CVJ 

Domingo, 5 de mayo de 2013

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

144. Jn 21,24-25

 

Introducción:

 

                En la vida hay muchas cosas “indecibles” que no se pueden expresar. Quedan en lo oculto, solamente se dicen en balbuceos, pero están ahí. Quizá sean las cosas más hermosas, porque al ser vividas en lo profundo, en lo más interior, no son fáciles de decir. Pero se adivinan en la mirada brillante, en los gestos de entrega, en la evidente sensación de estar a gusto con quien se ama y aprecia. Eso que pasa dentro y que no se dice es el río de agua que riega las raíces de la vida. Valorar lo que no se dice es valorar lo vivo de la experiencia humana y creyente.

                Es que, tras tan largo recorrido, el colofón del  Evangelio de Juan dice que “hay otras muchas cosas que hizo Jesús” que no han sido escritas. Quedan en el silencio, en el interior de la historia. Nunca las sabremos, aunque nos gustaría mucho conocerlas. Su reino es el reino del silencio y de la verdad. El silencio porque quedarán envueltas en él para siempre. La verdad porque, aunque no las conozcamos, se vivieron. Nunca sabremos el tono de su voz, la fuerza de sus manos, el brillo de sus ojos. Nunca conoceremos las confidencias en la noche, los compartires después de la oración, los abrazos animosos. Nunca podremos saber, más que por el espejo de los Evangelios, la hondura de sus sueños, la vibración de sus anhelos más personales, lo más original de sus posturas creyentes. Todo un mundo que ha pasado al silencio, a la honda oscuridad, al olvido, pero no a la irrealidad ni a la pérdida. Lo que sabemos de él es hermoso; pero el silencio cae sobre el resto, sobre todo lo demás, y lo envuelve con el manto de la verdad.

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Texto:

 

24Éste es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito: y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero.

                25Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que los libros no cabrían ni en todo el mundo.

 

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Ventana abierta:

 

 

                Esta foto es de Galilea, la tierra del Señor. Son los montes que el vio, los caminos por los que él anduvo. Guardan sus secretos, las palabras que no fueron escritos, los cantos que no hemos escuchado, las lágrimas de las que no ha quedado rastro. Pero no quiere decir que no existieran. Han quedado ocultas ahí, pero siguen siendo verdad para nosotros. Por eso anhelamos conocer esa tierra, para acercarnos a lo que no se dijo, para escuchar el latido de lo que encierra.

                Oramos: Gracias, Señor, por lo que nos dejaste y por lo que viviste aunque no lo conozcamos; gracias por sembrar tu vida en nuestros caminos; gracias por estar con nosotros más allá de tu silencio.

 

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Desde la persona de Jesús:

 

                El evangelista se empeña, lo dice expresamente, en “dar testimonio”. Siempre habrá gente que dé testimonio de que lo más importante de la vida se nos va de las manos como la arena entre los dedos. Y dará testimonio de eso hondo que no se ve con modos de vida sencillos y comunes, fraternos y agradecidos, cariñosos y amables. No se quebrarán ante el odio ni el desamor, no les desarbolarán las traiciones ni los engaños. Seguirán amando y acompañando eso hondo que no aparece a los ojos. Testigos en la vida.

                Oramos: Gracias, Señor, por quienes aman sencillamente; gracias por los tenaces en amar la vida; gracias por quienes ven más allá de lo que se ve.

               

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Ahondamiento personal:

 

                Una de las mejores maneras de percibir que uno ha captado el valor de lo que no se ve es vivir acompañando la vida de los demás. Acompañarse sin desaliento es una de las maneras más humanas de decir lo que es el amor. Por eso, al hacer de este tramo de nuestra vida una “vida acompañada” podemos decir, simplemente, que hemos hecho un tramo de vida en amor. Así, directamente.

                Oramos: Que nos sigamos acompañando, del modo que sea; que agradezcamos el acompañamiento vivido; que valoremos mucho a quien acompaña con ánimo.

 

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Desde la comunidad virtual:

 

                Algunos definen la oración como “escuchar lo que no se oye”. Algo de eso se puede decir de nuestro trabajo orante ahora que llegamos a su conclusión: hemos oído muchas cosas, nos hemos dicho también muchas, hemos compartido muchas pequeñas experiencias (o no tan pequeñas). Pero queda algo que no se oye, que no se dice, pero que permanece en el fondo del corazón, de la realidad personal. Habríamos de guardar todo eso como un tesoro.

                Oramos: Que tengamos por una suerte lo vivido y lo compartido; que tengamos por una suerte lo vivido y lo no compartido; que tengamos por una suerte a la Palabra y a las personas amigas.

 

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Poetización:

 

Nunca lo sabremos,

aunque lo intuimos.

Nunca llegaremos a sentir

la vibración interna de sus amigos/as

en las noches de confidencias.

Nunca percibiremos

el brillo de sus ojos,

el cielo de su sonrisa,

el sol de su rostro iluminado,

la firmeza de sus manos,

el calor de sus abrazos

o la hermosura pobre

de sus pies cansados.

Nunca sabremos

de sus sueños más acariciados,

de sus cantos más vibrantes,

de sus anhelos que se balbucean.

Nunca conoceremos

el amargor de sus desalientos,

la acidez de sus lágrimas,

la dureza de sus silencios.

Pero todo eso y más

está ahí,

en el fondo de la vida

como un tesoro de verdad.

Las páginas de su Evangelio

reflejan solamente un parte.

Pero lo demás está ahí,

llamándonos, animándonos

y confirmándonos

en la hermosa certeza

de que la nuestra es

una VIDA ACOMPAÑADA.

 

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Para esta semana:

 

                Que valoremos cordialmente hasta lo que no se ve.

 

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