CVF 

Domingo 30 de noviembre de 2014

 

VOLVER A JESÚS

 Plan de oración con Filipenses

 

9. Filp 2,16-18

 

Introducción:

 

                La sangre derramada es un fracaso, el mayor de los fracasos. Da igual que sea la sangre quienes mueren en la guerra, en atentados, en crímenes o en martirios. La sangre derramada es un fracaso porque la sangre es el lugar de la vida y derramar la vida, aun por las causas consideradas más nobles, no deja de ser un fracaso rotundo. La única sangre “derramada” llena de humanidad es la de los donantes de sangre que, con parte de la suya, dan vida a otros. Por eso, exaltar a los mártires, de cualquier condición que sean, es una inhumanidad. No ponemos en duda la ofrenda de quienes se entregan hasta el final. Pero hacerlo con la sangre es un fracaso. Los humanos habríamos de haber encontrado, hace ya tiempo, el camino hermoso de la entrega sin sangre, la entrega del amor.

                Es que san Pablo, contagiado de la mística martirial de la época, dice que la entrega de su sangre será un éxito del que hay que alegrarse y celebrarlo. Lo sentimos, pero estamos “contra Pablo”. Es verdad que valoramos su decisión de ir hasta el final y si ello implica la donación de la vida nos quitamos el sombrero. Pero, aun así, no deja de ser un fracaso. El verdadero éxito habría sido que, mediante la entrega de los cristianos, hasta los paganos descubrieran ahí un camino de amor. Si no lo descubrieron y el cristianismo fue causa de muerte, eso es, no lo dudemos, un fracaso que estamos llamados a corregir. Entregar la vida por una religión es un desatino; hacerlo por otro es, por un lado, un tremendo gesto de amor. Por otro, un fracaso, porque existen caminos de entrega sin sangre. Habría que dar con ellos.

 

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Texto:

                Ésa será mi gloria el día del Mesías: la prueba de que no he corrido ni me he fatigado en vano. 17Y si ahora debo derramar mi sangre como libación sobre el sacrificio y la liturgia de vuestra fe, me alegro y lo celebro con vosotros; 18también vosotros, alegraos y celebradlo conmigo.

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La sociedad nos ayuda a volver a Jesús:

 

            Esta es la juez argentina María Servini que ha ordenado la detención de varios ministros españoles de la época franquista por sus posibles crímenes y represalias contra los republicanos. Más allá de connotaciones políticas traemos a colación esto para percibir, una vez más, la inutilidad de la sangre derramada y su pervivencia en el tiempo como una “inutilidad” a la que hoy quizá habría que juzgar y condenar. Se derramó la sangre por unos “ideales” político. Ahora se ve que fue una necedad.

                Oramos: Que nunca derramemos la sangre de nadie; que veamos la necedad de toda sangre derramada; que anhelemos la justicia para aquellas personas cuya sangre fue derramada injustamente.

 

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Volver al Jesús del Evangelio:

 

                Uno de los “valores” de la vida de Jesús es la injusticia y la inutilidad de su muerte. Es verdad que poner la firma a lo se ha dicho y se ha vivido con la sangre propia derramada violentamente es dar carta de ciudadanía a una vida. Pero la muerte violenta de Jesús fue, en el fondo, su mayor fracaso. La dicha que sembró, la alegría que suscitó, la compasión que produjo, el amor que sembró y difundió, esos fueron, no lo dudemos, sus grandes éxitos. Eso habría que celebrar de él como un triunfo, no su cruz.

                Oramos: Gracias, Señor, por la dicha que sembraste; gracias por la alegría que suscitaste; gracias por la compasión que tuviste.   

 

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Volver a los valores hondos:

 

                Un valor social hondo al que habría que volver sería el de hacer todo lo posible por evitar la muerte de otra persona. Quien lo ha hecho, merece estar en el panteón de los verdaderamente humanos. Evitar una muerte violenta es un signo vivo de lo que Dios quiere hacer con nosotros: evitar nuestra muerte en cualquiera de los sentidos. Es que quien evita la muerte está diciendo con ello que se sitúa al lado de lo vivo de manera decidida y práctica. Quien da vida es benefactor de la vida.

                Oramos: Que demos vida y evitemos así la muerte; que nos opongamos a toda práctica que conlleve la muerte de otro; que nos ilusionen los trabajos de quienes quieren evitar la muerte de sus semejantes.

 

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Volvemos a la comunidad:

 

                Nuestra comunidad virtual es una comunidad que no demanda “dar la sangre”, sino darnos comprensión, acompañamiento, apoyo. Ese ha de ser nuestro mayor éxito. No se nos exige la sangre; pero sí se nos demanda que compartamos, cuanto más podamos, los valores del corazón. Eso es lo que ha de dar sentido a este tipo de relación humana y creyente. Nuestra mística “martirial” es la de la bondad del corazón ofrecido al otro/a.

                Oramos: Que nos comprendamos por amor; que nos acompañemos por amor; que nos apoyemos por amor.            

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Palabras que alientan:

 

Y si el final

no fuera más que un algo

que se enciende

hacia otra parte. 

La fruta

tras el hueso de la fruta. 

La caricia que crea

la carne

en su caída. 

 

Vanesa Pérez-Sauqillo

 

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Tu parte:

 

                Intenta estos días no hacer daño a nadie, no se causa de “muerte” para nadie.

                              

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