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Tus palabras, mi delicia

TUS PALABRAS, MI DELICIA

Notas para una semana de retiro sobre el Sal 118

 

(Verano de 2009)

 

Introducción

 

            Proponer una semana de retiro sobre un salmo cuyo corazón es la Ley plantea, de salida, una cierta dificultad: nosotros no estamos en la época de la Ley, sino de la gracia, hemos abandonado el camino de la norma para situarnos en el del amor, hemos superado la alianza basada en el precepto para abrazar el camino de la libertad. Todo esto es cierto. Pero el Salmo 118, canto profundísimo y apasionado sobre la mediación de la Palabra, puede ser leído con los ojos de Cristo y en actitud cristiana. Basta que entendamos los viejos términos (ley, precepto, mandato, decreto, etc.) por los que usa el mismo evangelio: Palabra, designio, búsqueda, anhelo, deseo, etc. La intención de fondo del Salmo 118 es, lo veremos, perfectamente adaptable a nuestra actual espiritualidad.

            Además, no cabe duda que este salmo late una honda piedad. No la piedad devocional, meramente religiosa, basada en prácticas rituales. No, es la piedad que tiene su sede en el corazón, en la profundidad, en esa dimensión que es preciso recuperar para toparse con la realidad palpitante del Dios vivo. Por extraño que parezca, en esta época secular estamos, más que nunca tal vez, necesitados de una honda piedad, de ese conmoverse en la zona de las entrañas, de ese ardor interno que nos estremezca y anime. Estas viejas palabras del Salmo 118, reflexionadas y oradas, quizá puedan darnos lo que buscamos. La novedad no está en lo externo de las palabras, sino en la veta profunda de amor que bulle en ellas.

            Para lograr este objetivo revitalizador, nosotros los cristianos miraremos a Jesús. No nos cabe duda de que él, como piadoso judío que era, amaba y recitaba este salmo con frecuencia. Seguramente que para él tenía una inmediatez y un vigor capaz de animar su vida y su entrega. Cuando dice que su afán máximo, su alimento, es "cumplir el designio del Padre hasta dar remate a su obra" (Jn 4,34) es en estas palabras del salmo en las que se apoya, son estos caminos los que anhela. Pasar el salmo por el tamiz de Jesús nos descubre la conexión de fondo que existe entre la espiritualidad de este salmo y la búsqueda del mismo Jesús. Son caminos confluyentes y, para nosotros, ambos dos, necesarios.

            También hay que decir que el Salmo 118 es, a partes iguales, un canto a la Palabra y una especie de manual de convivencia fraterna ya que la voluntad de Dios es una relación solidaria y humanizadora. La palabra es la buena guía, el brazo de apoyo, la mano que señala el camino de una relación gratificante y viva entre las personas y con la creación. La oración y reflexión con la Palabra no es algo cerrado en sí mismo, sino que apunta a la universalidad del cosmos. De ahí que nosotros, al leer el salmo, echemos miradas a nuestro entorno para tratar de entablar con él una relación de honda fraternidad.

            Muchas veces diremos con las palabras de este salmo: "Tus palabras son mi delicia". Gustarlo, comerlo, sentirlo como algo delicioso. Cuentan que una antigua escuela rabínica los maestros, para enseñar a leer la Ley a los niños, dejaban caer sobre las letras un hilo de miel. Los chiquillos debían pasar por ellas su pizarrín y llevárselo a los labios. Así, al tiempo que aprendían a memorizar las letras, saboreaban la miel que había en sus trazos. Es que reflexionar-orar sobre y con la Palabra es algo más que una mera abstracción religiosa. Es atreverse a comer, devorar con ansia el texto. Con qué pasión lo dice Jer 15,16 en sus "confesiones" cargadas de pathos vital: "Cuando encontraba tus palabras, las devoraba; tus palabras eran mi gozo y mi alegría íntima". Devorar la Palabra porque ella es fuente de gozo y alegría íntimos. En realidad, no es sino la continuación de viejas experiencias que la misma Escritura desvela. ¿No dice Ez 3,3 que cuando comió el rollo "supo en la boca dulce como la miel"? ¿No afirma Ap 10,9 que el librillo "en la boca te sabrá dulce como la miel y amargo en el estómago"? Ojalá esta primera semana fuera un relamerse con la Palabra, con el salmo, un disfrute. Disfrutar con la Palabra es quizá uno de los mejores propósitos y una de las más deseables actitudes a la hora de comenzar una semana de retiro.

            Por otra parte, la comunidad cristiana ha vivido un Sínodo de Obispos sobre el tema "La Palabra en la vida y misión de la Iglesia". Quizá sea un momento de gracia para los creyentes. Hacer un retiro con la Palabra en la mano es, también, una manera de prepararse a acoger y secundar las iniciativas evangelizadoras de la Iglesia de hoy. Las grandes reuniones, los textos eclesiales, quedan estériles si nuestro corazón, personal y comunitariamente, no valora y vibra con lo que ellos dicen. La Palabra nos remueve por dentro, nos alienta, afianza los lazos comunes para contribuir a la empresa fraterna de vivir en grupo el seguimiento de Jesús.

            Finalmente: todos sabemos que el Sal 118 ha sido construido como un artificio literario: el autor sigue el alfabeto hebreo, dedicando a cada letra ocho versos que comienzan por dicha letra. Esto significa la plenitud: de la alef a la tau, del principio al fin, el autor recita y ama los mandamientos. Cada una de las veintidós letras tiene 7+1 versos, lo cual significa la perfección consumada. Cada estrofa o letra suele enumerar ocho sinónimos de la ley: preceptos, decretos, mandatos, mandamientos, palabras, consignas, leyes, voluntad.

            Aprestémonos con buen ánimo, volquémonos a las páginas de este largo salmo, el más largo de todos. Con toda probabilidad, al final del trayecto, el corazón y la vida resulten más luminosos. Entonces comprobaremos que el salmo ha visto cumplido su anhelo que muy bien formulará, siglos más tarde, 2 Pe 1,19: "Hacéis muy bien en prestar atención a la Palabra como a lámpara que brilla en la oscuridad, hasta que despunte el día y el lucero nazca en vuestros corazones".

 

 

I

EN EL FONDO

 

            Las palabras de la Palabra resuenan en el fondo. Hay que apuntar ahí. Si las situamos en la superficie, las palabras se vacían de contenido, meros fonemas. Mirar al fondo es contemplar, asomarse a ese abismo de sombras y de luz es encontrarse con  la propia verdad. Tarea grande, pero posible. Al menos, podemos intentarlo. Es entonces cuando estas viejas palabras del salmo comienzan a resonar.

 

 

1. La radical confianza (Aleph: 118,1-8)

 

            La puerta del fondo lleva un nombre: confianza. Sin la confianza todo queda hermético, inaccesible. La primera estrofa del Sal 118 habla, sobre todo, de una confianza radical, básica, elemental.

 

1Dichoso el que, con vida intachable,

camina en la voluntad del Señor;

2dichoso el que, guardando sus preceptos,

lo busca de todo corazón;

3el que, sin cometer iniquidad,

anda por sus senderos.


4Tú promulgas tus decretos

para que se observen exactamente.

5Ojalá esté firme mi camino,

para cumplir tus consignas;

6entonces no sentiré vergüenza

al mirar tus mandatos.


7Te alabaré con sincero corazón

cuando aprenda tus justos mandamientos.

8Quiero guardar tus leyes exactamente,

tú, no me abandones.

 

1. Buscar a Dios de corazón: a eso empuja la Palabra. Buscar con corazón, desde dentro, desde lo que realmente uno es, no desde ideas, desde planteamientos predeterminados, desde posesiones que no lo son. La vida espiritual puede ser entendida como una búsqueda, como un camino que se anda, como algo que se mueve. No es una realidad que se me dé hecha. Hay que construirla. El cansancio acecha y los trabajos de quien está siempre en búsqueda peligran a causa de la rutina. Es más fácil vivir en el mecanicismo de siempre, en la costumbre que sabe ya de antemano lo que hay que hacer, en las ideas consagradas, en las actitudes viejas de años. Es mucho más fácil, pero más empobrecedor. Quien no quiere buscar no encontrará nada en la Palabra. Quizá por eso se nos hace rutinaria, porque no buscamos. Y para hallar, es preciso buscar. Únicamente se puede buscar en la certeza de que el Padre no nos va abandonar en tal trabajo. Si no funciona la confianza, se abandona la búsqueda. Y si Dios no abandona a la persona, será posible entonces la búsqueda y la misma fidelidad. No una fidelidad a las ideas, a las normas, a la reglamentación. Una fidelidad a la Palabra, a sus susurros, a sus exigencias, a sus planteamientos nuevos, a sus caminos no hollados. Una fidelidad a la novedad, a lo por venir, a las promesas que se nos han hecho. Así, búsqueda, confianza y fidelidad se entrelazan desde el primer paso de este salmo.

            2. Jesús ha sido un buscador incansable del designio del Padre. Decía con convicción: "mi alimento es el designio" (Jn 4,34); rezaba: que se cumpla el designio del Padre (Mt 6,10); polemizaba: no basta decir ¡Señor! Hay que cumplir el designio (Mt 7,21); afirmaba: quien cumple el designio es de mi familia (Mt 12,50); tenía como una certeza: es designio del Padre que nadie se pierda (Mt 18,14); oraba con lágrimas: cúmplase tu designio (Mt 26,42). Una vida envuelta el designio de Padre que no es otro que el que la persona salga a flote, que la creación se plenifique. Buscador incansable de ese designio apuntalado en la confianza total, sabiendo que el Padre escucha incansablemente, sostiene incansablemente, acompaña sin fatiga, acoge sin restricción. Confiaba y buscaba, buscaba porque confiaba. Así se produjo en él el misterio de la fidelidad: el testigo fiel (Ap 1,5), el testigo fiel y verdadero (Ap 3,14; 19,11), fiel y justo (1 Jn 1,9), misericordioso y fiel pontífice (Heb 2,17), fiel que llama a la fidelidad (1 Tes 5,24). En estos valores está la estructura interna de Jesús: búsqueda, confianza, fidelidad.

            3. Los cansancios agobian a las personas. De ahí las múltiples fugas que inventamos para intentar poner novedad en la vida. Pero el cansancio no se elimina con fugas, con rutinas, con costumbres indiscernidas, con enajenamientos. Se sanea mirándolo de frente para suscitar el deseo de buscar. Apreciemos a quien en la sociedad busca, a los inquietos, a los arriesgados, a los aventureros incluso, en cualquier clase de aventura humana. La vida es una aventura ¿qué queda de ella si se le suprime ese componente? ¿No será que flaquea también la búsqueda porque flaquea así mismo la confianza? Una crisis social de búsqueda, de riesgo, desvela una crisis de confianza. Cuando se confía, se arriesga; cuando se ama, se apuesta, cuando el otro/a y la realidad entran de lleno en el corazón, se fía hasta la entrega. El sentido de búsqueda puede generar confianza, y viceversa. Así nacerá la fidelidad a la persona, a la vida. De esa manera no abandonará uno, amargado, el camino de la historia en que ha sido puesto por el amor del Padre.

            4. Abrir el Salmo 118 con una llamada a la búsqueda, a la confianza y a la fidelidad es un fuerte interrogante sobre nuestra manera de ser comunidad cristiana, fraterna. Si la búsqueda se apaga en nuestras comunidades, es síntoma de mala vejez. Por el contrario, una actitud de búsqueda, incluso en comunidades reducidas, envejecidas, pero vivas por dentro, es síntoma de vitalidad, de danza a una con el Espíritu. Si nuestras comunidades, nuestras personas, se cansan de buscar, hemos entrado en la peor de las vejeces. Por el contrario, mientras haya buscadores/as, aunque sea en caminos de corto alcance, hay esperanza para nuestros grupos. Esto, lo decimos, es imposible sin confianza. Arrastramos un déficit de confianza que, a veces, no hace sino crecer a fuerza de las dificultades que nos pone la vida. Leer la Palabra, decir al Padre "tú no me abandones", sé que tú no me abandonas, ha de llevar a una extraña y para muchos ingenua vida: la de quien confía, la de quien sabe que hay un fundamento más sólido que él mismo, la de quien se sabe realmente llevado en las manos del Padre sin ninguna clase de abandono. La fidelidad a lo prometido brotará entonces pujante, ya que la fidelidad no es tanto a lo que nosotros hemos prometido, sino a lo que se nos prometió, al sueño de Jesús, el reino, que es nuestra mejor promesa. Ser fieles no será tanto, en ese caso, mantener unas promesas públicas, sino, más bien, mantener vivo el anhelo, la búsqueda y la confianza, tener verdeante el afán por el Padre experimentado que, con el correr de los años, ese afán no mengua, sino que crece como una pasión: "pasión que como un árbol crece", dice F. Brines. Así el anhelo de quien nos sostiene.

 

  • Lee y relee con gozo esta primera estrofa del Sal 118.
  • Subraya las frases que más te llegan, escríbelas.
  • Lee los textos evangélicos indicados.
  • Pide sumergirte en esta semana en el salmo.

 

 

2. La alegría honda (Beth: 118,9-16)

 

            La inmersión en la Palabra es, para el salmista, una de esas alegrías hondas que se remansan en el fondo de la estructura vital. Por eso es una alegría hecha de silencio, de adentramiento, de gozo meditado, de oración compartida. Alegría sutil que puede disipar muchas de las nieblas que se adhieren a nuestra existencia.

 

9¿Cómo podrá un joven andar honestamente?

Cumpliendo tus palabras.

10Te busco de todo corazón,

no consientas que me desvíe de tus mandamientos.

11En mi corazón escondo tus consignas,

así no pecaré contra ti.


12Bendito eres, Señor,

enséñame tus leyes.

13Mis labios van enumerando

los mandamientos de tu boca;

14mi alegría es el camino de tus preceptos,

más que todas las riquezas.


15Medito tus decretos,

y me fijo en tus sendas;

16tu voluntad es mi delicia,

no olvidaré tus palabras.

 

            1. Junto con la confianza, la alegría en lo profundo. Estos son los verdaderos cimientos de quien quiere recorrer la senda de la Palabra. Para llegar a esa alegría honda el autor dibuja todo un itinerario: primero, el corazón; apuntar lo profundo a lo vital, no solamente ni sobre todo a las ideas, a las normas, a las directrices; la adhesión al Padre y a Jesús es cuestión de corazón, de hondura, de mismidad. Luego, la meditación, la reflexión, el ahondamiento, la contemplación, el rumiar, el darle vueltas sin descanso, el mirarlo desde todas las perspectivas, el aprender los mil rostros de la Palabra, el quedarse, el orar estando, el aquietarse, el estar vivos ante Él. Y finalmente, los labios, la alabanza gozosa, deseada, querida, mimada, con aliento dentro, como algo que se hace en el deseo más vivo; una alabanza con alma, con fuste, con anhelo, sin desganas, sin tanto bostezo, sin aburrimiento, sin distracciones fruto del cansancio, sin rutina extenuante. Una alabanza tan mezclada a la vida que se palpa la vida en ella latiendo. Y, andando este camino del corazón, la reflexión y los labios, se llega a esa alegría honda, inarrebatable, extrañamente nuestra, capaz de tenerla por compañera incluso cuando las cosas no van bien. Cuando el salmo dice que su alegría es la Palabra, así lo cree porque experimenta el gozo de la Palabra en modos tangibles, porque nota en sí mismo/a cómo andar en la Palabra le deja contento/a.

            2. Jesús ha sido una persona que ha vivido más desde el corazón que desde las ideas. Por eso llamó bienaventurados a los limpios de corazón (Mt 5,8), se definió como un manso y humilde de corazón (Mt 11,29), se dolía porque el corazón de los de su pueblo estaba lejos de él (Mt 15,8) y creía que es del corazón de donde brota la verdad de la persona (Mt 15,19); instaba a perdonar de corazón (Mt 18,35); hablaba del buen tesoro del corazón (Lc 6,45) y decía con toda razón que el corazón está donde está el tesoro (Lc 12,31). Por eso no duba en afirmar que Dios conoce nuestros corazones (Lc 16,15) y era capaz de hacer "arder" los corazones de quienes le escuchaban (Lc 24,32): una vida desde el corazón; así fue la suya. A eso le ayudó su confiada oración, sus noches de desierto, sus soledades personales. Hombre de reflexión, de palabras medidas, de aprecio del silencio. De esa fuente surgía la alabanza gozosa (Mt 11,25), el gozo inarrebatable que pasaría a sus mismos discípulos (Jn 16,22). Hombre de alegrías de fondo, de gozos casi incompartibles de tan adensados, de tan asimilados.

            3. Es preciso reivindicar las sendas del corazón en nuestro mundo. Quizá porque hemos abandonado esos caminos se nos ha hecho poco legible el libro de la humanidad y el de la misma creación. No habría porqué avergonzarse de transitar en la senda del corazón. Es algo más que unas meras emociones: es mirar a la persona y a la realidad desde otro lado distinto que el mero lucro, disfrute o explotación. Es mirar todo eso desde la fraternidad, desde el abrazo, desde la ternura. No resultará fácil encontrar esos caminos del corazón si, a la vez, no se hallan los caminos del silencio, del sosiego y de la misma contemplación entendida no tanto como actividad religiosa, sino como simple ahondamiento vital. La vuelta a esos caminos no tiene por qué producir ningún tipo de enajenación, de falta de responsabilidad. Al contrario, es el ruido, la prisa, el desasosiego vital el que nos ha llevado al abandono de los caminos del corazón y a la misma insolidaridad. Y, desde ahí, unos labios purificados, un lenguaje, verbal y no verbal, aquilatado, medido, respetuoso, cálido. Entonces es cuando la alegría brotará y se extenderá como una gran mancha de aceite, imparable, envolvente. Metida en los entresijos de nuestra vida diaria. Una alegría honda para sostener las limitaciones de nuestra existencia histórica.

            4. Nuestras comunidades cristianas, religiosas, necesitan una reconversión del corazón porque, tal vez, ha sido huerto abandonado, casa dejada por vieja, camino olvidado por considerarlo inútil. La vuelta a la senda del corazón hace que la mirada cambie, que el lenguaje se purifique, que los oídos del alma se abran. Vamos a acabar nuestros días sin haber creído en la ternura, sin habernos sentido profundamente humanos cuando amamos. No hay que renunciar a entreverar corazones, a entrelazar vidas, a saltar la valla del huerto del corazón de la persona. Quitar eso del horizonte fraterno sería empobrecerlo hasta el límite. Quizá lo logremos acentuando el componente contemplativo, el silencio habitado, la soledad cargada de presencias, la lectura profundizada, la quietud y hasta el paseo contemplativo. La senda de la contemplación humana nos espera y es casa abierta para el gozo, centro de salud que nos regenera, lugar de descanso que nos rehace, espacio que nos resitúa y nos impulsa. Cuánto nos ayudaría también el cuidado de nuestras palabras, para que el enemigo que hay dentro quede lo más controlado posible. Palabras buenas para una vida gozosa; palabras ajustadas para una vida equilibrada; palabras meditadas para contribuir al bien común. Y con ellas, la buena alabanza, los labios entrelazados que celebran la misma vida, la misma presencia, la misma entrega, la de Jesús y la de los creyentes. Una alabanza llena de vida porque está mezclada del todo a la vida. Y así nacerá, sin que nos demos cuenta, la alegría que necesitamos para nuestra vida fraterna, la alegría de mirarnos con otra mirada, el gozo de sabernos acogidos, la fiesta del compartir cotidiano, la suerte de tener amparo fraterno, el valor incalculable de poder hacer comunidad entrelazando vida.

 

  • Rumia esta segunda estrofa del Sal 118.
  • ¿Tiene sentido ese itinerario corazón-meditación-labios?
  • Subraya las frases que más te gustan.
  • Ponlas en un papel frente a tus ojos.

 

 

 

 

II. DINAMISMOS

 

            Para leer la Palabra, para vivir la adhesión a Jesús, para sentirse parte de una sociedad, de una comunidad viva, son precisos unos dinamismos, unas fuerzas que obren dentro, unas certezas que sean el combustible de nuestro motor. El Salmo 118 nos habla en este segundo día de tales dinamismos:

 

1. Promesas (Ghimel: 118,17-24)

 

            Quizá nos parezca que las promesas no pueden tener categoría de dinamismos precisamente por nuestro incumplimiento de las mismas. Pero las promesas del Padre-Jesús son promesas que se cumplen. Por eso sí que pueden dinamizar nuestra existencia, nuestros caminos, haciendo que no se desvíen, que no se desinflen, que no se amarguen. Promesas que nos empujan en la dirección del gozo y de la plenitud.

 

17Haz bien a tu siervo: viviré

y cumpliré tus palabras;

18ábreme los ojos, y contemplaré

las maravillas de tu voluntad;

19soy un forastero en la tierra:

no me ocultes tus promesas.


20Mi alma se consume, deseando

continuamente tus mandamientos;

21reprendes a los soberbios,

malditos los que se apartan de tus mandatos.


22Aleja de mí las afrentas y el desprecio,

porque observo tus preceptos;

23aunque los nobles se sienten a murmurar de mí,

tu siervo medita tus leyes;

24tus preceptos son mi delicia,

tus decretos son mis consejeros.

 

            1. El pueblo de Israel ha llevado siempre muy mal la condición de extranjero, cuando ha estado lejos de su patria (o sin patria); incluso, en la misma tierra de Israel ha tenido una cierta conciencia de ser extranjero (a pesar de toda "conquista" como se narra en Jueces). El sentimiento de extranjería ha estado presente en su historia. Ese sentimiento lo ha podido sobrellevar, en parte por el dinamismo de la Palabra, porque ésta es una fuerza que le ayuda a superar cualquier sentimiento de extranjería y de pérdida en general. Así la Palabra se convierte en la verdadera casa, en el hogar real donde encuentra acogida el creyente. Una promesa de casa, eso viene a ser la Palabra. Además, y como es lógico, la persona sufre afrentas en la vida, de las gentes, de los enemigos, de la propia familia. La afrenta es inevitable en la convivencia humana, al parecer. Pues bien, la Palabra es promesa de fuerza para "alejar afrentas", para mitigar el escozor de la ofensa, para suavizar la herida que produce la injusticia verbal o de hecho, para compensar y tranquilizar a quien es objeto de ofensa sin razón. La Palabra es promesa de consuelo y de vigor, ya que no solamente consuela sino que dice que, a pesar de cualquier afrenta, se puede seguir el camino emprendido. Y, finalmente, la Palabra es promesa de libertad que contiene el ímpetu de los nobles, de las fuerzas fácticas, que murmuran contra uno, que lo ponen en situaciones de dificultad.  Promesa de casa, de consuelo y ánimo, de libertad. Algo de esto es la Palabra; por eso se convierte en dinamismo que sostiene y empuja, aun contando con la evidente limitación en que queda envuelta la vida.

            2. No cabe duda de que Jesús experimentó la certeza de que la Palabra era una casa que lo acogía más allá de sus desconsuelos vitales. Cuando dice que el Hombre no tiene donde reclinar la cabeza (Mt 8,18-22), o cuando explica la Palabra de Isaías en Lc 4,14ss, está indicando, de algún modo, que en la Palabra él hace pie para su propia extranjería, para su "no ser profeta en su propia patria" (Mt 15,53-58). Sus noches de oración, su rumiar los salmos, su recurrir a los cantos del siervo de Yahvéh, están indicando que la Palabra fue su casa y eso constituyó en su no fácil vida, en su desarraigo, un apoyo decisivo, una fuerza para no volverse a su pueblo, para no abandonar el encargo del Padre. También en la Palabra encontró, sin duda, consuelo y vigor ante las afrentas que tuvo que sufrir: "De mí habló Abrahán", proclama a gritos en la polémica con el judaísmo recalcitrante (Jn 8,31-59). Y para él la Palabra fue promesa de libertad, en sus páginas leía el camino de liberación que habría de seguir. Por eso, con esa enorme libertad, no dudó en criticar al mismo Moisés, al fundador de aquel sistema religioso (Mt 19,8). No se prodigan los Evangelios en decirnos las promesas que dinamizaron la vida de Jesús. Pero entre ellas, sin duda, estaba la Palabra. Posiblemente sin ese socorro, los nubarrones que muchas veces amenazaron el sentido de su existencia y de su entrega habrían sido más densos y, quien sabe, si causa de abandono. Pero no fue así; se asió a la Palabra como a un barco de salvación y llegó al puerto calmo de los brazos del Padre, de la total entrega.

            3. El desarraigo sigue siendo un hecho en la vida humana: desplazamientos, inmigración, soledades, desestructuraciones familiares. Son algunos de los variados rostros del desarraigo. De tal manera que encontrar el propio lugar en el mundo no es fácil. Ese lugar hace relación más que a algo geográfico a algo existencial, vital, cordial. Por eso la Palabra, las palabras, tienen mucho que decir. Un lugar de buenas palabras (incluida la del Evangelio), ése puede ser una buena promesa, una buena meta. Un  hogar que podemos construir, que podemos ofrecer. Ahí los días, sin duda, tomarán otro color, adquirirán otro vuelo, otra fuerza. Y además ese lugar en el mundo será un dinamismo más claro si en él se nos da el consuelo que vigoriza. No el falso consuelo que hunde más en la propia depresión. Un consuelo que alienta, que sostiene, que anima a encarar la vida con fuerza y con benignidad. Un consuelo que no abandona para nada el rostro de la benignidad, del aprecio sincero, del cariño manifiesto. Las palabras, la Palabra, es en esto una realidad decisiva. Sin palabras de consuelo, sin una Palabra que consuela, ¿cómo vamos a encontrar fuerza para encarar nuestro problema vital, nuestra relación con las personas y con el mundo? Y, por último, ese lugar en el mundo lleno de consuelo y de benignidad termina de ser dinámico cuando el horizonte de la libertad está delante. Porque estos dinamismos son fuerza para el gozo suelto, libre, animoso, creativo, valiente. Quitar el horizonte de la libertad de la vida de la persona es una mutilación. Y para lograrlo, las palabras de libertad son necesarias, agua que calma una sed profunda, de siglos, de siempre, y que aún hoy nuestras gargantas, nuestras vidas, anhelan. Habrá un día en que veremos una tierra de libertad, canta el viejo himno de Labordeta. Para muchos, es verdad, y fuerza, y aliento.

            4. Nuestras comunidades cristianas están necesitadas de promesas vivas, aunque muchas otras promesas (las religiosas, sobre todo) hayan caído en descrédito por su poco arraigo antropológico y porque no se ve que se cumplan. Pero volver a las promesas no es volver a la falsa ilusión, sino al dinamismo que anida en el fondo y que puede catapultar nuestros días a un nivel de vida mucho más enriquecedor. Nuestras comunidades necesitan la promesa de una casa, no tanto material, que la tienen, sino cordial, vital, abrazante, amable. ¿Nos vamos a morir sin haber tenido esa casa? La Palabra del salmo nos alienta, nos dice que no, que podemos abandonar nuestra extranjería, nuestro ser forasteros si nos lanzamos a la casa verdadera, no a la del patrón, sino a la del corazón del otro, a la persona que comparte nuestros caminos. La casa de la persona es la persona, reza el viejo lema de Cáritas. Sigue siendo verdad: quien ha traspasado el umbral externo del otro y se ha adentrado en su interior, quizá haya encontrado una casa. Para nosotros, vivir la Palabra en comunidad es una forma de prepararnos a ese transito del corazón. Por eso, la Palabra puede colaborar a colmar nuestra extranjería a eliminar nuestro estatuto de forastero. Además, puede ayudar también a generar en nosotros consuelo para uno mismo y para los demás (estamos tan necesitados de ello, aunque no hablemos...). Pero un consuelo vigoroso, enriquecedor, sobrio, empujador. Ese es el "consuelo que dan las Escrituras", dice Rom 15,14. Esa promesa late en las páginas de los salmos y del resto de la Palabra. Así se activará en nosotros/as el ansia de la libertad, ya que existe el anhelo nunca apagado de la misma. Una vida en la libertad es la vida que Jesús nos ha ofrecido, como decía Pablo (Gal 5,1). Libres para pertenecer, libres para ser solidarios, libres para la entrega, libres para el amor, libres para el universalismo, libres para la austeridad, libres para la alternatividad. Las grandes libertades, los grandes dinamismos.

 

  • Dale vueltas al texto del salmo en el silencio.
  • Siéntate a la sombra en el jardín y léelo de nuevo. Considérate con suerte de tener ambiente y lugar para poder gozar de la Palabra.
  • Mira si estos dinamismos (promesa de casa, promesa de consuelo y vigor, promesa de libertad) te hacen falta en uno u otro sentido.
  • Piensa, ora, en gente a la que puede echar una mano en esto.

 

2. Caminos (Daleth: 118,25-32)

 

            El Evangelio anima a un fuerte discernimiento sobre nuestros caminos ("córtate el pie", Mc 9,45) porque, sin darnos cuenta se desvían hacia la cuesta debajo de la inhumanidad. El salmo puede ayudarnos, en el silencio y la oración, a hacer ese discernimiento. Así, la Palabra se convierte en dinamismo para una orientación de vida.

 

25Mi alma está pegada al polvo:
reanímame con tus palabras;
26te expliqué mi camino, y me escuchaste:
enséñame tus leyes;
27instrúyeme en el camino de tus decretos,
y meditaré tus maravillas.

28Mi alma llora de tristeza,
consuélame con tus promesas;
29apártame del camino falso,
y dame la gracia de tu voluntad;
30escogí el camino verdadero,
deseé tus mandamientos.

31Me apegué a tus preceptos,
Señor, no me defraudes;
32correré por el camino de tus mandatos
cuando me ensanches el corazón.

 

            1. El tema del camino era muy usado en la literatura sapiencial y en el pensamiento popular. Por eso, aparece en la Biblia y en los salmos con profusión. Atinar con el camino verdadero era el colmo de la sabiduría. Para el salmo, ese camino no es otro que la Palabra; ésta se hace camino para quien quiera dar con la senda de una vida coherente y con sentido. Empuja el salmo a un discernimiento de los caminos vitales, tarea que es preciso hacer continuamente, en todo el proceso humano, hasta el último aliento. Para el salmo hay un camino falso que es el abandono de la Palabra. Lo es, porque eso comporta el abandono de lo humano, ya que la Palabra construye la vida. Realizar la vida al margen de la Palabra es exponer a caer en la senda dura de lo inhumano. Ese camino no lleva a ningún provecho. Por el contrario, el camino verdadero es la Palabra porque es una palabra aliada de la vida, amiga de la vida. Andar en la palabra es entrar en un proyecto de vida fraterna y solidaria. La Palabra nos enseña el camino, nos enseña humanidad, nos enseña buena relación, sociedad nueva, patria universal, familia ampliada. Quienes usamos la Palabra es preciso que examinemos nuestros caminos, nuestras conductas, para que no vayan en contra de una Palabra que tiene por finalizar humanizar. Si hacemos esto, es cuando la Palabra se convierte en dinamismo de vida, en fuerza real que toca lo que de verdad somos, ya que siempre estamos bajo el peligro de que la Palabra sea una superestructura, algo añadido, algo que confluye en nuestros caminos más básicos. Si lo hace, es cuando se convierte en dinamismo para nuestros caminos, para nuestras sendas normales, para los lugares reales sobre los que se asienta la vida.

            2. Jesús ha sido un hombre de caminos y en ellos ha llevado la Palabra. Ha andado, pues, en los caminos y con el camino de la Palabra. Ella ha sido la medida de sus actuaciones; en ella ha aprendido el designio del Padre, en conversación con Moisés y Elías, representantes máximos de la Palabra (Lc 9,28-36). Ella ha sido la que ha marcado muchas de sus actuaciones, sus criterios de actuación con las personas: "Tratad a los demás como queréis que os traten" (Lc 6,31: Tob 4,15). La Palabra se le hizo camino. Así, no cayó en el falso camino del poder, vida tentada la suya, de la fuerza, no tropezó en el falso camino de un mesianismo potente, nacionalista, violento. El acercamiento al corazón de la persona, a su necesidad, la sintonía con los ojloi, con los parias, con sus anhelos y sueños elementales y necesarios fue el camino que la Escritura le suscitó. Hizo un discernimiento de su vida a la sombra del Mensaje, de los cantos del siervo (sangre entregada, derramada) y ahí encontró la senda buena, la de la profunda humanidad, la del corazón pleno.

            3. Son sin número las personas que en nuestra sociedad buscan caminos nuevos, alternativos, más humanos, alejados de la gran senda de la mediocridad. Estos buscadores/as de caminos son un acicate para nuestra vida. Ellos, por muchas razones y por variadas circunstancias, han llegado a entender que un camino a la sombra del imperio, del dominio, no es camino que lleva a la vida. Y se han animado a recorrer otras sendas. La Palabra confluye con ellos, aunque expresamente no sean creyentes. Porque la Palabra está hecha para los caminos alternativos, para las sendas nuevas, para los vericuetos que llevan a la centralidad de la persona. A su manera la Palabra sigue haciendo hoy su obra en muchas personas animándoles a abandonar los caminos falsos de la inmunidad consagrada por el sistema para lanzarse a los caminos verdaderos de la profecía del corazón y del sueño de la fraternidad. Esa especie de personas  que transitan los caminos de la humanidad, los caminos de la Palabra, no se acaban, aumenta. Por eso, ni la más recia capa de asfalto del poder, del dinero, del consumo, logra sofocar la hierbecilla que, pujante, vive bajo esa densidad y termina por quebrarla y nacer a la luz del sol. Son los profetas de nuestro tiempo, personas que dejan por cierto el viejo planteamiento del salmo: es preciso abandonar los caminos de la inhumanidad y lanzarse sin red a la senda del corazón de las personas y de las cosas.

            4. La crisis de muchas de nuestras comunidades es, en parte al menos, una crisis de sentido, de horizonte, de norte, de porqué. Solucionarla es un gran trabajo, y del todo necesario (más que otros problemas acuciantes, como el de las vocaciones). La Palabra quiere ayudarnos con su fuerza, con su dinamismo a ello: es preciso abandonar los caminos falsos y entrar por la senda de la verdad. Los caminos falsos son para las comunidades los de la relevancia, los del honor social, los de una economía de ganancias, los de un prestigio que nos haga un sitio entre el número de los vencedores del sistema.  Es preciso hacer fuertes discernimientos, tanto comunitarios como particulares, sobre esa realidad. Si no, sin darnos cuenta, nos deslizamos hacia esos terrenos pantanosos. Los caminos verdaderos son los del corazón de la persona, los de la piedad que entiende a Dios como Padre y a la persona como hermana real y compañera de camino, los la liberalidad que se trasforma en generosidad, flexibilidad y capacidad para poner el acento en las cosas importantes. Los caminos verdaderos tienen que ver mucho con el silencio, lo modesto, hasta lo oculto, lo poco relevante. Tienen que ver con la ilusión, con el anhelo y  con la misma ingenuidad. La Palabra, sobre todo el Evangelio, empuja en esta segunda dirección. Resulta extraño tener en las manos diariamente la Palabra y percibir que nos tientan los caminos falsos y que nuestra vida estructural y personal se halla, a veces, situada en ese paradigma. Nos hace falta un fuerte discernimiento, hecho con paz pero con seriedad. Si no, el sentido se escapará de nuestras manos como la arena de la playa.

 

  • Lee y rumia el salmo; dale mil vueltas.
  • Mira tus caminos, los de tu comunidad, dónde está situados.
  • Vuelve otra vez al texto y pide luz.
  • Toma alguno de tus caminos que necesitan reorientación; ponle algún texto de la Palabra al lado.
  • Siéntete a gusto al lado de un Jesús que sigue fielmente el camino de la Palabra.

 

 

 

 

 

 

III. ESCUELA DE VIDA

 

            Es la Palabra una escuela para la vida, no tanto para aprender conceptos, sino para aprender actitudes, comportamientos, maneras de mirar a la existencia. En la escuela de la Palabra se aprende, fundamentalmente, el amor y la sinceridad. Dejarse adoctrinar por ella, entrar en esa escuela para, sencillamente, repasar las asignaturas del Curso de Amor a la Vida que es el  más importante de los cursos que la persona habría de cursar en su camino humano.

 

1. Enseñar el amor (He: 118,33-40)

 

            El Curso de Amor a la Vida es necesario para entender algo elemental: que la aventura de vivir en la que estamos inmersos es el mayor don de Dios, don de amor, a nuestra existencia. Desde esta simple percepción nacerá una mirada nueva, nada negativizadora, a nuestra vida. La Palabra nos enseña, como dice este pasaje, una de esas asignaturas troncales de dicho curso: la centralidad del amor.

 

33Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes,
y lo seguiré puntualmente;
34enséñame a cumplir tu voluntad
y a guardarla de todo corazón;
35guíame por la senda de tus mandatos,
porque ella es mi gozo.

36Inclina mi corazón a tus preceptos,
y no al interés;
37aparta mis ojos de las vanidades,
dame vida con tu palabra;
38cumple a tu siervo la promesa
que hiciste a tus fieles.

39Aparta de mí la afrenta que temo,
porque tus mandamientos son amables;
40mira cómo ansío tus decretos:
dame vida con tu justicia.

 

            1. Hablar de una enseñanza del amor es, para muchas personas, un simplismo. Sin embargo, ir aprendiendo el amor es tarea y asignatura de toda la vida ya que no es una ciencia abstracta, conceptual, sino vital. Aprender el amor es imprescindible para entender algo del sentido de nuestra vida. La Palabra, según el salmo, quiere ser una ayuda para ese no fácil aprendizaje. Y ¿cómo lo hace? Muestra: demuestra, hace ver, descubre el sentido de las cosas, lo que hay debajo, desvela, ayuda a entender lo que solo aparece a primera vista, invita a una mirada sosegada. Además, enseña: pero no escolarmente, sino sapiencialmente, gustando de las cosas, exprimiéndoles el sentido, ahondando en nuestras actuaciones, un saber del todo personal. En tercer lugar, guía: orienta, da puntos de referencia, ilumina el horizonte para que tendamos a él, nos da marcas que nos llevan a un saber creciente sobre un amor vivido en obras. Y finalmente, inclina: empuja en una dirección, nos habla desde una orilla, la de los débiles, desde la que nos llama. Una manera de enseñar humilde, sencilla, callada, pero eficaz. La manera que llega al fondo, que no se detiene en lo de fuera. Y, por supuesto, no es una enseñar para la soberbia, para el aplauso, para el pago. Dejarse enseñar por la Palabra es dejarse enseñar para el amor.

            2. Jesús ha enseñado "con autoridad", no solamente porque no repitiera el método de los rabinos, sino porque tenía autoridad, experiencia en los caminos del amor. De ahí le viene la autoridad (Mc 1,28). Él había bajado al sótano de la vida. Y esa fue su gran experiencia de amor, porque descubriendo en ese sótano nuestra debilidad, hizo un pacto de amor con nosotros, de no abandono. Sabía del amor y podía enseñar desde el amor. Era quien mostraba caminos de alternatividad, novedad y plenitud (Mc 10,17-22). Era quien enseñaba la Palabra con una novedad que la hacía radicalmente nueva (Mt 5,27-48). Era quien guiaba a otros no desde la superioridad, sino desde la propia experiencia (Lc 11,1-4). Era quien forzaba a inclinarse a actitudes de amor, como el perdón, desde su increíble capacidad de acogida y de perdón (Mt 18,21-35). Experto en enseñar el amor porque fue experto en vivirlo. De hecho, bien mirado, Jesús no ha hecho nada relevante por lo que los humanos suelen pasar a las páginas de la historia. Él únicamente ha amado a fondo. Eso ha sido suficiente para que su persona marcara un rumbo nuevo en el devenir humano.

            3. Decir que la sociedad está necesitada de amor es, lógicamente, una obviedad. Lo importante es mostrar cómo, en una sociedad como la nuestra, tan refractaria al amor como lo ha sido siempre la vida de los humanos, se le puede sugerir y animar a realizar ese curso de amor que haga que la vida se le aparezca con otro color, con otro sentido. Mostrar con un talante benigno la posibilidad de amar, aun en los casos más enconados, más anquilosados, más dejados por imposible. Enseñar amor en modos prácticos, más que teóricos, en pequeños proyectos elementales y directos que hagan ver a las claras que es el amor y únicamente él quien los sostiene. Guiar hacia el amor no como un maestro oficial, con superioridad, como si se supiera todo, sino como quien ha experimentado caminos sencillos de amor y los muestra y propone como útiles a quien de verdad esté interesado en este asunto. Empujar, inclinar al amor a no pocas personas que están "tocadas" por la hermosura del mismo y que, con una ayuda, con un planecillo que haga viable su anhelo, puede ocurrir que brote en ellas una veta de amor que las nutra y que alimente a quien está en su entorno. La tarea de enseñar, de construir, amor está más vigente que nunca y es tan necesaria como siempre.

            4. Hablar de cómo enseñar amor en nuestras comunidades cristianas es decir cómo devolverles sentido, ilusión, ánimo, ganas de vivir, alegría. Nuestras carencias de amor son nuestro infierno y nuestros gestos de amor son nuestro cielo. Lo peor de nuestras comunidades, pobrecillas y envejecidas con frecuencia, no son sus debilidades físicas o laborales, sino su carencia de amor real, cotidiano. Lo mejor de nuestras comunidades, más allá de sus inevitables limitaciones, son sus gestos de amor, su mirada benigna, su flexibilidad de vida, su gozo compartido, su amor en acto. ¿Hemos de dejar de hablar de amor comunitario por ser realidad imposible o por ser algo que no es más que una fachada del lenguaje? No. Porque nuestras estructuras comunitarias son buenas y posibilitadoras para una vida en amor sencillo siempre que medien los mismos caminos que nos propone la Palabra: mostrar el amor con obras sencillas; enseñar el amor con palabras buenas y, sobre todo, con obras fraternas y entregadas; guiar al amor participando con gozo en los planes comunes que nos pueden ayudar a verlos como marco para el amor comunitario y personal; inclinar al amor siendo animosos, nunca desalentados, siendo críticos, nunca criticones, siendo luminosos, nunca oscuros y negativos. Los trabajos de amor son los verdaderos trabajos de la comunidad, el verdadero apostolado, la verdadera misión. El resto se asienta ahí.

 

  • Lee y rumia el salmo, sin prisas, tienes toda la mañana.
  • Escribe alguna de sus frases que te guste más. Pon en un folio pegada en la pared, para que la veas bien.
  • ¿Cómo andas de amor fraterno en concreto? ¿Qué haces por tu comunidad aunque no estés obligado/a a hacerlo?
  • Quédate un rato pensando en Jesús como un maestro de amor en formas sencillas pero profundas. Dale gracias.

 

 

2. Enseñar la sinceridad (Vau: 118,41-48)

 

            Una sinceridad que es algo más que una mera virtud o una correcta manera de mostrar las cosas sin dobleces llamativas. Una sinceridad que refleja un corazón sin doblez, una mente sin segundas intenciones, una vida sin planes B. A eso anima la Palabra y eso quiere enseñar.

 

41Señor, que me alcance tu favor,
tu salvación según tu promesa:
42así responderé a los que me injurian,
que confío en tu palabra;
43no quites de mi boca las palabras sinceras,
porque yo espero en tus mandamientos.

44Cumpliré sin cesar tu voluntad,
por siempre jamás;
45andaré por un camino ancho,
buscando tus decretos;
46comentaré tus preceptos ante los reyes,
y no me avergonzaré.

47Serán mi delicia tus mandatos,
que tanto amo;
48levantaré mis manos hacia ti
recitando tus mandatos.

 

            1. Sabe muy bien el salmista el poder que tiene la palabra: con palabras nos podemos herir, con palabras nos podemos sanar. Las malas palabras destruyen la sociedad, las buenas (no las palabras halagadoras) la construyen. Por eso mismo la Palabra enseña la sinceridad de las buenas palabras. Constata el salmo que hay palabras injuriosas: aquellas que injurian la dignidad de la personas, palabras que alejan del horizonte de la felicidad, palabras que distorsionan la verdad para lucrarse del engaño. Estas palabras las cuestiona profundamente el Mensaje. Por el contrario, quien entra en la escuela de la Palabra podrá hablar "ante los reyes", es decir, podrá pronunciar palabras públicas que lleven a la construcción del bien común, que cuestionen el poder opresor, que relativicen las palabras únicas de los poderosos. Son palabras para la verdad por su sinceridad. Porque eso se quiere enseñar al creyente en la escuela de la Palabra: las palabras sinceras. No solamente aquellas que concuerdan con la verdad objetiva, sino las que brotan de un corazón sincero, que persigue únicamente el bien del otro, que no deforma la realidad para sacar algún provecho, que no dice cosas falsas de los demás para dominarlos. Palabras sinceras desde una vida sincera. Palabras sinceras para generar relación nueva. Todo este anhelo cae por tierra con lo contrario: las palabras torticeras, de segundos sentidos, de escondidas intención, nubes de humo que encubren la realidad y que terminan por destruir a quien es más débil. El lector/a de la Palabra ha de vigilar con extremo cuidado y con esmerado cultivo su lenguaje, en sus modos verbales y no verbales.

            2. Jesús odiaba las palabras traidoras: vuestro sí sea sí y vuestro no sea no; "todo lo demás procede del diablo" (Mt 5,33-37). En las palabras de Jesús hay un potencial de vida porque son palabras humanizadoras, constructoras de bondad. Sus palabras eran "Espíritu y vida", es decir, fuerza y energía para toda persona, fuerza de espíritu y vida de logro y de disfrute. No son palabras para la muerte sino para la vida. Quizá por eso siguen resonando con toda su fuerza pasados los siglos. Sus mismos discípulos lo decían con claridad y ante la videncia: ¿A quién vamos a acudir? Tu tienes palabras de vida" (Jn 6,55.69). No tuvo otra arma, otra infraestructura, otros medios, otras herramientas que su palabra, despojada y humilde, pero vibrante y llena de verdad. Su contacto vivo con la Palabra, en la oración, en el silencio, en las celebraciones creyentes, en su rumiar constante del texto, le llevó a aquilatar la suya hasta hacerla palabra para generar vida en todos los sentidos. La suya no era una palabra religiosa sino para engendrar vida: "Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn 10,10). Cuando leemos los textos evangélicos percibimos el vigor renovado de su palabra, por su honda sinceridad humana, por su estar de acuerdo con las aspiraciones más profundas del ser humano, por su acercarnos a la verdad del Padre por medio de su propia experiencia. Palabras de sinceridad y de vida hondas.

            3. Harta está la sociedad de palabras y con razón, porque la experiencia muestra que, en no pocos casos, además de  ser palabras hueras son también palabras falsas. Y esa inflación de una palabra sin soporte vital termina por volverse contra la hermosa y curativa realidad de la palabra. Decir que la humanidad está aún necesitada de palabras verdaderas, sanadoras, es poco: le hacen falta palabras que vengan de dentro, además de sinceras, que estén libres de intereses particulares, que arranquen del abismo personal que es la verdad de cada uno, por limitada que sea. Palabras verdaderas, distintas, de nuevo origen, de otra verdad. La Palabra de Dios, leída con profundidad, con rumiante sosiego, puede ayudarnos a ello. Una Palabra leída de maneras superficiales contribuye a la "mentira" (personal, fraterna, eclesial, social). Mientras que, leída con paz, sosiego, hondura, contraste, deseo, termina por apuntar al fondo de la persona y, desde ahí es desde donde brotan las palabras de sinceridad vital. Quizá habría que comenzar por poner coto explícito a las palabras que injurian porque hacen daño al alma; después tener mucho cuidado de la influencia pública y fraterna de nuestras palabras, para que construyan y nunca destruyan. Finalmente habría que intentar a hablar palabras de sincera profundidad que brotan de lo que uno/a es verdad, de lo que "sabe", de lo que experimenta. Una palabra que no tiene detrás la experiencia personal se desvaloriza y tiene el peligro de ser palabra que lleva a engaños.

            4. Mucho del daño que nos hacemos en comunidad es por las palabras; mucho del bien que nos hacemos es por las palabras. La vida común, eclesial, siempre estará necesitada de palabras buenas que brotan de las raíces experienciales personales. Toda palabra, desde ahí, habría de ser amable, respetuosa, dialogante, sincera, libre de amargura, de voces airadas, de lugares difíciles para el diálogo, de segundas intenciones, de afán por terminar venciendo. La buena palabra fraterna convence, nunca vence. Las palabras injuriosas, calumniosas, son el cáncer de una comunidad. Las palabras públicas que son benignas y discernidas construyen la comunidad. Las palabras sinceras que nacen de la raíz vital de lo que es cada uno/a construyen la persona, la sociedad, la misma comunidad cristiana. Emplear la Palabra y fracasar en las palabras no deja de ser un tremendo contrasentido, de no ser que, en la medida de las propias posibilidades, se esté haciendo el esfuerzo por construir el saludable edifico de las buenas palabras. Desde aquí se hace más perentoria la plegaria sálmica: "Pon en mi boca las palabras sinceras" (Sal 118,43), dicho de forma positiva.

 

  • Lee y relee el salmo sin cansarte.
  • Vuelve, si tienes ganas, a pasajes anteriores.
  • Mira un poco a la calidad y procedencia de tus palabras.
  • ¿Qué dirían tus hermanas/os de tu manera de hablar?
  • Cómo derribar los muros de silencio que envuelven a muchos/as hermanos.
  • Celebra a tu manera al Jesús de palabras verdaderas y amables.

 

 

IV. SENTIDO DE LA VIDA

 

            Las mayores crisis que acechan a la persona provienen de la falta de sentido. Las mayores alegrías, aquellas que iluminan la vida y el rostro (una verdadera transfiguración), son las que brotan del sentido vital esclarecido. ¿Qué es lo que realmente pinta uno/a en esta historia? La pregunta es enorme; pero de su respuesta depende mucha de nuestra dicha. El Salmo 118 lo dirá a su manera: tu camino histórico vale porque te encaminas, con otros y con la creación, a una tierra de bondad, a un horizonte de fraternidad, de amparo y de abrazo, no a la soledad, sino al más hondo de los acompañamientos.

 

1. Esperanza viva (Zain: 118,49-56)

 

            Para entender que puede ser una meta de sentido algo tan prosaico como el sueño de una tierra de bondad, algo tan "poco espiritual", pero tan en el secreto del Padre, su verdadero sueño, es preciso suscitar esperanza a raudales. La imposibilidad de percibir esta historia como una meta para nuestra dicha pasa por una honda desesperanza (además de por el cultivo de superestructuras religiosas). Ya decía Casaldáliga cuando hacía el recuento de los valores espirituales: la libertad, la pobreza, la humanidad, la justicia, la misma fe...pero, al final, "yo me atengo a la esperanza".

 

49Recuerda la palabra que diste a tu siervo,
de la que hiciste mi esperanza;
50este es mi consuelo en la aflicción:
que tu promesa me da vida;
51los insolentes me insultan sin parar,
pero yo no me aparto de tus mandatos.

52Recordando tus antiguos mandamientos,
Señor, quedé consolado;
53sentí indignación ante los malvados,
que abandonan tu voluntad;
54tus leyes eran mi canción
en tierra extranjera.

55De noche pronuncio tu nombre,
Señor, y, velando, tus preceptos;
56esto es lo que a mí me toca:
guardar tus decretos.

 

            1. El primer verso domina la estrofa. "De la Palabra hiciste mi esperanza". ¿Qué es para el salmista una vida fundamentada en la esperanza que suscita la Palabra? Tiene que ser, sin duda, una realidad de vida, personal, nada ideológica. La Palabra es trasunto del corazón del Padre. Si se descubre ese cimiento de la vida, no solamente brotará la confianza, sino que también la esperanza manará sin secarse nunca.  Para el orante la Palabra es razón suficiente para la esperanza. Puede ir todo mal, puede haber pobreza, se puede vivir al borde del abismo de la miseria, la esperanza queda incólume. Bien lo decía la profética terquedad de Habacuc: "Aunque la higuera no echa yemas y las viñas no tienen fruto, aunque el olivo olvida su aceituna y los campos no dan cosechas, aunque se acaban las ovejas del redil, y no quedan vacas en el establo, yo exultaré con el Señor, me gloriaré en Dios mi salvador" (Hab 3,17-18). Es una esperanza que se sustenta en el recuerdo, se anima en el consuelo y se materializa en el canto. Un recuerdo vivo, como un aguijón, como el mejor tesoro. Un recuerdo que se cultiva día a día, noche a noche, silencio a silencio. No un mero acordarse, sino una presencia que late a cada instante. Ese recuerdo consuela, porque la vida aprieta, a veces, tanto que hambreamos el consuelo como auténticos mendigos/as. Un consuelo que hace fuerte, que es capaz de hacer frente a cualquier insolencia. Un consuelo de los que uno/a se sabe posesor/a y con él se hace fuerte. No es de extrañar que brote el canto, incluso "en tierra extranjera", en situaciones de adversidad. No hay quien pueda contra un pobre que canta, porque su canto es, en medio de su pobreza, la certeza de su victoria. De noche, en la quietud, en los ecos apagados, en los silencios multiplicados, brota el canto, porque mana la esperanza.

            2. Da Jesús el buen perfil que dibuja este salmo: uno con la esperanza siempre activa. Incluso cuando pareció que su "vasija" humana se quebraba, allá en la cruz. Su "Dios mío, Dios mío" es, mucho más, un grito de esperanza (léase la esperanza oración de la segunda mitad del Sal 21) que de desconsuelo. Un hombre de esperanza en el Padre con una tenacidad que aún hoy maravilla: "Yo nunca estoy solo, porque el padre siempre está conmigo" (Jn 16,32). Esperanza con sus pobres discípulos, tan romos a la hora de entender los mecanismos del Reino, sobre todo Pedro a quien no se le arrebatará la función de "confirmar a sus hermanos", más allá de su ser piedra "frágil" sobre la que se sostiene este edificio de la comunidad (Lc 22,32; 16,18). Hombre de esperanza con aquellos pobretones, los ojloi, que vieron en el una promesa material, superficial, pan para hoy y hambre para mañana (Jn 6,1ss). Hombre de esperanza en aquella comunidad de pobreza, "pequeño rebaño" (Lc 12,32), porque sabe que es deseo del Padre que nada se pierda (Mt 18,14). Quitar a Jesús la esperanza es arrebatarle el alma, la fibra más viva. Alimentó su esperanza de noche en la oración, de día en la mano ofrecida, en todo momento, apuntando a esa secreta fuente en la que habita el Padre sosteniendo la vida (Jn 14,23).

            3. Las llamadas a la esperanza tienen, con frecuencia, poco eco en nuestra sociedad. La desesperanza es tan densa, los nubarrones de la tristeza tan grandes, que se cree que no hay luz detrás de tanta oscuridad. Pero quien logra mantener la esperanza (es algo más que optimismo), quien trabaja por dar "razones para esperar", que no son tanto argumentos, sino consuelos, horizontes, ánimos, abrazos, es un/a benefactor/a de la humanidad. Los grandes de este mundo creen que la sociedad se sustenta sobre la economía (¿nosotros también lo creemos?). Pero, en realidad, se sustenta sobre las personas de esperanza, aunque sean ocultas, aunque no tengan influencia en el devenir externo de la historia. Son los que creen que no es verdad que se puede hacer poco con las migajas de la piedad, como dice C. Mestre. Se puede si en esas migajas, en esas pobrezas, alienta, cosa no fácil, la esperanza y la bondad (a la par que el "aullido" de la justicia). Pudiera parecer que la esperanza está desterrada de la sociedad, pero, en realidad, es la cosa más buscada, más requerida, más anhelada. Por eso mismo, quien se alimenta de la Palabra (alimentarse de ella es más que apreciarla, más que leerla, es masticarla año tras año, etapa tras etapa de la vida) termina por atisbar el maravilloso mundo de una vida esperanzada, más allá de las inevitables pobrezas.

            4. ¿Aprobaría nuestra vida comunitaria el examen sobre la esperanza? ¿Cuáles serían las preguntas de un tal examen? Quizá algunas de estas: ¿Qué vislumbras en el fondo de tu corazón? ¿Por qué suspiras realmente? ¿Qué hace que tus ojos y tu interior se esponjen? ¿Están húmedas, vibrantes, tus entrañas o te las ha secado el realismo? ¿Crees que la fuerza, el número, el vigor juvenil, la cantidad, son mejores aliados del futuro que la pobre esperanza? ¿Te quedas maravillado cuando descubres esperanza en los márgenes, en las situaciones duras, en los socorros que se dan los mismos pobres entre sí, en las realidades que nuestra sociedad fuerte ni mira? ¿Hay una llamita ardiendo dentro de ti que no es capaz de apagarla ninguna lágrima? ¿Te parecen esta clase de preguntas algo simplista y sin fuste? El examen de la esperanza lo aprueban los realmente esperanzados/as, no tanto los dotados de grandes ideas. Por eso decimos, dice el Salmo, que la Palabra, oculta, pobre, olvidada, manoseada, rutinizada, arrumbada, manipulada, exhibida, desfigurada, puede ser, más allá de todo este desenfoque, la fuente de una esperanza  capaz de colaborar al sentido de la vida, a esa orientación que hace que uno/a vaya adquiriendo la certeza de tener un lugar en el mundo. Tu Palabra, la fuente de mi esperanza. ¿Cómo no sobrecogerse de gratitud y de conciencia de fortuna?

 

  • Anhela esa esperanza honda leyendo y releyendo el salmo.
  • Pregúntate con paz ante el salmo por la salud de tu esperanza.
  • Sembrar esperanza, buena siembra.
  • ¿Te parece que es tan acuciante la crisis de sentido en nuestra vida, en nuestras comunidades?
  • Regocíjate dentro sabiendo que ahí, aunque no lo notes mucho, hay un manantío de esperanza que el Padre suscita.
  • Di sin rubor a Jesús: "Tú, mi esperanza".

 

 

2. Tierra de bondad (Heth: 118,57-64)

 

            Puede decirse que, según el salmo, el sentido se ilumina cuando se comprende que la trayectoria histórica tiene como meta ser una "tierra de bondad" hasta ser una tierra nueva en que habite la justicia (2 Pe 3,8-14) y donde no haya muerte, ni luto, ni llanto (Ap 21,4). Esa tierra nueva es el sueño de Jesús. Solamente un cielo en conexión con esa tierra puede ser objeto de la utopía cristiana. El salmo no apunta a una desvinculación, sino a una integración.

 

57Mi porción es el Señor;
he resuelto guardar tus palabras;
58de todo corazón busco tu favor:
ten piedad de mí, según tu promesa;
59he examinado mi camino,
para enderezar mis pies a tus preceptos.

60Con diligencia, sin tardanza,
observo tus mandatos;
61los lazos de los malvados me envuelven,
pero no olvido tu voluntad;
62a media noche me levanto para darte gracias
por tus justos mandamientos.

63Me junto con tus fieles,
que guardan tus decretos;
64Señor, de tu bondad está llena la tierra;
enséñame tus leyes.

 

            1. Este trozo sálmico parece estar escrito por alguien de la tribu de Leví que no recibía tierras en herencia, sino que su porción era únicamente el Señor. Pero no es un recibir soso, enajenante, paralizador. El discernimiento sigue funcionando y el orante, que examina sus caminos, se da cuenta de que si no va adecuando esas sendas a las insinuaciones de la Palabra, no llegará a atisbar la tierra nueva. Discernimiento continuado, a raudales, mística de ojos abiertos, mística horizontal que no necesita salirse de la historia para ver que es justamente ahí donde Dios quiere ser servido y amado. Esa lucidez en el análisis está alimentada por la oración silenciosa, a medianoche, maneras de mantener viva la certeza de que el sentido de la vida es algo asequible a cualquiera. Oración de medianoche, desveladora, incordiante para quien anhela un reposo largo, pero viva, azuzadora del sentido. Con esos ingredientes, discernimiento lúcido y oración anclada en las horas de la mayor soledad, es como se puede entender algo tan simple como esto: de tu bondad está llena la tierra. Este cosmos, nosotros en él, tiene como meta la bondad. Un Dios bueno ha otorgado a la persona una tierra buena. Si se logra la bondad amanece el Reino; si la bondad brilla, la inhumanidad retrocede; si la bondad prospera, el corazón del Padre se alegra. A esto tan simple y tan hondo empuja el trato con la Palabra. Esto tan elemental, este ser tierra buena, es lo que puede dar sentido a la existencia creyente.

            2. Posiblemente no se pueda tratar a Jesús con el moderno calificativo de ecologista, de uno que ha hecho de la defensa de la tierra su meta y su lucha. Pero él ha sido, quizá más que nosotros porque todavía el libro de la creación era más legible en aquella época, uno que ha vivido dentro con el estremecimiento no solamente de estar en la tierra, sino de ser tierra, de ser uno con todos y con todos. Por eso no ha habido divisiones en su interior, ni maltrato a las creaturas.  Su nacimiento en pobreza, entre animales, anuncia la era en que se meterá la mano en la hura del áspid y no pasará nada (Is 11,1-10); su palabras sobre los campos, los lirios, los pájaros (Mt 6,24-34), el sol (Mt 5,45), el agua, los ríos de agua viva (Jn 4,14), los alimentos (Mt 14,13-21), las piedras (Lc 19,39-40);  (enumera la lista de objetos de la naturaleza que aparecen en los evangelios; ¿cuántos aparecen en nuestras teologías?). Hombre de tierra, viniendo de lo profundo de la tierra y volviendo, vivo, a esa misma profundidad. Hombre de sueños para una tierra nueva (Mt 25), para un tiempo de "color de naranja", como dicen los poetas, en que el amor sea la fuerza viva del hecho histórico. Poco ha hablado Jesús, en realidad, sobre el cielo; mucho más sobre la tierra (ver las catequesis de Mc 9,31 ss). Le interesaba más la dicha de esta tierra que su pecado, el gozo al que estaba destinada que las heridas que le acompañan.  Él creyó a pie juntillas en un Dios bueno (Mc 10,18) que nos ha dado una tierra buena, productiva, generosa (Mt 13,1-23).

            3. Quizá sea demasiado soñar hablar de una tierra buena con la de ultrajes que le venimos infiriendo desde los orígenes. Lacerada tierra. Pero, a pesar de todo, con vocación de plenitud, de bondad. Es algo que va más allá de los simples ciclos históricos, algo más que el futuro cósmico de éste y los otros planetas. Una tierra de bondad es una manera de decir el sueño de plenitud de Dios sobre ésta su creación. No puede atisbar tal plenitud si se tiene algo en contra de esta tierra. Por eso, hay que amarla, ya lo decía Rahner, aunque aún nos aflija con la muerte y la soledad, con su desolación y su llanto. Es necesario amar la tierra para entender que su bondad puede ser nuestra meta vital nuestro sentido profundo. Se precisa también un desasimiento, un des-centrarse de este antropocentrismo que tanto ha desfigurado el sentido de nuestra vida histórica. El sentido viene del plan de Dios, no de las ideas que nos hagamos los humanos de nosotros mismos. Soñar en la tierra buena es trabajar porque así lo sea, saber que el caudal de bondad no es automático: mengua si no colaboramos en él, crece si aportamos a él un poco de humanidad. Creer en la bondad de la tierra como sentido, como designio del Padre, nos animará a una bondad radical, básica, a aquella santidad de vivir que desata la ternura del corazón del Padre y que toda persona, sea santa o pecadora, puede tenerla ya que no se confunde con la santidad religiosa, sino con el sentido elemental de nuestro hacer parte de la historia.

            4. La vida fraterna habría de impulsar su "voto de ser tierra", que es lo mismo que el de ser benigno, ser hermano/a, ser ciudadano/a, ser samaritano/a en una sociedad siempre necesitada de amparo. Habría de llevar a alejar cada vez más esa negativización que ha aquejado, y aún sigue, la manera de sentir la espiritualidad cristiana, negativización del mundo, de la política, de la sociedad, de la familia, de la juventud, de los no creyentes, etc. Nos podría ayudar a generar una hermandad elemental que pusiera en cuestión todo aquello que ha dividido a las personas a lo largo de la historia: las fronteras que separan, las culturas que se menosprecian, las religiones que se atacan, las maneras de ser que no encuentran caminos comunes. La Palabra nos dice con humildad, quizá para asombro nuestro, que el sentido viene no de espiritualidades extrañas sino del fraterno entender nuestra pertenencia honda a la historia, a la tierra, y que ahí se oculta una indudable posibilidad de dicha honda. Un libro de bondad, ésa es la historia y la tierra, y la misma Palabra, más allá de sus duras limitaciones.

 

  • Rumia calladamente el salmo, en la "noche" de tu cuarto, del jardín, de la misma noche.
  • Cree que ser la tierra buena es la meta y el sentido, por lejana que te parezca la cosa.
  • Abraza la tierra, las cosas, las personas. Diles: hermanas.
  • Vuelve al Salmo y agradece, de la mejor forma que sepas, el don luminoso de la Palabra.

 

 

 

V. CERTEZAS

 

            Las certezas habitan el corazón, residen en la profundidad, no necesitan ninguna clase de justificación, aparecen como llanamente evidentes. Las certezas no litigan con nadie y son compatibles con otras distintas, son libres y, generalmente, aportan equilibrio a la vida. Por eso, las certezas, las positivas, son un verdadero tesoro. La espiritualidad se construye más sobre certezas que sobre verdades, porque aquellas son las que realmente satisfacen y mueven a la persona. Las verdades quedan, muchas veces, en la esfera de lo externo. La Palabra apunta y desea generar certezas, ese destilado de vida que me asegura en el aprecio a las opciones tomadas, en la fidelidad por mantenernos en ellas. Certeza de vida y de fe.

 

1. La certeza de la bondad (Teth: 118,65-72)

 

            La bondad, más que el bien: éste es algo abstracto, y en nombre de él se cometen, a veces, auténticos atropellos. No pasa así con la bondad que es el bien actuando, viéndose, comprobándose, tocándose. Y ese realismo histórico es el que libra al ideal de su perversión. La Palabra empuja al bien practicado, creído porque practicado.

 

65Has dado bienes a tu siervo,
Señor, con tus palabras;
66enséñame a gustar y a comprender,
porque me fío de tus mandatos;
67antes de sufrir, yo andaba extraviado,
pero ahora me ajusto a tu promesa.

68Tú eres bueno y haces el bien;
instrúyeme en tus leyes;
69los insolentes urden engaños contra mí,
pero yo custodio tus leyes;
70tienen el corazón espeso como grasa,
pero mi delicia es tu voluntad.

71Me estuvo bien el sufrir,
así aprendí tus mandamientos;
72más estimo yo los preceptos de tu boca
que miles de monedas de oro y plata.

 

            1. Para el orante no hay duda: la Palabra es un bien. No de manera mágica, sino actuante. La Palabra es un bien porque hace bien. Para el amante de la Palabra comprobar que ésta es un bien elemental, real, en su vida es argumento máximo de aprecio y de valoración. No se precisa razón mayor: la Palabra me hace bien, es suficiente. Argumento sencillo, pero contundente. También es un bien el sufrimiento saludable no el sufrimiento histórico en sí mismo (que, eso sí, es, evidentemente un mal). El sufrimiento se vuelve saludable cuando se aprende de él, cuando se lo toma como un camino para el desvelamiento de nuestra verdad, de las razones verdaderas de nuestro proceder; cuando, increíblemente, termina volviéndose de nuevo hacia quien te causó ese dolor para, amándole por encima de él, lograr parar, suprimir, el inútil sufrimiento. Este camino de ida y vuelta del sufrimiento es cuando puede erradicarlo hasta convertirlo en dicha. El orante cree que ese es el único modo de encajar la injuria de la insolencia, de la propia insolencia. Con la Palabra y el sufrimiento saludable se llega a la certeza de que Dios es bueno y hace el bien; es bueno porque hace el bien. No es bueno por ser Dios, sino porque obra con humanidad (como lo dirá luego Sabiduría 11-12). Un Dios de bondad humana, histórica, actuante. Un Dios solo bueno, sin sombra de maldad, sin afán de castigos, sin reivindicaciones violentas, sin archivar agravios, sin cólera. Un Dios que también "sufre" con nosotros y, por eso mismo, no es uno de los dioses del sufrimiento, sino de la dicha, de la bondad, del mejor deseo para toda realidad.

            2. Jesús, el bueno, el que pasó haciendo el bien (Hech 10,38), el maestro bueno (Lc 18,18), el que aprendió la bondad del Padre y su generosidad y la puso en práctica (Mt 20,1-16). Un Jesús de palabra consoladora y bondadosa (Lc 7,13), de manos acariciadoras (Mc 1,41), de corazón acogedor (Mc 10,21), de vida ofrecida (Lc 23,46). Bueno, como diría Machado, en el buen sentido de la palabra, en el sentido de una bondad sencilla, asequible, práctica, visible, compartidora. Una bondad que sorprende. Ya lo dice Sobrino: "De Jesús impactaba la misericordia y la primariedad que le otorgaba: nada hay más acá ni más allá de ella, y desde ella define la verdad de Dios y del ser humano. De Jesús impactaba su honradez con lo real y su voluntad de verdad, su juicio sobre la situación de las mayorías oprimidas y de las minorías opresoras, ser voz de los sin voz y voz contra los que tienen demasiada voz, e impactaba su reacción hacia esa realidad: ser defensor de los débiles y denuncia y desenmascaramiento de los opresores. De Jesús impactaba su fidelidad para mantener honradez y justicia hasta el final en contra de crisis internas y de persecuciones externas. De Jesús impactaba su libertad para bendecir y maldecir, acudir a la sinagoga en sábado y violarlo, libertad, en definitiva, para que nada fuese obstáculo para hacer el bien. De Jesús impactaba que quería el fin de las desventuras de los pobres y la felicidad de sus seguidores, y de ahí sus bienaventuranzas. De Jesús impactaba que acogía a pecadores y marginados, que se sentaba a la mesa y celebraba con ellos, y que se alegraba de que Dios se revelaba a ellos. De Jesús impactaban sus signos -sólo modestos signos del reino- y su horizonte utópico que abarcaba a toda la sociedad, al mundo y a la historia. Finalmente, de Jesús impactaba que confiaba en un Dios bueno y cercano, a quien llamaba Padre, y que, a la vez, estaba disponible ante un Padre que sigue siendo Dios, misterio inmanipulable".

            3. Las buenas palabras son, sin duda, un bien para nuestra sociedad. Por ellas podemos aprender el camino de la bondad. Las malas palabras, torticeras, tramposas, nos alejan de la bondad. Por eso, si la bondad nos interesa, es preciso tener controlado el tema de las palabras, hay que aprender el buen e imprescindible idioma de la palabra humana, cargada de humanidad. Si no, la bondad se retrae y la maldad se frota las manos. Incluso más: si la bondad nos interesa es preciso subvertir el sentido del sufrimiento humano. Hasta ahora es unidireccional: viene hacia nosotros (provocado incluso por nosotros) y nos hiere. Y queda la herida, agrandándose cada día. Es preciso encontrar una senda de vuelta: aquella que, aunque herido, sabe volver al lugar del que salió no para aumentar el dolor, sino para tratar de asumir con humanidad el hecho y encontrar fuerzas para replantearse un tratamiento curativo del dolor. Si no hace ese camino de vuelta, camino que incluye, claro está, la bondad, es imposible subvertir la dura trayectoria del sufrimiento. Necesitamos en la sociedad sanadores heridos, bondadosos que hayan experimentado su propio mal, amantes que se vuelvan de su propio odio. Puede parecer imposible, pero ahí radica la posibilidad de la certeza de la bondad. Es entonces cuando ser bueno no será un ideal para simples, o para gente débil, o menospreciable. Será el horizonte común, la tendencia de lo cósmico, la inclinación de toda realidad. Y entonces confluirá la historia con el secreto amor del Padre, porque Él tiende irremediablemente a la bondad.

            4. No es mal ideal para la vida comunitaria el de la simple y común bondad: ser buenos/as con nuestros/as hermanos/as. Ser buenos con nuestros vecinos; serlo con las cosas, incluso. La bondad puede parecer un ideal menor, de poco vuelo, de mínimos. Pero es tan básico que soñar en cosas más sublimes sin contar con él es pedir lo imposible. Este modesto pero divino ideal requiere un fuerte cambio de paradigma: el de la persona y el del mismo Dios. El de la persona: creer que el otro/a es sujeto de bondad, aun comprobado su fallo y su fragilidad. Cuando se abandona esta certeza, la vida en comunión pasa a ser una cuestión administrativa y deja de ser algo relativo al corazón. La vida fraterna sin creer en la bondad del hermano/a es lo más parecido a una organización empresarial moderna, de las que no tienen alma. Y también requiere el cambio del paradigma de Dios: creer y desear creer (cosa no fácil con los pesos que arrastramos) en un Dios solo bueno, actuando con bondad, con "honda humanidad", un Dios sin trasfondos, sin agravios mantenidos, sin cólera guardada, sin castigos predeterminados, sin torvas miradas que ocultan lo que ignoramos. Si ese Dios de bondad, como única manera de verlo, no va surgiendo, es difícil que florezca en la comunidad el ideal de la bondad, de la simple y elemental bondad.

 

  • Desgrana el salmo muchas veces, asimílalo, apréndelo desde dentro, en la memoria y en el corazón.
  • Piensa, con él, si te entusiasma o no el simple y humilde ideal de la bondad.
  • Observa en el fondo del corazón si te resulta atrayente la realidad sola de un Dios bueno.
  • Mira a tus hermanos/as de comunidad y pregúntate si los consideras capaces de bondad, aun conociendo sus limitaciones.
  • Agradece lo bueno de quienes son buenos. Pon rostros a la bondad.
  • Vuelve al salmo, a cantar con él el hondo misterio de un Dios bueno.

 

 

 

2. La certeza de la compasión (Yod: 118,73-80)

 

            La compasión, el vocablo incluso, no tiene muy buena prensa. Sin embargo, la compasión, siempre nueva, es demandada de muchas maneras por la sociedad porque sin compasión muchas situaciones de vida quedan sin salida. La compasión puede llegar a ser la certeza de que hasta la misma creación está necesitada de ella, incluso Dios mismo demanda, a su manera, ser compadecido, andar empáticamente sus propios caminos de Dios que ama.

 

73Tus manos me hicieron y me formaron:
instrúyeme para que aprenda tus mandatos;
74tus fieles verán con alegría
que he esperado en tu palabra;
75reconozco, Señor, que tus mandamientos son justos,
que con razón me hiciste sufrir.

76Que tu bondad me consuele,
según la promesa hecha a tu siervo;
77cuando me alcance tu compasión, viviré,
y mis delicias serán tu voluntad;
78que se avergüencen los insolentes
del daño que me hacen;
yo meditaré tus decretos.

79Vuelvan a mí tus fieles
que hacen caso de tus preceptos;
80sea mi corazón perfecto en tus leyes,
así no quedaré avergonzado.

 

            1. La certeza de la compasión brota para el orante bíblico de una profunda verdad asumida y acogida: Dios nos ha formado desde el inicio, somos criatura suya, obra de su amor. No es únicamente azar, biología, flujos que se unen, partículas que se atraen. En todos esos complejos procesos hay un amor detrás, una mirada cargada de afecto, un corazón que quiere darse a otro corazón. En otros textos bíblicos se propone la imagen de Dios alfarero (Jer 18,1-6). Pero es algo más: Dios se ha manchado las manos con nosotros, pero, sobre todo, ha implicado su corazón, parte de lo suyo ha pasado a lo nuestro, hay algo de él en nosotros, y algo nuestro en él. Un increíble trasvase que late en el fondo. Desde ahí se podrá hablar de una compasión amorosa, creativa, mezclada, ceñida, no de una compasión desde fuera, paternalista, condicionante, superior. No ha de extrañar que esa bondad viva consuele, mitigue los dolores de la conquista histórica, del logro de la libertad, apoye y ampare la debilidad no para justificarla, sino para ponerse al lado y con-sufrir, con-llorar, con-abrazar, con-animar. Por eso mismo, el consuelo de la compasión es tan creativo como ella, tan humanizador, tan alejado de falsas compasiones que, a la postre, te pasan una factura pesada. La certeza de la compasión lleva a la vida, porque la de Dios es una compasión para la vida, la suya y la nuestra, no para la enajenación y el olvido. Una compasión para levantar los hombros y seguir caminando, para percibirse como mucho más que la propia debilidad, para no desistir de los caminos compasivos aunque las heridas que nos infiramos sean muchas y grandes.

            2. Jesús, el compasivo, el capaz de ponerse en la situación del otro (Mc 10,46-52), el que no repara en la calidad moral de la persona, sino que va al fondo de la misma (Jn 8,1-11), el que hace la pregunta de la compasión (Lc 18,35-43), el que cree que la compasión ha de alcanzar a multitudes, a la misma sociedad (Jn 6,1ss). Un Jesús que, de puro compasivo, no podía ser sino trasunto del mismo Dios, volcado en compasión sobre la historia. Para asimilar estos perfiles, quizá haya que comenzar por "desdivinizar" al Jesús excesivamente espiritual que ha construido la ideología. Si no es humano, no puede ser compasivo; si no es como un Dios compasivo, no puede ser humano. Tal vez temamos la compasión de Jesús porque creemos que, con ella, peligra el montaje de la ideología religiosa. Pero, en realidad, Jesús el compasivo se cuela en las grietas resecas de nuestro interior escasamente compasivo para inyectarle una vida que nos favorece a nosotros y a él mismo. Desde ahí puede nacer esa manera nueva de entenderle y entendernos que nos aproxime a la certeza de una compasión viva.

            3. La sociedad, lo hemos dicho, demanda compasión. Cuando se ve sacudida por las grandes catástrofes y por esas "pequeñas" catástrofes que son los crímenes contra uno sólo de los "pequeños" de la sociedad. Entonces grita: ¿Dónde estuvieron los que tenían que haber sembrado en esos corazones asesinos el necesario sentido de la compasión? Una sociedad con la compasión echada de la aldea es una jauría de corazones que se destrozan. Por eso mismo, los compasivos, son los constructores reales no solamente de la convivencia y el perdón, sino de la misma estructura social. Nunca se les reconocerá, ni se les aplaudirá, ni se les premiará. Pero su obra vale igual porque está animada por una convicción: que las entregas nunca se pierden, aunque no reciban ni aplauso, ni premio, ni jornal. Muchos débiles demandan consuelo; los compasivos los amparan. Muchas situaciones plantean la pregunta de los irresolubles porqués, la compasión los escucha y los consuela, aunque no tenga soluciones. La misma sociedad destierra a la compasión, por ser virtud de débiles (aunque, en realidad, no es una virtud, en sentido despectivo, sino un verdadero valor), pero los compasivos escuchan su avergonzada y necesaria demanda de compasión sin hacerse los fuertes, sin reclamar agravios, sin pedir atrasos que se les deba. Acogen y amparan como quien ya ha tenido su premio, porque ese premio no es para el compasivo/a sino el simple gozo de ver que la persona, la realidad, está más acompañada y es, por ello, más feliz.

            4. ¿Podría haber vida fraterna sin compasión viva? ¿Podríamos aspirar a entreverar corazones sin el ingrediente necesario de la mirada compasiva? ¿Podríamos desear la fidelidad fraterna sin andar los caminos de la compasión efectiva y constructora de humanidad? Posiblemente no. Quizá para ello haya de tener por cierto la comunidad que ella también ha sido formada por el amor del Padre ("El Señor me dio hermanos", decía Francisco de Asís). No es mera casualidad el que yo haga parte de este grupo; no es mera circunstancia el que yo pertenezca a este colectivo eclesial, a esta congregación. No es puro azar que esté en tal marco parroquial o creyente. Detrás de todo ello se descubre la compasión activa de Dios en cada uno/a de nosotros/as, en cada grupo. Una comunidad formada por el amor del Padre. Puede parecer excesivo, pero hay que hacer de contrapeso a lo organizativo, que es lo que muchas veces parece primar. Desde ahí se puede entender que nos hemos reunido en grupo para consolarnos. No se trata de andar gimoteando en común todo el día. No es eso. Se trata de consolarnos y acompañarnos en las soledades estructurales, en los fallos de origen, en las oscuridades que no hay manera de arrancarlas de corazón, en las pérdidas que nos acompañan, tenaces, hasta la tumba. Un consuelo tan creativo como la compasión, como la fidelidad. Desde ahí quizá lleguemos a agarrarnos a la compasión como una certeza necesaria para dar base a nuestras opciones creyentes. Y una vez que la hayamos agarrado, habríamos de animarnos a no soltarla jamás.

 

  • Lee con detalle todas las expresiones del salmo y disfruta con las que más dentro te lleguen.
  • Desea una compasión viva que sea certeza y fundamento de tus opciones más sencillas de vida.
  • Ablándate por dentro, no para una sensiblería que no sirve, sino para una fecundidad que crea.
  • Repite la frase del v.77, tan buena.
  • Da gracias, una vez más, por este salmo que termina por apuntar a nuestra verdad y nos ayuda a darle sentido.

 

 

 

VI. UN INTERIOR BULLENTE

 

            La religiosidad puede llevarnos, por caminos institucionalizados incluso, a una ausencia de pasión, a un interior apaciguado pero soso, a un estilo de vida sin sobresaltos pero sin emoción. El salmo desvela un interior bullente en el orante: hierven las preguntas, las actitudes, los comportamientos. No es el Salmo 118 la oración de uno que dormita, que se pliega a la costumbre, que ahí está porque ahí lo ha dejado. Es alguien bien vivo por dentro, expectante, ferviente, alterado. Ese interior es necesario para una vida en adhesión al Padre y en adhesión a los caminos humanos.

 

1. Preguntas apasionadas (Kaph: 118,81-88)

 

            Preguntarse con pasión es síntoma de vida. Quien está muerto es quien realmente no pregunta. Lo bueno de las preguntas no es tanto que encuentren respuestas (ojalá), sino que el simple hecho de hacerlas ya es positivo. Significa que estamos ante un interior vivo y, además, se desvela el afán de búsqueda, imprescindible para una vida que merezca tal nombre.

 

81Me consumo ansiando tu salvación,
y espero en tu palabra;
82mis ojos se consumen ansiando tus promesas,
mientras digo: "¿Cuándo me consolarás?"
83Estoy como un odre puesto al humo,
pero no olvido tus leyes.

84¿Cuántos serán los días de tu siervo?
¿Cuándo harás justicia de mis perseguidores?
85Me han cavado fosas los insolentes,
ignorando tu voluntad;
86todos tus mandatos son leales,
sin razón me persiguen, protégeme.

87Casi dieron conmigo en la tumba,
pero yo no abandoné tus decretos;
88por tu bondad dame vida,
para que observe los preceptos de tu boca.

 

            1. La vida humana, cuando bulle, es un montón de preguntas. Ya lo hemos dicho: preguntarse es un síntoma de vitalidad y, por lo mismo, de espiritualidad. Un verdadero creyente que no se hace preguntas, que tiene todas las cuestiones vitales respondidas de antemano, no puede ser un creyente vivo. El salmista hierve por dentro. Las preguntas de siempre (cuándo, cómo, cuánto) se agolpan en su interior. Quizá no encuentre una respuesta directa, pero él espera en la Palabra. ¿Qué le dice esa Palabra para motivar su esperanza? Que las preguntas vitales no caen en el olvido, que Dios acompaña cada uno de sus pasos y que por eso su camino tendrá una salida. La Palabra le dice que sus preguntas no son inútiles, que siga preguntado, pero que la paz no abandone a quien pregunta. La Palabra le dice que a la pregunta por el consuelo hay ya una respuesta de consuelo; que a la pregunta por la duración de la vida, se le dice que sea larga o corta la suya es una vida amparada; a la pregunta por las injurias y males recibidos, se le dice que Dios comparte ese precio y que habrá un final de plenitud. La esperanza en la Palabra no queda defraudada y esa esperanza se va convirtiendo, al filo de los días, en respuesta. Quizá lo que se le diga al salmista sea: no hiervas tanto por dentro por las preguntas, hierve (anímate, entusiásmate, consuélate, fortalécete) por las respuestas que la misma Palabra te va dando. Se le dice que la esperanza en la Palabra no es algo estéril, que de nada sirve, sino que hace tu interior más bullente y más tranquilo a la vez, más encendido y más sosegado, más entusiasta y más equilibrado. Solamente en apariencia esto es paradójico.

            2. Jesús es el hombre apasionado, también el hombre de las preguntas hirvientes (Mt 27,46). Pero, sobre todo, es la persona que ha confiado en la Palabra y ha creído que se cumple y que acompaña fielmente la senda de la vida (Jn 4,50). Hombre bullente y confiado (Mc 3,5), hombre apasionado y tranquilo (Lc 5,3), persona de gran fervor interior y de gran calma en el corazón (Mt 11,25-27). Él supo y aprendió que si el Padre acompañaba, todas las preguntas encontraban una respuesta (aunque no apareciera clara) (Mt 20,23). Él llegó a la conclusión de que lo importante no era tanto hacer preguntas sino ofrecer respuestas. A ello se dedicó con más ahínco: a dar respuestas que no responden a las preguntas, pero que apuntan a la vida. Respuestas que desactivan la pregunta para no enquistarse en esas preguntas y bloquearse a las posibles respuestas que existen. En definitiva, él fue uno asentado más sobre respuestas que sobre preguntas. Nada de esto hubiera sido posible sin la confianza en la Palabra que cree que, en ella, hay una respuesta a las no-preguntas, a las actitudes de vida que se enquistan en la mera pregunta. No habría sido posible, en definitiva, sin una certeza hondísima: el amor del Padre puede ser respuesta real a cualquier pregunta. Lo tuvo por una convicción en su bullente interior; lo mantuvo hasta su último aliento.

            3. La sociedad, las personas, acumulan preguntas, muchas de ellas sin respuestas. Las preguntas se hacen desde el dolor, desde la incomprensión, desde el reproche hacia los otros y hacia el Otro. Por eso, con frecuencia, las preguntas se bloquean y la respuesta (si es que la hay) se oscurece. Preguntar con humanidad, con fe en la palabra del otro, con aprecio y mirada limpia, con deseo de llegar a la luz, podría abrir un cauce, una respuesta, en el tupido telón de lo que se ignora, que es mucho. Una manera nueva de preguntar, un modo nuevo de plantear las cuestiones que nos tocan, que nos hieren, profundamente. Una forma de preguntar unida a la benignidad, a la sintonía, al respeto, a la ternura incluso. ¿Pueden tener respuesta las cuestiones hechas sin ternura? Probablemente no. Y luego, poner más énfasis en las respuestas que en las preguntas, aunque sean respuestas que responden poco. Preguntar es síntoma de interior bullente; responder es síntoma de interior fraterno. Por eso, quien mejor responde es quien más aporta a la fraternidad humana, quien más capaz cree al otro/a de colaborar en una vida solidaria.

            4. Una comunidad de preguntas, de sentido crítico, de deseo de saber. Preguntas hechas con respeto, ecuanimidad, ajuste a las proporciones de la realidad, lo más exactas posible. Una comunidad que pregunta en la mayor sintonía y honradez con lo real, en la mayor coherencia posible o, al menos, en la incoherencia reconocida y clarificada. La comunidad que deja de preguntar se sume en la corriente de la rutina, de la costumbre y del no crecimiento. Pero, más que esto, el anhelo de una comunidad que ofrece respuestas. Aunque fueren modestas, parciales, tímidas, pero que se esfuerza en responder, en aportar soluciones, en colaborar. Lo más importante no es que todo se solucione, sino que se quiera solucionar. Una comunidad que sabe que hay muchos caminos, muchos recursos, muchas posibilidades, sencillas y ocultas, pero reales. No cerrarse en la comunidad en expresiones de derrota: no hay nada que hacer, en mi comunidad no hay solución, no tenemos remedio, dejemos las cosas como están. No resignarse a una vida sin preguntas y, sobre todo, a una vida sin respuestas. La esperanza en la Palabra, la certeza de que para nosotros la Palabra puede ayudarnos a mantener bullente el interior y a la vez pacificado. Una fe en la Palabra que traspasa los ámbitos religiosos para inundar las honduras vitales del grupo, el subsuelo de la vida comunitaria.

 

  • Recorre las líneas del salmo como algo dicho en persona a ti mismo/a.
  • Repite como un estribillo orante: "Espero en tu Palabra".
  • Pregúntate con paz qué respuestas a tus preguntas te va dando la Palabra.
  • ¿Eres pregunta o respuesta en tu comunidad?
  • Sosiégate en el silencio, en la sombra, en la quietud, en la reflexión, en el paseo y vuelve, paciente y agradecido/a, sobre el salmo que te acompaña estos días.

 

 

2. Honda pertenencia (Lamed: 118,89-96)

 

            La pertenencia a la fe, a la vida, a la comunidad es, como dice Radcliffe, una "libertad de pertenecer". No se pierde la libertad natural pero se adhiere uno/a a un proyecto común. Ese tipo de pertenencia trata de suscitar la Palabra: eres libre, pero puedes hacer parte de un proyecto amplio, común, fraterno, cósmico incluso. Honda pertenencia para una vida con mayor sentido.

 

89Tu palabra, Señor, es eterna,
más estable que el cielo;
90tú fidelidad de generación en generación,
igual que fundaste la tierra y permanece;
91por tu mandamiento subsisten hasta hoy,
porque todo está a tu servicio.

92Si tu voluntad no fuera mi delicia,
ya habría perecido en mi desgracia;
93jamás olvidaré tus decretos,
pues con ellos me diste vida;
94soy tuyo, sálvame,
que yo consulto tus leyes.

95Los malvados me esperaban para perderme,
pero yo meditaba tus preceptos;
96he visto el límite de todo lo perfecto:
tu mandato se dilata sin término.

 

            1. El orante cree, y bien, que el tema de la pertenencia a Dios está en colisión contra el olvido. No se puede entender qué es pertenecer no tanto a Dios (como posesión suya), sino a su proyecto incluyente de amor a la vida si uno/a se sumerge en el olvido. Por eso, la Palabra es memorial y dinamismo de recuerdo. Memorial para hacer vida cada día lo que se escribió en otras épocas y en otros contextos; dinamismo para frenar el inexorable deterioro que el olvido impone a la existencia humana. Hay quien piensa que el olvido es nuestro destino natural; pero estamos destinados al recuerdo, a la memoria, al rostro reconocido, al abrazo reencontrado. Interesarse en hacer parte activa del plan, del proyecto de amor de Dios sobre la vida, demanda tener a raya el olvido, de Dios, de la persona, de las cosas, de las promesas, de los encuentros, de las sintonías. Contra todo olvido, ésa es una de las tareas de la Palabra. Y junto a esa lucha contra el olvido, la "meditación", la contemplación que ahonda, la mirada que se vuelve sobre el propio centro para salir luego, como en un trampolín, con toda la energía hacia la vida. Una contemplación que no enajena sino que resitúa en el corazón mismo de la vida, una contemplación de mirada profunda sobre lo que pasa y lo que nos pasa, una contemplación de trascendencia intrahistórica que hace un denodado esfuerzo por bajar lo más posible hasta el fondo de la existencia. En entonces, sin olvido y con contemplación, como el orante puede proclamar con toda certeza: "Soy tuyo/a". Es decir, estoy adherido a tu plan, a tu proyecto, te pertenezco con toda mi libertad, me encanta tu propuesta y no dudo en colocar dentro de ella el dinamismo querido de mi propia libertad. Toda una mística de honda pertenencia que no enajena sino que reconstruye, levanta, dinamiza, enriquece.

            2. ¿Dudó Jesús de su pertenencia al Padre, a su plan, a su designio de amor? Probablemente no. Desde aquel día en que entrevió que el horizonte de su vida era el Reino, allá en su bautismo (Mc 1,9-3), hasta el último aliento puesto en manos del Padre (Lc 23,46), toda su vida perteneció al Padre con su libertad incluida, activa, desbordante. Su pertenencia al plan no mermó su libertad sino que la potenció (Jn 4,34). Hasta llegar a decir que el Padre y él eran uno (Jn 10,22-30) y que lo suyo era del Padre (Jn 17,2). No quiso apartarse nunca de ese camino de mutua pertenencia porque sacarle de ahí era, justamente, encadenarlo, empobrecerlo. La suya, una pertenencia que enriquece. Rompió así esa dinámica destructiva que quiere pensar que pertenecer a Dios es sinónimo de no pertenecerse a sí mismo. Para él, perder la vida era no entender esta pertenencia que recrea y construye a la persona. No funcionaba en esta relación el "do ut des", sino la mayor generosidad y el amor más desinteresado. Sin él, no habría podido captar eso elemental de que entrar al designio del Padre es hacer a la vida el mayor de los favores, la mayor de las entregas y, por ello, llegar a la mayor de las ganancias.

            3. Persiste en la sociedad esa relación dialéctica entre individuo y comunidad. En la medida en que se vaya solucionando a favor de la comunidad, el individuo no perderá su identidad, porque libertad y proyecto común son realidades compatibles. Afirmarse por la individualidad es el camino que habitualmente tomamos, en menosprecio con frecuencia del proyecto común. El camino inverso, hecho con humanidad, podría llevar a un cambio en que la persona no saliera perdiendo, sino potenciada al máximo. No estamos hablando de un colectivismo trasnochado. Estamos queriendo hacer ver, incluso con el apoyo de la Palabra de Dios, que la pertenencia a proyectos fraternos, humanos, creacionales no tiene porqué conllevar la anulación de la persona, libre y singular, sino que puede ser integrada en él. La vida cristiana, misterio de comunión y de diálogo transparente, apunta en la dirección de integrar en proyectos comunes. No sentir esta llamada a lo común es, quizá, síntoma de no haber encajado bien el dinamismo de la Palabra, del Evangelio sobre todo.

            4. Esa dialéctica individuo-comunidad se plantea muy agudamente en los grupos religiosos. Si la Palabra de Dios apunta en la dirección de lo comunitario, también habría de hacerlo la opción por el seguimiento. Con lo que queremos decir que los proyectos fraternos comunes pueden integrar perfectamente los más hondos anhelos personales. Eso sí, será necesario un continuo esfuerzo por entender lo común, en los asuntos más prácticos, como una realidad inclusiva. Vivir en la fraternidad al margen de los proyectos comunes, además de ser algo destructor de la convivencia, es empobrecer a la persona. El proyecto común, la libre pertenencia, es uno de los dinamismos más enriquecedores y potenciadores que puede generar la vida fraterna. Y todo ello con una visión de fe: creemos que el cauce de lo común es la manera de "ser de Dios". No se es de Dios en maneras religiosas, sino en caminos comunitarios. Porque justamente (lo sabemos desde Is 5,1ss) esa es el modo como Dios quiere que seamos suyos/as: siendo del hermano, adhiriéndose al plan fraterno, entrando en el designo universal de vida que alberga desde siempre el corazón del Padre.

 

  • Relee el salmo en todos sus matices posibles.
  • Pregúntate por tu sentido de pertenencia: ¿estructural, espiritual, comunitaria? ¿Te parece "ganancia" el proyecto común?
  • Encaja este tema espiritual: ser de Dios, colaborando en su designio.
  • Vuelve a la Palabra sosegante del salmo. Considérate con suerte de poder estar a su vera.

 

 

VII. CAMINOS

 

            Si hay algo paradójico, desconcertante, ignorado incluso son los caminos humanos y sus porqués. Es, a veces, extraño este ir y venir nuestro por la vida, este andar "extraviados" y luego "volver" a antiguas sendas. No se sabe por qué se elige un camino u otro, porque se desecha aquel y se aprecia éste. Decía Prov 30,18-19: "Tres cosas hay que me desbordan y cuatro que no conozco: el camino del águila en el cielo, el camino de la serpiente por la roca, el camino del navío en alta mar, el camino del hombre en la doncella". Y todos los caminos humanos en general. Misterio hondo de este vivir nuestro. La Palabra quiere ser una ayuda, un ánimo, una iluminación para esos caminos.

 

1. Caminos de humanidad (Mem: 118,97-104)

 

             A veces, apoyándose en la Biblia, se han cometido auténticas execraciones. Es una lectura totalmente desenfocada. La Palabra quiere enseñarnos humanidad, simplemente, honda humanidad. Por eso, no ha de extrañar que el autor del salmo crea que, para él, la Palabra es una instancia viva de humanidad en sus caminos llenos de despiste, aflicción y limitación. Compañera de camino humano, para humanizar esta senda nuestra tentada siempre de inhumanidad.


97¡Cuánto amo tu voluntad!:
todo el día la estoy meditando;
98tu mandato me hace más sabio que mis enemigos,
siempre me acompaña;
99soy más docto que todos mis maestros,
porque medito tus preceptos.

100Soy más sagaz que los ancianos,
porque cumplo tus leyes;
101aparto mi pie de toda senda mala,
para guardar tu palabra;
102no me aparto de tus mandamientos,
porque tú me has instruido.

103¡Qué dulce al paladar tu promesa:
más que miel en la boca!
104Considero tus decretos,
y odio el camino de la mentira.

 

            1. Tiene el orante la clara percepción de que la suya es una vida amenazada de extravío. No puede uno/a alardear de tener las cosas claras, de no volverse atrás de las decisiones, de ser una persona sin fisuras, de no caer en extrañas contradicciones. La vida nos demuestra cada día que esto está siempre en nuestro caminar. Pero él ha llegado, a puro apoyarse en la Palabra a una serie de convicciones: 1) La Palabra "siempre me acompaña", es decir, no me va a fallar, no me va a dejar en mi extravío, no me va abandonar cuando la noche me envuelva como un manto. Es compañera de fidelidad probada que no nos deja tirados cuando mostramos el descarnado esqueleto de nuestra debilidad. 2) Además, la Palabra le hace al orante "sagaz" a la hora de andar por los caminos de la vida. Colabora decididamente al discernimiento. No es una realidad tan oscura como para que no vierta luz en nuestros caminos sedientos de tal luz. 3) Incluso, no bajo amenazas, sino por su fuerza iluminadora, la Palabra nos va alejando de "la mentira", de esa mentira vital de no saber quién soy ni adónde me encamino. Nos aleja de la peor de las mentiras: la del propio no saber,  la zozobra de andar despistados hasta seguir tirando en nuestros días sin horizonte ni porqué. De eso nos libra. 4) De tal manera que nuestra vida, casi insensiblemente, se va alejando de la "senda mala", la senda de la inhumanidad, del corazón como corcho, de la dureza de la mirada, del alma insensible, de una existencia en que los demás realmente no cuentan. De eso nos va apartando la Palabra. No es de extrañar que el orante, entusiasmado, diga que la Palabra es una "delicia mayor que la miel", algo tremendamente agradable y reconfortante porque se ve que los días no son iguales con ella que sin ella. Estamos en las vivencias más fuertes, en las convicciones más sólidas del orante.

            2. A veces se pregunta uno/a por qué Jesús ha sido tan hondamente humano que, por eso mismo, ha sido totalmente divino. Sin duda, como se ve en los Evangelios, la Palabra es una de las razones. Él se ha sentido siempre acompañado por el Padre (Jn 16,32) y por la Palabra (como se ve en Lc 4,14ss). Sus noches de oración (Lc 6,2), sus lecturas en la sinagoga (Lc 4,14ss), sus mismos gritos de gozo (Mt 11,25-27) o de dolor (Mt 27,4) han estado amasados en la Palabra.  Para él la Palabra ha sido motivo de hondos discernimientos, como en el Tabor (Lc 9,29), en Jerusalén (Lc 22,41), o en su vida tentada (Mt 4,1ss). La Palabra le ha hecho veraz, le ha apartado del camino de la mentira, ha odiado el sí que se confunde con el no y el no que se mezcla al sí (Mt 5,37). Miel en la boca ha sido para Jesús la Palabra: desde que, niño, como todos los niños judíos, bebía la lecha de su madre y la leche de la Palabra (según la costumbre de la época en que las madres judías, mientras amamantaban repetían frases de la ley al bebé) hasta el final de su vida en que la Palabra ha sido, en el Sal 22, compañía en el durísimo suplicio (podría haberlo recitado entero). La Palabra se ha mezclado a sus caminos. Sin ella, realmente, no podría entenderse la vida del Jesús histórico.

            3. ¿Hay que decir una vez más que nuestra vida de hoy, la de la familia humana, está necesitada de humanidad? La necesidad es tan perentoria como nunca. Quizá, como hemos dicho en otras ocasiones, las buenas palabras puedan engendrar humanidad. Y también la Palabra. ¿Cómo sería hoy una Palabra para engendrar humanidad? Algo de eso parece que ha querido decir el Sínodo de la Palabra cuando ha formulado sus vivencias diciendo que es voz, casa, rostro, etc. Efectivamente, presentar hoy la Palabra como cimiento de unos postulados dogmáticos es empobrecerla. Es una Palabra para la vida y, por tanto, es en la necesidad misma de la vida (no tanto en los postulados religiosos) donde hay que situarla. Es cosa curiosa que en esta gran crisis religiosa que sufrimos, la prensa airee frecuentemente frases del Evangelio y de la Biblia en general que siguen siendo evocadoras. Una Palabra para contribuir al hecho humano. Desde ahí habría que poner en cuarentena las palabras "inhumanas" del texto bíblico y potenciar las humanas, la certeza de que, en el fondo, la Palabra un regalo del amor del Padre a la historia para que esta crezca en humanidad, en simple bondad.

            4. No descubrimos nada nuevo si volvemos a decir que nuestros caminos fraternos están siempre necesitados de humanidad. Tampoco descubrimos el Mediterráneo si decimos que la Palabra puede ayudarnos a ser más humanos/as. Emplear la Palabra como terapia humanizadora, algo a lo que nos cuesta acostumbrarnos. Aludir a la Palabra, hacerla presente cuando estamos necesitados/as de humanidad en una determinada situación. No tener vergüenza de poner sobre la mesa las palabras de Jesús que nos hacen más humanos/as. Ese es el camino de la verdadera fraternidad y de una fe más honda. Esto nos ayudará controlar nuestra "mentira", a aguzar nuestro sentido de honradez con lo real, a percibir que el acompañamiento que la Palabra hace a nuestra comunidad (por diversos medios) es verdadero, necesario e imprescindible. Hace falta una vibración interior explícita para captar esto como algo verdadero. No hace falta decir que, si esto se da, el disfrute está asegurado, la alabanza saldrá más vibrante porque brotará de las entrañas de lo humano que son las mismas entrañas del creyente, las entrañas de Jesús.

 

  • No te parezcan estas reflexiones sobre lo humano algo "de siempre".
  • Maravíllate del acompañamiento que te hace la Palabra. Recopila momentos, ordinarios y extraordinarios, de acompañamiento de la Palabra.
  • Pide con deseo hondo el apartarte lo más posible de cualquier senda mala de inhumanidad.
  • Repite en silencio, profundamente, "Tu Palabra, más dulce que miel en la boca".

 

 

2. Caminos iluminados (Nun: 118,105-112)

 

            Una de las formas de nombrar el sinsentido humano, el despiste vital, la carencia de norte es decir que se está en la oscuridad. Vivir con luz interior, existencial, no es algo que viene dado de sí. Los caminos iluminados se construyen. La Palabra, según el Sal 118, quiere ser una ayuda para ir llegando a vivir con luz interior, con horizonte, con disfrute. De ahí brotará un sentido nuevo en el caminar humano y creyente.

 

105Lámpara es tu palabra para mis pasos,
luz en mi sendero;
106lo juro y lo cumpliré:
guardaré tus justos mandamientos;
107¡estoy tan afligido!
Señor, dame vida según tu promesa.

108Acepta, Señor, los votos que pronuncio,
enséñame tus mandatos;
109mi vida está siempre en peligro,
pero no olvido tu voluntad;
110los malvados me tendieron un lazo,
pero no me desvié de tus decretos.

111Tus preceptos son mi herencia perpetua,
la alegría de mi corazón;
112inclino mi corazón a cumplir tus leyes,
siempre y cabalmente.

 

            1. Ya lo hemos dicho: el orante de este salmo cree a pie juntillas que la Palabra puede ser una lámpara para su vida, para sus pasos, para sus caminos siempre amenazados de extravío. Ser lámpara no quiere decir que la Palabra hace por nosotros/as lo que a nos incumbe. No, la tarea es nuestra. Pero ella ilumina, descubre los pro y los contra, ayuda al discernimiento, quita las sombras que atemorizan, devuelve la confianza, pone a funcionar nuestro coraje, nos empuja a encarar las situaciones de la vida con decisión, nos asegura el amparo del Padre en nuestro caminar diario. No es baladí toda esta obra de iluminación que hace la Palabra. El orante no duda de ello. Para él la lámpara de la vida no es tanto la ciencia, el poder, la fuerza. La humilde Palabra, en su silencio y soledad, en su mudez, en su discreción es la verdadera lámpara, la que realmente pone luz en su, a veces, perplejo caminar humano. Y ¿cómo lo hace? Primeramente, dando vida, apoyando la vida en todas sus formas, llamando a la vida, empujado a hacer profesión de fe en el valor de la vida, por modesta que sea.  En segundo lugar, sosteniendo en el peligro, avisando de él, preservando con su experiencia, dando ánimos para reconocer la caída en el mismo y abriendo la posibilidad de un nuevo comienzo. En tercer lugar, generando alegría en el corazón, haciendo una siembra de gozo en el, con frecuencia, duro caminar humano. Finalmente, inclinando el corazón al camino de la Palabra, estableciendo una unión sólida, deseada, entre el texto y la vida, haciéndole ver que la Palabra es uno de los mejores aliados de la existencia, hermana y amiga fiel que siempre está de nuestro lado. Lámpara es la Palabra, ¿qué sería nuestra vida humana y creyente sin ella? La oscuridad amenazaría, la luz se alejaría.

            2. No cabe duda de que la vida de Jesús ha sido iluminada por la Palabra. Lo sabemos, todos los actos más importantes de su vida han ido precedidos de la Palabra: el inicio de su ministerio (Mt 4,1), la elección de sus discípulos (Lc 6,12), la decisión de ir a Jerusalén (Lc 9,51). Sus momentos personales más marcantes han estado envueltos en la Palabra: su bautismo (Lc 3,22), su entrega a la propuesta del reino (Lc 4,14), su misma muerte (Mt 27,46). Realmente la Palabra ha sido para Jesús instancia de iluminación. Sin ella no habría podido entender la primariedad de la misericordia (Mt 9,13); sin ella no habría tenido fuerza para defender a los débiles contra los opresores (Lc 9,11); sin ella no habría podido tenerse en pie en sus crisis externas e internas (Mt 16,23); sin ella no habría entendido la libertad de manera tan radical (Lc 6,5); sin ella no habría deseado con tanta vehemencia el fin de las desventuras de los pobres (Mt 5,3); sin ella no se habría sentado a la mesa de los pecadores sin prejuicio alguno (Lc 7,34); sin ella no habría podido mantener viva la utopía (Mt 10,23); sin ella no habría llamado, sentido y vivido a Dios como Padre (Mc 14,36).

            3. ¿Está necesitada nuestra sociedad de esa luz viva que ilumine sus pasos? Siempre lo ha estado. Desde los tiempos ignotos en que descubriera el fuego y lo domesticó para ahuyentar las sombras amenazantes de la noche hasta los sistemas de pensamiento más alambicados que ha forjado la mente humana para poner un poco de sentido en esta vida, para iluminar ese tránsito de "la inexistencia a la inexistencia" como algunos conceptúan la vida (Gamoneda). Para muchas personas la vida es un error, un hermoso error en el que hay cosas buenas, pero error al fin y al cabo. La Palabra, humildemente, dice a quien quiera escucharle que no, que no es un error vivir, sino una suerte, que no se camina a la inexistencia sino a la plenitud, que el horizonte de la vida no es la oscuridad total sino la luz viva. Hay lámparas humildes, pequeñas luces en medio de la niebla, pero que son muy útiles para orientarse, para tropezar menos. Así es la Palabra. ¿Cómo vivir y presentar hoy una Palabra que ilumina, lejos de fanatismos religiosos o de imposiciones ideológicas? ¿Cómo decir al ciudadano/a de hoy que en la Palabra hay una posibilidad de sentido, de amparo, de ánimo, de empuje? Quizá haya que antropologizar la Palabra, hacerla pasar más por el cauce humano, mezclarla más a la vida. De esa mezcla puede brotar algo nuevo.

            4. Para la vida fraterna la Palabra ha de ser instancia real de iluminación. No solamente herramienta religiosa que aglutine los horarios orantes de los hermanos/as. Palabra para el discernimiento, para el amparo, para el análisis comunitario. Argumento que ilumine, tanto, al menos, como otros argumentos que manejemos. La Palabra ha de ser estilete acerado que pinche en nuestras contradicciones vitales, amparo amable que cure nuestros desgarros, consuelo y gozo que aumente nuestro disfrute comunitario. Quizá sea mucho decir, pero una manera de entender el sentido de nuestro vivir en común fuera el de una comunidad volcada, en torno al Mensaje. ¿Qué saldría de ahí? Una visión nueva de Jesús, una visión distinta, profunda, de la persona del hermano, un sosiego mayor, una alegría sencilla y honda, un disfrute continuado, un ánimo para nuestros días, ya cargados de peso. La Palabra es tenaz. Se ofrece cada día como lámpara, hasta que le abramos la puerta, hasta que le dejemos iluminar. No habría que temer, pues es Palabra benigna, que nos quiere y desea lo mejor para nuestra vida. No es luz que ciegue y condene, sino iluminación amable que reconforta y anima.

 

  • ¿Cómo suscitar agradecimiento sentido hacia la Palabra?
  • Repite, escribe, agradece eso de que "la Palabra es lámpara".
  • Haz propósito de encender cada día ese "candil" de la Palabra, tu lectura personal del texto.
  • Que la Palabra pueda ir siendo, de manera real, el centro espiritual del grupo fraterno.

 

 

VIII. NECESIDAD

 

            La historia humana es, en su lado débil, una carencia y, en su lado hermoso, un indudable pero parcial logro. No ha de extrañar que el orante de este salmo oriente su plegaria al anhelo de colmar su necesidad para que sus carencias sean menores. ¿De qué se ve necesitado el orante, nosotros? De apoyo y de inteligencia, de amparo y de lucidez, de abrazo y de lectura sosegada de los caminos de la vida. Demandar ayuda en la necesidad es, de alguna manera, comenzar a recibir el socorro.

 

1. Necesitados/as de apoyo (Samek: 118,113-120)

 

            La percepción de que nuestra vida flaquea es constante. La necesidad de apoyos de toda clase, evidente. Cree el orante del Salmo que la Palabra es, ya desde ahora, un apoyo auténtico. Sin ella, la vida creyente se vuelve más frágil. En realidad, la Palabra es el apoyo, el más decisivo.

 

Detesto a los inconstantes
y amo tu voluntad;
tú eres mi refugio y mi escudo,
yo espero en tu palabra;
apartaos de mí, los perversos,
y cumpliré tus mandatos, Dios mío.

Sostenme con tu promesa, y viviré,
que no frustrada mi esperanza;
dame apoyo, y estaré a salvo,
me fijaré en tus leyes sin cesar;
desprecias a los que se desvían de tus decretos,
sus proyectos son engaño.

Tienes por escoria a los malvados,
por eso amo tus preceptos;
mi carne se estremece con tu temor,
y respeto tus mandamientos.

 

            1. Cuando el orante tiene a la Palabra por apoyo no hace sino constatar algo que la historia de Israel confirmaría: sin la Palabra, este pueblo habría desaparecido (sin el Evangelio, la comunidad cristiana se habría esfumado). De modo que la Palabra no solamente ha sido su apoyo personal, sino el apoyo de toda la historia de su pueblo, el quicio de su aventura histórica. Cuando Israel no se ha entendido como pueblo apoyado en la Palabra, cuando sus días han estado lejos de la Alianza, es entonces cuando ha caminado al abismo de su ruina (en el Exilio, por ejemplo). Y, al revés, cuando la Palabra se ha unido a sus caminos de vida, es cuando más ha prosperado espiritualmente (en el Posexilio, por ejemplo). La Palabra era el rostro del anhelo de Dios por construir una sociedad alternativa, fraterna, distinta. Tener la Palabra por apoyo hace más posible y cercano ese sueño. Y, concretamente, ¿cómo la Palabra es apoyo para el orante, cosa que provocará, a su vez una vida personal en mayor apoyo en la Palabra? Tres caminos: a) en primer lugar, la Palabra es refugio. Decir que es refugio no implica desconexión de la realidad, inhibición, alejamiento. No es refugio que aísla y lleva al desentendimiento. Más bien es refugio para el encuentro, para la corresponsabilidad, para el gozo compartido. Es, en definitiva, trampolín para la vida. b) en segundo lugar, la Palabra es sostén, apoyo para los lados más débiles de la persona, dique de contención para lo que amenaza ruina, muleta para los de piernas vacilantes, todos/as. c) finalmente: la Palabra es estremecimiento no tanto por el temor, sino a causa del amor que suscita. Cuando la Palabra nos estremece, nos toca dentro contribuye al fortalecimiento de nuestras opciones más válidas. De todos modos, el apoyo de la Palabra únicamente es perceptible cuando uno/a se abre ante ella, cuando la decisión de ir al encuentro personal con ella se ha vuelto irrevocable.

            2. Jesús, lo hemos dicho, no puede ser entendido sin la Palabra. ¿Se ha sentido él realmente apoyado por esa Palabra? Recorramos, a grandes zancadas, el Evangelio de Marcos: A Jesús le ha apoyado la figura bíblica del "siervo de Yahvéh" en su bautismo (Mc 1,11), en la transfiguración (Mc 9,27), en el momento de su cena final (Mc 14,24). Ha recibido un gran apoyo del profeta Isaías cuando ha tratado de comprender la cerrazón del pueblo de Israel a su propuesta (Mc 4,12) y cuando ha puesto en claro la hipocresía de sus paisanos fariseos (Mc 7,6-7). Los Salmos también han acudido en su ayuda espiritual cuando es interrogado ante las autoridades (Mc 12,36) o en el mismo momento de su muerte (Mc 15,34). Como era de esperar, Jesús ha recibido amparo de la Torá, de la Ley, cuando reivindica la más estricta igualdad entre hombre y mujer (Mc 10,7-8), cuando propone a Dios como Dios de vivos (Mc 12,26), cuando resume la Ley y equipara el mandamiento del amor a Dios y el del prójimo (Mc 12,32-33). Hasta los escritos tardíos le han amparado: cuando profetiza su propia soledad del final y la dispersión de los discípulos (Mc 14,27: Zacarías), cuando es juzgado como "yo soy" y anuncia su plenitud por encima de su pobreza (Mc 14,62: Daniel).  La Palabra no le ha dejado sólo en los momentos de más necesidad. Ha sido su amparo, su apoyo indefectible, su abrazo siempre ofrecido. Quizá por eso terminara por aceptar el designio del Padre, camino harto difícil.

3. ¿Necesita la sociedad de hoy apoyos en su propia estructura interior? Sí, en proporción a su innegable debilidad. En la actual situación de crisis financiera y económica que sufre el mundo, son muchos los analistas que dicen que lo que realmente pasa es que hay una formidable crisis de valores. O mejor. La crisis económica deja ver descarnadamente los fallos hondos de solidaridad, respeto, socorro, humanidad, que afectan a los caminos humanos. La Palabra no puede ayudar a solucionar una crisis financiera. No es ese su cometido. Pero tiene algo que decir sobre los valores primordiales sobre los que sea sienta una sociedad. Y a quien quiera escucharla, la Palabra hace propuestas concretas de generosidad, de servicio, de ayuda, de valoración de lo común. No es de extrañar que este marasmo suenen con frecuencia palabras evangélicas como valores con capacidad de orientación. Y si no suenan explícitamente, el fondo sí que suena. Escuchemos, por ejemplo, esta frase de Edwar de Bono que se dedica a dar cursos a empresarios y ejecutivos. El artículo se titula "¿Todavía no ha cambiado de paradigma?". Cuando el periodista le pregunta a qué se refiere cuando habla de cambio de paradigma, él responde textualmente: "Ahora mismo, el gran reto que exige el mundo es que la humanidad cambie de paradigma, es decir, que cambie nuestra manera de ver y de interactuar con la realidad, aprendiendo a diseñar el futuro en consonancia con nuestros verdaderos valores y necesidades humanas. No podemos seguir funcionando desde nuestro egoísmo y egocentrismo. Es hora de funcionar desde el "nosotros", desde la cooperación y el altruismo, a partir de lo que podemos crear verdadero sentido a nuestra existencia".

4. No nos cabe duda de que nuestras comunidades encuentran en la Palabra un apoyo real, vital (no solamente de estructura religiosa) en la Palabra. Sin la Palabra, los carismas no habrían podido sobrevivir. Pero aún es necesario el esfuerzo de revitalizar el apoyo que es la Palabra. Eso significa, verlo personalmente como apoyo real del propio camino personal, percibir la Palabra como elemento amado, deseado, insustituible en el camino de la comunidad. Organizarnos colectivamente como congregaciones que en las que la Palabra cuenta. Hay todavía que trabajar. Y cuando se habla de "trabajar" tal vez no se refiera, principalmente, a estudiar, rezar, leer el texto bíblico. Hay que trabajar el propio interior, hay que ablandarlo, hay que hacerle ver de manera viva lo necesitado que está de apoyo y la posibilidad que tiene a la mano en la Palabra. Con un interior sensible, el apoyo de la Palabra es mucho más eficaz. Y si se da este apoyo, ¿cómo no van a retroceder el miedo, la desconfianza, los malos tragos, el desasosiego, la frialdad, las variadas rutinas, la sequedad de corazón, toda esa serie de "plagas" que, de una manera u otra afectan a nuestros días? "Dame apoyo...". No habríamos de cansarnos.

 

  • ¿Qué sería realmente una comunidad apoyada en y por la Palabra?
  • ¿Crees que tu decisión de andar el camino de la Palabra es ya irrevocable?
  • Repite sin atisbo de pudor: "dame apoyo...dame apoyo".
  • Contagia, en lo que puedas, entusiasmo por la Palabra a tu alrededor.

 

 

 

 

2. Necesitados/as de inteligencia (Ain: 118,121-128)

 

            Cuando decimos que estamos necesitados/as de inteligencia no nos estamos refiriendo a aspectos técnicos sino a ese "olfato" para andar por la vida con sabiduría: la sabiduría de no quedar atrapados/as en la superficie, la sabiduría de leer corazones y actitudes de amor, la sabiduría de asumir con equilibrio las limitación y con deleite los gozos. Una inteligencia para humanizarnos más, para sosegarnos más, para animarnos más, para curarnos más. Algo de eso anhela este orante que cree que en la Palabra puede ir viniéndome esa fuente de sabiduría tan necesaria.


121Practico la justicia y el derecho,
no me entregues a mis opresores;
122da fianza en favor de tu siervo,
que no me opriman los insolentes;
123mis ojos se consumen aguardando
tu salvación y tu promesa de justicia.

124Trata con misericordia a tu siervo,
enséñame tus leyes;
125yo soy tu siervo: dame inteligencia,
y conoceré tus preceptos;
126es hora de que actúes, Señor:
han quebrantado tu voluntad.

127Yo amo tus mandatos
más que el oro purísimo;
128por eso aprecio tus decretos
y detesto el camino de la mentira

 

            1. La vieja sabiduría bíblica no es una sabiduría de escuela. Eran tiempos en que la sabiduría se cocía en la calle, en la vida, en el marco social. Por eso, es normal que el orante se vea necesitado de la inteligencia que le puede permitir vivir con sentido su existencia personal. Está necesitado de sabiduría porque la senda humana está amenazada de extravío, de engaños, de trampas, de cepos que uno mismo se pone. Una inteligencia para descubrir algo elemental: que el amor de Dios es el que sustenta, da sentido, y empuja a una existencia de amor. ¿Puede la Palabra ayudarnos en el aprendizaje de esa lección básica, inteligente, de orientar la vida desde el misterio del amor? El orante cree que sí. Por eso ora con fuerte anhelo: "Dame inteligencia". ¿Cómo puede la Palabra darnos esta inteligencia vital, creativa, orientadora? De tres maneras: a) Porque por ella sabemos que Dios "da fianza" a favor de la persona. Ha hecho una apuesta por ella, ha unido estrechamente su éxito al nuestro, ha quemado las naves viniéndose a situar en nuestra orilla, en nuestro barrio. ¿Cómo no va a dar fianza por nosotros habiendo hecho una apuesta tan irrevocable? b) Nos da esa inteligencia nueva de la vida porque nos "trata con misericordia", porque su trato no es altivo y chulesco, sino humilde y generoso. De ahí que la inteligencia que demanda el orante y que cree que viene por el cauce de la Palabra ha llevar a una vida en creciente humildad (que no humillación) y piedad (para con la persona y para con el mismo Dios). c) Y, finalmente, nos viene la inteligencia en la certeza de que Dios "actúa", es un Dios implicado, le importa lo nuestro, se duele con nuestro fracaso y se alegra con nuestros gozos. No es un Dios ajeno a la existencia pobre de la historia, sino mezclado a ella. De ahí que la Palabra nos reafirma en la certeza de ese Dios implicado. Confianza, piedad, implicación: he ahí los caminos que utiliza la Palabra para darnos inteligencia; he ahí las demandas que la Palabra nos hace en nuestra propia vida.

            2. En Jesús vemos a esa persona "inteligente" que ha funcionado al ritmo que marca la Palabra. Él no ha sido persona de escuela, de formación técnica, de sabiduría consagrada. Uno de tantos, también en eso. Sin embargo, ha sido "inteligente" funcionando en los modos de la confianza. Ha confiado en sus discípulos, desde su llamada (Mt 4,19) hasta su vuelta ya resucitado (Mt 28,18-20); ha confiado en su pueblo, por eso les ofreció la posibilidad del reino (Mt 4,17), aunque luego le traicionara hasta con juramento (Mt 27,25); en su familia con la que vivió casi toda su vida (Mt 2,23), aunque no terminaran nunca de entenderle (Mt 12,46-50); ha confiado hasta en los mismos pecadores con quienes se sentaba a la mesa libre de prejuicios (Mt 11,19), e incluso en las autoridades, aunque instara a no copiar sus cuestionables comportamientos (Mt 23,3).. No importa que, como decimos, todas estas instancias hayan terminado por abandonarle. Él no les ha retirado la confianza ni por su fallo (Pedro: Lc 22,32), ni por su lejanía (los discípulos que huyen: Mc 14,27), ni por su incomprensión (Hech 1,6). Ha sido "inteligente" por su gran piedad. Piedad para con Dios a quien llamaba "Abba", el modo de amor (Mc 14,36), y para con la persona, cuyo corazón leía desde la perspectiva de la más honda necesidad (Mt 18,12-14). Ha sido "inteligente" implicándose totalmente, sentándose a mesas controvertidas (Lc 7,36-50), frecuentando personas marcadas (Mc 1,40-45), tocando desgracias que acarreaban impureza (Lc 7,14), dejándose tocar por gente tenida por impura (Lc 7,39), mezclándose a los caminos polvorientos de la vida (Mc 9,32). Inteligente para entender su camino ante Dios y para acoger el camino humano. ¿Lo habría conseguido sin el amparo de la Palabra, sin la luz de la oración, sin el aliento que brota de la soledad orante? Probablemente no. Quizá en sus noches de oración él repetía la misma plegaria de este salmo: "Dame inteligencia", enséñame cuál es el camino, dime cómo he de tratar a los débiles y pecadores, ayúdame a saber qué esperanzas tengo que suscitar en el corazón de los marcados por el estigma de la pobreza.

            3. También la sociedad necesita, hoy y siempre, esa inteligencia vital para vivir de maneras nuevas, confiadas, generosas, piadosas, implicadas, amparadoras. ¿Hay posibilidad de vivir así? La hay. Decía R. Montero en una columna reciente titulada "María y la vida": "Acabo de reencontrarme con una buena amiga de juventud a la que hacía 30 años que no veía y de la que no sabía nada. Vive sola con dos perros en una urbanización modesta y remota junto a un pueblo perdido de Toledo, sin coche, sin Internet, con una nevera roída por el óxido que parece chatarra pero que enfría bien, cultivando sus propias verduras en un huerto minúsculo, viviendo en el más desnudo filo de una economía de subsistencia. La última vez la vi en la estación de Atocha, ataviada con un mono fabril color butano y tomando un tren camino de la India. Ahora me he enterado de que ha vivido muchos años en Goa y en el Himalaya, y en Italia y en Madrid y de nuevo en la India. Ha atravesado a pie Afganistán, ha desempeñado diversos trabajos, ha dado clases ella misma a sus dos hijos, que no fueron nunca escolarizados. El mayor decidió ser físico, y a los 15 años se examinó en un instituto madrileño para incorporarse directamente al Bachillerato. Sacó los mejores resultados en décadas. Ha hecho la carrera con notas espectaculares y ahora está terminando el doctorado. Se diría que mi amiga les supo educar. También en el cariño: sus dos hijos y sus dos nietos la visitan mucho. Se ha pasado los últimos nueve años cuidando, ella sola, a su compañero, paralítico y enfermo. Él murió hace un mes. Llevaban juntos 33 años. Pintaba y escribía, como mi amiga. La casa está llena de cuadros de los dos, impresionantes cuadros simbolistas de intrincado detalle. Esta casa de austeridad espectral que es la antítesis de nuestra sociedad del desperdicio. De la misma manera que mi amiga, con su vida excéntrica de cometa libérrimo, es la antítesis de lo artificial, de lo convencional y lo superfluo. Hay una especie de sencilla pureza en ella, una autenticidad que corta como una cuchilla. Sí, hay otras maneras de vivir. Se llama María".

            4. ¿Y nuestra vida comunitaria tiene necesidad ahora mismo de esa inteligencia honda que demanda la Palabra? Cómo no. La necesitamos para alejar miedos, para controlar ansias de poder, para desvelar (tarea de siempre) los raros caminos del corazón de los hermanos/as, para encontrar más sentido a nuestros planteamientos más elementales, para tener a raya el desaliento por nuestras limitaciones o carencias. "Dame inteligencia". También ésta habría de ser plegaria de nuestras comunidades, de nuestras Congregaciones.

 

  • En el secreto y silencio de tu cuarto, de tu capilla, en el rincón del campo, ora: "Dame inteligencia...".
  • Anímate a confiar más, a ser más indulgente, a verte más implicado. Por esas sendas viene la "inteligencia".
  • Valora a tus hermanos/as, sobre todo, por esta inteligencia para vivir de una forma que humaniza.
  • Créete amparado/a por la Palabra, sostenido por ella.

 

 

 

IX. PROMESAS

 

            Por mucho que las personas desconfiemos de las promesas (¡tantas veces nos han fallado, tantas hemos fallado!), éstas son necesarias. ¿Podríamos vivir sin promesas, sin el horizonte de lo utópico, sin los sueños por darse? Creemos que no. La Palabra alimenta la promesa y vuelve a nosotros/as cargada de esperanza. No es falsa su promesa, sino repleta de posibilidades. Eso sí, es una promesa implicativa, demanda nuestra colaboración. Si no, la promesa se queda a la espera.

 

1. Promesa que asegura (Phe: 118,129-136)

 

129Tus preceptos son admirables,
por eso los guarda mi alma;
130la explicación de tus palabras ilumina,
da inteligencia a los ignorantes;
131abro la boca y respiro,
ansiando tus mandamientos.

132Vuélvete a mí y ten misericordia,
como es tu norma con los que aman tu nombre;
133asegura mis pasos con tu promesa,
que ninguna maldad me domine;
134líbrame de la opresión de los hombres,
y guardaré tus decretos.

135Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
enséñame tus leyes;
136arroyos de lágrimas bajan de mis ojos
por los que no cumplen tu voluntad.

 

            1. El orante tiene clara conciencia de su fragilidad, de lo, a veces, resbaladizo de sus caminos, de los frágiles apoyos vitales sobre los que se asienta su existencia. Él también busca una seguridad que no tiene. La Palabra puede ser ése apoyo sólido que hambrea. Pero, ¿cómo puede la Palabra asegurar sus pasos? Siendo para él promesa, horizonte, utopía, anhelo. Sabe muy bien el orante del salmo que esa promesa es implicativa, que no va a lograr caminar seguro sin que él ponga de su parte todo lo que pueda. Pero si nadie le asegura que su camino vital se orienta a buen puerto, ¿cómo van a brotar en él las ganas de construir un camino humano, rico, fraterno? La Palabra asegura los pasos diciéndole que hay salida, que el horizonte es la dicha, que la plenitud está reservada a la persona, que esta existencia nuestra no es un extravío. Hay a quienes les puede parecer esta promesa algo inservible, porque vuelan a ras de tierra. Pero quien tiene conciencia de ser algo más que el mero pasar los días, esta promesa de horizonte, de plenitud, de dicha, le viene estupendamente para esponjar el alma, para respirar profundamente, para levantar los hombros. ¿Cómo nos asegura la promesa que es la Palabra? De tres maneras: a) Dándonos respiro, quitándonos cien años de encima. La Palabra nos libera de esa sensación de pesadumbre que fácilmente se pega a nuestra vida como las nieblas a la cumbre del monte. b) Nos asegura volviéndose  hacia nosotros. La Palabra es algo vuelto hacia nosotros, viene en socorro nuestro, se inclina sobre nuestros caminos, le interesan nuestros pasos en este discurrir por los años. No es la palabra algo hierático, rígido, desentendido de nuestros afanes. Es benevolencia que se vuelve, amparo que se cierne sobre nuestra vida, abrazo que envuelve. c) De tal manera que la palabra es rostro que brilla sobre nuestra vida. Y su brillo se contagia a nuestro rostro iluminándolo, haciéndolo radiante, de vivacidad contagiable, de ánimo  compartido. Así va asegurando nuestros pies, nuestros caminos y comportamientos, esa Palabra cargada de promesas, de futuro, de anchura. ¿Es esto creíble, pasa de ser algo meramente poético? Para el salmista esto es tan real que lo hace cimiento de su experiencia creyente. Él no hace poesía para la galería, sino que vierte en la oración sus certezas y sus anhelos, todo mezclado.

            2. ¿Ha sido Jesús una persona que ha vivido en las promesas del Padre? Sin duda. ¿Qué le ha prometido el Padre a Jesús? Cosas que se han vuelto también promesa para nosotros, porque lo bueno del asunto es que las promesas de Jesús son nuestras promesas verdaderas. Él ha sido para nosotros/as Palabra real que promete. A Jesús le ha prometido el Padre una dicha honda; por eso luego él ha prometido la misma dicha a los pobres (Mt 5,3). Le ha prometido y dado una paz sosegante, que luego él ha animado a darla como signo inequívoco del Reino (Mt 5,13). Le ha prometido una fraternidad básica en la historia humana que luego ha de verse reflejada en la certeza de que el Padre es uno y las personas hermanas sin más (Mt 23,8). El Padre le ha prometido un amparo indefectible que Jesús cree ciertamente que nunca le ha fallado (Jn 16,32). Ha recibido y experimentado la certeza de un encuentro hondísimo con el Padre como él mismo lo confirma diciendo que ambos son uno (Jn 10,30). Otra promesa del Padre ha sido una alegría inarrebatable, más allá de toda pena, y que será patrimonio de los mismos discípulos (Jn 16,22). Finalmente, ha prometido a Jesús, y por él a nosotros/as, un "hogar"  donde vivir con entrañable intimidad con ese Dios que hemos buscado, a veces, por caminos tan perdidos (Jn 14,2). De estas promesas que aseguran nuestros pasos dice Jesús que ha venido a dar testimonio (Jn 18,37). En sus promesas salimos nosotros/as beneficiados. ¿Qué hubiera sido de la vida de Jesús sin este trasfondo de promesas? ¿Habría podido aguantar el embate de sus propias crisis, de sus  hondos desconciertos? ¿Habríamos podido "heredar" nosotros esta promesa? (Rom 8,7).

            3. Nuestra sociedad tiene a gala no hacer caso de las promesas porque las considera engañosas, por siempre incumplidas. Sin embargo, se vuelve a prometer (por ejemplo en el caso de la política) y se vuelve a esperar su cumplimiento. Quizá, por encima de todo desencanto, perviva el anhelo y la necesidad de las promesas. Estamos necesitados de promesas que, de alguna manera, se cumplan. La Palabra puede ser presentada con ese arraigo antropológico que constituya una promesa de dicha honda. Eso sí, hay que decir claramente que sus promesas implican a la persona y que no han de darse sin su decidida colaboración. Es preciso desmontar la idea religiosa, fuertemente arraigada, de que la promesa divina nos va a traer lo que nosotros no trabajamos por poner en pie. Eso puede ser pura magia que nada tiene que ver con la fe en la promesa de la Palabra. ¿Sirve una promesa que demanda nuestra colaboración? Quizá haya que decir que es la única clase de promesa fiable. La otra, la que promete el oro y el moro como llovidos del cielo, es para desconfiar.

            4. La promesa de la Palabra asegura también los pasos de nuestra comunidad fraterna, porque nuestras comunidades tienen, con cierta frecuencia, la sensación de caminar por terrenos inciertos, resbaladizos. La promesa de la Palabra nos confirma, con la expresión del poeta, que "no es vano andar por camino incierto". Los caminos inciertos de abrir y cerrar, de una nueva espiritualidad, de una adecuación al momento presente, de nuestras inevitables fusiones, de una sensibilidad distinta a la heredada, de un modo de relación más franco, familiar y directo. No es vano andar por esos caminos que van cargados de interrogantes. La Palabra nos lo confirma. Y también nos emplaza. Nos interroga sobre si vivimos la relación con la Palabra como una relación liberadora o no, si el contacto con la Palabra nos hace más ágiles para volvernos a la realidad y a la persona del hermano/a, nos hace la pregunta de si irradiamos utopía, anhelo y búsqueda. Si respondiéramos negativamente a estas cuestiones la Palabra nos diría: hermano/a, si tú no te implicas, mi promesa queda reducida a casi nada, tiene que esperar a que tú entres en su dinámica, en su órbita. Quienes tenemos a diario la Palabra en la mano habríamos de responder con decisión: queremos colaborar con la Palabra que asegura nuestros pasos; es una suerte poder hacerlo. Si es así, ya estamos ya en el buen camino de las promesas de Dios.

 

  • Que te ilusionen las promesas de la Palabra; que te animen a implicarte en ellas.
  • Reza con buen ánimo: "Asegura mis pasos en tus promesas".
  • Repasa las promesas que Dios te ha hecho y mira si se van cumpliendo en tu vida.
  • Agradece al Dios fiel que cumple lo que promete, siempre que nosotros entremos en su planteamiento liberador.

 

 

2. Promesa acrisolada (Sade: 118,137-144)

 

            La promesa de la que habla la Palabra no es cualquier promesa. Es una promesa acrisolada, discernida, pasada por el tamiz de una fuerte revisión. ¿Qué elemento principal es el que produce un saludable discernimiento?: ese elemento es la justicia. Como veremos, eso es lo determinante para adherirse o no a una promesa. Por eso se puede decir que la promesa de la Palabra entronca con lo más profundo de lo humano, la vida en justicia, haciendo que no caiga en el peligro de algo fantasioso pero sin arraigo antropológico.

 

137Señor, tú eres justo,
tus mandamientos son rectos;
138has prescrito leyes justas
sumamente estables;
139me consume el celo,
porque mis enemigos olvidan tus palabras.

140Tu promesa es acrisolada,
y tu siervo la ama;
141soy pequeño y despreciable,
pero no olvido tus decretos;
142tu justicia es justicia eterna,
tu voluntad es verdadera.

143Me asaltan angustias y aprietos,
tus mandatos son mi delicia;
144la justicia de tus preceptos es eterna,
dame inteligencia, y tendré vida.

           

            1. Las promesas corren grave riesgo de descrédito si no se las sitúa en un marco de discernimiento. Somos, lo hemos dicho, tendentes a la fantasía, al falso sueño, al mesianismo que, desde fuera, va a arreglar todos nuestros problemas. Las promesas que sustentan esos planteamientos caen, indefectiblemente, en descrédito porque les falta algo esencial: la implicación de la persona. Una promesa desimplicada se desautoriza. Al contrario: una promesa que suscita implicación es una promesa con garantía. Las promesas de la Palabra son de esta segunda clase. Y la implicación la produce porque se valora desde el parámetro de la justicia. Ése es el gran logro de la espiritualidad de la promesa del Salmo: sin justicia, la promesa se devalúa; sin implicación en la justicia, la promesa es un vocablo vacío de realidad. ¿Cómo se acrisola la promesa por la justicia? Por tres caminos: Primeramente, la promesa ha de tener una voluntad de verdad.  Si la promesa encierra, en cualquiera de sus pliegues, el veneno de la falsedad, no solamente resulta contraproducente, sino que es injusta. Y con ello, la promesa se convierte en lo contrario a lo que está destinada: estaba destinada a suscitar ánimo y termina llevando a la persona por sendas de extravío. En segundo lugar, la promesa es estable, sosegante, generadora de equilibro, alentadora desde la sensatez. Una promesa loca, descerebrada, enajenada, no es la promesa que se acrisola en la justicia. Es un frenesí que lleva a una extraña danza, aquella que va de realidad en realidad sin engendrar nada. Y finalmente, la promesa se acrisola por la justicia eterna de Dios, una justicia que tiene en cuenta siempre el derecho de las víctimas que no mengua con el tiempo, sino que, con él, reclama lo suyo con sus intereses. Cuando la promesa apunta al socorro de las víctimas, de cualquier víctima, estamos ante una promesa auténtica.

            2. ¿Han sido las promesas de Jesús en los Evangelios de esta clase de promesas acrisoladas por la justicia? Algo de esos vemos en sus páginas. Recordemos algunos trazos: Hay que decir que Jesús ha sido duro con planteamientos, con promesas (de vida eterna incluso) que no incluían a las víctimas. En Lc 16,19-31 (el pobre Lázaro) se ve la convicción de que no hay nada que hacer con quien quiere mezclar promesa e injusticia. Las malaventuranzas de Lc 6,24-26 lo confirman. Por eso ha llamado bienaventurados a quienes padecen por la justicia (Mt 5,10) diciéndoles que de ellos "es ya" (en presente) el reino de los cielos. Ha puesto como ideal de la propuesta del reino el buscar primero el reino y su justicia (Mt 6,33), porque ahí está la clave para comprender la formidable promesa de un reino nuevo. Ha proclamado un tipo de justicia compatible con el amor, no excluyente, que solamente la generosidad de Dios es capaz de hacer semejante mezcla (Mt 20,15). En alguna ocasión ha hablado del pecado contra el espíritu que es "imperdonable" (Mc 3,29). Ese pecado tiene que ver algo con una inhumanidad revestida de promesa, de sueño, de utopía. Se muerde en ese cebo y se queda atrapado en el anzuelo de la injusticia. Eso es gravísimo. De manera que se puede decir que las promesas de Jesús han estado realmente acrisoladas por la justicia, por esa sed de verdad que anida en el fondo de su existencia y por una hondísima sensibilidad para con la suerte de las víctimas.

            3. Nuestra sociedad parece muy sensible a la realidad de la justicia. Su demanda se hace desde todos los lados y públicamente. Eso es bueno. Pero muchas veces no termina uno de desprenderse del sentimiento de que cuando se está pidiendo justicia, en realidad, lo que se está demandando es venganza. Una promesa de humanización, de bondad básica, de ternura, no puede caer en esa trampa. Por eso, es preciso poder decir al justo y al injusto, a la víctima y al victimario, que la justicia es la garantía de que ambos puedan salir un día regenerados, aquella en su derecho a ser satisfecha, ésta en obligación de satisfacer. ¿Cómo hacer esto? Únicamente si perciben que es posible a los humanos vivir estilos de vida, a la vez, justos y amorosos, comprensivos y serios a la vez. No es fácil el equilibrio entre ambas realidades, pero es preciso intentarlo para que la promesa de poder vivir como humanos no sea una quimera o, peor, una trampa que encubra realidades inconfesables.

            4. La vida fraterna habría de acrisolar su fe en las promesas de Jesús con una vida comunitaria lo más justa posible y, mezclado a ello, lo más compasiva posible. Si esa mezcla no se "palpa", decir que la Palabra tiene promesas acrisoladas no pasa de ser algo vacío. Además, es preciso que la VR haga más camino en la dirección de reparación, consuelo y socorro a cualquiera de las víctimas, a cualquiera de los crucificados de este mundo. Tal vez hayamos hecho un estilo de vida excesivamente tranquilo, donde orar sea nuestro compromiso único ante las víctimas. Siendo esto loable, hay que decir con sensatez que el problema de la justicia que demandan las víctimas necesita otro tratamiento para que pueda llegarse a una verdadera justicia. Habrá que comenzar por engendrar incluso una espiritualidad nueva. ¿Cómo nos suena aquella frase de Jon Sobrino de que "la resurrección no es devolver la vida a un cadáver sino hacer justicia a una víctima"? ¿Cómo abandonar la idea de una resurrección indolora? Y luego, vendrá la pregunta por la realidad concreta de las víctimas, de sus situaciones, de sus inquietudes y anhelos. Es entonces cuando las promesas de la Palabra brillarán con todo su esplendor.

 

  • ¿Te resulta sugerente esta espiritualidad de la promesa acrisolada por la justicia?
  • ¿Crees que la VR tiene algo que decir a las víctimas de la sociedad, de la violencia, del desamor?
  • ¿Observas situaciones de injusticia comunitaria que desacreditan la promesa de la Palabra?
  • ¿Es atractivo el perfil de un Jesús realmente apasionado por la justicia?

 

 

X. PRESENCIA

 

            La Palabra, como no podía ser de otra manera, habla, se refiere, intenta explicitar una presencia, la del Padre y Jesús que acompañan nuestra existencia. Por eso no nos ha de extrañar que este salmo hable también en modos vivos de la presencia, de la cercanía, de la mirada de Dios volcado a la vida, a la historia. Quizá haya que decir de entrada que, para entenderlo bien, hemos de flexibilizar el tema de las presencias creyendo que éstas son más y más amplias que la sola presencia física. No se trata de creer en fantasmas, sino de sentir que los muros de lo físico (la separación vida-muerte, aquí-allí, cerca-lejos) no son muros definitivos, sin fisuras. No, el misterio de las presencias vivas envuelve el hecho humano. Desvelarlas es acercarse a lo profundo del misterio de la vida y la fe va un poco por esa senda. Por eso, escuchamos lo que el Salmo dice de la presencia.

 

1. Cercanía (Coph: 118, 145-152)

 

            Quizá, antes de hablar de presencias, haya que hablar de cercanías, hacerse sensible a ese lento, pero real, acompañar de Dios al camino humano. Su silencio no es síntoma de alejamiento, sino de mayor cercanía, de presencia más ceñida.


145Te invoco de todo corazón:
respóndeme, Señor, y guardaré tus leyes;
146a tI grito: sálvame,
y cumpliré tus decretos;
147me adelanto a la aurora pidiendo auxilio,
esperando tus palabras.

148Mis ojos se adelantan a las vigilias,
meditando tu promesa;
149escucha mi voz por tu misericordia,
con tus mandamientos dame vida;
150ya se acercan mis inicuos perseguidores,
están lejos de tu voluntad.

151
Tú, Señor, estás cerca,
y todos tus mandatos son estables;
152hace tiempo comprendí que tus preceptos
los fundaste para siempre.

 

            1. Nadie duda de que el salmista cree que el Dios al que ora está cerca. Pero su anhelo de cercanía es siempre sed que no termina de saciarse del todo.  Quisiera, como todo el mundo, ver, tocar, palpar (esta sed se saciará solamente con Jesús: 1 Jn 1,2). Sin embargo, se le ha dado una mediación: tocarle en su Palabra, hacerlo cercano en la voz que le que envuelve, en las sugerencias espirituales sembradas en el interior. Él, sin duda, las aprecia, pero quisiera verlo más cerca (únicamente la certeza de la verdad histórica de Jesús puede saciar un anhelo como ése). Su plegaria, el deseo de su cercanía para adensar su presencia tiene sentido y mantiene vivo el anhelo, el deseo de ese Dios en el caminar concreto de su vida. No es, pues, un deseo vano, sino recompensado por una presencia oculta pero verdadera, muda por elocuente, silenciosa pero activadora. ¿Cómo siente el orante esa cercanía? De tres maneras: a) Primeramente sabiendo que su grito no es un gemido que se pierde en el vacío. Dios lo escucha, como escuchó el grito de quienes eran esclavos en Egipto (Ex 3,9). b) Además, la misma espera antes que las vigilias y antes que la aurora están queriendo indicar que Dios activará su presencia. No puede dejar al orante sumido en una oscuridad sin respuesta de ninguna clase. Tal vez no responda como él desearía, pero sabe que Dios está ahí. c) Y finalmente, porque está seguro de la escucha misericordiosa de Dios. No se hace el desentendido, el sordo, el loco, sino que la certeza de que escucha sostiene toda su actividad orante y creyente. Un grito, una espera, una escucha, ésas son las sendas por las que la cercanía de Dios se va haciendo presente en la vida del orante. No son caminos que terminan de saciarle, pero le ayudan a mantener vivo el anhelo de la presencia plena y a olfatear esa presencia en la oscuridad de ahora.

            2. ¿Ha sentido Jesús en su vida la cercanía del Padre? Todo da a pensar que sí. Desde su anhelo inicial (Lc 2,49) hasta la entrega de su vida (Lc 23,46), porque nunca el Padre estuvo más cerca de Jesús que en ese momento de desgarro definitivo. Y luego la cercanía en sus caminos (Mc 10,18), en su contacto con la gente (Mc 3,35), en sus horas de soledad (Mc 9,2ss), de despiste hondo (Mc 14,36), de abandono (Jn 16,32). No podemos colegir por los Evangelios el nivel de cercanía a que Jesús ha llegado en la relación con su Padre, pero se intuye que fue hondo. El aserto de Jn  ("el Padre y yo somos uno": Jn 10,30) no es una vaciedad, sino la más elemental realidad. Si Jesús no hubiera sentido y vivido fuertemente la cercanía del Padre no habría podido mantenerse ni en sus sueños, ni en sus decisiones.

            3. La cercanía ha sido siempre demandada a gritos en la sociedad humana. Siendo, como somos, animales "sociales", resulta que nuestras formas de vida, estando cerca físicamente, se hallan, a veces, a leguas de distancia anímicamente. De ahí, la mordedura de la soledad. Estar cerca, como escuchar, como acompañar son tareas urgentes para lograr una sociedad saludable. Por eso, ¿cómo hacer ver que la Palabra es una herramienta muy buena para el cultivo de la cercanía, de Dios y también de la persona? Acercarnos en el marco común de la Palabra, ésa habría de ser una preocupación. Muchos autores, poetas, escritores, hacen, además de una obra bella, una obra humana porque acercan en el ámbito de la palabra a muchas personas, a muchas conciencias, a muchas sensibilidades. Humanizan la sociedad. Sin palabra seríamos como islas.

            4. Algo similar nos puede pasar en la vida fraterna con el agravante de que físicamente vivimos juntos/as: estando tan juntos, a veces estamos tan lejos. Algo no va bien cuando usamos la Palabra juntos y nuestros caminos hondos difieren tanto. La lectura creyente de la Palabra habría de llevarnos a la cercanía. Más aún, esa cercanía fraterna pondría rostro a la cercanía con Dios. Porque por lógica joánica (Si dices que amas a Dios a quien no ves, pero no amas a tu hermano a quien ves) habría que deducir que la lejanía fraterna desvela la lejanía de Dios y al revés: la cercanía al corazón del hermano pone rostro a nuestra cercanía de Dios. Nos queda, sin embargo, un último consuelo: que, por suerte, la cercanía de Dios a nosotros no depende principalmente de nuestro amor a él, sino de su amor a nosotros. Por eso, aunque nuestros días lejos de Dios sean muchos, en realidad todos están en su presencia amorosa, porque él no deja de estar pegado a nuestra existencia no como un impertinente, sino como un amante incomprensiblemente fiel y tenaz.

 

  • ¿Cómo agilizar en nuestra vida el tema de las presencias?
  • ¿Cómo sentimos y vivimos la cercanía del Padre a nuestra vida?
  • ¿Vamos creciendo en cercanía real con cada uno/a de los hermanos/as de la comunidad?

 

 

2. Mirada (Res: 118,153-160)

 

            Sartre considera que es un dato de experiencia la presencia del otro como sujeto: el otro nos es presente de un modo manifiesto en la experiencia de la mirada, que es la experiencia fundamental en la comunicación. Cuando sentimos que alguien nos mira, sentimos que estamos ante otra subjetividad, ante otra conciencia, no ante un mero objeto; del otro que se nos hace presente de este modo podemos temer que se enfrente a nuestros proyectos, a nuestra libertad; sentimos que estamos delante de un ser con el que podemos contar, o al que nos hemos de oponer, delante de un ser que nos valora y pone en cuestión lo que somos, lo que queremos, nuestro ser. Es el ámbito primero que abre la puerta a la comunicación. Nosotros creemos que se puede mirar con benignidad. Esa mirada benigna es la que el salmista pide a Dios: que le siga mirando con amor, porque tiene la certeza de que si lo hace así, su vida camina en la dirección de la dicha.

 

153Mira mi abatimiento y líbrame,
porque no olvido tu voluntad;
154defiende mi causa y rescátame,
con tu promesa dame vida;
155la justicia está lejos de los malvados
que no buscan tus leyes.

156Grande es tu ternura, Señor,
con tus mandamientos dame vida;
157muchos son los enemigos que me persiguen,
pero yo no me aparto de tus preceptos;
158viendo a los renegados, sentía asco,
porque no guardan tus mandatos.

159Mira como amo tus decretos,
Señor, por tu misericordia dame vida;
159el compendio de tu palabra es la verdad,
y tus justos juicios son eternos

 

            1. El orante no teme la mirada de Dios, la desea, la hambrea. Se echa a temblar cuando Dios aparta sus ojos de su historia, de su pueblo, de su vida (Sal 29,8). Sabe que si Dios le mira, la compasión le rodea (Sal 87,15). Está seguro. Podría decirse, de alguna forma, que el yahvismo es una religión de la mirada de Dios. En el primer libro de Samuel (16, 1b. 6-7. 10-13a.), se relata qué condiciones ha de tener el ungido. Samuel es enviado a buscarlo. No puede fijarse en sus intereses, ni puede fijarse en sus apetencias, tampoco puede fijarse en su belleza, en su apariencia, o en su gran altura. Y el texto pone un límite de diferenciación: "la mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón". El orante se siente seguro cuando la mirada de Dios evalúa su corazón porque sabe que lo va a hacer de manera tan humana, tan apreciadora, tan valoradora de todos los elementos que confluyen en ese arcaico y contradictorio corazón que, al final, va a salir bien parado. Por tres razones se siente seguro bajo la mirada de Dios: a) Porque es una mirada que rescata,  que saca lo mejor de uno/a mismo/a, que pone a flote los restos de cualquier naufragio y recompone las velas más destrozadas de nuestra nave histórica. b) Porque es una mirada de gran ternura. No es la mirada dura y cosificadora que temía Sastre, sino la mirada que envuelve amor porque procede de las entrañas del corazón. c) Porque es una mirada que procede de la más honda misericordia, de la correcta apreciación de lo que uno/a realmente es. Así es la mirada de Dios, liberadora, tierna, misericordiosa, creadora de vida, constructora de la persona. Nunca habría sabido esto el orante si no se le hubiera mostrado en la Palabra. En ella ha descubierto estos dinamismos que otorgan un nuevo horizonte a la existencia.

            2. ¿Ha sido la vida de Jesús una vida bajo la mirada creadora y amorosa del Padre? Intuimos, a través de las páginas evangélicas, que sí. Ha mirado su pobre nacimiento; por eso el mensaje divino de la paz que le acompaña (Paz en la tierra...Lc 2,14). Ha mirado sus anhelos de adolescente (Lc 2,49) y su increíble entrega al programa del Reino (Mt 3,17). Ha mirado las andanzas por los caminos (Mt 10,7) y los encuentros con la gente (Mt 12,15-21). Ha mirado sus honduras más personales hasta poder afirmar que nadie conoce realmente el secreto del Padre sino el Hijo y aquel a quien éste se lo quiera revelar (Mt 11,27). Ha mirado sus silencios duros (Mc 14,36) y, sobre todo, su pobre muerte (Lc 23,46). Se ha alegrado con el triunfo de su resurrección (Filp 2,6-11). Una vida bajo la mirada del Padre. Así ha sido la suya. De tal manera que cuando ahora lo miramos podemos reconocer en sus rasgos el perfil de amor del Padre.

            3. La convivencia social depende mucho de la manera como la persona mira a la sociedad. Si su mirada es negativizadora, censuradora, débilmente fraterna, su manera de situarse en esa sociedad será siempre difícil, desagradable, sin sentir nunca que se está en casa. Si, por el contrario, es una mirada benigna (lo que no excluye la crítica y el discernimiento de lo que se valora como negativo), fraterna, apoyadora, compasiva, colaboradora, su manera de sentirse sociedad será muy distinta. Decía Tony de Mello: "El primer acto de amor consiste en ver a esa persona u objeto, esa realidad, tal como verdaderamente es. Lo cual exige la enorme disciplina de liberarte de tus deseos, de tus prejuicios, de tus recuerdos, de tus proyecciones, de tu manera selectiva de mirar; una disciplina tan exigente que la mayoría de las personas prefieren lanzarse de cabeza a realizar buenas acciones y a ser serviciales que someterse al fuego abrasador de semejante ascesis. Cuando te pones a servir a alguien a quien no te has tomado la molestia de comprender, de mirar ¿Estás satisfaciendo la necesidad de esa persona o la tuya propia? El primer ingrediente del amor, por tanto, consiste en comprender realmente al otro, cosa que pasa por el mirar".

            4. ¿Puede uno/a pasar muchos años junto a una persona en una vida en comunidad sin haberla mirado bien? Puede, porque el mirar no es solamente ver, sino es fijarse, calibrar, observar con aprecio y luego actuar, colaborar, preguntar, respetar, amar en definitiva. Hay un misterio de ceguera en nuestras relaciones que andamos como ciegos que ven: vemos el exterior, pero no terminamos de ver la realidad de la persona. La comunidad que ora con la Palabra a través de la cual Dios nos mira habría de ser una comunidad de expertas en ver el corazón del otro, a no cansarse de mirarle con aprecio y bondad, por muchos y evidentes que sean sus fallos. Quizá las verdades reales de la persona empiezan a aparecer tras mucho mirar con amor. De muchas maneras se ha definido la vida comunitaria, todas valiosas. Pero no estaría mal decir que ella es el lento trabajo de mirar al otro/a hasta aprenderlo en lo más elemental, su deseo de ser bueno/a y de ser hermano/a. A algo de eso llama el salmo.

 

  • ¿Crees que esto de la mirada es accidental en el salmo y en la vida o que, por el contrario, tiene su con qué?
  • ¿Qué niebla es la que nos impide mirar bien al hermano/a?
  • ¿Qué te sugiere el sentirte mirado/a por el amor del Padre a través de la Palabra?
  • ¿Cómo no caer en le ceguera de convivir muchos años sin mirar a la persona?

 

 

 

XI. AMOR Y BÚSQUEDA

 

            El Sal 119 es, lo hemos dicho repetidas veces, un canto de amor a la Ley, a la Palabra. De amor: de eso se trata. En el fondo, lo que se quiere es, al terminar esta larga experiencia orante, afianzar, aún más, el amor a la Palabra y, con ella, al mismo Dios. Si este recorrido no diera como fruto inmediato una vibración más cálida y viva sobre el Dios vivo y amado, no habríamos llegado a buen puerto. Si por el contrario, la sed de Dios se ha visto más sosegada, quizá hemos dado en el clavo. Pero eso tiene sus rostros: uno de ellos, con los que se clausura el salmo, es el afán de seguir buscando y de desear ser buscado por el mismo Dios. Y hay otro rostro: la evidencia del crecimiento del amor a la persona, a la realidad. Si ese amor histórico, concreto, elemental, no sale potenciado, no hemos atinado en esta diana. No se trata de vanos espiritualismos ni de fervores sin fondo. Pero el largo recorrido por el salmo habría de llevar al orante a una mayor vibración en cualquier clase de amor. "¿No ardía nuestro corazón cuando nos explicaba las Escrituras por el camino?", dicen los de Emaús (Lc 24,32). Algo de eso habría que experimentar en estas estrofas finales del salmo. Ojalá.

 

•1.     Amor intenso: (Sin: 118,161-168)

 

161Los nobles me perseguían sin motivo,
pero mi corazón respetaba tus palabras;
162yo me alegraba con tu promesa,
como el que encuentra un rico botín;
163detesto y aborrezco la mentira,
y amo tu voluntad.

164Siete veces al día te alabo
por tus justos mandamientos;
165mucha paz tienen los que aman tus leyes,
y nada los hace tropezar;
166aguardo tu salvación, Señor,
y cumplo tus mandatos.

167Mi alma guarda tus preceptos
y los ama intensamente;
168guardo tus decretos,
y tú tienes presente mis caminos.

 

   1. No hay duda de que el orante, como gran parte de las personas, está interesado por el amor. Pero él quiere llegar a un amor intenso. Eso es cosa distinta. El amor intenso incluye una dosis de exaltación, de fervor y hasta de "locuras". Quien no haya hecho "locuras de amor" quizá no sabe aún lo que es el amor intenso. ¿No decían los místicos medievales que Dios era un manikos eros, un loco de amor? (Nicolás Cabasilas). ¿Por qué entender el hecho de Jesús como algo teológico cuando puede ser entendida como algo que tiene que ver con un amor intenso, desbordante, loco. No habla el salmista de extravagancias, de cosas raras y sin contexto, sino de intensidad, de profundidad, de incansable ahondar en el secreto del amor. En el fondo, su rumiar la Palabra con una tenacidad a prueba de fracasos es el rostro de ese amor intenso. ¿Cómo ha ido llegando el orante a enmarcar su experiencia creyente en ese amor? De cuatro maneras: 1) Se ha acercado a ese suelo sagrado del amor con respeto, con mimo, con cuidado, no como elefante en cacharrería. Un amor ruidoso, avasallador, desenfocado, no es un amor intenso y sanamente loco sino un desmadre que todo lo confunde. 2) Además se ha acercado a la Palabra con profunda alegría, no por obligación ni con pesadumbre, sino como quien sabe que va a la búsqueda de un auténtico tesoro. 3) También ha recorrido esa senda con fidelidad,  siete veces por día, continuamente. Un amor que no es fiel es un amor a trompicones, de exaltación momentánea, pero de esa locura que no destruye sino que construye. 4) Además, no ha estado exenta de esta senda, por paradójico que parezca, la paz. Un modo sosegado y tranquilo de acercarse al hondo misterio del amor. Desde ahí se tiene la seguridad de que el amor del Padre tiene presente los propios caminos, de que el amor intenso entrevera la senda del Padre y del orante. Respeto, alegría, fidelidad, paz: estos son los ingredientes del amor intenso, del amor de quien locamente no se vuelve atrás de esta senda.

   2. ¿Ha sido el amor de Jesús de esa clase amor intenso, con esa pizca de entrañable locura que lo hace vibrante? Sin ninguna duda. Toda su vida ha estado marcada por él. ¿Si no, cómo se entendería su honda actividad espiritual (su oración de noche, su lectura fiel de la Palabra, su compartir orante con la oración del pueblo)? ¿Cómo en entenderían sus caminos (llenos de dolor, de decepciones, de traición y también de alegrías, de buenos ratos, de cercanía? ¿Su misma resurrección, cómo se entendería (escrito de Masiá)? Los estremecimientos de Jesús tienen que ver con esta realidad del amor intenso de Dios fuertemente vivido y experimentado (Lc 10,21). Sus gozos personales se insertan en ese amor intenso fuertemente experimentado que quiere pasar a sus discípulos. Sin temor a equivocarnos se puede decir que el amor de Jesús ha sido intenso porque él ha valorado fuertemente esa clase de amores (Lc 7,36-50).

   3. Puede decirse que en la sociedad de hoy hay, muchos, amores alocados, destartalados que no sabe uno muy bien adónde conducen. Pero hay también amores intensos, locos, por personas, las más débiles, que siguen pareciéndonos maravillosos: el amor de las personas (misioneros, cooperantes, otros...) que van en la dirección contraria de los flujos de personas que solamente buscan bienestar; el amor de quienes se empeñan en seguir en lugares de desamparo, más allá del frío intenso; el amor fiel de quien cuida año tras año a los débiles sin tirar la toalla; el amor oculto de quien se entrega a la contemplación de Dios, de la naturaleza, de los caminos tan contradictorios de las personas; el amor de quien ha encontrado gozo en el servir sin más. Mil maneras de amar intensamente. Hay especialistas que dicen que el amor intenso solamente puede durar entre 12-18 meses. Pero lo cierto es que hay personas que superan con creces esos límites y hacen de toda su vida un camino de esa calidad. Conectan, de alguna manera con la espiritualidad de fondo del Salmo.

   4. La comunidad que ora con la Palabra y la cree útil para acrecentar en al amor y para adentrarse en ese misterio de honda intensidad escucha atentamente aquel consejo de 1 Pedro 1,22: "Purificados ya internamente por la respuesta a la verdad, que lleva al cariño sincero por los hermanos, amaos unos a otros de corazón e intensamente". No se trata únicamente de amarse, convivir, respetarse, colaborar, sentirse grupo, que no es poco. Se trata de poner en todo esto una comprobada "intensidad". Es preciso percatarse si con el correr de los años el amor fraterno se intensifica, se estanca o se diluye. Esto puede "comprobarse" por las "vibraciones" que suscita en nosotros/as el hecho comunitaria, por nuestra capacidad para ilusionarnos con proyectos comunes, con la evidencia de que se está más a gusto y confiado/a ante el otro/a, incluso ante su manifiesta debilidad. Si esto no fuera así, además de crear un interrogante a nuestra propia opción de vida en común se vuelve contra el hecho de manejar una Palabra que anhela intensificar el amor. Esa

es la finalidad de fondo del trato con la Escritura.

 

  • ¿Cómo intensificar el amor en la práctica diaria?
  • ¿Dónde encontrar ayudas para hacer crecer el amor.
  • Repite sin cansarte: "Amo intensamente la Palabra" y "Quiero amar intensamente a la persona".
  • Que el aprecio de la Palabra crezca a la par con el aprecio de las personas.

 

 

2. Búsqueda: (Tau: 118,169-176)

 

            Queda fuera de duda que el Sal 118 es la expresión de un buscador de Dios a través de la palabra en el camino de la vida. Buscar a Dios ha sido siempre una pasión en Israel. Parece que había un grupo oficial llamados así: "Buscadores de Dios" (peculiar oficio). En realidad, como dirá el mismo Sal 118, buscar a Dios solamente es posible en la medida en que, a la vez, se deja uno buscar por el Dios que anda tras nuestro rastro, tras nuestro amor. El Salmo va a terminar con un propósito de continuada búsqueda por parte del orante y de deseada desde el lado de Dios mismo. Buscar y ser buscado/a. Ahí está dibujado el dinamismo de la experiencia cristiana que suscita la Palabra.


169Que llegue mi clamor a tu presencia,
Señor, con tus palabras dame inteligencia;
170que mi súplica entre en tu presencia,
líbrame según tu promesa;
171de mis labios brota la alabanza,
porque me enseñaste tus leyes.

172Mi lengua canta tu fidelidad,
porque todos tus preceptos son justos;
173que tu mano me auxilie,
ya que prefiero tus decretos;
174ansío tu salvación, Señor;
tu voluntad es mi delicia.

175Que mi alma viva para alabarte,
que tus mandamientos me auxilien;
176me extravié como oveja perdida:
busca a tu siervo, que no olvida tus mandatos

 

   1. No deja de maravillar que una persona de tan profunda experiencia en torno a la Palabra como una búsqueda aún por darse, como un trabajo para cada nueva jornada. Parecería que ya ha llegado a la meta definitiva, el amor fiel a la Palabra, pero se sabe en el sendero, en el camino, en el trabajo. Por eso, sabe el orante que cada día tiene que buscar, tiene que estar en actitud de contemplación, de profundización, de escucha, de oído atento. Y, más todavía, ese deseo de búsqueda le lleva a la certeza de que el bien mayor que puede sobrevenir a su vida es que Dios le busque, que se haga encontradizo en su camino, que le ampare en sus inevitables extravíos. Sabe este orante humilde de lo turbio de los caminos humanos y de la gran luz que se necesita para vivir. Y por eso no es de extrañar que se entienda a sí mismo como "oveja perdida" necesitada de una orientación vital que la saque de los atolladeros de la vida. Precisamente el ser "tu siervo, que no olvida sus mandatos", el probado amor a la Palabra asimilada con hondo amor, es lo que cree como único "aval" ante Dios para que éste no deje de buscarle. Si lo hace, su vida arribará a buen puerto. Como decía Unamuno: "Cuando llegué a tu roca llegué a puerto y esperándome allí a la última cita sobre tu mar vi el cielo todo abierto." ¿Cómo llega el orante a este anhelo? A través de un proceso de búsqueda de las huellas de Dios en la vida. Para ello emplea tres caminos: 1) La persistencia en el clamor, súplica, alabanza, canto,  es decir, un propósito decidido de oración humilde y continuada, profunda y fiel, escuchadora y tenaz, disfrutante y creativa. Piensa el orante que este camino en el silencio, en el sosiego, en la súplica oculta, en el ceñirse a la Palabra con toda confianza es camino que hace brotar el anhelo de ser buscado. 2) El ansia, el deseo orientado hacia ese Dios que le busca. Es la oración para él una escuela del deseo, un ámbito donde orientar los deseos, dinamismos decisivos, al Dios que le busca, con lo que, piensa, su vida cobrará sentido y surgirá el disfrute. 3) En definitiva, una vida para la alabanza, hecha alabanza no solamente por la actividad orante sino por todos sus componentes, una vida humilde, e incluso pecadora, pero de cara a Dios. Buscando percibe mejor que es buscado y su dicha y así el sentido de su vida crecen sin parar. Viene a la memoria aquello de san Agustín: "Tú estabas dentro de mi alma y yo, distraído, te buscaba fuera". Este orante busca dentro y fuera, en la vida toda.

   2. ¿Ha manejado Jesús esta espiritualidad de buscar para saberse buscado? Sin ninguna duda. Por eso ha enunciado lo fundamental del reino en clave de búsqueda: "Buscad primero el reino de Dios y su justicia..." (Mt 7,21). Ha alabado explícitamente a quien anda en una situación de búsqueda: "No estás lejos del reino de Dios" (Mc 12,34). Ha desenmascarado búsquedas interesadas ("Todo el mundo te busca": Mc 1,37; "No me buscáis por el alimento que perdura...": Jn 6,27). Y, sobre todo, ha presentado el perfil del Padre, en consonancia con el Salmo, como un Dios que, arriesgada y alocadamente ha salido a buscar la oveja perdida poniendo a las otras en riesgo al dejarlas solas en la majada (Mt 18,12-14). Su misma vida no puede entenderse sino desde esa perspectiva de la búsqueda amorosa de la personas en sus caminos siempre amenazados de extravío: "El Hijo del Hombre ha venido a buscar lo perdido" ( (Lc 19,10) y lo suyo no es buscar a sanos, sino a necesitados de salud (Lc 5,32). Y ¿quién puede decir que en algo no está necesitado/a de salud?

   3. Alguna otra vez lo hemos dicho: la sociedad está necesitada de gente aventurera, buscadora, intrépida, arriesgada. Somos legión los mesurados, tranquilos, "sensatos", moderados. Si no fuera por los primeros, nuestra vida terminaría en una indudable apatía. Gracias, pues, a quien se lanza a la búsqueda sin medir excesivamente los riesgos, sin querer todo atado y bien atado, sin desear caer siempre de pie. Los aventureros, más allá de sus extremismos, tienen una atracción, aún hoy, en el corazón de muchas personas. Porque la mediocridad y el consumismo en la que, con frecuencia, vivimos nuestros días, no terminan de apagar ese "ser para la aventura", para lo nuevo, para lo desconocido que es el nuestro. Dicen los aventureros: "La persecución de la aventura por el hombre no se debe tanto a la presencia de esta aventura; la razón subyace oculta, misteriosa, en el carácter complejo del hombre." De ahí que cuando el rostro de la aventura cotidiana, del cambio, de la nueva posibilidad, del horizonte distintos, del pequeño cambio, llama a nuestras puertas, no habríamos de darle siempre un portazo y decir, como Nicodemo, "imposible". Quizá desde algún lado y en cierta medida sea posible. Y podría hacernos un gran bien abriéndonos a la aventura del hermano/a y de la trascendencia, de Dios mismo.

   4. Nadie duda que la vida religiosa es, en el fondo, una búsqueda de Dios y que mantiene en su núcleo el anhelo de ser buscados por él. Pero la rutina de los días, el individualismo con que envolvemos todo, el egoísmo siempre acechante terminan por nublar es hermoso horizonte. Es preciso, lo dice hasta Juan Pablo II, inyectar en la vida comunitaria una cierta dosis de riesgo y de aventura. Desde ese terreno que tememos, aunque es liberador, se puede gritar a Dios el anhelo de ser buscados. Si no, ¿desde dónde? ¿Únicamente desde la conciencia moral de pecado, cada vez más desleída? Tendríamos que animarnos al riesgo, a lo que no está del todo previsto. Habríamos de ser personas más valientes porque están aprendiendo la confianza en uno que les busca. El riesgo, un poco "inconsciente" habría de desplazar a esa mesura que caracteriza a nuestras instituciones religiosas. ¿Cómo la fe, la confianza en un Dios que nos busca, puede desplazar a los temores naturales o adquiridos? Y si estos triunfan en nuestra vida, ¿para qué ha servido la fe?

            Que al terminar esta larga meditación en torno al Sal 118 nos quede, como su mejor legado y testamento, la certeza de que la nuestra es una vida amparada, buscada por el amor del Padre. Desde ahí, que brote la alabanza, la fraternidad y la dicha. Amén.

 

 

ÍNDICE

Introducción.......................................................................  1

 

I. EN EL FONDO

            1. La radical confianza (Aleph: 118,1-8)................................. 2

            2. La alegría honda (Beth: 118,9-16) ....................................  4

II. DINAMISMOS

            1. Promesas (Ghimel: 118,17-24) .........................................  7

            2. Caminos (Daleth: 118,25-32) ...........................................   9

III. ESCUELA DE VIDA

            1. Enseñar el amor (He: 118,33-40) ....................................... 12

            2. Enseñar la sinceridad (Vau: 118,41-48) ...............................          14

IV. SENTIDO DE LA VIDA

            1. Esperanza viva (Zain: 118,49-56) ......................................            16

            2. Tierra de bondad (Heth: 118,57-64) ...................................           19

V. CERTEZAS

            1. La certeza de la bondad (Teth: 118,65-72) ...........................        21

            2. La certeza de la compasión (Yod: 118,73-80) .....................         24

VI. UN INTERIOR BULLENTE

1. Preguntas apasionadas (Kaph: 118,81-88) ........................           26

  • 2. Honda pertenencia (Lamed: 118,89-96) ........................... 28

VII. CAMINOS

            1. Caminos de humanidad (Mem: 118,97-104).......................          31

            2. Caminos iluminados (Nun: 118,105-112).............................          33

VIII. NECESIDAD

            1. Necesitados/as de apoyo (Samek: 118,113-120).............           35

            2. Necesitados/as de inteligencia (Ain: 118,121-128) .........           38

IX. PROMESAS

            1. Promesa que asegura (Phe: 118,129-136) .......................           40

            2. Promesa acrisolada (Sade: 118,137-144) .........................           43

X. PRESENCIA

            1. Cercanía (Coph: 118,145-153) ................................................         45

            2. Mirada (Res: 118,153-160) .....................................................           47

XI. AMOR Y BÚSQUEDA

            1. Amor intenso (Sin: 118,161-168)..........................................            50

            2. Búsqueda (Tau: 118,169-176) ...............................................           51

Índice ............................................................................................................. 54

 

04/06/2009 10:03 fiaiz #. RETIROS

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