CONCEPTOS BÍBLICOS BÁSICOS

(ANTIGUO TESTAMENTO)

 

 

         Después de muchos años de reuniones en torno a la Palabra, el GRUPO BÍBLICO de la Parroquia de Valvanera se propone hacer un recorrido por una serie de conceptos bíblicos básicos. Podría pensarse que esto es más propio de una introducción a la Biblia que de una conclusión. Pero también puede verse de esta segunda manera: tras haber recorrido muchos caminos de la Palabra hacemos una recapitulación ordenada de sus elementos más básicos. Así quedarán las cosas más claras.

         Es como quien ordena su casa cada día cuando lleva muchos años, toda la vida, viviendo en ella. Tener ordenadas las cosas es una manera hermosa de tenerlas. Lo mismo pasa con la “casa” de la Palabra: se puede tener ordenada o en desorden, se puede controlar sus elementos básicos o andar siempre al buen tun tun. Creemos que esta tarea de ordenar lo elemental de la Biblia es propio de personas cuidadosas, interesadas por la fe.

         Añadiremos a cada concepto un texto ilustrativo y una nota de actualización social. Será otra manera de percibir que la Palabra sigue siendo una realidad viva y conectada a nuestro hoy social. Así, paso a paso, de la mano de la Biblia, iremos construyendo nuestra espiritualidad.

 

 

 

 

 

1

PALABRAS INSPIRADORAS

 

         Comenzamos por el tema de la INSPIRACIÓN BÍBLICA. Siempre se ha dicho que la Biblia es palabra inspirada.  Pero hay que tener algunas cosas en cuenta. La primera: hay que de abandonar, de una vez para siempre, la idea de que es Dios quien escribe esa palabra, de que él la “inspira” y que los autores bíblicos, simplemente, copian. Dios no es autor de esa palabra, son los escritores bíblicos. Y por ello, en sentido estricto, no es palabra de Dios. Si no, se puede llegar a fundamentalismos burdos y a acusaciones sin fin: ¿si es palabra de Dios como contiene tantas “barbaridades”? Por ello, cuando en Misa se concluye la lectura con el sello “palabra de Dios”, habría que decir interiormente: según y cómo.

         Además, y como lo dice el Vat.II con una seguridad que hoy nos sonroja, no se puede llegar a saber “lo que los autores querían decir y Dios quería dar a conocer con dichas palabras”. Hay que renunciar a eso y ser más modestos. Nos basta con acercarnos a la experiencia que subyace a tales textos. Por otra parte, el lector, la lectora, es el verdadero padre y madre del texto, que es huérfano. O sea, no hay que temer que la Biblia sea “distinta” según sea distinto el ojo que la lee. Si creemos en la fuerza del Espíritu, hemos de creer que todas las lecturas hechas con buena voluntad confluyen en el bien de las personas.

         ¿Qué es, pues, la inspiración? Es la certeza que tiene la comunidad cristiana de que si uno se deja guiar por las experiencias de fondo, por los planteamientos humanizadores de la Biblia (dejando de lado los no humanizadores) se abre al misterio de la persona y al misterio de Dios. Es lo que pasa con la espiritualidad del seguimiento de Jesús: quien va acomodando su vida a los valores de ese seguimiento (la paz, el amor, la entrega, la generosidad, etc.) llega a entender el sentido de la vida y se comprende mejor el amor generoso de Dios.

         Por eso mismo, y en conclusión, habría que decir que la Biblia más que inspirada es inspiradora. O sea, el fondo humanizador de la Biblia puede inspirar en nosotros caminos de humanidad, puede iluminarlos, puede hacerlos más fuertes. Esa es la manera como el oyente de la Palabra se va acercando al misterio de Dios. Dejarse influir por los lados hermosos de la Palabra nos hace más humanos y más abiertos el misterio de Dios.

 

Texto ilustrativo:

 

«Hijo, en la medida de tus posibilidades trátate bien […] No te prives de pasar un buen día» (Si 14,11.14).

 

Lo cita el Papa Francisco en EG 4. Anima al disfrute razonable que puede llevarnos a entender el valor humilde, pero hermoso, de esta vida que Dios nos ha dado. El texto nos inspira para plantearnos el disfrute sencillo de la vida. 

 

Nota de actualización:

 

         Siempre se ha censurado el disfrute: todo lo bueno o es pecado o engorda, solemos decir. Se ha echado mucho vinagre sobre la vida. La religión ha tomado siempre un rostro adusto. La risa y el gozo no han tenido mucho sitio en las vivencias de la fe.

         Por otra parte, la sociedad nos quiere hacer ver que para disfrutar mucho hay que tener mucho dinero: largos viajes, comidas exquisitas, ropas carísimas, etc. Pensamos que solamente viven quienes acceden al lujo.

         Sin embargo, en los placeres sencillos, cotidianos, humanos, espirituales, se puede disfrutar mucho. Comiendo, durmiendo, paseando, amando, rezando, contemplando, hablando con sosiego, celebrando las cosas sencillas, cantando, disfrutando del silencio, etc. Es un arte el poder disfrutar con lo sencillo.

         Sin disfrute no hay amor y sin disfrute no hay fe. Esto es lo que nos “inspira” la Palabra.

 

Para trabajar en grupo:

 

  1. ¿Se ha entendido bien la reflexión que antecede? Ayudarse a entender.
  2. ¿Nos puede ayudar la Palabra a ser “apóstoles del gusto por la vida”?

 

 

2

GÉNEROS LITERARIOS

 

         Este asunto es viejo. Hace muchos años que la Iglesia admitió que en la Biblia había muchos géneros literarios. La Wikipedia dice que los géneros literarios son “los distintos grupos o categorías en que podemos clasificar las obras literarias atendiendo a su contenido y estructura”.

O sea: que en un libro puede haber distintas maneras de expresarse y que, por lo tanto, no conviene leer todo como si fuera una historia real sino que, a veces, el autor emplea otro género, por ejemplo la poesía, para decir cosas profundas sin atenerse a los datos históricos. Eso pasa en la Biblia, aunque aún no nos hayamos enterado.

Es que, desde los tiempos de la escuela, hemos leído la Biblia como una historia sagrada.  Ha sido un gran error. Porque es cierto que en la Biblia hay datos históricos ciertos. Pero, al no pretender ser una historia tal como la entendemos hoy, sino un libro de experiencias religiosas, resulta que ha empleado registros que nos lleven a esa experiencia religiosa. Esos registros, a veces, nada tienen que ver con una historia científica sino que quieren tocar el alma del lector para intentar provocar en él una experiencia similar. Por eso mismo, la pregunta ¿ocurrió así o no ocurrió?, no es pertinente en muchos casos.

Vamos a poner dos ejemplos para entendernos: primeramente, el género literario de anunciaciones. Hay varias en la Biblia (Gedeón, Sansón, Jesús.., etc.). Todas están cortadas por un patrón similar y quieren subrayar la especial intervención de Dios en la vida del personaje que va a nacer. En el caso de María se quiere decir que Jesús, un humano, llegará a ser “hijo del Altísimo”, persona en plenitud total. Poner el acento en la virginidad de María como hecho histórico es un error.

En segundo lugar el género literario milagros. Los hay muchos en el Nuevo Testamento y también en el Antiguo (Eliseo es un gran milagrero). Hay que ir más al fondo que a la forma. La peor forma de entender un milagro es querer entenderlo como una narración histórica. Es preciso hacer un esfuerzo por bajar al nivel del mensaje, que es lo que realmente nos interesa.

Para caer en la cuenta de esto hay que “tocar” el texto. Texto (Textum) significa tejido. Hay que animarse a palpar con nuestras manos, con nuestra reflexión, el “tejido” que es el relato. Si lo miramos de lejos, todo por igual, como una historia sagrada, no sabremos distinguir los diversos registros de los autores. Y si no hacemos eso, nos perderemos lo mejor del relato, sus intenciones de fondo, aquello que de verdad nos puede servir para nuestra fe.

Quizá haya que hacer este trabajo de tocar el texto para distinguir sus variados tejidos poco a poco, pieza a pieza, como quien construye una especie de puzzle. Un día aprendes algo y lo anotas en los márgenes de tu Nuevo Testamento. Otro día aprendes otra y lo vuelves a anotar. Así, poco a poco, entenderás de manera nueva e interesante la Palabra. Mucho ánimo.

 

Texto ilustrativo:

 

En aquellos días, uno de Baal-Salisá vino a traer al profeta Eliseo el pan de las primicias, veinte panes de cebada y grano reciente en la alforja. Eliseo dijo: "Dáselos a la gente, que coman." El criado replicó: "¿Qué hago yo con esto para cien personas?" Eliseo insistió: "Dáselos a la gente, que coman. Porque así dice el Señor: Comerán y sobrará." Entonces el criado se los sirvió, comieron y sobró, como había dicho el Señor (2 Re 4,42-44).

El relato de la multiplicación de los panes tiene su antecedente en 2 Re 4,42-44. Lo que se quiere decir es que la multiplicación comienza si alguien, siquiera un muchacho, abre el zurrón y está dispuesto a compartir. La tesis es: compartiendo llega, no siendo obstáculo la pobreza. Lo demás es narración. Si sigues preguntando si salían panes del cesto o no, no has entendido todavía el fondo del asunto. Esto lo hemos dicho muchas veces y ya va calando en nuestra manera de pensar. Leer los textos de acuerdo a los géneros literarios es leer la Biblia como adultos.

 

Nota de actualización:

 

         El Papa Francisco dice que no hay manera de “abrir el zurrón” si no re rompe la autorreferencialidad, la certeza de que mi centro soy yo y lo mío y que ahí no entra nadie más. Esta autorreferencialidad existe también a gran nivel: nuestro país es para nosotros, los demás fuera (aunque luego los llamamos para que hagan trabajos que nosotros no queremos). Hay que romper también la autorreferencialidad en la Iglesia, para apearse de la verdad única y de dogmas que nos separan de los demás.

 

Para trabajar en grupo:

 

  1. ¿Cómo leer los relatos del evangelio de la infancia de Jesús de san Lucas 1-2?
  2. Pistas para romper la autorreferencialidad.

 

 

 

 

3

NOMBRAR A DIOS

 

         Nombrar es uno de los trazos que nos distinguen como humanos. Por eso nombramos a las cosas, a las personas. Y, más allá del aspecto meramente estético, los nombres adquieren un valor indudable. También los humanos, desde siempre, hemos nombrado a Dios. Y eso ha tenido, y aún tiene, una importancia evidente para el hecho creyente.

         Hay un nombre en la Biblia con el que se designa a  Dios de manera primordial: YAHVÉH. No se sabe muy bien qué significa. En Éxodo 3,14, cuando Moisés pregunta con osadía a Dios su nombre para poder decirlo a los israelitas, Dios le dice “Mi nombre es: ‘seré el que se seré’”. Es una tautología que no expresa nada, de no ser el acompañamiento de Dios al pueblo. Pero de ahí viene el nombre Yahvéh, las cuatro letras sagradas (yhvh).

         Los judíos sacralizaron tanto ese nombre que decían que no había que pronunciarlo (aún nos piden a los cristianos que no lo pronunciemos). Y por eso, a las cuatro consonantes sagradas les pusieron unas vocales que no correspondía: aoai. Y así, cuando sus ojos veían la palabra Yahvéh, ellos leían Adonai que significa Señor, de ese modo no pronunciaban el nombre sagrado de Dios.

         Esto no tendría la menor importancia si no nos preguntáramos cómo es, en concreto, ese Dios Yahvéh de la Biblia. Aunque en la Biblia hay de todo, porque engloba muchas experiencias diversas de Dios en un tiempo y circunstancias muy distintas, la verdad es que ese dios Yahvéh se caracteriza por la adustez, la dureza, la inflexibilidad, y, sobre todo, la crueldad.

         Es que la Biblia abunda en escenas donde el perfil de Dios es de una crueldad inaceptable: el Dios que demanda la muerte de Isaac, el que ahoga a los egipcios, el que mata a los reyes cananeos, el que machaca los cráneos de los enemigos de Israel, etc. Y así hasta las páginas de Apocalipsis donde la ira de Dios es bañada en una orgía de sangre.

         Así lo han visto muchas personas y, aun hoy día, aparece en columnas de periódicos y en canciones como aquella de Javier Krahe que habla del celoso Dios del Sinaí y de su historia “sangrada”.

         Lo sabemos: Dios no es ni deja de ser de esta manera. Es la forma como lo han visto los escritores “espirituales” de la Biblia. Pero eso ha tenido una importancia decisiva para una idea de Dios y de religión que hay que abandonar decididamente. Y ello por una simple razón: el Dios de Jesús nada tiene que con ese perfil de Dios sanguinario.

Por ello mismo, hay que abandonar esa manera de nombrar a Dios y quizá otras como el “Señor”, el “Rey”, el “Pastor”, quizá el mismo nombre de “Padre” que conllevan un estatus de dominio, superioridad y, para nosotros, una situación de inferioridad.

¿Cómo, entonces, nombrar a Dios? Podríamos ir más allá de nuestros modos religiosos tradicionales y nombrarle como “fuente del amor”, “fundamento del ser”, “Vida que acoge a toda vida”, “Amor total”, “Amor que se entrega” etc. Es cierto que no estamos acostumbrados, pero podríamos intentarlo. Seguro que no es cosa baladí. Porque nombrar es entender y de la manera de nombrar depende la manera de entender y de vivir la realidad de quien es “fuente de amor”.

 

Texto ilustrativo:

 

         “Uno que me ama hará caso de mi mensaje, mi Padre lo amará y los dos nos vendremos con él y viviremos para siempre con él” (Jn 14,23).

 

         Texto fundamental de la espiritualidad evangélica. Aquí se nombra al padre y se autonombra Jesús como alguien que “vive siempre” con la persona. Fuente de amor para siempre. Y no solamente para quien ama a Jesús y al Padre, sino para toda la realidad: en el fondo de ella, en el subsuelo, allí donde necesitamos más luz, como cimiento de la existencia, como fundamento del ser, allí está Dios. Quien entiende bien esto halla, sin duda, una paz que nadie podrá arrebatar.

 

Nota de actualización:

 

         Siempre la soledad ha acompañado el hecho humano. A veces los periódicos nos sorprenden con cifras notables de personas que viven solas y mueren solas. ¿Cómo conjurar la soledad? Sabiendo que el Padre y Jesús nos acompaña y creando, por ello, mecanismos de amparo que hagan que nadie esté totalmente solo. En Inglaterra se ha creado un “Ministerio de la Soledad” (el 14% de la población vive sola, 9 millones de personas; en España 10 millones, uno de cada cuatro hogares es de una persona que vive sola). Hay aquí un fenómeno social que tiene que ver con nuestra manera de entender y nombrar a Dios.

 

Preguntas para el grupo:

 

  1. ¿Te parece que esto tiene alguna importancia?
  2. Intenta nombrarlo de otra manera.

 

 

4 

PUEBLO DE DIOS

 

         Desde tiempos inmemoriales Israel se creyó PUEBLO DE DIOS. Quizá esto tuvo su origen en la evidencia de que, en aquella época, un pueblo debía tener un Dios propicio que le defendiese de sus enemigos, al que pudiese invocar en sus necesidades y que lograse generar identidad en la tribu. Por eso, lograr que el pueblo se considere pueblo del Dios Yahvéh ha sido un logro tremendo. Mantener esa mística a través de los siglos, un logro aún mayor.

         Como decimos, desde tiempos antiguos Israel se consideró pueblo de Dios. Las primeras formas arranca en aquellas expresiones taxativas: "Yo, vuestro Dios; vosotros, mi pueblo" (Dt 26,17-19). El pueblo de Dios recibe un espaldarazo en la Alianza del Sinaí (Ex 20) y  en tiempos de la monarquía, a través del rey, el pueblo se conforma en una entidad política estable (2 Re 23,1-3). En tiempos del exilio a Babilonia (año 587) Isaías II y Ezequiel mantendrán la conciencia de pueblo. Y después del exilio, profetas como Malaquías hablan de una nueva alianza con el pueblo (Mal 3,1-5).

         Esta espiritualidad no pasa a la iglesia antigua de Jesús ya que el Nuevo Testamento cuando habla de pueblo de Dios se refiere casi siempre a Israel. Sin embargo, el Concilio Vat. II habla en la Constitución Lumen Gentium del tema del "Pueblo de Dios" (c. II) y se refiere, evidentemente, al nuevo Pueblo de Dios, convocado por Él de entre los judíos y los gentiles en virtud de un nuevo pacto establecido por Cristo en su sangre. Es el pueblo mesiánico que tiene a Cristo por cabeza; comunidad sacerdotal (n.11) y profética (n.12) que se distingue por su universalidad (n. 13). Es el pueblo condensado en la unidad no según la carne sino en el Espíritu y que cumple la definición de "linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo de adquisición" (l Pe 2,9-10).

         Esto es muy hermoso pero, a renglón seguido, en el cap. III habla de la Constitución Jerárquica de la Iglesia. O sea, la Iglesia es pueblo de Dios pero menos. Porque es un pueblo mandado por una jerarquía consagrada y estructurada. Hans Küng dice en sus Memorias que esto fue un gol por toda la escuadra que metió el ala más conservadora de los cardenales de la época a los obispos que, en su mayoría, eran benignos y no se percataban muy bien de la trascendencia del tema. O sea: un pueblo que no es tal, no es democrático, no es igualitario, no se toman las decisiones entre todos, no están separadas las funciones y los “poderes”. Nada que ver con una noción sensata y normal de “pueblo”.

         Se suele argumentar diciendo que la Iglesia es más que una democracia para indicar que ha de ser familia, comunidad, sacramento incluso. Todo eso está muy bien. Pero si no se tiene el cimiento democrático de un colectivo, de un pueblo, es una cortina de humo que encierra posiciones de poder que hoy son inadmisibles en la sociedad civil y que debieran serlo más aún en la comunidad cristiana.

         Por eso mismo, la comunidad de seguidores de Jesús habría de recuperar, en toda su dimensión, la noción de pueblo: igualdad, corresponsabilidad, poder compartido, comunión de vida, etc. Habría que forzar a una “despiramidalización” de esta pirámide que es el edificio eclesial y que muchos hoy se empeñan en reforzar y afianzar.

 

Texto ilustrativo:

 

“Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar ‘Rabbí’, porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie ‘Padre’ vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. Ni tampoco os dejéis llamar ‘Instructores’, porque uno solo es vuestro Instructor: el Cristo. El mayor entre vosotros será vuestro servidor” (Mt 23,8-11).

 

Estamos muy lejos de este sueño de Jesús. La Iglesia no se ha estructurado en base a la fraternidad, sino a la jerarquía. Cuesta asimilar este sueño pero es preciso intentarlo en los niveles en que se mueve nuestra vida. No son palabras que pueden ser “arrancadas” del Evangelio. Están ahí, como un horizonte al que tender.

 

Nota de actualización:

 

         La jerarquización es connatural el hecho social y a la misma comunidad cristiana. ¿Puede imaginarse una sociedad igualitaria? Hoy, imposible. Pero se puede contribuir a que ese sueño esté un poco más cercano. Primero comenzando por mentalizarse; luego con pequeñas prácticas de igualdad, desde guardar con honradez el puesto en la cola de la tienda, hasta no aprovecharse de influencias que nos sitúen en un nivel distinto que a los demás. Hay que tener mucho cuidado con recomendaciones y amistades que nos desigualan. A la larga, no son un beneficio ni para la sociedad ni para nosotros mismos.

 

Preguntas para el grupo:

 

  1. ¿Te resulta sugerente esta  noción de Pueblo de Dios?
  2. ¿Cómo hacer una comunidad cristiana más democrática

 

 

5

ÉXODO

 

         Todos los estudios en antropología social reconocen la fuerza de los mitos religiosos. Los mitos, las creencias, las elaboraciones religiosas, con todas sus limitaciones e ignorancias –y con sus intuiciones geniales también, inexplicables-, han servido para hacernos una idea del mundo y de la divinidad y para dar sentido a nuestra vida. Si a esos mitos les añades una parte de épica, la creencia se magnifica al máximo.

         Eso ocurre con el ÉXODO judío que viene narrado el libro del mismo nombre: Dios ha liberado a Israel de una de sus mayores opresiones históricas, la de los egipcios del tiempo de los faraones (Tutmosis III, mejor que Ramsés II). La leyenda religiosa vertió épica a raudales y de ahí surgió la epopeya del Éxodo y el mito religioso del Dios liberador de Israel. Preguntarse por el trasfondo histórico de los acontecimientos es hacer una pregunta casi en el vacío.

         No nos ha de extrañar que estas narraciones hayan sido textos fundantes de la religión de Israel. Ellos han creído que el Dios Yahvéh con su liberación y la donación de la tierra prometida ponía los cimientos del pueblo. Por eso cada año, en la Pascua, se vuelven a leer estos pasajes. Todavía hoy, en el conflicto palestino-israelí, aducen estos textos para indicar que tienen derecho a esa tierra porque fue el Señor quien se la dio. Parece mentira que quieran sostener su postura con este tipo de argumentos, pero los nacionalismos son así. Lo que nos resulta incomprensible es que el cristianismo tome, de alguna manera, estos pasajes del Éxodo como fundamentación de la Pascua de Jesús. Lo del nacionalismo judío y la Pascua del Señor no tienen nada que ver.

         Lo más interesante, lo más original, de estas narraciones es la evidencia de que el Dios Yavhéh es Dios de un pueblo de esclavos. Ninguna religión une a su Dios con los parias, con los esclavos. Por el método del ensalzamiento de lo divino, las religiones tienden a lo maravilloso y muestran a sus deidades en el brillo del triunfo y en la gloria del poder, nunca en la miseria del acompañamiento a un pueblo esclavo.

         Esto es lo que puede dar pie a una espiritualidad nueva sobre el Éxodo. Se trataría de “salir” (Éxodo significa “salida”) hacia lugares donde los “esclavos” necesitan liberación, salir a los no-lugares donde la dignidad de las personas corre el riesgo de quedar oscurecida y, por ello, olvidada y no reconocida. Ese sería el verdadero Éxodo de hoy.

         El teólogo Jon Sobrino lo ha dicho magistralmente cuando habló en su libro El principio misericordia de “bajar de la cruz a los pueblos crucificados”. Viene a decirnos este autor que el que llamamos Tercer Mundo ofrece luz para lo que históricamente debe ser hoy la utopía. La utopía, en el mundo de hoy, no puede ser otra cosa que “la civilización de la pobreza”, el compartir todos austeramente los recursos de la tierra para que alcancen a todos. Y en ese “compartir” se logra lo que no ofrece el Primer Mundo: fraternidad y, con ella, el sentido de la vida. El verdadero progreso no puede consistir en el que ahora se ofrece, sino en bajar de la cruz a los pueblos crucificados y compartir con todos los recursos y bienes de todos.

         Este es el Éxodo real, no el de las narraciones épicas, el éxodo hacia la igualdad. En esta hora de nuestro país en que hemos llegado a ser el país más desigual de la Unión Europea (¡qué logro!) la lucha personal y social por contrarrestar la desigualdad es el rostro del éxodo del buen lector de la Biblia. Tarea para creyentes.

Texto ilustrativo:

 

Uno de los malhechores colgados en la cruz le insultaba: «¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!». Pero el otro le respondió diciendo: «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu Reino». Jesús le dijo: «Yo te aseguro hoy: estarás conmigo en el Paraíso».

 

Quizá este texto de Lucas no sea ejemplo de “bajar a uno de la cruz”, sino de dejarlo en ella. La promesa del paraíso no mitiga la cosa. Si antes le “insultaba” es posible que siguiera haciéndolo. Pero la solidaridad en el suplicio le hacía beneficiario de la justicia que aquella ejecución atroz demandaba. La solidaridad o, al menos, la cercanía con él era lo que podía “redimirle”. Estaban ambos en el lado de los excluidos, de los parias de la sociedad, del pueblo que no era considerado como pueblo. Esa comunión en la pobreza es la fuerza del pueblo pobre.

 

Nota de actualización:

 

         En el Éxodo la realidad del pueblo es decisiva: es el verdadero protagonista, con sus luces y sombras, más que Moisés. El papa Francisco haba del gusto de ser pueblo: “A veces sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Pero Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. Espera que renunciemos a buscar esos cobertizos personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia del nudo de la tormenta humana, para que aceptemos de verdad entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y conozcamos la fuerza de la ternura. Cuando lo hacemos, la vida siempre se nos complica maravillosamente y vivimos la intensa experiencia de ser pueblo, la experiencia de pertenecer a un pueblo” (EG 270).

 

Preguntas para el grupo:

 

  1. 1.    ¿A qué te suena eso que dice el Papa Francisco que la Iglesia debe ser una “Iglesia en salida”?
  2. 2.    ¿Cómo concretar que el verdadero éxodo hoy es contrarrestar la desigualdad social?

 

6

ALIANZA

 

El tema teológico de la Alianza es decisivo, tanto para el Antiguo Testamento como para el Nuevo. El libro del Génesis es muy representativo: va describiendo cómo la Alianza de Dios con su pueblo va pasando de familia en familia patriarcal por verdaderos vericuetos, dada la fragilidad humana. Pero siempre sale a flote. A veces emplea metáforas hermosas, como la de Gén 9,3 donde se dice que Dios pone su arco en el cielo (el arcoíris), lo que quiere decir que su Alianza con la historia nunca se quebrará, más allá de cualquier limitación humana.

Y en el Nuevo Testamento, ya lo sabemos, Jesús se “apropia” de la antigua Alianza y le da un giro nuevo: ya no será solamente un anhelo de una religión, sino que la Alianza de Dios con la historia se verá en la entrega de Jesús, en su “sangre derramada” (Lc 22,40), en su donación total a la vida.

Esta hermosa espiritualidad tiene dos peligros: a) que la Alianza se haga porque Dios ha elegido a un pueblo, a una persona, a una fe, sobre otras. Dios no hace Alianza con unos sí y con otros no. Por eso san Pablo dirá que Jesús ha ganado el premio para todos (Filp 3,12);  b) el otro peligro: que se anhele una Alianza con Dios, que esté a nuestro favor, porque se le teme. En El AT el temor de Dios era “principio de Sabiduría”, algo valioso (Prov 9,10); Jesús relativiza mucho eso, aunque aún quedan coletazos (“el chirriar de dientes”: Lc 13,28).

No se podrá entender nada del trasfondo de la espiritualidad de la Alianza si no se tiene como cimiento la idea de un Dios a nuestro favor. Las religiones, quizá con buena voluntad, aunque digan que obedecen, adoran e, incluso, aman a Dios, no lo consideran como vecino de su barrio, habitante de su casa, benigno por encima de fallos. Lo sitúan fuera, en el cielo, y lo entienden siempre fiscalizador y mirando de reojo a lo nuestro. ¿Cómo vamos a entender que Dios hace una Alianza de amor con nosotros al crearnos si no logramos romper el recelo con el que lo consideramos?

Creer que Dios hace Alianza con la historia es estar seguros de que nuestra vida no es una vida destinada a la soledad, sino a la comunión; es creer que la verdadera casa de la persona es el corazón de Dios y el de la persona; es creer, por muchos que sean los desvaríos humanos, que la puerta de la casa del corazón del Padre sigue siempre abierta para nosotros. Ninguna Alianza puede hacerse fuera del marco de la confianza; si esta no se da, la Alianza resulta imposible.

Esto habría de llevarnos a cultivar entre las personas, e incluso con la misma naturaleza, una mentalidad de Alianza, de pacto, de buena relación, de buena vecindad. Los conceptos espirituales se vacían de contenido si no se logra dárselo en las cosas más cotidianas. Para vivir en paz y amor es preciso estar continuamente pactando, elaborando perdones, trabajando distancias. Si esos trabajos de relación no se dan, hablar de espiritualidad de la Alianza es hablar chino.

Entender a Dios como un aliado habría de llevarnos a entender a toda persona, y a toda criatura, como aliados. Se rompería así ese miedo al diferente que es la causa de tantos desajustes entre países. Estamos necesitados de una saludable espiritualidad de la Alianza para que el caminar humano por la historia no se convierta en un calvario, sino, por el contrario, en una senda que nos va introduciendo en el corazón del otro, en una casa asentada en el amor.

 

Texto ilustrativo:

 

Os recogeré de entre las naciones,

os reuniré de todos los países,

y os llevaré a vuestra tierra. 

Derramaré sobre vosotros un agua pura

que os purificará:

de todas vuestras inmundicias e idolatrías

os he de purificar;

y os daré un corazón nuevo,

y os infundiré un espíritu nuevo;

arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra,

y os daré un corazón de carne. 

Os infundiré mi espíritu,

y haré que caminéis según mis preceptos,

y que guardéis y cumpláis mis mandatos. 

Y habitaréis en la tierra que di a vuestros padres.

Vosotros seréis mi pueblo,

y yo seré vuestro Dios (Ez 36,23-26).

 

         Ezequiel es un desencantado del pueblo que cree que jamás será fiel. Pero Dios va hacer una especie de “trasplante de corazón” (hacía falta imaginación en aquella época) para poner en la persona “un corazón de carne”. Es decir: la Alianza no es que dé resultado algo divino, sino algo humano. El valor de la Alianza, de la fe, se mide por su calidad de humanidad. Una Alianza para ser más humanos.

 

Nota de actualización:

 

         A veces hemos hablado de la necesidad que tenemos de construir la amistad cívica. Esa sí que es una alianza necesaria. Más, quizá, que la alianza con Dios. ¿Cómo vamos a vivir la espiritualidad de la Alianza si no construimos nuestras pequeñas alianzas? Volvemos a reflexionar sobre la definición de amistad cívica que nos da Adela Cortina: “La amistad cívica no consiste en que los ciudadanos se vayan de tapas, porque éstas son cosas que se hacen con los amigos corrientes, con ésos a los que, según el diccionario, se tiene afecto personal desinteresado que se fortalece con el trato. La amistad cívica sería más bien la de los ciudadanos de un Estado que, por pertenecer a él, saben que han de perseguir metas comunes y por eso existe ya un vínculo que les une y les lleva a intentar alcanzar esos objetivos, siempre que se respeten las diferencias legítimas y no haya agravios comparativos”.

 

Para el trabajo en el grupo:

 

  1. 1.    ¿Tiene razón quien dice que si no crees en Jesús eres persona “incompleta”?
  2. 2.    ¿Te parece interesante el tema de la “alianza de civilizaciones” o es sólo humo?

 

 

7

LEY Y LEYES

 

         El pueblo de Israel, como todas las sociedades, fue muy dado a las leyes. Construyó toda una jungla de preceptos religiosos de toda índole: desde los diez mandamientos que se han universalizado, los corpus legislativos del Levítico, los 613 preceptos que debía cumplir todo fiel judío, o la selva de prescripciones de La Misná que es el código legal de comportamiento que se escribió precisamente en tiempos de Jesús. Únase a todo ese montón de leyes las derivadas de las costumbres religiosas, tan coactivas.

         No nos ha de extrañar que, como dice Mt 22,34-40, le fueran una vez a Jesús con la pregunta sobre cuál era el mandamiento más importante de aquella selva de preceptos. Jesús hizo dos cosas: resumió aquel maremágnum en dos únicos preceptos (amor a Dios y amor al prójimo). Pero, además, equiparó el “segundo” (el amor al prójimo) al “primero” (el amor a Dios). Es decir, uno es igual al otro. Más aún, si damos crédito a 1 Jn 4,20, el amor al prójimo es “primero” porque hace visible el amor a Dios.

         Por todo esto, en tiempos de Jesús había una discusión nunca cerrada del todo sobre qué leyes eran “pesadas” (es decir, obligatorias) y cuáles otras eran “ligeras” (es decir, no obligatorias). Textos como Mt 11,28-30 dicen que la carga de Jesús es “ligera”. O sea, que lo de Jesús no puede ser nunca obligatorio, sino algo libre, realidad que brota de la adhesión del corazón, del amor, no de la imposición de una ley.

         Es que el judaísmo ha cogido la ley, la norma, como camino espiritual, creyendo que,  cumpliendo fielmente las normas, llegaba a Dios. Esto es muy peligroso porque, al final, quien cumple escrupulosamente las normas religiosas termina exigiendo a Dios el premio de las mismas. Y Dios queda así como reo de la persona religiosa.

         Jesús ha tomado otro camino, el camino del amor. Él ha pensado que al Dios de amor se llega amando. Y que, amando, no se exige nada a Dios, sino que él da generosamente lo que nosotros no alcanzamos. Por eso el testamento de Jesús de Jn 13,30 incluye aquella cláusula que todos sabemos: “Amaos unos a otros como yo os he amado”. Jesús nos ha amado asimétricamente, cuando no podíamos pagarle, como dice san Pablo en Rom 5,6. Amar sin esperar siempre a cambio pago, premio, recompensa, aplauso: es la manera de vivir del seguidor/a de Jesús.

         Para Jesús, la persona está siempre por delante de la norma, como lo ha mostrado muchas veces cuando curaba en sábado, como en Lc 14,1-6. De ahí que, aunque las sociedades necesitemos normas para poder convivir, o la misma Iglesia mantenga bien vivo un corpus doctrinal llamado Derecho Canónico, muy coactivo, la postura del cristiano ha de ser bien clara: primero la persona y después las normas, primero el amor y luego el ordenamiento social o religioso.

         Asentarse en la norma es abandonar el sueño de Jesús de una sociedad asentada en el amor. De ahí que haya que tener siempre una actitud crítica ante la norma y sus beligerantes defensores.

 

Texto ilustrativo:

 

         “Para que seamos libres nos liberó el Mesías, con que manteneos firmes y no os dejéis atar de nuevo al yugo de la esclavitud” (Gál 5,1).

 

         Gálatas es la carta de la libertad cristiana. Pablo, que había sufrido la “esclavitud” de la norma y de la que nunca se liberó del todo, descubrió en la experiencia de Jesús un horizonte de libertad. Lo vivió hasta donde pudo. Pero, ciertamente, su espiritualidad sobre la libertad cristiana sigue vigente.

 

Nota de actualización:

 

         El respeto a las leyes sociales no ha de ser por razones de castigo (multas), sino por espíritu de colaboración ciudadana, que es una manera de hablar de la fraternidad social. Esto se ve claramente en leyes que afectan a la economía (obligaciones fiscales) y a la convivencia (normativa sobre circulación vial). La fe cristiana habría de llevarnos a ser escrupulosos en el cumplimiento de esta normativa, aunque otros la menosprecien o la conculquen. Es preciso “moralizar” estos comportamientos y considerarlos como auténticos pecados sociales.

 

Para el trabajo en grupo:

 

  1. ¿En qué punto la Iglesia debería posponer la norma a la persona?
  2. ¿Por qué nos cuesta a los cristianos cumplir exquisitamente nuestras obligaciones cívicas (fiscales o de convivencia)?

 

 

 

 

8

JUECES

 

         Entre el Éxodo de Egipto y el establecimiento de la Monarquía, Israel tuvo una época histórica amplia gobernada por Jueces, personas investidas de poder divino que administraban las tribus en todos los órdenes administrativos, de justicia y de acción política. Así queda reflejado en el libro bíblico de los Jueces.

         Pero, más allá de verdad histórica de estas aseveraciones, muy dudosa, lo cierto es que el antiguo Israel fue muy dado a los litigios. Por eso mismo, como los otros pueblos, elaboró un complicado panorama en torno a la justicia entre ciudadanos. Hicieron bueno aquel dicho de que “donde hay hermanos, hay litigios”. El litigio acompañó el devenir de este pueblo.

         Ya se había dicho en Ex 32,9 que era un pueblo de “dura cerviz”, pueblo belicoso hasta en sus mismas fronteras. Basta leer el fanático libro de Josué para percibir el ánimo levantisco de este pueblo. No es de extrañar que recurrieran a instancias que mantuvieran en sus límites el ansia de polémica de tales tribus.

         Por eso no nos ha de extrañar que esta instancia de los jueces conociera la corrupción, como nos demuestra el novelesco relato de la “casta Susana”, uno de los relatos griegos asociados al libro de Daniel (Dan 13). De ahí que uno de los mayores fustigadores de los jueces inicuos, el profeta Ezequiel, soñará, como dijimos antes, con una persona que no necesite ser juzgada, sino que ella misma tenga un “corazón de carne”, es decir, un corazón imbuido por la justicia (Ez 36,26).

         El mismo Moisés, el prototipo de líder, tiene un sueño incumplido, que “todo el pueblo sea profeta” (Num 11,29), que no haya que nombrar jueces porque toda persona está llena del espíritu del Señor, que es espíritu de justicia. Siempre ha estado Israel en este dilema: para hacer que se cumpla la justicia, nombremos quien nos juzgue. Cuando la buena orientación habría sido: para que se cumpla la justicia, seamos justos cada uno de nosotros.

         Por eso Jesús ha abandonado decididamente el mecanismo de juicio. Ni ha juzgado a nadie ni ha querido ser juez entre partes litigantes: “¿Quién me ha nombrado juez entre vosotros?” (Lc 12,14). Para Jesús lo importante no es que haya un buen juez, sino que haya disposición para entenderse. Por eso dice con claridad que, incluso antes de presentar la ofrenda, antes de orar, hay que arreglar cuentas si se tiene algo contra el hermano (Mt 5,23).

         La novedad de Jesús es que el seguidor tiene que ser persona alejada de los litigios, resistente en modos pacíficos (Lc 6,29). No lo dudemos, si por algo atrae Jesús es, entre otras cosas, por tener controlado el mecanismo de juicio. Él no ha juzgado nunca y por eso se le han acercado toda suerte de pecadores y frágiles.

         De ahí que la espiritualidad cristiana empujará con decisión a aminorar, y si es posible suprimir, los litigios entre creyentes (2 Tim 2,14). El que estemos muy lejos de ello no invalida la utopía de Jesús: “No juzguéis y no seréis juzgados” (Lc 6,37).

 

Texto ilustrativo:

 

         “Al que tiene fe débil, hacedle buena acogida sin discutir opiniones. Hay quien tiene fe para comer de todo; otro, en cambio, que la tiene débil, como solo verduras. El que come de todo, que no desprecie al que se abstiene; el que se abstiene, que no juzgue al que come, pues Dios lo ha acogido. ¿Quién eres tú para poner falta al criado de otro? Que siga en pie o se caiga es asunto de su señor; y en pie se mantendrá, que fuerzas tiene el Señor para sostenerlo” (Rom 14,1-4).

 

         Somos personas de juicio fácil. Y a veces por naderías externas, no por el fondo de la persona. Es algo que hay que controlar. De lo contrario, la convivencia, la fraternidad, se hace imposible. Es preciso aceptar la diversidad no sobre todo como un problema, sino como un valor. Si el juicio campa a sus anchas, la fraternidad se esfuma.

 

Nota de actualización:

 

Cuando ocurre un desaguisado social (lo de la Manada, o cosas así) se alza un clamor. Los más moderados dicen: la masa no debe sustituir  a los jueces. Y quizá debe ser así, porque la gente se guía más por sentimientos que por leyes. Pero, sin condenar, creemos que la voz social ha de oírse y de alguna manera (acomodando las leyes, formando a los jueces) ha de ser tenida en cuenta. Una cosa es un juicio que condena y otra cosa es una valoración que busca justicia más acomodada a nuestra época.

 

Para el diálogo en el grupo:

 

  1. ¿Cómo controlar el mecanismo de juicio?
  2. ¿Cómo vivir alejados de juicios que persiguen beneficios?

 

 

9

DEPORTACIONES

 

         Se ve que en la antigüedad una de las técnicas de dominio político eran las deportaciones. Una vez vencido el enemigo, se cogía a los hombres con potencial militar y se les deportaba a mucha distancia, con frecuencia al país vencedor para que sirvieran de esclavos. Y así el territorio conquistado no podía levantarse de nuevo en armas al no haber ya guerreros que lo hicieran. Con frecuencia, tales deportaciones suponían que los deportados ya no regresaban jamás a su tierra.

         Así ocurrió en la antigua historia de Israel, país pequeño, pero levantisco. De hecho conocemos varias deportaciones importantes. Por ejemplo: en el  722 a.C. fueron deportados a Nínive, Asiria los israelitas del Norte. Pero la más importante fue la del 587 a.C. a Babilonia.

         Nunca sabremos medir la envergadura de aquel desastre que estuvo a punto de hacer desaparecer a Israel del mapa. Para percibir la derrota hondísima, más tarde, se dirá que la columna de prisioneros iba a pie, encadenados. Y el primero de la reata, el rey Sedecías, a quien habían degollados sus hijos,  desnudo y con los ojos sacados (2 Re 25,7). Fueron deportados a más de mil kilómetros de distancia. Como hoy ir a Marte. Ya nunca volverían.

         Como decimos, Israel hubiera desaparecido del mapa de no ser por dos profetas que mantuvieron viva la idea de pueblo, la certeza de que, aunque estaban a punto de desaparecer, Dios, el Dios de la Alianza, seguía con ellos. En la deportación a Babilonia fueron Isaías II y el levita deportado  Ezequiel los que mantuvieron viva la fe en los momentos de mayor derrota de la historia antigua de Israel.

         Otra vez lo recordamos porque, en parte, por él estamos aquí esta tarde: Ezequiel era un desencantado de su propio pueblo, un clérigo de mentalidad negativa y cáustica. Él creía que Israel había sido infiel a Dios, lo era en el presente y lo sería siempre en el futuro. Pueblo increyente y malo. Pero él fue llamado en ese momento de derrota a profetizar la esperanza. Y, haciendo de tripas corazón, construyó hermosas profecías de esperanza que mantuvieron viva la fe del pueblo: Dios cambiará el corazón de piedra de Israel por un corazón de carne (Ez 36); Dios dará una nueva patria a Israel aunque no se la merece (Caps.40 y ss). La fe y la identidad de los que estaban “junto a los canales de Babilonia” (Sal 136) se mantuvo a pesar de todo.

         Y entonces ocurrió lo inesperado: un joven militar persa, Ciro, en poco más de un año de campañas militares, derribó el imperio babilonio y creó un nuevo impero, el persa. Esto trajo vientos nuevos de liberación. Nada más llegar al poder, viendo que tras 50 años de cautiverio, Israel no constituía ningún peligro, publicó un edicto de repatriación para los judíos. No se lo creían. Los pocos que habían sobrevivido volvieron a Israel, pobre, devastado y despoblado. Pero pudo comenzarse la reconstrucción del país.

 

Texto ilustrativo:

 

         “Nosotros, ateniéndonos a su promesa, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva donde habite la justicia” (2 Pe 3,13).

 

         Las cartas de Pedro están escritas “a los emigrantes dispersos”: nada nuevo: siempre ha habido migraciones. Les dice en la primera carta que la comunidad cristiana puede ser su patria, su referencia para vivir abiertos a una sociedad donde no es fácil vivir como minoría religiosa. Esta frase de la segunda carta indica que nuestra “migración” por la historia apunta al logro de la justicia. Si cuando nos vayamos no ha aumentado, siquiera un poco, la justicia, no habremos conseguido lo que el Evangelio espera de nosotros.

 

Nota de actualización:

 

La historia de Israel, como la de muchos pueblos, estuvo amasada en migraciones violentas. Nada nuevo. El mismo Jesús queda pintado, lo fuera o no, como uno que tuvo que ir a país extraño (Mt 2,13ss). Los pueblos pobres, dependientes de la dirección que tomen los poderosos, tienen que sufrir deportaciones, tienen que emigrar. Hoy mismo en el mundo la apatridia está bien viva y los problemas de los emigrantes forzados son conocidos de todos. Las mismas deportaciones como la de los rohinya en Bangladesh  nos aproximan a las antiguas deportaciones de Israel. Ignoramos lo que pasa en Libia con los africanos que tratan de llegar a nosotros. ¿Y en Marruecos? ¿Nada nuevo bajo el sol? Creemos que hemos avanzado en sensibilidad. Pero la cosa sigue ahí.

 

Para el trabajo en el grupo:

 

  1. ¿Qué opinas de las deportaciones forzadas?
  2. ¿Qué opinas de los llamados sin-papeles?

 

 

10

PROFETAS

 

         No se podría entender la espiritualidad de la Biblia sin los profetas. Constituyen, junto con la oración y las leyes religiosas, una de las columnas imprescindibles de la Escritura. De hecho, la Biblia hebrea tiene tres grandes partes: la Ley, los Profetas y los otros Escritos. El mismo Nuevo Testamento está, de algún modo asentado sobre la profecía de Jesús sobre el Reinado de Dios y las profecías de sus primeros seguidores que difundieron la utopía del Reino.

         La tarea de los profetas es múltiple: a) anuncian sucesos aún no llegados, basados en indicios sociales como el comportamiento del pueblo ante la realidad de Dios; b) denuncian comportamientos inhumanos o alejados de la fe, sobre todo cuando los cometen las estructuras políticas, aunque también censuran al pueblo; c) interpretan los acontecimientos desde perspectivas de fidelidad a Dios y de justicia; d) abren horizontes cuando la situación del pueblo se hace insostenible.  Todas estas funciones se entremezclan y aparecen según las circunstancias.

         La talla de los profetas bíblicos es, casi siempre, impresionante, aunque su extracción social sea baja (como en el caso de Amós que era “pastor y cultivador de higos”: Am 7,14). Las figuras de Isaías, Jeremías o Ezequiel son gigantescas. Pero las de profetas “menores” como Miqueas o Zacarías no le van en zaga. Todos ellos tienen en común dos cosas: aman a Dios y aman al Pueblo. Por ese tipo de valores hay que medir la categoría profética de un creyente.

         No ha de extrañar que esta hermosa realidad de la profecía se corrompiera, como todo lo humano. Por eso la Biblia habla con profusión de los “falsos profetas”. Generalmente, era profetas que profetizaban a sueldo, para que quienes les pagaban escucharan lo que querían oír. Los había en abundancia, sobre todo en las cortes de los reyes. Los profetas bíblicos los censuran sin misericordia. Las leyes bíblicas, drásticas como son, dicen que esos sujetos deberían morir (Dt 18,20). Corromper la profecía es un delito de humanidad.

         La voz de estos antiguos profetas sigue viva hoy. Si el cáustico Ezequiel viera que sus oráculos siguen siendo inspiradores para los creyentes de esta sociedad que aspiran a un “corazón nuevo” (Ez 36,26-28), él que, en su decepción, creía que era un mero cantor de “coplas de amor” (Ez 33,22) se quedaría anonado. Es que la verdad de la profecía atraviesa sociedades y tiempos.

         La vieja profecía recibe un aliento nuevo el profetas Jesús de Nazaret, el que pasó “haciendo el bien” (Hech 10,34-38). Esa fue su verdadera profecía: anunciar a un Dios bueno, denunciar a quien obra mal, leer la relación humana en modos de bondad y abrir horizonte a la posibilidad de “ser bueno de todo como lo es el Padre del cielo” (Mt 5,48). Una profecía de bondad, así ha sido la suya y la que ha recibido de su mano sus seguidores. De tal manera que el triunfo del bien ser, al final de todo, el triunfo de la profecía.

 

Texto ilustrativo:

 

“Y sucederá que después de esto, derramaré mi Espíritu sobre toda carne; y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, vuestros ancianos soñarán sueños, vuestros jóvenes verán visiones” (Joel 2,28).

 

La profecía es inherente a la sociedad, no es sobre todo cuestión religiosa. Profecía es soñar con un mundo igualitario ya hacer algo porque sea sí, aunque sea poca cosa. Profecía es soñar un mundo más ecológico y convertirse ecológicamente. Profecía es soñar un mundo cósmico diverso y agradecer el sol cada mañana. Profecía es soñar una familia de humanos y tratar de se familiar con toda persona. 

 

Nota de actualización:

 

         Hoy día la profecía no nos viene sobre todo del lado religioso, sino del social. La profecía de decrecimiento (vivir con menos para vivir mejor), la profecía de la economía del bien común (la persona por delante de la ganancia empresarial), la profecía de la sobriedad feliz (el arte de vivir disfrutando con poco), la profecía del movimiento slow (vivir con más sosiego), las múltiples profecías de meditación, etc. Son voces que no tienen componente religioso pero que entroncan con el fondo de los sueños de Jesús. No haríamos bien en desoírlas.

 

Para el diálogo en el grupo:

 

  1. ¿Siguen vivas las figuras de los profetas bíblicos?
  2. ¿Cómo ser profetas del bien en una sociedad de componente inhumano?

 

 

11

REYES

 

         A toro pasado, podemos decir que la monarquía no trajo a Israel más que desgracias. Pero ellos querían ser “como los demás pueblos” y tener un rey (1 Sam 8,20), así se lo decían cansinamente al profeta Samuel. Y él les advirtió claramente: “Os quitará a vuestros hijos para que se hagan cargo de los carros militares y de la caballería, y para que le abran paso al carro real. También os quitará a sus vuestras para emplearlas como perfumistas, cocineras y panaderas”. Y así fue: la realeza, como le es propio, sangró a los vasallos israelitas hasta extremos que nunca hubieron imaginado. Pero ellos “querían ser como los otros pueblos”. Y lo fueron.

         Por eso, si repasamos la historia de la realeza en Israel, a grandes zancadas, esto es lo que vemos: reyes crueles hasta el límite, como, por ejemplo, Salomón quien, por los extraños vericuetos de la historia, ha pasado como ejemplo de rey sabio y prudente. Pero él edificó su reino sobre la sangre: se cargó a toda la oposición  (a su hermano Adonías, al jefe del ejército Joab, a Semeí que era el crítico de la época). Y luego quiso embaucarnos, haciéndose el humilde, con aquella oración en Gabaón pidiendo a Dios que “le enseñe a escuchar para saber gobernar bien porque es un muchacho”. A otro con ese hueso.

         Si miramos, siglos después, la figura del último rey de Israel antes de exilio de Babilonia tenemos a Sedecías, rey vasallo de Nabucodonosor, contra el que se sublevó desechando los consejos de Jeremías y siguiendo a profetas falsos. Llevó al país a su mayor derrota que culminó con el exilio a Babilonia exponiéndolo, literalmente, a la desaparición del mapa. Fue apresado, presenció el degüello de sus hijos, le sacaron los ojos y lo llevaron desterrado, desnudo, a Babilonia.

         Y si llegamos a los tiempos de Jesús tomemos, por ejemplo, al rey Herodes el Grande, el de los inocentes. Hombre cruelísimo. En tres meses crucificó a ochocientos, entre ellos a dos hijos suyos. Posteriormente mató a su propia mujer. Dicen que fue un gran constructor, pero por el cimiento de sus obras corre la sangre.

         Alguno de los reyes se salva como, por ejemplo, el “piadoso rey Ezequías” quien, según la Biblia, haciendo caso a Isaías, aguantó el sitio de Jerusalén por Senaquerib y, por su piedad, Dios diezmó al ejército sitiador que se retiró. Las fuentes no bíblicas no son tan benévolas con él.

         Lo cierto es que Israel, que había recibido de Dios la vocación de ser “pueblo de la alianza”, fue como los demás pueblos, tanto en sus instituciones como en los comportamientos individuales. Estaba destinado a ser el pueblo de la fraternidad humana y fue el pueblo de la corrupción y la inhumanidad. Como todos. Hay quien ha dicho que lo que no hizo Israel lo ha hecho el cristianismo, “pueblo de la nueva alianza”. Pero la historia dista mucho de hacer válido tal aserto. Tal vez la cosa sigue pendiente y aún no hemos encontrados con las estructuras sociales y religiosas que lleven a la fraternidad esencial, el sueño de Jesús.

 

 

Texto ilustrativo:

 

         “Los reyes de las naciones las dominan, y los que ejercen el poder se hacen llamar bienhechores. Pero vosotros, nada de eso, al contrario, el más grande entre vosotros iguálese al más joven y el que dirige al que sirve. Vamos a ver, ¿quién es más grande, el que está a la mesa o el que sirve? El que está a la mesa, ¿verdad? Pues yo estoy entre vosotros como quien sirve” (Lc 22,25-27).

 

         Aplicar a Jesús el término de “rey” es impropio (aunque se lo aplique él mismo en Jn 18,37: un rey paradójico, que no se lucra de sus vasallos). Él está “fuera de la mesa”, en actitud permanente de servicio, siempre en el último lugar.

 

Nota de actualización:

 

         La monarquía parece estar en el alero del tejado en nuestro país. Quizá se ha ganado sus detractores a pulso. Pero hay un movimiento valioso: todo ciudadano ha de tener las mismas oportunidades y derechos. Tener más posibilidades por herencia real ya no es admisible en sociedades democráticas. Esta manera de pensar se acerca mucho al modo de vida fraterno e igualitario con el que sueña el Evangelio. Por eso, tal vez, habría que apoyarlo.

 

Para el diálogo en grupo:

 

  1. ¿Es cierto eso que se dice de que “un país tiene los gobernantes que se merece”?
  2. ¿Crees que nuestras instituciones, sociales y religiosas, generan humanidad y fraternidad?

 

 

 

12

MESÍAS

 

         Siempre se ha soñado en un mesías, alguien que nos saque las castañas del fuego cuando las cosas no van bien. Es una manera de soportar la cruda realidad. Israel ha sido especialista en esto. Ahí es donde se acuñado el término “mesías”. Siendo un pueblo pequeño, de escaso potencial político y militar, siempre ha sido oprimido por los grandes imperios. Solamente en esta época de ahora tiene el poderío que lo hace respetable por su fuerza, con frecuencia injusta. Quizá por ello ahora es cuando menos se habla entre los judíos del mesías.

         Pero en el Antiguo Testamento se sueña con el mesías. Lo dice explícitamente Miqueas 5: “de ti sacaré el que ha de ser el jefe de Israel”. Y el profeta Isaías (7,14; 8,8) habla de uno que va a ser “Dios con nosotros…que salvará a Israel”. Siempre soñando con una salvación que viene de fuera.

         En tiempo de Jesús la cosa había degenerado: se pensaba que, cuando viniera el Mesías, Israel sería reconocido por las naciones como centro del universo y todos los pueblos rendirían pleitesía en Jerusalén. Circulaba esta leyenda entre la gente del pueblo: “Cuando venga el mesías, mil paganos pedirán por favor a un judío que les deje entrar a su servicio”. Si hay algo manipulable es el sueño de los pobres, de los oprimidos.

         Esta mentalidad pasó al cristianismo primitivo y queda reflejado en los evangelios: en Mt 1,16 se dice que de José nació “el llamado Mesías”, en Lc 4,41 los endemoniados le dicen a Jesús que es el Mesías, los discípulos confiesan explícitamente su mesianidad (Mt 16,16). Es decir, los antiguos anhelos del AT han quedado condensados en la persona de Jesús.

         Pero la cosa no queda ahí: muchas religiones han elaborado espiritualidad en torno a su mesías: el islam espera a su mahdi (mesías) en los últimos tiempos; los rastafaris consideraban como mesías Haile Selassie. Y así otras más. Siempre es el mismo mecanismo: no se cumplen nuestros anhelos, soñemos un mesías.

         Pero si leemos atentamente el Evangelio, veremos que se dice que no hay tal mesías, que cada creyente en Jesús es el que debe construir el soñado camino de la fraternidad: es el “anda y haz tú lo mismo” que suena como un cañonazo en Lc 10,37. No hay que andar esperando al mesías Jesús sino viviendo con los criterios con los que él vivió.

 

Texto ilustrativo:

 

         “La mujer le dijo: -Sé que va a venir el Mesías, el Ungido; cuando venga él nos lo explicará todo. Jesús le contestó: -Soy yo, el que habla contigo” (Jn 4,25-26).

 

         Jesús es un “mesías que habla”, uno del mismo nivel que nosotros. Por lo tanto, no hay que esperar mesianismos que nos saquen las castañas del fuego. Somos nosotros, en diálogo con él, como hemos de ir construyendo el camino humano. La adhesión a Jesús desborda los márgenes estrechos de los mesianismos religiosos.

 

Nota de actualización:

 

¿Cómo construir una fe alejada de los mesianismos? A veces esos mesianismos son más cercanos de lo que nos parece: creemos que si eligen a tal persona de Papa la Iglesia saldrá de su debilidad; pensamos que si sale elegido tal o cual político el país se salvará; nos parece que si el párroco resulta ser estricto cumplidor de las normas, la parroquia volverá a llenarse de jóvenes y de vocaciones; podemos llegar a tener por cierto que si logramos ganar unas elecciones nuestra situación será radicalmente distinta. Muchos de estos sueños son mesianismos que nublan el camino correcto, el del trabajo por la construcción de una sociedad humana e igualitaria. Que podamos vivir lejos de tales espejismos.

 

 

Para el diálogo en grupo:

 

  1. ¿Continúan funcionando en nuestra sociedad y en nuestra Iglesia los espejismo?
  2. ¿Cómo contribuir a una sociedad y a una Iglesia sin mesías?
  3.  

 

13

SABIDURÍA

 

         Puede parecer que, en esta época nuestra, la sabiduría se demuestra por la cantidad de másteres que un puede presentar. Luego resulta que su poseedor o poseedora es uno de tantos y que, a veces, se ha hecho con esos títulos de manera fraudulenta para darse el postín y medrar.

         En la antigüedad bíblica la cosa era muy distinta. La sabiduría era una realidad casi divina. Dios mismo era la Sabiduría (Is 28,29) y él la da a la persona que la busca (Prov 2,6). Por eso mismo, tener sabiduría es para la Biblia más importante que tener oro (Prov 16,16). Una visión muy distinta de la nuestra.

         Como también es muy distinto el origen de la sabiduría: dice Prov 1,7 que “el temor del Señor es el principio de la sabiduría”. Aunque se nos diga que el “temor” bíblico no es mero temor sino reverencia, valoración de lo sagrado, etc., a nosotros temor nos suena a temor, algo negativo. No puede ser eso principio de ninguna sabiduría (ya dejamos arrumbado aquel principio de que “la letra con sangre entra”).

         Para el antiguo escritor bíblico la sabiduría es saber elegir bien cuando en la vida se te presentan dos caminos: el del bien y el del mal (Prov 3,10). Suena un poco a antiguo esto de elegir el bien. Pero los errores a la hora de elegir se pagan caros. Que se lo digan a quien no elige bien a la persona adecuada para compartir su vida o a quien elige de manera equivocada a un socio para un negocio.

         Para el antiguo también la sabiduría es sensatez (Prov 8,35).  La sensatez es seguir conservando la cabeza sobre los hombros, tanto cuando las cosas te van muy bien como cuando te van mal. En el primer caso para que el éxito no te maree y te provoque un desenfoque de la realidad; en el segundo para que no se piense que la vida toda se reduce a un mal paso dado.

         Y sobre todo, como lo demuestra el libro de la Sabiduría, ésta es justicia en el gobierno. Así es, la mayor necedad, porque acarrea la desgracia de grandes capas de la ciudadanía, es el mal gobierno de los asuntos públicos bien por incompetencia o por corrupción (Prov 6,12). Por eso está uno tentado de sumarse a aquel dicho atribuible a Baltasar Gracián de que los ignorantes son muchos, pero los necios infinitos. Efectivamente, “infinitos” son los gestores de lo público que engrosan la lista de la necedad.

         ¿Está desfasada esta espiritualidad? Creemos que no. Cuando autores modernos como Adela Cortina o Zigmunt Baumann claman por una educación ética están reclamando, en el fondo, una educación ciudadana en principios elementales que no pocos de ellos rozan las viejas enseñanzas de la sabiduría bíblica. Dice Adela Cortina: “Educar para el siglo XXI sería formar ciudadanos bien informados, con buenos conocimientos, prudentes en lo referente a la cantidad y la calidad. Pero es también, en gran medida, en medida enorme, educar personas con un profundo sentido de la justicia y la gracia”. Esto mismo piensa el sabio de AT.

         En estos tiempos de enormes avances tecnológicos hablar de sabiduría puede parecer una vuelta a la época de las cavernas. Pero no hay tal, porque el fondo de lo humano sigue moviéndose en parámetros éticos antes como ahora. Y ese camino del fondo del corazón no ha corrido tanto como el de la tecnología.

 

Texto ilustrativo:

         “Se quedaron tan estupefactos que se preguntaban unos a otros: -¿Qué significa esto? Un nuevo modo de enseñar, con autoridad, y además da órdenes a los espíritus inmundos y le obedecen” (Mc 1,27).

 

         Los rabinos enseñaban citando las sentencias de los grandes maestros de Israel. Jesús recurre únicamente a su propia experiencia, a su “autoridad”. Esto desconcierta a sus contemporáneos que no aceptan tal manera. Pero, en realidad, su experiencia era su mejor aval, por modesta que fuera.

 

Nota de actualización:

 

         Uno de los signos de que una persona sabia lo es al estilo bíblico es que, por mucho que sea un científico mundial, no olvida sus orígenes, con frecuencia humildes. Es el caso, por ejemplo, de Juan Carlos Ispizúa, un gran científico que se acuerda de su origen humilde en Hellín (Albacete) “Yo no era consciente de que nuestra situación era más precaria. Pero sí recuerdo llevar una vida un poco distinta a la de los otros niños. Los demás iban a la escuela, yo no. Yo iba con mi madre a recoger aceitunas, a poner uvas en las bolsas en época de vendimia, a vender globos… Pero no lo veía en sentido negativo”. Cuando se tiene esto claro, la ciencia denota que es patrimonio de una persona “sabia”. Una ciencia que desclasa resulta sospechosa.

 

Para el diálogo en grupo:

 

  1. ¿Estamos hablado un lenguaje incomprensible para la persona de hoy?
  2. ¿Conoces a gente sabia en el terreno de la justicia? Contar algo de ella.

 

 

 

14

SALMOS

 

            Por extraño que nos parezca, la poesía goza en nuestra sociedad de muy buena salud. Hay en nuestro país una legión de buenos poetas y poetisas. Como nunca. Este sí que es un auténtico Siglo de Oro de la poesía. Esto demuestra que los poetas interpretan el mundo, no solamente hacen lírica. Y así demuestran que el mundo de los sentimientos sigue bien vivo en el subsuelo de los humanos.

         Por eso mismo no nos ha de extrañar que en la Biblia, libro de sentimientos profundos, bellos unas veces e innobles otras, haya un libro de poemas, los Salmos. Es, con mucho, el libro más largo de la Biblia: ciento cincuenta poemas, como ciento cincuenta capítulos.

         En este libro han metido la mano muchas personas diferentes. Por lo que hay de todo: bellos epigramas, poemas de lírica sublime, letanías monótonas, imprecaciones inaceptables, hondas intuiciones, poemas épicos de detestable nacionalismo. De todo. Por eso, habrá que saber lo mejor posible qué es lo que se está leyendo, para no meter a todos los salmos en el mismo saco, como si fueran de un único autor.

         Además, son poemas que abarcan más de ocho siglos de la historia de Israel. Hay poemas muy antiguos, como el Salmo 29 (“Hijos de Dios, aclamad al Señor”) y textos muy recientes, como el Salmo 149 (“Cantad al Señor un cántico nuevo”). Pueden mediar, entre uno y otro, más de ochocientos años. Por eso, si se los quiere leer correctamente, habrá que hacer un esfuerzo para situarlos en su contexto histórico.

         Entre los creyentes de  hoy los Salmos están en horas bajas. A su condición de plegarias “antiguas” se une el descrédito de sus expresiones duras, propias de épocas más rudas que la nuestra, que no son de nuestro gusto. Esto hace que, quienes oran en común, prefieran salmos nuevos, credos por autores actuales, aunque, a veces, estos poemas son largos, pesados y carentes de pathos espiritual.

         Pero el Salterio sigue siendo, como se le llamó hace siglos, el “libro de los pobres”, los poemas espirituales de quienes levantan la vista y los hombros y quieren caminar a través de cualquier adversidad. La experiencia honda de fe y de esperanza que están en esa fuente no se ha secado todavía.

         Puedes hacer una prueba: toma los Salmos 120-135. Le llaman a esa colección “salmos de las subidas” porque los usaban los peregrinos cuando subían cantando al templo de Jerusalén. Verás que sus sentimientos de fondo están muy próximos a cualquier experiencia de fe: “De dónde me vendrá el auxilio…te deseo todo bien…nuestro auxilio es el nombre del Señor…los que confían son como el monte Sión…mi corazón no es ambicioso…”, etc. Siguen vivas estas palabras porque sigue viva la experiencia de quien anhela vivir su fe con lucidez.

 

Texto ilustrativo:

 

         “-¿No habéis leído nunca aquello de la Escritura? La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular. Esa la ha puesto el Señor. ¡Qué maravilla para nosotros! (Mt 21,42).

 

         Se aplica a la parábola de los viñadores homicidas y se refiere a la realidad de Jesús, piedra desechada que se ha convertido en piedra angular. Es posible que esta aplicación sea obra de la catequesis primitiva. Pero eso indica que han leído la realidad de Jesús mirando al libro de los Salmos.

 

Nota de actualización:

 

         La poesía, por extraño que parezca, ha sido muy importante en las grandes revoluciones (piénsese en los cantos de la guerra civil “Ay Carmela…Si me quieres escribir” o en la revolución sandinista “Ay Nicaragua, Nicaraguita”) y todavía emociona a muchas personas. No se ha secado el fondo soñador de las personas, por mucho que sea el materialismo en el que se desenvuelve nuestra vida. De ahí la importancia del cultivo de lo bello, la poesía, la naturaleza, el arte en todas sus manifestaciones, sobre todo aquellas que están más cerca de la gente normal.

 

Para el diálogo en grupo:

 

  1. ¿Es recuperable la espiritualidad de los Salmos?
  2. ¿Cómo liberar a la Biblia y a la espiritualidad cristiana de expresiones duras y condenatorias?