LOS CAMINOS DE LA FAMILIA FRANCISCANA

EN LA SOCIEDAD ACTUAL

 

 

Introducción

 

         La conocida frase de SC 63   “La llevaron a una colina y le mostraron toda la superficie de la tierra que podían divisar, diciendo: ‘Este es nuestro claustro, señora’” preside también la presente reflexión. Nos sumamos a quienes se esfuerzan en mezclar la espiritualidad de las fuentes, del carisma primero, con la ineludible realidad del momento actual. Pensamos que esta mezcla puede ser muy fecunda y que la separación de ambos elementos, carisma y sociedad actual, genera empobrecimiento tanto en el pensamiento carismático como en la realidad de hoy. Por tanto, nos conviene mezclarlos. Se trata, en la también manida frase de K, Barth, de aunar en la reflexión el periódico y la Biblia, los valores carismáticos y los aprendizajes sociales.

         Cuando nos planteamos proponer a la reflexión las posibilidades que se abren a la familia franciscana en este hoy y en nuestro contexto occidental no queremos hacer la suma de lo que el franciscanismo supone en el mundo en general y en España en particular[1]. Aun en épocas de reducción como la nuestra y siguiendo el derrotero común de la mayoría de los grupos religiosos, el franciscanismo mantiene un indudable vigor. Pero no es este nuestro cometido. Queremos ser más fieles a lo que se nos ha prometido que a lo que nosotros hemos prometido. Y lo primero, en la dinámica elemental del reinado de Dios, apunta más al hoy que al pasado, al momento presente que a los viejos tiempos cuando éramos “tantos y tales”[2].

         Queremos, pues, hacer una propuesta de reflexión mirando al futuro, al horizonte, a lo que no es pero puede ser. Apelamos a la utopía, a esa fuerza que no sirve para llegar a la meta sino, simplemente para andar. Nos parece acertado el eslogan “La meta es camino” que glosa la famosa frase de Gandhi “No hay caminos para la paz, la paz es el camino”[3]. Efectivamente, lo decisivo es recorrer el camino hasta convertirlo en verdadera meta. Por eso mismo, queremos hablar sobre el camino que puede recorrer hoy la familia franciscana en España, sobre las experiencias que puede acumular, sobre los proyectos que puede emprender. Lo que ya se hace es bendito; pero nuestra reflexión quiere apuntar a lo que está por hacer.

         Acertadamente se ha dicho que un carisma vale en la medida en que se lo recrea[4]. Es como el seguimiento de Jesús que consiste re-crear las maneras de pensar y comportarse de Jesús. La vitalidad depende de la recreación no de la mera imitación. Y la recreación, lógicamente, ha de contar con la realidad actual porque en ella es donde se verifica. La vivencia rutinaria y atolondrada de una espiritualidad la empequeñece y la pone en riesgo de vacío. De ahí que se haga hoy una llamada a la lucidez y a la pasión para mirar de frente la realidad y percibir cómo podemos hoy insertarnos en el concierto ciudadano para aprender los valores sociales y ofrecer los nuestros carismáticos. Es la tarea de redescubrir el sentido que tiende a debilitarse, desviarse y perderse. El nuestro puede ser “un tiempo para recrear el equilibrio al aprender a acercarnos amistosamente una vez más a la creatividad atrevida y liberadora de lo femenino, de la imaginación, del artista, del profeta”[5]. Esa “creatividad atrevida y liberadora” es la que habría de presidir la reflexión que queremos ofrecer a este Congreso.

         La parataxis del dicho evangélico “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6) está indicando que Jesús es camino porque es verdad y es vida. Se es camino siendo aliándose con lo verdadero y lo vital, entendiendo ambos marcos de valores no tanto desde el punto de vista ideológico, sino experiencial: experimentar lo verdadero de la existencia, situarse allí donde bullen los días, plantar ahí la morada es la manera de ser camino para uno mismo y para los demás.

 

1. Recuperar caminos: presupuestos

 

         Poetizar sobre la hermosura del camino estando bajo techo y al amor de la lumbre es fácil. Lo peliagudo es encontrarle el filo de lo atractivo al frío, la intemperie, el cansancio, el desamparo, la soledad, la mordedura del sin sentido, elementos ineludibles del cualquier caminar. De ahí que no es de extrañar que tanto personas como instituciones tendamos a salirnos de los caminos y a instalarnos en maneras estables y cómodas de vida. Quien ama los caminos ha de intentar recuperarlos continuamente, redituarse cada día en la senda que, a veces, se abandona de manera inconsciente.

         El abandono de los caminos ha acompañado al franciscanismo desde los años iniciales de su andadura. Porque lo de Francisco, como lo de Jesús, fue un asunto de caminos. Legislar en una Regla sobre el ir por los caminos era, en la época medieval donde la estabilidad era un valor consagrado, de una carga profética que a muchos se les antojaría un auténtico disparate[6]. Pero no solamente legislar sino vivir en los caminos era lo incomprensible[7]. Y la vida de Francisco se desarrolló en los caminos y sus avatares. No solamente en los grandes caminos (Tierra Santa y el probable camino a Santiago de Compostela), sino en los caminos cotidianos. Clara, que vivió su experiencia franciscana con mentalidad de caminante,  lo aprendió bien y lo formuló con precisión: “El hijo de Dios se ha hecho para nosotras camino”[8]. En ningún programa de ningún grupo franciscano (salvo alguna excepción que ignoramos) estará como una prioridad la recuperación de los caminos[9]. No sabríamos qué contenido dar a semejante propuesta. Y, sin embargo, la recuperación de los caminos, en cualquiera de sus formas, puede ser un horizonte abierto a la espiritualidad franciscana. Veamos algunos presupuestos para apuntar a tal posibilidad:

a)    Una estabilidad con mentalidad de itinerancia: Que la persona tiende a la estabilidad es, desde los tiempos del neolítico, un dato; que los grupos franciscanos viven en estabilidad, una evidencia. Pero, ¿es posible una estabilidad con mentalidad de itinerancia? Creemos que sí, aunque tiene sus aporías y estremecimientos. La buena estabilidad, la que no está ligada a la mera comodidad, va muy unida al tema del sentido y la significatividad. Cuando estos elementos están activados, la permanencia en un lugar no es nociva para el franciscanismo porque puede ser vivida con mentalidad libre y en itinerancia. Una mentalidad así se sitúa más en el futuro que en el pasado, más en el horizonte que el pequeño amor de la lumbre. La configuración de un determinado estilo de vida franciscana depende en gran parte de estos dinamismos de fondo.

b)    Liberar al franciscanismo: Liberarlo de una historia, hermosa y tóxica a la vez, de la tutela exclusiva de los franciscanos, beneficiosa y cuestionable al mismo tiempo, de los tópicos al uso, útiles para entrar en contacto y perjudiciales para profundizar, de la mezcla con elementos religiosos, que le dan cierta estabilidad y lo anclan en formas esclerotizadas. Dejar al espíritu franciscano libre, de tal manera que todo el mundo, desde donde se halle, pueda, si quiere, conectar con él. Aprender franciscanismo de quienes menos constreñidos están por la ideología del sistema[10]. Porque esos caminos de libertad son muy propicios para imaginar un franciscanismo en los caminos[11].

c)     Los caminos son múltiples: Este sería otro presupuesto para situarse en la espiritualidad del camino. El camino es algo que difícilmente encaja con la rigidez del sistema. Y ello es así porque la sociedad es versátil y cambiante, más en estos tiempos[12]. Experimentamos en la sociedad de la que hacemos parte, maneras de vivir muy cambiantes, donde prácticamente no hay nada consistente ni fijo. Hemos de aprender por necesidad social lo que no fuimos capaces de aprender por espiritualidad: que vivir en itinerancia, en cambio continuo, puede ser un modo de vida muy productivo para engendrar vida, para poner el acento sobre lo importante, para construir fidelidades. Aprender la lección del cambio exige flexibilidad, desposesión, cercanía a la vida, capacidad de desinstalación, certeza de que los caminos son múltiples.

d)    Hay vida ahí fuera: Los aprendizajes carismáticos y las prácticas religiosas nos pueden llevar a creer que la vida está dentro de los muros, en el huerto de nuestra propia estructura, en la mentalidad de nuestro modo de vida. Pero la espiritualidad de los caminos nos avisa de que fuera hay vida, y quizá en maneras más intensas y reales que en el mundo de los sistemas religiosos. Por eso, manejar el presupuesto de que hay vida fuera solamente es posible en la certeza de vivir en una sociedad hermana. Esta sociedad entendida en modos de benignidad puede abrir al carisma franciscano un horizonte de novedad. Pero esa apertura se da en el afuera de los caminos, en el más allá de la vida que salta los muros de cualquier concepción religiosa.

 

2. Recuperar la itinerancia

 

         “La minoridad ha sido para la Orden la parte menos apreciada de la herencia otorgada por el fundador, la primera en ser dejada de lado, a pesar de ser cosa bastante inteligible y poco expuesta a complicaciones jurídicas…Toda la compleja problemática que se desarrolló en la fraternidad, después de la muerte del santo en torno a la pobreza, todas las luchas internas y las complicaciones externas, bien poco evangélicas…dependieron del empeño imposible por parte de los hijos de san Francisco por querer ‘ser pobres’ sin haber tenido la valentía de continuar siendo ‘menores’”[13]. Esta dura y profética afirmación de Iriarte podría ampliarse diciendo que nunca fue menor porque jamás fue itinerante. El lado débil de la historia franciscana es la historia de un gran fracaso pero, debido a los estudios franciscanos actuales y al clima de secularidad que vivimos, hace que lo percibamos con mayor claridad. Esto nos da una nueva oportunidad para volver sobre los componentes más originales del sueño franciscano. Efectivamente, la itinerancia está en el corazón de la primigenia experiencia franciscana. Toda la precaución de Francisco hacia los libros (1R 8,3), los estudios (SC 6), el dinero (1R 14,1), las casas (Test 24), la ropa (Test 16), etc., probablemente no tiene otra finalidad, sino la de prevenir contra la instalación que termina por ahogar la vida itinerante, aquella que llevaron Jesús y los apóstoles. La itinerancia se convierte así no sólo en el rostro externo de un indudable estilo de vida, sino también en la verdad de una opción. La vida de Francisco ha estado urdida en esa itinerancia: su andar por los caminos (1R 9,2), su manera de trabajar (1R 7,1-2), su estilo de vivienda (1R 8,8), hasta su modo de orar (2C 96) han dependido de su opción itinerante de vida. El sufrimiento del final, su discrepancia de los derroteros que iba tomando la institución franciscana, ha tenido que ver con la institucionalización que es la cara opuesta a la itinerancia. Es cierto que el elemento itinerancia fue prácticamente arrumbado del acervo común de la fraternidad franciscana. Pero también es verdad que siempre, entre los franciscanos, ha habido quienes, desde Angel Clareno en el siglo XIII, hasta hermanos de hoy que llevan estilos de vida de fuerte componente itinerante. Es la institución como tal la que tendría planteado el problema; no tanto las personas concretas.

El franciscanismo ha querido oponer la itinerancia al sistema. Aquí se halla el problema de fondo: la pertenencia sistémica del franciscanismo a la sociedad y a la Iglesia. El estilo de vida franciscano puede ser entendido como una fraterna confrontación con el sistema. La itinerancia sería una manera de poner rostro a dicha confrontación. Desvelemos algunos matices:

  1. El modo itinerante de los primeros hermanos: Parece que la estructura conventual, de asentamiento, no estuvo presente en los primeros pasos de la familia franciscana, aunque no tardó en llegar. El Testamento lo recuerda con vivacidad (Test 18). No conviene menospreciar las intuiciones carismáticas más básicas del Francisco que vive el Evangelio sin coacción, en total libertad, con unas estructuras casi inexistentes. Más allá de los matices que se puedan hacer a esta postura inicial, lo que no se podrá negar es que la itinerancia fue una opción natural y deliberada frente a las formas religiosas de vida estable, bien conocidas por el mismo Francisco. El sistema impuso su ley pronto y se enfiló por la estabilidad del convento, aunque fuera en maneras menos drásticas que las otras órdenes.
  2. La misión franciscana en la itinerancia: Así fue entendida y vivida al principio. El gozo de aquella libertad es recordada también en el Testamento (Test 8). Cierto que pudo haber abusos, pero bien se encargó el sistema de reprimirlos. Con esa represión se dio al traste con un modelo de misión de corte no sistémico, de ofrenda, de exhortación, que podría haber dado paso  a una manera de evangelizar de alto componente ecuménico y social como lo reconoce G.Bini: “Una tercera característica del hermano menor podría ser la ‘movilidad’, es decir, su capacidad de inculturarse donde quiera que esté, pues donde quiera que esté allí está su casa, allí encuentra hermanos. Quizá así, presentando al hombre de hoy ésta nuestra identidad, conseguiremos deshacer la cultura de la sospecha recíproca, lograremos que los hombres se acerquen unos a otros, infundiremos esperanza a la humanidad, colaboraremos en la construcción de relaciones nuevas, transformando la hostilidad en acogida y hospitalidad”[14].
  3. La obediencia franciscana como itinerancia: El sistema exige obediencia ciega a esa “mano negra” que rige los destinos sociales y económicos y que esconde las actuaciones de los poderosos. Francisco entiende la obediencia de otro modo: no es algo exigido por razones organizativas sino una forma de garantizar, valga la expresión, la libertad de Dios y la de la misma persona. La obediencia es la libertad de pertenecer, la libertad de entrar en el camino evangélico. Por eso “el que en fe se lanza  a la obediencia de la libertad para que Dios pueda actuar con libertad, hace que se liberen otras energías que no están de suyo a disposición del hombre”[15]. Esas “otras energías” son las que pueden configurar un sistema de vida distinto, fraterno.
  4. 4.     Una nueva ciudadanía: Ya hemos dicho que el sistema negativizado se articula sobre la vieja dialéctica dominador-dominado. El Evangelio, y el franciscanismo por evangélico, postulan una nueva ciudadanía, aquella que hace del ancho mundo y de la familia humana su verdadera casa. La pintoresca escena de Flor 11 en que Francisco hace dar vueltas al hermano Maseo para saber qué camino ha de seguir dibuja el perfil utópico del franciscano: uno que da mil vueltas en el mundo con la certeza de que, caiga donde caiga la suerte, estará en casa. Dice D. Flood que los hermanos “rehuyeron una estabilidad que supusiera una adscripción al marco social, que era lo que la política comunal quería de ellos, toda vez que, como religiosos ejemplares, habían comenzado a demostrar su valía (1 R 17,10-13). Si hubieran invertido mucho en una residencia, cualquiera que fuera la justificación de dicha inversión, pronto hubieran pasado a ser parte del cuadro social”[16]. Esa renuncia a la pertenencia sistémica es la que puede alumbrar la nueva ciudadanía. 

 

3. Los aprendizajes sociales

 

         Dando una vuelta de tuerca más al tema de la itinerancia, diremos que es la sociedad la que mejor puede enseñarnos la hermosura de los caminos y también su dureza. Quizá haya que aceptar algo poco tratado: que los aprendizajes sociales pueden ser una instancia inspirativa tan fuerte, o más que los aprendizajes carismáticos.

         La teoría del aprendizaje social, ya larga de más de un siglo, sostiene que el entorno, la persona y su conducta están interrelacionados. Por eso se aprenden nuevas conductas a través del aprendizaje observacional de los factores sociales del entorno. Es decir, la dependencia del entorno para generar conductas no solamente es probable sino del todo necesaria. Aprendemos por el entorno más que por la ideología. “El aprendizaje es una actividad de procesamiento de información en la que los datos acerca de la estructura de la conducta y de los acontecimientos del entorno se transforman en representaciones simbólicas que sirven como lineamientos para la acción”.

La teoría del aprendizaje social señala cuatro requisitos para que las personas aprendan y modelen su comportamiento:

  • Atención: La que presta el observador a los acontecimientos relevantes del medio.
  • Retención: valorar lo que uno observa, recordarlo en el momento preciso, ponerlo como “principio” a la hora de justificar un comportamiento.
  • Reproducción: reproducir lo retenido en conductas tangibles, bien sea hecha esta reproducción en modos explícitos o implícitos.
  • Motivación: Tener una buena razón para reproducir esa conducta. Puede ser, igualmente, una razón elaborada ideológicamente o implícita: se intuye que eso es bueno para mí.

Los modelos de conducta pueden enseñar a los observadores cómo comportarse ante una variedad de situaciones por medio de la autoinstrucción (uno aprende por él mismo), imaginación guiada (alguien le hace ver lo bueno de ese comportamiento) o por el autorreforzamiento (se percibe que tales comportamientos le refuerzan a uno en sus mejores anhelos).

Hay que decir que la observación de modelos no garantiza ni el aprendizaje ni, menos todavía, las conductas derivadas de ello, sino que cumple funciones de información y motivación: comunica la probabilidad de las consecuencias de los actos y modifica el grado de motivación de los observadores para actuar del mismo modo. Los factores que influyen en el aprendizaje y en la acción dependen del estado de desarrollo del aprendiz, el prestigio y la competencia de los modelos, así como de las expectativas y la autoeficacia que se palpe en ese modo de comportarse.

Bandura introdujo el concepto de reforzamiento autorregulado que puede ser determinante a la hora de aumentar la motivación. Evaluando la eficacia de nuestra propia conducta al utilizar normas de ejecución previa o comparando nuestra ejecución con los demás

¿Cómo aplicar esta teoría, tan esquemáticamente esbozada a la vida franciscana? ¿Puede llevarnos a alguna conclusión?

a)             Aunque parezca que los aprendizajes carismáticos son los únicos, y por lo mismo centrales, en la vida franciscana, en realidad, nuestras conductas dependen, en notable medida, de aprendizajes sociales. Lo que es la familia, la participación ciudadana, las relaciones sociales, la economía, las reglas democráticas, el valor de la política, las normas de educación, etc., no viene de los aprendizajes endogámicos sino de la sociedad. Lo aprendemos por observación social autorregulada, compartida.

b)            De ahí que la vida franciscana, de hecho, depende directamente del tiempo y del medio cultural en el que vive. La cuestión es cómo mezclar los valores carismáticos estando en ese tiempo y en ese medio para que salgan potenciados, no suprimidos ni olvidados. Pero intentar hacerlo en contra de los modos de comportamiento sociales que emanan del momento histórico es punto menos que imposible.

c)             La vida franciscana busca, como todos, el correcto uso de los modelos cognoscitivos con el fin de obtener un control de los estados afectivos y reestructurar los conocimientos e interpretaciones. Es decir, tanto la dicha y el sentido personal y colectiva dependen en gran medida de los aprendizajes sociales que motivan nuestras conductas. No se logra esto tanto por vía de aprendizajes carismáticos.

d)            La autorregulación de la vida comunitaria es la que podría unificar la pluralidad de actuaciones individuales eligiendo aquellas que sean mejores para el conjunto y, por lo mismo, más productivas para la persona concreta. Fraternidad y confluencia de aprendizajes sociales es una realidad alcanzable.

 

¿Cómo la sociedad nos enseña la itinerancia y la vida en los caminos? ¿Quiénes son los maestros de la vida en los caminos? ¿Qué podemos aprender de ellos?

  • Los grandes maestros de los caminos: Son los itinerantes obligados por su precaria situación económica, por persecución social o política, por los desastres ecológicos en los que tenemos mucha parte los humanos. Son la legión de desheredados que cruzan el temible desierto del Sáhara, el no menos temible desierto de México o las intrincadas selvas del sudeste asiático. Son los africanos varados, maltratados, relegados a la inexistencia que están en el monte Gugurú. ¿Qué comen, cómo duermen, qué higiene pueden tener, cómo sanan? Estas son las grandes preguntas que hay que hacerse para entender sus caminos. Son imagen clara de la dureza enorme de los caminos humanos y del inapagable anhelo de libertad. Muestran las profundas heridas que hacen los caminos y la dignidad brillando en todo su esplendor. Son los grandes maestros de los caminos. Como tales habría que mirarlos[17].
  • Los devastadores y solidarios caminos sociales: Los que afectan a los parados que nunca más volverán a trabajar, los de quienes han pasado de situaciones de un cierto bienestar a la angustia de un porvenir absolutamente negro. El paro endémico y la gran desigualdad social son las características principales de nuestra sociedad[18]. Esto obliga a itinerancias devastadoras y a engendrar una resiliente solidaridad que creíamos dormida. Los duros caminos de una crisis cruel que muestran lo peor del corazón humano y también lo más sublime de las entrañas que llevan a echar la vida en el lado de los vencidos.
  • Los extraños y entrañables caminos que van del Norte al Sur: Porque lo lógico es que los empobrecidos vayan del Sur al Norte. Pero en los aeropuertos siempre hay un grupo extraño de personas que sigue empeñado en hacer el viaje en la otra dirección: cooperantes empeñados en que una pequeña parcela de un remoto país salga de la pobreza agobiante, médicos que trabajan en países del tercer mundo en condiciones increíbles, misioneros que han hecho voto de fidelidad al mundo de los pobres, extraños empresarios que creen que el comercio puede ser mezclable a la justicia. No son muchos pero andan los extraños y hermosos caminos de una idea de lo humano que no muere: la simple idea de que toda persona tiene un puesto en el banquete de la vida y que si no lo tiene hay que forzar al sistema para que amplíe la mesa.
  • Los caminos desamparados y abrazados de quienes caminan por nuestras calles: Caminos más desamparados que nunca por el peso excesivo de una crisis de la que ellos no han sido causa. Son caminos andados y desandados, recorriendo todos los lugares posibles, oficiales o no, donde se pueda conseguir algo para el logro de la supervivencia familiar o personal. Caminos que han de tragarse cualquier orgullo, cualquier exigencia, cualquier grito. Caminos de humillación y de silencio. Pero también son caminos abrazados, besados, tocados por gente anónima que sabe los nombres de quienes andan por nuestras calles sin casa, sin horizonte, sin inmediato futuro. Ese abrazo no soluciona casi nada, pero mantiene la certeza de la dignidad y el valor intocable del bien.
  • Los caminos necesarios y aún escasos de las itinerancias ideológicas, religiosas o espirituales: Caminos necesarios para el logro de la amistad cívica, de la convivencia ciudadana, del diálogo intercultural. Caminos andados por personas que, sin atrincherarse en posiciones ideológicas, participan de la mesa del diálogo ciudadano que creen que es más amplio que sus convicciones. Personas que, aun no siendo religiosas piensan que es posible lograr consensos ciudadanos básicos y por ello se lanzan a un camino común, a un diálogo compartido[19]. Anida en ellas la certeza de que eso engendrará otras itinerancias que sean un beneficio para el hecho social.
  • El camino de Santiago, un extraño fenómeno de espiritualidad en un mundo crecientemente secular: Porque más allá de las pegas que se puedan poner a este fenómeno, el  número de caminantes que aumenta cada año y su pertinacia contra el viento de la secularidad llaman la atención[20]. Es un fenómeno que apunta a la espiritualidad, más que a la religión, entendiendo por tal un componente de la existencia humana hecho de búsqueda, de anhelo de sentido, de encuentro con el fondo de la persona, de interrogación a la vida. Se convierte por ello en una metáfora viviente del caminar de la persona sobre la historia y de sus grandes interrogantes. Se sitúa en la tradición más humana desde aquellos lejanísimos años en que la especie homo sapiens decidiera iniciar su increíble camino desde África hasta Australia[21]. Esto muestra que caminar pertenece al ser mismo de lo humano y que ese caminar abarca lo desde lo físico por la mera supervivencia hasta lo más inasible de la espiritualidad. Ser humano es caminar; ser espiritual es caminar.

 

Estos son los maestros que nos muestran la dureza y hermosura de los caminos. Quienes más arduamente viven la itinerancia, quienes saben más de caminos porque están en ellos. Quienes tienen el espíritu permeable y el corazón poroso son quienes pueden enseñar al movimiento franciscano con más propiedad aquello que intuyó Francisco de Asís, el caminante.

 

4. Diez caminos abiertos

 

         Tratando de mezclar anhelo franciscano y mundo contemporáneo y desde las claves expuestas de recuperación de la itinerancia y aprendizajes sociales queremos terminar proponiendo diez caminos que pueden estar abiertos hoy al movimiento franciscano.

a)             El camino de una espiritualidad con valor de mercado: Porque hay que distinguir el valor económico del valor de mercado. Este segundo puede que no sea económico pero es humano y, por ello, puede tener un sitio en el “mercado” de los nuevos tiempos. Eso requiere vivir y proponer una espiritualidad que consideramos valiosa en los lugares mismos del mercado que es hoy el mercado global, virtual en el buen sentido de la palabra. Para ello, habrá que salir de los parámetros medievales y quizá de los religiosos. Vivir y formular un franciscanismo nuevo para un mundo nuevo. Ir a los mercados donde bulle la vida, igual que Francisco en épocas pasadas fue juglar en los mercados[22]. Habrá que ir disipando la sensación de que “el crecimiento exponencial de la información e incluso del conocimiento no se ha visto acompañado por el crecimiento de la sabiduría”[23]. Pues la oferta franciscana quiere inscribirse en esa “sabiduría” que se pone en el mercado de la información.

b)            El camino de una oferta de mensaje en diálogo con otras ofertas: Incluso laicas, seculares. Sacar al franciscanismo, hasta físicamente, de los lugares franciscanos de siempre, religiosos, habituales. Elaborar una espiritualidad franciscana que pueda estar en el lugar de la secularidad con toda su frescura. No hacer arqueología franciscana, sino franciscanismo en diálogo con la sociedad. Para ello, incorporar el mecanismo de “ir a para aprender”. Dar a los aprendizajes sociales categoría de inspiración carismática.

c)             El camino, aún por recorrer, de la interfranciscanidad: Porque hace tiempo que pasó a la historia el que cada grupo del movimiento franciscano haga la guerra por su cuenta. Hace tiempo que descubrimos que somos familia. Pero algo bloquea a los grupos del movimiento franciscano porque la interfranciscanidad languidece, aunque nuestras relaciones sean mejores que nunca. Quizá la incorporación de grupos de laicos de franciscanismo libre y los amantes de lo franciscano no adscritos a un grupo concreto puedan ayudar a este camino de una interfranciscanidad nueva.

d)            El camino de la solidaridad coordinada: Porque no cabe duda de que el movimiento franciscano lleva entre manos muchas y encomiables obras de solidaridad. Pero al número casi imposible de saber de ONGs de todo tipo que existen en nuestro país les falta, siempre lo dicen los analistas, propuestas unitarias que no solamente sean más eficaces, sino que verifiquen la verdad de todas ellas de que les mueve la causa de lo humano[24]. Para ello hay que comenzar a andar el camino de la coordinación desprendiéndose de esa idea de que si no tienes hoy una ONG es que no eres nadie.

e)             El camino del movimiento franciscano en el Camino: Algo que comienza a plantearse, pero siempre con un cierto retraso y sin mucho empuje institucional[25]. Siempre ha habido franciscanos en el camino y los sigue habiendo. Pero hablamos de una conexión del movimiento franciscano con este fenómeno del Camino. Algo que podría concretarse en comunidades de misión y vida con la finalidad de aprender la espiritualidad del camino y aportar ahí, de forma sencilla, los valores de la espiritualidad franciscana que conectan más con la viatoridad de la existencia humana. Serían grupos interfranciscanos, internacionales, interpersonales (laicos y religiosos) dispuestos a la inmersión en la espiritualidad de quien busca, pregunta y ahonda en la experiencia del Camino.

f)              Los caminos del movimiento franciscano en la liminaridad: Un camino que surgió con vigor en el posconcilio con las fraternidades pequeñas, rurales, religiosos en barrios, comunidades de base, etc., donde el movimiento franciscano experimentó momentos de intenso gozo y de gran sufrimiento. Hoy es algo que está casi abandonado o sostenido por grupitos encomiables resistentes a la “destrucción”. Se podría hablar si no hay que repensar el fenómeno, aunque fuera en parámetros históricos distintos. La liminaridad, la profecía, es lenguaje de futuro. “Liminaridad es una tendencia constante hacia la totalidad, la plenitud, la conexión palpable con el Misterio originante que afecta a nuestras vidas tanto si somos conscientes como si no. Es una inclinación interna del espíritu humano que desafía cualquier explicación lógica o racional”[26]. Y para esto, los grupos vitalmente ágiles son más propicios. Si el movimiento franciscano se sistematiza es imposible hablar de caminos, que es algo refractario a la sistematización.

g)             El camino de los grupos de vida sostenible: Algo que se ha propuesto con una verdadera concreción de una vida “sobria honrada y religiosa...dedicada a intentar poner en práctica una nueva forma de vida solidaria y sostenible…por su forma de vida y de consumo, por su participación ciudadana y política..por sus gestos proféticos…por sus opciones proféticas a la hora de elegir medios de transporte, establecimientos comerciales, marcas de ropa y alimentación, consumo energético y formas de pasar el tiempo libre”[27]. Creemos que este sería un camino adecuado para el movimiento franciscano cuya espiritualidad está basada en la minoridad y en el control de la riqueza excesiva. ¿Cómo las instituciones franciscanas pueden llegar a sentirse interesadas por este estilo de vida?

h)             El camino, aun frágil, de los trabajos de Justicia y Paz: No cabe duda de que el movimiento franciscano en general, y muchos amantes de lo franciscano en particular, están interesados por el triunfo de la justicia y la paz. Pero algo nos falta para decidirnos a esos caminos. Es cierto que la espiritualidad de la justicia y la paz nos ha venido tarde. Pero todos decimos, como una obviedad, que este camino es el corazón del programa de Jesús[28]. Sin embargo, ocurre cuando percibimos que los caminos concretos, aunque modestos, por el logro de la justicia, la paz y un mundo más sostenible son poco transitados por el movimiento franciscano. Siempre ha habido profetas y profetisas de estos anhelos que han puesto el alma y a veces la vida en esta lucha. Pero, como movimiento, algo flaquea. De ahí la propuesta de este camino que está, cómo no, al alcance de la mano, a un kilómetro de casa.

i)               El camino, resbaladizo pero necesario, de acompañar los problemas éticos: Cosa siempre delicada. La profecía del franciscanismo ha de serlo de ternura, sobre todo en este sensible y resbaladizo mundo de los problemas éticos. Ahí tendrá que andar el camino de la cercanía con quien no ha tenido buena suerte en sus relaciones matrimoniales; el camino del aprecio a las diversas orientaciones, identidades y comportamientos sexuales; el camino de la sintonía con opciones de relación que no están normalizadas; el camino de la solidaridad con las parejas que ejercen con lucidez su derecho a una planificación familiar; el camino de una honda humanidad con quienes están en el mundo de la prostitución; el camino de la colaboración con quienes sueñan con el señorío sobre la muerte; el camino del compasivo respeto ante las decisiones en torno al aborto. Habría que proponer en todo esto una profecía de ternura desde la espiritualidad franciscana que no juzga nunca cuando anda por los caminos, a veces tortuosos, de la vida[29]

j)               Los difíciles, pero evangélicos, caminos de la mediación política: Algo que puede parecernos lejano. Pero ejercer la mediación política entre contendientes de la que depende, con frecuencia, la vida física de muchas personas es, no se puede durar, obra profundamente evangélica. Y esto conecta con el anhelo profundo de la paz que anida en el corazón de muchas personas[30]. El movimiento franciscano podría pensar en poner en pie una escuela de mediación política donde se enseñara el difícil arte de mediar entre quien siembra muerte. Ese trabajo difícil en los caminos donde transita la locura de la violencia más pura está pidiendo a gritos algún tipo de respuesta.

 

5. ¿Hasta dónde es posible?

 

Es probable que esta clase de planteamientos, de utópicos sueños (en parte logrados, no lo olvidemos) puedan parecer inalcanzables y, por lo tanto, mejor dejarlos para no crear una nueva frustración. Pero como se trata de ver si la espiritualidad franciscana puede conectar con los caminos de hoy y en esto se juega mucho del sentido de tal espiritualidad, necesitamos encontrar una manera de que el desaliento quede superado por la hermosura de lo posible.

 

  • Dificultades y posibilidades: A priori decir que esto es sencillo resulta una ingenuidad. A las dificultades propias de estructuras ya muy hechas (por no decir con una cierta esclerosis) se añade la dificultad de elaborar los vaivenes sociales, Si se suma a esto la lejanía, el temor y los interrogantes que sufrimos los adultos, la conclusión es, como decimos, que esto no es fácil. Pero estos inconvenientes no merman para nada las posibilidades que sugieren estos caminos. Su posibilidad de futuro es similar al de la utopía y el sueño: sirven para andar, aunque no se llegue nunca a tocarlos.
  • La permeabilidad de las estructuras: Porque muchas personas han llegado a la conclusión de que las estructuras son impermeables. Pero eso contradice la evidencia histórica de que estructuras tan férreas o más han aceptado planteamientos de cambio. La lucha contra el muro de las estructuras para hacerlas más permeables a planteamientos que dimanan de los caminos propuestos quizá sea más eficaz si se logra hacer ver la mejora que esos caminos pueden aportar a tales estructuras, la revitalización de la espiritualidad franciscana que puede surgir si se andan estos terrenos poco hollados.
  • La búsqueda de consenso: Cosa que puede ser una herramienta óptima de valoración positiva de los caminos de hoy. Ir por libre en esto es abocarse al fracaso. El logro de consensos, por sencillos que sean, puede abrir puertas insospechadas. Y hay que añadir que este logro no se hace ni por imposiciones, ni por disposiciones normativas, ni por votaciones ganadas, sino por corazones entreverados, por simple que suene.
  • La resiliencia ad intra y ad extra: Ya que pretender cambios de rumbo por medios rápidos, eficaces y mágicos es absurdo. Se requiere esa tenacidad que recrea situaciones, la capacidad de elaborar conflictos para salir reforzados, la hidalguía de mantener sonrisa y posiciones sin querer herir a nadie. Una resiliencia que hace de los desafíos un lugar de discernimiento, de replegarse a la interioridad para salir con más fuerza al encuentro de la vida ciudadana.
  • Una llamada a la utopía desde el realismo más cotidiano: La utopía, necesaria como el pan de cada día, remendando a Gabriel Celaya. Y el realismo igualmente necesario. Una utopía luminosa pero con carne; un realismo que no sea abrasivo y ramplón. Pero sin esta clase de elementos, abrirse a caminos nuevos puede parecer empresa imposible.

 

Conclusión

 

         Al terminar esta reflexión, queremos recoger en cuatro o cinco asertos las impresiones que se desprenden de ella:

  • No cabe duda que, a pesar de la debilidad institucional de los grupos franciscanos tradicionales, hay un indudable afán por vigorizar los carismas. Pues bien, el tema social y espiritual de los caminos puede ser una herramienta de vigorización en la que pueden converger tanto aquellos grupos como todos los que pueden inscribirse en el movimiento franciscano en general (incluyendo movimientos o oficiales o simples simpatizantes).
  • El movimiento franciscano tiene un reto en el tema de la itinerancia no tanto para volver a la mera itinerancia física, sino para establecer un tipo de vivencia del carisma flexible y porosa, capaz de dejarse influenciar por el hecho social como instancia de inspiración carismática.
  • Caminar con quienes caminan es el modo mejor de aprender la hermosura de los caminos y animarse a superar la mordedura de sus aporías. De ahí que cualquier reflexión se resuelve en la decisión de andar caminos, sea cual sea la manera.
  • El movimiento franciscano cree que la sociedad está esperando algo de la espiritualidad franciscana. Y posiblemente es cierto. Pero, ¿espera algo el movimiento franciscano de la sociedad? Porque mientras la sociedad no sea objeto de esperanza ¿habrá posibilidad de hacer una oferta realista de espiritualidad franciscana?
  • Terminamos con una alusión a 2R 3,14: “Y les está permitido, según el santo Evangelio, comer de todos los manjares que se les sirven (cf. Lc 10,8)”. La libertad del consejo evangélico que Francisco ofrece a sus hermanos, extraña en aquel tiempo y hasta escandalosa, revela la opción por el Evangelio antes que ninguna atadura a normas o leyes. Es una fuerte llamada a la libertad. Y si con ese consejo quiere oponerse a los cátaros para plantear la bondad de todos los alimentos, sigue el tema de la libertad. Para el tema de los caminos hace falta una dosis supletoria de libertad. Sin ella, la utopía se frustra. Que la libertad sea el aliento de nuestros caminos.

 

Fidel Aizpurúa Donazar

ESEF Madrid



[1] Sí que sería interesante tener números actualizados, al menos de España, sobre todos los grupos franciscanos, hermanos, hermanas y laicos, sobre sus múltiples actividades evangelizadoras para percatarse, por vía de la estadística, del innegable vigor del grupo franciscano. Se han hecho loables intentos parciales como el libro de J. GARCÍA ORO, Los frailes menores, la familia de Francisco de Asís en España, Madrid 2002.

[2] VerAl 11.

[3] Cf  J. GALTUNG, La meta es el camino: Gandhi hoy, México 2009.

[4] VC 54-55.

[5] D. O’MURCHU, Rehacer la vida religiosa, Madrid 2001, p.149.

[6] Cf 1R 14; 2R 3.

[7] El film de R. Rosellini, Francisco: juglar de Dios que la crítica califica de “florecillas subversivas” traduce en imágenes “sobre las auténticas rutas del santo de Asís, la inefable visión del mundo del hermano Francisco, y su corte de mendigos rezadores, sonrientes e iluminados”: A. FERNÁNDEZ SANTOS, “Florecillas subversivas”, en El País, 3 de octubre de 1982.

[8] TestCl 5

[9] Sí que está en las Clarisas Franciscanas Misioneras cuyo lema es “Contemplativas como santa Clara; itinerantes como san Francisco”.

[10] Pintores “malditos” como Caravaggio; directores de cine con similar “maldición” como Roberto Rosellini o Liliana Cavani; literatos que soportan, así mismo, la condena del sistema como Darío Fo o José Saramago. Todos ellos han escrito sobre Francisco. Y desde sus presupuestos lo han hecho tan magistralmente que el fondo de sus obras conecta con el espíritu franciscano.

[11] El imaginario franciscano, lógicamente, va muy ligado a la ideología y a las vivencias elementales.

[12] “Todo cambia” pregonaba hace ya muchos años la canción de Mercedes Sosa.

[13] L. IRIARTE, Vocazione franciscana, M. Casale 19912, p.136.

[14] G. BINI, Fraternitas,  nº 27, diciembre 1997.

[15] K. ESSER, Temas espirituales,  Oñate 1980, p.118.

[16] D. FLOOD, Francisco de Asís y el movimiento franciscano,  Oñate 1996, p.117.

[17] “Las condiciones de vida en los países de origen y las leyes de protección de fronteras en Europa empujan a hombres, mujeres y niños de África a un infierno interminable de soledad y clandestinidad por los caminos de la emigración” (Santiago Agrelo, obispo de Tánger).

[18] Así lo dice con claridad el último informe de la Fundación FOESSA, Precariedad y cohesión social. Análisis y perspectivas 2014.

[19] “Sigo pensando que las tres propuestas enunciadas tienen cabida en las manifestaciones religiosas más civilizadas. Primero, un intento ecuménico que vaya más allá de las diferencias entre las distintas iglesias y que se proponga unir en lugar de separar. Segundo, el empeño en la búsqueda de una ética universal, aprendiendo a distinguir lo específico de la fe y lo que debe valer para todos, creyentes y no creyentes, pudiendo aportar, al mismo tiempo, motivos específicos de compromiso moral. Finalmente, el cultivo especial de lo espiritual, propio de las religiones, las hace especialmente idóneas para ofrecer modos de vida alternativos al consumo enloquecido, al individualismo y al hedonismo que excluyen de la vida de las personas el cultivo del espíritu y la calma para la reflexión”: V. CAMPS, “La religión y lo razonable”, p. en D. BERMEJO (Ed.), ¿Dios a la vista? Ed. Dykinson S.L., Madrid 2013, p.182.

[20] Más de 200.000 peregrinos en 2014 según la Federación de Camino de Santiago.

[21] J. SAMPEDRO, “La otra salida del hombre desde África”, en El País, martes 22 de abril de 2014, pp.32-33.

[22] Cf TOMÁS, archidiácono de Spalato, Historia Salonitanorum,  en BAC 399, Madrid 1991, p.970.

[23] J.J. RUEDA, “Datos o sabiduría”, en Heraldo de Aragón,  sábado 19 de abril de 2014, p.70-

[24] Una cifra razonable estaría en torno a las 100.000 contando las ONGs nacionales y autonómicas.

[25] Últimamente se empieza a hablar de fraternidades internacionales en el camino: Observaciones del hermano Mauro Jöhri, ministro general de los Capuchinos, al II Capítulo de la Provincia Capuchina de España.

[26] D. O’MURCHU, op.cit., p.51.

[27] J. EIZAGUIRRE,  Una vida sobria, honrada y religiosa Propuesta para vivir en comunidad, p.140-141.

[28] Cf Mt 5,9.

[29] “No juzguen a otros”: 2R 3,10.

[30] Según la clasificación de Amazon.com la frase más subrayada del libro más subrayado (la Biblia) es “La paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”: Filp 4,7.