NUEVOS CAMINOS

PARA NOMBRAR Y ENTENDER A DIOS

 

El tema de Dios es cansino cuando se lo trata en moldes y formas religiosas. Pero apasiona si se lo saca de ahí. Es que, al final, no se trata tanto de Dios como otro ser y sus representaciones, sino que se trata del misterio, algo que ha apasionado a la humanidad desde siempre. Incluso en esta sociedad nuestra tan crecientemente secular el misterio sigue atrayendo, por más que, a veces, se banalice al máximo.

Cuando se habla de Dios fuera del marco religioso, el mismo vocabulario resulta equívoco y las ideas que contiene lo mismo. ¿Se puede dar con un vocabulario nuevo y unos contenidos nuevos? ¿Puede interesar eso a una persona de hoy? Pero las preguntas podrían ser otras: ¿Interesa hoy lo que hay debajo de la piel? ¿Te interesa algo más allá de lo que ves afuera? ¿Tiene la vida corrientes interiores de las que hacemos parte? ¿Es esto calentarse la cabeza sin más o es tratar de ser humano?

Creemos que hablar sobre Dios en modos seculares puede ser de utilidad para nuestra espiritualidad en general, para nuestra salud interior, para el ensanchamiento de los horizontes de nuestra vida. ¿Por qué no intentarlo?

1

DIOS EN LA FUENTE DE UN AMOR VIVO

 

Las viejas metáforas religiosas sobre Dios (Trinidad, Padre, Omnipotente, Redentor) a muchas personas se les han quedado sin contenidos, por más que se sigan repitiendo en el oracional religioso. Es que las metáforas son realidades vivas: se mantienen en vida si se las llena de carne, de contenido. De lo contrario “se mueren”. Quizá, por lo que sea, el hecho religioso nos ha legado una serie de metáforas muertas que siguen ahí pero que ya no evocan casi nada.

¿Podríamos intentar ponerles otra carne a otro tipo de metáforas? Quizá eso no serviría para relanzar la religión, siempre muy adherida a sus viejas metáforas y renuente a los cambios. Pero podría servir para un imaginario nuevo sobre Dios que diera pie no tanto a una nueva manera de ser religioso sino a una forma mejorada de ser humano. ¿Puede contribuir lo de Dios a humanizar cuando hemos tenido experiencias de lo contrario? ¿Merece la pena perder el tiempo en un empeño así? Intentémoslo y valoremos luego.

 

  1. 1.    Las cosas tienen su fuente

 

Una lectura superficial de la realidad puede llevarnos a creer que las cosas, las ideas, los comportamientos humanos, están ahí sin más. Pero tienen su fuente. A veces esa fuente se hunde en tiempos de penumbra que ya no sabemos cuándo comenzaron a funcionar. Por eso mismo nos preguntamos: ¿vale para algo preguntarse por la fuente de nuestros caminos? ¿No es mejor vivir en la superficie sin complicarse? ¿Tiene sentido bucear en la profundidad y en las preguntas? Lo hemos dicho muchas veces: el peor enemigo de lo humano es la superficialidad. Eso nos hace vulnerables. La profundidad, sin embargo, nos hace fuertes.

 

  1. 2.    ¿Cuál es la fuente del amor?

 

No lo sabemos. Y menos la de una realidad tan compleja como lo es el amor. Pero responsamos: la fuente del amor es la compasión. ¿Y qué es la compasión? Un movimiento del corazón que, sin saber muy bien por qué, nos empuja hacia el corazón del otro hasta hacer nuestro su gozo y su pena. Es un no saber muy bien por qué he de unirme al corazón del otro aunque eso pueda complicarme la vida al máximo. Quizá esto se halle en el fondo antes que la mera atracción física. Es lo que los griegos llamaban la filantropía y el Evangelio las “tripas revueltas” (el samaritano).

La mandíbula de Dmanisi (Armenia) ilustra muy bien esto: en lo más oscuro de nuestros inicios (casi dos millones de años) ante una mandíbula de adulto sin dientes, los antropólogos se preguntan: ¿Acaso estamos ante el primer acto de caridad o solidaridad humana documentado en el registro fósil? ¿Por qué mantuvieron con vida durante años a un anciano alimentándolo cuando ya no podía aportar una ayuda física a la tribu?

 

  1. 3.    Un Dios extraño en esa fuente

 

Hay quien en ese movimiento primario de amor ha visto la realidad de un Dios extraño que ama por encima del ridículo y el sinsentido.

         Esto lo vemos en libro de Oseas. Éste era un profeta felizmente casado. Pero resulta que su mujer le abandonó y se marcho a vivir la vida. Una gran depre cayó sobre Oseas. Pero entonces la voz de Dios le dijo: busca a una prostituta y cásate con ella. Oseas quedó desconcertado. Pero como era un creyente fiel, se casó con una prostituta. Ésta, como tenía “el corazón de prostituta” dice el libro (?), lo abandonó también y se marchó también. De nuevo le dijo Dios: búscala y cásate de nuevo con ella. Oseas decía: yo era el hazmerreír de la gente.

         Hasta que comprendió que Dios anda así tras la persona: como un engañado, como un desgraciado que se traga su orgullo de Dios, como alguien que sigue amando incomprensiblemente por encima de agravios, como alguien que, quizá si saber muy bien por qué, es atraído por el “arcaico y extraño corazón” (como dice Atxaga) que es el de los humanos.

 

  1. 4.    Un continuo manar

 

Alguien podría decir que, vistos los desaguisados que nos hacemos los humanos, esa fuente hace mucho que dejó de manar. Pues no, incomprensiblemente lo sigue haciendo. No se seca la fuente de los amores entregados, generosos, incomprensibles a veces. El mundo vive por la fuente del amor, el cielo gira en torno a esa fuerza, decía Dante.

Nuestras aportaciones al amor, por modestas que sean, son valiosas, divinas en cuanto que conectan con la fuente del amor en la que Dios tiene su asiento. Es un dicho admitido por todos los creyente que somos “imagen y semejanza suya”. Pero lo somos en la línea del hacer, no del ser sin más. Haciendo lo que Dios hace, amar, somos como él. Descreyendo del amor no tenemos nada que ver con él.

 

  1. 5.    Cascarón vacío

 

Ese es el gran peligro del amor. Por eso suena tanto en todos los medios de comunicación (dime de qué presumes y te diré de qué careces). El peligro es que se sea un cascarón vacío. Que lo sea a plano personal ya es una pérdida. Pero que lo sea en el ámbito social y religioso lo es, todavía, más.

Son cascarones vacíos todas las convenciones sociales que banalizan el amor, que lo comercializan, que lo hacen objeto de consumo. Lo son también las formas sociales que no son sino eso, formas sin contenido, gestos de protocolo, mientras por detrás se maldice del otro. Vaciar el amor de contenido es una de las peores formas de inhumanidad porque, al final, uno vive sin pisar el terreno firme de lo humano.

Son, más aún, cascarones vacíos las afirmaciones religiosas sobre el amor de Dios y sobre el amor humano que son meros “flatus vocis” (voces vacías): hablar de amor de Dios cuando se intriga, cuando se oprime, cuando se abusa, cuando se oculta, cuando se asienta el sistema religioso sobre el poder. Mera rutina y peligrosa rutina porque vacía el alma de la comunidad cristiana y la lleva a la irrelevancia. El discurso sobre el amor de Dios, tan vacío, ha sido una de las fuentes del ateísmo moderno.

 

  1. 6.    Amor social

 

Quizá esa sería una posibilidad de entender el amor humano y el mismo amor de Dios. El amor social es una forma eximia de amor porque saca al acto de amor del egoísmo que amenaza hasta lo más sagrado del caminar humano.

El amor social es la simple certeza de que por habitar nichos comunes (tu pueblo, tu país, tu mundo) eso crea vínculos que son de todos y con los que se tiene sentido colaborar en modos de desinterés y de compasión. Algo todavía difícil por entender en estos pagos nuestros. Y de esta amistad cívica (como la define A. Cortina) se podría pasar a la pasión por el pueblo, por lo común, por lo de todos.

Por muy personal que se quiera, según la palabra, Dios parece entender su amor en modos sociales. Frente al individualismo ante el que sucumbe generalmente el hecho religioso, la Palabra sigue anunciando que “Dios ama al pueblo”, al conjunto, al todo. El áspero camino del amor social sigue siendo camino elocuente para entender el amor de Dios.

 

  1. 7.    ¿Qué supone poner a Dios en la fuente del amor?

 

No supone, en primer lugar, ser persona religiosa. A veces, incluso, el hecho religioso y su inmisericorde rutina puede ser un obstáculo. Si la religión fuera una ayuda para acercarse al misterio con humanidad, sería algo bueno. Pero si se carece de ella, a veces se está mejor equipado para hacerse preguntas que partan de otros presupuestos.

Tampoco es imprescindible ser creyente. Sí que lo es el tender a la profundidad, el pensar, el ahondar, el creer que es dentro donde de verdad se resuelven las preguntas que nos hacemos los humanos. Por eso hay ateos que se unen a la mística más profunda cuando navegan por los adentros (luego citaremos a José A. Valente).

Sí que supone conectar con el misterio de la entrega, tener habilidad para saber mirar dentro, amar el sosiego, el silencio, el diálogo constructivo. Tener por cierto que los humanos no estamos siempre en sombras sino que, si uno lo trabaja, puede haber rachas de luz.

Supone también mirar las personas y cosas más allá del egoísmo constituyente que nos envuelve, pensando que la realidad del otro me compone y que, por ello, si la amo, me estoy amando yo mismo de alguna manera. Es creer que la suerte de los humanos está ligada por el vínculo del amor, por encima de heridas.

Por eso, y a la base de todo, supone tener fe en el camino humano. Creer en esta vida nuestra como vida destinada a la dicha aunque se cuente con la limitación. No nos resistimos a leer un poema del místico ateo antes citado, José A. Valente:

 

Al amanecer,

cuando la dureza del día es aún extraña

vuelvo a encontrarte en la precisa línea

desde la que la noche retrocede.

Reconozco tu oscura transparencia,

tu rostro no visible,

el ala o filo con el que he luchado.

Estás o vuelves o reapareces

en el extremo límite, señor

de lo indistinto.

No separes

la sombra de la luz que ella ha engendrado.

 

  1. 8.    ¿Es Dios la fuente amor?

 

Allá por los años 70 (da casi vergüenza recurrir a estos recuerdos) Ricardo Cantalapiedra musicalizó un poemilla de Pedro Casaldáliga que hizo fortuna:

Donde tú dices ley,

yo digo Dios, yo digo Dios.

Donde tú dices paz, justicia y amor,

yo digo Dios, yo digo Dios.

Donde tú dices Dios,

yo digo libertad, justicia y amor.

Si la metáfora “Dios es la fuente amor” sirve para unir cosmovisiones distintas, quizá ha servido para mucho.

Quienes nos consideramos creyentes en Jesús y su Dios habríamos de tener activada la fuente del amor porque, si no fuera así, hablar de fe es hablar de música celestial.

 

 

Para el diálogo:

 

  1. 1.    Subraya un punto de lo reflexionado que te haya parecido más interesante.
  2. 2.    ¿Te parece que esta espiritualidad se nos va de las manos y que no se concreta en nada?
  3. 3.    ¿O, por el contrario, te parece que esto tiene consecuencias en la vida y en la manera de creer?

 

 

2

DIOS ACOMPAÑANTE

DEL CAMINAR HUMANO

 

         Como no estamos habituados a estas maneras alternativas de nombrar y entender a Dios, es posible que las acojamos con una cierta “frialdad”. Es normal. La calidez llega con el trato y eso cuesta. Más todavía cuando las viejas formas de entender a Dios nos llevan una ventaja casi insuperable: nos las inocularon en la infancia, apuntaron al corazón (a la sensibilidad) casi más que a la razón y lograron que les hiciéramos un hueco en el corazón. Lo que se ha llegado a amar, aunque hoy nos parezca cuestionable, es muy difícil poder llevarlo a un terreno de novedad. De todo esto hay que ser consciente.

         Por otra parte, algunas de estas cosas “nuevas” que decimos sobre Dios ya las sabemos, las hemos escuchado antes de ahora. Son cosas sabidas, pero ¿son cosas vividas? Para que alcance el nivel de vivencia, además de darles muchas vueltas, hay que llenarlas de “carne”, de experiencias que se puedan “tocar”. Y de eso andamos escasos en estos terrenos de novedad espiritual. Necesitamos tiempo para sumar pequeñas experiencias de novedad que bajen al subsuelo de nuestra espiritualidad.

         Además, hay que hacerse la pregunta, molesta a veces, de si realmente queremos cambiar nuestros paradigmas espirituales, de si queremos colocarnos en otro terreno. Es posible que respondamos que sí. Pero en tal caso surge una cuestión inmediata: ¿hasta dónde estamos dispuestos a modificar e incluso a abandonar planteamientos anteriores? Si queremos algo nuevo sin el despojo de lo viejo, la cosa es muy difícil.

         De cualquier manera, sea lo que sea lo que el futuro nos depare, démonos ánimo para trabajar la búsqueda espiritual. Es posible que los caminos nuevos no sean lineales y sencillos, sino algo equívocos y complicados. Démonos ánimo. Con ánimo, el éxito es posible.

         Es ya “doctrina” casi adquirida la de que Dios es nuestro compañero de camino. Parece algo obvio. Pero si miramos los viejos catecismos (en el de Astete solo aparece una vez la palabra “compañero” aplicándola a los ángeles caídos del demonio; ninguna vez “acompañar”; en el Ripalda, nada de nada) o los nuevos (en el CIC cuatro empleos de “acompañar” ninguno aplicado a Dios y se acabó) la imagen de un Dios acompañante brilla por su ausencia.

         De modo que, por ahora, denominar la realidad de Dios como compañera del camino humano es algo novedoso en el paradigma de la fe común.

 

  1. 1.    La soledad que nos constituye

 

No hace falta ser un lince para decir que la soledad no solamente es un acompañante inevitable de la vida, sino que, además, es un componente de nuestra estructura básica. Quiere esto decir que la soledad viene “de fábrica”. No nos referimos a las soledades que se nos van apegando a lo largo de la vida, pegajosas unas o más fáciles de verse libres de ellas. Nos referimos a esa imposibilidad de transferir al otro lo que somos en el fondo, lo que nos hace sentirnos en desamparo. Esto se da hasta en las relaciones más íntimas y aunque estas funcionen de maravilla.

Una persona adulta ha de aprender a mirar de frente a esta soledad constituyente y a lidiar con ella. Porque, en realidad, sentir esta soledad no es una pérdida. Sartre decía: "Si te sientes en soledad cuando estás solo, estás en mala compañía". Los seres humanos somos seres sociales por naturaleza. Inconscientemente buscamos tener a alguien con quien reír o hablar, alguien a quien amar, entregar nuestro tiempo y compartir un futuro incierto, pero seguramente más grato por la compañía de alguien valioso. Sin embargo, muchas veces es agradable disfrutar de un momento de soledad y regalarnos un espacio para el autoconocimiento y reflexión que, sin duda alguna, agrega valor a nuestras vidas y nos permite ser un poco más conscientes de quiénes somos y de lo que hacemos aquí.

 

  1. 2.    Experiencia de desamparo

 

Es también algo que pertenece al campo experiencial de la vida: sentirse en desamparo. Quizá por eso, dicen algunos, hemos recurrido, entre otras cosas, a la religión: para sentirnos más amparados. Para Freud la religión siempre fue una respuesta que ofreció una estructura sólida de apoyo a los seres humanos separados de un estado “ideal de naturaleza”, una producción cultural de un modo de “reunión” entre el hombre y el universo, entre el hombre y el padre perdido. Son construcciones simbólicas, que tienen la función de conferir a los sujetos un amparo y un lugar en el mundo, en el “orden cósmico”.

Puede que todo esto sea verdad, pero el creyente adulto que entiende a Dios como compañero no lo vive así para suprimir el desamparo, sino para tratar de integrarlo en su camino personal, para saber vivir con toda su dignidad aunque sienta la dentellada de la soledad más básica (como en la película La hija de un ladrón). En esto, nos apartamos de la piedad que piensa que Dios le acompaña para no sentirse solo. Una fe madura entiende a Dios como acompañante de nuestra insoslayable soledad.

 

  1. 3.    Presencias acompañantes

 

El acompañamiento de Dios se inscribe, de alguna manera, en una serie de presencias acompañantes que caminan con nosotros en la vida. La presencia de quien amamos y ya no está, la presencia de los amores perdidos pero que guardan lo bueno en el fondo del alma, la presencia de quien en su día nos hizo bien, la presencia de quienes están lejos físicamente pero cerca anímicamente, las presencias que desconocemos pero que han hecho posible que estemos hoy aquí. Esto no es lírica. Hay que flexibilizarse en el tema de las presencias.

Porque es la el acompañamiento de Dios al camino humano es una de esas presencias que no vemos pero que, creemos, están. No es un enajenado porque uno se refiera a tal presencia de manera viva. Por el contrario, su salud espiritual y mental mejora con esa relación presencial con el Dios caminante y acompañante.

 

  1. 4.    En los procesos básicos de la vida

 

La dificultad para tener a Dios por acompañante de la vida es que, al hacerlo, lo “rebajamos” a la categoría de caminante con nosotros: viene a nuestro terreno, lo hacemos humano cuando lo que parecer pretender la religión pretende es que nosotros abandonemos este camino pobre de la vida y nos situemos en la senda gloriosa de lo divino. Un Dios que anda el tortuoso camina humano parece que es un Dios “rebajado”, desposeído del brillo de su gloria. Hemos leído mil veces el texto de Jn 13 (lavatorio de los pies) en que, en Jesús, se dibuja plásticamente la realidad de Dios: un Dios a los pies de la persona. Aún así, nos cuesta hacerlo caminante de nuestras sendas.

Pero este problema se acentúa cuando situamos el acompañamiento de Dios en los procesos básicos de la vida, en el ámbito de lo molecular. Todos sabemos que los seres vivos venimos de una humilde bacteria que hace 3800 millones de años tuvo un sueño: crear otra bacteria igual a sí misma. En el minúsculo universo celular que habita bajo nuestra piel hay miles y miles de reacciones químicas orquestadas en perfecta armonía molecular y hacen posible cada instante de nuestra vida. La vida humana se construye a partir de una larga tira molecular de dos metros de material genético que están cuidadosamente empaquetados en cada una de nuestras células y repartidos en 23 pares de cromosomas. El pasado (la herencia) y el futuro (la diferencia entre humanos) están abrazados en una estructura molecular de doble hélice Así tenemos las certeza de que una vida surge de otra sin necesidad de invocar ningún fenómeno sobrenatural para explicar un proceso tan natural. De ahí que el caminar de Dios no modifica ese proceso natural, simplemente lo acompaña y lo alienta.

 

  1. 5.    Acompañante silencioso

 

Dios acompaña el caminar humano en modos de profundo silencio. Las religiones quieren que Dios hable, que se escuche su voz, que se note su presencia, que se le “vea” (la afición a las apariciones es frecuente en todas las religiones). Deudores de un fuerte y largo proceso de antropoformización, creemos que si Dios no habla no está. Y Dios no necesita hablar para estar. Más aún, quizá su silencio sea la garantía que lo hace inmanipulable, porque si hablara, terminaríamos imponiéndole que hablara como nosotros.

Quizá sea mejor que Dios no hable o que su silencio sea su manera fiel de estar al lado del camino humano. ¿No dice el evangélico que ve en “lo secreto” (Mt 6,6)? Ve en lo secreto porque está en lo secreto. Y está en los modos del silencioso acompañamiento, el que no demanda nada, el que suscita todo en los modos de la naturaleza, el que hace surgir las fuerzas que apunta a la vida.

 

  1. 6.    “Se puso a caminar con ellos” (Lc 24,16)

 

Se dice en aquella escena de Emaús que, cuando Jesús se hizo encontradizo con aquellos dos que iban a su finca, “se acercó y se puso a caminar con ellos”. Eso es algo de lo que queremos decir aquí: Dios se acerca al camino humano y acompasa su paso de Dios al humilde y titubeante paso humano para caminar al lado de quienes transitamos por esta historia cósmica. No fuerza, no empuja, no altera. Se hace uno en el camino y somos los humanos quienes marcamos el paso ya que no nos es posible caminar en modos divinos. Este humilde caminar de Dios habría de animarnos para andar en las horas más difíciles de nuestro tránsito por la vida.

Es harto repetida una parábola sobre el caminar de Dios a nuestro lado. Quizá convenga repetirla y “corregirla”:

 

«Una noche soñé que caminaba por la playa con Dios. Durante la caminata, muchas escenas de mi vida se iban proyectando en la pantalla del cielo. Con cada escena que pasaba notaba que unas huellas de pies se formaban en la arena: unas eran las mías y las otras eran de Dios. A veces aparecían dos pares de huellas y a veces un solo par. Esto me preocupó mucho porque pude notar que, durante las escenas que reflejaban las etapas más tristes de mi vida, cuando me sentía apenado, angustiado y derrotado, solamente había un par de huellas en la arena. Entonces, le dije a Dios: “Señor, Tú me prometiste que si te seguía siempre caminarías a mi lado. Sin embargo, he notado que en los momentos más difíciles de mi vida, había sólo un par de huellas en la arena. ¿Por qué, cuándo más te necesité, no caminaste a mi lado? Entonces Él me respondió: “Querido hijo. Yo te amo infinitamente y jamás te abandonaría en los momentos difíciles. Cuando viste en la arena sólo un par de pisadas es porque yo te cargaba en mis brazos…».

 

Quizá no nos lleve en sus brazos porque las leyes físicas dicen que hemos de ser nosotros quienes andemos por nuestro pie este azaroso camino de la vida. Pero su acompañamiento no es inútil, sino todo lo contrario. Es tal vez la fuerza secreta que puede hacer que lleguemos a entender este caótico universo del que hacemos parte como un hermoso camino de vida.

 

  1. 7.    Homo sapiens/homo sentiens/homo socius

 

Todos nos definimos como homo sapiens por nuestra condición de seres conscientes. Ciertamente la razón y el conocimiento son el signo determinante de lo humano. Los antropólogos se desmelenan preguntándose cuándo y cómo llegamos a ser sapiens, por qué se desarrolló de manera tan notable nuestra capacidad cerebral que nos llevó a ser capaces de pensar, de mirar al futuro y de reflexionar sobre el propio sentido de la existencia.

Pero también somos sentiens,  seres humanos con sentimientos que terminan por preguntarse si somos felices o no, ya que la pregunta por la felicidad y su búsqueda tenaz está siempre ahí. Algunas han llegado a tratar de contar sus días de felicidad y han deducido que no son muchos (Abderramán III decía que eran 14, y no seguidos). La persona sentiens sabe que está creado para la dicha, por enormes que sean sus precios cósmicos.

Pero sabiendo que Dios nos acompaña, quizá haya que decir que la persona es también homo socius,  persona compañera, llamada a acompañarse para ser fieles a las mismas leyes de la biología: todos nuestros billones de células se supeditan al bien común. Por eso, el egoísmo celular lleva a la enfermedad (el cáncer es un ejemplo de tal egoísmo). De ahí que tengan sentido los trabajos de acompañamiento. El acompañante es una persona que cuida la sensibilidad, la atención, que no tiene prisa, y que sabe que, aunque muchas cosas son importantes, y hay contenidos imprescindibles, y hay opciones urgentes..., la planta no crece tirando de ella, sino dejando que ella dé de sí misma lo que ella pueda dar y desarrollar. No tira de ella, la alimenta, la riega,  la cuida, espera.

 

Conclusión

 

Puede ser que una reflexión como esta no tenga la fuerza necesaria para deslumbrarnos y conmovernos. Pero es que los modos nuevos de nombrar a Dios y los caminos para vivir esa realidad en maneras distintas han de aprenderse procesualmente, lluvia que va cayendo y que, quizá a su tiempo, dará su fruto. Sin acopio de paciencia, sería empresa imposible.

 

Para el diálogo:

 

  1. 1.    ¿Te parece interesante, útil, esta manera de nombrar a Dios y de entenderlo como acompañante?
  2. 2.    ¿Qué caminos serían mejores para ir generando una espiritualidad del Dios que anda nuestros caminos?
  3. 3.    ¿Por qué nos cuesta tanto ser acompañantes desprendidos y generosos de quien lo pasa mal?

 

 

3

DIOS DINAMISMO DEL COSMOS

 

         Nuestra fe se ha hecho tan compacta que, por el bien de todos, hay cosas que es mejor no tocar. Pero resulta que cuando en una fe hay algo que no se puede tocar, tal vez nos estemos deslizando hacia el dogmatismo y el integrismo religioso. Y ya se sabe, una fe que no alberga dudas no puede ser una fe de calidad. Resulta ingenuo pensar que uno tiene una fe de más calidad cuando no se hace preguntas, cuando todo lo que se cree se ve libre del zarandeo de la duda.

         Pues bien, una de las cosas que, cuando se toca, se entra en danza es el tema de Dios creador. Por eso los creacionistas dicen que eso no se toca y por ello se hacen militantes de tal planteamiento con pretensiones de que sea algo universalmente aceptado por todos, tal como está expresado en la Biblia sin ningún matiz: Dios creó la tierra en siete días y punto.

         Sin llegar a esos extremos, la mayoría de los creyentes católicos piensan que Dios creó el mundo, como sea, y se acabó la cosa. No es una cuestión que les inquiete porque no ven que eso afecte al núcleo de su fe. Por eso proclaman en la misa, casi de corrido, su fe en un Dios “creador del cielo y de la tierra”. Si les preguntáramos: ¿cómo entiendes eso que proclamas? quizá les pondríamos en un compromiso o, simplemente, nos remitirían al CIC donde dice que “Dios es el único creador del cielo y de la tierra” (216). Y hasta aquí llega la discusión.

         ¿Por qué situarse siempre entre el creacionismo y el anticreacionismo? ¿Por qué no intentar otros caminos de comprensión? ¿Es esto una cuestión puramente mental en la que no merece la pena perder tiempo o tiene consecuencias para quien dice creer en Dios? Tratemos de reflexionar en paz y quizá podamos enriquecer nuestra espiritualidad. Quizá abramos camino para una manera nueva de nombrar y de entender a Dios

 

 

  1. 1.    La nueva física

 

Educados en la física convencional, euclidiana, por más que se nos diga que hay otra física, otra manera de ver el mundo, nos resulta algo inconcebible, fantasioso, para películas de ciencia ficción. Cada día está más presente en nuestra vida, en nuestras comunicaciones, en nuestra sanidad, en nuestra informática. Pero seguimos imaginando el cosmos de manera convencional, más o menos como nos enseñaron en la escuela.

La manera de imaginar a Dios y de derivar hacia la fe desde esa postura es la que hemos heredado y que está totalmente vigente. Pero tal manera se halla desnuda ante la nueva física: ¿cómo entender la historia de la salvación cuando todo acontece a la vez? ¿Cómo entender la plenitud del mundo cuando el cosmos se expande hacia el caos? ¿Cómo entender la creación cuando todo depende de un big bang? ¿Cómo entender la centralidad de nuestra historia y de Jesús cuando se nos dice que hay millones de galaxias como la nuestra (la vía láctea) que contiene más de cien mil millones de estrellas muchas de ellas infinitamente más grandes y potentes que nuestro planetilla? ¿Cómo imaginar un más allá fuera del cosmos y su imperturbable más acá? ¿Cómo entender la danza de las partículas en una idea de sociedad y de Iglesia estable?

Ya decimos que hay cristianos, ciudadanos, que todo esto les parece ciencia ficción y que no toca lo real. Están muy equivocados porque esta es, justamente, la aproximación más exacta a la realidad de que hoy disponemos. Otras aproximaciones han quedado en notable parte arrumbadas. ¿Qué fe es la nuestra en qué idea de cosmos?

 

  1. 2.    La biología molecular

 

La revolución cósmica tiene su paralelo en la revolución molecular, lo grande y lo superminúsculo están siendo reelaborados. Efectivamente, la gran tarea de descifrar el código genético se completó hacia 1965 y fue en 1991 el progreso tecnológico permitió descifrar el primer gran lenguaje biológico, el lenguaje genómico (A,C,G,T). Desde entonces hemos ido aprendiendo cosas sorprendentes: que es mi genoma el que está generando proteínas que me permiten pensar, sentir, ser; que miles y miles de reacciones químicas orquestadas hacen posible cada instante de mi vida; que la naturaleza no tiene propósitos en términos científicos y que puede tantas y tan diversas maravillas porque tiene todo el tiempo posible para hacerlo y todas las oportunidades para cometer errores; que la vida humana se construye a partir  de una larga tira molecular de dos metros de material genético que están cuidadosamente empaquetados en cada una de nuestras células y repartidos en 23 pares de cromosomas; que todos, absolutamente todos los seres vivos venimos de una humilde bacteria que hace 3800 millones de años tuvo un sueño: crear otra bacteria igual a sí misma; que una vida surge de otra sin necesidad de invocar ningún fenómeno sobrenatural para explicar un proceso tan natural; que, como dice García Márquez, «debieron transcurrir 380 millones de años para que una mariposa aprendiera a volar, otros 180 millones de años para fabricar una rosa sin otro compromiso que el de ser hermosa, y cuatro eras geológicas para que los seres humanos fueran capaces de cantar mejor que los pájaros y morirse de amor».

     Pues bien, ¿cómo insertar en este panorama la realidad de Dios, cómo mezclarlo a ella? ¿Con qué modelo de Dios: un Dios que desde fuera actúa sobre lo que ha creado o un Dios que se mezcla a lo creado desde dentro? ¿Un Dios que es distinto de lo creado o un Dios que, por amor, se identifica con lo creado? ¿Un Dios que teme al panteísmo y al inmanentismo o un Dios que abre los brazos a la realidad y la “procrea” por amor? ¿Un Dios frente a lo creado o integrado en lo creado por un misterio inalcanzable de bondad y de entrega?

 

 

 

  1. 3.    Gozosa encarnación

 

La fe cristiana siempre ha afirmado y creído en la encarnación. Pero también es cierto que, en la historia de la dogmática, la encarnación ha estado casi siempre amenaza en su verdad. Los ha habido quienes han negado tal verdad diciendo que era una encarnación de mentirijillas (docetismo) o un simple hombre (adopcionismo, arrianismo) o un eón sin cuerpo (gnosis) o alguien sin alma humana (apolinarismo) o que eran dos personas (nestorianismo). Y muchas variantes más. Todas ellas tienen una cosa en común: valoran a su  manera a Jesús pero no valoran a la creatura.

¿Y si pensáramos en un Jesús que abraza, se funde, se une, se entrega a la creatura y desde ahí desveláramos la realidad de un Dios similar (nosotros sabemos de Dios deduciéndolo de Jesús)? Dios se funde a la creatura por amor, se disuelve en sus procesos por el mismo amor. Haciéndolo así no “desaparece” sino que se realiza porque el amor es lo más realiza a quien ama. Dios se suelda a la historia y hace con ella un destino común por amor. Del mismo modo que sirve y lava pies, Dios se postra ante la historia para lavarle los pies hasta hacerse con ella una por amor. En estos planteamientos sobran las preguntas de si es entidad distinta o no es, de si conserva Jesús su verdad de Dios y hombre verdadero o no. ¿Se preguntan quienes aman sin son ellos mismos o no son? ¿Se preguntan si su realidad se disuelve a o no? Aman y punto: se entregan y punto; unen su destino y punto. Las preguntas por el yo quedan envueltas y transformadas en la realidad del tú, en el amor al otro.

 

  1. 4.    Más allá del “tú”

 

Esta manera de entender lo creado con Dios unido a él por amor tiene un gran inconveniente que hemos detectado ya: parecería como si el tú de Dios se diluyera y ya no sabría el creyente a quien amar, a quién dirigirse en la oración, a quién recurrir en sus apuros. Parecería que el creyente quedaba “huérfano”, como sin Dios.

Quizá haya todavía que elaborar la evolución del marcante antropomorfismo que hemos aplicado a Dios desde niños. Es cierto que hemos dado paso: no lo entendemos con el viejito con barba blanca que habita en el cielo (aunque ¿por qué lo pinto tantas veces así Cortés en aquellas viñetas luminosas y que tanto nos gustaban?). Ya no pensamos así. Pero quizá haya que continuar en la reelaboración del imaginario sobre Dios.

¿Podría ayudarnos el imaginario de un Dios abrazado a la historia, asumiendo sus dinamismos, mezclándose a los procesos naturales, arrastrado por amor a nuestra historia, habitando el sótano de los más elementales procesos de la vida, acompañante hasta el último aliento del caos cósmico? ¿No podría ser ese Dios ceñido a lo nuestro como un “tú” vivo interesante, atractivo y capaz de alumbrar, a nuestra medida, entregas que apunten a la vida?

 

  1. 5.    Necesitados de horizontes

 

Muchos cristianos, hoy por hoy, no necesitan horizontes nuevos para su fe. Viven su religiosidad en una paz suficiente. Pero otros, ciertamente una minoría, se sienten cada vez más “ahogados” en la estrechura del pensamiento y de la práctica religiosa tradicional. Si no se han desalentado y han abandonado la empresa de creer, buscan aires nuevos, maneras nuevas de decir y pensar, modos distintos de expresar lo que hay en su corazón creyente. Buscan, en definitiva otros horizontes. ¿No podrían encontrar aquí un horizonte renovado para su anhelo de fe? ¿Cómo sería esa fe nueva?

Sería una fe tan viva como cualquier otra, admirada y situada ante el misterio del existir y del Dios que se funde a tal misterio. Sería una fe en diálogo con el mundo y la ciencia de hoy, sin tener que recurrir a extraños subterfugios para no avergonzarse de la creencia. Sería una fe maravillada ante lo que acontece, no tanto una fe para la rutina ideológica o religiosa. Sería una fe para gente adulta que ya no comulga con ruedas de molino, sino que va elaborando su camino creyente con trabajo. Sería una fe que no teme a la ciencia ni a la técnica, sino que sabe dialogar con ellas sin perder nada de su mirada profunda.

Es verdad, como dice EG 242 que «toda la sociedad puede verse enriquecida gracias a este diálogo (ciencia y fe) que abre nuevos horizontes al pensamiento y amplía las posibilidades de la razón». Pero también se abren nuevas posibilidades a la fe porque, a la postre, parece que se sigue manteniendo que es la razón la que debe someterse a la fe, cuando nosotros hablamos de un camino conjunto liderado por la ciencia, más allá de sus indudables límites.

 

  1. 6.    Lo importante y lo accesorio

 

Una de las ventajas de estos esfuerzos por nombrar y entender a Dios en modos nuevos es que nos pueden ayudar a separar lo importante de lo accesorio y a dar a cada uno de ellos la importancia que tienen. Observamos que la mecánica religiosa se asienta con frecuencia en lo accesorio hasta hacer de ello, con frecuencia, caballo de batalla (todavía basamos nuestra fe en peregrinaciones, devociones, reliquias, recuerdos religiosos, tradiciones, etc.). Lo accesorio también tiene su valor, pero es accesorio. Asentar sobre eso la identidad cristiana es arriesgarse a perder el norte.

     Cuando hablamos sobre maneras de nombrar y entender a Dios estamos hablando de lo importante, de lo decisivo. Es decisivo el imaginario sobre Dios que vamos trabajando; es decisiva la visión que tenemos del mundo en su globalidad; es decisiva la manera de entender la relación con la ciencia; resulta decisiva la preocupación por el hecho social y sus demandas de justicia; es decisiva la idea personal que nos vamos haciendo de la realidad y del cosmos; es decisiva la espiritualidad que manejamos cotidianamente; es decisiva la manera de entender a la persona desde la dignidad; es decisiva la certeza de que hacemos parte de un entramado social, eclesial y aun cósmico.

 

  1. 7.    Más allá de la frialdad

 

Ya hemos dicho que este tipo de espiritualidad puede que a no pocos de quienes buscan les resulte un tanto fría. No se construye un hogar cálido en cinco minutos. Y cuando hemos conocido otros hogares espirituales más cordiales, la dificultad aumenta. Pero se podría intentar hablar, sentir, compartir, esta espiritualidad en modos cálidos. Nos haría mucho bien. Si no aportamos calidez es posible que todo se bloquee.

Encuentro calidez en unas palabras de Manuel Vicent en una columna periodística del mes de diciembre pasado: «Pase lo que pase, el 22 de diciembre, como todos los años, dentro del bombo de la lotería rodará como premio gordo el solsticio de invierno. Ese premio va a salir con toda seguridad y llevará consigo una nueva luz camino de primavera. El sol en nuestro hemisferio iluminará dos minutos más cada día este estercolero en que, pese a todo,  están nuestros sueños de juventud enterrados. Si no crees que esa luz es la suerte que viene desde el fondo del universo a dar nueva energía a tu vida es que ya estás muerto».

 

Para el diálogo:

 

  1. 1.    ¿En qué punto te resulta más luminosa esta reflexión?
  2. 2.    ¿Por qué puede ser interesante entender y nombrar a Dios como dinamismo del cosmos?
  3. 3.    ¿Crees que aún hay que trabajar mucho la relación entre fe y ciencia, entre cultura y fe?

 

 

 

4

DIOS: FUERZA PARA MUCHAS ENTREGAS

 

         Hablar de “entrega”, de personas entregadas, resulta algo forzado, por más que la RAE recoja la acepción (de las 10 acepciones que se registran la 6 dice: «dedicarse intensamente a algo o alguien», es lo más parecido a lo que queremos decir).

Pero como resulta que muchas entregas se hacen en lo oculto, ni el lenguaje ni los hechos abundan: ¿quién conoce a José A. Bargues, cura en Valencia que lleva cincuenta años al frente de la Casa de la Pau, “el último recurso de quienes no cuentan para nada”? ¿Quién conoce al penalista de Comillas Julián Ríos que ha acogido durante más de 20 años a presos en su casa? Entregas que se desconocen pero que están ahí. Las hay a cientos.

El motor, la fuerza para animarse a estos itinerarios es, a veces Dios, o la religión, o un ideal de humanidad y de dignidad, o no se sabe qué que mueve a lanzarse por estas difíciles sendas. Nosotros queremos ver en esas decisiones un empuje al que llamados Dios, el Dios que está a favor de lo humano y comprometido con las causas de los más frágiles. Es el Dios de esclavos (cosa rara en la historia de las religiones) que “ha escuchado el grito del pueblo”  (Ex 3,7) y que lo escuchado a través de los oídos y de los corazones de personas entregadas.

No queremos distinguir entre entregas de personas religiosas, laicas o ateas. Todas las entregas tienen el denominador del corazón y por ello no importa la etiqueta que se les quiera poner. En ese fondo común puede estar ese Dios al que queremos nombrar de maneras nuevas y creer con horizontes más amplios.

 

  1. 1.    El valor de la entrega

 

La entrega es un valor en lo oculto. Su valor de fondo es su fe en la dignidad de la persona. Muchas veces esta fe en la dignidad toma el rostro del amor. Pero viene a ser algo similar. ¿Cómo amar sin creer en la dignidad? Por eso mismo, la carencia de entregas denota una frágil o inexistente fe en la dignidad de la persona.

Ese valor está en lo oculto porque la publicidad, el escaparate, la relevancia, desvirtúan la entrega. De ahí que el valor de la entrega no dependa del aplauso, del premio, del pago, del reconocimiento, de los homenajes. Más bien todo eso es, con frecuencia, un obstáculo que hay que salvar.

Además, las entregas más hondas son aquellas que se prolongan en el tiempo. Una entrega instantánea o temporal tiene su valor. Pero cuando se anda un largo camino de vida entregada es cuando se mide su verdadero valor, siempre que el tiempo no haga de la entrega una rutina y un desvalor.

 

  1. 2.    Los peligros de las entregas

 

Tienen sus peligros. El primero de ellos es hacer el caldo gordo a aquel a quien uno se entrega. Hay que discernir si la entrega es realmente necesaria o es una cortina de humo para que el beneficiario de la entrega no dé palo al agua. La entrega ha de ser colaborativa: la otra parte, incluso desde su pobreza, ha de estar implicada y tendrá que colaborar en el camino de humanización que pretende toda entrega.

Otro peligro es el bloqueo y el chantaje. La persona frágil no es santa, es frágil. Y puede que establezca con quien se entrega a ella una relación de bloqueo y de chantaje. El bloqueo se manifiesta en el deseo de que las cosas no vayan ni para adelante ni para atrás. El chantaje se expresa en el convencimiento de que el entregado no se va a atrever a cortar su generosidad temiendo el qué dirán que lo ha clasificado ya como persona entregada.

Y un tercer peligro es perpetuar situaciones de pobreza para encontrar motivos para la entrega: algo de eso se intuye en quienes hablan de “sus pobres” como razón de ser de una entrega que al final se convierte en fuente de satisfacción para la enfermedad del yo que también amenaza a quien se entrega.

Por todo esto, sobra decir que la entrega necesita un continuo discernimiento para que no derive en caminos que nada tienen que ver con la hermosura de darse al frágil. Ese discernimiento nos libra de la candidez de que ponerse a los pies de otro es, sin más, el camino de la entrega.

 

  1. Jesús: un entregado

 

En los evangelios, Jesús se autodefine como un “entregado”: “el Hijo del hombre a ser entregado…” (Lc 9,23b-45). ¿Qué quiere decir eso? ¿Cómo se siente Jesús? Según la mentalidad hebrea, Dios “entrega” a Israel cuando este cumple la alianza: lo deja al albur de sus enemigos con todas las nefastas consecuencias. Jesús se siente como un abandonado de Dios precisamente por sus caminos de entrega al frágil. O sea: no percibe en la fragilidad el amparo de Dios. Es la crisis de sentido. Pero, sin embargo, él no cesa en la entrega. Es la de Jesús una entrega sin esperanza, sin sentir que Dios se lo agradezca y sin el agradecimiento de nadie (no hay en el evangelio relatos de agradecimiento, excepto Lc 17,11-19, los diez leprosos).  Es la entrega en toda su dura pureza.

Si el seguidor quiere ir por esa línea habrá de depurar las intenciones de su entrega: siempre que se espere sacar algo a cambio, siempre que se pase factura aunque esté oculta, siempre que se busque alimentar el yo egoísta, se estará alejando del camino de entrega que ha sido el de Jesús. Lo más duro de la entrega no es lo que se hace por el otro, sino el despojo del corazón que demanda.

 

  1. 4.    Un Dios que no entrega a nadie

 

Una de las convicciones más firmes de la clásica espiritualidad es que, siguiendo a san Pablo, Dios entregó a su propio Hijo como satisfacción por nuestros pecados (Rom 8,32). Esto puede llevar a una aberración: Dios ha matado a Jesús por nuestros pecados. Seguimos con esa matraca. Pues no: la muerte de Jesús no es un sacrificio a Dios, sino el resultado de unas opciones que Jesús ha tomado a favor de los pobres. Dios quiere la vida de todos y no necesita el sacrificio de nadie. Por eso mismo, todos los sacrificios hechos “por Dios” quedan cuestionados (incluido el martirio que tanto predicamento tiene en la espiritualidad cristiana).

         Más aún, como lo reflejan y visualizan textos como el lavatorio de los pies (Jn 13,1ss), es Dios mismo quien se entrega al camino humano con todas las condiciones de la entrega: no demanda nada a cambio, no pide aplausos ni oraciones, no exige conversiones previas, no se irrita si la entrega no produce efectos humanizadores en nosotros, vuelve a entregarse más allá de cualquier fracaso. Por eso mismo, Decir que Dios es la fuerza de las entregas en su propio modo de entregarse puede ser, sin duda, una manera nueva de nombrar y de entender a Dios.

 

  1. 5.    Dios como impulsor de muchas entregas

 

Precisamente porque Dios es uno que sabe de entregas puede ser el impulsor de muchas entregas. No es preciso que, para ello, quien se entrega sea persona religiosa o no. En las  entregas laicas, muchas veces minusvaloradas por nosotros, brilla toda le hermosura de la entrega de Dios. Más aún, el no tener reconocimiento por parte del hecho religioso, añade un destello más de brillo a su oscura entrega. Se inscriben aquí todas las vidas entregadas a la ciencia que sana, a la solidaridad que construye camino para los frágiles, a los acompañamientos que se hacen a los parias de este mundo, a las a veces increíbles luchas por la dignidad de las personas. 

Y también, por supuesto, Dios impulsa las muchas entregas de personas creyentes que transitan las trincheras de lo humano. La mayoría de ellas anónimas cuestionadas en su entrega por su pertenencia a estructura religiosa. Más allá de cualquier pero, su entrega está llena de valor.

E, incluso, Dios empuja otras entregas que van más allá de la voluntad de las personas: la resistencia y el agarrarse a la vida ante la adversidad física, la maravilla de los fenómenos moleculares que sostienen el mecanismo de la vida, las relaciones de fuerzas cósmicas que engendran los universos, la permanencia de la vida más allá de sus transformaciones.

 

  1. 6.    Más que de fe, es cuestión de entrega                              

 

La principal conclusión que se deriva de la reflexión que venimos haciendo es clara: en la vida cristiana, y en la vida sin más, más que de fe ideológica, de creencias, de posicionamientos morales previos, de prácticas religiosas es cuestión de entrega. La identidad cristiana (y la humana) se mide por eso: te entregas, eres seguidor de Jesús; no te entregas, no lo eres.

La fe tradicional ha logrado relegar la entrega a una consecuencia de la creencia que es cosa de cada cual. No se la ha situado en el núcleo de la fe sino en su periferia. Eso ha dado como resultado el que se crea tener una fe fuerte sin la necesidad de enmarcarla en una vida entregada. El empobrecimiento de la experiencia cristiana queda garantizado.

 

  1. 7.    Periódicos de Buenas Noticias

 

Puede pensarse que esto de la entrega es algo que no cuadra con nuestra sociedad marcada por el egoísmo y el neoliberalismo que arrasa. Puede parecer que en esta jungla hay que devorar para sobrevivir. Puede parecer que más que lobos, los humanos seamos, a veces, tiburones. Y, en parte, somos así.

         Pero son bastantes los periódicos de Buenas Noticias que andan por la red. Me fijo, sobre todo, en el Buone Notizie de Il Corriere de la Sera italiano, un periódico de prestigio que, una vez por semana, pone el acento en las buenas noticias de corte humanista que se producen en el país.

         Creer en el valor de la entrega sin una mirada positiva sobre nuestro caminar humano es imposible. Al final, nos sentiremos abrumados por el enorme volumen del mal que anega nuestras vidas. Como dice R. Argulloll, «aunque ignoremos su existencia, las almas bellas cuidan de nosotros”.

 

8.  No queremos a engañosos palabreros…

 

Uno busca inspiración donde puede. Hemos hablado del  disco de Cantalapiedra de hace más de 50 años En dónde están los profetas. Allí había una canción que, a nuestro parecer, dibuja bien el perfil de la persona entregada. La copiamos por si nos sirve:

 

No queremos a los grandes palabreros
queremos a un hombre
que se embarre con nosotros
que ría con nosotros
que beba con nosotros
el vino en la taberna
que coma en nuestra mesa
que tenga orgullo y rabia
que tenga corazón y fortaleza
los otros no interesan,
los otros no interesan
los otros no interesan.

No queremos a engañosos pregoneros
queremos a un hombre
que se acerque a nosotros
que cante con nosotros
que beba con nosotros
el vino en la taberna
que sepa nuestras penas
que tenga orgullo y rabia
que tenga corazón y fortaleza
los otros no interesan,
los otros no interesan,
los otros no interesan.

 

Conclusión:

 

No se pretende tanto concluir la tarea creyente de la entrega cuanto percibir a Dios como fuerza para tales entregas en la medida en que se le entiende y vive a él mismo como una realidad entregada al camino humano. Creemos que ese “descubrimiento” puede ayudarnos a entender la vida y la fe de otras maneras.

Pero también nos alienta la vida de muchas personas que conocemos entregadas al otro en modos a veces heroicos, aunque cotidianos. Dice el papa Francisco: «Nuestro dolor y nuestra vergüenza por los pecados de algunos miembros de la Iglesia, y por los propios, no deben hacer olvidar cuántos cristianos dan la vida por amor: ayudan a tanta gente a curarse o a morir en paz en precarios hospitales, o acompañan personas esclavizadas por diversas adicciones en los lugares más pobres de la tierra, o se desgastan en la educación de niños y jóvenes, o cuidan ancianos abandonados por todos, o tratan de comunicar valores en ambientes hostiles, o se entregan de muchas otras maneras que muestran ese inmenso amor a la humanidad que nos ha inspirado el Dios hecho hombre. Agradezco el hermoso ejemplo que me dan tantos cristianos que ofrecen su vida y su tiempo con alegría. Ese testimonio me hace mucho bien y me sostiene en mi propio deseo de superar el egoísmo para entregarme más» (EG 76).

 

Para el diálogo:

 

  1. 1.    ¿Te resulta sugerente por algún lado este tema de Dios como fuerza para la entrega?
  2. 2.    ¿Te parece correcto el análisis de la entrega que hemos hecho?
  3. 3.    ¿Crees que es exagerado decir que solamente en la medida en que te entregas eres seguidor de Jesús, el entregado?

 

 

5

DIOS PARA UNA ESPIRITUALIDAD DE HOY

 

         Muchas veces hemos dicho que una sociedad con espiritualidades, sean cuales sean, es una sociedad con mejor futuro. En efecto, la espiritualidad es un beneficio para el hecho humano, lo mismo que la cultura, la salud o el arte. De ahí que, de alguna manera, fomentar la espiritualidad sea fomentar la ciudadanía. Desvincular a la espiritualidad de la ciudadanía es confinarla al ostracismo.

         No resulta fácil sembrar espiritualidad en la ciudadanía. Esporádicamente y debido muchas veces al carisma de personas “espirituales” hay eventos espirituales que son verdaderos hitos. No nos referimos a los organizados por el sistema que cuentan con un gran grupo de  participantes que a la voz de ¡ya! hacen número sin preguntarse en exceso a dónde apunta la cosa (shows litúrgicos que muestran las televisiones). Nos referimos incluso a foros de espiritualidad propuestos por entidades laicas (universidades, fundaciones, bancos incluso) que tienen eco en la sociedad.

         Pero hay entidades humildes (como Fe a debate, el Ateneo, Ágora, por ejemplo) que en el anonimato ciudadana se empeñan en sembrar, año tras año, pensamiento espiritual para alimentar los caminos de grupos pequeños de ciudadanos. Esta siembra de espiritualidad es una siembra de ciudadanía, aunque no se la mire desde tal perspectiva.

 

  1. 1.    Las espiritualidades envejecen

 

Precisamente porque las espiritualidades son una realidad viva tienen el peligro de envejecer, de anquilosarse, de esclerotizarse. Bien lo comprobamos en la propia espiritualidad cristiana: la hemos recibido como un bloque compacto sin animarse a analizar el mensaje. Esto ha pasado con la doctrina, con las costumbres e incluso con el texto bíblico. Dice E. Lledó: «La tradición de la crítica textual sobre el texto bíblico, sobre un modelo sagrado cuyos hilos había que analizar con esmero, sirvió, tal vez, para sacralizar una forma de aprendizaje, de dogmática pedagógica, que se ha popularizado, por cierto, bajo la forma de libro de texto y en el que, paradójicamente, no se trata de seguir el entramado que lo forja ni analizar su textura, cuanto de aceptar su tejido como un compacto bloque de información».

No había alternativa: se acepta la doctrina o no. Esto ha llevado a una rigidez próxima al fanatismo. Y, con ello, a una sequía de espiritualidad, tanto en los modos de expresión (siempre los mismos) como en cuanto al contenido (siempre repetido). En definitiva, ha llevado a un empobrecimiento.

Si esto es como lo decimos, el remedio salta a la vista: es preciso alimentar a diario la espiritualidad para que mantenga su conexión real con la vida. Si amamos la espiritualidad cristiana, en nuestro caso, hay que alimentarla continuamente para que no se nos muera. Y una espiritualidad muerta es una contradicción (algo así como “una vida muerta”) y un camino de empobrecimiento del hecho humano.

 

  1. 2.    La manera mantener viva la espiritualidad

 

Creemos que la mejor manera de mantener viva la espiritualidad es ponerla en contacto con el hecho social. Es la garantía de que la espiritualidad no va a desconectarse de la vida y, con ello, no va a caer en el abismo de la rigidez ideológica o religiosa, puerta que abre a la irrelevancia y a la inservibilidad.

Efectivamente, en el hecho social, por pobre que se le quiera es donde reside la vida. Y si la espiritualidad se la quiere viva, habrá de estar conectada con lo social. De ahí que una espiritualidad que da las espaldas a lo social está amenazada de esterilidad.

Precisamente por ello nos causa perplejidad y pena el riesgo en que se hallan, entre nosotros, los foros de espiritualidad, únicos ámbitos de dialogo entre fe y cultura, entre religión y sociedad (Gogoa, Vitoria, Donostia, Ágora, etc.). ¿Es solamente porque no encuentra eco la espiritualidad ofrecida en modos sistemáticos? ¿Es porque no se ha sabido regenerar el dinamismo que los ha movido, la organización? ¿Es porque se pretende un eco ciudadano al que habría que renunciar y trabajar en modos más modestos? ¿Es por el olvido y menosprecio de la espiritualidad que podría haber apoyado estos foros si se animara a un diálogo real con la cultura?

A veces el sistema religioso ha querido caminar por esa dirección y ha planteado de manera honesta, aunque peculiar, el diálogo de la fe con la cultura como ocurrió con la iniciativa del “Atrio de los gentiles”. ¿Qué fue de ello? ¿Qué se hizo y en qué quedó? ¿Qué llegó a las comunidades cristianas de a pie?

         De cualquier manera, los intentos de generar espiritualidad, a cualquiera de los niveles, creemos que ha de tener la necesaria conexión social. Si esa conexión es frágil, la espiritualidad que se genere está amenazada de conservadurismo o de cosas todavía más negativas.

 

  1. 3.    Un dios del que no haya que avergonzarse

 

Para ello, como hemos venido diciendo muchas veces en nuestras reflexiones hemos de intentar hablar de Dios en parámetros de novedad. Dice J. Arregui: «No podemos hablar de Dios como se hablaba en un mundo estático y determinista, piramidal y patriarcal, geocéntrico y antropocéntrico: Dios no es en Ente Supremo, “otro”, “alguien”, “persona” de la manera como cualquiera ser humano es para mí “otro”, “alguien”, “persona”. Dios no es menos que un tú, pero no es un tú frente a mí. No es menos que “persona”, pero no es persona como el ser humano. No es una Superpersona humana, con una psicología similar a la humana, solo que omnisciente y omnipotente… No es ni personal ni impersonal, sino transpersonal. Entre Dios y mundo no hay ni unidad ni dualidad. Ni monismo ni dualismo (a esto se refieren quienes, como Enrique Martínez Lozano, hablan de No-dualidad). Dios no interviene desde fuera cuando quiere. No se encarna una vez desde fuera, pues es la Carne del mundo, el Ser de cuanto es, el Corazón de cuanto late, el Verbo activo y pasivo de toda palabra, el Dinamismo de toda transformación, la Ternura de todo abrazo, el Tú de todo yo y el Yo de todo tú, la Unidad de toda diversidad y la Diversidad de toda unidad, la luz de toda mirada, la conciencia de toda mente, la Belleza y la Bondad que sostienen y mueven al universo en su infinito movimiento, en su infinita relación».

Este Dios puede ser un Dios del que no haya que sentir vergüenza y con el que podamos dialogar con la cultura de hoy. Por eso, dice Arregui, Es ahí donde «necesitamos una fe mística no marcada seguramente por experiencias extraordinarias, sino por la experiencia del ser y la experiencia de estar cada vez más profundamente enraizados en el misterio de Dios, el misterio que nos envuelve y origina, nos funda y nos regenera… una fe sin espíritu de secta, sin agresividad doctrinaria… una fe a menudo perpleja… dialogante y amable».

 

  1. 4.    Un Dios amigo a la puerta

 

Por más que la persona religiosa lo niegue, la religión considera a Dios como un “enemigo” que hay que aplacar con oraciones, que se sitúa lejos en el cielo, que legisla y ordena contra los deseos humanos, etc. Posibl0emente la persona creyente se horrorice de esta manera de entender a Dios. Pero miremos los comportamientos y deduzcamos.

Sin embargo la Palabra nos habla, a veces, de un Dios a la puerta que espera pacientemente a que se le abra para entrar (Ap 3,20). Eso cuadra mejor a nuestra imagen de Dios: un Dios que espera a que la persona quiera andar los caminos de la humanización que él mismo ha andado, como lo vemos en Jesús. No es, pues, enemigo de la persona ni de sus anhelos, sino partícipe y dinamizador de su aventura.

Posiblemente nunca lleguemos a liberar el hecho creyente de la imagen de Dios que hemos construido. Pero podemos, al menos, intentar construir un paradigma espiritual que apunte a un Dios en la dirección de lo humano, incluido en ello el desajuste que sufrimos por nuestro ser histórico.

Habrá que expurgar nuestros catecismos y la misma Biblia cuando nos habla de “temer” a Dios, por más que se nos diga que el deutoronomista entiende por tal la reverencia y la adoración. Para el ciudadano de a pie, temer será siempre temer. Por eso mismo no es dichoso quien teme al Señor (Sal 111), sino quien le ama. Esto nos liberaría de muchos miedos religiosos que, aunque mitigados, aún subyacen en el subsuelo de nuestra espiritualidad.

 

  1. 5.    Un Dios independiente del sistema eclesiástico

 

Porque ahí está el quid de muchas dificultades. Tengamos en cuenta que una cosa es la realidad de Dios y otra el sistema eclesiástico que, con frecuencia, lo quiere aprisionar y privatizar. Son dos cosas distintas, aunque deberían estar en relación, en buena relación.

Es tal la hipoteca que sufre la realidad de Dios por causa de la religión (desde antiguo, Rom 2,24, hasta hoy, GS 19) que a muchos les parece que una espiritualidad decente sobre Dios es imposible desde el lado de lo religioso y, más todavía, cuando lo religioso es proclamado por eclesiásticos.

Pues bien, reconociendo esto, habrá que hacer esfuerzos por soslayar tal hipoteca: no todos los creyentes piensan igual, no todos llevan los mismos caminos, el valor de la propuesta de fe no hay que medirla solamente por el comportamiento de los creyentes, la espiritualidad sobre Dios no es propiedad de una Iglesia, etc.

El mejor modo de ir desvinculando la espiritualidad de Dios de la hipoteca eclesiástica es anhelar y construir, si se puede, otro tipo de comunidad cristiana donde la relación con Dios sea camino de libertad, de utopía y de humanidad. Y esto, siquiera en una medida pequeña, está en nuestra mano.

 

  1. 6.    Sustituir el nombre de Dios  

 

Puede parecer una propuesta inadecuada, innecesaria, perjudicial incluso. Pero si queremos mejorar la espiritualidad sobre Dios su mera manera de ser nombrado (nosotros hemos inventado el vocablo) tiene sus pegas: es masculinizante, favorece el androcentrismo (por eso algunas teólogas usan el grafismo D***), evoca contradicciones y repulsa, está lejos de la mentalidad secular de hoy, dice todo sin decir nada en concreto, etc.

¿Es posible modificar un vocablo que tiene miles de años de tradición histórica? Posiblemente no. ¿Hay que resignarse entonces a abandonar la empresa de renombrar a Dios? Podría mantenerse siempre en ese anhelo de búsqueda que demanda la creación de una espiritualidad nueva.

Podría nombrarse como AMOR PRIMIGENIO. Nombrándolo como “amor” estamos situando la relación con Dios en su verdadero lugar y permite incluir ahí lo mejor del caminar humano que son sus búsquedas y logros en materia de amor. “Primigenio”  significa originario, que está a la base de todo amor, que genera todo amor, que dinamiza todo aquello que puede ser entendido como amor creativo.

 

  1. 7.    Sustituir la expresión “fe en Dios”

 

¿Por qué razón habría de sustituirse? Porque si tal fe es la base de la espiritualidad, quien no la tuviera no se vería concernido por la espiritualidad. Que es, justamente, lo que ha pasado: si se habla a una persona agnóstica o atea de espiritualidad es fácil que diga que eso es para los creyentes, no para él. Si encontráramos una expresión más englobante quizá no diría tanto a los creyentes, pero podría decir más al conjunto humano.

Pongamos, por ejemplo, la expresión CONFIANZA EN EL FUTURO. Al decir “confianza” estamos situándonos en el dinamismo primero de la espiritualidad porque una espiritualidad sin confianza (en Dios o en el futuro) no es posible. Al decir “futuro” estamos apuntando a lo no logrado, a la utopía, al horizonte máximo (al reino, diría el Evangelio).

Puede que todo esto sea considerado como algo innecesario pero el tema de la espiritualidad nos está demandando búsquedas e intentos que en otras épocas ni se nos pasaban por la cabeza. Quedarse anclado en lo de siempre por principio, quizá sea la peor de las opciones.

 

Conclusión

 

Hemos dicho en otras ocasiones que la persona se mueve más por dinamismos que por ideas. Uno de los dinamismos más básicos de las personas es la búsqueda (lo vemos en la ciencia moderna). Si la espiritualidad renunciara a la búsqueda se agostaría. De ahí la responsabilidad que tenemos si queremos que, de alguna manera, el componente espiritual esté vivo en medio de la ciudadanía.

 

Para el diálogo:

 

  1. 1.    ¿Querrías subrayar o  pedir más explicaciones sobre algún aspecto concreto de todo lo expuesto hoy?
  2. 2.    ¿Crees necesario modificar la manera de nombrar vocablos? heredados como “Dios” o “fe en Dios”?
  3. 3.    ¿Te parece que la espiritualidad sigue viva en medio de nuestra sociedad secular?