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La tarea de la reconciliación

CUANDO LA REALIDAD SE RECONCILIA CON EL DESEO.

UNA VISIÓN CRISTIANA DE LA RECONCILIACIÓN

 

            Trabajar en temas como el de la reconciliación puede producir, de salida, una sensación de hartazgo, de cosa ya sabida y de realidad que lleva a una situación sin salida. Sin embargo, lo ocurrido es distinto: en este país, y en cualquiera, los trabajos por la reconciliación social han sido siempre productivos, aunque el deseo no coincida con la realidad. Por eso, habrá que intentar reconciliar a ese anhelo con la cruda realidad, pero sabiendo siempre que el trabajo de quien construye la paz y propicia la reconciliación es siempre útil.

            El escritor, recientemente malogrado, A. Tabucchi dice, por boca del doctor Cardoso, al protagonista de Sostiene Pereira, tentado de desaliento y de conservadurismo: “Deje de situarse en el pasado; frecuente usted el futuro”. Eso habría que decir, una y mil veces, a nuestra sociedad: no se instale en el agravio, frecuente la reconciliación. Es cierto que la reconciliación ha de incluir, como pieza clave, la memoria. Pero el reto no está en la memoria, sino en la reconciliación, en la mirada nueva, humanizadora sobre un contexto de desencuentro.

            Cuando se pone un problema árduo sobre la mesa, y este lo es, los cristianos tendemos a volver la mirada sobre aquel que puede iluminar nuestros comportamientos sociales: la persona de Jesús. Y adelantamos que, para nosotros, es comprendido, en contra de ciertas tendencias sociales o bíblicas (como aquella de Cullmann en Jesús y los revolucionarios de su tiempo), como un pacifista activo. Usando la imagen del indignado, ahora tan de moda, la actividad reconciliadora de Jesús encaja mejor en el marco de la indignación que en el de un revolucionario violento.

            El volcánico Nietszhe que calificó a Dios como de “nuestra más larga mentira” o a los evangelios como “testimonio de la ya incontenible corrupción existente dentro de la primera comunidad” hace de Jesús una especie de pacifista que huye de la quema y se instala en una religión conformista que nada ni nadie turba. Pero nada más lejos de la realidad. “Jesús fue un indignado que adoptó una actitud de rebeldía frente al sistema y se comportó como un insumiso frente al orden establecido. El conflicto, nacido de la indignación, define su modo de ser, caracteriza su forma de vivir y constituye el criterio ético de su práctica liberadora. La insumisión y la resistencia fueron las opciones fundamentales durante los años de su actividad pública, tanto en el terreno religioso como en el político, ambos inseparables en una teocracia y la clave hermenéutica que explica su trágico final”[1].

            Nos hemos extendido en este punto preliminar porque esta es nuestra baza a la hora de proponer caminos de reconciliación desde el lado cristiano. De lo contrario, ¿desde dónde un cristiano va a poder argumentar? ¿Desde una Palabra, la Biblia, que es para muchos un libro violento que fomenta actitudes violentas? ¿Desde una historia cargada de sucesos violentos a los que, con frecuencia, ha contribuido la Iglesia? ¿Desde nuestras propias actitudes conformistas, huidizas, contemporizadoras, cobardes? Nosotros argumentamos desde Jesús y con Jesús. Desde ahí mismo nos miramos hoy para seguir preguntándonos, sin ceder al cansancio, por la tarea principal de la comunidad cristiana que es, como lo veremos, una tarea de reconciliación.

            José Saramago tiene en su obra El evangelio según Jesucristo un pavoroso capítulo donde, como en una visión, a Jesús se le revela todas las consecuencias que va a tener su religión en el mundo: todos los sufrimientos inútiles, las ofrendas, ayunos, penitencias que no han llevado a nada, los martirios insensatos, y luego la destrucción que acarrea el hecho religioso, la contribución a la muerte de quienes dicen creer en el Dios de la vida. Quizá pueda parecer exagerado, pero uno no se puede sustraer a una dura sensación de verdad. Pero como la verdad, la nuestra, nunca es absoluta, quiere uno colocar en ese terrible fresco a todas aquellas personas, creyentes o no, que no han desistido de un camino humano reconciliado y fraterno: el utópico sueño de paz de Francisco de Asís que viaja a las cruzadas desarmado y amigable, por citar algo de otros tiempos; el pacifismo profético de un Charles Chaplin que sabe descubrir la vergüenza y la insensatez de toda dictadura en medio mismo de la vorágine, como lo hace en El gran dictador; el sueño profético y proverbial de Lutero King cumplido en parte en estos tiempos nuestros, tan excluyentes, que, mal que bien, no dudan en tener a un presidente de color negro en la primera potencia mundial; el anhelo de paz ante la avasalladora violencia que imbuyó al obispo vasco Labaka alanceado por los Tagaeri, siendo así que era él quien los salvaba del exterminio; la muerte humilde por la paz y por la bondad humana que sufrieron hace bien poco los monjes trapenses de Thiberine.  No se trata de justificarse con las obras de otros, sino de encontrar ánimos para no desistir de los trabajos artesanales de la paz, de no sucumbir al terrible desaliento de que soñar la paz y la reconciliación sea un sueño inútil. Con esta mística de resistencia en la que, como decía E. Sábato, anida la esperanza, afrontamos esta reflexión.

 

 

1. La luz de la Palabra

 

            Los textos del segundo Pablo (Efesios y Colosenses), textos de la tercera generación cristiana, ahondan en actitudes elementales de la vida para tratar de imbuirlas de la mística evangélica. Por eso, no es de extrañar que miren la inevitable realidad del conflicto humano y elaboren toda una espiritualidad de la reconciliación como comprensión básica del Evangelio y como tarea esencial de la comunidad de seguidores.

 

1. Reconciliados por un pobre puesto en cruz (Col 1,20)

 

            Si fuéramos a tratar el tema de la reconciliación en el segundo Pablo, habría que comenzar, desde el punto de vista literario, por Efesios ya que Colosenses tiene que ver con Efesios. Efectivamente, de los 155 versículos que componen Ef, 73 tienen paralelismos verbales con Col. Muchos contenidos teológicos y sus derivaciones son similares. Por eso, no ha de extrañar que ambos textos se abran con un punto de partida similar: la gran idea de la reconciliación de todo en Cristo, la anakephalaiôsis de Ef 1,10 y el apokatallassô de Col 1,20. Esta certeza es la que da sentido a la obra de Jesús y a la de la comunidad. Pero en Col se añade un dato más: la reconciliación se hará “después de hacer la paz por su sangre derramada en la cruz” (Eirênopoiêsas dia touto haimatos tou staurou autou, 1,20). Es decir, la reconciliación no se lleva a efecto mediante una gran maniobra espiritual, por caminos de gloria religiosa u otra, sino a través de la obra de un pobre puesto en cruz. Esto marca ya una perspectiva: la pretendida supremacía de Cristo sobre los seres angélicos o demoníacos no obvia su pobreza histórica. Más aún, es en esa pobreza donde habrá que descubrir la plenitud que es capaz de salvar.

            Así es Jesús “imagen de Dios invisible” (Hos estin eikôn tou Theou tou aoratou, 1,15). No lo es por un camino extrahistórico y sublime que ningún humano haya podido alcanzar jamás, sino por la más vulgar y dolorosa de las sendas que se puedan tomar: la muerte injusta, la violencia que sufre una víctima. Mirar al crucificado (como en Jn 3,13ss) desvela el rostro de Dios y su mano trabajadora que reconcilia la historia.

            Jesús ha hecho toda una obra de reconciliación desde el madero de la cruz:

  • Ha llevado al creyente a la verdadera circuncisión “una circuncisión no hecha por hombres” (Peritomê akheiropoiêtô, 2,11), la verdadera circuncisión en la vida que lleva a un reordenamiento de las estructuras básicas poniendo coto a los “bajos instintos”, a las más hondas contradicciones del subsuelo personal (En tê apekdusei tou sômatos tês sarkos, 2,11).
  • Además, ha asociado al creyente a su resurrección, a dinamismo salvífico más vivo, “por la misma fuerza con que Dios lo resucitó a él de la muerte” (En hô  kai synêgerthête dia tês pisteôs tês energeias tou Theou tou egeirantos auton ek nekrôn, 2,12). El dinamismo resurreccional pasa al creyente con la misma fuerza que ha obrado en la persona de Jesús.
  • En tercer lugar, ha dado vida por un hondo y definitivo perdón: “Dios os dio vida con él, cuando nos perdonó a nosotros todos nuestros delitos” (Sunezôopoiêsen hymas syn autô kharisamenos hêmin panta ta paraptômata, 2,13). Es un perdón que nunca se vuelve atrás porque está asociado a la verdad de Jesús y su hecho resurreccional.
  • Así, la exigencia de la Ley ha sido igualmente clavada en la cruz, crucificada como lo es un criminal, “barrida de en medio clavándola en la cruz” (Kai auto êrken ek tou mesou prosêlôsas auto tô staurô, 2,14). Ha sido descalificada y ha suprimido la obligación que imponía aquella Ley “cancelando el recibo que nos pasaban los preceptos de la Ley” (Exaleipsas to kath’hêmôn kheirographon tois dogmasin ho ên hypenantion hêmin, 2,14a).
  • Todos los poderes que pretendían esclavizar a la persona han sido despojados de su vigor, ofreciéndolos “en espectáculo público” (Edeigmatisen en parrêsia, 2,15b).
  • En definitiva, el pobre crucificado se ha convertido en un auténtico triunfador, uno que justamente por asumir los fondos de su historia pobre ha encontrado para sí y para nosotros el camino de la plenitud. La paradoja que supone la pobreza de la cruz entendida como total posibilidad cobra aquí la categoría de cimiento de la experiencia de Jesús que se describirá después.

  

2. Lo fundamental: tarea reconciliadora de la comunidad humana (Ef 1,10)

 

            Iniciemos nuestra lectura sincrónica por lo fundamental: según Efesios, lo que Dios quiere realizar en la historia, y en lo que la comunidad cristiana ha de jugar un papel activo, es poner en pie una gran obra de reconciliación. Viene dicho desde el himno-pórtico de la carta: Dios “nos ha revelado su designio secreto” (Gnôrisas hêmin to mystêrion tou thelêmatos autou, 1,9), su sueño más querido: “llevar la historia a su plenitud, haciendo la unidad del universo por medio del Mesías Jesús, de lo terrestre y de lo celeste” (Eis oikonomian tou plêrômatos tôn kairôn, anakephalaiôsasthai ta panta en tô Khristô, ta epi tois ouranois kai ta epi tês gês en autô, 1,10). Esta es la gran obra que Jesús y su Espíritu van haciendo en la historia: una unificación que apunte a la plenitud. Incluso lo cósmico, “lo celeste” entra en esta dinámica. Resuenan como llenos de sentido los planteamientos del P.Teilhard de Chardin cuando hablaba en sus obras del famoso “punto Omega” en el que confluirá el universo teniendo por centro a Cristo (Cf P.Teilhard de Chardin, Himno al universo,  p.16-22). De ahí que, como luego se dirá, los esfuerzos de la comunidad creyente tienen que estar orientados en esa misma dirección: hacer obra de reconciliación de confluencia, de unificación, de fraterna globalización.

            Para mostrar la posibilidad y hasta la evidencia de esta gran certeza creyente, Efesios recurre a lo que ha ocurrido en la misma comunidad cristiana: de dos pueblos (el pagano y el judío), Jesús ha hecho un solo pueblo: “de los dos pueblos hizo uno y derribó la barrera divisoria…así, con los dos, creó en sí mismo una humanidad nueva” (Hina tous duo ktisê en autô eis hena kainon anthrôpon poiôn eirênên, 2,15b). Esta evidencia de la humanidad nueva, reconciliada, ha de ser la gran aspiración de la comunidad. Su gran tarea, trabajar en la línea de la reconciliación social.

            La herramienta y el fruto de esta tarea de reconciliación es, sin duda, el logro de la paz. Efesios actualiza una frase de Isaías: Por Jesús, Dios “anunció la paz a los que estabais lejos y la paz a los que estaban cerca” (Is 57,19; Euêngelisato eirênên hymin tois markan kai eirênên tois engys, 2,15). La paz es el rostro de la reconciliación y ésta la certeza de que la comunidad camina en la línea del secreto designo, del sueño de Dios sobre la historia. Esa es la manera de tener “acceso al Padre” (Pros ton patera, 2,18b). Todo se nubla cuando se pierde esta orientación reconciliadora; el camino histórico de la comunidad se ilumina cuando se camina en esa dirección.

            Este es el cimiento sobre el que se construye el verdadero “cuerpo” de la comunidad y de la sociedad. Así se construye el verdadero templo, el “templo consagrado al Señor” (Naon hagion en kyriô, 2,21b), el edificio de una vida humanizada. Esta obra nueva y magnífica no la construye únicamente la comunidad cristiana, sino que ha de hacerlo “con los demás”, con toda persona. Evidentemente no estamos hablando de templos religiosos (hasta la metáfora está superada, aunque tiene su novedad al plantear un templo no religioso), sino de un tipo de relación social armónica, respetuosa, pacificada y, en suma, fraterna. Anidan aquí los mejores sueños de la utopía cristiana y de Dios mismo. Relegarlos por inalcanzables es renunciar a lo mejor del horizonte evangélico.

 

2. Derivaciones

 

            Estos rasgos básicos de los textos deuteropaulinos nos ayudan a verter luz sobre nuestros comportamientos sociales. Hagamos algunos subrayados:

 

  • La cruz de una vida entregada: Tendemos a pensar que la cruz por la que Jesús reconcilia a la historia es un acto, algo absurdo en su tremendismo, de entrega final. Pero en realidad, la cruz, el “seguir con la cruz” (Lc 9,23-26) es una realidad que acompaña todo el camino humano. Es decir, la reconciliación por la pobreza de la cruz es la reconciliación por todo el camino vital generoso y entregado. ¿Cómo ver lo que hay detrás de la cruz que reconcilia al hecho humano? ¿Qué es lo que puede impactar de una vida hecha para la reconciliación de tal manera que uno se anime a ir copiando ese programa? Respondemos con un párrafo de J. Sobrino: “De Jesús impactaba la misericordia y la primariedad que le otorgaba: nada hay más acá ni más allá de ella, y desde ella define la verdad de Dios y del ser humano. De Jesús impactaba su honradez con lo real y su voluntad de verdad, su juicio sobre la situación de las mayorías oprimidas y de las minorías opresoras, ser voz de los sin voz y voz contra los que tienen demasiada voz, e impactaba su reacción hacia esa realidad: ser defensor de los débiles y denuncia y desenmascaramiento de los opresores. De Jesús impactaba su fidelidad para mantener honradez y justicia hasta el final en contra de crisis internas y de persecuciones externas. De Jesús impactaba su libertad para bendecir y maldecir, acudir a la sinagoga en sábado y violarlo, libertad, en definitiva, para que nada fuese obstáculo para hacer el bien. De Jesús impactaba que quería el fin de las desventuras de los pobres y la felicidad de sus seguidores, y de ahí sus bienaventuranzas. De Jesús impactaba que acogía a pecadores y marginados, que se sentaba a la mesa y celebraba con ellos, y que se alegraba de que Dios se revelaba a ellos. De Jesús impactaban sus signos -sólo modestos signos del reino- y su horizonte utópico que abarcaba a toda la sociedad, al mundo y a la historia. Finalmente, de Jesús impactaba que confiaba en un Dios bueno y cercano, a quien llamaba Padre, y que, a la vez, estaba disponible ante un Padre que sigue siendo Dios, misterio inmanipulable”[2]. ¿Se puede recuperar este impacto en nuestro hoy social? Sin ninguna duda. Quizá por él la figura de Jesús sigue atrayendo más allá de deformaciones y de traiciones.
  • La imperiosa necesidad de un trabajo de reconciliación, confluencia y unificación: Es el trabajo al que están llamadas las religiones, también la cristiana. Así lo ha visto, o al menos presentido, el autor de Efesios. Es una necesidad imperiosa, ya que llevamos muchos siglos bajo la insoportable certeza de que las religiones, en general, están contribuyendo a lo contrario. Posiblemente todas, y la cristiana en particular, tienen en su origen, en sus fundadores, el anhelo de un mundo en paz, confluyente, fraterno. Pero algo hace que esa utopía inicial no sepa encontrar, hablando de un modo general, los cauces adecuados. ¿Es únicamente el hecho de haberse echado en brazos del mecanismo peligroso de la religión? ¿O es algo más profundo? ¿No habrá que intentar humanizar la animalidad que hace parte de las estructuras más hondas de la persona, el “cainismo” que, con excesiva frecuencia, es el dinamismo por el que funcionan las personas y las culturas?[3]. Las religiones están llamadas a descender a ese sótano profundo y desmontar los mecanismos que bloquean todo proceso de unificación. A nivel personal se trata de controlar el mecanismo de juicio, el de apropiación, y el de responder con rechazo al amor rechazado. A nivel social habría que desactivar el mecanismo de “la caverna” (mi casa, mi cultura, mi religión, mi país, es el mejor, quizá el único; los demás son potencialmente peligrosos), el mecanismo del dominio como sistema de vida y el de la ignorancia de la pertenencia a lo universal que nos descuelga de la realidad. Aun con todo esto, los trabajos de confluencia, recapitulación, orientación común, plenitud social siempre serán arduos en esta fase inicial de la historia humana en la que aún estamos.
  • La necesidad de trabajar los perdones sociales: Cuando Juan Pablo II trazó en la Novo Millennio Ineunte los objetivos pastorales del nuevo milenio, puso, como uno de ellos el sacramento de la reconciliación (nº 37). Sin desdeñar ese planteamiento, ¿no estaría llamada la comunidad cristiana al cultivo, anhelo y colaboración para el logro de perdones sociales, más que religiosos? Efesios tiene como núcleo el anhelo de una reconciliación universal que supera el ámbito de las limitaciones morales o religiosas. Su marco referencial es la historia misma. Si se quiere ir caminando, siquiera modestamente, en la dirección de una reconciliación histórica los perdones sociales son pasos decisivos que nos acercan a ella. El perdón político, la justicia laboral, la relación Norte-Sur con su cúmulo enorme de injusticias, los desequilibrios culturales, la exclusión de la información, la manipulación mediática que vende la mentira como verdad, etc., son grandes pecados estructurales que es preciso trabajar en pro de la humanización y del acercamiento, por modesto que sea, a la confluencia universal, a la dicha común. El perdón religioso es camino menor al lado de estos grandes perdones. Ahí habrían de estar en primera fila todas las religiones.
  • El reto específico de la paz: Porque ese es el signo visible, según Efesios, de que se ha comprendido bien la finalidad elemental de la comunidad cristiana. Si la paz está ausente, se puede deducir que esta u otra religión no está atinando en su objetivo fundamental. La gran pregunta que el futuro hará a todas las religiones es, sin duda, ésta: ¿Qué hicisteis por la paz? Las religiones, salvo honrosas excepciones, no han logrado dar respuesta colectiva a esta pregunta. Aún es tiempo siempre que este reto sea encajado. Quizá haya que comenzar por valorar los pequeños logros en ese camino, más que por el estéril lamento o el anhelo de indudable buena voluntad pero de dudosa eficacia. Señalamos tres logros relativamente recientes: En mayo de 2007 se forma un gobierno de paz en Irlanda del Norte. Cuarenta años de guerra fratricida; más de tres mil muertos, miles y miles de heridos, innumerables familias destrozadas. Y, sin embargo, tras un calvario tan largo, ¡se llega a la paz! ¿Qué comunidad cristiana celebró ese día este acuerdo, quién agradeció al Señor por los “artífices” de esta paz? Aquel día el corazón del Padre, ansioso de paz, se estremeció de amor por sus hijos los hombres que, a pesar de todo, siguen buscando la paz. El segundo logro viene adherido a este primero: en enero de 2011 ETA declaró su alto el fuego. Es cierto que todo está en el aire, que toda la obra de reconciliación está por hacer; pero también es cierto que las pistolas están en silencio. ¿De dónde brotan tantas reticencias, incluso en medios cristianos, para celebrar este logro? ¿De la mera desconfianza hacia los que hasta ahora han asesinado o también de nuestra fragilidad para anhelar e idear caminos de paz? En noviembre de 2007 se firmó en la ONU una moratoria de la pena de muerte, rogando a los países que aún la tienen en la legislación que no la apliquen, cosa que, evidentemente, aún no hacen. Pero imaginemos que llegamos a la abolición de la pena de muerte legal. Un paso enorme hacia aquel mundo nuevo soñado por Ap 21,4 en que ya no habrá “ni muerte ni luto ni llanto”. Si abolimos una causa de muerte, quizá podamos soñar con abolir todas.  ¿Cuántas de nuestras comunidades se estremecieron de júbilo ante una noticia así? No creamos que estamos hablando de poca cosa: a pesar del secretismo que rodean estos hechos (¡por qué será!) se sabe que en el 2006 fueron ajusticiadas legalmente más de dos mil quinientas personas en el mundo. En el 2007 parece que fueron unas mil doscientas setenta.  Es cierto que hay otras muchas causas de muertes (guerras, terrorismo, violencias de género, etc.). Pero si “taponamos” una de las bocas de la muerte, su dentellada será menos dura, el día del Reino estará más próximo. La implicación en estos caminos hace verificable el tema de la paz porque, si no se “palpara”, ¿cómo íbamos a estar ciertos de que caminábamos hacia la plenitud del cosmos? ¿Cómo íbamos a pensar que la obra de reconciliación del pobre crucificado no estaba frustrándose?

 

 

3. Trabajos de reconciliación social

 

            Tratando de apuntar a la realidad y siempre en el marco del discernimiento y de la reflexión, queremos proponer, desde el lado cristiano, algunos caminos de reconciliación social que consideramos no solamente útiles sino, en algunos casos, imprescindibles.

 

1)      Los urgentes trabajos de los cristianos de una reconciliación existencial-social: A veces se tiene la fuerte sensación, e incluso la percepción, de que ciertas instancias cristianas, sea con su discurso o con sus actuaciones concretas en materia social y sobre todo moral generan no solamente un indudable desasosiego sino, más al fondo, una fractura social de fuerte calado[4]. Como estamos persuadidos de que ese desencuentro que afecta tanto a la vida de un país es evitable por el camino de la reconciliación, nos parece lícito desear que, por medio del respeto a la indudable diversidad social, el diálogo como medida siempre más efectiva que la condena, la discusión leal como ejercicio de responsabilidad cívica, y el no hacer manifestaciones desde la realidad de los propios fantasmas o desde trayectorias que no se quieren abandonar serían herramientas para una reconciliación social. Esto llevaría a un bienestar existencial del hecho ciudadano como ente vivo y sensible que es.

2)      Los trabajos de los amantes de la paz evangélica siempre necesarios para construir la reconciliación en la sociedad vasca: Nos parece que las instancias cristianas, por mero imperativo evangélico, no han de cansarse de intentar colaborar a la efectiva reconciliación de la sociedad vasca, trabajo, que como todos los de esta clase, van siempre para largo. No creemos que esto se pueda logar en una especie de bandería sobre los posicionamientos de una u otra instancia religiosa en un lado o en otro del conflicto[5]. Primero porque creemos que, de una u otra forma, siempre se ha estado del lado la víctima y en contra del victimario aunque no siempre se haya sabido solucionar el enorme dilema social, moral y político que esto acarrea con frecuencia en el momento preciso. De ahí que nos parezca que colaborar a la construcción de la paz evangélica, paz que está fuera y más allá de marcos religiosos, quizá pase por situar la participación de los creyentes en el marco de lo cívico, de lo ético, de lo humano. Y, aun valorando todos los trabajos realizados en orden a esta reconciliación por personas creyentes individuales, nos parece que es la comunidad cristiana como tal la que está llamada a esta tarea[6]. Y, por ello, las respuestas y aportaciones a estos trabajos han de provenir de instancias comunitarias que son más fiables y más seguras en este mundo espinoso y nada fácil de la reconciliación social.

3)      El decidido apoyo a quienes básicamente son constructores de la paz: Porque, en todo hecho humano, no se puede pedir una coherencia y una ausencia de toda sospecha, consideramos que es preciso que los cristianos, si quieren ser comunidad reconciliadora desde el punto de vista social, apoyen a colectivos populares que se han significado, desde diversos lados del espectro social, por los trabajos en torno a la paz social en nuestro país[7]. El apoyo no significa comunión con sus objetivos sociales o políticos, sino una “ingenuidad” evangélica para unirse a quienes tienen en su horizonte el sueño de una sociedad pacificada, respetuosa con la vida y las personas, amante de los derechos fundamentales. Todos nos percatamos de que un anhelo de paz social que no sobrepasa la frontera de la oración, del discurso o de la proclamación de principios queda muy incompleta.

4)      La valoración de los colectivos que hacen siembra de paz: Son colectivos que apuntan, sobre todo, a la ciudadanía del futuro, a los más jóvenes, y tratan de hacer ahí una siembra de paz por medio, entre otros métodos, de la difusión de la espiritualidad de elaboración de conflictos[8]. El conflicto que está a la base de lo humano y de lo social puede ser encarado, trabajado, situado de modo que, aunque no haya solución, se convierta en trampolín para un posible acercamiento y convivencia de las partes en litigio. El apoyo de las entidades cristianas a estas iniciativas debería ser generoso, institucional incluso, de modo que no se tambaleen por falta de medios humanos. Los recursos empleados en el apoyo a estos colectivos son recursos benditos.

5)      El impagable apoyo a los “seminarios para la paz”: Porque aunque ese tipo de seminarios suelen, con frecuencia, dedicarse a estudios “teóricos” sobre los conflictos en el mundo, sus ponderadas opiniones son parte del cimiento de la futura ciudad de la paz[9]. El apoyo por parte de las comunidades cristianas habría de concretarse en cercanía afectiva y efectiva real, oferta de personas preparadas para colaborar en esta clase de tareas, disponibilidad y acogidas a sus iniciativas en orden a su difusión. La “oscuridad” en la que, con frecuencia, trabajan estos colectivos merece que, en los ámbitos cristianos, encuentren un eco y un altavoz que colabore a que sus trabajos lleguen al mayor número posible de ciudadanos.

6)      Una escuela cristiana de mediación social: La Iglesia tiene multitud de centros de formación teológica en los que se enseñan las ciencias eclesiásticas en programas prácticamente similares. Pero el difícil tema de la mediación social (y no digamos nada de la mediación política) no tiene, que sepamos, una “escuela” especializada que pueda preparar a algunas personas, laicas o clérigos, en la mediación social. Y lo peor no es que no se tenga, sino que no parezca haber demanda, que no se sienta esto con la urgencia que proviene del sueño mismo del Jesús evangélico. El anhelo por una institución así, el sentimiento de su necesidad, el contagio de ese deseo quizá pueda hacer surgir un día la persona o la comunidad cristiana que se anime a impulsar un proyecto concreto de este talante.

7)      La creación, tanto a nivel diocesano, como parroquial o de comunidad cristiana concreta de comisiones específicas de Justicia y Paz: Ya que resulta excepcional que en el organigrama de una Diócesis y, menos todavía de una parroquia, haya una comisión de Justicia y Paz. Los trabajos de un colectivo así, además de contribuir, siquiera modestamente, al gran sueño de Jesús del “reino de Dios y su justicia”, son un elemento catequizador del colectivo cristiano no solamente en torno a temas concretos de justicia sino, más básicamente, a la reconciliación. Efectivamente, todos sabemos que la reconciliación sin el elemento esencial de la justicia y de la paz es un a entelequia. Trabajar esto a nivel de base eclesial sería una magnífica contribución a la reconciliación social y un aire fresco a la espiritualidad cristiana a veces envejecida por sus prácticas religiosas atrapadas en la rutina.

 

Conclusión

 

            Dice taxativamente 2 Cor 5,18: “Dios nos reconcilió consigo a través del Mesías y nos encomendó la tarea de la reconciliación”. Efectivamente, esa es la tarea de la comunidad cristiana, no una tarea más. Ese ha de ser el test por el que medir el nivel real de nuestra adhesión a Jesús. Y, justamente, eso es lo que nos está demandando la sociedad. Que la tarea vaya adelante y que la obra de Jesús no se frustre en nosotros.

 

Fidel Aizpurúa Donazar

 

 



[1] J.J.TAMAYO, Jesús indignado. Por eso lo mataron,  en El País, viernes 5 de abril de 2012, p.23.

[2] J. SOBRINO, La fe en Jesucristo, Ensayo desde las víctimas, Madrid 2007, p. 207.

[3] A. WENIN, La Bible ou la violence surmontée, Paris 2008, pp.62-66.

[4] Nos referimos a asuntos como el de la homosexualidad denunciada en términos socialmente hirientes en la homilía del viernes santo de 2012 por el señor Obispo de Alcalá: R.MONTERO, Empeorando, en El País martes 10 de abril de 2012, p.56; Gais, prostitución e infierno, en Ibid., p.28; E. LINDO, Sermoneando, en El País, miércoles 11 de abril de 2012, p.56; Un obispo en su estela,  en Ibid.,  p.26.

[5] Hacer de las misas por las víctimas un asunto de posicionamiento político nos parece un falseamiento del sentido de la eucaristía y un terreno muy peligroso el tema de la reconciliación social: C.S. MACÍAS, Justicia en la Iglesia vasca. Por primera vez se dedicarán oraciones a la víctimas de ETA, en La Razón, viernes 5 de abril de 2012, p.46.

[6] Trayectoria que queda resumida en notas como la publicada en el artículo de M. CEBERIO, El obispo Uriarte visita en prisión a Díaz Usabiaga,  en El País, lunes 9 de abril de 2012, p.18 en relación con los trabajos mediadores de D, Juan María Uriarte.

[7] Nos referimos a grupos como Lokarri, Gesto u otros.

[8] Estamos hablando de centros como Baketik de Aránzazu.

[9] Pensamos en colectivos como el Seminario para Investigación de la Paz (SIP) de Zaragoza.

13/04/2012 10:05 fiaiz #. CONFERENCIAS

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