CVF 

Domingo 14 de diciembre de 2014

 

VOLVER A JESÚS

 Plan de oración con Filipenses

 

11. Filp 2,25-30

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Texto:

               

                Cuando se habla de que alguien se ha jugado el cuelo por una causa y, sobre todo, por amor y entrega a una persona, todos nos admiramos y reconocemos su enorme valía. Dar cosas a otro es asunto loable. Pero dar la vida a otro, exponerla  por el bien del otro es harina de otro costal. Muchas personas no dan nada y menos su vida. Pero siempre ha habido en el caminar humano personas que, incomprensiblemente, han creído que era hermoso entregar la vida a la causa de los demás. Lo han hecho por motivos religiosos o filantrópicos o, simplemente, por un hondo y oscuro movimiento de amor hacia el otro. Hay gente que ha hecho esto de golpe; hay gente que los va haciendo poco a poco, cada día. Exponer la vida es prueba máxima de amor, de amistad hondísima.

                Algo de eso le ha pasado a Pablo en relación con la comunidad de Filipos: ellos no solamente le han ayudado en momentos muy difíciles para él, sino que alguno de los miembros de la comunidad ha expuesto su vida por ayudarle. Da su nombre: Epafrodito que “estuvo para morirse” cuando fue a socorrer a Pablo. ¿Cómo no iba Pablo a llevar a aquella comunidad en lo hondo del corazón? Era la prueba máxima de amistad. No es de extrañar que dijera que, de haber ocurrido su muerte, la pena habría caído sobre su corazón.

 

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La sociedad nos ayuda a volver a Jesús:

 

                Esta es la Hna Paciencia, religiosa africana que se contagió del ébola por atender a un enfermo y que, posteriormente, ayudó con su propia sangre a que la enfermera española Teresa Romero saliera de las garras de esa gravísima enfermedad. Dice que lo haría mil veces porque “dar vida a otros es lo más hermoso que se puede hacer en la tierra”. Dar vida hasta el límite, de una vez o cada día, ese es buen camino de humanidad.

                Oramos: Gracias por quienes dan vida sin reservas; gracias por quienes, dando vida, se sienten felices; gracias por quienes dan vida en maneras sencillas y cotidianas.

 

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Volver al Jesús del Evangelio:

 

                No descubrimos nada nuevo si decimos que Jesús cumple lo que Pablo dice de Epafrodito y mucho más: ha dado vida hasta el límite, incluso cuando ese límite ha sido violento e injusto. Lo tenía claro: “Yo he venido para que tengan vida, y la vida les rebose” (Jn 10,10)  Lo suyo no era hablar de Dios, traer una religión, demandar una moral distinta. Lo suyo era dar vida rebosante. Ese es el sentido hondamente verdadero de su vida.

                Oramos: Gracias, Señor, dador de vida; gracias por tu vida rebosante; gracias por no haberte guardado el valor de tu vida.

 

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Volver a los valores hondos:

 

                Una valor hondo es el de ser generoso con la vida. Ser generoso con cosas, con dinero, con tiempo, con ayuda son cosas muy valiosas. Pero ser generoso con el corazón es otro paso. Es algo más que simples sentimientos. Es estar dispuesto a apoyar al otro con lo más valioso que tiene tu vida, tus días, tu aprecio, tu comprensión, tu cercanía, tu fidelidad, tu abrazo, tu fraterno cuestionamiento, tu consejo, tu escucha activa, tu estar ahí.

                Oramos: Que la generosidad toque el corazón; que la generosidad tome rostro cercano, que la generosidad sea creativa.

 

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Volvemos a la comunidad:

 

                Podemos, lo sabemos, ayudarnos a esas entregas de fondo que aunque no comprometan la vida en modos extremos la van moldeando con la realidad de los otros. Vidas entrelazadas y vidas expuestas. Algo de eso es lo que puede irnos aportando el trabajo orante. Asís es, si orar no llevara a mezclar nuestras vidas cada día más sería un mero ejercicio religioso. Por eso, quien ora, mezcla su vida con quienes ora.

                Oramos. Que mezclemos nuestra oración y nuestra vida; que nos miremos y nos sintamos relacionados, que nos importen y amemos los caminos de los otros.

 

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Palabras que alientan:

 

Que nadie por tu culpa haya pasado hambre,

haya sentido miedo o frío.

Que nadie haya dejado de vivir por tu culpa,

ni temido la muerte, ni deseado morir.

Que ninguno haya dicho tu nombre con espanto

o mirado tu rostro con desprecio.

Que los demás te lloren cuando partas.

Así tu corazón no habrá albergado el plomo

que lastra las mudanzas.

Así tu corazón será más leve

que la más leve pluma.

 

Amalia Bautista

 

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Tu parte:

 

                Admira y valora a quien se entrega a fondo. Anímate a imitarles en lo que puedas.

                              

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