CUESTIÓN DE JUSTICIA

Alimentos que van a la basura y derechos humanos

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            Casi siempre que la sociedad del bienestar trata el tema de los alimentos que van a la basura lo hace desde puntos de vista donde los criterios, la razones por las que no hay que desechar alimentos no quedan de manifiesto. Por eso mismo, se tiran los alimentos sin ninguna clase de trasfondo ideológico.

            Cuando el Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio ambiente quiere elaborar una normativa para este problema agudo en los países desarrollados las razones que se intuyen para promover cambios legales son la economía y el medio ambiente. Tirar comida en proporciones altas (España con 7,7 millones de toleradas anuales) es, en verdad, un atentado económico y la huella ecológica que ello conlleva causa un ataque al medio ambiente.

            Precisamente los ejemplos de recuperación que se proponen carecen así mismo de trasfondo ideológico. No se da razón alguna para transformar las “sobras” en alimentos reciclados; tampoco se da para reconsiderar la fecha de caducidad o de consumo. Se apela a eludir los “excesos” de años anteriores o a corregir “alardes” innecesarios. Pero tampoco se dice el porqué. Se constata la insensibilidad hacia este fenómeno (“no nos duele”), pero no se dice por qué habría de dolernos.

            Ahí entra el tema de los derechos humanos. Tirar alimentos de manera indiscriminada, mantener modelos de producción que contemplan desechos en tan grandes cantidades, mantener una teoría y una práctica de mercado en la que no entra ningún alimento con pequeños deterioros son indicios de una actitud ante el tema de la justicia. No hay derecho a tirar alimentos en buen estado cuando hay miles de millones de personas con problemas de alimentación. No es cuestión, primariamente, de economía o de medio ambiente, es cuestión de humanidad.

            Efectivamente, el tema de los derechos humanos tiene un soporte ético. Y en este caso, la ética más elemental dice que, mientras un humano pase hambre otro humano no puede desperdiciar alimentos de manera indiscriminada. Ya no es cuestión de economía, sino de justicia, lo repetimos.

            Este derecho a un tipo de manipulación de alimentos (producción, excedentes, etc.) plantea un dilema moral: no se puede estar tirando alimentos, quemando alimentos, derivando alimentos de humanos al engorde de animales cuando millones de personas viven en la penuria. No es solamente un problema económico, es también una realidad ética.

En ese sentido las leyes de excedentes (como la de la Unión Europea) tienen que ser revisadas: no se puede legislar simplemente para almacenar bien, para distribuir lo mejor que se pueda y para hacer bajare el estocage de alimentos almacenados. Hay que preguntar por el derecho a la alimentación que acompaña a todo ser humano.

Es preciso, así mismo, revisar las leyes en torno a la producción energética porque éticamente es muy cuestionable que alimentos que podrían ser destinados al consumo humano terminen convertidos en biomasa para crear alternativas al petróleo. Si esas alternativas conllevan la destrucción de alimentos, el derecho de quien tiene hambre y quiere comer es conculcado.

Los métodos de producción y, sobre todo, los precios de los mercados tienen que ser revisados desde es derecho universal a la alimentación. Es preciso encontrar métodos de regulación de precios que no incluyan la destrucción masiva de alimentos en los países desarrollados. La imagen de máquinas esparciendo leche en los campos para mantener el precio de la misma en niveles aceptables revela el peor rostro de la humanidad.

Y, dado que el tema de los alimentos tirados a la basura se plantea casi siempre a nivel doméstico (porque es el ámbito en el que más de desperdicia, el 42% frente al 39% que corresponde a las empresas de producción) resulta imprescindible trabajar la conciencia ciudadana para entender que, además de que la tierra no es una despensa inagotable, simplemente no hay derecho a tirar alimentos cuando hay gente que muere de hambre.

El derecho a la alimentación es universal y ha de ser contemplado desde tal universalidad. Las legislaciones, las instancias educativas, incluso las entidades que influyen en los imaginarios morales de las naciones han de entender que tirar comida es uno de los más inhumanos atentados contra los derechos humanos que se da en nuestras sociedades de consumo.