REGENERAR LA CONVIVENCIA

“Convertir todo en gracia” 

 

         La convivencia humana es algo que degenera, algo que es preciso regenerar. En realidad, la regeneración es parte del proceso de consecución: no se logra y se pierde, sino que se va logrando y perdiendo a la vez en continua interacción. Con esto estamos queriendo decir, ya de entrada, que es normal perder la convivencia, no hay que echarse las manos a la cabeza, y que esa pérdida es compatible con los trabajos por lograrla, por regenerarla cada día. O sea: regenerar la convivencia es algo que pertenece a los trabajos cotidianos por lograrla.

         Los grupos relacionales, convivenciales (sea su opción relacional la que sea) están altamente necesitados de “talleres de restauración”, de ámbitos donde se desmonte pieza a pieza su estructura relacional, se la limpie de adherencias, se la refuerce con ayudas y se la vuelva a colocar en su sitio con las heridas lo más asumidas posible y con un brillo humilde pero nuevo.

         Es que resulta que en los grupos relacionales el cimiento es la convivencia. Darlo por supuesto conlleva un riesgo de suicidio convivencial. Por eso no ha de extrañar que tales grupos estén siempre dando vueltas a esta masa: es su posibilidad y su cruz, su gozo y su pena, su éxito y su fracaso. Por lo que, volver sobre la convivencialidad es volver sobre lo esencial, el fundamento de cualquier edificio humano y espiritual. Construir un edificio, por hermoso que sea, sin cuidar constantemente la cimentación es correr grandes riesgos (ITE).

 

  1. 1.    Vivir con y para el otro

 

El año en que España ganó el mundial de futbol (2010) un anciano sociólogo polaco, Zygmunt Bauman, recibió el premio príncipe de Asturias de comunicación. En el breve discurso de recepción dijo cosas como éstas: “Es en este mundo, en un mundo donde la única certeza es la certeza de la incertidumbre, en el que estamos destinados a intentar, una y otra vez y siempre de forma inconclusa, comprendernos a nosotros mismos y comprender a los demás, destinados de ese modo, a vivir el uno con y para el otro”.

Este es el principio clave de toda relación convivencial: estamos hechos para vivir el uno con y para el otro. Esto es lo que da sentido no solamente a nuestra relación, sino a la vida humana. Sin este valor de fondo, sin esta cimentación, todo el edifico humano corre el riesgo de venirse abajo. Los fracasos relacionales tienen a la base una dificultad para vivir de cara al otro; con frecuencia son fruto de una perspectiva que mira a lo mío, principalmente autorreferencial.

Por si puede ayudar, vamos a ofrecer una especie de decálogo para poder vivir mejor con y para el otro:

1)    Creerás sin desmayo en la dignidad de toda persona: Quizá sea ir a buscar lejos. Pero si no se trabaja constantemente el tema de la dignidad la convivencialidad se hace imposible. Saltar el alto muro de nuestras limitaciones, fallos y traiciones para que quede intocable el “dogma” existencial de la dignidad resulta imprescindible. La dignidad no es algo etéreo: es el valor de fondo de la persona que viene con el paquete creacional. A la dignidad se accede por el mero hecho de pertenecer a la vida. No hay nadie que pueda despojarnos de ella. No reconocerla en el otro, darla por seguro, rodearla de frialdad, es la manera de iniciar el descenso hasta el abismo de desencuentro.

2)    Tendrás que aprender lo que es vivir en grupo: Porque aunque parezca de Perogrullo, a vivir en grupo se aprende. Existe el riesgo de no aprender nunca. La convivencia se hace imposible. Por eso, en el examen para aprobar una vida relacional como no se aprenda esta asignatura siempre se estará cojeando.

3)    Pasarás a la orilla del nosotros: Puede uno pasarse toda la vida en la orilla del yo, en el propio vehículo. Y tengamos en cuenta que muchas veces se pasa a la otra orilla no por propia voluntad, sino porque alguien nos pisa los talones. Dejarse empujar a la convivencia es también una manera de abandonar la orilla del yo, la “enfermedad” del yo que le lleva a uno/a a creer que es el ombligo del mundo y que no hay más en este mundo que su ombligo. Hay que ver si tu discurso vital se tiene en pie si se suprime, siquiera temporalmente, el yo.

4)    Asimilarás los límites como parte del todo: Porque pretender construir la convivencia sin contar con los límites es imposible. Hacen parte del todo. La asimilación puede ser benigna o muy dura (asumir, con la mayor paz que se pueda,  que no se puede vivir juntos). Pero, en cualquier caso, hacer lírica de convivencia sin contar con los límites es vivir en la inopia. Un remedio casero de restauración y de asunción de límites: “que la puesta del sol no os sorprenda en vuestro enojo” (Ef 4,26).

5)    Creerás que tu casa mejor es el corazón del otro: De ahí que entrar en el corazón del otro, tener el corazón lleno de nombres (Casaldáliga) es el éxito de la relación comunitaria. No es ni el éxito económico, ni de brillo social, ni del carisma, ni de las obras, ni de la evangelización. El éxito es que uno o varios corazones te acojan como inquilino/a. Si no, serás un sin techo, un apátrida, uno perdido por la vida.

6)    Tendrás que entender de buen amor y de buen humor: Porque la vida bienhumorada es una autopista para la convivencia mientras que la malhumorada se convierte en un camino intransitable. No es cuestión de estar contando chistes a todas horas. Pero una pizca de buen humor, y si es inteligente mejor, es como la sal para muchos platos de la vida que sin él serían sosos. La vida en común sin los cascabeles de las risas parece, a veces, un velatorio.

7)    Trabajarás continuamente en la búsqueda de las mejores palabras: Mucho del edificio de la relación se construye con las palabras buenas. Y muchas ruinas son el resultado de las palabras nocivas. A las palabras no se las lleva el viento, ni a las buenas ni a las malas. Quedan en la despensa de la comunidad: de las buenas se echa mano para respirar; las malas terminan con frecuencia sofocando la convivencia.

8)    Mantendrás en silencio lo que debe mantenerse en silencio: Ya que hay cosas que deben quedar en el silencio, por más que sea silencio compartido. Airear lo que es parte del interior del grupo es una siembra de sal sobre la convivencia. Pretender un buen entendimiento cuando circulan por ahí cosas que no deben circular es pedir peras al almo.

9)    Tendrás por cierto que los caminos comunes pueden ser tus caminos: Porque la búsqueda de caminos propios, si es pertinaz, puede ser demoledora de cara a la convivencia. Creer que en los caminos comunes pueden insertarse los caminos personales es prueba de que se está viviendo en la órbita de la colaboración común, no en la de pura autorreferencialidad.

10)                     Creerás que lo más importante es llegar todos y a tiempo: Como decía el poeta (L. Felipe). El éxito comunitario no es solo tu éxito sino, sobre todo, el éxito común. Ese éxito no es otro que el que cada uno pueda recabar la mayor parte de dicha en esta vida. Por eso, una vida comunitaria que termina en disgusto vital y tristeza es el mayor fracaso. Y al revés: terminar la vida con la certeza de que se ha llegado al cupo de dicha al que uno, modestamente, podía llegar, es el mayor de los éxitos.

 

  1. 2.    Convertir todo en gracia

 

Entre los 32 escritos, casi todos breves, que conservamos de Francisco de Asís hay uno llamado Carta a un ministro,  es decir a un superior provincial, a un encargado del colectivo comunitario, a un animador de la relación, digámoslo de una manera u otra. Es uno de los textos maestros de san Francisco, casi suficiente él sólo para darnos la medida exacta de su excepcional talla humana y espiritual, como han  hecho  notar en los últimos tiempos diversos escritores y estudiosos de san Francisco, franciscanos y no franciscanos. Algunos consideran esta carta un hito importante en la historia de Occidente y de la espiritualidad cristiana, viendo en ella una de las obras maestras del realismo cristiano, de la aceptación de lo real como gracia. De gran importancia en el conjunto de los Escritos por sus contenidos evangélicos y espirituales; uno de los vértices de la reflexión de Francisco sobre la gracia de la fraternidad.

Copiamos la primera mitad de la carta, la más interesante para el tema de relación comunitaria:

 


A fray N., superior provincial: El Señor te bendiga (cf. Núm 6,24). Acerca del caso de tu alma, te digo, como puedo, que todo aquello que te impide amar al Señor Dios, y quienquiera que sea para ti un impedimento, trátese de frailes o de otros, aun cuando te azotaran, debes tenerlo todo por gracia. Y así lo quieras y no otra cosa. Y tenlo esto por verdadera obediencia al Señor Dios y mí, porque sé firmemente que ésta es verdadera obediencia. Y ama a aquellos que te hacen esto. Y no quieras de ellos otra cosa, sino cuanto el Señor te dé. Y ámalos en esto; y no quieras que sean mejores cristianos. Y que esto sea para ti más que el eremitorio. Y en esto quiero conocer si tú amas al Señor y a mí, siervo suyo y tuyo, si hicieras esto, a saber, que no haya hermano alguno en el mundo que haya pecado todo cuanto haya podido pecar, que, después que haya visto tus ojos, no se marche jamás sin tu misericordia, si pide misericordia. Y si él no pidiera misericordia, que tú le preguntes si quiere misericordia. Y si mil veces pecara después delante de tus ojos, ámalo más que a mí para esto, para que lo atraigas al Señor; y ten siempre misericordia de tales hermanos. Y, cuando puedas, haz saber a los superiores que, por tu parte, estás resuelto a obrar así.

 

Marcas del texto:

 

  • “El caso de tu alma”: algo que descoloca el “alma”,  el interior, del superior. Algo muy complicado ante lo que ha encontrado como única solución “huir” elegantemente al eremitorio. ¿Cómo conjurar la tentación de huida? Con un discernimiento compartido.
  • “Lo que te impide…aunque te azotaran….debes tenerlo por gracia”: leer la realidad desde la perspectiva de la gracia, desde el momento en que Dios puede hablar en el lenguaje de la comunidad difícil. Aumentar las dosis de “benignidad crítica”.
  • “Y así lo quieras y no otra cosa”: la continua tentación de “otra cosa”, de otra comunidad, de otra situación, de otra época. Salir de la añoranza, del mero sentimiento de impotencia, del “por el bien de la paz”.
  • “Esta es verdadera obediencia”: obediencia a la situación comunitaria porque el voto de obediencia no es a un superior, sino a la comunidad. ¿Nos damos cuenta de que la vida en relación demanda a la base un “voto de relación”?
  • “Después que haya visto tus ojos que no se marche sin misericordia”: lo que hay que salvar es, ante todo, la misericordia, la relación que trata de ponerse en situación ajena. ¿Cómo elaborar un cambio de mirada, ver las cosas desde perspectivas diversas? ¿Cómo ir construyendo una espiritualidad de la misericordia difícil?
  • “Y no quieras de ellos otra cosa…no quieras que sean mejores cristianos”: la pretensión de que las cosas sean “como tienen que ser”, el sueño de un “amor sin esperanzas”.
  • “Si mil veces pecare delante de tus ojos”: el fallo reiterado no ha de hacer cambiar la actitud. ¿Dónde ir encontrando el don de la “incansabilidad”, de la resistencia en la que habita la esperanza?

 

Para convertir todo en gracia habrá que trabajar con ahínco en esos lados más complicados de la relación. Es lo que llamamos la misericordia difícil (MD). Cómo elaborar una teoría espiritual sobre la MD?

1º) La MD demanda apelar a las más hondas dimensiones humanas: Son esas dimensiones que van más allá y más adentro que las ideas religiosas o teológicas que, con frecuencia, se quedan en la superficie de la inteligencia. Si se quiere ser misericordioso en momentos de dificultad será necesario situarse en terrenos de honda humanidad, allá donde rige la ley del corazón, de la empatía, de la condolencia en los caminos distintos y, a veces, extraviados.

2º) La MD demanda cuestionar el a priori de la superioridad de la norma: Algo que el sistema ha inoculado en nuestro imaginario y que el subsistema religioso ha ahondado con argumentos de obediencia, fidelidad y comunión. La sacralización de la norma es uno de los mayores obstáculos a la práctica de la MD. No quiere ello decir que no se aprecie la función reguladora de la norma. Se aprecia pero no como un a priori inamovible, sagrado.

3º) No es bueno para la espiritualidad de la MD entender las relaciones entre misericordia y legalidad en maneras de confrontación: Ya que las confrontaciones llevan, a veces, a verdaderos atolladeros sin salida. Conflictivizar el problema aleja del horizonte la posibilidad de la misericordia. No querer conflictivizar no significa menospreciar la legalidad, pero sí que es preciso hacer ver que la opción prioritaria es la de la persona.  Y que la ley ha de ir en segundo término. Es preciso encontrar el camino de una dialéctica saludable, no frontista.

4º) El trabajo de la MD exige evitar el bloqueo de “la única solución”: Porque quien se sitúa desde la perspectiva de la legalidad puede que, con frecuencia, se enroque en la posición de que lo que plantea la legalidad es “la única solución”. La vida enseña que los caminos pueden ser múltiples. Quien trabaja desde la misericordia no se ahorrará el empeño de buscar posibles soluciones que, a primera vista, no se hacen presentes.

5º) Cuando se anhela la MD habrá que entender algo tan sencillamente evangélico como que si la legalidad y la persona colisionan, habrá que primar la opción por la persona: Eso es lo que Jesús ha hecho a lo largo de su misión del reino. Esta opción no es indiscriminada, irracional, indiscernida. Pero optar por la persona engendra, con frecuencia, muchos problemas con la legalidad.

6º) La práctica de la MD demandará, en ocasiones, poner en segundo plano la honorabilidad de la institución: Con mucha frecuencia es esta honorabilidad la que, incluso por encima de la persona concreta, y más si tal persona es uno que delinque, trata de salvarse. Si lo que se pretende es que la institución salga indemne, antes que la persona concreta prospere, se tomarán derroteros que, con frecuencia, nada tendrán que ver con la misericordia.

7º) Para caminar por las sendas de la MD el incansable discernimiento ha de ser la marca de fábrica de todo el proceso: Ya que, como la legalidad tiene las cosas claras desde su perspectiva, quiere actuar pronto y bien (aunque luego no sea la cosa tan bien). Mientras que la MD es lenta en el discernimiento y muchas veces se concluye con preguntas que no tienen respuesta. Esta indefinición no gusta a la legalidad; pero su supuesta claridad se lleva, con frecuencia, por delante a la persona. No cansarse de discernir, volver a esa tarea con ahínco y perseverancia es la clave de muchos comportamientos misericordiosos.

8º) La MD demanda un esfuerzo misericordioso implicativo: La legalidad pretende, a veces, una vez aplicada, desentenderse. Quien conculca la legalidad queda excluido y quien aplica la legalidad queda tranquilo. Si no hay implicación en la suerte del excluido la aplicación de una norma de exclusión deriva, con frecuencia, en inhumanidad. La implicación daría como resultado una aplicación más benigna de la legalidad y el hallazgo de recursos compensatorios para que la persona salga a flote, aunque se le aplique la ley.

9º) La práctica de la MD puede llevar a una cierta “denigración” por parte de quienes se escudan en la legalidad: Viendo los toros desde la barrera, quienes son inclinados a la legalidad, acusan de “blandos” o de “vendidos” a los legisladores, o superiores, que no aplican con rigor la legalidad. Es preciso hacer frente a ese tipo de acusaciones  haciendo ver que se sigue trabajando y que se hace el discernimiento desde el anhelo de la MD.

10º) Es preciso hacer catequesis continua sobre la MD: Porque la fragilidad del corazón, el olvido de los principios evangélicos y la presión social e institucional dan como resultado el inclinarse hacia una superficial aplicación de la legalidad en casos conflictivos. Por eso, habrá que “seducir” a la persona sabiendo que es preciso aplicarla, con más contundencia, en los casos más complicados.

 

  1. 3.    Regenerar la convivencia en tiempos de una sociedad “gaseosa”

 

Todo el hecho humano depende en una parte notable del momento en que se vive. Por eso, quizá pueda ser de interés, tras haber visto el tema de la convivencia difícil en un texto del medievo, tratar de ver cómo regenerar la convivencia en nuestros tiempos de sociedad “gaseosa”. Vamos a tomar como referencia un reciente artículo de D. Innerarity del que haremos, inicialmente, una lectura subrayada y después sacaremos algunos puntos de reflexión.

 

 

EL AÑO DE LA VOLATILIDAD

DANIEL INNERARITY

 

Sugiero que la palabra del año 2018 sea “volatilidad”, y su metáfora las revueltas de los chalecos amarillos, tras las que no había ningún sindicato ni coherencia reivindicativa y que tiene a su vez que ser gestionada por un presidente de la República, Emmanuel Macron, que no representa propiamente a un partido político sino a algo que prefiere denominarse a sí mismo como un movimiento.

La volatilidad se manifiesta en impredecibilidad que hace fracasar a las encuestas, inestabilidad permanente, turbulencias políticas, histeria y viralidad. Desde Trump, el Brexit y Vox parece que estamos condenados a las sorpresas políticas, esos “accidentes normales” (Charles Perow) que no obedecen ni a la causalidad ni a la casualidad sino que forman parte de una nueva lógica que está todavía por explorar. El resultado de todo ello es la constitución de un público con la atención dispersa, la confianza dañada y en continua excitación.

Cuando Marx y Engels formularon aquella famosa sentencia de que “todo lo sólido se evapora” estaban refiriéndose a un paisaje cultural y político mucho más estable que el actual. Diagnosticaban un conflicto entre dos fuerzas identificables como el capital y el trabajo, unas contradicciones cuya resolución parecía apuntar en un sentido que era posible anticipar. Comparado con el mundo descrito por la idea de volatilidad, el vocablo “revolución” es un término conservador pues presupone un orden que solo habría que subvertir. En una situación de volatilidad, por el contrario, no hay nada estable arriba o abajo, ni centro o periferia, y la distinción entre nosotros y ellos se torna borrosa. Esta es la razón por la que, hablando con propiedad, ya no hay revoluciones sino algo menos visible, menos épico, rotundo y puntual; las transformaciones sociales no son la consecuencia de acciones intencionales, planificadas o gobernadas y las degradaciones de la democracia son más bien procesos de desvitalización; se parecen más al resultado azaroso de la simple agregación de voluntades, donde hay menos perversión que estupidez colectiva.

Nos encontramos en un mundo gaseoso y no en el mundo líquido que Bauman contraponía a la geografía sólida de la modernidad. La idea de liquidez no es suficientemente dinámica para explicar el paso de los flujos a las burbujas. Lo gaseoso responde mejor a los intercambios inmateriales, vaporosos y volátiles, muy alejados de las realidades sólidas de eso que nostálgicamente denominamos economía real. El mundo gaseoso, una imagen muy apropiada también para describir la naturaleza cada vez más incontrolable de determinados procesos sociales, el hecho de que todo el mundo financiero y comunicativo se base más sobre la información “gaseosa” que sobre la comprobación de hechos.

La primera manifestación de la volatilidad es de orden cognitivo. La explosión de posibilidades informativas, el acceso generalizado a la información o la profusión de datos son, al mismo tiempo y por los mismos motivos, una liberación y una saturación. La desintermediación produce una sobrecarga informativa en la medida en que el aumento de los datos disponibles no es compensado con una correspondiente capacidad de comprenderlos. Se podría hablar de una “uberización de la verdad”, en el sentido de que cualquiera tiene acceso a todo, una desprofesionalización del trabajo de la información. Se debilitan los clásicos monopolios de la información, desde la universidad hasta la prensa, en beneficio de las redes sociales, pero en la medida en que no mejora nuestro control de la explosión informativa el resultado es un individuo que puede caer en la perplejidad o en la grata confirmación de sus prejuicios.

La volatilidad afecta muy especialmente a la política. Venimos de una democracia de partidos, que era la forma adecuada a una sociedad estructurada establemente en clases sociales, destinadas a encontrar una correspondencia en términos de representación. Al igual que otras organizaciones sociales, los partidos eran organizaciones pesadas que no se limitaban a gestionar los procesos institucionales de la representación, sino que también incorporaban a sus estructuras áreas enteras de la sociedad, orientando su cultura y sus valores de modo que pudieran asegurarse la previsibilidad de su comportamiento político y electoral. Hoy tenemos una “democracia de las audiencias” (Manin), es decir, una democracia en la que los partidos han sido de alguna manera arrollados por esta volatilidad y actúan con oportunismo en vez de estrategia, en correspondencia con un comportamiento de los electores sin compromisos estables. Esos individuos se sienten mal representados porque de hecho ya no son representables a la vieja manera de un mundo estable; emiten señales difusas que el sistema político no consigue identificar, elaborar y representar adecuadamente. Por eso los partidos tienen grandes dificultades para escuchar a sus votantes y entender, agregar o procesar sus demandas.

No estaríamos en un entorno de tal volatilidad si no fuera porque el tiempo se ha acelerado vertiginosamente. Vivimos en lo que Paul Valéry llamaba un “régimen de sustituciones rápidas”. Qué poco duran las promesas, el apoyo popular, las esperanzas colectivas e incluso la ira, que se aplaca antes de que se hayan solucionado los problemas que la causaban. En el carrusel político las cosas “irrumpen”, pero también se desgastan rápidamente y desaparecen.

En un panorama acelerado se pierde, paradójicamente, la lógica de la acción política, su capacidad de gobernar el cambio social. El desconcierto puede dar lugar a la agitación improductiva o a la indiferencia apática, nada que se parezca a la voluntad política clásica. Se han debilitado las instituciones que otorgaban estabilidad a la sociedad y que al mismo tiempo articulaban el cambio político. Por eso puede darse la extraña situación de que en el régimen de la volatilidad convivan la aceleración y el estancamiento. Tanto las convulsiones emocionales como la indecisión obedecen a una psicología sobrecargada de excitaciones y coinciden también en no dar lugar a ninguna transformación efectiva de nuestras democracias. Detrás de muchos fenómenos de indignación y protesta hay estimulaciones que irritan pero no movilizan de manera organizada.

El gran problema político del mundo contemporáneo es cómo organizar lo inestable sin renunciar a las ventajas de su indeterminación y apertura. Tendremos que aprender a vivir con menos certezas, itinerarios vitales menos lineales, electorados imprevisibles, representaciones contestadas y futuros más abiertos que nunca. No creo que haya una posibilidad de revertir esta situación, que se ha convertido en aquello que tenemos que gobernar. En el célebre lamento del Manifiesto comunista se percibe un tono de nostalgia hacia un mundo más estructurado y ese mundo, entonces y ahora, ha quedado atrás. La gran tarea de la inteligencia colectiva consiste hoy en explorar las posibilidades de producir equilibrio en un mundo más cercano al caos que al orden. Hemos de preguntarnos de qué modo podemos regular esos nuevos espacios, hasta qué punto está en nuestras manos proporcionar una cierta estabilidad, si podemos corregir nuestra fijación en el presente y hacer del futuro el verdadero foco de la acción política, cómo generamos confianza cuando los otros son tan imprevisibles como nosotros, si es posible construir los acuerdos necesarios en entornos de fragmentación política y radicalización, en qué medida podemos mitigar el impacto social de lo inevitable. De lo único que podemos estar ciertos es de que se equivocan quienes aseguran que la política es una tarea simple o fácil.

 

Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política e investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco. Acaba de publicar Política para perplejos (Galaxia) y Comprender la democracia(Gedisa). @daniInnerarity

 

 

 

 

  1. 1.    La volatilidad es una situación

 

Es una situación en la que no hay nada estable, ni arriba ni abajo, ni centro o periferia, y la distinción entre unos y otros se torna borrosa. Esto, por un lado, complica el mundo de la relación pero, por otro le otorga una primariedad: el reto de la sociedad gaseosa sigue siendo el de la relación.

 

  1. 2.    Procesos de desvitalización

 

Las transformaciones sociales en tiempos de volatilidad no son la consecuencia de acciones intencionales, planificadas o gobernadas y las degradaciones son más bien procesos de desvitalización. Este es también el peligro de la relación: que se desvitalice, que pierda ilusión y fuelle.

 

  1. 3.    Un mundo gaseoso

 

Estamos en un mundo gaseoso, más que líquido. Lo gaseoso responde mejor a los intercambios inmateriales, vaporosos y volátiles, muy alejados de eso que nostálgicamente llamamos lo de siempre. Esa volatilidad se complementa con el trabajo del cimiento de la relación. Cuanto más se trabaje la relación, más posibilidad de estabilidad.

 

  1. 4.    Información gaseosa

 

Todo el mundo financiero e informativo se hace más sobre una información “gaseosa” que sobre la comprobación de hechos. La relación contrapesa esta tendencia: se ciñe a hechos cotidianos de buena relación. Ahí encuentra su verdad.

 

  1. 5.    Sobrecarga de datos informativos

 

La desintermediación produce una sobrecarga informativa en la medida en que el aumento de datos disponible no es compensado con una correspondiente capacidad de comprenderlos. A la relación más que lo informativo le interesa el ahondamiento.

 

  1. 6.    Más allá de los monopolios de la información

 

Cualquiera tiene acceso a la información. Ello puede llevarnos a la perplejidad o a la grata confirmación de los prejuicios. La información de la relación es aquella que conecta con el propio corazón, no tanto lo que se da sin más en las redes.

 

  1. 7.    La fuente de la relación

 

En épocas de volatilidad los mismos partidos son arrollados. Los votantes se sienten mal representados porque ya no son representables desde un mundo estable. Sus señales no las identifica el sistema político. Por eso los partidos quedan fuera de juego. La relación sí identifica sus señales y sabe distinguir si la fuente es el amor o el rechazo.

 

  1. 8.    Algo que se desgasta

 

Lo volátil se desgasta rápidamente. Y desaparece. Hasta la ira social se aplaca antes de que haya habido soluciones. Si persiste, nos cansa (lucha por las pensiones, por ejemplo). La relación también sufre desgaste; por eso hay que reforzarla con la ayuda del grupo y con la resistencia.

 

  1. 9.    Relación en instituciones debilitadas

 

Porque la volatilidad pone en evidencia la debilidad de las instituciones. Detrás de muchos fenómenos de indignación y protesta hay estimulaciones que irritan pero no movilizan de manera organizada. Hay que trabajar la relación sabiendo que nuestras instituciones son débiles. La debilidad no invalida los presupuestos relacionales.

 

  1. 10.                       Una cuestión de confianza

 

Ya que la pregunta por la confianza es muy propia en épocas de volatilidad. Hay que ver si es posible construir acuerdos en entornos de fragmentación política y radicalización. La confianza sigue siendo imprescindible para la relación, condición ineludible.

 

CONCLUSIÓN

 

  • Sigue vigente y verdeante la hermosa y humilde tarea de construir la convivencia. En ello está empeñado el ser humano desde los albores de la historia. Que en su camino haya habido enormes fracasos no habría de hacer menguar el anhelo de otra relación posible.
  • Habrá que tener ánimo sobre todo para construir, pero también para regenerar cuando la construcción funcione peor. Quizá haya que decir que cuanto más se construya, menos complicada será la tarea de reconstrucción.
  • En esta tarea tienen que confluir dos fuerzas: la constante decisión personal y los trabajos comunitarios para construir la buena relación. Ambos imprescindibles.
  • En cualquier modelo relacional en el que vivamos quizá habría que hacer un voto de relación al compartir ese camino. Esto es anterior a cualquier otra decisión relacional.
  • Puede pensarse que una obra de arte es fruto de un espíritu privilegiado. Pero construir una buena relación es más complicado y quizá más hermoso que la más espectacular de las obras de arte. La obra de arte primigenia.

 

Fidel Aizpurúa Donazar

 

BREVE TALLER: TERAPIAS ACCESIBLES

PARA REGENERAR LA CONVIVENCIA

 

Objetivo

 

         Se trata de que cada uno de los cuatro grupos que se hagan tome una “terapia” y la trabaje: Lo hacen durante 45 minutos y luego en otros 45 se pone en común. Alguien que anote lo más importante, no todo.

 

Terapia 1ª: Las buenas palabras

 

         ¿Crees que hablamos bien, reflexivamente, del otro?
         ¿Lo crucificamos con palabras?

         ¿Tenemos cuidado con nuestra forma de hablar?

         Hablamos a espaldas, exageradamente, calumniosamente, descuidadamente?

         ¿Cómo podrían contribuir las buenas palabras a la regeneración de la relación? Ejemplos.

 

Terapia 2ª: Silencios creativos

 

         ¿Cuándo las cosas no van bien nos refugiamos en el silencio?
         ¿Cómo salir de los silencios que no generan paz?

         ¿Cómo saber cuándo hablar y cuando callar?

         ¿Hasta dónde hay que callar por amor, hasta dónde hay que hablar?

         ¿Aireamos los entresijos de la relación fuera del ámbito en que deberían ser guardados?

 

Terapia 3ª: El saludable reparto del peso de la relación

 

         ¿Qué actitudes tomamos cuando la relación pesa?      

¿Repartimos bien el peso de la relación cuando no va bien o hay uno que se come el marrón y los demás se inhiben?

         ¿Qué actitudes habría que tener para repartir bien el peso de la relación entre todos?

         ¿Qué pequeñas técnicas de reparto de peso podríamos hacer?

 

Terapia 4ª: El derroche del tiempo

 

         ¿Queremos tener buena relación si ser generoso con el tiempo?

         ¿Por qué somos tacaños con el tiempo (el tiempo es oro)?

         ¿Dónde nos demanda el otro que le demos tiempo?

         ¿Hasta dónde estamos dispuestos a invertir tiempo en la relación?