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FIAIZ

Juan 50

CVJ

Domingo, 13 de junio de 2010

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

 

50. Jn 8,13-18

 

Introducción:

 

                ¿Cuáles son tus avales? ¿Realmente en qué se o en quién se apoya? Pueden parecer preguntas filosóficas o fuera de la realidad. Pero, cuando se van acumulando años y experiencias no viene mal hacérselas. Vamos a decirlo de otra manera: de vez en cuando habría que mirarse las manos y preguntarse: ¿qué voy teniendo realmente entre las manos, eso que ya nadie me pueda quitar? Ante una pregunta así se esfuman las cosas, el dinero, las influencias, el pequeño poder que uno pueda acumular. ¿Y si tuviéramos entre las manos amistad, agradecimiento, personas a las que amamos, solidaridad, generosidad, gente que sale adelante por nuestro amparo, gozo por la vida, etc.? Esos serían nuestros “avales”, aquello que sostiene realmente nuestra vida. Volvemos a decirlo: no se trata de hacer filosofía barata. Se trata de mirar adentro y ver lo que hay. Es un ejercicio muy saludable.

                Jesús dice que el aval suyo, su verdadero apoyo, lo que realmente le va quedando entre las manos es el amor del Padre, su indudable amparo, su consuelo experimentado, su abrazo sentido, su mirada envolvente. ¿Puede ser éste el aval de una persona? Para Jesús lo era. Por eso, él no duda en decir que no está solo, sino que el Padre está siempre con él.

                Tener por aval, por apoyo, al Padre puede parecer una idea religiosa. Pero ¿si la hiciéramos vida, si fuera algo real, tocable, “evidente”? Esto nada tiene que ver con lo religioso; se trata de vivir una determinada experiencia, una concreta espiritualidad: saber que, pase por donde pase nuestra vida, el Padre hace parte de ella. Y por eso, la dura soledad no tendrá la última palabra que decir.

 

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Texto:

 

                        13Le dijeron los fariseos:

                -Tú das testimonio de ti mismo, tu testimonio no es válido.

                        14Jesús les contestó:

                -Aunque yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio es válido, porque sé de dónde he venido y a dónde voy; en cambio, vosotros no sabéis de dónde vengo ni a dónde voy.

                        15Vosotros juzgáis por lo exterior; yo no juzgo a nadie; 16o, si juzgo yo, mi juicio es legítimo, porque yo no estoy solo, sino que estoy con el que me ha enviado, el Padre. 17Y también en vuestra ley está escrito que el testimonio de dos es válido. 18Yo doy testimonio de mí mismo, y además da testimonio de mí el que me envió, el Padre.

 

 

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Ventana abierta:

 

 

Vivió prácticamente toda su vida en la habitación de un hospital. Desde los tres años, cuando fue abandonado en las puertas del hospital del Sergas, hasta los 80, Agapito Pazos hizo toda su vida en la habitación 415 de un centro hospitalario. Enfermo de distrofia muscular y con una discapacidad psíquica, Pazos solamente dejó las instalaciones durante dos días, cuando un celador se lo llevó a ver el mar a las Rías Baixas. El resto del tiempo lo pasó en su habitación, viendo la televisión, disfrutando del queso y aborreciendo la sopa, según recoge La Voz de Galicia. Contaba con ciertos privilegios: la cama orientada hacia la ventana, cubiertos con sus iniciales y los mimos de los enfermeros y médicos. En el hospital le recuerdan como a una persona tierna, con un poco de “mala uva a la vez. ¿Qué avales tienen los débiles? Su demanda de justicia, la ternura que suscitan, la habilidad para entender la vida más allá de sus limitaciones. Y detrás: los brazos del mismo Dios. Como Jesús.

Oramos: Gracias, Señor, porque los pobres tienen tu aval; gracias por quienes avalan a los débiles; gracias por estar detrás de quien sufre.

 

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Desde la persona de Jesús:

 

                Jesús dice que sabe “de dónde ha venido”. No pensemos que se refiere al cielo, ni cosas así. Él sabe que viene del amor del Padre, de su experiencia de vida, de su contacto animador. Él sabe que sin el Padre su vida no tendría sentido y que sus pasos perderían norte. Él sabe bien que si le quitan la certeza de que el Padre vive con él, su vida se nubla y los porqué vitales se oscurecen. Por eso dice que viene de esa luz, de esa certeza, de esa verdad comprobada. Estamos asomándonos a las fuentes de la espiritualidad de Jesús, de su más honda verdad. Miremos.

                Oramos: Te alabamos, Señor, por tu certeza en el amor del Padre; Te alabamos porque nunca dudaste de que el Padre iba contigo; te alabamos porque siempre miraste el rostro del Padre con amor.

 

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Ahondamiento personal:

 

                No es difícil admitir que todos tenemos una formidable sed de autoafirmación: queremos que se nos considere, hacer parte de la “pomada”, saber que se nos tiene por gente valiosa. Eso lo hacemos, a veces, a costa de los demás. El Evangelio propone ser uno mismo por la certeza de que el Padre acompaña su vida y la sostiene. Es decir, saber que el Padre nos ampara no es una idea religiosa sino una certeza de vida. ¿Podríamos aspirar a tener ese tipo de experiencia, similar a la de Jesús? En la medida en que lo logremos, nuestra vida tendrá mucho más sosiego, paz, hondura, gozo, tranqulidad de fondo.

                Oramos: Que nuestra vida sea crecientemente sosegada por tu amparo, señor; que nuestra vida sea crecientemente gozosa por tu abrazo, Señor; que nuestra vida sea crecientemente serena por tu mirada, Señor.

 

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Desde la comunidad virtual:

 

                No vamos a exagerar diciendo que, dentro de nuestros avales de vida, la comunidad virtual es un aval central, pero sí que es algo que va quedando en el fondo de nuestras manos. Así pertenecer al grupo que ora con la Palabra pasa de ser una cosa algo “pintoresca” a una pequeña verdad de vida: nos vamos uniendo cada vez más en torno a la Palabra. Y esta carrera de fondo nos hace mucho mejores personas y también más cercanos a la realidad de Jesús. Si eso va quedando dentro, es mucho lo que va quedando.

                Oramos: Gracias, Señor, porque vamos siendo, los unos/as para los otros/as, aval y amparo; gracias porque el trabajo orante va quedando en el fondo de nuestras manos; gracias porque nos ayudamos a estar más cercanos a la realidad de Jesús.

 

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Para orar:

Una querencia tengo por tu acento,
una apetencia por tu compañía
y una dolencia de melancolía
por la ausencia del aire de tu viento.

Paciencia necesita mi tormento,
urgencia de tu garza galanía,
tu clemencia solar mi helado día,
tu asistencia la herida en que lo cuento.

¡Ay querencia, dolencia y apetencia!:
tus sustanciales besos, mi sustento,
me faltan y me muero sobre mayo.

Quiero que vengas, Dios, desde tu ausencia,
a serenar la sien del pensamiento
que desahoga en mí su eterno rayo.

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