Retiro de Adviento 2018

 

 

ANDANDO POR CAMINOS AZAROSOS

 

         No resulta difícil detectar entre los cristianos de base la sensación de que estamos abrumados. Cada día los periódicos nos sacuden con un terremoto que afecta a personas y situaciones muy sensibles de la comunidad cristiana. A la mañana siguiente, una nueva sacudida. No es fácil vivir “como si no”, porque al pasar la página, tienes un nuevo episodio que te deja perplejo.

         Va ser verdad aquello de quien dice que la historia de la Iglesia es la historia de sus múltiples naufragios. Pero, ya desde el principio, queremos apelar a la esperanza y viene a la memoria aquel dicho, harto citado, que se atribuye a Séneca: «El buen piloto, aun con la vela rota y desarmado y todo, repara las reliquias de su nave para seguir su ruta»[1].

         Gran gesto de resistencia es recoger los despojos para seguir adelante. Pero hay que preguntarse hacia dónde. O, al menos, hay que hacerse a la idea de que es hora de caminos azarosos, de que estamos en medio del temporal, envueltos en la niebla y que es preciso mantener la fe en que, tras ella, el sol brilla con todo su esplendor.

         Por eso nos preguntamos si el Adviento, tiempo de ahondamiento, no podría ser entendido como un manual para andar en tiempo de caminos azarosos, para recorrer sin parálisis, sin amargura, sin excusas, sin engaños, el tiempo tumultuoso en el que estamos envueltos. A ver si va a resultar que, como dice la física cuántica, el caos es una fuerza que se autoorganiza, que hay sendas ocultas bajo los nubarrones más oscuros.

 

1. Aprendamos de los animales

 

         Así lo dice Job 12,7a: “Pregunta a las bestias y te instruirán”. Algo nuevo está surgiendo en la conciencia ciudadana: los animales nos pueden enseñar. Con “descaro”, hay muchos que confiesan que su perro o su gato tienen “derechos animales” y que no ven por qué no puede, por ejemplo, bañarse en la misma playa que los humanos, si resulta que son de la familia. O hay personas, el mismo Papa Francisco entre ellos, que citan al Catecismo en aquel pasaje: «es contrario a la dignidad humana hacer sufrir inútilmente a los animales y sacrificar sin necesidad sus vidas»[2]. Contrario  a la dignidad humana, algo sorprendente. Por eso vemos plantados a los “animalistas” en las puertas de las plazas de toros. Y tienen todas las de ganar. Si no, a los años.

         Pues bien, resulta que la ONU, a petición de Bolivia, ha declarado el 2018, “Año de los camélidos” por la contribución y servicio de estos animales a amplias comunidades de países en vías de desarrollo. El lector común comenzará preguntándose, para empezar, ¿quiénes son los camélidos? Son animales que andan por la tierra desde hace más de medio millón de años, o sea, muchísimos más que los humanos. Tienen, por longevidad, muchos derechos adquiridos. Hoy han quedado reducidos a cinco especies: los camellos (dos jorobas), los dromedarios (una joroba), las llamas, las vicuñas y los guanacos. Son varios millones de ejemplares y están presentes en noventa países del mundo[3].

         ¿Y por qué los traemos a colación en esta reflexión sobre el Adviento? Porque lo que nos enseñan estos animales puede sernos de mucha utilidad para andar nuestros azarosos caminos actuales. Todos destacan la evidencia de que estos mamíferos han aprendido a vivir en entornos hostiles y por eso son insólitamente resistentes. Aprender de ellos la resistencia es una lección actual porque ante muchas situaciones sociales y religiosas se demanda hoy una resistencia que no es terquedad, sino hermana de la fidelidad y pariente de la correosidad necesaria para apechugar con situaciones difíciles.

         Además, estos animales están dotados por la naturaleza de una generosidad enorme ya que proporcionan a los humanos transporte, carne, leche, fibras, fertilizantes orgánicos, etc. Se dirá que lo hacen por domesticación, es decir, de manera impuesta. Pero de hecho lo hacen. Y sus demandas, de comida, buen trato, etc., son demandas calladas. Una generosidad mezclada a una humildad natural que hace que su generosidad tenga que ser valorada. Para transitar los caminos azarosos de hoy, la generosidad sigue siendo moneda en curso.

Son longevos, lo que hace que su “servicio” lo disfruten varias generaciones[4]. De ahí se puede aprender algo que resulta difícil a los humanos: ver que su camino de hoy tiene que ver con las generaciones futuras. Dice el Papa Francisco que «cada comunidad puede tomar de la bondad de la tierra lo que necesita para su supervivencia, pero también tiene el deber de protegerla y de garantizar la continuidad de su fertilidad para las generaciones futuras»[5]. En esa “bondad de la tierra” participan los camélidos. Transitar los azarosos caminos humanos sin pensar en quienes vendrán detrás resulta de un egoísmo que cada vez tiene menos lugar en la sociedad actual.

Son altivos sin desdén. Basta ver la peculiar marcha de los camellos o el porte elegante de llamas, alpacas y guanacos. El recurso a la belleza es una lección imprescindible para transitar por caminos azarosos muchas veces entenebrecidos por lo peor del corazón humano.

No han tenido un reconocimiento por parte de las religiones que hubieron debido valorar más su aportación al camino humano. En la Biblia, por ejemplo, el camello que sustituyó a los asnos en el comercio de las caravanas y no tiene muy buena prensa a pesar de que se lo ligue a la reina de Saba[6] y a la imagen de una gran hacienda[7]. «Como la pezuña partida de este ‘rumiante’ está recubierta por una zapata de asta, es declarado impuro (Lev 11,4)»[8]. Es decir, generoso en sus servicios y no por ello reconocido. Es una especie de profecía de la vida de quien quiera andar hoy por caminos azarosos sin ahogarse.

 

2. Salmos para un camino azaroso

 

         Pero quien desee hoy recabar espiritualidad para andar los caminos azarosos en que nos ha situado el momento presente, además de a criaturas como los camélidos, puede recurrir a la fuente de espiritualidad cristiana que son los Evangelios. Jesús ha sido un hombre de caminos, no de escuela. Es en los caminos donde ha ido aprendiendo el querer de Dios sobre su vida. En los caminos donde ha encontrado el corazón humano, herido a veces, gozoso otras.

         Uno de los caminos que los sinópticos subrayan es el que anda Jesús con sus discípulos hacia Jerusalén en los últimos días de su vida. Marcos lo dice de manera escueta: «Iban por el camino, subiendo a Jerusalén, y Jesús iba delante; ellos estaban desconcertados y los que le seguían iban con miedo». Una cordada de desalentados y de atemorizados de la que Jesús tira como puede.

         Y quizá, para encontrar aliento en la hora de la máxima azarosidad, del temblor más profundo, Jesús recurrió a lo que había aprendido: mientras subía a Jerusalén cantaba los “salmos de las subidas” (Salmos 120-135), esa colección de hermosos cantos que el Salterio ha reportado fielmente. El canto sostiene al corazón que desfallece, de tal manera que se puede cantar en medio de las lágrimas y en el temblor del miedo. ¿Podría el cristiano de hoy recabar de esas viejas plegarias el ánimo y apoyo que necesita en una hora difícil como ésta? ¿Podría, como los camélidos, remugar la vieja hierba de los salmos y sacarle nuevo jugo? ¿Podría ser ánimo para hoy el mismo ánimo de Jesús que lee los salmos? Intentemos leerlos desde Jesús (leeremos los dos primeros) y desde los discípulos cuyo miedo circulaba a sus anchas por encima de sus cabezas y se metía en las venas:

  • El Salmo 120 hablaba de estar “guardados” por Dios: Por eso se nos hizo clara la pregunta del viejo canto: “¿De dónde nos vendrá el auxilio?". ¿Quién nos amparará ahora que nos sentimos tan desvalidos, tan en la rama cortada? Y la respuesta nos la daba el mismo salmo: “El auxilio nos viene del Señor, el que hizo el cielo y la tierra”. El que cuida de todo, nos cuidará; el que sostiene todo, nos sostendrá; el que cuida de los pájaros y de los lirios, nos cuidará. “El auxilio nos viene del Señor”, repetíamos una y otra vez. Las gargantas se desataron y más allá de las lágrimas repetíamos: el auxilio nos viene del Señor. No nos dejará en el desamparo, no nos soltará de la mano, aunque no lo sintamos, aunque nos parezca que está lejos y en silencio, aunque creamos que nos abandona.
  • El Sal 121 era un manual para encontrar la paz perdida: A quienes veníamos de la aldea, Jerusalén nos deslumbraba. Hoy os parecería a vosotros un humilde lugar, pero a nosotros nos parecía maravillosa. La llamábamos “la hermosa”. Aun hoy día, tan maltrecha, para muchos de los judíos sigue siendo así. Por eso, en lugar de defenderla con paz, la envuelven en guerras. Así les va. Pero ella nos contagiaba la paz. Dentro de ella había paz. Por eso, le deseábamos la paz. Siempre nos había faltado. Por eso la deseábamos tanto. Un corazón pacificado era lo que nos hacía falta. Por eso, nuestro canto era una oración: Danos paz en estas horas de turbulencias grandes. Que no nos abandone la paz.

Toda una mística útil para andar caminos azarosos, una fuente de luz para los pasos perdidos en lo oscuro. Quien recorre tales caminos ha de saber que sus días están guardados y que el amparo del Padre está ahí, aunque se sienta lejos. Quien anda por caminos azarosos defiende el credo de la esperanza y se agarra a la paz por encima de las lágrimas. Quien sabe de sendas tortuosas experimenta que nadie es rechazado por su debilidad y que puede haber cambios por mucho que el horizonte este ennegrecido de nubes amenazantes. Sabe también que, viviendo lejos de la culpa y del temor, la vida puede ser humildemente fecunda. Además, mantiene la certeza de que el bien será quien tenga la última palabra y que la justicia terminará por brillar bajo el sol. Y quien recorre estas sendas se apoya en la comunidad, por frágil que sea, y trabaja tercamente por reorientar sus deseos.

 

3. Nuestros azarosos caminos de hoy

 

         Cada época tiene sus sendas difíciles. La nuestra no está exenta de ellas. Es preciso encajarlas con buen ánimo sin ceder a lamentos que no conducen a la acción, sin caer en el amodorramiento de quien vive “como si no”, y sabiendo que de las tormentas también se puede salir fortalecido. Veamos con la mayor paz posible los azarosos caminos en que se mueve hoy la comunidad cristiana.

-         El primero de ellos es el cataclismo de la pederastia en los sacerdotes de la Iglesia católica, porque ya no son casos aislados, sino una auténtica hecatombe. Como tal la están viviendo muchos cristianos que enmudecen de estupor. Y su pregunta “¿cómo es posible?” cae en un silencio denso como el plomo. La comunidad de fe tiene que acoger este descalabro que afecta a todos, no solamente a quien ha delinquido. De una u otra manera, todos estamos implicados y lavarse las manos culpabilizando solamente a los imputados es demasiado fácil. Este difícil camino se anda: colaborando en todo con la justicia; no encubriendo ni siquiera en base a secretos de confesión que no habrían de regir cuando median delitos; preguntándose, como lo hacen tantas voces, por la pertinencia del celibato obligatorio; nombrando dirigentes no por su influencia social o mediática, sino por la calidad de su vida y, sobre todo, poniéndose al lado de las víctimas en su injusta herida y satisfaciéndolas todo lo que se pueda en su demanda de justicia. Quien anda este camino con dolor y con paz, sabe que la Iglesia, por suerte, es mucho más que eso, pero porque la ama, ha de encajar con humanidad también esto con todas las consecuencias y sabiendo que “llega tarde”[9].

-         El camino extraño de una oposición al Papa que se organiza porque, probablemente, no es solo que no les guste la persona del Papa, sino que no les cuadra la posibilidad de una Iglesia otra, abierta a la sociedad de hoy. Son personas, personajes de la Iglesia incluso, que tienen una visión anclada en el pasado, como hay personas que miran atrás cuando piensan su modelo de sociedad. Quien anda este camino ha de ser ampliamente tolerante, pero firme en la convicción de que la semilla del Evangelio de siempre está destinada a un campo de hoy, no a uno de hace cincuenta años. Por eso mismo, aun a costa de ser contrariados, caminan en la senda de la renovación y aspiran con paz a modos renovados de Iglesia, a un nuevo Concilio, a una iglesia menos clerical y menos proselitista, a una iglesia más del pueblo, más de todos[10].

-         El camino agobiante de la sequía vocacional que, en general, persiste y se acentúa (no es un “cuento chino”, como dice el Papa Francisco). Porque vamos aprendiendo que el cometido principal de los consagrados de hoy es vivir con humanidad y gozo su consagración, hasta donde den las fuerzas. Y si la vida religiosa y sacerdotal ha de sufrir cambios fuertes, que los va a sufrir, saber estar ahí como quien vive una fiesta de plenitud y como quien sabe que el gozo del reino no depende tanto del número cuanto de la adhesión a Jesús. Y se vive esto sin hacer de la necesidad virtud y sin doblegarse a las aves de mal agüero que censuran a la vida religiosa o maldicen de ella por su irrelevancia.

-         El camino de quien quiere abandonar, de la apostasía creciente porque es síntoma de otra apostasía más amplia, de la que hablan las encuestas, aunque esta segunda no termine en una salida por la puerta de atrás de la Iglesia. Quien anda este camino le duele que se vayan porque, en parte, se van a causa nuestra. Le duele que se vayan pero, antes que den el portazo, les dicen que siempre habrá un sitio para ellos si deciden volver y que, quizá, ese sitio sea mejor, más humano, que el que la religión tradicional les ha deparado[11].

-         El camino más sutil de la sequía profética,  porque quizá no es que no haya profetas, sino que no encontramos los creyentes el lenguaje adecuado para hablar a la persona de hoy de la hermosura de la fe, para decir a la sociedad actual que Dios es amor y solamente amor. Quien anda este camino aprecia a los profetas aunque el sistema, incluso el eclesiástico, los margine y censure. Sabe que sus profecías de hoy han de constituir la espiritualidad del mañana. Quien recorre esta senda desearía que los profetas marginados fueran reconocidos[12]. Pero, si no lo son, sigue apreciando su profecía con paz.

-         El camino sutil, pero evidente, de la desafección con la institución eclesiástica. Porque, quizá, se lo ha ganado a pulso y ha generado una herejía emocional más decisiva que la suma de todas las herejías en la historia de la fe. Quien anda este camino no está por el corporativismo, pero ayuda a ampliar el concepto de Iglesia para no centrarlo todo en las actuaciones de los dirigentes. Y aun así, trata de valorar los positivo de tales actuaciones y a tales personas porque a veces, para gozo suyo, se aúnan jerarquía y profecía[13].

-         Finalmente el camino cada día más sangrante de la enorme dificultad para incorporar a la mujer con todos sus derechos en la vida de la comunidad cristiana. Quien anda estos caminos acoge con dolor las manifestaciones clericales que abren una puerta y, a renglón seguido, la cierran. Pero mantiene viva la certeza de que el futuro es de ellas y por eso mismo aprovecha todos los resquicios posibles para, con paz, estar ahí y volver, una y mil veces, sobre el incuestionable derecho que le asiste[14].

 

4. Valores para itinerantes de los caminos azarosos

 

         ¿Cuáles serían los valores esenciales de quienes quieren andar con humanidad y fe, incluso con elegancia camellesca, estos caminos azarosos? Describamos los más imprescindibles:

  • Humildad esencial: Que es algo más hondo que la humillación y el sonrojo. Se trata de descabalgar de la superioridad, de la conciencia de que somos un estamento más honorable, pues somos como todos. Se trata de aprender a ponerse en la fila del vecindario como cualquier ciudadano. Se trata aún de renunciar a adoctrinar al personal sabiendo que, lo más que se puede hacer, es ofrecer con sencillez, si hubiere ocasión, las experiencias de la propia fe. Muchos de los males que afligen a la comunidad cristiana vienen del lado de un orgullo secular que nada tiene que ver con el Evangelio 
  • Resistencia pacífica: Porque una resistencia meramente beligerante no da buenos resultados y no conecta con el perfil pacificador de Jesús. Pero, eso sí, resistencia. No ceder ante quienes pretenden una Iglesia vuelta hacia atrás; no ceder ante quienes relativizan las consecuencias de nuestros caminos azarosos de hoy; no ceder ante quienes perpetuar las sendas clericales de siempre; no ceder ante leyes y normas que esconden un irrefrenable ansia de poder.
  • Resiliencia vigorosa: Para creer en un futuro mejor, más evangélico, como lo intuía el sacerdote Ratzinger en 1969: «El futuro de la Iglesia puede venir y vendrá también hoy sólo de la fuerza de quienes tienen raíces profundas y viven de la plenitud pura de su fe. El futuro no vendrá de quienes sólo dan recetas. No vendrá de quienes sólo se adaptan al instante actual. No vendrá de quienes sólo critican a los demás y se toman a sí mismos como medida infalible». Creer en palabras como éstas, aunque quien las pronunció las relativizara mucho una vez llegado al papado. Tener por cierto que de esta enorme tormenta que sacude a la Iglesia saldremos fortalecidos, purificados, renovados, cambiados.
  • Control del tigre que llevamos dentro: Porque todos lo llevamos, porque hay un fondo oscuro en nuestra estructura personal[15]. Control no tanto a base de normas y mecanismos coercitivos, sino, sobre todo, con formación saludable e inculturada, con medios paliativos para la enfermedad del propio ser, con aprendizajes prácticos sobre la dignidad de toda persona. Controlar ese tigre con sinceridad básica, con aceptación de los propios límites, con el reconocimiento rápido de la propia debilidad y con la luz y taquígrafos de una vida que puede ser débil, pero que no quiere ser hipócrita.

 

Conclusión

 

         No es el Adviento un tiempo para renovar planteamientos y frases religiosas románticas que carecen de contenido. Es tiempo “fuerte” porque nos empuja fuertemente a encarar la realidad desde la fe y desde la vida. Por eso mismo, vivir el Adviento cíclicamente, como lo “que toca”, es empobrecerlo y hacerlo prácticamente inútil.

         Además, quien quiera alimentar su espiritualidad ha de aprovechar las enseñanzas no solamente de la fe, sino de la misma creación, de la vida. Por eso mismo, los ignorados camélidos con todos sus valores, pueden ser punto de partida, la Palabra en los salmos de las subidas, salmos para el camino, fuente de inspiración y las sendas de la vida lugar de encuentro.

         El tiempo de Adviento de este año puede ser una circunstancia óptima para volver a recuperar la humildad esencial, la resistencia pacífica y la resiliencia vigorosa. No hay tiempos malos para la espiritualidad cristiana cuando se mantiene vivo el anhelo y la esperanza.

         La Navidad es misterio de encarnación en el hoy concreto de la persona. Si este hoy está urdido en la dificultad es en esa dificultad donde se encarna la presencia viva de Jesús. Por eso mismo, al Adviento y la Navidad empujan a amar esa realidad tal como es y a vivirla en humanidad, dignidad y amor. Esto, no prescribe.

 

 

Son tiempos difíciles.

¡Mantén la calma!

Son tiempos de esclavitud.

¡Mantén la libertad de espíritu!

Son tiempos de rapacidad.

¡Mantente generoso!

Mira hacia tu interior,

con serenidad, sin rencor alguno,

seguro de tus propias fuerzas:

el águila, allí,

vuela más alta que los buitres.

 

(R. ARGULLOLL, Poema,  Ed. Acantilado, Barcelona 2017, 729)

 



[1] Citado en J. A. MARINA, La lucha por la dignidad. Teoría de la felicidad política, Ed. Taurus, Barcelona, 2000, 13.

[2] LS’ 130 (CIC 2417).

[3] La mayor concentración de camellos dromedarios en Europa está en Fuerteventura; unos 300 ejemplares de camellos principalmente para uso turístico.

[4] Un camello puede vivir 50 años.

[5] LS’ 67.

[6] Cf 1 Re 10,2.

[7] Cf Job 1,3.  La leyenda popular de los reyes magos los ha incorporado como elemento decorativo.

[8] D. LUCIANI, Los animales en la Biblia,  Ed. Verbo Divino, Estella 2018, 11.

[9] S. MELGUIZO, “El Papa Francisco: "La pederastia es una enfermedad que la Iglesia ha afrontado con retraso", en El Mundo 21-9-17.

[10] EG 268-274

[11] Cf J. LORENZO, “Apóstatas: crónica de un desamor”, en Vida Nueva, 14-9-18.

[12] Muchos cristianos desearían que H. Küng fuera rehabilitado por su indudable contribución al desarrollo de la teología.

[13] En figuras como las de los obispos S. Agrelo, J.J.Aguirre y otros.

[14] Cf A. SEGUÍ, “Instrucción Cor orans”, en https://aventurarlavida.wordpress.com.

[15] Como lo deja ver claramente el mismo Pablo en Rom 7,14ss.