Retiro en el Tabor, 8-6-2013

 

 

1

ÚNICA LUZ QUE ALUMBRA

 

Introducción:

 

         La lucha entre la luz y las tinieblas ha sido, desde siempre, un “topos” antropológico. Estamos necesitados de luz y nuestra vida se ve envuelta, con frecuencia, en densas tinieblas. El anhelo de la luz es uno de los más profundos deseos de la vida. Estamos hablando de luz interior.

         La luz interior no es algo que venga incluido en el pack del mero vivir. Es una “construcción”, un trabajo, un proceso, un camino que hay que andar. Todo ello para sortear el riesgo de vivir en oscuridad y lograr ir haciendo que la luz brote en el interior de la persona.

         Un interior luminoso se refleja en el rostro, se refleja en la vida; un interior oscuro oscurece el rostro y oscurece la vida. “Cabizbajo y sombrío como quien llora a su madre… Contemplado y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se ensombrecerá” afirma el Sal 34. El misterio de un interior luminoso.

         Estamos en un lugar donde Jesús buscó y encontró luz, una luz que tuvo sus vaivenes, pero que siempre estuvo ahí, unas veces radiante, otras, más oculta. Subió a esta montaña porque necesitaba esa luz. Su andar fatigoso remontando estas cuestas es el símbolo de su sed de luz. Vamos a anhelar, nosotros también, esa luz. Vamos a dárnosla unos a otros en la medida en que podamos. Vamos a intentar entrever en el lugar hermoso de este monte esa única luz que alumbra todo interior que no es otra que la del amor.

 

1. Única luz que alumbra

 

         Antes de acoger la Palabra, vamos a ponernos en buena disposición fijándonos en la “otra palabra”, la buena palabra de los buenos poetas. Tomamos unos versos de Eloy Sánchez Rosillo titulados “Única luz que alumbra (del poemario Antes del nombre, Ed. Tusquets, Barcelona p.115): 

 

Sólo has vivido de verdad si tuvo
mucho que ver con el amor tu vida.
Todo vino y se fue. Pero aún transcurren
los días en que amaste y fuiste amado.

 

* Si tuvo mucho que ver con el amor de tu vida: La vida de verdad va en relación con la densidad del amor vivido. Si el amor es flojo; la vida es floja. Si el amor es vibrante, la vida ha tenido sentido. Remitirse al amor es, sobre todo, remitirse a los anhelos más que a los fracasos. Éstos pueden ser desplazados por aquellos porque siempre hay posibilidades de amar.

* Aún transcurren los días en que amaste y fuiste amado: Porque esa es la “única luz que realmente alumbra” y cuya luz no se extingue con los años. “El amor no pasa nunca”, decía el viejo Pablo (1 Cor 13,8) y tenía razón. Esa luz perdura y, si se cultiva, se agranda con todos los riesgos y toda la hermosura del agrandarse. Y, desde ahí, puede construirse un interior luminoso: a más amor, más luz; a menos amor, más sombra.

 

2. La iluminación de la Palabra: Lc 9,28-36

 

         Unos ocho días después Jesús tomó consigo a Pedro, a Juan y Santiago y los llevó al monte a orar. Mientras él oraba, cambió el aspecto de su rostro y sus vestidos se volvieron de una blancura resplandeciente. Dos hombres, de improviso, se pusieron a hablar con él. Eran Moisés y Elías, que aparecieron con un resplandor glorioso y hablaban con él de su muerte, que iba a tener lugar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero lograron mantenerse despiertos y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él. Cuando éstos se alejaban de Jesús, Pedro dijo: "Maestro, ¡qué bien se está aquí! Hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías". No sabía lo que decía. Mientras hablaba estas cosas se formó una nube y los ocultó. Al entrar ellos en la nube, se atemorizaron. Y salió una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo, el Amado, escuchadle. Cuando sonó la voz, se quedó Jesús solo. Ellos guardaron silencio, y a nadie dijeron por entonces nada de lo que habían visto.

 

         Normalmente se explica la transfiguración (término que no aparece en Lucas) como algo que viene “de fuera”: una luz “celestial” que ilumina al Jesús del Tabor. Tratemos de leerlo como una luz que brota desde dentro.

  • Pedro Juan y Santiago, aunque adheridos a Jesús, son el grupo más conservador, representantes de la dificultad para percibir el funcionamiento de los mecanismos del Reino. Por eso se les va a mostrar a ellos el sentido de la entrega de Jesús (son imagen de nuestra mis imposibilidad para situarnos en parámetros evangélicos).
  • La oración de Jesús es por pura necesidad: él necesita encontrar sentido a su camino creyente y utiliza un método conocido: la oración. Una oración buscada desde la necesidad.
  • No hay “transfiguración” en Lc. Es un “cambio de aspecto”, la percepción de quien ve a una persona con ánimo dentro cuando antes lo veía con desolación. La subida se hizo en el anhelo, la búsqueda y una cierta desolación. Y ahora, una luz se abre paso desde dentro y cambia su rostro y hasta su ropa cobra un nuevo brillo, una hermosura.
  • Moisés y Elías son los principales representantes de la Escritura, la Ley y la Profecía. La oración, la búsqueda de sentido se hace en diálogo con la Palabra.
  • El tema de conversación, de la búsqueda de luz es “el éxodo que iba a completar en Jerusalén”, el sentido de su muerte, el valor de una entrega al límite, la luz que esconde la amargura de una muerte intuida.
  • La modorra de los discípulos es imagen de su dificultad, de su lejanía, del poco socorro que pueden prestar a la búsqueda de Jesús. Pero, aun así, ven “la gloria” de Jesús, le verdad del sentido de la entrega de Jesús y la confirmación de los dos que estaban con él.  Ellos reciben los destellos de esa iluminación, aunque se empeñen en negarlos luego.
  • La intentona de hacer “tres chozas” no ha de interpretarse en clave contemplativa (ése no es el problema) sino histórica: quiere frenar el camino a Jerusalén, no le ven sentido a un éxodo que termina en muerte. La propuesta es tan pintoresca que el autor lo excusa diciendo: “No sabía lo que decía” (como en Lc 23,34 “no saben lo que están haciendo”).
  • La “nube”, la gloria, tiene que venir en confirmación de lo visto. Y lo hace con expresiones de los cantos del siervo: “Mi elegido, mi predilecto” (Is 44,2). Es decir: Dios confirma la opción de Jesús, la de la entrega hasta el fin; ése es el camino que Dios marca, que hay que “escuchar”. De ahí puede venir la luz a creyente, como le ha venido a Jesús.
  • Jesús se queda “sólo”. Es decir, una vida iluminada no deja sin efecto el esfuerzo del camino histórico por construir una vida entregada.
  • El discipulado “no cuenta a nadie lo que ha visto” porque la iluminación, el sentido, no puede ser aún acogido en su planteamiento vital. Son necesarias más mediaciones.

 

3. Ahondamiento espiritual

 

Un Jesús luminoso e iluminador: Siguiendo una tradición religiosa común, el NT ha presentado a Dios como luz (1 Jn 1,5). Y Jesús mismo se ha desvelado como “luz del mundo” (Jn 8,12). Por eso Jesús es iluminador. Pero lo es porque ha sabido conjugar su propia tiniebla histórica y la luz del sentido del amor de manera que éste último, mal que bien, ha terminado por triunfar. Es iluminador porque ha hecho una obra de trabajo con su propia tiniebla. Desde ahí es luz. Por eso, uno no sabe qué admira más, si la luz que sin duda el Padre le da o el trabajo que Jesús hace para que esa luz termine por salir adelante. Un trabajador para el engendramiento de la luz, del sentido. Por eso puede ser iluminador para el creyente al que dice que un trabajo semejante y un éxito similar también están al alcance de su mano.

La increíble luz de la esplendidez: El signo de la luz es evocador pero tiene el peligro de diluirse en una cierta estética. El Evangelio es más concreto: dice que la luz es la esplendidez: “La esplendidez da el valor a la persona. Si eres desprendido, toda tu persona vale; en cambio, si eres tacaño, toda tu persona es miserable”: Mt 6,22-23: trad. De Mateos del modismo de “Lámpara del cuerpo es el ojo”). Por eso Jesús es luminoso, porque es totalmente espléndido. Si no lo hubiera sido así, la tiniebla se habría hecho compacta en su interior, irrompible.

Un nuevo amanecer: En Hech 26 Pablo hace por tercera vez una apología de su vocación, ésta ante Agripa. Y dice que Jesús en su kerigma dice que Jesús “anunciaría un amanecer  lo mismo para el pueblo que para los paganos” (Hech 26,23). Un nuevo amanecer: no una doctrina, una teología, una moral, una religión, una filosofía. Un “amanecer”, una posibilidad de vida (eso es el amanecer) ligada a la luz de cada día. O sea, el asunto está en percibir a Jesús como posibilidad como se percibe la luz de mañana como una posibilidad. Hacer luz hablando de posibilidades.

Lámpara que ilumina: Eso es la Palabra. Lo decía el viejo salmo de la Ley (“Lámpara es tu palabra para mis pasos” Sal 118,105) y lo dice Jesús: “No se enciende una lámpara para meterla debajo de la cama” (Mc 4,21). Palabra que ilumina, no palabra que cansa, que adormece, que justifica sistemas, que lleva al inmovilismo. Palabra para desinstalar, para azuzar, para ayudar a imaginar, para entreves caminos. Palabra luminosa porque viene de la luz del Padre y de la luz histórica de Jesús, luchador contra toda tiniebla.

 

4. Derivaciones comunitarias

 

         Vamos ahora a derivar algunas sugerencias a nuestro estilo de vida comunitario. Quizá el contagiarnos ánimo lleve a acrecentar en cada uno de nosotros el caudal de luz.

         1) Comunidades luminosas porque trabajan lo oscuro: No son luminosas porque tienen personas notables (ojalá sí), sino sobre todo porque están acostumbradas a trabajar lo oscuro, a no dejarse vencer por él. Trabajar lo oscuro es encajar la limitación, admitir la corrección, practicar el discernimiento, unir la suerte a la de los “oscuros” (los débiles), construir la solidaridad (luz en lo oscuro), aceptar la posibilidad de ir derivando hacia situaciones marginales más que instalarse en posicionamientos sistémicos. Desde ahí puede venir alguna luz. Desde ahí pueden ser apóstoles del buen vivir, ése al que tiene derecho toda persona por causa de su ineludible dignidad.

         2) Comunidades luminosas a causa de su esplendidez: No únicamente a causa de su generosidad, que no sería poco, sino de su esplendidez. El voto de esplendidez es más luminoso que el de pobreza, aunque éste apunte a aquel. Espléndidas en bondad de corazón, en vida simple, en estilos de vida decrecidos. Desde ahí se podrá ser apóstoles de la esplendidez, porque ¿cómo se va a hacer ese apostolado si nosotros no somos realmente espléndidos?

         3) Comunidades luminosas que hablan de posibilidades: Para ello, comenzar por ser comunidades positivas, porque la negativización es una puerta en las narices para la esplendidez. Tratar de ayudar a ver que hay caminos aunque las situaciones sean duras. Hacerlo ver no solamente de palabra, en la oración, sino en pequeños modos de solidaridad real que hablen de posibilidades para los más débiles (en cuestiones de vivienda, trabajo, derecho humanos). Estas comunidades serán apóstoles de una vida felicitante, con sentido más allá de cualquier  interrogante, disfrutante por encima de heridas.

         4) Comunidades luminosas de Palabras buenas: Palabras y Palabra que sean buenas, que hablen del bien, que contengan la menor carga posible de negatividad, de herida, de menosprecio. Palabras “perfumadas”, como diría san Francisco, que salen de un corazón y de una fe perfumada. Que la luz venga por las buenas palabras, que venga por la Palabra buena. Apóstoles de las buenas palabras y de la Buena Palabra, en maneras de escucha, de oración, de propuesta evangélica atrayente, de caminos de novedad.

 

 

Conclusión

 

         Este es, lo hemos dicho, un lugar de luz, en que Jesús encontró luz. También sus seguidores entrevieron esa luz de la entrega aunque no fueran capaces de digerirla. Que nos ayuden ambos, que nos ayudemos nosotros. Que la reflexión, la Palabra y la oración puedan ser cauce de luz para nuestras vidas personales, para nuestras comunidades. Terminamos con un verso de Charo Rodríguez:

 

Solo el Dios encontrado, 

                                    ningún dios enseñado puede ser verdadero, 

                                    ningún dios enseñado. 

                                    Solo el dios encontrado  

                                    puede ser verdadero.

 

         Busquemos a Dios en este lugar, con estos hermanos, en la luz de esta mañana hermosa. Quizá pueda ayudarnos también este himno de la fiesta de la Transfiguración escrito por el capuchino Rufino Grández.

 


Aquel hombre que asciende a la montaña
a Dios está anhelando con sed viva;
pierde su corazón allá en la fuente
donde el dolor se pierde y pacifica,
y donde el Padre engendra al Hijo amado
con el Amor que de su pecho espira.

Aquel hombre de rostro penetrante
sobre su sangre y éxodo medita;
una luz desde dentro se abre paso,
la hermosa faz más limpia que el sol brilla,
porque es el bello rostro de Jesús,
cuyos ojos los ángeles ansían.

Es el Hijo en la Nube del Espíritu,
el Amado nacido antes del día;
el Padre lo pronuncia con ternura,
con la voz de sus labios lo acaricia;
los testigos videntes de la Gloria,
ebrios de amor lo adoran y se inclinan.

Pasó el fuego encendido en la montaña
y otra vez susurró la suave brisa;
y era él, ya no más transfigurado,
Jesús de Nazaret, el de María;
mas para aquel que vio la faz divina,
sin destellos la faz será la misma.

Jesús de la montaña y de la alianza
presente con gloriosa cercanía,
en el fuego sagrado de la fe
te adoramos, oh luz no consumida;
traspasa tu blancura incandescente
a tu esposa que en ti se glorifica. Amén.


 

 

2

LA FE DE FRANCISCO DE ASÍS

 

         Aunque, debido a los acontecimientos eclesiales (renuncia de Benedicto XVI, elección del papa Francisco) el decretado “año de la fe” ha quedado un poco en la penumbra, quizá podamos en este día de retiro venir un poco a ese tema para alimentar esa luz de la fe del que hablábamos esta mañana.

         Para ello, vamos a decir algunos puntos sobre la fe de Francisco de Asís. Nos referimos no a su fe teologal (fe en Jesucristo, en la Eucaristía, en la Palabra, etc.) o fraterna (en la Orden, en la Evangelización, en la Pobreza y Minoridad, etc.), sino a esos aspectos elementales que pueden arrojar luz sobre nuestro comportamiento creyente o franciscano.

 

1. LA FE DE SAN FRANCISCO EN UN MUNDO DISTINTO

 

        

         Francisco de Asís, tras duras experiencias de inhumanidad, como la cruenta guerra en la participó contra Perusa, llegó a la conclusión de que otro mundo era posible, de que la fraternidad universal era un anhelo con carta de naturaleza, de la que posibilidad de que los humanos vivieran como hermanos no desaparecía ni siquiera a pesar de las enormes heridas que nos inferimos a Dios. Si releemos la hermosa Admonición 27 intuiremos en su hondura el anhelo de ese mundo distinto:

 

Donde hay caridad y sabiduría no hay temor ni ignorancia.

Donde hay paciencia y humildad, no hay ira ni desasosiego.

Donde hay pobreza con alegría no hay codicia ni avaricia.

Donde hay quietud y meditación, no hay preocupación ni disipación.

Donde hay temor de Dios guardando la entrada,

no hay enemigo que tenga modo de entrar en la casa.

Donde hay misericordia y discreción, no hay superfluidad ni dureza.

 

         Como decimos, hay aquí una posibilidad a la mano: nadie puede impedirnos, ninguna ley humana ni divina, ser hoy mismo más fraternos y amables, más humanos y solidarios, más justos y benignos. La posibilidad de construir ese otro mundo soñado es algo que puede ser traído a lo más concreto de cara día. En aquella hermosa oración de Juan XXIII que se titula Sólo por hoy leemos en uno de sus puntos: “Sólo por hoy seré feliz en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no sólo en el otro mundo, sino en este también”. Es preciso no apearse de esta certeza y construirla cada día.

 

 

2. LA FE DE FRANCISCO DE ASÍS EN LA AMISTAD CÍVICA

 

         Francisco, en una época de conflictos muchos más duros que los nuestros, ha creído también en esta amistad de quien tiene dificultad para convivir dentro de la misma ciudad. Cuentan las biografías franciscanas que el obispo y el alcalde de Asís no se entendían. Aquel excomulgó a éste; y éste prohibió vender nada a aquel. Francisco compuso una cancioncilla (que luego la incluyó en el Cántico de las Criaturas) y, al estar él enfermo y no poderlo hacer  en persona, mandó a dos hermanos a que la cantarán en una ocasión en que el obispo y el alcalde iban a estar juntos en un acto social. La cancioncilla decía así:

Loado seas, mi Señor,

por quienes perdonan por tu amor

y soportan enfermedad y tribulación.

Bienaventurados los que conviven en paz

porque de ti, Altísimo, coronados serán.

         Dicen las crónicas que alcalde y obispo se reconciliaron.

 

3. LA FE DE SAN FRANCISCO EN LAS RELACIONES NUEVAS

 

        

         A san Francisco se le llamará en la posteridad “hombre de gracia nueva”, “luz entre la niebla”, “hombre de la inocencia original”, etc. Son maneras de decir que él hizo un camino al fondo del corazón de la persona y, desde ahí, inició una andadura nueva: aquella que considera a las personas buenas en el fondo, aunque sean moralmente males, como los ladrones de Borgo san Sepulcro, o gente estigmatizada, como los leprosos, o criaturas dañinas, como aquel legendario lobo de Gubio. Francisco ha descubierto que en todos los seres anida la bondad original, muchas veces envuelta en debilidad o en maltrato. Y él ha querido establecer contacto con esa bondad original para, desde ahí, hacer un camino común con toda persona, con toda realidad.

         A la par, o quizá por eso, ha descubierto maravillado algo simple: que Dios es esencialmente bueno, el bien. Que en Dios no hay mezcla de oscuridad y de luz, de bondad y castigo, de caricia y maldad. Todo él es bueno, él es el solo bueno. Esta ha sido una de sus más firmes convicciones. Jamás se apeó de ella. Era el cimiento de su sueño de hermandad humana.

         A veces asentaba este sueño de las nuevas relaciones en cosas simples. Decía por ejemplo: “Dichoso quien tanto ama y respeta a la persona cuando está lejos de él como cuando está cerca, y no dice nada a sus espaldas que no pueda decir delante de él” (Admonición 25). Así de simple: hablar bien de la persona es, como dice en otro lugar “hablar bien de Jesucristo”, y al revés. Por eso, quien sueñe con las relaciones nuevas ha de construir ese sueño con, entre otras “piedras”, la del respetuoso y amigable hablar del otro.

 

4. LA FE EN UNA CREACIÓN HERMANA

 

         A estas alturas, toda persona admiradora de san Francisco sabe que su amor por la naturaleza era evidente. Pero siempre ha quedado la cosa de una forma lírica: como si Francisco fuera un medio hippie que andaba por los campos hablando con las plantas, conversando con los lobos y predicando a las aves. Eso no es más que el envoltorio de algo mucho más profundo: su distinta visión de la vida, de las personas y cosas. Él cree que entre nosotros y la creación hay una verdadera hermandad. Lo que ahora sabemos por la ciencia, que el mapa genético de los animales y el nuestro está muy próximo, que hay una causalidad entre acción humana y tierra (lo del cambio climático) Francisco lo intuyó por vía espiritual. Para él, porque provenimos de una misma fuente (el amor del Padre), todas las criaturas somos familia. Esto no es un mero pensamiento poético, sino que hace parte del núcleo duro de su fe: él cree que somos hermanos, que estamos destinados a la fraternidad universal, que la obra de Jesús ha sido reconciliar todo lo creado, como diría san Pablo.

 

5. LA FE EN EL VALOR DE OTRA MIRADA

 

         Para Francisco de Asís, como para muchos, la mirada es restauradora, desveladora del contenido del corazón, gesto capaz de hacer suscitar amor y compasión, dinamismo con fuerza suficiente para iniciar un cambio de vida. Se puede decir que Francisco tiene fe en la mirada porque él se ha sentido mirado por Jesús. Desde el comienzo de su itinerario creyente fue así: se encontró con los leprosos, con los más excluidos, y, en diálogo con el Cristo de san Damián, él creyó que su vida era mirada y acogida con misericordia, con amor. Llegó a la convicción de que, por muchos que fueran sus fallos, había un sitio en la vida para él y un lugar cálido en el corazón de Dios.

         No es de extrañar que, años más tarde, él hiciera de la manera de mirar al otro un espacio para la fraternidad y la misericordia. Por eso escribe en su hermosa Carta a un Ministro: “Que no haya en el mundo hermano que, por mucho que hubiere pecado, se aleje jamás de ti después de haber contemplado tus ojos si haber obtenido misericordia”. Los ojos tienen que desvelar la misericordia que anida en el corazón. Una mirada dura e inmisericorde refleja un interior como el pedernal. Por eso la mirada es decisiva para generar fraternidad, para construir humanidad.

        

6. LA FE EN LA BONDAD COMÚN

 

¿Puede ayudarnos el hermano Francisco en el utópico empeño de construir la bondad común? Sí, con rotundidad porque él integra la nómina, larga, de esas personas que pueden ser calificadas básicamente como “buenas”. Veamos uno de sus textos: según él, habría que derrochar esta bondad sobre todo con los débiles. En la Leyenda Mayor 8,5 se dice: “Admirable era la ternura de compasión con que socorría a todos los que estaban afligidos de cualquier dolencia corporal; y si en alguno veía una carencia o necesidad, llevado de la dulzura de su piadoso corazón, la refería a Cristo mismo”. Para Francisco, el dolor del otro es dolor de Cristo y la bondad con la que se trata al débil es el rostro de la bondad de Cristo.

San Francisco hizo del bien el núcleo de su carisma porque, si se leen bien sus escritos y se valora con exactitud su vida, más que propuestas religiosas las suyas han sido propuestas de bondad, maneras de encontrar sentido, modos de abrir horizontes. Precisamente por eso, al ser bondadoso es cuando ha sido totalmente espiritual. Porque cuando hablamos de la bondad estamos apuntando a la obra de la creación, el trabajo más espiritual del mismo Dios.

 

7. LA FE EN LA SENCILLEZ QUE DESVELA LO QUE SOMOS

 

         Francisco de Asís llegó a tener una fe diáfana que dijese con inmediatez lo que uno era. Él acuñó aquel dicho que muchas veces solemos citar los franciscanos: “Cuanto es el hombre ante Dios, tanto es y no más” (Admonición 19). Dios conoce a la persona y sabe como es. Pretender ser lo que no se es resulta una insensatez, una mentira y un menosprecio a Dios que nos quiere y ama como somos, sin necesidad de engaño.

         Cuenta la Leyenda Mayor de san Buenaventura un episodio extremo: estaba Francisco con fiebre y consintió comer carne. En cuanto recobró un poco las fuerzas se presentó con una soga al cuello y en calzones diciendo a la gente que no le tuvieran por santo porque él era tan glotón y carnal como los demás (LM 6,2). No quería que la gente se hiciera una idea distinta de lo que era en realidad, aunque en modo alguno fuese un glotón.

         El franciscanismo tiene una medicina para esa tendencia a aparentar lo que no somos: vivir con sencillez. Esta “fe” en la sencillez como cauce de verdad es muy de san Francisco. Decía él porque lo creía de verdad: “Donde hay misericordia y sencillez, no hay superfluidad ni endurecimiento” (Admonición 26,6). Un corazón compasivo y un estilo de vida simple son caminos óptimos para tener controlado el afán de mostrar una imagen distinta de lo que somos.