CAMINOS FRANCISCANOS

PARA VOLVER A JESÚS

 

         No cabe duda de que el tema de “volver a Jesús” está de moda. Basta mirar las muchas publicaciones que aparecen con esa idea. ¿Qué es lo que se pretende con este “movimiento”? «Volver a Jesús es reavivar nuestra relación con él. Dejarnos alcanzar por su persona. Dejarnos seducir no solo por una causa, un ideal, una misión, una religión, sino por la persona de Jesús, por el Dios vivo encarnado en él. Dejarnos transformar poco a poco por ese Dios apasionado por una vida más digna, más humana y dichosa para todos, empezando por los últimos, los más pequeños, indefensos y excluidos», dice J. A. Pagola.

         Se trata, pues, de “reavivar”  la experiencia de Jesús, que tiende a “morirse” y que el mecanismo religioso, sin más, no logra mantener viva. Se anhela dejarse “alcanzar” por la persona de Jesús para lo que es necesario hacerle un sitio en el propio centro del yo que tiene que desplazarse para controlar la conciencia aislada, la enfermedad del yo y la autorreferencialidad. No se trata de un convencimiento ideológico, sino de una “seducción”, un quedar atrapado en los movimientos del corazón, no sobre todo, en los razonamientos de la cabeza sabiendo que esa seducción es principalmente por una persona, Jesús y que funciona como todas las seducciones, por un no saber que brota del amor. Y, desde un lado más histórico, es vibrar con algo tan básico como la dignidad de la persona donde se muestra la pasión de Dios y donde verifica la pasión por la persona. No nos extrañe que esta hermosa espiritualidad prenda en el corazón de no pocos creyentes interesados.

         Pues bien, Francisco y Clara de Asís fueron creyentes que, en su día, vivieron e impulsaron una decidida vuelta al Evangelio y a la persona de Jesús. Fueron en su época, en frase de san Buenaventura, “una luz en medio de la niebla” (LM Prólogo 1). ¿Podrían serlo en la nuestra? ¿Podría ser su camino, convenientemente adaptado, una senda útil para nosotros? Esta es la intuición de un curso como el presente: volver a recrear algunos aspectos básicos del franciscanismo que puedan llevarnos a valorar en maneras renovadas el camino del mismo Jesús, su persona. Al fin y al cabo nosotros no seguimos a Francisco ni a Clara, queremos seguir a Jesús. Él es sentido para nuestra vida. La intuición franciscana es cauce para dar con la senda de Jesús.

 

 

1

EL CAMINO DE LA HUMILDE HUMANIDAD

 

         Cuando hablamos de “humilde humanidad” no nos estamos refiriendo a algo virtuoso, sino a una realidad existencial: la certeza de que el itinerario humano es limitado, aunque hermoso. Se trata de aprender a situarse en lo que realmente somos, en nuestra interdependencia, en nuestra limitación por encima de la complejidad biológica, en la insignificancia cósmica más allá de toda relevancia. Somos lo que somos, y eso habría de llevarnos a descubrir el extraño valor de lo humilde.

         El giro que Francisco da a su vida se debe, en gran medida, al descubrimiento de la humanidad humilde, a la percepción de que la amargura de los leprosos conduce a su corazón humano (Test 2) y que la propia amargura personal lleva a la más personal de las humanidades (1R 23,5.8). Desde ahí ha descubierto al Jesús humilde (1R 9,5), en una cultura donde la persona de Cristo era enmarcada en los títulos y modos imperiales. Así es como él ha descubierto que su lugar en la vida estaba con los “crucíferos” (VerAl 14), con aquellos que constaban en los archivos municipales y no eran ciudadanos. Descubriremos estos caminos de humanidad en un tema marginal del PCl.

         Las FMM califican a María de la Pasión como mujer de “extraordinaria humanidad”. Pues una manera de cultivar ese rasgos es trabajar el camino humano como cauce bueno de espiritualidad.

         Entender lo cristiano como descubrimiento del valor de la humilde humanidad puede parecer cosa de poca monta. Pero contribuye a un cambio profundo en nuestra manera de entender a Dios y de entender la fraternidad, Démonos a ello.

 

a)  La voz de los textos franciscanos: PCl III,9

 

Hay en el Proceso de santa Clara un rasgo mínimo, pero elocuente, que queremos subrayar aquí: de los veinte testigos cuya deposición recoge el documento, cinco consignan que Clara, durante toda su vida, cuidó de las enfermas y se reservó el servicio humildísimo de limpiar sus bacines.

         ¿No era Clara la abadesa, por más que tal título no le gustara del todo? ¿No era la fundadora? Había abadesas en la Edad Media con “jurisdicción episcopal”, dueñas de vidas y de haciendas. El estilo “abacial” de Clara nada tiene que ver con esta clase de figuras medievales y el hecho insólito de los dichosos “bacines” está indicando en qué clase de urdimbre antropológica urde Clara su vivencia de la fraternidad. Esa clase de signos, aparte de ser leídos como una cuestión de humildad (así lo hará básicamente PCl) han de ser entendidos como modos significativos de posturas profundas. Eso es lo que da a este asunto una dimensión reflexiva y espiritual que traspasa la mera anécdota.

«Aseguró también que fue tanta la humildad de la bienaventurada madre, que se despreciaba totalmente a sí misma, y anteponía a las demás, haciéndose inferior a todas, sirviéndolas y dándoles agua a las manos, y lavando con sus propias manos los bacines de las hermanas enfermas, y hasta lavando los pies de las serviciales».

El testimonio de este número proviene de sor Felipa de Leonardo de Gislerio. Hay que notar que el de esta hermana es, con mucho, el testimonio más largo de los veinte testigos del proceso. Ello indica que el tribunal ha juzgado de mucho interés la deposición de esta hermana como fuente de información sobre la realidad espiritual de Clara.

Como las testigos anteriores, posiblemente sea interrogada sobre la humildad de Clara. Su respuesta es tópica pero encadena una serie de valores que, al final, terminan dibujando el perfil de alguien dedicada por entero a la comunidad. Comienza diciendo que «se despreciaba totalmente a sí misma y anteponía a las demás, haciéndose inferior a todas». Puede ser esto considerado como un topos, pero quien ha vivido junto a ella treinta y ocho años y sigue teniendo esta valoración está indicando una cierta verdad antropológica.

En un segundo momento se concreta esto en tres acciones: a) «dándoles agua a las manos» (Dando l’acqua alle mane), como tarea de higiene cotidiana en manos que no debían ser muy pulcras dada la inexistencia de agua corriente y la escasez de jabón, a pesar de su existencia, cosa por la que hay quien aduce esto como una de las causas de la peste negra en el siglo XIV; b) «lavando con sus propias manos los bacines de las enfermas»: como la testigo de II,1 el inciso con le propie mane está hablando de una notable dedicación; c) «y hasta lavando los pies de las serviciales»: alude a las hermanas externas. También lo había dicho la testigo anterior. Por lo que sea, la testigo considera que este servicio era más arduo que el de los bacines. Se ve que el embarramiento de los caminos y la suciedad de las poblaciones hacían que los pies de esas hermanas estuvieran particularmente sucios.

En esta tarea se inserta el acto puntual del golpe que una de estas serviciales dio, involuntariamente suponemos, a Clara en el rostro cuando le lavaba los pies y que varias testigos reseñan. Da la impresión que esta clase de detalles tiene para el tribunal eclesiástico tanto o más valor que los milagros que la testigo, ésta en concreto, atribuyen a los supuestos milagros en vida de Clara.

Este tipo de prácticas fraternas no se podía haber mantenido como un rasgo de personalidad sin haber tenido como cimiento una valoración dignificadora de la persona de la hermana que se concreta en el coraje de ser hermana en los límites físicos. Clara ama el cuerpo de sus hermanas, incluso en sus límites, sobre todo en ellos. Para amar el cuerpo hace falta tener el coraje de amarlo en su debilidad, física u otra. El amor en la debilidad es el amor puro, libre de premios o pagos, de no ser la satisfacción de ver mejorado a quien anda en necesidad. El amor en la debilidad es el que muestra el verdadero rostro de la fraternidad. Así lo ha aprendido Clara de Francisco.

 

b)  La voz del Evangelio: Lc 12,35-38

 

«-Tened el delantal puesto y encendidos los candiles: pareceos a los que aguardan a que su amo vuelva de la boda para, cuando llegue, abrirle la puerta en cuanto llame. Dichosos esos criados, si el amo al llegar los encuentra en vela: os aseguro que será él quien se pondrá el delantal, los hará recostarse y les servirá uno a uno».

 

  • Pertenece este texto a Lc 12 que se inscribe en la primera parte del viaje de Jesús a Jerusalén y que quiere describir las actitudes del discípulo. Una de ellas es la vigilancia, un tema que vuelve con frecuencia en los evangelios (Mt 24,42-51; Mc 13,33-37).La cintura se ciñe con una cuerda o con un delantal para dejar más margen de actuación a quien va a ejercer algún tipo de trabajo doméstico. La segunda parte del pasaje indica un delantal que se pone para servir la comida. Se es vigilante si se pone uno el delantal de servir: en la humanidad que necesita ser servida se desvela el rostro de quien nos sirve, Jesús.
  • Al delantal le acompaña el candil. Estamos en épocas de fuerte oscuridad doméstica. En cuanto baja el sol, la casa queda a oscuras. Mientras esté encendida la luz del candil es señal de que alguien espera. Tanto el delantal puesto como el candil encendido aluden a una actitud viva, la de quien lee el camino de sus días como una realidad humana que se vive con interés, como quien ha escapado de la rutina, de la nostalgia, de dejar que las cosas corran sin finalidad. Son símbolos de vida en el marco de lo humilde.
  • Eso mismo indica la actitud de quien vigila para cuando llegue el amo, aunque a esta actitud le falta algo: ¿despiertos, para quién? El evangelio tendría que responder: despiertos para los humildes, para ver en los caminos de los humildes la verdad de la vida.
  • Se trastruecan los papeles: el amo se pone a servir con el delantal ceñido; el servidor es puesto en la mesa y es servido por el señor. Quizá aquí esté los más “revolucionario” de la imagen: hay que ejercer el señorío sobre la visa sirviendo a los humildes. En el servicio al frágil se encierra la verdadera manera de leer el camino de la historia. En las historias de las pobrezas están las verdaderas historias de lo humano que trata de ser igualitario y fraterno.
  • El humilde es obligado a “recostarse”, a comer como un señor (al estilo de los señores romanos) porque encierra todos los componentes del señorío. Y se le sirve “uno a uno”, en su individualidad, en su intransferible dignidad. Con todo el aprecio y cuidado que merece ser servida toda persona, singularmente los más humildes.

 

3. Otra manera de leer la historia

 

         Hasta ahora siempre se había leído la historia, el camino humano, desde el lado de los poderosos, de los dueños del sistema, de los fuertes, de los vencedores. Eso continúa, pero cada vez más se alzan voces, maneras de leer la vida que no vienen desde el lado de la fuerza y del triunfo, sino desde la dignidad. Esta nueva manera de leer habría de calar, por humanidad, por fe y por franciscanismo en nosotros. Francisco de Asís es alguien que ha logrado tener otra mirada para situarse en los márgenes y ver a la persona desde la perspectiva especial del Evangelio. Decirse franciscano y leer la realidad desde el brillo y el poder del sistema, no ser crítico, no tener sensibilidad para acoger las voces que vienen de la periferia es, digamos lo que digamos, algo extraño. Subrayemos algunas de esas voces sociales que leen el camino histórico de otra manera:

  • La discapacidad que no menoscaba la dignidad: El lenguaje no es inocuo. Por eso se aquilata socialmente cada vez más. Es un paso adelante denominar a uno “persona con discapacidad” y no “discapacitado”. La tenacidad y la lucha de las personas con discapacidad deja ver a las claras que son personas con valores y lucha en grado a veces muy superior a las personas sin discapacidad. Con eso se está ayudando a hacer una lectura distinta del valor de la persona: no reside en sus capacidades sino en su dignidad. Y por ello, toda persona es digna y han de ser más cuidadas aquellas situaciones personales que ponen en riesgo la certeza de la dignidad. Un paso importante en la lectura humanizadora de una historia limitada como la nuestra 
  • Los medios que hacen visibles a los invisibles: Hasta ahora, y ahora en gran parte también, la realidad de los invisibles, de los parias de la tierra, solamente la conocían ellos. Pero ahora, debido a los medios de comunicación, aunque muchas veces manipulados, la suerte de los invisibles y su duro camino humano es, en parte, conocido. Eso llega a empoderar a algunos y hacerles ver que su enrome pobreza no les priva de su dignidad. Es una forma de leer la realidad de los frágiles nueva, que tiene sus pros y sus contras. Pero los invisibles, los apátridas, los rohinyas, los torturados en Libia, los mineros de Kivu, los que atraviesan América Central, los desplazados en general tienen un sitio, reducido a veces, en los medios y eso contribuye a que una parte de la población reaccione. Otra, queda insensible o afianzada en su mentalidad excluyente, como siempre, no más que antes. Son maneras nuevas de leer la historia a favor de la dignidad y de los desposeídos. El día del reino, lejanísimo, se hace un poco más cercano.
  • Las redes que responden rápidamente a los ataques a la dignidad: Las redes sociales tienen muchísimas pegas. Pero tienen también sus ventajas. Una de ellas es que los atropellos que se hacen a la dignidad de los humildes, de las mujeres, de los desfavorecidos, reciben una rápida respuesta por un sector social con sensibilidad humana. Y del mismo modo que circulan injurias a manta, también circulan muchas defensas y valoraciones positivas de las personas frágiles. Sobra decir que, el franciscano/a que lee la historia ha de sumarse a quienes rompen lanzas por los frágiles y habría de distanciarse explícitamente de quienes los zahieren. 
  • Los coros que se suman al gran coro de la gestión ambiental: Porque hay mil matizaciones que hacer a todo el tema medioambiental. Pero es una realidad que cada vez se ve más claro que esto no tiene vuelta de hoja: el cuidado de la tierra es una tarea ineludible de la humanidad y una nota del comportamiento cristiano. De tal manera que eso hay que incorporarlo a la ética y la espiritualidad de la fe. Pues bien, resulta indiscutible que un sector social que antes era irrelevante, los adolescentes, se incorporan de manera decidida a la lucha contra el cambio climático. La voz desconocida de este sector social comienza a ser global y a ser tenida en cuenta.

 

4. Apuntando a la persona

 

  • Pasan los años sin que cambie la visión de la persona y de la sociedad: Puede ocurrir que esto pase en nuestra vida franciscana: entraste con una visión de la sociedad, de la política, de las relaciones humanas, a la vida franciscana hace muchos años y esa visión se ha afianzado, se ha hecho más acentuada. Si no, ¿cómo es posible que la vida franciscana se alíe con frecuencia con los movimientos eclesiales más conservadores, con las tendencias políticas más sistémicas, con las valores sociales más excluyentes, hablando siempre en general? Se argumenta diciendo: “no hay que generalizar” como escapatoria a cualquier crítica. Todos sabemos cómo funcionamos en general y en particular. Y la evidencia es que no percibimos lecturas nuevas del hecho social, del itinerario humano en la mayoría de los hermanos. Son lecturas sistémicas y, además, te identifican sin más con ellas, sin presunción de visión social diferente.
  • Crear itinerarios ecológicos: No cabe duda: vamos mejorando en sensibilidad y en prácticas ecológicas, por mucho que la cosa vaya lenta. Pero nos cuesta hacer planes ecológicos de una cierta envergadura fraterna. Los franciscanos reconstruimos casas (quizá en otros territorios distintos de Europa construimos edificios). ¿Qué preocupación ecológica manifestamos? ¿Hay una manera nueva de leer el camino histórico, esa “otra mirada” de la que nos habla la LS’ LS’ 36, 110-11, 135, 141, 1590. Una forma de leer de manera nueva el humilde camino humano será crear itinerarios ecológicos de una cierta envergadura, sin descuidar lo pequeño. Por lo menos habría que irlo pensado y poner el asunto encima de la mesa cuando se hace discernimiento sobre nuestras obras.
  • Ver las relaciones sociales con ojos nuevos: Es otra manera nueva de leer el humilde camino humano. Hasta ahora, la manera de ver estas relaciones era la propia de sociedades jerarquizadas, androcéntricas y heterónomas. Ahora se van descubriendo otros horizontes: menos jerarquizadas, más igualitarias, más fraternas en definitiva basadas, como decimos, en la dignidad de toda persona por encima de su situación social o económica; menos androcéntricas, por la irrupción del feminismo que quiere hacer ver el valor de toda persona más allá de su sexo, género u opción sexual; menos heterónomas, más autónomas, decidiendo de manera más soberana sobre la vida y sus límites, aunque este sea un terreno con frecuencia resbaladizo.
  • El don sagrado que es vivir y respirar: es comprender el humilde camino de vida como un “don sagrado”, como una suerte enorme para quien hemos sido llamados a la vida, como una posibilidad dentro de los estrechos límites de lo humano. No es fácil hacer ver esto a quien sufre grandes pesos históricos (quizá haya que verlos como obstáculo a ser superado con señorío y dominio sobre ellos); pero, al menos, quienes no los sufrimos tanto habríamos de llegar a verlo con más facilidad.

 

 

2

EL CAMINO ADULTO

DE UN DIOS DE SILENCIO

 

         Todas las religiones quieren que su Dios hable. El creyente lleva muy mal el silencio de Dios. Un Dios en silencio es como un Dios muerto. Es muy difícil creer en un Dios que no habla. El creyente entra en un desconcierto insuperable. Por eso los mecanismos religiosos han generado la certeza de que su Dios habla casi siempre. Un Dios sin voz no puede ser alguien que marque el camino a seguir. Un Dios sin voz es un desprestigio. Por eso, nadie habla de un Dios “mudo”. Sería la peor de las “deficiencias”.

         Y, a pesar de todo esto, uno se topa cada día con el silencio de Dios, con su no responder directamente a nuestras peticiones, a nuestros gritos, a nuestras puyas. Pensamos que Dios escucha y responde a nuestras plegarias, porque se nos hace insoportable la soledad de nuestro ser histórico. Pero Dios no responde sino en el lenguaje de los acontecimientos históricos, en el lenguaje de la historia pobre de Jesús. No nos parece suficiente: queremos que la voz de Dios (?) se escuche por nosotros. Pero no se escucha y un increíble silencio envuelve nuestro itinerario vital. Hay que mirar esta realidad de frente.

         Hay creyentes adultos que han intentado imaginar su vida de fe ante un Dios de silencio. Entre ellos sobresale D. Bonhoeffer: «Dios nos hace saber que hemos de vivir como hombres que logran vivir sin Dios. ¡El Dios que está con nosotros es el Dios que nos abandona (Mc 15, 34)! El Dios que nos hace vivir en el mundo sin la hipótesis de trabajo Dios, es el Dios ante el cual nos hallamos constantemente. Ante Dios y con Dios vivimos sin Dios. Dios, clavado en la cruz, permite que lo echen del mundo. Dios es impotente y débil, y precisamente sóloasí está Dios con nosotros y nos ayuda». Nos parecen sublimes estas expresiones, pero no terminamos de creérnoslas; es para nosotros excesivo el desamparo que las envuelve, por más que las intuyamos verdaderas.

         Quizá, como luego diremos, percibir en el evangelio el tránsito de un Dios que habla (así lo creen los evangelistas por ejemplo en Mt 17,5) hacia otro que no habla (Mc 14,36) puede darnos pie a creer que el Dios de Jesús es, de algún modo, un Dios en silencio. Y que ello no ha sido obstáculo para que él lo creyera presente en su vida (Jn 8,29; 16,32). También la experiencia franciscana puede ayudarnos a encajar sin violencia la realidad hermosa de un Dios que no habla nuestros lenguajes tan cuestionables muchas veces.

 

1. La voz de los textos franciscanos: LP 17 (EP 1)

 

         Todos sabemos, por aquel librito de E. Leclerc, cómo de dura fue la crisis del final de la vida de Francisco cuando todo se oscureció y creyó que la suya había sido una vida estéril y errada: «Señor Dios –dijo entonces Francisco-. Tú has soplado mi lámpara. Y ahora estoy hundido en las tinieblas y conmigo todos los que me habías dado. He llegado a ser para ellos un objeto de horror. Los mismosque me estaban más unidos me huyen. Has alejado de mi a mis amigos, mis compañeros de primera hora. ¡Ah, Señor, escúchame! ¿No ha durado lo bastante la noche? Enciende en mi corazón un fuego nuevo. Vuelve hacia mí tu rostro y háblame, que la luz de tu aurora resplandezca sobre mi cara, para que los que me siguen no caminen en tinieblas. Por ellos, ten piedad de mí». Por eso, también L. Cavani  su película dice, como resolución de la crisis final, que “Dios me ha hablado”.

         Los mismos textos franciscanos van en esa dirección: LP 17 es un texto que ha sido usado y quizá creado por los “espirituales” para dar amparo divino a la Regla leída sin glosa. Después EP 1 lo reproducirá en toda su crudeza. Leamos el texto:

«Estando el bienaventurado Francisco con el hermano León y el hermano Bonicio de Bolonia retirado en un monte para componer la Regla -pues se había perdido la primera, escrita bajo el dictado de Cristo-, muchos de los ministros se reunieron en torno al hermano Elías, vicario del bienaventurado Francisco, y le dijeron: “Hemos oído que ese hermano Francisco está componiendo una nueva Regla. Tememos que la haga tan dura, que no la podamos observar. Queremos que vayas donde él y le digas que nosotros no queremos obligarnos a esa Regla. ¡Que la componga para él, no para nosotros!”.

El hermano Elías les respondió que no quería ir, porque temía la reprensión del hermano Francisco. Como ellos insistían en que fuese, les contestó que en todo caso iría, si ellos le acompañaban. Partieron, pues, todos juntos. Cuando el hermano Elías, acompañado de los mencionados ministros, llegó al lugar en que se encontraba el bienaventurado Francisco, le llamó. Éste respondió al ver a los ministros: “¿Qué desean estos hermanos?” Replicó el hermano Elías: “Son ministros que, habiendo oído que estás componiendo una nueva Regla, y, temerosos de que la hagas demasiado estrecha, dicen y reafirman que no quieren obligarse a ella; que la hagas para ti, no para ellos”.

Entonces, el bienaventurado Francisco levantó su rostro hacia el cielo y le habló así a Cristo: “Señor, ¿no dije bien que no te creerían?” Y se escuchó en lo alto la voz de Cristo, que respondía: “Francisco, nada hay en la Regla que proceda de ti; todo lo que ella contiene viene de mí. Quiero que esta Regla sea observada a la letra, a la letra, a la letra; sin glosa, sin glosa, sin glosa”. Y añadió la voz: “Sé lo que puede la debilidad humana y lo que yo quiero ayudarles. Los que no quieren observarla, que se salgan de la Orden”. El bienaventurado Francisco se volvió a aquellos hermanos y les dijo. “¿Habéis oído? ¿Habéis oído? ¿Queréis que consiga que se os repita?” Los ministros se retiraron confusos y reconociendo su culpa».

         En el texto se apela a la voz de Cristo como la que garantiza la inviolabilidad de la Regla. Pero la cosa no fue así: Francisco tuvo que asumir el silencio de Dios como parte de su camino personal. Para él la fraternidad fue la forma de responder aunque esa fraternidad estuviera herida. Seguir siendo hermano fue la forma de mantenerse en pie ante el silencio de Dios, incluso a pesar de quienes tenían otra manera de las cosas de la Orden. Seguir siendo hermano aunque hubiera que ceder. Asumió el silencio de Dios sin pedirle que hablara: el lenguaje de Dios fue la fraternidad.

 

2. La voz de los evangelios: Lc 22,39-46

 

         Los evangelios son textos enmarcados en una cultura religiosa que tiene por cierto que Dios habla. Por eso en pasajes importantes (bautismo: Lc 3,22 y par.; transfiguración: Lc 9,35 y par.) Dios habla con frases de AT. Deudores de múltiples relatos de teofanías, es normal que se atribuya a Dios el don de “hablar”.

         Pero también hay textos donde Dios ya no habla, cuando era más necesario escuchar su voz. Esto lo vemos sobre todo en los relatos de la oración en Getsemaní en los tres sinópticos (Juan no reporta el pasaje):

«Jesús salió y se dirigió, como de costumbre, al Monte de los Olivos. Los discípulos lo siguieron. Cuando llegaron a ese lugar, les dijo: -Orad, para no exponeros a la tentación.Y se separó de ellos a distancia como de un tiro de piedra, se arrodilló y empezó a orar diciendo: -¡Padre, por favor, no me hagas pasar este trago amargo! Sin embargo, que no se haga mi voluntad sino la tuya. Entonces se le apareció un ángel del cielo para darle fuerzas. Y se apoderó de él una angustia mortal, pero él hacía oración con más intensidad. Y su sudor era como gotas de sangre que caían hasta el suelo.Cuando terminó de orar, fue a donde estaban los discípulos y los encontró dormidos en su tristeza. Entonces les dijo: -¿Por qué estáis durmiendo? Levantaos y orad, para no exponeros a la tentación».

  • El relato es la cara opuesta al de la transfiguración: allí había luz y Dios hablaba. Aquí hay oscuridad, gran tristeza y silencio de Dios. No quiere decir que Dios estuviera ausente, sino que Jesús, debido al terror de la situación que se le venía encima, no lo percibía presente.
  • No era la primera vez que iba al Monte de los Olivos (“como de costumbre”). Quizá en otras noches Dios le habló. Ahora enmudecía. Es un Jesús “separado” de los discípulos el que ora: en la gran soledad de uno mismo, en ese terreno donde no hay sitio ni para el consuelo de los amigos.
  • Jesús percibe la amenaza del “trago amargo”. Él quiere verse libre del mismo, quiere puentear la amargura de una historia, la suya, que se presenta muy dura. Él, también, tentado de situarse fuera de los parámetros de la historia pobre. Él, también, demandando a Dios lo imposible.
  • No extraña que observemos que el camino de Jesús y del Padre no coinciden. Por eso reza: “No se haga mi voluntad sino la tuya”. No coinciden ambas voluntades: Jesús quiere huir, el Padre le muestra en los acontecimientos el camino de la entrega. No lleva a la muerte a Jesús el Padre; son sus propias opciones que ha tomado siguiendo lo que creía que Dios le marcaba las que le han conducido al desastre final. En la oscuridad Jesús no puede renunciar al camino andado.
  • Es entonces cuando quisiera escuchar la voz reconfortante de Dios. Pero no hay voz: silencio y soledad, percibido todo como abandono, como ausencia, como desentendimiento. Él se había definido como “entregado” (Mc 9,31). Pero todo se nubla cuando se llega a modos extremos de entrega, a modos extremos de amor (Jn 14,1). Duro silencio, dura soledad, dura entrega.
  • Lucas (no los otros sinópticos) mete en su narración el consuelo del “ángel”. Pequeño consuelo porque, en realidad, a él no le consuela un ángel sino la cálida voz de su Padre. Ningún consuelo de ángel puede suplirla.
  • Quiere Jesús paliar su angustia orando “con más insistencia”, como si esta pudiera romper el muro de silencio que envuelve a la realidad de Dios, como si eso pudiera desdecir lo que se percibe como terriblemente cierto: no solamente que Dios está en silencio, sino que es silencio. ¿Cómo percibir ese silencio como una presencia cálida? ¿Cómo entender que el silencio es la manera más profunda que Dios tiene de estar cerca de nosotros?
  • Quiere mitigar este escozor fuerte recurriendo a sus amigos que tampoco pueden aportarle mucho porque está “dormidos por la pena”, el sueño enajenante que quiere alejar de la dura realidad. Solo en su soledad, sin mitigaciones, sin alivios, sin consuelos.
  • Cuando dice Jesús que hay que pedir “no caer en la tentación” es en la tentación del sinsentido de vida, de la existencia sin valor porque Dios no se hace presente, de creer que nuestra vida no vale porque Dios no aparece entre sus componentes. La tentación de creer de que porque no se le ve, no está.

 

3. ¿Está no está?

 

         Esta pregunta es vieja: se la hacían los israelitas en el desierto (Ex 17,7). Nosotros, mirando a la sociedad de la que hacemos parte, y como decía Bonhoeffer, está cada vez más fuera. Muchos dirían simplemente: no está. Muchas personas buenas, cercanas, parientes, amigas no incluyen en sus planes vitales la realidad de Dios. Pero no verlo, no incluirlo, no tenerlo como referencia, no hablar de él ¿quiere decir que no esté? ¿No puede que sea que su modo de estar sea el silencio o, si se quiere, que hable en los comportamientos de humanidad?

  • ¿Está en los que se entregan sin pedir cosas a cambio?: A veces los periódicos nos sorprenden con una necrológica donde se glosa la vida de personas que se han entregado a fondo durante décadas o tu propio médico es voluntario los veranos en África. Raramente se entera la ciudadanía de estos derroteros, pero ahí están. ¿No habita Dios en el silencio de esa generosidad? ¿Es necesario que tal o cual de esas personas sea creyente? ¿No está Dios a su gusto en ese silencio que admira la generosidad de las personas?
  • ¿Está en quienes arriesgan la vida por quienes no cuentan?: Nos llama la tención percibir la cantidad de personas que arriesgan su vida, su trabajo, su dinero y se sitúan en el lado de quienes no cuentan (inmigrantes, madres gestantes, náufragos, desplazados, etc.). Gente que algunas veces es religiosa, pero otras no. Gente común. ¿No está Dios en todo eso por más que no se le nombre? Precisamente el no nombrarlo puede contribuir a no estropearlo. ¿No hace Dios justamente eso, estar de nuestro lado en su silencio? ¿Es necesario que hable, que lo haga en los moldes del vocabulario religioso?
  • ¿Está en quienes sirven a los frágiles sabiéndose afortunados?: Porque hay personas que sirven a los frágiles y se saben afortunados. Encuentran en esos servicios humildes una satisfacción que proviene de un fondo común de humanidad: se sienten personas al servir a las personas donde la dignidad está intacta pero rodeada de fragilidad. Cuando se les agradece el servicio que hacen dicen que ellos son los que realmente están agradecidos. Entienden y viven su servicio como la gran oportunidad para enriquecer su persona. ¿Es necesario nombrar a Dios? ¿No lo hacen por puro amor al fondo de lo humano que está intacto en la persona frágil?
  • ¿Está en los silencios más inmensos de quienes lloran y nadie consuela?: Ya dice Qoh 4,1 que lo peor de la vida son las lágrimas de los pobres que nadie consuela. Lágrimas sin consuelo porque nadie lo da o porque no hay consuelo humano que palíe el dolor. Ahí sí que está Dios mudo. Pero su silencio recoge esas lágrimas. Quizá su silencio sea el mejor “odre” para recogerlas.
  • ¿Está en los silencios inmensos del cosmos?: La ciencia moderna nos abre a horizontes desconocidos en el cosmos y no dice que el silencio es el medio en el que se desenvuelve la vida de las galaxias. Un silencio cósmico. El ateo J. Saramago, místico además, llego a decir que "Dios es el silencio del universo, y el ser humano, el grito que da sentido a ese silencio". Quizá sea mucho decir que somos nosotros quienes damos sentido al silencio de Dios Pero, asimilado, puede ser cauce de contemplación. No necesitamos percibir el silencio cósmico de Dios para creer que es fundamento del ser y fuente de la vida.

 

 

4. Volver al Jesús de los silencios

 

         No nos hemos planteado el tema de los silencios con respecto a Jesús. Pero quizá en ello, pero él ha sido también un hombre de silencios, capaz, como hemos visto de asumir silencios, humanos y divinos:

 

  • Al Jesús de los silencios de los evangelios que no se descubren: Además de lo dicho, Jesús es una persona envuelta en silencios: el silencio de su nacimiento pobre, el silencio de sus caminos en Galilea, el silencio de la incomprensión de los suyos y sus discípulos, el silencio de una oferta del reino que no se termina de asimilar en sus justos parámetros, el silencio de su muerte atroz, el silencio de su estar resucitado en el lado de la vida. El silencio siempre amarrado a sus días, a sus anhelos, a sus caminos.
  • Al Jesús de los silencios de quienes no agradecen los servicios: Porque Jesús sabe de caminos no agradecidos, de entregas no pagadas, de agradecimientos raramente recibidos. Entregas y servicios que no menguan en valor porque no sean agradecidos. Jesús compañero de quienes se entregan y no son reconocidos.
  • Al Jesús que ha enmudecido los silencios de los caminos sociales: Jesús que no ha podido mejorar las condiciones de vida de los humanos de no ser en utopías y anhelos; Jesús que no ha logrado hacer ver a su pueblo su alejamiento del querer salvador de Dios; Jesús que no ha contado para el devenir del hecho social, al menos en su tiempo. Pero ese silencio no era sinónimo de ineficacia o de muerte. Era el silencio de la semilla que dará fruto cuando tenga que darlo.
  • Al Jesús deformado, manipulado, privatizado, que habla cada vez menos: Silencio duro que Jesús ha sufrido desde el principio y que sigue sufriendo: deformado por argumentos interesados incluso religiosos; manipulado para hacerle decir lo que uno quiere que diga; privatizado creyendo tener derechos sobre él; un Jesús que se le obliga a enmudecer al ponerlo en situaciones lejanas al Evangelio.

 

PARA EL TRABAJO DE LA TARDE:

 

  1. 1.    Punto de partida: Encerradas en casa

 

(Se lee el texto atentamente, subrayadamente)

 

            Cuando el marido de Dolores falleció, ella se quedó “encerrada en casa”. Así lo cuenta y añade: “Como tengo problemas grandes para moverme, con él tenía una ayuda muy grande”. No obstante, con el amparo de un programa social puede torear ese encierro y abrirse a la socialización. “Si hay alguna salida, dice, me apunto y voy. El almuerzo de los sábados es sagrado y el martes voy a las mandalas. Estoy en el cielo cuando estoy allí. Y Eva, que viene a hacerme un ratito de compañía, ¡ay qué nena más maja! A la edad que una tiene, no puede aspirar a mucho, pero a lo que puedes, pues sí”.

            Los analistas sociales observan: "Ahora cuando uno se jubila, igual le quedan por delante 25 años de vida. Tal vez es mucho tiempo para estar sin un proyecto de vida y en España no tenemos muy claro qué papel juega uno en la sociedad cuando se jubila". Es una tarea social grande encontrar ese “nicho” en el que puedan vivir con humanidad las personas jubiladas.

            Dolores, con 81 años, es una de las casi 1,5 millones de mujeres de más de 65 años que viven solas, el perfil que más siente la soledad. En total, según la encuesta continua de hogares del INE, en España hay 4,7 millones de hogares unipersonales. Es una cifra que sirve para imaginar, pero no para delimitar, un problema estructural e invisible. Porque la soledad ni afecta a todas las personas que viven solas, ni afecta solo a las personas que viven solas. La soledad es, a veces, una puerta para la exclusión, pero, ante todo, es un problema emocional.

            Existen, por lo general, dos redes de apoyo: la familiar y la social. La familia sigue, de alguna manera, cumpliendo su papel antiexclusión. Pero estamos lejos del reemplazo generacional. Antes se nacía en una ciudad y lo normal era que se viviera en el barrio de los padres o en el de al lado. Ahora se puede tener un hijo en Zaragoza, que estudie la carrera en Madrid, el máster en Londres y se vaya a trabajar a Alemania o a la India. El día que uno se hace mayor, está solo, porque aunque el hijo te quiera mucho, no te vas a ir a vivir con él a la India.

            Según los datos que manejan en la Fundación La Caixa, el 20% de las personas entre 20 y 40 años tienen peligro de aislamiento social por soledad. Hay una soledad que, en general, empieza pronto, aguanta hasta los 65 años y, a partir de aquí, va aumentando considerablemente hasta los 80 y muy considerablemente a partir de los 80. En España hay más de 850.000 mayores de 80 años que viven solos y muchos presentan problemas de movilidad que les impiden salir de casa sin ayuda, como Dolores.

            Ana es otra persona que vive sola. Describe muy bien su situación en cuatro pinceladas: "Me levanto, me lavo, me siento, desayuno y ya está. Si quiero leer un ratico, si quiero ver la televisión, aquí -señala a la ventana- para mirar un ratico que vienen muchos chiquillos a la guardería...”. Hace años que se rompió un pie y, sumado a sus problemas de fibromialgia, le da miedo salir de casa. Unas 100.000 personas no salen nunca de casa porque no tienen ayuda.

Ahora Ana recibe todos los martes la visita de Ángel, un voluntario que se animó a dedicar su tiempo cuando se jubiló. "Me dicen que qué buen mozo me he buscado; yo no me lo he buscado, ha venido él a mi casa", bromea ella. "Salimos poquito, cuando estoy medio animosa, pero la mayoría de las veces hablamos de cuando éramos jóvenes, de cómo era nuestra vida, de nuestros hermanos", explica. ¿Le gustaría vivir en casa de sus hijos? "No, no. Yo quiero vivir sola".

Las administraciones solas no pueden resolver el problema de la soledad. Pueden pagar servicios -como apoyo en domicilio, desplazamientos, tratamientos, etc.-, pero la soledad se resuelve con compañía y la compañía la da el entorno. Como la soledad afecta a la salud, se están llenando las salas de espera de los ambulatorios de personas que acuden sin una enfermedad concreta y muchos ayuntamientos se están dando cuenta de que hay una especie de alarma.

            Hablando más estructuralmente los expertos coinciden en señalar la importancia de la construcción de la sociedad. Los valores, la empatía, la compasión, la solidaridad, tienen que ver con cómo queremos ser. Nos estamos jugando qué tipo de sociedad queremos tener.

            Y una reflexión final: Las personas que tienen otro tipo de problemas, en algún momento lo manifiestan. Quienes se sienten solos no generan conflicto, por lo que nadie siente que es un problema. Pero, ¿puede haber más exclusión que no tener con quien hablar?

 

  1. 2.    Preguntas:

 

  1. 1.    ¿Cómo acompañar las vidas más solas? ¿Cómo nos acompañamos?
  2. 2.    ¿Cómo ser humanas con quien sufre? ¿Cuánto nos interesa el sufrimiento de nuestras hermanas?
  3. 3.    ¿Cómo trabajar para hacer de nuestras comunidades grupos de creciente humanidad?
  4. 4.    ¿Cómo llenamos nuestros silencios y los de nuestras hermanas?

 

 

3

EL CAMINO

DE UN SEGUIMIENTO EN HUMILDAD

 

         A tantos años del Vat.II podemos decir que el seguimiento de Jesús ha entrado con toda propiedad en la espiritualidad y mística cristianas. Ya nadie discute que seguir a Jesús sea el molde en el que se vierte la vida cristiana. A estas alturas todos sabemos que el seguimiento crea un nuevo tipo de relación con Jesús. No es sólo confianza en su persona sino en una comunidad de vida y de acción. A los Doce Jesús los llamó "para que estuviesen con él y para enviarlos a predicar" (Mc 3,14). Esto significa que los discípulos formaban un grupo que abrazaba el estilo de vida de Jesús y su práctica.

El seguimiento de Jesús crea un vínculo especial entre aquellos que participan de la misma aventura. La institución de los discípulos pretendía formar una comunidad de hombres libres de las grandes servidumbres de la condición humana, a fin de que pudiesen, por esto mismo, entregarse totalmente al servicio del Reino.

El franciscanismo, en general, lee el seguimiento desde la minoridad. Es decir, para el franciscano, el seguimiento se hace en el molde la humildad, desde la simplicidad[1].

 

  1. 1.    La voz de los textos franciscanos: SalVir

 

«¡Salve, reina sabiduría!, el Señor te salve con tu hermana la santa pura sencillez.
¡Señora santa pobreza!, el Señor te salve con tu hermana la santa humildad.
¡Señora santa caridad!, el Señor te salve con tu hermana la santa obediencia.
¡Santísimas virtudes!, a todas os salve el Señor, de quien venís y procedéis.
No hay absolutamente ningún hombre en el mundo entero que pueda tener una de vosotras si antes él no muere.

El que tiene una y no ofende a las otras, las tiene todas. Y el que ofende a una, no tiene ninguna y a todas ofende. Y cada una confunde a los vicios y pecados.

La santa sabiduría confunde a Satanás y todas sus malicias.

La pura santa sencillez confunde a toda la sabiduría de este mundo y a la sabiduría del cuerpo.

La santa pobreza confunde a la codicia y avaricia y cuidados de este siglo.
La santa humildad confunde a la soberbia y a todos los hombres que hay en el mundo, e igualmente a todas las cosas que hay en el mundo.

La santa caridad confunde a todas las tentaciones diabólicas y carnales y a todos los temores carnales.

La santa obediencia confunde a todas las voluntades corporales y carnales, y tiene

mortificado su cuerpo para obedecer al espíritu y para obedecer a su hermano, y está sujeto y sometido a todos los hombres que hay en el mundo, y no únicamente a solos los hombres, sino también a todas las bestias y fieras, para que puedan hacer de él todo lo que quieran, en la medida en que les fuere dado desde arriba por el Señor». 

 

         Este texto  considera a la simplicidad como valor principal, el valor que más le ha hecho gozar y sufrir a Francisco (“Eres simple e ignorante” veremos en VerAl). La simplicidad: una visión fraterna de la vida y un corazón que no se deja amargar. Desde ahí propone Francisco un estilo de seguimiento humilde. Se ve, sobre todo, en el bloque del “confunde”: hay que entender eso como “es alternativo de”. Es otro camino, otra orientación, otra sensibilidad, otros anhelos. Quizá esto sea lo más interesante para nosotros porque construir la alternatividad de vida y del camino cristiano no es fácil, es ir, muchas veces, contra corriente.

-         La sabiduría (que ahora es “santa”) es alternativa de la malicia de Satanás, es decir, de aquel que quiere hacer daño a la persona para dominarla.

-         La simplicidad es alternativa al que dice que lo sabe todo y al que entiende a la persona solamente como “cuerpo”, como algo sin interioridad.

-         La pobreza es alternativa a quien cree que el éxito de la vida es tener mucho y no el lograr una relación de honda humanidad. Esto lleva a una vida “sin excesivas preocupaciones” (el problema está en lo excesivo y sacado de quicio de nuestras preocupaciones).

-         La soberbia humildad es alternativa a la soberbia del que cree que lo sabe todo, lo domina todo, lo controla todo. Es alternativa a un “mundo” que funciona con mecanismos de inhumanidad.

-         La caridad es alternativa para quien todo lo mira “carnalmente”, es decir, por puro interés. Es una alternativa de generosidad frente al egoísmo consolidado.

-         La santa obediencia es alternativa para quien quiere dominar todo y a todos, para controlar el ansia de dominio que va dentro. Esto incluye a la creación incluso: dominar a las bestias es dominar lo creado explotándolo sin control.

La conclusión pude ser clara: hay aquí un camino distinto, el camino franciscano, el evangélico, una manera distinta de mirar la realidad, de situarse en la vida. La vida “simple” no es simplona, es apuntar al fondo, ir a lo esencial, aprender a poner el acento en lo importante y tener lo accesorio por tal. Esa es la honda sabiduría del seguimiento humilde.

 

  1. 2.    La voz del evangelio: Lc 22,24-27

 

«Surgió además entre ellos una disputa sobre cuál de ellos debía ser considerado el más grande. Jesús les dijo: -Los reyes de las naciones los dominan, y los que ejercen autoridad sobre ellas se hacen llamar bienhechores. Pero vosotros, nada de eso: al contrario, el más grande entre vosotros iguálese al más joven, y el que dirige al que sirve. Vamos a ver, ¿quién es más grande, el que está a la mesa o el que sirve? El que está a la mesa, ¿verdad? Pues yo estoy entre vosotros como el que sirve».

 

  • El pasaje está ligado al relato de la pasión. No entender el servicio al otro es no entender el gran servicio de la vida entregada de Jesús.
  • Si hay una “disputa” entre ellos es que todos aspiran a ser el jefe. El discipulado en su pertinaz manera de entender el reino como un medre, no como un servicio. Dibuja la estructura interna del egoísmo constituyente.
  • La ironía de Jesús es grande: se hacen llamar “bienhechores”, como lo hacían algunos reyes helenistas: oprimen y encima quieren que se les bendiga. Caer en esa paradoja esboza el ancho mar de inhumanidad en que se mueve el poder.
  • Por eso, el modo tajante de Lucas: “nada de eso: al contrario”. Afincarse en el poder es incapacitarse para el seguimiento humilde. La lucha por el poder, a cualquier nivel que se dé, no tiene nada que ver con el seguimiento al estilo de Jesús.
  • Las igualaciones “viejo/joven…dirige/sirve” están indicando los parámetros del seguimiento humilde: tenerse por más, airear méritos, invocar derechos adquiridos es el camino opuesto al seguimiento que propone Jesús.
  • La dialéctica “estar a la mesa/estar fuera de la mesa” ilustra gráficamente lo que se quiere decir: Jesús está “como quien sirve”, es decir, fuera de la mesa. Las representaciones de la última cena son elocuentes: la occidental (Leonardo de Vinci): Jesús en la mesa, en el centro. La oriental (iconos): Jesús a un lado, pero sigue siendo centro. Faltaría una tercera: Jesús fuera de la mesa, con el delantal puesto (Lc 12,35), sirviendo. Si no se sitúa uno en ese lugar, no entiende el seguimiento humilde.

 

  1. 3.    Los contenidos del seguimiento humilde

 

¿Cuáles serían algunos componentes del seguimiento humilde? ¿Cómo llenar de contenido una intuición así hasta hacerlo un camino viable para una persona de espiritualidad franciscana?

  • Una lectura benigna y crítica de nuestra sociedad: Porque el seguimiento lo vive el cristiano en el marco de la sociedad a la que pertenece. Por eso mismo, el seguimiento ha de tener arraigo antropológico en el hecho social. Es entonces cuando habrá que leer tal hecho desde una actitud benigna, fraterna, y crítica, pensada, estudiada, contrastada y cuestionada cuando deba serlo.  Ni contemporizar superficialmente, ni negativizar cerrilmente.
  • Alejamiento de estructuras de poder: Ya que estando metido en tales estructuras (sociales o eclesiales) no resulta fácil la alternativa del seguimiento humilde. Eso se hará si se construye a la vez un interior sin afán de poder o, al menos, se lo controla, ya que tal afán está metido en las entrañas de lo humano y no resulta fácil desenmascararlo. Alejamiento y no colaboración. Siempre en modos fraternos.
  • Gozo de ser pueblo: No como una pose populista sino con la certeza de que es el caminar juntos todos donde se inscribe el seguimiento humilde. Entender el seguimiento como un elitismo es no haber dado con la pretensión de Jesús.
  • El dinamismo del anhelo de la justicia: La justicia es el dinamismo de fondo del sueño de Jesús. Ha de estar por ello en el núcleo del seguimiento. Eso quiere decir que una vivencia humilde del seguimiento ha de incluir necesariamente el anhelo de la justicia. Si ser humilde lleva al desentendimiento de la justicia no es la humildad humanizadora del evangelio. Más aún, el dinamismo de la justicia otorga a la humildad una reciedumbre que la aleja de todo intimismo vacío.
  • Mentalidad integradora: Es aquella que cree que los humildes de este mundo han de tener un sitio en el devenir de la historia, que no por ser pobres han de ser excluidos. Esta integración libera a la humildad de la aceptación de la humillación como cosa natural y devuelve la mística liberadora a quienes sufren más el peso de la historia.

 

  1. 4.    Una ética desde la humildad esencial

 

         Ni la Declaración hacia una ética mundial de Chicago en 1993, ni la Declaración de principios en torno a una ética universal de la Red internacional para una ética universal que coordina Miguel A. Padilla incluyen el término “humildad”. Quizá no lo consideren necesario. Pero creemos que las religiones deberían incluirlo. Cuando hablamos de humildad esencial no nos estamos refiriendo a la clásica virtud de la humildad que algunos poseen en grado notable y otros no tanto. Nos referimos a ese valor constitutivo de la persona que, en correcta autoestima, hace que nadie se considere a sí mismo más que nadie y nadie menos que nadie, sino que la relación, desde la igualdad y la dignidad inalienables, llegue a ser literalmente hablando, fraterna. Creemos que esta sería la “gran” aportación de las religiones de hoy al sueño hermoso del logro de una ética universal. ¿Cómo se plantearía la ética desde la humildad esencial? No debería brotar desde un sentimiento de culpabilidad puesto que no tiene sentido que una creencia se fustigue por los errores pasados o por las incoherencias del presente. Tendría que mirar más al horizonte de un futuro aún no logrado. Quizá podría ser algo de esto:

1)   Una ética de igualdad, nunca de superioridad: Las religiones están habituadas a moralizar desde un sentimiento de superioridad como si sus hermosos ideales les autorizaran a creerse en una posición moral ventajosa, cuando sus prácticas morales muestran con frecuencia lo contrario. Una ética de igualdad es aquella que reconoce la evidencia de que toda creatura encierra una dignidad creacional inalienable. Que, como hemos dicho, nadie es más que nadie ni menos que nadie. Quizá sean los desvalidos de la historia, por su desvalimiento, quienes gozan de un estatus superior. Los demás, no.

2)   Una ética que acompaña, no que adoctrina: Porque el adoctrinamiento es el arma normal en las religiones. Pero la persona secular está harta de doctrinas y ayuna de acompañamiento. Una ética de acompañamiento es aquella que trata de abrazar la soledad constituyente de la estructura humana y todas las otras soledades, muy duras a veces, que se adhieren al caminar de los humanos.

3)   Una ética de colaboración, no de liderazgo: Ya que las religiones se han llegado a ver investidas de una autoridad divina y han creído incluso que estaban por encima de las leyes sociales. Desde ahí han pretendido liderar los comportamientos éticos e, incluso, los sociales y políticos. Esa insensata ansia de liderazgo se cura con la humilde colaboración, con la disposición a colaborar con quien  busque el bien, sea quien sea. Esa ética de “levadura en la masa” es la que convendría a las religiones.

4)   Una ética de oferta, no de imposición: Porque, creyéndose investidas de autoridad divina y con conciencia de superioridad y liderazgo, las religiones han pretendido imponerse, muchas veces por la fuerza o por la pretendida sacralidad de sus ideas. Una ética que se impone se destruye, es insensata, como quien pretendiera imponer el amor, obligar a amar. Una ética que se ofrece es susceptible, por su mismo componente de oferta, de ser aceptada o no, de escuchada o no, de ser acogida o no.

5)   Una ética de inclusión, no de exclusión: Ya que con frecuencia la propuesta ética de las religiones ha conllevado fuertes dosis de exclusión para aquellas personas que no acomodaban su comportamiento a los dictámenes de la autoridad religiosa. Ese camino no está en el fondo de las utopías creyentes. Más bien se anima a la inclusión, a ampliar los límites de la tienda para ser casa de acogida para los más posibles, para todos incluso, abrazando con honda humanidad y comprensión las incoherencias y fuertes fallos que acompañan el devenir humano.

6)   Una ética de resistencia, no de militancia: Ya que las ideas religiosas y sus consiguientes caminos éticos han sido propuestos en modos militantes, proselitistas, avasalladores. Habría de ser sustituida esa actitud por un talante resistente ante el mal, ante la incomprensión e, incluso, ante la persecución. Una resistencia desde la confrontación no conecta con el fondo de las religiones; una resistencia desde el amor es la que deja sin sentido a cualquier manera militante de presentar los caminos de la ética.

7)   Una ética para la esperanza, no para el desaliento: Porque se quiere ofrecer la ética nueva poniendo como telón de fondo el lado negativo e inhumano de la sociedad, lo que induce, las más de las veces, al desaliento ya que ni la sociedad abandona sus caminos, ni el creyente es capaz de convencer de la supuesta insensatez de los mismos. Una ética humilde es aquella que logra suscitar esperanza incluso en escenarios de gran derrota, de profunda inhumanidad. Su fuerte no es la censura o la condena, sino el aliento y el ánimo que sopla sobre la brasa que arde bajo las cenizas.

8)   Una ética de bendición, no de maldición: Ya que el lenguaje de la maldición es una siembra de sal sobre cualquier propuesta ética. Por eso mismo, las propuestas de una ética desde la humildad han de emplear un lenguaje benigno, comprensivo, laudatorio incluso. De tal manera que la bondad de las palabras anime a la bondad de las prácticas éticas.

9)   Una ética desde gestos de vida humildes, no desde grandes ideas sin gestos: De manera que se perciba que las grandes ideas propuestas desde una ausencia de gestos reales son, las más de las veces, palabras en el vacío. La fuerza de los gestos, su capacidad para hablar el lenguaje del futuro y su humilde fuerza para decir en modos plásticos que las cosas pueden ser de otra manera, es un aval formidable para cualquier propuesta ética.

10)                    Una ética que sostenga a los humildes y que, por lo mismo, se aleje del poder: Porque si la propuesta ética no se desliga de las posiciones de poder se desautoriza a sí misma nada más nacer. Pero si la propuesta está hecha desde el humilde terreno de quienes no quieren tener que ver con el poder político o económico, sino que se hace con la fuerza de la pobreza y su arrolladora verdad es entonces cuando puede tener interés.

 

 

4

EL CAMINO DE UNA IGLESIA QUE DUELE

 

         A muchos cristianos, incluso religiosos/as, la Iglesia no les duele. Simplemente viven su fe al margen de las turbulencias eclesiales. De vez en cuando critican a la Iglesia en general por alguna actuación suya, pero nada más. Hay incluso personas, cercanas al mundo clerical, que defienden a la Iglesia contra viento y marea, más allá de sus cuestionables actuaciones.

         Pero hay también creyentes a quienes la Iglesia les duele. Siguen en ella con dolor. Suman desaliento tras desaliento pero continúan con un sentido de pertenencia vivo a la comunidad eclesial, por más que, a veces, vean como su vivencia de Iglesia se desplaza hacia las afueras.

         Para un franciscano, la fe hay que vivirla en el camino de la Iglesia. Por eso habrá que hacer un trabajo continuado de vuelta a ella, a lo más esencial y vivo de su misterio, aunque duela su estructura. Eso es lo que le llevará a cuestionarla con paz, a valorarla en sus aspectos más positivos, a construir todo lo que queda por hacer. Volver a la Iglesia no es solamente tarea para alejados de ella, sino también para los que estamos dentro. Porque se trata de volver no para justificar una estructura muchas veces cuestionable, sino para vivir un camino necesario para la fe, porque la fe de Jesús se vive en comunidad.

 

  1. 1.    La voz de los textos franciscanos: EP 65

 

Todos sabemos que la vocación de san Francisco nace de la vida eucarística que  se celebra en el seno de la Iglesia. Ahí es donde, a su juicio, cobra sentido la eucaristía. Por eso san Francisco necesita de la Iglesia. Desde ahí entendemos que la ame fervientemente y que sea capaz de pasar por encima de dificultades. La Iglesia es para Francisco lo visible del rostro de Jesús no, sobre todo, una estructura de gobierno.

Esta fe compacta de Francisco en el misterio de la Iglesia hace que sea prácticamente imposible encontrar, tanto en sus escritos como en las primitivas biografías, algún texto en que exprese crítica o sufrimiento por el modo concreto como el sistema eclesiástico se comporta. Él, que no fue un hombre de curias, tampoco es una persona de juicio negativo. Vamos a tomar un texto de EP en el que, quizá, se adivina el dolor concreto de hacer parte de la estructura eclesial:

 

«En un viaje a Florencia encontró allí al señor Hugolino (cf. LP 108 n. 3), obispo de Ostia, que fue después el papa Gregorio IX. Como le manifestara el bienaventurado Francisco que pensaba ir a Francia, se opuso, diciéndole: «Hermano, no quiero que vayas a provincias ultramontanas, porque hay prelados que impedirán el bien de tu Religión en la curia romana. Yo y otros cardenales conmigo, que la amamos, de buen grado la protegeremos y le prestaremos nuestra ayuda si os quedáis en los contornos de esta provincia».

El bienaventurado Francisco le hizo esta observación: «Señor, es para mí de mucha vergüenza que, habiendo enviado a otros hermanos a provincias lejanas, yo me quede en estas provincias y no pueda participar de las contrariedades que ellos han de soportar por el Señor». El señor obispo le contestó como reconviniéndole: «¿Y por qué has enviado tan lejos a tus hermanos a morir de hambre y a tener que soportar otras tribulaciones?» El bienaventurado Francisco, con gran fervor y con espíritu profético, respondió: «Señor, ¿creéis que el Señor ha suscitado esta familia para que envíe hermanos solamente a estas provincias? Os digo en verdad que el Señor ha elegido y enviado a los hermanos por el bien y salvación de las almas de todos los hombres del mundo; y no solamente serán recibidos en tierras de cristianos, sino también de paganos; y ganarán muchas almas».

El señor obispo de Ostia quedó admirado de tales palabras y convencido de que decía verdad. Al no permitirle salir para Francia, el bienaventurado Francisco envió para allí al hermano Pacífico con otros muchos hermanos. Él volvió al valle de Espoleto».

 

  • Después del capítulo de Pentecostés de 1217 se plantea el tema de la misión en “regiones lejanas” a donde Francisco quiere ir como todos los hermanos. Resulta sorprendente que el cardenal Hugolino se oponga tan contundentemente a que Francisco vaya a Francia “porque hay prelados que impedirán el bien de tu religión en la curia romana”. Es decir, Francisco tiene una oposición manifiesta entre algunos dirigentes de la curia. La protección de Hugolino y del grupo de los aman la Orden se da “si os quedáis en los contornos de esta provincia”.  Hay, pues, una división eclesial en torno al franciscanismo.
  • ¿Cómo reacciona Francisco? No cuestionando esas divisiones eclesiales sino apelando al espíritu de la misión, al Evangelio, por encima de planes eclesiásticos. Él cree que el Evangelio es una realidad más importante que las normas de la Iglesia y se debe a él. No hay crítica, pero tampoco se cede.
  • Pero se ve que el cardenal se mantiene en sus trece porque, al final, no permite salir a Francisco para Francia y esté envía al hermano Pacífico. O sea que hay una cierta animadversión contra la persona misma de Francisco. Eso podría ser motivo para un disgusto personal y una crítica directa a tales obispos. No se observa en el texto nada de eso. Si hay dolor, que lo habría, se queda dentro. Las fuentes no lo reflejan.

 

  1. 2.    La voz de los evangelios: Mt 16,13-20

 

«Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: - ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? Contestaron ellos: - Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas. Él les preguntó: - Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Simón Pedro tomó la palabra y dijo: - Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Jesús le respondió: - ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás! Porque eso no ha salido de ti, te lo ha revelado mi Padre del cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Piedra, y sobre este guijarro voy a edificar mi comunidad y el poder de la muerte no la derrotará. Te daré las llaves del reino de Dios; así, lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo».

 

  • Es un texto decisivo en los sinópticos no tanto por la cuestión de la función de Pedro, sino por la identidad de Jesús: es el Hijo de Dios vivo (eso es revelación del Padre). En cuanto Mesías, es un mesías entregado por amor y por ello abocado a la muerte (tal como se ve en la continuación del relato en 16,21ss).
  • Pero traemos a colación el texto por el asunto de Pedro. Una interpretación “vaticanista” ha visto aquí la roca que es Pedro sobre la que se asienta la fe de la Iglesia y la profecía de su pervivencia a través de los tiempos. Quizá sea así. Pero puede haber otra manera de leer Kepha en arameo significa piedra arrojadiza, guijarro, canto del camino. (Petros sería lo opuesto a lithos,  roca firme). Quizá Simón ha recibido ese apelativo por su testarudez y por su fragilidad.
  • En ese caso: la promesa de Jesús suena de manera distinta: tú eres fragilidad, y sobre tal fragilidad voy a edificar mi comunidad. Es decir, la Iglesia no se hunde porque el cimiento sea firme, que no lo es, es frágil, sino porque Jesús la sostiene sobre ese cimiento débil.
  • La conclusión es clara: hay que contar con la fragilidad en la vivencia de la fe eclesial. Es algo constitutivo de la comunidad cristiana. Por ello mismo, el camino creyente ha de tenerlo en cuenta para encararla del modo más fraterno posible.
  1. 3.    Posibilidades nuevas

 

Quizá lo interesante para ir viendo los dolores de la Iglesia no sea tanto cebarse en sus fallos, sino, contando con ellos, desvelar las posibilidades que tiene al alcance de la mano. No resulta fácil desvelar esa posibilidades nuevas y realistas para la Iglesia por su alto componente sistémico, anclada como está en estructuras muy consagradas y que se empeña, con frecuencia, en mantener y ahondar. No resulta fácil cuando una parte notable de su clero joven ha encontrado como modo de situarse en la sociedad permanecer y volver con ahínco a ese componente sistémico que parece que les da sentido. Pero, aun así, es preciso hacer un esfuerzo reflexivo para tratar de ver los nuevos caminos que se abren a la comunidad cristiana de hoy.

  • La posibilidad de una moral de verdad y compasión tras el abatimiento: Hay que “morderse la lengua” como dice el Papa Francisco antes de hablar de esto. Pero hay que hablar. Tras el abatimiento y el derrumbe de la pederastia, de la avidez económica de la Iglesia, de su insensibilidad por posicionamientos buscadores en materia científica, etc., se puede hablar de una nueva moral de la verdad y de la compasión. Un camino de verdad que derribe el muro de los silencios, del encubrimiento y de secretos de confesión que son realidades superadas por el mismo evangelio y por una sociedad que ya no aguanta oscuridades. Y una moral de compasión más que una moral de normas, una moral samaritana, laica y humanizadora que mira más al evangelio que a la historia de la moral tan cuestionable.
  • La posibilidad de un diálogo interreligioso efectivo: Cada vez se van dando más pasos en esta posibilidad. El último el  Documento sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común firmado en Abu Dabi el 4-2-19 por el Papa Francisco y el Gran Imán de Al-Azhar, Ahmed Al-Tayyib. Hay cristianos que acusan al Papa Francisco de plegarse excesivamente al islam. Pero en la rigidez de las religiones se estrella toda posibilidad de diálogo, porque este es “curvo”, vuelto a, flexible, capaz de ceder en formas y contenidos. De lo contrario, el diálogo posibilitador no puede brotar.
  • La posibilidad de una comunidad cristiana de grupos vivos:  Porque, ya hace muchos años, el que luego sería Benedicto XVI predijo la iglesia nueva de grupos pequeños, de minorías. Sigue ahí, tenaz y creyente, lo que queda de las viejas comunidades de base de otras épocas. Pero quizá hoy vuelve el anhelo de andar de nuevo ese camino en una etapa de abandono masivo de la religión, por más que ciertas formas sigan vigentes y en ellas se apoye la institución queriendo creer así que las cosas no han cambiado y que las viejas formas mayorías religiosas siguen en pie. Quizá haya que explorar la posibilidad de una fe de grupos, más que de una fe de masas.
  • La posibilidad de una alteración de la liturgia que la haga más viva: Ya que la publicación del nuevo misal (y de la nueva LH en algunas comunidades) ha supuesto un paso atrás, una involución, un sacar del armario lo viejo ignorando lo nuevo, un oracional donde los pobres no ocupan ningún sitio. Esta reformulación litúrgica está suponiendo para no pocos cristianos una “sublevación” litúrgica que altere esas formas rígidas y haga la celebración más cercana a la vida real de los creyentes. Hay quien celebra alborozado esta vuelta a lo de siempre, pero otros abren la puerta, sin complejos, a una alteración litúrgica que ningún organismo puede parar, y que quizá ni se molestan ya en intentarlo.

 

  1. 4.    Cómo construir la fe en grupo

 

Ir construyendo la fe en grupo quizá sea el mejor modo de ir superando las heridas eclesiales. Para construir la fe en grupo habrá que comenzar por generar un vocabulario adecuado. Son términos problemáticos consagrados por la eclesiología, empezando por: iglesia, catolicidad, comunidad cristiana, catolicismo, etc. Son términos tan impregnados de equivocidad histórica que uno se pregunta si no sería mejor irlos abandonando. Esto le parece algo inaceptable al teólogo clásico. Pero habrá que preguntarse si tal dificultad no deriva de una cierta impotencia para afrontar lo recibido o de la mera comodidad a la que le cuesta  tocar las cosas que siempre han estado ahí.

         ¿Qué vocabulario utilizar? Quizá sea mejor el que nos proporcionan las ciencias sociales. Por eso hablamos del grupo, de lo colectivo, de lo interrelacionado. Por paradójico que parezca, la fe cristiana, llamada a generar comunidad, se ha construido en el individualismo del logro de la propia salvación. No hemos heredado una mística común, por mucho que hayamos estado enmarcados en una organización religiosa. Quien va entendiendo esto comprende que si la fe no genera buenas relaciones queda muy cuestionada en su propio fin. Dar una finalidad meramente religiosa al hecho de creer ahuyenta el componente comunitario. Por el contrario, acentuar el componente social es la puerta que abre a la pertenencia y las prácticas comunitarias.

         ¿Y cómo construir la fe en grupo? Será necesario ir consiguiendo una mística de grupo cosa que conlleva el crecimiento en la buena relación social. No se cree aislado porque el éxito de la propuesta cristiana no es llegar solo y pronto, sino a tiempo y todos juntos. Además, será necesario potenciar todas las herramientas de componente común, no tanto las individuales como las potencia la postura que hace depender el horizonte de la iglesia de tal o cual nombramiento. Para ello, es necesario que las estructuras eclesiales sean, inicialmente, democráticas. Aducir que la iglesia es más que una democracia cuando ni siquiera es eso resulta una falacia.

Quien va poniendo el acento en la fe en lo esencial queda más cautivado por los aspectos comunes del hecho de creer y deja de lado, sin amargura pero sin caer en personalismos que no llevan a nada, el componente jerarquicista tan arraigado en el hecho eclesial. Enamorarse de lo común es, de alguna manera, enamorarse del mismo camino que Jesús ha realizado, lejos de personalismos y lejos de la tentación de mesianismos estériles

 

PARA EL TRABAJO DE LA TARDE:

 

  1. 1.    Punto de partida: ¿Papá, nosotros somos pobres?

 

(Se lee el texto atentamente, subrayadamente)

 

Estamos en setiembre. Tarde del sábado, tomando un café con tres vecinos del barrio, Juan, Gregorio y Toñi. Son trabajadores con contratos muy precarios. Algunas veces aceptan hacer algún trabajillo de limpieza o de transporte por unos pocos euros. Hablamos del trabajo, de la imposibilidad total de salir de la pobreza y de los niños.

Gregorio cuenta, con los ojos cargados de lágrimas, cómo un día su niña de 7 años le hizo, con toda candidez, una pregunta que se clavó en el alma: “¿Papá, nosotros somos pobres?”. Tuvo que inventarse una historia diciéndole que no pasaba por un buen momento, pero que iríamos a mejor. La niña le miraba como diciéndole: “No me has respondido”.

En España hay 1.400.000 niños como la hija de Gregorio que viven en situación de pobreza severa y 2.200.000 en riesgo de pobreza. Los analistas dicen que esta pobreza es estructural. O sea: cronificada, hereditaria y que hay que acostumbrarse a vivir con ella. Como quien ha tirado la toalla.

Pero la hija de Gregorio, los dos niños de Juan y las dos de Toñi no manejan datos estadísticos. Palpan la pobreza de modos vivos: los recibos se amontonan en la mesa de la cocina, la nevera está casi siempre vacía, no hay calefacción, no se repone el material escolar, cero excursiones con la clase, las gafas nuevas no llegan, el tratamiento de las caries está pendiente, no se puede comprar el mínimo equipamiento para hacer parte de un equipo de balonmano, no hay para un bañador en el verano porque tampoco hay piscina o playa. La pobreza que convive con la familia y nunca se va de casa.

Gregorio también toca la pobreza en lo concreto: “A mi niña le encanta la gimnasia. Y me pregunta: -¿Por qué no voy? Y me tengo que inventar: -No puedo porque por el horario no te puedo llevar. Pero no es problema de horario. El problema son 15 euros”. Y Juan cuenta: “Ayer tuve que ir a limpiar un corral por cinco euros. Mierda a montón. Mi hijo me dice que los de su clase celebran un cumpleaños en un kebab. Son 3,5 euros. Y le tengo que decir que no puedo. Y mi hijo me mira con un brillo raro en mi mirada y me dice: -Tú siempre estás igual, que no tienes; cuando sea mayor voy a hacer lo que hacen los demás”.

La consecuencia más directa es que los niños se educan en la pobreza infantil. Dice Juan: “La educación que tú le estás dando a tus hijos es de pobreza, te adaptas a la pobreza y la ves como normal. Ellos se van a criar pasando falta”. Ese pasar falta se traduce en una ulterior desigualdad de oportunidades: los niños que nacen en España en una familia de ingresos altos ganarán un 40% más que si se crece en un hogar con ingresos bajos. La pobreza infantil significa desigualdad de oportunidades. Un niño o una niña de familia pobre no tendrá las mismas oportunidades laborales. La falta de oportunidades lastra la economía. Eso indica que lo que parece ser un problema de algunas familias es, en realidad un problema del país.

Por eso, se necesitan respuestas estructurales, políticas que, hoy por hoy, están todavía muy lejos. Si miramos a los Presupuestos Generales del Estado tendremos ahí una respuesta: el último acuerdo entre UP y el PSOE para sacar adelante unos presupuestos para el 2019 vuelven a dejar caer las políticas de lucha contra la pobreza infantil. El acuerdo solo recoge 180 millones, aproximadamente un 7,2% de la cantidad que ambos partidos consideraban necesaria para combatir esa pobreza. De nuevo, pues, la infancia más vulnerable se puede quedar fuera de los presupuestos

No entiende la clase política que no se puede esperar más, que invertir en infancia es urgente y que la infancia no entiende de ideologías. Pero el futuro de muchas familias y del país necesita consensos sociales que miren este “ángulo oculto” de la pobreza infantil que atrapa a tantas familias y a tantos niños y niñas.

Remediar este problema es, pues, más barato que costear las consecuencias. Un alza en las ayudas económicas a las familias más vulnerables de los 24,25 euros  actuales a 100 al mes para cada hijo, por ejemplo, supondría una inversión anual  de 0,22 puntos del PIB (2.400 millones de euros). Se trata de una cantidad reducida si se la compara con el peso social de de esta lacra, que ronda los 5 puntos del PIB.

Si no se toman este tipo de decisiones políticas el porcentaje de infancia en riesgo de pobreza y de exclusión en España apenas se reducirá en 2030 en comparación con la actualidad. Esta tasa, que hoy afecta a un 28,3% de los niños, pasará al 26,5%. O sea: la pobreza infantil de habrá cronificado.

A Toñi, Juan y Gregorio estos datos les resbalan un poco. Ellos tienen a esa pobreza en su propia casa, en su cuarto de estar, en su cocina y, sobre todo, en las frágiles espaldas de sus hijos. Toñi, que ha estado en silencio dice: “Mis hijas desde chiquitillas se han tenido que acostumbrar a que yo les diga que no puedo comprarles cosas”. Pago los cafés.

 

  1. 2.    Preguntas:

 

  1. 1.    ¿Vemos que nos conciernen cada vez más las situaciones de los humildes? Poner algún ejemplo.
  2. 2.    ¿Cómo ir trabajando para lograr vivir en una comunidad humilde?
  3. 3.    ¿Qué te duele hoy más de la Iglesia?
  4. 4.    ¿Cómo hacer hoy creíble a la Iglesia?

 

 

 

5

EL CAMINO DE UN DECRECIMIENTO

QUE LIBERA EL CORAZÓN

 

 

         La espiritualidad franciscana ha tenido como uno de sus núcleos el de la pobreza. En realidad, el verdadero núcleo es para Francisco el Evangelio. Él cree que la pobreza es camino seguro para el Evangelio. Pero la pobreza es eso, un camino, no una finalidad.

         La vida franciscana hace tiempo que abandonó la “lucha por la pobreza” por más que queden restos de esa batalla. Pero resulta que la profecía laica vuelve a poner sobre la mesa el tema en esta sociedad nuestra de la abundancia. Esa realidad tiene un nombre: decrecimiento.

¿Qué es el decrecimiento y cuál es su objetivo? El decrecimiento es una corriente de pensamiento político, económico y social que pretende establecer una relación de equilibrio entre el ser humano y la naturaleza y entre los propios seres humanos frente a la situación de dominación hoy existente que está acabando con la naturaleza y frente a la explotación de las personas en beneficio de la producción y la rentabilidad económica de unos pocos. El decrecimiento es una herramienta válida al servicio de la construcción de un mundo más habitable, más humano, donde se garanticen los derechos de todas las personas y pueblos y regido por un mínimo principio de equidad. Resulta escandaloso contemplar las diferencias que hoy se dan en el mundo.

El objetivo más llamativo es la disminución de la huella ecológica en los países que denominamos más desarrollados del planeta. Es decir, la reducción significativa de los consumos de bienes y de energía, el reparto del trabajo con la consiguiente disminución de jornada laboral y evidentemente con una disminución del sueldo o la relocalización de la producción de materias en lugares cercanos a su consumo. Pero su principal objetivo es diseñar una nueva sociedad donde se satisfagan las necesidades básicas de las personas, se respete el equilibrio con la naturaleza y en definitiva se viva mejor con menos. Sabemos que puede sonar un poco ingenuo, pero si nos paramos a pensar en el sistema capitalista actualmente vigente no creo que se pueda concluir que la mayoría de las personas ven satisfechas sus necesidades, sobre todo en el Sur, o se sienten felices en la selva del consumismo.

         Quizá estos nuevos lenguajes hagan a la vida franciscana el beneficio no solamente de aclarar y actualizar uno de los contenidos centrales de su espiritualidad sino, además le puede ser muy útil para conectar con el hoy social y constatar que la espiritualidad franciscana sigue siendo válida en nuestros días. Doble favor.

 

  1. 1.    La voz de los textos franciscanos: 2 Cel 91

 

«Viene un día al Santo la madre de dos hermanos y le pide limosna confiadamente. Compadecido de ella, el Padre santo dijo a su vicario el hermano Pedro Cattani: «¿Podemos dar alguna limosna a nuestra madre?» Es de saber que llamaba su madre y madre de todos los hermanos a la madre de cualquier hermano. Le respondió el hermano Pedro: «No queda en casa nada que se le pueda dar». Pero añadió: «Tenemos un ejemplar del Nuevo Testamento, por el que, al carecer de breviarios, leemos las lecciones de maitines». Le replicó el bienaventurado Francisco: «Da a nuestra madre el Nuevo Testamento, para que lo venda y remedie su necesidad, ya que en el mismo se nos amonesta que socorramos a los pobres. Creo por cierto que agradará más a Dios el don que la lectura». Se le da, pues, el libro a la mujer; y así, el primer ejemplar del Testamento que hubo en la Orden fue a desaparecer en manos de esta santa piedad».

 

  • El texto pertenece al bloque que habla de la caridad de Francisco con los pobres en el que Celano pone muchos ejemplos de ello. Nosotros vamos a leer el relato como una narración de decrecimiento más que de caridad.
  • El decrecimiento va a tener una razón no solamente de necesidad  (la pobreza de la mujer), sino de afecto: es la madre de dos hermanos, “nuestra madre”. Es preciso mezclar a razones de orden de económico, de justicia, las de aprecio y valoración cordial de los sectores empobrecidos.
  • La fraternidad ya está decrecida (en queda nada en casa), aunque no totalmente. El decrecimiento, como el Evangelio, pide una entrega cada vez más total, hasta donde uno pueda.
  • Que haya un ejemplar del NT, con lo que valían los libros en aquella época, resulta algo extraño. Es llamativo que se quiera socorrer la pobreza con algo sagrado. La patrística, fray Luis de Granada, el mismo papa Francisco dicen que habría que vender los vasos sagrados para socorrer a los pobres. Pero nadie lo hace. Es tabú. La fraternidad franciscana decrece hasta en los aspectos espirituales más vivos.
  • Es hermosa la razón que se da para hacer este decrecimiento hasta en lo espiritual: “agradará a Dios más el don que la lectura”. La razón del decrecimiento cristiano, como el de cualquier otro, es una razón de humanidad. Si la solidaridad con la persona frágil no está viva, no es fácil que uno se anime a andar este camino.

 

  1. 2.    La voz del evangelio: Mc 12,41-44

 

«Se sentó enfrente de la Sala del Tesoro y observaba cómo la gente iba echando monedas en el tesoro; muchos ricos echaban en cantidad. Llegó una viuda pobre y echo dos ochavos, que hacen un cuarto. Convocando a sus discípulos, les dijo: - Esa viuda pobre ha echado en el tesoro más que nadie, os lo aseguro. 44Porque todos han echado de lo que les sobra; ella, en cambio, sacándolo de su falta, ha echado todo lo que tenía, todos sus medios de vida».

 

  • El Tesoro del templo es el verdadero motor: ahí está la sala de impuestos, el banco del Templo, el almacén de la leña, el matadero, la cancillería, etc. El verdadero motor no es el santo de los santos, sino el tesoro. Allí había al parecer diversos “cepillos” donde se recogían las limosnas. Uno de ellos era para la ayuda a los pobres.
  • Cuando Jesús “se sienta…y observa” establece un parámetro social: se mide la fe por los comportamientos económicos. Si hay fe, tendría que importar lo económico.
  • Es lógico que muchos ricos echan en cantidad porque tienen mucho. Pero la calderilla de la mujer-viuda-pobre (múltiple desamparo) se opone al mucho de los muchos ricos. Es decir, hay que hacer una lectura no solo de las riquezas, sino del dinamismo de las pobrezas.
  • El quid de la cuestión está en la oposición “echar de lo que sobra…echar de la propia falta”. Cada postura revela la diferente perspectiva: a) echar mucho teniendo mucho indica que uno no se fía del Templo, aunque lo sostenga; b) echar de la falta significa una fe en la estructura del templo como estructura santa y una confianza, teniendo la certeza de que si se da para los pobres, para los pobres irá. No solamente hay generosidad, sino buena voluntad. La mujer, en su pobreza, no emplea la crítica como elemento de discernimiento
  • La viuda es, ciertamente, antítesis de los dirigentes, infieles a Dios por su amor al dinero. Su mayor pobreza es su generosidad sin posibilidad de discernimiento; su mayor riqueza, su confianza en la bondad de las instituciones y de las personas. En esto es modelo del reino, pero habría que completar el parámetro: no se trata solamente de ser generoso, no se trata incluso de dar el todo, sino de darlo con la certeza de que se está dando en la dirección correcta, apuntando a las causas.

 

  1. 3.    En la sociedad del despilfarro

 

El despilfarro tiene relación profunda con el decrecimiento. Sin frenar el despilfarro que le es connatural al modo consumista del crecimiento, despilfarro que, unido a la productividad, es motor desarrollo, pensar en una espiritualidad de decrecimiento es prácticamente imposible. La irracionalidad del despilfarro lo despoja de razón, pero sigue funcionando alimentado por el afán depredador de los triunfadores de la economía. La sociedad, indefensa, cae en sus garras, justifica el despilfarro y lo aplaude como síntoma de salud económica. Las consecuencias en el ámbito humano son devastadoras.

Los países ricos, incluido el nuestro, han sido tradicionalmente países de pobreza porque ésta, a nivel sociológico, no ha sido erradicada de occidente hasta hace muy pocas décadas. Viniendo de la pobreza, habiéndola sufrido, la hemos olvidado. Es preciso recuperar la memoria de la necesidad para contener el afán inconsciente del despilfarro que vuelve a la persona egoísta e insolidaria.

Porque no solamente prácticas, muchas veces insensatas, de nuevos ricos, sino también se trata de una mentalidad, de una manera de pensar, de una cosmovisión incluso. Es aquella en que el antropocentrismo se hace egoísta hasta el punto de olvidarse de la situación de sus propios congéneres en dificultad económica. Este desentendimiento desvela la calidad moral de nuestra sociedad en su lado más oscuro.

El despilfarro lleva a una insensibilidad global, un hacer oídos sordos a las demandas sociales que llegan hasta nosotros. Siendo así que nunca como ahora tenemos información sobre los hechos sociales y económicos, la abundancia de datos no mueve a la ciudadanía a actuar. Únicamente algunos “profetas” se conmueven, se mueven y empujan algo a la sociedad en general que, instigada por los mercados, tiende a ir en la dirección del desentendimiento.

El despilfarrador/a, azuzado por su mala conciencia o por elementos externos de componente más profético, elabora una defensa en base a razones, que lo son, pero que, en el fondo, son una cortina de humo: la incuria y la corrupción de los gobernantes de los países pobres, el poco afán de crecimiento y de trabajo de los empobrecidos, su poco deseo de previsión y ahorro, su escasez de cultura comercial y productiva, su poca preparación en tecnologías modernas, etc. Son medias verdades que, todas juntas, no llegan a constituir ninguna clase de verdad. La pregunta sobre el despilfarro apunta al satisfecho que despilfarra, no al pobre que carece de los bienes básicos.

El cuidado esencial es algo que es más que una mera ayuda puntual que calme las conciencias o apacigüe las ansias de liberación que subyacen en la vida de los pueblos empobrecidos. Se trata de saberse responsable de la vida de los otros y desplegar el afán de cuidar a aquellas personas que, imbuidas de la misma dignidad y necesidades que yo, demandan su cuota de justicia no satisfecha. Mientras “cuidar” no sea una vocación explícita y explicitada, el despilfarro campará a sus anchas con la sonrisa del bienpensante que cree que no está haciendo nada malo.

Quizá una manera práctica de entrar en una dinámica distinta a la del despilfarro será “ir a ver”, hacer pequeñas (o no tan pequeñas) experiencias de inmersión en medios sociales globalmente pobres. Valorar ahí el alimento, el agua, la energía, la salud, como realidades frágiles y escasas para luego, comparando con la sociedad del despilfarro, extraer consecuencias personales y sociales que lleven a un cambio.

 

  1. 4.    Una Iglesia decrecida

 

         ¿Puede aplicarse la espiritualidad del decrecimiento a la realidad eclesial? Sin ninguna duda, como a los otros colectivos sociales. De salida creemos que una “iglesia decrecida” está más cercana al sueño de Jesús que una iglesia poderosa. La evangélica idea de la “levadura en la masa” se acomoda más al decrecimiento. Pretender que toda la masa sea levadura (no que la masa fermente, aunque siga siendo masa), es una anomalía.

Hemos heredado la idea de que la Iglesia tiene que ser evangelizadora, misionera, cada vez más amplia hasta ser universal. Esta idea es peligrosa porque cree que es una iglesia más de Jesús cuanto más grande es, en todos los sentidos. Tanto desde el punto de vista ideológico, como desde el práctico, esta idea es peligrosa y va unida a la idea de misión: hacer misión es una obligación, se dice. Pero esta idea de misión grande, universal está asentada sobre la evidencia de la bondad única del mensaje y la lógica obligación de aceptarlo. De ahí a la imposición hay un paso. Y una Iglesia amplia basada en imposiciones se aparte del “la carga ligera” que es la propuesta de Jesús.

Prisioneros del criterio del número, pensamos que cuantos más sean cristianos, mejor. Por eso, el número ha sido el activador de la misión en épocas pasadas (¿en parte no lo continúa siendo?). Hay que decir que, según el Evangelio, cuanto más adheridos a Jesús y sus valores, mejor. El número pasa a un segundo término.

Muchos creyentes, algunos de ellos notables, han tenido la idea de una Iglesia decrecida. Recordamos: “En todas partes constituye una minoría numérica, al menos si hablamos de un cristianismo verdaderamente vivido; de hecho, en ninguna parte desempeña una función de “leadership” que le permita dejar de un modo potente y sensible la huella de los ideales cristianos en la vida seglar” (Rahner 1965). “De la Iglesia de hoy saldrá también esta vez una Iglesia que ha perdido mucho. Se hará pequeña, deberá empezar completamente de nuevo. No podrá ya llenar muchos de los edificios construidos en la coyuntura más propicia. Al disminuir el número de sus adeptos, perderá muchos de sus privilegios en la sociedad” (Ratzinger 1970). “¿Somos los últimos cristianos? Ciertamente somos los últimos de un estilo de cristianismo. No somos los últimos cristianos” (Tillard 1998).

Parece que hemos llegado a lo contrario: una iglesia que no solamente añora los tiempos de la cristiandad sino que hace planes de recuperación de las “raíces cristianas” y que parece buscar esos tiempos perdidos. Una iglesia que quiere ser relevante y que quiere que sus criterios (incluso en asuntos políticos) ser tenida en cuenta. Una Iglesia volcada a los grandes medios de comunicación con expresiones multitudinarias y con el amparo de los gobiernos de turno.

¿Es así toda la realidad eclesial? Ciertamente no. Siguen existiendo, aunque algo silenciadas y ninguneadas por el sistema, las CEBs siempre tras su anhelo de una vida cercana al mensaje liberador de Jesús. Sigue habiendo grupos “paralelos” que buscan incansablemente el rostro de Dios y sienten vivo el acompañamiento de Jesús. Hay, incluso en las parroquias humildes, grupos de búsqueda cristiana, flexibles, conectados con la realidad de hoy, cercanos a la vida de los humildes.

 

6

EL CAMINO DE LA FE VIVIDA

EN ALEGRÍA

 

         Los críticos con la religión cristiana la han censurado porque, dicen, es una religión gris, triste, tremebunda incluso, siempre cercana a la muerte, lejos de la alegría. Habrá que situar las cosas en su justa medida, pero algo de razón no les falta. Basta asistir a cualquiera de nuestras eucaristías.

         El franciscanismo ha sido caracterizado como una espiritualidad de la alegría. La figura de Francisco de Asís se ha pintado en modos amables y alegres. De ahí, quizá, su atractivo. Pero el peligro es banalizar tal alegría, como si Francisco fuera una persona superficial que habla con pajarillos y lobos. La alegría franciscana, como veremos, está urdida con otras mimbres.

         Por eso, aún hoy, un camino franciscano para volver a Jesús es redescubrir la alegría franciscana de ser hermano/a, algo que está construido sobre un camino a veces difícil, pero siempre hermoso.

 

  1. 1.    La voz de los textos franciscanos: VerAl

 

1El mismo fray Leonardo refirió allí mismo que cierto día el bienaventurado Francisco, en Santa María, llamó a fray León y le dijo: «Hermano León, escribe». 2El cual respondió: «Heme aquí preparado». 3«Escribe –dijo– cuál es la verdadera alegría. 4Viene un mensajero y dice que todos los maestros de París han ingresado en la Orden. Escribe: No es la verdadera alegría. 5Y que también, todos los prelados ultramontanos, arzobispos y obispos; y que también, el rey de Francia y el rey de Inglaterra. Escribe: No es la verdadera alegría. 6También, que mis frailes se fueron a los infieles y los convirtieron a todos a la fe; también, que tengo tanta gracia de Dios que sano a los enfermos y hago muchos milagros: Te digo que en todas estas cosas no está la verdadera alegría. 7Pero ¿cuál es la verdadera alegría? 8Vuelvo de Perusa y en una noche profunda llegó acá, y es el tiempo de un invierno de lodos y tan frío, que se forman canelones del agua fría congelada en las extremidades de la túnica, y hieren continuamente las piernas, y mana sangre de tales heridas. 9Y todo envuelto en lodo y frío y hielo, llego a la puerta, y, después de haber golpeado y llamado por largo tiempo, viene el hermano y pregunta: ¿Quién es? Yo respondo: El hermano Francisco. 10Y él dice: Vete; no es hora decente de andar de camino; no entrarás. 11E insistiendo yo de nuevo, me responde: Vete, tú eres un simple y un ignorante; ya no vienes con nosotros; nosotros somos tantos y tales, que no te necesitamos. 12Y yo de nuevo estoy de pie en la puerta y digo: Por amor de Dios recogedme esta noche. 13Y él responde: No lo haré. 14Vete al lugar de los Crucíferos y pide allí. 15Te digo que si hubiere tenido paciencia y no me hubiere alterado, que en esto está la verdadera alegría y la verdadera virtud y la salvación del alma.»

 

         Es un texto franciscano muy conocido y apreciado por los que se sienten ligados a Francisco. Con frecuencia se representa en el teatro o en el cine. Los antiguos franciscanos lo apreciaban mucho. De hecho aparece narrado en 2Cel 125 y ampliado en Flor 8.

-         Dicen que este relato es como una conclusión y síntesis de las Admoniciones: el verdadero quid de la cuestión franciscana es saber si se puede seguir siendo hermano cuando no se te da amor, respeto y acogida.

-         ¿Cómo ser hermano en el amor asimétrico? ¿Cómo reaccionas cuando amando tú crees que no se te devuelve amor? Esa es la cuestión.

-         Este texto ha “surgido presumiblemente en el mismo contexto espacio temporal y anímico que el Cántico de las criaturas y la Exhortación cantada a Clara y sus hermanas”. ¿Cuál es ese contexto? Es el final de la vida de san Francisco, cuando ha estallado el conflicto con los hermanos que quieren una Orden organizada y potente, cuando Francisco piensa que ha fracasado y anda en su noche oscura (aquello que reflejó tan bien el librito de E. Leclerc, Sabiduría de un pobre). En ese rechazo grande, Francisco reafirma su fe inquebrantable en la fraternidad: ni el mayor de los rechazos habría de ser motivo para dejar de ser hermano, para dejar de amar. Hablar de “alegría” en esta situación es francamente para nota.

-         Por eso, no es solamente un texto “bonito”. Es un texto hondamente sufriente, hondamente herido, hondamente fraterno. El calificativo de “hermano” Francisco se lo ha ganado a pulso, a lágrimas, a corazón ofrecido.

 

Saboreamos el texto:

 

  • Escenario del relato: 1-3:

 

-         El lugar es Santa María de los Ángeles, la capillita amada por Francisco, el lugar donde nace la Orden, el sitio más sagrado. Pues bien, ahí se le va a dar con la puerta en las narices. Para medir lo hiriente del relato.

-         El redactor es el hermano León, el más amigo de Francisco. Estas son cosas que solamente pueden hablarse con amigos de verdad, porque se está hablando de las hondas penas del alma, de lo que hiere de verdad, de lo que duele mucho. Solo un amigo puede ser capaz de recoger estas lágrimas tan amargas.

-         Dice Francisco que esto ha de “escribirse”, como si dijera: que los hermanos de hoy y los que vengan no lo olviden, porque esto siempre funciona así: ¿cómo reaccionar ante el amor rechazado? Ya lo decía Jn 13,35: “En esto conocerán que sois discípulos míos…”.

-         Es un asunto de “alegría”. ¿Cómo se puede hablar de alegría en una situación de rechazo? ¿De qué alegría estamos hablando? Juan 16,22 habla de una alegría “que no os quitará nadie”. La alegría normal es muy frágil, desaparece pronto. Esta alegría tiene que ser compatible con las lágrimas, con el sufrimiento. ¿Es posible? Para medir un poco las profundidades en las que se mueve Francisco. Para no banalizar el relato.

 

  • Qué no es verdadera alegría: 4-7:

 

-         Los “maestros de París”, la mejor universidad del mundo entonces, se hacen franciscanos. Es el anhelo de muchos que quieren ya ir a estudiar a París (san Buenaventura será, años más tarde, estudiante en París). Están pensando en montar un studium franciscanum allí. Eso daba peso e identidad a una Orden cuando mucha gente del clero le negaba el pan y la sal. Eso daría un prestigio intocable. No está en este asunto la “verdadera” alegría. Puede haber otra alegría, pero no la verdadera.

-         Los “prelados y el rey de Francia e Inglaterra”: Todos los estamentos de poder, el eclesiástico y el civil. El gran poder, el mayor de la época. El poder que abarca todos los países lejanos: ultramontanos, Francia, Inglaterra, todo el poder conocido. Una Orden con poder, el que muchos anhelan. La exageración pone en evidencia el ansia: anheláis más poder que el rey de Inglaterra. El poder que roe los cimientos de la Orden que algunos sueñan. No es “verdadera” alegría.

-         La conversión de los infieles gracias a la predicación de los hermanos, los abundantes milagros de Francisco: fama a costa del Evangelio, honor que revierte en el milagrero, no en Jesús. Anhelos espirituales que tampoco casan con la “verdadera” alegría porque terminan siendo alimento para un yo enquistado. Una Orden asentada sobre las ganancias del yo. La “verdadera alegría” no puede caber sino en un yo desplazado, en personas que no sucumben a la enfermedad del yo.

 

  • Qué es verdadera alegría: 8-14:

 

En la segunda parte del díptico se narra lo que es esa alegría extraña, “verdadera”. Comienza dibujando el escenario:

-         La palabra más importante es “frío”: invierno, frío, agua frías, aterido y helado. Además de helado por fuera, helado por ser rechazado. Hielo sobre hielo, frío sobre frío. ¿Cómo mantener algo “caliente” (el amor) en un escenario de tanto frío?

-         La “puerta”: puerta cerrada, lo que separa, lo que aísla, lo que rompe la relación. Se llama “un buen rato”. Al que está dentro no le importa lo que pasa fuera, en el frío. El que está dentro se cree hermano, pero es el que llama quien quiere ser hermano. Situación paradójica. ¿Cómo ser hermano estando fuera, en las afueras?

-         El que acude es un “hermano”, pero aislado, molesto, desconsiderado, rechazador. Pero es el hermano. ¿Cómo verlo como hermano cuando se presenta como portero que rechaza?

-         La pregunta “quién es” tiene fondo: es la pregunta por la identidad del que llama, por su verdadero ser en relación con el llamado. Por eso la respuesta es la mejor: un “hermano”, el hermano Francisco: uno que se empeña en la fraternidad evangélica, que no quiere salirse del marco de la fraternidad. Que se le pregunte, que los hermanos mismos le pregunten tú quién eres ya resulta extraño cuando ha sido Francisco quien ha sembrado la semilla evangélica de la fraternidad.

-         Esto va a dar lugar a una serie de rechazos que muestran el extraño y profundo rechazo en que se mueve la vida de Francisco al final de su camino. ¿Cómo es posible que en tan pocos años el sueño de la fraternidad se haya convertido una pesadilla tal?

  • Primer rechazo: “no es hora decente”: no guardas las horas establecidas, las marcadas por una vida estable, monástica. No puede ser hermano nuestro quien anda en los caminos, porque es mal signo: hay que andar en casa, cerrado, recogido, establecido. No es de fiar uno que anda en caminos (nos hemos alejado del Jesús que anduvo en los caminos: “Iba de camino”: Mc 9,30). Francisco y los hermanos que andan a distinta hora.
  • Segundo rechazo: “eres simple e inculto”. La simplicidad que era el signo principal de la vida franciscana se convierte ahora en la mayor dificultad para el que es “culto”. La consecuencia es clara: “ya no vienes con nosotros”: la Orden va por un camino que no es el tuyo. Nuestros caminos se han separado, ¿por qué seguir empeñado en ser hermano de quien va por otro camino? La evidencia: “somos tantos y tales, no te necesitamos”. No eres una aportación útil, no añades ningún valor a nuestra vida. No solamente somos autónomos, sino que somos numerosos. Eres tú quien está en inferioridad numérica y en inferioridad cualitativa. Ya no sirves.
  • Tercer rechazo: el más cargado de sentido porque se invoca “al amor de Dios”, razón última de cualquier apelación a la generosidad entre cristianos. Y, además, se sitúa en los mínimos: “por esta noche”: veamos si es posible mantener los mínimos del amor. Pues decididamente, no: “no lo haré”. Sin titubeos. Y ahora la mayor herida: “Vete al lugar de los crucíferos”: son los lugares donde se refugiaban los hermanos en los primeros tiempos y eran, frecuentemente, leproserías atendidas por “crucíferos” una orden fundada en 1165. O sea: vuelve al comienzo, funda otra vez otra Orden como aquella porque la nuestra es distinta, no es la que tú fundaste. El rechazo es total.

 

  • Conclusión: 15:

 

Se podría pensar que no hay nada que hacer, que asumir la realidad como ruptura de la fraternidad es el único camino. Pues no, “si he tenido paciencia y no me he turbado”, es decir, si sigo en los parámetros de la fraternidad, si no maldigo de quienes me rechazan, si no muere el amor que antes había, si más allá del dolor y de las lágrimas sigo mirando como hermano a quien antes lo miraba así, ahí está “la verdadera alegría, la verdadera virtud y la salvación del alma”. Es decir: ahí se demuestra si entiendes de verdad la fraternidad, si eres persona de evangelio y si te acercas a la plenitud de la fe. Lo demás, es engañarse. Algo insólito.

     Las preguntas se agolpan: ¿cómo se había llegado a una situación así? ¿Solamente por el endurecimiento de los intelectuales? ¿Qué parte tenía el mismo Francisco en esto? ¿Su difícil flexibilidad, su visión personalista del evangelio, su ideal identificado con él mismo no tuvo que ver? ¿El haber aceptado a muchos hermanos sin gran discernimiento no tuvo que ver? ¿La misma Iglesia que vio en los franciscanos un filón no tuvo nada que ver? ¿Se puede poner la relación al borde de la ruptura por cuestiones ajenas a ella?

 

 

  1. 2.    La voz del Evangelio: Lc 10,21

 

«En aquel preciso momento, exultante con el gozo del Espíritu Santo, exclamó: -¡Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra, porque si has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, se las has revelado a la gente sencilla! Sí, Padre, bendito seas por haberte parecido eso bien».

 

  • En un texto que, dentro del viaje a Jerusalén, narra la vuelta de la misión de los setenta. Es de los pocos textos donde se muestra la alegría de Jesús (el tema de la alegría no es frecuente en los evangelios ¿por qué?).
  • La alegría de Jesús es profunda porque sus seguidores  han hecho la misión del reino en modos aceptables, cosa no fácil para quien proviene del judaísmo. Esa misión ha sido, básicamente, una misión de liberación. Una alegría que brota de la liberación del otro.
  • Los sabios y entendidos no han captado el sentido de liberación del reino porque son gente próxima al poder. Si este se ve amenazado, la tristeza aflora a sus vidas. El reino y su sentido se les oculta. Por ello su vida se instala en el gris sobre gris.
  • El reino es para sencillos que profundizan, no para los superficiales. Por eso, la alegría evangélica brota de fuentes profundas, no de una superficialidad vacía.
  • El Padre es la fuente de alegría de Jesús y su designio de que nada se pierda.

 

  1. 3.    Invitaciones a la alegría

 

  • La alegría se vuelve desbordante en los tiempos mesiánicos. Ya hemos dicho que no ha caracterizado, a veces, la alegría al cristianismo. Una religión de la tristeza, la han tildado algunos. Sería preciso no solamente desarrugar el ceño, sino cultivar el disfrute sencillo, las pequeñas alegrías cotidianas y entender y vivir la práctica religiosa no como una imposición, sino como una suerte que nos enriquece.
  •  Convertirse en mensajero de alegría para los demás: Ya que una alegría que no se contagia no puede ser de calidad. La vida fraterna habría de ser vida de alegría contagiada, no de disgusto multiplicado. La comunidad cristiana habría de elaborar planes de pastoral para el contagio de la alegría en tiempos, como el nuestro, de notables dificultades para la misma. Una alegría que habría de tener arraigo antropológico. No meras palabras, sino también hechos, ayudas, empujes, situaciones de vida que generen alegría.
  • La creación entera participa de esta alegría de la salvación: Es algo que puede ayudarnos a reavivar el fuego de la alegría: la creación, hermana nuestra, también quiere participar en la alegría creacional y puede ayudarnos a avivar la alegría. Alegrarse con la creación es una de las formas más puras de alegría. Esto puede hacerse con todo lo que nos rodea, cuidándolo, amándolo, disfrutándolo. Basta abrir los ojos y el corazón.
  • La alegría se vive en medio de las pequeñas cosas de la vida cotidiana, como respuesta a la afectuosa invitación de nuestro Padre Dios: No se precisan grandes cosas para cultivar la alegría. En el cada día de uno, por sencillo que sea, se puede cultivar la hermosa planta de la alegría. Hacerlo es un acto de fe y de confianza en la invitación del Padre. Sumirse en el desconsuelo y en el gesto adusto es responder mal al afecto de Dios sobre nosotros y sobre las criaturas.

 

  1. 4.    Un río de alegría

 

  • El Evangelio invita insistentemente a la alegría. Cruz y alegría se pueden mezclar; limitación histórica y gozo se pueden unir; debilidad y disfrute pueden ir unidos en parte. Es una sabiduría enorme de vida y de fe saber hacer esta mezcla. Quien lo consigue, logra que la debilidad no le derrote y saca partido a las pequeñas alegrías que la vida ofrece cada día. De ahí la invitación “insistente” del Evangelio a vivir en alegría.
  • Nuestra alegría cristiana bebe de la fuente de su corazón rebosante. Por eso mismo hay que saber del corazón de Jesús. Esto es algo más profundo que lo meramente devocional. hay que saber de los valores evangélicos, que conforman el corazón de Cristo, su más profunda profundidad. Hay que saber en la vida propia, en la práctica de valores como el perdón, la paz, el amor, la generosidad, la entrega, el servicio, la sencillez, etc. Esos son los valores del corazón de Jesús. De ahí, de su práctica, brota un raudal de alegría.
  • En la primera comunidad…había «una gran alegría»: Quizá se halle ahí el secreto del atractivo de aquella comunidad y el de su maravillosa expansión en un mundo nada proclive al Evangelio. Quizá podríamos reproducir en nuestra comunidad aquel anhelo y contribuir con decisión a una comunidad de una fe alegre, contagiosa, jovial, despejada, aireada.
  • ¿Por qué no entrar también nosotros en ese río de alegría?: Como quien entra en un río, sacudiéndose la pereza, deseando entrar en la frescura y el disfrute, queriendo compartir el gozo de hacer parte de una corriente grande de alegría. Hay muchas personas en el mundo que viven contentas, incluso en medio de situaciones no fáciles. Tendríamos que animarnos a entrar en ese río de hermosas aguas; no en la turbia corriente de la tristeza y del disgusto.

 

PARA EL TRABAJO DE LA TARDE:

 

  1. 1.    Punto de partida: Cascarones vacíos

(Se lee detenidamente, subrayadamente)

 

            Aunque es noviembre y el frío se va haciendo cada día más cercano, el sol caldea por la tarde el rincón del parque. Por eso, al abrigo, se está bien, sentados en un banco, hablando con Alí, un apátrida.

            “Mucha gente no sabe qué es un apátrida, por más que la palabra esté en el diccionario. Te lo voy a decir yo: es como si fueras un pez atrapado en un estanque cuadrado, un cascarón vacío. Eres persona, pero no tienes identidad. Intenta sentir lo que yo siento: cuando abro la puerta de mi casa no tengo conciencia de tener un hogar, de estar en mi terreno. No tengo hogar. Somos tan invisibles que la sociedad española no sabe ni que existimos”. Caen las frases como grandes piedras en el fondo del río.

            En el mundo hay entre 10 y 19 millones de apátridas. En Europa son como unos 600.000 mil. Son personas sin identidad social porque vienen de países que se desmembraron o de minorías étnicas que no tienen el reconocimiento civil otorgado por un Estado. Viven en un limbo legal, disfrutando solamente, cuando consiguen el reconocimiento de apátrida, de un acceso mínimo a la protección legal y a la sanidad porque la nacionalidad es esencial para la plena participación en la sociedad. Y ellos no la tienen. Solo pueden viajar y trabajar controladamente, no pueden abrir una cuenta bancaria y si se mueren, su defunción no quedará registrada en documento alguno.

            “Vosotros los españoles, dice Alí, tenéis un refrán que dice: ‘Qué se puede esperar de quien no tiene hogar’. Nosotros no tenemos hogar. Por eso, conseguir la nacionalidad sería para mí como si me tocara la lotería”.

            Alí es de origen baharí, una minoría étnica de Bangladesh a la que despectivamente se le conoce como “los desamparados paquistaníes”. En la guerra de 1971 se provocó la secesión de la parte oriental del país que conocemos como Bangladesh. Los biharia quedaron en ese territorio. Al haber apoyado al gobierno de Paquistán, el gobierno bangladesí no les reconoce la nacionalidad.

            Aunque uno se sumerja en los informes oficiales, es muy difícil saber cuántas personas apátridas hay en España, cuántas demandan esta figura y cuántas concesiones otorga el Estado. Parece que hay varios miles de demandas, en torno a tres mil, y que las concesiones son lentas y muy pocas, algunas decenas al año. La mayor parte de estas peticiones las hacen en España los saharauis. Al no ser reconocido su “estado” como tal (la República Árabe Saharahui Democrática), los jóvenes saharauis que vienen de la excolonia española a la península optan por la apatridia ya que el estatuto de refugiados políticos les está vetado.

            De esta manera quieren hacer visible la causa de su pueblo que lleva más de 40 años dividido entre los territorios ocupados por Marruecos y los campamentos de refugiados en Argelia. Y es lo que ellos dicen: “Sin identidad, se acaba por dejar de existir”. La suya es una lucha por la identidad y por la supervivencia. Y si se acogen a la figura de apatridia es porque les hace falta un documento para poder vivir y viajar temporalmente, porque el tal documento es válido solamente para cinco años. Todos creen que su situación va a ser temporal.

            Puede que se considere todo esto unas “migajas”. Pero ha costado lo suyo llegar a ellas. El Estado español concede el estatuto  de apátrida solo a los saharauis que viven en los campamentos. Antes el ministerio alegaba que tenían la nacionalidad argelina porque Argelia les otorga un pasaporte, que en realidad es un simple título de viaje que no concede la nacionalidad. El recurso a la apatridia implica, en cierto sentido, renunciar a una patria a cambio de poder moverse por el mundo y, en un futuro, solicitar la nacionalidad del país que ha concedido el estatuto. A los saharauis que viven en las zonas ocupadas se les cierra también esta puerta porque se les impone la nacionalidad marroquí.

            “La apatridia, dice Alí, te da una sensación de vacío que nadie puede comprender. Es como vivir sin raíces. Y, aunque no te queda otra, ese vacío del corazón te acompaña hora a hora. Me pregunto si tal vacío no será mi casa para siempre”.

            Cae la tarde sobre el rincón del parque. Antes de despedirnos con un apretón de manos digo a Alí: “No tienes papeles, pero eres una persona”. El silencio y la mirada dicen “gracias”. A secas.

 

  1. 3.    Preguntas:

 

  1. 1.    ¿Cómo acercarse a las vidas decrecidas de los empobrecidos?
  2. 2.    Prácticas de decrecimiento en nuestras comunidades.
  3. 3.    ¿Cómo alegrar un poco la vida de quienes andan por la vida con dificultades?
  4. 4.    Prácticas de alegría en nuestras comunidades.

 

 

7

EL CAMINO DE UNA LIBERTAD

HECHA DE AMOR Y DE INTEMPERIE

 

         La libertad es uno de los grandes valores que constituyen el núcleo de lo humano. Renunciar a ella es renunciar a ser persona; cultivarla es un trabajo de por vida; amarla es  recrear el sueño de la vida en gozo.

         La  VR no ha elaborado mucha espiritualidad sobre la libertad. Más aún, la ha visto como un obstáculo al voto de obediencia y por ello la ha combatido y olvidado. Pero sin libertad, la persona está disminuida. ¿No podría entenderse justamente la obediencia como el voto de la libertad puesta en común, en el molde de lo fraterno?

         Por eso, el camino de la libertad puede ser entendido como una senda de recuperación evangélica. La vida franciscana ha hecho de la libertad un valor originario. Pero tal libertad ha estado hecha de amor al hermano y de intemperie que no se somete al dictado del poder. Quizá por ahí haya un camino.

 

  1. 1.    La voz de los textos franciscanos: CtaL

 

«Hermano León, tu hermano Francisco te desea salud y paz. Así te digo, hijo mío, como una madre, que todo lo que hemos hablado en el camino, brevemente lo resumo y aconsejo en estas palabras, y si después tú necesitas venir a mí por consejo, pues así te aconsejo: Cualquiera que sea el modo que mejor te parezca de agradar al Señor Dios y seguir sus huellas y pobreza, hazlo con la bendición del Señor Dios y con mi obediencia. Y si te es necesario en cuanto a tu alma, para mayor consuelo tuyo, y quieres, León, venir a mí, ven».

 

  • Se ve que Francisco y León, grandes amigos, han tenido algún encontronazo, no sabemos cuál. Es “lo que hemos hablado por el camino”. Los caminos de la libertad en la vida fraterna no vienen dados. Hay que elaborarlos paso a paso, situación a situación.
  • Se ve que había sido doloroso y Francisco lo daba por zanjado, incluso con su autoridad “de madre”, de responsable de la fraternidad. Es compatible la libertad con una cierta autoridad espiritual que puede salir de parte de aquel que trabaja el evangelio. No tiene más razón quien tiene más autoridad, sino quien trabaja más el evangelio.
  • Francisco deja libertad de acción a León: “el modo que mejor te parezca…hazlo con la bendición del Señor”. Al fin y al cabo, muchos de los interrogantes de la vida los tiene que solucionar uno mismo. No puede ser uno suplantado por alguien que diga lo que hay que hacer. Uno mismo, con asesoramiento fraterno, ha de tomar las decisiones y tales decisiones han de contar con el plan comunitario del que se hace parte.
  • Francisco no se cierra al diálogo posterior, no obstante: “si quieres venir a mí, ven”. El hermano siempre tiene acceso a su vida, sea cual sea el tema. Las decisiones que se toman con libertad quedan siempre abiertas a nuevos caminos. Dar por totalmente zanjadas las cuestiones puede ser, a veces, un acto de autoritarismo.

 

  1. 2.    La voz de los evangelios: Mt 12,1-8

 

«En aquella ocasión, un sábado echó Jesús a andar por lo sembrado; los discípulos sintieron hambre y empezaron a arrancar espigas y a comer. Los fariseos, al verlo, le dijeron: -Mira, tus discípulos están haciendo lo que no está permitido en día de precepto. Él les replicó: -¿No habéis leído lo que hizo David cuando él y sus hombres sintieron hambre? Entró en la casa de Dios y comieron de los panes y de la ofrenda, cosa que no les estaba permitida ni a él ni a sus hombres, sino solo a los sacerdotes. Y ¿no habéis leído en la Ley que los sábados los sacerdotes violan el precepto sin incurrir en culpa? Pues yo os digo que hay algo mas que el templo aquí. Si comprendierais lo que significa misericordia quiero y no sacrificios (Os 6,6) no condenaríais a los que no tienen culpa. Porque el Hombre es señor del precepto».

 

  • El texto refleja la oposición de los dirigentes al Mesías revelado desde su pobreza. No pueden admitir que un excluido obre con la libertad de un empoderado.
  • El sábado era una realidad intocable hasta colocarla por encima de la persona. El mecanismo religioso posterga la libertad de la persona en base al mantenimiento del poder. Quien manda se hace valor imponiendo normas.
  • Jesús tiene otra manera de pensar: no hay valor de más envergadura que la persona, sobre todo la persona con necesidad (con hambre en este caso). La normativa religiosa, por santa que se quiera (la contemplación de Dios creador en sábado) deber ir después (Dt 23,26 permitía arrancar espigas en sembrado ajeno “con la mano”. Pero no tiene la problemática del sábado, que es el asunto aquí).
  • La historia de David y sus soldados con hambre que viene en 1 Sam 24,1ss Jesús la cuenta a su manera: allá se dice que David “pidió” al sacerdote Ajimelec que le diera los panes y aquel se los dio. Pero Jesús dice que “entró en la casa de Dios” con sus hombres, con sus tropeles. Hay aquí una defensa militante de la libertad para obrar cuando la persona tiene necesidad.
  • Para Jesús la cosa está clara: no está en contra del sábado, pero si éste choca con la necesidad de la persona, ésta se pone por delante como primer argumento.
  • ¿Dónde aprendió tal libertad viviendo en un ambiente religioso tan coactivo? ¿Quizá en sus noches de oración (Mc 1,35)?

 

  1. 3.    La libertad de pertenecer

 

         Un antiguo maestro general de los dominicos, Timothy Radcliffe, hablaba de la obediencia como de la “libertad de pertenecer”. Me parece una expresión atinada que puede aplicarse no solamente al llamado voto de obediencia, sino a toda la vida religiosa. Libertad, porque libremente hemos venido a esta vida y libremente estamos en ella. Nadie nos coarta, nadie nos obliga. Estamos aquí porque lo deseamos, porque hemos entrevisto las posibilidades hermosas de una vida en seguimiento dentro de un grupo. Pero, eso sí, estamos dentro de un grupo, “pertenecemos” a un proyecto común, a un plan de conjunto. Estos dos elementos, mi deseo personal y la evidencia de que estoy con otros en grupo, han de estar equilibrados en nuestra vida para vivir la pertenencia con sensatez, sin tensiones excesivas, con creatividad.

         Este equilibrio no resulta fácil. Hay hermanos y hermanas que, llevando muchos años en la vida religiosa, no han entendido del todo que el proyecto común en el que están insertos puede ser el mayor beneficio para su vida personal. Al no entender esto, sufren por una extraña dialéctica: mi comunidad no me entiende, no me siento parte de la comunidad porque no me dan lo que creo necesario para mi vida. Es que no resulta fácil pasar de la orilla de uno a la orilla de la comunidad. Es un proceso que dura toda una vida. Se trata de pasar del horizonte de uno al horizonte de todos. O, si se quiere de una forma más pedestre, se trata de viajar en bus colectivo, no en mi coche individual, para, como decía el poema de León Felipe, “llegar todos juntos y a tiempo”.

         Por todo esto, habrá que entender y vivir la pertenencia no como un peso, sino como un gozo. Hay que caer en la cuenta del contrasentido que es que, habiendo venido a una vida en grupo, nos cueste tanto todo aquello que se construye en grupo. No hemos entendido bien el mecanismo básico de lo que es vivir en comunidad, en relación elemental entre personas. Por eso, hasta el último aliento de la vida habrá que trabajar el aspecto comunitario, la pertenencia a nuestra Congregación. Ésta no es mero sentimiento colectivo, mera adscripción religiosa, simple afán por “defender” a la Congregación. La pertenencia es ilusionarse por el proyecto común, creer que es posible llevarlo adelante a pesar de que seamos grupos frágiles, tener fe en las posibilidades de renovación de la Congregación, sembrar ilusión controlando todos los desalientos. La pertenencia es más una actitud interior que los modos externos de un grupo religioso.

         ¿Pueden nuestros grupos adquirir esa certeza de que el grupo y su proyecto son para mí un gran beneficio, el mayor beneficio que Dios ha puesto en mi vida? Sí, lo pueden. Pero es preciso cultivar el anhelo de todos seamos profetas de la fraternidad, personas enamoradas. Hay en el libro de los Números una escena hermosa: Moisés no podía solo llevar la dirección de la numerosa comunidad israelita y decidió “repartir el espíritu” con otros ancianos. Nombró a setenta. Pero, el día del nombramiento, dos de los señalados, Eldad y Medad, no acudieron a la cita. Posteriormente se pusieron a profetizar como todos y Josué, hombre duro, quiso que Moisés se lo prohibiera. Y entonces dijo Moisés una frase hermosa: “¡Ojalá que todo el pueblo profetizara y el Señor infundiera en todos su espíritu!” (Num 11,29). Pues bien, el proyecto de vida comunitaria quiere poner carne a este gran deseo de Moisés: un pueblo, una comunidad, con espíritu, con alma, con profecía, donde cada uno de sus componentes encuentre su lugar en el mundo, su realización, su felicidad. ¿Es esto un sueño imposible? ¿Nos hemos apuntado a una quimera?

         Pensamos que no. Muchos otros hermanos y hermanas han vivido este sueño a su medida en épocas pasadas y presentes. A los franciscanos y franciscanas nos gusta recordar aquellos primeros capítulos de las esteras en que ser reunían los hermanos para alegrarse y convivir porque “eran felices cuando podían reunirse y más felices cuando podían estar juntos” (1C 39). Ser feliz con el otro, más allá de su limitación, ése es el ideal de la comunidad. Y si no se descubre algo de esto, si no se intuye esa felicidad, si no aparece por ningún lado la alegría de relacionarse y convivir, el tema de la pertenencia se nos hace muy cuesta arriba. Pero si esa dicha elemental de vivir con y para el otro se hace presente en nuestra vida, la pertenencia será una alegría, nunca un peso.

         Hay una película que recomiendo vivamente a los hermanos y hermanas: Tierra de ángeles,  del director Kay Pollak. Narra la vida de un coro humilde de una parroquia luterana en Suecia. Un coro es un grupo de personas que canta. Siempre se pone el acento en el “que canta” y eso se valora de un coro. Pero son “un grupo de personas”. Y el canto depende de cómo funciona ese grupo de personas, de sus anhelos, ilusiones, frustraciones, luchas, acompañamientos, lejanías. Si eso no se aclara y se pone en orden, la pertenencia, es muy difícil que el coro cante bien. Nosotros somos “un grupo de personas que quiere seguir a Jesús”. Si olvidamos que somos “un grupo de personas”, con todo lo que eso conlleva, no podremos seguir a Jesús con ánimo y vigor.

         La pertenencia, pues, está ligada al cimiento de nuestra vida relacional. No basta para ser buen religioso o religiosa cumplir una normativa, llevar un determinado estilo de vida, vivir en una casa grande y sin casarse. Eso es el andamiaje externo, por muy importante que sea. Lo decisivo es la relación con el otro, la manera de mirarle, de amarle, de acogerle. Y, desde ahí, la certeza de que estamos en un proyecto común, en un anhelo compartido, en una vida participada. Esa perspectiva de lo común, esa sensibilidad por lo de todos, esa certeza de que nuestra opción es la fraternidad se hace absolutamente imprescindible para entender y vivir gozosamente la pertenencia.

        

  1. 4.    Una obra de liberación:

 

         Para construir una espiritualidad nueva en estos tiempos de reducción en los que vivimos, necesitamos, como previo, ir haciendo una obra de liberación. Concretamos en algunos puntos:

 

1) Liberarnos del fantasma del número:

 

  • Hemos de intentar liberarnos de la tiranía del número: Jesús no puso como requisito del seguimiento un determinado número y calidad de personas. Se puede ser seguidor/a en número reducido en posibilidades menguadas. La cuestión no es tanto el número cuanto la ilusión.
  • Por lo tanto: habríamos de estar más preocupadas por la ilusión, por el ambiente de la comunidad, por sus ganas de seguimiento, que por sus limitaciones y achaques.
  • Es preciso hacer del seguimiento un tema obstinado de logro y de deseo, poniendo ahí el acento sin obcecarnos con el tema del número y de nuestra situación limitada.
  • No van las cosas mejor en la comunidad solamente porque seamos más brazos para las tareas sino porque los corazones estén más unidos en torno al proyecto evangélico.
  • Hemos de creer a pie juntillas que siendo las que somos, en número y calidad, el ideal del seguimiento es alcanzable en medida interesante por nuestra comunidad.
  • No ha de ser definitivo el que nos sintamos arropadas por un gran número de personas sino por gente que entiende de verdad nuestra opción de seguimiento.
  • No es bueno estar recordando siempre los tiempos en que éramos tanto y tales. También entonces el seguimiento era la cuestión (y a veces resulta en modos menos interesantes que ahora). La fidelidad a lo que se nos ha prometido nos habría de hacer mirar hacia delante más que hacia atrás.
  • No obstante todo lo dicho, hay que sentirse responsables ante el número. Es decir: cómo seguir haciendo hoy una oferta de seguimiento desde el conjunto de la comunidad. Lo que ha sido bueno en otras épocas lo sigue siendo ahora. Hay que preguntarse desde qué perspectivas es ofertable un plan de seguimiento en u determinado carisma.

 

2) Liberarnos de un pasado “glorioso”:

 

  • Nuestro pasado que, por querido, recordamos como “glorioso” no lo fue tanto. Debajo de las glorias oficiales había mucho “barro” sin aclarar. En ese sentido, hoy estamos en mejor situación para que no se produzca esa “esquizofrenia”.
  • Quizá nuestra actual debilidad nos vaya enseñando a poner el acento en realidades distintas a nuestras obras. Antes se medía mucho esa fuerza por las obras y el talante religioso por la dedicación con que nos dábamos a ellas. Ahora los acentos se van desplazando a otros aspectos más de búsqueda, más espirituales incluso, más fraternos.
  • Bien mirada, la antigua espiritualidad era, en parte, una espiritualidad impuesta, obligatoria, de la que no te podías salir si no querías ser reconvenido, cuando no puesto en cuestión. La prueba de que esto era en parte así es que en estos tiempos nuestros, en que ya no rige tanto la imposición, quienes vivieron aquella espiritualidad son los que más rápidamente la abandonan.
  • Creemos que sí es verdad que nuestra memoria es selectiva, que recoge y guarda los momentos buenos de las épocas pasadas y olvida los menos buenos. Si así fuera, hay que tener cuidado, para que nuestros análisis sean los más correctos posible. Si no, seguiremos viviendo en una especie de “romanticismo”, de añoranza de los viejos tiempos que no nos lleva a nada positivo.
  • Es muy difícil “desanclarse” de aquellas vivencias que nos han sido queridas, de las costumbres que hemos practicado, de las rutinas que se han instalado dentro. Pero es preciso intentarlo ya que no pocas veces eso va en contra de una apertura al presente y de un andar remoloneando ante el futuro.
  • Hay que saber guardar lo bueno del pasado, el “espíritu” de lo vivido. Si es realmente bueno, si es “espiritual” habrá manera de acomodarlo al presente. Si no se acomoda ni al presente ni al futuro hay que empezar a sospechar que no es un elemento “espiritual”.
  • Hemos de intentar guardar, sobre todo, fidelidad al futuro, más que al pasado. La promesa de Jesús, su estar en medio de la comunidad, es una realidad de presente con proyección de futuro. El anhelo de seguirle en modos comunitarios también alude a situaciones de presente y de futuro. Por eso, sin menospreciar el pasado, la vista ha de estar lanzada hacia el futuro.
  • El habitar o proyectar una casa nueva puede ser una “mediación histórica” para afianzarse en caminos de novedad. El hábitat, las paredes, los recovecos, los lugares guardados, los “territorios conquistados”, incitan a quedarse en lo antiguo. Lo que está por venir, lo nuevo, lo cambiante, nos anima a situarnos en paradigmas de presente y de futuro.
  • Tanto para asimilar bien pasado como para orientar correctamente el presente y el futuro el diálogo comunitario es una herramienta imprescindible. El silencio sigue siendo el modo más efectivo para ignorar las cosas. Por eso, esta época nuestra valora más el diálogo que el silencio impuesto o, si se quiere, intenta mezclar silencio y diálogo comunitario a partes iguales.
  • ¿Tiene sentido hablar de futuro desde situaciones de reducción, de notable vejez? Sí que lo tiene, ya que orientarse hacia el futuro no depende únicamente de la edad sino de las ganas que se tengan, de los dinamismos personales, del afán de búsqueda. Y esto es posible en edad altas.

 

3) Liberarnos del desencanto:

 

         ¿Qué pistas podríamos dar para tratar de ir superando nuestras situaciones personales y fraternas de desencanto? Pueden ser cosas muy sencillas; alguna de ellas nos puede ayudar.

 

a)   Creer en el valor de lo pequeño: No albergar ambiciones inútiles. Descubrir el sentido de las cosas pequeñas como parte de un gran sentido mayor que nos puede dar gozo.

b)   Entender los días como una nueva oportunidad: No como un peso o una obligación, sino como una estupenda oportunidad a la mano para sentirse en la vida.

c)    Dejarse encantar por la relación común: porque en el entrecruce de corazones anida la alegría y porque de la buena relación solo podemos sacar beneficios.

d)   Disfrutar de lo sencillo y en el momento: No como quien desconfía del futuro sino como quien sabe que se le ha puesto ahora mismo un don en las manos.

e)   No acumular pesares: Porque el saco de los pesares se puede hacer insoportable, incluso aunque se lo quiera ignorar. Compartir pesares es una prueba estupenda de fraternidad.

f)     Esponjarse ante el otro/a y el Otro: No tener al otro por un “enemigo” sino por uno en quien se puede confiar, más allá de su debilidad. Sin confianza, ¿cómo no va haber profundo desencanto?

g)   Creer en la palabra curativa: Ya que la palabra (la Palabra también) tiene una gran fuerza para curar. Utilizarla lo más posible en esa dirección. Acompañar la palabra de silencios solidarios, de cercanías, de aprender simplemente a estar.

h)   Valorar los caminos recorridos: Por hermanos/as que vivieron antes con ilusión. No idealizarlos, pero tener por cierto que su legado carismático puede ser fuente de gozo y de vida en este hoy nuestro, por muy distinto que sea.

i)     Ofrecerse sin desmayo: Porque en la entrega anida el secreto de muchas alegrías y de muchos contagios positivos.

j)     Mantener tercamente vivo el encanto por Jesús: Como se lo mantiene a aquellas personas a las que nunca se ha dejado de amar. No temer situarse en la utopía, en el anhelo, por ingenua que parezca la cosa.

 

 

8

EL CAMINO DE UNA EXTRAÑA

FRATERNIDAD UNIVERSAL

SOÑADA Y LEJANA

 

         A estas alturas sabemos que la fraternidad universal que es patrimonio de muchas personas en la historia humana es una parte importante del ideal franciscano. Por más lejana que se la crea, el franciscano no renuncia a ese hermoso horizonte. Sería traicionar el sueño de Francisco.

         Muchas veces se pregunta uno por qué sigue atrayendo san Francisco: porque no juzga, porque no se apropia de nadie, porque devuelve amor aunque no se le ame. Esos son los ingredientes de la fraternidad universal franciscana, la manera de mirar la realidad y las personas.

         Por eso mismo, un camino franciscano de vuelta a Jesús tiene que ver con alimentar y mantener vivo este sueño de la fraternidad universal.

 

  1. 1.    La voz de los textos franciscanos: Rnb 5,13-15

 

«13Y ningún hermano haga mal o hable mal al otro; 14sino, más bien, por la caridad del espíritu, sírvanse y obedézcanse voluntariamente los unos a los otros (cf. Gál 5,13). 15Y ésta es la verdadera y santa obediencia de nuestro Señor Jesucristo». 

 

  • Puede creerse que el seguimiento a Jesús tal como lo proponen creyentes tan entregados como Francisco es un camino para selectos. Pero, en realidad, él lo entiende en modos bien simples. Por eso, viene a decir, para comenzar, trata de no hacer mal o, al menos, de no hablar mal del otro, cosas ambas asequibles a cualquiera. La fraternidad comienza por las realidades más básicas.
    • Ser obediente a Jesús es construir la buena relación, no herir con el dardo afilado, y a veces envenenado, de la palabra dura. Si la vivencia del carisma franciscano no mejora nuestras relaciones, no está produciendo el fruto al que está destinado. La fraternidad universal es el sueño de una seciedad de buenas relaciones.
    • Seguir a Jesús es servir al otro con buen talante, con amor y con humor, con deseo de agradar. Porque en la voluntariedad de la fraternidad anida el amor. Una fraternidad vivida con hosquedad y dureza no puede llevar al término de la fraternidad común.
    • Para el franciscano/a la fraternidad en buena relación es la misma obediencia de Jesucristo al designio del Padre que quiere que nada se pierda (Jn 6,39) y que todo se reconcilie en Cristo (Ef 1 y Col 1).

 

  1. 2.    La voz de los evangelios: Mt 5,43-45

 

«Os han enseñado que se mandó: amarás a tu prójimo… (Lev 19,18) y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen para ser hijos de vuestro Padre del cielo, que hace salir su sol sobre buenos y malos y manda la lluvia sobre justos e injustos».

 

  • El pasaje pertenece a la corrección que Jesús, el evangelio, hacen de la Ley y de su interpretación. No pretende radicalizar la Ley de Moisés, sino, frente a ella, sacar las consecuencias que se derivan de un principio mucho más exigente: el bien de la persona y la sociedad de amor mutuo.
  • El texto plantea la enorme dificultad de hacer fraternidad con aquel que es considerado “enemigo”. ¿Cómo amar a quien no me ama? ¿Qué tipo de relación hay que construir con quien es diverso, opuesto, distinto y distante?
  • El pasaje habla de amar y rezar. La oración puede ser una ayuda para los amores difíciles. Porque la oración ablanda, trae al recuerdo, anima a no enquistarse en situaciones de dureza.
  • Así, siendo hermanos con quien es difícil serlo se es “hijo del Padre del cielo”. Por la sencilla razón de que Él hace lo mismo: nos ama a nosotros que somos tan opuestos a él.
  • E ilustra esta espiritualidad del amor al distinto con un argumento sencillo pero tumbativo: Dios hace salir su sol sobre buenos y malos, no sobre unos sí y otros no. Sobre todos. Así debería ser el “sol” de la fraternidad: una luz y un calor para todos.

 

  1. 3.    ¿Podemos los pueblos llegar a ser hermanos?

         Muchas filosofías y religiones, antiguas y modernas, han soñado con la fraternidad universal. Los más agudos lectores de la realidad se han percatado de que, por encima de toda debilidad, la persona lleva inscrito en el último pliegue de su alma el anhelo de la fraternidad, del buen entendimiento, del amor en suma.  Por causa de ese anhelo se han firmado miles de tratados de paz, se han otorgado muchos perdones, se han rehecho cantidad de planteamientos. En el 2014 se cumplieron 50 años desde que Martín Luther King pronunciara uno de los discursos que mayor calado social y político ha tenido en la historia. Fue en Washington y fue la guinda a una marcha por los derechos civiles en una de las épocas más convulsas de la sociedad estadounidense con la que empezó la derrota, no completada, de la discriminación y la persecución racial: “Ayer tuve un sueño: que algún día todos los hombres serían iguales. Hoy, en medio de la noche del mundo y en la esperanza de la buena nueva, afirmo con audacia mi fe en el porvenir de la humanidad”.

 Desde el inicio de los tiempos hasta hoy no han dejado de sonar esta clase de voces. No han sido anhelos estériles. Sin ellos ¿dónde estaríamos ahora? Pero la realidad de un mundo fraterno es cosa aún muy lejana. Convivimos con múltiples heridas. Solamente es necesario abrir las páginas del periódico cada mañana para percatarse de cuánto daño, cuánta sangre, cuánta humillación, están todavía vigentes. El siglo XX ha sido, quizá, el más cruel de toda la historia humana, con confrontaciones mundiales que se han saldado con millones de muertos. En pleno siglo XXI siguen tan vivas las guerras de enormes dimensiones, las hambres que afectan a millones de personas, las más inauditas injusticias, vivas y vigorosas como nunca. No nos extrañe que haya quien diga explícitamente que nunca llegaremos a la soñada fraternidad porque, como lo dijo Plauto, el viejo poeta romano, “el hombre es un lobo para el hombre”. Tenía sus razones: estuvo años como un burro dándole vueltas a la rueda del molino de un panadero. Ni siquiera imaginaba que el capitalismo haría realidad universal su amarga sentencia.

El franciscano Eloi Lecrec es muy conocido entre los amantes de san Francisco porque hace años publicó un librito que tuvo mucho impacto y que algunas personas todavía releen. Se titulaba Sabiduría de un pobre. Pues bien, este hermano, ya anciano, ha publicado otro hermoso libro: El sol sale sobre Asís. Cuenta en él con palabras estremecedoras cómo, siendo estudiante franciscano, fue apresado por los nazis en la segunda guerra mundial y durante varios años convivió literalmente con la muerte en varios campos de concentración. Allí aprendió hasta dónde puede degradarse la condición humana. Cuando fue liberado, su cuerpo estaba muy debilitado pero su alma estaba al borde de la depresión y de la muerte. Tenía motivos más que suficientes por el calvario vivido. Pero, poco a poco, fue redescubriendo a través de la espiritualidad franciscana cómo Francisco mantuvo su fe en la fraternidad por encima de situaciones personales, fraternas y aun sociales muy duras. Y llegó a la conclusión de que quien escribió el Cántico del hermano sol no podía ser sino un incondicional de la fraternidad humana: “Socavada mi fe en el ser humano y dudando de todo ideal de fraternidad, me encontré con el ‘humilde Francisco’, que estaba esperándome… También él se había visto sumido en las tinieblas…Pero, en lugar de endurecerse y encerrarse en un aislamiento soberbio, se había dejado desposeer de todo, incluso de su obra…Y se había colocado con gran humildad en medio de las criaturas. Cercano y hermano de los más humildes. Había fraternizado con la tierra, el humus original, con sus oscuras raíces. Y he aquí que ‘nuestra hermana la madre tierra’ había abierto, ante sus asombrados ojos, un camino de fraternidad sin límites, sin fronteras… El humilde Francisco se había convertido en hermano del sol y de las estrellas, del viento, de las nubes, del agua, del fuego y de todo cuanto vive. Entonces se había puesto a cantar su admiración. Todo cantaba en él. La gracia lo había visitado, y con ella el júbilo” (pp.130-131).

     Las religiones, las filosofías, tienen como tarea para el siglo que viene el de desvelar el común anhelo de la fraternidad. Tantas veces que hemos hallado nuestra identidad cristiana en lo que nos diferencia de otras religiones, tantas veces que hemos puesto el acento en lo que nosotros hacemos y los demás dejan de hacer, quizá ha sonado la hora de la gran fraternidad, de la suma de voluntades y anhelos, del propósito de caminar juntos, hermanados, los caminos comunes. Seguramente que no perderemos identidad sino que ganaremos muchos motivos para amar más nuestros valores y para sumar a ellos los valores de los demás. Quien es hermano no teme caminar abierto a la vida y a las personas.

 

  1. 4.    Fraternidad cósmica

 

Puede ser que haya a quien esto de la “fraternidad cósmica” le suene a una especie de secta. Y no andará equivocado. Eugenio Siracusa fue un siciliano que fundó la “Fratellanza Cosmica”, un movimiento cuyo lema era “non siamo soli” (no estamos solos), haciendo alusión a la relación de la persona con todo el universo. Pero nosotros queremos hablar de la espiritualidad franciscana. Efectivamente, se podría sintetizar el pensamiento de san Francisco diciendo que él pretendía construir la fraternidad cósmica, la integración de todos los elementos del coro de lo creado. El franciscano E.Leclerc ha escrito un comentario al Cántico de las Criaturas donde dice: “Rehusar la fraternidad con la naturaleza es también, en definitiva, hacernos incapaces de fraternizar entre humanos” (El cántico de las fuentes, p.15).  Así, un hombre capaz de experimentar vitalmente esa fraternidad cósmica es un ser reconciliado, consigo mismo, con sus raíces y con los demás hombres: ¿Acaso fraternizar con todas las criaturas no es optar por una visión del mundo en la cual la conciliación triunfe sobre el enfrentamiento? ¿No es abrirse por encima de todas las separaciones y las soledades, a un universo de comunión, en un gran hálito de perdón y paz? El mundo pasa, de este modo, de ser un objeto a dominar y poseer, a conformarse como una realidad maravillosa en la que el hombre es admitido para vivir y cooperar en la creación con todo lo que vive. Cuando al depuesto y carismático obispo J.Gaillot le preguntaban cuáles eran sus sueños, respondía: “Sueño con ver a la fraternidad abarcando a todos los vivientes de la naturaleza. Porque somos habitantes de la tierra. Pertenecemos al cosmos. Fraternidad humana y fraternidad cósmica están ligadas”.

         L.Boff ha escrito profundas reflexiones sobre la evidencia de nuestro ser tierra, una nueva manera de enfocar nuestra pertenencia a la tierra. Él dice que esa nueva manera no podrá surgir sin tener una experiencia eco-espiritual: “Vivir en la globalidad del ser, en el sentimiento que se estremece, en la inteligencia que se ensancha infinitamente, en el corazón que queda inundado de conmoción y ternura: eso es hacer una experiencia eco-espiritual” (Ecología, p.251). No se trata de sentimentalismos superficiales. Esta actitud lleva implícita un gran cambio: “Durante siglos hemos pensado acerca de  la Tierra. Nosotros éramos el sujeto de pensamiento y la Tierra su objeto y contenido. Después de todo cuanto hemos aprendido de la nueva cosmología, es importante que pensemos en cuanto Tierra, que sintamos como Tierra y que amemos como Tierra. La Tierra es el gran sujeto vivo que siente, que ama, que piensa y que sabe que piensa, que ama y siente por nosotros y a través de nosotros” (p.252). Esta honda experiencia espiritual es necesaria para avanzar en el camino de fraternidad cósmica.

Cuentan que un monje santo oraba todos los días pidiendo a Jesús que viniese definitivamente a la historia tal como lo había prometido en los mismos evangelios. Toda su oración estaba siempre impregnada de ese anhelo. Una noche, agotado del trabajo y la plegaria, descansaba el monje en su lecho. Y en sueños se le apareció Jesús para decirle: Buen hermano, tu deseo de mi venida es grande, pero has de saber que yo estoy viniendo todos los días a tu vida, en la flor sencilla del camino, en los frutos sabrosos de tu huerto, en la inmovilidad respetuosa de la roca, en la música de las ramas de los árboles, en los silencios de los valles, en las nieblas perezosas, en los días luminosos y brillantes, en las noches de paz y sosiego. Ése es el lenguaje de mi venida. Al despertar, el buen monje miró por la ventana de su cuarto y, aunque el paisaje era el mismo de todos los días, realmente le pareció otro, mucho más hermoso. Bajó a desayunar con sus hermanos y les daba la buena noticia: Jesús ha venido ya. Creían que, por su edad, su mente empezaba a flaquear, pero era el gran anuncio, el que la tierra llevaba dando tantos años.

Sabemos que el paso de la especie humana por la tierra tuvo un comienzo y que, con toda probabilidad, tendrá un fin. La creación estaba ya antes y quizá se quede sin nosotros en el futuro cuando nuestro ciclo vital se acabe. Pero lo cierto es que la orientación de la creación hacia su plenitud depende en gran parte de nuestras buenas relaciones con ella. Ojalá podamos vivir lo que Francisco nos enseña: que la tierra es nuestra casa, que ha puesto a nuestro servicio todo su potencial para que vivamos con ella en modos fraternos y respetuosos. Más aún, tal vez comprendamos un día que, junto con Jesús, la tierra ha sido la gran pedagoga de nuestra fe: nos ha enseñado que el amor del Padre se derramaba día a día, minuto a minuto, sobre nuestra vida.

 

 

PARA EL TRABAJO DE LA TARDE:

 

  1. 1.    Punto de partida: Una selva viva

 

(Se lee detenidamente, subrayadamente)

 

            Mi nombre es muy raro: Nixiwaka. Pertenezco a la etnia de los yawanawás que viven en tierras de la Amazonía, en la frontera entre Perú y Brasil. La vida me ha llevado a tener que vivir en Londres. Entre la bruma de esta ciudad entreveo algunas noches las estrellas, las mismas que brillan en el cielo de la Amazonía.

            Hoy por hoy, la nuestra es la historia de los perdedores que sobreviven. Hemos perdido territorios, recursos naturales, valores medicinales. Hemos perdido más todavía: nuestra lengua, nuestra identidad, nuestras tradiciones, nuestros valores hondos. Los occidentales no os percatáis de lo que esto supone, de lo que es vivir casi sin alma. No caéis en la cuenta de nuestra enorme sorpresa cuando hemos visto que necesitábamos un derecho legal para vivir en nuestra tierra de siempre.

            El causante de todo esto ha sido la ambición desmedida de quien quiere crecer económicamente a costa de quien sea. Es la economía que no duda en matar, una economía asesina. Maltrechos y postergados, no hemos sucumbido, vivimos, sobrevivimos. Os diré que, de alguna manera, nos hemos hechos más fuertes.

            Y también os diré que sobrevivimos no para librar una batalla con vosotros, sino para abrir un camino de comunicación. Creemos que el mundo occidental puede aprender de nosotros a vivir una vida más armoniosa y en paz con el entorno, más centrada en valores de humanidad que de economía agresiva. Yo no descarto que lleguemos, un día, a combinar el conocimiento yawanawá con las ideas occidentales.

            Quizá haya que comenzar por saber qué es la Amazonía ya que muchos de vosotros no habéis tenido oportunidad de poner en ella vuestros pies.

  • La componen los territorios de 9 países de América: Brasil (60%), Perú (13%), Bolivia, Colombia (10%), Ecuador, Venezuela, Surinam, Guayana Francesa y Guayana Inglesa.  Su extensión es de 7 millones y medio de Km. cuadrados.
  • Es el primer gran pulmón del mundo, seguido de la cuenca del río Congo en África.
  • Su población es de 34 millones de personas, que viven en la Amazonía conformando más de 390 pueblos diferentes con una identidad cultural propia.
  • La Amazonia posee las mayores reservas de biodiversidad del mundo; entre el 30 al 50 por ciento de las especies de animales y vegetales de todo el mundo están en la Amazonía. 
  • El 20% de agua dulce no congelada en todo el mundo procede de la Amazonia, igualmente el 20% de oxígeno del mundo lo produce la Amazonía.
  • Esto es una riqueza incalculable que no sabemos valorar y que hoy por hoy, está amenazada de destrucción, algunos expertos en el tema, dicen que más del 20% de la Amazonía está deforestada.
  • La riqueza de la selva y los ríos de la Amazonía, son afectados por una explotación salvaje, por empresas nacionales y trasnacionales que con su extractivismo no regulado del petróleo, minería y la tala de bosques, contaminan los ríos, matan la vegetación y la vida de los pueblos ancestrales.

No queremos presentarnos como víctimas inocentes. Nosotros, los habitantes de la Amazonía, tenemos nuestra parte en este problema: nos hemos dejado llevar por la ambición, no hemos sabido valorar de manera equilibrada nuestra identidad, nos hemos cerrado en banda a un diálogo con quien creíamos superior. Quizá los tiempos del desencuentro han pasado y se abre ante nosotros una etapa de colaboración.

Ha llegado el momento en que nosotros tomemos nuestras propias decisiones, de que tengamos voz y elijamos cómo querer vivir. Por eso, agradecemos los esfuerzos de la Iglesia que ha puesto de relieve en el Sínodo el peligro que corre la Amazonía y las posibilidades de colaboración que se abren ante ella. Pero somos nosotros mismos quienes hemos de construir nuestro futuro, por más que sean bienvenidas las ayudas de quienes nos aprecian.

Quisiéramos tener nuestra propia manera de ver el mundo, lo que no excluye el poder compartir recursos con quienes vivía en otras zonas de la tierra, casa común de todos. Compartir es el camino que puede llevar a la felicidad de los pueblos.

Creedme, la selva es un lugar mágico, una casa enorme donde caben muchos y donde todos podemos encontrarnos en humanidad. ¿Qué van a decir nuestros hijos si no hallamos la senda que nos lleva a la convivencia y el respeto? ¿Qué huella va a quedar de nosotros en la selva hermosa si no sabemos preservarla con vida? ¿Qué herencia podemos dejar en el mundo si no es la del amor?

 

  1. 2.    Preguntas:

 

  1. 1.    ¿Podemos colaborar algo a la libertad de quienes la tienen escasa?
  2. 2.    ¿Con los años te sientes más libre? Poner algún ejemplo.
  3. 3.    ¿Tu carisma misionero te ha llevado a ver a las personas distintas como hermanas? Poner algún ejemplo.
  4. 4.    ¿Cómo leer lo cósmico con otra mirada? ¿Tiene esto alguna importancia en nuestra vida diaria?

 

 



[1] Hablamos de humildad, no de humillación. La humildad es un valor que controla las ansias de poder y se plasma en el servicio al otro. La humillación es el dominio del fuerte al débil que termina siendo explotado. Dios nos quiere humildes, no humillados.