CUIDAR LA FRAGILIDAD

La conversión entendida como ética del cuidado

 

         Los periódicos nos sorprenden con descubrimientos de los orígenes humanos que iluminan nuestro presente. Según reciente artículo de Science (enero 2015) la mano humana tiene más de tres millones de años. El uso prensil del pulgar constituye, al decir de los científicos, un hito en el proceso de humanización porque habría permitido al austrolopiteco africano manejar herramientas con precisión y sutileza. Y también le habría permitido tocar, acaricia y, con ello, cuidar. La ética descuidado es tan antigua como el caminar humano.

         Por eso, cuando proponemos el cuidado como motivo de reflexión estamos entroncando con lo más profundo de la historia humana, con su mayor verdad. Este tipo de reflexiones da fondo a lo humano, contribuye a consolidar el cimiento sobre el que, ulteriormente, se puede construir cualquier edificio espiritual. Sin estos cultivos las raíces de lo humano quedan desasistidas y, por ello, el peligro de espiritualidades sin base humana se hace evidente. Una espiritualidad sin base humana es un fantasma sin carne, cuando no un peligro evidente de fundamentalismo.

         Muy bien lo ha visto el Papa Francisco cuando en su texto La alegría del Evangelio dedica todo un apartado (nºs 219-216) a este tema de “cuidar la fragilidad”. Dice que esa y no otra ha sido la actitud de Jesús y que por ello “los lentos, débiles o menos dotados” han de tener un sitio en el hecho social. Pondrá ejemplos concretos: los migrantes, la trata de personas, las mujeres excluidas, los niños por nacer, la misma creación. Dice en el nº 216: “Pequeños pero fuertes en el amor de Dios, como san Francisco de Asís, todos los cristianos estamos llamados a cuidar de la fragilidad del pueblo y del mundo en que vivimos”.

         Cuando llega la Cuaresma se escucha en ámbitos cristianos que es tiempo de conversión. Pero, dejado en la inconcretez, el aviso no cobra perfiles de vida y se diluye. ¿Y si entendiéramos la conversión este año como un compromiso más evidente de cuidar la fragilidad propia y ajena? ¿Y si midiéramos nuestro nivel reconversión por el nivel de nuestro cuidado? ¿Y si los frágiles sociales, cercanos y lejanos, ocuparan un poco más de espacio en nuestro horizonte vital? Esa sí que sería una conversión interesante, asentada en el cimiento de lo humano y, a la vez, altamente espiritual.

 

1. Que nadie por tu culpa…

 

         Comenzamos nuestra reflexión con un poema de Amalia Bautista que, más allá de sus formulaciones negativas, invita a vivir y tratar los demás con ese cuidado que demanda lo humano para que pueda prosperar.

 

Que nadie por tu culpa haya pasado hambre,

haya sentido miedo o frío.

Que nadie haya dejado de vivir por tu culpa,

ni temido la muerte, ni deseado morir.

Que ninguno haya dicho tu nombre con espanto

o mirado tu rostro con desprecio.

Que los demás te lloren cuando partas.

Así tu corazón no habrá albergado el plomo

que lastra las mudanzas.

Así tu corazón será más leve

que la más leve pluma.

 

  • Que nadie por tu culpa…: La ética del cuidado lleva emparejada la de la responsabilidad. Hay que apercibirse de la responsabilidad que tenemos en el descuido de los débiles sociales. Decir: no es cosa mía, yo no tengo la culpa, es una ceguera y una irresponsabilidad. Hay que mirar, hay que condolerse, hay que verse afectado.
  • Hambre, frío, miedo, muerte…: Cualquiera de las variantes de la herida humana ha de ser mirada de frente. Honradez con lo real. En menos de diez pasos llegas al umbral de la casa del hambre o del frío y el miedo, o de la misma muerte. Esa casa está cerca de la tuya.
  • Un rostro benévolo: Comencemos por ahí. Que el rostro, las actitudes más elementales no se apunten a la lista del desentendimiento, aislamiento, individualismo, indiferencia.
  • Que las lágrimas de quienes te lloran no sea solamente por tu ausencia: Sino por la pérdida de un cuidador de la vida, por el desamparo de quien siente que un cuidador/a aún tenía tarea por cuidar los caminos humanos.
  • El plomola levedad: Cuidar es transformar el plomo en levedad, cambiar la losa en aire libre, echar al fondo del mar las penas que no tienen por qué comernos el terreno de la dicha. Algo de eso es cuidar.

 

2. Una parábola de siempre: Lc 10,25-37

 

         Es cierto que, para todos los guisos, estamos recurriendo a los mismos textos. Pero es que las parábolas son insondables, inagotables en su sencillez. Y esta del samaritano compasivo es especialmente rica. Ahí está el cristianismo originario. Tan lejos que nos hemos ido (“si Jesús volviera, habría que explicarle todo”, dijo Rahner), este texto nos remite al punto inicial, a aquel que nunca debimos abandonar porque fue el de Jesús y habría de ser el de todo seguidor/a (“Haz tú lo mismo”).

         Es que ahí se describe el mecanismo de amparo, de cuidado, que se desencadena en la vida de quien entiende de qué va esto del reino de Dios, de la nueva fraternidad, el sueño de Jesús. No nos cansemos de leerla:

 

         25En esto se levantó un jurista y le preguntó para ponerlo a prueba: -Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar vida definitiva? 26Él le dijo: ¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo es eso que recitas? 27Éste contestó: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo” (Dt 6,5; Lev 19,18). 28Él le dijo: -Bien contestado. Haz eso y tendrás vida. 29Pero el otro, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: -Y ¿quién es mi prójimo? 30Tomando pie de esta pregunta dijo Jesús: -Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y lo asaltaron unos bandidos; lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon dejándole medio muerto. 31Coincidió que bajaba un sacerdote por aquel camino; al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. 32Lo mismo hizo un clérigo que llegó a aquel sitio; al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. 33Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba el hombre y, al verlo, se conmovió, 34se acercó a él y le vendó las heridas echándoles aceite y vino; luego lo montó en su propia cabalgadura, lo llevó a la posada y lo cuidó. 35Al día siguiente, sacó dos denarios y dándoselos al posadero, le dijo: -“Cuida de él, y lo que gastes de más te lo pagaré a mi vuelta”. 36¿Qué te parece? ¿Cuál de estos tres se hizo prójimo del que cayó en manos de los bandidos? 37El jurista respondió: -El que tuvo compasión de él. Jesús le dijo: Pues anda, haz tú lo mismo.

 

         Hemos explicado muchas veces esta parábola en todos sus detalles. Vamos a hacerlo esta vez en modos de una narración ficticia.

 

        Yo tenía mi nombre. Me llamaba Abner. Era un buen jurista, del grupo fariseo. Aquel maestro pobretón, llamado Jesús nos estaba metiendo demasiado el dedo en el ojo. Quise aprovechar una ocasión para ridiculizarlo, para ponerlo en evidencia, para que la gente se diera cuenta de que era un simple, un cualquiera. La pelota me vino a la mano en aquella ocasión en tierras de Samaría. Le hice la pregunta del millón: “¿Qué hay que hacer para heredar vida definitiva?” En nuestras discusiones rabínicas habíamos debatido esa cuestión hasta la saciedad sin hallar una respuesta clara. ¡La vida definitiva! Quedaba lejos y se podía decir lo que se quisiera.

        Me devolvió la pelota: “¿Cómo es eso que recitas?”. No me iba a dejar en evidencia y le dije de corrida las leyes básicas del Deuteronomio y del Levítico. Se ve que él no tenía ganas de litigar porque me dijo: “Muy bien. Haz eso y tendrás vida”, como dando por zanjada la cuestión.

         Pero yo no me amilanaba fácilmente. Y para quedar bien y para dejar bien al gremio de estudiosos al que pertenecía le lancé una segunda cuestión: “Y ¿quién es mi prójimo?”. Como si yo no lo supiera desde niño, desde siempre. Era nuestro modo rabínico de razonar: devolverla pelota para ver cómo se defiende el otro. Y él aceptó el reto. Me miró a los ojos, hasta entonces no lo había hecho. Lo que iba a decir lo decía para todos, pero lo decía especialmente para mí. Por eso no olvidaré nunca cuando se dio la vuelta y, al hacerle yo la pregunta, me miró no con ira, ni con pena, ni con desprecio, sino con ese brillo en los ojos que solamente aparece en la mirada de quien ama de verdad. Me miró y me amó, me miró y me desarmó. Mi supuesta ciencia se esfumó ante aquella mirada como deshace la niebla ante un sol potente.

        Y sin apartar sus ojos de los míos desgranó aquella parábola que, por mucho que se la lea miles de veces, no pierde ni un ápice de vigor, de hermosura y de estremecimiento. Estábamos en tierras de Samaría.

        Aquí mismo, en este camino hacia Jericó, decía, un hombre fue asaltado por bandidos. Yo había oído historias de esas muchas veces. Los caminos de pedregoso desiertote Judá eran caminos de bandoleros. La gente que caminaba sola arriesgaba mucho. Un asaltado, desnudado, molido a palos, robado y dejado por muerto. Alimento para las hienas que salen a la noche de sus guaridas. Lo vieron caído un sacerdote y un clérigo, pero dice que dieron un rodeo. No querían implicarse, no les importaba el caído aunque era de su “parroquia” porque, como ellos, venía de Jerusalén. Lo vieron pero siguieron en su conciencia aislada. Por eso, pasaron de largo sin ningún remordimiento.

        Pero luego, y aquí su mirada se hizo más intensa, pasó un maldito samaritano, un apestado social, una persona de dudosa reputación porque andar por posadas era lo mismo que abandonar a la propia mujer en casa dejándola expuesta a mil atropellos. Un paria social. Pero resulta que aquel desgraciado tenía ojos y corazón. Lo vió y se conmovió. El maestro galileo hizo una pausa, como si a él también se le quebrara la voz, como si supiera bien qué era eso de conmoverse por dentro. Como si me dijera: si no te conmueves nunca entenderás lo que quiero decirte, si no se te revuelven las tripas ante un caído en el camino, mejor que te vayas.

        Hizo una pausa que a mí se me hizo muy larga. Como seguía yo allí, continuó. Aquel maldito samaritano empezó a desarrollar un humilde trabajo de amparo con el caído. Lo hacía como mecánicamente, aunque en realidad era una cascada de amor brotando de un corazón fundamentalmente bueno. Se acercó para ver bien en qué estado lamentable se encontraba aquel caído sin importarle que fuera un judío de los que se reían e insultaban a los samaritanos. Era un herido al que había que socorrer, a quien había que alejar de las fieras de la noche, porque, aunque fuera un judío, su necesidad estaba por encima de todo.

        No había tiempo que perder; la noche se echaba encima y Jericó aún quedaba lejos. Como era un viajero llevaba aceite y vino para preparar sus comidas cuando se detenía a reponer fuerzas. Eran productos preciosos y caros, pero no dudó en untar con generosidad las heridas y hematomas del caído. Con los paños de su pobre ajuar hizo unas vendas y cubrió las brechas y los golpes. Las manos de aquel hombre, decía el galileo, eran las manos del mismo Dios. Dios estaba curando a aquel desgraciado. Con esfuerzo lo montó en su cabalgadura. El enfermo arriba, él a pie. El mundo al revés: un samaritano que cede su cabalgadura a un judío herido. Muchos en su pueblo se habrían reído de él. Pero a aquel samaritano le pareció cosa evidente: el débil debía ser señor y el fuerte siervo. Así los vio entrar el posadero cuando llegaron a Jericó caída la noche.

        Pasó la noche con él, mirándole de vez en cuando, vigilando su sueño, dándole, cada cierto tiempo, un poco de agua. Lo mismo que hace Dios: acompañar los agitados sueños de nuestra vida. Lo mismo que hace Dios: y me miraba con más intensidad. Con el alba él tenía que proseguir su camino; era trabajador, vivía de sus negocios. Pero aflojó la bolsa y dio un poco de dinero al posadero, no tenía mucho. Dos denarios, el jornal de dos días de cualquier trabajador del campo que va a la vendimia. Pero no se desentendió sin más. Prometió volver y prometió pagar. Lo mismo que Dios, que vuelve y paga cada día.

        Cuando me dijo “Haz tú lo mismo” entendí: Haz como Dios. El dardo de su mirada me atravesó. Desde entonces no he olvidado aquellos ojos. Cuando subía el camino del desierto hacia Jerusalén iba rumiando sus palabras y recordando aquella mirada. Nunca la olvidé. Los evangelios nada más dicen de mí. Pero aquel día aprendí de Dios más que en toda mi vida de estudios. Y desde aquel día miro en la dirección de los frágiles y me repito lo que me dijo: Haz como Dios…haz como Dios.

 

 

3. Repercusiones de la espiritualidad del cuidado

 

         L. Boff escribió librito luminosos: El cuidado esencial  (Trotta, Madrid 2002). En él nos inspiramos para estas reflexiones. Voces diferentes que cantan el mismo estribillo del cuidado:

  • Un fenómeno biológico: Eso es, a la base, el cuidado. No es un milagro religioso, sino algo inscrito en los genes de lo humano. No ha sido la lucha por la supervivencia del más fuerte lo que ha garantizado la continuidad de la vida, sino la cooperación y la coexistencia entre ellos. Los homínidos de hace millones de años se hicieron humanos en la medida en que compartieron entre ellos, cada vez más, los resultados de la cosecha y de la caza, así como su afecto. Y de ahí brotó la solidaridad y el cuidado (la mandíbula de Dmanisi es una prueba de ello). El lenguaje y hasta el uso prensil de la mano surgieron en en el interior de este dinamismo de amor y de compartir.
  • La justa medida del cuidado: Es aquella que se alcanza a través del reconocimiento realista del otro, con sus límites y valores. Lo que lleva a la aceptación humilde de “lo otro” como parte de lo mío. Y conlleva la óptima utilización de los límites: puedo cuidar hasta donde puedo cuidar. Así se confiere sostenibilidad a todos los procesos, a la Tierra, a la sociedad, a la persona. El cuidado es un acto humano en todos sus límites.
  • Ternura vital: La ternura es sinónimo del cuidado. Es el afecto que brindamos a las personas y el cuidado que aplicamos a sus situaciones existenciales. Es un conocimiento que va más allá de la razón, e inteligencia que intuye y va hasta lo profundo y establece la comunión. La ternura es cuidado sin obsesión. La ternura irrumpe en el sujeto cuando éste se descentra de sí mismo y sale en la dirección del otro, siente como el otro, participa en lo del otro y se deja tocar por la historia de su vida. La relación de ternura no implica angustia porque no busca ventajas ni dominación. La ternura es el deseo profundo de compartir caminos.
  • La caricia esencial: La caricia es una de las expresiones máximas del cuidado. El órgano de la caricia es la mano, pero es más que una mano: a través de la mano se revela el ser que quiere tocar lo profundo del corazón de la persona, el yo verdadero. Exige la renuncia a cualquier otra intención que no sea la experiencia de querer y amar. Nunca hay caricia en la violencia que echa abajo la puerta, cuando se invade la intimidad de la persona. No es lo mismo acariciar que aferrar. Las caricias no pueden ser contratos.
  • La amabilidad fundamental: Es aquel “ver con el corazón” del que hablaba El Principito. La amabilidad supone la capacidad de sentir el corazón del otro y el corazón secreto de todas las cosas. La persona amable ausculta, pega el oído a la realidad, presta atención y pone cuidado en todas las cosas.
  • La convivencialidad necesaria: Es la capacidad de que convivan producción y cuidado, efectividad y compasión, pertenencia mutua entre sociedad y naturaleza. Combina el valor técnico con el valor ético. Una economía de bienes materiales ha de ir unida a una economía de cualidades humanas. Solamente así se podrá poner límites a la voracidad del poder-dominación, de la producción-explotación.
  • La compasión radical: La com-pasión no es un sentimiento menor de piedad hacia quien sufre. No es algo pasivo sino muy activo. Es la capacidad de com-partir la pasión del otro y con el otro. Se trata de salir del propio círculo y entrar en la galaxia del otro en cuanto otro, para sufrir con él, alegrarse con él, caminar junto a él y construir la vida en sinergia con él.

 

4. Concretizaciones del cuidado

 

         ¿Cómo poner carne y rostro a esta espiritualidad? ¿Cómo apuntar a caminos posibles para que una persona se anime a entrar en la espiritualidad del cuidado, a convertirse cuidando? Demos alguna pista:

1)   Cuida el planeta: Ya vamos aprendiendo. Somos más cuidadosos/as, aunque siempre se puede hacer más. Pero quizá haya que conseguir otra mirada sobre lo creado, no solamente como algo fuera de mí, sino como algo de lo que hago parte. Casa común, barca donde navegamos todos, hermandad real…Una mirada nueva sobre casa criatura que se mueve. Eso sería algo estupendo, verdadera “conversión”.

2)   Cuida el nicho ecológico: Cuidar el ecosistema natural y social en el que se desarrolla la vida. No se trata de patriotismos excluyentes, sino una promesa de fidelidad a la tierra concreta en la que hoy se desarrolla tu vida. Eso hará posible que, por lo que sea, cambies de “nicho” y también lo puedas amar. Porque los amores son conjugables, mezclables, sumables. 

3)   Cuida la sociedad de todos: Y eso significa que tienen que caber todos, que pueden hacer parte todos, que hay posibilidad de que todos, sea quien sea, se sienta a la mesa. Conviértete a una comensalia social, a una mesa abierta, a una acogida fácil. Esa es buena conversión.

4)   Cuida del otro: Vela para que el diálogo con el otro sea liberador, interesante, jugoso, constructor de sendas de relación buena. Cuida tu rostro ante el otro, su mirada, su brillo, su trasfondo. Déjate convertir por el rostro del otro, por su mirada que interpela. No te acuestes sin haber mirado bien el rostro de alguien. Y si puedes mirar un rostro empobrecido, quizá sea eso el comienzo de algo.

5)   Cuida a los empobrecidos: Que es algo más que dar una ayuda, un socorro puntual, una pequeña opción de defensa de los frágiles. Interésate por sus caminos, aunque, a veces, parezcan meras estadísticas. Lee en la sociedad el derrotero de los que lo pasan peor. Apóyales, aunque tú estés mejor. No hables mal de ellos, aunque haya motivos (“Hablar mal de los pobres es hablar mal de Jesucristo”, decía san Francisco). Cree que la suerte de los frágiles depende el alguna medida, aunque sea pequeña, de tus comportamientos.

6)   Cuida de tu corporeidad: Que es más que la mera corporalidad. Es el ser humano como un todo vivo y orgánico que incluye la historia personal, los sentimientos, las maneras de ver la vida, la “mochila” que uno lleva consigo. Cuidar El cuerpo de uno es cuidar la piel y lo que hay debajo de la piel. Es cuidar la fragilidad de algo hermoso y vulnerable. Cuidar el cuerpo significa cuidar lo que nos va ocurriendo en la vida, compromisos y trabajos, encuentros y crisis, éxitos y fracasos, salud y sufrimiento. Así nos convertimos en personas maduras, autónomas, sabias y libres.

7)   Cuida de tu integridad: La persona es cuerpo, es mente, es espíritu. Todo junto y mezclado. Cuidar todas las dimensiones en el mayor equilibrio posible. No hace falta recurrir a trascendencias heterónomas. En la misma realidad humana hay espacio para todos estos elementos. Mantén una vida lo más sana posible, una mente lo más “higiénica” posible, un espíritu lo más luminoso posible.

8)   Cuida de tu alma: Que es lo mismo que decir: cuida tu interioridad, ese espacio de dentro del que depende mucho de comportamiento externo. Alimenta tus raíces, cuida tu espiritualidad básica, eso que alienta en el fondo de esta humilde realidad que es la vida. Cuida los sentimientos, los sueños, los deseos, las pasiones contradictorias, las utopías escondidas en el corazón. El cuidado es la dirección correcta.

9)   Cuida de tu espíritu: Que son los grandes sueños de Dios y los de la persona que coinciden ambos en el sueño de la fraternidad humana, universal. Mantén siempre vivas las grandes preguntas, aunque no logremos dar respuesta cumplida a muchas de estas. ¿Cuánta luz hace falta para iluminar lo oscuro? ¿Qué significa realmente estar perdidos en el universo? ¿Por qué lloramos la muerte de quienes amamos como algo irreversible? Cuidar el espíritu es no desistir de tal clase de preguntas. El cultivo de la mística colabora con la ética del cuidado.

 

Conclusión

 

         La Cuaresma prepara la Pascua. Si vivimos la Cuaresma de este año bajo la ética del cuidado, la Pascua habría que vivirla en la certeza del cuidado de Jesús Resucitado a nuestra existencia. Si estamos cuidados por él, la posibilidad de que nosotros nos cuidemos aumenta. Jesús es nuestro gran Cuidador, el más interesado en nuestro bien, en nuestra dicha. Desde ahí el tiempo de Pascua puede ser entendido y vivido como un tiempo de alegría honda y de sosiego.

 

5. Itinerario Cuaresmal

 

  • Primera semana (22-28 febrero): Reflexión: Relee estas notas para imbuirte un poco más de la espiritualidad del cuidado y sus consecuencias.
  • Segunda semana (1 al 7 de marzo): Palabra: Relee la parábola y paráfrasis del samaritano solidario y otros textos que te sean evocadores para la espiritualidad del cuidado (Mt 6,25 y ss).
  • Tercera semana (8-14 de marzo): Experiencia de cuidado con los que convives: Trata estos días de hacer una experiencia consciente de cuidado más intenso en la persona de aquello que son tu familia, con quienes convives a diario.
  • Cuarta semana (15 al 1 de marzo): Experiencia de cuidado social: Interésate por la marcha de l sociedad en estos tiempos movidos de elecciones. Enfoca el asunto desde el interés por cuidar una sociedad de la que haces parte.
  • Quinta semana (22 al 29 de marzo): Cuida tu experiencia creyente: Aprovecha los tiempos de oración, Palabra, eucaristía para ahondar en la certeza de que Jesús y el Padre cuidan de nuestros caminos. Enfoca la próxima Pascua como un tiempo de luz y de cuidado.

 

6. Oración

 

1. Canto de entrada

 

DICHOSO QUIEN SE ACUERDA DEL HERMANO

PORQUE CUMPLE EL MANDAMIENTO DEL SEÑOR (bis).

 

En su casa habrá riquezas y abundancia

cada día de lo suyo podrá dar.

Quien es justo, clemente y compasivo

 como luz en las tinieblas brillará.

 

2. Recuerdo…y deseo

 

Que nadie por tu culpa haya pasado hambre,

haya sentido miedo o frío.

Que nadie haya dejado de vivir por tu culpa,

ni temido la muerte, ni deseado morir.

Que ninguno haya dicho tu nombre con espanto

o mirado tu rostro con desprecio.

Que los demás te lloren cuando partas.

Así tu corazón no habrá albergado el plomo

que lastra las mudanzas.

Así tu corazón será más leve

que la más leve pluma.

 

3. Lectura del Papa Francisco

 

         “Jesús, el evangelizador por excelencia y el Evangelio en persona, se identifica especialmente con los más pequeños. Esto nos recuerda que todos los cristianos estamos llamados a cuidar de los más frágiles de la tierra. Pero en el vigente modelo ‘exitista’ y ‘privatista’ no parece tener sentido invertir para que los lentos, débiles o menos dotados puedan abrirse camino en la vida” (EG 209).

 

4. Oración común

 

¿Mi tierra? 
Mi tierra eres tú. 

¿Mi gente? 
Mi gente eres tú. 

El destierro y la muerte 
para mi están adonde 
no estés tú. 

¿Y mi vida? 
Dime, mi vida, 
¿qué es, si no eres tú?

L. Cernuda

 

5. Palabra evangélica

 

         “No andéis preocupados en exceso por la vida pensado qué vais a comer o beber, ni por el cuerpo pensando con qué os vais a vestir…Fijaos en los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan; y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellos?” (Mt 6,25ss).

 

6. Silencio y compartir

 

7. Oración común

 

         Que tus preocupaciones sean mis preocupaciones,

         Que tus caminos sean mis caminos,

         Que tus lágrimas sean mi llanto,

         Que tus alegrías me iluminen el rostro,

         Que tus palabras lleguen a mi alma,

         Que tu amparo sea mi casa,

         Que tu fe anime mi seguimiento,

         Que tu cuidado y el mío

         Reflejen el cuidado del Padre y de Jesús.

 

8. Padrenuestro

 

9. Nos bendecimos

 

El Señor nos bendiga y nos guarde; nos muestre su rostro y tenga misericordia de nosotros.  Vuelva su rostro a nosotros y nos dé la paz. El Señor nos bendiga en el nombre del Padre y del Hijo y del ES. Amén.

 

10. Canto final

 

CONFIAD SIEMPRE EN DIOS,

CONFIAD SIEMPRE EN DIOS,

ES EL CAMINO RECTO.

 

A menudo nada sabes del mañana,

estás desorientado y lleno de cuidados,

nada ves, todo te parece estar sin salida

pero tú, sabes que el Señor te ayudará.