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¿QUÉ QUEREMOS SER?

¿QUÉ QUEREMOS SER?

La VR desde el Vat.II hasta hoy

 

         El 11 de octubre de 1962 inauguraba Juan XXIII el Concilio Vaticano II. Han transcurrido, exactamente, 50 años. Objetivamente muchos años; para nuestra modernidad, siglos. De tal manera que, tanto por el tiempo transcurrido, como por el desplazamiento efectuado, hay que hacer un esfuerzo para “recordar” al Vat.II. Algo se habla; algo se escribe; las entidades académicas organizan eventos que confirman que lo celebrado está fuera de la realidad cotidiana. Y en esta evocación, el tema de la VR aparece, a nuestro juicio, más bien poco (en el libro de J. Espeja,  A 50 años del Concilio,  prácticamente ninguna alusión a la VR). Esto es lo que hay; honradez con lo real.

         Por otra parte, a muchos cristianos adultos y jóvenes, lo mismo a que a los religiosos de cincuenta años para abajo, el Vat.II, por mucho que se lo expliquemos, les suena a arqueología. No vivieron la peculiar y traumática época anteconciliar; no experimentaron el aleteo del Espíritu en la génesis hermosa y tumultuosa de cada una de las sesiones conciliares; no han luchado en la vorágine de los cambios, en el vendaval del posconcilio que hizo alborear tantas esperanzas, que engendró tantas experiencias y que se llevó por delante a tantas personas. Ellos hacen parte, como luego diremos, de la época de la “vuelta de las aguas a su cauce”. Esto es lo que hay; honradez con lo real.

         Por otro lado, a nada que uno mire las cosas con un poco de perspectiva histórica, tanto la época anteconciliar, como la conciliar, la posconciliar y la nuestra de hoy (no estamos en época de posconcilio, explícitamente hablando), con rostros diversos, se mantiene en pie la dialéctica que ha acompañado a la fe desde los inicios (quizá sea algo inherente al camino humano): la relación entre profecía y sistema. No se trata, como han sugerido algunos eclesiásticos, de entender el Vat.II en la oposición continuidad-ruptura (entendiendo que la profecía sería la ruptura). No, la profecía se inscribe en el esfuerzo de “una renovación creativa en lo que pertenece la fe…porque la verdadera fidelidad al concilio consiste en avanzar el proceso iniciado en octubre de 1962” (J. PEREA, Fidelidad,  p.32).

         Globalmente hablando, cada época tiene un ingrediente principal y ello influye en los grandes comportamientos de las organizaciones humanas y en las decisiones y estilos de vida personales de vida. La época anterior al Concilio estuvo marcada en la Iglesia por una férrea organización (recordar el pontificado de Pío X, por ejemplo, con todo el asunto del modernismo); allí predominó, como luego diremos, de forma pesada y tóxica, el sistema. De ahí venimos.  La época del Concilio fue, en boca del mismo Juan XXIII, un “nuevo Pentecostés”, un momento de profecía, de prevalencia sobre lo sistémico, aunque este elemento estuvo siempre presente y de forma muy fuerte incluso en las sesiones conciliares. El posconcilio fue época de posibilidad profética, de logro al alcance de la mano, de aceptación resignada, aunque no de corazón, por parte del sistema de los anhelos nuevos por construir una vida cristiana más orientada al sueño de Jesús. En nuestra época de hoy asistimos, desde muchos lados, a una vuelta y casi pensamiento único en estructuras de sistema. La profecía sigue estando ahí (porque nunca muere) pero en modos de dificultad, de sufrimiento, de desprestigio incluso. De nuevo, el sonsonete: honradez con lo real.

         ¿Podemos hablar hoy en modos de profecía a la VR de hoy, reducida, cariacontecida, perpleja, pero esperanzada, siempre viva, animosa en medio de limitaciones? El sistema nos dice de mil formas qué tenemos que ser los religiosos. Y para ello elabora pensamiento, normativa y disciplina. ¿Podríamos decirnos qué queremos ser, cuáles son nuestros anhelos, qué deseamos aportar a la sinfonía de la sociedad y de la Iglesia, ser “capitanes de nuestra alma”, erguidos en toda la talla de lo humano dentro de nuestras comunidades? ¿Es aceptable que, a nuestra edad y con nuestro recorrido vital y espiritual nos digan qué tenemos que hacer? ¿No hemos podido lograr que, personal y colectivamente, nuestro itinerario vital esté tan claro como para que se respete y se integre en el proyecto común que es la VR?  Estas inquietudes son las que subyacen a la presente reflexión.

 

1. Un pasado pesado y tóxico

 

         Para hacer ver la dificultad que supone el cambio e incluso para fundamentar el abandono de cualquier trabajo profético, muchos religiosos y religiosas alegamos que “fuimos formados” en otro tipo de vida y en otra mentalidad. Es cierto. Más aún, demonizar aquella época es insensato. Tuvo cosas buenas, nadie lo duda; hubo hermanos y hermanas de una notable valía. Es algo que queda fuera de duda. Pero, colectivamente hablando, ese origen de experiencia religiosa nos ha dejado en el fondo del alma un material pesado y tóxico difícil de elaborar, activo como los desechos radiactivos, que en épocas de fuerte carga sistémica como la nuestra vuelve a percibirse con fuerza: un estar siempre a expensas de lo que marque el sistema, entendiendo eso como comunión; una no integración del yo en el programa común del nosotros; un paradigma teológico y de pensamiento espiritual que no sabe librarse de la semilla sembrada en aquella época, querida y amada; una carencia de vigor para poner a funcionar los dinamismos espirituales (imaginación, anhelo, pregunta, pasión, búsqueda, experiencia, etc.) sustituyéndolos por el viejo intervencionismo de Dios y su providencia. Son las marcas de una época teísta de la que no sé si lograremos zafarnos alguna vez.

         Cuando se habla de lo que queremos ser y si se piensa que hay que construir ese anhelo con el ingrediente imprescindible de la profecía, es preciso imaginar (pensar, si se puede) en una experiencia creyente post-teísta: “Me arriesgo a entrar en este nuevo terreno con una profunda sensación no de miedo, sino de alivio. Ya no necesito gastar tanta energía defendiendo aquel Dios teísta que parecía actuar caprichosamente y violaba los patrones de la justicia constantemente; ya no necesito elaborar explicaciones teológicas elocuentes como las que han sostenido esta imagen a través de los siglos. Estoy libre del Dios que estaba destinado a estar insatisfecho si no recibía constantemente nuestras interminables alabanzas; el Dios que exigía que reconozcamos haber nacido en pecado y, por lo tanto, estar totalmente necesitados de ayuda; del Dios que parecía deleitarse en castigar a los pecadores; el Dios que, conforme nos enseñaban, se vanagloriaba de nuestra dependencia infantil y humillante. Alabar este tipo de Dios no nos permitía desarrollarnos y transformarnos en una nueva humanidad que ahora reclamamos, sino que nos mantenía como barro que busca pasivamente ser moldeado por el divino alfarero” (J.SHELBY SPONG, Un cristianismo nuevo, p. 78-79).

         ¿Es esto posible en nuestras comunidades sencillas, marcadas por una fuerte limitación histórica? En teoría es posible; depende mucho del tipo de estructuras en que se inserte. Pero también depende del interior de las personas. Y por ello observamos a muchas personas religiosas que, en su alta edad, han adquirido una mentalidad abierta y unas prácticas renovadas. Personas que han llegado a una evidente conclusión: no estamos dispuestas a volver al tiempo anterior al Concilio del que tanto nos costó salir; no queremos que lo mejor de nosotros vuelva a situarse en lo ya sabido de los viejos esquemas; no queremos volver a aquella minoría de edad a la que nos quiere someter todo sistema, el de antes y el de ahora; no queremos volver a los paradigmas consagrados que no nos alejaron del Dios del miedo, que no nos abrieron a la hermosura del amor, que no lograron a meternos el corazón la atracción de un proyecto de vida en grupo. Si esta resistencia sigue viva, hay esperanza; si se ha quebrado ya, la cosa es más complicada.

 

2. Celebremos lo logrado

 

         Cincuenta años es un espacio de tiempo válido para hacer un balance sobre lo logrado. Hay personas, incluso notables, que hablan directamente del fracaso del Concilio. Se percibe el mal humor con que lo dicen. Pero hay que aplicar principios claros a estas actitudes. No podemos hablar solo ni sobre todo de fracaso, porque donde hay amor, no hay fracaso. Y si de algo estamos seguros es que la vida de muchas religiosas y religiosas del posconcilio ha sido una entrega y una experiencia de amor. Y lo dicho: si hubo amor, no podemos hablar de fracaso. Por otra parte, es verdad lo que dice Adorno que lo importante en la vida no es lo que tenemos, sino aquello que nos falta. Pero hagamos un sencillo y superficial balance de los logros que hemos experimentado, de lo que indudablemente tenemos:

  • Hemos crecido en buena relación: poco tiene que ver nuestro estilo real de relacionarnos (incluso a nivel obediencial) con lo vivido en épocas pasadas. Hemos ido descubriendo, siquiera un poco, el corazón real del hermano.
  • Hemos disfrutado de una experiencia creyente no meramente ritual: porque las reformas litúrgicas y la actual espiritualidad nos ha llevado a descubrir el meollo de lo que celebramos poniendo en segundo plano el componente ritual. Esto ha hecho que disfrutemos realmente de nuestras celebraciones.
  • Hemos atisbado que puede haber maneras libres de vida: y por eso, a veces en modos cuestionables, hemos aumentado el nivel real de ejercicio de la libertad personal. Quizá nos falte aún cómo encajar mejor esa prerrogativa intocable con el proyecto de vida en común que hemos elegido.
  • Hemos ido aprendiendo una espiritualidad del aprecio a la corporalidad: porque, herederos de un negativismo extremo, hemos comprendido que lo creado es bueno, la corporalidad incluida. Estamos aprendiendo a amar los cuerpos, lo que, percibimos, no nos hace menos espirituales sino todo lo contrario.
  • Hemos entrado en el cauce de la Palabra: porque nunca como ahora la VR ha tenido mejor formación bíblica. Y aunque, aún nos falte mucho para entrar en el secreto vivo de la Palabra, ha prendido en muchos de nosotros el gusto por el Mensaje leído vivamente.
  • Nos hemos sacudido de muchos prejuicios impuestos: aunque aún quede ahí, como hemos dicho, un fondo tóxico y pesado. Pero el natural sentido común que todos poseemos nos ha llevado a relativizar muchos aspectos que antes se consideraban inamovibles y estamos trabajando por convenir en aquello que es esencial.
  • Hemos respirado el aire tonificante de la diversidad: ya que la uniformidad en la que hemos sido educados es un truco falso para generar fraternidad. Por eso, aunque los caminos comunes sean más tortuosos, pesados, y lentos, hemos optado por ellos. Aún tenemos que hacer más esfuerzo por incorporar el discernimiento como herramienta de sentido.
  • Hemos ampliado nuestra mentalidad, la hemos universalizado: y no solamente por el fenómeno social de la globalización, sino por el aprendizaje de que el corazón de toda persona está llamado a ser un corazón hermano. Estamos redescubriendo nuestra fe en la fraternidad universal, núcleo y corazón del reinado de Dios

¿No son ciertos, en parte, estos logros y otros que no mencionamos? ¿Cómo podemos hablar de volver a épocas donde estos caminos estaban cuestionados cuando no bloqueados? ¿No merece la pena mantenerse en esta línea de profecía humanizadora? ¿No habría que pensar un tipo de vida comunitaria que fuera más allá de estas vivencias humildes hacia terrenos de más anchura? Vuelve terca la pregunta base de esta reflexión: ¿qué queremos, realmente, ser?

 

3. El caso ilustrativo y “dramático” de la LCWR

        

Hace pocas semanas ha salido en los periódicos la noticia de que el Vaticano ha hecho pública una nota titulada Evaluación doctrinal de la Conferencia de Liderazgo de Mujeres Religiosas de Estados Unidos. En esa nota se afirma que: “Reconociendo que este análisis doctrinal se refiere sólo a una asociación de superiores mayores y, por eso, no pretende hacer un juicio sobre la fe y la vida de las religiosas pertenecientes a las congregaciones miembros de esa asociación, sin embargo este análisis pone de manifiesto serios problemas doctrinales que afectan a muchas religiosas. En el nivel doctrinal esta crisis se caracteriza por una atenuación de la dimensión cristológica que es centro y objetivo de la consagración religiosa, lo que conduce a su vez a una pérdida de un constante y vivo sentido eclesial entre algunas religiosas.” ¿Qué ha podido pasar para que el Vaticano llegue a manifestarse así frente a una asociación de superiores mayores de congregaciones religiosas femeninas de los Estados Unidos?

Las primeras religiosas llegaron a USA acompañando a la población emigrante de sus mismos países. Llevaron consigo el estilo de vida religiosa de entonces. Reprodujeron en Estados Unidos lo que habían aprendido y vivido en sus países de origen. Hábitos, tradiciones, oraciones, costumbres. La mayoría de las comunidades trabajaban en la escuela parroquial. A las órdenes de la superiora y del párroco. Pero hay un momento en que se empieza a producir un cambio en una parte relativamente grande de las congregaciones femeninas en Estados Unidos. Se produce poco antes del Concilio Vaticano II. Ese momento se podría centrar en el Congreso de Vida Religiosa celebrado entre el 9 y el 12 de agosto de 1953 en la universidad Notre Dame de la Congregación de Holy Cross. Lo presidió el claretiano P. Arcadio Larraona, más tarde cardenal y entonces secretario de la Congregación de Religiosos. En ese congreso el P. Larraona, al ver el cambio económico y social que se había producido en el país y que no tenía parangón en Europa, animó a las religiosas a prepararse y educarse bien para ser más competentes profesionalmente en sus trabajos (educativos la mayoría, pero también asistenciales u hospitalarios). Eso en la práctica significaba que había que conseguir títulos civiles y/o eclesiásticos del mayor nivel posible. Las consecuencias no tardaron en verse. La universidad era ya entonces, posiblemente lo ha sido siempre, un lugar donde no sólo se aprenden determinadas materias. Lo más importante es que la gente aprende a pensar por sí misma, a investigar, a esforzarse por formular sus propias ideas. Las religiosas entraron en esa dinámica. Y, de repente, comenzaron a ver su propia vida religiosa de una manera diferente, mucho más crítica. Decidieron que convenía asociarse para compartir experiencias e ideas. De ahí surgió la Leadership Conference of Women Religious, Conferencia de Líderes Religiosas) que hoy aglutina al 80% de las religiosas estadounidenses. Otro grupo de religiosas fundaron el Council of Major Superiors of Women Religious (CMSWR, Consejo de Superiores Mayores Religiosas). Los dos grupos se han ido alejando progresivamente. Digamos que unos han evolucionado hacia delante (LCWR) y otros hacia atrás (CMSWR).

La historia de esta evolución de las congregaciones que están integradas en la LCWR es apasionante. Para verla en detalle se puede leer en un libro interesantísimo escrito por Joan Chittister Tal como éramos. Una historia de cambio y renovación. En él, la autora relata su experiencia en la comunidad benedictina a la que pertenece. Vivió los tiempos anteriores al Concilio Vaticano II, los tiempos convulsos del cambio posterior, cuando hubo que replantearse todo en la vida religiosa, cuando muchas abandonaron pero otras decidieron seguir con renovado entusiasmo pero, eso sí, dispuestas a lanzarse por caminos nuevos e inexplorados. Al final del libro, Chittister relata el momento en el que la comunidad toma la decisión de que cada religiosa debe ser responsable de su propia vida hasta el punto de tener que buscarse su trabajo y decidir por su cuenta donde vivir. Para entender este, por ahora, punto de llegada, es necesario entrar en cada una de las páginas en las que Chittister va relatando con pasión vital su propia biografía y la de su comunidad.

Este grupo de religiosas ha ido asumiendo, llevadas por su propia reflexión y por su deseo de ser fieles al Evangelio, posiciones muy arriesgadas y comprometidas al servicio de la justicia y de los derechos humanos. Por eso muchas son feministas y no entienden la supremacía masculina que todavía impera en la Iglesia. Como han estudiado teología, saben que las razones teológicas no son muy consistentes. Defienden públicamente sus ideas y creen que eso forma parte de su compromiso religioso.

         En este telón de fondo aparece el documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe titulado Evaluación Doctrinal de la LCWR de abril de 2012. Uno lee y relee el intrincado y oscuro proceso hecho de alusiones, informes secretos, conversaciones no publicadas, etc., y, de salida, saca las siguientes conclusiones:

  • Una reacción de asombro: no puede entender cómo estas religiosas, formadas, de probada experiencia creyente, grandes sustentadoras de la fe católica en aquel país, personas de edad adulta (se las ve en las fotos mayores, con su cabello cano, sonrientes), uno no puede entender cómo estas personas pueden haber montado un tipo de vida religiosa “más allá de la Iglesia” o, incluso, “más allá de Jesús”. No puede uno entender cómo estas mujeres han llegado a una “atenuación de la dimensión cristológica” o a una “pérdida de un constante y vivo sentido eclesial”. Las expresiones tienen que encerrar otra cosa.
  • Una reacción de sorpresa: ¿No puede llamar un grupo de religiosas a quien lo desee para su formación, su aliento o su iluminación? El Vaticano arremete fuerte contra las reuniones de estas monjas y sobre los ponentes de su pensamiento. Quieren que los textos pasen antes un control de calidad, una censura. ¿A qué se debe esto? Díganmelo.
  • Cierto que estas hermanas parece que se han posicionado en formas no oficiales al tema de la ordenación de las mujeres o el ministerio de personas homosexuales. Pero uno se pregunta ¿se puede desautorizar el liderazgo de una conferencia tan numerosa por “cuestiones socialmente disputadas” (aunque para el staff sean cuestiones “zanjadas”)?
  • Sí que nos parece más conflictivo el tema del aborto y de la contracepción sobre el que la LCWR ha tomado, a veces, una posición políticamente abierta, apoyando, por ejemplo, la reforma sanitaria de Barack Obama que va un poco en una línea de cierta apertura. Pero quizá haya que hacer dos preguntas aparentemente inocuas: ¿quién está más cerca de las mujeres? ¿quién trabaja realmente en el conflictivo mundo de la sexualidad y sus consecuencias? O de otra manera: ¿tiene el mismo peso una opinión manifestada desde la teoría u otra hecha desde la dura arena de la vida?
  • Tampoco nos hacemos mucho a la idea cómo las acusaciones de feminismo radical pueden llevar a “interpretaciones teológicas que corren el riesgo de distorsionar la fe en Jesús y su amado Padre que envió a su Hijo para la salvación del mundo”. Sí que nos aclaran más las cosas cuando, desprendiéndose de antifaces, explicita el documento: “Algunos comentarios sobre el ‘patriarcado’ distorsionan el modo en que Jesús ha estructurado la vida sacramental de la Iglesia”. ¿Estamos hablando de la “vida sacramental” o de la “estructura jerárquica”?
  • Lo que nos deja boquiabiertos es pensar que este colectivo tiene opiniones que “incluso socavan las doctrinas reveladas de la santísima Trinidad, de la divinidad de Cristo y la inspiración de las Sagradas Escrituras”. Se nos antoja inusitado.

Lee uno y relee la Evaluación y cada vez más aflora un sentimiento: hay aquí un problema de poder, una dificultad enorme para articular una iglesia de comunión real, un afán casi manifiesto de decir dónde sigue estando el centro de la cristiandad, de la ideología y de la norma, una imposibilidad muy grande para hacer un ejercicio de flexibilización y de búsqueda, una rigidez de pensamiento que manifiesta fuertemente su inadecuación con una sociedad cambiante.

Quizá, más a la base, está algo que se subraya muy bien en el discurso presidencial de respuesta a la Evaluación que en agosto pasado hizo la hna Pat Farrel, presidenta de la Conferencia: “Muchas instituciones, tradiciones y estructuras parecen estar marchitándose. ¿Por qué? Yo creo que los fundamentos filosóficos por los cuales hemos organizado la realidad ya no se sostienen. La familia humana no está siendo servida por el individualismo, el patriarcado, una mentalidad mezquina o la competencia.  El mundo está superando las construcciones dualistas de superior / inferior, ganar / perder, bueno / malo, y dominación / sumisión.   En su lugar está brotando la igualdad, la comunión, la colaboración, la sincronización, lo integral, la abundancia, la plenitud, la reciprocidad, el conocimiento intuitivo, y el amor. Este cambio, aunque doloroso, ¡es una buena noticia!”.   

 

4. Las propuestas de la LCWR para ser lo que queremos ser

 

         La respuesta a la Evaluación, al menos desde el punto de vista público, ha llegado en el citado discurso presidencial de Pat Farrell titulado en español Navegando en los cambios. Llama la atención, a primera vista, el modo y el tono. No tiene el aire de esos documentos defensivos de los teólogos que, por lo que se ve, no tienen ninguna eficacia. El obispo Blair (uno de los dos investigadores de la Evaluación) ya lo había dicho bien claramente: “Las doctrinas de la iglesia no son negociables”. Ellas han tomado otro derrotero: reflexionar con lucidez y apertura sobre lo que aman y anhelan, incluyendo un cierto aire lírico que anime a la resistencia, a la espiritualidad y a la búsqueda (cita varios textos poéticos). La actitud a la que invita queda bien clara en estos párrafos: “Considerando otra vez los cambios grandes y pequeños de nuestro tiempo, ¿cuál sería la respuesta profética a la valoración doctrinal? Creo que sería humilde, pero no sumisa; arraigada en un sólido sentido de nosotras mismas, pero no farisaica; veraz, pero gentil y sin miedo absoluto. Haría preguntas sagaces. ¿Estaremos invitadas a ser podadas apropiadamente, y estaríamos abiertas a ello? ¿Es esta valoración doctrinal una expresión de preocupación o una manera de controlar? La preocupación se basa en el amor e invita a la unidad. El control a través del miedo e intimidación sería un abuso de poder. La institucionalización legitima de reconocimiento canónico, ¿nos empodera para vivir proféticamente? ¿Nos permite cuestionar con libertad  en una Iglesia que pretende honrar el sensus fidelium, el sentir de los fieles?”.

         Vamos a proponer los seis caminos que ofrece el citado documento para “navegar” en este tiempo de cambios. En realidad, como se verá, no son caminos ignorados. Pero al subrayarlos cuando ruge el vendaval, adquieren un valor añadido.

1)   El camino de la oración profunda: algo más que el simple rezar. Es cuestión de trabajar el deseo de Dios, la atracción del Misterio, la germinación en el silencio. La oración semillero de una vida profética. Seguir creyendo en el valor y sentido de una oración buscada y querida, una oración que descubre a Dios como “no otro” de mí (M. Corbí, Carta a Dios, 125). 

2)   El camino de la voz profética: “No hay garantía de que simplemente y en virtud de nuestra vocación, seamos proféticas...Nuestro arraigo de Dios tiene que ser lo suficientemente profético y nuestra lectura de la realidad lo suficientemente clara para que seamos una voz de conciencia”, dice Farrell. Estamos hablando de una profecía lúcida.

3)   El camino de la solidaridad real con los marginados: Una solidaridad indolora no sería real. “La experiencia de Dios desde el lugar de las pobrezas es una de misericordia completamente gratuita y de amor empoderador. Las personas en los márgenes que tienen menos posibilidad e invierten menos en mantener apariencias, a menudo tienen la habilidad extraordinaria de nombrar las cosas como son.  Estar con ellos y ellas nos ayudará a situarnos en la verdad y a mantenernos honestas. Necesitamos ver lo que ellas ven a fin de ser voces proféticas para nuestro mundo e Iglesia, aun cuando estemos luchando por balancear nuestra vida en la periferia con la fidelidad al centro”.

4)   El camino de la comunidad: “En nuestras congregaciones hemos pasado de manera eficaz, de un estilo de vida jerárquicamente estructurado a un modelo más horizontal. Y ello es bastante sorprendente, teniendo en cuenta la rigidez en la que nos formamos. Las estructuras de participación y modelos de liderazgo desde la colaboración que hemos desarrollado nos han empoderado y vivificado. Estos modelos pueden muy bien ser el regalo que ahora aportamos a la Iglesia y al mundo”.  Esto lleva a un modo nuevo de comprensión y vivencia de la obediencia más como “discipulado atento” que como sumisión jerárquica.

5)    El camino de la no-violencia: “¿Qué significa la no-violencia para nosotras? Ciertamente, no es la pasividad de la víctima. Supone resistencia en vez de ser cómplice con el poder abusivo.  Sin embargo, sí significa aceptar el sufrimiento en lugar de transmitirlo. Se niega a avergonzar, culpar, amenazar o satanizar. De hecho, la no-violencia requiere que acojamos nuestra propia oscuridad y quebrantamiento en lugar de proyectarlo”. En la resistencia habita la esperanza, decía E. Sábato. La resistencia no violenta es imprescindible para navegar nuestro hoy.

6)    El camino de la esperanza gozosa: Porque “la esperanza nos hace estar atentas a los signos del reino de Dios”, aunque se nos acuse de “mala hierba”, que también la mostaza es mala hierba, invasora, y anunciadora de un reino para todos sin exclusivismos ni prerrogativas. “Vivimos en la esperanza gozosa, dispuestas a ser, una y todas, hierba mala”, dice vigorosamente Farrell.

 

Conclusión

 

         ¿Qué quiere ser nuestra VR en España? No hay fórmulas, si se dijera lo que tendría que ser nos habríamos situado en el terreno de siempre, lejos de la profecía, cazados por la norma. Por eso mismo, si algún fruto habría de tener en este auditorio la reflexión de hoy sería el de meter en el fondo del alma la pregunta de qué queremos ser, de irnos con ese aguijón inoculado, de trasladarlo a nuestras comunidades, de pensarlo mucho antes de tomar una opción, por pequeña que sea.

  • ¿Qué quiere ser la VR de España con su enorme cantidad de instituciones educativas en las que ya no es posible la presencia material de hermanos porque no los tenemos? ¿Dará un paso de trasformación real o se alargará la agonía mediante fórmulas costosas que, a la larga, sabemos que no van a resolver el problema?
  • ¿Qué quiere ser la VR contemplativa de España con el montón de pobres comunidades que, más allá de su generosa entrega, agonizan lentamente no solamente por falta de vocaciones, sino por falta de un planteamiento contemplativo que se adapte a la realidad de hoy?
  • ¿Qué quiere ser la VR de España con la multitud de conventos que vegetan en un tipo de apostolado sacramental o religioso heredado pero que, lo vemos, ya no tienen, desde hace años, el lugar propio y el dinamismo por el que brotaron?
  • ¿Qué quiere ser la VR española con la multitud de inmuebles infrautilizados, con las posesiones que se van quedando sin finalidad y que duermen largos años el sueño de los justos?
  • ¿Qué quiere ser de verdad la VR española cuando, en estos tiempos, trata de reorganizarse en multitud de unificaciones y fusiones? ¿Se busca la reorganización solamente o también la revitalización real?
  • ¿Qué quiere ser la VR de España ante las pobrezas, de una manera coordinada y eficaz? ¿Qué conciencia quiere poner la VR a su dinero, tarea todavía muy lejana? ¿Qué quiere aportar la VR al concierto ciudadano, qué estaría dispuesta a hacer por la paz? ¿Qué sentido real de la justicia quiere cultivar nuestra VR?
  • ¿Qué aportación real pretende ser la VR española a la profecía, en la sociedad y en la Iglesia? ¿Hasta dónde está dispuesta a llegar en la denuncia clara, en la dura tarea de mostrar la injusticia, en el alejamiento real de los poderes fácticos hacia los que insensiblemente tiende?

Podríamos seguir con el riesgo de que las preguntas nos abrumaran tanto que nos llegaran a paralizar. Por eso mismo, detengámonos. Pero, para animarnos recordemos que estos trabajos búsqueda de sentido en épocas turbulentas han sido un leitmotiv en la historia de la fe. Baste que recordemos aquella ardiente pregunta de quienes escucharon el encendido discurso de Pedro en los Hechos de los Apóstoles: “¿Qué tenemos que hacer, hermanos?” (Hech 2,37) y lo transformemos, como hemos dicho, en algo más humano, más ennoblecedor, más espiritual: “¿Qué queremos hacer quienes decimos ya seguir a Jesús?”. Si las comunidades se reunieran en torno a esta pregunta, se habría ya dado un gran paso hacia la renovación profética de nuestra VR.

 

 

BIBLIOGRAFÍA DE REFERENCIA:

 

  1. M.CORBÍ, Carta a Dios, el guía de nuestro caminar,  en AA.VV., Cicuenta cartas a Dios,  Ed. PPC, Madrid 2006.
  2. SHELBY SPONG, J., Un cristianismo nuevo para un mundo nuevo. Por qué la fe tradicional está muriendo y cómo una nueva fe está naciendo,  Ed. Abya Yala, Quito 2011.
  3. CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE,  Doctrinal Assessment of the Leadership Conference of Women Religious (Traducción castellana: Evaluación Doctrinal de la LCWR).
  4. ESPEJA, J., A 50 años del Concilio. Camino abierto para el siglo XXI, Ed. San Pablo, Madrid 2012.
  5. PEREA GONZÁLEZ, J., “Qué dice el espíritu a las Iglesias” (apoc 2): Fidelidad creativa al Concilio,  en  Iglesia Viva,  250 (abril-junio 2012) 31-60.
29/08/2012 16:56 fiaiz #. CONFERENCIAS

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