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Ser humanas en los conflictos

 

 

SER HUMANAS EN LOS CONFLICTOS

 

I

LA ELABORACIÓN DE CONFLICTOS EN LA VIDA RELIGIOSA

 

Esta reflexión comparte la certeza de que los conflictos pueden derivar en elementos de crecimiento en humanidad para los grupos humanos. Es decir, los conflictos pueden ser vividos como trampolín para un aumento en hondura humana. Esta convicción atraviesa las páginas de esta reflexión y justo es decirla desde el primer instante de la misma.

            Cualquiera que mira la realidad de nuestras comunidades religiosas tiene la impresión de que son grupos que elaboran difícilmente los conflictos (existentes como en todo grupo humano) o que miran para otro lado queriendo hacer y hacerse ver que no existen tales conflictos, cuando en realidad, en el subsuelo, están como es natural y, a veces, en modos agudos. El trabajo de análisis de tal realidad demanda unas fuertes dosis de sentido crítico y de capacidad de revisión de vida. De ambas cosas ha adolecido, al menos hasta ahora, la VR tradicional, ya que se consideraban tales actitudes como indisciplina próxima a la desobediencia. Por eso se arrastra un déficit de análisis y de vigor de cara a un enfoque humanizador de la realidad conflictiva en la que se mueven las personas y los grupos religiosos.

            Quizá ha sonado la hora de encarar estos aspectos olvidados de la dinámica comunitaria porque las cotas de adultez a las que va accediendo la VR son crecientes. Efectivamente, elaborar conflictos con humanidad es una característica honda, trascendente, del ser humano. Él provoca la mayoría de sus conflictos y él ha de irlos solucionando con humanidad, cosa que contribuirá, sin duda, a que aminore el número de esos mismos conflictos.

            Trabajar estos cimientos tan básicos y tan elementales de la convivencia humana es poner las bases para una vivencia saneada de la propia vocación. Como lo demuestra la experiencia, ésta no flaquea generalmente por cuestiones teológicas o carismáticas, sino que se quiebra en cuestiones humanas, de convivencia y relación.

 

1. El conflicto en la Vida Religiosa

 

            a) Reflexión previa:

 

Toda la vida de la Iglesia, y la de la VR con ella, como la de cualquier grupo humano, han estado marcadas por el conflicto. Las raíces de la conflictividad en la vida de la fe vienen de lejos (recordemos los conflictos fraternos del Génesis o los de las primeras comunidades cristianas). Todo esto podría llevarnos a una consecuencia que, también en este caso, se convierte en hipótesis de trabajo más que en certeza indiscutible:Por muy paradójico que parezca, no se puede defender que el conflicto sea algo que, sin más, atente a la comunión fraterna. Esto puede ser un argumento por parte del poder que quiere imponer “su” comunión, su norma y su orden que no sabe encajar la dificultad histórica. Ser hermano/a como hermano con litigios puede ser una manera, dolorosa pero muchas veces fecunda, de encontrar el verdadero camino que la fe habría de seguir. El conflicto está ahí, ni es deseable ni deja de serlo, y tratarlo con humanidad puede llegar a convertirse en un dinamismo de crecimiento y de vida.

 

b) Tipología:

 

            1) Conflictos a nivel personal:

 

                        Además del cúmulo de conflictos personales, más o menos acentuados, que cada persona lleva como parte íntima de su estructura personal nos permitimos señalar tres conflictos de la persona con la realidad comunitaria:

  • Los votos como conflicto: Para muchos hermanos y hermanas los votos se han convertido más en un problema que una fuente de espiritualidad. El conflicto aflora pujante en torno al tema de la obediencia, porque apunta a la relación entre persona y comunidad. Quizá sea éste uno de los mayores pesos que hay que soportar y un ámbito de conflictividad muy fuerte. Eso está indicando que hay que repensar ese ámbito para que pase de la conflictividad a la ayuda.
  • La integración real en la comunidad: Lo muchos años de vida fraterna no llegan a veces a obrar en algunas personas su integración real en los planes comunitarios. La fraternidad sigue siendo percibida como un “enemigo” del que me tengo que defender. Es preciso asumir este conflicto para intentar pasar a la orilla de la comunidad.
  • Las diversas experiencias de fe: Nunca se ha vivido la fe en modos absolutamente iguales porque eso se mezcla a las experiencias vitales y éstas son harto diferentes.

 

2) Conflictos a nivel comunitario:

 

  • El persistente conflicto de la relacionalidad: Este asunto es connatural al camino de la vida fraterna, aunque se haya avanzado notablemente respecto a épocas anteriores. El hermano/a siempre será un “problema”, aunque es también nuestra posibilidad. El peligro es que transcurra la vida comunitaria sin que esa posibilidad aparezca como el sentido de la VR. Todo conflicto de relación, tratado, se puede convertir en un impulso; no tratado, es arena en el engranaje de la vida fraterna.
  • Déficit de confianza: Este conflicto viene también de lejos. Se debe, en parte (y más allá de indudables aspectos personales), a la evidencia de que la VR se ha organizado más como una estructura religiosa que como una familia de hermanos/as. El déficit de confianza genera una dinámica de “frialdad” en las relaciones comunitarias.

 

3) Conflictos a nivel institucional:

 

  • El conflicto que brota de la itinerancia: Tradicionalmente la VR ha sido entendida como una realidad para durar. Pero he aquí que la sociedad ha entrado desde hace años en el torbellino del continuo cambio. Las Congregaciones no se han hecho aún idea de pertenecer a una sociedad que tiene el cambio por componente estructural. Esto genera un conflicto entre una realidad social fuertemente cambiante y unas estructuras hechas para permanecer.
  • El conflicto del alejamiento social: Porque la VR tradicional ha encontrado un modo muy sencillo para que no se disturbe su plan, sus horarios, su recogimiento: el alejamiento de los torbellinos de la sociedad. Pero el alejamiento ha conllevado un desenfoque y una desconexión. La única manera de superar este conflicto se dará a través de una reorientación de la línea general de las Congregaciones en la medida que entiendan la sociedad como compañera de camino.
  • El conflicto de la relación con el laicado: Porque comienza a despejarse este conflicto a nivel teórico, pero en la práctica cotidiana la cosa está todavía muy en pañales. El único modo de ir solucionando este conflicto es llegar a entender que los laicos están llamados a compartir carisma, misión y vida con los religiosos/as y que esto ha de ir cobrando cuerpo en planes de vida efectivos.

 

He aquí todo un volumen de conflicto que es preciso tener presente a la hora de proponerse elaborar teorías y estrategias para encajar este lado débil, pero posibilitador, de la VR. Aquí se verifica aquello de que construir la vida fraterna es más difícil que hacer grandes obras de ingeniería: es construir el camino de acceso al otro/a con todas sus posibilidades y dificultades. La envergadura de la tarea no le resta hermosura.

 

2. Mecanismos de solución:

 

            Elaborar conflictos no es solucionarlos ni dictar sentencia entre los contendientes. Es empezar a caminar en direcciones comunes, a entrever la posibilidad de acuerdos elementales sobre bases compartidas. Es el comienzo de un posible entendimiento.

 

            a) Claves:

 

  • Bases éticas: Se trata de cambiar las bases éticas de un conflicto destructivo por las de un conflicto constructivo. Aquellas son: el valor absoluto de mi causa, el principio de que el fin justifica los medios, el objetivo de vencer y/o derrotar, el uso y abuso del ojo por ojo, el empleo de la fuerza como método, la percepción del enemigo sólo como enemigo despojado de su valor de persona. Estas bases habrían de ser cambiadas por las de un conflicto constructivo que son: ante todo, la premisa irrenunciable que es la del valor supremo de la dignidad humana. Además sería preciso mantener que la ética es lo que justifica el fin y los medios y entender que el objetivo no es vencer, sino convencer y/o acordar.
  • Dilemas: La acogida de conflictos plantea una serie de dilemas que han de ser preguntados y resueltos de forma positiva. He aquí algunos de esos dilemas: ¿Recibo el conflicto de manera receptiva o defensiva? Recibirlo de la primera manera abre las puertas a la posibilidad de un camino; recibirlo de la otra forma es cerrar las puertas a cualquier posibilidad de acogida y, por ello, de solución. ¿Es mi reacción ante el conflicto de ira o de paciencia? Los procesos conflictivos requieren altas dosis de paciencia. La ira agudiza el planteamiento negativo. ¿Entiendo el conflicto desde el prejuicio o desde la complejidad? Casi todos los conflictos son complejos; los prejuicios simplifican y desenfocan el planteamiento. ¿La intención de fondo es la de imponerse o la de dialogar? Porque el resultado del proceso será muy diverso en cada caso. ¿Trato el conflicto con rigidez o con flexibilidad? Ya que la flexibilidad es verdadero bálsamo para las heridas del conflicto.
  • Herramientas: Existen una serie de herramientas que pueden ayudar mucho a la hora de iniciar un proceso de tratamiento del conflicto. La primera de ellas es la escucha, ya que una actitud escuchante abre puertas y mitiga las aristas iniciales. Además es muy necesaria la mirada al sufrimiento del otro, ya  que en los conflictos todos sufren, también el otro. En tercer lugar es preciso escuchar a la propia conciencia porque, salvo patologías, nuestra conciencia siempre tiene a nuestra disposición y ante cualquier circunstancia una propuesta justa y ética. El problema es si somos capaces de escucharle y hacerle caso. En cuarto lugar es preciso mantener la esperanza en los conflictos, porque la esperanza no es creer que todo va a salir bien, sino saber que tiene sentido lo que hacemos al margen de los resultados. No sabemos si podemos lograr lo que nos proponemos, pero lo que sí sabemos es que podemos crear condiciones que lo hagan posible. Finalmente, la última herramienta es la reconciliación, que no significa volver a ser amigos, sino volver a respetarse. Significa recuperar la normalidad: una convivencia basada en el respeto y en la aceptación mutua implica hacer un sitio en mí a la verdad del otro. Y junto a la reconciliación, el perdón, porque este elemento juega un papel fundamental en un proceso de reconciliación, pero para no perder su esencia solamente puede ser sincero y voluntario y no debe plantearse como obligación o condición previa.

 

3. Estrategias útiles:

 

            La acogida y trabajo en el proceso de un conflicto es un esfuerzo muchas veces arduo que requiere el conjunto de algunas estrategias o cauces que sean, en la medida de lo posible, sencillos y al alcance de la mano de cualquier hermano/a de la comunidad. Proponemos tres:

 

            1) El diálogo:

 

                        “Conversar sobre las diferencias, desde las diferencias, y, sobre todo, a partir de las diferencias, no es fácil. Pero se ha de intentar. Entre pocos y entre muchos se trata de convivir, no de convencer y, menos aún, de convertir. Estamos condenados a relacionarnos; no a entendernos”, afirma A. Ortega. Por eso, la VR, vida en relación, demanda una “fe” inquebrantable en el diálogo. Si esa fe flaquea, la convivencia fraterna se hace literalmente imposible. Hay quien en la VR, dada la experiencia de fracaso que ha tenido en cuestiones de diálogo, piensa que la estrategia del diálogo no es buena, incluso cree que sus mecanismos encierran, a priori, una falsedad, un tratar de engañar al otro. Es el argumento de la desconfianza, los prejuicios o los juicios sobre las segundas intenciones. Incluso llegan a creer que el diálogo es contraproducente ya que, según ellos, fomenta la dispersión y la ineficacia a la hora de actuar. No faltan quien tache a esa estrategia de ingenua, porque piensa que, a la postre, el diálogo no conduce a nada positivo. No faltan, en el extremo, los que consideran que el diálogo es perfectamente inútil y aducen para ello que ya se ha dialogado otras veces y que no ha servido para nada, demostrando que las cosas no funcionan por mucho diálogo que haya, sino que es preciso recurrir a métodos más eficaces y expeditivos.

            Pero, tanto por las orientaciones de la espiritualidad eclesial, como por sentido común, la VR alberga un número mayoritario de personas que piensa que el diálogo no solamente es necesario, sino eficaz en la medida en que se practica con buena voluntad y deseo de entendimiento.

 

            2) La mediación:

 

                        Algo que casi no se practica en la VR pero que, en ciertos casos, podría ser una herramienta muy útil. La mediación no es un juicio en que se da la razón a uno y se le quita al otro. La mediación es un mecanismo por el que se pone en contacto civilizado y fraterno a dos partes que están encontradas y, además, se crea un espacio para que expongan su situación, valoren alguna cosa positiva del otro y vean la posibilidad de colaborar en algo, más allá de sus diferencias mantenidas. Quizá en la VR la mediación haya tenido poco espacio porque tampoco lo ha tenido mucho el acompañamiento. La mediación únicamente puede tener arraigo en vidas que experimentan un cierto acompañamiento, un cierto cuidado. Es en ese margen de amparo donde podría hacerse un trabajo de mediación.

            Todo este trabajo, necesario muchas veces y siempre productivo, recibe un impulso si quien quiere constituirse en tercer espacio se despoja de cualquier mentalidad salvadora, queriendo, simplemente, ayudar. También lo será si no es un veleta y mantiene claras sus posiciones, a la vez que tiene una constante discreción sobre las confidencias y los datos. El tercer espacio más que equidistante trata de ser independiente, sin impacientarse pero insistiendo todas las veces que sea preciso. Por supuesto, no habrá de buscar protagonismo sino perseguir el entendimiento. Para ello no habrá de creerse que ya lo sabe todo, sino que él también tendrá que escuchar y aprender. En modo alguno ha de juzgar a nadie y, sin pretender sacarse soluciones de la manga, se limitará a intentar crear condiciones de diálogo.

 

 

4. Actitudes personales ante los conflictos:

 

            Tratando de aterrizar de esta “teoría” en los caminos más cotidianos en los que se mueve la existencia de la VR vamos a esbozar algunas actitudes personales ante los conflictos que suelen ser comunes y de cuyo posicionamiento depende no poco el buen encauzamiento y aun la solución de los conflictos:

 

  • Facilitar, no agravar: Los conflictos tienen un lado dramático que, con frecuencia, tendemos a exagerar. Ya es suficiente con la gravedad que ellos mismos encierran. Resulta insensato cargar las tintas porque eso no hace sino desenfocar el asunto y no facilita en modo alguno la solución.
  • Incluir, no excluir: Ya que la solución de los conflictos mediante la exclusión de la “manzana podrida” dan poco resultado, sobre todo porque esa “manzana” es, con frecuencia, la persona del hermano.  La exclusión parece que remedia algo las cosas pero, con frecuencia, hace un desaguisado mayor.
  • Cooperar, no competir: Pues la competencia genera más conflicto, mientras que la cooperación engendra humanidad y, por ello, facilita la elaboración de los conflictos. No puede haber cooperación sin una mirada fraterna a la realidad del hermano. En ese cambio de mirada radica mucho del éxito en el tema de los conflictos fraternos y sociales.
  • Insistir, no desistir: Porque podría haber motivos para el desaliento al ver que los conflictos se enquistan hasta un punto que parece que el avance es imposible. Desistir no es el buen camino, ya que incluso eso es, a veces, lo que buscan los mismos litigantes. La moderada y sensata insistencia puede quebrar ese muro de inmovilismo con el que algunos contendientes quieren rodear los problemas.
  • Hablar, no enmudecer: Ya que el mutismo puede ser interpretado como un abandono del campo. Simplemente el exponer los personales sentimientos ante el conflicto puede ser algo de gran ayuda. Más aún, al hablar perfilamos nuestra situación ante los conflictos y eso ya es un gran logro para uno/a mismo/a.
  • Lanzarse a la arena, no quedarse en la barrera: Porque resulta muy fácil quedarse fuera y hablar, criticar, cuestionar, desautorizar a quien se mueve en la abrasadora arena del conflicto. Pero si se quiere colaborar a su encauzamiento y superación es preciso implicarse. Resulta desalentadora, desde el punto de la VR, la postura del hermano/a que, una vez que ha estallado el conflicto, dice que lo veía venir pero antes no dijo nada al respecto.
  • Sentirse afectado, no intocable: Ya que quien no es parte constitutiva del conflicto tiende a tratarlo como si a él no le tocase por ningún lado. Pero esto no es así, porque cualquier conflicto entre hermanos/as (e incluso entre la VR y la sociedad) afecta al conjunto de la fraternidad y, desde ese punto, hemos de sentirnos siempre concernidos por él.
  • Creer en la posibilidad de arreglo, no asentarse en la imposibilidad: Y más cuando la vida nos enseña que muchos conflictos, cuando son mínimamente elaborados y tratados, encuentran una cierta solución. Partir de la imposibilidad es abocarse al fracaso. Creer con realismo en la multiplicidad de soluciones que ofrece un conflicto es ya colaborar a su solución.
  • Mantener la adhesión, no la ruptura: Cuando ocurre que el conflicto no ha llegado a una solución satisfactoria, habríamos de mantener la adhesión a las personas considerándolas tan valiosas (aunque heridas) como antes del conflicto. Si tras él, rompemos con la persona afectada, le retiramos nuestra confianza, le desposeemos de la valía con la que antes le habíamos considerado, demostramos con ello no haber entendido los mecanismos de la fraternidad y, con ello, los de la misma humanidad.

 

5. Cauces comunitarios para el tratamiento de los conflictos:

 

            Existen en la mayoría de las comunidades espacios útiles para el tratamiento de los conflictos. No es necesario, en muchos casos, recurrir a procedimientos extraordinarios. Señalemos algunos de esos ámbitos:

 

  • Las reuniones de comunidad: Tienen mucho componente organizativo y en ellas no encuentran mucho espacio los conflictos. Pero cuando se pone sobre la mesa de la reunión común un aspecto conflictivo y sabe tratarse con un poco de moderación, los resultados que se logran son, a veces, espectaculares.
  • La revisión fraterna: Es un mecanismo que no ha entrado mucho en los grupos religiosos. Pero si se hace, es un ámbito muy apropiado para la elaboración de conflictos. La revisión se construye con discernimiento crítico y afán por leer bien la realidad. Estos elementos son campo abonado para el tratamiento de conflictos. La comunidad que dispone de este cauce tiene en su mano una de las mejores herramientas para esta tarea.
  • Las evaluaciones fraternas o provinciales: Hay colectivos en la VR que tienen la saludable costumbre de evaluar la marcha de la fraternidad o de la Provincia una vez al año, terminado el Curso. Dentro de los muchos aspectos que pueden ser tocados, puede haber ahí un sitio para la reflexión sobre los conflictos vividos y el modo de su resolución. Abundar en ello desde un deseo evaluador es dar madurez a los caminos que se van recorriendo.
  • Los cursos específicos sobre el tema: Sería bueno que, tal vez de vez en cuando, haya posibilidad de tener un curso específico sobre conflictos. Es un elemento importante de la vida relación de la fraternidad y, como tal, merece la pena ser tratado alguna vez. Llamar a técnicos que ayuden a la comunidad es una buena inversión de humanidad.
  • La participación en foros sociales: Porque en esos foros se dirimen, con frecuencia, serios conflictos sociales. Ahí se podrá ver qué es lo que la VR puede aportar al encauzamiento o posible solución de tales conflictos. Es algo que los grupos religiosos habríamos de tomarnos totalmente en serio acortando el alejamiento con el que aún tratamos esta clase de temas.
  • Los trabajos de Justicia y Paz: Son camino adecuado porque esos trabajos se sitúan en la conflictividad mundial de una convivencia que quiere estar cada vez más asentada sobre el valor innegociable de la dignidad humana. En sencillos trabajos de colaboración personal o comunitaria se va uno adentrando en la realidad de los conflictos mundiales y en la posibilidad de un aporte que contribuya a su posible solución.

 

Conclusión: ¿Dónde hay hermanos hay conflictos?

 

            Ése es un dicho común y cierto porque la hermandad conlleva una innegable conflictividad. Pero la VR, que tiende a mostrar con su estilo de vida la posibilidad de una forma de vida distinta (“las realidades escatológicas”), está llamada a hacer ver que el horizonte de la vida en fraternidad es no el conflicto, sino la paz, el sosiego, la comprensión y, en definitiva, la hermandad. De esta clase de utopías está necesitado el mundo de hoy y, cuando se materializan en estilos de vida, bien que las agradece.

                        Queremos terminar con una frase de José Saramago en el prólogo a la obra de Jonan Fernández: “No cambiaremos la vida, si no cambiamos de vida”. Este cambio de vida, personal y comunitario, puede experimentar un avance incalculable si los conflictos van siendo encauzados y así solucionados. Todo hasta llegar a aquel “único sentir” del que Pablo hablaba con añoranza y que nos dejó como un testamento de vida sobre todo a quienes hemos hecho opción de vivir en comunidad.

 

 

II

CONFLICTOS COTIDIANOS EN LA VIDA COMUNITARIA

 

            Resulta ingenuo pretender dar “recetas” para solucionar conflictos comunitarios. Pero si una Directora entiende su cargo desde una responsabilidad fraterna (no únicamente administrativa) y si ella es cada vez menos parte del conflicto y cada vez más parte de su solución, quizá le pueda servir de algo una reflexión como ésta. Además, hay que tener la certeza de que el 85% de nuestros conflictos fraternos pueden tener otro color si se los elabora, si se los encara, si se los trabaja.

1)       El conflicto de las palabras duras e hirientes: Hermanas que hablan cuando hieren, que son deslenguadas, que no se dan cuenta del daño que hacen al hablar con desprecio de sus hermanas. Es preciso, cuando estén tranquilas, el hacerles ver la importancia de las palabras en la comunidad. No transigir, no reírles las gracias, no hacerles el juego.

2)       El conflicto con quien tiene un arte grande para escaquearse de las tareas comunitarias: No arriman el hombro, huyen, se escabullen, dejan las cosas sin hacer. Es preciso animarles a colaborar, darles tareas de las que luego se les pide cuentas. No pasar por encima de lo que queda sin hacer como si se hubiera hecho.

3)       El conflicto con quien guarda un cierto dinero: Ser indulgentes con quien guarda un poquito, aunque no se esté en lo más correcto. No transigir con quien pretende controlar a su manera sus ingresos u otros. En ambos casos hacerles ver que la comunidad es la casa de todos. Y la comunidad (la superiora, la ecónoma) han de ser ágiles para tratar a sus hermanas en este terreno como personas adultas.

4)       El conflicto con quien no aguanta a una hermana concreta: Aligerar los ámbitos de fricción; no ponerlas en todo juntas; hacerles ver que la otra persona tiene valores, aunque una no los acepte; argumentar no por vías únicamente espirituales (somos hermanas), sino humanas (si os tendéis estaréis mucho mejor).

5)       El conflicto con quien no se siente querida: Derramar ahí no un cariño paternalista, sino respetuoso. Escuchar hasta agotarse y hacerlo con humanidad, no diciendo a todo que sí. Generar algún disfrute que le toque por algún lado (en cuestiones de comida, de gustos, de disfrutes).

6)       El conflicto con quien no quiere que le manden: Intentar hacerle ver que la obediencia no es un ordeno y mando (no obrar así), sino un modo de ser más libre en la comunidad, una manera de vivir como adultas. Confiar en la responsabilidad de esa persona; no estar metiendo siempre las narices para controlar todo.

7)       El conflicto con las “controladoras”: Personas que quieren enterarse de todo, que vigilan todo, que deducen todo, que saben todo de los demás. Aflojar la presión. No hacerles el juego y delegarlas para que así la superiora tenga todos los hilos atados. Construir comunidades donde se pueda respirar.

8)       El conflicto con quien tiene muchas amistades fuera: No ponerse, de salida, en contra de eso. Hacer ver que la dispersión afecta a la vida personal y comunitaria. Animarla a que se centre en menos número de personas. Decirle que invite a sus amistades a la comunidad.

9)       El conflicto con quien huye de las reuniones fraternas: Hablar alguna vez con ella personalmente; decirle que sus opiniones pueden ser valiosas; no argumentar desde la norma, desde la ley, sino desde la necesidad que la comunidad puede tener de ellas.

10)   El conflicto con quien no se siente motivado en la oración: Y va tarde, remoloneando, o ni siquiera va. Hablar con ella no tanto desde las normas, sino desde la suerte que es poder rezar con hermanas; pedirle si ella tiene otra idea u otra forma de orar que podría incorporarse a la comunidad. Ser flexibles en las formas de oración.

11)   El conflicto con quien siempre se hace notar con estridencias: Preguntarse por qué lo hará; tener paciencia, no ponerse demasiado nerviosa; disculparle ante los demás, ante los de fuera de la comunidad. Hablar con ella con paz de sus comportamientos, si se deja.

12)   El conflicto de quien no controla los celos, las envidias: Animar a la generosidad; poner un poco de humor en ciertas reacciones descontroladas, exageradas; tocar el lado bueno y generoso de esa persona haciéndoles ver que cuando es así sus celos y envidias no le hacen tanto daño.

13)   El conflicto de quien funciona por amiguismos: Por filias y fobias; no subirse a ese tren; tratar de hacer ver que eso divide y hace polvo al grupo; cultivar un mentalidad se “ser para el grupo”. No tener información, dádivas, favores, para las amigas y no para los demás.

14)   El conflicto con quien siempre anda con la cara amargada: Poner un poco de humor, de disfrute. Cogerle por el lado del estómago (comidas que gusten) o de la tarea que hace (apreciarla) o de la cercanía a sus familiares. Intentar hacerle ver que merece la pena pasar buenos ratos juntas.

15)   El conflicto con quien todo lo ve negativamente: Intentar hacerle ver que hay cosas buenas en el mundo, cercanas, al alcance de la mano. No echar leña al fuego de su disgusto. Tratar de aguantar el embate de su desilusión con buen ánimo.

16)   El conflicto con quien no dice las cosas con claridad: No seguirle el juego; “forzarle” a la claridad con firmeza y con tiento; respetar las pausas y silencios, pero sin renunciar a una vida lo más clara posible.

 

Fidel Aizpurúa Donazar

Logroño-Madrid

 

 

           

 

 

 

 

           

 

 

30/07/2012 20:26 fiaiz #. OTROS TEXTOS

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