CVJ 

Domingo, 2 de diciembre de 2012

 

VIDA ACOMPAÑADA

 Plan de oración con el Evangelio de Juan

 

 

126. Jn 19,4-8

 

Introducción:

 

La pobreza, las limitaciones, la fragilidad son tan duras que constituyen un muro insalvable ante el que nos estrellamos. Toda posibilidad de lectura positiva, todo intento de desvelar algún camino abierto desaparece. La mordedura de la pobreza es, casi siempre, mortal. De ahí que intentar hablar de aspectos positivos de la pobreza es interpretado por muchos poco menos que como una ofensa. Y, sin embargo, si se mira con atención y con benignidad, en los oscuros caminos de la pobreza, en las vidas destrozadas de los pobres, la belleza, los aspectos valiosos que nos emocionan, las posibilidades inagotables que ofrece la vida aparecen  como una realidad inexcusable. Es cierto aquello de que a la vida le basta una grieta para florecer. Puede ser una manera de enfrentar el duro mundo de las pobrezas desde la perspectiva de lo hondamente humano.

Según sugiere este texto, Jesús supo desvelar esa belleza oculta, aunque los demás no lo vieran. Supo verla en su vida y en la también dura vida de quienes caminaron sociológicamente a su lado. Por eso mismo, aunque humillado y ofendido, supo presentarse ante los demás como “el hombre”. Da lo mismo que lo presentara así Pilato  (para burlarse ante los judíos de aquel despojo) o que se presentara así mismo (como podría sugerir una lectura de sujetos ambiguos). En aquel humillado habitaba una honda belleza velada por la inhumana tortura y el avasallamiento injusto. Era un pobre, un humillado, un excluido, pero no solamente eso. Las injurias no lograban apagar el brillo del amor fiel que guardaban los pliegues de su alma.

 

***

 

Texto:

 

4Pilato salió otra vez afuera y les dijo:

                -Mirad, os lo saco afuera, para que sepáis que no encuentro en él ninguna culpa.

                5Y salió Jesús afuera, llevando la corona de matas y el manto color púrpura. Y les dijo:

                -Mirad al hombre.

                6En cuanto lo vieron los sacerdotes y los guardias gritaron:

                -¡Crucifícale, crucifícale!

Pilato les dijo:

                -Lleváoslo vosotros y crucificadle, porque yo no encuentro culpa en él.

                7Los judíos le contestaron:

                -Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se ha declarado hijo de Dios.

                8Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más.

 

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Ventana abierta:

 

 

                Cuando paseamos por nuestras calles, más que nunca llenas de gentes excluidas, vemos una escena como la de la foto: un mendigo pide limosna acompañadote un perrillo que parece sumarse a su actividad mendicante. Con frecuencia los pobres ponen su amor en sus pobres mascotas. Las cuidan y las defienden; son sus amigos. El amor que late en los estratos profundos de la personalidad del débil se vierte en esos modos que nos parecen secundarios. De ese hilo se puede tirar. Posiblemente quien ama así al animalillo, tiene intacta la capacidad de amar, de ser persona feliz.

                Oramos: Que miremos a toda persona como sujeto capaz de amar; que seamos benignos cuando miramos a los débiles; que nos conmueva la bondad escondida de los excluidos.

 

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Desde la persona de Jesús:

 

                Cuando el gentío dice que su delito es haberse declarado “hijo de Dios” se está apuntando a un delito religioso, quizá con connotaciones políticas (por eso teme Pilato a Jesús). Pero puede leerse de otro modo: Jesús se declara bueno, humano, benigno, capaz de amar, con valores básicos, digno. Y eso es lo que no se acepta porque se tiene delante un pobre. Ahí está el problema: ¿cómo unir pobreza y valores? Jesús los ha unido con la atadura de su amor fiel: no dejó de amar. Esa fue la garantía de que sus valores no fueron arrastrados por el tsunami de la violencia.

                Oramos: Te alabamos, Señor, por Jesús pobre pero valioso; te bendecimos por Jesús pobre pero humano; te damos gracias por Jesús, postergado en su pobreza pero amante fiel.

               

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Ahondamiento personal:

 

                La sociedad tiende a estigmatizar al pobre, a culparlo de su pobreza en la que quizá tenga parte, pero no solamente él. También la tiene el poder que se desentiende él; las instancias económicas que, como no sacan ganancia de él, lo abandonan a su suerte; la misma Iglesia que habla mucho de pobres (y también actúa) pero no toma partido por ellos sino que sigue aferrada a la sombra de los poderes fácticos. Por eso mismo habría que intentar no estigmatizar a los pobres, no cargarles más peso que el que les corresponde.

Oramos: Que nuestro desentendimiento de las pobrezas se transforme en cuidado; que nuestro olvido se convierta en memoria; que nuestra estigmatización se cambien en caricia y justicia.                 

 

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Desde la comunidad virtual:

 

                Para hacer parte de nuestra comunidad virtual, de un grupo que quiere iluminar su vida con la Palabra, no es necesario alejarse de la realidad pobre, social o personal, que uno lleva consigo. La Palabra nos está enseñando a develar los valores auténticos de cada uno/a aunque sean modestos, aunque vayan envueltos en limitación. Hemos aprendido a no escandalizarnos de nuestros propios límites y de los ajenos. El respeto y la acogida ha sido la buena respuesta.

                Oramos: Que disfrutemos de los valores sencillos de los demás; que no nos alejemos de la realidad de quienes conviven con nosotros; que no nos escandalicemos de nuestros propios límites ni de los ajenos.

 

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Poetización:

 

No era extraño

que gritasen,

que lo insultasen,

que  vociferasen

ante su horrible presencia.

No era extraño

que lo mandasen a la muerte.

No querían ver en él

la miseria

y la humillación

que percibían en sus vidas.

Por eso lo mejor

era mandarlo a la muerte.

Pero, en realidad,

él se presentaba,

sin vergüenza,

como “el hombre”,

como el sujeto de valores,

como la persona

con la dignidad intacta,

como el hombre siempre amante

de corazón vivo,

anhelante de caricias

y capaz de darlas.

No lo entendían.

Su falta de visión,

su desamor contra su propia pobreza,

su ser manipulados,

les llevó a gritar con cólera:

“¡A la cruz!”.

Pero Jesús sabía

que en él y en ellos

jamás se apagaría

el rescoldo del amor.

Eso le hacía más llevadera

Su inicua

e injusta condena.

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Para esta semana:

 

                Trata de cultivar estos días una mirada más benigna, más justa, sobre las pobrezas cercanas.

 

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