CONTRA EL COLAPSO DE LA ILUSIÓN 

(Notas para una semana de retiro

con el profeta Ezequiel)

 

            Metidos aún en la pandemia, hay muchos que piensan que la ilusión hace tiempo que se marchó por el sumidero. La incertidumbre nos envuelve, la ilusión desaparece. Y sin embargo, vivir si ilusión es imposible. La vida sin ilusión se torna rutinaria, gris, sin alma. ¿No merecería la pena intentar reavivar el dinamismo de la ilusión? ¿No tendría sentido alimentar el fuego de la ilusión, aunque esté bajo las cenizas? ¿Puede contribuir una semana de retiro a cuidar la llama de la ilusión que aún brilla en la noche? Creemos que sí.

            Los documentos recientes de la Iglesia, aunque vengan de un Papa optimista como Francisco, casi nunca hablan de la ilusión y casi siempre se centran en la desilusión como un elemento de la cotidianeidad. Pero, al menos, hemos encontrado una excepción. Hay una frase del Papa Francisco en la homilía del 14-4-20 glosando el texto de Jn 20,11-18 donde, refiriéndose a María Magdalena, dice: «Una mujer débil pero fiel, fiel incluso frente a la tumba, frente al colapso de las ilusiones, se convirtió en “apóstol de los apóstoles”». María se planta al el colapso de las ilusiones que sufren los desalentados apóstoles y enarbola, de nuevo, la bandera de la ilusión.

            Frenar el colapso de la ilusión, tratar de evitarlo, permitir que las ilusiones sigan vivas y  continúen calentando el frío de corazón. He ahí un buen trabajo espiritual. ¿Cómo podremos colaborar a ello? Nosotros vamos a hacerlo sacando del arca de lo viejo, como “buenos escribas” que leen la Palabra (Mt 13,52), los antiguos oráculos del profeta Ezequiel. ¿Pueden unos textos tan remotos ser contribuyentes de la ilusión?

            ¿Quién le iba a decir a Ezequiel, “coplero de amoríos” al que nadie hace caso (33,32) que con el correr de los siglos nos íbamos a fijar en él? Y precisamente para recuperar la ilusión, él que se sintió tan decepcionado. Ezequiel es como las naranjas, de cáscara amarga y rugosa, pero de interior dulce y sabroso. Llegó a la convicción de que con Israel, de dura cerviz y de corazón de piedra, no había nada que hacer: fueron infieles a la Alianza, lo son ahora y lo serán por siempre. Es un decepcionado total con los de su pueblo.

            Pero en el exilio de Babilonia, el levita estricto y riguroso, se volvió más blando, se tornó acompañante. Supo que había sido elegido no para un culto solemne, no para un cumplimiento exquisito de la normativa religiosa, sino para acompañar y amparar a aquella reata de humillados que fue al exilio con su rey Sedecías a la cabeza, desnudo, con un cadena al cuello y con los ojos sacados (2 Re 25,7). Descubrió en el desamparo su segunda vocación: ser profeta de ánimo e ilusión para un pueblo derrotado.

            Por eso lo tomamos ahora nosotros: no estamos tan desamparados como los desterrados de Babilonia pero, al desamparo natural de la persona, hemos tenido que sumar el de una dura pandemia. A la dificultad innata que conlleva vivir la fe, hemos tenido que sumar la situación de una Iglesia muy herida. A la dificultad de vivir en sociedad, hemos tenido que sumar un neoliberalismo que nos atenaza. Quizá por todo eso, los viejos oráculos del profeta Ezequiel pueden darnos hoy alguna luz y generar esa ilusión de la que siempre estamos necesitados, ahora más que nunca.

            El silencio, la celebración, la fraternidad que somos al vivir en grupo estos ejercicios pueden venir en nuestra ayuda para que la siembra de la palabra pueda ser siembra de ilusión.

 

1

LA ILUSIÓN DE UNA MIRADA NUEVA

 

Aunque parezca que no, mucho en la vida depende de la manera de mirar. Mirar es una forma privilegiada de expresión. La mirada trasluce el interior. Por la manera de mirar o ser mirados se deduce la orientación de la acción. De ahí que alimentar la ilusión de mirar en modos de novedad sea algo con futuro.

Nuestra manera de mirar varía con las circunstancias y con la edad: de niños la mirada suele ser, en general, limpia y brillante, sin trasfondos de engaño y sin maldad. Mirada inocente. Con el paso del tiempo, la mirada del adolescente y del joven se vuelve más turbia como su edad, y la presencia de la maldad se percibe ya presente, aunque queda mucho de la mirada generosa y entregada del principio. De adultos se tiene una mirada más cauta, más medidora, más capaz de valorar lo bueno y lo no tan bueno, mirada capaz de hermosear la vida o de destruirla. Y de muy adultos la mirada puede mantener el brillo i el anhelo, pero, con frecuencia, se ve amenazada por el cansancio, el desinterés y el reflejo de una amargura inevitable.

¿De qué hablamos cuando decimos “mirada nueva”? El Papa Francisco habla en la Fratelli tutti de esa manera nueva de mirar (el tema de la mirada está muy presente en todos los documentos del papa), dice que hablamos de: «una mirada cuyo horizonte esté transformado por la caridad, que le lleva a percibir la dignidad del otro, los pobres son descubiertos y valorados en su inmensa dignidad, respetados en su estilo propio y en su cultura, y por lo tanto verdaderamente integrados en la sociedad» (187). De modo que el tema de la mirada no es algo superficial, un adorno. Es una perspectiva de vida, por eso es tan importante, porque tiene que ver con el profundo tema de la dignidad, el cimiento de la fraternidad.

Para todo ello sería preciso conjurar la tentación de mirar sin ilusión: ya lo he visto todo, nada me extraña, no me interesa, ya no entiendo a este mundo, me siento al margen, las cosas me resbalan, etc. Son expresiones que, a veces, decimos y que piden a gritos un cambio. Como luego diremos, la ilusión puede ser una variable de vida que se puede mantener hasta el último tramo de la vida, hasta que el cuerpo, la cabeza y el corazón aguanten. Vivir sin ilusión es como estar muerto antes de tiempo. Por el contrario, mantener viva la ilusión, seguir atado al carro de la vida, es caminar hacia horizontes que den sentido a cada uno de nuestros pasos.

Si queremos vivir con sentido, nos es necesaria una dosis de ilusión diaria; si queremos vivir la fe con sentido, no podremos hacerlo sin renovar cada día la ilusión, el enamoramiento, por Jesús. Solo así podremos mantener a raya el avasallador empuje de la rutina, del desencanto y de una cierta amargura. Por eso nos es tan necesario alimentar la ilusión. Y la mirada nueva, los ojos que aún brillan, son necesarios para que el fuego de la ilusión no merme y se mantenga avivado por encima de las circunstancias.

 

  1. 1.      Meditación de la Palabra: Ez 3,4-11

 

4Me dijo: «Hijo de hombre, anda, vete a la casa de Israel y diles mis palabras, 5pues no se te envía a un pueblo de idioma extraño y de lengua extranjera, sino a la casa de Israel; 6ni a muchos pueblos de idioma extraño y de lengua extranjera que no comprendes. Por cierto que, si a estos te enviara, te escucharían. 7En cambio, la casa de Israel no querrá escucharte, porque no quieren escucharme a mí. Pues todos los de la casa de Israel son de dura cerviz y corazón obstinado. 8Mira, hago tu rostro tan duro como el de ellos, y tu cabeza terca como la de ellos; 9como el diamante, más dura que el pedernal hago tu cabeza. No les tengas miedo ni te espantes de ellos, aunque sean un pueblo rebelde». 10Y añadió: «Hijo de hombre, todas las palabras que yo te diga, recíbelas en tu corazón y escúchalas atentamente. 11Anda, vete a los deportados, a tus compatriotas; les hablarás y les dirás: “Esto dice el Señor”, te escuchen o no te escuchen».

 

  • El pasaje se inscribe en lo que normalmente se titula “la misión de profeta”. Ezequiel tenía claro que su misión era lograr que se cumplieran las normas de la alianza. Por eso, si le hubiesen dicho que su misión era despertar la ilusión, devolver un nuevo brillo a los ojos, hacer brotar otra mirada sobre la realidad, quizá hubiera considerado todo eso como pamplinas. Pero ¿cómo lograr una vivencia espiritual y aun normativa de la fe sin ilusión, con la mirada cansada, con el desaliento instalado en el disco duro? Imposible. Profeta de ilusión, de mirada nueva, de anhelo renovado. Eso es imprescindible.
  • Esos que Ezequiel censura tan duramente, siguen siendo “casa de Israel” y no tienen una lengua extranjera que impida comprender un mensaje de novedad e ilusión. No hay que desencantarse y negativizar a los compañeros de fe y de camino, a los hermanos/as, porque conozcamos sus fallos. Hay que rechazar el “no hay nada que hacer” porque entonces la ilusión de aleja a marchas forzadas y ver la realidad con mirada renovada se torna imposible.
  • Se es enviado a quien “no quiere escuchar”, a quien no quiere ser animado, a quien no le interesa ninguna clase de novedad. ¿Cómo superar el desaliento que produce la falta de sintonía con quien se ha instalado ya en el desaliento? ¿Cómo ilusionar a quien abomina de la ilusión? ¿Cómo poner luz en la mirada de quienes llevan la oscuridad de sus gafas negras en la mirada? Nunca se ha dicho que las tareas proféticas, las tareas de la fe vayan a ser fáciles. Ser seguidor de Jesús es un trabajo bien difícil que, a veces, se construye penosamente.
  • La “dura cerviz y el corazón obstinado” son metáfora del desaliento anquilosado, institucional, metido hasta el fondo del alma. Parece que no hay quien pueda con él. Hablar de ilusión en ese escenario es darse contra un muro. Pretender una mirada nueva es pretender lo imposible. Al límite, ese es el terreno en el que hay que intentar alumbrar el fuego de la mirada nuevo, la llama de la posibilidad a la mano, el proyecto que llega cuando todo parece terminar.
  • Se necesita “un rostro duro y una cabeza terca”. Más que una terquedad una resiliencia: tratar de darle la vuelta a los conflictos para convertirlos en posibilidades, transformar las fuerzas negativas que aplatanan en pequeños empujones hacia lo nuevo, intentar salir airoso de situaciones que parecía que llevaban al desastre. La dureza y la terquedad a priori no son las mejores herramientas. La profecía del exilio (incluso Ezequiel) terminará optando por caminos que toquen más el corazón (“no temas gusanito de Jacob, oruga de Israel”: Is 41,14, diminutivos afectivos).
  • “Como el diamante” que corta y el “pedernal” que echa chispas. El corte por lo sano y los fuegos devoradores no son los mejores consejeros para general ilusión. Quizá el brillo cautivador del diamante y el fuego compañero que alumbra el pedernal ayuden más. La ilusión brota cuando la luz es acompañante, cuando se ayuda a dar sentido a los pasos titubeantes. “Luz sobre el celemín”, diría Jesús (Lc 11,33), no incendio en el cañaveral.
  • Para genera ilusión que propicie la mirada nueva hay que desechar “el miedo y el espanto”, las aprensiones,  los prejuicios instalados, las heridas que aún se lamen, las defecciones que han derrumbado lo construido con ilusión. Todo eso son obstáculos que se entretejen para impedir que la ingenua ilusión se abra camino.
  • Y es necesario también “recibir en el corazón la Palabra”, discernir a su luz, ponerla como referente que ilumine y empuje, dejarse “amenazar” por la Palabra, sabiendo que muchas veces es una Palabra nueva, no la que se´, la que llevo preparada, la que a la fuerza me han de escuchar. Recibir la Palara es la vez recibir la novedad, la ilusión que no muere, la pequeña novedad que asoma. Si se va con el discurso ya preparado, quizá no asome la pizca de novedad que puede dar un rumbo nuevo a las cosas.
  • La misión es a los “deportados”, a los que van a tener que abandonar el terreno conocido de lo sacral, de lo religioso, a la secularidad, a la laicidad. ¿Cómo ilusionar a quien respira poco por el cauce religioso? ¿En qué escenarios comunes habrá que situarse? Ezequiel irá también al destierro y el destierro le cambiará, le convertirá, porque las cosas se miran de distinta manera si te sitúas en el destierro, en la laicidad, que si te sitúas en terreno conocido, la religiosidad.
  • La siembra de ilusión para una mirada es siembra de cosecha a largo plazo. Por ello habrá que sembrar “te escuche o no te escuchen”. Si escuchan, mejor; si no escuchan, paciencia histórica. Pero no habrá escucha ni cosecha de ilusión y de mirada nueva si quien hace la propuesta es un desalentado. Ezequiel tendrá que aprender a ser animoso y animador superando so hundo desaliento.

 

  1. 2.      Ahondamiento

 

-          Tiene que ver con el tema de la dignidad: porque mirar con mirada nueva demanda apuntar a valores de fondo. Y el valor que se halla en el fondo de todo es el de la dignidad. De ahí que desear la hermosura de una mirada nueva sin querer hincarle el diente al tema de la dignidad es imposible. Y hay que tener en cuenta que las cuestiones de la dignidad se resuelven, muchas de ellas, en el kilómetro cuadrado donde uno vive, no solo en los ámbitos más universales. La inquietud por la dignidad ha de ser un acompañante del caminar humano y del creyente.

-          Escenarios comunes: la mirada nueva apunta a escenarios comunes porque no se quiere mirar solamente el hecho religioso de modo nuevo sino el conjunto del hecho social. El Papa se sitúa en esos escenarios comunes cuando toma como tema de sus encíclicas la ecología y el amor social. Esos terrenos son propicios para ejercitar la mirada nueva. No sentirse concernidos es arriesgarse a tener la mirada perdida, como quien no encuentra caminos.

-          Benignidad crítica: quizá esta sea una buena herramienta para mirar de manera nueva al hecho social del que hacemos parte. En primer lugar, ser benignos, comprensivos, fraternos, amparadores. ¿Cómo se va a mirar bien desde la distancia, la condena, el desamor? Hasta el rígido Ezequiel tuvo que aprender la benignidad. Muchos de los grandes “convertidos” (H. Cámara, O. Romero, L. Proaño, A. Lona, S. Agrelo)  lo han sido cuando han mirado con benignidad sus entornos heridos.  Y, además, sentido crítico para saber enjuiciar desde la justicia las situaciones de injusticia y mantenerse firmes  en la defensa de los derechos humanos.

-          Flexibilidad cívica: una mirada nueva será imposible desde la rigidez cívica, desde la perspectiva de quien piensa de que la sociedad solamente se construye con los ciudadanos “decentes” (entre los que se incluye, claro) y no con los inservibles, marginados, distintos, irresponsables, egoístas, etc. Ellos hacen parte de la sociedad con sus pros y sus indudables fallos (como nosotros) Por eso, habrá que mirar con equilibrio la diversidad, la diferencia, las sensibilidades que no coinciden e, incluso, las desafecciones a la sociedad. La rigidez es enemiga de una mirada nueva.

-          Mirar y dejarse mirar: ya que la mirada nueva va desde nuestro lado a la sociedad y desde la sociedad a nuestro lado. Dejarse mirar demanda un dosis notable de aceptación porque la mirada del otro sobre nosotros puede que no sea la que más nos guste. En cualquier caso, habrá que ver si es realmente una mirada justa. Y, si lo es, será preciso se esencialmente humilde para aceptar las consecuencias.

-          Recuperar la amabilidad: es algo que propone Fratelli tutti 222ss. Dice el Papa que una persona amable es “una estrella en medio de la oscuridad”. Quizá sea mucho decir, pero es cierto. La amabilidad ilumina los escenarios vitales y hace más factible la posibilidad de una relación nueva. La hosquedad de palabras y gestos deriva de una mirada así mismo hosca. Dice ese texto que la amabilidad “es una liberación de la crueldad que a veces penetra las relaciones humanas, de la ansiedad que no nos deja pensar en los demás, de la urgencia distraída que ignora que los otros también tienen derecho a ser felices”. Una mirada amable es hermana de una mirada ilusionada.

 

  1. 3.      Miradas nuevas

 

  • Mirar con agradecimiento las actuaciones de quienes luchan por una mejor salud social: (sanitarios, políticos honestos, acompañantes a colectivos con dificultades, voluntarios de nombre ignorado, resistentes en las trincheras de los grandes sufrimientos, etc.). para ello habrá que superar la negatividad y desconfianza que se contagia a través de las conversaciones y de las redes. Raramente se les expresa agradecimiento, aunque se valoran sus comportamientos. Una mirada agradecida habría de llevar a una palabra agradecida.
  • Mirar con sintonía a los cristianos que viven su fe en lo secreto: (orantes fieles, contemplativos vivos, buscadores de caminos nuevos en la fe, espirituales en terrenos no hollados, grupos sencillos en marcos no oficiales, tenaces enamorados de Jesús prueba de decepciones, etc.). Esta manera de mirar habría de llevarnos a tener por menos interesantes los caminos que se quieren relevantes, del escaparate, y valorar más los significativos, lo bien hecho aunque no sea publicitado.
  • Mirar como compañeras a las comunidades religiosas que caminan a nuestro paso: (comunidades presentes en barrios, comunidades de puertas abiertas, comunidades generosas más allá de su pobreza, comunidades que ofrecen espiritualidad, comunidades que viven su pobreza con ánimo, etc.). No menospreciar estas comunidades porque se vayan “apagando”, porque ya no pueden exhibir un gran número de vocaciones. Mirar sus humildes y tenaces contribuciones al bien social y a la ida cristiana sencilla.
  • Mirar con admiración a quienes creen en la fuerza de las alternativas sociales: (a quienes viven en el decrecimiento, a quienes asientan su vida sobre una sobriedad feliz, a quienes creen en la economía del bien común, a quienes trabajan por otros modos de reparto del beneficio social, a quienes hacen de la inclusión del frágil una tarea a la que no renuncian, etc.). Acoger con agradecimiento su profecía social, aunque no partan de principios cristianos explícitos. Colaborar en sus propuesta como quien sabe que deja lugar en su vida a la profecía.
  • Mirar con simpatía a quienes hacen de las pobrezas un lugar de encuentro: (a quienes trabajan calladamente con los pobres, a quienes disfrutan con los pobres, a quienes hacen suyos los dolores de otros, a quienes mantienen la serenidad en medio de las catástrofes humanitarias, a quienes deciden permanecer en los infiernos, a quienes siguen cantando a pesar de la oscuridad, etc.). Mirar a los que no huyen de las pobrezas, a quienes no las estigmatizan, a quienes mantienen con claridad la certeza de que la inclusión es el camino hacia una sociedad decente, humana.
  • Mirar con ternura a la madre tierra: (con sus grandes disfrutes, con sus estremecimientos y convulsiones, con los universos incomprensibles, como sus maravillas diminutas, con su generosidad sin cálculo, con sus exigencias aún no pagadas, con su empuje del principio y con su abrazo del final, etc.). Mirar para amar esta tierra, para aprender la conversión ecológica, para percibir que no solamente estamos en la tierra, sino que también somos tierra.   

 

  1. 4.      Para orar

 

  • “Jesús se le quedó mirando y le mostró su amor”.

 

Una mirada con amor, esa es la de Jesús. Quizá por eso atraía tanto, porque miraba con amor y porque pronunciaba los nombres con amor (Jn 20,16).

 

  • Razón poética:

 

Si nadie, nunca,
nos hubiera tocado,
seríamos paralíticos.

 

Si nadie, nunca,
nos hubiera hablado,
seríamos mudos.

 

Si nadie, nunca,
nos hubiera sonreído-y mirado-
seríamos ciegos.

 

Si nadie, nunca,
nos hubiera amado,
no seríamos nadie.


Paul Beaudiquey

 

 

2

LA ILUSIÓN DE LIBRARSE

DE LA TIRANÍA DEL NÚMERO

 

            Podemos decir que la ciudadanía de hoy vive bajo la tiranía del número: si son muchos quienes acuden a una convocatoria, si son muchos los que compran un libro, si son muchos los que dice “me gusta” en el twiter, si son muchos “mis seguidores”, si son muchos los que conforman una agrupación, la cosa pinta bien. Si son pocos, el asunto se derrumba como un castillo de naipes. Ser pocos es el descrédito de cualquier pretensión.

            Por eso, la palabra talismán es “crecer”. Si se crece, la cosa va bien. Si no se crece, la empresa, la Iglesia, la Congregación, el proyecto, las vocaciones, etc., van mal. De ahí que se pongan en marcha todas las estrategias inimaginables para crecer y nos llenemos de frustración si comprobamos que crecemos. Hacer propaganda de decrecimiento es, para muchos, un camino que no lleva a ninguna parte.

            Es que el número es fuerza y, en definitiva, poder. Sin número no se puede influir, decidir, ordenar, imponerse. Con el número repleto la posibilidad de liderar, influir, orientar algo hacia el propio beneficio es enorme. Vivir sin poder es algo difícilmente imaginable porque en el componente del poder está amasada la masa humana y la masa social. Querer vivir siendo último, sirviendo, estando a disposición del otro sin pretender beneficios es, para muchos, una ingenuidad mayúscula (es, por cierto, la ingenuidad de Jesús: Mc 9,35).

            Pero ahora resulta que, en muchas cosas relativas a la religión, el número falla: pocas vocaciones, asistencia baja a las celebraciones, descenso en las encuestas de quienes dicen creer en Dios, aumento de bodas civiles-niños sin bautizar y sin comulgar-despedidas sin funerales-disolución de grupos de fe que en otras épocas fueron numerosos, etc. Aunque esto es así, miramos para otro lado creyendo que esto no está pasando y nos consolamos con las grandes celebraciones en espacios públicos que muestran la confluencia de muchos que luego resultan ser pocos.

            ¿Y si nos animáramos a entender estos momentos como un tiempo estupendo para liberarnos de esa tiranía del número y vivir el enamoramiento de Jesús sin que sea óbice el número escaso? ¿Es que hemos de arrugar el ceño cuando vemos que somos pocos y sencillos en torno a la espiritualidad cristiana?

            Resulta que los profetas elaboraron una teoría espiritual cercana a esto: el resto de Israel. Ezequiel habla de ello a su manera. Creyeron que creer en Dios desde el resto tenía sentido, más allá cualquier derrota. En el fondo, parecía concitar mejores garantías de ser una fe de calidad.

            Fomentar la posibilidad, la ilusión de no tener que depender del número puede ser una bocanada de aire fresco en la manera de vivir hoy la fe. Puede ser que eso disipe muchas de las brumas que, a veces, hacen gris nuestra manera de ser creyentes. Puede incluso que, situándose en ese terreno de la sencillez, de la minoridad, se abran pequeñas puertas de novedad, sendas sencillas que antes no pensábamos ni que existieran, posibilidades de conectar con situaciones de vida que están ahí, pero que antes ni las veíamos.

 

  1. 1.      Meditación de la Palabra: Ez 6,8-10

 

8                     «Con todo, dejaré entre las naciones un resto de los que escapen a la espada cuando os disperse entre las naciones. 9Los que sobrevivan se acordarán de mí en las naciones adonde serán llevados cautivos. Quebrantaré su corazón adúltero que se apartó de mí, y sus ojos adúlteros, que se volvieron a sus ídolos, y tendrán horror de sí mismos por las maldades y acciones detestables que cometieron, 10y reconocerán que yo, el Señor, no los había amenazado en vano con estos castigos». 

 

  • Este es mi Ezequiel: de piel amarga, censurador, echando en cara la verdad como una bofetada, haciendo enemigos. Ya le suavizará el exilio; ya llegará a entender que por el camino de la compasión y de la piedad se llega antes al corazón. Porque, aunque parezca que no, él quiere tocar el corazón desleal de Israel, quiere llegar a esa zona donde se ve con claridad que el camino que se lleva no es el adecuado y que es preciso abrirse a otras posibilidades. Es un oráculo que interrumpe el discurso contra los altozanos de Israel del cap.6. Tiene prisa el  editor para adelantar lo que luego dirá el mismo Ezequiel: que hay posibilidad de vivir desde una perspectiva de más pobreza y de más libertad.
  • Un “resto entre las naciones”, un grupo náufrago en el inmenso mar del paganismo (como el origen del cristianismo, tiempo de pobreza, de poco número, pero enormes posibilidades), una realidad que no cuenta socialmente porque, al ser tan pequeña, nadie se fija en ella. Un resto, un sobrante, un saldo, un descarte diría el Papa Francisco. La perspectiva del resto es el amor purificado; la de las naciones es el poder creciente. Por ser resto, ¿es una realidad muerta? No, porque el vigor no depende del número, sino del corazón, del alma, de la interioridad. Levadura, dirá Mt 13,33.
  • El resto será “de los que escapen de la espada”, lo que han visto de frente al horror, los que han olido la sangre derramada, los que han intuido bien el abismo en el que estamos, lo que no dicen “la cosa no es tan grave” y siguen como siempre en un no-saber que adormece. Son gente lúcida porque la percepción del fracaso les ha hecho lúcidos. Han asimilado la lucidez que viene de la derrota. Sin lucidez, sin sentido crítico, seguimos en la niebla que lo confunde todo.
  • Y eso lo entienden de maravilla porque están “dispersos entre las naciones”, rotos los vínculos que les hacían creer que eran fuertes, desacreditadas y desaparecidas las instituciones que les deban un nombre y un prestigio, sin la arrogancia de los líderes que les decían somos tantos y tales. Ahora es la desconexión, la desbandada, la lejanía y el desamparo que se siente cuando no hay nadie cercano a quien recurrir. Para verse libre de la tentación del número hace falta asumir una cierta dosis de desamparo.
  • No todos podrán con ello, porque o morirán a espada o morirán de desaliento y de pena. Pero “los que sobrevivan se acordarán de mí”, volverá la memoria y el recuerdo cuando amaine el vendaval, cuando escueza un poco menos la herida. Cuando ya no quede nada, volverán los ojos a aquel de quienes lo apartaron porque les llamaba a la humildad, a la sencillez, y ellos querían fama y poder. Mirarán a través de las lágrimas lo que no vieron cuando se alegraban de su fuerza. Y se darán cuanta a través de las lágrimas de que quien les mira es  el Dios de los humildes, el caminante que demanda caminar humildemente con él (Miq 6,8). Sin descubrir el rostro humilde del Dios humilde, sino entrever a través de las lágrimas  el rostro humano de Jesús, ¿cómo va a brotar la posibilidad de vivir en libertad sin el atenazamiento del número y de su ideología del poder?
  • Por eso, la cautividad entre las naciones es el reflejo de la otra cautividad sufrida, la de la fuerza, la del brillo, la del triunfo que nos convierte en dioses y que hace innecesario el Dios de los sin-número. La cautividad de las naciones es hoy la economía neoliberal que nos cautiva y su duro consumo, el capitalismo de la vigilancia que nos hace dependientes en extremo de los datos en las redes y nos atonta con tanto artilugio, el individualismo exacerbado que nos impide mirar más allá del puente de nuestro pueblo generando una indiferencia que nos corroe. En esas cautividades habrá que percibir la posibilidad de ser resto, de creer en la alternatividad, de dar valor a los caminos, que por insignificantes, son menospreciados.
  • Y todo ello hasta “quebrantar el corazón”, hasta doblegarlo por amor, hasta hacer ver que si no se llega al corazón, hablar de vivir con ilusión alejados de la espiritualidad del número es música celestial. Un corazón quebrantado no es un corazón humillado (como dice  Sal 50,17), sino humilde, pacificado, comprendedor de caminos simples, valorador del lado más fraterno de las cosas. Dice Ezequiel que es un corazón adúltero. El adulterio es el abandono del camino del amor para tomar el camino del desamor. Todos vivimos en hondo adulterio porque andar en el desamor es mucho más grave que irse de picos pardos o más. Ezequiel cree que el apartamiento de la Ley es el apartamiento de Dios y e, en parte, así es. Pero el gran apartamiento del corazón es el abandono del amor. Lo decimos de nuevo: si no hay vuelta a la senda del amor, vivir la fe en el desamparo de no-número se tornará imposible.
  • Los “ojos adúlteros” son los que se encandilan con las liturgias del poder, los que miran con envidia a quien acumula bienes, los que anhelan brillo para deslumbrar y ser temidos, los ojos que no se apartan de la norma para beneficiarse de ella, los ojos que miran en la dirección del poder porque se anhela la amistad de los fuertes. Ojos llenos de ídolos atrayentes, por más que tengan los pies de barro. Mientras esa mirada no se purifique, vivir en el no-número será una insensatez deleznable.
  • Y “tendrán horror de sí mismos”. Quizá más que horro (que conlleva una vergüenza no asumida) será cuestión de tener piedad de los días vividos lejos del amor. Piedad del tiempo que no se ha disfrutado desde la sencillez, piedad del número de encuentros frustrados, piedad del desenfoque con el que se ha mirado del rostro de quien ha vivido con nosotros mucho tiempo, piedad de las preocupaciones que no nos tenían que haber preocupado. Piedad necesaria para mirar con paz la posibilidad de caminos nuevos.
  • Cree Ezequiel que Dios que amenaza es efectivo para enorme mutación de vida. Pero ya hemos aprendido que no, que Dios no amenaza a nada ni a nadie, sino que ama y espera sin condiciones. Lo hemos aprendido de Jesús en sus caminos andados con nosotros. Si Ezequiel hubiera conocido a Jesús habría depuesto este argumento y se habría aliado con el Dios de amor que no sabe de rencores y de condenas. Ezequiel, hermano, depón tu talante amenazante para no hacer amenazador al mismo Dios. Andar la senda frágil pero hermosa lejos del tiranía del número exige el alejamiento de cualquier tipo de amenaza.
  1. 2.      El dinamismo del poco número

 

Acostumbrados a la fuerza del número, no nos creemos que el poco número pueda encerrar un dinamismo creativo, que l senda del poco número sea prometedora. Pero no es así. Nuestra fe ha sido engendrada en una historia de poco número:

  • El poco número de Abrahán: Según Gén 12 Abrahán, Saray y sus criados iniciaron la gran andadura de la historia de salvación. Escaso número para tan gran empresa. Más allá de su veracidad histórica o no, la cosa queda clara: los orígenes de la fe abrahámica han sido humildes, de poco número. El acento no estaba puesto sobre el número, sino sobre la fe en una utopía, aunque tal utopía la asiente el escritor bíblico sobre el número (“como las estrellas….como la arena de la playa… Gén 22,17). No es fácil librarse del número ni siquiera en los orígenes.
  • El poco número de Jesús: porque aunque dicen los evangelios que en Galilea le seguían multitudes (Lc 14,25) y que eligió a 70 (Lc 10,1), al final, en la hora de la verdad, el grupo se redujo a unos pocos seguidores y a algunas mujeres. Poco número y amenazado de desilusión. ¿Cómo fue posible una renacer y con tal ímpetu? ¿Fueron solo las circunstancias del momento o algo “ardía” en aquel grupo que lo hacía fuerte más allá del poco número? Más aún, ¿la transformación de aquel fuego en número grande no fue un peligro de extinción para ese mismo  fuego? ¿Habría permanecido el dinamismo inicial si no se hubiera llegado al gran número? ¿Mató la intuición evangélica la institucionalización eclesial?
  • El poco número de las comunidades iniciales: hay una comunidad muy viva, la de Filipos, que solo estaba compuesta de algunas mujeres y no tenían ni un sitio para reunirse; por eso se reunían “en un recodo del río” (Hech 16,13), la comunidad de Filipos. Fue la comunidad que más le entró a Pablo en su corazón, quizá por ser tan pobre, tan generosa y tan animosa. Comunidades irrelevantes pero altamente significativas. Luego derivarían en el gran número, época de gloria social y edad de penumbra (como dice C. Nixey).
  • El poco número de Francisco de Asís: porque así fue la sorpresa de Francisco: que unos pocos jóvenes de su ciudad, se unieran para un ideal evangélico de minoridad. Sorpresa de vida. Pero la sorpresa de pesadumbre fue que miles de hombres, ya en vida de Francisco, conformaran una Orden potente, organizada y utilizada por el mecanismo eclesiástico. Los muchos hermanos fueron para Francisco causa de grandes sufrimientos personales y organizativos. Clara, la mejor discípula de Francisco, supo mantenerse en el poco número por encima de sugerencias y amenazas. La pregunta es la de siempre: ¿qué hubiera pasado si el franciscanismo se hubiera mantenido en el poco número? Pero, como esa pregunta ya no tiene sentido, hay que hacerse otra: ¿cómo vivir en la espiritualidad del poco  número siendo los que somos? ¿Es posible, es deseable, lleva a alguna parte, es un dinamismo preferible al del mucho número, a la espiritualidad de “implantación” que es la oficial?
  • El poco número de C. de Foucauld: ha sido alabado en FT 287 como “hermano universal”. Hermoso título para una persona que anheló tener hermanos y murió sin haber conseguido ni un solo compañero, aunque hoy sean muchos miles los que conforman su familia espiritual. Quizá han sabido mantener la espiritualidad del exiguo número del principio siendo un número grande. Habría que preguntarles cómo  lo han hecho. En su última carta el equipo internacional decía, ante el tema de la Covid, “somos gente corriente que tiende la mano”. Una hermosa definición, compatible con el pequeño número.
  • El poco número de los grupos ignorados: porque la prensa religiosa pone ante los ojos las grandes concentraciones de creyentes (a las que son muy aficionados los Papas y los altos eclesiásticos). Pero hay muchos grupos ocultos, pobres, sencillos, que se reúnen en una cocina, en un cuartito de una parroquia rural de la España despoblada, en la salita de estar de un piso en una “colmena” de la gran ciudad. Y ahí tratan de mantenerse y de ahondar en su fe, celebran a veces la cena del Señor, y mantienen el frágil fuego de la comunidad. Pequeños en número, frágiles en su estructura, titubeantes en sus caminos. Pero ahí están. Se demanda uno si no serán el verdadero cimiento de la Iglesia, lo que hace que se mantenga viva por encima de tantas limitaciones.

 

  1. 3.      Alimentar la ilusión en caminos de poco número

 

Por muchas razones, vivimos con frecuencia en el marco de caminos vitales de poco número. ¿Cómo mantener ahí viva la ilusión, cómo alimentarla?

  • Alimentar la ilusión de caminos de amparo que nunca tienen brillo social: pequeños voluntariados, pertenencia a ongs sencillas, colaboración no reglada en tareas de alfabetización, pérdida de noches sin sueldo en pisos tutelados, etc. Muchas veces se dirá que eso no cambia el sistema, que las cosas siguen igual o peor, que es hacerles el caldo gordo a las autoridades, que hay que ir más a las causas. Todo eso puede que sea en parte verdad. Pero, ¿cómo hacer esos trabajos cuando no hay mucha gente que los haga, cuando no te van a pagar de ningún modo, cuando no hay el agradecimiento que reconforta el alma? ¿Cómo alimentar la certeza de que “quien salva a un alma sencilla es como salvar a toda la humanidad”) FT 287)? ¿Es esto excesivo? ¿Qué mística puede sostener los caminos del desamparo?
  • Alimentar la ilusión en las comunidades religiosas que decrecen: que son muchas y que corren el riesgo de que, con la sequía de vocaciones, la ilusión se vaya por el sumidero. ¿Cómo hacer ver que pocos y pobres pueden ser creyentes ilusionados? ¿Cómo devolver el brillo por el amor a la comunidad en los ojos que tienden a cerrarse en sí mismos? Es más grave el problema de falta de ilusión que la falta de vocaciones. ¿Para qué queremos vocaciones hambrientas de número, de obras, de brillo, de reconocimiento social?
  • Alimentar la ilusión de quienes buscan espiritualidad: ya que en medio de esta sociedad nuestra tan marcada por un exacerbado consumo, sigue habiendo bastante gente que busca espiritualidad, que anhela el silencio, que, a su manera, practican la oración, que tratan de leer con profundidad los caminos de la vida. ¿Cómo alimentar esa ilusión? ¿Cómo decirles, más allá de las palabras, que su búsqueda es la que mantiene con vida el alma de la historia? Habrá que alimentar esa ilusión con la presencia, con la experiencia compartida, con las ofertan de posibilidades sencillas, si se dispone de ellas. Ofrecer espiritualidad quizá sea hoy más interesante que ofrecer religión, por más que la espiritualidad sea un camino de pocos.
  • Alimentar la ilusión de quien se empeña en mezclar fe y justicia: se empeñan en mezclarla en eucaristías más “sociales” o en el interés porque suenen en la oración los problemas más graves de la justicia. Y tratan de hacerlo de manera lo más concreta posible, poniendo rostro a personas y situaciones. Esa ilusión de hacer más social el trillado camino de la oración de petición no solamente puede contribuir a devolver la ilusión al hecho orante, sino también a dar otro tomo y otro sentido a tal oración. Algunas comunidades orantes lo han comprobado (eso dice J. Chittister). ¿Cómo va a haber eucaristía sin justicia? ¿Cómo se va a llevar a la oración los gozos y esperanzas de la vida como decía GS 4?
  • Alimentar la ilusión en los “apostolados laicos”: porque hay “apostolados” que no tienen que ver directamente con el hecho religioso, aunque sí con el evangélico: acoger a débiles en la propia familia como si fueran un miembro más; facilitar vivienda a quien le es denegada porque no tiene papeles; impedir desahucios injustos en la carne de los más desfavorecidos; acompañar a oficinas de extranjería, a los lugares precisos en los grandes hospitales; estar cerca de los presos más olvidados y de quienes tienen problemas psiquiátricos. En tales apostolados no se invoca a Dios, pero  ahí está. Colaborar a ellos o, al menos, apoyar explícitamente a quien los hace puede contribuir a llenar de mística estos caminos trabajosos. Algo impagable.

 

  1. 4.      Para orar

 

  • Les dijo otra parábola: «El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta» (Mt 13,33).

 

El valor de lo escondido, su fuerza de iluminación y de dinamismo. No aspirar a que todo sea levadura.

 

  • Razón poética:

 

¿Dices que nada se crea?
No te importe; con el barro
de la tierra, haz una copa
para que beba tu hermano.

 

(A.   Machado)

3

LA ILUSIÓN DE VIVIR

EN UNA CULTURA DEL ENCUENTRO

 

            ¡Cómo hemos echado en falta en este tiempo de pandemia los encuentros con la familia, las amistades, los mismos hermanos! Nada los suple: ni el móvil, ni los emails, ni los guasaps, ni las videollamadas. Nada es como verse la cara, estrechar las manos, sentir el calor del abrazo y la caricia reconfortante. Nada suple al placer enorme de estar con otro en alegría y comunicación. Por eso, se nos hace angustiante no saber hasta cuándo va a durar esto, cuándo va a llegar el tiempo de los encuentros normales, aquellos sin los que el corazón no sabe vivir. ¡Quién nos iba a decir a nosotros que, tantas veces, hemos abominado de la cantidad enorme de reuniones que decíamos tener!

            Lo sabemos: los encuentros son la mejor medicina contra la tristeza, el autodesprecio, los sentimientos de culpa, la falta de fuerza de voluntad. El encuentro despeja la mente, borra de los ojos la niebla que se pega con la soledad, devuelve el gozo de sentirse vivo palpando la vida de los otros. Los encuentros son, en parte notable, la razón que nos hace levantarnos cada día. El aislamiento y el desencuentro son enfermedades graves porque roen el alma hasta dejarla vacía. Por eso han sufrido tanto los mayores solos en sus residencias sin posibilidad de encuentros familiares.

            Y lo que ocurre en el inmediato plano personal, pasa en el social: los desencuentros entre países tienen consecuencias muy graves; los desencuentros entre creyentes llevan a duros enfrentamientos; los desencuentros entre adinerados y excluidos son una bomba de relojería para la sociedad. Cuando se elije el camino del encuentro, la solución asoma en el horizonte; cuando, por el contrario, nos empecinamos en el desencuentro, el horizonte se ennegrece.

            Los judíos llamaron “tienda del encuentro” al arca de la alianza (Ex 33,7-9). Esa era un encuentro en el deseo de Dios. Pero lo vital y decisivo es construir un encuentro en el caminar de los humanos. Construir el encuentro es, por más que lo anhelemos, tarea hermosa y dificultosa en la que nada se nos da hecho ya. Es la aportación de cada cual la que cuenta. Por eso necesita de la ilusión que lo alimente, del anhelo que lo busque, de la imaginación para abrir caminos de abrazo y cercanía.

            Como luego diremos, el Papa Francisco desarrolla ampliamente en su encíclica Fratelli tutti la espiritualidad del encuentro. Y dice que la cultura del encuentro es como un poliedro de muchos lados: «El poliedro representa una sociedad donde las diferencias conviven complementándose, enriqueciéndose e iluminándose recíprocamente, aunque esto implique discusiones y prevenciones. Porque de todos se puede aprender algo, nadie es inservible, nadie es prescindible» (215).

            Ilusionarse una vez más la belleza de este poliedro que es la vida en encuentro, en comunidad, en sociedad, puede ser una manera nueva de vivir no solamente las relaciones humanas, sino las que tenemos con la naturaleza y con el mismo Dios cuyo encuentro está en “las entrañas dibujado”, como decía san Juan de la Cruz.

 

  1. 1.      Meditación de la Palabra: Ez 12,11-15

 

11«Di: Yo soy un signo para vosotros: como yo he hecho, así harán con ellos. Serán deportados, irán al destierro. 12El príncipe que vive entre ellos se cargará al hombro el equipaje, en la oscuridad saldrá por una brecha que abrirán en el muro para sacarlo, se cubrirá la cara para no ver su tierra con sus propios ojos. 13Pero yo tenderé mi red sobre él y quedará preso en mi trampa. Lo llevaré a Babilonia, a la tierra de los caldeos, donde morirá sin poder verla. 14A cuantos lo rodean para ayudarlo y a su escolta los dispersaré a todos los vientos y desenvainaré la espada detrás de ellos, 15y reconocerán que yo soy el Señor, cuando los haya dispersado entre las naciones y los haya esparcido por los países».

 

  • Es uno de tantos oráculos donde Ezequiel amenaza a su auditorio (que, por cierto no le hacía mucho caso: Ez 33,32). Esta vez con el destierro. Ya hemos aprendido que la amenaza renta poco de cara a un cambio; a veces, empecina más. Pero la profecía (y el mismo evangelio) emplea esta pedagogía negativa. Amenazar es empujar desde fuera de alma de aquel a quien se amenaza, desde la lejanía de su corazón, desde la única perspectiva de uno mismo. Si se quiere un encuentro, habrá que bajar a la arena del corazón ajeno, al camino común de sus intereses, a sus razones, por mucho que no me convenzan. ¿A qué le llevó la amenaza a la profecía, a qué le ha llevado al cristianismo? ¿Ha propiciado encuentros o ha engendrado más lejanías?
  • El destierro era un abismo porque en épocas de despoblación como aquellas suponía el riesgo de la desaparición de un país, como muchas veces sucedió en la historia. Un pueblo insignificante como Israel y desterrado puede ser un pueblo desaparecido. El destierro reducía a nada los encuentros cultuales, las reuniones creyentes, las comidas y asambleas que la fe propicia. Estar entre paganos era estar abocado a la disolución. Tendrían que hallar una manera de encontrarse para no desaparecer porque quien no se encuentra corre el riesgo de desaparecer por más que siga vivo. No encontrarse es como estar muerto.
  • Será un destierro obligado (cautivos) y vergonzante. El profeta hizo un gesto raro: cogió en un hatillo su ajuar y salió por un boquete del muro, no por la puerta, como un ladrón que huye con la cara tapada (Ez 12,7). Eso mismo hará el último rey, Sedecías: una salida vergonzante, en la oscuridad, en pobreza, en derrota. Las instituciones, la realeza, destrozada porque no ha propiciado el encuentro sino el desencuentro de una guerra suicida. Los desencuentros se pagan en moneda de derrota, no son inocuos. ¿Dónde están los que le adulaban, los que fingían encontrarse con él? No eran encuentros de verdad, sino comedias. Por eso ahora se encuentra huyendo en soledad, que es la peor forma de huir.
  • Y para colmo, un rey cazado y, cosa que no dice el texto, humillado: según 2 Re 25,7 tuvo que presenciar el asesinato de sus hijos, le sacaron los ojos y con una cadena de bronce al cuello (Jer 52,11) fue llevado al exilio. Así iba la columna al exilio, en la mayor derrota. De nada sirvieron sus encuentros cultuales ni sus contubernios políticos. Al final, dispersión y humillación. Dispersos “a todos los vientos”, como quien no tiene horizonte  preciso, como quien cuya vida ha perdido la orientación, el sentido. A eso lleva la cultura del individualismo y del desencuentro.
  • En el “desparrame y la dispersión” volverán a saber que Dios es el Señor. Pero lo sabrán cuando asimilen la herida, la propia herida, cuando recapaciten sobre su situación, cuando vuelvan sobre sus pasos. No sabrán quieran que no (quizá eso le gustaría a Ezequiel). Encontrar la senda del encuentro demanda un análisis de la propia situación, un ver a qué hemos llegado, un intuir otras posibilidades, un animarse con ilusión a andar las sendas del corazón no los caminos de la indiferencia y del egoísmo.
  • El estar desparramados “por los países”, no por un único país llevará a la globalización de los encuentros, a saber que cualquier lugar del mundo puede ser tu casa si vives con corazón, a pensar que el futuro de lo humano es la interrelación entre los pueblos, la gran fraternidad. Era mucha lección para aquellos atribulados judíos. Pero aquellas semillas apuntaban a estos frutos.

 

  1. 2.      Ahondamiento

 

La cultura del encuentro ocupa en Fratelli tutti un lugar principal. Convencido el Papa a la altura de su existencia de que la vida es un tiempo de encuentro (66.215) y de que uno se realiza transcendiéndose en el encuentro con los otros (87.111) acuña el documento la expresión “cultura del encuentro” que se opone a la “cultura del enfrentamiento”, único camino para devolver la esperanza a la sociedad (32) superando el miedo que bloquea tal encuentro (41) y abriéndose a la escucha (48).

Porque la cultura del encuentro «exige colocar en el centro de toda acción política, social y económica, a la persona humana, su altísima dignidad, y el respeto por el bien común» (232), el Papa está convencido de que «un camino de fraternidad, local y universal, sólo puede ser recorrido por espíritus libres y dispuestos a encuentros reales» (59). La misma política, dirá luego, es cuestión de encuentros (165.190). Por todo esto llega a decir que «hablar de “cultura del encuentro” significa que como pueblo nos apasiona intentar encontrarnos, buscar puntos de contacto, tender puentes, proyectar algo que incluya a todos» con sus diferencias (216-217). De ahí que el documento se anime a proponer «un encuentro social real pone en verdadero diálogo las grandes formas culturales que representan a la mayoría de la población» (219). 

Como herramientas necesarias para el logro de esta cultura del encuentro, propone el Papa, en primer lugar, los trabajos por un gran pacto social que ponga «en verdadero diálogo las grandes formas culturales que representan a la mayoría de la población» (219). Ese pacto social ha de incluir, a su vez, un pacto cultural «que respete y asuma las diversas cosmovisiones, culturas o estilos de vida que coexisten en la sociedad» (219). En segundo lugar se necesita emplear exhaustivamente la herramienta del diálogo, paciente y confiado (134). Se necesita una educación para el diálogo (103) para que pueda ser una realidad el diálogo con los diferentes (148). La certeza del valor imprescindible del diálogo se asienta en la certeza de que «un verdadero espíritu de diálogo se alimenta la capacidad de comprender el sentido de lo que el otro dice y hace, aunque uno no pueda asumirlo como una convicción propia» (203). Por eso el diálogo es imprescindible en la tarea política (196). El documento dedica casi un capítulo, el sexto, al diálogo que construye el amor social porque «el auténtico diálogo social supone la capacidad de respetar el punto de vista del otro aceptando la posibilidad de que encierre algunas convicciones o intereses legítimos» (203.219.262).           

Otro elemento necesario para una saludable arquitectura social de encuentro es el de generar procesos de inclusión que tengan a raya la amenaza de la cultura del descarte (188). El Papa tiene una perspectiva clara: «La inclusión o la exclusión de la persona que sufre al costado del camino define todos los proyectos económicos, políticos, sociales y religiosos» (69). De ahí que el documento recuerda a la cultura moderna, tan orgullosa de sus logros, que «al crecimiento de las innovaciones científicas y tecnológicas tendría que corresponder también una equidad y una inclusión social cada vez mayores» (31).

Más que en el apartado de la política, quizá haya que situar aquí un tema al que el documento dedica varios números: la memoria que aleja a la venganza. El olvido es inaceptable por lo que se precisa mantener viva la memoria (246). Nunca se avanza sin memoria (249). Pero ni la venganza ni la impunidad resuelven nada (251-252). El perdón resulta así elemento insustituible de la arquitectura de la paz para no caer en una paz aparente (236). Para el Papa la clave es tener controlada la sed de venganza (241-242.251) a la que opondría el arma de la bondad (243) manteniendo la fe de que en los procesos sociales la unidad es superior al conflicto (245).

 

  1. 3.      Claves para el encuentro

 

-          Acercarse: no ver al otro o al problema del otro como desde lejos. Intentar acercarse, informarse, preguntar, hacer una idea antes de emitir un juicio. Se trata de mirar con humanidad lo que nos rodea. Desde la lejanía es difícil alimentar la ilusión por los encuentros. De cerca se ve más clara las dificultades y las posibilidades.

-          Acoger: lo que significa intentar dejar de lado prejuicios, estereotipos, ideas preconcebidas. Hay que cuestionar ese muro que se nos hace, a veces, infranqueable. Poner en cuarentena experiencias negativas y apoyarse en las que hayan salido mejor.

-          Escuchar: antes de hablar, dejar que el otro hable. Escuchar implicativamente, como quien tiene interés en lo que escucha, no como quien oye llover. Tratar de escuchar sin que lo que escucha levante oleadas de indignación interior. Intentar mantener la calma ante lo que se oye y no se está de acuerdo. Hacer incluso un esfuerzo por escuchar lo que no se oye, lo que no se dice, pero que está ahí. El encuentro sin escucha resulta imposible.

-          Ofrecer: hacer ofrenda de algo de uno mismo hacia el otro. Creer que sin ofrenda no es fácil encontrar vías comunes de convivencia. Ofrendar no quiere decir renunciar a lo que uno vive y siente; es poner un poco de lo tuyo en la “cesta” del otro. Un encuentro con mi yo intacto, con lo mío intacto no llegará a buen término.

-          Creer: en el otro, aunque eso cuesta mucho aunque esa “fe” es la verdadera esencia del encuentro. Pensar, al menos, que, aun estando en posiciones distintas, se puede tener una parte, siquiera pequeña, en común. Que se pueden encontrar lugares comunes de participación y tramos de camino compartidos. Esos inicios pueden ser la puerta de un encuentro vivido en mayor plenitud y gozo.

-          Salvarse: nos salvamos todos o no se salva nadie, dice el papa Francisco (FT 137). No ceder al “sálvese quien pueda” del individualismo y de quien se cree más fuerte. Desear el encuentro común que “salve” a todos, sobre todo a quien tiene menos posibilidad de participar en una salvación humanizadora.

 

  1. 4.      Para orar

 

  •       «Entró en Jericó y empezó a atravesar la ciudad. En esto, un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de recaudadores y además rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Entonces se adelantó corriendo y, para verlo, se subió a una higuera, porque iba a pasar por allí. Al llegar a aquel sitio, levantó Jesús la vista y le dijo: - Zaqueo, baja en seguida, que hoy tengo que alojarme en tu casa. Él bajó en seguida y lo recibió muy contento. Al ver aquello, se pusieron todos a criticarlo diciendo: -¡Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador! Zaqueo se puso en pie y dirigiéndose al Señor le dijo: - La mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres, y si a alguien he extorsionado dinero, se lo restituiré cuatro veces. Jesús le contestó: - Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también él es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar lo que estaba perdido y a salvarlo» (Lc 19,1-10).

 

Jesús se aloja en casa de Zaqueo aprestándose a un encuentro gozoso, comunicativos, expansivo. No hay prisa. La oferta del reino se hace en la calma y en el sosiego, no en el apremio y la prisa.

 

 

  • Razón poética:

 

Los que aman la soledad

también aman la compañía:

ésa es la ley de oro

que siempre se ignora en los rebaños.

 

                        (R. Argullol

 

 

4

LA ILUSIÓN DE VIVIR EL AMOR ASIMÉTRICO

 

            Acercarse al misterio del amor es ahondar en el misterio de la vida. Por muchas que sean las derrotas, las traiciones, los abandonos, las injurias inferidas al delicado amor, la persona vuelve irremediablemente a ese camino. De tal manera, que los más desencantados del amor no dejan, a su  manera, de amar y sus mayores detractores esconden en su interior semillas pequeñas de amor. Más aún, quizá su negación sea una manera más de decir que se cree en el amor. ¿Por qué esto es así?¿Por qué se prefiere sufrir pasión y dolores antes que andar sin amores, que cantaba el rey Sabio? ¿Donde tiene sus raíces la necesidad  de amar y ser amado?

            El modo normal de amar al que las personas aspiran es lo que podíamos llamar el amor simétrico: yo ye amo y pido, en justa correspondencia, que tú me amas. Si yo te amo y tú no, nuestra relación de amor se hace prácticamente inviable. Muchas heridas, rupturas, alejamientos, con su retahíla de reproches, descalificaciones y hasta ofensas provienen de la supuesta asimetría: yo te amo y tú no me amas. Hay que decir que el amor simétrico es muy hermoso y que ojalá se diera siempre.

            Pero en la vida ocurre muchas veces, personal y socialmente, que no se da esta simetría bien porque no se quiere o porque no se puede. No se quiere y por eso se rompe la simetría; no se puede y aunque no se desee romperla no hay manera de superarla. ¿Hay posibilidad de plantear un amor asimétrico,  un amor que responda con amor al desamor, un amor que no reciba la contraparte de amor que el corazón anhela? Esto es lo que planteará el pasaje de Ezequiel que queremos ver ahora; este tipo de amor es el “como yo os he amado” de Jesús (Jn 13,34-35).

            Si no conociéramos a personas que aman asimétricamente nos retrairíamos a la hora de plantear este tipo de reflexiones. Pero todos conocemos a personas que se entregan sin premio, sin aplauso, sin agradecimiento. Conocemos a personas en las que la plantita del amor o se ha agostado por más que hayan sufridos heridas y traiciones; conocemos a muchos que son capaces de abandonar los pegajosos caminos del odio por un amor herido y mantenerse amantes más allá de los costurones de la vida. Es cierto que el amor puede morir; pero es difícil que muera del todo si se enfoca desde la bondad esencial del ser humano.

            Por todo esto, creemos que alimentar la ilusión de la posibilidad de una vida en amor asimétrico no es una superficialidad. Más aún, pensamos que esta mística nos devolvería el sosiego en muchas ocasiones, abriría pequeños espacios de reconstrucción del amor roto y, lo que es más importante, mantendría viva la llama del amor sin la cual la vida se entenebrece y el horizonte humano pierde su sentido.

 

  1. 1.      Meditación de la Palabra: Ez 16,1-15.60.63

 

«1Me fue dirigida esta palabra del Señor: 2«Hijo de hombre, hazle conocer sus acciones detestables a Jerusalén. 3Di: Esto dice el Señor Dios, a Jerusalén. Por tu origen y tu nacimiento eres cananea: tu padre era amorreo y tu madre hitita. 4Así fue tu nacimiento: El día en que naciste, no te cortaron el cordón, no te lavaron con agua para purificarte, ni te friccionaron con sal, ni te envolvieron en pañales. 5Nadie se apiadó de ti ni hizo por compasión nada de todo esto, sino que por aversión te arrojaron a campo abierto el día que naciste. 6Yo pasaba junto a ti y te vi revolviéndote en tu sangre, y te dije: Sigue viviendo, tú que yaces en tu sangre, sigue viviendo. 7Te hice crecer como un brote del campo. Tú creciste, te hiciste grande, llegaste a la edad del matrimonio. Tus senos se afirmaron y te brotó el vello, pero continuabas completamente desnuda. 8Pasé otra vez a tu lado, te vi en la edad del amor; extendí mi manto sobre ti para cubrir tu desnudez. Con juramento hice alianza contigo —oráculo del Señor Dios— y fuiste mía. 9Te lavé con agua, te limpié la sangre que te cubría y te ungí con aceite. 10Te puse vestiduras bordadas, te calcé zapatos de cuero fino, te ceñí de lino, te revestí de seda. 11Te engalané con joyas: te puse pulseras en los brazos y un collar en tu cuello. 12Te puse un anillo en la nariz, pendientes en tus orejas y una magnífica diadema en tu cabeza. 13Lucías joyas de oro y plata, vestidos de lino, seda y bordado; comías flor de harina, miel y aceite; estabas cada vez más bella y llegaste a ser como una reina. 14Se difundió entre las naciones paganas la fama de tu belleza, perfecta con los atavíos que yo había puesto sobre ti —oráculo del Señor Dios—. 15Pero tú, confiada en tu belleza, te prostituiste; valiéndote de tu fama, prodigaste tus favores y te entregaste a todo el que pasaba. 

60Con todo, yo me acordaré de mi alianza contigo en los días de tu juventud, y estableceré contigo una alianza eterna. 61Te acordarás de tu conducta y te avergonzarás al acoger a tus hermanas mayores y a las menores, pues yo te las daré como hijas, pero no en virtud de tu alianza. 62Yo estableceré mi alianza contigo y reconocerás que yo soy el Señor, 63para que te acuerdes y te avergüences y no te atrevas nunca más a abrir la boca por tu oprobio, cuando yo te perdone todo lo que hiciste —oráculo del Señor Dios—».

 

  • He aquí una historia de amor asimétrico descrita con minuciosidad (si hay ánimo, estaría bien leer y subrayar todo Ez 16). Es una historia herida, quejosa, que echa en cara, hiriente incluso porque Ezequiel no sabe salir de ese registro. Pero es, al fin y al cabo, una historia de amor. Los profetas que hablan desde la vida, casados, utilizaban su experiencia matrimonial, incluso con sus altibajos, para hablar de la relación entre Dios e Israel, entre Dios y  nosotros (así Oseas, Jeremías, etc.). Hablar del alejamiento de la alianza como de una traición al amor quiere decir que esa alianza no era cuestión solamente de cumplir una normativa religiosa sino que, sobre todo, era cuestión de amar. Eso es lo que quizá no ha llegado a entender Israel. Eso es lo que pretenden textos tan sangrantes como este de Ezequiel.
  • Se comienza claramente por el lado del reproche, de echar en cara las “acciones detestables”.  Y eso, se quiera o no se quiera: “hazle conocer”. El amor asimétrico tendrá que superar ese estadio; anclarse en el reproche es imposibilitarse para dar el mínimo paso adelante. El reproche echado en cara se lleva por delante lo bueno, aunque sea poco, que haya habido en la relación de amor.
  • Recordar el origen ominoso es, quizá, la peor manera de ofender y de humillar: “cananea, hija de padre amorreo y de madre hitita”. Basura, infecta desde la cuna. Recordar orígenes pobres no puede ser punto de partida para valorar a quien nos desamó. Es más bien desde la dignidad, desde el valor de toda persona (ya que no se puede partir del amor) desde donde habrá que valorar al otro.
  • La descripción del nacimiento es igualmente humillante, fruto de un desamor que Ezequiel no tiene aún elaborado. Un nacimiento sin la piedad que requiere el ser acogido a quien nace en desvalimiento. La serie de maltratos termina con el “te arrojaron a campo abierto”, expuesta a las fieras. Nacida para morir, ese es el retrato. Se desciende al más hondo menosprecio para magnificar el amor agraviado. Entrar por la senda del menosprecio es caminar al abismo, darse contra el muro que impide cualquier posibilidad al amor. A pesar de ello, suena por dos veces el “sigue viviendo” que no puede brotar sino de un amor que sigue en lo oculto, aunque vaya rodeado de desazón. Es preciso percatarse que, en base a la bondad que anida en los pliegues del alma, el amor sigue estando presente más allá del amargo envoltorio.
  • En la edad del amor brota incomprensiblemente generoso el amor del fondo: “extendí mi manto…hice alianza contigo” Es el amor que triunfa por encima de las marcas negativas, la memoria doliente que, no obstante, pone freno al olvido y al desentendimiento. Quizá el fallo está en ese “fuiste mía” de Dios que tendrá que renunciar a cualquier posesión si quiere ser para Israel amor entregado. Esto es demasiado para el mecanismo religioso de Ezequiel que piensa que si Dios se entrega se ha de ser forzosamente de él. La realidad le mostrará que eso no funciona así. Pretender atrapar al otro con el amor es matar su libertad; y  un amor con déficit de libertad es un amor dimidiado.
  • Engalanar a quien se ama puede ser una prueba de amor o un chantaje: “bordados…zapatos finos…lino…seda…joyas”. El regalo tiene una función múltiple y una de sus pretensiones es comprar el amor (el Cantar dirá que quien lo pretenda será un insensato: Cant 8,7). Puede que fueran dádivas de amor, pero querían atrapar, controlar. Esa era una de las grandes pretensiones de la ley. Ezequiel lo sabía bien y no le entraba en la cabeza el “descontrol” del amor. Desde esa perspectiva de generosidad sin contrapartida habrá de enfocar la relación de Dios con su pueblo. Lógicamente el amor asimétrico va en otra dirección que el chantaje; precisamente entra en función cuando aquel no resulta.
  • Por eso, se vuelve al punto de partida cuando “te entregaste a todo el que pasaba”. La rueda del desamor vuelve a funcionar cuando no marcha el amor simétrico. Ezequiel llenará de vituperios a la “prostituta” (ese es su mayor insulto, llegando, a veces a la grosería, porque la grosería es compañera del desamor no asimilado: Ez 16,26). En Ezequiel, Dios es el varón que se siente vilipendiado en la licenciosidad de su mujer, nunca al revés. Machismo de siempre del que no se ve libre la imagen de Dios que tiene el profeta. El amor asimétrico exige la liberación de muchos prejuicios sociales. Así el camino estará más libre para poder vivir en esa incomprensible asimetría del amor que no exige.
  • A pesar del largo recorrido de desamor que refleja el capítulo, se concluye en una renovación de alianza: triunfo del amor asimétrico por más que aún tenga que purificarse y deba asumir sin tanto dolor y sin tanta exigencia los extraños caminos que las personas tomamos en la vida como parte de lo que realmente somos. Y, más aún, la alianza que de aquí va a salir no será de prueba, temporal, a ver cómo se responde, sino “eterna”, para siempre. Quedan atrás, difuminadas, desaparecidas todas las exigencias del amor simétrico. No obstante, hay que seguir trabajando, porque las espinas siguen dentro y asoman en modos de venganza “para que te acuerdes y te avergüences”. El amor asimétrico exige un continuo trabajo de compasión, de respeto, de olvido y de generosidad.

 

  1. 2.      El amor asimétrico en los evangelios

 

Si algo nos muestran los evangelios es la extraña manera de amar de Jesús, amor asimétrico. Repasemos:

 

  • Amor desinteresado: no ha andado Jesús sus caminos para llenarse el bolsillo, para amasar ganancias. Por eso ha podido describirse como quien “no tiene dónde reposar la cabeza” (Mt 8,20). No se le conocen riquezas, ni ha repartido prebendas como un rey. Ha sufrido la carencia como toda la masa de empobrecidos de la época. Por eso mismo, nunca ha demandado pago o gratificación por ninguna de sus intervenciones humanizadoras, no ha pasado factura por ninguno de sus consuelos derramados. Toda su visa se ha enmarcado en el terreno de lo gratis; por eso ha podido proponerlo así a sus seguidores (Mt 10,8). No ha dejado a sus seguidores ni bienes ni estructuras económicas; solamente una utopía de minoridad y sencillez. Nunca abandono la pobreza en que nació. Alguien libre de intereses económicos y sociales.
  • Amor sin agradecimiento: porque los evangelios no narran ni una escena de agradecimiento excepto la del leproso samaritano curado (Lc 17,11-19). Hizo muchas cosas buenas a favor de los empobrecidos, pero no hay agradecimiento explícito. No buscó ese agradecimiento; no se lamentó cuando no lo recibió; no dejó de ser bueno porque no se le agradeciera. No salió a los caminos para buscar aplausos, sino para encontrarse con corazones doloridos.
  • Amor sin exigencias: ya que no ponía por delante exigencias morales  o religiosas. Si había conversión, él se alegraba (Lc 19,1-10); si no había, esperaba paciente (Lc 7,36-50; Jn 3,1ss). Él no quería defender postulados, códigos o normas que propusiera como exigencias de su oferta. La única exigencia era el amor (Jn 13,34-35). Por eso ni juzgaba ni rechazaba a nadie, de no ser a quien se aprovecha de Dios para aumentar sus beneficios económicos (Mc 11,15-18). Todos podían aceptar su propuesta porque no había exigencias previas.
  • Amor sin aplausos: cuando alguna vez se los dieron, desvió el asunto hacia lo principal: lo importante era “cumplir el designio” del Padre (Lc 11,27-28), que nada se perdiera (Mt 18,14). Parece que muchos le seguían, pero si le buscaban era en gran parte por propio interés (Jn 6,15). Él rehuyó explícitamente tales aplausos (Jn 6,22-29). Nadie, por supuesto, le aplaudió cuando estaba en el patíbulo, le sacaban coplas (Mt 27,47). Una muerte sin triunfo, sin gloria, sin aplauso.
  • Amor sin esperanzas: que es el amor más puro, porque en las esperanzas se cuela el egoísmo. Por eso fue a tierras de paganos (Tiro y Sidón, la Decapolis). Un judío no pisaba aquella tierra maldita, de no ser para comerciar. Si Jesús fue, un tanto “a la fuerza” (ver el desasosiego de Mc 7,27) no es porque tuviera esperanza, sino porque el Padre le empujaba. En base a tal amor, fue. Y se encontró con lo inesperado, porque, cuando no hay esperanzas previas, cuando se está libre de la simetría, de la justa correspondencia, puede brotar el amor desinteresado.

 

  1. 3.      Caminos de amor asimétrico

 

Son caminos “peligrosos”, que exigen discernimiento, para no hacer el caldo gordo al opresor, para no empeorar las cosas generando más asimetría. Son caminos arriesgados pero que merece la pena intentar.

 

+ El amor asimétrico en la vida familiar: algo que casi todos experimentamos, algo que siempre es resbaladizo. Pero muchas de sus situaciones solamente se pueden enfocar desde el amor asimétrico. Si se aplica la mera simetría, el muro de la imposibilidad es el único resultado.  Se puede aplica la asimetría del amor y, a la vez, ser sensatos. Quizá amanezca lo que parecía imposible. Los pequeños intentos de la asimetría pueden dar buenos resultados.

+ El amor asimétrico en la evangelización: que puede ser un buen antídoto para no buscarnos a nosotros mismos en las tareas de evangelización. Se cuela fácilmente en nuestra actividad pastoral el deseo del nombre, del premio, del aplauso. El amor asimétrico, el no pretender sino que el otro vaya adelante en la vida y en la fe, puede purificar mucho de nuestra tarea creyente.

+ El amor asimétrico en la vivencia de la Iglesia: porque de muchas de nuestras situaciones eclesiales, tan lacerantes a veces, solamente puede sacarnos un amor asimétrico a “los miembros vacilantes de la Iglesia”, como decía santa Clara. Quizá sea eso lo que nos libre de discusiones estériles y de planteamientos enfrentados. Tal vez aprendamos por ese amor que, aunque vayamos en barcas diferentes, todos vamos hacia el mismo puerto que es Jesús.

+ El amor asimétrico en el campo social: cosa que aparece con claridad en los voluntariados: da uno parte de su tiempo y, aunque a veces reciba agradecimientos, otras veces recibe desplantes y vituperios. Mantenerse en esa tarea a pesar de ello es la prueba de que se ha entendido el amor asimétrico. El voluntariado no es solamente renunciar a parte del propio tiempo; quizá sea también renunciar a un agradecimientos que unas veces viene y tras no.

+ El amor asimétrico en el amor social: algo de lo que nos habla ampliamente la encíclica Fratelli tutti. Se trataría de entregarse, de amar, de colaborar con el hecho social aunque veamos que otras personas no colaboran, son destructivas en la sociedad y abusan de la libertad común para hacer su propio capricho. No desistir en amar la ciudad, la región, el país, el mundo por más que haya personas desaprensivas, descuidadas, destructoras del tejido ciudadano, superar el dolor que nos cusa el deterioro social siguiendo en el camino de la colaboración, ése es el lenguaje del amor asimétrico aplicado a la sociedad.

+ El amor asimétrico en la vida comunitaria: sin el que es imposible una relación fraterna: si a todo lo que hacemos en comunidad ha de tener aplauso y pago, muchas cosas caerán fuera. La generosidad es elementos imprescindible para una vida comunitaria saludable. Es preciso inmunizarse contra el desaliento que nos produce ver que yo colaboro y otros/as no colaboran. Sin el amor asimétrico no solamente no se habrá entendido qué es la vida en comunidad, sino que tampoco se habrá entendido qué es vivir en grupo.

 

  1. 4.      Para orar

 

  • «Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos. Ellos lo observaban atentamente. Jesús dijo al que lo había invitado: “Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa.
    Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos!».

 

¿Cómo entender que hay recompensa en la misma generosidad, que la alegría de ver crecer al otro es suficiente recompensa? Solamente desde el amor asimétrico.

 

  • Razón poética:

 

Libre te quiero
como arroyo que brinca
de peña en peña,
pero no mía.

 

Grande te quiero
como monte preñado
de primavera,
pero no mía.

 

Buena te quiero
como pan que no sabe
su masa buena,
pero no mía.

 

Alta te quiero
como chopo que al cielo
se despereza,
pero no mía.

 

Blanca te quiero
como flor de azahares
sobre la tierra,
pero no mía.

 

Pero no mía
ni de Dios ni de nadie
ni tuya siquiera.

 

Agustín García Calvo

 

 

5

LA ILUSIÓN DE LA SANTIDAD DE VIVIR

 

            Por muchas que sean las heridas, las traiciones, los abandonos con que maltratamos el camino humano, hay en la persona un apego a la vida inscrito en nuestros genes. Ya lo decía Job sin saber de genética: “¡Todo lo que tiene el hombre lo daría por su vida!” (Job 2,4). No se trata solamente de una reacción “animal” ante los peligros de la vida, un mecanismo de defensa. Es la certeza, muchas veces difusa, de que se tiene un don valioso en las manos, de que, por muchas que sean las penurias de la vida, uno es afortunado por haber sido llamado. A las personas más maltratadas por la vida no es fácil hacerles ver esto; pero quienes hemos sido mejor tratados tendríamos que verlo y agradecerlo.

            Es que la vida encierra dentro una especie de “santidad” que no tiene que ver con la santidad de los altares. Decir que la vida es “santa” es decir que es una realidad que, indefectiblemente, tiende a la dicha. Hemos sido creados para la dicha, no para el trabajo (aunque haya que trabajar para poder vivir con dignidad). No ser dichoso (dentro de las posibilidades limitadas que tenemos) sería el mayor pecado, el mayor error. Dios no nos ha creado para el exilio, para la penuria, para el dolor, por más que nuestro ser limitado lo experimente. La misma resurrección la entendemos como la dicha plena.

De ahí que se pueda anhelar alimentar la ilusión de vivir una vida santa, dichosa, dentro de los parámetros de nuestra limitación. El ideal de la santidad de vivir es mucho más amplio y más hermoso que el de la santidad religiosa. Se alimentará esta ilusión amando la vida por encima y más allá de sus límites. Cierta espiritualidad que vamos superando poco a poco nos ha llevado a creer que esta vida no merece la pena, que estamos de paso (como en un hotel, dicen algunos), que nuestra verdadera morada no es esta. Por eso, se ha vertido mucho acíbar, menosprecio y maltrato a esta vida. Un desenfoque. Si maltratamos el don de la vida, maltratamos al donante. Si despreciamos la vida, despreciamos al mismo Dios. De ahí que amar la vida, en cualquiera de sus formas, es colaborar a la santidad de vivir.

Además de todo lo dicho, la santidad de vivir es englobante (mientras que la religiosa es para la élite de los santos de peana). Todo el mundo puede acceder a ella, en la medida de sus posibilidades. No está reservada para unos pocos sino que todos los seres que viven, incluso la creación, están llamados a ella. Excluir de la santidad sería como excluir de la vida.

San Ireneo (s. II) es el autor de una impresionante frase, a menudo citada: «La vida en el hombre es la gloria de Dios, la vida del hombre es la visión de Dios.» que podría traducirse de esta manera: «La gloria de Dios es que la persona viva; la vida del persona es entrar al misterio de Dios». Lo que hace particularmente atrayente el pensamiento de Ireneo es esa noción de «vida». Cada ser humano tiene el deseo de una vida plena y verdadera. Si hablamos tan a menudo hoy en día de «alienación» o de «absurdo» es precisamente debido a esa toma de conciencia de que algo importante le falta a nuestra vida, algo que buscar más allá o en vez de satisfacciones instantáneas de las sociedades de consumo.

 

  1. 1.      Meditación de la Palabra: Ez 18,21-23

 

«21Si el malvado se convierte de todos los pecados cometidos y observa todos mis preceptos, practica el derecho y la justicia, ciertamente vivirá y no morirá. 22No se tendrán en cuenta los delitos cometidos; por la justicia que ha practicado, vivirá. 23¿Acaso quiero yo la muerte del malvado —oráculo del Señor Dios—, y no que se convierta de su conducta y viva?».

 

  • Mucho más no le pidamos a Ezequiel. Pero aquí se abre una puerta a la esperanza. Hasta el malvado tiene posibilidades de vida porque Dios tiene un designio de vida también para él. La vida engloba a todos (bien lo dirá Jesús con aquel dicho irrefutable de que “Dios hace salir su sol sobre buenos y malos”: Mt 5,45). Nadie queda excluido de la corriente de la vida (es la vida abundante de la que habla Jn 10,10). Estamos hablando, con osadía, de los deseos de Dios: “que nada se pierda”: Jn 6,39.
  • Es cierto que Ezequiel no concibe una vida da sin condiciones. Por eso pone el requisito “si el malvado se convierte”. Quizá sea necesario el reconocimiento del mal. Pero Dios no puede someter su amor a ningún requisito porque el suyo es un amor por encima de requisitos. Por eso la conversión tendría que ser, más bien, una consecuencia del amor que Dios nos da. La santidad de vivir nos abre al amor de Dios y provoca una conversión a la vida porque quien ama la vida ama, de alguna manera, al mismo Dios.
  • Y luego están “los preceptos”. Ezequiel cree imprescindible el cumplimiento de la normativa religiosa. Jesús, y la misma secularidad, no están enseñando que eso es relativo, lo que no quiere decir que nos importe. Pero, a veces, el “malvado” no puede cumplir los “preceptos” porque no le es posible, hoy por hoy, salirse del marco de su “maldad”. También habrá que asignarle una porción de vida, aunque luego hablemos de su maldad. Y luego, ¿quién es uno para hablar de maldad del otro? ¿No habrá que discernir bien y ser cuidadoso, aunque haya que ser también profético? De cualquier manera, es posible compaginar la santidad de vivir con una cierta “maldad” que es la que brota de las limitaciones históricas, más que de la perversión del corazón. De cualquier manera, Jesús la puso muchas veces entre paréntesis (Lc 5,32).
  • Aun con todas las condiciones que pone Ezequiel, anunciar vida para el malvado con tanta contundencia, “ciertamente vivirá y no morirá”, es ya mucho. Por eso decimos que la santidad de vivir tiene que englobar, de algún modo, incluso la maldad. Un anuncio de vida, digna y feliz, es el gran anuncio del evangelio. No añade nada el evangelio de distinto a ese anuncio, sino que da fuerza para profundizar ahí.
  • Resulta revolucionario para la época decir que “no se tendrán en cuenta los delitos cometidos”. ¿No es el delito algo imborrable? ¿No tenía Dios un libro en el que anota todo? ¿No deja “marca” aun cuando se haya perdonado? (aquello del reato de culpa). Ezequiel dice increíblemente que no, como lo decía gráficamente Miq 7,9. Es como si dijera: olvidémonos, o al menos pongamos en un segundo término, del pecado y pongamos delante y como centro la vida. Jesús está más preocupado por la dicha que por el pecado. No ah estado con nosotros por causa del pecado, sino por causa de nuestra vida, para que la tengamos en abundancia (Jn 10,10).
  • Porque el malvado también es capaz de la justicia. Posiblemente se den mezcladas en su vida. La santidad de vivir es paciente y tenaz con la limitación, ambas cosas a la vez. Descreer de la bondad del malvado quizá sea tirar piedras al propio tejado. Esto no merma la negatividad de la injusticia, pero deja una puerta a la justicia porque ni el bueno es tanto como él dice ni el malo es tanto como nosotros decimos.
  • Resulta llamativa esa autodefensa de Dios que hace Ezequiel alejándolo de la muerte del malvado: “¿Acaso quiero yo la muerte del malvado?”. Entender a Dios, a priori, como uno que condena, que castiga, que  hiere, es no haber entendido el Dios de la profecía y, menos todavía, el Dios de Jesús. Tener la idea de un Dios que se ceba en nuestro mal está, incluso, en contra de la mentalidad veterotestamentaria. La santidad de vivir es compatible con el rechazo de toda muerte que se asiente sobre una supuesta legalidad (por eso el Papa Francisco habla tan fuerte contra la pena de muerte en FT 263ss).
  • Ezequiel tiene que poner como requisito el cambio de conducta porque él está troquelado por  la moralidad del AT. ¿Y si no termina de convertirse del todo? ¿Y si no puede convertirse como quisiera? ¿Y si no encuentra cauces para el cambio? ¿Y si no es el momento aún para que llegue el cambio porque su proceso de vida no está en ese punto? ¿Y si aún no ha llorado lo suficiente para que sus lágrimas hagan virar el sentido de sus pasos? Ciertamente el Dios de la vida no negará la vida a quien se halle en tal situación. Como venimos diciendo, la santidad de vivir tiene que ser compatible con la limitación, tiene que abrazarla y asumirla.

 

  1. 2.      La santidad de vivir

 

El teólogo J. Sobrino es quien en su día acuñó la expresión “santidad de vivir” y quien dio una hermosa  definición:

 

«Me gusta pensar que en la decisión primaria de vivir y dar vida aparece una como santidad primordial, que no se pregunta todavía si es virtud u obligación, si es libertad o necesidad, si es gracia o mérito. No es la santidad reconocida en las canonizaciones, pero bien la aprecia un corazón limpio. No es la santidad de las virtudes heroicas, sino la de una vida realmente heroica. No sabemos si los pobres que claman por vivir son santos intercesores o no, pero mueven el corazón. Pueden ser santos pecadores, si se quiere, pero cumplen insignemente con la vocación primordial de la creación: son obedientes a la llamada de Dios a vivir y dar vida a otros, aun en medio de la catástrofe. Es la santidad del sufrimiento, que tiene una lógica distinta, pero más primaria, que la santidad de la virtud».

 

  • Hablamos de “santidad primordial”. Cuando oímos hablar de santidad el vocablo nos lleva inmediatamente a los santos de los altares. Pero estamos hablando de otra cosa. Hablamos de amor a la vida, de deseo de dicha, de vida con sentido, de entregas humildes pero básicas, de solidaridad en las situaciones de pobreza más elemental. Pensamos que, quizá, hasta el vocablo “santidad”  le va mal. Es algo primario, que brota sin más, como una respuesta natural al dolor ajeno.
  • Por eso el santo que vive y hace vivir no se pregunta si eso es “virtud u obligación”, posiblemente ninguna de las dos cosas; ni “liberta o necesidad…gracia o mérito”. No se hace esas preguntas: vive y ayuda a vivir porque le brota de dentro, como algo natural, si saber de qué fuente. El que sea una santidad tan “inconsciente” no la hace menos hermosa. Se extrañarían si les preguntaran por qué lo hacen. No tendrían respuesta y se quedarían incluso confundidas. Hay que hacerlo porque hay que hacerlo, sin más.
  • Es evidente, y no lo pretende tampoco, que se vea en esta entrega al frágil “la santidad de las canonizaciones”. Ese es otro cauce. No lo hacen por Dios, sino por la persona débil, por ellos mismos que se ven en la debilidad de la persona caída, por la dignidad humana del caído y por la propia. El que lo hagan “sin reflexión”, el que se quede la cosa sin reconocimiento,  no priva de hermosura a su obra. Y, desde luego, “bien la aprecia un corazón limpio”. Porque siempre habrá gente que lo aprecie, aunque no se lo diga, aunque no tenga publicidad ni relevancia. Para quien recibe ese amor humilde, esas personas serán “santas”, siempre estarán en el corazón. Y si no se les aprecia, siguen siendo “santas”.
  • Lógicamente “no es la santidad de las virtudes heroicas”, nunca se hará sobre ellas un Decreto que lo pruebe. Pero encierran “una vida reamente heroica”. No hacen milagros que interrumpen el curso de los acontecimientos, pero sí que obran el gran milagro de que la vida sea un poco más digna y más humana. Por eso, nunca recibirían el calificativo de héroes, no saldrán en la prensa, pero su buen hacer queda en el fondo del tesoro de la vida.
  • Nadie rezará ante ellos, no serán santos “intercesores” pero mueven el corazón humano y desatan la ternura del mismo Dios que reconoce en ellos, más allá de la bruma, a sus hijos queridos. Nadie les pedirá gracias y dones. Pero ellos, por su cuenta, han derramado el don del amor  en el pequeño recipiente del pobre socorrido.   Por eso, aunque ellos quedarían asombrados por ello, son ejemplo de humanidad y de fe, como aquel samaritano compasivo del que habló Jesús con tanto acierto (Lc 10,29-37).
  • Es verdad que son “santos pecadores” porque la limitación acompaña sus vidas y no están libres de pecado (Jn 8.1-7). Quizá ellos son los primeros en reconocerlo porque palpan a diario sus limitaciones. Pero cumplen la vocación básica, la de “crecer y multiplicarse” (Gén 1,28) no solo en número, sino, sobre todo, en bondad. Así, sin pretenderlo, obedecen “a la llamada de Dios a vivir y dar vida” que es la auténtica vocación humana, el cimiento donde se asienta toda otra vocación. Y esto lo hacen “en medio de la catástrofe”, en los escenarios de mayor pobreza, allí donde la vida grita su necesidad.
  • Esta podría ser llamada también “santidad del sufrimiento” porque la respuesta que da al sufrimiento ajeno desvela la enorme talla moral de esa persona. No está opuesta a la santidad de la virtud porque esta se ocupa muchas veces del sufrimiento de los demás. Pero lo suyo no es ahondar en el cielo de lo divino, sino en el abismo de lo humano.

 

  1. 3.     Curso de amor a la vida

 

Para entender un poco más qué queremos decir cuando hablamos de santidad de vivir quizá haya que hacer y aprobar una especie de “Curso de amor a la vida” algo de lo que aún nos resulta difícil hacernos a la idea. Ese Curso podría tener asignaturas como éstas:

  • El cuidado esencial: Aprender a cuidar al necesitado de cuidados, no solamente con actos puntuales, sino con una actitud: mentalidad de cuidador de la vida. Cuidar el mundo que nos rodea es la mejor manera de cuidarnos nosotros mismos, dice FT 17. Dice también el Papa que hemos de ir superando el analfabetismo que arrastramos  en acompañar, cuidar y sostener a los más frágiles y débiles de nuestras sociedades desarrolladas (FT 64).
  • El disfrute elemental: Aprender a disfrutar con poco, con lo elemental, con lo diario, con lo compartido, con lo más popular, con la naturaleza cercana, con lo que disfrutan los niños. Dice el Papa Francisco en EG 182: «Sabemos que Dios quiere la felicidad de sus hijos también en esta tierra, aunque estén llamados a la plenitud eterna, porque Él creó todas las cosas «para que las disfrutemos» (1 Tm 6,17), para que todos puedan disfrutarlas». 
  • La belleza común: Aprender a amar lo bello, lo limpio, lo bien hecho, las cosas con buen gusto, las palabras amables, la higiene y el orden, el arte popular. Dice el Papa Francisco en EG 167: «Hay que atreverse a encontrar los nuevos signos, los nuevos símbolos, una nueva carne para la transmisión de la Palabra, las formas diversas de belleza que se valoran en diferentes ámbitos culturales, e incluso aquellos modos no convencionales de belleza, que pueden ser poco significativos para los evangelizadores, pero que se han vuelto particularmente atractivos para otros».
  • La atención amante: Aprender a escuchar implicándose, interesándose, metiéndose en el asunto. Creer que los problemas de los demás, de alguna manera, me atañen. Mantener viva la sensibilidad por las situaciones de penuria humana, de cerca y de lejos. Es el Papa quien ha acuñado esta expresión de “atención amante” en EG 199: «es el inicio de una verdadera preocupación por su persona, a partir de la cual deseo buscar efectivamente su bien».
  • La confianza de fondo: Aprender a no negar la confianza cuando ha habido fallo e, incluso, traición. Aprender el arte de mirar el fondo del corazón y no estrellarse en las apariencias. Bien claramente lo dice FT 94: «El amor implica entonces algo más que una serie de acciones benéficas. Las acciones brotan de una unión que inclina más y más hacia el otro considerándolo valioso, digno, grato y bello, más allá de las apariencias físicas o morales».
  • La bondad general: No apearse de la certeza de que la bondad anida en toda la realidad, aunque, a veces, se halle muy oculta. De salida, pensar bien del otro, creer en la posibilidad de que sea alguien bueno. Dice FT 243: «quien cultiva la bondad en su interior recibe a cambio una conciencia tranquila, una alegría profunda aun en medio de las dificultades y de las incomprensiones». 
  • La justicia anhelada: Aprender a estar en las “batallas” por la justicia, aunque la aportación sea minúscula. Escuchar con acogida los gritos de los injustamente tratados por la vida. Situarse de salida en el terreno de los afectados por cualquier injusticia. En una expresión un tanto especial, pero vigorosa, dice FT 278: «quien cultiva la bondad en su interior recibe a cambio una conciencia tranquila, una alegría profunda aun en medio de las dificultades y de las incomprensiones». 

Algo así tendría que ser ese Curso de Amor a la Vida que nos acerque a la realidad de Jesús, el que entendió la vida desde esos parámetros de novedad tan elemental y tan honda a la vez. No hizo nada de extraordinario (ni siquiera sus pobres milagros, como dice Sobrino). Su valor estaba en la hondura de lo sencillo, en el intento de hacernos ver que esta vida con su “limitada perfección” merece la pena ser vivida y disfrutada, aunque acumule goteras y decepciones. Pero también acumula valores y disfrutes, pequeños logros y caminos hermosos andados. Por estas sendas camina la espiritualidad de la santidad de vivir.

 

  1. 4.      Para orar

 

  • “Santifícalos en la verdad, tu palabra es verdad” (JN 17,17)

 

La verdad de Jesús no es una doctrina, sino su amor en obras. Esa es la materia de la verdadera santidad: lo hecho a favor del más frágil.

 

  • Razón poética:

 

Bajo el sol

                hay bondad

frente a la luz sólo basta

                abrir los ojos

Limpia las penas

de tu corazón

el sufrimiento

de tu cuerpo

bajo el sol

da gracias

a la hierba

al musgo a la lluvia

da gracias

al placer

a la tierra sobre la que vives

y sobre la que mueres

al primer jardín

a los árboles de música

y a sus follajes de silencio

da gracias

al agua de la acequia

al bálsamo en la sangre

al rocío la floresta

al ciervo vulnerable

bajo el sol

al cielo y a sus siglos

a las nubes del aire

al fuego y al frío

a los vientos a las noches

y a los días y a la luz

a los montes y colinas

a las fuentes los mares y riberas

a la muerte

a los pájaros del cielo

y a la muerte

oscuro corzo herido

da gracias

               bajo el sol

 

Ernesto Kavi 

 

6

LA ILUSIÓN DE SER ALTERNATIVOS

 

Los creyentes somos alternativos en el marco de lo religioso: CREEMOS EN Dios (muchos no creen), rezamos (muchos no rezan), leemos la Palabra (muchos la ignoran), aceptamos el Magisterio de la Iglesia (muchos no cuentan con él), creemos en la vida eterna (muchos no tienen esa creencia), etc. En todo eso somos distintos de una notable parte de la sociedad. Pero en las otras cosas de la vida funcionamos más o menos igual: nuestra visión del dinero (cuanto más se tenga, mejor), nuestra manera de entender la economía (cuanto más produzca algo, mejor), nuestra forma de entender la política (de aliento generalmente conservador), nuestra manera de entender la familia (más que todo en los moldes tradicionales), nuestra percepción de la ecología (algo prescindible, aunque vamos mejorando). Es decir, los grupos cristianos somos, más o menos (si exceptuamos las prácticas religiosas) como todo el mundo. No se percibe nuestra vida como un camino con un componente alternativo.

Sin embargo, cuando se dice que la fe, y la vida religiosa, ha de anunciar “las realidades futuras” se está queriendo decir que, ya desde ahora, nuestros estilos de vida habría de ser otros, alternativos, apoyados y basados en presupuestos distintos, con caminos que no son los comunes. Muchas personas, muchos religiosos/as, no perciben esto como algo interesante; habrá incluso algunos que deliberadamente no quieren ser alternativos de nada y que miren hacia atrás.

Nada que reprochar. Pero la propuesta de Jesús, eso no se puede negar, es una propuesta alternativa: “no sea así entre vosotros” (Lc 22,26-28). Como muchos de nosotros venimos de una fe heredada, no hemos entendido la opción cristiana como un camino alternativo, distinto. Hemos continuado siendo creyentes en los caminos sociales que hemos heredado.

¿Merece la pena trabajar este anhelo, mantener y alimentar esta ilusión? ¿No nos chocamos contra un muro infranqueable? ¿No sería mejor dejar las cosas como están? El camino más improductivo es aquel que no se anda. No se trata de generar frustraciones sino anhelos. Reflexionar, orar, quizá pueda ser un comienzo que abra a un deseo y a un camino.

En lo que está de nuestra parte, quizá de esta clase de ilusiones dependa que la figura y el mensaje de Jesús sigan teniendo atractivo en nuestro mundo. Quizá dependa el que la fe cristiana encuentre un lugar en esta sociedad nueva en la que vivimos. Quizá podamos vivir y hacer ver la novedad de un estilo de vida sencillo y comunitario como cauce de vida y de amor. Por eso, aunque no percibamos muy bien el perfil de una espiritualidad de lo alternativo, merece la pena adentrarse por estos caminos.

 

  1. 1.      Meditación de la Palabra:  Ez 20,32-38

 

«32Ciertamente no ocurrirá lo que os pasa por la mente cuando decís: “Queremos ser como los otros pueblos, como las gentes de los otros países, y adorar al leño y a la piedra”. 33Por mi vida —oráculo del Señor Dios— que yo reinaré sobre vosotros con mano fuerte, con brazo vigoroso y con ira incontenible. 34Os sacaré de entre las naciones con mano fuerte, con brazo vigoroso y con ira desbordada, y os reuniré de entre los países por donde estabais dispersos. 35Os llevaré al desierto de las naciones y allí, cara a cara, entablaré un pleito con vosotros. 36Lo mismo que entablé un pleito con vuestros padres en el desierto de Egipto, así entablaré un nuevo pleito con vosotros —oráculo del Señor Dios—. 37Os haré pasar bajo el cayado, y os someteré al aro de la alianza. 38Pero separaré de entre vosotros a los rebeldes que se sublevan contra mí. Los sacaré del país donde habitan, pero no entrarán en la tierra de Israel. Y comprenderéis que yo soy el Señor». 

 

  • Este oráculo oscuro hace parte de una larga historia de rebeldía que Ezequiel quiere poner delante de los ojos de sus lectores. Está convencido de que Israel ha sido, es y será siempre un pueblo rebelde. Ezequiel cree que es rebelde a Dios; pero quizá lo sea rebelde a él, a sus planteamientos, a su manera de ver la vida.  Si se distanciara un poco de él mismo, quizá vería las cosas de otra manera. Proponer un camino alternativo desde uno mismo es siempre arriesgado; quizá tenga más garantías si se hace desde una perspectiva comunitaria
  • El plan de Israel, desde antiguo (1 Sam 8,5), es “ser como los demás pueblos”, funcionar como funciona todo el mundo, tener los medios y las ambiciones de todo el mundo, ser respetado y temido como todo el mundo, ser considerado y aplaudido como todo el mundo. Dios, por la alianza, lo quería pueblo distinto, pueblo de paz, de perdón, de convivencia, de abrazo universal. Dios quería que Israel fuera lenguaje suyo. Pero Israel quería ser como los otros pueblos. En lugar de ser alternativa de vida distinta, ellos querían funcionar como todo el mundo. No entrevieron la hermosura de la alternatividad y fueron como todo el mundo, sin una oferta que proponer. El desdén por lo alternativo viene de lejos. Jesús renovará la propuesta de alternatividad.
  • Y querían “adorar al leño y a la piedra”, es decir, tener los mismos ídolos, idénticas maneras de ver la vida, postrarse ante el dios de una economía que mata y de una valoración del distinto como enemigo, venerar el individualismo que lleva a la indiferencia. A eso se quiere adorar; ese camino se elige. Y a quien intente derribar esos ídolos se le denominará hereje, réprobo, influencia tóxica. Pero, quien lo vea de otro modo, quien empiece a desear lo alternativo, agradecerá las corrientes sociales que cuestionan y derriban tales ídolos. Agradecerá la profecía, venga de donde venga.
  • Recurre Ezequiel a su técnica de siempre: doblegar en lugar de seducir. “Reinaré sobre vosotros”, queráis que no, “con ira incontenible…con ira desbordada”. Pero a nadie se puede obligar a vivir una fe alternativa: si no se quiere, si no se puede, si se desecha, no hay más que un camino: respeto y seducción. Respeto para esperar el momento cuando llegue, si llega; seducción para desplegar la hermosura del camino alternativo ofrecido desde la propia vivencia sobre todo, pero también desde el anhelo.
  • Según el profeta, Dios sacará y reunificará a su pueblo “y os llevaré al desierto…para entablar un pleito con vosotros”. El desierto es lugar de discernimiento, de reorientación, de tratar de poner las cosas en claro. No hay que temer su “cara a cara”. La alternatividad no brota por arte de magia: es preciso discernir, pensar, valorar, intercambiar. Y quizá con esos trabajos se den pasos sencillos o, al menos, se ablande el corazón para que, en su día, broten tales planes. Por eso no habrá que rehuir los desiertos, la reflexión, la formación, etc. Sin ellas, viviremos en la superficialidad de todo el mundo sin ser significativos y para nada tendremos ganas de hablar de alternatividad.
  • Recuerda Ezequiel el “pleito” del Egipto, pelito perdido porque mira a dónde se ha llegado. Pleito perdido el del Israel exílico. ¿Será también un pleito perdido el de Jesús? Cualquier camino que se pretenda alternativo, se logre o no, puede ser lenguaje válido para que la propuesta de Jesús no solamente no se pierda, sino que prospere. ¿Cómo recuperar la propuesta de Jesús? ¿Cómo hacer que sea ella la que nos interese más que nuestros planes? ¿Cómo abrir un futuro mejor al evangelio? Si esta clase de preguntas nos interesaran poco o nos parecieran teóricas, quizá habría que ir al desierto del discernimiento.
  • La manera que tiene Ezequiel de empujar a la alternatividad, ya lo hemos dicho, es la condena y la obligatoriedad: “el cayado…el aro”. Pasar por el aro, ahí está el quid. Pero la alianza era una cuestión de adhesión, de corazón, y, por lo tanto, hacer pasar por el aro es lo mismo que obligar a amar. Y un amor obligado es una contradicción en sí mismo. El rígido Ezequiel no vislumbra otras posibilidades, a pesar de cosechar un tremendo fracaso. Y, junto a esto, separa las manzanas podridas: “separaré de entre vosotros a los rebeldes”. Sin percatarse de que toda persona lleva dentro un rebelde, un  Caín (1 Jn 3,12), y que, por lo tanto, hay que emplear otro tipo de estrategias. Hay que pensar en una propuesta alternativa a la que puedan tener acceso todos, incluso los “rebeldes”, los lentos, los fríos, los suspicaces. Esos también podrán entrar “en la tierra de Israel”, en el modo nuevo alternativo, de una propuesta hecha para la vida y para la dicha.

 

  1. 2.      Espiritualidad evangélica para generar alternatividad

 

Creemos que los evangelios son una propuesta alternativa. ¿Cómo nos ayudan a ir generando una espiritualidad de alternatividad que nos seduzca:

  • Implicación: en los evangelios se habla muchas veces de “tocar”. Jesús toca (leprosos, sordos, ciegos, muertos, etc.) y es tocado, apretujado incluso (Mc 5,31). Sin tocar no se puede ser seguidor; sin implicación no podrá brotar lo alternativo. Es buena la reflexión, el discernimiento, el compartir fraterno, la oración. Pero, al final, la medida real de un seguimiento alternativo lo da la implicación. No es necesario que se una implicación total; la parcial también vale. Los grados de implicación pueden ser muy diversos. Pero si no hay ni  la una ni la otra, aún falta lo más importante. ¿Cómo movernos, además de conmovernos? Es una pregunta de difícil respuesta. Quizá el ánimo comunitario sea imprescindible. Animarse en comunidad es más factible que animarse en solitario. Por eso decimos que necesitamos comunidades ilusionadas, grupos vivos, colectivos con una mística común. Quizá por ahí.
  • Liberación: la alternatividad tiene que ver con la libertad, el horizonte, el aire nuevo. No se puede vivir esto en ambientes cargados, enrarecidos, tóxicos. Se pierde una cantidad enorme de energía tratando de purificarlos y casi nunca se consigue. Es preciso buscar en otra parte, en la parte de la libertad. La vida cristiana que estaba orientada a la libertad (“para ser libres nos libertó Cristo Jesús”: Gál 5,1) ha generado mucha dependencia y coacción. Sin recuperar la libertad no se puede hablar de alternatividad. Quizá no se percibe lo nuestro, la vida cristiana, la vida religiosa, como alternativa porque no se la percibe libre. Si se la entendiera como posibilidad de liberación habría quien se apuntaría, porque hay muchos que anhelan libertad. Y siempre es posible caminar en dirección a la libertad por muy compacto que se quiera el sistema. La libertad termina por zafarse, en parte al menos, de la la coraza de hierro con la que la quiere aprisionar el sistema.
  • Sentido crítico: porque es difícil cuestionar lo incuestionable, pero de algo de eso se trata. Los sistemas, y los subsistemas (como el religioso), quiere  hacernos creer que sus principios son incuestionables. Pero no es así: únicamente la dignidad es incuestionable. El resto puede ser cuestionado con sensatez, puede cambiar, puede mejorar. Por eso, la alternatividad demanda necesariamente tener activado el sentido crítico, leer la realidad con profundidad, analizar bien lo que pasa y lo que nos pasa. Si abandonamos el sentido crítico crecen los fantasmas por doquier y nuestro imaginario se puebla de monstruos. El alternativo es un místico de ojos abiertos, alguien que lee la realidad teniendo cuidado de caer lo menosposible en el engaño y la falsedad. Jesús ha sido uno de ellos: cuestionó lo incuestionable (las tradiciones, las autoridades, al mismo Moisés) sin eludir las consecuencias.
  • Relaciones con los frágiles: porque la alternatividad apunta a ellos. Ser alternativo con los poderosos es una contradicción, porque el poder nunca es alternativo. De ahí que haya que mirar con quién nos relacionamos. O mejor: las relaciones con los frágiles nos ponen en el disparadero de la alternatividad, de la verdadera conversión. Así ha ocurrido en el caso de Jesús (con las mujeres, con los niños, los extranjeros, los excluidos) y en el de muchos otros (como dijimos en el tema primero). La alternatividad tiene mucho que ver con el estilo de relaciones que uno lleva porque tales relaciones nos indican los caminos vitales, reales, que vamos llevando.

 

  1. 3.      Sencillos caminos de alternatividad

 

No resulta fácil decirlo. Quien más los vive es quien podría hablar de ellos y nunca como imposición sino, más bien, como ánimo:

+ El camino de la casa abierta: donde sea fácil entrar, ser escuchado, y donde lo que se tiene se sepa poner con cierta facilidad al servicio del que llega. Es un camino en la línea contraria a la bunkerización de la vida religiosa o de la propia vida personal.

+ El camino de la mesa compartida: porque sentar a la mesa demanda no solamente la oferta de un plato de comida, sino la gimnasia humana de volverse a la realidad del que comparte la mesa. Es gimnasia cuesta, a veces, pero enriquece y habla de aquel compartir de Jesús que tanto nos fascina.

+ El camino de los acompañamientos gratuitos: porque hay gente que necesita ser acompañados, en su soledad, en su enfermedad, en su necesidad de situarse en una tierra nueva, en la complicada burocracia que atosiga a los sencillos.

+ El camino de los voluntariados ocultos: sin brillo, sin aplauso, sin relevancia social, pero muy útiles en su sencillez. ¿Cómo de fácil sería explicar muchas cosas del comportamiento cristiano a quien tiene dificultades para conectar con lo nuestro?

+ El camino de las instalaciones ofrecidas: porque se tiene aún mucho potencial en nuestras manos. ¿Cómo romper la comodidad que es que me dejen en paz para poner al servicio del lado ciudadano más necesitado nuestras instalaciones? Ese lenguaje lo entiende el ciudadano de hoy; del lenguaje religioso se halla más alejado.

+ El camino de la espiritualidad compartida: no solo religión compartida, sino también espiritualidad: búsqueda espiritual, vivencia igualitaria de la oración con quien ora de  otras maneras; diálogo interreligioso o transrreligioso. Todo un mundo por descubrir.

+ El camino de las estructuras ajustadas: tanto en lo económico como en cualquier otro medio. Mientras las estructuras sean gigantes, hablar de alternatividad es complicado. Las estructuras son transformables; se requiere mística e ilusión por dar con caminos de novedad.

De algo de esto estamos queriendo hablar, aunque estos caminos no sean sino un modesto reflejo de la hermosa espiritualidad de la alternatividad cristiana.

 

  1. 4.      Para orar

 

  • “No te pido que los saques del mundo, sino que los libres del mal” (Jn 17,15).

 

No se trata de estar aparte de la vida, sino de tener otra mística, otros porqués, otra orientación: la que marca Jesús, la entrega al otro.

 

  • Razón poética:

 

Entonces veré el sol con ojos nuevos
y la noche y su aldea reunida;
la garza blanca y sus ocultos huevos,
la piel del río y su secreta vida.

Veré el alma gemela de cada hombre
en la entera verdad de su querencia;
y cada cosa en su primero nombre
y cada nombre en su lograda esencia.

Confluyendo en la paz de Tu mirada,
veré, por fin, la cierta encrucijada
de todos los caminos de la Historia

y el reverso de fiesta de la muerte.
Y saciaré mis ojos en Tu gloria,
para ya siempre más ver, verme y verte.

 

                                   Pedro Casaldáliga

 

7

LA ILUSIÓN DE ENCAJAR BIEN EL DESPOJO

 

            Normalmente no lo encajamos bien. El despojo nos amarga, nos malhumora, no le vemos el sentido. Quizá a posteriori descubrimos en él alguna ventaja. Pero inicialmente nos incomoda. Desde niños nos cuesta que nos digna “no”; y el despojo es un “no” a nuestras pretensiones. Nos priva de los que creemos tener por  derecho y lo hace con una cierta violencia. Por eso nos cuesta mucho verle el lado positivo, si es que lo tiene.

            Pero mucho de nuestra vida está amasado en ese despojo: desde niños hasta el último y mayor de nuestros despojos que es la propia muerte. Hemos de despojarnos, con frecuencia, de personas, lugares, bienes, derechos adquiridos, trabajos, afectos, etc. Todo un camino sembrado de renuncias, de cambios, de modificaciones de nuestro propio itinerario vital.

            Cuando el despojo adquiere unas dimensiones planetarias, como ha ocurrido con la pandemia del Covid,  nos damos cuenta del enorme precio que hay que pagar por él: muertes, soledad, enfermedad, aislamiento, pérdidas económicas gigantescas, más pobreza, brotes de individualismo y racismo, incertidumbre, etc. Muchos se han preguntado por el sentido de todo esto sin encontrar bien el camino. La mayoría lo que quiere es, simplemente, huir de esa situación, olvidarse de ella.

            ¿Cómo llegar a entender que el despojo puede encerrar algo constructivo? ¿Cómo transformar en algo positivo el estremecimiento y el dolor de un cambio obligado? ¿Cómo entender que el despojo puede ser una puerta abierta a la vida? Quizá necesitamos reflexionar “en frío” sobre ello para que, cuando llegue el momento podamos reaccionar de una manera más positiva.

            El Jesús evangélico es despojado, un “sin nido-sin madriguera” (Mt 8,20). ¿Dónde encontró sentido a su desamparo, dónde vio que su despojos era un beneficio para muchos? Quizá en sus noches de oración en el descampado (Mc 1,34-35), en sus tremendos retiros del monte (Mt 17,1-6). Por eso creemos que se puede mantener y alimentar la extraña ilusión de llegar a vivir el despojamiento como puerta abierta al sentido, como camino de revitalización espiritual.

 

  1. 1.      Meditación de la Palabra: Ez 24,15-24

 

«15Me fue dirigida esta palabra del Señor: 16«Hijo de hombre, voy a arrebatarte repentinamente el encanto de tus ojos; pero tú no entones una lamentación, no hagas duelo, no llores, no derrames lágrimas. 17Suspira en silencio, no hagas ningún rito fúnebre. Ponte el turbante y cálzate las sandalias; no te cubras la barba ni comas el pan del duelo». 18Yo había hablado a la gente por la mañana, y por la tarde murió mi mujer. Al día siguiente hice lo que se me había ordenado. 19Entonces me dijo la gente: —¿Quieres explicarnos qué significa lo que estás haciendo? 20Les respondí: —He recibido esta palabra del Señor: 21«Di a la casa de Israel: Esto dice el Señor Dios: “Voy a profanar mi santuario, el baluarte del que estáis orgullosos, encanto de vuestros ojos, esperanza de vuestra vida. Los hijos e hijas que dejasteis en Jerusalén caerán a espada. 22Entonces haréis lo que yo he hecho: no os cubriréis la barba ni comeréis el pan del duelo; 23seguiréis con el turbante en la cabeza y las sandalias en los pies; no entonaréis una lamentación ni lloraréis; os consumiréis por vuestras culpas y gemiréis unos con otros. 24Ezequiel os servirá de señal: haréis lo mismo que él ha hecho. Y, cuando suceda, comprenderéis que yo soy el Señor Dios”».

 

  • El rígido, el estricto, el duro Ezequiel también tenía  corazón. ¿Cómo, si no, va a denominar a su  mujer con esa bella expresión “el encanto de mis ojos”? ¿Cómo no va a tener sensibilidad uno que al ver a su mujer sus ojos brillan de alegría? Pues bien, fue despojado repentinamente de tal encanto. Un avance de su propia muerte, un exilio mayor que el que se le echaba encima, una desorientación hondísima del propio corazón. Desde entonces, para Ezequiel, la vida perderá encanto, o lo que tendrá que reorientar encontrando “encanto” en acompañar a los desterrados.
  • Y un despojo más: “no hagas duelo, no llores, no derrames lágrimas”. Que crean que no te duele cuando resulta que tu corazón está sangrando. Que piensen que eres un marido insensible cuando en tu mirada se ha apagado una luz para siempre. ¿Cómo entender que el despojo tiene un lado profético, iluminador? ¿Cómo percatarse de ese otro lado oculto del despojo que, como la cara oculta de la luna, casi nunca se ve?
  • Que el silencio envuelva tu despojo; no lo proclames, no te lamentes y no hagas “ritos fúnebres”. Que crean que eres un insensible. Vive como si nada hubiera ocurrido, “con turbante y sandalias”, comiendo como siempre, cuando, en realidad, tu estómago está cerrado. No andar voceando el dolor que causa el despojo, no echarlo en cara a nadie, no sembrar quejas que hagan ver la injusticia de la que crees ser objeto. Un modo equilibrado y sensato de vivir algo que se considera una gran incomodidad de vida.
  • Todo fue muy rápido: por la mañana ejerció Ezequiel su actividad de predicador y “por la tarde murió mi mujer”. Se le arrebató el alma en pocas horas; el pozo de los oscuro lo absorbió en momentos. A veces los cambios, el despojo, cae de improviso. Hay que estar preparado para sobrevivir. Quizá en un primer momento surja la rebelión; es en un segundo cuando, tras las reflexión y la Palabra (¿por qué cuenta tan poco?) se pueden tomar las cosas de otra manera.
  • Lo más querido para el Israel orgulloso de su estructura religiosa, el Templo, “encanto de vuestros ojos” para ese sistema teocrático va a ser profanado. Dejará de ser “esperanza de vuestra ida” por lo que la esperanza se disipará como la niebla. ¿Cómo salir a flote cuando se que uno sin esperanza? ¿O es que hay esperanza, sentido, por encima del despojo? ¿Cómo de vana es la esperanza puesta en una coyuntura, tan versátil? Con el despojo muere el orgullo; quizá sea eso lo más duele: el que no se me tenga en cuenta, el que no se me pague lo mucho que he hecho, el que no se me considere por encima de los demás. Todo centrado en el yo; el despojo nos descentra al relativizar el yo.
  • Y además de la ruina de la estructura sacral y política, la despoblación: “vuestros hijos e hijas caerán a espada”. Una despoblación acompañada de violencia; un borrar del mapa al país, un no dejar recuerdo, un percibir que queda poco o casi nada de tu paso por ese lugar. ¿Cómo superar el sentimiento de pérdida, de dejar poca huella, del olvido, de la postergación? ¿Dónde encontrar puntos de apoyo que hagan eso asimilable?
  • E incluso, como el profeta, sin hacer duelo: descubierto el rostro-comiendo como siempre-calzados. Sin el consuelo del duelo, sin que nadie escuche el lamento ni el llanto que pueda provocar el consuelo. Un despojo sin consuelo. ¿Cómo encajarlo con humanidad? ¿Cómo andar llorando por las esquinas, mendigando compasión? ¿Cómo seguir adelante, tras el despojo, sin hundirse, sin culpar a nadie, sin hacerse la víctima?
  • El profeta pone la causa “en vuestras culpas”. Le sale el ramalazo moralista. Pero, a veces, no hay culpables detrás del despojos: son las circunstancias, las búsquedas, los panes nuevos. ¿Cómo vivir el despojo sin andar buscando siempre culpables, manos negras que manipulan por detrás, fobias de tal o cual hermano? Librarse de la búsqueda del culpable es ya un buen paso para vivir el despojo de otra manera.
  • Suena siempre como una amenaza el estribillo “entonces comprenderéis que yo soy el Señor”. Él ha castigado. Pero podría ser leído de otra manera: el Señor te marca una senda nueva, te pide un cambio que puede ser positivo para ti y para otros, te aligera una mochila que es demasiado pesada, te invita a poner el acento en lo que es permanente no en la coyuntura, te hace abandonar leguajes ya repetidos, etc.

 

  1. 2.      Actitudes positivas de fondo para asimilar bien el despojo

 

No resulta fácil en caliente encajar el despojo. Pero puede ayudar algo la reflexión “en frío”.

  • Visión positiva de la vida: porque una visión negativa envuelve todo en amargura y ve fantasmas donde de no los hay. Pero si la visión es positiva, no ingenua (aunque no está mal una cierta dosis de ingenuidad) le resulta más fácil desvelar horizontes nuevos, entrever posibilidades que antes no se tenían en cuenta, intuir caminos desconocidos. Una visión positiva de las cosas no solamente aligera pesares, sino que también ayuda a posicionarse de manera nueva ante los caminos que se abren.
  • Sentido de colaboración: que contrarreste un poco la tendencia a la apropiación que todos tenemos. Si me entiendo como colaborador/a no me apropiaré de obras, trabajos, oficios, puestos, etc., que hacen más difícil el cambio. No viviré ese cambio como un simple despojo sino como una oferta que se me hace. En este sentido el liderazgo a ultranza puede jugarnos una mala pasada, porque, a la larga, es más interesante la ilusión común que el liderazgo brillante que llega a creerse imprescindible.
  • Pluralidad de caminos: a veces nos obcecamos y pensamos que solamente tenemos delante un solo camino, el que andamos, y que toda otra posibilidad se halla cerrada para nosotros. La vida se encarga de demostrarnos mil veces de que esto no es así. Los caminos son plurales. La cuestión está en buscar esos caminos que no aparecen a primera vista. Cuando uno se da a esta tarea, los frutos aparecen casi siempre.
  • Anclarse en la confianza: porque ante lo  nuevo se apodera de nosotros un fuerte sentimiento de desconfianza: pensamos que en ese lugar, en esa precisa tarea, en ese puesto no vamos a encontrar una posibilidad  para nosotros. Pero no es así: hay que afianzarse en el valor de uno mismo y en la más que probable ayuda de los demás. Dejar sitio a la confianza es un estupendo comienzo que contrarresta el estremecimiento de lo nuevo.
  • Itinerancia como estilo de vida: creemos que lo sólido es la estabilidad. Pero, a veces, esa estabilidad es un apagarse de posibilidades y caminos. Saber que somos itinerantes, que lo nuestro es caminar, nos aliviará de la frustración que es no dejar mucha huella y nos hará ver que, como se suele decir, lo decisivo no es tanto la meta cuanto el mismo camino.
  • El ánimo de la Palabra: porque esta puede jugar un papel importante a la hora del cambio. En la zozobra raramente le hacemos un sitio al Mensaje de Jesús. Pero muchas veces se verifica que su luz puede ser decisiva no solamente para suavizar escozores, sino también para sugerir caminos. Él, Jesús, la ha utilizado en los momentos de discernimiento y de cambio (“hablaba [con Moisés y Elías] de su éxodo, que iba a completar en Jerusalén”: Lc 9,31).

 

  1. 3.      Caminos cotidianos de despojo

 

Es en el día a día conde habrá que mantener viva la ilusión de superar la dificultad del despojo para abrirse a nuevas posibilidades:

+ Las posibilidades de los nuevos lugares: que las tienen. Eso habría de animarnos a ser más ágiles para abandonar los lugares ya conocidos y, a veces, agotados. En esos sitios nuevos posiblemente no nos va a faltar ni el techo, ni el alimento, ni el trabajo, ni la comunidad, ni el amparo de Jesús.

+ Las posibilidades de nuevos trabajos: ya que los trabajos repetidos desde años pueden llevar no solamente a una monotonía, sino a un empobrecimiento, cuando no a una apropiación. Trabajar en ocupaciones nuevas enriquece el patrimonio personal y nos mantiene en una positiva agilidad vital. No hay que creer que abandonar trabajos es dejarlos a la intemperie. Otro los hará, aunque quizá de manera diferente.

+ Las posibilidades de nuevas relaciones: las que brotan del empeño por construir una comunidad cada vez más amplia. Ceñirse a un número reducido en nuestras relaciones puede que ayude a ahondar pero, a veces, tiene como contrapartida un indudable empobrecimiento.

+ Las posibilidades que abre el abandono del poder: porque todos sabemos que el poder es altamente corruptible. Por eso es muy saludable abandonarlo de vez en cuando y situarse en el nivel común de la simple colaboración. Muchos sufrimientos provienen de este despojo. Cuanto más se ejercite, cuanto más se alegre uno de ser como todos,  mejor.

+ Las posibilidades de ajustar pertenencias: porque, con el templo, tendemos a acumular cosas que, con frecuencia, no sirven para nada. El despojo de cosas innecesarias e, incluso, de algunas necesarias, el ajustar lo que tenemos a lo que realmente necesitamos, es un saludable ejercicio de despojo que nos vuelve más desprendidos y “ligeros” para una vida asentada más sobre lo que somos que sobre lo que tenemos.

+ Las posibilidades de relativizar costumbre: ya que las costumbres, cuando se consagran, terminan siendo leyes. Los cambios pueden llevar a la persona y al grupo a relativizar las costumbres heredadas y a poner el acento en otra clase de valores. Nos ahorraríamos con ello no pocas desazones.

+ Las posibilidades de apearse de ideologías: no es fácil, pero es posible. La Palabra, la comunidad, la sociedad pueden enseñarnos algo que es cierto: que las ideologías, las maneras de enfocar la vida, los modos de pensar, pueden cambiar, pueden enriquecerse, pueden mejorar. Por eso mismo, aferrarse a una ideología de manera rígida, fanática, es un empobrecimiento de la persona y de la comunidad.

 

  1. 4.      Para orar

 

  • «Las zorras tienen madrigueras y las aves tienen nidos —le respondió Jesús—, pero el Hijo del hombre no tiene dónde recostar la cabeza». (Mt 8,20).

 

Un Jesús que ha vivido conscientemente en el despojo, libre para Dios y libre para la persona necesitada.

 

  • Razón poética:

 

Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con este buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

 

  1. Machado

 

8

LA ILUSIÓN DE VIVIR UNA FE ADULTA

 

            Muchas veces se nos ha echado en cara que los cristianos vivimos una fe muy infantil: la fe ciega de quien hace lo que le dicen, la fe del carbonero que no necesita que le den razones de nada, la de los crédulos que comulgan con piedras de molino. Mil expresiones que aluden a una manera bienintencionada pero empobrecida de vivir la fe cristiana.

            Sin embargo, muchos de nosotros podemos decir que el cultivo de nuestra fe persigue, por decirlo de alguna manera,  la meta de poder vivir la fe como adultos, guiados por convicciones, con criterios penosa y largamente madurados. La tarea de ser cristiano adulto es tarea de por vida y a ella nos damos con mayor o menor empeño. A trancas y barrancas vamos consolidando una manera personal de creer, por más que todavía nos falte llegar a criterios personalizados.

            La fe infantil se caracteriza sobre todo no tanto por vivirla en modos superficiales sino en modos “ajenos”. Es decir, se cree siempre lo que dicen otros, con los  criterios de otros, con las normas que elaboran otros, con la autoridad que detentan otros. Una fe adulta es aquella que llega a conformar una convicción personal. Ya no se cree por lo que dicen otros, sino por lo que uno va elaborando. Es verdad que los otros, la comunidad, ayuda a esa elaboración. Pero, el capitán de la fe es la propia persona, sus experiencias y convicciones. Se cree por sí mismo con la ayuda de otros (Jn 4,42).

            Por todo ello, se puede pensar en mantener la ilusión de construir un proceso de fe adulta a lo largo de la vida. Eso hará que no consideremos algunos episodios importantes de nuestra vida cristiana como meta de llegada sino como comienzo de etapas nuevas. Eso ayudará a despejar cansancios, rutinas, caminos repetidos que empobrecen la experiencia cristiana y la relevan a lo marginal de la vida.

            Como luego diremos, Jesús mismo ha tenido que trabajar para construir en su vida una fe adulta que supiera dar respuesta a lo que el Padre le iba marcando (Jn 4,34). Su ánimo nos es muy necesario si de verdad nos interesa creer como adultos que han llegado a saber qué es lo importante y qué lo secundario en el camino cristiano.

 

  1. 1.      Meditación de la Palabra: Ez 34,1-16

 

«1Me fue dirigida esta palabra del Señor: 2«Hijo de hombre, profetiza contra los pastores de Israel, profetiza y diles: “¡Pastores!, esto dice el Señor: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No deben los pastores apacentar las ovejas? 3Os coméis las partes mejores, os vestís con su lana; matáis las más gordas, pero no apacentáis el rebaño. 4No habéis robustecido a las débiles, ni curado a la enferma, ni vendado a la herida; no habéis recogido a la descarriada, ni buscado a la que se había perdido, sino que con fuerza y violencia las habéis dominado. 5Sin pastor, se dispersaron para ser devoradas por las fieras del campo. 6Se dispersó mi rebaño y anda errante por montes y altos cerros; por todos los rincones del país se dispersó mi rebaño y no hay quien lo siga ni lo busque. 7Por eso, pastores, escuchad la palabra del Señor: 8¡por mi vida! —oráculo del Señor Dios—; porque mi rebaño ha sido expuesto al pillaje, y a ser devorado por las fieras del campo por falta de pastor; porque mis pastores no cuidaron mi rebaño, y se apacentaron a sí mismos pero no apacentaron mi rebaño, 9por eso, pastores, escuchad la palabra del Señor: 10Esto dice el Señor Dios: Me voy a enfrentar con los pastores: les reclamaré mi rebaño, dejarán de apacentar el rebaño, y ya no podrán apacentarse a sí mismos. Libraré mi rebaño de sus fauces, para que no les sirva de alimento”». 11Porque esto dice el Señor Dios: «Yo mismo buscaré mi rebaño y lo cuidaré. 12Como cuida un pastor de su grey dispersa, así cuidaré yo de mi rebaño y lo libraré, sacándolo de los lugares por donde se había dispersado un día de oscuros nubarrones. 13Sacaré a mis ovejas de en medio de los pueblos, las reuniré de entre las naciones, las llevaré a su tierra, las apacentaré en los montes de Israel, en los valles y en todos los poblados del país. 14Las apacentaré en pastos escogidos, tendrán sus majadas en los montes más altos de Israel; se recostarán en pródigas dehesas y pacerán pingües pastos en los montes de Israel». 

 

  • Este es el “oráculo contra los pastores”, contra aquellos que tendrían que haber ayudado la fe del pueblo. Pero  al haberse apropiado de la religión mediante las estructuras creadas por ellos mismos, se han enriquecido chupando la sangre del pueblo y dejándolo exhausto. “Se apacientan a sí mismos” en lugar de apacentar a sus ovejas: les importan sus cargos, su poder, su dinero, su superioridad. Son celosos defensores del estatus religioso que han creado y que les beneficia solo a ellos. No son, por ello, una ayuda para la fe del pueblo, sino un obstáculo casi insalvable. No han cumplido con su deber primordial de ser mediación de vida y eso les desautoriza por mucho que se arroguen el papel de representantes de Dios.
  • Son pastores caníbales, se “matan…se comen” a las más gordas, a las que pueden sacar más jugo. Y luego a las demás. Se apropian de su “lana” de sus convicciones humildes y las dejan a merced de los depredadores que son ellos mismos. Tenían que haber sido generosos con el pueblo y fueron sus esquilmadores. Ladrones de pobres, que es la forma más indignante de robar.
  • Tendría que haber sido instancia de curación pero no han hecho sino crear más heridas, hurgando en ellas. No han gastado ni un céntimo en remedios que mitiguen el dolor. No les ha importado el dolor ajeno del que tendrían que haberse apiadado, con el que tendrían que haberse conmovido. No les ha importado promocionar al pueblo porque así, humillado, era más fácil expoliarlo.
  • Y, por supuesto, no han gastado ningún esfuerzo buscando a los descarriados a quienes han puesto en pérdidas de negocio. Nada han sabido de aquel amor loco que va en busca de del extraviado arriesgando al resto (Lc 15,1-10). Por eso, el pueblo se ha disperdigado por los “altos cerros” quedándose a merced de las fieras, de los sistemas depredadores, de quien piensa solamente en el lucro. Un pueblo disperdigado, sin conciencia de pueblo; ellos tendrían que haber ayudado a mantener esa conciencia que es como una tabla de salvación para los momentos de dureza extrema.
  • Y todo ello “empleando la violencia”, con la dureza propia de quien no tiene mejor argumento para imponerse que la fuerza bruta, que la represión, que la exclusión. Violentos con el frágil porque, quizá, no han podido serlo con los fuertes.
  • Por eso Dios, dice Ezequiel, va a “reclamar el rebaño”, va abolir esas mediaciones religiosas que empobrecen y destruyen el camino creyente del pueblo. En lugar de ser mediación de socorro, son instrumento de explotación. El pueblo “se verá libre de sus fauces” y creará otra comunidad sin mediadores que exploten al frágil. Dios será  el verdadero “cuidador” del pueblo supliendo el fracaso de quienes tenían que haber ayudado a una fe madura y lo que han hecho es llevar a la ruina a la comunidad. Dios mismo irá construyendo en el corazón de cada fiel el creyente nuevo que no volverá a caer en las garras de mediadores que esquilman.
  • El pueblo aprenderá los caminos de una fe madura, comerá los “pastos” de su fe elaborada asentada sobre la certeza del acompañamiento amoroso de Dios. Se habrán acabado los tiempos de los mediadores corruptos y nacerá la comunidad de fe adulta que recibe ayuda de sus hermanos y no explotación que la empobrezca.

 

  1. 2.      Cómo Jesús construyó su fe adulta

 

  • Jesús es creyente para sí mismo: La mayoría de los grandes tratados sobre el Jesús histórico de los que hoy disponemos no dedican un solo apartado a la fe de Jesús. Hablar de aquel a quien se considera Hijo de Dios como de un creyente se ve obvio, superfluo o, mejor incluso, inapropiado. Aplicar a Jesús los trabajos, esfuerzos y dudas del creer no parece lo más adecuado. Sin embargo, dejar de lado este aspecto no es solamente negar de alguna manera el camino humano de Jesús, su ser persona histórica, sino que es despojarle de su más profundo itinerario interior. Así es: Jesús no es solo creyente para otros, sino también creyente para sí mismo; no solamente ofrece el mensaje a otros, sino que él elabora mensaje para su propia necesidad espiritual. Comprender a Jesús como un creyente no  es solo afirmar lo evidente, sino que es asomarse y valorar maravillados los trabajos de fe de quien es revelador de la relación con Dios. 
  • Fe enmarcada en el judaísmo: Aunque parezca una obviedad, hay que tener en cuenta que el Jesús histórico no es cristiano en sus elaboraciones de fe, sino judío. Por lo tanto, su camino creyente está enmarcado en la espiritualidad judía. Jesús amaba su religión; nunca renegó de ella; hubiera sido una impiedad inconcebible. Si la cuestiona en determinados puntos, algunos importantes, no fue porque no la amase sino porque, a su juicio, no funcionaba en los parámetros humanizadores de la espiritualidad de la alianza. Pero su búsqueda espiritual, por muy novedosa que se la quiera, habrá de ser compatible con el fondo mismo de la Ley, quizá no tanto con las formas que es donde se sitúa el litigio con el sistema religioso. Otra cosa es la visión que, posteriormente, nos brindan los evangelios tras la caída de Jerusalén y la época de un judaísmo en diáspora y un cristianismo en expansión. La búsqueda creyente de Jesús, como no podía ser de otro modo, se enmarca en el judaísmo muy anterior a Yamnia vivido con amor y cuestionado con sentido crítico. La novedad espiritual de Jesús tiene que ver sobre todo con la profundidad, con planteamientos de fondo.
  • El tema del mesianismo: Algo con lo que los evangelios han tenido que lidiar es con todo el tema del mesianismo porque quizá el mismo Jesús y su entorno han tenido mucho que ver con él. ¿Cómo entender su búsqueda espiritual desde esa perspectiva? Las respuestas son muchas y puede que sean bastantes las que contengan elementos de verdad. Pero creemos que Jesús ha elaborado su fe en el trabajo por configurar, en su corazón y en sus caminos, un mesianismo pobre. Ahí está el quid: para la tradición mesiánica judía, el mesianismo se resuelve en el poder y la gloria ya que ser mesías desde la pobreza es una contradicción en los términos. Algo de eso pasa con la atribución mesiánica de los títulos cristológicos cristianos: se entiende y se celebra a Jesús como mesías de la humanidad desde el brillo y poder religioso, desde el anhelo de reconocimiento por todos los pueblos de la tierra. Si fuera esto así, ¿cómo Jesús habría logrado unir, en su corazón y en su vida, mesianismo y pobreza? Solo se nos ocurre una respuesta: en su convivencia directa con la pobreza, en su opción por escapar de algo que atosiga tanto, hasta entender que en un Dios de pobres y en el fondo último de las pobrezas anida un sueño inagotable de justicia que da sentido a la utopía de los pobres.
  • La ceretza de que Dios está siempre con él: Además, es un rasgo del trabajo creyente hacer, de mil maneras, la pregunta sobre Dios, lanzar, desde todos los ángulos, preguntas a Dios, cuestiones que casi nunca tienen respuesta. Los trabajos de fe de Jesús han sustituido las preguntas por la certeza, simple pero sosegante, de que Dios hacía camino con él en cualquier vicisitud por la que pasara su vida. O, al menos, así lo ha comprendido la tradición evangélica cuando, a su manera, nos ha querido abrir un poco la puerta del alma de Jesús. Quizá se dé esta situación porque preguntar a Dios de modo directo, y más si se hace exigentemente, puede parecer una impiedad. Pero la tradición veterotestamentaria está llena de preguntas, a veces duras, a Dios. Da la impresión, incluso en la posterioridad de los evangelios, que Jesús acoge a Dios lejos de las preguntas, con la fe de quien ama sin preguntas y sin esperanzas interesadas. Un Dios que se acepta en un amor que se entiende bueno y liberador, todo bien.
  • Un componente de laicidad: Cuando se analizan los trabajos de fe de Jesús, y extrañamente a la realidad social y religiosa de la época, se percibe un estilo de fe que podríamos decir secular, poco religioso. Es verdad que, según los evangelios, Jesús ora, aparece por la sinagoga y el templo, respeta la normativa religiosa y las tradiciones aunque cuestione, a veces, su inhumanidad, etc. Pero no se respira un ambiente religioso, sino más bien laico. No se percibe a Jesús como un recitador de salmos o un inventor de oraciones. Sus experiencias primigenias, como la del bautismo, no son propiamente religiosas, sino de contenidos sociales. Sorprende este componente de laicidad que haría parte de la primera experiencia, aunque luego tomará otros derroteros.
  • Una fe para los excluidos: La fe de Jesús apunta a la verdad de la persona, a lo que es uno realmente ante Dios, no a lo que su vida tiene de representación en el escenario social. Por eso, con su manera de creer, hizo ver a quienes eran tenidos por descreídos que su no-fe era algo de más calidad que la pretendida fe de quien se situaba en el sistema. Su manera de creer abrió una puerta a la supuesta increencia de los excluidos del sistema. Hizo ver que la mística, el amor que anhela, no es patrimonio de la religión, sino que pertenece al tesoro de la vida, por muy herida que esta se halle. Esta increíble novedad abre un camino a los comportamientos del grupo de Jesús en una sociedad como la nuestra.

 

  1. 3.      Caminos para elaborar una fe personal

 

Son muchos de ellos camino que tenemos a la mano y que, en parte al menos, practicamos. Pero conviene seguir ahondando:

+ El camino de la oración redescubierta: ya que, quizá, no basta solo con rezar, sino que haya que trabajar cada día por redescubrir de nuevo el camino de la oración como senda de novedad y así escapar de su peor enemigo, la rutina. Redescubrir quiere decir crear planes nuevos, ahondar en ámbitos orantes de madurez bíblica,  escapar del mero repetir oraciones personalizándolas y actualizándolas. Más que una actividad piadosa, la oración es un trabajo de fe, una actividad en la que se ponen a funcionar los anhelos más hondos de la fe.

+ El camino de la celebración recreada: porque, igualmente, no es solamente cuestión de ir a misa o a la oración litúrgica, sino de vivirla en modos recreados cada día para escapar al ritualismo que amenaza toda celebración. Recrear la celebración supone, además de empelar todos los recursos que nos da la espiritualidad litúrgica, crear pequeños espacios y signos de novedad celebrativa que reorienten a la comunidad que reza cuando esta quede amenazada de ritualismo. A veces un pequeño intento ejerce una función de revulsivo y abre las puertas a la novedad.

+ El camino de la solidaridad comprobada: no de la solidaridad pensada, que no está mal, pero no es suficiente. No vale escudarse en la solidaridad de otros para justificar la propia. La fe se forja no en el campo de las creencias sino, sobre todo, en el de la solidaridad. La respuesta que damos al sufrimiento del otro es lo que, como ocurre en el caso de Jesús, nos hace creyentes. El “anda y haz tú lo mismo” de Lc 10,37 sigue vigente.

+ El camino de la ofrenda a la comunidad: porque se corre el peligro de que en una larga historia de vida comunitaria no se haya pasado a la orilla de la comunidad, sino que se siga viviendo en la orilla de uno mismo. Para pasar a esa otra orilla es necesario hacer ofrenda a la comunidad de lo que uno es y ama. Si esa ofrenda es generosa, la vida espiritual crece en reciedumbre. Si es menguada, la vida espiritual se vuelve raquítica.

+ El camino de la reflexión ahondada: ya que una fe adulta necesita de la reflexión, de la lectura. Leer un libro de teología al año, ahondar en la persona de Jesús leyendo alguna vez una cristología, tener un curso al año al menos de formación espiritual, son caminos que, si se andan, pueden llevar a un enreciamiento de la fe haciéndola más fuerte y personal.

+ El camino de la mirada nueva a la creación: un camino que nos resulta nuevo y que nos va enseñando que el seguimiento de Jesús incluye la espiritualidad ecológica. El creyente adulto de hoy encara con buen ánimo la conversión ecológica. Más aún, de alguna manera va entrando en la contemplación del cosmos ayudado por lo que la ciencia moderna nos pone delante cada día en la prensa. Es un camino complejo pero que demanda y lleva a la madurez.

 

  1. 4.      Para orar

 

  • “Por la mañana, se levantó muy de madrugada y salió: se marchó a un despoblado y allí se puso a orar” (Mc 1,35).

 

En la oración de noche y en descampado fue aprendiendo Jesús el proceso de su fe.

 

  • Razón poética:

 

Nada hay más admirable que el hombre
empeñado en ejercer su verdad en secreto.
el que acierta en secreto,
el que yerra en secreto,
aquel cuya fe es secreta,
aquel cuyo escepticismo es secreto.
Ahora bien, en ciertas ocasiones
-cuando la libertad peligra-
el auténtico secreto de un hombre
es levantar la voz.

                       

                        R. Argullol

 

 

9

LA ILUSIÓN DE HABLAR DE DIOS

EN MODOS NUEVOS

 

            Hay creyentes a los que nos les preocupa cómo hablar de Dios. Ellos siguen hablando, más o menos, en los modos que aprendieron del catecismo o de la piedad. Eso les basta. Pero, ante la secularidad de la que hacemos parte, hay personas que anhelan hablar y hablarse a sí mismas en maneras más actuales, más sugerentes. Si no se hace este trabajo, dice EG 168, se corre el riesgo de “hablar al vacío”, de manejar expresiones que hoy ya no se entienden, o no conectan con la sensibilidad actual o, directamente, están superadas.

            Hablarse y hablar de Dios en otro lenguaje exige un amor activado a Jesús, un verdadero enamoramiento. Cuando se habla de Dios se percibe si debajo arde la llama del amor. Si es así, la calidez del corazón se transmite por las palabras y ante un amor explícito siempre se muestra la admiración. Pero si se habla de manera sabida, rutinaria, superficial, la desconexión y el desentendimiento están garantizados.

            Habría que encontrar una manera de hablar de la fe que no causara vergüenza, que no fuera tan “increíble” que no dejara una posibilidad de conexión y de diálogo, que no nos situara de salida en un terreno tan peculiar que conllevara el desinterés. No vale con recurrir a la increencia, al ateísmo, de nuestra cultura. Nosotros también tenemos algo que ver (GS 19 dice claramente que una de las causas del ateísmo moderno es la pobreza de la vida de fe de los cristianos). Por eso mismo, no da igual hablar de Dios de una manera o de otra.

            Sabemos que, cuando hablamos de Dios, estamos hablando del misterio y que, por tanto, no se puede pretender hacerlo con la pretensión de la ciencia, con la definición del matemático. Pero sí que se puede hablar del misterio con calor o con desgana, con intención de búsqueda o con cansancio, con ardor creyente o de manera más bien pasota y rutinaria. En  Lc 24,32 se dice que, cuando Jesús explicaba la Escritura, hacía “arder” el corazón de quien le escuchaba. No se puede pretender que arda nada si se habla de Dios, de la fe, de cualquier manera. Por eso habría que evitar el lenguaje histérico del fanático religioso y el lenguaje cansino de quien habla sin convicción personal.

De ahí que se pueda mantener la ilusión por ir encontrando un modo nuevo, actualizado, vibrante, sobre Dios. Este se hallará asentado sobre convicciones profundas, sobre lenguajes vibrantes, con palabras que lleguen al corazón (Gén 50,21; el dardo de la palabra).

 

  1. 1.      Meditación sobre la Palabra: Ez 36,16-23

 

«16Me vino esta palabra del Señor: 17«Hijo de hombre, la casa de Israel profanó con su conducta y sus acciones la tierra en que habitaba. Su conducta era a mis ojos como la impureza de la regla. 18Me enfurecí contra ellos, por la sangre que habían derramado en el país, y por haberlo profanado con sus ídolos. 19Los dispersé por las naciones, y anduvieron dispersos por diversos países. Los he juzgado según su conducta y sus acciones. 20Al llegar a las diversas naciones, profanaron mi santo nombre, ya que de ellos se decía: “Estos son el pueblo del Señor y han debido abandonar su tierra”. 21Así que tuve que defender mi santo nombre, profanado por la casa de Israel entre las naciones adonde había ido. 22Por eso, di a la casa de Israel: “Esto dice el Señor Dios: No hago esto por vosotros, casa de Israel, sino por mi santo nombre, profanado por vosotros en las naciones a las que fuisteis. 23Manifestaré la santidad de mi gran nombre, profanado entre los gentiles, porque vosotros lo habéis profanado en medio de ellos. Reconocerán las naciones que yo soy el Señor —oráculo del Señor Dios—, cuando por medio de vosotros les haga ver mi santidad». 

 

  • Es parte de un oráculo “a los montes de Israel”, a los que tienen obligación de pensar la fe, a quienes se saben y dicen creyentes, a quienes dicen tener sensibilidad y comportamientos religiosos. Esos tales, en flagrante contradicción con lo que dice, han “profanado con su conducta y sus acciones la tierra en que habitaban”. Porque viene a decir el profeta: tus palabras, tus planteamientos, tu misma oración queda cuestionada cuando la vida va por otro camino. No aspires a un lenguaje a un lenguaje nuevo sobre Dios cuando no trabajas porque tu vida diaria sea nueva cada día.
  • Esa contradicción es tan horrible como “la impureza de la regla”. La expresión anacrónica (la regla no es ninguna impureza, sino mero proceso biológico) y  machista (el hombre Ezequiel que mira con desdén a la mujer que menstrua). El foso entre lo que se dice creer y lo que se vive es enorme. Si no se trata de rellenarlo, el lenguaje sobre Dios se desacredita. Más aún, tal lenguaje es altamente hipócrita. Y hay que percatarse de que la sociedad perdona más fácilmente la debilidad que la hipocresía.
  • En el fondo era una vida violenta e idolátrica. La violencia desacredita lo humano por su inhumanidad. Por eso mismo, hablar de Dios en modos violentos, impositivos, irrespetuosos es una contradicción y una siembra de sal. Y lo mismo: hablar de Dios desde la idolatría, desde el consumo exacerbado, el individualismo autorreferente, desde la indiferencia ante las duras sendas de los pobres, es otra contradicción y un descrédito para el mismo Dios.
  • Estas son las causas de la “dispersión”, de la desorientación, de la pérdida de sentido. Cuando se pretende mantener un lenguaje religioso convencional y, a la  vez, se vive un estilo de vida alejado del evangelio, esa vida cristiana carece de norte, se apaga, se esfuma. Incluso si se trabaja por hacerla relevante, quizá lo llegue a ser. Pero no será significativa, no tendrá luz, no suscitará adhesión, por más que se recree en los grandes números y en los cultos multitudinarios.
  • Esta dispersión, este no saber por dónde tirar, fue la causa de la “profanación del nombre” de Dios: le achacaban a él la dispersión, pero ésta provenía de la formidable contradicción en que vivían la fe. Se achaca a Dios lo que engendramos nosotros. Por eso, un lenguaje sobre Dios que le demanda cuentas cuando nosotros somos, las más de las veces la causa de los desajustes históricos, no puede ser de recibo. No se trata de defender a Dios, porque no necesita nuestra pobre y cuestionable defensa. Se trata de hablar de él contando con nuestras incoherencias, desde nuestra mayor verdad posible.
  • “Tuve que defender mi santo nombre”, le hace decir Ezequiel a Dios. No da igual que se hable de Dios de una manera u otra. Hay que ser más moderado y más humilde para hablar de Dios desde la propia limitación. Hay que abandonar posiciones de fuerza que atribuyen a Dios mis intereses (y pero si son intereses cuestionable). Hay que defender el nombre de Dios no tanto con palabras y desagravios ante los desmanes de quienes maldicen su nombre, sino intentado que no lo hagan por nuestro comportamiento. O intentando que espeten a Dios porque les merezca respeto nuestra vida solidaria, humana y espiritual.
  • De una manera provocadora dice Ezequiel que Dios “no lo hace por nosotros, sino por su santo nombre”. Pero todos sabemos que Dios se gana respeto y amor a través del amor y respeto que tengamos al otro (1 Jn 3,17). El descrédito de Dios lo forjamos nosotros; y también el aprecio. Así es Dios: uno puesto en nuestras manos, para bien y para mal.
  • De una forma u otra, se quiera o no, dice Ezequiel “Dios manifestará su santidad…sabrán que yo soy el Señor”. Pues no, hermano Ezequiel: tendrías que confiar más en tus frágiles compaisanos; tendrías que soplar en las cenizas de su fe por si  hay alguna brasa debajo; tendrías que acompañar sus dudosos caminos morales para tratar de o ayudarles en una mejor orientación. Dios no se impone, sino que se propone. Jesús, el de la oferta cordial, nos lo enseñará mejor que tú. Pero tú mismo hablarás luego de un corazón “de carne”. Hablar de Dios desde el ser carne, desde el simple ámbito de lo humano, quizá sea el mejor sendero.

 

  1. 2.      Hablar de Dios habiéndolo encontrado en el silencio

 

  • La búsqueda de Jesús en el silencio: Con los pocos datos que los evangelios nos suministran tal vez sea un tanto aventurado decir que Jesús ha encontrado a Dios en el silencio; más bien parece que lo haya encontrado en los caminos. Pero las escenas de iluminación como la de Mc 9,2-13 indican que ha sido el silencio el marco buscado por Jesús para tratar de entender el camino al que le empujaba su opción por Dios y su opción por los frágiles sociales. Efectivamente, la transfiguración es una escena de iluminación, de búsqueda de sentido a través de la mediación de la Palabra, del silencio y de la comunidad.
  • Dificultad para encontrar a Dios en el silencio: A la persona religiosa le cuesta entender y vivir la realidad de un Dios en silencio. Por eso, el Dios de la religión, de la teología, de la piedad habla en palabras y revelaciones que damos por cierto que han sido gestadas en el mismo cielo. ¿Cómo se va a revelar Dios si no habla? De ahí que el revelador sea llamado el Verbo, la Palabra. ¿Es Palabra de un Dios que habla o de un Dios que no habla? Es verdad que ha habido corrientes espirituales que han promovido el silencio de Dios, la espiritualidad del apofatismo. Pero ha sido algo minoritario. Lo normal ha sido que Dios hable, que hable mucho y que muchas veces lo que decimos que Dios habla se parece enormemente a lo que nosotros, por nuestros intereses, queremos que diga.
  • Estar ante un Dios en silencio: Habría, para empezar, que renunciar a hablar de Dios con ligereza, atribuyéndole cosas que son nuestras. Habría que pensar que es, tal vez, mejor que Dios no hable para que así se pueda garantizar su verdad, porque si le atribuimos locuciones suyas estamos invadiendo y pretendiendo apropiarnos de su verdad. Estar ante un Dios en silencio no quiere decir que se esté ante un Dios ausente, sino ante ese Otro que, por su peculiaridad, da sentido a la mía.
  • Un Dios que calla: ¿Cómo creer en un Dios que calla ante nuestras carencias, y que, callando, empuja a que seamos nosotros quienes las encaremos? ¿No es una forma de huida de nuestro componente histórico querer buscar palabras de un Dios que dan sentido a lo nuestro? De alguna manera Dios es, ante nuestra limitación, tan limitado como nosotros. Pero en esa limitación es quien nos acompaña y quien nos empuja a afrontarla. ¿No es suficiente un Dios que nos sostiene y anima en nuestras carencias y en nuestros gozos? ¿Tiene que hablar porque de lo contrario ponemos en duda que esté con nosotros.
  • Hundirse en el silencio de Dios: Hundirse en el silencio de Dios es, quizá, la senda para dar con él. Así lo han entendido los grandes místicos y los humildes místicos a pie de calle; ese silencio les ha hecho más buscadores y más anhelantes. El silencio no les ha llevado al abandono, sino al ahondamiento. Quien va captando la realidad y el sentido de los silencios de Jesús no solamente no temerá a un Dios en silencio sino que comprenderá que es mejor que no hable, que esté ahí sin hablar.
  • Lenguajes extraños sobre Dios: Pero también hay que desvelar los lenguajes extraños de Dios, aquellos que no son propiedad del ámbito religioso: el casi olvidado lenguaje de los signos de los tiempos; el lenguaje “milagroso” de cada nuevo amanecer; el lenguaje extraño de los amores incomprensibles; el durísimo lenguaje de un sufrimiento que es el alto precio a la pertenencia de la historia; el lenguaje estremecedor de quienes mueren sin haber recibido su cuota de alegría, de esperanza y de justicia; el estremecedor lenguaje de las lágrimas que nadie recoge; el lenguaje esperanzador de los ojos que se abren a la vida y de los corazones que se abren al amor. Lenguajes vivos en los que Dios habla sin hablar. ¿No fueron muchos de estos lenguajes los que Jesús aprendió por las sendas de Galilea?

 

  1. 3.      Lenguajes nuevos sobre Dios

Precisamente porque son nuevos nos cuesta hablarlos. Pero algo nos va diciendo que ahí hay una posibilidad:

+ El lenguaje nuevo del cosmos: porque la ciencia de hoy abre a una nueva comprensión de la persona dentro del inmenso cosmos, de los universos, y eso obliga a un replanteamiento de nuestras maneras de hablar de Dios y del mismo Jesús. No hay que temer a ese lenguaje que se nos echa encima; puede ayudarnos a entender a Dios como fuente del amor, cimiento de la vida, fuerza transformadora,  hondura que nos cobija.

+ El lenguaje nuevo de los aprendizajes sociales: ya que la sociedad puede ayudarnos mucho a entender y vivir de manera nueva la fe. Nos enseña el camino de la globalización como camino de fraternidad universal; el camino del debilitamiento de las fronteras como senda de abrazo común; el camino de una economía solidaria ahora que tenemos capacidad  de acabar con plagas endémicas como el hambre o la pobreza.

+ El lenguaje nuevo de la mística laica: que no quiere decir que sea atea siempre, sino que ahonda en el subsuelo de la vida para encontrar el empuje que hallan los místicos creyente, aunque lo expresen de manera distinta. Una mística horizontal, de ojos abiertos que no necesita salir de la realidad para toparse con el misterio que habita en el fondo.

+ El lenguaje nuevo de la transrreligión: de los buscadores de la espiritualidad que no necesitan el soporte explícito de la religión para articular su búsqueda. Son, quizá, llos adelantados de una era nueva del Espíritu.

+ El lenguaje nuevo de la corporalidad aceptada: porque casi siempre se ha empleado el lenguaje del cuerpo de manera equívoca, cuando no negativa. Una manera nueva de mirar la hermosa y necesaria realidad del cuerpo hecha de compasión y de amparo es la que va brotando en muchas instancias ciudadanas.

+ El lenguaje nuevo de la razón poética: que muchas veces hemos tratado como mero adorno y la hemos relegado al olvido. Pero decir las cosas bella y profundamente puede ayudarnos mucho a hablar de Dios bella y profundamente.

 

  1. 4.      Para orar

 

  • Y levantándose, fue a su padre. Y cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y sintió compasión por él, y corrió, se echó sobre su cuello y lo besó” (Lc 15,20).

 

Un Padre, Dios, que no teme hacer el ridículo porque él ama y esa es su razón de su comportamiento desmedido.

 

  • Razón poética:

 

Podría pensarse

que el amor a Dios es una absurdidad

si uno no cree en é.

No obstante, nosotros, los incrédulos

-sobre todo nosotros, los incrédulos-

debemos amar a Dios de vez en cuando,

e incluso con cierta frecuencia,

para no quedar atrapados en el amor a nosotros mismos

ni, tampoco, en el amor a los demás.

Amar lo desconocido, lo distante,

nos cura de la excesiva cercanía de lo humano

y, a menudo, nos procura la salvación.

 

                        R. Argullol

 

 

10

LA ILUSIÓN DE CULTIVAR LA INTERIORIDAD

 

            Es algo que está de moda, sobre todo en el ámbito educativo. Se publican muchos libros y artículos. Cuando ya casi nada se habla sobre el “alma”, se habla más de interioridad. Pero, más allá de los vocablos, son realidades hermanas. Porque la interioridad (y el alma) es lo que está debajo de la piel. Las personas (toda criatura) no es solamente lo externo y sus complicadas manifestaciones. También es lo que no se ve, lo que no se oye, lo que no se toca. Pero es algo que está ahí, que lo sentimos y percibimos en múltiples manifestaciones.

            Todos los especialistas dicen que la interioridad es algo que se cultiva. Por eso hablan de de cultura de la interioridad. Por lo que se ve, es una realidad viva y, como todo lo vivo, si no se cultiva, se empobrece y corre el riesgo de morir. No sabemos concretar muy bien qué es cultivar la interioridad. Pero se puede decir que lo hacemos de muchas maneras porque un interior rico dinamiza el todo de la persona, le da sentido y hace atractivo el horizonte de la vida.

            Suele aplicarse, sobre todo, al ámbito educativo porque la vida de los niños-adolescentes es marco propicio para el cultivo de una interioridad que influirá posteriormente en sus vidas. Pero, en realidad, es tarea de toda la vida porque la interioridad es el latido del corazón que vive y este late en todas las épocas de la existencia. Mantener la ilusión de cultivar la interioridad es algo que puede revitalizarnos enormemente.

            Todo esto tiene también sus peligros que habrá que aprender a sortear. El primero es la banalización, el decir que todo esto son monsergas, que aquí lo que hay que hacer es trabajar y punto. Es ceder a la superficialidad, mirar con anteojos cortos, con mirada miope. Es preciso mirar un poco más allá de la nariz. Y luego, otro peligro: mirarse el ombligo, creer que la interioridad es buscar un nirvana que nos aleje de los vaivenes y sufrimientos de la vida. Un narcótico. Habrá que andar espabilado para no caer en tales redes.

            A quien ama la Palabra le resultará interesante el tema de la interioridad porque la Palabra arraiga de verdad en un interior que la acoge. La tierra donde fructifica la Palabra es la del propio corazón y se riega con ese caudal interior de la “fonte” (que diría san Juan de la Cruz) que mana de dentro.

 

  1. 1.      Meditación de la Palabra: Ez 36,24-28

 

« 24Os recogeré de entre las naciones, os reuniré de todos los países y os llevaré a vuestra tierra. 25Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar; 26y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. 27Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos. 28Y habitaréis en la tierra que di a vuestros padres. Vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios». 

 

  • Este es, quizá, el más hermoso oráculo de todo el libro de Ezequiel. El profeta, en un alarde de imaginación y de anhelo de acompañar la vida del pueblo exiliado, imagina una verdadera operación de trasplante de corazón (cuando esto era impensable): Dios va a cambiar el corazón del pueblo, porque  ahí, en el interior, no en la normativa, se halla el problema y la solución.
  • Antes hará dos cosas: primeramente, recoger-reunir-llevar al pueblo de vuelta al país. Se intuye, como así fue, el decreto de repatriación dado por Ciro II, rey de Persia, que ya no consideró a Israel y a otros pueblos deportados por Nabucodonosor como un peligro para el imperio. La mayoría no volvió, porque murieron o porque se instalaros en Mesopotamia. Pero volvería un resto que mantendría la conciencia de pueblo que estuvo en peligro de desaparecer. La vuelta sería un signo de que era posible comenzar de nuevo, caminar por otras sendas, las del corazón creyente.
  • Además, Ezequiel no sabe prescindir de esto, habrá una nueva purificación, un poner en cuestión las “idolatrías” que han llevado al pueblo a la ruina (las alianzas políticas que tienen como principio el ansia de poder político). Esto sería más difícil. Al profeta la resulta inimaginable hablar de corazón nuevo en la “impureza” de la fragilidad. Cree que no es posible construir una interioridad en la limitación y el fallo. Pecado y alianza le resultan incompatibles. Está lejos del “amigo de pecadores” que será Jesús (Mc 2,13-17).
  • Y aquí está lo importante: Dios mismo, dice el profeta, arrancará el corazón de piedra y podrá, en un lugar, un corazón de carne. El corazón de piedra, duro e insensible, es la persona vacía de interioridad, refractaria a la bondad, sin capacidad de amparo y abrazo, hiriente para sí  misma y para los demás. Ese interior va ser sustituido por un corazón de carne, sensible al dolor ajeno, capaz de entender las equívocas sendas del amor, ágil para el perdón, amasado en generosidad, capaz de dar y de darse. Esa interioridad nueva es la que entenderá la alianza de amor de Dios con su pueblo. El evangelio cae en tierra árida cuando el interior es duro (Mc 4,1-9).
  • Ese corazón nuevo irá hermanado con un “espíritu nuevo”, un aliento creador nuevo, una inspiración distinta. Otro espíritu para otro interior, otra manera de ir viendo la vida. Y Ezequiel no se puede librar de su mentalidad legal y moral: el espíritu nuevo hará que “caminéis según mis preceptos y que guardéis y cumpláis mis mandatos”. No se termina de dar el paso hacia la total novedad, aquella que se ve libre de la normativa, la que la coloca en segundo lugar. Una interioridad nueva es aquella que pone por delante de todo la ley del amor a la que queda supeditada toda norma.
  • Y se renueva la alianza. Y aunque la formulación sea la de siempre (“vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios”), en realidad, se dé cuenta Ezequiel o no, es una alianza distinta porque no está basada en el cumplimiento normativo sino en la calidez de un corazón de carne, regalo del mismo Dios. Es la interioridad del corazón sensible, fraterno, respetuoso con toda persona y toda creatura. Un amor que tiene componentes parecidos al amor del Dios generoso, dador de corazones nuevos.

 

  1. 2.      Accesos a la interioridad

 

Son como grandes caminos que  abren a ese misterio del interior de la persona y que posibilitan ir enriqueciendo ese “corazón” que el meollo de lo humano.

 

  • El acceso de la Palabra interiorizada: no solamente escuchada, proclamada, explica, sino interiorizada, llevada al terreno de la propia verdad, confrontada con lo que realmente uno es y vive. Esto puede hacerse en la meditación y oración cuando la Palabra toca el corazón y las actitudes, no solamente la cabeza. Puede hacerse cuando se comparte la Palabra desde la verdad de lo que uno es, no desde decir algo para la galería. Puede interiorizarse cuando se apresta uno un trabajo largo y deseado con el texto bíblico y eso se hace no por obligación, sino por deseo. Mientras la Palabra se quede fuera, el corazón no se enriquecerá, no será “de carne”.
  • El acceso del discernimiento comunitario: algo que nos cuesta porque llegamos a pensar que es una pérdida de tiempo y porque se hace en cuestiones que no nos confrontan realmente con la comunidad, sino que se trabaja cuestiones que, con ser importantes, dejan intacto el interior de la persona. A veces se rehúye de modo explícito ese discernimiento; no se tiene ánimo ni deseo de una confrontación que nos parece difícil y hasta desagradable. Sin embargo, hecho con paz, respeto y acogida, podría ser una muy buen herramienta de interiorización porque lo que se trabaja en tal discernimiento es el corazón personal integrado en el gran corazón de la comunidad. Creer que esto es música celestial sería empobrecer la realidad, lo más nuclear, de la relación común.
  • El acceso del silencio habitado: porque tememos al silencio y nos afanamos en rellenarlo de palabras, de actividades, de televisión, de relaciones superficiales. Pero la llamada al silencio sigue ahí. Hacer silencio es una actividad de cristianos maduros, de personas maduras. La evidencia de que se puede disfrutar de él es la prueba de que el silencio es una ayuda enorme para el enriquecimiento de la interioridad. Quien se abraza al silencio supera muchos vacíos y activa fuertemente su camino interior.
  • El acceso de la atención amante: ya hemos hablado de esta expresión en  el tema 5. La escucha implicativa de las personas y de los acontecimientos desplaza la superficialidad en su comprensión y en su valoración, da importancia a lo que para el otro es importante, asume como algo a tener en cuenta lo que ronda el corazón del hermano. La atención amante nos aleja de la insensibilidad y de la indiferencia ante situaciones ajenas. Es por eso que tal atención enriquece el interior de quien escucha y el de quien hace ofrenda de su propio interior.
  • El acceso de prácticas que se van incorporando a lo cotidiano: ya que se trata de cuestiones que afectan al itinerario de cada día. Esa obra de cambiar el corazón de piedra en el de carne a veces (como ocurrió en el duro exilio babilónico) se realiza en situaciones de mucha convulsión personal y social. Pero, generalmente, es el día a día donde se va conformando la carnalidad del corazón. Por eso es tan importante que se vayan incorporando prácticas (el el punto siguiente indicamos algunas) que vayan marcado nuestros días.

 

  1. 3.      Caminos cotidianos de interioridad

 

Son cosas sencillas; por eso puede que sean menospreciadas. Pero están al alcance de la mano y pueden ayudar a alimentar la ilusión por la interioridad.

+ El paseo contemplativo: porque la contemplación de la naturaleza es contemplación pura y camina en la dirección de la más humanizadora interioridad. Caminar en silencio contemplando el acontecer de la naturaleza abre los poros del alma, pacifica, reorienta y serena.

+ El cultivo de las plantas: porque tocar la tierra es tocar la madre de la que venimos y a la que volvemos, porque somos tierra. El sencillo cultivo de las plantas, en cualquiera de sus modalidades, es un trabajo, una afición, de humilde interioridad.

+ Las actividades creativas: muy beneficiosas para la edad adulta: pintar, escribir poemas (por sencillos que sean), hacer mandalas, copiar textos luminosos, etc., don pequeñas actividades que ayudan a mantener vivo el interior, despiertos a la hermosura de las cosas, contribuyendo a leer la vida en modos más positivos.

+ La belleza contemplada: en las exposiciones de cuadros, de fotografías, de materiales etnográficos, etc. No hace falta ser experto en ello; simplemente basta apreciar lo hermoso en sus modos más elementales.

+ El valor de lo lúdico: porque no somos solamente, ni quizá únicamente, pensamiento, trabajo, eficacia. También somos juego, disfrute compartido del tiempo, caminos andado en gozo y alegría. Todo eso contribuye a la interioridad y se recuerda siempre como un momento de encuentro vital y gozoso.

+ Anotaciones y diarios: que desde siempre han sido espacios de interioridad, marcos propicios para la reflexión personal y modos de valorar los acontecimientos de manera que se rompa la costra de la superficialidad.

 

  1. 4.      Para orar

 

  • Los fariseos le preguntaron cuándo llegará el Reino de Dios. El les respondió: -El Reino de Dios no viene ostensiblemente, y no se podrá decir: «Está aquí» o «Está allí». Porque el Reino de Dios está entre vosotros”. (Lc 17,20).

 

El Reino está dentro. Por eso, habrá que mirar e la dirección de lo interior. Ahí es donde confluye cualquier exterioridad.

 

  • Razón poética

 

 

Salir a la terraza bien temprano

y oírte cantar, tan vivo, en la  luz nueva

-que aún está a medio hacer-.

da mucha confianza en este día,

amigo verdecillo,

y ganas de vivir (y de ser bueno).

 

                        E. Sánchez Rosillo

 

 

11

LA ILUSIÓN DE CREER QUE LAS ESTRUCTURAS PUEDEN CAMBIAR

 

Las estructuras son ese conjunto de normas, de organización, de valores consagrados, de respuestas a los acontecimientos, de inversión de medios económicos y humanos que tienen todas las colectividades para poder funcionar. Con el tiempo (y a veces con apoyos externos, como el de la religión) esas estructuras quedan “consagradas” y, con frecuencia, llevan a su intocabilidad y con ella a la certeza muchas veces predicada de que a las estructuras no hay quien las cambie.

Pero eso no es así: por muy consagradas que esté, por duro que sea el anquilosamiento al que se ha llegado, las estructuras, por la simple razón de que son construcciones humanas, pueden ser modificadas. Nada es intocable en el ámbito de lo humano y en el ámbito de la legalidad. Todo puede ser modificado cuando está en juego el bien de la persona.

Porque el cambio de estructuras depende de nosotros, en parte. Es discutible la idea de que las estructuras son devoradoras de las personas (que, a veces, así lo son). Efectivamente, los comportamientos personales, individuales o comunitarios, pueden influir en la mejora y cambio de las estructuras que nos damos. Y, por supuesto, siempre quedará un margen para la profecía que, aunque parezca que se da de bruces con las estructuras, éstas acusan su golpe y, a veces, la escuchan.

La ilusión por el cambio de estructuras no está negada con el realismo: hay que pretender cambiar lo que en un momento  dado se puede cambiar. Pretender lo que no se puede es darse contra un muro. Y, desde luego, siempre habrá que mantener el respeto a personas y entidades y la certeza de que los cambios piden un modo procesual y que saltarse las partes de ese proceso no llevará a buen puerto. Y en cualquier caso, será necesario mantener la calma lo más posible porque los cambios que provienen de situaciones alteradas no consiguen nada.

¿Revivirán los huesos secos?, se pegunta Ezequiel. ¿Podrán revivir nuestras viejas estructuras? Es la pregunta que nos hacemos hoy.

 

  1. 1.      Meditación de la Palabra: Ez 37,1-6

 

«1La mano del Señor se posó sobre mí. El Señor me sacó en espíritu y me colocó en medio de un valle todo lleno de huesos. 2Me hizo dar vueltas y vueltas en torno a ellos: eran muchísimos en el valle y estaban calcinados. 3Me preguntó: «Hijo de hombre: ¿podrán revivir estos huesos?». Yo respondí: «Señor, Dios mío, tú lo sabes». 4Él me dijo: «Pronuncia un oráculo sobre estos huesos y diles: “¡Huesos secos, escuchad la palabra del Señor! 5Esto dice el Señor Dios a estos huesos: Yo mismo infundiré espíritu sobre vosotros y viviréis. 6Pondré sobre vosotros los tendones, haré crecer la carne, extenderé sobre ella la piel, os infundiré espíritu y viviréis. Y comprenderéis que yo soy el Señor”».

 

  • He aquí uno de los pasajes más famosos del libro de Ezequiel (se puede leer hasta el v.14). Impresiona la imaginación descriptiva y la capacidad para llevar a una reflexión existencial sobre el fondo de la vida. El que sea un oráculo bajo “la mano del Señor” está indicando la garantía que tiene: Dios habla por la boca del profeta. Desde ahí se contempla el valle lleno de huesos secos. Los huesos son como la estructura de la persona. Están “calcinados”, sin ninguna esperanza de vida, estructuras anquilosadas, envejecidas, muertas.
  • “¿Podrán revivir?”, esa es la gran pregunta. ¿Tiene sentido intentar que revivan? ¿Merece la pena buscar vida donde aparentemente no hay más que muerte? ¿Vale para algo enfrentarse a quien sostiene que en esos huesos secos hay una vida “legal” imprescindible para el mantenimiento del orden? Muchas personas han llegado a la conclusión de que dureza de las estructuras es impenetrable y han desistid de cualquier cambio en ellas. Viven dentro de tales estructuras pero sin esperanza de cambio o mejora. El mismo dejar la respuesta en manos de Dios (“Tú lo sabes”) puede significar tanto confianza como desesperanza.
  • El pronunciar un oráculo sobre huesos calcinados está indicando que puede “oír”, que tales estructuras no están tan muertas como se pueda llegar a creer, que son capaces de modificar algo el rumbo, que se puede soñar en otro tipo de estructuras más adecuadas, incluso distintas. Las viejas estructuras han llevado a la calcinación, a la muerte sin esperanza. ¿Se acabaron las posibilidades? ¿Habrá que seguir repitiendo siempre ese camino cerrado?
  • No se acabaron las posibilidades: los huesos puede ser recreados, pueden recibir un “espíritu” nuevo, un aliento nuevo que los recree. Es decir: una estructura con espíritu nuevo puede ser creada si los que construyen tal estructura se dejan guiar por  el espíritu de amor de Dios. No echemos la culpa a las estructuras y su rigidez; la pelota está en nuestro tejado porque contamos con el espíritu humanizador de Dios.
  • Dios hará un nuevo proceso: tendones-carne-piel. Habrá posibilidades de un modo nuevo de entender la vida, la fe y los caminos de la comunidad creyente. No será algo como lo de antes para que brote un horizonte de novedad. Entonces se comprenderá, al fin, “que yo soy el Señor”, es decir: que la finalidad de una estructura no es el dominio de la norma sino el logro del amor, Está naciendo en el profeta la certeza de que ya no se puede volver a los viejos planteamientos, de que resulta imprescindible dar con un camino nuevo. Es la problemática que arrostran muchas de nuestras instituciones. Persistir en lo viejo, confirmar tercamente que no hay otro modo de hacer las cosas, quizá sea cerrarse al espíritu vivificador de Dios que está llamando a caminos nuevos.

 

  1. 2.      Estructuras que pueden cambiar

 

Y que, de hecho, han cambiado si echamos la vista a un amplio período de nuestra vida cristiana y de nuestra vida religiosa:

  • La estructura relacional: si miramos cómo era el estilo de nuestras relaciones humanas y fraternas hace 50 años, percibiremos el cambio dado. Nuestras relaciones son mucho más directas, sinceras, igualitarias, cordiales incluso. Los estilos de vida social, democráticos, nos han aportado conciencia de dignidad y de igualdad, lo que ha favorecido mucho la saludable relación fraterna. Ya no existen las viejas estratificaciones ni los antiguos modos, algo arrogantes, de la autoridad. Todo es más llano, más igualitario, más democrático, más evangélico, en fin (“todos vosotros sois hermanos”: Mt 23,8).
  • La estructura económica: la vieja estructura económica de los grupos religiosos era mucho más sencilla que la actual a causa de la bonanza económica del país. Pero no era más evangélica: el apego al dinero, la nula transparencia, la lucha por los bienes (quizá por necesidad), la limosna como medio de vida, etc., están lejos de la creciente transparencia de hoy, de la generosidad oficial en las catástrofes económicas, de las ong que contribuyen al desarrollo, de la participación igualitaria de los bienes comunes, de la posibilidad de control y aun de discrepancia en temas de inversiones, etc. Siempre habrá que mejorar porque el de la economía es un tema muy sensible, pero creemos que hemos mejorado notablemente esta estructura imprescindible de la vida.
  • La estructura espiritual: gracias sobre todo al Vat.II y a la nueva teología, las maneras de pensar lo espiritual (que muchas veces cobra rostro en los documentos), los modos de expresarlo, han mejorado. Ello ha generado en la mayoría de los hermanos/as una mentalidad nueva, un enfoque distinto de los problemas eclesiales y de vida comunitaria. Gozamos de una documentación inmejorable y tenemos muchos medios al alcance para irla incorporando. Quizá haya que sacudirse la pereza que se pega con los años y mantenerse interesado/ por este rico caudal de espiritualidad.
  • La estructura evangelizadora: también debemos mucho de esto al Vat.II que nos ha hecho ver que la evangelización, la misión, hace parte del ser mismo del cristiano, en las Iglesias locales lejanas y en las cercanas. Eso nos ha llevado a entender y vivir nuestras tareas más cotidianas con la mística de la misión dándoles, indudablemente, un impulso. Además, hemos ido aprendiendo que la fe se propone, no se impone, con lo que la oferta evangelizadora, en sus múltiples formas pastorales, se ha visto enriquecida.
  • La estructura ecológica: que aún no es muy fuerte, pero que antes ni existía. No solamente hemos avanzado en prácticas domésticas de comportamiento ecológico (las tres erres: reducir, reutilizar, reciclar), sino también formas de consumo, producción y uso de energías, utilización racional del agua. Esta estructura, aún en ciernes, es prometedora.

 

  1. 3.      Contribución personal al cambio de estructuras

 

Ya hemos dicho que desde lo personal se puede contribuir al cambio de estructuras. Veamos algunas contribuciones:

+ La fe en el diálogo: que es lo mismo que creer en las posibilidades del otro para una mejoría que no y no veo. No abandonar la senda del diálogo que puede llevarnos a algún fin bueno cuando todos los otros caminos parecen cerrarse. Un cambio de estructuras sin diálogo es imposible. El no-diálogo es el que anquilosa las estructuras y las vuelve impositivas.

+ Mentalidad colaboradora: deponiendo ansias de liderazgo, una mentalidad colaboradora es la que puede ablandar la costra que tienden a crear las estructuras. Negar la colaboración por desacuerdo es hacerles el caldo gordo a quienes utilizan las estructuras para su dominio.

+ Siembra a largo plazo: las estructuras se consolidan despacio y, en consecuencia, los cambios habrá de hacerse poco a poco. Son siembra a largo plazo y conviene verse libres de prisas que no llevan más que al nerviosismo y al desencanto, La paciencia histórica  (paciencia+tenacidad) se hace imprescindible.

+ No cansarse de “profetizar”: porque no basta con decir las cosas una sola vez; hay  que insistir con la mayor benignidad posible y con una insistencia fraterna. No se puede pretender que la profecía sea escuchada a la primera. Una profecía insistente es la que se necesita para pretender mejorar estructuras.

+ Sin dejar lugar a la amargura: dado que los rechazos están asegurados, hay que inmunizarse contra ala amargura que lleva al desaliento. Aunque duelan las cosas, aunque se sufra por la lentitud de los procesos, aunque haya desaires, es preciso mantenerse en la oferta y la colaboración con la mayor entereza posible.

 

  1. 4.      Para orar

 

  • “Había un hombre allí que llevaba treinta y ocho años con su enfermedad” (Jn 5,5).

 

Jesús llega en el límite de la vida cuando parece que toda estructura ha fracasado. Hay aún margen para la novedad.

 

  • Razón poética:

 

Días llenos de gracia, melodiosos,

los que habrán de venir en lo inmediato.

No nos cansamos de pensarlos mucho,

pues suponemos que traerán consigo

cumplimiento de vida,

dicha muy grande, aunque ignoremos cuánta.

 

Hermosos, sobre todo, por inciertos

en su inmenso no ser, que va abreviándose.

 

Días piadosos, únicos

-qué dulce esta ansiedad de la inminencia-,

incluso si al mostrarse son al cabo

mucho mejores que los imagino

y fulgura su estela para siempre

en la quietud de mi agradecimiento.

 

            E. Sánchez Rosillo

 

 

12

LA ILUSIÓN DE CREER EN LOS SUEÑOS

 

            Los sueños están frecuentemente desvalorizados. Son algo tan volátil, tan subjetivo y tan equívoco que pasan por ejemplo de lo inatrapable, de lo gaseoso y, en definitiva, de lo inútil. Sin embargo, los sueños pertenecen a ese conjunto de fuerzas que llamamos dinamismos y que hacen parte del núcleo de lo humano; son el combustible de muchos movimientos del alma y, en consecuencia, de muchos planes de vida. Solo los muertos carecen de sueños. Pero mientras se está vivo, queda más que demostrado que los sueños mueven gran parte de nuestras decisiones y que no hay muro capaz de contenerlos. Privarle a una persona, a una obra, a una propuesta, de sus sueños es robarle el alma.

            Quizá haya que matizar estableciendo la diferencia que entre hay soñar y ensoñar. Soñar es anhelar algo nuevo, deseado, perseguido y poner los medios que se tiene, a veces equívocos e ineficaces, para intentar conseguirlo. Los intentos visibilizan el sueño. Por eso, para distinguir un sueño de una ensoñación hay que mirar a los intentos. Ensoñar, sin embargo, es anhelar algo, acariciarlo, suspirar por ello pero sin mover un dedo, sin intentar dar un paso, sumidos en la mera ensoñación como un narcótico que calma pero que, lo sabemos, nunca producirá ningún fruto. En este segundo caso no hay apuesta, no hay riesgo, no hay convulsión vital.

            Precisamente por la capacidad de movilizar las honduras del alma, los sueños son engendradores de mística. Hace ya tiempo que la espiritualidad dedujo que la mística era un componente de la vida cristiana. Por eso, comenzaron a hablar de “mística de ojos abiertos” o de “místicos horizontales”. El terreno de la mística no sería un no-lugar fuera de la vida, sino que se sitúa en el centro de la vida. El creyente ha de ser místico de la horizontalidad, porque en ella se juega mucho de la vida cristiana. No es que se menosprecie la verticalidad (la oración, la Palabra, los sacramentos), pero la clave de muchas situaciones está en el diálogo, la tolerancia, la conexión social. Es ahí donde habrá que insistir para construir la horizontalidad. No es difícil que, con los años, la vida cristiana vaya perdiendo su sabor, su encanto. Es entonces cuando entran en juego los sueños como activadores de la mística. Esta, sin los sueños, termina apagándose, diluyéndose en el gris sobre gris de la mera organización, del pensamiento oficial.

            Desde aquí puede ser más verosímil entender los evangelios como un libro de sueños, no tanto de ficciones ensoñadas, sino de algo que tiene dentro el dinamismo de los sueños y la apuesta por el logro de los mismos. Esta manera de ver los textos bíblicos sería, para muchos, un empobrecimiento y un absurdo. La doctrina demanda comprensiones del hecho bíblico más sólidas. Y los sueños, ya lo hemos dicho, lindan con la ficción. Pero es lícito preguntarse: ¿qué habría producido más dinamismo en la fe, más adhesión, más amor en definitiva, dar acogida a los sueños de Jesús o estructurar su recuerdo en modos de organización religiosa? No se menosprecia la organización, pero ésta, sin sueños, se vuelve norma rígida, coraza que trata vanamente de aprisionar el vuelo de Espíritu. De ahí el interrogante: ¿es más profundo creer que soñar?

            La fe que se desplaza se apoya cada vez más en una fe soñada y soñadora. Que hayamos llegado adonde estamos nos ha dado pie para pensar en un salto cualitativo. Eso hay que agradecerlo siempre. Pero ¿no es precisamente el terreno de los sueños el que provoca más dinamismo, el que abre las puertas a lo nuevo, el que tiene la capacidad de plantear caminos que nos eran ignorados? ¿No es una fe soñada y soñadora la que alimentó y alimentan las nuevas teologías, la que suscita entregas novedosas aunque no sean publicitadas, la que sostiene el pábilo vacilante de quienes siguen quedándose en la comunidad de Jesús pero no a cualquier precio?

 

  1. 1.      Meditación de la Palabra: Ez 47,1.6-12

 

«1El hombre me hizo volver a la entrada del templo. De debajo del umbral del templo corría agua hacia el este —el templo miraba al este—. El agua bajaba por el lado derecho del templo, al sur del altar… 6Entonces me dijo: «¿Has visto, hijo de hombre?». Después me condujo por la ribera del torrente. 7Al volver vi en ambas riberas del torrente una gran arboleda. 8Me dijo: «Estas aguas fluyen hacia la zona oriental, descienden hacia la estepa y desembocan en el mar de la Sal. Cuando hayan entrado en él, sus aguas serán saneadas. 9Todo ser viviente que se agita, allí donde desemboque la corriente, tendrá vida; y habrá peces en abundancia. Porque apenas estas aguas hayan llegado hasta allí, habrán saneado el mar y habrá vida allí donde llegue el torrente. 10Se instalarán pescadores a la orilla; será un tendedero de redes desde Engadí hasta Engalín. Habrá peces de todas las especies y en gran abundancia, como en el Mar Grande. 11Pero sus marismas y pantanos no serán saneados: quedarán para salinas. 12En ambas riberas del torrente crecerá toda clase de árboles frutales; no se marchitarán sus hojas ni se acabarán sus frutos; darán nuevos frutos cada mes, porque las aguas del torrente fluyen del santuario; su fruto será comestible y sus hojas medicinales».

 

  • Este oráculo hace parte del gran sueño de Ezequiel sobre el futuro de Israel. Es tan evocador que aún siguen leyéndolo los judíos de hoy (a veces en el Parlamento) La derrota exílica era tan grande que consideró preciso poner a funcionar el dinamismo de los sueños para reavivar la conciencia de pueblo. Porque un pueblo, un grupo, una comunidad sin capacidad de soñar es una colectivo con el futuro muy oscuro.
  • Las aguas que salen del templo y bajan hacia el mar Muerto son las aguas lustrales que  han bañado el altar. Son aguas “santas”. En su decurso, las bordea “una gran arboleda”. Empieza el sueño porque estamos hablando de una zona desértica. Pero estas aguas y los árboles de la vereda del arroyo hablan de fecundidad, de vida, de promesa. Por más que las circunstancias puedan ser adversas, los sueños dicen que siempre habrá fecundidad. No hay desierto que pueda con quien sueña.
  • El sueño da un paso de gigante cuando dice que las aguas salobres del mar Muerto “serán saneadas”, algo geográficamente imposible. Pero es que la palabra “imposible” no existe para los sueños. No sabemos cómo sonaban estas expresiones en los oídos y en el corazón de los derrotados del exilio. Pero quizá fueron las que mantuvieron la conciencia de pueblo, de comunidad, en la hora de la derrota. Tal vez habrían desaparecido como pueblo de no ser por estas profecías. Los sueños pueden ayudar a sanear las heridas más negras del alma.
  • Sigue soñando: las aguas lustrales sanean el torrente y “habrá peces en abundancia”, cosa imposible porque lo impide la alta concentración de sal del mar Muerto (por eso es “muerto”). Pero el profeta lo sueña repleto de peces, de vida, tantos “como en el mar Grande”, el Mediterráneo. Para quien sueña, también hay vida en lo yerto, aunque haya que buscarlo en la profundidad. La profecía es una invitación a vivir, a no renegar de una vida que se torna cuesta arriba.
  • Y pinta una amable escena de pesca en las orillas del mar, imposible de situarla en aquella aridez: habrá pescadores arreglando sus redes (como en los cuadros de Sorolla), cosa totalmente improbable. Pero se quiere dibujar la vuelta de la vida apacible, tras los alterados y dramáticos años del exilio. Volverán la paz y el trabajo.
  • Y para culminar la descripción rodeará el mar toda suerte de árboles frutales, de hoja perenne, de frutos continuados (una cosecha al mes), y hasta las hojas de estos árboles milagrosos serán medicinales. La vida en todas sus expresiones.     Es el sueño puesto al servicio de la esperanza.      

 

  1. 2.      Jesús ¿un soñador?

 

  • Jesús, un soñador?: ¿Vieron a Jesús como un soñador aquellos que compartieron su marcante experiencia itinerante? Probablemente no. Más aún, se observa en el NT una cierta desconfianza hacia los sueños. De ahí que hablar de Jesús como soñador es demasiado. Cualquier otro apelativo le iría mejor. Además podría aducirse que el nivel social en el que Jesús pareció moverse no es propicio para muchos sueños. Bastante se tiene con sobrevivir día tras día. Todo ello tiene sentido, pero los desplazados sociales albergan sueños, los que sean, en su dura trayectoria histórica. Otra cosa es que afloren, que alguien los haga aflorar, o no.
  • Hizo soñar a los pobres: No habrá gran dificultad en admitir que Jesús hizo soñar a los pobres con su programa de dicha para ellos y su tenacidad en recordarles su invitación al banquete de la vida. Más aún, les hizo soñar con la certeza de que ellos son los únicos que tienen un sitio de “privilegio” en la sociedad nueva no porque sean mejores que otros, sino porque son pobres. Nunca se termina de responder a la cuestión de por qué los más bajos en la pirámide social seguían a Jesús, al menos en la primera época de la predicación en Galilea. ¿No podría ser una respuesta que la propuesta de Jesús y los sueños de los pobres, humildes, ocultos y casi enterrados, conectaron con ella y volvieron a resurgir? ¿No habrá que volver a la cuestión de la centralidad del pobre como esencial a la hora de recrear el sueño y la propuesta de Jesús?
  • Hizo soñar al mismo Dios: Podríamos decir, si no pareciera exagerado, que, además de a los pobres, Jesús hizo soñar al mismo Dios. Éste, según la Palabra muchas veces reiterada, tiene un sueño: que la historia se plenifique en el amor y, para ello, el signo histórico de las personas  es llegar a la fraternidad igualitaria, a la economía del cuidado, a la lógica del reino opuesta a la lógica neoliberal. Aquí se ancla su sueño de vivir en este mundo como se vivirá en el mundo pleno. Hay que desplazarse del sistema neoliberal hacia un sistema de hermandad, de la economía del lucro que mata  a la de la fraternidad que engendra vida.
  • Más allá del fracaso: No importa que el fracaso de Jesús y de tantos otros empeñados en causa similar se esgrima como razón para el abandono de este hermoso sueño. También puede esgrimirse como semilla de esperanza. Y los sueños sembrados terminan por germinar, aunque sea en tiempos futuros. Por eso, podría ocurrir que el sueño de la sociedad nueva urdido en el alma Jesús haya sido postergado, incluso en ocasiones abandonado. Puede volver a resurgir con fuerza, ya que la semilla se echó en el surco con vocación de futuro. De ahí que la fidelidad a Jesús no se medirá por el vigor de comportamientos religiosos o morales sino, más bien, por la fe en su sueño. El seguidor de Jesús persigue, en el fondo, un sueño.

 

  1. 3.      Soñar lo distinto

 

+ Cuando se deja de soñar: Soñar lo que quiere el sistema es hacerle el juego porque él quiere influir hasta en los sueños. No serán tan inútiles como él mismo pretende, a veces, hacerlo creer. Por eso, los sueños son fuertes cuando sueñan lo distinto, lo que aún no se ve, lo que únicamente se intuye. Soñar lo de siempre es la muerte de los sueños. Cuando los sueños mueren, parte del alma muere. Por eso, la manera de mantener viva el alma no será tanto vivir en gracia cuanto vivir en sueños. Cuando se ha querido matar un ideal se ha dicho al idealista: deja de soñar. Y luego: rebaja el nivel, cede ante el realismo de la vida. La ausencia de sueños termina por limar las aristas, los perfiles de los ideales. Y, al final, sin perfiles, el ideal se asemeja a la pérdida.

+ Valorar la herencia recibida: Soñar lo distinto demanda, en primer lugar, cuestionar lo heredado sin acritud valorando lo que la herencia recibida puede incorporar al sueño distinto. Ya lo hemos indicado: no se trata de hacer borrón y cuenta nueva sin más. Pero tampoco se trata de perpetuar lo recibido como una obligación, como una pesada cadena, como una condena. Cuando uno se incorpora a la comunidad cristiana no entra en un club histórico que pesará siempre sobre él; entra en un proyecto de vida y, por ello, el futuro es la pregunta. Y para ir resolviendo tal pregunta los sueños son una herramienta de primer orden. Hasta el punto de que ser cristiano es, más que pertenecer a una organización religiosa, hacer parte de un sueño colectivo al que Jesús dio la forma misma de su alma.

+ Demanda de riesgo: Para soñar lo distinto se necesita una gran habilidad porque es preciso arriesgarse a caminar en lo equívoco, en el camino sin desbrozar, lo que supone incorporar a la búsqueda creyente el riesgo con todas sus consecuencias. Una trayectoria cristiana que no ha experimentado el riesgo, que no ha olfateado el peligro, que no ha temblado ante el abismo, quizá no sea todavía el camino que brota del fondo del evangelio. Puede ser que la experiencia creyente, ojalá, acumule certezas. Pero somos caminantes y eso incorpora el riesgo al mismo hecho de caminar. Pretender hacerlo sin riesgos es caer en el peligro de quedarse quieto. Más aún, sin ese componente del riesgo, cualquier propuesta de vida deviene anodina.

+ No todo da igual: Para entrar en esta dinámica del sueño que envuelve a la persona es preciso superar el estado de quien termina pensando que todo da igual, que las cosas tienen una trayectoria ajena a la voluntad de uno y que lo que sea sonará. Esta especie de determinismo es demoledora porque mata no solamente el anhelo de los sueños, sino la raíz misma de la belleza. La apatía es la lepra de los sueños, los termina devorando. La fe en los sueños, como la esperanza, ensancha a los seres humanos en lugar de limitarlos.

+ Invitación a los sueños: Habría que entender los evangelios no como un discurso que apuntala el pensamiento oficial, sino como una invitación a los sueños. Leerlos desde esa perspectiva daría un resultado de lectura evocador y hasta revolucionario. La mejor manera de des-domesticar los evangelios sería situarlos en el terreno de los sueños, en ese espacio donde lo que sugiere es lo que propone, dejando luego a la vida que vaya marcando los caminos.

 

  1. 4.      Para orar

 

  • Y esta es la voluntad del que me envió: que de todo lo que Él me ha dado yo no pierda nada, sino que lo resucite en el día final” (Jn 6,39).

 

El sueño de Jesús es el mismo sueño del Padre: que nada se pierda, que todo llegue a plenitud.

 

  • Razón poética:

 

Hay noches en que en mis sueños asoman utopías

y otras combato a laza con molinos sin viento.

Ese es mi territorio, mi hogar y mi destino:

el espacio que ocupa mi lucha por mis sueños.

 

                        J. Reverte