta opción es la que llena la pobreza de fuerza, de profecía, de empuje y de peligrosidad. La pobreza con espíritu es lo contrario a una mística de la pobreza compasiva pero contemporizadora, lamentatoria pero ineficaz, quejosa pero acrítica. La pobreza con espíritu es la que abre las puertas de una sociedad nueva basada sobre la fraternidad y la equidad. Expliquemos esto en mayor detalle:

  • La pobreza con espíritu entiende y apoya la civilización de la pobreza; de ahí su implicación. Porque, efectivamente, la desimplicación desactiva todo el potencial de justicia que anida en la vida de los excluidos del sistema. Pero, al implicarse, la persona pobre con espíritu, además de afectada, se convierte en testigo y desenmascaradora de cualquier actitud social que pretenda mantener vigente un orden injusto. Por eso, a pesar de su aparente debilidad, el pobre con espíritu es temido por el sistema.
  • La pobreza con espíritu es, por ineficaz que se la crea, el único camino para subvertir el curso de la historia. Y lo hace, tomando el símil de la cruz, bajando a los crucificados por el sistema del patíbulo injusto en que los ha colocado. Al bajarlos deja al descubierto la enorme injusticia de quien, por egoísmo estructural, crucifica a los excluidos. Las grandes herramientas para ir haciendo esta formidable obra de des-crucifixión son la compasión y la esperanza. Porque los pobres con espíritu son hondos en la compasión y tenaces en la esperanza. Y eso les hace resistentes a cualquier embate del gigante del sistema. Cuando parece que éste los ha hundido en la miseria, es entonces cuando renacen con más fuerza de su propio dolor; cuanto más humillados sean, más vigor histórico acumulan y más sólido es su anhelo de justicia.
  • La pobreza con espíritu tiene fe en la concreción de la utopía, en la solidificación del anhelo, en la evidencia de que los sueños pueden tener carne. No son únicamente palabras, sino también convicciones profundas que ni la más negra tiranía logra erradicar.  Esto lo hace combinando sabiamente, humanamente, el logro y el fracaso. Porque el pobre con espíritu sabe que la vida, por dura que sea, no es únicamente fracaso, sino también, algunas veces, logro evidente, horizonte alcanzado, sueño realizado. La oscura zona de la pobreza en la que se halla situado no es obstáculo definitivo para abandonar esta certeza. Como dice G. Martín Garzo “el mundo está lleno tesoros, de frutos que crecen en la oscuridad. Parece un desierto y, cuando menos se espera, la vida regresa con sus frescos racimos”.
  • La pobreza con espíritu lleva su esperanza al límite hasta estar dispuesto a la entrega total a favor de otros. El pobre con espíritu no es un temerario, un insensato que no valora los riesgos, un suicida que menosprecia la hermosura de la vida. Es alguien que entiende que la entrega es la cumbre de una existencia y que, dándose a los demás, él mismo se encuentra en su centro. Por eso, la historia de los pobres con espíritu es la historia de sus entregas, de sus causas nunca perdidas, de su generosidad valiosa aunque no sea aplaudida. Los pobres con espíritu creen a pie juntillas que las entregas encierran en sí mismas, más allá de su reconocimiento o no, un valor esencial que pasa a constituir el tesoro más preciado de la vida.
  • La pobreza con espíritu es paladín del triunfo no tanto del bien, cuanto de la bondad. Porque el bien puede ser ideología y por él pueden hacerse auténticos disparates (los dictadores dicen obrar por el bien de su pueblo). Pero la bondad es el bien con rostro, con respeto al otro, con humanidad evidente, con abrazo cuyo calor se siente. A veces la bondad tiene la forma de la lejanía del bien considerado como tal por el sistema oficial de valores. Pero la bondad reconforta el interior de quien anda en los márgenes y sueña con otro mundo habitable y fraterno.
  • La pobreza con espíritu sabe que el silencio de Dios es su manera de estar en los procesos históricos. No es lejanía ni desentendimiento, sino garantía de verdad para que no manipulemos y destruyamos la realidad de un Dios que ha puesto su tienda en la orilla de los perdedores. Por eso, el pobre con espíritu no teme a ese silencio, ya que sabe que el Dios parcial de Jesús no dejará nunca de estar ahí, acompañando su camino, poniendo su esperanza en él, compartiendo su suerte, siendo vecino cercano de su humilde barrio. De ahí que el pobre con espíritu no habla nunca del abandono de Dios, jamás dice que ha sido dejado de su mano, y percibe su presencia en los momentos de mayor dureza vital escuchando el casi inaudible sonido de las lágrimas que brotan de los ojos divinos, ya que cree a pie juntillas que el Padre y Jesús lloran con quien llora.
  • La pobreza con espíritu no se cansa de cuestionar la realidad actual en cuanto manera opresora de relacionarse con quienes andan fuera del banquete oficial. Exige a la vez la erradicación de la injusticia y la conversión personal. Aquella porque nunca hará migas con quien devasta desde siempre los caminos humanos; ésta porque también los mecanismos de desamor y de opresión anidan en el corazón de cualquier pobre, ya que éste ha de ser más considerado por su situación social pero participa de toda debilidad moral.
  • La pobreza con espíritu sabe que a la base de estos anhelos no hay únicamente voluntarismo humano, lucha denodada, trabajo cuantificado, afán histórico. En la pobreza con espíritu está, en el fondo, el Espíritu, la formidable fuerza de Dios, la fuerza de su amor, que trabaja a destajo, con denuedo, por revertir el curso de la historia, por dar una orientación de plenitud, salvífica, al caminar humano y cósmico. Esta gran obra del Espíritu que se verifica en el fondo de la vida es cierta, aunque “aún sigan corriendo las aguas del sufrimiento y de la culpa y supongamos que aún no se las ha vencido en el manantial del que brotan. Aunque la maldad siga trazando arrugas en el rostro de la tierra y deduzcamos que en el corazón más profundo de la realidad ha muerto el amor”[6].

 

3. No olvidemos las “malaventuranzas” de Lc 6,20-26

 

        Las bienaventuranzas del sermón del “llano” de Lucas proponen dos horizontes, uno de felicidad (20-23) y otro de desdicha (24-26). Ambos tienden a invertir los valores de la sociedad. Las bienaventuranzas tienen parangón con las de Mt solamente en las de los pobres (Mt 5,3/Lc 6,20), en la de los que pasan hambre (Mt 5,6: hambre y sed de esa justicia”/Lc 6,21), la de los perseguidos (Mt 5,11-12/Lc 6,22-23). La lucana de “los que lloran” es propia (6,21).

        Pero Lc añade cuatro malaventuranzas: contra los ricos (6,24), los repletos (6,25a), los que ríen (6,25b), aquellos de los que se habla bien (6,26). Los pobres son quienes quieren construir un mundo distinto libre de injusticia. Los ricos los que quieren mantener la injusticia. En el pensamiento lucano, Dios está con los primeros[7].

        Para entender bien estos textos es preciso renovar la fe en el Dios que escucha los gritos de los oprimidos (Ex 3,7); hay que recuperar el sentido de la indignación que acompaña a la profecía bíblica (Jer 25,30); hay que asimilar al Jesús que grita su mensaje y su vida.

Desde aquí sería preciso elaborar una teología del grito descarnado que censura al opresor. “Posiblemente nadie la haya hecho. Los teólogos se ocupan de menesteres más sublimes. Pero una teología que tenga en cuenta la realidad antropológica de la persona podría conectar y elaborar esa clase de teología. Si, además, toma como “alma” de su teología la Palabra de Dios, con más razón se aproximaría a una teología del grito. Esta  no ha de avergonzarse de la estridencia del grito, sino que ha de centrarse en el anhelo de justicia. Y más aún, sería una teología que trabajaría el “sueño de Dios”, que por la Palabra y por el mismo Jesús, sabemos que es, ni más ni menos, la creación de una nueva fraternidad, la sociedad de las relaciones nuevas, el reino de Dios en la historia que es camino para el reino pleno de la total comunión. Hacer de ese “sueño” el centro de la actividad teológica conllevaría la inserción de los empobrecidos y sus dolorosas situaciones en el centro mismo de la reflexión teológica. No hay que avergonzarse de una teología así porque tener vergüenza de los gritos de los empobrecidos es tener vergüenza del mismo Jesús”[8].

 

 

4. Derivaciones sociales

 

        Dado que, como lo admiten la mayoría de autores, “todas las bienaventuranzas se reducen a una, que es la causa o consecuencia de las restantes: ‘Dichosos los que eligen ser pobres, porque esos tienen a Dios por rey’”[9], resulta lógico que nuestras derivaciones sociales tomen el cauce del tema del dinero y sus tremendas consecuencias[10].

 

  • La vida o el dinero: Todos sabemos que para vivir hace falta dinero. Pero el asunto es dónde uno va poniendo sus apoyos vitales, sus esperanzas, sus alegrías, sus pasos, sus anhelos, sus búsquedas. Más aún, la experiencia nos dice claramente que sabemos de qué estamos hablando. La aceptación de las bienaventuranzas exige una reorientación del horizonte económico de cada cual, de la sociedad. Sin reorientación, sin que nada de lo que decimos cambie un ápice la orientación de la vida económica es desvirtuar el Evangelio. Mejor sería no leerlo.
  • Esperanza del reino o pesimismo-optimismo: Anímicamente solemos dividir a las personas entre optimistas o pesimistas. El Evangelio no divide así, sino que a todos, optimistas o no tanto, se les propone la esperanza, la utopía, del Reino. Diciendo que ya no estamos para utopías, los estamos diciendo todo: nos apuntamos a la desesperanza. Decir que la utopía todavía nos conmueve es indicio de que estamos todavía con ganas de caminar en la dirección de lo humano[11].
  • Prioridad de la persona o prioridad del lucro: generar lucro, vivir instalado en él a costa de lo que sea, medir todo desde el lucro son los parámetros de la sociedad económica de exclusión. Por el contrario, priorizar a la persona, sobre todo a la frágil, generar una economía de inclusión es caminar en la línea de las bienaventuranzas[12]. Para dar cuerpo a la espiritualidad de éstas es preciso pasar por una opción manifiesta, por un “credo”, en la realidad de la persona. De lo contrario, la espiritualidad del lucro nos atrapa y las bienaventuranzas suenan a total imposibilidad.
  • Óbolo de la viuda o donativo del rico: En el Evangelio la cosa es clara: se opta por el óbolo de la vida (Lc 21,1-4). Es que creemos que la transformación del mundo que anhelan las bienaventuranzas se logrará con medios adecuados, cuanto más potentes mejor. Pero el Evangelio tiene otra orientación: “El Gran capital y sus grandes donativos no transformarán el corazón y el mundo. Es la bondad y la generosidad anónima de los pobres los que ya están transformándola”[13]. Por lo tanto, leer las bienaventuranzas a la sombra del capitalismo en cualquiera de sus variantes es el peor lugar para hacerlo.
  • Compasión confiada o violencia temerosa: Mil voces urden el coro de quienes dicen que hay que desconfiar de las personas, sobre todo si son de otra cultura, de distinta religión, de diferente lengua, sobre todo si son pobres[14]. La lectura de las bienaventuranzas supone una compasión confiada en la persona con todas sus consecuencias y aporías. Vivir en la desconfianza y leer el Evangelio es un oxímoron, una contradicción.

 

 

 

Conclusiones

 

    Terminamos nuestra reflexión con cuatro asertos que indican la mentalidad que subyace a todo el texto:

1)   Las bienaventuranzas siguen vivas si se las len en contextos sociales. Si le las saca de ahí corren el riesgo de ser una espiritualidad vacía, un fantasma espiritual de poco fruto.

2)   Las bienaventuranzas inquieren antes sobre el tipo de estructuras sociales que se tienen que sobre la fe que se profesa. Porque se puede dar el caso de una fe correcta en estructuras sociales discutibles y eso invalida el pensamiento evangélico y lo vuelve estéril.

3)   Más allá de toda disquisición teológica, la lectura de las bienaventuranzas dejan ver con claridad que “existe más verdad entre los débiles que entre los fuertes”[15].

4)   Un mensaje está vivo en la medida en que hoy se lo vive, no solamente en cuanto está en un libro. Ojalá esta reflexión haya servido algo para animarse a vivir con mayor afán el hermoso camino de las bienaventuranzas.

 

Pequeño taller:

 

        Se hacen tres grupos y cada uno toma una de las bienaventuranzas (excepto la de la pobreza) y hace, a su manera, una lectura social:

-         qué mensaje social tiene

-         qué dice esto al ciudadano de hoy

-         que nos dice a nosotras como ciudadanas creyentes

 

 

4

LO QUE LA SOCIEDAD NOS DEMANDA A LOS CRISTIANOS/AS  (VR) EN MATERIA DE DERECHOS HUMANOS

 

        Quizá sea una demanda “sorda”, ya que muchos creen que los DH y la Iglesia son realidades poco compatibles. Pero, como la Iglesia es una realidad plural, hay, explícita o implícitamente, una demanda a los creyentes sensibles en materia de DH.

 

1) La sociedad nos demanda mantener y acrecentar la sensibilidad por los DH

 

        Porque de la sensibilidad, de la manera de mirar, de la forma de sentirse en este asunto dependen luego no pocas de nuestras actuaciones. Hay grupos cristianos a los que les interesa el asunto. No ceder en ese anhelo, ser instancias de humilde y paciente profecía, usar todos los medios posibles a nuestro alcance para mantener viva la llama de los DH. Mezclar los calendarios religioso y civil que ayuden a potenciar el asunto. La sociedad demanda a la VR una espiritualidad más laica, más capaz de conectar con estos temas sociales que son, en realidad, temas espirituales.

 

2) Hacer campaña, propagar la llama

 

        No cansarse en insistir en ello, porque hay que insistir en lo decisivo. Y esto lo es. Utilizar todas las herramientas de difusión que tenemos en la VR (revistas, boletines, foros internos) para estar siempre ahí. Muchos creerán que es el raca-raca de siempre. Pero, en realidad es ser “centinela” de algo decisivo. Es una verdadera vocación (como la de los profetas: Ezequiel). La sociedad demanda a la VR que se haga más presente en los foros cercanos cuando se trata de DH.

 

3) Andar caminos

 

        Porque en DH no se trata tanto de documentos, cuanto de caminos andados. Bajar a la arena del asunto. Hacer, muchas veces en silencio, el camino de quienes andan tras el anhelo de los DH. Comenzar por tu entorno sencillo, doméstico. Si hablas del derecho al agua, ten cuidado con ella; si hablas del derecho a la educación, haz obra de educación no reglada; si hablas del derecho a la igualdad, trata de ponerla en pie en tus relaciones. Si se habla solamente de teoría, los DH languidecen. La sociedad demanda a la VR que salga de sus castillos y se aproxime a los caminos reales de la ciudadanía.

 

4) Acompañamiento y consuelo

 

        Ya que la relación con los que aún sufren por sus DH conculcados no tiene muchas otra salida que esta: acompañar y consolar. Escuchando sus gritos,  devolviendo a estos gritos su blasfemia primigenia, estando en silencio ante lo irremediable y, a la vez, armándose de fuerza para hacer lo que se puede. Y luego consolar: hacerlo con el consuelo de Jesús, con el anhelo de que los sufrimientos de los pobres han de tener necesariamente fin. Un consuelo con dinamismo dentro. La sociedad demanda a la VR que esté en los lugares de desconsuelo y que aprenda los modos de consuelo que tienen arraigao antropológico.

 

5) Adquiriendo cada día la conciencia de igualdad hombres-mujeres

 

        Porque del mismo modo que esa conciencia se ha perdido día a día desde los albores de nuestra “civilización”, habrá que rehacerla día a día. Y habrá que hacerlo no solamente con el “grito”, que también, sino con la construcción de modos de convivencia que lo expresen realmente. Sin complejo de inferioridad y sin anhelos de superioridad. Todo un trabajo a la mano de una cuestión clave de DH. La sociedad demanda a la VR que espabile en este tema pues aún no hace parte de acervo de su espiritualidad habitual.

 

6) Mirando a los niños y adolescentes en la perspectiva de sujetos de amor y de derechos

 

        De amor porque toda persona, y más los pequeños por su desvalimiento vital, necesitan amparo y amor. Y luego, sus derechos inalienables como personas, sujetos que son de ellos mismos, no de otros (ni siquiera de sus padres; a veces habrá que librarlos de ellos). Ayudar a crear referentes que sean, de verdad, instancia de crecimiento personal y de amor. No hablamos del máximo respeto a su desventaja, pero eso queda fuera de duda absolutamente. La sociedad demanda algo más que el alejamiento de cualquier tipo de abusos.

 

7) Los derechos de quienes empiezan, ya en vida, a no contar

 

        Todas las personas mayores, ancianos, que se van desplazando hacia el margen de la vida. Sus derechos han de permanecer en estado de integridad, aunque haya que adaptarlos a su situación. Abandonar ese camino, valerse de su decrepitud sería imperdonable. La sociedad demanda a la VR algo más que el hecho, valioso, de cuidarlos en residencias adecuadas.

 

8) Una sensibilidad laborad de corte profético

 

        Porque, lo sabemos, en materia laboral no está el horno para bollos. Y los DH de los trabajadores andan en la cuerda floja. Ahí es donde hay que hacer lo posible por mantener esos derechos vigentes, comenzando por el propio entorno (colegios, “empresas”, medios domésticos). Luego, participar en aquellos actos que, de alguna manera, quieren mantener aún vivo el tambaleante estado de derechos laborales logrado hasta ahora. La sociedad demanda a la VR que una sus fuerzas, las que sean, para que los derechos laborales no se hundan más y se recupere el nivel perdido o, mejor, todavía, un nivel superior.

 

9) Otra sensibilidad frente a los DH de quienes andan en los márgenes sociales

 

        Porque la dignidad humana conlleva, en el mismo paquete, los DH. Por eso, los frágiles sociales, los emigrantes, los apátridas, los desplazados, quienes no pueden sentarse todavía en el banquete de la vida tienen intactos sus derechos. Ponerse de ese lado, ir echando la suerte en su terreno, hacer fuerza con ellos en su demanda, muchas veces ignorada, de sus justos derechos. Eso es algo que la sociedad pide a la VR aunque su aportación en terreno tan complicado sea modesta.

 

10) En el ámbito de la comunidad cristiana

 

        Porque, a nivel estructural, no es que la comunidad cristiana ande precisamente sobrada de espiritualidad y de práctica de DH. Hacer fraterna presión en este campo, no resignarse a lo que parece inamovible, colaborar a nivel cercano en que los DH aparezcan como realidad vigente es una demanda que, por su componente profético, se dirige con especial fuerza a la VR.

 

Para pensar y hablar:

 

  1. 1.   Subraya uno de los puntos anteriores que, por lo que sea, te “toca” más.
  2. ¿Qué otro ámbito relativo a los DH crees que se demanda hoy a la VR?

Oración por los derechos humanos

 

Padre de todos, te damos gracias porque todos los hombres, mujeres y niños nacemos libres e iguales en dignidad y derechos. Ayúdanos a vivir en tu presencia como hermanos y hermanas, ven y enséñanos la sabiduría que nace de nuestra dignidad de hijos e hijas de Dios. Danos poder para crear un mundo donde quepamos todos. Señor, ya que nacemos seres libres, deja que permanezcamos libres hasta que retornemos a Ti.

 



[1] No se puede discutir que reflexiones como las de M. GUERRA CAMPOS; La confesión de un creyente no crédulo, Ed. Verbo Divino, Estella 1998 aportan mucho al pensamiento y la vida cristiana.

[2] “Da la impresión de que la ‘producción teológica’ de siempre se está agotando en su capacidad de decir algo que pueda interesar a los más amplios sectores de la opinión publica, mientras que la ‘producción atea’, siendo de una calidad teológica muy discutible y con frecuencia bastante débil, sin embargo es un hecho que son muchos los que en eso encuentran un sentido y una respuesta que no suelen encontrar en los que hablamos o escribimos desde la etiqueta de ‘profesionales’ de la teología. El hecho es que el esoterismo o la crítica teológica interesan más y a bastante más gente que la teología erudita con cuño de ortodoxia”:  J. M. CASTILLO, La humanización de Dios,  Ed. Trotta, Madrid 2009, p.18.

[3] Literatos o artistas trabajan constantemente este texto: Cf A. MARCOS; Los bienaventurados,  Ed. Universidad de Salamanca, Salamanca 2022.

[4] La expresión basileia tôn ouranôn viene en: Mt 32,;4,17; 5,3.10.19ab.20; 7,21ab; 8,11; 10,7; 11,11.12; 13,11.24.31.33.44. 45.47.52; 16,19; 18,1.3.4.23; 19,12.14.23.24; 20,1; 22,2; 23,13, 25,1.

[5] Cf  F. AIZPURÚA, Discernimiento del compromiso ante las pobrezas,  Ed. Frontera, Vitoria 2010, pp.58-60.

[6] Texto atribuido a K. Rahner., citado en D. ALEIXANDRE, Las puertas de la tarde. Envejecer con esplendor,  Ed. Sal Terrae, Santander 2007, p.21.

[7] “En el contexto cultural de las sociedades del honor, ‘Dichosos…’ significaría: ‘Qué honorables…’. Por otra parte, ‘¡Ay de…’ connota: ‘Qué falta de vergüenza…’”.: B. J. MALINA-R. L. ROHRBAUGH, Los evangelios sinópticos y la cultura mediterránea del siglo I. Comentario desde las ciencias sociales,  Ed. Verbo Divino, Estella 1996, p..244.

[8] A. CABALLERO-F. AIZPURÚA, La VR a la escucha del grito de la tierra y de los empobrecidos. Pobreza evangélica y compromiso,  Ed. Frontera, Vitoria 2015, p.55.

[9] J. PELÁEZ, La otra lectura de los Evangelios II. Ciclo C,  Ed. El Almendro, Córdoba 1988, p.176.

[10] Nos basaremos en el cap.5 (“Por el reino y contra mamón”) del libro de J. ARREGI OLAIZOLA, Invitación a la esperanza, Ed. Herder, pp.103ss.

[11] La vieja canción de Serrat “Utopía” sigue siendo un auténtico himno de vida.

[12] EG 186-216.

[13] J. ARREGUI, op.cit., p.118-119.

[14] Ver el artículo paradigmático en este sentido de A. PÉREZ REVERTE, “Los godos del emperador Valente” en XLSemanal - 13/9/2015.

[15] E. CARRÈRE en  “CARRÈRE: ‘El cristianismo es un invento revolucionario’”, en Babelia-El País, 14-9-2015.