CVJ 

Domingo, 10 de marzo de 2013

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

137. Jn 20,11-18

 

Introducción:

 

                Las personas tenemos un nombre. Tener un nombre no es una cuestión baladí. El nombre evoca mi unicidad, mi valor, mi anhelo de dicha, mi afán porque se me respete y se me considere. Aunque un nombre sea igual al otro, mi nombre es único, irrepetible. De ahí que el nombre de cada uno/a sea siempre música agradable a los oídos de cualquiera. Por eso menospreciar un nombre es como herir el corazón. Habríamos de ser cuidadosos con los nombres para no emponzoñarlos, amables con ellos para conducir a sus dueños al disfrute, valorativos con los nombres para indicar que lo que en el fondo se valora es la persona.

                El pasaje de esta semana es una “escena de reconocimiento”: María, que confunde a Jesús con el jardinero, le reconoce cuando él pronuncia su nombre: María. Es que su manera de pronunciar los nombres era distinta porque nombraba amando y la calidez del corazón se transmitía al vocablo. Tantas veces había pronunciado con amor el nombre de María que ésta, cuando lo oyó, lo reconoció de inmediato. El resucitado pronuncia nuestros nombres con amor. Ésa es una manera de decirnos el misterio de la resurrección.

 

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Texto:

 

11Fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro 12y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.

13Ellos le preguntan:

                -Mujer, ¿por qué lloras?

                Ella les contesta:

                -Porque se han llevado a mi señor y no sé dónde lo han puesto.

14Dicho esto da media vuelta y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. 15Jesús le dice:

                -Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quien buscas?

                Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta:

                -Señor, si tú te los has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré.

                16Jesús le dice:

                -¡María!

                Ella se vuelve y le dice en su lengua:

                -¡Rabboni!, que significa ¡Maestro!

                17Jesús le dice:

                -Suéltame, que todavía no he subido al Padre. Anda, ve a mis hermanos y diles:

                -Subo al Padre mío y al Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro.

18María Magdalena fue y anunció a los discípulos:

                -He visto al Señor y me ha dicho esto.

 

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Ventana abierta:

 

                Más allá de famoseo (Piqué/Sakira) esta foto refleja el amor de un padre a su hijo pequeñito. Da la impresión de que, con el beso, susurra su nombre (Milan). Toda la ternura se refleja en el rostro y en la actitud. Y aunque el pequeño, dormido, no se percate de ello, el nombre dicho con amor se abre camino hacia el corazón.

                Oramos: Que no nos cansemos de decir los nombres con amor; que pongamos freno a los nombres dichos con desamor; que oremos con nombres para hacernos más viva la presencia de las personas.

 

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Desde la persona de Jesús:

 

                El mensaje del resucitado es claro: “Subo a mi Padre que es vuestro Padre, a mi Dios que es vuestro Dios”. Entre Jesús, el Padre y nosotros se ha construido una relación tan fuerte que nadie podrá romperla. Si se rompiera, la resurrección de Jesús carecería de valor. Ése es el contenido profundo de los nombres pronunciados con amor: tu nombre lo pronuncia Dios quien, por amor, te hace de su familia.

                Oramos: Gracias, Señor, por hacernos de tu familia; gracias por llenar tu nombre de insondable amor; gracias por tu generosidad que no comprendemos.

               

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Ahondamiento personal:

 

                Dice María a sus hermanos que “el Señor me ha dicho esto”.  La indefinición de la expresión alude al mensaje y a lo de su nombre: me ha dicho que soy de su familia, que lleva mi nombre con él, que no lo sienta lejos sino totalmente cerca. Es un mensaje de esperanza afectuosa, de presencia nueva, de cercanía que reconforta la debilidad interior. Por eso tiene necesidad de decir su gozo a los demás.

                Oramos: Que hagamos familia con el mayor número posible de personas; que sintamos cerca de quien nos ha amado y nos ama; que nuestro corazón contenga el mayor número posible de nombres.

               

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Desde la comunidad virtual:

 

                En la comunidad virtual nos conocemos por el nombre y por más. Nos vamos conociendo en nuestras peculiaridades. No somos una comunidad informe, global, sino que cada uno/a es considerado y valorado por él mismo. El contacto con la Palabra, el trabajo orante, nos lleva a pronunciar los nombres con respeto y con amor.

                Oramos: Que la oración nos lleve a un creciente aprecio; que la Palabra nos empuje a un acercamiento mayor; que la convivencia nos haga más responsables unos de otros.

               

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Poetización:

 

No se cansaba

de pronunciar los nombres.

Siempre lo hacía con amor,

con la ternura solícita

de la madre que se inclina

hacia su niño.

A  todos agradaba

aquella música divina

porque intuían

que el nombre pronunciado por Jesús

era la manera

como nombraba el Padre.

No es de extrañar

que, resucitado,

cargara de más amor

los nombres pronunciados.

No es de extrañar

que a María

se le disipase

el velo de las lágrimas

cuando le oyó decir su nombres.

Y con el nombre vino

la verdad honda:

eres de mi familia.

Eso aumentó el gozo

y  le abrazó

como quien se abraza

al amor.

 

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Para esta semana:

 

                Di los nombres de las personas con aprecio. Trata de ampliar los límites de la familia con una buena relación social.

 

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