Retiro de Adviento 2019

 

 

 

“NO TE APARTES JUNTO AL CAMINO

El Adviento como espiritualidad para hacer frente al cansancio

 

            Esta reflexión se inició con la lectura del breve ensayo filosófico de Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio (Herder, Barcelona 2017). Byung-Chul Han, una de las voces filosóficas más innovadoras que ha surgido en Alemania recientemente, afirma en este inesperado best seller, cuya primera tirada se agotó en unas semanas, que la sociedad occidental está sufriendo un silencioso cambio de paradigma: el exceso de positividad está conduciendo a una sociedad del cansancio. Producimos mucho y de todo, pero el cansancio se instala en el corazón.

            No hace falta ser un lince para percatarse de que el cansancio nos rodea: hay un cansancio social y político que nos lleva a una sensación de hartazgo pensando que el entendimiento social, la amistad cívica, no es posible; hay un cansancio medioambiental pensando que el cuidado del planeta no pasa de ser una bella teoría pero que el compromiso de los grandes y de la ciudadanía normal es muy pequeño; hay un cansancio eclesial porque creemos que por mucha que sea la buena voluntad de algunos (del papa Francisco en concreto) todo sigue más o menos igual; hay cansancio en la vida religiosa que se ve muy reducida, muy repetida, muy lejos de la ciudadanía, muy sin un futuro claro; hay un cansancio personal que nos hace dejar pasar las cosas sin pena ni gloria, sin pasión, sin aparente interés.

            Y sin embargo, a nada que se sople el fuego bajo esas cenizas, el interés puede recomenzar, el brillo puede surgir, el deseo se aviva. Quizá se aduzca que la llama se apaga pronto, que el sol se oculta enseguida, que el destello es como un fuego de artificio. Por eso, ¿cómo lograr que prenda de nuevo en el corazón el ánimo para resistir, para caminar, para imaginar? ¿No podría ser el Adviento, tiempo de esperanza, una temporada de avivar el ánimo, de alejar el desaliento, de intentar superar la pérdida? ¿Qué hacemos con celebrar el Adviento si el ánimo está en bajos niveles o prácticamente desaparecido? ¿No leemos en el evangelio “levantad la cabeza” (Lc 21,28)? ¿No podría ser esta reflexión, acompañada del silencio y de la oración, un tenue aliento que se filtre bajo la puerta de nuestra alma, a veces tan seca?

 

  1. 1.     Palabras para Julia

 

Anda por ahí el cantante Paco Ibáñez cantando las viejas canciones que marcaron a toda una generación en los albores de la democracia. Sobra decir que los teatros se llenan. Y no solamente por la afluencia de nostálgicos, sino por gente de hoy que sigue siendo sensible al contenido de estos “himnos”.

Una de esas canciones emblemáticas es “Canciones para Julia”, las letrillas que hace mucho escribió José Agustín Goytisolo para su hija Julia. Aún hoy son evocadoras:

 


Tú no puedes volver atrás
porque la vida ya te empuja
como un aullido interminable.

Hija mía es mejor vivir
con la alegría de los hombres
que llorar ante el muro ciego.

Te sentirás acorralada
te sentirás perdida o sola
tal vez querrás no haber nacido.

Yo sé muy bien que te dirán
que la vida no tiene objeto
que es un asunto desgraciado.

Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.

La vida es bella, ya verás
como a pesar de los pesares
tendrás amigos, tendrás amor.

Un hombre solo, una mujer
así tomados, de uno en uno
son como polvo, no son nada.

Pero yo cuando te hablo a ti
cuando te escribo estas palabras
pienso también en otra gente.

Tu destino está en los demás
tu futuro es tu propia vida
tu dignidad es la de todos.

Otros esperan que resistas
que les ayude tu alegría
tu canción entre sus canciones.

Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti
como ahora pienso.

Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino, nunca digas
no puedo más y aquí me quedo.

La vida es bella, tú verás
como a pesar de los pesares
tendrás amor, tendrás amigos.

Por lo demás no hay elección
y este mundo tal como es
será todo tu patrimonio.

Perdóname no sé decirte
nada más pero tú comprende
que yo aún estoy en el camino.

Y siempre siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.

 

 

  • Darse contra el muro ciego: Volver atrás es darse contra un muro, por difícil que sea el futuro. La manera de romper ese muro es sumarse a la alegría humana: una dosis de alegría es la mejor medicina contra el cansancio.
  • La vida no es un asunto desgraciado: Es la manera que tiene el sistema de acorralarnos, de someternos: hacernos ver que es casi mejor no haber nacido. Pero tiene la partida perdida porque algo nos dice dentro que vivir y respirar es el mejor don que hayamos podido recibir.
  • Estamos destinados a amar: Por eso, por muchas que sean las oscuridades, el amor es nuestro horizonte. A pesar de los pesares un corazón, o muchos, será nuestra casa final.
  • Solos, no somos más que polvo: Por eso, el ánimo se recaba del grupo, de la sociedad, de la comunidad. El ánimo se quiebra cuando uno se encierra en su soledad, en su indiferencia, en su pérdida.
  • La dignidad común es el cimiento: En ese cimiento encuentra el ánimo la fuerza para cantar con otros. El desánimo personal es temible, pero el común es horroroso porque debilita al conjunto social.
  • No te apartes junto al camino: Porque eso sería salirse de la vida, dejar de pertenecer a la corriente que nos alimenta, renunciar a los abrazos que nos están guardados.
  • El mundo, como es, resulta ser nuestro patrimonio: Porque la dicha vital no hay que buscarla en Marte sino en nuestro propio entorno personal, en las personas que se cruzan en nuestro camino y con las que hacemos camino, en la brisa y la tierra que nos acoge cada día.

 

  1. 2.     Una cena que recrea, enamora y anima: Ap 3, 14-20

 

«14Al ángel de la iglesia de Laodicea escribe: Esto dice el amén, el testigo fiel y veraz, el principio de la creación de Dios: 15Conozco tus obras y no eres ni frío ni caliente. Ojalá fueras frío o caliente, 16pero como estás tibio y no eres ni frío caliente, voy a vomitarte de mi boca. 17Tú dices: ‘Soy rico, tengo reservas y nada me falta’. Aunque no lo sepas, eres desventurado y miserable, pobre ciego y desnudo. 18Te aconsejo que me compres oro acendrado a fuego, así serás rico; y un vestido blanco para ponértelo y que no se vea tu vergonzosa desnudez, y colirio para untártelo en os ojos y ver. 19ª los que yo amo los reprendo y los corrijo; sé ferviente y enmiéndate. 20Mira que estoy a la puerta llamando: si uno me oye y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos”.

  • Esta carta está escrita por un vidente que tiene una pedagogía negativa: o cambias o irás al castigo. Pero se cuela también el parecer de un espiritual que anima.
  • La tibieza lleva al cansancio; ya no se le encuentra gusto a nada, tampoco a la fe. Lo más temible en la comunidad cristiana es la resignación, el acomodamiento, la rutina. Esto debería estar “perseguido”, no la herejía.
  • Dios y el mismo Jesús son gente de pasión, de vida bullente en el interior, de mística sensible, no de ataraxia próxima a la muerte. Sin pasión, el cansancio cae como una losa sobre el alma, el cansancio es como un cofre de hormigón que encierra la muerte.
  • No vale aducir lo que uno tiene si falla lo que uno es. Lo que se tiene es muy relativo cuando lo que se es resulta una oscuridad.
  • ¿Cómo devolver el ánimo a quien tiene riesgo de perderlos o lo ha perdido ya? El espiritual dice que Jesús quiere participar de una cena de amor: la seducción de una cena puede devolver el gusto por la vida.
  • Añadamos a eso que Ap 3,20 parece tener su fuente inspiración en Cant 5,2, pasaje que narra un encuentro de amor entre el esposo y la esposa. En el cantar de Salomón la esposa se queja amargamente porque al abrir, anhelante, la puerta de casa habían desaparecido la voz y la figura de quien ella deseaba. Aquí es justo lo contrario: “estoy a la puerta” (Hestêka epi tên thyran). No solamente desaparece, sino que se hace voluntariamente presente, con una cierta terquedad (lexema de histêmi), como lo hace el Cordero, sin poner pegas por causa de la mala conducta. Además, “llamo” (krouô), insiste con la insistencia de quien quiere ser amado, de quien demanda y mendiga amor y acogida. No solamente no condena, sino que se expone al menosprecio, a la posibilidad de que ni se le escuche, ni se le abra (como ocurre en el bello soneto de las rimas sacras de Lope de Vega  “¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?”). La iniciativa de la apertura y de la acogida se deja en manos de quien está en situación negativa y de conflicto: “Si alguien escucha mi voz y abre la puerta” (Ean tis akousê tês phonês mou kai anoixê tên thyran). La entrada en la casa es para cenar, para una relación de disfrute, en el más puro olvido de los agravios, ya que con el agravio presente la cena es silenciosa, tensa, nada disfrutante, imposible. La relación de corazones es lo que realmente se anhela ya que es una cena en reciprocidad: “cenaré con él y él conmigo” (Deipnêsô met’autou kai autos met’emou). De manera que si se acepta este planteamiento de relación amorosa es preciso apearse de cualquier herida, de cualquier menosprecio, toda de ofensa. Esto, realmente, casa mal con el talante del vidente que apremia a una conversión moral donde el elemento afectivo parece que está totalmente ausente. Lo mismo habría que decir de la lectura escatologizante, amenazadora, de este texto. Pero el teólogo, o la lectura especular que hacemos de la videncia, insinúan otros caminos.
  • Esos caminos conectan mucho mejor con el talante de Jesús que presenta el perfil de un Dios que, tragándose su “orgullo” de Dios, va “en busca de la perdida” sin remilgos y se alegra profundamente cuando la encuentra. El mismo Antiguo Testamento había descubierto este incomprensible ir de Dios, como un “desgraciado”, tras los pasos extraviados de la persona. De ahí el grito final del largo salmo de contemplación de la Ley: “Si yo me extravío como oveja perdida, ven en busca de tu siervo” (Sal 119,176). El mismo san Pablo ha dejado en paradójica reflexión de Rom 8,31-39 la certeza de que el cristiano no habría de ser presa de ninguna intranquilidad ya que Dios, el ofendido, no acusa. Precisamente por eso puede sentarse a la mesa de quien se ha extraviado. Por ello puede aceptar sin vergüenza el llamar a la puerta de quien le puede rechazar. Precisamente esta actitud amorosamente “pordiosera” de Dios ante la persona puede ser, quizá, mejor argumento de conversión que cualquier coacción religiosa o moral.
  • ¿Podrían ser esta clase de textos una instancia espiritual para la recuperación del ánimo?

 

  1. 3.     En época de pérdidas

 

La nuestra puede ser entendida como una época de pérdidas: ¿Cómo la fe en Jesús puede ser un antídoto contra tales pérdidas?

  • Ante la pérdida de valores: El individualismo posesivo y sin límites nos está llevando a la pérdida de valores. ¿Cómo recuperar la esperanza? Si unimos la libertad a la fraternidad y a la solidaridad; si nos preguntamos cuáles son nuestras luchas y vivimos con pasión. “El que ama su vida, la pierde”, dice Jn 15,22. La paradoja es clara: la conciencia aislada que lo quiere todo para sí difumina cualquier clase de valor. 
  • Ante la pérdida de indignación: Perdemos la capacidad de indignación porque perdemos la percepción de la injusticia. Nos evadimos, nos centramos en el yo y creemos que la solución no está en nuestra mano. “Señor, aquí tienes tu talento: lo tuvo guardado en un pañuelo…eres hombre exigente que reclamas lo que no prestas y siegas lo que no siembras” (Lc 19,20-21). He aquí uno que ha cortado con el sistema: la indignación le ha llevado a actuar. 
  • Ante la pérdida de ilusión: La economía neoliberal mata la ilusión en quien posee (de no ser porque desee poseer más) y en quien no posee (porque no puede poseer). La recuperación de la ilusión social pasa por una reorientación de la economía, por un desplazamiento real hacia el mundo de las pobrezas. La desigualdad económica es la fuente de la desilusión social, la madre de todas las pérdidas. Reorientar la economía es generar alternativas de ilusión social. Lo contrario lleva a tener que aguantar la “rueda de molino” en el cuello de una sociedad triste (Mc 9,42). 
  • Ante la pérdida de vínculos: El atomismo social potenciado por las redes puede alejar del sentido comunitario. Los movimientos comunitarios unen a las personas no solamente por el interés sino también por el afecto. Estamos necesitados de comunidad más reales que virtuales. El amor social resulta aquí imprescindible. Amar con el amor de Jesús (“como os he amado”: Jn 13,34) es amar con un amor que genera vínculos más allá de la desafección y el rechazo.
  • Ante la pérdida de Dios: Dios ha sido desterrado porque no se lo ha sentido y vivido como de los nuestros. Quizá por eso siga siendo un Dios añorado. Mantener viva la sorpresa que es Dios podría ayudar a hacerlo vecino y aliado. O, al menos, el saber que Dios es quien “se pone cómodo” con nosotros (ha entrado a “hospedarse”: Lc 19,7).
  • Ante la pérdida de la fuerza transformadora de las palabras: Habrá que recuperar el sentido de las grandes palabras como Dios, amor, vida, etc. Su uso y su mal uso, las ha despojado de contenidos de vida: ¿Cómo seguir hablando bien de Dios, cómo hablar de amor desde experiencias de amor, como hablar de vida desde un creciente señoríos sobre la vida? Hablar con sencillez, profundidad y verdad (“un sí que sea sí”: Mt 5,37).

 

  1. 4.     Las sencillas sendas del ánimo

 

Recobrar el ánimo, construirlo, ahondar en la certeza de que el horizonte se puede atisbar pasa, quizá, por sencillas sendas de ánimo que pueden estar al alcance de nuestra mano. Enumeremos algunas:

1)    Palabras alentadoras: Porque con la palabras nos hacemos mucho bien. Dar ánimo con palabras sinceras, es dar ánimo con el propio corazón. Estas palabras son impagables.

2)    Acompañamientos que amparen: Pequeños itinerarios de vida que amparan; saber que siempre hay un techo donde cobijarse; contar con alguien que sosiegue la desazón de lo que se nos hace difícil.

3)    Escuchas sosegadas: Porque el sosiego hace que la confidencia sea humana; la tranquilidad de la escucha colabora a apaciguar las tormentas que surgen en el propio interior. Escuchar implicativamente es animar.

4)    Gozos compartidos: Ya que las penas son menos si se comparten y los gozos aumentan si también se comparten. Somos proclives a compartir las penas, porque necesitamos que alguien nos escuche. Pero sería bueno compartir gozos, celebrar los pequeños logros. Nos animaría mucho.

5)    Experiencias espirituales que broten de la propia vida: Porque aunque fueren experiencias sencillas, pobres incluso, al estar llenas de la propia verdad, son útiles, más allá de su aparente insignificancia.

6)    Ideales pasados por el propio corazón: Ya que si son ideales abstractos, lejanos, se hacen inasequibles. Pero si el corazón ha conectado con ellos, esos ideales, por modestos que sean, esos sueños sencillos que se van concretando, terminan por animar mucho a la persona.

7)    Resiliencia libre de amargura: Porque la resiliencia (el resistir las dificultades y salir más animoso de ellas) es siempre algo bueno. Y si se hace sin amargura, sin acidez, sin reproches, la cosa es todavía mejor.

8)    Búsquedas deseadas: Ya que el deseo es un potente animador, junto con la imaginación y la pasión. Desear una vida mejor, más sencilla, más humana; una creación más limpia; una sociedad más hermana; una iglesia más igualitaria; etc., son deseos que pueden impulsar pequeñas búsquedas que saquen de la grisura a nuestros días.

9)    Miradas compasivas: Porque mucho del ánimo o del desánimo está en la mirada con que miramos, en las miradas con que nos miran. Mirar compasivamente, indicando sin palabras que la situación que miramos nos conmueve y nos mueve. La mirada compasiva es la puerta del ánimo.

10)                      Honduras contempladas con sencillez: Es la mística, esas intuiciones que no se llega a atrapar, esos deseos que anidan en lo profundo, esa bullir que nos lleva a sentirnos cerca de Dios y en sintonía con las personas y la creación. Místicos horizontales, de ojos abiertos, que caminan por sendas de polvo, que creen en la fraternidad de las creaturas.

 

Conclusión

 

¿Cómo vamos a celebrar la Encarnación con el ánimo desinflado? ¿Cómo vamos a intuir la presencia de Jesús en nuestros caminos sin brillo en los ojos? ¿Cómo vamos a escuchar el fino rumor de Dios visitándonos sin tener caldeado el corazón? Que el Adviento de este año no pase desapercibido. Que en el trajín de los días escuchemos el consejo de san Pablo: “Animaos mutuamente y ayudaos a crecer unos a otros” (1 Tes 5,11).

 

ITINERARIO PARA ADVIENTO 2019

 

Semana 1ª (1-7 diciembre): Palabras alentadoras: Cuidar las palabras; que sean alentadoras; si surge alguna iniciativa en la comunidad, apoyarla; escribir en una cartulina alguna de las palabras de aliento que se han dicho o escuchado durante el día.

Semana 2ª (8-14 diciembre): Escuchas sosegadas: Dedicar algún tiempo a escuchar con sosiego a una persona que necesite hablar. Saber estar cerca de quien está en silencio. Poner ante el Señor a las personas que nadie escucha.

Semana 3ª (15-21 diciembre): Miradas compasivas: Mirar bien en nuestro derredor para mirar con compasión. Poner a la vista miradas que nos conmuevan, que aparezcan en la prensa, cercanas o lejanas.

Semana 4ª (22-24 diciembre): Búsquedas deseadas: Fomentar el deseo de una celebración gozosa de la Navidad colaborando en su preparación con interés.

 

Fidel Aizpurúa Donazar

Logroño